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En aquel momento, el abuelo de Vanka estara, de fijo, a la puerta, y mirando las ventanas iluminadas de la iglesia, embromara a los cocineros

y a las criadas, frotndose las manos para calentarse. Riendo con risita senil les dara vaya a las mujeres. -Quiere usted un polvito? -les preguntara, acercndoles la tabaquera a la nariz. Las mujeres estornudaran. El viejo, regocijadsimo, prorrumpira en carcajadas y se apretara con ambas manos los ijares. Luego les ofrecera un polvito a los perros. El Canelo estornudara, sacudira la cabeza, y, con el gesto hurao de un seor ofendido en su dignidad, se marchara. El Serpiente, hipcrita, ocultando siempre sus verdaderos sentimientos, no estornudara y meneara el rabo. El tiempo sera soberbio. Habra una gran calma en la atmsfera, lmpida y fresca. A pesar de la oscuridad de la noche, se vera toda la aldea con sus tejados blancos, el humo de las chimeneas, los rboles plateados por la escarcha, los montones de nieve. En el cielo, miles de estrellas pareceran hacerle alegres guios a la Tierra. La Va Lctea se distinguira muy bien, como si, con motivo de la fiesta, la hubieran lavado y frotado con nieve... Vanka, imaginndose todo esto, suspiraba. Tom de nuevo la pluma y continu escribiendo: