Zarabanda de los once cuentos de Baltasar

Manuel Montero
La boda real
París, 16 de noviembre de 2006.
Escuchando Dimi Mint Abba,
música de Mauritania.
Querido Baltasar,
El prínci pe estaba
enfermo. Algunos nómadas del
reino cantaban canciones tristes,
pero cuando la flauta empezaba
a sonar, los demás le hacían
signo de callar. El astrólogo y
médico principal había recetado
el corazón de un árbol gigante
que debía encontrarse en
Ori ente, sobre una gran
montaña. Pero el príncipe había
empezado a no comer y a mirar
extrañamente la Luna, con un
leve quejido como de animal.
La princesa conocía a
un vendedor de agua que
conocía a un pobre labrador que
de niño había estado fascinado
por la Luna. El vendedor de
agua, a pesar de la tristeza del
castillo, no paraba de hablar de
esto y de lo otro. Decía por
ejemplo que el remedio natural
que aquel pobre labrador había
usado, l l egado ya a l a
adolescencia y no pudiendo
soportar las lunas llenas, era
una hierbecilla muy humilde y
muy sosa que se encontraba por
todas partes. Pero ese era un
remedio de pobre. El labrador lo
había tomado pensando que así
iba a morir y terminar su
sufrimiento.
La hierba no le hizo
nada, era inofensiva. Ni siquiera
emborrachaba o cosas así,
porque no tenía fuerza. El padre
del príncipe estaba harto del
vendedor de agua y lo encerró
en una torre. No era necesaria el
agua en su castillo. Pero la
princesa envió un mensaje
secreto al paupérrimo labrador,
que en respuesta le envió esta
carta: "No me curó la hierba,
sino las ganas de llorar que tuve
después de darme cuenta de
que yo no tenía remedio. Mis
ganas de llorar hicieron bajar a
un grupo de ángeles, que no
entendían nada de las cosas de
la miseria. Les parecieron tan
sorprendentes las enfermedades
de Luna de los pobres que me
subieron al cielo en una cometa
a que pudiese pedirle a la Luna,
causante de todos mis males, el
fin de mi dolor." La carta del
paupérrimo seguía contando
una larga conversación con la
Luna, en su gran explanada de
plata, acompañado por los
ángeles ignorantes.
El resultado de sus
negociaciones fue que un día la
Luna dejaría de molestarle, pero
que el labrador tenía que pensar
en alguien que se hiciese cargo
de mirarla y quejarse de una
manera rara, como un animal. El
labrador dudaba, no le deseaba
esa postración a nadie, a pesar
de haber visto ahora de cerca la
belleza de la reina Luna. Dijo, no
le deseo ese sufrimiento a
nadie. La Luna no podía
soportar que nadie la mirase
cuando estaba llena y entonces
le hizo una promesa al labrador.
La persona que designes será
en el fondo muy afortunada,
porque podrá casarse conmigo,
que nunca me he casado en
todos los miles o millones de
años y siglos que estoy en el
Cielo. Será rey en mi palacio,
etc, etc, etc.
La princesa estaba
estremecida leyendo esta carta,
porque eso significaba que ella
nunca sería feliz con el príncipe
enfermo. Pronto recibió un
mensajero de la Luna, un ángel
muy pálido y con voz de gato
que le dijo que tenía que
empezar a preparar una gran
fiesta de matrimonio porque la
Luna bajaría a casarse con el
príncipe. El rey, que amaba
espiar a toda la familia real,
estaba detrás de una cortina y
sintió una gran envidia por el
príncipe y su futura boda.
La fi esta empezó,
todos los músicos y bailarinas
hacían la música y baile más
alegres y bulliciosos posibles.
Se habían instalado ferias en
todos l os puebl os, y l os
nómadas se pusi eron en
oración, porque hacían todo al
revés que los demás. De lejos
se veía a los novios, muy
grandiosos, la princesa lloraba al
principio, pero luego estaba algo
m á s t r a n q u i l a ,
inexplicablemente.
Cuando la Luna y su
nuevo marido subieron con toda
una serie de caballería celestial
hasta la mitad del Cielo, y
solamente se veía el redondel
blanco del plenilunio, la princesa
fue a la habitación del príncipe.
Allí estaba el príncipe, dormido.
Alguien le había quitado sus
ropas para disfrazarse de él y la
princesa lo despertó y le dijo
muchas cosas alegres. Los
cortesanos y el astrólogo
estaban desesperados porque
no encontraban al viejo rey por
ningún lado. Un destacamento
llegó de muy lejos con el
corazón de madera de un gran
árbol de Oriente. El príncipe
mandó hacer una silla con esa
madera para su nuevo
consejero, que antes era, según
dicen, un pobre labrador. El
vendedor de agua volvió a su
oficio, porque el agua es lo
mejor que se puede beber,
incluso en un castillo, como bien
dice él cada vez que le
preguntan.
He recordado este cuento, y no
sé si me lo contó alguien o si lo
he soñado.
Muchos besos y felices fiestas.
Hasta pronto.
Los cuñados incultos
Hace varios siglos, en un tiempo ya
remoto en que en Francia todavía reinaba el
monarca, dos jóvenes flacos y poco
agraciados fumaban pipa en una terracilla,
sobre dos taburetes. Los dos tenían novias
muy guapas, dos hermanas, Popea y
Leontina, mucho más cultivadas que ellos.
El uno era zapatero, de origen español, y se
llamaba Lorenzo. Vivía con Popea, aunque
no estaban casados. El otro era pastelero,
vivía con Leontina y tampoco estaba casado
con ella. Ese día había un débil sol de
invierno y por eso habían sacado los
taburetes a la terracilla. Los dos tenían
mucho trabajo atrasado, pero ahí estaban
tan panchos, hablando de ópera y de
retórica.
Hay un maestro de canto y retórica en
Italia que es muy famoso... empezó a decir
Lorenzo.
Puntiagudo, el pastelero, interrumpió a
Lorenzo diciendo que ni Popea ni Leontina
necesitaban en modo alguno un maestro de
canto y retórica, ya que se expresaban con
muy buenas palabras y cantaban como los
ángeles.
No lo digo por ellas, explicó Lorenzo,
sino por nosotros. ¿Tú piensas que con la
simpleza que tenemos y, sobre todo, con
nuestra voz nasal, tan molesta, querrán
algún día casarse con nosotros?
Ah, no, tienes razón, Lorenzo, dijo
Puntiagudo. ¿Por qué no vamos a Italia, a
recibir unas cuantas lecciones?
Así que dejaron la pipa sobre un
taburete, entraron a que sus novias les
preparasen unos bocadillos y una garrafa de
agua para el viaje, y enfilaron la ruta de
Italia, que pasaba por los Alpes.
Después de andar hasta caída la tarde
llegaron al primer pueblo del camino, que
era más bien una ciudad, quizás Lyon, se
metieron las manos en los bolsillos y se
dieron cuenta de que no tenían nada de
dinero. Para poder seguir el camino, y
siguiendo el consejo de un sereno, que es el
guarda que hace la ronda de noche en los
pueblos grandes, se pusieron a trabajar en
el pueblo durante un año, Lorenzo como
ayudante de un zapatero, y Puntiagudo
como pinche de pastelería.
Con sus ahorros de un año, la
siguiente navidad salieron para los Alpes.
Esta vez el viaje duró algo más y vieron una
gran montaña pero en mitad de la tarde que
se hacía noche no encontraban donde
parar, de modo que alumbraron un farolillo y
fueron subiendo.
Fíjate la nieve que cae, decía
Puntiagudo.
Pero si no se ve nada, respondía
Lorenzo.
Como si no hiciese el frío que hacía,
ellos seguían subiendo y subiendo en medio
de la oscuridad y de los aullidos del viento
contra la montaña.
Llegaron a un castillo, donde había
dos princesas encantadas, envueltas como
crisálidas en una tenue gasa de fibra de
vidrio. Desde el fondo de su envoltura, las
dos princesas parecían suplicar con los ojos
una palabra mágica que rompiese su
hechizo. Los dos jóvenes no sabían nada de
magia y subieron a la biblioteca del castillo a
mirar en los libros si existía algún truco para
liberarlas. Se prepararon mientras tanto algo
de comer, porque no podían más de
hambre. Un asado de pato, creo, con lo que
encontraron en la despensa, así como un
chocolate caliente para el postre, mientras
miraban los libros. En principio no había
nadie más en el castillo, aparte de las
princesas. Pero digo en principio, porque
cuando Lorenzo y Puntiagudo habían
comenzado a adormecerse, cansados de
leer hasta el amanecer, la tormenta de nieve
pareció apaciguarse y se oyó que llegaba
gente.
Tocaban música a la puerta del
castillo, como dando una serenata. Una
gitana tarareaba una canción en un idioma
misterioso, acompañada de una pequeña
orquesta de gatos músicos, vestidos de
seda verde y roja con flores en filigrana, y
calzados con botines negros. Lorenzo
pensaba que podían ser los descendientes
del gato con botas, sobre cuya genealogía
acababa de leer un pequeño tratado en
pergamino, justo antes de quedarse
dormido. Puntiagudo estaba sobre todo
ocupado en intentar abrir la puerta, que
parecía haberse cerrado para siempre.
No puedo abriros, porque la puerta del
castillo está atrancada, gritaba a los de la
serenata Puntiagudo desde dentro del patio
de armas.
La gitana paró de cantar, los gatos
aplaudieron, y las princesas se iluminaron
como si fuesen lámparas de mesita de
noche. Un extraño parecido con alguien muy
conocido en las caras de las princesas
dejaba pensativo a Lorenzo, ahora que con
su luz mágica se les veían mejor los rasgos.
Pero no estaba Puntiagudo al lado para
darle su opinión, así que fue a prepararse
un café.
Mientras tanto Puntiagudo intentaba
hablar con los de la serenata, arrimó un
sillón al puente levadizo, trepó encima, y por
un resquicio asomaba la cara. La gitana
tendía la mano, como pidiendo el aguinaldo,
o quizás porque el dueño del castillo le
debía dinero, y Puntiagudo fue a buscar a
Lorenzo. No se acordaban dónde habían
dejado los ahorros, y se pusieron a revolver
todo el castillo. Después de un rato, Lorenzo
se quedó de nuevo pensativo con su taza de
café, sentado en un cofre. Puntiagudo volvió
a asomar la cara y vio que la gitana se
encogía de hombros y se iba por el camino,
con sus gatos. Sintió pena de que los dejase
solos pero no dijo nada, sino que fue
directamente, por la escalera de caracol, a
la biblioteca y siguió leyendo. Un libro llamó
su atención: Tratado de los Diamantes
Vivientes. En él había dibujos de rocas en el
primer capítulo, de plantas como atrapadas
en ámbar en el segundo, de animales
petrificados en el tercero, y, cuando
Puntiagudo llegó al cuarto y último capítulo
encontró un dibujo en el que estaban las
dos princesas encantadas con sus nombres
debajo. Su sorpresa aumentó aún más
cuando leyó los nombres. “Piedra Popea” y
“Piedra Leontina”. Las propiedades de ese
tipo de diamante viviente eran tres: ver las
imágenes de personas queridas, enseñar
todos los secretos del canto y hacer
invencible en la retórica o arte de hablar y
escribir. Sólo existían esos dos diamantes
vivientes del dibujo para el cuarto capítulo,
el de las personas, y según el libro no se
habían vuelto a ver desde tiempos de
Carlomagno.
Estaba leyendo más detalles sobre la
piedra Leontina cuando se dejó oir en el
castillo un sonido agudo, Lorenzo se había
puesto a cantar, con una voz que se
multiplicaba como un órgano de iglesia, o
casi de catedral. Y después un estallido
terrible. Su piedra había estallado con el
último gran gemido de su canción de amor.
Puntiagudo bajó corriendo donde las
princesas y vio solamente que Lorenzo se
guardaba un trozo de diamante en el bolsillo
y que salía corriendo con una cuerda por el
balcón.
Se va a caer, pensó Puntiagudo.
Pero Lorenzo había ya apuntalado la
cuerda bien antes de guardarse el diamante,
mientras estaba cantando, y su agilidad de
joven flaco le permitió bajar bien por una
pared inclinada del castillo. La banda de
gatos lo esperaba con unos caballos.
Cuando se hubo subido a un caballo
moteado muy altanero, se volvió hacia el
balcón de la sala de los diamantes vivientes
y gritó a su amigo que bajara a su
encuentro. Le dijo cantando: nuestras
novias nos esperan, no hay mayor
inteligencia que el amor y ése es para mí el
mejor maestro de Italia. Ven, Puntiagudo,
volvamos a los zapatos, yo, y tú a los
pasteles, y a estar con Popea y Leontina.
Tú no sabes lo que yo sé, dijo
Puntiagudo, hay un secreto en la Piedra
Leontina, el secreto de saber hablar y saber
escribir, y yo voy a alcanzarlo. Me quedo
pues, vete tranquilo y sé feliz.
Puntiagudo se sentó delante del último
diamante viviente, se hizo de noche, y con
unos libros de la biblioteca se distraía
mientras esperaba algún efecto maravilloso.
Para tener un registro de sus experiencias,
tomaba de vez en cuando notas en unos
cuadernos, con tinta roja y tinta negra. De
tanto en tanto echaba vistazos al diamante
viviente y le parecía que los rasgos de
Leontina cambiaban, en algunos momentos
tenía algo que le recordaba un poco a su
madre.
Se hizo amigo de la gitana y de los
gatos y como iba leyendo casi todos los
volúmenes y pliegos del castillo, a veces
sacaba dinero de un cofre para comprarles
comida y libros nuevos, de todas partes del
mundo. Lorenzo se casó con Popea, se
trasladaron a Lyon, que estaba cerca de su
pueblo, ella bailaba y él cantaba lo que ella
le iba pidiendo. Entre los dos idearon
nuevos tipos de zapato, sobre todo botas
elegantes y botines, y así se hicieron
medianamente ricos y tuvieron muchos
hijos. Puntiagudo veía todos los días a
Leontina, y no se preocupaba de nada más.
Fue envejeciendo, y en sus vistazos a la
piedra reconocía a veces a su abuela, que
tanto quiso de niño, y antes de morir la
piedra le parecía ser un vivo retrato de la
Virgen María, o quizá de la diosa Diana,
sobre las cuales él conocía de memoria
todos los poemas escritos en siglos y siglos,
desde los griegos, casi egipcios, hasta los
poetas de su época. Había escrito varios
libros y, con tinta de luz sobre el diamante,
esta historia que los gatos con botas cantan
en su idioma a la puerta de los castillos.
Manuel
El escarabajo de Egipto
En una ciudad ruidosa, un niño se hizo
amigo de un pequeño escarabajo que
estaba en una maceta del balcón. El
escarabajo era heredero de un reino
subterráneo que ya no existía. Su mundo
era el Antiguo Egipto, un oasis donde sus
antepasados constituían una sociedad.
Nada de eso era fácil de explicar. Así que la
única muestra de amistad que el escarabajo
podía dar era recorrer pacientemente los
laberintos de maderas o de libros que el
niño construía para él.
Un día, como suele pasar, el niño ya no
se acordó del escarabajo y se hizo un poco
más mayor. Tenía una novia muy guapa,
con el pelo muy largo y muy alta. Ella le dijo:
"La vida es como un laberinto. Yo tengo los
ojos orientales porque soy adoptada. Si en
el laberinto de la vida consiguieses
encontrar a mis verdaderos padres, yo sería
feliz contigo".
Bruno, que así se llamaba este
muchacho, se preparó un té en la cocina,
aún tenía algunas llamadas de teléfono que
hacer antes de la noche, para su trabajo.
Miraba libros sobre Egipto, buscando ideas,
de tipo comercial. Luego vio las noticias
sobre la situación de pobreza e incluso de
dictadura en muchos lugares orientales y
comprendió que su novia estuviese
angustiada. Sus padres estarían sin duda
muertos. Cuando terminó de hacer todo, se
acostó.
Tres escarabajos salieron lentamente
por un hueco de la biblioteca, que estaba
mal reparada. Bruno los veía desde la cama
recorrer en fila los montones de papeles que
él tenía en la mesa.
No le gustaba matar los animales, así
que pensó dejarlos vivir. Pero el ruidito que
hacían con sus patitas sobre los papeles no
le dejaba dormir. Era insignificante, pero él
necesitaba silencio absoluto. Así que se
levantó y se quedó un rato mirándolos de
cerca. Uno de ellos le traía muchos
recuerdos, pero no sabía por qué. ¿Por qué
de pronto se acordaba de su infancia?
Entonces se quedó dormido de verdad.
Así, sentado en la silla, con los brazos y la
cabeza sobre sus documentos de trabajo y
los tres escarabajos andando arriba y abajo
por la casa.
Mientras tanto su novia había cogido un
avión que volaba hacia Asia. Allí pensaba
encontrar algún rastro de su verdadera
familia, y, si no, luchar por los derechos
humanos para así encontrar la paz. Durante
el viaje no estaba segura de nada. Le
parecía vivir en un mundo absurdo, incluso
ahora que era transportada a través de las
nubes, a una gran altura.
En el sueño de uno y otro, Bruno y su
novia se hablaron. Se encontraron diciendo
cosas que ellos mismos no sabían, mientras
el rumor de la ciudad y del avión parecían
hacerse música antigua y como sollozos de
felicidad o el suspiro de algún animal
profundo y misterioso. Ella, que se llamaba
Tana, de pronto le decía: Mis padres están
muertos y no me queda nada de ellos. Ni
siquiera tengo un cementerio donde ir a
llevarles estas flores, que ves en mis
manos.
Bruno le respondía: Vuelve, Tana, tus
padres han venido a verte. Han dejado
sobre la mesa las dos lágrimas de Buda. La
primera es femenina, y es de color oscuro,
como un corazón en la noche, y está a mi
izquierda. La segunda es masculina, está
hecha de un oro blanco y se encuentra a mi
derecha.
Cuando Tana llegó al aeropuerto, sus
parientes la estaban esperando. Tenía
primos, hermanos, sus padres estaban vivos
y locos de felicidad no eran capaces de
hacer nada más que llorar, porque el único
recuerdo de ella que les quedaba era un
pequeño escarabajo, pero se había
escapado el día antes.
Enseñanzas
de un zorro
a un joven gallo
Aunque también podrían ser las
enseñanzas de un viejo gallo a un joven
zorro.
La primera lección trataba de los
pulpos. El maestro decía al alumno qué
admirables eran los pulpos. ¿Por qué? Pues
por dos cosas, su forma de atacar y su
forma de defenderse. Para defenderse
cambian de color, incluso los dibujos de su
piel se transforman, y si están pegados a la
roca es imposible ver la diferencia entre el
aspecto de la roca y el aspecto del cuerpo
del pulpo.
Si están en medio de la mar, lejos del
fondo, su forma de defenderse es otra. Esta
vez expulsan tinta que llevan en una vejiga
especial. Esa misma tinta ha sido usada
desde hace siglos para escribir y dibujar,
aparte de cocinar el arroz negro, como se
hace a veces.
¡Yo conozco su forma de atacar! ¡Yo
conozco su forma de atacar! se puso a gritar
el gallo que quería demostrar al zorro que
se sabía la primera lección, la de los pulpos.
Ah, ¿sí? Hazme una demostración.
El gallo dijo: Los pulpos se inspiran de
la sabiduría de la Madre Naturaleza en su
ataque.
¿De qué manera? Le preguntó el zorro.
Pues como si fuesen tan sabios como
un maestro de la época antigua, es decir,
dando latigazos con sus tentáculos a los
alumnos-pececillos. Así, así, y el gallo con
un revoloteo de alas daba en las narices del
zorro con sus plumas de colores, de las que
estaba muy orgulloso.
¡No me hagas estornudar, por favor! La
sabiduría de los pulpos se parece más a la
Madre Naturaleza de lo que tu crees, pero
no como tú crees.
¿Entonces cómo hacen, profesor?
Decía el gallo muy intrigado, suspenso en el
aire sobre una sola pata y con el cuello muy
cerca del morro del zorro.
¡Ven aquí a mi lado que te dé un abrazo
y te cuente al oído! Y entonces el zorro
empezó a decirle al gallo: los pulpos se
parecen a la Madre Naturaleza, y de hecho
a todas las madres, en que en cuanto ven a
un pez que les gusta, quieren abrazarlo por
todas partes con sus tentáculos, llenos de
ventosas y muy enrollados, como si le
tuviesen mucho cariño.
¡Vale, vale! ¡Pero suéltame! ¡Se ha
acabado la clase, señor Zorro, acaba de
sonar la campana!
Afortunadamente el zorro no era un
pulpo y no podía agarrar con fuerza, a pesar
de que con los dientes hubiera podido. Los
picotazos del gallo no se lo hubieran
permitido, ya que, aunque joven, era de
pelea. Cuando llegó a su corral y su madre,
una gran gallina con falda blanca y negra,
llamada Doña Dialéctica, le preguntó qué
había aprendido, el joven gallo respondió:
He aprendido que los pulpos comen lo
mismo que los zorros...
Con cariño, tu papá,
Manuel
La frontera de Portugal
En la Guerra de España, una muchacha
sin dinero, con su madre en prisión y su
padre escondido debajo de un mueble, traía
azúcar y café a España pasando la montaña
por la noche desde Portugal. Con ese
azúcar y ese café sacaba apenas lo
necesario para toda la familia. En su
caminar a ciegas por las rocas, llevaba lo
que iba a vender en un saco con un agujero.
El frío le azotaba la cara, y ella sabía de
la existencia de lobos en la montaña. De
pronto le pareció que se oía en la oscuridad
una música apagada de piano. Como de
alguien ensayando para un futuro concierto.
Los lobos escuchaban la música, en unos
peñascos, sentados en sillas de nogal, y
una loba recostada en un diván de
terciopelo estropeado fumaba con boquilla,
como las grandes espías y las actrices de
cine mudo.
"Aquí llega el café", oyó decir la
muchacha justo detrás de ella. Estaba en
medio de una gran ciudad de lobos. Habían
puesto una farola altísima con carteles
llenos de palabras y con banderas de color
rojo, y otras eran puras sábanas mal
lavadas y rotas que estaban mojadas con
lágrimas. Le tendieron una pata, pidiéndole
discretamente que dejase el saco al lado de
la cocinilla, y una loba sacó el frasco del
café que estaba en el saco y llenó una
cafetera de estaño, que brillaba con la luna.
Mientras el fuego iba calentando el
agua, la muchacha oyó que le preguntaban:
"Y tú, ¿cómo te llamas?". Dijo que Etelvina,
pero no dijo su apellido. Los lobos tendieron
las tazas, cuando estuvo listo el café, y
pidieron azúcar. Entonces la loba hizo gesto
a Etelvina de que sacase el azúcar del saco.
Pero se había salido toda por el agujero del
fondo. "Debes ir a buscarla", le dijeron,
"pero para que no nos delates te vamos a
vendar los ojos". Le pusieron una venda en
los ojos y Etelvina echó a andar montaña
abajo.
Se preguntaba cómo iba a hacer para
recoger el azúcar, sabía que los lobos
estaban esperando para tomarse el café y
que debía actuar rápido.
"Etelvina Díaz González", oyó gritar
desde el pie de la montaña, "tus vecinos te
han denunciado por contrabando, entrégate
a la Guardia Civil o dispararemos". Ella no
conseguía quitarse la venda y no veía para
dónde iba, pero sabía que si se entregaba
nadie cuidaría a su padre escondido ni a sus
hermanos pequeños. Soldados y guardias
civiles se indicaban las posiciones con
trompetas y silbatos y empezaban a
disparar sin esperar respuesta.
El Destino se apareció a Etelvina
desvanecida bajo los rasgos de su madre
Isabel, presa en la cárcel política de Ciudad
Rodrigo. "Aquí estoy, hijita, para ayudarte.
Esos lobos que hay en el monte bajarán a
matar a los soldados si yo se lo ordeno.
Pero, ¿cómo hacerles llegar el mensaje?
Hijita, no desesperes, porque vivirás
muchos años, verás a tus nietos y a algún
bi sni eto, y verás ti empos nuevos.
Nostradamus, el profeta, en uno de mis
libros dice que las mujeres en España
llevarán pantalones, y eso sólo puede pasar
cuando haya libertad y menos Guardia Civil.
Tendrás que armarte de paciencia. Lleva el
azúcar a los lobos. Ellos se encargarán de
todo."
"Pero, mamá, ¿cómo voy a poder
encontrar el azúcar, que se ha ido
derramando por toda la montaña? Es de
noche, tengo los ojos vendados y parece
tarea imposible. Dime tú, que eres amiga de
los gitanos y que puedes curar con la virtud
de la magia, algún rezo o bendición que me
haga recuperar nuestra azúcar."
"No seas ingenua, hijita," seguía
di ci endo l a apari ci ón a punto de
desaparecer, "los santos del cielo son
soberbios y sólo escuchan el sonido del oro,
no es necesario rezar, todo lo hace la
Naturaleza. Toma esta navaja, quítate la
venda, y busca alguien realmente humilde
que te ayude."
Etelvina lloraba porque nunca podría
encontrar a alguien más humilde que ella,
que vendía por una miseria el café que ella
misma no podía permitirse tomar, y que
estaba tan desprovista de sus padres,
encargada de sus hermanos pequeños, y
que ahora no sólo tenía miedo de los lobos,
sino de los hombres del valle y de los
malintencionados vecinos.
Algunas balas seguían silbando en el
aire y Etel se tiró al suelo y llorando se iba
replegando a rastras más hacia el monte, en
dirección a Portugal. Algo le picaba en la
barriga y luego le subía por la espalda. Era
una hormiga. "Quizá tú eres realmente
humilde", pensó Etelvina. "Humilde y no
humilde, querida Etel," le respondió la
hormiga, "porque con mi pueblo entero en
pocas horas nos hemos aprovechado de ti".
Etelvina dijo que no le constaba que seres
tan diminutos le hubieran hecho o le
pudieran hacer ningún daño. La hormiga se
puso a andar y llevó a Etelvina al
hormiguero. "Levanta esta piedra". Etelvina
encontró debajo de la piedra un montón
colosal de azúcar, que habían ido trayendo
las hormigas por el camino, y se llenó el
bolsillo del delantal.
Por la ladera portuguesa de la montaña
alcanzó la ciudad de los lobos, que estaban
esperando con sus tazas de café,
escuchando todavía el ensayo.
"Sírvanse el azúcar, la traigo en el
delantal. Ahora, tómense pronto el café y
vengan a ayudarme a llegar a donde están
mi padre y mis hermanos." Se tomaron el
café y lanzaron unos aullidos que
empezaron a poner los pelos de punta a los
soldados que estaban en el valle. Después
el piano tocó muy fuerte, una obra que
parecía casi dodecafónica, en todo caso
muy avanzada en el tiempo, y que a
Etelvina le parecía compuesta por
Nostradamus. Pensó que vería tiempos
nuevos, que llegaría a muy vieja y que no se
olvidaría de estos lobos, aunque viviese una
vida de hormiga en alguna ciudad de lobos
lejana, de exiliada.
Otra vez, querido Baltasar, no estoy
seguro de si una parte de esto pasó o si lo
he leído en Apuleyo o algún otro autor y sale
ahora en mi imaginación como algo familiar,
de la época del estraperlo.
Las tres bodas
Un ratón que vivía del queso ajeno y
una mariposa musical o una paloma de luz
se encontraron en un baile. "Quisiera tener
una casa llena de queso como tú", le dijo la
paloma. "Cásate conmigo", le respondió el
ratón. La mariposa, es decir, la paloma de
luz, estaba tan contenta que se puso a girar
y girar un rato alrededor de la bombilla del
salón. Hay que ver qué conquista acabo de
hacer, se decía.
Mientras ella estaba revoloteando así,
se acercó al ratón una avispa, o era una
cucaracha acompañada de su amiga la
avispa. Se casaron las dos con él
prometiéndole todo el queso del mundo, que
en realidad no tenían. Pero eran grandes
mentirosas y siempre le decían que estaban
a punto de heredar una tienda de quesos.
El ratón, hambriento y desgraciado, un
día fue picado por la avispa. El veneno lo
puso de color verde primero, luego amarillo.
Iba a pedir ayuda por la ventana y vio cómo
la cucaracha y la avispa se escapaban en el
camión de la cucaracha. Lo habían dejado
solo, temiendo que muriese y acusasen a la
avispa o a la otra.
No tenía ninguna medicina eficaz, y su
voz era débil, así que fue a mirar en el
trastero y encontró una cosa que había
fabricado la avispa para pasar el rato. Un
avispero de papier maché, que ella hacía
con la boca. Todo estaba a oscuras y el
ratón separó un alvéolo del avispero y se dio
cuenta de que por su forma podía servir de
lámpara. Arrastrándose, con las patitas
paralizadas por la picadura de avispa, llevó
la lámpara a la ventana y la enchufó como
pudo.
Esto servirá para alertar a los vecinos,
pensaba él asomado a la ventana. El aire de
la noche lo refrescaba un poco. Un enorme
deseo de queso lo atormentaba. Llamaron al
timbre y él dijo "Adelante". Como nadie
entraba, fue hasta la puerta y la abrió él
mismo. No había nadie en la escalera.
"El veneno de avispa, en este tipo de
casos, se cura solo al cabo de..." La paloma
estaba vestida de enfermera, muy guapa,
con sus seis patitas en la ventana y sus alas
alrededor del cuerpo. Miraba su reloj de
arena y su libro. "...al cabo de dos minutos".
En la noche, los búhos eruditos
expresaban de vez en cuando alguna duda
profunda, siempre acerca del significado de
la letra U. El ratón y la mariposa musical
fueron felices hasta el final de sus días y
dejaron asombrado a todo el mundo con su
boda, tan original.
Desde París con todo mi cariño de
padre,
La mesa del Tiempo
o De cómo las musas
provocaron el incendio de Roma
Antes de quemar Roma, el emperador
Nerón, hombre mal vado pero con
inquietudes de artista, llamó a su buen
maestro el filósofo Séneca, y le dijo:
"Necesito un resumen de todo lo que hay en
el mundo..." Y añadió, por si quedaba algún
tema por resumir: "Y de lo que hay fuera del
mundo, también."
Las musas acudieron a la memoria del
filósofo, con todas las informaciones
necesarias sobre la realidad y la surrealidad.
Estaba muy contento porque las musas,
que, como sabéis son invisibles salvo que
las pintemos en un cuadro, y son nueve, le
habían ayudado a hacerse una chuleta en
un papel redondito, es decir, con la forma
del mundo.
Pero le faltaba la surrealidad. Es decir,
lo que hay fuera del mundo. Parece ser que
para Nerón la cuestión revestía cierta
importancia, no sabemos por qué. O sólo
fue un capricho pasajero, pero suficiente
para pillar en falta a Séneca. "Pon también
lo que te estamos diciendo sobre la
surrealidad. Nerón te lo ha pedido y estaría
feo no decírselo", decían las musas a
Séneca. Y Séneca, que había pasado toda
la noche escribiendo su chuleta circular, en
forma de mundo, y que estaba cansado, les
respondía bastante agobiado: "Pero es que
no sé cómo poner esas últimas cosas por
escrito. Y además me falta papel."
La musa principal, que había hecho
casi todo el trabajo de resumir, le dijo:
"Bueno, pues si te falta papel, coge
madera". Y le señaló la mesa en la que
estaba escribiendo. La mañana se acercaba
y Nerón llegaría con su guardia, quién sabe
si con buen o con mal humor. En un plis-
plas, todo pasó. Nerón abrió la gran puerta
de la biblioteca. Una corriente de aire se
llevó la chuleta de papel por la ventana. La
musa, justo antes de desaparecer, para
darle madera (intelectual) a Séneca, y como
era la musa más fuerte, le acababa de
arrancar una de las cuatro patas a la mesa
del filósofo. Y Séneca tenía que explicar
todo eso.
"A ver, Séneca", dijo Nerón, impaciente,
"¿y el resumen?".
"Que me traigan el desayuno. Estoy
molido de escribir", dijo el filósofo.
Le trajeron un huevo frito con lechuga.
"Bueno", empezó, "en el centro del
mundo estás tú, oh emperador, como la
yema de este huevo frito". "La zona blanca
de la clara son las personas que te son
fieles, es decir tu esposa Popea, la guardia
pretoriana y yo, tu maestro". "Luego viene la
lechuga, con su vinagreta, que son las
dificultades que plantea el gobierno de tu
imperio. La principal es la envidia que todos
te tienen, y por eso la lechuga es de color
verde." Y para concluir su improvisación, un
poco trasnochada, porque las cosas
verdaderamente sabias, inspiradas por las
musas, acababan de salir volando con la
corriente de aire, Séneca iba a añadir: "Y
esta mesa redonda donde está el desayuno
representa el mundo en su totalidad", con lo
cual sólo le hubiera quedado por añadir la
conclusión. Pero la mesa era cuadrada, no
redonda como el mundo, así que miró
primero a Nerón, luego miró despacio la
mesa, que empezaba a cojear por la rotura
de la pata, y dijo: "y esta mesa cuadrada
donde estás tú, tus personas queridas y tu
imperio, es el Tiempo, que es cuadrado y
tiene cuatro partes: Primavera, Verano,
Otoño e Invierno."
Nerón entonces dijo que quería
contemplar de cerca esa representación de
la realidad, y sobre todo el centro o yema,
ya que se trataba de él mismo. Pero al
apoyarse en el lado de la mesa al que le
faltaba la pata todo se resbaló hacia él. El
desayuno de Séneca se cayó, y el huevo
dejó una mancha muy difícil de lavar en la
lujosa túnica de Nerón. "La culpa es tuya,
idiota", dijo Nerón, "prepárate a morir si no
terminas tu resumen. A ver, ¿qué es lo que
hay fuera del mundo, o del Tiempo, de
forma resumida?"
Séneca, que era ya viejo, y que tantas
veces había regañado al emperador cuando
éste era un niño revoltoso, no pudo reprimir
más su rabia y su desesperación y se puso
a darle azotazos con la pata de la mesa.
"Toma, caprichoso, aquí tienes resumido, a
modo de garrotazos, lo que no está en el
Tiempo, un pobre trozo de madera..."
La cruz de los cristianos, habría
añadido algún autor piadoso, acerca de ese
trozo de madera otorgado por las musas,
aunque yo prefiero pensar que esa
surrealidad era el final del Tiempo en un
sentido más relacionado con el trabajo,
siempre frágil, del creador de la mesa o de
l a musa obl i gada a escaparse y
desaparecer.
Disculpa, Baltasar, si este cuento te
parece, como quien dice, más denso que los
otros, o más caprichoso.
Con todo mi cariño,
Las tentaciones de San Antonio
El cerdo de San Antonio no sólo hacía
compañía al santo monje solitario, en el
desierto de la Tebaida, sino que entre los
dos habían aprendido a comunicarse. No
digo hablar con palabras, pero sí
intercambiar ideas. El buen cerdo, con su
inteligencia, quizá ayudó al ermitaño en el
camino de la santidad, como Sancho Panza,
más tarde, ayudaría a Don Quijote en el de
la genuina Caballería.
Pero todo esto es ponerse a hacer
prólogos, que deben evitarse en los cuentos
para niños, e incluso las propias tentaciones
del santo las tendremos que simplificar
por que er an al go compl i cadas,
consecuencia de comer poco y el aire
misterioso del desierto. Vamos a ver qué
hacía el cerdo. Avisaba cuando se acercaba
gente, porque era una zona a veces con
bandidos. El cerdo conocía cuales eran los
discípulos del santo y cuales no. Ayudaba a
encontrar hierbas curativas, y, sobre todo,
comida. Mendigaba, también, para el santo,
porque cuando la gente veía al cerdo, le
daba pena y daban algo de comer a los dos.
Pero sobre todo el cerdo lo despertaba
todas las mañanas, cuando el santo estaba
soñando sus tentaciones, y con sus
pequeños gruñidos le devolvía el sentido de
la realidad.
Una rara lluvia del desierto, que a veces
tiene lugar, caía sobre la cueva del santo, y
éste se había quedado dormido. Hacía poco
tiempo que había decidido ser santo, así
que todavía no había tenido ninguna
tentación. Como veréis se trata de simples
pesadillas como las que tenemos todos a
veces, pero San Antonio consideraba que
tenía que luchar con ellas, o, en todo caso,
aprender algo especial de ellas. Su fiel
cerdo ya estaba con él. Los pintores de la
Edad Media lo representan con unos pelillos
tiesos, un poco parecidos a los de los
cepillos de dientes, pero algo más cortos, y
con una campanita colgando de la oreja,
para avisar por dónde iba.
Esa primera noche, u hora de la siesta,
el santo se imaginó que ya se había muerto.
Estaba enterrado, según la vieja usanza, en
una tumba. Los demás muertos lo recibían
con una fiesta. "Fíjate", le decía uno, "ya
estás muerto y no te ha dado tiempo a ser
santo y todo eso que tú querías". Se
despertó de muy mal humor, muy temprano,
y se puso a hacer ruido en la cueva
cambiando los libros de sitio y arrastrando la
silla donde pensaba escribir sus milagros,
tentaciones, o lo que fuese surgiendo.
"¿Qué pasa?" indicaba con gestos el joven
cerdo. "Pues que he soñado que estaba ya
muerto". "En cierto modo", decía el cerdo
moviendo la cabeza, "así ya ha pasado lo
peor. En vez de enfadarte, y ya que sigues
vivo, aprovecha un poco la mañana y
ordena. O ponte a leer la Biblia o alguno de
esos libros buenos que te has traído al
desierto, y sigue aprendiendo."
San Antonio, como ocurría en su época,
y todavía hoy día entre los más fanáticos, no
solamente creía en Dios, sino en la
existencia de los demonios. Así es natural
que al miedo normal de ser atacado por
bandi dos se añadi ese el mi edo
supersticioso. "Es un fanático", pensaba el
cerdo de San Antonio. Pero se quedaba con
él porque dos se defienden mejor que uno.
Un día un lobo de verdad se acercó a la
cueva. Había que tener cuidado y no salir.
Así que San Antonio abrió su libro y apuntó:
Segunda tentación (después del sueño de la
tumba). "Aparición del diablo en forma de
lobo muy, muy feroz, con dientes que
arrastran hasta el suelo, y orejas de punta
que llegan hasta el cielo." Luego pensó que
si las orejas llegaban de verdad hasta el
Cielo, escucharían los consejos de Dios, y el
lobo entonces no sería el diablo. Así que lo
cambió, el final, y puso, "y con orejas
gachas y el rabo entre las piernas (que
quiere decir asustado de todo y muy dócil)."
Cuando llegó el verano, y se les agostó
el huertecillo, el cerdo y San Antonio se
acercaron a una selva a buscar algún tipo
de fruto o tubérculo para comer. "¿Por qué
se me aparecen los dioses de la memoria, y
no Jesucristo, que debiera ser el
verdadero?" excl amó San Antoni o
poniéndose de rodillas. El cerdo, que
buscaba turbérculos, dejando buscar la fruta
a San Antonio, por ser más alto, se acercó a
escucharlo y preguntarle otra vez: "¿Qué
pasa?"
"MIra". San Antonio señalaba, como
cuentan las crónicas de San Atanasio, la
copa de un árbol, con un largo leopardo
acomodado a una cómoda rama.
"Vámonos de aquí", le daba a entender
el cerdo con empujones para levantarlo.
"¿No te parece un excelente animal de
compañía?" preguntaba a su cerdo, acerca
del majestuoso leopardo, el santo. "¿Te
parezco poco majestuoso yo?" dijo el cerdo,
"no tengo manchas por todos lados, como
él. Y además... además ese leopardo es...
es otro demonio, muy maloliente y muy
carnívoro, seguro." Lo dijo para ver si
colaba, ya que la otra vez San Antonio
había tomado por demonio al lobo.
"Ah, sí, querido cerdo, gracias por
ayudarme a resistir a la tentación,
vámonos..."
Menos mal que les dio tiempo a recoger
una piña llena de piñones, y unas uvas
tempraneras, que a pesar de que la
Canícula no hacía sino empezar, ya estaban
maduras. Pudo ser de milagro.
Cuando llegó el invierno, bajó del norte
un artista egipcio que tenía como animal de
compañía una osa casi salvaje, pero que él
estaba domesticando. El santo se volvió a
poner de rodillas. Muchos pensamientos le
hacían sentir que estaba en un sueño. El
artista egipcio adivinó que el santo era
supersticioso y le ofreció un secreto de la
osa a cambio de un poco de dinero. San
Antonio dio unas monedillas. La osa le
explicó que ella era la Osa Menor, o sea, la
estrella que señala el Norte y alrededor de
la que gira el eje de la Tierra. Que había
venido a verlo para que él la bautizase y que
así toda la Tierra fuese cristiana.
De pura emoción, San Antonio se
desmayó. Más tarde, el buen cochino lo
despertaba a lametazos. "Esa osa era
probablemente el demonio de otra
pesadi l l a" , decí a San Ant oni o
despertándose. El cerdo no dijo nada. Era
otro animal de compañía, como él, y se
habían hecho amigos en poco tiempo. La
osa le escribía desde el circo, unas veces
en las tierras del Danubio, otras en la India,
o aún en Roma.
Los discípulos de San Antonio eran ya
algo numerosos, venían a escuchar el relato
de sus tentaciones. La famosa tentación de
la tumba, la del lobo, la del leopardo, que es
el animal de Dioniso o Baco, y ahora lo de la
Osa Menor.
Ese deseo de escuchar más
tentaciones hizo que algunos discípulos, por
prisa, ayudaran a producirlas. Como cuando
metieron una serpiente en el dormitorio de
San Antonio. Pero antes tuvo lugar la
maravillosa y terrible aparición de un león,
en nada prevista.
Es cierto que en la Tebaida, cerca de
las fuentes del río Nilo, hay realmente
leones. Pero este león no era en nada un
león común. Un sonido como de trescientas
guitarras lo acompañaba a cada gruñido.
Los discípulos y el cerdo estaban como
dormidos, porque el león se aproximaba
muy despacio, con paso gimnástico y felino.
"¿Sabes que te puedo comer?" dijo el
león. "No tengo miedo. Tú no eres un león
como los otros", respondió San Antonio.
"¿Sabes que soy el Rey de la Naturaleza?"
"Lo sé", respondió el santo mientras
todos dormían, "pero yo no te estoy
esperando a ti, sino al Rey del Cielo, que es
Jesucristo. ¿Eres tú, acaso?" "No, no lo
soy", dijo el león, ardiendo como una
hoguera, y desapareciendo.
Estaba muy contento San Antonio de
cómo había tenido lugar la tentación del
león, y se puso a ordenar la cueva
alegremente y luego se tumbó un rato a
saborear su felicidad y pensar cómo iba a
contarlo todo.
El cerdo veía a los discípulos más
revoltosos muy atareados en el ventanuco
de la cueva, pero no sabía qué estaban
haciendo. Estaban metiendo la serpiente.
Tenían preparado un texto para leer por una
trompetilla, como si fuese la serpiente. "Soy
la serpiente o Dragón que está por encima
de la Osa Menor en el Cielo. Al lado de la
estrella del Norte está el punto alrededor del
que gira, no ya la Tierra, sino el Cosmos
entero, el eje del mundo." El viejo ermitaño
vio la serpiente, tuvo un escalofrío. Le hizo
sitio en el camastro y se quedó quieto,
meditando. Desde fuera de la cueva los
discípulos escuchaban atentamente, a ver si
decía alguna tontería.
Entonces, otra vez, y es bastante raro,
estalló una tormenta con truenos, rayos de
fuego, diluvio de mucha agua, una
verdadera inundación. Se fueron todos en
un barquichuelo, muy asustados. El cerdo
entró en la cueva y vio a San Antonio con la
serpiente, en medio de las aguas. La
serpiente cogió al cerdo y al santo y los llevó
por el oleaje sobre su lomo hasta un lugar
seco.
"Cuando el discípulo está listo, el
maestro llega", dice un verso del yoga, que
San Antonio conocía, "¿ves, querido cerdo?
Esos discípulos me han regalado, con sus
bromas de ignorantes, y de irresponsables,
la preciosa y salvadora serpiente de la
Sabiduría. No tiene veneno, toda ella es
larga y sinuosa como el camino del solitario,
y en medio de las aguas está seca, o como
la serpiente de Moisés, en medio del seco
desierto hace correr el torrente de una
fuente."
"¡Cómo se complace mi amo en sus
visiones, y qué orgulloso está!", pensaba
con una cierta melancolía nuestro querido
cerdo. Iba con la cabeza gacha, olisqueando
el suelo, y un escorpión del desierto le dio
un picotazo con el aguijón de la cola y dos
pellizcos con las pinzas. Ante tanto dolor
que sentía, el cerdo se preguntaba de
dónde podía salir tanta maldad, con sólo
levantar una piedra.
Gritaba y tenía el morro hinchado por el
veneno. San Antonio lo cuidó. Al fin y al
cabo era su único amigo, así que le estuvo
restregando hierbas curativas por los
hocicos, para hacerle escupir el veneno. El
cerdo lloraba y no quería que lo dejasen
solo, necesitaba que su amo le hablase todo
el rato. Así que San Antonio le estuvo
contando la fundación de Roma, desde el
origen de la dinastía de reyes romanos en la
antiquísima ciudad de Troya, de la que
habla Homero largamente en la Ilíada. Esa
es una vieja leyenda que no toma en cuenta
la existencia de los etruscos, que son los
verdaderos antepasados de los romanos.
Pero Virgilio, otro poeta, dice que un abuelo
de Rómulo y Remo, los gemelos fundadores
de Roma, era "el pío Eneas", y que venía de
Troya. "¿Y qué tiene esto que ver con el
escorpión?", parecía decir en sus lloros el
cerdo.
"Ese escorpión se me hace a mí que a
su manera es una suerte de demonio que
habría venido a tentarte, o sea, picarte, a ti,
como representante mío entre los seres
pequeños. Y ten por seguro que es una alta
representación de la maldad del mundo, y
de su misterioso poder. Por eso te duele
tanto. ¿Sabes que la ciudad de Roma, que
domina tiránicamente todo el mundo, por las
armas, y por otros medios más disimulados,
como el espectáculo y la religión, ha
escogido para fundar su poder, entre todos
los signos del zodiaco, el signo del
Escorpión? No te extrañe que los
emperadores y los pontífices (o sea el Papa
de Roma) sean en cierto sentido venenosos
y lleguen a afectar, incluso en la soledad y
el recogimiento del desierto, el hocico de un
pobre cerdito inocente que no estaba
pensando en nada, como tú, y que ahora se
extraña grandemente de lo que encontró
debajo de la piedra. Pero, ea, fíjate cómo ha
bajado la inflamación con las hierbas y con
la conversación."
"Es verdad, me siento mejor. Pero
apunta bien en tus tentaciones este
episodio, porque ha sido el peor de todos."
Estaban en lo alto de una montaña del
desierto, donde los había llevado la mágica
serpiente, y esperaban debajo de una
acacia, que es un árbol de clima cálido, que
hiciese menos calor para bajar a buscar el
camino de la cueva. San Antonio
canturreaba o rezaba mantras o poesías. La
emoción de la montaña le hacía volar con el
corazón. "Verdaderamente se nota que,
ahora, está volando por medio del cielo, en
su corazón, mi querido San Antonio, con
esa mirada vagabunda mirando todo el
horizonte", se decía el cerdo, que no podía
desviar la vista de la cara ya un poco vieja
del santo.
Efectivamente era una tentación o un
apocalipsis lo que le pasaba por el corazón.
Estaba en medio del aire, sostenido sobre
las alturas por la fuerza del corazón.
Entonces tomaba conciencia de que el aire,
intermediario entre Dios y los hombres,
estaba poblado como de genios al principio
invisibles, y luego poco a poco reconocibles
por su aspecto. Unos eran soldados del
amor, otros lo eran del odio y el rencor
eterno. Se estaba preparando una batalla y
San Antonio, en medio del aire, era testigo
de todo. Se le representa con unos
demonios con cara de culo y brazos de
saltamontes que le están tirando de la bata.
Esta tentación y la de las mujeres son las
más conocidas de San Antonio y se ven
muchas variaciones según cada pintor. Los
hay que aprobechan para dibujar en una
especie de gran batalla todas las
enfermedades conocidas, como si pudiese
servir el cuadro así como una especie de
mapa medicinal.
No sabemos decir si estaba todavía en
el aire, porque todo pasaba debajo de la
acacia, cuando tuvo la siguiente tentación,
la del disco de plata y la masa de oro. Se
puede resumir diciendo que estaba cansado
de no tener nunca dinero, de vivir con lo
puesto, y el pobre, en su imaginación, en
vez de soñar con muchas monedas, soñaba
con una sola, pero enorme. También era
una representación de un espejo, porque la
plata cuando está muy pulida refleja nuestra
imagen. Y él estaba triste porque se veía
vestido con el batín de ermitaño de toda la
vi da, mal pei nado, con oj eras, y
acompañado de un cerdito profundamente
dormido en su siesta. Fue ver al cerdito lo
que le enterneció el corazón y le hizo pensar
en otra cosa. La masa de oro, más que
deseo, le daba la sensación de que lo iba a
apl astar, porque l a perfecci ón es
inaguantable.
Así pues, ¿estaba en los aires, o sólo
sentado debajo de la acacia? Porque la
siguiente visión fue el mundo, y no es lo
mismo verlo desde arriba que desde dentro.
En todo caso, se lo figuraba como un
pescador que lanza una red que enreda
todo y que recoge para su barca todo lo que
existe, sin que nada, o casi nada, se
escape. Pero a la vez la red era de agua o
de aire húmedo, y se lanzaba y se recogía
una vez y otra vez, como una respiración
presente en toda la realidad. El cerdo se
estaba despertando y con gestos de
insistencia le dijo: "Vamos a la cueva".
La diferencia entre San Antonio y Don
Quijote, aunque los dos eran hombres
sensibles a la belleza de las mujeres, es que
Don Quijote había escogido como dama de
sus pensamientos a Dulcinea. San Antonio
no sabemos si le rezaba a la Virgen María,
porque, a pesar de que ahora todos los
católicos rezan el Ave María, en el siglo
tercero o cuarto todavía predominaba la
opinión de San Pablo, que le tenía algo de
ojeriza, por ser mujer, y que en la epístola a
los cristianos de Efeso, que es donde
estaba exiliada María, me parece que
muchas de las cosas desagradables que
dice de las mujeres (sobre que tienen que
estar tapadas y no maquillarse ni nada) son
indirectas a María, que debía tener el
carácter de una gran dama. Pero San
Antonio, al contrario que San Pablo,
seguramente quería mucho a todas las
mujeres, además de a la madre de Cristo,
porque si no no hubiese tenido la
famosísima tentación de la mujer.
Vamos a ver, el cochinillo movía la cola
de lo contento que estaba de ver a una
chica guapa. Pero el asunto se convirtió en
tentación por culpa de los discípulos, que
habían vuelto, y que se inventaron un
dispositivo para multiplicar la belleza y crear
en nuestro querido San Antonio la
alucinación de un ejército infinito de
mujeres. Cuando esta mujer, interesada en
conocer la vida de San Antonio, ya que
estaba de paso por la Tebaida y ella
también se interesaba en la mística, se
acercaba a la cueva, los discípulos
colocaron unos armarios con espejos a todo
lo largo del camino. Eso multiplicaba la
imagen de forma insoportable para el pobre
viejo, que no estaba acostumbrado a ver
tanto a la vez. Así que estuvo muy seco,
muy tímido, y apuntó en su libro que ese día
lo había pasado fatal. Hay hasta versiones
budistas y chinas, que cuentan que para
complacer al viejo santo la mujer se
convirtió también en viejecita, y que a pesar
de todo él seguía prefiriendo la soledad.
Luego San Atanasio cuenta otras
tentaciones. No te preocupes, lector, no voy
a dejar escapar ninguna que sea principal.
Solamente decir que puede ser que la
historia sea puramente fantástica, o que
esconda algún secreto, ya que San Atanasio
fue uno de los discípulos, el último, de San
Antonio. Habla, parece ser, de un fauno,
visión contraria a toda lógica, ya que es un
hombre con patas de cabra. A lo mejor la
imaginación de San Antonio era más viva
que la nuestra. Seguidamente está el
centauro, más conocido, pero que no tiene
nada que ver con el cristianismo, y que San
Antonio había podido ver en los frontones
de los templos griegos. También es
contrario a la lógica, porque es mitad
caballo, mitad hombre. Puede ser que
debamos en el futuro mezclarnos con los
que son diferentes, y que nuestra lógica sea
demasiado pequeña para un viejo como San
Antonio. Se habla, también, de un
muchacho negro. Mi opinión es que, muy
probablemente, San Antonio lo adoptó, y
que él heredó la cueva con los libros y el
viejo cerdo, y fue organizando todo para
hacer un museo o una ermita. Incluso
sospecho que el muchacho negro es el
propio San Atanasio, biógrafo de San
Antonio, y último discípulo suyo.
La última tentación de San Antonio fue
tener una estatua. Pero era contrario a los
monumentos, le gustaban más las cosas
sencillas. Y no obstante, de vez en cuando
imaginaba estatuas, pensaba en las cosas,
los dioses antiguos, el Dios nuevo, o él
mismo en tanto santo, como si fueran
estatuas que miramos y admiramos, y que
en el fondo no significan nada, porque son
de mármol o de bronce hueco. Hasta un
troncho de sandía o una palabra se pueden
considerar estatua, en la última filosofía
mística que tuvo San Antonio. Estaba
cansado, quizás, de escribir, de leer la Biblia
y estudiar. El cerdito y su hijo adoptivo lo
cuidaron mientras se moría, y le prometieron
que sería famoso. Aunque más que
estatuas, lo que sí existen son muchas
pinturas góticas (y de Salvador Dalí alguna
también) con San Antonio, como he dicho.
La historia tal y como la he contado, con su
cerdito, recuerda un poco el Quijote de
Cervantes, que es una especie de segunda
Biblia entre los españoles y que leemos
varias veces todos en la vida. Pero como
historia del Santo Antonio no creo que sea
del gusto de los obispos españoles y del
papa de Roma, ávidos, como el escorpión,
de poder, que, como lo era al principio de su
vida el santo, son bastante fanáticos, y les
falta la imaginación y la fantasía del santo
para dejar de serlo. La vida de San Antonio
demuestra que ha habido a lo largo de la
historia cristianos de otro tipo que el tipo que
ellos nos quieren obligar a ser.
Paisaje de batalla
El caballero estaba vestido de moro. No
recordaba ni su nombre, ni su lengua, ni por
qué estaba herido en ese dantesco campo
de batalla. Le sonaban de algo las caras de
los heridos y moribundos. Unos enemigos,
otros compañeros de estandarte. Los
cuervos habían venido muy de mañana, con
las cornejas y algún buitre. Se cebaban en
los caballos y caballeros caídos, o
molestaban a los heridos. Ya sonaban a
conocidos los augurios antes misteriosos de
su canto desarmónico. Eran la risa metálica
y obtusa de la diosa de la Guerra, la que
lleva el fuego en el famoso cuadro de
Rousseau.
Su herida principal era una suma de
pequeñas heridas, se había debido romper
varios huesos y le dolía cada intento de
levantarse.
Había que escapar del campo de
batalla, antes de que unos y otros soldados
viniesen a darse al pillaje con los heridos,
rematándolos y robándoles todo.
Una sucesión de montañas blancas y
azules, y al pie de las montañas, bosques
de chaparros oscuros con un polvillo
plateado primero, en la mañana, dorado a
mediodía. Una mujer muy elegante, como
una dama noble de algún palacio moro, se
paseaba entre los moribundos, mirando de
vez en cuando sus caras y sus escudos.
Cuando llegó delante del caballero exclamó
de alegría, y se acercó a él, quitándose de
la cara el velo para que pudiese
reconocerla.
Tuvo la sensación de ver una muñeca
de barro cocido, adornada con pendientes y
pintada de colores. Una muñeca bonita y de
voz musical que los soldados le podrían
quitar. Ella lo llevó a la ciudad y lo acostó en
un palacio. Le presentó al niño y a la niña
que habían tenido juntos, antes de la guerra.
Cuando con cascarillas de pistacho
adivinaban cómo iba a nacer. Le trajo un
instrumento musical, libros de filosofía
griega traducidos por Avicena, el Corán,
muchas poesías en hojas sueltas, y papel
en blanco y pluma para que él mismo
escribiese. Puso unos cojines bajo sus
codos y una pluma de avestruz en su
mejilla. Encendió para él un candil y una
refinada pipa. Dispersó un poco de agua en
el quicio de la ventana para espantar el sol.
Y el recuerdo de la extraña batalla estaba
como grabado en las estrellas del profundo
cielo.
El caballero escribió: "Así se suceden
los siglos del mundo".
El lenguaje de las princesas
El oro es plomo, la flor está en el viento,
y comienza el cuento. El príncipe exagerado
y el príncipe discreto se retaron a duelo,
pero sus padres, reyes cada uno de
importantes continentes, casi imperios, los
metieron a los dos en prisión para evitar la
guerra. En la INDIA que es el lugar del que
venía el príncipe discreto, había una
princesa que no se le parecía para nada en
el carácter, ya explicaremos por qué.
El otro lugar o imperio era NORUEGA,
o sea, toda la zona vikinga. Muy distinta en
el clima y en el carácter de sus príncipes.
Evitar la guerra era una razón suficiente
para esas dos decisiones reales, pero los
temperamentos o maneras de ser de los
reyes, y los tipos de prisiones o calabozos
en cada uno de los dos sitios, eran del
mismo tipo que las maneras diferentes de
cada uno de los dos príncipes.
El príncipe discreto tenía un padre
tranquilo y amable (lástima el carácter de la
princesa, del que ya hablaremos). Así que la
prisión era un sitio en un bosquecillo, con
permi so para dar paseos en l as
inmediaciones, una fuente de agua pura, y
un régimen de comidas sin lujos pero
equilibrado. El encargado de barrer el cuarto
era el propio príncipe, que, como era
discreto, lo hacía con su escoba sin poner
problema desde que se despertaba
temprano en la mañana.
Por un amigo griego el príncipe discreto
tenía algunos libros europeos entre sus
muchos libros de estudiar. En qué sentido
interpretar a Platón, se preguntaba, cuando
dice en La República, uno de sus libros, que
hay que casar a los discretos, o listos, con
las listas, o discretas, y a los tontos o
exagerados con las exageradas o tontas. En
qué sentido, sobre todo en este mundo en
que los unos se enamoran de las otras y las
otras de los unos sin tener en cuenta la
conveniencia. Platón dice que lo tiene que
decidir todo un consejo de sabios. Pero en
qué sentido puede servir ese consejo en
una época en la que el amor circula entre un
imperio y otro, sin fronteras, dando lugar a
amores, a enemistad entre los príncipes y
todo termina en duelos y en prisión, más o
menos dura.
Estaba absorvido en la lectura de sus
libros, porque ya había terminado de barrer,
cuando pudo ver escapar por un resquicio
de la puerta entreabierta la cola de una
serpiente que salía de donde él estaba.
Provablemente la había tenido al lado todo
el rato y ni se había dado cuenta. Oyó el
silbido en principio inconfundible de la cobra
real, pero entremezclado con ese ruido
también le pareció oir las palabras "pobre
idiota".
Inquieto toda la noche, no pudo dormir.
Antes del alba, todavía oscuro, un pájaro se
puso a cantar en el tejado. Nuevamente, el
príncipe discreto, instruído en el lenguaje de
los animales por sus lecturas de magia
salomónica y shivaíta, pudo discernir dos
palabras: "debes escapar".
Qué espíritus le transmitían tal tipo de
mensaje. Evidentemente la serpiente no era
muy simpática, porque lo había insultado. Y
ahora el pájaro le daba un consejo
imprudente. La opinión de su padre el rey
había sido evitar el duelo, y debía ser
respetada. En su sencilla prisión del
bosquecillo él iba avanzando sus estudios,
así que no veía motivo para escapar. Pero
sabía que la cobra y el pájaro, si habían
hecho la proeza de hablarle, quizá le
estaban avisando de que algo pasaba.
Antes del alba él no tenía permiso para
salir de su celda, pero entreabrió la puerta y
salió al claro del bosque. Con la primera
aurora se veían los perfiles de las montañas
y de las altas ramas. Frente a él estaba el
príncipe vikingo, visiblemente agotado del
largo viaje que había hecho solo a pie hasta
el corazón de la India, al pie del Himalaya,
en las orillas del Ganges. Un hacha bifaz
colgaba de su mano derecha, pero él
parecía no tener ya fuerzas para sostenerla
y la dejó caer al suelo.
Desde lejos se ve que eres tú el
príncipe exagerado, para haberte escapado
y haber venido armado hasta un continente
lejano, le dijo con discreción el príncipe de la
India.
Quiero que retires lo que has dicho
sobre mi novia la princesa de Noruega.
¿Qué es lo que he dicho? Yo no he
hablado nunca de ella.
No disimules, todo eso de que érais
novios a escondidas y de que era una
pájara.
El príncipe discreto dijo entonces,
pongamos las cosas en su sitio, y digamos
las verdades. Ni tú ni yo como príncipes
estamos autorizados a ver a las princesas
hasta su edad núbil, así que no las
conocemos en el fondo y todo eso que tu
cuentas no tiene sentido de ser.
Estaban tan enfadados que empezaron
a pelearse a empujones y a ponerse
zancadillas. El príncipe discreto no quería
sacar provecho de su buena salud y le daba
un poco de ventaja al vikingo, que llegaba
extenuado, pero se cansó de la pelea y para
concluir lo tiró al suelo de un simple
empujón.
Entonces dos animales vinieron a traer
una esponja con agua y una crema curativa
al príncipe exagerado. Eran el pájaro y la
cobra real. El pájaro le dijo al príncipe
exagerado: "Te quiero y siempre te he
querido. Yo soy la princesa de Noruega y
soy discreta". La serpiente le dijo: "Yo soy la
princesa de la India y tengo el defecto de
exagerar un poco. Pero te aseguro que las
exageraciones que te conté sobre mi
príncipe las hice en nombre de la magia,
que rige a las serpientes, y que vuelve
discretos a los exagerados a través del largo
viaje que acabas de hacer y de conocer a mi
novio, que seguro que te puede dar buen
ejemplo y hacer leer un poco más.
Levántate y respira. Te lo ordena una Cobra
Real y no puedes desobedecer."
El resto de la historia no sabemos si se
desarrolló según el punto de vista de Platón
en la República, o justamente al revés, pero
en todo caso los cuatro, príncipes y
princesas, fueron muy felices y buenos
gobernantes, según la cultura de cada uno.
La nube mensajera
o Las etiópicas.
La princesa Olaya, cuyo castillo estaba
sitiado por los búfalos del conde de la Sierra
Quemada, envió, para salvarlo, a su hijo
pequeño montado en una nube mensajera
hasta donde ella pensaba que estaba el
príncipe Terbadadad, su padre. La nube era
de colores cambiantes, según los cielos que
cruzaba, las montañas en las que se
enredaba, las partes que se deshacían, y
las ganas o no que sentía a veces de
transformarse en lluvia. Pero en general
cuidaba muy bien del pequeño principito,
alimentándolo de una leche mágica, agua
de rocío, y gotas dulces que venían del sol.
Como el niño estaba en la cima de la
nube, no veía el mundo discurrir allá abajo,
y la nube, con palabras similares al agua
que corre, le contaba de los países y los
paisajes, de los juegos de sombras sobre la
superficie de rocas y de las cosas que a ella
misma le gustaba mirar, esencialmente la
flora local de cada región. Dónde las plantas
eran chaparras y aromáticas, apegadas a la
montaña, amarillentas, y dónde habían
hecho los hombres vergeles ordenados en
hileras y cuadrados. Un día llegaron a la
tierra del viejo rey, que acababa de morir, y
la nube, celosa nodriza del niño, buscaba
con su larga y nebulosa visión por todos
lados al príncipe, padre del niño. Pero
observando hogueras en medio de las
plazas, escenas de pillaje, los campos
arrasados, los animales sueltos, y carretas
de la muerte llendo y viniendo, empezó a
percibir que una peste o guerra sacudía la
región. Además el príncipe, que no sabía
nada del castillo sitiado por los búfalos, en
su tierra natal, parecía haberse escondido o
haberse ido sin esperar a la nube.
- Terbadadad, Terbadadad, decían las
gotas de agua de una pequeña lluvia o
sirimiri, mientras el niño lloraba y llamaba
también a su padre.
De una taberna que quedaba en el
castillo en ruinas, donde los bandoleros
bebían licores y se disputaban todo lo que
habían estado robando en los pueblos, salió
un personaje gordito con un bigotillo tieso y
con un sombrero verde con pluma de
cuervo. Era el escudero del príncipe
Terbadadad, y se quedó un poco absorto en
las evoluciones de la nube, como si le
trajese recuerdos y un vago remordimiento.
- Oh, nube, le dijo, si tu pudieras
transmitir mis penas a mi familia que se
encuentra en el castillo de la princesa
Olaya...
La nube adoptó un color anaranjado
que anunciaba el crepúsculo y en voz baja
le dijo al escudero: Habla rápido, tengo
prisa, busco al príncipe.
- Oh, nube, dijo el escudero, si tu
pudieras pedir perdón de mi parte a la
princesa Olaya...
- ¿Acaso has renegado de ella en esa
guarida de bandidos en la que te encuentro?
- Nunca renegaría de ella, pero he
tenido miedo, y he sido cobarde dejando
que el príncipe saliese solo en una larga
travesía al sur, a la tierra de los pigmeos y
las cigüeñas, disfrazado. Correrá mil
peligros, y nunca sabré si en el camino no
se habrá encontrado con alguna mala
muerte.
Un poco enfadada, y oculta en el cielo
oscuro de la noche, dormido el niño en su
lomo, la nube hizo caer un breve chaparrón
sobre el escudero, que rezaba de rodillas.
Los vapores del vino, con el agua fría, se le
quitaron, y decidió salir a buscar al príncipe,
pero primero entró a buscar a su burro, que
estaba comiendo paja en el cementerio, mal
cuidado últimamente.
La nube se movía a ciegas por el cielo,
buscando el sur según las estrellas, y sólo
cuando había atravesado ya el mar se
acordó de que no sabía de qué se había
disfrazado el príncipe.
Llegados a unas arenas muy calientes,
la nube le dijo al niño que se sentía morir. El
sol despiadado la estaba haciendo
desaparecer. "He contravenido todas las
leyes de los vientos para buscar a tu padre.
Han transcurrido catorce años. Tú eres ya
casi un muchacho y yo voy a desaparecer
en el aire. Lo único que puedo hacer es
dejarte en lo alto de alguna de estas
montañas del desierto, y darte aguja e hilo
para que con tus antiguas ropas de bebé te
cosas unos pequeños calzones y un
turbante que te proteja del sol. Acuérdate
siempre de mí y de todo lo que te he
querido, quizás..." Y diciendo estas últimas
palabras depositaba al niño sobre una alta
montaña y desaparecía completamente.
El niño estaba solo en medio de una
alta cordillera, bajo un sol de justicia, y veía
a un lado el mar y al otro el desierto. Pensó
que lo más prudente era buscar alguna
parte donde diese un poco la sombra, y
después de escalar un poco montaña abajo
encontró una cueva. Un olor desagradable
salía del fondo de la cueva, y algo se movía
perezosamente en la oscuridad, emitiendo
un sonoro ronquido, así que el niño se
quedó en cuclillas, descansando un poco,
en la entrada, entre sol y sombra. Cuando
se hizo de noche se había dormido, y lo
despertó un fuerte rugido. Del fondo de la
cueva salía un león, dispuesto a empezar a
cazar. Cuando vio al niño se preparó a
saltar sobre él, relamiéndose de hambre.
Era un león oscuro de la montaña del Rif.
Una flecha le atravesó el corazón y lo mató
cuando estaba saltando. El niño se acercó a
clavarle la aguja de coser para ver si estaba
muerto del todo y pudo ver que el tiro había
sido certero. Así que cuando vio que alguien
se acercaba con un arco se preparó a darle
las gracias por haberle salvado, en alguno
de los idiomas que había ido aprendiendo.
- No me gusta matar leones. Son
animales nobles, emblema de la realeza, y
merecen un respeto.
El arquero resultó ser un viejo
cascarrabias, con unas gafas de sabio, un
sombrero medio de bufón medio de mago,
un saco lleno de libros, y un instrumento
musical hecho de piel de gato.
- Veo que estás perdido, no obstante,
así que te acepto como discípulo. Puedes
venir conmigo. ¿Cómo te llamas y de dónde
eres?
El niño dijo que había pasado toda su
vida en una nube y que no se acordaba de
su nombre ni de su origen. Pero que había
aprendido mucha geografía y la ciencia de
la agricultura, porque eran los temas
favoritos de la nube.
- Geografía... Agricultura... Eso está
bien, muchacho, sobre todo la Geografía,
porque estoy viajando al Sur y no conozco
bien estos parajes. Me puedes ser muy útil,
dijo el viejo. El niño sintió un raro
aburrimiento, y se le escapó un suspiro por
la nube que había sido su nodriza hasta la
pubertad. Tenía ganas de aprender a tirar al
arco, pero el viejo no quería ni que lo
tocase.
Se unieron a una caravana de
nómadas, que apreciaban mucho a los
sabios, y así atravesaron el desierto. El niño
reconoció el río Niger enseguida, y quiso
buscar amigos por los poblados, pero el
viejo insistió en que debían buscar una
selva y llegar al ecuador, porque buscaba
en lo profundo de la selva unas personas
especiales.
Cuando llegaron a lo más secreto de la
selva se encontraron con los pigmeos y el
niño estaba muy perplejo porque la
vegetación era abundantísima sin necesidad
de agricultura, por la propia sabiduría de la
selva. El viejo le hizo notar que a pesar de
que su tecnología era mínima, propia de un
pueblo muy antiguo, los pigmeos tenían una
alimentación muy sana y les gustaba
recoger la miel, sobre la que conocían
muchas canciones y bailes. Asimismo las
mujeres pigmeas practicaban la pintura,
siendo apreciadas como artistas por sus
novios, y existiendo tendencias muy
avanzadas en su forma de pintar, a base de
signos y de formas geométricas jugando al
azar. Fueron bien tratados y cuando el viejo
se reunió con los sabios y las sabias,
alguien le dijo: Toma esta hoja de árbol,
pero no te la quedes sólo tú, dásela al niño
que viene contigo, porque es para los dos.
Cuando el niño cogió la hoja, su mejor
amigo pigmeo le dijo, "mira lo que hay en la
punta". Había una gota de agua.
- Se me olvidó decirte tu nombre,
Terbadín, dijo la gota, que sabía hablar. Ese
es tu nombre, querido niño, y eres hijo del
príncipe Terbadadad y de la princesa Olaya.
Yo soy todo lo que queda de la vieja nube
que te crió. Guárdame en una calabaza para
que no me seque, y te seguiré contando y
ayudando en lo que sepa.
Cuando el viejo oyó lo que la gota le
decía al niño, es decir, a Terbadín, se puso
a dar saltos quitándose el gorro, las gafas, y
casi todos los bártulos que llevaba encima, y
se vió que era más joven de lo que parecía,
y que su ropa por debajo, aunque un poco
empapada por el sudor del viaje, era muy
lujosa. Metió con cuidado la gota en una
calabaza de la selva, seca y hueca por
dentro, y la tapó, y se puso a dar besos y
abrazos a Terbadín diciéndole: Hijo mío, por
fin sé que eres tú. Y todo esto porque el
aparente viejo no era sino el disfrazado
príncipe Terbadadad. Cuando hubieron
celebrado con bailes y concierto el
encuentro fueron de nuevo a donde estaba
la calabaza, dieron unos golpecitos para
despertar a la gota, y la apremiaron a que
les hablara de la princesa Olaya, que
ninguno de los dos veía desde hacía catorce
años.
- Ay, si yo no fuese ya de la propia
estatura de una simple lágrima, lloraría, dijo
la gota desde el fondo de la calabaza.
Se oía un ruidito de sollozos y la gotita
correr de un lado a otro dentro de la
calabaza, como un leve chapoteo.
- Papá, le dijo Terbadín a Terbadadad,
¿por qué hacer este largo viaje al sur
mientras aparentemente mamá está
corriendo algún grave peligro?
- Porque mi padre, el viejo rey, que
murió, me dijo al oído que era aquí donde
encontraría la solución a la peste y a la
guerra. ¿Se estaría refiriendo a la forma de
vivir en la Naturaleza, o habría un mensaje
más particular dirigido a nosotros? No lo sé,
y por eso estamos aquí.
La gota se puso a hablar y afirmó que
no había solución concreta a la peste y la
guerra, sino el paso del tiempo y la bondad.
Y que algo de eso se había hecho. Pero que
en todo caso el castillo de la princesa Olaya
hacía años que había sido definitivamente
tomado por los búfalos del conde, y que,
cosa extraña, nadie encontraba a la
princesa. Se puso a llorar muy fuerte dentro
de la calabaza y esta vez si que se oía ruido
de agua, o de lágrimas numerosas.
Entonces contó que ella no había visto
nada, pero que se rumoreaba que para
escapar de los búfalos se había tirado a un
pozo.
- No estaba en el pozo, dijo una voz
cavernosa, y mi pena de amor no tiene
límites.
¿Quién era ese personaje vestido de
nómada y armado de una lanza que desde
el escondido camino se acercaba dándose
golpes con los puños en el pecho? Era el
conde de la Sierra Quemada. El príncipe
buscó un arma para matarlo, pero en el
poblado estaban prohibidas las armas, y se
dispuso a luchar a puñetazos. El conde
explicó que entró con sus búfalos en el
castillo porque un hechizo lo había hecho
querer tener por novia a la princesa, a pesar
de que ella amaba al príncipe. Y que
comprendió la locura de su guerra cuando la
princesa bajó al pozo y se transformó
primero en agua, y luego se fue filtrando
hasta el fondo de la tierra diciéndole que
sólo lo perdonaría si viajaba muy lejos y se
rendía a los pies del príncipe y del principito.
El conde explicó entonces que antes de
partir hacia el sur había ordenado a los
búfalos arreglarlo todo, tanto en el castillo
como en las tierras del rey, y que el pueblo
esperaba al nuevo rey Terbadadad y a la
reina Olaya.
- Pero ¿dónde está la reina mi madre?
lloró el pequeño príncipe.
- Estoy aquí contigo, como lo he estado
desde que eras más pequeño, se oyó decir
al agua de la calabaza. Ahora lloro como
nunca he llorado, pero de felicidad. La
levantaron y pesaba como si estuviese
rebosante de lágrimas, y los tres personajes
se abrazaron a ella.
- Si queréis verme en forma humana
haced venir a las artistas pigmeas. Ellas me
mezclarán con tierra roja y me darán mi
forma original, y que el conde se arranque la
barba y con ella me hagan la melena y el
agua que quede después en la calabaza
guardadla para formar una nube y
volveremos en majestad al país reconstruido
y feliz, donde los búfalos se han vuelto
pacíficos y todos recordaremos este largo
viaje al lado de la chimenea y buscaremos
una nueva princesita entre las muchachas
para Terbadín y seremos felices hasta el
final.

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