Vous êtes sur la page 1sur 341

A mi sobrina y ahijada, Hannah Rose, que inspiró al personaje de Skye en Vientos celestiales.

Hannah se ha convertido en una joven y preciosa profesora, pero yo siempre recordaré a mi Hannie como una niña revoltosa con un maravilloso y sarcástico sentido del humor. No se me ocurre de quién pudo sacarlo

Agradecimientos

Como siempre, gracias a Denise por su perspicacia y consideración. A Jule y Tena, por tomarse la molestia de hacer de lectoras de pruebas. Y finalmente, gracias a mieditora, Tara Young. Gracias a todas.

Capítulo 1

Un pasillo oscuro y estérilse extendió ante Liz alabrirse las puertas del ascensor. ¿Cuántas veces había recorrido aquellos mismos pasillos en los últimos tres meses? Pasó junto al puesto de enfermeras y sus rostros familiares le dedicaron una sonrisa triste. Liz, que las había llegado a conocer a todas, les devolvió la sonrisa mientras recorría el camino a la habitación por última vez. Cuando llegó a la puerta, tuvo que tragar saliva para aplacar las náuseas y en ese instante salió Elaine. Elaine Hanson era la enfermera jefe de la planta de oncología. Se había tomado un interés especial por Liz yesta se lo agradecía, ya que habíansido tres meses muyduros. Elaine era una mujer mayor, puede que anduviera cerca de los sesenta. Se apartó un mechón oscuro canoso de la frente en gesto ausente yapoyó las manos enlos hombros de Liz. —¿Estás bien, cariño? Lizasintió, entre lágrimas repentinas. —Quería estar aquícuando Elaine la estrechó entre sus brazos. —No podías saber que Julie nos dejaría tan deprisa. Es una bendición, Liz. Liz dio un paso atrás, inspiró hondo y se secó las lágrimas de las

mejillas. —Lo sé. —Estaré aquí. Ella ya descansa —aseguró Elaine, y le abrió la puerta. Liz asintió otra vez y la invadió cierta sensación de irrealidad al entrar en la habitación. Estaba oscura, salvo por eltenue resplandor que arrojaba la pequeña luz de la cama de hospital. Liz ladeó la cabeza al aproximarse a la cama; Julie se veía muy tranquila, como si estuviera dormida. Sin embargo, al acercarse más, la fría palidez de Julie no dejaba lugar a dudas. Liz observó la figura inerte de la que hasta hacía poco había sido su pareja, se puso la mano con delicadeza sobre elvientre, endonde crecía subebé, yle acarició la helada mejilla a sucompañera. —Ya no llegarás a conocerla. Lo siento muchísimo, Julie — susurró Liz, sin poder evitar que le rodaran las lágrimas mejillas abajo—. Ahora ya no sufres. Y se quedó mirando al vacío por un segundo al recordar un tiempo enque no había dolor, sino únicamente risas.

—¿Qué hacemos hoy? —preguntó Liz, mientras recogía los platos del desayuno. Julie abrió el lavavajillas, con cara pensativa. —Mmm, no lo sé. Hace un día de otoño precioso. Creo que necesitamos una calabaza. Liz meneó la cabeza y se dio la vuelta. —Ya tenemos una, boba. Si pasaras más tiempo en casa la habrías visto en el porche. —¿Tenemos una? ¿Ycuándo fuimos a buscarla? Liz se secó la mano en un trapo de cocina y se apoyó en el

mármol. —Tú no fuiste. Fuimos Skye y yo el sábado pasado cuando estabas en San Diego —replicó, sin poder disimular el sarcasmo. Julie percibió el tono mordaz en su voz y trató de defenderse. —Cariño, es mi trabajo. —Lo sé, lo sé, eres piloto. Lo entiendo. Pero podrías coger trayectos más cortos —Ganaría menos dinero —la interrumpió Julie con el ceño fruncido. —Eso nunca me ha importado —objetó Liz en voz calma, y respiró hondo. —Oye, hace semanas que no estoy en casa, no quiero volver a discutir por lo mismo —le dijo Julie, que se le acercó, le rodeó la cintura con los brazos y la atrajo para sí—. ¿Y si no salimos? —murmuró contra sus labios. Liz suspiró y le devolvió el beso, rodeándole los hombros con los brazos. —Siempre te libras de las discusiones con sexo —le dijo, recostándose contra el mármol. Julie sonrió y le bajó la cremallera de los tejanos lentamente. —No es cierto —refunfuñó, juguetona—. Solo me encanta sentirte —añadió, deslizando la mano bajo la tela—. Skye está durmiendo la siesta, ¿verdad? Liz cerró los ojos y asintió; Julie le bajó los tejanos hasta las caderas y le arrancó un respingo al bailar con los dedos sobre ella.

***

Liz esbozó una sonrisa triste al evocar aquellos recuerdos felices, tan poco frecuentes. Durante los cinco años que estuvieron juntas,

Julie no había dejado de trabajar niun solo instante y no había visto

crecer a Skye. Ahora

barriga ydejó escapar unsuspiro.

—Adiós, Julie —susurró. Se inclinó, la besó en la fría mejilla y salió de la habitación. Ya fuera, se tapó la boca con la mano y se le escapó un sollozo desgarrado. Elaine acudió a su lado y la acompañó a la sala de espera. —Siéntate unmomento. —Gracias. ¿Sabes? Llevaba seis meses preparándome para esto. Julie y yo lo hemos dejado todo arreglado, pero por alguna

—Liz se interrumpió y se llevó una mano temblorosa a la

frente. —Has sido muy fuerte durante todo este trance, Liz —le aseguró Elaine para consolarla. —He tenido que serlo. La pobrecita Skye no sabe lo que pasa. Es muy pequeña. Le he dicho que Dios estaba solo y que necesitaba a Julie más que nosotras, pero no lo entiende y casi me alegro de que sea así. Julie pasaba mucho tiempo fuera por su trabajo y, por poco que me gustase, eso seguramente hará las cosas más fáciles para Skye. —Liz suspiró pesadamente antes de continuar—. Nunca habría estado de acuerdo con tener a este bebé si hubiera sabido lo enferma que estaba Julie. Lo único que queríamos era un hijo de las dos. ¿Te parece algo tan egoísta? —le preguntó a Elaine conmirada suplicante.

razón

Liz volvió a ponerse la mano sobre la

—No, las dos os queríais. Skye es una niñita preciosa y feliz, y

esta de aquí

igual de feliz. Y es gracias a ti y a Julie. Aunque si quieres que sea sincera, es sobre todo gracias a ti. —Lo sé. Julie quería tener hijos, pero no le gustaba la responsabilidad. Recuerdo suplicarle que cambiara los turnos conla línea aérea para poder pasar más tiempo en casa —suspiró, y echó la cabeza hacia atrás. La batalla que había librado Julie con el cáncer durante seis meses había sido devastadora y su muerte representaba casi un alivio. Liz se sentía culpable de pensar así, pero no podía evitarlo. Cuando descubrieron que Julie tenía cáncer de huesos, la enfermedad se extendió muy deprisa. Verla sufrir tanto había sido insoportable. —Ya no sufre. Las dos mujeres permanecieron sentadas en silencio un momento, hasta que la puerta delascensor se abrió yLizsalió de su ensimismamiento al ver aparecer a una mujer joven con una niña rubia de pelo rizado en brazos, que cacareaba como una gallinita. Nada más ver a Liz, estiró los brazos hacia ella; la mujer la dejó en el suelo y Skye corrió hacia Liz sin dejar de reír. Liz también se rio yabrazó a Skye cuando la niña fue a subirle alregazo. —No, espera, cariño. Siéntate allado de mamá. —Lizlevantó la mirada ysonrió—. ¿Se ha portado bienminiña, Joanne? —Por supuesto, como siempre —repuso esta. Las dos mujeres se miraron a los ojos y Liz sonrió con tristeza y negó conla cabeza. A Joanne se le saltaronlas lágrimas, pero se las enjugó rápidamente. —Gracias por cuidar a Skye, Joanne.

será

—le dio una palmadita a Liz en la barriga—

—De nada. Nos lo hemos pasado muy bien —aseguró Joanne, recuperando la compostura. Le desordenó el pelo a Skye—. ¿Verdad, chiquitina? Skye asintió yLizrodeó a suhija conelbrazo. —¿Te lo has pasado bien, pastelito? —le preguntó Liz, apartándose elpelo caoba de la cara. La niña sonrió de oreja a oreja yla miró consus ojitos azules. —Sííí, Skye comido helado. —¿Y le has dado las gracias a Joanne? Skye asintió y Liz se levantó con un gruñido, la cogió de la mano yle susurró. —Venga, Skye. Nos vamos a casa. —Mamá, aúpa. Lizla cogió enbrazos yse la sentó enla cadera. —Dentro de poco mamá ya no podrá llevarte en brazos —le dijo, yle dio unbeso enla cabeza. Todas se dirigieronalascensor ensilencio. Lizse preguntaba qué iba a pasar ahora. No les quedaba dinero, tendría que dejar su trabajo a media jornada cuando tuviera al bebé. De repente odió a Julie, la odió por morirse y por no estar allí como debía ser para cuidar de la familia que quería. Tomó aire entrecortadamente y abrazó a Skye más fuerte. —Llámame para lo que sea. —Elaine la besó en la mejilla—. Ya me dirás cuándo es el funeral y si puedo hacer algo. —Se rio cuando Skye también le ofreció la mejilla. Besó a la niña y la miró a los ojos—. Cuida mucho a mamá. —Vale. —Gracias por todo, Elaine —musitó Liz, tratando desesperadamente de no echarse a llorar.

Skye frunció elceño yobservó a sumadre. —No llora, mamá. Lizse reprimió las lágrimas yse rio. —No lloro, pastelito. Vámonos a casa. ¿Quieres cenar perritos calientes? Skye abrió unos ojos como platos yasintió. —¡Y helado!

***

A la mañana siguiente, Liz se sentó a la mesa de la cocina para darle eldesayuno a Skye. —Esa boquita bien abierta para mamá —le dijo, y Skye esperó con la boca abierta como un pajarillo—. Aquí viene —rio Liz, haciéndole elaviónconuna cucharada de avena. —Más —pidió Skye, golpeando la mesa conla cuchara. Lizdejó escapar una carcajada yvolvió a hacerle elavión. —Ahora, cielo, túsolita —la animó Liz. Skye agarró la cuchara de buena gana y se puso a comer muy concentrada. Veinte minutos después, Liz había fregado el suelo, la mesa yle había limpiado la avena delpelo a Skye. —Cada vez lo haces mejor, pastelito. Igual que ir al lavabo. Buena chica —la felicitó Liz. En cuanto la bajó de la trona, Skye echó a correr hacia el baúl de los juguetes, sacó un par de cosas inútiles de en medio y encontró el libro que buscaba. Entonces se sentó con él en medio de la habitación. —Juega bien, ¿eh, Skye? —le susurró Liz, besándola en la cabeza.

Echó un vistazo al escritorio y vio la pila de facturas sin pagar, pero como no quería comerse la cabeza con eso por el momento, se fijó en una fotografía de Julie y ella, en donde salían riendo y abrazadas. Al mirarla de cerca, se dio cuenta por primera vez de que ella no sonreía: mientras que Julie se reía, a ella se la veía pensativa. —¿Dónde estábamos y por qué no sonreía, Skye? —le preguntó Liz a su hija, que rio y trató de ponerse en pie, solo para caerse de culo—. ¡Ups! Culetazo. Skye se echó a reír ydio palmas. —Mamá graciosa.

Liz se rio con su hija y se frotó elvientre con delicadeza. Elbebé se estaba moviendo, como si quisiera formar parte del chiste familiar. Y de repente, sin venir a cuento, Liz rompió a llorar y se sentó al escritorio con la cara entre las manos. Skye la estudió con elentrecejo fruncido. —Mamá llora —murmuró, yle tembló la barbilla. Lizse limpió las lágrimas enseguida yse obligó a sonreír. —No, mamá no llora —le aseguró, y echó un vistazo a su

alrededor—. Joder

Sonó el teléfono y Liz gimió y estiró la espalda antes de agacharse a descolgar. —¿Sí? —¿La señora Elizabeth Kennedy? —preguntó una voz masculina. —Sí, soyyo. —Me llamo John Harris y soy el abogado de la señora Bridges. Siento molestarla en un momento como este, pero hay algunos asuntos que tendría que tratar con usted. ¿Podría pasar por mi

jolines, ¿qué voya hacer?

despacho cuando le sea posible? Se trata deltestamento de Julie. —¿Testamento? No tenía ni idea de que hubiera hecho testamento —contestó Liz, frunciendo elceño. ¿Por qué Julie no le había hablado nunca de ningún testamento? Estaba segura de que nunca lo habían discutido. Fue tanta la sorpresa que casise perdió las siguientes palabras delseñor Harris. —Sí, está su testamento y también otro asunto, pero me gustaría hablarlo conusted enpersona. —Ningún problema, señor Harris. —Liz anotó la dirección y luego tiró elbolígrafo yelteléfono encima de la mesa—. Fantástico. Más facturas.

***

Los días siguientes pasaron como sumidos en una espesa neblina y Liz daba gracias a Dios por contar con Elaine y Joanne. Por fin terminó el funeral, porque Liz ya no era capaz de llorar más. Por suerte, Joanne cuidaba a Skye en el apartamento y Liz se quedó a solas en el cementerio cuando los escasos asistentes se marcharon. Allí tuvo la extraña sensación de que Julie aparecería de un momento a otro para reírse delchiste que acababa de gastarle. Eso sería muy propio de ella, pensó, mientras se pasaba la mano por el estómago en gesto ausente. Notaba moverse al bebé, y pensar en la vida que crecía en su interior le arrancó una sonrisa. Al cabo de un segundo se encontró preguntándose cómo iba a sacar adelante a sufamilia. Mientras se alejaba de la tumba, deseó que el misterioso testamento fuera la respuesta, aunque en el fondo de su corazón sabía que era mucho esperar.

Sentada en la sala de espera del abogado, Liz se sentía hinchada y tenía calor. Era el mes de agosto y estaba embarazada de cinco meses. Gracias a Dios se había cuidado y no había engordado demasiado, pero aun así se sentía como el Hindenburg en su viaje inaugural. Echó un vistazo alrededor; se moría por un cucurucho de helado de chocolate. —¿Señora Kennedy? Liz levantó la vista y un sonriente señor Harris le hizo un gesto para que pasara. La mujer se levantó despacio. —¿Quiere que la ayude? Ella le hizo ungesto conla mano ylo siguió dentro. —No, gracias. Puedo sola —le aseguró, antes de tomar asiento conunsuspiro enla butaca que le ofrecía. —Bien, vamos a ver —empezó el abogado, abriendo el expediente. Liz le escuchó leer los preliminares del testamento de Julie y sintió que la invadía de nuevo un sentimiento de irritación. No sabía que Julie se había tomado el tiempo de hacer testamento, porque era algo de lo que nunca habíanhablado. —Lo siento, señora Kennedy. Julie no tenía seguro de vida. El seguro médico de la compañía aérea pagó los gastos de médicos y hospitales, pero —Ya lo sé, señor Harris. Julie creía que viviría para siempre. No pudo evitar enfadarse con ella de repente. Sin seguro de vida, sinhaber dejado nada para Skye o para elbebé —Me he tomado la libertad de estudiar el caso y, si desea conservar el seguro médico de su hija, puede convertir la póliza en

una póliza privada. Por desgracia eso sería —Asquerosamente caro —completó Liz, enfadada—. Pero no me queda otra. —Siquiere, veré qué puedo hacer —se ofreció elseñor Harris. —Gracias —aceptó Liz. —Bien, continuemos. Todo el dinero está en una cuenta conjunta, como bien sabe, así que no tendrá ningún problema para acceder a los fondos. —No queda mucho dinero, señor Harris —informó Liz—. Cuando decidimos tener una hija gastamos la mayoría de nuestros ahorros. Yo trabajo solo media jornada y tendré que dejarlo cuando nazca la niña. Lo que queda lo usaré para pagar las facturas pendientes. Liz también estaba enfadada consigo misma. ¿Había sido egoísta por su parte querer otro hijo? Julie y ella lo habían planeado así. Ahora se sentía culpable por las veces que se había enfadado con Julie por trabajar tanto. Solo intentaba mantenerlas a Skye y a ella. De repente se sintió muy sola, y pensar en el futuro le resultó aterrador. —¿Señora Kennedy? —la llamó elseñor Harris, para devolverla a la realidad. —Lo siento, ¿qué decía? —Una carta. La dejó para usted. Tengo otra para la señora CaseyBennett. Lizabrió mucho los ojos. —¿Casey Bennett? ¿Julie le ha dejado algo a esa mujer? — inquirió, indignada. Sureacciónsorprendió alseñor Harris. —La carta está sellada y, como abogado de Julie, naturalmente

no se lo puedo decir. Le ruego que lea sucarta. Lizcogió elsobre ylo abrió conimpaciencia.

Hola, cariño:

Las dos sabemos cómo estarán las cosas si estás leyendo esto. Lo siento mucho. Pero, oye, quiero que me hagas un favor. Me voy a poner en contacto con Casey Bennett, no te cabrees. Sabes que te quiero, pero Casey es una mujer fuerte y te ayudará con el bebé. Sé que lo hará por mí, tiene buen corazón. Y sé que ha sido como una espina clavada para ti, pero eso es culpa mía. Al principio me costó dejarla marchar, pero yo te quería a ti. Sé que no he sido la mejor compañera. Formamos una bonita familia

pero yo no estuve lo bastante con vosotras y lo siento mucho. Tú eras

tan buena madre y yo

Deja que cuide de ti, de Skye y de la pequeña que está al llegar, solo hasta que puedas salir adelante tú sola. Perdóname por no estar contigo. Perdóname por no haber estado

contigo

bueno, lo hice lo mejor que pude.

Pero no olvides que te quería.

Julie

Liz suspiró y apoyó la carta sobre el regazo, tragándose las lágrimas que se le agolpaban en la garganta. La dobló por la mitad con manos temblorosas y luego la volvió a doblar. Un sentimiento de soledad desesperado la desgarraba por dentro y a duras penas podía respirar. Notó que el señor Harris la observaba detenidamente. —¿Conoce a CaseyBennett? Liz reconoció la nota de amabilidad en su voz, pero la ignoró y contestó conungruñido. —Casey Bennett es la exnovia de Julie, con la que rompió hace cinco años porque era una fresca arrogante y egotista que no quería

sentar la cabeza —siseó, con los dientes apretados. Que en los momentos descontrolados de pasiónJulie hubiera gritado elnombre de Casey en más de una ocasión no ayudaba precisamente a reprimir su ira—. No —dejó escapar un hondo suspiro—. Nunca llegué a conocerla. Elseñor Harris le dedicó una leve sonrisa y flexionó elcuello con nerviosismo. Lizle miró. —¿Está casado, señor Harris? —Sí, tengo tres hijos. Lizasintió. —Entonces sabe que los embarazos sonuna locura. —Sí —rio él—. Cuando mi mujer estaba embarazada era igual. Lo mejor era mantenerme alejado de la cocina cuando tenía un cuchillo enla mano. Los dos se quedaron callados un segundo. Luego, el señor Harris continuó:

—Me temo que va a tener que conocer a esa tal Casey Bennett. Esta es correspondencia legal, así que tengo que entregársela a su abogado y asegurarme de que la lee. Lo que pase después ya es cosa —Casey Bennett —repitió Lizcon un gruñido sordo—. Ahora sí que necesito helado. —Julie creía que sería bueno para usted contar con la ayuda de una mujer fuerte —ofreció. Lizarqueó una ceja engesto de duda, pero no dijo nada.

Capítulo 2

—Oh, Casey, Dios

Estaba desnuda, tumbada sobre los cojines frente a la enorme chimenea. Suspiró y contempló a Casey mientras le besaba el pecho yfrotaba delicadamente suestilizado cuerpo contra ella. —Dios mío, eres la mejor amante que he tenido nunca —susurró enungemido gutural. Casey levantó la cabeza y la miró con sus chispeantes y felinos ojos verdes. Ronroneó contra el pecho de Suzette, que respingó y la agarró delcorto cabello entrecano. —Me lo tomaré como un cumplido, ya que diría que has estado conla mitad de la orilla norte de Chicago —farfulló Casey. Suzette rio yle tiró delpelo a suamante. —Lo digo enserio. Eres asombrosa. —Mi madre decía que si se hace algo, hay que hacerlo bien. Y, miquerida Suzette, túte mereces que te haganlas cosas bien. Casey gimió y le mordisqueó el pezón endurecido con cuidado. Entonces alcanzó la coctelera de Martini, vertió la bebida helada en una copa de pie alto y luego le pasó el frío metal por el lateral del

pecho a Suzette, que arqueó la espalda. —Casey—exclamó.

qué cosas me haces —gimió Suzette.

—¿Sí? Casey le ofreció la copa de Martini y las dos dieron un sorbo silencioso. Entonces Casey cogió la oliva de la copa y se la colocó seductoramente en el ombligo a su amante. Suzette rio cuando Caseyle dijo aloído:

—Luego nos ocuparemos de eso. A continuación le demostró a la adorable Suzette todo lo asombrosa que podía ser.

Enredadas delante del fuego, las dos mujeres jadeaban pesadamente. —¿Me he comido la oliva? Suzette se rio. —Sí, te has comido la oliva y todo lo que se te ha puesto por delante. Caseylevantó la cabeza yla miró consus traviesos ojos verdes. —Tenía hambre. —Deberías volver al trabajo. Me temo que te he interrumpido —suspiró Suzette, pasándole las uñas por la espalda. —Una interrupcióndeliciosa. Necesitaba undescanso. No podía

pasarme ni un minuto más sentada al piano —aseguró, y le besó el hombro. En ese momento sonó el teléfono y Casey gruñó desde el

fondo de la garganta—. Aish

—Cógelo, podría ser tu productor —le recomendó Suzette, instándola cariñosamente a levantarse. —Mierda. Caseyrodó para ponerse de espaldas ycogió elteléfono. —Más vale que sea importante —ladró al auricular, con la vista

—musitó, pero no se movió.

fija eneltecho. —¿Casey? Soy Roger. Tienes que venir a Chicago. Tengo una carta certificada de un abogado deAlbuquerque. ¿Aquién conoces túenNuevo México? Casey frunció el ceño al percibir la preocupación en su tono de voz, sinapartar la mirada de las largas vigas deltecho. —A nadie. Almenos que yo sepa. Rio y observó a Suzette moverse entre sus piernas. Contuvo el

aliento y le acarició el rubio cabello cuando Suzette se las separó y le besó la cara interior delmuslo.

Roger, estaré allí mañana por la mañana —concluyó, y

soltó elteléfono conuna exhalación.

—Ro

—¿Quién era? —le preguntó Suzette al cabo de un rato,

acurrucada en brazos de Casey, mientras esta contemplaba las llamas yle acariciaba elhombro distraídamente.

—se interrumpió, y

compuso un gesto pensativo—. No me acuerdo de dónde me ha dicho. Bueno, que ha recibido una carta. Parecía preocupado. Suzette hizo unpuchero. —¿Eso quiere decir que tenemos que marcharnos? Caseysoltó una carcajada. —No hagas como si te molestase. Sé lo mucho que te gusta la naturaleza. Suzette levantó la vista ysonrió perezosamente. —Soyuna chica de ciudad. Me encanta Chicago. Casey se quitó de encima a Suzette de un empujón cariñoso, se levantó con un resoplido y le tendió la mano para ayudarla a

—Mi abogado, Roger. Alguien de

levantarse. —Te encanta gastar dinero —levantó a Suzette y la atrajo a sus brazos. —No te pongas en plan campestre conmigo, Bennett. A ti también te pirran las luces de la ciudad. No eres capaz de pasar demasiado tiempo lejos de Chicago —alargó la mano y le acarició un seno a Casey—. Me gustaría pensar que tengo algo que ver en eso. —Deberías —susurró Casey. Entonces rio y se apartó de su amante—. Tengo que organizarme, hemos de salir por la mañana. Le dio unpalmetazo eneltrasero yse encaminó aldormitorio. El trayecto de vuelta desde Wisconsin fue largo. Mejor dicho,

largo para Casey, porque Suzette se pasó roncando todo elcamino hasta llegar a Chicago. Aparcó en el garaje subterráneo del edificio de apartamentos de Suzette. —Despierta, Bella Durmiente. Suzette gimió yse desperezó. —¿Ya hemos llegado? —Sí, cariño. Gracias por hacerme compañía —replicó Casey, mientras se desabrochaba elcinturónde seguridad. Suzette echó la cabeza hacia atrás ycerró los ojos. —Vamos, Suzette. He quedado conRoger. Bajó y sacó dos maletas del maletero. Cabeceando para sí, las

llevó alascensor. Anda que

Adormilada, Suzette se reunió conCaseyenelascensor. —Supongo que puedes subirte las maletas sola —le dijo Casey cuando se abrieronlas puertas delascensor. Besó a Suzette yle dio una palmadita en la mejilla—. Te veo en el ensayo. Estúdiate la partitura. Me gustaría escuchar un poco de sentimiento en esos

dos maletas para tres días.

acordes. —No vayas de chulita, Case —contestó Suzette, al tiempo que cogía el equipaje y pulsaba el botón—. Me lo he pasado muy bien. Hasta luego. Agitó la mano como despedida y le lanzó un beso antes de que se cerrara la puerta. Casey se quedó allí un momento, mirando la puerta delascensor, yesbozó una sonrisa avergonzada. —Yo tambiénte quiero. Meneó la cabeza y se marchó. Después de dejar a Suzette en su elegante torre de apartamentos, Casey condujo a través del tráfico del centro de Chicago, cosa que detestaba. En cuanto había ganado lo suficiente como compositora para cine y televisión, había dejado su apartamento de lujo y se había mudado a una cómoda cabaña de madera en la parte alta de Wisconsin, convertido en su amado estado de adopción. Su casa estaba junto a un pequeño lago y era como vivir en otro mundo en comparación con el bullicio de suciudad natal. Casey sonrió al recordar su infancia en la ciudad. Su madre estaba siempre alimentando su amor por la música y por el piano con sus ánimos constantes. Se rio abiertamente al evocar el día en que les había dicho a su madre y a su abuela que era lesbiana. Tenía diecinueve años y acababa de empezar la universidad con una beca de música

Sentada al piano en su estudio, Casey se pasó los dedos por la larga melena negra y se crujió los nudillos. —Arrrgh —gritó su abuela—. No hagas eso. Eleanor, dile que no lo haga. Casey oyó reírse a su madre y volvió a hacerlo. A veces era

de lo más divertido sacar de quicio a su abuela. A continuación abrió la partitura y empezó a tocar. Se sentía viva al golpear las teclas negras y blancas con los dedos. Tocó la música que había escrito ella misma, con una sonrisa en la mirada. Mientras tocaba, levantó la vista y vio a su madre sonriéndole con los ojos verdes anegados en lágrimas. Su abuela aspiró por la nariz ruidosamente y dio un sorbo de

té. —¿Cómo diantres vas a entrar en el Carnegie Hall si no tocas a los clásicos? —refunfuñó. Casey sonrió sin dejar de tocar.

—¿Quieres que pare? —No, ya que estás, acaba —contestó su abuela, que le guiñó el ojo a la madre de Casey. Casey se detuvo y frunció el ceño. —¿Qué pasa, Case? —se interesó Eleanor, acercándose al piano. —No sé cómo acabarla —explicó Casey. Las dos se miraron a los ojos. Su madre ladeó la cabeza y sonrió. —Suena muy romántica. —Supongo. —¿Es para alguien en particular? Casey se encogió de hombros. —Puede. Nada más oírlo, su abuela se les acercó en menos que canta un gallo.

¿cómo se

—¿Quién? No me lo digas. El chico Gentry llama? —preguntó con vivo interés.

La madre de Casey no apartó los ojos de ella. —No es él, ¿verdad, cariño? Casey notó que se le llenaban los ojos de lágrimas como a su madre. —No, mamá. No es el chico Gentry. —¿Entonces quién? —la interrogó alegremente su abuela. Casey sabía que soñaba con una gran boda en la catedral de San Patricio y pensó que iba a defraudarla terriblemente. —No creo que queráis saberlo —afirmó Casey. Rompió el contacto visual con su madre, agachó la mirada y la posó sobre las teclas, acariciándolas con cariño, pero Eleanor la cogió de la barbilla y le hizo mirarla a la cara. Sonreía, llena de curiosidad. —Yo sí quiero. —Bueno, y yo también —se apresuró a apuntar su abuela, que no quería quedarse al margen. Casey tomó aire y miró de reojo la expresión expectante de su abuela antes de decir:

—Nancy Folberg. Su madre pestañeó y, por un momento, se la vio perpleja, pero enseguida esbozó una sonrisa llena de curiosidad. Tragó saliva y titubeó, como si intentara procesar la información. Casey aguardó, con el corazón en un puño. Miró a su abuela, que parecía completamente fuera de onda. —¿Nancy? —repitió—. Pero es una mujer. No entien —Madre, por favor —la silenció la madre de Casey, levantando una mano. —Lo siento, mamá —aseguró Casey, que se sentía súbitamente muy avergonzada.

—Bueno, yo diría que

—Madre —la advirtió Eleanor. Había tanto amor en sus ojos que Casey estuvo a punto de romper a llorar—. ¿Se trata de alguien especial? Conozco a Nancy. Es una chica encantadora. —Oh, Dios mío —exclamó su abuela, y se dejó caer en la silla más cercana—. Eleanor Casey-Bennett, no me puedo creer que tu hija esté diciéndote esto y tú Ni Casey ni su madre le hicieron ningún caso.

no sé por

qué ni cómo. Lo único que sé es que me hace sentir igual que dices que te hacía sentir papá. Su madre asintió y su sonrisa se ensanchó. —Entonces es especial y me alegro por ti, Case. Hablaremos de todo esto luego. Ahora acaba su canción. Casey frunció el ceño. —No estoy segura de que sea para ella, sino para alguien —empezó a decir, aunque no terminó la frase. Eleanor se puso detrás de ella y le cogió la larga melena entre las manos para acariciársela. Casey cerró los ojos mientras su madre le trenzaba perezosamente el pelo. Sabía que para su madre no era fácil y no quería hacerle daño, pero tenía que decirle la verdad. —Te quiero, Case. —La besó en la coronilla y a continuación fue hacia su abuela—. Madre, tenemos que hablar. La mayor de las tres se levantó y Casey le dedicó una sonrisa. —Te quiero, abuela.

—Sí que lo es, mamá —coincidió Casey—. No

La aludida miró a su nieta con ojos entornados. —Te pareces a tu madre con esos ojos verdes tan zalameros

—afirmó. A continuación esbozó una sonrisa gruñona—. Supongo que es fácil de entender lo que ven las chicas en ti. La anciana se irguió en toda su estatura y carraspeó. —¿Y por qué no? También te corre sangre Casey por las venas. Se acercó a su nieta y le tomó el rostro entre las manos. —Supongo que ya puedo olvidarme de la boda en San Patricio. —Hasta que no cambien las leyes, me temo que sí —le dijo Casey, sosteniéndole la mano—. Pero cuando llegue el

momento y

A su abuela se le llenaron los ojos de lágrimas. —No voy a fingir que lo entienda ni que esté de acuerdo — dijo, aunque asintió—. Pero pobre de ti si tratas de impedírmelo.

Casey se sonrió en el presente y se secó la lágrima que le corría mejilla abajo. Su madre ya no estaba, pero nunca olvidaría aquel día. Yhablando de recuerdos, Nancy Folberg no era más que uno remoto a aquellas alturas, aunque había sido suprimera experiencia. Después de ella, Casey había tenido muchas amantes, pero ninguna le había llegado tanto alcorazóncomo para acabar sucanción. Se había concentrado en su carrera musical y ahora, a los cuarenta años, Casey podía elegir qué trabajos aceptar y venir a Chicago solo cuando tenía sesión de estudio. Normalmente le llevaba un par de semanas y se quedaba en su apartamento de la Torre Lake Point. El resto del tiempo estaba perdida en el bosque.

encuentre a alguien, ¿estarás allí, sea quien sea?

Si viviera en Los Ángeles o en Nueva York podría estar ganando dinero a espuertas, pero prefería vivir tranquila y tener una cuenta bancaria pequeña a vivir enla locura salvaje que era Hollywood. Su abuela había apoyado su decisión. Tras la muerte de su madre, había sido su abuela quien la había cuidado. Su abuela, Meredith Casey, estaba empeñada en ver a su nieta feliz y con salud, y la

riqueza le parecía algo secundario. Si ser lesbiana la hacía feliz, su abuela lo aceptaría, aunque fuera a regañadientes. Sonrió al pensar en la matriarca Casey, siempre pendiente de su vida. Sacó elteléfono móvilymarcó elnúmero familiar. —¡Hola, abuela! —¿Quiénes? Caseyse rio. —Soytunieta favorita. —Mmm, solo tengo una, tienes suerte. ¿Cómo estás? Sigues viva, eso es bueno. Caseyhizo una mueca, consciente de la nota de reproche. —Estoy bien. Lo siento, abuela. ¿Te apetece que vayamos a cenar? —¿Invitas tú? —Por supuesto. —Entonces sí, me encantaría cenar contigo. Elige tú el sitio, que sea caro. Caseyrio de nuevo. —Lo haré. ¿Qué te parece elMickey’s, enHalsted? —propuso. —No me voy a pasar la noche en ese barucho apestoso en el que desperdiciaste tu juventud. Jamás en la vida entenderé por qué

tocabas elpiano enese sitio. Y

sincobrar siquiera

—Recuerdo que elabuelo ytúibais por allíde vezencuando.

—No seas insolente. Solo por eso me vas a llevar al Charlie Trotter’s. Caseysoltó ungemido. —Ay, abuela, tendremos que ponernos de punta enblanco. —No vas a morirte por ponerte un vestido de uvas a peras, CaseyBennett. Aunque solo sea para recordar que eres una mujer. —Sé que soyuna mujer. Pregúntale a Suzette. Se produjo unsilencio sepulcral. —Te encanta torturarme con tu lesbianismo, ¿verdad? Yya que has sacado el tema, ya que insistes con ese estilo de vida, ¿no podrías buscarte una buena mujer? ¿Con un coeficiente intelectual mayor alde unzapato? —Venga ya, Suzette toca elchelo. —¿Y bien? Es una idiota contalento. Casey puso los ojos en blanco al tiempo que entraba en el parkingde suabogado. —Estoyeneldespacho de Roger. —¿Qué has hecho? —Nada. Te recojo a las siete. Te quiero. —Mmm, aun asíno voy a darte midinero. Yo también te quiero, cielo. Casey colgó, con una risita. Mentalmente, se preguntaba si se habría metido en algún lío. Era su parte irlandesa, que siempre se sentía culpable. Bajó delascensor eneloctavo piso. —Soy Casey Bennett. Vengo a ver al picapleitos —anunció con unguiño. La jovensecretaria se ruborizó yse rio delchiste. —¿Es necesario que coquetees con mi secretaria? —le llegó la vozde Roger desde eldespacho.

Caseysoltó una carcajada yentró. —No, pero a veces tengo que hacerlo. Se sentó y estiró las largas piernas. Llevaba tejanos y se distrajo volteando las gafas de sol al tiempo que se apartaba un grueso mechónde pelo de la frente. —¿Y bien? ¿Me ha demandado alguien, Roger? —Te veo seria —comentó Roger. Luego farfulló—. Si es que CaseyBennett puede ponerse seria. —Lo he oído —protestó ella, agitando el dedo en su dirección —. Pareces miabuela. —Espero que Meredith siga bien —deseó Roger, mientras abría un sobre de manila—. Yno tengo ni idea de si te han demandado. Debes de sentirte culpable por algo. —Ignoró la risa de Casey y continuó—: La carta introductoria dice que eres parte del testamento de alguien. Una tal Julie Bridges —anunció, mirándola por encima de las gafas. Casey dejó de jugar con las gafas de sol de golpe y arrugó el ceño. Entonces se echó hacia delante en la silla y cogió la carta que le tendía Roger. —Entiendo, pues, que la conocías. —¿Conocerla? Sí, la conocía —repuso Casey lentamente, tragando saliva condificultad. Elcorazónle latía enlas sienes alabrir cuidadosamente la carta.

Querida Case:

Han pasado cinco años, ¿verdad? Siento tener que escribirte así, pero no hay otra manera. ¿Resumiendo? Me han diagnosticado un cáncer de huesos y para

Parece algo sacado de una película de esas

cuando leas esto, bueno para las que compones.

En fin, tengo un gran problema. La última vez que hablamos te conté que había conocido a una mujer maravillosa y que me enamoré de ella, ¿te acuerdas? Liz Kennedy. Bueno, ella también se enamoró de mí, quién iba a pensarlo, y formamos una familia. Ya sabes cuánto quería tener una. ¿Sabes?, tenías razón cuando hace años me dijiste que no estaba preparada para tener una familia. Me dijiste que estaba enamorada de la idea de una familia, pero que nunca podría asumir la responsabilidad. Tenías razón. Liz también quería una familia y es una madre fantástica. Tenemos una hija, Skye, que es una niña maravillosa, aunque no me conoce demasiado. Todavía trabajo en la compañía aérea y paso fuera la mayor parte del tiempo. Es algo que lamentaré siempre. Me he perdido muchas cosas de Skye. Ahora ya nunca podré recuperar ese tiempo. La he jodido en todo. Liz se esforzó mucho en crear una vida para nosotras y yo no lo vi venir. Tengo miedo de haberla dejado sola, con una hija y otra en camino. Sale de cuentas en diciembre. Por favor, por favor ayúdala. Sabe quién eres. Solo necesita a alguien que la ayude hasta que nazca el bebé y pueda salir adelante. Creo que eres la única persona que me queda a la que no he cabreado. Incluso Liz ha estado a punto de dejarme unas cuantas veces. Una vez me quisiste. Sé que es injusto usar eso y que no tengo derecho a pedírtelo y que tú no me debes nada. Pero te suplico que cuides de ellas por mí. No tengo a nadie más, Casey.

Julie

Casey se había quedado atónita y Roger rodeó la mesa y se sentó enelborde. —Casey, como abogado tuyo, ¿me permites? —le pidió con amabilidad. Ella le pasó la carta, como en trance, y Roger la leyó y la releyó. Levantó la vista para mirar a Casey, pero esta tenía los ojos

pegados alsuelo yelceño fruncido. —Bueno —empezó, doblando la carta—. ¿Qué vas a hacer? Caseyle lanzó una mirada incendiaria a suabogado yamigo. —¿Hacer? —aulló, se levantó y empezó a pasear arriba y abajo —. No voy a hacer nada. Julie me dejó hace cinco años, porque

yo tenía razón. La

jodió y ahora tiene a una mujer, a una hija y a otra a punto de nacer de unmomento a otro. ¡Joder! Roger hizo una mueca, pero no interrumpió su diatriba hasta que terminó.

—Casey —dijo entonces. Ella lo fulminó con la mirada y Roger

inspiró hondo y expiró despacio—. No te había visto tan furiosa

bueno, desde aquel incidente en el Orchestra Hall. El

violinista se pasó una semana llorando —comentó, con una ligera sonrisa—. Te pasaste unpoco conelpobre Donald. Por un instante, Casey se relajó y sonrió un poco. Sí que había hecho llorar al pobre tipo: era un violinista terrible. No obstante, enseguida volvió a dominarla elenfado. —¡Joder! —rugió—. ¡Y ahora va yse muere! Se desplomó sobre la silla yhundió elrostro entre las manos. —Claramente sabía que podía contar contigo. Caseysoltó unbufido. —Pues se equivocaba. ¿Qué sé yo de críos? Mira la vida que llevo —enunció lentamente, como sise lo explicara. Roger se rio de susarcasmo. —Estoy soltera y me gusta ser soltera. Sí, soy lesbiana y me gusta tener la libertad de tener relaciones íntimas sin que la segunda cita implique irnos a vivir juntas. Vivo en el bosque, al lado de un lago. ¿Y sabes por qué vivo enelbosque, allado de unlago?

desde

quería tener hijos. Pues ya has leído la carta

¿para estar

«lejos delmundanalruido»? —respondió Roger, complaciente. —Sí, exactamente. —Está embarazada yno tiene adónde ir. Caseyse puso enpie yfrunció elceño, confusa. —¿Cómo sabes que no tiene adónde ir?

Roger volvió a dar la vuelta al escritorio, recuperó la carta introductoria yse la pasó. Caseyla leyó enalto. —Querido Sr. Bla bla, ese eres tú. Soy el Sr. Harris, ese es él —leyó la carta en diagonal hasta localizar el párrafo que buscaba. Lo leyó y hundió los hombros—. Joder, sin dinero, sin casa. Hay que joderse —volvió a dejarse caer enla silla—. No. —Casey—insistió Roger—. Está casieneltercer trimestre. —Pues cuando se gradúe le daré una fiesta. —Quiere decir que tendrá a la niña endiciembre —espetó él. Caseyparpadeó. —Oh —musitó estúpidamente. Luego se echó las manos a la cabeza—. ¿Lo ves? No sé nada sobre embarazos ni sobre bebés —exclamó entono teatral. Alprincipio, Roger no dijo nada, pero le lanzó la clase de mirada paternalque Caseyadoraba enél. Subyugada, se sentó de nuevo. —CaseyEleanor Bennett. —Ya empezamos.

—Sin ánimo de plagiar el título de la película, pero

—Te conozco desde que

bueno, desde que eras muy joven.

Has vivido toda la vida como te ha dado la gana. Eres una persona segura de ti misma, has salido del armario y no te importa quién lo

sepa. Tienes talento, eres guapa —De momento me gusta, pero me da la impresión de que de un momento a otro viene el jarro de agua fría y me va a calar hasta la

rabadilla —refunfuñó, frotándose las sienes. —Te he visto hacer cosas maravillosas con tu música. Te he

visto ayudar a todos esos niños cuando creías que nadie lo sabía. Pero a veces eres la mocosa más arrogante, tozuda, hedonista y caprichosa que he conocido nunca —afirmó. Casey lo dejó proseguir, con la ceja levantada—. Necesitas a esa mujer. La necesitas muchísimo, porque un día de estos, Casey Bennett, te despertarás y te encontrarás completamente sola. Ya vas por ese camino. —Solo tengo cuarenta años —replicó ella, en su tono más razonable. —Renuncio —él dejó el bolígrafo sobre la mesa—. Si no te das cuenta de lo importante que es esto Caseyhizo una mueca yrespiró hondo. —Muybien, dame sunúmero.

llamé a su abogado anoche. La ha montado en el

autobús de la mañana. Llega a la estación Greyhound de

Rhinelander dentro de dos días. Yo le ofrecí un billete de avión, pero al parecer la señora Kennedy es orgullosa. Esto tampoco es fácilpara ella, Casey—le sonrió dolorosamente. Ella le dedicó una mirada asesina yse inclinó sobre elescritorio.

lo sabes —aseguró

Roger, que se echó hacia atrás—. No dejes que tu legendaria mala leche te pierda. Caseyesbozó una sonrisa lobuna. —Sí, y no me arrepiento de tirar el atril de aquel músico por la ventana. Y tuvo suerte de no ir detrás. Roger sonrió levemente y se ocultó tras la protección que le ofrecían las gafas. Casey se quedó quieta y tomó aire, emanando

—Ya

—Casey, estás haciendo algo genial. Lo

indignación. Se puso las gafas de soly estiró elcuello a lado y lado. Las cervicales le crujieronalalinearse, yRoger reprimió una mueca.

te iría bien un masaje —ofreció, sonriente. Casey le

devolvió una mirada incendiaria—. Si necesitas cualquier cosa, llámame a mí o a Trish. Ella ha cuidado de mis dos hijos. —Ante la mirada de extrañeza de Casey, hizo un gesto distraído con la mano —. Ya sabes a qué me refiero. —Que tengas un buen día, Roger. Ten por seguro que te llamaré —dijo entre dientes, y salió del despacho como un vendaval, dejando la puerta abierta. Susecretaria asomó la cabeza alinterior deldespacho. —¿Betty? Necesito una copa.

—Te

Caseyse hizo unos largos enla piscina de sugimnasio. «Joder, ¿niñas? ¿Una madre? ¿Qué se supone que tengo que hacer conellas?» Se detuvo a los veinte minutos, sin aliento, y se puso de pie en la parte menos profunda de la piscina. Se arrancó las gafas de natación y las lanzó al otro lado de la piscina con enfado. Algunas cabezas se volvieron para mirarla cuando salía del agua de un salto fluido e iba a coger la toalla. Ni siquiera la sauna la ayudó. Allí dentro, sentada desnuda con solo una sábana cubriendo parte de su esbelto cuerpo, respiró hondo yrecordó a Julie Bridges. Estuvieron juntas casi cuatro años y Casey se sentía satisfecha y feliz. Julie era piloto y pasaba mucho tiempo fuera. Seguramente por eso Casey se sentía satisfecha y feliz. Aun así, quería a Julie más de lo que había querido a nadie, y eso era mucho decir para

Casey Bennett. Hasta que, un buen día, Julie dejó caer la bomba:

hijos. Casey trató de entenderla, pero sencillamente aquello no le iba. Un niño debía tener a una madre y a un padre, o al menos a una pareja casada, ya fuera gay o hetero. Pero Julie quería hijos y por esa razón abandonó a Casey. De eso hacía cinco años y desde entonces Casey había vuelto a su rutina de amantes esporádicas, buensexo yningúncompromiso a largo plazo. «Muy bien, ayudaré a la Liz Kennedy esa y a su familia. Las dejaré quedarse en la cabaña y yo me quedaré en la ciudad. Mierda, odio la ciudad.» Entonces se le ocurrió que a lo mejor a Liz le gustaba más el apartamento. Pero no, ¿una niña pequeña en un décimo piso? Eran ganas de asegurarse un viaje a urgencias. Casi se imaginaba a la renacuaja colgando delbalcón —Mierda —maldijo, yfue a meterse enla ducha.

Capítulo 3

Meredith Casey se miró en el espejo y se tocó el pelo plateado de las sienes. —No está mal para tener setenta y nueve —le susurró a su

reflejo—. Ypara haber tenido una hija a los dieciocho y una nieta a los treinta ynueve. Le echó un vistazo al reloj que había sobre la repisa de la chimenea. Eran exactamente las 19.15. Dio un sorbo de Martini y meneó la cabeza.

— En ese momento sonó eltimbre de la puerta y Meredith exclamó—:

¡Está abierta! Caseyentró congesto ceñudo. —Por amor de Dios, abuela. Tienes que cerrar la puerta. —Vivo enunbuenvecindario. Además, tengo una pistola —rio. Se dio cuenta de que su nieta ni siquiera sonreía, sino que se fue a la sala de estar yse dejó caer enelsofá. —¿Qué pasa? —le preguntó—. Has hecho algo malo, ¿verdad? —No, no he hecho nada malo —replicó Casey, y observó la copa de Martini—. ¿Haypara mí? —Hay para cuatro más —aseguró su abuela—. Y por la cara

—Niña idiota

Como me llame con alguna excusa barata

que traes, los necesitas. Casey fue al mueble-bar, se sirvió un Martini y le añadió varias olivas. Meredith no abrió la boca y se limitó a estudiar detenidamente a su nieta, que tomó asiento de nuevo en elsofá, dio unlargo sorbo de Martiniydejó escapar unprofundo suspiro. —Me parece que vamos a cenar en casa —afirmó Meredith en tono neutro—. No te veo de humor para elCharlie Trotter’s. Se quitó los zapatos, cogió sucopa yechó a andar pasillo abajo. —Ven conmigo —la llamó por encima del hombro—. Y trae la coctelera. —No es necesario que hagas la cena —se apresuró a asegurar Casey, mientras la seguía conla coctelera enla mano. —No la voya hacer yo, sino tú—le dijo Meredith, sentándose a la mesa de la cocina—. María acaba de ir a comprar, así que la nevera está llena. Túmisma —la animó. Dicho lo cual, alzó la copa ydio untrago. —Abuela, no sé cocinar. —¿Aún no has aprendido? ¿Cómo diantres vas a encontrar pareja sino sabes poner agua a hervir? Siéntate —ordenó. Casey se sentó y dio un trago de Martini. Mientras tanto, Meredithse levantó yfue a hurgar enla nevera. —¿Qué te apetece? —preguntó, asomando la cabeza un segundo desde elinterior de la nevera. —¿Unbuenchuletón? —Algo ligero e italiano. Y ahora cuéntame qué te pasa. Casey gimió mientras Meredith empezaba a sacar los ingredientes para preparar una ensalada de primero. —Me llamó Roger. —Eso ya lo sé. ¿Qué quería? —inquirió, al tiempo que dejaba

sobre la mesa la carne, las olivas, el tomate y el queso—. Corta el queso. —Muy graciosa —farfulló Casey, aceptando el cuchillo—. Parece ser que mipasado ha vuelto para atormentarme. —¿En qué sentido? —quiso saber Meredith—. ¿No me digas que has dejado embarazada a alguien? —apuntó, parpadeando con una dulce sonrisa de inocencia. Caseyla fulminó conla mirada. —¿Podemos dejar el numerito Hermanos Marx un segundo? Se ve que una exmía acaba de morir. —Oh, cariño. Lo siento —dijo enseguida Meredith, que se volvió ydejó elaceite de oliva yelpanenla mesa. —No pasa nada, hacía cinco años que no veía a Julie. Nosotras no estábamos hechas la una para la otra. Ella quería tener

niños. —¿Ytú no? —preguntó su abuela—. Creía que te gustaban los niños. —Y me gustan, pero Julie no estaba preparada para asumir esa responsabilidad y en aquel momento yo tampoco lo estaba. Para ella fue motivo de ruptura, pero yo no me veía trayendo a un niño al mundo enlas condiciones enlas que estábamos Julie yyo. Meredithdispuso la ensalada yla aliñó conelaceite. —¿Qué condiciones eranesas? Casey dio un nuevo sorbo de Martini y rumió la respuesta mientras Meredithaguardaba ycortaba rebanadas de pan. —Yo estaba siempre yendo y viniendo de Chicago a Los Ángeles. Julie era piloto, o copiloto en aquel entonces, y se pasaba la vida volando a todas partes. Vivía enColorado, pero yo cogía un avión para ir a verla cuando hacía escala donde fuera. Teníamos un

no

estilo de vida muybohemio. Meredith asintió, comprensiva, y Casey levantó la mirada, algo azorada. —Ya sé que no apruebas mi estilo de vida, pero no voy a pedir perdón. —Casey, hace muchos años, el día que estábamos en la sala de estar con tu madre, te dije que no iba a pretender entender que fueras lesbiana, pero en este tiempo te he visto crecer y convertirte en una mujer madura, bondadosa y con talento. La verdad es que me cuesta encontrar alguna razón para criticar cómo eres —afirmó, al tiempo que le pasaba a su nieta un plato de ensalada—. Yen lo que respecta a llevar un estilo de vida bohemio, deja que te cuente algo:tuabuelo yyo no fuimos siempre viejos yaburridos. Caseylevantó la mirada, conla boca llena. —¿Qué quieres decir? Meredith hizo una mueca burlona, se sentó relajadamente con su copa en la mano y masticó una oliva con una sonrisa de oreja a oreja. —Nosotros también éramos bastante bohemios cuando éramos jóvenes. Casey ladeó la cabeza y le lanzó una mirada juguetona a su abuela. —Venga, desembucha. Meredithse echó a reír. —Conocí a tu abuelo a los dieciséis años. Él tenía diecinueve e iba a la universidad. ACasey casise le salieron los ojos de las órbitas, pero Meredith asintió. —Sí, me enamoré del memo de George Casey y ya nunca miré

atrás. Acabé el colegio y me casé con él con diecisiete años y tuve

a tu madre un año después. Viajamos por todo elpaís con su grupo

de música. Sabes que tu abuelo era músico, ¿verdad? Tocaba el clarinete —suspiró, ydio unmordisco de queso—. Diantres, eso es lo que me conquistó. —¿Elqué? —El clarinete. En cuanto empezó a tocar, estuve perdida. Lo tocaba como si fuera un amante y me daba unas serenatas que hacían que me temblaran las rodillas —rio Meredith, y se comió otra oliva—. Era undemonio. Caseyrio a coro. —Solo le recuerdo como profesor de música. ¿Por qué no me lo habías contado? ¿Y por qué siempre quisiste que yo fuera a una universidad privada? —Supongo que quería que tuvieras más de lo que habíamos tenido tu madre y yo. Tenías mucho talento. Te lo vimos ya de muy pequeña. Caseyalargó elbrazo yle cogió la mano. —Tengo todo lo que quiero, abuela. Soy feliz y me siento satisfecha, sin haber vendido mi alma por un fajo de billetes —

aseguró. Entonces se apoyó en el respaldo de la silla y frunció el ceño—. Creía que era feliz cuando estaba con Julie, pero me cogió

a contrapié con lo de tener hijos

No sé. Se me dispararon todas

las alarmas ytuve que tomar una decisión. Las dos se quedaron en silencio unos segundos, hasta que Meredithvolvió a hablar. —¿Qué tiene que ver Roger contodo esto? Como si despertara de un sueño, Casey miró a su abuela y parpadeó.

—Julie tenía cáncer de huesos y murió hace dos semanas. Ha dejado atrás a una familia sinrecursos yme ha pedido ayuda. —Guau. —Sí, guau. Meredithestudió a suúnica nieta conatención. —¿Cómo de grande es esa familia? —Una niña y otra en camino, según parece —contestó Casey, que se sirvió otro Martini y le puso varias olivas para enfatizar la gravedad de la situación. —¿Qué vas a hacer? Caseyrespiró hondo antes de responder. —Voy a dejar que esa tal Liz Kennedy se quede en la cabaña. Está haciendo no sé qué de un trimestre y tiene que parir en diciembre. Mereditharrugó las cejas ya continuaciónestalló encarcajadas. —¿No sé qué de untrimestre? Caseyse puso roja yse pasó los dedos por elpelo. —¿Te das cuenta de lo absurdo que es esto? ¿Qué mierdas sé yo de críos? —Para empezar —le dijo su abuela—, cuando Liz Kennedy llegue con su familia a Wisconsin tendrás que dejar de decir palabrotas. —Estará allíenunpar de días, a última hora de la tarde. —¿Y ella está de acuerdo con todo esto? ¿Con viajar embarazada yconuna niña pequeña? —Bueno, supongo que está acostumbrada a que se ocupen de ella. Pero si cree que me va a tener comiendo de su mano porque se ha quedado preñada, va lista. Meredith enarcó una ceja ante el arrebato de su nieta, que se

sentó conlos brazos cruzados como una niña enfadada. —No la juzgues tan deprisa, Casey. No sabes cómo han ido las cosas. —Sé cómo han ido las cosas —gruñó esta—. Ha pasado exactamente lo que yo evité: dos mujeres irresponsables se han puesto a tener hijos. Pero resulta que una se muere y deja un lío de narices para que lo limpienotros. —Estás siendo muycruel, CaseyBennett. —Es posible, pero tengo toda la razóndelmundo. Meredith detectó la amargura en la voz de su nieta y no pudo menos que preguntarse cómo sería aquella Liz Kennedy. De todas maneras, fuera como fuera seguro que representaba una mejora en comparaciónconla chelista.

Capítulo 4

—¿Estás segura de que quieres hacer esto, Liz? —insistió Elaine, aceptando la copa de vino que le acercaba suamiga alsofá. —Tengo que hacerlo, Elaine. Joanne dijo que tenía un amigo que me alquilaría el apartamento amueblado. Espero volver cuando nazca el bebé y pueda buscar trabajo otra vez —repuso Liz. Echó un vistazo alrededor y suspiró—. Aunque Julie pasaba fuera la mayor parte deltiempo, este sitio me trae muchos recuerdos. Y sin embargo, la imagen que le vino a la cabeza fue la de noches interminables, sola enla cama. —¿Por qué no me dejas ayudarte? —pidió Elaine—. Puedo ayudarte con Liznegó conla cabeza. —No, por favor. Tú tienes mucho trabajo en el hospital y una familia y facturas propias que pagar. Ya bastante haces con guardarme las cosas —aseguró Liz. Se sentó en el sofá y dejó escapar un suspiro cansado, al tiempo que le daba a Elaine una palmadita en la rodilla—. Le he dado muchas vueltas desde que fui a ver al abogado de Julie y ya no puedo pensarlo más. No tengo trabajo y no tengo dinero para pagar la casa. Skye necesita estabilidad y, antes de que te des cuenta, esta otra pequeñaja estará

aquí—dijo, pasándose la mano por la barriga. —Lo entiendo. Si esa mujer conocía a Julie puede que las cosas funcionen. Es muygeneroso por suparte ofrecerse a ayudar. —Me siento como un acto de caridad. Gracias a Dios, el sobrino del abogado de Julie me ha comprado el coche, porque necesitaba ese dinero. Elaine alzó la copa. —Bueno, cielo. Si necesitas cualquier cosa, ya sabes que estoy aquí para lo que quieras. Por Wisconsin y por los nuevos comienzos. Lizle sonrió ybrindó conelvaso de té helado. —Esperemos.

Al llegar a Wisconsin, Liz cogió a Skye de la mano para bajar del autobús. La espalda le dolía horrores y dejó escapar un bufido. El soltórrido de agosto caía a plomo sobre sus cabezas. —Mamá, calor —protestó Skye, frotándose los ojos. —Lo sé, cariño. Ahora vendrá una persona a buscarnos —la tranquilizó conuna palmadita enla cabeza. El conductor del autobús la ayudó a bajar las bolsas y la acompañó a la terminal. Cuando dejó las bolsas en el suelo, Liz se sintió fatal, porque solo llevaba un billete de diez dólares, nada más pequeño, yno podía dárselo todo. —No se preocupe, señora —le dijo élconunguiño. Le hizo un gesto de despedida con el sombrero y se marchó. Liz se sentó enunbanco ySkye se subió a sulado. —Skye cansada —refunfuñó la pequeña, con las mejillas enrojecidas por elcalor.

—¿Señora Kennedy? —llamó una vozde mujer. Liz levantó la vista y se quedó de piedra al ver a la

despampanante mujer que se había plantado delante de ella. Era

alta, de piel bronceada CaseyBennett. —Sí. ¿Señora Bennett? Caseyasintió.

deje que la ayude. Así podremos salir de este calor

infernal—le dijo. Entonces miró a Skye y Liz tuvo que disimular una sonrisa cuando suhija le devolvió la mirada yle arrancó una mueca.

—Hola —la saludó Skye conuna risita. Liz desvió la mirada y reprimió una carcajada cuando el ceño de Caseyse acentuó aúnmás. —Hola —le devolvió el saludo Casey en tono seco, y les cogió las bolsas. Liz se quedó muy sorprendida de que pudiera con las tres, incluida la bolsa de los pañales. —Yo puedo llevar una —se ofreció Liz. Caseyle miró la barriga.

—Casi

y tenía el ceño fruncido. Debía de ser

—Deje

—Esto

seguramente no debería usted levantar peso

sonaba a pregunta, y Liz levantó una ceja ante la expresión confusa de Casey. A punto estuvo de no oír lo siguiente—. Ni viajar en autobús. ¿Por qué no aceptó los billetes de avión? —le preguntó, ceñuda. Casi sin esperar respuesta, se dio media vuelta y se dirigió a la puerta de la terminal. —¡Mamá dice no! —saltó Skye, conlos brazos enjarras. Liz abrió mucho los ojos, horrorizada, y miró a su hija, que

parecía clavadita a Shirley Temple. Casey las miró a las dos con las cejas levantadas y le dedicó a Liz una sonrisa burlona. Liz se había puesto como un tomate al recordar cómo se había empecinado en no aceptar de aquella mujer más de lo estrictamente necesario. Bastante duro le había resultado ya abandonar Nuevo México. —Bueno, pues lo que diga mamá —refunfuñó Casey, y volvió a echar a andar hacia la puerta. Liz compuso una expresión desdeñosa, cogió a su hija de la mano y trató de seguirle elritmo, orgullosa, sibien alcabo de dos o tres zancadas tuvo que rendirse yresignarse a seguirla. —¿No tiene sillita para el coche? —preguntó Liz al llegar al vehículo. Caseycargó elmaletero delreluciente Lexus ylo cerró de golpe. —No, lo siento. Es uncamino muycorto. —La multarán—la advirtió Liz. Caseypuso los ojos enblanco yse colocó las gafas de sol.

La multaron. El agente de tráfico se quitó las gafas de sol y estudió elinterior delcoche. —Lo siento, es la ley. Caseyle lanzó una mirada furibunda. —Soy perfectamente consciente de lo que dice la ley, agente. Como ya le he explicado, no he tenido tiempo de comprar una. —Bien, pues compre una. Siquiere apelar a la multa, la fecha de la vista está eneldorso. Casey evitó mirar a Liz, que estaba sonriendo de oreja a oreja, y miró la multa. —¿Doscientos cincuenta pavos? ¿Estánustedes tarumba?

—¿Le parece demasiado por la vida de una niña? —replicó él, conuna mueca irónica. Casey abrió la boca, pero entonces la volvió a cerrar y se puso las gafas otra vez. —Que pasen un buen día —se despidió el policía antes de alejarse.

Elresto deltrayecto transcurrió ensilencio. Demasiado silencio.

—Mamá, mareo

—anunció Skye.

Caseyse volvió. —Oh, no, nena. En mi Lexus nuevo no —gruñó, y pisó el acelerador. —Señora Bennett, ¿quiere que le pongan otra multa? — preguntó Liz, conuna nota de ansiedad enla voz. Casey tomó elcamino de entrada a su cabaña. Alestar en medio delbosque, la temperatura había disminuido considerablemente. Liz estaba agotada y Skye dormía a pierna suelta, bocabajo sobre el regazo de sumadre. Esta sonrió alver aparecer ellago ypercibió la mirada de Casey puesta en ella mientras lo contemplaba. Nerviosa, se colocó unmechónde pelo caoba detrás de la oreja. —¿Esto es suyo? —se interesó, cuando la cabaña de madera quedó a la vista. Caseydejó escapar ungruñido de afirmación. —Voya por elequipaje. Diría que elhobbit está reventado. Liz encajó el sobrenombre de Skye con cierta animosidad, pero no dijo nada. Eso sí, cuando Casey estaba abriendo el maletero, a Liz se le escapó un gemido y se dio cuenta de que no podía moverse. —¿Señora Bennett? Casey dio la vuelta y le abrió la puerta del asiento del

acompañante; Lizla miró a los verdes ojos. —¿Podría cogerla, por favor? No puedo salir conella encima. Casey frunció el ceño y dio un paso atrás, como si le hubieran pedido que se pusiera delante de untrenenmarcha. —No es una granada de mano —prometió Liz. «Por amor de Dios. ¿Y Julie quería tener hijos conesta mujer?» Casey rezongó y cogió a Skye en brazos. La niña se le agarró del cuello de inmediato y le apoyó la cabecita caliente en el hombro. Casey tragó saliva; se diría que estaba sosteniendo una bomba de relojería en lugar de a una niña. Liz empezó a salir del coche a duras penas yCaseyle ofreció una mano. —Gracias. Empiezo a sentirme como una tortuga panza arriba. Y con eso llegó a ver sonreír a Casey mientras la ayudaba amablemente. Su fuerza volvió a dejarla pasmada. Ya en pie, gimió, se desperezó yalargó los brazos para coger a suhija. —Gracias, ya la cojo yo. No obstante, cuando intentó separarla de Casey, Skye dejó escapar unquejido ensueños yse aferró delcuello de la mujer. —Bueno, señora Bennett. Diría que ha hecho una amiga — comentó Liz. Caseygruñó otra vez. —Ya volveré a por el equipaje —concluyó esta, emprendiendo el camino hacia la parte delantera de la cabaña con la bolsa de los pañales. —Es espectacular —opinó Liz, enreferencia a la casa. —A mí me gusta —coincidió Casey, al tiempo que abría la puerta y equilibraba a Skye en brazos como podía, ya que la niña seguía sinsoltarla. Al entrar, Liz lo miró todo, maravillada. La sala principal era

enorme, sin tabiques. Una chimenea ocupaba gran parte de una pared y cerca de ella había un piano de cola de color negro. Frente al hogar estaba colocado un confortable sofá y dos butacas mullidas cerraban el conjunto. El comedor estaba detrás de la sala de estar, sin separaciones entre las áreas ni tampoco con la cocina, que estaba delimitada únicamente por el mármol a modo de barra americana. Era todo muy espacioso y ventilado. El techo de vigas parecía una catedraly hacía que la cabaña pareciera más grande de lo que era.

solo hay un dormitorio. En la otra habitación trabajo y

en el loft todavía no hay camas. Así que usted y la pitufa pueden quedarse en el dormitorio. Dejaré sitio para su ropa y pueden usar

la cómoda pequeña. Diría que habrá bastante espacio en los cajones. —Pero no, por favor —No discuta, señora Kennedy. Va a tener un bebé y tiene que dormir cómoda. A míya me vale elsofá. En ese momento se despertó Skye, eructó y seguidamente le vomitó encima a Casey, que apartó a la niña bruscamente. —Mamá, mareooo —gimoteó Skye, yempezó a llorar. Caseyle pasó la joyita a sumadre yespetó:

—Ale, «mamá». Lizse mordió ellabio para no reírse mientras cogía a suhija. —El baño está al final del pasillo —informó Casey, que se sacó la camiseta de los tejanos y se dirigió a la cocina sin dejar de farfullar. —Skye, mi niña, como primera impresión no ha sido la mejor que podíamos dar —suspiró Liz, encaminándose al baño con la bolsa de pañales enla mano.

—Esto

Tras acostar a Skye para que hiciera la siesta, Liz la rodeó de cojines para que no rodara y se cayera de la enorme cama de Casey. Solo les faltaría eso, pensaba, mientras estudiaba el dormitorio de su anfitriona con las cejas arqueadas. Realmente era una cama muy grande. Estaba decorada con estilo, con un tema

tirando a rústico del sudoeste. El malva pálido y los tonos tierra realzaban la tonalidad de los troncos. La habitación olía a pino y a perfume; Lizcerró los ojos, aspiró unpoco ysonrió. —¿Está todo bien? Liz dio un salto al encontrarse a Casey de pie, mirándola. Todavía estaba limpiándose la camisa.

—Lo siento

Caseynegó conla cabeza. —No se preocupe. Es una fragancia interesante. Pasó por delante de Liz, abrió un cajón de la cómoda y se quitó

la camiseta allí mismo. Liz parpadeó, pero no apartó la mirada de Casey, en sujetador de deporte blanco, hasta que encontró una camiseta limpia yse la metió por la cabeza. —En esta puede devolver todo lo que quiera. Es de una ex — sonrió Casey, yse marchó. Liz se había quedado de piedra ante el hecho de que Casey no hubiera tenido reparo alguno enquitarse la ropa delante de ella.

«A lo mejor como estoyembarazada se cree que no

»

Liz respiró hondo y se miró los pies, aún visibles, mientras pensaba eneltonificado cuerpo de CaseyBennett. —Es atractiva —rezongó. Sacó elmóvily llamó a Elaine. Con todo lo que había pasado, se

había olvidado de llamarla ysonrió aloír la vozfamiliar alauricular. —Bueno, estáis vivas. Lizse rio. —Sí, sanas ysalvas. —¿Y bien? —Elaine fue algrano—. ¿Cómo es ella? —Es demasiado pronto para responder. Está siendo muy generosa, aunque estoy convencida de que preferiría no tener que hacerlo. ¿Y quiéniba a culparla? —Mmm, cierto. —Se hizo el silencio un momento—. ¿Y qué aspecto tiene? Lizpercibió la curiosidad enla vozde suamiga ysonrió. —Es muy atractiva. Alta, pelo negro, ojos verdes. Y arrogante. ¿Qué te parece? Elaine se echó a reír. —Ay, mierda. Me llaman. Hoy estamos de pacientes hasta donde túya sabes. Oye, cuídate y dale un beso a Skye de miparte. Llámame, ¿vale? Te quiero. —Yo también te quiero, Elaine —se despidió Liz, antes de colgar. Ya echaba de menos Nuevo México. «En fin», se dijo. Echó un último vistazo a la dormida Skye ysalió deldormitorio. —Estoyaquí—la llamó Casey. Lizvio que había preparado té helado. —He pensado que podríamos sentarnos fuera. Hace un poco más de fresco. —Gracias. Se sentaron en el porche y no hablaron demasiado durante un rato. Al final, Liz miró a Casey de reojo mientras esta contemplaba ellago.

—Le

le agradezco mucho que nos ayude. Solo es que

bueno, nosotras no —Señora Kennedy, conocía a Julie, así que no tiene que explicarme nada. Lizse enfadó por eltonillo irónico de la otra mujer. —¿Y eso qué significa exactamente? Casey escrutó el rostro de Liz y luego paseó la mirada sobre su cuerpo. Una vez más, Liz sintió que la invadía una oleada de indignacióncuando Caseyse encogió de hombros. —Nada, sencillamente que conocía Julie durante cuatro años. —Mire, sé que salió con Julie antes de que saliera conmigo. Soy perfectamente consciente de ello. Sin embargo, señora Bennett, si queremos que esto funcione, lo mejor es que no removamos el pasado —afirmó Liz, dejando el vaso sobre la mesa—. Vamos a dejarlo estar. —No podría estar más de acuerdo, señora Kennedy. Accedí a ayudarla a usted ya sufamilia hasta que naciera elbebé y —Si cree por un momento que me gusta esta situación o que me resulta fácil, está muyequivocada. Caseyinspiró hondo yexpiró lentamente. —No quiero discutir con usted y menos en su estado. Olvidémoslo, ¿le parece? —concluyó, dio unbuentrago yse volvió de nuevo hacia ellago. —Muybuena idea. Liz maldijo las lágrimas que le atoraban la garganta. Tenía las hormonas disparadas y lo odiaba, así que, cuando se dio cuenta de que el llanto estaba a punto de ganarle la batalla, se levantó de golpe yse dirigió, trastabillante, a la mecedora. —¿Se encuentra bien? —se interesó Casey, acudiendo a su

lado.

Liz notó que la cogía delbrazo con su fuerte mano para ayudarla

a mantener elequilibrio. —Estoy bien —mintió, mientras se secaba las lágrimas de las mejillas. —¿Se ha hecho daño? —No, no me he hecho daño —saltó Liz, y se soltó el brazo bruscamente, porque lo último que quería era perder el control delante de aquella mujer. —Vale, vale —cedió Casey, dando unincómodo paso atrás. —Creo que voy a ir a tumbarme un rato con Skye. Estoy un poco cansada —anunció Liz, que realmente sonaba exhausta.

—Va

vale.

Muybien.

Al levantar la vista, Liz se dio cuenta de que Casey no sabía cómo reaccionar. —Lo siento, sonlas hormonas. Caseyesbozó una sonrisa leve.

bueno, no sé

lo que tendré por ahí para hacer la cena —comentó, al tiempo que se ponía enpie—. Normalmente no cocino. Liz asintió y se dirigió a la puerta mosquitera; Casey se adelantó

y se la abrió. Por un momento, las dos estuvieron muy cerca la una de la otra, pero Casey se apartó enseguida y pegó los ojos a la barriga de Liz. —No se preocupe, señora Bennett. No voy a explotar — aseguró antes de entrar—. Todavía —amenazó por encima del hombro.

—Será mejor que duerma un poco. Luego haré

Liz se tumbó en la cama al lado de Skye y oyó a Casey tocar el

piano desde la sala de estar. Era buena, se dijo Liz. Luego soltó un resoplido. Típico: era una buscona chulita y arrogante que sabía tocar el piano. Se quedó dormida oyendo la hermosa melodía, con una sensación de satisfacción y seguridad por primera vez desde hacía años. Se despertó con un sobresalto y, por un instante, se sintió desorientada. Skye seguía dormida como un tronco, bocabajo encima de ella. Unos segundos después, Liz recordó dónde estaba

y por qué. Echada en la cama, echó un vistazo al dormitorio de

Casey Bennett. El reloj que había sobre la repisa de la chimenea parecía antiguo, aunque dudaba que Casey coleccionara

antigüedades. En lo que síque reparó fue en que elhogar le daba al dormitorio unaire rústico yromántico. «Romántico», pensó, conuna mueca irónica. Apostaría lo que fuera a que por aquel dormitorio había pasado una retahíla continua de mujeres. Salió de debajo de Skye con cuidado y tapó a la niña con una manta fina. Luego se levantó y salió silenciosamente de la habitación. Casey estaba sentada al piano, conunlápizdetrás de la oreja, yaporreaba acordes. —Hola —saludó Liz. Caseyagitó la mano ensudirección, conungruñido. —Por amor de Dios —murmuró Liz para sí mientras se dirigía a

la cocina. Estaba famélica—. ¿Le importa sibusco algo para

—No. Como quiera —la cortó Casey, ignorándola casi por completo. Lizpuso los ojos enblanco yabrió la nevera. —Dios santísimo —exclamó. Cogió unos cuantos cartones de comida china pasada y torció el

?

gesto. Luego cogió una jarrita. —¿Caviar? Meneó la cabeza. Toda la comida que había consistía en una caja de pizza, varias botellas de cerveza y un cartón de zumo de naranja que tenía pinta de llevar allídesde la administraciónReagan.

De repente oyó gruñir a Casey y cerrar la tapa del piano de golpe. Sobresaltada, se volvió hacia la sala de estar a tiempo de ver la espalda de la enfadada pianista desaparecer a toda prisa por la puerta delantera. Lizse mordió ellabio, nerviosa, ysalió alporche.

—Si

siento haberla interrumpido.

Casey estaba de pie apoyada en la barandilla, contemplando el lago. —No es usted —suspiró pesadamente—. Tengo que acabar la pieza antes de la fecha de entrega y no me acaba de funcionar, eso es todo. —¿Y cómo logra que funcione normalmente? Casey se volvió a mirarla con los ojos felinos entornados y una sonrisa endiablada enlos labios. —Me acuesto conalguien. Normalmente funciona. —Siento haberle estropeado elplan. Caseylevantó una ceja. —No se preocupe, que no lo ha hecho. Liznotó que volvía a enfadarse cuando Caseyse echó a reír. Sus carcajadas no hicieronmás que avivar suira. —Mire —empezó Casey—. No tengo mucha comida encasa. —Sí, lo he notado. —Puedo ir a la ciudad y comprar algunas cosas para un par de días. Tiene pinta de estar destrozada y seguro que la pitufa sigue frita —se ofreció, encogiéndose de hombros.

Instintivamente, Liz se llevó una mano al pelo, porque de repente se sentía ajada y abotargada. Cuando miró a Casey a los ojos, esta se removió, algo inquieta, y se hizo un silencio incómodo. Estaba segura de que la señora Bennett no estaba acostumbrada a aquella clase de situaciones ylo cierto era que ella tampoco. —Podría hacerle una lista. Me temo que necesitaré algunas cosas para Skye. —Claro, haga una lista —aceptó Casey, yvolvió a entrar. Liz apuntó unos cuantos artículos y le llevó elpapela Casey, que estaba cogiendo las llaves. —Oh, Skye ya sabe pedir pipí, pero por la noche todavía necesita dodotis. —Hizo una pausa y miró a Casey a los ojos—. ¿Sabe lo que es undodotis, verdad? —Sí, por amor del cielo, sé lo que es un dodotis —replicó Casey, altiempo que le quitaba la lista de la mano. A continuación se puso las gafas de sol y se dirigió a la puerta trasera. —Para tres años —le gritó Lizaldespedirla.

—¡Pedir pipí! ¡Dodotis! —se repetía una indignada Casey, mientras aparcaba el Lexus delante del pequeño supermercado de Rhinelander. Cogió uncarro ydeambuló por los pasillos, hasta que se paró de golpe ymiró a sualrededor. —¿Qué coño estoy haciendo? —Sacó el móvil y marcó—. ¿Abuela? —Mmm, suenas crispada. ¿Qué tal va la vida doméstica de momento?

—Esto es lo más estúpido que he hecho nunca.

—Ajá. No olvides a Suzette. ¿Cómo es LizKennedy?

—Casey guardó silencio y pensó en su larga

melena caoba y en sus brillantes ojos azules al tratar de reprimir el

llanto—

Suabuela se rio alotro lado delauricular. —Sé amable con esa mujer. Está pasando por un momento muy duro. —¿Ella? —chilló Casey, mientras repasaba la lista—. ¿Y yo qué? —¿Y tú qué? ¿Estás embarazada de cinco meses, con una hija

de tres años ysindinero? Caseyse apartó elteléfono de la oreja ymiró alcielo. —¿Dónde estás? —Estoy en el súper del pueblo —respondió, y arrugó la cara al oír cómo suabuela se partía de risa. —No me lo digas —rio—. Te ha dado una lista.

—la advirtió Casey, mientras empujaba el carro por

elpasillo casidesierto.

—No lo sé. Es

una embarazada.

—Abuela

—¿Y para qué me llamas, cariño?

—Esto

¿qué coño es undodotis? —soltó Caseyde golpe.

La anciana volvió a carcajearse. —Es unpañal, tontaina. Dios mío, ¡qué mujer! Casey se paró y cerró los ojos, mientras Meredith Casey carraspeaba. —Ve alpasillo donde está elpapelhigiénico ytodo eso. Caseyllevó elcarro allugar indicado ylos encontró. —Vale, ya los tengo.

—¿Algo más

mami?

Casey volvió a apartarse el teléfono de la oreja y estuvo a punto de tirarlo al suelo, hasta que recordó que era su móvil e inspiró hondo antes de contestar. —No, gracias. Adiós, abuela. —Creo que quiero conocer a esa mujer y —No —la cortó Casey—. Luego te llamo. Sabes que te quiero. Se hizo una pausa de varios segundos.

—Claro que lo sé. Yo también te quiero. ¿Aqué viene eso? ¿Es por la señora Kennedy o por la pequeña? ¿Cómo se llama, por cierto? —Skye —contestó Casey con una carcajada, mientras hacía malabares para coger el siguiente artículo de la lista y aguantar el móvilalmismo tiempo—. Tiene mucho carácter. —Ajá. Caseynotó que se le encendíanlas mejillas. —¿Qué significa eso? —Ah, nada, nada. Acaba de comprar. Seguro que luego te toca hacer la colada. —Muygraciosa —bufó Casey—. Hasta luego. —Hasta luego ybuena suerte, cariño. Como estaba demasiado ocupada leyendo elúltimo artículo de la lista, no oyó la risa de suabuela alcolgar. —Helado de chocolate ynata montada —repitió. Entonces cayó enla cuenta yse rio a pesar de símisma.

«Antojos

Y cogió dos.

»

Cuando Casey volvió a casa y entró cargada de bolsas, Liz estaba

tirando la comida pasada de la nevera. —¿Tantas cosas he puesto enla lista?

Caseyle dedicó una mirada de incredulidad.

—¿Que si ha puesto suelo—. Sí.

?

—Se paró para dejar las bolsas en el

Lizle entregó varios billetes doblados.

—Me

me gustaría contribuir conlos gastos.

La mirada de Casey saltó del dinero a los orgullosos ojos azules de la otra mujer yempujó eldinero hacia Lizcondelicadeza. —Esta vezpago yo. Más adelante, ya veremos. A juzgar por la expresión de Liz, Casey no estaba segura de si iba a discutir o a romper a llorar. —Gracias —musitó. De nuevo se produjo un silencio incómodo —y ya iban demasiados—, hasta que, gracias a Dios, una vocecilla lo rompió:

—Mamá, aúpa. Casey bajó la mirada hacia la niña, que estiraba los brazos hacia sumadre. Esta se agachó ygimió alcogerla. —Hola, pastelito —la recibió, conunbeso enla mejilla. Casey las contempló juntas un instante, antes de concentrarse en la compra. Notaba que Skye la observaba detenidamente y se sintió muy violenta bajo el escrutinio, hasta el punto de que se le cayó unhuevo alsuelo. —¡Mierda! —maldijo Casey, alargando la mano hacia las servilletas. —¡Miedda! —repitió Skye. La cogió tan de sorpresa que a Casey se le escapó una sonora carcajada al mirar a la niña. Liz, en cambio, parecía algo menos encantada.

—Señora Bennett, por favor. Skye se echó a reír sin apartar la mirada de Casey, que seguía riéndose también. —¡Miedda! —repitió de nuevo Skye, dando palmas. Casey se desternillaba de risa, pero se obligó a tranquilizarse al notar la mirada gélida de su madre. Entonces miró a la pequeña,

cuyos ojos, tan parecidos a los de Liz, chispeaban de risa y se puso seria. —Muybien, pitufa. No. Skye dejó de reírse pero estiró los brazos hacia Casey. Esta retrocedió. —Aúpa —pidió la niña. Lizle dedicó una sonrisa mordazylas presentó. —Skye, esta es Casey. Caseyle sonrió débilmente. ¿Qué diablos estaba pasando allí?

—Cafey, aúpa

pofiii—suplicó Skye.

—Oh, muybien. Venga —refunfuñó esta, ycogió a la niña. Skye le rodeó el cuello con los brazos de inmediato y Casey se puso rojísima y evitó la risueña mirada de Liz. Sentada en la mesa de la cocina con la niña en el regazo, le hizo el arre caballito mientras sumadre preparaba la cena. —¿Por qué quería niños? —le preguntó de repente. Lizla miró concuriosidad, sonrió yse encogió de hombros. —Me encantanlos niños. Que sea lesbiana no cambia eso. —Sí, pero mire lo que ha pasado. —¿Cómo? Mi pareja ha muerto. Habría sido lo mismo que muriera mi marido o mi mujer. El amor es el amor, Casey, eh, quiero decir, señora Bennett. —Puedes llamarme Casey.

Fuera como fuese, Casey seguía pensando que había sido una irresponsabilidad por parte de LizyJulie tener familia. —Si sigues dándole botes va a volver a vomitar, Casey —la avisó Liz, sindejar de partir tomates. Casey levantó a Skye por encima de su cabeza y miró hacia arriba. —Nah, la pitufa no lo volverá a hacer —empezó a decir, pero calló cuando la niña eructó. Liz hizo una mueca y cogió a Skye; Casey se fue a la habitación hecha una furia. —A este paso, me voya quedar sincamisetas.

La cena fue toda una aventura. Tras declarar que «no podía ser tan difícil», Casey había intentado ayudar a comer al pequeño humanoide y acabó con espaguetis en elsuelo, en elvaso de agua y por todo elreloj de pulsera. Y mientras tanto, supropia cena seguía intacta enelplato. Le estaba bienempleado. —Por favor, no puedo contemplaros más —zanjó Liz, y le cogió la cuchara a Casey. Esta se relajó en la silla y fue testigo no solo de cómo aquella mujer embarazada le daba de comer a su hija, sino que se comía su plato al mismo tiempo y lo lograba manteniendo la mesa y la zona circundante libre de salsa de tomate. Muy a su pesar, Casey se sintió impresionada alverlas reír ycomer juntas. —¿Qué edad tienes, si puedo preguntar? —dijo, dando un sorbo de vino. —Veintinueve. ¿Y tú? —Cuarenta. ¿Trabajabas en Nuevo México? —se interesó

mientras daba cuenta de la deliciosa ensalada, el pan de ajo y la pasta. Alparecer había gente que sícocinaba ycomía encasa. —No. Bueno, no es exactamente así. Trabajaba a media jornada. Así tenía dinero para contribuir a la casa. Una vecina cuidaba de Skye por las tardes —explicó Liz. De repente, se la veía agotada. Yentonces dio un salto y se llevó las manos al estómago. Casey se levantó a toda velocidad y en un abrir y cerrar de ojos estuvo a sulado. —No puede ser, no sales de cuentas hasta diciembre —gritó, conuna nota de pánico. Lizhizo una mueca yesperó a que la punzada remitiese. —Solo está un poco revoltosa, nada más. Casey, relájate, por favor. Nos quedancuatro meses. A Casey se le cayó el alma a los pies. No iba a durar cuatro meses asínide broma.

***

Después de cenar, Caseyvio que Lizse ponía a recoger la mesa. —Deja que lo haga yo —se ofreció, y le quitó a Liz el plato de la mano—. ¿Por qué no te sientas?

—accedió Liz, pasándole también eltenedor

yelcuchillo. —Jesús, ¡puedo lavar un plato! —se ofendió Casey, de camino alfregadero.

—Siestás segura

—No quería decir Caseyla oyó suspirar ysalir de la cocina.

«Maldita sea», se dijo. Aquello no iba a funcionar. Buscó el lavavajillas con la mirada, pero no lo vio. Al final lo encontró en el armario y torció los labios al darse cuenta de que ni siquiera lo había estrenado. Sin comerlo ni beberlo, se sentía incómoda en su propia casa. —Esto no va a funcionar —musitó. Cuando terminó encendió la cafetera, dando gracias por que Liz hubiera incluido café en su lista, y se dedicó a ordenar el resto de las ollas y sartenes. Notó que le tiraban de los pantalones cortos y miró hacia abajo. Skye estaba junto a supierna. —Aúpa —le dijo, conlos brazos estirados. —Mira, pitufa. No puedo llevarte en brazos todo el rato —le dijo convozronca. —Aúpa, pofiii—suplicó. —¿Te quieres pirar ya? —ordenó—. Dios, eres como una garrapata. —Se le escapó un cazo de las manos y se le cayó al suelo—. Mierda. —¡Casey! —la riñó Lizde lejos. Casey se mordió la lengua y le dedicó a Skye una mirada torva, mientras la niña se desternillaba de risa. —¿Ves lo que has hecho? Anda, fuera. Lizlevantó la mirada cuando Caseyvolvió a la sala de estar. —¿No controlas alhobbit este? Llevaba a Skye enganchada a la pierna, con las piernas y los bracitos haciendo fuerza para no soltarse, y la arrastraba al caminar. —No es un hobbit, y si tuvieras una pizca de sensibilidad, pensarías que a lo mejor echa de menos a Julie. O a lo mejor, que me aspen si sé por qué, le has caído bien —apuntó Liz con una

mueca. Caseyse puso nerviosa yse dirigió hacia elsofá endonde estaba Liz. Entonces levantó a Skye como si fuera un saco de patatas y se la metió debajo del brazo cogiéndola de la cintura. Skye se partía de risa yagitaba los brazos ylas piernas.

—Vale

y esta es otra. ¿Es normal? —preguntó, al tiempo que

se acuclillaba ydejaba a la niña enelsuelo. Lizasintió fervorosamente. —Sí, la verdad es que sí. Es muy activa. Seguramente entre

tanto grito

—Yo

yo no he gritado —objetó Casey, conelceño fruncido.

—No, pero yo sí. Lo siento. Estoy un poco irritable —dijo Liz, conlos dientes apretados. —Mamá fadada —afirmó Skye, mirando a Casey.

—No, pastelito. Mamá no está enfadada —suspiró Liz con cansancio. Caseyse apoyó enelrespaldo yse le ocurrió una idea. —¿Qué te parece si probamos el helado ese que me has hecho comprar? A Liz se le iluminaron los ojos y asintió ilusionada. Cuando Caseyse levantó para volver a la cocina, susombra declaró:

—Skye ayuda a Cafey. Y anadeó enpos de ella.

***

Mientras las tres comían helado en el porche delantero, Casey se dio cuenta de que nunca le había gustado demasiado el helado. Como pensamiento era bastante absurdo, pero la distrajo de lo que

decía Liz. —Perdón, ¿qué decías? —le preguntó, dispuesta a volver a la conversación. Liz Kennedy era una joven muy atractiva. Los azules ojos le relampagueaban a la luz de la vela de cidronela que había encima de la mesa, mientras le iba dando cucharadas de helado a Skye de su propio bol. Casey cabeceó, asombrada: vela de cidronela en lugar de fuego en la chimenea, helado en lugar de Martini. Liz Kennedyenlugar de —Te preguntaba si estabas saliendo con alguien —repitió Liz distraídamente, mientras se reía de las monerías de suhija. —Oh, no, estoy —¿Soltera? Por lo que contaba Julie, tenía la impresión de que se te dabanbienlas mujeres —comentó Liz, ruborizada. Los ojos verdes de Caseychispearon, traviesos. —Tenía razón, así es, y disfruto de la compañía de un par de mujeres. Me gusta la libertad —añadió. Por primera vez en la vida, se sentía como si tuviera que justificarse, yla sensaciónno le gustaba nada. Le vino a la cabeza la sonrisa burlona de suabuela. —Ajá —murmuró Liz, dándole otra cucharada a Skye. —¿Y qué se supone que significa eso? —se picó Casey. —Eso es que todavía no has conocido a la adecuada. —Por Dios, suenas como mi abuela —replicó sarcásticamente —. Y como Roger. —Ante la mirada interrogativa de Liz, aclaró —:Miabogado y, de cuando encuando, amigo. —Ya veo. ¿Le gusta hacerte de conciencia? —Sí, es bastante molesto. Liz sonrió y contempló la luna, casi llena, sobre la línea de

árboles. —Entiendo por qué te gusta vivir aquí —exhaló un suspiro reflexivo mientras se balanceaba con Skye en el columpio del porche. En ese momento, Skye se las apañó para bajar del columpio y caminó como un patito hacia Casey, que estaba apoyada en la barandilla. Esta la miró yfrunció elceño. —¿Qué? ¿Otra vezaúpa? —le preguntó desdeñosamente. Skye arrugó la nariz.

—Otaves

—declaró, estirando los brazos.

Sin esfuerzo alguno, Casey bufó y la cogió en brazos. Skye se abrazó de su cuello, le apoyó la cabeza en el hombro y se puso a jugar con su collar. Liz sonreía de oreja a oreja y Casey frunció aún

más elceño, pero no dijo nada. —Le gustas. Supongo que sí que se te dan bien las mujeres, Bennett. Se levantó con un gemido y Casey le ofreció la mano para ayudarla a erguirse. —Dentro de tres meses no será tan fácil —gruñó Liz—. Venga, Skye. A la camita. Skye se aferró delcuello de Casey, pero ella la apartó. —Venga, pitufa. Hazcaso a mamá —se descubrió diciendo. —Dile buenas noches a Casey, pastelito —susurró Lizalcoger a suhija. —Nanocheees —murmuró la pequeña, dándole un beso a Caseyenla mejilla. Incluso en la penumbra, Liz vio que a Casey le subían los colores. —Buenas noches, pitufa —le deseó, algo incómoda, y sonrió

cuando Skye agitó la manita. Lizentró conella; entonces se volvió yle sonrió. —Creo que yo me voy a ir a dormir con ella. Nanocheees, Cafey. Caseyle regaló una sonrisa irónica. —Eres la monda. Buenas noches. Liz desapareció en el interior y Skye agitó la mano otra vez. Casey fue a levantar la mano, pero en el último momento se rascó la cabeza.

Liz sintió la llamada de la naturaleza y bajó de la cama trabajosamente para ir albaño. —Está durmiendo justo encima de mi vejiga —lamentó, bostezando enalto. De vuelta, se le ocurrió ir a ver cómo estaba la otra niña, la de la sala de estar. Casey estaba acostada en el sofá y los pies le colgabanenunextremo. —Dios, qué alta es —murmuró Liz. Recogió la sábana que había caído al suelo, la tapó con cuidado y la contempló un momento mientras dormía, resistiendo la tentación de recolocarle el mechón que le caía sobre la frente. CaseyBennett estaba siendo muygenerosa, seguramente porque se sentía culpable. Liz sospechaba que su abogado había tenido mucho que ver. En fin, fuera por el motivo que fuera, Liz se lo agradecía. Cuando tuviera al bebé podría organizarse, conseguir trabajo, buscar una canguro ysacar adelante suvida ya sufamilia. En ese momento, pensó en Julie. Puede que no supiera asumir responsabilidades, pero sabía cuidarla muy bien en la cama. Aun

así, la intimidad no era lo suyo. No tenía nada que ver con su vida sexual, sino con el tipo de cercanía que Liz siempre había buscado y Julie nunca supo darle. Ansiaba tener a alguien que la abrazara por la noche, sinnecesidad de hablar:tansolo de oír latir elcorazón de la otra enelsilencio. Respiró hondo. A veces añoraba muchísimo el sexo. Pero al mirar a la casquivana durmiente se dijo: «Tan desesperada no estoy».

Capítulo 5

Algo le daba golpecitos en la cara y Casey protestó en sueños y agitó la mano a ciegas. Entonces oyó una risita y abrió los ojos de golpe. Ante ella había una masa de rizos rubios enmarcando una bonita cara soñolienta. —Hambre —susurró la niña, a escasos milímetros de sunariz. —Vuelve a la cama —repuso Caseyenvozigualde baja. Skye frunció elceño yle tiró delbrazo. —Pofiii—suplicó mientras estiraba. Caseyrugió, cogió a la niña yse la puso encima de la barriga. —Decir por favor no siempre sirve para todo, pitufa —quiso explicarle Casey. Skye bostezó yse frotó los ojos. —¿Ves? Todavía estás muerta. Vuelve a la cama —la apremió, pero la niña cayó rendida sobre supecho—. No, venga, pitufa. Sin embargo, al mirar hacia abajo, Skye se había metido el pulgar enla boca ytenía los ojos cerrados. —Mierda —refunfuñó Casey, que tambiénbostezó. Concuidado, le sacó a Skye elpulgar de la boca. No sabía nada de ser madre, pero sabía un par de cosas sobre chupar dedos. Instintivamente, colocó al pequeño monstruo en la parte interior del

sofá. Porque, sinceramente, lo último que le hacía falta era tener que correr a urgencias.

Lizse despertó conunsusto de muerte, porque alvolverse Skye no estaba. Se anudó la bata a toda prisa y corrió al pasillo. Entonces se detuvo en seco, perpleja, y sonrió: Casey estaba estirada en el sofá, tenía a Skye acurrucada contra su pecho y la rodeaba con el brazo en gesto protector. Las dos chiquillas dormían profundamente y Liz trató de no darle vueltas a lo natural que le resultaba la escena. Casey respiraba acompasadamente y sonreía. ¿O quizá era lo que Lizquería imaginarse?

y sola. Por mucho que

quisiera a su hija, atesoraba cada minuto que podía dedicarse a sí misma. Cogió sualbornozyfue a ducharse. —Ahhh, me encanta —suspiró bajo el relajante chorro de agua caliente. Por instinto, miró hacia abajo, esperando ver a Skye dentro de la ducha con ella. Mientras se lavaba el pelo, se rio al pensar en las inocentes preguntas sobre anatomía que solía responder durante las duchas comunitarias. Liz, obediente, siempre contestaba a la niña de tres años cuando le preguntaba sobre sus pechos, y Skye se había quedado satisfecha cuando le había explicado que tenía la barriguita más grande porque dentro estaba creciendo un hermanito o hermanita. Lo que la dejó helada fue que Skye le preguntara sobre el «pelo» que tenía entre las piernas. Liz había intentado explicarle los conceptos de vello púbico y adolescencia mientras el agua empezaba a enfriarse y todavía recordaba la cara de total incomprensiónde suhija.

En fin, almenos podría ducharse en paz

—Mamá, ¡pelo! —había insistido ella. Y Lizhabía dado subrazo a torcer. —Tienes razón, pastelito. En el presente, Liz se rio de buena gana y empezó a aclararse el pelo. —Ay, mipequeña Skye. Se quedó en la ducha un par de minutos más, para disfrutar de la paz y la tranquilidad. Luego cerró el grifo y oyó que llamaban a la puerta. —Mamá, caca. Liz rio de nuevo, se puso el albornoz y abrió la puerta. Skye tenía las piernas cruzadas ycara de sueño. —Buenos días, pastelito. Eres una niña muybuena. ¿Has Skye anadeó hacia elváter ylevantó la tapa.

?

Casey percibió elaroma a café y sonrió en sueños. Entonces volvió a notar que le tocaban la cara y al abrir los ojos se encontró con la misma masa de rizos desordenados de antes intentando tirarle del párpado. —¡Ariba! —insistió elhobbit. —¿Ya has hecho caca? —farfulló Casey. —Mmm, ariba —repitió Skye. —No, arriba tú—replicó Casey, yempezó a hacerle cosquillas. Skye soltó una risita y luego una de aquellas carcajadas infantiles tan contagiosas que surgen de la inocencia más pura. Casey se rio con ella y, al levantar la mirada, vio que Liz las observaba con una sonrisita burlona ylos brazos enjarras. —Buenos días, Cafey—la saludó lacónicamente.

Casey carraspeó y se sentó derecha. Skye se le subió a la

espalda sindejar de reír. —Quítame albicho de encima, ¿quieres? —se quejó. Se puso de pie con Skye colgada del cuello y con las piernecitas alrededor de sucintura como buenamente podía. —Parezco Cuasimodo, joder. —¡Joer! —repitió Skye. Liz le lanzó a Casey una mirada furibunda y esta se puso colorada. Entonces cogió a suhija yfue a la cocina. —Eldesayuno estará listo dentro de unos minutos. Casey arrugó la frente; volvía a sentirse fuera de lugar en su propia casa. Lizvio la cara que ponía yvolvió enseguida.

lo siento. He pensado que podía preparar el desayuno

para las tres. Skye tiene que comer. Caseyse pasó la mano por elpelo yle hizo un gesto para que no se preocupara. —Es que no estoy acostumbrada a tener a alguien por aquí que mida menos de metro ymedio —confesó. Liz se ruborizó y disimuló una sonrisa. Las dos se miraron a los ojos unos segundos hasta que alguien empezó a golpear los cubiertos contra la mesa yrompió elsilencio. —Parece que la pitufa tiene hambre —observó Casey. Liz no estaba segura de si bromeaba o se burlaba de ella, pero optó por ir a la cocina cuando Caseydesapareció por elpasillo. —¿Tienes hambre, cariño? ¿Te apetecenunos huevos? Casey entró en la ducha y soltó un grito. No quedaba agua caliente y se dio la ducha más rápida de su vida. Al secarse con la toalla, no pudo evitar imaginarse a Liz haciendo lo mismo pocos minutos antes y sacudió la cabeza para sacarse la imagen de la

—Lo

mente. —Por amor de Dios, Bennett, que está embarazada —se riñó. Tanto Lizcomo Skye la miraroncuanto entró enla cocina conun largo albornoz. —Voya nadar. Vuelvo enseguida. —Skye nada —exclamó enseguida la pequeña, e intentó bajar de la silla, pero Liz la hizo sentarse de nuevo—. Mamá, ¡Skye nada! —insistió, forcejando contra sumadre, que miró a Casey. Esta se mordió ellabio, seguramente para no reír. —Es ungremlinde lo más revoltoso. Con Liz aún tratando de controlarla, Casey se acercó a Skye, la niña levantó la cabecita yse mirarona los ojos. —Hacemos una cosa, pitufa. Primero acaba de desayunar. Luego te llevaré a nadar. ¿Trato hecho? —propuso, estirando la mano. Skye rio y Casey le cogió la manita y se la estrechó—. ¿Trato hecho o no? —preguntó de nuevo. —Tato hecho —rio Skye, yCaseyle sacudió la mano otra vez. —Pero te tienes que comer todo el desayuno —le recordó Caseyconfirmeza. Conuna última yvigorosa sacudida, la soltó. Se volvió hacia Liz con una mueca de arrogancia y no escondió la mirada de superioridad. Sin perder la sonrisa, mas sin decir

palabra, Casey salió de la casa. Liz la fulminó con la mirada hasta que desapareció y luego se puso seria con su hija, que la contemplaba consus inocentes ojos azules. —¿Mamá fadada? Lizse echó a reír yle dio unbeso. —No, mamá no está enfadada. Es solo que a Cafey se le dan

muy bien las mujeres. La muy creída

que le vana dar eltítulo de Madre delAño.

Seguro que ahora se cree

Liz las contempló desde el porche y musitó un irónico «Ay, Cafey» cuando Skye se soltó de sumano yse escapó hacia la playa. —¡Eh! —le gritó Casey a la alegre Skye mientras le cortaba el paso.

¿cómo la

llamaba? Ah, sí, hobbit. Pues elhobbit estaba ganando. —Le ruego que no mate a mi hija, señora Bennett —le gritó Liz desde su asiento a la sombra, en donde bebía plácidamente un vaso de té helado a sorbitos. Casey la miró un segundo, furiosa, y enseguida volvió a buscar a la niña, que iba directa a la orilla desternillándose de risa. Casey echó a correr, la atrapó en dos zancadas y la levantó por la parte de atrás del bañador. El mini saco de patatas lanzó un grito de indignación, conlos brazos ylas piernas colgando. —¡Skye nada! Incluso desde elporche, Lizatisbó la sonrisa diabólica de Casey. —CaseyBennett, nise te ocurra. Casey gimió, desilusionada, y entró en el agua con Skye en brazos. Se pasaron una hora jugando y pasándolo bien en la playa. Casey subió a Skye en una balsa de goma y la paseó por la zona poco profunda. Por supuesto, Skye saltó y Casey tuvo que arreglárselas para que la niña, encantada con la diversión, no se ahogara. —Cafey—llamó Skye, yseñaló la superficie delagua. En la zona menos profunda había un banco de peces junto a una roca. —Peses.

Era para verlas:la alta y esbelta mujer persiguiendo a

Caseyse rio. —Sí, son pececitos. Crecen y se hacen grandes. Te enseñaré a cogerlos. —Tero peses —afirmó Skye, que empezó a dar palmadas y salpicar enelagua sinparar de reír. Los peces salierondisparados entodas direcciones. Cuando acabaron de jugar y salieron del agua, Liz se dio cuenta de lo verdaderamente atractiva que era Casey Bennett. Era toda piernas, pensó Liz. Estaba en forma. Se había puesto un discreto bañador de una pieza y, de alguna manera, Liz sabía que lo había hecho por Skye ypor ella. —Seguramente nada desnuda con sus mujeres. Las solteras y no embarazadas —se dijo conalgo de melancolía. Skye estaba rebozada de arena yCaseytambién. —Tu hija no le tiene miedo a nada —comentó alllegar alporche seguida de Skye. Casey cogió una toalla—. Tengo arena en partes delcuerpo que nisabía que existían. Skye echó a correr hacia sumadre. —Mamá, Skye nada. ¡He vito peses! —exclamó. Lizla envolvió enuna toalla yle dio unfuerte abrazo. —Ya te he visto. Estoy muy orgullosa de ti, lo has hecho muy bien, pastelito —le aseguró cariñosamente—. ¿Te han gustado los peces? Skye asintió enfáticamente y Liz se rio y le susurró algo al oído. Skye asintió yfue conCaseydando tumbos. —¿Sí? —le preguntó Casey, sonriendo. —Gracias, Cafey—murmuró la niña. Casey se sonrojó, porque no estaba acostumbrada a aquellas cosas. Tosió yevitó mirar a Liza la cara.

—De nada, pitufa. Skye estiró los brazos hacia Casey, que se agachó. Entonces el medio moco le plantó un beso en los labios y le dio una palmada en las mejillas.

Esa noche, cuando Skye estaba ya en la cama, Lizy Casey salieron alporche a disfrutar de la cálida noche veraniega. —Tengo que irme a Chicago unos cuantos días. He acabado la

última canción y estaré en el estudio. Espero no estar fuera mucho tiempo. Le he pedido a Marge que se pase de vez en cuando. Vive

a menos de un kilómetro, al otro lado del lago. Por si acaso. Yo

estaré en mi apartamento de la ciudad. El número está al lado del teléfono y también tienes mi móvil, por si necesitas cualquier cosa. Puedes llamarme cuando quieras —terminó, azorada. Lizle sonrió afectuosamente. —Gracias. No quiero ser una molestia mayor de lo que ya lo soy. Te agradezco sinceramente todo lo que has hecho hasta ahora —le dijo envozqueda. —Bueno, sé que he estado un poco borde e irritable y lo siento.

No estoy acostumbrada a la compañía, bueno

siempre he estado

sola y

—Ya lo sé. Esto es un cambio para las dos, Casey. Yo no quería marcharme de Nuevo México. No quería reconocer que no

podía arreglármelas sola. Pero tengo a Skye y dentro de tres meses

Bueno, a veces el orgullo pasa a un segundo plano. Solo

quiero lo mejor para nosotras —admitió, acariciándose elvientre.

o así

—se interrumpió, a sabiendas de que parecía idiota.

Caseyla estudió concuriosidad. —¿Qué se siente?

Lizposó los ojos enella yenarcó una ceja. —Bueno, es inquietante saber que un ser humano está creciendo dentro de ti. A veces me siento como en la película esa, Alien — contestó. Casey se rio desde elfondo de la garganta y a Liz le pareció que tenía una risa muyagradable. Le cambiaba la cara yla hacía todavía más atractiva. Sin embargo, se apresuró a echar el freno a aquellos pensamientos. —Pero es un milagro. ¿Sinceramente? Al principio una parte de míesperaba que la inseminaciónno funcionara. —¿Por qué? —quiso saber Casey, que se echó hacia delante en elasiento. —Porque justo después de inseminarme le diagnosticaron el cáncer a Julie. No quiero parecer egoísta, pero en lo primero en que pensé cuando se me pasó el susto de la noticia fue en el embarazo. Reinó el silencio un segundo, durante el cual Liz trató de descifrar en qué pensaba Casey. Tenía el ceño fruncido y la vista fija enla oscuridad, asíque Lizno sabía qué decir. —¿Julie no había ido al médico antes? No me creo que no lo supiera o que túno notaras que había algúncambio. Eltono de sospecha era evidente yLizse encendió de nuevo. Ya no sabía si eran las hormonas o la arrogancia de aquella mujer lo que la sacaba de quicio. —Julie siempre había estado muysana. Debes de recordarlo. Casey miró a Liz fijamente y esta le sostuvo la mirada, igual de retadora. —Me acuerdo muybiende Julie. Y sí, estaba muyenforma. —Bueno, yo no soy médica, pero el tipo de cáncer que tenía

era Pero Liz calló, porque de repente ya no le apetecía hablar del tema. Se acarició la barriga otra vez para templar los nervios y empezó a respirar lenta y acompasadamente: inspirar y expirar, inspirar yexpirar. Caseyla observó, desconcertada. —Mi médico de Nuevo México me recomendó respirar hondo cuando noto que me estreso. Caseyasintió, aúnceñuda. —¿Y crees que soyyo la que te estreso? Lizpestañeó varias veces. —No, la situación ya es estresante de por sí. Tú no has hecho nada para empeorarlo, aunque me gustaría que dejaras de hablar como si me acusaras de algo —replicó Liz, subiendo el tono a medida que hablaba. —Yo no estoyacusando a nadie —se defendió Casey. Iba a decir algo más, pero se lo pensó mejor y fue Liz la que habló. —Oye, siento mucho todo esto. Créeme, ojalá tuviera algún sitio adonde ir. Debería haberme quedado en Albuquerque —dijo, sin dejar de respirar profundamente. —Bueno, es un poco tarde para eso —replicó Casey, frotándose la cara engesto de exasperación—. No entiendo Liz ladeó la cabeza y esperó a que acabara, pero cuando Casey no continuó, Lizla animó tantranquilamente como pudo. —¿Qué es lo que no entiendes? —Nada. —Casey, van a ser cuatro meses muy largos si no podemos ser sinceras la una con la otra. Dime lo que te ronda por la cabeza, por favor.

supongo que sencillamente fue mala suerte. La

inseminación y justo después enterarse de que a Julie la estaba devorando elcáncer. Lizla miró conescepticismo. —Me da la impresiónde que hayalgo que no me estás diciendo. Entonces contempló la luzde la luna reflejada enellago. —Te agradezco que me ayudes. Te lo agradezco por mifamilia. Dicho aquello, se levantó y abrió la puerta de tela metálica. Cuando miró atrás, Casey seguía con el ceño fruncido, y negó con la cabeza. —Si algún día quieres decirme lo que piensas, te escucharé encantada. Sé que vamos a ser una extraña pareja estos meses, pero espero que almenos podamos llevarnos bien. No esperó a oír si Casey respondía, sino que entró en la sala de estar a oscuras y se dirigió al dormitorio. Tras la puerta cerrada, hizo lo que pudo por contener las lágrimas de enfado yfrustración.

—Eh

Capítulo 6

A la mañana siguiente, Liz estaba sentada con Skye en la cocina y vigilaba a su hija mientras esta hacía un desastre con las tortitas. Casey estaba estudiando sus partituras en el piano. Apenas se habíandado los buenos días. —Te llamaré. —¿Tienes que salir tan temprano? —le preguntó Liz, al tiempo que le limpiaba la boca, las manos, los codos y las rodillas gordezuelas a Skye. ¿Cómo había llegado el sirope hasta allí? Ni idea. —Bueno, tengo que reunirme con Niles, que estará en el estudio

compromiso para cenar. Mañana me

a las cuatro. Luego tengo un

pasaré todo eldía en elestudio y pasado también —explicó Casey, ymetió las partituras ensumaletínde piel. Liz se dio cuenta de que Skye no le quitaba ojo de encima a Casey, yencuanto la vio coger las llaves intentó bajar de la silla. —Skye conCafey Liztuvo que forcejear conella para que se quedara sentada. —No, pastelito. Caseytiene que irse a trabajar —le explicó Liz.

Skye hizo unpuchero yCaseyse quedó mirándola, sinsaber qué hacer.

—No pasa nada, Casey —la tranquilizó Liz, con una sonrisa—. Vete. —¡Con Cafey! —gimoteó Skye, que agachó la cabecita y rompió a llorar. Casey dejó el maletín en el suelo e hizo una mueca, mirando a Liz con expresión suplicante. Skye no estaba chillando ni se había puesto histérica, pero se la veía desolada. La pianista se acercó a la silla yse agachó. —Oye, pitufa —le dijo. Liz esbozó una cálida sonrisa ante la ternura que Casey le demostraba a suhija. —No, tambén voy —insistió la niña, con la cabeza apoyada en la mesa. Casey torció el gesto, le puso la mano entre los rizos dorados y le acarició elpelo concierta incomodidad. —No estés triste, por favor. Volveré muy pronto. Y entonces iremos a nadar ya comer perritos calientes. Skye levantó la cabeza, con las mejillas arreboladas y húmedas por el llanto. Casey parecía conmocionada y Liz habría jurado que se le escapaba una lágrima. —¿Lo prometes? —preguntó Skye, sorbiendo elllanto. —Claro que sí. Hasta te traeré un regalo —afirmó Casey, pese al gesto de negación de Liz—. ¿Trato hecho? —propuso, extendiendo la mano. Skye dejó escapar una risita, le puso la manita sobre la enorme palma a Caseyyla sacudió. —Tato hecho —rio de nuevo yse le abrazó delcuello. —Vale, me estás estrangulando —murmuró Casey, algo avergonzada.

Skye la soltó. —Besito —pidió. Caseypestañeó—. Pofiii. Caseyesbozó una sonrisa recelosa. —Como todas las mujeres que hanpasado por mivida. Se inclinó yla besó enla mejilla. —Pórtate bien con mamá —le ordenó, en un claro intento de sonar firme a pesar de la sonrisa de Liz. —Buen viaje —le deseó Liz, que se pasó los dedos por el pelo yla miró a los verdes ojos. —Gracias —repuso Casey—. Oye, siento lo de anoche. Todo esto es muy raro y supongo que aún estoy intentando hacerme a la idea. Sonaba insegura, pero aun así Liz creyó notar que Casey tenía algo enmente. —Nos va a costar adaptarnos a todas, Casey. —Mamá, besito a Cafey, que se va —ordenó Skye desde la silla. Liz abrió algo más los ojos y notó que le subían los colores. Con una risita nerviosa, se apartó de Caseyyse sentó consuhija. —Acábate eldesayuno. —Ya toy, mamá. Lizvio que, en efecto, elplato de Skye estaba vacío, pero no fue capazde mirar a Casey. Eso sí, la oyó reírse alsalir. —Adiós, señoritas —se despidió por encima del hombro—. Hasta dentro de unos días. No le prendáis fuego a la casa. Cuando oyó que se cerraba la puerta, Liz hundió el rostro entre las temblorosas manos.

Sentada en el estudio con los cascos puestos, Casey escuchaba la grabación. Meneó la cabeza, airada. —¡No, no, no! —rugió, y se quitó los cascos—. Niles, ven aquí,

porfi

Niles entró en el estudio, se pasó la mano por el rubio cabello y habló entono paciente. —¿Elsegundo estribillo, verdad? —Sí, es demasiado rápido y los bronces están muy altos. ¿Podemos volver a traerlos para grabar otra vez? —Claro, está previsto que vengan mañana por la mañana y los tendrás todo el día. Pero los productores quieren el trabajo para ayer —la advirtió. —Lo sé. Echó un vistazo a su reloj de pulsera: eran las cuatro y media y Skye ya debía de haberse levantado de la siesta. De repente deseaba estar allí y llevar al pequeño hobbit a nadar. Se le escapó una carcajada yNiles la miró condesconfianza. —¿Estás bien? Normalmente, cuando el director la jode tanto conla orquesta te pones echa una furia —observó. —Es que me ha venido algo agradable a la cabeza. —¿Ah, sí? Casey arqueó la ceja al detectar la incredulidad en el tono de Niles. Su amigo estaba apoyado en el escritorio, con los brazos cruzados. —¿Y qué es lo que te ha venido a la cabeza? Al recordar los ojos azules de Liz Kennedy, se le aceleró el pulso unmomento. —¿En qué diantres estás pensando? Te has sonrojado —la informó Niles—. Como no me lo digas

por favor.

—Nos vemos mañana. —¿Has quedado conalgúnbombón? Caseyse despidió conungesto de la mano. —Buenas noches, Niles —le dijo. Y cerró la puerta de unportazo.

—Dios, te he echado de menos —ronroneó Suzette en cuanto puso un pie en elapartamento de Casey. Le rodeó elcuello con los brazos y la besó apasionadamente—. Mmm, qué bien sabes — murmuró contra sus labios. —Es la pasta de dientes —contestó Casey, cuyos verdes ojos relampagueaban, divertidos—. Adelante. Casey se apartó para dejarla entrar, pero Suzette la atrajo de vuelta y empezó a desabrocharle la camisa. Con las cejas levantadas, Caseyle permitió desnudarla. —O podemos follar enelrecibidor. Al final lograron llegar al dormitorio, dejando un reguero de prendas de ropa desde la entrada principal, y cayeron desnudas sobre la cama. Realmente, Suzette había añorado a Casey y le comió elcuello a besos encuanto se le puso encima. —Tendré que subir al norte más a menudo —jadeó Casey cuando Suzette se acomodó entre sus piernas. La chelista agachó la cabeza yle besó elpecho, le hizo cosquillas en el ardiente pezón con la lengua y se lo lamió. Luego se lo metió entero en la boca y lo chupó con fruición mientras le acariciaba el torso con la mano libre. No hubo necesidad de palabras y, definitivamente, Suzette se afanó a recuperar eltiempo perdido.

***

Mucho más tarde, cuando las dos mujeres tomaban champán en la cama, Suzette comentó:

—Deberías quedarte en Chicago. Aquí hay muchas más cosas

que hacer. En tus bosques hay muchos

la contemplaba, tumbada sobre el costado—. O podrías invitarme a subir más a menudo. —Me gustan los árboles y me gusta la soledad —murmuró

Casey, dando un sorbo de champán. Antes de tragar, le comió el pecho a Suzette y lamió sensualmente las burbujitas de la bebida—. Esta es la única manera de beber champán. Una vezmás, sonó elteléfono. —¿No pasó lo mismo la última vez? —refunfuñó Casey. Suzette fue a coger elteléfono, pero Caseyla advirtió:

—Nise te ocurra. —A lo mejor es Jeffrey —arguyó Suzette, que llegó al teléfono antes que Casey. —¿Sí? —A Suzette se le escapó un suspiro cuando Casey le mordisqueó el hombro—. Sí, está aquí. ¿De parte de quién? — Suzette se puso rígida y fulminó a Casey con la mirada—. Es Liz Kennedy. Suzette le dedicó una sonrisa edulcorada y le tiró el teléfono. Casey lo atrapó como si fuera una patata caliente y le regaló a Suzette una mirada furibunda. —¿Liz? ¿Va todo bien? ¿Está bienla pitufa?

árboles —señaló. Casey

—Sí

todo bien. Sé que interrumpo, pero solo son las seis y no

creíque

bueno, me pareció que podía llamar

—No pasa nada, ¿qué sucede? —preguntó Casey.

Por el rabillo del ojo vio a Suzette apurando una copa de champán. —Me siento muy estúpida. Está lloviendo y se ha ido la luz. He llamado a Marge, pero no contesta. —Mierda, lo siento. Mira enla cocina:está la caja de fusibles. Hubo silencio unmomento yluego Lizinformó. —Vale, la tengo. —Dale aldiferencial. —Esperó unsegundo—. ¿Ha funcionado? —No, le he dado yno ha pasado nada. —Vale, no es algo inusual. Debe de estar lloviendo mucho. —A cántaros. Casey se sentó en el borde de la cama. Notaba que Liz estaba asustada. —Vale, voypara allá. —No, no lo hagas. Dios, parezco idiota llamándote —interpuso Lizenseguida—. Espera. —¿Liz? No le respondió y Casey se levantó de un salto y empezó a pasear encueros allado de la cama. —Liz, joder.

Se le ocurría todo tipo de situaciones horribles que podían estar pasando, sobre todo cuando oyó llorar a Skye a lo lejos. —Sabía que no debía dejarlas —se dijo, con el corazón desbocado. —¿Casey? —habló Liz de nuevo, a través de las interferencias de la línea. —¿Qué pasa, cariño? —No pasa nada, ha venido Marge. Es que no sé dónde están

las cosas. Estamos bien, por favor tú vuelve con

—No terminó la

frase, pero Casey se ruborizó igual—. Estamos bien. Siento mucho haberte molestado. —Llámame, me da igual a qué hora —le ordenó Casey con firmeza—. ¿Entendido? —Sí, sí. Lo haré. Gracias, Casey, adiós. Ah, espera. Skye quiere hablar contigo, ¿te parece bien? —Claro, que se ponga —contestó Casey, conuna gransonrisa. Miró a Suzette, que levantó su copa de champán antes de darle la espalda. —Cafey, no hay lus. Skye miedo —susurró la pequeña—. Mamá miedo. Mamá dice joder. Caseysoltó una sonora carcajada. —No tengas miedo, pitufa. Volverá la luz cuando deje de llover. Cuida a mamá, ¿vale? —Vale. Vena casa —le rogó—. Pofiii.

—Lo

lo haré. ¿Vas a portarte bienpor mí?

—Vale. —Pásame a mamá, cielo —le dijo Casey. Quería decirle «te quiero». ¿Por qué no lo había hecho? ¿Ypor

qué iba a hacerlo? ¿Qué derecho tenía a

—Casey, de verdad, lo siento mucho —habló Liz, en tono acongojado. —No te preocupes, no pasa nada. Se produjo un silencio momentáneo y a Casey se le secó la garganta. Tragó saliva, pero no dijo nada. —Skye te echa de menos. Casey percibió la ternura en la voz de Liz y se le disparó el corazón. —Eso es porque quiere suregalo.

?

Las dos se rieronyla tensiónse desvaneció. —Conoces muy bien a mi hija, Bennett —afirmó Liz, entre risas —. Bueno, te dejo. Nos vemos dentro de unos días, ¿verdad? —Sí, volveré pronto. Adiós, Liz. Casey colgó el teléfono y se lo quedó mirando unos instantes antes de volverse hacia Suzette, que sostenía la botella de champán vacía. —Suzette, mipequeña, deja eso —le ordenó Caseylentamente. —Debería protestar —suspiró ella cuando Casey entró a gatas enla cama yle quitó la botella de la mano. —No se acepta, letrada —le aseguró Casey, mordisqueándole eltorso entoda sulongitud. Suzette se abrió de piernas y Casey se acomodó entre ellas, le besó los suaves yoscuros rizos yle arrancó unprofundo gruñido de placer. Entonces le besó la cara interna del muslo y saboreó los jadeos de Suzette con cada mordisquito que le daba. La chelista se aferraba al cabezal con todas sus fuerzas y susurraba palabras de aliento a su amante, que se inclinó, le separó los pliegues húmedos con la lengua y la lamió de arriba abajo. De improviso le vino el rostro de Liz Kennedy a la cabeza y se quedó quieta a medio comer. Pestañeó unas cuantas veces y sacudió la cabeza. Suzette dejó escapar unquejido. —No pares. Casey intentó recuperar la concentración desesperadamente. Al final fue Suzette la que reaccionó, se apartó de golpe, y Casey solo pudo levantar la vista, perpleja. —Se acabó. Te conozco, Casey Bennett —dijo en voz calma, mientras recogía suropa. Caseyseguía estupefacta yse limitó a sentarse ycontemplarla.

—¿Por qué no te vuelves al bosque y haces lo que tengas que

hacer? La seduces, te acuestas con ella, lo que quieras, pero te la sacas de la cabeza —continuó, cada vez más enfadada—. Tú y yo no tenemos compromisos y es como a mí me gusta, en serio, pero

eso sí

cuando me follas, es enmíenquiénpiensas. Caseyabrió unos ojos como platos. —Espera, no es eso. Quiero decir que sí, que me vino su cara a la cabeza, pero, Suzette, está embarazada. —¿Qué? —rugió esta, y la miró asqueada—. ¿Fantaseas con una mujer embarazada? Casey puso los ojos en blanco ante el tono horrorizado de Suzette. —No se trata de eso. Tiene una niña pequeña. —¿Qué? —volvió a escandalizarse Suzette, llevándose las manos a la cabeza—. ¿Está embarazada y tiene una hija? ¿Estás loca? Ahora era Caseyla que empezaba a cabrearse. —No —le dijo, batallando por recobrar algo de credibilidad—. No estoy loca. No es lo que piensas. Es muy atractiva pero a míno me atrae. Suzette puso los ojos enblanco yse abrochó la blusa. —Bennett, no me tomes por imbécil. Site la quieres follar —No hables asíde ella. Suzette enarcó una ceja. —Acabas de confirmar mis sospechas —rió, y se puso los zapatos—. Esto te lo tienes que pensar mejor, Case. No es un rollo típico de los que te vana ti. Se volvió una última vezantes de marcharse.

a

—empezó a vestirse—, al menos me gusta pensar que,

—Embarazada yconuna hija. ¿Es lesbiana? Casey asintió, aún tratando de organizar sus pensamientos.

Suzette la estaba bombardeando con demasiadas verdades a la vez. —Bueno, eso ya es unpunto a tufavor —opinó Suzette. Alreparar enla cara de confusiónde Casey, añadió:

—Nunca te había visto ni confundida ni desconcertada.

Pareces

—se interrumpió, y adoptó una expresión pensativa—.

Vulnerable —lo dijo como si fuera una palabra vulgar—. Nos vemos mañana en el ensayo. Yesta vez no me grites. Solo porque

seamos amantes no quiere decir que tengas que meterte con mi interpretación.

Caseyle devolvió una mirada serena. —Solo porque duermas con la compositora no significa que puedas tocar el chelo de pena —espetó, completamente seria, con

la mirada retadora clavada enla airada chelista. —La has llamado «cariño»—soltó Suzette. Casey hizo una mueca de dolor y Suzette salió de la casa hecha

una furia, dando un portazo. La compositora se quedó sentada en

la cama, conla mirada perdida.

—Vale, hace tres días no tenía ninguna preocupación, follaba de maravilla con una mujer preciosa y mi vida era solo mía. Ahora

estoy aquí sola, sentada en cueros y tengo a una mujer embarazada

y a su hija en mi cabaña —se dijo. Meneó la cabeza—. Necesito una copa.

pero estaba vacía, asíque se dejó

caer sobre la cama de nuevo yse quedó mirando altecho.

Cogió la botella de champán

—¿La he llamado «cariño»?

Capítulo 7

—¿Me ha llamado «cariño»? Liz colgó el teléfono e ignoró la sensación de hormigueo en el estómago. Se dijo que era el bebé, que estaba agitado, pero no dejaba de pensar eneltono de preocupaciónde la vozde Casey. Marge encendió varias velas. —Esto pasa mucho por aquí, no te preocupes. Casey me ha pedido que pase a ver cómo estás —comentó—. Debes de ser alguien muy especial porque nadie, digo bien, nadie ha pasado más de una noche en esta cabaña. Como mucho, un fin de semana de desenfreno —rio. Lizse rio con ella altiempo que evitaba pensar en Casey Bennett conotras mujeres. —Me hizo prometer que te cuidaría —le dijo Marge, y le miró la barriga—. ¿Cuándo sales de cuentas? —El3 de diciembre. Parece que tenga que ser mañana. —He tenido tres, sé lo que quieres decir. —Entonces se fijó en Skye, que se abrazaba delcuello de su madre—. Qué monada. No me extraña que Casey os quiera —les guiñó un ojo—. Hace diez años que la conozco. Compró esta propiedad y la arregló prácticamente toda ella misma, con la ayuda de unos amigos. Tardó

casi ocho años en acabarla. Trabajó muy duro y también se divirtió

lo suyo. Ha tenido

Lizse rio. —Soyconsciente de la reputaciónde la señora Bennett. Marge le lanzó una mirada curiosa. —Me gustas. Serías buena para Casey. A lo mejor consigues que siente la cabeza. —Bueno —empezó Liz, a sabiendas de que se había puesto colorada—. Casey solo va a ayudarme hasta que nazca elbebé. En cuanto pueda, buscaré un trabajo y volveré a poner nuestras vidas enmarcha. Marge disimuló una sonrisa. —¿Y por eso te has puesto como untomate? Lizse llevó las manos a las mejillas de inmediato. —¿Ah, sí? —se rio, nerviosa—. Supongo que la arrogante señora Bennett tiene ese efecto en muchas mujeres. Pero bueno, Skye y yo pronto nos las podremos arreglar solas otra vez, ¿verdad, pastelito? —Vedad, mamá —asintió la pequeña, enmuestra de apoyo.

—Marge calló, sonrojándose.

El ensayo era agónico y Casey gimió con los ojos cerrados al oír la interpretación que hacía la orquesta de su composición. A su lado, Niles dejó escapar unsonido parejo de frustración. —Niles, no soyyo, ¿verdad? ¿Túlo oyes? Niles frunció los labios enuna mueca de sufrimiento yasintió. —Odio tener que decirlo. Caseyse echó hacia delante yhundió elrostro enlas manos.

—Es Suzette

Ella

—Apesta —ofreció Niles. Casey levantó la cabeza y miró a su amigo con los ojos entornados. —Niles, «apesta»no es untérmino muyprofesional. —¿Es una mierda? —Mucho mejor —dijo Casey—. Vamos a sacar a Jeffreyde ahí antes de que se suicide. Tenemos que reconsiderar esto. —Necesitamos otro chelista —farfulló Niles. Sabía que Casey se daba cuenta de que debía tomar una decisión. Jeffrey también era consciente de ello. Se reunieron en el estudio vacío y Casey se sentó al piano y empezó a golpear las teclas conactitud ausente. —Casey, estás agotada. Has reescrito media banda sonora solo para no echarla. No está bienylo sabes —se sinceró Niles. Caseyse levantó yse desperezó. —Lo sé, tengo que decírselo. —Cógete unos días libres. Yo les he dado largas a los productores, así que es el mejor momento. El director está en el centro de desintoxicación Betty Ford y tiene para dos semanas por lo menos. Sube al norte, relájate y vuelve con la cabeza despejada —le recomendó Niles, conuna palmada enelhombro. Jeffreycogió sumaletín. —No envidio la situación en la que te encuentras, Casey, pero estoyde acuerdo conNiles. Buenas noches. Niles se despidió de él con la mano, sin despegar los ojos de Casey, que le dedicó a Jeffrey un triste gesto de cabeza. Casey Bennett podía llegar a ser una mujer muy irritante, se dijo. Seguramente era su creatividad lo que la hacía tan arrogante y coñazo. No obstante, era una buena persona, amable y generosa,

por mucho que no dejara que lo supiera nadie. Se había pasado la semana hablando con una mujer y, cada vez

que recibía una llamada telefónica de su parte, le cambiaba la cara. Nunca la había visto así, ya que normalmente era una obsesa del control y cuando trabajaba era fría como el hielo. No dejaba que nada la distrajera ni se interpusiera en su camino. En cambio,

cuando recibía aquellas llamadas, se volvía más tranquila y

femenina. Niles odiaba pensar algo así, pero tenía que admitirlo:

CaseyBennett era una mujer, ¿o no? —¿Perdona, qué? —preguntó Niles, volviendo de golpe a la realidad. —He dicho que, si quieres subir a mi cabaña, eres más que bienvenido. Niles parpadeó estúpidamente. —¿Yo? ¿Me invitas a mí? ¿Que yo suba a la cabaña? —Niles alargó la mano y le tocó la frente. Los ojos verdes de Casey relampaguearon con enfado, pero no dijo nada—. Vaya, vivir para ver. A lo mejor lo hago. Caseyesbozó una sonrisa azorada. —Puedes traer a Brian. Niles se llevó la mano alcorazón. —Brianse quedará atónito. Casey sonrió y se pasó el dedo por debajo de la nariz, como si le diera vergüenza. —Dios santo, ¿CaseyBennett ruborizada? —No tientes a la suerte. —De acuerdo —interpuso él enseguida, levantando las manos —. ¿Ypodré conocer a la mujer que te ha puesto de un humor tan generoso?

bueno,

Caseyfrunció elceño. —No hay ninguna mujer. Solo he pensado que no habías estado nunca en la cabaña y sería un buen modo de tomarnos todos un descanso. —Entonces, ¿con quién has estado hablando los últimos dos días? —se interesó, tomando asiento a su lado y acariciando las teclas—. Ojalá supiera tocar este trasto. Haces que parezca tan fácil Casey se rio y empezó a tocar, mientras Niles se movía para dejarle espacio. No dijo nada, pero la observó sonreír mientras sus elegantes dedos volabansobre las teclas. —Y ahora responde a mipregunta —insistió él. —¿Te acuerdas de Julie Bridges? —Sí, tuexque quería tener hijos. Caseyasintió, sindejar de tocar. —Murió hace unas semanas de cáncer. —Lo siento mucho. —Gracias. Dejó a supareja, embarazada de susegunda hija. —Dios mío —exclamó Niles—. ¿La segunda? Fue cuando se dio cuenta de que Caseysonreía. —Sí, tiene una niña de tres o cuatro años, no estoy segura. Se llama Skye y está llena de vida y tiene unos ojos azules endiablados. Niles se separó un poco de ella para mirarla bien y sonrió de oreja a oreja. —¿Skye? Suena adorable. ¿Cómo sabes que tiene los ojos azules? Caseylo miró de reojo antes de contestar. —Al parecer, la pareja de Julie, Liz Kennedy, está embarazada

de cinco meses y tiene problemas económicos. Julie me escribió una carta antes de morir pidiéndome que ayudara a Liz y a su familia hasta que naciera el bebé —repuso ella, encogiéndose de hombros. —Así que les ofreciste tu cabaña. Es muy considerado por tu parte. —Lo sé, no me pega nada, ¿verdad? Niles levantó una ceja ante elamargo comentario. —No, tú eres la única que cree eso, cariño. Resulta que yo pienso que eres una mujer muy generosa. Ahora cuéntame cómo es LizKennedy. Caseysoltó una carcajada aspirada, sindejar de tocar. —Te pareces a miabuela, ya. —¿Cómo está Meredith? —Está bien. Quiere conocer a Liz. —Y yo. —Te voy a decir lo mismo que a ella. —Miró a Niles fijamente, yeste aguardó—. No. Niles esbozó una sonrisa resabida. —¿Entonces para qué quieres que suba con Brian a la cabaña? ¿Las esconderás a ella ya suhija? Caseynotó que se sonrojaba. —No, yo —Admítelo. Quieres que conozcamos a esa mujer. Caseymiró alcielo ymeneó la cabeza. Niles se rio abiertamente yle dio una palmada enelhombro. —Vale, vale. Pero sabes que no voy a dejar de insistir. Háblame de ella. Casey dejó de tocar un momento y se quedó con la mirada

perdida, mientras Niles esperaba a que siguiera hablando. Se sorprendió de verla sonreír y negar con la cabeza. Entonces Casey empezó a tocar de nuevo, pero esta vez una canción diferente. Al reconocer las notas, Niles arrugó la frente. —Es dura —empezó a decir Casey—. Y es una buena madre. Tiene una relación maravillosa con su hija y le preocupa su futuro. Se nota que detesta hallarse en la situación en la que está, pero no puedo evitar pensar que se lo ha buscado ella. Me refiero a que ¿por qué hacer algo así? —miró a Niles y este se encogió de hombros—. Sola ycondos hijas. —Bueno, estoyseguro de que no es como le gustaría que fuera. —Lo sé, pero es que es una irresponsabilidad flagrante. ¿Un hijo? Vale. ¿Pero dos? Conlo caro que sale, por amor de Dios. —¿Por qué te cabreas tanto por las decisiones de otra persona? —le preguntó Niles, en tono sereno pero preocupado—. ¿Es porque está viviendo entucasa? —No, bueno, al principio me sacaba de quicio. Supongo que, si soysincera, lo que no quería era tener que pensar enJulie. —Sé que te importaba mucho. —Asíes, pero hizo una montaña deltema de los hijos. Niles se fijó en que dejaba de tocar su canción incompleta. Caseyrespiró hondo ycerró la tapa sobre las teclas. —Enfin, todo eso es agua pasada. —Pero ahora ha vuelto a ser parte de tu vida, por esa Liz Kennedy. Los dos se quedaron callados un momento, hasta que Niles volvió a hablar. —¿Estás descubriendo que te importa esa mujer? Caseypestañeó yle miró.

—Yo

no. Bueno

—dejó caer la frase y la confusión se hizo

patente ensus ojos verdes. —¿Me permites hacer una observación? Caseysonrió conreticencia. —¿Serviría de algo decirte que no? —Lo dudo —respondió Niles—. Normalmente, cuando te pregunto sobre las mujeres que hay en tu vida, las describes físicamente. Una era un bombón, la otra tenía unas piernas de infarto, otra —Ve algrano. —ALizKennedy la has descrito por cómo es, por lo que hace y cómo piensa. Ni siquiera has mencionado qué aspecto tiene. ¿Quieres saber por qué? —No. —Porque a ella la ves como una persona, no un objeto de tu lujuria. Caseyguardó silencio. —¿Y quieres saber qué más? —No —dijo Casey enseguida. Pero entonces se encogió de hombros—. ¿Qué? Niles se rio. —Creo que lo dejaré para otro momento. Si seguimos hablando deltema empezarás a sacar espuma por la boca. —Bueno, gracias por la conversación de todos modos. Tenía que hablarlo con alguien o me iba a volver loca —admitió ella, pasándose una mano por elpelo. —Me halaga que la segura y confiada Casey Bennett quiera mi opinión. —Los dos queríamos a Julie —susurró Casey.

—Lo sé. Es algo que vas a tener que superar. Caseyasintió, se puso de pie yestiró la espalda. —¿Cómo es? Me tienes enascuas —pinchó Niles. —Tiene unos ojos azules muy bonitos y el pelo caoba claro. Cuando sonríe se le ilumina la cara, como si la alegría naciera de lo más profundo de su alma —describió Casey, encogiéndose de hombros. —¿Pero eso no importa, verdad? —No —Casey cabeceó, y se puso a recoger las partituras para guardarlas—. Puede que sea más joven que yo, pero definitivamente tiene más experiencia enla vida. Se quedó quieta un momento y se echó a reír. Niles no pudo evitar reírse con ella, porque hacía tiempo que no veía a Casey reír de corazón, yle resultaba cautivador. —Ahora me tienes que decir qué es lo que te tiene tan contenta —le dijo Niles, apoyado enellateraldelpiano—. Todo eltiempo. Sindejar de sonreír, la mujer prosiguió:

—La hija de Liz, Skye. Tiene un vocabulario sorprendente, al menos a mí me lo parece, pero tampoco es que conozca a muchos niños de tres años. Es adorable y Liz ha hecho un trabajo fantástico como madre. Es un gustazo verlas juntas; se nota el amor que las une. Ordenó las hojas de partituras yechó unvistazo a Niles. —Freud se removería en su tumba por lo que voy a decir, pero me recuerda unpoco a mimadre enese aspecto. Niles soltó una carcajada. —No necesito echar mano del psicoanálisis para eso. Conocí a tumadre, ¿recuerdas? Era una mujer maravillosa yencantadora que quería a suhija.

Cuando Casey no respondió, Niles se dio cuenta de que estaba haciendo unesfuerzo por contener las lágrimas. —No pasa nada porque Liz te recuerde a ella. Y hacía siglos que no tocabas eso. Caseylevantó la vista, conelceño fruncido. —¿Qué estaba tocando? Nilo sé. —Estabas tocando esa pieza que nunca has llegado a terminar. —¿En serio? —rio Casey—. Tienes razón, hacía mucho que no

la tocaba. —Acarició la tapa del piano en silencio un par de segundos—. Niles, me siento como si el mundo se hubiera vuelto unlugar muyextraño. Niles ladeó la cabeza ysonrió abiertamente. —¿Estás enamorada de esa mujer? —Tengo que decir que no. Pero solo porque no tengo niidea de lo que es estar enamorada. Ella estaba enamorada de Julie. Yo

quería a Julie. Todo es muy raro y aun así es

más naturaldelmundo. ¿Por qué? —Guau, realmente todo esto es nuevo en ti. Dime una cosa. ¿Me lo preguntas a míporque Brianyyo estamos casados? Caseylo miró de refilónyasintió. —He pensado que a lo mejor me iluminabas unpoco. —Bueno, me gustaría conocerlas a las dos, pero todavía no —le dijo Niles—. Tienes que pensar bien en todo esto y tienes que hacerlo sola. ¿Ella siente algo por ti? —Seguramente no. ¿Por qué estoypensando enestas cosas? Niles arqueó una ceja ante el tono desamparado de su voz. CaseyBennett era muchas cosas, pero no una mujer indefensa. —Cariño, es la primera vez en mucho tiempo que sientes algo remotamente parecido al amor. Quiero decir que normalmente lo

No sé. Parece lo

tuyo es elcontrolyelsexo ypasar unbuenrato y —Ya lo pillo, Niles —replicó ella, ceñuda, y se sentó en el banco delpiano—. Lo cierto es que no sé nada delamor. Niles percibió eldesaliento de suamiga yse sentó a sulado. —Antes de conocer a Brian, era bastante playboy. La mayoría de los gays lo somos hasta que encontramos al hombre adecuado. Ahora que lo pienso, los hombres somos asíengeneral. —¿Asíque conociste a Brianyte enamoraste? —Sí, pero luché contra ello con todas mis fuerzas. No estaba dispuesto a dejarme atrapar, ni siquiera por el hombre más apetitoso que había conocido nunca. —¿Apetitoso? Niles asintió, destapó elpiano yempezó a tocar Chopsticks. —Vuelve a casa y tantea el terreno, pero no te lances a la piscina demasiado deprisa. No vaya a ser que se hunda elbarco. Caseyfrunció elceño yle regaló una mirada de perplejidad. —Entre tanta metáfora has intentado decirme algo, ¿verdad? —No tengo niidea. —Mmm, a ver, dime —le preguntó, al tiempo que se ponía a tocar conél—. ¿Qué le compro a una niña de tres años precoz? —No tengo niidea.

El día de antes de volver a casa, Casey se descubrió vagando por elcentro de Chicago, de escaparate enescaparate. —¿Qué estoy haciendo? —meneó la cabeza, aunque sabía exactamente lo que estaba haciendo. Lo que se le escapaba era el porqué. Se detuvo delante del escaparate de una juguetería y se puso a

mirar los juguetes. Se rascó la nuca conuna risita nerviosa yentró. —¿Puedo ayudarla? —la saludó la dependienta. Caseytragó saliva yechó unvistazo inquieto a sualrededor.

—Esto

—¿Es para unniño o una niña?

eh, busco algúnjuguete para niños de tres años.

Caseyestaba mirando distraídamente elestante de los peluches. —Ah, niña —respondió, al tiempo que cogía un osito, lo miraba de cerca ylo volvía a dejar donde estaba. —¿Es un regalo de cumpleaños? —preguntó la dependienta, solícita, siguiendo a Caseyconla mirada.

—Casey se interrumpió, sin

saber qué decir, y le dedicó a la dependienta un gesto de indefensión. —¿Para que sepa que le importa? —Sí. Es mona yadorable. Lista como unratóncolorado y Enese momento lo vio, sonrió ycogió elpeluche escogido. —Me llevo este, por favor. La mujer se echó a reír y se dirigió al mostrador, seguida de Casey. —Ha tardado usted poco. Debe de conocer a esa niña muy bien. Casey volvió a encogerse de hombros y cogió unas gafas de sol, tanpequeñas que le arrancaronuna carcajada. —¿De verdad hacengafas de solpara niños pequeños? La dependienta tambiénse rio. —No debe de tener hijos, porque sino nunca habría preguntado algo así —extendió la mano hacia Casey con una mirada de interrogación. —Bueno, sí, muy bien. Supongo que también me llevaré estas.

—No, solo es un regalo para

—Entonces cogió un sonajero de bebé del mostrador y lo agitó adelante y atrás con cuidado. Tras observarlo un momento, miró a la dependienta—. Y esto también, a lo mejor. Casey se pasó el dedo por debajo de la nariz y evitó mirar a la sonriente dependienta a los ojos mientras pagaba sus compras. Al salir de la tienda con las bolsas se dio cuenta de que sonreía mientras caminaba por la abigarrada calle. Se detuvo en seco delante de una tienda premamá yenarcó las cejas. «Ah, esto no es una buena idea, Casey.» Aun así, reunió valor y entró en la tienda al mismo tiempo que una mujer embarazadísima. Casey no daba crédito al tamaño del barrigón que tenía y la incredulidad debió de notársele en la cara al apartarse rápidamente de su camino, porque la mujer le lanzó una mirada asesina. —Sí, estoy enorme y ya me paso de cuentas —espetó, en tono retador. Casey esbozó una sonrisa leve, le aguantó la puerta y la siguió, contrita, sin decir esta boca es mía. Volvía a tener la impresión de no saber qué coño estaba haciendo. ¿De verdad quería comprarle algo a Liz? Y siera así, ¿elqué? —Esto tambiénes una mala idea, Casey—murmuró para sí. Dio media vuelta para marcharse, pero al hacerlo se chocó otra vezconla mujer embarazada. —Ah, mierda, disculpe —exclamó Casey, sosteniéndola para que no perdiera elequilibrio. —Tenemos que dejar de toparnos así —comentó la mujer. Casey soltó una risita nerviosa—. Supongo que busca algo de ropa premamá, aunque no parece que esté embarazada. Caseypestañeó ybalbuceó surespuesta.

—No, no. No lo estoy. Es u-una amiga. Está embarazada, va a tener unbebé. —Sí, es lo que suele pasar cuando se está embarazada. Caseyse quedó blanca, pero forzó una carcajada. —Sí, bueno

—¿Entonces ha venido a comprarle algo a su amiga? —la instó la mujer. Cuando Casey se las arregló para asentir, sonrió ampliamente—. Venga conmigo.

—protestó Casey, pero siguió a la extraña por la

tienda. Se pararon junto a una silla y la mujer empezó a sentarse poco a poco, resoplando en alto. Casey fue a ofrecerle la mano, pero la mujer se acomodó sola. —¿De cuánto está?

—Esto, yo

—Eh

—farfulló Casey, intentado hacer cálculos ensumente.

La mujer se rio. —¿Cuándo sale de cuentas? —En diciembre —contestó Casey de inmediato—. La primera semana o así.

—Mmm, muybien. ¿Vestido o pantalones? —preguntó la mujer, altiempo que extendía la mano—. SoyKaren. Caseyaceptó la mano que le tendía. —Casey. Y creo que pantalones —añadió, aunque no tenía ni idea. —¿Cuánto peso ha ganado?

—No

Karenentornó los ojos. —Esto no va a ser fácil. ¿Ves a todas estas mujeres? Casey miró a su alrededor y se fijó en que había muchas mujeres

no tengo la menor idea.

embarazadas. Increíble. —¿Las acabande descargar? Karensoltó una sonora carcajada. —Escoge a una que sea más o menos como —Liz —completó Casey, observando a las mujeres. Cuando

encontró una más o menos del tamaño de Liz, la señaló—. Esa de ahí. Me siento como una burra. —Bueno, deberías. Mira que no saber cuánto peso ha ganado tu

pareja

Se supone que la tienes que cuidar.

—Ella

Liz no es mi

quiero decir, está viviendo en micasa y

—interpuso, pero al cabo de un segundo calló, porque sonaba ridícula. —Tú cuídala —repitió Karen—. No discutas con una mujer embarazada. Estamos todas de los nervios y mataríamos por medio kilo de HäagenDazs. Caseytragó saliva yasintió. «¿Qué estoy haciendo?», se preguntó, mirando a su alrededor como unanimalatrapado.

Capítulo 8

Durante todo el camino a casa, Casey tuvo el estómago hecho nudos al recordar la conversación que había tenido con Niles. Gimió en alto al pensar en el rostro iracundo de Suzette. Lo cierto es que había tenido una buena relaciónconSuzette:sinataduras, sin compromisos, sin la trampa de las emociones y los celos entorpeciendo el camino, al menos hasta que el incidente de la llamada le había demostrado que Suzette podía llegar a ser celosa. Sin embargo, Casey no podía culparla, porque si estuviera en su lugar, eso también le habría molestado. ¿O no? ¿Qué pasaría si Suzette se viera conotras? —Ya no sé qué coño estoy haciendo —farfulló Casey al volante —. Conlo felizque vivía yo, ymírame ahora. Echó un vistazo a los paquetes envueltos en papel de regalo y puso los ojos enblanco. —¡Qué estoy haciendo! —gruñó con desesperación mientras veía pasar las líneas blancas de la autopista bajo el coche y desaparecer enla distancia. No podía evitar comparar aquellas líneas con su vida tal como la había conocido hasta el momento. Se pasó el viaje discutiendo consigo misma, pero sonrió cuando tomó elcamino de entrada a su

propiedad y la cabaña y el lago aparecieron en el horizonte. Lo cierto es que lo había echado de menos: la cabaña, el lago y sus dos invitadas. Mientras sacaba el equipaje del maletero, oyó la vocecilla de Skye.

Cafey! —la llamó la niña alegremente.

Casey esbozó una sonrisa radiante y se volvió. La criaturilla corría en su dirección, pero de repente tropezó y se le escapó un gruñido mientras se frotaba las manitas polvorientas. Casey fue por ella a toda prisa y llegó junto a la pequeña almismo tiempo que Liz,

que venía desde la parte trasera de la cabaña. —Me caído. —¿Te has hecho daño, pitufa? —preguntó Casey. Skye negó con la cabeza mientras Liz le sacudía el polvo del trasero. Cuando esta levantó la vista y miró a Casey a los ojos sonrió. —Hola —saludó, corta de aliento. —Ei—le devolvió elsaludo Casey. Y las dos se quedaronensilencio unmomento. —¿Has tenido un buen viaje? Pareces cansada —rompió el silencio Liz—. Bueno, Skye se alegra de verte. —Ha sido productivo —repuso Casey, que se rascó la nuca. Lizladeó la cabeza ysonrió. —Eso está bien. —No tengo ni idea —rio Casey, nerviosa, y cogió a Skye en brazos. Luego se la echó sobre el hombro y el minichampiñón se deshizo en risitas—. ¿Me habéis echado de menos? —preguntó, mirando a Liz. —Sííí. Te echo de menos —rio Skye. Casey le hizo cosquillas por todo el cuerpo y la enderezó, para

—¡Cafey

sostenerla sobre la cadera y coger la bolsa al mismo tiempo. Las tres se dirigieronalporche, endonde Caseybajó a Skye alsuelo. —Skye nada —anunció la niña, contentísima, mirando a su madre. —¿Ahsí? ¿Conmamá? —se interesó Casey. No obstante, la expresión de Liz era severa; Skye agachó la cabeza yse llevó undedo a la boca. —Muybien, ¿qué está pasando? —¿Skye Marie? —advirtió Lizentono inflexible. Casey enarcó una ceja. ¿Skye Marie? Aquello no podía ser bueno. —Skye nada. Solita —farfulló Skye envozbaja. A Caseycasise le salieronlos ojos de las órbitas. —¿Túsola? —gritó. De repente se le llenó la cabeza de imágenes horribles de aquella cosita bocabajo en el lago. Se arrodilló y le puso un dedo bajo la barbilla para hacerle mirarla a la cara. —Cariñito, no vuelvas a ir sola al lago. Prométemelo —ordenó Casey, con el corazón latiéndole en las sienes. Entonces miró a Liz —. ¿La has dejado ir allago sola? Los azules ojos de Liz relampaguearon, rebosantes de furia. Aquella mirada de estupor bastó para hacerle saber a Casey que había dicho lo que no debía, pero Liz no dijo nada y se limitó a respirar por la nariz, conlas aletas dilatadas por elenfado. —Espero que hayas tenido unbuenviaje. —Liz, yo —Estaba haciendo la comida. Venga, pastelito. Hora de comer. Skye tenía pinta de estar a punto de romper a llorar y Casey le acarició los rizos rubios.

—Ve conmamá, pitufa. Yo voya lavarme para la comida. Liz cogió a Skye de la mano y desapareció al otro lado de la cabaña. —Mierda —perjuró Casey, furiosa consigo misma por haber perdido los nervios. Bolsa en mano, las siguió al interior de la cabaña. La comida fue más bien silenciosa y tensa. Liz estaba que echaba chispas aun mientras le cortaba el sándwich a su hija y se lo ponía en el plato. Como si pudiera percibir el humor de su madre, la pequeña musitó un educado «gracias». Cuando Lizle puso elplato delante a Casey, esta tambiénrepuso:

—Gracias, mamá. Liz levantó la cabeza de golpe y fulminó a Casey con la mirada; Caseytrató de no reírse, pero Skye no pudo evitarlo. —No es tumamá, Cafey. Casey se encogió de hombros y, al cabo de unos segundos, las tres se habían echado a reír y la tensión se había evaporado. Mientras bebía té helado, miró cómo Skye daba cuenta de su pasta boloñesa con kétchup. Hizo una mueca solo de pensar en el sabor de aquella combinación. —Cafey, ¿vamos a nadar? Caseyse limpió los labios conla servilleta ymiró a Lizde reojo. —No lo sé, pitufa. Eso lo decide tumadre. Lizmiró alternativamente a Caseyya suhija. —Claro que puedes ir a nadar. Pero tienes que escuchar a Casey y hacer todo lo que te diga. No queremos que te pase nada. Casey te llevará a nadar siempre que quieras, pero no puedes entrar enelagua sola, ¿entendido? A Skye le tembló la barbilla bajo la reprimenda, pero asintió.

Caseycarraspeó. —Bueno, sino recuerdo mal, te prometítraerte unregalo. Skye abrió mucho los ojos y siguió a Casey con la mirada

mientras iba a la sala de estar y volvía con la bolsa. Sacó sus gafas de sol y se las puso, ignorando la mirada de curiosidad de Liz. Entonces sacó el minipar de gafas y se las dio a Skye, que se entusiasmó cuando Caseyla ayudó a ponérselas. —¡Mamá! ¡Como Cafey! Caseyse rio yLizmeneó la cabeza. —Justo lo que necesitaba, una versión en miniatura de Casey Bennett —rezongó, si bien al mirarlas juntas con las gafas de sol puestas no pudo evitar reírse—. Estás monísima, pastelito. —¿Como Cafey? Casey miró a Liz por encima de las gafas y esta esbozó una sonrisa sarcástica. —Oh, mucho más que Casey, cariño —le aseguró. El ego de Casey se deshinchó de golpe, como un globo pinchado. Rezongó como una niña pequeña, cogió la bolsa y sacó el regalo de Skye. Skye miró a su madre, que le sonrió y asintió, antes de romper elenvoltorio.

¡Un pes! —chilló Skye, encantada, ajustándose las

gafas de sol. Sostuvo en alto el pez de peluche con aletas azules y naranjas y lo abrazó. Caseysonrió, orgullosa. «Se me ha ocurrido a mí, muchas gracias.» —Ya lo veo. Es muybonito, pastelito, puedes dormir conél—la animó sumadre, igualde entusiasmada. Skye estaba tan contenta que no podía estarse quieta y saltó de la silla para echarle los brazos alcuello a Casey.

—Mamá

—Gracias, Cafey. —De nada, pitufa. —Cafey, ¿nadamos ya? —preguntó, tirándole de los pantalones cortos. —Tu mamá se ha esforzado mucho en hacerme este supersándwichtanbueno, pitufa, asíque me lo voya acabar. —Skye, Casey está cansada. ¿Qué te parece dormir la siesta y luego cuando te despiertes bajamos las tres allago? Skye pataleó. —Skye —la advirtió sumadre. La independiente niña de tres años frunció elceño. —Quero nadar —se encabezonó. Casey arqueó una ceja y trató de no reírse mientras se terminaba elsándwich. —Tapón revoltoso —farfulló entre dientes al tiempo que daba untrago de té helado. Lizle lanzó una mirada furibunda ysusurró:

—¿Quieres hacer elfavor de ponerte de milado enesto? Casey asintió, se limpió con la servilleta, arrugó el ceño y miró a Skye, que le sostuvo la mirada conelentrecejo igualmente fruncido. —Siesta —ordenó Casey. Skye las miró a las dos. Entonces cogió su pez de peluche y tiró a Casey de la mano. Esta se rio y Skye cogió de la mano también a sumadre. —Cafeycansada, mamá cansada —anunció, tirando de las dos. Casey agachó la cabeza, con la esperanza de que no se le notara elrubor enlas mejillas. —Bueno, es una cama grande. La podemos poner en el medio, para que no se caiga —aventuró, apenas atreviéndose a mirar a Liz

a los ojos azules.

la verdad es que pareces cansada y el sofá es muy corto

para ti—ofreció la otra mujer. Skye no había dejado de mirarlas en todo el rato y las arrastró fuera de la cocina. —¡A momiiir! —insistió. Caseysubió a Skye a la cama sinesfuerzo yla colocó entre Lizy ella. Su madre se tumbó y dejó escapar un suspiro de alivio al estirar los músculos. A continuación intentó incorporarse de nuevo para quitarse las sandalias, pero Casey se le adelantó y rodeó la cama. —Espera, tortuguita —le dijo, agachándose para descalzarla. —No, por favor, puedo yo —Estate quieta —susurró Casey, y acabó de quitarle las sandalias. Al hacerlo le acarició ligeramente los tobillos con la yema de los dedos. Lizechó la cabeza hacia atrás. —Gracias —musitó—. Seguro que echas de menos dormir en tu propia cama. Lo siento. —Mamá, un cuento, pofiii —pidió Skye, acurrucándose contra el costado de Liz. Le tiró de la camisa a Casey—. Mamá nos lee cuento. Casey sonrió y se movió hacia el medio de la cama, para acurrucarse con Skye. Se acomodaron juntas mientras Liz cogía su libro de poesía. —¿Qué queréis que lea? Skye se sacó elpulgar de la boca para contestar. —El del beso, mamá —la animó la pequeña, rodeándole el brazo conelsuyo.

—La

Lizsonrió a suhija. —¿Eldelbeso otra vez? ¿Por qué no leemos otro? Casey, que observaba atentamente a Liz, se preguntó por qué se habría puesto roja de repente. A lo mejor tenía que ver con el embarazo, se dijo, incorporándose sobre el hombro para apoyar la cara enla mano. —¿Eldelbeso? Lizdisimuló una nueva sonrisa yasintió mientras hojeaba ellibro. —¿Qué te parece el otro libro, pastelito? El Doctor Seuss o a lo mejor —No, mamá, pofiii, eldelbeso —suplicó Skye. Lizsoltó una carcajada nerviosa. —Skye, no sé por qué te gusta tanto ese poema. Shelley nada menos. Skye miró a Caseyde golpe yanunció. —Mamá nos lee cuento. —Lo sé, pitufa. Estoy impaciente —afirmó Casey, con total sinceridad. Liz evitó mirarla a la cara, se aclaró la garganta y empezó a leer entono musical. —«Las fuentes se unen con el río y los ríos con el Océano. Los vientos celestiales se mezclanpor siempre concalma emoción.» La vozserena de Lizarrulló a Casey de talmanera que se perdió las siguientes líneas, pero contempló su rostro mientras recitaba el finaldelviejo poema. —«La luz del sol ciñe a la Tierra y la Luna besa a los mares:

¿para qué esta dulce tarea si luego tú ya no me besas?» —Liz se detuvo ymiró a Casey—. ¿Qué pasa? ¿No te gusta la poesía? Casey parpadeó, con la mente a años luz de distancia. No se

atrevía a preguntarse dónde, pero sí se daba cuenta de que estaba mirando a Lizfijamente. —No, ha sido precioso. Skye estaba agarrada del brazo de su madre y abrazada al pez de peluche. —Otaves —murmuró, adormilada. —Skye —Sí, mamá, otra vez—coincidió Caseyenvozbaja. Las dos mujeres volvieron a sostenerse la mirada un momento, antes de que Liz retomara la lectura. Skye cayó profundamente dormida mientras Liz leía y no llegó a escuchar el final. Su madre cerró ellibro sobre elpecho ycontempló a suhija. —Pasa cada vezque le leo —susurró—. Debe de ser mivoz. —Es muyrelajante —murmuró Casey. —No sabría decirte. —Liz, siento lo dellago. Liznegó conla cabeza. —Ya lo sé. No pasa nada. —Síque pasa. No tengo ningúnderecho a —Mejor que lo hablemos luego. No quiero despertarla. Casey asintió y se le escapó un bostezo. Liz sonrió, cerró los ojos y se quedó dormida bajo la atenta mirada de la compositora. Al cabo de unos segundos, a Casey la sorprendió notar que le pesaban los párpados y pronto acompañó a madre e hija a los brazos de Morfeo.

Casey volvió a despertarse cuando algo le golpeó el ojo. Despegó los párpados con un sobresalto y, de nuevo, se encontró cara a

cara conla rubita. —Cafey, vamos a nadar —susurró. Casey se desperezó y echó un vistazo a su reloj de pulsera. Eran las dos y media. Asombroso. Casey ni siquiera recordaba la última vez que se había echado la siesta. Meneó la cabeza al pensar en ello, aunque lo cierto era que se sentía completamente descansada yhasta rejuvenecida. Se volvió hacia Liz, que seguía profundamente dormida, tumbada de lado de cara a ellas. Alcontemplarla no pudo ignorar elmodo en que se le aceleraba elcorazón:Liz era preciosa, aun estando embarazada. Puede que precisamente porque estaba embarazada y era feliz. La maternidad era algo ajeno para Casey, pero para Liz Kennedy era algo natural. Era una buena mujer y Casey no conocía a muchas de esas. Se preguntaba cómo acabaría todo aquello. ¿Qué debía de pensar Liz? —Cafey—susurró de nuevo Skye, entono insistente. —Vale. Shh, vamos a dejar que mamá duerma un ratito más. Venga —le susurró Casey, deslizándose fuera de la cama. Se llevó undedo a los labios ySkye la imitó. —¿Mamá dueme? Casey asintió y cogió a la niña en brazos para salir deldormitorio sinhacer ruido.

—Jesús, pitufa. ¡Estate quieta! —bufó Casey, que se las veía y deseaba para ponerle el bañador a Skye. Cuando acabó de ponérselo, se apartó y frunció los labios, desconcertada—. ¿Por qué no queda bien? Skye hizo una mueca, se llevó la mano al trasero y tiró del bañador, con el ceño fruncido. Fue cuando Casey se fijó en la

etiqueta

—Mierda —gruñó. Skye arrugó la nariz. —No se dice, Cafey—la riñó. Casey estaba avergonzada de verdad. Meneó la cabeza al darse cuenta de que una niña de tres años era capazde llamarla alorden. —Tienes razón, lo siento. Ahora, ¿qué tal si te pongo bien el bañador, antes de que salga tu madre y crea que soy todavía más idiota de lo que piensa ya?

estaba alrevés.

Eran casi las cuatro cuando Liz despertó al fin, al son de las notas suaves de piano. Se sentía fresca y descansada, así que se las arregló para levantarse ycalzarse. Alrecordar cómo Caseyle había quitado las sandalias, puso los ojos en blanco. Tenía los pies enormes, gordos e hinchados, pero le había gustado sentir el roce cálido de los fuertes dedos de Caseysobre la piel. «Seguro que da buenos masajes», pensó Liz, de camino al pasillo. Permaneció en la entrada, sin que Casey la viera, mientras la veía tocar elpiano conSkye enelregazo. —Pon los dedos aquí, aquí y aquí —la instruyó Casey, apretando sus deditos contra las teclas que formaban el acorde—. ¿Ves? Estás tocando elpiano. Skye la miró. —Otaves, Cafey, pofiii. —¿Cómo voy a resistirme a esos ojitos azules? Son igualitos que los de tumadre. Muybien, otra vez. Liz enarcó una ceja al oír el comentario sobre sus ojos y siguió

observándolas. Julie nunca había hecho algo así con Skye. Para empezar, nunca estaba en casa lo suficiente y, cuando sí que estaba, solo jugaba a lo que ella quería. Era como tener dos hijas. Casey tenía razón. A Julie le gustaba la idea de tener hijos, no la realidad. Lo que Liz había esperado es que su segundo bebé cambiara eso. Se pasó la mano por la barriga, invadida de un sentimiento de culpabilidad. ¿Se había equivocado al querer hijos? Negó con la cabeza para dejar de pensar en eso y se concentró en la actitud de Casey hacia la maternidad. Casey Bennett había dejado escapar a Julie, porque no quería formar una familia. Era madura e inteligente y sabía que los resultados serían desastrosos. Liz intentó imaginarse su vida siJulie siguiera viva y sintió una nueva punzada de culpabilidad al mirar a Casey, sonriente y haciendo reír a suhija. Skye fue la que reparó primero ensumadre. —¡Mamá! ¡Skye toca piano! —anunció entusiasmada. —Ya lo oigo. Es muybonito, pastelito. Miró a Casey, que le sonreía unpoco. —Pareces descansada —comentó. Liz fue consciente de que volvían a encendérsele las mejillas; se pasó la mano por elpelo yse acercó alpiano. —Estoyhorrorosa. —Estás bien —aseguró Casey, justo cuando Skye la agarraba de los carrillos para obligarla a mirarla. —Otaves, Cafey—insistió la pequeña. Caseyarqueó una ceja oscura ySkye musitó:

—¿Pofiii? —Claro, hobbit. —Deja de llamarla hobbit —protestó Liz, y Casey soltó una

carcajada de disculpa—. ¿Te diviertes sacándome de mis casillas? Caseyladeó la cabeza. —Sí. A veces —confesó, y rio de nuevo cuando Liz la fulminó conla mirada. Levantó a Skye de su regazo y la sentó en el banco del piano. Inmediatamente, Skye empezó a aporrear las teclas y Casey, con los ojos fuera de las órbitas, se volvió hacia ella y le cogió las manos conuna mueca de dolor. —Con cuidado, despacio. Es un instrumento musical muy sensible —le explicó a la revoltosa niña de cabello de oro—. Y caro. Lizpuso los ojos enblanco yacudió junto a Skye. —Pastelito, no le des golpes o no podrás sentarte ahí —expuso enunconciso tono maternal. Skye hizo un puchero y miró a su madre a los ojos, pero la expresiónseria de Lizno vaciló niunápice. —Vale, mamá —murmuró, y empezó a tocar las teclas con más cuidado. Lizle regaló a Caseyuna mirada de superioridad. —«Instrumento musical sensible» —citó con un deje irónico—. Sinisiquiera sabe pronunciarlo. Caseyentornó los ojos. —Voya preparar té helado ya darme una ducha.

Liz fue a sentarse al porche con Skye y fue dándole rodajas de naranja para merendar mientras la niña jugaba consupeluche.

—Skye, te

—Sí. Skye nada. Y Cafey compra gafas y un pes y toco piano

te gusta Casey, ¿verdad?

—listó Skye alegremente. Liz esbozó una sonrisa al darse cuenta de que su hija estaba aprendiendo cada vezmás palabras. —¿Mamá gusta Cafey? La sonrisa de sumadre se ensanchó. —Sí, me gusta Casey—repuso, dándole otra rodaja de naranja. —Cafey dice mamá apa —informó Skye, alargando la mano hacia la fruta. Lizla retiró de sualcance unmomento.

ha dicho que soy guapa? —le

susurró a su hija. Echó un vistazo furtivo a la puerta—. ¿Ha dicho eso, cariño? Skye asintió y estiró la mano hacia la naranja. Liz sonrió y se

relajó enelasiento. —¿Cuándo, pastelito? —inquirió, a sabiendas de que debería darle vergüenza interrogar a supropia hija. —Nadando, mamá. Pofiii —se quejó Skye, que no llegaba a la fruta. —Ay, perdona, cariño —murmuró Liz, y se la acercó—. Y ¿qué más ha dicho, cielo? ¿Te acuerdas y se lo cuentas a mamá? —preguntó, mientras pelaba otra rodaja a modo de cebo. Se subió a Skye al regazo, pese al dolor de espalda. La niña puso cara pensativa y por un momento pareció tan adulta que Liz no pudo evitar poner los ojos enblanco cariñosamente. —Ojos asules —contestó suhija, masticando la fruta. —¿Caseyha dicho que le gustanmis ojos azules? Skye asintió y se tragó otra rodaja, mientras a su madre se le aceleraba elcorazón. «Contrólate, Kennedy —se dijo—, esa mujer está fuera de tu

—¿Qué? ¿Casey ha dicho

eh

alcance. Que sea amable con tu hija es una cosa, pero que se sienta atraída por una embarazada de tobillos hinchados es otra muy diferente.» Suspiró. Almenos era bonito soñar. —¿Cafeyapa, mamá? —preguntó la pequeña. Liz miró al vacío y evocó las largas piernas y su cuerpo esbelto bajo elbañador. Aquellos ojos verdes chispeantes ysusonrisa. —Sí, pastelito. Creo que Caseyes muyguapa. Justo entonces, Casey apareció en el porche y Skye la recibió conuna gransonrisa. —Cafey, mamá dice que Liz le metió un trozo de naranja en la boca y le sonrió a Casey condulzura. Caseylas miró concuriosidad. —Tenéis cara de haber hecho algo muy, pero que muymalo. Skye se zafó de sumadre. —¡Regalo! —exclamó al ver los paquetes envueltos detrás de Casey. —Casey, la vas a malcriar —objetó Liz. Sin embargo, Casey sonrió con incomodidad al responderle a Skye. —Lo siento, pitufa. Estos sonpara tumadre. Liztragó saliva condificultad. —¿Para mí? Caseyse encogió de hombros yle entregó los paquetes. —¡Corre, mamá! —gritó Skye, dando palmas. Lizrezaba para que Caseyno se diera cuenta de lo mucho que le temblabanlas manos. Rompió elpapelde regalo yabrió la caja. —Oh, Casey, ¡es preciosa! —exclamó al sacar una blusa de seda azulcobalto.

—Dios, espero que te quede bien. Me tuvo que ayudar una pobre embarazada —confesó Casey, azorada, mientras se rascaba la nuca—. Creo que al cabo de un rato le habían entrado ganas de matarme. —Seguro que me irá —aseguró Liz—. Gracias. —Mamá, más. ¡Abre! —insistió Skye. Lizmiró a Caseyconimpotencia. —¿Más? No deberías haberlo hecho. Casey volvió a ponerse roja como un tomate y, al verla tan avergonzada, Liz sonrió. El impulso de tocarle la mejilla arrebolada era casi irresistible, así que se concentró en su hija para quitarse la idea de la cabeza. —Muybien, pastelito. Ayúdame —le dijo. Skye se abalanzó sobre elpapelde regalo sinesperar a que se lo dijerandos veces yabrió elsiguiente paquete. Eranunos pantalones de lino premamá de color tostado, con aspecto de costar una fortuna. —Oh, Casey—musitó entono agradecido. —Bueno, es que no he visto que tengas ropa de premamá y pensé que estarías más cómoda, asíque —Cafey, ¿qué es? —quiso saber Skye, sosteniendo el sonajero de bebé. Casey abrió los ojos desmesuradamente y evitó mirar a la cara a una conmocionada Liz. Lo cierto es que había olvidado el sonajero por completo. Poco a poco, los labios de Liz se curvaron en una sonrisa ylevantó una ceja enademáninterrogativo. —Es unsonajero —explicó Casey. —¿Para elbebé? —preguntó Skye, agitando eljuguete. Casey levantó las manos hacia el cielo en gesto de rendición y

soltó una carcajada.

—Sí, pitufa —miró a Liz, que tenía los ojos llenos de lágrimas—. Es que lo vienelmostrador y —Gracias —susurró Liz. Ysin venir a cuento, rompió a llorar. Alarmada, Casey se quedó conla boca abierta ySkye corrió alregazo de sumadre.

—Mamá

—la llamó.

Liz no podía controlarse: sollozaba como una boba, aferrada a suhija. Caseysonrió yse arrodilló delante de las dos. —No pasa nada, pitufa. Mamá está contenta, ¿verdad? — preguntó, al tiempo que cubría la temblorosa mano de Liz con la suya. Lizlevantó la mirada yasintió, sindejar de llorar. —¿Ves? Ya me voy acostumbrando a esto del embarazo —se enorgulleció Casey. Liz estiró los brazos de repente y abrazó a Casey por el cuello. Al principio, Casey se quedó paralizada, pero enseguida reaccionó

y le devolvió el abrazo. Alos pocos segundos, Liz dejó de llorar y soltó a la otra mujer de inmediato.

lo siento mucho, Casey. No me lo esperaba —balbuceó,

secándose las lágrimas. —Bueno, pues espero que te quede bien, porque te lo vas a poner esta noche. Venga, me muero de hambre. Hoy cenamos fuera —anunció Casey. Skye aplaudió. —¿Peritos calientes? —quiso saber, entusiasmada. —Bueno, claro. Lo que tú quieras, pitufa —accedió Casey, desordenándole los dorados rizos.

—Lo

Capítulo 9

Skye arrugó la naricilla cuando Casey le dio a probar los espárragos, ytanto esta como Lizse rieron. —Asco, Cafey —protestó, y se apartó cuando Casey lo volvió a intentar. —Pitufa, la vida no consiste solo en perritos calientes y macarrones conqueso. Lizpuso los ojos enblanco. —Tienes que empezar a pensar como una niña de tres años, no a comportarte como una —apuntó, mientras cortaba el perrito caliente entres trozos. Casey abrió la boca para contestar con alguna ironía, pero la cerró al mirar a Liz. Se había dejado suelta la melena caoba y le caía sobre los hombros. El azul de la blusa casaba perfectamente con el color de sus ojos, tal como Casey había esperado. Recordó elabrazo que le había dado unrato antes. «Relájate, Romeo», se riñó. Lizestaba agradecida, aquello era todo. Suspiró ycabeceó. —Por Dios, que suspiro más gordo —comentó Liz, dándole de comer a Skye y dando cuenta de su plato de pasta al mismo tiempo.

Casey disimuló una sonrisa al verla comer. No era broma lo de que comía por dos; apenas daba crédito a lo mucho que llegaba a engullir y, aunasí, elpoco peso que había ganado. —Oye, ¿tú no tendrías que ir al médico? —se interesó Casey,

antes de darle el último bocado a su chuletón y apartar el plato. Liz le echó un vistazo poco sutil y Casey le dio su permiso—. Adelante, estoyllena. —Bueno, la verdad es que he estado buscando en la guía telefónica —explicó Liz, acercándose el plato de Casey—. Con el poco dinero que me quedaba, he estado pagando un seguro médico Premium, asíque puedo ir a cualquier ginecólogo. —Eh, espera. No puedes ir a cualquier médico así sin más — opinó Caseyconfirmeza. Sacó elteléfono móvilymarcó—. Roger. Casey. ¿Qué ginecólogo tiene Trish? —le preguntó. Escribió lo que

le decía en una servilleta—. Gracias. ¿Qué? Ah, sí

y miró a Liz de reojo—. Va bien —farfulló—. Buenas noches, picapleitos. Colgó yse dirigió a Liz. —Muy bien, pues mañana vas a llamar a la doctora Lillian Haines. Roger dice que es la mejor enobstreti-no-sé-qué. —Obstetricia —replicó Liz con sequedad—. La especialidad es Obstetricia y Ginecología. Ygracias por tu ayuda, pero me gustaría poder elegir a mimédico yo misma. —¿Por qué? Ella es la mejor. No discutas, es tu último semestre

y

Liz echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír. Skye también se rio, sencillamente porque su madre lo hacía. Sentada a la mesa, Casey las observó a las dos, hasta que también empezó a carcajearse, sinsaber muybienpor qué.

—se ruborizó

—¿Qué? ¿Qué es lo que tiene tanta gracia? —quiso saber mientras se reía.

trimestre. Mi último trimestre —logró explicar Liz entre

carcajadas. Caseydejó de reír de golpe. —Pues no tiene tanta gracia —refunfuñó, dando un trago de agua. Liztambiénse serenó yse secó los ojos. —Lo siento, tienes razón—carraspeó. Pero Skye seguía riéndose. —¿Cafeydivetida, mamá? —Cómete elperrito, cariño —instruyó sumadre, pinchando otro trozo eneltenedor.

—Es

Skye se quedó dormida en la sillita nueva que habían comprado para el coche y las dos mujeres condujeron en silencio un buen rato, hasta que Lizse aclaró la garganta. —Gracias por esta noche, por los regalos y por la sillita para el coche —le dijo a Casey, echando la cabeza hacia atrás. Caseyse volvió hacia ella ysonrió. —Bueno, 250 dólares es mucho dinero para tener debajo de la baldosa —comentó, haciendo reír a Liz. Cuando llegaron a la cabaña, Casey bajó del coche y, sin decir nada, fue a abrirle la puerta a Lizpara ayudarla a bajar. —Vamos, tortuguita —murmuró para hacerla rabiar. Sacó a Skye del coche en brazos, ya que seguía dormida. Liz tropezó al subir las escaleras del porche y Casey la sostuvo. Cogidas delbrazo, las dos caminaronenla oscuridad.

—Agárrate bien, no vayas a caerte. Se me olvidó dejar encendida la luzdelporche —sugirió Casey. Liz obedeció y se agarró de Casey con más firmeza. Al llegar a la puerta principal, Lizfue perfectamente consciente de la mirada de Casey y trató de evitar levantar la vista, así como de controlar el pulso, que se le disparaba. El aire romántico de la luna sobre la terraza no ponía las cosas fáciles, precisamente. Su luz de plata las iluminó a las tres mientras Casey abría la puerta mosquitera. Por un momento, Liz creyó que iba a decirle algo, pero Skye se despertó justo entonces yse agitó enbrazos de Casey. —Será mejor que la acueste —opinó Lizconvozqueda. No le pasó por alto que Caseyse estremecía aloírla yse sonrió. —No tengo sueño, mamá —protestó Skye. Como estaba demasiado cansada como para discutir, Liz se dejó caer en el sofá, se quitó los zapatos y estiró los dedos de los pies conuna mueca de dolor. —Mamá, pies —anunció suhija, yle frotó los tobillos. Lizsoltó una sonora carcajada. —Gracias, pastelito. Cerró los ojos conunsuspiro; alpoco notó que unpar de manos más fuertes le levantabanlos pies. —Mira, pitufa. Aprende de una experta. Liz enderezó la cabeza justo cuando Casey tomaba asiento en el sofá, se colocaba el pie de Liz sobre el regazo y se lo frotaba afectuosamente. Lizsuspiró de nuevo yse relajó contra elrespaldo. —Te dejo parar dentro de unaño. Caseyse rio sindejar de masajearle los pies cansados. —Aúpa —pidió Skye, conunbostezo. Lizgimió yfue a levantarse, pero Caseyse le adelantó.

a la pitufa. Enseguida vuelvo

—dijo confirmeza—. Skye, dale las buenas noches a mamá. Skye se cruzó de brazos, tozuda. —No tengo sueño —refunfuñó. Caseymiró a la pequeña ypuso los brazos enjarras. —¿Y cómo vamos a ir a pescar mañana si no te vas a dormir? —la retó, ytambiénse cruzó de brazos. Liz miró alternativamente a la alta mujer y a la minirrubita, sin abrir la boca. Cuando su hija buscó su mirada, se limitó a encogerse de hombros. —Siquieres ir a pescar, será mejor que te vayas a la cama. Skye agarró su pez, le dio a su madre un beso de buenas noches yle dio la mano a Casey. —¿Qué te pones para dormir? —le preguntó esta. —Pijamita —contestó Skye—. ¿Túllevas pijamita? —Da igual—murmuró Casey. Las dos desaparecieron por el pasillo y Liz no pudo menos que preguntarse qué se ponía Casey para dormir. Se la imaginó

desnuda, pero apartó el pensamiento de su mente al oírla darle las buenas noches a su hija desde la habitación y darse cuenta de que ella seguía tumbada enelsofá. —¿Qué estoyhaciendo? —murmuró. Y empezó a incorporarse trabajosamente. —¿Adónde vas? —le preguntó Caseydesde elpasillo. Lizse ruborizó.

—Túrelájate. Yo acuesto alhobb

—Es que se me hacía raro esperar. No

Casey fue al sofá y retomó su posición. A Liz se le escapó un

no es necesario que

suspiro involuntario de satisfacción. —No tengo ni idea de cómo debe de ser estar embarazada —

comentó Casey mientras le masajeaba los pies—. Pero a veces se te ve con la lengua fuera, del cansancio. Además, soy una maestra masajista. Las hayque pagaríanmillones por esto. —¿Como la mujer con la que estabas la otra noche? —espetó Liz. Enseguida se dio cuenta de lo que acababa de decir y abrió los ojos—. Lo siento. Los ojos verdes de Casey adoptaron un brillo travieso al tiempo que le trabajaba los tobillos. —No. Suzette no paga. —¿Suzette? ¿Se llama Suzette? Caseyse esforzó por ocultar la sonrisa yse limitó a asentir. —¿Y vais en serio? —quiso saber Liz, que se había puesto un cojíndebajo de la cabeza para poder verla mejor. Caseyarrugó la frente unsegundo. —Si lo que preguntas es si somos pareja, entonces no. ¿Era esa tu pregunta? —aclaró, hundiéndole los dedos con firmeza en el arco delpie, primero enuno ydespués enelotro. —Bueno, sí. Supongo que sí. Me refiero a si duermes con alguien —Liz, dormir dormimos poco —repuso Casey. Enseguida añadió—. De todas maneras, me temo que mis días con la encantadora Suzette estána punto de terminar. Por algún motivo, Liz dio saltos de alegría en su interior. Por fuera, encambio, era la viva imagende la preocupación. —¿Y cómo es eso? —Bueno, Suzette toca elchelo Liz soltó una sonora carcajada, pero calló al ver la expresión de Casey. —Perdona, creía que era unchiste.

—Es chelista de estudio. Nos conocimos hace dos años, cuando

trabajé en una película, y empezamos a salir. Entonces me surgió la

oportunidad de componer una pieza muy buena y

necesitaba a una chelista. —Y naturalmente escogiste a la mejor. Casey se puso roja como un tomate, evitó mirar a la sonriente Liza la cara yle frotó elpie condemasiada fuerza unsegundo. —Nepotismo. No se puede llamar de otra manera. —¿Y qué problema hay? —preguntó Liz, conunbostezo. —Que es undesastre —espetó Caseysucintamente. —Y ahora tienes que decirle que no sirve y, cuando lo hagas —Adiós muybuenas, Suzette. Liz supo que para Casey iba a ser un mal trago, por la expresión desamparada de surostro. —Debería entenderlo, sise lo dices de la manera adecuada. Caseyla miró. —¿Eso qué se supone que quiere decir? —Es que no eres precisamente la persona más diplomática que conozco. —¡Eh! ¿Acaso no he llevado a Skye a la cama? ¿Yno conseguí que se echara la siesta? —¿Acaso no tiene tres años? Caseyabrió la boca para replicar, pero volvió a cerrarla. —Elego de Suzette es más grande que elmío. Lizesbozó una sonrisa traviesa. —¿Tanto? Casey le cogió un pie con las dos manos y apretó fuerte. Entonces la hizo reír haciéndole cosquillas. —¡No, no! —chilló Liz.

bueno

—Shh, vas a despertar a la niña —la riñó Casey. Al ver que Liz se llevaba la mano al estómago, la soltó de inmediato—. ¿Estás bien? Lizasintió yse mordió ellabio. —Solo se está moviendo —le cogió la mano a Casey—. Mira, ¿lo notas? Casey hizo ademán de retirar la mano de manera instintiva, pero luego se la dejó coger con cautela y Liz la colocó sobre su vientre delicadamente. —Ahí—informó. Aguardaron en silencio un momento, luego uno más, hasta que de repente Casey sintió movimiento bajo la palma y abrió los ojos de golpe. —¿Elbebé? —susurró. Lizasintió conuna sonrisa. —Seguramente la hemos despertado —le dijo. Casey tenía la mirada fija en sus manos puestas sobre el estómago de Liz—. Dicenque los bebés oyencosas —susurró esta. Caseycabeceó, maravillada. —Soy una mujer hecha y derecha y jamás había experimentado algo así. Gracias, Liz. Lizle regaló una sonrisa cariñosa. —Unplacer, Casey. Las dos permanecieron como estaban, con las manos entrelazadas sobre el vientre de Liz, a la espera de que el bebé volviera a moverse. —Creo que se ha dormido. —Asombroso —suspiró Casey, meneando la cabeza otra vez. Al levantar la vista se dio cuenta de que Liz tenía los ojos llenos de

lágrimas—. Eh, ¿qué te pasa? Lizparpadeó para contener las lágrimas ynegó conla cabeza. —Nada, de verdad. Es que ahora mismo soymuyfeliz. —Yo también, no sé cómo explicarlo. Estoy muy agradecida de poder formar parte de esto. Eres una mujer extraordinaria. Cuando pienso entodo lo que has pasado conlo jovenque eres —Bueno, tampoco es que tú seas tan vieja, ¿sabes? —objetó Lizconvozsuave. Casey apoyó el brazo en el respaldo del sofá y le acarició la

barriga a Liz con la otra mano. ALiz le costaba tragar saliva: hacía mucho tiempo que no la tocaba ninguna mujer. Sin embargo, Casey pareció percatarse de golpe de lo que estaba haciendo y apartó la mano como sise hubiera quemado. —Lo siento, no debería acariciarte la barriga de esa manera — farfulló entono de disculpa. —No me importa. La verdad es que me gusta. Liz no estaba del todo segura que decir eso hubiera sido una buena idea, pero habría jurado que la expresión de Casey se tocaba de esperanza.

—Liz, sé que

—empezó Casey.

Pero el llanto de Skye desde el dormitorio la interrumpió. Casey se incorporó de un salto, ayudó a la mujer tortuga a levantarse y fueron corriendo a la habitación. Cuando llegaron se sentaron a ambos lados de la niña, que lloraba en sueños. Instintivamente, la pequeña se agarró a sumadre, que la acunó amorosamente. —Shh, pastelito. Mamá está aquí. Las tres permanecieron sentadas en la oscuridad hasta que la respiración acompasada de la niña se serenó. Su madre volvió a acostarla en elcentro de la cama y le acarició elpelo. Casey miró a

Lizconelceño fruncido. —¿Le pasa algo? —trató de susurrar. Sin embargo, la voz le salió demasiado alta y despertó a Skye. Lizsuspiró yCaseyle sonrió, avergonzada. —¿Cafey? Momir —murmuró Skye, estirando la manita hacia la compositora. —Hola, nenita. Vuelve a dormirte —la arrulló Casey. —Momir, pofiii —insistió Skye con un bostezo, sin soltarle la camisa. —¿Por qué no duermes aquí? —ofreció Liz en voz baja—. Yo puedo irme alsofá. —De ningúnmodo. Podemos dormir las dos aquí. Voya cerrar. —No pasa nada, Skye. Casey vuelve enseguida. —Oyó cómo Liztranquilizaba a suhija envozbaja, alsalir de la habitación. Liz se cambió tan deprisa como le permitían la barriga y los pies, porque no quería que Caseyentrara yla encontrase sinropa. —Qué sexy sería —se dijo en tono sarcástico mientras se apresuraba a ponerse el camisón. Se le escapó un respingo de dolor—. No, si aún me voy a adelantar el parto solo porque no me vea encamisón A continuación se metió en la cama al lado de Skye. Cuando Casey volvió a la habitación a oscuras, Liz la oyó abrir el cajón y, aunque intentó permanecer con los ojos cerrados y en silencio, la curiosidad pudo más, entreabrió un ojo y contempló cómo Casey se desnudaba bajo la luz de la luna. Tragó saliva tan ruidosamente que lo raro fue que no despertara a Skye. Bajo la suave luz plateada de la noche, la curva de los pechos de Casey le arrancó un escalofrío a Liz por toda la espalda. No podía quitarle ojo de encima:Caseytenía uncuerpo muyhermoso.

Acabó de vestirse con lo que a Liz le parecieron unos bóxers y una camiseta de tirantes y se deslizó entre las sábanas con una carcajada. —¿Qué es tangracioso? —preguntó Lizenvozqueda. —Perdona, no quería despertarte —repuso Casey en un susurro desde elotro lado de la cama. Liz giró la cabeza hacia Casey, cuyo rostro estaba oculto a medias en la penumbra—. No tengo pijama, pero no quería darle a la pitufa una lección de anatomía demasiado temprana —rio consuavidad. —Bueno, te lo agradezco —repuso Liz—. Buenas noches, Casey. —Buenas noches, Liz. Casey bostezó y, alcabo de un segundo, su respiración se volvió acompasada y profunda. Liz escuchó la respiración de Casey y la de su hija durante unos segundos y luego sonrió, se tapó con la manta y reprimió la risita que le hacía cosquillas en la garganta:

quería decirle a Casey que la madre de Skye había recibido su lección de anatomía en lugar de la niña, mientras se había desnudado bajo la luzde la luna. Liz se despertó por la mañana temprano. Una suave brisa agitaba las cortinas, y la luz de los primeros rayos del amanecer entraba a raudales en el dormitorio. Al mirar a su hija la sorprendió verla encima de Casey, que dormía tumbada de espaldas. Para más inri, Liz descubrió que se había dado la vuelta mientras dormía y estaba echada de lado con la cabeza apoyada en el hombro de Caseyyelbrazo sobre la espalda de suhija engesto protector. Liz sabía que debía moverse, pero la verdad es que estaba demasiado cansada y demasiado cómoda. La brisa de finales de verano la acarició suavemente yvolvió a quedarse dormida.

Sentadas a la mesa del desayuno, a Liz le pareció que Casey parecía preocupada alponerle elplato delante. —Gracias —murmuró la compositora, distraída. —¿Qué te pasa? —se interesó Liz. «Muy bien —pensó—. Se ha dado cuenta de que esto ha sido un error. Una noche durmiendo conmigo y con mi hija ha sido una dosis de realidad demasiado grande para la señora Bennett.» —Pensaba enSuzette —dijo Casey. Lizpuso los ojos en blanco mientras le daba eldesayuno a Skye. Le había entrado malhumor de golpe, sinque pudiera evitarlo. «Dios, estoy impaciente por volver a tener el control sobre mis hormonas», se lamentó mentalmente. Skye, que estaba comportándose como una niña gruñona de tres años, le empujó la mano. —No —refunfuñó. Asíque las tres mujeres estabande malhumor. —Bueno, a mí me parece que tienes dos opciones —opinó Liz, tratando de darle otra cucharada a su hija—. O le dices que su

talento musical no está a la altura o sigues acostándote con ella — espetó. El irracional enfado hormonal se filtraba por todos sus poros—. Vaya, qué decisión más difícil: ¿integridad o sexo?

Mmm ¿Por cuálse decantará la egomaníaca CaseyBennett?

Caseyle lanzó una mirada acerada. —¿Qué coño te pasa? Gracias por el consejo —ladró, y dejó la servilleta—. Mierda. —Miedda —repitió Skye. Lizla fulminó conla mirada.

—Joder, pitufa —la riñó Casey. La niña se rio:

—Joer. —¡Casey! —protestó Liz.

Caseyrugió yechó la silla hacia atrás para levantarse. —Jesús, ¿es que no la sabes controlar?

—rio Skye, aunque calló cuando Casey le dirigió una

mirada torva. —Si solo sabes decir palabrotas, haz el favor de callarte — ordenó Liz. Casey se levantó y salió de la sala de estar hecha una furia, con Liz pisándole los talones. Esta obligó a Casey a volverse y la miró a los airados ojos verdes sinpestañear.

—Esús

—Ya es bastante difícilcriar a una niña de tres años

—empezó

Liz. Caseysoltó una carcajada sonora ygrosera. —¿Tres? ¿Estás de coña? Esa cría tiene tres años pero se comporta como si tuviera cuarenta —se indignó, como si la niña fuera ella—. Ydeja a Suzette fuera de esto. No es asunto tuyo con quiénme acuesto. —Y a Dios doy gracias. Muy bien, acuéstate con tu chelista sin oído. Sois talpara cual—aulló Liz. —Pues muybien, ¡lo haré! —¡Perfecto! —gritó Liz, maldiciendo las lágrimas que afloraban a sus ojos. Caseytragó saliva ydio unpaso hacia ella. —Nise te ocurra Skye también se había puesto a llorar. Casey se llevó la mano al pelo, pasó junto a Liz y se puso las zapatillas deportivas. Cuando

salió por la puerta, Skye gritó su nombre. Liz fue junto a su hija con paso cansado yla cogió enbrazos.

—lloró Skye, forcejeando para que su

madre la soltara. Cuando estuvo en el suelo, la niña corrió a la puerta delantera y apoyó la carita enla mosquitera. —¡Cafey! —gritó la rubita, golpeando la puerta.

—Skye con Cafey

Capítulo 10

Casey corrió más deprisa, para no oír cómo Skye la llamaba a gritos. Tanta emoción la desbordaba, así que corrió lo más rápido que pudo. Era algo que a Casey Bennett se le daba muy bien. Mientras corría pensó en Julie y se puso todavía más furiosa. Si no fuera por ella nada de esto habría pasado. Podría recuperar su vida ytener «¿Elqué?», se preguntó, aminorando la marcha. Dejó de correr y se dobló, apoyando las manos en las rodillas. Tenía ganas de vomitar, así que se irguió, respiró hondo y echó a andar por el camino de grava en un intento de concentrarse en la belleza delparaje. En un momento dado se dio la vuelta, decidida a volver a la cabaña, pero se detuvo, se pasó la mano por el pelo húmedo de sudor ysiguió andando endireccióncontraria a la casa. ¿De verdad quería recuperar su vida? ¿Qué vida? ¿Suzette, a quien realmente ella no le importaba nada? Vale, el sexo era tremendo, pero aquelfactor estaba perdiendo enteros para Caseya marchas forzadas. Se paró yse rio enalto. —¿Qué probabilidades había de que llegara a pasar algo así? Meneó la cabeza y tomó un sendero que se adentraba en el bosque.

«Julie.» Julie Bridges había sido una verdadera fuerza de la naturaleza. Desde que se vieron por primera vez en el aeropuerto de Chicago, Casey se quedó enganchada a ella. Habían llamado al mismo taxi enelaeropuerto de O’Hare, bajo la tormenta.

Casey llevaba el maletín encima de la cabeza para no

mojarse mientras le silbaba al taxi. No se fijó en el piloto que hacía lo mismo a su lado y, cuando el vehículo se detuvo junto

a la acera, fueron a la puerta al mismo tiempo. Casey pensó

que el piloto sería lo bastante caballeroso como para dejarle el taxi, pero se vio gratamente sorprendida cuando un par de profundos ojos castaños de mujer le devolvieron una mirada

airada. —Yo lo he visto primero —afirmó la piloto, agarrando la manecilla de la puerta. Casey esbozó una amplia sonrisa y abrió la portezuela. —Mira, está diluviando. Vamos a compartirlo antes de que nos ahoguemos.

La mujer la observó unos segundos con los ojos entornados

y luego se metió en el taxi. Casey la imitó y se secó la lluvia de

la cara. —Menudo chaparrón. El taxista las miró por encima del hombro. —¿Adónde las llevo, señoras? —Al Hotel Drake —la piloto contestó primero. Casey enarcó una ceja en su dirección. —El Drake, ¿eh? Qué elegante. Creo que yo también iré allí. Me encanta el restaurante de ese hotel —le sostuvo la mirada a

la piloto, que esbozaba una sonrisa irónica—. ¿Te gustaría cenar conmigo? —Casey le ofreció la mano—. Soy Casey Bennett. La piloto aceptó el apretón de manos. —Julie Bridges. Durante un momento, las dos se miraron a los ojos, hasta que el taxista tosió. —El taxímetro corre, así que ¿al Drake? Julie contestó sin apartar la mirada de Casey. —Al Drake. Casey sonrió de oreja a oreja y se acomodó en el asiento.

—Es un restaurante muy bonito —comentó Julie, dando un sorbo de agua—. Gracias por esperarme mientras me cambiaba. Casey asintió. —De nada. Estabas más mojada que yo. Julie se encogió de hombros. —Te ofrecí mi habitación para secarte. Casey levantó la mirada de la carta de vinos.

—Fue muy amable por tu parte, a lo mejor te tomo la palabra en otra ocasión —afirmó, y se concentró en la carta—. ¿Te apetece un poco de vino? —Sí, por favor. Adelante. Yo no entiendo de vinos. El camarero se acercó a su mesa y Casey pidió el vino. Cuando se alejó, la compositora inició la conversación. —Cuéntame algo de ti, Julie Bridges. —No hay mucho que decir. Nací en Indiana, hija única,

buenos padres

Pero siempre tuve pocos amigos. Mi padre

estaba en el ejército, así que nos mudábamos a menudo. —¿También era piloto? —quiso saber Casey, En ese momento apareció el camarero con el vino y abrió la botella. Casey lo probó e hizo un gesto de aprobación. —Sí, era coronel de las Fuerzas Aéreas —contestó Julie, levantando su copa cuando Casey alzó la suya. —Por las noches lluviosas en Chicago —le sonrió esta. Rozaron las copas en silencio y Casey contempló el bello rostro de Julie mientras bebía. El cabello rubio a la altura de los hombros le relucía bajo la luz suave del restaurante, y tenía unos ojos castaños chispeantes. Su piel era fina y muy lisa, y Casey supo instintivamente que sería sedosa al tacto. —Te me comes con los ojos, Casey —observó Julie con una sonrisa. —No puedo evitarlo —replicó esta—. Eres muy atractiva. Estoy segura de que ya te lo han dicho antes. Julie la miró a los ojos y escrutó su rostro. —Igual que tú. El nivel de excitación de Casey aumentó unos cuantos puntos y dio un trago de vino. —¿Cuánto tiempo vas a estar en Chicago? —Tengo un vuelo mañana por la noche, a las nueve — contestó Julie al punto. Casey asintió pero no dijo nada. Julie sonrió y se echó hacia delante. —¿Iba en serio lo de tomarme la palabra?

Casey se sentó en una roca y levantó la cara hacia el sol que se filtraba entre las ramas de los árboles. Cerró los ojos al evocar la

velada cargada de tensión sexual y la mañana siguiente que pasó con Julie. Así de rápido había empezado su relación. Desde entonces se veían siempre que Julie volaba a Chicago y siempre que Casey podía escaparse un fin de semana largo. Durante todo aquel tiempo, Casey era consciente de que se estaba enamorando, pero había algo que la echaba para atrás. Puede que fuera la actitud casi infantil de Julie y su noción indolente de la responsabilidad. La vida que llevaba la piloto, soltera y sin preocupaciones, no era tan diferente de la suya propia, como compositora sincompromisos. Julie y ella eran compatibles en muchos aspectos y Casey escuchó a su corazón y se permitió querer más y más. Julie también, pero eltema de los hijos fue ungolpe inesperado.

—Cariño, no estamos preparadas para tener hijos —trató de explicarle Casey. Julie levantó la mirada, tumbada en brazos de Casey, y se apartó los mechones rubios de la cara. —¿No quieres tener hijos? Decías que te gustaba la idea. —Dije que si la situación fuera diferente, me gustaría la idea —la corrigió Casey amablemente, y se incorporó en la cama—. Cielo, mira cómo vivimos. Tú eres piloto y estás siempre de acá para allá. Nunca te quedas en el mismo sitio el suficiente tiempo. —Tú estás asentada, Case. Tienes un apartamento precioso aquí, es enorme y pasas más tiempo en Chicago que nunca. Estarías en casa todo el tiempo. Y podríamos contratar a una canguro Casey ladeó la cabeza, confusa. —¿Una canguro?

Julie siguió hablando antes de que Casey continuara. —Sí, una vez que tuvieras el bebé, podrías —¿Yo? —se asombró Casey—. Espera, espera. Esto tenemos que hablarlo más en serio. Salió de la cama y se puso un pantalón de chándal y una camiseta. Julie hizo lo mismo y se sentó en el mostrador de la cocina con el gesto torcido en un puchero mientras Casey preparaba café y le pasaba una taza humeante. Casey meneó la cabeza, se sentó delante de ella y le cogió la mano. —Ahora vamos a ser sinceras. Tú y yo solo hemos hablado de este tema una vez, el año pasado. Cariño, mi reloj biológico está corriendo y la verdad es que no me importa demasiado. No siento la necesidad maternal de tener un hijo en mi vientre. Sí, me gustan los niños. ¿Me gustaría ser madre? Quizá algún día, cuando esté casada o tenga una relación segura y estable. Julie se bebió el café, aún con los labios fruncidos; Casey le dedicó una sonrisa triste. —Yeso no lo tenemos, Julie. La piloto alzó la mirada de repente y miró a Casey con dureza. —¿Estás diciéndome que no me quieres? Casey puso los ojos en blanco y dio un sorbo de café. —Julie, piensa en lo que me estás pidiendo. Traer a un niño al mundo, siendo dos mujeres que apenas se ven y que no tienen ni idea de cómo criar un hijo. Es completamente injusto e infantil querer algo así solo porque fuiste hija única y ahora, de adulta, quieres jugar con alguien. Casey sabía que sus palabras herirían a Julie, pero tenía que decirlo. Efectivamente, durante el último año, Julie había

mostrado signos de haber sido una niña consentida que obtenía de sus padres todo lo que quería, seguramente porque se sentían culpables de no poder darle estabilidad al viajar tanto por todo el país e incluso por el extranjero. —Te has equivocado de profesión —gruñó Julie, con un brillo de ira en los ojos—. Tendrías que haber sido psicóloga en lugar de compositora. ¿Por qué estás conmigo si crees que soy una neurótica desastrosa? Me encantan los niños y creía que a ti también. Ya veo que no. —Julie, hemos hablado en profundidad sobre tu infancia y tus padres. Los culpas por arrastrarte de un lado a otro, pero, cariño, ahora eres una mujer adulta. Deja de culparlos y empieza a vivir tu vida —Es lo que hago —replicó con enfado—. Quiero tener hijos. Lo necesito, Casey, en lo más hondo de mí. ¿Es que no lo entiendes? ¿O es que eres demasiado egoísta? Casey se sulfuró ante la insinuación, y la tentación de seguir aquella vía de acusaciones tan dañina casi la dominó, aunque en lugar de lanzarle otra pulla habló en tono conciliador. —Y si lo necesitas tanto en lo más hondo de ti, ¿por qué se supone que vaya a tener yo al bebé? Julie se indignó todavía más, se levantó y empezó a pasear de arriba abajo como un animal enjaulado, mientras Casey daba sorbos de café y esperaba, porque sabía percibir cuándo Julie se sentía atrapada.

—Vale, pues ya

ya tendré yo al bebé —se limitó a decir,

lanzándole a Casey una mirada desafiante. Casey dejó escapar un suspiro triste. —Cariño, no es una competición. Intento explicarte que no

somos una pareja adecuada para tener hijos. Dices que quieres un bebé, pero no estás dispuesta a pasar físicamente por el embarazo —insistió Casey, cada vez más irritada—. Maldita sea, es una responsabilidad enorme y sé que no podemos asumirla. Y si lo pensaras con claridad, estarías de acuerdo conmigo. No estoy dispuesta a traer a un niño al mundo con dos goles en contra, solo para satisfacer tu necesidad egoísta de rebobinar tu reloj biológico. Julie se envaró. —Casey, esto es el final. Casey le devolvió una mirada incrédula y al cabo de un segundo negó con la cabeza. —Entonces que sea lo que tenga que ser.

Efectivamente, fue elfinalpara ellas. Aunque siguieron juntas seis meses más, las dos sabíanque la batalla estaba perdida. Rompieron en Denver y, si bien Casey estaba furiosa y triste, en el fondo de su alma sabía que era inevitable. Claro que le gustaba su relación. Nunca habían tenido que esforzarse y nunca habían tensado la cuerda. Aquella había sido su prueba de fuego y Casey acabó con el corazón roto, pero sabía que tenía razón. Si volviera atrás, haría otra vezlo mismo. Ahora tenía a la pareja de Julie embarazada y a su hija de tres años en casa. Y para empeorar las cosas aún más —o para mejorarlas, según se mirase—, Casey se sentía atraída por ella. En ese momento, estaba terriblemente confusa y no sabía qué hacer. Evocó el rostro de Liz, dormida a su lado, y la risa contagiosa de Skye le arrancó una carcajada. Pero si no había podido asumir la responsabilidad con Julie, ¿podría hacerlo con Liz? ¿Quería

hacerlo? —Joder —gruñó, furiosa, yechó a correr de vuelta a la cabaña. Cuanto más lo pensaba, más deprisa iba. No estaba segura de si huía o si corría hacia Liz y su familia y tampoco sabía si quería saberlo.

Liz había logrado calmar a Skye al cabo de una hora. La pobre niñita había hiperventilado yle había entrado elhipo. —¿Volve Cafey? —preguntó, sentada en brazos de Liz en el columpio delporche. —Sí, pastelito, Caseyvuelve. Solo se ha enfadado. —Mamá grita a Cafey. Lizhizo una mueca yla abrazó más fuerte. —Lo sé. Y no ha estado bien, Skye. Mamá tiene que pedirle perdóna Casey. —Cafeyhace llorar a mamá.

—Bueno, mamá llora con mucha facilidad últimamente. Mamá y Caseyhandiscutido, nada más. Como cuando no quieres echarte la siesta o terminarte eldesayuno. —Skye nada —ofreció la niña ysumadre asintió. —Exacto, como cuando querías ir a nadar. En ese momento oyeron cómo se abría la puerta de la parte trasera.

—Cafeyencasa

—exclamó Skye, ycorrió adentro.

Liz se quedó sentada donde estaba, con el corazón a cien. Se sentía fatalpor haber discutido sobre algo tanestúpido. —Mamá, Cafey pupa —oyó que la llamaba Skye desde la puerta delantera.

—¿Pupa? Liz se puso de pie lo más deprisa que pudo y entró en la cabaña

a toda prisa. Casey estaba apoyada en el mármol con un paquete

de hamburguesas congeladas puesto sobre la cabeza. Tenía la ropa machada de barro ypolvo yarañazos enbrazos ypiernas. —¿Qué ha pasado? —exclamó Liz, retirando el paquete

congelado. Le estaba saliendo un verdugón rojizo encima de la ceja —. Siéntate, le ordenó. Casey se sentó con cuidado en una silla de la cocina, mientras Lizponía hielo enuna toalla yse la colocaba enla frente.

me caí —siseó Casey. Liz se mordió el labio, sin soltar

el hielo—. Adelante, que casi puedo oír cómo te partes la caja internamente. —¿Cafey caío? —se interesó Skye, dándole una palmadita a Caseyenla pierna. —Eh, sí, cariñito. Ahora no molestes a Casey —le dijo su madre, alnotar que Caseyvolvía a enfadarse. —Estaba corriendo —la compositora hizo una pausa y respiró

pesadamente—. Por mi vida —añadió con sarcasmo, y Liz disimuló la sonrisa mientras le aplicaba el hielo con una mano y le acariciaba la nuca húmeda con la otra—. Iba demasiado deprisa a

la vuelta y me torcí el tobillo con una piedra y salí volando como un

pu

Lizobservó eltobillo hinchado de la mujer. —Vale, vamos al dormitorio, te echas y pones el pie en alto. Tengo que limpiarte los arañazos. —Estoybien—protestó Casey. —CaseyBennett, a la cama —le ordenó. La aludida levantó la mirada ysonrió.

—Me

Me caíenuna zanja.

—La verdad es que nunca habían tenido que mandarme a mi cuarto. Eres muyestricta, mamá —apuntó, entono seco. Liz notó que le subían los colores otra vez. Entonces Casey se levantó conungesto de dolor yla miró a los azules ojos. —Lo siento, ha sido culpa mía. —No, lo siento yo. No es asunto mío, tienes razón —afirmó Liz, conlágrimas enlos ojos. —Este embarazo nos está afectando a las dos, Liz —le dijo Casey. Sin previo aviso, le acercó la mano a la mejilla con afecto —. Debería llevarlo mejor, lo siento. No estoy acostumbrada a convivir conuna mujer yuna niña. —Tienes razónenuna cosa:esto es nuevo para las dos.

Lizle examinó eltobillo concuidado. —Diría que no está roto. Lo puedes mover. Solo te lo has torcido y hay un leve edema —musitó, casi para sí. Casey la contempló con interés mientras le vendaba el pie como una experta —. ¿Demasiado apretado? —preguntó. Caseynegó conla cabeza. —Lo has hecho muy deprisa, como una profesional —apuntó Casey—. ¿De dónde has sacado la venda? —Es en lo que trabajaba a media jornada —explicó Liz, poniéndole un cojín debajo del pie—. Y la he encontrado en el caos que llamas botiquín, enellavabo. —Oh—Caseyhizo una mueca—. ¿Qué hacías? —Soy enfermera. Enfermera diplomada, de hecho —repuso, sentada alborde de la cama. Caseyasintió.

—Te imagino de enfermera. Eres muy cariñosa y considerada. ¿Trabajabas enunhospital? —No, en una clínica en una zona dejada de la mano de Dios en Albuquerque. La paga era pésima. —Pero no lo hacías por el dinero —apuntó Casey, como si fuera algo que quedara fuera de discusión. —No, no lo hacía por eldinero. Sihubiera sido así, seguramente misituaciónsería diferente. Caseyse removió, incómoda, yLizse inclinó hacia ella. —¿Te duele? —le preguntó. Casey tenía la mirada algo nublada —. Dime la verdad. —Estoy bien —repitió Casey, aunque seguía con cara de querer decir algo más. —Vale, entonces, ¿qué te pasa? —Nada.

—Casey, a veces tengo la impresión de que quieres decirme algo. No puedo obligarte, pero de verdad desearía que me dijeras lo que tienes enmente. Como Liz notaba que volvía a enfadarse por momentos, se entretuvo empapando algodónenantiséptico. —Esto te va a doler.

—musitó Casey, que soportó la cura con

una mueca de dolor. Al terminar, Liz tiró a la papelera los restos del material de primeros auxilios. —Skye tambiénpupa —lloriqueó Skye, subiéndose a la cama. Se tumbó al lado de Casey, que estaba echada de espaldas, y le preguntó:

—Suena a amenaza

—¿Mamá cura sana?

Caseymiró a Lizyse encogió de hombros. —Supongo que sí. Liz resopló con ironía y le prestó atención a su hija, maldiciéndose internamente por que le temblaranlas manos. —¿También tienes pupa, pastelito? Déjame ver. ¿Dónde? —le preguntó. Skye le enseñó la rodilla, perfectamente sana. —Caío. —Oh, lo siento mucho. ¿Te duele, cariñito? —se interesó su madre conternura. —Sí. Besito, mamá —pidió Skye, y su madre se rio y se inclinó para darle unbeso enla rodilla. —Ya está. ¿Curado? Skye asintió alegremente. Lizse volvió hacia Caseyuna vezmás. —No te muevas mientras te limpio la frente. Alacabar, le puso una tirita encima de la ceja. —Ya está. Cura sana —anunció, entono sarcástico. —Ja ja —replicó Casey, tocándose la ceja. Como Skye la

observaba con curiosidad, Casey le devolvió la mirada—. Supongo que tenemos suerte, pitufa —le dijo. Miró a Liz de reojo y esta cabeceó. Skye parecía embelesada por la tirita que Caseyllevaba enla frente. —Mamá, besito —pidió, muyseria, señalando la ceja de Casey. Lizse puso rígida yfue consciente de que se sonrojaba. —Caseyya es mayor, Skye. —No soytanmayor —objetó Casey.

—Mamá

—insistió Skye.

Liz miró alternativamente a sus dos niñas, puso los ojos en blanco cuando la expresión de Casey se tornó retadora, se inclinó y

la besó en la frente. A juzgar por la cara de sorpresa que puso,

Casey no la había creído capaz. Cuando Liz se apartó, las dos se mirarona los ojos unmomento. —¿Mamá cura sana, Cafey? —preguntó Skye.

Lizno supo cómo interpretar la cara de Casey. —Sí, pitufa. Más de lo que cree.

—No deberías apoyar peso sobre eltobillo —le recomendó Liz. Enbañador, Caseycogió a Skye de la cintura yla levantó. —Estoybien, elagua le sentará bien—se encabezonó. Liz renunció: bastante cansado era batallar con Skye. Casey no era más que una versiónmás alta ymucho más atractiva. —Venga, pequeño saco de patatas. Vamos a nadar. —Se cargó

a Skye al hombro y se encaminó cojeando a la playa. Antes de llegar se volvió hacia Liz—. ¿Estarás bienahísola? —Estaré bien—les sonrió Liz—. Id. Viéndola con su hija de camino al lago, Liz era incapaz de hacerse a la idea de lo que le pasaba por la cabeza a Casey

Bennett. De repente era amable y generosa, y les traída regalos, y

al cabo de un momento se mostraba distante y arrogante. La única

constante para Liz era la incertidumbre sobre Casey: sobre lo que les depararía elfuturo.

Capítulo 11

Por la tarde, mientras veía a Casey jugar con su hija, a Liz se le ocurrió ir a buscar algo frío para beber. Se dirigió a la cabaña, reprimiendo un gemido por el esfuerzo de ponerse de pie, y fue cuando oyó que se acercaba un coche por el camino de grava. Asomó la cabeza por la ventana de la cocina y vio a una mujer mayor, vestida de manera impecable, que bajaba de un coche de lujo yestiraba los músculos. —¿Quiénserá? Estaba a punto de ir a buscar a Casey, pero la mujer parecía moverse como si estuviera en su casa, así que Liz le abrió la puerta yella le sonrió. Guardaba unparecido lejano conCasey. —Usted debe de ser la abuela de Casey —aventuró, mientras le aguantaba la mosquitera abierta. —Muy bien. Ahora si me dice los números que saldrán esta noche enla lotería ya nos podremos jubilar. Lizse rio ydio unpaso atrás para dejarla pasar. —Soy —Liz Kennedy. Yo soy Meredith Casey —le ofreció la mano —. Caseyme ha explicado susituación. —¿Ahsí? —preguntó Liz, conelceño fruncido. Meredithalzó la mano.

—Solo lo básico —la tranquilizó. Entonces le miró el vientre—. ¿Cómo se encuentra? Le dije a la idiota de mi nieta que quería conocerla. Liz se rio de nuevo, acompañó a Meredith a la sala de estar y esta se sentó enelsofá conungruñido. —Qué lejos queda esto. —¿Quiere que le traiga algo? Estaba a punto de preparar té helado. —Sería maravilloso, muchas gracias. Cuando Liz volvió a la sala de estar, Meredith estaba mirando por la cristalera con una sonrisa. Debía de estar viendo jugar a CaseyySkye. —Aquítiene, señora —Ni hablar. Solo Meredith, por favor —la interrumpió al aceptar elvaso—. ¿Puedo llamarte Liz? —Por supuesto. —Liz también miró por la ventana—. Skye adora a tunieta, Meredith. La anciana arqueó una ceja mientras daba unsorbo de té. —¿Y túcómo te llevas conella? Liz notó que se ruborizaba y trató de disimularlo dando un sorbo de té. —Casey ha sido muy amable y generosa por dejar que Skye y yo nos quedemos aquí hasta que nazca mi hija —contestó, con una mano sobre la barriga mientras miraba a Caseyya Skye. —Vamos a sentarnos, ¿te parece? No sé tú, pero tengo los pies destrozados —afirmó Meredith, que se sentó en la mecedora—. Si algo tiene minieta es que sabe vivir bien. Liz se sentó en el sofá sin decir nada, aunque notaba que la otra mujer la observaba condetenimiento.

—Siento mucho lo de tu pareja. Aunque fuera rápido, debió de

ser terrible. —Gracias, fue terrible y todavía lo es en muchos sentidos. Por

—dejó caer la frase y se entretuvo dando un trago

—. No quiero aburrirte conmisituación. —En absoluto, querida. Me imagino que no has hablado con nadie salvo conminieta ysupongo que no ha sido de mucha ayuda. Lizse rio conMeredith.

—No puedo echarle nada en cara a Casey. Ella se ha encontrado en medio de este marrón de rebote; Julie prácticamente le hizo chantaje emocional para que nos ayudase. No quería dejar mi casa y venir aquí, pero no podía quedarme en Nuevo México sola, embarazada y con Skye. Sé que somos una molestia para Caseyyespero poder pagárselo algúndía. —No digas tonterías. Casey necesita cuidar de alguien: tener a alguienensuvida aparte de esa chelista idiota «contalento». Liz se atragantó con el té que se estaba llevando a los labios y empezó a toser y a reírse al mismo tiempo. Meredith también estalló encarcajadas yse descalzó. —Veo que has oído hablar de la señorita como-se-llame. —Suzette —apuntó Liz, secándose conla servilleta. —Oh, sí, Suzette. ¿Os habéis conocido? —No, no he tenido el placer —negó con la cabeza Liz, entre risitas.

otro lado, es

—Por elamor delcielo

¿qué venmis ojos?

Alertada por el tono, Liz siguió la mirada curiosa de la mujer hacia la ventana y parpadeó varias veces con incredulidad. Casey estaba en el porche con un diminuto flotador de color rojo y azul brillante con pececitos, metido por la cabeza y por un brazo. A su

espalda, Skye subía lentamente las escaleras. —Ve a buscar a tu madre, pitufa —le pidió Casey, con voz ahogada. —Vale, Cafey. Skye entró corriendo enelcomedor yfue hacia sumadre. —Mamá, Cafeyencallada. En ese momento se percató de la presencia de Meredith y frunció elceño. —Hola —la saludó Meredith—. ¿Qué le ha pasado a Casey? —Cafey encallada —repitió la niña, tirándole a su madre de la pierna. Lizse puso de pie conungemido teatral. —¿Y ahora qué? —Esto no me lo pierdo —afirmó Meredith. Caseyse dio la vuelta conlos ojos desorbitados. —¿Abuela? ¿Qué haces aquí? —se horrorizó, y forcejeó desesperadamente para sacarse el flotador en el que estaba atrapada. —Disfruto delespectáculo. ¿Cómo diantres te has metido en ese chisme? —Casey, ¿qué haces? —la riñó Liz, al tiempo que trataba de tirar delflotador. Por desgracia, lo único que consiguió fue que le apretara más el brazo. —¡Au! ¡Vale ya! —se quejó Casey. Skye se rio yella le dirigió una mirada furibunda. —Es culpa tuya. —Ah, muy bien. Échale la culpa a una niña de tres años — replicó Liz.

—Bueno, ha sido idea suya. —¿Y quién es el adulto? —le preguntó Liz, furiosa, tirando del flotador conmás fuerza.

¿me permitís ayudar? —se ofreció Meredith, dando un

paso adelante. Agarró el tenedor largo de la barbacoa y pinchó el flotador. Las cuatro se quedaron quietas mientras el aire se escapaba por los agujeros con un silbido persistente, hasta que el flotador se deshinchó. Entonces Meredithle hizo ungesto a sunieta. —¿Puedo? Airada, Casey inspiró hondo y asintió; Meredith le sacó el flotador pinchado por la cabeza yse lo devolvió. —A lo mejor deberías limitarte a tocar elpiano. Caseyla fulminó conla mirada. —¿Y a tiquiénte ha dado vela eneste entierro?

—Esto

Casey salió de darse una ducha con unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, el pelo húmedo y una marca roja desde el cuello al hombro. Meredith cruzó una mirada con Liz, que se mordió el labio para no reír. Skye estaba sentada a la mesa en su trona, comiéndose una rodaja de pepino, y levantó la mirada cuando Caseyentró enla cocina. —¿Cafey? ¿Pipino? —le ofreció, alargándole el trozo que se estaba comiendo. —Gracias —aceptó esta, cogiéndole elpepino a medio comer. Cuando fue a llevárselo a la boca, se le cayó alsuelo. —Ups. Lo recogió y fue a darle un bocado, pero Liz se lo quitó de la

mano, boquiabierta. —¿Estás loca? No te lo comas del suelo —la riñó, y lo tiró a la basura. Caseyfrunció elceño, se miró la mano vacía yluego a Skye. —Susio, Cafey. —¿Quieres que te ayude, Liz? —preguntó Meredith, que estaba sentada mientras la madre de Skye preparaba la ensalada para la cena. —Oh, no, Meredith. Túponte cómoda. —¿Te apetece un Martini, abuela? —le preguntó Casey—. Luego me cuentas por qué te has pegado el viaje de seis horas sin avisarme. Habría ido a recogerte. —Me encantaría un Martini, y ya soy mayorcita —repuso Meredith—. Quería conocer a Liz y a su adorable hija. —Estiró la mano y le dio un pellizquito a Skye debajo de la barbilla. La niña se rio yse agitó ensuasiento—. Y túpuedes llamarme abuela. Liz miró a Casey de reojo, a tiempo de verla fruncir el ceño momentáneamente, antes de concentrarse en preparar los cócteles. A Meredith no se le escapó ni aquella expresión ni la cara de preocupaciónque se le había quedado a Liz. —Cuéntame, Liz. ¿Cómo te encuentras? ¿Hinchazón, sofocos, hormonas descontroladas? —se interesó Meredith. Esbozó una sonrisa maliciosa—. ¿Calambres en la espalda? ¿Ardor de estómago? —Yla lista sigue —afirmó Liz por encima del hombro, mientras mascaba una zanahoria—. Eso por no hablar delapetito. —No le pasa nada a tu apetito —interpuso Casey, pasándole a suabuela una copa de pie alto. Cuando iba a alejarse, Meredith le indicó que volviera musitando

un «no, no, no»; su nieta puso los ojos en blanco y le echó unas cuantas olivas enla copa. —Lo sé, ese es elproblema. Zampo como una lima. —Bueno, tienes buen aspecto —le aseguró Casey, dando un trago de subotellínde cerveza. Meredithlas observaba coninterés. Cuando Caseydejó eltapón

de la cerveza en el mármol, sin fijarse, Liz lo tiró a la basura automáticamente. Mientras tanto, Caseysirvió elté helado ylo dejó enelmármol, allado de Liz, que lo miró por elrabillo delojo.

—¿Puedes

?

Pero Caseyya había ido a por más hielo yse lo echó enelvaso. —Gracias —murmuró Liz. —De nada —le dijo Casey, y le apoyó la mano en elhombro un segundo alpasar por sulado. Se dio cuenta de que su abuela la miraba, pero esta se limitó a enarcar una ceja ya dar unsorbo de Martini. —¿Qué? —le preguntó Casey. Meredithsonrió sinmás. —Sí, estás muy guapa, Liz. El embarazo te sienta bien. ¿No te parece, Casey? Casey miró a Liz, que le daba la espalda, y a Meredith no le pasó por alto elrepaso que le dio conla mirada. —Síque lo está. Y síque le sienta bien. —Solo quiero cuidarme para que el parto vaya bien y me recupere pronto —explicó Liz al dejar la fuente de ensalada en la mesa. Como Casey seguía mirándola fijamente, le preguntó—. ¿Qué? Meredith observó el cruce de miradas mientras le daba a Skye untrozo de apio.

—¿Qué? —parpadeó Casey. Lizse secó las manos enuna toalla. —Me miras como si quisieras decirme algo y empieza a resultar molesto. Casey se puso colorada bajo la atenta mirada de su abuela. Parecía untermómetro. —No, no pensaba ennada. —Mentirosa —farfulló Meredith, sin dejar de darle de comer a Skye. —Bueno, ¿te ocupas tú de la barbacoa? —le preguntó Liz a Casey, tras sacar las chuletas de la nevera—. Menos mal que compraste de sobra. —Sí, claro. Casey encendió el carbón y esperó a que estuviera al rojo vivo antes de colocar las tres chuletas enla chisporroteante parrilla. —¡No tengo ni idea de lo que estoy haciendo! —advirtió a voz engrito hacia la cocina, conlas pinzas de la barbacoa enalto. Meredith se echó a reír y Liz también. La última seguía picando pepino y, por cada rodaja de tomate que ponía en la ensalada, se comía dos. —No te preocupes. Silas quemas, Liz ya ha cenado —comentó Meredith con ironía, meneando la cabeza—. Voy a asegurarme de que no le prenda fuego alporche. En la terraza, Casey levantó la vista cuando su abuela salió y dio untrago de cerveza, sindejar de prestarle atencióna sutarea. —Vaya, vaya. Te veo muydomesticada. Te sienta bien. —¿Qué haces aquí? Que no es que no me guste verte —Me llamó Niles, cacareando como un pavo real —explicó Meredith—. ¿No conoces a nadie que no sea gay?

—Ja, ja. A Niles le caes muy bien —dijo Casey, bebiendo de nuevo—. Mamá tambiénle gustaba. Meredith percibió la tristeza en la voz de su nieta y dio un sorbo de Martini. Se sentó en una de las butacas del porche, cruzó las piernas y contempló a Casey unos segundos mientras esta miraba, por la ventana de la cocina, al interior de la casa. Adentro se oían las risas de LizySkye. —Echo de menos a mamá —musitó Casey. Miró a los ojos a Meredith y se encogió ligeramente de hombros. Suabuela reclinó la cabeza yescrutó elrostro de Casey. —Yo también. Sé que no he apoyado tu estilo de vida tanto como Eleanor. Tu madre tenía un corazón que no le cabía en el pecho, igual que su padre —se rio—. Tu padre se parecía más a mí, y eso que ni siquiera éramos familia. Es curioso cómo van las cosas. Casey asintió en gesto ausente y contempló el bosque, que se extendía más allá de las lindes de la cabaña. —Enestos últimos años me has apoyado mucho más, abuela. Meredithdejó escapar ungruñido. —Eso es porque quiero ganarme elcielo. Caseyse echó a reír. —No, no es eso. Eres más cariñosa de lo que quieres dejar ver. —Y sise lo dices a alguien, te desheredaré. —Creía que no tenías dinero —Te dejaré la coctelera de Martini. Casey se apoyó en la barandilla del porche y contempló el lago. La animada discusiónentre Lizysuhija la acompañaba de fondo. —¿Enqué piensas? —quiso saber Meredith. Caseysonrió.

—Me encanta escapar de Chicago, dejarme de prisas y refugiarme aquí. —¿Sola? Caseypuso cara pensativa. —Ya sabes cómo vivo. —¿Y sigues queriendo vivir así? De ligue en ligue. Buscando siempre algo nuevo. Eso no dura. —No estoy segura de estar preparada para nada más. Julie fue conla que llegué más lejos yella —Quería una familia. Caseyasintió. —Hice lo correcto al no formar una familia con Julie. No estábamos preparadas, niella niyo. —¿Y ahora?

Casey levantó la cabeza de golpe y observó a su abuela como si no diera crédito a sus oídos. —¿Ahora? ¿Qué quieres decir? Meredithseñaló la cocina yCaseyse quedó boquiabierta.

—¿Liz? Oh, por todos los cielos, abuela. Yo

ella

balbució. Y se terminó la cerveza de untrago. —¿No lo has pensado? —le preguntó Meredithcontacto. —No. Bueno, sí. Pero no. —Casey exhaló un hondo suspiro—. ¿Les tengo cariño? Sí. ¿Liz me parece atractiva? Lo cierto es que sí. Está incluso más guapa embarazada. —¿De verdad? ¿Eso se lo has dicho a ella? —Joder, no. —¿Por qué no? Estoy segura de que en su estado le encantaría oírlo.

Caseyse quedó callada unmomento. —Tengo a Suzette. Meredith dejó escapar un quejido ronco y puso los ojos en blanco, pero Caseycontinuó:

—Lo digo en serio. Puede que Suzette sea superficial, pero sabe lo que quiere de mí. —Nada —apuntó Meredith. —Sinataduras, sincompromisos, sin —Amor. Caseyhundió los hombros yagachó la cabeza. —Soyirritante, ¿verdad? —No te haces una idea. Las risitas de la cocina entre madre e hija volvieron a arrancarle una sonrisa de satisfacción a Casey. Meredith se rio y echó la cabeza hacia atrás para contemplar elcrepúsculo. —Lo siento, Casey, no debería entrometerme en tu vida. Eres una mujer adulta con una carrera fabulosa y una vida sin preocupaciones. Lo último que te hace falta es una familia caída del cielo. —Al erguir la cabeza vio que la mirada de Casey era inescrutable—. Pero estás haciendo algo bueno con ellas, cariño. Te lo digo de verdad. La situación no es fácil ni para Liz ni para ti. Puede que de todo esto surja una maravillosa amistad. Eso por sí solo ya sería muybueno para las dos. —Puede —se encogió de hombros Casey. Levantó la tapa de la parrilla yla dejó enelsuelo—. No sé siestánhechas ya. —¿Casey? ¿Has mirado las chuletas? —le gritó Liz desde la cocina justo enese preciso instante. A Meredithse le escapó una carcajada traviesa. —¿Ya te lee los pensamientos? Qué interesante.

Casey le lanzó una mirada dura y fue a beber, pero se dio cuenta de que la botella estaba vacía. —Mierda. Skye apareció en la puerta mosquitera, apoyó la naricilla en la tela de malla y ahuecó las manos en torno a la cara para mirar a Casey. —Cafey, mamá —Dile a tu madre que no soy estúpida —se adelantó Casey, mientras le daba la vuelta a las chuletas. —¡Mamá! ¡Cafeydice que no túpida! Meredith empezó a desternillarse de risa y estuvo a punto de escupir la bebida, pero Caseyla ignoró por completo. —Qué manera de tirar un buen vodka —comentó la anciana, limpiándose con la servilleta y regalándole a Casey una sonrisa inocente. —¡Yo no he dicho que lo seas! —respondió Liz desde la cocina —. Ay, por favor, qué cabezota es —Te tiene calada —comentó Meredith, alzando sucopa vacía. Caseygimió de pura impotencia yle cogió la copa a suabuela. —¿Quién te ha dado vela en este entierro? —repitió entre dientes. Fue al extremo opuesto del porche y contempló el bosque. No podía seguir dándole vueltas a la cabeza, eran demasiadas emociones. Demasiado —Casey

—gimió cuando su abuela

empezó a hablar. —¿Sabes dónde podemos pedir pizzas? —¡Mamá! ¡Fuego!

—Abuela, ya sé por dónde vas y

Casey se dio la vuelta al oír gritar a Skye y vio que las llamas se salíande la parrilla. —¡Joder! Meredith se quedó sentada tranquilamente en su diván mientras Caseysalía disparada delporche para coger la manguera deljardín. Se abrió la puerta mosquitera de golpe y salió Liz con una jarra de té con hielo. Meredith se sentía como una espectadora en un partido de tenis: miró a Casey cuando corrió de vuelta con la manguera y apuntó a las llamas, mientras que Liz retrocedía un poco y tiraba el té helado a la barbacoa. No acertó a dar a la parrilla, y a Casey le cayó todo encima, limones y cubitos de hielo incluidos. Cegada por elté y recubierta de hielo y rodajas de limón, Casey intentó secarse los ojos y encender la manguera al mismo tiempo. —¡Mierda de chisme! —Casey, lo siento —exclamaba Liz. Meredith levantó los ojos hacia el cielo y negó con la cabeza, antes de levantarse conunsuspiro, recoger la tapa de la barbacoa y colocarla sobre la parrilla. Skye se partía de risa, Casey resoplaba como un toro, empapada de la cabeza a los pies, y Liz estaba de pie en medio de las dos, con la jarra de té vacía en una mano y agitando la otra para que no le fuera elhumo a la cara. El aroma a ternera achicharrada impregnaba el aire. Meredith se sacudió elpolvo de las manos. —Lo que decía, ¿pizza para todas?

—He encontrado a un médico en Rhinelander —comentó Liz durante la cena—. Tengo cita pasado mañana por la tarde.

Caseylevantó la mirada de la pizza. —¿Es una cita ordinaria? —Sí, no te preocupes —la tranquilizó Liz, altiempo que soplaba para no quemarse antes de dar elsiguiente bocado. —Sitodavía estoy aquí, te llevaré —le sonrió Meredith, y miró a Caseypor elrabillo delojo. —Gracias, Meredith. Por desgracia no tengo coche. Caseyse limpió los labios conla servilleta. —Yo te habría llevado. Solo tenías que pedírmelo. Liz notó que se ruborizaba; por mucho que odiara aquel sentimiento de impotencia, el tono crítico de Casey le tocaba la fibra sensible. Empezaba a resultar de lo más irritante. —Ya te he complicado bastante la vida como para Casey resopló con sarcasmo y la mirada de Meredith se tornó acerada. —¡CaseyBennett! Liz dejó la servilleta y le limpió a Skye la salsa de tomate de la cara. —Vamos, pastelito. Hora de meterte enla bañera. Meredithapoyó la mano enelbrazo de Liz. —Déjame a mí. Hace años que no baño a una niña. —Miró a Skye, que se rio—. ¿Qué te parece, Skye? ¿Quieres que te bañe la abuela? —Vale —dijo Skye, que se bajó de la trona como pudo y cogió a Meredithde la mano—. Vamos, abuela. Te enseño alpes. Furiosa, Liz las vio desaparecer por el pasillo, se levantó de la silla de la cocina con toda la dignidad que le permitía la barriga y se dispuso a recoger los platos, pero Caseyla retuvo. —Ya recojo yo.

—No, gracias. Me gusta ganarme el sustento y el alojamiento, Bennett —replicó airada. Se soltó de Casey de malos modos y recogió los platos y los vasos. Casey tiró la servilleta y salió de la cocina, pero Liz se dio la vuelta ymurmuró:

—Se acabó. Siguió a Casey a la sala de estar. Estaba arrodillada ante el hogar, preparándose para encender elfuego. —Muybien, Casey. Túyyo vamos a hablar. Caseyfrunció aúnmás elceño, dispuso la yesca para prender los leños yencendió una cerilla conenfado. —No tengo nada que decir. —Oh, sí lo tienes. Llevas muriéndote de ganas de decirme algo desde que nos recogiste en la estación de autobuses, asíque vamos a hablar. No puedo vivir en vilo de esta manera. Un momento eres encantadora ydulce yalsiguiente te comportas como una cretina. Al acabar, Liz deseó darse una patada a sí misma porque se le hubiera escapado lo de que le parecía encantadora, al menos si fuera capaz de levantar tanto la pierna. Casey respiraba hondo, claramente para controlar la ira. —Mira, sé que todo esto es una molestia para ti y sé que no esperabas que tu vida fuera de esta manera, pero ¡joder, yo tampoco! Caseyse volvió enredondo. —Entonces, ¿por qué? Lizparpadeó, sinentender la críptica pregunta. —¿Por qué qué? —Parece que eres o eras una persona razonable y sensata. Sé cómo era Julie:lo irresponsable que podía llegar a ser.

Lizse sulfuró ante la acusación. —No tengo que darte ninguna explicación, ¿cómo te atreves? ¿Qué derecho tienes a cuestionar nuestras decisiones sobre nuestra familia y nuestra relación? ¿Qué sabes tú del amor, Casey Bennett? ¿O del compromiso? —Se acercó a Casey y se encaró con ella—. No me parece que la vida que llevas sea tan ejemplar como para cuestionar la mía. Tenía una pareja que me quería. ¿Era irresponsable? Quizá. —¿«Quizá»? Eso sí que es para partirse de risa. Julie era una niña. No tenía niidea de cómo ser madre. —Y túeneso tienes mucha experiencia, ¿verdad? Caseymiró a Liza los ojos. —No, no la tengo. Pero yo lo admito en lugar de ir y tener dos hijos por egoísmo. Ni me imagino el dinero que cuesta eso, y tú solo trabajabas a media jornada. Liznegó conla cabeza. —Espera unsegundo, ¿de qué dos hijos hablas? —¿Cómo se os ocurre hacerlo? ¡Dos veces! —inquirió Casey. Sonaba verdaderamente confundida. Alzó una mano—. Mira, lo siento. No es asunto mío. —¿Eso es lo que te ha traído de cabeza todo este tiempo? — preguntó Liz—. ¿Creías que Julie y yo habíamos tenido dos inseminaciones? —Liz exhaló un profundo suspiro y se echó a reír. Cuando levantó la mirada, la expresión de Casey era de interés. Casi de miedo—. Así que también te parezco una irresponsable, ¿es eso? —Como te he dicho, no es asunto mío. —Eres muyarrogante ypomposa, te das cuenta, ¿verdad? Una risotada ahogada se oyó desde elbaño.

—Vamos a dejarlo. —No, es importante. Voy a contártelo, Bennett, y si cuando acabe todavía te parezco irresponsable, estaré encantada de hacer elequipaje ymarcharme. Se volvió hacia la chimenea, meneó la cabeza yrio otra vez. —¿Dos veces? —repitió. ¿Cómo iba a saberlo Casey? —Casey, Skye no es mihija biológica.

Capítulo 12

Caseycabeceó como siquisiera sacarse las telarañas de los oídos y se pellizcó elpuente de la nariz. —¿Disculpa? Lizsuspiró. —Será mejor que me siente —musitó, al tiempo que alcanzaba la butaca que había junto alhogar. Casey alargó la mano para ayudarla, pero como no llegó a tiempo la apartó de nuevo, incómoda. En ese momento apareció Skye, corriendo desnuda por elpasillo. —Abuela me baña. ¡Y lee cuento! Meredith regresó a la sala de estar y se pasó los dedos por el pelo plateado. —Solo he tenido que sacarla del desagüe una vez —rio, y extendió la mano—. Venga, guppy. Dales un beso de buenas noches a mamá ya Casey. Lizse agachó conungruñido para besar a suhija. —Buenas noches, pastelito. Te quiero. —Nanoches, mamá. —Corrió hacia Casey, que también se agachó—. Nanoches, Cafey. —Buenas noches, pitufa —susurró, y le dio un beso en la

sonrojada mejilla—. Dulces sueños. Liz notó que se le llenaban los ojos de lágrimas al ver la tristeza en la mirada felina de Casey. Hasta diría que a ella también le brillabansospechosamente los ojos. —Gracias, Meredith—le dijo a la anciana. —Unplacer, querida.

—Esto

Meredith

La aludida ladeó la cabeza interrogativamente, con Skye de la mano. —¿Elpijama? —observó, señalando a la niña desnuda. Meredithchasqueó los dedos. —Ya sabía yo que me olvidaba de algo. Casey solía dormir desnuda. Creo que todavía lo hace. ACasey casi se le salieron los ojos de las órbitas y evitó mirar a Liz cuando esta soltó una carcajada. El silencio, sin embargo, solo duró unsegundo enla habitación, antes de que Liziniciara surelato. —Vamos a ver, ¿por dónde empiezo? Skye es mi ahijada. Mi mejor amiga, Barb, y su marido Steve murieron en un accidente de coche cuando Skye tenía dos meses. Habíamos planeado que, si les pasaba algo, yo sería la tutora legal de Skye y la adoptaría. Por supuesto, no es algo que discutiéramos en profundidad, pero no tenían más parientes. Yo creía que los padres de Steve pondrían algún problema, pero no pareció importarles. ¿No te parece raro? ¿Unos abuelos que no quierana sunieta? Casey se encogió de hombros. Bastante trabajo le costaba entender todo lo demás. —Supongo. Cuando murió mi madre, Meredith ocupó su lugar. Sé que yo ya era mayor y estaba en la universidad, pero no me la imagino sin querer formar parte de mi vida —confesó, con los ojos

verdes puestos enelfuego. —¿De qué murió tumadre? —quiso saber Liz. Caseylevantó la mirada yse encogió de hombros. —Cáncer. Parece ser el modo más popular de marcharse

— se interrumpió, al darse cuenta de lo que acababa de decir—. Lo siento. Eso —Lo entiendo y tienes razón. ¿Pudiste pasar con ella mucho tiempo? —Sí—asintió Casey—. Pero cuando yo iba a la universidad ella

estaba muy enferma y no me permitió dejar la carrera y volver a casa. Mi abuela dice que quería que terminara mis estudios y no tuviera que cuidarla. O-Ojalá —Hubieras tenido más tiempo —le acabó la frase Liz. —Sí —dijo Casey—. Perdona, acaba lo que me contabas de Skye. —Bueno, después del funeral y de acabar con todo el papeleo, nos llevamos a Skye a casa. Los padres de Barb ya habían muerto

y los de Steve vinieron al funeral y luego cogieron un avión de

vuelta a su casa. Creo que viven fuera del país, al menos entonces era así. No vi otra opción. Además, Julie estaba encantada. Skye

es una niñita preciosa ymuyllena de vida. —Yun diablillo —se oyó decir Casey, afectuosamente. Liz tuvo que mostrarse de acuerdo—. Me siento como una idiota. Creía que eras una irresponsable que se había gastado una fortuna no en una, sino en dos inseminaciones artificiales, y que al morir Julie te habías visto sinblanca. —Entiendo que pensaras eso —aceptó Liz, que dejó escapar un gemido quedo alreacomodarse enla butaca. Caseyle acercó una otomana yle subió las piernas.

—Gracias —suspiró Lizconpesadez. Casey se sentó al lado de la chimenea, con la espalda contra la pared de piedra, y contempló las llamas danzarinas, como ensimismada. Por primera vez, Liz pensó de verdad en lo atractiva que era Casey. No en plan «Oh, Dios mío, eres preciosa», que también, sino en la manera sutil y tranquila como la veía ahora. Casey no sabía o al menos no daba muestras de percatarse de que Liz la observaba. Se la veía vulnerable, y la imagen era definitivamente afrodisíaca para Liz. —Puede que sea yo la que deba sentirse como una idiota, Casey. Caseypestañeó lentamente yla miró. —¿Y eso?

—Fue Julie la que sacó el tema de la inseminación artificial. Al principio le dije que no, que ya teníamos una hija, pero Julie quería otro bebé. «Para que le haga compañía a Skye», decía. Te acordarás de que Julie había sido hija única y tuvo una infancia muy triste y solitaria. Lo usé como excusa. Creo que lo que intentaba era conservar a Julie. Caseyno dijo nada. —Julie siempre estaba fuera, volando de un lado para otro.

Nunca pasaba tiempo en casa con Skye

o conmigo. Así que fui

tan tonta de pensar que lo que quería era un bebé de las dos, para que fuéramos más una familia, y que entonces sería más responsable. Fue una estupidezpor miparte. —No puedo creer que haya muerto —soltó Casey de repente. Enseguida miró a Liz—. Mierda, lo siento. Menuda tontería acabo de decir. —No lo sientas, yo también me siento así. Pero ¿sabes? Pasaba

tanto tiempo fuera que, no sé, de alguna manera ha sido algo más

fácil. ¿Tiene algún sentido lo que estoy diciendo? Quiero decir, que yo la quería y la echo de menos, pero los últimos seis meses fueron terribles y he tenido que ocuparme de muchas cosas. —Se detuvo ymiró a Caseyde reojo—. No busco que me compadezcas. Caseyesbozó una sonrisa leve. —Lo sé. Eso es lo que me saca de quicio. Liz le lanzó una mirada severa, pero cuando vio que Casey hacía esfuerzos por no sonreír, soltó una carcajada. —Tengo una vena independiente muy potente. —A su lado, Casey asintió con énfasis antes de volver a contemplar el fuego—. ¿Enqué piensas? —Pensaba enJulie. Ella quería tener hijos, pero yo sabía que ella no era responsable yyo no concebía la idea de hacerle algo asía un niño, al menos si puedes elegir. Al ser lesbiana hay que ir con mucho cuidado. Incluso para los heteros, tener un hijo es una responsabilidad enorme. —¿Demasiado grande para ti? Caseyreflexionó sobre la pregunta antes de contestar. —No, demasiado no. Sencillamente no quería tener hijos con

Julie, y no es que pretenda hablar mal de ella, Liz. Yo

quería —No hace falta que me des explicaciones, entiendo perfectamente cómo te sientes. Yo también quería a Julie —rio Liz, meneando la cabeza—. Tenía algo único. —Síque lo tenía. Pero voya serte sincera:nunca he considerado la posibilidad de tener hijos sin estar casada con mi pareja —dijo, con el ceño fruncido. Hacía cinco años que no pensaba en todo aquello—. Pero eso es otra historia. No estoy en el mercado para

yo la

formar una familia nipara tener una relación seria. Me

libertad —afirmó, aunque eltema la hacía sentir violenta. Lizasintió, yluego apoyó la cabeza enelrespaldo. —No te culpo. Parece que tienes una buena vida, muy cómoda. Vas y vienes cuando quieres, aunque no comes bien. Imagino que no te mueres por la compañía de una adorable mujercita. ¿No te

sientes sola? Por la noche, me refiero, sin nadie a quien abrazar, o por la mañana, ¿alguien con quién empezar el día? —Como Casey no contestó, Liz siguió hablando—. No, supongo que no. Te envidio, Bennett —dijo. Bostezó—. Pero bueno, las cosas pasan siempre por una razón. Una buena razón. Eso es lo que creo — concluyó, conunsuspiro, ycerró los ojos. —¿Puedo decirte una cosa? Liz irguió la cabeza y asintió, notando un cosquilleo de expectaciónenla boca delestómago. —Ahora mismo, se te ve muy joven. Demasiado joven para tener dos hijas, haber pasado por la muerte de tu pareja y de tus amigos. Joder, para haber tenido esa vida, se te ve muy bien. Eres una mujer atractiva, Liz. Liz notó que se le encendían las mejillas y supo que se estaba ruborizando. Caseysonrió yapartó la vista. —Gracias. Yo no me siento demasiado atractiva. —Mi abuela me dijo que seguramente te pasaría eso —le dijo Casey—. Mira, lo siento. Yo no tengo mano para esto. Quiero ayudarte y, ahora que conozco toda la historia y me siento como una capulla, a lo mejor podríamos volver a empezar. Lizle regaló una sonrisa.

bueno, la verdad es que te quiere con

—Me gustaría. Skye locura.

me gusta la

Esta vez le tocó sonrojarse a Casey, que se rio y se rascó la frente. —Menudo trasto está hecha, pero la verdad es que lo paso genialconella. Las dos rieron juntas y luego se relajaron en un silencio cómodo, por primera vezdesde que se conocían. —Bueno, cuéntame cómo te quedaste encallada enelflotador. Caseysoltó una carcajada. —Estaba intentando enseñarle a ponérselo, para que pudiera estar en el agua sin que yo la aguantara. Se parece mucho a su madre, es muyindependiente. —Que Dios te pille confesada, Bennett. —Diría que Dios ya me ha echado uncable. Lizle lanzó una mirada de asombro, pero sonrió. —Vaya, seguís vivas las dos —intervino Meredith, apareciendo por el pasillo—. Skye está frita. He tenido que leerle a Shelley. Por amor del cielo, Liz, ¿no se sabe la de un elefante, dos elefantes y quiénsabe cuántos elefantes más? Las dos mujeres más jóvenes se echaron a reír y Meredith agitó la mano ensudirección. —Necesito una copa.

Capítulo 13

—Tenéis que venir a verme a Chicago —les dijo Meredith, cuando la acompañabanalcoche. —Me encantaría, Meredith. Muchas gracias —repuso Liz, con lágrimas en los ojos. Le dio un abrazo a la anciana y la besó en la mejilla. —Y cuídame a esta cabeza hueca, ¿quieres? —añadió Meredith, señalando a Casey. Sunieta puso los ojos enblanco yLizse rio y se enjugó los ojos. Skye hizo unpuchero yestiró los brazos hacia Meredith. —Adiós, princesita mía. —Ayós, abuela —contestó Skye—. ¿Velves? Meredithle dio una palmadita enla barbilla. —Túintenta impedírmelo. Entonces atrajo a Casey contra su pecho y esta la abrazó con fuerza. —Venga, abuela, site veré cuando vuelva a Chicago —Trae a las chicas —le ordenó, y le dio un cachecito en la mejilla—. Pórtate bienhasta entonces. Casey cogió a Skye en brazos y despidió a su abuela con la mano, mientras el enorme coche maniobraba en el camino de

entrada. —¡No mates a nadie! —le gritó Casey. Lizle dio unpalmetazo enelhombro yle cogió a Skye. —Será mejor que nosotras también vayamos saliendo. Tengo cita con el médico dentro de una hora —miró a Casey a los ojos —. Gracias por llevarme ypor quedarte conSkye. —Nos lo pasaremos bien—aseguró Casey. Tras esperar pacientemente a que Liz se preparara, recorrieron el corto trayecto en coche hasta la clínica y Casey aparcó justo delante de la consulta delmédico. —Skye, pórtate bien con Casey —advirtió Liza su hija, dándole un beso en la rubia cabecita. Entonces se dirigió a la otra mujer—:

Casey, pórtate bienconSkye —añadió conuna risilla. —Qué graciosa —replicó Casey. No pudo evitar sonreír cuando a Lizle chispearonlos ojos azules y le costó Dios y ayuda apartar la mirada, hasta que notó que le tirabande los pantalones cortos. —Vamos, Cafey—protestó Skye, tirando conmás fuerza. Lizse rio. —Será mejor que os marchéis. Supongo que no tardaré más de media hora o así. —Te esperaremos aquí—le dijo Casey. —Id concuidado —pidió Liz, sinpoder ocultar la preocupación. —¿Qué quieres que pase? —le preguntó Casey, dejándose arrastrar por Skye calle abajo. Liz esperó sentada en la consulta mientras el viejo médico rellenaba suhistorial. —Parece que todo va bien, aunque debería haber ganado un poco más de peso. ¿Cómo va todo lo demás? Sumarido

—No estoycasada, doctor —respondió Liz. Elanciano consultó elhistorialde nuevo.

—Ya veo. Disculpe por hacer suposiciones, enestos tiempos, ya no se sabe. Bueno, lo está haciendo todo muy bien, siga así. ¿Su —volvió a dudar, yse puso colorado delante de Liz—. ¿Vive usted sola? Fue elturno de sonrojarse de Liz.

?

—No

Por el momento vivo con una amiga. A lo mejor la

conoce, se llama CaseyBennett. El doctor levantó una ceja, así que a Liz no le quedó ninguna duda de que eldoctor Martinconocía a Casey. —Me está ayudando muchísimo —prosiguió Liz. Sonrió al evocar la cena quemada de la víspera y lo mucho que la ayudaba conSkye—. Más de lo que cree —completó entono ausente. Recordó la noche que habían pasado las tres juntas en la cama y Liz había leído para ellas. También se acordó de cómo la había mirado Casey. Era como si aquellos ojos verdes la atravesaran. O

puede que eso fuera lo que ella deseaba. Dejó escapar un hondo suspiro de satisfacción y entonces se dio cuenta de que el doctor Martinla estaba mirando. Este sonrió yella carraspeó. —Conozco a Casey Bennett. Sies capazde hacerla sentir asíde feliz y contenta, espero que se quede con ella hasta que nazca el bebé —le dijo, dándole una palmadita en la mano—. Como le he dicho, siga asíde bieny

tenemos a una mujer —los interrumpió la

enfermera, asomando la cabeza en el consultorio—, con una niña

pequeña Lizse levantó de unsalto. —¿Una niña rubia? ¿Yla mujer es alta y con el pelo oscuro? —

—Doctor, esto

preguntó connerviosismo. La enfermera asintió y tanto Liz como el médico la siguieron a toda prisa a la sala de exploración contigua. Casey estaba tumbada

en la camilla con una bolsa de hielo en la rodilla y el codo en carne viva. Skye, de pie encima de una silla, le cogía la mano. Al ver a su madre le dedicó una sonrisa de oreja a oreja. —¡Mamá! Cafeycaío otavés. Lizcorrió junto a suhija. —¿Qué ha pasado? —inquirió, al tiempo que comprobaba que Skye no se había hecho daño. La niña tenía la cara roja de excitación; Casey fue a levantarse, pero eldoctor Martinle puso una mano enelhombro. —Espere, deje que se lo mire. Le quitó el hielo de la pierna, le examinó la herida de la rodilla y se dispuso a curársela conla ayuda de la enfermera. —¿Con qué se ha dado? —preguntó, mientras le palpaba la articulación.

—Bueno

—empezó a decir Casey, conuna mueca.

La preocupación era evidente en los ojos azules de Liz, y la vergüenza era más que evidente en la expresión de Casey Bennett. El doctor salió de en medio y dejó que la enfermera le limpiara la rodilla y elcodo, mientras la minirrubita ofrecía una explicación muy madura para su edad, que a punto estuvo de hacer que le saltara la risa. —Cafeycaío delculumpio. Lizse frotó la cara conexpresiónde cansancio. —¿Que se ha caído de un columpio? —miró a Casey, que asintió ymiró altecho—. ¿Cómo has podido caerte? —Pues es más fácilde lo que creía —rezongó Casey.

Lizsoltó una carcajada ySkye la imitó. —Cuéntame. —¿Podemos hablar de esto en casa? —suplicó Casey, mirando por elrabillo delojo almédico y a la enfermera, ambos con amplias sonrisas enla cara. —Ah, no. Yo quiero oírlo —afirmó el médico, que acercó una

silla y se sentó a la mesa a escribir—. Está bien, no hay nada roto. Solo unos arañazos yelego herido. Por favor, siga hablando. Casey tomó aire con resignación y volvió a pegar los ojos al techo. Liz rodeaba los hombros de su hija con el brazo y con la mano libre le acariciaba elbrazo a Casey. —Estábamos en los columpios —explicó Casey, mirando a Liz —. La pitufa estaba en uno de esos para niños, era seguro —se apresuró a añadir. —Lo sé —sonrió Liz. —Bueno, pues tuhija quería que me columpiara más alto. —¡Cafeyllega muyalto, mamá! —apuntó Skye, entusiasmada. —Me lo imagino, pastelito. —Se me quedó el pie trabado en el suelo y prácticamente salí volando delcolumpio. —Cafeyvuela como pajarito, mamá —exclamó Skye. —¿Podemos irnos ya? —Aún no. Me gustaría que el doctor te hiciera una radiografía de la cabeza —dijo Liz.

—Casey se interrumpió y

fulminó a Lizconla mirada—. Muygraciosa. Eldoctor Martinse levantó, riendo. —Está bien. No entre enlos parques infantiles durante unos días. Señora Kennedy, ¿por qué no sale con la pequeña y le pide una

—¿Por qué? Si no me he dado en

piruleta a mienfermera? Quiero hablar conla mayor unsegundo. Liz puso cara de preocupación, pero se dejó conducir fuera de

la habitación. Luego eldoctor se volvió hacia Casey y esta se sentó derecha yflexionó la rodilla. —No me diga que es más grave de lo que pensaba —aventuró ella conuna sonrisa. No obstante, la expresión seria del doctor la serenó de inmediato. —He tenido una agradable conversación con Liz y dice que se quedará con usted hasta que nazca el bebé —le comunicó. Casey asintió—. No estoy seguro de la experiencia que tiene con mujeres embarazadas, Casey. ¿Puedo llamarla Casey? —preguntó educadamente. Casey asintió de nuevo—. Es posible que sufra cambios de humor durante el embarazo —comentó, al tiempo que cogía unos panfletos del escritorio—. Le sugiero que lea esto. Puede que le ayude a entender mejor la psicología de una mujer embarazada. Tambiénhayunlibro muybueno enla biblioteca. Le preparó unas recetas y se las entregó. Casey ojeó los panfletos.

si quiere entenderlo mejor —añadió él, observándola

detenidamente.

—Eso

—Sí, doctor, quiero entenderla mejor. Quiero ayudarla con el

embarazo. Liz y Skye

le habrá contado ella —balbució, sinpoder evitarlo. —Me ha contado lo suficiente para que me haga cargo de su situación. No estoy seguro de por qué la está ayudando, Casey, pero espero que esté dispuesta a llegar hasta el final, porque ella la necesitará. La necesita ya ahora. Ante sus ojos, fue como si Casey comprendiera de repente la

No sé qué

bueno

yo

yo he llegado a

magnitud de sus palabras, ysureacciónfue meterse los panfletos en elbolsillo trasero, respirar hondo yasentir contotalconfianza. —Gracias, doctor Martin. La cuidaré a ella y a Skye. No estoy segura de sisé bienlo que estoyhaciendo. El médico le dio una palmada en la espalda al acompañarla a la puerta. —Todo irá bien. Tener un hijo es algo tan natural como caerse de uncolumpio —comentó, yle dio unempujoncito alsalir.

Capítulo 14

—Quédate —rogó Skye, agarrada delpantalónde Casey. Liz tuvo que reprimir las lágrimas almirar a su hija cuando Casey dejó elmaletínyla cogió enbrazos. —Pitufa, es como la otra vez. Volveré antes de que te des cuenta. No llores, por favor —susurró, yle dio unbeso enla mejilla —. Tienes que cuidar de mamá mientras yo no esté, ¿vale? —Vale —murmuró Skye—. Velves, ¿verdad? —Sí, pitufa. Volveré. Te lo prometo. Ahora termínate el desayuno. —Ayós, Cafey —se despidió la pequeña, y le dio un beso en la mejilla. CaseyyLizfueronalcoche la una allado de la otra, ensilencio. —Te quiere mucho, Casey—le dijo Lizalllegar alvehículo. Caseyse volvió hacia ella, sonriente. —Yyo también quiero al pequeño hobbit. Pero desearía que no se lo tomara tana pecho cuando me voy. —Creo que de alguna manera se acuerda de Julie. Siempre le prometía que volvería a casa, pero se retrasaba. Skye se quedaba esperándola en la ventana hasta que tenía que llevármela a la cama. No sé por qué lo hacía Julie —reflexionó Liz en voz alta. Bajó la

mirada y removió la tierra con el pie—. A Meredith le preguntó lo mismo. Caseyla escuchó, apoyada enelcoche. —Voya volver, Liz. Lizlevantó la mirada hacia ella. —Eso espero, vives aquí. Caseyse echó a reír ymeneó la cabeza. —Volveré elviernes. Llámame a mío a Marge si —Me conozco el procedimiento, mi General —la cortó Liz, haciendo unsaludo jocoso. Volvió a producirse un silencio incómodo entre las dos, mientras

Liz se retorcía el pelo y se acariciaba la barriga en gesto ausente y Caseymiraba hacia ellago, conelmaletínenla mano.

—Bueno

Se echarona reír yCaseyabrió la puerta delcoche.

—Buenviaje —le deseó Liz, yretrocedió.

—Gracias. Liz

pues

—empezaronlas dos alunísono.

—la llamó Casey, alcerrar la puerta.

No tenía niidea de lo que quería decir o sidebía decir algo. —Lo sé, Casey. Vete. Nos vemos elviernes. Se quedó en la entrada hasta que el coche tomó el camino de tierra y Casey sacó la mano por la ventana para decir adiós. Liz le sonrió ytambiénagitó la mano.

Liz gimió al agacharse para recoger los juguetes de Skye, y al erguirse trató de estirar la espalda. Acababa de acostar a la niña, tras asegurarle por centésima vez que Casey volvería a casa al día siguiente. Lo cierto es que a Liz empezaba a gustarle la idea tanto como a su hija; se preguntaba qué hacía Casey en Chicago cuando

no estaba en el estudio y, por alguna razón, quería conocer a la hermosa chelista. —¿Por qué? —se dijo—. ¿Qué cambiaría eso? Dejó los juguetes en el sofá y se dirigió pesadamente a la cocina para poner agua a hervir. —Seguro que Casey Bennett prefiere pasar el tiempo con ella que conuna embarazada gorda. Deambuló por la cocina hasta que el hervidor de agua pitó para indicarle que la infusiónestaba lista yque por finpodía sentarse. —La echo de menos —murmuró Liz, casi maravillada de que fuera así. Pensar en Casey la hizo sonreír y se acercó a la ventana con su taza, para contemplar el lago. Estaba anocheciendo y las estrellas apenas despuntaban en el cielo del crepúsculo; pronto, la luna se elevaría por encima de los árboles. Aquellos bosques eran preciosos y se sentía segura y satisfecha, pero de repente la invadió una oleada de ansiedad. No sabía qué futuro le esperaba a su futuro bebé. Entonces el rostro de Casey le vino a la cabeza y sonrió de nuevo. El lago estaba silencioso y disfrutó contemplándolo mientras sorbía sumanzanilla.

***

El jueves por la noche, Casey estaba junto al gran ventanal de su

apartamento, con vistas al Lago Michigan. Había sido un día duro en el trabajo, porque nada sonaba bien, la música no funcionaba

o quizá era ella la que no funcionaba. Echó un vistazo circular a su coqueto apartamento y dejó escapar un suspiro: en Chicago ya no

le quedaba nada.

Al preguntarse por qué, se dio cuenta de que la respuesta podía residir a seis horas de allí, en dirección norte. ¿Pero la respuesta a qué? El rostro de Liz le inundaba los pensamientos cada vez más a menudo, y cuando evocó la alborozada carita de Skye, se rio en alto.

diablos me pasa? —se preguntó, dando un sorbo

de vino, sinapartar los ojos dellago. Eltimbre de la puerta la devolvió a la realidad. Echó un vistazo al reloj sobre la repisa ygimió. —Por favor, que no sea Suzette. Fue a abrir la puerta yse quedó de piedra. —¿Qué haces aquí? —preguntó, meneando la cabeza. Meredith la acalló con un gesto displicente de la mano y entró en la casa sinmás, algo falta de aliento. —¿Has subido por las escaleras? —se extrañó Casey, ayudándola a llegar alsofá conuna mano bajo subrazo. Meredithse dejó caer enelsofá conungruñido. —No, pero tuapartamento está muylejos delascensor. Caseytomó asiento enuna silla, enfrente de suabuela. —Me has dado un susto de muerte —se quedó—. Oye, ¿cómo

sabías que estaría encasa

—He hablado con Niles. Me ha dicho que estabas algo melancólica hoy, así que sabía que no estarías con la idiota con talento. —No estaba melancólica. Y deja ya de llamarla así. —Claro, tesoro. Se me ocurren muchos otros nombres. ¿Qué te ?

parece —Da igual. ¿Quieres beber algo? —ofreció Casey, si bien se levantó sinesperar respuesta.

—¿Qué coñ

ysola?

—Preguntas cosas de lo más extrañas. Y hablando de cosas extrañas: ¿verdad que «melancolía» es una palabra muy rara? — comentó Meredith, quitándose los zapatos para estirar los dedos de los pies. Caseyvolvió conla copa helada yse la dio a suabuela. —Gracias, querida. Volveré a incluirte enmitestamento. Casey sonrió y se sentó junto a la chimenea para observar las llamas. —Te pareces mucho a tu madre. Siempre que algo la confundía, ponía la misma expresiónpensativa. —No estoy confundida —objetó Casey, levantando la mirada —. ¿Por qué iba a estar confundida? —Liz, Skye —contestó su abuela. Y luego, en un susurro, añadió—. Enamorarte. Caseyse quedó conla boca abierta. —Túchocheas —espetó, yalargó la mano por sucopa. Meredithse rio ydio untrago. —No estoyenamorada de Liz, abuela. —No, aúnno. —Abuela —Case Casey gimió y echó la cabeza hacia atrás, hasta apoyarla en la losa de la chimenea. —Por favor, no veas más de lo que hay y te montes películas de amor. No hay nada entre Liz y yo. Joder, el otro día prácticamente la llamé zorra buscafortunas irresponsable yegoísta. —Pero te equivocabas —le recordó su abuela—. ¿Qué te llamó Liz? —Arrogante ypomposa.

—Ah, sí. Dio enelclavo, ¿verdad? Casey no contestó, sino que inspiró hondo y luego expiró lentamente. —Y de aquí a que esto acabe, os volveréis a sacar de quicio y diréis cosas que no sentís o haréis estupideces, pero os volveréis a pedir perdón. El caso es que al final, cariño, te darás cuenta de lo mucho que necesitas a LizKennedyya sufamilia. Caseyparpadeó varias veces, como sitratara de procesar lo que quería decir suabuela. —No estoy enamorada de Liz. Ella no está enamorada de mí. Solo la estoy ayudando hasta que nazca el bebé y ella pueda salir adelante. Estoy segura de que quiere recuperar su vida y volver a casa. Meredithresopló yse comió una oliva. —Sandeces. Caseynegó conla cabeza. —Yo Volvió a sonar eltimbre yCaseyse levantó conungruñido. —Me pregunto quiénserá —musitó Meredith. —Yo solo quería una noche tranquila. —Pensando enLiz. Caseyrugió yabrió la puerta. —Adelante —dijo sin más, y se apartó para dejar pasar al reciénllegado. Era Niles, que entró sin hacerse de rogar y sonrió alegremente al ver a Meredith. —¡Meredith! Qué alegría verte. Caseyle dirigió una mirada torva. —Como sino supieras que estaba aquí.

—Ay, calla. Me bebería una copa de vino —anunció Niles, quitándose elabrigo. Luego tomó la mano que le ofrecía Meredithy se la besó. —Brianes uncabrónconsuerte —opinó esta. Niles se rio yse sentó a sulado; aceptó la copa que le dio Casey yse acomodó sobre los mullidos cojines. —¿Y de qué estábamos hablando? —se interesó Niles. —Adivina —refunfuñó Casey, de vuelta junto alhogar. —¿Ya la has convencido? —le preguntó Niles a Meredith. Ella se encogió de hombros y volteó una oliva en la copa, de manera que Niles se volvió hacia Casey. —¿No te ha convencido? —No estoyenamorada de LizKennedy.

—Claro que no

aúnno.

—Eso mismo le he dicho yo —apuntó Meredith, y dejó la copa al borde de la mesa—. ¿Qué es esto? —preguntó, al ver los diversos panfletos—:«Qué hacer cuando llegue elmomento». Lo leyó por encima y luego se lo pasó a Niles, que lo estudió conatención. —¿Qué? —se defendió Casey, cada vez más avergonzada—. Bueno, Liz pasará aquí unos meses, tengo que saber qué hacer, ¿no? Los dos asintieronsindespegar los ojos de la lectura. —Esto no lo sabía —comentó Niles, señalando unpárrafo. Meredithlo leyó sobre suhombro. —Bueno, querido, es que túno eres una mujer embarazada. Siguieron leyendo en silencio, hasta que Casey se puso de los nervios y se sentó en elsofá allado de Niles. Sin dirigirle la mirada, le pasó unpanfleto; Caseylo cogió yempezó a leer.

—Esto no lo sabía —murmuró. Niles y Meredith intercambiaron una mirada, pero no abrieron la boca, yCaseysupo que la aguardaba unbuendolor de cabeza.

***

A la mañana siguiente, antes de tomar rumbo al norte, Casey pasó por la Biblioteca de Chicago y dejó elcoche en elaparcamiento. El silencio en el enorme edificio resultaba ensordecedor. Casey se dirigió al mostrador principal y sacó un papel del bolsillo; la jovencita de detrás delmostrador le sonrió. —¿Puedo ayudarla? Lo dijo tan bajito que Casey apenas la oyó. Carraspeó y le dio elpapel. —Buscaba este libro. La mujer echó unvistazo alpapelyluego miró a Casey. —¿Para suesposa? —se interesó, conuna sonrisa cómplice. Caseynotó que se ponía colorada. —Eh, no, no. Es para una amiga, que está embarazada, y la estoyayudando —¿Tuvo una charla coneldoctor Martinyle sugirió este libro? —¿De qué conoce al doctor Martin? —preguntó Casey, perpleja. La mujer le enseñó elpapely fue cuando Casey se dio cuenta de que el médico había anotado la referencia del libro en una receta. Soltó una risita. —Ya veo. —Puedo ayudarla a encontrar ellibro. Acompáñeme. Casey siguió a la mujer escaleras arriba y luego recorrió con ella

unos cuantos pasillos, hasta que la bibliotecaria se detuvo y buscó enuna estantería. —Aquíestá —anunció, yle entregó ellibro a Casey. —Usted lo ha —Sí, lo he leído. Mi mujer y yo tuvimos un bebé hace dos años y a Gina le fue muy bien el libro —le contó la bibliotecaria—. La ayudó muchísimo, porque no tenía niidea. Caseysoltó una carcajada. —Creo que sumujer yyo estamos enelmismo barco. —¿Tiene usted carnet de la biblioteca? Casey hizo una mueca y negó con la cabeza; la bibliotecaria le tendió la mano. —Me llamo Dorie. Necesitaré algúntipo de identificación. Casey le estrechó la mano y sacó la cartera. Al cabo de un rato, Casey estaba ojeando el libro mientras Dorie introducía sus datos enelordenador.

—Esto

¿cómo

? Quiero decir, sino le importa

Dorie la miró por encima de las gafas. —No me importa enabsoluto, puede preguntarme lo que quiera. Mucho más tranquila, Caseyse apoyó enelmostrador. —¿Usted tuvo cambios de humor yantojos? —Oh, Dios, sí. Hubo un punto en que creí que Gina iba a dejarme. ¿Y antojos? Tuve una época loca por la comida china y las patatas fritas. —Bueno, eso no es tanraro —opinó Casey. Dorie dejó de teclear. —Las dos cosas almismo tiempo. —Ah. —¿De cuánto está suamiga?

A Caseyno se le escapó la nota de duda alpronunciar la palabra «amiga». —Sale de cuentas endiciembre. De improviso, cayó en la cuenta de que solo faltaban dos meses y le entraron náuseas. Notaba el estómago encogido y la sala se cerraba sobre ella de un modo asfixiante. Se tiró del cuello del jersey y notó que tenía la frente perlada de sudor. De lo que no se percató fue de que Dorie se había levantado y había salido del mostrador para guiarla a una silla cercana. —¿Se encuentra bien? Parecía que estuviera a punto de desmayarse. Casey aceptó el vaso de agua que le ofrecía y se lo bebió de un trago. —Estoybien, no sé qué me ha entrado. —La realidad —rio Dorie, dándole una palmadita enelhombro. Confusa, Caseyla miró. —Empieza a darse cuenta de la magnitud de la situación. Gina reaccionó igual, tambiénsobre elséptimo mes sino recuerdo mal. Ya conelpulso algo más sereno, Caseysoltó una carcajada. —¿Y usted nunca tuvo miedo? Dorie se lo pensó un momento y, entonces, sucedió: sonrió y puso exactamente la misma cara de felicidad absoluta que Liz tenía a menudo. Caseylas envidiaba a las dos. —Al principio sí, pero luego fue como si encajara todo de golpe —explicó Dorie—. Iba a tener unbebé yera feliz. Le dio otra palmadita en el hombro a Casey y volvió a su mesa, no sinantes añadir por encima delhombro:

—Y Gina tenía ganas de vomitar.

Casey se pasó todo el trayecto de vuelta al norte dándole vueltas a

la cabeza sobre Dorie, todo lo que había leído y lo que le habían

dicho su abuela y Niles, hasta que ya no pudo pensar más. Ni siquiera la radio lograba distraerla, porque no se lo sacaba de la mente. ¿Estaba enamorándose de Liz? ¿Era eso posible? ¿Era lo que quería? Se hizo todas aquellas preguntas una y otra vez, mientras rezaba por obtener una respuesta. De lo que sí estaba segura era de que pensar en Liz Kennedy le hacía cosquillas en el estómago yle aceleraba elcorazón. ¿Era amor aquello? Tomó el desvío hacia su cabaña cerca de las cuatro de la tarde,

y entonces le dio un vuelco el corazón. La última vez que había

regresado a casa, Skye se había puesto tan nerviosa que se había caído. Evocó la mirada de Liz, llena de preocupación por su hija. ¿Había algo en sus ojos azules que dijera qué significaba Casey para ella? ¿Sies que significaba algo? —Oh, Dios, ¡vale ya! —suplicó, alaparcar elcoche. Oyó sus voces en la playa y, al acercarse a ellas, casi se le escapó la risa. Liz estaba con Skye en las aguas poco profundas: la niña estaba con su flotador; su madre iba en pantalones cortos, con una camiseta de tirantes azul enorme, como es natural, y empujaba

a su hija sin alejarse de la orilla. Liz llevaba gafas de soly una gorra de béisbol, con la melena en una coleta suelta que salía por la abertura posterior. Tenía unos muslos musculosos y los brazos firmes. Casey se preguntaba qué hacía antes de quedarse embarazada. ¿Era deportista? ¿Hacía ejercicio? ¿O sencillamente estaba en forma de manera natural? Seguramente seguirle el ritmo a Skye la mantenía en forma. De todas maneras, nada de aquello era

importante para Casey, porque lo cierto es que Liz era hermosa más allá de su aspecto físico. Lo era como persona. Cuando sonreía, lo hacía de corazón, era una mujer segura de sí misma, generosa Sin comerlo ni beberlo, Casey se sintió inepta y superficial. ¿Cuándo se había vuelto tan arisca con el amor? ¿Nunca tendría nada más que sexo? Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones cortos y la recorrió una oleada de autocompasión. No obstante, aloír reír a Skye se puso de buenhumor enseguida yse le escapó una carcajada. —Gracias, pitufa —murmuró, a nadie enparticular. La pequeña miró ensudirecciónychilló. —¡Cafey! Liz se volvió y le dirigió una sonrisa tan radiante que a Casey se le iluminó la cara aldevolvérsela. —¡Hola! —las saludó, agitando la mano mientras se acercaba a la playa. Skye vadeó para salir del agua, se zafó de su madre y corrió hacia Casey sin acabar de quitarse el flotador. Cuando llegó hasta ella estaba medio encallada yla compositora sonrió. —Ahora ya sabes cómo me sentí yo —comentó, y la ayudó a quitárselo. De inmediato, Skye saltó a sus brazos y Casey la abrazó con fuerza. Miró a Liz, que salía del agua más lentamente, y fue hacia ella para ofrecerle la otra mano. —Hola —la saludó Liz, jadeando. —Hola —contestó Casey. Skye le rodeó elcuello conlos brazos a Casey. —Pastelito, estás empapada yestás estrangulando a Casey.

—No pasa nada, es agradable. —Bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas ysoltó a Liz—. Tienes buenaspecto. La sonrisa de Lizvaciló y empezó a ponerse colorada. Nerviosa, se llevó la mano a la garganta yse rio. —Bueno, gracias. Pero creo que he pasado demasiado tiempo alsol. Casey vio que sí tenía la piel algo quemada y dejó a Skye en el suelo. —Ya te vale, mamá —la riñó, juguetona. —Cafey, abua —pidió Skye, tirándole de la pierna. —Espera a que vaya a cambiarme, a no ser que estés cansada —apuntó Casey, dirigiéndose a Liz. —No, por favor. Me parece genial. Ve a cambiarte. Te esperamos aquí.

***

El agua fría del lago rejuveneció a Casey al tirarse desde el muelle, en donde Liz estaba sentada debajo de una sombrilla y vigilaba a Skye, que jugaba con la arena. Sin duda aquella noche iba a tocarle bañera. Se volvió a contemplar a Caseymientras nadaba. «Qué cuerpazo, Dios», pensó. Trató de imaginarse a Casey y a Julie juntas, no de un modo sexual, sino más bien en los momentos íntimos que debían de haber compartido. No le costaba adivinar lo que había atraído a Julie de Casey:era una mujer segura, sexy e inteligente. Liz se estremeció al recordar la tarde en que había despertado al sonido de Casey tocando el piano. Era una música muy sensual y romántica. También se acordaba de lo irritada que estaba la compositora.

Debía de tener que ver con su temperamento artístico. Liz cerró los ojos y se imaginó a Julie escuchando tocar a Casey. Casi le tenía envidia. ¿Cómo debía de ser saber que alguien está tocando una canciónpara tiysolo para ti? Puso los ojos enblanco yse rio ensu fuero interno. «Eres una boba romántica, Kennedy.» Era un bello sueño, pero como todos los sueños, no era real. La realidad era la que era: tendría al bebé, recuperaría su vida y ¿entonces qué? Un salpicón de agua fría le dio en plena cara, sacándola de su ensimismamiento, y Liz pegó un grito. Skye empezó a partirse de risa cuando Caseysalpicó a sumadre por segunda vez.

—Tú

—gruñó Liz.

Caseyesbozó una sonrisa maliciosa desde elagua. —Antes tendrás que pillarme. —Tú espera, Bennett. Después de que nazca el bebé, la venganza será terri —Ah, ah—la silenció Casey, agitando eldedo índice. Al salir del agua se tiró de la parte posterior del bañador distraídamente y, alfijarse enelfirme trasero de Casey, Lizsintió un cosquilleo que hacía tiempo que no sentía.

Disfrutaron de una cena maravillosa a base de perritos calientes y hamburguesas y, tras un buen baño, Skye se quedó dormida como un tronco antes de que se fuera el sol. Liz la dejó en el dormitorio, con la puerta entreabierta, y fue a reunirse con Casey en el porche. Esta estaba apoyada en la barandilla, contemplando el atardecer, y Liz se quedó tras la puerta mosquitera unos segundos, para

observarla. Desde el bosque les llegaban los sonidos del final del verano, los grillos cantaban, los pájaros nocturnos dejaban oír su llamada y la suave brisa estival silbaba entre las ramas de los abedules. Lizsonrió ysalió alporche; Caseyse volvió hacia ella. —La pitufa estaba muerta. —Sí, la verdad es que sí. Ha tenido unos días muy intensos. Tenía que mantenerla ocupada, porque te echaba mucho de menos. —Yo tambiénla he echado de menos —susurró Casey—. Y a titambién, Liz. —Gracias —musitó esta, y evitó mirarla a la cara—. Yo también te he echado de menos. Casey disimuló la sonrisa y se volvió hacia el lago de nuevo. Liz también intentó no sonreír, pero no pudo evitarlo, porque se sentía feliz. Entonces se fijó en el tubo de crema que había en la barandilla. —¿Qué es eso? Caseysiguió sumirada. —Ah, es una crema que me pongo cuando me quemo con elsol. He pensado que te iría bien —le miró los hombros y se echó a reír —. Estás muyroja. Lizestiró elcuello para verse la parte posterior de los hombros. —Ypensar que prácticamente he rebozado a Skye de protector solar durante toda la semana. —Y vas yte olvidas de ti. —Caseycogió eltubo—. Anda, ven. Liz estiró la mano para que le diera el tubo, pero Casey se la apartó condelicadeza. —Déjame a mí, túno llegas. Date la vuelta. —Oh.

y

Liz obedeció y miró al cielo para mantener la compostura cuando notó la crema fría enlos hombros. —Sería mejor si te quitaras la camiseta —dijo Casey en voz baja. —¿Intentas ligar conmigo, Bennett? —preguntó Liz, consciente de que le temblaba la voz. Le costaba mucho controlar la sensación de hormigueo enelestómago. —No lo sé. ¿Tanmalo sería? —No lo sé. Tras unmomento de silencio, las dos mujeres se rieron. —Supongo que conesto será suficiente. —Supongo que sí. Liz hizo una mueca cuando se le escapó un hondo suspiro. En cuanto Casey retiró los dedos, añoró su roce cariñoso, pero el momento estaba roto. Se dio la vuelta yvio que Caseytenía elceño fruncido. Ciertamente no era la expresión que esperaba ver; al menos hubiera querido verla respirar entrecortadamente o que le temblaranlas manos. —Gracias, ya me encuentro mejor —le dijo Liz. —De nada. —Es un atardecer precioso —susurró, apoyándose junto a Casey—. Ellago está tanliso que parece de cristal. —A lo mejor mañana podemos sacar la balsa. A Skye le gustaría. —Sí, seguro que sí. —Liz miró a Casey de reojo—. Gracias, Casey. Caseyla miró a los ojos. —¿Por qué? —Por todo lo que has hecho por Skye y por mí. Si no fuera por

ti, no estoysegura de dónde estaría eneste momento. —Eso tienes que agradecérselo a Julie. Yo ni siquiera sabía que existías. —Creía que Julie te había hablado de mí. Casey ladeó la cabeza y reflexionó sobre ello un momento. Finalmente, sonrió. —Sí, lo hizo. Supongo que quien yo no sabía que existía era Liz Kennedy, madre generosa y gran amiga. Tenía una idea abstracta de ti, pero ahora te conozco, sé cómo eres y lo que piensas. —Se encogió de hombros antes de continuar—. Así que no, no sabía que existías. Durante unlargo momento, Lizfue incapazde hablar. —Hay algo en ti, Casey. Puedo entender lo que Julie amaba en ti. Supongo que las dos debemos darle las gracias —murmuró, con lágrimas en los ojos. Desesperada, trató de reprimirlas, ya que no quería estropear el momento lloriqueando como una tonta—. Esta noche se lo agradeceré enmis oraciones, igualque a ti. Supuso que lo mejor era irse a la cama antes de que las hormonas se le descontrolaran y la empujaran a decir algo que luego lamentaría. —Yo también—aseguró Casey. Lizsonrió yle cogió la mano a Caseyunsegundo. —Creo que me voya la cama. Buenas noches, Casey. Caseyasintió. —Que duermas bien, Liz.

Esa noche, más tarde, Liz estaba tumbada en la cama mirando al techo, con Skye dormida a su lado. Se pasó una mano por la

barriga y con la otra se secó las lágrimas. Aunque ya se llevaba mejor con Casey y habían pasado un día fantástico, le dolía la cabeza de intentar no pensar en todo lo que se le venía encima y cómo iba a salir adelante ella sola. Ahora bien, si era sincera consigo misma, Liz siempre había estado sola. Julie estaba siempre de viaje. Alser piloto pasaba fuera mucho más tiempo delque a Liz le habría gustado, pero nunca estuvo segura de que a Julie le molestara tanto como a ella. Dejó escapar un gruñido irónico:

aparentemente no. Las súplicas de Liz siempre habían caído en saco roto. Al principio había sido fabuloso, como imaginaba que eran la mayoría de las relaciones cuando empiezan. Julie era una amante fogosa y Liz se deleitaba con su ternura. Creía que había encontrado a alguien a quien querer y con quien construir una vida en común. Realmente, Julie Bridges parecía dar con el perfil. Sin embargo, al año siguiente las cosas empezaron a cambiar cuando Julie amplió su jornada y elnúmero de vuelos con la compañía. Fue un cambio lento, sutil, y a Liz la cogió por sorpresa. Alo mejor no le prestaba suficiente atención a Julie. Skye había llegado a sus vidas en una época muy temprana de la relación, cuando solo llevaban dos años. Tras la muerte de Barb y Steve, la vida había cambiado para todos. Liz no tenía ni idea de cómo ser madre, pero Julie, por mucho que la apenara la muerte de los padres de la pequeña, estaba encantada conla idea de hacerle de madre a Skye. Eneldormitorio de la cabaña, mirando el paisaje por la ventana, Liz se descubrió negando con la cabeza: decir que Julie estaba encantada con hacerle de compañera de juegos era una definiciónmás precisa. Así pues, y a pesar de que la maternidad le había caído por

sorpresa, lo cierto es que le resultó natural, más fácil de lo que se había imaginado. Cuando miró a Skye a sus adorables ojos azules, se enamoró de ella. Desde aquel día, el bienestar de la pequeña fue lo prioritario. Era una responsabilidad enorme y era consciente de que a veces era demasiado dura con Julie, aunque igualmente cierto era que Julie lo intentó. Todas pasaronpor una etapa de adaptación hasta que las cosas parecieron estabilizarse y fueron felices. Julie aceptó su trabajo con la compañía aérea para ganar más dinero, un dinero que necesitaban. Sí, se dijo Liz, con un suspiro cansado:

eranfelices, eranuna familia. Y entonces todo se desmoronó. La respiración acompasada de Skye empezó a adormecer a su madre, que notó que le pesaban los párpados. Alargó el brazo y le puso la mano enelhombro a la niña, solo para sentir elcontacto. Al caer dormida, el rostro de Casey inundó sus pensamientos e invadió sus sueños.

—¿Cuánto pesas? —quiso saber Caseydurante eldesayuno. Liz miró a Casey con los ojos entornados, mientras la otra mujer le ofrecía a Skye una minisalchicha y la niña la aceptaba con entusiasmo. —Sabe comer contenedor. Casey levantó la mirada y sonrió, pero cuando vio la expresión ceñuda de Liz, enseguida le quitó la salchicha a Casey, se la cortó entrocitos yle dio eltenedor a la niña. —No tengo ni idea de cuánto peso. ¿Por qué lo preguntas? — inquirió Liz, en referencia al interés de Casey, mientras se miraba la mano yla flexionaba unas cuantas veces. Casey notó la tirantez en su voz y supo que Liz estaba haciendo

un esfuerzo por controlar sus díscolas hormonas. A juzgar por cómo se miraba las manos, Liz se sentía hinchada. Casey echó un vistazo inconsciente al pasillo que conducía al dormitorio, reprimiendo el impulso de correr a por el libro que le había recomendado Dorie, Comprender su embarazo, y localizar el capítulo adecuado. —Solo quería asegurarme de que estés ganado suficiente peso, eso es todo. El doctor Martin dijo que había que vigilarlo — respondió, con una sensación de ineptitud incómoda. Sinceramente, Casey no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo y todo el tema delembarazo la sobrepasaba.

—¿Queréis hacer el favor de dejar ya lo del peso? —ladró Liz, tirando la servilleta. Sorprendida por el arrebato, Casey miró a Skye de reojo y vio que también se había quedado boquiabierta. Quiso decir algo, pero tuvo suficiente sentido comúncomo para callar. Lizrespiró hondo. —Me muero por un café, no descafeinado. ¡Un café de verdad con leche y azúcar! Quiero ser capaz de levantarme sin apoyarme

en la mesa. Quiero poder caminar sin parecer un pato —continuó,

subiendo cada vez más la voz—. Quiero poder dormir una noche entera sin tener que ir al baño cada hora. Quiero volver a tener el

control sobre mis emociones. Ayer Skye y yo estuvimos viendo

Los tres chiflados ¡y me puse a llorar cuando Moe le mete eldedo

a Curly en el ojo! Quiero volver a verme los pies —aulló,

hundiendo elrostro entre las manos. Casey miró a Skye de nuevo; la niña observaba a su madre con

grancuriosidad. «Vale, cambios de humor, cambios de humor», se recordó Casey, yle puso la mano enelbrazo a Liz.

—Lo siento. Estoy bien, pastelito —aseguró esta, sorbiendo las lágrimas ysecándose los ojos conuna servilleta. Skye levantó los pies descalzos. —Mamá, ¡mira pies! CaseyyLizse echarona reír. —Sí, nena, veo tus pies. Estiró la mano, le cogió los piececitos yle besó los dedos. —Me encantanestos deditos —exclamó Liz. Skye se partió de risa y su madre también siguió riéndose al levantarse de la mesa. Empezó a recoger los platos, pero Casey se puso de pie de inmediato. —Siéntate, ya recojo yo. —No, no, quiero hacerlo yo. Tú juega a cinco deditos con Skye —le dijo, conuna sonrisa desafiante. Casey se puso colorada, pero Skye dio palmas y le ofreció los pies a Casey. —Deditos, pofiii.

Casey carraspeó y miró a Liz por el rabillo del ojo, pero esta se había puesto a fregar los platos yles daba la espalda. —Vale, pitufa. Ahí vamos —empezó, cogiéndole el piececito en la mano—. Qué pies más pequeños tienes —exclamó, arrancándole una risita a la propietaria—. En fin, que este fue a por leña —¿Por qué? —preguntó Skye, ceñuda.

—Yo

no

no sabría decirte —balbuceó Casey. Miró a Liz,

que se encogió de hombros—. Ya volveremos sobre el tema, es una buena pregunta. Elcaso es que este la cortó yno sé por qué — añadió, antes de que Skye preguntara—. Este fue a por huevos. A lo mejor necesitaban la leña del otro —anunció Casey, y le tiró del

dedito siguiente, juguetona—, porque este los frió. Liz cerró el grifo y se quedó apoyada en el fregadero para oír el resto de la disquisición lógica de Casey, que sonreía con seguridad. Skye se miraba alternativamente los pies y a Casey con gran interés. —Yel más chiquitín, se los comió. Pero no estoy muy segura de por qué. Alo mejor hacen turnos y le había tocado ir a por leña la

vez anterior y

sonaba. Liz cruzó una mirada con ella, con la ceja levantada en gesto de superioridad, mientras se secaba las manos enelpaño de cocina. —Mamá juga mejor —le confió Skye enunsusurro. Casey esbozó una sonrisa avergonzada y se echó para atrás en la silla. —Bueno, hace tiempo que no jugaba a esto —admitió, dando unsorbo de café. Observó a Skye mientras se retorcía para salir de la trona, pero cuando Lizfue a ayudarla, la niña declaró:

—Mamá, yo solita. Liz dio un paso atrás y dejó que su hija bajara sola. En cuanto llegó alsuelo, salió corriendo de la cocina. —¿Cuándo ha empezado? —rio Casey—. Suena mucho más mayor. —Hace un par de días. Empieza a querer ser independiente. Esto se va a poner interesante —gimió Liz—. Su vocabulario crece día a día. Casey levantó la mirada y se dio cuenta de que Liz se veía muy cansada. Aunque sus ojos azules no habían perdido la chispa, parecía agotada. La compositora se levantó y la condujo hacia el

—calló de golpe al darse cuenta de lo absurdo que

sofá. —Venga, descansa un rato y pon los pies en alto. Ya acabo de recoger yo. Cuando terminó en la cocina y volvió a la sala de estar, Liz se había quedado dormida en el sofá, con los pies en alto y la cabeza apoyada hacia atrás. —¡Mamá! —la llamó Skye desde elpasillo. Liz abrió los ojos al punto y trató de sentarse, pero Casey la retuvo. —Voy a ver qué quiere esa pillina. Creo que me la llevaré a dar una vuelta por elbosque. Caseyfue a por Skye yle ofreció la mano. —Venga, Skye, nos vamos a dar unpaseo. Alsalir le guiñó elojo a Liz. —Enseguida venimos. Liz le sonrió, agradecida de poder disfrutar de un rato de calma. También valoraba mucho que Casey notara cuándo lo necesitaba sin que se lo pidiera, porque odiaba pedirle cosas, con lo buena y considerada que había sido con ellas. Era agradable que alguien más se ocupara de suhija, nique fuera por unos minutos. Sin embargo, al cabo de una hora, Liz empezaba a preocuparse. Paseaba de un lado para otro del comedor, cuando por fin las oyó llegar alporche, yencuanto entrarondio unabrazo a Casey. —¿Dónde habéis estado? —lloró, con las hormonas fuera de control. Casey abrió mucho los ojos y le rodeó la cintura a Liz con un brazo. —Lo siento. Hemos ido a coger flores silvestres —explicó. Lizla soltó, cogió a Skye enbrazos yempezó a llorar otra vez.

—Perdonadme. Skye miró a su madre con extrañeza y luego miró a Casey, que se encogió de hombros y le indicó que le diera un beso. Skye le puso las manitas enlas mejillas a Lizyle rozó la narizconla suya. —No llores, mamá —le dijo entono muyadulto. Entonces le dio un beso y aquello debió de ser la gota que colmó el vaso, porque Liz se deshizo en llanto. Casey le rodeó los hombros conelbrazo cariñosamente. —¿Mamá tiste? Casey cogió a Skye de brazos de Liz y las llevó a las ambas al sofá, en donde se sentaron juntas, con la pequeña en el regazo de Casey. —No, pitufa. Mamá está contenta, porque te quiere mucho. —¡A titambiénte quiero! —sollozó Liz. Caseyse quedó helada. Skye aplaudió. —¡Mamá quere a Cafey! Casey se rio y le secó las lágrimas de las mejillas a Liz con el pulgar. —¿Cafey quere a mamá? —preguntó Skye, tirándole de la camisa. Liz miró a Casey a los ojos y no supo lo que veía en ellos. O, mejor dicho, sílo supo yle dio muchísimo miedo. —Sí, pitufa. Yo también quiero a tu mamá —afirmó, y le regaló a Lizelramo de flores silvestres.

Capítulo 15

Cuando llegó la hora de acostarse, Skye tiró a Casey de la mano. Lizse rio e intentó coger a suhija enbrazos. —Es hora de irse a la cama, pastelito. —Cafeytambiénvene —dijo Skye—. Lee cuento. Casey soltó una carcajada y dejó que Skye la condujera pasillo abajo. —Ya le leo yo, tú relájate —le dijo a Liz por encima del hombro. —No sabes lo que has hecho, Bennett. Ahora tendrás que leerle todas las noches —le gritó Liz, de camino alporche. Una vez fuera, se sentó en la mecedora y echó la cabeza hacia atrás. Sonrió al oír los murmullos de Casey leyéndole a Skye en la habitación y contempló el lago y el cielo estrellado. Entonces cerró los ojos yempezó a mecerse lentamente. En algún momento debió de quedarse dormida, porque despertó de golpe yle entró elpánico. —¿Qué hora es? Ahogando ungruñido de dolor, se levantó a toda prisa yentró en la casa. Según elreloj de la repisa eran casilas nueve, pero ¿dónde estaba Casey? Alir aldormitorio no pudo evitar sonreír ymenear la

cabeza ante la imagen de Casey tumbada de espaldas, profundamente dormida, con los brazos por encima de la cabeza. Skye, que estaba sentada a su lado y ojeaba el libro, levantó la mirada cuando entró sumadre yse llevó undedo a los labios.

—Cafeydormida. Lizasintió. —Ya lo veo —susurró—. ¿Y qué haces túdespierta? —Mamá, duerme. Liz miró a Casey con una ceja levantada: se la veía tan relajada, tan vulnerable, respirando profundamente, dormida como una

bendita

—Hora de acostarse, pastelito. Skye arrugó la nariz y se tumbó sobre las almohadas. Casey la rodeó conelbrazo sindespertarse yla niña se acurrucó conella. Liz se cambió y fue a cerrar con llave. Luego volvió a echarle un ojo a Skye. Tenía intención de dormir en el sofá, pero el firme colchón le resultó demasiado tentador a su espalda, así que se mordió ellabio, retiró la sábana lentamente y se acostó. Alestirar la espalda dejó escapar un suspiro de alivio, cerró los ojos y, justo antes de dormirse, alargó la mano y se la colocó a su hija sobre la pierna.

***

Lizestiró la mano ySkye le dio ellibro.

A

la mañana siguiente, Casey no estaba cuando Liz despertó. Esta

se

levantó de la cama con cuidado de no despertar a Skye, se puso

la

bata y fue a la sala de estar, pero Casey no aparecía por ninguna

parte. Entonces miró por la cristalera y la vio nadando en el lago. Desnuda.

—Dios mío —musitó. Se quedó clavada donde estaba, incapaz de apartar la vista—. Debería mirar a otro lado —murmuró, aunque no le quitaba ojo de encima a sus bronceadas caderas. Tenía un cuerpo hermoso y torneado y Liz hizo una mueca amarga —. Recuerdo la época enque yo era así—dijo entono afilado.

En ese momento, Casey cambió de dirección y nadó hacia la orilla. Liz tragó saliva e intentó apartar la mirada, de verdad que lo hizo. No, enrealidad no. Quería ver a Caseyde cuerpo entero. Casey salió del agua y se pasó los dedos por el corto pelo antes de agitar la cabeza como un perro. ALiz se le quedó la boca seca al contemplar el cuerpo musculoso pero definidamente femenino de Caseymientras iba a por la bata de baño yse la ponía.

—suspiró Liz, yse abanicó conla mano.

Enseguida se fue a la cocina yempezó a preparar eldesayuno.

—Joder

Casey leyó el periódico mientras desayunaba. En un momento dado, dejó elperiódico a unlado yanunció:

—Oye, ya sé lo que podemos hacer hoy. Como siempre, Skye seguía con atención cada movimiento que hacía Casey; Liz levantó la vista e inclinó la cabeza, con expresión interrogativa. —Vamos a la feria de Oneida County. Perritos calientes para Skye, helado para mamá y, para mí, mis dos chicas Kennedy — dijo, mirando directamente a Liza los ojos. Ella sonrió ySkye dejó escapar unchillido de entusiasmo.

Skye despuntaba por encima de todo el mundo, literalmente, ya

que Caseyla llevaba a hombros yla niña iba agarrada de supelo. —¡Mira, mamá! Caseyhizo una mueca de dolor.

—rezongó, mientras la aguantaba de los pies

enfundados ensandalias. Lizmiró a suhija yse rio. —Estás muyalta, pastelito. Meneó la cabeza. Tanto Casey como Skye llevaban sus gafas de

sol y estaban de foto. Liz fue comiendo mientras paseaban. Dos manzanas de caramelo después, empezó a picar de las palomitas de Casey. —Esto ha sido muy mala idea —suspiró Liz, agarrando un buen puñado. —Venga ya, no es para tanto. Además, has ganado muy poco peso. El médico dijo que tendrías que ganar más. ¿Todavía te tomas las vitaminas? —¿Ahora eres una experta enembarazos? —Sí, lo soy, así que cuidadín. —Casey la miró a los ojos y

carraspeó—. Esto

bueno, cuando llegue el momento. No me gusta pensar que estés aquí y yo en Chicago. Tengo que ir dentro de un par de días, así que ¿por qué no venís conmigo? Lizse paró yse la quedó mirando. —¿Cómo? ¿Que vayamos a Chicago contigo? Casey puso los ojos en blanco y aguantó a la renacuaja por los pies. —Sí, ¿por qué no? Estaré allí al menos tres semanas y no sé si tendré tiempo de subir enalgúnmomento. Ahora no te enfades Lizentornó los ojos ypuso los brazos enjarras.

—Pitufa, el pelo

creo que tendríamos que hablar sobre

—¿Qué has hecho? —Cafey, ¿qué hecho? —intervino una vocecilla por encima de sus cabezas. Caseylevantó los ojos yfrunció elceño. —Traidora —farfulló—. No he hecho nada. Bueno, sí, pero creo que es una buena idea. —¿Qué es buena idea? —preguntó Lizlentamente. Caseyesbozó una sonrisa leve.

—He llamado a la doctora Haines, ¿te acuerdas de ella? Le he

nuestra situación, y ha dicho que estaría encantada

de recibirte mientras estemos en Chicago. Así que está todo listo

—anunció, sin dejar de sonreír ni siquiera cuando dio un prudente paso atrás. Liz respiró hondo, pero no dijo nada. Casey se bajó a Skye de los hombros, la sostuvo en brazos y le susurró algo apresuradamente al oído. La pequeña de rizos de oro volvió la cabeza hacia sumadre conuna mirada suplicante. —Pofiii, mamá. Yo quero a Cafey. Lizse quedó atónita. —¿Enserio estás usando a la niña? —¿Qué? —fintó Casey, en tono inocente—. ¿Acaso es culpa mía sila monigota me quiere? —Casey —razonó Liz, mientras seguían paseando por la feria —. Es un poco precipitado. —Se detuvo y la miró directamente—. ¿Estás segura de que quieres hacerlo? Skye y yo estamos bien aquí. —No —afirmó Casey—. No me gusta que estéis solas. —Marge Caseylevantó la mano.

explicado mi

—Quiero a Marge y confío en ella, pero si tengo que estar en Chicago estaría más tranquila siestuvieseis conmigo. —¿Por qué? Lizmiró alsuelo. Bueno, o se miró la barriga; ya llegaría eldía en que volviera a verse los pies. No estaba segura de que fuera buena idea ir a Chicago. Como Casey no le contestaba, volvió a levantar

la mirada. La expresión de la otra mujer era extraña y Liz no logró descifrarla. Entre ellas, Skye se comía sus palomitas, sin interés alguno por seguir la conversaciónde los adultos. —No quiero tenerte —¿Sí? Caseyla miró a los ojos. —No quiero tenerte lejos tanto tiempo. Liz, que había cogido un puñado de palomitas del cartón, abrió mucho los ojos y soltó las palomitas de golpe. Cuando por fin recuperó la palabra, musitó. —Solo seríanunas semanas. Casey negó con la cabeza, tiró las palomitas a la basura y bajó a Skye al suelo. Colocándose delante de Liz, le puso las manos en los hombros quemados por elsol. —Liz, no estoy segura de lo que está pasando entre nosotras o de siestá pasando algo. —¿Lo está? —dijo Liz, sosteniéndole la mirada.

—No lo sé. Yo

espero que sí —contestó Casey. Soltó una

risa nerviosa y Liz la imitó—. Lo único que sé es que ahora mismo

— tragó saliva—. Bueno, no quiero que pase. Quiero que vengáis y os quedéis en mi apartamento cuando esté en Chicago. Hay sitio de sobra yme sentiré mejor y

solo de pensar en que Skye y tú estéis fuera de mi vista me

Lizsonrió yle puso la mano enelhombro. —Muybien, túganas. Skye yyo iremos a Chicago contigo. Skye aplaudió yCaseyle dio una vuelta enelaire alegremente. El resto del día fue fabuloso. Liz se dedicó a comer mientras Skye y Casey se montaban en las atracciones. Skye vomitó una vez; Casey tenía aspecto de estar a punto de imitarla. Jugaron en todas las tómbolas y pruebas de habilidad y la heroína de Skye le ganó varios peluches más. Ya cuando se marchaban, pasaron por una parada en donde Casey vio un collar. Era un colgante atrapasueños indio, enuna cadena de oro. —Esperad —les dijo, y le pasó a Skye a su madre—. ¿Cómo se gana? Elhombre de la parada sonrió maliciosamente. —Tiene que coger el martillo —indicó, señalando el clásico juego—. Péguele fuerte en la base y, si llega a tocar la campana, puede coger elregalo que quiera. Skye dio un gritito de alegría. Liz se tapó los ojos con la mano y acomodó a suhija sobre la cadera conelotro brazo. —No puedo creer que vaya a hacerlo —farfulló, atisbando entre los dedos. Casey se escupió en las dos manos y las frotó al tiempo que les dedicaba un guiño a Liz y a Skye. Acontinuación levantó elpesado martillo y lo blandió con fuerza. Solo levantó la barra hasta medio

camino, lo cual fue un golpe para su ego, pero no se arredró. Liz le regaló una sonrisa burlona ySkye soltó una carcajada. —Otaves, Cafey. Otaves. Casey frunció el ceño: su orgullo estaba en juego. Echó unos cuantos billetes de dólar enelmostrador yelhombre se carcajeó.

—No lo logrará. Solo lo consiguenuno de cada mil

—la retó.

Caseyle dirigió una mirada incendiaria. —Casey, te harás daño. Esta ignoró a Liz. —Uno de cada mil, ¿eh? —refunfuñó, y levantó de nuevo el martillo por encima de sucabeza.

Skye dormía en el asiento trasero, abrazada de todos los peluches

que era capaz de abarcar. Liz sonreía pacíficamente mientras acariciaba el colgante de oro que llevaba alrededor de la garganta. A Casey le chispeaban los felinos ojos verdes y sonreía con arrogancia.

¡Ja! —comentó entre dientes, y dejó

escapar ungruñido de satisfacciónalaparcar enla puerta de casa. Liz se echó a reír y Casey sacó a Skye de su sillita y se la pasó a Liz sin que se despertara. Luego recogió todos los premios que habíanganado ylos tiró alsofá. —Alfinalnecesitaré una habitaciónpara meterlos. —Eres nuestra heroína —le dijo Lizmientras acostaba a la niña. —Necesita una cama para ella sola, ¿no crees? —comentó Casey. Lizasintió. —Pero solo tienes una habitación y no quiero que duerma en la sala de estar. —No, eso no iría bien—susurró Casey. Cogió a Liz delbrazo y la llevó fuera. Mientras Liz se sentaba en elsofá, ella empezó a encender elfuego. —Ya ha llegado el otoño. Empieza a hacer frío. ¿Café? — ofreció.

—Uno de cada mil

Lizarrugó la nariz, pero Caseyesbozó una sonrisa tentadora. —¿Chocolate caliente? La sonrisa de Lizfue radiante. —¿Conmalvaviscos? —Ahora vuelvo, tortuguita. Se tomaron el chocolate caliente en el sofá. Liz tenía los pies encima de una otomana, cerca del fuego, y apoyaba la taza en su enorme vientre. —¿Sabes? Cuando volvamos de Chicago podría convertir la

habitación que uso para componer en un dormitorio pequeño. Está

enfrente de nuestra

Cuando llegue el bebé, puede dormir contigo en el dormitorio —

ofreció Casey, horrorizada por su lapsus. Por suerte se había corregido enseguida—. De esa manera, Skye tendría su propia

habitación, tú dormirías con el bebé y, cuando yo esté aquí, puedo quedarme en el sofá. O para entonces puedo poner una cama en la sala de estar ydormir aquí. —El bebé y yo podemos dormir en la sala de estar. No deberíamos ocuparte la habitación más tiempo, Casey; al fin y al cabo es tu casa. Además, en primavera empezaré a buscar algún

sitio para nosotras

A Casey se le cayó el alma a los pies al pensar en que se marchasen. —O podríamos quedarnos en Chicago —aventuró, vacilante. Enseguida prosiguió—. Tenemos mucho tiempo para pensar en eso. Vamos a concentrarnos en el presente. No quiero que te preocupes por nada que no sea tener albebé. Lizle sonrió. —Gracias. No me creo la suerte que tenemos Skye y yo. Ella

del dormitorio, y Skye podría dormir allí.

—musitó.

te quiere mucho —susurró consuavidad.

—Yo también la quiero. La llevo en el corazón, Liz —le dijo. Y entonces decidió arriesgarse más que nunca—. Y a titambién. Lizsiguió mirando las llamas, sindecir nada.

—Liz

—titubeó Casey.

—¿Sí?

—Nada. Yo

nada

—balbuceó

Casey,

sintiéndose

completamente idiota. —Te agradezco mucho todo lo que has hecho por nosotras, Casey, yte lo agradeceré eternamente —declaró Lizenvozqueda. Caseyse encogió de hombros. —Ha sido más fácil de lo que habría imaginado nunca. —Se rio ycontinuó—. Como caerse de uncolumpio. Lizsonrió yle cogió la mano. —Has sido muyamable. —No lo hago solo por amabilidad. Miró a Liz de reojo, pero esta tenía los ojos pegados a las manos. —¿Entonces por qué? «¿Entonces por qué?», se preguntó Casey, acariciándole la mano cálida a Liz. Normalmente Casey era una persona segura de sí misma en eltrato con las mujeres, pero nunca había sentido algo así por ninguna otra y sabía que iba más allá de la atracción física. Aunque tampoco era cuestión de engañarse: la atracción física estaba muy presente. ¿Acaso estaba enamorándose? ¿Lo estaba ya? Liz era buena persona, tenía una familia y un futuro por delante. ¿Por qué diantres querría una persona como Lizestar conella? —¿Enqué piensas, Casey? Caseyla miró a los ojos azules yse tiró alvacío.

—Pensaba en cómo me dejas sin habla. Normalmente, con una mujer guapa soymuy —¿Arrogante? —completó Liz, conuna sonrisa. Caseyse rio, azorada. —Supongo que sí. Permanecieron en silencio unos instantes, hasta que Liz volvió a hablar. —Ahora mismo no me siento muyguapa. —Ay, Liz. Lo eres, créeme. Alo mejor no te sientes así, pero lo

eres —aseguró Casey. La dejó de piedra ver que Liz tenía lágrimas enlos ojos—. Me da miedo que pueda estar enamorándome de ti.

—¿Mi

Caseyasintió. —No tengo niidea de qué es realmente elamor. Yahora resulta

miedo?

que me importas muchísimo

Liz suspiró profundamente y Casey le lanzó una mirada de inquietud. —¿Pasa algo? No tendrías que haberte comido dos manzanas de caramelo. Joder, Liz. Seguro que ha sido ese apestoso algodón

de azúcar, te lo dije —la riñó, preocupada. Aquello era mucho más fácil que pensar en lo que estaba ocurriendo entre ellas—. ¿Qué te parece si hago té? ¿O prefieres darte un baño caliente? Espera, no,

baños no, que no puedes, me olvidaba. ¿Y si

Liz puso los ojos en blanco, tomó el rostro de Casey entre las manos y la besó. Allí mismo, en el sofá. Casey se llevó una sorpresa y jadeó con la boca abierta al notar los calientes labios de Liz sobre los suyos. Sin razón aparente, su reacción fue apretarse más contra Liz y devolverle el beso. Sus labios se unieron en un asombroso beso tierno y dulce que arrancó chispas eléctricas entre

ySkye también.

?

las dos mientras danzaban, húmedos, boca sobre boca, hasta que Caseyse apartó pese a símisma. Lizle sonrió. —Eso síque es unbeso —exclamó. Casey se puso de pie de un salto y empezó a pasear de un lado a otro, conlos pensamientos yelpulso a toda velocidad.

—Espera. Yo no

es decir, esto

tenemos que

Vale, ¿me

dejarás terminar? —preguntó connerviosismo. Lizsonrió ante los tartamudeos de Casey.

—¿Qué has dicho? —No he dicho nada —respondió Liz. —Ah, pensaba que habías dicho algo. Bueno, de todas maneras,

verás, Liz. Yo

—¿Casey? —la interrumpió Liz en voz calma—. Ven aquí y siéntate. Casey frunció elceño. Había perdido elcontrolcompletamente y le había gustado. Obediente, se sentó al lado de Liz, que la cogió de la mano. —Ha sido solo unbeso —la tranquilizó. Caseyle lanzó una mirada de incredulidad. —No ha sido solo unbeso, Liz. Yo —¿Qué? —la animó Liz, apretándole la mano. Caseygimió. —Ay, no lo sé. Liz le dio una palmadita en la mano y notó la mirada de Casey clavada enella. —¿Por qué me has besado? —quiso saber. Lizdejó escapar una risilla nerviosa. —No tengo niidea. Caseytambiénse rio.

—Bueno, almenos ninguna de las dos tiene niidea. —Casey, aquí están pasando muchas cosas y no te negaré que te he cogido mucho cariño. —Creía que era arrogante ypomposa. Lizlevantó la mirada. —Ah, no, no me malinterpretes. Lo eres. Casey no sabía si tenía que enfadarse o echarse a reír, así que

hizo lo segundo. Cogida de su mano, Liz también se desternillaba de risa, como sifuerandos adolescentes. —Creo que es hora de acostarse —musitó Liz, con la mirada fija ensus manos entrelazadas.

—¿Quieres que

?

Lizla miró a los ojos. —Sí. Caseysonrió de oreja a oreja ysuspiró, aliviada. Se tumbaron en la cama, con Skye entre las dos, y Casey se

puso de lado para mirar a Liz. Estudió su perfil bajo la luz de la luna. —Eres preciosa —susurró. Lizsonrió conlos ojos cerrados. —Gracias. Tras unos maravillosos momentos de contemplar a Liz y escuchar ellatido de sucorazón, oyó suvozde vuelta. —¿En qué piensas? —le preguntó, abriendo los ojos para mirar a Casey. —Pensaba en el día que leíste aquel poema. No me lo he

quitado de la cabeza desde entonces. Vientos celestiales

lo que me viene a la cabeza cuando pienso en ti. No sé

qué exactamente. —Guardó silencio un segundo y sonrió—.

eso es no sé por

¿Cómo empezaba? «Los vientos celestiales se mezclan por siempre con calma emoción.» Esos vientos son los que os han traído aquí a Skye ya ti. Lizsuspiró yse puso las manos sobre la barriga. —No te olvides de esta. Dicenque los bebés oyen. Para sorpresa de Liz, Casey se levantó de la cama, la rodeó, se sentó enelborde junto a Lizyle puso las manos enelestómago. —¿Me oyes? —preguntó, inclinándose sobre su barriga—. Vas a ser un bebé muy feliz. Tienes una hermana mayor que te cuidará y una mamá que te quiere. A Liz se le llenaron los ojos de lágrimas y Casey le sonrió y susurró, sosteniéndole la mirada. —Te envidio. Le besó a Liz el dorso de la mano, que tenía sobre el estómago. Liz respingó y tragó saliva. No dijo nada cuando Casey le besó también la otra mano, volvió a su lado de la cama y se acostó con cuidado de no despertar a Skye. Lizparecía conmocionada. —Eso ha sido increíblemente romántico, Casey. La aludida cerró los ojos ysonrió de oreja a oreja. —Nos iremos a Chicago el sábado. Será mejor que duermas un poco. —Sí, Casey—suspiró Liz. —Asíme gusta, que obedezcas. —No te pases.

Capítulo 16

—Nunca había estado en Chicago —comentó Liz, contemplando los altos edificios por la ventanilla—. Es impresionante. —No, no son más que edificios —le aseguró Casey. Entonces

tomó dirección al este por la ronda de Congress y le tocó el brazo

a Liz—. Eso sí que es impresionante —afirmó con una indicación de cabeza. Liz abrió unos ojos como platos al ver aparecer el lago Michigan. —Mira qué lago tangrande, pastelito —exclamó. Skye estiró elcuello desde susillita yvio elagua. —¡Abua, Cafey! —se entusiasmó, y las dos mujeres se echaron

a reír. Por elretrovisor, Caseyvio que la niña hacía unmohín. —Enverano —le recordó.

Subieronalapartamento deldécimo piso enascensor. —No me creo que vivas aquí —se asombró Liz cuando se abrieronlas puertas. Skye se aferró del cuello de Casey al recorrer el rellano hasta la

puerta; Casey la abrió y entró, seguida de Liz, que echó un vistazo circular a la enorme sala de estar. —Dios mío, pero sies tangrande como toda la cabaña. —Lo sé. Estoy intentando venderlo, pero de momento es mi casa y la vuestra, así que poneos cómodas —les dijo, y dejó a la niña enelsuelo. Liz observó la amplia sala con atención. Junto al fabuloso ventanal que daba al lago Michigan había un piano enorme. La pared de enfrente era toda una chimenea y había un gran sofá colocado ante ella, con aspecto de ser muy cómodo. La parte de comedor estaba atrás y la cocina, a la derecha. Era todo abierto y parecía unestudio gigantesco. —Los dormitorios están por el pasillo. El principal tiene su propio baño. Elotro baño está alfondo —explicó Casey, altiempo que encendía la chimenea de gas—. Fuego instantáneo —anunció —. Aunque prefiero la cabaña. —Yo también. Me encanta el olor a la madera quemada en la chimenea —suspiró Liz, contemplando las llamas. Yasí, sin más, Casey se sintió inexplicablemente feliz; se acercó a Liz, se puso delante de ella y le cogió la cara entre las cálidas manos. —Quiero besarte. —Me gustaría. Caseyla besó condulzura yse apartó, meneando la cabeza. —¿Qué está pasando, Liz? —No estoysegura, pero me gusta. —A mítambién. Casey la besó de nuevo y esta vez fue Liz la que se apartó; sonrió y se dirigió a la ventana. Casey la siguió y le puso las manos

enlos hombros. —¿Qué pasa? ¿No debería haberte besado? Liz negó con la cabeza y se enjugó las lágrimas, dándole la espalda, pero Caseyla hizo volverse cariñosamente. —Eh, ¿qué te pasa? —Sonlas hormonas, creo. No me hagas caso —rio Liz. —Liz, creo que —No, no lo digas —la acalló Liz, poniéndole la yema de los dedos sobre los labios. Caseyfrunció elceño yle besó los dedos. —Lo entiendo, están pasando muchas cosas y conoces mi reputación—suspiró, resignada, yse alejó. —Casey, no es eso —insistió Liz, que la siguió por el pasillo hasta que Casey se volvió para mirarla a la cara—. Es verdad que están pasando muchas cosas, pero no tiene nada que ver ni con tu pasado niconelmío. —¿Eltuyo? —se extrañó Casey—. Elpasado no me importa. Lizse pasó la mano por la barriga. —Tenemos muchas cosas de las que hablar. Casey le echó un vistazo a su vientre y luego volvió a mirarla a los ojos. —Es verdad. Y hablaremos de todo eso. Liz, creo que estoy enamorándome de ti. Lizcerró los ojos yse llevó la mano a la cara. —No sabes lo que estás diciendo —abrió los ojos—. Mírame. Caseysonrió, apoyada enelmarco de la puerta. —Te estoymirando. Lizse puso como untomate. —No digas nada que luego

Enese momento apareció Skye corriendo por elpasillo. —¡Mamá! ¡Pes, pes! —gritó, y le tiró del pantalón a su madre —. Ven. —Luego hablamos —dijo Casey. Entraron en un dormitorio pequeño, en donde había un acuario en una de las paredes. Casey fue hasta él y le dio al interruptor del fluorescente del tanque, que se encendió tras un parpadeo. Skye estaba anonadada con los peces de colores que nadaban dentro. Entonces a Casey se le ocurrió una idea, se agachó al lado de la niña yle acarició los rizos rubios. —Oye, pitufa, ¿qué te parecería que esta fuera tu habitación? Puedes dormir aquí y ver los peces. También puedes ponerles comida ycuidarlos por mí. Skye abrió unos ojos como platos y abrazó a Casey con todas sus fuerzas. —Mihabitación. ¿Pono comida pes? —Sí, pero los tienes que cuidar —le recordó Casey. Skye asintió ycogió elbote de comida. —Luego te enseñaré cómo darles de comer —le dijo Casey. Skye corrió hacia sumadre. —Mamá, mihabitación. Lizmiró a Caseyconsuspicacia. —¿En qué está pensando esa cabecita musical? —le preguntó. Luego le devolvió su atención a Skye—. Es genial, pastelito. ¿Quieres tener tupropia habitación? La pequeña asintió, dejó su pez de peluche en la cama y lo acarició cariñosamente. —Micamita. Mipes. —Bueno, pues ya está todo arreglado. Skye tiene su habitación.

Ahora tenemos que pensar dónde quiere dormir mamá —comentó

Casey, yse rascó la barbilla como sireflexionara sobre la cuestión. Junto a la puerta, Lizmiró alcielo.

—la riñó, aunque no pudo disimular la sonrisa. ¿dónde debería dormir mamá? —suspiró Casey, y

bajó la vista hacia la rizada cabecita rubia enbusca de ayuda. —CaseyBennett —protestó Liz, sibienconpoca firmeza. Su hija adoptó la misma postura meditabunda de Casey, rascándose la barbilla. Alfinalfrunció elceño ylas miró a las dos. —Mamá domme conCafey. Caseyabrió la boca como sila idea le pareciera descabellada. —¡No! ¿Crees que mamá y yo deberíamos dormir en la misma cama? Skye asintió conénfasis. —Claro —zanjó la niña. —Claro. Estoy de acuerdo con la pitufa —asintió Casey a su vez—. Todo arreglado. Mamá domme con Cafey —murmuró Caseyenvozbaja ysensual. Alpasar junto a la sonrojada Liz, le dio unbeso enla mejilla.

—Serás cría

—Mmm

—Muy bien, ya tenemos la nevera llena. Solo tengo que pasar un momento por elestudio. Como mucho en un par de horas estaré de vuelta —anunció Casey. Se puso el abrigo, agarró a Liz de la cintura y la atrajo todo lo que elbebé permitía. —Ten la cena hecha, mujer —le ordenó en tono seductor, y le dio unprofundo beso enla boca. Liz miró a Casey con los ojos entornados y esta esbozó una

sonrisa azorada. —O ya traeré algo de cena. Ah, casise me olvida, ten

—le dio

a Lizun teléfono móvil—. Por sisales con Skye y tienes que llamar. Llévalo encima. —La besó de nuevo—. Me gusta besarte. —Cafey, besito. Aúpa. Casey levantó a Skye fácilmente con un solo brazo y le dio un beso. —Besito a mamá otavés —rio la niña. —Será unplacer. Casey besó a Lizy esta exhaló un suspiro de satisfacción cuando se separaron. —Otaves, Cafey—musitó Liz. Casey dejó a Skye en el suelo y besó a Liz profundamente. Las dos suspiraroncuando, por fin, Caseyla soltó a regañadientes. —Tengo que irme. Os veo dentro de un rato. Pitufa, vigila a los peces. Le guiñó unojo a Lizysalió por la puerta. Lizmiró a suhija. —Caseyestá chiflada. Skye asintió yechó a correr hacia sunueva habitación.

Niles observó a Casey mientras su amiga ojeaba las partituras. Estaba tarareando. Casey Bennett estaba tarareando. En un momento dado se arremangó ydijo, conungruñido:

—Muybien. ¿Cómo vamos, Niles? ¿Cuánto tiempo Pero calló alver que Niles sonreía de oreja a oreja. —¿Por qué coño sonríes así? —le preguntó, con los brazos en jarras. —Ah, por nada, por nada. ¿Cómo están Liz y la pequeña Skye?

?

Dios, ya es como silas conociera personalmente. Entonces fue Caseyla que sonrió.

las he traído aquí. Supuse que estaría liada

almenos unpar de semanas yno quería —¿Perderlas de vista durante tanto tiempo? —aventuró Niles. Caseygimió.

—No, sencillamente no quería dejarla sola tanto tiempo. Sale de

Ah, cierra elpico, Niles —

rugió, y se puso a reordenar las partituras—. Tenemos trabajo que hacer, listillo —zanjó con un gruñido, y se sentó a su lado ante el panelde controlde sonido de la cabina. Niles sonrió yse acercó almicrófono. —Ay, Jeffrey, a ver si complacemos a la compositora, que parece que hoyse ha levantado conelpie izquierdo. Caseycontó hasta diezconlos ojos cerrados. —Cuando acabemos te asesinaré —farfulló entre dientes. Niles tapó elmicrófono conla mano. —Tomo nota. Muybien, vamos a ver cómo suena.

cuentas endiciembre. Yo

—Están bien. Las

bueno, yo

Casi tres horas después, Casey estaba a punto de estrangular a alguien. Pero no a alguiencualquiera:a Suzette. —¿Es posible que pueda sonar peor? —gimió, con la cara entre las manos. A continuaciónagarró elmicro yaulló. —¡Basta! Niles le quitó elmicrófono a toda prisa, antes de que empezara a soltar tacos. —Bienvenido —saludó a Jeffrey, que entró en la sala de sonido

como unvendaval. —O se va ella o me voy yo. Ya no aguanto más —bufó. Casey

agitó una mano engesto de asentimiento—. Case

—Lo sé, lo sé —aseguró Casey, que echó un vistazo a la hora

—. Mierda. Vamos a descansar por hoy. Mañana hablaré con Suzette. —Encontraré a otro chelista, no te preocupes. Ve a casa, pareces agotada —le dijo Jeffrey.

—le suplicó él.

Liz tenía el pollo en el horno y miró el reloj. Aunque Casey le había dicho dos horas, ya hacía casi tres. Miró el móvil y se mordió el labio. No quería parecer una de esas mujeres pesadas y controladoras, porque lo más probable es que a Casey se le hubiera ido el santo al cielo sin más. No obstante, sus hormonas eligieron ese momento para ponerse tontas. ¿Y si estaba con la chelista sin oído musical? Casey tenía una vida sexual activa y mantenía una relación con aquella mujer. ¿Acaso podía culparla Liz? Seguro que era preciosa, con una figura de escándalo, y no estaba embarazada. Y también sabía perfectamente cómo darle placer a Casey. La inseguridad se apoderó de ella en un abrir y cerrar de ojos:

estaba embarazada, gorda y con los pies hinchados. Se sentó en una silla de la cocina y tuvo que echarla hacia atrás para que cupiera el barrigón que acarreaba. ¿Qué razón tendría Casey Bennett para quererla? Skye, esa era la razón. Casey quería a Skye yse sentía responsable de ellas. Alo mejor Casey solo decía que la quería por Skye. A lo mejor no la quería en absoluto y ahora mismo estaba con Suzette. Alo mejor Casey era como Julie y de lo

que estaba enamorada era de una idea. —Pues muy bien, Bennett. Tú acuéstate con tu chelista. Yo tendré a mi hija y nos volveremos las tres a Nuevo México — murmuró, conlos ojos anegados enlágrimas. Justo en ese momento se abrió la puerta y la voz de Casey sonó desde la entrada. —¡Liz, siento llegar tarde! Lizse puso de pie condificultad yse dirigió a la sala de estar con evidente enfado y un cucharón de madera en la mano. Casey notó de inmediato la cara que traía. —Eh, Liz, baja eso, no vayamos a hacernos daño —le dijo, mientras se quitaba el abrigo muy despacio—. Siento llegar tarde, me lié enelestudio. —¡ConSuzette, seguro! —exclamó Liz. A Caseycasise le salieronlos ojos de las órbitas. «Vale, recuerda que sale de cuentas en un mes. Has leído los libros, tonta.» —¡Cafey! —la saludó Skye, que salió de su habitación y corrió hacia ella. —Hola, pitufa —la saludó Casey alegremente, cogiéndola en brazos para darle un beso—. ¿Has cuidado a los peces? —le preguntó aldejarla enelsuelo. Skye asintió, encantada de la tarea, y volvió trotando a su habitación. Lizse llevó una mano temblorosa a la cara yCaseyse le acercó yla rodeó conlos brazos. —Liz, perdóname. —No, perdóname tú. Soyuna idiota —aseguró. Apartó a Casey con delicadeza y volvió a la cocina; Casey hizo una mueca de dolor yla siguió.

—Huele muy bien. Oye, ¿por qué no vas y te sientas delante de la chimenea? Yo ya acabo de hacer la cena. —Está todo hecho. Hace una hora que está listo —espetó Liz, que enseguida volvió a odiarse por sonar como una esposa gruñona yse dejó caer enla silla de la cocina. —Oh, Liz, lo siento. No estoy acostumbrada. Dame tiempo, por favor. Debería haber llamado, lo sé. Casey se agachó junto a Liz y le cogió las manos, pero Liz soltó una yse la pasó por elcorto pelo canoso. —No puedo pretender que cambies tu vida por completo. Es el embarazo, Casey. Tengo miedo. Caseylevantó la cabeza de golpe. —¿De qué? Lizle puso una mano enlos labios. —Es que estoy tan cansada todo el tiempo que no sé. Seguro que es normal. —¿Cuándo tienes cita conla doctora Haines? —Pasado mañana. Me llevaré a Skye. Casey se sentó sobre los talones, desilusionada, y miró a Liz a los ojos, llenos de determinación. —No quieres que vaya contigo —dijo entono de decepción. Lizescrutó sutriste mirada esmeralda. —No quiero entorpecer tutrabajo, ya has hecho demasiado. —¿Pero quieres que vaya? Porque yo quiero ir —aseguró Caseycontotalseriedad. —Claro que quiero que vengas. Sencillamente no se me había ocurrido que túquisieras estar. Caseyse frotó los ojos cansados. —Vamos a cenar, y cuando Skye se vaya a dormir tú y yo

hablaremos. Hablaremos de verdad.

Caseyapenas llegó a saborear nada de la cena, porque Lizy ella se intercambiaban miradas nerviosas continuamente. Luego fregó los platos mientras Liz acostaba a Skye. Al acabar, apagó la luz de la cocina y se dio cuenta de que tenía la boca seca y que elcorazón le iba a cien. Casise tropezó con Liz alsalir de la cocina, y esta se rio y se agarró de su brazo para sostenerse en pie. Casey la miró a los ojos azules yle apartó unmechónde la cara concariño. —¿Te apetece chocolate caliente? Liz negó con la cabeza y llevó a Casey a la sala de estar, en donde se sentaron en el sofá y contemplaron el fuego. Casey sabía que Liz no sería quien rompería el hielo, ya que la brillante idea de tener aquella conversaciónhabía sido suya. —Bueno —musitó, mirando a Lizde reojo. —¿Sí? —Siquieres decir algo encualquier momento —Mira, Casey, de verdad que no hace falta que tengamos ningúntipo de charla. Caseyse volvió hacia ella mientras Lizhablaba. —Como ya hemos dicho, esto es nuevo para todas. Tú aterrizaste en este marrón de rebote y sé que no es lo que tú querías. No quiero que te sientas obligada a decir nada que no sientas realmente. Admito que disfruto de tu compañía y me encanta que Skye te adore. Guardó silencio un instante, como si tratara de poner en orden sus pensamientos. Casey se echó hacia atrás y se apoyó en el respaldo del sofá, sin dejar de mirarla. Era consciente de lo mucho

que le gustaba contemplar a Liz: ver cómo fruncía el ceño cuando estaba muy concentrada, cómo la sonrisa le salía del alma cuando hablaba sobre Skye. Cómo le dolía el pecho cuando estaba lejos de Liz. Para Casey, el resto de las cosas habían perdido todo interés. —¿Me estás escuchando? Caseynotó que sonaba enfadada yparpadeó. —Sí, sí, continúa. —¿Qué acabo de decir? Caseyno pudo evitar una enorme sonrisa. —Creo que estabas a punto de decirme que me querías. Liz enderezó la espalda y le regaló una expresión de estupefacción. A Caseytambiénle gustaba aquella expresión. —¿Qué has dicho? —Que creo que estabas a punto de —No lo he dicho. —No, pero estabas a punto de hacerlo —repitió Casey, acariciándole elhombro. —No, no lo estaba. Estaba ofreciéndote una salida, Bennett arrogante. Caseyenarcó una ceja yse deslizó enelsofá para acercarse más a la otra mujer. —¿Crees que quiero una salida? Liz inspiró entrecortadamente y se miró las manos sobre el regazo. —No te culparía sifuera así. —Bueno, eso es verdad. —Por favor, no juegues conmigo, Casey. Ahora no. La tristeza en la voz de Liz dejó a Casey sin habla. Alargó la

mano, le apoyó las yemas de los dedos en la barbilla para obligar a que la mirara a la cara y la sorprendió comprobar que Liz tenía los ojos llenos de lágrimas. Pasó otro largo segundo de silencio mientras Casey la miraba profundamente a los húmedos ojos azules. —LizKennedy, ¿qué me has hecho? —susurró. —No lo sé, pero, sea lo que sea, tú también me lo has hecho a mí. —Nunca jugaría con tus sentimientos, Liz —aseguró. Era algo que tenía que decir antes de perder elcoraje—. Te quiero. Liz escrutó su rostro y a continuación, sin previo aviso, hundió la cara entre las manos y trató con todas sus fuerzas de no desmoronarse yromper a llorar. Caseylo sabía ytorció elgesto. —¿Vas a llorar? Liz solo pudo asentir antes de estallar en sollozos y abrazarse del cuello de Casey, que la estrechó con fuerza y la dejó llorar en su hombro. Sonriente, Casey la acunó con dulzura y la besó en el pelo. —¿Asíque tútambiénme quieres? Lizasintió entre sollozos, tratando de hablar.

yo —¿Y sentiste lo mismo cuando leíste el poema? Porque me

—Yo

—balbuceó.

pareció que lo veía en tus ojos cuando nos miramos —quiso saber Casey. Lizvolvió a asentir.

—Sí

Nu-nunca pensé que tú

—sollozó sinremedio.

—¿Sentiría lo mismo? —completó Casey. Liz asintió una vez más, deshecha en lágrimas—. Bueno, pues así es. Lo que no me creo es que me quieras tú —murmuró, en tono maravillado—. Un

día de estos, cuando dejes de llorar, tendrás que decírmelo en voz alta, para que me lo crea. Espero que sea antes de que nazca el bebé. Liz se apoyó en su hombro y dejó de llorar. Cuando se separó de Caseyyla miró a los ojos, tomó aire entrecortadamente. —Te quiero. Te he querido desde que leí aquel poema. No sé por qué a Skye le gusta tanto. —¿Se lo leías con Julie? —preguntó Casey, pese a saber que no tenía derecho a saberlo. —Por Dios, no —exclamó Liz, agitando la mano. Casey reprimió las ganas de sonreír y la dejó continuar—. Julie, que en paz descanse, no era de esas. Un día me iba a echar la siesta con Skye yme pidió que le leyera, yera elúnico libro que tenía a mano. Entonces me acordé del poema. Es como veo yo el amor, supongo —explicó. Casey le dio un beso en la cabeza—. Supongo que a Skye le hizo gracia. —Está hecha unpequeño Cupido, debo decir. Casey rodeó los hombros de Liz con el brazo y la apretó contra

sí. Juntas, se apoyaron contra el respaldo del sofá y permanecieron cómodamente ensilencio unrato.

—Casey

—dijo Lizalfin.

—¿Mmm? —musitó Casey, acariciándole elpelo. —No voya ser siempre así:gorda e hinchada. Casey percibió la nota de preocupación en la voz de Liz y estrechó suabrazo. —Qué tonta eres, tortuguita. No me creerás, y no sé si es porque las dos somos mujeres y podemos empatizar y entendernos a un nivel primario o porque toda la situación me sobrepasa, pero te encuentro extremamente sexy y muy deseable y sé que tú ahora

mismo no te sientes así. Sin embargo, Kennedy, cuando lo hagas Estás avisada. Lizla miró a los ojos yle acarició la mejilla consuavidad. —Gracias. Ha sido perfecto. —Es fácilcuando es la verdad. Alcabo de unos segundos, Lizvolvió a hablar.

—Y

¿qué pasará cuando nazca elbebé?

—¿A qué te refieres? —Quiero decir que, seamos realistas, tú estás acostumbrada a vivir sola y a ser libre. ¿Seguro que quieres asumir todo esto? — quiso saber Liz, cuya vozsonaba trémula. Caseyno titubeó. —Sí, por primera y única vez en la vida, estoy enamorada y te quiero a ti, a Skye yalfuturo hobbit. —Dios, estoy loca por ti —murmuró Liz, y se acurrucó aún más cerca de Casey—. Ya cambiarás de opinión cuando tengas que levantarte a las dos de la mañana para darle elbiberón. —Eso es lo que tú te crees. Esa niñita te chupará el pecho a ti, querida, no a mí. De nuevo se produjo unmomento de silencio. —Bueno, pero tú estarás ahí de alguna manera —le aseguró Liz enunsusurro. Caseydejó escapar ungemido de alegría. —¿Eso quiere decir que quieres venir almédico conmigo? Casey se inclinó hacia delante, se volvió hacia Liz en el sofá y le cogió las cálidas manos. —Liz, escúchame, por favor. Quiero ser parte de esto. Soy parte de esto. Te quiero a ti y al bebé y quiero estar a tu lado en todo, para cualquier cosa que necesites. No me importa el trabajo.

Voy a acompañarte al médico siempre que vayas, da igual cuándo sea, ¿de acuerdo? Lizse apartó ungrueso mechónde pelo de la frente. —De acuerdo.

Caseydejó escapar unsonoro suspiro de alivio. —Me habías preocupado, Kennedy. No vuelvas a hacerlo —le pidió Casey, que, sin embargo, notaba cómo Liz tenía algo más en mente—. ¿Qué, Liz? Lizse puso como la grana.

—Yo

quiero decir, nosotras

—se interrumpió, y miró a

Casey, que trataba de descifrar lo que quería decir—. Ahora mismo, como estoyembarazada, yo no Cuando Casey cayó en lo que quería decir, soltó una carcajada, pero dejó de reírse cuando Lizla fulminó conla mirada. —Sé adónde quieres ir a parar, cariño. Verás, hay un capítulo entero sobre elsexo yla futura madre. Lizagachó la cabeza ygimió, pero Caseycontinuó. —No te apetece mucho elsexo ahora, ¿verdad? Lizlevantó la cabeza de golpe ymiró a Caseyconincredulidad. —¿Tenemos que hablar de esto ahora? —No —la tranquilizó Casey—. Creo que ya hemos aclarado muchas cosas por esta noche. —Estoy de acuerdo —dijo Liz, acomodando la cabeza en el hombro de Casey. —Tú y yo necesitamos estar solas. No sexualmente, lo sé. Pero necesitamos intimidad, sin hacer el amor. Necesitamos tener también ese tipo de conexión. El sexo ya llegará —dijo Casey, con una sonrisa radiante. Lizse miró la barriga, nerviosa.

—Ya sé que tardará un tiempo, pero puedo esperar —susurró Casey, yla besó enelestómago, en elcuello y en los labios—. Hay mucho por lo que esperar. Las dos mujeres contemplaron el fuego en silencio, mientras Casey le acariciaba el pelo a Liz con gesto ausente. Liz le acarició elrostro ymusitó:

—¿Dormirás conmigo esta noche? A Casey le dio un vuelco el corazón. Se levantó y le tendió la mano a Liz. —Ve a ver cómo está Skye. Yo mientras echaré la llave. Liz asintió, sonriente, y se marchó, no sin antes abrazar a Casey ybesarla lenta yprofundamente. —Te veo eneldormitorio. Casey se quedó donde estaba, balanceándose, hasta que Liz desapareció por el pasillo. Entonces apagó la chimenea, cerró y apagó las luces. Se encontró conLizenelpasillo a oscuras; la única luz existente provenía de la lamparita de noche de Skye, y Liz había dejado la puerta entreabierta. —¿La pitufa duerme? —susurró Casey. Lizasintió, yla besó enla mejilla. —Gracias. —¿Por qué? —Por entrar ennuestras vidas ypor querernos. —Ha sido, de lejos, lo más fácil que he hecho nunca —repuso Casey, besándola enla frente—. Venga, es hora de acostarse. Liz sonrió, la cogió de la mano y atravesó el pasillo. En el dormitorio, Liz cogió el camisón y fue a cambiarse pudorosamente al baño. Casey sonrió, se desnudó y se puso el pijama ya por costumbre. Cuando Lizvolvió yla vio, se echó a reír.

—Creo que Skye y yo ya te hemos torturado demasiado —le

dijo, indicando elpijama. —No quiero que parezca que Pero calló cuando Liz rodeó la enorme cama y se quitó la bata. Casey tragó saliva con dificultad al contemplar a la hermosa mujer embarazada ante sus ojos, con el ligero camisón de seda suelto sobre sucuerpo. Esta sonrió, conuna ceja levantada. —¿Qué? No es la primera vezque me ves encamisón, Casey.

—Sí

estamos

pero siempre estaba Skye en la habitación y ahora —cerró la boca, rodeó la cama y besó a Liz—.

pero siempre estaba Skye en la habitación y ahora —cerró la boca, rodeó la cama y

Túmbate, tortuguita —le dijo afectuosamente, al tiempo que retiraba eledredón. Con un poco de ayuda, Liz se metió en la cama. Casey le quitó las zapatillas y la arropó, antes de rodear la cama y apagar las luces. Para cuando Caseyse acurrucó allado de Liz, esta estaba ya casidormida. —Es raro no tener a Skye en medio —murmuró la madre de la pequeña. Caseyrio yla besó enla frente. —Creo que nos acostumbraremos —le dijo. Liz se echó a reír —. ¿Qué? —quiso saber Casey, curiosa. —Cariño, quítate los bóxers —se carcajeó Liz—. Te he visto desnuda. —Genial. Casey saltó de la cama y se quitó el pijama, encantada de deslizarse desnuda bajo las sábanas yacurrucarse detrás de Liz. —¿A qué te refieres con que me has visto desnuda? ¿Cuándo? He ido conmucho cuidado —le preguntó Caseyaloído. Lizestiró elbrazo hacia atrás yle apoyó la mano enla mejilla.

—Fuiste a nadar desnuda una mañana y, bueno Casey sonrió de oreja a oreja cuando Liz calló y adivinó elrubor que le subía por las mejillas. —Qué poca vergüenza que tienes —la riñó Casey en voz baja y traviesa. —Tienes un cuerpo muy hermoso. Ten paciencia conmigo, por favor —pidió Liz. Casey se incorporó en la cama e instó a Liz a que se pusiera de

espaldas. —Me pareces preciosa, no te preocupes por eso, por favor. Confía en mípara tenerte asíabrazada. Para mí, dormir a tu lado es elparaíso. Buenas noches —le susurró enlos labios. —Buenas noches —murmuró Liz.

durante dos horas. Elbebé le presionaba

la vejiga y Liz se levantó de la cama con un gemido y se dirigió al baño. De vuelta del baño le echó un vistazo a Skye, que estaba profundamente dormida, abrazada del pez de peluche. Liz sonrió y volvió a la cama. Casey estaba tumbada bocabajo y Liz se quedó

un momento mirando aquel cuerpo tan delicioso antes de meterse entre las sábanas con un gruñido quedo. Bastó para despertar a Casey, que irguió la cabeza. —¿Estás bien? —farfulló, yempezó a incorporarse. Liz se echó bocarriba a su lado y Casey se pegó a ella y le apoyó el brazo en el pecho con un suspiro. Tenía la cara tan cerca sobre la almohada que Liznotaba sualiento cálido enla mejilla.

Durmió plácidamente

Casey se despertó con un suspiro de satisfacción, abrió un ojo y sonrió. Liz seguía dormida, con la boca entreabierta, y respiraba

lenta y acompasadamente, así que Casey se tomó su tiempo maravillándose de su cuerpo. Con mucho cuidado, se inclinó y apoyó eloído enelvientre de Liz. —¿Me oyes? —susurró Casey—. Quiero a tu mamá. Es muy bonita yte quiere. Ah, yme llamo Casey. —¿Qué haces? Caseylevantó la vista ysonrió. —Buenos días, mamá. Estamos conociéndonos. Ahora ya oyen, ya sabes. Lizsoltó una carcajada adormilada yse desperezó. —¿Vas a seguir citando ese libro hasta que nazca? —Seguramente. —Casey la besó en la barriga—. ¿Has dormido bien? Liz abrió los brazos y Casey se acostó con la cabeza sobre su pecho. —Qué suave yacolchadita, Kennedy. Lizdejó escapar una risilla nerviosa. —Y muy sensible. He dormido muy bien. Me ha encantado tenerte al lado al despertar. Ha hecho que levantarme al baño a las tres de la mañana fuera casiunplacer. —¿Mamá? Las dos mujeres se volvieron hacia la puerta, en donde Skye estaba frotándose los ojos concara de sueño. —Hola, pitufa —la saludó Casey. Skye sonrió enseguida y escaló a la cama con los ojos medio cerrados. —Mierda —se sobresaltó Casey, y se apresuró a taparse con la sábana. Liz puso los ojos en blanco como respuesta a su sonrisa

azorada, mientras Skye se acomodaba entre las dos y se abrazaba a sumadre. —Cafeydesnuda —le confió enunsusurro. Caseyse puso como untomate yse tapó la cara conlas manos. —Ya lo sé —le contestó Liz, estrechando a Skye entre sus brazos—. Se ha olvidado elpijama enla cabaña. Casey hizo una mueca, se levantó de la cama y se apresuró a ponerse los bóxers yla camiseta de tirantes. —Voya preparar eldesayuno. —No sabes cocinar. —Ah, bueno, pues prepararé elcafé. Túhaces eldesayuno. Liz la escuchó silbar en la cocina desde la cama, con Skye a su lado. La pequeña se sacó elpulgar de la boca. —Cafeydivertida. Lizse rio yle hizo cosquillas. —Sí, Caseyes muydivertida. —¡Mamá, para! Lizcedió yapretó a Skye contra supecho. —Pastelito, quiero preguntarte una cosa. Skye se puso de rodillas al lado de su madre, con las mejillas sonrojadas ylos rizos rubios desordenados. —¿Te gusta Casey, verdad? —Ajá. —¿Te gustaría que viviera connosotras? Skye frunció el ceño, muy concentrada, y por un segundo Liz vaciló. —¿Qué, nena? Skye se le acercó ysusurró. —Tengo caca.

Lizse echó a reír yle desordenó elpelo conlos dedos. —Muybien, Skye. Ve yendo, que ahora voyyo.

Capítulo 17

—Bueno, estás un poco por debajo del peso para mi gusto, pero todo está bien. Veo que no queréis saber el sexo del bebé — comentó la doctora Haines, quitándose las gafas conuna sonrisa. Caseydirigió a Lizuna mirada curiosa. —¿De verdad? Creía que lo sabías, porque siempre te refieres al bebé como «ella»—razonó. —Quiero que sea una sorpresa —contestó Liz, encogiéndose de hombros—. ¿Túquieres saberlo? Caseyse lo pensó unsegundo, pero alfinalsonrió. —No, que sea una sorpresa. Lizle cogió la mano. —¿El peso de Liz es un problema? —se interesó Casey, apretándole la mano a la otra mujer. La doctora negó conla cabeza. —No, tengo los resultados de todas las pruebas que hizo vuestro médico de Wisconsin. Estás rozando la anemia, así que descansa todo lo que puedas y vigila la dieta, como ya has estado haciendo. El bebé debería nacer la primera semana de diciembre. ¿Vais a quedaros enChicago? —¿Sería mejor quedarnos? —preguntó Lizcongravedad.

—No es imperativo, pero me gustaría controlar la anemia. Como te decía, no es nada fuera de lo común, pero convendría que te quedaras enla ciudad sies posible. —Vivimos lejos del hospital —intervino Casey, y miró a Liz de reojo—. Nos quedaremos aquí. Podemos subir al norte en cualquier momento. Liz asintió y se llevó la mano a la barriga con inquietud. La doctora las miró a ambas yesbozó una sonrisa. —¿Es elprimero, veo? Las dos asintieron. —Todo irá bien. El único problema que veo es el peso. El corazón del bebé está perfectamente. Tiene el tamaño adecuado y todo va muybien—les aseguró. Liz torció los labios en una sonrisa nerviosa y le apretó la mano a Casey.

—El estrés es otro factor que debemos considerar. No sé nada de vuestra vida personal, pero veo que os importáis la una a la otra, y eso es bueno, porque vais a tener que ayudaros. ¿Existe algún otro factor de estrés? CaseyyLizse miraronyla primera negó conla cabeza. —¿Liz? Lizcruzó una nueva mirada conCasey, pero no dijo nada. —¿Qué os parece si os dejo solas unos minutos? Te apuntaré cita para elmartes a las tres —ofreció la amable doctora, y salió de la consulta. —¿Qué sucede, cariño? —preguntó Casey, sin despegar los ojos de Liz.

—Es que

—¿Ella qué?

No te enfades. Suzette llamó elotro día y

ella

—Dijo que estabais juntas la otra noche, cuando llegaste tarde. Lo sé, sé que mentía. Confío enti, Casey. Casey se levantó y empezó a pasear de lado a lado de la habitación, cada vez más furiosa con cada paso que daba. Al mirar a Liz, que se veía cansada ypálida, se arrodilló ante ella. —Muy bien, de ahora en adelante, cuéntame las cosas, por favor. No te estoyocultando nada, no estoyconnadie. Lo sabes. —Sí. Por favor no te enfades. Caseyle puso los dedos enlos labios. —No te preocupes, que el bebé te oye. Oye, ¿ya has pensado en algún nombre? Nunca hemos hablado de eso. Espera, mejor volvemos a casa ylo pensamos entre las tres. —Skye nunca nos lo perdonaría —afirmó Liz. Casey sonrió, aunque en quien pensaba era en Suzette. Iba a matar a aquella zorra traidora.

Al entrar en la sala de estar se encontraron con Niles llevando a Skye a caballito por toda la habitación. Brian estaba sentado en el sofá conuna copa de vino yse desternillaba de risa. —Mamá, Nize sube caballito —exclamó la niña. Niles la dejó enelsuelo e hizo como sino viera la mueca burlona de Casey, rojo como la grana, mientras la niña corría a los brazos de su madre. Casey la interceptó, la levantó en volandas, le dio un beso enla mejilla yluego se la pasó a Liz. —No puedes levantar peso —la advirtió en tono severo. Liz puso los ojos enblanco—. Gracias, Niles, eres unbuenamigo. Elaludido sonrió ampliamente. —Me gusta elefecto que Lizejerce sobre ti, gracias.

—Ah, por cierto, ¿ya habéis encontrado a otro chelista? —De hecho, puedo tener a uno para pasado mañana. Está grabando un anuncio de detergente. Qué puede aportar un chelo al detergente es algo que se me escapa, por cierto —se encogió de hombros Niles. —Bien, mañana se lo diré a Suzette —afirmó Casey. Niles le dio una palmada enla espalda. —Perfecto, yo no estaré —dijo. Casey lo fulminó con la mirada —. Es broma. Los cuatro se despidieron con sendos besos y Niles le pellizcó la nariza Skye. —Buenas noches, pequeña diosa —le dijo, dándole un beso en la mejilla. Brianse rio yla besó enla frente. —Vaya rompecorazones que vas a ser. Liz los acompañó a la puerta. Al volver, Casey estaba de pie delante delfuego y sus ojos verdes, habitualmente cálidos, tenían un brillo oscuro, glacial y acerado como los de un tigre al reflejar las llamas.

Como un tigre enjaulado, Casey paseaba arriba y abajo en el estudio, mientras esperaba a Suzette, bajo la atenta mirada de Niles yJeffrey. —Case, ¿quieres que se lo diga yo? —se ofreció Niles. Enseguida, Jeffrey también se adelantó, dándole a entender que estaba igualmente dispuesto, pero Caseyse rio. —Gracias, chicos, pero no. Tengo que hacerlo. Fue unerror mío y me toca corregirlo. No os preocupéis, ahora soy una Casey

Bennett mucho más tranquila y sosegada —afirmó, arrancando las carcajadas de los dos hombres.

En ese momento se abrió la puerta, pero en lugar de Suzette fue Liz la que apareció, con Skye de la mano. Casey parpadeó y sonrió.

—¿Qué coño

?

—Suspiró yfue a reunirse conella.

Niles yJeffreylas observaronconcomplicidad. —No me digas que las mujeres no son más perspicaces que nosotros, Niles. Liz sabe lo que va a pasar, mírala. Parece una madre osa protegiendo a sus oseznos. Los dos se rieron. —Casey Bennett enamorada y con familia, nada menos. Será mejor que me retire antes de que las vacas vuelen—rio Niles. Jeffreyle siguió.

Casey fue con Liz y aupó a Skye en cuanto la pequeña estiró los brazos hacia ella. —Hola, pitufa —la saludó con un beso, antes de mirar a Liz—. ¿Qué hacéis aquí? —preguntó, inclinándose para besarla. Lizsuspiró alromper elbeso. —Skye y yo hemos salido a comprar caramelos para Halloween, lo cual me recuerda que mañana tenemos que ir a comprar una calabaza. Así que he pensado que podíamos pasar a ver dónde trabajabas —explicó connaturalidad. Como tenía cara de cansada, Caseyse preocupó. —La doctora Haines te dijo que reposaras, no que te patearas la Orilla Norte de Chicago —la riñó con cariño, y la besó otra vez—. Pero me alegro de que estéis aquí. ¿No tendrá nada que ver con

cierta chelista, entiendo? —No seas boba. —Mientes fatal—apuntó Casey. —Cafey, toca piano —pidió Skye, palmeándole las mejillas. Caseyno pudo resistirse a aquellos ojos azules. —Dios, qué pasa con las Kennedy y esos ojitos que ponéis refunfuñó, ydejó a Skye enelsuelo antes de sentarse alpiano. Liz se puso al lado del instrumento y se acercó a Casey, con una sonrisa. —¿Qué pasó alfinalconla canciónque tocabas enla cabaña? —La dejé estar —repuso Caseymientras tocaba. —¿Por qué? Era muy bonita —opinó Liz, que cerró los ojos y suspiró—. Dios, qué bienque tocas. —Eso es lo que le digo siempre, que debería componer su propia música ygrabar undisco. Tiene unmontónde canciones que podrían —Cállate, Niles —lo reprendió Caseyafectuosamente. —Lo toca como una amante —le susurró Niles a Liz. Esta se estremeció visiblemente al observar cómo Casey deslizaba los largos y delicados dedos sobre las teclas blancas y negras. La pianista cruzó una mirada conella yesbozó una sonrisa. —Ah, idos a un hotel—protestó Niles, que había sido testigo de la escena. Jeffrey se les acercó y le dijo algo a Casey al oído. Ella dejó de tocar de inmediato, asintió yse levantó. —Ahora mismo vuelvo, no os vayáis a ninguna parte. Luego te llevo a tiya la pitufa a comer. Liz le dedicó una sonrisa de apoyo y le guiñó el ojo antes de que desapareciera por la puerta.

—Muybien—advirtió Niles—. Lo siguiente que oigamos En ese momento, el choque de unos platillos los sobresaltó a todos y al volver la cabeza encontraron a Skye junto a la batería, conuna baqueta enla mano. —Skye toca, mamá —anunció. Niles se partía de risa, mientras que Liz se había puesto como un tomate. —No te reirás tanto si le da una patada a uno de los bombos, Niles —apuntó Liz, sinasomo de broma ensutono. Niles saltó sobre Skye a toda prisa.

—Casey, ¿qué haces aquí tan temprano? —preguntó Suzette, mientras se quitaba elabrigo. —Suzette, tenemos que hablar. Suzette se volvió hacia Caseyconuna sonrisita seductora. —¿Ya te has hartado de jugar a las casitas? ¿Has recuperado el juicio, Bennett? —aventuró, coqueta, acariciándole elcuello. Caseyle apartó las manos bruscamente yse alejó de ella. —Supongo que no —murmuró Suzette—. Entonces lo nuestro se ha acabado. ¿Es eso? Lo entiendo. Tú y yo no teníamos ningún compromiso yha sido divertido mientras ha durado —dijo. Caseyla observó detenidamente antes de hablar. —Suzette, hemos tenido que contratar a otro segundo chelista. Lo siento, pero no encajas. Suzette la miró como unanimalatrapado. —¿Que qué? Caseysuspiró yse frotó la frente. —Ya me has oído. Los tres estamos de acuerdo y he pensado

que tenía que decírtelo yo. Tienes mucho talento —le dijo, a sabiendas de que era mentira. Le vino a la cabeza lo que había

dicho Liz de ser diplomática—. Sencillamente esta pieza no es para ti. Créeme, encontrarás —¡No me jodas!

—Suzette

—empezó a decir Casey.

La chelista agarró uno de sus zapatos de tacón de aguja y se lo tiró a Casey, que logró esquivar el misil gracias a sus rápidos reflejos. —Vale, estás disgustada y lo entiendo —intentó intervenir Casey, mientras elotro zapato volaba por la habitación. Esta vezse agachó demasiado tarde yelproyectilhizo blanco:en toda la nariz. Aturdida, Casey se tambaleó hacia atrás y atravesó las puertas del estudio antes de caer de espaldas con la nariz sangrando delcorte enelpuente. —¡Joder! —gritó Casey. Suzette la siguió como unrayo. —¿Crees que me puedes follar y luego tirarme como un pañuelo usado? —aulló—. ¿De qué coño vas? Niles y Jeffrey se habían dado la vuelta ante la entrada triunfalde Casey; Liz contemplaba la escena con los ojos desorbitados y Skye le tiraba delpantalón. —Ha dicho palabrota, mamá. —Y no va a ser la última, diosa mía —le susurró Niles, tapándole los oídos. —Suzette, no estoy tirando a nadie. Es tu música —intentó explicar Casey, aunque la vozle saliera nasal. Suzette respiraba aceleradamente y la miraba como una demente.

—Suzette, por amor de Dios —se escandalizó Niles. Skye abrió mucho los ojos y se fijó en Casey, con el ceño fruncido. La mujer estaba echada hacia delante y se tapaba la nariz conla mano. —¡Cafeypupa! —exclamó, yechó a correr hacia ella. Niles y Jeffrey la siguieron y Liz los imitó, tan rápido como le permitió su estado. Skye se había encarado con Suzette, con los bracitos enjarras. —Pupa a Cafey. Muy mal—gritó, y empujó a Suzette a la altura de la pierna. Suzette trastabilló hacia atrás ybajó los ojos hacia la niñita rubia. —¿Qué cojones es esto? ¿Es tuputa hija, Casey? Casey rugió y parpadeó repetidamente para reprimir las lágrimas de dolor. Liz perdió los estribos, apartó a Niles de su camino, cogió a Skye y la arrastró detrás de ella. Niles se apresuró a coger a la niña yla retuvo pese a sus forcejeos. —¡Deja! ¡Pupa a Cafey! —Skye —la acalló sumadre. Skye se quedó quieta, mirando a Liz. —Mamá, señora mala pupa a Cafey. Lizle sonrió a suhija. —Lo sé, pastelito. Le hizo un gesto a Niles y este cogió en brazos a la revoltosa niña de tres años. Casey seguía parpadeando para aclarar la vista, sinsoltarse la nariz. La sangre le resbalaba entre los dedos. —Suzette —musitó. Sinapartar la mirada de Suzette, Lizhabló. —Casey, siéntate yecha la cabeza hacia atrás, cariño. Se aseguró de enfatizar la última palabra, y Suzette le digirió una

mirada incendiaria. Respiraba como un toro bravo, con las aletas de la narizdilatadas. La vozcalma de Lizhizo que Casey se pusiera todavía más nerviosa. —Suzette. ¿Puedo llamarte Suzette? Sé que sientes que Casey te ha ofendido y puede que tengas razón. Sin embargo, si vuelves a intentar hacerle daño, te aseguro que aunque no te lo parezca encontraré la manera de hacer de tu vida un infierno. Que no se te vuelva a pasar por la cabeza hacerle daño a Casey o a nuestra hija jamás.

Casey levantó la cabeza de golpe al oír que Liz decía «nuestra» hija. Pestañeando, se levantó, se limpió la sangre con la manga y se colocó junto a Liz, con el brazo sobre sus hombros. Niles sonrió y dejó a Skye en el suelo; la niña corrió hacia Casey y se puso entre las dos mujeres, con elbrazo alrededor de la pierna de Casey. Esta la miró yla cogió enbrazos sindificultad. —Lo siento, Suzette. Esto no tiene nada que ver con lo que fuéramos tú y yo. Se trata de tu música. Se te ha pagado todo el mes, me parece más que justo. Adiós —zanjó, y empezó a alejarse, no sin antes volverse una última vez—. Ah, y no vuelvas a hablarle así a mi hija. No hay que decir palabrotas enfrente de los niños. Liz puso los ojos en blanco y se alejó con Casey, rodeándole la cintura con el brazo en actitud protectora. Niles y Jeffrey intervinieronenseguida ysacarona la indignada chelista de la sala. —Suzette, querida, hay una plaza libre en el Orchestra Hall. Te

—oyeron decir a Niles, antes de

he concertado una entrevista

que se cerraranlas puertas. Casey dejó a Skye de pie sobre la banqueta del piano, y Liz se sacó un pañuelo del bolsillo y se lo aplicó en la nariz para ver si

dejaba de sangrar. —¿Cafeypupa? —No, pitufa, estoybien—la tranquilizó Casey. Lizle pellizcó elpuente de la narizcondemasiada fuerza. —Lo siento, ¿te he hecho daño? —le preguntó entono meloso. Caseyhizo una mueca. —No, seguramente me lo he ganado. —Bueno, ahora ya no tienes que preocuparte por más mujeres despechadas, ¿verdad? —preguntó Liz, batiendo las pestañas. —Solo estás tú, mi amor. Solo tú —replicó desdeñosamente. A continuación cogió a Skye otra vez—. Oye, pitufa, gracias por enfrentarte a esa abusona para defenderme. Eres una niña muy mayor yme has salvado. Skye esbozó una sonrisa de pura felicidad. —Yo solita. ¡Pupa a Cafey! —Vámonos de aquí antes de que os metáis en otra pelea — propuso Liz, ycondujo a sus dos guerreras fuera delestudio.

Casey abrazaba a Liz en la oscuridad, con la mirada perdida. Aquella tarde había sido una experiencia muy reveladora. Se había quedado patidifusa cuando Skye se había encarado con Suzette, y luego la dejó de piedra que Liz se refiriera a ella como «nuestra hija». Casey nunca se había sentido tanto parte de la vida. Aunque ya sabía que su amor por Liz duraría siempre y que quería a Skye como sifuera suya, en aquelmomento ella también se había sentido querida ynecesitada. La vida le cambiaba a cada minuto que pasaba, hasta elpunto de que apenas recordaba la vida antes de conocer a Liz y Skye, pese

a que solo hubieran pasado unos meses. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía querer tan profundamente a alguien? No tenía ni idea y no se atrevía a ahondar en la cuestión. Lo único que sabía era que los vientos celestiales le habían enviado a aquellas dos personas. Bueno, mejor dicho, dos y media. Y ya nada las apartaría de su lado. —¿Qué talla nariz? —preguntó Liz, soñolienta. Caseygimió yse tocó la tirita. —Bien. Espero que no esté rota. —Bueno, cariño, quizás es una mejora. —Muy graciosa. Yo también te quiero —susurró Casey, y la besó enla frente—. Perdóname, Liz. —¿Por qué? —Es como sielpasado me persiguiera. —Olvídate del pasado, Casey —murmuró Liz—. ¿Tienes que ir alestudio mañana? —Enrealidad no. ¿Qué quieres hacer? —Bueno, pronto será Halloween. He pensado que si no estás ocupada podríamos ir a comprar una calabaza. —Guau, ya es Halloween. Vale, a la pitufa le encantará — accedió Casey. Liz dejó escapar un gruñido de exasperación y empezó a incorporarse. —¿El bebé duerme encima de tu vejiga otra vez? —se interesó Casey entre bostezos, al tiempo que le daba un empujoncito para ayudarla a levantarse. Lizse rio cuando Caseyla impulsó fuera de la cama. —Cada vezse te da mejor, Bennett. Anadeó hacia el baño entre resoplidos y Casey soltó una

carcajada al verla caminar. Entonces se puso las manos debajo de la cabeza ysuspiró, feliz, mientras daba gracias alcielo.

—Es como la feria de Oneida County —comentó Liz mientras examinaba las calabazas expuestas. —Sírvase usted misma —le dijo el anciano dependiente, mientras se guardaba un fajo de billetes en el bolsillo—. Están ordenadas por precio, asíque solo tiene que elegir. El sonriente tendero las dejó solas. Liz inspiró hondo y se relamió. Casey, alverla, meneó la cabeza. —Muybien, ¿qué quieres? —Unbratwurst conmostaza ychucrut —respondió Lizalpunto. Casey soltó una carcajada y fue a buscárselos, mientras Skye estudiaba las calabazas apiladas. Volvió conla salchicha de Lizyun pretzel recubierto de chocolate para Skye, que su madre miró de reojo. —Tranquila, tambiénte he comprado uno a ti. Liz se rio y le dio un buen bocado; Casey apartó la vista, con una mueca. —No quiero verlo —se volvió hacia Skye, que seguía muy concentrada conlas calabazas—. ¿Ves alguna que te guste, pitufa? —Esa —señaló la niña. Casey siguió la indicación. Por supuesto, la que quería tenía que ser la de encima de todo de la pila, a la que Casey no llegaba ni de lejos. —¿Y esta qué te parece? Es igualde grande. —No, esa —insistió Skye—, Cafey, pofiii. —Muy bien —suspiró Casey, y observó la calabaza en cuestión

—. Supongo que me toca escalar. Casey empezó a maniobrar entre la montaña de calabazas. Asu

espalda, Liz todavía tenía la boca llena cuando le pidió que tuviera cuidado.

—se dijo Casey, plantando el pie entre

dos calabazas. Nada más poner un poco de peso, resbaló y se fue de cabeza contra la pila. Oyó vagamente gritar a Skye y a Liz cuando la montaña de calabazas se derrumbó encima de ella y se cubrió la cabeza para protegerse de los golpes. Cuando todo terminó y por fin abrió los ojos, Skye estaba cogiendo la calabaza que había elegido. —Gracias, Cafey. Sentada entre las calabazas, Casey torció el gesto y se sacó una deltrasero, porque le estaba clavando todo elrabo. —De nada, pitufa. —¿Estás bien? —se interesó Liz. —Perfectamente, pero o me he meado encima o he chafado una calabaza. Liz se rio y le tendió la mano a Casey, pero esta rechazó la ayuda y se levantó sola. Ya de pie, agitó la pierna. En ese momento regresó eldueño delpuesto yse quedó mirando elestropicio. —Le pagaré todas las que se hayan estropeado —le aseguró Casey—. Sé que al menos una está chafada —comentó, tirándose de la parte de atrás de los pantalones. —No, no pasa nada. ¿Puedo preguntarle por qué no ha usado la escalera? —quiso saber el tendero, señalando una escalera apoyada contra la caseta con un enorme cartel que decía «Para las calabazas altas».

—Que tenga cuidado

—¡Oh, mazorcas de maíz! —exclamó Liz, entono hambriento. Caseytiró la calabaza chafada alsuelo ysacó la cartera.

Capítulo 18

—Estate quieta, nena —ordenó Liz, mientras le abrochaba el cinturóna Skye—. Esta camisa de franela vieja es perfecta. Skye se agitó, auntratando de no moverse. —¿Parezco unvagabundo, mamá? —Claro que sí, cariño. Skye miró a Meredith, que asintió yle guiñó unojo. —Igualita que Caseya tuedad. —Yo nunca he sido tanpequeña —objetó Casey, descorchando una botella de vino—. Y ahora, la barba desaliñada. Con el ceño fruncido, Skye observó a Casey mientras acercaba elcorcho de la botella alfuego. —Quema, Cafey. —No, no quema. Achicharró elcorcho yse acercó a Skye, pero esta retrocedió. —Pitufa, te digo que no quema. —Hazlo tú—pidió Skye. Lizla desafió conuna sonrisa. —Sí, Casey, ponte unpoco. Aúnmejor, déjame a mí. Skye se rio yMeredithaplaudió. —Excelente idea, Liz. Lizle quitó elcorcho de la mano y la empujó para que se sentara

enuna silla de la cocina.

—A ver, a ver

Necesitamos una barba.

—Me vengaré, Kennedy —la avisó Casey, mientras Skye daba palmas, entusiasmada.

—Menuda noche para truco o trato —comentó Meredith. Lizyella observarona Caseycaminar calle abajo conSkye de la mano. Sumadre sonrió aloírla exclamar:

—¡Tuco o tato! Meredithsoltó una sonora carcajada. —Qué niña más adorable. Skye tambiénes mona. Liz se rio del chiste, pero no dijo nada; Meredith se detuvo y se volvió hacia ella. —¿Estás enamorada de minieta, verdad? Vio que Lizse ponía como la grana. Hasta las orejas se le habían puesto coloradas. —Sí, Meredith. Creo que podría enamorarme locamente de Casey. —No suenas deltodo segura —opinó Meredith. No obstante, Skye la interrumpió al correr hacia Liz, con su calabaza naranja enelbrazo. —Mira, mamá. Tengo caramelos —le mostró la calabaza, falta de aliento. —Ya lo veo, cariño. ¿Has dicho gracias? Skye asintió ymiró a Meredith. —Mira, abuela, tengo caramelos. —Es fantástico, Skye. ¿Te lo pasas bien, bonita? —preguntó, dándole unpellizquito enla barbilla.

Skye asintió de nuevo yvolvió a coger a Caseyde la mano. —Vamos, Cafey. Riendo, Casey dejó que la arrastrara por la acera hasta la casa siguiente, seguidas de LizyMeredith. —Pues eso, Liz, te noto insegura. Esta se encogió de hombros. —No lo sé, Meredith. Casey lleva soltera mucho tiempo y ha dejado muyclara supostura respecto alcompromiso ya los hijos. —Eso era antes de que se enamorara de ti —apuntó Meredith, que continuó cuando Liz guardó silencio—. Y está enamorada de

ti. —¿Cómo puedes estar tansegura? —quiso saber Liz. La imagen de Casey animando a Skye a llamar a la puerta le arrancó una sonrisa. —Bueno, no ha salido a por caramelos desde que era una niña, yhace días que no la oigo decir palabrotas. Lizse echó a reír. —Eneso estoycontigo. —Ya también veo cómo te mira —prosiguió Meredith—. Conozco esa mirada. Tambiénla reconozco enti. Liz se mordió el labio inferior y siguió caminando al lado de Meredith. —Debes tener paciencia con ella, imagino que no es fácil para ninguna de las dos. —¿Qué quieres decir? —preguntó la joven. Meredithreflexionó unmomento antes de contestar. —Bueno, considerando cómo os conocisteis, que las dos queríais a Julie y que ahora tenéis a una hija y a otro bebé en camino.

—Eso es lo que más me preocupa —confesó Liz—. Sé que Casey nos quiere a Skye y a mí. Pero puede que sea demasiado pedir que forme parte permanente de nuestras vidas. —Es posible —coincidió Meredith—. Pero no pierdas la esperanza, cariño. Lizsonrió a Meredith. —No puedo. Estoycoladita por tunieta. Meredithse echó a reír yse cogió delbrazo de Liz. —Estoymás que convencida de que elsentimiento es mutuo.

Cuando se encendieron las farolas de la calle, Liz le dijo a Casey que era hora de volver a casa. Casey frunció el ceño y echó un ojo a la calabaza de Skye. —Mmm, vale, pitufa. Has conseguido un buen botín. Vámonos a casa yvemos qué te handado. Acabaron sentadas alrededor de la mesa de la cocina de Meredith mientras esta hacía chocolate caliente. Casey volcó el contenido de la calabaza en la mesa y a Liz le hizo mucha gracia verlas todavía con la marca del corcho quemado en la cara. Skye se puso de rodillas en la silla, apoyó los codos en la mesa y miró a sumadre, expectante. —¿Puedo comerme uno? —pidió. Caseyle dedicó a Lizunpuchero de súplica. —¿Podemos? Lizpuso los ojos enblanco, justo cuando Meredithtraía las tazas de chocolate para todas. —Uno —accedió Liz—. Cada una —añadió. Caseyarrugó elgesto.

—Vale, pitufa. Elige uno bueno. Skye estudió su botín de Halloween, con cara de concentración, yCaseyla imitó. Por fin, la pequeña tomó una decisión. —¿Puedo comerme untrozo deltuyo? —preguntó Casey. —Claro —aceptó Skye, sin darle importancia, mientras le pasaba eldulce a Lizpara que se lo abriera. Caseycogió elcaramelo de mantequilla de cacahuete. —Este es mifavorito. Lizse levantó conungemido. —Esta niña se sienta justo encima de mivejiga, lo juro. Casey la ayudó a retirar la silla y la vio marchar por el pasillo. Mientras tanto, Meredith se bebía su chocolate y Skye volvía a meter los caramelos enla calabaza, uno a uno. —He tenido una conversación muy agradable con Liz mientras Skye ytúmendigabais caramelos. Caseyestudió a suabuela conaprensión. —Oh. —Sí—Meredithle dedicó una sonrisa resabida—. Te lo dije. Caseyse ruborizó yapartó la mirada. —¿Y qué ha dicho? Meredithenarcó una ceja. —¿Sobre qué? —Sabes perfectamente de qué hablo. Meredithdejó escapar una risilla diabólica. —Creo que quiere una relaciónexclusiva. Caseytambiénse rio. —Oh, no me digas. —Tambiéntiene dudas. Caseydejó de reír de inmediato.

—¿Ah, sí? —Sí, parece que tureputaciónte precede. Caseyse echó hacia atrás enla silla ygruñó, defraudada. —Tienes que ser sincera con Liz, Casey. No tienes nada que perder. —Salvo a ella. Meredithse encogió de hombros. —Bueno, o te vale la pena o no. —Alargó elbrazo y le estrechó la mano a Casey—. Tienes que tomar una decisión, cariño. Ha llegado la hora, ¿no te parece? Casey se limitó a beberse el chocolate caliente, sin pronunciar palabra.

Casey contempló las llamas del hogar, en pie ante la chimenea, mientras Liz y Skye dormían. El truco o trato había dejado a las dos Kennedy para el arrastre. Las palabras de su abuela le daban vueltas en la cabeza; habían pasado muchas cosas en aquellos tres meses, desde que Liz y Skye habían entrado en su vida. Era sorprendente todo lo que había cambiado. Casey nunca había creído que se encontraría en aquella posición. Cuando Julie rompió con ella cinco años atrás, se había sentido dolida y enfadada, porque había querido a Julie aunque en el fondo de su corazón supiera que lo suyo no iba a durar. Al menos para siempre. Entre ellas había atracción y amor, pero no era lo mismo que sentía por Liz. —Ah, no sé —se dijo. ¿Era demasiado pronto? ¿Estaba tirándose a la piscina sin pensar las cosas con claridad? Había hecho lo correcto al no

querer tener hijos con Julie, pero ahora estaba a punto de iniciar una relación con Liz, que tenía familia. ¿Era lo que quería? La duda la corroía desde hacía semanas. Su abuela había dicho que Liz tenía dudas. Al parecer, en relaciónconsureputación. Lizera una mujer inteligente ysensata. —Mierda. Su propia indecisión la atormentaba. Alfinalcerró elgas y apagó la chimenea para irse a su habitación. Por el pasillo, oyó gimotear a Skye y abrió la puerta de su cuarto para echarle un vistazo. La niña dormía en su cama, bajo la luz tenue de la lámpara de la mesita de noche. Casey se sentó en elborde de la cama con cuidado, le pasó la mano por los rizos dorados lentamente, para no despertarla, meneó la cabeza y sonrió. Se le humedecieron los ojos solo de pensar en lo mucho que adoraba a Skye, probablemente desde que la había visto por primera vez en la estación de autobuses: aquella niña de carácter, con los bracitos en jarras. Casi se rio al recordar que le había vomitado encima. En aquel momento, la situación le había resultado de lo más irritante. ¿Y ahora? Casey se inclinó y besó a Skye en la frente. Skye se abrazó del pez de peluche en sueños y se puso de lado. Casey la tapó con eledredón hasta los hombros y volvió a pasarle los dedos por elpelo rubio. —Te quiero, pitufa —susurró antes de ponerse enpie. Cuando se volvió, vio que Liz la observaba desde elumbral, con las mejillas surcadas por las lágrimas. Le sonrió a Casey, sin hacer ademánde secárselas. —Me ha parecido que la oía llorar —susurró Liz, que dio un paso atrás para dejar que Caseysaliera yentrecerrara la puerta. —A mí también. Pero está bien. Seguro que soñaba con

caramelos. Lizsonrió ymiró a Caseya los ojos. —¿Por qué lloras? —le preguntó Liz, secándole las lágrimas. —¿Ytú? —replicó Casey, pasándole la yema de los dedos bajo los ojos. —Me ha emocionado lo tierna que eres con Skye —contestó Liz. —Quiero a esa renacuaja —admitió Casey, sorbiendo elllanto. Liz cogió a Casey de la mano y atravesó con ella el pasillo hasta eldormitorio. —Y la renacuaja te quiere. Caseyse detuvo yle tiró de la mano. —¿Y tú? Lizlevantó elbrazo yle apoyó la palma de la mano enla mejilla. —Creo que sí. Caseysonrió yle dio unabrazo. —Yo también te quiero, Liz. Sé que todavía tenemos que hablar de muchas cosas. Sé que no soy la candidata más idónea para todo esto. —La besó en la frente antes de continuar—. Tengo un pasado de mierda. Liz fue hasta la cama y retiró el edredón; luego, con la ayuda de Caseyse tumbó conunprofundo suspiro. —Tu pasado ha quedado atrás, Casey. Vamos a concentrarnos enelpresente. Casey asintió, tapó a Liz y se desnudó, antes de deslizarse entre las sábanas y apretarse contra la otra mujer, de lado, para poder mirarla. Lizvolvió la cabeza yle sonrió. —Buenas noches, Casey. Esta le dio unbeso suave enlos labios.

—Buenas noches, Liz. La besó de nuevo y, esta vez, Liz le devolvió el beso y no se apartó. Con la respiración entrecortada, Casey se incorporó un poco para cubrir a Liz, sin romper el beso, y cuando la oyó gemir,

el corazón se le disparó. Le cogió un pecho con la mano y gimió al acariciarle el pezón erecto. Liz le metió la punta de la lengua entre los labios y Casey respondió masajeándole el pecho, deleitándose en el tacto sedoso de la tela. Liz arqueó la espalda y entonces le retiró la mano a Casey delicadamente. Casey se separó de ella y la miró a los ojos azules, dilatados por la lujuria.

parar Aunque no había nada que Casey deseara más que continuar, lo comprendió. —Es por mí, ¿verdad? —¿Qué? —Sé lo que piensas y no pasa nada. Espero que con el tiempo mipasado no Lizle apoyó la yema de los dedos enlos labios. —No es por ti, Casey. Soy yo. Te deseo mucho, pero estoy embarazada ygorda e hinchada y Esta vez le tocó a Casey silenciarla con los dedos sobre la boca. Embelesada con los labios de Liz, se los acarició con la yema de los dedos. —Entiendo cómo te sientes, pero tienes que saber que te encuentro muy deseable ahora mismo. Justo así. No estoy esperando a que cambies, ni tu cuerpo ni tú. Así que cuando te apetezca, estará bien. No te preocupes, no voy a ninguna parte. — Besó a Lizyse acurrucó a sulado—. Esperaré. —Gracias.

—Deberíamos

—susurró Liz.

—Ahora duérmete. Antes de que te des cuenta será la hora bruja yelbebé se acostará encima de tuvejiga otra vez. Liz dejó escapar una carcajada adormilada y se acomodó sobre elhombro de Casey. —Besas muybien, Bennett. Caseyla abrazó conmás fuerza yse rio. —Tútampoco lo haces nada mal. Duérmete. Yacieronensilencio unos momentos, hasta que Lizdijo:

—Adivina lo que estoyhaciendo ahora mismo. —Niidea. —Mis ejercicios Kegels. Casey se echó a reír y pronto Liz estalló en carcajadas a su vez, de modo que las dos acabarondesternillándose de risa.

Capítulo 19

Con cada día que pasaba, Casey intentaba adivinar cuándo llegaría la nueva Kennedy. —Vale, ya lo tengo todo pensado —anunció una tarde en la cocina. Skye estaba comiéndose un plátano, mientras Liz le sonreía, solícita. —Sales de cuentas el día tres de diciembre. Eso nos deja dos semanas. El jueves que viene es Acción de Gracias. No te preocupes por la cena, yo la prepararé. —¿Cariño, has cocinado unpavo alguna vez? —preguntó Liz. Caseypestañeó estúpidamente. —Bueno —Puedo hacerlo yo. —No, no tienes por qué. Espera, tengo una idea. Skye dejó escapar un gemido infantil y agachó la cabeza. Casey la miró, ceñuda. —Oye, va a salir bien. Dime lo que tengo que hacer y yo cocinaré. La pitufa yyo iremos alsupermercado a comprarlo todo. —¡Yo ayudo! —se alegró Skye. A Caseyse le iluminó la cara yla señaló.

—¿Ves? Perfecto. Lizgimió. —Vale, haré una lista. —Le pasó el teléfono a Casey y, ante la extrañeza de esta, añadió—: Quieres invitar a Meredith, Niles y Brian, ¿verdad? —Claro, pero recuerda que no vas a mover niun dedo —reiteró confirmeza. Lizse limitó a asentir.

Casey empujó el carro de la compra por los pasillos del supermercado.

—rezongó.

Skye iba sentada en la sillita delcarro, con los brazos cruzados y expresión desafiante. Casey no se dejó amedrentar por el carácter delminihumanoide.

—Cafey, solita. —No, empezarás a correr por todas partes y tenemos que concentrarnos —rebatió Casey, yrevisó la lista—. Bueno, yo tengo que concentrarme. —Se detuvo en el área de frutas y hortalizas y se alejó del carro—. Vamos a ver, cebollas y apio. Puedo hacerlo

—se animó, yempezó a coger los productos—. Patatas Fue tachando de la lista y al terminar lo llevó todo al carro. Skye alargó la mano, cogió untomate yle hincó eldiente.

—Tumadre ylas listas

—Pitufa

—la riñó.

Pero Skye alejó el tomate de su alcance y, cada vez que Casey intentaba cogerlo, la pequeña se lo apartaba.

—Jolines, serás pulpo

Poco a poco se le daba mejor lo de no decir palabrotas. De

—protestó Caseyentre dientes.

golpe, Skye dejó caer eltomate mordido alsuelo. —Perdón, Cafey—dijo, conuna sonrisa precoz.

Casey la fulminó con la mirada y, para su vergüenza, una pelirroja recogió el tomate y se lo devolvió con una sonrisa radiante. —¿Lo has perdido? —la pinchó. Caseyesbozó una sonrisa azorada.

No tendría que haber dejado a la princesita sola —

musitó, con una mirada severa a Skye, que no había dejado de sonreír. —Bueno, parece que tienes muchas cosas entre manos. ¿Es tu hija? ¿O estás soltera? —quiso saber la pelirroja, con los ojos pegados a los de Casey. Esta tragó saliva ytorció los labios conimpotencia. —Sía lo primero yno —sonrió. La pelirroja se encogió de hombros. —Bueno, feliz Día de Acción de Gracias —les deseó mientras se alejaba. Casey cruzó una mirada con Skye; era como si la pequeña supiera lo que quería la pelirroja, pero ¿era eso posible? Había muchas cosas que no sabía de los niños.

—Gracias

Una hora más tarde, Caseyestaba agotada ySkye estaba toda roja yde unhumor de perros. —Bueno, no ha ido tan mal —rezongó Casey sarcásticamente, de vuelta alcoche conelcarro. Skye se cruzó de brazos yresopló. —Cafey, ayudo —dijo, conunpuchero.

Casey dejó el carro junto al coche y observó la triste carita de Skye. Enunabrir ycerrar de ojos, la hizo sentir como una cretina. —Skye, tengo que acabar esto. ¿Has visto toda la gente que había en el súper? Dios, si te hubiera bajado del carro me habría pasado elrato detrás de ti. —Ayudo —repitió la niña envozbaja. Caseygimió, sintiéndose como la peor persona delmundo. —Vale, cuando lleguemos a casa puedes ayudarme a guardar la compra y a hacer la cena de Acción de Gracias. Luego tenemos que escribirle la carta a Papá Noel. A Skye le brillaronlos ojos. —¿Carta? ¿Mía a Papá Noel? —Sí. ¿Qué te parece, me ayudarás? Skye le dio una palmadita enla mano. —Claro. Ayudo a Cafey. Caseyla miró a los ojos azules. —Gracias, pitufa. Me has salvado otra vez —le aseguró, y le besó la nariz, haciéndola reír.

—Estante de abajo —instruyó Casey. Skye forcejeó conelpaquete de harina. —Pesa, Cafey—gruñó la niña.

Liz le lanzó a Casey una mirada asesina y esta tuvo que hacer esfuerzos para no echarse a reír.

—empezó a decir, pero

como Liz seguía fulminándola con los ojos, Casey se rio y cogió la harina ella mima. —Muy bien, pitufa, vamos a intentarlo con esto —dijo Casey, y

—¿De qué sirve tener a un hobbit

?

le dio los tomates. —Como la señora delsúper —observó Skye. Casey cerró los ojos y elevó una plegaria al cielo, pero no hubo

suerte. Las mujeres en general tenían un sexto sentido; las mujeres embarazadas teníanunradar mejor que eldelPentágono. —¿Qué señora, pastelito? —se interesó Liz, como si no le diera importancia. —Pelo rojo. Le gusta Cafey—contestó Skye. Casey metió a Skye en la nevera e intentó cerrar la puerta, mientras Skye chillaba yse reía, hasta que la soltó. —¿Ah sí? ¿Yqué pasó, Skye? —insistió Liz, tomando asiento a

la mesa de la cocina. —Vale, vale, no interrogues a la niña —se rindió Casey, con las

manos enalto—. Tuhija cogió un tomate, le dio un bocado y lo tiró

al suelo. Una mujer lo recogió. Nos intercambiamos un par de

comentarios educados y esto fue todo. Feliz Acción de Gracias, adiós muybuenas. Skye dejó escapar una risilla ylogró escabullirse de la nevera. —Espera, aún no estás congelada —le gritó Casey a la pequeña traidora entono travieso. Skye chilló entre las carcajadas ycorrió hacia sumadre.

A

la mañana siguiente, de camino al estudio, Casey desayunó con

su

abuela. Meredith extendió generosas capas de mermelada sobre

la tostada yle dio unbuenmordisco. —Ha sido una idea maravillosa —opinó. Caseyasintió mientras se bebía elcafé. —Ahora dime cómo vas a preparar elpavo de la cena.

—He ido a comprarlo todo. —¿Otra lista? —Sí —sonrió Casey—. Liz será nuestra sargento y nos irá dando las órdenes para que Skye yyo hagamos la cena.

Meredith se apoyó en elrespaldo de la silla y observó a su nieta, que mascaba una tira de beicon. —Estás muyenamorada de esa mujer. Caseydejó de masticar ylevantó la vista.

—Yo

supongo que sí.

—¿Ya os habéis acostado? Caseycasise atragantó conlos huevos. —Joder —tosió, y se limpió la barbilla—. ¡Abuela! ¿Qué clase de pregunta es esa? —Creo que es una pregunta perfectamente normal que hacerle a una mujer enamorada. Caseyocultó elrostro entre las manos. —¿Y bien? —Aúnno —respondió Casey, evitando mirarla a los ojos. —Ya veo. En el estado de Liz, seguro que el sexo es lo último que tiene enla cabeza. ¿Pero almenos dormís enla misma cama? —Sí —contestó Casey, obediente—. Yahora, vieja chafardera, ¿podemos hablar de otra cosa? —Una pregunta más. ¿Lizpractica sus Kegels? Caseyagachó la cabeza, pero respondió solícitamente. —Sí, abuela.

La mañana de Acciónde Gracias empezó conunsonoro golpetazo. Caseyhizo una mueca cuando se le cayó la olla alsuelo.

—Vale, se me da muybienseguir instrucciones —se dijo. Volvió a poner la olla en el fuego y se frotó las manos. Durante las tres horas siguientes, Lizdio órdenes y Casey las siguió alpie de la letra. El único momento en que arrugó la nariz fue cuando hubo que rellenar el pavo. También Skye puso cara de asco, ataviada conundelantalsolo porque Caseyllevaba uno. —Esto es repugnante —se quejó Casey. Skye, que la contemplaba conlos codos apoyados enelmármol, se mostró de acuerdo. —Puaj, Cafey—opinó, frunciendo elceño ysacando la lengua. Aparte de eso, el pavo acabó exitosamente en el horno. Habían comprado los pasteles de calabaza y de manzana en la panadería, porque Caseytodavía no estaba preparada para hornear. —Mamá, sube pies —recomendó Skye, arrancándole una carcajada a sumadre. Casey estuvo de acuerdo y fue a buscar la otomana; Liz se sentó en el sofá y apoyó los pies en alto. Cuando Casey le acarició las pantorrillas exhaló unsuspiro de satisfacción. —No discutas —le dijo, yla besó profundamente. —No, señora —aceptó Liz, ycerró los ojos. —Bueno, creo que falta poco para que llegue Papá Noel. Casey llamó a Skye y puso el desfile de Acción de Gracias en televisión. La niña salió corriendo de la habitación y se sentó delante de la pantalla, mientras Casey tomaba asiento en el sofá, al lado de Liz. —¿Dónde ta Papá Noel? —preguntó Skye. —Pronto saldrá, pastelito —contestó Liz, con un suspiro de cansancio. Caseyla miró por elrabillo delojo.

—¿Estás bien, tortuguita? Lizasintió, sonriente, yCaseyle acarició la barriga yla hizo reír. —Dios, ¡estoy enorme! ¿Por qué todo el mundo quiere tocarme la barriga? Ayer estaba con Skye en la tienda y dos personas me pidieronpermiso para tocarme la barriga. ¿Por qué? Solo de imaginárselo, Caseyse echó a reír. —No lo sé. A lo mejor es porque llevas una minipersonita dentro. Skye se volvió hacia ellas. —Querenalbebé, mamá. Las dos mujeres observarona la niña unos segundos. —Skye, cariño. ¿Túquieres albebé? —Ajá. Una hermanita para jugar enla barriga de mamá. —¿Y si fuera un hermanito? ¿Te parecería bien? —preguntó Casey. —Claro —contestó Skye, concentrada eneldesfile. —¿Cómo podríamos llamar albebé, Skye? —preguntó Liz. —Mamá, vene Papá Noel —insistió Skye. Entonces chilló, entusiasmada—. ¡Papá Noel! —gritó, y empezó a dar saltos, antes de escalar alregazo de Cafey— Cafey, vene Papá Noel. Elnombre delbebé tendría que esperar.

La cena de Acciónde Gracias estaba casilista. —Huele que alimenta —aspiró Casey, mientras ponía la mesa conSkye. Lizestaba haciendo de anfitriona conNiles, BrianyMeredith. —Permíteme que haga los honores —pidió Brian, acercándose al mueble bar—. ¿Martini, Meredith? —ofreció, aunque no esperó

a que contestara para preparar elcóctel. —Liz, no doy crédito a lo mucho que ha cambiado Casey comentó Niles. El ruido de cubiertos impactando contra el suelo lo interrumpió, pero los cuatro decidieron ignorarlo gentilmente y Niles siguió hablando. —Le has salvado la vida. Túytupequeña diosa. Feliz, Liz observó cómo Skye ponía la mesa siguiendo las instrucciones de Casey. —Ella ha hecho lo mismo por nosotras —afirmó. Cerró los ojos cuando se les cayó otro cubierto—. Le debo mucho. Uncubierto caído más tarde, Caseyasomó la cabeza a la sala de estar. —Ya casiestamos, lo siento —musitó, avergonzada. Meredith aceptó la copa que le tendía Brian y luego él le dio un vaso de agua conhielo a Liz, que sonrió apreciativamente. —Detecto otra vez una nota de duda —observó la anciana, dirigiéndose a Liz. —Prepárame algo exótico —pidió Niles almismo tiempo. —Túya eres lo bastante exótico —replicó Brian. Niles lo besó y a Meredith y a Liz les hizo mucha gracia verlos tanjuguetones, pero Meredithno había olvidado supregunta. —Cuéntame, Liz. —Solo pensaba en la postura de Casey respecto a los hijos, lo de que merecentener a unpadre ya una madre, yme preguntaba si lo decía de verdad o sino quiere algo asíconmigo. Meredithasintió, comprensiva. —Bueno, lo único que sé es que Casey no deja de hablar de ti siempre que nos vemos y Niles es testigo. Habla de Skye y de ti

todo eltiempo. Niles dice que empieza a ser muycansino. Liz se sonrojó y apoyó la cabeza hacia atrás en el respaldo del sofá. —Quiero a esa pianista, Meredith. —Ya lo sé, cariño. Y la pianista te quiere a ti. Tenpaciencia —le recomendó, dándole unapretónenla mano.

Caseyocupó una de las cabeceras de la mesa yLizla otra; Skye se sentaba entre su madre y Niles, que tenía a Brian en el otro lado, mientras que Meredith estaba al lado de Liz. Todos dieron gracias

y Casey alzó la copa de vino. Liz levantó el vaso de agua y Skye levantó suvaso de plástico como todos los demás. —Nadie sabe mejor que yo lo mucho que tengo que agradecer. En un par de semanas habrá una silla más en esta mesa —dijo

Casey, que cruzó una mirada con Liz. Las dos tenían los ojos llenos de lágrimas—. He recibido una bendición. Feliz Día de Acción de Gracias —terminó, conla vozrota por la emoción. Todos brindaron y el sonido de las copas al entrechocar se mezcló con las risitas de Skye cuando Niles brindó con ella. Casey

le hizo un guiño a Liz. Luego, ante la atenta mirada de Liz, Casey

sostuvo elcuchillo con sus largos y esbeltos dedos y, con un diestro

el pavo saltó de la bandeja y aterrizó encima de la

mesa. Meredith se echó a reír a carcajadas, igualque Niles y Brian. La risa de Skye era infantily de pura inocencia, mientras que Casey soltó una risita nerviosa e hizo una mueca al recuperar el pavo y colocarlo de nuevo en la bandeja. Fue un alivio que el resto de la cena transcurriera sin incidentes, y así dieron comienzo las Navidades.

movimiento

Capítulo 20

Liz estaba reordenando los armarios de la cocina cuando sonó el timbre. Con un gemido, anadeó hacia la puerta lo más deprisa que pudo, porque no quería que el timbre despertara a Skye de la siesta. Enla puerta había dos hombres consendas sonrisas. —Tenemos una entrega para LizKennedy. ¿Dónde la quiere? —Va en la habitación del fondo, la señora te lo dijo —refunfuñó elotro, cargado de bultos. —Bueno —musitó Liz, que dio un paso atrás—. La habitación delfondo está a la derecha. Los dos transportistas llevaron las cajas a la habitación y Liz los observó, confusa, mientras desembalaban las cajas. El hombre de más edad le sonrió. —Se supone que tengo que decirle que se siente y ponga los pies enalto. Lizabrió mucho los ojos. —Vaya, pues a nosotros nos paganpor hora. Liz les lanzó una mirada prudente antes de volver a la sala de estar, desde donde los observó hacer viajes por la casa. Al parecer, alcabo de una hora, habíanterminado. —Muy bien, ya puede mirar. ¡Feliz Navidad! —le dijo elmayor,

yle estrechó la mano. Liz no salía de su asombro al acompañarlos a la puerta. Para más inri, el portero apareció de improviso y se le acercó, cargado de cajas ypaquetes. —Papá Noel se ha adelantado, señora Kennedy. Casey me dijo que le dijera que se sentase —Y que ponga los pies en alto, lo sé, Mike. Pasa —lo invitó con una risotada—. Creo que todo eso debe de ir en la habitación delfondo. De repente, se le había puesto un nudo en la garganta y le saltaronlas lágrimas. Elportero le guiñó unojo yrecorrió elpasillo. —Feliz Navidad, señora Kennedy —le dijo, e inclinó su sombrero alsalir. Liz entró en la habitación muy despacio y se llevó la mano al corazón. Habían montado una cuna con una mecedora al lado. En la pared de enfrente había una cómoda y un cambiador. Los paquetes envueltos con papel de regalo estaban en la cuna, sobre la cual habían colocado un móvil de Disney. Fue entonces cuando vio que había una tarjeta colgada del móvil y fue a abrirla con los ojos anegados enlágrimas.

Mi

querida Liz:

La

maternidad te sienta muy bien. Nuestro bebé no puede llegar a

este mundo sin tener un sitio donde dormir. Que te ayude Skye que ha sido Papá Noel!

¡Dile

Te quiero, solo a ti. ¡Feliz Navidad! Eres la única para mí.

Por siempre, Casey.

PD: Ya sé que son las hormonas, pero siéntate y deja de limpiar los

armarios.

—Nuestro bebé —susurró Liz, mirando en derredor con la tarjeta contra elpecho. —Mamá —la llamó Skye, convozadormilada.

Liz se volvió hacia su hija, que entró en la habitación con las mejillas arreboladas. —Papá Noelha venido antes para elbebé —la informó Liz. Skye abrió unos ojos azules como platos. —¡Vene muypronto, mamá!

todo esto y

—Ya lo sé, pero sabía que necesitábamos todo

—balbuceó Liz, que rompió a llorar en la

mecedora. Skye corrió hacia ella yle apoyó la cabeza enelregazo. —¿Mamá, contenta? —Sí, pastelito, mamá está muy contenta —le dijo, y se secó los ojos—. Vamos a ver qué ha traído Papá Noel. Liz se pasó la hora siguiente balanceándose en la mecedora mientras Skye abría los paquetes, maravillada de la cantidad de ropa de bebé que había. Le hizo mucha gracia que fuera toda blanca, ni para ni