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37 CONOCER Y VIVIR LA BIBLIA PEDRO IGNACIO FRAILE Cristo, plenitud de la salvación Hablamos
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CONOCER Y VIVIR LA BIBLIA
PEDRO IGNACIO
FRAILE
Cristo, plenitud
de la salvación
Hablamos con mucha facilidad de «historia de salvación», pero
podemos preguntarnos: ¿es evidente el discurso sobre la salvación?
Hace tiempo, conversando con una persona inteligente y de tradición
cristiana, le dije que «Jesús es el Salvador». Y ella, que había perdido
la fe, me espetó: «¿Por qué me tiene que salvar a mí nadie? ¿De qué
me tiene que salvar? ¿Por qué Jesús y no otro?». Entonces descubrí que
un tema que para un creyente es «evidente», no lo es, sin embargo,
para todos. La palabra «salvación» tiene un amplio espectro. Si la
empleamos en campo político, no faltan ejemplos de personas que
han pretendido «salvar» a un país. Están los «ejércitos de salvación»,
y
entonces esta palabra equivale a «liberación» de un poder opresor
o
a «autodeterminación». En la concepción más popular, salvación
se identifica con felicidad, que en muchos casos se podría encuadrar
en la triada «salud, dinero y amor». Para muchos es el punto de
partida y el punto de llegada. Esta palabra tiene un importante
componente psicológico. Así, el sentimiento de «sentirse salvado»
puede equivaler al «éxito», al logro de una meta o de un proyecto
largamente acariciado, mientras que «condena» puede ser sinónimo de
«fracaso» o «frustración». Más claro se ve cuando en lenguaje común,
muchos hablan de la «realización personal» como la máxima aspiración.
Para un ju- dío obser- vante como Pablo, los designios ocultos de Dios, la voluntad

Para un ju- dío obser- vante como Pablo, los designios ocultos de Dios, la voluntad de Dios, se encuen- tra en los textos sagrados que Dios mismo ha revelado.

S i preferimos movernos en el campo del mundo de la religión, la salvación tiene que ver con el esfuerzo, con la

recompensa o pago por la observancia de

unos preceptos. Por la posibilidad o no del ser humano para intervenir en su suerte final. Por último, nosotros como cristianos,

a este Mesías le ponemos nombre: Jesús

de Nazaret. Jesús es el Mesías, Jesús es el Cristo. Pero no aceptamos cualquier tipo de Mesianismo, sino un Mesías que rompe los esquemas: Un Mesías que nace pobre

y que muere en una cruz.

1. EL SENTIDO DE LAS ESCRITURAS

Pablo, judío según la carne, fariseo según la secta que ha elegido, conoce perfectamente el plan de Dios, que es de salvación. Con mucha frecuencia en sus

escritos hace referencia a las «Escrituras». Para un judío observante como él, los de- signios ocultos de Dios, la voluntad de Dios, se encuentra en los textos sagrados que Dios mismo ha revelado. Pablo llega

a decir que el evangelio, la buena noticia

de Jesús, que él predica, ha sido anuncia- do ya por los profetas en estas Sagradas Escrituras (cf. Rm 1,1-3). La lectura de las Escrituras no sólo es motivo de consuelo, sino de enseñanza; no sólo son instructivas, sino que son motivo de esperanza. Si Dios lo ha «escrito» y creemos que es para nosotros, no es ocioso leerlas, sino una obligación del creyente. «Pues todo lo que ha sido escrito en el pa- sado, lo fue para nuestra enseñanza, a fin

de que por la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras tengamos esperanza» (Rm 15,4). El uso de la Escritura en las cartas de san Pablo es muy variado. Unas veces re- curre a citas explícitas que a continuación comenta. San Pablo las trae a colación no sólo para iluminar una idea, sino para ver cómo el mensaje del evangelio ya está presente, aunque sea de forma germinal, en el Antiguo Testamento. «¿Qué dice la Escritura? “La palabra está cerca de ti, en tu boca, en tu cora- zón” [Dt 9,4; 30,12-14]. Pues bien, esta es la palabra de fe que proclamamos. Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Con el corazón se cree para la justicia, y con la boca se confiesa la fe para la salvación» (Rm 10,8,10). «Pues dice la Escritura: “Inutilizaré la sabiduría de los sabios y anularé la inte- ligencia de los inteligentes” [Is 29,14]. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el maes- tro? ¿Dónde el estudioso de este mundo? ¡Dios ha convertido en tontería la sabidu- ría del mundo!» (1 Co 1,19-20). San Pablo quiere dejar claro que el acontecimiento salvador que ha tenido lugar en Cristo no se puede explicar como un hecho aislado, como un suceso que no tenga nada que ver con el plan salvífico de Dios. Para Pablo todo tiene un sentido desde el amor de Dios que él previamente ha ido anunciando en las Escrituras: «Os

transmití, en primer lugar, lo que a mi vez yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras y que se apareció a Pedro

y luego a los doce» (1Co 15,3-4). También cita directamente a libros de la Escritura: «Como dice en el libro de Oseas» (Rm 9,25); o «Ya Isaías había predicho» (Rm 9,29), o también, conside-

rando que los salmos fueron escritos por

el gran rey, «David dice» (Rm 11,8).

Por último, y esto es lo más difícil de ver, cita la Escritura sin mencionarla ex- plícitamente. Sólo los que dominan los textos bíblicos se dan cuenta de que san Pablo está recurriendo a ellos en

su argumentación. Por ejemplo, cita al profeta Joel sin nombrarlo: Por tanto «todo el que invoque el nombre del Se- ñor se salvará» [Jl 3,5] (Rom 10,13). También recuerda en su argumentación salmos bíblicos: Porque por las obras de

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la Ley «nadie podrá justificarse ante él» [S 143,2] (Rm 3,20). Las más fáciles de

la Ley «nadie podrá justificarse ante él» [S 143,2] (Rm 3,20). Las más fáciles de ver son, lógicamente, las citas explícitas que van introducidas con alguna indicación. Podemos encon- trar «como dice la Escritura» (Rm 2,24), o «según las Escrituras» (1Co 15,3.4), o «como está escrito» (Ga 3,6). A veces las citas son explícitas, to- mando versículos enteros; otras veces son citas implícitas, nombrando bien los personajes, bien la historia, bien la figura que representan. San Pablo toma figuras bíblicas y ve en ellas no sólo modelos de referencia ética, pues muchas veces no lo son, sino verdaderas figuras arquetípicas en el plan de Dios. Entre otras muchas, dejamos las menores, sobresalen tanto Adán como Abrahán. Adán no sólo es el primer hombre, sino el arquetipo de la humanidad pecadora. Pablo contrapone al hombre-Adán en el que toda la humanidad ha pecado, con el hombre-Cristo, en quien hemos sido reconciliados y perdonados. «El delito de Adán no puede compa- rarse con el don de Dios. Si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón el don de Dios, ofrecido generosa- mente por un solo hombre, Jesucristo, se concede más abundantemente a todos» (Rm 5,15). Abrahán no sólo es un buen hombre, sino el arquetipo de todo creyente, el cre- yente por excelencia; él funda su vida en la fe entendida como obediencia fiel al plan de Dios. Pero el plan que Dios tiene sobre él, supera su pequeña y pobre vida. La historia de Abrahán comienza con una bendición personal que lo será «para todas las naciones de la tierra».

que lo será «para todas las naciones de la tierra». «Yo haré de ti un gran

«Yo haré de ti un gran pueblo; te ben- deciré y engrandeceré tu nombre. Tú serás una bendición. Yo bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán bendecidas todas los pueblos de la tierra» (Gn 12,2-3). Pablo entiende que en esta bendición se anuncia que la salvación de Dios es para todos los pueblos. «Pues la Escritura, previendo que Dios justificaría por la fe a los paganos, anun- ció con anterioridad a Abrahán. En ti serán bendecidas todas las gentes. De suerte que los que tienen fe son bendecidos con el creyente Abrahán» (Ga 3,8-9). Abrahán es padre en la fe y es por- tador de esperanza. Pablo lo entiende perfectamente cuando nos lo propone como modelo de quien espera contra toda esperanza, cuando lo evidente dice que no hay nada que hacer y cuando es más fácil ceder ante la evidencia antes que confiar en futuras promesas. «Abrahán, apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que lle- garía a ser padre de muchos pueblos, tal y como Dios había dicho: Así será tu descendencia» (Rm 4,18). Pero Pablo sabe bien que la fe no se puede reducir a buenos propósitos o in- tenciones. No estamos ante gente cré- dula que dice «creo» y a continuación se comporta de espaldas a Dios. Para hacer justicia, la fe en san Pablo va de la mano con la caridad, entendida como amor que se compromete hasta el final, como fruto del mismo Dios.

Arriba: representación del Arca de Noé, del siglo XII, tomada de la Biblia de Ávila. Con Noé, después del diluvio, que es la vuelta al caos inicial, Dios proclama una alianza que hará que toda la tierra pueda superar esta destrucción. Abajo: el pecado de Adán y Eva, del Barberi- niano Latino 613. «Si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón el don de Dios, ofrecido generosamente por un solo hombre, Jesucristo, se concede más abun- dantemente a todos». En la página de la izquierda: san Pablo apóstol escribiendo sus cartas, de Claude Vignon (1573-1670).

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Pablo es consciente de que ha nacido algo nuevo, fruto de la muerte y resurrec- ción de Jesús, y movido por la acción del Espíritu Santo. Él lo llama, con cariño, la Iglesia de Dios.

Santo. Él lo llama, con cariño, la Iglesia de Dios. 2. LA ÚNICA ALIANZA DE DIOS

2. LA ÚNICA ALIANZA DE DIOS

Retomamos el argumento del princi- pio. Toda la Escritura es la «historia de salvación» de Dios. Pablo comprende que estamos ante algo antiguo y algo nuevo:

Dios ha manifestado su voluntad a su Pueblo en la Antigua Alianza, realizado con el «Pueblo de Israel». Ahora estamos en el tiempo no de declarar inútil este plan, sino de llevarlo a su término. Pablo recoge en su teología dos términos clave:

«Nueva Alianza» e «Iglesia de Dios». Él mismo se define como «ministro» de esta Nueva Alianza (cf. 2Co 3,6). Pablo es consciente de que ha nacido algo nuevo, fruto de la muerte y resurrec- ción de Jesús, y movido por la acción del Espíritu Santo. Él lo llama, con cariño, la Iglesia de Dios, a la que un día persiguió y a la que defiende y dedica todo su esfuerzo y toda su vida. «Conocéis mi conducta anterior dentro del judaís- mo: con qué crueldad perseguía y trataba de aniquilar a la Iglesia de Dios» (Ga 1,13). ¿Qué relación hay entre las dos alianzas? La Sagrada Escritura es un solo libro que tiene dos partes con una «lógica interna». Se conoce como «Antiguo» y «Nuevo Testamento» (algunos proponen hablar de «Primer y Segundo Testamento»). Lo importante es caer en la cuenta de que es la clave para comprender la Escritura tanto

para los judíos como para los cristianos. En el fondo late la misma condición: que Dios ha hecho una «alianza» con la huma-

nidad, con un pueblo, y para los cristianos, esta alianza tiene dimensión personal:

nueva alianza en Cristo. Si leemos la Escritura desde su inicio descubrimos cómo la alianza de Dios abarca no sólo a un pueblo, sino a toda

la humanidad. Con Noé, después del di-

luvio, que es la vuelta al caos inicial, Dios

proclama una alianza que hará que toda

la tierra pueda superar esta destrucción.

Dios no quiere la catástrofe, la violencia incontrolada, el sufrimiento descorazona- dor y sectario con los más pobres. Dios establece una alianza con toda la tierra (cf. Gn 9,13-15). Si bien Dios hace una alianza con todos los seres vivientes, el siguiente capítulo se centra en la humanidad, representada por Abrahán y su pequeña familia que pe- regrina por los desiertos de Mesopotamia. Una alianza que se hace extensible a una multitud, a un pueblo. «Yo establezco mi alianza entre nosotros dos, y te multipli- caré sobremanera». Cayó Abram rostro en tierra, y Dios le habló así: «Por mi parte he aquí mi alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos. No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abrahán, pues padre de muchedumbre de pueblos te he consti- tuido. Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de

ti. Y estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu

posteridad

La historia de la alianza hecha con Abrahán continúa con el «recuerdo» de

Dios. Dios no se desentiende de las pro- mesas hechas. Él ha ido acompañando

a su pueblo, y decide intervenir. «Oyó

Dios sus gemidos, y se acordó Dios de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob.

Y miró Dios a los hijos de Israel y cono-

ció

Después del «recuerdo», Dios da un nuevo paso que eleva a Israel a «propie- dad personal entre todos los pueblos». Esto supone una enorme responsabili- dad, pues el Dios bíblico es exigente, no es ajeno a la suerte de los humanos como los dioses de los pueblos vecinos. Les pide que sean una «nación santa»:

«Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza vosotros seréis

»

(Gn 17,2-8).

»

(Éx 2,24-25).

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pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza vosotros seréis » (Gn 17,2-8).
a a mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra;
a a
a
a

mi propiedad personal entre todos los

pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Éx 19,5).

Moisés, en el primero de los tres discur-

sos del libro del Deuteronomio, recuerda

al pueblo que es Dios quien les ha dado la alianza, y que ellos deben cumplirla.

La iniciativa es de Dios, pero

hay una contrapartida

por parte del pue-

blo (cf. Dt 4,13-

14). Dios es

exigen-

te. Pero no lo hace por capricho, sino porque es la única forma de que el pueblo de Israel no perezca, de que no corra la misma suerte que los pueblos vecinos. La idolatría, o el empecinarse en buscar

Dios y servirle en lo que no es Dios, le

llevará irremisiblemente a la desgracia y

la muerte (cf. Dt 4,23). La Alianza, repite el Deuteronomio, está al servicio y en función de esta revelación del Dios-amor, de su Sal- vación. Curiosamente para nues- tros días, el Deuteronomio une la felicidad a la observancia de la Ley de Dios. ¿No es un consejo extraño para hoy? «Seguid en todo el cami- no que os ha mandado el Señor, vuestro Dios; de esta manera viviréis y seréis felices y serán largos vuestros días en la tierra que vais a poseer» (Dt 5,33). Quizá de los textos más sorprendentes es el de la paradoja que aparece en el Antiguo Testamento. Dios no sigue los criterios humanos; si se fija en Israel no

es por razones de poder, de prestigio, de nobleza… ¡sino por el amor que le tiene! «El Señor se fijó en vosotros y os eligió no porque fuerais más numerosos que los demás pueblos, pues sois el más pe- queño de todos, sino por el amor que nos tiene y para cumplir el juramento hecho

a vuestros padres» (Dt 7,7-8).

Sobre estas líneas: placa para el rollo de la Torá, arte judeo-bohemia del siglo XVIII, Praga, Museo Judío. A la izquierda: Natividad, del Vaticano Latino 39, del siglo XIII, Biblioteca Apostólica. Abajo: la Crucifixión, mosaico de la catedral de san Pedro, Bremen. En la página de la izquierda: serigrafía de Marc Chagall que representa a Abrahán en el momento de tener que sacrificar a su hijo Isaac. Abajo: el Arca de la Alianza, miniatura del siglo XV, Milán, Biblioteca Ambrosiana.

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que sacrificar a su hijo Isaac. Abajo: el Arca de la Alianza, miniatura del siglo XV,
Sobre estas líneas: Pantocrátor, mosaico del siglo XII, en el ábside de la catedral de

Sobre estas líneas:

Pantocrátor, mosaico del siglo XII, en el ábside de la catedral de Mon- reale. Es la imagen del «tiempo sagrado» de la «Ecclesía», de la tensión escatológica de la eternidad. En la página de la derecha: Cristo redentor, mosaico del siglo VI, Ravena, iglesia de san Vital. Abajo: lámpa- ra del siglo VI: La luz de Cristo ilumine a todos».

El profeta Jeremías, fiel a la tradición de los profetas del Norte, entiende que la destrucción de Jerusalén, la pérdida del Reino y de la Tierra es consecuen- cia de que el pueblo no ha observado la Alianza. No es fruto de la ira de Dios, sino del pecado de infidelidad, de idola- tría y de violencia del pueblo de Israel. Curiosamente, la salvación de Dios que anuncia Jeremías se vuelve a formular en términos de Alianza. Sólo que ahora el gran profeta de Jerusalén dirá que es «nueva». «Vienen días -dice el Señor- en que yo haré con la casa de Israel y la casa de Judá una «alianza nueva». No como la alianza que hice con sus padres cuando los tomé de la mano y los saqué del país de Egipto, alianza que ellos violaron, por lo cual los rechacé —dice el Señor—. Ésta es la alianza que haré con la casa de Israel después de aquellos días —dice el Señor—: pondré mi ley en su interior, la escribiré en su corazón, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jr 31,31-34). Pablo, en un alarde de exégesis ale- górica de la Escritura, nos propone ver tras la doble descendencia de Abrahán, el hijo legítimo y el hijo de la esclava, las dos alianzas. Si las dos mujeres no tienen el mismo «estatus», tampoco los hijos. Uno siempre será hijo de la esclava; el otro podrá proclamar que su condición es de libertad. Pues bien, nos dirá Pablo: los que siguen sometidos a la Ley, son hijos

de la primera, de Agar. Los que viven en la libertad de los hijos de Dios son hijos de la libre, de Sara. ¡Nosotros somos hijos de la libertad! (cf. Ga 4,21-28).

3. LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

El término «tiempo» que usamos con frecuencia nos puede llevar a un equívo- co. La Sagrada Escritura emplea este tér- mino para referirse al «tiempo de Dios», no tanto al tiempo cronológico. De hecho, la lengua griega conoce dos términos distintos que no confunde y que sirven para precisar bien qué se quiere decir. Con el término «cronos» (cronómetro, cronología) se refiere al tiempo que se puede medir: minutos, horas, años. Con el término «kairós» se refiere al «tiempo salvífico de Dios». Dios tiene sus tiempos, Dios se toma su tiempo, Dios tiene otra medida de las cosas y del tiempo. De este tiempo salvífico hacia el que se encamina la salvación nos habla san Pablo. Si miramos el texto griego vemos cómo san Pablo usa el término «kairós», el «tiempo salvífico de Dios». Pablo introduce una expresión nueva:

«plenitud del tiempo». ¿Acaso existe un tiempo vacío, incompleto, imperfec- to frente a otro pleno, acabado, satis- factorio? Desde el punto de vista de la historia de la salvación, Pablo nos dice que los tiempos preparados cuidadosa- mente, con mimo, por Dios, llegan a su plenitud. Para Pablo esta plenitud no es otra sino el acontecimiento de Cristo. Un acontecimiento salvífico, pues él mismo nos dice que nació bajo la Ley de Moisés para librarnos de su yugo y hacernos «hijos». «Pero cuando vino la «plenitud del tiempo», Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la condición de hijos adoptivos» (Ga 4,4-5). Pablo no sólo proclama esta gran y buena noticia, sino que asegura que es- tamos en este tiempo de gracia y salva- ción. El «ahora» salvífico tampoco tiene que ver con el «ahora» temporal sino con el momento de gracia que se realiza en el corazón de cada creyente. Cada persona tiene su momento, su tiempo. Pablo insiste en que seamos conscientes de nuestra condición de hijos amados por Dios y no lo dejemos pasar. Pablo retoma

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un texto del profeta Isaías y entiende que ahora, con Cristo, ha llegado ya este tiem- po anunciado y durante tiempo esperado. No podemos dejar pasar la constatación de que esta lectura de Pablo sigue siendo hoy la lectura de la Iglesia. El «tiempo de la gracia» que anuncia Isaías es el tiempo de Cristo, que proclama Pablo. Pablo lee a Isaías como un texto actual que se cumple en Cristo.

Is 49,8-9: Esto dice el Señor: En el tiempo de gracia te he atendido, el día de la salvación te he ayudado.

2 Cor 6,1-2: Siendo, pues, colaborado- res, os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios. Porque él dice: En el tiempo propicio («kairós») te escuché y en el día de la salvación te ayudé. Ahora es el tiempo propicio («kairós»), ahora es el día de la salvación.

4. CRISTO, MEDIADOR DE LA NUEVA ALIANZA

Demos un paso más; ahora vamos a iluminar la figura de Cristo como «media- dor» de la nueva alianza. La «mediación» nos lleva a la figura del Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalén y a la fiesta de petición de perdón que se celebra una vez al año. Es la fiesta de la «expiación», en hebreo la fiesta del «Yom Kippur». Para entender la imagen de Jesucristo como mediador que obtiene el perdón, debemos aludir al texto de Levítico 16. El sumo sacerdote (en el Levítico se dice que es Aarón) entra una vez al año en el «Santo de los Santos» del Templo de Jerusalén. Allí ofrece primero un novillo en sacrifi- cio de expiación por él y por su familia, pues son indig- nos y pecadores (Lv 16,7). Después toma los dos cabritos que le presenta el pueblo (Lv 16,5). Los echa a suertes; uno será para pedir perdón por los pecados del pueblo (Lv 16,9), el otro para Azazel (figura demo- níaca que representa el pecado, Lv 16,10). El Sumo Sacerdote pone las manos sobre la cabeza del cabrito destinado a

pone las manos sobre la cabeza del cabrito destinado a Azazel, confiesa sobre él todas las

Azazel, confiesa sobre él todas las culpas de los israelitas y lo suelta en el desierto para que muera allí (Lv 16,20-22). ¿Cuáles son los límites de este rito? Por una parte es externo al ser humano; por otra es incapaz de cumplir lo que pretende. En efecto, es externo porque los sumos sacerdotes sacrifican animales por ellos y por el pueblo, pero ellos son meros representantes cualificados. Nada más. Por otra parte es un rito incapaz de conseguir la reconciliación con Dios, pues todos los años tienen que repetirlo porque no obtiene el perdón definitivo. Frente a esta incapacidad, la carta a los Hebreos da un paso de gigante y nos propone comparar las dos alianzas. La «primera», hecha efectiva en la fiesta del Yom Kippur (Hb 8,7; 9,1) se muestra imperfecta, incapaz y sometida a ritos externos. Es necesario que se dé una «alianza nueva», que supere a la antigua y cumpla lo que ella es incapaz. Sin embargo, les dice en tono de recriminación: «Vienen días dice el Señor, en que yo haré con la casa de Israel y la casa de Judá una “alianza nueva”» (Hb 8,8). Cristo ha inaugurado la nue- va alianza de salvación. Él, por su muerte en cruz y por su resurrección, ha ofrecido un sacrificio personal y exis- tencial; y ha obtenido el perdón de los pecados para toda la humanidad. «(Cris- to) es el “mediador de una nueva alianza”, a fin de que, consiguiendo con su muer- te el perdón de los delitos cometidos en el tiempo de

Cristo, por su muerte en cruz y por su

resurrec-

ción, ha

ofrecido un

sacrificio

personal y

existen-

cial; y ha obtenido el perdón de los pecados para toda la humani- dad.

un sacrificio personal y existen- cial; y ha obtenido el perdón de los pecados para toda

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Banquete eucarístico, pintura mural del siglo III o IV, procedente de la catacumba de san

Banquete eucarístico, pintura mural del siglo III o IV, procedente de la catacumba de san Pedro y san Marcelino, Roma.

la primera alianza, aquellos que son llamados reciban la herencia eterna prometida» (Hb

9,15).

Esta «pro-exis- tencia» de Cris- to (una entrega oblativa a los de- más) es recogida

en otros textos del Nuevo Testamento. Tanto Lucas en su evangelio, como Pablo en su carta a los Corintios, cuando tiene que explicitar las palabras eucarísticas de la Última Cena alude a ellas: «De igual modo, después

de cenar, la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”» (Lc 22,20). «Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que la bebáis, hacedlo en memoria mía”» (1Co 11,25). Pablo, por su parte, se considera «mi- nistro», servidor, no de la alianza antigua, la que sirve a la Ley, que queda superada, sino de la nueva alianza, la del amor oblativo y proexistencial de Cristo. «(Cristo) me ha capacitado para ser ministro de la nueva alianza; no de la letra, sino del espíritu, pues la letra mata,

pero el espíritu da vida» (2Co 3,6).

pues la letra mata, pero el espíritu da vida» (2Co 3,6). PARA UN TRABAJO EN COMÚN
PARA UN TRABAJO EN COMÚN 1. Ambientación El Señor nos ha elegido por amor, como
PARA UN TRABAJO EN COMÚN
1. Ambientación
El Señor nos ha elegido por amor, como recuerda el texto del Deuteronomio. Las personas
elegimos fijándonos en el brillo o esplendor que nos puedan aportar otras personas u otras
circunstancias. Para la Escritura Dios se ha fijado en nosotros no porque seamos mejores, más
brillantes, más poderosos. Sino por el amor que él nos tiene. Dios escribe con cada uno de
nosotros una «historia de amor».
2. Texto y comentario: Deuteronomio, 7,7-8; Gálatas, 4,4-5
Reflexión: La palabra «historia» suena a grandes hazañas propias de personajes magníficos. Si
eso es así, nuestra «pequeña historia», la tuya y la mía, no interesa a nadie. Podemos pensar:
— ¿tiene valor mi vida para los míos, para mis hijos o nietos, para mis amigos y hermanos?
— ¿he ayudado a que el mundo sea un poco más habitable, más humano, más cálido?
— ¿podría decir que he hecho sonreír a alguien, que he hecho feliz a alguien?
— ¿mi vida le importa a Dios? ¿en qué lo noto?
3. Oración
«Mi historia es tu historia conmigo»
«Esta historia es mi historia»,
dije en mis adentros cuando leí tu palabra.
Esta alianza es mi alianza; una alianza porque tú quieres,
una alianza entre dos desiguales,
tu bondad y mi pobreza, pero es la nuestra.
Una alianza nueva que nos ha regalado tu Hijo,
para que vayamos con la cabeza erguida, como los hijos,
no sumisa y pesarosa, como los esclavos.
Esta es tu historia y mi historia,
que en Cristo se ha hecho para mí y para la humanidad,
historia de alianza eterna, historia de salvación.
¡Gracias, Señor!
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