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El arte absurdo

para Alberto Santiere

El simple sentido común no puede llevarlos muy lejos en la dimensión del inconsciente, que se expresa de un modo muy absurdo, y que es precisamente lo que Lacan empieza a hacer”. J. A. Miller

a.

Daniil Kharms ocurrió en una época donde hacerse el gracioso podía llevarte a morir. Bueno, de hecho, eso le pasó. Pero todo el tiempo previo a que le pasara eso Daniil tenía su propia vida, la que convirtió en arte. ¿Cómo se hace de una vida arte? Parece una pregunta absurda, y sin embargo arremetemos. ¿Cómo se hace de una vida, arte, y arte del absurdo? Ya desde antes de Daniil (un fabuloso ruso nacido en 1905), Sigmund Freud dedicaba parte de sus trabajos a desestimar, poner a raya, diferenciar, el absurdo de todo lo que él iba hallando en su camino hacia lo inconsciente. El absurdo le estorbaba porque promovía el sin sentido, y eso mismo escuchaba con sus maravillosos oídos en las fuertes réplicas que le hacían los de su tiempo (aunque ahora también1, pero él ya no puede escucharlos). Freud insistía que no era todo sin sentido, que había una lógica, que se podían reconducir olvidos, chistes, fallidos, y encontrar su determinación, lo inconsciente. Por eso en Psicopatología de la vida cotidiana, busca lo fuera de la conciencia, y que tiene sin embargo una explicación, una consistencia. Uno de los tantos argumentos que sostiene haciéndose eco de R.M. Meyeres que no se puede componer deliberadamente y mediante el libre albedrío un absurdo2. Así como Freud, Daniil no se encontraba sólo frente a las réplicas, pero su búsqueda no era lo inconsciente, lo cifrado, lo descifrado (aunque podía pasearse por el escenario con el gorro de Sherlock Holmes3 gran descifrador de enigmas, montado en una bicicleta y recitando poesía) sino tomar el absurdo como una excusa. Para eso fundó con otros laOberiu, que significa Asociación por el Arte Real (formado por las iniciales de las palabras rusas); un grupo literario, que también abarcaba cine, teatro, performance, etc. Se autotitulaban “pensadores naturales” como una clara declaración absurda. Combatían la petrificación e inercia del gusto aunque sobre gustos no hay nada escrito, gustos son gustos hubiese dicho una amiga; pero nosotros podemos decir que gusto es igual a moda, y la hipocresía del mundo circundante. Veían las ironías de su entorno y sus escritos eran también irónicos4; o sea, decían el método.

b. En sus representaciones articulaban esto que su nombre proponía, Arte Real, pero sin dejar

b.

En sus representaciones articulaban esto que su nombre proponía, Arte Real, pero sin dejar de hacerlo por la “Asociación”. Cada integrante proponía una disciplina y no podía pensarse encarar un proyecto de arte real sin estos lazos. Pero ¿qué era real en la época de Daniil? Real, en su tiempo, era contrario a realista, y principalmente a la demanda del gobierno que pedía “realismo socialista”. Lo real no tiene ideología, ni insignia, por eso lo real no podría nombrarse como un movimiento, una avanzada, una revolución, o un etcétera. Hagámonos una pregunta de profunda humildad: ¿para qué serviría una práctica que nos lleve al más profundo solipsismo, que descubriendo una forma de vivir sin tanto sufrimiento nos deje solos, solos, solos? Para eso el saber hacer une algo. Es Lacan quien dice que uno sólo es responsable en el sentido de su saber hacer. No dice que uno es responsable de su inconsciente, de su deseo, de su goce; sino de hacer con eso. Y eso es en una cultura y en una sociedad: no en el diván. Según mi criterio Daniil Kharms sabía hacer eso del arte en cada propuesta de su vida. Por ejemplo, llevaba consigo copas de plata cuando iba a la taberna y sólo bebía en ellas, en una época donde fingir modales aristocráticos podía llevarte a que te deporten. Cuando iba al teatro siempre llevaba un bigote postizo y decía “es indecente que un hombre vaya al teatro sin este apéndice”.

En alguna oportunidad un poeta amigo lo visitó y descubrió un objeto extraño en un rincón de su ascética habitación, se desarrolló este diálogo:

¿Qué es eso, Kharms? Una máquina. Veo hierros, tablas de madera, atados vacíos de cigarrillos, resortes, ruedas de bicicletas, latas… ¿pero qué clase de máquina es? —De ninguna clase. Pero, ¿de dónde la sacaste? Yo mismo la armé. —Pero, pero… ¿qué hace? —Nada. ¿Qué fin cumple? El fin de tener una máquina en casa.

Lo importante es que Daniil podría haber dicho como algunos artistas de ahora, que eso era un collage, una escultura, un etc., pero no, él afirmaba que era una máquina para no hacer

nada5.

c.

En su saber hacer podríamos incluir no sólo a su modo de hacer arte absurdo, sino, por ejemplo, la forma de tratar su melancolía. Como Freud, que le puso un nombre a su cuerpo6, inspirado en el autor7 que escribió la novela Imago, Daniil Kharms nombró su melancolía Ignavia. Y para combatirla le escribió un poema que recitaba en los momentos en que quería ahuyentarla. Este saber hacer es un hacer con el Otro, un “hacer el Otro” como lo llamaría J. C. Indart. Pues, descubriendo que no existe, que todo es ficción, pero que sin embargo no escapamos a la misma, ¿qué pasaría cuando un sujeto toma a su cargo construir ese Otro? ¿Y si ese Otro es el cuerpo?

Leamos al poeta:

“Pasé mucho tiempo mirando los árboles verdes. La paz invadió mi mente. Como antes, aún no se me ocurren grandes y extraordinarias ideas. Los mismos retazos, fragmentos y restos. Se inflaman los deseos terrenales

o

echo mano a un libro interesante

o

de pronto un dulce sueño me aporrea la cabeza.

Me siento junto a la ventana en un sillón mullido. Miro el reloj, enciendo una pipa, pero súbitamente brinco y me acerco a la mesa, me siento en una silla dura y armo un cigarrillo.

Veo una arañita que corre por el muro. La miro, no puedo apartar la vista de ella. No me deja empuñar la pluma. ¡Debo matar esa araña! Pero soy demasiado perezoso para levantarme. Ahora escudriño mi interior,

pero dentro de mi todo es vacío, monótono y tedioso. En ninguna parte palpita la vida activa.

Todo está fláccido y adormecido, como una brizna de paja húmeda. Así he viajado por mi interior

y ahora me yergo frente a ti.

Esperas que te cuente algo de mi viaje. Pero me callo porque allí no vi nada. Déjame mirar en paz los árboles verdes. Quizás entonces la serenidad invadirá mi mente. Quizás entonces despertará el viento

y yo también despertaré y mi vida vehemente empezará a palpitar dentro de mí8.

sí. Podríamos pensar así mismo que el absurdo es un tema que no escapa al psicoanálisis (y todos quisiéramos que lo haga del psicoanalista, por lo menos del nuestro, aunque yo no lo recomendaría del todo). Desde Freud, que se detenía con esos sueños de angustia de cuerpos desnudos y caídas al vacío y corridas lentificadas que no avanzaban a nada, como sueños típicos, y a los que no quería dejar en el absurdo. Hasta elaboraciones más recientes que quisieran apartarse de él (del absurdo) como si de un dato místico y oscuro se tratase, para una ciencia que no es tal, el psicoanálisis. También el absurdo tendría mucho que ver con el humor, y eso lo descubrieron los del grupo Oberiu. Lo extraño es que esta gente para mantenerse dedicaba sus días a escritos más lucrativos: escribían cuentos infantiles. No es extraño que en la infancia, por la infancia, las cosas tengan otro color. El tiempo y el espacio no está reglado exclusivamente, las cosas se distorsionan en la imaginación, y todo eso facilita el juego, la angustia, y el trauma. La infancia es ese estado donde la humanidad se permite todo lo que luego cegará. Pero lo particular es que no sólo sea la infancia la que se permite estos deslices, sino hasta lo inconsciente. ¿Acaso no es maravilloso que en el texto de nuestra nocturnidad las cosas se escriban como luego muchas películas lo muestran? Volamos, somos poco más que superhéroes, atravesamos paredes, somos muchos y uno al mismo tiempo, cambiamos de sexo y todo eso. El absurdo es un elemento más de todo inconsciente que se precie, salvo que se le quiera encontrar un sentido. Lo interesante es cómo estos del grupo Oberiu se dieron cuenta que en el sueño estamos dormidos, y que por eso el cuerpo, puf, nada, ni se mosquea (al menos que se sufra de sonambulismo), decidiendo llevar al teatro todo eso. O sea, ponían el cuerpo y al hacerlo interactuaron con el público, el texto y etc. Fueron los pioneros del Stand up, de la improvisación, haciendo que el público participara del show, cosa que todo buen artista de teatro (principalmente infantil) sabe hacer. Por ejemplo Kharms en una oportunidad salió a la cornisa del teatro, fumando una pipa y con pantalones de golf, para convocar a una multitud, que pensaba en un seguro suicida, a una velada literaria.

a.b.c.no

Como todo héroe literario, quisiéramos que a Kharms lo hayan perseguido por su forma de pensar, atacado ferozmente. Hicieron algo peor: lo dejaron sin trabajo. Y sin trabajo es sin posibilidad de expresión. Hoy quizás es algo novedoso eso, pues tenemos múltiples posibilidades de expresión, la internet por ejemplo, pero su expresión era su arte, y su arte era

él, y él se sostenía por sus publicaciones de cuentos y poemas infantiles, y eso es lo que le prohibieron publicar. ¿Absurdo no?9 Sin embargo las publicaciones que correspondían al grupo casi no existieron. Ellos actuaban sus poesías, sus obras, y hacían circular esos textos si fuese necesario en manuscrito, entre amigos. Un gran trabajo se llevó para ir recopilando todo eso, y todavía sigue. En esos textos había actas donde se registraban las charlas literarias sobre temas como “el horror inexplicable” y “los silencios de la lengua”, que preocuparon a Heidegger y Wittgenstein, a quienes los rusos no conocían ni de nombre, afirma Juan Gelman10. Pero hasta hoy casi nada se conoce de ellos. Es que el absurdo trabajado como lo trabajaron ellos es como todo producto cultural, profundamente efímero. Y más si no hay un cuerpo que lo sostenga. Una propiedad demasiado humana también.

Pienso en un colega amigo que hasta el día de hoy cree que todo esto es un invento mío, que no existe el tal Daniil Kharms, que es una excusa para hacer hablar a otro donde hablo yo, y pienso que lleva tanta razón este amigo colega, porque Daniil ya no está. Lo que sí hay es transmisión11, eso que el artista hace con su arte y otro toma y se le hace carne.

Nicolás Cerruti 2012

1 Piénsese en el famoso y descarnado (aunque sirva de carnada) El libro negro del psicoanálisis.

2 Esto es fruto de un trabajo llamado “Lo absurdo y lo contingente”, presentado en una página que quiere pensar el psicoanálisis desde la lógica de lo literario y con el motivo de lo absurdo:

www.daniilkharms.tumblr.com

3 Entre nos, el típico gorro del genial detective nunca existió, más bien lo introdujo uno de los ilustradores de sus libros. Pero todos lo conocemos con ese símbolo, la pipa, y el “elemental, mi querido Watson”, que tampoco pronunció.

4 Pensemos ya en el nombre, Oberiu, si bien responde a las siglas de Asociación por el Arte Real, la “u” final está puesta por puro capricho.

5 Lacan quizás hubiese dicho: “para hacer nada”.

6 Lo llamaba en las cartas a Abraham, “Konrad”.

7 Carl Spitteler.

8 Tanto el poema, como todos los datos de Daniil Kharms, son extraídos del libro Literatura Rusa del Absurdo, un hallazgo literario de George Gibian; del que la biblioteca del Palacio Pizzurno tiene un ejemplar, y las librerías de Buenos Aires cero.

9 A leer como absurdo “no”, expresado en la prohibición.

10 Juan Gelman, “Golems”, Contratapa del Página 12 del 7 de Febrero del 2002.

11 Para este concepto pienso en “Transmisión y Talmud” de Lacan. Gracias Silvia Lef.