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RICARDO FALCÓN

Inmigración, cuestión étnica y movimiento obrero (1870-1914)


En: Devoto, F. Y Míguez, E.: Asociacionismo, trabajo e identidad étnica. Los italianos en América Latina en
una perspectiva comparada. CEMLA – CSER – IEHS, Buenos Aires, 1992

Hipótesis: En la época de las inmigraciones masivas contemporáneas, Argentina fue el país del
mundo que mayor porcentaje de migrantes recibió en relación a la población preexistente. Un fenómeno
de tal magnitud no podía dejar de tener una gran incidencia en el proceso de conformación de la clase
obrera en la Argentina.

Problemas que aborda:


1) analiza la existencia de una tendencia a una cierta identificación entre grupo étnico y categorías
socio-profesionales
2) en función de ello, analiza una segunda tendencia, la de la estructuración y reestructuración de
una escala jerárquica de grupos étnicos en el seno de la masa de trabajadores
3) en relación con los otros dos puntos se encuentra la presencia de conflictos interétnicos en el
plano laboral, y su incidencia en la organización de los trabajadores

Nota: la investigación sobre la cual se basa el trabajo estuvo centrada en el medio urbano,
especialmente Buenos Aires y Rosario. No obstante, y admitiendo matices, el autor cree que pueden
indicar tendencias de orden nacional.

1) GRUPOS ÉTNICOS Y OFICIOS


Los primeros trabajos sobre aspectos sociales de la inmigración, de los ‘60s,
Demostraron cómo se operaba una división por sectores de la actividad económica entre la mano de
obra extranjera y la nativa. En las zonas rurales, particularmente en la ganadería, los nativos son
mayoría, salvo en algunos oficios calificados. A su vez, los extranjeros constituyen la mayoría de la mano
de obra asalariada en los centros urbanos, aunque los nativos de origen no migrante mantienen algunos
“reductos” en los cuales son mayoría, por ejemplo: los tipógrafos, o ciertos empleos que requieran
conocimiento del idioma nacional; los talabarteros, lo que se explica por la tradición criolla en el trabajo
del cuero, y el gremio de los pintores, aunque no se sabe por qué.
Sobre esta primera gran división entre nativos y extranjeros se hace visible una tendencia que
revela una cierta relación entre grupo étnico y categoría socio-profesional; hay varios ejemplos: en la
primera época, se ve una propensión de los migrantes franceses hacia las actividades artesanales,
mientras que los gallegos se insertan mayoritariamente en el servicio doméstico, y los franceses dentro
de las actividades más sofisticadas de éste, como cocineros, conserjes hoteleros, institutrices, modistas,
y en la prostitución [??? Qué clasificación es esta??].
Durante las primeras décadas del siglo XIX, los vascos eran mayoría entre los obreros ladrilleros,
trabajo en el que serán suplantados por los italianos, que, en 1913, representan el 46% de los albñiles de
la Capital Federal; los italianos del Norte y los genéricamente denominados “eslavos” y “montenegrinos”
son casi siempre mayoría en las actividades con la piedra. En Comodoro Rivadavia, el 30% de los
obreros petroleros eran rusos, lo que se explicaría por una mayor facilidad para adaptarse al clima frío.
En las primeras épocas del ferrocarril, tanto el maquinista como el jefe de estación eran ingleses.

Respecto de los grupos étnicos que llegan en años más tardíos (como los sirio-libaneses y los
judíos), los primeros declararon ser en su mayoría comerciantes, dependientes de comercio o jornaleros

2) ESTRUCTURACIÓN Y REESTRUCTURACIÓN DE UNA ESCALA JERÁRQUICA


Durante la segunda mitad del
siglo XIX, los italianos (en su mayoría del Norte), que configuraban el grupo más numeroso entre los
extranjeros, representan el escalón más bajo en la escala jerárquica, mientras que la “aristocracia”
estaría conformada por los ingleses, aunque numerosos observadores extranjeros de la época ponían en
el mismo plano a los alemanes, franceses, belgas y suizos, quienes, de no ser propietarios, como
mínimo se desenvuelven como altos empleados.
No obstante, los grupos más encumbrados no perderán sus posiciones, sino que serán los
escalones de abajo y los intermedios los que registrarán cierta movilidad. El mejor ejemplo es el caso de
los italianos: de ser un grupo de escaso prestigio en el siglo XIX, adquiere luego una mayor
consideración, en la medida en que aprovecha el alto grado de movilidad social vertical que presentaba
una sociedad todavía bastante poco articulada desde el punto de vista capitalista. Más aún, el trabajador
italiano va a ser presentado como modelo cuando en la primer década del siglo XX se intensifiquen los
ritmos de llegada de nuevos grupos étnicos que serán considerados menos deseables. En 1912 el
albañil, continuamente identificado con el trabajador italiano, es reivindicado por el Departamento
Nacional del Trabajo, pues nunca bebe, manda a sus hijas a la escuela y luego a la fábrica (no como
sirvientas), y si tiene familia en Europa, le remite una suma mensual.
Por el contrario, los recién llegados rusos, judíos, sirio-libaneses, montenegrinos, gitanos, van a
ocupar ahora el escalón inferior en la jerarquía de los inmigrantes. Su poca afición por la agricultura o las
“artes industriales”, y su preferencia por el pequeño comercio los harán poco deseables. En esta escala
jerárquica móvil reaparece un ejemplo citado, el de los italianos del Norte que desplazaron a los vascos
que en las primeras oleadas migratorias habían ocupado los “oficios proletarios”. La desaparición de los
vascos de los oficios manuales se relaciona con su “ascenso social” debido a que muchos vascos
pasaron de peones a propietarios; los apellidos vascos adquirirán gran prestigio en función de de su
condición de grupo étnico que logró destacarse en la ganadería.

En resumen: esta escala jerárquica existe, pero se rehace constantemente, al menos en algunos
de sus segmentos. Mientras que la cúspide es más estable, los escalones más bajos cambian más
rápidamente: a los negros, indios y criollos les seguirán los vascos, a éstos los italianos del Norte; a los
italianos del Norte los eslavos, judíos, sirio-libaneses e italianos del Sur; a éstos, posteriormente, los
polacos, y a ellos los “cabecitas negras”, migrantes mestizos del interior.

LOS CONFLICTOS INTERÉTNICOS


Por un lado, existían claras preferencias por parte de los empleadores –privados
o estatales- por determinados grupos étnicos. Estas preferencias por cierto tipo de mano de obra,
seleccionada desde el punto de vista étnico, operaría necesariamente como un factor productor de
conflictos. Pro un lado se plantearían los conflictos entre “criollos” y extranjeros. A veces, estos conflictos
revisten gran violencia, como por ejemplo el caso de la huelga de la Refinería de Azúcar de Rosario
(1901), cuando los Círculos Obreros Católicos atraen mano de obra “rompehuelgas” desde el campo,
integrada por criollos y saboteando así el movimiento de los obreros huelguistas, en su mayoría
extranjeros o descendientes.
Sin embargo, el conflicto entre extranjeros y criollos no tuvo su única expresión en los momentos
más candentes entre capital y trabajo, sino que hubo otro tipo de enfrentamientos, más pacífico, más
solapado, pero mucho más cotidiano: el desplazamiento de los nativos de ciertas ramas de la actividad
económica ante la llegada de los extranjeros.
A comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, los negros y los mulatos seguían ocupando un
papel importante en ciertas actividades artesanales. A partir de la llegada de los extranjeros irán siendo
desplazados de este rol, para quedar relegados a las actividades domésticas o insertarse en las
actividades burocráticas estatales en los más bajos peldaños.
Pero la situación era aún más compleja. Tampoco el “bloque nativo” era homogéneo. En su
interior no dejaban de manifestarse conflictos entre “criollos” –europeos de vieja data, españoles en su
mayoría o mestizos- e indios. Incluso, dentro de los que genéricamente se consideraban “indios’, existían
conflictos tales como los planteados, en el plano laboral, entre los chiriguanos y matacos.
Por otra parte, cuando los inmigrantes iban al interior se encontraban con cierta hostilidad por
parte de los trabajadores “criollos”.
Claro que los conflictos no se daban únicamente entre extranjeros y nativos, sino también entre
distintos grupos étnicos de extranjeros. En el puerto, eran frecuentes los enfrentamientos entre distintos
sectores de migrantes internacionales. En la primera década del siglo XX, la composición étnica de los
obreros portuarios de Buenos Aires era de aproximadamente un 40% de italianos, 25% de españoles,
20% de argentinos y 15% extranjeros de diversas procedencias (ingleses, noruegos, suecos y
alemanes). Cuando en el mes de Septiembre el trabajo disminuía, se producían rivalidades de
asociaciones gremiales y preferencia de nacionalidades.

Desde temprano el movimiento obrero percibía a la heterogeneidad étnica como un factor que
debilitaba el proceso de construcción de la clase obrera; esa idea fue un punto de partida común a las
tres principales tendencias del movimiento obrero: socialistas, anarquistas y sindicalistas revolucionarios.
La construcción de la clase obrera suponía una homogeneidad contra la cual atentaba la existencia de
particularismos y conflictos en el seno de la masa de trabajadores. Por lo tanto, predominó la visión de
considerar como negativas a las divisiones étnicas y el tratar de limitarlas.
Sin embargo, los anarquistas se mostraron más permeables que las otras tendencias, y si por un
lado tenían un discurso clasista, paralelamente se expresaba otro discurso, quizá más importante, el de
“los oprimidos”; en consecuencia, su menor rigidez los predisponía a ser más tolerantes con las
tendencias a la persistencia de la identidad étnica y a su superposición con el sentimiento de pertenencia
de clase.
Los sindicalistas revolucionarios, que centraban su estrategia de construcción de la clase obrera
en el sindicato como órgano fundamental, se mostraban intransigentes frente a los particularismos
étnicos.
Los más conflictuados serán los socialistas; preocupados por la construcción de un partido que
Defendiera parlamentariamente los intereses de los trabajadores, tempranamente llamaron a los
extranjeros a naturalizarse argentinos, condición sine qua non para adquirir los derechos políticos que
les permitirían votar a los candidatos socialistas.
No obstante, la organización en grupos etno-lingüísticos había sido tradición en las filas
socialistas durante los primeros años de la década del noventa. En realidad, esa tradición se remontaba
a la experiencia de la Primera Internacional en Buenos Aires, entre 1872 y 1876. pero, después del
Congreso Constitutivo de 1896, será reemplazada por una organización centralizada sobre bases
programáticas y territoriales. Toda otra forma de organización que no fuese la partidaria, la sindical o la
cooperativa será combatida por los socialistas, a la que su periódico La Vanguardia calificará de “sectas”.
Esta crítica se fundamentaba en la convicción de que el carácter cosmopolita de la clase trabajadora en
la Argentina era un obstáculo para su mejor organización, política y económica. La cuestión volverá a
plantearse a mediados de de la década de 1910, particularmente con los obreros judíos rusos, que
revelaban una tenaz tendencia a organizarse sobre bases étnicas.
El periódico anarquista La Batalla, en 1910 afirma que la solidaridad judía, que unía a obreros y
patrones, no era más justificable que la solidaridad italiana o española. No obstante los anarquistas,
pese a sus prevenciones, no obstaculizaron la existencia de organizaciones sobre criterios étnicos. En
Marzo de 1908, La Protesta informa sobre la construcción de un Centro de Agitación gremial entre los
obreros israelitas, debido a que la existencia de varios idiomas entre los trabajadores dificulta su
actividad de propaganda; en consecuencia, el único propósito de su emplazamiento es llevar en su
propio idioma la organización a los obreros israelitas.

EL ALTO GRADO DE HETEROGENEIDAD ÉTNICA ENTRE LOS TRABAJADORES ARGENTINOS FUE VISTO SIEMPRE POR EL MOVIMIENTO
OBRERO COMO UN OBSTÁCULO PELIGROSO QUE LIMITABA LOS ESFUERZOS POR CONSEGUIR LA NECESARIA SOLIDARIDAD DE CLASE.
EN REALIDAD, LA SUPERPOSICIÓN ENTRE IDENTIDAD ÉTNICA E IDENTIDAD DE CLASE, FUE UNA DE LAS TENSIONES MÁS IMPORTANTES
EN EL SENO DE LOS TRABAJADORES. NO OBSTANTE, LA SOLIDARIDAD ÉTNICA NO SE IMPUSO A LA SEGUNDA NI CONSTITUYÓ UNA
BARRERA DEFINITIVA PARA LA EXPRESIÓN
DE LOS TRABAJADORES, SOBRE TODO ENTRE 1902 Y 1910, SIN DUDA UNO DE LOS PERÍODOS DE MAYOR
CONVULSIÓN SOCIAL DE LA HISTORIA ARGENTINA.

LA CUESTIÓN INMIGRATORIA
Tanto como la heterogeneidad étnica, el fenómeno migratorio de origen
Internacional preocupará a los militantes del movimiento obrero como un factor retardador y
obstaculizador de la necesaria homogeneidad de los trabajadores como garantía de su unidad. Es decir,
el incesante flujo migratorio, cuyos ritmos no pueden controlar los trabajadores ya radicados en el país,
constituía también una amenaza para la “construcción de la clase obrera”.
La visión negativa de la inmigración tenía dos elementos centrales: por una parte era
considerada como un factor depreciador de los salarios y generador de desocupación. Por otra parte, era
vista como un elemento malamente competitivo contra los niveles de organización alcanzados por los
trabajadores y sus conquistas en el plano gremial.
La preocupación por las consecuencias de la inmigración fue precoz. El tema será frecuente en
los periódicos del movimiento obrero; en 1904, La Vanguardia señalaba que el aumento de la corriente
inmigratoria tendía a intensificar el paro forzoso de numerosos obreros y agregaba que la inmigración
extranjera, atraída con falsas promesas, tenía como objetivo facilitar a los capitalistas sus objetivos
desmedidos.
Las denuncias, protestas y campañas contra la inmigración serán frecuentes en todo el período y
congregarán tanto a anarquistas como a socialistas. En el segundo Congreso de la Unión General de
Trabajadores se discutió la necesidad de realizar campañas en los países europeos para impedir nuevos
embarques de trabajadores. El argumento adicional que se esgrimía era que el objetivo era impedir que
los recién llegados fuesen sometidos a una cruel explotación. Así, no sólo se hacía la defensa de
quienes ya estaban en el país, sino también la de quienes vendrían, evitando las sospechas de la falta
de internacionalismo. El Partido Socialista envió cartas a sus similares de España e Italia; los anarquistas
también demandaban a sus compañeros europeos de denunciar entre los posibles inmigrantes las
condiciones del país receptor.
Esta unanimidad reconoció sin embargo diversos matices. En La Vanguardia se planteaba la
necesidad de al menos desviar la corriente inmigratoria si no se podía evitarla. Otra posición frecuente
entre los socialistas era la de considerar que no podía impedirse la inmigración natural, pero sí la
artificial, fomentada por los gobiernos argentinos.
Sin embargo, a veces la unanimidad será quebrada. A fines de 1909, La Protesta hacía una
defensa de la inmigración y afirmaba que la propaganda antiinmigratoria de los anarquistas tenía por
base la endeble concepción de suponer que la inmigración era favorecida por los gobiernos argentinos, y
que en esa medida era legítimo rechazarla. Afirmaba que esta constituía un error, ya que en el fondo los
gobiernos no apoyaban realmente al proceso inmigratorio.
La argumentación reiteraba una preocupación que se encuentra en varios de los textos
producidos por el movimiento obrero en la época: la de evitar sumarse a la campaña xenófoba que
imperaba en la Argentina del momento. Esta preocupación derivaba de la necesidad de romper la
oposición gringo-criollo.

ALGUNAS CONCLUSIONES
El alto grado de heterogeneidad étnica y las características del proceso
migratorio, marcaron fuertemente algunos de los rasgos centrales del proceso de formación de la clase
obrera en la Argentina.
La incidencia de la cuestión étnica es sin dudas todavía mayor de lo que hemos planteado aquí,
y debe ser estudiada como parte de tres procesos paralelos e interconectados que se dieron en la
Argentina entre la última década del siglo XIX y los últimos años de 1930.

1) TRANSFORMACIÓN DE LOS EXTRANJEROS –O INCLUSO DE LOS HABITANTES- EN CIUDADANOS, LIGADA A LA AMPLIACIÓN DEL
RÉGIMEN POLÍTICO Y A LA ADQUISICIÓN DE LOS DERECHOS POLÍTICOS POR LA MAYORÍA DE LOS TRABAJADORES;

2) LA NECESIDAD DE “NACIONALIZACIÓN” DEL EXTRANJERO, O AL MENOS DE SUS DESCENDIENTES EN PRIMERA GENERACIÓN,


PROCESO ALENTADO POR LA ÉLITE DIRIGENTE COMO UN ELEMENTO FUNDAMENTAL PARA CREAR UNA “NACIONALIDAD” COMO BASE
IDEOLÓGICA DE DOMINACIÓN, FRENTE A LA HETEROGENEIDAD CREADA POR EL FENÓMENO INMIGRATORIO;

3) LA TRANSFORMACIÓN DEL INMIGRANTE EXTRANJERO, TAMBIÉN DEL NATIVO, EN OBRERO.

La primera idea que se impone es la aluvialidad, empleando el término de José Luis Romero
en el proceso de conformación de una masa de trabajadores y de su constitución en clase. esta
aluvialidad, dada por la MAGNITUD de las incidencias del fenómeno inmigratorio.
La segunda, la heterogeneidad étnica aparece como un fenómeno que signa profundamente al
proceso argentino; es cierto, como ha observado Eric Hobsbawm que la existencia de diferentes grados
de heterogeneidad étnica es inherente a todos los procesos de conformación de las clases obreras
regionales o nacionales. sin embargo, en el caso argentino esta heterogeneidad étnica adquiere
características muy particulares, al punto de convertirse en uno de sus rasgos más específicos.
La incidencia del fenómeno inmigratorio y la heterogeneidad étnica se agranda al combinarse
con un tercer factor, el escaso grado de articulación capitalista del país, lo que da a los extranjeros un
lugar privilegiado y al mismo tiempo genera un espacio significativo de movilidad social horizontal y
vertical.
La heterogeneidad étnica y la existencia constante de ”antiguos” y “recién llegados”, con hábitos
culturales diferentes, genera a veces conflictos de importancia. El movimiento obrero, deseoso de
tensionar al máximo las tendencias homogeneizantes e igualizantes en el seno de la masa de
trabajadores, intentarán combatir estos fenómenos.
Por otra parte, la heterogeneidad étnica determina formas específicas de organización de los
trabajadores. Periódicos bilingües son testimonios de esa especificidad.