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Griffin, Roger.

Modernism and Fascism: the sense of a Beginning under Mussolini

and Hitler, New York: Palgrave Macmillan, 2007.

Diecisiete años han transcurrido ya desde la publicación de la obra más relevante del profesor

de la School of Arts and Humanities de Oxford, Roger Griffin, The Nature of Fascism (1991), en

la propuso una reelaboración del paradigma ideal-tipo del fascismo, elucidado como una suerte

de “ultranacionalismo palingenésico”. Es decir, como un movimiento para la redención nacional

previa expiación de los pecados colectivos en una gran hecatombe, presentida desde la crisis

finisecular y verificada en la Primera Guerra Mundial. La razón de su posterior silencio en esta

área de conocimiento (aunque ha publicado una recopilación de fuentes primarias que respalda

documentalmente su tesis, con el escueto título de Fascism, 1995) es, seguramente, este

faraónico proyecto, Modernism and Fascism, obra en la que Griffin esponja ambos conceptos

con la intención de oxigenar sus herrumbrosos paradigmas y explorar las conexiones entres

ambos, estableciendo como axioma el carácter modernista del fascismo. Entiéndase, no sólo

arguye que el fascismo es un proyecto congruente con la modernidad, como viene siendo

habitual en los estudios actuales sobre este fenómeno, sino que, rizando el rizo, defiende que

se trata de una forma de modernismo político. Entre ambos conceptos, se tiende un puente

ontológico sobre la base de un sentimiento encontrado: la nausea ante la degeneración moral


concitada por la modernidad se combina con la esperanza resuelta en un nuevo comienzo (lo

que, evocando a Nietzsche, llamaríamos nihilismo activo). Éste sería el esquema por

excelencia del modernismo, que puede transcribirse políticamente en un movimiento como el

“ultranacionalismo palingenésico” fascista.

La obra de Griffin es una nueva vuelta de tuerca al recurrente debate historiográfico sobre la

naturaleza del fascismo, una barbarie supuestamente impropia del siglo de “progreso” en que

florece. Su carácter arcaico, sostenido, entre otros, por la escuela funcionalista de Talcott

Parsons, muchas veces utilizado con una intención política conservadora (así, según la teoría

de la modernización, ésta consiste en un progreso teleológico hacía una democracia liberal,

mientras que todo lo que se aparte de esta ruta es un desarrollo anómalo), ya no tiene

demasiada predicación entre los especialistas (si aún en el gran público), que han avizorado un

defecto de método en el uso de la dicotomía moderno-antimoderno aplicada al fascismo: el

error no estriba tanto en la definición del contenido de ambos conceptos, sino en querer dar

sentido a un término en cuanto irreconciliablemente opuesto al otro, es decir, en una especia de

maniqueísmo conceptual. Contrariamente, se ha puesto de relieve como no estamos ante

conceptos antagónicos sino dialécticamente complementarios, que sintetizan un proyecto

moderno distinto. Tal punto de vista, casi de perogrullo, es el que adopta, por ejemplo, Antoine

Compagnon en su ensayo sobre los antimodernos: la anti-modernidad no es a-moderna, sino

otra vertiente de la modernidad. Otro tipo de modernidad: esa es la interpretación del fascismo

para historiadores como Roger Griffin. La tautología de un movimiento que idealiza un pasado

pre-moderno y, a la vez, se vale de medios modernos para pergeñar un nuevo orden, que

evoca sentimentalmente a un pasado mixtificado aunque guarde poca relación con él, es, y

valga la redundancia de paradojas, la lógica sincrética del fenómeno fascista.

Otra dicotomía que se yuxtapone con la anterior hasta llegar a confundirse, no demasiado

rigurosamente, es el dilema sobre el carácter revolucionario o contrarrevolucionario del

fascismo. El ahínco en corroborar el carácter moderno del fascismo, no con fines revisionistas,

sino, precisamente, para sacar a relucir los claroscuros del proyecto ilustrado puede llevar a

una exageración desmedida de su amplitud revolucionaria. Enzo Traverso así lo ha alertado,


refrescando la memoria sobre el pacto entre fascismo y elites tradicionales y la “función social”

que viene a desempeñar el fascismo. Traverso prefiere añadir nuevos sintagmas paradójicos,

como el de “revolución contrarrevolucionaria” para recalcar el carácter reaccionario del

fascismo. Griffin discrepa vehementemente de las tesis de los historiadores de izquierda sobre

el cariz retrógrado del fascismo, como la popular teoría de Benjamín sobre la estatización de la

política bajo el régimen nazi, pues, pondera, llegan a las mismas conclusiones dogmáticas de

la Komintern aunque a través de un método más refinado. Para Griffin, el fascismo es un

movimiento moderno y revolucionario, tanto como el bolchevismo, ya que ambos se enraízan

en la misma matriz de la modernidad política, lo que, dicho sea de paso, le permite ahijarlas en

un origen común.

Griffin justifica con tesón la metodología usada, lo que es imprescindible en un proyecto tan

ambicioso como el suyo, y, porque no decirlo, de agradecer en tiempos de miseria de la teoría

en la producción científica humanística. Defiende una gran meta-narrativa en manifiesta

oposición a la praxis posmodernista, aunque reconoce el peligro de hilvanar un relato tan

omnicomprensivo y totalizante como su objeto de estudio. Asegura, pero, haber conseguido

exorcizarlo conjurando al profeta de la sociedad abierta, Karl Popper, que le permite conciliar la

relatividad científica de la verdad histórica (al ser ésta fácilmente falsable) con una amalgama

teórica de los hechos brutos, sin tropezar en el desprecio relativista hacia los grandes relatos

del postmodernismo reinante. Pero la estructura intelectual interna del relato no siempre

consigue esquivar la tendencia totalizante: como veremos, descubre en el modernismo un

primordialismo humano que, a la práctica, lo devora todo, hechos económicos, sociales…

aunque, como artefacto científico, no quiera establecer un nuevo paradigma sino sugerir

nuevas vías de investigación.

En la primera parte de la obra, en un imponente ejercicio de erudición multidisciplinar, Griffin

reifica el concepto de modernismo como empresa de redención, primero individual y luego

colectiva -catalizador de la Primera Guerra Mundial mediante- emanado de una coyuntura de

colapso suscitada por la modernidad (que es la causante de la debacle y a la vez, ofrece las

respuestas para escapar del marasmo de anomia y malestar de la cultura). Esta situación de

pesimismo inconformista no es nueva, sino una constante de las sociedades humanas, que, a
lo largo de la historia, en lances de transición (liminoidality crisis), han ensoñado utopías

prospectivas inspiradas en una reinterpretación idealizada de un pasado remoto con el objetivo

de pulverizar un presente descorazonador. Por ello, Griffin distingue una pulsión atávica en el

modernismo (primordialism modernism), que no por ello le hace ser menos moderno, como

sucede con las iniciativas políticas modernistas tales como el fascismo. El autor desgrana

varias modalidades de modernismo así entendido, una versión “epifánica”, experiencia extática

reservada a grandes creadores (Griffin extracta citas de Kafka, Woolf, Nietzsche o Yeats como

ejemplo), un modernismo programático (reformista o social) que abarca des de las profecías

zaratrustianas de último hombre a las nuevas corrientes naturistas, y, finalmente, un

modernismo político, representado por el fascismo o el comunismo. Esta matriz interpretativa

conlleva un reduccionismo en el análisis de la vertiente política del modernismo, mezclando en

un cajón de sastre propuestas revolucionarias muy distintas so pretexto de su planteamiento

palingenésico común, lo que sólo consigue difuminar las diferencias entre ellas bajo la

categoría omnisciente de modernismo. Así, para cuadrar su rompecabezas, se esfuerza en

demostrar que el socialismo leninista bebe tanto de Nietzsche como de Marx, o que teóricos

marxistas como Ernst Bloch, o Walter Benjamin comparten un mitologema redencionista con

fascistas como Julius Evola o Ersnt Jünger. Eso no empaña su hercúlea reproducción de las

distintas expresiones del espíritu moderno de las que se nutre el fascismo (demostrando, por

otro lado, que éste no es un accidente advenedizo de la historia, sino que hunde sus orígenes

culturales en esta crisis de fin de siglo, y que de ella ha de partir cualquier investigación sobre

el fascismo), pero pone a éste en situación de ser relativizado, como uno (entre otros) de los

males de la modernidad que el mismo fascismo se ha enfrascado a subsanar, aunque

evidentemente ésta no sea la intención del autor. En líneas generales, éste se muestra más

vacilante cuando aborda el escurridizo concepto de modernismo, mientras que pisa terreno

más firme en el campo de la ideología del fascismo: a destacar, por ejemplo, en el

sobresaliente examen de la relación entre pasado y futuro en dicho movimiento, concluyendo

que el pasado es reencantado como acicate de un proyecto futurista.

En la segunda parte del libro, el autor analiza las políticas modernistas de los regimenes

fascista y nazi (no entra en el debates “nominalistas”, para Griffin, el italiano y el alemán es la
misma tipología de régimen, aunque, debido a sus peculiaridades nacionales, es preferible

adjudicarles una distinta nomenclatura. Por cierto, el franquismo no se alinearía a su lado

según el autor). Brevemente para el caso italiano, cuya “otra modernidad” ha sido ya bien

esclarecida por Emilio Gentile, Griffin pone de relieve su pastiche de tradicionalismo y

futurismo, paradoja que ilustra el mentado Julius Evola, pionero del dadaísmo italiano y

posteriormente, heraldo del antimodernismo. Hecha los restos, en cambio, en el caso alemán,

para el que se ha asumido su talante regresivo sobretodo a raíz de las campañas contra la

Entartete Kunst, arte degenerado. En este punto, Griffin defiende la tesis del fascismo como un

depósito de distintas tradiciones que confluyen en un misma misión proyectada al futuro,

aunque con un ojo puesto en el retrovisor (lo que Griffin denomina, parafraseando al

revolucionario conservador Moeller van der Bruck, reconnecting forwards). Eso daría pie a

aparentes contradicciones como el uso de tecnología punta asentada en una cosmovisión

primitivista o la purificación del arte nacional para servir los intereses ideológicos de un Estado

tecnocrático ultra-moderno, no carente, por cierto, de hostilidades entre distintas oficinas del

partido-Estado, entre ellas, la Reichskultur-kammer presidida por Goebbels, partidario de

conservar el expresionismo como forma artística autóctona y el tradicionalismo arianista de la

Kampbund für deutsche Kultur de Alfred Rosenberg. En definitiva, si el progreso humano se

cifra en el grado de control sobre la naturaleza, ¿que hay de más moderno que la

administración, procesamiento y destrucción de material humano en los campos de

exterminio?, sostuvo Zygmunt Bauman. Finalmente, Griffin, consciente que se encuentra con

una gran obra entre las manos, al menos, a nivel personal, se atreve a añadir dosis de

“modernismo programático” de su propio magín, abogando por una revitalización del

modernismo liberal, frente a un postmodernismo que no es más que una tipología de

modernidad que intenta huir de la modernidad, al que hay que encomiar, no obstante, haber

dictado sentencia a las utopías de masas (sin distingos) del s.XX. Estamos ante el ensayo más

ambicioso y osado hasta la fecha sobre la relación entre fascismo y modernidad, y en estos

casos, puede perdonarse el pecado de la generalización, consubstancial a todo gran relato.

Generalización, pero, que puede degenerar en deformación si una categoría como la de

modernismo subsume la de fascismo (y a otros movimientos políticos revolucionarios), y le

despoja de alguno de sus rasgos únicos e intransferibles. Por no hablar que, la recomposición
del fascismo como un tipo de modernismo político de redención nacional, engarzado en el

pensamiento utópico y con un proyecto aberrante que se devora a si mismo, le hace morar

únicamente en el plano de la intencionalidad idealista de la elite y de sus gustos estéticos,

desatendiéndose por completo de un análisis social (de clase, de género…) del proyecto

fascista, no por negligencia, sino por elección de método. Pero un análisis social, aunque no

salga del ámbito de las mentalidades, puede ayudar a entender el sincretismo cultural fascista,

que le otorga la facultad de hacer llegar su propaganda a sectores socio-culturalmente muy

dispares que lo interpretan de manera distinta, condición indispensable para que un movimiento

político pueda imponerse en una sociedad de masas.

Aleix. P. G