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Una gota de agua sobre la roca

Una gota de agua sobre la roca

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Una gota de agua sobre la roca

évaluations:
4/5 (4 évaluations)
Longueur:
505 pages
9 heures
Sortie:
21 juin 2013
ISBN:
9788415622390
Format:
Livre

Description

Una creadora que aún no sabe que lo es, en un momento de crisis, descubre cómo los libros, la literatura, las historias de ficción y la escritura pueden ser bálsamos para la depresión, curas para la degradación emocional del ser humano.
Y lo logra a través de un maestro inesperado e improbable, un antiguo escritor que huyó de los focos, que se alejó de las pasarelas literarias para vivir en el anonimato de un barrio humilde de Madrid. Un maestro que se impone como meta descubrir a la protagonista los infinitos secretos de sabiduría que se esconden en los clásicos de la literatura.
Subiendo la apuesta de su exitoso manual sobre literatura creativa, "Cómo se escribe una novela", H.G. Quintana, siguiendo la estela de libros que desde la ficción abordan temas más propios del ensayo, nos propone una aventura más profunda: disfrutar la novela con la que se aprende a escribir y/o comprender otras novelas.

Sortie:
21 juin 2013
ISBN:
9788415622390
Format:
Livre

À propos de l'auteur

Novelista y ensayista. Profesor de Literatura y Lengua española.Titular de un Máster de Investigación en Mundo Ibérico y Latinoamericano, por la universidad de Tours, Francia (2015) y de Historia por la Universidad de La Habana (1995). Diplomado de Inglés por la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana y de Francés por el Centre Universitaire d’Enseignement du Français pour Etudiants Etrangers de la Universidad de Tours, en Francia.En 1997, fundó, junto a otros escritores cubanos, la revista literaria independiente deLIRAS y en 2001, edita la revista de Arte y Literatura La Gaveta.Miembro fundador del Centro de Creación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” convocado en 1999 por Eduardo Heras León, y auspiciado por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba y la Fundación HIVOS, de Holanda.Ha obtenido menciones y premios en concursos literarios como el Premio Nacional Waldo Medina, Cuba, 1998. Ganó en 1999 la Beca de Creación Literaria Mascarada, con el proyecto de novela El diablo bajo mi piel, publicada al año siguiente por Ediciones Loynaz y reeditada por Editorial El Barco Ebrio, en 2011; también ha sido Mención de narrativa en los concursos nacionales “Hermanos Loynaz”, 1997 y 1998; y “Vitral” 1998.Ha publicado varios libros, entre los que destacan los ensayos Cómo se escribe una novela, (2006) y Cómo escribir Ficción (2016); y la novela Una gota de agua sobre la roca, (2013).Sus artículos han aparecido en periódicos cubanos y españoles. Actualmente se desempeña como Docente-Investigador en la universidad de Tours, y mantiene su propio espacio literario en www.hgquintana.com


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Aperçu du livre

Una gota de agua sobre la roca - H. G. Quintana

H. G. QUINTANA

UNA GOTA DE AGUA

SOBRE

LA ROCA

© Hector García Quintana, 2013

© De esta edición, El Barco Ebrio, 2013

www.elbarcoebrio.com

Diseño de la colección: Yenia María

Maquetación y corrección: El Barco Ebrio

No se permite la reproducción, almacenamiento o transmisión total o parcial

de este libro sin la autorización previa y por escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Smashwords Edition

El alma no se emociona profundamente sin cierta continuidad de esfuerzo, sin cierta duración en la reiteración del propósito. Hace falta la gota de agua sobre la roca".

Edgar Allan Poe

El hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma

Marcel Prévost

Agradecimientos

A todos los que sacaron un tiempo para meterse en esta locura de leer manuscritos.

I LA HISTORIA

PRÓLOGO

Durante dos años tuve sin saberlo un intercambio epistolar con una escritora de renombre. Nos encontramos de casualidad a través de Facebook. Fue todo sencillo aunque extraño a la vez. Un comentario en la página de un amigo en común, una invitación por tener puntos de encuentro ideológico, y un mensaje personal para preguntarle algo que no sabía, y de lo cual le preguntaba a su alter ego (que no sabía que lo era) y el descubrimiento casi dos años y medio después de nuestro trueque de emails, que estaba ante una de las escritoras más traducidas y vendidas de la historia de la literatura contemporánea.

La creía en un sitio inaccesible para mí. Sus datos apuntaban a Oslo, a donde aposté que haría el viaje si lo pedía. Sentía ganas de hacer esta aventura. Nos hicimos confidencias en nuestra charla informática, nos habíamos susurrado desahogos que sólo permiten cierto nivel de impunidad en la no identificación del otro, haciendo buena la idea de Miller de que vivir en una ciudad donde nadie te conoce te permite ciertas libertades que usualmente escondemos a los de nuestro barrio.

Sin embargo, llegado el momento, supe que estaba a unas pocas paradas de Metro de mi casa. La referencia a Noruega era apenas una forma más de despiste, de ocultación de su verdadera identidad. Y llegado el momento todo fluyó. No hubo situaciones extrañas, poses incómodas, ni necesidad de ocultar cosas trascendentes. Ya nos habíamos desnudado tanto en esa isla de ningún sitio que era nuestra red social que ya no había nada nuevo que esconder o revelar, fuera de algunas nimiedades.

Nunca podré ofrecer argumentos suficientes para explicar lo que de ella aprendí. No podré transmitir con mis pésimas metáforas los resquicios que descubrió de mi propia alma. Me abrió muchas puertas espirituales en este mundo de la literatura. De aspirar a ser un gran escritor, ganador de los más prestigiosos galardones mundiales, me convertí en un albacea literario de los textos de otro. Y nada mejor pudo haber sucedido, porque me abrió los ojos a un mundo que me negaba a ver. Desvió mi mirada de la aspiración banal de aspirar a ser otro, a ser yo mismo, y no lo hizo como una obligación impuesta sino como una forma de enseñar lo que ella a su vez había aprendido de otro.

Me enseñó que existe la salvación del ser humano a través de la literatura. Luego de conocer a Cristina he defendido que, bien encaminada, la literatura puede ser una de las mejores autoayudas, una forma vital de hurgar los entresijos del mundo que nos rodea, una forma fundamental de mejoramiento humano.

Es polémico. La literatura es ficción, y la ficción es mentira. Mentira que alguien crea en la soledad de su mundo interior para convencer a otros de que cuenta una verdad. Una novela, un cuento, un relato, son formas inventadas, imitaciones de la realidad que cuando entramos en ellas sabemos que no es la vida real.

Pero a veces nos convence más de lo que esperamos. A veces nos llega tan profundamente que no podemos dejar de creernos que estamos leyendo la vida misma. Una historia tan real como cualquiera. Existen elementos de esa mentira que nos ayudan a comprenderla y aceptarla.

Primero, que muchos libros con una historia de ficción, nos enseñan aristas del ser humano que no conocemos, nos abren puertas de la mente, algunas oscuras, de otros que nunca hemos vivido. O las hemos vivido, pero han quedado reprimidas en nuestro más profundo ser interior. Porque quizás asustaría si las expresáramos.

Y por otra parte, otros libros nos embellecen tanto la historia que cuentan, nos llevan a un mundo tan bello y plácido más allá de nuestra realidad, que nos abren en canal las imperfecciones de la vida que nos rodea. Es tan dura a veces la vida, que si nos enseñan un mundo mejor es difícil no querer hacer algo para vivir en él.

Pretendo hacer que vivas una experiencia diferente con los libros de ficción, con los libros que cuentan mentiras, esas mentiras que nos hacen cambiar. Quiero que aprendas a leer de otra manera, descubriendo las verdades que encierran muchos libros y que no siempre vemos. Y quiero hacerlo con las mismas herramientas que están en ellos, la ficción, la que me enseñó Cristina.

El texto que sigue fue lo que quedó en mis manos cuando ella me lo cedió. Con su firma el libro hubiese sido un best seller en la misma presentación. Puedo exponer miles de argumentos del por qué me lo dejó, pero ninguno sería válido por sí solo.

Cristina es sabia. Tiene esa extraña sapiencia del que dice –y lo cree de verdad– que no sabe nada, pone en duda las pocas convicciones que tiene, y extrañamente, o quizás por eso mismo, nos parece más erudita. Quiero creer que en su infinita sabiduría quiso que la gente prestara atención a lo que cuenta en su libro, y no a la firma que lo expresara. Con eso me quedo.

Hago público su texto resguardando su identidad, esa quedará entre ella y yo, y tengo la extraña manía de no contar los secretos que me confían los demás. No me pregunten quién es, no lo voy a decir.

Una recomendación importante. Este no es un libro plano, que camina por una senda recta ni sirve para que vivas una gran aventura física; es más bien una búsqueda interior que deriva en un gran salto emocional. Puedes leer el libro de un tirón y luego aprovechar sus enseñanzas en el nuevo camino que se te abrirá al terminarlo. Pero también puedes, si te es posible, lee los libros que el profesor Alexandr recomienda al final de cada capítulo. No es obligatorio, de hecho si quieres no hagas caso de esta sugerencia y nada te perderás del libro, pero te aseguro que la experiencia será mucho más completa.

UNA GOTA DE AGUA SOBRE LA ROCA

(EL ORIGINAL)

CRISTINA VON HAGEN

1. EL PRINCIPIO

–Es usted demasiado infeliz como para seguir viviendo, ¿por qué no se suicida? –dijo, y me quedé sin poder decir palabra alguna.

Entonces no escribía. Hoy mis novelas están en las listas de los más vendidos a menos de una semana de que hayan salido y mi firma garantiza algunos cientos a su poseedor. Pero no siempre fue así.

Alguna vez estuve a punto de dejarme morir, de dejar pasar todas las posibles cosas buenas que había a mi alrededor pero no tenía capacidad para apreciarlas. O mejor, no estaba disponible esa capacidad, por circunstancias de fuerza mayor.

Todo cambió aquel viernes con aquella pregunta. Al principio la escuché sin darle demasiada importancia. Surcó el aire con fuerza para romper la letanía del entorno viscoso y cruel en que se había convertido mi rutina en aquella casa, una casa que no era más que una misión como asistenta del centro de servicios sociales.

La dijo él, quien no esperaba que la dijera.

El hombre estaba a horcajadas sobre una vieja butaca. Su descuidada barba medio ocultaba un amago de sonrisa (entonces no supe apreciar que era una sonrisa) que apenas lograba su objetivo de llamar mi atención en medio de aquel rostro macilento.

Vestía un batín de seda que fue vistoso alguna vez pero ahora los lamparones se apreciaban por todos sitios. Sus dedos sarmentosos y largos se agarraban con fuerza a la butaca como temiendo caerse de ella y de cuando en cuando se paseaban por el pelo amarillento, que parecía más enfermo que canoso.

Era parte de lo que había encontrado en esta nueva etapa que se iniciaba de mi vida. Ya nada nuevo que tuviera por delante podría hacerme cambiar de parecer después de la pérdida de Amelia. Un viaje a la playa que debía ser maravilloso, un descuido al confiar mi hija a otras personas y un desgraciado accidente que nunca iba a perdonarme.

Había perdido la confianza en el ser humano, había perdido la confianza en mí. Me odiaba por dejar a Amelia con mi madre, odiaba a mi madre por no estar alerta del todo sobre mi hija, me asqueaba la persona que había llenado la piscina, el salvavidas que no estuvo en su puesto, el médico que no pudo salvarla, mi familia por no darme otras opciones más que lamentos.

Vagué muchas noches como si intentara atraer un asesino a mi vida, me sentaba horas frente a la tele con un vaso de whisky sin saber qué miraba, el alcohol se estaba empezando a convertir en un compañero demasiado habitual de mis tardes sin empleo, y lo único que me daba algo de aliento era consumir, sin control y sin ningún logro, libros de autoayuda, casi como una posesa.

Mi vida ya era un infierno.

Tenía que hacer algo para cambiar de aires. Era una cobarde, y el miedo a romper los preceptos de una moral cristiana me impedía tomar la decisión de acompañar a Amelia. Así que decidí castigarme. Decidí hacer por los demás lo que no supe hacer por mi hija. Ingresé como voluntaria de varias ONG, quería que me llevaran al peor sitio del mundo, allí donde las balas fueran diálogos, la vida un fardo pesado y la muerte una liberación. Y hasta eso iba a costarme tiempo y paciencia, mientras los médicos vieran inestabilidad emocional en mis ganas. Pero acepté mi destino con estoicismo porque era lo que merecía.

Un día se comentó entre los voluntarios un posible viaje al Medio Oriente, quizás a Irak o Afganistán, que era más un sueño que una realidad. Mientras soñaba con la posibilidad de esta misión, no me daban más que unas pocas tareas sin importancia, siempre acompañada y luego de un riguroso examen sobre mis posibilidades. Y curar heridas caseras, raspar quemaduras de gas butano, limpiar mierda de la senilidad de muchos no era suficiente; era lo que me correspondía en la escala del mundo. Por eso no me sorprendió que me destinaran esa casa del centro de Madrid.

Me asignaron este hombre peculiar, por requerimiento de su hijo, al que seguramente la vergüenza de no querer cuidar a su padre le dejaba un atisbo para pagarle una asistenta social. Me dieron su nombre: Alexandr, no su apellido: y su diagnóstico: un infarto previo y fobia social. Un ruso que no sabía español, lo cual era un alivio para mí; no necesitaba saber los problemas que aquejaban a uno más de estos ancianos y sus insultos no me preocuparían lo más mínimo siempre que no los entendiera.

La primera vez que estuve en su casa fue un martes. Él mismo abrió la puerta desde su sillón de ruedas, del que no se despegaba ni un segundo, a pesar de que me habían dicho, y más tarde comprobé, que se podía mover con absoluta libertad sin mi ayuda. Su independencia confirmaba mis temores del abandono de su hijo, que le pagaba este servicio porque no quería vivir pendiente de él.

Me invadió el acre olor a humedad que invadía todas las habitaciones. Se había pegado a las paredes, mal pintadas con brochazos descuidados y presurosos. El suelo estaba cubierto de una costra pegajosa de varios meses que me costaría limpiar semanas. Por suerte había escasos muebles, sin televisión, una vieja mesa redonda a modo de escritorio con un portátil de unas 15 pulgadas, junto a una máquina de escribir con una hoja medio escrita, una cama grande y vieja, y varias estanterías de metal con cientos de libros en ruso, inglés, francés, español y algunos en portugués, casi todos viejas enciclopedias, diccionarios, algo de Ciencias, Historia y algún libro de literatura de los que ya no lee casi nadie: Dostoievski, Balzac, Galdós, Dickens, Gogol.

Le hablé con educación y cierto respeto fingido:

–Hola Alexandr, mi nombre es Cristina y soy la asistenta que viene a atenderlo en estas semanas.

Me miró como sin comprender una palabra y farfulló algo por lo bajo que no entendí. Todo el tiempo mascullaba en voz baja alguna frase en su idioma, como si rezara, o peor, como si se quejara de su suerte.

–No me entiende, ¿verdad? No se preocupe, no hace falta que me entienda para que lo ayude –le tomé la mano intentando establecer cierta empatía, pero el hombre la rechazó sin brusquedad mientras seguía con su rezo.

Venía una vez a la semana, intenté hacerme la idea de su vida al margen del estado actual. Un maestro de alguna escuela rural de Rusia al que le gustaba su profesión. Salió tras su hijo a buscar un mejor futuro en otra parte de Europa. Su mujer lo habría dejado pues no soportaba que le prestara más atención a su trabajo. Seguramente ahora se lamentaba constantemente por la injusticia del mundo. ¡Vamos, como yo!

Luego de dos semanas de visitarlo casi a diario había logrado mejorar algo el aspecto del piso. Venía con menos frecuencia, quizás una o dos veces a la semana. Era incómodo hacerlo todo bajo la mirada inquisitiva e ignorante del ruso. No me agradaba lo que hacía aunque intentaba no pensar en ello. Cuando limpiaba era recriminándole por la suciedad, pero sin mucha intensidad, con frases del tipo: Hay que limpiar un poco más, señor ruso o Por mucho que no le guste voy a seguir moviendo las cosas, señor ruso. El hombre no debía imaginar que lo amonestaba porque usaba un tono suave, casi cariñoso.

Todos los días era así: lo recriminaba y le contaba algo. Dejaba el libro que en ese momento yo leía junto a la máquina de escribir, me ponía los guantes y limpiaba, quitaba mugre de donde hubiera mientras lo regañaba cariñosamente.

Algunas veces sufría pensando en su soledad. Yo misma me sentía sola y se lo decía.

–No quisiera verme como usted en mi vejez, con un hijo falso con cargo de conciencia que nunca pasa a visitarlo –el ruso me miraba como si quisiera entenderme, y como siempre mascullando por lo bajo–. Yo tuve una hija que perdí por lo mismo: inconsciencia. Ustedes los padres creen que lo saben todo y luego no asumen responsabilidades cuando los abruma la culpa.

Yo seguía hablando sin mirarlo, mientras limpiaba sobre la encimera.

–No sé qué le habrá hecho a su hijo para que no pase nunca por este cuchitril, pero no creo que haya sido algo de lo que se pueda sentir orgullo. Ojalá Dios me diera la posibilidad de enmendar mi error para no ser la madre que fui y no ser ni la madre que es mi madre ni el padre que es usted, pero no parece que sea tan sencillo como castigarme día a día con esto.

Ese viernes fue diferente. Hablaba como todos los días, quejándome de mi suerte y soltando las barbaridades que creía eran la única verdad sobre el planeta. Escuché un movimiento de la silla de ruedas, pero ni lo miré; ya estaba acostumbrada a que se moviera en la habitación por su cuenta.

–Es usted demasiado infeliz como para seguir viviendo, ¿por qué no se suicida?

Me di vuelta asustada y lo vi de pie junto al sofá, donde antes yo había dejado El secreto, de Rhonda Byrne; lo tenía en sus manos.

–Yo…, no sé…, no tengo…, –estaba sin palabras.

–No debe responder, es pregunta retórica. Pero sí me llama la atención por qué siendo tan infeliz no hace algo diferente para no serlo.

Yo seguía sin poder hablar. En mi cabeza se mezclaban, como una secuencia rápida de imágenes de película, los momentos en los que lo llamé señor ruso, en que le hablé horrores de su hijo y de sí mismo y mil cosas más que ahora no sabía cómo explicar.

–No debe preocuparse porque hable español. Casi nadie lo sabe, también hablo francés, ruso, inglés y portugués.

–Yo…, disculpe…, bueno, teóricamente…, no me preocupa que hable español, me llama la atención que hable. Lleva cuatro semanas sin decir palabra –dije armándome de valor.

Sonrió y caminó pausadamente hasta volver a sentarse en la silla de ruedas.

–He prestado atención a muchas de las cosas personales que ha contado en este mes. ¿Los libros de autoayuda le sirven de algo?

–Yo…, la verdad…, –no era una pregunta difícil de responder, pero aún estaba en estado catatónico–. No mucho…, creo… no sé…

–¿Sabe qué es la logoterapia?

–No, no lo sé.

Rodó en la silla hasta su biblioteca y buscó algo entre ella. Me extendió un libro: El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl.

–Cuando pueda lea este libro. Podemos hablar de él cuando regrese la semana que viene, si le apetece.

La conversación terminó ese día. Yo seguí limpiando con una enseñanza aprendida, él volvió a su mutismo.

2. LAS PRIMERAS DUDAS

Tuve una semana fatigosa, cargada de momentos esperados pero más incómodos que la anterior. El entorno diario no había cambiado. Tenía los mismos miedos, los mismos problemas, el mismo rechazo hacia la humanidad y un odio feroz contra mí misma. Pero algo inexplicable había pasado.

Dicen que nada sucede si no es por algún motivo, pero es demasiado general, demasiado precioso y predestinado como para ser tomado en serio. Habría que aceptar casi cualquier tristeza que nos oprima. Aceptar lo bueno, pero igualmente lo malo, los escenarios que derivan en depresión, todo lo que suceda por mucho que odiemos vivirlo.

Esa enseñanza no la había aprendido. Los libros que leía intentaban transmitirla, pero no me abrían la piel, no me dejaban el alma desnuda y sin respiro como para sentir que había algo más allá de lo razonable por lo que vivir.

Y sin embargo aquí estaba yo pensando en la infinita casualidad de haber encontrado alguien que se ha sobrepuesto a sabrá Dios qué situación deprimente y que estaba dispuesto a compartirlo conmigo. Que estaba abierto a desgarrarse a sí mismo la piel para dejar que yo aprendiera de su sangrado.

La primera duda era quién era este hombre. ¿De dónde había salido alguien que me decía estas cosas sobre la vida y el suicidio, y que se arriesgaba a dejarme un libro de su biblioteca personal que merecería ser leído? Sólo sabía su nombre: Alexandr, pero intuía lo que luego fue una realidad, que llegaría a conocer más sobre él y su vida.

Esa semana tuve una reunión del Centro que pensé que decidiría el viaje al Medio Oriente. No fue así. Hubo en la reunión las mismas necedades, gritándose las mismas cosas injuriosas, y todos preocupados por las cuotas de poder o el tira y afloja de poner las pautas de hasta dónde puedo llegar para violentar las reglas.

–¡Eh, hola, Cristina, Cristina! –La voz de Almudena me devolvió a la realidad–. ¡Qué estás en otro mundo!

–¡Perdón, perdón!

–Preguntaba que si habías empezado los trámites del pasaporte para el viaje.

Menos mal que repetía la pregunta.

–Sí, ya está todo listo –dije–. Puedo salir mañana mismo si fuera necesario.

–Ya llegará el momento de decidir, pero es importante que todos tengan los trámites adelantados porque el viaje puede ser de hoy para mañana. Y creo que por hoy ya está todo dicho. Si no hay más qué decir…

Todos se levantaron sin esperar a que acabara, es probable que no haya mucha diferencia entre mi aburrimiento y el de los demás ante estas formalidades. Mucha gente se toma en serio estas cosas. La mayoría tienen tan poco por lo que vivir, tienen tan escaso interés por elevar su alma, que se desvive en el centro de trabajo por cosas que apenas deberían preocuparnos. Hacemos tanta vida aburrida en nuestros trabajos, que terminamos por dimensionar exageradamente el valor de las cosas de menor importancia.

–¡Espero que podamos escoger a los mejores! –era Maricarmen con su manía del optimismo sin motivos reales.

Asentí con un movimiento ligero de la cabeza.

–Ayer estuve hablando con Javi sobre el viaje. No le gusta que lo haga. Está rezando para que no se dé. Pero yo estoy loca por salir de él unos días –una carcajada que pretendía inútilmente contagiarnos.

Hice un amago de sonrisa y seguí sin prestar atención a sus problemas matrimoniales. Recordaba que debía repartir mi trabajo de la semana entre varias casas a las que me asignaron, pero ninguna era la de Alexandr. Lo del viaje al Medio Oriente quizás era una solución. Sólo esperaba que la opción fuera ir sola o, cuando menos, destinada a un sitio donde no estuviera con ellas, donde nadie más quisiera ir, allí donde tuviera que lidiar con lo más difícil e inhumano del ser humano.

–¡Cristina, que estás en otro mundo! ¿Te vienes a tomar una copa?

La opción que tenía más allá de la copa a la que me invitaba Maricarmen era la visita a casa de mi madre. Era un viaje obligatorio para el que nunca estaba preparada, ni disponible.

–Sí, claro, claro.

–Vamos a Casa Paco. Tienen las mejores claritas y cafés de Madrid.

Al bar nos acompañaron además, Susana y Macarena. Estos encuentros no eran lo que más añoraba. Si no fuera por el trabajo voluntario que estábamos haciendo no compartiría mesa con ninguna de ellas. No teníamos nada en común. Ninguna lee libros, ni ven cine más allá de las películas soporíferas que ponen los domingos por la tarde en las cadenas de televisión. Viven pendientes de sus maridos, de su pretendida vida feliz en pareja, de las complicaciones diarias del trabajo. No tienen interés por una película, por ir un día al cine, por escuchar algo de música más allá de algún triunfo momentáneo del día.

–Almudena no está por la labor –dijo Susana–. Seguro que el viaje lo deja para María, su gran amiga.

–Bueno, yo voy a hacer lo imposible porque la elección sea justa –dijo Maricarmen–. Si alguien cree que me voy a quedar callada si no lo hace bien, está equivocada.

Nada me diferenciaba de ellas en la frustración, en la sensación de fracaso por los sueños perdidos. Si Amelia estuviera viva, no creo que fuera diferente a ellas. Sumida en las mismas preocupaciones banales, llena de pequeñas miserias que afearían mi conducta diaria. Ahora me importaban escasamente las luchas intestinas por decisiones que me afectaban muy poco, o mucho, pero a las que no daba la menor importancia. Si el viaje no era posible, ya habría motivos para otras formas de autocastigo.

Pero por algún motivo esta vez el bar Casa Paco no estaba siendo el sitio donde me olvidaba de muchas de las cosas de mi mundo, donde me entregaba a una trivialidad desusada. Intentaba evadirme con ellas de las cosas que me preocupaban, intentaba confraternizar, con cierta hipocresía, pero sin dejar al menos de intentar enlazarme con un mundo donde no encajo.

–Estás muy callada, Cristina –me dijo Susana.

–Ando medio lela esta semana –dije tratando de explicar algo que entendieran sin hacer preguntas comprometedoras.

–No te preocupes que verás que al final defenderemos nuestros derechos.

–Sí, claro, claro.

¡Qué absurdo todo! ¿Cómo explicarle que me importa nada la decisión de Almudena? ¿Cómo explicarle que mi mente está por otro sitio? El hombre en busca de sentido me había abierto las carnes en muchos momentos. La realidad que vivimos nos parece dura hasta que conocemos otras vidas que, de tan duras, nos enseñan los caminos para que no lo sea la nuestra.

Estábamos sentadas alrededor de una mesa, con cervezas y un plato de aceitunas, mientras intentábamos componer lo irresoluble, mantener una circunstancia que todas sabíamos que algún día terminaría, pero nos negábamos a reconocer.

No era cuestión de vivir ajena al mundo, no era cuestión de renegar de las relaciones sociales, pero al menos deberíamos poder tener la opción de decidirlas, y no siempre lo hacemos, nos dejamos arrastrar por un paso diario que a veces nos imponen. Y yo no estaba preparada para decidir, no entonces, pero sabía que algo estaba cambiando, algo se intuía, aunque no estaba segura.

3. COMIENZO DEL ASCENSO

Fui a encontrarme con Alexandr la semana siguiente. Llevaba en mis manos el libro de Viktor Frankl que había sido mi compañero de confesiones en la última semana. Lo sucedido la semana anterior en su casa, activó todas las curiosidades posibles sobre este hombre y la obra que me había dejado. Y este libro me tuvo perdida del mundo. Es de esas obras que son absolutamente indispensables. El hombre en busca de sentido es el libro del optimismo, es una obra gestada en la mente de alguien que no tenía futuro, al menos no en su cabeza.

Era la primera vez, desde la desgracia con Amelia, que había algo que me motivaba. Antes había consumido páginas y páginas de libros de autoayuda, nuevos, viejos, best sellers, descatalogados, pero salvo escasos momentos de algunos como Tus zonas erróneas, de Wayne W. Dyer o El secreto, de Rhonda Byrne, ninguno me había llevado hasta las alturas de esta obra monumental.

Frankl fue llevado a un campo de concentración alemán, donde estuvo a punto de morir varias veces, pero nunca perdió las ganas de vivir, o de sobrevivir, nunca tuvo la tentación de dejarse acribillar por las balas de algún soldado alemán, ni de saltar a una cerca para dejarse disparar por un centinela.

Su única obsesión era perdurar, resistir a toda costa, mantenerse con vida para legar a gente como yo lo que había sido una catarsis, una epifanía, su obra fundamental, esa idea de que el hombre tiene algo más allá de las cosas materiales que lo hace trascender, pero no siempre se encuentra y hay que salir a buscarlo.

Había quedado en mi cabeza un pasaje aterrador de ese libro. Durante su internamiento se percató de que a su lado un compañero jadeaba y se retorcía en medio de alguna pesadilla y se lanzó a sacarlo de algo que a él siempre le había resultado agobiante: los malos sueños.

Sin embargo, se contuvo en el último momento:

Comprendí –dejó escrito Frankl en su obra– enseguida de una forma vívida, que ningún sueño, por horrible que fuera, podía ser tan malo como la realidad del campo que nos rodeaba y a la que estaba a punto de devolverle.

Inmediatamente pensé que siempre hay situaciones más desagradables que las que vivimos, por mucho que algo duela, no eres el primero en sufrirlo ni el último que lo hará, basta mirarte desde fuera para comprender que te tienes a ti mismo para salir de ello, y quizás, muy pocas personas que están dispuestos a soportar tu depresión. Así que nadie mejor que tú para encauzar tu vida. Y también pensaba: uno es decirlo y otro vivirlo.

Abrí la puerta y repasé la vista por todo el salón.

–Hola, Alexandr –me descubrí por primera vez sin llamarle señor ruso.

Desde la habitación donde estaba la biblioteca escuché la voz.

–No será un secreto que estoy aquí, ¿verdad? –lo vi sonriendo, o lo que más se acercaba a una sonrisa.

–¿Cómo está? El libro que me ha dejado es increíble –lo dejé sobre el escritorio con cierta indecisión–. Lo he devorado.

–Hola, Cristina. Me alegro. Ya sabe qué es la Logoterapia. Siéntese, por favor…

Lo miré sin comprender muy bien. Nos sentamos en dos butacas que estaban de frente al escritorio.

–Pensé –dijo fijándose en mi cara de sorpresa–. Que iba a tener la curiosidad de buscar qué fue de Viktor Frankl.

–No –reconocí avergonzada–. Estuve tan ensimismada con el libro que apenas levanté la cabeza para nada más.

–Bueno, no es lo más sagaz, pero es lo más usual. Lo importante es que el conocimiento, está ahí, sólo necesita que le abran la puerta para percatarse. La Logoterapia está en la base del análisis existencial, es un tipo de terapia que permite recuperar a un ser humano que ha caído en las redes de una crisis. Y su creador fue precisamente Frankl, que pudo realizar toda su labor profesional cuando salió del campo alemán.

No podía decir que me sorprendiera.

–Algo como lo que yo necesito ahora… –susurré muy por lo bajo.

No respondió. Fue hasta el escritorio y cogió una caja donde estaba un pequeño cuaderno de notas y un montón de tarjetas de cartulina bien ordenadas. Más tarde me di cuenta que esta cajita y su cuaderno serían como su propia Biblia personal, donde fue recogiendo durante su vida muchas cosas que le interesaban.

–¿Se ha preguntado –preguntó finalmente–, qué habría pasado si la cabeza de Frankl se hubiese encontrado con la culata de un fusil nazi? ¿Qué tal si la existencia miserable del campo lo hubiese llevado a suicidarse, dejarse matar por la rabia de un asesino en uniforme? En su libro dice que la forma de sobrevivir, de encontrarle sentido a esa vida miserable era repasar en su cabeza, escribir en su pensamiento la obra que quería escribir.

–Sí, eso es increíble, es casi sobrenatural.

–No, al contrario, es bastante humano. Estamos programados genéticamente para ello. Él ya había escrito el libro, pero un soldado alemán lo había destruido. Y este repaso mental, esta escritura cerebral le daba aliento para creer en lo que llamó –miró en su libro de notas–, existencia provisional cuya duración se desconoce. ¿Qué tal si no lo hubiera hecho?

–Por lo pronto nos habríamos quedado sin El hombre en busca de sentido –le dije.

–Se necesita valentía, confianza en uno mismo y certeza del valor que tiene lo que intentamos legar al futuro para reescribir un libro mentalmente, una y otra vez, una y otra vez, sin cesar, sin pensar en nada más en que llegará el momento de pasarlo al papel y legarlo a la humanidad, por más que el momento de crisis en que se vive parece eterno.

–Indudable… –miré la portada.

–En eso es lo que quiero que repare. Cómo alguien no se deja vencer por las circunstancias más extremas y encuentra su objetivo vital.

Bajé la cabeza antes de responder.

–Si fuera tan sencillo… –dije en un susurro.

–No, no lo es… –se acercó a la mesa y cogió el libro en sus manos–. Pero sin buscar no se encuentra. Existe un caso parecido: Reinaldo Arenas, el poeta y novelista cubano que murió de sida en Estados Unidos, pudo haber muerto muchas veces antes. La infinita sabiduría y voluntad de vivir que destilan las páginas de su autobiografía Antes que anochezca harían reflexionar a más de uno que las situaciones más duras que puedan pasarte no dejan de ser crueles, pero sí son transitorias, perennes y fugaces.

–La muerte no es fugaz… –me atreví a rebatir. Esta era una de las pocas certezas que tenía.

–No lo es para quien muere… ¿Y para los que quedan vivos?

No dije nada. Él continuó:

–Incluso si te dicen que vas a morir en unos días o muere alguien muy querido –me miró a la cara de una forma que apenas pude soportar–, esa situación duele, estresa, pero termina por ser transitoria. Al final terminas reconciliándote con el mundo o enfrentándote a él; el dolor se mantiene pero la parálisis derivada de él es, y tiene que ser, perecedera.

Estuvo en silencio unos minutos y continuó:

–Arenas fue torturado, vejado por ser escritor, homosexual y disidente, tres delitos no recogidos en la ley de la dictadura cubana de Castro. Y en todo este proceso de destrucción de su ser vital perdió en varias ocasiones su novela Otra vez el mar. La novela llegó a caer en las manos de la Gestapo cubana, y todavía tuvo la entereza de reescribirla tres veces porque era más importante vivir para ella que vivir sin ella.

Ni siquiera sabía que existía Reinaldo Arenas, pero este ejemplo no era muy diferente al de Frankl. No era en un campo de concentración pero tenía la misma fuerza vital.

–¿Y el famoso caso de Van Gogh –siguió diciendo–, pintando de la misma forma, sin comida, sin calefacción, con mil motivos para odiar al mundo y sin embargo trabajando para ese mismo mundo del que siempre se quejaba que no lo comprendía? ¿Qué crees que les motiva a todos ellos?

–Su arte, ¿no es así?

–Su arte y la necesidad de autotrascendencia. Para unos fue pintar, para otros escribir, para otros es tener una gran prole o romper un record deportivo, pero en todos existe esa fuerza vital de ser más que la suma de nuestras moléculas y que debemos encontrar, y para encontrarla, hay que buscarla, salir del marasmo diario.

Este hombre estaba resultando ser toda una caja de sorpresas. Incluso teniendo serias dudas sobre su forma de encarar la vida era un placer escucharle.

–Me parece que hay factores que olvida. Como la suerte. El mismo Frankl pudo haber muerto en varias ocasiones y el azar de un momento, la inexplicable decisión de unos segundos, de no ofrecerse voluntario para algunos trabajos o de quedarse con sus enfermos en otro resolvieron que el azar decidiera que su obra llegara a nosotros.

–¿Y quién le dice que las ganas de vivir, su necesidad de legar lo que quedaba en su mente, no influyeron emocionalmente a tomar la mejor decisión en cada momento? La línea que separa la existencia de la no existencia es delgada, no es extraño. Pero si es verdad lo que vamos sabiendo de nuestro cerebro, las decisiones conscientes muchas veces vienen precedidas desde nuestro cerebro por una decisión emocional inconsciente. ¿Por qué entonces no creer que las decisiones que parecieron del azar, fueron gritos de alarma de su cerebro que le hicieron tomar la mejor decisión para lograr sobrevivir?

–No lo había visto así. Aunque eso nos deja al ser humano y nuestro ser racional en un plano bastante insignificante –le dije.

–¡Oh, no! Tomar decisiones es importante porque activa la parte de nuestro cerebro que se dedica a ello. Cuántas más decisiones tomemos, mientras más alternativas nos pongamos delante en nuestra vida, más opciones tendremos para escoger la mejor decisión –incluso de forma inconsciente. Y cada vez seremos más eficaces para hacerlo. ¡Es humano! Como entrenar los músculos con pesas, con carreras de resistencia o de velocidad.

–¡Pues no es una idea descabellada! –dije–. Si es verdad que nunca te vas a la cama sin saber algo nuevo, yo tengo para dormir varios días.

–Aprender es un lujo. ¡Aprovéchelo!

–Me gustaría poder tener la cabeza despejada para eso –dije tras una pausa.

–Cristina, la vida es mucho más que dejarse llevar y sufrir por los avatares que nos pone en el camino. Si seguimos los preceptos de la psicología, las crisis existenciales no son más que momentos de espera que permiten replantearnos el camino tomado y seguir avanzando por él o por otro en nuestro avance hacia la meta. Lo importante es dar con esa meta.

–Es difícil dejar de sufrir –respondí–. El dolor te llega generalmente de forma inesperada, te llena y te corroe sin que puedas hacer nada para dejar de sentirlo. Y cuando pasa se te nubla el pensamiento racional.

–No siempre, no siempre. Es imposible no sentir dolor. Es más, hay que sentirlo, dejar que las emociones derivadas de él nos provoquen y luego nos abandonen, sea llanto o lo que sea, pero hay que reponerse de él, y una forma de hacerlo es esta búsqueda de nuestra necesidad de autotrascendencia.

Estaba abrumada por la importancia que le daba él a tomar decisiones, y mejor si son las correctas o, cuando menos, las que creemos que lo son. Pero yo estaba en otro mundo, en otra esfera de la vida.

Recordé que había leído en algún sitio, seguramente alguno de los libros de autoayuda que consumía sin parar, que la obra de Franz Kafka, que cambió la forma de entender y disfrutar la literatura, hoy podría ser desconocida si, Max Brod, un mal amigo, pero un excelente previsor, no hubiese tomado la dura decisión de no quemar sus manuscritos y legarlos a la posteridad.

Para mí era un descubrimiento. Esas decisiones que parecen racionales, pero nuestro cerebro, desde algún lugar inexplicable aún para nosotros y en milésimas de segundo, ya se encargó de hacerlo emocionalmente por nosotros pueden ser la base de nuestra sobrevivencia como individuos sociales. Si no fuera así, ¿cómo puede explicarse que alguien pueda decirle a un amigo moribundo que se va a respetar su última voluntad de quemar sus manuscritos, y luego violentarla rescatando una de las obras más valiosas de la historia de la literatura? ¿En qué momento se toma una decisión así sin que sea algo emocional?

–Me gustaría poder sentir estas cosas…

–Depende de usted, de nadie más.

Cogió su cuaderno de notas y lo abrió por algún sitio para luego decir:

–No puedo decir que la vida es bonita, que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que la vida es una felicidad infinita, pero sí puedo decir que la vida no es completamente fea, que no vivimos en el peor de los

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Ce que les gens pensent de Una gota de agua sobre la roca

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