OCTAVE MIRBEAU Vincent Van Gogh

[…] Van Gogh era de origén holandés, de la patria de Rembrandt a quien parece haber querido y admirado mucho. A un carácter de esta generosa originalidad, de este impetu, de esta sensibilidad hiperestésica, que no admitía más guía que sus impresiones personales, si se le puede dar una filiación artistíca, podría tal vez decirse que fue Rembrandt su ancestro predilecto, aquel en el mejor se sentía renacer. Encontramos en sus numerosos dibujos, no tanto un parecido, sino un culto exacerbado de las mismas formas, una riqueza de invención lineal parecida. Van Gogh nunca tiene la corrección y la sobriedad del maestro holandés ; pero alcanza a menudo su elocuencia y su prodigiosa facultad de hacer renacer. De la manera de sentir de Van Gogh, tenemos una indicación muy precisa y de gran valor : son las copias que ejecutó según diferentes cuadros de Rembrandt, de Delacroix, de Millet. Son dignas de admiración. Pero son propiamente lo que se dice copias, esas exhuberantes y grandiosas restituciones. Más bien son interpretaciones, con las cuales el pintor logra recrear la obra de los demás, de apropiarsela, conservando de ellas su espiritu original y su original carácter.

Van Gogh, La Noche estrellada En El sembrador, de Millet, convertido tan sobrehumanamente bello por Van Gogh, el movimiento se acentua, la visión se prolonga, la linea se amplifica hasta significar un simbolo. Lo que toma de Millet permanece en esta copia : pero Vincent

Van Gogh introduce allí algo suyo, y el cuadro pronto adopta el aspecto de una nueva grandeza.

Van Gogh, El semador

Es bien cierto que aportaba delante de la naturaleza, los mismos hábitos mentales, los mismos dones superiores de creación que delante de las obras maestras del arte. No podía olvidar su personalidad, ni abarcarla delante que cualquier espectáculo ni cualquier sueño venido de afuera. Rebosaban en su interior iluminaciones ardientes sobre todo lo que él veía, todo lo que tocaba, todo lo que sentía. De tanto que estaba absorto con la naturaleza. Había absorto la naturaleza en él mismo ; la había obligado a someterse, a moldearse a las formas de su pensar, a seguirlo en sus vuelos, a soportar incluso sus deformaciones tan caracteristicas. Van Gogh tuvo, en un excepcional grado, lo que diferencia a un hombre de otro : el estilo. En medio de muchos cuadros, todos mezclados, el ojo, en un abrir y cerrar de ojos, seguramente, reconoce los que son de Van Gogh, al igual que reconoce los de Corot, de Manet, de Degas, de Monet, de Monticelli, porque tienen un genio propio que es inconfundible, y cuyo estilo, es decir, es la afirmación de la personalidad. Y todo, bajo el pincel de ese creador extraño y poderoso, se anima de una vida extraña, independiente de esas cosas, que él pinta, y que están en él y que son él mismo. Se desgasta por completo en provecho de los árboles, de los cielos, de las flores, de los campos, que él hincha de la soprendente savia de su ser. Esas formas se multiplican, se desmelenan, se tuercen, y hasta la locura admirable de esos cielos en el que los astros embriagados giran y vacilan, en donde las estrellas se alargan en colas de cometas descuidadas ; hasta cuando surgen esas fantásticas flores, que se levantan y se encrestan, parecidas a aves dementes., Van Gogh guarda sus admirables cualidades de pintor, y una nobleza que conmueve, y una grandeza trágica, que espanta. ¡Y, en los grandes momentos de calma, esa serenidad en las grandes llanuras soleadas, en los vergeles en flor, en donde los ciruelos, los manzanos caen del cielo de la dicha, en donde la alegría de vivir sube de la tierra con suaves estremecimientos y se propaga en los cielos pacificos de tierna pálidez, a las refrescantes brisas ! ¡Ah ! ¡qué bien entendió el alma exquisita de las flores ! ¡Como su mano, que pasea las antorchas terribles en los negros firmamentos, se hace delicada para juntar ramos perfumados, tan delicados ! ¿ Y aquellas caricias acaso no las encuentra para expresar

allí la indecible frescura y las gracias infinitas ? ¡Y qué tambien comprendió lo que hay de triste, de desconocido y de divino en la mirada de los pobres locos y de los enfermos fraternales ! Octave Mirbeau, L'Écho de Paris, 31 de marzo 1891 (Traducción de Amanda Granados)

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