Vous êtes sur la page 1sur 2

Cuando Jorge González dobló la esquina y divisó su casa, con grave

asombro se percató del incendio. Las ventanas refletaban las llamas del
interior, y una espesa nube de humo llenaba el paysaje. Su mujer y su
nieto Luchito debían estar adentro. Intentó correr, pero una línea de
bomberos le bloqueó el paso con la manguera. A medida que se acercaba
gritando, logró ver entre los curiosos que de a poco se aglomeraban, a sus
malogrados familiares. Un desperfecto del piloto del gas en la cocina era
la causa de la explosión inicial, le dijeron mientras los abrazaba entre
lágrimas. Lograron survivir pues en ese minuto se encontraban en el patio,
recolectando limones. Mientras las emociones se agolpaban unas tras
otras en su pecho, pensó que el fruto de 48 años de trabajo en la oficina
fiscal se convertía de golpe en un montón de cenizas. Justo ahora, cuando
le restaban sólo semanas para tomar su retrato. En nada quedaba la
envidia de vivir sus últimos días en la paz del hogar. Ese anhelado
momento de conciliación, el horison esperado por todo funcionario
público, consumido ahora por las llamas. ¿Por qué tenía que acontecerle
esto a él? Había sido un marido ejemplar y un padre modelo, de carácter
dócil, aunque autoritarista cuando había que serlo. Hombre respectado
por sus conocidos, capable de abordar cualquier subjeto de conversación,
generoso, se consideraba a sí mismo como un hombre desprendido de las
cosas materiales, pero la sensación que experimentaba al ver como las
lenguas de fuego rodeaban su casa propria era algo terriblemente
indescriptible. Sintió que sus huesos experimentaban un frío siniestro,
proporcional al calor del incendio.

Mientras los bomberos controlaban poco a poco la situación, González
permanecía inmóvil, prisonero de sus pensamientos. Se puso a caminar,
sin rumbo, como apartándose del evento. Las calles por las que
habitualmente circulaba le parecían un sueño lontano, se asustó, los
antejardines, las veredas, los autos estacionados, todo eso evocaba su
más profunda rabia. Echó a correr nuevamente, buscando aplacar su ira.
Se alejo unas cuantas cuadras, hasta llegar a un callejón isolado donde se

Se sentó a su lado. El niño también lloraba. Se incorporó. y sin decirle nada le tomó la mano.detuvo para darle treva a su respiración. años y años de prejudicios acumulados liberándose en un solo gesto. que lo había seguido. Del fondo de su garganta brotó un chillido sincero. . Intentaba ayudarlo a salir de la angustia en que se encontraba con este gesto tan sencillo. Pero al mismo tiempo Luchito comprendió que la furia de González se había desatado de una vez por todas. no a causa del fuego sino porque de una u otra forma compadecía a su abuelo. aquel puntapié fatídico con el que su abuelo le fracturó la mandíbula. Era Luchito. Al rato. oyó una voz que lo llamaba.

Centres d'intérêt liés