Vous êtes sur la page 1sur 61

EL FINAL DE LA

UTOPIA
Particular visión de nuestro mundo
al comienzo del nuevo milenio

***

JUAN MARTÍNEZ ORTEGA


A mi nieto Jaime y a mi nieta Maruxa
que por razón de lo mucho que me quieren, hacen de mi,
un hombre afortunado.

Tengo varios amigos con los que me reúno con gran frecuencia. Con unos me encuentro
en el café, las tardes de algún que otro Domingo. Con otros hacemos en Radio Cazorla un
programa de debáte que llamamos "La Ultima Copa", una vez por semana. Y con los demás,
suelo verme en la Corredera cuando con ellos coincido. Con todos he hablado siempre e infinidad
de veces, de todo lo habido y por haber. Y de esas conversaciones, han surgido después ideas y
opiniones que he considerado buenas y que en unión a lo mucho que me dicen mis continuas
lecturas han hecho posible, que yo escribiese este libro. Esos amigos son, Juan Extremera,
Antonio Castillo, Antonio Bayona, Ernesto Vela, Juan Ruiz, Juan Antonio Bueno, Victor
Fernández, Javier Extremera, José Marín-Medina, Patricio Almirón, Diego del Arco,
Fernando Acosta y Manolo Áger. A todos ellos vaya mi afecto y mi agradecimiento, que "
conmigo van y mi corazón los lleva".
"Lo que nos pasa, es que no sabemos lo que nos pasa"
José Ortega y Gasset.

PROLOGO

E studiar y reflexionar sobre Filosofía, es algo desconcertante, porque te das cuenta en no


mucho tiempo, de que a la Verdad no se llega nunca. Siempre está lejos. Siempre está más
allá. Y nunca es posible llegar a la posesión de la misma. Se diría que no es más que un
espejismo, tras del que andamos toda la vida. En igual modo la Filosofía no sirve de mucho. Sus
resultados prácticos son casi nulos. En nuestra Universidad, las Facultades de Filosofía son las
que menos alumnos tienen y donde menos plazas se ocupan cada nuevo curso. Y en todas las
editoriales españolas, las ediciones que se hacen de libros de ensayo, son casi un fracaso, aun
cuando las tiradas que se hacen de estos libros son de pocos ejemplares.

Pero el estudio de la Filosofía es realmente apasionante. Porque vamos de sorpresa en


sorpresa de modo continuo. Porque la búsqueda de la verdad nos obsesiona día a día. Y porque se
acaba en un permanente estado de rebelión contra infinidad de cosas de cuya vaciedad nos vamos
convenciendo poco a poco.

Todo ello, hace que pueda llegar a ser de nuestro gusto el conocimiento de la Filosofía.
Aunque creo, que en definitiva por lo que más puede complacernos su estudio, sea por la belleza
que hay en ella, por aquello que dijera Unamuno de que "la belleza de las cosas, está en la inutilidad
de las mismas".

Yo de su estudio he pasado como por inercia, a otra cosa, tal vez más inútil que la propia
Filosofía, que es a escribir libros, sobre materias relativas a la misma. Son cinco los que llevo ya
escritos. Y honradamente hablando, se lo mucho que los mismos tienen de "manifiestamente
mejorable", sin necesidad de que nadie me lo diga. Pero yo sigo escribiendo y no escarmiento. No
diré aquí como en otras ocasiones, que tengo pocos lectores. Eso, ya lo sabe todo el mundo.
Referiré lo que cuenta Juan Goytisolo, cuando dice que "un libro no es bueno, si no se lee dos
veces". Si eso es así, ¿cómo serán los míos, si la mayoría de mis lectores no pasan del Prólogo?
Pero es cierto el refrán que dice que "el que no se consuela, es porque no quiere". Hace poco tuve
noticia de que una persona ha leído dos veces, uno de mis libros. Tal vez dicho libro, sea realmente
bueno. Y a lo mejor a estas alturas, tenemos todavía que creer en los milagros.

Sería de desear, que este último libro mio, que quiere ser una particular visión de nuestro
mundo, al comienzo del nuevo Milenio, hiciese el milagro de entretener y gustar, a todos los que lo
lean, y a todos los que lo estudien.
LA VIEJA MODERNIDAD

S on muchos los que se han dado cuenta de ello. Pero es posible que sean muchísimos más, los
que no se han enterado ni han comprendido todavía, que estamos viviendo un periodo de la
Historia en que la naturaleza de los cambios que se están operando en nuestra sociedad, y en
los valores y utopías de la misma, son cambios mucho más intensos si cabe, que aquellos que
tuvieron lugar en otros periodos de la Historia del hombre, y que dieron lugar a transformaciones
de tanta envergadura como la Revolución Francesa, el Renacimiento o la aparición del
Cristianismo en el ámbito del Mundo Antiguo. Son cambios muy numerosos y de gran variedad,
que con ser tantos y tan diversos, tienen todos ellos posiblemente un denominador común que es
la crisis de la razón o crisis de lo racional. No porque la razón se haya arrumbado en nuestros días y
se haya enviado al cajón de los trastos viejos, sino porque la razón en cierto modo ha dejado de ser
un valor de ámbito universal como hasta ahora fuera. Hoy el razonamiento de cada individuo no
tiene porqué adaptarse como antes a una razón universal de todos aceptada, para que ese
razonamiento se considere como válido. El razonamiento de cada uno de nosotros tiene suficiente
con que sea el nuestro y no necesita que se adapte a un criterio universal de todos aceptado, para
que el mismo se pueda considerar como valedero. Hoy por ejemplo no es preciso que nadie crea
que la Patria es algo por la que incluso hay que dar la vida, como antes se entendía esta idea por
todo el mundo. Hoy día puede pensarse todo lo contrario y nadie puede decir que nuestro
razonamiento sea falso. Yo diría, y tal vez no me equivoque, que la característica de todo lo que es
hoy cambiante y mudable, está en el hecho de que cada cual tiene su propia visión de las cosas, sin
que se trate como antes se hacía, de adaptar nuestro criterio, a un criterio racional, aceptado de
antemano por todos los hombres, como criterio universal. Se diría que hoy, no hay verdades y sólo
hay opiniones. Y hay cambios en las ideas religiosas y en las ideas sociales y en las ideas políticas y
en las artísticas y en las económicas, y en todas las ideas del Mundo Occidental. Y son cambios
como los que siempre hubiera, pero con la particularidad, en todos esos cambios y en todas esas
ideas, de que no se ajustan a un criterio racional común, por la sencilla razón de que cada persona
tiene su propia verdad, que es la propia de su modo de razonar. Dicho de otra manera, hoy no hay
verdades universales, sólo hay verdades individuales. O lo que es lo mismo, hoy no hay
razonamientos que sean universales, sólo hay razonamientos que son individuales. No hay una
unidad de razón, hay una pluralidad de razón. Y este modo de ser, al actuar sobre los aconteceres
de nuestra sociedad determina en la misma, fenómenos y situaciones que antes no se dieron ( o se
dieron poco) y son de ese modo de gran diversidad con todo lo que les precedió.

En la Historia de la Humanidad, fue un acontecimiento capital que en Grecia triunfase,


pese a las dificultades que hubo para ello, la filosofía socrática. Ni Heráclito ni los demás
presocráticos que le precedieron, daban al "logos o razonamiento", la importancia que le dieron
los socráticos. Heráclito y toda su escuela, relativizaban la razón, que es lo que hoy hemos venido
ha hacer veinticinco siglos después. Aristóteles y Platón la hicieron por contrario eje y motor de
toda conducta y de todo comportamiento. Los presocráticos no lograron imponer su criterio que
postergaba el logos como norma de conducta y como norma universal que hubiera de regir el
mundo metafísico, al igual que las leyes materiales, rigen el mundo natural. De igual modo los
sofistas que se burlaban de la razón, no consiguieron hacer del Mundo Griego, un mundo donde lo
racional, tuviese un peso sólo relativo. Se impuso así el racionalismo de los socráticos y se sentaron
las bases de la civilización occidental con una valoración absoluta de todo lo racional. Y de eso
modo la razón como norma universal, ha sido una constante de Occidente. y con la razón y como
efecto de ella, pasó también, el espíritu crítico a ser otra constante occidental.
Pero tanto la razón como el espíritu crítico, habían de pasar por un largo periodo de
tiempo que va desde los lejanos días de Grecia hasta los días del Renacimiento, en que ambos
valores estarían sometidos a la presión y al influjo, de otra idea que fue esencial en al vida de los
pueblos, durante ese mismo periodo de tiempo. Me refiero a la idea del poder político como poder
absoluto, emanado de los dioses en tiempos del Imperio de Roma y emanado de Dios en todos los
largos años de la Edad Media, hasta los días de la Ilustración. Este largo periodo de siglos y siglos
regido por un poder político de carácter divinizado, no ahogó la razón como norma, ni al espíritu
crítico como resultante y revulsivo de la razón, pero si actuó enormemente como factor de
aletargamiento y paralización de ambas ideas. El resultado de ello, fue según mi punto de vista, una
ausencia total de libertad en todos los hombres y mujeres que vivieron ese largo y oscuro periodo
de tiempo. A lo largo de toda la Edad Media no existió la libertad. No existía libertad en los
hombres que acompañaban a Luis II de Francia en su cruzada hacia el Santo Sepulcro, cuando a su
paso por Constantinopla, recorrían fascinados las calles de la ciudad. No existía libertad en los
hombres que construyeron la magia de las catedrales de Europa y pasaban su oficio de padres a
hijos, trabajando de generación en generación en la construcción de las mismas. Y no había
libertad en los hombres que se encerraban en los monasterios y se pasaban la vida haciendo copias
de libros famosos como el Apocalipsis del Beato de Liébana o el Libro de Horas del Duque de
Berry. La libertad era un lujo en aquellos lejanos días. Por eso de nada sirvió entonces ni la razón ni
el espíritu crítico para poner coto a los cientos de supersticiones, brujerías, leyendas, magias,
milagros, curanderos, adivinos, flagelantes, reliquias y toda una masa de tradiciones y de usos que
completamente al margen de lo racional, informaban la vida de los pueblos, y proliferaban como
los hongos en estercolero. La razón y la crítica, amordazados por el poder político y por el poder
eclesial, no tuvieron fuerza para luchar contra nada de esto. Este largo periodo que precedió al
Renacimiento es lo que se ha llamado con el nombre de Premodernidad. Y Premodernidad es el
modo de ser y pensar de unas gentes que no tenían auténticamente libertad porque el poder
político y el poder eclesial de entonces ahogaban la misma.

Pero a partir del siglo XIII, empezó a despertar una incipiente valoración del análisis
crítico y de la razón. Fue cuando aparecieron las primeras Universidades europeas. Fue cuando los
franciscanos y dominicos empezaron a instalar sus conventos y centros de estudio, dentro de los
pueblos y ciudades y no diseminados por los campos como antes estuvieron. Y fue en fín cuando
se generalizaron las peregrinaciones que rompían de alguna manera el aislamiento de los hombres,
siempre residentes en el mismo lugar.

Todo esto era ya el comienzo del fin de la Premodernidad y el comienzo del


Renacimiento. Con el Renacimiento acaba la Premodernidad y empieza a abrirse paso, poco a poco
una mayor libertad y con ella el avance de lo racional y de la crítica contra tradiciones, costumbres,
dogmas, supersticiones, brujerías, milagros, reliquias e ignorancias de toda una sociedad en que la
razón no se usaba para mucho. Erasmo decía, que con las astillas de la Santa Cruz de Jesucristo que
había diseminadas por las iglesias de Europa, se podían cargar más de tres barcos. Y en Francia se
contabilizaban en distintas iglesias y catedrales del reino, hasta nueve cabezas de San Juan Bautista.
Es a comienzos del Renacimiento cuando Lutero cuestiona en gran manera el poder de la Iglesia
que impedía de modo incluso dramático, la libertad de creencias. Después será Descartes quien
cuestione el valor de la Ciencia, si la misma no se apoya en lo racional, que muchos puntos de
irracional tenía la Ciencia de entonces. Y es Montesquieu, ya en el siglo XVIII quién cuestiona el
poder de los Reyes que impedían no poco, la libertad política de los hombres. Fue un gran cambio
el que se operó en Occidente cuando se recuperó la filosofía racionalista del pensamiento griego,
por tantos años olvidada y casi en desuso. El racionalismo es ya un valor que todo el mundo acepta.
Y de la mano de ese racionalismo viene el desarrollo de la Ciencia y de la investigación científica, y
viene por demás el desarrollo de la democracia y de las instituciones parlamentarias. Todo esto
acabaría en lo que hoy llamamos Ilustración. Se empieza a vivir un modelo de sociedad, y un modo
de entender la sociedad y un paradigma social, en que sus ejes y soportes son la razón, el análisis
crítico y la libertad. Es Karl Popper, quién explica que la libertad no es posible, si antes no existe
como norma de vida, la racionalidad y el espíritu crítico. Esta mentalidad racionalista que dura mas
o menos, hasta finales de nuestro siglo, es la Ilustración o lo que se ha llamado también la
Modernidad. Un movimiento que pareció ser durante bastante tiempo, una respuesta acertada y
correcta a la andadura del hombre en la Historia.

Pero ya a principios de nuestro siglo, empezó a pensarse, que la Ilustración posiblemente


no sirviera de mucho, para realizar a los hombres. Hubo muchos filósofos y pensadores europeos,
que eran de esta opinión. Y de entre ellos, tal vez fuera Federico Niestzche, quién mas sostuvo esta
tesis. En su teoría del Optimismo Socrático, afirma Niestzche, que nos engañamos si creemos que
por medio de la razón, vamos a superar nuestra propias limitaciones, que sólo se superaran en la
medida en que nosotros seamos fuertes, y nos hagamos de mas poder que el que tengan los demás,
para de esa manera conseguir el dominio de los mismos. Hegel dirá que sólo el Estado, cuando es
fuerte, podrá librar a los que se amparan en él, de sus limitaciones y carencias. E incluso la filosofía
existencial, hacia mediados de siglo, no hacía de la razón, el centro de su discurso. Y lo grande del
caso es que Europa oyó a Niestzche y oyó a Hegel y prestó atención a todos los pensadores que les
siguieron y continuaron, y poco a poco a través de nuestro siglo, se fue formando con mas o menos
presencia, una corriente intelectual, en que se desconfiaba de la razón, y se iba abriendo paso la
idea de que el viejo mundo de la Ilustración, impregnado de racionalismo, no funcionaba. Los
grandes profetas se quedaron sin voz. Y un asombroso desarrollo de los medios de comunicación
nos puso en contacto con el ancho mundo de amargura y frustración de la vida del hombre en
nuestro tiempo, no menor pese a la Modernidad, que la frustración y amargura de la vida del
hombre antes de la misma. La Ilustración no era el camino. La Modernidad no era el camino.
Habría que darle a la vida un rumbo distinto. Sin romper nada, sin destruir nada, sin acudir de
nuevo a la revolución para romper viejos ídolos, había que dar a la vida un rumbo nuevo. Y así, sin
saber bien en que consistía y donde estaba el rumbo, los hombres de Occidente, casi sin darse
cuenta, han empezado un nuevo camino, que es el camino de la Posmodernidad.
LA POSMODERNIDAD Y SUS CARACTERES

T ras la crisis de la Modernidad, hemos pasado poco a poco a lo largo de nuestro siglo, a lo
que se ha venido a llamar con el nombre de Posmodernidad. Estamos ahora en eso. Pero es
la verdad, que en eso estamos ahora, nada más que empezando. Ese paradigma, esa
mentalidad, ese marco donde hoy se encierra todo nuestro modo de entender y concebir nuestro
propio yo, y el mundo que nos rodea, no está aun definido ni tiene muchos rasgos o características
que lo configuren. La Modernidad desde los días de la imprenta y de la Reforma de Lutero, hasta
estos días finales de nuestro siglo, tuvo siempre signos o características que eran exponentes de lo
que era, y de aquello en que la misma consistía. Esos signos y características de la Modernidad han
durado hasta hoy y no son otra cosa, como ya hemos dicho antes, que la valoración que en todo ese
tiempo se hacía de la razón, del análisis crítico y de la libertad. Todos esos signos de la Modernidad
no eran sus únicas señales pero si son lo mas saliente de ella, y son rasgos de ese paradigma de
modernidad en los que durante muchos años se tuvo una gran fe y confianza a la vez que fueron las
bases en que se apoyaban las utopías universales de las gentes de entonces. Los obreros, que
apoyaban a Lenin en la Revolución de 1917, creían que si se unían y luchaban unidos podrían
destruir la falta de libertad que los ahogaba. Los pintores y artistas que iniciaron el movimiento
subrealista o el movimiento cubista, como Braque o Picasso, creían que era posible si luchaban por
su libertad de expresión, destruir las reglas fijas de la vieja pintura figurativa. Y los vecinos de
Londres o de Coventry, que aguantaban los bombardeos de los alemanes sobre Inglaterra en los
amargos días del verano del 40, tenían todos moral de combate contra los nazis, porque los nazis
eran la negación de la libertad.
Había fe en los valores universales de la Ilustración. Había un sentimiento universal de
esperanza y de respeto por la libertad, y por la racionalidad de la misma, que sustentaba la lucha y la
rebelión contra todo lo que atentase a esas dos valoraciones. Todos creían en la libertad y en los
logros de la libertad, como creían en la Ciencia y en los logros de la Ciencia, por causa de la
racionalidad de la misma. Los criterios sobre las grandes ideas eran universales. Todo el mundo los
hacía suyos. Y hoy, en los días finales de nuestro siglo, todo sigue por cierto siendo igual y sigue
siendo lo mismo; pero hay ya muchas reservas y muchas matizaciones en la aceptación de manera
unánime de las grandes ideas y valoraciones de antes. Hay la sensación de que no se ha cambiado
nada y de que la vida, en lineas generales, sigue lo mismo. Pero nada sigue siendo realmente igual.

Hemos fracasado muchas veces. Nos estafaron en muchas ocasiones y fuimos


desencantados con bastante frecuencia de aquello que tuviese connotaciones idealistas o
connotaciones que fuesen más allá de lo íntimo, de lo particular o de lo propio. Han pasado
muchas cosas en nuestro siglo. Estamos mejor informados que nunca de lo que pasa en nuestro
mundo y en nuestro tiempo. Hemos visto lo absurdo de la Guerra en que caían los hombres por
cientos de miles por causas que se vieron después con toda claridad que eran inútiles y falsas.
Hemos visto pueblos con miles de seres humanos pasando hambre y desnutrición y envueltos en
miseria y en basura, tenemos noticias de multinacionales y mafias, que actúan impunemente
contra todo lo que se les ponga por delante, y hemos visto acciones terroristas en televisión en que
sacaban de los hierros calcinados de los coches, niños destrozados y mujeres con las piernas
amputadas. Han pasado muchas cosas excesivamente dolorosas, para que sean plenamente
válidos y suficientes los viejos postulados y valores de la Modernidad.

Indudablemente los viejos valores heredados del Mundo Griego, y reafirmados por los
hombres desde el Renacimiento hasta hoy, no van a ser postergados, ni se van a rechazar, ni van a
ser condenados. Son valores que sirven todavía y que son el nervio y basamento de la cultura de
Occidente. Nadie piensa por supuesto, que se hayan de cerrar los laboratorios, ni que se haya de
abandonar la investigación científica. Ni se piensa por nadie, que se haya de cerrar el Parlamento y
dar de nuevo el Poder a dictadores o a Monarcas absolutos. En ningún momento se ha planteado
que fuese necesario dejar el análisis crítico y sumirnos en la dejadez no reflexiva de los pueblos del
Islam o de los pueblos de Oriente. Es imposible dejar o abandonar todos los esquemas de vida,
que la Ilustración nos dio.
Pero también es verdad y es cierto que son muchos los hombres que piensan hoy que
con sólo esos valores de la Ilustración no hay suficiente. Ya nadie cree que la Ciencia o la Técnica
nos vayan a sacar ampliamente de nuestra angustia y desazón como por todos se pensaba a ojos
cerrados, hace más de cien años. Ni nadie cree ahora que su libertad sea bastante y suficiente
porque se ampare en una democracia parlamentaria, que inevitablemente siempre estará viciada
por la corrupción de los políticos y la prepotencia de los que gobiernan. Cuando se lucha contra la
opresión de los poderes políticos o de los poderes económicos o de cualquier otra clase de poder,
hay casi la certeza de que nunca nos veremos libres de dicha opresión. Son muy numerosas las
veces que hemos visto que aquellos que nos liberaron acabaron tiempo después, siendo los que de
nuevo nos oprimieron.

Los viejos valores de la Modernidad están ahí. Nadie los va a suprimir. Pero esos valores
ya no nos entusiasman cuando los seguimos, ni nos emocionan cuando por ellos se lucha. Hoy se
empieza a pensar seriamente que las ideas universales y los valores universales de la Modernidad
tienen mucho de falsedad y de engaño, y a su vez se empieza a creer mucho más en la eficacia de las
valoraciones personales que no se apoyan en criterios ajenos y sólo se apoyan en nuestro propio y
particular criterio, a la vez que se desconfía de las ideologías de antes, que el paso del tiempo, ha
desgastado y deteriorado en gran manera. Los valores que se apoyan en nuestro solo y exclusivo
criterio, y sólo esos, es posible que sean el único medio en que ahora se pueda creer, para encontrar
nuestra difícil y siempre conflictiva realización. Pasa aquí algo parecido a lo que le sucedió al
protagonista de la obra de Sartre "Con las Manos Sucias" que dedicó toda su vida y todo su
esfuerzo a la causa marxista y cuando vio que sus jefes le retiraban su confianza y le perseguían y
trataban incluso de acabar con él porque ya no convenía a sus objetivos, como antes conviniera,
abandonó la ideología marxista, por la que antes estaba dispuesto a dar la vida si ello era preciso, y
acabó por hacer sólo de si mismo, y del bien de si mismo, la única razón de ser de su existencia.

Todo esto que aquí expongo es igual o parecido a decir, que las grandes utopías han
muerto, que las viejas utopías del pasado han desaparecido y bien poco queda de ellas. Es corriente
hablar hoy del fin de la utopías. Desde que por primera vez se habló de utopía y se usó esta palabra
mágica, han corrido ríos de tinta alrededor de este vocablo. Fue Tomás Moro en el siglo XVI el
primero que habló de esto, en su libro "Sobre la República de la Isla de Utopía". En la Isla de
Utopía el hombre vivía feliz y plenamente realizado. Allí se vivía en estado de Naturaleza. No
había propiedad privada, todo era comunal. No existía el matrimonio como institución, sólo
existían uniones temporales de la pareja. No había una religión única y verdadera, cada cual tenía
su propia religión. Y era tanta la libertad que allí se gozaba, que los hombres vivían como un sueño.
Desde entonces se ha venido pensando que las utopías son como un sueño colectivo de los
hombres o de un numeroso grupo de ellos, que aspiran a un mundo mejor, y que luchan
soñadoramente por un mundo mejor, donde puedan ser libres y realizarse plenamente. Las
utopías de la Modernidad tenían por base ese sentimiento colectivo en la libertad que llevó a
pueblos enteros a querer llevar a la práctica las teorías de los filósofos y pensadores franceses del
siglo XVIII, derribando Monarquías milenarias en nombre de la libertad o a entusiasmarse por la
Ciencia, que terminaría por desentrañar racionalmente todos los misterios existenciales o a
componer himnos enardecidos a la libertad como hiciera Schiller al poner letra a la Novena
Sinfonía de Beethoven. Las utopías de la Modernidad, eran aquellos movimientos del
Romanticismo, seguidos unánimemente por poetas y escritores del siglo pasado en que ya se podía
dar rienda suelta con libertaria plenitud, a la desesperación o al adulterio o al suicidio con la
naturalidad con que se vivieron estas cosas por Lord Byron o por Salomon Kesner. Y eran en fin
aquellas doctrinas de los anarquistas de principios de siglo, enfervorizados de sus ideas y como
enloquecidos por ellas, que creían poder llegar a un Mundo sin fronteras y sin gobiernos, con solo
ponerse delante de una comitiva real y con una pistola en la mano acabar con el Rey y morir en el
empeño, como pasó con Humberto de Italia o con el Rey Carlos de Braganza en Portugal. Todas
fueron utopías en cuya base y sustentación aparecía siempre el carácter racionalista y libertario de
las mismas.
Pero hoy esas utopías, ya no se dan ni existen. Existen las utopías individuales, si es que a
eso se le pueden llamar utopías, las utopías de cada uno, que aspira él solo a realizarse en solitario y
según solamente su propio criterio. Pocos son ya, los que creen en los paraísos colectivos, o en la
solidaridad universal, o en la igualdad y fraternidad de los hombres. Todos esos sueños de antes
puede que fueran absurdos pero tenían indudablemente una innegable belleza. Los sueños de
ahora, puede que tengan más lógica, pero ni son utopías, ni hay en ellos la menor belleza. Había
belleza en el sueño de los Cruzados de recuperar para la Cristiandad el sepulcro de Cristo. No hay
belleza en el sueño de los ejecutivos americanos o japoneses de hacerse de un Van Gogh o de un
Matisse o de construirse un chalet de ensueño en Malibú. Y no hay belleza en ello, porque la utopía
para ser utopía, necesita que los sueños, que son como el centro y el eje de las mismas, no se
refieran exclusiva y únicamente al que es titular de ellas.

Signo de Posmodernidad, es por consiguiente, la muerte de las grandes utopías


universales, la muerte de las utopías colectivas, seguidas por miles y miles de hombres y mujeres,
como objetivo de su vida, y con plena conciencia en todos ellos, de que su objetivo era correcto y
acertado.

Ahora bien, hay en el momento actual otro fenómeno humano que se da con harta
frecuencia y que hay que considerar también como signo o señal de Posmodernidad. Me refiero a
la desconfianza en la razón como camino para encontrar la verdad. Ya dijo Kierkegaard que no
había que confiar mucho en nuestro razonamiento como medio de aprehender la esencia de las
cosas, que eso era un error. Y día a día, parece ser que se va llegando de modo gradual, a la
conclusión de que la razón no es ni con mucho, un medio universal para encontrar respuesta a los
problemas del hombre. La razón es un factor en la conducta del ser humano, que nos lleva a una
solución de problemas, o al descubrimiento de lo verdadero o de lo falso, pero siempre
influenciada o incluso determinada por las circunstancias que nos rodean, o por la perspectiva
desde la que vemos las cosas o por la validez o no validez de los datos que suministremos a la
misma para que nos de su respuesta. Y así, nuestra razón no es de fiar, al ser tan dependiente de
factores tan diversos y tan ajenos a ella. Heidegger, cuando dijo que "puede llegar el día, en que
comprendamos que lo racional, puede precisamente ser aquello que siempre tuvimos y consideramos como ilógico",
no hizo más que ser como el iniciador de este movimiento de desconfianza en la razón, que ahora
parece ser que tiene su comienzo.

Desde luego, no conviene dejar de reseñar aquí, al hablar de todo esto que cuando un
movimiento histórico sucede a otro, no aparecen de momento las características o señas de
identidad del mismo. Estas aparecen poco a poco y mucho después. Y cuando las mismas surgen y
son vividas por toda la comunidad por un período de tiempo, más o menos largo, es cuando se
puede ver realmente en que consiste ese movimiento histórico.

Hoy la Modernidad o Ilustración como por muchos es llamada, parece que se va. Es
posible que acertemos al hacer esta afirmación, aunque hayamos de afirmar también de la misma,
que su huella será muy profunda. Estamos empezando a vivir un movimiento histórico nuevo, que
ya se designa por muchos con el nombre de Posmodernidad. No podemos afirmar si esta
denominación persistirá o será cambiada, como no podemos afirmar tampoco a donde nos llevará
este movimiento, que consecuencias tendrá y en que consistirá real y definitivamente. Por ahora
puede que acertemos si decimos que características del mismo como paradigma o mentalidad de
los días finales de nuestro siglo, son la desconfianza ampliamente generalizada de la razón, como
medio de llegar al fondo de todo problema (aunque de la razón no se prescinda) y la búsqueda por
uno mismo y solo por uno mismo, apoyados sólo en nuestro propio criterio, de soluciones a
nuestra propia realización. Como ya he dicho en otra ocasión, es Gianni Vattimo quien dice que
"hoy nadie quiere estar ligado a una ideología determinada. Todos quieren analizar por si mismos las cosas, fiandose
sólo de su propia razón y sin corsés ideológicos que les opriman. Se quiere vivir aceptando la inseguridad que produce
la muerte de las grandes ideologías, sin anhelar el retorno de ellas".

Es posible que la Posmodernidad, no sea más que eso.


LA AUTORIDAD Y LA LIBERTAD

S i hubiera de definir la Historia, es posible que se pudiera interpretar y entender como una
continua sucesión de combates entre ideas contrapuestas. Ideas que eran siempre expresión
de modos y formas de entender la vida. La Historia en todo tiempo ha sido siempre un
combate entre el Cristianismo y el Islam, o entre los señores feudales y las monarquías absolutas o
entre herejes y no herejes o entre el pueblo y los dictadores o entre el capitalismo y el marxismo o
como ocurre ahora, entre la Modernidad y la Posmodernidad. Y si de las muchas ideas que han
combatido entre si a lo largo de la Historia hubiéramos de elegir dos, que fueran aquellas que con
más intensidad o con más frecuencia han vivido en continuo enfrentamiento, no nos
equivocaríamos si dijésemos que la autoridad y la libertad son las ideas que más veces y con más
persistencia han tenido enfrentamiento entre ellas a todo lo largo del tiempo y del espacio. La
autoridad y la libertad son dos valores con continuo protagonismo en el acontecer histórico de
todas las épocas. La autoridad y la libertad son un dualismo existencial, son un antagonismo
necesario, son como la noche y el día, o como el cuerpo y el alma, o como la razón y la fe. Son dos
ideas ( o dos valores), en que siempre una de ellas ha pretendido dominar a la otra haciendo de ello
su objetivo esencial. La autoridad tenía plena vigencia cuando la libertad desaparecía o se retiraba
del palenque, y entonces cuando esto ocurría, se hablaba de países y períodos autoritarios. Y
cuando ocurría al revés, se hablaba de países en libertad y de períodos de libertad. Son dos valores
que yo llamaría alternativos, porque siempre indistintamente, hemos estado bajo el predominio de
uno o de otro. También los llamaría valores permanentes porque se dan en todo tiempo y en todo
lugar. Nunca cabe su no existencia. Y precisamente por eso, diría también que pueden
considerarse como valores de carácter necesario, porque toda sociedad necesita de la concurrencia
en la misma de los dos. Ninguna sociedad puede organizarse si la autoridad y la libertad no
coexisten en ella con un equilibrio mayor o menor.

Al hablar de autoridad conviene señalar que en la misma es esencial que el que tiene la
autoridad se convierta a si mismo en sujeto de todos los demás, haciendo de todos los demás un
objeto suyo, para lo cual el camino más práctico no es otro que lograr un aumento constante de
Poder, en quien posee la autoridad.

Entendida la autoridad como algo en que se dan estas características, no es la misma ni


buena ni mala, ni útil ni inútil, ni necesaria ni no necesaria. Ella en si misma, no es más que un
medio como tantas cosas más, en que su bondad, su necesidad y su utilidad, estarán sólo y
exclusivamente en que quiénes ejercen la autoridad, busquen realmente el bien de los hombres, y
en que el ejercicio del poder para llevar a la práctica objetivos elegidos, no sea nunca violento ni
falto de claridad. Y como encerrar la autoridad dentro de estos límites es soñar, y ya no estamos
para sueños, quiere ello decir que aquellos que vean todavía en la autoridad el modo de llegar a
alguna parte, son hombres en que la utopía habita en ellos. Utopía es creer que la autoridad busca
siempre realmente el bien de los hombres y no usa nunca en su actuación, ni la violencia ni la falta
de claridad. Y hoy las utopías no tienen prestigio, ni hay por demás, mucha gente que las siga. No
digamos cuando la autoridad es plena y sin limitaciones de ningún estilo, como en los tiempos de la
premodernidad y aun mucho después. Entonces la misma, es algo que ya no tiene ni sentido. Por
eso no se podría comprender ahora, como en el siglo XIV el Rey Pedro IV de Aragón fundiera la
campana con que un grupo de Nobles conjurados contra él se daban cita para sus reuniones y los
quitase de en medio haciéndoles beber el bronce fundido y derretido, ni se comprende que en el
siglo XVI quemasen en Ginebra a Miguel Servet porque la autoridad no estaba de acuerdo con sus
ideas sobre la Trinidad, ni se comprende que el Papa Paulo IV Garaffa publicase en 1555, un índice
de Libros Prohibidos en donde venían reseñados los libros que no podían leerse jamás, y
cuatrocientos años después (y esto se comprende menos) cuando yo era joven, ni mis amigos ni yo,
leíamos dichos libros porque para nosotros era pecado leerlos.

Es muy difícil que la autoridad mantenga sus límites. Y por eso, la misma, será siempre un
mal necesario y un mal menor, al ser el único modo de evitar un mal mayor que la existencia de ella
misma, que es la inexistencia de autoridad. Es muy posible que el modo de que la autoridad se
acerque más al mantenimiento de sus propios límites, sea seguir la norma que para ello nos diera
Leonardo Sciasccia, consistente en criticar continua y constantemente (siempre que ello sea
factible) la labor de la autoridad, sin perdonar ocasión, y haciéndolo hasta en los íntimos detalles.
Según Sciasccia, este sistema restringe o evita el crecimiento del área donde se desarrolla la
autoridad y aumenta el área del circulo donde se desarrolla la libertad nuestra.

Pudiendo limitarla o sin poder limitarla, han sido muchos los años de autoridad. Y ahora
en los tiempos actuales, hay la idea bien generalizada, de que le toca su turno a la libertad, pese a las
vicisitudes de la misma y aún cuando la autoridad no vaya a desaparecer de la faz de la Tierra. Y la
libertad con que ahora nos encontramos, tras los días que siguen a la Modernidad, es una libertad
cuyo objetivo central parece ser que consista en que el ser humano no tenga ni admita otro criterio
que le sirva de norma de conducta que su propio criterio. Es cierto que así no es como hay que
entender la libertad. Ni la autoridad ni la libertad pueden existir sin limitaciones, ni pueden
encerrarse una u otra en un criterio individual. Si la autoridad se encierra en un criterio individual,
eso es dictadura, y en igual modo si la libertad se encierra en criterios individuales eso no es más
que individual egoísmo. Pero no es menos cierto que es así como la libertad viene a ser entendida
por la inmensa mayoría de la gente de ahora. Esto explica que hoy sea objetivo primordial de la
libertad no entender la vida ni la sociedad como algo donde la autoridad sea de modo único y
exclusivo sujeto de los demás y los demás objeto de la autoridad. Ahora no hay sujetos ni objetos.
Ahora cada cual es sujeto de si mismo y no es objeto de nadie. Se quiere vivir sin limitaciones. Las
limitaciones sólo sirven para destruir la libertad. Y cuando somos objetos de alguien, (aunque sea
de la autoridad), quien se hace sujeto nuestro, nos limita. Por eso hoy sería imposible entender
tiempos de antes, en que vivir era una continua presencia de limitaciones. Hoy no se entendería que
la Emperatriz Isabel de Braganza muriese de parto en Toledo en manos de inexpertas comadres,
porque los médicos de la Corte no podían entrar en su habitación porque eran hombres, ni se
entendería que cuando George Sand se vistió con ropa y pantalones de hombre y acompañada de
Chopin visitaron la Cartuja de Valldemosa en Mallorca en 1838, aquello fuera un escándalo, no
sólo para los buenos vecinos del pueblo, sino para media Europa. Entonces había un exceso de
limitaciones a la libertad. Hoy se quiere vivir sin limitaciones, y tal vez por eso y como reacción en
contra, se quiera poner ahora limitaciones muy fuertes a la autoridad mientras la libertad queda sin
apenas límites. Habrá quien piense que esto no es correcto, pero no debe olvidarse que esta es
ahora la música que tocan y al son que hay que bailar, sin que eso quiera decir que no haya que hacer
lo posible porque en esta cuestión, lleguen las cosas a un equilibrio y a una equidistancia de los
extremos que las haga mejores.

La lucha por el equilibrio y la equidistancia de los extremos, y el movimiento de acción y


reacción a que están sometidos todos los aconteceres históricos, espero yo que acaben alguna vez,
por hacer en alguna medida, de ese necesario dualismo de la autoridad y libertad un equilibrio de
límites en que no ocurra como hasta en tiempos recientes, que la autoridad primaba de manera casi
absoluta sobre la libertad, o como en tiempos actuales, en que la libertad prima a su vez casi de
manera absoluta sobre la autoridad.
Todo esto viene de un largo proceso que se consolidó de manera casi total en la Edad
Media. Fue en los años que hemos designado con el nombre de Premodernidad. Había en aquellos
años muchos factores que potenciaban la autoridad sin dificultad ninguna. Fueron años de una
incultura y de una ignorancia casi total. Sólo algunos monjes sabían leer y escribir. Tengo noticia de
que Carlomagno, Emperador del Sacro Romano Imperio, consiguió llegar a saber leer hacia el final
de su vida y ello con gran dificultad. Y tenía prohibido seriamente a sus hijas que aprendiesen a leer.
Por otra parte el hambre y los desastres del hambre, eran cosa siempre habitual, masiva y sin visos
de desaparición. Es curioso que cuando en el siglo XII los campesinos de Burgos tenían un año de
buena cosecha de trigo, le servía si acaso para tener reservas para el año siguiente, por si el mismo
fallaba, pero no podían vender nada a sus vecinos de Valladolid o Palencia, por falta total de
transportes, cuando estos en ese año habían tenido una cosecha totalmente ruinosa. Por otra parte,
el desamparo de los pecheros y de los siervos en situaciones de invasiones de musulmanes o
normandos y en casos de epidemias o catástrofes, los hacía acudir a su señor y reforzar su autoridad
a cambio de que el mismo les ayudara con su fuerza.

Por estas razones, los años de la Premodernidad e incluso hasta mucho después del
Renacimiento, fueron de ese modo, años de autoridad y de autoridad sin limitaciones. La incultura y
la pobreza son siempre los dos factores que más propician en cualquier sociedad que la autoridad se
refuerze y la libertad se anule.

Ya en el siglo XVI, poco más o menos, comienza un forcejeo entre la autoridad y la


libertad, que tiene en la Reforma, en el Racionalismo Cartesiano y en la Ilustración sus mayores
exponentes, a la vez que la fuerza de estas corrientes intelectuales mantiene un decrecimiento
paulatino de la autoridad, al que acompaña un crecimiento bastante lento pero irreversible de la
libertad. Son los años de la Modernidad, en que junto a hechos y aconteceres fuertemente
libertarios, aparecen hechos y aconteceres fuertemente autoritarios. Tal es el caso de Lutero
desafiando al inmenso poder del Papa León X, al poner y clavar en la puerta de la Abadía de
Witemberg sus 95 tesis y quemar públicamente a su vez la bula de su excomunión, o por el contrario
el caso de los Reyes Católicos expulsando de sus reinos a cerca de medio millón de judíos, no
dejándoles llevar consigo más que lo puesto y una caballería por persona. Y eso por hablar sólo del
comienzo de la Modernidad.

Conforme han ido pasando los años, este forcejeo entre ambos valores antagónicos ha
ido siendo cada día mayor. Y en los días que estamos viviendo, es ya bastante claro el predominio de
la libertad como valor principal de nuestro tiempo. (Me refiero aquí, solamente como es lógico al
Mundo de Occidente) Hoy en gran manera, faltan los factores que hicieron posible la mentalidad
de la Premodernidad y tras la misma, el modo de pensar de la Modernidad. Ya no hay una incultura
masiva y generalizada (aun cuando en esto haya todavía muchísimo por hacer), ni hay tampoco una
pobreza masiva y multitudinaria (aun cuando en esto quede aun, muchísimo por realizar).

En nuestros días, el predominio de la libertad sobre la autoridad, parece ser una realidad
evidente. Y en este predominio libertario de hoy, puede que esté otra de las características de ese
movimiento nuevo y cambiante que hemos llamado con el nombre de Posmodernidad.
POSMODERNIDAD Y DEMOCRACIA

D e todo lo que venimos diciendo cabe deducirse, que la Premodernidad de la Edad Media,
se caracterizaba por ser un tiempo de unión y agrupación de valores universales
unánimemente aceptados, que tenían su expresión en el apoyo y defensa que de ellos
hacia la autoridad instituida y aceptada unánimemente también, por todo el mundo. El Papa, el Rey
y el Emperador, hacían suyos esos valores, eran defensores y garantes de ellos y eran a su vez
quiénes únicamente podían con su sólo y exclusivo criterio, modificar o mantener los mismos, sin
que para nada contase en ello la inmensa pluralidad de criterios que hubiese en las gentes de
entonces, que para nada contaban. La Cristiandad, regida por el Papa, era una unanimidad de
criterios, acordes todos ellos con un sólo y único criterio, que era el criterio papal. El absolutismo
de los Reyes y la autoridad de los mismos, a través de la larga sucesión de dictaduras, que
gobernaban los pueblos de Europa, hasta los días de la Revolución Francesa, sin apenas excepción,
no eran otra cosa que una expresión, de la reducción de todos los criterios particulares de entonces
al único y particular criterio del Rey y de su dictadura. Y el Imperio, como unión y suma de reinos y
de países, de etnias, costumbres, religiones y caracteres diferentes, en un sólo país y en un sólo
Estado, era una unanimidad de territorio, frente a la diversidad de lo que agrupaba, y expresión a su
vez, de toda esa diversidad que se sometía a una sola persona, que era el Emperador.

Había entonces una fuerte unanimidad de valores, de criterios y de autoridad. Y efecto de


ello, fue la existencia como realidad histórica de entonces, del Imperio y de la Cristiandad, y de la
dictadura de las monarquías absolutas. La Modernidad que va desde el Renacimiento hasta finales
de nuestro siglo, fue un largo período de tiempo, en que esa unanimidad de valores, de criterios y de
autoridad empieza a relativizarse, a la vez que se van imponiendo a la misma, condicionamientos y
límites que nos han llevado a la Posmodernidad actual, que es por supuesto el polo opuesto, de la
Premodernidad medieval. Hemos pasado (cuando la Modernidad se acaba, y como consecuencia
de la evolución de las ideas y valores sostenidos por la misma) del valor de lo absoluto e impersonal
al valor de lo particular, y del valor de lo simple al valor de lo plural, y del valor de la unidad, al valor
de la diversidad. Y en su consecuencia, de la Cristiandad, a la pluralidad de religión de hoy, y del
Imperio, a la fragmentación del Estado único en la pluralidad de pequeños estados de hoy, y de las
dictaduras de antes, a la democracia actual, como valor indiscutible de nuestro tiempo.

La democracia, en el larguísimo período de tiempo que va de Grecia a los días de la


Revolución Francesa, fue algo sin sentido y sin razón de ser, en una sociedad mentalizada
plenamente en el autoritarismo. Hubo sin duda, excepciones a esa regla general. Los municipios de
Castilla en plena Edad Media, tomaban sus acuerdos por mayoría de votos en el Concejo, y cada
vecino podía emitir libremente el suyo, sin que nadie se lo impidiera. No menos significativa, en
pleno siglo XIII, era la existencia del Parlamento de Inglaterra, que siempre funcionó desde
entonces dentro de los modos democráticos. Pero todo esto era la excepción. La regla general era la
dictadura y las monarquías autoritarias en todos los pueblos de Occidente y hasta los días de la
guillotina en el siglo XVIII. Después de esa fecha, el absolutismo sufre un rudo golpe. Pero no se
resigna a desaparecer. Todavía en el siglo XIX y en gran parte de nuestro siglo, coexisten a la vez, en
los países del Mundo Occidental, las democracias y las dictaduras cual si una cosa no excluyera a la
otra. Y es ahora en los días finales del siglo XX, cuando se llega al convencimiento de que no cabe la
dictadura en ningún aspecto y por ninguna razón en los pueblos de Occidente, toda vez que sólo la
democracia según el sentir de hoy, puede tener razón de ser en una sociedad que se llame civilizada .
Ello suele explicarse porque la democracia apoya la libertad (o por lo menos ese es su objetivo)
mientras la dictadura pospone la libertad a otros objetivos que considera más valiosos. Y hoy se
piensa de forma casi general, que por muy valioso que sea un objetivo a lograr, éste siempre valdrá
mucho menos que la libertad que se suprima o anule para lograr cualquier otro objetivo distinto de
la misma. Y de ese modo sólo quedan dictaduras en pueblos que por su cultura o por su Historia no
son de Occidente. Esta imposibilidad de admisión de la dictadura, por la imposibilidad que hay
ahora en Occidente, de prescindir de la libertad como algo esencial en la vida, es una consecuencia
de la admisión de lo plural y lo diverso como factores de la Posmodernidad, frente a lo unitario y
unánime como elementos de la Premodernidad, o lo que es igual de la admisión de la libertad como
dispersión, frente a la autoridad como sujeción. La admisión de la democracia como única forma
de gobierno de cualquier sociedad civilizada, sin que sea posible ninguna otra forma de gobierno
distinta a esta, es una característica más de la Posmodernidad. Y posiblemente la característica que
con más fuerza defina esta forma de pensamiento de nuestros días de fin de siglo y de comienzos
del nuevo Milenio.

La democracia por cierto, tiene muchas cosas en su contra, como forma de gobierno.
Enumerar aquí, cuales sean los factores negativos de la democracia, es algo que posiblemente esté
de más, pues se ha hablado abundantemente de ellos y son sobradamente conocidos. Pero para
hacer una reflexión más o menos correcta de los modos y maneras democráticos, puede ser bueno
que tratemos de recordarlos, aunque sólo sea muy de pasada. Factor negativo de ella es el hecho de
que nunca podrá valer lo mismo el voto del ignorante o del que desconoce los problemas de su
pueblo, que el voto del que los conoce o no es un ignorante. Esto ya lo decía Heráclito, en su
desprecio por la mayorías, cuando afirmaba que "prefería uno sólo a diez mil, si este era, el mejor de
los diez mil". Por otra parte también se ha dicho que aquello que no es ético, no puede convertirlo
en ético el voto de la mayoría. Ese es por ejemplo, el caso del triunfo de los nacionalsocialistas en las
elecciones celebradas en Alemania en 1933. Las ideas intolerantes de los nazis no podían
convertirse en ideas éticas por mucha mayoría que los nazis obtuvieran en unas elecciones
limpiamente celebradas. Y aunque el caso es de naturaleza diferente, por razón de su carácter
religioso y no occidentalista, lo mismo puede decirse del triunfo arrollador de los fundamentalistas
del F.I.S. en las elecciones de Argelia de 1991. Si lo que tiene apoyo de la mayoría en unas elecciones
generales, es la intolerancia, como forma de gobierno, el tiempo vendrá a evidenciar que la
intolerancia, nunca puede ser ética. Y no digamos de las muchas veces que se ha podido ver, que los
intereses de partido se han antepuesto a los intereses de los que votaban dicho partido, de modo
que la voluntad popular se manipulaba por los dirigentes del partido en cuestión. Todo eso es
cierto. Y todo eso está en el haber de los factores negativos que tiene la democracia. No voy a hacer
aquí defensa de la dictadura, que tiene también sus cosas positivas, como la democracia tiene las
suyas. Factores positivos y negativos a la vez, tiene todo aquello que hacen los hombres.

Pero, si entre los factores positivos de la democracia figura su estimación de la libertad


por encima de toda otra estimación, tiene ya este sistema político mucho mayor cauce para su
aceptación que tengan otros sistemas que no tenga en la libertad su razón de ser. La libertad en la
hora actual, es factor esencial en la vida del hombre y paradigma esencial e indiscutible de la
Posmodernidad que ahora vivimos. Hoy, por lo menos en los pueblos del Mundo de Occidente no
se puede hacer como hiciera Montesquieu, una división de los mismos, en pueblos amantes de la
virtud, para los que su forma de gobierno había de ser la democracia, y pueblos indómitos para los
cuales es conveniente el dictador. Hoy, el concepto de libertad, es algo tan generalizado y
magnificado, que por lo menos en Occidente es imposible ver la dictadura como una solución y la
democracia como un mal. Puede que tras mucho tiempo se cambie de idea, y se piense de nuevo
como antes, en las excelencias de la dictadura y en las ventajas de la misma. Heidegger veía en la
democracia un factor negativo de nuestra civilización. Y de igual modo de pensar eran los hombres
que en el Mundo Griego hicieron la filosofía socrática. La Historia es un continuo vaivén. Pero eso,
es todavía, algo que está muy lejos del momento presente y a mucha distancia de la hora actual.

Sin embargo lo que si tenemos muy cerca en estos días de Posmodernidad, es la


necesidad de actuar y comportarnos de modo que quitemos a la democracia muchos fallos que
tiene, que pueden ser evitados y que sin duda alguna mejorarían la misma, haciendo de ella un
sistema político más completo si cabe. Entre los fallos que hay en la democracia de nuestros días
que no tenemos más remedio que tratar de erradicar, está la corrupción. La corrupción no es cosa
nueva ni es por supuesto cosa propia de la democracia, ni de ningún sistema político. La
corrupción es cosa propia de hombres y fallo de los hombres. Es algo que siempre ha existido, en
todos los tiempos, en todos los pueblos y en todas las formas de gobierno. En el siglo II de nuestra
Era, el Emperador Antonino Pio, tuvo noticia de que el Gobernador de la Tarraconense, robaba a
los ciudadanos y no ciudadanos de la referida Provincia Hispánica de un modo descarado. Le
destituyó y puso a otro en su puesto. Pero cuando vio que eran muchos los gobernadores de las
provincias del Imperio que estaban corrompidos y que estos, por el contrario, apoyándose en su
corrupción hacían una auténtica romanización de las provincias donde gobernaban, desistió de
destituir a más y consintió en que fueran corruptos si veía a cambio de ello que eran eficaces. Esto
dio lugar a que muchos Gobernadores de provincias del Imperio cuando se retiraban de su cargo,
volvían a Roma fuertemente enriquecidos cuando antes eran más bien pobres. Pero es la verdad,
que los pueblos donde gobernaron se sentían mas romanos cada día y se adaptaban más y más a los
usos y costumbres de Roma. Antonio Pio tratando de buscar la eficacia, apoyó y propició una
corrupción que a la larga y en unión de otros factores negativos, darían al traste, algo más tarde,
con la impresionante contextura del Impero Romano.

Corrupción es despojar a la Sociedad de su dinero y de lo que es suyo. Y corrupción es


también, despojar a los hombres de aquellas ideas y de aquellos principios en que se han de apoyar
para hacer y buscar el bien de los demás.

Ahora bien, si lo que se ha de buscar al gobernar es la eficacia, nada hay que a la larga,
tenga políticamente más ineficacia que la corrupción que siempre suele ser, preámbulo y principio
de la ineficacia.

En cualquier forma de gobierno hay ineficacia, cuando se lleva a un pueblo a su ruina


económica o a su ruina moral. Un pueblo se lleva a su ruina económica, cuando se gasta más de lo
que se tiene, o se invierte en aquello que no produce. El Marqués de Salamanca que como
economista y como político fue uno de los hombres de más prestigio del siglo pasado, y que fue el
primero que firmó en España un cheque de un millón de pesetas y que cuando murió, sólo tenía en
su casa unas monedas, pues murió arruinado, decía con frecuencia que sólo había dos maneras de
no ir a la ruina económica que eran “o guardar chavos o tirar duros". Esto es lo mismo que decir que en
Economía sólo se evita el fracaso, si se ahorra lo que se tiene, o si despreciando el ahorro que se
tenga, se invierte bien, lo que se tiene. La ruina económica, o lo que es lo mismo la ineficacia
económica, sólo se evita así.

Y un pueblo se lleva a su ruina moral, cuando se hace del consumismo o del


enriquecimiento propio o de la libertad sin limitaciones de ninguna clase, un sistema de vida,
despojando así a los hombres, como ya hemos dicho antes, de aquellos valores mínimos en que se
han de apoyar, para hacer y buscar el bien de los demás.
Cuando se admite la corrupción o no se ponen impedimentos a la misma, se acaba
siempre por iniciar un sistema de comportamiento que contribuye en buena manera a que se
llegue a la ruina económica y a la ruina moral, en lo que consiste en definitiva, la ineficacia política.
Y en Política, ineficacia y fracaso son una misma cosa.

Si un pueblo en democracia se lleva a su ruina económica o a su ruina moral, se puede


llegar a la rebelión de ese pueblo contra los que gobiernan, o puede llegarse por el contrario, (y
esto es lo más corriente), al desencanto político, a la pasividad de los gobernados frente a los que
gobiernan, y a que los gobernados "pasen" de sus gobernantes y haya como un divorcio entre unos
y otros que acabe por convertir la democracia en cosa exclusiva de los políticos y de los que viven
de la Política, de modo que la misma sea, como bien dijera Jorge Luis Borges, una dictadura de los
votos y una dictadura de la estadística.

El hombre, lo mismo hoy que hace dos mil años, lo mismo hoy que en los tiempos del
Imperio de Roma o en los días del Despotismo Ilustrado, es un ser en perpetuo combate contra
los que le gobiernan, rigen su vida y limitan y controlan su libertad. En ese combate contra los que
le gobiernan, puede ser la democracia un instrumento sumamente eficaz a su servicio. Pero un
instrumento que puede ser inutilizado por la corrupción, por la ineficacia, y por el desencanto.
Misión de los hombres de nuestros tiempos de Posmodernidad es perfeccionar el sistema para
que eso no ocurra y potenciar todos los medios y todos los recursos a su alcance, para que ni la
corrupción, ni la ineficacia, ni el desencanto, hagan de la democracia una dictadura del voto.
LA POSMODERNIDAD Y LA IGLESIA

P ara entender como ha de situarse la Iglesia por su postura y por su trayectoria respecto a los
movimientos intelectuales del presente, o dicho de otra manera, por la actitud que tiene la
misma, ante el movimiento nuevo de la Posmodernidad, es bueno hacer un resumen de su
Historia (aunque solo sea muy breve), desde sus comienzos hasta el día de hoy, y así puede que
entendamos mejor, lo que ahora ocurre dentro del mundo eclesial, y como el mismo viene a ser
visto en la actualidad.

El mundo de la Iglesia es un mundo muy complejo, y con mecanismos de


funcionamiento muy eficaces y muy bien estudiados. A mi no me sorprende que Lénin a principios
de Siglo copiase muchos modos y maneras de los mecanismos de la Iglesia Católica, para ponerlos
como normas de funcionamiento de la sociedad marxista. Todo lo que funciona bien se copia.
Digo esto, refiriéndome a la Iglesia que con numerosas variaciones y evoluciones, siempre muy
controladas, va desde el Edicto de Milán del año 313, hasta hoy. Porque la Iglesia que hubo antes de
esas fechas, es muy otra, aun cuando por muchísimas razones, fuese la misma. Para mí, aunque
fuese la misma, hay una Iglesia de antes del Edicto de Milán en tiempos del Emperador
Constantino, y otra Iglesia de después de Constantino, que en cierto modo, fue de otra manera.

Se ha repetido hasta la saciedad, que la Iglesia de los primeros cristianos, fue una
maravilla. La Iglesia primitiva no estaba en el Poder, más bien, lo tenía en contra. Era nueva, y así de
ese modo no tenía las corrupciones ni los fallos que inevitablemente se tienen, cuando se pierde la
frescura y limpidez de lo nuevo. No era rica, no tenía bienes. Vivía en comunidades de bienes que
formaban todos los cristianos entre si, que a su vez se ayudaban en sus necesidades y problemas. Y
las persecuciones a muerte que estos tuvieron por parte del propio Imperio de Roma y por los
propios judíos, sirvieron más para su prestigio, (en medio de un mundo en corrupción), que para
acabar con ellos. De esta manera el Cristianismo en sus tres primeros siglos, se veía como un
revulsivo nuevo del bien, que venía a erradicar vicios consolidados de mucho tiempo atrás,
tendiendo a acabar con los mismos. Sin ir más lejos, la permisividad sexual, tenía cotas muy altas
que envilecían a los ciudadanos del Imperio y les quitaba las grandes virtudes éticas de que tenían
fama en tiempos de la República. Se vio bien por eso, entre otras cosas, que el Cristianismo, trajese
entre sus objetivos, una valoración muy alta de la castidad, que en la sociedad de entonces, quedaba
reducida solamente al estrecho y corto campo de las vestales o sacerdotisas del Templo de Vesta,
que habían de ser castas por obligación. Por otra parte la corrupción por el dinero, era muy intensa
en todas las capas sociales. Es curioso el caso de Galieno, un hombre de avanzada edad, que
consiguió llegar a ser Emperador, al dar una fuerte suma de dinero a la Guardia Pretoriana, que
asesinó al Emperador reinante y puso en el trono a Galieno, que muy poco tiempo después, fue
asesinado por la misma Guardia Pretoriana que lo había proclamado Emperador, para ofrecer el
trono de nuevo, a quien mejor lo pagase. A todo esto las Legiones que había en las distintas
provincias del Imperio, eran cada día más insumisas y reacias a obedecer las ordenes de Roma. Los
pueblos germánicos, difícilmente se podían mantener ya, dentro de las fronteras que les marcase
Augusto o Julio Cesar. Los esclavos eran cada vez más conscientes de la magnitud de su número y
de la facilidad de desertar. Y la cultura y los estudios a que los ciudadanos romanos fuesen siempre
tan receptivos, fueron perdiéndose de manera irreversible de modo que el pueblo romano acabó
poco a poco, siendo tan poco cultivado, como sus vecinos los bárbaros. El Imperio vivía una
penosa decadencia. Es mas, yo diría que vivía una lenta agonía. Y así, el Cristianismo podía mirarse,
como una solución social y como una alternativa al Imperio, sino en todas las cosas, si en gran
número de ellas. No hay que olvidar que el Cristianismo al igual que la sociedad romana, tenían
fuertes connotaciones y raíces, cuyo origen no era otro, que el pensamiento griego. Por eso los mil
quinientos cristianos que según cálculos, muy poco fiables, había en Roma en tiempos de San
Pedro, pasaron a ser cientos de miles en los días finales del Siglo Tercero. Hubo entonces una triste
nostalgia porque no se perdiese todo lo que Roma había sido hasta entonces. Ese es el caso del
Emperador Juliano el Apostata, que se quejaba de que se hubiese llegado a sustituir Homero por
San Mateo, en la mentalidad del pueblo. Pero el Imperio tenía ya sus raíces podridas y era como un
árbol caído y fragmentado en pedazos. Y la Iglesia que surgió de aquel período de tiempo de
trescientos años que va de Cristo al Edicto de Milán, tenía sus raíces sanas y nuevas, y estaba llena
de vida.

Y esa Iglesia llena de vida que sale del Edicto de Milán del año 313, y que se reafirma doce
años después en el 325 en Nicea, es la Iglesia existente al comenzar la Edad Media, una Iglesia llena
de prestigio y de poder moral que muy pocos tienen inconveniente en aceptar como continuadora
de la misión unitaria y civilizante del moribundo Imperio Romano. Pero una Iglesia que poco a
poco y casi sin notarlo va abandonando en ciertos puntos, el mensaje de Jesús, a la busca de
robustecer su autoridad como medio de mantenerse y extenderse entre las gentes de entonces. De
este modo empieza ahora a apoyarse en el Poder político y en el dinero. Y a esto le ayuda no poco la
incultura y la pobreza de los hombres de su tiempo, que incluso entienden que es lógico y racional,
que esto fuese así. Y esa Iglesia de la Edad Media apoyada en la fuerte autoridad que le da
tácitamente el pueblo, y en su alianza con los poderes políticos que la temen y respetan, hace de casi
todas sus normas, normas de universal cumplimiento, al no tener en ello ni contestación ni
protesta por parte de un pueblo que entre otras cosas acabó por ser formado en la idea, de que el
Poder de la Iglesia provenía de Dios. Esta es la Iglesia de la Premodernidad, donde los criterios
individuales no sirven, y en donde el criterio universal, y las valoraciones de carácter universal
acaban por formar la mentalidad de todo el pueblo.

Hay muchos hechos que evidencian el fuerte poder que la Iglesia va tomando a lo largo
de la Edad Media. En el siglo XI, el Papa Gregorio VII dice así: "En igual modo que la Luna recibe la luz
del Sol, y una vez recibida del Sol, la envía a la Tierra, en igual manera los Papas reciben el poder espiritual y el poder
temporal de Dios, y una vez recibidos estos poderes de Dios, los Papas retienen en si mismos, el poder espiritual y
delegan en los Reyes el poder temporal, que no es de ellos, sino de los Pontífices, que en ellos lo han delegado".

Ya empezó de esta forma San Ambrosio en el siglo IV, obligando al Emperador


Teodosio a que hiciese penitencia descalzo y con sayal a las puertas de la catedral de Milán, porque
había actuado, a su juicio, en contra de las leyes de Dios. Y sólo cuando Teodosio hizo su acto
penitencial, en que puso la purpura del poder imperial, no ya a los pies del Papa, sino a los pies de su
obispo, pudo contar con el apoyo y no oposición de todo el clero de Lombardía. Igual le pasó al
Rey Pedro III de Aragón en el siglo XIII. El Reino de Nápoles lo quería el Papa para Renato de
Anjou y el Rey Pedro lo quería para su cuñado Conradino, descendiente directo de todos los que
hasta entonces habían sido reyes de Nápoles. Pedro III luchó y guerreó contra las tropas de Renato
de Anjou y ello le atrajo la excomunión papal. Desde entonces en su reino de Aragón, ninguno de
sus súbditos podía recibir los sacramentos, ni asistir a misa, porque la excomunión se extendía a
todos los territorios aragoneses. El Rey Pedro tuvo que ceder y Conradino perdió el trono de sus
mayores.

En igual modo hay también muchos hechos que evidencian la riqueza de la Iglesia en
todo este largo período medieval. La Abadesa mitrada del Monasterio de las Huelgas de Burgos,
tenía más tierras y territorios que el más rico de los Nobles de Castilla, en el siglo XIII, y de ella
decía la gente que en el caso improbable de que el Papa se hubiese de casar alguna vez, sólo la
Abadesa de Las Huelgas, tendría idéntica categoría a la suya, para ser su esposa. Los bienes del
Monasterio benedictino de Silos o del Arzobispo de Toledo eran inmensos. Eran provincias y
comarcas enteras, las que pertenecían a la Iglesia, como la extensa zona del Maestrazgo en
Cataluña, llamada así por ser toda ella propiedad de los Maestres de la Orden de Montesa. Y esa
riqueza se agrandaba aún más, con los bienes que los fieles dejaban a la Iglesia al morir y de un
modo mucho más intenso con los bienes que infinidad de personas muertas en la Peste del siglo
XIV dejaron a la Iglesia en expiación de sus pecados.

Todo esto, también ocurría en gran manera porque tanto la Nobleza como el pueblo
llano, deseaban una Iglesia fuerte y que no careciera de autoridad. La autoridad era entonces un
valor indiscutible y en alza, que se deseaba existiese y radicase en quiénes de algún modo regían la
vida de los pueblos. Pero es la verdad que una Iglesia llena de poder y de dinero, tenía que
corromperse y estropearse, como inevitablemente así ocurrió. En muchos conventos y abadías, la
vagancia y la molicie eran el sistema de vida de los mismos. Eran muchos los clérigos que se
hicieron clérigos, para que no les faltase el diario sustento, al calor de los bienes de la Iglesia, fuera
de la cual era muy sencillo pasar hambre. Y fueron muy numerosos los religiosos, que tenían sus
amantes, o que tenían buena relación con las concubinas de la ciudad. En los Cuentos de
Canterbury de Chaucer, un religioso contaba que a un hijo suyo que había tenido de una de sus
amantes, le costeaba los estudios en la Universidad de Cambribge, con el dinero que obtenía de las
penitencias que imponía, a quiénes se confesaban con él. (Esta costumbre de cobrar dinero como
penitencia, al perdonar los pecados, la autorizó en el siglo XIV el Papa Juan XXII en Avignon) Y se
sabe documentalmente que en la Iglesia de Inglaterra del siglo XV había muchos sacerdotes que
desconocían el Padrenuestro como oración.

En esa situación estaba la Iglesia en los albores del Renacimiento. Y en el Renacimiento


es cuando empieza el hombre a pensar, que no todo ha de explicarse por la Escritura y por la
Teología, como hasta entonces se había explicado y entendido, y que hay verdades e ideas que el
hombre ha de buscar por otros caminos.

Es cuando surge Lutero. Lutero es la reacción violenta y sin contemplaciones a todo el


entramado religioso de la Edad Media. Lutero va a intentar destruir el mundo medieval y la
mentalidad del mundo del Medievo. Para esto hacia falta valor e imaginación. y él tenía ambas
cosas. Hay muchos puntos de doctrina de Lutero que a mi parecer, no iban ni a favor ni en contra
del espíritu de la Edad Media. Pero hay en su doctrina, dos ideas, que eran un ataque frontal al
pensamiento premodernista y a la concepción premodernista y medieval que de las cosas tenía la
Iglesia. Me refiero al nulo respeto por la Tradición y a su nulo respeto por la autoridad papal. La
Tradición estaba constituida, por una masa enorme de ideas y costumbres eclesiales, más o menos
obligatorias en materia de dogma, liturgia y disciplina, como las indulgencias, (instituidas por el
Papa Clemente VI en el siglo XIV) o la devoción a innumerables Santos, (muchos de ellos
históricamente inexistentes) o a la misma existencia del Purgatorio. La Tradición en unión de la
Escritura y de la Autoridad de la Iglesia formaban parte, de lo que llamamos fuentes de la Verdad.
Para Lutero sólo había de admitirse, como fuente de la Verdad, lo que había en la Escritura, y nada
más. La tradición no podía ser fuente de la Revelación, ni contener la verdad revelada. Haber
admitido la Tradición como fuente de Revelación, a lo largo de toda la Edad Media, constituía para
Lutero, algo así, como haber caído la Iglesia en una nueva cautividad de Babilonia. Y por lo que a la
autoridad eclesial se refiere, para Lutero, entre la Sagrada Escritura y el cristiano, no podía
interponerse nadie, que por su autoridad fuese necesariamente intérprete de lo que en ella se dijese,
y despreciara o condenara si preciso fuera, lo que quien leía la Escritura opinase de la misma. Para
Lutero el hombre al leer la Escritura, podía perfectamente interpretarla como él honradamente
creyese mejor, y no necesitaba, a parte de su propia conciencia, ningún intérprete que con su
autoridad, le ayudase a dar su verdadero sentido a lo que leyese. En la diatriba que esto ocasionó,
Erasmo pudo haber sido el camino a seguir. Erasmo no tomo partido ni por la Iglesia ni por Lutero.
Participaba de ideas de los dos y rechazaba en igual modo muchas ideas de ambos. Y así de ese
modo, siendo respetado por todos, acabó siendo aborrecido por todos, cuando para unos y para
otros hubiera podido ser la solución. Él, que murió dentro del seno de la Iglesia Católica decía
así:"Soportaré a mi Iglesia hasta que vea que la misma se haga mejor. Y ella tendrá que soportarme
a mi, hasta que yo me haga mejor". No se llegó a un acuerdo. Nadie quiso bajarse del pedestal. El
mismo Erasmo fue incluido en el Indice de Libros Prohibidos veinte años después de su muerte
por el Papa Paulo IV Caraffa. Y de este modo el Concilio de Trento fue una reafirmación de la
autoridad interpretativa de la Iglesia y del mantenimiento de una amplia serie de tradiciones,
muchas de las cuales, han sido como un pesado fardo que la Iglesia ha llevado consigo, años y años.
Se apostó allí por la Edad Media y el mantenimiento de la mentalidad premodernista de la Edad
Media y se perdió posiblemente una buena ocasión de ponerse al día, y de dar paso a la Modernidad
dentro del mundo eclesial. Y Lutero fue sin duda una expresión de que no estaban las cosas como
hasta entonces, una expresión de que ya valía el criterio individual del hombre, lo mismo o más, que
pudiese valer el criterio universal y los valores universales sustentados por la autoridad. Pero
Lutero no fue tampoco una solución, pues inició en todos los pueblos del área germánica y sajona,
y por todo el Norte de Europa, una pluralidad de criterios y de opiniones, con tan débil control de
los mismos por la autoridad, que han sido buenos para la tolerancia y la convivencia en dichos
pueblos, como forma de vida de los mismos, pero que han sido desastrosos, en materia de Religión.
Los católicos acabaron desde entonces, enfermos de autoridad. Y los protestantes acabaron
enfermos de Biblia, a la que han convertido, como señala Hans Kung, en una autoridad, pero en
una autoridad de papel, en un Papa de papel.

Es muy difícil el equilibrio. Era muy difícil el equilibrio. Erasmo podría haberlo logrado,
pero no fue posible. Hubo en él, demasiada indecisión, aparte de la aversión de unos y otros a
pactar. Y el Concilio de Trento, al tomar partido por la mentalidad de la Edad Media, hizo que la
Iglesia dejase de ser Iglesia de su tiempo, para ser siempre Iglesia del pasado, e ir siempre a
remolque del momento en que viviera. Tal vez ello, tuviera que ser así, forzosa y necesariamente.
Es muy comprensible la respuesta que el Emperador Carlos V dio a Lutero en la Dieta de Wörms
en 1521: "No puede ser que nuestros abuelos y nuestros antepasados y todos cuantos nos han precedido estén en el
error, y que sólo Vos seáis quien está en la Verdad".

Pero vivir anclados en la mentalidad premodernista, en que sólo vale la autoridad, y en


donde vale bien poco el criterio particular de cada cual, es vivir de espaldas a la realidad, y por lo
menos aquí en Europa, desmarcarse en buena medida de la sociedad actual.
La Iglesia durante todo el período de tiempo que llamanos Modernidad, no ha hecho otra
cosa que defenderse de la Modernidad, o lo que es igual, defenderse de la Ilustración. No se fiaba
de la Ciencia. No se fiaba de los movimientos libertarios surgidos de la Revolución Francesa. No se
fiaba de los movimientos obreros del siglo pasado y de buena parte de nuestro siglo. No se fiaba de
las democracias, donde contaban los votos y no los poderes fácticos afines al predominio de la
autoridad. Vivía a la defensiva, guardando siempre todo aquello que en otro tiempo fuese su
esplendor y su gloria. Vivía de sus reservas. Y parece que quisiera siempre, vivir de ellas, en espera
de tiempos mejores.
Poco a poco fue desvinculándose en cierta medida, del Poder político y del Poder
económico, posiblemente porque no podía hacer otra cosa. Y así hemos llegado a los días finales de
nuestro siglo, en que la Iglesia se encuentra, ante una cultura y una sociedad que es indiferente a su
mensaje. Y en donde la Iglesia nada quiere cambiar, y sigue como antes. Sigue sin que haya en ella
todavía, una participación de los cristianos en la vida eclesial en donde los mismos, poco o nada
cuentan en las decisiones de la Jerarquía, al igual que siempre ocurriera. Sigue sin que haya una
auténtica solidaridad con los que sufren y una entrega mayor a los que tienen hambre y sed de
justicia, aun cuando en este campo, se haya realizado una labor encomiable. Sigue habiendo falta de
imaginación para evangelizar a los jóvenes, mostrando a Dios como contrapeso de las amarguras
de la vida. No se acaba de ver que muchas de sus ideas sobre sexualidad, no son otra cosa que un
error histórico. Y parece ser que no es capaz de abandonar actitudes y gestos típicos del pasado, y
de abandonar su preocupación por la influencia social, como cauce que posibilite su mensaje. El
Concilio Vaticano II, fue un intento serio de rectificación. Pero hubo miedo y apenas si se aplican
de verdad y auténticamente, la mayor parte de sus recomendaciones. Son muchas cosas. Y a nadie
hay que culpar de nada. Posiblemente todo se deba a que son muchos los que han tenido miedo de
ser de su tiempo y de vivir realmente en su tiempo.

Pero lo que ocurre y no deja de ser verdad, es que los que no están de acuerdo con que
todo esos sea así, son también Iglesia, y sean pocos o sean muchos, no deben de ser ignorados, no
desoídos, ni mal conceptuados. Dios también está vivo en ellos. Dios está vivo en los hombres de la
Teología de la Liberación, en los cristianos integristas de Lefebvre y en los teólogos del Manifiesto
de Colonia de 1989 en desacuerdo con el Papa, en las personas de edad que van todavía a misa y
nada se cuestionan nunca, en los jóvenes que no van a misa, y llevan en su cartera estampas de la
Virgen, en los sacerdotes que acabaron por casarse, pero que quieren seguir sirviendo a la Iglesia y
en los que solamente creen en la Patrona de su pueblo, pero que vienen de las Antípodas si es
preciso para ir en su procesión y en los que han perdido la fe, pero darían lo que fuese para
recuperarla de nuevo. Dios está vivo en cientos y cientos de miles de personas en que lo único
cristiano, que posiblemente tengan, no sea otra cosa que su indudable buena fe y su sincera busca
de Dios. Para todos ellos ha de ofrecerse también la Iglesia, abriendo las puertas de la hermética
fortaleza en que vive encerrada, que sólo se abrirán si tiene el acierto de hacer como idea esencial y
primordial de su mensaje, la idea de Dios como un auténtico amigo de los hombres a los que ayuda
en el penos laberinto de problemas que es su existencia, y a los que sin duda pide la perfección pero
no como algo difícil y heroico, sino como algo tan simple y tan sencillo, como pasar por la vida sin
que nunca nos falte en la misma nuestra buena voluntad con todos y en todo cuanto hagamos.

Es posible que llegar a una mentalidad en que todo esto se llegue a considerar, como
primordial y como suficiente, fuera llegar a lo que bien podría llamarse, la Iglesia de la
Posmodernidad. Por ahora, todo esto, no es más que un reto que tenemos los cristianos cuando
vamos a entrar en el tercer Milenio de la Historia de Occidente. Y un reto muy difícil.
EL NORTE Y EL SUR

V ivir en los actuales tiempos de Posmodernidad no nos evita la existencia de numerosos


dualismos en nuestra diaria realidad. Hemos hecho referencia antes, al viejo dualismo
autoridad y libertad, como una ambivalencia permanente en la Historia. Y referimos
ahora, (pues no hacerlo sería un error) el dualismo que supone la existencia a la vez y de modo
permanente de los fuertes y de los débiles, de los ricos y de los pobres, de los que pueden y de los
que no pueden, o como en la terminología popular se dice, del pez grande y del pez chico. Ese
dualismo no sólo se da continuadamente en nuestro acontecer, sino que siempre presenta los
mismos caracteres. Y siempre existirán los fuertes y los débiles, no sólo a nivel de personas, sino
también a nivel de pueblos. Ello es como una ley de vida. Y por mucho que se intente acabar con
esa dualidad, la misma surge de nuevo, de modo y de manera que no se puede hacer que
desaparezca.

Es muy vieja la obsesión del hombre a lo largo del tiempo, de acabar con la existencia de
pobres y ricos como expresión de algo deshumanizante en la vida del ser humano, que es causa a su
vez de no pocas injusticias. Fueron realmente sinceros los intentos de los cristianos de los siglos
segundo y tercero de nuestra Era, de igualar a ricos y pobres, de forma que no hubiese, quien fuera
más fuerte o más débil que otro. En el siglo IV, defendía Prisciliano la vieja teoría del Agapísmo,
según la cual, los que se llamaban cristianos, no podían salvarse si no daban cuanto tenían a los
pobres, haciéndose así, iguales a ellos. Aquello no gustó. Prisciliano fue condenado a muerte por el
Emperador y fue ejecutado en Treveris el año 385. Su muerte fue como una respuesta contundente
de las autoridades de su tiempo, a lo que para ellos era una peligrosa herejía, cuando dado el
número de seguidores de Prisciliano, no era posiblemente otra cosa que una rebelión con un fuerte
matiz religioso. Y pocos lo saben, pero es un hecho cierto, que un campesino llamado Juan de
Aviría, se sublevó contra sus señores de Úbeda en tiempos del Rey Alfonso XI de Castilla en el
siglo XIV. La rebelión tuvo éxito. Los señores huyeron. Toda la comarca quedó en manos de los
campesinos, que establecieron en la misma un régimen comunal. Y aquello no duró mucho pues
los Nobles reagruparon sus fuerzas y acabaron con la rebelión de forma harto violenta, de modo
que la dureza de la represión sirviese de escarmiento. Ricos y pobres, fuertes y débiles, fueron
siempre una dualidad o un binomio de antagonismos, que siempre existió, y que cuando alguien
trató de desmantelarlo, se restableció de nuevo, sin que doliera, ni se pensase mucho en la violencia
que para ello fuere necesario usar.

Pero ya en nuestro siglo, cuando Lenin hizo triunfar su revolución, en forma estable y
permanente, se empezó a pensar en amplios sectores de la población que al dualismo de ricos y
pobres le había llegado la hora de empezar a desaparecer. Lenin, apoyándose en Marx, entendía
como uno de los objetivos de su Revolución la supresión total del Estado, por ser el Estado el
medio más completo y eficaz de la burguesía para la represión del proletariado. Y el camino para
ello era acabar con la Banca, con el Ejército, y con la Iglesia como soportes esenciales del Estado.
Esto no era más que el camino previo para hacer desaparecer de la faz de la Tierra a todos los
burgueses existentes en la misma, cual si se tratara de una especie a extinguir. Se dice que Lenin
oyendo la Novena Sinfonía de Beethoven, deseaba no oírla, pues encontraba su música tan dulce,
que le entraban deseos de acariciar las cabezas de los burgueses, cuando lo que había que hacer, era
cortar las mismas. Con estos presupuestos como ideario y programa de su revolución, el marxismo
se implantó por todo el extenso Imperio de los Zares, y de allí, bien como régimen político o bien
como subversión, se extendió a numerosos pueblos donde la pobreza o el subdesarrollo de los
mismos hacían posible o deseable su implantación. Durante todo nuestro siglo se vivió con el
firme convencimiento de que después de la Revolución Rusa, el dualismo de ricos y pobres estaba
representado y definido políticamente, por la evidencia del capitalismo y del marxismo,
coexistiendo en dos zonas distintas del mundo occidental. Una y otra ideología, eran dos
ideologías con doctrinas antagónicas, y con quehaceres antagónicos realizados en dos zonas
diferentes de la geografía mundial, separadas por una muralla impenetrable, de la que era símbolo
perfecto el Muro de Berlín. Por mucho tiempo para las gentes de mentalidad marxista (que eran
muchos), el modo de acabar con la desgracia de todos los pueblos del Este y de todos los pueblos
del Tercer Mundo sumidos en la pobreza, estaba en posponer la libertad del individuo a los
intereses de la comunidad. Para las gentes de mentalidad no marxista (que no eran pocos), sólo
con la libertad del individuo y la creatividad que ello lleva consigo, podría encontrarse el remedio
más o menos pleno a la pobreza de un pueblo. Así estaba todo, hasta que un día, el 9 de
Noviembre de 1989, las autoridades de Moscú dieron permiso para suprimir y derribar el Muro
de la vieja capital de Alemania. Y desde entonces empezamos a vivir de sorpresa en sorpresa. La
primera sorpresa estuvo en ver que el capitalismo, los ricos, los fuertes, con sus aciertos y sus
desaciertos, habían arreglado no pocos problemas de los pueblos donde estuvieran, por la sencilla
razón de que tenían dinero. El marxismo, los débiles, los pobres, seguían sin haber dado arreglo y
solución a la mayor parte de los problemas de los pueblos donde estuvieron, por la sencilla razón
de que no tenían dinero. De nada habían servido las teorías marxistas para evitar la escasez de
alimentos y de materias primas, ni la escasez de viviendas, ni la escasez de material sanitario, ni la
escasez de cientos y cientos de artículos de consumo que superabundantes en el mundo
capitalista, las gentes de los pueblos del Este envidiaban no poco, en su deseo de acceder a los
mismos. Esta fue la primera sorpresa. Los marxistas tras setenta y dos años de Revolución no
habían logrado acceder a un mínimo de riqueza de sus ciudadanos, que les hicieran sentirse
realizados, y por tanto no habían logrado tampoco salir del mundo oscuro y gris de la pobreza.

Pero había más sorpresas. ¿Cómo era posible, que un pueblo de más de doscientos
millones de habitantes hubiera estado mudo y silencioso y sin pronunciar ni una sola palabra de
queja durante tantísimos años, de manera que millones de hombres y mujeres del mundo
capitalista, nunca los creímos pobres? Su silencio, su acomodo a la forma de vida marxista había
sido tan total, que el cambio a la sociedad de libre cambio, la perestroika, como ellos decían, se
había producido de arriba a abajo, desde el Poder del Estado hacia los ciudadanos del mismo, y no
al revés, como es lo común y corriente cuando un pueblo no se siente realizado. Los rusos que
fueron siempre un pueblo difícil de someter a dominadores extranjeros, como se había
demostrado con la invasión de Napoleón en 1812, o con la invasión de los Nazis en 1941, eran
como mansas ovejas si los dominadores eran hermanos suyos y nacidos en suelo ruso. No en
vano alguien había dicho que los rusos eran los únicos ciudadanos de Occidente que besaban las
botas del Zar cuando eran recibidos por el mismo en Zarkoie-selo o en el Krenlim, cosas que en
ningún pueblo de Europa se hacia con sus soberanos.

Otra sorpresa de entonces estuvo para muchos en darse cuenta de que el marxismo
implantado por los bolcheviques de 1917 en Rusia, no fue un marxismo auténtico acorde con las
reglas de Marx, sino un capitalismo de Estado, que es algo muy distinto. Cuando al morir Lenin
subió Stalin al Poder, deshizo todo lo que su predecesor había hecho, y puso toda la economía del
país en manos del Estado, como único titular de la misma. Se pasó casi de la noche a la mañana de
una pluralidad de empresas y de empresarios que eran las comunas, a la existencia de una sola
empresa formada por todos los medios de producción existentes dentro del antiguo Imperio
zarista y un solo empresario, que era el propio Estado, de suerte que el marxismo, tan atacado por
unos y defendido por otros, no era en definitiva otra cosa que una empresa más, en manos de un
solo titular, lo cual no deja de ser, el peor de los capitalismos.
Hoy cuando ese capitalismo de Estado ha caído, existe en la mentalidad de Occidente la
fuerte convicción de que la lucha entre pobres y ricos, el dualismo de oprimidos y opresores, ha
dejado paso a la presencia en el mundo europeo, ya sin marxismo, de un nuevo dualismo, formado
por dos grandes grupos humanos, integrado uno de estos grupos por aquellos que habían sabido
acceder a la riqueza, y formado el otro, por los que no habían sabido o no habían podido acceder a
la misma. Ahora se piensa ya, que el viejo dualismo de dos clases diferentes y antagónicas, (aun
existentes todavía) ha perdido mucha fuerza y ha dejado paso a una dualidad nueva que ya no va en
clases como antes fuese, sino que va más bien en la capacidad de unos para crear riqueza y en la
incapacidad de otros para producirla y generarla. Y esto lleva en gran manera a que se piense que,
en lo sucesivo, y dentro del Mundo Occidental, no hay otro camino de no ser oprimido, que
hacerse de dinero, y ser, si se precisa para ello, opresores de los demás.

Todo esto puede que sea, otra de las características de la Posmodernidad que hoy
vivimos, la inutilidad dentro del Mundo Occidental de las teorías marxistas para resolver el amargo
problema de la explotación del hombre por el hombre. El derribo de la estatua de Lenin en Moscú
o en San Petersburgo sin que haya habido indignación por parte de nadie y realizado en igual modo
que cuando se quita de en medio algo que ya no sirve, puede ser una expresión válida de esa nueva
realidad.

Son muchas las veces que hemos pensado que la confrontación entre capitalismo y
marxismo fue una dura confrontación, llena de negatividad, que ocasionó sangrientos
enfrentamientos militares como fuera la Guerra Civil Española, o la Guerra del Vietnam y que dio
lugar a la presencia de torturadores y torturados de una y otra parte, y a extensas listas de
desaparecidos de uno y otro lado y a largas dictaduras militares de uno y otro signo. En nuestra
memoria perviven todavía esas amargas realidades.

Pero el nuevo orden que en nuestro mundo occidental parece que se quiere establecer
tras la caída del marxismo soviético, como orden del futuro, donde todo esté regido por un
capitalismo fuerte y poderoso, sin la sombra o contrapeso de ninguna fuerza contraria que pueda
limitarlo, es algo tan demencial y fuera de lógica como la situación que antes hubiera. Hacer del
capitalismo un modo de vivir y el objetivo existencial nuestro, y elevarlo a los altares, sin que haya
nada ni nadie que le marque limitaciones, es posiblemente un gravísimo error, que si los hombres
de hoy persisten en constituirlo como sistema de vida, no harán otra cosa que dar un peligroso
paso en falso en la Historia de Occidente. Quedar en manos de las multinacionales, cada día más
poderosas y fuertes, es (sin que posiblemente nos demos cuenta de ello) arruinar nuestra libertad.
Hacerse esclavos del consumo en aras de un falso mejoramiento de nuestra vida (mejoramiento
que no es en definitiva otra cosa que caminar tras un falso espejismo) es una necedad. Hacernos
esclavos de la competitividad de producir más y mejor que los demás, y vender más y más barato
que los demás es una carrera hacia el infarto. Obsesionarse de responsabilidades cada día más
numerosas que nos ocupen todo nuestro tiempo, es destruir uno de los bienes mayores que tiene el
hombre en su haber, que es su capacidad de perder su tiempo y de hacer del mismo lo que le plazca,
desde mirar a las estrellas, a contar las hormigas de un hormiguero. Todo eso y muchas cosas más
es vivir en capitalismo, y dar a la mentalidad capitalista todo lo suyo. Y todo eso es lo propio del
Norte, del área de los países que llamamos del Norte, de los países que tienen en sus manos el
poder económico y manejan con ese poder, en mejor o peor manera, al resto de los países de la
Tierra, a los países pobres de la Tierra que son el Sur, los países que llamanos el Sur, los países
pobres del Sur, que sin dinero y sin poder económico, por no manejar, no pueden muchos de ellos
ni manejarse a sí mismos. El Norte es el pez grande. El Sur es el pez chico. Y ahora, al igual que
siempre, parece ser que no podrá evitarse que el pez grande se coma al chico. Hay un cuadro de
Bruegel en el siglo XVI que se titula de ese modo, y que es ya alusión en esos lejanos días, a esta
amarga realidad. Es bueno intentar que eso no sea así. Es bueno luchar porque eso no ocurra. Pero
esa historia del pez grande y del pez chico, no es sólo una vieja historia sino una historia en
continua repetición. Pues posiblemente sea la misma una historia necesaria, cuya supresión a lo
mejor, no sea ni siquiera natural. El león se come al ciervo que entra en su zona de influencia. El
águila se come al cordero que se pone en su zona de alcance. Y dentro del genero humano, como si
fuese por la misma razón, los fuertes arrollan a los débiles y los arrollan para vivir a costa de ellos.
Los sacerdotes de Amón explotaban a los esclavos libios que tenían a su servicio. Los tiranos del
Renacimiento tenían a gala explotar a los comerciantes de las ciudades italianas de su tiempo. Los
burgueses que hicieron la revolución industrial del siglo XIX, explotaban de mala manera a los
campesinos que venían a las ciudades huyendo de la miseria del campo para colocarse en sus
nuevas fábricas. Y los narcotraficantes de la droga, explotan a los jóvenes de ahora llevándolos a la
ruina. Y los países ricos del Norte, explotan a los países pobres del Sur para enriquecerse a costa de
ellos en formas cada día mas sutiles y sofisticadas. Y yo me pregunto ¿Cuándo dejará la Historia de
ser una mera narración de la ininterrumpida sucesión de abusos de los fuertes contra los débiles?
¿Cuándo de verdad y seriamente se podrá pensar que esa explotación de los débiles por los fuertes,
tendrá su acabamiento? La verdad es que hoy por hoy, es como una ley física, ese expolio del
hombre por el hombre, siempre en vigor y siempre indesmontable.

La burguesía de los países del Norte, durante todo el siglo XIX y gran parte del XX,
explotaba en forma que podía a su propio proletariado. Pero al ir aumentando su riqueza cada día
más y presionada por la continua protesta obrera, elevó el nivel de vida del proletariado de sus
propios países y convirtió poco a poco en clases medias más o menos acomodadas al proletariado
europeo, a base de darle más participación en sus beneficios por medio de numerosas mejoras
sociales. Les calló la boca. Mientras tanto los países del Este perdieron el tiempo y se arruinaron de
mala manera tratando de ser más fuertes que los países del bloque occidental. La burguesía
europea y americana, al elevar con sus continuas concesiones el nivel de vida del proletariado, ha
desdibujado su propia imagen. Dentro de los países ricos no aparece ya la misma, con contornos
de diferenciación tan marcados como antes. Las diferencias de clase a escala corriente y normal, se
han atenuado de un modo muy sensible y así se tiene la sensación de que se hubiese legrado y
conseguido un igualitarismo de todas las capas sociales, que pudiera entenderse como el logro de
una óptima situación de bienestar. Esa situación es como una victoria de la burguesía y como un
cartel de justificación de la misma. El antiguo sistema de enriquecimiento explotando a su propio
proletariado, hoy ya no cabe, porque ese proletariado existe actualmente en una dimensión un
tanto minoritaria, al haberse transformado buena parte del mismo en una numerosa clase media,
que sirve de parapeto a posibles experiencias revolucionarias. Cabe preguntarse ahora, sobre quien
va a recaer la explotación de los débiles por los fuertes, explotación que siempre parece que sea
algo necesario en la vida de los hombres. Y la respuesta no creo sea difícil. Recaerá en el Sur. Los
países del Sur han sido siempre objeto de explotación por parte de los países del Norte. Al hacer
esta afirmación, es bueno recordar, que frente a factores esenciales de la Cultura de Occidente tan
elogiables como su estimación del dinamismo sobre la quietud, o del análisis crítico sobre la
irreflexión, ha habido en dicha Cultura, una constante, en todo tiempo mantenida por los
occidentales que ha sido su vieja idea de sentirse siempre superiores a los demás pueblos de la
Tierra. Los occidentales, salvo raras excepciones, nunca se sintieron hermanos de chinos, moros,
esquimales, indios, watusis, mongoles o polinesios. Y casi por sistema y en razón de su propia
superioridad, siempre trataron de explotarlos u oprimirlos en la forma que mejor pudieron. La
fraternidad, nunca fue por desgracia, una condición de Occidente en su trato con los pueblos que
no eran occidentales; incluso los españoles que fuimos los únicos cuyos hombres y mujeres no
tuvieron inconveniente en unirse en matrimonio con los indios de América, dejamos de
comportarnos infinidad de veces como superiores a los que no eran de nuestra cultura, y eso que
estas uniones, puede que sea lo único que haga posible un trato de igualdad entre pueblos diversos.
Este complejo de superioridad, y su falta de fraternidad con hombres de culturas distintas a la
suya, puede que sea el peor de los errores de Occidente dentro de su trayectoria de indiscutibles y
maravillosos aciertos.

Siempre ha habido explotación de los países del Norte en los países del Sur. Siempre
Occidente explotó en peor o mejor manera a los países que no fueron de su cultura. Pero esto no
se hizo en todo momento del mismo modo. Antes, los países del Sur eran colonias territoriales del
Norte, que mantenía en ellos tropas de ocupación. Hoy, con su independencia conseguida y sin
tropas de ocupación, son colonias comerciales del Norte, que se manejan a plena comodidad con
una escala amplísima de medios para ello, que van de los créditos a precios abusivos, a los
embargos y bloqueos comerciales de asfixia.
Todas estas cosas, han dado lugar al final de nuestro siglo, a que las rebeliones y protestas
de importancia contra los ricos en el Mundo de Occidente, no revistan ya tanta importancia como
antes ocurriera, toda vez que todos sabemos que si se dan, no van a tener fuerza suficiente para
derribar el orden establecido dentro de los países que son ricos, que han ido evolucionando poco a
poco y suavemente, para callar la boca a quiénes podían dentro de sus propias fronteras buscarles
problemas. Hoy la rebelión contra el capital si se diese de forma seria, y que pudiera ocasionar
problemas al mismo, está fuera de las fronteras de los Países del Norte, y puede darse si acaso,
dentro de las fronteras de los Países del Sur. Hoy no son los obreros de la General Motor de
América, ni lo mineros de Asturias, ni los campesinos de Gales, los que dentro de los países del
Norte puedan poner en peligro los esquemas de la sociedad de Mercado. Si ellos se rebelaran
ahora contra el orden establecido, no tendrían ni con mucho la fuerza moral que antes tuvieran,
porque la mayor parte de ellos no tienen hoy la situación de hambre y miseria de tiempos pasados,
ni los Países del Este, son hoy, paraísos socialistas a imitar. Si surgiera de forma seria la rebelión,
esta posiblemente pudiera darse en pueblos y continentes enteros y no en zonas reducidas y
determinadas de un país que fuese rico. Se daría en los pueblos cansados de miseria de América
latina, o en los extensos territorios del Sahell africano angustiados por la hambruna, o en los
numerosos pueblos y ciudades del Islam, adormecidos de inmovilidad y de quietismo.

Ahora bien para que esto ocurriera, es preciso que los pueblos pobres del Sur, fueran
todavía mucho más conscientes que ahora son del abuso que los pueblos del Norte ejercen sobre
ellos, de modo que la existencia de oprimidos y opresores, se viese con mayor intensidad y los
motivase más. Es lo que ya decía Carlos Marx cuando exigía que no se suavizaran las cadenas que
oprimían al proletariado, sino que incluso, se tratase de hacer las mismas mucho más duras, al
objeto de que no se enfriara entre los obreros su rabia contra quiénes ponían cadenas a los
mismos.

Haría falta por consiguiente una concienciación mayor de la opresión. Y en igual modo
sería preciso encontrar auténticos lideres que condujeran y canalizaran el malestar y la protesta de
esos pueblos. Y esto no es fácil. El hombre que se hace líder de una rebelión contra los ricos, es
casi siempre un producto de la cultura del pueblo en que vive. Y dicha cultura a su vez, tiene que
tener entre sus bases de sustentamiento, la idea del espíritu crítico y la idea de la libertad, como
ocurre con nuestra cultura occidental De lo contrario el surgimiento de un líder, no es fácil, lo cual
no quiere decir por supuesto, que esto sea imposible. No hay regla sin excepción. Y las
excepciones a esta regla son muy numerosas. En el siglo XVIII el indio José Gabriel Tupac Amarú
se sublevó en América contra el Rey Carlos III de España. En su rebelión le siguieron miles y miles
de hombres y mujeres de dentro y de fuera del Virreinato del Perú. Gentes en cuya cultura, (al igual
que su líder) ni la libertad ni el espíritu crítico eran fundamento de la misma. Tupac Amarú, con no
pocas dificultades fue derrotado y descuartizado en la Plaza Mayor de Cuzco en unión de Micaela
García su mujer y de sus dos hijos que eran aun pequeños. Y hoy también podemos citar el caso de
Sadam Husein de Irak, perteneciente a un mundo en que tampoco la base de su cultura está, ni en
el espíritu crítico ni en la libertad. Cuando veíamos en televisión en los días de la Guerra del Golfo
manifestaciones de cientos de miles de personas de Rabat, El Cairo, Anmán, Damasco, Beirut,
Argel y cientos de pueblos y ciudades del mundo árabe, en que se afirmaba el apoyo de los árabes a
Sadam contra los Estados Unidos y los Países de la Comunidad Europea, no había duda de que los
pueblos del Islam reconocía en Sadam, a un líder suyo contra los países ricos del Norte.

Que haya un líder, cuando la cultura de un pueblo no tiene ni apoyos críticos ni apoyos
libertarios, no es fácil. Pero es natural. Es algo tan natural, como que los países ricos vivan a costa
de los países pobres. Tan natural como el hecho de que la Historia de la Humanidad no sea otra
cosa, que una continua repetición de la vieja leyenda, en que el pez grande se come siempre al pez
chico.
LAS MUJERES EN LA HORA ACTUAL

S iempre que se aborda el tema de si la mujer está hoy día supeditada o no al hombre, surge la
polémica. Si hablan las mujeres, se da casi siempre unanimidad entre ellas, al estimar las
mismas que todas están todavía supeditadas al varón después de años y años de lucha por
evitar que esto sea así. Pero si los que hablan son los hombres, las opiniones son diversas. Unos
consideran que es cierto que las mujeres se hallan todavía supeditadas al hombre, otros piensan
que se han liberado demasiado del mismo, y otros creen incluso que el hombre vive ya supeditado
de lleno a la mujer. Entre tantas opiniones, el tema podría parecer complejo, pero no creo que ello
sea así. Para mi el tema es mucho menos complicado de lo que pudiera parecer a simple vista.
Pienso que para llegar a un conocimiento del problema que plantea la liberación o no liberación de
la mujer, es indispensable estudiar objetivamente y con la mayor ecuanimidad que nos sea posible,
los factores o signos de diferenciación, que de verdad y auténticamente, hay entre el hombre y la
mujer, y pasar después a estudiar como estos signos o factores de diferenciación han sido
valorados a través de la Historia, pues al haber sido estudiados muchas veces con criterios
erróneos y desde perspectivas falsas, han hecho difícil una visión clara del problema. Para mi el
hombre y la mujer son prácticamente iguales en todo. No hay a mi juicio, entre uno y otra, nada
más que dos características diferenciadoras, que son importantes por supuesto, pero que no
justifican en modo alguno el largo historial de sometimientos, humillaciones e incluso injusticias,
en que se ha sumido a las mujeres en todos los tiempos y en todas las culturas. La mujer es distinta
al hombre en su función de parir hijos y en su fuerza física. Decir esto es decir una obviedad. Y
puede que haya quien piense que decir eso sea una tontería, porque la cosa no le parezca tan simple
como puede deducirse de esa afirmación. Pero para mí, entre un hombre y una mujer de modo
auténtico y generalizado, sólo hay esas dos diferenciaciones. No hay más. El sexo, no determina la
belleza ni determina la inteligencia ni determina la bondad ni la intuición ni la imaginación ni el
espíritu de lucha ni la capacidad de trabajo ni ninguna otra condición que de lugar, a que los
hombres sean distintos y diferentes a las mujeres, como no sea por su función procreativa
diferente y por su fuerza física diferente también. El sexo, es por supuesto, un determinante de la
vida del ser humano, un factor de capital importancia en la realización del mismo, que nos lleva
infinidad de veces a decisiones, actitudes y comportamientos que son de fuerte influencia en
nuestra vida o incluso a que por razón del mismo, nuestros mecanismos psíquicos funcionen bien
o funcionen mal o se alteren o incluso se atrofien. De sobra sabemos que en gran número de casos,
la realización del ser humano se debe a una sexualidad que se ha desarrollado felizmente. Como
sabemos de las frustraciones y desventuras que tienen su causa en que la sexualidad de las
personas, no siguió el rumbo que estas desearon. Eso sin duda es cierto. Como es cierto que la
sexualidad generalmente, deja su fuerte impacto en nuestra vida. Pero eso es una cosa y otra cosa
muy distinta es que el sexo como diferencia entre hombre y mujer, se manifieste en más facetas
diversificadoras de las dos que hasta ahora hemos señalado. Decir que las mujeres son menos
inteligentes que los hombres es algo que me sorprende que haya quien lo mantenga todavía. Todos
hemos podido ver en una u otra ocasión, como hay mujeres que deciden y actúan con más acierto
que los hombres, lo cual no quiere decir que los hombres sean de inteligencia inferior a las mujeres.
Hay hombres mucho más inteligentes que las mujeres y mujeres cuya inteligencia es mayor que la
del varón. Decir que la mujer es de mayor bondad, o de mayor paciencia o de mayor capacidad de
sacrificio que los hombres, me parece también falso. Yo he visto numerosos casos en que todo
esto era exactamente lo contrario. Sin embargo decir que el hombre tiene mucha más fuerza física
que la mujer, es algo que salvo en rarísimas y muy mínimas veces, suele ser cierto y se admite por
todos como cierto. Y aquí, en el hecho poco cuestionable, de que el hombre tiene más fuerza física
que la mujer, es donde está a mi juicio la causa y origen de la diferenciación que se ha hecho del
hombre y de la mujer desde los más remotos días de la Historia, y la causa a su vez, de la
supeditación al varón en que ha vivido la mujer en todos los tiempos y en todas las culturas de la
Tierra.

Para entender esto, hay que ver el problema nada menos que desde los lejanos días de la
Prehistoria. El problema es así de viejo. Los hombres de la Prehistoria, los hombres de las
cavernas tenían básicamente dos quehaceres en su existir, que eran por otra parte indeclinables en
su realización, pues el abandono de los mismos llevaba consigo su propia ruina. Uno de estos
quehaceres era la caza, plenamente precisa para su mantenimiento y subsistencia. Y otro era la
guerra, precisa también para defenderse de sus semejantes, que le disputaban todo aquello que
pudiera tener como suyo. Tanto para la caza como para la guerra, la fuerza era esencial. Sin fuerza
no se podía cazar ni guerrear. Y es aquí cuando empieza ya, casi en los albores de la Historia, la
sumisión de la mujer al varón, al no ser ella por su menor fuerza física y por su función de parir
hijos, quien haga la guerra ni vaya a la caza y tener así que limitarse a ayudar y obedecer al varón,
dentro del primitivo ordenamiento de vida, en que la superioridad del varón como ser que con su
fuerza guerreaba y cazaba, era indiscutible.

Todas las culturas tuvieron en esta cuestión el mismo comienzo y el mismo proceso. La
caza contra los animales y la guerra contra sus semejantes. Y de esta manera en todas las culturas, el
proceso de diferenciación de hombre y mujer y de sumisión de la mujer al marido empieza del
mismo modo. El hombre al cazar y guerrear él, por su mayor fuerza física, es el que alimenta a la
mujer y a los hijos y el que los defiende de quiénes vayan contra ellos y en razón de ello es a quien
todos deben sumisión y obediencia. El paso del tiempo, llevó consigo como siempre cambios y
evoluciones de la más diversa naturaleza. Pero la idea de la sumisión femenina al varón, era una
idea que no varió ni poco ni mucho con el paso de los años. Era una idea universal por todos
aceptada. Así de este modo la mujer para el hombre de las cavernas, no era más que una
herramienta de trabajo que se manejaba por el varón lo mismo que cualquier utensilio familiar.
Cuenta Estrabón que entre las mujeres de la Islas Pitiusas que hoy son las Baleares, había la
costumbre, todavía dos siglos antes de Cristo, de dejar en la casa al marido cuando ellas daban a
luz, para que cuidase del recién nacido, y ellas en el mismo día del parto, salían al campo a trabajar la
tierra. Este convencimiento de la inferioridad y de la sumisión femenina, no sólo fue un sentir
plenamente generalizado y admitido, sino que se hizo universal costumbre y pasó a reglamentarse
en las leyes y en el ordenamiento jurídico de cada pueblo. A la mujer no le quedó de esta forma más
poder, que el poder de seducción que pudiera tener con su marido. Expresión de ello, bien pudiera
ser el caso de Lisístrata en la bella comedia de Aristófanes, que llega a convencer a las mujeres de
Atenas para que todas sin excepción se niegan a tener relación marital con sus esposos si estos no
desistían de ir a la guerra y no hacían la paz con el enemigo. Esto y no otra cosa es lo único que les
quedaba a las mujeres, siempre por debajo del hombre y siempre como objeto perteneciente al
mismo, de por vida. En la epístola de San Pablo a los Corintios, se habla, de que el hombre
pertenece a Dios para estar a su servicio y la mujer pertenece al hombre, para estar en igual modo
al servicio del mismo, y a la vez se habla del derecho de los padres a casar a sus hijas con quien ellos
quisieran y del deber de las hijas de obedecerlos. En la Edad Media, cuenta el Arcipreste de Hita en
su historia de Don Pitas Payas, que mientras el marido estaba en las Cruzadas, tenía la mujer un
pesado cinturón de castidad abrochado con cerradura, para evitar infidelidades, por el sencillo
procedimiento de tratarla como un mueble al que se echa la llave mientras estamos de viaje. Y el
Infante Don Juan Manuel, cuenta en el Libro de Patronio, la historia de Doña Vascuñana, que
decía que ella, cuando veía vacas en el campo, si su marido decía, que lo que veía no eran vacas, que
eran yeguas ella afirmaba sin discutir y convencida de ello, que eran yeguas, porque el marido
nunca se equivocaba. Las cosas no fueron mejor en los tiempos que siguieron a la Edad Media, ya
en pleno Renacimiento. En las Universidades europeas, eran tema que apasionaba encontrar
argumentos y razones que probasen que las mujeres no tenían alma. Y César Borgia, no tuvo
inconveniente ninguno en que sus arqueros dieran muerte a Fadrique de Nápoles, esposo de su
hermana Lucrecia, sin contar para nada con ella, y para buscarle un matrimonio políticamente más
conveniente. Hablar de las veces que a través de la Historia la mujer ha sido puesta sin
contemplaciones ni miramientos, a los pies del marido, cual si de un objeto de su propiedad se
tratase, sería el cuento de nunca acabar. El convencimiento de esa inferioridad y de su consiguiente
sumisión, era algo tan generalizado y asumido por todos como cosa natural, que no puede
extrañarnos que durante milenios enteros, no se cuestionara por nadie esa situación ni se
promoviera la protesta de nadie. Eso era así, porque tenía que ser así y algo tan natural como que al
día suceda la noche. Y en su consecuencia, el problema no se arreglaba porque no existía un
problema, lo que existía, era un hecho natural. Pero es lo cierto que no hay ni idea ni convicción, ni
concepto de carácter universal por muy arraigado que este dentro de una cultura y de las gentes que
viven esa cultura, que el tiempo no acabe por cambiar, o debilitar o atenuar, e incluso arrasar. Las
ideas, los conceptos, las convicciones, pueden llegar incluso a durar milenios, pero es
completamente imposible que lleguen a ser eternos. Y esta idea de hierro de la mujer, como objeto
y propiedad del hombre, no escapa a esa provisionalidad que todo lo existente tiene. En el siglo
XVIII con la Ilustración, cambian muchas cosas para el Mundo de Occidente. En la
Premodernidad había muchísimos comportamientos en que la razón se despreciaba por
completo. Labor de la Ilustración va a ser desmontarlos todos uno a uno, sin olvidar que ello sería
sumamente difícil, por el arraigo que los mismos tenían en la sociedad, como consecuencia de los
muchísimos años que por la misma se venían aceptando. Y uno de los comportamientos a
desmontar desde entonces, era la tradicional relación de hombre y mujer, sobre la base, por todos
admitida de su desigualdad natural. Llevar esto a efecto, era sumamente difícil y lo era, aparte de lo
expuesto, por tres razones sumamente importantes.

Me refiero a las leyes que se hacían antes, totalmente favorables a los hombres, en la
inmensa mayoría de los casos. Me refiero a la castidad exigida a la mujer con mano de hierro,
mientras al varón no se exigía ninguna. Y me refiero a la dificultad casi invencible de acceso de la
mujer a la educación y a la cultura.

Las leyes eran algo muy difícil de cambiar orientando su rumbo en dirección distinta a la
que siempre tuvieron. Hechas por los hombres y a favor de los hombres, su cambio de dirección y
sentido era simplemente una obra de moros. Aun hoy día, quedan todavía muchísimas leyes que
podemos llamar machistas. Rouseau, en los días de la Ilustración, fue el primero que rompió una
lanza en este sentido en favor de la mujer con su novela "La Nueva Eloísa" que en su tiempo, fue
para muchos un verdadero escándalo. En el siglo XVIII había que tener mucho valor para
defender, contra las leyes de entonces, la tesis de que la mujer tenía que ser la que decidiera su
propio matrimonio y no sus padres, como se disponía por la ley y por las costumbres de entonces.
Por esta y por otras ideas novedosas suyas, no es de extrañar que la gente insultase y tratara de
maltratar a Rouseau en varias ocasiones, como en sus Confesiones relata con amargura.
Indudablemente con las leyes exclusivamente en manos de los hombres, era muy difícil lograr que
la situación de hombre y mujer sufriese modificaciones.

Por lo que se refiere a la castidad, como algo exigido a la mujer como esencial para la
misma, fueron muchos los años en que la valoración de la pureza femenina, adquirió caracteres de
verdadera obsesión. La mujer nunca podía ir sola. La mujer nunca podía hablar con nadie. La mujer
sólo podía estar en su casa y en la iglesia. La mujer incluso dentro de su matrimonio, era bueno que
nunca se viese desnuda. En la novela "El Gatopardo" de Tomás de Lampedusa, se quejaba
amargamente su protagonista, de que en treinta años de matrimonio y con varios hijos en el
mismo, sólo le había visto a su mujer la cabeza, las manos y los pies.

Y por lo que se refiere a la dificultad de acceso de la mujer a la educación y a la cultura, el


problema estaba no sólo en que los hombres se oponían a ello, sino en que las propias mujeres se
oponían también. La mujeres se formaban desde niñas, en la idea de aprender solamente aquello
que servía a la mayor felicidad del esposo. Todo lo demás era conveniente ignorarlo y relegarlo al
olvido. Todavía en mis tiempos juveniles, recuerdo que las niñas no cursaban estudios, y sólo
estudiaban los varones. Recuerdo que en el campo, uno de nuestros arrendatarios, pagaba a un
maestro para que enseñase a leer a su hijo. Este hombre, se enteró de que otras dos hijas que tenía
intentaban aprender a leer. Y este hombre dio a las mismas una incomprensible paliza, para que
desistieran de aprender, porque para él, la lectura era cosa exclusivamente de los hombres. Las
jovencitas de mis años juveniles, sólo aprendían a coser muy bien, a conocer muchas recetas de
cocina y a tocar en el piano alguna cosa de música clásica. La sonata "Para Elisa" de Beethoven, casi
todas la tocaban. La tocaban muy mal. Pero la tocaban.

Sin embargo, también es cierto que a partir de la Ilustración y de los días del
Romanticismo que le siguieron, empezó a ser corriente que se diesen en muy raras veces, casos en
que la mujer intervenía en círculos culturales y como figura de los mismos. Los casos de Teresa
Cabarrús o de Julia Recamier o de Aurora Dudeval, convocando tertulias y salones literarios a
principios del siglo XIX, se miraban como cosa rara, o incluso para muchos como motivo de
escándalo, pero era algo nuevo que ocurría y como un inicio de liberación femenina.

Empezó a verse aceptable que hombres y mujeres se viesen juntos y en un mismo lugar y
a la luz del día, cosa que mucho antes era imposible, cuando por ejemplo en los teatros de Madrid,
los hombres veían la representación escénica abajo, y las mujeres la veían en las gradas de arriba, a
las que se daba el nombre de "la cazuela" de forma despectiva. Eran muy pocas las mujeres que
escribían y casi ninguna la que hacía estudios. Sin embargo, ya se empezaba a ver quiénes hacían
ambas cosas. Y lo que escribían, trataba de los temas más diversos y de lo propio de la vida de cada
día. En el siglo XIX escribe Rosalía de Castro de forma realmente admirable y sus escritos son
muchas veces una clara rebelión contra la marginación en que vivían las mujeres de su tierra "viudas
de vivos o de muertos" por la tragedia de la emigración o la tragedia del mar. Se diría que muchos de sus
escritos están hechos, cien años después. Indudablemente era muy lento el trabajo de lograr que la
mujer accediese a la educación y a la cultura. Pero desde la Ilustración, esa labor, iba
convirtiéndose penosamente y día a día en una auténtica realidad.

Ahora bien, tras todo lo referido hasta aquí, no podemos olvidar que desde finales del
siglo pasado y durante todo nuestro siglo, se han venido desarrollando tres fenómenos o
acontecimientos sociales, que son los que en mayor parte, han determinado la situación de la
mujer respecto al hombre en la actualidad. Son tres fenómenos que tienen su razón de ser, en el
carácter liberador de la Modernidad y de la subsiguiente Posmodernidad. Me refiero al
movimiento feminista, y al acceso masivo de la mujer a los puestos de trabajo y a los
anticonceptivos.

En el siglo pasado es cuando surge el movimiento feminista de Emiliana Pankuds y de


sus muchas seguidoras en Inglaterra, pidiendo el voto para la mujer en las elecciones legislativas de
su país. El movimiento de Emiliana Pankuds, es el punto de arranque de muchas de las mejoras
que las mujeres han conseguido en los últimos tiempos en bien de su situación. Al principio no les
fue muy bien a las sufragistas. Infinidad de veces las golpeo la Policía, las detuvieron por
manifestación ilegal, e incluso se burlaron de ellas en numerosas ocasiones. Tuvieron muy mala
prensa cuando una de las sufragistas, rajó con un cuchillo la "Venus del espejo" de Velázquez en la
National Gallery de Londres, o cuando otra de ellas hizo otro tanto, con los "Desposorios de la
Virgen" de Rafael en el Museo de Brera de Milán. Pero desde el día, en que una sufragista,
repartiendo propaganda feminista en un hipódromo fue atropellada por un caballo que la
destrozó y la mató, cambiaron mucho las cosas para ellas. Un sentimiento de general simpatía,
empezó a darles su apoyo, y pocos años después el Gobierno de Londres autorizaba el voto
femenino en las elecciones, y las mujeres pudieron votar por primera vez en la Historia en las
elecciones celebradas en Inglaterra en 1919. Desde entonces y en imitación de los ingleses, el voto
femenino fue aceptado poco a poco en todas las legislaciones de Europa. Las leyes en adelante no
las van a hacer sólo los hombres. La mujeres pueden ya intervenir también en la redacción de las
mismas.

Ya en nuestro siglo, es cuando se produce otro fenómeno importante en el proceso de


liberación femenina con el acceso de las mujeres, en mayor número cada día, a puestos de trabajo a
los que antes era impensable que pudieran acceder. Al colocarse en los empleos más diversos, la
mujer no depende ya del hombre para su alimentación y mantenimiento. Ella puede ganar su
propio dinero y con ello no necesita el dinero del varón e incluso aporta su dinero a la economía
familiar para hacerla más fuerte. La independencia económica que logra la mujer al alcanzar su
propia colocación, ha cambiado no sólo la situación de la misma sino infinidad de aspectos de la
vida de hoy, que son muy distintos y diferentes a lo que antes hubiera, por causa de un porcentaje
cada día mayor de colocaciones femeninas en nuestra sociedad.

Por último en nuestros días y desde mediados de siglo, los anticonceptivos son también
un factor definitivo en la lenta desaparición de la dependencia de la mujer al varón. Ahora si ella
realmente quiere, no tiene por qué aceptar obligaciones de una maternidad de la que el hombre
siempre que quería se desentendía, mientras ella pocas veces tenía posibilidad de desentenderse.
Los anticonceptivos, han cambiado mucho, no sólo la situación de la mujer, sino infinidad de
facetas del momento presente.

Ciertamente han cambiado mucho las cosas en la relación hombre mujer, en los últimos
cincuenta o sesenta años. Han variado muchas cosas, más de lo que se pensara o esperara. Eso es
cierto, pero ¿quiere esto decir, que se ha llegado ya a una situación correcta? ¿Ha llegado ya a su fin
la lucha de la mujer por su equiparación con el hombre? ¿ Se ha dado ya arreglo a este viejo y
secular problema? Yo creo que no. Yo creo que a esto, no hemos llegado plenamente todavía. Aun
queda muchísimo machismo en las costumbres, en las ideas, en las leyes, en las religiones, en la
educación e incluso en el lenguaje. Y esta es la razón, de que todavía haya que seguir la lucha para
llegar a una situación que se pueda mirar como correcta y definitiva. Pero hay que dejar también
claro, que por mucho que queramos igualar las cosas, las mujeres no serán nunca iguales a los
hombres, ni en su función procreativa, ni en su fuerza física. Estos dos factores, que fueron la
causa de largos años de injusticia contra la mujer, por razón de la errónea valoración que siempre
se hiciera de los mismos, son dos factores que tanto los hombres como las mujeres han de cuidar
de que no sean de nuevo causa de muevas injusticias, por una valoración nuevamente errónea de
ellos, si se hace que pasen a no tener valor ninguno, o a infravalorarse como factores de
diferenciación, puestos en la vida por la propia Naturaleza.
Bernard Shaw hablaba una vez de que en nuestra sociedad, sólo existía el hombre y el
superhombre. Y cuando le preguntaron que quien era el superhombre, dijo muy seguro de si
mismo que "el superhombre era la mujer, al ser siempre la misma, la que mandaba en el hombre".

Eso precisamente es lo que tampoco puede ser y a lo que tampoco se llegará nunca. Y
menos en nuestros días de Posmodernidad, cuando no hay más regla de conducta que nuestro
propio criterio.
TECNOLOGIA Y CONSUMISMO

D ice Karl Popper que en toda sociedad hay sujetos, objetos y productos. Sujetos son los
hombres. Objetos son todas las cosas creadas por la Naturaleza. Y productos son todas
las cosas hechas por el hombre. Karl Popper cuando admite esta triple división, llega a la
conclusión de que un pueblo cuando genera por sus hombres, apoyandose en aquello que tiene,
un mayor número de productos, es cuando se hace rico, y con su riqueza amortigua en gran
manera las limitaciones de la vida a la vez que amortigua también en gran manera, la desgracia de
ser pobre.

Las teorías de este filósofo austríaco, es la verdad que tienen mucho de cierto y por ello no
sorprende que empezaran a ponerse en práctica en Europa mucho antes de que él las enunciara.
Hasta el siglo XIX, Europa era realmente un continente de pobres. Nada significaba que hasta
entonces fuesen ricas las gentes de la Nobleza, que con ser ricas, no bastaban todos sus bienes
para satisfacer con la producción de los mismos, las necesidades mínimas de la población de
entonces. Había por todas partes, una extrema penuria de productos de consumo. En la misma
Literatura, tenemos una amplísima muestra de la gran pobreza de los pueblos europeos a lo largo
de toda la Historia. En el Lazarillo de Tormes, se nos cuenta como se las ingeniaba el mismo para
robarle al clérigo, a quién servía, los mendrugos de pan duro que guardaba con llave, encerrados
en un arca y del tremendo desconsuelo del clérigo, cuando descubrió que sus mendrugos habían
desaparecido. Y en las novelas de Dikens se habla con toda su crudeza, de como Coperffield de
niño, compaginaba el hambre de todos los días con la dureza de su trabajo en una fábrica de
betunes. El hambre de Europa en todos los tiempos era tan intensa, como hoy pueda serlo en los
países empobrecidos del Tercer Mundo. De los bienes que había, se obtenían muy pocos
productos por la carencia de medios para producirlos, por la carencia de transporte para
moverlos, y por la carencia de demanda para consumirlos. El resultado era una pobreza casi
absoluta en toda la sociedad. Que hubiese ciudades como Gante o Amberes o Brujas en donde se
viviese por causa de la industria de la pañería un indudable esplendor hacía finales del siglo XV y
aun mucho después, era la excepción. Lo normal y lo corriente, eran casos como el del Rey Felipe
V de Francia y su familia parapetándose militarmente en su Palacio del Louvre a principios del
siglo XIV, para hacer frente a una avalancha de pobres que se acercaba a París, espoleada por el
hambre y que arrasaba todo lo que encontraba a su paso, en su desesperación por encontrar
comida.

Con la aparición del Industrialismo y del ferrocarril a principio del siglo XIX se opera
una profunda revolución en al Economía que transformaría muchísimas cosas. El empleo de la
maquinaria para obtener más cantidad de bienes en menos tiempo y a precio más bajo, y el empleo
del tren para ofrecer los productos donde hubiera demanda de ellos, si esa demanda no se daba,
donde los mismos se producían, dio lugar a que se iniciara y tuviera su comienzo el largo camino
de los hombres de Occidente para llegar a que Europa dejase de ser un Continente de pobres.
Europa empezó a llenarse de fábricas de donde salían grandes cantidades de productos de
consumo, que poco a poco van generando, con la abundancia de los mismos, una riqueza mayor.
Y es la burguesía la que alienta y estimula esta revolución industrial y la que se entrega con todo su
entusiasmo a una intensa industrialización de todos los países de la cultura occidental que lleva a
que se vendan a través de unas redes de comercialización cada vez más extensas, todos sus
productos de consumo por todos los mares y por todos los continentes. Y es esa misma burguesía,
la que ya en nuestro siglo, aplica a los procesos de producción las investigaciones y los
conocimientos de la Ciencia y de la Técnica cada día más complejos y sofisticados, originando con
ello, la Revolución Tecnológica en cuyo proceso y desarrollo estamos hoy inmersos. Por todas
estas razones en los días de la Posmodernidad, ya no es Europa un continente de pobres.

La importancia de la Revolución Tecnológica no la ignora nadie. Pero es la verdad que


posiblemente por estar todavía en su proceso de evolución y desarrollo, hay veces que no
advertimos la trascendencia de la misma, que al cambiar muchos modos y maneras de nuestra
civilización nos ha cambiado también a todos nosotros, que ya no somos ni muchísimo menos
como fuésemos antes. Tal vez la característica principal de la Revolución Tecnológica sea que se
trata de un fenómeno de cambio, de un acontecer de cambio, y es así, como todos los aconteceres
de cambio, un fenómeno ambivalente que ofrece en su evolución aspectos positivos y aspectos
negativos al propio tiempo.

Es positivo que la Tecnología al inundar nuestra sociedad de productos de consumo, haya


hecho ricos, según la teoría de Popper, a los pueblos de Occidente. No hay mas que viajar por los
países del Islam o por los países del lejano Oriente o por los pueblos de Africa para ver las
abismales diferencias en calidad de vida que hay entre ellos y nosotros. Es positivo que hoy se viva
con mayor agrado y comodidad que antes de que la Tecnología cambiase incluso nuestras viejas
costumbres. La diversión de nuestros abuelos era hacer buñuelos el día de San Antón y tomar en
ese día, o en otro que fuese señalado, unas copas de anís junto a la lumbre. La diversión de nuestros
nietos es hacer turismo por la Provenza francesa o por el País de Gales o correr en motos de gran
cilindrada. Es positivo que la rapidez y la velocidad sean el denominador común de la vida de hoy.
Antes, una noticia se conocía con muchos días de retraso. Hoy se conoce al momento de
producirse. Un viaje de antes, duraba meses. Hoy dura unas horas. Es positivo el automatismo que
se ha producido en nuestro comportamiento, por causa de la Técnica, cuando con sólo dar a las
teclas del ordenador se hace en segundos el trabajo en que un hombre de antes invertía meses
enteros. Y posiblemente es positivo también que la Revolución Tecnológica haya dejado sin
objetivos a los movimientos revolucionarios del proletariado de antaño, que ven más rentable
apuntarse a la sociedad de libre cambio, que esperar un reparto de bienes que nunca llegará y que si
llega puede ser un reparto que se haga mal.

Todos esos y muchos más, son los aspectos positivos de la Técnica. Pero junto a ésos avances
que la misma viene ocasionando en nuestro modo de vivir, va como contrapartida, la aparición
cada vez más frecuente en nuestra sociedad de una penosa frustración del ser humano, que es
consecuencia de la deshumanización que en muchísimos casos conlleva en si todo proceso
tecnológico.

La continua evolución de la Tecnología, deja antiguos y pasado de moda a veces de una


año para otro, objetos y productos que ayer se vendían y que hoy han perdido su puesto en el
mercado al ser sustituidos dentro de este, por otros productos nuevos que la misma Tecnología ha
hecho más competitivos y convenientes. Es el caso del cine, arrasado en el mercado por la
presencia de la televisión y de los vídeos. O el caso de los plásticos, dejando inútiles e inservibles
multitud de aplicaciones de la madera y de otros materiales, o incluso el caso de la utilización de
hormonas en las industrias cárnicas, o de otros procedimientos en las cadenas de la producción de
alimentos, que llevan a que se vendan más unos productos, que una engañosa utilización de la
Tecnología ha hecho peores que los de antes. Dentro de todos estos casos producidos y
determinados por la evolución tecnológica, se encierra muchas veces la frustración de numerosas
personas que montando su medio de vida sobre una actividad determinada, la tecnología arruinó la
efectividad y competitividad de dicha actividad, y con ello, a las personas que vivían de eso.
Por otra parte el empuje cualitativo y cuantitativo que la Tecnología ha ocasionado en la
producción de bienes de consumo, ha dado lugar en gran número de casos, a que el aumento de
producción vaya por delante de las exigencias del consumo. Y esto ha ocasionado a su vez, el
hecho frecuente de que muchos empresarios traten de vender donde sea y como sea lo que
producen por encima de las demandas del mercado a base de fomentar el consumo por medio de
una propaganda reiterativa y constante en los medios de comunicación. Eso es lo que muchos
definen como la angustia de la productividad que nos lleva a la paradoja, de que si no fabricamos
más neveras, tenemos que cerrar la fábrica, porque no podemos costear los gastos, y si fabricamos
más, aumenta el stock de las mismas, al no poderles dar salida, porque ya hay demasiadas y ya no se
venden. Igual ocurre con el aumento de los productos agrarios, por la aplicación al cultivo de los
mismos de la Tecnología. Se ha llegado a una abundancia tan grande de trigo, vino, leche y
mantequilla en la Comunidad Europea, que la propia Comunidad prima el abandono de
numerosos cultivos, tratando de reducir así, su producción. Y en igual modo, eso pasa con la
fabricación de automóviles, donde se ha llegado a tales niveles de producción, que prácticamente
no caben en las ciudades. Y quien sabe si alguna vez se llegue a limitar la fabricación de los mismos,
cada día técnicamente más perfectos y acabados.

Todo este exceso de productividad y el exceso de consumo consecuente, tiene en la


Tecnología buena parte de su origen y es a su vez, (como ya hemos referido) causa de numerosas
frustraciones del hombre cuando este olvida todo aquello que no sea producir y consumir más y
más cada día, y acaba por pensar de si mismo, que no es más que una simple pieza de una
gigantesca maquinaria en la que se encuentra atrapado.

De igual modo, todo ello es causa de que los hombres de hoy hayan perdido buena parte
de su imaginación, cuando ésta, es componente necesario de su propia vida. Sin imaginación
"funcionamos" mal y estamos como averiados y rotos. Esto es lo que Agustín de Foxá llamaba la
Mecanización de las Hadas. Hemos llegado a que nuestros niños se aburran con el Príncipe de la
Bella Durmiente, con Pinocho o con el Gato con Botas, y encuentren más atracción en los
muñecos de la pantalla de video, donde el eje de la leyenda es la máquina y no el genio del hombre.
Hemos llegado a no pensar por nosotros mismos, cuando la televisión y los demás medios de
comunicación nos lavan el cerebro, y pensamos y razonamos como se nos indica en campañas de
difusión de ideas y en campañas de propaganda de artículos y enseres de consumo, que siempre
acabamos por aceptar como imprescindibles, cuando en toda nuestra vida siempre se prescindió
de ellos. Creo que es verdad que hemos mecanizado las Hadas y que hemos arrumbado la
imaginación. La derrota de la imaginación es el precio más caro que hemos pagado por la Técnica.
No se tiene imaginación cuando no sabemos vivir intensamente la magia de todas las cosas de la
Naturaleza que nos rodean, y cuando no nos conmueve la luz del sol entre las ramas de los árboles,
y cuando no sentimos y escuchamos junto al rumor del mar, como decía Neruda, la impresionante
palpitación del Universo, y sólo sabemos producir y consumir y vender y comprar como si
fuésemos máquinas, ideadas y pensadas sólo para eso. Fue Simone de Bouvoir, la esposa de Sartre,
la que decía así: "Capitalista o socialista el hombre es aplastado por la Técnica. En vez de aspirar a una
abundancia que no ha existido ni existirá jamas, hubiera debido el hombre contentarse con un mínimo vital que le
hubiera hecho más dichoso, como en ciertas comunidades de Grecia o Cerdeña no corrompidas todavía por el dinero,
donde aun perduran valores de fraternidad, generosidad y honor que los hacen dichosos. Mientras se sigan creando
nuevas necesidades, se multiplicaran las frustraciones. El día en que se prefirió la Ciencia al espíritu y la utilidad a la
belleza, comenzó nuestra decadencia. Solo una revolución moral y social, no política y técnica, devolvería al hombre
su verdad perdida".
Indudablemente todo esto es cierto. Pero es cierto también, que hoy sería realmente absurdo
ir contra la evolución tecnológica, ahora en pleno desarrollo, y que estamos aquí y en este caso ante
una complicada y difícil paradoja. Frenar el desarrollo de la Técnica, intentar prescindir de ella por
los inconvenientes que pueda haber en el misma, sería ir contra las corrientes evolutivas de la
Historia, sería dar a la vida un estatismo que por su falta de creatividad no sería positivo, y sería en
fin, entrar en el campo de lo absurdo. Sin la Técnica, también nos frustraríamos.

No obstante todo esto, creo yo, sería lógico pensar, que en lo sucesivo, ya encontrará el
hombre la manera de convivir con la Técnica sin vivir atrapado por ella. Toda la historia de la
Humanidad es una continua narración del continuo combate del hombre por superar todo
aquello que le es adverso, aprovechando incluso lo que en lo adverso pudiera encontrar de bueno.
Es un combate que unas veces se hace con acierto y otras sin acierto, pero en donde el hombre
nunca tira la toalla.
Tiene que ser posible, que lo mismo que el Dante hablaba de que desde el Paraíso veía las
torres de Garissenda y Asinelli, en la vieja ciudad de Bolonia cuando las Hadas aun no estaban
mecanizadas, haya en la Posmodernidad poetas que hablen, de que ven desde el Cielo los
rascacielos de Manhattan cuando las Hadas se han mecanizado.
LA JUVENTUD Y SUS FORMAS DE EVASIÓN

D e siempre he creído que todo movimiento que cambie el curso de los acontecimientos y
el curso de modos de pensar y comportarse de los hombres en la Historia, tiene su
origen en teorías que un grupo mayor o menor de pensadores enuncia con más o menos
acierto en contra de lo que masivamente se piensa por toda la sociedad de su tiempo, y como
reacción de esos pensadores, a lo que creen que hay de equivocado y de erróneo, en el pensar y
sentir de esa sociedad. Al principio, por regla general, esas teorías no se estiman en mucho por
nadie. Pero después, esos nuevos esquemas de pensamiento, se recogen por los escritores, por los
poetas, por los novelistas, e incluso por los pintores y por los músicos que viven esa época, y de ahí
pasan a ser recogidos después por la juventud, que hace de los mismos, una vanguardia. Este
proceso no es por supuesto, una regla fija. Pero es verdad, que es bien frecuente.

Creemos sea bueno recordar aquí lo que ya hemos dicho antes, al referir que los sofistas
y los presocráticos relativizaban el logos, relativizaban la razón y el valor de la razón, sin llegar a
prescindir de ella. Este movimiento fracasó. El pueblo griego apostó por el racionalismo de los
socráticos, que admitían la razón como norma de conducta universal, lo mismo e igual para todos
y con carácter absoluto. Y por eso durante más dos mil años, con más o con menos evidencia, la
vida de Occidente siempre busco apoyo, en lo racional, aun cuando a veces el carácter absoluto de
los valores religiosos y los valores políticos de cada tiempo, pareciese querer oscurecer el carácter
absoluto de la razón.

Pero la Historia es un continuo cambiar, un continuo ir y venir, de una cosa a su


contraria. Y así a lo largo del Siglo pasado, surgieron algunos pensadores, que en sus ideas
planteaban ya una clara reacción al fuerte racionalismo de la sociedad surgida de la Revolución
Francesa, donde la razón llegó a su máxima estimación dentro de la Historia. Federico Hegel,
muerto en 1831, no era ya lo mismo que Manuel Kant, muerto sólo veintisiete años antes. Su
racionalismo tenía fisuras, y no era como el de Kant, casi químicamente puro. Y no digamos de los
filósofos alemanes o nórdicos como Nieztche o Kierkegaard, en cuyas teorías, la razón se
relativizaba no poco. El mismo Carlos Marx decía que era falso afirmar que los hombres
fuésemos marionetas de la razón, porque lo cierto era que la razón nunca fue otra cosa que una
marioneta, en manos de los hombres. Es curioso ver como las tesis de Heráclito, con más de dos
mil años de antigüedad se ponían de nuevo sobre el tapete. Los filósofos y pensadores que en el
siglo XIX relativizaban la razón, no hicieron más que empezar. Sería algo después, cuando sus
ideas irían haciendo efecto y calando poco a poco en los diversos colectivos de la sociedad. Y así, a
principios de nuestro siglo, los dramaturgos, los novelistas, los poetas, e incluso los pintores y los
músicos y en una palabra todos aquellos que desde el Proceso de Dreyfus se designaban con el
nombre de intelectuales, vendrían manteniendo con más o con menos eficacia, la idea de que la
libertad consagrada desde el siglo XVIII de forma definitiva como ideal histórico y como
finalidad de la vida, era la que nos llevaba a la conclusión de que no había por qué aceptar las reglas
universales que decían apoyarse en la razón, si nuestra particular razón (o lo que es lo mismo,
nuestro propio criterio),no era conforme con ellas, ni estimaba que fuesen lo mejor.

Henry Miller, es el primero que nos habla del sexo en su "Trópico de Cáncer". El autor
creyó que era bueno hablar de eso, cuando el sexo era siempre un tabú en todas las literaturas.
James Joyce, inicia en su "Ulises" un nuevo tipo de narración en que va por libre. Su lenguaje, su
estilo, sus ideas, sus comentarios sobre la burguesía de la que formaba parte, sobre el catolicismo
al que pertenecía, o sobre los irlandeses que eran su pueblo, produjeron escándalo, porque no se
atenía ya a los esquemas racionales con que todo esto venía siendo entendido. Pensó que aquello
iba a causar escándalo, cuando ningún editor quiso publicar su libro. Y publicó su libro, y se
produjo el escándalo. Samuel Becket, nos traerá después, el Teatro del absurdo en "Esperando a
Gododt", donde no se atiene ni a reglas, ni a postulados de ninguna clase y sólo es constante en la
desesperanza como constante del hombre. Y si pasamos al campo de la Pintura, a la tímida
rebelión que contra lo figurativo, representan los Impresionistas franceses, sigue la no aceptación
de reglas por universales y racionales que las mismas sean, del cubismo de Braque, que reduce toda
visión a figuras geométricas, o del subrealismo de Bretón, que deforma las figuras de su auténtica
realidad, o del expresionismo de Van Gogt que pintaba las cosas como las veía en su imaginación y
tenía miedo de pintar con los ojos cerrados, o del fauvismo de Matisse, que todo lo reduce a lineas
y a manchas de color. No hay reglas, no hay valores universales en el Pintura nueva, sólo existe el
propio criterio, elevado por el propio artista a la categoría de razón universal. Y lo mismo ocurre
en la Música. Desde que en Mayo de 1909 triunfan en París, los ballets rusos de Diaguilev, con la
música revolucionaria de Igor Stravinsky, hay un sentido nuevo de la música que no se ajusta a las
reglas de antes, y que sin despreciar en modo alguno a los clásicos, acaba por apasionar a la gente.

Desde principio de Siglo, los intelectuales europeos ponen en su obra una serie de
características y connotaciones que expresan con claridad su rebeldía contra los viejos modos y
maneras, en que lo racional nunca se olvidaba. A Velázquez no se le hubiera ocurrido poner tres
ojos a su retrato de la Infanta Margarita, como le ocurriera después a la versión que da Picasso de
ese mismo cuadro. Ni a Quevedo en El Buscón, se le hubiera pasado por la cabeza, utilizar el
lenguaje no limpio de tacos que Henry Miller utiliza en sus obras. No había por qué ajustarse a lo
racional. Lo racional, podría perfectamente relativizarse.

Y estas ideas de los intelectuales de nuestro siglo, pasan poco a poco, de los intelectuales
a la juventud, e incluso a buena parte de nuestra sociedad. Es en la rebelión de los estudiantes de
Mayo del 68 en Francia, donde se pone de manifiesto que ese modo de pensar está ya, no sólo en la
mente de los pensadores y artistas, sino en un colectivo mucho más amplio, que es la juventud. O
dicho de otra manera, no son sólo ellos los que han entrado dentro de los esquemas y modos de
pensar de la Posmodernidad, son también los jóvenes.

Pues también para los jóvenes no quedan ya muchos valores universales en nuestra
sociedad. Ya no ilusiona ser un buen patriota, o ser un buen militante del marxismo, o ser un
excelente cristiano, o llegar a ser un profesional de prestigio. No es que todo esto haya
desaparecido y no se de en la juventud de hoy. Es que no es ni con mucho lo principal dentro de su
vida. Y esto es así, porque tras el desengaño de las ideologías universales de antes, ha venido el
deseo en el momento actual, de darle a la vida contenido con lo que yo llamaría la ideología del
propio yo. Y la ideología del propio yo, (posiblemente más vieja que el mundo pero nunca
evidenciada tanto como ahora) no es otra cosa que gozar, vivir, disfrutar, sentir plenamente el
momento presente, y hacer de nuestra vida, como en el viejo poema árabe del siglo XII "días de
vino y rosas". Y como esto no es fácil, como esto tiene mucho de sueño, viene de aquí que el
hombre que se enfrenta hoy a la vida, llena de reclamos publicitarios de bienestar, y de difícil
competitividad para triunfar, y de ausencia cada día mayor de reglas de juego para situarse, acaba y
termina frustrándose, al no conseguir las metas que le impone esa ideología de su propio yo a que
hemos hecho referencia. Y al frustrarse, lo que desea y le va mejor, es huir de si mismo y de la
realidad que le rodea. Esto ha pasado en la Historia, en otras muchas ocasiones y no es por
consiguiente, nada nuevo. Porque el hombre tiene siempre los mismos problemas, aunque crea
que los de su tiempo son diferentes a los de antes. El Romanticismo del siglo XIX en Europa, no
fue más que una huida de la juventud de entonces de su propia realidad, hacia donde pudiera
olvidarse de su frustración, al darse cuenta de que con la libertad que se aprendiera de las ideas de la
Ilustración, no habían conseguido ni vivir mejor que antes ni ser mejores que antes. Cuando Lord
Byron, Chopin, Alfredo de Musset, Leopardi, Merimé y tantos y tantos más viajaban en burro, en
tren o en barco por toda la geografía de Europa, no hicieron más que huir de la frustración de una
libertad que no les realizaba. Y esto es lo que parece que ocurre hoy con nuestra juventud. Nuestra
juventud, apoyada sólo en la ideología de su propio yo, y frustrada en su libertad al ver que la
misma, no le vale de mucho y viviendo en un mundo que le es adverso por su organización política
y por su organización económica, lo que quiere es huir de su propia realidad. No tiene mucha fe en
su lucha contra esa realidad en que está inmersa. Y así, parece ser, que sólo quiere huir de la misma
sin ofrecerle combate, como en ocasiones anteriores soliera hacer, cuando habitaba en ella el
revulsivo de las grandes ideologías, en las que ahora no cree.

Y para huir de su realidad, tiene el hombre muchos caminos. Pero todos, con ser tantos,
se reducen en definitiva a sólo unos cuantos. Camino para huir de la propia realidad es el camino de
la mística. En una conferencia que le oí en Baeza a José Luis Aranguren sobre San Juan de la Cruz,
venía a decir que tanto éste, como todos los místicos del Catolicismo e incluso de otras religiones,
no eran otra cosa que personas que se sentían desdichadas dentro de su entorno y de los
condicionamientos que rodeaban su entorno y ansiaban así, salir del mismo y veían en la unión con
Dios, el único camino para realizar su huida. Y aunque no haya razones para la comparación, la
frecuencia que hoy se da de jóvenes que ingresan en las más diversas sectas, tiene a mi juicio la
misma explicación. Es una huida de la realidad, por los caminos del espíritu en busca de algo que
les llene y que en este caso, sólo sirve para llegar a una realidad mucho peor que aquella de que
huyeron.

Igual puede decirse de los que buscan su solución en el alcohol o en las drogas. Buscan
los paraísos artificiales que una cosa y otra producen, cuando bien la embriaguez del vino o bien el
éxtasis de la droga, los aliena de nuestro mundo e incluso de su propio yo. El mal desaparece, los
complejos de culpa se mueren, la propia estimación se consolida. Y aunque sólo sea por una horas
y a costa de la propia salud, para ellos vale la pena huir de ser lo que son y ser otra cosa, aunque
acaben terminando por no ser nada.

La sexualidad, puede ser también otro modo de huir de la realidad. En la sexualidad, hay
también veces en que se logra ese punto de éxtasis, en que nos vemos libres de nuestra, casi
siempre, penosa y difícil realidad cotidiana. En el Imperio de Roma las bacanales no eran más que
una fiesta que una sociedad corrompida en su trayectoria vital, organizaba para salir de su
frustrante realidad de hombres que todo lo tenían, menos la posibilidad de estar libres de desear.
En ellas se combinaba la embriaguez de la sexualidad y la embriaguez del vino, y el resultado fue
que muchas veces acabaran en sangre, y que el Senado Romano acabara prohibiéndolas. La
sexualidad siempre fue refugio de frustraciones del hombre, aunque muy pocas veces sacase al
mismo de su frustración.

Y hoy con la música, tienen los hombres otro camino para huir de su propia realidad.
Antes, la música era privilegio de poquísimos. El que oía un concierto era un afortunado. El
compositor José Haydn en el siglo XVIII fue durante muchos años un asalariado del Conde
Esterhazy, que le pagaba por mensualidades para que él diera en su casa de Viena varios conciertos
al mes. Sólo los Reyes y algunos miembros de la Nobleza, podían costearse aquel lujo. Pero la
Técnica desde cien años acá, ha puesto la música al servicio de todo el mundo. Y la música es en
verdad algo impresionante que conmueve y emociona a muchísima gente. La música puede ser un
éxtasis, una catarsis del espíritu, y un desarraigo de cuanto nos rodea, que nos lleve a olvidarnos de
nosotros mismos. Y más cuando es puro ritmo y no tiene melodía, como ocurre con la música del
Rock and Roll, que es la música de nuestro tiempo. La melodía adormece el ánimo, aquieta el
espíritu, nos reconcilia con las cosas que nos rodean y tiene una gran fuerza para la evocación y
para el recuerdo, pero nunca nos hace huir de nosotros mismos. El ritmo nos enajena, nos hace
huir de nuestra realidad y nos hace fácil el abandono de la frustración que nos produce el fracaso
de la ideología de nuestro propio yo. Decía Baudelaire que el hombre "ha de ser siempre sublime
sin interrupción". El ritmo de la música pudiera ser que nos llevase a eso. Con su dinámica, con su
intensidad y con su fuerza expresiva, es como una corriente que nos arrastra, que nos lleva en si y
que nos hace soñar en lo que no somos, liberándonos aunque sólo sea por unas horas de la dureza
de nuestra propia realidad. Eso posiblemente, sea lo más parecido a ser sublimes sin interrupción.
Y lo que puede que explique, que los conciertos de Rock and Roll de ahora, que tanto apasionan a
la juventud, sean siempre multitudinarios y apoteósicos.
LOS RETOS DE LA POSMODERNIDAD

A dmitido el hecho, en estos días de Posmodernidad, de que los valores universales de la


Modernidad han caído o están muchos de ellos en una crisis de pervivencia muy grave,
cabe preguntarse, a que se debe esa crisis y esa caída de los mismos, tenida por todos, más
o menos como cierta. Y las causas de ello, son muchas como es lógico. Pero hay dos motivaciones
de esta crisis a que hacemos referencia, que es conveniente reseñar. En primer lugar, es causa de
dicha crisis, el hecho, de que los valores universales de la Premodernidad y de la Modernidad, eran
muchos y muy abundantes. Y en su abundancia, estaba las más de la veces la causa de su
inoperancia, y con ello la causa de su abandono y de su crisis como valores. La lista de los valores
tradicionales era muy amplia. Estaba la Religión, la Patria, la autoridad, el honor, las buenas
costumbres, el buen nombre, la virginidad, la obediencia, la disciplina, el decoro, y un sinfín de
valores más, por todos reconocidos como buenos para el buen funcionamiento del orden del
Mundo. Yo recuerdo con gran simpatía al semanario de humor de nombre La Codorniz,
aparecido en 1941. Este semanario hacía continua burla de las reglas para vivir que entonces
hubiera. Y así por ejemplo, insistía más de una vez y mas de dos en la necesidad del estudio de la
Botánica y de la Estadística, en unión de la honestidad y el honor, si es que se quería que llegásemos
a ser hombres de provecho. Había en estas burlas una clara denuncia del exceso de valores a
mantener en aquellos días. Cada uno de estos valores universales era como un camino y como el
paradigma de lo que hubiera de ser nuestra conducta. Y al ser tantos, se ofrecía al ser humano una
pluralidad de caminos a seguir que le cansaban y agotaban. Había que ser un buen cristiano y un
buen patriota, y un buen ciudadano, y tener una honestidad probada, y una honradez fuera de
dudas y una cortesía constante. Vivir, era caminar siempre tras unas normas mantenidas por todos
en todo momento como algo de imposible sustitución. Y para mantener este tinglado, se
potenciaba grandemente el sentido de la culpa y el sentido del castigo, como expiación de la culpa.
La educación, antes de la Posmodernidad, no se entendía nunca si no llevaba como premisas suyas
la idea del castigo, y la idea de la culpabilidad previa al mismo. La libertad sólo existía como
actividad residual, que podía quedar en nuestro acontecer, sólo tras haberse aplicado las normas
derivadas de la aceptación de los valores universales, en uso. Y esto daba lugar a uno de los
aspectos o facetas más lamentables de la sociedad de entonces, que era la hipocresía. El director
cinematográfico Igmar Bergman en su libro de memorias al que llama la Linterna Mágica, cuenta
que siendo niño, fue educado por sus padres en la idea de la culpa y el castigo a la misma como ejes
centrales de toda conducta. A fuerza de centrar toda su acción en ambos conceptos, llegó a
cansarse en tal manera de esa forma de vivir, que acabó por convertirse en un perfecto hipócrita,
para poder hacer, lo que a su juicio, servía verdaderamente para su propia satisfacción y
realización, y librarse del castigo de sus padres y del consabido sermón de sus padres sobre los
horrores de la culpa. De todo lo dicho puede entenderse, que los hombres de antes de la
Posmodernidad vivían como rodeados de una amplia gama de valores universales,y a todos ellos
tenían que ajustar y acomodar su conducta, de modo que se vivía para servir a esos valores y para
ser esclavo de ellos, y en modo alguno nuestra vida era algo construido y hecho para el ejercicio de
nuestra propia libertad, sino algo en que la misma, era siempre lo de menos. Contribuía no poco a
este modo de ser, la falta de análisis y de espíritu crítico, que una carencia casi generalizada de
cultura propiciaba ampliamente. Y contribuía a ello también, la idea de que todos esos valores,
unánimemente indiscutidos, eran como un legado que los que nos precedieron habían puesto en
nuestras manos, y un legado cuya posesión equivalía a que fuésemos todos más constructivos y
mejores, y que a su vez nosotros, no podíamos destruir ni adulterar sino entregar intacto a quiénes
nos sucedieran y continuaran, sin modificar nada. ¿Cómo iba un joven a desobedecer a sus padres,
desafiando así la autoridad de los mismos? ¿Cómo el servicio militar, no se iba a ver como un
honor para quien lo hacía? ¿Y cómo no se iba a ir a la procesión del Santo Patrono, como antes
fueran a la misma los abuelos y los bisabuelos, confirmando viejas y buenas costumbres? ¿Cómo
podíamos conversar con quiénes no fuesen de nuestra misma clase social, cuando las diferencias
de clase y su pervivencia se debían mantener y no destruir? Eran muchos los valores universales
existentes, y todos ellos tenían su correspondiente exigencia de conducta, de modo que el hombre
se sentía rodeado por ellos y aplastado por ellos, sin poder desplazarlos, y lo que es peor, con su
libertad arrasada por el peso de los mismos.

Por otra parte, lo malo que había en los viejos valores de la Premodernidad y de la
Modernidad no era solamente que fuesen muchos, sino que muchos de ellos, resultaron ser falsos.
Apenas se aplicó a los mismos un análisis riguroso, se vio que eran falsos y en su falsedad, servían
de tapadera a innumerables abusos. La castidad por ejemplo, era un valor de todos aceptado. Y la
castidad, es la verdad, que eran muy pocos los que la practicaban. Toda la Literatura de los días de
antes de que mediara nuestro siglo estaba llena de obras y de trabajos, en que se trataba con notoria
frecuencia, de la andadura sexual de los hombres y de las mujeres de cada época y de cada pueblo. Y
en todas ellas podía verse como se sucumbía al peso de los deseos, infinidad de veces y con suma
frecuencia. Se escondía y se tapaba la caída, lo mejor que se pudiera. Y si no era posible esconder y
camuflar el fallo, era frecuente que ello tuviese siempre o casi siempre consecuencias dramáticas.
Ahí están en prueba de ello novelas como la Regenta o Ana Karenina, y tantas más, que siempre
fueron (como lo es, toda Literatura que sea de calidad) testimonio de lo que fue su tiempo. Es
curioso a este respecto, lo que Glastone nos decía en su Diario, que por expresa voluntad del
mismo no se pudo leer hasta cien años después de su muerte. Si las prácticas sexuales que Glastone
cuenta en sus memorias se hubiesen conocido en su época, Glastone no hubiera sido Primer
Ministro de la Reina Victoria, sino un presidiario más de cualquier penal de los muchos que había
en Inglaterra en el siglo XIX. Pero aquello no se supo entonces, y con que no se supiera, había más
que de sobra. En forma igual, el honor y el buen nombre de cualquiera que no estuviera de acuerdo
con los valores tradicionales y no obrase de acuerdo con ellos, no se perdía y nada pasaba si la cosa
no fuese más allá de su círculo íntimo y no saliese de ahí. Pero si ese modo de pensar y de obrar en
desacuerdo con los valores tradicionales adquiría la más mínima publicidad, se producía el
escándalo, y el que así obrase y pensase, perdía su buen nombre y su condición de hombre de bien.
Se podía disentir del sentir general, pero en modo alguno podía hacerse público nuestro
disentimiento. Lo malo no era hacer las cosas mal. Lo malo era que se supiese, lo que se hiciera mal.

El hecho de que poco a poco se llegase a ver la falta de coherencia que con tanta
frecuencia había, entre lo que se proclamaba como valor, por todos aceptado, y la conducta que
real y verdaderamente había en la vida corriente, ha sido en gran parte, causa y motivo del
progresivo descrédito de los valores universales precedentes a la Posmodernidad.

Ahora bien, la Historia, es lo cierto que es un continuo vaivén. Siempre se va de una cosa
a su contraria, y de esta, otra vez a aquella. Y en ese vaivén de la Historia, se derribó poco a poco y a
través de cierto tiempo la autoridad como eje central de la vida y base y fundamento de los viejos y
numerosos valores tradicionales. Y en su lugar poco a poco, a su vez, se ha colocado la libertad,
base y fundamento de los escasos valores de hoy. Y ello se hizo a fuerza de ir destrozando una a una
y día a día aquellas valoraciones que eran sustento y apoyo de la autoridad, y que no tenían en la
libertad, ni su motivación, ni su razón de ser. De ese modo y por ese motivo, la abundancia de los
viejos valores tradicionales, vino a quedar sustituida por la escasez de las valoraciones de hoy día,
en que solamente goza de estimación general nuestro propio y particular criterio, la libertad sin
apenas limitaciones y nuestro propio enriquecimiento, como exigencia de plena realización. Pero
por razón de ese mismo vaivén en que la Historia consiste, empiezan a notarse ya y ahora, los
abusos que más que en otras ocasiones se cometen hoy en el uso de nuestra libertad, que se
corresponden a la inversa, con los abusos que antes tuviera el ejercicio de la autoridad, de modo
que ya comienza a sentirse como algo incómodo vivir en la Posmodernidad de ahora, y se advierte
un claro sentimiento de malestar, dentro de la misma, cuando llevamos tan poco tiempo de
movernos en el ámbito de ella. Al no haber hoy por hoy y realmente más valores que la libertad, y
sólo aquellos que se confirman con tales por nuestro propio criterio y al haberse constituido en
nuestros días como casi norma de vida el enriquecimiento propio, como único modo de no vivir
oprimidos y explotados por nada ni por nadie, temo que poco a poco, vamos a quedar explotados
y oprimidos, no ya por la autoridad, (ahora terriblemente devaluada) sino por los errores a que
pueda llevarnos nuestro propio criterio (ahora libre de presiones de nadie) en el uso de nuestra
libertad. Por otra parte, el carácter contra naturaleza que tiene el enriquecimiento propio como
norma de vida, da lugar en unión del mal ejercicio que a veces hacemos de nuestra libertad, a una
extensa gama de frustraciones, que nuestro tiempo de Posmodernidad lleva consigo como cosa
propia.

Hay frustraciones en nosotros, cuando vivimos bajo el influjo del nivel de vida de los
demás que nos atosigan, con sus viajes, sus coches, sus playas, sus vídeos, sus bebidas, sus ropas,
sus reuniones, sus amistades, sus fiestas, y toda una extensa gama de productos de consumo más o
menos costosos. Dice Pedro Almodóvar, que hoy hemos sustituido las ideologías por las marcas
de prestigio del consumismo actual. Y es cierto que hay en ello algo de verdad. Hay frustración a su
vez en la busca que hacemos de la Verdad, apoyándonos sólo en nuestro propio criterio y
rechazando como insuficientes criterios ajenos que quieran imponérsenos. Y en el laberinto de
opciones existentes para encontrar la Verdad, se suele caer con gran frecuencia en sectas de la más
diversa índole o en incredulidades totales más o menos firmes, que nos esclavizan ahora,
posiblemente muchísimos más, que nos esclavizaban antes, las viejas Religiones tradicionales. Hay
frustración en nuestra vida, al ver que no llegamos a realizarnos en forma mínimamente aceptable,
pese a ser plenamente libres en el sentido que se da a la libertad ahora, o sea entendida la misma
como facultad de elegir entre dos o más opciones, sin que nada ni nadie, ponga la menor traba a
nuestra elección. El uso de una libertad plena y total, sólo ha servido para que nos demos cuenta de
que elijamos lo que elijamos, siempre estaremos lejos de nuestra realización. Y así se acaba por
probar a realizarse entrando en el éxtasis de la droga, o en los paraísos artificiales del alcohol, en
que se acaba igual que el que se tira al fondo de un pozo. Y hay frustración en fin, por acabar y no
citar más casos, en la permisividad sexual sin apenas limitaciones, fruto también de nuestro libre
criterio individual, que ocasiona si cabe muchos más problemas o parecidos problemas que los
que ocasionaban las viejas y excesivas limitaciones de antaño.

La conclusión de todo esto, es que el hombre y la sociedad que él mismo, se construye


para habitar en ella, son posiblemente algo absurdo y sin sentido, algo que está siempre en plena y
dolorosa contradicción. Es ciertamente una difícil contradicción que en los días de la
Premodernidad y de la subsiguiente modernidad de la Ilustración, al ser la autoridad el eje central
de la vida, nos hacía la misma esclavos de ella al arruinar nuestra libertad. Y hoy y ahora en los días
de la Posmodernidad, en que la libertad y los criterios individuales, son el eje central de nuestro
comportamiento en la mayoría de los casos, no estamos ni mejor ni peor que estuviéramos antes.
Es contradicción, que con modos y sistemas opuestos y antagónicos de comportamiento, estemos
prácticamente lo mismo en nuestros días que en el pasado, porque ahora al igual que antes, no
conseguimos ni logramos nuestra realización. Habría que darle la razón a Ciorán, como ya
hiciéramos en otra ocasión cuando decía que el progreso no existe, y que los hombres estamos
siempre en el mismo sitio. Según Ciorán en la Historia de la Humanidad no hay avances en la
misma, porque cuando destruimos los males que nos agobian, surgen males nuevos que tienen su
origen precisamente en la destrucción de esos males que antes nos agobiaron, de modo que de esa
manera, el progreso de la humanidad no es otra cosa que una epopeya demencial.

Pero es la verdad que si cayésemos en la tentación de Ciorán, en la tentación de pensar


como él, en todo lo que de auténtica realidad puede haber en su pensamiento, no haríamos otra
cosa que destruir el recurso del hombre a la esperanza en si mismo. Y la esperanza del hombre en
su propio esfuerzo para superar sus propias limitaciones, por muchas y muy difíciles que pudieran
ser, es una necesidad existencial del ser humano cuya supresión es lo que en verdad, es algo
realmente demencial. La esperanza del hombre en su capacidad de vencer todo aquello que le es
contrario, es lo único que puede llevarlo a que haga de su propia vida un reto contra lo adverso.
Los hombres que hoy vivimos la Posmodernidad, al igual que ya lo hicieron los que vivieron la
Ilustración y la Premodernidad de la Edad Media, no pueden olvidar, que hacer de nuestro existir
un reto continuo contra lo adverso, es lo único que puede dar sentido a la vida y dar justificación a
la vida como realidad, las más de las veces, carente de sentido. La vida no es otra cosa que un reto
continuo para salir de alguna manera de la contradicción que siempre se vive al ser todo lo que
hacemos y realizamos una impresionante paradoja, en que lo bueno y lo malo son realidades que
siempre van mezcladas y revueltas, sin que sea posible separar ambas cosas, de forma que
descansemos alguna vez de padecer lo contradictorio.

Y los retos que de verdad y auténticamente tiene el hombre en su andadura, puede que
no sean muchos. Pero la verdad es que los que son, suelen ser importantes y suelen ser serios. Un
reto del hombre en los tiempos actuales, es dotar a su vida de algunos valores más de los que hoy
son propios de nuestro tiempo. Se nota ciertamente, que hay ahora en la vida un bache que no hay
más remedio que superar. No puede ser suficiente que nos apoyemos para vivir solamente en
nuestra libertad y en lo que nuestro propio criterio nos indique y señale como acertado, así como
en nuestro deseo de enriquecernos como norma de vida. Parece ser que los jóvenes de hoy (ahora
que todo evoluciona con tanta rapidez) empiezan a ser conscientes de esa carencia y de esa
vaciedad. Y es posible que se esté empezando a ver que "pasar" de todo y creer sólo en nuestra
libertad, no es en modo alguno el camino adecuado. Desde luego lo que en modo alguno se puede
pensar es en que se regrese de nuevo a lo de antes. La Historia es un continuo vaivén. Pero eso no
quiere decir que sea regresiva. Al hacha de piedra y a las flechas envenenadas no hemos vuelto
más. No se puede regresar a dar de nuevo a la autoridad el peso que antes tuviera y más cuando se
ha visto que limitándola, en la manera en que ahora lo está, se han ocasionado sin duda problemas
muy diversos, pero se han logrado también numerosas ventajas en nuestro modo de vivir. No se
puede volver a que los valores que informen nuestra vida sean tantos y tan numerosos que nos
atosiguen y aburran, como antes ocurriera. Ni se puede tampoco, volver a que los mismos se
consideren sin más, como verdaderos y no falsos, cuando el análisis y estudio de los mismos nos
lleve a ver que no son verdaderos y son falsos. Hacer de la vida un teatro, donde con una hipocresía
más o menos manifiesta, se desarrolle la función como antes ocurriera, es algo que parece ser que
no está en estos momentos en la mente de nadie.

Pero si parece ser, que afortunadamente está ahora en la mente de muchísima gente la
idea de potenciar y reafirmar, más de lo que hasta ahora estuvieran, viejos valores de este Viejo
Mundo que habiendo sido valores de siempre, son como valores de nunca, pues fueron antes
(como todavía lo son ahora), sólo bellas ideas sin efectividad o sin eficacia, en la vida de los
hombres, y algo así, como bellas palabras en todo tiempo mantenidas pero nunca coincidentes,
como realidades vivas, con la conducta del hombre. Al decir esto me refiero entre otras muchas
cosas a la solidaridad, como valor de ahora y de siempre pero comunmente vacío de contenido,
tanto hoy como antes. Potenciar la solidaridad, puede que sea el más importante de todos los retos
que tengan los hombres ante la vida, en estos días de Posmodernidad. Hacer de la solidaridad algo
que se sienta y se viva por los hombres de hoy, de un modo más sincero y más intenso que antes, es
algo que empieza a verse hoy como cosa de posible realización. Con la libertad del ser humano,
desde los días del Renacimiento a ahora, lo que en realidad se ha hecho no ha sido otra cosa que
una potenciación de la misma y una concienciación general de esa idea a todos los niveles dentro
del Mundo de Occidente. Con la idea de la solidaridad, cuando ya se llega al siglo XXI, puede que
haya que hacer lo mismo, aunque los resultados a corto plazo sean sólo simplemente mediocres.

Estamos todavía carentes como siempre de una solidaridad realmente auténtica que nos
haga a todos un poco mejores. Hoy se dan desgraciadamente casos como el asesinato de niños en
las grandes ciudades del Brasil, que son situaciones con las que hay que acabar. Esos niños son
niños abandonados que no tienen o no están con su familia y que por oscuras razones son
asesinados por pistoleros a sueldo, que hablan de limpiar las ciudades de la miseria que supone la
presencia en las mismas de ellos. La cosa parece increíble, pero es cierta. Han muerto ya de este
modo más de ocho mil niños. No cabe más grande insolidaridad. Eso se sabe por todo el Mundo y
se denuncia como un crimen que a todos nos afecta. Y lo que es más importante, hemos visto
escenas en televisión de manifestaciones contra esa barbarie en las calles de Río, en que los
manifestantes levantaban en alto a un niño como de diez años al que llevaban como si estuviera
crucificado en una cruz. Esa película ha dado la vuelta al Mundo. Y eso impacta y hace pensar y
reflexionar. Pero no hay suficiente con eso, hace falta mucho más.

Hoy se dan desgraciadamente casos, como el de los llamados "pistolocos" que son jóvenes
sobre 18 ó 20 años que viven en Medellín y otras ciudades de Colombia, y que viven tan mal y con
tanta miseria, que por diez o quince mil pesetas matan a quien se les indica, pues saben que aunque
eso pueda costarles la vida, prefieren ese riesgo y vivir mejor en los pocos años de vida que pueden
alcanzar al dedicarse a esas cosas que vivir en la miseria y en la basura en que viven los que a ello no
se dedican. Eso se sabe, y se ha denunciado agriamente. Y lo que es más, eso también se ha visto en
televisión, y no una sola vez. Y eso impacta y hace pensar. Pero tampoco hay suficiente con esto.
Hace falta mucho más.

Hoy se dan casos como el de los pobres marroquíes, que a duras penas logran juntar en
su tierra las cincuenta mil pesetas que se les piden para hacerles sitio en una mala barca con que
cruzar el mar y venir a España. Muchos de ellos mueren ahogados al intentar entrar aquí. Otros no
consiguen evitar que los detenga la Guardia Civil para enviarlos de nuevo a Marruecos. Y otros
más, logran escapar para ganarse la vida aquí clandestinamente y explotados por quiénes les pagan
salarios inferiores a lo normal.

Sabemos que hay en España varios millones de pobres que no comen cuanto quisieran o
que no tienen donde pasar la noche, o que carecen de una vivienda o que están mal vestidos y peor
trajeados. Sabemos de ancianos que mueren abandonados y solos, rodeados de miseria y de basura
en la soledad de una mala habitación. Sabemos muchas cosas. Estamos informados muy bien. Y
conocemos lo que tal vez prefiriésemos no conocer. Y por eso no tenemos más remedio que hacer
de la solidaridad el reto de nuestro tiempo. No podemos encogernos de hombros y buscar
solución a estos problemas con pequeñas obritas de caridad. Es preciso un esfuerzo del Estado
dentro y fuera de sus propias fronteras, para que dedique mucho más dinero a estos casos y mucho
menos dinero a otros casos posiblemente más rentables o más espectaculares pero muchísimo
menos necesarios al bien común que pudiera ser la evitación de situaciones de marginación y de
pobreza, como las que hemos referido. Y es preciso un esfuerzo de todos y cada uno de nosotros
para comprender de verdad y auténticamente que cuando hay hombres, que no tienen dinero o no
tienen salud o viven en soledad no cabe la indiferencia, ni es posible la indiferencia ni se puede
vivir con indiferencia.

La solidaridad es realmente un reto de nuestros tiempos de Posmodernidad. Sin ella


estamos como vacíos. Todos los avances de nuestra civilización y de nuestra cultura no habrán
servido de mucho si no somos solidarios. Por eso el día en que de verdad todo esto se comprenda
así y se vea de este modo, la Humanidad habrá encontrado sin duda su Piedra Filosofal porque
detrás de todo ser humano, está siempre Dios.
REFLEXIONES SOBRE LA INTOLERANCIA

E l hombre está situado y desarrolla su vida dentro del ámbito de la Naturaleza, que tiene sus
leyes que le limitan, y dentro del ámbito formado por todos sus semejantes, que tienen su
libertad que le limita también. Son dos realidades que nos circundan y envuelven y que
constituyen un entorno que nos rodea siempre. Y el hombre se siente afortunado cuando esas
realidades circundantes son acordes y conformes con su voluntad. Y sufre, cuando las referidas
realidades no son conformes ni están de acuerdo con su deseo. El sufrimiento no es más que una
discordancia del hombre y de los deseos del hombre con las realidades con que convive. Y esto es
así, hasta el extremo que bien podría decirse sin temor a equivocarnos, que todo sufrimiento
humano tiene su causa en las leyes y en los fallos de la Naturaleza que no son acordes con lo que
deseamos, y en ejercicio de su libertad por nuestros semejantes cuando la libertad de los mismos no
es concorde ni coincidente con lo que queremos.

Es fácil comprender que nuestros semejantes al limitar nuestra libertad con el ejercicio de
la suya, nos hacen sufrir o impiden con su libertad nuestra propia realización. Esto ocurre en
muchas ocasiones aun cuando en la mayoría de ellas, estén nuestros semejantes en su derecho de
hacer lo que hacen. Es corriente así, que nuestro prójimo llegue con facilidad a ser un penoso
contratiempo para nosotros. Y esto sucede a veces, en tal grado y medida, que hay quien reacciona
a ello despreciando a la gente y actuando incluso contra ella, o bien aislándose de todos y no
queriendo trato alguno de los que le rodean. Este desprecio y desamor por los que con nosotros
conviven, es tan viejo como el Mundo y tiene muchísimas manifestaciones tanto en nuestra
experiencia personal, como en la experiencia de la Historia. Frecuentes son no obstante, los casos
en que se da la cordialidad con quiénes nos rodean o con gente de nuestro pueblo, o compañeros
de trabajo o amigos de siempre. Pero son muchos más los casos en que no aguantamos a las gentes,
o en que no nos caen bien o incluso nos son total y plenamente indiferentes. La idea de que el
prójimo nos puede herir, la idea de que nos herirá tan pronto como le convenga, la idea de que ya
nos hirió aunque lo hayamos olvidado, es una constante del hombre, mas que pueda serlo la idea de
la cordialidad con los demás y el afecto hacia ellos. Nikos Kazanzakis mandó poner en su tumba de
la Isla de Creta, un epitafio que decía así: "Ya en nadie creo, ni en nadie espero. Ahora soy libre".
Esta frase, es realmente una norma de conducta de muchísimos hombres de hoy y se enmarca
dentro de la desconfianza y del recelo que se pueda sentir por los demás. A la vista de lo expuesto,
no hay que insistir mucho, para convencernos de que para muchos de nosotros "el infierno son los
otros".

Pero en lo que posiblemente si tengamos que insistir, es en la idea de que siempre que
nuestros semejantes nos hacen sufrir, su conducta viene determinada y producida en numerosas
ocasiones por mala fe o mala voluntad que en ellos pudiera haber, y otras veces (y son las más), por
la necedad y falta de juicio que suele haber en los mismos. Lo malo del hombre no es ya, que entre
los que le rodean haya gran abundancia de gente que no es buena, sino que hay si cabe, una
abundancia mucho mayor de gente que es tonta, y que en su necedad, nos hace sufrir infinidad de
veces. Hay gentes buenas, que son pocas. Hay gentes que no son buenas, que son muchas más. Y
hay gente tonta, en cantidades preocupantes, mayoritarias y excesivas. Esto ya lo decía también
Gracián en el siglo XVII en "El Criticón", un libro de difícil lectura, pero tremendamente práctico.
Decía Gracián que de todas las personas que vemos y observamos en nuestra vida, la mitad de ellas
son personas que fácilmente puede probarse que son necias y de escasa sabiduría, mientras la otra
mitad, pueden conceptuarse como personas con juicio y donde la necedad no habita en ellas. Pero
si a estos últimos los observamos mejor, analizando minuciosamente su conducta y su actos,
podremos convencernos en muy poco tiempo de que la mitad de ellos son también necios. De
manera que sólo la cuarta parte de las personas que conocemos y tratamos no son tontas. La
imbecilidad de las personas, está para mi más que comprobado que puede hacer mucho daño. Y la
razón y causa de ese daño, está también para mi, y en gran manera, en uno de los caracteres que la
necedad lleva consigo como cosa propia y de la que nunca puede verse libre, que es la intolerancia.

La intolerancia es la condición de los necios. Y uno de los factores más siniestros de la


Historia de la Humanidad y de la historia particular de cualquiera de nosotros, en donde la propia
realización y la convivencia con los demás se ha visto siempre minada por la intolerancia de unos y
otros, siempre abundante como la mala hierba.

Y la intolerancia consiste en mirar nuestro Mundo y mirar cuanto nos rodea sólo desde
una perspectiva, que es la perspectiva a que nos han llevado nuestras circunstancias de tiempo y
lugar y nuestra particular educación, sin que sea posible que las cosas se vean desde perspectivas
distintas, ni quepa apoyar o defender a quien intente utilizar perspectivas diferentes a la nuestra,
que han de ser siempre condenadas o ignoradas.

Son muchas las veces que en la Historia, la intolerancia ha sido causa del sufrimiento de
los hombres, de la imposibilidad de los mismos de ser libres de verdad, de largas y penosas guerras
fratricidas o inútiles, de procesos sangrientos y ejecuciones sin sentido, de impedimentos a los
procesos evolutivos de la sociedad (si los mismos no tuvieran carácter conservador), y de los que es
peor, de desamor hacia aquellos que no tienen de la vida y de sus motivaciones la misma
perspectiva que el intolerante. Hay a mi juicio una gran necedad en quien se empeña en que no haya
otra perspectiva desde donde ver las cosas, que la suya propia. Eso, y creer que uno es poseedor de
la verdad, son una misma cosa. Y hartos estamos de ver que la verdad no la tiene nadie cuando cada
cual tiene la suya propia, y así, sólo sea Dios, el que sólo la tenga, al ser El como Dios, la verdad
misma.

De siempre, a la par que existen los intolerantes, se dan por fortuna en todo tiempo y en
todo lugar hombres y mujeres que son tolerantes y que sirven como contrapeso de los que no lo
son, pero no son muchos. Es curioso observar por ejemplo, que en tiempos de predominios
autoritarios y valores indiscutibles como fueron los días de la Edad Media, se diera el caso curioso
de los Sufíes, como caso de enorme transigencia contra la intransigencia de entonces. Para los
sufíes todas las religiones eran buenas y todas agradaban a Dios. El sincretismo religioso de los
sufíes, es un curioso fenómeno que se debía estudiar más y que debía ser conocido mucho mejor de
lo que se conoce. De algunos como de Anselmo Turmeda, o de Ibn Al-Arif de Almería o Ibn Arabí
de Murcia, se sabe muy poco. De Ibn Arabí de Murcia en el siglo XIII son estas palabras: "Hubo un
tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su Religión no era la mía. Ahora mi corazón se ha convertido en el
receptáculo de todas las formas: es claustro de monjes, y templo de ídolos y kaaba de peregrinos, tablas de la Ley y
pliegos del Corán. Porque profeso la Religión del amor, y voy donde quiera que vaya su cabalgadura. Pues el amor es
ahora mi credo y mi fe".

Pero esta postura de los sufíes no era sin duda lo corriente. Era la excepción de la regla. Lo
normal y lo corriente en todas las culturas y en todos los pueblos era la no transigencia con los que
no fuesen como ellos. Y esta intransigencia por lo común, tuvo siempre tres formas o modos de
manifestarse. Me refiero a la intransigencia por razones religiosas, y a aquella que lo es por razones
étnicas, y aquella otra no menos corriente, que tiene su razón de ser en motivos políticos. Todas
ellas tienen el denominador común, de la imposibilidad del intolerante para ver la vida y todos los
fenómenos de la misma, desde una perspectiva que no fuese la suya. Esta actitud ante la vida y los
fenómenos de la misma, no viene nunca sola. Siempre viene acompañada de factores que alientan
y estimulan al intolerante a que actué abiertamente contra aquellos que no piensan como él, como
son la clase social a que pertenece, o las costumbres que se tienen, o sus intereses económicos, o
sus complejos de superioridad, o su fuerte convicción de que los que no tienen su misma
perspectiva de las cosas o su misma ideología, pueden ser causa de su destrucción y de su ruina.
Todo esto da lugar a un estado de beligerancia más o menos encubierto, y más o menos activo, que
casi siempre acaba en violencia por parte de los intransigentes. En el mismo aspecto religioso y
sólo por poner un ejemplo, ahí están aquellos procesos de la Inquisición en el siglo XVI y XVII en
la Plaza Mayor de Madrid en que se quemaban vivos a los acusados y convictos de herejía. Acudía
todo el pueblo a las ejecuciones, en que había veces en que se condenaban al fuego hasta cincuenta
y sesenta herejes. En un palco de honor instalado en la Casa de la Panadería, que está en el centro
de la Plaza, presidían los Reyes de España. Y una nube de clérigos y religiosos, ocupaban estrados
especiales para ver el bochornoso espectáculo. Todavía hoy, aun situándonos en la mentalidad de
entonces, no acertamos a comprender que hubiese cristianos que tuviesen la poco cristiana idea de
que el Reino de Dios se defendía, matando a los que no pensaban como nosotros. Llevaba razón
Chateaubriand, cuando decía que la perfidia de los cristianos era la causa de que el Reino de Cristo
fuese un Reino cuya conquista, había ocasionado más muertos que todos los que se ocasionaron
en las numerosas conquistas de todos los demás Reinos de la Tierra. Yo he pensado muchas veces
en qué pensaría momentos antes de morir, aquel pobre maestro de escuela valenciano de nombre
Jorge Ripoll, que fue la última victima de la Inquisición en 1823. Se rumoreaba entonces que la
Inquisición iba a ser abolida. Y efectivamente poco después, la suprimiría el Papa Pio VII en aquel
mismo año.

En el aspecto étnico, tampoco tenemos que esforzarnos mucho para comprender que
fuese la intolerancia causa cierta en miles de ocasiones del sufrimiento y de la amargura de los
hombres. Sólo también por poner un ejemplo, podremos reflexionar sobre la barbarie que
suponen las palizas de los miembros del Ku-ku-klan a los negros de Nebraska o Pensilvania, que
con palos, hierros y látigos, los golpeaban hasta dejarlos sin sentido a la luz de cruces de madera
ardiendo hasta consumirse y en el desamparo y en la soledad de la noche. Yo no me explico como
todavía en nuestro tiempo y aquí en Occidente, lleguen los hombres a ese grado de fanatismo y
acaben en esa lamentable degradación.

Y no tenemos tampoco que hacer mucho esfuerzo, para darnos cuenta de la locura de los
hombres en su intolerancia política. Solo igualmente por poner un ejemplo, podemos recordar
cuando en nuestra Guerra Civil del año 36, tanto la Derecha de un lado como la Izquierda de otro,
llevaba cada cual a quiénes no eran de su ideología a las tapias de los cementerios, para acabar con
ellos a tiros en las largas noches de aquel trágico verano, con una amargura y dolorosa crueldad,
que yo después de tantos años sigo sin entender.

Las situaciones de intolerancia no surgen por generación espontánea. Vienen siempre


originadas por situaciones de diferencia entre los hombres. Cuando esa diferencia se va perfilando
y tomando carta de naturaleza, si a la par de ello no se hace nada por llegar al diálogo, o al
compromiso, para que sea posible convivir aun siendo distintos, es lo más frecuente que se acabe
en violencia, cuando se llega a un punto en que el diálogo y el compromiso, son poco menos que
imposibles. Todas las situaciones de intolerancia tienen su origen en diferencias que nunca se trató
de armonizar. En el mismo caso de nuestra Guerra Civil, (que no fue más que el resultado de una
situación de intolerancia) vienen las raíces de la misma, nada menos que de mediados del Siglo
pasado. La sublevación de campesinos en Loja en 1861, liderada por un farmacéutico del pueblo
que estableció en el mismo un régimen comunal, los secuestros y raptos de hacendados andaluces
en 1890 por parte de la Mano Negra, una organización anarquista ubicada en Jerez, la bomba del
Teatro del Liceo en 1893, en que murieron cientos de personas, y sobre todo, la Semana Trágica de
Barcelona en 1909, fueron una clara expresión de una masiva protesta por diferencias de clase que
no se querían suavizar y hacer menos profundas. Los políticos españoles de principios de Siglo en
el Poder, tuvieron la nefasta idea de considerar todo aquello como simples alteraciones del orden
público. Y los políticos de izquierdas en la oposición, pensaron desgraciadamente que radicalizar
las peticiones del proletariado, era el mejor camino para que el mismo se hiciese con el Poder. La
huelga general de 1917, que paralizó la vida de España durante un mes entero, fue una clara
demostración de que la burguesía no estaba dispuesta a ceder nada, ni el proletariado estaba
dispuesto a renunciar a nada. Y así cuando en 1931 entró la República, no fue posible la concordia
porque ni unos ni otros estaban dispuestos a transigir y ya posiblemente era tarde. Yo todavía hoy,
no me explico, como antes de que llegara la Guerra, no hubo absolutamente nadie que hablase de la
posibilidad de entenderse y de la posibilidad de un acuerdo. Y la intolerancia nos destrozó.

Cuando pasa el tiempo y cuando los que viven esa penosa intransigencia han muerto,son
los que vienen después los que puede que se den cuenta de la tremenda estupidez que supone no
aceptar el diálogo y tratar de comprender a los demás, buscando acuerdo con ellos en mayor o
menor grado, toda vez que ello puede ser lo único que evite situaciones de violencia y situaciones
donde la solidaridad quede arrasada. El ser humano al negarse a transigir, al negarse a tolerar y no
saber ceder, puede ser con su conducta, una de las causas más serias y penosas del sufrimiento de
sus semejantes.

Ahora bien, es sin duda cierto que por muy tolerantes que seamos no vamos a arreglar
nuestro Mundo de manera que el mismo sea mejor ni vamos a cambiar el curso de la Historia, de
manera que de ella desaparezca el sufrimiento humano. Son todavía pocos los que hacen de la
tolerancia una razón de vivir. Los profetas de la tolerancia siempre fueron grandes soñadores.
Todos fueron admirables en la honradez de su conducta y en la fuerza de sus teorías. Pero todos
fracasaron. Muy poca gente los escuchó y oyó su voz.

Sin embargo no deja de ser verdad, que aun cuando sean pocos los que hacen de la
transigencia su norma de vida y el eje de su forma de pensar, no se pueden cansar en el
mantenimiento de su postura. Tienen que luchar aunque sea en solitario para que la solidaridad no
sea una palabra sin sentido. Y no puede haber solidaridad, si previamente a la misma no se da ni
existe nuestra tolerancia. Difícil es que esas dos ideas sean asumidas de forma mayoritaria por los
hombres. Son muchas las veces, en que se ha luchado por eso, sin que los resultados hayan sido
espectaculares. Pero merece la pena reiniciar una vez más la lucha, una lucha tan vieja como el
mundo, en que nosotros no vamos a ser los primeros ni tampoco vamos a ser los últimos. Sólo
seremos, si luchamos en esto, personas civilizadas que hemos aceptado el reto de estos tiempos
nuevos de la Posmodernidad, el reto de hacer de la solidaridad y de la tolerancia valores con
carácter realmente universal.
ECOLOGÍA UNA VEZ MAS

H emos dicho antes, que una de las razones del sufrimiento humano está en los trastornos
que a veces nos traen las leyes naturales, y en los fallos que suele haber en la Naturaleza.
La Naturaleza es nuestra realidad circundante y es a su vez nuestra realidad integrante.
Cuando una y otra de estas dos realidades en su multiplicidad de matices, no es conforme con
nuestro deseo, es cuando sufrimos. Verdad es que los hombres son, en infinidad de veces los que
ocasionan nuestro infortunio por los más diversos y complejos motivos. Mas cuando la
Naturaleza por razón de sus propias leyes y de su propia dinámica nos viene en contra, hay que
echarse a temblar. Decía Federico García Lorca que la Naturaleza era verdaderamente madre de
los hombres y apoyo y sostén de ellos, pero que cuando actuaba de madrastra, representaba a las
mil maravillas su odioso papel. Ello es cierto. García Lorca posiblemente dijese eso, por las
limitaciones que le impusiera su homosexualidad, como fenómeno natural ineludible para él. Que
su afirmación fuera por ésta o por otras razones, no quita que la misma sea una afirmación
correcta.

No se puede negar que la Naturaleza es una de las cosas más acertadas que ha puesto
Dios en el contexto de la vida del hombre. Hay una infinita belleza en la luz del Sol. Es apasionante
la inmensidad del mar. Me conmueven los bosques con su intacta hermosura, como me
conmueven la lluvia y el viento y el fulgor de las estrella en la oscuridad de la noche. Me entusiasma
el vuelo de las aves sobre el aire y el rápido movimiento de los peces dentro del agua. Causa
asombro el extenso muestrario de todo lo que hay en el ámbito natural, en cuyo conocimiento nos
perdemos sin lograr llegar a conocerlo todo, en toda su amplitud. Días pasados veía y
contemplaba en el campo una encina que era de gran corpulencia y frondosidad. Y la miraba
como embelesado. Era toda ella realmente una obra admirable, cuya contemplación suavizaba el
espíritu, a la vez que tenía como prendidos de sus ramas montones de recuerdos de cuando yo era
niño, y venía a ver los nidos de había en ellas. Era un árbol centenario que dio su sombra a mis
padres y a mis abuelos, y posiblemente a mis bisabuelos y tatarabuelos en toda una historia de
generaciones. Y todavía a mi, me daba ahora generosamente la belleza de su imagen y la quietud
de su sombra.

No vivir la Naturaleza, no gozar de ella, es posiblemente uno de los mayores errores que
puede cometer el hombre en su vida. Me explico que haya quiénes se retiren a su soledad y a su
silencio huyendo de las ciudades y de las aglomeraciones de la gente. Me explico la conducta de los
que viajan de continuo, buscando la manera de conocerla en todos sus aspectos y en todas sus
manifestaciones igual en los desiertos de África, que en los mares y en las selvas del Trópico. Y me
explico que sea una constante del ser humano, su idea de volver de nuevo a vivir en Naturaleza.
Fueron los filósofos franceses del siglo XVIII los que apuntaron primero esa idea. Y desde
entonces está casi siempre en nuestro pensamiento, aun cuando sepamos que volver a ella nunca
va a ser posible, pues eso, es como volver al Paraíso cuando hemos salido del mismo. Y al Paraíso
nunca se vuelve.

Pero muy dura es la Naturaleza con los hombres cuando se revuelve contra ellos. Y su
dureza es a veces dramática. Dura es cuando alguien nace ciego, o cuando alguien nace subnormal
o cuando nace enfermo o nace deforme. Y no menos dura es, cuando alguien pierde la vista y sus
leyes impiden recuperar la visión, o cuando nos domina la enfermedad y sus leyes impiden
recuperar la salud o cuando se pierde la facultad de moverse o andar, y sus leyes impiden recuperar
el movimiento. Dura es la Naturaleza cuando no dota a los hombres de mínimos de inteligencia y
así pasan su vida de error en error, o de mínimos de resistencia ante la adversidad y así hacen de su
vida una continua depresión o de mínimos de imaginación para la esperanza y de ese modo
terminan no sabiendo vivir. Hay miles de contratiempos y de contrariedades que provienen
mucho más de que la Naturaleza no nos haya dotado de defensas y de respuestas contra lo adverso,
que de nuestra conducta o de la conducta de nuestros semejantes cuando actuamos o decidimos.
Y no digamos cuando sus leyes conducen a una magnificación de los aconteceres
naturales o por contrario a una minimización de los mismos. Ese es el caso de los huracanes que
arrasan campos y ciudades, o de las lluvias torrenciales que arrastran sobre la tierra y el fango
cadáveres de animales y de seres humanos, o de los terremotos dejando a las personas atrapadas
bajo montones de escombros. O ese es el caso por el contrario, de las sequías de años y años, que
secan los árboles, secan el agua y los ríos, y amplían el desierto que es expresión perfecta de la ruina
de la vida.

Como ya hemos dicho en otra ocasión, todo lo que existe por el mero hecho de existir,
está sujeto a la complejidad, a la paradoja y a la relatividad. Son lo que yo llamo las constantes
existenciales de la Historia. En todo lo que existe se dan. Y tanto en lo metafísico como en lo físico
aparecen siempre con más o menos claridad.

Lo natural es complejo. Para ver eso, no hay más que observarlo con detenimiento.
Asombra lo diverso y complicado de la materia, como puede asombrar lo complicado del espíritu
del hombre. Las investigaciones de la materia, van mucho más lejos que las del espíritu. Se cuenta
en ellas con datos comprobados y experimentados. Pero al investigar la materia, quedan también
muchas cosas sin conocer de la misma por causa de la complejidad que hay en ellas.

Lo natural es relativo. Hay relatividad en todo aquello que nunca se puede valorar de igual
manera. Un mismo fenómeno natural, puede ser bueno para unos y malo para otros, conveniente
en un tiempo determinado y no conveniente en otro tiempo distinto.

Y lo natural es paradójico. En su misma relatividad está la esencia de su paradoja.


Paradójico es todo aquello que produce un resultado determinado y produce a la vez el resultado
contrario. Unos campesinos me hablaron de que la lluvia había venido muy bien al olivar, agotado
a causa de la sequía, y en aquella misma ocasión se quejaron otros de que aquellas lluvias al ser
fuertes habían arrastrado la tierra que cubría las raíces, y al dejarlas al descubierto, había el peligro
de que los olivos pudieran secarse.

El hombre situado ante esta disyuntiva de que una cosa pueda ser su bien y pueda ser su
mal, tiene la misma respuesta que ha tenido siempre para todo lo que en su vida es dual y
ambivalente. Esa respuesta es su reacción ante lo adverso. Una reacción que es siempre constante
en él, aun cuando supiera que nunca llegará plenamente a acabar con lo adverso. Eso es todo lo que
tiene. No creo yo que tenga mucho más. Y en este caso de la dualidad y ambivalencia de los
fenómenos naturales y de la propia Naturaleza, el hombre, tiene por fortuna dos factores más muy
valiosos en que apoyar su reacción ante lo adverso, que son la Ciencia y la Ecología, o la que yo
llamaría más bien, la ética ecológica. Con la Ciencia puede luchar, contra hechos y fenómenos
naturales que van en su contra, o propiciar lo que en la Naturaleza haya de beneficioso para él. La
lista de los adelantos científicos de que nos hemos servido para beneficiarnos de lo natural o evitar
muchos daños que lo natural nos ocasionare es interminable. Con citar por ejemplo, el
descubrimiento de cualquier vacuna, se ve fácilmente cuanto es, lo que a la Ciencia debemos.
Y con lo que yo llamo la Ética Ecológica también puede el hombre propiciar aquello que
haya en los fenómenos naturales de que pueda obtener beneficio, o rechazar en muchas ocasiones
aquello de los mismos, que le causare perjuicio. La Ética Ecológica no es más que un conjunto de
principios racionales, presentes en nuestra propia conciencia, referentes a la Naturaleza y a los
fenómenos naturales. La Ética Ecológica, es la que nos mueve a la defensa de los bosques y de los
ríos y de las especies animales en peligro, y de la limpieza del aire y de la conservación del medio
ambiente y de tantas y tantas misiones más de defensa de la Naturaleza. Y en igual modo es la que
nos lleva a presionar a los gobernantes, a los intelectuales y a los políticos (sin que sea bueno que se
haga de ello una cuestión política) para que adopten medidas de carácter ecológico. Y a presionar a
la vez, a la población con idéntico objetivo. Con la Ciencia y con la Ecología está probado que no
sólo se potencia lo bueno que tiene la madre Naturaleza, sino que se impiden o se suavizan no
poco, muchos excesos y abusos que hay en la misma cuando hace su odioso papel de madrastra.
Razones son estas más que suficientes, para que la Ecología figure entre los retos que tiene el
hombre de nuestros tiempos de Posmodernidad. Pues es posible que la Ecología en unión de la
solidaridad y de la tolerancia puedan hacer de nuestro Mundo, en los albores de nuestro tercer
Milenio, un mundo mejor.

EL MITO DE TÁNTALO

M uchas veces he pensado en la leyenda griega de TÁNTALO. Me gusta pensar en las


leyendas griegas. Tienen un aire antiguo y nuevo a la vez que me apasiona, al igual que
su extraordinaria belleza y su gran fuerza expresiva. Tántalo quiso probar la
omnisapiencia de los dioses y no se le ocurrió otra cosa que degollar a su hijo Pélope y dar su carne
como comida a Zeus, para ver si lo descubrían. Los dioses resultaron ser omnisapientes, y
condenaron a Tántalo por la muerte de su hijo y por haber querido engañarles. Le encadenaron a
un árbol cercano de un arroyo, de forma que estando la cadena floja, no perdiera facultad de
movimiento. Del árbol pendían hermosos frutos maduros, en gran abundancia. Y el agua del
arroyo era limpia y clara. Y Tántalo cuando sentía hambre, alargaba la mano para coger los frutos, y
estos se quedaban secos. Pero cuando Tántalo retiraba la mano, los frutos recobraban de nuevo su
madurez. Y en igual modo cuando sentía sed, se acercaba al arroyo a beber, y el arroyo se iba
hundiendo en la tierra poco a poco hasta que desaparecía de la superficie de ella, y no reaparecía de
nuevo hasta que Tántalo se retiraba de la orilla. De este modo el hambre y la sed de Tántalo fue una
constante de su vida, nunca interrumpida, que se convirtió en un continuo y repetido intento de
coger el agua del arroyo y la fruta del árbol, sin lograr conseguirlo.

A mi juicio este símil es bueno, y es explicativo de lo que es la vida del hombre, que no es
otra cosa que un continuo deseo y una continua frustración tras la busca del deseo, sin que se deje
de ir nunca a la consecución del mismo, aun cuando se vea que sólo hay frustración en ello.
Parecerá que esto es duro y no siempre es así. Pero cuando se observa la vida en toda su extensión y
largura, desde la perspectiva que nos puedan dar muchos años vividos, se verá que aunque esto no
sea plenamente así, porque nada hay absoluto como realidad, es la verdad que tiene mucho de
cierto.

El hombre se pasa la vida alargando la mano para coger los frutos que la vida le ofrece y
que casi nunca logra. Y si los logra, en su mismo logro, lleva ya el germen de deseos nuevos, en pos
de los cuales, vuelve a alargar la mano de nuevo sin poder conseguirlos. Pero no por eso se aburre,
ni cesa en su empeño. Y es aquí, donde creo yo que está la verdadera grandeza del ser humano, en
su capacidad de reacción ante lo adverso y ante lo que se le niega, para insistir en su búsqueda, no
desertando nunca del deseo. Yo creo que esto es la vida, y que es aquí donde está la esencia y
fundamento de que el hombre sea constructivo, y convierta de ese modo su Historia sobre la Tierra
en un fantástico muestrario de realizaciones, que van desde el hacha de piedra a los vuelos
espaciales.

Pero el hombre para vencer esa frustración del mito de Tántalo, para no aburrirse en su
empeño, necesita estímulos que le animen y algo en que apoyarse para no desistir en su lucha y
continuar en ella sin desánimo. Y eso, y no otra cosa, son las utopías.

Las utopías son ideas o valores con gran fuerza persuasiva, que por todos se admiten
generalmente, como algo en que hay que apoyarse, para derribar y anular los límites que se oponen
a los deseos del hombre. Las utopías para ser utopías, no necesitan ni ser verdaderas ni ser falsas.
Sólo necesitan que se admitan como verdaderas, aparte de que lo sean o no, y que se acepten
masivamente, y se crea que sin su apoyo nuestra realización no tiene sentido o no puede lograrse.

En tiempos en que la Cultura no era mucha y el espíritu crítico no existía, el hombre fue
creador de innumerables utopías. Utopías eran las religiones. Las Religiones siempre fueron apoyo
del hombre en la lucha de su vida. Aquí la fruta de Tántalo era el Paraíso. Todas las religiones
prometen el Paraíso. El hombre alarga la mano para coger el Paraíso. Y en su lucha por el mismo, se
llegó desde quemar herejes en la hoguera y matarlos en largas y duras guerras religiosas, hasta hacer
lo que hacía San Juan Capistrano, que dormía todas las noches de pie apoyándose en un mueble, y
se comía la fruta sólo cuando estaba ya medio podrida para hacer penitencia, al igual que hacía Fray
Junípero Serra, que con un pie infectado, daba largos paseos para mortificarse en lugar de estarse
quieto y hacer por curarse.

Utopía era el Poder. Siempre se estimó el Poder como un fuerte apoyo del ser humano, en
su lucha por su realización. Aquí la fruta de Tántalo era el dominio de los demás, para hacerlos
objeto de nuestro yo. Y el hombre alargaba la mano para dominar a los demás, lo mismo cuando
Ricardo III de Inglaterra, ahogó a su sobrino de diez años que era el Rey, empujándole a una cuba
de vino y sentándose sobre la tapa, que ahora cuando en las democracias, se compran votos con
favores y concesiones de privilegio.

Utopía era la Patria y el valor de la Patria. Y aquí la fruta a alcanzar era la exclusión de los
otros, la exclusión de los que no tenían ni nuestras costumbres, ni nuestros hábitos, ni nuestra
idiosincrasia, fueren los que fueren. Cuando los árabes de Damasco resistían el asedio de su ciudad
por los cruzados en el siglo XII, que les lanzaban con catapultas las cabezas de los musulmanes
degollados por cientos, que saltando por encima de las murallas, caían todavía sangrantes dentro
del recinto fortificado, la fruta de Tántalo era la exclusión en su país de los infieles cristianos.

Utopía era el dinero. Siempre se estimó el dinero como un fuerte apoyo del hombre en su
lucha por su realización. Aquí la fruta de Tántalo bien podía ser el oro. Y el hombre alargaba la
mano para coger el oro, lo mismo cuando extremeños y castellanos recorrieron, en busca del
Dorado, América entera de punta a punta; que cuando los colonos del Oeste americano, en el siglo
pasado atravesaban montañas y desiertos en busca de las arenas auríferas de los ríos de California.

Y utopía es la razón, y la libertad y el amor y la autoridad, y todos los valores de aceptación


masiva de que el hombre se sirve para caminar por la vida apoyándose en ellos. Todo esto puede
verse en la Historia. Al igual que puede verse en la Historia, que a lo largo de ella, han ido los
hombres anulando y suprimiendo utopías, que anteriormente, ellos mismos crearon, de manera
que puede pensarse que se va a que las mismas sean cada vez menos y menos numerosas.

En el largo período de años en que se extiende, la antigua Premodernidad, las utopías


fueron multitud. Había muchísimas. Cuando se inicia el Renacimiento y empieza la Modernidad,
comenzaron a suprimirse infinidad de ellas, que muchas veces no eran otra cosa que viejas
supersticiones o leyendas de origen lejano, en las que firmemente se creía. La Modernidad las
redujo en gran número. Pero durante ese tiempo quedaron vivas no pocas. Y ahora, cuando
comienza la imprecisa y fría Posmodernidad, es cuando han desaparecido casi todas. Y casi sólo
quedan, la utopía de la razón (si sus conclusiones, son las de nuestro propio raciocinio); la utopía de
la libertad (bastante minada por causa de los abusos que con la misma se cometen) y la utopía del
dinero (que se ha divinizado). Ellas tres son a su vez la base y apoyo, donde tiene su asiento lo que
hemos designado como la ideología de nuestro propio yo, ideología que no parece tener otra meta,
que gozar y vivir y disfrutar y sentir plenamente el presente, como nuestra única razón de existir.

Y a mi juicio no hay bastante con esto. Hace falta algo más. El hombre para vivir necesita
más utopías. No tiene bastante con la libertad y el dinero, como componentes exclusivos de la
ideología de su propio yo. Ello no es suficiente. Y aquí es donde puede que esté el drama de la
Posmodernidad, al ser la misma, tiempo y momento del fin de la utopías, que es como decir del fin
de los sueños y porque las utopías, real y verdaderamente, no son otra cosa que sueños.

Sin embargo, yo tengo fe en los hombres y tengo fe en Dios, que harán que vengan días
en la vida de los pueblos de Occidente, en que poco a poco vayan surgiendo nuevas utopías y
nuevos sueños porque sin sueños, no se puede vivir.
INDICE

Prólogo

La vieja Modernidad

La Posmodernidad y sus caracteres

La Autoridad y la Libertad

Posmodernidad y democracia

La Posmodernidad y la Iglesia

El Norte y el Sur

Las mujeres en la hora actual

Tecnología y consumismo

La juventud y sus formas de evasión

Los retos de la Posmodernidad

Reflexiones sobre la Tolerancia

Ecología una vez más

El mito de Tántalo

Este libro se empezó el 14 de Octubre de 1991 y se terminó el 12 de Febrero de 1992


Se editó en Enero de 1993. LAUS DEO