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La construcción social de la infancia.

Carlos Volnovich

La infancia y la adolescencia, como nos enseñan diversos historiadores y pensadores, no son “etapas” naturales de la vida humana – consecuencia inmediata de factores biológicos que caracterizan a los individuos. Todo lo contrario. Según el escritor norteamericano Neil Postman, en su libro The Disappearance of Childhood, la existencia de la “infancia” y la aceptación de las peculiaridades que la diferencian de la vida adulta solamente han ganado sentido y fuerza en el mundo occidental a partir del Renacimiento. La adolescencia, a su vez, se consolida como un grupo social específico en el siglo XX, al mismo tiempo que se fortalecen los principales sistemas de los medios de comunicación electrónicos lo que no es, en su conjunto, una mera coincidencia. Una de las mayores especialistas brasileñas sobre la relación entre los medios de comunicación, la infancia y la adolescencia, la profesora de la Escuela de Comunicación y Artes de la USP, Elza Pacheco, resalta, en el artículo titulado “Infancia, mundo cotidiano e imaginario en el Tercer Milenio: “de los juegos infantiles a la diversión digitalizada”, que:

conocer a los niños es pensarlos no solo desde una perspectiva evolutiva y desde su edad. Conocer a los niños es pensarlos como seres sociales determinados históricamente. Conocer a los niños es pensarlos mientras se relacionan dinámicamente, influenciando y viéndose influenciados. Conocer a los niños es pensarlos como seres que mantienen relaciones que tienen lugar en el seno de la familia, en la sociedad, en la comunidad. Es conocerlos en casa, en la escuela, en la iglesia, en la calle, en la piscina, en sus grupos sociales, jugando al fútbol con los amigos; en fin, en todas sus actividades. Si los vieran desde todas estas perspectivas, los adultos ya no les preguntarían

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“¿qué vas a ser de mayor?”. Verían que los niños son seres históricos que producen cultura, que piensan, que sienten el canto de los pájaros, el ruido de los coches y de los aviones, el zumbido de los insectos, el rumor de las hojas, el color y el perfume de las flores. Pero sienten también otras cosas: el dolor, el hambre, el frío, la contaminación, la violencia, la injusticia. Sienten y sufren

Si bien es cierto que la infancia y la adolescencia son construcciones sociales o sea, no siempre han existido y, cuando lo hicieron, no siempre fueron definidas de la misma manera , también es verdad que las políticas destinadas a estas poblaciones deben estar de acuerdo con aquello que cada sociedad, históricamente independiente, ha decidido escoger como los elementos que enmarcan su idea de infancia y adolescencia. Dichos elementos son tan o más importantes que los factores biológicos a la hora de definir la constitución de los niños y adolescentes. Por ello es por lo que el trabajo infantil, ampliamente aceptado en la Inglaterra de la Revolución Industrial, hoy en día es fuertemente condenado en ese mismo país. Biológicamente, los niños y niñas de 10 años del siglo XVIII y los de ahora presentan unas características parecidas. Lo que ha cambiado radicalmente es la sociedad y, en un movimiento armónico, los marcos legales, morales y éticos que rigen en ella.

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Las características de la infancia Considerando la delimitación peculiar del universo infantil y juvenil, se hace necesario comprender las características que se aceptan socialmente (o sobre las que se debate) hoy día que diferencian a los niños y adolescentes del mundo adulto. Muchas de ellas son biológicas; otras, sin embargo, no lo son. Según el trabajo ya citado del escritor norteamericano Neil Postman, a lo largo de los siglos que duró la Edad Media, no existió nada parecido a la concepción que prevalece en los días de hoy. Durante aquella época, cuando los niños y niñas adquirían la capacidad completa de la oralidad, dejaban de ser diferentes de los adultos: ropa, trabajo, conversaciones, hábitos, todo era ampliamente compartido entre individuos con edades biológicas distintas. Desde el punto de vista de Postman, contribuyó a la inexistencia del concepto de infancia durante la Edad Media la ausencia de tres elementos:

la alfabetizaciónen general de aquellas sociedades, la idea de educación y la noción de vergüenza. Durante los siglos siguientes, estos tres aspectos fueron vitales a la hora de diferenciar el mundo infantil y el mundo adulto los niños y adolescentes deberían pasar por un proceso de alfabetización y por un sistema educativo para llegar a la condición de adultos. Para las sociedades contemporáneas, las distintas fases de la infancia y la adolescencia (bebés, niños, preadolescentes, adolescentes, jóvenes) se asocian en gran medida a las etapas del proceso educativo formal. Tal hecho acaba caracterizando una fuerte normativización social de estos grupos de edades.

El papel de la vergüenza Otra cuestión de especial relevancia a la hora de la constitución histórica del concepto de infancia está relacionada con la vergüenza. En la Edad

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Media, no había “secretos” (valiéndonos de la expresión de Neil Postman) sobre el mundo adulto que no fueran compartidos por los niños y adolescentes. Simplemente no tenía cabida la idea del “todo a su tiempo”,

aplicada con relación a una serie de cuestiones incluso, y principalmente,

a aquellas que se refieren a la sexualidad. O sea, no existía el sentimiento

de la vergüenza de que se hicieran públicos determinados asuntos, escenas o actitudes cuyo acceso se busca evitar hoy día por parte de los niños y adolescentes. No obstante, si comprendemos que socialmente existen diferencias sustantivas entre la infancia y el universo adulto, la consecuencia inmediata de ello es la existencia de “secretos” sobre este universo que deben ser revelados en el momento apropiado, lo que les asegura a los niños y a los adolescentes su derecho a diferenciarse de los adultos. El punto central consiste en que uno de los elementos fundamentales de la diferenciación de dos grupos sociales es el tipo de información de que dispone cada uno de ellos. Los abogados son diferentes de los periodistas porque aquellos tienen determinada información que estos no poseen; y viceversa. De la misma manera, si los adultos y los niños compartieran, indistintamente, un mismo conjunto de información como ocurría en la Edad Media no tendría sentido darles nombres específicos a cada uno de estos segmentos de la población. Por ello es por lo que la inserción en el sistema educativo está intrínsecamente conectada con nuestra discusión. El hecho de revelar los secretos, en gran parte, se da a medida que se avanza por las etapas del proceso educativo, cuando los niños, adolescentes

y jóvenes se ven introducidos paulatinamente en el universo adulto. En este

sentido, la educación formal pasa a ser, en todas las sociedades, un derecho

de los niños y un deber del Estado y de la familia, dado que, al mismo tiempo que garantiza un espacio propio para el desarrollo de la identidad infantil y juvenil, también “prepara” a los niños y niñas para su entrada en

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el mundo adulto respetando en teoría los ritmos y el proceso de evolución

biopsicosocial. Hay que destacar, finalmente, que todo este proceso socio histórico se acelera de manera muy expresiva en el siglo XX. Por un lado, esto ocurre a causa de la psicología, que colabora de manera decisiva en los debates relativos a la creación de la idea contemporánea de infancia y adolescencia. Los trabajos de Sigmund Freud y sus interlocutores y/o sucesores son especialmente relevantes en este contexto. Por otro lado, el cine, la radio y la televisión contribuyen, en diversos momentos, a que se propague la concepción de infancia y adolescencia y a que se valoren los derechos de estos grupos de la población.

La especificidad en los espacios públicos

O sea, es de una importancia fundamental que los medios de comunicación

de masas, espacios públicos de especial relevancia para la construcción de

la identidad de niños y adolescentes, contribuyan a que ello sea posible. Por

eso es por lo que se utiliza con regularidad la expresión “infancia robada” cuando se describen situaciones en las que los niños y niñas están absorbidos en el mundo adulto (trabajo infantil, explotación sexual comercial, abusos sexuales, maternidad o paternidad precoz son algunos de los ejemplos más graves). Al poner al alcance de los niños y adolescentes ciertos contenidos que no contribuyen en nada a construir y reafirmar sus condiciones peculiares, los medios de comunicación, especialmente la televisión, pueden colaborar con

la indeseable y preocupante reducción de la distancia que separa a la infancia, la adolescencia, la juventud, el mundo adulto y la vejez. Esto es,

la socialización a través de los medios de comunicación, en este contexto,

estaría teniendo lugar de forma precipitada, lo que aceleraría peligrosamente el paso de algunas etapas que deberían estar siendo

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disfrutadas de manera más intensa y valorada por los niños y adolescentes, con la intención de potenciar su proceso de desarrollo integral.

La psicóloga Denise de Sousa Feliciano Monteiro, en el prefacio de su libro El niño en la contemporaneidad y en el psicoanálisis, completa así esta perspectiva: “No hay manera de parar de evolucionar, ni siquiera podemos ignorar los efectos de la contemporaneidad; sin embargo, es preciso que estemos siempre atentos para que no nos devore y para que los niños puedan seguir siendo niños y se distingan de las máquinas, no permitiéndoles que sean ellas las que coordinen sus mentes”.

Socialización por medio de las imágenes El mundo de las imágenes no requiere, a priori, la capacidad de comprensión de conceptos abstractos una habilidad que generalmente se desarrolla por medio da alfabetización. ¿Cómo aprender qué es la democracia, por ejemplo, por medio tan solo de imágenes? En ese sentido, para el especialista en Ciencias Políticas italiano Giovanni Sartori, en un análisis publicado en su polémico ensayo Homo Videns, una cultura fundamentada sobre todo en la imagen se convierte en una cultura que fortalece el desarrollo de otro tipo de humanidad y de otro tipo de infancia y adolescencia. Una infancia y adolescencia que, en la visión de Neil Postman, no requerirían, en último caso, la alfabetización y la inclusión en el sistema educativo para tener acceso pleno a información privilegiada del mundo adulto: ellas llegarían de manera natural por medio de las imágenes retransmitidas cotidianamente por parte de los medios de comunicación.

Televisión y audiencia: ¿interacción o relación de poder?

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…. los niños no serían como esponjas que absorben acríticamente todo lo que ven en la televisión. No podemos dejar de estar de acuerdo con este punto. En el caso del público infantil, y este es el segundo punto, la situación es todavía más crítica: los niños y adolescentes, según muchos autores, no se están desplazando hacia el consumo de la programación adulta simplemente porque prefieren esta programación, sino que, por el contrario, lo hacen por una absoluta falta de opciones. Esto es, el poder de nada menos que un tercio de los telespectadores no parece que sea tan grande . Según el periodista Cláudio M. Magalhães, “lo mejor que se produce en la televisión para los niños se restringe a un público mínimo. Los demás tienen que contentarse con la pobre programación de la televisión abierta, que ha ayudado muy poco a disminuir este espacio. Se ha creado así una nueva categoría de niños excluidos, los ‘sin dibujos’, condenados a ver una parca programación infantil cada vez menor , en comparación con las muchas opciones de que disponen unos pocos niños privilegiados”.

Ante ello, hay que tener claro que, cuando hablamos de la relación entre el universo infantil y juvenil y la televisión, no estamos refiriéndonos tan solo a la programación producida para estos públicos. Por lo tanto, parece imposible que el Estado deje de ocuparse de los potenciales impactos positivos y negativos que se deriven de esta interacción.

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