Vous êtes sur la page 1sur 23

CAPÍTULO UNO

Algunos meses antes

La noche llega antes de lo previsto a la ciudad. Las sombras crecen en las esquinas, se multiplican, dibujan siluetas en los muros. Los faroles se encienden con

un leve titilar amarillo y, por segundos, se esfuman de tantos mosquitos a su alrededor. El callejón es un largo túnel negro. Silencio. Una gota de agua cae y se esparce entre la basura. Luego otra. Y otra. No, la última no fue una gota: es un paso. Alguien camina, quiebra la oscuridad y el silencio, como una piedra, destroza una ventana. Una bufanda cubre

el

rostro y revolotea junto con las botas que llenan de ecos

el

lugar. Avanza con seguridad. Parece conocer el camino. Se detiene y agudiza el oído. Le pareció escuchar algo. No, no es nada. Retoma la marcha. “En qué minuto acepté ese trabajo, en qué estaría

pensando. ¡No doy más! Sólo quiero meterme en mi cama

y dormir, dormir, dormir. No despertar en mucho tiempo. Quedarme así, inmóvil, esperando que…”

14

No. Ahora lo oyó claramente: alguien camina a sus espaldas. Tiene miedo y apura el paso. Atrás, también empiezan a correr. Un farol casi apagado le indica que todavía está lejos de la salida del callejón. La luz cae como una débil neblina amarillenta. Una sombra se le adelanta. Se detiene, en seco. Alguien está al frente. Y jadea. Quiere gritar, pero su garganta está anudada por dentro. Casi no siente cuando le toman la mano para pasarle una caja. Esa otra persona tiene los dedos mojados. —Tome —le susurra la voz mientras va desplomán- dose hacia el suelo—. Guárdela… No puede contestarle. La silueta está de rodillas, sujetándose con ambas manos el vientre. El farol apenas ilumina la sangre que va haciendo charcos en el suelo. —Guárdela… Oculta la caja bajo la bufanda. Se echa a correr. Y lo hace hasta que sale del callejón. Y sigue su carrera con ese bulto recién entregado que presiona contra su pecho. Corre lejos. Lejos. Para no sentir ni ver llegar la muerte a sus espaldas.

CAPÍTULO DOS

Leven anclas

El pitazo del Neptuno resonó largo rato y apuró el movi- miento de los que deambulaban por la Terminal 8 del puerto de Miami. El mediodía se anunciaba sobre las cabezas sin necesidad de relojes, anulaba las sombras y obligaba a algunos a cubrirse con sombreros. Felipe se acomodó su gorra con la insignia de los Marlins y se secó el sudor con el dorso de la mano. Bajó la vista desde el cielo sin nubes hasta su amigo Pablo, que caminaba algunos pasos más adelante, muy erguido, con la mochila en la espalda, sin verse afectado por el feroz calor de ese día sábado de verano. Los dos muchachos habían dado un saltito de emoción cuando el auto que los condujo hasta el puerto avanzó por la Biscayne Boulevard e inesperadamen- te dobló a la izquierda en Port Boulevard, enfrentándolos de golpe y sin aviso a su destino. —Tienen suerte, muchachos —dijo el taxista con un dejo de envidia—. No se habla de otra cosa que no sea ese crucero que van a tomar… Efectivamente, la prensa de toda Florida llevaba semanas anunciando que zarparía el crucero llamado Neptuno, un buque recién remodelado que prometía diver- sión, aventuras y siete inolvidables días a los que asegura- ran pronto sus boletos. El viaje inaugural del navío llevaría

16

a sus pasajeros en una travesía, saliendo de Miami para,

luego de casi veinte horas de navegación, llegar a Nassau,

en Bahamas. De ahí seguirían rumbo a Saint Thomas, luego

a Saint Maarten para al cabo de una semana volver al punto de partida: la Terminal 8 del puerto de Miami.

Fue Pablo el que convenció a su amigo Felipe de sacar dinero del banco y hacer una reservación en uno de los ca- marotes enchapados en fina madera de roble, tal como decía

el folleto que ambos consiguieron en la agencia de viajes. —En verdad que necesitamos tomarnos unas vaca-

ciones en forma urgente —sentenció el ojinegro sin despe- gar la mirada de las fabulosas fotografías del buque. —Híjole, pero encerrarme una semana en alta mar… —se quejó el gordo Felipe—. Además, yo sufro de mareo. —Eso no es cierto, chico. Yo he ido a pescar contigo

y nunca, nunca, te he visto marearte. —Bueno… pero siempre hay una primera vez… —Además, quién sabe —murmuró Pablo con voz de entusiasmo—… A lo mejor esta vez también nos toca resol- ver algún misterio… —¡Órale, Sherlock! —exclamó Felipe—. Hasta que confiesas la verdad. Por eso te quieres subir al Neptuno, porque estás esperando que algo pase, para seguir jugando

al detective… Pablo recordó esa conversación con su amigo mien-

tras avanzaba por el asfalto hirviente, rumbo a la escaleri- lla que lo llevaría a la cubierta del buque. Dejó el paso a dos mujeres que se le adelantaron, arrastrando sus maletas. Alcanzó a oír que la menor de ellas, una muchacha que debía estar en sus treinta, dijo:

—Debe embarcarse gente muy adinerada, ¿no crees,

mamá?

—Claro que sí. Si no fuera de esa manera, no pondría un pie a bordo —le contestó.

17

Marcela Vicario miró a su madre de reojo, y no res- pondió al comentario. —Es un barco hermoso. Míralo. ¡Qué emoción! —se agitó doña Luisa tomando el brazo de su hija. —Hace tanto calor… —balbuceó Marcela. —¿De verdad? Ni cuenta me había dado. Oye, huele ese aire salado. Ay, hija, nos la vamos a pasar tan bien en estas vacaciones… —dijo Luisa llena de emoción. Las sombras de las gaviotas trazaban círculos en el cemento del puerto. Sobrevolaban las cabezas de los pasaje- ros y de todos los curiosos que esa mañana habían acudido a ver zarpar al Neptuno, el nuevo rey de los mares. La embar- cación estaba pintada de un blanco impecable, recién pulido,

fragante a madera barnizada y a esmalte protector. La cubier-

ta se extendía hasta el vértice de la proa, distribuida en varios

desniveles, repleta de mesas, sillas y tumbonas, y salpicada por el desorden colorido de varios puñados de quitasoles. Dos enormes chimeneas negras se alzaban tan altas como las grúas metálicas del puerto. Por fin Felipe alcanzó a Pablo y juntos llegaron a la

pasarela. Treparon ansiosos; les seguían los pasos a Marcela

y

la señora Luisa. Un oficial de impecable uniforme y con

la

insignia del Neptuno bordada sobre un bolsillo del pecho

les salió al encuentro. —Hola, buenas tardes. Sean bienvenidos a bordo del Neptuno —dijo como repitiendo un discurso—. Que tengan una agradable estadía.

—¡Qué muchacho más adorable! —la señora Luisa

le

palmeó la mejilla. Mientras Marcela terminaba de recibir los consejos

y

recomendaciones del oficial, Luisa desvió la mirada. Su

vista se posó unos momentos en ese par de muchachitos, de no más de diecisiete años, que venían tras ella. Uno tenía la piel color canela, que enmarcaba dos enormes y oscuros

18

ojos llenos de vida. Supuso que sería puertorriqueño, por el acento que le oyó al hablar. El otro, un poco más gordo

y con el pelo revuelto, resoplaba a causa de la caminata a

través del muelle. Luisa agudizó el oído. Cuando le escuchó un “esto está de pelos”, concluyó que era mexicano y su cu-

riosidad quedó conforme. Entonces, ya satisfecha de saber el origen de sus dos nuevos compañeros de viaje, dejó que sus pupilas revolotearan más allá de la pasarela, hacia el sector donde se terminaban de estacionar los autos. El rostro de una mujer que parecía sonreírle desde la distancia llamó su atención. —Yo la conozco… —dudó un poco, frunciendo el ceño—. La conozco… Pero ¿de dónde? Marcela recibió de vuelta sus papeles, agradeció las palabras del oficial que insistía en sus consejos para que tuviera un agradable viaje, se separó de Pablo y Felipe, que buscaban en sus mochilas sus identificaciones, y apuró a su madre. Desde la cubierta, Luisa siguió los pasos de aquella otra mujer que, como ella, también escuchó la bienvenida al final de la pasarela. —¡Ya sé! —gritó de pronto—. ¡Es Aurora! Marcela estaba tan concentrada admirando la cubier-

ta del barco que no prestó atención a su madre.

—¡Es Aurora de Santa María! Cuando Luisa pronunció su nombre, la mujer levantó la cabeza. Una sonrisa se dibujó en sus labios al ver que alguien la miraba fijamente. —¡Pero si es Luisa Vicario! ¡Alberto, Alberto! — apuró a su marido, que apenas tuvo tiempo de recibir de regreso sus papeles de manos del oficial—. ¡Ven, que quiero presentártela! Aurora terminó de subir con verdadero pánico la os- cilante pasarela que iba desde la orilla del muelle hasta la pulida cubierta del Neptuno. Luego de un abrazo, Luisa y

19

Aurora se miraron a la cara. Al fin las dos estuvieron frente a frente, y con todo el pasado en sus memorias. —Me cae que esto no va a ser tan emocionante como pensábamos —se quejó Felipe. —¿Por qué lo dices? —preguntó Pablo. —Mira a nuestros compañeros de viaje… ¡Puros vie- jitos! —rezongó—. Y para colmo, ya me dio hambre. ¿A qué hora servirán la comida en este bote?

***

En el muelle, las maletas y baúles formaban un gran montí- culo a un costado de la embarcación. Algunos hombres carga- ban el equipaje y el resto del personal de tierra se encargaba de mantener alejada a la muchedumbre que hacía lo imposi- ble por acercarse y echar un vistazo a la lujosa embarcación. Una muchacha alzó la cabeza por encima de varias maletas. El pelo le caía recto hasta los hombros y apretaba un bolso de tela contra su pecho. Sus ojos negros y vivaces se orientaron en el lugar, comprobando que tenía libre el camino frente a ella. Entonces comenzó a avanzar hacia la pasarela con la misma decisión que los pasajeros que hacían una pequeña fila para subir a bordo. Un hombre le habló por detrás y la cogió del brazo. —Señorita, no puede pasar. La joven se dio vuelta al instante, como si hubiese estado esperando ser detenida. —Yo… yo tengo que embarcarme. El empleado seguía afirmándola del brazo, con una sonrisa algo irónica en medio del rostro reseco y sucio. —Sí, claro. No soy tonto. Váyase de aquí. La muchacha miró hacia el Neptuno: el oficial del uniforme impecable y la insignia bordaba sobre el pecho

20

seguía verificando la documentación de los pasajeros con la misma calma y buena disposición que antes. —Hablo en serio. Aléjese de aquí, que tenemos que seguir trabajando. —Suélteme, por favor. Otro maletero apareció por un costado. Se limpió el sudor del cuello y la cara con el borde de su camiseta y escupió junto a sus zapatos. Había un olor a grasa tibia flo- tando por encima del asfalto que los rodeaba. —¿Qué pasa? —Tenemos una curiosa husmeando por aquí. —A lo mejor quiere subirse escondida entre las maletas. —No. Yo vengo a trabajar a bordo. Suélteme — reclamó ella. La muchacha trató de zafarse de la mano que le ate- nazaba el brazo. Y como no pudo, dio un grito que sólo algunas de las personas que por ahí circulaban pudieron oír. Algunos se detuvieron a ver qué sucedía y luego siguieron caminando. Entonces, ella juntó aire en sus pulmones para exclamar:

—¡Martín! ¡Martín! El oficial, que aún estaba junto a la escalerilla del Neptuno, levantó la cabeza y pareció buscar en el aire a quien podía estar llamándolo con ese tono de urgencia. Vio rostros de pasajeros que esperaban subir a bordo; más atrás, la línea de embarque delimitada por un grueso cordel; un alto de maletas y equipaje y algunos cargadores trabajando alrededor; y dos hombres y una muchacha que parecía estar mirándolo precisamente a él… A él. “¡Patricia!”. —Un segundo, por favor. Un señor con una máquina fotográfica colgada al cuello y guayabera estampada con motivos tropicales, que estaba a punto de entregarle sus documentos, no entendió nada cuando el oficial lo dejó con la mano estirada, abandonó

21

su puesto de bienvenida y corrió hacia la zona de carga. La joven sonrió al ver llegar a Martín junto a ella. —¿Qué pasa aquí? —Es esta señorita, oficial. La sorprendimos cuando quiso subir sin ser vista. El oficial dio un paso hacia el frente y tomó a Patricia por el otro brazo. —Es una pasajera también —dijo en tono molesto—. Vuelvan a su trabajo. ¡Ahora! El cargador y su amigo cruzaron una rápida y con- fundida mirada y volvieron a limpiarse el sudor, tan espeso como el aceite que manchaba el suelo. —Vamos, Patricia. La joven volvió a apretar su bolso contra el pecho y salió casi corriendo del lugar. El oficial se volvió hacia los dos hombres que seguían inmóviles sin despegar los ojos de la muchacha que avanzaba ahora con renovada confianza hacia el Neptuno. —¿Qué les acabo de decir? Vuelvan ahora a sus tra-

bajos.

Uno de ellos se atrevió a murmurar:

—¿Sabe el capitán que usted va a dejarla embarcarse? Martín se detuvo. Miró por encima de su hombro y endureció la voz:

—Vuelvan a sus trabajos. ¡Es una orden! Patricia se colocó junto al señor de guayabera, alegre y con una profunda expresión de alivio reflejada en sus ojos negros. Martín retomó su lugar y recibió los documentos de los siguientes pasajeros que ya habían empezado a moles- tarse por el retraso. —Gracias. Ni te imaginas la cantidad de problemas que he tenido para llegar hasta acá —le dijo Patricia. —¿Y se puede saber dónde estabas? ¡Hace más de dos horas que tenías que estar aquí! —exclamó irritado el

22

oficial cuando estuvieron solos—. Si hubieras llegado a la hora que te citaron, te habrías ahorrado un mal rato. —Tenía que hacer algunos trámites. Martín, voy a estar una semana fuera de mi casa. No era cosa de irme así como así —se defendió la joven. —¡Por favor, Patricia! ¡Esto es un trabajo! Le dije al capitán que eras muy buena y profesional. No me defrau- des —replicó Martín, y mirando hacia una pareja de recién casados que caminaba hacia él, cambió su tono de voz para decirles—: Bienvenidos a bordo del Neptuno. Tengan la amabilidad de subir. Patricia se sentó en el suelo y cruzó las piernas como si fuera a comenzar una sesión de yoga. —Estoy agotada. Me muero de sueño. ¡Es que me levanté al alba! Martín la fulminó con la mirada, ordenándole, sin abrir la boca, que se pusiera de pie cuanto antes. Como la muchacha no obedeció, él la tomó por un brazo y la obligó

a levantarse. —¿Adónde crees que estás? Patricia, tu nombre está impreso en el programa de actividades de esta noche, y eso significa que ya formas partes de la tripulación del Neptuno. ¡Ten un poco más de respeto, por favor! —¿Y qué? ¿Eso quiere decir que no puedo sentarme

a descansar un rato? ¡Me duelen los pies! Los ojos de Martín se ensombrecieron al responder:

—Ubica tu camarote y espérame ahí. Parece que todavía no has entendido bien que viniste a trabajar y no a divertirte. Patricia suspiró y le dio un beso en la mejilla. —No te preocupes, no voy a defraudarte. Y se alejó por la cubierta, dando brincos de alegría.

***

23

El sol marcó el paso de las horas en su recorrido por el cielo. Las sombras se alargaron hacia el mar, los curiosos crecieron en número, acordonados tras la línea de embarque y Martín Cifuentes sintió el cansancio del trabajo acumular- se en sus hombros. La mañana entera estuvo controlando la documentación de los pasajeros, todos de las más variadas nacionalidades. Repitió consejos para un agradable viaje, saludó a nombre del capitán y de la tripulación, elogió las comodidades del Neptuno y detalló la travesía a quien qui- siera conocerla. A las dos de la tarde consultó la lista de pasajeros. Todos los nombres estaban tachados. No, casi todos. Un tal Guido Blanche aún no se había presentado. El oficial dio un rápido vistazo a su reloj. —Está casi en la hora —murmuró. Recordó el rostro de una joven que se embarcó con tantas maletas como días duraba el viaje. Su nombre:

Ángela de Carrillo. Hermosa, bronceada, de intensos ojos verdes, cruzó frente a él como impulsada por una corriente de aire y dejó a su paso un rastro alegre. Su marido, un tipo silencioso que se limitó a entregar y recibir de vuelta sus papeles, no dijo nunca ni una sola palabra. El arco de sus cejas ocultaba su mirada, y Martín nunca supo si le prestó algún tipo de atención o no. Pablo y Felipe se acodaron en la baranda de cubierta. Desde ahí se dedicaron a ver a los cargadores que subían las últimas piezas de equipaje. Al parecer, ya todo estaba listo para abandonar el puerto. —Pensé que íbamos a ser más pasajeros —comentó el gordo mordiendo una barra de granola y azúcar que se había preocupado de echar a su mochila. —¿No leíste la página web del crucero? —le respon- dió su amigo—. Precisamente ésa es la gracia. Así pueden tener una atención especializada.

24

—¡Órale! ¿Eso significa que nos van a tratar como príncipes? —¡Como si fuéramos reyes! De pronto, un murmullo de agitación sacudió a la muchedumbre agolpada en el muelle. Felipe y Pablo aso- maron medio cuerpo para poder ver con mayor detalle cuando una limusina negra, de rigurosos vidrios oscuros, frenó con estruendo sobre el pavimento caliente. El gordo se agitó, ansioso. —¡Un famoso! ¡Ojalá sea Paulina Rubio! —suplicó en un susurro. Un chofer saltó a tierra y abrió con diligencia una de las puertas traseras. Todos los presenten contuvieron la res- piración por unos instantes, el tiempo justo que se tardó en aparecer el pasajero de aquel vehículo. Un hombre de traje claro, bastón de empuñadura dorada y pelo negro, meticu- losamente peinado hacia atrás, bajó con gran ceremonia. Su cuerpo redondo y estridente voz aguda se hicieron ver y oír por todas las esquinas de la Terminal 8. —¡Vite! ¡Vite! ¡No quiero que digan que Guido Blanche hace esperar a nadie! ¡Vite, s’il vous plaît! — ordenó arrastrando las erres. Pablo volteó hacia su amigo, que parecía hundirse poco a poco de la desilusión. —¡Ay, bendito Dios! —le dijo en medio de una car- cajada—. Tu Paulina Rubio tiene cara de hombre y cuerpo de globo. Con paso lento, lo vieron dirigirse hacia Martín, que no supo si hacer una reverencia o recibir los papeles que le estaban extendiendo. En cosa de segundos, Guido Blanche estuvo en cubierta y pidió hablar inmediatamente con el capitán. —Él vendrá más tarde a presentarse en persona —res- pondió el oficial. —Dígale que Guido Blanche desea hablar con él.

25

Martín se rascó una mejilla con impaciencia. De todos modos sonrió con forzada amabilidad. —Disculpe, ya se lo dije: el capitán ya vendrá a re- cibirlos. —Entonces dígale de mi parte que me gusta mucho su barco —precisó y miró a su alrededor con ojos compla- cientes. —Señor Blanche… —alcanzó a decir el hombre. —¡Blanche! —corrigió Guido de inmediato, aspi- rando con exageración la última sílaba—. Es un apellido francés, ¿sabe? —Disculpe. Me alegro que le guste nuestro crucero. No hay otro como el Neptuno. —Oui, lo sé —puntualizó y se tocó una sien con su

bastón. Como se produjo un silencio en el que ninguno de los dos hombres dijo algo, el oficial se apresuró a preguntar:

—¿Por qué no me sigue? Lo voy a llevar al salón de

estar.

Entraron a un angosto pasillo alfombrado. Al fondo, tras una puerta de madera clara, se escuchaban conversacio- nes. Adentro, Guido conoció a Luisa y a su hija Marcela; a Bruno Montanari, un elegante caballero que se presentó con voz profunda y un cálido estrechón de manos. Le sonrió a la atractiva señora de Carrillo, que cuando intentó ponerse de pie para saludar fue retenida en su asiento por Roberto, su marido. Junto a ellos estaban Aurora y Alberto Santa María. Se sorprendió de ver a dos muchachitos que sólo hablaban entre ellos. El más gordo tenía puestos unos audífonos en las orejas y manipulaba algo que Guido no supo si era un reproductor musical, un teléfono celular moderno o una pantallita de televisión. El otro tomaba notas en silencio, y cada tanto paseaba su vista por los rostros de los presentes, como auscultándolos.

26

—Esta juventud de hoy en día… Mírelos. Cada uno metido en su mundo, sin compartir con nadie —se quejó con Martín, mientras buscaba un lugar donde sentarse. De pronto, Guido Blanche vio en un rincón a un hombre que jugaba con una cajetilla de fósforos entre sus dedos. Su rostro parecía tallado en piedra: perfil recto, pómulos angulosos, labios algo estrechos. —¿Quién es? —preguntó al oído de su acompañante. —Es un famoso detective. El rostro de Guido se volvió de golpe más blanco que el casco exterior del Neptuno. Quiso desistir de su próxima pregunta, pero su boca fue más rápida que la razón. —¿Y qué hace aquí? —De vacaciones, igual que usted, señor Blanche —le contestó el oficial, tratando esta vez de pronunciar co- rrectamente ese extranjero apellido.

***

La conversación se había vuelto cómoda y agradable para todos los pasajeros. Cada cierto tiempo entraba una camarera

a llenar las copas, reponer los platos con canapés o pastelillos

o acomodar los cojines en un sillón. Luego de dar un rápido vistazo y comprobar que todo estaba en orden, enderezó el centro de mesa, sirvió un nuevo coctel y miró por la clara- boya: afuera el sol brillaba sobre el agua y en cubierta se estaban preparando para levar anclas. El lugar estaba invadido por el olor a pintura fresca

y a madera recién barnizada. Las cortinas de tul se mecían al compás del barco y se rozaban la una a la otra dejando pasar, y luego ocultando, un hilo de luz que chocaba en un punto amarillo contra la mesa de centro. La voz de Aurora de Santa María irrumpió en la sala:

27

—¡Estaba tan nerviosa ayer por la tarde! No hice nada más que dar vueltas y vueltas por la casa, revisando las maletas. ¿No es cierto, Alberto? Su marido asintió con la cabeza. —Que la ropa, que los pasajes, que cerrar con fuerza las ventanas —se volteó inesperadamente hacia Marcela y la apuntó con un dedo—. Me imagino que tú habrás ayudado a tu madre con todos los detalles, ¿verdad? Marcela intentó sonreír con algo más que una mueca de desagrado. Pero no pudo. —¡Claro que sí! —contestó Luisa mientras dirigía una severa mirada de reproche a su hija—. Marcela es muy servicial, y me ayuda en todo. Se produjo una pausa en la conversación. Luisa apro- vechó para acercarse a Aurora y hablarle en voz baja. —¿Me creerás que ya estoy mareada? Nunca he sido muy buena para soportar el vaivén de… —¿No se siente bien? —la interrumpió la voz de un hombre. La señora Luisa levantó la cabeza para ver quién le hablaba. Desde el otro lado del salón, Bruno Montanari le sonrió. —¡Sí, sí, me siento espléndida! —contestó ella lige- ramente ruborizada y sin saber por qué. Se volvió de inmediato hacia Aurora, mirándola llena de emoción. —¿Lo reconociste? —dijo en un susurro. —¿A quién? —Al que me acaba de hablar. A Bruno Montanari… Aurora ahogó un grito de sorpresa. Se llevó ambas manos a la boca y volteó hacia su amiga con los ojos muy abiertos. —¡Pero qué viejo está!

28

—Eso no es cierto. Se ve muy bien —lo defendió Luisa con determinación—. ¿Le escuchaste la voz? Igual que siempre. Yo no me perdía sus telenovelas. —¿Cómo se llamaba ésa que hizo con Lupita Ferrer? —Ay, no sé, fue hace tantos años… Está igualito. —¿Y qué hace acá? —Paseando, supongo. Lo último que supe de él era que se había radicado en Argentina. —¿Seguirá actuando? —¡Qué emoción! —se alegró Luisa como una niña de diez años—. Vamos a viajar junto a Bruno Montanari —y agregó recio, alzando la voz—. ¿Dónde se metió la camarera? Marcela reaccionó de inmediato, clavándole la mirada a su madre. —¿Por qué? ¿Vas a pedirle un trago? La señora Luisa terminó de enrojecer. Sonrió a sus vecinos mientras sus ojos despedían destellos de ira. —No, mi amor. Claro que no. Quiero agua —contes- tó con fingida dulzura. —¿Quiere que vaya a buscarla? —todos se fijaron en Ángela de Carrillo, que se había puesto de pie. —Muchas gracias, pero no se moleste. Mi hija Marcela puede… —Luisa se interrumpió de golpe cuando sintió el codo de Marcela en sus costillas. —No es molestia, yo busco a la mesonera. Además, quiero ir a cubierta. El día está arrecho. Y salió del lugar, seguida por su marido. —Venezolana —dijo Pablo en un susurro a Felipe que no lo oyó a causa del iPod en sus orejas. Pero no le importó, porque acto seguido anotó ese nuevo dato en su libreta de investigaciones. De pronto, todos oyeron el chasquido de un fósforo al encenderse. Al voltear, Pablo vio que el misterioso hombre sentado en la esquina, ese que no había abierto la boca en

29

todo el tiempo que llevaban reunidos en el salón, miraba con atención una llamita que se consumía frente a sus ojos. Le habría gustado acercarse a él y preguntarle quién era, qué hacía allí tan solo y por qué no hablaba con ninguno de los presentes. Quizá se hubiera atrevido a hacerlo si la camarera no hubiera entrado de improviso. —¡Ah, linda! —exclamó la señora Luisa—. Necesito un vaso de agua. —Enseguida se lo traigo —dijo la joven, y salió nue- vamente del salón. Bruno se puso de pie. Era mucho más alto de lo que todos pensaban y, doblándose en dos, se inclinó sobre Luisa a quien se le congeló la respiración a causa de los nervios y la emoción. ¡Bruno Montanari, el famoso galán de los ochenta, le estaba hablando a ella a escasos centímetros de su rostro! —¿Y está segura que se siente bien…? —Sí… sí… Gracias… —contestó entre suspiros. Marcela tuvo que hacerse a un lado cuando Bruno intentó sentarse junto a su madre. Entonces ella se puso de pie y tomó la mano de la señora Luisa. —Ven, mamá, vamos nosotras también a la cubierta. —¿Ahora? —preguntó frustrada su madre, siempre mirando de reojo al actor argentino. —Ahora. Las dos salieron del lugar, una arrastrando a la otra. Fue entonces que Alberto Santa María miró a Guido y le preguntó:

—¿A qué se dedica? —¿Moi? Soy diseñador de alta costura. —¡No le puedo creer! ¡Qué interesante! —Aurora se enderezó en su asiento. “Francés”, anotó Pablo en su libreta. Esto parece la Torre de Babel, pensó sin quitarle la vista de encima a los presentes.

30

—Hace poco estuve en París —agregó Bruno con ojos soñadores—. Qué ciudad… —¡Precioso país! —sentenció Aurora—. Los france- ses son personas encantadoras… Guido le tomó la mano y le besó el dorso. —Señor Santa María, tiene usted una hermosa mujer —musitó en un ronroneo de erres y eses. Aurora bajó la vista y sonrió como una colegiala. Pablo volteó intrigado hacia el hombre que seguía sentado junto a la puerta. Encendió un nuevo fósforo y se quedó ahí, con el fuego reflejado en sus pupilas, hasta que se apagó. “¿Quién será?”, se preguntó el muchacho. —Yo sólo espero que ese hombre no vaya a encender un cigarrillo —oyó decir al modisto—. Eso está tan pasado de moda… ¡Hace ya veinte años que yo no fumo, ma cherie…! ¡Veinte años! —gritó a todo el que quisiera oírlo. Un largo pitazo resonó en el puerto en los oídos de todos los pasajeros y terminó por ocultar la voz de Guido Blanche. De ese modo, Pablo supo que el Neptuno había comenzado a zarpar.

***

—¡Pero qué camarote más cómodo! —la señora Luisa corrió a sentarse a la cama—. Es un buen colchón, eso me alegra. Sufro lumbago, ¿sabe? La camarera, de pie en el marco de la puerta, le sonrió. Pensó que era una agradable pasajera, no como ese sujeto de apellido Zuluaga, que decían era detective y que se limitó a recibir su llave y a cerrar la puerta delante de sus narices. Él era extraño. —¿Y tu nombre, cuál es? —preguntó la mujer. —Betty, señora. A sus órdenes.

31

—Gracias, Betty. Aquí tienes… —y Luisa le ofreció un billete de veinte dólares que la muchacha aceptó con una sonrisa. Betty siguió su camino por el largo pasillo. Golpeó la puerta de los Santa María. Alberto le abrió. —¿Está todo bien? ¿Necesita algo, señor? El hombre negó con una sonrisa en los labios. La ca- marera alargó el cuello para ver hacia el interior del dormi- torio. No pudo encontrar a Aurora. El siguiente camarote era el de Bruno Montanari. El actor la atendió con un cigarro en una mano y un libro en la otra. —No, muchas gracias. Cualquier cosa que necesite se la haré saber —dijo y cerró la puerta con suavidad. La muchacha recordaba perfectamente una de las últimas telenovelas en la que lo había visto. Bruno ya no era el galán, ni el héroe de la historia. Interpretaba al padre de la protagonista, supuestamente un señor de avanzada edad que moría luego de un par de capítulos. Recordaba, además, haber leído en un periódico que el actor estaba furioso con la producción y que se había quejado amar- gamente de que ya no existía respeto por la trayectoria de los artistas, que hoy en día cualquiera podía ser estrella de televisión y que él merecía mucho más respeto que el que le estaban brindando. Betty suspiró con cierta tristeza:

cuando ella era una niña, Bruno Montanari era un ídolo en todo Latinoamérica; ahora, en cambio, sólo hacía papelitos de tercera categoría. Apenas golpeó en la siguiente puerta, un muchacho de ojos muy oscuros abrió al instante. Más atrás, su compa- ñero estaba con medio cuerpo asomado por la ventana del camarote. —No, no necesitamos nada, gracias —le dijo Pablo—. Esto está bien chévere.

32

—¡De poca madre! —gritó el otro muchacho con acento mexicano—. ¡Me siento como Leonardo DiCaprio en Titanic! I’m the king of the world! —exclamó con pésima pronunciación. La muchacha agradeció en silencio la presencia de ese par de jóvenes entre los pasajeros del Neptuno. Estaba segura que la harían reír con sus ocurrencias y que serían un motivo de distracción en medio de su intenso trabajo que estaba apenas comenzado. —¿Usted sabe si hay wireless en las habitaciones? —preguntó Felipe, sacando su laptop del interior de una mochila. Betty les explicó que de proa a popa el buque contaba

con servicio inalámbrico de Internet gratuito, cosa que el gordo agradeció con aplausos. Ella, luego de recordarles que para cualquier cosa que necesitaran sólo debían llamar por teléfono a la central, salió de la habitación. Suspiró de alivio porque al fin había terminado su ronda en el pasillo que le fue asignado antes de zarpar. Eran diez puertas distribuidas

a lo largo del corredor, todas con su número en dorado al

centro y los picaportes de bronce recién pulidos. El mismo olor a pintura y barniz que envolvía el exterior de la embar- cación se podía sentir en su interior: ésa era la preocupación

personal del capitán, que quería que el Neptuno luciera como recién salido del astillero. Al inicio del corredor había una escala que condu- cía a los salones y que, hacia abajo, desembocaba en una nueva hilera de camarotes. En el otro extremo, una puerta vidriada comunicaba con la cubierta. Un gran espejo, junto

a la escala, daba la amplitud necesaria al estrecho pasillo de

paredes enchapadas en madera rubia. Antes de salir, la cama-

rera perfumó el aire con desodorante ambiental de vainilla.

Cuando atravesó la puerta de vidrio y llegó a la terraza,

el aire marino golpeó su cara y la hizo entrecerrar los ojos. En

33

una esquina se bronceaba Ángela de Carrillo, tumbada al sol en una silla reclinable y vestida sólo con un diminuto biquini que atraía las miradas de los que la rodeaban. Un poco más atrás estaba Roberto, su marido, concentrando en seguir el vaivén de la línea del horizonte, dibujado por encima de la baranda. Al otro lado de cubierta la camarera vio conversar animadamente a Guido Blanche y Aurora de Santa María. Él parecía muy en- tretenido y se reía con grandes y estridentes carcajadas. En un momento de la plática, apuntó al cielo con su bastón dorado. —Disculpa —era la voz de Ángela—. ¿Podrías pedirle a alguien que me traiga un jugo de frutas, por favor? Tú sabes, el sol da tanta sed… Betty levantó la vista y se encontró con los ojos oscuros de Roberto, que no pestañearon ni una sola vez. —Sí, sí, claro —contestó, intimidada por ese par de pupilas. Cuando la camarera devolvió su camino, se topó de frente con el oficial Martín Cifuentes, que atravesaba el pasillo en compañía de aquella muchacha que se decía haría un espectáculo esa misma noche. Patricia, recordó que se llamaba. La pareja siguió hasta llegar a la escalera. Una vez en el piso superior, se internaron por un pasillo aún más angosto que los anteriores. Patricia se entretuvo en contemplar, colgadas en los muros, una serie de pinturas de otros barcos de pasajeros similares al Neptuno. —Son todos iguales —comentó, aburrida. —El Neptuno es único —rebatió Martín al instante. La puerta de la cabina del capitán era de madera oscura y tan ancha como el pasillo mismo. Martín golpeó con los nudillos. —¡Adelante! —se escuchó del interior. El oficial abrió y se cuadró frente al capitán, sentado tras un escritorio de patas talladas y de amplia superficie.

34

Otra persona lo acompañaba: era un hombre vestido con una impecable pechera blanca y un pañuelo también blanco alrededor del cuello. —Un momento, teniente. Ya termino con el jefe de cocina —apuntó el capitán. Dio un par de indicaciones que Patricia, un poco más atrás y con las manos en los bolsillos, ni siquiera hizo el es- fuerzo de entender. Le pareció que hablaban del menú de la noche. Algo de unos canapés, de un coctel de camarones, aunque no estaba segura de haber escuchado bien. Toda su atención estaba en mirar a través de las claraboyas que como ojos perfectamente redondos se abrían hacia el mar. —Asimismo se hará —escuchó ella que decía el tipo de delantal blanco, al tiempo que abandonó el lugar, cerran- do la puerta a sus espaldas. —Dice que se perdió un paquete de veneno para ratones —comentó el capitán en un suspiro, como si estu- viera solo. Y al notar el pequeño sobresalto de asco en Patri- cia, agregó inmediatamente—: simple precaución. Martín seguía firme, incluso al hablar. —Ella es la bailarina que contratamos, capitán. —Muy bien. ¿Cuál es su nombre? —dijo mirando a la muchacha, que abrió los ojos más que nunca. La joven no contestó. Esa mirada azul, tan clara como el cielo sin nubes que alcanzaba a divisar al otro lado de las ventanas redondas, la intimidó. Cuando Martín, su vecino de barrio, le dijo que en el buque en el cual pensaba em- barcarse estaban buscando una persona que supiera bailar, no le mencionó nunca que todo sería tan serio y protocolar. Tenía ganas de renunciar, de decirles a esos dos hombres de uniforme que había cometido un error, que ella sólo quería divertirse un rato, que ni siquiera estaba segura de poder hacer un espectáculo que estuviera a la altura de las circuns- tancias. Pero necesitaba tanto el dinero, y…

35

—¿Su nombre cuál es? —insistió. —Patricia Jiménez. O Ivette de la Nuit, que es mi nombre artístico —respondió ella, que sin saber el porqué sintió de pronto vergüenza por ese apodo de fantasía que había inventado una noche aburrida. —El programa de esta noche ya está listo, capitán —intervino Martín—. En un rato será distribuido a cada pa- sajero. Además, ya presenté a Patricia con el encargado del salón de baile. El capitán se puso de pie. Asintió con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacerlo. Caminó hacia la puerta y abrió justo en el momento que el buque se sacudió con un ligero vaivén. Patricia perdió el paso y tuvo que afirmarse del brazo de Martín para evitar caerse al suelo. El capitán se limitó a comentar:

—Espero que no le ocurra lo mismo arriba del esce- nario. Sería muy lamentable. Patricia tuvo deseos de salir corriendo sin mirar hacia atrás, al borde de su aliento, para encerrarse y no salir de su habitación hasta que llegaran a un nuevo puerto. Pero se quedó ahí, inmóvil, y giró su vista hacia una de las venta- nas: por un instante habría jurado ver el rostro de un mucha- cho de ojos y pelo negros, asomándose al interior. Patricia negó con la cabeza, y pensó que era su imaginación. Pero estaba equivocada. Al otro lado de la ventana, Pablo conte- nía apenas el desbocado latido de su corazón por casi haber sido descubierto.