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Un mundo desbocado, los efectos de la globalización en nuestras vidas, de Anthony Giddens, fue publicado hace

nueve años, concretamente en 1999 y, sin embargo, este ensayo sigue siendo de rabiosa actualidad, pues el tema
del que trata sigue en plena vigencia y sigue afectando a nuestra vida cotidiana sin que podamos estar seguros del
todo de sus consecuencias. Giddens, a mi entender, es un pequeño visionario, pues ha sabido anticiparse a
cambios que hace nueve años apenas podíamos plantearnos, al menos la mayoría de los ciudadanos de a pie,
como por ejemplo el imparable cambio climático o el surgimiento de grupos fundamentalistas cuyas ideas chocan
«contra los valores de una nueva sociedad cosmopolita».

Para Giddens, la globalización, a pesar de ser un fenómeno fruto del desarrollo de la ciencia y de la revolución en
las comunicaciones, no ha hecho del mundo «un lugar más estable y predecible», como era de esperar, sino que su
enorme, incalculable y rápido impacto sobre la economía, el medio ambiente, la política, la cultura o la tecnología ha
desestablilizado el mundo que conocíamos. Aspectos tan vitales del panorama mundial y de nuestro día a día como
son el riesgo, la tradición, la familia y la democracia, nunca volverán a ser lo que eran.

De acuerdo con el autor, la globalización puede verse desde muchas perspectivas, pero ésta está siendo tratada por
muchas personas, a los que él llama «escépticos», de una forma un tanto perversa, pues sólo se refieren a ella
como «una ideología propagada por librecambistas que quieren desmantelar el Estado del bienestar y recortar los
gastos estatales». Si bien el autor trata de subrayar que este fenómeno es también político, cultural y social, y que al
mismo tiempo está permitiendo el crecimiento de nacionalismos y culturas locales, no podemos negarles a estos
«escépticos» que la globalización procede de Occidente y que la economía neoliberal se abre camino a pasos
agigantados arrasando culturas, identidades y, en consecuencia, formas de entender y mirar el mundo. Bien es
cierto que también es utilizada por países que nada tienen que ver con las superpotencias, pero dudo que éstos se
encuentren capacitados para influir sobre la economía y cultura occidental del mismo modo que nosotros lo
hacemos con ellos.

La globalización, entre otros muchos cambios, está haciendo que tengamos que enfrentarnos a situaciones de
riesgo que nadie ha tenido que afrontar hasta ahora y que nos afectan independientemente de donde vivamos y de
nuestro estatus social. Para Giddens hay dos tipos de riesgo, el «externo», producto de la tradición y la naturaleza; y
el «manufacturado», producido por el hombre y cuyas consecuencias todavía no somos capaces de anticipar. Este
último riesgo es fruto de la globalización y se refiere a los riesgos medioambientales (como el calentamiento global),
a la proliferación nuclear, al colapso de la economía mundial o a los cambios en la familia y el matrimonio.

De acuerdo con el autor, desde la moral de la política siempre ha habido dos formas de enfrentarse al riesgo
manufacturado: a través del alarmismo, a veces necesario para reducir el riesgo, como sucedió con el SIDA; y a
través del encubrimiento, por considerar que éste riesgo no es tan grave, como han sucedido con el cambio
climático, que en este caso ha sido subestimado. Hay quien opina que la mejor manera de enfrentarse al riesgo
manufacturado es a través del principio precautorio, que propone actuar sobre el riesgo aunque éste aún no se haya
manifestado como tal, sin embargo, este principio precautorio no siempre sirve, pues adoptar riesgos es un requisito
indispensable para seguir avanzando. De acuerdo con Giddens, la única manera de controlar y solventar los
posibles problemas que se produzcan como consecuencia de este riesgo ha de llevarse a cabo a través de la
colaboración entre los gobiernos, que en un mundo globalizado se ven obligados a colaborar y entenderse los unos
con los otros para superar unos problemas que superan los límites de los Estados-nación.

Por otro lado, un cambio básico se está produciendo actualmente bajo el impacto de la globalización en lo que
respecta a las tradiciones: por un lado, los países occidentales se están desprendiendo de la influencia de las
tradiciones tanto en la vida pública como en la privada, vaciándose, además, su contenido a través de su
comercialización; por otro, las sociedades del mundo que mantenían un estilo de vida más tradicional, las están
perdiendo.

Según Giddens, en el mundo occidental esta destradicionalización tiene dos caras, por un lado ofrece la posibilidad
de una mayor libertad de acción y autonomía de la que existía antes, lo cual es enormemente positivo, pero también
está trayendo consigo problemas, pues la forzada toma de decisiones produce en muchos individuos un aumento de
la ansiedad como consecuencia de la falta de control sobre sus vidas. Cuando la tradición se deteriora también
cambia parte de nuestra identidad personal que tiene que volver a crearse más activamente que antes, de ahí que
hayan proliferado con tanto éxito las terapias de autoayuda y de búsqueda del yo en Occidente.

Además, están surgiendo movimientos fundamentalistas que chocan contra los valores de un cosmopolitismo
emergente. Los fundamentalistas (que no tienen por qué ser únicamente religiosos), son «hijos de la globalización»,
y piden una vuelta a los textos básicos cuyo significado exacto sólo ellos conocen. Este fundamentalismo es
definido por Giddens como «tradición acorralada», que es defendida a la antigua usanza y que contempla la
posibilidad de la violencia. Para el autor, y para mí también, este cambio supone un verdadero problema, pues «no
es capaz de crecer con otras tradiciones ni entiende de ambigüedades, de multiplicidad de interpretaciones o de
identidades» en un nuevo mundo basado en la comunicación y la integración. Buen ejemplo de esto fueron los
atentados del 11 de septiembre en Nueva York o del 11 de marzo en Madrid, perpetrados por Al-Qaeda y dirigidos
contra el mundo occidentalizado en defensa del Islam.

Si bien es cierto que la globalización está creando un mundo de tradiciones en derrumbe, «éstas son necesarias
para dar continuidad y forma a la vida», de modo que, de acuerdo con Giddens, no desaparecerán, sino que o bien
serán reinventadas o bien se verán sustituidas por otras. Lo innegable es que es imposible vivir en un mundo
totalmente destradicionalizado, pero es responsabilidad de las instituciones democráticas y de sus ciudadanos
servirse del diálogo y de la tolerancia para dar ejemplo y, al mismo tiempo, hacer una defensa activa de unos
valores que no se encuentran sólo en manos de unos pocos, sino que son de alcance universal.

En cuanto al tema de la familia, se hace palpable que es, posiblemente, la institución que más cambios está
sufriendo, pues «está afectando a la vida privada, influyendo sobre nuestra forma de entender la sexualidad, las
relaciones, el matrimonio y la familia».

Hace algo más de medio siglo, la familia era entendida como una unidad económica, donde las relaciones de los
hombres y las mujeres eran desiguales, los niños apenas tenían derechos y la sexualidad tenía como fin único la
reproducción. Actualmente, y en buena parte debido a la incorporación de la mujer al mercado laboral, está teniendo
lugar un fenómeno denominado por Giddens como la «democratización de las emociones», donde todos los
individuos son, en principio, iguales. Este fenómeno está sustituyendo los viejos lazos por las «relaciones puras»,
basadas en la comunicación emocional, los mismos derechos y obligaciones y la confianza mutua libre del poder
arbitrario, la coerción y la violencia.

Para muchos, el hecho de que las familias se vean afectadas por estos cambios es vaticinado como un desastre.
Podemos ilustrar esta idea poniendo como ejemplo la forma en que esta situación está siendo enfocada en España
por parte de la Iglesia Católica y algunos sectores sociales y políticos, los cuales se resisten al cambio. Sin
embargo, el hecho de que los principios democráticos lleguen a la institución familiar no es sólo un cambio positivo,
sino que resulta un paso imprescindible para alcanzar la felicidad y la realización personal.

Giddens deja para el final el capítulo dedicado a la democracia, cuya difusión se ha dado en buena parte a partir de
los años 60 gracias al avance de las comunicaciones globales.

Si bien resulta una gran noticia que este modelo político esté en plena expansión en aquellos países donde aún no
está consolidada (en un mundo basado en la comunicación activa el poder clasista y autoritario pierde arraigo) en mi
opinión los países democráticos deben responsabilizarse del tipo de democracia que están exportando, pues no
resulta lo mismo que se expanda el modelo liberal-protector que que se exporte el ideado por Robert Dahl, el cual
se basa en el gobierno de muchos (el de la Grecia clásica, por desgracia, no se puede plantear en un mundo
globalizado). Si no me equivoco, el modelo que más se está extendiendo es el más agresivo, es decir, el de los
países gobernados por democracias liberal-protectoras, como EE.UU. Aunque siempre es una buena nueva que la
democracia se extienda, ya que trae de la mano una serie de derechos imprescindibles para garantizar la libertad y
la igualdad de los ciudadanos, también puede ser un arma de doble filo, pues lleva consigo un capitalismo
encubierto capaz de engullir culturas, lenguas, y toda esa diversidad que hace de cada lugar una realidad única y
especial.

Por otro lado, las democracias maduras están siendo cuestionadas por los ciudadanos que las conforman. La
revolución de las comunicaciones ha producido ciudadanos más activos y reflexivos que han perdido mucha
confianza en los políticos, cuyos escándalos de corrupción y distanciamiento de los ciudadanos ha hecho que nos
volvamos más y más escépticos. Sin embargo, y de acuerdo con Giddens, en realidad este hecho no ha provocado
que los ciudadanos hayan perdido la fe en la política, sino que se preocupan por cuestiones como «la ecología, los
derechos humanos, la política familiar y la libertad sexual».

A mi parecer esta reflexión de Giddens tiene mucho de verdad, pero me gustaría desarrollarla un poco más, pues
detrás de estas palabras se encuentra lo que se conoce como círculo perverso de la democracia. Si bien existe un
sector de la población que es crítico con la actuación de los políticos y se preocupa por temas que parecen no estar
en sus agendas, la apatía política es una realidad innegable que va en aumento, posiblemente como consecuencia
dos factores: En primer lugar del modelo de democracia que estamos replicando, por un lado, el liberal-protector,
que no ve en la apatía política un problema, sino una señal de la buena salud de la que goza la política; y, por otro,
el pluralista competitivo, el cual no ve esta apatía como una señal de buena salud política pero, al parecer, no está
siendo capaz de llegar a todos los ciudadanos. En segundo término, es un hecho que el crecimiento de empresas
multinacionales de comunicación no elegidas democráticamente ejercen un poder enorme sobre la sociedad, las
cuales, si bien están contribuyendo a la expansión de la democracia y nos informan sobre la actuación de estos
políticos, se ven a su vez contaminadas por sus propios intereses y, en función de su propia ideología, más que
informar, nos muestran una opinión que pone de manifiesto que el sentido de la verdad y de la objetividad se ha
perdido en el espacio público, lo que produce desconfianza, desinterés y desencanto generalizado.

De acuerdo con Giddens, esta situación puede ser resuelta a través de lo que denomina la «democratización la
democracia». Para ello es necesario que «la política se vuelva transnacional, que se adopten medidas
anticorrupción en todos los ámbitos, mayor transparencia en la política, procesos democráticos alternativos,
colaboración de los políticos con unos movimientos sociales bien organizados y el fomento de una cultura cívica que
no puede ser creada por el mercado ni por un pluralismo de grupos de interés». Además, es necesario que se dé un
equilibrio entre «gobierno, economía y sociedad civil», sin olvidarnos de la importantísima función que tienen los
medios de comunicación «en su doble relación con la democracia» que, de un lado, la desarrolla y la propulsa; pero,
de otro, la destruye a través de la trivialización y personalización de la política.

Por último, y a modo de conclusión, me gustaría señalar que cierto es que de aplicarse las medidas enunciadas por
Giddens, este círculo perverso en el que nos vemos inmersos actualmente podría por fin verse sustituido por lo que
se conoce como círculo virtuoso. Un verdadero modelo de democracia creador, legitimador y autosustentable al que
todos y cada uno de nosotros, como ciudadanos conscientes de nuestro poder, capacidad y responsabilidad,
debemos y podemos aspirar.

En mi opinión, el libro de Giddens es un fiel reflejo del proceso global que estamos viviendo y su lectura me ha
parecido enormemente enriquecedora. Si bien este mundo globalizado está cambiando sin parar y hace que apenas
en una década todo pensamiento quede obsoleto, el autor plantea preguntas muy interesantes a las que sabe dar
respuesta, expresando, con un estilo periodístico, esa faceta de pequeño profeta, unas veces salvador, otras
apocalíptico, que se adelanta a todo estos cambios que nos están haciendo vivir en un mundo desbocado, pero que,
con esfuerzo y cooperación, puede llevarnos al mejor de los modelos políticos que se conocen hasta el momento,
es decir, hacia una verdadera democracia global.

Giddens, Anthony. (1999). Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas. Madrid: Taurus
Anthony Giddens
Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas
Madrid, Taurus, 2000. (e.o. 1999)
Este brevísimo ensayo ejemplifica su propio contenido. Muestra la globalización, ante
todo, como efecto de una revolución en las telecomunicaciones que ha creado una
audiencia global e innumerables redes de intercomunicación especializadas; el texto
compendia, a su vez, cinco breves conferencias radiofónicas que Giddens pronunció en
1988 ante oyentes de Londres, Washington, Hong-Kong y Nueva Delhi, abordando cinco
tópicos tópicamente afines a sus audiencias: la globalización y la democracia (Europa), el
riesgo (Asia Oriental), la tradición (India) y la familia (E.E.U.U.). Es también ejemplar
por exhibir la dificultad de transmitir contenidos especializados o análisis refinados en un
marco mediático donde el emisor y los oyentes comparten la misma información
anecdótica —lo que favorece un espacio de inteligibilidad recíproca— pero adolecen de
tiempo y recursos cognitivos afines para profundizar en una comprensión más compleja y
sistemática del fenómeno.
En la más pura tradición sociológica que inicia Comte, Giddens anuncia el
advenimiento de una nueva era por efecto del proceso de globalización. Éste consiste,
someramente, en la mejora y generalización del uso administrativo, mercantil y particular
de sistemas de codificación y transmisión binaria de información (códigos de barras,
soportes magnéticos, dinero de plástico, satélites de comunicaciones, microprocesadores,
cables ópticos, teléfonos y ordenadores portátiles, etc.) que no sólo ha acelerado la
transmisión de información científica, cultural, estadística y, sobre todo, económica, sino
que ha hecho virtualmente imposible plantear cualquier traba a los mercados que operan
con intangibles, especialmente los financieros y tecnológicos. No cabe duda de que los
Estados y las grandes compañías transnacionales son los principales usuarios y
beneficiarios de este cambio técnico, al margen de que el proceso tenga una vertiente
popular en la difusión masiva del uso de Internet. Sin embargo, por fascinante que resulte
el cambio técnico, lo que lo hace objeto de interés sociológico es que, junto a su capacidad
para recuperar y acelerar el ciclo de acumulación económica, proporciona los medios para
una generalizada e intensa innovación cultural que, a menudo, se percibe como fuente de
desorganización y crisis sociales. El surgimiento incipiente de lo que Giddens denomina la
sociedad cosmopolita mundial abre una vertiente hacia una mayor cooperación y
solidaridad globales, pero también supone una exigencia de readaptación para muchas
instituciones hoy fundamentales, como la nación, la familia, el trabajo, la naturaleza, la
tradición, etc.
La reflexión sobre la globalización ha suscitado una conciencia nueva acerca de los
riesgos derivados de la mayor complejidad de los entramados institucionales en los que
proliferan cada día más las consecuencias inesperadas e indeseadas de la acción.
Ejemplos paradigmáticos de riesgo global son hoy la desestabilización del clima de
origen antropogénico, la desestabilización especulativa de los mercados financieros, los
daños potenciales a la salud pública originados en procesos agroalimentarios
industriales insuficientemente garantizados —adulteraciones, fallos técnicos,
modificaciones genéticas, fenómenos del todo inesperados como «las vacas locas»,
etc.—. Hay otros riesgos globales igualmente relevantes, como la desaparición de las
culturas indígenas, el incremento de la desigualdad social y económica a escala
planetaria o la desestructuración de las economías de los países más pobres, pero sólo
esta última puede compararse en popularidad mediática con las del párrafo anterior, y la
razón de ello devela el sombrío corazón de la globalización: tanto la renegociación de la
deuda externa de los países más débiles como los procesos citados más arriba pueden
afectar de manera súbita y catastrófica a los mercados globales de seguros así como a
los de valores. Si Karl Polanyi mostró en La gran transformación que el patrón oro era
el núcleo de la economía y la sociedad de mercado libre en el siglo XIX, estos ejemplos
muestran que la volatilidad de los mercados de capital es el giroscopio de la nuestra. De
otro lado, ese inmenso sistema público de seguros para los riesgos del mercado de
fuerza de trabajo que es el Estado del Bienestar es otro de los campos globales de
batalla, pues compite por recursos financieros escasos con los mercados; de ahí el
constante acoso a su pervivencia. Lo que Giddens llama «riesgo manufacturado» no es
un problema técnico que pueda ser resuelto en nuevas instituciones donde se discutan
públicamente las incertidumbres del conocimiento tecnocientífico y se frene
precautoriamente el cambio tecnológico, sino un problema político que entraña la
decisión de arriesgarse a sufrir consecuencias imprevisibles a cambio del logro
inmediato de ventajas económicas —como en el caso de los alimentos transgénicos—.
La globalización y el riesgo «manufacturado» son rasgos presentes de la sociedad
futura; por contra, la tradición y la familia serían rasgos periclitados. Esto no significa que
vayan a desaparecer, pero sí que van a ser desmitificadas y que muchos depositarios de
autoridad ligados a ellas verán dolorosamente cómo su influencia se reduce; y se resistirán
a ello. Hoy sabemos que las tradiciones se inventan, se adaptan; que su esencia no es la
duración sino una repetición ritual que confiere sentido a la práctica. Sobre la base de su
reiteración, Giddens compara la tradición «tradicional» y el fenómeno creciente de la
adicción moderna (a sustancias que crean dependencia, pero también al juego, el trabajo,
el sexo, a la televisión, los videojuegos o Internet); la tradición gobierna el presente desde
el pasado mediante creencias y sentimientos colectivos compartidos, mientras que el
hábito compulsivo del adicto rige su presente como el único medio de vencer su ansiedad
ante el futuro. La tradición es una fuente invalorable de identidad y sentido que,
reinterpretada, abre la puerta de la continuidad de una colectividad; la tradición
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sobrevivirá si es abierta. Pero también puede intentar la estrategia opuesta, para-adictiva:
el cierre fundamentalista —étnico, nacionalista, ideológico o religioso— en torno a una
fantasía de pureza e integración comunitarias y a autoridades carismáticas. Si la ansiedad
ante el futuro es la patología de la sociedad global, el fundamentalismo lo expresa para sus
segmentos menos capaces y las sociedades más vulnerables. Para Giddens, el choque
entre los fundamentalismos y la emergente sociedad de tolerancia cosmopolita será una de
las grandes fracturas de conflicto en el futuro inmediato.
Aunque se presenta sin dramatismo, no deja de verse que la institución familiar es la
posición clave del choque. La familia «tradicional», extensa unidad productiva y de
solidaridad, basada en el matrimonio decidido por los mayores, dominada por los varones
adultos, con profunda desigualdad legal y sexual entre hombres y mujeres, heterosexual,
dio paso en los países industriales durante el siglo XX a una familia nuclear biparental con
mayor igualdad legal y una sexualidad menos reproductiva. Hoy, las crecientes
oportunidades de empleo femenino y los medios anticonceptivos habrían originado un
cambio estructural: hombres y mujeres formalmente iguales buscan y tiene relaciones
basadas en la pura intimidad y en la comunicación abierta de sus metas, intereses, planes y
sentimientos; consolidadas, forman parejas homo— o heterosexuales, con o sin
descendencia, casadas o no. Su fundamento no es económico —la producción ni el
consumo— sino emocional —la convivencia íntima—. Sin embargo, sí tiene un
importante corolario socioeconómico: la erradicación del empleo infantil y la
generalización de la educación, y especialmente la igualdad legal y la educación de la
mujer son las principales fuentes de capital humano para el desarrollo económico y social
globales. La democratización de la familia sería el primum mobile de la prosperidad.
Esto nos lleva al último tema: la democracia pluralista es hoy el ideal político
universal, con la excepción de las monarquías árabes petroleras. A pesar de los escándalos
de corrupción y del amplio desinterés por la política partidista —que moviliza a los
ciudadanos más hacia los movimientos sociales y las ONGs— el modelo democrático no
está en cuestión; la primera proclama de un golpista suele ser que convocará prontas
elecciones. No obstante, la creciente importancia de instituciones supra— y
plurinacionales, la influencia cada vez mayor de los grupos de presión, interés u opinión y
la agitación de las heterogéneas comunidades sub-estatales exigen una profundización
democrática en todos estos niveles, así como de sus participantes. Los riesgos
económicos, sociales y ecológicos globales demandan alguna forma de «democracia
global».
En suma, Giddens ofrece un pulcro y persuasivo argumento: la globalización genera
riesgos para todas las sociedades, pero el mayor es que los países emergentes o atrasados
caigan presa del fundamentalismo y renuncien a liberalizar y democratizar sus
instituciones, empezando por la familia, para integrarse en una sociedad global dinámica y
pletórica de oportunidades. Desde Londres parece obvio que sólo ahondar
democráticamente los modelos económicos, políticos y sociales que Occidente globaliza
puede paliar la inestabilidad y los daños transicionales actuales y futuros. Esta apología no
es reprochable a Giddens, sino más bien su omisión de que en un mundo global algunos
riesgos son universales. La vulnerabilidad de una economía dependiente de los
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hidrocarburos baratos, la creciente inseguridad alimentaria de los países más áridos y más
poblados, la proliferación de «mini-conflictos» armados que disuaden la inversión y
aumentan el gasto en armas y la deuda, entre otros, pueden causar daños mucho mayores
que cualquier oscilación de los tipos de cambio.
JUAN MANUEL IRANZO
(Universidad Pública de Navarra