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1.

EL PROBLEMA DEL MASOQUISMO Y SU SOLUCIÓN


Según el psicoanálisis, el placer de sufrir dolor era simplemente el resultado
de una necesidad biológica; el "masoquismo" era considerado un instinto
como cualquier otro, salvo en cuanto tenía una finalidad peculiar. En la
terapia nada podía hacerse con un concepto de tal índole. Pues si se le decía
al paciente que "por razones biológicas" él deseaba sufrir, todo quedaba
como antes. La orgasmoterapia me colocaba frente al problema de por qué
el masoquista convertía la fácilmente comprensible exigencia de placer en
una exigencia de dolor.
Algo que me ocurrió en el ejercicio de mi profesión me curó de una errónea
formulación que había llevado por mal camino a la psicología y a la
sexología. En 1928 tuve en tratamiento a un individuo que sufría una
perversión masoquista. Sus lamentaciones y sus demandas de ser castigado
obstaculizaban todo progreso. Después de algunos meses de tratamiento
psicoanalítico convencional, se me agotó la paciencia. Cierto día, al volver a
rogarme que le pegara, le pregunté qué diría él si yo lo hacía. Se le iluminó
el semblante en feliz expectativa. Tomé una regla y le di dos recios golpes
en las nalgas. Dio un alarido; no había señal alguna de placer, y desde esa
fecha nunca repitió sus ruegos. Sin embargo, persistieron sus
lamentaciones y sus reproches pasivos. Mis colegas se habrían horrorizado
de haberse enterado de este incidente, pero yo no me arrepentí de lo
sucedido. Comprendí de pronto que —contrariamente a la creencia general
— el dolor está muy lejos de ser la finalidad instintiva del masoquista. Al ser
golpeado, él, como cualquier otro mortal, siente dolor. Una industria entera
(suministradora de instrumentos de tortura, ilustraciones y descripciones de
perversiones masoquistas, y de prostitutas para satisfacerlas) florece sobre
la base del equivocado concepto del masoquismo, que ella ayuda a crear.
Pero el problema subsistía: si el masoquista no busca sufrir, si no
experimenta el dolor como un placer, entonces, ¿por qué pide que se le
torture? Después de grandes esfuerzos, descubrí el motivo de esa conducta
perversa —a primera vista una idea verdaderamente fantástica: el
masoquista desea estallar y se imagina que lo conseguirá mediante la
tortura. Sólo de ese modo espera conseguir alivio.
Las lamentaciones masoquistas se revelaron como la expresión de una
dolorosa tensión interior que no podía ser descargada. Eran ruegos, francos
o encubiertos, de que se le liberara de la tensión instintiva. El masoquista —
debido a su angustia de placer —es incapaz de gratificar activamente sus
impulsos sexuales, y espera el alivio orgástico —justamente aquello que
más teme— como una liberación desde afuera, que le proporcionará otra
persona. Al intenso deseo de estallar se opone un temor igualmente intenso
de que ello suceda. La tendencia masoquista a la autodepreciación
empezaba a aparecer bajo una luz enteramente nueva. El
autoengrandecimiento es, por así decir, una construcción biofísica, una
expansión fantástica del aparato psíquico. Algunos años más tarde aprendí
que está basada en la percepción de cargas bioeléctricas. Lo opuesto es la
autodepreciación. El masoquista se encoge a causa de su temor de
expandirse al punto de estallar. Tras la autodepreciación masoquista opera
la ambición impotente y el inhibido deseo de ser grande. Resultaba así claro
que la provocación del masoquista al castigo era la expresión del profundo
deseo de alcanzar la gratificación, contra su propia voluntad. Las mujeres
de carácter masoquista nunca tienen relaciones sexuales sin la fantasía de
ser seducidas o violadas. El hombre ha de forzarlas —contra su propia
voluntad— a hacer justamente lo que desean angustiosamente. No pueden
hacerlo ellas mismas porque sienten que está prohibido o cargado de
intensos sentimientos de culpabilidad. El conocido espíritu vengativo del
masoquista, cuya confianza en sí mismo está seriamente dañada, se
desahoga al colocar a la otra persona en una posición desfavorable o al
provocarla a conducirse con crueldad.
El masoquista con frecuencia tiene la peregrina idea de que la piel, en
especial la de las nalgas, se "calienta" o "quema". El deseo de que le
rasquen con cepillos duros o lo golpeen hasta que se rompa la piel, no es
más que el deseo de poner fin a la tensión por medio del estallido. Es decir,
el dolor concomitante no es en modo alguno la meta; es sólo el
acompañamiento desagradable de la liberación de una tensión, sin duda
alguna verdadera. El masoquismo es el prototipo de una tendencia
secundaria, y una demostración evidente del resultado de la represión de
los impulsos naturales.
En el masoquista, la angustia de orgasmo preséntase en forma específica.
Otros enfermos, o no permiten que ocurra excitación sexual alguna en el
genital propiamente dicho, o escapan hacia la angustia, como en el caso de
los histéricos. El masoquista, en cambio, persiste en la estimulación
pregenital; no la elabora en síntomas neuróticos. Ello aumenta la tensión y,
en consecuencia, junto con la simultánea incapacidad creciente de
descarga, aumenta también la angustia de orgasmo. Por lo tanto, el
masoquista se encuentra en un círculo vicioso de la peor especie. Cuanto,
más trata de deshacerse de la tensión, tanto más se enreda en ella. En el
momento en que debiera ocurrir el orgasmo, las fantasías masoquistas se
intensifican en forma aguda; a menudo no se tornan conscientes hasta ese
mismo instante. El hombre podrá imaginar que lo están arrastrando a
través de las llamas; la mujer, que le tajean el abdomen o que la vagina le
estalla. Para muchos, ésta es la única manera de lograr un poco de
gratificación. El ser forzado a estallar significa recurrir a la ayuda externa
para conseguir alivio de la tensión.
Dado que el temor a la excitación orgástica forma parte de toda neurosis,
se encuentran fantasías y actitudes masoquistas en todos los casos de
neurosis. El intento de explicar el masoquismo como la percepción de un
instinto de muerte interno, como resultado del temor a la muerte,
contradecía completamente la experiencia clínica. En realidad, los
masoquistas sienten muy poca angustia mientras puedan ocuparse en
fantasías masoquistas. Desarrollan angustia cuando tales fantasías son
reemplazadas por mecanismos histéricos o neurótico compulsivos. Por el
contrario, el masoquismo plenamente desarrollado es un medio excelente
de evitar la angustia, ya que es siempre la otra persona la que hace las
cosas malas o que obliga a hacerlas. Además, el doble significado de la
idea de estallar (deseo y temor de alivio orgástico) explica
satisfactoriamente todos los detalles de la actitud masoquista.
El deseo de estallar (o el temor) que pronto encontré en todos los
enfermos, me dejaba perplejo. No encuadraba dentro de los conceptos
psicológicos usuales. Una idea debe tener un origen y una función
determinados. Estamos acostumbrados a derivar ideas de impresiones
concretas; la idea tiene su origen en el mundo externo y es transmitida al
organismo por los órganos sensoriales en forma de una percepción; su
energía proviene de fuentes interiores, instintivas. En la idea de estallar no
podía encontrarse tal origen externo, lo que hacía difícil coordinarla. Pero de
cualquier modo, podía yo consignar algunos descubrimientos importantes:
El masoquismo no es un instinto biológico. Es el resultado de una
perturbación de la gratificación y de un intento constantemente fracasado
de superar esa perturbación. Es un resultado, no la causa, de la neurosis.
El masoquismo es la expresión de una tensión sexual que no puede ser
descargada. Su causa inmediata es la angustia de placer, es decir, el temor
a la descarga orgástica.
Consiste en el intento de hacer que justamente ocurra lo que más
intensamente se teme: el alivio placentero de la tensión, alivio que se está
vivenciando y temiendo como un proceso de estallido.
La comprensión del mecanismo del masoquismo abría un camino hacia la
biología. La angustia de placer del hombre se hizo comprensible como
resultado de una alteración fundamental de la función del placer fisiológico.
El sufrimiento y el deseo de sufrir son los resultados de la pérdida de la
capacidad orgánica de placer.
Con eso había yo descubierto la dinámica de todas las religiones y filosofías
del sufrimiento. Cuando, en mi carácter de consejero sexual, tuve que
tratar con gran número de cristianos, empecé a ver la conexión. El éxtasis
religioso sigue exactamente el modelo del mecanismo masoquista: el
individuo religioso espera de Dios, la figura omnipotente, el alivio del
pecado interior, es decir, de una tensión sexual interior; alivio que el
individuo no puede alcanzar por sus propios medios. El alivio es deseado
con energía biológica: Pero al mismo tiempo se experimenta como
"pecado", y por lo tanto el individuo no se atreve a obtenerlo por sí mismo.
Otra persona debe proporcionárselo, en forma de castigo, absolución,
salvación, etcétera. Más adelante volveremos sobre este particular. Las
orgías masoquistas de la Edad Media, la Inquisición, los castigos religiosos,
las torturas y actos de expiación descubren su función: son infructuosos
intentos masoquistas de gratificación sexual.
La perturbación masoquista del orgasmo se peculiariza porque el
masoquista inhibe el placer en el momento de mayor excitación, y lo
mantiene inhibido. Al obrar así crea una contradicción entre la tremenda
expansión que está por ocurrir y la dirección inversa. En todas las demás
formas de impotencia orgástica, la inhibición ocurre antes de la culminación
de la excitación. Este menudo detalle, aunque al parecer sólo de interés
académico, decidió la suerte de mi trabajo científico ulterior. Las
anotaciones hechas por mí entre 1928 y 1934 aproximadamente,
demuestran que mi labor biológica experimental hasta iniciar la
investigación del bion tenía como punto de partida este descubrimiento. No
puedo relatar aquí la historia completa. Tendré que sintetizar, o más bien,
comunicar, esas primeras fantasías que nunca hubiera osado publicar, si no
hubiesen sido confirmadas por la labor experimental y clínica de los diez
años siguientes.