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Cómo se escribe una novela - H. G. Quintana

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H.G. QUINTANA

CÓMO SE ESCRIBE UNA NOVELA

TÉCNICAS DE LA FICCIÓN NARRATIVA

© Héctor García Quintana, 2011

Primera edición: marzo de 2011

© De esta edición, El Barco Ebrio, 2011

www.elbarcoebrio.com

Diseño de la colección: Yenia María

Maquetación y corrección: El Barco Ebrio

No se permite la reproducción, almacenamiento o transmisión total o parcial de este libro sin la autorización previa y por escrito del editor. Todos los derechos reservados.

A mi madre, inspiradora y ángel...

A Samuel, mi mejor creación, y Ana, el principio de todo…

ESCRIBIR ES UN DESAFÍO...

Yomar González Domínguez

Escribir es un desafío que riñe, confunde, devasta. Muchos escritores que podrían jactarse de eso que han dado en llamar prestigio literario, han revelado la confusión y el aturdimiento que sienten cada vez que se enfrentan al espacio en blanco –llámese folio, pantalla de ordenador, la servilleta de un bar– que ha de ser ocupado por letras, frases, ideas más o menos ordenadas, más o menos originales. La primera vez se repite siempre, insiste el caos y el aturdimiento provocados por la responsabilidad individual de llevar adelante el proyecto de cualquier texto literario con cierta decencia.

Para intentar poner cierto orden, para responder las dudas que más de una vez los han asaltado, para orientarse mínimamente y tratar de saber el cómo, algunas personas se han dedicado a estudiar con aplicación las artimañas que han venido utilizando los escritores durante siglos. Unos pocos han logrado comprenderlas y explicarlas, las han nombrado con evidente espíritu pedagógico y las han mostrado a través de cartas, manuales, decálogos, prólogos, ensayos, conferencias y talleres. Así, se ha llegado a que cada día en algún rincón del mundo, se discuta de la utilidad –o inutilidad– de conocer estos trucos, técnicas, métodos o como quiera que se les llame. Los escritores necesitan algún asidero al que aferrarse aunque sigan sintiéndose tan inseguros como antes; unos defienden a ultranza el alcance de estas técnicas, otros las niegan anteponiendo el talento, la inspiración o eso que llaman, con cierto retoque bucólico, musa. Entre la defensa y la negación se abre un gran abanico de posiciones que no son tan desdeñables como los extremos mencionados y a las que suele apuntarse el sentido común.

Decía Mauppassant que los hombres ingeniosos no sufrían estas angustias y estos tormentos, porque llevaban consigo una irresistible fuerza creadora. Pero ocurre que en estos tiempos andamos escasos de genialidades y abunda más el resto, ese resto en el que se incluía el mismo Mauppasant –y en el que, si no fuera por esta inclusión que me desborda infinitamente, me hubiese gustado estar–, esos trabajadores conscientes y tenaces que sólo pueden luchar contra el invencible desaliento mediante la continuidad del esfuerzo. Quienes pretendan escribir decorosamente están obligados a hacer del esfuerzo su mejor arma, esfuerzo que incluye leer hasta el hastío, dedicarse tanto como les sea posible, sentir una necesidad casi vital de torturarse ante un espacio en blanco que podría seguir en blanco después de muchas horas, desentrañar las armas que usaron los maestros, adueñarnos de esas mismas armas y saber para qué nos pueden servir o cuándo tenemos que evitarlas y seguir el instinto, el olfato, el detector de mierda.

Este libro, como casi todos, es un extracto de conocimientos acumulados durante siglos, a través de muchas personas. Con él, podemos acceder a un cúmulo de información muy necesaria para escritores principiantes, es decir para todos los escritores porque siempre la escritura presupone el gran inicio, el regreso a la primera vez. Con paciencia y buen tino, el autor ha sabido agrupar en estas páginas una variada muestra de artes muy útiles, acaso imprescindibles, y no sólo nos las muestra sino que logra desentrañarlas, explicarlas, aconsejar con la habilidad que sólo dan el sentido común, el buen juicio y la inteligencia literaria.

No esperen encontrar aquí leyes mágicas con las que cualquiera podría armarse cuentos o novelas. No hay leyes para la literatura y el autor lo sabe. El autor no pretende hacer escritores, tampoco inventarse métodos mágicos que funcionen siempre ni para todos. Este libro es para escritores, tiene el objetivo de ayudar, de aliviar el esfuerzo necesario, de acortar caminos a aquellos que ya no logran evitar la necesidad de hacer literatura. Y lo logra. Quienes se aventuren a entrar en estas páginas van a encontrar respuestas para muchas preguntas concernientes a la escritura de ficción, pero también para la cabal comprensión de más de un texto. Útil es para los lectores inteligentes que buscan más, que indagan en las entrelíneas y les gustaría desentrañar, equipararse al escritor, esos lectores tan necesarios para la literatura. Este libro, en fin, es para todos aquellos que descubren en la literatura más que entretenimiento, para quienes se apasionan, para quienes una palabra es siempre mucho más que una palabra.

Escribir es un desafío confuso y devastador; por suerte nos encontramos por ahí libros como éste que sirven para poner un poco de orden en el laberinto.

PRESENTACIÓN DEL AUTOR

Escribir un libro para enseñar a escribir, ¿acaso es posible? Han sido tantos los que se han dedicado a ello sin conseguir enseñar nada que lo dudé muchísimo antes de atreverme a profanar una vez más el nombre sagrado de la literatura. Pero al final una pregunta empezó a rondar mi cabeza: ¿y por qué no?

No me asiste ningún derecho a esconder el conocimiento que he adquirido a través de la lectura. Mucho más que eso: tengo el deber de trasladarlo a quienes no lo tienen y quieren aprenderlo. De todas maneras no esperen los críticos encontrarse un libro erudito con amplias disertaciones sobre el metaconocimiento. Cualquiera que haya caminado sobre mis pasos en estos treinta y algo años de vida, que haya leído los mismos libros, que haya disfrutado mis alegrías o sufrido mis penas, podría haber hecho lo mismo. Creo incluso que mejor. O quizá no, tal vez haya una disciplina que todos no tenemos, o un valor de decir las cosas de la manera más sencilla para que todos lo entiendan. Es igual, aquí no hay erudición. No puede haberla porque no existe en mí.

Soy un humilde obrero de la literatura que se ha atrevido a hacer coincidir en un texto la paciencia de años de estudio y los conocimientos adquiridos gracias al desprendimiento de un maestro: Eduardo Heras León, que me enseñó dónde estaba aquello que necesitaba para ejercer esta profesión y que habría tardado el doble o el triple de tiempo en encontrar por mis propios medios. Gracias a él y a su proyecto, el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, del cual fui cómplice.

Todo lo que encontrará el lector en este libro –o casi todo– no es de mi propiedad. Es un patrimonio humano, universal, y tiene su base en una experiencia, la de los grandes escritores que son, sin saberlo a veces, los verdaderos maestros.

No pretendo fabricar escritores masivamente, creo que es imposible. Si alguien logra alguna vez mirar la literatura con otros ojos después de leer este libro me daré por satisfecho. Sólo me asiste un deber: el de no guardarme aquello que pueda ayudar a otros. Mi misión está cumplida, ahora queda que los lectores se interesen en este libro.

Agradecimientos a Yomar y Ernesto, amigos de profesión en las buenas, en las malas y en el exilio; a Penélope, mi primer crítico; a Javier Fernández, el padrino de este libro. Y también a mis amigos y a mis antagonistas –que no enemigos– porque entre todos me han enseñado a superarme.

SER ESCRITOR

El siglo XX concluyó. Todas las esperanzas y expectativas que teníamos sobre el comienzo de la centuria han quedado en el ocaso de la noche del 31 de diciembre de 2000. El hombre, como tendencia, es más libre –quizá debiera decir: es menos esclavo– y goza de mayor bienestar; pero no es más feliz. Sigue sufriendo por las desigualdades sociales, por las ambiciones políticas de otros hombres que le impiden esa libertad y bienestar. Y sobre todo, seguimos muriendo o viviendo de amor, de pena, continuamos buscando la felicidad en otros seres humanos; felicidad que creemos escamoteada por el desarrollo científico y tecnológico de nuestra época. La principal preocupación del hombre es aún el propio hombre.

La literatura, como las demás artes, es una respuesta del ser humano frente al sufrimiento, bien para criticarlo, bien para embellecer en ficciones lo que no es bello en la vida. Quizá sea este el principal motivo por el que Emma Bovary sigue suicidándose cada año, por el que Hamlet sigue fingiendo perder la razón, o de que un estirado caballero de triste figura recorra aún el mundo desfaciendo entuertos. Y es realmente una suerte que sea de ese modo. La literatura sigue siendo un entretenimiento a pesar de las voces que cada año le vaticinan el final. Pero la literatura no puede ser sólo eso.

La modernidad ha derivado hacia una necesidad del hombre por la distracción fácil. El tiempo libre de que disponemos es utilizado para descargar las tensiones diarias: desde la radio hasta los juegos de ordenador, sin dejar de mencionar esa caja cuasi infernal que se nombra televisión. Todos estos medios audiovisuales tienen al entretenimiento como centro de sus objetivos y no exigen del espectador más que la pasividad. Lo trasladan a un mundo ficticio donde es innecesaria la reflexión, el razonamiento; se le pide que relaje todos sus sentidos y se deje engañar por una fantasía entretenida o por una realidad manipulada, mas siempre desde la pasividad.

La literatura ha sobrevivido a este alud. Una obra literaria entretiene, pero exige además otras cualidades y capacidades del lector, que debe descodificar las palabras, crear imágenes propias, razonar cada idea que el texto le transmite y, en especial, contrastar la realidad del libro con el mundo que le rodea, adaptar las impresiones que le transmite el conflicto literario con sus reflexiones sobre la realidad.

Quien pretende asomarse al mundo de la creación literaria no puede desconocer esto. El escritor es, ante todo, un ser humano con su propia visión del mundo, su cultura, sus miedos, aprensiones y tristezas; después es un creador de ficción. Transmite, por tanto, una forma diferente de analizar el entorno, una mirada única y subjetiva sobre la realidad. Todo ello con el único objetivo de hacer reflexionar mientras nos emociona y entretiene.

Cuando terminamos de leer una buena obra literaria somos conscientes de que algo ha cambiado en nosotros, el autor nos ha contaminado con su historia, cambiando nuestra visión del mundo –ya sea para denigrarlo o alabarlo.

El escritor peruano Mario Vargas Llosa, autor al que admiro y respeto por la fuerza que sus libros transmiten y por la influencia que su obra ha tenido en mi concepción del mundo, dijo en la conferencia magistral Literatura y política: dos visiones del mundo:

Yo estoy seguro que efectivamente es así, que esa literatura que es grande, lo es no sólo por razones estrictamente literarias, sino porque en ella, el talento, el dominio del lenguaje, la sabiduría en el uso de las formas sirve para que en nosotros se produzcan unos cambios, ya no sólo como individuos, amantes de la belleza literaria, sino como ciudadanos, como miembros de un conglomerado social.

Sin embargo Vargas Llosa expone que es inverificable la idea de que alguna obra literaria haya desencadenado una sucesión de acontecimientos que demuestren un cambio determinante en la asimilación del bien y la justicia. Podría ser cierto si no hubiese existido La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe, cuyo planteamiento humanista influyó de manera decisiva en la consolidación de una mentalidad antiesclavista que derivó en la guerra de secesión norteamericana y la posterior abolición de la esclavitud en dicha nación. Existen otros casos donde las consecuencias no han sido tan brutales, pero han provocado en la sociedad un sentimiento popular inesperado para sus creadores, aun cuando no se pueda demostrar con hechos concretos o tangibles esta evidencia.

¿Cuál es la magia por la cual ocurre semejante milagro? ¿Qué requisitos se necesitan para lograrlo? Difíciles respuestas tienen estas preguntas. Es conocido el caso de escritores conscientes del impacto que su obra provocaría en el público y en la crítica. Quizá el más mencionado sea Ulises de Joyce, quien lo ha dejado plasmado en su correspondencia. Pero aparte de unos pocos genios como el irlandés, la mayoría de los escritores recibimos con sorpresa la resonancia de alguna de nuestras creaciones de ficción.

El largo debate sobre si el escritor nace o se hace sigue y seguirá obsesionando a los que se mueven en el mundo de la creación. La polémica no se aviva sólo en los predios literarios. Se ponen ejemplos de una y otra tesis, y se intenta sustentar de mil maneras los razonamientos de cada bando. No es necesario lanzar más leña al fuego, pero mi humilde experiencia se niega a aceptar la idea de que el talento artístico viene desde la cuna como una capacidad genética que emparenta al escritor o al músico con un plusmarquista mundial de salto de altura o los cien metros planos. Un genio como Mozart, que revolucionó el Clasicismo con sus fuertes contrastes entre la orquesta y el instrumento solista, debe gran parte de su genialidad al estudio paciente y sacrificado al que se vio sometido en la niñez temprana por su padre.

Tampoco podemos asegurar lo contrario. Benny Moré alcanzó las cotas más altas de la música popular cubana sin haber estudiado en academia alguna. Su escuela fue la calle y cuando intentó estudiar música lo dejó casi al inicio porque le resultaba excesivamente complicado; ello no ha impedido que se siga reconociendo su excepcional talento, incluso en hechos tan extraordinarios como dirigir su orquesta de espaldas mientras cantaba de frente al público.

Es muy conocida la condición de autodidacta de Jack London, que debe su talento a un espíritu aventurero que lo llevó a viajar por el mundo y a una pasión sin límites por la literatura.

En la literatura hay una verdad de perogrullo. Para penetrar y entender los entresijos del conocimiento literario y su fascinante mundo de la creación es obligatorio: ¡leer literatura! No se concibe un escritor que no sea ante todo un buen lector, si bien sólo con la lectura no se garantiza la formación de un escritor. Se podría señalar entonces que debe saber de técnicas literarias. Nada más cierto, aunque existen excelentes conocedores de técnica y teoría literarias que son, a su vez, inmejorables lectores sin que lleguen a alcanzar la categoría de creadores literarios –al menos de ficción. ¿Y entonces qué?

Criterios hay miles: desde la platónica –en su acepción originaria–imagen de presentar al escritor como un simple portavoz de la idea divina, con su finalidad romántica de embellecer la vida, hasta considerarlo formado a través del esfuerzo diario con un compromiso social sartreano, donde el escritor, replegado en sus sentimientos, hace voto de confianza a la libertad de los hombres.

A nuestro juicio, y aunque ya pueda resultar un lugar común, debe existir una conjugación de varios factores. El escritor comienza con una picazón interna, una especie de gusanillo que le corroe las entrañas, un don divino o infernal que le obliga a expresar a través de la palabra, describiendo o inventando situaciones –o mejor: ficciones–, todo aquello que lo conmueve, alegra o entristece de la realidad.

¿Por qué escribimos? Como regla general porque algo nos ha trastornado, hemos sufrido por uno o varios motivos