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MODERNIDAD Y ANACRONISMOS

En otros tiempos, las infecciones eran mortales. Se salvaban los que eran
capaces de generar sus propias defensas y de exterminar las bacterias en una
guerra sin cuartel. Hoy los antibióticos contradicen las leyes de Darwin: todos
podemos sobrevivir, hoy ya no ganan solo los más fuertes.

¿Qué pensaría usted si su marido se niega a tomar antibióticos después de un


diagnóstico de tifus?

“¡Estás loco, eso es un suicidio!”- le diría.

“No, yo tengo que podérmelas solo”.

¿Loco? Sí, o casi. Por lo menos anticuado.

Esta escena, que parece una caricatura, la vivimos a diario los profesionales de
la salud mental cuando un paciente nos dice: “No, yo no tomaría jamás
medicamentos. Soy partidario/a de no usar bastones para caminar mientras
pueda. Creo que debo salir adelante con mis propios recursos”.

¡Como si los desequilibrios del alma fueran abstractos e independientes del


cuerpo, como si las emociones no tuvieran correlatos biológicos, como si el
cuerpo y el alma tuvieran un origen distinto, como en el Medioevo! Nos hacen
sentir como narcotraficantes o personas leves, que no creyéramos en el valor
de la disciplina y el rigor para efectuar los cambios. O como brujos, vendiendo
pócimas en pleno siglo veintiuno.

Todo lo bueno de este mundo se transforma en malo si se abusa de ello. Así es


con la comida, el descanso, el sexo, el alcohol, la autoridad o el descontrol. De
los medicamentos, como de todo, se puede abusar y tienen razón los pacientes
al querer informarse cabalmente de porqué se les indica tal o cuál. Pero no
hablamos de eso, hablamos de una actitud anacrónica, que niega el mundo en
que vivimos. Nadie quiere irse en barco a Europa a una reunión de negocios ni
de vacaciones en una carreta con seis niños. ¿O sí?

Señoras y señores: la vida ha cambiado, la ciencia avanza. Nosotros no


inventamos las enfermedades, hacemos lo posible por curarlas. En el mundo
moderno, el organismo gasta más de lo que tiene. Porque los cambios son
demasiados y suceden con una velocidad tal, que el cuerpo humano no alcanza
a producir lo que consume. El vil mercado, el bendito mercado, es ley.

Imaginemos la vida de nuestras abuelas. El tiempo era otro. Por lo tanto, las
relaciones eran menos y más lentas, los desafíos más infrecuentes, los
estímulos más escasos. Un día en el Santiago de Chile de hoy, entre los
teléfonos que no paran de sonar, los e-mails que cambian la vida, las
distancias, los ruidos, la competencia laboral, las obligaciones múltiples, el
cóctel de la oficina a las ocho de la noche, las noticias en la tele donde vemos
las guerras en directo, el zapato que pasó de moda ayer y no me sirve para ir a
la graduación, el bautizo del sobrino en Viña a las diez de la mañana de un día
cualquiera, la misa del tío que se murió en Talca, el supermercado, un celular
que me acompaña en el bautizo, en el entierro, en el auto y en la pega y que
me trae las noticias más diversas de la gente más diversa… Tan solo uno de
estos días habría dejado a nuestras abuelas en la UTI. ¿Gastamos más energía
que ellas? Infinitamente más. Cada pedazo de información que traspaso entre
nuestras neuronas es un gasto de energía. ¿Quién la provee, quién la paga? El
sistema nervioso. Entonces, ¿cómo vivir en la modernidad y creer que se
pueden mantener conceptos anacrónicos?

La ciencia ha creado nuevos medicamentos para compensar, para subsidiar lo


que nuestros pobres organismos no alcanzan a producir. Y tal como antes con
las infecciones, algunos tendrán biologías capaces de producir lo que los
nuevos tiempos quieren. Otros necesitarán medicamentos. Por unos días, por
un tiempo, por toda la vida.

(Paula Serrano, Revista Ya de El Mercurio 23/07/2002)

ACTIVIDAD

1. Sintetiza la tesis y la conclusión del texto leído.

2. ¿A quién se dirige el texto?

3. En el texto, la autora expone argumentos contrarios a su tesis para


contraargumentar y de tal manera, imprimir mayor fuerza a su postura,
¿cuáles son los argumentos a favor y en contra de su tesis?

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