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Sebastian E. Adasme Favreau

Transición chilena a la democracia:

Etapas, implicancias, reflexiones y especulaciones.

La historia latinoamericana ha presentado particularidades y singularidades. En momentos es apropiado hablar de décadas, abordando las realidades de varios países. Así lo señaló Lechner: si la revolución es el eje articular de la discusión latinoamericana en la década del 60, en los 80 el tema central es la democracia 1 . Asimismo, en otros períodos resulta útil separar las historias de cada nación. Ahora bien, que en los ’80 la democracia fuera el tema central (en casi todos los países latinoamericanos) responde a que se vivía el reinado autoritario y que, ese reinado, no se podría extender mucho más. Los autoritarismos no podían ser para siempre, y las oposiciones asumían la misión de dejar atrás al autoritarismo y generar el contexto de transición para retomar una democracia. El período de la transición merece un análisis en profundidad, una observación aparte, pero ¿es apropiado considerar todas las transiciones como el mismo suceso?

Puede que todos los episodios transitológiso confluyan en el mismo fin, pero claramente no todos se dieron de la misma manera o generaron los mismos cambios. El caso chileno de transición de una dictadura a una democracia ha sido considerado como ejemplar, pero ¿qué ha significado la transición chilena a la democracia? Es acá donde nos concentraremos, en el caso chileno, en

donde la dictadura se prolongó por casi dos décadas, y la transición costó casi otras dos décadas más. Una transición que consolidó un sistema generado en dictadura, una transición que cimentó

el modelo de sociedad que Chile es hoy, en parte tan igual, en otra tan desigual.

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Fenómeno autoritario chileno: ejecutor de la neoliberalización.

Las transiciones en el continente no han sido sólo políticas, sino que han contemplado una transición económica, o más bien, una serie de reformas en el plano económico que van ligadas a un sentido socio-político. Pero el caso chileno, en ese sentido, presenta una diferencia: las reformas económicas (y de sociedad) se gestaron en un contexto autoritario, en la dictadura. A estas reformas, o transición económica, se le ha otorgado el nombre de reformas de primera generación, las que tienen por objetivo, a modo general, establecer una economía (y sociedad) neoliberal.

La dictadura chilena se encargó de neoliberalizar al país, de consolidar las reformas de primera

generación, esto es, dar el punta pie inicial a la privatización de empresas públicas y a la liberalización del mercado. Un ejemplo claro sobre el eje privatizador es el nacimiento de las AFP’s

y las Isapres. De todos los países latinoamericanos que pretendieron la implementación de las

1 Lechner, De la revolución a la democracia, 2006, p. 24.

Transición chilena a la democracia

reformas de primera generación, o bien, que pretendieron neoliberalizar su país, Chile es el único que, de manera exitosa, logra instaurar este nuevo modelo en un contexto autoritario.

¿Por qué la dictadura logra implementar el modelo neoliberal? Tanto el autoritarismo como el sistema neoliberal tienen un objetivo político: no considerar la política. La neoliberalización

conlleva efectos inmediatos, de corto plazo, que no son positivos para la mayoría; entonces, si la pretensión es generar cambios que de manera inmediata traería el rechazo de la ciudadanía o de

la política en general, por lo tanto, para generar esos cambios hay que sacar a la política, reducirla,

había que omitir la presión ciudadana, objetivo que se logró con la intimidación autoritaria, con la represión.

¿Transición a la democracia, o democratización del modelo neoliberal?

El autoritarismo no fue eterno, aunque lo parecía. En algún momento la dictadura tenía que terminar y dar paso a otro esquema político, a una tan ansiada democracia; la transición del autoritarismo chileno a una democracia no fue tan simple como subir un par de escalones en una escalera y abrir una puerta y pasar a otra etapa. No, no fue así. La palabra clave, No. La gestación del No en Chile es el primer escalón de la escalera transicional.

La gestación de este proceso de transición debe ser considerado en una dimensión intelectual y otra política; la perspectiva de la sociología (y las ciencias sociales) política y el proyecto de izquierda concertacionista, respectivamente. La Concertación por la Democracia es EL proyecto

2 contra la dictadura. El hecho que la Concertación se plantee contra la dictadura lleva implícito el reconocimiento del autoritarismo como un régimen legítimo Pinochet buscó dar crédito de legitimidad llamando a su período una democracia autoritaria, incluso, en donde la Concertación se plantea como el otro antagónico. Además tengamos en cuenta que, para que un proceso de transición sea exitoso, debe existir un reconocimiento del otro como un otro antagónico, junto con aceptar las reglas que ya están en juegos, o bien, asumir una postura posibilista.

Subamos un par de peldaños y centrémonos ya en los noventa, ya en el pleno de la transición. ¿Qué es la transición en este sentido? Es una transición a la democracia, una transición a los acuerdos, a los consensos pero, la transición a la democracia en Chile ¿es un proceso que pretende cambiar el modelo de sociedad instaurado en dictadura, o más bien es un proceso que busca equilibrar la sociedad formada en dictadura a una con matices democráticos?

La transición fue una forma de generar acuerdos (mínimos) entre una dictadura saliente y un

sistema democrático que retorna. O eso, por lo menos, es el primer paso de la transición chilena a

la

democracia. Fue, en parte, un proceso de cambiar las reglas del juego, hacer un juego más justo

y

equilibrado. La transición a la democracia generó consensos de procedimientos y valores,

consolidó los procedimientos democráticos para el control político (y social), y legitimó, con algunos matices, los valores instaurados en dictadura.

Transición, adaptación, y no-cambios estructurales.

La suposición es que la transición fue pasar de un estadio a otro, abrir una puerta y entrar a algo nuevo, o no tan nuevo. Pasar de un autoritarismo a una democracia suena simple, como entrar a

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un ascensor, apretar el botón del último piso, y esperar que se abran las puertas. Pero, realmente, no fue tan así. En palabras de Przeworski, la democracia es necesaria precisamente porque no podemos ponernos de acuerdo. La democracia sólo es un sistema para elaborar los conflictos, ganadores y perdedores. La ausencia de conflictos sólo se da en los sistemas autoritarios 2 . Si entendemos la democracia como un sistema para elaborar los conflictos, tanto ganadores (los de la Concertación) y perdedores (los de la Dictadura), entenderemos la problemática reinante en la transición.

La transición a la democracia o la conducción de la transición en democraciaes el consenso de conflictos, es conseguir acuerdos para modificar los procedimientos democráticos, de cambios en el modelo social, en las libertades, etcétera. Pero estos acuerdos eran formulados bajo la lógica de hacer todo en la medida de lo posible. La imagen del autoritarismo, como regresión, era latente para impedir mayores cambios o grandes consensos que modificaran exponencialmente lo instaurado en dictadura.

Parafraseando a Durán, la alusión al proceso político chileno como un tiempo de “transición” fue altamente exitosa en cuanto permitió a sus actores hegemónicos evadir la discusión en torno a las características estructurales del modelo democrático que a partir de 1990 comienza a consolidarse 3 . Entonces ¿qué intentó resolver la transición? ¿De qué consensos podemos hablar en período transicional? Podemos considerar dos enfoques desde quienes condujeron la transición: a) la Concertación actuó con el miedo latente de la regresión autoritaria, o b) la Concertación por la Democracia se acomodó al modelo neoliberal y sólo buscaron la perpetuación en un contexto democrático. Esto, por el momento, sólo lo dejaremos enunciado.

Lo cierto es que el período de transición pareciera generar un sentido de adaptación para las fuerzas políticas, que el modelo de sociedad neoliberal que se adoptó en dictadura es un modelo apropiado de sociedad y tenderán a la conservación del mismo. También, que la gran problemática de la transición es la generación de acuerdos; asimismo, el gran resultado de la transición es el acomodamiento político y la evasión de considerar los cambios estructurales necesarios, o bien, el cambios estructurales en base a acuerdos de apoco se iban omitiendo.

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Transición: el paso de una cultura de la omnipotencia a una cultura de la mortalidad.

La repercusión de la dictadura en la política fue despolitizar, mientras que en la transición a la democracia fue elitizar la política. En la década de los 50, 60, e incluso los 70, había una inflación política, una sobre-ciudadanización; el Estado (desarrollista) se encargaba de otorgar inclusión política a la ciudadanía. Parafraseando a Tironi, esa época era la de la cultura de la omnipotencia, donde la hiperpolitización le otorgaba a la ciudadanía el poder de exigir y, de alguna manera, obtener respuesta por parte del Estado.

La dictadura demolió esa cultura de la omnipotencia, ese sentimiento de considerarse dioses. Y en la transición, incluso hoy, esa cultura pasó de ser de omnipotencia a una cultura de la mortalidad. La elitización de la política, que se consolidó en la transición, ha generado una desigualdad ciudadana (en cuanto al poder político que se pueda tener), una escases de representación, una

2 Przeworski, Transiciones a la democracia, 1995, p. 164. 3 Durán, Sobre promesas y amenazas, 2009, p. 94.

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escases del sentido ciudadano. La transición derrumbó toda pretensión de participación política por parte de los ciudadanos, por parte de los comunes y corrientes.

El mismo Tironi, en el año 2002, publica un ensayo (en formato libro) titulado El cambio está aquí, pero ¿de qué cambio nos está hablando Tironi? El sociólogo chileno nos plantea que la elección de Lagos como presidente de Chile para el período 2000-2006 es un episodio que hace cambiar las futuras estrategias políticas, tanto para la Concertación como para la Alianza. También vuelve sobre su escrito de 1984, Sólo ayer éramos dioses, refiriéndose al cambio de la inmortalidad al descontento. Pero, insisto, ¿cuál es el cambio del que no está hablando Tironi? En términos concretos, no hubo mayor cambio, salvo en formas de ver y analizar las derrotas y victorias por parte de la Alianza y la Concertación. Cambiaron enfoques de estrategia para perpetuar el camino de una democracia elitizada, pero no cambiaron la democracia en si misma.

Si queremos hablar de cambios, podríamos pensar los acercamientos tímidos que gestionó la Concertación, en el periodo transicional, frente a las reformas de segunda generación; tales aproximaciones a las reformas consideradas como neoinstitucionales fueron temerosas, limitadas por el temor de regresión al autoritarismo. Si el fenómeno autoritario chileno sembró la semilla del neoliberalismo, la transición, a juicio de algunos, debía podar esa planta que emana polen neoliberalizador, e incluso, la Concertación podría haber sacado un esqueje de esa planta y así obtener nuevas raíces en período democrático.

En algunos aspectos, ese esqueje se hizo aunque, más bien, fue una poda menor. Este cambio está demostrado en la reforma a la constitución del 2005. Pero, vámonos a un aspecto anterior a la 4 reforma, según Mario Garcés en realidad, ninguna de las constituciones de larga duración la de 1833, 1925 y 1980han sido el resultado del ejercicio del poder constituyente de los ciudadanos, razón por la cual todas han sido objeto de sucesivas reformas hasta la nueva crisis política e institucional 4 . Pues bien, la constitución de 1980, propia de un laboratorio neoliberal-dictatorial, se legitimó en la fase transicional, y las reformas efectuadas en el gobierno de Lagos, en el 2005, no son las grandes reformas que se esperaban. Ahora, bajo el postulado de Garcés, la constitución de 1980 será objeto de sucesivas reformas; ya va una, y no cambió mucho la realidad democrática chilena. Entonces, si adoptamos una posición visionario-reflexivo ¿serán las nuevas reformas a la constitución las encargadas de generar cambios sustantivos? O bien ¿la conducencia política en Chile está encaminada a una nueva crisis política que de origen a una nueva Carta Fundamental? ¿Sólo en crisis política se piensa en generar una nueva Constitución?

En el 2000 hubo posibilidad de cambio, estuvo ahí el cambio, y era que la transición se nutriera de un principio fundamental de la democracia: la alternancia. Pero el miedo a que la política fuera conducida por la Derecha no era muy alentador para una sociedad post-dictadura. Entonces si el cambio no se concretó en esa línea, estaba en cambiar las reglas del juego de manera drástica, con una nueva Constitución, con la implementación a largo plazo de un nuevo modelo de sociedad no basada en el neoliberalismo, tampoco en un Estado desarrollista o (extremo)socialista. La opción de conducir reformas de segunda generación y potenciar un, parafraseando a Bresser Pereira, Estado social-liberal, claramente ha sido débil, y no fue un objetivo central en la transición.

Como mencioné párrafos atrás, las reformas de segunda generación fueron aproximaciones solamente, un intento tibio de modificar un modelo de sociedad. Se intentó regularizar, mediante

4 Garcés, El despertar de la sociedad, 2012, p. 96.

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instituciones, la neoliberalización de la sociedad, pero ¿hasta qué punto fueron eficientes las medidas? Hoy, año 2012, vemos la creación del sernac financiero y la superintendencia de educación (y superintendencia de casi todo) como respuesta a que, desde las reformas constitucionales del 2005 y acercamientos a reformas neoinstitucionales, no ha sido un proceso exitoso.

Enclaves autoritarios y dicotomización social: ¿superación de la transición?

Hice alusión varias veces al miedo de la regresión autoritaria, fenómeno que, en términos de Durán (y que éste lo hace en términos de Garretón), está basado en los enclaves autoritarios. Estos enclaves están expresados en forma de instituciones, en forma ético-simbólico, y en actores; hace un par de años, el 2009, Durán nos decía que estos enclaves autoritarios se diluyeron, que ya, después de casi dos décadas de democracia (o de transición a la democracia) no son una barrera que limita las acciones y decisiones políticas, que ya, prácticamente, no están.

¿Realmente fueron superados los enclaves autoritarios? ¿Es la superación de estos enclaves el fin de la etapa transicional? Los enclaves autoritarios puede que se hayan ocultado, omitidos, en la opinión pública, pero ¿superados? No, no han sido superados. Hoy, en el año 2012, aún están presentes los tres tipos de enclaves. El sistema binominal fue, es y será un enclave autoritario; en todo los años de Concertación no se cambió porque, más allá del sistema binominal, es el sistema político basado en la constitución de 1980 (incluyendo la reforma del 2005) un enclave institucional. A lo anterior le podemos agregar una composición no plenamente democrática en el parlamento, en otras palabras, Diputados y Senadores designados por los mismos partidos políticos, hecho que no obedece a una elección representativa y democrática.

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En cuanto a los enclaves ético-simbólicos, el tema de los derechos humanos es un ir-y-venir; a veces parece tema superado, pero basta que se realicen homenajes como el de Krassnoff, o la reciente proyección de un documental sobre Pinochet (a modo de homenaje). Si bien existe libertad de expresión y manifestación hasta cierto grado, homenajes como los señalados activan un recuerdo adormecido sobre la violación de los derechos humanos. En cuanto al enclave de actores pueden ser considerados desde la fuerza policial (y su excesivo control represor en las manifestaciones sociales), y/o desde una parte (considerable) del gabinete presidencial de Piñera, incluso alcaldes como Labbé.

Los enclaves aparecen y desaparecen; la transición no logró la reconciliación necesaria para suprimir estas trabas que recuerdan el episodio dictatorial. En el contexto en que Durán escribió el texto Sobre promesas y amenazas puede que se hayan mantenido oculto; en la actualidad, el 2012, estos enclaves dan claras luces de re-aparecer. Ahora, la superación, omisión, u olvido completo de estos enclaves no nos asegura la finalización del periodo transicional, pero tampoco, ya sumergidos en una democracia, nos advierte una posible regresión autoritaria.

Ahora, si nos enmarcamos en el contexto (y supuesto) de haber superado los enclaves y que el período de transición a la democracia ha finalizado, ¿es posible pensar en la aplicación de reformas de segunda generación de forma completa? La despersonalización de lo político ha sido, en parte, un avance en relación a estas reformas; las instituciones en Chile son fuertes, funcionan, pero ¿hasta qué punto las instituciones funcionan? La gran mayoría de la clase política, este grupo elitizado de políticos, posee conflictos de interés gracias al legado neoliberal de la dictadura: el

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avance privatizador es el privilegio para las élites que van a estar en el poder. Es decir, la gran mayoría de los políticos que están en el poder tanto ejecutivo como legislativotienen lazos en sociedades anónimas y algunas no tan anónimasque controlan una buena parte de la economía-país.

La despersonalización ¿buscaría disminuir, efectivamente, estos conflictos de interés? La idea central que se puede desprender de las reformas de segunda generación es la regulación de las reformas de primera generación, eso, por lo menos, en la situación de Chile. La creación de instituciones encargadas de regular las acciones racionales (o darle más poder a las instituciones, las que serían las neoinstituciones) nos lleva al dilema de quién está controlando las instituciones que se encargan de controlar. Si los encargados de controlar las instituciones controladoras son parte de la misma élite política ¿están exentos de conflictos de interés?

Las instituciones pueden funcionar, pueden ser fuertes, pero ese funcionamiento es favorable para algunos la élite políticay desfavorable para otros la ciudadanía despolitizada. En este sentido, se puede generar una acumulación de demandas sociales insatisfechas, lo que, en la lógica de Laclau, se transformarían en demandas políticas. Siguiendo en los postulados de Laclau, estas demandas sociales, que pasan a ser demandas políticas, pueden ser tomadas por diversos grupos, los que las hacen confluir generando así un bloque de demandas; esto se traduce en una dicotomización social, en donde, basados en una lógica de la equivalencia y diferencia, diversos grupos adhieren diversas demandas sociales que las vuelven políticas y se plantean como un bloque opositor.

6 En chile, en el papel, hay una dicotomización política Concertación vs Coalición, pero ésta dicotomización responde a las demandas que nacen y producen desde ese mismo bloque, lo que, a las finales, es sólo una consecución de su elitización política. Si buscamos en Chile algún indicio de dicotomización social, la podemos encontrar en los movimientos sociales que han emanado de las diversas demandas sociales (por Hidroaysén, movimiento por la Educación, Monsanto, Freirina,

y puede seguir la lista); estas demandas transgredieron lo social y se han transformado en

demandas políticas que buscan una respuesta a cambios estructurales del modelo de sociedad.

Esta dicotomización, en conjunto de las demandas políticas, puede ser entendida como la necesidad de concretar las reformas de segunda generación. Si entendemos lo anterior como la necesidad de esas reformas, es aceptar que la neoinstitucionalización en Chile no ha sido efectiva en cuanto a la tarea de controlar, y eso sumado a que la elitización de la política ha generado un desconocimiento de lo social, o bien, se ha fortalecido un sistema político de la no-representación.

Ahora bien, siguiendo en la línea de Laclau, esta dicotomización social y las demandas políticas, para ser efectiva, son asumidas por un líder, por un populista de tercera generación. En chile se produce dicotomización y las demandas sociales se transforman en políticas, pero no hay un líder que las interprete y proponga la solución como ruptura populista. Marco Enríquez-Ominami apareció como un outsider y pudo haber sido considerado como un líder en búsqueda, de manera

implícita o inconsciente, de esta ruptura populista. Pero ME-O entró al juego político como lo hizo

la Concertación en la dictadura. Hoy aparece otra figura, Franco Parisi, con tenues intenciones de

cambiar la desregulación, o bien, potenciar la regulación de instituciones en Chile. ¿Es la aparición

de personajes como ME-O o Parisi una aproximación a una ruptura populista (de tercera generación)? Así parecen a primera vista, pero en su discurso no se apoderan de las demandas sociales/políticas, es decir, no encarnan o no interpretanla dicotomización que se genera.

Sebastian E. Adasme Favreau

¿Y, qué viene ahora?

Luego de las implicancias mencionadas sobre la transición a la democracia en Chile, ¿qué ha sido el fenómeno transitológico en nuestro país? ¿Qué es lo que se ha consolidado como modelo de sociedad? ¿Ha finalizado el período de transición? ¿Cuál fue el papel de la Concertación y la Alianza ahora Coaliciónen el contexto de transición? ¿Los objetivos políticos de ambos bandos se han modificado en torno a la representación ciudadana? Varias de estas preguntas fueron respondidas en el desarrollo argumentativo de éste ensayo pero, a modo de recapitulación, daré una respuesta general a todas las preguntas.

El fenómeno transitológico, en Chile, ha sido un período de generación de consensos entorno a la conducción política del país (lo que implica una conducción económica, y por debajo la conducción social). Esta conducción política se basa en mantener los acuerdos post-dictatoriales, se trata de consensos frente a modificar el modelo neoliberal instaurado. Entonces, el primer objetivo de la transición fue consolidar un modelo neoliberal democrático, un modelo de sociedad en donde la política está a cargo de una élite, la economía se libera para todo el que quiera competir libremente (lo que se traduce en abrir la economía a grupos elitizados que acuñan poder económico), y el ámbito social, la ciudadanía, queda en el acuerdo de ser una república democrática libre, que en lo concreto no mantenía una ciudadanía tan libre.

Esta etapa de transición se vivió hasta comienzos del siglo XXI, en donde se pasa a un período de prueba de finalización de la transición. La segunda fase se enmarca en el contexto de reformar la constitución y dar algunas luces en cambiar parte del modelo de sociedad que se ha legitimado en la última década del siglo XX. Ciertamente no se generan grandes cambios y sólo se potencian algunas instituciones que tienen como objetivo una regulación. Esta fase la podemos entender como una transición dentro de la transición.

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La tercera fase de la transición a la democracia se desarrolla con los gobiernos de Bachelet y Piñera. En el período de gobierno de Bachelet se comienza a delinear la dicotomización de la sociedad. Es una agrupación mínima de demandas que van creciendo y que, ya en el gobierno de Piñera, han florecido como demandas políticas por sobre las demandas sociales que son diferenciadas en cada grupo. En paralelo a este efecto dicotomizador de la sociedad, la elección de Piñera como presidente da el primer paso a una democracia consolidada, todo bajo la perspectiva de la alternancia como principio básico de democracia viable.

Entonces ¿se terminó la transición? Sí, se terminó la transición, pero se ha terminado gracias a la alternancia producida en la elección presidencial del 2010. No es un gran mérito de la Coalición el dar término a esta transición a la democracia, hablando sólo en término de democracia. Que Piñera salga electo presidente es, más que una derrota para la Concertación, es una derrota-país de seguir potenciando el modelo neoliberal (y constitucional) heredado por la dictadura. Podemos entender fin a la transición a la democracia desde la perspectiva de democracia, o podemos entender la transición política de sociedad la cual, a modo general, sólo fue una transición de un régimen represor a un régimen (pseudo)garantizador.

Es difícil ponerse de acuerdo y dar por finalizado el periodo transicional. Como mencioné, la transición se puede dar por concluida en términos de democracia, o en términos político-social. De la manera que sea, los valores y procedimientos de la neoliberalización se consolidaron como sinónimo de democracia, como modelo necesario para el país. La elección de lo bueno y malo está

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determinado por la legitimidad que se le entrega a cada una, y la transición se encargó de legitimar el modelo neoliberal como algo bueno, necesario, para el correcto desarrollo (más económico que social) del país. La transición se encargó, además, de acomodar a la Concertación en el modelo neoliberal, de seducir a esa élite política a las bondades neoliberales. ¿Qué produjo esto? Que la democracia chilena se transformara en la democracia de la no-representación, con dos bandos polarizados (o dicotomizados políticamente) que en el papel son opuestos, pero en la práctica no demuestran tales diferencias esto a modo general.

Hoy en día se habla de democracia y no de transición, se da por finalizado completamente. Puede que sea así, pero ¿Qué deviene ahora? Puede devenir una ruptura populista que se apodere de las demandas políticas de un grupo dicotomizado socialmente; puede acontecer un gobierno de Concertación que intente implementar, de forma clara y absoluta, las reformas de segunda generación haciendo despersonalizar en términos reales, y no sólo en papel (constitucional)la política y potenciar las neoinstituciones que controlen los conflictos de interés; puede seguir todo tal cual, con un sistema binominal y constitución que nos siga recordando los enclaves autoritarios; puede suceder el fin del mundo. ¿Quién sabe? Sólo podemos especular y entregarle un matiz visionario a las ciencias sociales, un carácter Salfaterista 5 , o un tenue sentido visionario.

Chile puede seguir siendo un modelo ejemplar a la hora de hacer cambios; como lo fue la vía chilena (democrática) al socialismo, como lo fue la neoliberalización en dictadura, como lo podría ser un derrumbe de la democracia no-representativa a cambio de un modelo realmente representativo, con una nueva Carta Fundamental generada por la soberanía constituyente de la ciudadanía aunque esto pueda sonar más utópicoy sin un sistema binominal que legitima la 8 elitización política. Chile puede ser el modelo ejemplar de consolidar un Estado social-liberal que funcione, que realmente regule y despersonalice mediante las instituciones. Los chilenos podemos volver a la cultura de la omnipotencia, estas nuevas generaciones, mi generación, tienen el poder de cambio; el cambio pudo estar en el 2002 como decía Tironi, pero la generación de ésa época no reaccionó al cambio. La transición devino en consolidar un modelo de sociedad, y la finalización de la transición será, en término político y social, cuando se comience a gestar un modelo-país que no esté basado en la herencia (explícita) de la dictadura; es decir, la finalización (efectiva) será cuando plantemos una nueva semilla de modelo de sociedad, sus raíces se alimenten de la democracia, y constantemente se le realicen podas que regulen su extensión. Subimos cada escalón de la transición y nos encontramos con una puerta cerrada con llave y candado y, para abrirla, es necesario el despertar de la sociedad (que se traduce en la exigencia de cambios),

5 Este concepto no sé si se ha implementado anteriormente, pero lo utilizo dando cuenta de una cultura de la conspiración, la cual prevé el devenir de la sociedad en torno a grandes conspiraciones que cambiarían modelos de sociedades y, con ello, modos de vida.

Sebastian E. Adasme Favreau

Bibliografía

Laclau, Ernesto. La deriva populista y la centroizquierda latinoamericana, en Nueva Sociedad, 205, 2006.

Durán, Carlos. Sobre promesas y amenazas: el fin de los enclaves autoritarios y las paradojas de una transición exitosa. Nostromo. Revista crítica latinoamericana, 2009, año II, número 2.

Lechner, Norbert. De la revolución a la democracia, en Crisis del Estado en América Latina. LOM, Santiago, 2006.

Tironi, Eugenio. Sólo ayer éramos dioses, en La torre de Babel: ensayos de crítica y renovación política. SUR, Santiago, 1984.

Przeworski, Adam. Transiciones a la Democracia (Cap. 2), en Democracia y mercado. Reformas políticas y económicas en la Europa del Este y América Latina. Cambridge University Press, Cambridge, 1995.

Bresser Pereira, L. Reforma del Estado en los años 90: lógica y mecanismos de control.

Trabajo presentado a la II reunión del círculo de Montevideo, Barcelona, 25-26 de abril

1997.

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Tironi, Eugenio. El cambio está aquí. Consorcio periodístico de Chile COPESA, 2002.

Garcés, Mario. El despertar de la sociedad. Los movimientos sociales en América Latina y Chile. LOM, Santiago, 2012.

Sebastian Eduardo Adasme Favreau Ensayo para la cátedra Historia Social y Política de América Latina II Profesor: Carlos Durán

Pregrado de Sociología, Universidad Alberto Hurtado Junio, 2012