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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 1º parte

1943 – Buenos Aires Introducción


Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 1º parte
1943 – Buenos Aires Introducción

ÍNDICE

Prólogo a esta tercera edición

Advertencia a la edición de 1937

INTERMEDIO FILOSÓFICO

LA CUESTIÓN SOCIAL Y LOS CRISTIANOS SOCIALES

LA CUESTIÓN SOCIAL Y UN CURA

I. Réplica al artículo de Mons. Franceschi, titulado “ante una diatriba”

II. Réplica al artículo de Mons. Franceschi: “Hombre no te enojes”

III. Réplica al artículo de Mons. Franceschi: “Enemigo que huye?”

IV. Réplica al artículo de Mons. Franceschi, titulado “Los procedimientos


de un polemista”

La India cuna de mitos. El Pentateuco hebreo

Navidad y Reyes

Los historiadores y Jesús

Panorama a vuelo de pájaro

GRANDEZA Y DECADENCIA DEL FASCISMO


Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 1º parte
1943 – Buenos Aires Introducción

PRÓLOGO A ESTA TERCERA EDICIÓN

Agotadas las dos primeras ediciones de “Intermedio filosófico” y “La


cuestión social y los cristianos sociales”, su reclamo insistente nos ha decidido a
anticipar su reedición.
Se hace sobre un ejemplar de la segunda que el doctor de la Torre entregó
con algunas correcciones hechas de su puño y letra y se añaden tres artículos:
“Navidad y Reyes”, “Los Historiadores y Jesús” y “Panorama a vuelo de pájaro”,
que publicó en “El Diario” de esta capital y “Tribuna” de Rosario el 5 de enero, 28
de febrero y 1º de marzo de 1938 los dos primeros y en la revista “Columna”, año
II, números 13 y 14, correspondiente a mayo y junio de 1938, el último. En los
tres vuelve sobre el mismo tema de la religión, y por ello, a justo título, se incluyen
en este volumen. Aquella polémica -que a medida que el tiempo pasa se destaca
en nuestro medio pacato como una obra de gigante- se continuó en verdad, en una
serie de cartas cambiadas con amigos, que, de publicarse, constituirían casi otro
volumen. En ellas, de la Torre siguió mostrando su raro poder de penetración para
llegar, sin desvío, al fondo mismo del asunto elegido, su capacidad de captar lo
esencial con rapidez, en prosa articulada y diáfana, tal como corresponde a una
lengua fuerte y llana como la nuestra, que retuercen y deshilachan, cuando no
engolan, muchos de los que la emplean y aprovechan.
Se añade, por último, su conferencia sobre “Grandeza y decadencia del
fascismo” pronunciada en el Colegio el 26 de agosto de 1938, ante una sala
desbordante de público y que fue, por largo tiempo, materia viva para encontrados
y apasionados comentarios. Entre los méritos singulares de Lisandro de la Torre
debe señalarse el de haber sido un artífice de la opinión pública, en un pueblo que
muy contadas veces ejercita el derecho de expresar con valentía su opinión.
“Intermedio filosófico”, “La cuestión social y los cristianos sociales” y
“Grandeza y decadencia del fascismo”, constituyen lo que podríamos decir su labor
de cátedra y llenan con sus agregados el último gran período de su acción pública,
después de abandonar, entristecido, el palacio de mármol que cobijó aquel sombrío
Senado, que él lapidó, con justicia, como de la decadencia.

ADVERTENCIA A LA SEGUNDA EDICIÓN DE 1937

Las dos conferencias que encabezan este Volumen -”Intermedio filosófico” y


“La cuestión social y los cristianos sociales”- fueron pronunciadas por el Dr.
Lisandro de la Torre en el Colegio Libre de Estudios Superiores el 15 de Julio y 17
de agosto de este año.
“La cuestión social y los cristianos sociales” ha dado origen a un largo
debate, que Mons. Gustavo J. Franceschi inició en su revista “Criterio” con el
artículo “Ante una diatriba”, el 26 de agosto.
Réplicas y contrarréplicas fueron sucediéndose. El doctor de la Torre publicó
las suyas en “El Diario” y “La Vanguardia” los días 1, 2, 14, 15, 28, 29 y 30 de
setiembre y 11 y 12 de octubre, reproducidas también por “Tribuna” de Rosario;
haciéndolo bajo el título general de “La cuestión social y un cura”.
Mons. Franceschi dió a publicidad sus contrarréplicas en “Criterio” y otros
periódicos locales los días 9 y 23 de setiembre y 7 de octubre, con los títulos
“Hombre, no te enojes...”, “¿Enemigo que huye?” y “Los procedimientos de un
polemista”.
La gran repercusión de esta polémica -como no se recuerda otra en Buenos
Aires desde hace años- y las continuas demandas de su texto, decidieron la
publicación de este libro, que no incluye los artículos de Mons. Franceschi, como
era nuestro propósito, por haber negado éste autorización.
Creemos, no obstante, que con el contenido de este volumen podrá el lector
orientarse en el debate, que más que como tal interesa, ya, por el examen de las
cuestiones que se ventilan.
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1943 – Buenos Aires Introducción

La segunda edición, a la que pertenece este ejemplar, incluye un nuevo


capítulo: “La India, cuna de mitos. El Pentateuco hebreo”, en el que se estudian
con mayor detenimiento las fuentes de los evangelios.
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1943 – Buenos Aires Intermedio Filosófico

INTERMEDIO FILOSÓFICO

El Colegio Libre de Estudios Superiores sabe cuánto he resistido antes de


someterme a la tarea que voy a cumplir en este acto. Nunca he sido conferencista,
nunca he sido profesor y nunca he cultivado la palabra como un arte. Me he valido
de ella como de un medio de acción en la vida pública.
No accedí a la primera solicitación que recibí hará tres o cuatro años, a fin
de que dictase un curso, y me mantuve en la misma negativa ante pedidos
posteriores. Me parecía que de hacerlo asumiría una actitud de maestro, sin el
título habilitante, lo que es grave. Ahora me siento cómodo después de la reciente
iniciativa del Colegio, de agregar al programa que venía realizando, conferencias
más modestas, que no sean cursos, bajo el título feliz de Revista Mundial de
Cultura. Ésta será una de ellas.
Me es grato a la vez traer un aporte personal a la obra útil y desinteresada
del Colegio, cuya cátedra es una de las pocas tribunas para la exposición sin trabas
del pensamiento que quedan en el país.
El tema que he elegido causa sorpresa por lo alejado que está de las
preocupaciones que otras veces me han movido a hablar y se me han supuesto
exclusivas. Trataré, sin embargo materias que absorbieron todo mi interés en mi
juventud y me complace volver a ellas después de un olvido largo, aunque no
absoluto, y vincularlas a conocimientos más recientes.
He sido muy amante de la filosofía, no obstante haber vivido una existencia
antifilosófica. Es tan fácil y frecuente caer en contradicciones en nuestra triste
condición humana, que nadie habrá de sorprenderse.
Hecho este exordio recorreré algunos de los más hondos problemas que
sobrecogen al ser humano desde que nace.
La pequeñez del hombre comparada con la inmensidad del Universo hace
extraordinario su empeño en descifrar el enigma de la vida.
No puede pretenderse que el pensamiento humano resuelva problemas que
ultrapasen el límite de sus posibilidades de investigación, y el hombre no sólo
carece de medios para penetrar más allá de la materia, en el estudio de la compleja
masa de fenómenos que lo rodean en lo infinitamente grande y lo infinitamente
pequeño, sino que la materia misma le oculta sus últimos secretos.
Ni el telescopio, ni el microscopio, ni los análisis químicos, psíquicos o
espectrales bastan para los esclarecimientos que persigue. Demasiado hace con tan
pobres recursos, Se siente arrastrado asimismo a averiguarlo todo, porque se
considera el rey de la Creación y quiere proceder como tal. Lo mueve un impulso
candoroso e irresistible y se impone un verdadero suplicio de Tántalo.
La Ciencia avanza en todos los campos triunfalmente, pero en relación con
las causas primeras desplaza las incógnitas sin descifrarlas. Sus descubrimientos
destruyen a menudo verdades que tenía por fundamentales. La química y la física,
por ejemplo, reposaban sobre la teoría del átomo, unidad elemental de la materia
tanto viva como inerte y sobre la noción de los cuerpos simples, distintos entre sí.
Hoy se sabe que ambos conceptos eran erróneos; el electrón y no el átomo es la
unidad verdadera y los átomos de los cuerpos simples se diferencian tan sólo por el
número de sus electrones y por la manera como éstos se combinan. Un cuerpo
simple podrá ser transformado en otro cuerpo simple el día en que la ciencia
encuentre el modo de agrupar convenientemente los electrones. Trabaja en la
formación sintética de los cuerpos simples y ya el hidrógeno es transformado en
helio.
El progreso científico no implica que el hombre haya aumentado su
inteligencia, aun cuando continúe siendo el más inteligente de los seres vivos. En
su estructura física ocurre lo mismo, y aun más: parece que el hombre era más
vigoroso en la antigüedad, a juzgar por el peso de las armaduras que usaba y por
su resistencia para los ejercicios físicos y la vida sensual. Ni los filósofos, ni los
artistas, ni los historiadores modernos pueden pretenderse intelectualmente
superiores a los grandes hombres de la antigüedad. Los descubrimientos científicos
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hasta en los casos en que llegan a lo maravilloso, sólo implican la posesión de


instrumentos y medios de investigación de que antes no se disponía y la utilización
de los conocimientos adquiridos a través de los siglos. Muchos piensan, como
Schopenhauer, que los griegos produjeron hace 2500 años el tipo superior de
hombre que ha conocido el mundo. El siglo de Pericles hacía prever una amplitud
mayor en el progreso intelectual de la humanidad.
El descubrimiento del microscopio en el siglo XVII permitió señalar la
existencia de las células animales y vegetales, que eran desconocidas. Durante un
siglo se las creyó homogéneas, o bien simples cavidades sin contenido, hasta que,
aparatos más poderosos y nuevos métodos de trabajo permitieron comprobar la
presencia separada del citoplasma, del núcleo y de la membrana, en los casos en
que estos dos últimos existen. La sangre humana y la de los mamíferos superiores
no los tienen. Volvió a creerse en la homogeneidad de los componentes
encontrados en las células y hoy se sabe que encierran corpúsculos activos de
distinta naturaleza, con funciones en parte ignoradas y con seguridad de
trascendental importancia. El núcleo tiene un nucleolo claramente individualizado y
existen además en el núcleo y en el citoplasma, centrosomas, cromosomas,
vacuolas, mitocondrias, leucitos, órganos de locomoción celular, órganos de
nutrición celular y órganos de dilatación y contracción. Todo eso dentro de
dimensiones que tienen por unidad la "micra", equivalente a un milésimo de
milímetro, o bien el "micrón", equivalente a un millonésimo de milímetro. Era un
mundo en lo invisible hasta ayer.
Si los antiguos hubieran dispuesto de los aparatos modernos habrían
realizado los mismos descubrimientos. Aristarco, mil novecientos años antes de
Galileo descubrió que la tierra giraba sobre su eje y alrededor del sol y la ignorancia
ambiente, sobre todo la de los sacerdotes y los gobernantes, lo acusó de turbar la
paz de los dioses, del mismo modo que Galileo, para evitar la hoguera, abjuró su
supuesto error ante el tribunal de la Santa Inquisición.
La estructura y el funcionamiento del cuerpo humano se revelan tanto más
maravillosos cuanto más se les estudia; sin embargo el mundo está lleno de seres
tan maravillosamente organizados como el hombre: y si de las funciones
fisiológicas pasamos a las del pensamiento, también aparecen en los animales y en
las plantas signos que demuestran reflexión. Descartes, alta cumbre de la
inteligencia, explicó a la reina de Suecia que los animales son simples autómatas, y
su graciosa majestad, dueña de un perrito muy alerta, no pudo menos que sonreír
ante la candidez del sabio. La reina tenía razón.
¿Por qué llegar, entonces, precipitadamente, a la conclusión de que el
hombre se encuentra colocado de tal modo por encima de todos los seres, que
debe considerársele un ente aparte, dotado de un alma inmortal?
De esa hipótesis, sin embargo, derivan consecuencias de gran alcance. Los
hombres que no sabían lo que era el mundo, en las primeras edades, y, por
supuesto, no sabían lo que eran ellos mismos, pretendieron estar perfectamente al
cabo de lo que ocurría más allá de la tierra, y discurrían a su antojo acerca de las
cualidades y las aventuras de los dioses que habían descubierto. ¡Desconocían la
tierra pero conocían el cielo!
¡Cuántas religiones y cuántos dioses han desaparecido en el curso de los
siglos! Y los nuevos dioses emanaron, como los viejos, de concepciones
antojadizas.
Pero la preocupación del hombre frente al misterio de la vida y de la muerte
no es antojadiza, ni pueril, aun cuando lo sea el querer disiparla mediante
afirmaciones categóricas en uno u otro sentido. Ese misterio es una realidad para la
conciencia y a su vez la conciencia es otro misterio insondable. La conciencia es
una realidad punzante hasta para aquellos que dudan -con respetables razones- de
la exactitud de nuestro conocimiento del mundo exterior, y por lo tanto, de toda
realidad palpable.
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LO QUE SABE Y LO QUE IGNORA LA CIENCIA

El hombre tiene la noción clara de sus actos, pero no sabe cómo se produce
o se elabora el pensamiento que se los revela. Los descubrimientos a que ha
llegado en el estudio de las células cerebrales no le han permitido todavía observar
en el interior de ellas un proceso mental. ¿Cómo surge la conciencia? Arcano
profundo. Ni siquiera puede probarse que el pensamiento brote exclusivamente del
cerebro, prescindiendo, por supuesto, de las opiniones antiguas que establecían su
sede en el hígado o el corazón.
Y si la ciencia ignora lo que es el pensamiento, ignora también lo que es la
materia y cuando habla de ella, o de la energía, o de la luz, o de la electricidad, no
sabe bien si todo eso no oculta la misma cosa bajo distintas modalidades. A la
mecánica clásica sucede la mecánica ondulatoria y las ondas aparecen asociadas a
los corpúsculos de la materia. Los "Cuantos" de acción, de actividad discontinua,
"Cuantifican" el átomo, y el electrón y el protón son a la vez corpúsculos y onda.
No es por falta de preocupaciones ni de esfuerzos abnegados que la ciencia
se encuentra en tan modesta posición. Ha investigado mucho y ha llegado a
comprobaciones importantísimas, pero insuficientes.
Sabe que los electrones, corpúsculos elementales de la electricidad negativa,
tienen un diámetro de tres millonésimos de millonésimo de milímetro y ha
encontrado, además, los protones y los fotones, corpúsculos elementales de la
electricidad positiva y de la luz; sabe cuántos millones de glóbulos rojos y blancos
hay en un milímetro cúbico de sangre; sabe cosas fascinantes acerca de los
misterios de la fecundación y de la herencia: sabe que la simple presencia de un
fermento puede transformar la materia inerte en materia animada; y conoce la
acción de las vitaminas y de las secreciones de las glándulas endocrinas que
defienden el organismo y le aseguran un metabolismo perfecto. Pero, con todo eso
que ha aprendido a través de los siglos, se encuentra a la misma distancia a que
estaba Heráclito hace 2400 años respecto del origen del fin de la materia viva.
Porque si bien conoce los electrones y su dimensión, no lo sabe todo a su
respecto, ni puede conocer según parece, simultáneamente, su posición y su
movimiento: no conoce el proceso integral de la célula sanguínea aun cuando
cuente con tanta exactitud sus glóbulos; no sabe cuál es la naturaleza íntima de un
fermento aunque compruebe la acción formidable que le permite, según se ha
dicho, hacer surgir propiedades vitales de un proceso químico; e ignora de qué
corpúsculos invisibles sacan las glándulas las vitaminas o la tiroidina o la
adrenalina, no obstante producirlas sintéticamente en los laboratorios y comprobar
sus efectos en el organismo.
En el terreno de las afirmaciones, de las negaciones y de las predicciones,
debemos, por lo tanto, ser cautelosos y desconfiados. Porque la ciencia no haya
encontrado todavía lo que busca desde hace tanto tiempo nadie está autorizado a
afirmar que no lo encontrará jamás o que lo encontrará tal día.
Pero a título de que la ciencia no pronuncia palabras definitivas acerca del
origen y el fin del Universo y de la vida, ni sobre la formación de la conciencia, no
se legitiman las explicaciones de imposible comprobación a que se llama "la
revelación divina". De aceptarlas, se llegaría a conclusiones en pugna con lo poco
que se sabe; y lo que se sabe científicamente, no será todo lo que se necesita
saber, pero algún respeto merece. Se ha dicho esto muchas veces y no necesito
insistir.
Mediante la revelación, la teología aclara fácilmente todos los enigmas.
Adorna al hombre con caracteres superiores a los que poseen los demás animales
(sus parientes próximos) y afirma la existencia de un Ser Supremo, cuya
preocupación principal sería el destino del hombre, centro de la creación y su rey.
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LA APARICIÓN DEL HOMBRE

Pero el hombre no es eso; el hombre es un habitante de última hora del


Universo, aparecido en tiempos en que éste llevaba millones de millones de años de
existencia, si es que alguna vez el Universo no hubiera existido. Digo esto último
reflexivamente, porque la inteligencia humana no alcanza a concebir lo que podría
ser la "nada". La "nada" es una imposibilidad y lo será siempre.
Concretémonos a la Tierra, que si bien no pasa de ser un diminuto cuerpo
celeste, tiene el honor de albergar al hombre. La edad de la Tierra después de
condensada, se hace ascender a unos cien millones de años más o menos, a partir
del tiempo transcurrido desde el comienzo de las "épocas" que constituyen los
períodos más o menos entrevistos de su historia geológica, y el hombre sólo habría
aparecido (en estrecho parentesco con los antropoides) a fines de la época terciaria
o principios de la cuaternaria, hace menos de un millón de años -quizá 500.000- y
sólo habría comenzado a dar signos de civilización hará cosa de 6.000 años, es
decir, ayer. La Biblia dice que Dios creó el mundo y todas las especies al mismo
tiempo, lo que evidentemente no es así. Cuando apareció el hombre ya se habían
extinguido numerosas especies, de tamaño gigantesco, cuyos restos fósiles se ven
en los museos. Desaparecieron porque el medio se volvió desfavorable para ellas,
sea en relación con las condiciones de alimentación, de humedad o de calor o bien
porque su organismo fuera deficiente. Nótese que su existencia dependía, así, de
las condiciones ambientes y no de la voluntad de un creador.
El hombre lleva, pues, un tiempo brevísimo de vida sobre la tierra y la
conoce poco: no se puede sospechar hasta dónde llegará su saber cuando la
conozca mejor, dentro de diez mil o de cien mil años. Un ente aparecido cuando el
Universo y la Tierra llevaban millones de millones de años de existencia no puede
pretenderse el objeto y el centro de la creación y el rey del Universo. El Universo no
necesitó su presencia ni su colaboración, para vivir millones de millones de años. El
hombre se ofusca con el miraje de su importancia y usurpa evidentemente una
posición que no le corresponde.
La forma en que, a la luz de la revelación, se encara el fenómeno de la
conciencia, como facultad inmortal del alma, es un aspecto de la deformación de
criterio causada por la presuntuosidad a que me he referido y una consecuencia de
la ignorancia de la situación de "nouveau riche" que tiene el hombre en el viejo
Universo. Cuando se trata de él, todo le parece un don divino que exige,
necesariamente, la inmortalidad, y cuando se trata de los demás seres -que se
diferencian de él tan sólo por un grado menor de inteligencia- y de las células que
en todo momento dan pruebas de tener conciencia de sus funciones, nada
encuentra importante y todo puede perecer.
La verdad es que militan las mismas razones en favor de los animales,
cuando se dota al hombre de un alma generadora de su vida y de su conciencia,
porque si las diferencias entre aquellos y éste aparecen enormes a través de la
vanidad humana, son mucho menores de lo que se pretende. Para la física, la
química y la biología no existen diferencias de calidad entre el hombre y los
mamíferos superiores. Sus órganos son semejantes y funcionan del mismo modo.
En los laboratorios se estudia en los animales y en las células de los
animales, incluso en las células cerebrales, el proceso vital, buscando conclusiones
que se hacen extensivas al hombre, a tal punto la similitud existe.
Pretende, sin embargo, la teología, que entre los animales y el hombre hay
diferencias substanciales y afirma que el hombre es libre y los animales no.
¿Sabemos acaso si el hombre es libre y si los animales no lo son? Spinoza, en su
Ética -que no publicó en vida por temor a las persecuciones de la Iglesia y el
Estado- dice, con sobrada razón que el libre arbitrio del hombre se reduce a la
ignorancia de las causas que lo determinan. Y los animales en muchos casos, tienen
la posibilidad de proceder en distintas formas y se determinan a su antojo. En
Egipto, pueblo de una gran civilización, muchos animales fueron elevados a la
categoría de dioses.

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La superioridad intelectual del hombre respecto de los animales es tan


notoria como lo es su inferioridad respecto de la Naturaleza. El hombre no puede
realizar lo que la Naturaleza ejecuta, sin esfuerzo, y su grandeza relativa sólo
resulta de la comparación con los animales. Éstos no pueden escribir la Divina
Comedia, pero si al hombre se le exige que haga un árbol o una puesta de sol o
una aurora boreal demuestra su impotencia. Sigue creyéndose, empero, un ser
extraordinario e inmortal.

LA CONCIENCIA DE LA MATERIA VIVA

Y no se diga que las actividades asombrosas que desarrollan las células han
sido previstas por la naturaleza y que las cumplen fielmente dentro de un plan
preestablecido. Esa afirmación implicaría olvidar que las células se encuentran con
frecuencia ante situaciones imprevistas y las resuelven por sí solas, con
extraordinaria lucidez. Una célula no puede prever que un accidente causará una
herida en el cuerpo humano, o desgajará un árbol o cortará la cola de una lagartija.
Sin embargo, apenas producido el daño las células lo reparan.
No es el hombre quien cicatriza sus heridas. Su acción se limita a
mantenerlas en condiciones higiénicas para facilitar a los tejidos lesionados que se
curen solos. O lo que es lo mismo, para que las células produzcan
espontáneamente otras células de tipo adecuado para cicatrizar la herida que el
hombre no podría jamás reparar por medios mecánicos desprovistos del soplo vital.
Si las células no tuvieran esa propiedad el hombre moriría a consecuencia de la
primera herida que recibiese. A su vez el árbol desgajado hinchará su corteza
aceleradamente, y formará una yema de donde brotará una nueva rama y la
lagartija regenerará la cola destruida.
Cuando el árbol no ha sido herido por un cuerpo cualquiera sino por el
aguijón de una avispa o de una mosca que ponen los huevos debajo de su corteza,
el árbol no repara la lesión ni expulsa a los intrusos: forma una agalla, que es una
verdadera habitación donde las larvas se desarrollan y cuando están en edad de
salir a la luz les abre una puerta con celo paternal.
Algo semejante ocurre cuando microbios o virus invaden el organismo.
Corpúsculos integrantes de la célula les salen al encuentro y los atacan con decisión
y la mayor parte de las veces, con eficacia. El hombre ha ignorado durante siglos
esos épicos combates que le ha revelado el microscopio.
Muchos biólogos y entre ellos Carrel admiten que las células proceden como
si supieran lo que hacen. En la página 237 de L'homme, cet inconnu, Carrel dice:
"En toda la historia del desenvolvimiento del embrión los tejidos se conducen como
si supieran el porvenir". Y Spemann, premio Nobel de 1936 en Medicina y Ciencias
Naturales, en su discurso rectoral de la Universidad de Friburgo, en 1932, dijo: “La
naturaleza actúa en el desenvolvimiento -de los seres- como un artista pinta o
modela, y como procede cualquier organizador que maneja materiales vivos o
inanimados".
No comprendo entonces con qué derecho se rechaza la suposición que surge
de los hechos, de la conciencia de las células al tiempo de llenar sus funciones,
cuando se carece de elementos para probar que la apariencia no es la realidad.
Precisamente porque se trata de lo infinitamente pequeño hay que ser prudentes.
¿No es acaso real, aunque sea asombroso, que un corpúsculo casi invisible,
como el cromosoma, transmita caracteres hereditarios con una fijeza pasmosa?
Está probado hasta la evidencia.
La conclusión de que la célula y los órganos deben tener conciencia de sus
funciones surge de los hechos y la de que pueda existir una substancia extraña e
impalpable que dirija conscientemente el funcionamiento de las células surge de
simples especulaciones metafísicas. Esa circunstancia robustece la primera
hipótesis. Y la teoría de que todas las especies tienen vida, pero sólo el hombre

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tiene alma, aparte de ser caprichosa, dejaría subsistente, en absoluto, el problema


del origen de la vida en los demás seres, del que depende todo.
Los animistas, naturalmente, siguen afirmando que sólo el hombre tiene
conciencia de lo que hace. Proceden inconscientemente según ellos, los demás
seres y corpúsculos vivientes aún en los casos en que parecen demostrar mayor
conciencia de su función. Tomemos como ejemplo la reducción del número de los
cromosomas de las células germinales antes de formar el embrión, ya que su
sencillez es tan maravillosa como su adecuación a un fin. Cada especie tiene un
número fijo de cromosomas y lo transmite invariablemente de generación en
generación. La célula humana tiene 48. Parece muy sencillo que un ser cualquiera
transmita sus peculiaridades a su descendencia, pero cuando se trata de la
fecundación el caso varía, por cuanto al conjugarse dos células distintas, la
femenina y la masculina con 48 cromosomas cada una, el embrión debería adquirir
96 cromosomas en la primera generación, 192 en la segunda, 384 en la tercera y
así sucesivamente, de tal manera que arrancando desde el principio de la especie el
cuerpo humano entero sería hoy insuficiente para contener los cromosomas de una
sola célula originaria y las células y el hombre con ellas habrían perecido víctimas
de una inundación de cromosomas. Se habría producido el caso de la multiplicación
de los granos de trigo en las casillas de un tablero de ajedrez, atribuído a su
descubridor.
¿Cómo han conjurado este terrible peligro las células sexuales? Han
necesitado inteligencia e ingenio para encontrar la solución, pero la han
encontrado. Las células femenina y masculina, portadoras cada una del número fijo
de cromosomas de la especie lo reducen a la mitad al efectuar la maduración y en
la especie humana las células maduras o gametos quedan con 24 cromosomas cada
una. Se unen entonces y el embrión sólo recibe 48 cromosomas del aporte
conjunto, en vez de 96. La suerte de la especie se salva.
Si esto no es inteligencia bien consciente de un fin, yo no sé cómo llamarla.
He podido observar al microscopio en el laboratorio de la Facultad de
Medicina, preparaciones de esta clase, debido a la gentileza del biólogo argentino
don Francisco Alberto Sáez, del departamento de zoología del Museo de La Plata y
el Instituto de Anatomía General y Embriología de la Facultad de Medicina de esta
capital. He visto así los cromosomas gigantes encontrados en las glándulas
salivares de la mosca Drosófila.
Procedería también inconscientemente, según los animistas, el
espermatozoide cuando se dirige arrastrándose como una culebra en la dirección
del óvulo maduro situado a una larga distancia para sus dimensiones, y se vale
para marchar de su cola propulsora, muchas veces más larga que su cabeza (la
cabeza está destinada a formar el embrión, y la cola desempeña una función
puramente mecánica) y procedería inconscientemente el óvulo maduro cuando, al
sentir la proximidad del espermatozoide forma el "cono de atracción" y en cuanto
ha penetrado le corta la cola y la deja afuera, porque no tiene parte en la función
fecundante y endurece de inmediato la membrana a fin de que no la penetre otro
espermatozoide.
Ejemplos semejantes podrían señalarse en todas las especies no sólo acerca
de las funciones de la reproducción (la de los helechos asexuales es maravillosa y
también la de los peces que sueltan los espermatozoides a larga distancia de los
huevos puestos por la hembra en el agua), sino también en las funciones de
nutrición, en las de relación y demás.

EL INSTINTO DEL ALMA

Todo esto trata de explicarlo la teología, en relación con los animales, con el
arbitrio de una palabra carente en este caso de sentido: "el instinto". Lo que si algo
prueba, es que ni la teología puede desconocer la existencia en los animales de
procesos parecidos a los que se producen en el hombre.

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La ciencia no alcanza a develar en toda su extensión esos procesos


misteriosos.
Comprueba cómo y cuándo se producen los hechos, e intenta descifrarlos,
aun cuando no lo consiga enteramente. La teología ofrece explicaciones irreales.
Hagamos intervenir entonces al buen sentido. ¿Qué debería decir el buen sentido?
Debería decir que si la existencia de un alma inmaterial e inmortal es requerida
para la vida del hombre, la requiere también la existencia de todos los demás seres
vivos.
Aquí, precisamente, es donde se produce una gran confusión metafísica que
exige poner las cosas en su sitio. Se entiende por alma una supuesta substancia
inmortal e inmaterial distinta del cuerpo, que anima la vida, piensa, siente y quiere.
Esta definición elemental la restringen al hombre los dogmas religiosos y los
escritos de los teólogos ortodoxos. Si el alma fuera el principio vital habría que
reconocerla a todos los seres que tienen vida o a ninguno, es decir, la tendrían los
animales y las plantas lo mismo que el hombre y no es eso lo que admiten los
dogmas religiosos ni los escritos de los teólogos ortodoxos. Según ellos el hombre
tiene un alma inmortal y los animales no, aun cuando nazcan, crezcan, se
alimenten, se reproduzcan y mueran lo mismo que el hombre, y aun cuando
piensen, sientan y quieran en una forma que sólo acusa diferencias cuantitativas y
no cualitativas con el hombre.
Por hipótesis, concedamos que el hombre tenga un alma distinta del cuerpo;
el problema de la vida en los demás seres continuaría en el profundo misterio a que
antes me referí. Parece que los demás seres no interesan.
No es exacto, entonces, que las religiones sepan lo que no sabe la ciencia.
Las religiones no aclaran el enigma. La teología más sutil no puede demostrar que
el principio de lo vital sea distinto en el hombre y en los animales y plantas. ¿Por
qué habría de ser el hombre el único inmortal? El absurdo es visible.
Por eso he apelado al fallo del buen sentido.
El buen sentido deberá reconocer que todo lo que tiene vida tiene y muestra
conciencia de su función, o bien, que "la conciencia es inseparable de la vida",
nociones que se complementan con la de que "todo lo que vive tiende
esencialmente a perpetuar la especie". El hombre como los animales.
Bien: todo lo que vive tiene conciencia de su función y la vida emana de un
proceso obscuro que nunca –probablemente- podrá ser objeto de una demostración
experimental. Pero ¿de qué tienen conciencia los seres vivos? Tienen conciencia de
todo aquello que les es necesario saber y hacer para vivir y perpetuarse, y cuando
un ser es complejo, cada uno de los órganos superiores o elementales que lo
integran debe tener conciencia de su función propia; el órgano como la célula, la
célula como la molécula, la molécula como el átomo, el átomo como el electrón que
gira con velocidad prodigiosa alrededor de su núcleo, como los planetas de nuestro
sistema giran alrededor del sol. Y no necesitan saber más que eso, pero deben
saberlo bien.
Hace dos siglos y medio, cuando aun no se conocía la naturaleza de las
células ni sus funciones, Leibnitz concibió sus "mónadas" inmateriales, dotadas de
vida interior, y les atribuyó percepción, apetito y en algunos casos razón.
Tratándose del filósofo de la "armonía preestablecida" y de la "razón suficiente",
autor de un libro de Teodicea, el antecedente tiene importancia. ¿Qué diría hoy
Leibnitz, después de conocer la estructura y las funciones vitales de las células?
Quizá encontrara que hacen innecesarias sus mónadas.

EL HOMBRE Y LA CÉLULA

Coloquemos frente a frente al hombre y a la célula y este análisis se aclarará


singularmente.
Los anima el mismo soplo vital y cuando el hombre muere, aun cuando las
células no mueren inmediatamente, tienen sus horas contadas. Del mismo modo si

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las células mueren se acaba el hombre. Pero mientras ese colapso no se produce, el
hombre no tiene conocimiento directo de lo que en su interior están haciendo las
células, ni los órganos: ni las células tendrán conciencia seguramente, de lo que
hace el hombre, y esta recíproca ignorancia no perjudica en nada el proceso vital.
Cada uno sabe lo que le importa saber y nada más. Se ha recordado muchas veces
que en estado normal el hombre no se apercibe del funcionamiento de sus órganos.
Podría creerse macizo lo mismo que hueco. Es además la única máquina
absolutamente silenciosa que funciona bajo el sol. El motor más perfecto hace
algún ruido y el cuerpo humano realiza sigilosamente sus procesos físico-químicos,
la circulación de la sangre, la absorción del oxígeno, la expulsión del anhídrido
carbónico. A este respecto son muy interesantes las consideraciones que contiene
el notable libro de Carrel. El hombre ha necesitado abrir un cadáver para conocer
su organismo.
Tiene conciencia de sus sensaciones -he dicho- y del mundo exterior sin lo
cual no podría perpetuar la especie. Este último concepto no debe entenderse en
una forma grosera. Lo más elevado que exterioriza el hombre, la aspiración a la
inmortalidad, es una derivación clarísima del deseo de perpetuarse. La idea de la
muerte le inspira temor y angustia.
La inteligencia del hombre es cualitativamente igual a la de los otros
animales aun cuando sea más poderosa, y bueno fuera que no, si es el hombre la
más perfecta realización en la escala zoológica. El cerebro de un avestruz pesa 1 en
relación a 1.000, el de un caballo 1 a 500, el de un mono antropomorfo 1 a 200, y
el del hombre 1 a 35. Esto no basta para afirmar que la mayor inteligencia del
hombre se explica por el mayor peso relativo de su cerebro, pero es un indicio a
tenerse en cuenta, que se complementa además con la extinción total de los
grandes saurios de cabeza pequeña, de la época secundaria. El "Tyrannosaurus",
saurio gigantesco de la era mesozoica, medía 14 metros de largo y 6 de altura y
teniendo más peso que un elefante, su cerebro sólo alcanzaba a pesar medio kilo.
En los reptiles gigantescos era muy común la pequeñez y estrechez de la cabeza y
se ha tratado de relacionar esa circunstancia con su prematura desaparición.
Los animales tienen en muchos casos sentidos más perfectos que el
hombre: la vista del águila, el olfato del perro, del cuervo o de la abeja, la agilidad
del mono o de la ardilla, la resistencia del caballo a la fatiga, la visión en la
obscuridad de los animales nocturnos, superan iguales actitudes del hombre y
prueban que no es, en absoluto, el predilecto de la naturaleza. La semejanza
estructural del hombre con los monos antropomorfos -de los que sólo es una
variante- le resulta vejatoria.
No es posible juzgar con exactitud el grado de inteligencia de los animales
debido a que no hablan. Hay hombres que parecen muy inteligentes mientras están
callados.
Aun cuando el hombre esté animado del mismo soplo vital que mueve a sus
órganos y a sus células, no necesita tener conciencia inmediata y directa de todo lo
que ocurre en su interior. Cada órgano o cada corpúsculo ejecuta su parte.
Con las células ocurre otro tanto. Infinitamente pequeñas cumplen las
funciones en que intervienen, y en su campo restringido tienen tanta adecuación a
sus fines como el hombre en el suyo. Ignoran, sin duda, que forman parte del
cuerpo humano, animal o vegetal, en que actúan y que están a su servicio. No es
antojadizo pensar que cuando nadan libremente, en la obscuridad absoluta de los
líquidos y humores del organismo o cuando se incorporan a los tejidos, o cuando se
dividen voluntariamente para reproducirse, deben creerse seres autónomos y con
mucha probabilidad "reinas de la creación". Si su inteligencia y sus sentidos les
permitieran apercibirse de que están formadas por moléculas y éstas por átomos y
éstos por electrones, no tengo duda de que los mirarían con la sonrisa protectora
con que el hombre las mira a ellas y que negarían a las moléculas, a los átomos y a
los electrones el derecho de tener un alma inmortal, que ellas, sin duda alguna, se
adjudicarían a imitación del hombre.

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Se dice que las células no pueden pensar sin cerebro. El argumento no tiene
valor. Se están descubriendo incesantemente nuevos corpúsculos en el citoplasma
y en el núcleo y no se puede afirmar que no existan órganos pensantes porque no
se vean por el momento. Hasta ayer los electrones eran invisibles y los "virus"
continúan siéndolo. El de la fiebre aftosa no se puede ver y no obstante eso, las
vacas mueren cuando se introduce en su organismo. Antes dije que el protoplasma
fue considerado homogéneo primeramente, y que hoy se conocen los numerosos
corpúsculos activos que contiene y se ve cómo partículas ínfimas en un cuerpo
infinitesimal, no son homogéneas; los cromosomas por ejemplo, portadores de los
caracteres hereditarios no obstante su pequeñez, son estructuras independientes
que se mueven a su antojo y se combinan, o aun se fusionan o se dividen para
desempeñar cumplidamente su papel. Todo vive en la célula, y una célula procede
invariablemente de otra célula, noción sencilla que sólo se adquirió en la segunda
mitad del siglo XIX. El hombre proviene de una célula -la célula germinal o sexual-
y en la edad adulta llega a tener más de 25.000 millones de células somáticas.
Las comparaciones de volumen o dimensión son relativas y no hay razón
para darles como punto necesario de referencia el hombre, que a su vez, si fuera
comparado con una estrella, resultaría menor que un cromosoma.
Si el hombre no tuviera otro motivo que la pequeñez corporal de la célula
para negarle conciencia y sentidos propios, la célula por su parte, contemplando la
pesada masa de un ser humano, que encontraría informe y torpe opuesta a su
pequeñez, podría llegar a la conclusión de que semejante mole no puede pensar.
Una célula es una individualidad tan completa y tan compleja como el hombre en
relación a sus funciones, dentro de su campo de acción. ¡Con decir que no sólo hay
células de distintas formas sino de distintas razas! ¡Hay también microbios de
distintas razas!
Debe también tenerse en cuenta que los descubrimientos más
trascendentales de la física y la biología en los últimos tiempos (los años de
verdadero progreso han sido los de nuestro tiempo) se han efectuado en el mundo
de lo infinitamente pequeño.
Ya he recordado que no se puede afirmar categóricamente que el hombre
piense con el cerebro, aun cuando sea lo probable. Hay afecciones del cerebro que
inhiben para pensar, pero hay afecciones de otros órganos que no tienen,
aparentemente, nada que ver con el pensamiento, y lo afectan. Y nadie ha podido
observar hasta hoy, cómo ni cuándo nacen las ideas en el interior de las células
piramidales.

EL ALMA Y EL FENÓMENO VISUAL

El alma para ser digna del rango que le asigna la teoría "dualista" que tantas
perturbaciones de criterio causa, debería pensar sola, libre de todo contacto impuro
con la materia, Pero aun concediendo que en el hombre haya elegido el cerebro
como asiento de los procesos mentales, se debe recordar que en las células no se
necesitaría un mecanismo tan importante para lucubraciones infinitamente más
simples. Además, en la gran diversidad de la masa del protoplasma, determinados
corpúsculos cuyo objeto no ha podido establecerse todavía, podrían corresponder a
órganos pensantes.
Tampoco puede establecer la observación científica cómo se produce el
fenómeno visual, y sin embargo, vemos.
El ojo es un aparato óptico admirable que reproduce en la retina
pequeñísima la imagen de los objetos exteriores, tal como una máquina fotográfica
la imprime en el fondo de su cámara. ¿Pero qué órgano mira la impresión en la
retina humana? Se dice que el cerebro. En la máquina fotográfica la imagen se fija
en su interior, sobre una placa sensible y la contempla el hombre. La máquina no
sabe por sí lo que ha hecho. Mientras que el hombre cree que mira directamente

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hacia el exterior, no hacia adentro, no en la retina, y cree ver las cosas exteriores
sin la interposición de un objetivo.
¿Qué órgano mira hacia afuera? ¡Quién nos infunde la ilusión de que vemos
y palpamos los objetos exteriores, cuando podríamos verlos solamente, del modo
como se nos representan las personas y los objetos en los sueños!
La teología pretende que miramos los objetos con el espíritu, con los ojos
del alma. Los animales los ven exactamente como los ve el hombre, y sus órganos
visuales son semejantes a los del hombre: luego necesitarían un alma igual a la del
hombre. El dilema es de hierro.
Y si el hombre no viera con los ojos materiales, sino con el espíritu, ¿qué
objeto habría tenido la naturaleza al construir un aparato visual prodigioso, para
que no sea él quien mire? Habría bastado un agujero en la frente para que el alma
humana se asomara a mirar.
Esta observación es extensiva a las demás funciones.
¡Para qué tanta complicación, para qué tan delicados órganos, si una
substancia extraña a la materia, fuera la que lo hace todo! Un organismo más
sencillo estaría más de acuerdo con el dogma ingenuo de que Dios hizo al hombre
en un instante, de un puñado de barro.
Y recuérdese -porque es muy importante- que la naturaleza no hace
distinciones que demuestren de su parte, predilección alguna por el hombre. Por el
contrario, la naturaleza es indiferente y puso el mismo afán en la creación del
hombre y en la de los microbios, y hasta podría creerse que tuvo especial interés
en dotar a estos últimos de una eficacia infecciosa formidable, que las células
humanas no logran siempre contrarrestar.

MONISMO Y DUALISMO

Estas consideraciones invaden el campo de las viejas teorías "dualista" y


"monista", o bien "Vitalista" y "Mecanicista". Sintetizando su contenido se ha dicho
que la primera se funda en la hipótesis de que el hombre es una máquina material,
manejada por un maquinista inmaterial. El espíritu, o el alma, sería el maquinista.
Y de la segunda se ha dicho, que al atribuir la totalidad del proceso vital a
acciones y reacciones fisicoquímicas supone una máquina que marchara sola y
reparara por sí misma sus desperfectos.
Los conocimientos adquiridos por la química, la física, la biología y la
fisiología, no permiten simplificar tanto el problema. La formación, crecimiento y
multiplicación de los cristales, en soluciones concentradas, a expensas de la
solución madre -hoy tan conocida- presentan el ejemplo de un cuerpo que se nutre
y crece, y sin embargo los cristales no viven. Los coloides parecen también
substancias vivas. Y, por último, es también asombroso el movimiento que hacen
para huir de la luz, las partículas de carbono de una solución, cuando es puesta en
un recipiente colocado parte en la sombra y parte en la luz. La luz, que atrae a los
insectos, repelería, por lo visto, a esas partículas inorgánicas, ya que sería más
arriesgado suponer que las partículas de carbono se alejan de por sí de la luz. Pero
aun cuando parezca más racional suponer una acción de la luz que una deliberación
de las partículas de carbono ¿qué acción o influencia sería esa que no resulte
inexplicable?
Con todo, subsisten por una parte fenómenos psíquicos que no parecen
caber dentro de la hipótesis fisicoquímica y por la otra, tampoco es sustentable la
explicación del maquinista inmaterial, cuyas funciones directivas estarían sujetas al
cumplimiento de las leyes inflexibles a que se llama "el plan de la naturaleza".
Dirigiría la materia nominalmente, y la solución que representa deja de serlo,
puesto que la incógnita se desplaza sin resolverse. Quedaría por averiguar a qué
fuerza obedece el maquinista, y estaríamos en lo mismo.
Si la materia fuera poseída por un ente sobrenatural, soplo, agente,
entelequia o substancia independiente de ella e inmortal -a estilo Descartes-, los

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seres vivos, dirigidos por ese ente deberían tener una mentalidad idéntica y aun
cuando, con notoria derogación del fundamento de la teoría, se admitiera que el
ente inmaterial mostrase una calidad distinta en cada especie de seres, todos los
individuos dentro de la especie, deberían ser igualmente inteligentes. Decir que el
alma de Juan es menos inteligente que la de Pedro, porque la estructura cerebral
de Juan es inferior a la otra, echaría por tierra toda la teoría animista, y resultaría
más evidente que nunca, que si el materialismo encierra misterios, no son menores
las contradicciones que encierra el espiritualismo.
El poder de la inteligencia y la nobleza de los sentimientos del hombre,
puestos a la bestialidad de las especies inferiores, no prueban, en modo alguno, la
presencia de un alma inmaterial. Hay también hombres de inteligencia rudimentaria
y hay criminales y amorales. No deberían éstos tener alma a menos que existan
almas inmorales, inferiores y depravadas, lo que también sería una contradicción.
Un zorro tiene evidentemente más astucia y más inteligencia que muchos hombres;
una abeja o una hormiga, más laboriosidad y más disciplina, un castor construye,
sin herramientas, un dique a través de un río que no construiría un hombre en mil
y hay animales que se sacrifican por la especie, o mueren por ella, como un héroe
muere por la patria.
Esos animales, superiores a muchos hombres, deberían tener un alma
inmortal, si es que del alma derivan las condiciones relevantes intelectuales y
morales, pero los teólogos no lo admiten ni por excepción. El cielo después del
inseguro fin del mundo, sólo albergará al hombre, rey de la creación.
No es concebible, sin embargo, que almas inmateriales e inmortales tengan
distinta calidad intelectual, y así como los vitalistas recuerdan a los monistas que
hay una sola clase de materia, estos últimos podrían observarles que, no pudiendo
haber sino una sola clase de almas, todos los hombres deberían tener la misma
inteligencia creadora y los mismos sentimientos morales y artísticos.
El vitalismo y el mecanicismo que llenaron con sus querellas filosófico-
biológicas los siglos XVIII y XIX, están hoy en cierto modo, en desuso, del punto de
vista de su rigidez doctrinaria. Podría decirse que el vitalismo acuerda al maquinista
demasiada importancia en desmedro de los nuevos conocimientos de la física y la
biología y que el mecanicismo concede demasiado poco a los fenómenos o acciones
psíquicas, que reduce a simples acciones y reacciones fisicoquímicas. El
mecanicismo, sin embargo lleva una ventaja al vitalismo, edifica sobre lo físico y el
vitalismo sobre lo metafísico, y lo metafísico a menudo se resuelve en frases vacías
de sentido.

EL ESPÍRITU Y LA MATERIA

Experimentos concluyentes, como por ejemplo, el trasplante del riñón, o la


conservación durante años en el laboratorio, de células vivas separadas del cuerpo
a que pertenecían, destruyen la pretendida unidad de la supuesta substancia
inmaterial que animaría la vida.
Las experiencias a que aludo, demuestran que los órganos y las células
pueden vivir con independencia del soplo vital que animaba al cuerpo de que
formaban parte, cuando encuentran condiciones satisfactorias de ambiente y de
alimentación. Inferir que se han llevado consigo una pequeña parte del alma del
hombre o del animal a que pertenecieron, sería pueril y además, contradictorio con
el principio fundamental de la teoría animista. Nunca ha muerto un hombre porque
haya sido abandonado por el alma en un rato de mal humor y es evidente que el
hombre constituye una unidad, formada por un conjunto de unidades elementales y
que el espíritu es inseparable de la materia.
Es muy fácil decir, como Bergson, que en los procesos mentales "el espíritu
desborda el cerebro" y que, por lo tanto, es independiente de él, y podría vivir
aunque él pereciera. De esa frase ingeniosa deduce Bergson todo un mundo de

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conclusiones arbitrarias. No sin razón algún crítico ha dicho de él, que más que un
filósofo, es un prestidigitador.
Así pues, ambas doctrinas dejan indeciso el fenómeno vital. En prueba de
ello los "neovitalistas" del siglo XX, lejos de mostrarse desdeñosos de la biología -
como lo hacen los teólogos ortodoxos, cada vez menos cotizados- aceptan la teoría
de la evolución de las especies -a base de Darwin- y ajustan sus razonamientos a
los resultados de las investigaciones científicas, aun cuando los interpreten con su
criterio; y los mecanicistas siguen ahondando en el estudio de las maravillosas
neuronas o células nerviosas, a fin de descubrir el punto de unión de la materia y el
pensamiento, o bien, buscan en la fecundación artificial, o partenogénesis, revelada
por Loeb en los últimos días del siglo pasado, el principio de la vida. En esas
experiencias Loeb logró con éxito completo, desarrollar el huevo mediante simples
excitaciones químicas o físicas, ajenas a toda intervención masculina. En base de
esos resultados podría sostenerse que la generación es un proceso físico-químico.
Dije que Leibnitz (en su Monadología publicada en 1714), sostiene la
existencia de "mónadas" inmateriales en todo cuerpo vivo. Esto merece una
mención más precisa. "Cada cuerpo vivo –dice- tiene una entelequia dominante que
es el alma del animal; pero los miembros de estos cuerpos vivos, están llenos de
otros también vivos, plantas, animales, cada uno de los cuales tiene también su
entelequia o alma dominante" (párrafo 70). Quiere decir que Leibnitz acepta la
personalidad local y autónoma de los componentes de los organismos vivos, pero le
da una esencia inmaterial, de acuerdo con las ideas de su época que en materia de
investigaciones biológicas era muy deficiente, como que sólo un siglo después
empezó a usarse la palabra biología.
Para Leibnitz las mónadas, dotadas de percepciones, apetito y razón, son
verdaderos átomos de las cosas, y sus evoluciones provienen de un proceso
interno. Dos siglos después de él, podemos pensar nosotros que las células y los
órganos actúan conscientemente, en el cumplimiento de sus funciones, y sólo
quedaría por averiguar dentro de la terminología de Leibnitz, si la supuesta
entelequia no surge lisa y llanamente de la materia viva.
Si la conciencia global del hombre no es incompatible con la de los
organismos que lo integran ¿por qué habría de ser inmortal la conciencia global y
perecederas las conciencias locales? Privilegio odioso que el hombre establece
siempre en su favor: privilegio que no puede fundarse siquiera en que la
supervivencia del alma humana tendría un objeto y la Inmortalidad de una célula
no lo tendría. La inmortalidad podría asegurar eventualmente a los hombres, de
acuerdo con determinadas creencias religiosas, un estado de perpetuas
satisfacciones celestiales, o imponerles castigos infernales, pero eso no es un
motivo para menospreciar el destino ultraterrenal de los animales y de las células.
No todo ha de combinarse al paladar del hombre, que es bien poca cosa en el
Universo.
La imposibilidad de establecer el punto de separación entre los seres vivos y
la materia inerte es otro elemento de juicio que ha quitado influencia a las ideas
clásicas. El abismo que pretendieron abrir entre lo animado y lo inanimado, se ha
reducido a una línea tan fugaz, que no se puede trazar. Igual cosa sucede con la
separación entre el reino animal y el vegetal: en los organismos inferiores no puede
establecerse.
Es que la ciencia de lo grande ha sido invadida y desbordada en las últimas
décadas por la ciencia de lo infinitamente pequeño y la conmoción ha agrietado sus
cimientos. La percepción de los fenómenos esenciales y elementales de la vida es
luminosa en lo pequeño y se obscurece en lo grande, imponiendo el cambio de
conceptos y clasificaciones que parecían eternos. Lo más que podemos decir de la
vida por el momento, es que constituye una propiedad inherente a la materia
organizada. Por otra parte, la evolución de las especies que ha sido causa de su
diferenciación y desarrollo, sólo se produce en los organismos inferiores, y cesa
cuando la especie ha alcanzado su forma superior.

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LA IDEA DE DIOS

La adhesión a la teoría de que todo lo que tiene vida debe tener conciencia
de su ser, lleva a una conclusión que no puedo ni quiero eludir.
Si el átomo, la célula, el órgano y el animal, incluído el hombre, tienen
conciencia de su ser y de sus funciones, el Universo tendrá también una conciencia
general de su ser y a esa conciencia se le llamaría Dios.
Admito que así sea.
Pero así como el átomo, dentro de la célula no sabe seguramente lo que es
la célula, y así como la célula dentro de los tejidos no puede saber lo que es el
cuerpo humano, el hombre consciente de su ser y de lo que ve a su alrededor, no
tiene conocimiento substancial de lo que es el Universo, ni puede saber de dónde
surgió el Universo que fue anterior a su aparición sobre la Tierra, ni adonde va el
Universo que no ha llegado todavía a su término.
El Universo se rige por leyes inflexibles e independientes del hombre e
impenetrables para el hombre. De ahí la dificultad de concretar la idea de Dios, que
unas veces se encara con criterio religioso y otras con criterio filosófico. No hay que
confundir el Dios de las religiones con el Dios de la filosofía. El primero es una
persona accesible y el segundo una entidad abstracta inaccesible. El primero nació
con el hombre en las cavernas prehistóricas, fruto del temor a lo sobrenatural, y
perdura sin modificaciones substanciales, en su acción milagrera; el segundo es la
expresión del espíritu reflexivo y de las leyes naturales, y su concepto puede
modificarse a medida que aumenten los conocimientos humanos.
La idea de Dios es la gran incógnita de la mente humana y obsesiona a los
que sienten la atracción de estos hondos problemas. La confusión es extrema y
más de un investigador que se considera absorbido de buena fe en el estudio de un
fenómeno exclusivamente vital, cuando sigue, por ejemplo, el proceso de los óvulos
de una rana y observa su desarrollo, sin mediar fecundación, por el sólo hecho de
herirlos con una aguja, no se da cuenta de que, sin saberlo, está buscando en
realidad, encarnizadamente, una prueba de la no existencia de Dios.
Hay que escapar de la influencia de esas fascinaciones. Dios no debe violar
las leyes naturales y no debe entrar a los laboratorios sino cuando los
investigadores hayan agotado sus esfuerzos; no debe consentir en que se
menosprecien los conceptos científicos en su nombre o se les subordine a prejuicios
que remontan a la infancia de la humanidad y engendran mitos convencionales de
las religiones positivas.
Las concepciones pueriles de las sociedades primitivas podrán subsistir
eternamente. Sin duda, es más seductora y sencilla la hipótesis de un Creador que
hace surgir el Universo de la nada en seis días, con sólo pronunciar un "fiat", que
las nociones modernas de la evolución lentísima de las especies y de la adaptación
al medio. Para la perfección de la primera hipótesis faltaría explicar la razón que
pudo tener el Creador para crear el mal. La infalibilidad del dogma, punto de
partida de la fe del carbonero, no es una razón que pueda oponerse a una
inteligencia que respete sus fueros.
Las creencias religiosas positivas tienen su campo propio fuera de la ciencia
y del razonamiento sereno. Se puede creer en el contenido de la Biblia lo mismo
que hace 3000 años se creía en la realidad del Olimpo y de sus dioses; y si en la
actualidad hombres ilustrados creen, o fingen creer en lo que la ciencia niega y
refuta, en la antigüedad hombres notables adoraban los ídolos paganos. El dogma
católico negaba la redondez de la Tierra y el Papa prohibió a los católicos españoles
que se ocuparan del sistema de Copérnico.
Las religiones construyen sus sistemas con independencia de las leyes
naturales, puesta la vista en el hombre cuya inmortalidad pasa a ser artículo de fe.
Dios deja de ser el principio de la energía y de la vida para convertirse en
una persona. Él habría creado la Tierra de la nada para colocar en ella al hombre y
habría diseminado las estrellas en el firmamento con simples fines de decoración.

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Una estrella habría bajado ex profeso a la Tierra para servir de guía a los reyes
magos. Así lo asegura el Evangelio como si fuera la cosa más natural.
Puede verse también en la Biblia cómo Dios bajaba a la tierra a conversar
con los hombres, en los tiempos primitivos, les daba consejos y les aplicaba
castigos inverosímiles. Al profeta Ezequiel le ordenó que se comiera un libro
sagrado y el profeta se lo comió (cap. 3º, ver. 1 y 2 de las profecías de Ezequiel) y
también le ordenó que en expiación de los enormes pecados del pueblo de Israel,
comiera todas las mañanas excrementos humanos: y como el profeta se quejara de
la crueldad del castigo, lo autorizó a que los reemplazara con estiércol de buey
(cap. 4º, ver. 12 y 15). Y al profeta Oseas, a fin de poner a prueba hasta dónde
llegaba en el acatamiento a sus órdenes, le ordenó que amara a una mujer adúltera
y el profeta lo hizo, pero en descargo de su conciencia, por tan mala acción, dió a la
cómplice 15 piezas de plata y algunas fanegas de cebada. (Profecías de Oseas, cap.
3º, ver. 1 y 12).
Ocurrencias de esa naturaleza nada tienen que ver con los conceptos que
han emitido acerca de la divinidad del espíritu los pensadores y los filósofos
espiritualistas que la teología ortodoxa invoca a menudo. No se trata del Dios de
Aristóteles, definido por él como el "Pensamiento del pensamiento", ni del Dios de
Platón, para quien Dios era el Bien, ni el Dios del panteísmo, que es la naturaleza.
Las religiones positivas no se conforman con un concepto metafísico de
Dios: necesitan un Dios concreto que entre en relación con los hombres, aun
cuando se convencionalmente. El panteísmo que ve a Dios en todas partes, que le
llama substancia única y causa inmanente de todo y considera a los
seres como “modos particulares de Dios”, es considerado por la teología ortodoxa
una forma de ateísmo. Ella cree en los dioses que multiplican los panes, curan con
palabras a los epilépticos y a los leprosos y resucitan a los muertos. El que no
comulga con todo eso, es ateo.
Las masas populares necesitan dioses a la altura de su mentalidad y resulta
más práctica a los efectos de edificar una religión, la promesa del Evangelio de que
los muertos al fin de los siglos resucitarán en el cielo en cuerpo y alma, que las
definiciones abstractas de Aristóteles y Platón. Les pueblos asiáticos, invasores de
Europa, idólatras bárbaros, abandonaron sus iconos para seguir el Evangelio, pero
no lo habrían hecho sin la promesa de la vida futura. Mahoma hizo otro tanto y el
Corán ofrece la misma perspectiva con marcada acentuación sensualista. El
concepto de una iglesia sin sacerdocio y sin liturgia, es decir, la comunicación
directa de los hombres con el Padre Celestial, que emanan de la predicación
atribuida a Jesús, fueron puestos de lado.
Y bien, el hecho de que la ciencia no pueda explicarlo todo, no autoriza a
hacer creer en una cosa tan insólita como la resurrección de los muertos; y
tampoco existe relación lógica entre la eventual necesidad de reconocer una causa
primera de la vida universal y los atributos que la fantasía mística, a veces
enfermiza, otorga a los dioses-hombres o a los hombres-dioses.
Si sólo se tratara de la divinidad de la substancia vital, ¿qué le podría
importar que el hombre la adore o no? No la adoran las demás especies, y parece
que no le importa. ¿Y qué objeto podría encontrar la substancia divina que habría
engendrado el Universo, en imponer al hombre castigos como los de la Biblia, que
comienzan con el pecado original del que un recién nacido no debería tener la
culpa?
Sin embargo, las religiones positivas convierten en el objetivo principal de la
vida humana la adoración de esa causa primera y la llaman Ser Supremo y la Biblia
hace el objeto único. La Iglesia exige a los gobiernos que impongan esa adoración.
Atribuyen al Ser Supremo una voluntad imperiosa de ser adorado y el
incienso le es necesario. Han creído enaltecer de esa manera la idea de la divinidad
y la han empequeñecido. La cólera divina es terrible y causa la muerte de los
pecadores o aun de los inocentes cuando el Dios personal, por designios ignorados,
lo resuelve.

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De la Revelación deriva el derecho que invocan las religiones para imponer


creencias religiosas y sobrenaturales. Hablo de las religiones en general y no de la
católica en particular, porque entre ellas hay una gran semejanza. Entre el culto de
un Dios pagano, reconocidamente imaginario, y el de un santo o santa modernos,
más o menos milagrosos, no existen diferencias reales. Las profecías de la Biblia
tienen para la ciencia el mismo carácter que los augurios del oráculo de Delfos. Está
probado que estos últimos eran falaces, y, sin embargo, toda la Grecia temblaba al
oírlos. La historia se repite.
Todo esto explica por qué razón es tan ilegítimo imponer creencias religiosas
por la fuerza, como perseguirlas. El Estado debe ser neutral. Las teocracias fueron
siempre funestas, y en cualquier parte lo es la infiltración del clericalismo en la
enseñanza y también en la justicia.
La revelación descalifica a la ciencia y eso no lo podemos admitir. No le
importa que la ciencia, o el simple buen sentido, demuestren por ejemplo, que la
luz del día emana exclusivamente del Sol. Hay que creer en lo que el Espíritu Santo
habría inspirado a Moisés cuando le habría dictado la Biblia; el Génesis dice que
Dios hizo la luz el primer día separándola de las tinieblas y el cuarto día hizo el Sol
y las estrellas. Durante cuatro días habría habido luz en la Tierra y los días habrían
estado separados de las noches sin haber Sol. La ciencia debe callar. No creer en la
Biblia expone a caer en pecado mortal.

EL FIN DEL MUNDO

La predicción del fin del mundo y la descripción del infierno forman parte del
sistema de conceptos terroríficos de que se vale el dogma religioso en contra de la
ciencia. El Evangelio es categórico al respecto y anuncia el fin inmediato del mundo.
El versículo 29, capítulo 34 del Evangelio de San Mateo, pone en labios de
Jesús esta frase: "Y luego, después de las tribulaciones de aquellos días, el sol se
obscurecerá y la luna no dará su lumbre y las estrellas caerán del cielo y las
virtudes del cielo serán conmovidas".
"En verdad os digo que no pasará esta generación que no sucedan todas
estas cosas" (cap. 24, ver. 34, S. Mateo).
Pasó la generación aludida, pasó el primer siglo de la era cristiana y han
pasado 1937 años y no ha ocurrido lo anunciado por Jesús. Luego la revelación es
una fuente objetable de conocimientos.
Hoy nadie piensa en el fin del mundo. Por el contrario, en la actualidad,
dentro del concepto científico de que la energía no se pierde, sino que se
transforma (concepto que ha aumentado de significación después de las últimas
comprobaciones sobre la naturaleza de la materia, de la energía, de la luz y de la
electricidad) podría llegarse a creer en la reconstitución eterna de la materia y en el
perpetuo recomenzar del Universo, es decir, en la eternidad física.
La Tierra es un planeta que se ha enfriado en una proporción que le ha
permitido formar su débil costra exterior y hoy no sólo conserva la temperatura
adecuada al mantenimiento de las especies vivas que la habitan, sino que
verosímilmente almacena nuevos aportes de calor de origen eléctrico y solar y
algún día su corteza podría estallar y volver la Tierra al estado incandescente.
Fenómenos de esta naturaleza han creído entreverse con motivo de la aparición de
estrellas nuevas que se observan de cuando en cuando sobre todo en la Vía Láctea,
las que serían otros tantos astros apagados que retornan al estado ígneo.
Escritores de gran concepto, y entre ellos Nordmann, del Observatorio de París,
comentan esta hipótesis atrevida.
La cuestión del fin del mundo tiene otro aspecto grave. Los muertos que
esperan en el purgatorio el juicio final para entrar al reino de los cielos, se verían
defraudados si, no teniendo fin el mundo, no hubiera juicio final.
No puede descansarse entonces en la explicación revelada del enigma del
Universo. La ciencia falla en parte y la revelación en todo, y las hipótesis religiosas

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 2º parte
1943 – Buenos Aires Intermedio Filosófico

emanan de conceptos arbitrarios, cuyo acatamiento no puede exigirse a los


espíritus imparciales.
No obstante la realidad indestructible de esa situación, las creencias
religiosas nacidas del temor a lo sobrenatural, a lo desconocido y a la muerte
perdurarán mientras éstos subsistan. La ilusión de la vida futura es para muchos un
consuelo que desean conservar, aun a costa de engañarse a sabiendas. No basta,
sin embargo, que una doctrina filosófica o religiosa pueda servir de consuelo y
parezca útil; es necesario que no sea absurda.
Sin hacer del espíritu un dios antropomorfo, hay muchos que, creyendo
sentir lo inmaterial en el prodigio del pensamiento consciente y en las aspiraciones
multiformes del hombre hacia la eternidad, reclaman para el espíritu una parte más
considerable en la concepción del Universo. Otros invocan en prueba del más allá la
realidad del sentimiento religioso. Se ha dicho en efecto que el hombre es un
animal religioso. Pero ese sentimiento sería una de las tantas manifestaciones del
anhelo de eternidad y habría sido desviado al campo de las supersticiones y de la
idolatría explotando la pequeñez del hombre y su ignorancia. El anhelo de eternidad
a su vez, es uno de los tantos aspectos del mandato de perpetuar la vida de la
especie, recibido de la naturaleza.
En el desenvolvimiento de la humanidad el espíritu, surja o no de la materia,
tiene un papel preponderante: es la antorcha que guía su marcha doliente, es el
creador de sus éxitos y el que ennoblece sus sacrificios. La obra de los pensadores
y los sabios, la inspiración de los poetas, la abnegación de los filántropos, la
moralidad de las costumbres, el triunfo de la justicia, son los títulos más puros que
puede ostentar un pueblo.
Nada de eso está subordinado a la existencia de los dioses que los hombres
crean hoy y destruyen mañana. Pasaron los dioses del Olimpo, pasaron los Ibis
sagrados del Nilo, pasaron Osiris y el buey Apis, pasaron los mitos del paganismo
nórdico que intenta restaurar el señor Hitler, y no hay razón para que no pase
mañana cualquier otro culto, fundado como los anteriores, en revelaciones
anticientíficas.
Además, la humanidad es una fracción inapreciable en el conjunto de los
mundos y de las especies; y dentro o fuera de ella, adonde quiera que se vuelva la
mirada sólo se encontrará la lucha implacable por la supervivencia de la especie.
De fuera de la Tierra nada sabemos.

LA ARMONÍA DEL UNIVERSO

La Creación exige un Creador -se dice- y se declara inadmisible la hipótesis


de un Universo sin arquitecto.
¿Quién hizo el Universo? Dios, se contesta. ¿Y quién hizo a Dios? Nadie, se
contesta. Dios no tuvo principio ni tendrá fin: es eterno. Pues entonces, con igual
fundamento e igual derecho, diríamos que el Universo tampoco tuvo comienzo y
será eterno. El Universo y Dios serían la misma cosa, y coincidiríamos así con la
admirable definición panteísta de Spinoza: "No hay entre Dios y el Mundo sino una
diferencia de puntos de vista".
Ese Universo-Dios no se mezclaría en el destino particular ni en los asuntos
domésticos de los hombres.
La armonía del Universo se invoca también como una prueba del origen
divino. Hay en efecto, tal regularidad en el cumplimiento de las leyes de la
naturaleza y tan asombrosa adaptación a la vida de los seres organizados, que el
conjunto resulta armonioso. Pero volviendo la mirada al hombre y a las sociedades
humanas se advierte lo contrario. Parecería que el hombre hubiera sido creado para
la desarmonía y el dolor y que las sociedades humanas estuvieran condenadas a
vivir en la miseria, en la desigualdad y en el caos.
En verdad, la armonía que rige la vida de la materia y el movimiento de los
astros, no se refleja en las sociedades humanas, cuya triste condición perdura

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 2º parte
1943 – Buenos Aires Intermedio Filosófico

malgrado los progresos portentosos y las transformaciones que realiza el espíritu.


Ni la telegrafía sin hilos, ni el vuelo mecánico, ni la construcción de edificios de
cincuenta pisos han resuelto el problema de la felicidad. El mundo decae
moralmente y se extenúa en un empeño nunca visto por despedazarse. Sus males
no tienen remedio. De todos lados amenazan al hombre el despotismo, la
revolución y la guerra, poniendo en peligro la civilización. Las más grandes
naciones impulsadas por odios ancestrales y acosadas por la ambición o por la
necesidad se preparan a arrojarse las unas sobre las otras. La pobreza, la
desigualdad y la desesperación están en todas partes. La religión misma que
debería ser el emblema de la paz, enciende hogueras, como en España. Y Dios
vería el espectáculo con fría indiferencia. ¿Dónde se encuentra entonces la armonía
preestablecida? ¿Y en qué se diferencia el hombre de los demás seres en la lucha
por la vida?
En medio de ese caos es admirable la labor solitaria de los investigadores
que consagran su vida a la ciencia; lejos del mundo, persisten en arrebatar sus
últimos secretos a lo ignoto. Les debemos, por lo menos, el homenaje de nuestra
gratitud.

http://delatorre.webcindario.com

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 3º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

LA CUESTIÓN SOCIAL
Y LOS CRISTIANOS SOCIALES

La cuestión social es un tema tan vasto que su dilucidación completa no


cabría dentro de los límites de una conferencia y por eso voy a eximirme de tratar
sus aspectos fundamentales que son conocidos. Me ocuparé principalmente del
papel que desempeñan en ella los social cristianos o cristianos sociales, ya que su
prédica ha tenido extensa repercusión, no obstante ser más humanitaria que
reformista.
Desde que aparecieron en el mundo el fascismo y el nazismo la contienda
social se trabó entre ellos y el comunismo. En los países que dominan los primeros
se asiste a persecuciones sistemáticas, y en Rusia la oración se vuelve por pasiva.
A la menor sospecha de encontrarse en presencia de un comunista, el nazismo
sobre todo, lo pone fuera de la ley y lo recluye en un campo de concentración, o en
un presidio, cuando no lo fusila. Hace poco sacerdotes y miembros dirigentes del
catolicismo alemán fueron procesados bajo la imputación de que proyectaban
formar un supuesto frente católico comunista y se les aplicaron penas que llegaron
en algún caso a once años de prisión. Se persigue el delito de pensar, como en la
edad media, y se declaran “subversivas” las ideas que desagradan a la clase
dominante.

EL CRISTIANISMO SOCIAL

En pugna con esas corrientes el cristianismo social desenvuelve su acción


con una perseverancia respetable. Tiene expositores enérgicos y capaces y se
propone aliviar los males de la clase proletaria volviendo a los conceptos primitivos
del Evangelio echados en olvido durante siglos.
El cristianismo social no es el catolicismo; es una minoría del catolicismo que
se preocupa de la cuestión social. Dentro de la vasta grey católica es activo y
batallador y hace sentir su presencia no sólo en la propaganda sino en las
organizaciones obreras y caritativas que promueve. Ataca con vigor la indiferencia
de la mayoría de los católicos por la suerte de la clase proletaria y denuncia su
sometimiento a los intereses y a los prejuicios de la burguesía capitalista. Atribuye
a esa actitud en mucha parte, el avance del comunismo y el alejamiento de las
masas obreras de la Iglesia.
El social cristianismo profesa en general, ideas más avanzadas que las
encíclicas pontificias, pero hasta el presente sólo ha obtenido éxitos precarios,
debido a que su sujeción en último término a los conceptos dogmáticos de la
Iglesia, no le permite otros.
Contenido por esa restricción cae fatalmente en contradicciones y se
extravía en acomodamientos espirituales muy sutiles. Pretende que los principios
de hondo humanitarismo del Evangelio, aquellos que han hecho decir a tantos que
el comunismo es un desenvolvimiento lógico del primitivo cristianismo, han sido
sostenidos siempre por los católicos. En rigor puede admitirse que los Padres de la
Iglesia en los primeros tiempos, Santo Tomás mil años después, muchos
predicadores ilustres posteriores al Renacimiento, Montalembert, Lacordaire, León
XIII, los cardenales Manning y Gibbons en el siglo XIX, Pío XI y muchos otros en
nuestros días, han condenado las injusticias del régimen económico y social de su
tiempo y reclamado su enmienda.
Esas comprobaciones no alcanzan a justificar lo que se pretende. La verdad
positiva está en que los católicos en general, en el transcurso de dos mil años, han
abandonado los principios evangélicos, sin que hayan logrado volverlos a la senda
perdida ni los esfuerzos ni la palabra de varones preclaros.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 3º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

MODIFICACIÓN DEL CARÁCTER DEL CRISTIANISMO

El cristianismo modificó su carácter en los dos primeros siglos de su era -de


muy confusa historia- y más acentuadamente después de Constantino. Una
teocracia fastuosa sucedió a la sencillez conmovedora de los tiempos en que Jesús
aparece predicando en la montaña y San Pablo y los apóstoles en modestos sitios
privados, y los católicos desde el segundo siglo, se allanaron a agregar liturgias
semipaganas y el culto idólatra de los santos milagrosos -contrario al espíritu del
Evangelio- a la comunicación directa con el Padre Celestial. Podrían aplicarse a
muchos militantes de la Iglesia los apostrofes candentes que Jesús habría dirigido a
los escribas y fariseos de Jerusalén, simuladores de la fe: ¡Ay de vosotros escribas
y fariseos hipócritas!, o bien, las palabras de Isaías: "Este pueblo me honra con sus
labios, pero su corazón está lejos de mí".
Los atractivos del mundo se sobrepusieron en definitiva a la visión suprema
del reino de Dios y su justicia y los actos de los cristianos dejaron de corresponder
a las palabras del Evangelio.
Numerosos escritores social cristianos confiesan esos hechos, pero reducen
su importancia, sosteniendo que la religión católica no es responsable de las fallas
personales de los fieles, y que el Evangelio continúa siendo el único camino
practicable en todos los órdenes para la salvación de la humanidad; evasiva que
sólo tendría algún valor si las traiciones de los cristianos al cristianismo fueran
excepcionales.
Pero sucede lo contrario; los católicos inaccesibles a la tentación de los
bienes y de los goces terrenales, los que darían a los pobres todo lo que les es
superfluo -como quería Jesús- los que viven la vida del espíritu y no de la carne y
aman al prójimo como a sí mismos, son pocos, y dentro del catolicismo, en el
campo opuesto al que enaltece esa minoría de selección, una masa compacta oye
misa puntualmente mientras acumula riquezas, se entrega a los placeres e ignora
el amor al prójimo.
Eso significa que si en tantos siglos el cristianismo no ha logrado imponer
dentro de su propia comunidad la práctica rigurosa de los preceptos evangélicos no
es probable que logre ahora, como pretenden los social cristianos, regenerar a la
sociedad por ese medio y resolver la cuestión social. ¡Cuidado con el fariseísmo!
La clase obrera se ha apercibido de que la doctrina cristiana es espiritualista,
pero que los actos de la mayoría de los católicos y de buena parte del clero no lo
son.
Jesús anunció el reino de Dios que se realizaría en la tierra, a continuación
de su muerte, la que sería a su vez, seguida del fin del mundo. La batalla social
habría terminado de ese modo, por falta de combatientes. Pero la predicción de
Jesús no se cumplió y la Iglesia, al verlo, prorrogó el fin del mundo hasta el año
mil. Vuelto a frustrarse el cálculo se ha convertido el advenimiento del reino de
Dios en una promesa incierta, a cumplirse al fin de los siglos, en el supuesto de que
los siglos hubieran de tener fin.
Trasladada la promesa del reino de Dios, de la tierra al cielo sin
determinación de fecha, aparecieron doctrinas que no se conforman con una espera
tan larga, de un cumplimiento tan incierto. A la reparación remota de las injusticias
sociales oponen planes de ejecución inmediata en la tierra, que suprimirían la
explotación del hombre por el hombre de acuerdo con los preceptos morales y
humanitarios del Evangelio.
La existencia o no existencia de un más allá es de importancia secundaria en
la cuestión social bien entendida, y se debería prescindir de ella. Los proletarios no
se oponen a que en el cielo, si hubiera cielo, se reabra cualquier proceso fallado en
primera instancia en la tierra y a que se le dé a cada cual lo que le corresponda; a
lo que se oponen es a que no haya justicia en la tierra, esperando que se haga en
el cielo.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 3º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

LA IGLESIA NO ES REFORMISTA

Colocada la cuestión en un terreno realista se percibe la situación


desventajosa en que se encuentran los reformadores social cristianos, aun los más
avanzados, en el intento de atraerse las masas obreras. Ellos censuran la avidez del
régimen capitalista casi con tanta severidad como los escritores comunistas, y
dicen que la avaricia es un vicio antisocial. Pío XI agrega, "el egoísmo sin freno es
la gran vergüenza y el gran pecado de nuestro siglo". Pero si la Iglesia impusiera a
los católicos el abandono absoluto de sus bienes, o por lo menos, de lo superfluo
(como exige el Evangelio) en beneficio de los pobres, cambiarían de religión.
Pío XI y León XIII han impregnado sus encíclicas de sentimientos laudables
de caridad y de amor al prójimo. Pero combaten los medios de que pueden valerse
los desheredados para mejorar su condición. No reconocen, por ejemplo, la realidad
y legitimidad de la lucha de clases, que es un hecho primario de una verdad
abrumadora. Y si algún sacerdote sale del verbalismo hueco y propende a la
obtención de reformas efectivas cae en desgracia. La sinceridad se hace entonces
sospechosa.
Santo Tomás de Aquino, teólogo ortodoxo entre todos, exponía en el siglo
XIII, acerca de los abusos del derecho de propiedad, ideas que no disuenan hoy en
los oídos izquierdistas. En aquel tiempo, en plena noche medioeval, la Iglesia no
sacaba principalmente su fuerza, como ahora, de la adhesión de la burguesía
capitalista -que aun no existía- y el autor de la Suma teológica podía manifestarse
acerca del derecho de propiedad con una independencia que no tienen los príncipes
actuales de la Iglesia.
¿Cómo se expresa ahora Pío XI en su encíclica Quadragesimo Anno sobre
ese punto? Pío XI se solidariza con el régimen actual. Contempla la posible
modificación del derecho de propiedad en sentido socialista y dice: "lejos de servir
los intereses de la clase obrera no haría otra cosa que comprometerlos
gravemente". Y con ese argumento especioso, que hoy refutan en Rusia los hechos,
elude la cuestión.

LA ENCÍCLICA DE LEÓN XIII

León XIII había dado el rumbo en su famosa encíclica Rerum novarum.


"Tampoco se opone a la legitimidad de la propiedad privada –dijo- el hecho de que
Dios haya dado la tierra al género humano para que la utilice y goce de ella. Si se
dice que Dios la ha dado en común a los hombres, esto significa, no que deban
poseerla confusamente, sino que Dios no ha designado su parte a ningún hombre
en particular. Dios ha abandonado la separación de las propiedades a la prudencia
de los hombres y a las instituciones de los pueblos". Y en otro pasaje llega a la
conclusión de que deben quedar intactos el derecho natural de propiedad y el de
legar los bienes.
Este raciocinio no tiene fundamentos sólidos. A medida que el hombre
primitivo fue organizando la vida sedentaria de la tribu, ocupó la tierra sin
intervención de ningún dios. En la tribu guerrera todos los hombres eran iguales y
explotaban el suelo en común. Después se abrió paso la apropiación individual y los
jefes, naturalmente, se apoderaron de la parte del león. Cuando se estableció la
esclavitud -base de la explotación económica en el mundo antiguo- el esclavo no
recibió tierra. Más adelante, los señores feudales fueron los grandes terratenientes
y después de la Revolución Francesa la burguesía adquirió la mayor porción. No hay
un solo hecho que autorice a León XIII a decir lo que dice, o sea que un Dios
personal dio la tierra a los hombres en tal o cual forma. Los hombres se apropiaron
el suelo sin detenerse a averiguar las intenciones de una supuesta divinidad. El
lenguaje de la encíclica sólo conduce a sembrar confusiones y a ocultar la verdad.
En las mismas filas católicas no han faltado "social cristianos" que han hecho
el resumen del pensamiento pontificio diciendo irónicamente: "la Iglesia está con

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 3º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

los ricos".
Santo Tomás, entretanto, en pleno siglo XIII reivindicó para todos los
hombres, el derecho natural a lo que es necesario para vivir bien, y contemplando
el caso de los que poseen propiedades que exceden de lo que necesitan, afirma que
no tienen sobre lo superabundante sino un poder de administración. Pío XI en
cambio recuerda al parecer con complacencia, que aquel que rehuse a los otros
aquello que tenga en abundancia, no peca contra la justicia conmutativa (como si
dijéramos contra la justicia ordinaria) y que, por consiguiente, los otros no tienen
derecho a reclamar por medio de los tribunales lo que estimarían que les fuere
debido, y agrega, que si las riquezas están mal repartidas, hay que propender a un
mejor reparto, bajo el influjo de la caridad cristiana. Y así queda bien con Dios y
con el Diablo.

LA DOCTRINA DE JESÚS

No averigüemos si la Iglesia al colocarse en ese terreno, tiene o no tiene


razón, pero el hecho es que se aparta abiertamente de la doctrina de Jesús, según
el Evangelio. Dejemos de lado la cuestión de saber si la enseñanza de Jesús es o no
es comunista; se puede sostener que lo es con muy buenas razones; pero no
vayamos tan lejos y atengámonos tan sólo a un precepto cuya exactitud nadie
puede poner en duda, aquel que impone a todos los cristianos poseedores de
bienes la obligación de dar a los pobres la totalidad de lo que les sea superfluo.
Dada la sobriedad de vida del pueblo de Israel en aquellos lejanos tiempos, lo
superfluo era todo lo que excedía de las necesidades primarias de la existencia. Esa
doctrina de Jesús no es hoy la de la Iglesia Católica, y si, a veces, la enuncia o si se
vale de ella para enaltecer su prédica, es porque no cree en el peligro de que se
haga efectiva. Si Jesús volviera a nacer repudiaría a los que exaltan su nombre
para entronizar a su sombra lo que él combatió al precio de su vida, y posiblemente
no se resignaría a ser crucificado por segunda vez sin objeto práctico.
Buscaría a su alrededor a los pescadores sencillos del lago Tiberiades y los
encontraría en las filas excomulgadas del comunismo, mientras el recuerdo de su
sacrificio sirve de bandera a los magnates arrogantes a quienes él habría dicho:
"los publicanos y las prostitutas os precederán en el reino de Dios".

EL RÉGIMEN DE LOS SALARIOS

Observaciones de la misma índole pueden hacerse acerca de la actitud de


los cristianos sociales ante el régimen de los salarios. Los obreros mal pagados
entienden que es una nueva forma de esclavitud. La Iglesia comprueba los vicios e
injusticias denunciados, pero rechaza el concepto obrero, y Pío XI, si bien dice en
su encíclica en términos generales, que se debe pagar al obrero un salario que le
permita subvenir a sus necesidades y a las de los suyos, elude pronunciarse sobre
los medios de conseguirlo, y en cambio, ya se sabe que en el Congreso Católico de
Lieja, en 1890, los católicos de la escuela de Angers, dirigidos por Mr. Freppel,
sostuvieron, de acuerdo con el relator M. Thery, que el salario para ser justo no
debe corresponder sino al valor del trabajo proporcionado, sin tomar en cuenta las
necesidades del trabajador. Lo recuerda el R. P. Rutten en su opúsculo "La Doctrina
Social de la Iglesia".
Las conclusiones de la encíclica Quadragesimo Anno se limitan a establecer:
que las relaciones entre el capital y el trabajo deben ser reglamentadas según las
leyes de una justicia conmutativa muy exacta, con la ayuda de la caridad cristiana.
Es lo mismo que no dar solución, pues la caridad cristiana no resuelve el problema,
aunque pueda atenuarlo relativamente. León XIII dijo: "La caridad cristiana no
puede ser reemplazada por ninguna organización humana". En una palabra, el
papado está por la subsistencia del régimen vigente y las críticas que le formula en

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

sus encíclicas son prácticamente inoperantes. Si alguna duda quedaba la ha


disipado la reciente encíclica Divini Redemptoris en la que Pío XI exclama con
arrogancia próxima a la cólera: "No es verdad que todos tienen iguales derechos en
la sociedad civil y que no existe legítima jerarquía (Parágrafo 33)".
Muchos cristianos sociales no participan -como ya lo dije- del concepto
intransigente que el Papa y el episcopado mantienen acerca de la lucha de clases y
de los regímenes actuales de la propiedad privada y de los salarios, pero como
deben sumisión a los jefes de la Iglesia su actitud y sus expresiones se vuelven
contradictorias a cada paso.
Se pudo ver en Francia, el año pasado, su tragedia, cuando Thorez, el
destacado jefe comunista les dijo, en un arranque dramático: "Nosotros te
tendemos la mano católico, artesano, empleado, obrero, nosotros que somos
laicos, porque eres nuestro hermano y estás abrumado como nosotros, por las
mismas preocupaciones".
Católicos franceses hubieron que estrecharon la mano tendida y una enorme
alarma cundió en el episcopado y en Roma. El órgano de los cristianos
revolucionarios franceses fue puesto en el Índice, el cardenal Liennart lanzó una
proclama inflamada y se publicó la carta llamada de los 5 cardenales franceses, en
el mismo sentido y el Papa hizo oír su voz inexorable en la encíclica Divini
Redemptorís.
El padre Fessard -creo que es jesuita, aun cuando no lo afirmo- encaró al
comunista Vaillant Couturier y al católico Honnert que había aceptado ya la
colaboración en la obra social con el comunismo y había escrito en la revista
"Europe", bajo el título de Fe y Revolución un artículo justificando su actitud.
Fessard reprochó a Honnert que hubiera dicho de los comunistas "siendo su
solución la más próxima a la verdad" y de los católicos intransigentes "que ellos y
sus sacerdotes, sirven a menudo, todo lo que deben combatir", y que, desdeñando
los esfuerzos sociales de la Iglesia, los llamara "una cristalización de deseos y de
esfuerzos alrededor de regímenes en descomposición".
Honnert había calificado de "explosión reaccionaria agresiva y virulenta" la
actitud implacable de los que exigían que se dejara a Thorez con la mano tendida;
y esos eran nada menos que los obispos franceses, los cardenales franceses y el
Papa.
Este episodio interesante muestra que la Iglesia no deja libertad de acción a
los reformadores cristianos y los reduce a la impotencia, porque no otra cosa que
impotencia significan las críticas a la burguesía capitalista cuando no tienen
finalidad.

LA IGLESIA Y LAS REFORMAS FUNDAMENTALES

A nada conduce probar que las obreras ganan salarios miserables, si no se


exigen salarios mínimos y relaciones jurídicas que impidan en absoluto la
explotación del trabajo, y la Iglesia no está conforme en llegar hasta allí; la Iglesia
no quiere que se reforme lo fundamental del régimen existente.
Los social cristianos disgustan a los reaccionarios porque los censuran y
disgustan al mismo tiempo a los reformistas porque sus críticas le parecen a éstos
fariseísmo puro, ya que dejan la cuestión social, con tímidas variantes, en el estado
en que se encuentra.
Los curas obreristas irritan a los obispos ortodoxos.
Reclaman los social cristianos la tutela del Estado sobre los intereses
obreros, sin decir cuáles son los derechos que el Estado debe asegurar a los
obreros dentro de la subsistencia de los regímenes vigentes. Como último
argumento se refugian en la esperanza de encontrar el remedio en la restauración
del cristianismo a su primitiva forma. Pero no pueden probar que esa restauración
sea factible. Confían en la protección divina cuando ya se sabe que nunca han
bajado del cielo soluciones sociales.

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En esas condiciones el valor de la actuación social cristiana se reduce a la


emoción humanitaria o literaria que puedan producir algunas páginas bien escritas
y algunos sermones elocuentes, a lo que se agregaría la meritoria acción de las
asociaciones sindicales y caritativas que fomentan, con resultados insuficientes, en
presencia de la magnitud del problema a resolver. Por eso ni el fascismo ni el
comunismo se preocupan de las actividades de los cristianos sociales y los obreros
siguen su camino desilusionados de los beneficios que les prometen.
No juzgo en este momento el acierto ni el error de la política de la Iglesia
que los social cristianos deben acatar, y no pretendo que el Papado adhiera al
socialismo. No se trata de eso. Podrían ser excelentes las razones que se invocan a
favor de la Iglesia y no sería menos cierto que de ellas no resultan soluciones
prácticas capaces de alejar a la masa proletaria del comunismo, ni a los
reaccionarios del fascismo. Mi propósito se limita a poner en evidencia esa
situación; los proletarios ven que el social cristianismo, no obstante los ataques que
dirige a la burguesía egoísta, es apenas un paliativo, y que, siguiendo sus
orientaciones favorecerían la prolongación de un régimen injusto que hasta el
nazismo alemán habla de demoler.
Hace tiempo leí un artículo en el cual, un social cristiano -refiriéndose a la
"cruzada antimarxista" que el capitalismo incita a promover con urgencia- la llama
"cruzada del materialismo hipócrita contra el materialismo generoso" y otro escritor
de la misma filiación, indignado contra el egoísmo capitalista exclama: "¡el
comunismo por lo menos quiere cambiar al mundo!".
Así son las cosas; el comunismo quiere cambiar el mundo y el cristianismo
social propone "cambiar el hombre". Si la concepción comunista fuera utópica,
como lo pretenden los conservadores, lo sería mucho más la actitud del
cristianismo social.
"Cambiar el hombre", dicen unos, "restaurar espiritualmente la cristiandad",
dicen otros. Palabras vanas. El Evangelio ha dado en dos mil años de sermones
perdidos, todo lo que podía dar en efectos sociales y el número de hombres y de
mujeres capaces de ajustar su vida a la pureza y a la super humanidad de los
conceptos evangélicos es tan reducido que no hay esperanza, como ya lo dije, de
que el mundo se regenere por ese medio.
¿Qué significado tiene lo de "restaurar espiritualmente la cristiandad"? ¿Cuál
es el alcance de esa expresión? ¿Qué forma concreta habría de revestir? Los que
sugieren el remedio no lo dicen.
Maritain ha preguntado si esa restauración espiritual de la cristiandad podría
considerarse probable en tanto que cristiandad política, y concluye en que "estamos
lejos de ese ideal". (Primauté du Spirituel, pág. 132). La observación es profunda y
certera. Para que la restauración de la cristiandad produjera efectos en la cuestión
social debería necesariamente asumir una forma política. La restauración en el
orden teológico carecería de eficacia.
La limitación de las facultades del hombre y la violencia de sus apetitos
excluyen la posibilidad de un cambio en su naturaleza, sobre todo en una sociedad
de clases. En todo caso podría caber una remota esperanza de reforma después de
abolidos los privilegios y las clases.
No es con razones sutiles como el cristianismo social logrará que los obreros
que se debaten en la miseria en el siglo de los "trusts" se incorporen a sus filas. No
bastará tampoco que condene espectacularmente la guerra (que la Iglesia fomenta
en España) ni que reconozca el "derecho al trabajo", después que lo tienen los
obreros rusos, ni que apruebe el apotegma de San Pablo incorporado a la
constitución soviética: "el que no trabaja no come". Para jugar el papel que
pretende necesitaría un programa de acción más amplio que el simple ejercicio de
la caridad privada, un programa que llevara a la liberación efectiva de los
explotados y ese programa no lo tiene. Fuera de la creación de asociaciones
profesionales, sindícales y caritativas, fuera del propósito abstracto de que todo se
haga "en armonía y colaboración" y fuera de expresar gran confianza en la
intervención del Estado, nada contiene, y por eso, no es un adversario que el

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comunismo tema.

ELEVACIÓN MORAL DE LA HUMANIDAD

El cristianismo ha contribuido a la elevación moral de la humanidad. Otras


religiones también. Pero sus reglas éticas no se practican invariablemente. Hay
conceptos del Evangelio contrarios a la naturaleza humana que nunca se han
cumplido ni se podrán cumplir. Tampoco es exacto que el cristianismo tenga el
monopolio del humanitarismo y de la moral, y es bien sabido que la predicación de
Jesús reflejaba las ideas que en la misma época difundían otros filósofos. Si Filón el
Judío en vez de un pensador solitario, encorvado sobre los viejos mamotretos de la
biblioteca de Alejandría, hubiera sido un taumaturgo crucificado, si hubiera hecho
creer que multiplicaba los panes, curaba los enfermos con palabras o resucitaba los
muertos, y si una mujer exaltada o histérica hubiera creído ver que su cadáver
subía al cielo, sus doctrinas, hoy olvidadas, habrían tenido mejor fortuna. Las
reglas morales de Confucio aunque sólo tengan en vista la vida terrenal, no son
menos elevadas que las del Evangelio y son más prácticas. Confucio, moralista
admirable que vivió hace 2.400 años, parecería por la índole de su espíritu un
hombre de nuestro siglo. Fue él quien dijo: "Si no sabemos en qué consiste la vida
¿cómo podríamos conocer el real significado de la muerte?". Un biólogo
contemporáneo suscribiría ese pensamiento.
Las almas sencillas aprecian en el cristianismo los sentimientos de caridad,
humildad, amor, pobreza y perdón que inspira; pero no es sobre ellos que funda la
Iglesia sus planes de predominio sino más bien sobre lo que sobrecoge a los seres
que temen a lo sobrenatural y a la muerte; la resurrección de los muertos, el reino
de Dios, el milagro. Y la cuestión social se involucra en ello.

POR LA RAZÓN DE LA FUERZA

La violencia puede detener temporariamente el avance de los movimientos


sociales y no otra cosa ha implicado la aparición del fascismo a raíz de un gran
triunfo comunista. La violencia fue el procedimiento que usó el mundo pagano
contra el cristianismo y el que esgrimió la Iglesia católica en la edad media y
después de ella contra los disidentes.
Cuando un movimiento ideológico responde a razones profundas, como
sucedió con la marcha de las ideas democráticas, constituye un "proceso histórico"
que la fuerza no logra dominar y llegada la hora propicia derriba infaliblemente los
obstáculos que lo detuvieron. Sólo cuando no responde a razones profundas puede
contrarrestarlo la fuerza. Pronto hará un siglo que Carlos Marx recordó esto mismo
a propósito del comunismo y los defensores del régimen capitalista no le creyeron y
durante muchos años proclamaron su error y su fracaso. Lo que ha ocurrido en
Rusia prueba que Marx no estaba equivocado. En ninguna parte había sido más
severa la represión y ahí están los soviets gobernando. Y si se atribuyera lo
ocurrido a la presencia de factores inesperados, no hay que olvidar que esos
factores inesperados aparecen en cualquier parte cuando menos se piensa.

FASCISMO Y COMUNISMO

El fascismo ha ajustado su política a los procedimientos que usó Lenin en


Rusia, con la sola diferencia de que Lenin llegó al poder teniendo una doctrina
públicamente proclamada y el fascismo, en su primera época, era una aventura sin
doctrina. Hasta en el nombre se parecen los dos regímenes: "Soviet" quiere decir
"agrupación o consejo local" y "fascio" quiere decir: "haz" o grupo de hombres
orientados en el mismo sentido y también es imitada de la revolución rusa la
descalificación fascista de los opositores, a los que pone fuera de la ley o los

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

asesina si las circunstancias lo aconsejan. Tiene el mismo carácter la


transformación del comité directivo del Partido en órgano directivo del Gobierno. El
Comité Central del Partido Bolchevique y el Gran Consejo Fascista se parecen como
dos gotas de agua y el segundo es copia del primero. Mussolini simula ser el
descubridor de las recetas preparadas por Lenin, que ha incorporado a la cocina
italiana. El concepto fascista del Estado "totalitario" no deriva de la doctrina
comunista pura, pero es una copia de la realidad a que llegó la dictadura rusa.
La adhesión al fascismo -consciente o inconsciente- importa, en esencia, el
desconocimiento de la soberanía del pueblo, base de las instituciones democráticas
y la afirmación del propósito de oponerse por la fuerza a las transformaciones
sociales que afectan la existencia del régimen capitalista. Bajo un sistema de esa
clase es inútil invocar la ley o hablar de la libertad de pensar, pues los que se
adueñan del poder declaran ilegítimo o subversivo lo que contraría sus intereses.
Un régimen de ese tipo dura más o menos tiempo, pero termina en la
revolución. Si esto es innegable en la política interna, es más evidente aún aplicado
a la política internacional.
La característica internacional del fascismo es el militarismo, cuya
consecuencia lógica es el armamentismo “a outrance”, cueste lo que cueste; y
como no existe la posibilidad de que nación alguna tenga recursos que le permitan
soportar eternamente los sacrificios que exige, la crisis es fatal, ya sea interna,
provocada por el agotamiento de los recursos, o bien externa, es decir, la guerra.
Las consecuencias de esa política antidemocrática e insensata se reflejan en
estos momentos en el estado del mundo y en la rehabilitación audaz de la guerra
de conquista. Si una nueva guerra estallara ¡ay de los vencidos! Ya no estaría en
cuestión solamente la conquista de lejanos y tórridos desiertos; se trataría de la
suerte de las más grandes naciones y de la esclavización del mundo.
Es necesario, señores, que esa pesadilla pase pronto, si es que ha de pasar.

LAS DICTADURAS FASCISTAS Y LA DICTADURA RUSA

El carácter genuino de la política fascista en sus aspectos de política de


fuerza y de conquista, se disimula tras el cartel anticomunista. Los peores excesos,
los más indefendibles, aparecen como sacrificios que el fascismo se impone, para
salvar a la sociedad expuesta al peligro de ver colectivizada la propiedad individual.
Entretanto, un análisis minucioso lleva a la conclusión de que el fascismo es otra
forma de comunismo y de que la propiedad privada, en el sentido en que la
entienden los conservadores, desaparece lo mismo por el hecho de transformarse
en colectiva -como la quiere el comunismo- o por el hecho de que su renta pase al
Estado por medio de impuestos confiscatorios, como lo hacen el fascismo y el
nazismo.
Este último se presentó al principio ante el pueblo alemán como un partido
de reivindicaciones proletarias y lo estampó en el nombre que deliberadamente se
puso: Partido Nacional Socialista Obrero. Entre el socialismo y el comunismo no hay
propiamente hablando diferencias doctrinarias; la divergencia es tan solo de
métodos; evolucionistas en el uno y revolucionarios en el otro. Hitler en su libro Mi
Combate dice que la juventud alemana asistirá al fin del mundo burgués y
Goebbels exclama: "Queremos hacer de Alemania un Estado obrero". La prensa
hitlerista se declara continuamente "enemiga mortal del actual sistema económico
capitalista" y denuncia la explotación de los trabajadores a que se entrega el
capitalismo si el Estado no lo controla. La misma prensa llama a la burguesía
“inepta, ociosa y cobarde”. Iguales calificativos aplican a los burgueses Hitler,
Goebbels y demás capitanes del nazismo. En realidad los actos no han
correspondido después a las palabras, pero el carácter que se dio al movimiento
inicial no se destruye por eso.
El mismo ardid empleó Mussolini cuando inició su cruzada. Menosprecia a la
burguesía y aspira a ser el paladín de los trabajadores. “Si la burguesía –dice- cree

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

hallar en nosotros pararrayos, se engaña. Nosotros debemos ir al encuentro de los


trabajadores. Queremos dar a las clases obreras capacidad directiva. . . Cuando se
verifique la apertura de la sucesión del régimen no debemos quedar entre los
rezagados. Debemos correr; si el régimen desaparece nosotros debemos ocupar su
puesto. . .”.
Y por ese camino han llegado los obreros italianos -e Italia en general- a una
de las épocas de mayor pobreza que han conocido; no obstante haberse dado un
desarrollo fantástico a las industrias bélicas.
Los obreros soportaban en Italia y en Alemania una situación miserable
cuando advinieron el fascismo y el nazismo y no resistieron al nuevo régimen, y
más adelante, producidos los éxitos de la política internacional se unieron al resto
de la nación en el aplauso delirante.
Pero el problema social subsiste y hasta podría temerse su agravación para
más adelante, a consecuencia del empobrecimiento que los gastos militares
exorbitantes han determinado no sólo en Italia y Alemania, sino también, de
reflejo, en el resto de las grandes naciones obligadas a armarse.
El hecho de que el fascismo, el nazismo y el comunismo hayan creado
gobiernos dictatoriales lleva muy a menudo a equipararlos, pero no son lo mismo.

ITALIA, ALEMANIA Y RUSIA

La revolución rusa destruyó totalmente la estructura que tenían el gobierno


y la sociedad y creó y continúa creando, un orden nuevo. Bueno o malo, es un
orden nuevo.
Las revoluciones fascista y nazista, por el contrario, han mantenido las
estructuras sociales y políticas que existían en Italia y en Alemania. Adaptaron lo
existente a las exigencias de un nuevo plan caracterizado por la concentración de
todas las funciones y de toda la riqueza en el Estado y por la absorción de todos los
poderes por el jefe del Estado.
El gobierno dictatorial se entiende en Rusia que es una modalidad transitoria
y se anuncia que desaparecerá el día en que funcione normalmente el nuevo tipo
de Estado surgido de la revolución socialista. Tal es por lo menos la doctrina, y la
Constitución de 1936 tiende a darle realidad. En Italia y Alemania, el Gobierno
absoluto es definitivo y cuanto más se perfeccione el sistema, más razón de existir
tendrá.
En Rusia, es imposible que resurja la estructura política y social destruida,
mientras que en Italia y Alemania puede volverse a lo anterior sin mayores
dificultades.
En Rusia, suceda lo que suceda, no volverá a entregarse la tierra a los
nobles, ni a los monasterios, ni a los generales, privando de ella a los paisanos, ni
las minas y los bosques volverán a ser adjudicados a los sindicatos financieros, ni
se restaurarán las clases sociales destruídas, ni se cerrarán las escuelas que han
hecho descender la proporción del analfabetismo de 92 a 8 por ciento, ni se
abolirán las pensiones obreras y los seguros, ni se repudiará la obligación del
Estado de proporcionar trabajo a todos los habitantes. Sobrevendrán crisis y
convulsiones políticas y pasará el poder de unas manos a otras, pero nunca se
abrogarán las reformas que hoy tienen la adhesión unánime del pueblo.
No así en Italia y Alemania. La popularidad de los regímenes fascista y
nazista es de carácter imperialista y se nutre principalmente de la enorme
satisfacción de amor propio nacional producida en ambos países por la
rehabilitación de su importancia internacional y no en razón de los beneficios
recibidos por los obreros, ni por la clase media, ni por el aumento de la riqueza. El
desequilibrio crónico de los presupuestos y el empobrecimiento general, pueden
determinar, día más, día menos, una catástrofe que haría desaparecer en horas
todo lo que se ha creído perdurable. Entonces se vería la esterilidad profunda de las
dos dictaduras, italiana y alemana, y reaparecerían los problemas que se creyeron

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

resueltos.
Italia y Alemania hacen esfuerzos desesperados por alcanzar la autonomía
económica y por crear, subrogantes a las materias primas y a los alimentos que no
producen en cantidad suficiente. No lo consiguen. Rusia, en cambio, ha dado un
impulso enorme a la explotación de sus riquezas naturales.
No se cierren los ojos para no ver las transformaciones profundas que se
han operado en el mundo, después de la guerra, en lo referente a la cuestión
social. El fascismo y el nazismo gobiernan en dos naciones poderosas, con 110
millones de habitantes, cuya extensión territorial es relativamente pequeña; el
comunismo, asentado sólidamente en la U.R.S.S., domina la sexta parte de la
superficie del planeta, con 175 millones de habitantes; los países democráticos
ocupan la América del Norte, el resto de Europa, la mayor parte de la Oceanía y
tienen bajo su dominio casi toda el África y parte del Asia; Sud América, criadero
de dictaduras, encierra un conjunto de repúblicas descalificadas por el mal gobierno
y por la reacción clerical. La evolución será lenta. 50 años ó 100 años no será
mucho esperar para que pueda verse quién prevalece.

CARACTERÍSTICAS NACIONALES

La cuestión social tiene características nacionales que no deben olvidarse.


En los países como el nuestro, escasamente poblados y de industria
incipiente, existe el conflicto como en los otros, pero no con su mismo aspecto ni su
misma gravedad. La colectivización de las explotaciones agrarias no se hace
indispensable allí donde abunda el suelo cultivable y faltan brazos, pero el latifundio
es un régimen parasitario cuyos males se dejan sentir siempre.
La gran industria, a su vez, se presta a ser absorbida por el Estado más
fácilmente que la pequeña, como que es un exponente de concentración, y
entonces, en los países evolucionados, la colectivización puede hacerse sin
dificultades, mientras que en las sociedades incipientes podría ser desastrosa.
El control de la gran industria por el Estado en la forma ensayada en Italia y
Alemania, lejos de ofrecer una solución para el problema social, ha empeorado la
situación de los capitalistas y de los obreros. En ambos países han desaparecido los
ricos y no hay la posibilidad de hacer nuevas fortunas. En Italia los salarios han
descendido y la pobreza es extrema y general.
Rusia, país sin industrias antes de la guerra, y por consiguiente, sin técnicos
y sin mano de obra hábil, no estaba preparada para la colectivización. Sobrevino
inesperadamente, por obra del derrumbe del Imperio zarista, que a su vez fue
determinado por la guerra, y la guerra no fue desencadenada por los proletarios
sino por la sociedad feudal. En los primeros años de la colectivización, la escasez y
la miseria fueron espantosas. Hoy el nivel de vida del obrero ruso supera al que
tenía antes de la guerra, pero no alcanza todavía al de los países occidentales en
materia de habitación, vestido y alimentación, aun cuando lo supere en asistencia
médica, seguros a la vejez, descanso remunerado, jornada de trabajo, atención a la
infancia y a las madres y quizás instrucción pública.
La falta de mano de obra que obligó a recurrir a los paisanos para
adaptarlos a la industria explica la mayor expansión de las extractivas y en general
de las industrias pesadas y un más lento ritmo de progreso en las livianas, cuya
producción en general, es ordinaria. El problema de la habitación, que siempre fue
grave en Rusia, país muy prolífico, se ha agravado todavía más en las ciudades con
la llegada incesante de obreros del campo atraídos a las fábricas.
Pocos países pueden tirar la primera piedra contra el bajo nivel de vida que
aun perdura en Rusia y el nuestro menos que otros. Buena parte de los obreros
argentinos viven hacinados en "conventillos" insalubres o en casillas de latas, en los
suburbios de las ciudades, o en ranchos inhospitalarios en la campaña. En las
provincias del interior la población infantil y la adulta degeneran por obra de la
desnutrición y las enfermedades acortan su vida. Sin embargo, no gobierna aquí el

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comunismo ateo; gobierna la burguesía, bajo la égida de la Iglesia católica.

COLECTIVIZACIÓN DE LA TIERRA

Un éxito indudable de la revolución rusa ha sido el de la colectivización de la


tierra y de su explotación agrícola y ganadera en esa forma. Produce hoy más y en
mejores condiciones, con resultados más favorables para los trabajadores. Se
calcula que al finalizar el año 1937, todos los paisanos rusos, que deben ser de 80
a 90 millones, comprendidas sus familias, ocuparán a perpetuidad,
independientemente de su participación en los resultados de la granja colectiva
(kolkhoz) un lote de tierra de una hectárea y poseerán una vaca, un cerdo, diez
ovejas y cabras y todas las aves que puedan. Cuentan, además, como acabo de
decirlo, con asistencia médica, seguros, sanatorios y sitios de descanso y
esparcimiento. En ninguna parte del mundo los obreros agrarios tienen una
situación igual; y en nuestro país desgraciadamente, los jornaleros agrarios que no
pueden establecer una chacra propia, se ven a menudo afligidos por la
desocupación y en los malos años por salarios de hambre.
A la satisfacción que causa a los gobernantes de Rusia la presentación de
ejemplos de esta clase, le llaman los fascistas "ideal de hormiguero". El ideal
fascista es la guerra.
Así se explica que las repúblicas soviéticas ofrezcan un espectáculo que era
desconocido en los tiempos del imperio ignaro de los zares; el pueblo tiene una
encendida ambición de progreso y de grandeza y un credo social de alto
humanitarismo; aspira a colocarse a la cabeza de un mundo nuevo y no le importa
que los reaccionarios digan que es un montón de ruinas. La transformación operada
se refleja también en el espíritu del nuevo ejército encargado de la defensa
nacional.
En las naciones donde no se han producido cambios intensos en uno u otro
sentido, la lucha social reviste el viejo carácter y las huelgas se suceden una tras
otra.
Los propagandistas del cristianismo social atacan al nazismo, pero es seguro
que lo aplaudirían en caso de no haberse declarado pagano y anticristiano. Al
fascismo italiano lo toleran y la Iglesia católica lo sirve. El fascismo y el nazismo
han ocupado el terreno por derecho propio y no hacen mayor caso del social
cristianismo. Las persecuciones de comunistas a que se entregan les producen
resultados más computables que las encíclicas papales.

ESTADOS UNIDOS E INGLATERRA

La burguesía capitalista mundial simpatiza con el fascismo, porque su


aversión al comunismo ruso atrae su adhesión. En los Estados Unidos no se teme al
comunismo, en razón de existir mucha desproporción entre las fuerzas de las clases
capitalista y media y las del comunismo, pero se observa atentamente su marcha
en el mundo. En general, confían en Estados Unidos en que el "proceso histórico"
de la destrucción del régimen burgués no se cumplirá a la sombra de la bandera
estrellada. En Inglaterra se participa de un criterio semejante en menor proporción
y llegado el caso, aprovechan cualquier oportunidad para poner piedras en el
camino del comunismo. Así se explica que, violentando los principios del derecho
internacional, Inglaterra -y por obra de Inglaterra, Francia-, hayan reconocido en el
hecho la personería de un ejército sublevado y prohibido la venta de armas a un
gobierno legítimo. Como se trata de un gobierno apoyado por los comunistas, eso
ha bastado. Tampoco han querido Inglaterra y Francia ver los aviones alemanes ni
los regimientos de bersaglieri, en el suelo de España.
La política de "no intervención" se ha mostrado sinuosa y ridícula y el
gobierno de la democrática Inglaterra ha inventado teologías a montones en la

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

Cámara de los Comunes y en el pintoresco "Comité de no intervención" para tapar


el cielo con un harnero. Los capitales ingleses se sienten más seguros en España
bajo un gobierno feudal que bajo un gobierno renovador. Y en cuanto a que los
mineros de Río Tinto o los agricultores de Castilla se morían de hambre ¡allá ellos!
La City no se interesa. Ahora se suma el Papa y está a punto de reconocer la
beligerancia de los rebeldes.

LA LUCHA DE CLASES

Mirando el problema desde lo alto se comprueba que la verdadera línea que


separa a los combatientes en la batalla social es, sin duda alguna, la lucha de
clases, emanada de los dos conceptos conocidos, la equiparación del trabajo a una
mercancía ofrecida en el mercado a menos de su valor de producción y la
apropiación individual de los bienes naturales. De ahí han surgido las desigualdades
y los privilegios y por ese mismo camino se ha llegado a la formación del capital,
rey omnipotente del mundo.
Las clases dichas privilegiadas desempeñan un papel que es para muchos
indispensable en el desenvolvimiento material y moral del mundo. La sola idea de
su supresión es considerada catastrófica, o bien, una utopía. Los intereses que
afectaría son enormes, y, fuera de toda duda desaparecerían muchos refinamientos
y halagos de la vida. Por lógica consecuencia, tendría menos estímulos la iniciativa
individual.
Las clases privilegiadas forman la minoría numérica, en tanto que la
mayoría, constituída por la clase proletaria, está obligada a trabajar aunque sea
con insuficiente remuneración. Buena o mala la situación descripta, se perpetuará
mientras se mantengan intactos los regímenes actuales de la propiedad privada y
del trabajo asalariado. ¿Cuál es, entonces, el interés social más respetable?
¿El de los menos o el de los más?
¿Hay justicia en que la mayoría de los seres humanos soporte condiciones
insuficientes de vida y se permita a los menos, constituídos en clase privilegiada,
gozar de todas las satisfacciones que proporciona la abundancia?
Planteada la cuestión así, parecería clara y simple la respuesta; pero se
arguye que el problema es más complejo, y que la destrucción del orden burgués-
capitalista acarrearía la miseria general en sustitución de la miseria de la clase
proletaria y además la destrucción de la cultura en el mundo.
Estos puntos de vista, que hasta hace poco eran abstractos, están ahora
sometidos, por obra de la revolución rusa, a la prueba de los hechos y puede
decirse con grandes probabilidades de no errar, que si la experiencia que se realiza
tuviera éxito, el "proceso histórico" de la destrucción de la burguesía por el
proletariado seguiría su marcha.
Los social-cristianos no parecen penetrados de esa situación, ni juzgan la
experiencia rusa con el objetivismo que reclama. Anticipan la seguridad de un
fracaso que desean desde el fondo del alma.

EL PUNTO NEURÁLGICO DE LA CUESTIÓN SOCIAL

El éxito o el fracaso de la socialización de Rusia es hoy el punto neurálgico


de la cuestión social en el mundo. Si el proletariado ruso, teniendo en sus manos la
totalidad del poder y la totalidad de la riqueza nacional, no logra que la sociedad
comunista funcione mejor que las sociedades burguesas, el "proceso histórico" de
la desaparición de la burguesía se detendría. Si, por el contrario. Rusia realizara
con éxito el programa de Marx, habría abierto un camino que tarde o temprano
recorrerían las demás naciones. Bastaría que dentro de diez o veinte años el
proletariado ruso, que todavía sobrelleva un bajo nivel de vida, alcanzara,
notoriamente, mejores condiciones que el de Alemania o Italia -paraísos del

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

fascismo y del nazismo-, para que la situación se tornara insostenible en estos


últimos, a la vez que se desautorizarían las remotas soluciones celestiales que
propicia el social-cristianismo.
El resultado principal a comprobar en Rusia no es, entonces, el éxito o el
fracaso de la industrialización en sí, ni el incremento que haya tomado la
producción agrícola bajo el sistema de la explotación colectiva, si se prescinde de la
situación de los trabajadores. Últimamente, en un artículo sobre Stalin, de un autor
imparcial y perspicaz, leí esta frase: "Dejad a Rusia diez años de paz y será la
nación más poderosa del mundo".
Ésa no es la cuestión; ni fue ése el ideal dé Lenin. Podría Rusia -cuyos
progresos materiales y morales son indiscutibles- obscurecer a los Estados Unidos
como país productor y a Inglaterra como potencia naval y no habría introducido un
factor determinante de soluciones sociales si se hubiera limitado a substituir el
capitalismo burgués por un capitalismo de Estado. El contagio no sería ya
irresistible, por cuanto la transformación económica, social y política de Rusia se ha
pagado al precio de enormes sacrificios. Faltarían estímulos para renovarlos en otra
parte.
Si el Estado empresario substituyera en condiciones parecidas a los
empresarios capitalistas, la explotación del trabajo humano no habría dejado de
existir esencialmente. En ese terreno Rusia no realiza todavía el programa de Marx.
No habría justicia, sin embargo, en exigir resultados inmediatos y completos
a la revolución rusa; se debe recordar que se trata de la nación hasta ayer más
atrasada y más oprimida del mundo. Rusia está "en construcción" como se ha
dicho, Pero tampoco puede olvidar el comunismo los principios teóricos de la
reforma colectivista.
No fueron el odio a la sociedad burguesa ni la envidia que pueden suscitar
las riquezas o los privilegios los que llevaron al martirio tantas veces, a los
apóstoles de la reforma proletaria; fue la visión purísima de una sociedad más
justa. Destruída la burguesía, sin destruir los males que se le enrostran, sólo se
llegaría a un nuevo desengaño.
El siglo XIX fue el más feliz y el más próspero que ha conocido la
humanidad, y, no obstante eso, la Revolución Francesa que preparó su
advenimiento destruyendo la sociedad feudal, pareció de inmediato, a muchos, una
horrible e irreparable catástrofe. También entonces creyeron los cortos de vista que
iba a desaparecer la civilización y sucedió lo contrario. Muy fácil sería señalar
analogías, que podrían llegar hasta la identidad, entre lo que pronosticaban los
nobles y los clérigos del siglo XVIII, cuando veían aproximarse la destrucción de su
régimen por la burguesía y lo que auguran hoy los que temen que la burguesía
caiga bajo la piqueta proletaria. "Nada nuevo hay bajo el sol".

ADÓNDE VA EL MUNDO

La situación actual del mundo es la mas crítica por que haya pasado
después de la invasión de los bárbaros. Hay un estado de descomposición y de
incertidumbre que no puede durar. Si el comunismo avanza es, en gran parte,
debido a la organización actual, que lleva a las grandes naciones al abismo.
Comprendo que muchos rechacen el régimen comunista, pero no pueden negar la
necesidad de salir de este otro régimen. Llámesele burgués, capitalista, imperialista
o como se quiera, es el causante de la situación de bancarrota, de expoliación
impositiva y de guerra inminente que impera en todas las grandes naciones. Las
pequeñas están relativamente libres del mal por el momento, debido a su escasa
industrialización. Un estado de equilibrio instable siembra la angustia por doquier y
eso no puede ser eterno. ¿Dónde va, entonces, el mundo? ¿Adónde debería ir?
Basta abrir los ojos para ver que los gobiernos actuales van directamente a
oponer la violencia a toda tentativa de transformación del orden social, pero esa
solución sería temporaria y tanto más efímera cuanto más pronto estalle la guerra.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 3º parte
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CUESTIÓN MORAL O CUESTIÓN DE ESTÓMAGO

Los social-cristianos, adversarios irreconciliables del comunismo -ante todo


porque es incrédulo-, proponen soluciones que llevan implícitos los defectos
inherentes a un error inicial: el problema –dicen- es de orden espiritual y hay que
darle soluciones espirituales. Ése es el motivo, precisamente, de la impotencia en
que se encuentran. Un libro de esa tendencia se titula: La cuestión social es una
cuestión moral. De colocarse en los extremos, más exacto sería decir: La Cuestión
Social es una Cuestión de Estómago. Otro libro del místico Berdiaeff lleva un
subtítulo sugerente: Dignidad del Cristianismo e Indignidad de los Cristianos.
No es obligatorio menospreciar el espíritu, ni los valores espirituales, ni la
moral, para admitir que ciertas cuestiones sean nada más que materiales.
Las consideraciones de "dignidad humana" que aduce el cristianismo social
para sostener que una enfermedad de índole económica debe tratarse con remedios
espirituales, no son en modo alguno convincentes. Sería muy honroso para el
hombre que fuese capaz de cambiar su naturaleza pecadora por otra impecable.
¿Es eso posible y practicable? ¿O es quimérico? Habría, sin duda, una elevación
moral, dignificadora de la especie, en realizarlo, y una elegancia del mejor tono en
no hacer cuestión de sí un obrero debe comer una vez o dos veces por día. Llegaría
el fin del mundo sin que hubieran cambiado las condiciones de vida que se deben
modificar. No es cuestión de pagarse de frases; en nuestro propio país estamos
acostumbrados a ver partidos reaccionarios que despliegan programas avanzados,
con miras electorales, pero no estamos acostumbrados a ver que los cumplan.
¡No importa! -contestan los social-cristianos-, llegado el fin del mundo, los
que hayan sufrido injusticias sobre la tierra serán recompensados en el cielo. Así no
es posible tratar la cuestión social. Por eso el cristianismo social no sale de la
encrucijada en que está metido.
Los papas se colocan en el mismo terreno. León XIII, en su encíclica Rerum
Novarum antes citada, dijo: "Cuando hayamos dejado esta vida, entonces
solamente comenzaremos a vivir. Dios no nos ha hecho para las cosas frágiles y
caducas, sino para las cosas celestiales y eternas: nos ha dado esta tierra no como
una morada permanente, sino como un lugar de destierro. Que abundéis en
riquezas o que seáis privados de ellas, eso nada importa a la eterna
buenaventuranza". Y Pío XI, refiriéndose a la autoridad social, opina que "no puede
fundarse sobre intereses temporales y materiales; no puede venir sino de Dios,
creador y fin último de todas las cosas".
Expresiones análogas vemos repetidas con motivo de la guerra civil en
España. En el manifiesto que acaban de dar los obispos rebeldes dicen "que desde
el comienzo de la guerra han elevado constantemente las manos al cielo (!!) para
pedir que cesara y que quizás haya sido el único camino hacia el reino de la justicia
y de la paz". Entretanto ni el cielo ni los chispos han hecho cesar la guerra. Los
rebeldes deben más a Hitler y a Mussolini y a los moros herejes que al cielo y a los
ruegos de los obispos.
¿Pueden ser un consuelo las supuestas recompensas celestiales para los
obreros que no ganan lo necesario para vivir? Habría ofuscación o hipocresía en
sostenerlo.
Sería muy honroso exclamar como Pascal (en otro terreno): "no hemos
recibido la misión de hacer triunfar la verdad sino la de combatir por ella", o como
Santo Tomás de Aquino: "absolutamente y de suyo la vida contemplativa es mejor
que la vida activa", o como Maritain, que lo cita: "el mundo moderno ha dado
vuelta completamente, ese orden esencial de la vida humana". Se reconoce así
indirectamente, que el concepto cuya primacía se pretende es anacrónico.
El principio soviético -cara opuesta de la medalla- ha sido vigorosamente
acuñado en una frase de Boukharine: "Una sociedad humana feliz y creadora es
para nosotros un fin de sí mismo y no necesita de ninguna consagración de los

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

ídolos divinos".
Gorki, en otros términos expresa una idea concordante: "Por la primera vez
en la historia –dice- el verdadero amor al hombre se ha organizado como una
fuerza creadora y se propone como finalidad la emancipación de millones de
trabajadores".
La conciencia de servir a una obra de regeneración humana y de
engrandecimiento nacional ha creado en Rusia un verdadero misticismo que anima
a toda la población. He ahí cómo una doctrina materialista puede producir frutos
espirituales. Los extranjeros lo comprueban con lealtad y las naciones fascistas lo
ven con alarma. Sólo la Iglesia y el clericalismo lo niegan.

LA INTRANSIGENCIA RELIGIOSA

De esta manera, "por razones religiosas" los cristianos sociales se sienten


compelidos a una lucha sin cuartel con el socialismo, aun cuando se trate de un
socialismo más moderado que el del Evangelio. Ya Pío XI había fijado en la encíclica
Quadragesimo Anno la posición católica enfrente de los que desearían conciliar el
catolicismo con el socialismo y la democracia. "Sea como doctrina –dijo- sea como
hecho histórico, sea como acción, el socialismo no puede conciliarse con los
principios esenciales de la doctrina católica" y rechaza toda avenencia posible. El
padre Rutten, comentando esas palabras exclama: "El Papa no nos lo declara
solamente bajo la forma de una afirmación autorizada entre muchas, sino como
una decisión formal que no admite ningún recurso".
Y la nueva encíclica Divini Redemptoris renueva la condenación con mayor
violencia de forma y estrechez de criterio. El padre Fessard, que la aplaude,
exclama: "para nosotros la doctrina católica es sobrenatural" y deduce de allí que el
catolicismo no puede transar "sin compromiso de doctrina", es decir, sin que el
comunismo abjure sus principios filosóficos, que no deberían estar en cuestión. La
religión antepone su interés a los intereses de la paz social y al mejoramiento de
las condiciones de vida del proletariado. Opone un no categórico a toda posibilidad
de avenimiento, diciendo que eso es pedir a los católicos un imposible y recuerda a
los que invocan a la ciencia que San Pablo llama "orgullo" a la pretensión del
hombre de conocer la vida. Con razones de esa clase no se convence a nadie y
mucho menos a los proletarios hambrientos.
Lo curioso es que los católicos se quejan, si, pagándoles en la misma
moneda, se declara a la Iglesia incompatible con el progreso social.

LA DESGRACIA DE JESÚS

La desgracia de Jesús no es haber sido crucificado. Mártires han habido


muchos y muchas veces también han vencido y fructificado las ideas en cuya
defensa se derramó la sangre de los mártires. La desgracia de Jesús consiste en
haber dado su vida para que nada de lo que él apostrofaba haya cambiado. La
desgracia de Jesús consiste en haber dado el triunfo a una Iglesia que ha asumido,
sin variantes, los caracteres típicos de la Iglesia impura de Jerusalén, su victimaria.
Los jefes de la Iglesia culpan a los obreros de su vida miserable en razón de
su incredulidad. El abate Poncheville, citado por Rutten (director este último de la
Secretaría General de las Obras Sociales de Bélgica y senador del reino)
dirigiéndose a las multitudes que profieren blasfemias, exclama: "¿Por qué hacéis
responsable a Dios de la miseria provocada por el olvido de su ley?" El abate
ignora, por lo visto, que infinidad de obreros católicos de una devoción ejemplar,
sufren la misma miseria que los descreídos; y tanto los unos como los otros la
soportan desde el día en que nacen, antes de serles posible incurrir en el olvido de
ninguna ley.
Los desheredados replican que si Dios existe y es omnipotente y justo no

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

deberían ocurrir tales cosas. León XIII exclama en esos casos: "Muy deseable sería
que el salario del obrero fuera lo suficientemente crecido para sustentar con él a la
esposa y a los hijos". ¡Muy deseable!... no basta.
La Iglesia Católica pretende que ella enaltece sobre la tierra la personalidad
humana y que las doctrinas socialistas la deprimen. Enaltecerá la personalidad
"ultraterrenal" pero no aprecia a los hombres con la amplitud y el respeto que se
advierte en sus adversarios.
Stalin, en un brindis curioso que está inserto en el diario "Pravda" del 6 de
mayo de 1935, dijo así:
"Bebo a la salud de todos los Bolcheviques, sean o no miembros del partido.
Sí; bebo a la salud de los que no han entrado al partido. Los miembros del partido
son una minoría, los sin partido son la mayoría. Todo el que sirve la causa del
proletariado es un bolchevique. Y son numerosos los sin partido que la sirven. No
interpretéis erróneamente mis palabras; yo no tengo la intención de disuadirlos de
entrar al partido, quiero decir simplemente, que entre los sin partido hay muchos
hombres fieles".
En ningún caso se ha visto que la Iglesia acoja del mismo modo a su grey
sumisa y a los que se permiten pensar con independencia. La Iglesia dice: "El que
no está conmigo es mi enemigo". El propio Jesús, no obstante su mansedumbre, lo
dijo.
Las palabras de Stalin prueban también que el tiempo no pasa en vano para
ningún gobierno. No era ésa la voz de los primeros años del bolchevismo.

FILOSOFÍA Y POLÍTICA

Sin duda el comunismo tiene una filosofía. Carlos Marx, antes de escribir El
Capital y el Manifiesto Comunista, escribía libros de filosofía, y la filosofía del
comunismo bajo su influjo, es materialista; pero no es ella la que ha llevado al
comunismo al poder en Rusia, sino la reacción motivada por la vida miserable que
soportaba el pueblo, y en el curso del tiempo no será la doctrina filosófica sino las
doctrinas económica, social y política del comunismo las que hayan de decidir su
expansión a otras naciones o su fracaso. Dejemos la filosofía. Descendamos de las
nubes y busquemos remedios terrenales. Lo expresó de Man cuando dijo de los
social-cristianos: “ese movimiento no tendrá resultado si se detiene ante las
transformaciones radicales del régimen de la propiedad".
La política a seguir frente al problema social cabe en una pregunta: ¿ha de
llevarse conscientemente a la sociedad humana hacia una espantosa revolución?
Preparan ese desenlace los que se creen triunfantes y seguros contemplando los
éxitos aparentes de la fuerza y no interpretan como debieran las perspectivas y las
incógnitas del futuro. Creen que Hitler y Mussolini han encontrado la solución, a
despecho de la miseria que aflige a los países sometidos a su despotismo. ¡Qué van
a encontrarla! Los éxitos del hitlerismo y del mussolinismo han derivado menos de
la insignificante obra económica y social realizada, que de la anulación fascinante
del tratado de Versalles y del resurgimiento de Italia al concierto de las potencias
de primer orden. Pero hay ya un gran descontento en ambas naciones fascistas y
pronto llegará la hora en que advierta Italia que los precarios laureles de Abisinia
no compensan los sacrificios sobrellevados ni la pérdida de las libertades públicas. Y
aun cuando eso no ocurriera de inmediato, sino en 20 ó en 30 años, ese lapso
representaría un instante de la vida nacional y una vez transcurrido reaparecerán
con ímpetu irresistible las fuerzas que restaurarán la libertad.
El acatamiento de la soberanía popular, el respeto de la libre expresión del
pensamiento, en una palabra, el imperio de la democracia, es lo único que puede
asegurar la paz verdadera y la evolución tranquila del mundo. ¡Que se sofrene con
energía el desorden sistemático y demagógico, pero que el concepto del orden no
se vuelva una mordaza ni un obstáculo invencible para el progreso de la sociedad!
Se dirá que en sí misma la democracia no tiene programa social. No es

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

propiamente exacto. La democracia tiene respecto del problema social, como


respecto de todos los demás problemas, el programa de la evolución, bajo el influjo
de la opinión pública. En vez de oponer la fuerza a la expansión de determinadas
ideas les opone otras ideas.
La democracia está colocada hoy en el mismo terreno en que ha estado
siempre y ofrece las mismas garantías; en cambio el fascismo, restaura el
absolutismo medioeval. No hay diferencias apreciables entre el Santo Oficio y los
tribunales de Hitler que condenan a tres años de prisión por el delito de escuchar
en su casa audiciones radiotelefónicas de Moscú, o los agentes de Mussolini que
ingerían aceite de ricino a los que escuchaban análogas comunicaciones de la
España leal en los días de Guadalajara.

LA TRADICIÓN DEL LIBERALISMO

La tradición de liberalismo en sus grandes estadistas y en sus más preclaros


gobiernos es un rasgo saliente de la historia argentina. Una luminosa enumeración
de nombres basta para demostrarlo: Moreno, Rivadavia, Echeverría, Mitre, Alberdi,
López, Sarmiento, Gutiérrez, Alsina, Roca, del Valle, Pellegrini, Alem, Sáenz Peña,
Juan B. Justo, todos fueron liberales en sentido político y religioso. Se necesitó caer
bajo la bota de Rozas para que volvieran al país los jesuitas y se le entregara la
enseñanza. La insignia de Loyola se dio la mano con la "mazorca". En otra época
obscura se ordenó desde la casa de gobierno el veto de una constitución de
provincia porque establecía la neutralidad religiosa del Estado. Y hoy corren por el
mismo cauce el desprecio de la legalidad, la persecución de las ideas y el
sometimiento de la enseñanza y la justicia a las maniobras clericales.
No quiere decir todo eso que la burguesía capitalista, al acatar los
procedimientos democráticos, hubiera de rendirse sin combatir. Nadie puede
pretenderlo, ni sería posible que sucediese, ¡pero que luche con armas leales!
Dispone para su defensa de fuerzas muy considerables; úselas dentro de la ley y
quizás su predominio apoyado en la legalidad dure más que apoyado en el terror.
Las fuerzas conservadoras nunca son más poderosas que estando encauzadas
dentro de un régimen democrático, como, por ejemplo, en los Estados Unidos. Las
iniciativas de Roosevelt a fin de establecer horarios máximos y salarios mínimos
son del género de las medidas que obstaculizan el avance de una revolución social.
Salvo los fanáticos, que son pocos e impotentes, nadie opta por la revolución, si la
evolución efectiva es posible.
En el siglo XVIII el "tercer estado" adversario del régimen feudal, reunía
bajo sus banderas a la burguesía y a la clase obrera, colocadas hoy frente a frente,
y la monarquía absoluta se apoyaba en la casta nobiliaria, en el clero (siempre
reaccionario) y en el ejército, carente entonces de la potencia de los ejércitos
modernos. Hoy son factores activos de la resistencia al comunismo, junto con la
Iglesia y la clase militar, la burguesía, la burocracia, la banca, la grande y pequeña
propiedad, los intereses industriales protegidos y una gran masa de los propios
asalariados, que, relativamente satisfechos, o bien por timidez o por inercia o por
sujeción a la Iglesia (obreros católicos), se allanan a la perpetuación de las
condiciones existentes. De modo que el proletariado, aun siendo la parte más
numerosa del pueblo, es la más débil en realidad.
La caída total del régimen ruso en 1917 debe considerarse una excepción
que sólo la guerra mundial pudo producir. La revolución rusa de 1905 había
demostrado que el régimen absolutista estaba podrido, pero que el pueblo sin
armas no podía arrollar al ejército imperial.
En el temor que inspira la libertad a las clases privilegiadas hay una
confesión implícita de la injusticia de sus sistemas. El hecho de perseguir las ideas
y apelar al terror tiene ese sentido. Dentro de procedimientos semejantes es
imposible el advenimiento de un orden económico y social nuevo sin que corran ríos
de sangre. Y eso es precisamente lo que se debería evitar.

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y los cristianos sociales

En resumen, los social-cristianos no presentan soluciones proporcionadas a


la magnitud del problema proletario y sus críticas a los excesos e inhumanidades
del régimen capitalista no llegan hasta condenarlo en sí mismo, pues ese régimen
tiene la aprobación oficial de la Iglesia. Atacan determinados hechos o algunas
consecuencias de la explotación del hombre por el hombre y consienten
abiertamente la política y las doctrinas de donde emergen. A título de partidarios
del orden sostienen las condiciones sociales que preparan el desorden futuro,
procediendo como aliados efectivos de la causa que pretenden combatir. No se
avienen a que las reformas toquen lo fundamental y dejarán que la violencia tome
la palabra. Y el delirio imperialista, que lleva en sus entrañas el germen de la
guerra, allanará el camino a la catástrofe universal.

http://delatorre.webcindario.com

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos - 4º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura - I

LA CUESTIÓN SOCIAL Y UN CURA


I

Réplica al artículo de Mons. Franceschi


titulado: "Ante una diatriba"

La conferencia que di el 17 de agosto en el Colegio Libre de Estudios


Superiores sobre el tema "La Cuestión Social y los Social-cristianos" ha
desencadenado sobre mí las iras sectarias. El presbítero don Gustavo J. Franceschi
ha escrito en la revista que dirige un artículo titulado Ante una diatriba.
Me habría parecido comprensible, que dado el tono de mi disertación, libre
de convencionalismos, pero no injurioso, hubiera titulado su artículo Ante una
irreverencia porque "diatriba" no existe. ¡Que haga su gusto! Dije una vez que para
mis adversarios, cualquier cosa que yo diga es una diatriba y cuando ellos me
injurian es un madrigal.
El señor Franceschi me desafía "formalmente" a emprender una polémica.
No entraba en mis previsiones esta derivación amena cuando di la conferencia.
Estaría mal que la rehuyera y recojo el guante que se me tira.
En lo que a mi persona respecta, el artículo del presbítero señor Franceschi
es más que desconsiderado y más que impertinente: es a todas luces insolente,
grosero y provocativo, desde el principio hasta el fin, y lo es en una medida
impropia de un sacerdote, tenga o no cultura. Pero, lejos de afligirme, considero
más bien una suerte para mí que el señor Franceschi me exima de toda obligación
de cortesía. Me será útil cuando llegue el caso de llamar las cosas por su nombre.
La primera impertinencia consiste en advertir a sus futuros lectores que él
está acostumbrado a la polémica "alta y limpia" y que no ocurre lo mismo conmigo.
El polemista "alto y limpio" tergiversa a renglón seguido todo lo que yo digo, trunca
las frases mías que cita, afirma hechos falsos y me imputa falsedades que no
prueba. Atribuye, además, el móvil de mis actos a un supuesto "odio" a la iglesia
absolutamente calumnioso.
A continuación se complace en amontonar expresiones torpes sin otro objeto
que el de agraviar, como ser: ignorante, erudito falsificado, comunista vergonzante,
conferencia adecuada a la propaganda entre gente de poca instrucción, propaganda
burda, inconsciencia y audacia en la ignorancia y otras lindezas por el estilo que me
han divertido. Y quien se expresa en ese tono pretende ser un sacerdote respetable
y tiene la cura de almas en una capilla de la Capital. ¡Así anda la Iglesia!
Si mi persona ha ocupado al señor presbítero de tan amplia manera, sería
lógico suponer que la conferencia en sí misma, es decir, el vasto tema de la
cuestión social tratado en ella, lo habrá llevado a un estudio serio a fin de
demostrar que yo lo he encarado mal.
Así lo esperaban según se me dice, los que abordaron la lectura del artículo
y así ha sido el desengaño. El señor Franceschi ha llenado su breve lucubración con
impertinencias de orden personal porque no era capaz de tratar a fondo los
aspectos fundamentales considerados por mí.
Nadie se ha sorprendido, sin embargo; el señor Franceschi es lo que se
llama un espíritu superficial y ha respondido esta vez con absoluta fidelidad a ese
concepto generalizado que de él se tiene. Escribe sobre cualquier asunto con
invariable inconsciencia (para emplear sus propios términos) pero ni escribe bien,
ni domina materia alguna. Es posible que tenga lecturas múltiples, mal asimiladas,
pero carece de la ilustración necesaria para abordar temas complejos.
Lo ha puesto en evidencia una vez más, en el artículo que me ocupa. Las
cuestiones dilucidadas en él, han quedado ilesas, o mejor dicho, intocadas. No las
ha visto o no se ha atrevido a encararlas por insuficiencia mental y de preparación.
Cuando roza alguna de ellas superficialmente, se pierde en un balbuceo de
tartamudo. Recoge unas veces una palabra y confronta su sentido con el
diccionario, o bien se engolfa en largas tiradas a propósito de alguna mención mía
"incidental" al margen de las cuestiones que interesan, cuando no abreva su sed

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura - I

espiritual en el catecismo de Spirago, y en último término, en la desesperación que


le causa no poder llegar a un éxito "alto y limpio" mutila mis frases para darse la
ilusión efímera de un pequeño triunfo.
El señor Franceschi no es un polemista; es un coleccionista de trivialidades
con una erudición de diccionario y de catecismo. Será muy conveniente que su
artículo se lea extensamente; concluirá así una sofisticación.

LOS CATÓLICOS Y LA IGLESIA

Explicado el mecanismo de la réplica, me ocuparé de las dos únicas


imputaciones a que llama ingenuamente "fundamentales", palabra mal empleada
esta vez, que basta para demostrar su incomprensión absoluta de lo fundamental.
En el terreno de las ideas generales se le puede aplicar un símil conocido: "Un ciego
que entra a un cuarto obscuro a buscar un gato negro que no está en el cuarto".
Podría tener razón el señor Franceschi en lo que objeta sobre esos dos puntos y no
habría destruido la tesis sostenida por mí, de que ni los cristianos sociales, ni la
Iglesia oficial, ofrecen soluciones adecuadas a la situación que se ha creado en el
mundo a la clase proletaria.
Voy a ocuparme en primer término, por razones de método, de la
imputación ingenuamente fundamental (él la coloca en segundo), que formula así:
"El doctor de la Torre confunde los católicos, o mejor dicho una parte de ellos, con
la Iglesia misma, con la Institución", "a los simples fieles y a los papas" y agrega
que "los primeros hablan por cuenta propia y los papas por cuenta de la Iglesia".
¿He dicho yo en alguna parte el desatino que me imputa el señor
Franceschi? En ninguna parte. De manera que el primer cargo que recojo señala ya
una falsedad. Yo no he dicho lo que se me hace decir y por consiguiente, "no he
confundido nada". Aun más, he dicho lo contrario.
El párrafo de mi conferencia que sirve al señor Franceschi para su
prestidigitación y que transcribe previa mutilación "alta y limpia" dice: "Contenido
por esa restricción cae fatalmente en contradicciones (me refiero al cristianismo
social contenido en su ideología por los dogmas y por las encíclicas) y se extravía
en acomodamientos espirituales muy sutiles. Pretende que los principios de hondo
humanitarismo del Evangelio, aquellos que han hecho decir a tantos, que el
comunismo es una consecuencia y un desenvolvimiento lógico del primitivo
cristianismo, han sido sostenidos siempre por la Iglesia. En rigor puede admitirse
que los Padres de la Iglesia en los primeros tiempos, Santo Tomás 1000 años
después, muchos predicadores ilustres posteriores al Renacimiento, Montalembert,
Lacordaire, León XIII, los cardenales Manning y Gibbons en el siglo XIX, Pío XI y
muchos otros en nuestros días, han condenado las injusticias del régimen
económico social de su tiempo y reclamado su enmienda".
¡Quién puede deducir de este párrafo que yo confunda a los católicos con la
Iglesia Católica! En todo caso digo lo contrario, al manifestar mi disconformidad con
la pretensión que expresan los cristianos sociales cuando sostienen que la Iglesia
ha mantenido siempre los principios sociales del Evangelio (en realidad principios
comunistas) y sólo admito que algunos Padres de la Iglesia, algunos papas y
algunos otros, han condenado las injusticias del régimen social existente en sus
respectivas épocas. No sólo está definido claramente el matiz, sino que, en todo lo
demás de mi conferencia que el señor Franceschi se guarda muy bien de citar,
insisto repetidas veces, en que la Iglesia oficial piensa de un modo y los llamados
cristianos sociales, de otro, lo que no les impide someterse en definitiva.
A propósito de esta primera refutación voy a dejar constancia de dos fraudes
del polemista "alto y limpio" de la Capilla del Carmen. Cuando cita mi párrafo
suprime las primeras 6 líneas, para ocultar que yo digo que la Iglesia no ha seguido
la política evangélica, y el segundo fraude consiste en incluir al conde de
Montalembert entre los predicadores aludidos por mí que siguieron al
Renacimiento. Lo incluí, como puede verse, a despecho de la triquiñuela del señor

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura - I

presbítero, entre los católicos del siglo XIX. Bien lo sabe, pero como es polemista
"limpio y alto" le están permitidas las adulteraciones.
Pudo recoger el señor Franceschi (sin alterarla) la frase de mi conferencia
que dice: "los curas obreristas irritan a los obispos ortodoxos", y ella le habría
permitido comprender lo que no ha entendido. Yo pruebo (sin hacer un
descubrimiento) que no sólo hay discrepancia de criterio entre el Vaticano y los
católicos sociales, sino también dentro del mismo clero, y por eso observo que los
curas obreristas irritan positivamente a los obispos conservadores.

LIBERALISMO Y COMUNISMO

Paso a la otra confusión no menos pintorescamente fundamental que la


anterior, de que adolecería mi conferencia a juicio del señor Franceschi y consistiría
en que, "el liberalismo y el comunismo son doctrinaria e históricamente
antagónicos" y que yo soy "comunizante y demócrata liberal".
Es lástima que el señor Franceschi pudiendo expresarse con precisión se
limite a decir vulgaridades sin sentido. Veamos sus palabras:
"Aquél (o sea el liberalismo) quiere la exaltación del individuo (lo dice con
solemnidad que trata de parecer profunda) por esto es individualista -y éste aspira
a su absorción por la sociedad- por esto es socialista: aquél levantó de todos los
modos el capitalismo y éste aparece como una reacción contra el capitalismo
liberal. Hay más todavía. El liberalismo sostiene la libertad de pensamiento,
palabra, imprenta, reunión, todas y cada una de esas libertades y no tolera
asociación; mientras el comunismo ha suprimido que se discuta, no ya la doctrina
comunista en sí misma sino siquiera la técnica de los procedimientos que han de
usarse para implantarla".
Estas vaguedades, resabidas, escritas con una sintaxis ignominiosa, no
contrarían lo que dije en la conferencia. En prueba de ello el señor Franceschi no
hace esta vez cita alguna de mis palabras porque ni con ayuda de tergiversaciones
"altas y limpias" habría podido presentarme como comunista.
Las ideas que tiene el señor Franceschi sobre el liberalismo y comunismo,
ideas nebulosas, lo llevan a pensar según parece, que el hecho de ser partidario de
las libertades de pensamiento, de imprenta, de palabra, de reunión y de asociación
impide profesar ideas sociales favorables a las reivindicaciones obreras o a la
colectivización de la tierra.
No he dicho yo en mi conferencia nada que pueda interpretarse como un
aplauso a las medidas contrarias a las libertades públicas que imperan en Rusia,
único caso en que las expresiones del señor presbítero tendrían algún sentido. He
dicho lo contrarío y he censurado a las dictaduras de Alemania e Italia
precisamente, porque han copiado sus métodos bárbaros -con la simpatía evidente
del señor Franceschi- de los procedimientos implantados en Rusia.
Pero así como es inútil pretender que un ciego distinga un aeroplano que
vuela a 3.000 metros de altura, es inútil pedir al señor Franceschi que discierna
conceptos complejos mucho más allá del límite normal de su visión.
Se es comunista solamente cuando se es revolucionario, porque el
comunismo es el socialismo con métodos revolucionarios. Esto es elemental,
aunque el imprudente prelado de la Capilla del Carmen lo ignore de punta a cabo.
Además, la pasión lo ofusca. Yo no quiero, ni propicio, ni he propiciado nunca la
revolución social, y sin ella no hay comunismo. Soy un demócrata que lucha
públicamente en favor de la evolución del mundo al influjo de la opinión pública.
Jamás he hecho ni dicho otra cosa. Tenga el señor presbítero la lealtad de
reconocerlo si su cabeza y sus prejuicios se lo permiten. El comunismo quiere el
derrocamiento violento del régimen capitalista y la implantación del colectivismo
por medio de la dictadura del proletariado. Yo soy un adherente fervoroso de la
evolución, porque no admitiendo que la marcha de las sociedades humanas pueda
detenerse, aspiro a que se realice dentro de la legalidad.

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura - I

Se ve, pues, hasta qué punto es estrecha y vulgar la imputación que me


hace el señor Franceschi. Hay una forma de microfalia clerical que los alienistas
deberían estudiar.

EL PANEGÍRICO DEL RÉGIMEN SOVIÉTICO

Dice también que "hago el panegírico del régimen soviético"; luego, soy
"comunista vergonzante".
Imposible sería al señor Franceschi, si tuviera lealtad, probar que yo haya
hecho el panegírico del régimen soviético, porque no lo he hecho. Se expresa así,
sin más razón que la de no prestarme yo, a ser un instrumento de la conjuración
reaccionaria de los que niegan los hechos más evidentes e inventan torpes
falsedades para desacreditar una evolución social que contraría sus intereses.
Adversarios francos del comunismo, que no son siquiera socialistas,
reconocen ampliamente en la actualidad el éxito de la industrialización de Rusia, el
aumento portentoso de su producción, la realidad de un mejoramiento del nivel de
vida de los obreros, la satisfacción actual de los paisanos colectivizados ante los
resultados del sistema de granjas cooperativas (los paisanos habían resistido la
colectivización en muchos casos hasta morir y destruir sus bienes individuales), o
bien el paso gigantesco dado por la instrucción pública y por las instituciones de
asistencia social.
Autores y autoridades colocados por encima de toda sospecha de
comunismo lo reconocen y sólo el señor Franceschi, en particular, y el clericalismo
en general, lo niegan ridículamente y llaman comunistas a los que reconocen una
verdad evidente. ¡Allá él y ellos con su ignorancia o su mala fe! No perdería el
tiempo en demostrarlo si no necesitara defenderme.

LA PAJA EN EL OJO AJENO

El hecho de que yo no haya aludido en mi conferencia a los 10.000.000 de


muertos atribuidos a las consecuencias de la revolución rusa y de la invasión blanca
financiada por catorce naciones imperialistas (como ahora Alemania, Italia y
Portugal fomentan y costean la rebelión española), es presentado por el señor
Franceschi como una prueba de mi parcialidad en favor de los Soviets. De muchos
otros temas no me he ocupado, porque no cabían en el estrecho límite de una hora
y media de que podía disponer para mi conferencia y sería absurdo deducir de allí
mi simpatía por los temas omitidos. Más bien lo contrario. Si yo aplicara el mismo
criterio al señor Franceschi lo presentaría de acuerdo con todo aquello que ha
eludido refutar de mi conferencia, que es fuera de duda, lo fundamental. Me he
limitado a decirme en mi interior "a enemigo que huye, puente de plata".
No me he ocupado, por ejemplo, de las guerras de religión y sería
impagable que algún prelado tendencioso interpretara mi silencio como una prueba
de mi adhesión personal a las masacres que consumó la Iglesia bajo ese signo.
El señor Franceschi muestra en su artículo que ha leído el debate a que dio
lugar en el Senado el proyecto de ley de represión del comunismo: entonces ha
debido ver allí, necesariamente, que yo recordé los excesos de los maximalistas
rusos contra sus adversarios y dije que tenían un antecedente en la política del
Papa Inocencio III, quien hizo exterminar sin piedad a los albigenses. Hombres,
mujeres y niños fueron pasados a cuchillo por orden del representante de Dios en
la tierra.
El señor Franceschi nunca ha condenado la ferocidad de Inocencio III, ni de
su instrumento Simón de Monfort, ni de Torquemada, ni de los fusiladores de
prisioneros en Badajoz, en Mérida y Galicia. Yo, en cambio, al censurar la política
despótica del fascismo y del nazismo, les he reprochado precisamente que sean
una copia servil de los métodos dictatoriales de Lenin.

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El señor Franceschi, en alas del Pegaso reaccionario, se encara directamente


conmigo y a continuación del párrafo que transcribí, me pregunta: ¿No lee el doctor
de la Torre cada mañana la lista de fusilados en la U.R.S.S. por ser "trotskistas", es
decir, por no pensar como el señor Stalin? ¿Qué diría si al general Justo se le
ocurriera condenar a muerte a todos los adversarios políticos? ¿Hablaría del
régimen liberal en este caso?".
Efectivamente, leo los diarios todas las mañanas y me horrorizo como
cualquier otra persona de los fusilamientos incesantes de que es teatro la U.R.S.S.,
pero yo no he ido a Rusia a congratular a Stalin, mientras que el señor Franceschi
ha ido a España a congratular a Franco, no obstante los horrores de Galicia, donde
los curas fanáticos hicieron fusilar sistemáticamente a los maestros de escuela y a
pesar de los asesinatos en masa de Badajoz y Mérida, donde fueron masacrados
2.000 prisioneros que en su inmensa mayoría eran pobres labriegos que habían
tomado las armas contra los señores feudales que los explotaban inicuamente.

LO QUE ES EL TROTSKISMO

Es falso, asimismo, lo que dice el señor Franceschi cuando atribuye los


sucesos de Rusia al delito "de no pensar como Stalin" y los equipara a lo que
sucedería aquí si al señor Justo se le ocurriera condenar a muerte a sus
adversarios políticos.
El señor Franceschi falta a la verdad y temo que lo haga a sabiendas. Las
sentencias de muerte a que se refiere han recaído en procesos incoados en su
mayor parte ante la Corte Suprema de la U.R.S.S., las audiencias han sido
públicas; los reos han tenido defensores que han reconocido su culpabilidad; y
pronunciada la sentencia se han publicado íntegramente los procesos en ruso, en
inglés y en francés y se les ha dado amplia difusión en el exterior. Yo he leído el
proceso de Piatakoff, Radek, Sokolnikoff, etc., condenados en enero de este año y
un hombre tan preocupado de estos asuntos, como parece pretenderlo el señor
Franceschi, que los comenta con desenvoltura, debió hacerlo lo mismo y supongo
que lo habrá hecho. En caso de no haber leído los procesos, pudiendo leerlos,
mostraría su parcialidad sistemática, y si escribiera sin saber de lo que se trata, la
mostraría con mayor razón.
Pero el "trotskismo" no es tampoco susceptible de las comparaciones
inconscientes que sugiere al señor Franceschi y no es en la actualidad en Rusia una
agrupación política de oposición democrática comparable a nada que exista en la
República Argentina. Los acusados fueron convictos y confesos de "traición a la
patria", consistente en haber tramado una vasta organización para el asesinato de
los jefes soviéticos. Kirov, figura de primer orden, fue asesinado en Leningrado, y
Molotov, presidente del Consejo de los Comisarios del Pueblo, escapó
milagrosamente del atentado que se preparara contra él en Siberia. Además, los
trotskistas organizaron el sabotaje de la industrialización de Rusia, base
indispensable del engrandecimiento y de la defensa nacional.
Los acusados se reconocieron culpables de haber dirigido unos y ejecutado
otros, descarrilamientos de trenes con pérdidas de numerosas vidas, explosiones
en las minas con igual resultado, obstrucción de los transportes tendiente a
provocar el malestar económico e impedir el movimiento rápido de tropas, de
perturbar el trabajo de las usinas de productos químicos, y en general, de todas las
industrias y de la construcción de ferrocarriles. Reconocieron que Trotsky,
entendido con Alemania y el Japón, facilitaba el espionaje y preparaba para el
momento de estallar la guerra, el sabotaje de la retaguardia del ejército ruso. Las
pruebas fueron abrumadoras, los reos se confesaron culpables, y sus defensores
admitiendo categóricamente la verdad de los hechos confesados, se limitaron a
pedir clemencia.
El antecedente que emana de estos fusilamientos no puede justificar de
ningún modo que el señor Franceschi pretenda con tanta ligereza que el señor

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Justo estaría habilitado para fusilar a sus adversarios, los que, en vez de traicionar
a la patria, defienden las libertades públicas y la legalidad. Pero es sabido que el
señor Justo cuenta con la adhesión de todos los que visten sotana y de los que sin
vestirla colocan el interés sectario por encima de todo. No es raro, entonces, que
se le anticipe un aplauso por si se decide.

EL SENTIDO DE MIS SIMPATÍAS

En cuanto a que yo "simpatice con los comunistas" que es otro cargo que
me formula el señor Franceschi, quiero decir cuál sería el sentido que en caso de
ser exacta, tendría esa simpatía.
Simpatizo con todo lo que tiende en el mundo a hacer posible la fraternidad
humana y la mayor justicia social y miro con agrado cualquier intento orgánico que
se realice para lograr esos fines. Pido tolerancia para las ideas y pido que no se las
condene sino cuando hayan mostrado su insuficiencia.
Soy un demócrata evolucionista que aspiro a que el mundo marche, como
dije antes, al influjo de la opinión pública, y no a que se lo oprima bajo la bota de
los déspotas. Por eso, en mi conferencia, en uno de sus puntos fundamentales y no
en la ridícula manipulación de palabras sueltas que encanta al señor presbítero,
recordé que la posibilidad de la existencia de una sociedad sin clases, no es ya una
idea abstracta, puesto que se está ensayando en Rusia, y quienes tengan un poco
de honestidad en el espíritu deben mirar imparcialmente ese ensayo y resolver a su
tiempo si es una quimera o una realidad la sociedad sin clases.
Pero buscar imparcialidad en aquellos que se preocupan tan sólo de que sus
privilegios no corran riesgos y esperan que la ilegalidad y el asesinato los perpetúen
es empresa vana.
El señor Franceschi se horroriza de los aspectos posibles de la sociedad
colectivista de Rusia y no ve, no puede ver, debido a su limitación mental, lo que es
el mundo occidental corroído como está por el monopolismo industrial y comercial y
por el imperialismo económico, financiero y político. No puede ver, y por
consiguiente no ve, lo que destaca Strachey en su libro La lucha por el poder, que
ésos son síntomas incurables de decadencia y que el fin del imperialismo y del
monopolismo, día más, día menos, será la guerra. No puede ver y no ve que una
nueva guerra será el comunismo triunfante y que él coopera a que el mundo llegue
al extremo que más lo atemoriza.

MI PRETENDIDO "ODIO A LA IGLESIA"

He dicho lo suficiente para que se vea que el presbítero señor Franceschi no


ha podido elevar su polémica en ningún momento por encima de los lugares
comunes y de la crítica trivial de vocablos. Mediante la autopsia que iré haciendo de
sus imputaciones, lo confirmaré; pero antes quiero detenerme en un cargo de
índole personal que es el eje sobre el cual gira todo lo que dice.
A su juicio yo no soy un hombre libre que aprecio las cuestiones filosóficas,
históricas y sociales de acuerdo con mis convicciones; yo no tengo el derecho de
pensar con la independencia que él reclama para sí y debo someterme a lo que
encuentro absurdo. Como no me someto, el señor Franceschi lo atribuye a mi "odio
clásico" a la Iglesia.
No me disgusta ventilar esta imputación falsa e impregnada de perfidia.
Puedo ofrecer ampliamente, al análisis de mis adversarios, mi vida pública bastante
larga, jamás orientada en el sentido de perseguir a la Iglesia, no obstante la
opinión que tengo de ella. Trece años pasé en el Congreso -toda mi actuación
pública- sin presentar un solo proyecto contra la Iglesia, ni plantear una sola
interpelación que la tuviera en vista. Nunca he abrigado una preocupación
antirreligiosa aunque haya sentido siempre un franco desdén de orden intelectual

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura - I

por el fanatismo religioso y por las supersticiones groseras.


Si el señor Franceschi, el de las polémicas "limpias" tuviera buena fe,
debería reconocerlo y en caso contrario probar ese odio que señala como móvil de
mis críticas recientes, móvil que no se habría concretado jamás en actos que
acusasen otra cosa que el desdén íntimo, perfectamente legítimo, a que acabo de
referirme. Pero los miembros de la santa Iglesia no se sienten obligados a ofrecer la
prueba de los cargos calumniosos que formulan, y emplean cualquier medio y
cualquier arma en pro de sus intereses y de sus pasiones sectarias.
Mi "odio clásico" consiste pues, en no pensar yo como ellos, o bien en la
franqueza de mis opiniones cuando muestro lo anodino e inoperante de sus
soluciones en materia social. Y eso mismo lo he hecho por excepción. A los 68 años
de edad, cerrada definitivamente mi vida pública, no buscando nada en ningún
orden de relaciones, he dado por primera vez en mi vida dos conferencias
doctrinarias, a pedido de una institución de cultura -que por esa sola razón se ve
amenazada en el artículo del señor Franceschi- y he dicho que los católicos sociales
no tienen soluciones serias para la cuestión social. ¡Qué poco me habría costado
antes de ahora y sobre todo en mi juventud, si el odio clásico hubiera existido,
ocupar las tribunas populares y atacar a la Iglesia! Nunca, absolutamente nunca, lo
he hecho, aun cuando habría podido inducirme a esa actitud el haber sentido
siempre detrás de mis pasos, los del reptil clerical que me acechaba.
El desdén a que me he referido no ha bastado para llevarme a una acción
intensa anticlerical y alguna vez me lo he reprochado, al ver en qué forma el
clericalismo es el aliado constante de todos los despotismos. Esa actitud no ha sido
extraña al convencimiento que tengo de que es quimérico esperar la supresión de
las religiones, ni por obra de las persecuciones, ni por la acción del razonamiento.
Las religiones son hijas del miedo y de la perplejidad ante el misterio que encierra
el origen y el fin de la vida, y el miedo será eterno. Gravita también en enorme
proporción la ignorancia. No cualquiera es capaz de formarse una idea cabal de un
hondo problema, y el hombre, pobre piltrafa, es por añadidura, naturalmente
supersticioso.
La estrechez sectaria que ha llevado al señor Franceschi a no comprender la
situación de espíritu de un hombre que aprecia con independencia los problemas
que tiene por delante, sean ellos políticos, sociales, filosóficos o religiosos, lo ha
conducido a llevarse otras paredes por delante. Con motivo de otros actos de
incomprensión, Maritain le dijo en una carta, con una ironía deliciosa, que no se
meta en lo que no entiende. No otra cosa significan las palabras del filósofo
católico: "la filosofía es cosa difícil que cada cual entiende según la medida de sus
facultades". ¡Admirable castigo! Me adhiero a la opinión de Maritain.
La Iglesia argentina cuenta en estos momentos con escasos valores y no son
muchos los focos intelectuales de que dispone que superen la luz que irradia el
farolito de suburbio del señor Franceschi.
Encuentro una excusa a su error cuando atribuye a un odio clásico lo que
sólo es desdén amable. Mira a su alrededor y en el ambiente clerical encuentra el
odio en todas partes. Por eso lo supone también en los que tienen la dicha y el
honor de pensar como seres libres.
Los hombres de verdad y de lealtad, sean o no combatientes, no odian a
nadie. Los católicos fanáticos odian a todo el mundo. Hay curas ingenuos y
bondadosos, que no tienen piedad para los que consideran heréticos: hay
hermanas de la caridad abnegadas y virtuosas que se vuelven implacables cuando
el paciente rehúsa los auxilios de la religión y al que está en trance de muerte, y no
lo sabe, le amargan despiadadamente sus horas con la oferta de la confesión; hay
monjas místicas que han renunciado al mundo para servir al Señor, que muestran
una dureza de hienas con los deudos de las infortunadas niñas que profesan y les
niegan la posibilidad de verlas, como no sea de tarde en tarde: hay también arpías,
que se comen los santos y hombres disolutos o usureros impávidos que llevan el
palio en las procesiones. La perversidad sectaria es específica. Debajo de la corteza
engañadora aparece pronto el inquisidor, ya sea que persiga maestros liberales o

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que abra camino a sus intereses a la sombra y en la sombra de las maniobras de la


curia. La codicia y la avaricia son también muy frecuentes en los fanáticos.
La hipocresía es igualmente característica de la familia seráfica y se extiende
a los beatos del orden civil; y la propensión a la intriga es formidable y se muestra
en las luchas intestinas del clero. Los golpes apuntan siempre a la espalda. ¡Si lo
sabemos y si lo saben ellos! No sorprende, pues, que el señor Franceschi encuentre
muy natural que también yo proceda en mis críticas envenenado por esos móviles.
Está en un error.
Yo me sentiría ruin y empequeñecido en mi manera ordinaria de considerar
las cosas, los hombres y las instituciones, si abrigara contra la iglesia un
sentimiento de "odio" en lugar del juicio desfavorable que me he formado de ella
por altas y desapasionadas razones.

LA LUCHA DE CLASES

Los que lean el título de este capítulo, creerán posiblemente que el señor
Franceschi ha abordado a fondo el tema de la lucha de clases. Salgan de su error.
El señor Franceschi no aborda ningún tema fundamental. Es la negación de lo
fundamental. En este punto su polémica versa exclusivamente sobre dos palabras.
Dice así: "Cito una frase del doctor de la Torre. Pío XI y León XIII no reconocen,
por ejemplo, la realidad y la legitimidad de la lucha de clases, que es un hecho
primario de una verdad abrumadora".
El párrafo auténtico ha sido alterado maliciosamente y truncado sin piedad.
Véase lo que yo dije: "Pío XI y León XIII han impregnado sus encíclicas de
sentimientos laudables de caridad y amor al prójimo. Pero combaten los medios de
que pueden valerse los desheredados para mejorar su condición. No reconocen, por
ejemplo, la realidad y legitimidad de la lucha de clases, que son hechos primarios
de una verdad abrumadora. Y si algún sacerdote sale del verbalismo hueco y
propende a la obtención de reformas efectivas, cae en desgracia. La sinceridad se
hace entonces sospechosa".
En síntesis, sostengo que las encíclicas papales son dulces al paladar y nada
más. Mucha sensiblería humanitaria y nada entre dos platos; los pontífices se
apiadan verbalmente de los desheredados y rechazan los medios conducentes a
mejorar su condición.
El señor Franceschi se escapa por la tangente y dice que yo falseo la
enseñanza de los Papas en relación con la lucha de clases. Para que el cargo
tuviera asidero sería necesario que los Papas legitimaran la lucha de clases y eso es
absolutamente inexacto. La fuerza del consonante lleva al señor presbítero a querer
probar que los Papas legitiman la lucha de clases y se confunde y enreda de tal
modo que ni él se entiende, ni yo le entiendo, ni el Papa le entenderá.
Llama en su ayuda a la encíclica Rerum Novarum y cita un párrafo que dice:
"que la violencia de las revoluciones ha dividido a los pueblos en dos clases de
ciudadanos, poniendo entre ellas una distancia inmensa". El Papa descubre de este
modo que en el mundo hay pobres y ricos pero no lo atribuye a la explotación del
hombre por el hombre, inherente al régimen imperante en el trabajo asalariado,
sino "a la violencia de las revoluciones". El señor Franceschi no advierte el
fariseísmo de la composición de lugar pontificia y exclama triunfalmente: "¡El Papa
reconoce el hecho de la oposición de clases, que el doctor de la Torre ha negado
que reconozca!".
Incurre, por consiguiente, en una nueva tergiversación; el Papa ha
reconocido la existencia de clases antagónicas que atribuye a las revoluciones, pero
no la lucha de clases provocada por el capitalismo exacerbado; y lo dicho por mí no
se refiere a lo primero, sino a lo segundo. He creído hablar para personas capaces
de comprender, y en este caso no he tenido suerte. El reconocimiento a lo
Perogrullo que contiene la encíclica papal no hace a la cuestión.
Jamás León XIII ni Pío XI, ni Papa alguno, ni obispo, ni canónigo, ni

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presbítero ortodoxo alguno, han reconocido que la formación de clases emana de


que unos pueden vivir a costa de los otros, a consecuencia del régimen imperante
en la propiedad y en el trabajo asalariado. Yo hablo en ese concepto y no en el de
las tergiversaciones pueriles de la réplica del señor Franceschi.
Y si León XIII no reconoció jamás la realidad de la lucha de clases en el
sentido que dejo expuesto, negó expresamente su legitimidad y no han de
desvirtuarlo las palabras azucaradas que diluyó en el texto de la pesada encíclica
Rerum Novarum.
El señor Franceschi no se contenta con ella, apercibe su insuficiencia y pide
auxilio a Pío XI. Desentierra entonces una conocida frase de la encíclica
Quadragésimo Anno y dice que estigmatiza "a los sedicentes católicos que se
acuerdan apenas de esta sublime ley de justicia y caridad. Estos hombres son
causa -sigue hablando Pío XI- de que la Iglesia, sin haberlo merecido (!!) haya
podido parecer defendiendo a los ricos y se haya visto acusada de ello".
Las palabras están muy bien, el "jarabe de pico" está a punto, pero ni los
actos de Pío XI ni los del clero católico están de acuerdo con la fulminación verbal a
los "sedicentes católicos". Cuando son acaudalados y tienen poder son los
preferidos, a la inversa, precisamente, de lo profetizado por Jesús que ya cité: "los
publicanos y las prostitutas os precederán en el reino de Dios".
Nada he de dejar subsistente de las tergiversaciones ramplonas que me han
obligado a restablecer la verdad y voy a contestar también la pregunta que el señor
Franceschi me formula en estos términos: "Pregunto yo –dice- ¿el doctor de la
Torre considera como un bien en sí la lucha de clases o como un hecho
lamentable?".
Formulada la pregunta en esos términos, nadie, ni los comunistas,
contestarían que la lucha de clases sea un bien en sí. Dirán en todo caso, que es
una necesidad. Una pregunta que contestarán del mismo modo las dos partes,
capitalistas y proletarios, acusa malicia o ignorancia de la cuestión en quien la
formula.
Todos conocen el cuento del franciscano a quien se interrogó acerca de si
había visto pasar por un camino a un sujeto. Metió la mano dentro de la manga de
su hábito y mirándola fijamente, dijo: "por aquí no pasó". A esa categoría de
subterfugios clericales corresponde la pregunta al parecer ingenua del señor
Franceschi.
Si hubiera querido entrar realmente al fondo de la cuestión, si fuera capaz
de hacerlo, debió preguntarme si considero o no, como un bien en sí, que el capital
pueda explotar al trabajo a favor de las condiciones económicas, políticas y
religiosas imperantes. Yo contestaría que no y él contestaría que sí. Es la pregunta
que yo le formularía si tuviera un interés que no tengo en preguntarle algo.
A esa primera pregunta sigue una segunda, que formula así: "¿No quiere -el
doctor de la Torre- la concordia de las clases, sino la destrucción de una de ellas?".
Y dando por averiguado en su profunda ceguera que le contestaré rechazando la
concordia y ratificando mi deseo de ver implantada una sociedad sin clases,
exclama jubiloso: ¡Entonces no puede negar su comunismo!
Está equivocado el señor prelado; le voy a contestar transcribiendo dos
párrafos pertinentes de mi discurso del Senado, en el debate del proyecto de ley de
represión del comunismo, porque no estoy improvisando contestaciones.
"A mí me separa un abismo del comunismo" dije. "Como no he tenido nunca
ambiciones de mando, jamás he sacrificado mis principios evolucionistas a nada y a
nadie, y aun cuando mis ideas demócratas progresistas tiendan evidentemente a la
izquierda, he rechazado siempre la violencia para cambiar sistemas de gobierno, y,
sobre todo me repugnan las dictaduras, vengan de donde vengan, porque me
hacen el efecto de un ultraje.
"Aun cuando simpatizara en su totalidad con el programa comunista -
continué diciendo-, aun cuando creyera en sus posibilidades de éxito, aun cuando
admitiera que hubiese de producir los beneficios que se le atribuyen, preferiría para
mi país y para cualquier país, que esperara cien años o doscientos años, si fuera

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necesario, hasta la transformación gradual de la opinión pública en ese sentido y no


el triunfo inmediato acompañado de crímenes y despojos horrendos".

LA CASA SE VIENE ABAJO

No es para menos; el señor Franceschi ha creído descubrir una confusión


espantosa en mi conferencia, nada menos que en la apreciación de los conceptos
"justicia conmutativa" y "justicia ordinaria". No hay confusión por supuesto, sino
estrechez en el espíritu del señor presbítero y además mutilación de mi texto. Ha
suprimido donde digo (glosando las palabras de la encíclica de Pío XI) "y que, por
consiguiente los otros" -los desheredados- "no tienen derecho a reclamar por medio
de los tribunales" lo que estimarían que les fuera debido. Pío XI es quien habla; y
de ese modo tranquiliza a los que tienen bienes superabundantes, estableciendo
que los desheredados no tienen derecho a pedirles parte alguna ante los tribunales
de la justicia ordinaria (no obstante haber dicho Santo Tomás de Aquino que los
que poseen más de lo que necesitan sólo tienen un poder de “administración” y no
la “propiedad”). A fin de subrayar el fariseísmo pontificio cuando dice que los
poderosos "no pecan contra la justicia conmutativa", dije entre paréntesis, "como si
dijéramos contra la justicia ordinaria" y por un error de copia salió "como si
dijéramos la justicia ordinaria". Pero aún cuando la palabra "contra" no hubiera sido
omitida sólo al Sr. Franceschi se le ocurre qua yo he pretendido engolfarme en
definiciones políticas y teológicas que no se necesitan a los fines de aclarar el
sentido de la encíclica, que es tal cual lo he dado: teóricamente los desheredados
están amparados por Dios, pero prácticamente los reventaremos en los tribunales.
Ésa es la verdadera definición de la justicia "conmutativa" ante el derecho canónico.

EL CONGRESO CATÓLICO DE LIEJA

En este punto el virulento cura rector de la capilla del Carmen me abruma a


improperios. Me imputa "falseamiento sistemático de la doctrina católica" y dice
"que llego a extremos apenas concebibles". "Infidelidades del doctor de la Torre"
dice por ahí. Y después de todo eso no prueba ninguna falsedad, ninguna
infidelidad, ni se logra saber cuál será el extremo adonde yo habría llegado.
Y todo ¿por qué? Porque cité con absoluta fidelidad el libro La Doctrina
Social de la Iglesia del padre Rutten. El señor Franceschi con el fin de tergiversar
(sin lo cual no podría atacarme) hace una cita trunca. Yo dije: "Observaciones de la
misma índole pueden hacerse acerca de la actitud de los cristianos sociales ante el
régimen de los salarios. Los obreros mal pagados entienden que es una nueva
forma de esclavitud. La Iglesia comprueba los vicios e injusticias denunciados, pero
rechaza el concepto obrero, y Pío XI, si bien dice en su encíclica, en términos
generales, que se debe pagar al obrero un salario que le permita subvenir a sus
necesidades y a las de los suyos, elude pronunciarse sobre los medios de
conseguirlo, y en cambio, ya se sabe –dije-, que en el Congreso Católico de Lieja,
en 1889, los católicos de la escuela de Angers dirigidos por Mr. Freppel sostuvieron
de acuerdo con el redactor M. Thery, que el salario para ser justo no debe
corresponder sino al valor del trabajo proporcionado, sin tener en cuenta las
necesidades del trabajador. Lo recuerda el P. Rutten en su opúsculo La doctrina
social de la Iglesia.
Me he limitado pues en lo referente al Congreso Católico de Lieja a
mencionar un antecedente, sin dar a lo ocurrido en él, otro carácter que el
verdadero, y el señor Franceschi desata su furia alegando que otros congresales
combatieron la doctrina de Angers. ¡Y aunque la combatieran! Si es precisamente lo
que yo digo, que andan a tirones en materia doctrinaria, mientras en el hecho las
cosas siguen como antes. Mi cita, rigurosamente exacta, ha sido hecha con la
brevedad propia de las alusiones "incidentales" que el señor Franceschi convierte

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en asuntos principales con el fin de eludir los que realmente lo son.

LA CUESTIÓN SOCIAL Y LOS MILAGROS

Ejemplo perfecto de esa clase subalterna de dialéctica es lo que ocurre con


una gran verdad que dije al pasar. Dije que el culto de los santos milagrosos es
contrario al espíritu del Evangelio. El señor Franceschi ha creído encontrar en esa
frase incidental, ajena a la cuestión en debate, un recurso propicio para desviarla y
se expresa a su respecto como sigue: " . . .los católicos, desde el segundo siglo, se
allanaron a agregar... el culto idólatra de los santos milagrosos", dice el doctor de
la Torre. Y yo (Franceschi), respondo desafiando formalmente al doctor de la Torre
a que pruebe: primero que, idolátrico o no, hubo ese culto de los santos milagrosos
en el siglo II; segundo que la Iglesia admite el culto idolátrico de los santos
milagrosos o no". Continúa, como se ve, reinando soberana una sintaxis
ignominiosa.
Nótense los puntos suspensivos puestos al comienzo de la cita y los otros
intercalados en la mitad de la frase, porque son las impresiones digitales de la
maniobra. Corresponden a las supresiones o mutilaciones del texto de mi
conferencia que hace el señor Franceschi con malicia que no es "alta ni limpia". Lo
voy a probar.
El párrafo truncado dice así, en su redacción verdadera: "El cristianismo
modificó su carácter en los dos primeros siglos de su era -de muy confusa historia-
y más acentuadamente después de Constantino. Una teocracia fastuosa sucedió a
la sencillez conmovedora de los tiempos en que Jesús predicaba en la montaña y
San Pablo y los apóstoles en modestos sitios privados (todo esto ha sido
reemplazado con puntos) y los católicos desde el segundo siglo se allanaron a
agregar "liturgias paganas" (reemplazadas con puntos suspensivos las dos
palabras) y (suprimida la "y") el culto idólatra de los santos milagrosos -contrario al
espíritu del Evangelio- (suprimido lo entre guiones), a la comunicación directa con
el Padre Celestial recomendada por Jesús (suprimidos el Padre Celestial y Jesús).
Podrían aplicarse a muchos militantes de la Iglesia los apóstrofes candentes que
Jesús dirigía a los escribas y fariseos de Jerusalén, simuladores de la fe, ¡Ay de
vosotros, escribas y fariseos hipócritas! (suprimido en su totalidad).
Comparando lo que yo dije con lo que el señor Franceschi pesca del medio
del párrafo, se ve la triquiñuela, y un asunto de interés, como la transformación de
la Iglesia "espiritual" de Jesús en la Iglesia "pantagruélica" de los obispos y
canónigos rechonchos, queda escamoteado. La predicación de Cristo tendía a la
adoración del Padre Celestial sin necesidad de curas interpósitos, sin templos y sin
liturgias que hacía innecesarios la comunicación directa con Dios. Mediante esa
transformación de su carácter, la Iglesia de Cristo volvió mutatis mutandis al tipo
de la Iglesia combatida por Jesús hace dos mil años, y nadie podría distinguir un
obispo feudal de la Edad Media o un lujoso cardenal de nuestros días, de aquellos
fariseos y saduceos de Jerusalén, a los que dijo Jesús, lo que ya se sabe.
Pues esa evolución de la Iglesia relacionable con la cuestión social de todos
los tiempos, pasa inadvertida o es deliberadamente apartada del debate por el
prelado señor Franceschi y sólo le interesa lo secundario, lo de saber si es idólatra o
no el culto de los santos milagrosos y si empezó en el siglo II, o después. Esto es
estupendo. El señor Franceschi cree, por lo visto, que si el culto idólatra de los
santos milagrosos hubiera empezado en el siglo tercero y no en el segundo, mis
consideraciones sobre la justicia social caerían por tierra (!!!).
Pero como lo que yo había dicho era distinto de lo único que él deseaba
discutir, echó mano de los puntos suspensivos, y suprimió la aparición de las
liturgias semipaganas desde el siglo segundo, no obstante ser tan demostrativa del
cambio de carácter de la Iglesia primitiva como la adoración de los santos
milagrosos.
Si no hubiera hecho eso no habría podido exclamar con arrogancia: "Desafío

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formalmente al doctor de la Torre a que pruebe que, idolátrico o no, hubo ese culto
de los santos milagrosos en el siglo II". En el terreno de las liturgias semipaganas
se encontraba vencido mientras que los, santos, como han proliferado
sucesivamente en diecinueve siglos, le permiten enredar el asunto y atribuirse una
victoria. ¿Puede darse una puerilidad más calificada?1.
La mutilación maliciosa de mis palabras coloca este punto, como ya lo dije,
fuera de la cuestión social, pero, asimismo, vista la confusión de nociones sobre la
historia de la Iglesia que revela el señor cura rector de la Capilla del Carmen, y
vista la presuntuosidad del "desafío" que me lanza, no estará de más que diga
algunas cosas sobre esa historia de la Iglesia, donde la tergiversación de los hechos
florece como las enredaderas en el trópico.

LA HISTORIA REALISTA DE LA IGLESIA

En nuestro tiempo y desde muchos siglos atrás -desde los días obscuros de
la Edad Media- el espíritu de la gente está preparado para creer que la predicación
de Jesús y su crucifixión, fueron acontecimientos que conmovieron al pueblo hebreo
y llenan una época; y se cree también que la organización de la nueva Iglesia que
concluyó siglos después por dominar el mundo occidental, tiene anales
documentados. Nada de eso es exacto.
En Jerusalén la muerte de Jesús fue un acontecimiento sin trascendencia.
Ningún historiador lo menciona y sólo Josefo consigna incidentalmente el nombre
de Jesús2. Los discípulos continuaron viviendo obscuramente, y muchos años
después dieron forma evangélica a las leyendas corrientes, que ya estaban
considerablemente alteradas y adulteradas, como sucede siempre con las leyendas.
Exactamente lo mismo sucede con la historia de la Iglesia durante los
primeros siglos. En sus episodios concretos carece en absoluto de autenticidad pero
puede admitirse como cierta en sus lineamientos generales. A un creyente le es
fácil comprar en una librería una historia de los Papas, aprobada por la Iglesia.
Comenzará en San Pedro y el adquirente aprenderá muchas cosas, con lo cual
quedará muy satisfecho. Sin embargo, lo que ha comprado no pasará de ser una
historia fabulosa, compuesta con fines de proselitismo, que no se basará en
ninguna documentación. Con decir que se carece del más ínfimo documento que
pruebe que San Pedro estuvo alguna vez en Roma, está dicho todo.
Parecerá a muchos esta última afirmación estupenda y arriesgada y no es lo
uno ni lo otro, es simplemente la verdad histórica. Igual cosa sucede con la nómina
de los supuestos Papas que pasan por haber sucedido a San Pedro. Fue compuesta
al parecer, ya próximo el tercer siglo, bajo el pontificado de Eleuterio y los nombres
de los Papas correspondientes al primer siglo, si no fueron inventados en absoluto,
fueron tomados de los propagandistas cristianos que alguna actuación habían
tenido y habían dejado el recuerdo de sus nombres.
Se cita como testimonio fehaciente de la presencia de San Pedro en Roma,
el episodio en que habría sido actor, con Simón el Mago, y lo habría contado él
mismo. En efecto, la Costitucione Apostoliche pone el relato en labios de San Pedro.
El relato dice que Simón el Mago luchaba contra los católicos en Roma y les hacía
perder la fe realizando milagros; un día convocó al pueblo a reunirse en el
anfiteatro prometiéndole volar y lo invitó a él –Pedro- a que concurriera. Simón se
elevó por los aires y la multitud lo aplaudió como a una divinidad. San Pedro
agrega que él quedó asombrado y afligido y se puso a rezar comprendiendo que era

1
En su tercer artículo fecha 23 de septiembre el señor Franceschi ha reconocido que en el siglo II los
católicos veneraban (adoraban) a los mártires. Esos mártires son santos; luego ha reconocido lo que al
principio negaba.
2
Pablo de Tarso (entonces Saúl) que vivía en Jerusalén no ha podido dar en sus epístolas un solo dato al
respecto.

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el Diablo y no Dios el que hacía ese prodigio y rogó a Dios que abatiera el orgullo
del impostor y Dios hizo precipitarse a tierra a Simón en una caída catastrófica,
rompiéndose una pierna y dislocándose los dedos de los pies. El primer vuelo sin
motor habría causado así un accidente.
Pero la Costitucione Apostoliche que hace decir a San Pedro todas esas
majaderías, es del siglo V, o sea, 450 años más o menos posterior a la fecha en
que habría ocurrido la historieta y no dice palabra acerca de la fuente donde obtuvo
el relato apócrifo de San Pedro.
La referencia que hago está conforme con lo que dice la Historia de los
Papas de monseñor Agostino Saba, doctor de la Ambrosiana, teólogo versadísimo y
profesor de historia eclesiástica de la Universidad de Milán.
En cambio, si no hay documento alguno que atestigüe que el pescador de
Betsaida, Cafarnaum y Corosain estuviera en Roma en el período que se asigna a
su pontificado -del año 42 al 67- hay pruebas aceptables, de que estaba en
Jerusalén en los años 50 y 51 y sobre todo es evidente que no estaba en Roma en
el año 59 ó 61, cuando San Pablo escribió su epístola a los romanos, pues en ella
nombra a los principales cristianos de Roma y entre ellos no está incluído San
Pedro, ni aludido en forma alguna, dato que confirma monseñor Saba. ¿Cómo sería
posible que S. Pedro fuera Papa al tiempo que S. Pablo anduvo en su peregrinación
evangélica y no lo hubiera conocido? ¿O se harían la "guerre de boutique" los dos
santos?
Pero la historia de la Iglesia, a grandes rasgos, depurada de los fraudes
milagrosos, corresponde a la de su evolución real. Uno de esos rasgos salientes es
el de que poco después de la muerte de Jesús, comenzó dentro mismo del grupo de
sus discípulos, a insinuarse una evolución conservadora, que llevó poco a poco a la
comunidad al abandono de gran parte de las enseñanzas de Cristo, fundadas en la
comunicación directa con Dios y abrió el camino a la creación de las fastuosas
jerarquías sacerdotales que habían de corromperse en la forma que es harto
conocida.
Las manifestaciones precursoras de la adopción total de la actual liturgia
semipagana aparecieron en el siglo II y también entonces apareció el culto idólatra
de lo milagroso, sea que se concretara desde ya en la adoración de determinados
santos -que todavía eran muy pocos- o en la de fetiches y signos milagreros.
Esta breve y clara explicación que tiende a establecer el sentido realista de
la historia eclesiástica de los primeros tiempos, despeja el campo de confusiones, y
no deja de ser exacta porque pretendan oscurecerla los beneficiarios de los
privilegios de que se ha apoderado la Iglesia. Despejado así el campo, paso a
responder a la otra parte del jactancioso desafío que me ha lanzado el señor
Franceschi.

EL CULTO DE LOS SANTOS

"Basta haber leído un simple catecismo como el de Spirago –dice- u otro


equivalente, para saber que el culto de los santos se llama "dulía" -que significa en
castellano veneración y acatamiento- mientras el reservado sólo a Dios se llama
"latría", que quiere decir adoración, habiendo entre ambos una diferencia
específica", y sigue en el mismo sentido con otros argumentos sin interés mayor.
Toda esta explicación no pasa de ser una argucia. A ninguna persona que
conozca la forma en que los católicos fanatizados adoran a los santos milagrosos,
que es exactamente igual a la adoración que recibían los ídolos paganos, se la va a
engañar con la argucia de que no se trata de adoración sino de "veneración". Se
pretende hacer una cuestión de "palabras" de lo que es una cuestión de "hechos" y
se pone en evidencia una perfecta mala fe.
El señor presbítero encuentra la diferencia fundamental en que los paganos
"colocaban su esperanza en los ídolos" y los cristianos no. Pero es demasiado
sabido para que pueda negarse, que las promesas que se hacen a los santos, a fin

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos - 4º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura - I

de obtener beneficios o milagros, o las ofrendas consistentes en la reproducción en


plata u oro del órgano que se supone curado mediante su intervención milagrosa,
prueban que los católicos colocan su esperanza en los santos milagrosos como los
paganos en los ídolos.
No pongo en duda que dentro del casuismo correspondiente, el culto de los
santos se llamará "dulía" y el de Dios "latría". No me opongo a ello pero no es
menos cierto que el culto de la tergiversación se llama "hipocresía".
Se ha frustrado, pues, el desafío jactancioso del señor Franceschi. Estoy
viejo para comulgar con ruedas de molino y somos muchos los que nos
encontramos en ese caso. La adoración cristiana del milagro es igual a la adoración
pagana del milagro, por la muy sencilla razón de que todas las supersticiones son
"esencialmente" lo mismo.

EL FIN DEL MUNDO Y EL REINO DE DIOS

Éste es otro de los temas incidentales de mi conferencia que ha atraído la


combatividad del señor Franceschi. Se vale nuevamente de los puntos suspensivos
para eliminar lo que no le conviene y me hace decir lo siguiente: "La Iglesia...
prorrogó el fin del mundo hasta el año mil. Vuelto a frustrarse el cálculo se ha
convertido el advenimiento del reino de Dios en una promesa incierta, a cumplirse
al fin de los siglos... ". Y agrega a continuación: "A estas afirmaciones del doctor de
la Torre contesto desafiándolo, primero a que me pruebe que la Iglesia prorrogó el
advenimiento del fin del mundo hasta el año mil; segundo que recién después del
año mil el cálculo se ha convertido "en una promesa incierta".
Véase lo que dije yo y nótese lo que el señor presbítero ha escamoteado:
"Jesús anunció el reino de Dios que se realizaría en la tierra a continuación de su
muerte, la que sería a su vez, seguida del fin del mundo. La batalla social habría
terminado de ese modo por falta de combatientes. Pero la predicción de Jesús no se
cumplió y la Iglesia, al verlo, prorrogó el fin del mundo hasta el año mil. Vuelto a
frustrarse el cálculo, se ha convertido el advenimiento del reino de Dios en una
promesa incierta a cumplirse al fin de los siglos, en el supuesto de que los siglos
hubieran de tener fin".
¿Por qué razón ha suprimido el señor presbítero una porción tan
considerable de lo que yo dije y deja sin objeto y sin sentido el párrafo? ¿Por qué
razón su curiosidad crítica se limita a la menudencia de saber si la Iglesia prorrogó
o no por decreto el fin del mundo para el año mil? ¿Por qué razón omite decir que
lo suprimido corresponde a la parte en que trato la cuestión muy importante de
saber si las supuestas recompensas celestiales pueden ser suficientes a los
proletarios para conformarse con la ausencia de justicia social sobre la tierra, como
lo insinúa León XIII?
Elude como de costumbre lo principal y libra su batallita sobre una palabra,
que en este caso es "prorrogar". Vaya con el polemista "alto y limpio".
El anuncio del fin inmediato del mundo entraba dentro de las muchas
ilusiones y errores que campearon en la predicación revolucionaria y socialista de
Jesucristo, consignada en los Evangelios, que son el único texto de que podemos
valernos, pues a diferencia de los otros fundadores de religiones, Jesús no dejó una
sola línea escrita de su mano y los historiadores de su tiempo no atribuyeron a su
doctrina ni a los hechos en que fue actor suficiente importancia como para
consignarlos.
El anuncio del juicio final fue en Jesús, sin duda, un recurso de índole
política y tenía un objeto muy importante y un sentido muy agudo. Quería
atemorizar a las gentes con la visión inmediata de la muerte y seducirlas con el
halago de las recompensas que (a condición de seguirlo) estaban poco menos que a
la vista. "En verdad os digo que no pasará esta generación que no sucedan todas
estas cosas". (Cap. 24, ver. 34, S. Mateo).
¿Era Jesús un visionario que creía de buena fe en lo que decía o era un

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura - I

político que especulaba con la inmensa credulidad del rebaño humano? No hay
interés en averiguarlo. El hecho capital es que el sacrificio de las riquezas, de los
afectos, de los instintos naturales, de los frutos del trabajo, de los vínculos de
familia, que pedía a sus adeptos, mostrando una inhumanidad nunca vista, se
explica tan sólo ante la inminencia de la muerte.
Jesús se equivocó; lo crucificaron en compañía de dos ladrones, y a la
inversa de lo que él esperaba, ni el sol y la luna se obscurecieron, ni las estrellas
cayeron sobre la tierra, ni las pestes acabaron con los hombres, ni los pecados
fueron redimidos. El mundo siguió su marcha como si tal cosa y continúa andando
hasta hoy. Tal es la fría verdad histórica.
Pero los organizadores de la Iglesia católica, hombres muchos de ellos tan
prácticos e inteligentes como San Pablo, el converso, dieron la importancia que
tenía al recurso político genial de que se había valido Jesús y continuaron
desplegando ante la imaginación sobrecogida de los fieles, en aquellos siglos de
profunda ignorancia, la visión del fin próximo del mundo y la concretaron en
profecías y apocalipsis. Así se llegó hasta el anuncio de la gran catástrofe para el
año mil, que el Sr. Franceschi afecta ignorar.
Tan lo sabe, sin embargo, que su artículo menciona libros que se han escrito
a propósito del año mil, a los que podría añadir yo todo lo que se predicó sobre el
tema antes del año mil en las Iglesias medioevales.
¿Qué hace entonces el señor presbítero? Eliminada por él la verdadera
cuestión con el socorrido recurso de los puntos suspensivos, me lanza su desafío a
ver si pruebo o no pruebo "con una acta de la Iglesia" que ésta dio el decreto de
prórroga. Pobre recurso de leguleyo es éste. Yo podría colocarme en el mismo
terreno y contestar: siendo un hecho y una verdad intergiversables que el mundo
católico, bajo la inspiración de sus cantos y de su sacerdocio, esperó el fin del
mundo el año mil, en una crisis de terror sin precedentes, ¿dónde está "el acta de
la Iglesia" que haya desautorizado la superchería? Y el señor presbítero quedaría
frito.
Me desafía, además, a que pruebe que el cálculo del fin del mundo "se ha
convertido en una promesa incierta" recién después del año mil.
Lo sostengo. Después del fracaso de las predicciones del fin del mundo para
el año mil la Iglesia comprendió que no podía, ni le convenía seguir embaucando a
la gente sobre ese particular, y un concilio, el Concilio de Letrán, a principios del
siglo XVI, "prohibió que se fijara fecha al fin del mundo". No porque el señor
Franceschi lo ignore deja de ser rigurosamente exacto y demuestra la importancia
que en su hora tuvo esta cuestión y la que hoy mismo tiene por la situación de
incertidumbre que crea respecto de los muertos.
El Dr. Gustavo Martínez Zuviría, de quien tomo el dato (artículo en "La
Nación", del 25 de diciembre de 1936) reconoce que la Iglesia no se pronunció en
contra de las profecías privadas y agrega en su apoyo ¿cómo explicarse que
muchos santos hayan profetizado acerca del fin del mundo? ¡Compárense la
ilustración y el amplio criterio del Dr. Martínez Zuviría, militante católico insigne,
con la ignorancia del señor cura rector de la capilla del Carmen.
Resulta concluyente entonces que después de la prohibición del Concilio de
Letrán, el reino de Dios, destinado para los católicos a existir después del fin del
mundo, se ha convertido en "una promesa incierta" y, por lo tanto, no puede
exigirse a los proletarios hambrientos que, se conformen con su suerte terrenal a la
espera de recompensas celestiales remotas e inseguras. El señor Franceschi, que
protesta contra la incertidumbre que yo atribuyo al advenimiento efectivo del reino
de Dios, no dice cuándo va a realizarse. ¿Qué mejor demostración de que no lo
sabe y de que ha cometido una imprudencia al querer rectificarme?
No puedo alargar esta defensa hasta el punto de ocuparme de todas las
cuestiones secundarias conexas con las que el señor Franceschi suscita, pero
aclararé algo más el concepto de que el fin del mundo (condición previa al
advenimiento del reino de Dios) es de importancia capital para los creyentes
católicos, vista la situación de los muertos, que ellos no creen muertos

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura - I

definitivamente. Estarían esperando ansiosamente en las antesalas del purgatorio


la concentración del Valle de Josafat para entrar o no entrar al cielo.
La Iglesia actual deja sobreentender a los que mueren bien sacramentados y
munidos de la bendición papal, que podrán entrar al Cielo casi de inmediato, con
sólo llenar pequeños trámites, y no es así. El Evangelio no dice semejante cosa. Los
muertos esperarán el juicio final. De manera que si al mundo se le ocurriera no
acabarse, los muertos se verían defraudados y la Iglesia tendría una grave
responsabilidad. El Cielo continuaría inhabitado.
Igual cosa sucede en relación con los que vinieron al mundo antes de
aparecer "la religión verdadera" o sea el cristianismo, según los teólogos. Los
chinos, los egipcios, los persas, los asirios, los hindúes, etc., que mucho antes de la
Era Cristiana tenían civilizaciones muy avanzadas, algunas de ellas desaparecidas,
no merecieron la atención del Dios personal y eterno de los cristianos. No eran
hombres, por lo visto. No se les reveló en ninguna forma y como no pudieron
adorarlo sin conocerlo, tienen un sitio reservado en el infierno. ¿Puede darse una
injusticia mayor? ¿Puede darse una crueldad más refinada de parte del Ser
omnipotente que no los tuvo en cuenta?
Hoy mismo los católicos son una minoría en el mundo; son 300 millones
nominales en números redondos, contra 1.500 millones más o menos de herejes.
Toda esa muchedumbre de infieles, de los que buena parte ignora hasta la
existencia de la "religión verdadera" se verá condenada por infiel, aun cuando haya
vivido honestamente. ¡Vaya con la justicia divina! ¡Corre pareja con la justicia
social!

EL OCTAVO, NO MENTIR

Cierra su escrito el Sr. Franceschi con lo que llama "una conclusión


postrera", y con el cristiano propósito de calumniarme, habla de una inolvidable
sesión del Senado Nacional "donde se demostró –dice- la inexactitud y la...
transmutación de textos a que yo me entregaba". Los puntos suspensivos, el gran
recurso de este polemista barato, significan, en este caso, que debió emplear un
vocablo más duro, pero me perdonó la vida, limitándose a decir "transmutación de
textos".
El Sr. presbítero falta a la verdad a sabiendas; pero el mandamiento de la
ley de Dios que prohíbe mentir, no obliga, por lo visto, a los curas.
Si alguna vez en mi vida -y han sido muchas- he desvirtuado con absoluta
claridad un cargo (por otra parte insignificante) fue en esa ocasión: y a los que
quieran comprobarlo los remito al Diario de Sesiones del Senado, tomo 3º, páginas
830 y siguientes, que corresponden a la sesión del 5 de enero de 1937.
Aparto en consecuencia la pequeñez intrínseca del asunto y me limito a
señalar la bajeza del móvil, agravada por venir de un sacerdote que ha perdido la
línea.

http://delatorre.webcindario.com

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 5º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – II

LA CUESTIÓN SOCIAL Y UN CURA


II

Réplica al artículo de Mons. Franceschi:


“Hombre, no te enojes...”

El presbítero señor Franceschi ha contestado mi artículo anterior. Sea por


arrepentimiento de lo hecho o por costumbre eclesiástica, de esas que concluyen
por formar una segunda naturaleza, pretende eludir su responsabilidad de
atacante. Hay que verlo retorcer mañosamente el sentido de sus palabras para
comprender cuánto daría por no haberse metido en el atolladero.
Clasifica los “desafíos polémicos” con sutileza teológica. Unos son de orden
general y otros de orden particular. Los primeros abarcan la totalidad de una
cuestión y los segundos uno que otro punto accesorio. En este caso él no se habría
propuesto discutir conmigo el papel que desempeñan los cristianos sociales en la
cuestión social, como parecería lógico, sino la adoración de los santos milagrosos
en el segundo siglo y la fijación del año mil para el fin del mundo.
De ser exacta esa explicación escurridiza, confirmaría aquello de que el pez
por la boca muere. No podría ofrecer yo una prueba más concluyente que ésa, de
la insuficiencia y superficialidad del artículo que he contestado. Yo dije
precisamente: el señor Franceschi no es capaz de sostener un debate serio sobre la
cuestión social y por eso se encierra en un círculo de trivialidades.
Pero no es verdad que limitara oportunamente su desafío a los dos puntos
accesorios a que ahora pretende reducirlo. Busca una escapatoria valiéndose del
único recurso polémico que le ha dado la naturaleza, una imperturbabilidad
estupenda para negar, tergiversar y truncar las propias y las ajenas palabras.
En el párrafo segundo de su artículo inicial dijo: “mi defensa consistirá no en
justificar la insostenible posición del doctor de la Torre, sino en mostrar que no
sabe lo que dice”. Era, pues, una provocación que me lanzaba, y a nadie se le
ocurrirá que yo iba a consentirle en silencio que ocupara las columnas de una
revista, aunque sea de escasa circulación, para demostrar mi incomprensión y mi
ignorancia cuando yo había ocupado la tribuna de un prestigioso instituto de
cultura superior y tratado desde ella una cuestión de gran importancia y
actualidad.
Nótese, además, con cuánto disimulo seráfico y quejumbroso habla de “su
defensa” y no de “su ataque”, siendo notorio que yo hasta entonces no me había
ocupado de él.
Pero en el párrafo tercero fue más explícito y exclamó: “Admito la polémica
siempre que sea alta y limpia”. No sólo prevé la polémica, sino que se adelanta
jactanciosamente a pronosticar sus consecuencias y me atribuye todos los vicios
que él tiene en sus métodos polémicos. Con ese motivo, me adjudicó una media
docena de adjetivos y substantivos injuriosos.
Más adelante me lanzó, por añadidura, sus dos desafíos “especiales” sobre
dos cuestiones accesorias, pero eso no quiere decir que el debate deba limitarse a
ellas. De la extensión de mi réplica a su provocación iba a ser juez yo y no él, y la
simple lectura del título puesto a la cabeza del artículo por el señor cura, que fue
“Ante una diatriba”, y de los subtítulos demuestra que yo he estado en la cuestión.
En el exordio denunció a la execración pública mi pretendido “odio clásico” a la
Iglesia. En el capítulo que titula “Las dos confusiones fundamentales” me llama con
su torpeza habitual comunista vergonzante, etc., etc.; otro lo titula “Afirmaciones
falsas” y alude a la lucha de clases, al Congreso Católico de Lieja, a las encíclicas
papales y a Rusia. Es, pues, falso de toda falsedad que limitara su desafío a los
milagros y al fin del mundo.
Metido en el callejón, y anonadado por su insuficiencia en vez de pedirle al
Dios que adora un nuevo milagro de las lenguas de fuego como aquel que introdujo
el Espíritu Santo en la cabeza de los apóstoles y les dio la capacidad de que
carecían, disimula su huída con argucias, y pretende negarme el derecho de

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – II

contestar todo lo que él ha dicho. Es una manera inelegante de tomar las de


Villadiego... o las de Guadalajara y será por eso que es más moderado en la forma
que la primera vez, sin eliminar del todo la insolencia que le ha dado una
personalidad especial en el clero nacional y extranjero de que padece el país.
Mantiene, sin embargo, con notorio desmedro del prestigio de la Academia
Argentina de Letras (¡!) el estilo pringoso y se permite aludir a la elegancia de la
forma. La elegancia alada del engrudo literario.
Para justificar su horror a las cuestiones principales, sostiene su derecho “a
elegir lo que le venga en gana” (¡!), y después de una numerosa serie de “no
quiero seguirlo”, “lo dejo de lado”, “ya están refutados esos argumentos”, sin decir
cuándo ni cómo, ni por quién, formas específicas de una retirada sin estrategia,
termina su artículo, que mejor le habría sido no escribir, y se va a su casa.
Todo eso es ridículo y en el empeño de encontrarle explicación debo
vincularlo al hecho indudable de que no sólo los católicos en general, sino el propio
clero, puesto en evidencia, han censurado enérgicamente la indiscreción, la
insuficiencia y la grosería mostradas en este debate por el cura rector de la Capilla
del Carmen.

LA IGLESIA Y EL PROLETARIADO

Son de importancia secundaria los dos puntos a que desea limitar la


polémica el Sr. Franceschi (la adoración de los santos milagrosos y el fin del
mundo). Me ocuparé de ellos más adelante y comenzaré por algo que tenga más
alcance e interés. Solamente en un párrafo (un párrafo de 30 líneas en un escrito
de cinco columnas de diario) roza la cuestión social (como si las brasas le
quemaran la mano). No obstante lo cual vuelve a reivindicar para la Iglesia una
alta preocupación por el mejoramiento de la clase obrera. Afirma, con ese motivo,
que si la Iglesia combate el comunismo “es ante todo porque degrada al hombre y
lo convierte en siervo del Estado”.
A fin de no repetir un tema que ya he tratado en la conferencia inicial y en
mi anterior artículo, voy a transcribir unas palabras del Papa Pío X que,
posiblemente, el señor presbítero desearía que no las hubiera escrito. Son
contradictorias con la encíclica Rerum Novarum y son posteriores.
El 18 de diciembre de 1903, Pío X dijo: “La sociedad humana tal como Dios
la ha establecido (siempre le echan a Dios el perro muerto) está compuesta por
elementos desiguales, lo mismo que son desiguales los miembros del cuerpo
humano (no cabe símil más desgraciado); es imposible hacerlos a todos iguales y
sería la destrucción de la sociedad.
“En consecuencia es conforme con el orden establecido por Dios que haya
en la sociedad príncipes y súbditos (tómese nota del adefesio), patrones y
proletarios, sabios e ignorantes, nobles y plebeyos (tómese nota nuevamente), que
unidos todos en un lazo de amor (aquí aparece el fariseísmo) deben ayudarse
recíprocamente a alcanzar su fin último en el cielo, y sobre la tierra su bienestar
material y moral”.
El Dr. Francisco E. Correa, espíritu sereno y luminoso, cuya desaparición fue
una gran desgracia nacional, comentó en 1931 esas palabras del Papa y lo hizo
defendiendo a la Alianza Demócrata-Socialista de ataques sectarios contenidos en
una carta pastoral de los obispos de la Iglesia romana que dirigen la Iglesia
argentina y en un discurso, precisamente del Sr. Franceschi, y dijo:
“Sí; es cierto, desgraciadamente cierto, que hoy por hoy las desigualdades
sociales y económicas son fatales; ¿pero por qué poner ese sello de santidad a la
injusticia y hacerla de voluntad divina? ¿Es que el hombre debe ya abandonar todo
esfuerzo sobre la tierra? Cerremos todavía más ese lazo de amor; ¿pero por qué se
han de abandonar la ilusión y la voluntad de hacer mejor vida? ¿Y qué, aquel
Paraíso que perdió el primer hombre no estuvo también en la tierra? Renovemos el
mito y creamos que por el arduo trabajo y el largo dolor el hombre se redima del

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – II

pecado original, sea el pecado de curiosidad contra Dios, sea el pecado de la vileza
de su origen desde el barro de la materia. ¿Es soberbia? Sí; pero si es bella la
humildad por el amor, es también bella y fecunda la soberbia por la esperanza”.
“No es cierto que todas las desigualdades -continúa el doctor Correa- sean
por la voluntad divina. ¿No hemos borrado aquí, en este rincón del planeta, las
desigualdades que dice el Pontífice, de príncipes y súbditos, de nobles y plebeyos?
¡Y el episcopado argentino quiere restablecerlas!”
Profundas y admirables palabras que me eximen de volver sobre una
cuestión que el señor Franceschi no logra entender por más claramente que se le
explique. Pasaré al segundo aspecto, o sea a las razones que da la Iglesia para
combatir el comunismo: “que degrada al hombre y lo convierte en siervo del
Estado”.

LA IGLESIA Y LA DOCTRINA COMUNISTA

Lejos de mí la idea de que la Iglesia adhiera al comunismo. De tomar esa


actitud perdería lo que más estima en su vasta grey de fieles: los ricos. Continúe
en su posición, que es lógica con su ideología contraria a la de Cristo y le es
provechosa; pero no me niegue el señor Franceschi, si tiene buena fe, el derecho
de probar que Jesús pensaba y obraba en desacuerdo con la Iglesia católica actual,
que ha evolucionado desde hace muchos siglos hacia el polo opuesto de lo que él
decía y hacía.
Abramos el Evangelio de Lucas.
No se crea que omito darle el título de santo por irreverencia, sino por un
escrúpulo bibliográfico. Cuando escribió el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles
no era santo todavía; era o había sido el acompañante de Pablo de Tarso en sus
peregrinaciones evangélicas, quizás su secretario.
En el versículo 33 del capítulo XII, Lucas pone en labios de Jesús estas
palabras, que se encuentran también en los otros Evangelios: “Vende lo que tengas
y dáselo a los pobres”. Y en el versículo 33 del capítulo XIV estas palabras; “El que
no renuncie a todo lo que tiene no puede ser mi discípulo”.
¿Repiten hoy los Papas esas sentencias? ¿Las cumplen los clérigos
prestamistas y los católicos en general? ¿Expulsa la Iglesia por indignidad e
inconsecuencia con el Salvador a los que tienen bienes y los conservan? Todo lo
contrario; la Iglesia acoge a los ricos y a los usureros y los trata como a hijos
predilectos, y el señor Franceschi, que también los acoge emocionado en su capilla,
rehuye el debate y se limita a decir que yo repito argumentos ya refutados.
Argumentos conocidos, podrá ser cierto, pero jamás han sido refutados, y el
señor Franceschi no los refuta ahora porque son irrefutables.
Los dos versículos que acabo de citar no son los únicos de esa clase, pero
son exponentes concretos de la doctrina fundamental de Jesús en materia social.
Puedo ampliarlos: el 30 del capítulo VI, dice: “Da lo que te pidan y al que se
apodere de lo tuyo no se lo reclames”. En los tribunales de toda la cristiandad
puede encontrarse la prueba de que los católicos reclaman la devolución de lo que
se les quita; el número 25 del mismo capítulo dice: “¡Ay de vosotros los que estáis
hartos porque tendréis hambre, ay de vosotros los que reís, porque lloraréis y
gimiréis”, y en el versículo 20 del mismo capítulo está la famosa sentencia:
“¡Bienaventurados los pobres, porque de ellos será el reino de los cielos!”
En el Evangelio de Mateo este versículo tiene otra redacción y dice:
¡Bienaventurados los pobres de espíritu, etc.”. Pero el Evangelio de Mateo y el de
Juan son apócrifos y el de Lucas, como el de Marcos, son auténticos. Ya había
muerto Mateo cuando se le atribuyó su Evangelio y Juan tenía más de noventa años
cuando se le atribuyó el que pasa por suyo.
No se comprende, por otra parte, la razón por la cual la idiotez sería un
título especial y preferente para entrar al reino de los cielos, y, en cambio, la simple
pobreza lo era, de acuerdo con el sentido estricto de la parábola de Lázaro, la

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parábola del mendigo y el rico; según ella, el rico se va al infierno nada más que
por ser rico y Lázaro es subido al cielo por los ángeles, nada más que por ser
mendigo (capítulo XVI, versículos 19 a 25).
Yo no sé dónde podría aparecer la “lucha de clases” bajo un aspecto más
crudo. Y como fue la primera vez en la historia que se presentó así, puede decirse,
sin forzar la expresión, que Jesús ha sido el precursor de la lucha de clases. Sin
embargo, ni la policía ni el Ministerio del Interior incluyen el Evangelio entre los
libros prohibidos.
La parábola de Lázaro se complementa con el otro versículo: “Antes pasará
un camello por el ojo de una aguja, que un rico entrará al reino de los cielos”; y en
otro capítulo se dice que el Diablo es el dueño de los bienes que hay en la tierra.
De todos estos textos surge evidentemente que la Iglesia Católica actual
(cuyo pensamiento acabo de exhibir en el párrafo transcrito del motu proprio de Pío
X), se ha colocado, en absoluto, no sólo fuera de las ideas de Jesucristo, sino en
oposición a ellas. No puede entonces apoyarse en ellas, puesto que Jesucristo no
pensaba que la comunización de los bienes “degrade al hombre”.

LA EVOLUCIÓN MATERIALISTA DEL CRISTIANISMO

La historia del catolicismo se ha falsificado en tal proporción y con tal


impavidez que el vulgo no sabe hoy a ciencia cierta quién fue Jesús de Nazaret, ni
lo que efectivamente predicaba, ni lo que hizo, ni lo que después de su muerte
hicieron sus verdaderos discípulos. En general se repite maquinalmente lo que
cuentan y dicen los que se han valido de su nombre y han puesto a su amparo
supercherías enormes y el interés de una construcción religiosa que él repudiaría si
la conociera, dentro de la lógica de su vida y de su muerte.
Jesús de Nazaret, hijo del carpintero José y no del Espíritu Santo, fue más
que un reformador religioso, un reformador social. No puede ser considerado “en
primer termino” un reformador religioso el hombre que dijo: “No penséis que he
venido a abrogar la ley o los profetas; no he venido a abrogarlos sino a darles
cumplimiento: porque en verdad os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra no
pasará de la ley ni un punto, ni un rasgo, sin que todo sea cumplido”. (Evang. de
Mateo, cap. 5º, versículos 17 y 18).
Jesús quería purificar la religión judía y no abolirla; el catolicismo, sin
embargo, ha erigido en culto el odio al pueblo judío y a su religión, que no debía
pasar, según el Maestro. Jesús despreciaba a los fariseos, a los saduceos, a los
levitas, a los frailes de toda especie (raza de víboras, les decía) y aspiraba a la
supresión del clero y de la liturgia y a la comunicación directa con Dios, dentro de
los conceptos de la ley hebraica. Se inspiraba en los profetas de Israel y los
invocaba continuamente. Los doce apóstoles (Judas Iscariote fue reemplazado con
Matías) y sus hermanos Santiago y Judas (o José) continuaron después de su
muerte cumpliendo estrictamente la ley hebraica, y sólo Juan en su vejez empleaba
la voz “judío” en la acepción de enemigo.
El cristianismo primitivo era algo así como una de las tantas sectas dentro
del judaísmo, y los discípulos hierosolimitanos de Jesús no salieron de ese papel.
Fue Pablo de Tarso, apóstol de los gentiles, como él mismo se llamaba, San Juan en
sus últimos años y los presbíteros romanos, los que dieron el golpe de timón
decisivo, después del cual surgieron las características opuestas de las iglesias
cristianas de Roma y Jerusalén y la ruptura irrevocable, seguida del odio al
judaísmo en la primera. Todo esto se encuentra ampliamente demostrado en
Renán.
Es entonces cuando la iglesia de Roma tira por la borda los dos principios
fundamentales de la predicación de Jesús, que eran un obstáculo para su
organización, su expansión y su triunfo temporal. No se volvió a hablar en
Occidente, hasta Lutero, de la “comunicación directa con el Padre Celestial” (lo que
hubiera impedido la formación del clero profesional que levantaba la cabeza en

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Roma), ni se tuvo en cuenta en adelante la “renuncia de bienes” y “el reparto de


ellos a los pobres”, que los apóstoles y discípulos de Jerusalén practicaban.
El instinto o el genio político de los que ambicionaron y entrevieron desde
entonces la dominación del mundo con la incorporación de los gentiles y no
circuncisos, desterró el ideal religioso y el ideal “humanitario” del cristianismo
auténtico.
Pablo de Tarso triunfó sobre Jesús de Nazaret y le quitó su Iglesia a sus
continuadores, aun cuando hiciera su propaganda invocando y adorando el nombre
de Jesús. Los hechos históricos irrefutables están a la vista y el señor Franceschi no
podrá cambiar una coma en los textos del Evangelio que he citado, cuyo sentido es
intergiversable.

EL PRIMER ENSAYO COMUNISTA

En Jerusalén se puso en práctica la entrega de los bienes a la comunidad por


los cristianos. Lucas refiere en el capítulo IV de Los hechos de los apóstoles esa
fase inicial del cristianismo judío. Dice así (32): “Y de la muchedumbre de los
creyentes el corazón era uno y el alma una y ninguno de ellos decía ser suyo
propio nada de lo que poseía, sino que todas las cosas les eran comunes. (35) Y no
había ninguno necesitado entre ellos, porque cuantos poseían campos o casas las
vendían. (35 y 36) Y lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartían a cada uno
según lo que había menester; y José como tuviese un campo lo vendió y llevó el
precio y lo puso a los pies de los apóstoles”.
Nótese la exacta coincidencia con el apotegma bolchevique “a cada uno
según sus necesidades”, que el señor Franceschi encuentra degradante para el
hombre y viene de Jesús y los apóstoles.
Para administrar los bienes de la comunidad se creó, según Lucas, el comité
(el soviet) de los siete diáconos y nombra a los elegidos, que lo fueron por votación
entre todos, y se llamaban: Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y
Nicolás.
Refiere también Lucas en los Hechos el episodio terrible en el que un
hombre y su mujer pagaron con su vida el delito de haber ocultado una parte de
sus bienes y jurado en falso. Es interesante transcribirlo, del capítulo V, versículos
1 a 10.
“Y un varón de nombre Ananías –dice- con su mujer Safira vendió un campo
y defraudó del precio consintiéndolo su mujer y llevando una parte la puso a los
pies de los apóstoles. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué tentó Satanás tu corazón
para que mintieses tú al Espíritu Santo y defraudases del precio del campo? Tú no
mentiste a los hombres, sino a Dios.”
“Ananías luego que oyó estas palabras cayó y expiró; y vino un gran
temblor sobre todos los que lo oyeron y levantándose unos mancebos lo retiraron y
llevándole lo enterraron.”
“Y de ahí como al cabo de tres horas entró también su mujer, no sabiendo lo
que había acaecido. Y Pedro le dijo: ¿Dime, mujer, vendiste por tanto? Y ella dijo:
Sí, por tanto. Y Pedro a ella: ¿Por qué os habéis concertado para tentar al Espíritu
Santo? He aquí a la puerta los pies de los que han enterrado a tu marido y te
llevarán a ti. Al punto cayó ante sus pies y expiró. Y habiendo entrado los
mancebos la hallaron muerta y la llevaron a enterrar con su marido”.
Esa comunidad cristiana de Jerusalén fue una organización comunista
perfecta desde la muerte de Jesucristo hasta la desaparición de los apóstoles. No
subsistió porque no podía subsistir. Jesús no vio que si el poder político no pasaba
a manos del proletariado los ricos serían más fuertes que los pobres. Los fariseos y
saduceos lo vencieron y lo crucificaron y su construcción inconsistente desapareció
con el tiempo.
No me propongo con estas reflexiones enlazar el cristianismo primitivo con
el marxismo actual. El concepto social de Jesucristo era utópico y demagógico y el

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – II

de Carlos Marx filosófico y orgánico: pero uno y otro sistema son eslabones de una
cadena que se cortó hace dos mil años.
La Iglesia de Roma fue poco a poco aligerándose de la carga de idealismo y
“humanitarismo” que había creído legarle Jesús, y el edicto de Milán le dio en el
siglo IV el rango de Iglesia oficial del Imperio Romano moribundo, y pronto sus
Papas se parecieron más al sumo pontífice saduceo Caifás que al romántico
nazareno que lo despreciara y apostrofara.
¡Hablen los prelados católicos con menos inconsciencia cuando invoquen el
nombre de Jesús para combatir el concepto que él profesaba sobre la propiedad y
sus discípulos no romanos practicaron! Los que no procedan así quizá oigan alguna
vez en la alta noche el apóstrofe del Maestro: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos
hipócritas!
Cuando digo la Iglesia romana no excluyo las contadas excepciones; me
refiero, como el señor Franceschi lo desea, a la dirección impresa por los Papas y
concilios. No faltó algún obispo que predicara en el desierto reclamando la venta de
los bienes y su entrega a los pobres, y a las puertas del siglo XIII el pobrecito de
Asís daba un ejemplo no sobrepasado de pobreza. Ése era el cristianismo de
Jesucristo. Si la Iglesia lo considera impracticable dígalo con franqueza y apártese
honradamente del Salvador. No explote su nombre para restaurar las prácticas y
los conceptos que él aborrecía.
Por eso dije con sobrada razón en mi conferencia: “La desgracia de Jesús no
consiste en haber sido crucificado; mártires ha habido muchos y muchas veces
también han fructificado y vencido las ideas en cuya defensa se derramó la sangre
de los mártires; la desgracia de Jesús consiste en haber dado su vida y que nada
de lo que él apostrofaba haya cambiado.
La desgracia de Jesús consiste en haber dado el triunfo a una Iglesia que
andando el tiempo restaura sin variantes los caracteres típicos de la Iglesia impura
de Jerusalén, su victimaria”.

EL ESTADO PERSEGUIDOR

Vivimos un momento histórico en el cual el gobierno argentino sugestionado


por lo más sectario que tiene el clericalismo con y sin hábitos, se alza iracundo
contra la libertad de pensar. Sus fiscales, sus jueces, sus ministros, sus
legisladores, su policía, encuentran en todas partes doctrinas “disolventes” y las
cárceles se pueblan de acusados. En el Brasil sucede lo mismo.
Examinada la doctrina social de Jesucristo en la forma en que acabo de
hacerlo, cabe preguntar por qué razón se prohíbe la venta de libros menos
“disolventes” que el Evangelio y no se prohíbe la del Evangelio mismo. Si un orador
o un escritor dijeran la mitad de lo que contienen ciertos versículos irían a un
presidio.
He citado apotegmas relacionados con la propiedad en común y con la
exacerbación de la lucha de clases entre pobres y ricos, que el señor Franceschi,
por lo visto, no conocía, y me sería fácil citar otros referentes a las relaciones de
familia y demostrar la crudeza y la inhumanidad que Jesús de Nazaret ponía
respecto de ellas en sus predicaciones. La familia en el Evangelio no es la “célula
social” que quiso suprimir el maximalismo ruso en los primeros años, con grande y
justo escándalo de la Iglesia. Igual cosa podría hacer respecto del trabajo.
Jesucristo nunca trabajó ni creyó que fuera necesario trabajar (tampoco lo creyó el
de Asís). De ahí la hermosa imagen que le atribuye el capítulo VI, versículo 18 del
Evangelio de Mateo: “¿Y por qué andáis acongojados por el vestido? Considerad
cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan”.
Si en una calle de esta capital se abriera una escuela y se colocara en ella
un letrero que dijese: “si alguien viene hacia mí y no odia a su padre y a su madre,
a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas y aun también su propia
vida, no puede ser mi discípulo”, cinco minutos después la policía cerraría la

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escuela y el maestro iría a entenderse con la justicia de instrucción.


Sin embargo, se habría limitado a transcribir en ese letrero incalificable el
versículo 26, capítulo XIV del Evangelio de Lucas. Jesús lo habría dicho al pie de la
letra.
Esas monstruosidades que ocultan los clérigos a las mujeres devotas tienen
sus raíces, es claro, en el Antiguo Testamento, que era la ley inmutable para Jesús,
y sigue siendo un libro sagrado para la Iglesia Católica. El Eterno habla siempre
con acento terrible y es vengativo y cruel y Jesús pertenece a la familia. Puede
instruir de la forma en que las gastaba Dios en aquellos remotos tiempos el
siguiente resumen fiel y en parte copia textual de los versículos del capítulo 28 del
Deuteronomio, quinto libro del Pentateuco dictado a Moisés por el Espíritu Santo,
por encargo de Dios, aserto de una verdad canónica consagrada.
“Si no quieres escuchar la voz del Eterno serás maldito en la ciudad y
maldito en el campo, maldito el fruto de tu vientre y maldito el fruto de tu tierra. El
Señor te herirá con suma pobreza, con calenturas y frío, con ardor y bochorno y
aire corrompido y te perseguirá hasta que perezcas y tu cadáver sea alimento de
todas las aves del cielo y bestias de la tierra. Hiérate el Señor con las úlceras de
Egipto y con sarna y comezón en la parte del cuerpo por donde se excrementa, de
manera tal que no puedas ser curado. Tomes mujer y otro duerma con ella,
edifiques casa y no la habites, sea degollado tu buey delante de ti y no comas de
él, sea robado tu asno y no te lo devuelvan, sean entregadas tus hijas a otro
pueblo viéndolo tus ojos; hiérate el Señor con úlceras malísimas en las rodillas, en
las pantorillas y desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza. Y comerás el
fruto de tu vientre y la carne de tus hijos y tus hijas en la angustia y
desesperación”.
Podría hacer más extenso este resumen, pues tendría a mi disposición 68
versículos, pero con lo transcripto me parece que se conformará el más exigente.
Los libros sagrados en general han sido hechos por visionarios, paranoicos y
embaucadores. La humanidad creyente los venera y se enseñan en las iglesias y
las escuelas.
Volviendo al versículo de San Lucas en que Jesús exige que se odie a medio
mundo para ser su discípulo, muchos no se explicarán el motivo. Yo tampoco me lo
explico. Quizás podría explicarlo el señor Franceschi. Pero explicado o inexplicado
el versículo ahí está y la policía no prohíbe que se venda el libro que lo contiene y
persigue a los que venden cualquier folletito izquierdista.
La diferencia consiste en que los colectivistas serían capaces de poner en
práctica lo que dice el folleto, y la Iglesia, como Jesús ya se ha muerto y ella sabe
que no ha resucitado, usurpa su nombre impunemente, y propaga lo contrario de
lo que él pensaba, y cuando, como ahora, se le reprocha el abuso, se ríe de los
pececillos de colores. A los sectarios que constituyen su capital fijo, no les entran
balas.

EL FIN DEL MUNDO Y EL SEÑOR FRANCESCHI

Haré el gusto a mi polemista en retirada y volveré sobre esta cuestión que


tanto le interesa, pero a fin de sacarla de la puerilidad casuística en que se empeña
en sumergirla le daré amplitud. De ese modo se convertirá en una cuestión
interesante de historia eclesiástica. El señor presbítero habrá leído probablemente
más historia que yo. Sería lo lógico, pero no le ha aprovechado.
No me limitaré exclusivamente, como él exige, a averiguar si la Iglesia dio
un decreto, con adecuados considerandos, fijando día y hora en el año mil para el
fin del mundo. El proceso es más complejo.
El fin del mundo, condición previa para la resurrección de los muertos y el
advenimiento del reino de Dios, fue la preocupación central del cristianismo
primitivo. Jesús había ofrecido una recompensa al contado, a los que adhirieran a
su secta. “Y luego –dijo-, después de las tribulaciones de aquellos días, el sol se

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obscurecerá y la luna no dará su lumbre y las estrellas caerán del cielo y las
virtudes del cielo serán conmovidas. En verdad os digo que no pasará esta
generación que no sucedan todas estas cosas”. (Evangelio de San Mateo).
Se vivía y se actuaba alrededor de ese concepto terrible, y los fieles
discípulos esperaban sin cesar al divino maestro que descendería de una nube para
presidir el juicio final y abriría las puertas del cielo a los elegidos, los que gozarían
desde ese momento de la bienaventuranza eterna.
A medida que pasaba el tiempo y nada ocurría se preguntaban con
ansiedad: ¿puede el hijo de Dios haberse equivocado? Es imposible después de
2.000 años averiguar si el Hijo de Dios, que era el hijo del carpintero de Nazaret,
había procedido como un visionario de buena fe (que es lo probable), o si había
inducido en error conscientemente a sus discípulos. Pero éstos le habían creído y
esperaban verlo bajar de la nube. Por otra parte, la doctrina predicada resultaba
incoherente e insuficiente sin el próximo advenimiento del reino de Dios. Los fieles
estaban desconcertados.
El tiempo, por su parte, corría con velocidad, y llegaron los días siniestros de
la guerra de Judea, de la toma y destrucción de Jerusalén por los romanos y del
incendio del templo. A los cristianos no les cupo duda entonces de que el fin del
mundo era inminente e interpretando una obscura profecía concluyeron en que
debía producirse a más tardar dentro de tres años de la destrucción del templo.
Proliferaron entonces los apocalipsis y sus visiones terroríficas. Uno es de
Juan el apóstol (después San Juan) y otros son apocalipsis apócrifos de escribas
judíos que toman el nombre de cualquier profeta, como sucede con el apocalipsis
de Esdrás, llamado “IV libro de Esdrás” o el igualmente apócrifo de Baruch. Y cosa
singular, el apocalipsis de Esdrás no despertó interés en los judíos, mientras
apasionaba a los cristianos, por estar imbuídos éstos de la profecía de Jesús y
desorientados por su fracaso. Mucho tiempo después, allá por el cuarto siglo,
todavía San Ambrosio se extasiaba en la lectura del supuesto cuarto libro de
Esdrás.
Del apocalipsis de San Juan extrajeron muchos cristianos la conclusión de
que el reino de Dios duraría 1.000 años y creyeron que el año mil traería el fin del
mundo. En aquella época de tan profunda ignorancia y de tan sobresaltado
misticismo ambas ideas se mezclaban. Después del primer siglo continuaron
actuando los profetas del fin del mundo, entre los que descuellan santos famosos,
como San Justino y San Ireneo. También San Malaquías hizo baza, aunque en
forma indirecta, profetizando sobre el fin de los pontífices, o lo que tanto da, el fin
del mundo. La secta de los “milenaristas”, que sostenían que el reino de Dios sólo
durará mil años, no satisfizo a los Papas, que aspiran a una más larga duración de
la bienaventuranza, pero se extendió asimismo a toda Europa y ha seguido dando
juego a las disputas teológicas hasta tiempos muy recientes. Los mormones
también anduvieron mezclados en el asunto. La Iglesia oficial observó distintas
actitudes; censuró a unos, estimuló a otros, pero el hecho indudable es que la
cristiandad siguió esperando la catástrofe; y la Iglesia, a fin de no ponerse en
pugna con un sentimiento fuertemente arraigado entre los fieles, dejaba pasar
cualquier superstición, y cuando ésta se concretó en el año mil -lo que dejaba
muchos años por delante para arreglarse- con mayor razón. Se produjo entonces
un alivio inmenso en la cristiandad: ¡Jesús podría estar en retardo, pero no había
engañado a su rebaño! Por otra parte, como es lógico, habiendo tantos pecadores
y pecadoras que se irían al infierno, al aproximarse el año mil se produjo un gran
pánico que ha sido narrado y probado por Michelet, Sismondi y otros. No es
autoridad el señor Franceschi para desdeñarlos citando autores de menos valor, sin
dar detalles auténticos de lo que dicen.
Yo manifesté en mi conferencia que visto el fracaso de la profecía de Jesús,
la Iglesia prorrogó el fin del mundo para el año mil, entendiendo por iglesia la
comunidad de los fieles; yo no dije que el Papa precisamente lo hubiera hecho, y
menos en papel de oficio. Mi expresión fue visiblemente irónica y hasta burlona.
Pero el señor Franceschi no ve ni eso y calándose los anteojos de cura rector de

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una capilla, hace una cómica disertación a propósito del decreto que yo jamás he
invocado ni aludido. ¡Lo que me ha divertido tanta puerilidad!
Niego que la Iglesia sea el Papa o los Concilios exclusivamente. No tiene
razón en pretenderlo el señor Franceschi. Cuando un observador consciente
comprueba que un sentimiento, una idea o una superstición son compartidos por
los fieles católicos en general, está autorizado a decir que ese sentimiento, esa
idea o esa superstición animan a la Iglesia Católica. Y eso es lo que he dicho.
La comunidad cristiana no sólo esperó el fin del mundo el año mil, sino que
continúa prorrogando prácticamente cada día el cumplimiento de la profecía. Lejos
de ser una irreverencia, es un desagravio a la memoria de Jesús, que está en falla.
Los presbíteros en general (y estoy convencido de que el señor Franceschi también
lo hará) hablan vagamente a los fieles en ese sentido, aun cuando muchos sepan
bien que el fin del mundo cuando llegue (si llega), será un acontecimiento
remotísimo que se produciría (en caso de producirse) dentro de las leyes naturales,
sin que Jesús baje en una nube (hago notar el error de creer que las nubes son
sólidas), sin que resuciten los muertos y sin que caigan sobre la tierra el sol y las
estrellas, error de concepto fantástico que proviene de que los profetas bíblicos,
Jesús y los apóstoles, ignoraban que cualquiera de esos cuerpos celestes es
infinitamente más voluminoso que la pequeñísima y despreciable tierra.
Lo ignoraban y creían que la tierra es el centro del Universo y el hombre el
rey de la Creación (por ahí anda la Iglesia Católica todavía). El Apocalipsis de San
Juan habla en los capítulos 8º y 9º de una estrella que cayó del cíelo “en la tercera
parte de los ríos” y se metió en un pozo humeante. Vale la pena transcribir esa
maravilla.

DEL CAPITULO VIII

“El tercer ángel tocó la trompeta: y cayó del cielo una grande estrella,
ardiendo como un hacha, y cayó en la tercera parte de los ríos, y en las fuentes de
las aguas. Y el nombre de la estrella se dice Ajenjo, y la tercera parte de las aguas
se convirtió en ajenjo; y murieron muchos hombres por las aguas, porque se
tornaron amargas. Y el cuarto ángel tocó la trompeta; y fue herida la tercera parte
del sol, y la tercera parte de la luna, y la tercera parte de las estrellas, de manera
que se oscureció la tercera parte de ellos, y no resplandecía la tercera parte del
día, y lo mismo de la noche. Y vi y oí la voz de un águila, que volaba por medio del
cielo, que decía en alta voz: Ay, ay, ay de los moradores de la tierra, por las otras
voces de los tres ángeles, que habían de tocar la trompeta”.

DEL CAPÍTULO IX

“Y el quinto ángel tocó la trompeta: y vi que una estrella cayó del cielo en la
tierra, y le fue dada la llave del pozo del abismo. Y abrió el pozo del abismo; y
subió humo del pozo, como humo de un grande horno; y se oscureció el sol y el
aire con el humo del pozo. Y del humo del pozo salieron langostas a la tierra: y les
fue dado poder, como tienen poder los escorpiones de la tierra. Y les fue mandado
que no hiciesen daño a la hierba de la tierra, ni a cosa alguna verde, ni a ningún
árbol: sino solamente a los hombres que no tienen la señal de Dios en sus frentes.
Y les fue dado, que no los matasen; sino que los atormentasen cinco meses, y su
tormento, como tormento de escorpión cuando hiere a un hombre. Y en aquellos
días buscarán los hombres la muerte, y no la hallarán: y desearán morir, y huirá la
muerte de ellos. Y las figuras de langostas eran parecidas a caballos aparejados
para batalla: y sobre sus cabezas tenían coronas semejantes al oro: y sus caras
eran así como caras de hombres. Y tenían cabellos como cabellos de mujeres. Y
sus dientes eran como dientes de leones”. Y sigue por el estilo todo el capítulo.
Las observaciones de buen sentido que opongo a estos disparates irritan al

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señor presbítero y me acusa de faltar al respeto a las creencias de los católicos.


Entendámonos razonablemente. Ellos, los católicos y los sacerdotes católicos,
menosprecian a su antojo los dioses de las otras religiones, pero ¡guay del que
menosprecie aunque sea un pelo de un caballo del Apocalipsis! Ellos hablan sin
respeto y sin empacho de Buda o de Mahoma, de Júpiter o de Osiris, y eso no es
blasfemar, pero en cuando les tocan un dios de la Trinidad aparece la blasfemia.
Entre una fábula de la mitología griega y las langostas del Apocalipsis
“semejantes a caballos aparejados con cabezas de hombres, pelo de mujeres y
dientes de león”, no hay diferencias específicas. Sólo existen las de la superioridad
literaria de los helenos.
Hipómenes gana la carrera a Atalanta, virgen invicta y hermosa, y obtiene
su mano que ningún rival pudo alcanzar, porque siendo nieto de Neptuno una diosa
le dio tres manzanas de oro para que las fuera tirando en la pista a medida que se
le aproximara la princesa corredora. ¡Eso es bonito! Los presbíteros católicos lo
menosprecian y se extasían ante la sarna y las hemorroides que el Altísimo reparte
con igual iracundia entre los herejes y los católicos no practicantes.

EL PROLETARIADO Y LAS RECOMPENSAS CELESTIALES

Después de la penosa peregrinación por la “selva oscura” de la superstición


a que se ha empeñado en conducirme el señor Franceschi, volveré a la cuestión
que yo había planteado, cuestión importante y seria que deriva de la encíclica
Rerum Novarum. El señor Franceschi pretende substituirla por una cuestión trivial.
Se vale a este fin de sus procedimientos de polemista “alto y limpio”, pero yo no se
lo consentiré.
La encíclica citada dice: “Cuando hayamos dejado esta vida, entonces
solamente comenzaremos a vivir. Dios no nos ha hecho para las cosas frágiles y
caducas, sino para las cosas celestiales y eternas: nos ha dado esta tierra no como
una morada permanente, sino como un lugar de destierro. Que abundéis en
riquezas o que seáis privados de ellas, eso nada importa a la eterna
bienaventuranza”.
Cuando se habla de este modo a los desheredados del mundo, se debe ser
verídico y sincero. Las cosas “celestiales y eternas” deben ser reales y los Papas
sentirse obligados a decir a los proletarios en qué fecha más o menos comenzará la
“eterna bienaventuranza”. No lo dicen, y sin embargo manifiestan que es lo mismo
“abundar en riquezas o ser privado de ellas”, lo que para un obrero significa que
tanto debe darle un jornal de 4 pesos o un jornal de cincuenta centavos.
Hablan así los Papas no obstante la demostración inequívoca de que el
supuesto advenimiento del reino de Dios, en caso de no ser una ilusión, como lo
cree la mayoría, sería por lo menos un “acontecimiento incierto” desde el momento
que los muertos deben esperar el juicio final antes de entrar al cielo. El señor
Franceschi no dice cuándo se realizará.
En los Hechos de los Apóstoles, describe San Lucas el descenso del Espíritu
Santo, por acción directa de Dios, sobre la cabeza de los Apóstoles, de los
discípulos y de otros personajes, y de sus efectos. El Espíritu Santo llegó en forma
de lenguas de fuego y los agraciados se transformaron instantáneamente;
adquirían una amplitud intelectual y una ilustración que nunca habían tenido y
además, el poder de curar y de hacer milagros. Los apóstoles se encontraron en
cinco minutos sabiendo los idiomas de todas las regiones del mundo y predicaban
en cualquiera de ellos y convertían a los infieles extranjeros, tan abundantes en
aquellos tiempos en Palestina y Siria.
¿Por qué razón habrá suprimido Dios, sin motivo alguno, esa inyección
magnífica del Espíritu Santo en los cerebros perezosos de sus servidores? De no
haber cometido ese error no habría cura que no fuese inteligente y la Iglesia no
sufriría el daño que le causan los papeles desairados de sus ministros.

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LA IGLESIA Y LOS MILAGROS

Este otro pequeño punto al que aludí de paso en mi conferencia del Colegio
Libre, se empeña en hipertrofiarlo el señor Franceschi, más o menos como en la
fábula griega el sapo quería hincharse hasta alcanzar el volumen de un buey.
Quiere saber si en el siglo II se adoraban o no los santos milagrosos.
La historia toda de la Iglesia Católica, desde el principio hasta nuestros días,
es la historia del milagro y de la adoración de los milagros y de los santos que
pretenden hacerlos. ¿Cómo se atreve a negarlo el señor presbítero de la capilla del
Carmen?
Según el Evangelio de Mateo (no así el de Marcos) Jesús de Nazaret nació
milagrosamente, por un procedimiento de fecundación artificial que no se ha
repetido y nació en una localidad (Belén) donde nunca estuvieron sus padres. Los
apóstoles viven en el milagro y del milagro. La mitad de los evangelios está
ocupada por hechos de curanderismo que en la actualidad serían perseguidos por
la policía; hoy es un cojo de nacimiento, de edad avanzada, que sale corriendo
como un ciervo apenas el apóstol le coloca las manos encima: mañana es un ciego
que recupera la vista; otro día es la resurrección de un muerto; o bien Jesús
camina sobre las aguas, da de comer a cinco mil personas (que nunca estuvieron
reunidas en ese número a su alrededor) con cinco panes y dos peces, o convierte
el agua en vino o en otras suertes de prestidigitación por el estilo, que culmina en
su propia resurrección y en sus apariciones post mortem en Jerusalén y Galilea.
Una comunidad o iglesia mentalmente envenenada por el milagro y
preparada para adorarlo no está, sin duda, muy lejos de las comunidades del
mundo antiguo, que siempre y en todas partes adoraban ídolos representativos de
las fuerzas de la naturaleza o del desequilibrio morboso de los semidioses.
El sentido común pudo anticipar lo que sucedería en el cristianismo, o sea,
prever que los católicos antes del siglo II, durante el siglo II y después del siglo II,
hasta hoy, adorarían lo milagroso en forma de santos que curan las enfermedades
o hacen encontrar novio a las chicas, es decir, en todas las formas equivalentes de
la antigua idolatría del paganismo o de las religiones aun más inferiores de ciertas
regiones del Asia, del África y de la Oceanía.
La Iglesia Católica pretende excluirse de esa equiparación, que es de una
evidencia deslumbrante, a favor de un juego infantil de palabras, consistente en
decir que los católicos no “adoran” a los santos milagrosos sino que los “veneran”.
Así es; y nosotros nos chupamos el dedo.
Esa sutileza canónica es de una hipocresía que unas veces se me ocurre
candorosa y otras impávida. El descubrimiento no pertenece al señor Franceschi:
lleva el sello oficial de la Iglesia y se lo dicen “entre ellos” en voz baja en la
penumbra de las naves solitarias y en los confesionarios. Pero el señor Franceschi
ha querido poner algo de su cosecha y ha encontrado un argumento que no tiene
desperdicio.
“Para el doctor de la Torre –dice- adoración y veneración no son dos
conceptos distintos, sino tan sólo palabras diversas para designar un mismo
sentimiento”. (Es falso, de toda falsedad), “¿De modo –agrega- que con esta lógica
un niño que venera a su abuelo lo adora, es decir lo reverencia estrictamente como
a Dios?”. Y después de esta fantástica trouvaille se pregunta: “¿puede darse mayor
disparate?”.
Efectivamente, eso sería un disparate a condición de que yo lo hubiera
dicho, pero yo no lo he dicho. Es una nueva tergiversación pueril del polemista
“alto y limpio” que destruiré en pocas palabras.
Yo no he dicho jamás que adoración y veneración no sean dos conceptos
distintos. Lo son efectivamente. Yo he dicho otra cosa: yo he dicho que la Iglesia
llama hipócritamente veneración de los santos a la adoración o culto idólatra de los
santos milagrosos.
Nunca he conocido a un niño que adore a su abuelo como a Dios y tenga por

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él otra cosa que afecto y veneración. Le pide que le compre caramelos o lo lleve al
cinematógrafo, pero nunca espera que su abuelo, mediante un milagro, le cure el
dolor de barriga; y aun en el supuesto caso de que hubiera sucedido esto último
alguna vez, el niño no habría construído un altar a su abuelo, ni habría colgado en
él una ofrenda consistente en un vientre de plata.
En cambio en todas las iglesias (y posiblemente en la que regentea el señor
presbítero) los altares están cuajados de piernas, brazos, corazones y otros
cachivaches de plata y oro que los “adoradores” y no “veneradores” de los santos
milagrosos les ofrecen en retribución de titulados milagros que habrían realizado y
la Iglesia acepta así oficialmente la superstición pagana de las curas milagrosas
(Lourdes y Lujan podrían suministrar abundantes ejemplos). No se trata, por
consiguiente, de excesos de los católicos que la Iglesia repruebe, como pretende el
señor presbítero.
De manera que adoración es una cosa y veneración es otra, y cuando yo he
dicho que los católicos rinden culto a los santos milagrosos (porque yo no usé en
mi conferencia la voz adoración) he dicho una cosa cierta y la pretensión de
confundir ese culto con la veneración de los ascendientes, si es un disparate, no es
mío, sino del señor presbítero.
Que la Iglesia haya urdido una teología pueril para oscurecer un hecho
evidente no quiere decir que haya explicado nada.
A veces se producen milagros, sin embargo. El domingo 5 del corriente mes
el cura de un pueblo de la provincia de Buenos Aires, de inclinación radical, se
presentó a votar y el presidente del comicio –conservador- le dijo: “Usted ya ha
votado, puede retirarse”; el cura observó que no podía ser por cuanto no había
estado en ningún momento en el comicio, y recibió la misma respuesta. Dijo
entonces: “Hace veinte años que soy cura de este pueblo y es el primer milagro
que veo”.
Como prueba final de que la Iglesia toda, está compenetrada mentalmente
de conceptos milagreros hasta los límites del absurdo, voy a transcribir en seguida
algunos versículos del Apocalipsis del apóstol San Juan, que darán una idea clara
de la manera como esa prédica es capaz de deformar el cerebro de cualquier
creyente.
Exhibiré así uno de los tantos motivos por los cuales los defensores de la
cultura laica aspiramos a que no se restaure la enseñanza religiosa en las escuelas
argentinas a fin de que no se perturbe a los niños con un cúmulo de disparates
perniciosos que difunden los clérigos y las beatas encargados de impartir esa
enseñanza. A los maestros liberales se les persigue.
Se dirá, si se quiere, que el lenguaje del Apocalipsis es figurado o alegórico,
pero nunca se ha logrado demostrar que tenga algún sentido, así sea alegórico, (lo
que tampoco discierne un niño), escribir disparates de esa magnitud. El niño que
no los comprende se mete en la cabeza ideas supersticiosas que lo perturban. He
aquí, sin mayor selección, algunos versículos; dejo otra infinidad de perlas a la
disposición del que quiera confrontar el original.

DEL CAPÍTULO I

Yo fui en espíritu un día domingo, y oí en pos de mí una grande voz como de


trompeta, que decía: Lo que ves, escríbelo en un libro, y envíalo a las siete iglesias
que hay en el Asia, a Efeso, y a Smirna, y a Pérgamo, y a Thiatira, y a Sardis, y a
Filadelfia, y a Laodicea; y me volví para ver la voz que hablaba conmigo. Y vuelto,
vi siete candeleros de oro; y en medio de los siete candeleros de oro a uno
semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa talar y ceñido por los pechos
con una cinta de oro; y su cabeza y sus cabellos eran blancos como lana blanca y
como nieve, y sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes a latón fino
cuando está en un horno ardiente, y su voz como ruido de muchas aguas; y tenía
en su derecha siete estrellas; y salía de su boca una espada aguda de dos filos; y

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su rostro resplandecía como el sol en su fuerza. Y así que le vi, caí ante sus pies
como muerto. Y puso su diestra sobre mí, diciendo: No temas: yo soy el primero y
el postrero, y el que vivo, y ha sido muerto, y he aquí que vivo en los siglos de los
siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno. Escribe, pues, las cosas que
has visto, y las que son, y las que han de ser después de éstas. El misterio de las
siete estrellas, que has visto en mi diestra, y los siete candeleros de oro; las siete
estrellas son los ángeles de las siete iglesias; y los siete candeleros son las siete
iglesias.

DEL CAPÍTULO IV

Después de esto miré; y vi una puerta abierta en el cielo, y !a primera voz


que oí era como de trompeta, que hablaba conmigo, diciendo: Sube acá, y te
mostraré las cosas que es necesario sean hechas después de éstas. Y luego fui en
espíritu; y he aquí un trono que estaba puesto en el cielo, y sobre el trono estaba
uno sentado. Y el que estaba sentado era, al parecer, semejante a una piedra de
jaspe y de sardia, y había alrededor del trono un iris de color de esmeralda. Y
alrededor del trono veinticuatro sillas, y sobre las sillas veinticuatro ancianos
sentados, vestidos de ropas blancas, y en sus cabezas coronas de oro; y del trono
salían relámpagos y voces, y truenos; y delante del trono siete lámparas ardiendo,
que son los siete espíritus de Dios. Y a la vista del trono había como un mar
transparente como el vidrio semejante al cristal y en medio del trono y alrededor
del trono, cuatro animales llenos de ojos delante y detrás. Y el primer animal
semejante a un león; y el segundo animal semejante a un becerro; y el tercer
animal, que tenía cara como el hombre, y el cuarto animal semejante a un águila
volando. Y los cuatro animales, cada uno de ellos tenía seis alas: y alrededor y
dentro están llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, Santo,
Santo, el Señor Dios omnipotente, el que era, y el que es, y el que ha de venir. Y
cuando aquellos animales daban gloria, y honra, y bendición al que estaba sentado
sobre el trono, que vive en los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se
postraban delante del que estaba sentado en el trono, y adoraban al que vive en
los siglos de los siglos, y echaban sus coronas delante del trono.

DEL CAPITULO VI

Y vi que el Cordero abrió uno de los siete sellos, y oí que uno de los cuatro
animales decía, como con voz de trueno: Ven, y verás. Y miré; y vi un caballo
blanco, y el que estaba sentado sobre él tenía un arco, y le fue dada una corona, y
salió victorioso para vencer. Y cuando abrió el segundo sello, oí al segundo animal,
que decía: Ven, y verás. Y salió otro caballo bermejo; y fue dado poder al que
estaba sentado sobre él, para que quitase la paz de la tierra, y que se matasen los
unos a los otros, y le fue dada una grande espada. Y cuando abrió el tercer sello, oí
al tercer animal que decía: Ven, y verás. Y apareció un caballo negro; y el que
estaba sentado sobre él, tenía en su mano una balanza. Y oí como una voz en
medio de los cuatro animales, que decía: Dos libras de cebada por un denario, mas
no hagas daño al vino ni al aceite. Y cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del
cuarto animal, que decía: Ven, y verás. Y clamaban en voz alta, diciendo: ¿Hasta
cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y no vengas nuestra sangre de los
que moran sobre la tierra? Y fueron dadas a cada uno de ellos unas ropas blancas;
y les fue dicho que reposasen aún un poco de tiempo, hasta que se cumpliese el
número de sus consiervos y el de sus hermanos, que también han de ser muertos
como ellos. Y miré cuando abrió el sexto sello; y he aquí que fue hecho un grande
terremoto, y se tornó el sol negro como un saco de cilicio; y la luna fue hecha toda
como sangre. Y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja
caer sus higos, cuando es movida de grande viento. Y el cielo se recogió como un

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – II

libro que se arrolla; y todo monte, y toda isla fueron movidos de sus lugares. Y los
reyes de la tierra, y los príncipes, y los tribunos, y los ricos, y los poderosos, y todo
siervo y libre, se escondieron en las cavernas y entre las peñas de los montes. Y
decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos de la
presencia del que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero. Porque
llegado es el grande día de la ira de ellos; ¿y quién podrá sostenerse en pie?
He oído hablar alguna vez en ese estilo en el Hospicio de las Mercedes.

VOLVAMOS A NUESTROS CARNEROS

He complacido al señor Franceschi; he aceptado que los aspectos


fundamentales de la cuestión social en relación con la propaganda de los cristianos
sociales, considerados por mí en la conferencia del 17 de agosto, hayan sido
puestos de lado y que mucho tiempo y espacio haya sido absorbido por los
milagros y el fin del mundo. Pero me será imposible cerrar este artículo sin dejar
nueva constancia de algunos puntos cuya discusión el señor Franceschi ha rehuído,
sin contestar debidamente sus alusiones de orden personal.
Dijo el señor Franceschi en su primera arremetida que yo procedo a
impulsos de mi “odio clásico” contra la Iglesia. Lo negué categóricamente, sin
ocultar el menosprecio de orden intelectual que siento por las supersticiones y por
la hipocresía, la perfidia y la perversidad de los sectarios. Pedí, en consecuencia,
hechos concretos de mi actuación pública que prueben que yo he mostrado alguna
vez ese odio clásico. Una obligación de lealtad imponía recoger mi invitación, pero
el señor Franceschi no lo ha hecho. Dejo constancia. Tenía a su disposición mi vida
parlamentaria y mi actuación pública en general, y no ha podido encontrar en ella
ni proyectos de ley contra la Iglesia, ni interpelaciones que la tuvieran en vista, ni
la preocupación de suprimir el presupuesto del Culto, ni arengas anticlericales en
las tribunas populares.
En el Senado se votó el proyecto de creación de obispados y arzobispados,
un día en que yo estaba fuera de la Capital, de manera que no intervine en el
debate. Se sabía que mi voto sería contrario al despacho, pero de moverme el odio
(que habría impulsado a un católico militante contra un proyecto liberal), me
habría preocupado especialmente de no estar ausente de la votación. Cuando se
hicieron las ternas voté para la diócesis de Santa Fe al antiguo y respetable cura de
la Iglesia Matriz de Rosario, con quien tengo buena relación desde hace 30 años.
Se prefirió elegir al señor Fassolino, clérigo de fuera de la provincia, y no se
esclareció satisfactoriamente la observación que se le hacía de no ser argentino.
Y esta última circunstancia no es trivial y la he aludido alguna otra vez,
porque en la actualidad puede decirse que ha desaparecido la Iglesia argentina. La
influencia extranjera predomina en absoluto. Los sacerdotes argentinos que no se
forman a la sombra del Vaticano, en el Colegio Pío Latino Americano de Roma,
encuentran dificultades insuperables para ascender a las altas dignidades. El
patronato nacional se ha vuelto una expresión vacía y ya no hay curas como
aquellos de los primeros años de la Independencia. Ahora hay servidores del Papa.
Mi vida pública no daba, pues, motivo alguno que comprobara el odio
clásico. Pasó entonces el señor Franceschi a mi vida privada, y le sirve de
argumento una carta particular mía que se publicó por venganza. El alma seráfica
del señor presbítero cae en éxtasis ante esa bella acción.
Cuando esa carta privada se publicó en 1931 (a raíz de la proclamación de
mi candidatura a presidente de la República por la Alianza Demócrata Socialista)
expliqué de lo que se trataba, y el señor Franceschi lo calla, pues ello sólo prueba
el profundo menosprecio que me inspiran la superstición y el vicio. Me obliga el
señor presbítero a suplir su silencio de polemista “alto y limpio”.
Vivía yo en aquellos tiempos en el campo, en la provincia de Córdoba, en los
límites con La Rioja, región lejana y primitiva que tiene algo de la Arabia por la
sequedad del suelo y la luminosidad de la atmósfera. En cada pueblecito y aun en

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – II

ranchos de particulares se celebra anualmente la fiesta de algún santo o santa más


o menos milagrero. Los santos se visitan yendo de un sitio a otro. Los escolta una
caravana presidida por la imagen y seguida por la “música” consistente en un
violín, un triángulo y un bombo de cuero de jabalí. Hombres, mujeres y niños a
caballo, en mulas, en burros, en muchos casos a pie, siguen la marcha, envueltos
en densa nube de polvo, sudorosos y en buen número ebrios. Cuando llegan a su
destino comienza la fiesta del santo o santa; el cura, que, en general, ha venido de
afuera por un estipendio, despacha brevemente su sermón o plática que nadie le
entiende, salvo en los pasajes que aluden a los groseros milagros del festejado, y
sin más demora se inician el “beberaje”, el juego, el baile y el amor. La bacanal
dura varios días; el espectáculo es repelente. Yo pasaba una vez por las
inmediaciones de una de esas fiestas divinas y me informaron que el cura, perdidos
a la taba 300 pesos que no tenía cómo pagar, se había dado a beber en su
confusión y en ese momento lloraba a gritos.
La Iglesia consiente esas orgías y la virgen festejada ni siquiera cuida a las
chinitas. Por lo común va una y vuelven dos.
En un extenso radio no queda habitante que no caiga a la diversión. Las
estancias se quedan sin peones y sin patrones. El vicio, la holgazanería y la
superstición imponen su ley.
En una de esas veces, una cuadrilla de peones que colocaba una cañería de
urgente necesidad en mi estancia abandonó el trabajo y se fue a beber y a jugar so
pretexto de adorar a la virgen que mueve la simpatía del señor presbítero. Mis
vacas mugían de sed en plena sequía y los trabajadores bailaban al son del
triángulo, el bombo y el violín. Al dar cuenta en una carta comercial a una persona
interesada en mi trabajo del contratiempo que sufría la hacienda puse la expresión
que se recuerda alusiva a la causante directa o indirecta del daño.
Considero mas explicable y perdonable mi exceso epistolar (que sólo una
infidencia pudo hacer público), que la fría explotación de la infidencia de parte de
un sacerdote y su viable tolerancia de las escenas que he descripto, pues no le
sugieren una palabra de reproche.
Y aun cuando no fuera así, mi exclamación, por más cruda que sea, sólo
prueba el menosprecio que me inspira la explotación del vicio a la sombra de la
bandera amarilla.

RUSIA Y ESPAÑA

Me lanzó el cargo el señor Franceschi de ser panegirista del gobierno de


Stalin y no lo probó. Yo le probé que era falso. Se habrá convencido, puesto que en
su contrarréplica no insiste. Guarda un silencio absoluto. El que calla otorga.
Pero yo le había dicho algo que no podía dejar en pie, al parecer, y sin
embargo, lo ha dejado. Le dije que yo no he ido a Rusia a congratular a Stalin por
los fusilamientos de “trotskistas” (conspiradores y saboteadores) mientras él ha ido
a España a congratular a Franco, cuya investidura sediciosa ha amparado el
asesinato de García Lorca, de los prisioneros de Badajoz y Mérida, de los
republicanos de Galicia, de los parlamentarios republicanos de toda España y la
destrucción de Guernica.
Admití que el gobierno de Rusia ha derramado mucha sangre, pero recordé
que se ha limitado a imitar a Inocencio III, el Papa desalmado (sobre cuya cabeza
descendería a su tiempo la lengua de fuego del Espíritu Santo) que pasó a cuchillo
a los albigenses. Y no quise mencionar lo que fue la Iglesia bajo los Borgia y otra
serie de pontífices condignos o bien cuando vendía las indulgencias por vil moneda.
Entre líneas desliza que son cosas sabidas. Eso es lo grave; y por lo mismo
que son cosas ciertas y sabidas debería el señor presbítero no encontrar culpas
solamente en Stalin. El hombre, vista o no vista hábito, tiene las mismas pasiones.
El lobo pierde el pelo pero no las mañas.
Para terminar con este capítulo dejaré constancia también de que el señor

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Franceschi no insiste ya en la sugestión de un fusilamiento de opositores


argentinos que pudiera tentar el señor Justo.
Ha aceptado -quien calla otorga- que la copia de los procesos de los reos
trotskistas ante la Corte Suprema de la U.R.S.S. circula en el país y que él
tergiversó los hechos a que hizo referencia.

DESDEÑA SU REVISTA

El señor Franceschi tiene una revista y yo no tengo ni un almanaque.


Obligado a contestarle, lo hice en la prensa diaria. No me era posible proceder en
otra forma. Mediante una nueva tergiversación me hace un cargo por ello y
pretende que yo no debía salir de una publicación “técnica”. ¿Qué entenderá por
tecnicismo el señor presbítero?
La tal revista suya circula escasamente y le era forzoso acudir a los diarios si
quería dar difusión a su alegato para mayor lustre de la Academia Argentina de
Letras, en cuyos sillones descuella. No necesitaba pedir permiso a nadie para
hacerlo, pero en los claustros se aprende el disimulo y finge que al acudir a los
diarios se impuso un sacrificio obligado por mí. Ni en los detalles se desmienten los
santos varones.

OTROS ASPECTOS

El origen de esta polémica es conocido; él la inició y fue agresivo sin que yo


me hubiera ocupado de él. Simula ahora haber sido atacado gratuitamente, pero el
público está en autos y eso me basta.
No ha probado tergiversación alguna de mi parte, ni mutilaciones de su
texto, ni la más pequeña falsedad dicha por mí. Y en cambio yo he puesto en
evidencia que pululan en su escrito mutilaciones del mío, aparte de
tergiversaciones y de la afirmación de hechos falsos.
Dice que entre Blum y yo prefiere a Blum.
Yo también, y se explicaría que yo lo dijera, pero no le agradará al clero
francés que el señor Franceschi haga conocer esa insólita simpatía. Descanse en
que no lo sabrá; su notoriedad no es mundial y es difícil que la limitada circulación
de su revista “técnica” lo exponga a ese riesgo.
Atribuye a mi actitud móviles pequeños porque no es bastante inteligente
para discernir los móviles elevados. En esta hora en que el ultramontanismo infesta
el ambiente gubernativo y en parte el ambiente social argentino, me ha sido grato
pronunciar en alta voz palabras independientes. La inmensa mayoría de la Nación
es liberal, pero el liberalismo no actúa y en cambio el clericalismo no descansa. Los
conservadores de todo linaje lo apoyan porque les interesa propulsar la institución
que es llamada con razón “opio del pueblo”.
El señor Franceschi no exigía, desde luego, que yo le dedicara todo el
tiempo y el espacio que me ha requerido esta polémica. Se habrá comprendido que
no lo he hecho por él. Fué el eco inusitado que encontró mi conferencia lo que me
indujo a proseguir y me hizo pensar en la utilidad de remover ideas que sirven a la
causa de la libertad. El señor Franceschi ha sido un plastrón providencial y nada
más.
Dejo constancia también de que al señor presbítero no le ha sido posible
hablar (le queda el recurso de su revista técnica) del escandalete en que actuó el
domingo en un cine de Rosario un profesor de un colegio de curas. Un oficial del
regimiento 11 de Infantería lo puso a buen recaudo entregándolo a la policía.

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – II

EL OCTAVO NO MENTIR

Bajo este mismo subtítulo me ocupé en mi artículo anterior de la falsa


manifestación del señor presbítero cuando dijo que en una inolvidable sesión del
Senado “se demostró la inexactitud y la... transmutación de textos para combatir a
mis adversarios políticos a que yo me entregaba”.
El recurso elegido por el manso cordero del Señor era pérfido: 1º, porque le
era fácil comprobar en el Diario de Sesiones que no había tal cosa, y, por lo tanto,
faltó a la verdad a sabiendas. 2°, por estar ausente del país el senador a quien
quiere, a toda costa, meter en su asunto. ¡Mañas de clérigo!
Me limité a contestarle que el octavo mandamiento de la tan olvidada ley de
Dios ordena que no se levante falso testimonio ni se mienta y que los curas no
están eximidos de cumplir esos preceptos, y para más amplia información remití a
los lectores al Diario de Sesiones.
Pero en la contrarréplica el ministro de Dios prueba que no se le importa
aparecer intrigando y mintiendo y me obliga a explicar el asunto de que pretende
sacar partido para frustrar aquello de ¡calumniad, calumniad, que de la calumnia
algo queda!
La transcripción íntegra tomaría unas páginas; resumiré el contenido.
Se trata únicamente de la palabra “pruebas” y no de “textos”, como dice el
verídico presbítero. La puse en la versión taquigráfica, porque además de haber
hablado yo de pruebas en el recinto, su omisión alteraba el sentido. Para eso se
dan a corregir las versiones taquigráficas, para reparar errores, y así lo hacen
todos los legisladores.
El miembro informante dijo que la comisión jamás se había negado a recibir
“delegaciones” del Partido Comunista, y entonces dije yo “se ha negado a recibir
“pruebas”.
Y en la nota inserta en la página 830 y siguientes del Diario de Sesiones me
expresé así:
“AI decir el señor senador por Buenos Aires, la comisión jamás se ha negado
a recibir delegaciones del Partido Comunista, parecería que yo hubiera manifestado
lo contrario. Había un cambio en el sentido de mis palabras, agravado por la
supresión de la lectura de dos párrafos míos anteriores” (los párrafos donde
hablaba de las pruebas no recibidas).
“Rechacé la afirmación del señor senador diciendo: se ha negado (la
comisión) a recibirlas, refiriéndome a las pruebas de los procedimientos maliciosos
de la policía, que era lo único de que yo hablaba; pero la versión taquigráfica a
causa de lo afirmado por el señor senador daba lugar a una confusión, a fin de
evitarla agregué la palabra “pruebas” con todo derecho, para evitar una
tergiversación, y a eso se llama alterar la versión, en vez de llamarle “aclarar” la
versión dentro de la verdad estricta”.
Esta sencilla manifestación contenida en mi nota no dió lugar a observación
alguna en contrario.
Y agregué además: “Es regla invariable, después de tomadas las versiones
taquigráficas, pasar a cada senador la parte que le corresponde para que corrija.
Por consiguiente, lejos de comentar un abuso al aclarar lo oscuro o corregir lo
equivocado, se llena una función prevista. Hay senadores que hacen un uso muy
amplio de ese derecho, como puede verse en el siguiente caso”.
Referí entonces que habiendo preguntado un senador al miembro
informante el significado de las iniciales U.A.M. con que había designado a una
agrupación, el miembro informante contestó: “no sé, señor senador”, y al corregir
la versión borró su frase y puso en su lugar: “Unión Anti Militarista”, lo que no era
propiamente una aclaración, “sino la introducción de un dato obtenido con
posterioridad al debate”.
Me veo obligado, a mi pesar, a recordar este episodio insignificante a fin de
que la perfidia no haga su obra. El señor presbítero ha intrigado y ha faltado a la
verdad a sabiendas.

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – II

Corresponde al mismo género de alusiones seráficas la que hace a mi


actuación en el Senado. Es indudable que los partidos, los gobiernos y los
monopolios combatidos por mí, en defensa unas veces de las instituciones y otras
del interés público, han querido presentarme como un demoledor iracundo, pero el
juicio público está hecho y en él confío. Tengo a mucha honra haber mantenido esa
actitud con una perseverancia rara y no la cambio por la adhesión interesada del
opaco clero argentino a la política que acaba de culminar en los fraudes
nauseabundos de la reciente elección.

http://delatorre.webcindario.com

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – III

LA CUESTIÓN SOCIAL Y UN CURA


III

Réplica al artículo de Mons. Franceschi,


titulado “¿Enemigo que huye?”

Estamos ahora en otro terreno; el señor Franceschi en su tercer artículo ha


cambiado de estilo y de tono y me permitirá tratar en sentido doctrinario e
histórico las cuestiones fundamentales; las únicas que interesan.
Que sea cura o presbítero, que la capilla del Carmen tenga o no feligresía,
son asuntos de poca magnitud y no afectan a la cuestión social. Yo no le he dicho
cura en sentido despectivo; por el contrario, aun cuando las voces “clérigo” o
“fraile” no sean agraviantes en sí mismas, me pareció más considerado titular mi
réplica La cuestión social y un cura en vez de La cuestión social y un clérigo o La
cuestión social y un fraile. Un hecho, sin embargo, ha sido probado: el señor
Franceschi es cura rector de la capilla del Carmen.
El cambio de tono, que celebro, no ha implicado, empero, un cambio de
método en relación con el procedimiento polémico seguido, que consiste en pasar
por alto los aspectos fundamentales y magnificar las cuestiones incidentales y
accesorias.
Los dos puntos concretos en que pretende encerrar el debate -la fijación del
año mil para el fin del mundo y la adoración de los santos milagrosos- son
accesorios de dos cuestiones de más importancia que afectan a la cuestión social:
1º La efectividad de las recompensas celestiales que la Iglesia y los Papas ofrecen
a los obreros, en cambio de que se conformen con salarios insuficientes; 2º, La
transformación operada en la Iglesia al abandonar la doctrina “espiritualista” de
Jesús y adoptar dentro de ritos y liturgias repudiadas expresamente por él, la
adoración de los santos milagrosos al estilo pagano.
Tanto daría, por consiguiente, que la Iglesia no hubiera esperado el fin del
mundo en el año mil, como que lo hubiera esperado en el año mil quinientos, o
bien, que la adoración de los santos milagrosos no hubiera comenzado en el siglo
segundo, sino en el tercero. El señor Franceschi podría tener razón en ambos
detalles y nada habría probado contra mi tesis social.

LA IGLESIA Y EL COMUNISMO

No rehuiré ocuparme por tercera vez de las minucias a que acabo de


referirme, pero antes he de destacar una circunstancia que da un gran valor al
último artículo del señor Franceschi. Reconoce con su silencio la exactitud de la
interpretación que yo di a los versículos en que Jesucristo divide la sociedad en dos
clases: pobres y ricos.
Jesús es entonces el precursor de la “lucha de clases” que la Iglesia condena
ahora; él dividió a la sociedad, y los ricos irán al infierno, nada más que por ser
ricos y los pobres al cielo nada más que por ser pobres.
Unidos a la parábola del rico y el mendigo los demás versículos que cité,
evidencian que el señor Franceschi no ha encontrado una palabra que observar.
Algo es algo.
Pero como yo no persigo en esta polémica vanos éxitos dialécticos, no
excusaré su silencio, aunque me dé la razón. El señor Franceschi en homenaje a la
actitud que yo desearía reconocerle siempre, debió hacer una aclaración que no ha
hecho. Debía demostrar que la Iglesia no declara “degradante” la doctrina
comunista cuando la proclama Carlos Marx y admirable cuando la proclama
Jesucristo.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 6º parte
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LA PROPIEDAD PRIVADA
UNA ADULTERACIÓN DEL EVANGELIO

Este punto es desagradable.


El señor Franceschi intenta la defensa de la doctrina de la Iglesia, (no
obstante que hoy no impone a sus fieles el abandono de sus bienes en favor de los
pobres) y a ese fin tergiversa el sentido auténtico del Evangelio, y adultera su
texto.
El éxito polémico que va a proporcionarme la demostración que haré en
seguida no lo habría deseado. Es doloroso (y es escandaloso) ver a los sacerdotes
tergiversar el sentido de los versículos del Evangelio en sus polémicas o en sus
sermones y especialmente cuando se trata de puntos fundamentales.
El concepto de Jesús sobre la comunización de bienes quedó establecido con
carácter general e irrevocable en los versículos 33, capítulo XIV, y 33, capítulo XII,
del Evangelio de Lucas y fue aplicado con invariable lógica en los casos particulares.
El versículo 33 del capítulo XII dice: “vende lo que tengas y dalo en
limosnas”, y el versículo 33 del capítulo XIV, agrega, para mayor claridad: “el que
no renuncie a todo lo que tiene no puede ser mi discípulo”.
Ambos versículos fueron citados en mi segundo artículo y concuerdan con
otros en que se trata de su aplicación a casos particulares. Así, por ejemplo, un día
un joven que no mentía, que no robaba, que no pecaba de sensualismo, que
adoraba a Dios y honraba a sus padres -en una palabra, que cumplía al pie de la
letra los mandamientos- preguntó a Jesús en presencia de sus discípulos qué tenía
que hacer a fin de alcanzar el reino de Dios, y Jesús le contestó: “Te falta una cosa:
vende lo que poseas y dalo a los pobres”. Este episodio está narrado en el
Evangelio de Marcos, versículo 21, capítulo X.
¿Qué hace en su réplica el señor cura rector de la Capilla del Carmen? Lo
mismo que hizo el franciscano aquel cuando dijo, mirando la manga de su hábito:
“por aquí no pasó”. Prescinde de la consideración de los dos versículos del
Evangelio de Lucas, citados por mí, que definen la doctrina “para todos los casos y
para todos los discípulos” y se refugia en el versículo del Evangelio de Marcos que
se refiere a un caso particular. Como me está contestando a mí, eso hará suponer a
cualquiera que se está ocupando de los textos citados por mí, y no hay tal cosa.
Escamotea el Evangelio de Lucas, lo substituye con el de Marcos, presenta como
doctrina un caso particular, y no dice ni palabra al respecto. Por supuesto que estas
distracciones las cometen inocentemente los servidores de la Iglesia.
De la manera que dejo descripta llega el señor Franceschi a la interpretación
de que Jesús no exige la renuncia a los bienes, sino que se limita a aconsejarla
como un medio de alcanzar la perfección, y a ese efecto adultera también el texto
del versículo 21 de Marcos que le sirve para la prestidigitación y substituye la
expresión “te falta una cosa”, con esta otra, “si quieres ser perfecto”, cambiando el
texto del versículo que no usa el vocablo “perfecto” en ninguna parte.
Podrá decir el señor Franceschi que en la versión de la Biblia de Scio de San
Miguel, obispo de Segovia, hay una “nota” al pie de la página que dice que la frase
“te falta una cosa” debe entenderse que es para llegar a la perfección, pero no está
autorizado el señor Franceschi por nadie a alterar el texto de los Evangelios con
interpolaciones de Scio de San Miguel, y mucho más sin prevenirlo.
Pero oculta algo más: el joven aludido, que era muy rico, quedó pesaroso al
oír la indicación de Jesús, y entonces, éste, mirando a los discípulos dijo: “qué
difícil será a los ricos entrar al reino de Dios”, y en el versículo siguiente agregó:
“es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar
en el reino de Dios”. Todo esto lo silencia el señor Franceschi.
No alterando los textos resulta evidente que la Iglesia ha abandonado la
doctrina comunista de Jesús. Estoy de acuerdo en que no se puede defender a la
Iglesia de otro modo, pero no estoy de acuerdo en que se haya de excusar la
maniobra; y me consta que resulta muy ingrato para muchos fieles no del todo
impermeables a la imparcialidad ver a los sacerdotes torcer el sentido claro de los

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 6º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – III

Evangelios.
En ese terreno no estoy solo. Aun cuando muchos hayan de sorprenderse,
yo leo con cierta frecuencia autores católicos que tratan la cuestión social, y hace
poco leí un artículo del reverendo padre Ducatillón, inserto en la colección
Presences, en el tomo que se titula “El Comunismo y los Cristianos” y tomé nota de
una expresión que se encuentra en la página 73: “El cristianismo no debe, no
puede ser defendido sino con armas leales”. Y me ha quedado en la memoria otra
frase de otro de los artículos insertos en el mismo tomo: “La Iglesia no gana nada
cuando se la defiende con malos argumentos”. Tome nota el señor Franceschi.
Me complace su declaración de que la versión de la Biblia que supone he
usado (la de Scio de San Miguel, obispo de Segovia) es excelente. Pero diré algo
más; me sirvo de preferencia, desde hace 20 años, de una versión de la Vulgata, al
inglés, que me regaló mi amigo el doctor Gustavo Martínez Zuviría, una vez que le
dije que no leía la Biblia porque dudaba de la fidelidad de las versiones en español
y francés. Cotejo en cada caso esa versión inglesa con Scio, llevando el escrúpulo al
extremo: precaución que no es vana, pues tengo también sobre la mesa la
traducción del obispo de Astorga, don Félix Torres Amat, que contiene groseras
interpolaciones, al gusto de los fanáticos españoles.
Así, por ejemplo, el versículo 33 del capítulo XII, del Evangelio de Lucas ha
sido alterado en su texto por el santo e inocente obispo de Astorga. Donde dice el
versículo “vende lo que posees y da limosnas” el buen hombre ha puesto “vende si
es necesario lo que posees y da limosnas”. La interpolación maliciosa de tres
palabras cambia totalmente el sentido. Falsifican a Cristo los obispos y se ríen de
él, como si tal cosa.

LLUEVE SOBRE MOJADO

El señor Franceschi dice que si los mandamientos condenan el robo,


implícitamente admiten la propiedad y que ellos vienen de Jesús. Es fácil
desenredar esta nueva madeja aun cuando se hile tan delgado.
La propiedad privada existía en tiempo de Jesús y él no tenía poder para
abolirla. Nunca estuvo en el gobierno. Pero dispuso que sus discípulos no tuvieran
bienes en adelante, y en el versículo 33, capítulo VI, del Evangelio de Marcos, les
dice: “Al que se apodere de lo tuyo no se lo reclames”. Prohibía el robo pero
amparaba a los ladrones.
No se trata en esta polémica de hacer pininos dialécticos, sino de buscar que
brille la verdad, y la verdad consiste en que Jesús quería la comunización de la
propiedad privada. Como no podía cambiar el orden jurídico de Israel, que
emanaba del Antiguo Testamento, incluyó en sus mandamientos el de no robar,
inclinándose ante los intereses creados, lo que no impide que su doctrina propia
fuera la comunización de los bienes.
El señor Franceschi reconoce que es cierta mi afirmación de que la Iglesia de
Jerusalén, la iglesia de los “ebionitas” (compuesta por hombres que habían estado
al lado de Jesús y no pensaban que fuera Dios), la que poseía el verdadero
pensamiento “social” de Jesús, implantó la comunidad de bienes.
Alega, sin embargo, que eso sucedió solamente en Jerusalén y que en
Samaria y el Asia Menor los cristianos no pusieron en común los bienes. Lejos de
contrariarme esa observación, prueba lo que yo he dicho en los artículos
anteriores, o sea, que la doctrina de Jesús fue traicionada y abandonada a poco
andar por sus propios discípulos, y sobre todo por los gentiles que se incorporaban.
Bien sabe el señor Franceschi que en Asia Menor y aun en Samaria Pablo de Tarso,
Bernabé y otros, fundaron las iglesias con cristianos que no conocieron a Cristo
personalmente. ¡Y para qué hablar de la iglesia de Roma! En ningún momento
adoptó la comunidad de bienes, como que ella era, en espíritu, el reverso de la
iglesia “ebionita” de Jerusalén.
Reconoce también la exactitud de mi cita del Evangelio acerca de que Jesús,

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – III

lejos de predicar la abrogación de la ley hebraica, quería cumplirla, pero ha omitido


la explicación necesaria del hecho insólito de que sus continuadores cristianos
contradijesen su prédica y la repudiaran. Y sin embargo el punto es capital, porque
de allí arranca el plan político-religioso que condujo al predominio del cristianismo
europeo sobre el cristianismo judío y colocó a Roma a la cabeza de la Iglesia.
En razón de esa lucha de predominio la figura de Jesús no tuvo en los siglos
primero y segundo el esplendor que adquirió después. Tenía adeptos, sin duda,
pero en el siglo segundo parece que muchos apologistas cristianos apenas
nombran a Jesús, o bien lo equiparan a los profetas hebreos. En la actualidad, la
Iglesia y los cristianos lo exaltan, cuando ya casi nada subsiste de sus conceptos
fundamentales. Los fariseos han vuelto al poder y la adoración convencional que le
ofrenda un clero cuya creación él no autorizó (raza de víboras, les decía) y los ricos
que condenó al infierno constituye la más trágica ironía de la historia.

LAS RECOMPENSAS CELESTIALES

Vuelvo a este punto, que es capital, en cuanto se le eleva a una jerarquía


más alta de aquella en que pretende colocarlo el señor Franceschi que lo
circunscribe a la profecía del año mil.
La encíclica de León XIII citada por mí no deja lugar a dudas acerca de que
busca imponer resignación a los proletarios asegurándoles que serán
recompensados en el cielo. “Que abundéis en riquezas –dice- o que seáis privados
de ellas eso nada importa a la eterna bienaventuranza”.
Reconozco el derecho de la Iglesia y el derecho de los cristianos sociales
para creer en la vida futura que promete el Evangelio. Aun más: quiero admitir en
hipótesis que así hubiera de suceder. ¿Pero en qué tiempo y en qué condiciones
alcanzarían los proletarios las recompensas celestiales? Ésa es la cuestión que yo
deseo dilucidar y el señor Franceschi no.
El Papa sabe que, de acuerdo con los Evangelios y el Apocalipsis (libro este
último que se pretende haber sido “revelado” directamente por Jesucristo al
apóstol Juan), los muertos no van directamente al cielo, ni al infierno: van a unos
depósitos provisorios a esperar el juicio final, que se producirá después que hayan
ocurrido calamidades horrendas y después que Jesús haya bajado a la tierra en
una nube y haya reinado en ella mil años. Los muertos deberán esperar
pacientemente que transcurran esos mil años.
La mise en scene del juicio final está arreglada y descripta en sus menores
detalles en el Apocalipsis, presunta “revelación” directa de Jesucristo.
El juez supremo estará sobre un trono, los muertos resucitarán, los
ahogados surgirán del mar y las almas encerradas en los depósitos saldrán a la luz
del día. Se traerán los libros en que están inscriptos los actos de los hombres,
como en una cuenta corriente, y serán juzgados. Satanás, el Anticristo y Nerón
serán arrojados a un estanque de azufre encendido por los siglos de los siglos.
Leyendo las profecías sagradas se desprende cuánta superchería envuelven
las palabras zalameras de los curas cuando le aseguran a una madre que ha
perdido un hijo, que Dios se lo ha llevado al cielo; porque las escrituras no hacen
excepción ni siquiera para los recién nacidos, en razón de que nacen con el terrible
pecado original, aun cuando lógicamente no debían ser responsables de un acto en
que no han intervenido. Eso de que el angelito se va al cielo es la mayor picardía
que puede decir un cura. Nadie hasta hoy, según las escrituras, se ha podido ir al
cielo y nadie podrá meterse en él antes del juicio final. No hay diferencia entre los
buenos y los malos.
Y se comprende que sea así, cuando se recuerda que Jesús organizó toda su
campaña de proselitismo sobre la base de que el fin del mundo estaba a la vista, o
a lo sumo no pasaría esa generación sin que ocurriera.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 6º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – III

LOS CRISTIANOS EN PRESENCIA DE LA MUERTE

En la actualidad se ha hecho conciencia general acerca de los errores,


plagios y contradicciones (demasiado visibles) de la supuesta palabra divina, pero
en los primeros años del cristianismo no se concebía la posibilidad de un error de la
divinidad. Se creía de buena fe en el inmediato fin del mundo y se tomaba al pie de
la letra lo que había pronosticado Jesús directamente o había ratificado después en
la “revelación” del Apocalipsis. Se esperaba con espanto “el día terrible del Señor”.
Se suscitó entonces la difícil cuestión de saber cuál sería el papel de los que
hubieran muerto con anterioridad a la llegada de Jesús en la nube, y si participarían
o no en su reinado de mil años en la tierra, previa una adecuada resurrección.
Los cristianos interpretaban las palabras del Apocalipsis en el sentido de que
ese reinado -que transcurriría en medio de halagos y satisfacciones- sería
exclusivamente para los que estuvieran vivos en el momento de la llegada de Jesús
en la nube y que los muertos esperarían en los depósitos hasta que, transcurrido el
reinado terrestre de los mil años, se iniciara el reinado eterno y definitivo.
La solución no era encontrada plausible ni justa, pero así debía interpretarse
la palabra divina.
El Apocalipsis apócrifo que circula con el nombre de Baruch, se pregunta:
¿por qué Dios no ha hecho vivir a todos los hombres al mismo tiempo? Sin
embargo llega a la conclusión de que no tratándose en definitiva sino de una espera
respecto de los muertos y de un privilegio para los que estén vivos en el momento
de la iniciación del reinado de los mil años, esa espera y ese privilegio carecen de
importancia comparados con la eternidad que sobrevendrá después.
San Pablo, que tenía el espíritu de un hombre político, apreció en su valor la
gravedad de esas dudas y de la situación de ánimo que habían creado en los fieles
y consideró necesario tranquilizarlos. Lo hizo en los capítulos 4º y 5º de su
conocida epístola a los Tesalónicos, que se encuentra inserta en el apéndice de
cualquier Biblia, y les dijo:
“No queremos, hermanos, que ignoréis acerca de la suerte de los que
duermen, para que no os entristezcáis como los otros, que no tienen esperanzas;
porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con Jesús
aquellos que durmieron por él. Esto pues os declaro en nombre del Señor; que
nosotros que vivimos, que hemos quedado aquí para la venida del Señor, no nos
adelantaremos a los que murieron; porque el mismo Señor con mandato y con voz
de arcángel y con trompeta de Dios descenderá del cielo, y los que murieron en
Cristo resucitarán los primeros. Después nosotros, los que vivimos, los que
quedamos aquí, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes a recibir a
Cristo en los aires y así estaremos para siempre con el Señor. Por tanto consolaos
los unos a los otros con estas palabras”.
“Y acerca de los tiempos y de los momentos no habéis menester, hermanos,
que os escribamos, porque vosotros mismos sabéis que el día del Señor vendrá
como un ladrón en la noche. Porque cuando esperarán seguridad y paz, entonces
les sobrecogerá una muerte repentina, como el dolor a la mujer que está encinta, y
no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estéis en tinieblas de modo que aquel
día os sorprenda como ladrón”.
Se ve claramente en estas líneas que San Pablo habla a los fieles en el
concepto de que él y ellos estarán vivos cuando de un momento a otro llegará el fin
del mundo como ladrón en la noche, y eso explica la ansiedad con que lo esperaban
los que temían morir en cualquier instante y tener que esperar en los depósitos a
que transcurriera el reino de los mil años. La credulidad humana era entonces
mayor que actualmente, eso que en nuestros días es formidable en muchísima
gente.

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – III

UN DOCUMENTO REVELADOR

La epístola de San Pablo a los Tesalónicos es un documento valioso que


traduce el estado general de espíritu en los cristianos de los primeros tiempos,
porque entonces el clero no había logrado, como hoy, oscurecer el concepto de que
nadie entrará al cielo -ni al infierno- mientras no se verifique el juicio final, en la
gran concentración que el profeta Joel sitúa en el valle de Josafat, que está en la
zona del Cedrón, entre Jerusalén y el monte de los Olivos.
Cuesta trabajo identificarse con la situación de espíritu de aquellos ingenuos
cristianos del primer siglo, tan absurda e infantil resulta toda la fábula apocalíptica,
pero el señor Franceschi está obligado a defenderla a capa y espada.

LOS LIMBOS SUBTERRÁNEOS

Próximo ya el siglo V, subsistiendo siempre una punzante angustia en los


cristianos acerca de la suerte que esperaría a los muertos en los depósitos (que
sería mañana la suerte de ellos mismos), apareció entre los teólogos la estupenda
concepción de los limbos subterráneos, especie de transición entre el cielo y el
infierno, tanto que algunos les llaman “orillas del infierno” y otros “infierno
mitigado”.
Pero ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento hablan de limbos. Debió
rechazarse in límine, esa fábula como una invención herética, y, sin embargo, fue
aceptada por la comunidad cristiana y por la Iglesia, que necesitaban una solución
cualquiera, aunque fuere objetable. Los limbos subterráneos se incorporaron así a
su mitología y se destinaron a llenarlos las almas de los que hubieran muerto en la
gracia antes de la venida de Jesucristo, en la nube, las almas de los niños muertos
sin bautismo y las almas en disponibilidad que esperan a que Dios las vaya
introduciendo en los cuerpos humanos a medida que se producen los nacimientos.
Dios en persona baja al limbo subterráneo, según lo suponen y aun lo aseguran
muchos teólogos, a elegir las almas, de manera que si al “Pibe Cabeza” le dio la
que le conocimos, la policía hizo mal en rompérsela.
Hasta ahora ninguna perforación del suelo -y algunas pasan de millares de
metros- ha encontrado un “limbo”, ni rastros de limbo. No hay manera tampoco de
resolver, ni conjeturalmente, otro problema tremendo que plantearon hace tiempo
muchos teólogos, en esta forma: ¿el alma de Jesucristo estuvo en el limbo los tres
días que transcurrieron desde su muerte hasta la primera aparición a sus
discípulos? Una corriente importante de opinión entre los teólogos se inclina por la
afirmativa. Fuera de la Iglesia causa asombro la discusión en serio de tales
pamplinas.
Pero la cuestión que causó mayores preocupaciones e hizo correr más tinta
fue la de esclarecer si los niños sin bautismo deben ir al limbo, infierno mitigado, o
al cielo. Desde luego fue considerado contrario a los preceptos e impracticable que
vayan al cielo, el cual permanecerá cerrado a piedra y lodo hasta que Jesús baje a
la tierra en la nube.
San Agustín, hijo de Santa Mónica, insigne autoridad de la Iglesia, teólogo
profundo y complicado, autor de La Ciudad de Dios, se pronunció categóricamente
por que a los niños no bautizados no se les abran las puertas del cielo, y dice que
deben ir al infierno como los grandes. Esto escribía San Agustín a principios del
siglo V, época de mucha ignorancia, pero el gran Bossuet, en pleno siglo XVII, no
sólo endosa la opinión del hijo de Santa Mónica, sino que, a su juicio, “quien nos
engendra nos mata”, y piensa “que la masa de que estamos formados, estando
infestada en su fuente (el pecado original), envenena el alma por su funesto
contagio, y el diablo, por el pecado original, penetra hasta el vientre de nuestras
madres”. (!!)
El señor Franceschi me ha reprochado que al subrayar los disparates que
contiene el Apocalipsis, haya recordado que así hablan los locos. Lo dije

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sinceramente; y ahora, por consideración a él, no repetiré lo mismo a propósito del


diablo metido en el vientre de la madre de Bossuet. Y, sin embargo...
El Apocalipsis no se limita a la descripción del juicio final, punto éste que
dejaría margen para seguir discutiendo hasta que el mundo acabe (si acaba);
contiene también apreciaciones referentes a sucesos que han ocurrido en forma
distinta de la profetizada. Debemos llegar entonces a la conclusión de que si el
libro no es apócrifo (yo lo creo apócrifo) Jesucristo no sabe de la misa la media. Por
ejemplo, el Apocalipsis pronosticó la victoria final de Jerusalén sobre Roma (a la
que llama Babilonia), la desaparición del Imperio Romano y la gloria eterna de
Jerusalén. Dispuesto eso por Jesucristo, Vespasiano y Tito, dos años después de
“revelado” el Apocalipsis, no dejaron en Jerusalén piedra sobre piedra (incluído el
incendio del templo), y en el siglo IV, la Iglesia de Cristo, encargada por él de
aplastar al Imperio Romano, se convirtió en la iglesia oficial del Imperio Romano.
He perdido el respeto a las profecías al ver que invariablemente fallan.
El tiempo ha ido consumando lentamente su obra de perdón y olvido de
todos estos disparates. Hoy poco escriben y desbarran los teólogos a su respecto,
pero eso no quiere decir que los papas (y tampoco los cristianos sociales), estén
autorizados cuando se dirigen a los obreros a reformar por su cuenta las
disposiciones de los Evangelios y del Apocalipsis que establecen los requisitos
necesarios para entrar al cielo.

LA REDENCIÓN DE LOS PECADOS

Se repite maquinalmente que Jesucristo vino al mundo “a redimir los


pecados de los hombres”. El Antiguo y el Nuevo Testamento demuestran que sólo
se proponía redimir “a los judíos” de las 12 tribus. Los pecados de los judíos es lo
único que interesaba a Dios y a Jesucristo. Digo también en este caso, que ésa es
“la verdad histórica”.
La condenación eterna de los extranjeros infieles (considerados como
perros) es el leit motif de la dulce religión cristiana. El Deuteronomio, en el capítulo
VII, se expresa así:
“Cuando el Señor, Dios tuyo, te introdujere en la tierra en que vas a entrar
para poseerla y destruyere muchas gentes delante de ti, al Heteo, al Gergezeo, al
Amorreo, al Cananeo, al Pherezeo, al Heveo y al Jebuseo, siete naciones más
numerosas que tú eres y más robustas que tú y te las entregare, las pasarás a
cuchillo, sin dejar uno solo. (Como hizo Franco en Badajoz). No harás alianza con
ellas, ni tendrás compasión de ellas. Ni contraerás matrimonio con ellos, ni darás tu
hija a su hijo, ni tomarás su hija para tu hijo. Antes bien los tratarás así: derribad
sus altares y quebrad sus estatuas y talad sus bosques y quemad sus esculturas.
Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor Dios tuyo. El Señor Dios tuyo te
escogió para que seas un pueblo peculiar entre todos los pueblos que hay sobre la
tierra. Bendito serás entre todos los pueblos. No habrá entre vosotros estériles en
ambos sexos, tanto en los hombres como en sus ganados. El Señor desterrará de ti
toda dolencia y aquellas enfermedades pésimas de Egipto no las enviará a ti, sino a
todos tus enemigos. Y además de esto enviará el Señor Dios tuyo moscardones
contra ellos hasta destruir y acabar con todos los que hayan huído de ti o podido
esconderse. Él mismo acabará a estas naciones a tu vista, poco a poco y por
partes. (Franco ametralló a los prisioneros). No las podrás destruir todas a un
tiempo, no sea caso que se multipliquen contra ti las fieras de la tierra”. (El dios
que dictaba a Moisés estas disposiciones no era fiera).
Tal es la ley hebraica, y de ella dice Jesús en el Evangelio que no ha venido
a abrogarla y “que no pasará mientras no pasen la tierra y el cielo”. (De manera
que la destrucción de Guernica está de acuerdo con lo que manda Dios).
¿De qué palabras de Jesús se deduce que cuando habla de los hombres se
refiere a todos y no exclusivamente a los judíos?
Israel era una pequeña nación, en un pequeño territorio, y no encerraba,

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seguramente, ni el 1% de la población del mundo, pero es lo único que interesaba


a Dios y a Jesús.
Jesucristo no quería convertir a los gentiles; los condena al infierno, sin
vacilaciones, sin juicio y sin apelación. Los nombres de los infieles no figurarán en
el Libro de la Vida, que se exhibirá el día del juicio final y no serán juzgados, serán
arrojados directamente con Satanás, el Anticristo y Nerón al estanque de azufre
encendido.
A influjo de Pablo de Tarso -y de los que proyectaban la creación de un
cristianismo europeo, emancipado de Jerusalén- se abrieron las puertas de la
Iglesia cristiana a los gentiles y a los no circuncisos, lo que aumentó
considerablemente el número de los adeptos. El monopolio cristiano del cielo se
hizo menos estrecho, pero asimismo, en la actualidad, a pesar del
desenvolvimiento preponderante del mundo occidental, el número de los que
pueden alegar derechos a entrar al cielo no pasa del 20% de la población del
universo. Y hago notar que encarando la cuestión en términos globales, no tomo en
cuenta el hecho de que dentro de la población que las estadísticas clasifican como
católica, o sea dentro de las naciones llamadas católicas, existe una masa enorme
de “no creyentes y no practicantes” computados como católicos por haber sido
bautizados a una edad en que no podían impedirlo; pero a los efectos de entrar al
cielo, no son católicos, y el cielo resulta un monopolio como cualquier otro, y de los
peores.
La idea de un Dios omnisciente y omnipotente es inconciliable con una
situación de esa clase. Dios consideraría que la salvación eterna es lo más
importante que existe y limitaría, sin embargo, la posibilidad de la salvación en
favor del 20% de los habitantes del planeta. Esto es intolerable e impone la
conclusión de que, o no hay tal Dios omnisciente y omnipotente o no se comprende
cómo ha podido enredar las cosas de semejante manera.
¿Qué pecados “de los hombres” habrían podido redimirse con la muerte de
Jesús, si en aquellos momentos sólo el 1% de los hombres -y en la actualidad el
20%- tenían la posibilidad de salvarse? A muchos infieles no puede decírseles que
son víctimas de su maldad al no reconocer que la religión católica es la única
verdadera, puesto que hay con seguridad más de mil millones de hombres que
ignoran la existencia de los Evangelios y de Jesús, de la misma manera que hay
también con seguridad en los 300 millones de católicos que podemos calcular
liberalmente en el mundo, 299.999.000 que no conocen los libros budistas, ni los
de Confucio, ni el Corán, ni los mitos nórdicos de los señores Hitler, Goebbels y
Rosenberg.
Supongamos que resultara, al fin de los siglos, que otra religión cualquiera
distinta del cristianismo había sido la verdadera. ¿Considerarían humano y justo los
católicos ser mandados en bloque al infierno por no haberlo sabido a tiempo?
Me pregunto a menudo ¿cómo pueden los católicos creer en tantas
pamplinas? Hay que tener un criterio más amplio, más humano y más sincero, y
por eso no es posible aceptar que el Papa León XIII hace 50 años, exigiera a la
clase proletaria la suspensión de sus reivindicaciones en espera de las recompensas
celestiales.
Por no ser más extenso sobre este punto y por no anonadar aún más, si
cabe, al señor Franceschi, no he querido ocuparme de las recompensas celestiales
aludidas por León XIII en relación con los millares de millones de personas muertas
antes de la aparición de Jesús. ¿Esperarán todavía el juicio final los egipcios, los
asirios, los caldeos, los persas, los medos, los chinos del tiempo de Confucio y de
2.000 años antes, los griegos, los romanos de la república y los hindúes? ¿O es que
su suerte ha sido indiferente al padre celestial omnipotente y misericordioso?
Los rastros del hombre en estado salvaje parecen remontar a 25.000 años y
los del hombre civilizado a 6.000. Aun cuando admitiéramos el infierno para los
salvajes y sólo nos apiadara el hombre civilizado -lo que no sería humano ni justo-
no es posible que Dios prescinda en materia de vida eterna de los millones de seres
que vivieron dos, tres o cuatro mil años antes de la era cristiana. A estar al

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evangelio cristiano, Dios no ha previsto cosa alguna en favor de ellos y su


preocupación se habría limitado a los judíos, pequeña nación privilegiada, y los
demás al infierno. Eso no puede aceptarse, y prefiero creer que los Papas y los
católicos, en general, están deficientemente informados.

LA MORAL NO ES PROPIEDAD DE NINGUNA RELIGIÓN

No les basta a las religiones monopolizar el cielo para sus adeptos; reservan
también para ellos el monopolio de la moral sobre la tierra. No se toman, por
supuesto, el trabajo de averiguar qué principios morales contienen las otras
religiones. Si se compararan, si estudiaran, si entendieran, sus adeptos no serían
sectarios. Sin sectarios se arruinaría la Iglesia. A ellos les basta con que el
catecismo de Spirago o de Astete o el sermón del padre X les aseguren que la
moral de las otras religiones “degrada al hombre”.
El catolicismo en nada es tan categórico como en su pretensión al monopolio
de la ética. Nada hay comparable –dicen- a la belleza moral de las máximas del
Evangelio y en general no conocen las máximas morales de las otras religiones
positivas y milagrosas. Dentro del Evangelio mismo ven los versículos favorables,
pero no ven las contradicciones, ni las incongruencias, ni todo lo que hay de
inmoral y de obsceno en la Biblia. Creen que el sacrificio de Jesús es un hecho
único en la historia, y cuando hablan del martirologio cristiano se olvidan del
martirologio de los herejes y son incapaces de reconocer, aun cuando sea cierto
que la Iglesia fue más cruel con los incrédulos en la Edad Media que los romanos lo
habían sido con ella. El clero español se enriqueció fabulosamente confiscando los
bienes de los desgraciados que la Inquisición declaraba herejes, con ese fin, aun
cuando no lo fueran.
Para ellos la civilización de Occidente es obra exclusiva de su doctrina, así se
haya alcanzado en lucha contra la Iglesia, y los milagros católicos son ciertos,
mientras deben considerarse vulgares supercherías los de las otras religiones.
La historia rectifica todas esas aberraciones del sectarismo, pero los curas y
los beatos no aprenden historia en general o no les aprovecha la que estudian. La
comparación de los principios morales del cristianismo, el budismo, el
confucionismo y el mahometismo muestra una semejanza impresionante.

EL BUDISMO

Buda fue un hombre que nunca pretendió pasar por Dios. Su doctrina
aspiraba a ser una purificación del brahmanismo, como la doctrina auténtica de
Jesús aspiraba a ser una purificación del judaísmo y encierra tanta o mayor dulzura
y humanitarismo que la predicación del Nazareno, porque no contiene una sola de
las explosiones iracundas de que ésta adolece, como ser por ejemplo, la que
rechaza a los discípulos que no odien a su padre y a su madre, a su mujer y a sus
hijos, a sus hermanos y hermanas y a su propia vida, consignada en el versículo
26, capítulo XIV del evangelio de Lucas.
Buda, cuyo nombre era Gautama, o bien, Sakya Muni (hijo del jefe o rey del
clan de los Sakyas) pasó su juventud en la abundancia y el lujo, y como todos los
hindúes creía en la transmigración de las almas.
La creencia en la metempsícosis tan difundida en la antigüedad, parece a los
católicos absurda y grosera, pero ellos creen en la resurrección de los muertos y en
la bienaventuranza eterna de los resucitados, en un sitio de elección. Unos y otros
están, sin duda, equivocados, pero yo no quiero hacer aquí esa cuestión. Lo que
interesa destacar en este momento es que ambas hipótesis religiosas son de la
misma clase, y que ambas escapan a la comprobación experimental. Tan arbitrario
es afirmar que la supuesta alma de un budista se instalará después de su muerte
en el cuerpo de un águila, de un león o de una paloma, como suponer que la

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supuesta alma de un cristiano se instale en un limbo subterráneo, en espera del


juicio final, o que el alma de un mahometano concluya en el paraíso de Mahoma al
arrullo de las huríes de ojos verdes.
Está fuera de toda sensatez que una religión vitupere y desprecie a otra a
causa de una discrepancia tan pequeña sobre concepciones ultraterrenales de
imposible comprobación.
Sakya Muni sintió un día penetrado su espíritu por el desconsuelo que le
causaba la contemplación de la miseria y de la pequeñez del hombre. La pobreza
del mayor número, la enfermedad, el dolor y la muerte trazaron tan profunda
huella en su ánimo, que una noche abandonó su ciudad de Kipalavastou, en
compañía de su cochero, y se dirigió a las proximidades del enorme Himalaya,
donde comenzó la vida profética. En el camino cambió sus ropas por los harapos de
un mendigo y desde ese momento vivió miserablemente, en los campos y en las
selvas, refugiado en chozas de junco, comiendo los mendrugos que le arrojaba la
limosna y predicando sin descanso, hasta su muerte, su buena nueva1.
Tiene su figura un singular parecido con la de Jesús dentro de una existencia
mucho más ruda y de mayores sacrificios y muestra un concepto humanista no
menos intenso.
Quiere Sakya Muni alcanzar la inteligencia trascendente, la inteligencia
perfecta, que consiste en “la paz del alma” y ésta se obtiene mediante la extinción
de todos los deseos y del pensamiento mismo: el nirvana. Doctrina inspirada en
antiquísimas y confusas tradiciones hindúes.
“El estado de liberación” -según el Nyaya- “es como el estado perfecto de
insensibilidad a que llega un hombre profundamente dormido que no sueña”2.
“Mi habitación es la fuerza de la caridad –dice-, mi atavío el vestido de la
paciencia, mi asiento el vacío, y es desde ese asiento que enseño la ley a las
criaturas”, “El que se liberte que liberte a los demás: el que llegue a la otra orilla
que haga llegar a los otros. el que haya consolado que consuele y el que haya
alcanzado el nirvana completo que lo haga alcanzar a les otros”. “Yo soy el padre
de todos estos seres; yo quiero liberarlos: yo quiero darles la felicidad
incomparable de la ciencia”. “Si el que enseña es atacado mientras habla, con
piedras, palos, picas o es injuriado o amenazado, que soporte todo pensando en
mí”.
Como Jesús, Sakya Muni buscaba sus discípulos entre los pobres y los
pecadores, sin que esta preferencia asumiera los caracteres del odio implacable a
los ricos y felices que llevó al profeta de Nazaret a decirles: “los publicanos y las
prostitutas os precederán en el reino de Dios”. Sakya Muni no habla jamás en ese
tono; ignora el odio y la ira y su predicación no es demagógica bajo ningún
aspecto.
“Mi ley –dice- es una ley de gracia para todos, ¿y qué es una ley de gracia
para todos? es una ley bajo la cual los mendigos miserables pueden hacerse
religiosos”.
La religión de Sakya era atea y no tenia culto, ni sacerdotes, ni mitología
alguna, lo que ha llevado a Burnouf (uno de sus más distinguidos expositores
occidentales) a decir: “hay pocas creencias que reposen sobre un número de
dogmas tan pequeño e impongan al sentido común menos sacrificios”. El Loto de la
Buena Ley, libro sagrado, dice que el primer paso, para ser guía del mundo es no
reconocer a los dioses. Los budistas creen que los dioses escuchan a Buda y le
forman cortejo.
Esa religión del nihilismo, anterior 500 años a Jesucristo, no podía subsistir
en su pureza filosófica inicial y sucedió con ella lo que ha sucedido con el
cristianismo auténtico de Jesús. Después de expandirse sobre casi toda el Asia, la
doctrina se corrompió, porque era insuficiente para el vulgo y fue mancillada por

1
En los “Sutrás” del Sur, menos fabulosos que los del Norte, Gautama aparece enseñando a sus
discípulos en el jardín de Anatha Pindica.
2
Journal des Savants junio de 1853, citado por Renán.

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las supersticiones y por el culto de los ídolos. La semejanza con el proceso de la


evolución materialista del cristianismo aumenta cuando aparece el clero budista,
como apareció el clero cristiano, y hace de Buda un Dios.
El clero budista -que no debió existir si se hubieran mantenido las
enseñanzas de Sakya- se corrompió en una forma idéntica al clero católico de la
Edad Media (y de tiempos posteriores), y la expulsión de monjes escandalosos que
dispusieron los concilios budistas posteriores a la muerte del Maestro, no logró
restaurar el prestigio perdido y dio lugar a que en la baja India se restableciera el
culto del brahmanismo y sus supersticiones groseras y a la infiltración siglos
después, del islamismo. Se mantuvo empero el budismo en el Tibet, Nepal, China,
Japón, Anam, Siam y en gran parte de Siberia y Rusia. Hoy mismo tiene
infinitamente más adeptos que el catolicismo.
Y así como el catolicismo llegó a ser la religión oficial del Imperio Romano,
después que hubo cambiado totalmente su carácter, el budismo recibió también la
consagración de los reyes. El rey Asoca en el tercer siglo anterior a Cristo (150
años después de la muerte de Buda) adoptó el budismo y el rey Kalinga, que sentía
algunas dudas a su respecto, exigió antes de hacer igual cosa que su padre,
fallecido, se le apareciera a revelarle la verdad. La aparición se realizó y el rey
depuso sus dudas. ¿Cómo puede el señor Franceschi, creyente en los milagros, no
hacerse budista después de una prueba tan concluyente?

BUDA ES DIOS

La superstición inherente a las creencias del vulgo debía llevar a los


budistas, a medida que se alejaba la fecha de la muerte del Maestro, a darle el
carácter de Dios, que él nunca había pretendido. Así sucedió y con ello aumenta su
parecido con Jesús, con la diferencia de que éste fue el promotor de la superchería
cristiana y Buda no. A este respecto hace consideraciones muy atinadas H. G. Wells
en su Esquema de la historia.
“Hombres que se avergonzarían de mentir en la vida ordinaria -dice Wells-
se convierten en impostores y embusteros sin escrúpulos cuando se entregan a una
labor de propagandistas; éste es uno de los absurdos más inexplicables de la
naturaleza humana. Almas honradas hablaban ya al auditorio de los milagros que
concurrieron al nacimiento de Buda (igual cosa sucedió con Jesús y Mahoma). Ya
no le llamaban Gautama, nombre demasiado familiar y hablaban de sus proezas
juveniles y de las maravillas de su vida cotidiana, para concluir en una especie de
iluminación de su cuerpo en el momento de su muerte. Por supuesto era imposible
tener a Buda por hijo de un padre mortal (¡manes del carpintero José!). Le concibió
milagrosamente su madre soñando con un hermoso elefante blanco. Antes, él
mismo fue un elefante maravilloso, con seis colmillos. Generosamente se los regaló
todos a un cazador necesitado y hasta le ayudó a que se los aserrara. Y así
sucesivamente”. Forjóse una mitología en derredor de Buda y se descubrió que
había sido un dios aun cuando él no lo supiese.
En un curso dictado por el profesor Pareto en la Universidad de Lausana
encuentro una cita tomada del Viaje a Tartaria, del padre Huc. En esta cita, que
será grata al señor Franceschi, el padre Huc señala las curiosas semejanzas
existentes entre los cultos católico y budista, y dice: “La cruz, la mitra, la
dalmática, la capa pluvial que los grandes lamas llevan en los viajes o cuando
celebran alguna ceremonia fuera del templo, la salmodia, los exorcismos, el
incensario, el rosario, el celibato eclesiástico, los retiros espirituales, el culto de los
santos (¡ojo!), los ayunos, las procesiones, las letanías, el agua bendita. He aquí
cuántas relaciones tienen con nosotros los budistas”. Y respecto del traje del Gran
Lama el padre Huc dice: “Es rigurosamente el de los obispos católicos”. Y Pareto
agrega, por su parte: “El traje del papa lamaico se parece, a confundirse con el del
papa católico”.
¡Y pensar que no obstante esas notables semejanzas los lamas y sus fieles

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 6º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – III

habrán de irse al infierno!

LA PAZ DEL ALMA

La corrupción o degeneración fatal de las ideas filosóficas iniciales de la


religión de Buda, no implicó la desaparición de las características que le permiten
afrontar la comparación con las normas morales de cualquier otro credo y con las
máximas del Evangelio. El pueblo la siguió considerando una religión de
misericordia y amor, de una dulzura infinita. Después de 1.500 años de existencia,
en el siglo X de nuestra era, pasó del ateísmo al teísmo y hoy la idolatría ha
llegado a los extremos más groseros.
Las inscripciones mandadas grabar en piedra por el rey Piyadasi3, para
edificación de sus súbditos, lo atestiguan y muestran hasta qué punto llegaba bajo
el budismo, la libertad de cultos y el respeto por la libertad de pensar que han sido
objeto de tan feroz intolerancia y de tantos atentados de parte de la Iglesia
católica.
“El rey Piyadasi -dice una de esas inscripciones- caro a los devas, desea que
todas las sectas puedan habitar en todos los lugares, porque todas se proponen el
sometimiento de los sentidos y la pureza del alma”. “El que exalta su propia secta
-dice otra- desacreditando a las demás lo hace, sin duda, por adhesión a su propia
secta, en la intención de ponerla en evidencia; y bien: obrando así asesta los
golpes más rudos a su propia secta. Sólo la concordia es buena y todos deben
escuchar y complacerse en escuchar las creencias de los unos y de los otros”.
Estas viejas inscripciones budistas, tan dignas de admiración, contrastan con
la intolerancia insoportable del obscurantismo católico que no habría permitido la
libertad de cultos en ninguna nación de las llamadas católicas, si hubiera podido.
La civilización budista tiene, pues, algo que enseñarle a la civilización católica. ¿Y
hoy mismo no estamos viendo las explosiones de fanatismo a que ha dado lugar en
el campo rebelde la guerra civil de España, obra en primer término del clero
español?
En otra inscripción recuerda el rey Piyadasi que en tiempos anteriores, los
reyes salían en excursiones de placer y que él sale en excursiones de religión y
entiende por religión, dar limosna a los pobres, visitar a los ancianos, evacuar
consultas. “Es así -dice la inscripción- cómo el rey Piyadasi, caro a los devas, goza
con el placer que le proporcionan sus acciones”.
El cristianismo, podrá igualar los conceptos morales y humanitarios del
budismo, que lo ha precedido considerablemente en el tiempo, pero no los
sobrepasa. Por el contrario, ya dije que no se encuentran en la enseñanza de
Gautama, las expresiones de intolerancia y de crueldad tan frecuentes en la Biblia
y en los Evangelios.
Pasemos a Confucio, filósofo y moralista, que tampoco pretendió ser Dios.
No fue un asceta, ni un vagabundo, ni un alucinado. Fue un hombre ilustrado y
austero, unas veces afligido por la pobreza y otras consejero de emperadores. En
todos los momentos un ciudadano y un hombre irreprochables.
“¿Con quién he de asociarme, -dice- sino con los que sufren?”.
Como Sakya Muni, no cree en un Dios único y personal, parecido al de los
cristianos, un Dios de verdad, iracundo e implacable.
A diferencia de Jesús, que no escribió jamás una línea, su libro Chou King es
llamado hasta hoy por su pueblo El libro por excelencia, y a él, los chinos, no le
llaman profeta, ni Dios, ni hijo de Dios, sino “El instructor más grande del género
humano que han producido los siglos”.
Su cultura asombra hoy mismo y su enseñanza es eminentemente moral.
Nutrido de conceptos más amplios que Jesús y, desde luego, con una ilustración

3
Inscripciones de Piyadasi, págs. 181, 182. Journal Asiatique, agosto, septiembre 1882. Citadas por
Renán.

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que éste no tenía, no se limita exclusivamente al campo religioso y no dice “dad al


César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Persigue el bien del pueblo
bajo todos sus aspectos y en todos los momentos, y supone una intervención
divina constante en favor del pueblo y no en favor de una iglesia, secta o creencia
determinada.
En el párrafo séptimo del capítulo “Kao Yao” se lee está máxima: “Lo que el
cielo ve y entiende no es sino lo que el pueblo ve y entiende”.
“Mi doctrina es simple –dice- y fácil de penetrar”, y uno de sus discípulos
agrega: “La doctrina de nuestro maestro consiste únicamente en poner rectitud de
corazón y amar a su prójimo como a sí mismo”. Nótese que esta expresión es
anterior en quinientos años a Jesucristo. No presenta Confucio su doctrina como
propia, sino como una herencia tradicional que debe transmitirse a la posteridad. A
esa tradición recopilada por él la llama Los cuatro libros de la Filosofía, Moral y
Política”4.
La moral de Confucio en nada desmerece a la del Evangelio y es más
práctica y practicable. No se refleja en hermosas parábolas, pero en cambio no
está afectada por tanta brujería, ni el libro de que emana está plagado de
incoherencias puestas en labios de Jesús, tan desconcertantes que alguna vez
hicieron creer a los discípulos que Jesús estaba loco y los indujeron a sujetarlo. Lo
dice San Marcos en el versículo 21 del capítulo 3º. Si hubiera irreverencia, iría por
cuenta de San Marcos, autor del versículo y no por cuenta mía, que me limito a
recordarlo. El versículo 21 dice: “Y cuando los suyos oyeron, salieron para sujetarlo
y decían: se ha vuelto loco”, Y el versículo 22 agrega: “Y los escribas que habían
venido de Jerusalén, dijeron: “Está poseído por Belzebú, y por obra del príncipe de
los demonios, expele los demonios”.
Confucio jamás pensó, ni dijo, que para ser su discípulo fuera necesario
odiar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y
hermanas y a su propia vida, ni caminó sobre las aguas.

ALAH Y SU PROFETA

Pasemos al mahometismo y a su moral.


Mahoma vivió 1.100 años después de Buda, 1.000 después de Confucio y
600 después de Jesucristo. Es un hombre. Se conforma con ser el profeta de Alah y
no pretende ser Dios. De todos los fundadores responsables de religiones, sólo
Jesús habría pretendido pasar por Dios, si es que lo hubiera pretendido.
Mahoma era un joven pobre y se casó con Khadidja, viuda rica. El galán
tenía 25 años y la viuda 40, lo que para una mujer en Arabia equivale a 50 en
Occidente, pero los camellos y las ovejas numerosas de Khadidja equilibraban la
situación. Sólo después de los 40 años tentó a Mahoma el papel de profeta.
Su religión no es teológica; por el contrario, es sencilla y de fácil
comprensión. Es monoteísta, absoluta. “Busca un refugio en Dios” son sus
palabras.
El Corán es una curiosa mezcla de preceptos tomados de todas partes y, en
primer término, de la Biblia. Se incorpora íntegramente el Pentateuco “descendido
de lo alto”. Mantiene el concepto del Dios del Deuteronomio: “Dios es poderoso y
vengativo”, dice el versículo 3º del capítulo III. En el Corán habla directamente
Alah y no Mahoma. El nombre de Jesús está en todos los versículos de los
Evangelios y el de Mahoma no es mencionado en el Corán.
La moral del Corán es tan elevada como la de cualquiera otra religión:
“Felices los creyentes que oran con humildad, que evitan los pensamientos
deshonestos, que hacen limosna, que saben contener sus apetitos carnales”, dice.
“Oh vosotros, oíd mis palabras y entendedlas. Sabed que todo musulmán es
hermano de los demás musulmanes. Todos son de la misma calidad.”

4
Traducción al francés de M. G. Pauthier.

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“Si los infieles se convierten, son hermanos en religión” (versículo II,


capítulo IX).
“Cuando dos naciones de creyentes se hagan la guerra, tratad de
reconciliarlas. Si una obra con iniquidad respecto de la otra, combatid a la que obra
injustamente, hasta que vuelva a los preceptos de Dios. Si reconoce sus culpas,
reconciliadla con la otra, según la justicia. Sed imparciales, pues Dios ama a los
que obran con imparcialidad. Pues los creyentes son todos hermanos, arreglad las
diferencias de vuestros hermanos y temed a Dios, a fin de que tenga piedad con
vosotros” (versículo IX, capítulo 49).
Condena la hipocresía enérgicamente. El versículo 7, capítulo II, parece
escrito contra los fariseos y contra los beatos profesionales del catolicismo. “Hay
hombres que dicen “creemos en Dios y en el último día”, y sin embargo no son
creyentes”. “Buscan engañar a Dios y a los creyentes, pero sólo se engañan a sí
mismos y no lo comprenden”.
“Hay entre los árabes del desierto y entre los habitantes de Medina hombres
endurecidos en la hipocresía; los castigaremos”. En la sociedad católica son los
preferidos y los jesuitas han elevado la hipocresía a la altura de un arte.
Las mujeres tienen un sitio de distinción en la moral islámica, aun cuando el
versículo 38 del capítulo IV dice: “Los hombres son superiores a las mujeres en
razón de las cualidades que Dios les ha dado”, pero advierte a los hombres:
“Tenéis derechos exigibles de vuestras esposas y ellas los tienen exigibles de
vosotros. A ellas incumbe no violar la fe conyugal, ni cometer acto alguno que falte
manifiestamente al decoro, lo cual, si ellas lo hicieren, os da autoridad para
encerrarlas en departamentos separados y azotarlas, aunque no severamente,
Pero si se enmiendan, vestidlas y alimentadlas de manera apropiada. Y tratad bien
a vuestras mujeres porque están con vosotros como cautivas y prisioneras y no
tienen poder sobre nada de lo que a ellas pertenece. Y vosotros las habéis tomado
verdaderamente en la seguridad de Dios y habéis hecho a sus personas legales en
las vuestras mediante las palabras de Dios”.
“Y vuestros esclavos –agrega-, ved que se alimenten con el mismo alimento
que vosotros tomáis, y vestidlos de la tela con que os vestís; y sí cometieran falta
que no os sintáis propensos a perdonar, vendedlos, porque son los siervos del
Señor y no han de ser atormentados”.
“El hijo pertenece al padre y el violador del lazo matrimonial será lapidado”.
El Corán tiene 114 capítulos y millares de versículos; es un código para todas las
relaciones de la vida y no una composición estricta y estrechamente religiosa y
teológica, ni un catálogo de profecías y milagros, como los Evangelios. Adora un
Dios Único a semejanza de los judíos, pero ese dios no es exclusivo de los árabes.
Muerto Mahoma se formó la leyenda de su divinidad, exactamente como
sucedió con Buda y Jesús. Para los mahometanos es un hecho tan indiscutible
como la multiplicación de los panes para los católicos, que el mundo se conmovió
cuando nació el profeta; el palacio de los Cosroes se desplomó; el fuego sagrado se
apagó, el lago Sawa se desecó y Amina, la madre de Mahoma, durante el
embarazo, soñó que una luz extraordinaria brotaba de su seno e iluminaba el
mundo.
Mahoma, a semejanza de Buda y de Jesús, no creyó necesario el culto
fastuoso, ni el clero profesional para que los creyentes adoraran a Alah. Es
admirable ver cómo los tres reformadores, a una distancia de 1.200 años entre el
primero y el último, coinciden en el desdén por el clero profesional. ¡Cuánta razón
tenían! Pero el mahometismo lo desterró definitivamente, junto con los ídolos que
pululaban en las mezquitas, mientras que en el budismo y el cristianismo han sido
restablecidos. El mahometismo tiene predicadores y doctores del Corán, pero no
tiene clérigos.
El mahometismo espera, también, el juicio final porque, como ya dije, está
impregnado de conceptos bíblicos. “Verán a Dios cuando el cielo se abra”, dice. En
su visión del paraíso tiene más seriedad que el delirio paranoico del Apocalipsis y
describe las delicias que aguardan allí a los creyentes bienaventurados.

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El Evangelio de los guerreros de Alah no podía ser idéntico en su forma al de


los cristianos y budistas. No es sin razón que se ha llamado al mahometismo
“religión de los caballeros del desierto”. Un soplo heroico corre sobre sus páginas.
Falta en ellas lo que en el Evangelio cristiano, so color de humildad ejemplar,
humilla la dignidad humana. Nada de poner la otra mejilla cuando se recibe una
bofetada, nada de dejar vuestros bienes en poder del que os los quite. No evocan
las barcas de los pescadores evangélicos sus versículos cortados con el filo de las
cimitarras; se entrevé el horizonte del desierto ilimitado y peligroso.
Pero aparte de esas diferencias bien explicables en una raza aguerrida, no
hecha al cautiverio de Babilonia ni al vasallaje de las castas hindúes, la moral del
mahometismo está impregnada de humanitarismo, dulzura y elevación.

LA NUEVA RELIGIÓN NAZISTA

Abrigo dudas acerca de si me corresponde o no considerar la moral de la


nueva religión nazista, que tantas tribulaciones causa a los ministros protestantes
y católicos y a los fieles mismos, después de haber comparado la ley moral que
preside a las enseñanzas del cristianismo, del budismo, del confucionismo y del
mahometismo.
Participo sólo limitadamente de la impresión un tanto carnavalesca que
produce la insólita tentativa de los señores Hitler, Goebbels, Rosenberg, etc., de
resucitar en Alemania lo que se llama “Los mitos nórdicos” y colocarlos en el lugar
de los mitos católicos y cristianos en general. Sin embargo, como no siento
apasionamiento alguno en esta materia, no cometeré la injusticia de tergiversar el
sentido de una doctrina aventurada, cuya síntesis, que cabe en pocas palabras, no
está desprovista de buen sentido.
El nazismo se ha dicho: “Si todos los mitos son iguales o equivalentes, y si
los viejos germanos que habitaron las selvas misteriosas tenían los suyos, ¿a qué
importar mitos del extranjero? Volvamos a nuestros primeros amores, restauremos
los mitos de los antiguos germanos y devolvamos a Palestina los mitos judíos y a
Roma los que ha creado el cristianismo”.
Ese concepto no es absurdo y en rigor, daría derecho a la nueva teología a
ser tenida en cuenta, a la par de las otras, en este rápido estudio, pero no lo voy a
hacer. ¡Será la única injusticia que pueda reprocharme y cosa curiosa, no me la
reprochará el señor Franceschi!
Si el árbol se juzga por sus frutos, me he dicho, y la religión nazista surge
del mismo ambiente que ha destruído, o, por lo menos ahogado, los conceptos más
nobles que ostentaban las sociedades políticas civilizadas, presumo que su ley
moral estará por debajo de las que he considerado.

ANALOGÍA DE LAS RELIGIONES

Las comparaciones que acabo de hacer justifican ampliamente lo que dije (y


el señor Franceschi no quiere creer), o sea, que están equivocados los católicos
intransigentes, cuando piensan que la propia religión no solamente es la única
verdadera del punto de vista sobrenatural y filosófico, sino la que sustenta la moral
más elevada. Unos por ignorancia absoluta de los otros cultos, que jamás estudian,
y otros por mala fe, lo sostienen al unísono.
Una religión positiva determinada vale cualquier otra religión. Todas
responden a una necesidad específica del vulgo, que no alcanza a comprender los
conceptos filosóficos puros y necesita creer en lo sobrenatural y en los milagros, y
practicar la idolatría. Nietzsche, que menospreciaba los cultos positivos, dijo: “la
religión es una cosa del pueblo”.
Las religiones son también frutos del atavismo mental. No me sorprenderá si
algún día la ciencia extiende las experiencias de la genética al fenómeno religioso y

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el microscopio encuentra el cromosoma del misticismo o del fanatismo. Así se


explicaría la persistencia de determinados caracteres en pueblos como Irlanda,
España, Polonia y aun entre nosotros, en sectores numerosos de esta capital y de
Córdoba.

LA CIVILIZACIÓN Y LAS RELIGIONES

Arguyen los católicos con el hecho de que las naciones cristianas son las
más civilizadas de la tierra y lo atribuyen a la influencia de su religión.
Es un error. El Occidente ha progresado más que el Oriente, porque lo
habita la raza blanca, superior a la negra mezclada y a la amarilla y porque se
asienta en la zona templada, que es superior también a la zona tórrida.
Lo prueba elocuentemente un hecho histórico: Grecia y Roma alcanzaron un
grado de civilización maravilloso (que bajo algunos aspectos no ha sido superado)
muchos siglos antes de la era cristiana. Adorando ídolos y creyendo en oráculos,
profesando una mitología infantil y encantadora, hicieron y legaron grandes cosas.
La India, la China, el Egipto, la Persia y el imperio asirio, alcanzaron también
una gran civilización en el mundo antiguo.
La civilización de Occidente es un fruto combinado de la raza, del clima, de
la ciencia y de la libertad y estas dos últimas han crecido en lucha constante con la
Iglesia Católica intolerante y reaccionaria. Lo es hoy mismo. El progreso y la
ciencia fueron repudiados por Pío IX en su famoso Syllabus.
Asombra la pretensión del señor Franceschi cuando presenta a la Iglesia
preocupada siempre por la enseñanza superior y ofrece de ejemplo la existencia de
universidades católicas. No necesito decir que no es de allí de donde ha salido la
ciencia contemporánea. La Iglesia, sin duda, ha querido en todos los tiempos tener
el monopolio de la enseñanza, para, de ese modo, no enseñar, o enseñar
solamente lo que tienda a perpetuar las argucias teológicas. Compárense en todo
el mundo, las universidades católicas con las universidades libres o instituidas por
el Estado y se verá la enorme diferencia. ¿Qué puede esperarse de la orientación
científica que infunda el Papado, cuando se recuerda que un Papa prohibió que en
España se discutiera el sistema de Copérnico y que la Inquisición hubo de quemar
a Galileo porque se permitía contradecir a la Sagrada Biblia?
He nombrado a España y no puedo menos que exclamar, ¡pobre España! Su
solo nombre evoca los horrores que causan el fanatismo de los sectarios y la
teocracia como sistema de gobierno. España, dotada de riquezas naturales más
abundantes que Inglaterra, no se la ha podido comparar en ningún momento del
punto de vista del progreso colectivo. El atraso secular de España y la miseria que
afligió siempre a su pueblo son la obra de la Iglesia, que dominaba a reyes
degenerados y a señores feudales preocupados únicamente de mantener sus
privilegios. El feudalismo español, causa de los mayores males, se nutrió en la
Iglesia y ambos hicieron causa común.
La Iglesia argentina, el clero argentino y los ricos argentinos, no se
resignaron a permanecer indiferentes ante una oportunidad de mostrar su
solidaridad con los que se proponen volver a la servidumbre y a la miseria a los
proletarios españoles en camino de emanciparse, y allá fue el señor Franceschi,
con un cargamento de baratijas divinas a reforzar el stock en poder de los curas
españoles, tan abundantemente provisto que los escapularios alcanzan hasta para
los moros infieles. ¡Solidaridad lógica del oscurantismo sobre todo el haz de la
tierra!

LOS MILAGROS DEL DIABLO

Acabo de discurrir acerca de la pretensión de la Iglesia católica de ser la


única verdadera y la única imbuida de altos principios morales y humanitarios.

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Debo ahora investigar si tiene el derecho de pretender que sus milagros son
aceptables y los de las otras creencias simples supercherías.
Es natural, sin duda, que la Iglesia católica piense así. Siendo los milagros,
según ella, una demostración resplandeciente de la divinidad, no puede admitir la
legitimidad de milagros que no emanen de la “trinidad” de dioses que ha
constituído. La realidad de otros milagros implicaría la existencia de otros dioses, lo
que no puede admitir.
Sin embargo, la pendiente de lo sobrenatural es resbaladiza o bien el
paladar se empalaga con lo dulce. De ahí resulta que en los casos apurados,
cuando los evangelios y demás fábulas cristianas se han encontrado en apuros
para explicar el triunfo tan frecuente del mal, le han otorgado al Diablo la facultad
de hacer milagros. Hay, pues, dentro de los dogmas, milagros de Dios y milagros
del Diablo, pero todo queda en familia; lo grave sería reconocer el poder milagroso
a un dios budista o mahometano.
En mi primer artículo de réplica al señor Franceschi, recordé que en opinión
de San Pedro, el Diablo hizo que Simón el Mago volara sin aparato, en el anfiteatro
romano. Simón el Mago se valía precisamente de los milagros que hacía a vista y
paciencia de Dios para combatir a los católicos con gran éxito entre la plebe
romana.
La existencia del Diablo es algo que no tiene pies ni cabeza, y sin embargo,
la atestiguan el Viejo y el Nuevo Testamento. En otras religiones hay genios del
mal y furias destructoras, pero en ninguna de ellas han sido creados por un dios
omnipotente, omnisciente y misericordioso.
Nunca se ha logrado explicar satisfactoriamente qué razones movieron a
Dios cuando se le ocurrió crear al Diablo y por qué no lo liquidó cuando vio lo que
hacía. Si no lo hubiera creado, el hombre no habría sido tentado por el mal. De
manera que el único responsable de los pecados del hombre es el Dios de los
católicos, que encontró excelente la idea de crear al Diablo. En el fondo, a los
católicos no les desagrada que se pueda pecar y le queman incienso a Dios y le
entonan himnos y oraciones.
Si le cuentan al señor Franceschi alguna historieta milagrosa de los anales
budistas, no la cree, pero cree en los milagros católicos.
Por ejemplo, consideremos un instante el viaje al Tibet del peregrino budista
chino Hiouen Thsang, cuando ya el budismo tenía más de mil anos de existencia.
Fue desde China a ver con sus propios ojos la sombra de Buda en la gruta
misteriosa. En el relato que nos ha dejado recoge las leyendas que le contaron en
el camino y dice:
“Que un día el ecónomo de un convento de lamas, no habiendo podido
procurarse las provisiones necesarias, se encontró en una gran perplejidad, cuando
vio que en ese instante pasaba volando una bandada de gansos. Habiéndola
mirado, exclamó riendo: hoy la pitanza de los religiosos falta completamente ¡seres
nobles, es necesario que tengáis en cuenta las circunstancias! Apenas hubo
pronunciado estas palabras el jefe de la bandada cayó de lo alto de las nubes, a los
pies del ecónomo, como si le hubieran cortado las alas. Éste, lleno de confusión y
de temor, informó a los hermanos, los cuales se pusieron a sollozar y llorar. Este
pájaro –dijeron- era un budista futuro (bodhisattva). ¿Cómo osaríamos comerlo?
Insensatos que somos; hemos causado la muerte de esta ave”5.
Le hicieren construir un túmulo sagrado, depositaron en él su cuerpo y le
dedicaron una inscripción que recuerda a la posteridad su abnegación.
Para el señor Franceschi esta leyenda será, fuera de duda, una candorosa
superchería de los lamas; pero eso no le impedirá seguir creyendo que Jonás
estuvo vivo durante tres días en el vientre de una ballena y que Jesús caminó
sobre las aguas.
Los mitos religiosos son todos iguales y valen lo mismo; los mejores son los
griegos, por su belleza literaria. ¡Y cómo los menosprecian los católicos! Entre el

5
STANISLAS JULIEN, Historia de Hiouen Thsang. Citado por Renán.

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ganso abnegado del Tibet y la yunta de bueyes de Luján, que se empacó


insólitamente, dando lugar al nacimiento de la leyenda milagrosa de la virgen que
transportaban, no existe la menor diferencia. Todo es hecho a base de credulidad y
de fraude. Pero la credulidad y la idolatría serán eternas, lo mismo en el Tibet que
en Luján.
Después de dos o tres años de camino, soportando atroces privaciones,
Hiouen Thsang llegó a la gruta misteriosa donde la sombra de Buda aparece a los
creyentes sobreexcitados. Penetró vibrante de emoción sagrada y después de
hacer 500 saludos en el vacío entonando cánticos laudatorios, una luz
deslumbradora inundó la gruta y pudo ver claramente, no sólo la sombra divina,
sino el cuerpo mismo de Buda con hábito religioso de color amarillo rojo.
Había realizado su ideal y podía morir entonando su plegaria: “Salvad a los
hombres que arrastra el torrente de la vida y de la muerte”.
El acompañante de Hiouen Thsang nada vio; le faltaba la fe, lo que les
ocurre a esos seres desdichados y despreciables que hoy mismo en Nápoles, no
ven hervir la sangre de San Genaro. El señor Franceschi, lógicamente, no dudará
de la verdad inmanente de este último fenómeno y se burlará de las ilusiones de la
imaginación febril del peregrino budista.
Entre otras curiosidades vio también Hiouen Thsang la piedra donde Sakya
Muni lavaba su ropa hace 2.500 años y conserva ¡oh poder de la divinidad! Las
señales dejadas por la trama de los tejidos, lo mismo exactamente que los
católicos creen ver en Roma las señales impresas por las rodillas de San Pedro en
la piedra donde oraba, hecho más admirable aún, si se tiene en cuenta que no hay
seguridad alguna de que San Pedro estuviese alguna vez en Roma, y si hubiera
estado, habría sido por un tiempo mucho más breve que el necesario para gastar
una piedra con las rodillas.
El señor Franceschi cree en la piedra de San Pedro y no cree en la de Sakya
Muni. Está en su derecho, pero digamos con Renán: “Viendo con qué audacia en
nuestros días dan la vuelta al mundo civilizado mistificaciones ridículas, lejos de
asombrarse de la credulidad del pasado hay que confesar que la crítica, la facultad
que permite al hombre prevenirse contra las mil causas de ilusión de que está
rodeado, es un don excepcional y a nosotros nos encuentra aún bien lejos del día
en que dirigirá la opinión”.

LOS SANTOS DEL SR. FRANCESCHI

Insiste nuevamente sobre el culto de los santos milagrosos, y dice: “En


cuanto a que el culto de los santos sea idolátrico presento las siguientes reflexiones
a cualquier persona serena. El ídolo es considerado como Dios, se le rinde culto por
su valor intrínseco. Ahora bien, la Iglesia enseña que las imágenes no son más que
un memorial, un recuerdo como lo puede ser la fotografía de nuestra madre o el
bronce de un héroe nacional”.
Lo que acabo de transcribir es una argucia, pues la Biblia prohíbe en
absoluto hacer imágenes o estatuas de cosa alguna que esté en el cielo o en la
tierra o en las aguas y rendirles culto, como lo puedo demostrar transcribiendo los
versículos correspondientes, que llevan los números 8 y 9 del capítulo V del
Deuteronomio y dicen:
“Vers. 8. - No te harás estatua ni imagen de cosa alguna de las que están
arriba en el cielo, o abajo en la tierra, o que habitan las aguas debajo de la tierra.”
“Vers. 9. - No las adorarás, ni les darás culto, porque yo soy el Señor Dios
tuyo, Dios celoso que hago caer la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la
tercera y cuarta generación de aquellos que me aborrecen”.
¿Cómo puede sostener el señor Franceschi que la Iglesia católica respeta
esa prohibición divina cuando fabrica imágenes y estatuas, les levanta altares en
los templos y les rinde culto y las cubre de ofrendas en testimonio de los milagros
que han realizado? Si de algo podría tacharse a la frase mía que ha pretendido

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refutar con tan pobres argumentos, es de su excesiva moderación. Yo manifesté


que el culto de los santos milagrosos es contrario al espíritu del Evangelio y debí
decir que es contrario al espíritu y a la letra, puesto que los evangelios no han
pretendido substituir a la ley hebraica, sino cumplirla.
La Iglesia católica necesitaba abrir un vasto campo de acción a los instintos
supersticiosos de sus adeptos y lo hizo sin vacilar mayormente. ¿Cómo habría
atraído a su seno a los gentiles que adoraban ídolos si no les hubiera ofrecido la
posibilidad de seguir adorando santos? Desde muy temprano, desde el siglo
segundo mencionado por mí, se colocaban imágenes en los templos y esas
imágenes, más que el nuevo Dios, atraían las miradas y el culto de los conversos.
La Iglesia no podía colocar imágenes en los altares, ni aun a título de simple
recuerdo, como pretende ingenuamente el señor Franceschi, pues le estaba
prohibido. Por otra parte, ningún cura ha colgado jamás de las paredes de su
iglesia el retrato de su señora madre; y como las ofrendas comprueban que la
colocación de la imagen no lo es a título de recuerdo, sino para impetrarles
milagros, la argucia se pone en mayor evidencia. Eso es idolatría contraria a los
evangelios.
Así lo demostró Lutero en los días oscuros en que la Iglesia espiritual, pura y
sacrosanta vendía indulgencias. Hoy las misas gregorianas, de tarifa más alta que
las misas comunes, permiten sacar del purgatorio, o hacer creer que se saca del
purgatorio cualquier alma en pena, mediante el desembolso de unos pesos y de ese
modo vienen a ser los subrogantes de la venta de indulgencias.
En este punto el señor Franceschi se muestra protector y dice “que en
materia tan especializada no estoy obligado a saber”, mientras que él “habiendo
estudiado de antiguo esta cuestión no ignoraba que fuera de la Virgen, que es
venerada por ser madre de Jesucristo (se sabe de antiguo que una virgen es una
mujer que da el pecho a un niño) durante dicho siglo no se veneró más que a los
mártires y por razón de su martirio, no por otro motivo”.
El pez por la boca muere. He aquí reconocido por el propio señor Franceschi,
que en el siglo II se veneraba a los mártires. Y, como no hay mártir de cierta
notoriedad que no sea santo, yo me expresé correctamente al decir que desde el
siglo II se rendía culto a los santos y que las iglesias ostentaban sus imágenes.
Afirmo ahora que los estudios especializados que dice el señor Franceschi
haber hecho sobre esta materia, no le han aprovechado. La adoración de los
santos-mártires (a cuyos huesos se les reconocían virtudes milagrosas, a
semejanza de los paganos iniciada en el siglo II, no fue sino el pálido comienzo de
la idolatría desenfrenada que alcanzó su culminación en los siglos VIII y IX, para no
desaparecer más. Ya antes de esa fecha se adoraban crucifijos y reliquias. El Papa
Gregorio el Grande patrocinaba públicamente la adoración de imágenes y reliquias,
lo que motivó la polémica que tuvo con el obispo de Marsella, el cual, por fidelidad
a los principios de la Biblia las había excluido de las iglesias de su diócesis.
Todo esto lo ignora el señor Franceschi, ya que no debo suponer que lo
oculta a sabiendas, pero es extraño que titulándose especialista en la materia, no
haya mencionado por lo menos el concilio de los obispos Francos, que en el año
824 se reunió en París y resolvió que los decretos del Papa ordenando la adoración
de las imágenes eran absurdos6.
En el siglo IV otro concilio condenó la colocación de cuadros en las iglesias,
pero no se hizo caso de su resolución. La tendencia idolátrica se había hecho
irresistible.
Viene después en el siglo VIII, el movimiento iconoclasta en la Iglesia de
Oriente en que juega tan gran papel León el Isauro, y muchas imágenes y estatuas
fueron tiradas a la basura; pero la Iglesia de Occidente se mantiene en la adoración
idolátrica con tanto mayor frenesí cuanto más aumenta su corrupción.

6
Citado por J. M. ROBERTSON, Breve historia de la cristiandad.

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – III

LA IMITACIÓN EN MATERIA DE RITOS

El señor Franceschi pregunta ¿de dónde nace el estilo del Apocalipsis (debió
preguntar de dónde nace el Apocalipsis mismo) que tan extraño parece al doctor
de la Torre? Y, por toda explicación, dice “que corresponde a una técnica
netamente oriental y hebrea”. Pero la cuestión no es tan sencilla.
En el caso del Apocalipsis no se trata solamente de una imitación de estilo;
el Apocalipsis (pretendida revelación directa de Jesús fraguada visiblemente por un
escriba y adjudicada a un apóstol), no es sino una copia, o, por lo menos, una
imitación o adaptación de visiones fabulosas originarias de la India y muy comunes
allí.
Juan el Apóstol, no vivía en Palestina, vivía en Asia Menor, y el autor
verdadero del Apocalipsis sería de esos mismos alrededores, donde la literatura
milagrera hindú llegaba y era utilizada ampliamente por judíos y cristianos.
No es sólo la forma del Apocalipsis, como piensa el señor Franceschi, sino
también el fondo, lo que evidentemente ha sido tomado o adaptado de leyendas y
visiones hindúes aprendidas en la biblioteca de Alejandría.
No he de detenerme a demostrar que muchas parábolas de Jesús y muchos
misterios del género de la fecundación de una virgen por un espíritu son de origen
oriental y me bastará recordar un caso muy conocido. Max Muller, de autoridad
mundial, demostró que las vidas de San Barlaam y San Josafat, cuyos relatos
minuciosos ha consagrado la bibliografía cristiana oficial, han sido tomadas
literalmente de episodios de la vida de Buda fraguados por visionarios de la India;
y lo ocurrido con esos dos santos tiene numerosas analogías. El Apocalipsis
pertenece a la familia.

OTRA VEZ EL AÑO MIL

No puede extrañarme que siga todavía en su tercer artículo el señor


Franceschi pidiendo que yo exhiba el texto de un decreto pontificio que jamás he
invocado, si lo he visto tergiversar el texto de los versículos del Evangelio. No va a
tener más respeto por mí que por ese libro santo.
Pero no puedo aceptar que oculte la situación que soportaba la Iglesia en los
tiempos que se creyeron anunciadores del fin del mundo, porque ella es inseparable
de la cuestión misma. La Iglesia atravesaba una situación de extrema decadencia
moral y como las profecías del Apocalipsis y de los Evangelios anunciaban
calamidades excepcionales al aproximarse el fin del mundo, los escándalos
inauditos que daban los papas y los obispos inducían a los católicos a pensar en
que se iba a cumplir la profecía.
Esa época desgraciada culminó en el pontificado de Benedicto IX, entre los
años 1033 y 1048. Está dicho todo a los efectos de dar la medida de la corrupción
de la Iglesia en aquel momento, con recordar que Benedicto IX fue consagrado
Papa a los 12 años (otros pretenden que a los 16). La familia de los condes de
Túsculo no disponía de otro representante de qué valerse y elevó al solio pontificio
a una criatura adornada por Dios de todos los vicios imaginables.
Oigamos a este respecto a un hombre moderno de la Iglesia, a monseñor
Agostino Saba, profesor de historia eclesiástica en la universidad de Milán y autor
de una Historia de los Papas.
“El poder del padre y del dinero –dice- pudieron hacer naufragar el concepto
eclesiástico del Papado y equiparar la silla de San Pedro a tantos otros obispados
del tiempo distribuídos por simonía entre hijos de príncipes y de gentiles hombres.
Una densa tiniebla moral oscurecía la conciencia de muchos electores romanos y los
mejores habrán llorado, buscando en vano con sus lamentaciones despertar a
Cristo que dormía en su nave batida por las olas” (tomo 1º, página 514).
Estas palabras dejan ver que el caso monstruoso de Benedicto IX era un
reflejo de la situación de la Iglesia y que la simonía era un procedimiento frecuente

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – III

para asaltar los obispados.


El pueblo, la masa de fieles que esperaba el fin del mundo, indignada con
esos espectáculos, y no el clero simoníaco, se alzó contra Benedicto obligándolo a
huir de Roma, pero el emperador Conrado II lo repuso. El sucesor de San Pedro, a
poco andar, vendió su investidura, con mitra y todo, a Juan Graciano, no obstante
lo cual, a impulsos de su fe púnica reconquistó el pontificado.
Lo único que podrá argüir el señor Franceschi en desmedro de la profecía del
fin del mundo en aquella época, es que el mundo no se acabó, pero eso no quiere
decir que los fieles no hubieran esperado la catástrofe en una situación que
consideraban, con razón, espantosa. Continuó en la misma forma infinidad de años,
hasta que Lutero y la Reforma, trajeron un mejoramiento después de los
escándalos formidables de los Borgia. Otro Benedicto, Benedicto XI, fue
envenenado por un franciscano.

ANANÍAS Y SÁFIRA

No puedo pasar por alto una imputación maligna que me hace el señor
Franceschi. He citado con lealtad todos los textos bíblicos o no bíblicos de que he
necesitado valerme. En prueba de ello no ha podido propiamente negarlos,
limitándose, a lo sumo, a intentar tergiversaciones que he destruído.
En los puntos capitales he hecho siempre citas íntegras y en los accesorios
he abreviado o resumido, por razones de espacio. Jamás he hecho una abreviación
ni un resumen que alteren el sentido, desde luego porque esa clase de maniobras,
en general inútiles, me repugnan.
La cita del episodio de Ananías y Sáfira, en que actúa San Pedro, la tomé de
Los Hechos de los Apóstoles, de San Lucas, al solo efecto de demostrar hasta qué
punto la comunización de bienes (practicada por los discípulos más inmediatos de
Jesús y por sus propios hermanos y sobrinos) había sido una realidad. No le di otro
alcance y no me detuve a averiguar hasta dónde la supuesta muerte de esos dos
desgraciados se debió al perjurio o a la defraudación que habían cometido a la caja
común.
En realidad transcribí todo el contenido de los diez versículos pertinentes,
pero en el versículo cuarto encontré una frase sin sentido que Scio de San Miguel
traduce así: “¿No es verdad que conservándolo (lo mismo da que se refiera al
campo vendido o al precio) quedaba para ti y vendido lo tenías en tu poder? ¿Por
qué pusiste en tu corazón esta cosa? Tú no mentías a los hombres, sino a Dios”.
Suprimí lo que carecía de sentido, dejando la última frase: “Tú no mentías a los
hombres, sino a Dios”.
No puede explicar el señor Franceschi el sentido correcto de la frase
absurda, “vendido lo tenías en tu poder”, que yo suprimí por incomprensible, pero
no le importa, y se aprovecha de la supresión para dar rienda suelta a su mala fe y
pretender que es una supresión maliciosa.
A ese efecto dice: “Pues bien; el mismo doctor de la Torre dice que tomó
esto de “Los Hechos de los Apóstoles”, capítulo V, versículo 1 al 10, y así es. Pero
lo que oculta es que saltó parte de un versículo, el 4º, que en entero dice así: “¿No
es verdad que, conservándolo, quedaba para ti y vendido lo tenías en tu poder?
¿Por qué, pues, pusiste en tu corazón esta cosa? Tú no mentías a los hombres sino
a Dios”. Lo que castiga, pues –agrega-, no es haber guardado una parte del precio,
sino la mentira. ¿Por qué suprimió el doctor de la Torre estas palabras?”.
La falsedad de la imputación del señor Franceschi resulta de los tres
primeros versículos del relato, pero él los oculta y esa ocultación sí que es
maliciosa. Dicen esos tres versículos:
“Y un varón por nombre Ananías, con su mujer Saphira, vendió un campo y
“defraudó del precio del campo”, consintiéndolo su mujer; y llevando una parte la
puso a los pies de los Apóstoles y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué tentó Satanás tu
corazón para que mintieses tú al Espíritu Santo y defraudases del “precio del

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campo”?”.
Se ve claramente que Ananías estaba obligado a entregar la totalidad del
precio a la comunidad cristiana de Jerusalén, puesto que se califica de defraudación
el hecho de haber retenido una parte, y que el castigo (pena de muerte),
comprendía a la vez la “defraudación” y el perjurio.
Y como mi propósito al hacer la transcripción de ese episodio se limitaba a la
demostración de la realidad a que llegaba la aplicación del concepto comunista
entre los discípulos inmediatos de Jesús, conseguí mi objeto sin tergiversar nada.
No sucede lo mismo con la imputación jesuítica que me ha hecho, con toda
mala fe, el señor cura rector de la Capilla del Carmen, agravada por el hecho de
que quien procede de esa manera tiene sobre sí el pecado de haber suprimido en
sus citas del texto de mi Conferencia en el Colegio Libre de Estudios Superiores
cuanto le era necesario para alterar su sentido.
Causa también asombro la ligereza del señor Franceschi al mostrarse
encantado de la severidad (no sé si de San Pedro o del Espíritu Santo), para
castigar con pena de muerte el perjurio de Ananías, recaído sobre un puñado de
dinero. La doctrina de la Iglesia debe ser distinta actualmente, puesto que tolera
toda clase de perjurios y aprovecha de ellos. Tolera, por ejemplo, y encomia a los
gobernantes clericales que faltan al juramento de respetar y cumplir las leyes.

LA LUCHA DE CLASES

He comprobado, sin sorpresa, una contradicción flagrante en el reciente


artículo del señor Franceschi, comparado con el primero. Me imputó nada menos
que haber falseado el pensamiento de los pontífices, cuando dije que no reconocían
la ilegitimidad de la lucha de clases, ni en la situación tan insoportable que ha
creado a la clase proletaria la exacerbación del capitalismo, y ahora dice lo
contrario en estos términos: “La Iglesia no quiere la lucha de clases sino la
concordia de las clases, no por sumisión incondicional de una a otras, sino por
pactos y concordatos entre todos ellos que engendren una colaboración pacífica: lo
demuestran los documentos”.
Precisamente lo que yo dije, y él negó. Yo lo dije en términos que
significaban, más o menos, esto: la Iglesia sabe que entre obreros y contratistas
no se celebran pactos y concordatos que comprendan a toda la clase obrera y
resuelvan la situación angustiosa del proletariado, y, sin embargo, declara ilegítima
la lucha de clases. En la Conferencia me faltó hacer constar expresamente, que
Jesucristo inauguró la lucha de clases y se pronunció en favor de los pobres,
condenando a los ricos, en bloque, al infierno.
Recuerda después el señor Franceschi que el Papa León XIII mostró toda la
consideración que le merece la clase obrera, haciendo abrir la misma puerta que se
reserva a los jefes de Estado para recibir una peregrinación de trabajadores.
Lejos de alterar ese acto de deferencia lo que yo he manifestado, al apreciar
el escaso valor de esas efusiones puramente externas, lo confirma. Dije que la
cuestión social exige hechos y no actitudes teatrales.
Refiriéndose en seguida a las admirables palabras que pronuncio el Dr.
Correa con motivo de las que a su vez pronunció el Papa Pío X, pretende que el
vocablo nobiles no debe entenderse “nobles de sangre” sino de cualidades “que
atraigan notoriedad, como la inteligencia o los méritos”. Esa sutileza, que no podía
faltar, no tiene fundamento, puesto que el Papa Pío X no sólo habló de nobles y
plebeyos en sentido llano, sino también de príncipes y súbditos, donde ya no hay
cabida para la argucia del señor Franceschi. Y con este motivo repetiré una vez
más que el análisis de “palabras” no interesa, sino el de “conceptos” y en este caso
el “concepto” que traduce enérgicamente, incontestablemente, el motu proprio de
Pío X, es el de un apoyo ilimitado de la Iglesia a las desigualdades sociales, que
declara ajustadas “al orden establecido por Dios”. ¡Con qué facilidad hacen a Dios,
los Papas, chivo emisario de sus maniobras!

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MI PRETENDIDO ODIO A LA IGLESIA

No vuelve el señor Franceschi sobre este tema para confesar que le ha sido
imposible encontrar en toda mi vida pública actos concretos de militante contra la
Iglesia. Prefiere continuar en el terreno de las vaguedades y de las insinuaciones
malignas, y dice:
“El doctor de la Torre niega que odie a la Iglesia; si no tuviera más que
desdén por ella, como lo pretende, no hablaría en el tono en que lo hace,
procurando de todas las maneras zaherirla, ofender a los fieles, cubrirla de ludibrio.
Y no somos tan olvidadizos de la orientación dada por él al Partido Demócrata
Progresista, que fue de abierta lucha contra el catolicismo. Hasta el nombre de
Dios quiso hacer suprimir de la Constitución Provincial”.
Soy poco considerado, efectivamente, con el milagro, sea que pretendan
hacerlo los católicos o los budistas, y si eso significara que odio a los católicos,
debería significar también que odio a los budistas, lo que no ha de ocurrírsele ni al
señor Franceschi. No tomo en serio los cuentos de las Mil y Una Noches y eso no
quiere decir que odie a las Mil y Una Noches: pero si me resisto a creer en el
cuento de la fecundación de una virgen por el Espíritu Santo o si me resisto a creer
en el Espíritu Santo mismo, entonces se dice que odio a la Iglesia Católica. Con mi
manera libre de pensar no tengo la intención de zaherir a nadie, pero los sectarios
ofuscados se dicen zaheridos cuando los otros piensan libremente.
En cuanto a que el Partido Demócrata Progresista haya seguido una política
“de abierta lucha contra el catolicismo” es otra invención que no hace honor al
señor Franceschi y no la puede probar, porque es una invención. No actuarían con
honor, en una situación perfectamente cómoda, católicos notorios en el Partido
Demócrata Progresista, si la afirmación irresponsable del señor Franceschi fuera
cierta; no estaría hoy mismo en el Congreso el diputado demócrata progresista
doctor Luis María Mattos (diputado reelecto), si la afirmación irresponsable del
señor Franceschi fuera cierta; y, por último, no habría sido gobernador de Santa Fe
elegido por el Partido Demócrata Progresista, el doctor Luciano F. Molinas, si la
afirmación irresponsable del señor Franceschi fuera cierta.
Durante el período ejemplar de gobierno del doctor Molinas la Iglesia
católica vivió en paz en Santa Fe, gozando de las garantías que emanan de las
leyes estrictamente respetadas; lo que no fue obstáculo para que el clero, a favor
de la impunidad que le aseguraba el Gobierno de la Nación, se pusiera al servicio, o
mejor dicho, a la cabeza del asalto a la provincia, santificando los procedimientos
escandalosos que la República entera conoce y condena.
Y en cuanto a la Constitución de 1921 que adoptó la neutralidad religiosa del
Estado me atribuye la paternidad de lo que contiene. Es otra falsedad. Yo no fui
convencional y el Partido Demócrata Progresista mal pudo hacer que prevaleciese
la reforma en ejecución de una pretendida política de lucha con el catolicismo, no
teniendo, como no tenía, la mayoría de la convención. La reforma se adoptó por la
casi unanimidad de los representantes radicales y demócratas progresistas. Más
participación que yo (puesto que no tuve ninguna) cupo a los doctores Menchaca y
Mosca.
Este último vetó posteriormente la Constitución so pretexto de la prórroga
de las sesiones (que había sido perfectamente legal) no por manifestarse
disconforme con lo sancionado, sino por una exigencia de don Hipólito Irigoyen,
presidente de la República, que movido por cálculos electoralistas había accedido a
una solicitación del nuncio apostólico, funcionario diplomático extranjero que
faltaba a su deber interviniendo en cuestiones internas de una provincia, como
faltaba a su deber el presidente de la República que se sometía a sus planes.
Fue entonces cuando yo, diputado por Santa Fe, pronuncié en la Cámara, en
la sesión del 22 de septiembre de 1922 las palabras que voy a reproducir, porque
concuerdan admirablemente con lo que sostengo en esta polémica.
“Ignoro –dije- las pasiones anticlericales; pasé otra vez, cuatro años en esta
Cámara sin promover jamás un debate religioso, y sin intervenir en los que

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promovieron católicos y socialistas; nunca creí en el peligro clerical, ni en la


necesidad de prevenirlo; aspiraba a que cada cual creyera en lo que su conciencia
le dictase; pero hoy en presencia de una conjuración de intereses clericales que
pretende destruir la Constitución de mi provincia por medio de falsedades y
tergiversaciones, reconozco que he estado en error y que el clericalismo es un
peligro para nuestras libertades. ¡Señores diputados, una Constitución argentina
está en peligro de ser anulada por una conjuración clerical!”
Quince años después estoy en el mismo terreno; pero el señor Franceschi,
desgraciadamente para él, cree al unísono con los demás hombres de Iglesia, que
pensar libremente implica odiar a la Iglesia.
¿No seré yo también el autor de la reforma constitucional que se realizó en
la provincia de Entre Ríos y adoptó la neutralidad religiosa del Estado, como en
Santa Fe? Lo ignorarían los entrerrianos y lo ignoraría yo, pero cuando se cree en
milagros todo es posible.
No ha dado lugar en Entre Ríos esa reforma a la menor protesta, ni en los
Estados Unidos se conoce, una Constitución estadual, en la que se invoque a Dios.
Debe atribuirse también a obra mía lo de Estados Unidos. Además había en Entre
Ríos numerosos católicos que concurrieron a la sanción de la reforma. Pasó todo en
tanta tranquilidad que hasta se ignora en general, fuera de Entre Ríos, que haya
sido adoptada y nadie absolutamente la ha atribuido a un odio entrerriano a la
Iglesia.
En Santa Fe debe atribuirse a odio mío un acto que era expresivo solamente
de una alta civilización.

PRUEBAS A GRANEL

He sentido siempre a mis espaldas, de parte de los católicos fanatizados, la


malignidad hacia mí que revela su conducta. ¿Qué de extraño tendría entonces que
en la única ocasión en que uno de ellos aparece de frente, para honra suya, me
cobre una pequeña parte de la cuenta que han abierto, con tan larga y sostenida
deliberación? Donde las dan las toman.
Yo procedo en mi vida ordinaria dentro de la más absoluta indiferencia en
materia religiosa. Voy a los templos católicos cuantas veces tengo necesidad u
objeto en ir; voy a casamientos, funerales y bautismos y no me horrorizo, ni creo
que mis opiniones me lo impidan. Cumplo así obligaciones sociales correctamente.
Y he hecho algo más; los vecinos del pueblo Barrancas en Santa Fe,
encontraron que el sitio indicado, para edificar la Iglesia era un terreno de
propiedad mía, en parte, situado frente a la plaza y me pidieron que se los donara
con ese fin. Yo, fundador del pueblo, no había construido iglesia, pero jamás me
opuse ni podía oponerme, a que los vecinos la construyeran. Cuando me hicieron el
pedido les dije: Ustedes saben lo que pienso, pero me inclinaré democráticamente
ante la opinión pública y les donaré mi parte en el terreno a fin de complacerlos. La
iglesia se ha inaugurado hará cosa de tres meses.
Pero no concluye ahí mi docilidad. Tengo ahora en mi poder de fecha 3 del
corriente mes de septiembre, una carta del cura don Javier M. Castro, en la que,
invocando mi bondad que él reconoce y el señor Franceschi niega, me pide una
nueva donación de otro lote con el objeto de fundar un colegio-asilo para niños
pobres. No le he contestado aún, por no hacer méritos ante la Iglesia en el
transcurso de esta polémica y espero que el señor cura tendrá la deferencia de no
atribuir mi silencio a descortesía. Pero no niego que la situación no es cómoda para
mí, puesto que reputo mala la educación confesional y desearía que sólo existiese
la enseñanza laica impartida por el Estado. Sin embargo, cuando el Estado tiene los
caracteres que muestra entre nosotros, las escuelas laicas son prácticamente
escuelas confesionales; y por añadidura las aulas no alcanzan para todos los niños
analfabetos. Entonces, entre que un niño no sepa leer ni escribir o que le enseñen
que Jonás vivió tres días en el vientre de una ballena y que Jesús caminaba sobre

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las aguas de un lago, prefiero que el niño aprenda a leer y me inclino a darle el
terreno al señor cura. Y no lo haría por interés personal en el progreso del pueblo
porque ya me quedan allí muy pocos terrenos.
Causaría asombro si yo contara algunos episodios demostrativos del odio
que me profesa la gente de sacristía. Es un odio gratuito, porque yo jamás les he
hecho más daño que el de pensar con mis propios sesos. No resisto a ofrecer un
par de ejemplos.
Un día en el Senado di mi voto para obispo de Santa Fe en favor del cura de
la Iglesia Matriz de Rosario, señor Grenon. Creía darle una muestra de
consideración personal y complacer a una comisión de señoras católicas de Rosario
que me lo habían pedido, en la ignorancia de que habían entrado con ese motivo a
la casa del Diablo.
Pues bien, el señor cura, sin culpa suya, tenía un hermanito, modelo de
caridad cristiana, que era, me parece, vicario, en Mendoza y ahora entiendo que
está en Córdoba. ¿Qué hizo el manso cordero del Señor? Tomó una tarjeta con
membrete y todo de la vicaría cuando vio en los diarios la forma en que yo había
dado mi voto y se permitió comunicarme con marcada insolencia, que lamentaba
profundamente, que yo (el Diablo), “hubiera dado mi voto por su santo hermano”
(textual). ¿Puede darse una prueba más acabada de cómo se cultiva el odio en las
sacristías? Tuve un instante de natural impaciencia y escribí a mi vez una tarjeta
en la que le decía al inesperado polemista: “Razón tuvo Jesucristo en llamarles a
todos ustedes raza de víboras” y le aconsejaba que si había dejado copia de la
tarjeta, le diera cierto destino. El asunto era tan insignificante y la acción tan
despreciable que diez minutos después no me acordaba del cura y no se la mandé.
Otro día, hará cosa de quince años, un amigo, un hombre modesto, me pidió
que fuera padrino de bautismo de un hijito suyo. Accedí como en tantos otros
casos. Pues bien, fue imposible que el bautismo se realizara; el obispo Boneo,
aquel angelical obispo Boneo que afligió a Santa Fe tantos años, el mismo que hizo
arrojar de la iglesia la bandera argentina y dio lugar a que el gobernador muy
católico, doctor Echagüe, se retirara, ese obispo virtuoso, pero agrio e intolerante
sobre cuya cabeza no había querido evidentemente, el Dios en quien creía, que
descendiese la lengua de fuego del Espíritu Santo, había prohibido que se me
admitiera de padrino en sus iglesias. ¡Lo que a mí se me importaba!

EL SR. FRANCESCHI ME ODIA

Y para concluir diré que también el señor Franceschi ha probado en esta


polémica que me odia sin motivo. Quizá él no se dé cuenta, pero sin duda alguna
me odia. No será un impulso personal (no lo conozco ni de vista); será de origen
gremial, pero me odia, y yo no lo odio a él, ni mucho menos. Todo el mundo ha
podido darse cuenta del tono chacotón en que he seguido esta polémica, yo, tan
malo, según cree el señor cura.
Admitamos que mi conferencia en el Colegio Libre, sobre la “Cuestión Social”
no fuera de su agrado. Yo no lo nombraba, ni lo aludía, ni aludía personalmente a
nadie. Pero se dirá que llegaba a la conclusión de que el movimiento mundial,
llamado cristianismo social, carece de soluciones que permitan considerarlo otra
cosa que un paliativo.
¿Era motivo eso para que el señor Franceschi, sin más ni más, tomara la
pluma, la mojara en bilis y desde las primeras líneas de su artículo me llamara
“inconsciente y audaz en la ignorancia, comunista vergonzante, erudito falsificado
(a mí, que lejos de haberme jactado jamás de erudición vivo lamentando lo poco
que sé), conferencista para auditorios de poca instrucción”, y otras lindezas por el
estilo? No era motivo. Pero el odio oscurecía la razón del señor cura de la Capilla
del Carmen.
Y a propósito de erudición, reconozco que la del señor Franceschi es
despampanante. En su último artículo pone en boca de Napoleón esta frase:

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“Dadme una línea de un hombre, y en ella podré encontrar motivos para


condenarlo”, frase que, por supuesto, no es de Napoleón.

EN PAZ CON MI CONCIENCIA

No sabe el señor Franceschi que yo no me desprendí, hace ya muchos años,


de las creencias religiosas de mi infancia, sin una honda emoción, sin ese
desgarramiento íntimo que han sentido tantos hombres de verdad, en una hora
solemne. Yo habría continuado creyendo si a mi razón le hubiera sido posible no
ver el absurdo.
La afirmación de que la gracia divina sólo desciende sobre las cabezas de los
que creen, es una de las tantas teologías que ha inventado la Iglesia católica para
fundar en ellas la “revelación”. Sin embargo, la verdadera utilidad de la gracia,
consistiría en que descendiera sobre las cabezas de los que dudan y las iluminara.
Yo no tengo la culpa de pecar, si el pecado procede de interpretar los hechos
naturales con el criterio que me ha dado la naturaleza. No tengo otro a mi
disposición, ya que la supuesta gracia no me hace el honor de visitarme.
Maritain, tomista ortodoxo formidable, que, como tal, cree en el milagro,
dice por ahí, en su libro Primauté du Spirituel, que Dios interviene en los actos
particulares de los hombres, con tanta delicadeza que su intervención no se
percibe.
Si no se percibe ¿cómo puede él afirmar que interviene? He ahí la teología,
con todas sus ridiculeces, sutilezas e insinceridades.
Si Jesús resucitado en vez de aparecer ante discípulos que no necesitaban
reforzar su fe, hubiera aparecido ante Pilatos y Caifás y les hubiera dicho que eran
dos canallas; o bien, si en vez de resucitar a un desconocido como Lázaro, de lo
que se tuvo noticia por el Evangelio de San Juan 60 años después del supuesto
hecho, hubiera resucitado a San Juan Bautista, decapitado a pedido de Salomé, el
cristianismo se habría consolidado instantáneamente y se habrían suprimido
millares de víctimas.
Pero no sucede así; las apariciones ocurren únicamente en presencia de los
que están dispuestos a creer en ellas, aunque no existan.
Yo no soy materialista; yo creo en la eternidad y tal vez en la divinidad del
Universo, donde el hombre es un átomo insignificante. Llámeseme panteísta, si se
quiere; no hago cuestión de palabras; pero hago cuestión de que las religiones
positivas y milagreras son una caricatura de la divinidad. Dios ha de encontrarse
en todas partes, menos en los altares.
Desea el señor Franceschi “que la luz llegue a mi alma”. Se lo agradezco
sinceramente. ¿Pero qué luz? ¿La de él? ¿Creer en los milagros?
Yo he vivido buscando la luz y he llegado al convencimiento de la impotencia
del hombre para descifrar el misterio del Universo; pero eso no me obliga a creer
en cosas absurdas para que no se diga que no creo. Deme buenas razones el señor
Franceschi y me convencerá en 24 horas, pero no pretenda llamar razones a las
que ha dado en esta polémica. Y la Iglesia, aunque la expriman, no tiene otras. Así
no pueden modificar mis ideas.
Parecería natural y casi protocolar que yo retribuyera el amable deseo del
señor Franceschi haciendo votos, a mi vez, por que la luz se haga también en su
espíritu, y si mi mano tendida le fuera de algún auxilio, estaría seguramente, a su
disposición. La conversión sería para él más difícil que para mí; no tiene “la libertad
de pensamiento” que yo tengo, los “dogmas” se lo impiden.
En prueba de la inconmovible persistencia de sus opiniones me recuerda que
ni él, ni yo, somos jóvenes -y yo lo soy menos que él- y, “cuando no quede de
nosotros sobre la tierra ni el recuerdo de nuestro apellido, -dice- todavía será
adorado Jesucristo en la Iglesia y en el mundo”.
¿Quiere decir esta figura de retórica que yo no tengo fundadas razones para
pensar que la Iglesia Católica ha consumado una evolución que la ha alejado

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totalmente de los principios fundamentales de lo que Jesús quería que fuese su


iglesia porque otros en gran número piensen de distinta manera? En modo alguno.
Y entonces ¿no ha pensado el señor Franceschi en que al entregar la
decisión de estas cuestiones al criterio del vulgo, tan a menudo inconsciente, yo
puedo volver su frase por pasiva y decirle?: “Cuando no quede de nosotros sobre la
tierra ni el recuerdo de nuestro apellido, el dios Buda será adorado por millones y
millones de seres, que excederán considerablemente a los que adoran a
Jesucristo”. ¿Querría decir eso que el dios Buda encarna la verdad? ¿Por qué
entonces, no lo adora el señor Franceschi?

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 7º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – IV

LA CUESTIÓN SOCIAL Y UN CURA


IV

Réplica al artículo de Mons. Franceschi


titulado “Los procedimientos de un polemista”

Un nuevo artículo del Sr. Franceschi ha venido a agregarse a los anteriores.


Abandonando la moderación relativa del que lo precedió, reaparecen en éste las
características personales del manso cordero del Señor. Pero la irritabilidad
intempestiva es una prueba de inferioridad, y yo no he de malograr la posición
magnífica que tengo en esta polémica para seguirlo al terreno adonde me quiere
arrastrar. Le dejo el monopolio de las groserías, sin perjuicio de poner las cosas en
su sitio y llamarlas por su nombre, cuando me ocupe de sus pretendidos cargos.
En la clientela de las sacristías y congregaciones tiene el señor presbítero un
público que no me interesa disputarle. Escribe para ese público y se satisface con
su aplauso. Yo he tratado de llegar al entendimiento de las personas capaces de
pensar y es muestra de que lo he logrado el interés creciente que se advierte en los
lectores de mis artículos.
Los católicos y el clero han sentido el flaco servicio que les ha hecho el señor
cura de la Capilla del Carmen y lo censuran sin reparos, del doble punto de vista de
la imprudencia de la polémica en sí misma y de la insuficiencia que ha mostrado.
De esto último yo me apercibí a tiempo y anticipé que el señor cura, espíritu
vulgar y superficial, no podría sostener una polémica sobre las cuestiones
fundamentales planteadas en mi conferencia del Colegio Libre. Los hechos lo han
corroborado.
Pero de ahí a que debió inhibirse de promover un debate (aun en el
generoso supuesto de no faltarle las condiciones necesarias) hay mucha distancia y
no justifico en este punto a sus críticos. Por el contrario, me parece inaceptable el
concepto positivista, poco pudoroso, que muestran cuando sostienen sin ambages,
que la Iglesia “nada tiene que ganar con polémicas”.
Reconocen así que la Iglesia está en mal terreno y que no desean polémicas
porque saben que conducirán inevitablemente a ponerlo en evidencia.
¿Dónde está entonces la sinceridad de conciencia de los católicos? Su
manera de raciocinar demuestra que saben tan bien como los librepensadores, que
los postulados de la Iglesia son erróneos y por eso no desean su discusión. Quieren
que la luz no llegue a los cerebros perezosos de los fieles.
El resultado de esta polémica da la razón a los críticos del señor cura en el
terreno “de las conveniencias de la Iglesia” pero no en el terreno de la buena
moral, de la sinceridad, ni del decoro intelectual

UN CUADRO SINÓPTICO

Abandona el señor presbítero de la Capilla del Carmen en su último artículo


todo intento de réplica acerca de las cuestiones que puso en debate cuando me
agredió con motivo de mi conferencia. Ha llegado, entonces, el momento de
recapitular los puntos en los que su silencio absoluto equivale al reconocimiento
expreso de mis afirmaciones.
1º La iglesia condena en la actualidad “la lucha de clases”, pero ella fue
iniciada, según los Evangelios, por Jesucristo, cuando dividió la sociedad en pobres
y ricos y destinó los ricos al infierno, nada más que por ser ricos y los pobres al
cielo, nada más que por ser pobres. El señor cura no lo ha negado y el que calla
otorga.
2º Las encíclicas papales recuerdan a los proletarios que serán
recompensados en el cielo, pero esa promesa oculta un engaño, puesto que el
cielo, de acuerdo con las profecías de Jesucristo y con los demás libros sagrados,
estará cerrado hasta que Jesucristo baje del cielo en una nube (que no bajará) y

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después de reinar 1.000 años en la tierra (que no reinará) presida la realización del
Juicio Final en el valle de Josafat. El señor cura abrumado por mi demostración, que
es de una verdad indiscutible, se ha quedado como en misa.
3º Los más grandes teólogos sostienen que el cielo no se abrirá por ahora,
ni para recibir a los niños no bautizados, pues el Diablo, según Bossuet (que
coincide con San Agustín), se mete en el vientre de las mujeres encinta y lo infesta.
El señor cura ha asentido ampliamente con su silencio.
4º Tanto el Viejo Testamento como el Nuevo prohíben hacer imágenes de
cualquier clase, no obstante lo cual desde el siglo II hasta la fecha, los templos
católicos son un muestrario de santos, imágenes y reliquias milagreras y de
ofrendas y baratijas que dan testimonio de los milagros realizados. Lo acepta el
señor cura.
5º Los principios morales del cristianismo son análogos a los del budismo,
confucionismo y mahometismo, con sólo dos excepciones: a) que el Dios de la
Biblia es iracundo y sanguinario y ordena pasar a cuchillo a los enemigos; b) que
Jesucristo es el único fundador de religiones que exigió a sus discípulos que odiaran
a sus padres, hijos, mujer y hermanos y a su propia vida. El señor cura no ha
puesto en duda la rigurosa exactitud del versículo alusivo que yo cité.
6º El fin del mundo fue predicho por Jesucristo y afirmó que se realizaría “en
esa generación”, equivocándose en absoluto; San Pablo, no obstante darse cuenta
de que no había un solo indicio que indicara el cumplimiento de la profecía de
Jesús, se valió de la misma triquiñuela para subyugar y aterrorizar a los fieles; los
Papas y los Santos se valieron del mismo engaño en los siglos subsiguientes y
recrudeció la creencia en el fin del mundo al aproximarse el año 1.000, motivada
principalmente por los escándalos que daban los clérigos y porque en el año 1.033
fue elegido Papa Benedicto IX a la edad de 12 años; el Concilio de Letrán en el siglo
XVI prohibió que se hicieran profecías sobre el fin del mundo, pero los Papas
posteriores -hasta hoy- anuncian el reinado próximo de Dios; y León XIII ofreció a
los proletarios recompensas celestiales. El señor cura se ha limitado a negar -sin
prueba alguna- los terrores del año mil y ha reconocido todo lo demás.
7º El pontificado romano no comenzó con San Pedro en el año 42, como
pretende la Iglesia, La presencia de San Pedro en Roma es una leyenda sin
pruebas, cuya verosimilitud sólo se basa en el hecho de que a partir del año 63
(más o menos) se pierden los rastros de San Pedro y de su mujer en la Palestina y
se admite como posible que dada la rivalidad que mantenía con San Pablo, se fuera
a Roma en su seguimiento, con el propósito de contrarrestar personalmente su
propaganda y allí pereciera oscuramente, junto con los numerosos cristianos
masacrados en tiempo de Nerón. Consta que San Pedro no fue Pontífice, ni los
hubo hasta cerca del tercer siglo. El señor cura ha aceptado en silencio todos estos
puntos de vista.
8º Hay Vidas de santos católicos, cuya verdad garantiza la Iglesia, que han
sido copiadas textualmente de episodios de las leyendas religiosas de la India,
como por ejemplo, las vidas de San Barlaam y San Josafat. El señor cura lo ha
aceptado sin la menor observación.
9º Jesucristo concibió una religión sin sacerdocio profesional y su odio a los
ricos era extensivo a los frailes de toda clase; les decía: “raza de víboras”.
Aceptado por el señor cura.
10º Tanto en el Viejo Testamento como en el Nuevo el cielo pertenece
exclusivamente a las 12 tribus de Israel. El Juicio Final será el juicio de los
componentes de las 12 tribus. Jesús era contrario al ingreso a su iglesia de los
paganos y no circuncisos. Quería que la Ley Hebraica fuera mantenida. Aceptado
por el señor cura.
11º Aun en el supuesto de que deba reputarse válida la admisión en la
Iglesia Católica de los paganos conversos conseguida por Pablo de Tarso y por
otros, el número de los infieles que estarían destinados al infierno, sería cinco
veces mayor que el de los católicos privilegiados. Acepta el señor cura.
12° Hay infieles en distintas situaciones. A unos les es posible repudiar su

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religión y aceptar la católica, pero otros muy numerosos no tienen conocimiento de


la existencia de la religión católica, porque Dios no se las ha querido revelar y no
han oído nombrar jamás a Jesucristo. De ser cierto los postulados católicos sería
una injusticia espantosa que esa gente fuera condenada al infierno. Acepta el señor
cura.
13° La situación de las almas de los millones y millones de seres que
nacieron y murieron antes de la aparición de Jesucristo no está considerada en los
libros sagrados, ni lo ha sido posteriormente por la Iglesia. Lo acepta el señor cura.
14° No se han encontrado rastros hasta hoy de los limbos subterráneos
donde estarían depositadas las almas de los muertos, según los teólogos y la
Iglesia. Lo acepta el señor cura.
15° Los discípulos inmediatos de Jesucristo establecieron en Jerusalén,
después de su muerte, la comunidad de bienes, porque la doctrina y la voluntad del
Maestro lo habían dispuesto y la Iglesia Católica, sin embargo, repudió y continúa
repudiando esa doctrina y la comprende en su excomunión del comunismo. El señor
cura lo acepta.
16° Las misas gregorianas, de tarifa más elevada que las comunes sirven
para hacer creer a los ingenuos que con ellas se sacan del purgatorio (que no
existe) almas en pena (que no existen) de donde resulta que es el dinero y no las
virtudes lo que da entrada al cielo. Las misas gregorianas han reemplazado a la
antigua venta de indulgencias. El señor cura lo ha aceptado.
17° Jonás habría estado vivo tres días en el vientre de una ballena y el
señor presbítero lo cree como presbítero, aunque no como miembro del Club de
Pescadores.
18° El señor cura fue a España para congratular al general Franco, sabiendo
que el movimiento sedicioso que dirige ha consumado asesinatos y fusilamientos de
la más refinada barbarie. Aceptado por el señor cura.
19° No se ha concretado un solo caso que me presente dirigiendo o
cooperando a una campaña anticlerical, y en cambio yo he sido objeto de parte del
clero y del clericalismo de actos que denuncian un odio africano.
He ahí las conclusiones a que ha llegado esta polémica; después de
recapitularlas las entrego al juicio público.

LA ORIGINALIDAD DE LOS LIBROS SAGRADOS

Cada vez que el señor Franceschi intenta rectificar una de mis afirmaciones
es para su desdicha. Se podría creer que en esta polémica la divina providencia en
vez de acompañarlo, me acompaña a mí. Mete el dedo invariablemente donde yo
necesito que lo meta. Pretende, por ejemplo, excusar los dislates del Apocalipsis
atribuyéndolos al estilo oriental y hebraico del libro. Cuando un dislate lo es, poco
importa el estilo; pero asimismo, yo le recordé que ese libro que se pretende
inspirado por Jesucristo y los otros libros en análogas condiciones, no pasan de ser
adaptaciones o simples copias de leyendas indias, caldeas y persas. No puede
atribuirse a Jesucristo dios una ausencia de originalidad y de imaginación tan
grandes que haya necesitado dar forma a sus inspiraciones copiando los libros
sagrados de las religiones rivales.
Esperaba que el señor cura sostuviera la originalidad de los libros sagrados
de la Iglesia Católica y me he equivocado. Se limita a exclamar en su artículo:
“Pero si, el doctor trató del Apocalipsis y de la teoría de la “propiedad” (¡¡!!) de los
Evangelios”. Quiso decir “originalidad”, pero ¡un lapsus más qué importa a un
miembro de número de la Academia Argentina de Letras! y con eso se abstiene de
replicar lo dicho por mí.
Este punto, sin embargo, es de una importancia extraordinaria y no quiero
dejarlo pasar sin nuevos esclarecimientos. Si se prueba que tanto el Viejo
Testamento como los Evangelios, lejos de ser obras originales de Moisés y
Jesucristo -los Evangelios pretenden ser una versión fiel de lo que hizo y dijo

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Jesucristo- son plagios de la India, desaparece el origen divino que les atribuye la
Iglesia Católica. Esto acarrea grandes consecuencias.
La religión india, según la Iglesia Católica, tiene una doctrina falsa, propia
de infieles. ¿Cómo se explica entonces que la Biblia y los Evangelios hayan sido
extraídos en su casi totalidad de las leyendas de los Vedas, de las leyes de Manú,
de las fábulas de Christna y de la vida de Buda?
El estudio de los libros sagrados y de las leyendas religiosas de la India no
fue emprendido seriamente en Europa hasta el siglo pasado. Marco Polo a fines del
siglo XIII, después de su viaje a la China y a la Mongolia, había dado informaciones
interesantes, aunque incompletas, acerca del budismo chino, de origen indostánico,
y en el Museo Británico existía desde el siglo XVIII una copia completa de los
Vedas. En la misma época William Jones tradujo al inglés las leyes de Manú, pero ni
las leyendas de Vichnú y Christna, ni las concernientes a la vida y predicación de
Buda (Lalitavistara, etc.) ni los “Sutras” ni los “Puranas” habían sido traducidos y
mucho menos comparados con la Biblia.
Un empleado de la Compañía de las Indias que residió en la corte del Nepal,
el señor Brian Houghton Hodgson, a quien llama Renán el revelador europeo del
budismo, tuvo la inspiración de regalar en el año 1837 a la Sociedad Asiática de
París, una colección de obras budistas escritas en sánscrito, encontradas en los
monasterios del Nepal, colección que la Sociedad Asiática completó posteriormente
lo que permitió establecer numerosas diferencias entre los sutras del Nepal y los
del Tibet.
Eugenio Burnouf, tan reputado como orientalista, emprendió la traducción y
comentario de uno de esos libros El loto de la buena ley y en 1844 publicó el primer
tomo de la Introducción a la Historia del Budismo, a que Renán llama en su artículo
El Budismo, “una obra maestra de ciencia y de espíritu filosófico cuya aparición
hace época en la historia de las religiones”. Foucaux a mediados del siglo, publicó la
primera traducción en francés del Lalitavistara o vida de Sakya Muni, llamado el
Evangelio del Budismo. Estos trabajos iniciales, completados poco a poco, a lo largo
del siglo pasado, con traducciones de los demás libros sagrados de la India
permitieron la realización de admirables exégesis y de comparaciones con la Biblia.
Numerosos indólogos alemanes sobresalieron en este género de estudios y
continúan hasta nuestros días su admirable tarea.
Desde que se conoció la primera traducción del Lalitavistara se advirtieron
semejanzas extraordinarias con el Evangelio cristiano reveladoras de un origen
común.
¿Se había inspirado el Evangelio en el Lalitavistara o el Lalitavistara en el
Evangelio? Lo segundo era insostenible dada la indudablemente mayor antigüedad
del libro indostánico.
¿Podía tratarse de una simple coincidencia? A medida que se fueron
traduciendo y estudiando los Sutras, los Vedas, las leyes de Manú y las leyendas de
Christna, Vischnú y Buda las semejanzas con el Nuevo y Viejo Testamento se
reprodujeron y alejaron toda posibilidad de una mera coincidencia.
Está dicho todo con la comprobación no ya de la identidad de las fábulas de
la creación del mundo, del Paraíso Terrenal y del Diluvio, sino con el hecho de que
Eva se llama Heva en la leyenda india y Adán, Adima. El paraíso sólo se diferencia
en que está situado en la isla de Ceylán en lugar de estarlo en la Mesopotamia y en
el Diluvio no falta ni la paloma que el santo Vaivasvata, correspondiente al Noé
bíblico, suelta después de cesada la lluvia y vuelve con los pies mojados.
A la altura a que han llegado hoy los estudios de mitología indocristiana
comparada nadie puede sostener seriamente, que los 5 libros del Pentateuco sean
una obra original de Moisés. Digo esto sin hacer mérito de la patraña de que Dios,
por intermedio del Espíritu Santo, habría transmitido a Moisés el contenido del libro.
De los estudios a que aludo se deduce que, tanto el Nuevo como el Viejo
Testamento (salvo en la parte relativa a la historia de Israel) son copias o plagios
de los libros de la India, con las variantes exigidas por el transcurso del tiempo y
por el ambiente.

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Esto se hace tanto más explicable recordando que los judíos parecen
originarios de la India, de donde pasaron al país de los Caldeos y sólo después de
muchísimos años fueron conducidos a la Palestina por Abraham, vecino de Ur,
capital de la Caldea. Nada de extraño tiene que llevaran consigo todo el acervo de
la mitología indostánica y lo conservaran por tradición oral (como los propios
hindúes) hasta su redacción en el Pentateuco.
Estos estudios han atraído últimamente la atención pública en Alemania con
motivo de la tentativa nazista de crear a base de mitos propios -los mitos nórdicos-
una religión nacional en substitución del cristianismo. Rechaza el nazismo los mitos
cristianos cuyo origen extraño ha sido puesto en evidencia por indólogos y filólogos,
y mito por mito, decide volver a los propios; tentativa no exenta de lógica,
destinada, sin embargo, a fracasar porque la subsistencia de mitos falsos es posible
a condición de que pasen por ciertos para el vulgo, como sucede con los mitos
cristianos, y es imposible cuando los mitos subrogantes fueron tirados a la basura
hace siglos. Los “mitos nórdicos” funcionarán como un reloj sin cuerda.
Con motivo de esta polémica me interesó en estos días, conocer entre otras
obras alemanas, La Emancipación de Jesucristo, de la señora Matilde de Ludendorf,
esposa del general é hija de un orientalista muy destacado cuyos estudios utiliza.
Como entre el número de las librerías recorridas han entrado también librerías
católicas, debe ser de allí de donde el señor cura ha recogido la información que
usa en su artículo, al atribuirme la intención de valerme de libros que titula
hitleristas.
Pone el grito en el cielo y exclama: “¡Pásmense mis lectores! los más
celosos entre los hitleristas en su campaña de anticlericalismo difunden por los
últimos rincones de Prusia exactamente las mismas calumnias de que se hace eco
el doctor de la Torre a quien da gusto ver del brazo de los amigos del general
Ludendorf”.
En mis artículos, hasta hoy, no he nombrado al general Ludendorf. ¿De
dónde sale adivino el señor cura? Del cuento que le han llevado y que yo celebro
porque me viene muy bien. ¿Sí nada he dicho todavía y no sabe lo que voy a decir,
a qué echa a rodar el calificativo impropio de “calumnia” a lo que en ningún caso
sería calumnia, puesto que no es delito el plagio de leyendas sagradas? La
desesperación de su derrota lleva al señor cura a extremos tragicómicos.
¿Qué tiene que ver el hitlerismo con los estudios especiales sobre mitología
comparada de la señora Ludendorf? Es de ellos de los que yo me voy a ocupar, y
no de los devaneos “filosóficos” de la autora, muy discutidos, sin duda, lo que no
impide que nadie ponga en duda la profundidad de sus conocimientos, en parte
heredados, y la absoluta lealtad y verdad de sus comprobaciones de hechos.
Por otra parte el general Ludendorf no ha sido jamás hitlerista. Llegó hasta
rechazar el homenaje a sus méritos que Hitler quiso rendirle. Y aun cuando desde
hace muy pocos meses ha modificado su oposición no hay derecho de llamarlo
adepto de Hitler. No ha de impedir con esas ligerezas el señor cura, que yo utilice
los estudios de su esposa. No habiendo encontrado la obra original voy a valerme
de las referencias extensas que contiene el libro El cristianismo ante la Nueva
Evolución del Mundo del profesor Franz Griese, sacerdote católico que dejó los
hábitos hace 12 ó 13 años y ha producido un libro concienzudo que llega a
conclusiones irrefutables.
He aquí algunos ejemplos concluyentes que tendrían el mismo valor
emanados o no de un nazista.

CREACIÓN DEL MUNDO — TEXTO DE MANÚ (1,5)

Todo este mundo estaba en otros tiempos disuelto en la no existencia, en


oscuridad.
Pero cuando llegó la hora de despertar apareció Él... . Él estaba en luz
envuelto y disipó la oscuridad. . . Decidió crear todas las criaturas y puso en las

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aguas el germen de toda la vida. Al agua la llamó Nara y al espíritu creador


Narayana (el que se mueve sobre las aguas).

TEXTO DE LA BIBLIA (Génesis 1,1)

Al comienzo creó Dios1 el Cielo y la Tierra. La tierra estaba desierta y vacía;


la oscuridad cubría el abismo y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Y Dios
dijo: hágase la luz y la luz se hizo.

ADIMA Y HEVA “PROSADA” (Libro de los Libros)

Según la leyenda de este libro indio. Dios creó a Adima (el primer hombre) y
a Heva (deseo ardiente), en la isla de Ceylán y les prohibió abandonarla. Después
del primer encuentro de Adima y Heva, sigue la primera noche coronando su
felicidad y sigue un tiempo de constante alegría. Pero el príncipe Rackasa, espíritu
del mal, induce a Adima a abandonar la isla para entrar en un país sumamente
hermoso, que les muestra. Heva no quiere, por temor a Dios. Pero Adima la
convence de que le acompañe para ver, aunque sea por un momento. Llegan al
final de la isla y Adima pone a Heva sobre sus hombros para llevarla sobre aquellas
rocas, que hoy todavía llevan el nombre de Puente de Adima, al país deseado, pero
no bien pisan la tierra firme, cuando se oye un trueno horroroso y desaparece toda
la bella visión. Heva dice a Adima que pida perdón a Dios; y éste les aparece y les
perdona por la conducta de Heva. Sólo que no pueden volver al paraíso y deben
trabajar. Vuestros hijos, dice Dios, me olvidarán, pero enviaré a Vischnú, quien,
nacido de una virgen, dará a todos la esperanza de una vida eterna”.

ADÁN Y EVA (Génesis 2, 7 y 3)

La Biblia cuenta que Dios creó a Adán de barro y le sopló en la cara el


espíritu de la vida y a Eva la creó de una costilla de Adán. El paraíso de la Biblia es
un pequeño jardín, en cuyo centro estaba el árbol de la vida, del saber y de la
inmortalidad. En vez del espíritu del mal viene una serpiente y tienta a Eva y ésta a
Adán. Cuando han comido la manzana, ven que están desnudos, sin que haya
relación alguna entre esta desnudez y la manzana. Y cuando Dios lo cita Adán echa
la culpa a Eva, “la mujer que me diste de compañera me dio del árbol y yo comí”.
Eva echa la culpa a la serpiente. Dios, menos clemente que el Dios indio, condena a
ambos, a toda su posteridad y a la misma tierra por el pecado “horroroso” que han
cometido. No les da esperanza ninguna y sólo les hace una túnica de pieles al
echarlos del paraíso, en cuya puerta pone querubines con espadas, de las que no
se dice dónde fueron adquiridas.

EL DILUVIO. HARY PURANA

Nadie puede alterar mi indeclinable voluntad; los hombres serán


extinguidos. Pero por amor a ti, seré bueno con la Tierra que los lleva. Si se
encuentra un solo grupo de hombres que merece crecer para formar un pueblo este
grupo y la Tierra serán salvados de la destrucción. Vete, pues, porque pronto

1
El texto bíblico dice, Elohim que significa Dioses y no Dios. Sin embargo, el verbo está en singular. Sin
duda se trata aquí, o bien de una reminiscencia de la Trinidad de la India, o bien del bisexualismo común
a dioses y hombres en la mitología india.

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desencadenaré todas las aguas sobre la Tierra. Vischnú, la segunda persona en


Dios, bajó entonces a la Tierra y al país Cayaconbdya: allí dijo al santo Vaivasvata:
levántate, toma tu hacha y sígueme con tus hijos hasta el próximo bosque. Busca
los árboles más fuertes, córtalos y construye de ellos un barco para tu gente y para
ti. Debe también haber lugar en él para una pareja de toda clase de animales y
semillas de todas las plantas. Apenas había Vaivasvata cerrado el arca, cuando
empezó la lluvia sin interrupción; los mares salieron de sus bordes y toda la tierra
desapareció bajo las aguas. Esto duró días, meses y hasta años. Por fin terminó el
agua. El agua se detuvo en el monte Hijmavat (Himalaya). Entonces Vaivasvata
abrió su mano y dejó volar una paloma, la que con los pies húmedos volvió a la
tarde. Entonces dejó volar a un Rajiuvalaka y también él volvió con las alas
mojadas. Entonces dejó volar dos grullas, volvieron a la tarde volando alrededor de
la nave, pero no entraron. De nuevo dejó volar una paloma; a la tarde volvió
volando con canto alegre y se dirigió hacia el Este; en su pico llevaba el tallo de la
santa hoja de cusa. . . Vaivasvata hizo un sacrificio de gracia a los dioses y un
sacrificio de bebida para las almas de los muertos, a los que la ira divina había
alcanzado. Después tomó un chivo de lana roja que había nacido en el arca y lo
mató sobre el altar y dijo: esta sangre sea el testimonio de la alianza eterna entre
el Cielo y la Tierra.

EL DILUVIO (Génesis. 6, 6)

Y arrepintióse Dios de haber hecho a los hombres en la Tierra, y dijo:


destruiré los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia y el reptil y
las aves del cielo, porque me arrepiento de haberlos hecho (¡qué culpa tenían los
animales de que Eva hubiera comido la manzana!). Empero Noé halló gracia a los
ojos de Dios y Dios dijo a Noé: el fin de toda carne ha venido porque la Tierra está
llena de violencia, y mira, yo la destruiré con la Tierra. Hazte un arca de madera de
Gófer; harás aposentos en el arca y la embetunarás con brea por dentro y por
fuera. Y de esta manera la harás: de 300 codos de longitud, de 50 codos su
anchura y de 30 codos su altura... Estableceré un pacto contigo y entrarás en el
arca tú y tus hijos y tu mujer y las mujeres de tus hijos. Y de todo lo que vive, de
toda carne dos de cada especie pondrás en el arca. En el año 600 de la vida de
Noé, en el mes segundo, día 17, fueron rotas las fuentes del gran abismo y las
cataratas de los cielos fueron abiertas y hubo una lluvia sobre la tierra durante 40
días y 40 noches. Las aguas llegaron hasta 15 codos sobre los picos más altos. Y
quedaron las aguas 150 días. Y Dios hizo pasar un viento sobre la Tierra y
disminuyeron las aguas... Y reposó el arca en el mes séptimo, a los 17 días del
mes, sobre las montañas de Armenia... Y al cabo de 40 días abrió Noé la ventana
del arca que había hecho y dejó volar al cuervo, el cual salió yendo y tornando
hasta que las aguas se secaron sobre la tierra. Envió también una paloma... Y no
halló la paloma dónde sentar su pie y volvióse al arca... Y esperó otros 7 días y
volvió a enviar a otra paloma y la paloma volvió a él en la hora de la tarde y trajo
una hoja de olivo en su pico. Y esperó otros 7 días y envió una paloma, la cual no
volvió más a él... entonces salió Noé... y edificó un altar a Dios y tomó de todo
animal limpio y de toda ave limpia y ofreció un holocausto en el altar y husmeó
Dios el olor suave del sacrificio y dijo en su corazón: no volveré a maldecir a la
Tierra por causa del hombre.

Estas extraordinarias semejanzas entre las leyendas sagradas de la India y


las leyendas bíblicas a propósito de la Creación, del Paraíso Terrenal y del Diluvio,
bastarían para comprobar que las segundas siendo posteriores a las primeras en 8
ó 10 mil años son una simple adaptación de las tradiciones orales que los judíos
emigrantes tomaron de la India o del país de los caldeos y llevaron a la Palestina.
El libro de la señora Ludendorf utilizado por el profesor Griese contiene otras
citas referentes al Nuevo Testamento. Esta vez el Dios indostánico es Christna,

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cuyo sólo nombre ofrece ya una extraña semejanza con el de Cristo, tanto que
muchos orientalistas no dudan hoy de que el nombre de Cristo viene de Christna.
Las leyendas remontan a la segunda época de los Vedas, es decir 4.000
años antes de Cristo y 3.300 años antes de Buda.
Veamos ahora algunos casos de plagio en el Nuevo Testamento.

EL NOMBRE DE CHRISTNA

Dios dijo: “Le llamarás Christna”.


(Atharva Veda)

EL NOMBRE DE JESÚS

Dios dijo: “Y le darás el nombre Jesús”.


(Lucas, I, 31)

CHRISTNA NACE DE UNA VIRGEN

Una tarde cuando la virgen rezó, sonó música celeste, la cárcel (estancia) se
iluminó y Vischnú (segunda persona de la trinidad indostánica) apareció en el
esplendor de su majestad divina. Devanaki (la virgen) cayó en éxtasis y después de
haber recibido el Espíritu Santo concibió.
(Tradiciones Bramanas)

JESÚS NACE DE UNA VIRGEN

Y respondiendo el Ángel dijo: el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la potestad


del Altísimo engendrará en ti, por lo cual también lo Santo que nacerá será llamado
Hijo de Dios.
(Lucas, I, 35)

SALUDO DE UN ERMITAÑO

“Bendita tú Davanaki, entre las mujeres, bienvenida seas entre los santos
Richis. Eres elegida para la obra de la redención: en tu seno el rayo del resplandor
divino será hombre y la vida se burlará de la muerte... Virgen y madre te
saludamos. Tú eres la madre de todos nosotros: porque de ti nacerá aquel que nos
redimirá”.
(Atharva Veda)

SALUDO DE ISABEL

“Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de


dónde me viene esto a mí que la madre de mi señor venga a mí?... y
bienaventurada eres, la que creyó, porque se cumplirán las cosas que te fueron
dichas por parte del señor”.
(Lucas, I, 42)

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EL REY TIO DE CHRISTNA MATA A LOS NIÑOS

“Mandó matar en sus estados a todos los niños varones que habían nacido
en la misma noche que Krischna”.
(Tradiciones Bramanas)

HERODES MATA A LOS NIÑOS

“Herodes entonces... mandó matar a todos los niños en Belén y todos sus
alrededores, desde 2 años abajo, conforme al tiempo que habían entendido de los
magos”.
(Mateo, II, 16)

CHRISTNA SE TRANSFIGURA

Christna dice a Ardjuna: “Pero no estás en condiciones de verme con estos


tus ojos; por eso te doy un ojo divino; ve ahora mi potestad divina. Y Ardjuna al
mirarlo en su potestad divina exclamó: si del cielo saliese a la vez el resplandor de
mil soles, sería éste semejante al resplandor del poderoso”.
(Baghavad Gita II)

CRISTO SE TRANSFIGURA

“Y después de seis días toma Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su


hermano, se transfiguró delante de ellos, su rostro resplandeció como un sol y sus
vestidos eran blancos como la luz”.
“Y he aquí una voz de la nube que dijo: éste es mi hijo amado en quien
tengo todas mis complacencias. A él debéis de escuchar”.
(Mateo, XVII, 1)

BUDA ES TENTADO

“El seductor dijo a Buda: Soy el Señor del placer; soy el dueño de todo el
mundo: Dioses, animales, hombres, me están sujetos. Así como ellos, ven también
tú en mi reino. Buda contesta; Aunque seas el Señor del placer, pero no eres el
Señor de la luz. Mírame a mí: soy el Señor de la ley... Como todas las tentativas
fracasan, el seductor desiste de su plan y vuelve al infierno con las palabras: mi
poder se acabó... pero Buda queda sentado quieto y pacíficamente. La aurora se
enciende, las estrellas palidecen, de lo alto caen flores celestes”.
(Lalitavistara y Abbinischkaramana Sutra)

JESÚS VA AL DESIERTO Y ES TENTADO

“Y el diablo lo llevó a un alto monte y le mostró en un momento de tiempo


todos los reinos de la Tierra. Y le dijo el Diablo: a ti te daré toda ella porque a mí es
entregada y a quien quiero la doy. Pues si tú me adoras a mis pies, serán todos
tuyos, y respondiendo Jesús le dijo: vete de mí Satanás, porque está escrito: a tu
Señor Dios adorarás y a él solo servirás.
Y terminada toda tentación, el diablo se alejó de él por un tiempo”.
(Lucas, IV, 5)

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – IV

EL FAVORITO DE BUDA ES INTERPELADO POR UNA


MUJER DE OTRA CASTA

Ananda pide a una muchacha que viene en busca de agua que le dé un


sorbo. Entonces contesta la joven: ¿Cómo puedes pedirme un sorbo de agua? Soy
de la casta de los parias, por lo tanto no puedo acercarme a un santo. Contéstale
Ananda: No te pregunto por la casta ni por la familia, sino por un sorbo de agua. En
este momento se acerca Buda y dándole agua divina a beber convierte a la joven a
su doctrina de la salvación.
(Divya Avadana)

CRISTO ES INTERPELADO POR LA SAMARITANA

Vino una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dice: dame de beber...
Y la mujer samaritana le contesta: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber
que soy mujer samaritana? Pues los judíos no se tratan con los samaritanos...
Respondió Jesús diciéndole: si conocieses el don de Dios y quién es el que dice
dame de beber, tú pedirías de él y él te daría agua divina. La mujer le dice: dame
de esta agua.
(Juan, IV, 7)

BUDA ENVÍA A SUS APÓSTOLES A PREDICAR

“Id, discípulos, y caminad en salvación de mucha gente... Id de dos en dos


por el mismo camino; predicad la doctrina. No pidáis nada por ello... Hostilidades y
persecuciones amenazan a los adictos y predicadores de la ley. Si alguien de ellos
es atacado a pedradas, con bastones, lanzas, insultos y amenazas, que lo soporte
todo pacientemente, pensando en mí”.
(Mahavagga)

CRISTO ENVÍA A SUS APÓSTOLES A PREDICAR

“Id y predicad diciendo: el reino de Dios se ha acercado (Mateo, X, 7) y los


mandó de dos en dos (Marcos, VI, 7). Gratis habéis recibido, gratis dad (Mateo, X,
8). Os van a entregar a los juzgados y en sus sinagogas os flagelarán (Mateo, X,
17). Yo os aconsejo, no resistáis al malo; sino que si alguien te ha pegado en tu
mejilla derecha ofrécele también la otra” (Marcos, V, 38).

CHRISTNA ES SEGUIDO POR MUCHA GENTE

“Y mucha gente le seguía y exclamaron y le gritaron: ayúdanos, Señor. Y de


todos lados le dijeron: éste es quien nos librará. Éste es quien resucita a los
muertos, sana a los sordos, ciegos, paralíticos y cojos. Christna resucita los
muertos, sana leprosos, hace que los ciegos vean, los sordos oigan. Él apoya a los
débiles contra los fuertes, los oprimidos contra los opresores. Y el pueblo dice: éste
es verdaderamente el Salvador que fue prometido a nuestros padres”.
(Mahabarata)

CRISTO ES SEGUIDO POR MUCHA GENTE

“Y le siguieron mucha gente (Mateo, XIX, 2). Mas ellos aclamaban más
diciendo: Señor hijo de David ten misericordia de nosotros (Mateo, XX, 31). Y las

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gentes decían: Éste es Jesús el profeta de Nazaret (Mateo, XXI, 11). Id y anunciad
lo que oís y veis; ciegos ven, paralíticos andan, leprosos son curados, sordos oyen,
muertos resucitan y a los pobres es predicado el evangelio de la Salvación (Mateo,
XII, 13). Dios el Señor me eligió, me mandó a predicar la salvación a los pobres,
sanar corazones destrozados, anunciar la libertad de los presos. Sabemos que éste
es verdaderamente el Salvador del mundo, el Cristo”. (Juan, IV, 42)

BUDA MULTIPLICA LOS PANES

El libro Jataka relata que Buda con un solo pan dio de comer a 5.000
hombres que le seguían, quedando más migas que el pan repartido.

CRISTO MULTIPLICA LOS PANES

Cristo alimenta una vez 5.000 hombres y otra vez 4.000 con 5 panes en el
primer caso y 7 panes en el segundo recogiendo los apóstoles una docena de
canastos llenos de migas. (Mateo, XIV, 16; XV, 34; XVI, 9; Marcos, VI, 37; VIII, 1;
Lucas, IX, 10; Juan, VI, 1)

UNA COPIA TEXTUAL

“Son guías de ciegos; pero si un ciego guía a otro van a caer ambos en el
pozo”.
(Upanischad-Buda)

UNA COPIA TEXTUAL

“Son guías de ciegos; pero si un ciego guía a otro ciego van a caer ambos
en el pozo”.
(Mateo, XV, 14)

En este último ejemplo el plagio asume las formas de la identidad perfecta y


es absurdo pretender que pueda tratarse de una mera coincidencia.
Otro tanto ocurre con la mayor parte de las parábolas atribuídas a Jesús y si
la Iglesia procediese con la honradez debida, haría ya tiempo que las habría
excluído de los evangelios o bien las conservaría reconociendo su paternidad
indostánica e incluyendo en consecuencia, a los dioses indostánicos en el santoral
cristiano.
El profesor Griese cita La leyenda de Buda del profesor Rodolfo Seydel de la
Universidad de Leipzig, quien afirma que de los 28 capítulos del Evangelio de Mateo
sólo dos (el 22 y el 24) no presentan rastros o interpolaciones de textos indios; de
los 16 del Evangelio de Marcos sólo dos (el 7 y el 12) están libres de plagios y en el
evangelio de Lucas sobre un total de 24 sólo los capítulos 16, 17 y 20 son de la
exclusiva cosecha del autor.
A su vez el teólogo Happel enumera como copias los siguientes textos de la
Biblia: la encarnación de Jesús con todas las circunstancias que la acompañan; el
niño Jesús en el templo; el año duodécimo de Jesús; su verdadero pueblo natal; la
tentación del diablo; la higuera y los dos apóstoles; las ocho beatitudes; la historia
de la pecadora Magdalena; la prédica a un rico (Nicodemo) que visita a Jesús de
noche; la muchacha del pozo; el ciego de nacimiento; Marta y María; el número de
los apóstoles y su envío a la prédica; el milagro de la marcha sobre las aguas (ojo);
la entrada jubilosa en Jerusalén; el joven rico; la transfiguración. Happel termina

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diciendo: este número podría fácilmente aumentarse.


También hay leyendas cristianas inspiradas en mitos persas y egipcios. La
resurrección de Osiris -primer Dios resucitado-, vuelto a la vida por Isis, con
palabras cabalísticas, era un incentivo para la imaginación de los primeros
evangelistas que narraron la resurrección de Jesucristo 35 ó 40 años después de su
muerte, ante un público preparado para creer en cualquier fábula.
La resurrección de Lázaro, el milagro más sensacional atribuído a Jesús, no
figura en los primeros evangelios de Marcos, Mateo y Lucas. ¿Cómo podría
explicarse que no la hubieran conocido y que sólo la revelara Juan (o el escriba que
tomó su nombre) en un evangelio aparecido 30 ó 35 años después de los
evangelios auténticos de Marcos y Lucas y del evangelio apócrifo de Mateo?
Por otra parte, ya dije en un artículo anterior que los ebionitas de Jerusalén,
los más próximos a Jesús no sostenían su divinidad, ni la creían sus parientes en
vida de él.
Y ahora resulta que todas las fábulas y milagros han salido del vivero
inagotable de la India y que la “revelación” del Dios cristiano se reduce a simples
plagios de sus discípulos.

¿INTERVENDRÁN LOS DIOSES?

La intervención de los dioses en esta polémica es evidente. No puedo


establecer con precisión si habrá sido el dedo de Júpiter, de Buda, del Diablo o la
Indulgencia de la Porciúncula lo que ha conducido inexorablemente al señor cura
por el camino de su perdición; pero han quedado rastros patentes de una
ingerencia sobrenatural.
Su primer artículo agresivo dejó ver que, despojado de los términos
injuriosos, no tenía contenido.
Yo temí, después de mi contrarréplica, que la polémica cesara, y eso no me
convenía: pero la influencia misteriosa que me ampara, me ha permitido
desarrollar, poco a poco, todos los temas y llenar un libro de más de 300 páginas,
que editará el Colegio Libre de Estudios Superiores en seguida de aparecer este
artículo. El Sr. Franceschi, invitado a autorizar la inserción de los suyos, se ha
negado, a tal punto tiene conciencia de no haber estado bien.
Sus artículos segundo, tercero y cuarto, nada han agregado al primero. Le
fueron sugeridos por los dioses al solo efecto de que mi exposición pudiera ser
completa, y el señor Franceschi, como un ciego, se entregó a su destino.
Se queja de que yo haya hecho reír a los “incultos”. Mala consejera es la
irritabilidad. ¿Por qué ha de llamar “incultos” a los que tratan de dar amenidad a la
vida? Con insultos gratuitos, el señor cura nada probará. Si los presuntos “incultos”
se han reído, examine fríamente su calvario polémico y vea si hace reír o no.
Entretanto, no los ataque.
En un momento dado, parece que el Sr. Franceschi estuvo dispuesto a
terminar la polémica. En el reciente artículo, dice: “Estaba yo dispuesto a
detenerme ahí. Por eso acabé mi respuesta con algunas frases de pacificación”.
Prueba, así, que su urbanidad momentánea era interesada e hipocritona, y que yo
hice bien en no caer en su celada.
En el caso de hablar con más claridad, tal vez nos hubiéramos entendido. No
es culpa mía la oscuridad permanente de su estilo.
Ahora mismo es difícil darse cuenta de la posición en que se coloca. ¿Por
qué habla en plural cuando antes hablaba en singular? La polémica deja de ser un
acto personal suyo, y anuncia que yo tendré que habérmelas en adelante con “la
Institución” (lo dice en el último párrafo para darle mayor solemnidad) , es decir,
con la Iglesia Católica Apostólica Romana. y exclama “la última palabra será
nuestra”. Antes decía mía.
Refiere, también, que un amigo suyo está preparando “pacientemente” la
réplica a los errores míos que él no ha sabido encontrar. Se extiende, así, de su

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1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – IV

propia mano, un cruel ratificado de insuficiencia polémica, después de dos meses


de entrenamiento. No puedo adivinar qué puntos calzará el substituto, pero lo
presumo por el adagio aquel “Dime con quién andas...”. Se tratará, seguramente,
de otro coleccionista de santos milagrosos.
Este punto de la substitución de un plastrón por otro (al que se dará el
encargo de decir la última palabra en nombre de la Institución), no es tan sencillo
como le parece al señor Franceschi.
Anteriormente, me advirtió, con solemnidad, que sólo el Papa puede hablar
en nombre de la Iglesia. Remito a los lectores a su primer artículo donde desarrolló
extensamente esa teoría, pero ahora, como no le conviene, pretende que yo
continúe la polémica hasta el fin de los siglos con el apagavelas de la capilla del
Carmen, investido del cargo de representante de la Iglesia.
No acepto; si Pío XI, único representante de la Institución, se empeña en
polemizar conmigo, le contestaré gustoso, pero se equivoca el señor cura si cree
que voy a aceptar la intervención del apagavelas.

UN INSTANTE PAVOROSO Y APOSTÓLICO

Exclama en voz muy alta: “Siquiera fuera (hace un verso, o por lo menos
una consonancia primorosa a recomendar a la Academia Argentina de Letras)
original el doctor de la Torre en sus imputaciones contra (!!) la Iglesia” y agrega
que yo “me he contentado con trasegar de libros que datan de 50 años. Viejas
objeciones cien veces refutadas”.
“Decir” es una cosa y “probar” es otra: y el señor cura hace su frasecita,
pero no la prueba, luego... es lo mismo que si no hubiera dicho nada. Pero recuerda
que “el estilo es el hombre”. Evidente; su estilo es su autorretrato.
No debe pasar desapercibido un “lapsus” monumental, cree que San Agustín
y Bossuet, cuyas opiniones concluyentes e interesantísimas cité a propósito de los
“limbos”, escribieron hace 50 años. Y considera de la misma época reciente al
Lalitavistara, al Corán y a los Cuatro Libros de la Filosofía de Confucio.
El temor a concretar lo pierde y malogra su desahogo: quiere huir del
peligro de ensartarse. Las opiniones que yo he sostenido pertenecen a un género
de conocimientos muy divulgado que está por encima de posibles refutaciones. Es
cosa de un momento que el señor cura diga “salta por encima de las respuestas
que se les ha dado” -no a mí sino a las ideas expuestas- pero se guarda muy bien
de decir de qué respuesta se trata, y es falso que haya respuestas autorizadas que
invaliden lo que yo he demostrado. Para colmo hace dos meses que estoy
invitándolo a entrar al fondo de las cuestiones y no he podido sacarlo de los santos
milagrosos.
Sabe demasiado bien el Sr. Franceschi que mis afirmaciones y
demostraciones no admiten refutación en el estado actual de la ciencia, de la
filosofía y de la historia, y por eso se calla y se refugia en la hojarasca de
exclamaciones pueriles, desprovistas de contenido. Vieja táctica de Iglesia.
Me reprocha, como he dicho, “falta de originalidad” y no es capaz de
apercibirse de que, en este caso, el cargo importa un elogio. Querría decir que he
renunciado a crear o inventar por mi cuenta y me he atenido a lo que está
perfectamente demostrado y es conocido de todo el mundo, incluso de los clérigos,
aun cuando éstos simulen ignorarlo.
Pero si el fondo de mis artículos perteneciera al acervo común de los
conocimientos actuales, la forma -y ya es algo- ha sido mía y no ha carecido de
originalidad en su precisión matemática. Si yo hubiera escrito vulgaridades -como
les dice el señor cura a los intelectuales de la capilla del Carmen-, no tendría
sentido la alarma que siente cuando cree descubrir que he “falseado más de una
conciencia y difundido más de un error”. Es tan grande el temor que le inspira mi
prédica sin originalidad, que traza un cuadro de lucha contra ella sólo comparable al
de las Cruzadas, como va a verse: “Iremos... (Mambrú se fue a la guerra) haciendo

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toda la luz necesaria y esto durará el tiempo indispensable, porque es ya tarea no


de controversia, sino de apostolado mismo”. ¡Caramba! Y termina con el anuncio
rigurosamente apocalíptico de que “la última palabra será nuestra”.
Un crítico sin originalidad, un escritor ramplón, un mero iconoclasta no logra
jamás resultados de esa magnitud. Algo más debe existir. La Iglesia entera se ha
conmovido, el apostolado requisa toda la luz para alumbrar los caminos de la
perdición, y a los dos meses de mi conferencia inicial, todavía no han encontrado
una respuesta inteligente que dar. Esperan que el tiempo enjugue sus lágrimas.
Las comparaciones no me seducen por regla general, pero no hay regla sin
excepción, y en este caso no resisto a la tentación de preguntar a mis lectores si
han oído que entre las personas que piensan con su cabeza, los escritos del señor
Franceschi hayan producido el efecto desmoralizador que los míos, según el señor
cura, han producido en las filas del apostolado; y si los que mantienen para honra
suya sentimientos liberales, han resuelto oponer una resistencia colectiva al avance
de un peligro evidente. Nada de eso ha ocurrido, al parecer, y los escritos del señor
Franceschi han sido contraproducentes, pues han afirmado las convicciones de los
liberales y hecho enrojecer a los católicos (no del todo momificados) dándoles una
sensación clara de la vetustez de sus ideas y de la inferioridad de sus jefes.

EN EL TERRENO DE LA SINCERIDAD

El señor Franceschi no cree en la sinceridad de mis convicciones. ¡Qué


lástima! Perderé el apetito.
Pero este cargo tiene una compensación; me permite preguntarme -con
todo derecho- si yo creo en la sinceridad del señor Franceschi. Francamente,
honradamente, no creo en la sinceridad del señor Franceschi.
La comunidad católica forma un conjunto heterogéneo, que no es fácil
clasificar.
El 80 por ciento de las mujeres (o el 70 por ciento) es creyente. Una mujer
católica cree en el Padre, en el Hijo y el Espíritu Santo, tres personas distintas y un
solo Dios verdadero, por las mismas razones (más de sentimiento que de reflexión)
que impulsan a una mujer mahometana a creer en Mahoma, a una mujer budista a
creer en Buda, a una mujer brahamanista a creer en Brahama. Las mujeres son el
punto de apoyo de la Iglesia y la carne de cañón de los milagros.
Respetuosamente, pongámoslas de lado.
La abrumadora mayoría de los hombres está formada por los que no creen y
por los que, teniendo ideas confusas y no queriendo ser pasto de supersticiones, no
practican. En esta capital hay 1.300.000 varones de toda edad, y sería excesivo
creer que haya 30.000 que oigan misa una vez por semana. 30.000 practicantes
contra 1.270.000 abstenidos no es una proporción tranquilizadora para la Iglesia,
por cierto.
En los 30.000 practicantes hay para todos los gustos; creyentes sinceros (la
mayoría de escaso poder de comprensión); hombres temerosos de la muerte y del
infierno; creyentes en los milagros, y buen número de simuladores de la fe, por las
más distintas razones, desde el que apoya a la Iglesia ostensiblemente, sin creer en
ella, porque la considera un aliado contra el comunismo, hasta el Tartufo por
temperamento, que se hace el beato por conveniencia.
Dentro del clero se reproduce el mismo caso y no necesito entrar en
detalles. Hay curas de inteligencia limitada y de buena fe ilimitada que creen en
todo, y hay curas listos que no creen ni en el bendito. No hablo de los delincuentes
(de los Castro Rodríguez, etc.), pero entre esos monstruos y los buenos curas se da
toda la serie, como entre los laicos. Son numerosos los curas escépticos o
sensuales, que no tiran los hábitos y continúan representando la comedia que les
tocó en suerte.
El clero, especialmente el clero argentino, es poco ilustrado. Henry Damage,
director que fue de los Asilos de Alienados de Francia, en su libro Elementos de

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Neuro Psicología (pág. 200) dice: “El sacerdote se defiende mal (previo esta
polémica, sin duda), porque no comprende los conflictos entre la Ciencia y la Fe;
sólo tiene una instrucción literaria, ignora totalmente la fisiología, la anatomía, la
patología y la psiquiatría (y la biología) y su elocuencia, por famosa que sea, nunca
demuestra nada; las flores de retórica y los argumentos sutiles, semejantes a los
de los filósofos de la Edad Media, no refutan desgraciadamente nada. (Es lo que ha
ocurrido en esta polémica al señor cura). El sacerdote católico -agrega Damage-
ignora la ciencia y por esa razón se enajena, de más en más, la adhesión de los
espíritus esclarecidos y de los sabios”.
Cuando un cura estudia (no siendo teología) puede continuar siendo cura,
pero deja de creer en los absurdos consignados en los libros sagrados.
No es, entonces, a impulso de un movimiento pasional motivado por el
ataque del señor Franceschi a mi sinceridad que yo manifiesto que no creo en la
suya. Tampoco creo en la del Papa. Por ignorante que sea Su Santidad, no puede
comulgar con lo que ha dicho hace pocos días en su encíclica sobre el Divino
Rosario; no puede creer que el restablecimiento relativo de su salud se deba a la
intervención personal de Santa Teresita de Jesús y de la Virgen María. Lo dice, pero
evidentemente hace una farsa desagradable.
¿Por qué razón esas señoras tan influyentes no impidieron la enfermedad?
¿Por qué no usaron la profilaxis en vez del tratamiento? Y si mañana muere,
deberemos creer en un fracaso ruidoso de la influencia celestial de esas personas.
Aplicando el criterio estrecho del Papa, habría que creer que el temporal de
estos días y la falta de agua corriente en la ciudad se han debido al Congreso
Eucarístico de Luján, y que Sanjurjo y Mola murieron por voluntad de Dios, que
ayuda a los comunistas por solidaridad con los principios de Jesucristo, que la
Iglesia ha repudiado.
Creo al señor Franceschi persuadido de que la religión católica se ha
apartado de los principios iniciales de Jesucristo y que sus libros sagrados consisten
en adaptaciones y plagios de los libros de la India; opino también que cree en la
resurrección de Jesucristo tanto como en la de Osiris, y que no se le ocurre pensar
en que Jonás viviera tres días en el vientre de una ballena.
Y es por eso, porque la Iglesia Católica, como todas las demás iglesias, es
una institución humana, accesible a todos los convencionalismos, flaquezas y vicios
de las instituciones humanas, que no me inspira, que no puede inspirarme odio,
sino menosprecio. El señor cura desearía lo contrario, pero no puedo complacerlo; y
si, a pesar de todo, se empeña en seguir explotando mi pretendido odio, hágalo,
nomás, que tampoco me va a quitar el sueño. Seguiré pensando que de la religión
sacan provecho los hombres vivos.

HABLA DE LO VIL Y DE LO BAJO

Si fueran susceptibles de pesarse las dosis de veneno que ha inyectado


entre las líneas de su cuarto artículo el inocente cura de la capilla del Carmen, el
número de kilos causaría asombro.
Empiezo a creer en mis calidades de escritor porque no es cosa común lo
que yo habría hecho: injuriar y calumniar sin palabras.
Yo, desde el primer artículo, transcribí las groserías empleadas por el señor
cura a propósito de una conferencia doctrinaria en la que no había una sola alusión
personal. ¿Por qué no ha hecho él lo mismo? ¿Por qué no transcribe los insultos
horribles de que se queja? ¡Porque todo es un cuento! Le llama insulto a la
demostración de que adultera todos los textos, incluso los versículos del Evangelio.
No le detiene ningún escrúpulo y me imputa con desenfado, precisamente lo
contrario de lo que ha sido característico en mis artículos, que a veces han parecido
más doctrinarios que polémicos.
Exclama en tono indignado: “¡Y luego, la tendencia a lo vil, a lo bajo!”.
¿En qué se habría manifestado esa tendencia que nadie ha apercibido? Pues

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en haberme referido a la influencia que los vicios y escándalos públicos del pontífice
Benedicto IX tuvieron en la creencia en el fin del mundo -hecho de una verdad
indiscutible- y en haber recordado la ferocidad del Papa Inocencio III con los
albigenses, a propósito de las masacres de Rusia y de Alemania.
Falta a la verdad desvergonzadamente el señor cura cuando me pinta
hojeando afanoso la historia de los Papas para sacar a la luz lo que él mismo llama
“sus inmundicias”. ¿Cree que esa siniestra historia ornamentada por el
envenenamiento continuo de Papas, cardenales y príncipes, por la simonía, el
incesto y el asesinato, ha sido agotada con las dos referencias escuetas y
necesarias que hice a Inocencio y Benedicto? No puede tener tanta ignorancia como
la que se necesitaría para creerlo y no siendo ignorancia es perfidia la que ha
guiado su mano seráfica, al imputarme con notoria deslealtad lo que no ha existido.
Tengo a mano la prueba resplandeciente; en los últimos meses he recibido
folletos y discursos (incluso el discurso de Goebbels) alusivos a los procesos a que
fueron sometidos en Alemania más de 1.000 clérigos católicos de los internados de
niños y niñas, acusados de corrupción sexual. Muchos han sido condenados con
pruebas irrecusables y yo no he querido ocuparme de ese asunto repelente.
Muchas personas han pensado equivocadamente que en esta polémica
podrían interesarme esos temas y me han mandado por correo montones de cartas
y papeles alusivos, que han ido todos al canasto. Entre ellos figuraba una historieta
acerca del reciente robo de la corona de la Virgen de la Iglesia de Santo Domingo,
asunto al que se le ha echado tierra. Ni la justicia, ni la policía, ni los grandes
diarios, que se ocupan del robo de un par de zapatos, han vuelto a hablar de ese
robo de una corona de oro y piedras preciosas cuyo valor se estimó en 30.000
pesos. No quise hacer alusión alguna.

LA NACIONALIDAD DE UN OBISPO

No es un asunto baladí la nacionalidad de un obispo; otras veces me he


referido a la composición del clero argentino, que se educa en Roma (en el Colegio
Pío Latino-Americano), para los altos cargos de nuestra iglesia, y se preocupa más,
cuando los desempeña, de los intereses del Vaticano que de las prerrogativas de la
soberanía nacional.
Dije solamente, al pasar, que en la época en que se designó para el
obispado de Santa Fe al señor Fassolino, no se esclareció suficientemente la
observación que se le hace, desde hace tiempo, de no ser argentino.
El señor Franceschi, para rectificarme, invoca un suelto aparecido en el
diario “La Mañana”, de Santa Fe, y dice que ha rectificado mi insinuación,
“indicando hasta la calle y número del registro civil donde se encuentra la partida
de nacimiento de Mons. Fassolino”.
El suelto aludido, que pedí a Santa Fe, muestra que el señor cura de la
capilla del Carmen ha faltado nuevamente a la verdad. Contiene dicho suelto una
especie de reportaje al señor Fassolino y pone en sus labios estas palabras: “Como
es sabido, el Registro Civil se instaló en la ciudad de Buenos Aires en el año 1886.
Yo nací después de esa fecha, de modo que el acta de mi nacimiento puede ser
vista en el mismo Registro Civil de la Capital Federal”.
Es, pues, falso que el señor Fassolino haya indicado el número de la oficina
de Registro Civil donde habría sido inscripto su nacimiento, ni la calle y número
donde estaba situada. Tampoco ha dicho en qué día y año tuvo lugar la discutida
inscripción. Habla de su bautismo en la iglesia de Montserrat, pero eso nada
significa, pues muchos niños se bautizan con notable demora. Pudo venir de Italia
sin bautismo. Yo no he de abrir juicio sobre el fondo de un asunto que me es
desconocido; pero sí he de decir que ni el señor Fassolino ha aclarado lo que estaba
en cuestión, ni el señor Franceschi ha citado lealmente el suelto que invocó.

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LEÓN XIII Y PÍO XI

Dije, en conjunto, en mi conferencia del Colegio Libre, que estos dos


pontífices habían impregnado sus encíclicas de sentimientos caritativos, y habían
condenado en ellas los regímenes económicos de su tiempo y pedido su enmienda,
pero que sus actos no correspondieron a sus palabras, y muestran (sobre todo Pío
XI), que no se interesan en un cambio efectivo del régimen existente.
El señor Franceschi encuentra una contradicción. ¿Quién puede llamar a eso
contradicción? La habrá en León XIII y en Pío XI, pero no en mí.
Naturalmente, el señor Franceschi, a fin de hacerla creíble, suprime, como
de costumbre, toda la parte de mi conferencia, donde pruebo que los actos de los
pontífices no corresponden a sus palabras, y omite toda mención a Pío X, que
atribuyó a una decisión expresa de Dios la existencia de desigualdades sociales. Así
son todas mis pretendidas contradicciones.

ANANÍAS Y SÁFIRA

Este punto, desprovisto de toda importancia en sí mismo, tiene el valor de


una prueba irrecusable de la mala fe del santo varón de la capilla del Carmen.
Había tergiversado el sentido del episodio y pretendido que yo oculté que la pena
de muerte impuesta por el Espíritu Santo o por San Pedro a dos pobres diablos, era
en castigo de un perjurio y no por la falta de entrega de la parte del precio de un
bien a la caja de la comunidad cristiana. Probé la tergiversación, y probé que el
castigo era impuesto a la vez por el perjurio y por haber “defraudado del precio del
campo”. A ese fin transcribí los tres versículos pertinentes de los Hechos de los
Apóstoles, que dicen no una vez, sino dos veces, “defraudó del precio”.
Tratándose de un laico cualquiera sería un asunto concluído; en un clérigo,
la mala fe es inagotable, y el señor Franceschi vuelve a insistir, sin darse por
entendido del texto que se le ha mostrado.
No me contraría; por el contrario, me complace que me dé esta nueva
oportunidad de poner en evidencia sus procedimientos.

LA FRASE LAPIDARIA DE MARITAIN

En un diario responsable, en los últimos días de agosto, apareció una frase


dirigida al señor Franceschi (así se decía con todas sus letras), tomada de una carta
de Maritain. El filósofo francés, contestando al señor Franceschi, le habría escrito
con finísima ironía: “La filosofía es cosa difícil, que cada cual entiende según la
medida de sus facultades”. No se podía despachar más categóricamente a un
importuno.
El señor Franceschi no rectificó, y yo, con pleno derecho, la reproduje,
encontrándola aplicable al caso de la cuestión social, que sólo entiende “según la
medida de sus facultades”.
Después de mes y medio, se le ocurre aligerarse de ese peso y pretende que
la frase fue aplicada a su compañero de redacción en la revista inédita, presbítero
Menvielle. La caridad cristiana obligaba al señor Franceschi, en caso de ser así, a
llevar la cruz hasta el fin.
Conste que hice una cita auténtica de una frase consentida a su debido
tiempo por el silencio del señor cura.

PUNTO FINAL

Voy a poner término a estos artículos y he querido reservar para el último la


refutación del único cargo que siendo infundado y pueril, no es injurioso. Rara Avis.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 7º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – IV

El señor Franceschi, dice: “El sueño del doctor de la Torre es aniquilar a la


Iglesia”. ¡Qué mentalidad estupenda tiene el señor cura!
Cuando yo encuentro personas que me dan la impresión de acariciar el ideal
ingenuo que el señor Franceschi me atribuye, no puedo evitar una sonrisa.
¡Aniquilar a la Iglesia en un santiamén!
No se encontrará en esta polémica, ni fuera de ella, una palabra mía en la
que pudiera fundarse el señor Franceschi para atribuirme la tontería contenida en
su exclamación: “sueña con aniquilar a la Iglesia”, es decir, con destruirla de cuajo
por una obra personal computable y tangible.
He dicho ya que la religión católica,; una de las tantas que existen, y no la
que cuenta con mayor número de adeptos, no tiene diferencias muy sensibles con
las otras. Como ellas, por consiguiente, no será transformada en sus características
actuales o suprimida totalmente, sino por la obra lenta del tiempo, y no de un
tiempo breve. Hasta sería peligroso que sucediera en otra forma. Sin embargo, la
religión católica será la primera a que afectará esa lenta y segura evolución de los
siglos porque tiene la desgracia (que hasta hoy ha sido una suerte) de ser
practicada por los pueblos de la raza blanca, los más civilizados de la tierra. Cuando
se imponga la realidad y Europa y América dejen de creer en mitos y milagros, las
multitudes analfabetas del Asia seguirán adorando a Buda, a Brahama y a Mahoma.
Cada día es menor el número de los que creen en la existencia de un Dios
personal que interviene en los asuntos particulares de los hombres y se interesa
por la salud de Pío XI. Las religiones a base de esas supercherías son falsas, sus
mitos salidos todos del vivero tropical de la India son igualmente falsos, sus
liturgias no son menos groseras y carnavalescas que los ritos faraónicos, y sus
sacerdotes tienen las virtudes y los vicios de los hombres.
¿Cómo se explica, entonces, que jamás haya existido, que no exista hoy, un
pueblo sin religión? Porque la humanidad ha salido de las selvas y de las cavernas y
va marchando lentamente hacia los rascacielos, y sufre la ilusión de creer que ha
efectuado conquistas superiores a las reales. Para conocerse bien necesita mucho
tiempo todavía. La ciencia, cuyos progresos deslumbran, empieza a marchar en
realidad. Hace cien años la biología no tenía nombre y los más grandes progresos
de la física son del siglo XX.
Con todo esto quiero decir que la humanidad no tiene aún en sus manos los
instrumentos adecuados para conseguir que no quede en el mundo un solo cerebro
fosilizado que crea en los milagros. Ni un solo truhán que pueda explotarlos.
Antes de alcanzar esos resultados pasará mucho tiempo, porque las iglesias
milagreras son hoy los auxiliares más poderosos que tiene a su servicio el orden
económico y político que impera en el mundo. La difusión de las supersticiones se
organiza actualmente como en otros tiempos más felices organizaban las
sociedades democráticas la difusión de los conocimientos. La enseñanza religiosa
en las escuelas, cosa relegada al pasado, reaparece ahora a la sombra de los
despotismos o de los gobiernos simplemente inferiores, como el nuestro. Es una
especulación política.
Si el orden político-económico actual hubiera de durar eternamente, la
supervivencia de las religiones milagreras sería su consecuencia; pero como
estamos sobre un volcán, como el famoso orden social derechista e imperialista
desemboca por todas sus avenidas en la catástrofe, cualquiera de las guerras
insensatas y criminales que incuba le pondrá fin y morirán a un tiempo el fascismo,
el imperialismo, el clericalismo oficial y la explotación gubernativa y religiosa de las
supersticiones.
Pasará mucho tiempo, pero algún día la civilización humana se edificará
sobre la verdad y entonces puede ser que nazca la solidaridad entre los hombres,
hoy ausente o fingida.
Cuando se encara de esta manera el problema religioso, y se espera del
tiempo y de la mayor ilustración del pueblo la desaparición del fanatismo y uno
encuentra en su camino un tonto que lo denuncia a la execración pública como a un
comefrailes vulgar, se le compadece o bien uno se ríe de él. Ése es mi caso.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 7º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – IV

La comparación entre el poder de la Iglesia en la Edad Media y en la época


actual, aun cuando se haga superficialmente, muestra la importancia del camino
recorrido, y como yo estoy persuadido -bueno fuera que no- de que es
indispensable repudiar la violencia cuando se trata de evoluciones de esa índole,
pongo mi esperanza en la lenta iluminación de las conciencias y a ese propósito
sirvo con mi grano de arena.
Parece un esfuerzo precario, y, sin embargo, a nada teme la Iglesia más que
al desembrutecimiento del pueblo mantenido en la ignorancia. Donde puede
quemar libros los quema. Ya los están quemando a montones en España los frailes
que asesoran a Franco. La persecución al libro caracteriza admirablemente toda la
barbarie que entraña el fanatismo.
En alguna otra oportunidad (en el Senado) aplaudí lo que se llama en Rusia
“enseñanza antirreligiosa”. Los que adulteran sistemáticamente los hechos para
engañar a los ignorantes hacen creer que detrás de ese nombre se ocultan
persecuciones sin cuento. No hay tal cosa. La enseñanza antirreligiosa significa que
en las escuelas del Estado, único encargado de impartir la enseñanza pública, se
enseña a los niños lo que resulta de las conclusiones científicas y se les demuestra
que los conceptos sobrenaturales son falsos. Se les demuestra que carecen de
realidad y de pruebas.
De esa manera dejan de gravitar los prejuicios sobre el espíritu de los niños
y se les prepara sólidamente para una comprensión amplia del mundo y de la vida.
Los resultados de ese cambio de métodos serán sin duda alguna trascendentales y
muy graves para las creencias milagreras, pues será la verdad y no la fuerza lo que
habrá de destruir los despropósitos de la Biblia.
Si en esas condiciones los que se aferran a la existencia de los milagros y
exigen que se respeten las fábulas de la Biblia quieren probarlos, se les admite la
prueba, y si no la producen no tendrán de qué quejarse.
¿Qué privilegios pudieron tener los antiguos para que los dioses alternaran
con ellos y no se dignen hoy (después que hemos aprendido a leer), a presentarse
sobre la tierra? Bastaría que Jesucristo volviera a caminar sobre las aguas a la vista
del público o que el Espíritu Santo repitiera su hazaña fecundante, para restablecer
la fe en los milagros y consolidar así la posición de la Iglesia, expuesta a perecer
por obra de la incredulidad. Lo dicen los Papas en sus encíclicas continuamente.
Por algo es entonces que la enseñanza antimilagrosa es la enseñanza de la
verdad y que la ciencia prueba todos los días la rigidez de las leyes naturales. En
ese terreno se hacen en Rusia demostraciones prácticas que tienen por finalidad
emancipar de prejuicios el espíritu de los niños. Por ejemplo, de antiguo el paisano
ruso analfabeto creía que era indispensable pagarle algunos rublos al pope, si se
querían evitar las hierbas nocivas y las plagas en la chacra; el pope bendecía la
chacra. Ahora es común que en las escuelas primarias de agricultura se instituya
“la parcela de Dios”. Los pequeños alumnos la aran, la siembran y un pope la
bendice. Y hecho eso dejan que Dios impida que en su parcela crezcan malezas y
se propaguen plagas. Dios nada hace: se muestra holgazán e incompetente y el
resultado final no admite comparación con el de las fracciones no bendecidas.
Si en la comunidad cristiana hubiera sinceridad bastaría la comprobación de
que ni el Dios padre, ni el Dios hijo, ni el Espíritu Santo hacen hoy milagros y de
que su mitología fue plagiada de las mitologías de otras religiones y sus milagros
imitados de otros milagros (inventados en épocas de profunda ignorancia) para que
se abandonaran esas supercherías2. No hay que esperarlo. Mientras existan

2
Hasta el siglo pasado se ignoraba en Europa que las razas arias, en general, o si se quiere la raza
blanca, eran originarias en su totalidad del Asia: India, Bactriana, etc. El conocimiento del sánscrito,
idioma sagrado de la India, adquirido en Occidente en el siglo XIX reveló la identidad de origen de todas
las lenguas que hoy se llaman indo-europeas, desde el griego y el latín hasta los idiomas germánicos y
escandinavos.
Las emigraciones correspondientes se realizaron en épocas perdidas en la prehistoria, pero una vez
establecido que la India fue la cuna de la raza blanca, hay que admitir como consecuencia necesaria y

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 7º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – IV

ingenuos la Iglesia continuará en su tráfico.


La enseñanza sistemática de lo sobrenatural y la herencia mística son los
dos factores preponderantes en la persistencia del fanatismo. En el instinto
religioso que en la actualidad, bajo todas las latitudes, impulsa a creer en lo
absurdo a millones y millones de seres hay, sin duda, un factor atávico
subconsciente, tan poderoso como el que impulsa a la abeja a construir su
colmena; y así como en el secreto de los, cromosomas casi invisibles están
impresas las peculiaridades más extraordinarias que se transmitirán a un animal o
a una planta, es verosímil creer que también en los pliegues de un cromosoma
residan las inclinaciones religiosas irresistibles, como residen los elementos que
darán su color a las plumas de un ave o a los pétalos de una flor. Un gallo Leghorn
no podrá ser nunca colorado mientras los cromosomas de sus células germinales
dispongan que sea blanco, y un místico que siente lo sobrenatural desde la época
en que un antepasado suyo hace 25.000 años se sobrecogía ante el estampido del
rayo, tampoco podrá, probablemente, alcanzar el equilibrio de un espíritu libre de
supersticiones hasta que el tiempo y una lenta y persistente modificación, del
ambiente, cambien la naturaleza de los tejidos que transmiten la tara mística.
Otro concepto perturbador del buen juicio es el de que la moral sea
inseparable de la religión y de que la desaparición de esta última podría ocasionar
una corrupción espantosa.

lógica el hecho de que los pueblos emigrantes llevaran consigo, además de su lengua, sus costumbres y
sus mitos religiosos.
Pretender lo contrario sería absurdo y de ahí resulta que los mitos religiosos de todos los pueblos
occidentales tienen su origen remoto en los de la India. Nada lo prueba tan claramente como la
etimología de la palabra Dios. En castellano y en francés, viene del latín Deus; Deus viene del griego
Zeus y Zeus es sánscrito puro. Este ejemplo concluyente podría reproducirse al infinito pues en el griego
principalmente, predominan las radicales del sánscrito.
La salida o emigración de los judíos de la India no ha dejado rastros históricos, pero su presencia en el
país de los Caldeos es incontestable, puesto que Abraham según dice la Biblia, emigró de Ur, capital de
la Caldea, a Palestina. La Caldea estaba poblada en mucha parte, por emigrantes de la India que rendían
culto a divinidades oriundas de ella.
Los judíos en sus primeros tiempos de residencia en Palestina, no tenían libros sagrados, sino
tradiciones orales, y otro tanto ocurría en los demás pueblos primitivos y en la India misma.
El segundo libro de Esdras (Nehemías) dice que la revelación de la ley (Pentateuco o por lo menos el
Deuteronomio según algunos autores) fue hecha por primera vez al pueblo después de volver del
cautiverio de Babilonia (posiblemente cien años después más o menos) lo que lleva a la conclusión de
que el Pentateuco fue revelado al pueblo con una anterioridad no mayor de 400 ó a lo sumo 500 años de
la era cristiana.
La ceremonia de la promulgación de la ley fue solemne y la narra con profusión de detalles el segundo
libro de Esdras en los capítulos 8 y 9.
Para los que consideramos falsa toda leyenda cuyo origen sea una revelación divina, no es un asunto
que tenga importancia averiguar si fueron los indios, los egipcios, los griegos o los judíos los que
recibieron las primeras confidencias del Dios personal. Pero no sucede lo mismo a los que adoran un
Dios personal en competencia con los de otras religiones. Para ellos el Dios que hizo la primera
revelación tiene que ser, fuera de duda, el verdadero.
De ahí se deduce la importancia extraordinaria que, en relación con los católicos, reviste la
comprobación, hoy indiscutible, de que los puntos más fundamentales del Viejo y del Nuevo Testamento
han sido tomados de los Vedas y demás libros sagrados de la India, que fueron escritos con mucha
anterioridad. Estos libros, a su vez, son recopilaciones tardías de leyendas que se venían perpetuando
por tradición oral desde millares de años.
Las parábolas de Jesús escritas por los evangelistas, lo mismo que la curación de enfermos y
resurrección de muertos han sido tomadas de poemas hindúes muy anteriores. La más famosa de las
resurrecciones, la de Lázaro, no aparece en los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas y se consigna en el
de Juan que vivía en Asia Menor en contacto con la literatura indostánica ya en decadencia en esa
época.
El propio nombre de Cristo no pertenece al idioma hebreo, y su etimología griega se enlaza ahora con el
sánscrito. Muchos judíos conocieron la literatura sagrada india en traducciones al griego que abundaban
en la biblioteca de Alejandría, tan infaustamente incendiada por los cristianos.
La coincidencia sugestiva de que el Redentor indio se llamara lezeus Christna (Jacolliot) y el Redentor
judío Jesú-Cristo, hijos ambos de vírgenes fecundadas por el Espíritu Santo, se acentúa cuando se ve
que el cadáver de Christna desapareció como el de Cristo. Asesinado a orillas del Ganges por los fariseos
de la India que había apostrofado, como Cristo a los de Jerusalén, su cadáver fue colgado de la rama de
un árbol para que lo devoraran los buitres y cuando su discípulo predilecto Ardjouna fue a buscarlo no lo
encontró. Había subido al cielo. La leyenda de Cristo es imitada de la de Christna hasta en ese punto.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 7º parte
1943 – Buenos Aires La cuestión social y un cura – IV

Esto es absolutamente inexacto; la religión es independiente de la moral.


Hay místicos de una inmoralidad sorprendente y sabios incrédulos que son unos
santos. Se han visto infinidad de veces sociedades profundamente fanáticas y
corrompidas, por ejemplo, la Roma pontificia, y pueblos paganos dotados de
grandes virtudes privadas y públicas como la república romana antes de ser
inundada por la resaca del mundo.
Berthelot dijo una vez: “La moral no viene de las religiones; por el contrario,
son las religiones o mejor dicho las mejores y más puras entre ellas, las que han
buscado un punto de apoyo sobre los cimientos sólidos de una moral que ellas no
han creado”.
Verdad profunda a la que podría agregarse que las sociedades no pueden
vivir sin moral por su propio interés, por su propia salvación, y esa moral ha de ser
tanto más extensa y severa cuanto menos pesen en su destino los intereses bajos
que especulan con la mentira de lo sobrenatural.

http://delatorre.webcindario.com

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 8º parte
1943 – Buenos Aires La India cuna de mitos

LA INDIA CUNA DE MITOS


EL PENTATEUCO HEBREO

La primera edición de este libro dio lugar a que recibiera algunas cartas
solicitándome mayores informaciones acerca de las edades respectivas del
Pentateuco o Libro de Moisés y de los libros sagrados de la India, con motivo de los
plagios a que me referí, comprobados desde hace tiempo, no sólo en el Pentateuco,
sino en los Evangelios.
No me había detenido antes en demostraciones prolijas por tratarse de
hechos muy debatidos en los países donde esas materias interesan, pero no estará
demás, ya que nos encontramos en distinta situación, que agregue algunas
consideraciones aclaratorias y complementarias de lo dicho.
La figura de Moisés se pierde en la oscuridad de los tiempos. Faltan datos
fidedignos que permitan establecer si se trata de un héroe puramente legendario, o
si en realidad existió magnificado por la fantasía de los judíos y de los cristianos.
Ningún escrito o inscripción próximos a la época en que habría vivido menciona su
nombre y ningún monumento antiguo perpetúa su memoria. No se conoce el sitio
de su sepultura, en tanto que el cadáver de José, muerto mucho antes que él,
habría sido llevado por los hebreos de Egipto a Palestina y enterrado en Sichem.
(Génesis 50, 24. Josué 24, 32).
La Biblia, conjunto de relatos inverosímiles y sobrenaturales, no puede
considerarse un libro de historia sino en cuanto atañe a la cronología de la historia
de Israel, y aun dentro de ese campo se imponen prudentes reservas.
La venida al mundo de Moisés aparece fabulosa. Un presagio habría
anunciado a Faraón el próximo nacimiento, entre los hebreos establecidos en
Egipto, del hombre que debería destronarlo, y dispuso que, a partir de ese
momento, fueran muertos todos los niños varones judíos, que nacieran. Hoy no
cabe duda de que el evangelio de Mateo, sacó de la leyenda absurda que el Éxodo
atribuye a Faraón, la no menos falsa de la degollación de los niños de Belén, que
habría ordenado Herodes al nacer Jesús. Medidas tan graves y excepcionales, si
hubieran existido, las registrarían las historias del antiguo Egipto y de la Palestina y
los investigadores modernos han comprobado que nada consta al respecto1.
La madre de Moisés, en la esperanza de salvarle la vida, lo habría colocado
en un canasto de juncos y confiado a las aguas del Nilo. Naturalmente, como en los
cuentos de hadas, la hija de Faraón acertó a pasar por el sitio, se condolió de la
tierna criatura y la tomó bajo su protección, sin hacer caso del peligro que podría
correr más adelante la suerte de su padre.
Esta leyenda es idéntica a la del nacimiento del semidiós Karna en el tercer
libro del Mahabarata indostánico, que Schulz transcribe. Pritha, fecundada
secretamente por Surya, dios de la luz, para ocultar su vergüenza, colocó a su hijo
en un cesto de mimbre y lo entregó al río Acwa, que lo arrastró hasta el Ganges,
donde Alhirata y su mujer Rahda lo recogieron y lo adoptaron.
La leyenda hebrea no es otra cosa que la leyenda de Karna, a semejanza de
lo ocurrido con las de la Creación, del Paraíso Terrenal y del Diluvio.
Criado Moisés por la hija de Faraón, mezclado, según se pretende, a
acontecimientos públicos de la mayor importancia, parecería indicado buscar en la
historia de Egipto el rastro de sus hechos y de los de su tribu.
Los egiptólogos lo han intentado en vano. Ni la permanencia de los hijos de
Israel en el país, ni su salida contrariando la voluntad de Faraón, ni las terribles
plagas que habrían asolado a Egipto en castigo de la negativa a consentir la
emigración de los judíos, ni la muerte de los niños, ni los hechos que se atribuyen a

1
Cuando nació Christna el rey de Madura habría ordenado también una matanza de niños. ¡Qué curiosas
coincidencias!

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 8º parte
1943 – Buenos Aires La India cuna de mitos

José y a Moisés han sido consignados ni dejado rastro que hayan podido estudiar e
interpretar los investigadores posteriores de la historia egipcia.
No es admisible que un país pueda ignorar su propia historia en sus épocas
de mayor civilización, y que deban aceptarse en su lugar fábulas inventadas en otro
país con el propósito visible de crearse una leyenda de origen divino.
Los autores que sostienen la falsedad del Éxodo, niegan en general la
presencia de la tribu de Israel en Egipto pero algunos son menos absolutos y entre
ellos, Renán, admite la presencia durante un siglo a lo sumo, de una tribu de Bení
Israel en la parte septentrional del Egipto que era autónoma prácticamente, pues la
autoridad de los Faraones, asentada en el valle central del Nilo de Memfis a Tebas,
no era entonces lo bastante poderosa como para someter a las tribus nómades, no
egipcias, que vagaban a lo largo del Mediterráneo y en las proximidades del
desierto de Arabia.
Siendo verosímil que los hebreos ocuparon la tierra de Canaan alrededor del
año 1350 antes de nuestra era, de alguna parte salían y algún número contaban
puesto que se impusieron a otras tribus. No llegaban del Norte, ni de la
Mesopotamia porque algún rastro habrían dejado. Más atinado es pensar que
llegaban del Sur, y por muy sospechosos de falsedad que sean los relatos de la
Biblia, en este caso cobran valor y la historia puede utilizarlos con las reservas y
dentro de los límites en que los coloca Renán.
La conquista de Canaan habría sido, pues, llevada a cabo por una tribu
hebrea llegada del Sur, y como no podía salir del desierto inhabitable de Arabia,
tenía que salir de Egipto, pero no del Egipto propiamente dicho ocupado por la
dinastía imperante, sino del extremo Norte, donde la autoridad de los faraones no
se hacía sentir y adonde no llegaba la curiosidad de los historiadores.
Partiendo de esa base y a falta de documentos genuínamente históricos,
Renán utiliza los relatos bíblicos en cuanto no son absurdos y los aplica con visible
complacencia a la emigración de la tribu israelita. Esa tribu necesitaba un jefe y ese
jefe pudo ser Moisés.
¿Pero quién era Moisés? La Biblia lo presenta como un hebreo y dice que
mató a un egipcio y se fue a vivir entre los hebreos y se casó con Sefora, hija de
Ragual. La fácil impunidad de ese crimen alevoso, robustece la creencia en que la
autoridad de Faraón era muy débil en los parajes donde andaba Moisés. Renán
supone que Moisés no era hebreo sino egipcio, pues su nombre no es hebreo, y el
nombre Mosé es egipcio y le parece verosímil que éste fuera el suyo. Egipcio
renegado, habría podido adquirir ascendiente entre los hebreos y concebir el plan
del éxodo que coincidía con el interés de su seguridad personal.
Moisés convence a la tribu israelita de que ha sido elegido por Iahvé para
conducirla a la tierra que Elohim había prometido a Abraham, a Isaac y a Jacob. Les
dijo que Dios se le había aparecido bajo la forma de una zarza encendida que no se
quemaba y le había asegurado que conduciría él mismo la expedición y le
procuraría el éxito mediante los más variados milagros. El dios hebreo, el dios de la
Creación, era Elohim, el Padre Celestial, bonachón y tolerante (lo prueba su actitud
ante el incesto de las hijas de Lot), pero el dios que se entiende con Moisés es
Iahvé, dios especial de la tribu de Israel, cuya genealogía sería arduo establecer.
Las traducciones cristianas de la Biblia, que son tendenciosas, eluden la dificultad
que emerge de esta dualidad y hablan siempre del Señor, supremo y único, de
Dios, pero no por eso deja de verse que Elohim y Iahvé no son la misma persona.
Moisés y su columna habrían penetrado al desierto de Arabia por la región
que se ha llamado después istmo de Suez, de donde resulta que la supuesta
necesidad de pasar el Mar Rojo y su presunto paso a pie enjuto, son otros dos
cuentos para niños o para tontos o para sectarios obtusos que son una mezcla de
niños y de tontos.
¿Qué objeto había en pasar el Mar Rojo si los emigrantes habitaban en las
inmediaciones de las tierras donde Lesseps abrió después su canal? El objeto no es
otro que el de colocar al éxodo y a Moisés en un ambiente milagrero.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 8º parte
1943 – Buenos Aires La India cuna de mitos

Salidos de Egipto por el istmo de Suez los hebreos se encontraban a una


distancia de 70 a 80 leguas de la tierra de Canaan y la podían recorrer en 20 días
atravesando tierras con mayores recursos que el desierto de Arabia, pero no fue
eso lo que dispuso Iahvé. Para el mayor realce de la leyenda milagrosa confinó a
Moisés y a su gente durante 40 años en el desierto y como no tenían qué comer ni
qué beber, Iahvé les hacía caer diariamente del cielo el pan que comen los ángeles
o "maná" y Moisés hacía brotar agua fresca y pura de las piedras, tocándolas con
su varita mágica.
Faraón, apercibido de la fuga, se lanzó en persecución de Moisés y lo alcanzó
en el momento en que pasaba el Mar Rojo por un camino en seco abierto a través
de las aguas, que formaron dos murallas líquidas a uno y otro costado. Faraón
debía ser muy ingenuo y quiso pasar él también, pero las aguas volvieron a su nivel
y lo ahogaron en un santiamén, con todos sus soldados.
Ningún historiador egipcio tuvo noticia de un hecho tan extraordinario. Tan
extraordinario y al parecer tan verídico que todavía se enseña en los colegios
argentinos.
Hay pues una gran distancia entre la posible permanencia de una tribu
hebrea nómada en el Norte de Egipto, que habría vuelto a la Palestina en la forma
narrada por Renán y el éxodo bíblico, de más de un millón setecientos mil hebreos,
número a que habría ascendido la descendencia de las 70 personas de la familia de
Jacob que habrían entrado en su compañía 400 años antes, según dice la Biblia. No
sólo es inverosímil que una columna tan considerable pudiera subsistir, no ya 40
años, pero ni siquiera 40 días en el desierto de Arabia, sino que, a ser cierto que
Moisés dispusiera de 600.000 soldados no habría huído. Habría conquistado el
Egipto en vez de dirigirse a Palestina.
Está en contradicción con la propia Biblia la pretensión de que Moisés
comandara 600.000 soldados, seguidos de una muchedumbre de mujeres, niños,
viejos e inválidos mucho mayor. En efecto, ya recordé que en el capítulo VII del
Deuteronomio, se dice que Dios ordenó a los hebreos la destrucción a sangre y
fuego de las 7 naciones o tribus que ocupaban la tierra prometida, a saber, los
Heteos, Gergeceos, Amorreos, Cananeos, Phereseos, Heveos y Jebuceos y agrega,
"cada una más numerosa y robusta que la tribu de Israel". Nadie ignora que esas
tribus eran poco considerables.
Pero supongamos que el cuento de Jacob y su prole fuera cierto, y que, por
extraordinario que parezca, llegaran al número pretendido en la época en que
Moisés los habría inducido a emigrar. ¿Cuál habría sido el papel desempeñado en
Egipto por tan considerable número de personas en tan considerable número de
años? Ninguno. La Biblia no refiere un solo hecho de los hebreos ocurrido desde los
tiempos de Jacob y José hasta Moisés, ni la historia de Egipto conoce la
permanencia de esa gente. Desde José hasta Moisés se hace el vacío.
Demos en cambio al Éxodo su verdadero carácter de fábula (destinada a
magnificar y divinizar la historia nacional hebrea) tejida en Canaan, cuando los
judíos llevaban allí 600 ó 700 años de permanencia y todo se aclara y se explica. El
propósito perseguido de consagrarse "pueblo elegido" por Dios se realiza
ampliamente. Iahvé en persona ha sido el conductor del éxodo y el protector
formidable de los conquistadores de la tierra que prometiera Elohim al no menos
nebuloso antepasado Abraham.
La Historia Universal, de Ondeen, entre muchas otras, se niega a admitir
que el pueblo de Israel residiera en Egipto y considera inútil empeño el de los
egiptólogos que todavía perseveran en el propósito de encontrar rastros de dicha
permanencia, y en cuanto al posible itinerario seguido en el éxodo considera su
investigación un juego tan estéril de nombres y números, como el de averiguar el
camino que hicieron los borgoñones, según la leyenda de los Niebelungen, en su
visita al rey Etzel. (Tomo II, página 51).
Moisés, predilecto del dios Iahvé no mereció la recompensa de terminar su
empresa y cuando la expedición tan abnegadamente conducida por él, durante 40
años, llegó a la llanura de Moab, Iahvé tuvo la crueldad de hacerlo morir, no sin

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 8º parte
1943 – Buenos Aires La India cuna de mitos

antes ordenarle que subiera al monte Nebo y contemplara del otro lado del Jordán,
a lo lejos, la tierra de Canaan y la codiciada Jericó.

LA EDAD DE LA BIBLIA

¿Qué edad tienen los 5 libros del Pentateuco?


¿Pueden ser más antiguos que los libros y leyendas sagradas de la India? ¿O
sus mitos son tomados de los libros indios?
Los hebreos y los cristianos ortodoxos ponen gran empeño en aumentar la
edad del Pentateuco y en darle el carácter de una revelación divina, más que de
una obra humana. Necesitan entonces rechazar la posibilidad de que contenga
partes tomadas a la mitología de otras sectas, pues no sólo les daría a éstas una
preeminencia que sería funesta para el prestigio de las religiones cristiana y judía
(se pretenden las únicas verdaderas), sino que tratándose de un libro "revelado" el
plagiario sería Dios. Y un dios plagiario no es elegante.
Los escritores contemporáneos que tienen una responsabilidad intelectual
que cuidar piensan uniformemente que el Pentateuco es el libro de la ley que se
promulgó solemnemente en tiempos de Nehemías y Esdras, o sea, alrededor del
año 450 antes de nuestra era, en la forma relatada en el capítulo 8º del libro
segundo de Esdras, sin perjuicio de que ésta haya absorbido el libro que el Sumo
Pontífice Helcias, en tiempo de Josias, simuló descubrir inesperadamente en el
templo (año 621 antes de J.C.) y fue designado con el nombre de Libro de la
Alianza. Haría más de 700 años en ese momento de la entrada a Canaan de los
hebreos y Moisés nada tendría que ver con el Pentateuco.
Se opone en primer término a la paternidad de Moisés el hecho de que la
escritura era desconocida de la tribu nómada de Israel antes de entrar a la tierra de
Canaan y aun dos o tres siglos después. No es ésta una circunstancia que pueda
sorprender a nadie, ni forme contraste con otras civilizaciones sedentarias que
usaban ya la escritura, pues los asirios mismos, creadores del calendario, de la
aritmética y de la astronomía, poseedores de una civilización superior a la hebrea,
sólo usaban en el año 1.350 anterior a nuestra era, las inscripciones cuneiformes,
que constituyen un comienzo apenas de escritura. Los judíos además de nómadas,
en esa fecha, eran un pueblo pobre sometido, a menudo, por enemigos más
fuertes.
La escritura no era un ejercicio tan fácil como en la actualidad. No se conocía
el papel y se usaban en su lugar, hojas de palmeras o papiros egipcios difíciles de
obtener. La clase sacerdotal o el estado los monopolizaban y es inadmisible que los
obtuvieran con la amplitud necesaria para escribir una obra en 5 libros extensos los
fugitivos del éxodo, perseguidos por Faraón, causantes supuestos de la pérdida
total del ejército egipcio en las aguas del Mar Rojo.
Pero existen otras pruebas más convincentes aún de que el Pentateuco fue
una compilación efectuada 700 u 800 años después de la entrada de los hebreos a
Canaan.
El 4º libro de los Reyes, en el capítulo XXII, relata que el Sumo Pontífice
Helcias dijo al escriba Saphan "he encontrado el libro de la ley en casa del Señor" y
se lo dio a leer y Saphan lo leyó y lo llevó al rey Josias, quien lo leyó a su vez y
ordenó que fuera consultada la bruja o profetisa Holda y ésta exclamó: "He aquí
que yo traeré males sobre este lugar y sobre sus moradores según todas las
palabras de la ley que ha leído el rey de Judea, por cuanto han sacrificado a dioses
ajenos provocándome la ira y se encenderá mi furor y no se apagará".
Josias leyó personalmente el libro ante el pueblo y dispuso que se quemaran
los ídolos de Baal y que se diera muerte a los que les ofrecían incienso y se
destruyeran los pabellones de los afeminados que había en la casa del Señor, para
los que tejían las mujeres.
Las palabras de Holda y todo lo demás, muestran que el libro tan
artificiosamente aparecido, era nuevo, y la promulgación que hizo Josias prueba

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1943 – Buenos Aires La India cuna de mitos

también que no existía otra ley escrita en vigor, es decir, que no existían entonces,
los pretendidos cinco libros de Moisés.
Ha concluido por imponerse una interpretación lógica de esos hechos y es la
de que Josias, afligido por la corrupción reinante y la creciente idolatría, se decidió
a intentar una reforma de las costumbres y él mismo habría sido el autor del libro
que promulgó. El hallazgo inesperado -y absurdo- que hizo el sumo pontífice
Helcias y el augurio terrible de la bruja Holda habrían sido combinados de
antemano con Josias, como tantas otras supercherías de que está plagada la Biblia.
Y esa estratagema habría servido para expulsar a Baal y perseguir a sus
adoradores.
Nadie cree hoy en que ese libro llamado de la Alianza, fuera el Pentateuco.
Era, desde luego, más breve que el libro promulgado por Esdras pues su lectura se
terminaba antes de mediodía, mientras que la lectura del libro de Esdras exigía
varios días.
Llama la atención que ni el libro de Josias, ni el de Nehemias aparezcan
revelados por Dios, pero ello no es de extrañar por cuanto se intentaba mantener el
engaño de que reaparecían los libros de Moisés, y el pueblo era lo suficientemente
ignorante y estulto para creerlo. ¡Hoy mismo no falta quienes lo crean!
En el intervalo transcurrido entre Josias y Nehemias ocurrieron calamidades
terribles a los hebreos. Nabucodonosor invadió la Palestina, Jerusalén fue tomada,
y la clase dirigente llevada en cautiverio a Babilonia y mantenida allí 50 años. El
destierro fue cruel, pero conveniente para el pueblo hebreo que transformó su
mentalidad al pasar tantos años en contacto con una civilización muy superior a la
suya y no queda duda de que incorporó entonces a sus mitos religiosos informes,
los mitos caldeos.
Renán, en la página 78, tomo 1º de la Historia del Pueblo de Israel dice:
"Los relatos proto caldeos han dado los 12 primeros capítulos del Génesis y ésa es
la parte de la Biblia que ha tenido más consecuencias". Es la que narra la Creación,
el Paraíso Terrenal, la Tentación y el Diluvio. H. G. Wells, en su Esquema de la
Historia Universal opina que el Génesis fue retocado después del cautiverio y
agregados los 10 primeros capítulos, a los que atribuye origen caldeo. Para Le Bon
"todo el Génesis bíblico se encuentra en las creencias religiosas de Caldea y Asiria".
(Las primeras civilizaciones; capítulo VI). Y W. Durant en su libro reciente Historia
de la Civilización traducido al francés este año (edición Payot), en la página 42 dice,
que los deliciosos relatos de la Creación, de la Tentación y del Diluvio han sido
sacados de un fondo de leyendas mesopotámicas que remonta a 3.000 años antes
de J.C.
A partir del cautiverio se pierden los rastros del libro de la Alianza o libro de
Josias. Lógicamente puede suponerse que fue destruído al tiempo de la toma de
Jerusalén por los asirios. De manera que es durante el cautiverio -en los días de
Jeremías y Ezequiel- y después del cautiverio, que los hebreos elaboraron los 5
primeros libros de la Biblia hoy existentes, cuya promulgación hace Esdras en el
año 444 antes de nuestra era. Esa antigüedad es la mayor, como antes dije, que se
puede atribuir a los actuales escritos bíblicos comprendidos en el Pentateuco, pero
en esa fecha no estaban aún terminados. Durant piensa que el Pentateuco se
completó alrededor de 300 años antes de J.C. y Schulz llega hasta el año 125 antes
de nuestra era. Apologistas cristianos de los primeros tiempos como Tertuliano,
Clemente de Alejandría, Ireneo, Crisóstomo y Atanasio hablan de la restauración
que hizo Esdras y no obstante el empeño que ponen los cristianos en mantener la
superchería de que los 5 libros del Pentateuco fueron escritos por Moisés, bajo la
inspiración divina, Schulz cita al teólogo Dr. Irons, de la catedral de San Pablo, en
Londres, que se expresa así: "Debemos admitir que en realidad no podemos
apoyarnos en ninguna otra cosa sino en el talento inmenso y en la inspiración de
los escribientes del tiempo de Esdras. Con ello admitimos irremisiblemente, que la
literatura del Antiguo Testamento antes de Esdras, se ha perdido por completo".

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VERSÍCULOS REVELADORES

Las pruebas de índole externa que acabo de dar se completan con sólo leer
con atención el Pentateuco y especialmente el Deuteronomio. Se ve que el autor del
libro escribía en Jerusalén o por lo menos en un sitio de Palestina al occidente del
Jordán. Cuando el Deuteronomio se refiere por ejemplo, a una localidad situada o a
un hecho ocurrido en la región que recorrían los hebreos emigrados de Egipto, dice,
"más allá del Jordán" o "del otro lado del Jordán" (ver en el Deuteronomio 1, 1; 3,
8; 4, 41; 4, 46 y 4, 47) y Moisés no podría hablar de ese modo si fuera cierto que
murió en tierra de Moab, antes de pasar el Jordán. A Moisés le habría correspondido
decir "de este lado del Jordán". Esto es claro como la luz y pone en evidencia la
superchería.
Los versículos referentes a la muerte de Moisés, a su entierro y al hecho de
que no tuviera sepulcro llevan a igual convencimiento.
No es admisible, ni bajo los auspicios del milagro, que Moisés mismo haya
relatado su muerte y su entierro. No sólo lo hace el Deuteronomio en los versículos
5 y 6 del capítulo 34, sino que agrega, "ningún hombre ha conocido el sepulcro de
Moisés hasta el presente día".
Este versículo prueba que Moisés no puede ser el autor del relato y que éste
se compuso siglos después de su fabulosa muerte. No se puede admitir que la tribu
de Israel ignorara de inmediato el sepulcro del profeta y jefe que la había conducido
durante 40 años hasta la tierra de Canaan y la expresión "hasta el presente día"
carecería de sentido. Se explica en cambio, en un escrito de 700 u 800 años
después.
Esa expresión prueba tres cosas: 1º que el Deuteronomio fue escrito
infinidad de años después de ocurridos los hechos que narra y desfigura; 2º que el
éxodo no fue lo que se pretende, pues de haberlo sido los hebreos,
contemporáneos de Moisés, le habrían construido un sepulcro y lo habrían
conservado y venerado, como hicieron con el de José; 3º que los simuladores de la
antigüedad del Pentateuco advertidos de la incongruencia resultante de que el
héroe del éxodo careciera de sepulcro, echaron mano de la triquiñuela infantil de
introducir la frase que anuncia (sin causa alguna que lo explique) que nadie logrará
encontrar el sepulcro de Moisés. ¡Como que los autores del Pentateuco debían
saber bien que toda la leyenda de Moisés, incluso su vida y su muerte, era una
fábula!
El Deuteronomio, en el cap. 31, ver. 26 dispone (Moisés dispone) que el
libro de la ley se guarde y se conserve en el Arca Santa, que era inviolable, pero
abierta el Arca, bajo Salomón (350 años después) sólo se habrían encontrado las
dos tablas de piedra del Decálogo (3er. libro de los Reyes, cap. 8, ver. 9). El
Decálogo parece derivar de un mito egipcio y ser la reproducción del cuestionario
que Osiris formulaba a los muertos.
Reputo innecesario señalar otras contradicciones que resultan de la simple
lectura. La Biblia tiene la suerte de que muy pocos la leen. El noventa y nueve por
ciento de los católicos no tienen noticia de las incoherencias y falsedades que
contiene.

EL SEXO DE ADÁN Y LOS MITOS DE LA INDIA

Pero hay incongruencias de fondo que merecen alguna consideración.


Confrontaré los capítulos 2, 1 y 5 del Génesis que se ocupan de la creación del
hombre.
El primero de esos capítulos dice, que Elohim (no Iahvé) crió al hombre de
un puñado de limo y lo llamó Adán. Este Adán es masculino. Aprovechando su
sueño, que hacía, por lo visto, innecesaria la anestesia, le sacó una costilla y crió a
la mujer. No le puso nombre; dejó que se lo pusiera Adán y este eligió el de Eva.
(Tomándolo del sánscrito que todavía no existía).

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El 5º capítulo coincidiendo con el 1º vuelve a relatar la creación del hombre


y lo hace en distinta forma. Los versículos 1 y 2 dicen: "En el día en que Dios crió al
hombre lo hizo a semejanza de Dios. Los creó hombre y mujer y los bendijo y los
llamó Adán en el día en que fueron criados". La contradicción es visible; desaparece
la mujer creada de una costilla de Adán y el nuevo Adán es hombre y mujer desde
el primer día. Un Adán bisexual. Sin embargo ese Adán bisexual era "semejante a
Dios". Luego Elohim era bisexual y por eso su nombre es siempre plural. Elohim no
quiere decir Dios sino "dioses". Es un ser único a la vez hombre y mujer.
Hoy sabemos que los 12 primeros capítulos del Génesis fueron tomados de
la mitología indo-caldea y eso da un sentido especial a la contradicción existente
entre las dos descripciones de la creación del hombre que acabo de reproducir
textualmente. Se establece así una relación lógica entre el segundo Adán bisexual y
los seres bisexuales de las leyendas de la India, Caldea y Persia y se hace muy
verosímil que los redactores de esos capítulos del Génesis, durante el cautiverio en
Babilonia, se encontraran perplejos y consignaran dos versiones distintas mediante
una redacción, más que ambigua, contradictoria, pues de no existir el capítulo
segundo, nadie podría dudar de que el hombre-mujer creado en los cap. 1º y 5º
con el nombre único de Adán, no fuera bisexual. Podría tratarse también de una
interpolación posterior.
Durant recuerda que las formas persa y talmúdica del mito de la Creación,
muestran a Dios creando primeramente un ser de dos sexos -un hombre y una
mujer pegados por la espalda-, que dividió más adelante. Elohim procedió al
principio de otra manera, pero el hecho insólito de no haber creado a Eva de otro
puñado de barro, simultáneamente con Adán, y de haberla sacado de su cuerpo,
ofrece un punto de enlace visible con la bisexualidad del mito recordado.
Es indudable que los capítulos 1º y 5º del Génesis modifican el capítulo 2º y
dejan un margen amplísimo para la investigación teológica del sexo de Adán2.

LA ANTIGÜEDAD DE LA INDIA Y DE SUS LEYENDAS


Y LIBROS SAGRADOS

Establecido como un hecho cierto que la compilación del Pentateuco adquirió


su forma actual en el período que se extiende desde el año 621 hasta el 444 antes
de nuestra era (sin perjuicio de sufrir retoques y adiciones posteriores hasta muy
cerca de nuestra era), veamos cuál es la edad verosímil de los libros sagrados de la
India.
Cuando los hebreos, antes de conquistar Canaan, en las proximidades del
año 1350, hacían vida nómada, la India había alcanzado ya una civilización
esplendente.
No es posible establecer en qué época la invadieron los arios, ni en qué
forma se sobrepusieron a la avanzada civilización dravidica, ni cuándo ni cómo
salieron de su seno las emigraciones que llevaron su lengua, sus instituciones

2
Es interesante el relato de una de las tantas creaciones del mundo que se encuentra en el
Bríhadaranyaka Upanishad y Durant reproduce. Es un indicio de la inagotable fantasía de los hindúes en
esta materia, a la vez que del concepto de bisexualidad originaria que acompañaba al de la creación.
Este relato nada tiene que ver con las leyendas de Agni, Indra y Soura, que se disputan el honor de
haber creado el mundo. Dice así el Upanishad:
“En verdad no conocía la alegría; él solo no conocía la alegría; necesitaba un compañero. Él era tan
grueso como un hombre y una mujer estrechamente abrazados. Hizo caer su yo en dos mitades y salió
un hombre (pati) y una mujer (patnie) . Por eso el yo es algo así como una mitad. Se unió a ella y así
nacieron los seres humanos. Y entonces ella se dijo: ¿cómo osa ahora unirse a mí, después que me ha
sacado de sí mismo? Vamos a escondernos. Ella se convirtió en una vaca; el se convirtió en un toro; se
unió a ella y nació el ganado vacuno. Ella se convirtió en una yegua y él en un potro; ella se convirtió en
una burra y él en un burro y así nacieron los animales de casco. Ella se convirtió en una cabra y él en un
macho cabrío; ella se convirtió en una oveja y él en un carnero y así sucesivamente nacieron todos los
seres vivientes, hasta las hormigas. Él se dijo: yo soy en verdad la creación, pues todo ha salido de mí”.
Los católicos sonríen del candor de estas concepciones hindúes pero se extasían ante la creación de Eva
de una costilla de Adán y de la pérdida del paraíso por el horrible delito de haber comido una manzana.

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jurídicas, su metafísica y sus mitos religiosos a Egipto, a Grecia, a Roma y al resto


de Europa, pero eso ocurrió ciertamente en tiempos en que el pueblo hebreo no
contaba aún en la historia.
Las sociedades humanas no se han formado en un día. Desde el hombre
primitivo, habitante de las cavernas y de las selvas, hasta la comunidad incipiente,
han mediado necesariamente millares de años de lenta evolución. Y para que el
hombre de esas comunidades primitivas llegara a edificar ciudades, a fabricar
objetos de arte y de confort y a construir un lenguaje perfecto como el sánscrito,
cuya gramática, en opinión de los lingüistas, no es superada por ninguna otra, es
lógico suponer el transcurso de otros períodos dilatadísimos.
Por falta de datos adecuados no es posible considerar con seriedad las
cronologías indostánicas que pretenden para los "Sastras" una antigüedad de 7
millones de años y para el Maha Barata más de 4 millones. Admitamos la
exageración de todo eso, pero cuidémonos de la exageración contraria en que caen
todos aquellos que, reconociendo la realidad de la portentosa civilización
comprobada en la India 2.000 años antes de nuestra era, le niegan una antigüedad
mucho mayor y la creen, al parecer, surgida, como Minerva, completa y armada de
la cabeza de Júpiter.
Una cosa es que orientalistas distinguidos aproximan la redacción o
confección material de los libros sagrados de la India a épocas no más distantes de
nuestra era de 2.000, 1.500, 1.200 ó 500 años, y otra cosa muy distinta es
pretender que entonces nacieron la religión y la filosofía de la India.
Ese modo de ver se refuta por sí solo. Los habitantes de la India, como los
del resto del mundo primitivo, desde que adquirieron conciencia de su personalidad
tuvieron la religión del miedo a las fuerzas y a los fenómenos de la naturaleza. Sus
mitologías fueron necesariamente anteriores millares de años a la adopción de la
escritura y se trasmitían, como en los demás pueblos, como en la Judea misma,
como en muchas comunidades salvajes de nuestros días por tradición oral. Los
Vedas no nacieron en la India con los poetas y sacerdotes brahamanes que les
dieron forma escrita de 1.200 a 2.000 años antes de Jesucristo. Nacieron en la
prehistoria y se transmitieron con fidelidad "religiosa" de generación en generación.
Y el Código de Manú, cuyas disposiciones básicas incluso la división social en
castas, reaparecen en Egipto del mismo modo que reaparece el sánscrito en
abundantes radicales del idioma egipcio, no fue otra cosa que una compilación de
las instituciones consuetudinarias que modelaban la vida nacional, de la que
formaban parte las instituciones religiosas, compilación hecha cuando apareció la
escritura.
¿Por qué no se encuentra en la India vestigio alguno de los idiomas, ni de
las instituciones occidentales, mientras el lenguaje indio, las instituciones indias y
los mitos indios se revelan en las naciones occidentales?
Por la muy sencilla razón de que la India ha sido la cuna del lenguaje, de las
religiones y de las instituciones de la raza blanca.
En sus libros sagrados y sobre todo en los mitos remotísimos que se
compilaron tardíamente, se encuentran las leyendas que el Pentateuco asimiló a
través de la influencia caldea y que la Iglesia católica perpetúa. Allí está, entre
otras, esa concepción extravagante de la Trinidad -tan extravagante que la Iglesia
católica le llama "misterio" a fin de eludir la dificultad de explicarla-, pero la
mitología comparada ha establecido ya que no es tal misterio, sino la reproducción
del Trimurtis o Trinidad India, formada por Brahma, Víschnú y Siva. En Egipto y en
otros muchos pueblos antiguos también apareció la incomprensible Trinidad y en
ellos también derivada del mito indio.
Grecia y Roma, consideradas durante tanto tiempo como el comienzo de la
historia de la civilización, no escaparon a análogas influencias. Sus dioses y
también sus tribus y sus ciudades tienen, en gran proporción, nombres sánscritos o
de raíz sánscrita. Zeus, el dios de los dioses griegos, tiene el mismo nombre del
Zeus indio, dios de los dioses de la India, dios anterior a la Creación, dios "no
revelado". Minerva extrae su nombre del sánscrito Manara-va; Centauro, en

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sánscrito es hombre-caballo; Ifigenia viene, indudablemente, de Aphagana, virgen


sacrificada, en sánscrito; Radamente, de Rhadamanta, el que castiga los delitos;
Neptuno, de Napata-na, el que domina el mar; Esparta, de Sparda-ta, los rivales;
Italia, de Itala, país de gente de modesta condición, y el nombre en español y
francés de los alemanes, vendría de Ala-manu, los hombres libres; Erin, de Erin,
rocas en el mar; los Tirrenos, de Tyra-na, guerreros veloces; los Galos, de Galata,
pueblo conquistador; Helada, de Hela-na, pueblo de adoradores de la luna; los
Samnitas, de Samna-ta, los desterrados; los Válacos, de Vala-ka, hombres de clase
servil. Jacolliot, de cuyo libro La Biblia en la India, he extraído estos ejemplos, los
ofrece en número infinitamente mayor. Cristo acusa una etimología sorprendente
con el Redentor indio, Christna, que vivió varios siglos antes.
El libro de Jacolliot dio lugar a impugnaciones airadas y a polémicas
ruidosas, de las que salió triunfante. La réplica de Jacolliot al indólogo católico
Ravisi fue concluyente.
¿Cuántos años antes de fijarse los judíos en Canaan y de escribirse el
Pentateuco se produjeron las emigraciones que dieron lugar a la expansión del
sánscrito sobre tan vastas regiones? ¿Y cuántos años necesitó la India, antes de
que los Vedas fueran escritos, para que la escasez de territorio (en un país tan fértil
y extenso), indujera a emigrar a su población?
Las excavaciones arqueológicas han sido anteriores y más completas en
Egipto y Mesopotamia que en la India; y en esta última se encuentran en una fase
que permite esperar todavía hallazgos estupendos. Hace menos de 14 años de los
famosos descubrimientos de Marshall, o mejor dicho, de sus colaboradores indios.
Encontraron en el bajo Indus, en Mohenjo-Daro y en Harappa, vestigios de una
civilización que les pareció de mayor antigüedad que todas las conocidas hasta hoy.
Durant reproduce el juicio del propio Marshall en estos términos: "Estos
descubrimientos demuestran que ha existido en el Sindh (la provincia más
septentrional de la presidencia de Bombay) y también en el Pendjab, durante el
cuarto y el tercer milenario antes de Jesucristo, una vida urbana muy activa; la
presencia, en muchas casas, de pozos y salas de baño y el descubrimiento de un
sistema complicado de canalización, denotan un género de vida y en los habitantes
una condición social por lo menos igual a la que tenían en Sumeria y superior a la
que existía en la misma época en Babilonia y en Egipto. . . En Ur mismo (Caldea),
las casas son de construcción mucho más primitiva que en Mohenjo-Daro".
Entre los objetos encontrados en ese sitio, Durant, con datos de Marshall,
cita: utensilios de menaje y de toilette, objetos de alfarería pintados o de color
unido, unos fabricados a mano y otros torneados, terracotas, juegos de ajedrez y
de dados, monedas más antiguas que todas las conocidas, más de mil sellos, la
mayor parte grabados con inscripciones en caracteres pictográficos totalmente
desconocidos, mayólicas de excelente calidad, piedras esculpidas superiores a las
esculturas sumerias, armas y útiles de cobre y el modelo en cobre de un carro de
dos ruedas (el más antiguo espécimen en estos momentos de un vehículo de
ruedas), anillos para las pantorrillas y los brazos, de oro y plata, y alhajas "tan bien
trabajadas y tan pulidas", dice Marshall, "que se las creería salidas hace algún
tiempo de la tienda de un joyero en Bond Street, más bien que extraídas de una
casa vieja de cinco mil años".
Observa Durant cuan curioso resulta que las capas inferiores en esas
excavaciones atestigüen un arte más avanzado que las capas superiores, como si
los depósitos más antiguos provinieran a su vez de una civilización que hubiera
florecido centenares o quizás millares de años antes. Algunos de esos objetos son
de piedra, otros de cobre, otros de bronce, lo que permitiría pensar que esa
civilización del Bajo Indus nació en una época de transición entre la edad de piedra
y la de bronce. Y llega a la conclusión final de que la cultura estaba en su apogeo
en Mohenjo-Daro cuando Cheops construía la primera de las grandes pirámides.
Piensa también que estaban en relaciones comerciales, religiosas y artísticas con la
Sumeria y Babilonia y que duró más de 3.000 años, hasta el tercer siglo antes de
Jesucristo.

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Las relaciones comerciales y religiosas se deducen de la existencia de sellos


semejantes en Mohenjo-Daro y en Sumeria y de la presencia de Naga, mito indio
(la serpiente de capuchón) en sellos mesopotámicos. Marshall opina que los sellos
encontrados por el Dr. Frankfort en Tell Asmar, aldea próxima a Bagdad, deben
haber sido importados de Mohenjo-Daro hacia los 2.000 años antes de Jesucristo.
Se observa que los sellos similares encontrados en Babilonia y en la India
corresponden a la primera época de la civilización babilónica y a la última de la
India, lo que establece la mayor antigüedad de la civilización india.
Estas comprobaciones han producido tanta impresión en el espíritu de
algunos orientalistas, que no faltan los que sostienen que el confort "material" de
Mohenjo-Daro, 4.000 años antes de nuestra era, podría compararse con el de
Atenas en la época de Pericles y con el de cualquier ciudad europea de la Edad
Media.
Ernst Schulz, en su obra El engaño del Sinaí, hace una apreciación de
conjunto, muy interesante, acerca de la edad de los libros sagrados de la India.
Dice así:
"Otras circunstancias dificultan establecer la edad de los mitos de la India.
Durante mucho tiempo se transmitieron por tradición oral, quiere decir que fueron
aprendidos de memoria y de este modo perpetuados de generación en generación.
Más adelante fueron escritos en hojas de palmera, fáciles de destruir, de manera
que en la India, durante mucho tiempo, debió tener ocupación en rehacerlos todo
un ejército de escribientes. Por último, los jesuítas destruyeron muchas obras3 y
hasta escribieron otras en su lugar trayéndolas a Europa y dándoles gran fama y
autoridad. Cuando más tarde se denunciaron esos fraudes y la factura reciente de
esos libros, decayó el interés por la literatura de la India; y los defensores de la
edad casi prehistórica de los libros hindúes se callaron.”
"Las indicaciones que daremos a continuación sobre la edad verdadera de
los libros de la India se basan en trabajos científicos y objetivos de los indólogos
más importantes, cuyas obras escritas por alemanes e ingleses aparecieron casi
todas en el idioma inglés.”
"Acerca del número de años exigidos por la redacción de las diferentes
obras, diré que siendo el Mahabarata el poema épico más extenso de la literatura
mundial4 y constituyendo los Vedas la obra religiosa más grande del mundo, se
comprende que no fueron escritas por un solo poeta, sino que su redacción se
extiende a varios siglos y con respecto a los Vedas posiblemente a diez siglos. El
origen de las leyes de Manú data del tiempo más remoto que puede imaginarse,
pero estas leyes fueron revisadas y retocadas de acuerdo con las condiciones
sociales que se transformaban paulatinamente. A pesar de eso, las leyes de Manú
no habrían experimentado modificación alguna desde varios siglos antes de nuestra
era.”
"Dos acontecimientos, los más importantes de la historia de la India, pueden
hacernos comprender las fechas sobre las que debemos calcular. Por lo pronto "la
gran lucha" en la que también participó Christna. Poco después de la terminación
de esa lucha habría empezado "la edad de hierro" -el actual Krita-Yuga- que fue la
peor de las cuatro épocas o edades. Los Brahmanes calculan su comienzo en 3.100
años antes de nuestra era. El tiempo que precede es el del pastoreo, que se llama
también el tiempo pre-védico. A la edad de hierro sucede el gran florecimiento de la
literatura en la India, el tiempo de los Vedas, que variando según la opinión de los

3
Los jesuítas de Goa y de otros establecimientos portugueses parecen haber sido los primeros en
apercibirse de los préstamos tomados por el Nuevo y Viejo Testamento a los libros indios y destruyeron
sistemáticamente en vista de eso todos los que encontraron en los monasterios brahamánicos de los
territorios que ocuparon los portugueses. Después se dedicaron a la tarea de adulterarlos y enviaron a
Europa las composiciones fraudulentas a que se refiere Schulz. Alrededor del año 1.760 apareció un libro
titulado Ereoum Veda. Se le presentaba como si fuera una parte antiquísima e inédita de los Vedas y no
lo era. Voltaire fue uno de los tantos engañados. Era una falsificación hecha por el padre jesuíta
Calmette.
4
El Mahabarata tiene 2.500.000 versos.

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diferentes sabios empezó en 3.000 ó 2.400 ó 2.000 antes de J.C. alcanzó hasta
1.500, 1.200 ó 1.000 respectivamente antes de nuestra era. En ese tiempo se
consolida la tiranía de los sacerdotes (brahmanes) cuyo poder empezó 1.000 años
antes, poder que más adelante fue destruído por el reformador Buda. En el año 500
antes de J.C. empezó la era del budismo.”
"Por eso resulta a grandes rasgos, que los Vedas se formaron como himnos
aislados en un tiempo sumamente remoto, pero sólo después de "la gran lucha"
puede hablarse de una poesía épica terminada.”
"Los primeros himnos se compusieron probablemente, 6.000 ó 4.000 años
antes de nuestra era y posiblemente mucho antes, no siendo posible indicar un
límite inferior al origen de los Vedas, pues nos encontramos en los tiempos
prehistóricos. En la forma en que hoy conocemos a los Rig Vedas estaban
terminados por lo menos en el año 1.200 antes de nuestra era. Los demás Vedas
se terminaron ya sea al mismo tiempo, ya sea poco después. A los Rig Vedas
pertenece también el libro varias veces mencionado Aitareya el Brahman.”
"La mejor prueba de la gran antigüedad de los Vedas está en el hecho de
que no solamente las innumerables copias que se encuentran en las más diversas
partes de la India, sino también todas las citas sacadas de los vedas en las obras
más antiguas literarias, que hemos conocido, coinciden textualmente con el texto
de los Vedas que hoy conocemos.”
"He indicado ya la edad de las leyes de Manú. En cuanto al Mahabarata su
antigüedad debe remontar también al tiempo prevédico, pero como obra completa
existió solamente después de "la gran guerra" y se la menciona en el siglo VII
antes de nuestra era como una obra completa. Algunas partes, especialmente las
del final, supónese que hayan sido agregadas más tarde. Pruebas de ello no
existen.”

ARIOS Y SEMITAS

Se dirá que los hebreos no son arios y que no los comprende el fenómeno
histórico que presenta a la India como la cuna de la raza blanca.
Eso sería exacto, para otros semitas, pero no para los hebreos, tribu
nómada hasta su entrada en Canaan, que vagó por los más distintos territorios, a
veces vencedora, a veces vencida y esclavizada, asimilando ritos y costumbres de
todos los orígenes y adorando dioses propios y extraños. No es por herencia aria
consanguínea que los judíos poseen la leyenda del Génesis, sino a consecuencia de
su contacto continuado con Caldea y de su permanencia en Babilonia durante
medio siglo de cautiverio y es posiblemente por imitación egipcia que compusieron
el Decálogo, de un parecido sorprendente, según se afirma, con el interrogatorio
que Osiris, en Egipto, formulaba a los muertos en el momento de juzgarlos.
Pueblos de mayor cultura y de mayor antigüedad transmitieron sus mitos a
una tribu nómada que nunca había descollado por su espíritu constructivo.
En su vida aventurera los judíos mezclaron su raza y su idioma en tal forma
que muchos lingüistas les atribuyen en sus primeros tiempos que hablaron el
arameo, y otros que adoptaron el cananeo, es decir, el idioma de la nación que
habían vencido y que debían pasar a cuchillo "uno por uno" en cumplimiento de la
voluntad de Dios.
Tampoco existen razones para que Elohim, el dios de la Creación, anterior a
Iahvé, dios localista del éxodo, adoptara de preferencia el sánscrito -que aun no
existía- para dar su nombre a Adán y para autorizar a éste a que le pusiera un
nombre sánscrito a Eva, dando lugar a que se crea que él y Adán plagiaron a Zeus
o a Vischnú, que bautizaron con los nombres de Adima y Heva a la pareja que
colocaron en el paraíso terrenal de Ceylán.
¡Cómo explicar la preferencia anticipada de Elohim por el idioma que habían
de crear después los arios, si creaba el mundo para los judíos y los declaraba raza
elegida y pueblo de Dios!

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¡Hubiera llamado Rebeca a la primera mujer y Samuel al primer hombre y


no tendríamos las dudas que hoy nos asaltan!
En el supuesto absurdo de que los arios hubieran tomado la leyenda de la
creación de los semitas ¿cómo explicar que los arios impusieran a los semitas el
cambio por nombres arios de los nombres semitas (hoy desconocidos) que
necesariamente debió tener al principio la pareja del Paraíso si el mito fuera de
origen semita?
Los plagios que hoy se imputan a la mitología cristiana no se refieren
exclusivamente al Génesis; comprenden a los evangelios cristianos, que están
plagados de asimilaciones y de copias textuales de expresiones y giros verbales
tomados de los Vedas, del Maha Barata, del Lalitavistara y de los libros fabulosos
que relatan la vida de Buda, todos ellos de fecha anterior a los evangelios.
Autores tendenciosos creen escaparse por la tangente, pretendiendo que
uno de esos libros, el Lalitavistara o Vida de Buda, es del siglo primero, posterior a
los evangelios y que el plagio pudo ser a la inversa.
Para destruir ese aserto basta recordar que en el siglo primero el
Lalitavistara ya estaba traducido al chino, país budista. Unos sostienen que lo
estuvo desde el siglo anterior y no posterior a J.C., y los que pretenden para esa
traducción la fecha más próxima, admiten que ya estaba hecha el año 65.
¿Cuándo habría aparecido el original en sánscrito? La dificultad de las
comunicaciones en aquellos remotos tiempos, la no menor dificultad de conseguir
copias de libros indios escritos en hojas de palmera, el escaso número de personas
que supieran otro idioma que el propio y pudieran actuar de traductores, inclinan a
pensar que la traducción al chino debió ser muy posterior a la aparición del original
tibetano o nepalense, pero en realidad no es necesario hacer valer estos poderosos
argumentos, puesto que los evangelios cristianos son todos ellos posteriores al año
65, o aun al 68. Renán sitúa su aparición en el año 75, por cuanto encuentra en
ellos alusiones claras a la destrucción de Jerusalén por los romanos, que tuvo lugar
el año 70.
El Lalitavistara, que debe ser, verosímilmente, anterior en más de 200 años
a J.C., y además, otros libros aun más antiguos, han proporcionado material de
inspiración a los evangelios cristianos. Hay en éstos adaptaciones de los Vedas, de
las Tradiciones brahmanas, de los Sutras, de los Puranas, del Mahavagga, del
Mahabarata y de los Upanishads. Seydel y Happen dan tal proporción a esos plagios
que Seydel demuestra que de los 88 capítulos que contienen los cuatro evangelios,
sólo 8 no muestran rastros de plagio.

JESUCRISTO Y LA LITERATURA RELIGIOSA DE LA INDIA

En los primeros años de nuestra era, la India, en decadencia, no tenía


contacto "intelectual" con el occidente, y, en cambio, el occidente, a favor de la
admirable biblioteca de Alejandría, estaba en condiciones de conocer la literatura
sagrada y profana de la India.
Aquella biblioteca, tan infaustamente destruida por los cristianos militantes
(enemigos del libro en todos los tiempos), tenía una sección de indología, a cargo
del famoso geógrafo Eratóstenes, el primero que sin disponer de aparatos calculó la
medida del meridiano terrestre y sólo cometió un error de 80 kilómetros.
Los judíos eran muy numerosos en Alejandría, donde Filón brillaba como un
astro de primera magnitud. Alejandría se encuentra situada a corta distancia de la
Palestina, y, a creer a las narraciones de los propios judíos, formaban allí una
colonia y en tiempo de Cleopatra desempeñaron un gran papel. El conocimiento de
los libros indios era para ellos fácil a través de las traducciones al griego o en el
original mismo para los que supieran el sánscrito y no puede caber duda de que
desde mucho antes de nuestra era conocerían el famoso Proto Evangelio Budista,
que desapareció después del incendio de la biblioteca y del templo de Serapis, que

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1943 – Buenos Aires La India cuna de mitos

dirigió el obispo Teófilo, instigado por Roma, y completó algunos siglos después el
califa Ornar.
A instancias de los cristianos, Justiniano clausuró las escuelas de Alejandría,
donde se les recordaba, a propósito de los evangelios: "No hacéis sino vulgarizar
los misterios del Oriente".
La vida de Jesús es desconocida hasta que llegó aproximadamente a los 30
años5 y desde esta edad (comienzo de su vida de predicador social y reformador
religioso) hasta su muerte, ocurrida no más de tres años después, la única fuente
de informaciones de que se puede disponer, se encuentra en los evangelios,
escritos 35 ó 40 años después, en parte por Marcos y Lucas y en parte por escribas
desconocidos que tomaron los nombres de los apóstoles Mateo y Juan, cuando ya
éstos habían fallecido, o en la extrema vejez de Juan, y fraguaron evangelios a su
nombre.
No es posible hablar seriamente de "historia" de Jesús no habiendo
documentos en qué fundarla; y también han resultado vanos los esfuerzos
tendientes a investigar dónde adquirió los conocimientos revelados en su
predicación y la forma literaria de las expresiones y parábolas que los evangelios
ponen en sus labios.
Renán considera improbable que supiera el griego, lengua mal vista en
Galilea, pero esta suposición hasta cierto punto lógica, tratándose del común de los
habitantes de Galilea, es poco convincente aplicada a un hombre de excepción,
como habría sido Jesús. Y es menos sustentable aún la opinión de Renán cuando
afirma que "no llegó a él directa ni indirectamente, elemento alguno de doctrinas
profanas" y que nada conoció fuera del judaísmo.
En la época en que escribió Renán la Historia de los Orígenes del
Cristianismo, los indólogos no habían establecido con la claridad alcanzada después,
el alcance de las innumerables imitaciones de los libros indios que se advierten en
los evangelios. No se trata de que exista necesariamente una imitación porque una
u otra expresión aislada coincidan: se trata de que los evangelios en cada una de
sus páginas ponen en labios de Jesús expresiones y giros verbales que se
encuentran en libros y leyendas de la India. Alguien los ha tomado. Así, por
ejemplo, la frase "en verdad os digo", empleada con tanta frecuencia; o bien, "los
puros de corazón y de cuerpo serán de Buda", transformada en "los puros de
corazón y de cuerpo serán de Jesús"; o bien, "quien se rebaje a sí mismo será
exaltado"; o bien, "bienaventurados los pobres, bienaventurados los que sufran
persecuciones"; o bien, la famosa sentencia "Vende todo lo que tengas"; o bien la
otra, "quien tenga oídos para oír, que oiga" o bien, "amarás a tu enemigo", o bien,
"tendrás fe en el Salvador como camino de Salvación"; o bien "arráncate los ojos y
arrójalos de ti".
Igual cosa sucede con la parábola del hijo pródigo, la del sembrador, la de la
paja y el grano, la imagen de la casa construída sobre arena, la encarnación de
Jesús, el niño Jesús en el templo, la tentación del diablo, la higuera y los dos
apóstoles, la historia de la Magdalena, la muchacha del pozo, el envío de los
apóstoles a predicar, la marcha sobre las aguas, la curación de enfermos, la
resurrección de muertos, la transfiguración y otras más. Todo eso ha sido extraído,
evidentemente, de libros y leyendas de la India, y el hecho de que Jesús no haya
dejado una línea escrita por él, proporciona un argumento más, de cierto valor, a
los que creen que todo el contenido de los evangelios ha surgido de la imaginación
de terceros.
Sólo pueden explicarse racionalmente esas apropiaciones admitiendo lo que
muchos creen, o sea, que Jesús, antes de los 30 años, preparara la doctrina y la
forma de su predicación en la escuela de Alejandría, situada a poca distancia de
Nazaret y de Jerusalén.

5
La nota puesta en este lugar en las ediciones anteriores, fue sustituída por el doctor de la Torre, con
miras a una nueva edición, por otra que no publicamos, pues su autor vertía en ella los mismos
conceptos que aparecen ampliados en el artículo Navidad y Reyes que incluímos en el presente volumen.

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Renán no lo sugiere, pero no se le ocultan las coincidencias existentes entre


la predicación de Jesús, según los evangelios, y los escritos de Filón, y dice: "las
semejanzas frecuentes que se notan entre él y Filón, esas máximas excelentes de
amor de Dios, de caridad, de confianza en Dios, que hacen como un eco entre el
Evangelio y los escritos del ilustre pensador alejandrino, vienen de las tendencias
comunes que las necesidades del tiempo inspiraban a todos los espíritus elevados"6.
Las explicaciones de esta clase son inadmisibles cuando no se trata de
simples tendencias concordantes surgidas de la evolución de los tiempos, sino de
copias literales de textos corrientes.
A medida que es más rotunda la negativa que se opone al reconocimiento
del hecho de que Jesús extrajera su predicación de las doctrinas de Christna y
Buda, y en parte de Platón, más daño se le hace, pues no siendo posible destruir la
realidad de las imitaciones, habría que imputarlas a los autores del evangelio
hebreo y de los evangelios cristianos, y ellos y no Jesús resultarían los creadores
del cristianismo.
Jesús, en ese caso, habría sido nada más que un reformador social, hecho
crucificar por los ricos (fariseos, saduceos, romanos mismos), amenazados por su
predicación demagógica en favor de los pobres. La imaginación popular lo habría
divinizado, impresionada por Magdalena, con la ascensión de su cadáver al cielo, y
muchos años después, los descendientes de los crucificadores habrían organizado
hábilmente una nueva religión, despojada de los conceptos que les molestaban
(conceptos básicos en los evangelios), y con ella habrían explotado la ignorancia, la
credulidad y la superstición de los que mantenían el culto de aquel que abría las
puertas del cielo a los pobres y a los pecadores.
Esa hipótesis, sin embargo, debe contemplarse con prudencia, por cuanto
después de la crucifixión quedó en Jerusalén -y más tarde se trasladó a la Batanea
a fin de evitar persecuciones-, el grupo llamado "ebionita", (que quiere decir "los
pobres"), que profesaba una doctrina originaria de Jesús, y ese grupo, según afirma
Lucas, implantó la comunidad de bienes en cumplimiento de los preceptos y de las
palabras de Jesús, que repetían oralmente. Luego, habría algo de Jesús en la
construcción originaria del cristianismo y no todo habría sido sacado de la India por
los discípulos.
Corresponde, a mi juicio, una solución ecléctica: Jesús habría realizado, él
mismo, asimilaciones importantes de los libros indios y especialmente de las
leyendas de Christna y Buda, y después de su muerte, el evangelio llamado
"hebreo" desaparecido después de la toma de Jerusalén por los romanos, Marcos y
Lucas que aprovecharon en los suyos gran parte del material del antedicho
evangelio hebreo, los escribas que compusieron los evangelios atribuidos a Mateo y
Juan y los otros fabricantes de los numerosos evangelios que declaró apócrifos el
concilio de Nicea el año 325, introdujeron en la leyenda de Jesús todo lo que les
pareció interesante de la literatura indostánica, y así se habría formado la religión
cristiana, con mucho de Christna, de Buda y de Platón y poco de Jesús.
El nombre de Jesús encierra otro misterio. El hijo de la virgen debía llamarse
Emmanuel, que quiere decir "Dios está con nosotros". Lo había anunciado así el
profeta Isaías en el capítulo VII, versículo 14, y en el capítulo VIII, versículo 8, de
sus profecías, y lo repite el evangelio de Mateo en el capítulo I, versículo 23. Sin
embargo, sin explicación alguna valedera, aparece el nuevo nombre de lesus
Christo, lesus no era un nombre correcto en Galilea y Christo no es hebreo. No es
antojadiza la opinión de que Jesús adoptara el nombre del Redentor indio lezeus
Christna al reproducir una empresa análoga a la suya. Christna era la encarnación
de Vischnú y se pretende que Cristo sea la encarnación de Dios. La imitación es
perfecta.
Ni Marcos ni Lucas vivían en Palestina cuando aparecieron sus evangelios.
Los compusieron en Roma, en idioma griego. Del evangelio de Mateo, que es
apócrifo, existió una copia en sirio-caldeo, idioma o dialecto al que se llamaba

6
E. RENÁN, Vida de Jesús.

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corrientemente hebreo. Los evangelios de Marcos, Lucas y Mateo siguieron el plan


del evangelio hebreo. Éstas no son simples conjeturas; las comprueban numerosos
apologistas cristianos de los primeros tiempos, y San Jerónimo tuvo un ejemplar
del evangelio hebreo, del que se conservan fragmentos hoy mismo. San Jerónimo
habría sacado una copia.
Las contradicciones existentes entre los cuatro evangelios cristianos, las
omisiones en unos casos de relatos importantísimos y las intercalaciones de
escenas inverosímiles en otros, las repeticiones y la copia textual de pasajes de un
evangelio en otro, demuestran las deficiencias de la factura.
Marcos entiende que Jesús es hijo del carpintero José e ignora la
intervención del Espíritu Santo en su concepción, tanto como un posible nacimiento
fuera de Nazaret. El evangelio de Mateo descubre la paternidad del Espíritu Santo y
el nacimiento en Belén y desde que lo divulgó corre por el mundo sin que los
cristianos den a la contradicción con Marcos la importancia que tiene.
Marcos y Lucas nunca supieron que Herodes mandara matar a los niños
inocentes y tampoco oyeron una palabra de la huída a Egipto. El afortunado libro de
Mateo tiene el privilegio de saber lo que los otros ignoran acerca de hechos
culminantes y transporta a la vida milagrosa de Jesús la leyenda no menos
quimérica de lo que hizo Faraón ante el supuesto riesgo que entrañaba para él, el
nacimiento de Moisés. Ni Marcos ni Lucas conocieron la existencia de los Reyes
Magos, ni saben de qué país eran (Mateo tampoco), ni vieron la estrella que bajó a
la tierra para guiarlos, ni el pesebre. Esos grandes descubrimientos los hace
siempre el pseudo Mateo. La genealogía ingenua mediante la cual se hace
descender del rey David al pobre carpintero José, es también obra del fecundo
Mateo, pero se olvida de explicar cómo si no era José sino el Espíritu Santo el padre
de Jesús, podía trasmitirle la sangre de David. Los que sostienen la divinidad de
Jesús dicen que siendo Dios no necesitaba estudiar, pero este argumento falla
enteramente a causa de la falta de originalidad de su obra. Un dios no necesitaba
copiar el Mahabarata, el Lalitavistara, los Vedas, los Sutras y los Puranas7.

7
No hay documentos contemporáneos de Jesucristo que prueben su existencia lo que no implica
forzosamente que no haya existido; pero es el único personaje histórico de primera magnitud, cuyo paso
por el mundo no conste de hechos comprobados, ni de documentos fehacientes, ni de escritos
personales, ni de testimonios irrefutables. Su predicación, sus milagros y su muerte en la cruz, adolecen
de la misma falta de autenticidad que tiene su resurrección.
Suprimidos o destruídos los evangelios no habría un solo texto utilizable a los fines de probar la
existencia de Jesucristo; y los evangelios -de los cuales dos son apócrifos- constan en su mayor parte,
de narraciones fabulosas y contradictorias, y fueron escritos 40 años después de la fecha asignada a su
muerte, sin que en el intervalo otros textos concurran a darles autoridad y verosimilitud.
Renán admite la existencia real de Jesús fundándose principalmente en la mención de su nombre que
hace Josefo incidentalmente, y en la autoridad de San Pablo.
Acerca del primer testimonio podría recordarse que el mismo Renán admite que el libro de Josefo sufrió
después de muerto éste, numerosas interpolaciones introducidas en él por los primeros cristianos.
El testimonio de San Pablo tampoco es decisivo. Pablo (entonces Saúl) vivía en ese tiempo en Jerusalén
y Jesús en Galilea. Eso podría explicar a primera vista, que no lo conociera. Pero Jesús habría
permanecido ocho días en Jerusalén predicando y produciendo actos, según los evangelios, de gran
resonancia, como la expulsión de los mercaderes del templo, etc. Resulta entonces inexplicable que un
fariseo exaltado, como era Pablo en ese momento, no siguiera la predicación ni el proceso de Jesús y no
tuviera noticia de la ejecución del Gólgota.
Jesús se le habría aparecido algunos años después de su muerte, en el camino de Damasco, mientras se
encontraba bajo la influencia de un ataque febril, pero las apariciones han dejado de ser elementos
probatorios que tome en cuenta la historia.
San Pablo escribió sus epístolas a los romanos, corintios, tesalónicos, etc., y en ellas, si bien invoca a
Jesús con reiteración y habla de su resurrección, no expone propiamente doctrina alguna establecida por
él, ni menciona los hechos ni los milagros que refirieron después los evangelios y constituyen hoy la
única fuente de la historia legendaria de la vida de Jesús.
J.M.Robertson, en su Breve Historia de la Cristiandad, llama la atención sobre esta extraña circunstancia
y dice, que las epístolas de San Pablo "revelan una sorprendente ignorancia de la mayor parte de las
narraciones evangélicas y de todo el cuerpo de doctrina que en tales narraciones se atribuye a Jesús".
Si Jesús hubiera expuesto una doctrina religiosa propia, distinta de la fiel observancia de la ley hebraica
y si los hechos de su vida y de su predicación hubieran sido como los refieren los evangelios, no se
comprendería el silencio de San Pablo a su respecto.
Robertson dice que si se prescinde de los pasajes notoriamente interpolados en las epístolas de San
Pablo, sólo queda en ellas la referencia "a un culto -judaico en el origen- en el cual un Jesús crucificado

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1943 – Buenos Aires La India cuna de mitos

EL ESPÍRITU CRITICO Y LA VERDAD

Muchos cristianos se niegan a admitir que los principios espirituales y


humanitarios que habría predicado Cristo al precio de su vida, hayan podido surgir
de la imitación de religiones que consideran inferiores.
Es que hay un error en esa apreciación. Buda fue tan santo como Jesús y lo
precedió en el tiempo, y centenares de himnos védicos anteriores, trazan una figura
de Dios muy superior a la del Iahvé cruel y vengativo del Pentateuco, que Jesús se
vió obligado a cambiar por otro dios más bondadoso.
Un himno antiquísimo del Rig Veda dice:
"El Ganges que corre es Dios; el mar que ruge es él; el viento que sopla es
él; la nube que truena es él. Del mismo modo que en la eternidad, el mundo estaba
en el espíritu de Brahma, de igual modo hoy todo lo que existe es su imagen".
Ese concepto es más elevado y hermoso que las maldiciones de Iahvé
(Jehová).
Un Purana se dirige a Zeus, el dios anterior a la creación en estos términos:
"Espíritu misterioso, fuerza inmensa, poder insondable, ¿cómo se manifiesta
tu poder, tu fuerza, tu vida, antes del período de la Creación? ¿Dormías como un
sol apagado en el seno de la descomposición de la materia? Esta descomposición
¿estaba en ti o la habías creado? ¿Eras tú el caos? ¿Eras la vida encerrando en ti
todas las vidas que habían huído de la lucha de los elementos destructores? Si eras
la vida, también eras la destrucción, pues la destrucción viene del movimiento y el
movimiento no existiría sin ti".
"¿Has arrojado los mundos en un horno ardiente para regenerarlos, hacerlos
renacer entre la descomposición, como el árbol viejo renace de su semilla que
germina en el seno de la podredumbre? Tu espíritu andaba errante sobre el agua y
por eso te llaman Narayana".
Y el Mahabarata dice: "Dios es el divino motor, la gran esencia original, la
causa eficiente y material de todo". ¿Cuándo ha tenido la religión católica conceptos
de más espiritualidad, sean exactos o equivocados?
El dios de la Biblia es colérico y vengativo y tiene siempre la maldición en los
labios. Por encargo de Dios el Espíritu Santo dice a Moisés:
"Si no quieres escuchar la voz del Eterno serás maldito en la ciudad y
maldito en el campo, maldito el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra. El señor
te herirá con suma pobreza, con calenturas y frío, con ardor y bochorno y aire
corrompido y te perseguirá hasta que perezcas y tu cadáver sea alimento de todas
las aves del cielo y bestias de la tierra. Hiérate el señor con las úlceras de Egipto y
con sarna y comezón en la parte del cuerpo por donde se excrementa, de manera
tal que no puedas ser curado. Tomes mujer y otro duerma con ella, edifiques casa y
no la habites, sea degollado tu buey delante de ti y no comas de él, sea robado tu
asno y no te lo devuelvan, sean entregadas tus hijas a otros pueblos viéndolo tus
ojos. Y comerás el fruto de tu vientre y la carne de tus hijos y tus hijas en la
angustia y desesperación".
Una mujer fenicia, y por lo tanto infiel, se echó a los pies de Jesús y le rogó
que sacara los demonios del cuerpo de su hija. Jesús en estilo parabólico, le

aparece como un salvador sacrificado" pero no "en la forma de un maestro y ni siquiera como
taumaturgo".
"Ofrece el Nuevo Testamento –agrega- "un ejemplo muy parecido al Viejo: de igual manera que el Libro
de los Jueces revela un estado de la vida hebrea incompatible con la que describe el Pentateuco como
anterior a ella, así las epístolas de Pablo revelan una etapa de la propaganda "cristista" incompatible con
ninguna vida anterior semejante a la que da a conocer el Evangelio".
"Resulta inconcebible que una persona colocada en el lugar en que San Pablo estaba, jamás citara las
doctrinas del fundador, si tales doctrinas eran cosa corriente entonces, en cualquiera de sus formas". Y
en otro pasaje: "Las partes más antiguas de las epístolas de San Pablo no acusan conocimiento de que
existiera ninguna biografía de Jesús o ninguna enseñanza suya.
Y termina así: "No nos queda otro remedio que llegar a la conclusión de que ni uno solo de los aspectos
de doctrina que ofrecen los evangelios puede atribuirse a Jesús, que para San Pablo es nada más que un
espectro crucificado".

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 8º parte
1943 – Buenos Aires La India cuna de mitos

contestó: "No estaría bien tomar el pan de los niños y echárselo a los perros"
(Marcos, cap. VII, vers. 27). Los perros eran los infieles y los infieles eran el mundo
entero con excepción de las 12 tribus de Israel.
Las leyendas de la India acusan, sin duda, una gran superstición.
Christna el Redentor, hijo de una virgen fecundada por el Espíritu Santo,
movido por Vischnú, es seguido por la gente que exclama:
"Éste es quien nos librará, éste es quien resucita a los muertos, sana a los
sordos, ciegos, paralíticos y cojos; él apoya a los débiles contra los fuertes, a los
oprimidos contra los opresores, es verdaderamente el Salvador que fue prometido a
nuestros padres".
Si en estas alucinaciones hubiera superstición, ¿podría reprocharlo la
leyenda cristiana que dice lo mismo del Nazareno?
Y Buda, además de multiplicar los panes, vive en la abstinencia, ama a los
pobres y predica la buena nueva: "Yo soy el padre de todos estos seres –dice-,
quiero liberarlos, quiero darles la felicidad incomparable de la ciencia".
No hay agravio alguno a la personalidad de Jesús en presentarlo como un
nuevo Christna o un nuevo Buda. Hay agravio tan sólo para la fábula absurda de su
divinidad, invención de sus discípulos, aunque no de todos. San Pedro, en su buena
fe de pescador iletrado, nunca admitió la divinidad de Jesús. Se limitaba a sostener
que era "un hombre inspirado por Dios". Pero San Pedro no sabía que la doctrina
inspirada por Dios estaba en los libros de la India.

LA VERDAD SE ABRIRÁ PASO

Las consideraciones que acabo de formular demuestran la unidad de las


mitologías. Sean cristianas, budistas o brahamanistas, tienen el mismo origen
humano. Ninguna religión puede pretender para sí la preeminencia que le resultaría
de ser dueña exclusiva de una "revelación divina".
Los mitos tienen un valor fabuloso, y convencional; muchos titulados
creyentes, no creen en ellos. La Iglesia católica sabe hoy que todo aquello que
consideraba revelado por Dios ha sido tomado de otras religiones y no le importa.
Sigue diciendo lo mismo que antes, porque confía en la ignorancia y credulidad de
sus adeptos.
Las religiones no se diferencian de las demás obras humanas y si las
prácticas religiosas de los blancos son superiores a las de los negros, no es a causa
de una revelación divina, sino de la superioridad racial y mental de los blancos
sobre los negros.
Por eso cuando los blancos fabrican un fetiche, le ponen el nombre de un
santo, lo adoran ciegamente y creen que una plegaria puede influir en el curso de
una enfermedad, se colocan al mismo nivel intelectual de los negros.
Dicen los sectarios, en defensa de las religiones, que son necesarias para
robustecer las nociones morales de los que carecen de un alto discernimiento. Las
religiones serían entonces falsas, pero útiles.
Detrás de esa clase de sofismas es fácil advertir el juego de los espíritus
supersticiosos, que conservan el temor a lo sobrenatural y carecen de la amplitud
mental necesaria para concebir y juzgar la vida humana, como conciben y juzgan la
vida de los demás seres vivos.
Otro motivo de perturbación espiritual es el concepto que hace depender la
virtud de una recompensa futura.
No basta a los católicos, como freno moral, la noción del deber; necesitan
que sus buenas acciones o su buena conducta sean premiadas en una vida eterna.
Sin eso no serían buenos ni justos.
No conciben la serena moralidad de los incrédulos que siguen una línea recta
sabiendo que la vida no tiene más allá.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 8º parte
1943 – Buenos Aires La India cuna de mitos

La rectitud que no calcula las recompensas futuras, muestra una elevación


moral y mental muy superior a la de aquellos que esperan comprar la
bienaventuranza eterna con ofrendas y oraciones interesadas.
La fe religiosa que se funda en un concepto de "do ut des", conduce al
fariseísmo, remedo insincero de la religiosidad, como la hipocresía es un remedo
insincero de la virtud.
Esos aspectos atañen a los particulares, pero cuando a la sombra de la
mentira sobrenatural se organiza la "maffia" clerical, se regimenta a los fanáticos y
se esgrimen resortes poderosos de coacción y de seducción, obtenidos de gobiernos
reaccionarios, y con todo eso combinado, se atenta contra la libertad de pensar y
de enseñar, entonces la iglesia se vuelve un cáncer en el seno de la sociedad.
En la Edad Media la Iglesia católica aspiró a instituir el gobierno teocrático
del mundo asentado sobre la preocupación constante de la vida futura, presentada
como único fin de la vida humana. Si lo hubiera logrado no habría hoy diferencias
entre Europa y Asia. El cáncer del Asia es la superstición.
Pero no lo consiguió. Después de diez siglos de una influencia nefasta, la
Iglesia católica fue contenida por la Reforma y por la Revolución Francesa.
La República Argentina continúa siendo liberal, como en sus primeros días.
Es desde ayer, es desde la revolución reaccionaria del 6 de septiembre de 1930,
que el clericalismo se ha infiltrado en el gobierno y pretende apoderarse de la
enseñanza. Ese fenómeno no ha cambiado el fondo del pensamiento argentino,
pero es necesario contrarrestarlo con energía.
La supresión de la escuela laica es el más sintomático de los avances que
intenta la Iglesia católica en nuestro país. Se propone asegurar así la colaboración
del Estado en la obra de perpetuar los conceptos teológicos e inculcarlos desde la
primera edad en el espíritu de la juventud. Quiere poner de lado las conclusiones de
la geología, la cosmografía, la astronomía, la paleontología, la antropología, la
biología, la física y la química, y reemplazarlas con las fábulas infantiles de la Biblia.
Yo he deseado contribuir a una obra de resistencia a esos funestos planes,
mostrando en una controversia pública -a la que fui "providencialmente"
provocado-, que la Iglesia católica en el siglo XX no tiene ya argumentos válidos
que oponer al pensamiento liberal contemporáneo.
Analicé sus dogmas, señalé las contradicciones y el contrasentido de su
doctrina, mostré la falsedad de sus mitos y comprobé el engaño que oculta su
promesa del reino de los cielos, subordinada a la conclusión de un mundo que no
da signos de querer concluirse.
El catolicismo eludió el debate. ¿Qué más esperan para convencerse los que
se dicen católicos de buena fe?
La última parte de mis demostraciones, recaída sobre el origen indo-caldeo
de los mitos de la Biblia y sobre la apropiación de doctrinas y expresiones de los
libros budistas y brahamanistas para la confección de los evangelios cristianos,
coloca a la religión católica en el mismo nivel fabuloso y en la misma categoría de
establecimiento comercial que corresponde a las demás religiones que le sirvieron
de modelo.
He realizado una obra de verdad, fundada en la honesta interpretación de
los textos y de los hechos, y aquellos a cuya estimación aspiro han sabido
apreciarla en una forma que me ha satisfecho ampliamente.

http://delatorre.webcindario.com

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 9º parte
1943 – Buenos Aires Navidad y Reyes

NAVIDAD Y REYES

Circunstancias imprevistas me indujeron últimamente a escribir sobre temas


eclesiásticos. Nunca lo había hecho. Atribuyo a la índole de los escritos, más que a
su forma, el interés que despertaron.
No eran un ataque gratuito a las creencias católicas, sino una demostración
de que las religiones, en general, son obras humanas, partes integrantes de un
proceso comenzado en tiempos prehistóricos que continúa aún. La religión católica
aparece análoga a las demás y exhibe sus mismos defectos y calidades.
Si me empeñé en demostrar que los mitos y ceremonias de la religión
católica no son originales y si esa demostración destruye el concepto candoroso de
la "revelación", no lo hice con el fin de sustentar la tesis de la inferioridad de la
religión católica respecto de las que le han proporcionado sus conceptos
fundamentales.
Cuando un mito indostánico, caldeo o egipcio se incorpora al acervo católico
o cuando las fiestas o los ritos del catolicismo denuncian un origen pagano, la
conclusión que interesa destacar a los espíritus imparciales, es la interdependencia
orgánica del proceso religioso en el mundo, que es uno solo.
Las apropiaciones de mitos extraños -llámeseles o no plagios- son
certificados de parentesco que una religión extiende a otra y la similitud de las
ceremonias y liturgias tiene el mismo sentido.
Mañana, 6 de enero, se festejará la pascua de Reyes y hace pocos días se
festejó la Navidad del "niño dios". Ambas son festividades paganas incorporadas y
arregladas a su ritual por la Iglesia católica, tres siglos y medio después de
crucificado Jesucristo.
Para las personas bien informadas esto no constituye una novedad; para la
mayoría es asombroso.
La Navidad fue instituída allá por el siglo IV de nuestra era. Las sagradas
escrituras no dicen en qué año y menos en qué día nació Jesús; y las sagradas
escrituras son el único libro, si no contemporáneo de Jesús, escrito aparentemente
por discípulos suyos 40 años después de su muerte, que haya revelado su
existencia y su predicación. ¿De dónde se ha sacado el dato de que nació el 25 de
diciembre? ¿Qué autenticidad tiene? ¿Por qué se celebró la primera Navidad
cristiana el año 336 de nuestra era y no antes?
La Iglesia oculta el origen de la Navidad, no obstante ser conocido. Pero los
fieles que ignoran tantas cosas puede ser que no conozcan el origen de la Navidad.
Hasta el siglo IV no se celebraba el nacimiento de Jesús, y la Iglesia romana
no pretendía saber en qué día tuvo lugar. Sólo algunas iglesias cristianas de Grecia
habían empezado en esa época, a festejar una especie de Navidad el 6 de enero.
En el resto del imperio romano los paganos y los gentiles convertidos al
cristianismo celebraban el 25 de diciembre la natividad pagana de Mithra o "Sol
invicto", culto que los soldados romanos habían adoptado en las campañas de
Persia y habían difundido en toda Europa.
Mithra era uno de los tantos dioses solares (derivaba verosímilmente del
dios Mitra de los Vedas) y se le rendía culto el 25 de diciembre en razón de que en
el hemisferio norte, alrededor de esa fecha (que corresponde al 25 de junio en el
hemisferio sur) comienzan a alargarse los días y sugieren la idea del nacimiento de
un nuevo sol. La celebración del 25 de diciembre era pues, la fiesta pagana del Sol,
personificado en Mithra. La Navidad india se celebraba el 21 de diciembre.
Mithra fue el último dios pagano que resistió el avance del culto de Jesús,
principalmente en las Islas Británicas, a lo largo del Danubio, en parte de las Galias
y de la Iberia y en las provincias asiáticas. La Navidad de Mithra estaba arraigada
en las costumbres y no iba en camino de desaparecer. El propio Constantino, que
adoptó la religión católica como culto oficial del imperio romano y presidió el
Concilio de Nicea con el título de Obispo Ecuménico y Pontífice Máximo de la
cristiandad, acuñaba moneda que llevaba su efigie de un lado y la de Mithra del
otro lado.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 9º parte
1943 – Buenos Aires Navidad y Reyes

La Iglesia romana se valió entonces de un recurso hábil, aunque poco


escrupuloso, y creó la fiesta del nacimiento de Jesús el mismo día del nacimiento de
Mithra, esperando que la suplantación se produciría poco a poco. No fue un óbice
para proceder de esa manera la notoriedad del hecho de que Jesús no hubiera
nacido el 25 de diciembre.
Esta apropiación o usurpación de la fecha de la Navidad Solar o Navidad de
Mithra, en favor de Jesús, fue eficaz; y los paganos convertidos al cristianismo
conservaron en el hecho, la fiesta pagana que más habían apreciado. Todos
quedaron contentos.
Un hecho público no se podía ocultar y por eso los apologistas cristianos de
aquel tiempo y los graves Padres de la Iglesia dejaron testimonios escritos
irrecusables que la Iglesia no ha podido destruir con posterioridad. El elocuente San
Crisóstomo, por ejemplo, el autor de las célebres homilías, que murió en el año
400, más o menos, dice: "Recientemente se ha decidido que el día del nacimiento
desconocido del Cristo se fijaría en la fecha del nacimiento de Mithra o "Sol invicto",
a fin de que los cristianos puedan cumplir en paz sus santos ritos mientras los
paganos estén ocupados en los juegos del circo". (Sir GALAHAD, Byzance. pág. 20,
edición Payot).
La expresión de San Crisóstomo no deja lugar a dudas: "Recientemente se
ha decidido que el nacimiento de Jesús... etc.". El paganismo moribundo
proporcionó al cristianismo triunfante la primera y más prestigiosa de sus
festividades.
El dato histórico más antiguo acerca de una Navidad cristiana en la cual el
nacimiento de Jesús reemplazara ya al de Mithra, parece remontar al año 336. Sin
embargo, la difusión de la Navidad en el Oriente no se efectuó con rapidez. En
Antioquía apareció en el año 375 y en Alejandría sólo medio siglo después.
La Pascua de Reyes tiene una historia parecida.
Algunas iglesias cristianas de Grecia poco tiempo antes de crearse en otras
partes del imperio romano la Navidad del 25 de diciembre habían instituído la
Pascua del 6 de enero, en la época precisa en que los paganos acostumbraban
realizar la fiesta de las "Saturnales". La realizaban en días sucesivos que
terminaban el 6 de enero. El pueblo guardaba un recuerdo imborrable de esa fiesta
tumultuosa y licenciosa y mucha parte de sus aspectos externos y aún de su
espíritu reapareció en la fiesta cristiana del 6 de enero no obstante su advocación al
"niño dios" y a los Magos, que San León había de convertir después en Reyes
Magos al margen del Evangelio.
Surgió entonces una desinteligencia que no careció de importancia. Las
iglesias griegas no querían allanarse a transferir su fiesta al 25 de diciembre, entre
otras razones por ser ésta la fecha de la fiesta de Mithra, dios que en Grecia no
tenía simpatías.
Las dificultades se obviaron mediante un recurso de corte salomónico: se
mantuvieron las dos fiestas. Las iglesias griegas aceptaron la celebración de la
Navidad el 25 de diciembre y las demás iglesias cristianas incorporaron a su ritual
la festividad del 6 de enero de origen no menos pagano que la otra y así se
establecieron dos navidades.
En el hecho se celebra dos veces el mismo acontecimiento, con 12 días de
intervalo; para salvar las apariencias (la buena forma es el todo), la segunda vez se
da preferencia en el homenaje a los Reyes Magos.
Andando el tiempo los historiadores comprobaron que los Reyes Magos sólo
han existido en la imaginación de San León, que los inventó arbitrariamente, pero
la Iglesia no suprimió la fiesta confiando en la docilidad de los fieles.
Ni el Evangelio de Mateo, ni historia alguna digna de crédito mencionan a
Melchor, Gaspar y Baltazar, ni se ha podido averiguar de qué países serían
oriundos. Mateo habla de unos magos que aparecieron a ofrendar mirra, incienso y
oro al rey recién nacido de los judíos, guiados por la estrella extravagante, pero
esos magos, según él, no eran reyes. Siglos después la leyenda evangélica se
mantenía incólume, hasta que apareció San León y considerándola

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 9º parte
1943 – Buenos Aires Navidad y Reyes

insuficientemente maravillosa, convirtió a los que eran simples magos en tres reyes
y a cada uno le puso un nombre, sin intervención del registro civil. Los fieles
aceptaron encantados el ascenso en categoría de los magos.
También el Carnaval tiene origen pagano; es la restauración cristiana de las
"Bacanales" con olvido más aparente que real de Pan y de Baco.
Después del siglo IV sobrevino la Edad Media y duró 1.000 años. Los rastros
de los acontecimientos anteriores se borraron y la Iglesia considera hoy al 25 de
diciembre como si fuera la fecha real del nacimiento de Jesucristo.
En cuanto a la misteriosa consubstancialidad de Jesucristo con Dios ya se
sabe que sólo fue reconocida en el año 325, en el Concilio de Nicea. El arrianismo la
negaba y tuvo muchos adeptos. Fue combatido como acostumbra la Iglesia, a
sangre y fuego. Arrio fue excomulgado y por añadidura envenenado, pero el
arrianismo subsistió varios siglos. San Pedro, primer apóstol, creía a Jesús "un
hombre inspirado por Dios" y nada más.
Muchos creen que la "era cristiana" fue adoptada como cronología mundial
desde los primeros tiempos, pero es sabido que no hay tal cosa. Después de la
adopción oficial de la iglesia católica por Constantino el imperio romano continuó
con su vieja cronología que arrancaba de la fundación de Roma. La "era cristiana"
fue establecida por Carlomagno en el siglo IX, después de coronarse Emperador de
Occidente, valiéndose a ese efecto de los cálculos que dos siglos antes había hecho
el monje Dionisio el Exiguo; y el ejemplo imperial se difundió con tanta lentitud,
que en España (Castilla y Aragón) sólo fue seguido en el año 1.350.
Los hechos que estoy refiriendo caracterizan acabadamente la marcha de la
evolución religiosa de la humanidad en la parte del mundo habitada por las razas
más civilizadas. Plus ca change plus c'est la même chose.
En su carácter de instituciones humanas, las religiones se han desarrollado
como las demás instituciones que ha creado el hombre para vivir en sociedad y
sobre ellas influyen los mismos factores que sobre las otras: la acción del tiempo,
la adquisición de conocimientos, el genio de la raza, la imitación. No es difícil seguir
el rastro de las ideas de Platón en los conceptos primitivos del cristianismo. Los
mitos y las ceremonias de una religión pasan a las otras y a veces cambian de
expresión.
Entre la Navidad de un "niño dios" y la Navidad del Sol hay pocas diferencias
materiales, pero existen en cambio diferencias morales muy grandes, como las hay
también entre la glorificación de los supuestos magos que habrían llevado mirra,
incienso y oro al "niño dios" y los excesos lúbricos de las Saturnales paganas del 6
de enero. Coinciden la fecha y el origen, pero difiere el sentido, porque el mundo
progresa.
Mucha parte de la confusión de ideas que impide entenderse en materia
religiosa proviene de haber hecho creer al hombre que ha sido creado por Dios a su
imagen y semejanza, cuando en realidad sucede precisamente lo contrario: es el
hombre quien ha creado a Dios a su imagen y semejanza.
El hombre es una realidad física y Dios es una idea emanada del hombre,
que vive en su cerebro. Desaparecido el hombre desaparecería Dios. Nada hay en
la naturaleza animada o inerte, fuera del hombre, que parezca reclamar su
presencia.
Mientras no se acepte que las religiones han surgido de una "revelación" no
hay forma de arreglar sus divergencias, pero ¿acaso tienen éstas importancia real?
Las iglesias protestantes no creen en los limbos subterráneos y los católicos sí. Son
dos variantes igualmente arbitrarias e inofensivas de una misma petición de
principios: la resurrección de los muertos. Los budistas no creen en la resurrección
de los muertos y creen en la transmigración de las almas. Será una idea menos
materialista que la idea cristiana de la resurrección de los cuerpos, pero no pasa de
ser otra variante arbitraria de la idea de la inmortalidad y siempre andamos
alrededor de lo mismo.
El hombre no ha podido averiguar todavía cuál es el objeto de su presencia
transitoria sobre la tierra. Vive sufriendo, así como una hormiga vive trabajando, y

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 9º parte
1943 – Buenos Aires Navidad y Reyes

muere oscuramente. Ante una moral religiosa estricta nadie alcanzaría la salvación
eterna. Sin embargo, hasta los criminales aspiran a la inmortalidad que sólo les
reservaría nuevos y eternos sufrimientos.
El ancho de un río separa una creencia de otra y los creyentes se hacen
matar por ellas. Si Pío XI hubiera nacido en el Tibet sería budista y si el Gran Lama
del Tibet hubiera nacido en Catamarca sería católico y quizás vicepresidente de la
República. ¿Hasta cuándo durará la intolerancia que es el más incómodo de los
defectos del hombre?
Hay en el mundo 280 millones de católicos, en gran parte nominales, contra
1.600 millones de no católicos. ¿Cómo pueden pretender los católicos,
encontrándose en tanta inferioridad numérica, que son los únicos depositarios de la
revelación divina y que sus milagros son los únicos válidos?
La armonía del Universo -argumento principal que usa la teología para
probar la existencia de Dios- es inconciliable con el milagro, porque la armonía del
Universo no es otra cosa que el cumplimiento inflexible de las leyes naturales; y la
revelación al fundarse en el milagro, deroga las leyes naturales con fines
particulares.
La existencia de milagros haría desaparecer la armonía del Universo y
destruiría el principal argumento en favor de la existencia de Dios.
Hace 1.500 años la Iglesia católica dio un ejemplo admirable de
ecuanimidad, que le fue provechoso, cuando arregló el nacimiento de Cristo sobre
el patrón del nacimiento de Mithra. Inspírese en ese antecedente y sea en el futuro
más razonable y modesta de lo que es hoy.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 10º parte
1943 – Buenos Aires Los historiadores y Jesús

LOS HISTORIADORES Y JESÚS

El mismo presbítero que hace dos semanas me dedicó un artículo de revista


a propósito de un coche que atropelló a un sacristán, vuelve a aludirme en el último
número. Se empeñan los santos padres en proporcionarme un pasatiempo ameno y
barato. Los agita un singular prurito por molestarme y no lo consiguen. La vez
anterior motivaba el artículo del presbítero el hallazgo misterioso, en Egipto, hace
18 años, de un pedacito de papiro carente de toda importancia y ahora se trata de
un trozo de mármol de 60 cms. por 37, en cuya cara principal está escrita una
ordenanza del César que castiga con la pena de muerte la profanación de
sepulturas. El señor presbítero saca de ese hallazgo una deducción fantástica: si el
emperador romano es desconocido, si la fecha del edicto es igualmente ignorada, si
no se nombra en él a Jesucristo ni directa ni indirectamente, el edicto debe referirse
a la resurrección de Jesucristo, porque un catálogo de anticuario (que no es, como
se comprende, de los primeros siglos de la era cristiana sino del año 1878) le
atribuye haber sido encontrado en Nazaret, lo que probablemente no será cierto.
¡Admirable! Pero la autoridad de los anticuarios ha decaído mucho a consecuencia
de su excesivo ingenio para encontrar objetos raros. Una vez se exhibía en un
escaparate de anticuario un botón de la bragueta de Don Juan Tenorio. Por el estilo
ha de ser la lápida de Nazaret. En materia de interpretación científica nada puede
pedirse más perfecto que la del señor presbítero. Tiene la misma claridad meridiana
de toda la documentación apócrifa y artificiosa que sirve de fundamento a las
leyendas evangélicas.
No me preocuparía de este divertido descubrimiento si el señor presbítero
no me metiera en danza, pero me ha metido. Parecería que los clérigos argentinos
no pudieran vivir sin ocuparse de mí. Es que tratan mañosamente de hacer creer a
sus crédulos adeptos que yo, el hombre más tolerante en materia religiosa, tengo
la preocupación de perseguirlos y que al escribir sobre temas que ellos consideran
de su exclusiva propiedad lo hago valiéndome de informaciones superficiales o
falsas.
Pero yo pregunto: Si esos señores conocen los principios del cristianismo y
la historia del cristianismo mejor que yo, ¿por qué rehuyen la discusión de los
puntos fundamentales que yo he abordado y malogran su ciencia profunda en
disquisiciones subalternas?
El presbítero en cuestión pretendió rectificarme y sostuvo que el cuarto
evangelio fue escrito por San Juan, sin otro apoyo que un fragmento de copia de
cinco versículos, sin darse cuenta de que una copia nada prueba acerca del autor
del original. Le contesté y se quedó mudo.
Algo pudo decir también acerca de los juicios del abate Loizy, que cité con el
fin de demostrarle que en muchos casos, dentro mismo de la Iglesia, han tenido
eco las conclusiones de la crítica científica sobre el origen y el carácter de los
evangelios y sobre la actitud sistemáticamente intolerante del clero. Ha preferido
callarse.
Pero, como él, a semejanza de todos los presbíteros, abriga el propósito
deliberado de hacer creer en la verdad de las leyendas que ha destruído la crítica, a
los inefables admiradores de todo lo que profieren los labios de los presbíteros, me
llama con iracundia cristiana "seudo historiador" (nunca me he pretendido
historiador) y se finge escandalizado de que yo dijera que la muerte de Jesús había
sido en Jerusalén un acontecimiento sin trascendencia y que ningún historiador la
relata, ni aún la menciona. Deduce de allí que yo no conozco las alusiones a Cristo,
de Tácito y Suetonio. Se empeña, pues, en provocarme a la discusión de un tema
histórico ingrato para la Iglesia y sería lástima dejarlo sin la correspondiente
sanción.
Cualquiera que no sea presbítero se da cuenta de que al hablar yo de la falta
de relatos históricos sobre la vida y muerte de Jesús me refería a relatos históricos
de testigos presenciales o por lo menos de escritores contemporáneos anteriores a
los evangelios y no de quienes hayan podido escribir muchos años después

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 10º parte
1943 – Buenos Aires Los historiadores y Jesús

tomando los datos de la leyenda evangélica. Eso lo entiende cualquiera; pero, por
lo visto, supera el poder de comprensión de un presbítero. Yo no tengo la culpa.
Tácito y Suetonio presentados como contemporáneos de Cristo, murieron
respectivamente en los años 1.020 y 1.041 y son en realidad, escritores del siglo
II. Lamento que no lo sepa el señor presbítero. Aun en el supuesto de que las
referencias breves e indirectas que contienen acerca de los cristianos y de
"Chrestus" o "Cristus" no hubieran sido interpoladas por escribas cristianos en el
siglo III, como es la creencia general, acusarían datos de segunda mano cuyo
origen no consignan ni el uno ni el otro, y no se trataría de los relatos directos de
autores contemporáneos cuya ausencia total yo he señalado.
Los historiadores cuyo testimonio haría fe serían Justus de Tiberiade y
Josefo, judíos de Jerusalén, y ninguno de ellos tuvo noticias de la predicación de
Jesús, ni de sus milagros, ni de su muerte, ni de su resurrección. Nada ganaría el
señor presbítero con pretender que hicieron el vacío a Jesús, pues si los hubiera
movido un sentimiento mezquino de hostilidad se les presentaba una excelente
oportunidad para exhibirlo como impostor, y no la habrían desperdiciado.
La verdad pura es que ni Justus ni Josefo conocieron a Jesús, ni supieron de
la predicación que le atribuyen los evangelios.
Justus de Tiberiade, tan minucioso en su Historia de la Insurrección Judía,
no lo nombra en absoluto y otro tanto ocurre en verdad con Josefo.
El Sanedrín encargó a Josefo la defensa de Galilea contra la invasión
romana, y ello le hubiera dado la mejor oportunidad para recoger sobre el terreno
la tradición viviente de la doctrina y de la predicación del Nazareno. Josefo nada
oyó en Galilea, como antes nada había oído en Jerusalén, eso que su padre era uno
de los sacerdotes que habrían juzgado a Jesús bajo la suprema autoridad de Caifas.
En su historia de La Guerra Judía, en siete libros, el nombre de Jesús brilla
por su ausencia, y el capítulo VII del libro I, que he confrontado esta mañana, está
dedicado a las tres únicas sectas religiosas y filosóficas que reconoce en Palestina y
son los fariseos, los saduceos y los esenios. Los cristianos no figuran.
"Gracias a Josefo -dice Renán- Herodes, Herodiades, Antipas, Ana, Caifás,
Pilatos, son personajes que nosotros tocamos, por así decir, y que vemos vivir con
una realidad impresionante" (La Vida de Jesús, pág. XLI). Tienen pues un sitio
destacado en la obra de Josefo personalidades inferiores a Jesús, y sólo éste y su
predicación pasan inadvertidos. El buen sentido denuncia la imposibilidad de una
omisión deliberada.
Josefo se alejó de Palestina después de la destrucción de Jerusalén.
Instalado en Roma adquirió un señalado valimiento en tiempos de Tito y aún
después. Latinizó su nombre, firmando en adelante Flavius Josephus y continuó
escribiendo hasta la época de su muerte. Produjo aparte del Contra Apion, las
Antigüedades Judías, en veinte libros que es donde los cristianos -quizás en el siglo
III- han interpolado el breve párrafo en el cual, sin entrar en detalles, dice que
Cristo apareció en tiempos de Pilatos y da a entender que él cree en su divinidad y
en su resurrección. Colmaban así los cristianos un vacío que les resultaba muy
molesto.
Los romanos dejaban su religión a los pueblos vencidos y no intervenían en
sus discordias religiosas. El proceso de Jesús, si hubiera existido, constituiría una
excepción que historiadores como Josefo y Justus no habrían dejado sin considerar
en sus orígenes y en su aspecto institucional, sobre todo Josefo, en el supuesto de
ser suyo el párrafo que se le atribuye y la mención de la sentencia de Pilatos.
Los propios escritores católicos que se respetan, admiten la interpolación
fraudulenta de ese párrafo revelada por su simple lectura, pues, aparte de carecer
de las informaciones concretas que Josefo no podía omitir en su obra, tan
circunstanciada, está en abierta contradicción con sus creencias y opiniones.
Los que buscan la verdad y juzgan serenamente los hechos y los escritos
históricos no pueden admitir la posibilidad de que, si Jesús hubiera desempeñado
en Galilea y en Jerusalén el papel que le atribuyeron los evangelios y que si Josefo
hubiera llegado a creerlo un dios y un hombre resucitado, sólo le hubiera dedicado

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 10º parte
1943 – Buenos Aires Los historiadores y Jesús

un breve párrafo, no en su libro principal de historia, sino en las Antigüedades


Judías y no hubiera hecho un relato más completo de su vida y sus hechos.
Un contrasentido así puede admitirlo un presbítero de campaña y nadie más.
Josefo por convicciones religiosas no podía creer en la divinidad de Jesús y
seguramente no creía en la resurrección. En presencia de un caso tan insólito que
echaba por tierra sus convicciones, lo menos que podía hacer era exponerlo con
detenimiento. La verdad, como dije antes, es que nunca tuvo conocimiento directo
de la vida de Jesús y la literatura evangélica quizás no llegó a su poder, dado el
carácter privado que tenía su circulación, o bien, no le habría parecido digna de
mención.
Filón, llamado por Renán, en razón de sus ideas, "hermano mayor de Jesús",
vivió hasta el año 45, más o menos, y habría sido un testigo de un gran valor, pero
tampoco menciona a Jesús en sus escritos, y eso, tratándose de un hombre de la
honestidad intelectual de Filón, indica que nunca oyó hablar de él.
Podría descartar a Tácito y a Suetonio por no ser historiadores judíos
contemporáneos de Jesús, por ser posteriores a los evangelios y por carecer de
informaciones directas. Pero como el señor presbítero se ha especializado con ellos
y pretende que yo no conozco "la celebérrima afirmación de Tácito y la no menos
famosa cláusula de Suetonio", quiero demostrar su desconocimiento de las
opiniones que atribuye ligeramente a esos dos escritores o su mala fe.
Tácito en los Anales no se ocupa directamente de Jesús, ni narra su vida ni
sus hechos. En el pasaje concerniente a los suplicios que se aplicaron a los
cristianos en tiempos de Nerón, dice que el nombre "Chrestiano" les viene de
Christo, a quien bajo Tiberio el procurador Poncio Pilatos condenó a muerte.
Pero se sabe bajo la fe de Tertuliano, gran autoridad de la Iglesia, que
Tácito lo ignoraba todo acerca de los judíos y de los cristianos. Creía que su dios
era "un hombre con cabeza de asno" y tampoco sabía que Cristo, en griego quiere
decir Mesías.
Se trataría, pues, en caso de no haber sido interpoladas esas brevísimas
palabras -como se cree- de un concepto vago recogido de la leyenda evangélica en
el siglo II y no de una referencia histórica contemporánea del hecho afirmado, que
haga fe.
En el caso de Suetonio es aún más imperdonable la ligereza del señor
presbítero. No hay tal cláusula celebérrima de Suetonio, sino en las cabezas de los
curas, deformadas por el sectarismo, y no resulta claro que la vaga alusión de
Suetonio se refiera a Jesús.
Consiste la "cláusula celebérrima" en una frase de dos líneas en que dice
Suetonio que Claudio expulsó de Roma "a los judíos", porque "excitados por
Chrestus promovían desórdenes". Suetonio (en el siglo II) habla, pues, de los
judíos y no de los cristianos, y el Chrestus a que alude era un judío que vivía en
Roma. El nombre de Chrestus se daba en esa época a los esclavos y a los libertos.
Pero aun concediendo por liberalidad, que se tratara de los cristianos y de
Jesús, es tal la vaguedad de la frase que sólo un presbítero ofuscado puede
encontrar en ella fundamentos suficientes para afirmar que yo no estuve en lo
cierto al sostener, como tantos otros, que ningún historiador contemporáneo de
Jesús refiere su muerte.
En presencia de pruebas como las que dejo dadas sostengo que el
presbítero don Juan S. Gaynor -así se llama mi agresor- no tiene el menor derecho
a decir que yo he deshonrado el buen nombre de la Nación al hacer mías
conclusiones que comparten infinidad de escritores eminentes, y en cambio yo
puedo afirmar que él va en camino de deshonrar el nombre del clero argentino
exhibiéndose tan desprovisto de conocimientos o de buena fe.
Si las fábulas infantiles sobre los misterios de la religión convencen a los
clérigos, a mí no me sucede lo mismo, y prefiero creer que Jesucristo es una figura
simbólica y en este sentido muy atrayente y respetable. Un mito análogo a los
mitos de otras religiones. El de Mithra, último dios solar, ofrece una gran
semejanza. Y de que la figura de Jesús fuera simbólica no se deduciría

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 10º parte
1943 – Buenos Aires Los historiadores y Jesús

necesariamente que no haya existido como persona humana, sino que ha servido
de base a una leyenda, a semejanza de Buda hombre, que fue también convertido
en dios por sus adeptos.
Voy a entrar ahora en otro terreno donde el señor Gaynor no me espera:
voy a probarle con el testimonio del apóstol de los gentiles, santo de la iglesia
católica, que Jesucristo es nada más que una figura simbólica. El testimonio que le
ofrezco es el de San Pablo.
He recordado en mis artículos anteriores lo que significan las epístolas de
San Pablo en relación con la existencia real o simbólica de Jesús, y los señores
presbíteros que me habrían rectificado hasta una coma, si les hubiera sido posible,
han guardado al respecto un silencio de muertos. No quieren tocar el punto.
San Pablo, como se sabe, era un judío de Tarso, sectario violento del
fariseísmo, convertido al cristianismo años después de la discutida crucifixión.
Muchos años antes de aparecer los evangelios escribió varias epístolas acerca de la
nueva religión, realizó giras de intensa propaganda catequista y fundó las primeras
iglesias cristianas del Asia Menor y de la Grecia. Es, en realidad, el verdadero
fundador de la Iglesia Católica.
Pues bien, ese hombre que el año 33 tenía 23 años, que vivía en Jerusalén y
que era un militante exaltado del fariseísmo, no conoció a Jesucristo y, por
consiguiente, no presenció sus milagros, ni escuchó su doctrina, ni lo vio arrojar a
los mercaderes del templo, ni supo de la crucifixión del Gólgota. ¿Podría ser creíble
todo eso si la predicación, los milagros y la crucifixión hubieran existido? En sus
epístolas guarda un silencio al respecto tan absoluto como Justus o Josefo y no
anticipa uno solo de los hechos que aparecerán después en los evangelios con lujo
de detalles sobrenaturales.
San Pablo no sólo ignora los hechos concernientes a la vida de Jesús sino su
doctrina. En su propaganda enuncia conceptos propios y no doctrinas que haya
concretado Jesús. La crucifixión (de la que no da detalle alguno), la resurrección
que no ha presenciado, el fin inmediato del mundo, el reino de Dios y la
resurrección de los muertos el día del Juicio Final, son las ideas que agitan
alrededor de la evocación confusa de una figura simbólica, cuyo próximo descenso
del cielo en una nube, anuncia.
De todo esto resulta, sin duda, la afirmación indirecta de la existencia de
Jesús, requerida por las finalidades de la propaganda, pero no resulta ni un conato
de prueba. San Pablo, en sus epístolas, se dirige a personas que, muchas de ellas,
residían en Palestina en los días correlativos con la vida de Jesús, y no podía
inventar hechos fabulosos. Le habrá sido imposible a él afirmar ante los
contemporáneos que 5.000 personas comieron de cinco panes, señalar el sitio
donde habría ocurrido el acontecimiento y encontrar quien le creyera. No ocurre lo
mismo con los evangelios sinópticos, posteriores más de 40 años a la fecha en que
habría muerto Jesús y escritos en griego, lengua muy poco o nada difundida en
Galilea. Uno de los evangelistas, Lucas (Lucanus) no habría estado nunca en
Palestina, aun cuando su familia fuera de origen judío. Escribió su evangelio en
griego, como acabo de decir, y podía dar rienda suelta a su imaginación y a su
inventiva sin temor a las rectificaciones, tanto menos probables cuanto que esos
trabajos manuscritos tenían una circulación privada, muy limitada.
San Pablo se encontraba en otra situación y debía ajustarse a una mayor
verdad en lo concerniente a los hechos, y por eso se ha supuesto que prefirió
aparecer como no habiendo conocido a Jesús, ni asistido a su predicación, antes
que comprometerse en narraciones falsas.
San Pablo en los primeros tiempos era comunista, del mismo modo que
Jesús lo habría sido según los evangelios, pero su aforismo célebre "el que no
trabaja no debe comer", que ha sido inscripto después en la Constitución soviética,
no lo deriva de Jesucristo ni se lo atribuye; es un concepto propio, como todos los
conceptos suyos, aun cuando tenga una coincidencia perfecta con la condenación
de los ricos por ser ricos y la glorificación de los pobres, por ser pobres, que 35 ó
40 años después el evangelio pondrá en labios de Jesús.

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Este testimonio negativo, si se quiere, que emerge de la predicación de San


Pablo, arroja una luz resplandeciente sobre el mito fundamental del cristianismo, y
meditando sobre él podrá sacar el señor presbítero más provecho que de las
inoperantes afirmaciones de Tácito y Suetonio.
Y nada de esto resulta en sí mismo, irreverente, a menos de confundir la
religión con los curas. El concepto religioso se destaca como un proceso humano
que responde a la necesidad de creer en lo sobrenatural que tuvieron las
sociedades primitivas, concepto que se mantiene aún y se mantendrá durante
muchísimo tiempo en términos más o menos convencionales. El tiempo ha influído
y seguirá influyendo sobre él e imponiéndole modificaciones que lo alejen de la
simple idolatría a la que tienden los espíritus limitados o groseros.
El efecto que causa la difusión de la verdad es más nocivo para la iglesia
militante -institución social que administra en su provecho las creencias religiosas-
que para la religión misma, y de ahí emana el empeño de los presbíteros en
presentarnos a los que sólo buscamos la difusión de los conocimientos como si
estuviéramos empeñados en una campaña personal y mezquina contra los clérigos.
Nada es más inexacto; y por lo que a mí respecta he deseado siempre que
se les deje en plena libertad y seguridad mientras se limiten a predicar sus errores
a la muchedumbre de fieles que quieren y hasta piden ser engañados. Pero no se
contentan con tan poco; pretenden dominar el Estado para imponer sus errores a
los que no quieren ser engañados y coartar todas las manifestaciones de la libertad
de conciencia. Eso no se les puede permitir.
Si se les dejara hacer, aplicarían de inmediato las célebres máximas de
Santo Tomás de Aquino. "El mundo debe ser gobernado por el Espíritu Santo" dice
el profundo teólogo que la Iglesia exalta. Y como el Espíritu Santo nunca ha dado
señales palpables de su existencia y no se le puede confiar el gobierno sin que haga
acto de presencia terrenal, Santo Tomás inviste a la Iglesia de su representación y
reclama para ella el gobierno del mundo. "El poder civil debe estar sometido a la
Iglesia", exclama. Otro aforismo suyo establece que los herejes "deben ser
castigados con la pena de muerte" y si se arrepienten pueden salvar la vida, pero
sus bienes serán confiscados en beneficio de la Iglesia.
En la Edad Media esas monstruosidades fueron una realidad, hasta que
Felipe el Hermoso, el primero, puso coto en Francia a los avances de la teocracia
sobre el poder civil. La Iglesia sueña con volver el mundo a la Edad Media. Medítese
sobre lo que dicen en la desventurada España los cardenales y los obispos y se verá
cómo, si pudieran, restaurarían la teocracia.
No combatimos, pues, un vano fantasma, sino un peligro real, aun cuando,
por fortuna, haya de seguir revolviéndose en la derrota.
Asimismo dejo constancia de que en cuanto a mí respecta no hago sino
responder a provocaciones en una materia de la que nunca me había ocupado.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 11º parte
1943 – Buenos Aires Panorama a vuelo de pájaro

PANORAMA A VUELO DE PÁJARO

Muchos años transcurrieron en nuestro país, sin que la cuestión religiosa, ni


la persecución a las ideas, ni la persecución racial constituyeran una preocupación
para nadie, cuando a poco de terminar la guerra mundial, en concordancia evidente
con el extraordinario avance de la reacción política en Europa, nos vimos abocados,
los argentinos, a problemas que no teníamos, y ahora contemplamos de qué modo
estimulan su desarrollo actitudes gubernativas visibles y funestas.
Tan exacto es que el problema no existía, que en el transcurso de una larga
vida pública nunca encontré yo motivos para ocuparme de él. Ahora, solamente,
me he sentido tocado y he emitido mi opinión a su respecto.
El interés por el asunto mostrado en un vasto sector de la opinión, me
induce a formular algunas reflexiones más, ya que "Columna" ha tenido la gentileza
de invitarme a colaborar en el número especial que corresponde a su primer
aniversario.
No es fácil limpiar de leyendas y prejuicios el campo de la historia religiosa,
porque la humanidad, en todos los tiempos, no sólo ha creído en lo sobrenatural,
impresionada por el hecho posiblemente cierto de la eternidad del Universo, sino
que ha dado una forma personal a la idea de Dios.
No le ha bastado la existencia de un creador del mundo con fines
desconocidos. Ha querido que ese ser intervenga constantemente en los menores
actos de los hombres y ha elaborado un mito sobre la continuación de la vida
después de la muerte.
La civilización, en su marcha, ha influído en la transformación de las
concepciones religiosas, pero no en una proporción tan considerable como en otras
instituciones humanas. Comparando las religiones desde los más remotos tiempos
se encuentran infinidad de mitos y ritos constantes y comunes y es fácil, hasta
cierto punto, seguir los pasos del proceso de interdependencia mediante el cual las
unas han influído sobre las otras, perpetuando las creencias primitivas con ligeras
variantes poco más que rituales.
A la inversa de lo que antes se creía, no existe una sola religión
absolutamente original. El fenómeno mental a que deben su existencia es uno solo,
diversificado en sus aspectos externos más que en los internos. La religión judía
misma, considerada propia de ese pueblo hasta el siglo pasado, aparece ahora
habiendo asimilado durante el cautiverio en Babilonia, los conceptos principales que
precisó y desarrolló después la evolución judeo-cristiana.
Esta comprobación convierte la intolerancia dogmática en ilógica y torpe.
Aplicada al cristianismo, deudor de tan considerables aportes a las mitologías
paganas y a la filosofía griega, es más elocuente aún que en otros casos.
Sería absurdo sostener que el cristianismo no constituyó un
perfeccionamiento de las creencias que habían prevalecido hasta entonces. Pero la
iglesia católica no considera que se le concede bastante con eso, y lanza los rayos
de su cólera contra los adeptos a las demás religiones. Reclama, para ella sola, la
posesión de la verdad revelada por Dios, y si las circunstancias se lo permitieran,
llevaría a cabo la misión de exterminio total de los herejes que le reconoció Santo
Tomás de Aquino.
Las credenciales divinas de la iglesia católica arrancan del Viejo Testamento
judío, y de él resulta que un dios personal que hablaba con los hombres y con las
mujeres creó el mundo, no para hacerlos dichosos, sino a los efectos de recibir él,
de ellos, incesantemente, alabanzas, oraciones y sacrificios.
El pueblo judío habría sido elegido entre todos para ejecutor de los designios
divinos; pero ni los hombres en la tierra, ni los ángeles en el cielo, respondieron a
las esperanzas de la divinidad. Los hebreos adoraron dioses ajenos, olvidaron los
mandamientos y omitieron los sacrificios y oraciones prescriptos, y en cuanto a los
ángeles, revolvieron cielo y tierra con sus correrías, en las que, muy a menudo,
seducían a las hijas de los hombres y las abandonaban. La Biblia informa que de
esas aventuras nacían los gigantes.

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 11º parte
1943 – Buenos Aires Panorama a vuelo de pájaro

Dios habría castigado a los culpables y a muchos inocentes, mandando el


diluvio, pero los descendientes de Noé reincidieron en los mismos pecados de los
descendientes de Adán y malograron los efectos saludables que Elohim había
esperado de la desaparición de los vivientes bajo las aguas. Miles de años después
del diluvio, un nuevo dios, Jehová, llamado también Adonay (ver Éxodo VI, 3) se
encontró en la misma impotencia que había aquejado al viejo Elohim; los hombres
no le hacían caso. Entonces mandó a la tierra al Salvador, que era el mismo,
encarnado en una virgen. El Salvador debía sufrir y morir por la redención de los
pecados de los hombres. Sufrió y murió, según dice el Evangelio, pero los hombres
continuaron y continúan pecando como si nada hubiera ocurrido, y el reino de Dios
no tuvo comienzo.
Pero así como la terrible leyenda del diluvio no puede ser una revelación de
Dios a Moisés, pues se la encuentra entre los mitos de los pueblos indios, caldeos y
sumerios anteriores a Moisés, la hermosa leyenda del Salvador judío, Jesús,
concebido por una virgen y sacrificado por los hombres, existía también desde
millares de años antes de él y del Evangelio cristiano.
Un Purana antiquísimo dice: "A fin de poner término al reino del demonio,
único causante de las desgracias de los hombres y a fin de preservar al género
humano de los tormentos del infierno, se encarnó (Vischnú) en el seno de la virgen
Devanaguy para venir a este mundo a redimir y salvar a los hombres y nació
(Christna) el undécimo día de la luna. Es el día feliz que nos da el perdón de
nuestros pecados".
Coinciden estas palabras con la descripción evangélica de la encarnación del
Espíritu Santo (correspondiente a Vischnú) en María (correspondiente a
Devanaguy) y de esa combinación nació el Salvador Jesús, correspondiente a
Christna.
Los brahmanes creían en la encarnación de Vischnú desde millares de años
antes de aplicarla a Jesús, Mateo y Lucas.
Zoroastro (Zarathoustro en persa), profeta de Ahuro Mazda, que era el Dios
Todopoderoso, anunció en términos muy semejantes la venida al mundo del
Salvador iraniano.
El fenómeno religioso muestra en todas las sectas un concepto desmesurado
de la importancia del hombre en el universo. En las edades prehistóricas el hombre
divinizó a los animales, o bien porque los creía la expresión de misterios
insondables, o bien porque los temía, o bien porque le ayudaban a vencer los
rigores de la existencia. Orzmud creó a los bovinos antes que al hombre. El toro,
principalmente, emblema de la fuerza generadora, fue adorado como un dios. Las
bestias han descendido después de los altares y el hombre se admira a sí mismo.
Cree en su importancia y en su genio, que son en verdad relativos. Por eso ha
elaborado, a su semejanza, el dios personal, y se atribuye él una segunda vida que
niega a los demás seres.
Y no hay que pensar mal de las civilizaciones pretéritas en las que el
hombre, al concebir la divinidad, creyó encontrarla revelada en las fuerzas de la
naturaleza que hoy llamamos ciegas. Los cultos antiguos degeneraron con el
tiempo en idolatrías groseras, siguiendo el proceso fatal que impidió a Buda y a
Jesús suprimir el clero profesional y establecer la comunicación directa del creyente
con el Padre Celestial. Tenían, sin embargo, un fondo trascendente de
espiritualidad, no superado por las creencias ulteriores.
Uno de los más difundidos de esos cultos antiguos, el de la generación de la
vida, o culto fálico, no era obsceno en sí mismo, como lo han pretendido intérpretes
vulgares en nuestra época. Si algo se puede deducir del estudio atento de las
civilizaciones sepultadas bajo el polvo de los siglos, es lo precario del avance
realizado por el espíritu humano. El progreso material es deslumbrador, sin duda,
no así el progreso de la inteligencia pura. El mundo permanece estacionario en
cuanto al descubrimiento de verdades metafísicas.
Y el hecho de que los pueblos paganos adoraban ídolos y fetiches exige una
salvedad. Adoraban, sin duda, ídolos y fetiches que tenían la misma naturaleza

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Lisandro de la Torre Escritos y Discursos – 11º parte
1943 – Buenos Aires Panorama a vuelo de pájaro

grosera de las imágenes y estatuas de santos, o bien del cordón de San Francisco,
o de la medida de la virgen de Lujan, o de la sangre de San Genaro, que se adoran
en los templos católicos, pero el culto de los grandes dioses de la antigüedad
pagana no era menos espiritualista que el culto del dios cristiano o de Aláh.
Establecido por la Biblia y por la Iglesia cristiana que el hombre es el rey de
la creación, era lógico que creara un dios a su semejanza personal; y no pudiendo
penetrar el propósito que, a su vez, habría tenido Dios al crear un mundo de
dolores y miserias inacabables, judíos y cristianos llegaron a la conclusión de que el
fin del hombre sobre la tierra es adorar a Dios sobre todas las cosas.
Es el caso de observar, que admitida la hipótesis de la existencia de un dios
personal, no le hace honor que su principal preocupación consista en la vanidosa
satisfacción de recibir de los hombres homenajes, oraciones y sacrificios. Y es, sin
embargo, lo que aseguran la Biblia y la Iglesia.
Perfectamente averiguada en la actualidad, la interdependencia de las
religiones, ha desaparecido la posibilidad de una revelación divina hecha al pueblo
judío, o bien -y esto sería más grave para el judaísmo y el cristianismo- en caso de
haber sido los conceptos religiosos y cosmogónicos primitivos materia de una
revelación divina, los depositarios de ella, privilegiados de Dios, habrían sido los
pueblos asiáticos, anteriores en el tiempo al judío, que el cristianismo y el judaísmo
declaran, sin embargo, heréticos.
Por ése y por otros caminos se ha llegado a la conclusión inobjetable de que
todos los dioses han sido imaginados por los hombres arbitrariamente y de que
todos son en igual proporción legítimos o ilegítimos.
Si Jesús de Nazaret pudo ser concebido por el Espíritu Santo en una virgen,
nada se opone a que Christna y Orus fueran también engendrados por Vischnú y
por Osiris en otras vírgenes, que llevaban a María la ventaja de ser solteras; si
Jesús hubiera resucitado después de muerto, Osiris también pudo resucitar después
de muerto; y si los cristianos -sin prueba alguna- confían en la existencia de un
cielo poblado de ángeles, arcángeles, querubines y serafines, los griegos pudieron a
su vez afirmar la existencia del Olimpo y de su coro de dioses, diosas y semidioses,
y los indios, los persas, los egipcios y los turcos entregarse a concepciones
similares, no más arbitrarias.
Estas semejanzas fundamentales entre las distintas religiones se
complementan con la analogía muy marcada de sus liturgias y ceremonias. Los
ritos que los católicos consideraron durante siglos más genuinos y originales de su
religión, aparecen hoy derivados o plagiados del paganismo, del zoroastrismo, del
mithraísmo o bien de los mitos hindúes, como en la Trinidad.
El bautismo mucho antes de nacer Juan el Bautista, se practicaba en Persia,
de donde pasó al Asia Menor y allí, probablemente, fue conocido por Juan, que
habitó en las inmediaciones de Siria y Capadocia; la gruta de Belén es la gruta
típica del mithraísmo, lo mismo que la adoración de los pastores (los pastores de
las montañas vecinas habían asistido al nacimiento de Mithra, surgido de la "Piedra
generadora" y le habían ofrecido las primicias de sus cosechas; también se puede
recordar las grutas de Parnés, de Delos y de las costas de Creta consagradas a
ceremonias religiosas. En el Viejo Testamento nada existe que sugiera la leyenda
adoptada en el Evangelio del pseudo-Mateo, y en cambio se ve el parentesco con el
mithraísmo); el día desconocido del nacimiento de Jesús fue fijado por la iglesia
católica durante el siglo IV en el 25 de diciembre, por ser éste el día del nacimiento
de Mithra y tener el auspicio de las creencias populares en el Sol Invicto.
Numerosas ceremonias y la cronología de muchos misterios cristianos se arreglaron
en atención a los movimientos del sol y de la luna, imitando a los viejos cultos
solares.
Además del bautismo, la religión católica ha tomado del mithraísmo los
sacramentos de la confirmación y de la comunión; y de los mitos indios y persas, el
poder de curar que el Evangelio acuerda ampliamente a Jesús y a los apóstoles.
La consagración eucarística del pan y del vino aparece en los misterios
mithraístas y remonta a los cultos pre-arios de la India (como el de Siva) anteriores

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3.000 años a Jesucristo.


Se sostiene, con muy buenas razones, que el autor desconocido del
Evangelio llamado de San Juan, ha tomado la encarnación del Verbo (Logos) de
Filón, pero no es menos cierto que ese concepto no es extraño al mithraísmo y que
Mithra es un "mediador" muy semejante al Logos.
Los exorcismos, el rosario, los ayunos, las letanías, el agua bendita, los
retiros espirituales y las procesiones se practican hasta hoy en el budismo tibetano
y hasta el traje de los lamas es semejante al de los clérigos católicos.
Jesucristo es el Saoshyant del Avesta, hijo de la virgen Eredot Jedhri. El
Salvador iraniano anunciará el fin del mundo y el advenimiento del Buen Reino de
Orzmud o Reino de la Luz, y Jesús anunciaba el fin del mundo y el advenimiento del
Reino de Dios. ¡Qué casualidad! Cuando Dios resolvió dar una religión revelada a
los judíos, se le ocurrieron los mismos mitos que los pueblos indo-iraniano-
sumerios habían inventado desde siglos atrás! El buen sentido dice que el programa
del segundo Salvador fue calcado sobre el programa del primero.
Ni el Mesías del Irán, ni el Mesías anunciado por los profetas de Israel han
aparecido hasta hoy sobre la tierra. Isaías creyó encontrar signos mesiánicos en el
rey persa Ciro (cap. 45), pero se equivocó. Los judíos-cristianos reconocieron el
Mesías en Jesús y no hay otra diferencia real entre unos y otros. La demora de dos
mil años en bajar Jesús a la tierra para iniciar el prometido reino de Dios, ha
convencido a los israelitas y a muchos cristianos, del error de los evangelistas.
También tiene Juicio Final la religión de Zoroastro, como lo tiene Platón, y
ambos precedieron en muchos siglos al Apocalipsis. En el Avesta, como en el
Apocalipsis, los muertos son juzgados de acuerdo con las constancias del libro
donde se anotan las buenas acciones, los buenos pensamientos y las buenas
palabras; Mithra, a su vez, como Jesús, es juez de los muertos: y en Platón
funciona un tribunal ante el cual comparecen los muertos, uno por uno, y una vez
pronunciada la sentencia, los justos suben al cielo por la derecha, y los culpables
descienden por la izquierda a sitios subterráneos donde les atan las manos y los
pies y los precipitan en el Tártaro, arrastrándolos por un camino espinoso. El buen
sentido obliga, también aquí, a pensar que el cristianismo ha tomado el Juicio Final
del mito iraniano y de Platón.
Si a todo esto se agregan las reiteradas apropiaciones de parábolas,
máximas y giros verbales pertenecientes a los libros sagrados de la India, que se
han comprobado en los evangelios cristianos, el cuadro queda completo.
Hace tiempo ya que estas nociones son vulgares, pero como la materia
religiosa interesa poco actualmente al mayor número de personas, la Iglesia
católica persiste, con éxito, entre sus adeptos en mantener la fábula risueña de que
su religión es original y que fue revelada directamente por un dios personal a los
profetas y a los apóstoles.
La idea de la resurrección de los muertos no era originariamente judía. Es
extraña al Pentateuco. Los judíos se impresionaron con ella durante el cautiverio en
Babilonia, y no pudieron, en adelante, arrancarla de su espíritu. Poco a poco, (a
despecho de la oposición de la secta de los saduceos) se infiltró en la religión judía,
y pasó al cristianismo a través de los judíos, no como una herencia del Viejo
Testamento, falsamente pretendida, sino como una asimilación del concepto
iraniano que ha penetrado en el Apocalipsis en términos que no dejan lugar a
dudas.
Y si la resurrección de los muertos no es un concepto judío, tampoco es
posible extraer del Viejo Testamento el de la inmortalidad del alma, y es evidente
que penetró al cristianismo bajo la influencia de la filosofía griega. Los escritos de
los apologistas cristianos de los primeros siglos (griegos en su mayor parte) son
concluyentes a ese respecto. Reinach ha recordado además, que en esos escritos
(imbuídos de Sócrates y Platón), no se cita, antes del año 150, ninguno de los
evangelios sinópticos, ni el evangelio de Juan, con la sola excepción de Papias,
Obispo de Hierápolis, en el año 125. Se diría que no los conocen. Sólo después del
año 150 empiezan a encontrarse en los Padres de la Iglesia, alusiones imprecisas a

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algunos de los evangelios apócrifos que fueron desautorizados por el Concilio de


Nicea en el año 325, o bien, aparecen citas de los sinópticos o del evangelio de
Juan, que no siendo textuales, autorizan a sospechar que se hayan introducido
adulteraciones en el texto que hoy pasa por primitivo.
Los escritos de Papias se han perdido, conservándose de ellos tan sólo los
fragmentos que Eusebio reprodujo en el siglo IV. De manera que el pasaje en el
que Papias se habría referido, en el año 125, a un relato del evangelio de Marcos,
carece de una autenticidad incontrovertible. En la época de Eusebio, doscientos
años después de desaparecido Papias, cabe también la posibilidad de una
interpolación, ya que esa referencia es tan importante pues es la única que
probaría que un Padre de la Iglesia, conoció alguno de los evangelios canónicos
antes del año 150.
Por algo San Agustín dice, a propósito de la epístola "Del Fundamento": "Si
no fuera por la autoridad de la Iglesia, ya no creería en el Evangelio", Reinach lo
recuerda.
No se trata entonces, de destruir religiones por placer. No se trata siquiera
de destruirlas, sino de ajustar los antecedentes y los hechos a la verdad, a fin de
desterrar la odiosa intransigencia -tan genuinamente católica- ante los cultos
rivales, reconociendo a los adeptos de cada uno de esos cultos un derecho igual al
que tienen los católicos, para creer que después de muertos habrán de irse unos y
otros a sus respectivos cielos, y respecto de los incrédulos reconocerles también el
derecho de creer en la "eternidad de la especie" y no del individuo y de no irse a
ningún cielo, si no lo consideran posible, de acuerdo con la razón, y no tratarlos
como a monstruos, ya que, en definitiva coinciden con el Viejo Testamento cuando
piensan que todo concluye en la tierra.
Tiene su sitio aquí un punto interesante, y es el argumento esgrimido por los
escritores católicos cada vez que se refieren a los hombres eminentes que
anteponen la fe a la razón y dan crédito a los dogmas religiosos que resultan más
absurdos.
Ese argumento está invalidado por un error capital que consiste en creer
que la apreciación de los conceptos religiosos depende del grado de inteligencia y
no de la clase de inteligencia que una persona posee; o en otros términos, en no
apercibirse de que la inteligencia es obscurecida, a veces, por las emociones y los
instintos.
No piensa libremente quien quiere, sino quien puede.
Sheldon ha clasificado muy acertadamente los tipos humanos en cerebrales,
viscerales y somáticos. Sólo los cerebrales estarían habilitados para concebir un
dios "no personal". Lo que no quiere decir que todos los cerebrales lo conciban así,
pues abundan los que nunca meditan sobre los problemas metafísicos o religiosos.
No les interesan y transan con cualquier prejuicio aunque lo encuentren absurdo,
sobre todo si la transacción favorece a su comodidad o a su interés material.
El pensamiento puro en los tipos visceral y somático aparece subordinado a
los movimientos fisiológicos, a tal punto que, en esas categorías, no se piensa
únicamente con el cerebro. La acción del corazón y del hígado en los viscerales y de
los músculos en los somáticos, llega hasta apagar la luz de la razón, y así se
elabora el producto llamado "fe" que asegura, a poco costo, la facultad prodigiosa
de creer en lo que no puede probarse o en lo que la razón y la experiencia prueban
que es falso.
No basta el talento como garantía del valor de las ideas metafísicas y
religiosas de una persona, si interviene también una fuerte emoción fisiológica; y
sería erróneo e injusto negar talento a hombres eminentes porque caigan en la
idiotez frecuente de creer en la existencia de los ángeles, o en que un espíritu
puede fecundar a una mujer.
Llegan a esas conclusiones obedeciendo a las imposiciones del hígado, del
corazón o de los músculos sobrepuestos al cerebro. Imponen su tiranía las
emociones y los instintos y la inteligencia no les sirve para nada.
Para que los juicios de un creyente de talento favorables a la fe y contrarios

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a la razón pudieran pesar en la balanza y aminorar el valor de las opiniones en


sentido contrario de otros hombres de talento, sería necesario averiguar si sus
conclusiones fueron determinadas en ese momento, por su pensamiento libre de
influencias perturbadoras o dependiente de ellas, y eso no es realizable.
No puede negarse la existencia en el mundo de una mayor proporción de
viscerales y somáticos que de cerebrales; desde luego en las categorías de mujeres
y niños casi totalmente absorbidas por ellos; y de esa manera se explica la
persistencia de los prejuicios. Puede llegarse sin exageración, dentro de este orden
de ideas, a la conclusión de que la creencia en lo sobrenatural en los
temperamentos que obedecen a las emociones, no será destruída mientras el
tiempo, obrando sobre el medio no imprima modificaciones profundas.
Hace 2.500 años lo advirtió ya Heráclito y dijo, refiriéndose a los fanáticos y
a los supersticiosos; sufren de una enfermedad que la ciencia intenta curar, pero no
creo que lo consiga. Hasta ahora Heráclito ha tenido razón.
La naturaleza al parecer, ha dispuesto la perpetuación y la eternidad de la
especie; no la eternidad del individuo. Cuando el hombre muere ha contribuído a
realizar, en el flujo incesante de la vida, la obra asignada a la colmena humana, no
más importante para la naturaleza que las otras colmenas. El individuo no necesita
otra vida porque la especie a que perteneció, la especie a la que ha servido,
continúa y será eterna.
Los viscerales y los somáticos no pueden dominar el impulso fisiológico,
inconsciente, que los aferra a la idea de su supervivencia individual.
La influencia de las emociones sobre el pensamiento se apercibe con
facilidad en las contradicciones que provoca.
Los creyentes conscientes que ejecutan determinados actos contrarios a los
mandamientos, no ignoran que caen en pecado, y lógicamente, debería detenerlos
la visión de los tormentos eternos a que serán condenados. Sería de esperar que no
procedieran así, creyendo como creen, en la continuación de la vida después de la
muerte y en el Juicio Final, pues tampoco ignoran aquello de que serán reconocidos
por Dios "tan fácilmente como una oveja blanca entre las negras".
Pero no pueden con el temperamento, y se conforman con cualquier
acomodo artificioso, como si fuera posible que algunas oraciones de última hora y
una confesión falta de sinceridad -que no ha significado un arrepentimiento sincero
de las culpas-, pueda evitar el castigo que estas merecerían.
Saben que el Evangelio -inspirado según ellos por Dios- no toma en cuenta
esos arrepentimientos de encargo, y sin embargo, pecan a sus anchas.
El pecado y el castigo serían dos mentiras y dos farsas si pudieran ser
redimidos tan fácilmente, pero ellos lo admiten porque, como he dicho, el
temperamento se sobrepone a la inteligencia.
Igual cosa sucede a los que no teniendo creencias religiosas son
supersticiosos por temperamento. Tomemos el caso de los que no creen en el "mal
de ojo" pero, infaliblemente tocan el llavero cuando se encuentran en presencia de
un supuesto "jettatore", o el caso de los que no se atreven a sentarse a comer en
una mesa de trece personas.
Esta teoría explica también por qué razón pueden cambiar, y cambian con
facilidad, las ideas religiosas de los hombres. La acentuación de la emotividad
determinada por cualquier causa, a veces por la edad, basta para convertir a un
hombre de tipo cerebral en uno de tipo visceral y hacerle perder el dominio de sus
ideas y la limpidez de sus juicios. Se explican de esta manera infinidad de
conversiones que encantan a los devotos sin malicia.
Para abarcar en su totalidad el fenómeno emanado del instinto místico
dominando la razón, sería necesario considerar otros aspectos que conciernen a la
herencia, la genética y la educación. Indicios vehementes hacen sospechar la
existencia de un cromosoma de la superstición.

* * *

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Puestos bajo el escalpelo cada uno de los mitos y leyendas del cristianismo,
aparecen derivados de los mitos y leyendas elaborados por religiones anteriores. Ya
he dicho que la falta de originalidad que de allí resulta es decisiva en contra de la
creencia en el origen divino de esas concepciones, y podría agregar que es ofensivo
para la divinidad admitir que a falta de imaginación propia se valió de lo que habían
construído para su uso las religiones profesadas por pueblos anteriores al judío,
que considera heréticas.
Por no extenderme demasiado, me limitaré, a grandes rasgos, a bosquejar,
a título de ejemplo, los antecedentes del culto de María. La falta de originalidad y
de verdad que se pone en evidencia autoriza a tomarlas como el indicio de una
situación idéntica en los demás mitos y leyendas cristianos.
Las pequeñas comunidades que propagaban la nueva religión cristiana en el
Asia Menor, en Grecia y en diversos sectores del imperio romano, llevaban ya un
siglo de existencia y aún no se había asignado papel alguno a María, madre del
crucificado.
En los evangelios apenas si se la nombra, y sólo Juan, 40 ó 50 años después
de Marcos, de Mateo y de Lucas, (que no consignan su presencia en el Calvario)
pretende que asistió al suplicio de su hijo.
San Pablo en sus epístolas no la menciona y en el libro de los "Hechos de los
Apóstoles", escrito a manera de historia del período comprendido entre la muerte
de Jesús y la prisión de Pablo, no hay el menor recuerdo de ella.
No menos extrañas resultan las relaciones entre Jesús y María aludidas muy
sucintamente en los evangelios. Aun cuando no hubiera sido María una virgen
"concebida sin pecado", aun cuando sólo se hubiera tratado de la honesta mujer de
un carpintero, no se explica el trato despectivo y hostil que Jesús le da, ya sea en
el versículo de Juan en que le dice: "Mujer, ¿qué tengo yo de común contigo?", o en
el otro versículo en que se niega a recibirla cuando los discípulos le anuncian que
ha llegado con sus otros hijos a verlo.
Es imposible discutir estas cuestiones con el 99% de los católicos pues el
desconocimiento de la naturaleza de los misterios que invocan tiene en ellos una
extensión inconmensurable. Un buen católico no se preocupa de saber lo que dicen
las otras religiones, no le interesan; tiene acerca de ellas la misma ignorancia que
un buen mahometano o un buen budista tienen acerca del cristianismo. He
preguntado a muchos, sin conseguir jamás una respuesta satisfactoria, por qué
motivo la oración que rezan diariamente dice que María fue "concebida sin pecado".
Casi todos, no obstante el sentido literal de la frase, pretendieron explicar ese
misterio como si se refiera al nacimiento de Jesús, cuando se trata de la madre de
María (Ana) que habría concebido a María sin pecado, lo que sólo tendría una
explicación y sería la de que también María hubiera sido engendrada por el Espíritu
Santo, como su hijo. Los clérigos se hacen los desentendidos por no reconocer que
la Iglesia ha adoptado las patrañas de los evangelios apócrifos que el Concilio de
Nicea desautorizó. ¡Y pretenden imponer esas creencias al género humano, a
sangre y fuego!
El trato que Jesús habría dado a María confirma la creencia en que Jesús,
simple reformador social, de tendencias comunistas, que en materia religiosa
proclamaba el mantenimiento estricto de la ley hebraica, fue extraño a la leyenda
de su nacimiento divino, que le inventaron después los evangelistas; y esta
interpretación no ha sido destruída por ninguna constancia fidedigna. Tiene ella,
además, en su favor, la opinión de Pedro, de los demás apóstoles, de los
"ebionitas" y de los primeros cristianos que sólo encontraban en Jesús "un hombre
inspirado por Dios".
Fue allá por los siglos II y III cuando apareció en la Iglesia cristiana el culto
de María, basado en relatos fabulosos totalmente inventados en los evangelios
apócrifos, cuyos autores consideraron, sin duda, vulgar y deficiente una religión en
la cual el fundador no fuera, como en los cultos paganos, hijo de un dios, concebido
en una virgen.
En todas las religiones, hasta entonces, los redentores tenían ese carácter.

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Lo tenía Saoshyant el Salvador del Zoroastrismo, hijo de la virgen Eredot Jedhri; lo


tenía Orus en la religión egipcia, hijo de Osiris y de la virgen Isis; lo tenía Christna,
el Redentor indio, hijo de Vischnú y de la virgen Devanaguy, de cuna real.
Estas encarnaciones fabulosas vinculadas a la prehistoria, no habían dado
lugar a oposición alguna por falta de testigos y de parientes que pudieran negar la
concepción divina, pero no ocurría lo mismo con la fábula del nacimiento divino de
Jesús. Muchos habían conocido a su familia y algunos se habían criado con él.
El silencio que guardan los evangelistas sobre la infancia y juventud de
Jesús es profundo y no dicen una palabra referente a él, antes del momento en que
habría recibido el bautismo, de Juan Bautista, teniendo ya treinta años (o más
verosímilmente treinta y cinco). Debe tomarse ese silencio como un indicio del
temor que inspiraba toda alusión a su juventud que era conocida en Nazaret. Si
hubieran reconocido que hasta la edad de treinta años, fue un obrero oscuro de la
carpintería de José, habrían hecho dudosa e inconcebible su predestinación
mesiánica y su origen divino, y si le hubieran inventado una infancia tan brillante y
milagrosa como la de Christna, Orus o Mithra se exponían a ser denunciados como
falsarios por los sobrevivientes, que aun quedaban, del idilio de Galilea y del drama
del Gólgota.
Aun cuando el evangelio de Marcos, primero de los sinópticos, no fue escrito
en la Palestina, sino en Roma, en lengua griega, que no entendían los nativos de
Galilea, no era prudente contrariar la tradición concerniente a la modesta familia de
Jesús y era forzoso hacer concesiones a la verdad. Puede suponerse que, de no ser
así, no habría sido elegida una mujer casada, de humilde condición social, para un
papel en que actuaban siempre en las religiones paganas vírgenes de elevada
alcurnia.
Además, en Palestina circulaba en ese mismo tiempo, o había circulado
hasta la toma de Jerusalén por los romanos, el evangelio llamado hebreo, después
desaparecido en su mayor parte; evangelio que dio a Marcos (conviene recordar
que la historia no ha podido averiguar quién fue Marcos, como lo reconoce Scio de
San Miguel en su versión católica del evangelio) el fondo y el plan de su escrito y es
cosa admitida que el evangelio hebreo consideraba a Jesús como el Mesías, (pero
no como hijo de Dios) engendrado por el Espíritu Santo.
Marcos prefirió comenzar su relato con la escena del bautismo, haciendo
caso omiso del nacimiento de Jesús y de su familia, antes que prestarse a un
engaño.
En los siglos II y III, entre los judío-cristianos de Grecia, del Asia Menor y de
las provincias romanas, lejos de Galilea y de Jerusalén, era posible enhebrar las
leyendas falsas de los evangelios apócrifos que dieron un desarrollo enorme a la
novela bosquejada por Lucas y por el escriba desconocido que después de la
muerte de Mateo compuso el evangelio que lleva el nombre de este apóstol. Y aun
es posible que los versículos de ambos evangelios concernientes a la concepción
divina de María, entren en el número de las interpolaciones que se les introdujeron
más adelante.
La institución del culto tardío de María se debió al Protoevangelio de
Santiago y al Evangelio de la Natividad de María, declarados apócrifos, el uno y el
otro, por el Concilio de Nicea, en el siglo IV. Sus relatos fabulosos sobrevivieron a
la sanción canónica y poco a poco se infiltraron en el ritual cristiano. La iglesia, que
vive de la superstición y del milagro, les daba curso de buen grado y en la
actualidad le proporcionan ocho fiestas de la virgen, que no derivan de los
evangelios sinópticos, ni del evangelio de Juan y son las siguientes: 1º La
Inmaculada Concepción (8 de Diciembre), 2º La Natividad (8 de Septiembre), 3º La
Presentación (21 de Noviembre), 4º Esponsales de María y José (23 de Enero), 5º
La Anunciación (25 de Marzo), 6º La Visitación (2 de Julio), 7º La Purificación (2 de
Febrero), 8º La Asunción (15 de Agosto).
La Virgen es patrona además de numerosas ceremonias.
La institución del culto de la virgen era de suma necesidad para la iglesia en
aquellos tiempos. Lo exigía la lucha contra el mithraísmo y el zoroastrismo, que no

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había de cesar hasta el siglo VI. A tal punto es difícil desarraigar los antiguos mitos,
que es sabido que el portal occidental de la catedral de Chartres, del siglo XII, lleva
un calendario y un zodíaco mithraísta, que comienzan el año en Abril bajo el signo
del Toro, particularidad característica de esa religión. Era indispensable para el
cristianismo tener una virgen que los gentiles convertidos pudieran adorar en la
misma forma en que habían adorado (ellos y sus antepasados) a Isis, Devanaguy,
Anahita, Semele o Danae, y se la creó calcada sobre los modelos que existían.
El nombre de Anahita, diosa del mithraísmo, significa "La Inmaculada" y
también "La Gran Madre" y su papel era de tal importancia que aparecía siempre
formando pareja con Mithra, el Redentor Universal.
Me limito a señalar estas semejanzas sugerentes.
Se descubre así otro aspecto del proceso religioso en el mundo. Los católicos
no quieren tomarlo en cuenta y sin embargo es esencial.
Los gentiles se convirtieron al cristianismo unas veces espontáneamente y
otras por la fuerza, cuando les impusieron esa actitud los reyes bárbaros
convertidos, pero el cambio de religión que efectuaban era más aparente que real.
Los conceptos míticos y morales del cristianismo no eran distintos de los que ellos
profesaban, y la iglesia, a fin de favorecer las conversiones, introducía en su ritual
calculadamente las ceremonias paganas más arraigadas en el espíritu de los
gentiles.
Las fiestas antiguas se incorporaron al cristianismo con ligeros cambios de
nombre. La Navidad de Mithra pasó a ser la Navidad de Jesús, conservándose la
misma fecha: 25 de Diciembre; las Saturnales, cuyo recuerdo inolvidable para los
griegos era imprudente borrar, sobrevivieron con el nombre de Pascua de Reyes, y
las bacanales, originarias del culto de Dionisos -Dios del vino y de la felicidad que
vivía de perpetua fiesta- tomaron carta de ciudadanía cristiana en las ruidosas
expansiones del Carnaval.
Templos grandiosos de dioses paganos pasaron a servir al culto de dioses y
mártires cristianos y magníficos monumentos paganos se adaptaron a la nueva
modalidad religiosa. El destello solar que circundaba la cabeza de Mithra se aplicó
adecuadamente a la cabeza de Jesús. La conversión de los gentiles fue, pues, más
exterior que interior y ellos se allanaron muy pronto y sin pena a olvidar sus
fetiches y a adorar nuevas imágenes y reliquias no menos idolátricas que las
anteriores.
Los principios del cristianismo no eran extraños a las religiones que iba a
suplantar. El sometimiento de los sentidos, el amor del prójimo, la caridad, el
perdón de las ofensas, eran conceptos básicos en las religiones de la India,
consignados en los Vedas, en himnos y poemas de una extraordinaria belleza. De
allí pasaron a la Caldea, la Persia, y la Sumeria y se les encuentra también en
Egipto y aun en China que ha sido considerada independiente de la influencia de la
India en sus épocas primitivas. Sócrates tiene poco que aprender del evangelio y
Platón y Aristóteles concibieron las ideas metafísicas que adoptó después la
ortodoxia católica.
Los hebreos tenidos durante 50 años en cautiverio en Babilonia asimilaron
las creencias y los mitos asirio-caldeo-iranianos, de origen ario, y a su hora los
transmitieron al judeo-cristianismo. Autran dice, con razón, que "la Biblia es el
capítulo hebreo de una vasta literatura religiosa en la que han colaborado los
sumerios, los asirio-babilónicos y casi todos los pueblos anteriores del Asia".
La pretensión de los católicos, de que el cristianismo es de estirpe
exclusivamente judía, y de que los judíos recibieron de Dios libros sagrados
absolutamente originales, mueve a risa en los tiempos modernos.
El cristianismo es un perfeccionamiento y una depuración de las creencias
anteriores a él de gran parte de la humanidad; y con eso tiene bastante para su
gloria.
Autran, que acabo de citar, dice de la religión del Irán: "Bajo el aspecto de
la elevación moral, soporta plenamente la comparación con el budismo y con el
cristianismo. Las ideas de bien y de mal, de pureza y de virtud se perciben con

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fuerza y plenitud. El anuncio de la venida de un Salvador, de la Resurrección


general de los cuerpos, del Juicio Final y del advenimiento del Reino la penetran
toda ella, de una santa y piadosa esperanza". (C. Autran, Mythra. Zoroastre et la
pre-histoire aryenne du Cristianisme, página 156).
Y nada de extraño puede parecer que haya tocado a la raza blanca, la más
equilibrada y sana de todas las que habitan el mundo, realizar el perfeccionamiento
a que me he referido; más bien podría sorprender la lentitud del proceso, y que,
después de haber vivido la humanidad en el ambiente magnífico de los siglos de
Pericles, Augusto, Trajano y los Antoninos descendiera por centurias interminables
al obscurantismo de la Edad Media.
Durante un período de más de 1.500 años nadie atribuyó al cristianismo ser
la causa de un mejoramiento, que no existía, en el estado general del mundo. Por
el contrario, se volvía la vista hacia el pasado para buscar inspiraciones,
reconociendo y añorando el mayor esplendor de su cultura.

* * *

Es comprensible que los devotos ingenuos y los clérigos maliciosos


experimenten un gran dolor cuando se les muestra la falsedad, en unos casos, y la
falta de originalidad en otros, de los mitos de su religión, pero las sociedades
humanas no pueden vivir eternamente engañadas por los artificios y los
convencionalismos que habiendo logrado crédito en las edades primitivas se han
perpetuado hasta hoy y forman un contraste chocante con los progresos que realiza
el espíritu en otros campos.
La iglesia católica, manejada por hombres accesibles a todas las pasiones
humanas, aspiró, desde su comienzo, a la dominación del mundo, y comprendió
que el obstáculo más serio para su predominio espiritual y temporal residía en la
difusión de las luces. Repudió entonces la libertad de conciencia que había
reclamado cuando era perseguida.
Uno de los mejores documentos históricos de la iglesia es el alegato que
Tertuliano presentó en el siglo II al emperador, reclamando en favor de los
cristianos el derecho de difundir libre y pacíficamente sus ideas y de practicar su
culto sin ser perseguidos. Igual contenido exhiben las apologías I y II que Justino
(después San Justino) dirigió a Antonino el Piadoso y al Senado Romano.
Pero después del Edicto de Milán la Iglesia, ya oficial, cambió
impávidamente de política y envió a la hoguera a los que pretendían exponer su
pensamiento amparados en la libertad de conciencia.
Boecio fue ejecutado en el año 525 porque había hecho renacer los estudios
filosóficos; la biblioteca de Alejandría fue quemada en el siglo IV por el Obispo
Teófilo, cumpliendo instrucciones pontificias; y las escuelas de Alejandría fueron
cerradas en tiempo de Justiniano, a instancias del clero católico ante el emperador.
Brehier recuerda que en el siglo XI, y aún más adelante, la civilización del
Islam superaba a la de Occidente. Durante toda la Edad Media la enseñanza era
dada exclusivamente por el clero y se limitaba a lo que convenía a sus intereses. El
griego fue olvidado o abolido hasta el siglo XII, a punto de que las obras griegas
empezaron entonces a traducirse al latín de las versiones árabes. Aristóteles que
debía dar a Santo Tomás de Aquino la teoría de la "analogía del ser", no fue
conocido en el occidente católico hasta el siglo XIII.
Desde mucho tiempo atrás la iglesia había perdido el carácter hasta cierto
punto laico que tenían los paganismos griego y romano y se proponía implantar una
teocracia sacerdotal, tan absoluta como las que han causado la decadencia de las
grandes naciones asiáticas.
El laicismo excomulgado y perseguido no cedió, y no obstante que los
mártires de la libertad de conciencia subían incesantemente al cadalso, estaba
escrito que, en último término, la iglesia católica sería vencida. Cuando el poder
civil la enfrenó y le fue imposible quemar más herejes, concentró sus últimos
esfuerzos en la política en que persevera hasta hoy y es la de impedir la difusión de

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los conocimientos y la crítica científica de sus dogmas. La Congregación del Indice


-su más perfecta expresión mental- vigila celosamente, a fin de evitar que el
cerebro de los adeptos reciba el contacto purificador y renovador de alguna verdad
antidogmática, y así se vio en pleno siglo XIX al Papa Pío IX excomulgar, en el
Syllabus, el progreso, la libertad y la ciencia. No obstante ser tan claro este proceso
muchos gobiernos y entre ellos el nuestro, sirven todavía al clericalismo inculcando
a los niños en las escuelas, hechos y conceptos cuya inexactitud ha sido
definitivamente demostrada.
La civilización moderna pudo abrirse paso debido a la energía de la raza
blanca, que se sobrepuso a las limitaciones que la iglesia ponía al pensamiento; o
en las naciones de raza amarilla que no eran teocracias sacerdotales, como China y
el Japón.
La tendencia de la crítica científica está encaminada, por consiguiente, hacia
la finalidad que ha hecho la grandeza relativa de los tiempos modernos: descubrir y
divulgar la verdad donde quiera que se la encuentre. Si la verdad arrolla en su
camino prejuicios seculares o si modifica conceptos que se creyeron indispensables
equivocadamente, para asegurar la dicha de los hombres, no será ésa una obra
perniciosa, ni una obra en realidad de destrucción, porque en reemplazo de lo
destruído surgirán otros conceptos y otras costumbres, y la verdad produce
siempre frutos más sanos y sazonados que el error.
La verdad engendra la tolerancia, mientras el fanatismo religioso engendra
las persecuciones, que en nuestro país se van haciendo cada día más intolerables.
De ahí deriva la necesidad de difundir los conceptos, ya abstractos, ya positivos,
que tiendan a desenmascarar las supersticiones. Este artículo sirve a esa
tendencia; es su único objeto.
La duda prudente, admisible en el terreno metafísico no puede trasladarse al
positivo. La experimentación tiene empero, sus límites y si las diferencias
esenciales que puedan existir por ejemplo, entre la energía, la electricidad y la luz
no se conocen con exactitud, la materia eterna podría ser una modalidad del
espíritu eterno. Pero otra cosa sucede con las construcciones religiosas, obra de los
hombres, que pretenden pasar por "revelaciones" de Dios. Bastan la arqueología y
la historia para reducirlas a su ningún valor.

* * *

Podríamos desdeñar la razón e inclinarnos ante los dogmas, si fuera cierto


que el sacrificio de Jesús redimió los pecados de los hombres.
Pero esa manifestación resulta ser una frase sin contenido.
¿Acaso los hombres han sido alguna vez redimidos?
Después de la muerte de Jesús han continuado en la situación en que se
encontraban antes. Son hoy tan desgraciados y tan pecadores como pudieron serlo
en la época del diluvio o en el primer día de la era cristiana.
Han transcurrido dos mil años sin que el inmediato reino de Dios, que
prometía Jesús a los que se convertían haya advenido; reino que San Pablo
esperaba ver realizado antes de su muerte. En la epístola a los Tesalónicos lo dice y
pide a los cristianos que estén listos para salir al encuentro de Jesús cuando vuelva
repentinamente a la tierra en la nube "como un ladrón en la noche". El sacrificio de
Jesús, si se hubiera realizado en las condiciones descriptas en el Evangelio -de lo
que no podemos estar ciertos- merecería admiración y gratitud, como todos los
actos desinteresados; pero aún así, es lícito y justo exigir a los creyentes de buena
fe, -que no sean tontos- que manifiesten en qué ha cambiado la conducta de los
hombres después del advenimiento de la era cristiana.
Tendrán que reconocer honradamente que dicho advenimiento no produjo
de inmediato modificación alguna, y no podía producirla porque a partir de la
crucifixión pasaron 300 años, durante los cuales el cristianismo fue una secta
humilde y perseguida que no extendía su influencia más allá de sus adeptos.

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Después de su reconocimiento, como iglesia oficial del imperio romano, los pecados
de los hombres no disminuyeron y a poco andar las desdichas del mundo
aumentaron en razón de la invasión de los bárbaros y del derrumbe del imperio
romano. No porque Teodorico, Clovis y demás reyes bárbaros se bautizaron, dejó
de ser aquella época un exponente de horrores y la felicidad de los hombres un
mito. Más adelante la iglesia afirmó su poderío sin que la situación cambiara, y aún
se complicó seriamente por la corrupción espantosa del clero católico y por las
guerras de religión, que, en plena Europa, dejaron poco que envidiar a las hordas
asiáticas de Gengis Kan, cuyos pecados no habían sido redimidos en el Calvario.
Pasemos por alto las pestes y demás calamidades que con tanta frecuencia
han hecho deplorar a los mortales la injustificada demora en inaugurar el reino de
Dios, y saltando por encima de la Revolución francesa, de las guerras napoleónicas
y de la guerra mundial, lleguemos a nuestros días y preguntemos a los antedichos
católicos sinceros -que no sean tontos- si las matanzas actuales de España y de
China, las ejecuciones públicas de Rusia, las ejecuciones secretas de Alemania e
Italia, las dictaduras insolentes, los terremotos, el hambre del proletariado bajo
todos los cielos y la inmoralidad privada y pública en todos los escenarios (que el
Papa mismo denuncia y lamenta en sus encíclicas) son la prueba de que el mundo
fue redimido por Jesús.
Tartufos serían si pretendieran que todo marcha como lo pronosticó el
evangelio.
El Dios cristiano y Jesús respondieron y responden a la necesidad de creer
en lo sobrenatural que ha predominado siempre en el mundo, y desempeñaron y
desempeñan un papel idéntico al de Osiris, Brahma, Vischnú, Júpiter, Mithra,
Christna, Buda o Aláh.
Mahoma no pudo ser Dios porque llegó tarde y en Medina y en la Meca,
donde hizo un casamiento de conveniencia, todos lo conocían. Se contentó con ser
profeta de Aláh.
Cada uno de esos dioses es distinto del otro y todos son la misma cosa:
jalones plantados por el tiempo en la mente angustiada de los hombres, en un
proceso que algún día tendrá fin, cuando, dentro de mil años, o de diez mil años, o
de cien mil años, se comprenda mejor que hoy, que la eternidad probable del
espíritu y de la vida, no implica consecuentemente, la eternidad del ser humano y
de su conciencia personal.
Y entonces, desaparecido el concepto engañoso y quimérico de las
recompensas celestiales que las religiones prometen sin responsabilidad a los
pobres y a los desgraciados, las sociedades humanas buscarán la manera de
aumentar la igualdad y si fuera posible la felicidad sobre la tierra. Los sentimientos
de justicia y de humanismo adquirirán nuevo sentido y los privilegios que agravan,
si no engendran, las miserias sociales perderán el apoyo de las potestades divinas.

http://delatorre.webcindario.com

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1943 – Buenos Aires Grandeza y decadencia del fascismo

GRANDEZA Y DECADENCIA DEL FASCISMO

La ofensiva violenta que soportarían en breve las instituciones democráticas,


apenas se entreveía antes de la guerra mundial.
En realidad la democracia y el parlamentarismo no habían llegado a la
perfección en materia de gobierno. La instabilidad de los gabinetes, la proliferación
de los partidos y la dificultad de equilibrar los presupuestos, se complicaban en los
primeros años del siglo, con los conflictos sociales cada vez más complejos y
graves, pero, asimismo, no se acreditaban en la teoría ni en la práctica, nuevas
creaciones institucionales capaces de producir mejores resultados.
Los males o deficiencias de una realidad evidente, aparecían como efectos
inevitables de la imperfección inherente a todo lo humano y se creía haber llegado
a la posesión de lo mejor dentro de lo posible. Mirando hacia el pasado se notaba,
en casi todos los aspectos de la vida, un mejoramiento indudable. No existían
motivos fundamentales para desesperar definitivamente del porvenir.
La post-guerra cambió esa situación. Surgió el fascismo y proclamó
categóricamente la impotencia del liberalismo político para afrontar las nuevas
condiciones del mundo. Anunció su muerte ineludible y próxima.
La nueva mística fue recibida con incredulidad general, considerándosela
una concepción efímera explicable en su mayor parte por la situación especial de
los países de donde provenía: Italia, defraudada en sus esperanzas por la exigüidad
de las adquisiciones territoriales que le otorgó el tratado de Versalles y Alemania
puesta, sin piedad, bajo la ley del vencedor.
Este modo, demasiado simple, de plantear una cuestión compleja, contenía
una pequeña parte de verdad y otra más considerable de error.
Era verdad que en Alemania y en Italia había fermentado la levadura de los
agravios recibidos, pero el torrente despeñado captaba también sus aguas en otras
fuentes más turbias, arrastrando su onda avasalladora materiales imponentes.
De ahí que las predicciones acerca de la desaparición rápida de la nueva
doctrina no se cumplieran. Por el contrario, cobró insospechada importancia, y su
simiente, lanzada a todos los vientos, empezó a germinar esporádicamente en
tierras extrañas.
Tanto el fascismo italiano como el nacional socialismo alemán, aparecido
después, incluían en sus programas reivindicaciones trascendentales de carácter
social, tan trascendentales, por lo menos, como las reivindicaciones políticas e
internacionales consideradas erróneamente en el exterior, sus finalidades únicas.
La burguesía de occidente se había formado en los primeros tiempos, ideas tan
confusas que esperaba encontrar aliados providenciales en el fascismo y el nacional
socialismo para defender los intereses capitalistas. Sin embargo, Italia se había
apresurado a reconocer fraternalmente a la U.R.S.S. y había celebrado con ella un
tratado comercial.
La política es un juego que permite a los hábiles y a los audaces burlarse de
los ingenuos. Mussolini y Hitler, con sagacidad refinada, se proclamaron enemigos a
muerte del bolcheviquismo, en tanto ajustaban los engranajes de sus dictaduras
siguiendo en sus grandes líneas el modelo de la máquina soviética. La simulación
tuvo un éxito como pocas veces se ha visto en una empresa política.
La burguesía al oír en los labios de Mussolini y de Hitler sus propias
fulminaciones contra la dictadura del proletariado, les acordó su simpatía. No quiso
atribuir importancia ni a las manifestaciones verbales ni a los hechos inequívocos
que las contradecían y prefirió hacerse la ilusión de creer que si existían
contradicciones verbales o de hecho, se resolverían más adelante, en contra de la
clase proletaria y en favor de la clase burguesa.
La actitud ambigua de Italia al reconocer a la república de los Soviets y al
celebrar con ella un tratado de comercio, tampoco impidió que prosperase la
creencia en el horror profundo que Mussolini decía sentir por el bolcheviquismo y
consideraron como no pronunciada la frase de Hitler consignada en "Mein Kampf"
anunciadora de que la juventud alemana "asistirá al fin del mundo burgués", frase

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1943 – Buenos Aires Grandeza y decadencia del fascismo

coincidente con la de Mussolini cuando en tiempos muy cercanos había dicho: "si la
burguesía cree hallar en nosotros pararrayos, se equivoca; nosotros debemos ir al
encuentro de los trabajadores".

LA INCÓGNITA

Desde aquellos días iniciales ha corrido mucha agua bajo los puentes y ya
no es posible marchar a ciegas por un camino que oculta toda clase de sorpresas.
¿A dónde conduce el fascismo? ¿Es un movimiento principalmente político o
es un movimiento principalmente social? En el segundo caso, ¿es una doctrina que
da una nueva forma al sistema capitalista o es una simple variante del comunismo
soviético hábilmente disfrazada? ¿Es un esfuerzo triunfal, o es una aventura cuyo
fracaso revelan hechos visibles?
Antes de avanzar en este análisis recordemos que las evoluciones sociales y
políticas se desarrollan, a veces, con tanta mayor lentitud cuanto más honda es la
transformación que operan y es común ver que los aspectos más visibles de
inmediato, deslumbren al espectador y oculten tras de una cortina de humo, otros
aspectos sustanciales que, andando el tiempo, serán más duraderos y más
fecundos en consecuencias.
Un fenómeno de esa clase produjeron al tiempo de su aparición el fascismo
y el nacional socialismo, dando lugar a una gran confusión de nociones. Aspectos
secundarios se tomaron por la esencia misma de la doctrina. Así, por ejemplo, el
restablecimiento inmediato y definitivo del orden interno en Italia, en momentos en
que parecía precipitada en el caos, causó un deslumbramiento sólo comparable al
que produjo después la unificación del pueblo alemán en el propósito incontenible
de hacer trizas el tratado de Versalles. Creyeron los impresionistas haber
encontrado en el despotismo el secreto de la eficacia en el gobierno y se
entregaron en tropel, al endiosamiento de las dictaduras.
Los desafíos altaneros del rearme, la ocupación de la margen derecha del
Rhin, la conquista de Abisinia y muchos otros hechos fascinantes entre los cuales
podría figurar como el broche de oro la anexión reciente de Austria, aumentaron el
embeleso. Al mismo tiempo, del lado opuesto, más allá de los Vosgos, más allá de
la Mancha, más allá del mar Atlántico, naciones poderosas soportaban
humillaciones crueles, con resignación nunca vista.
El gobierno autocrático y la política de fuerza arrollaban cuantos obstáculos
se les oponían y las apariencias triunfales no dejaban ver que esa política podía
preparar un gran desencanto final y horas sombrías a las naciones que la habían
implantado.
Contribuía a dar realce a los éxitos ruidosos el relieve extraordinario de las
dos figuras centrales: Mussolini y Hitler.

MUSSOLINI

La palabra genio se ha empleado muchas veces en honor del primero y su


fortuna ha sido prodigiosa. Domina los acontecimientos y los encuadra en su
interés. Cuando se juega la suerte de sus concepciones ningún escrúpulo lo
detiene. Persigue la gloria, la grandeza y la expansión de Italia y su propia gloria
personal.
La hipertrofia del yo es la más característica de sus tendencias psicológicas.
Con toda la apostura de un patriota, de un gran italiano, su vanidad puede haber
sido antepuesta muchas veces a los intereses que gobierna, y en su pretendida
construcción de una nueva sociedad, se ve antes a un megalómano que a un
verdadero reformador.
El cumplimiento de su palabra, la vida de los hombres, la consecuencia con
los principios profesados públicamente, son consideraciones que desprecia si de su

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respeto dependiera el destino de su política y de su país.


De ahí sus contradicciones continuas. En su juventud, llevaba siempre en el
bolsillo el retrato de Carlos Marx, maestro e ídolo, y hoy, sin haber cambiado
probablemente de convicciones íntimas, proclama la oposición irreductible entre el
fascismo y el marxismo ortodoxo; halaga a los obreros con declaraciones y hechos
promisorios y al mismo tiempo disuelve sus sindicatos gremiales y proscribe el
derecho a la huelga; impone a los patronos la obligación de pagar salarios fijados
por el gobierno, pero, a poco andar, reduce los salarios; detesta a los aristócratas,
pero se vale de ellos para consolidar y decorar su gobierno; no tiene creencias
religiosas, y antes combatió rudamente a la Iglesia, pero cuando ésta se alía a él, le
otorga influencia, posiciones y dinero; desde las columnas del “Avanti” fulmina la
guerra de Libia y hace después la guerra de conquista de Etiopía; funda y dirige un
diario llamado "La Lucha de Clases" y hoy condena la lucha de clases y fusila a los
que la predican; amenaza al capitalismo desde sus primeros pasos y consigue tener
a su servicio al banquero Morgan para colocar empréstitos fascistas, como Hitler
tuvo al industrial Thyssen; no se ha divorciado de su mujer Raquel Guidi, ex
obrera, -aunque la tuvo soterrada mucho tiempo en Milán- pero le complace que su
hija Edda adorne la portezuela de su automóvil con una corona condal, y el conde
consorte es nombrado ministro de Relaciones Exteriores con olvido de aquella
elevada máxima que practicaba Sarmiento, "el nepotismo es vicio de Papas y no de
hombres de pro"; salvó de la ruina a la monarquía de Italia, pero si el destino le
reservara la victoria en una guerra europea, se coronaría emperador, como el corso
que lo deslumbra.
Carece de la gravedad de actitudes de los estadistas ingleses. Es
espectacular hasta el ridículo. Estudia sus posturas: hincha el pecho, salta los ojos,
deforma la boca, desnuda el torso. Cuando aparece en esas actitudes en las cintas
cinematográficas, fuera de Italia, estalla la risa. Nadie rió jamás de Napoleón. En
las fotografías disimula su pequeña talla colocando a su lado personas de baja
estatura.
Los hechos grandiosos abundan en su actuación, pero su vanidad delirante
no le permite vivir en el silencio. Su permanente exaltación, su actividad a veces
pueril, traicionan a cada instante su fondo morboso. Sería de desear que el
temperamento de actor que lo domina sea lo más trascendental que legue a la
historia.
Mezclado todo, el condotiero alarma incesantemente al mundo.

HITLER

Hitler no es un genio, y sin embargo su ascendiente mundial es quizás


mayor que el de Mussolini. Simula ser un enviado de la providencia divina y no cree
en lo más mínimo en la providencia divina. De costumbres sobrias, de gustos
sencillos, de escasa ilustración, cultor de Wagner, pintor de muy malos cuadros,
usa con amplitud de una oratoria que es su fuerza, porque hiere profundamente la
sensibilidad popular. El día en que dijo: "Sé que no coméis manteca, yo tampoco la
como, y las botas que tengo puestas llevan un año en mis pies", poco faltó para
que lloraran a mares todos los obreros y todas las "grestchen" de Alemania.
En el momento propicio supo discernir con agudeza genial -sin tener genio-
los anhelos nacionales y se hizo el caudillo de la revancha. La anulación del tratado
de Versalles, la reconstrucción del ejército, el rearme sin límites y sin precedentes,
el nacionalismo furioso, el germanismo, el antisemitismo y el anticatolicismo
implacables, con miras a la unificación material y mental de Alemania, y el
mejoramiento de la clase obrera, constituyeron los principios cardinales que lo
llevaron al poder.
El 30 de junio de 1934 asesinó fríamente a 75 alemanes, entre ellos Roehm,
su amigo íntimo, a quien tanto debía, el ex canciller von Schleicher y varios
generales y coroneles en situación de obstaculizarle que recogiera la herencia de

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1943 – Buenos Aires Grandeza y decadencia del fascismo

Hindemburg moribundo.
Cree en la eficacia del terror como instrumento de gobierno y ha colocado
en puestos dirigentes a hombres de la peor estofa moral, cuando le han parecido
capaces, y sobre todo, adictos a su persona. Ha encarcelado 300.000 adversarios,
ejecutado por motivos fútiles centenares, enviado 50.000 a los campos de
concentración y esterilizado 15.000.
Piensa como Mussolini que ningún escrúpulo moral es digno de respeto si
dificulta la ejecución de un plan.
Prepara en silencio sus actos de gobierno. Se sabe lo que va a hacer cuando
ha empezado la ejecución. La implantación del servicio militar obligatorio y la
ocupación del Rhin cayeron como bombas en la Europa desprevenida y tres días
antes de la anexión de Austria nadie la sospechaba. En el día de hoy tampoco sabe
nadie si las maniobras fantásticas que han comenzado, son una simple exhibición
de fuerza, costosa e inútil, o el principio de la invasión de Checoslovaquia.
Pero hay un hecho cierto y es que dos hombres que en su juventud se
ganaban la vida pintando puertas el uno y revocando paredes el otro, tienen en sus
manos la posibilidad de arrojar a la humanidad en la más espantosa carnicería de la
historia.

LA VISIÓN DE LA GUERRA

Un punto de vista sustancial y previo a todo, es el de que la realización de


los ensueños de grandeza fascista depende, por completo, de que una guerra
victoriosa entregue a sus dictadores el dominio del mundo.
Cuando las naciones occidentales se vieron colocadas ante semejante
amenaza atendieron más al aspecto imperialista y político del fascismo que a su
aspecto económico y social. Los mismos dictadores lo relegaban a segundo plano
mediante la condenación reiterada del comunismo ruso y del anuncio de que la
conquista de Ucrania entraba en el número de los propósitos a cumplir.
La inquietud que cundió no fue de índole social sino en pequeña proporción.
Era, ante todo la expresión del pavor que suscitaba la idea de una nueva guerra,
esta vez sin cuartel. Preocupaba también, pero en segundo término, el descrédito
que se arrojaba sobre las instituciones libres en el afán de endiosar a las
dictaduras.
La carrera de los armamentos había sido iniciada por las naciones fascistas y
siempre ha sido el armamentismo el principio de las guerras.
Esta situación va cambiando afortunadamente. Hasta hace poco más de un
año la guerra parecía inevitable. Yo creía en ella. Hoy en vista de las enseñanzas
que proporcionan las campañas de China y de España, la guerra general parece un
imposible.
Sería aventurado conjeturar si hace dos años Alemania e Italia pudieron
emprender una guerra victoriosa contra Francia e Inglaterra, que habrían sido
apoyadas por Rusia y Checoslovaquia. Me inclino a pensar que no, y que su actitud
fue aconsejada por una oportuna cordura. Pero, ya sea que procedieran errónea o
acertadamente, ha pasado la ocasión de encontrar a Inglaterra desarmada y no
volverá a presentarse.
La guerra moderna ha cambiado de características y ya no basta un capitán
de genio para aniquilar ejércitos superiores al propio. Desde las trincheras del
Aisne, que la técnica militar no había previsto, se podía ver ya en 1914, la
magnitud de la transformación. Hoy la evidencia es tal que no se explicaría un
error.
El coeficiente ofensivo de los armamentos modernos rinde sus mayores
frutos aplicado a la defensiva y a igualdad de material y de efectivos la lucha entre
dos ejércitos se inmoviliza a lo largo de posiciones inexpugnables. La guerra se
vuelve interminable y no es a eso a lo que aspiraría la megalomanía fascista. Soñar
ahora con victorias fulminantes acusaría demencia. Aun allí donde existe

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1943 – Buenos Aires Grandeza y decadencia del fascismo

superioridad de material en favor del atacante, el avance se mide por metros. Es


tan espantoso el estrago que causan los armamentos modernos, que quizás haya
desaparecido ya la posibilidad de que una nación bien armada, pueda ser vencida
por otra nación bien armada.
¿Se quiere un desequilibrio de material bélico más pronunciado que el
existente en la guerra de España? El ejército rebelde, conjunto singular de
españoles, marroquíes, italianos y alemanes, pone en línea de batalla centenares
de cañones y de aviones contra elementos infinitamente menores del legítimo
gobierno español; y cuando logra avanzar es a costa de enormes pérdidas.
Análogo espectáculo ofrece China. Jamás sobre el papel pareció más fácil
una guerra a los críticos, jamás un "paseo militar" fue más irreprochablemente
preparado. El Japón, pueblo guerrero, disponía de un ejército formidable y China
pueblo de un pacifismo tradicional, tenía un ejército pequeño y anarquizado. El
Japón poseía armamentos copiosos y una aviación estupenda que eran la última
palabra del arte de matar, y China, en el momento de abrirse las hostilidades,
carecía de todo. Entretanto, ha pasado ya un año y el resultado de las operaciones
no corresponde a los cálculos del invasor. El Japón desangrado y exhausto, vacías
ya las arcas de su tesoro, entrevé con horror una retirada que no sería menos
trágica que la tremenda retirada de Rusia. ¡Dura y justiciera enseñanza para las
naciones que miraban al mundo con menosprecio compasivo desde las almenas de
sus fortalezas!
Y el Japón puede comunicarse con el exterior por el mar y recibir auxilio
hasta de las mismas naciones democráticas que condenan enfáticamente su política
invasora. El Japón bombardea las ciudades chinas, como Franco las españolas, con
la nafta que le venden los Estados Unidos y adquiere infinidad de artículos y
materias primas en Inglaterra y en los dominios británicos. Australia acaba de
venderle su cosecha de lana recibiendo en pago manufacturas japonesas de
algodón y así sucesivamente. Alemania e Italia, disparado el primer cañonazo de
una guerra general, se verían bloqueadas por todo el tiempo de su duración. ¡Qué
negra perspectiva si se eternizara la guerra!
Es verosímil además, que Alemania e Italia no lucharían sólo con Francia e
Inglaterra. La U.R.S.S. que acaba de hacer sentir su presencia en el Oriente
echando su espada en el platillo de la balanza para inclinarla en favor de China, no
procedería de otro modo en Occidente.
Puestos en marcha esos factores, no es difícil pronosticar el desarrollo de las
operaciones. Probablemente se establecería una línea inexpugnable a lo largo del
Rhin, otra en las pendientes de los Alpes y otra en el frente occidental guarnecido
por Rusia y Checoslovaquia, y Hitler y Mussolini se morirían de viejos antes de
romperlas. Eso es lo probable.
No computemos a los Estados Unidos, aun cuando lo verosímil sea que sin
tomar participación directa como en la guerra pasada, ayuden a las naciones
adversas a las dictaduras fascistas, ya que éstas, al perturbar constantemente al
mundo, lesionan los intereses norteamericanos.
A medida que se complete el rearme de Inglaterra ha de verse cómo baja el
diapasón la presuntuosidad fascista y el mundo reposará ¡por fin! de la pesadilla
que lo tiene sobrecogido. Cuando eso suceda, el fascismo y el nacional socialismo
volverán a la realidad y se les presentará el problema de satisfacer a la opinión
interna deslumbrada hasta hoy por el esplendor y el estrépito de los éxitos
exteriores. No lo podrán hacer, porque el esfuerzo armamentista ha agotado la
potencia económica de Alemania e Italia.
He dicho agotado y no exagero; ellos mismos confiesan y se alaban de que
han renunciado a comer manteca en la proporción necesaria, con tal de adquirir
cañones. Las naciones democráticas tienen cañones y comen manteca.
No llegan, empero, Alemania e Italia a la guerra efectiva, sino a las
maniobras, que son una parodia de la guerra, como los soldados de plomo son una
parodia de los de carne y hueso; pero ha bastado que el aparato bélico sensacional
del Reich se haya revelado bajo la forma de la movilización de 1.400.000 soldados,

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para que un estremecimiento sacudiera el mundo. Tal es el poder de sugestión del


fascismo guerrero. No es inverosímil, sin embargo, que el espectáculo a que
asistimos se produzca por última vez y que estas maniobras de otoño, sean en su
magnificencia el entierro de primera de la política de amenazas y provocaciones
alevosas.
La humillación de Inglaterra y de la Liga de las Naciones durante la guerra
de Abisinia, la anulación arrogante y unilateral del tratado de Versalles, la
ocupación del Rhin, la anexión de Austria, la participación impávida de Alemania e
Italia en la rebelión española, el bombardeo impune en aguas del Mediterráneo de
80 barcos mercantes de bandera inglesa por aviones y aviadores enviados por
Hitler y Mussolini, la burla de la "no intervención" y de sus convenios y el
menosprecio del reciente tratado que el confiado Chamberlain propuso a Italia,
señalan el apogeo de la arrogancia y de la grandeza fascista, explicado por el temor
de los países democráticos a provocar una guerra.

EL ASPECTO SOCIAL DEL FASCISMO

Pero todo anuncia hoy la declinación de ese temor y cuando eso ocurra -y
ocurrirá fatalmente- la política interna del fascismo y su aspecto socialista olvidados
por la burguesía de los países occidentales, aparecerán en toda su importancia y no
deberá causar sorpresa si suscitan inquietudes análogas a los temores que antes
causaba el anuncio de la guerra.
Para las dictaduras del tipo fascista y nacional socialista es condición de vida
el apoyo fervoroso de una masa popular deslumbrada por hazañas extraordinarias,
y por eso sus empresas exteriores han sido determinadas siempre por la necesidad
de acrecentar el entusiasmo público; pero llegado el día en que el espejismo de la
guerra victoriosa haya mostrado su vanidad, el pueblo italiano y el pueblo alemán
habrán de hacer el balance -¡forzosamente trágico!- de lo que han ganado y de lo
que han perdido bajo el régimen dictatorial y ese momento será histórico.
Alemania e Italia forzando su economía hasta lo indecible, se han creado
situaciones internas cuya única salida es la guerra. Aceptadas hasta hoy en el
concepto de sacrificios transitorios a recompensar, habrá que ver si esas
situaciones condicionales pueden convertirse en un régimen definitivo, sin
recompensas.
Es entonces cuando los programas nazista y fascista proclamarán la guerra
a la burguesía y al capitalismo a falta de la guerra con Francia y con Inglaterra y de
la fabulosa conquista de Ucrania. En las horas aciagas la adhesión del mayor
número sólo puede conseguirse en la medida en que se satisfacen las aspiraciones
e intereses del mayor número. Subirá a la superficie, cuando eso ocurra, lo que
hasta ahora figuraba en segundo plano y lo probable es que el nacional socialismo
alemán y el fascismo italiano asuman en el orden económico y social, el carácter de
verdaderos comunismos.
Este propósito es menos conjetural de lo que puede parecer, porque además
de concordar con el carácter inicial de ambos movimientos, ha sido ratificado por
actos posteriores que le dan una fuerza formidable de convicción.
El régimen fiscal existente en Alemania e Italia ha sometido ya el
capitalismo al contralor del Estado. La libertad de trabajar que antes imperaba, ha
desaparecido. Unas industrias han sido nacionalizadas y otras intervenidas en tal
forma, que sólo una pequeña parte de los beneficios que realizan llega a poder de
los dueños nominales del capital. Con la propiedad territorial sucede otro tanto;
toda la tierra debe ser trabajada -principio excelente- pero el propietario sembrará
lo que el Estado permita o disponga que siembre y deberá abonar impuestos casi
confiscatorios de la renta. Iguales restricciones pesan sobre los valores mobiliarios;
un rentista puede creerse tal, cuando revisa las boletas de sus depósitos bancarios,
pero no puede disponer de ellos sino en la medida en que el Estado quiera, al
establecer la suma mensual de que el depositante puede disponer para sus gastos;

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y también puede ocurrir que el Estado confisque los depósitos en efectivo (lo ha
hecho con los de las Cajas de Ahorro) y los substituya con títulos de la deuda
pública, cuyos intereses dejará de pagar algún día, si el curso de los déficits sigue
como en la actualidad.
La masa proletaria, testigo de la situación que los compañeros Hitler y
Mussolini han creado a los ricos, sonríe y se manifiesta identificada con ellos, no
obstante la destrucción de sus sindicatos. No es que se sienta satisfecha en medio
de una situación angustiosa ¡qué se va a sentir! pero la estima transitoria, pues
cuenta todavía con que la guerra hará pronto de Alemania e Italia naciones
opulentas. Además, en los conflictos con los patronos, Hitler y Mussolini estarán
con los obreros. Esta confianza, sobre todo en Alemania respecto de Hitler, es
absoluta y él hace lo posible por robustecerla.
Existe, a pesar de tanta adhesión popular, una censura rigurosa. Si no
hubieran desaparecido las libertades de palabra, de prensa y de reunión, y si el
parlamento no existiera sólo de nombre, el descontento de unos o de otros, podría
expresarse. El silencio forzado no implica la conformidad eterna.
Las dictaduras fascistas saben a qué atenerse a este respecto y no están
ociosas. Con ritmo lento, pero no por eso menos efectivo, van desarticulando la
estructura histórica del capitalismo particular y aboliendo de hecho sus privilegios.

EL QUE NO TRABAJA NO COME

Hitler acaba de dar dos decretos de la mayor importancia desde este punto
de vista y si no han tenido toda la repercusión que merecen, es porque la burguesía
occidental no quiere poner en evidencia la socialización, cada vez mayor, de
Alemania e Italia, bajo el fascismo. Guarda un silencio ingenuo, que es la expresión
de su miedo, como el avestruz esconde la cabeza para no ver.
El primero de esos dos decretos ha establecido la obligatoriedad del trabajo
personal, sin distinción de clases ni de personas. El Estado puede ordenar a
cualquier habitante que desempeñe tal o cual tarea y el conminado incurrirá en
graves penas si no obedece.
De una plumada, Hitler ha destruído el privilegio más típico de las clases
acaudaladas, el privilegio de vivir de rentas.
Hace dos mil años el mundo oyó a Pablo de Tarso sentar el principio de que
"el que no trabaja no debe comer". Ahí quedó la máxima inserta en las Epístolas,
en la categoría de simple principio teórico, como tantos otros principios teóricos del
Evangelio que la Iglesia católica no cumple. Fue necesario que se produjera la
revolución rusa para que la máxima de San Pablo fuera restaurada en un artículo
de la Constitución soviética que la reproduce.
Quiere decir entonces, que el reciente decreto de Hitler que destruye el más
típico privilegio capitalista es de naturaleza comunista, por más que Hitler siga
despotricando verbalmente contra el comunismo ruso y firme pactos aparatosos
con Italia y el Japón para detener su avance.
De más está decir que en Alemania, como en todas partes sólo hay obreros
que no trabajan cuando no encuentran ocupación. Si el Estado alemán pretende
que en su territorio, debido al progreso estupendo del país -o mejor dicho a las
maniobras próximas y al aumento fabuloso de la producción de material bélico-
faltan brazos a la industria y dispone tomarlos donde los encuentre, no se necesita
ser muy perspicaz para comprender que los tomará de las filas de la burguesía y de
la nobleza, únicas entidades en las que abundan los que no trabajan, porque, hasta
hoy, fuera de Rusia, tenían el derecho de no trabajar.

LA CONFISCACIÓN POR MEDIO DEL IMPUESTO

El otro decreto, menos comunista en la forma, por cuanto parte de la

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existencia de sociedades anónimas particulares que explotan ramos comerciales o


industriales, es igualmente comunista en el fondo, pues tiende a anular los
beneficios de la explotación particular de esos ramos comerciales o industriales.
Me estoy refiriendo al decreto del mes pasado que aumentó en un 30% el
impuesto que pagan las sociedades anónimas, lo que hará ascender la recaudación
por el concepto antedicho en 500 millones de marcos. Medidas de esta clase nada
parecen decir a los burgueses de fuera de Alemania que creyeron encontrar en el
nacional socialismo alemán una valla opuesta al comunismo.
¿Cómo no ven que si el Estado se apodera de toda la riqueza, tanto da que
lo haga por medio de la confiscación o por medio del impuesto?
Mussolini marcha por la misma senda y no contento con haber nacionalizado
o intervenido las industrias, los bancos, y la tierra, ha establecido por decreto un
impuesto sobre el capital. De primera intención impuso un gravamen del 10% al de
todas las sociedades. Aparecieron, en abundancia, industriales y comerciantes en
situación tan precaria debido a los anteriores avances del Estado sobre la fortuna
privada, que carecían de fondos para abonar el nuevo impuesto. Mussolini no
retrocedió por eso, y el banco de Estado ofreció en préstamo las sumas necesarias,
con las debidas garantías y el 5% de interés, y los comerciantes e industriales
antes de verse expuestos a una ejecución judicial o a ir a la cárcel, contrajeron las
deudas y las servirán, si pueden, en los plazos establecidos.
¿No ve la burguesía cómo se conmueve en sus cimientos el edificio que
esperaba ver amparado por la férrea tutela del fascismo?
Y si las disposiciones de esa clase atacan y destruyen el fondo de la
organización capitalista, tampoco queda indemne la forma.
En Aprilia, Mussolini, subido a la plataforma de una trilladora, el torso
desnudo bajo el sol tórrido, dio la voz de mando inicial, al grito de "camarada
maquinista, en marcha!".
¡Camarada maquinista! La burguesía no ha querido dar trascendencia a una
actitud calculada para molestarla, fingiendo que la encuentra tan sólo teatral y de
mal gusto ¡cuidado con el engaño! El grito de Aprilia anticipa que, al tenderse algún
día las líneas, el jefe de Estado que habla así a los proletarios estará con ellos, con
los "camaradas" contra los privilegiados.
El régimen soviético, el fascista y el nacional socialista resultan pues, en
relación con el capitalismo, fundamentalmente semejantes, aunque se diferencien
en la forma y en los métodos elegidos para consumar la transformación económica
y social en marcha. En Rusia la revolución fue fulminante y total; en Italia y
Alemania, la revolución es lenta y mantiene en parte la estructura social y
económica anterior, no para salvarla, sino para anestesiar temporalmente al
paciente.
En Rusia se suprimieron las clases sociales, y en Italia y Alemania se
conservaron; pero como las clases sociales deben su existencia a la desigualdad de
las fortunas y a la posibilidad de verse un determinado número de personas exento
de la obligación de trabajar, el empobrecimiento paulatino de la burguesía que se
está consumando en ambos países y la obligación de trabajar, sin distinción de
clases ni personas, que ya se ha establecido en Alemania, borrarán las diferencias y
se habrá cumplido la profecía de Hitler: al influjo de las ideas fascistas y nacional
socialistas "la juventud asistirá al fin del mundo burgués".
La burguesía sólo ve venir el peligro del lado de Rusia. "Altro que Rusia". Es
posible que en breve plazo sólo les falte a Hitler y Mussolini decidir si el filet de
burgués ha de comerse en "chocroute" o con pasta de "pomidoro".
En un documento reciente el Papa ha señalado la analogía de los
procedimientos de Hitler y del bolcheviquismo. Me complace coincidir con esa
opinión.

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LAS DEMOCRACIAS PLUTOCRÁTICAS

En el discurso de Aprilia, Mussolini, aludiendo a Inglaterra, Estados Unidos y


Francia les llamó "democracias plutocráticas". La expresión es de vasto alcance, por
más que los aludidos hayan guardado silencio. El desconcertante actor italiano al
designarlas así, se propuso atraer la atención de los proletarios del mundo, sobre
una situación singular: las grandes naciones que se pretenden democráticas y
respetan las libertades políticas que las dictaduras fascistas han suprimido,
mantienen rigurosamente, la estructura económica y social capitalista que las
dictaduras fascistas destruyen en beneficio de los trabajadores.
No trato de dilucidar aquí -necesitaría mucho tiempo para hacerlo- las
cuestiones que emergen de la lucha cada día más ruda, de las clases sociales, ni
necesito hacerlo, porque el apóstrofe de Aprilia señala un hecho concreto, o sea,
que las democracias actuales defienden la prolongación del régimen capitalista
ortodoxo y las dictaduras fascistas tienden a transformarlo o a suprimirlo.
Y no puede negarse que esa situación es real.
Inglaterra, país aristocrático por excelencia, no admite en materia social que
las concesiones hayan de pasar de cierto límite, ni de ciertas formas; la economía
nacional en Francia, es bien notorio que se halla enfeudada a las combinaciones
omnipotentes de las "doscientas familias"; y en Estados Unidos, sólo ahora, bajo la
presidencia de Roosevelt, se trata de contener la acción de los grandes consorcios,
pero dentro siempre del marco de la economía capitalista, que ni republicanos ni
demócratas quieren destruir.
La actitud de Inglaterra frente a la rebelión de los militares españoles,
elaborada en connivencia con Mussolini y Hitler y munida de las armas y recursos
financieros que Mussolini y Hitler le proporcionaron, demuestra también, hasta la
evidencia, que Inglaterra no quiere que se modifique la organización económica del
mundo, ni aun allí donde un sistema feudal mantiene al pueblo trabajador en la
más espantosa miseria.
Inglaterra ha enfocado la guerra española a través del interés de los
capitalistas británicos que han invertido en España su dinero y temen por sus
dividendos si son nacionalizadas las minas o subdivididas las tierras. El gabinete
inglés desde antes de asumir su presidencia Chamberlain, se preocupaba menos de
los principios del derecho internacional, que de la opinión interesada de los
banqueros de la City.
La negativa a vender armas a un gobierno legal, apoyado por el pueblo, en
lucha contra un ejército sublevado, es una de las infracciones al derecho más claras
que registra la historia.
La existencia de una legislación represiva tendiente a dificultar o
imposibilitar la difusión de las ideas comunistas en las democracias plutocráticas, es
otra prueba cabal de que mantienen el propósito de perpetuar, aún por medio de la
violencia, las clases establecidas antaño.
Es claro que en materia de represión, las dictaduras fascistas van mucho
más lejos y la llevan a extremos desconocidos en las democracias, pero en cambio,
las dictaduras fascistas hacen obra socialista y las otras no. Las persecuciones
fascistas y nazistas ven en los comunistas rivales que podrían alguna vez
arrebatarles el gobierno y es eso lo que se proponen impedir y no van propiamente
contra la teoría de la socialización de los medios de producción y de cambio.

EL FALSO FASCISMO

Es indispensable la aclaración de estos matices si se quiere ver el fondo de


la cuestión. Por no hacerlo incurren en contradicciones fundamentales los
imitadores extranjeros. En nuestro país y en toda Sud América se presenta como
fascismo lo que sólo es una reacción política y religiosa. Dondequiera que un
cuartelazo da el poder a gente que no puede conservarlo sino por medio de la

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violencia y del fraude, se aplica la mágica palabra "fascismo" para justificar los
desmanes. Si se asaltan estudiantes que votan tranquilamente en un plebiscito se
le llama a eso "fascismo".
Sin embargo, el fascismo auténtico es algo más que el gesto teatral de
extender el brazo horízontalmente y por eso dura en sus países de origen, porque
tiene un contenido económico socialista que se va afirmando progresivamente. En
sus primeros tiempos Mussolini sólo pensó en apoderarse del gobierno y en no
soltarlo más. Refiriéndome a esa época, yo califiqué al fascismo en el Senado, de
"aventura sin programa", pero después de la victoria se trazó un programa.
El fascismo, teoría reaccionaria en el orden político, es, en materia social,
por los hechos que ejecuta y por la doctrina misma, una teoría no sólo progresista,
sino revolucionaria, y los fascismos de imitación no lo tienen en cuenta, salvo en
todo caso, algunos propósitos no muy precisos, que difundía el infortunado José
Antonio Primo de Rivera para el uso de su Falange Española.
En nuestro país y en toda Sudamérica parece que no se supiera. Grupos
pequeños, fuera de ambiente, tratan en vano de mantener encendida una llama
que se extingue, y lejos de propagar la doctrina auténtica -que tiene bueno y malo-
abominan de lo esencial, o sea, de los aspectos socialistas que el nacional
socialismo alemán y el fascismo italiano realizan en su actuación y sólo admiran los
procedimientos violentos o brutales que usan como medios y ellos consideran fines.
No es Mussolini, sino Rozas, el personaje histórico en el que podría mirarse
como en un espejo el mal llamado fascismo sudamericano, de típica filiación
misoneísta. Mussolini es un reformador y Rozas era la colonia que volvía. El más
instructivo estudio que puede hacerse del gobierno de Rozas, en estos días de
vanas reivindicaciones, es el del contenido mísero del registro oficial en sus 20 años
de dictadura ominosa. El país detuvo su marcha material y mental mientras las
vacas parían; la instrucción primaria puesta bajo la dependencia del jefe de policía
y el restablecimiento de la compañía de Jesús provista de la facultad de enseñar,
sintetizan, por sí solos, esa época oscura y sangrienta.
El fascismo de Mussolini y el nazismo de Hitler, no obstante sus métodos
regresivos de persecución a las ideas y a las personas, marcan una etapa en la
transformación del mundo. Pueden retroceder antes de realizar sus anuncios y aún
así dejarán conceptos que sobrevivirán y esos conceptos lejos de tener la simpatía
de los fascistas sudamericanos, del tipo de los Benavídez y Cía. les inspiran
aversión profunda, como que ellos se sienten atraídos por la idea de impedir toda
transformación que admita ideas o principios socialistas, valiéndose a ese fin, de la
fuerza militar y de la iglesia, poderes efímeros para la ardua empresa de detener la
marcha progresista de la humanidad.
Mussolini y Hitler iniciaron su vida pública en el socialismo y el
anticlericalismo y los fascistas sudamericanos son conservadores y clericales. No
hay fascismo sin una parte importante de socialismo.
Por otra parte, Sud América no está bastante evolucionada para que los
problemas europeos se reproduzcan en ella con iguales caracteres.

LA DOCTRINA Y LA OBRA

El concepto esencial del fascismo cabe en una frase: el estado corporativo,


anticapitalista. Sobre las corporaciones y sobre los individuos agrupados en ellas,
actúa la Nación.
La idea nacional no sólo ha sido realizada momentáneamente, sino llevada a
sus últimos extremos; la Nación es una entidad incontrolable, la Nación es todo.
Pero el estado corporativo, ¿ha sido realizado? La respuesta negativa se
impone. Se han fundado corporaciones de distintas clases, de patronos, de obreros,
mixtas de patronos y de obreros, y sociedades cooperativas y profesionales, pero a
todas les impide la omnipotencia del Estado tener vida propia y desarrollar una
acción efectiva. En cuanto al parlamento corporativo sólo existe de nombre, como

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que el fascismo ha concluído radicalmente con la vida parlamentaria.


Fuera de Italia, la concepción fascista más difundida fue precisamente la del
parlamento corporativo. Los admiradores inocentes van, poco a poco, guardando
silencio y se aperciben de que repetían frases vacuas que ni en la misma península
tenían realidad. En la Argentina hubimos de tener también un corporativismo de
circunstancias. Hoy está olvidado.
El anticapitalismo, segundo término del programa a que me he referido,
perdura y deja sentir su acción en actos inequívocos de los gobiernos fascistas. No
tiene las formas propias del anticapitalismo soviético, pero marcha en la misma
dirección e imita algunos métodos comunistas, cubiertos sus actos por un gran
principio teórico: "nadie tiene derechos contra la Nación".
¿Qué obra positiva ha realizado el fascismo?
En primer término la pacificación de Italia y en segundo el rearme que le ha
permitido resurgir al rango de potencia militar de primer orden, conquistar Etiopía e
invadir España. Nadie lo podría negar. Pero eso no basta como obra trascendental,
porque el poderío militar es un medio y no un fin y con tal instrumento y a costa de
consumir las energías del país en gastos improductivos, lo conseguido es precario.
Tanto Abisinia como la invasión de España son dos malos negocios. Abisinia es una
carga para Italia y no una fuente de riqueza y poderío. Algo por el estilo le sucede a
Alemania con la anexión de Austria; cargará con las deudas austríacas aunque por
el momento intente repudiarlas y tendrá que alimentar a los desocupados,
relevando en la tarea a la Liga de las Naciones y a las potencias democráticas.
En los órdenes económico y administrativo le faltan también al fascismo
realizaciones que hayan salvado al país de las condiciones míseras en que vivía,
puesto que hoy la miseria quizás sea mayor. La desecación de las lagunas pontinas
y su utilización agrícola ha dado lugar a elogios ditirámbicos, pero no han resuelto
el problema del abastecimiento de trigo, ni las viviendas de obreros construídas en
mucha menor proporción de las necesidades, han logrado resolver el problema de
la habitación higiénica y cómoda de la clase trabajadora.
Los impuestos han subido y los salarios han bajado; el nivel de la vida es
mísero, y si la desocupación se ha reducido por la demanda de brazos para las
industrias bélicas, la demanda puede cesar en breve.
Para no agregar más sombras al cuadro, de por sí desconsolador, no pongo
en cuenta lo que significa en detrimento moral y material de una nación cualquiera,
la pérdida de sus libertades esenciales. Aun cuando la moda momentánea sea no
dar valor a la supresión de las libertades políticas ni a la desaparición de los
parlamentos, ¿acaso es posible apreciar con la misma indiferencia la pérdida de las
libertades individuales?
En Italia desaparecen misteriosamente las personas de quienes el gobierno
desconfía y las de ideas liberales. La policía las secuestra y no se vuelve a saber
nada de ellas, porque, desde luego, a los diarios les está prohibido ocuparse de
esos secretos de Estado. Unas son muertas, otras dan lugar a que se presuma que
han sido deportadas a las islas Lípari, otras reaparecen con el tiempo y apenas si se
atreven a balbucear en la intimidad que estuvieron meses o años, encerrados en
una prisión.
¿Cómo evitar que semejante régimen de terror deprima la virilidad del
pueblo que lo soporta? ¿Y no habrán de producir efectos análogos las vilezas del
espionaje y de la delación organizados sistemáticamente y pagados por la
autoridad?
Si el fascismo estuviera triunfante definitivamente, como se pretende,
afrontaría las críticas y no reprimiría como el mayor delito la libertad de pensar. Ha
suprimido, sin embargo, la prensa de oposición y prohibido la circulación de libros
desafectos a las ideas imperantes. Sólo puede leerse lo que el gobierno fascista
permite que se lea. La prensa oficial, reducida en Italia a unas pocas hojas diarias y
estimulada a no decir la verdad por la ausencia del control informativo de la prensa
independiente llena su papel divulgando falsedades tendenciosas y tributando
elogios abyectos a la dictadura y a la persona del dictador.

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De ese alimento malsano se nutre el ambiente, con los resultados que


pueden suponerse.
El elogio a la santidad de la guerra es constante y el culto igualmente oficial
de todas las brutalidades de la fuerza desplaza los viejos ideales humanitarios que,
en tiempos más nobles, encendían el corazón de Italia libre.

EL ANTISEMITISMO

El racismo ha surgido también paralelamente, como una flor digna de tal


invernáculo. En ese terreno, sin embargo, Alemania aventaja a Italia. Ha
implantado el secuestro de los bienes de los judíos, bajo las apariencias de un
movimiento de defensa nacionalista que aspira a la depuración de la raza. El estado
dictatorial, perdidos todos los escrúpulos, se hace asaltante.
¿Acaso existe relación alguna de dependencia entre un supuesto peligro
racial y la confiscación de los bienes de los judíos? No existe relación alguna,
evidentemente. Por el contrario, si lo que se desea es el alejamiento de la población
no aria el despojo de sus bienes conspira contra ese fin, al privarla de los recursos
necesarios para emigrar. Esta contradicción innegable prueba la falacia del pretexto
y exhibe el móvil rapaz oculto detrás de él.
Pero la persecución a los semitas ofrece a los dictadores fascistas, aparte del
provecho pecuniario, un recurso infalible para exacerbar el postulado máximo de su
doctrina: la pasión nacionalista. A medida que el juguete trágico de la guerra se va
inutilizando en sus manos, construyen este otro juguete no menos trágico. Y
cuando éste a su vez se haya gastado, cuando ya no queden semitas, sobre todo
con dinero, dentro de los límites de la nación, inventarán un nuevo espantajo,
siempre con el propósito de alejar la hora en que los obreros descontentos les
exijan el cumplimiento total de sus promesas. Pero esa hora llegará.

INCONGRUENCIAS FASCISTAS

No menos ostensiblemente que en la campaña antisemita aparece la falta de


sinceridad en la dura represión de que es objeto en Alemania la Iglesia Católica.
Alemania persigue en su suelo lo que los soldados alemanes restauran en España.
En Alemania el clero católico, por depender de una autoridad extranjera -el Papa-
ha sido privado del derecho de enseñar a los niños de su propia confesión y
colocado en la imposibilidad de recaudar fondos, donados espontáneamente por sus
adeptos para los fines de su sostenimiento. Se considera todo eso contrario al
interés público. Si es exacto el primer concepto no lo es el segundo, y en España,
los soldados alemanes contribuyen con sus bayonetas y sus aviones a colocar al
estado laico y a la educación bajo el dominio de la iglesia pontificia. ¿Dónde está la
conciencia de semejantes gobernantes? ¿Dónde su honradez intelectual?
Apenas anexada Austria, el Reich estableció en su territorio el matrimonio
civil, considerando inconveniente y absurdo que no existiera, pero en España
rebelde debe volverse y se ha vuelto ya, bajo el patrocinio de los soldados
alemanes, al matrimonio religioso que la república había substituído por el civil.
Señalo estas incongruencias porque son características de la política de los
dictadores. Para ellos el único concepto valedero es el de su interés. Las
contradicciones no los detienen si de ellas puede derivar una ventaja para el
propósito que persiguen. Y cuando les conviene faltar a la palabra empeñada no se
detienen en consideración al deshonor que el vulgo democrático atribuye a
infracciones de tan poca monta. Acaban de ponerlo en dolorosa evidencia las
peripecias del acuerdo de "no intervención" en las que Inglaterra ha sido engañada
cien veces por Mussolini. El mismo día en que su representante firmaba el acuerdo,
en la península se embarcaban tropas italianas para Cádiz.
Si clasificamos los regímenes de gobierno existentes en el mundo en función

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de la distancia que guardan respecto del ideal socialista habría que colocar en
primer término a Rusia, en segundo término a Alemania e Italia, en tercer término
a Inglaterra, Estados Unidos, Francia, etc., y en cuarto y último a los despotismos
militares, como el Japón.
¿Se proponen acaso los titulados fascistas argentinos colocar a nuestro país
en la misma línea que Alemania e Italia e inmediatamente detrás de Rusia, en
materia de socialización del gobierno? ¡Qué ocurrencia! El fascismo de exportación
es como he dicho, totalmente capitalista en materia social. No se concibe a fascista
alguno, en nuestro país, dirigiéndose a los obreros con las palabras de Mussolini en
Aprilia: ¡Camarada maquinista, en marcha! El fascismo trasplantado al suelo virgen
de América gasta preocupaciones aristocráticas y también por eso, es la negación
del fascismo.

EL MAL LLAMADO FASCISMO JAPONÉS

Es al fascismo japonés, en todo caso, al que podría aspirar a parecerse.


Corrientemente se incluye al Japón entre las naciones fascistas, sobre todo después
que adhirió al pacto anticomunista y entró a formar parte del presuntuoso eje
Roma-Berlín-Tokio, pero se confunden nociones clarísimas al llamar fascismo a lo
que exhibe el Japón.
Allí no existe un gobierno que, por artes buenas o malas, haya conseguido
arrastrar momentánea o definitivamente, la mayoría de la opinión, como sucede en
Alemania e Italia. En las últimas elecciones generales en el Japón, el gobierno
obtuvo el 3% de los sufragios emitidos y la oposición el 97%. Sin embargo, como
los poderes del parlamento japonés son nominales y el predominio del militarismo
es absoluto, esté puede hacer y hace lo que quiere y la opinión es impotente en
contra suya. En el fascismo auténtico, como en el nacional socialismo, en Italia
como en Alemania, el gobierno se apoya en la mayoría del país.
No existe otra nación entre las que se consideran organizadas donde la
suerte de la clase proletaria y su nivel de vida sean más míseros que en el Japón. A
despecho de los esfuerzos de los partidos civiles subsiste todavía el feudalismo
territorial y en las fábricas, que han alcanzado tanta importancia, imperan jornadas
extenuantes de diez horas y falta la higiene más rudimentaria. El 70% de las
obreras de las hilanderías de algodón mueren tuberculosas. La alimentación se
circunscribe al consumo de arroz y porotos en cantidad insuficiente, porque la
insignificancia de los salarios no permite otra.
Ninguno de los conceptos que divulgan los gobiernos fascistas de Italia y
Alemania sobre el género de vida a que tiene derecho la clase obrera ha sido
implantado por el gobierno del Japón, y fallando de ese modo las expresiones más
características del sistema no puede llamársele, con propiedad, país fascista, tan
sólo porque haya organizado un ejército de 5 millones de soldados para lanzarlos a
la conquista de una nación vecina, que parecía inerme.
En los gobiernos de Italia y Alemania el anticomunismo parece simulado,
pero en el Japón es real, ya sea en los señores feudales, en los banqueros o en los
militares. Pero el despotismo sea del capital o del ejército es una cosa, y el
fascismo occidental es otra y los escasos fascistas argentinos cuya ideología está
más cerca de la japonesa que de la europea no pueden titularse fascistas lisa y
llanamente.

DISTINTAS PALABRAS, IDÉNTICA TENDENCIA

En Alemania e Italia subsisten sin duda, contradicciones doctrinarias y


también transacciones con los intereses creados. Perdura desde luego, en lo
principal, la vieja estructura y quizás el día en que los intereses de la burguesía se
vieran abocados a la ruina definitiva se produjera una reacción violenta,

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enderezada a restablecer "manu militari" la situación anterior que, poco a poco, se


va desmoronando. Podría trabarse con la misma violencia que en Rusia o España la
contienda entre la burguesía y el proletariado y cubrirse el país de ruinas.
¿Cuál sería el resultado final? El ejemplo de Rusia no sería el término
obligado de comparación, a menos de desencadenarse una nueva guerra en la que
Alemania e Italia fueran vencidas. En ese caso, sí, habría grandes probabilidades de
que las dominara inmediatamente el comunismo, pues la destrucción de sus
ejércitos podría asemejarse a la dispersión de las fuerzas zaristas en 1917, que no
dejó dónde apoyarse a las clases privilegiadas, que todo lo habían corrompido en su
largo reinado. Fue su caída estrepitosa y total, y las naciones más poderosas de la
tierra, Inglaterra, Francia, Japón, Rumania, Checoslovaquia y diez más, intentaron,
en vano, restaurar el imperio desmoronado. Consiguieron mantener tres años
encendida la guerra civil en el suelo soviético, pero les fue imposible sofocar el
levantamiento del pueblo.
En Rusia, donde sólo quedaban escombros, pudo levantarse la nueva
construcción que pronto contará con un cuarto de siglo de existencia, sobre los
cimientos de la dictadura del proletariado, pero en Alemania e Italia la situación
podría no ser idéntica a la creada en Rusia.
La crisis que provocaría la derrota de Alemania e Italia en una guerra sería
terrible para ellas, pero la que provocará la imposibilidad de hacer la guerra no lo
será menos. Nos preguntábamos hasta ahora, ¿qué sucederá en el mundo si
sobreviene una nueva guerra? Hoy es necesario preguntarse ¿qué sucederá en
Alemania e Italia si se afianza definitivamente la paz? He ahí el "impasse" a que
han conducido a Alemania e Italia, los actos de Hitler y Mussolini.
La paz, ideal de las democracias, representa para ambas naciones la visión
de la miseria y el agotamiento, la renuncia a seguir dominando el mundo, la
capitulación.
La guerra les es pues, necesaria, pero no todo lo necesario se puede realizar
a voluntad. ¿Qué harán Hitler y Mussolini para conservar la adhesión de sus
pueblos cuando llegue esa situación? ¿Retrocederán? ¿O bien seguirán hasta el fin
con su rumbo pretérito? ¿Destruirán el mundo burgués, como está escrito en “Mein
Kampf”?
Nunca podría realizarse en un día semejante transformación. ¿Pero qué son
10 ó 20 años en el curso de la historia? Las evoluciones sociales en su lentitud
necesaria, hacen pensar, a veces, en que el mundo no marcha, y sólo abarcando
períodos prolongados se percibe el error. Es enorme lo que ha cambiado el mundo
en los pocos años subsiguientes a la guerra y los impacientes consideran que está
en el mismo sitio.
Tampoco es forzoso que el único modelo de comunismo sea el soviético. Por
el contrario, se reconoce ya que no todos los principios básicos proclamados en la
U.R.S.S. serían aplicables en países de características opuestas. El fascismo no
estaría obligado a reproducir las formas exactas del comunismo soviético cuando en
su etapa final se transformara en comunismo y no por eso dejaría de ser
comunismo.
La "dictadura del proletariado" forma tan sólo "intermedia" de gobierno
según la propia apologética comunista tampoco es un fin en sí misma. ¿Por qué
razón una oligarquía comunista o comunizante no habría de realizar una obra que
se asemejara a la suya? Precisamente, en Alemania e Italia impera la dictadura de
dos oligarquías.
Entre las dictaduras de una y otra clase existe una diferencia más aparente
que real, que en buena parte es una diferencia verbal, y a los fines de indagar por
qué caminos marchará en adelante la humanidad, lo que tiene importancia son los
hechos y no las palabras. Y cuando los hechos llevan a la conclusión de que las
dictaduras fascistas y soviéticas abrigan respecto de la burguesía y el capitalismo
sentimientos muy parecidos, las diferencias verbales se tornan secundarias.
Deténganse a pensar sobre estas inciertas perspectivas los que simplifican el
problema social al punto de reducirlo al concepto de que una clase privilegiada

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podrá sostenerse eternamente en el poder con las bayonetas, a despecho de la


justicia y del humanitarismo.
¡Ilusión de los que nada aprenden de la historia! Las bayonetas, ayudadas
por circunstancias favorables, pueden asegurar la prolongación de un sistema
reñido con la justicia, pero no su duración eterna.

LA HORA DE LA ESPADA

Leopoldo Lugones interpretando la reacción conservadora llamó a nuestra


época "La hora de la espada". Esa visión del escritor elocuente, justificada por las
apariencias, no va en camino de realizarse, y más bien se podría decir que la tizona
del fascismo se ha mellado al salir de la vaina.
Mientras Alemania, Italia y el Japón fueron las tres naciones mejor armadas
del mundo pudo temerse que lo tuvieran a su merced. Ellas lo creían y se lanzaron
a las aventuras de España y China.
El chasco ha sido soberbio; nadie podía pensar que la rebelión española
armada y financiada por Italia y Alemania y amparada por la sinuosidad de
Inglaterra no triunfara rápidamente; y entretanto, han pasado dos años desde su
estallido y en esos dos años las dictaduras fascistas han regado con la sangre de
sus soldados las tierras de España y han tirado a la calle millones de pesos.
Es harto sabido que no se determinaron a la invasión de España por temor a
la existencia de una nueva república liberal en Occidente. Otro fue el motivo;
esperaban que la nueva situación a surgir del motín, aplicaría todas sus energías a
la creación de un ejército capaz de cooperar en los Pirineos con tremenda eficacia,
cuando estallara la proyectada guerra mundial. A eso le llamaban "clavar un puñal
en la espalda de Francia".
Pero en España, como en China, la guerra sobre el terreno resultó diferente
de la guerra sobre el papel y las potencias fascistas que se proponían tragarse el
mundo sólo han cosechado desencantos ante la realidad de la resistencia heroica y
maravillosa de los españoles. Y para colmo de sus desdichas, aun cuando la
rebelión triunfara, no estaría en condiciones de organizar la soñada invasión en
Francia por los Pirineos. La fuerza que ha reunido le sería poca para sostenerse y
hasta cabe en lo posible que los invasores tengan que dejar sus soldados en España
para custodiar un gobierno desamparado en la opinión nacional.
Por otra parte, en los dos años largos transcurridos, la situación mundial ha
cambiado. Como ya lo dije, la guerra general se va haciendo imposible y en
consecuencia pierde toda su utilidad práctica la siniestra intención de clavar un
puñal en la espalda de Francia.
Las complicaciones inesperadas de la invasión a España han destruído el
"bluff" de la omnipotencia avasalladora del poderío fascista, lo que unido al
contraste análogo que ha sufrido el Japón en China completa el cuadro de las
vicisitudes que en este momento aquejan al eje portentoso sobre el cual debían
girar hipotéticamente, en adelante, los destinos de la humanidad.
La actitud reciente de Rusia, provocando de hecho al Japón ha mostrado la
ineficacia del pacto anticomunista.
La hora de la espada pasó pues, y el mundo, harto de sobresaltos, deberá
volver a la moderación, al respeto del derecho, de los tratados y de la paz.
La burguesía vive amedrentada por el espectro de la revolución rusa; piense
que si la violencia es abominable en Rusia, debe ser abominable también en
Alemania e Italia. Vuelva entonces los ojos hacia las democracias que hayan
defendido con más firmeza el derecho en las horas inciertas; y al buscar soluciones
definitivas, protectoras de la tranquilidad general, no olvide la burguesía que las
democracias no pueden encerrarse, como lo desearía Mr. Chamberlain, en el marco
rígido de las democracias plutocráticas o sea en el sistema económico que
mantiene la desigualdad y la injusticia en todo el planeta.
Si el mundo aspira realmente a la paz inconmovible habrá de dar a la

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democracia restaurada un contenido progresivo y habrá de convertir en una


efectividad el derecho de todos a disfrutar de condiciones de vida satisfactorias.
¡Satisfactorias hasta por ahí nomás! Pues va sobreentendida la imposibilidad
de que el hombre alcance alguna vez un estado perfecto de dicha. Los problemas
que suscita su destino lejos de resolverse se agravan, y aun cuando se llegara
dentro de centenares de años a afianzar la igualdad entre los hombres y se
encontraran soluciones para los conflictos de la superpoblación, de la
superproducción y de la supercapitalización, jamás se lograría suprimir la penuria
que comporta la vida por el solo hecho de vivir: la tragedia del dolor moral, de la
enfermedad y de la muerte.
El misterio del universo es impenetrable y no sabemos con qué fin están
sobre la tierra el hombre y los demás seres que tanto se le asemejan. Una vida
humana que se extingue no representa ni más ni menos, que un astro que se
apaga, que un pájaro que muere, que un árbol que se seca. El mismo enigma los
envuelve.
La creación del mundo, en relación con el hombre debe ser el fruto de algún
error fundamental e irreparable. Sepamos soportar sus consecuencias y hagamos lo
posible por disminuir su dureza, propendiendo a que arraiguen en todos los
corazones los sentimientos de justicia y de fraternidad humana.

http://delatorre.webcindario.com

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