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Sustancias psicoactivas: panorama de su estructuración como drogas “ilegales”. Sentidos hegemónicos y contra-hegemónicos. *

Pablo E. Cosso

1. Introducción, historización y significación hegemónica del consumo psicoactivo.

Las drogas “ilegales” deben ser comprendidas como constructos sociales objetivados: las sustancias vegetales, fúngicas ó sintéticas que reciben dichas representaciones jurídicas, son portadoras pasivas de las propiedades asignadas por la ‘violencia realizativa’ (Derrida, 2002) mediante la cual, las formas de conocimiento y control hegemónicos caracterizan (nominan) socialmente a sustancias naturales (Cannabis, Mescalina, Hongos Psicoactivos, etc.) y producciones ó síntesis químicas de laboratorios (LSD, Cocaína, Heroína, Crack, etc.). Mac Rae, ha definido la constructividad social de dichas sustancias, en base a fundamentos históricos:

“…[la] propia concepción de “drogas ilícitas”, [es] una categoría arbitraria, de naturaleza exclusivamente política, sin ningún basamento científico. Las drogas consideradas lícitas varían en el tiempo y en el espacio. Recordemos por ejemplo que el tabaco […] tuvo su uso penalizado en el pasado en diversos países […] en la Rusia del siglo XVII podría acarrear la amputación de la nariz del usuario y la pena de muerte en los imperios Otomano y Chino (Escohotado, 1989:380)…” (Mac Rae, 1997:109) **

El golpe de fuerza jurídico del que surge el sentido de ilegalidad montado sobre ciertas sustancias psicoactivas, debe ser deconstruído (como propuesta ‘derrideana’) haciendo referencia a la condición histórica que asumió a mediados del siglo XX, el Derecho Hegemónico a nivel mundial (desde una instancia de ‘benignidad de penas’ respecto del ejemplo histórico precedente), luego expandiendo lineamientos a las estructuras locales (nacionales) de regulación y penalización social. La dinámica jurídica que imaginó a las drogas “ilegales” en las sociedades modernas, es parte de un momento específico, el cual Derrida, asimila a un golpe de fuerza: “…inaugurar, justificar el derecho, hacer la ley, consistiría en un golpe de fuerza, en una violencia realizativa…” (Op. cit., 2002:33, énfasis propio). La violencia realizativa, es la condición misma de la construcción social de las drogas “ilegales”,

* Monografía para el seminario de Antropología Jurídica: Ley, Derecho y Justicia Desde Una Perspectiva Antropológica. Primer cuatrimestre 2008. Facultad de Humanidades, UNSa. Docente: Pedro Marcelo Ibarra.

** Traducción del original en portugués. De ahora en más, siempre que aparezca un asterisco entre corchetes ([*]), una vez finalizada la cita, deberá entenderse que el fragmento textual reproducido ha sido traducido por el autor de ésta monografía.

materializada sobre momentos de “medicalización” y “criminalización” respecto de las experiencias de consumo con y las propias sustancias psicoactivas.

El Derecho hegemónico, entendido como un modo específico de imaginar la realidad social (B. De Souza Santos, 1991:3), construye escalas de inteligibilidad sobre los sujetos y sus experiencias, en éste caso respecto del consumo psicoactivo. Basa dicha necesidad de construcción de escalas en la misma imaginación de poder que pone en juego para controlar ciertas prácticas sociales tras un momento de selección ó distorsión “operativa”. Las representaciones escogidas que “nutren” a las leyes anti-drogas, provienen pues de una distorsión de la realidad social, caracterizada siguiendo los conceptos de B. De Souza Santos como una: “…decisión sobre el grado de pormenorización de la representación…” (ibidem:5); cuestión que a grandes rasgos implica un distanciamiento de las sustancias psicoactivas de un caudal de prácticas que suelen contenerlas: religiosas, artísticas, intelectuales, controles “nativos”, etc. Lo que ostenta el ‘esqueleto prohibicionista’ psicoactivo como representaciones, responde a elementos escogidos ex-profeso de los ámbitos salúbricos y delictivos, “nutridos” tanto por la imaginación bio- política y como diría Marx (1974) por la también imaginada “productividad social del crimen” (dentro de la división social del trabajo), a grandes rasgos una fuerza de “criminalización” generadora de un núcleo “indiviso” que “engulle” tanto al narcotráficante como al simple consumidor. Ambas facetas estructurantes, son los puntos de partida de un “poder seleccionador” que concreta estrategias y dispositivos de control social para la reproducción del poder (político y jurídico) en sí mismo y la sociedad normativizada por éste. B. De Souza Santos aclara al respecto: “…El poder tiende a representar la realidad social y física en una escala escogida por su capacidad para crear los fenómenos que maximizan las condiciones de reproducción del poder. La representación/ distorsión de la realidad es un presupuesto del ejercicio del poder…” (Op. cit: 1991:6). Esta primera faceta requerida para la construcción jurídica de la “realidad” de las drogas, se puede observar como una necesidad de reducción de las experiencias “amplias” de consumos psicoactivos, a sabiendas de que en base a proyecciones (segundo paso de la instauración de un mapa legal, según B. De Souza Santos) posteriores derivadas de la ‘reducción cultural’ que sustenta a la escala escogida, se formalizará el sentido de orientación social jurídicamente prescripto. Las proyeciones, a su vez, implican un grado de compromiso sobre el tipo de distorsión a privilegiar (ibidem:7). La simbolización, el tercer paso descripto por De Souza Santos, para la concresión de un mapa legal ó de una ley, sugiere el sentido de su visualización ó lectura para quienes deben orientarse socialmente de acuerdo a los parámetros simbolizados. Lo simbolizado, sin embargo, no se refiere tan solo al aspecto “codificado” en letra jurídica, sino también a las imágenes estigmatizantes con que se suelen diseñar los modelos semióticos de las sustancias psicoactivas proscriptas para consumos no- médicos.

Como esgrime De Souza Santos, surge una instancia de compromiso, la cual puede ser asimilada específicamente a la violencia realizativa, que implica la elección/distorsión.

La violencia realizativa (legislativa, médica y judicial) se aboca a la construcción nominal de términos tales como “drogas” ó “estupefacientes”, cuyo objetivo primordial sugiere la consolidación de imágenes estigmatizantes y proscriptivas en el consenso popular, lo que dentro de una bi-valencia cosmovisional hegemónica, respondería a la ‘dirección bio-política’ ejercida sobre la salud física y mental de los gobernados, de la misma manera que articularía acciones de control social por su vínculo penalista. La carga semántica adherida a las sustancias caídas en ‘desgracia nominal’ como “drogas”,

sugiere por otro lado una orientación performativa consustanciada con el intento de imposición efectiva dentro del ‘sentido común prohibicionista’. Dicha carga representacional, al ser deconstruída 1 , se visibiliza como una palabra donde lo nefasto-semántico se manifiesta en el sentido de representación opuesto a lo que el Estado Penal direcciona moral y racionalmente como políticas de salud y salvaguarda del “bien público”. El término “droga”, ya no como una construcción significativa científico- farmacológica, sino asumiendo un estado representacional hegemónico como supuesto de lo a-moral, lo insalubre ó lo anómico.

Como constructo social ya performado y puesto a rodar en la historia: "

controlada por el Estado a través de una calificación jurídica, caracterizada por tres

puntos: 1-un efecto sobre el sistema nervioso central; 2-capacidad de crear dependencia física ó psíquica;

3-noción de peligro sanitario y social (Caballero, 1989)

droga [sería considerada] una

mercadería [

La

]

"

(Fernández O., 1997) [*].

Las sustancias psicoactivas, habiendo recibido la carga semántica de la palabra-materialidad "droga", absorverían el estado ontológico de nefasticidad respecto de la experiencia humana, a la par que serían concebidas según parámetros de alteridad, en tanto que enfrentadas a las representaciones de las sustancias psicoactivas "legales" (tabaco, alcohol, psicofármacos, etc.), las cuales sólo suponen ese sentido de ‘nefasticidad social’ en las derivaciones de su consumo ligado a la pérdida de la salud, la violencia familiar, etc.: es decir no surgiendo sus re-presentaciones públicas reguladas desde adjetivaciones/ estigmatizaciones comunicantes previamente proyectadas (como sí, es el caso de las drogas “ilegales”), sino que inspiradas y asimiladas por los desórdenes visibles de las experiencias.

1 Siguiendo en ésta instancia a Derrida, quien define al acto deconstructivo como ‘una forma de juzgar a lo que juzga’, específicamente: “…Se trata entonces de [abordar] esos conceptos (normativos ó no) de norma, de regla ó de criterio. Se trata de juzgar aquello que permite juzgar, aquello que autoriza el juicio…” (Op. cit, 2002:13)

La construcción de subjetividades de origen hegemónico (llámese construcción de ciudadanía),

llevó a los Estados liberales-democráticos, a desplegar durante las últimas cuatro décadas del pasado siglo XX, específicas intervenciones políticas sobre ciertas sustancias psicoactivas que anteriormente no poseían regulaciones médicas (a más no ser las escalas de uso farmacológico) ni penales. La

poder estatal se [habría] abrogado el derecho de

regular el estado mental de los ciudadanos recortando la esfera privada para ampliar cada vez más la "

(Op. cit.:1997). Esta faceta intervencionista del Estado deriva de una intervención

jurídica hegemónica-global promovida por la O.N.U. en 1961: la Convención Unica sobre Estupefacientes. Es interesante observar como el preámbulo del documento generado por la Convención de 1961, ubica los elementos bio-políticos y médicos a la par de las preocupaciones económicas y jurídicas:

investigadora K. Malpica afirma al respecto que: "

esfera de lo público

El

“…Las Partes, Preocupadas por la salud física y moral de la humanidad, Reconociendo que el uso médico de los estupefacientes continuará siendo indispensable para mitigar el dolor y que deben adoptarse las medidas necesarias para garantizar la disponibilidad de estupefacientes con tal fin, Reconociendo que la toxicomanía constituye un mal grave para el individuo y entraña un peligro social y económico para la humanidad, Conscientes de su obligación de prevenir y combatir ese mal, Considerando que para ser eficaces las medidas contra el uso indebido de estupefacientes se hace necesaria una acción concertada y universal, Estimando que esa acción universal exige una cooperación internacional orientada por principios idénticos y objetivos comunes, Reconociendo que las Naciones Unidas tienen competencia en materia de fiscalización de estupefacientes y deseando que los órganos internacionales competentes pertenezcan a esa Organización, Deseando concertar una Convención internacional que sea de aceptación general, en sustitución de los tratados existentes sobre estupefacientes, por la que se limite el uso de estupefacientes a los fines médicos y científicos y se establezca una cooperación y una fiscalización internacionales constantes para el logro de tales finalidades y objetivos…”

A partir de éste golpe de fuerza histórico, el uso de sustancias psicoactivas tendría el carácter de legalidad

en tanto que limitado al “uso médico”, a la vez que la proscripción social de cualquier uso fuera del mismo, involucraría de ahora en más la interacción con la dinámica penal-jurídica. Asimismo la estructuración hegemónica promovida por la Convención de 1961, materializaría en

representación otra distorsión de la realidad social. Surgiría paralelamente como un nuevo acto de imaginación de poder, una relación ó ecuación económico-jurídica determinada: a mayor objetivación de

drogas “ilegales” mayor control de patentes y producción de drogas de uso exclusivo médico, por parte de

durante la

Convención única de 1961 2 […] los convocados se comprometieron a prohibir en sus respectivos países

la industria farmacológica. Esto, bien lo define Malpica (1997), cuando afirma que: "

el consumo de fármacos (algunos ya prohibidos por convenios anteriores aunque no siempre globales)

tales como: opio, heroína, marihuana, cocaína, morfina y otras substancias derivadas de los principios activos de plantas como la adormidera, el cáñamo y la coca. El cultivo legal de éstas quedó con ello rígidamente limitado a las aplicaciones de uso médico. Fue entonces cuando comenzó el auge de las transnacionales farmacéuticas (obviamente primermundistas) como encargadas únicas de producir y "

comercializar drogas analgésicas, narcóticas y demás psicoactivos

Una década más tarde, se concreta en Viena, el Convenio de Sustancias Psicotrópicas, con motivo de prohibir y controlar “nuevas” sustancias, en acuerdo con los parámetros del “nuevo orden mundial”

farmacológico, bio-político y criminalístico. Escohotado (1992, citado en: Malpica, 1997) dice al

respecto: "

la pregunta ¿qué drogas son

peligrosas y merecedoras de control? tiene ya una respuesta terminante. Son peligrosas y merecedoras de control aquellas cuyo consumo alarme a las fuerzas del orden en cada territorio. Drogas peligrosas son las drogas prohibidas. Es la prohibición aquello que determina la naturaleza farmacológica de algo, en vez de

ser esa naturaleza lo que determina su prohibición

Esta cita de Escohotado permite el surgimiento de la imagen de una naturaleza “hegemonizada” respecto

de sus significantes intrínsecos en la experiencia humana: la metabolización y los efectos psicoactivos como referentes “naturales” desplazados por significados derivados de la prohibición bio- política/criminalista, la cual funcionaría en última instancia como “ente creacionista” sobre la naturaleza de las sustancias psicoactivas. Malpica difunde (siguiendo a Escohotado) los veredictos más importantes de la Convención de 1971:

" 1. Presionar a los gobiernos de países subdesarrollados para que modifiquen sus leyes y costumbres adaptándolas a la óptica occidental.

2. Destruir ciertas plantas en diversos puntos del planeta.

3. Exportar fármacos lícitos, patentes, laboratorios y agentes antidrogas

El constructo legalista promovido en Viena en 1971, siguiendo los sentidos más simples de Marx, no sería otra cosa que una dinámica de ampliación de la producción capitalista: una nueva instancia de “acumulación originaria”, ésta vez de sustancias psicoactivas, las cuales presentadas como prohibidas para su uso no médico (psicofármacos, opiáceos, etc) posibilitarían el esquema de la propiedad privada respecto de la producción de sustancias de uso médicinal legítimo por parte de las empresas farmacológicas.

confirmar el deber/derecho estatal de intervenir en la esfera íntima [

esencial de la reacción prohibicionista que cristalizó en el convenio de 1971, fué

(Op.cit., 1997).

Lo

]

" (Op. cit, 1997)

"

Posteriormente, en 1988, se llevaría a cabo la Convención de las Naciones Unidas para el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Psicotrópicas, que remarcaría aún más el carácter penal de las drogas.

Desde 1961, tanto la O.N.U. como los Estados “penales” que compartían sus políticas de control de sustancias ilícitas, organizarían de manera específica los sentidos de alteridad nominal con que las drogas “ilegales” asumírían “visibilidad pública”. La noción de “estupor ó pasmo”, sería el justificativo nominal y moral para la construcción de la representación nefasta de las drogas. El término ‘estupor’ que sustantivizado en la sustancia se nomina como ‘estupefaciente’, refiere a la: “…Disminución ó paralización de las funciones intelectuales…” (Entrada de “Estupefacción” del Diccionario Plaza Janés, Buenos Aires, 1974). Lo que Malpica determina como la ‘regulación mental de los ciudadanos’ comprende el control de la supuesta ‘zombificación’ que la metabolización de drogas sin controles médicos provocaría. En Argentina, la actual Ley 23.737 (1989), que regula la producción, distribución y el consumo de sustancias psicoactivas, nace bajo la inspiración de estos parámetros de “estupor ó pasmo”. El art. 40° de la misma, se adhiere a tales lineamientos estigmatizantes, enmascarados tras la problemática de la dependencia: “…El término de estupefaciente comprende los estupefacientes, psicotrópicos y demás sustancias susceptibles de producir dependencia física ó psíquica que se incluyen en las listas que se elaboren y actualicen periódicamente por decreto del Poder Ejecutivo Nacional…”. Las listas producidas para tales fines son condescendientes con los listados de drogas “ilegales” promovidos por las instituciones globales anteriormente descriptas.

Las implicancias bio-políticas de las drogas, sugieren lo ya definido por Foucault (2000:218) respecto del Derecho político liberal surgido en el siglo XIX, en su faceta de hacer vivir y dejar morir a los sujetos gobernados (el bio-poder). Refieren técnicas de poder no disciplinario destinado: “…no al hombre/cuerpo [recipiendario de la disciplina]sino al hombre vivo, al hombre ser viviente […] destinada[s] a la multiplicidad de los hombres [como] masa global, afectada por procesos de conjunto que son propios de la vida, como el nacimiento, la muerte, la producción, la enfermedad, etc….” (Foucault, 2000: 220). Las drogas serán asimiladas a la inducción de la pérdida de la salud poblacional. Las intervenciones bio-políticas introducirán instituciones y prácticas que serán acondicionadas a la hegemonía de los discursos médicos (salvaguarda de la salud física y mental), articuladas a su vez con elementos jurídicos de la cosmovisión penal de occidente frente al “problema de las drogas”: ilegalidad de su producción, distribución y consumo.

Los ciudadanos (y potenciales consumidores) también comprendidos como ‘seres biológicos’ serían problematizados políticamente: “…como problema a la vez científico y político, como problema biológico y problema de poder…” (Ibidem:222). La ciencia (médica), resguardaría de ésta forma, las sustancias psicoactivas bajo su égida cosmovisional; cualquier uso no-médico de las mismas sería considerado ilegal y penalizable. Surgiría entonces a partir de la Convención de 1961, una diferenciación diádica (no dialéctica) entre estupefacientes y drogas fármacológicas y a partir de ésta: una orientación de conceptos de ilegalidad-legalidad del consumo psicoactivo.

2. Elementos discursivos de las acciones políticas y las leyes anti- drogas

Los discursos anti-drogas, algunos de ellos codificados e incorporados a los “corpus jurídicos”

nacionales, se han nutrido de dos orígenes particulares: la medicalización de las sustancias psicoactivas y

la criminalización del consumo de las mismas. Afirma Fiore que: "

[la]estructura discursiva, como apuntó Vargas [1998]: la medicalización y la criminalización. Estas dos concepciones, no permanecen estancadas, al contrario, participan del dispositivo simultáneamente,

orientando la producción de saberes y el debate público sobre "drogas"

de Fiore, queda en claro que la medicalización y la criminalización de las sustancias psicoactivas han sido elecciones racionales de los Estados para generar controles y conocimientos-saberes afines a los mismos, de la misma forma que actuarían como ejes direccionantes del “sentido común” legal y salúbrico de los

(Fiore, 2002:3).[*]. De ésta cita

elementos compondrían

dos

"

ciudadanos.

Desde el especifico sector farmacológico vinculado a la institución médica “legal” (encargada de administrar y practicar servicios de salud “legítimos”), se orientan los dispositivos de control sobre el uso de “drogas” al delimitar la frontera de lo biológicamente aceptable para los ciudadanos. Fiore, afirma que el proceso de hegemonización médico, es parte coadyuvante de la constitución del poder estatal a nivel global: “…El análisis sobre las políticas internacionales contemporáneas en lo que se refiere al uso de “drogas” revela que, guardadas las diferencias de enfoques, el asunto estuvo tratado preferencialmente como una cuestión de salud pública y por lo tanto, preferencialmente, sobre responsabilidades de los órganos médicos gubernamentales…” (Op.cit; 2002:6) [*]. La “medicalización” de las sustancias psicoactivas sentenció el entendimiento y el sentido jurídico (occidental) de las mismas: “ilegales” para el consumo no-médico y “legales” cuando reguladas por las instituciones de mantención de la salud pública. Ello implicó, por ejemplo, que algunas sustancias fuesen separadas de sus anteriores categorías

farmacológicas “legales” como era el caso de la cocaína que revestía tal sentido a fines del siglo XIX y principios del XX, luego instalada en el espacio de la ilegalidad del consumo 3 (aún médico).

La institución médica en conjunción con el Estado Penal, se abocaron a la construcción del consenso social acerca de las “drogas”, generando para ello un “estado de estigmatización” que llega hasta la médula ciudadana representacional. Al respecto afirma Perrin: “…El discurso médico (evocando los peligros de la droga en términos epidemiológicos: contaminación, predisposición, terreno con alto riesgo, etc.) puede servir de justificación esencial a una colusión entre lo jurídico y lo político. Con el pretexto de toxicomanía "contagiosa" y de salud pública, se puede establecer un control social. Así, el drogado, real o imaginario, se volvería un 'verdadero símbolo, significando implícitamente los valores negativos del grupo designado…” (Op.cit, 1992).

La intitución médica pudo organizar los saberes y actuaciones bio-políticas respecto del consumo de drogas “ilegales”, a partir del campo de percepción liberado previamente por las representaciones cognoscitivas hegemónicas y el reflejo de las mismas en el “sentido común” ciudadano. Emisores y receptores del circuito comunicacional estatal-ciudadano, enrolados en éste caso en la cosmovisión bio-política, otorgaron un indiscutido (dóxico) capital simbólico a dicha institución, a instancias del control histórico que la medicina occidental, ejerce sobre las funciones vitales del cuerpo. Aceptado en las representaciones sociales como un tipo de poder simbólico (Bourdieu), ejerció sus acciones performativas en la realidad social, en base a sus tecnologías y prácticas adheridas a lineamientos naturales ó bio-médicos, las cuales gobiernan cognoscitivamente y en acuerdo a valores existenciales a los agentes del espacio social 4 .

Por otro lado, surgen discursos y prácticas centradas en el aspecto criminal, correlato de la ilegalidad a la que se adscriben las sustancias psicoactivas no disponibles para la producción y la mercantilización. Esta vertiente hegemónica, se puede interpretar en concordancia con Marx, enfatizando

en la importancia performativa del prohibicionismo como mecanismo de producción-reproducción de origen ideológico (forma de conciencia dominante) característico de las sociedades capitalistas, referido

criminal produce todo el conjunto de la policía y la justicia

en éste caso a la utilidad del crimen: "

criminal, los alguaciles, jueces, verdugos, jurados, etc.; y todos estos distintos ramos de negocios, que "

constituyen, a la vez, muchas categorías de la división social del trabajo

(K. Marx, op.cit., 1974:327-

el

3 Sin entrar en mayores detalles, podemos ejemplificar lo expuesto con el ensayo de Freud sobre los efectos psíquicos producidos por la cocaína.

328). De tales aseveraciones, se desprende por un lado, que tanto la violencia policial, como las guerras entre narcotraficantes ó los ‘ajustes de cuentas’entre dealers y consumidores, son dinámicas sociales vinculadas a las políticas prohibicionistas; asimismo actuarían todas éstas funciones delictivas como exposición pública de lo que las drogas “ilegales” generan y por lo tanto justificarían las intervenciones de los especialistas jurídicos y represivos ligados al control del orden común. Ya concretada la criminalización de las drogas, el siguiente paso es la exposición pública (discursiva, codificada y práctico-penal), ya que: “…Encontrar para un delito el castigo que conviene es encontrar la desventaja cuya idea sea tal que vuelva definitivamente sin seducción la idea de una acción reprobable…” (M. Foucault, 2002: 108). Estas palabras de Foucault se entroncan con la imagen de la violencia realizativa ‘derrideana’, la cual se sugiere, sea entendida como el punto de partida de los artículos de la ley nacional reguladora de las sustancias psicoactivas, que luego serán analizados.

Malpica sugiere respecto de la funcionalidad de la criminalización algo similar a Marx, al afirmar

sistemas estatales de dominación han estigmatizado y prohibido ciertas drogas con objeto de

salvaguardar intereses económicos e ideológicos ajenos a lo que puede entenderse por bien común,

ampliando así la esfera de lo público para mantener y extender su poder

expuesto por Marx y Malpica, las políticas anti-drogas, habrían surgido como medios de ampliación de una dominación dirigida por los sectores constructores y legitimadores de la realidad social acorde a intereses particulares. En base a la construcción de ‘ilegalidades objetivadas’ sobre las sustancias psicoactivas se habrían concretado novedosas dinámicas de control social, que según lo afirmado por Bourdieu, se condice con un sentido jurídico (trabajado por las tendencias marxistas de análisis social) instrumentalista: “…que concibe el derecho como un reflejo ó una herramienta al servicio de los dominantes…” (Op.cit., 2001:165). Asimismo, en el seno de éste nuevo orden mundial “legalista”, donde las drogas “ilegales” (respecto del consumo no-médico) se enfrentan en el plano cosmovisional a las drogas-fármacos posibles de consumo bajo prescripción médica, las empresas farmaceúticas de capitales transnacionales se benefician y legitiman como agentes hegemónicos en función de la ‘legalidad de producción’ bajo la cual desarrollan éste “nuevo” ramo de productos bio-médicos. De ello se deduce, que la estructuración de las sustancias psicoactivas como drogas “ilegales”, se formula intencionalmente (desde 1961) como una práctica discursiva hegemónica promovida dentro del proceso de subsunción ejercido por el capitalismo sobre otros tipos de producción no mercantil: en éste caso la producción de sustancias psicoactivas en su

(Op.cit., 1997). Siguiendo lo

que:"

Los

"

cultural ‘status pre-jurídico’ (por caso: el Opio y sus derivados sin el “gobierno” de la medicina occidental).

2a. Abordaje deconstructivo del aspecto criminalístico inserto en la estructuración de las drogas “ilegales” de la ley nacional n° 23.737

Para presentar la estructuración hegemónica “local” de las sustancias psicoactivas respecto de los formatos legales promovidos por las convenciones internacionales de “drogas ilegales” 5 antes descriptas, será conveniente acotar para el caso de la ley n° 23.737 vigente en Argentina desde 1989, todo su contenido a la esfera que más daño moral ó “sanción ejemplar legítima” genera en los ciudadanos: la esfera del consumo. Ejemplificaremos dicha estructuración con algunos articulos de la ley, lo que nos dejará expuesto como se construye la figura del consumidor penalizado por la violencia realizativa “legalista”:

Art. 5°: Será reprimido con reclusión ó prisión de 4 a 15 años […] el que sin autorización ó con destino ilegítimo:

a) Siembre ó cultive plantas ó guarde semillas utilizables para producir estupefacientes, materias primas, ó elementos destinados a su producción ó fabricación

b) Produzca, fabrique, extraiga ó prepare estupefacientes…

Prosiguen én este artículo, los apartados que informan sobre la comercialización y la distribución, que como bien han demostrado varios fallos recientes de la jurisprudencia federal porteña (2006-2008), son los que más afectan a los consumidores-productores artesanales, en especial a los de Marihuana [ver anexo]. El estado de “afección pública” no reconocida sobre este tipo de ciudadano criminalizado: el consumidor de cannabis, es producto de un plano concreto de confusión que ésta ley inspira, ya que, la producción para consumo personal tiene el mismo grado de validez penal que aquella practicada para la comercialización en el espacio público. Otro artículo, en cambio, hace referencia al principal vínculo mediante el cual la “droga ilegal” asume su forma objetiva, la tenencia por parte del consumidor:

Art. 14°: Será reprimido con prisión de 1 a 6 años […] el que tuviere en su poder estupefacientes. La pena será de 1 mes a 2 años de prisión cuando por su escaza cantidad y demás circunstancias, sugiere inequívocamente que la tenencia es para uso personal.

Este artículo también se halla “teñido” de confusión, por caso: respecto a la variable de la cantidad escaza que indicaría la posesión para consumo personal; sin embargo, es aquí donde se refuerza la penalización

5 El art. 42 de la ley 23.737, confirma la orientación global promovida por éstas convenciones, cuando afirma que se:

“…considerarán en todos los programas de formación de profesionales de la educación, los diversos aspectos del uso indebido de drogas, teniendo presente las orientaciones de los tratados internacionales suscriptos por el país, las políticas y estrategias de los organismos internacionales especializados en la materia, los avances de la investigación científica relativa a los estupefacientes y los informes específicos de la Organiación Mundial de la Salud…”

del mismo, más allá de la “benignidad de la pena” que acuerda un cumplimiento cuantitativo menor de la misma.

Art. 19°: La medida de seguridad que comprende el tratamiento de dexintoxicación y rehabilitación. Prevista en los arts. 16, 17 y 18 se llevará a cabo en establecimientos adecuados que el tribunal determine de una lista de instituciones bajo conducción profesional reconocida […] El tratamiento estará dirigido por un equipo de técnicos y comprenderá los aspectos médicos, psiquiátricos, psicológicos, pedagógicos, criminológicos y de asistencia social…

Los artículos 16, 17 y 18, citados, refieren distintos puntos de partida para la aplicación del art.19 (la medida de seguridad): por un lado, la acción de un delito cometido (y su pena afín, art.16) y por el otro: la tenencia de estupefacientes para uso personal (sugerida en el art.14) habiéndose reconocido la culpabilidad sobre tal acción penalizada y la necesidad de rehabilitación del consumidor, tanto en el juicio como en el sumario (arts.17 y 18). Lo que interesa como aspecto deconstructivo aplicado a ésta artículo, es la estructura de “especialización técnica” con que es conducida la instancia de rehabilitación/ desintoxicación del consumidor, estructura que no acepta otras intervenciones que aquellas relacionadas a las formas bio-política y criminalista, desechando las instancias socio-culturales del consumo y por ende a los especialistas en tales abordajes.

3. Sustancias psicoactivas: definición contra-hegemónica y control social nativo

Por sustancia psicoactiva, se entiende una sustancia natural ó quimica (artificial) capaz de provocar alteraciones en el sistema nervioso central del cuerpo humano, alteraciones de las percepciones, sensaciones, emociones, motricidad, etc. La categoría de ‘estupefaciente’, en cambio asignaba una sobrecarga de significado hegemónico a las sustancias (naturales, fúngicas y artificiales): como ‘zombificadoras de la intelectualidad’. Sustancias psicoactivas, según Fiore son aquellas: " sustancias que actúan sobre el SNC (Sistema Nervioso Central) ó alteran de alguna manera a la psique y a la "

(Op.cit., 2002:9). Esta definición hace incapié en las consecuencias del consumo,

admitiendo que las denominadas “drogas”, son promotoras de alteraciones en la conciencia y el organismo, más allá de que hallan sido nominadas como “legales” ó “ilegales” (en las primeras encontraríamos al Tabaco, la Yerba Mate, el Té, etc.). La categoría de sustancia psicoactiva define la indiferenciación “natural” de las sustancias frente a la ‘diferenciación social’ como producto de una selección cultural dirigida. La categoría descripta frente a las nominaciones estigmatizantes ya desandadas en éste trabajo, permite dinamizar los factores socio-culturales y subjetivos que orientan las diferentes posiciones representadas por los consumidores, en última instancia los que dan sentido a la palabra-concepto droga “ilegal”. La

conciencia humana

metabolización de una sustancia que genera actividad “psíquica”, genera también consecuencias sociales

(bio-psico-sociales): la ‘zombificación estupefaciente’ es parte de un discurso coercitivo médico y bio- político, que acepta un tipo de consumidor y por ende de ciudadano previamente delimitado por una forma específica de violencia realizativa (legítima) instituída desde las representaciones del espacio legal. Traspasando el límite representacional de la díada: legalidad-ilegalidad, surgen una serie de preguntas que tienen base en la idea de las sustancias “movilizando” experiencias discímiles en los consumidores:

¿qué tipo de sustancia se utiliza? (no es lo mismo el alcohol, ni el “paco”, ni la marihuana); ¿qué cantidad se utiliza? (para poder hablar de uso, abuso ó adicción); ¿qué características personales tiene el consumidor? (biografía social del mismo) y finalmente: ¿cuáles son las circunstancias del consumo individual ó grupal?, es decir: ¿en que marco de referencia social se hallan inscriptas?, ¿cuáles son las formas de socialización desplegadas en las prácticas de consumo?, y ¿cuáles son los riesgos sociales asumidos en las prácticas? (de aquí se podrían derivar prácticas de auto-control ó normatividades subalternas compartidas). El discurso médico, sin embargo asume otra estructura de significación respecto del “problema de las

placer [del consumo psicoactivo] se liga directamente al aspecto fisiológico

drogas”; según Fiore: "

que la sustancia produce. Contextos rituales, culturales y religiosos que envuelven el uso de diversas sustancias son, en la mayor parte de las veces, colocados por debajo de lo que realmente parece importar:

determinados neurotransmisores que son accionados ó desligados por la acción de determinadas "

(Op.cit., 2002:15) [*]. Los discursos bio-médicos enuncian a la vez que fundamentan el

sustancias

grado de compromiso ó pormenorización aplicado para conformar las representaciones dominantes de las drogas “ilegales”, es decir son parte de la distorsión de la realidad social, sobre la que alerta B. De Souza Santos, mediante la cual es posible generar instancias de regulación y penalización sobre los consumidores psicoactivos.

el

En contraposición a los discursos médicos, surgen sentidos y prácticas pertenecientes a las esferas de significación de los consumidores psicoactivos. Estos, en razón del contacto directo con las sustancias psicoactivas, pueden concretar instancias de distanciamiento racional (en términos de N. Elías), para enmarcar sus experiencias sociales. Zimberg (1980), investigador pionero sobre el consumo psicoactivo, definiría una conceptualización diádica sustentada en usos diferenciados: un “uso controlado” por un lado, opuesto a otro tipo que denominaría como “uso compulsivo”. Los significados científico-sociales sobre las experiencias de consumo, por caso el ejemplo de éste autor, buscan visibilizar las acciones controladas ó descontroladas del consumidor bajo la actividad de los neurotransmisores en acción ó desligados (según la definición médico-hegemónica).

Becker (1976) argumenta en el mismo rumbo deconstructivo que: “…la naturaleza de la experiencia depende del grado de conocimiento que le es [al usuario]disponible. Ya que la divulgación de ese saber es función de la organización social de los grupos donde las drogas son usadas, los efectos del uso se irán, por lo tanto a relacionar con los cambios en las organización social y cultural…” (Mac Rae, s/f:2.).[*] Becker ejemplifica el caso de “control nativo de daños” desplegado por la juventud norteamericana de los ‘60’s, la cual habría desplegado un uso masivo del Cannabis, desembocando dicho uso en muchos consumidores (compulsivos) con estadios de psicosis. El tiempo de uso, el reconocimiento de los efectos psicoactivos y las prácticas auto-reguladas, habrían hecho posible una ‘reducción de daños’ sobre dichos efectos no-controlados devenidos anteriormente en patologías graves. (Mac Rae, s/f :2).[*] Mac Rae define en consonancia con ello, que los conocimientos y controles construídos desde los propios consumidores (subalternos, a la vez que “subversivos”) son producto de una co-prescencia cultural específica: “…Ese tipo de “conocimiento” sobre el uso de ciertas sustancias difundidos entre ciertos sectores de la población es parte de lo que llamamos “cultura” ó “subcultura” de droga…” (Mac Rae, ibidem).[*]

El investigador anteriormente mencionado, N. Zimberg (citado en Mac Rae, ibidem) sugiere entonces, la presencia de dos tipos de consumo (ó uso) psicoactivo: un “uso controlado” y otro “uso compulsivo”, que pueden ser vinculados a determinadas “subculturas” de droga 6 . El primero de ‘bajo costo social’ y el segundo generador de un ‘alto costo social’ (disfuncional para la sociedad y el individuo). Respecto del ‘consumo controlado’, éste es señalizado no solamente con las propiedades farmacológicas de las sustancias psicoactivas, sino también con las actitudes y la personalidad del usuario, conjuntamente con el medio físico y social donde ocurre el uso. Este tipo de consumo conlleva ciertos controles sociales organizados en torno de “sanciones sociales” y “rituales sociales”. Mac Rae describe los conceptos de Zimberg de la siguiente manera: “… “sanciones sociales” serían las normas que definen como determinada droga debe ser utilizada. Incluirían tanto los valores y reglas de conducta compartidos informalmente por grupos (aún frecuentemente de manera no explícita) y las leyes y políticas formales que reglamentan el uso de drogas […] los “rituales sociales” serían patrones estilizados de comportamiento recomendado en relación al uso de una droga…” (Mac Rae, Op.cit., s/f:2). Zimberg (1984) determina cuatro puntos básicos para entender el “uso controlado” al que básicamente le asigna un carácter de control social desde los propios usuarios:

1)

Definición de los patrones de uso: lo aceptable y la condena de los infractores.

2)

Limitación del uso a medios físicos y sociales que propicien experiencias positivas y seguras.

3) Identificación de los efectos negativos. Información precautoria para antes, durante y el lapso posterior del consumo. 4) Respaldo consensuado a las obligaciones y relaciones que dichos usuarios mantienen en esferas no directamente asociadas a los psicoactivos. (Mac Rae,1997:111). [*]

Estos ejemplos de abordajes científicos sociales que sobrepasan las construcciones bio-políticas de salvaguarda de la salud y las formas ‘criminalizantes’ de acercamiento a los consumidores, han sido transcriptos como performances deconstructivas ó contra-hegemónicas cognoscitivas, que se mantienen activamente en ‘vigilia científica’, orientadas a imponer los propios significados sobre el consumo psicoactivo.

La conformación de sub-culturas de consumidores, conlleva junto al despliegue de los controles internos y externos de la experiencia social, una tendencia política de lucha de imposición de sentidos deconstructivos con miramientos a entroncarse en el espacio discursivo hegemónico (jurídico, médico, etc.); el caso del colectivo cannábico a nivel mundial, es un ejemplo de ello. Sin avanzar demasiado en su propuesta pro-legalizante ó despenalizadora (ésta última con carácter de co-prescencia respecto a los debates políticos y jurídicos más progresistas del Estado argentino, en la actualidad), se puede mencionar la ocupación del espacio público como ritualización ó festividad de protesta anti-prohibicionista, desarrollada (desde una década a la fecha) a principios de mayo de manera conectada en todo el mundo (Marcha de la Marihuana). Existe asimsimo, un acompañamiento comunicacional promovido desde formatos culturales “nativos” como son las páginas web y las producciones gráficas especializadas en dicha sustancia psicoactiva vegetal, las cuales informan sobre aspectos jurídico-legales (p.e.: resolución de fallos favorables por tenencia ó producción no mercantil), de salud (p.e.: el acompañamiento del tratamiento oncológico y de otras enfermedades mediante la sustancia) y los conocimientos necesarios para generar dinámicas de auto-producción previa al consumo, entre otros 7 .

4. A modo de conclusión

6 La preferencia que hago por la utilización del término ‘subcultura’ sobre el de ‘cultura’, refiere a su característica de subalternidad, no así a una delimitación de escasez de elementos culturales específicos de diferenciación respecto a otra cultura que la pueda contener.

7 A éstas dinámicas debe sumarse, la participación de ‘activistas cannábicos’ en debates públicos, algunos de ellos organizados por el mismo Estado (caso de Argentina), acerca de las propuestas hegemónicas de despenalización y ‘reducción de daños’.

Este trabajo monográfico se abocó a una deconstrucción cognoscitiva orientada a visibilizar la construcción social de las drogas “ilegales”. Como método de abordaje sobre el problema citado, se trabajaron algunos lineamientos históricos y sus determinantes cosmovisionales de tipo cognoscitivo-performativo sobre la realidad social, en especial: los actos jurídicos imaginados y las prácticas políticas globales hegemónicas en enlace con los fundamentos mentados de “criminalización” y “medicalización” de las sustancias psicoactivas. Instancias desarrolladas por las intervenciones estatales, en base a la necesidad de ampliar la soberanía decisional sobre los espacios de privacidad ciudadana ó las prácticas de consumo psicoactivo de las culturas subalternas. Instancias históricas desplegadas desde la década del ‘60 del pasado siglo XX hasta la actualidad, las cuales habrían dado lugar a mecanismos de control social represivos antes que “salvaguardadores” de la vida humana con que supuestamente dichas intervenciones se habrían erigido desde proyecciones bio- políticas. La construcción de un núcleo penal “indiviso” que involucra a narcotraficantes y consumidores dentro de las leyes anti-drogas: como sugiere la ley n°23.737 vigente en Argentina, ejemplifican tal actitud represiva-penal antes que bio-política. La existencia de otros artículos localizados en dicha ley, en tanto orientativos sobre las medidas terapéuticas de las adicciones, llegan a sentenciar incluso que si “el procesado ó condenado (habiendo reconocido su adicción a las drogas) no colaborase en el tratamiento, se debería proseguir con la instancia ó la medida penal” [véanse artículos n°17 y 18].

Se ha descripto asimismo, la dinámica fundamentalista de la hegemonía médica respecto de la nominación de ciertas sustancias psicoactivas, mediante la cual se habría solventado una díada (performativa) constituída por drogas “ilegales” (y por ende estigmatizadas) ó “legales” (farmacológicas) respecto del consumo. Dicha estructuración hegemónica (histórica) responde a parámetros biológicos que se desligan de los estados-usos culturales “previos” y los “efectos reconocidos de los daños” que logran controlar como saberes los mismos usuarios en contacto directo con las sustancias. En éste sentido el acápite 3, intenta informar sobre las tendencias científicas contra-hegemónicas orientadas en el análisis bio-psico-social de las sustancias psicoactivas y las experiencias de consumo desplegadas en la subalternidad ‘cognoscitiva’ por las sub-culturas psicoactivas.

Por último, es necesario hacer referencia a la importancia de las exposiciones teóricas de autores tales como J. Derrida y B. De Souza Santos para encarar la constructividad social de las drogas “ilegales”. Fueron tomadas en cuenta sus respectivas ‘categorizaciones deconstructivas’: violencia realizativa ó golpe de fuerza jurídico (Derrida) y distorsión de la realidad ó compromiso sobre el grado de

pormenorización de las representaciones jurídicas (De Souza Santos) para ‘desenmascarar’ el poder simbólico ejercido por el Derecho Hegemónico en la construcción de la realidad social “psicoactiva”; sugiriendo que la idea de nefasticidad acerca de las drogas “ilegales” tiene su génesis en el accionar histórico desplegado por dicha institución más que en una experiencia de ‘toxicidad natural’.

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