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[JUAN VILLORO]

LLAMADAS
DE AMSTERDAM
Juan Villoro (Ciudad de México, 1956), narrador, ensayista e introductor
de Lichtenberg al español, es asimismo un contumaz autor para niños. Ha
publicado, entre otros, los libros de cuentos Albercas y La casa pierde
(Alfaguara). Monte Ávila publicó la antología La alcoba dormida.

J
uan Jesús colocó la tarjeta en el teléfono y marcó resultaban absurdas al modo de una envejecida película de cien-
el número de Nuria. Escuchó su voz en la con- cia ficción: cuán ingenua era la mente que imaginó esos aparatos
testadora, el tono fresco y optimista con que la para el porvenir.
conoció, aunque en el fondo sólo conocemos Nuria desapareció, engullida por una zona ingrávida, y él
optimistas, ¿quién anuncia sus miserias desde el se vio obligado a reconocer que los amigos comunes podían
primer encuentro? No dejó mensaje. dedicarse a otra cosa que mantener un vínculo conjetural y
Recordó los días en que ella perdonaba sus retrasos épicos, venenoso entre los amantes separados. No lo abrumaron con la
sus olvidos (las llaves dentro del auto, el paraguas en la fiesta de posteridad de Nuria en Nueva York. La discreción era tan
ayer), su cartera sin billetes ni tarjetas de crédito en el restorán marcada que le bastaba beber una ginebra o inhalar una raya
agradable pero algo pretencioso, escogido por él para halagarla. de coca para sospechar que deseaban evitarle la humillación de
Nuria mitigó el nerviosismo con su disposición a ignorar conocer los triunfos de su ex mujer. Hay vidas que se estruc-
los desastres menores creados por Juan Jesús, a sentirse bien en turan como la trayectoria de un actor de género, un solo papel
la primera o la última fila del cine. Tal vez se dejó llevar por las perfeccionado hasta el infinito. Nuria Benavides sólo era conce-
esperanzas del principio y las imprecisas virtudes atribuibles a bible al margen del dolor y el fracaso o, eventualmente, aceptan-
un desconocido, o tal vez advirtió sus altibajos desde entonces do a los demás como su dolor y su fracaso.
y decidió ignorarlos. Cuando vivían juntos y ella se hizo cargo de un conglome-
A la distancia, le gustaba suponer que él hizo todo para rado de revistas femeninas, le ofreció a Juan Jesús retirarlo de su
fracasar rápido, como si anticipara futuros daños con un sagaz trabajo en la imprenta. Los dos sabían que para él el diseño gráfi-
instinto. Nuria lo quería con misteriosa aquiescencia, como si co significaba un medio para un fin; su meta estaba en los óleos
lo amara a pesar de algo; aceptó su silueta descompuesta y acuchillados que guardaba en el cuarto de azotea, la serie de
empapada en su departamento de La Condesa como la mag- vandalismo expresionista que reflejaba tan bien el miedo de vivir
nánima capitulación del bienestar ante el desorden. A él le en la ciudad, o lo reflejaría cuando acabara aquellos cuadros
parecía un milagro estar ahí, escogido por el azar, del mismo cautivos en la azotea. Él se negó. El departamento era de Nuria,
modo en que diez años después odiaba ser aceptado por ella. su suegro les había regalado un equipo de sonido con más funcio-
Diez años, demasiados para una pareja sin hijos ni un proyecto nes de las que podían descifrar, casi todos los muebles provenían
de colonización en tierras vírgenes. de la época antediluviana en que ella administró una tienda poli-
Cuando se separaron, Nuria desapareció de su órbita. Se fue nesia. “Me pagas cuando expongas en el Guggenheim”, le dijo
a Nueva York como abducida por extraterrestres. En siete años ella con una confianza horrorosa. No hubo ironía ni solemnidad
no supo nada de ella. A veces, la soñaba en naves espaciales que en la frase. Nuria creía que eso era posible. Juan Jesús no podía
parecían casas de la colonia Roma, con fachada de los años trein- aceptar un trato que incluyera expectativas que tal vez iba a
ta, protegida por una reja de lanzas, y donde alguien abusaba de traicionar. Se veía como un piloto en la niebla, carismático y
ella en una habitación mal iluminada; una criatura con muchos mojado, con una chamarra tipo Indiana Jones, dispuesto a
dedos anillados untaba ungüento color arcilla en los senos de arriesgarse pero no a garantizar su horizonte. Salvo uno, sus
su ex mujer. Cuando vivían juntos, estas fantasías le ayudaban contactos con la crítica habían sido deprimentes. Solía exponer
a hacer el amor en cualquier sitio que no fuera la cama; ahora en esas galerías que saben aliarse al secreto y se ubican en una

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calle doblada hacia un panteón o en el último patio de un en la portada.
centro cultural. No esperaba mucho de la crítica. Vio una entre- Empacaron sus adornos, muebles y libros favoritos y los man-
vista en televisión con un célebre pítcher de béisbol, un hombre daron por barco a esa tierra donde le ganarían terreno al mar.
ansioso de tener oponentes, que se “mentalizaba” al subir al Después de varias reuniones de despedida en las que alguien
montículo para lanzar bolas inesperadas, y se sintió capaz de aconsejaba conocer San Petersburgo y en el entusiasmo de la
enfrentar rivales armados con un bat. El secreto estaba en res- noche sonaba no sólo lógico sino necesario ir a Holanda para
tarles importancia, en tratarlos como impostores. La respuesta conocer las noches blancas de Dostoyevski, Nuria fue a ver a su
ante la originalidad siempre carece de sentido. No podía entregar padre y regresó demudada.
su destino a los anhelos y las frustraciones de los otros. Sabía de –¿No me vas a preguntar nada? –habló como si llevaran una
sobra que nada se reparte tan bien como la envidia y que hay eternidad en silencio y él ya hubiera acabado de descorchar la
quienes viven para criticar los errores que no se atreven a co- botella que tenía en las manos.
meter. Aun así, le dolió el aire de suficiencia de un crítico que –¿Qué te pasa? –preguntó, en forma maquinal.
lo descartó sin rebajarse a argumentar. Otro cuestionó su no El padre de Nuria tenía leucemia. Se lo acababan de des-
muy clara relación con la raíz del hombre. El más imaginativo lo cubrir. Él quiso ocultar su enfermedad, pero la madre decidió
llamó “Chucho el Rothko” por confundir la influencia con el enterar a las hijas.
hurto. El futuro de Juan José lucía brumoso. No había nada se- Las lluvias habían llegado a la ciudad y un torrente negro
guro en un mundo que dependía de veleidades ajenas y donde lamía las ventanas, como una concreción del ánimo en ese de-
acaso no hubiera coleccionistas de óleos concluidos con navajas. partamento sin adornos. Juan Jesús acarició a Nuria. Le pareció
En alguna de las terapias a las que se sometió después de la más hermosa y lejana que nunca. La oyó llorar durante dos,
ruptura, llegó a pensar que Nuria lo había invitado al abismo; tres horas. No sabía que se pudiera llorar tanto. Al cabo de
su generosa propuesta de mantener al genio podía ser un varias tazas de té que dejó intactas, Nuria dijo:
magnífico pretexto para incriminarlo después. Lo cierto es que –No lo voy a volver a ver.
pensaba demasiado en ella, inventaba a diario motivos para las Juan Jesús supo lo que tenía que hacer. Era su turno.
decisiones que ella tomó por él, buscaba claves en su rostro, Canceló el viaje con la misma sencillez con que ella lo acep-
anuncios de lo que ya había hecho pero adquiría otro peso tó. Fueron sus mejores días juntos. Nuria irradiaba una dicha
ahora que entraba en su memoria: Nuria abría una puerta y absoluta entre los estantes donde las cosas favoritas habían de-
permitía que él la viera como no lo hizo años atrás, anunciaba saparecido. Tardaron en comunicar su cancelación a los amigos
algo que Juan Jesús no supo descifrar entonces. y pasaron semanas sin citas, dignas de su agenda vacía, con el
En siete años, él no había vivido con nadie más. Sus rela- Mondrian en la portada. Las molestias locales se volvieron tan
ciones iban de la fase “no te abres” al momento en que contaba sugerentes como las que anhelaban en Amsterdam; misteriosa-
algo de Nuria; el rostro de su interlocutora se iluminaba con mente, estaban de regreso. Les gustaba hablar a Holanda para
repentino interés; luego venían preguntas detallistas, ansiosas, preguntar por sus cosas y averiguar la ruta por la que volverían.
que rara vez conseguía esquivar y lo ponían en pésima situación, Su única ocupación era Felipe, el padre de Nuria. Tenían que
por más que deseara parecer banal, indiferente, apagado. El estar con él, apoyarlo como pudieran. En esos días de mudanza
fantasma de Nuria se sobreponía a la figura que tenía enfrente, inmóvil, Juan Jesús propuso tener un hijo. Nuria se frotó la
insulsa, misteriosamente irreal. El problema sólo podía agravarse ceja donde supervisaba sus problemas. Tardó en contestar. No
con el tiempo; Juan Jesús evocaba a una mujer que sólo en parte descartaba nada pero aún debía probarse cosas a sí misma y,
existió con él, la perfeccionaba en su imaginación para hacerse sobre todo, debía velar por su padre; sus reservas emocionales
el mayor daño posible. se consumían en esa enfermedad; tal vez después, claro que sí,
Con todo, hubo un tiempo, diez años ya espectrales, en que no creas que no.
vivieron juntos. Su momento decisivo, la “condensación” de la Felipe Benavides había sido senador de la república por el
que le hablaron al menos dos terapeutas, tenía un solo nombre, PRI, un hombre de cuidada oratoria, con ciertos excesos de voca-
“Amsterdam”. Juan José obtuvo una beca para mirar la luz que bulario (decía “justipreciar”, había colocado un balcón cir-
entraba por las ventanas de Vermeer. Se vio en bicicleta, con una cundante en su biblioteca sólo para referirse al “ambulatorio”,
bolsa de red en el manubrio para llevar pan o quesos o pinturas. opinaba que el tequila reposado era más “sápido”); oírlo era como
Nada le hubiera molestado más en México que andar en bicicleta verle los zapatos, lustrados por un bolero que pasaba a diario
y llevar el pan colgado del manubrio, pero Amsterdam estaba por su casa. Juan Jesús tenía una estupenda mala relación con él.
para eso, para vivir de otro modo y hacer estimulantes las moles- Felipe Benavides procuraba por todos los medios que su voluntad
tias. Nuria aceptó el plan con sencilla felicidad. Renunció a su se confundiera con los deseos de los demás. Organizaba viajes,
trabajo sin alardes ni reproches ni gestos concesivos, compró comidas, idas al teatro, como si obedeciera los caprichos de una
guías de los Países Bajos, descubrió a un novelista policiaco que grey exigente. Lo favorecía el hecho de tener cuatro hijas semi-
narraba estupendos asesinatos en los muelles de Rotterdam, histéricas entre las que intercedía con tácticas de tahúr. Nuria
consiguió una agenda para su vida futura con un Mondrian era la quinta. Creció un poco a destiempo, relegada de la pan-

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dilla inquieta, ruidosa, competitiva. Sus hermanas vivían para la miraba con la misma idolatría que ella solía brindarle.
medirse entre sí y disputar por la predilección del senador. Los muebles aún no regresaban de Holanda cuando ella
A los 67 años, Felipe Benavides preservaba su abundante ca- decidió pasar las noches en casa de su padre. Los médicos insis-
bellera en un esmerado tono caoba. Al tercer tequila, sus ojos tían en el “elemento emocional” y el apoyo de Nuria resultaba
adquirían el brillo lapislázuli que hizo leyenda en la Facultad decisivo. Al cabo de unas semanas, la mejoría fue asombrosa; el
de Derecho. La práctica de la abogacía le había dejado contac- mal seguía en su cuerpo, pero neutralizado. Una tregua para
tos de hierro para asegurarse puestos más o menos políticos y vivir. Cuando llegó el Derby de las Américas, el senador volvió
un sinfín de anécdotas escabrosas para amenizar reuniones. Aun- al hipódromo, con unos binoculares costosísimos, regalo de su
que lo que contaba era siempre venal, ruin, miserable, su voz de hija menor. En las muchas comidas de festejo, entrelazaba sus
locutor de los años cuarenta y sus fantasiosos adjetivos daban dedos con los de Nuria y le besaba el dorso de la mano: “mi
una confusa dignidad a las historias del hampa, el latrocinio, los doctora estrella”, decía. Ahora, el tercer tequila no lo llevaba a
sótanos de la justicia. Había conquistado a más de una mujer la picaresca del crimen sino a considerar que la leucemia había
con sus patricias descripciones del mal; quien lo escuchaba se remitido lo suficiente para permitirle morir de cualquier otra
sentía misteriosamente protegido por sus palabras, en un círcu- cosa. “Estoy tan sano como ustedes”, señalaba de uno en uno a
lo cómplice; el senador hablaba con la pericia del sobrevivien- los contertulios, como si les atribuyera enfermedades aún no
te, de quien sabe los modos raros que son los verdaderos. Aquel descubiertas.
abogado sin deseos de litigar trabajó a fondo en las sobremesas Juan Jesús había cobrado cierto afecto por el hombre de
y urdió una red de solidaridades que lo llevó al escaño que re- repentino pelo blanco y voz débil, que aceptó con silencio y
clamaba su apostura física: existía para aparentar a un senador. entereza la posibilidad de morir. El sobreviviente, en cambio,
Pero en nada invirtió tanta energía como en lograr la irres- hablaba en tono ventajoso, se ufanaba del final que no llegó
tricta adoración de sus hijas. Logró transformar a su mujer en pero le otorgaba derechos raros; había estado en el umbral como
una sombra conveniente, algo más que una criada, algo menos en los separos policiacos; su cuerpo negoció una tregua en esas
que una tía que estuviera de visita. La genética respondió con sombras.
fanática lealtad a sus deseos. Las cinco tenían su sonrisa avasa- Era ruin criticar a Felipe por sus desplantes de convalecien-
llante. Un hijo (que juraba haber deseado) hubiera arruinado te, pero las ideas de Juan Jesús se enredaban mucho en los días
su neurótico harem. La primera vez que Juan Jesús vio a Nuria en que recibió la mudanza sin Nuria (ella tenía una junta con
junto a su padre conoció los alcances de la idolatría: se anti- los médicos o con el comité de selección de un nuevo trabajo).
cipaba al complejo código de señales del senador con una Abrió las cajas llenas de aserrín y papel burbuja, sacó los ador-
ternura hipertensa. nos y los puso en los entrepaños con la rara sensación de mani-
–¿Cómo te cayó? –le preguntó ella después del primer en- pular objetos de otro tiempo, no las artesanías de Oaxaca ni los
cuentro. ceniceros de difuso modernismo escandinavo, sino un juguete
–Se pinta el pelo, ¿verdad? roto o un absurdo superhéroe de la infancia, cosas llegadas por
Así selló su estupenda mala relación con el suegro. Felipe error o accidente. Esa noche volvió al tema del hijo. Nuria se
Benavides era un benefactor egoísta; se las arreglaba para ayudar- cubría la cara con una crema verde. Juan Jesús habló con firmeza,
los en pos de fines que tarde o temprano llegarían. Nuria lo adora- como si la máscara lo favoreciera a él. El suegro había recupe-
ba con una entereza envidiable que trataba en vano de ocultar. rado la salud hasta donde era posible, habían “regresado” a Mé-
Obviamente, todo podría haber sido peor. Juan Jesús se resignó xico, estaban rodeados de sus pertenencias, podían abrir otra
a disfrutar las bulliciosas reuniones en casa de sus suegros. puerta, darle un giro al destino. Ella habló con la boca torcida
En algún momento se preguntó si habrían cancelado el viaje por la crema que se le iba secando en la cara. Tenía un nuevo
en caso de que la madre enfermara. La suposición era absurda; trabajo, quería concentrarse en esa puerta, después verían, la
aquella mujer estaba hecha para extinguirse en forma fulminante, idea del hijo, por supuesto, era estupenda, además, le gustaba
sin dar molestias. En cambio, su suegro se entregó a un tránsito que no viniera como una renovación obligada, el hijo a cambio
despacioso, sin muchos síntomas aparentes, que acercó a sus cinco del padre muerto, sino como algo que agregarían al futuro, otra
hijas y renovó sus posibilidades de disputa. Una confiaba en los puerta abierta.
hospitales de Houston, otra estaba casada con un cardiólogo que La oficina de Nuria estaba en un edificio de Santa Fe donde
odiaba al inmunólogo de Benavides, la tercera recomendaba los vidrios captaban energía solar y las luces de los pasillos se
curaciones con planchas de bronce y brujos de Catemaco, la encendían por medio de sensores. Se encargaba de la prospecti-
cuarta repasaba los seguros médicos y posibles demandas por va (la “idea de futuro”, le explicó a Juan Jesús) de cinco revistas
negligencia. Sólo Nuria parecía un tanto al margen. Poco a líderes en sus respectivos ramos. Sus colegas se referían a la
poco, Juan Jesús entendió su verdadera fuerza, lo mucho que se empresa como “corporativo”, lo cual significaba que había pasa-
parecía a su padre. Con suave reticencia, la hermana menor se do por exitosas depredaciones internacionales. Los fundadores
convirtió en árbitro de las disputas y llevó los acuerdos comu- mexicanos la habían vendido a unos españoles que fueron en-
nes al rumbo que deseaba. Desde su cama de enfermo, Felipe gullidos por alemanes y ahora pertenecían a un consorcio de

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Nueva York (directiva inglesa, gestión gringa, capital japonés). ■
Juan Jesús consiguió un trabajo como diseñador gráfico de Los días siguientes fueron como una lluvia torpe que cae sin
una revista que se repartía en las salas móviles del aeropuerto. empapar las cosas. El senador estrenó el fistol en forma de he-
Los pasajeros tenían unos minutos para recoger esa publicación rradura que le dio Nuria y ganó una apuesta considerable en la
gratuita, entre el pasillo donde habían abordado y el avión que cuarta carrera. Una noche en que jugaban póquer en casa de
esperaba en una “posición remota”. La comparación de empleos sus suegros, Juan Jesús se concentró en la cara de Nuria, en las
era menos agraviante que la seguridad de Nuria para reordenar ojeras que conservaba desde la primera crisis de su padre. Sin
el espacio, su habilidad para hacer placentera, no se diga la sala, embargo, fue Benavides quien dijo:
sino un recodo inservible en el pasillo; este trato elemental y –Me siento mal.
dichoso con las formas le caía a él como granizo ácido, le re- El senador se levantó con trabajo y se despidió con un vago
cordaba su incapacidad para servirse del color, sus lienzos ademán. Nuria fue tras él.
inacabados en el cuarto de azotea. Nada más lógico que trabaja- Tardó en volver. Habló por teléfono a la farmacia. Tenía que
ra para una revista que circulaba en un limbo, en el vehículo que inyectarlo. En el compás de espera, compartieron testimonios
iba del aeropuerto al avión. de las inesperadas y alentadoras muestras de vitalidad que
Una noche rentaron un vídeo de los años cuarenta, una histo- hasta ese momento habían observado en don Felipe.
ria de amor y separaciones, reencuentros insólitos y merecidos. Jugaron unas manos inocuas hasta que Nuria regresó con
Juan Jesús habló con entusiasmo de los días en que esperaban rostro cansado. Se apoyó en el pomo de la puerta, con un énfasis
sus cosas de Amsterdam, apenas veían gente, se tenían el uno al curioso, como si no fuera a soltarlo hasta que todos se marcharan.
otro, sin adornos ni compromisos, en un horizonte abierto. La Era tarde, el enfermo debía descansar.
película terminó y la pantalla se cubrió de vibrantes cenizas sin Le quedó claro que Nuria iba a quedarse. La madre empezó
que trataran de apagarlas, tal vez porque Juan Jesús hablaba con a recoger los platos, como la unidad de servicio que siempre
demasiado brío y a ella le parecía una desatención hacer otra había sido. Esa noche llevaba un delantal de un material plasti-
cosa o porque necesitaban esos puntos fugaces para hablar de ficado, color verde pistache, hecho para cocinas industriales.
Amsterdam, de hacer, ahora sí, el viaje que perdieron. Juan Jesús salió con pasos de sonámbulo. En la esquina, un
Nuria estuvo de acuerdo, como tantas veces. La idea sonaba relámpago partió el cielo y recordó que había dejado el para-
genial, nada como recuperar esa utopía con bicicletas, pero guas en la casa.
había algo: La madre abrió la puerta. La luz mercurial del alumbrado
–No sabes lo difícil que es –dijo en un tono tenso, que sólo daba a su rostro un resplandor blancuzco. Costaba trabajo rela-
podía referirse a algo que no habían conversado. cionar esas facciones con sus hijas.
–¿Qué es difícil? Él entró en busca del paraguas. No recordaba dónde lo había
Los ojos de Nuria se llenaron de lágrimas, un temblor se puesto y pasó de un cuarto a otro. La madre lo dejó hacer. De la
apoderó de su labio superior. cocina llegaba el rumor parejo de un chorro de agua.
–Tengo que estar cerca de él. Es durísimo. No sabes el asco Juan Jesús se agachaba bajo una mesa esquinera cuando oyó
que me da. un ruido en el pasillo. Se abrió la puerta de la habitación del
Juan Jesús se asomó a la ventana y vio un gato de pelambre padre. Nuria salió de ahí. Estaba descalza, llevaba la camiseta
amarillenta. Sabía que no iba a olvidar ese momento ni ese de hombre con la que solía dormir en el departamento. Se
gato. Nuria lo vio a través de las lágrimas, rota, indefensa. Había dirigió al clóset del pasillo. Juan Jesús la vio sacar dos o tres
velado la agonía de su padre hasta convertirla en una recupera- frascos de medicinas y un bulto que parecía un oso o un muñeco
ción, aceptó un trabajo absorbente, que acaso no le interesara de peluche. Un gesto infantil –la mejilla contra la cabeza de
tanto pero los mantenía a flote, medió entre sus hermanas con peluche– le hizo pensar que ella no tenía ningún muñeco en
extenuante dedicación; sabía que su padre era un crápula, a casa. Nuria regresó a la recámara del padre.
veces simpático, casi siempre egoísta, pero algo, el dibujo del Juan Jesús oyó un carraspeo a sus espaldas:
destino, la había llevado a un cruce en el que debía actuar. –¿Lo encontraste? –la madre se secaba las manos en el
Habían perdido y aplazado sueños, no podía ser de otro modo. delantal verde.
Esto fue lo que él leyó en su llanto y en el temblor con que ella De pronto recordó que el paraguas estaba en la cajuela del
lo abrazó y le pidió que la perdonara. coche.
En infinidad de ocasiones, al repasar la escena, se iba a re- La madre lo acompañó a la puerta:
prochar no haber buscado lo que Nuria llevaba dentro y tal vez –Eres como yo –le dijo.
sólo le diría esa noche. O quizá era mejor así, mejor no conocer Seguramente se refería a su carácter olvidadizo, pero la
la herida íntima y ajena, que una vez dicha compromete y de- frase causó otro efecto. Sólo ella podía acompañarlo con pasos
sarma a quien la escucha. Él se durmió sin desvestirse, mientras cansinos hasta la puerta y entregarlo a la lluvia sin ofrecerle la
acariciaba a Nuria. Fue ella quien arregló los platos dispersos y menor protección; sólo él podía salir a la lluvia sin pedirle un
apagó la tele. paraguas o al menos una bolsa de plástico. Gente que se empa-

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paba sin importancia y aguardaba a que sus manos se secaran de unos centímetros y él tampoco puede moverse, hasta que la
cualquier modo. marea se recompone y otra mesera de cuerpo frágil y furioso
Chapoteó entre los charcos. Un resto de dignidad le impidió empuja lo suficiente para volver al Tornillo Lascuráin y agrade-
subirse las solapas del saco. No le dio gripe porque en las gue- cer que no le pregunte por la pintura ni le cuente muchas cosas
rras no hay gripe, y él había entrado en un combate decisivo; de Nuria, apenas lo necesario para saber que estaba bien, sin
ninguna molestia pequeña podía afectarlo. descripciones ni señas particulares. El Tornillo se limitó a men-
Luchó, y perdió sin atenuantes ni contemplaciones. No cionar que el departamento de Nuria en Nueva York miraba al
recuperó la atención de Nuria; empezó a perderla en partes, a río y que le había dado por correr en las mañanas, o quizá Juan
extrañar la forma que tenía de hacerse a un lado el cabello aun- Jesús supo esto por otro medio, en todo caso, su amigo fue dis-
que no lo tuviera en la cara, los recados que le dejaba en repisas creto y sugirió que se vieran pronto, sin mucho impulso, una de
y muebles imprevistos, con feliz caligrafía de arquitecta, sus esas promesas que sirven porque son desganadas y no imponen
senos pequeños, el lunar apenas abultado en las costillas, la ni fijan nada, un vínculo vacío, perfecto para ellos, reunidos en
perfecta curva de susurros con que llegaba al orgasmo, el trapo el bar como en un andén del metro, por efecto de la multitud,
que una vez sirvió para limpiar lentes y ahora la acompañaba un billar de piezas que se mueven y repercuten para separarse
por la casa para despejar los aros de su taza de té. Constancias, con garantizada rapidez.
datos que trazaban sus días, el mapa de estar juntos.
Felipe Benavides fue eterno, al menos para Juan Jesús. Cuando ■
se separó de Nuria, su suegro seguía asistiendo a la comida El Tornillo cumplió su palabra un año más tarde. Le habló
mensual de abogados en el Danubio (en la pared, una servilleta con una voz delgada y rasposa, como si saliera de una neumonía.
enmarcada mostraba la elaborada firma del senador y el elogio Tenían que comer juntos.
de unos langostinos que le parecieron “patriotas y republicanos”). Lascuráin estaba a cargo de un portal de Internet y quería
Sin embargo, su salud tenía quebrantos; Nuria pasaba largas que Juan Jesús lo diseñara. Había adelgazado mucho y se había
temporadas con él; incluso pensaba en abandonar su trabajo en dejado una barba rala, casi blanca, que le sentaba pésimo. No
el edificio inteligente de Santa Fe. podía beber porque estaba tomando tres clases de pastillas. La
No tuvieron que discutir sobre la ausencia de un proyecto mano derecha le temblaba un poco y trataba de contenerla con
común o la disparidad de sus vidas. Se divorciaron sin aspa- la izquierda, envuelta en la servilleta.
vientos, en el juzgado de Coyoacán. Entre las palomas de la De pronto, el Tornillo dijo:
plaza, Nuria le devolvió un objeto olvidado, su caja de óleos. –Eres el único optimista que conozco.
Una banda uniformada subió al quiosco y tocó una melodía La frase sugería que su amigo se había vuelto loco. Se habían
trémula, de tambores viejos y hojalatas pobres. Él caminó rumbo frecuentado lo suficiente para que Lascuráin estuviera al tanto
a la iglesia de San Juan Bautista. De pronto, oyó una campana de sus insatisfacciones. Viajaron una vez a Acapulco y en la
que no podía venir del campanario, un tintineo menor, nervioso. terraza del Hotel Mirador, mientras veían a los clavadistas ti-
Era un camión de la basura. Se acercó sin pensar en lo que hacía rarse de La Quebrada, él levantó un minucioso inventario de
y entregó su caja de pinturas a un barrendero de guantes que sus limitaciones como pintor, sus inseguridades para retener a
alguna vez fueron amarillos. Sintió una extraña liberación y fue Nuria. Quizá Lascuráin olvidó aquella plática porque lo memora-
a celebrar a la cantina Guadalupana, con un tequila Cazadores ble fue una víbora coralillo que apareció en los escalones donde
que le sentó mal porque era el favorito de Nuria. Estaba ante los turistas veían clavados. De cualquier forma, por todas partes
una de las cosas que ya no ocurrirían, lo que él era sin ella, sin había pruebas de que la suya no era una biografía cumplida.
sus pequeñas obsesiones, sus gestos, sus objetos perdidos, su –No mames –le dijo al Tornillo–. Tengo la autoestima de un
manera de mover la silla o tocarlo por accidente o súbito cariño salvadoreño sin papeles.
o porque había dicho algo que no debía ocurrir y ella necesitaba La noche anterior había visto un documental sobre los in-
tocar madera, la cabeza que significaba eso, un trozo de árbol, migrantes salvadoreños. El Tornillo era un periodista de raza y
un bloque duro que sin embargo impedía la mala suerte. conquistó su apodo rascando datos donde no debía. Se irritaba
Apenas supo de ella después de la separación. La ciudad, mucho con la desinformación de Juan Jesús; en cierta forma, no
inmensa, avasallante, dificultaba los contactos; luego Nuria se eran más amigos porque él ignoraba golpes de Estado esenciales
fue a Nueva York. Una noche, en una barra sobrepoblada donde para la conversación. El caso es que Juan Jesús se comparó
las jóvenes meseras lo empujaban agradablemente para recoger con un salvadoreño: había fracasado, pero estaba al tanto de los
copas, coincidió con el Tornillo Lascuráin. Así se enteró de la inmigrantes.
muerte de Felipe Benavides. Los periódicos habían estado llenos –A ti todo se te resbala –el Tornillo habló como si eso fuera
de esquelas pero él sólo los abría para ir al cine, y hacía siglos una virtud.
que no iba al cine. A continuación, Juan Jesús asistió a una experiencia asom-
Sostuvieron una de esas pláticas en carrusel donde se conti- brosa, la forma en que era visto por el Tornillo Lascuráin. Fue
núa hablando con un desconocido sólo porque su oreja está a como obtener un vídeo indiscreto. Durante casi dos décadas ha-

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sería peor que la persecución o en
todo caso estaría combinada con ella.
Dio vueltas en redondo. Harto. Sin
salida. Dos días atrás, Reforma había
publicado la captura de una banda
donde reconoció a uno de sus se-
cuestradores. Recibió una llamada de
amenaza: ahora la venganza sería in-
finita. No sabía qué hacer, estaba
deshecho, revisó la nómina de sus
amigos y encontró dos grupos que de
poco le servían; sus colegas del perio-
dismo estaban demasiado habituados
al crimen y los descalabros de la noche;
por morbo o valentía o psicopatía, o

Ilustraciones: LETRAS LIBRES / Martín Kovensky


por un extraño deseo de reparación,
vivían rodeados de ultrajes y pésimas
noticias; el caso del Tornillo era uno
entre muchos; además, se trataba de
alguien que abandonó demasiado
pronto la trinchera. Sus amigos de
otras áreas, los más antiguos y los más
recientes, veían los dramas con un ci-
nismo triunfal, todo se arreglaba con
bían coincidido en fiestas, excursiones, planes que a veces los la dosis adecuada de ansiolíticos, cocaína, sexo, guardaespaldas
llevaban a la playa o un concierto de rock, sin llegar a las alian- o viajes al Caribe. Ante esa inservible constelación, Juan Jesús
zas de hierro que dan la escuela o el trabajo. Durante unos meses, destacaba como alguien que resistía con aplomo sin ser indife-
Lascuráin salió con una hermana de Nuria, pero entonces los rente. ¿Cómo sabía Lascuráin que no era indiferente? Su ami-
evitó en forma deliberada. Esos años habían servido para que el go había olvidado la plática en la terraza del Hotel Mirador.
Tornillo sacara la conclusión de que Juan Jesús era un consen- En cambio, él había olvidado la plática en las regaderas del Mun-
tido de la suerte. Estuvo con Nuria, un lujo del destino, y se det. Un domingo pasaron el día entero en la alberca del club,
separó de ella sin mayor conflicto, librándose de los tentáculos con los hijos del Tornillo, entonces muy pequeños. Juan Jesús
de Benavides y de una mujer, adorable, eso que ni qué, pero había sido un tiburón y un delfín y una mantarraya amenazante.
algo neuras, para decir la neta. Luego estaba la pintura, había En la extraña complicidad que dan las duchas compartidas,
gente que renunciaba a algo y se corroía por dentro; en cambio, donde la conversación prosigue con el automatismo de las
él transmitía una rara seguridad. ¡Y estaba igualito que hacía manos que frotan espuma, Juan Jesús habló del hijo que quería
veinte años! Ni el tiempo ni los dramas le dejaban cicatrices. tener con Nuria.
Lascuráin comenzó a sollozar: –Te soltaste –le informó el Tornillo–. Me acuerdo de cómo
–Estoy que me carga la chingada. cachaste a los chavos en el agua; no sabían nadar y se aventaban
Juan Jesús le apretó la mano buena, mientras su amigo conte- donde tú estabas.
nía la mala con la servilleta. Al cabo de unos segundos, el Torni- Su amigo habló como si la escena encerrara una moral. Juan
llo se recompuso y contó que lo habían secuestrado. Lo llevaron Jesús había atrapado a sus hijos. Fue el pez en que confiaron.
a un hotel mugriento de la colonia Guerrero. Estuvo cuatro días Con la mano bajo la servilleta, Lascuráin movió la cabeza
atado a una silla, los ojos vendados con un trapo que le produjo a uno y otro lado: “puta madre”, dijo, con voz muy queda. So-
una infección, lo de menos en ese calvario en que le sacaron los llozó en forma más controlada que la vez anterior, sin dejar de
nombres de sus hijos, sus tarjetas de crédito, una radiografía de decir “puta madre”.
su vida que transformó la liberación en una pesadilla superior. –Fui al acupunturista por culpa de tus hijos –comentó Juan
A partir de ese momento, lo hostigaron a todas horas, le pidieron Jesús para restarle importancia a la conversación. Los niños
sumas (siempre razonables, acordes con sus saldos o lo que podía se habían encaramado en su espalda y lo aferraron con sus
obtener en préstamo), le dieron informes precisos, escalofriantes, pequeños brazos hasta torcerle algo. Sí, también había sido una
de lo que sus hijos hacían en el colegio. De nada sirvió cam- ballena.
biarse de casa y de teléfono. Fue a la Judicial y entró en el ho- –Estás jodido pero ahí la llevas –Lascuráin sonrió al fin.
rror duplicado de revivir el ultraje y sospechar que la protección La comida fue emocionante y desastrosa. Su amigo apenas

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probó bocado porque los calmantes le inhibían el apetito. Juan hasta sentir tinta en la lengua, llegó a su casa con la boca azul.
Jesús insistió en pagar la cuenta, lo menos que podía hacer por Era el único normal al que conocía el Tornillo, el que se las arre-
alguien que trabajaba para los secuestradores. Se preguntó si gló para fracasar bien con Nuria y la pintura, y cargó a sus hijos
habría una red que incorporara más víctimas al chantaje; tal vez una mañana de sol, cuando ellos no sabían nadar y confiaban
sin saberlo el Tornillo facilitaba nuevas presas. Tan sólo por pen- en la ballena que podía sostenerlos.
sar esto Juan Jesús calificaba como pésima persona, pero el otro
insistía en su paz interior, no la calma chicha y bobalicona del ■
que sólo se alimenta de lechuga e ignora las emociones, sino la Una noche cedió al azar y la facilidad de las correspondencias.
entereza del que se jode y ahí está, tragándose la vida y los años. Nuria vivía en la calle de Amsterdam, el óvalo que recorría la
–Carajo, maestro: ¡eres el único normal! colonia Condesa siguiendo el trazo del antiguo hipódromo.
Además de contradictorio, el elogio resultaba insultante, Encontró un teléfono público, justo frente al edificio de ella. Vio
pero no iba a refutar a alguien tan desequilibrado. los matorrales bajos del camellón, donde los caballos decidie-
–No sé cómo no engordas –comentó el Tornillo cuando él ron la fortuna, y sacó el papel con el número de teléfono. La
pidió un pastel de moka, como si su voracidad sin consecuencias hoja había adquirido una consistencia extraña, rugosa, de tanto
fuera admirable. estar guardada. Marcó y casi fue un alivio saber que Nuria había
Después de repetir que estaba “igualito”, Lascuráin comentó salido. Escuchó su voz en la contestadora, el tono fresco y opti-
de pasada que Nuria había vuelto a México. Vivía ahí muy cerca, mista con que la conoció. No dejó mensaje. Fumó un cigarro
en la calle de Amsterdam. viendo el edificio de los años treinta donde ella vivía, el vestí-
–¿Por qué no le hablas? –preguntó. bulo renovado con alto presupuesto (pequeños reflectores de
Su amigo sacó una agenda arrugadísima, mil veces doblada halógeno bañaban una escultura tubular, más un pájaro que un
y revisada por sus secuestradores. Juan Jesús sintió un escalofrío proyectil).
al pensar que el teléfono de Nuria estaba ahí. Trató de recordar otra calle circular. Tal vez en el Pedregal
Tomó dictado, apuntó el teléfono y la dirección de Nuria, o en Ciudad Satélite hubiera circuitos que volvían sobre sí
firmó el voucher de su tarjeta, abrazó al Tornillo, sintió las mismos, pero sólo ése evocaba a los apostadores que triunfaron
vértebras en la espalda, emblemas de la mala postura, la falta o se arruinaron en las carreras de caballos. Volvió a marcar, un
de apetito, la vida encorvada de su amigo. Pensó que igual la poco para concederse un derby personal, la posibilidad de
llamaba, igual no, se quedó con la pluma del mesero y la chupó que ella sí estuviera en casa y decidiera tomar el auricular, otro

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poco para oír la voz entusiasta de quien regala sus palabras. que la muerte marca una diferencia decisiva, el Tornillo no
No había terminado de oír el mensaje cuando la vio llegar al mencionó sus problemas. Por lo demás, lucía recuperado; había
edificio. Llevaba un ramo de flores moradas, los iris que le aumentado de peso, la mano ya no le temblaba. Era un signo
gustaban tanto. positivo que estuviera ahí. Apenas conocía a Cristóbal Santander;
Nuria encendió la luz del tercer piso en el momento en que había ido por el morbo social con que sustituía su abandono de
la grabadora giraba con un rumor parejo, en espera de una voz. los reportajes. El Tornillo volvía a ser el mismo.
Juan Jesús colgó antes de que ella pudiera alcanzar el aparato. El féretro estaba abierto. Juan Jesús vio un rostro sacerdotal,
¿Tendría localizador de llamadas? De ser así, ¿los teléfonos de nariz enfática, pulido por la enfermedad. En vida, el rasgo
públicos eran localizables? distintivo de Cristóbal Santander fue la mirada acuosa, azul
Dos días después, desde el mismo sitio, comprobó que clara, entre las cejas espesas y las ojeras abultadas y oliváceas de
Nuria no tenía localizador. quien sufre del hígado. Esos ojos líquidos confundían las cosas
–Qué milagro –dijo ella, con una amabilidad sin énfasis–. con intensidad y una vez decidieron que los cuadros de Juan
¿Dónde estás? Jesús valían la pena. Cristóbal Santander hizo lo que pudo por
–En Amsterdam. apoyarlo mientras se desmoronaba, tuvo la cortesía de citar a
–Sí, te oyes pésimo. Bueno, tú no, la línea –agregó con Baudelaire en su favor cuando ya apenas escribía para los perió-
distracción, como si pusiera la mesa mientras hablaba con él; dicos. El elogio importaba porque Juan Jesús no siguió con la
luego vino una pausa, el tiempo necesario para doblar una pintura; no era el enésimo empujón de una carrera ascendente,
servilleta–. ¿O sea que sí te fuiste? sino la solitaria prueba de confianza que él no supo aquilatar,
Así cristalizó su viaje. Juan Jesús estaba al otro lado, en la la mano que podía subirlo a la balsa y que tocó sin retener,
tierra barrida por el viento y la neblina. Él habló de trenes, un hundiéndose en un mar negro y silencioso.
ático en total desorden, las putas en vitrinas de luz morada, los Le dolió que tan poca gente fuera al velatorio. Juan Jesús es-
bares donde el hashish era legal, una exposición en puertas. taba decidido a sentirse un fracaso histórico cuando el Tornillo
Pintaba campos. Campos metafísicos, a veces recorridos por Lascuráin se le acercó, impidiendo que perfeccionara la dimen-
una sombra. sión de su desplome.
–¿Campos para vacas locas? –Nuria estaba de buen humor–. –Acabo de hablar con Nuria –Lascuráin bajó el tono de su
¿Eres asquerosamente famoso y millonario? ¿Me bateaste para voz, como si se refiriera a las virtudes del muerto–. Me dijo que
disfrutar a solas tu fortuna? Dime que no es cierto. no le has hablado. ¿No me digas que no te atreviste?
–No es cierto. Le gustó que Nuria le mintiera a Lascuráin y más aún que se
–Pero estás bien, ¿verdad? negara a oír lo que su amigo quería decirle:
–Claro. –Traté de contarle que nos habíamos visto, pero me paró en
–Es que como hablas tan de repente… allá deben ser las seco. No quiere oír una palabra sobre ti. Te odia a fondo. Es
cuatro o las cinco de la mañana. ¿De veras estás bien? ¿Qué obvio que sigue clavada contigo –concluyó con impecable lógi-
horas son? ca primaria.
–No tengo reloj. Se me rompió ayer. Por lo visto, el Tornillo Lascuráin trataba de recuperarse
–¿Y para eso me hablaste? ¿Necesitas un relojero mexicano? marcando números de la agenda que tanto revisaron sus se-
Eso es patriotismo. cuestradores. Tal vez por haber sufrido amenazas, o por tomar
–Quería oírte. pastillas que ahora lo descompensaban de otro modo, buscaba
–¿Y cómo sueno? asociaciones absurdas entre números mágicos, las sombras de
–Rara. quienes eran o habían sido sus amigos.
–Rara cómo. Juan Jesús salió del funeral con una alegría que no llegó a
Juan Jesús vio a un hombre en bicicleta a unos diez metros. darle vergüenza, como si las buenas noticias tuvieran que ver
Un vapor espeso salía de su remolque. Escuchó la monocorde con aquel crítico que se hundió pacientemente en el alcohol.
letanía que salía de su grabadora: “tamales… oaxaqueños… No podía pensar que Nuria lo amaba. Le bastaba saber que le
calientitos”. mintió al Tornillo.
–Tengo que irme –le dijo a Nuria. Al día siguiente estaba en el teléfono, frente al edificio de
–¿A las cuatro de la mañana? ¿Estás bien? Amsterdam, a sus presuntas cuatro de la mañana.
–Te hablo luego. Ella debía tener un aparato inalámbrico porque se movía
–Y yo sueno rara. mucho al hablar. Su silueta entraba de pronto en el ondulado
–Chao –Juan Jesús colgó apenas a tiempo para impedir que resplandor de las cortinas, se disipaba rumbo a otro punto del
el vendedor de tamales fuera audible para Nuria. departamento, volvía como una silueta larga que se doblaba en
Al cabo de unos días, coincidió con Lascuráin en el funeral la ventana y subía en escalón al techo.
de Cristóbal Santander, el único crítico literario que habló bien Esta vez Juan Jesús advirtió una segunda sombra en el depar-
de Juan Jesús, un dipsómano perdido y generoso. Tal vez por- tamento.

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–Ah, eres tú –dijo ella con normalidad, tal vez por estar “Cuando ya no me quieras voy a rentar una ambulancia para
acompañada. pasar frente a tu casa y arruinarte tus encuentros con las golfas
–¿Podemos hablar ahora? que vendrán después de mí”.
–¿Por qué no? Si eres tú el que debería estar dormido. ¿Te
volviste insomne? ¿Estás enfermo? ■
Insomnio. Enfermedad. Locura. Razones para hablar de Entendió el significado de hablar hacia las ocho de la noche a
lejos. la cuarta o quinta llamada. Su vida paralela cobraba un atracti-
–Un momentito –Nuria se dirigió a otro sitio; Juan Jesús de- vo irregular, intrigante. Empezó a disfrutar el misterio de estar
seó un cuarto apartado, la puerta cerrada con seguro–. Perdón, despierto en Holanda, a las cuatro de la mañana. Hablaban poco;
esta pausa te va a salir carísima. A ver, cuéntame, ¿ya tienes otra él debía evitar que los ruidos de la calle llegaran al aparato, y no
ex esposa? tenía mucho que decir. Hubiera sido más sencillo hablarle
–No. de su casa, pero eso hubiera significado romper el pacto con esa
–¿Y esposa? ¿Está ahí dormida y no habla español? Dime esquina, los matorrales bajos, las desaparecidas huellas de los
cómo es. caballos, la silueta de Nuria, la verdad de estar en Amsterdam,
–Es sorda, y además no existe. Distrito Federal.
–Me lo supuse. Tienes novias de veinte años, asquerosamente ¿Qué pensaba ella? ¿Era capaz de sentir nostalgia por “Ho-
guapas. landa”, los días sin compromisos, muebles, efectos personales,
Juan Jesús no respondió. la pausa en la que no tuvieron trabajo, amigos o familiares, y
–¿Y tú? –dijo luego de una pausa en la que temió que el existieron por excepción, como los que eran en el fondo, al
Cougar de junto tocara el claxon. margen de la costumbre y sus redes de araña? ¿Soñaba Nuria
–¿Yo qué? con él, recuperaba las cosas que tuvieron, las reparaba o limpia-
–¿Estás casada? ba o escondía en su memoria?
–Con Andrew. Ella parecía divertirse con las llamadas, hablaba más que él,
–¿Lo conozco? era locuaz en todo lo que significara atribuirle mujeres, éxito,
–Idiota –Nuria se rió–. ¿Crees que sólo conozco gente de tu viajes, y bajaba el tono al referirse a sí misma, como si no
pasado? quisiera ofenderlo con una vida estable, posiblemente feliz, al
–Sí. ¿Y cómo estás? margen de él.
–Bien, aunque supongo que no tanto como tú. Oye, esta Podían pasar tres o cuatro días entre una llamada y otra. Ella
llamada te va a salir ardiendo. generalmente estaba en casa. “Tengo que hacer aquí”, aclaraba
–No hay bronca, de veras. en forma difusa.
–¿En Holanda hay tarifas especiales para vagos insomnes? No llevó la cuenta de las llamadas y perdió la oportunidad
¡Qué país! de saber si la séptima fue, como en el hipódromo, la cabalística.
Juan Jesús vio una ambulancia al fondo de la calle. Tal vez Le contestó una voz desesperada:
Nuria escuchó la sirena porque dijo: –¡Qué bueno que habla! ¿Por qué no ha llegado? –Andrew
–Esta ciudad es una mierda, apuñalan a alguien cada minuto. tenía acento pero hablaba con irritante fluidez–. Perdón, es el
¿Te acuerdas lo que me dijiste una vez? fumigador, ¿verdad?
–No. –Sí –contestó Juan Jesús.
–Es cierto. Nunca dijiste nada una vez, todo lo repetías. –Quedó de venir orita; garantizaron que hoy comenzarían el
Una camioneta Suburban bloqueaba el paso de la ambulan- servicio.
cia y se negaba a moverse. ¿Podía escuchar ella que la sirena –Me perdí. No me pasaron bien la dirección.
también salía de su llamada? –¿Dónde está?
Se despidió como pudo. El resplandor rojizo de la ambulan- –En Amsterdam.
cia se aproximó al edificio de Nuria. Las cortinas adquirieron Andrew le dio la dirección. Juan Jesús dio una vuelta a la
un tono rosáceo. manzana para perder tiempo.
Se persignó maquinalmente ante el paso de la ambulancia, El corazón le latía de modo insoportable en el elevador.
un gesto aprendido desde niño, su última creencia religiosa. “Tus ¿Estaría Nuria ahí? Casi deseó que fuera así para acabar con la
iglesias son las ambulancias”, le había dicho Nuria alguna vez, tensión extrema que hasta unos segundos atrás lo tenía feliz.
“sólo tienes fe en las emergencias”. ¿Era eso lo que quería re- O Andrew era mal fisonomista o ella no le había enseñado
cordarle? La mano de Juan Jesús se había detenido en un botón fotos (Juan Jesús estaba seguro de no haber envejecido tanto).
de la camisa. ¿Podía pensar en algo más ingenuo que ese gesto –Pásele –el tono mexicano significaba urgencia.
para salvar a un herido? Una apuesta tan vaga como las que se Sólo entonces Juan Jesús advirtió que el manchado gabán
decidían con el tropel de los caballos. Caminó por la calle circu- que llevaba puesto, reliquia de sus tiempos de expresionismo
lar. Le llegaron frases de Nuria que no sabía que recordaba: abstracto, era perfecto para un fumigador.

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–¿Dónde tiene los insectos? –preguntó en tono firme. –Por eso nos importan tanto los insectos –añadió Andrew.
–Por todas partes. ¿No trae equipo? –¿Puedo? –preguntó, cuando ya empujaba la puerta.
–Primero tenemos que supervisar el área –Juan José habló –Claro.
en un tono que le pareció eficaz, pensando que el verdadero fu- El bebé dormía en una cuna. El cuarto estaba en penumbra,
migador podía llegar en cualquier momento. salvo por una lámpara tenue, que sólo se iluminaba a sí misma,
Andrew llevaba el pelo cortado casi a rape y un diminuto un cono en el que flotaban lunas y estrellas. Un móvil de colo-
arete en el lóbulo izquierdo. Sus antebrazos, musculosos, res pendía del techo. A pesar de la profusión de muñecos de pe-
cubiertos de vellos rubios, eran recorridos por venas gruesas. Su luche, el cuarto conservaba el orden del resto de la casa. Había
cara parecía incapaz de gesticular mucho. Un tipo atlético, un agradable olor a talco. El vaporizador producía un ronroneo
contenido, seguramente atractivo, capaz de mirar con paciencia constante.
infinita al fumigador clavado en la estancia. Juan Jesús se asomó a la cuna. Vio las facciones redondas,
El departamento parecía aguardar que lo fotografiaran; el pelo de Beatle, el movimiento reflejo de los labios, succio-
había un aire de sobredecoración. Todo era acogedor pero cui- nando un pezón imaginario, la piel morena, un triángulo casi
dado en exceso, al menos así le parecieron los sillones blancos morado en la frente.
con cojines color salmón, los floreros con alcatraces, las cajone- –¿Cómo se llama? –preguntó al volver al pasillo.
ras para los discos compactos, los libros de arte en la mesa de –Isidro. Lo acabamos de adoptar en Oaxaca.
cristal, las duelas de madera interrumpidas por tapetes afganos, Andrew lo acompañó al cuarto de lavado y miró con pacien-
seguramente comprados en Nueva York. cia cómo él movía todos esos frascos cuyos efectos ignoraba. De
Juan Jesús se demoró en cada rincón, mientras Andrew de- vez en cuando, Andrew decía “órele” para apresurarlo, como si
cía con calma obsesiva “cucarachas”, “arañas”, “caras de niño”. esa palabra existiera para hablar de usted.
–¿Caras de niño? –Juan Jesús pensó en esos bichos en forma Juan Jesús supervisó sin prisa el vestidor de Nuria y no pu-
de hormiga gigante. De niño le habían dicho que era imposible do recordar una sola prenda. En cambio, todo lo que él llevaba
aplastarlos, si los partías a la mitad revivían o se reproducían o encima era de diez años atrás.
saltaban como bestias de ciencia ficción; había que quemarlos En el buró había varias fotografías: Felipe Benavides con sus
con alcohol. Recuperó una escena en el jardín de sus primos. binoculares al cuello, bajo el sol del hipódromo; una foto del
Dos caras de niño se retorcían deliciosamente entre las llamas. bebé, todavía sin marco, sostenida con un clip; Andrew ante el
Conocía la admirativa atención con que los fumigadores edificio neogótico de algún campus norteamericano; Nuria en
estudiaban las casas, orgullosos de tener enemigos con hábitos la plaza de Taxco, frente a la iglesia de Santa Prisca, joven, con
tan formidables. Se asomó a un cubo de luz: una sonrisa exultante, retratada por Juan Jesús.
–¿Tiene Cablevisión? –preguntó, como si las alimañas El último sitio que visitó fue el estudio de Nuria. Al fondo
pudieran llegar por ahí. había una pared de ladrillos translúcidos, como un lucernario
–Sí. vertical. Revisó la mesa con dos computadoras, papeles en atrac-
La cocina, abierta, separada de la estancia por una mesa oblon- tivo desorden, como si Nuria trabajara mucho ahí y las cosas le
ga y bancos de bar, estaba bañada por una luz ámbar, el sitio más salieran bien. Reparó en un corcho lleno de ideas sueltas, men-
costoso del departamento. Las manos cuadradas de Andrew sajes cariñosos para Andrew, recortes de revistas, teléfonos de
parecían ideales para filetear verduras con los seis cuchillos pizzerías, comida china, cerrajeros, taxis. Al ver ese itinerario
que pendían de una barra imantada. Sobre la estufa eléctrica, el de una vida ajena, la envidia pudo más que la curiosidad;
extractor colgaba como la campana de una religión futura. incluso le dio envidia el luchador de plástico que él le había
Juan Jesús hizo toda clase de preguntas sobre las condiciones regalado a Nuria y lo miraba desde la repisa con sus ojos torpes.
de vida en el departamento. Andrew respondió puntualmente, Reconoció un florero azul, de barro, que llegó intacto de
como si hablar con un fumigador fuera una molestia inesca- “Holanda”. Envidió que pudiera estar ahí, quieto, color añil, sin
pable. pedir cuentas, insinuar desastres, traer malas vibraciones.
–¿Dónde se bañan? –preguntó Juan Jesús. El teléfono sonó pero Andrew no fue a contestar. Quizá
Esculcó el botiquín y el pequeño armario de madera. Abrió temía que él se robara el luchador de plástico en su ausencia.
envases de medicinas, reconoció cremas y perfumes olvidados, Posiblemente, el auténtico fumigador hablaba para decir que
y atestiguó el inevitable avance de la tecnología: la nueva estaba perdido. Por suerte, el volumen de la contestadora estaba
depiladora de Nuria parecía un teléfono celular. al mínimo. No se oyó el mensaje.
Jaló el excusado, abrió la regadera, probó los niveles del –¿Es su última visita? –preguntó Andrew.
masaje de agua. –¿Por qué?
Al volver al pasillo, le llamó la atención una puerta de la que –Son casi las nueve.
salía un tenue vapor. –Los fumigadores somos raros –Juan Jesús ya no tenía
–El cuarto del niño –explicó Andrew. muchas ganas de ser verosímil, aunque tal vez decir esa rareza
Juan Jesús avanzó con pasos maquinales. era la mejor forma de serlo–. Isidro es un nombre raro, ¿no?

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–Era el segundo nombre del padre de mi compañera. Ya mu- despotricaba contra cualquier asomo de miserabilismo. Lo
rió. Ella lo idolatraba. primero que hizo fue señalar el gastado gabán de su amigo.
–¿Y por qué no le puso el primer nombre? En su fantasiosa concepción de sí mismo, Juan Jesús se ves-
–No quiso. Demasiado obvio, supongo –Andrew lo vio de tía con las camisas de mezclilla de la Generación de la Ruptura
frente; no tenía ninguna obligación de discutir el nombre de su y el pesado gabán del expresionismo abstracto norteamericano.
hijo con un fumigador; de cualquier forma, agregó, movido por Pero hacía mucho que no iba al mercado de Oaxaca o a las
un impulso–: era un cabronazo –sonrió–, un cabrón de la gran baratas de Acapulco Joe. Esto dio pie a que el Tornillo relacio-
puta, por eso le puso el segundo nombre. ¿Cuándo regresa? nara sus ropas con el estado de la pintura nacional.
–¿Quién? Juan Jesús desvió el tema. Habló de Felipe Isidro Benavides,
–Usted, a fumigar. Queremos tener mucho cuidado con el antiguo suegro de ambos. El Tornillo salió apenas unos meses
niño. con la hermana de Nuria, y eso acicateaba su sed de datos.
–No se preocupe. Le hago un presupuesto y le llamo. Había investigado lo necesario para superar a Juan Jesús.
–Órele. La vida los había mantenido en proximidad sin reunirlos de
Juan Jesús bajó por la escalera. En la calle comenzaba a veras, sólo las fracturas –su separación, el secuestro de Lascu-
lloviznar. ráin, la muerte de Cristóbal Santander– les daban motivos de
■ reunión. Antes de esa comida, Juan Jesús pensó en el Tornillo
Curiosa la forma en que la gente entra y sale de la vida. El como un amigo injustamente tardío. A partir de las primeras
Tornillo Lascuráin pasó de una periferia más o menos grata a ostras, se arrepintió tanto de buscarlo como de ver esas caras
ocupar una centralidad tensa y en cierta forma necesaria. El se- de Frida, pintadas por alguien que durante quince minutos se
cuestro, y la rara idea que tenía de Juan Jesús, los acercó mucho. sintió Andy Warhol.
Cuando el viento sopló en contra de su amigo, él emergió como Lascuráin miró a Juan Jesús con desapego, como si pertene-
el cachalote leal que había sostenido a sus hijos. También a Juan ciera a la sección menos interesante de un bufet:
Jesús le gustaba esa proximidad, ahora que hurgaba en su pasa- –Siempre fuiste un resentido. Te fascinó que Nuria fuera una
do. Lascuráin siempre tenía un dato inquietante que agregar niña rica y lo odiaste cuando te dejó. Te jodió la envidia. Es la
a las historias de los otros. Había sido un buen periodista y plaga de este pinche país. No puedes comer algo sin que a otro
conservaba el instinto de denuncia. Le faltaron vocación y le duela la panza.
disciplina para sufrir en las redacciones y prefirió medrar en Las langostas pintadas de verde fluorescente en el acuario se
oficios cómodos que le permitían creer que aún tenía que ver volvieron perfectamente naturales. Lo único raro era estar ahí
con la noticia: portales de Internet, asesorías de comunicación, con el Tornillo. Meses atrás, Lascuráin se sentía tan vencido que
la organización de coloquios sobre la verdad y los derechos quiso tener un amigo “normal”. Cuando la mano le temblaba
humanos. Compensaba su falta de reportajes reales prestando y vivía en función de sus secuestradores, la normalidad signifi-
desmedida atención a sus conocidos, en espera de un chisme caba optimismo; ahora significaba fracaso, resentimiento, ¡nor-
que pudiera devolverle la pasión de una exclusiva. Conservaba malidad!
intactas sus facultades para cubrir golpes de Estado, pero se Lascuráin suministraba datos que nadie le solicitaba con la
había sometido a una blanda voluntad. Nuria siempre lo había cortesía de quien hace favores. La situación actual era distinta.
evitado y por eso mismo Lascuráin se interesaba en ella. En su Por primera vez Juan Jesús lo llamaba en calidad de experto,
paranoica concepción de los temperamentos ajenos, consi- para interrogarlo sobre Felipe Benavides. Lascuráin estaba a
deraba que sólo se es discreto o renuente para ocultar algo. No sus anchas; podía improvisar un artículo de opinión sobre los
presionaba mucho porque a fin de cuentas era el Tornillo, el complejos del peor pintor que había conocido.
amigo capaz de hurgar sin herir gran cosa. Juan Jesús lo paró en seco, le tiró la servilleta a la cara, con-
Juan Jesús le pidió que hablaran. Lascuráin había recupera- centró las miradas de las mesas circundantes, desvió la vista
do el tono anterior a su secuestro; sugirió un nuevo restorán en a una admonitoria Frida con cejas violetas, volvió a sentarse,
La Condesa, insistió en pagar la cuenta. El sitio era tan horrendo dijo, con voz temblorosa por la ira, que no estaban ahí para que
como su nombre, La Tehuana Oyster Bar, un enclave para Lascuráin justificara sus andanzas empresariales después de
yuppies deseosos de sentirse en un México visto desde Nueva haber cubierto la guerra en Centroamérica, era un yuppie con
York. Los muros estaban cubiertos con versiones pop de Frida glamour porque traicionaba a diario su juventud, el “misterio” del
Kahlo y las langostas del acuario llevaban el caparazón pintado Tornillo, si alguno tenía, era haber sido; había gente con suficien-
de verde fluorescente. El Tornillo parecía ansioso de mostrar su te dinero para contratarlo por eso.
recién recuperada afluencia, ya libre de la ordeña de sus secues- –Eres un resentido, ¡no te digo! –sonrió el Tornillo.
tradores. Ganaba mucho en las empresas de comunicación Era el momento de largarse, pero algo lo retuvo. Hacía siglos
donde traicionaba el periodismo de batalla. Gastar era una for- que no se peleaba con nadie y sintió un extraño desahogo. El
ma de revelar que estaba de regreso, pero no quería que nadie otro, en cambio, soportaba bien que lo putearan, pedía otra bo-
lo acusara de burgués. Para protegerse de críticas al respecto, tanita entre dos mentadas de madre, sin que se le desordenara

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el fleco peinado con mousse. El secuestro había
sido una escuela de resistencia o de cinismo
(o los nuevos calmantes, que además le per-
mitían beber tequila, eran estupendos).
–Tienes razón –sonrió el Tornillo Lascu-
ráin–: yo me jodí, y lo sé. Es lo que vendo. En
la oficina se sienten de poca madre por tener-
me ahí: los hice mierda en el periódico y aho-
ra los promuevo. Los traidores se cotizan alto.
Juan Jesús pensó que vendría una nueva
andanada, pero el otro detuvo el psicodrama,
guardó un silencio magnánimo, recomendó un
postre, pidió un coñac excesivo, untó man-
tequilla a un pan en forma de caracol con un
cuidado extremo, como si probara que pudo
ser neurocirujano pero reservaba su destreza
para la mantequilla.
Finalmente habló de Felipe Benavides (“no
sabía que se llamara Isidro”). Como siempre,
tenía los datos en orden; su mente conserva-
ba miles de carpetas agraviantes que podían
ser citadas sin necesidad de repasar nombres
o circunstancias. El padre de Nuria sirvió al
PRI con lealtad, no tanto como senador sino en
su despacho de abogado, un especialista en sal-
var la reputación de la familia revolucionaria;
cualquier tema le podía ser confiado: un di-
vorcio o un matrimonio al vapor, la desapari-
ción del pandillero muerto en la recámara de
la hija, la salida de un bebé del país sin per-
miso de uno de los padres, la supresión de un
escándalo con la apropiada red de sobornos y
amenazas, la repatriación forzada de la ado-
lescente fugada a una comuna en Colorado.
Poco a poco, en esas palabras Juan Jesús reco-
noció las anécdotas del senador, la picaresca
de los tribunales donde se incluía como testi-
go, alguien enterado pero al margen. En rea-
lidad, Benavides conocía las tramas porque las
había urdido y ejecutado de principio a fin; las
tertulias con sus hijas sirvieron para restarle
importancia a esas intrigas impunes, para des-
plazarlo a un rincón de la historia, donde mi-
raba sin juzgar, para que los demás se rieran de un país horrible dónde se atrevió Nuria a ver la ruina que era su padre? Juan Jesús
pero divertido, cómo chingados no. recordó la noche en que olvidó el paraguas en casa de sus sue-
De algún modo, Juan Jesús sabía o suponía todo eso. Felipe gros y Nuria salió en camiseta del cuarto de Felipe Benavides.
Benavides siempre le pareció un embaucador; a lo que no podía También pensó en lo que ella dijo mientras él miraba un gato
sobreponerse era a su triunfo sobre Nuria, al niño que ahora se amarillo en la calle: “no sabes lo difícil que es”, como si se acu-
llamaba como él, así fuera con su segundo nombre, no muy fácil sara de algo, no de salvarlo sino de estar con él. Mil veces Juan
de llevar (¡qué sencillo parecía llamarse Felipe!), a la naturali- Jesús imaginó y descartó el incesto; necesitaba desdibujar esa
dad con que Andrew lo llamaba un cabronazo, un ser querido escena del mismo modo en que ella necesitaba desdibujar a su
pero chocante, ya inofensivo, cuyos defectos podían airearse con padre para preservar su idolatría. Era el recurso que compar-
un insulto que casi era un trofeo. Un cabrón perfecto. ¿Hasta tían, la ignorancia elegida, lo lamentable es que funcionara bien

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J u a n Vi l l o r o : L l a m a d a s d e A m s t e r d a m

para ella y mal para él. “No puedes competir con el llamado de eso les daba contundencia: “Infinito”, las rayas paralelas se to-
la sangre”, le dijo en alguna ocasión una amiga melodramática carían fuera del lienzo. “Hacia el infinito” hubiera sido más exac-
a la que él le gustaba sin que eso fuera un consuelo. Nuria es- to, pero sonaba a disco de rock progresivo. “Infinito” resultaba
taría siempre atada a ese vínculo que dependía de algo indesci- trillado, pero tenía una palabra.
frable, una línea traspasada, pasos que no debían estar ahí. Las La pequeña ventana le trajo aquel cuadro, de formato menor
cinco hijas compitieron por los favores del viejo, y ella las supe- a los que solía hacer. En el mareo de la borrachera, se preguntó
ró a todas, tal vez por venir del extremo inesperado, por ser la si en verdad lo había visto en el estudio de Nuria o lo agregaba
más pequeña, la que no tenía un papel asignado ni se desgastó ahora. Su memoria visual era absoluta, lo único de lo que podía
en batallas previas; sólo en el combate final fue invencible, estar orgulloso y por desgracia sólo servía para corregir a los que
cuando debía vigilar la agonía y mitigar el dolor de quien tan no eran tan atentos o participar en concursos de televisión. Al
minuciosamente decidió por ella. Entonces, al recordar el pasi- día siguiente recordaría en detalle los rostros multicolores de
llo oscuro, el clóset con medicinas, las manos hábiles de Nuria, Frida Kahlo, los muros que lo rodeaban y empezaban a girar
acostumbradas a los remedios, creía advertir una ampolleta que despacio, muy despacio, como una bruma donde distinguía unas
tal vez no estuvo ahí ni él habría reconocido, la droga que podía cejas moradas, nítidas, acusatorias, antes de que todo el resto
apaciguar al paciente, mantenerlo a raya hasta el momento fuera negro.
justo, permitirle lo que nunca había hecho, renunciar a su
voluntad y que eso fuera deseable, imponerle suavemente el ■
tránsito definitivo, sostenerlo así, a merced de esas manos delga- Pasaron semanas sin que volviera a Amsterdam. Pospuso las lla-
das y jóvenes, como un cadáver agradecido y aplazado. Acaso lo madas, con tal deliberación que sus días no fueron otra cosa que
insoportable para Nuria no tuviera que ver con las imposiciones conversaciones virtuales con Nuria, formas de llegar a lo que
de su padre sino con las de ella, no la humillante sumisión sino nunca sabría. Ensayaba frases, asociaciones que sirvieran de sal-
la fuerza de la que a veces se avergonzaba, la jeringa en sus manos, voconducto y lo llevaran a un descubrimiento, la razón detrás
la dosis exacta para lo que ella sentía. Al llegar a esta suposición de las razones conocidas que les impidió largarse a Holanda y
ya estaba perfectamente borracho. El Tornillo lo miraba con los llevó a la plaza de Coyoacán, a esa tarde de palomas en la que
sonrisa ecuánime. Jamás entendería a Nuria en el pasillo de sacrificó sus últimos colores. Recordó la campana del camión de
sombra, en la extraña intimidad que decidió la suya. la basura, disminuida por el repique posterior de la iglesia de
Desvió la vista a una pequeña ventana, muy elevada, que San Juan Bautista, los guantes negro-amarillos del barrendero
enmarcaba el cielo gris de la ciudad. Pensó en el estudio de que tomó su caja de pinturas, el olor a podrido en el que sin
Nuria, repasó los detalles, el florero azul, las dos computadoras, embargo se destacaba la fragancia fermentada de cáscaras y
el luchador que él le había dado, los papeles en el corcho que pulpas de naranja.
trazaban sus rutas, sus horarios, sus afanes, y ahí, en un rincón Una tarde, al volver de la oficina donde diseñaba la revista
superior, un óleo acuchillado de su época “holandesa”, un mar para las salas móviles del aeropuerto, caminó por una ruta
de fondo, o una textura que eso sugería, y dos navajazos parale- imprevista y llegó a una rotonda donde las plantas crecían con
los. Sus títulos casi siempre tenían una palabra; le parecía que descuido. Al otro lado, reconoció el barrio de casas bajas don-
de había vivido Cristóbal Santander. Logró
dar con su casa, de muros redondeados y
blancos, tal vez diseñada por un escultor,
que hacía pensar en una jaula para osos
polares. En vez de timbre, había una cam-
pana, como la del camión de la basura.
Se preguntó si habría llamado en caso de
que el crítico siguiera vivo. Su aparición en
esa puerta hubiera significado el retorno de
quien una vez tuvo futuro. Aunque Juan Je-
sús asombraba poco; no tenía las pústulas ni
las manos atrozmente despellejadas con las
que los muertos regresan en las películas de
terror; se tragaba los años, según aseguraba
Lascuráin, y de algún modo eso era peor; ni
siquiera permitió que la vida lo desgastara
con provecho, merecía su “edad indefinida”.
Tocó la campana, con fuerza, tranqui-
lizado por el hecho de que el crítico no

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podía abrirle. Cristóbal Santander había sido un solitario –¿Tienes hijos?
ejemplar, pero tal vez su hermana, la sirvienta, alguna amante –No –la palabra salió en tono vacilante, como si ella pensa-
estaba en la casa. Siguió tocando hasta que la vecina de enfrente ra en aclararla después (“te dije que no tengo hijos míos; Isidro
salió a un balcón y le preguntó si tenía alguna relación con el es adoptado”), una mentira que, de modo técnico, significaba
difunto. una verdad.
Juan Jesús soltó la cadena de la campana. Se fue de ahí sin Un coche se estacionó junto a él y tocó el claxon, una intrin-
responder. cada melodía, las primeras notas de Rocky. ¿Podía existir en
Tal vez por tocar esa campana, en la noche soñó con el Holanda un coche semejante?
cuadro que adornaba la esquina superior del estudio de Nuria, –A veces pienso que me hablas de la esquina –dijo Nuria.
un sitio francamente raro para un óleo, aunque no tanto para Juan José vio su silueta, recortada en el ventanal del depar-
uno que se llamara “Infinito”. Era una de las cosas que quería tamento. ¿Podía verlo? ¿Podía ver el coche color cremoso que
preguntarle a ella. ¿Conservaba el cuadro? ¿Y qué pasaba si ella irrumpía en la madrugada de Holanda?
le mentía? Podía decirle que sí por piedad o que no por rencor. –Te oigo bien –dijo Nuria, sin que él supiera si se refería a la
Varias veces recorrió la pista del antiguo hipódromo, ima- acústica o a su destino.
ginando el cansancio de los caballos, tratando de deducir el Entonces supo que iba a ser incapaz de llevarla a los vericue-
principio y el fin de ese trayecto. No pensó, ni por un segundo, tos que había planeado, las frases engañosas, tentativas, para que
en la posibilidad de que Nuria pasara por ahí y lo viera mur- ella le revelara algo, una frase afilada como un puñal, capaz de
murando palabras, gesticulando, concentrado en su misión de justificar para siempre su ruptura. No, ni siquiera pudo llegar
avanzar sin rumbo, pensando en la llamada a la compañía al tema del hijo que no tuvieron y ahora había adoptado con
fumigadora, la paranoia ante el intruso, las estadísticas de Andrew.
secuestros infantiles que Andrew conocería de memoria. –¿Sigues ahí, fantasma? –Nuria quiso recuperar el tono
Durante semanas, le dio oportunidad a Nuria de verlo en la bromista, pero no pudo, sus palabras sonaban densas, cargadas
calle de Amsterdam, con el gabán manchado de otros años y de tensión–. ¿Estás bien? –la misma frase de antes llegaba rota,
la expresión desencajada que él miraba en las vidrieras de los vencida.
comercios, el rostro del que tiene demasiado frío y no está en Juan Jesús supo en qué parte estaba de la pista de carreras.
Holanda, el pelo revuelto por un viento que no sopla. Entendió al fin lo que sintió al bajar los escalones del edificio
Una noche se detuvo en la esquina elegida y marcó con el de Nuria: un deseo irrefrenable de conocerla ahora, cuando ya
pulso de quien hace una apuesta fuerte, el lance que puede ser no requería del episodio previo que fue él, lejos del viaje que
bueno o malo pero tranquiliza por el hecho mismo de ser no hicieron, las esclavitudes a una familia ya atenuadas por las
definitivo, la zona donde el apostador acepta la frase que llega pérdidas, descubrir el cuerpo y la entrega de Nuria sin los
una sola vez y confunde la resignación con la esperanza: “va mi sobresaltos, las huidas, las noches fracturadas en las que debía
resto”. salir, ocuparse del padre, pensar en tantas cosas; eliminar lo que
–¿Eres tú? –le preguntó Nuria. sirvió para que ella llegara a ese ventanal y mirara caer la noche
–Te oyes rara. y existiera de ese modo, con él, que ya había borrado el futuro
–Han pasado mil cosas. ¿Por qué no habías hablado? Un ti- que no tuvo.
po se metió a la casa, a hacer toda clase de preguntas. Andrew –Los fumigadores son muy raros –dijo ella.
dice que es un ladrón o un secuestrador. Aunque no parecía –¿Qué?
ninguna de las dos cosas. –Eso dijo el fantasma. ¿Te acuerdas del veneno que le po-
–¿Qué parecía? níamos a las hormigas? Parecía azúcar y sólo las engordaba.
–Era igualito a ti. ¡Qué loco, ¿no?! ¿Tienes un fantasma que Supongo que hay venenos que engordan.
fumigue casas? Un relámpago abrió el cielo.
–¿Y levantaron un acta o algo? –¿También ahí está lloviendo?
–¿Para qué? Ya le expliqué a Andrew cómo es México. Tal –Sí, apenas empieza.
vez el tipo dejó de trabajar con los fumigadores y ellos se –También aquí.
niegan a aceptar que ya tienen el estudio para venir con los Nuria hizo una pausa larga. Luego dijo:
venenos, no sé, aquí todo es confuso. ¿Y tú cómo andas? –Cuídate, no te vayas a mojar.
–Bien, hasta donde se puede –dijo en tono reticente. Juan Jesús colgó con suavidad. La luz se apagó en la sala de
Nuria habló de su trabajo extenuante, lo insoportable que es- Nuria.
taba la ciudad. Había visto una exposición de dibujos infantiles Vio el óvalo donde una vez corrieron los caballos, los mato-
donde los niños no usaban el azul para el aire sino el gris o el rrales que recibían la lluvia, oyó un trueno como un tropel de
café celeste. Como en los cuadros que él pintaba antes. cascos en la arena.
Era el momento de referirse a su “Infinito”. ¿Todavía lo Sintió la lluvia en la nuca, una caricia fría. “Amsterdam”,
conservaba? En cambio preguntó: pensó, mientras cruzaba hacia otra calle. ~

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