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RESUMEN

DE

LOS SIETE ENSAYOS


DE

JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

Por Simón Chara G.


Lima-Perú
ARGUMENTO DE LA OBRA

(más adelante, el resumen por ensayos)

Los 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana fueron


publicados como libro en 1928. Mariátegui aspira a dar un testimonio de
parte y a contribuir a la creación del socialismo peruano.

El primer ensayo plantea un "Esquema de la evolución económica". Según


Mariátegui, los incas habrían desarrollado un sistema de producción
colectivista que se orientaba espontáneamente hacia el comunismo. Este
desarrollo habría sido interrumpido violentamente por la llegada de los
españoles, que habrían establecido una economía feudal. La Independencia
no habría significado una auténtica cesura [interrupción], sino que
únicamente habría proseguido el proceso colonialista. Aunque en la
sociedad de su tiempo Mariátegui encontraba que coexistían una economía
colectivista indígena, feudal y capitalista, pensaba que la preeminencia la
tenía el sistema feudal, por ser el Perú un país agrícola. Por consiguiente, el
colonialismo impregnaría todos los aspectos de la realidad peruana y la
solución no podría consistir sino en la liquidación del feudalismo y en la
prosecución por-parte del proletariado del proceso del socialismo en el
Perú.

El segundo ensayo analiza "El problema del indio", que según Mariátegui
económico social y no pedagógico, jurídico, eclesiástico, moral o cultural.
El problema indígena radica en "El problema de la tierra", que es
examinado por el tercer ensayo. El problema agrario se presenta como el
de la cancelación del feudalismo en el Perú, cuyas expresiones encontraba
Mariátegui que eran en su época el latifundio y la servidumbre. El
feudalismo se muestra en la agricultura de la costa, sobre todo a través del
yanaconaje y del enganche, y en la de la sierra a través del gamonalismo
del propietario de la tierra y de la condición de siervo del indio.

El cuarto ensayo está consagrado a considerar "El proceso de la


instrucción pública". También a este respecto ejerce su dominio el
colonialismo, como consecuencia del que hemos sufrido sucesivamente el
influjo español, francés y norteamericano. En un texto de 1925
("Enseñanza única y enseñanza de clase"), había señalado antes Mariátegui
que el régimen demoburgués ha dado lugar a una enseñanza de clase, que
distingue entre el niño burgués con derecho a la instrucción, y el niño
proletario sin un derecho real a ella. La solución sería una escuela única.
"El balance de la primera centuria de la República se cierra, en orden a la
instrucción pública, con un enorme pasivo. El problema del analfabetismo
indígena está casi intacto. El Estado no consigue hasta hoy difundir la
escuela en todo el territorio de la República. La desproporción entre sus
medios y el tamaño de la empresa, es enorme" (7 ensayos, p. 168). En
cuanto a la educación universitaria, la Reforma, que en su tiempo había
planteado el cogobierno y la cátedra libre, encontraba Mariátegui que
estaba amenazada por la reacción.

"El factor religioso" es objeto del quinto ensayo. Según el autor ha pasado
ya la hora en que la religión se reducía a la iglesia y el rito y, por
consiguiente, ha terminado la vigencia de un "libre pensamiento" que se
declaraba ateo, laico y racionalista. "La crítica revolucionaria no regatea ni
contesta ya a las religiones, y ni siquiera a las iglesias, sus servicios a la
humanidad ni su lugar en la historia (p. 170), sino que concede su entera
significación al factor religioso. Entre nosotros, el culto católico se
superpuso a los ritos indígenas, sin absorberlos más que a medias. En la
actualidad "la experiencia histórica de los últimos lustros ha comprobado
que los actuales mitos revolucionarios o sociales pueden ocupar la
conciencia profunda de los hombres con la misma plenitud que los antiguos
mitos religiosos" (p. 203).

El penúltimo ensayo examina históricamente cómo se ha planteado el


problema de "Regionalismo y centralismo en el Perú", y después propone
los puntos de vista de Mariátegui. En su opinión, es necesario excluir toda
posible discrepancia sustancial emanada de egoísmos regionalistas o
centralistas, y comprender que el problema primario de un nuevo
regionalismo es el del indio y el de la tierra. La condena del centralismo se
une así a la del gamonalismo.

El ensayo final, "El proceso de la literatura", propone periodizar —literaria


y no sociológicamente— la literatura en tres etapas: colonial, cosmopolita y
nacional. La literatura del Perú habría seguido siendo colonial aún después
de la Independencia; Melgar representaría el primer momento peruano,
Eguren habría sido un precursor del periodo cosmopolita, Vallejo
representaría el orto de una nueva poesía y el indigenismo estaría
cancelando el periodo colonial.

Antonio Cornejo Polar: ''Historia de la literatura del Perú republicano''.


Incluida en “Historia del Perú, Tomo VIII. Perú Republicano”. Lima,
Editorial Mejía Baca, 1980.

ESTRUCTURA

La obra está dividida en siete ensayos:

1) Esquema de la evolución económica;

2) El problema del indio;

3) El problema de la tierra;

4) El proceso de la instrucción pública;

5) El factor religioso;

6) Regionalismo y centralismo; y

7) El proceso de la literatura.
RESUMEN POR ENSAYOS

I.

Esquema de la evolución económica: En este ensayo Mariátegui analiza


el proceso socio-económico peruano. Los incas desarrollaron una economía
socialista, donde el trabajo colectivo o comunitario tenía un carácter agrario
y permitía el bienestar de la población. La alimentación abundaba y la
población crecía. La conquista española interrumpió brutalmente todo ese
desarrollo. Los españoles impusieron una estructura económica feudal y
esclavista, que resultó extraña a los pueblos indígenas. Feudal, porque las
tierras y los indígenas fueron repartidas a los encomenderos (latifundistas).
Esclavista, porque se importó esclavos negros para las haciendas de la
costa, mientras que en las minas de la sierra se obligó a trabajar a los indios
mediante el sistema de la mita, una especie de trabajo forzado. La
extracción de metales preciosos fue la actividad principal, descuidándose la
agricultura. El esquema virreinal reprimía asimismo el comercio de las
colonias, pues estas solo podía comerciar con la metrópoli los productos
que la Corona les imponía producir. La independencia surgió entonces
instigada por los comerciantes criollos (blancos nacidos en América) que
deseaban la libertad de comerciar con el mundo, como una respuesta a las
necesidades del desarrollo capitalista de la civilización occidental. Fue por
ese motivo que Inglaterra, cuna de la economía de librecambio, apoyó la
independencia latinoamericana. Pero una vez lograda la independencia y
fundada la República, la nueva clase dirigente criolla mantuvo las
estructuras socio-económicas de la colonia. La situación del indígena se
empeoró al fortalecerse la clase terrateniente o latifundista de origen
colonial (semifeudal). La burguesía nacional (clase capitalista), todavía
débil al iniciarse la República, empezó a fortalecerse durante el período del
guano y del salitre (mediados del siglo XIX), pero sin poder suplantar del
todo a la clase terrateniente. Tras la guerra con Chile, se perdió la riqueza
guanera y salitrera; el Perú entró entonces en una penosa etapa de
Reconstrucción, en la que se debió entregar los ferrocarriles a los
banqueros británicos, como prenda y garantía de nuevas inversiones que
permitieran la recuperación del país. La nueva fuente de riqueza constituyó
la minería, especialmente la practicada en la sierra central. La dependencia
con el capital extranjero no desapareció ni siquiera ante la aparición de
nuevos rubros de riquezas naturales (caña de azúcar y algodón, destinados
a la exportación); por el contrario, con ello se ahondó el carácter
centralista, costeño y dependiente de la economía peruana. A partir del
Oncenio de Leguía (década de 1920), el país pasó a depender del
capitalismo norteamericano, cuya manifestación más notoria fueron los
empréstitos millonarios. Según Mariátegui, en su tiempo coexistían en el
Perú las tres economías: la feudal (gamonalismo), la burguesa (capitalismo)
y algunos residuos de la economía comunista indígena en la sierra
(comunidades indígenas). Pero señalaba que la preeminencia la tenía el
sistema feudal, por ser el Perú un país mayoritariamente agrícola.

II

El problema del indio: «Todas las tesis sobre el problema indígena,


que ignoran o eluden a éste como problema económico-social, son otros
tantos estériles ejercicios teóricos, —y a veces sólo verbales—, condenados
a un absoluto descrédito. No las salva a algunas su buena fe. Prácticamente,
todas no han servido sino para ocultar o desfigurar la realidad del
problema». Mariátegui concibe el problema del indio no como un asunto
racial, administrativo, jurídico, educativo o eclesiástico, sino como un
problema sustancialmente económico cuyo origen está en el injusto
régimen de propiedad de la tierra denominado gamonalismo.

Se conoce como gamonalismo a un sistema de explotación de los


campesinos indígenas en las haciendas de la sierra del Perú. Los gamonales
o terratenientes acaparaban inmensas latifundios donde hacían trabajar a los
indios como siervos, manteniéndoles en la más paupérrima pobreza y
cometiendo sobre ellos los más nefandos abusos; asimismo, estos
gamonales detentaban un considerable poder local (muchos llegaban a ser
senadores, diputados, alcaldes y prefectos) y contaban con pequeños
contingentes armados. Era pues, una auténtica feudalidad o semifeudalidad
enquistada en el Perú, como rezago del colonialismo español.

Mientras subsista esta forma de propiedad todo intento por solucionar


el problema del indio quedará disuelto en la estéril denuncia lírica o en la
prédica oportunista e inconsciente. Terminar con el gamonalismo, con la
feudalidad, significa devolver más que tierras; significará para la raza
desposeída su rendición histórica, la recuperación de su esencialidad moral
y su auténtica integración a la vida nacional. «La solución del problema del
indio tiene que ser una solución social. Sus realizadores deben ser los
propios indios. Este concepto conduce a ver en la reunión de los congresos
indígenas un hecho histórico. Los congresos indígenas, desvirtuados en los
últimos años por el burocratismo, no representaban todavía un programa;
pero sus primeras reuniones señalaron una ruta comunicando a los indios
de diversas regiones. A los indios les falta vinculación nacional. Sus pro-
testas han sido siempre regionales. Esto ha contribuido, en gran parte, a su
abatimiento. »

III

El problema de la tierra: Mariátegui estudia la cuestión agraria


unida necesariamente a la del indio, reivindicando el derecho de éste a la
tierra, para lo cual era necesario sacarlo del estado de servidumbre que
suponía el feudalismo de los gamonales. Luego, muestra cómo el
colonialismo que destruyó y aniquiló la economía incaica de tipo
"comunista", no supo reemplazarla más que con el feudalismo. ¿Qué le
pasó a la comunidad agraria del ayllu? A pesar de las leyes escritas, de las
Leyes de Indias, la comunidad indígena fue despojada por el feudalismo,
cuyas expresiones eran el latifundio y la servidumbre. Mientras que
Europa, por el siglo XVIII, tomaba otro rumbo al fortalecerse y ascender al
poder la clase que desplazó y liquidó el feudalismo: la burguesía o clase
capitalista (la revolución francesa fue una revolución burguesa). Pero
revolución de la independencia hispano-americana «encontró al Perú retra-
sado en la formación de su burguesía...» Si bien se abolieron las mitas, se
dejó en pie la aristocracia terrateniente, la que si bien ya no conservaba
«sus privilegios de principio, conservaba sus posiciones de hecho. Seguía
siendo en el Perú la clase dominante». Esta clase, apoyada por el
militarismo gobernante, retardó el surgimiento de una vigorosa burguesía
urbana. Y recién se intentó una reorganización gradual de este problema
cuando se promulgó el Código Civil (1852), que favoreció la formación de
las pequeñas propiedades, en desmedro de los grandes dominios señoriales
y de la comunidad indígena, al mismo tiempo. No obstante, la pequeña
propiedad no prosperó, y por el contrario el latifundio se consolidó y
extendió, siendo la única perjudicada la comunidad indígena, la misma que,
pese a todo, logró sobrevivir.

El latifundio de la costa era distinto del latifundio serrano; el costeño


evolucionó hacia modos y técnicas capitalistas, en tanto que el de la sierra
conservó íntegramente su carácter feudal, resistiendo a la transformación
industrial y capitalista; aún así no logró destruir la comunidad indígena. El
latifundio costeño cada vez más ligado al capital extranjero prefirió
desplazar los tradicionales cultivos alimenticios por el cultivo de algodón
de exportación, generando un círculo vicioso de importación de alimentos y
exportación de materias primas.
Indistintamente del tipo de latifundismo, éste impedía el desarrollo del
capitalismo nacional, ya que los terratenientes obraban como
«intermediarios o agentes del capitalismo extranjero»; como una barrera
para la inmigración blanca; se oponían a la renovación de métodos,
cultivos, etc.; era incapaz de atender la salubridad rural; particularmente en
la sierra el feudalismo agrario se mostraba del todo inepto como creador de
riqueza y de progreso. En una palabra, agrega Mariátegui, «que el gamonal
como factor económico, está, pues, completamente descalificado».

Como a Mariátegui más le importaba seguir (y proyectar para el Perú


futuro) la "comunidad agraria indígena", estudia el destino de ésta bajo el
régimen republicano. A pesar de la absorción feudalista, la comunidad ha
subsistido por el espíritu del indio: a pesar de las leyes de cien años de
régimen republicano, no se ha tornado individualista.

IV

El proceso de la instrucción pública: Mariátegui analiza este


proceso estrechamente ligado al económico-social, como no podía ser de
otro modo. Reconoce y analiza las tres influencias en la educación peruana:
la española, la francesa y la norteamericana, estas dos últimas injertadas en
la primera. La educación en la colonia tuvo «un sentido aristocrático y un
concepto eclesiástico y literario de la enseñanza», en otras palabras, una
educación elitista y escolástica. El desprecio por el trabajo, por las
actividades productivas fue alentado por los claustros universitarios incluso
luego de producida la independencia. La República, que heredó las
estructuras coloniales, buscó luego el modelo de la reforma francesa, ya en
las postrimerías del siglo XIX. Hasta que la reforma de la segunda
enseñanza de 1902, empezó a reflejar la influencia creciente del modelo
anglosajón: sería el primer paso para adoptar el sistema norteamericano,
coherente con el embrionario desarrollo capitalista del país. Preconizador
del modelo yanqui fue el Dr. Manuel Vicente Villarán, cuyas prédicas
triunfaron con la reforma educativa de 1920, por ley orgánica de enseñanza
dada ese año, pero como no era posible, según Mariátegui «democratizar la
enseñanza de un país, sin democratizar su economía, y sin democratizar,
por ende, su superestructura política» la reforma del 20 devino en fracaso.

La reforma universitaria merece también la atención de Mariátegui.


Hasta el Perú alcanzaron los movimientos reformistas que se iniciaron en
Córdoba, en el año 1918, producto de la «recia marejada post-bélica»,
aunque en ese país, en un principio, la ideología del movimiento estudiantil
careció de homogeneidad y autonomía. Los estudiantes de América,
querían sacudir el medioevalismo también de sus casas de estudio. Sus
reclamos se basaban en la necesidad de que los estudiantes intervinieran en
el gobierno de las universidades, así como el establecimiento de cátedras
libres, al lado de las oficiales, que deberían enfocar nuevos y alternativos
conocimientos, alejados de los anticuados programas de estudios. En una
palabra, querían que la Universidad dejara de ser un órgano de una elite
aristocrática, que cesara ese divorcio entre su función y la realidad nacional
y tomara el verdadero rumbo que debía tener en el desarrollo de la cultura.
Con relación a este problema, Mariátegui nos hace un extenso estudio
sobre la reforma universitaria en el Perú, que se inició en 1919 y cómo fue
la reacción en su contra. Los estudiantes lograron imponer algunas
reformas, pero la falta de dirigentes más capacitados impidió que estas se
intensificaran.

Para finalizar, Mariátegui expone las ideologías que intervinieron en la


discusión sobre el modelo educativo que debía imponerse en el Perú, a
principios del siglo XX: los conceptos burgueses positivistas de Manuel
Vicente Villarán, frente al aristocratismo idealista de Alejandro Deustua.
Esta discusión se planteó en el seno del Partido Civil, entonces el de mayor
arraigo político.

Para Mariátegui, «el problema de la enseñanza no puede ser bien


comprendido en nuestro tiempo si no es considerado como un problema
económico y como un problema social. El error de muchos reformadores
ha estado en su método abstractamente idealista, en su doctrina
exclusivamente pedagógica».

El factor religioso: La religión incaica fue un código moral antes que un


conjunto de abstracciones metafísicas. Su iglesia (por llamarla de algún
modo) fue una institución social y política, cuyo culto estaba subordinado a
los intereses sociales y políticos del imperio; la iglesia era el estado mismo.
Es lo que se llama Teocracia. Producida la conquista, se impuso el culto
católico más que la prédica del evangelio, de modo que el culto pagano de
la religión incaica subsistió bajo el culto católico, fenómeno al que se
conoce como sincretismo religioso. El rol de la iglesia católica durante el
virreinato fue de aval del estado feudal y semifeudal instituido. Si bien es
cierto que hubo choques entre el poder civil y el eclesiástico, éstos no
tuvieron ningún fondo doctrinal, sino que fueron meras querellas
domésticas. Con el advenimiento de la República no hubo cambio en tal
sentido. La revolución de la Independencia, del mismo modo que no tocó
los privilegios feudales, tampoco lo hizo con los eclesiásticos. El
radicalismo gonzalez-pradista surgido a fines del siglo XIX constituyó la
primera agitación anticlerical surgida en el Perú, pero careció de eficacia
por no haber aportado un programa económico-social. De acuerdo a la tesis
socialista, las formas eclesiásticas y doctrinas religiosas son peculiares e
inherentes al régimen económico-social que las sostiene y produce, y por
tanto, su preocupación es cambiar ésta y no aquellas.

VI

Regionalismo y centralismo: Cuando el Perú nació a la vida


independiente, eligió como sistema político administrativo el Centralismo,
rechazando el Federalismo. Sin embargo, muchas ciudades del Perú han
venido desde entonces reclamando la atenuación del excesivo centralismo
proveniente de la capital, Lima. Para Mariátegui, este problema, en cierto
modo, viene vertebrando todos los demás. Aunque reconoce que existe,
sobre todo en el sur peruano, un sentimiento regionalista, dicho
regionalismo no parece ser más que «una expresión vaga de un malestar y
un descontento». El problema planteado entre Centralismo y Federalismo
es de larga data. El Centralismo se apoya en el caciquismo y gamonalismo
regionales (dispuestos, no obstante, a reclamarse federalistas de acuerdo a
las circunstancias), mientras que el Federalismo recluta sus adeptos entre
los caciques y gamonales en desgracia ante el poder central. Ciertamente,
uno de los vicios de la organización política del Perú es y sigue siendo su
centralismo. Pero entiende Mariátegui que toda descentralización que no se
dirija a solucionar el problema agrario y la cuestión indígena, «no merece
ya ni siquiera ser discutida», porque, advierte, no es este problema
meramente político, ni desde este solo punto de vista ella alcanzaría para
solucionar los problemas esenciales. Por otra parte es difícil definir y
demarcar en el Perú regiones existentes históricamente como tales. No
obstante Mariátegui estudia las tres regiones físicas: la Costa, la Sierra y la
Montaña (que no significan regiones en cuanto a la realidad social y
económica), afirmándonos que la Montaña carece aún de significación
socio-económica; en cambio, «la actual peruanidad se ha sedimentado en
tierra baja» o Costa, y la Sierra es el refugio del indigenismo.

«Las formas de descentralización ensayadas en la historia de la


República, han adolecido del vicio original de representar una concepción y
un diseño absolutamente centralistas», dice Mariátegui. Formula enseguida
sus puntos de vista sobre cómo debe enfocarse la nueva descentralización
en el Perú. Primero, debía quedar esclarecida la solidaridad del
gamonalismo regional con el régimen centralista, a fin de evitar
confusiones. Luego debía escogerse entre el gamonal o el indio: «no existe
un tercer camino». Mariátegui, naturalmente, opta por el indio. Porque, lo
más cierto es que «ninguna reforma que robustezca al gamonal contra el
indio, por mucho que aparezca como una satisfacción del sentimiento
regionalista, puede ser estimada como una reforma buena y justa». En
conclusión, para los nuevos regionalistas, la regionalización debe
contemplar simultáneamente el problema del indio y de la tierra.

También estudia el problema de la capital, concerniente a todas las


capitales de América, y sostiene que la suerte de Lima está subordinada a
los grandes cambios políticos, tal como lo enseña la historia.

VII

El proceso de la literatura: En éste su último ensayo, Mariátegui renuncia


a ser un crítico imparcial: «Declaro sin escrúpulo, que traigo a la exégesis
literaria todas mis pasiones e ideas políticas...».

Uno de los aportes más interesantes de Mariátegui al juzgar el proceso de la


literatura peruana fue su propuesta de periodización, que comprendía tres
etapas:

* Literatura colonial,
* Literatura cosmopolita, y
* Literatura nacional.

Pero no se trataban de etapas que se cancelaran por sucesión automática o


continua, pues las imaginaba más bien como ideas que, en diversos
momentos de la historia, podían aparecer como una tendencia dominante,
emergente o residual.

Desde su punto de vista analiza la literatura de la Colonia, «de


irrenunciable filiación española», en espíritu y sentimientos, y este
colonialismo mental supervive al Virreinato, dando como resultado una
literatura mediocre por falta de raíces propias, no habiendo podido «eludir
la suerte que le imponía su origen». Explica las razones socio-económicas
por qué ha subsistido ese colonialismo literario, y agrega: «el literato
peruano no ha sabido casi nunca sentirse vinculado al Pueblo». Aunque
destaca en Garcilaso, más Inca que conquistador, el primer destello de
"peruanidad", y defiende a Ricardo Palma y a sus Tradiciones Peruanas
de la acusación de colonialismo, pues esas Tradiciones tienen, según su
percepción, «política y socialmente una filiación democrática».

Hay que esperar hasta la llegada de Manuel González Prada para ver
anunciada la posibilidad de una auténtica literatura peruana. González
Prada significa la transición del período colonial al período cosmopolita.
Más atrás en el tiempo, el poeta de los yaravíes, Mariano Melgar, ubicado
cronológicamente en el final de la colonia, sería el primer momento
peruano de nuestra literatura. Otro escritor del siglo XIX, Abelardo
Gamarra el Tunante, tiene también un acento marcadamente peruano,
criollo y popular.

En cambio, el poeta José Santos Chocano, de fines del siglo XIX y


principios del XX, con su poesía grandilocuente y exuberante, sigue
perteneciendo al período colonial. Aunque se reclame el «cantor de
América, autóctono y salvaje», Mariátegui no le reconoce tales cualidades,
pues considera que lo indígena no tiene nada de exuberante o tropical.

Uno de los últimos reductos del colonialismo intelectual es la universidad,


de donde emerge la «generación futurista» liderada por José de la Riva
Agüero y Osma, a quien acusa de ser representante nato de la «casta
feudal» y de mantener la tradición colonial.

En tales circunstancias el Movimiento Colónida, encabezado por


Abraham Valdelomar, surge como una insurrección, como una actitud
antiacadémica reclamando sinceridad y naturalismo, esa sinceridad que no
se encuentra en los versos ególatras de José Santos Chocano pero que si
aparece en la poesía pura de José María Eguren.

Son también analizados por Mariátegui:


* Alberto Hidalgo, poeta arequipeño con emoción revolucionaria y que se
orientaba al vanguardismo, movimiento que Mariátegui supo valorar.
* Magda Portal, a quien llamó la primera poetisa del Perú.
* Alberto Guillén, poeta arequipeño a quien atribuye un espíritu
iconoclasta y ególatra.
* César Vallejo, de quien dice que es el poeta de una estirpe, de una raza,
creador absoluto, nostálgico pero no retrospectivo. «No añora el imperio
(inca) como el pasadismo perricholesco añora el virreinato. Su nostalgia es
una propuesta sentimental o una protesta metafísica. Nostalgia de exilio;
nostalgia de ausencia». Coincide con Antenor Orrego que su poemario Los
heraldos negros marca el inicio de una nueva época en la poesía peruana,
peruana en el sentido de indígena.
* Alcides Spelucín, poeta que con su poemario, El Libro de la Nave
Dorada, representa un modernismo tardío.

Y, finalmente, analiza las corrientes de su actualidad, en especial la


indigenista, que llena una función histórica en la sociología peruana en
evolución y cuyo más amplio sentido lo lleva a consubstanciarse con «la
reivindicación de lo autóctono», que, no obstante, no paraliza los otros
elementos vitales de la literatura peruana. Y es literatura "indigenista" y no
"indígena" —aclara Mariátegui— porque aún no puede dar una versión
verista del indio, sino que tiene «que idealizarlo y estilizarlo. Tampoco
puede darnos su propia ánima. Es todavía una literatura de mestizos ...»
Mariátegui confía en la suerte del mestizaje, el que debe ser analizado
como cuestión sociológica, no étnica.
APÉNDICES:

LOS SIETE ENSAYOS VISTOS POR JORGE BASADRE

Con los Siete ensayos, Mariátegui contribuyó a divulgar en el Perú en


sentido serio y metódico de los asuntos nacionales por encima de la
erudición, el culto del detalle y la retórica. Vinculó la historia con los
dramas del presente y las interrogantes del porvenir. Señaló problemas que
el pasado no había resuelto y que inciden sobre las generaciones actuales,
junto con otros en el tiempo de éstas suscitados. Precisó realidades
lacerantes y patéticas que muchos no vieron o no quisieron ver. Nunca
escribió algo que en el fondo o, a solas consigo mismo, creyera una
mentira. Estuvo exento del horror o el desdén al estudio que hay en el alma
de todo demagogo de izquierda o de derecha. Al intentar el diagnóstico del
propio país (que tantas cosas tiene de común con el de otros países de
América andina) reemplazó (en aquellos años) a otros que pudieron hacer
obra similar (desde el punto de vista de distintas ideologías) y que no lo
hicieron porque viajaron al extranjero o por dejarse llevar por la dispersión,
el eruditismo, la fácil literatura o los menudos afanes de la vida política,
burocrática o de vanidad social.

Tuvo muchos aciertos y a menudo suscita serias reflexiones; pero a veces


pecó por un sentido unilateral, o por exceso de esquematismo, o por per-
sonales afectos o antipatías (muy visibles, sobre todo, en el ensayo sobre la
literatura) o por el carácter tendencioso de su propaganda o, simplemente,
por deficiente información. El mismo se encargó de advertir en el prólogo
de su libro: “No soy un critico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren
de mis ideales, de mis sentimientos y de mis pasiones. Tengo una declarada
y enérgica ambición: la de concurrir a la creación del socialismo peruano.
Estoy lo más lejos posible de la técnica profesoral y del espíritu
universitario”. El lector nunca debe olvidar estas francas palabras.

Por lo demás, se necesita mucha preparación básica para estudiar, plantear


y resolver desde un sillón de inválido, en unos cinco años de trabajo, el
problema del indio, el problema de la tierra, el problema de la educación
pública, el factor religioso, el regionalismo y el centralismo y el proceso de
la literatura. Esto era, en realidad, mucho más difícil que comentar la
política europea contemporánea o las expresiones de la literatura y de las
artes que entonces aparecían, por la carencia o la escasez de estudios
especializados, y (en muchos casos) por la necesidad previa de trabajos
monográficos, estadísticos, encuestas y otros materiales.
Pero, a pesar de todo, con todas las rectificaciones que desde los campos
más diversos, se hagan a la obra de Mariátegui, aun suponiendo que ella
sea, en algunos aspectos, superada, siempre quedará en pie su ejemplo y su
significado. Nunca merecerá esta obra “el silencio destinado a los
escritorzuelos malévolos, ni el empellón agresivo a las nulidades con
aureola y sitial, ni los romos adjetivos laudatorios a los escritorzuelos
meramente simpáticos” sino el “análisis filoso y desbastado” destinado a
las obras que palpitan y viven a pesar del paso del tiempo (Siete Ensayos
ya va a cumplir ochenta años) que enfocan intereses permanentes, que
quieren el bien de los más. Nadie podrá arrebatarle a Mariátegui el titulo de
iniciador de los estudios socialistas en el Perú. Nadie tendrá derecho a dejar
de admirar su consagración a la cultura y a la justicia social en un ambiente
frío y envenenado; y, si al principio su vida fue bohemia y quizás impura,
esta disciplina final que el dolor físico no hizo sino acrecentar, es un
ejemplo de cómo la grandeza puede nacer no en el fácil ejercicio de un don
innato sino en la libre selección de una alma que se castiga.

Lo que más vale en Mariátegui no son, pues, sus recetas y sus fórmulas,
sino su personalidad integral. Hoy él deber de interpretar está lejos del
“cliché” y del adjetivo convencional que él tanto odiara. No debe olvidarse,
además, que murió a los treinta y cinco años.

(“Historia de la República del Perú”, Octava edición, Tomo 12, pag. 3067 3068).
Apuntes autobiográficos de J. C. Mariátegui

"Aunque soy un escritor muy poco autobiográfico, le


daré yo mismo algunos datos sumarios. Nací el 95. A
los 14 años entré de alcanza-rejones en periódico. hast
1919 trabajé en el diarismo, primero en "La Prensa",
luego en "El Tiempo", finalmente en "La Razón". En
este último diario patrocinarnos la reforma
universitaria. Desde 1918, nauseado de política criolla
me orienté resueltamente hacia el socialismo,
rompiendo con mis primeros tanteos de literato
inficionado de decadentismo y bizantinismo
finiseculares, en pleno apogeo. De fines de 1919 a
mediados de 1923 viajé por Europa. Residí más de dos
años en Italia. donde desposé una mujer y algunas
ideas. Anduve por Francia, Alemania, Austria y otros
países. Mi mujer y mi hijo me impidieron llegar a Rusia.
Desde Europa me concerté con algunos peruanos para
la acción socialista. Mis artículos de esa época
señalan estas estaciones de mi orientación socialista.
A mi vuelta al Perú, en 1923, en reportajes,
conferencias en la Federación de Estudiantes, en la
Universidad Popular, artículos, etc., expliqué la
situación europea e inicíe mi trabajo de investigación
de la realidad nacional, conforme al método marxista.
En 1924 estuve, como ya lo he contado, a punto de
perder la vida. Perdí una pierna y me quedé muy
delicado. Habría seguramente ya curado del todo con
una existencia reposada. Pero ni mi pobreza ni mi
inquietud espiritual me lo consienten. No he publicado
más libros que el que Ud. conoce. Tengo listos dos y en
proyecto otros dos. He aquí mi vida en pocas palabras.
No creo que valga la pena hacerla notoria; pero no
puedo rehusarle los datos que Ud. me pide. Me
olvidaba: soy un autodidacta. Me matriculé una vez en
letras en Lima, pero con el solo interés de seguir el
curso de latín de un agustino erudito. Y en Europa
frecuenté algunos cursos libremente, pero sin
decidirme nunca a perder mi carácter extra-
universitario y tal vez, si hasta anti-universitario. En
1925 la Federación de Estudiantes me propuso a la
Universidad como catedrático en la materia de mi
competencia; pero la mala voluntad del Rector y,
seguramente, mi estado de salud, frustraron esta
iniciativa."

De la carta de fecha 10 de enero de 1927, enviada por


José Carlos Mariátegui al escritor Enrique Espinoza
(Samuel Glusberg), director de la revista La Vida
Literaria, editada en Buenos Aires. Se publicó la carta
en su número del mes de mayo de 1930, en homenaje
al recién fallecido Mariátegui.