Octave Mirbeau

Paul Gauguin
Me acabo de enterar que Paul Gauguin se va para Tahiti. Su intención es vivir allí, durante varios años, solo, de construir allí su choza, de trabajar nuevamente allí las cosas que le obseden. Es el caso de un hombre que huye de la civilización, buscando por voluntad propia el olvido y el silencio, para sentirse mejor, para escuchar mejor las voces interiores que se ahogan en el ruido de nuestras pasiones y de nuestras peleas, esto me ha parecido curioso y conmovedor. El señor Paul Gauguin es un artista excepcional, muy inquietante, que apenas se expresa en público y que, en consecuencia, el público poco conoce. Varias veces me había prometido hablar de él. ¡Lástima! No sé por qué, me parece que ya no tenemos tiempo para hacer nada. Y además, tal vez he hechado marcha atrás delante de la díficultad de tal tarea y por el temor de hablar mal de un hombre por el cual tengo una gran y muy particular admiración. ¿Acaso no es cosa irrealizable la de escribir en unas breves y rápidas notas lo que significa el arte tan complicado y tan primitivo, tan claro y tan oscuro, tan bárbaro y tan refinado del Señor Gauguin, quiero decir algo que está por encima de mis fuerzas ? Para dar a conocer un hombre así y su obra tal y como es, se necesitarían argumentos que me prohibe la parcimoniosa exigencia de una crónica. Sin embargo, creo que indicando, primero, los lazos intelectuales del Señor Gauguin y resumiendo, con algunos rasgos característicos, su vida extraña y tormentada, su obra se ilumina, por sí misma, con una luz intensa. * * *

Flora Tristan

El Señor Gauguin es hijo de padres, sino ricos, al menos que tuvieron una buena posición y la tranquilidad de vivir bien. Su padre colaboraba en el Nacional, de Armand Marrast, con Thiers y Degouve-Denuncques. Murió en el mar, en 1852, en el trasncurso de un viaje al Perú, en el que fue, a mi parecer, un exilio. Dejó el recuerdo de un alma fuerte y de una gran inteligencia. Su madre, nacida en el Perú, era la hija de Flora Tristan, de esa bella, ardiente, enérgica Flora Tristan, autora de varios libros de socialismo y de arte, que tuvo una parte activa en el movimiento de

los falansterianos. De su autoría, conozco un libro : Paseos por Londres, en donde se encuentran admirables, generosos ímpetus de piedad. El Señor Gauguin, tuvo entonces, desde la cuna, el ejemplo de esas dos fuerzas morales en las cuales se forjan y se tiemplan los espíritus superiores : la lucha y el sueño. Muy dulce y mimada fue su infancia. Esta transcurrió, feliz, en esta atmósfera familiar, tan impregnada aún de la influencia espiritual del hombre extraordinario que fue con certeza el más grande de este siglo, el único en el que, después de Jesús, se haya encarnado realmente le sentido divino : Fourier. A la edad de dieciséis años, se enrola como marinero para dejar los estudios que tan caro costaban a su madre ; puesto que la fortuna desapareció tras la muerte del padre. Viaja. Cruza mares desconocidos, ve nuevos soles , entreve razas primitivas y con prodigiosas flores. Y no piensa. No piensa en nada, al menos, eso cree, no piensa más que en el duro trabajo al que consacra toda su actividad de mozo que goza de buena salud y con muchos músculos. Sin embargo, en el silencio nocturno de la guardia, inconscientemente, le coge el gusto a soñar y al infinito, y, a veces, durante las horas de descanso, dibuja, pero sin objetivo preciso y como para « pasar el tiempo ». Aún no ha sufrido el gran choque ; aún no ha sentido nacer la pasión del arte que va a apoderarse de él y sacudirlo por completo, en cuerpo y alma, hasta hacerlo sufrir, hasta torturarlo. No es consciente de las impresiones enormes, poderosas, variadas que, por un fenómeno de percepción insensible y latente, entran, se acumulan, penetran, sin que se dé cuenta, en su mente, tan profundamente que, más tarde, de vuelta a la vida normal, volverán a ser la obsesiva nostalgia de esos soles, de esas razas, de esas flores, de ese Océano Pacifíco, en donde se sorprenderá de volver a encontrar como la cuna de su propia raza, y que parece haberlo mecido, con las antañas, canciones maternas ya escuchadas. Helo aquí de vuelta a Paris cuando termina su servicio. Tiene obligaciones ; tiene que mantenerse y mantener a los suyos. El Señor Gauguin entra en los negocios. Para el observador superficial, no será mas que una de las extrañezas de esta existencia imprevista, cuando en la Bolsa pasa este supremo artista, a trabajar como encargado de las cuentas para un agiotista. Cuán lejos está el deseo de abandonar el sueño que lo invade, la Bolsa lo anima, le da una forma y una dirección. Es que, en las naturalezas altivas, y para quien sabe mirarla bien, la Bolsa es poderosamente evocadora del misterio humano. Un gran y trágico símbolo yace en ella. Por encima de esa lucha furiosa, de ese ruído de pasiones aulladoras, de esos gestos torcidos, de esas pavorosas sombras, se diría que vuela y sobrevive el terror de un culto maldito. No me sorprendería que al Señor Gauguin, por un contraste natural, por un espírtu de rebeldía necesaria, haya logrado encontrar allí el doloroso amor de Jesús, amor que, más tarde, le inspiraría sus más bellas creaciones. Mientras tanto, emerge de él un nuevo ser . La rebelación de ello es casi imprevista. Todas las circunstancias de su nacimiento, de sus viajes, de sus recuerdos,

de su vida actual, amalgamadas y fundidas una dentro de la otra, determinan la explosión de sus facultades artistas, más aún cuanto que ésta ha sido retrasada y lenta en manifestarse. La pasión lo consume, crece, lo devora. Todo el tiempo que le deja libre sus ocupaciones profesionales, lo dedica a pintar. Pinta con rabia. El arte se convierte en su única preocupación. Pasa largos ratos en el Louvre, consulta a los maestros contemporáneos. Su instincto lo lleva a los artistas metafisícos, a los grandes domadores de la línea, a los grandes sintetistas de la forma. Se apasiona por Puvis de Chavannes, Degas, Manet, Monet, Cézanne, los japoneses, conocidos en la época solamente por algunos privilegiados. Cosa curiosa y que se explica por un entusiasmo juvenil, y, mejor, por la falta de experiencia de una profesión que lo vuelve torpe en expresar con lo que soñaba, a pesar de sus admiraciones intelectuales, de sus predilecciones estéticas, sus primeros ensayos son naturalistas. Se esfuerza por librarse de esta tara, ya que siente con fuerza que el naturalismo es la supresión del arte, así como es la negación de la poesía, que la fuente de toda emoción, de toda belleza, de toda vida, no está en la superficie de los seres y de las cosas, y que ésta reside en las profundidades allí donde ya no se cuelga más en los ganchos de los nocturnos costureros. ¿Pero qué hacer ? ¿ Cómo aislarse ? Cada minuto, sus arrebatos son contenidos. La Bolsa lo reclama. No puede perseguir, al mismo tiempo, un sueño y el curso de la renta, maravillarse con visiones ideales, para caer pronto, desde lo alto de un cielo, al infierno de las liquidaciones de la quincena y de los informes. El Señor Gauguin ya no duda. Deja la Bolsa, que le facilita la vida material, y se consacra por completo a la pintura, a pesar de la amenaza de un mañana penoso y la incertidumbre probable del porvenir. Son años de lucha sin merced, de esfuerzos terribles, de desesperanzas y de embriagueces, uno tras otro. De este período difícil en el que el artista se busca a sí mismo, data una serie de paisajes que fueron expuestos, me parece, en la calle Lafitte, donde los Impresionistas. Ya se afirma, a pesar de las reminiscencias inevitables, un talento de pintor superior, con talento vigoroso, voluntario, casi arisco, y encantandor por esto mismo, y sensitivo, porque es muy comprensivo con la luz y el ideal que ésta le da a los objetos. Ya sus cuadros, aún llenos de detalles en demasía, muestran, en su dispoción, un gusto decorativo muy particular, gusto que el Señor Gauguin, desde entonces, ha llevado hasta la perfección en sus cuadros más recientes, sus alfarerías de un estilo muy extraño, y sus maderos esculpidos con un arte tan estremecedor. Más allá de su aparente robustez moral, el Señor Gauguin es de un carácter inquieto, atormentado por el infinito. Nunca está satisfecho con lo que ha hecho, va, buscando, siempre, un más allá. Siente que no ha dado de él todo lo que puede dar. Cosas confusas se agitan dentro de él ; aspiraciones imprecisas y poderosas empujan su espíritu hacia vías más abstractas, hacia formas de expresión más herméticas. Y su pensamiento se va en busca de países de luz y de misterio que recorrió en otros tiempos. Le parece que allí están, adormecidos, vírgenes, los elementos de un arte nuevo y conformes con sus sueños. Además, es en la soledad, que tanto necesita ; es en la paz, y el silencio, en dónde podrá escuchar mejor, en dónde se sentirá vivir más

aún. Se va para Martinica. Allí se queda dos años, lo trae de vuelta la enfermedad : una fiebre amarilla que pudo matarlo y de la cual tarda en curarse meses y meses. Pero trae consigo una serie de encandilantes y severos lienzos en donde por fin ha manifestado, toda su personalidad, y que revelan un progreso enorme, un encaminamiento rápido hacia el arte esperado. Las formas no sólo se muestran en su aspecto exterior ; éstas revelan el estado de ánimo de quien las ha comprendido y experimentado de esa manera. Hay, en esos paisajes de bosques, con vegetaciones, con flores monstruosas, con figuras heráticas, con formidables ríos de sol, un misterio casi religioso, la abundancia sagrada de un Edén. Y el dibujo se ha moderado, amplificado ; sólo dice las cosas esenciales, lo que piensa. El sueño lo lleva hacia la majestuosidad de los contornos, a la sintesis espiritual, a la elocuente y profunda expresión. En adelante, el Señor Gauguin es su propio maestro. Su mano se ha vuelto la esclava, el instrumento dócil y fiel de su mente. Va poder realizar la obra tan buscada. Obra extrañamente cerebral, apasionante, aunque desigual, pero aún en sus desigualdades desgarradora y magnífica obra dolorosa, ya que para comprenderla, para sentir el choque de ésta, uno tiene que haber sentido el dolor y la ironía del dolor, que es el umbral del misterio. A veces éste se eleva hasta lo alto de un místico acto de fe ; a veces se espanta y hace una mueca en las tenebras enloquecidas de la duda. Y siempre emana de éste el amargo y violento aroma de los venenos de la carne. Hay en esta obra una mezcla inquietante y sabrosa de bárbaro esplendor, de liturgia católica, de ensueño hindú, de imaguinería gótica, de simbolismo oscuro y sútil ; hay realidades ásperas y locos sobrevuelos de poesía, a través de los cuales el Señor Gauguin crea un arte absolutamente personal y completamente nuevo, arte de pintor y de poeta, de apóstol y de demonio, y que produce angustia.

En el campo completamente amarillo, de un amarillo moribundo, en lo alto de la colina bretona que el fin del otoño tristemente vuelve amarillo, al descubierto, un calvario de madera mal labrado a escuadra, podrido, desjuntado, que levanta en alto sus brazos torcidos. El Cristo, como una divinidad papú, superficialmente tallado en el tronco de un árbol por un artista de la región, el Cristo lastimoso y burdo está pintorreteado de amarillo. Al pie del calvario se han arrodillado unas campesinas. Indiferentes, con el cuerpo postrado con pesadez en el suelo, han venido allí, un día del Perdón. Pero sus ojos y sus labios no comunican oraciones. No piensan, no miran la imagen de Aquel que murió por amarlas. Y saltando por encima de los setos y huyendo bajo los manzanos rojos, otras campesinas se apuran en irse hacia sus tugurios, dichosas de haber cumplido con sus devociones. Y la melancolía de ese Cristo de madera es indecible. Su cabeza tiene horribles tristezas ; su cuerpo descarnado tiene como si lamentara la antigua tortura, y parece decirse, viendo a sus pies esta humanidad miserable y que no entiende nada : « ¿ y con todo, si mi martirio hubiese sido inútil ? « Así es la obra que inaugura la serie de lienzos simbólicos del Señor Gauguin. Desgraciadamente no puedo extenderme más allá sobre este arte que me encantaría seguir estudiando en sus diferentes expresiones : la escultura, la cerámica, la pintura. Pero espero que esta breve descripción bastará para revelar el estado de espíritu tan especial de este artista, que pica muy alto, de nobles sentimientos.

Parece que el Señor Gauguin, una vez alcanzado este alto pensamiento, esta largueza de estilo, debería tener la serenidad, una tranquilidad de espiritu, reposo. Pues, no. El sueño no descansa nunca en este ardiente cerebro ; aumenta y se exhalta a medida que se formula aún más. Y he aquí que siente la nostalgia por esos países en donde se desgranaron sus primeros sueños. Quisiera volver a vivir, solitario, algunos años, en medio de las cosas que ha dejado de sí mismo allá. Aquí, no estuvo a salvo de pocas torturas, y las grandes desgracias lo dejaron postrado. Perdió a un amigo tiernamente querido, tiernamente admirado, ese Vincent Van Gogh, uno de los más magníficos temperamentos de pintor, una de las almas más bellas de artista en quien confió nuestra esperanza. Y luego la vida tiene exigencias implacables. La necesidad misma de silencio, de recogimiento, de soledad absoluta, que lo empujó a Martinica, lo empuja, esta vez, más lejos aún, a Tahiti en donde la naturaleza se adapta mejor a sus sueños, en donde espera que el Océano Pacífico tenga para él las más tiernas caricias, un viejo y fiel amor ancestral vuelto a encontrar. A dónde quiera que vaya, Señor Gauguin puede estar seguro que nuestra piedad lo acompañará. Octave Mirbeau, L'Écho de Paris, 16 de febrero de 1891 (traducción castellana de Amanda Granados)

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful