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La atmósfera influye de manera decisiva en la existencia de vida en la Tierra.

Las funciones de la atmósfera relacionadas con la vida son tres: actúa como filtro de
radiaciones perjudiciales, regula la temperatura del planeta y contiene los gases necesarios
para la vida.

! La atmósfera impide que lleguen a la superficie de la Tierra radiaciones solares


perjudiciales para los seres vivos. En las capas altas de la atmósfera se encuentra la
capa de ozono. El ozono atmos férico absorbe un tipo de rayos solares, los
ultravioleta, que son peligrosos para los seres vivos. Por ejemplo, pueden producir
cáncer de piel, así como cataratas y otras lesiones oculares.
! La atmósfera actúa como regulador de la temperatura del planeta a l hacer que
disminuyan las variaciones entre la temperatura diurna y la nocturna. Ciertos gases,
entre ellos el vapor de agua y el dióxido de carbono, fundamentalmente, provocan en
la Tierra un efecto invernadero natural. Gracias a este efecto, por la noch e, cuando
no llega energía solar, la temperatura se mantiene y no desciende bruscamente.
Esto sucede porque la atmósfera evita que el calor escape de la superficie de la
Tierra hacia el espacio.
! En la atmósfera se encuentran los gases necesarios para la vi da: el oxígeno y el
dióxido de carbono. Estos gases son esenciales para dos procesos biológicos
importantísimos: la respiración y la fotosíntesis.
 
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La atmósfera es la envoltura gaseosa que rodea a la Tierra. Comenzó a formarse hace unos
4600 millones de años con el nacimiento de la Tierra. La mayor parte de la atmósfera
primitiva se perdería en el espacio, pero nuevos gases y vapor de agua se fueron liberando
de las rocas que forman nuestro planeta.

La atmósfera de las primeras épocas de la historia de la Tierra estaría formada por vapor de
agua, dióxido de carbono(CO 2) y nitrógeno, junto a muy pequeñas cantidades de hidrógen o
(H2) y monóxido de carbono pero con ausencia de oxígeno. Era una atmósfera ligeramente
reductora hasta que la actividad fotosintética de los seres vivos introdujo oxígeno y ozono (a
partir de hace unos 2 500 o 2000 millones de años) y hace unos 1000 mill ones de años la
atmósfera llegó a tener una composición similar a la actual.

También ahora los seres vivos siguen desempeñando un papel fundamental en el


funcionamiento de la atmósfera. Las plantas y otros organismos fotosintéticos toman CO 2
del aire y devuelven O2, mientras que la respiración de los animales y la quema de bosques
o combustibles realiza el efecto contrario: retira O 2 y devuelve CO2 a la atmósfera.

   
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Es precisamente en estos procesos fotoquímicos donde estrib a la importancia de la


capa de ozono en nuestra atmósfera pues, aunque el O2 es capaz de absorber
parte de la radiación UV procedente del Sol, es el O3 el que realmente absorbe con
gran intensidad las radiaciones de onda comprendidas entre 280 a los 340nm, por
ello la ozonosfera forma una capa protectora, responsable de la acción de filtro de la
radiación UV que puede causar daños en los seres vivientes.

En dosis moderadas y a tiempos de exposición breves la radiación UV resulta


beneficiosa; es conocida p or su acción bactericida o su intervención en la síntesis
de la vitamina D, pero ciertamente no tenemos una piel capaz de hacerle frente.

Sin embargo, los efectos pueden ser bastante mas graves. Esa radiación
ultravioleta, en caso de no ser detenida por la capa de ozono, puede romper los
enlaces de las moléculas orgánicas, produciendo fragmentos muy reactivos.
Además, es suficientemente enérgica como para ser absorbida por la cadena de
ADN y romperla, pudiendo reunirse los fragmentos según una secuencia d iferente
de la normal. De hecho, entre los efectos más graves se encuentran los cánceres
de piel, en especial en personas de piel clara. Si a lo largo de la historia no han
sobrevivido organismos cuyo ADN era sensible a la radiación visible o infrarroja, s e
puede deducir el futuro que podrían tener los organismos que no sean capaces de
soportar la radiación UV, en el caso de que desapareciese la capa que nos protege.

En diversos estudios se ha estimado que una reducción de la capa de ozono en 1%


puede acarrear que la dosis de radiación UV -B biológicamente efectiva que alcance
la superficie al nivel del mar aumente en torno a un 2%, y si intentamos evaluar los
daños para otros aumentos, habría que considerar no sólo cuánto ozono se pierde,
sino en qué lugar y cuándo, pues la radiación UV -B varía de forma natural con la
hora del día, la altitud y la latitud y la estación del año. Volviendo a ese aumento de
un 2% en la radiación UV -B, podría representar un aumento de 4% en un tipo de
carcinoma celular basal, y en torno al 6% en tipo de carcinoma celular escamoso.
Con una reducción del 10% en el ozono estratosférico, hay autores que predicen
aumentos en la incidencia relativa de los cánceres de piel citados del 50% y 90%,
respectivamente.

Una prueba más de la importancia de la exposición a esta radiación es que el país


que posiblemente registra un porcentaje mayor de cánceres de piel es Australia,
posiblemente porque la mayor parte de sus habitantes lo son desde hace pocas
generaciones, habiendo emigrado sus an tepasados desde latitudes mucho más
altas, en que la radiación es menos intensa, sin haber tenido tiempo aún de
adaptarse los organismos a estos niveles de radiación tan altos.

Otros efectos del aumento de la radiación es el aumento de casos de cataratas y el


debilitamiento del sistema inmunológico.

En cuanto a los cultivos y, en general, a las especies vegetales que pueblan la


Tierra, el daño causado sería más que evidente, especialmente por cuanto se
refiere a las especies más sensibles a estas radiaciones que irían desapareciendo.

Aparte de todos esos efectos biológicos, también son muy importantes los efectos
climáticos, que se fundan en la llegada a la superficie terrestre de mayores niveles
de energía, lo que contribuiría a aumentar la temperatura, participando así el
cambio climático, con toda s las consecuencias que éste podría llegar a acarrear.

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Las auroras boreales, o luces del Norte, no son, como en un principio se creía, la luz del sol
reflejada por el hielo del Océano Ártico o reflejada en cristales de hi elo en suspensión en el
aire, tampoco la altura a la que se encuentran es tan baja como se pensaba.

La causa de la formación de las auroras está en la interacción del viento solar con el
campo geomagnético, la magnetosfera, que envuelve a la Tierra, y con la ionosfera.

El Sol emite, continuamente y en todas las direcciones, un flujo de partículas cargadas:


electrones y protones, al que se llama plasma. Las partículas de plasma, "guiadas" por el
campo magnético del Sol, forma el viento solar que v iaja a través del espacio a unos 400
km/s, llegando a la Tierra en 4 o 5 días. La Tierra, también, tiene un campo magnético,
(figura 1). Los polos magnéticos Norte y Sur coinciden, casi, con los polos geográficos Sur y
Norte, respectivamente. El campo magnético es más intenso donde las líneas de campo
están más juntas, es decir en los polos, de manera que, las partículas cargadas que logran
entrar en el campo magnético terrestre -la gran mayoría no lo consigue, pues este campo
actúa también como escudo protector, desviándolas - son reconducidas hacia los polos
magnéticos (figura 2). En su camino de descenso pasan por la ionosfera, que es una capa
que limita exteriormente a la atmosfera ( a unos 60 km de altura) y en la que se encuentran
muchos iones: átomos de oxígeno y nitrógeno con carga eléctrica, originados por los rayos
ultravioleta procedentes del Sol. La ionosfera actúa como medio conductor para las
partículas cargadas que llegan con el viento solar, y es en ella en donde se produce la
aurora, entre 90 y 110 km de altura.
Los electrones chocan con las moléculas de oxígeno y nitrógeno excitándolas, y estas,
luego, se desexcitan, emitiendo luz: verde las de oxígeno y roja las de nitrógeno.
Figura 1

Figura 2