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HEREJÍAS CRISTIANAS

La herejía (del griego hairesis, elección) es aquello que se considera como falsa doctrina, al entrar el conflicto o en contradicción con la fe dominante. “Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma”, explica el Código de Derecho Canónico (Libro III, 751). En el momento en que el cristianismo paulino se impuso, surgiendo de él la Iglesia católica y estableciéndose oficialmente en el Imperio romano, los obispos persiguieron toda idea opuesta a la doctrina definida por el dogma oficial. Cualquier herejía que pusiera en entredicho la ortodoxia vigente era severamente condenada en los concilios ecuménicos. Y es que, a pesar del grupo mayoritario y dominante, y de la supuesta unidad doctrinal, no pudo evitarse que desde el auge del cristianismo emergieran grupos minoritarios disidentes con ideas heterodoxas que diferían de las ortodoxas. La situación llegó a tal extremo que, a finales del siglo II, el filósofo pagano Celso manifestó: “Los cristianos, huelga decirlo, se detestan totalmente unos a otros. Se calumnian mutuamente de forma constante utilizando los insultos más viles, y no son capaces de llegar a ninguna clase de acuerdo en sus enseñanzas”.

Entre esos movimientos cristianos escindidos de la “doctrina verdadera”–aquella que emana de la Escritura y la Tradición–destacaron los que negaban la divinidad de , los que cuestionaban su encarnación verdadera, los que ignoraban a los obispos dando validez solo a los profetas, los que repudiaban el cuerpo y el mundo, etc. Así, surgieron herejías como el docetismo, el arrianismo, el ebionismo, el gnosticismo, el mandeísmo, el maniqueísmo, etc. Todas estas divisiones internas se entienden al considerar lo complejo que resultaba desde un punto de vista teológico reinterpretar la figura y el mensaje de Jesús. El propio ya advirtió: (I Cor. 11,19).

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