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Enrique González Duro

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BIOGRAFÍA INTERIOR DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Prohibida la reproducción total o parcial en cualquier soporte, incluido Internet

Todos los derechos reservados

© Enrique González Duro

© Ediciones Libertarias/Prodhufi, S.A.

Bravo Murillo, 37. 28015 Madrid

www.libertarias.com

Cubierta: Andrei M. Durán Diseño de colección: Gráfica Futura Foto del autor: J. Martínez Primera edición: Octubre, 2002 ISBN: 84-7954-621-2 Depósito Legal: M-40.229-2002 Impreso en Gráficas Cofás, S.A. Impreso en España/Printed in Spain

ISBN: 84-7954-621-2 Depósito Legal: M-40.229-2002 Impreso en Gráficas Cofás, S.A. Impreso en España/Printed in Spain

E. González Duro

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Biografía interior de Juan Ramón Jiménez González Duro, Enrique

Editorial:

S.A., San Lorenzo de El Escorial, Octubre - 2002.

Materias: 821

Encuadernación: rústica Edición: 1ª edición Dimensiones: 200 mm. X 130 mm. Nº de páginas: 480 EAN13: 9788479546212 ISBN: 84-7954-621-2 Colección: Nuestra historia

Ediciones Libertarias-Prodhufi,

Literatura española. Historia y crítica. 929 Biografías.

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Enrique González Duro ha pretendido revivir al personaje y mostrar su inmensa personalidad, tan poco conocida por debajo de trivialidades más o menos malintencionadas y al margen de los numerosos estudios de su obra. En cuanto ha podido, ha tratado de dar la palabra al propio Juan Ramón, escucharlo en todo lo que dijo de sí mismo y de los demás, y leerlo en lo muchísimo que escribió y reescribió, teniendo en cuenta además lo que de él dijeron y escribieron quienes lo conocierton de cerca y lo amaron u odiaron (la impar Zenobia Camprubí, su esposa de siempre; María Martínez Sierra, Ernestina de Champourcin, Margarita de Pedroso, Juan Guerrero Ruiz, Graciela Palau, Federico García Lorca. Jorge Guillén, Pedro Salinas, Bergamín, etc.). Y todo ello, con la necesaria neutralidad benevolente, ha tratado de ordenarlo, situarlo en tiempo y espacio, contextualizarlo, relacionar los contradictorios avatares de su vida interior con los diferentes aconteceres de su vida exterior, comprenderlo y a veces interpretarlo de un modo suavemente sugerente. Tarea nada fácil en un poeta universal que siempre quiso metamorfosearse en poesía, poesía desnuda, que intentó detener el tiempo, fundirse con la naturaleza, ser inmortal en su obra inacabablemente en marcha y convertirse en dios con todo lo vivido por sí mismo, sufriendo tanto y tanto por ello. El resultado tal vez sea el relato expositivo y en profundidad de la vida de Juan Ramón Jiménez, una vida apasionante, conmovedora y aún existente, que no le será ajena al posible lector.

Enrique González Duro

(La Guardia, Jaén, 1939), psiquiatra y con más de treinta años en la asistencia pública ha sido vicepresidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría y ha sido premiado en dos ocasiones por sus trabajos de investigación. Asimismo ha sido fundador y coordinador del Primer Hospital de Día organizado en España y médico-director de los Servicios Psiquiátricos de la Diputación de Jaén, efectuando las reformas psiquiátricas de la provincia. Actualmente trabaja en el Hospital General Gregorio Marañón de Madrid. Asistente de diversas instituciones psiquiátricas de Francia, Cuba e Italia, y colaborador habitual de diversos medios de comunicación, es autor, entre otros títulos de:

Psiquiatría y Sociedad Autoritaria, Consumo de Drogas en España, Distancia a la locura, Treinta años de psiquiatría en España, Memoria de un manicomio (en esta Editorial). La paranoia, Franco. Una biografía psicológica e Historia de la locura de España.

un manicomio (en esta Editorial). La paranoia, Franco. Una biografía psicológica e Historia de la locura

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ÍNDICE

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PRESENTACIÓN

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I. INFANCIA EN MOGUER

13

Calidoscopio edípico

17

Sueños diurnos

21

El despertar sexual

24

El

primer amor

28

II. EL POETA ADOLESCENTE

33

Verano turbulento

38

En Sevilla

41

Fiebre poética

45

III. LA NEUROSIS DE JUAN RAMÓN

53

Demonios interiores

58

Orfandad de padre

63

Manicomio en Francia

68

Lo “feo” del amor

74

La triste vida de los poetas

79

IV. EL POETA RETRAÍDO

85

Amor narcisista

87

Crisis religiosa

91

Arias tristes

99

Otoño galante

103

Jardines lejanos

107

María Martínez Sierra

111

A

la intemperie

117

V. EL POETA EN MOGUER

123

“Platero y yo”

127

Amor perdido

132

Habla el poeta

138

Neurosis de desamor

144

Laberinto psíquico

150

Culpa y apartamiento

157

Recogimiento religioso

160

VI. ENCUENTRO CON ZENOBIA

167

Zenobia Camprubí Aymar

172

La Residencia de Estudiantes

182

Amor versus amistad

189

De cara al matrimonio

195

El estío

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VII.

EL POETA RECIÉN CASADO

207

Nueva York y vuelta

211

Vida interior

218

Piedra y cielo

224

El pajarito enjaulado

232

La muerte y los niños

238

VIII.

JUAN RAMÓN Y LOS POETAS JÓVENES

247

Solo contra todos

252

Rafael Alberti

258

La generación del 27

265

El poeta apartado

272

Nuevos proyectos

275

La república

280

IX.

AÑOS REPUBLICANOS

285

Margarita de Pedroso

288

La muerte voluntaria

293

La ruptura con Jorge Guillén

301

Ruidos y cólicos

306

El Frente Popular

311

La guerra española

317

X.

EL EXILIO

325

Puerto Rico y Cuba

327

Crisis de pareja

336

Vacaciones en Nueva York

341

XI.

EL POETA EN AMÉRICA

347

El saqueo

350

Hacia el hospital

355

Tiempo

363

Espacio

374

XII.

EL POETA EN WASHINGTON

381

Universidad de Maryland

384

De nuevo, los jóvenes

390

Nuevas y viejas polémicas

398

Casi un año hospitalizado

402

XII.

VIAJE A ARGENTINA

405

En Buenos Aires

408

Dios deseado y deseante

414

De hospital a hospital

422

XIII.

“LA ISLA DE LA SIMPATÍA”

429

Resurrección

433

Manicomio insular

439

Última plenitud

443

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XIV.

RÍOS QUE SE VAN

453

Sala Zenobia-Juan Ramón

457

El Premio Nobel

463

Muerte

467

BIBLIOGRAFÍA

471

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PRESENTACIÓN

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De entrada, probablemente se crea que este libro, escrito por un profesional de la medicina psiquiátrica, sea una suerte de retorcido compendio de psicopatología clínica, que psiquiatriza de un modo ilustrativo, reduccionista y estereotipado la figura de Juan Ramón Jiménez, el “andaluz universal” cansado de su nombre, que efectivamente fue lo que convencionalmente se conoce por un enfermo psíquico (fóbico de la muerte, obsesivo, siempre hipocondríaco, hondamente me- lancólico, narcisista casi patológico, etc.), que fue atendido continuadamente por prestigiosos médicos y psiquiatras, y que permaneció internado en diversas ocasiones en distintos hospitales y clínicas psiquiátricas de Burdeos, Madrid, Estados Unidos y Puerto Rico. Nada más lejos de la intención del autor, que sólo ha pretendido revivir al personaje y mostrar su inmensa personalidad, tan poco conocida por debajo de trivialidades más o menos malintencionadas y al margen de los numerosos estudios de su obra. En cuanto he podido, he tratado de dar palabra al propio Juan Ramón, escucharlo en todo lo que dijo de sí mismo y de los demás, y leerlo en lo muchísimo que escribió y reescribió, teniendo en cuenta además lo que de él dijeron y escribieron quienes lo conocieron de cerca y lo amaron u odiaron (la impar Zenobia Camprubí, su esposa de siempre; María Martínez Sierra, Ernestina de Champourcin, Margarita de Pedroso, Juan Guerrero Ruiz, Graciela Palau, Federico García Lorca, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Bergamín, etc.). Y todo ello, con la necesaria neutralidad benevolente, he tratado de ordenarlo, situarlo en tiempo y espacio, contextualizarlo, relacionar

[11]*

los contradictorios avatares de su vida interior con los diferentes aconteceres de su vida exterior, comprenderlo y a veces interpretarlo de un modo suavemente sugerente. Tarea nada fácil en un poeta universal que siempre quiso metamorfosearse en poesía, poesía desnuda, que intentó detener el tiempo, fundirse con la naturaleza, ser inmortal en su obra inacabablemente en marcha y convertirse en dios con todo lo vivido por sí mismo, sufriendo tanto y tanto por ello. El resultado tal vez sea el relato expositivo y en profundidad de la vida de Juan Ramón Jiménez, una vida apasionante, conmovedora y aún existente, que no le será ajena al posible lector.

[12]

El autor

* Los números comprendidos entre corchetes corresponden a la paginación del libro impreso. [Nota del escaneador].

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I. INFANCIA EN MOGUER

A seis kilómetros del puerto de Palos, de donde partiera Cristóbal Colón para descubrir las Américas y en el milenario y bellísimo pueblo de Moguer, provincia de Huelva, nació Juan Ramón Jiménez en 1881. Fue en la noche del 23 de diciembre, lo que le llevó a querer creerse que, como el niño—Dios, había venido al mundo en la Nochebuena, y en la “casa grande” del pueblo. Era ciertamente una casa grande: tenía dos plantas y una fachada con dos grandes ventanas enrejadas hasta el suelo, una a cada lado de la puerta principal, y sobre ésta, un balcón de hierro con dos ventanas mudéjares al fondo y dos balcones laterales con cristales de colores formando estrellas, y encima una gran azotea, desde donde se dominaba todo el pueblo y, en los días de mucha luz, se podía contemplar el inmenso mar azul. Yo nací en esa casa, que mi padre levantó cuando Moguer

no tenía la carretera de Sevilla y todo el tráfico se hacía por el río. Entonces la calle de la Ribera, donde está la casa, esquina de la de las Flores, era la principal del pueblo; y unos ricachones que habían edificado ya en ella convencieron a mi padre para que edificara la suya frente a las de ellos. El arquitecto de Sevilla que se encargó de hacerla le fabricó a mi padre esa casa ridícula con

toques árabes

La fiesta aguada le costó a mi padre un dineral, porque la azotea se hundió dos

veces, y todo lo demás estaba lleno de inconvenientes 1 . Victor Jiménez Jiménez, a quien su hijo Juan Ramón quiso apellidar mejor Jiménez de Nestares y Sáinz de Prado, era un riojano de buen porte, sobrio, callado, rubio y con ojos

[13]

azules, que vino a Andalucía, con sus hermanos Paco y Gregorio, para hacerse cargo de la firma “Francisco Jiménez”, fundada por un tío abuelo y consignataria de buques, delegada de Tabacalera y propietaria de minas, viñedos, bodegas, olivares, etc. La inexperiencia de los hermanos hizo que el capital menguara, y que Víctor, el más retraído de ellos, se afincara en Moguer, haciéndose cargo de los bienes que allí tenía la familia. Se casó con Emilia Velarde, de la familia de un conocido poeta gaditano, y tuvo una hija, de nombre Ignacia. Enviudó pronto y se casó por segunda vez con Purificación Mantecón López-Parejo, que trabajaba de costurera en su casa, aunque provenía de una buena familia de Osuna (Sevilla), venida a menos. De este segundo matrimonio nacieron Victoria, Eustaquio y Juan Ramón. De los cuatro hermanos, Juan Ramón era el menor y probablemente el más querido de la familia. De una familia que, aún entonces, era bastante adinerada, propietaria de grandes bodegas de vino, viñedos, olivares y un barco dedicado al transporte de vinos. De igual modo que cambió los apellidos del padre, dándoles un sabor aristocratizante, Juan Ramón también fabuló sobre la rama materna de su familia, contando que una tía suya, doña Juana de Casa Mantecón, había sido condesa del mismo nombre, pero que el título se perdió al entrar en un convento y fundar una orden menor. Y siendo niño, su madre, muy soñadora y enamorada de las

flores, le había contado que la abuela materna, mamá Teresa, agonizó con un delirio de flores: En su delirio, dice mi madre que llamaba a no sé que jardinero invisible, Platero. El que fuera debió llevársela por una vereda de flores, de verbenas, dulcemente. Por ese camino torna ella, en mi

memoria

hermanas también de los heliotropos caídos del huerto y de las lucecillas fugaces de mis noches de niño 2 . Por entonces aún vivían en la casa grande de la calle de la Ribera: Aquí, en

como entre aquellas sedas finas que ella usaba, sembradas todas de flores pequeñitas,

[14]

1 J.R.J.: Carta a la revista "Caracola". Abril de 1954, recogida por Francisco Garfias en "Cartas literarias", Bruguera, Barcelona 1977. 2 J.R.J.: "Platero y yo, CXV", edición de Germán Bleiberg, Alianza Editorial, Madrid 1981.

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esta casa grande, hoy cuartel de la Guardia Civil, nací yo, Platero. ¡Cómo me gustaba de niño y qué rico me parecía este pobre balcón, mudéjar a lo maestro Garfia, con sus estrellas de cristales de colores! Mira por la cancela Platero; todavía las lilas, blancas y lilas, y las campanillas azules, engalanan, colgando la verja de madera, negra por el tiempo, el fondo del patio, delicia de mi edad primera 3 . Se acordaba también de la casa de enfrente, la casilla de Arreburra, el aguador, con su corral al sur, desde donde él miraba Huelva, encaramándose en la tapia: Alguna vez me dejaban ir,

un momento, y la hija de Arreburra, que entonces me parecía una mujer, me daba besos y

azamboas 4 . Y de cómo entre las piernas de los inmensos marineros que por las tardes se ponían en la esquina de la calle de las Flores, veía, allí abajo, el río, con sus listas paralelas de agua y de marismas. A veces, un viejo servidor de la casa lo bajaba al río, hasta el muelle, donde estaba el San

Cayetano, el barco de su padre, el más grande, el más hermoso, el mejor: Y Picón lo llevaba a él, el señorito chico, de la mano por el peligro redondo de los bocoyes acumulados, un rebaño, y le contaba del viaje sonriendo en su rubia morenez de hombre de la calle de las Flores 5 . Recordaba, de ese tiempo, cuando iba a la escuela de párvulos, a la “miga” de doña Benita Barroeta, de hábito de Padre Jesús Nazareno, que a lo mejor lo tenía dos horas de rodillas en un rincón del patio de los plátanos, o le daba con una larga caña seca en las manos, porque era un niño torpón. La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja, de grandes salones y verdes patios. De estos dulces años recuerdo muy bien que jugaba muy poco y que era gran amigo de la soledad; las solemnidades, las visitas, las iglesias me daban miedo. Mi mayor placer era hacer campitos y pasearme en el jardín, por las tarde cuando volvía de la es-

[15]

cuela y el cielo estaba rosa y lleno de aviones 6 . Los recuerdos de su primera infancia estaban coloreados de azul y le vinculaban a la casa de la calle de la Ribera, en el barrio de los marineros.

Cuando le entraba sueño, le decían: ¡Ahí, viene Fernandillo!, y él abría los ojos y miraba, ya casi sin ver a la lámpara del comedor en cuyos agujeritos situaba a Fernandillo. Y aunque él, después de cenar, para no dormirse, pegaba la cara contra los cristales de la cancela del jardín y se ponía a mirar las estrellas, las campanillas y la morera, y hacía cuanto podía a ver si Femandillo no venía,

mi cabeza se rendía, y me dormía, me dormía, y él venía todas las noches, y él venía como un

murciélago que se entrara del cielo negro al comedor 7 . Sobre todo, le asustaban las tormentas, que eran como un monstruo que gruñía y daba latigazos, mientras todo quedaba en silencio y las mujeres rezaban y encendían velas. Hasta que el padre se hartó de aquella casa, porque los marineros andaban siempre navaja en mano, los chiquillos rompían todas las noches las farolas del zaguán y en la esquina hacía siempre demasiado viento. Y la familia se fue a vivir tierra adentro, fuera del ruidoso barrio de los marineros pobres, a una casa de la calle Nueva, donde vivían los más ricos del pueblo. Fue una casa que le llenó de experiencias que luego serían entes y sombras de mi niñez y mi primera juventud, recuerdos que he escrito en varios libros míos publicados o inéditos: Platero, Entes y sobras de mi infancia, Piedras, Flores y bestias de Moguer, Josefito Figuraciones, etc. —anotaba Juan Ramón en 1923— 8 . La nueva casa era blanca, recogida y bellísima. Tenía dos plantas y una azotea, y varias ventanas enrejadas que daban a la calle, una a cada lado de la puerta principal y tres en el primer piso, sobre un solo balcón de quince metros de largo, con un tejadillo de pizarra; la fachada era lisa, pero estaba coronada de almenas. Por

[16]

3 J.R.J.: “Platero y yo. CXVII”.

4 J.R.J.: “Platero y yo. XVI.”

5 J.R.J.: “El San Cayetano”, texto escrito en 1904, de la serie “Josefito Figuraciones”, incluida en el libro “Elejías andaluzas-, editado por Arturo del Villar. Seix Barral. Barcelona 1994.

6 J.R.J.: “Habla el poeta”, texto de 1907 recogido por Javier Blasco en el libro “Y para recordar por qué he venido”, Pre- Textos, Valencia 1999.

7 J.R.J.: “Femandillo”, texto de la serie “Entes y sombres de mi infancia”, recogida en el libro “Elejías andaluzas”.

8 Juan Guerrero Ruiz: “Juan Ramón de viva voz”, Pre-Textos, Valencia 1999.

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dentro, la casa tenía mucha luz, por su blanco patio de mármol, al que se filtraba el sol por los cristales de la cubierta. De mármol era también la escalera que subía al primer piso, abierto al patio por unas galerías con simétricas barandas de hierro. Una cancela de hierro con cristales blancos, azules, rojos y amarillos, llevaba a un jardín posterior, de arriates llenos de geranios, hortensias, azucenas y campanillas azules, y más al fondo, había un corral con una puerta que daba a un monte

cercano

A Juanito, como le llamaba la familia, le gustaba mucho estar en aquella casa, de la que

salía poco, pasando mucho tiempo en el patio de mármol: Por las mañanas, ¡qué alegría de colores

pasados del sol en el suelo de mármol, en las paredes, en las hojas de las plantas, en mis manos, en

mi cara, en mis ojos! ¡Con la luna de noche, qué belleza, mate, sorda, y rica! Y miraba

sucesivamente todo el espectáculo, el sol, la luna, el cielo, las paredes de cal, las flores, por todos los cristales, el azul, el grana, el amarillo, el blanco. El que más le atraía era el amarillo: Por el cristal amarillo todo se me aparecía cálido, vibrante, rejio, infinito. Mi nostalgia de lo universal, latente en mí desde mi semilla, encontraba largo y supremo deleite por el cristal amarillo 9 .

CALIDOSCOPIO EDÍPICO

Juan Ramón fue un niño de naturaleza enfermiza. De adulto dijo siempre que había nacido con un bloqueo funcional del corazón. Tal vez por eso fue un solitario, que apenas jugaba con los demás niños, aunque era inquieto y revoltoso: De niño yo era una fierecita (dicen), daba tiros y garrotazos a todo, perros, gorriones, tortugas, cristales, menos mal que la escopetilla era de salón y casi no hacía blanco más que cuando apagaba con ella mi vela, antes de dormirme, y supongo que esto sería porque la

[17]

vela se apagaba sola. Y sin duda, corno castigo de Dios, tuve, de niño, todas la enfermedades de

los niños y, varias veces, el garrotillo, y la alferecía tetánica, cuyos nombres daban sus buenos

sustos a mi familia 10 . Por eso y por ser el menor de la casa estaba sobreprotegido por la familia y bastante mimado por las tres criadas que servían en la casa: María Huelva, Concha la Mandadera y

la Macaria. Vivía muy apegado a la madre que lo nombraba con los más diversos apelativos: De niño, mi madre, bellísima, buenísima, perfecta, me reñía cariñosamente con pintorescos nombres,

exactos como todas las palabras de ella, gráfica maravillosa, que son las de mi léxico:

Impertinente, Exijentito, Juanito el Preguntón, el Caprichoso, el Inventor, Antojado, Cansadito,

Tentón, Loco, Fastidiosito, Mareón, Exagerado, Majaderito, Pesadito y

Príncipe 11 .

En su serie en prosa “Josefito Figuraciones”, el poeta evocaba cómo, siendo niño, a veces se encaramaba, abría el cajón de la cómoda y sacaba un calidoscopio: Su madre estaba allí, a su lado, seca, sufrida, harta de padecer. Pero él daba una vueltecita al calidoscopio, se caían musicalmente unos cristales y aparecía una madre suya bordeada de cristales transparentes. Aparecía allí como si fuera la juventud de su madre, como si fuera andando por caminos de primavera sostenida por hilos invisibles, como una rosa que fuera su madre, o una vidriera de colores, como la de la iglesia, con su madre en el centro como una Virgen. Su madre estaba realmente allí, bordando un cojín, pensativa, leñosa, acabada, con un resto de belleza que al menor cuidado brotaba como el rosal en primavera. Josefito Figuraciones, en una sonrisa vergonzosa, la pasaba con sus ojos al calidoscopio, y allí dentro, dando vueltas despacito al tubo azul y oro, deteniéndolo donde más le gustaba, vivía una historia. Se figuraba a su madre por un

[18]

9 J.R.J.: Prólogo al libro inédito “Por el cristal amarillo”, editado por Francisco Garfias, Aguilar, Madrid 1966. 10 J.R.J.: “Revés de un derecho ya publicado”, “Ideolojía”, edición de A. Sánchez Romeral, Anthropos, Barcelona 1990. 11 J.R.J.: “El andaluz universal”, texto de 1927 incluido en “Antología poética” editada por Germán Bleiberg, Alianza Editorial. Madrid 1985.

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camino verdoso que bajaba al río, y allí había una barca donde ella estaba embarcada con su maleta, como una imagen dulce. Y cuando, a las cinco de la tarde su madre se iba por la calle Nueva, el calidoscopio le seguía contando cuentos: Él no veía ojos ni boca ni manos, sólo armonía actual,

viva leyenda encantadora, una frente total a veces, una sien absoluta, lo que él consideraba más dolorido en la vida de su madre. Y él la convertía sucesivo, apoteosis ardiente en agua primaveral, en sol y luna, en azucena del patio mármol, en repique de campanas de vísperas, en racimo de uvas, en cruz de mayo, en espiga granada, en Virjen de Rocío, en lluvia enredadora de campanillas azules 12 . Y no sólo fantaseaba historias con la madre, sino que también jugaba al escondite siempre que ella quería. Juanito el Prenguntón ladeándole la cara a su madre hermosa para que lo mirara bien, le

Hijo, qué fastidioso eres, ya te

preguntaba por millonésima vez: Mamá Pura, ¿dónde está Dios?

lo he dicho muchos veces que Dios está en todas partes 13 . Y él quería cogerlo en todas partes Deseaba tener al padre—Dios, estar más tiempo con él, con el padre del niñoDios. En ese sentido, las palabras más bellas, y más terribles, las escuchó en la iglesia, la mañana de un domingo: ¡Hijo,

esta tarde estarás conmigo en el paraíso! Anduvo luego por el pueblo, como perdido, pensando: Yo soy un niño bueno y fino, pero no un blancote. Y me tengo que matar esta tarde a las tres. Deambulando, se encontró con el médico de su casa y con el arcipreste, pero no pudo decirles nada. Antes de la hora del almuerzo entró en el comedor de su casa y, aunque no había nada servido, se instaló en su sitio. Se sentaba y se levantaba, como si tuviera mucha prisa, y no podía comer: — Mañana te daré un purgante —le asustaba su madre, entre cariñosa y severa—. ¿Qué habrás

comido tú por ahí?

Chucherías. Y él la miraba y le sonreía entre tirante y fijo. Esta-

[19]

ba pensando en lo bueno que sería tener que tomar mañana un purgante. Se acordaba del cielo que se veía por la ventana del cuartillo cuando tomaba purgantes, de la taza de té de a media mañana, de que no iba al colegio, de lo largo y hermoso del día de purgante. Cuando acabó el almuerzo, se quedó en el comedor sin decisión para nada, Si tomar el purgante o irse al paraíso con su padre, con todo lo maravilloso del cielo y de la tierra. Y no supo qué hacer 14 . Pero lo peor fue que era domingo, el día en que más se aburría, porque acudía mucha gente a casa y ya no podía fantasear con el calidoscopio.

A menudo, cuando estaba solo en casa, cogía el calidoscopio y a través de él, veía a su tío abuelo

vestido de almirante y en barco: Venía el barco suave por un canal escondido entre las orillas de

los cristalinos verdientes y amarillosos, que eran islas estraordinarias llenas de loritos reales,

Y su tío

abuelo, patillas blancas, guantes blancos, muy estirado de vientre y pecho, miraba con un largo anteojo por las playas májicas y solas de Castilla cercanas y lejanas. Miraba a Moguer, calle de la

Ribera arriba, y miraba las máscaras en la plaza del Cabildo, miraba la ventana de su sala a la plaza de la Iglesia, y lo miraba a él, a Josefito, anteojo con calidoscopio en coincidente túnel largo, largo, interminable. Almirante de gala, almirante con fin en sí, almirante para nada y para todo. Es decir, para estar en la mar, como un pino en el monte 15 .

piñas, de las negritas desnudas de las cajas de tabaco, de fuentes de agua de Florida

A Juanito también le apetecía que su padre le llevase a pasear de la mano. Iban de visita a ver a

sus parientes y a otros señores en el Casino de los Caballeros: Me veía yo como mi padre, con su esquisito traje marrón oscuro, su chaleco blanco, su corbata de plastrón, pasando entre las niñas que jugaban al corro en la calle. A veces, iban a la calle de la Ribera, y a una casa a orillas del río de un señor que se llamaba Ver-

[20]

12 J.R.J.: “Josefito Figuraciones”, serie recogida en el libro “Por el cristal amarillo”.

13 J.R.J.: “Lo coji” texto de la serie “Crímenes naturales”, recogida por Arturo del Villar en “Historias y cuentos”, Seix Barral, Barcelona 1994.

14 J.R.J.: “El blancote”, de la serie “Josefito Figuraciones”.

15 J.R.J.: “Su tío abuelo”, texto de la serie “Josefito Figuraciones”.

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dejo, donde podía extasiarse contemplando el paisaje. Como a su padre, le gustaba mucho el campo, ver el paisaje desde el molino de viento, descubrir caminos nuevos, atravesar el Arroyo de los Llanos, caminando por él en verano, cuando estaba seco, o yendo en un barquito de corcho, en invierno. Visitaban también las bodegas de la familia: Siempre que íbamos a la bodega del Diezmo, yo daba la vuelta por la pared de la calle de San Antonio y me venía a la verja cerrada que da al campo. Ponía mi cara contra los barrotes y miraba a derecha e izquierda, sacando los ojos

Y se veía la carretera, con su puente y álamos de

humo, y el horno de ladrillos, y las lomas de Palos, y los vapores de Huelva, y, al anochecer, las

luces del muelle de Riotinto y el eucalipto grande y solo de los Arroyos sobre el morado ocaso

En mis sueños, con las equivocaciones del pensamiento sin cauce, la verja daba a los más

prodijiosos jardines, a los campos más maravillosos 16 .

ansiosamente, cuanto mi vista podía alcanzar

último

SUEÑOS DIURNOS

Después de cumplir los seis años, Juan Ramón fue a la escuela de la calle Rascón, a cantar rezos

y a deletrear la cartilla. La escuela era del Ayuntamiento y tenía el largo nombre de Colegio de Primera y Segunda Enseñanza de San José, asociado al Instituto de Enseñanza Media de Huelva, aunque todo el mundo lo conocía por el nombre de su director, Don Carlos Girona. De aquel don Carlos, el poeta apenas recordaba nada, sólo que lo suyo le pareció lo mejor: sus paraguas, sus chalecos, sus tarjetas y su especial dicción. Al principio, él estaba bajo los cuidados de los auxiliares del maestro, y aun de los alumnos mayores: era entonces un niño ensimismado, pero que

lo miraba todo despaciosamente desde sus

[21]

ojos negros; un niño dócil, serio y lejano, con una rara habilidad para dibujar orlas y letras extrañas en las planas. Se identificaba con uno de los auxiliares del colegio, llamado Paco Siloniz, al que quería y admiraba. Por eso cuando este auxiliar se vio envuelto en un asunto de robo y fue a la cárcel, él no se lo quería creer aunque lo había oído comentar en su casa, en el Casino de los Caballeros, en la calle. La idea de que era inocente era tan firme en su corazón que hubiese sido capaz de herir a todos en uno, como David a Goliat, con honda, escopeta de salón o tirachinas. Sin embargo, no se atrevía a hablar del asunto abiertamente con los mayores, y sólo a Manolito Infante, el secretario de su padre, le preguntaba si la cárcel tenía camas. Y se iba corriendo a mirar por el calidoscopio, y a través de él, veía al auxiliar con su traje de alpaca gris raído y encogido, en una cárcel preciosa, diminuta y afiligranada. En el colegio, Juan Ramón era un niño aplicado y de los que más sabía. Aunque en los días de invierno, cuando llovía y él se aburría, sus ojos se extasiaban con los amarillos descoloridos con que

el poniente endulzaba el cielo de tormenta, sobre los cipreses del feo jardín que él miraba a través

de una gran ventana

Luego, el colegio se trasladó a una casa de la calle Aceña, cercana a la calle

Nueva, y don Joaquín de la Oliva, profesor de latín, fue el nuevo director. A él le aburría su clase de

latín y le molestaba mucho el humo de su cigarro, y el colegio se le fue haciendo cada vez más pesado. Únicamente le interesaba el gabinete de Física, porque tenía un globo terráqueo en el que podía ver las islas de las que hablaba mucho un amigo de su padre y a las que había viajado su tío abuelo, según había oído. Cuando, siendo ya algo mayor, iba él solo al colegio, por las tardes se hacía el dormido en la sala de su casa para que se le pasara la hora de ir a clase. Si nadie lo descubría en aquella sala, él era feliz en su fingido sueño, soñando de verdad, despierto. A veces, a la salida del colegio, iba con algunos compañeros a jugar a la Plaza de las Monjas, o, en las tardes de invierno lo llevaban de paseo al naranjal de los Arroyos. En realidad tenía po-

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cos amigos, y se sentía distinto y distante de sus compañeros. Una vez quiso tener, como sus compañeros ricos, un sombrerito de paja, y su tío se lo trajo de Huelva una tarde de mayo, en el coche de las cinco. Fue a recogerlo a la calle de los Molinos. Se puso el sombrero y salió: ¡Maricón! Lo sacaba bajo la blusa y corría con él escondido hasta que llegaba a la mitad de la calle Aceña, donde empiezan las casas de los ricos. Allí se lo ponía. Pero alguno de su calle que subía:

¡Maricón! 17 Disfrutaba más, solo, en el jardín de su casa: Había en el jardín de mi casa un pequeño bosque de plátanos y araucarias, y a la tarde, cuando volvía del colejio, toda mi delicia era ocultarme entre el verdor, ya transparente del oro del sol de las cinco. Yo me hacía la ilusión de que aquel trozo de verdor era un bosque inmenso, una isla desierta y lejana, algo que entonces no me explicaba bien, pero que sentía intensamente. Allí, echado bajo las hojas, dejaba deslizarse la hora. El cielo se solía aborregar de grandes rebaños rosas, y los aviones del estío volaban en el cenit lleno de sol, como lijeros esquifes negros de ilusión. Y el alma se me ponía hecha un tesoro, tesoro incomprendido, radiante y dulce que se me debía transparentar en los ojos, en el jesto, en el silencio, porque todos me preguntaban qué tenía y por qué callaba, tesoro que yo no rompía nunca jugando, que llevaba dentro con miedo, en un preludio inconsciente de ternura y armonía 18 . Como era un niño que no jugaba, sus padres creían que se aburría, que se iba a poner enfermo, y con la mejor voluntad trataban de remediarlo, forzándole a jugar, a estudiar, a pintar, a hacer algo. Pero Juan Ramón no tenía entonces interés verdadero por lo que debía hacer: Aburrimiento de jugar, de pintar, de libros, de todo. El primer impulso irreflesivo era entusiasta. Sólo me distraía contemplar, y esto casi nunca podía ser, porque había que jugar, que estudiar etc 19 . Con lo que

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siempre acababa por aburrirse, tendiendo a refugiarse en sus propias fantasías y mostrándose ante los demás de un modo retraído y triste. En este sentido era un niño muy precoz, que prefería soñar despierto a jugar. Como ha dicho Freud, el individuo en crecimiento cesa de jugar, y en lugar de ello, fantasea, hace castillos en el aire y crea sueños diurnos, lo que no es fácil de observar por los demás. El niño que juega se crea un mundo propio, que comparte o no con otros niños, pero que se apoya en los objetos reales y visibles del mundo exterior. Si fantasea, en lugar de jugar, prescinde en lo posible de esos objetos reales, y se oculta a los demás, como si se avergonzara de sus propias fantasías, considerándolas como algo íntimo y personalísimo. Por otra parte, puede afirmarse que el niño feliz apenas fantasea, y que lo hace sobre todo el que se siente insatisfecho. Son los instintos insatisfechos las fuerzas impulsoras de las fantasías, y cada fantasía es en cierto modo la satisfacción de algún deseo no consciente, una rectificación de la realidad insatisfactoria. Los deseos que tratan de satisfacerse a través de los sueños diurnos son ambiciosos y tienden a enaltecer la propia personalidad, o son deseos eróticos, más o menos reprimidos o sublimados según el grado de reprobación sociofamiliar. En cualquier caso, cuando las fantasías diurnas se multiplican y exacerban en la infancia, se están creando las condiciones psicológicas para una posterior caída del sujeto en la neurosis o, alternativamente, para la creación artística. Todo dependerá de cómo cristalicen esas fantasías en la adolescencia, y de los medios funcionales que el sujeto disponga para expresarla, a través de síntomas neuróticos o de técnicas que las transforme estéticamente.

EL DESPERTAR SEXUAL

De modo que los sueños diurnos de Juan Ramón preanunciaban, en su infancia, su neurosis futura o su dedicación a la creación poética, o ambas cosas. Sin embargo, su tendencia al

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17 J.R.J.: “¡Maricón!”, texto recogido por Juan Casamayor Vizcaíno en “Cuentos de antolojía”. Libros Clan. Madrid

2000.

18 J.R.J.: “El tesoro”, texto de la serie “Entes y sombras de mi infancia”.

19 J.R.J.: “Aburrimiento” texto de la serie “Entes y sombras de mi infancia”.

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ensimismamiento se vio en buena parte corregida por el despertar consciente de su sexualidad, un despertar que tal vez fuera tardío. Fue en el colegio donde el poeta supo, por vez primera, lo que significaba la vida sexual, que los niños no venían de París, sino que eran paridos por la madre: la

plataforma del colejio de don Carlos Girona y Mexía se convirtió para mí en la antesala de una vida nueva. Primero, durante unos días, fue el truco ordinario. que para mí era una mezcla de gracia y ordinariez. París, parir, parir, París. Y aquella noche yo me fui a la cocina y se lo decía a las criadas de casa que se reían como si yo fuese un lince y me cojían, me besuqueaban y me apretaban contra su carne. María Huelva, que había querido ser maestra, la pobre, y se quedó en “cuerpo de casa”, dijo: “Parir de París, hijo, qué finudo eres”. Y esplicaba lujuriosa y húmeda:

Como yo seguía en el limbo, a la hora de la

comida dije muy gracioso en la mesa: “París de parir”. Todos se callaron. Mi tío Esteban dijo:

¡No digas tonterías! ¿Quién te ha enseñado eso? Un compañero de colegio, Escacena, respondió. Y no añadió lo de María Huelva, que le gustaba confusamente y cuyas palabras quería secretas. Buen pillo está ese Escacena —dijo su madre: ¡No vuelvas a reunirte con él! Pero era imposible no reunirse con Escacena ni con Paquito el Antojado ni con Conde: Eran los mayores y todos los chicos los buscábamos 20 . Luego, Regina, nuestra criada gorda, baja y rubicunda, ojos azules, desviados y gordos muslos rosas siempre a la vista, completaba su educación sexual, contándole un cuento de contenido claramente edípico: La vaca de Bonares era hermosa, negra y colorada, tuvo un becerrito y lo quería con pasión. Lo llevaba siempre pegado a su costado, lo lamía y si alguien se acercaba se en- furecía como una vaca leona. El becerro fue creciendo, ya se iba por el verde y por fin, un día no volvió más. Pasado el tiempo, la vaca vio venir un toro hermoso, negro y colorado hacia ella y tuvo un sobresalto. Pero no se acordaba de nada: El toro era muy

“Es que dos leches se juntan y se hace un niño”

[25]

guapo y ella muy hermosa. El toro se acercó fijo a ella, y de pronto, la montó, se la tiró y la dejó

Aquel cuento le encantó a Juanito y quería que Regina se lo contara una y otra vez.

Bueno, ya está contado, otra vez decía Regina: Ven, ven, tú, dame un beso. Y el beso le parecía que se lo daba una vaca leona. Ay, qué niño más malo, decía luego ella soltándose y sudorosa 21 . Otro día, Juanito, tal vez agobiado por un ansia de castración, le preguntó a María Huelva quién era “el capador”, y ella se lo dijo cuando pasaba por la calle: Un hombrecillo deslumbrado, vestido de gordo con muchas superposiciones de telas y objetos y muchas cosas en la faja. Pero ¿qué era el capador?: —Pues el capador capa a los gallos, los perros y los niños. Y el niño se quedaba pensando con la frente contra los cristales fríos de la cancela: ¿qué se quitará? ¿Qué se capará? Y María se reía con una sonrisa ancha y compasiva: —¡Que te cape a ti María! María se reía más y

a

más

ver si te coje a ti. Entonces ya no te vas a casar con Matildita Navarro. Juanito se quedó muy preocupado, y al día siguiente se lo preguntó a Escacena, que tenía 13 años. Escacena hizo como

que sus dedos eran tijeras y le hacía chas, chas, chas, a la altura del vientre: —Si te capa, pues se

A él le parecía todo tan extraño que por la

acabó. Ya no sirves más que para engordar y comer y

tarde se lo preguntó a su primo Luis. Su primo se reía mucho, lo cogió en brazos y le dijo: —Mira, el capador le corta a los animales el sitio por donde se orina y ya no se pueden casar. Los animales no se dejaban, pero los mandaba capar el amo para que engordaran y venderlos más caros y comerselos más ricos. Pero a los hombres, no, no los capaban: —Pues María me dijo que si no me gustaría a mí que me caparan. Y Luis le contestó que María era una sinvergüenza. Entonces yo me quedé tranquilo. Mi primo Luis lo había dicho: —María era una sinvergüenza y a mí no me caparían. Y yo me podría casar con Matildita Navarro. Y se lo diría a ella 22 .

preñada

Por la tarde, le preguntó a Remigia qué era el capador: —Pues el que corta la cosita a los

[26]

20 J.R.J.: “Parir, París, parir”, texto escrito en 1941, recogido en “Cuentos de antolojía”.

21 J.R.J.: “La vaca Regina”, texto inédito recogido en “Cuentos de antolojía”.

22 J.R.J.: “El capador”, texto inédito publicado en la revista “Barcarola”, nº 33, mayo, 1990.

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Matildita Navarro era un niña muy bonita, con la que él hablaba cuando se la encontraba con su niñera por la calle. Y algún día jugó al escondite con ella: la niña se escondió en un callejón y él llegó presto, la entrecojió un momento, le dió un beso que ella recojió quedando prendida a él como dos lúganos por el pico y aleando con sus brazos de pluma huyó saltando, gritando y cameleando seriedad y risa 23 . Pero Juan Ramón, de niño, se sentía mucho más atraído, fascinado, por mujeres mucho mayores que él, como Dolores Arrayás, que tenía un estanco al que él iba a veces, sintiéndose intimidado ante su sensualidad de azucena, cuando alzaba sus brazos y se los cruzaba sobre la nuca. O la sobrina de don Manuel el cura, bella, rubia, maravillosa, que, con otras mujeres, se bañaba en el río, con un bañador crudo: De todas las escenas de mujeres —brazos, pechos, muslos entrevistos, gritos, oraciones, persignos, coplas— lo que perdura entero, como una estatua imborrable de emoción inexplicable, es aquella mujer de otra parte, que venía los veranos a bañarse a Moguer 24 . O la opulenta mujer rubia, de blandos muslos vestidos de mallas malvas, que, a caballo y en el circo, repartía sonrisas sobre sus desnudos pechos: Un olor a carne y a perfume me cegaba, me alejaba de mí, me envilecía. O la Sirenita del Mar que se exhibía por un cristal en una barraca de feria, con los dos pechos fuera, redondos y presentes, y moviéndose como una serpiente mujer. O Regina, a la que a veces veía en la azotea de su casa, desnuda, pelirroja, muy blanca. Le fascinaba también Elvira Infante, que contemplaba desde su balcón la estrella de la mañana, con su bata morada, suelto el cabello negro sobre los hombros y los brazos moreno y desnudos. La “cruda”, que nunca salía de su casa y a la que él veía contra el poniente, desnuda tras los encajes del cierro de cristales. Carmen Díaz, que vivía en la fonda de enfrente de su casa y que terminó por escaparse con un viajante de Madrid. Y Trinidad la Rubia. Aurelia, la cubana doña Luisa, etc.

[27]

Por entonces el niño Juan Ramón, tal vez, comenzó a sentir vergüenza: la vergüenza era para mí, de mí con no sé qué rebose de vinos dulces de la carne y la sangre, un conjunto de mujeres rubias, gordas y blancas que yo había visto coloradas: la hija gorda y blanca de Trinidad, Carmen Díaz, Regina la pelirroja, siempre una rubia sofocada v muchas veces pecosa 25 . Algún tiempo después, Juan Ramón debió ser seducido e iniciado sexualmente por una criada de su casa, según él mismo describiera o imaginara en una de sus “Baladas para después”. Fue un domingo de estío, cuando nadie más había en la casa: Y ella me buscaba en el desván y allí me hacía gozar de la presencia de todos sus tesoros sensuales. ¡Oh, aquella maraña frondosa ante mis ojos espantados de niño! ¡Cuánta cosa sin fin, qué de secretos! El ardor de la siesta era enorme, y enorme la frondosidad de aquella mujer estraordinaria 26 .

EL PRIMER AMOR

Juan Ramón fue un niño retraído y solitario, que no tenía a quién contar nada, porque apenas tenía amigos de su edad, y casi el único que tuvo, Alfredito Ramos, se le murió en una primavera. Él mismo, con su hermano Eustaquio y otros dos compañeros, llevó su ataúd blanco al cementerio viejo de Moguer. Debió de ser entonces cuando su padre le compró un caballo, de nombre Almirante y de él aprendió la nobleza: Era marismeño y con él venía a mí un cúmulo de fuerza, de vivacidad, de alegría ¡Qué bonito era! Todas las mañanas, muy temprano, me iba con él ribera abajo y galopaba por las marismas levantando las bandadas de grajos que merodeaban por los molinos cerrados. Luego, subía por la carretera y entraba, en un duro y cerrado trote corto, por la calle Nue-

23 J.R.J.: “Matilde Navarro”, texto de la serie “Josefito Figuraciones”, recogida en “Elejías andaluzas”.

24 J.R.J.: “Entes y sombras de mi infancia”.

25 J.R.J.: “La vergüenza”, texto de la serie “Entes y sombras de mi infancia”.

26 J.R.J.: “Balada del desván del sol”, de la serie “Baladas para después”, incluida por Fran cisco Garfias en el libro “Primeras prosas”, Aguilar, Madrid 1967.

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va. Una tarde de invierno vio cómo se llevaban al caballo, porque su padre lo había vendido, y él estuvo varios días con el corazón encogido. Hubo que llamar al médico, que le mandó bromuro y éter, hasta que el tiempo se lo quitó del pensamiento 27 . En sus paseos solitarios por el pueblo, observaba todo, se fijaba especialmente en ciertos personajes más o menos típicos que exaltaban su imaginación. Llamaban su atención los niños pobres, enfermos o desgraciados que veía por las calles, tal vez porque en cierto modo se identificaba con ellos. Siendo ya adulto, evocaba a un niño del barrio de los marineros que, aunque padecía del corazón se esforzaba en jugar con los niños ricos: Se cansaba pronto y siempre estaba sentado en el umbral de su puerta, con cara triste y sonriente. En el colejio todo su afán era estar con los niños ricos, cuyas gracias reía siempre con una admiración infantil. Perdía, queriendo, en todos los juegos; hacía siempre el burro en el salto; decía siempre que había sido él cuando cualquiera cometía una falta; hacía todos los mandados —al estanco, por tabaco, por piñones—. Solamente las noches malas de viento y de tormenta, cuando el relámpago y el agua entraba por el postiguillo del cuarto donde él dormía, junto a la calle, pensaba con un poco de envidia dolorosa en los niños ricos que vivían en medio del pueblo, en casas grandes y seguras 28 . Y recordaba también al niño tonto, al “Genarita”, etc. De su infancia recordaba también, con agrado, a ciertos personajes adultos del pueblo, como el “quincallero doble”, al que gustaba verlo venir, calle Nueva abajo, envuelto de resplandores. Don Manuel el organista, que tocaba en el convento de la plaza de las Monjas. Don José González, que aunque era médico no lo parecía, y que sobre todo era padre de dos niñas vestidas de negro por la muerte de la madre. Don Domingo Pérez, otro médico, conversador simpático y curioso visitador de almas y cuerpos, etc. Por contra, guardaba

[29]

también la imagen de hombres que le habían impresionado desagradablemente e incluso le habían

dado miedo, como el “relojero portugués”, al que veía cruzar por su calle, tambaleándose, borracho

y cogiendo todo lo que encontraba a mano. El Bizco del Borge, al que veía por las noches arrastrán-

dose, en un raro juego de muletas, y con una linterna encendida. El “feo malagueño”, torcido, cojo,

bizco, zurdo y borracho

a sus miedos, timideces e insuficiencias, a los diez años le llegó el primer amor, absolutamente

idealizado. Fue en Huelva, a donde fue con su padre, para ver una zarzuela y estar con sus familiares: El teatro, los barcos anclados, el helado, el cafetín, el agua a la mano, las luces

dulces

cosmopolitismo—, en la acera ancha, Pepita Gonzalo que me mira confusa, al irse, con sus ojos

verdes de niña de fuera, elegante, estraña para mí, niño fino pero tosco de maneras, triste

mi prima me dice que ella “me quiere”

El primer

sentimiento de la mujer delicada, fina, sutil, incorpórea, hermana del sueño y de la enredadera, me

lo dio Pepita Gonzalo

basto, con Pepita Gonzalo! 29 Era el primer amor, su primera mujer idealizada, el primer referente

de la mujer que siempre habría de buscar, contraponiéndola a la tentadora imagen de la mujer corpórea, sexualizada. Con diez años, Juan Ramón aprobó con sobresaliente el examen de ingreso en el Instituto de Enseñanza Media de Huelva, comenzando el bachillerato en el mismo colegio de Moguer, bajo la dirección de don Joaquín de la Oliva,

Al salir, en el olor a gas de la calle del Puerto —olor que entonces era para mí señal de

Todos eran figuras paternas, positivas o negativas. Y como compensación

Luego,

Retorno a Moguer por la carretera —¡qué triste!— con

esa angustia de madrugada de la imposibilidad de una cosa posible vista desde fuera

¡Cómo soñaba, y con qué pena, yo, niño basto de pueblo, basto, basto,

[30]

27 J.R.J.: “Platero y yo” XCI.

28 J.R.J.: “El marinerito”, texto de la serie “Entes y sombras de mi infancia”.

29 J.R.J.: “Pepita Gonzalo”, de la serie “Entes y sombras de mi infancia”.

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profesor de latín. Hizo los dos primeros cursos de bachiller en su pueblo, obteniendo muy buenas calificaciones. Para hacer el tercer curso, que era más complicado, Juan Ramón fue matriculado en el Instituto de Huelva. Pero, a última hora, el padre cambió de opinión y lo envió, junto con su hermano Eustaquio, a estudiar interno en el colegio que los jesuitas tenían en el Puerto de Santa María, provincia de Cádiz 30 .

[31]

30 Graciela Palau de Nemes: “Vida y obra de Juan Ramón Jiménez. La poesía desnuda”, Gredos, Madrid 1974.

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II. EL POETA ADOLESCENTE

Por la mañana temprano de un día de septiembre de 1893 dejó Moguer el pequeño Juan Ramón, junto con su hermano, camino del Puerto de Santa María. Fui tristón, porque ya dejaba atrás algún

sentimentalismo: la ventana por donde veía llover sobre el jardín, mi bosque, el sol poniente de mi

El Colegio de San Luis de Gonzaga era

enorme, tres veces más grande que el mayor edificio de Moguer: la fachada principal tenía tres puertas, treinta y nueve ventanas y quince tragaluces, y eran incontables las ventanas de las fachadas laterales. El colegio estaba sobre el mar y rodeado de grandes parques; cerca de mi dormitorio había una ventana que daba a la playa y por donde las noches de primavera, se veía el cielo profundo y dormido sobre el agua, y Cádiz a lo lejos, con la luz triste de su faro 31 . Cuando llegó, el tiempo era desapacible. La primera noche, en que encendieron los focos grandes del patio para deslumbrarnos, todos los niños, especialmente los que eran de Cádiz, hablaban de Isaac Peral, cuyo submarino estaría al día siguiente en la bahía de Cádiz. Él sabía bien quién era Isaac Peral, porque había estado en Moguer y había sido agasajado en el Casino de los Caballeros, donde tenían guardado un retrato suyo. Y no le parecía que su submarino pudiese estar en la bahía gaditana. El día siguiente era domingo, y tarde de paseo; y salimos de nuestras ternas rigurosas con la ilusión de verlo sobre la playa. La tarde estaba incolora, yesera, hueca y tonta; una de esas tardes desapacibles de internado, entre tiempo con-

calle. Llevaba mucha nostalgia, y el corazón encogido

[32]

fuso de infancia y colejio

negra y obstaculizadora que nunca. Íbamos de prisa, pisando latas en fango y retama sin darnos cuenta, bajo el nubarrón pardo con bordes destelleantes. ¿Se veía el submarino desde la playa? Unos decían que sí y otros que no. Él no lo veía por parte alguna, y en fin, nadie lo veía. Yo no

podía comprender cómo el submarino podría entrar triunfal y alegre en Cádiz con una tarde así.

Pasó el

otoño oscuro y nublado de nostalgia. En invierno el mar empezó a parecerle azul, y en primavera se fijó que también allí los crepúsculos y las nubes eran rosa y que el sol brillaba en el agua primaveral del patio grande. Cuando la huerta del colegio se puso verde, vio que el cielo estaba todo limón y que bajo el poniente, Cádiz se veía brillantemente rojo. El mundo se le había reducido a lo que veía por la ventana, aunque también sentía nostalgia de las ciudades del pasado, una nostalgia no vivida sino leída en los libros de historia: Recuerdo que desde niño —desde los primeros años del colejio— las ciudades antiguas, heroicas, místicas, sensuales, comerciales: Troya, Babilonia, Menfis, Alejandría, Damasco, Tiro, Atenas, Roma, estuvieron para mí llenas de sentido. La misma Cádiz, que yo veía desde la clase, por encima del jardín, era para mí la ciudad fenicia, con su prestijio, con sus navíos y con su mar abierta al infinito 33 . Lo que le distraía del ambiente rígidamente ascético del colegio de los jesuitas, tan grande y tan frío, haciéndole percibir una vaga sensación de paganismo. Pero, dando rienda suelta a su fantasía, Juan Ramón se sentía cohibido, pesaroso y hasta pecador. Porque lo espontáneo no era la norma en aquel colegio de los “hombres negros”, donde había que ir siempre serio, caminar en la fila con los brazos cruzados y en silencio, y vestir de uniforme negro.

Entre lo pantanoso de la playa, la fábrica del gas me entristecía, más

Todos los colorines de la oficialidad y las banderas se había eclipsado en mi corazón 32

[34]

31 J.R.J.: Habla el poeta texto escrito en 1907.

32 J.R.J.: “El submarino Peral”, texto escrito en 1927, de la serie “Entes y sombras de mi infancia”.

33 J.R.J.: texto inédito recogido por Graciela Palau de Nemes, op. cit.

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La falta más pequeña se castigaba duramente: al alumno se le reducía la cena a pan y agua, debiendo permanecer de rodillas a la puerta del comedor. Para salvar el alma era preciso mortificar

el cuerpo, algo que Juan Ramón no había sabido hasta entonces, porque en su pueblo los deseos del cuerpo eran compatibles con las ilusiones del alma. En Moguer podía andar como le diera la gana, hablar, preguntar, mirar, fijarse en cualquier mujer, en sus ojos, en su pelo, en lo que llevaba puesto, y hablar de ello con otros niños, como hacían los mayores cuando se reunían. Pero, para los jesuitas, esas cosas eran pecado, y Juan Ramón se sentía entonces pecador, lo que le obligaba a hacer examen de conciencia, confesarse y meditar sobre el pecado, la muerte, el cielo y el infierno. Para llegar al cielo había que ser casto y puro, siguiendo el modelo de San Luis de Gongaza, cuya gran estatua presidía la entrada en el colegio. Como él era dócil e impresionable, pronto se sintió sobrecogido en aquel colegio y hasta llegó a pensar que le gustaría ser jesuita. Ya en el primer año de internado, Juan Ramón se hizo miembro de la Congregación Mariana que dirigía el padre Juan Nepomuceno Oliver, su director espiritual, lo que le obligaba a comulgar con frecuencia y a llevar sobre el uniforme una cinta azul con la medalla de la virgen. Y se ganó una condecoración especial y otros tres premios, por su modestia cristiana y buena conducta. Se había adaptado aparentemente muy bien a la vida colegial y a la rigidez de la moral impuesta. Algunas clases le parecían tan aburridas como las del colegio de Moguer, pero se entretenía dibujando cálices, hostias, el corazón sangrante de Jesús, la cruz, una tumba que llevaba inscrita la frase

“acuerdate de que morirás”, etc

Todos sus libros los tenía señalados con las iniciales JHS, y en sus

márgenes y espacios en blanco había dibujados perfiles de santos, de caballeros cruzados, de

algunos de sus maestros. Pero la clase que más le gustaba, era la de francés, y sobre todo el libro “Morceaux Choissies de Literature Française”, que le hizo aficionarse a la literatura. De cualquier

mo-

[35]

do, era buen estudiante, y cuando al final del curso, en junio de 1884, se examinó en el Instituto de Jerez de la Frontera, obtuvo sobresaliente en todas las asignaturas 34 . En los dos cursos siguientes las calificaciones no fueron tan buenas, pero él siguió siendo considerado como un muchacho juicioso, dócil, disciplinado y buen estudiante. Los compañeros y los profesores le escuchaban con atención, y el rector del colegio le estimaba mucho y a menudo le ponía de ejemplo a los demás. Pero él no estimaba por igual a todos los profesores: apreciaba a su director espiritual y al rector, hombre bondadoso, fino y caballeroso, pero de otros, luego, haría crueles caricaturas. Del padre Carles, que le había castigado duramente por haberle sorprendido en su clase de catecismo pintando a una joven tiple italiana, dijo que miraba con sus duros, aislados, opacos ojos de orozuz, que parecían pasas postizas, peladillas de carbón en escaparate, y que se movía como un muñeco con ruedas. El padre Zebriany, encargado de los juegos recreativos, le pareció un gamo negro, elástico, alerta, ojeante, un poco bisojo, cuya cara era transunto exacto de la de Carlos II el Hechizado. Y alto, altísimo, el padre de la Torre andaba con miedo, caída la cabeza morena contra el corazón, como un ahorcado, mirando siempre, para no tropezarse, a

todos los techos 35 . En aquel colegio de los jesuitas Juan Ramón tuvo muchos compañeros, pero pocos amigos y entre ellos, el sevillano Fernando Villalón, que también habría de ser poeta: Existió por fuera, entre los dos, una relación constante, un poco lejana por dentro, con mutuos, tímidos deseos simpáticos

de acercamiento moral

Villalón me miró siempre, en el Puerto, en Sevilla, en Madrid, con una

injustificada mansedumbre deseosa de agrado. Y yo no sabía cómo levantarlo de su error 36 . Él

tendía, cada vez más al aislamiento meditativo,

[36]

34 Graciela Palau de Nemes, op. cit.

35 J.R.J.: “Sonrisas de Femando Villalón con soplillo distinto”, texto de 1932, recogido por Arturo del Villar en el libro “Elejías andaluzas”.

36 J.R.J.: Ídem

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guiado por la atenta lectura de la “Imitación de Cristo” de Thomas Kempis, libro en el que había subrayado significativos párrafos: Cuando más se concentre el hombre en sí mismo y más sencillo sea su corazón, tantas y mayores cosas entenderá su trabajo, porque recibirá de arriba la luz de la

inteligencia

hombres

acentuación de su carácter melancólico. Tuvo días de intensa nostalgia y tristeza, sufrió de desvanecimientos corpóreos y acabó sintiendo una creciente aversión a la disciplina religiosa, surgiendo su primera crisis de fe. Comenzaba a expresarse a través de la poesía, una poesía que reflejaba sus contradicciones religiosas, tal como se apreciaba en esta “Plegaria”:

Si atiendes a lo que eres dentro de ti, nada te importará lo que hablen de ti los demás

De cualquier modo, su estancia entre los jesuitas le supuso un importante freno vital y la

Tú, señor, que de tierra me has creado, ¿por qué me has de volver a sucia tierra? ¿Por qué me has de matar? ¡Yo amo la guerra! ¡No quiero ser tan pronto derrotado!

Según el propio Juan Ramón, cuando escribí este soneto, una de los primeros que escribía —

tenía yo quince años y aún me duraba el miedo a Dios que los jesuitas me imbuyeron hasta los catorce—, me creí que yo había cometido un irreverente atrevimiento, una osadía tremenda, y

No lo rompía, eso no, pero le

pedía a Dios perdón de rodillas por semejante arrogancia 37 . Aunque finalmente perdió la fe religiosa, los jesuitas le habían despertado, para siempre, un cierto sentido de la austeridad, de hondas raíces metafísicas, y la conciencia de que la actividad humana podía y debía ser estimulada por la voluntad, más que por las pasiones. De aquel colegio, además

durante una temporada estuve esperando que Dios me fulminara

[37]

del grado de bachiller, se llevó una gran preocupación por el alma y el cuerpo, una obsesión por la carne y un ansia incontenible de pureza. Y un planteamiento severo de la vida: Mi madre solía decir que, de niño chico, yo estaba siempre riéndome; que tenía una sonrisa de alegre, que se pegaba, decía María Huelva. Y que no comprendía cómo, luego, me volví tan serio. Se preguntaba el poeta por la razón de ese cambio: ¿El colejio de los jesuitas, con su paño morado constante de muerte; el despertar sexual con la idea de lo imposible? Sí; sólo alcanzo a ver que en el fondo de toda esta lucha de espejos y ondas, yerra siempre desde mi niñez segunda, el espejismo de la mujer esbelta ideal con aura oscura o dorada, dorada preferente, naturalmente. Su vida se convertía en una lucha por liberarse de la carne, guiada por el espejismo de la mujer ideal, niña, adolescente, joven, mayor, caída, última, muerta, estatua, aparición. Una vida sólo posible a través de la creación artística, de la poesía. Porque, desde muchacho, que yo recuerde, donde no estaba ya la luz y la sombra de la mujer, el amor misterioso de la mujer, faltaba todo para mí, el mundo estaba vacío y poco a propósito para reírme, como no fuera de él y de mí 38 .

VERANO TURBULENTO

Tras pasar el examen de grado en el Instituto de Enseñanza Media de Jerez, en junio de 1896, Juan Ramón se fue a Moguer de vacaciones: Al salir del colejio hubo algo feliz en mi vida; es que el amor aparece en mi camino. Se había enamorado de Blanca Hernández-Pinzón, a quien conocía de siempre, porque entre ambas familias existía una estrecha relación. Blanca era huérfana de padre — labrador acomodado y negociante en vinos— y vivía con su madre y sus tres herma-

37 J.R.J.: “Libros de prosa”, edición de Francisco Garfias, Aguilar, Madrid 1967. 38 J.R.J.: “Una risa inesplicable”, texto de la serie “Vida y época”, recogida en el libro “Selección de prosa lírica”, edición de Javier Blasco, Espasa Calpe, Madrid 1994.

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nos, José, Antonio y Gracia. José, que estudiaba para abogado en Sevilla, era el novio de Victoria Jiménez, la hermana de Juan Ramón. De pequeño, Juan Ramón no había tenido mucho trato con su hermana Victoria, porque prefería a Ignacia, la hermana mayor. Pero Ignacia se casó cuando él estaba estudiando con los jesuitas, y cuando venía de vacaciones al pueblo, Victoria aparecía como la “estrella familiar”, con la que más hablaba y se entendía mejor. Por eso le fue fácil tratar a Blanca, que visitaba a ella frecuentemente la casa de los Jiménez, hacía crochet con Victoria y charlaba con Juan Ramón, que también la visitaba en su casa. Una vez que ella se puso enferma, le

hicieron pasar a su habitación, que estaba a oscuras y donde nadie hablaba: Poco a poco mis ojos se fueron acostumbrando a la penumbra, y un brazo desnudo, largo, fino, espectacularmente blanco,

Ese brazo desnudo, la sola carne que le vi, flotó

siempre ante mi vida como la evocación del amor primero, blanco y mate y virjinal como una rama de almendro en primavera. Es como un brazo de luz que me mantiene la vida del espíritu, que me levanta y que me idealiza 39 . El inicio de la relación fue extraordinariamente sencillo, tal como figuraba en el poema “Adolescencia”:

de una blancura de yeso, se dibujó en la sombra

En el balcón un instante nos quedamos los dos solos. Desde la dulce mañana de aquel día, éramos novios 40

Ese “noviazgo” no pasó de unos cuantos besos cortos y furtivos, y el joven Juan Ramón pudo simultanearlo con ciertos inocentes coqueteos con otra jovencita, María Antonia Flores, también de familia acomodada y pariente de los Hernández-Pinzón. María Antonia estudiaba en el colegio de las Irlandesas, donde aprendía un poco de inglés, suficiente para

[39]

traducirle la etiqueta de un frasco de esencia

antes, y los bellos rincones de su casa le ofrecían de nuevo sosiego. En el segundo descanso de la escalera de mármol encontró ahora su lugar favorito para estar solo y leer los libros que había en su casa, como la vida del bandolero Diego Corrientes, El Quijote o algún libro de viajes. Sin embargo, el internado había cambiado considerablemente su carácter, mostrándose a menudo violento, terrible, “malo”. Se había vuelto muy exigente, y si las cosas no estaban a punto, “rabiaba y amenazaba”. Con ello, hacía sufrir mucho a su madre, comportándose con ella como si le hubiese tomado manía. Le hacía llorar frecuentemente, aunque después se arrepintiese y llorase él también. Discutía con sus tíos de arte, de literatura y de viajes, pretendiendo saber más que nadie y llevar siempre la razón. Ahuyentó de la mesa a su única prima hermana por parte de madre, María Teresa Ríos Mantecón, que por entonces comía con ellos y que, cuando se ponía nerviosa, se tiraba mucho del tirabuzón. Juan Ramón se empeñaba en que aquello era una manía que debía controlar, y si no lo hacía, le gritaba y le amenazaba. Luego a él mismo le pareció que aquello que hacía era horrible, producto de una adolescencia turbulenta 41 . Recordaba el poeta que en ese tiempo le entró un afán loco por las escopetas, que abundaban en su casa como recuerdos de familia. Con frecuencia, se iba a cazar a la finca de “El Cebollar”, propiedad de unos primos de Blanca Hernández-Pinzón, que pasaba algunas temporadas con ellos. Era una forma de descargar su agresividad. Disparando sobre gorriones, jilgueros, palomas o cuervos, y también a las gallinas, a los perros y a los gatos. Puede que todos esos recuerdos fuesen olvidados después o fantaseados, porque él contaba que un día se quedó muy impresionado al ver

Sus días de Moguer volvían a tener el encanto de

39 J.R.J.: “El brazo”, texto de la serie “Entes y sombras de mi infancia”.

40 J.R.J.: “Adolescencia”, poema recogido en su libro “Arias tristes”, incluido en “Primeros libros de poesía de Juan Ramón Jiménez”, editado por Francisco Garfias, Aguilar, Madrid 1967.

41 Graciela Palau de Nemes, op. cit.

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un pajarito herido al que él mismo había disparado. Cuando lo recogió del suelo, aún aleteaba. Tanto le afectó el incidente que, años más

[40]

tarde, hizo un bello poema que incluyó en su libro “Olvidanzas”, escrito entre 1906 y 1907:

Yo le tiré al ideal, creyendo que no le daba. Tiro negro, cómo abrió tu culatazo mi alma!—. La tarde, después del tiro que le partió las entrañas, se cayó, de pronto, oscuro lo verde, la frente pálida. 42

En un texto en prosa, escrito en 1915 y en Moguer, el poeta dulcificó el incidente, situándolo a

sus siete arios de edad: Cojí yo tan chico, aquel tremendo escopetón de dos cañones, que estaba contra el tronco de un pino, y le tiré a aquella luz tan chica, que erraba jugando por las copas del crepúsculo. La vi caer negra del pino, contra la puesta granate del sol. No vi su cuerpo, como el día anterior el del cuervo. Corrí desalentado monte arriba. Allí estaba, de alegres colores tristes,

entre el brillante margojo seco. La cojí saltándoseme el corazón

Ese pajarito casi sin carne, casi todo pluma verde y amarilla, que trina tan fino, tan desganado, tan menudillo en la punta nacida de los chopos de los arroyos 43 .

Era lo que llaman un chamariz.

EN SEVILLA

Al finalizar el verano, el padre de Juan Ramón decidió que estudiara Leyes en la Universidad de Sevilla y que además, por concesión a lo que él quería, tomara clases de pintura. Y a Sevilla llegó Juan Ramón en septiembre de 1896, cuando

[41]

aún no había cumplido los quince años, instalándose en una casa de huéspedes de la calle Gerona, donde también se alojaba el novio de su hermana Victoria, José Hernández-Pinzón. La casa estaba próxima al estudio del pintor gaditano Salvador Clemente, con el que aprendió a pintar flamencas, bodegones, campos soleados, paisajes sevillanos, etc.: Sevilla me tuvo entonces, algún tiempo, pintando en los estudios de pintores coloristas y fandangueros. Pensaba también haber iniciado el curso preparatorio de Derecho, entonces compuesto por tres asignaturas comunes con Filosofía y Letras —Historia Crítica de España, Literatura y Metafísica—, pero de hecho no se matriculó en la Universidad hasta el curso 1898/99, gastándose el dinero en otros menesteres. Como reacción a la dura disciplina de los jesuitas, ahora se dedicaba sobre todo a pintar y a una cierta bohemia señoritil, callejeando, alternando con los amigos, asistiendo a juergas flamencas e incluso visitando casas de mujeres públicas. En la ficha clínica redactada años después en una clínica psiquiátrica de Burdeos, se recogería que Juan Ramón se había entregado a los placeres sexuales y había visitado las casas públicas de Huelva y Sevilla 44 . Durante su estancia en Sevilla, Juan Ramón veía con frecuencia a su compañero del colegio de

42 J.R.J.: “Rosas de septiembre”, texto de 1915 del libro “Olvidanzas”, “Segunda antolojía poética”, edición de Javier Blasco, Espasa Calpe, Madrid 1998.

43 J.R.J.: “El triste cazador”, de la serie “Entes y sombras de mi infancia”

44 Jorge Urrutia: “La prehistoria poética de Juan Ramón Jiménez. Confusiones y diferencias”, trabajo publicado en las Actas del IV Congreso de Literatura Española Contemporánea, editadas por Cristóbal Cuevas y publicadas por Anthropos, Barcelona 1991.

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los jesuitas Fernando Villalón, que tenía fama de juerguista y mujeriego, y bien pudo acompañarle en sus correrías, si es que el ambiente que rodeaba el estudio del pintor Salvador Clemente no hubiese sido bastante propicio a esas correrías. Luego, Juan Ramón conoció a Rosalina, asomada a un balcón de la calle Otumba e hija de un cronista puertorriqueño que había venido a Sevilla a investigar en el Archivo de Indias. Ella tenía veintidós años y el quince, pero se enamoraron, sin saber cómo, locamente. Aunque no duró mucho tiempo: Tenían que tornar a su país y yo me quedé solo —¡solo como nunca!— en aquel verano de

[42]

Sevilla, lleno de molicie que yo entonces apenas comenzaba a entrever. Por las noches paseaba lentamente, penetrada el alma del olor del azahar, mirando, cargado de nostaljia, a la luna grande y redonda, que rielaba sobre el Guadalquivir. Y un buque negro, inmenso, surcaba mi ensueño, por los mares eternos, con una mujer pálida y opulenta en la cubierta 45 . Y fue paseando solo, a orillas del Guadalquivir, cuando Juan Ramón descubrió con entusiasmo la poesía

A comienzos del año 1898 comenzó a desarrollar un interés creciente por la poesía. Seguramente fue el propio Salvador Clemente quien le influyó para que profundizase en el conocimiento de la

obra del poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer, cuyo recuerdo aún estaba muy vivo en la ciudad,

y quien le introdujo en el Ateneo sevillano, del que Clemente era socio-fundador. Juan Ramón

ingresó en el Ateneo de Sevilla en marzo de 1898, fecha que marcaba la ruptura con su desordenada

vida anterior. Una ruptura reflejada en un soneto primerizo titulado “A varios ¿amigos?”, por el que se separaba de unos amigos que sólo pensaban en placeres y juergas, carecían de ambiciones y no respetaban sus ensueños. Dos meses antes había publicado en el diario “El Programa” de Sevilla un poema que había improvisado en una noche febril en que leía entusiasmado las “Rimas” de Bécquer. Viéndolo publicado me volví loco y seguí escribiendo y enviando poemas a todos los diarios de Sevilla y Huelva 46 . Por fin, había encontrado una vida de retorno a la realidad para su imaginativa vida interior, despojando a sus fantasías y sueños diurnos de lo que pudiera desagradar

a los demás y dándoles una forma susceptible de ser apreciada gozosamente por un determinado

público. De este modo lograba atraerse el reconocimiento y la admiración de otras personas,

obteniendo secundariamente fuerza, honores y

[43]

amor. Como él mismo dijera, pronto adquirió reputación de “verdadero poeta”, cuya inspiración “brillaba con luz propia”. Y se salvaba, por el momento, de su introversión neurótica, alejándose además de una “vida desordenada” que inevitablemente le culpabilizaba. Su entusiasmo por la poesía era creciente. Se pasaba el día y parte de la noche leyendo y escribiendo en un pupitre del Ateneo, y escuchaba con devoción las animadas discusiones de un grupo de literatos locales que allí se reunían: Francisco Rodríguez Marín, Luis Montoto, José de

Velilla, Timoteo Orbe, etc. Quería ser como ellos, y gastaba todo su dinero en libros; en la campiña —durante el verano— leía nerviosamente poesías románticas: Lamartine, Bécquer, Byron, Espronceda, Heine. Leía también las obras de los poetas gallegos Rosalía de Castro y Curros Enríquez, del catalán Jacinto Verdaguer, del granadino Manuel Paso, y el romancero castellano. Y seguía escribiendo y publicando sus poemas, firmándolos tímidamente con sus iniciales, en revistas

y periódicos regionales, e incluso en “El Gato Negro”, revista que se editaba en Barcelona. Todos

sus poemas eran de clara inspiración romántica, con el tema del amor y de la muerte, como su principal constante. Destilaban tristeza y tremendismo, aunque él no se sentía triste, porque estaba enfebrecido por la poesía, tanto que apenas comía y dormía. Al cabo de un año, en marzo de 1899, Juan Ramón envió al semanario “Vida Nueva”, que se había fundado en Madrid con la pretensión de abrirse a la juventud literaria y a las nuevas corrientes

45 J.R.J.: “Rosalina”, texto de la serie “Vida y época”, incluida en el libro “Por el cristal amarillo”. 46 Citado por Jorge Urrutia, op. cit.

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modernistas, un macabro “Nocturno”, que él consideraba entonces como lo mejor que había escrito. Enseguida se lo publicaron, causando un pequeño revuelo y siendo reproducido en diversos periódicos. El director del semanario, Dionisio Pérez, le pidió que siguiese colaborando y en concreto le encargó que versificara unas traducciones españolas del sueco Ibsen. El moguereño no conocía previamente la obra de Ibsen, pero convirtió sus traducciones en versos que fueron muy celebrados por su modernismo, sin que él su-

[44]

piera entonces que significaba aquello. En su propia poemática apareció una marcada tendencia social, tal como se apreciaba en el poema “Guardilla”, publicado también en “Vida Nueva”, en julio de aquel mismo año. Sin duda, estaba muy influido por el ateneista Timoteo Orbe, un vasco afincado en Sevilla, intelectual socialista, destacado amigo y corresponsal de Unamuno. Lo había

introducido en la filosofía y la ciencia de la época, y lo orientaba hacia una modernidad ideológica,

aunque no modernista en sentido estricto

Mientras tanto, el curso preparatorio, que por fin había

comenzado Juan Ramón en octubre de 1898, hacía aguas por todas partes. Iba poco a clase y apenas estudiaba. Cuando llegaron los exámenes, suspendió en “Historia Crítica de España”, lo que le llevó a abandonar definitivamente la carrera de Derecho y a dejar Sevilla.

FIEBRE POÉTICA

A principios de aquel verano, Juan Ramón regresó enfermo a Moguer. Sus desvelos y su enorme afán creador lo habían agotado, y cuando llegó a su casa estaba muy pálido, delgado, le daban desmayos y hubo que llamar al médico. Los médicos le aconsejaron a la madre que descansara y

que no le permitiera leer o escribir: Pero yo era un poco optimista en aquel tiempo feliz y no hacía

caso de la

ediciones del Romancero que había en la biblioteca de su casa y todos los libros franceses que habían pertenecido a un tío suyo, muerto en París. Se aprendió casi de memoria las “Orientales” de Victor Huego, y disfrutó mucho con la poesía de Lamartine y de Musset. Y leyó, en una antología general de poesía, versos de Goethe, Schiller y Heine, autor este último que le impresionó bastante. Y traduccio-

ciencia ni de la muerte 47 . En el pueblo la lectura fue su pasatiempo favorito: se leyó las

[45]

nes de poesía arábigo-andaluza y obras de poetas regionales o del “Litoral” (Carolina Coronado,

Verdaguer, Maragall, Augusto Ferran, etc.). Y volvió a escribir, comenzando por un cuento: Fue mi primer cuento, lo escribí febril, fuera de mí, cojido en un ciclón de romanticismo teatral y absurdo, patrocinado por Bécquer, el convento de

En mis anhelos poéticos pensaba

vivir entonces en el cementerio, solo, lejos de todos, y todos pensando en mí, y que allí me fueran a

visitar los amigos, a quienes yo leería cosas terribles. El cementerio era para mí lo más prestijioso, lo más universal de mi pueblo 48 . Pretendía jugar el papel de típico poeta romántico, y se imaginaba sobre una tumba, exaltado, perdido, contra el poniente y con un hueso en la mano, mientras el maestro Federico Molina y su amigo Julio del Mazo iban a preguntarle qué hacía allí y las muchachas del pueblo acudían a contemplarlo. Por entonces escribió en prosa “Riente cementerio”, que publicó a final de 1899 en el almanaque del diario “Córdoba”. Era una “alegre” y sensual descripción del cementerio de su pueblo: Entre las frondosas arboledas esmeraldinas, blanquean las alegres tapias del cementerio como encendidas casitas que brindan el goce de la tranquilidad,

¡Qué

¡Qué alegre

que convidan al reposo, lejos del bullicio, entre trinos de pájaros y aromas de flores

alegría! ¡Cuánta luz! Aún está mojada la tierra por el rocío de la noche que murió

Santa Clara, la luna amarilla, las lechuzas y mi primer amor

47 J.R.J.: “Habla el poeta”, op. cit. 48 J.R.J.: “Se continuará”, de la serie “Vida y época”, incluida en “Antolojía jeneral en prosa”, seleccionada por Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate, Biblioteca Nueva, Madrid 1981.

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cementerio! Si se alzaran a un májico conjuro las losas de las tumbas, tal vez verían a los podridos cadáveres reir de felicidad 49 . En ese tiempo Juan Ramón no pensaba en los aspectos terribles de la muerte, a la que contemplaba con dulzura poética y con humor. Tal se evidenciaba en el poema “Tristeza primaveral”, referido a la “virgen serena” que había muerto cuando él era niño en Moguer:

[46]

Yo tan solo veo aquel cementerio donde ella descansa yo tan solo veo aquella dulzura con que agonizaba, aquellas pupilas que lloraban muertas, aquella carita fría y azulada. ¡Aquella sonrisa de inmensa amargura entre los azahares de la caja blanca! 50

;

Por contra, la ancianidad era para el joven poeta un tema amargo y casi despreciable, considerando que su padre estaba entonces enfermo, tras una trombosis cerebral sufrida el verano anterior. Lo que mostraban, por ejemplo, en el poema “Amarga”, incluido luego en su libro “Almas de violeta”:

¡Yo quiero mejor morirme

que vivir sin esperanza

!

¡Ay! ¡Con qué lástima miro a los que no esperan nada

!

La realidad circundante era fuente casi directa para la primera poesía juanramoniana, incluyendo

el elemento popular, la copla flamenca o el romancero. Él mismo lo reconoció años después: El

primer romance mío que yo recuerde fue: “Conmigo duermen mis penas / por la noche, fatigadas /

de la lucha que en el día / sostuvieron con mi alma”. Yo estaba ya en Moguer; había dejado Sevilla y la pintura. Me acuerdo muy bien. Lo escribí al levantarme, lo puse en limpio y aquella misma

¿Versión de lo popular este

romance? Sin duda, lo popular estaba dentro de mí como un arroyo camino de un río. Mi sangre circulaba en romance, yo lo oía. Aquello era una copla popular, vuelta por el modelo inconscientemente

tarde lo envié a “Hojas Sueltas”, nuevo semanario sevillano

[47]

Tras ese romance vinieron otros inmediatamente, el

hilo sentía yo que era infinito dentro. Sí. Había dentro de mí un ovillo, una infinita madeja de

romance que yo empezaba a devanar y no había de acabarse nunca

Rosalía de Castro y Bécquer, y Augusto Ferrán, y Curros Enríquez, y Mosén Jacinto Verdaguer

Y más yo, más yo cada día, cada hora, cada minuto; porque yo devanaba mi romance con frenesí,

con fiebre verdadera, hasta caer rendido 51 . Como se decía en una revista de Málaga era “el más

pensativo de nuestros poetas jóvenes”.

Otra fuente importante de inspiración para Juan Ramón era el espectáculo lírico de la naturaleza, que en Moguer era algo cotidiano. El sol, las nubes, el cielo, las marismas, el río, el mar, el monte,

la luna, todo lo que alcanzaba a ver con sus ojos en el espacio abierto moguereño le exaltaba y le

reflejado de Heine, de Bécquer y de Musset

Más Heine y más Musset. Y

49 J.R.J.: “Riente cementerio”, texto recogido por Francisco Garfia en “Primeras Prosas”, Aguilar, Madrid 1962.

50 J.R.J.: “Tristeza primaveral”, poema recogido en su libro “Almas de violeta”, incluido en “Primeros libros de poesía de Juan Ramón Jiménez”, op. cit.

51 J.R.J.: “Mis primeros romances”, texto recogido en “Libros de prosa”, Aguilar. Madrid 1967.

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inspiraba. Pero también le conmovía hondamente el piano que tan deliciosamente tocaba Feliciana Sáenz. Feliciana era una mujer muy fina, que había viajado mucho y que había vivido en París. Yo iba algunas veces a casa de Feliciana, allá al fin de la calle de la Ribera, a oírla tocar y hablar, a verla. Era de una belleza rasgada y franca que me fascinaba. Manuel Núñez, el marido de Feliciana, matemático insigne, estaba verdaderamente obseso, poseído, loco por la música Entonces yo tenía dieciocho años; oía a Chopin por vez primera, v de qué modo. Feliciana, ahora lo comprendo bien, espresaba a Chopin con un sentimiento delicioso que me estremecía, me embriagaba, me enloquecía. Esta era la pura verdad me enloquecía. Los Preludios finales, el 24 sobre todo, sacaba de mi cuerpo, como de una vivienda oscura, el ser más frenético de mi alma encendida. Loco salía yo de aquella casa a altas horas de la noche, sin ganas de volver a encerrarme en la mía. Me dejaba vagar por el pueblo desierto y enlunado de relente verde negro y frío, con algún borracho que ro consi-

[48]

dejaba entonces, por unidad, mi hermano, o me salía al alto del Cristo, sobre la ribera, estensión, ámbito inmenso, perspectiva total, mar, marisma, monte y río bajo un cielo inmenso, que siempre era la salida, el lado mejor—, el escape de mi fantasía en mis tempranas soledades de Moguer 52 . Otras veces, el joven poeta salía por las noches al largo balcón de quince metros de su casa, contemplando la calle Nueva, solitaria de gentes y llena de fantasmas aéreos, y el espectáculo sideral. Yo no tenía entonces mayor ilusión, mejor esperanza (porque el primer amor, que dormía allí cerca, era arrebatado, diferente y entonces arrumbado), que espresar con palabra lírica aquel

Aquel ofrecimiento

amontonado de claridad tan lejana y tan cercana, tan inminente y tan inasible en el norte del verano moguereño, y aquel deseo mío de espresármelo (entre la jeme que me tosía luego con realismo forastero), aquella tierra verdadera, fueron fundamento en mí; noche tras noche de desviada soledad pura, con sus ricas luces sólidas, semilla de una cosecha de frutos perpetuos, de alimento eterno, en estado errante y febril de tan anhelada poesía mayor 53 . Pero, por ahora, no encontraba la vía poética que él quería, que él “sabía”. Por el camino, se tropezó con el “Azul” de Rubén Darío y ya no quiso ser más “delicado” ni escribir romances. Quiso ser “modernista”, y social, escribiendo un largo y tremendo poema. “Las amantes del miserable”, que, publicado a primeros de diciembre de 1899 en “Vida Nueva”, le abrió las puertas de la fama. Como él mismo dijera años después, era una poesía anarquista que mis amigos se aprendieron de memoria y que yo quisiera olvidar. Se publicó acompañado de una fotografía de un Juan Ramón casi adolescente y un comentario del director, Dionisio Pérez, que decía: Es muy joven el autor de “Las amantes del miserable”, casi un niño, y

espectáculo sobrecojedor de altura y lejanía, inmensamente acercadas

[49]

no sólo la rebelde forma obedece ya sumisa a su astro, sino que en la concepción de su poesía se perciben claramente aleteos de un alma gigante. Era un largo poema de contenido social y de un sensualismo extremado en sus formas, utilizando imágenes del amor físico para corporeizar nociones abstractas. La soledad y la muerte aparecían como dos horribles prostitutas que acompaña- ban en su mísero lecho al mendigo, y éste se revuelca con espasmos angustiosos, / con febriles contorsiones / entre versos y quejidos y caricias / de sus fúnebres amantes ardorosas, insaciables 54 . Se notaba la influencia del “colorista” malagueño Salvador Rueda, y de Rubén Darío, al que apenas había leído aún. Con relativa frecuencia, el joven Juan Ramón viajaba a Sevilla, y visitaba la “Biblioteca”, una nueva sociedad cultural organizada, entre otros, por Orbe y Rodríguez Marín, y en cuya “mesa” leía las últimas publicaciones de los poetas hispanoamericanos modernistas. En una ocasión leyó allí poemas de su libro manuscrito “Nubes”. Constaba el manuscrito de una parte compuesta de poesía

52 Chopin” texto de la serie “Vida y época”.

53 “Continente de estrellas”, texto de la serie “Vida y época”.

54 J.R.J.: “Las amantes del miserable”, poema recogido en su libro “Ninfeas”, incluido en “Primeros libros de poesía”.

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sencilla, como los romances, y de otra con versos más recientes, modernistas y formalmente efectistas y recargados. Orbe, su mentor sevillano, le dijo que tuviese cuidado con los “mercuriales franceses” —jóvenes poetas que escribían en la revista “Mercure de France”— y los poetas de la joven américa, los “modernistas” hispanoamericanos que le estaban influyendo. Y que revisase la segunda parte de su manuscrito y eliminase los excesivos adornos modernistas de algunos de sus

Al filo del siglo XX y con sus

18 años recién cumplidos, Juan Ramón, que no cesaba de escribir, era ya un poeta conocido y reconocido: Yo fui muy precoz. Un niño precoz quiere decir un hombre retardado. ¡Pobres hombrecitos tristes! Porque en ese estilo que es la precocidad se permanece mucho tiempo en su isla descentrada y sin tiempo. Y como todos los

versos. Pero él seguía queriendo ser un poeta “modernista”, y social

[50]

Yo escribía, escribía como un

loco, versos y prosas. Y además, los publicaba. Ningún periódico o revista onubense, sevillano, madrileño, de la época, me regateó sitio, y, en muchos, tuve lugar preferente, retrato y hasta pago. Y leía, leía atropellada, revueltamente, cuanto caía en mis manos: versos, novelas, etc. En esa época la novela naturalista imperaba, lo social, el simbolismo, el modernismo inicial, que venía del romanticismo. Se levantaban ante mí estelas luminosas, guías de vida y arte, y mantenía una correspondencia frenética con los jóvenes de entonces. Yo vivía, eso no me lo quita nadie, embriagado de mi sueño, y hubiera dado la vida por la poesía, en realidad la daba, sin morirme. Enfermedad, soledad, renuncia fueron mi juventud, hasta los 28 años 55 . El poeta moguereño había establecido una intensa relación de correspondencia con el también joven poeta Francisco Villaespesa, abanderado de todos los ismos de la época y de los escritores más jóvenes. Hacia el año 1898 había caído bajo la influencia de Rubén Darío y de los poetas hispanoamericanos más modernistas —Días Mirón, José Asunción Silva, Gutiérrez Nájera, Lugones, Amado Nervo, Tablada, Valencia, etc.—, que él leía en revistas que le llegaban de Améri- ca y que pasaba a Juan Ramón, quien se fue apartando del estilo sencillo de sus romances y aproximándose al modernismo más retórico y recargado. Tal se reflejaba en los versos que enviaba a “Vida Nueva” y que tanto gustaban a Villaespesa. Cuando publicó “Las amantes del miserable”, Villaespesa le mandó una tarjeta, firmada también por Rubén Darío (recién instalado en Madrid como corresponsal de prensa), llamándole hermano e invitándole a venir a Madrid “a luchar por el modernismo”. Esa invitación llenó de entusiasmo a Juan Ramón: ¡Rubén Darío! Mi casa blanca y verde se llenó toda, tan grande, de estraños espejismos y ecos májicos. El

niños precoces tuve un ésito rápido y brillante en todo lo que hacía

[51]

patio de mármol, el de las flores, los corrales, las escaleras, la azotea, el mirador, el largo balcón

Yo, modernista; yo, llamado a

Madrid por Villaespesa con Rubén Darío; yo, dieciocho años y el mundo por delante, con una familia que alentaba mi sueño y que me permitía ir a donde yo quisiera. ¡Qué locura, qué frenesí, qué paraíso! 56 Como no podía ser de otro modo, aceptó el reclamo del modernismo, cayó en la trampa de la adolescencia y se preparó para viajar a Madrid. Llevaría consigo su libro manuscrito, “Nubes”, que incluía casi todo lo que había escrito hasta entonces, recogiendo las corrientes poéticas del post- romanticismo de finales del XIX: la poesía sentimental subjetiva, esencialmente lírica y con influencias de Bécquer, Rosalía de Castro, Curro Enríquez, etc.; la poesía de inspiración popular, como los cantares publicados a mediados del año anterior en “El Programa” de Sevilla; la poesía de preocupación social e inquietud religiosa; la nueva poesía “colorista”, influida por el malagueño Salvador Rueda, y la poesía modernista inicial.

de quince metros, todo vibraba con el nombre de Rubén Darío

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55 J.R.J.”Precoz”, texto de la serie “Vida y época”. 56 Citado por Graciela Palau de Nemes, op. cit.

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III. LA NEUROSIS DE JUAN RAMÓN

Y, claro, yo vine a Madrid volando sin pensar en nada más: era el mes de abril de 1900, y Juan Ramón era un joven melancólico de dieciocho años, de facciones delicadas, ojos negros y soñadores, bigote recortadamente negro y porte de señorito andaluz. Pero, casi antes de llegar en tren, se sintió decepcionado: Al fin, en la mañana arrollada tristemente, un Aranjuez relativo.

Madrid, cercano luego, mísero, sin gracia, anodino en su cerro, derramado charco sólido; y ya, de pronto, con su rápido preludio sucio de herrajes mohosos y cristales rotos, la estación goteante 57 . En la estación le esperaban Salvador Rueda, Francisco Villaespesa, Julio Pellicer, Bernardo G. de Cándamo y alguno más. Nos metimos todos en mojado, un ómnibus yerto, que arrancó trepidante y cuyo traqueteo estallado contra los adoquines dominábamos a gritos falsos o verdaderos. Mi primera vista de Madrid interno fue la ensabanada estatua de Moyano. Feo. Feo. Luego vi las torres de pizarra en cielo cerrado. Más feo. Luego, las escaleras oscuras de madera fregada. Feísimo. Bruma íntima, asco amargo, abierta melancolía, deseo de volverme en el ómnibus mismo

Pero

llegamos también a la casa donde yo viví aquellos meses de estraña primavera empezada en

Andalucía, retraída en la Mancha, cambiada de pronto en Aranjuez, anulada, sepultada, olvidada

Después de haber subido los

a Moguer de mármol, rejas verdes, cal, tejas amarillas, sol rubio en todo, bellísimo

en Madrid. Mayor 16, piso último, amable familia granadina doscientos escalones, volvieron a bajar-

[53]

los para reunirse en un café de la misma casa, donde Juan Ramón les leyó casi todos los versos de

“Nubes”, un profuso libro sentimental, colorista, anarquista y modernista, y cuando quiso almorzar, ya era la hora de la cena. A la mañana siguiente, Francisco Villaespesa lo recogió en la casa de huéspedes, y se fueron los

Juan Ramón iba todos los días a casa de Villaespesa, en la calle del Pez, y alguna

vez a la de Rubén Darío, que estaba a la vuelta, en la calle del Marqués de Santa Ana, un piso bajo

con algo de cárcel y con Francisca Sánchez, su amante española. Rubén estaba casi siempre

sentado, en camiseta, o escribiendo, de pie, sobre una cómoda, con su bata entallada y el sombrero

En casa de Villaespesa, leíamos, cantábamos, gritábamos, discutíamos. Elisa, su

leve esposa, un nardo inadvertido, tocaba mediadora el piano: “El alto de los bohemios”, etc.; su

Y nos

íbamos todos, si el tiempo era bueno, a la Moncloa. Junto a una fuente, en un bosquecillo, una glorieta, con la pálida y dulce Elisa como imajen de fondo, nos recitábamos, a un unísono

incansable, versos de Rubén Darío, de Bécquer, de Julián del Casal, de Rueda, de Silva, de Rosalía

A la vuelta, con el crepúsculo y el

cansancio, una honda nostaljia me cargaba de realidad visible. En realidad visible, yo no sabía a

esa hora, ni a ninguna otra, a qué había venido a Madrid, para qué estaba en Madrid. Escribía, eso sí, febrilmente, ordenaba mis versos y entraba en muchas imprentas, en todas las imprentas,

porque Villaespesa descubría cada tarde una mejor, en muchos cafés, otro café siempre, en muchos

Andaban y desandaban las calles, las plazas, las iglesias, los

paseos, las fábricas, los cementerios, recitando, cantando, hablando alto. Era una vida loca, rica en sueños y en afanes de gloria, pero terriblemente cansada. Los jóvenes poetas se reunían en Pidoux, el Gato Negro,

museos, distintos museos siempre

dos a su casa

de copa puesto

cuñada Leonor, la bella, hacía críticas humorísticas, y ¿Marcela?, la otra, callada sonreía

de Castro, de Lugones, etc., y de nosotros dos naturalmente

[54]

57 J.R.J.: “Recuerdo al primer Villaespesa (1899-1901)”, texto publicado en 1936 y recogido en “La corriente infinita”, editado por Francisco Garfias y publicado por Aguilar. Madrid 1961.

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el Lyon D'Or, etc. En esas tertulias, Juan Ramón conoció y trató a Valle Inclán, Benavente, Baroja y Azorín, los escritores punteros del momento. A Valle lo vio por vez primera, declamando los alejandrinos del poema “Cosas del Cid” de Rubén Darío en Pidoux: Casa de Pidoux, bebidas, calle del Príncipe. Un cuarto estrecho, largo, hondo, con una larga y estrecha mesa de despintado pino, sobre la que vierte melancólica luz una mosqueada bombilla sin pantalla. La mesa no deja sitio casi para las sillas de clase y tamaño distintos, ni, es claro, para las personas, que se acomodan como pueden, ocho, diez, quince alrededor. Todo feo, sucio, incómodo. Lo único bueno, al parecer, es el alcohol en sus múltiples destilaciones y etiquetas. Rubén Darío pide uno y otro “whisky con soda”, coñac Martel “Trois Etoiles”. Personajes todos sin duda; pero yo sólo me fijo en Rubén

Dispersión de españoles e

hispanoamericanos en la puerta de Pidoux. Vendaval, vuelo de ropas y sombreros, inclinación de

Vamos

a un café de mesas de hierro y mármol, helado, duro, sonoro, también incómodo, calle de Alcalá, casa de Candela tal vez. Valle entra directo al fondo, se sienta en la mesa final, saca un número de “Alrededor del Mundo” , revista que publica entonces cuadros clásicos en sus portadas, lo pone sobre un botella de agua y se queda absorto, inefablemente sonreído ante “La Primavera”, de Boticelli. Las camareras rodean alegres y francas a Valle, a su joven amigo y a Boticelli. Tratan a Valle familiarmente con argot y roces. Valle está allí como en su casa. Éstasis amable y murmurador. No se va. Las camareras van desertando. Yo me despido 58 . A Jacinto Benavente lo vió varias veces en el Lyon D'or, calle Alcalá, con su tertulia heterogénea: Pequeño y nervioso, con el bigote estirado en curva hasta los ojos, casi sólido de tanto retorcérselo, estaba siempre leyendo entre el

cuerpos. Valle me coje del brazo y me habla, ya en la plena noche fría, limpia y estrellada

Darío, que oye estático, y en Valle Inclán, que recita

[55]

humazo de su puro; y en los descansos, hablaba susurrante mirando de lado. Solía tener revistas juveniles españolas e hispanoamericanas, en las que leía de preferencia y con mucha atención los escritos de los escritores nuevos 59 . Aprendiendo de cerca por Villaespesa y “adorando” de lejos a Rubén Darío, Juan Ramón buscó, palpó, oyó y vio el “modernismo” español en todos sus aspectos, más bien raquíticos. Villaespesa encarnaba, en su vida bohemia, la decadencia española del fin de siglo, y en su obra, las potencialidades literarias del futuro inmediato, aunque, como dijera Juan Ramón, no se daba cuenta de lo que era el modernismo y de lo que no era, de lo que no podía o podía ser 60 . Pero él tampoco lo sabía entonces, aunque se aprendió de memoria todo lo escrito por Rubén Darío, que a finales de abril se marchó a París, tratando de imitarlo en lo que pudo. Y se acercó a la poesía de Villaespesa, que le atraía por lo que de morboso, misterioso y delicado tenía. A su vez, éste opinaba que Juan Ramón era como un Lonhegrin que vagaba solo “sobre un cisne de alas negras”, conversando con las obras de sus sueños. Celebraba sus versos sencillos y melancólicos, pero le impresionaban más los lúgubres poemas que iba escribiendo en Madrid, en el poco tiempo que le dejaba libre. Unos poemas que despertaban las pasiones morbosas de Villaespesa, pareciéndole que sus amadas muertas salían de sus negras sepulturas a acariciarle en las sombras “con sus manos descarnadas de esqueleto”. En un poema de su libro “La copa del Rey Thule”, dedicado a Juan Ramón, lo calificaba de “mártir” llegado de “las islas tenebrosas”, sacando a relucir lo patológico de ambos:

esperanzas e ilusiones que se pudren lentamente en el fondo de tu alma, devoradas por los lívidos gusanos de tus propios pensamientos 61

[56]

58 J.R.J.: “Ramón del Valle Inclán (Castillo de Quema)”, publicado en 1936 y recogido en “La corriente infinita”.

59 J.R.J.: “Carta a Jacinto Benavente. II”. recogida por Francisco Javier Blasco en “Y para recordar por qué he venido”

60 J.R.J.: “Recuerdo del primer Villaespesa (1899-1901)”, recogido en “La corriente infinita”.

61 Francisco Villaespesa: “La copa del Rey Thule”, contentado por Graciela Palau de Nemes, op. cit.

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Villaespesa no exageraba del todo. En tiempos de confusión modernista, Juan Ramón entendía mal el refinado sensualismo que Darío expresaba con belleza y elegancia, y, al faltarle los estímulos del sencillo y grandioso espacio moguereño, su inspiración se nutría de lo artificioso, recargaba la

frase y el fondo surgía, tétrico y erótico, del pozo de su propio inconsciente. Por lo que el joven andaluz no lograba sublimar sus fuertes impulsos sensuales, sino todo lo contrario, a través de una poesía efectista que aún no se había “desnudado”. Sufría por el “pervertido” ambiente de las tertulias madrileñas, plenas de ruidos, alcohol y humo, pero tampoco quería evitarlas. Se lo advertía por carta al poeta malagueño José Sánchez Rodríguez: Yo le aconsejaría a usted, como compañero, que no viniera a esta corte podrida donde los literatos se dividen en dos ejércitos: uno de canallas

y otro de

Martínez Sierra, Darío, Rueda y algún otro más 62 . Madrid le pareció podrido desde el principio, pero se quedó algún tiempo, contrariado y alimentando sus versos con su encono. Harto de Madrid y sin la presencia del “adorado” Rubén Darío, Juan Ramón quiso marcharse a su pueblo a los dos meses de haber llegado. Aplazó el regreso esperando la publicación de sus versos, para los que al fin encontró una tipografía que se los editara, pagando él los gastos. Puesto que el conjunto de los versos era bastante dispar, sus amigos le habían convencido para que los publicara en dos libros diferentes: “Almas de violeta”, título sugerido por Rubén Darío, y “Ninfeas”, por Valle Inclán. En ambos libros se incluían todos los poemas que él había recogido en

su manuscrito “Nubes”, y los que había escrito en Madrid bajo la influencia directa del modernismo hispanoamericano. No pudiendo esperar más tiempo, al sentirse enfermo, Juan Ramón partió para Moguer a finales de mayo, dejando a Villaespesa encargado de la edición de sus dos libros.

maricas. Sólo se puede hablar con cinco o seis nobles corazones: Villaespesa, Pellicer,

[57]

DEMONIOS INTERIORES

A “Almas de violeta” pasaron veinte poemas, de los cuales diecisiete estaban escritos en la línea tradicional española cultivada por Juan Ramón desde el principio: versos románticos de muertes y amores blancos, y versos intimistas que expresaban el estado del alma o interiorizaban impresiones recibidas del paisaje, de su pueblo, de la contemplación de la vejez. Los tres restantes los había escrito en Madrid, en un tono bien diferente, que se evidenciaba ya en el mismo “Ofertorio” del libro:

Tristes canciones de muertos Amores,

aureoladas con lágrimas rojas

penas sangrientas de lúgubres flores

que, suspirando, se quedan sin hojas

;

;

63

El libro iba precedido por un “Atrio” escrito por Villaespesa, en el que se refería a Juan R. Jiménez como el poeta exquisito de ensueños vagos: Es un alma enferma de delicadezas; alma melancólica que, asomada a la ventana del Ésta—sis, espera silenciosa la llegada de algo muy

El inconsolable, el

Dolor resignado de la Desesperanza. Ese dolor, en el poema “Tristeza primaveral”, emana de la

vago

El Amor… La Gloria

Tal vez la Muerte. Sus poesías respiran Dolor

tristeza por el primer amor perdido, y en “Remembranza”, de la pérdida de la infancia:

Recuerdo que cuando niño parecía mi pueblo una blanca maravilla, un mundo mágico inmenso;

62 J.R.J.: carta citada por Graciela Palau de Nemes, op. cit. 63 J.R.J. “Ofertorio” de “Almas de violeta”, libro incluido en “Primeros libros de poesía”, editado por Francisco Garfias, Aguilar, Madrid 1962.

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las casas eran palacios y catedrales los templos

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…………………………

[58]

Recuerdo también que un día en que regresé a mi pueblo después de largos viajes, me pareció un cementerio; en su mezquina presencia se agigantaba mi cuerpo las casas no eran palacios ni catedrales los templos, y en todas partes reinaba la soledad y el silencio

;

En otros poemas la muerte es la imagen de esa pérdida de la infancia, una imagen tierna, como

en “El cementerio de los niños”, o violenta, como en “Nivea”: Mató a la niña inocente, / ciego de

, tensión adolescente entre el anhelo de pureza y el placer camal, sin veladuras metafóricas:

rabia y de celos

sonriendo. En el poema “Roja” surge la

;

/ y cayó muerta la niña / sonriendo

Yo quiero alma y no carne; yo quiero ardor generoso; no me sacian los placeres que avalan a favor de oro

Cuando en regazos inmundos busco enervamiento y gozo, mientras el cuerpo se entrega, se cierran mis tristes ojos; elévase el pensamiento, libre de aquel placer sórdido, y, distraído, se pierde en Ensueños amorosos

El joven poeta se lamenta de su soledad, y en su poema “Marina” ve la Vida como un lago que se cruza por medio de frágiles barcas:

[59]

Conmueven el lago feroces galernas; tempestades horribles agitan sus aguas ¡Ay! triste del hombre que en el lago furioso, rendido naufraga

;

¡ay! triste del hombre que olvida sus remos,

que pierde su barca

tendrá que pasar todo el lago abrazado a la fúnebre tabla de sus penas

;

El libro “Ninfeas” se componía de treinta y tres poemas; seis del tono general de los de “Almas de violeta”, y los veintisiete restantes, tremendamente sensuales, reflejaban el conflicto neurótico

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que Juan Ramón había sufrido en su primera estancia madrileña. Él había ido a Madrid en busca de un ideal poético, representado por Rubén Darío y el modernismo, y el encuentro había resultado difícil, doloroso, frustrante. Quiso su alma soñadora imitar sus sensaciones y no pudo, y se le desencadenó una horrible lucha interior. En el “Ofertorio” del libro lo decía:

De mi sangre se nutrieron las estrofas de estos cantos; son las flores de mi alma, que cayeron a los ósculos de una brisa sonriente, saturada de perfumes,

o al embate furibundo de huracanes procelosos

son pedazos humeantes de mi alma soñadora, de mi alma, peregrina de los nobles reinos de Oro,

de los reinos encantados donde viven las Quimeras, las Quimeras azuladas, los Delirios y los Gnomos guardadores de magníficas riquezas ignoradas, guardadores de sublimes y fantásticos tesoros, cuyos vivos resplandores me fascinan y me atraen como imanes monstruosos. 64

;

[60]

Juan Ramón se encontraba perdido en un laberinto poético y psicológico, porque las desbordantes formas modernistas que él trataba de imitar, no se correspondían con su sensibilidad

previa, suavemente melancólica. El léxico sensualista que ahora utilizaba le proporcionaba adjetivos y sustantivos exagerados, torturantes y agónicos, de difícil digestión para su alma tierna y soñadora. Las Quimeras, Delirios y Gnomos, guardadores de magníficas riquezas ignoradas, cuyos resplandores le atraían como imanes monstruosos, conectaban con sus angustiosos fantasmas

El poeta se siente desbordado por

internos, que, vueltos conscientes, él temía no poder controlar

pasiones incontenibles, y los Demonios interiores atormentan su espíritu, tal como se muestra en el poema “Mis demonios”:

En los antros abrasadores de mi espíritu atormentado por el anhelo de anegarse en los esplendores de un blanco cielo,

tres Demonios me desesperan con sus furores, tres Demonios que, en la negrura de su cárcel triste y obscura, en raras danzas giran raudos en los delirios de su Locura, impulsando a mis Esperanzas

a abismarse en las melancólicas lontanazas que, en brazos de la Amargura, siente y sueña mi fantasía

Su tres Demonios son el Ensueño, el Delirio y el sarcástico Desencanto. En el poema “Tétrica” es espantosa la despedida del Alma con la Carne en el lecho del enfermo moribundo: ¡Cuántas veces/me invadiste de deliquios y espasmos monstruosos! La muerte es una amenaza inminente, la noche se vuelve medrosa, el llanto es convulsivo en el lago del do-

[61]

lor y el cuerpo se hace miserable. Y sin embargo, se impone “La canción de la carne”, poema en el

64 J.R.J.: “Ofertorio”, del libro “Ninfeas”, incluido en “Primeros libros de poesía de Juan Ramón Jiménez”.

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que hermosas y desnudas bacantes se enlazan todas en abrazo ardiente, girando en lascivas danzas, y luego se balancean en ondulaciones voluptuosas en torno a una niña de ojos verdes y cabellos de oro, de incipientes pechos y caderas lánguidas, que canta: La Carne es sublime, la Carne es sublime: / la Carne mitiga los cruentos Martirios de la Vida humana. El día más grande de la Vida lúgubre es el Día rojo de la desposada, que en delirios locos gozará de una dicha lujuriosa y lánguida. El poeta no es capaz de sublimar lo erótico, sino que por el contrario, lo exacerba. En el poema titulado “Tropical” se centra en el sueño erótico de una niña que, con su fantástica somnolencia, / se entrega a un rubio príncipe de ojos azules mientras se balancea en una hamaca, y en los ígneos espasmos de un Himeneo / enervase entre goces embriagadores. En “Marchita”, se refiere a otra niña que en las negras garras de un amor ingrato quedó desflorada. Y en “Hiel”, la niña se muere de deliquios de ardores, y los anhelos hirvientes besan irresistibles sus pechos extenuados / al golpe de espasmo de un solitario amor. Si en sus primeros versos Juan Ramón había mostrado una inclinación a expresarse eróticamente, pero de una manera natural y espontánea, ahora lo sensual raya en lo morboso y le lleva a lamentar la pérdida del idealismo. Parece como si, buscando inspiración en la propia sensualidad, hubiera descubierto un pozo horrible latente en su inconsciente. De modo que, como dice en el poema “Quimérica”, el único consuelo posible es la propia muerte:

Feliz el que se muere de amores, feliz el que busca un consuelo en muerte de sacra locura, en muerte grandiosa de vértigo, ahogando con ella sus ansias, saciando sus nobles deseos, rompiendo su cárcel odiosa poblada de sombras y duelos

[62]

Y no obstante, Rubén Darío en el “Atrio” de “Ninfeas” le da el espaldarazo poético, aunque le advierte de la dura pelea que le espera:

Tienes joven amigo, ceñida la coraza Para empezar valiente la divina pelea? Has visto si resiste el metal de tu idea La furia del mandoble y el peso de la maza? …………………………………………… Y las voces ocultas tu razón interpreta? Sigue, entonces, tu rumbo de amor. Eres poeta. La Belleza te cubra de luz y Dios te guarde.

ORFANDAD DE PADRE

Desde su regreso a Moguer, a finales de mayo de 1900, Juan Ramón andaba huido, desasosegado, esquivando la muerte. Lo primero que hizo fue enviarle a Rubén Darío las primeras pruebas de su libro “Ninfeas”, cuya tirada estaba suspendida en espera del prólogo o “Atrio” que le pedía, al tiempo que le anunciaba los dos libros que ya estaba preparando 65 . Pero le preocupaba mucho la salud de su padre, que últimamente se había agravado y que estaba prácticamente inválido. Presentía su muerte: Toda las supersticiones oídas que, nunca, antes, le habían importado

65 J.R.J.: “Carta a Rubén Darío 2.6.1900”, recogida en el libro “Cartas. Primera selección” editado por Francisco Garfias, Aguilar, Madrid 1967.

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nada se le presentaban entonces en un sentido absurdo: la lechuza por la montera abierta; el moscardón, la mariposa negra, el calenturero, el perro aullante de la madrugada. Cada golpe de misterio, en espíritu alerta, lo hacía huir, loco, con un golpe en el corazón 66 . Andaba huraño y aislado, procurando centrarse en la escritura, o se refugiaba en el jardín de las flores, o en el

[63]

corral. Pero no siempre podía eludir la constante presencia del padre en la casa: En verano sentábamos a mi padre en el patio de mármol entre el jardín y el zaguán. A las doce se lo llevaba

mi

madre y mi hermana Victoria, a acostar Y a veces se quedaba allí solito, sin decir nada, como si

ya

no hubiera nada, mirando todo distraídamente

Entonces yo me iba al jardín a ver la tierra

negra de los arriates —la tierra negra del jardín que me gustaba tanto—, donde en la noche clara

se veían las hormigas, la maraña del jazmín y sus hojas, las estrellas del cielo; y no sé qué

adivinación lenta y cada vez mayor, como un barco que avanzara desde las estrellas, me iba acercando, como una realidad, como una existencia de lo futuro, la pena inmens 67 . No cabía más bella descripción de la angustia que lo iba invadiendo. Su tensión nerviosa aumentaba día a día por la gravedad del padre, que finalmente murió el 3 de

julio de 1900. Juan Ramón, muchos años después, lo describía así: Una tarde de hondo verano,

yéndose ya el sol por el cielo limpio, estaba yo paseando como de costumbre por el patio de las

flores, de mi casa de la calle Nueva, de Moguer, en el rincón del solano

al fondo de la casa oscura, habitaciones cúbicas en tren, vi pasar un cura para el cuarto de mi

padre. Yo no sabía que hubiesen avisado a un cura

luego nunca quién fuera, dejó una negra sombra estraña en mí, sombra de sotana de cura de la

Yo quería salirme de mí y salirme de mi casa. El patio de las

flores, el corral empedrado, tan grande, el patio de mármol sobre todo me ahogaban. Volaban por el cielo unas nubecillas rosas y amarillas y las golondrinas y los aviones me parecían que volaban sobre un pozo. Me subí corriendo a la azotea. La puesta del sol sobre Huelva, sol cobrizo contra el que los vapores negros eran como grandes ataúdes, lo que nunca antes había pensado, me parecía la puesta de mi padre, mi misma

El cura, que no conocí en la sombra ni supe

Por la reja del comedor,

muerte. Y aquella noche yo no comí

[64]

puesta. Yo nunca había sentido antes tampoco, que quería tanto a mi padre y en aquel momento se me acumulaba el cariño hasta ahogarme. Por aquella época, los sucesos tristes o alegres de mi casa quedaban en mí mucho más dentro que la apariencia. Yo era muy tímido con mi madre y mi

Y yo nunca reaccionaba con palabra ni

A las doce

de aquella noche, cuando estábamos sentados todos, como de costumbre, en los balancines del

patio de mármol y yo no quería pensar en lo que estaba ocurriendo con mi padre, la lechuza usual

jesto ni hecho, reaccionaba todo en uno echándome como si me tirara a un barranco

hermana menor, y con mi hermano tenía poca confianza

silbó varias veces sobre la montera con luna; y cada silbido fue en mí un escalofrío. Las lechuzas que vivían en el campanario del convento de las monjas, pasaban silbando todas las noches sobre

mi

casa, pero aquella noche yo hubiera querido matarlas con mi escopeta. Cada vez que silbaban,

mi

madre se levantaba nerviosa y se iba a la cristalera del patio de las flores. Si tardaba, yo me iba

con ella y miraba, por no mirarla a ella, la luna rara por los cristales azules donde a veces me

Yo no me acuerdo cuándo me

fui a dormir o cuándo me llevaron a la cama, pero a la madrugada me despertó un grito agudísimo. Era mi hermana menor. Mi hermano y yo, que dormíamos en verano en la misma sala grande de abajo, salimos repentinos de la cama. Nos encontramos varias veces como si no quisiéramos decidirnos a ir al cuarto de mi padre. Y mi hermana menor gritaba. Cuando llegamos, sólo alcanzamos a ver que mi hermana tenía a mi padre en los brazos, alasbastrina la frente y pesando como piedra sobre los almohadones. A nuestros besos, ya mi padre estaba frío. Lo supe

encontraba con los ojos de mi madre, que tampoco quería mirarme

66 J.R.J.: “El solano”, texto de la serie “Las flores de Moguer” incluida en el libro “Por el cristal amarillo”. 67 J.R.J. “Mi padre”, texto de la serie “Vida y época”, recogida en “Por el cristal amarillo”.

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mejor cuando lo besé en la sien 68 .

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La muerte del padre lo dejó anonadado, y tal vez culpabilizado y enfrentado a sí mismo, como si la vida le hubiera corregido bruscamente: La vida dio aquella noche una vuelta de rara medida para mí y yo di una vuelta para la vida. Era como si yo me hubiera vuelto en mi jirar en mi órbita y me encontrara conmigo mismo de boca. Me parecía que en vez de vivir muriera jirando. Todos los resortes de mi cuerpo parecían descompuestos. Me sentía el pulso, la respiración, el trabajo de todos los órganos interiores, y me encontraba con mis piernas y mis brazos sin saber qué hacer con ellos. Como si en vez de ser yo el yo forastero que yo conocía de mí, fuera el de dentro que se me había salido como si yo fuera un guante. Hasta cuando pasaba por delante del espejo grande de la sala estrado me veía por dentro, me veía en entrañas equivocadas 69 . Aunque la esperaba, la muerte del padre le había cogido desprevenido y pensaba que a él también podía sucederle. Las noches se le convirtieron en pesadillas, con el corazón disparado y con un inmenso miedo a la muerte. La

tensión acumulada le agobiaba y casi no la podía resistir, y de pronto, una noche no pudo más, sintió que se ahogaba y cayó al suelo, desvanecido. Este ataque se le repitió en días sucesivos, sintiéndose morir antes de desvanecerse, y le quedó un profundo temor a una muerte repentina. Sólo le tranquilizaba la presencia de un médico. Su ansiedad constante había cristalizado en una fobia, en un temor mórbido a la muerte, que podría haber sido interpretado como un castigo por viejos deseos de muerte contra el padre, por la agresividad que sentía hacia él por haberle dejado en una orfandad insoportable. Como todo fóbico, calmaba su ansiedad buscando una protección externa, reclamando siempre la presencia del médico, una clara figura paterna que aliviaba sus sentimientos de niño abandonado por el padre. Los médicos le daban calmantes y le aconsejaban que no siguiera

Juan Ramón rompió gran parte del libro “Besos de oro” que estaba preparando,

escribiendo

considerándolo obsceno, y recurrió a Dios, fue a la

[66]

iglesia, a las procesiones y se llenó de un misticismo avasallador, aunque lo único que realmente le tranquilizaba era la presencia de un médico. En el mes de septiembre, en pleno desaliento, aparecieron por fin sus dos libros, “Almas de violeta” y “Ninfeas”. Le sentó mal comprobar que Villaespesa había dispuesto de algunas cosas a su antojo, tal como dedicar mucho de sus poemas a gente que ni siquiera él conocía. Casi toda la tirada de ambos libros fue vendida a un librero hispanoamericano, y los pocos ejemplares que circularon por España tuvieron muy mala acogida: Jamás se ha escrito, ni se han dicho más grandes horrores contra un poeta; gritan los maestros de escuela, gritan los carreteros de la prensa 70 . Su fiel amigo sevillano Timoteo Orbe, en una reseña para el periódico “El Porvenir” de Sevilla, señaló los “excesos” de sus obras, pero le parecía que el autor tenía un gran temperamento de poeta: Jiménez llegará donde los buenos: Yo creo en él. Sin embargo, Juan Ramón vio truncadas sus ilusiones literarias, lo que empeoró su estado psíquico, tanto que Rubén Darío, desde París, debió alentarlo con un poema: Jiménez, triste Jiménez,/no llores; el mundo es alegre, / la vida es hiriente 71 . Y le prometía esperarlo “a la puerta de la esperanza”. Fue un importante estímulo para Juan Ramón, que finalmente se decidió a colaborar en “Electro', una nueva revista que preparaba Villaespesa con los hermanos Machado, que acababan de regresar de París. El primer número de esta revista se publicó en marzo de 1901, y en los cuatro números siguientes aparecieron poemas de Juan Ramón. El primero que publicó se titulaba “Las niñas”, y era un poema suave, delicado y musical, en el que

68 J.R.J.: “La muerte de mi padre”, relato biográfico escrito en Miami sobre su “Vida inédita”, en 1939, y recogido por Francisco Hernández Pinzón en “La casa-museo Zenobia y Juan Ramón en la vida y obra del Nobel”, Actas del XV Congreso sobre Poesía Española Contemporánea, editadas por Cristóbal Cuevas y publicadas por Anthropos. Barcelona

1990.

69 J.R.J.: Ídem.

70 Citado por Francisco Garfias, “Juan Ramón Jiménez”, Taurus, Madrid 1957.

71 Citado por Graciela Palau de Nemes, op. cit.

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asociaba la pureza con la muerte blanca:

Me embriagan las niñas

florecientes abismos

es besar las estelas que dejan cuando vuelven en paz hacia el cielo 72

semejan

Mi anhelo

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Y en el segundo poema, titulado “Virgen”, el poeta se refería a una amada de ojos verdes, pura y serena, a quien quería adorar, coronar de flores: Virgen, ¿no te entristece la penosa agonía! de esta

tarde?

Ramón, sus destemplanzas y su obsesiva preocupación por la propia muerte, que alarmaba crecientemente a su familia y disgustaba a la madre de Blanca Hernández Pinzón, su novia potencial. Un día, estando en la finca de Fuentepiña, amaneció en la puerta de la casa del doctor Almonte, que vivía casi al lado, impulsado por la necesidad que sentía de tener cerca un médico,

Por el pueblo circulaban toda suerte de

cuando creía que no podía respirar y que se ahogaba

La expresión serena de estos versos contrastaba con el continuo desasosiego de Juan

rumores, no siempre bien intencionados, sobre la enfermedad de Juan Ramón, que apenas salía a la calle. Por fin, la familia, cada vez más preocupada, decidió proporcionarle la mejor atención

médica. Por mediación de unos amigos de Burdeos, que representaban en aquella región francesa los vinos de los Jiménez, se le encontró acomodo en un sanatorio de los alrededores, bajos los cuidados del doctor Lalanne.

MANICOMIO EN FRANCIA

A primeros de mayo de 1901, Juan Ramón, con sus diecinueve años bien cumplidos, salió de

Moguer camino de Francia. Se había quedado solo en el escritorio del médico, mientras iban por

los caballos. La tarde de llovizna

quienes podía ser tan dichoso, a quienes dejaba solos, los pobres, de quienes ni se despedía. Pero

tenía que ser así y no podía ser de otro modo

Empezó a llover más fuerte, y él empezó a ahogarse

Pensaba en su pobre madre y en su hermano, allí tan cerca, con

en llanto. Al fin, la cabeza entre las manos, lloró, lloró, lloró. El llanto le consoló un poco. Tuvo

casi fuerzas para volverse atrás, pero

o él no podía o aquello tenía que

[68]

ser así sin remedio. Se le representaba la necesidad del médico como una ley, como un destino, contra cuya fuerza no era posible luchar. Se puso en pie, vaciló. Ya venía el médico con las caballerías. Y se fue camino abajo 73 . En Madrid, su acompañante el maestro Federico Molina lo llevó al doctor Simarro, famoso neuropsiquiatra, que le dió una carta de recomendación para los

psiquiatras franceses que iban a atenderle. Y tras un largo y penoso viaje, llegaron a la Maison de Santé du Castel D'Andorte en Le Bouscat, población cercana a Burdeos. A su llegada, Juan Ramón dijo que estaba delicado “del pecho y del cerebro”, que no podía fijar su atención y que temía volverse loco. Hacía tiempo que no escribía porque sufría continuos “ataques de amnesia” que le dejaban extenuado. La misma tarde de mi entrada en el sanatorio, el doctor Lalanne, un hombre reposado y tranquilo, de larga barba blanca y aire patriarcal, tomando el báculo con que ayudaba su pierna

El doctor, sonriente y

gotosa, me llevó al parque para enseñarme su colección de pájaros

pausado, me refería las costumbres de sus prisioneros y me hablaba con alegría de nuevas adquisiciones. Y, siempre sonriendo, me dijo bajando la voz familiarmente y dándome unos golpecitos en el hombro: Ya verá usted el ejemplar más raro de la colección, un ejemplar único y

72 Citado por Graciela Palau de Nemes, op. cit. 73 J.R.J.- “Crisis”, texto de la serie “El poeta en Moguer”, recogida en el libro “Elejías andaluzas”.

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Íbamos por la vereda, entre los árboles. El sol llenaba el jardín de

una melodía de oro viejo, inefable y lánguida, y me alumbraba en el fondo del corazón un recuerdo

verdaderamente maravilloso

nostáljico, un ensueño de valle florido y de dulces tardes de aldea. A pocos pasos vi un pobre

hombre loco tendido sobre la yerba, empeñado en partir con los dientes las piedrecitas blancas del

El doctor me llevó

Sobre los armarios había cerebros enmohecidos y duros, y cráneos cubiertos

hacia el laboratorio

de polvo

suelo enarenado; y el enfermero tenía que luchar con él para impedírselo

Otros cerebros conservados en alcohol

[69]

me hicieron pensar en cosas macabras; y los vaciados en yeso de torsos humanos contrahechos y deformes y animales muertos, me apenaron profundamente. Yo (recuerdo que dije) no serviría para

De

pronto vino de allá del jardín un canto estraño y monótono, como el que las cornejas mandan desde sus campanarios, bajo la luna. El doctor quedó un instante suspenso y, después, riendo familiarmente: Ahí tiene usted a mi pájaro, me dijo 74 . Juan Ramón fue alojado, no en las dependencias destinadas a los enfermos (enfermos mentales, alcohólicos, toxicómanos, etc.), sino en la misma casa del doctor Lalanne, psiquiatra titular del

centro, que allí vivía con su esposa y sus tres hijos. Tratado confortablemente en familia, al paciente se le fue haciendo la estancia cada vez más agradable, entendiéndose a la perfección con los tres

Pero en un crepúsculo tibio, bajo los árboles del jardín, donde el

poeta llevaba su corazón solitario, sonó detrás de mí, al lado de mi oído, el canto monótono y

medroso de corneja, y al volver la cara, mis ojos se abrieron de horror ante los ojos fijos de una viejecilla entraña que me miraba desde un árbol bajo; unos ojos redondos y magnéticos que hacían

Huí, no sé cómo. Allí en

un banco, al lado de la fuente, estaba el doctor con sus hijitos. Yo llegué hasta ellos precipitado y

pálido, sintiendo en el corazón poco impulso para mis piernas débiles; y el doctor, tranquilo y

reposado, con su barba de nieve y su báculo, me recibió entre esplosiones de risa y de ironía: —Y

Yo miré a los niños. Marta fina y pálida y Andrés, muy

bullicioso, jugaban sobre la arena, llenos de sol… Luego, cuando yo hablé de la vieja, la pobrecita

investigador de inocentes. El doctor me enseñó detenidamente aquellos cerebros de enfermos

niños, Marthe, André y Denise

perder la fe en la vida, en la tarde, en el jardín y en las voces conocidas

bien, ¿ha visto usted a la corneja?

Marta se echó a llorar llena de miedo y corrió por la senda mirando hacia atrás. Y como

[70]

yo pudiera al fin acariciarle los cabellos y besarla dulcemente, me miró sonriendo y con su faldita rosa se limpió las lágrimas. Y por las noches lo pasaba muy mal: Yo recuerdo que, en aquellas largas noches de tristeza y presentimiento en que llenaba mi almohada de lágrimas, llegaba a mí, entre el largo ladrido que los perros mandaban a la luna grande y melancólica, el tráfico canto de la corneja, de aquella vieja entraña; y yo sentía espanto, y mis párpados se apretaban de miedo, y con los ojos cerrados veía delante de mí a la loca subida a su árbol, con la cara iluminada por la luna triste y los ojos redondos y magnéticos clavados no sé dónde, en todas partes, en los insectos, en las estrellas, en mis ojos que no podían soñar con miradas amorosas. La contrafigura de la corneja era, en la fan- tasía de Juan Ramón, una muchacha de diecisiete años llamada Francine, ayudante de la cocinera del sanatorio, que encontró en un “oculto sendero” de los jardines y que inmortalizó en poemas posteriores. En el poema X de la primera sección del libro “Jardines lejanos” —publicado en

Es la niebla, es la fuente. Pero

en el manuscrito original, la muchacha se presentaba en plena realidad, y llegaba a levantar sus cálidos pechos / hasta mi corazón para saciarme, / para hacer saber que están hechos/ de un perfume que puede matarme, y se cumplía una relación sexual en cuyo clímax los amantes intercambiaban besos y abrazos 75 . La cita amorosa fue real y debió efectuarse al poco tiempo de

1904— Francine aparecía de un modo evanescente: ¿Es Francine?

74 J.R.J.: “La corneja”, texto escrito en 1903 y recogido en “Primeras prosas”, editadas por Francisco Garras, Aguilar, Madrid 1962. 75 Ignacio Prat, prólogo a su edición del libro de Juan Ramón Jiménez “Jardines lejanos”, Tauros, Madrid 1982.

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llegar Juan Ramón al sanatorio. En el poema XIV de la misma sección de “Jardines lejanos” se evocaba otro encuentro amoroso, en el mismo “parque dormido” del sanatorio y en el que también participaba una Magdalena, es decir Madelaine, una doncella del mismo sanatorio:

Yo no sé lo que somos

Las bocas

de ellas ponen su fiebre en la mía.

[71]

Tengo miedo

que me quieren volver la alegría

……………………………………

Tengo miedo

Parecen dos bocas

Sus bocas me hieren

como bocas de víboras

Rojos

fuegos tienen sus ojos

¡Ay!, quieren

que esta noche yo cierre mis ojos

Como en el manuscrito del primer poema citado, se expresaba el miedo al tipo de muerte que podía representar la relación sexual. Miedo y culpabilidad ante los ojos siempre vigilantes que observaban al poeta, personificados en la vieja loca que llamaban la corneja: Habíamos estado en

Arcachón desde la mañana, y con la visión alegre y dulce de sus pinos y del mar bajo un crepúsculo rosa, en los ojos y en el alma, volvíamos hacia el sanatorio por la carretera de Médoc bordeada de parques y palacios. La barba del doctor Lalanne blanqueaba entre la penumbra azul

Llegábamos. Y yo sentía una pesadumbre infinita pensando

abandonar aquel coche que nos llevaba por la carretera, bajo la luna, tan dulcemente, y en lo horrible que sería dejar la noche para encerrarme en un cuarto alumbrado por luz amarilla Llegábamos. Mis ojos soñaban precipitadamente sobre aquel paisaje amigo que iba quedando

atrás, aquel parque tan triste que tenía un nimbo de profunda melancolía, nimbo poblado de fan- tasmas, de apariciones macabras, de presentimientos, de flores que vuelan y carcajadas siniestras, de arañas y alacranes, todo ese tráfico cortejo de locura, ronda que flotará sobre tantos cerebros

descompuestos en la noche de un hospital de locos

las locas, un enfermero que aguardaba seguramente, sentado en el umbral, se adelantó viendo el coche. Se marchó. El enfermero llegó, con su farol que alumbraba tenuemente en su cara una mueca de disgusto, y en un tono de voz apesadumbrada, que resonaba grave y lenta en el silencio de la noche, contó al doctor, que, sin

Al pasar por delante de la puerta del patio de

de la noche con su aspecto fabuloso

[72]

saber cómo, la viejecilla del canto de corneja se había escapado del cuarto al anochecer. El doctor, sin perder la calma pero un poco contrariado, mandó que vinieran varios enfermeros con linternas para registrar todo el parque, y obligó al poeta a recogerse. Éste llamó a su criado Alberto, y

—¿La encontraron, Alberto?—

Sí, señor, la encontraron allá en la madrugada, yerta y agonizante al pie de un árbol. Estaba casi

Francina se arreglaba los rizos ante mi

espejo 76 . Francina siguió encontrándose con el poeta, tal como cantaba el poema XVII de “Jardines lejanos”: Entonces le puse un beso / en la rosa de su boca El doctor Lalanne ejercía una acción protectora sobre Juan Ramón, que le acompañaba en sus frecuentes excursiones y viajes, a Burdeos, Pau, Orthez, Olèron, Arcachón y Lausanne (Suiza). Y el joven poeta utilizaba su gran biblioteca, donde leyó a los simbolistas franceses, a Baudelaire, Verlaine, Laforgue, Mallarmé, y algunos poetas italianos, Carducci, D'Annuzio, Paoli, etc. Y sin proponérselo, empecé de nuevo a cantar, una tarde dorada, una noche de luna llena, una aura

vinieron él y Francina, dulce y blanca, de bellos ojos y finos rizos

desnuda y en la media noche hacía todavía mucho frío

76 J.R.J.: “La corneja”, recogido en “Primeras prosas”

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rociada y fresca, un romance, con una renovación del de Espronceda. El romance se titulaba “Primavera y sentimiento”:

Estos crepúsculos tibios son tan azules, que el alma quiere perderse en las brisas y embriagarse con la vaga tinta inefable que el cielo por los espacios derrama 77

Enterado Juan Ramón de que su médico de Moguer, don Rafael Almonte, se encontraba en el balneario de Panticosa

[73]

(Navarra), pidió permiso a su psiquiatra para ir a visitarlo, rogándole que le acompañase él mismo. Pero como sus muchas ocupaciones no se lo permitían, el doctor Lalanne designó a M.

Debande, médico interno del sanatorio, como compañero de viaje del poeta: Iba yo desde Burdeos a

Panticosa a visitar a

Durante el viaje, Monsieur Debande bebió bastante más de lo jus-

to y la preocupación por mi repentina muerte se trocó por otra, más triste por ser doble: me convertí en vijilante de aquel hombre enrojecido, casi ensangrentado, a quien a cada instante veía sucumbir víctima de una apoplejía; ya no deseaba un médico para mí, sino para él, para los dos. Pirineos de fondo, rumor de agua, noche trájica 78 . Probablemente, fue en ese mismo viaje que visitó Lourdes, donde Juan Ramón se sintió, de nuevo, sobrecogido por sentimientos místicos y humanitarios. Le impresionó el espíritu de compasión y la fe de los que allí iban. Embargado por la emoción escribió un soneto a la Virgen, que para él era como la novia ideal: Lourdes, a un hombre sereno y sano tal vez le puede parecer débil, pero no a un muchacho de dieciocho años como era yo, atravesado de penas, de angustias, de secretos religiosos, de una poesía que me hacía considerar a la Virgen casi como una novia idear 79 .

un médico andaluz, querido amigo mío, que a la sazón estaba en aquellas

aguas con un pobre hijo tísico

LO “FEO” DEL AMOR

El poeta fantaseaba el retrato que hacía del doctor Lalanne, presentándolo como una figura patriarcal, paterna y benévola. Lo que no se correspondía del todo con la realidad. El auténtico Gastón Lalanne, en el tiempo que pudo tratar a Juan Ramón, no había cumplido aún los treinta y ocho años; su

[74]

barba, aunque larga, era espesa y negra, y desde luego, no padecía de gota y no utilizaba báculo o bastón alguno. Aunque, ciertamente, hizo de padre de Juan Ramón, dejándole mucho tiempo en casa con su mujer, Jeanne, y con sus tres hijos, con los que se encariñó muchísimo. A los niños les dedicaría muchos poemas, especialmente a André, muerto durante su estancia en Burdeos, y a Marthe, la mayor de los tres, hacia la que mostró sentimientos muy intensos, no exentos de erotismo:

La sangre levantaba tu mejilla pecosa, y en el fondo con pintas de tus ojos fantásticos,

77 J.R.J.: “Primavera y sentimiento”, poema del libro “Rimas” incluirlo en “Primeros libros de poesía”.

78 Citado por Ignacio Prat, “Aragón y Juan Ramón”, trabajo incluido en su libro “Estudios de poesía contemporánea”, Taurus. Madrid 1983.

79 Citado por Francisco Garfias, prólogo a “Primeras prosas”, de Juan Ramón Jiménez.

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se copiaba chiquito el jardín de tu padre, con su rincón de exóticos pájaros enjaulados

Un momento dejabas de ser niña. Tu cuerpo traslucía otra alma con sol, momentáneo, mientras abril, más lento, que venía a tu vida, daba a tu carne, cada día, un nuevo encanto 80

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Jeanne Roussié, que acostumbraba a leer en un banco del jardín del sanatorio donde el poeta español la encontraba, para acompañarla después a la casa, apareció luego en varios de sus libros posteriores. Se ha podido saber que era un personaje real, nada menos que la esposa del doctor Lalanne, que entonces tenía treinta años y era madre de tres hijos. Juan Ramón vivió con ella una fuerte pasión amorosa. Fue un amor adúltero, con rasgos de franca carnalidad, secreto culpable y epílogo de amargura, pero que le dejó una huella profunda. Debió suceder en una finca propiedad de la familia Lalanne, próxima a la población de Nèrac, en el mes de agosto y en ausencia del doctor Lalanne. Quedó reflejado en “Libros de amor” (sección II: “Lo feo”), que Juan Ramón escribió entre 1911 y 1912, y que a su muerte dejó inédito:

[75]

¿Te acuerdas? Fue en el cuarto de los niños. La tarde de estío alzaba, limpia, por entre la arboleda suavemente humedecida, últimas glorias puras, tristes en el cristal de la ventana abierta.

El maniquí de mimbre y las telas cortadas, eran los confidentes de mil cosas secretas, una majia ideal de deshojadas rosas que el amor renovaba con audacia perversa

¡Oh, qué encantos de ojos, de besos, de rubores; qué desarreglo rápido, qué confianza ciega, mientras, en la suave soledad, desde el suelo, miraban, asustadas, nuestro amor las muñecas!

Sentada en sus rodillas, ella se dejaba tocar el alma, en flor de ausente amor y cuando levantaba sus párpados de nieve / el luto de sus ojos me inundaba de pena. Era una relación amorosa recluida exclusivamente en su aspecto carnal:

Nunca nos enfadábamos. ¡Para qué si no íbamos tras el encanto dulce del amor verdadero! Antes de los encuentros ya estaba preparada

la hora; todo era

aprovechar el tiempo.

A veces, un dolor oculto se asomaba tristemente a sus ojos locos, un dolor que quizás hubiera, como un ánjel, perfumado lo feo. Pero su sexo era como un foso —imán luminoso a mis ojos—. Ella se daba toda porque sí, porque quería. La mujer desnuda aparecía como la poseedora de un secreto que el poeta no podía descifrar, pese al conocimiento de la carne:

Impudicia es tu nombre, mujer. Vienes a mí

80 J.R.J.: “Libros de amor”, sección I, incluido en “Libros inéditos de poesía”, edición de Francisco Garfias, Aguilar, Madrid 1964.

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desnuda, palpitante, abierta de deseos,

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sin una leve sombra de pudor, decidida, con la propia lujuria de tu cuerpo moreno.

Haces lo que te pido. Como una humilde esclava, mirándome de frente, me muestras lo que quiero

y ya en la ardiente proximidad de la carne

me besas locamente, sin esperar mis besos

¡Mujer, mujer desnuda! ¿De qué rincón, de dónde sacas la permanencia loca de tu secreto? Te lo he buscado en todas partes, en todas, pero el misterio es tuyo, mujer, y no lo encuentro.

Él pedía más y ella lo daba todo, hasta un sinfín de lujuria y de olvido: Todo era y no era / una elasticidad sin nombre y sin sentido. Le decía palabras duras, agrias, sin orden, espada de dolor y puñales de odio: Nuestro amor no era puro, era un juego nocivo / sin el encuentro lírico de los amores de oro, / un anhelo tardío de mujer y de hombre. Y después de la pasión saciada, no quedaban más que celos, pereza, veleidades y enconos, una pena vacía, sin porvenir de ensueño,

nada

Imitaban bien el amor, pero sólo gozaban de sus carnes. Un disimulo sucio y fácil:

Lo mentido era escudo forzado por los dos

a los actos más bajos; ella ansiaba

por si la vida no le daba el goce

Yo iba sólo por un afán de novedades.

saciarse

honrado

Era ella quien lo había seducido, mostrándole largamente sus sólidos secretos. El poeta hablaba del encanto del amor oculto, del placer oculto, de la ciencia oculta. Es admirada por encima de los

otros

,/

la muda intelijencia de nuestros dos cuerpos. Pero eso aumentaba su culpa:

¿Te acuerdas? Te decían tus hijas “la romántica” Gustabas descender al jardín con un libro

[77]

y acariciar las rosas con las lánguidas manos

por los senderos más lejanos y escondidos. Yo te esperaba pálido de ilusión y de duda, en aquel banco oculto, bajo los sauces finos que el sol poniente, atravesando verde, teñía vagamente de un color amarillo

Luego, cuando tornábamos, tus hijas se arrojaban en tus brazos, llenando tu impureza de mimo …y los ojos de Marta, la mayor, me miraban lentos —¿te acuerdas?— plenos de osadía y de instintos

Sin duda, el poeta debió sentirse muy culpable, sobre todo ante el médico-padre Lalanne, cuya

Y la angustiosa y tensa relación

con Jeanne Roussie acabó, probablemente tras la muerte del pequeño Andre Lalanne, ocurrida el 12 de octubre de 1901, lo que aumentó su culpa. Juan Ramón pasó casi todo el otoño de aquel año en Arcachón, la ciudad-balnerario-hospital de la Costa Atlántica. Allí me perdí en la penumbra de la

confianza había traicionado. Por eso tenía miedo, mucho miedo

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iglesia, su honda / vaguedad de misterios me llamó con amor. Contemplando las escenas evangélicas de las vidrieras y dominado emocionalmente por el ambiente del templo, volvió a sentir las sacudidas ascéticas de Tomas de Kempis: En el aire embriagado de serenos olores / me movía el recuerdo y se ahogaba el pesar 81 . Y se quedó también impresionado por los niños internados en un sanatorio que pronto morirían. En especial, se fijó en una niña tísica de Arcachón:

La niña me miraba, y en el aire perfumado de acacia, me embriagó un efluvio de besos y de lágrimas dulce cual las primicias de un amor 82

[78]

LA TRISTE VIDA DE LOS POETAS

Durante su estancia en Francia, Juan Ramón retomó el gusto por la poesía, por una poesía sencilla, sugestiva y misteriosa, como la de Gustavo Adolfo Bécquer, la de los poetas “del litoral” y la del romancero. No tardó mucho tiempo en escribir los romances de su propia tristeza, inspirándose en la placidez melancólica de los paisajes franceses. Había comprendido que el modernismo exótico no era su camino. Y volví por el de Bécquer, mis poetas rejionales y estranjeros de siempre, a mi primer estilo, con la seguridad instintiva de llegar algún día a mí mismo, y a lo nuevo que yo entreveía y necesitaba, por mi propio ser interior 83 . Compuso su tercer libro, “Rimas”, en el que incluía todo lo que había escrito en Francia y algunos de los poemas aparecidos en sus dos primeros libros, aunque debidamente expurgados, revisados y revividos, agregándole luego algún que otro poema hecho más tarde en Madrid. Justificaba la escritura de “Rimas”, libro del que tanto abominaría después, por la melancolía que sufría en ese tiempo, en que la muerte del padre le había sacado bruscamente del mundo del ensueño en que había vivido casi siempre, separándolo de lo radicalmente suyo: Yo necesitaba conocer mi persona, fácil y largamente sin más belleza que la del hilo del llanto interior iluminado por el espíritu del poniente 84 . Por el momento, renunciaba a convertir en poesía las fuertes experiencias vividas en Francia, utilizando formas expresivas sencillas 85 . Y si no hay experiencia sensual, conflicto o nostalgia por lo vivido, sólo queda la tristeza, afirmada desde el primer poema del libro, poema que termina con la siguiente pregunta:

[79]

Para qué he de reir por la mañana / si sé que por la tarde he de llorar? Esa seguridad cotidiana del llanto hace pensar que la tristeza es para el poeta algo fatal, un estado de ánimo al que se siente irremediablemente condenado. O un sentimiento intensificado artificiosamente por motivos poéticos: ¿Por qué es tan larga y tan triste / la vida de los poetas?, se pregunta el autor en un poema titulado “Llanto”. Es como si pretendiera que su problemática reciente quedase en un segundo plano, silenciada por la “tristeza de los poetas”, considerándola como si se tratara de una enfermedad profesional. Es una tristeza que, por otra parte, implica una cierta autocomplacencia en el dolor, la sublimación de un masoquismo culposo, tal como se aprecia en el ya citado poema “Inefable”: Es que Dios nos alegra, que Dios nos alumbra / cuando ve que queremos padecer y sufrir. Se refiere el poeta —en “Noche de mayo”— al amor azul a la Virgen, para el que el cuerpo es un

81 J.R.J.: “Inefable”, poema del libro “Rimas”, incluido en “Primeros libros de poesía”.

82 J.R.J.: “Triste amor”, poema del libro “Rimas”.

83 J.R.J.: “Precedentes del modernismo poético en España e Hispanoamérica” conferencia incluida en el libro “Política poética” edición de Germán Bleiberg, Alianza Editorial. Madrid 1982

84 J.R.J. “Habla el poeta”

85 J.R.J.: -Rimas”, incluido en “Primeros libros de poesía”

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estorbo:

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Yo estoy pensando en que hay cuerpos que sobran acá en la tierra, porque sujetan las almas cuando las almas se elevan. Desde el cielo hasta mi frente hay una mística senda

……………………………

Tengo un altar blanco, lleno de divinas azucenas,

con una Virgen de mayo,

más brillante que una estrella,

a quien la flor de mi alma

su ardiente perfume eleva. La quiero como una madre,

y ella es tan dulce y tan buena que tristemente sonríe cuando le cuento mis penas.

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Por eso, se distancia de la amada: ¿Qué?, ¿qué dices?, ¿que te bese?, / deja, deja, / mira el cielo ceniciento, mira el campo / inundado de tristeza. Y se despide de ella, diciéndole que se va a donde el cielo esté más alto y no brillen tanto los luceros. Pero:

¡Qué triste es amarlo todo sin saber lo que se ama! Parece que las estrellas me hablan; pero como están tan lejos no comprendo sus palabras (Rimas, 12)

El poeta está triste y solo, con sus penas y sus versos. Aunque a veces, los fantasmas del inconsciente se le convierten en visiones: una virgen fantástica, que surge entre las ramas y las hojas, clava los ojos en los suyos y se pierde, callada y triste, en el fondo del sendero. Por la noche le horroriza estar a solas con su cuerpo. Le parece que su cuerpo se agiganta, siente frío, tiene fiebre y en la sombra le amenazan mil espectros:

Por los árboles henchidos de negruras

hay terrores de unos monstruos somnolientos de culebras colosales arrolladas

y

alacranes gigantescos;

y

parece que del fondo de las sendas

unos hombres enlutados van saliendo

Los jardines están llenos de visiones;

hay visiones en mi alma estoy solo, tengo sueño (Rimas, 19)

, siento frío,

Aunque la única realidad que existe, entre las sombras y las visiones, es la muerte: los niños abandonados que se mueren soñando con los lobos/ que tienen una madre que los quie—

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re; las rosas de la pálida enferma que se apagan; los jardines que, de parques poblados de sombras misteriosas, se convierten en cementerios; los mudos fantasmas blancos que pasan el mundo de los muertos; la aldea cuyas casas semejan sepulcros melancólicos, etc. Una noche el poeta rememora la muerte del padre con el que, entre sueños, él mismo se confunde:

Aún no hay luz en la lámpara; ¡Es tan triste

y tan larga la noche! Entre la incierta

lumbre que al fondo de la estancia arroja

la fúnebre y medrosa chimenea

flotan suspiros, lágrimas, un algo

de ilusión, de recuerdo, de quimera;

nadie da troncos al hogar, y el fuego se muere poco a poco de tristeza

En un sillón vacío vagan gestos

y miradas que lloran y recuerdan;

mi padre se sentaba en él, mi padre

que allá en el cementerio nos espera:

todos duermen (la muerte y el invierno

llenan de almas y cuerpos de pereza). Yo desbasto mi pecho en abstracciones, abismo en el dolor a mi alma enferma

y

me hundo en la penumbra de los sueños

y

en lo lejano de las cosas muertas (Rimas, 31)

La muerte es la obsesión persistente del poeta en casi todas las páginas del libro, hasta el punto de categorizar la propia existencia como “estar con los ojos en la nada” o de verse a él mismo como un muerto que en vida le está persiguiendo:

Me da terror cuando miro

mi

imagen en un espejo;

parece que es la sombra

de

Mis ojos clavo en mis ojos

y hay un influjo magnético

que me espanta, recordándome la fijeza de los muertos Siento miedo de mí mismo,

de mi imagen siento miedo,

y queriendo desarmarla

me

alguien que me va siguiendo.

[82]

me doy a mí mismo un beso

(Rimas, 51)

El poeta se defiende su propia imagen besándose, reafirmándose. Se persigue a sí mismo, mirando a su propio interior, efectuando un viaje a su mundo oscuro, habitado por seres monstruosos que se proyectan hacia fuera, en forma de visiones. De este modo, la tristeza se transforma en un sentimiento de horror o de vacío que el yo experimenta ante su propio absurdo,

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resultado de su insistente renuncia a la carne, a lo instintivo. Late en “Rimas” una soterrada lucha entre la carne y el alma. Busca el poeta la belleza del alma a través del ascetismo, pero esa pretendida belleza no impide que, al expresarla, surjan con fuerza sus fantasmas inconscientes, fantasmas que le agobian en su soledad fría y somnolienta. Y sus experiencias carnales habidas en Francia quedan adentro, olvidadas, aunque rebrotarán más adelante. A finales de 1901 sentí nostalgia de España y después de un otoño en Arcachón me vine a Madrid, al Sanatorio del Rosario, blanco y azul de hermanas de la caridad bien entendida'. 86

86 J.R.J.: “Habla el poeta”.

[83]

(Página en blanco)

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IV. EL POETA RETRAÍDO

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Con veinte años a punto de cumplir, agobiado por la soledad y el miedo a la muerte, Juan Ramón regresó de Francia y se quedó en Madrid, instalándose en el Sanatorio del Rosario, en la calle Príncipe de Vergara, casi a las afueras de la ciudad. Aunque era un sanatorio quirúrgico, el doctor Simarro había conseguido que fuese acogido allí, como en un hotel, disponiendo de una sala y un dormitorio, y sin apenas ruido a su alrededor. Juan Ramón lo denominó el Sanatorio del Retraído:

En este ambiente de convento y de jardín he pasado dos de los mejores años de mi vida. Algún amor romántico, de una sensualidad religiosa, con paz de claustro, un olor a incienso y a flores, una ventana sobre el jardín, una terraza de rosales para las noches de luna 87 . Estuvo muy bien atendido por jóvenes Hermanas de la Caridad: El segundo día de entrar yo vinieron corriendo a mi cuarto la Hermana Pilar y la Hermana Manuela a decirme que fuera a ver los fuegos de la Guindalera. Llaman abajo; nos quedamos solos la Hermana Pilar y yo, y recuerdo su presencia de Venus de Nilo: clara, transparente como resurjida de la espuma de algún sueño 88 . El poeta vino a vivir al Sanatorio del Rosario por los médicos y por el jardín. Desde hacía tiempo vivía temiendo que la muerte le asaltara de improviso, y precisaba de la proximidad de los médicos y de la serenidad del jardín. Los médicos eran el doctor Simarro y sus ayudantes Achúcarro y Sandoval, los tres institucionistas —de la Institución Libre de Ense-

[85]

ñanza—, responsables, sensibles y cultos. Simarro lo cuidaba, lo vigilaba y convertía en bromas su

temor a la muerte. Todos los días, casi invariablemente, al terminar sus clases y su consulta, venía a visitar al poeta: Nunca olvidaré aquellas tardes de invierno, nieve, frío, lluvia y alrededores solitarios, cuando inesperadamente, a última hora, veía yo llegar desde mi ventana, hasta el jardín tristón, la lenta berlina de Simarro 89 . Sandoval era el menos ilustre, pero muy buena persona, y

Achúcarro iba para científico genial

aridez circundante, empapado como venía del verdor de Francia. Mi sensibilidad de entonces no cojía aquello, barojiano y mostrenco. Por la noche lo pasaba mal, sufriendo de terribles pesadillas:

Yo tengo miedo a algo estraño, alguna posible aparición macabra, a un no sé qué siniestro que me acompaña a todas partes. Y algunas de estas noches de insomnio y desesperanza me da horror estar solo, ¡y estoy solo siempre y nunca tengo quien con sus labios fragantes y cálidos ahuyente de mí las visiones trájicas! Mi miedo es intenso y febril y la aparición casi cierta. Dos veces he visto, en mi vida, a las altas horas de la noche, un hombrecillo estraño cuya mirada fija y siniestra me ha helado el alma 90 . Una variante de este “hombrecillo extraño” era el “hombre enlutado”, trasunto superyoico del poeta, que apareció en unos de los “Nocturnos” de su libro “Arias tristes”, escrito en aquel mismo tiempo:

Pese a todo, durante meses no pude acostumbrarme a la

Alguna noche que he ido solo al jardín, por los árboles he visto a un hombre enlutado que no deja de mirarme.

Me sonríe y, lentamente,

87 J.R.J.: “Habla el poeta”, op. cit.

88 J.R.J.: “El salón”, de la serie “Sanatorio del Retraído”, incluido en el libro “La colina de los chopos”. Taurus, Madrid

1965.

89 J.R.J.: “Simarro”, texto de la serie “Sanatorio del Retraído”.

90 J.R.J.: “Pájinas dolorosas”, texto de 1903 incluido en “Primeras prosas”.

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no sé cómo, va acercándose,

[86]

y sus ojos quietos tienen

un brillo extraño que atrae.

He huido, y desde mi cuarto,

a través de los cristales,

lo he visto subido a un árbol

y sin dejar de mirarme. 91

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Hasta que, pasado el invierno, empezó a atisbar la llegada de la primavera por las ventanas del

sanatorio, por las de su cuarto, por las del salón, por las de las habitaciones deshabitadas. El sol y la luna ya llegaban a mí a través de otras cosas más gratas. Mi reconciliación con Madrid empezó

por la noche. Bajando al jardín o atisbando por las ventanas

AMOR NARCISISTA

Empezaron a brotar mis Nocturnos.

Por el día, pasaba mucho tiempo contemplando el jardín desde su cuarto: a veces las monjas andaban por los estrechos caminos de grava, y le llegaban hasta el balcón el leve cascabeleo del rosario y el murmullo de sus oraciones. El poeta se estremecía, arrebatado de misticismo y voluptuosidad. Otras veces veía a las monjas más jóvenes que hacían ramos con las flores, y que reían y saltaban de júbilo. Él hubiera bajado con ellas, pero no lo hacía, quedándose inmóvil, casi paralizado, sintiendo cómo un vacío le iba invadiendo. Tres novicias eran sus preferidas, tal como expresara en un poema de su libro “Arias tristes”:

Por el jardín —tarde hermosa de abril, florida de estrellas

[87]

van, entre la bruma rosa, las tres novicias más bellas

¿Corazón, saben de amores? ¿Ensangrientan su alegría? Solo sé que cogen flores para la Virgen María Han sabido que están bellas con sus tocas blancas?—Sí, y no dan besos! —Estrellas que piensan las tres en mí! (Arias tristes, 3, XI)

Las tres novicias —Sor Pilar, Sor Amalia y Sor Andrea—eran todo ternura, y el poeta veía en ellas a la mujer buena ausente, la madre, la hermana, la novia, la niña; algunas veces se las imaginaba santas, y otras, pecadoras. Cuando no había muchos pacientes que atender, jugaba con ellas por los pasillos como un niño. En ocasiones les regalaba golosinas, que ellas comían alrededor de la estufa de su cuarto. Como sabían el miedo que el poeta le tenía a las tormentas, cuando estallaba alguna, se refugiaban en su cuarto, haciendo aspavientos, se distraían distrayéndolo, le gastaban ingenuas bromas, y a veces le ponían en la cama, arropada, la fotografía de su amada

91 J.R.J. Poema XVII, de la Sección 2: “Nocturnos', del libro “Arias tristes”, “Primeros libros de poesía”

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francesa. Juan Ramón, en medio de una crisis religiosa, andaba entre el sensualismo que a veces le dominaba y los deseos de pureza. Cuando la sensualidad predominaba, quería llegar a la carne que imaginaba detrás de los hábitos. La Hermana Pilar le parecía un mármol de museo que él podía ablandar y calentar. A Sor Andrea, rubia y de ojos negros, se atrevía a tocarle las manos, poniéndola muy nerviosa y a él le parecía que quería y no quería, que ella le apartaba los brazos pero le atraía. Y a Sor Amalia, cuando descorría las ven-

[88]

tanas de la galería de su cuarto, él quería retenerla. Y trasladaba sus fantasías a sus versos:

Yo estaba junto a mi mesa

y entre flores, leyendo

el libro triste y amargo del poeta de mis sueños.

Ella se acercó callada

y me dijo: —Si los versos

te gustan más que mis labios, ya nunca te daré un beso.

¿Vienes conmigo? ¡La tarde está tan hermosa! Quiero antes que llegue la noche

ir por jazmines al huerto

—Si quieres vamos; y mientras coges jazmines, yo leo del libro triste y amargo del poeta de mis sueños

Me miró triste; sus ojos, llenos de amor, me dijeron que no. —¿No quieres?— Voy sola Entonces seguí leyendo (Arias tristes, 3, I)

Sor Amalia entraba en su cuarto riendo, y vestida de blanco, y a veces se sentaba frente al poeta,

que sentía que le acariciaba con sus ojos melancólicos, con lágrimas en los ojos y sonrisas en los

Sor Amalia era distinta, dulce y tibia. Cuando él

rozaba el borde almidonado de su toca, ella cerraba los ojos y se sentía la preferida. Él le hablaba de

besos, de estrellas, de

labios. E imaginaba que le daba un beso llorando

[89]

En verano, a veces, él la veía sin mangas

interiores por el calor y se figuraba que le acariciaba el brazo deseado, largamente, hasta llegar al pecho, imaginando sus pechos menudos, medrosos, sólo vistos por las manos, porque el hábito no se podía quitar fácilmente. La creciente compenetración entre Sor Amalia y Juan Ramón —hecha de breves diálogos, de silencios y de miradas— no pasó desapercibida a los demás, llegando el momento en que a él le enviaban las comidas con una monja mayor, que a él le parecía viejísima. Y una mañana, a Sor Amalia le impusieron el traslado, sin darle apenas tiempo para despedirse: Unos pasos suaves y precipitados llegaron hasta la puerta que se abrió momentáneamente y el rostro pálido y descompuesto de la Hermana Amalia miró con angustia. Mi profesor de alemán estaba

recuerdos, de nostalgias, y ella, pensativa, no decía nada

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conmigo, ella no lo sabía. Y los pasos huyeron otra vez apresuradamente. Yo sentí confusamente

algo que no pude explicar entonces. Era que aquellos pasos se alejaban

versos posteriores evocaría que ella se fue sin decirme nada / nada “Arias tristes” lo acabó así:

para siempre 92 . En

Y el libro

sin dejarme nada

Su carita blanca y triste

llena de amor y de ensueño, se perdía entre la sombra que arrojaba el manto negro.

El manto negro envolvía el misterio de su cuerpo

de nardo y nieve, enterrado como si ya hubiera muerto ……………………………

Mi corazón me lo ha dicho:

ella me miró un momento;

[90]

pero se fue

y ya nunca nos veremos (Arias tristes, 3, XXVI)

para siempre

La desaparición repentina de la Hermana Amalia aumentó la tristeza del poeta melancólico. Una

vez más se quedó solo y vacío: Cuando aquella pobre Hermana de la Caridad, enferma y triste me dijo: ¡Hasta el Cielo!, y se fue para siempre, me quedé en mi ventana, solo y más triste que ella, mi- rando al cielo violeta del crespúsculo. Su toca blanca y sus ojos negros habían llegado a hacerse de mi alma, ¡y aquellos ojos y aquella toca se iban de mí, y en la dulzura de la tarde! Algunas veces cuando venía anocheciendo, mientras a lo lejos pasaban los tardos rebaños en un hilo movible, ella había estado en mi ventana junto a mi corazón, y yo le había enseñado la buena rosa en la niebla soñolienta del paisaje de oriente; y sonriendo, habíamos mirado, frente a nosotros, aquellos novios

Por aquellos días todos conocieron mi

jóvenes que todas las tardes se enamoraban en el balcón tristeza. Realmente, dentro de mí todo eran lágrimas 93 .

CRISIS RELIGIOSA

En la angustia de aquel año de 1902 que pasó en Madrid, y en su estado depresivo, le alentaba la visita diaria del doctor Simarro: ¡No sé las veces que alejó de mi alrededor, dándome voluntad y alegría, la muerte imaginaria! Lo trataba como a un hijo, y a menudo lo invitaba a comer a su casa, donde su esposa, Mercedes Roca, lo atendía con mucho cariño. Le llevaba libros, y le leía a Voltaire, a Niezstche, a Kant, a Wundt, a Spinoza, a Carducci. Y le llevaba a ver personas agradables y venerables: Giner de los Ríos, Emilio Sala, Sorolla, Cossio, etc., y hacía que lo

[91]

acompañara a la Institución Libre de Enseñanza. Hizo amistad con el pintor Emilio Sala, un viejo maestro casi ignorado: He conocido pocas personas más abiertas a lo nuevo que Emilio Sala. Su tolerancia y su comprensión —era ya viejo y pasaba por maestro de maestros— eran grandísimas. Me tomó gran cariño y leía lo mío con verdadero amor. Venía y nos poníamos a mirar, desde la

92 J.R.J.: “Recuerdos”, inédito citado por Graciela Palau de Nemes, op. cit. 93 J.R.J.: “Pajinas dolorosas”, incluido en “Primeras prosas de Juan Ramón Jiménez”.

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ventana las acacias

mandaba unas setas cocinadas exquisitamente en su casa, ahí cerca; venía a verme con Mercedes,

algunas noches de verano 94 . Y le hizo posar para un retrato, pintándolo como un poeta romántico de

También lo visitaba Manuel Reina, uno de los poetas “mayores” de aquella época:

Repasó el manuscrito de mi libro “Rimas” y me cambió todo lo que yo consideraba mejor y más

veinte años

Me

Él me enseñó a gustar a Rosales y me trajo los libros de Ganivet

personal 95 .

Con los apoyos debidos, Juan Ramón se ocupó de la edición de “Rimas”, escrito el año anterior

En el verano los

Simarro se fueron de vacaciones fuera de Madrid, y el poeta buscó apoyo moral en el capellán suplente del sanatorio, un joven cura andaluz con fama de ignorante y al que apodaban “Candileta”. Era feo, bajo, bizco, deslenguado y comilón, al que las monjas menospreciaban, pero, como el poeta necesitaba tener siempre a su lado a quien pudiera protegerle de la muerte, se hacía acompañar de él. Su confianza en aquel cura flaqueó un día en que, paseando en una berlina después de almorzar, le dijo, jirando el ojo terrible y reluciente su colmillo blanco: —Juanito, dejémonos de tonterías, ¿qué hay en esta vida ni en la otra como pasearse en una berlina, satisfecho el estómago?, mientras soltaba una carcajada cerrado de boca y abierto de piernas 96 . Juan Ramón abominó el exceso del capellán y jamás le perdonó la grosería.

en Francia y que finalmente publicaría la Librería Fernando Fe de Madrid

[92]

No tuvo mejor suerte con otro capellán del sanatorio, en quien también quiso encontrar apoyo en ausencia de sus médicos. Según recordaba Juan Ramón, el Padre —un andaluz de Jaén, alto, seco, rojo y con ojos azules corridos de carne rosa, lujosa de sanatorio —seda y moaré —zapatos — hebilla de plata —y de sombrero —Villasante, le hizo una confidencia grosera sobre sus amores con una jamona de la plaza Mayor, lo que le turbó extraordinariamente: Aquello que él consideraría tan natural era para mí algo terrible, desconcertante, espantoso. Me sentí de pronto como aislado, solo

entre mis ideas de catástrofe, desorientado como en un desierto sin salida. El sostén de mi voluntad se había quebrado. Yo creo que si aquel hombre negro y rojo hubiera sido un hombre intelijente, si

me

hubiera hablado con ciencia o con razón de la vaciedad del Cielo, si hubiese sido un platónico,

mi

corazón no habría notado la transición del ideal y hubiese seguido estando tranquilo. No,

aquella negativa de lo espiritual era seca, burda, de sacerdote que debiera haber sido en la estación de las pulgas mozo de cuerda o tabernero del Rastro, y el golpe fue espantoso, terrible, sin solución, El poeta lloró por dentro y se quedó arrinconado, medroso y triste —como un niño perdido que grita en la noche, que grita por la luz 97 . Y es que el incidente había sido algo más que una “confidencia grosera”, según le dijera años después por carta a uno de sus médicos: ¿Y el sinvergüenza del padrecito? ¿Se lo conté a usted? Me introdujo en casa de una señora que él disfrutaba y que empezó a echarme a su hija, una boba con la cara sucia. ¡Figúrese usted lo demás! Yo vi que aquello marchaba mal y me fui. Y quería que les indemnizara —¿de qué?— con 1.000 pesetas. La fiesta me costó sesenta duros y muchas molestias ¡Valiente mamarracho! 98

Aquello acentuó su crisis nerviosa y religiosa, contribuyendo además al desarrollo de su anticlericalismo. Y lo re-

[93]

cordó por mucho tiempo, como lo mostraba el poema “Capellán”, escrito diez años después:

94 J.R.J.: “Don Emilio Sala”, de la serie “El Sanatorio del Retraído”

95 J.R.J.: “Don Manuel Reina”, de la serie “El Sanatorio del Retraído”.

96 J.R.J.: “Don Adrián Vegada”, inédito de la serie “El Sanatorio del Retraído”, citado por Graciela Palau de Nemes, op. cit.

97 J.R.J.: “Recuerdos”, citado por Graciela Palau de Nemes, op. cit.

98 J.R.J.: “Carta al doctor X”, recogida en “Cartas. Antología”, edición de Francisco Garfias, Espasa Calpe. Madrid

1992.

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Acento de Jaén; sombrero de Villasante:

vueltas de ormesí, enteritis y querida. Canta misa y rosario, a un compás rasgueante de guitarra. Su ¡gloria! suena a ¡olé, mi vida! 99

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Cuando sus amigos escritores y poetas supieron dónde vivía Juan Ramón, fueron a visitarle. Valle lo iba a ver a menudo al sanatorio, donde no respetaba el obligado silencio, discutiendo, leyendo en voz alta y gritando, para alboroto de las monjas más jóvenes, que se reían de él a sus espaldas. También iba a visitarle Salvador Rueda, humildemente vestido y que, a veces, no se atrevía a entrar y se limitaba a preguntar cómo estaba el paciente. Villaespesa volvió a aparecer, mostrándose corno siempre, excitado y excitando con sus noticias y rumores. Jacinto Benavente, con quien se había carteado, y Gregorio Martínez Sierra, de quien Juan Ramón tenía muy alta opinión, fueron también a verlo. Alentado por éstos y otros amigos, Juan Ramón publicó su libro “Rimas” que tuvo un buen éxito de crítica y público, convirtiéndose en un personaje conocido en el ámbito literario madrileño. Y muchos jóvenes literatos quisieron conocerlo y lo conocieron, y entre ellos Antonio y Manuel Machado, Ramón Pérez de Ayala, etc. Y así se fue formando una suerte de tertulia literaria en el Sanatorio del Retraído, a la que se fueron incorporando Rafael Cansinos- Assens, Pedro González Blanco, Viriato Pérez Díaz, Julio Pellicer, José Ortiz Pinedo, etc. Rafael Cansinos-Assens contó la impresión de su primera visita a la tertulia dominguera en el Sanatorio del Rosario: Las voces y las risas se apagaban, lo mismo que el sol poniente cuando trasponíamos la verja del sanatorio y cruzá-

[94]

Una enfermera, discreta, pulcra y rigurosa, nos guiaba hasta el

departamento que allí ocupaba el poeta de Rimas. Una habitación medianamente grande, con ventanas al jardín, confortable como un cuarto de hotel caro, en la que ya había luz encendida. Una

mesa con libros y papeles en el centro, una chimenea francesa en uno de los testeros, con retratos, flores y libros sobre su tapa de mármol y algunos grabados en las paredes. Todo pulcro, elegante, correcto. Y en aquel marco de selección, el poeta, pulcro, correcto también, joven, fino, pálido, serio y triste, con unos grandes ojos negros y melancólicos, un leve bigotillo negro y una barbita en punta, como la de D’Annunzio, tendíanos la mano suave y pálida, lacia, en un gesto de fría cordialidad, con una sonrisa que dejaba ver sus dientes blanquísimos de no fumador. ¡Oh qué

En

realidad, no tengo nada concreto —explicaba Juan Ramón—. Solamente esta tristeza, esta

angustia

Es que la

vida es triste

y

contraste entre aquella afectuosidad contenida de buen tono y la efusividad de Villa—espesa

bamos al jardín, ya en sombras

esta inquietud

el corazón, no sé

el doctor Simarro me dice que son los nervios

, me receta bromuro a todo pasto

,

Pero ¿qué tiene que ver el bromuro con esta tristeza?

Pero, ¿cómo alegrarme? Si a mí me

Mi lectura favorita es

ahora el Kempis

perseguir a las ninfas. Y Juan Ramón se duele: —Hablas lo mismo que el ayudante de Simarro, un mediquito joven y estúpido, que cuando a veces me siento morir y lo llaman, viene, me toma el

pulso y se echa a reír, y dice: — ¡Vaya! Lo que usted tiene son dengues

hacer es venirse conmigo y con unas pelanduscas a la verbena y coger una pítima. Juan Ramón piensa que se está muriendo, que le va a dar un colapso, que sería horrible morir en la verbena de pronto, entre aquel ruido y aquella alegría, entre borrachos y

Usted lo que tiene que

Villaespesa le replica, diciéndole que debe salir de allí, ir con ellos, beber vino,

asusta precisamente la alegría… Las cosas alegres me ponen más triste

Me dice que haga por alegrarme y distraerme

[95]

mujeres con mantones de Manila. Cree que existe la muerte repentina, que la iglesia reza la oración

luego, habla del trabajo: Es mi único

aquí todos

consuelo

de la “muerte subitánea”, que su padre murió así, de repente

,

rimo mis penas

,

mis visiones

,

mis espantos. Esto está rodeado de dolor

,

99 J.R.J.: “Capellán”, incluido en el libro “Esto (1908-1911)”, “Libros inéditos de poesía”, edición de F. Garfias.

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los días, alguien se muere

tengo a veces la sensación de que me rozan las almas que se van y veo cuerpos sin cabeza y

grandes arañas peladas

“Arias tristes” 100 . Y la tertulia se repetía todos los domingos, cuando los jóvenes poetas iban a visitar al compañero enfermo de melancolía. El poeta les hablaba en voz baja, les leía sus versos recién escritos y los

demás le escuchaban en silencio. En su presencia, los visitantes se sentían intimidados, impresiona- dos, y hasta a Antonio Machado, que era el más grave del grupo, le parecía Juan Ramón circunspecto, ceremonioso y distante. Con frecuencia, se mostraba impasible, fríamente correcto y hasta ligeramente irónico. Todavía llevaba luto por la muerte de su padre y vestía elegantemente de

Otro visitante era el director de

la “Revista Nueva”, quien, para animarle a salir, le hablaba de las tertulias interesantes que había en Madrid, y en especial la de Concha Gimeno, a la que acudían literatos y aristócratas y donde se daban conciertos. Pero él prefería que vinieran a verle, y de hecho, eventualmente, acudían al sanatorio distinguidas señoritas, como Alicia Pérez—Díaz, hermana del escritor Viriato Pérez—

Díaz, con la que Juan Ramón tuvo un breve idilio amoroso. Pese a su frialdad externa y a su porte demasiado severo para un joven de veinte años, el poeta despertaba la atracción de muchas mujeres. Con renovado entusiasmo, Juan Ramón y varios amigos del grupo modernista, conducidos por Gregorio Martínez Sie-

oscuro, cultivando una apariencia distinta a la de todos los demás

Y para ahuyentar esas visiones, escribo. Y lee algo de su próximo libro

Y yo

, lo siento, aunque me lo ocultan

Éste es un ambiente de Poe

[96]

rra y su mujer María Lejárraga, decidieron hacer una revista literaria mensual seria, “Helios”, poniendo cien pesetas cada uno de ellos. Los interesados, además de Juan Ramón y los Martínez Sierra, eran Ramón Pérez de Ayala, Agustín Querol, Pedro González Blanco y Carlos Navarro Lamarca. Cada uno de ellos debería atraer a colaboradores de peso, tales como los Machado, Benavente, Valle Inclán, Unamuno, etc. De inmediato Juan Ramón le escribió a Rubén Darío:

Cinco amigos, y yo, vamos a hacer una revista literaria seria y fina: algo como el “Mercure de France” : un tomo mensual de ciento cincuenta páginas, muy bien editado. Nosotros mismos costeamos la revista; así, puedo decir a usted que vivirá mucho tiempo; es una cosa madura y bien calculada. Nada de lucro; vamos a hacer una revista que sea alimento espiritual; revista de ensueño; trabajaremos por el placer de trabajar. Y le pedía versos y poesías y permiso para copiar algunas de las cartas que él escribía para “La Nación” de Buenos Aires” 101 . El nicaragüense le respondió, en febrero de 1903, diciéndole que apoyaba el proyecto, que demostraran “con hechos, con obras, con ideas” que volaban más alto que los demás, pero que, aunque con apuros, él vivía de su pluma, y que debían pagarle por sus colaboraciones, aunque no

que usted colabore a todo trance, y en

fuera más de un “sou”. Y le replicó Juan Ramón:

sitio de honor, porque creo que usted es el primer poeta de los que escriben en castellano, y con gran superioridad sobre todos; y porque, aunque le traté poco tiempo, le profeso un cariño entrañable, he de trabajar constantemente con mis amigos a ver si muy pronto, conseguimos poder encargarle trabajos pagados, y pagados espléndidamente, mi querido poeta. De modo que esperamos a entonces. Le dijo también que en la revista se ocuparía de sus últimos libros y de su personalidad literaria: Tengo que decir

Quiero

[97]

muchas cosas sobre usted. A mí me gusta hablar poco; además yo no voy a cafés ni casi al centro

de Madrid; vivo aquí aislado, y sólo viene a verme algún buen amigo; así trabajo y leo mucho; leo

y sueño mucho tiempo con usted 102 .

Si estuviese fuerte, iría a París unos meses, sólo por el gusto de estar algún

100 Rafael Cansinos-Assens: “La novela de un literato. I”, Alianza Editorial, Madrid 1982.

101 J.R.J.: “Carta a Rubén Darío”, fechada en 1902, e incluida en “Cartas. Primera selección” libro editado por Francisco Garfias, Aguilar, Madrid 1967.

102 J.R.J.: “Carta a Rubén Darío”, incluida en “Cartas. Primera selección”.

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“Helios” salió en abril de 1903, y sucesivamente se publicaron catorce números, hasta mayo de 1904. Casi todos los que significaban algo en la literatura española aparecieron en sus páginas:

Jacinto Benavente, Santiago Rusiñol, Unamuno, Emilia Pardo Bazán, Jacinto Verdaguer, Josep Carner, Alejandro Sawa, Ángel Guerra, Navarro Ledesma, los hermanos Álvarez Quintero, Juan Valera, Azorín, Antonio y Manuel Machado, Viriato Pérez-Díaz, Ramón Pérez de Ayala, Ángel Ganivet, Amado Nervo y hasta el propio Rubén Darío. En sus cartas a Juan Ramón, Rubén Darío hizo una crónica de la revista, que cada día le parecía mejor, elogiándola sin reservas. A través de esa correspondencia, se fue consolidando entre ambos una profunda amistad, contándose sus cosas personales y haciéndose confidencias mutuas. Darío le alentaba y aconsejaba a Juan Ramón, y éste le reiteraba su admiración y cariño, aunque ya no le imitaba: Si yo estuviera fuerte y despreocupado, iría a París, a pasar una temporada al lado de usted; mi hipocondría, mi maldita idea fija, no me deja hacer nada. Mi alma está con usted 103 . Y Darío, convencido de que podía devolverle la alegría de vivir, le insistía en que fuese a París, o que se reencontraran en Granada o Málaga, donde él pasaba los meses más fríos del invierno. De los catorce números que se publicaron de “Helios”, Juan Ramón colaboró en once, publicando poesías, prosas poéticas y casi todos los “glosarios del mes”, uno de los cuales llamó mucho la atención porque terminaba así: ¡Ay, ella rezando a la Santa Virgen María; yo con esta pistola en la mano! E hizo también un largo artículo sobre “Soledades”, el

[98]

primer libro que publicó Antonio Machado. Estimaba mucho como poeta a Antonio Machado, aunque le repelía cada vez más por su descuidado aspecto personal: iba por entonces con un gabán descolorido viejísimo, que sólo conservaba uno o dos botones, por lo general mal abrochados, y se sujetaba los pantalones con una cuerda. Cuando iba a visitarle al sanatorio, al marcharse era preciso barrer donde había estado sentado por las huellas que dejaba, migas de pan, tabaco, ceniza, papeles mascados, etc. y con frecuencia se le llevaba los libros para venderlos. Una vez que Juan Ramón fue a visitarlo en la casa en que vivía, en la calle Fuencarral, porque estaba enfermo, se encontró con la casa más terrible que él pudiera imaginar, por su extremada suciedad 104 .

ARIAS TRISTES

Juan Ramón siempre contaba con tiempo para cultivar poéticamente su soledad. De exterior apacible y con un volcán en su seno, el poeta era celoso guardián de su mundo interior, que cultivaba cuidadosamente y e