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ESPACIOS
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En este breve ensayo quisié-ramos plantear un
tema
 y, para ello, usar un
 pretexto
. El tema es demasiado grande y complejo como para que siquiera pretenda-mos agotar las preguntas que abre, no digamos ya las posibles res-puestas. En cuanto al pretexto, es demasiado dramático como para despejarlo en los
espacios
que aquí tenemos. Sin embargo, y aunque fuera de manera sucinta y limitada, no quisiéramos a su vez dejar pasar este año “bicentenial” sin al menos expresar algunas inquietudes sobre ambos, tema y pretexto.El tema es eso que suele deno-minarse la
modernidad 
. Es un significante que ha vuelto al ruedo, y especialmente en América Latina, después de décadas de reinado “deconstructivo” del pensamiento llamado
 posmoderno
, derrumbado –como nos atrevimos a decirlo en alguna otra parte, recurriendo a otra de esas fechas “emblemáti-cas”– junto con las torres del “11/9”. Y en buena hora (el derrumbe del posmodernismo, no el de las torres). Pero el propio concepto
modernidad 
, desde ya, no ha salido indemne de la revisión
 pos
 sin que, por otra parte, su retorno a la liza del “conflicto de las interpretacio-nes” parezca haber producido
otra
clase de revisión. Tal vez la ocasión del “bicentenario” (esperamos que el desarrollo del ensayo explique por sí mismo las comillas) y, en particular, el
 pretexto
 ya aludido constituya una buena ocasión para intentarlo, aún balbuceantemente.Con el significante
modernidad 
 apuntamos, en primer término, a
La “otra” modernidad
La revolución haitiana: una rebelión (también) “filosófica”
Eduardo Grüner
El general Toussaint-Louverture.
 
BICENTENARIO
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un significado, a un sentido,
histó-rico
 y
 político
. Pero no solamente: hay una dimensión filosófico-cultural, y por supuesto
ideológica
, que no puede soslayarse en ese conjunto heteróclito, conflicti-vo, incluso contradictorio, por momentos solo brumosamente inteligible, que (des)conocemos bajo esa etiqueta excesivamente amplia. Y es en el contexto de esa nueva interrogación a la noción misma que debería plantearse –una vez más– la pregunta sobre si esos movimientos (vacilamos, como se verá, en llamarlos “re-voluciones”, para ello habrá que esperar al “pretexto”) indepen-dentistas que este año celebran en toda América su bicentenario, pertenecen –y de qué manera, y con qué peculiaridades– a aquella “modernidad”. No es una pregunta cualquiera. Llevada a sus con-secuencias últimas (que no son, nunca, definitivas) es la pregunta por qué
lugar
tienen esos movi-mientos –y la historia particular que los hizo posibles y necesa-rios– en la propia
conformación
de la modernidad, en el sentido más amplio posible.“Modernidad” es, por supuesto, una categoría de origen
europeo
 (y relativamente reciente: no anterior, en todo caso, a la célebre
Querelle des Anciens et des Modernes
 del siglo XVII). Ello, desde luego, y en abstracto, no está ni mal ni bien. El problema es que, casi indefectiblemente, ha tendido a transformarse en una categoría
eurocéntrica
(o, al menos, fuerte-mente
eurocentrada
). Pareciera que, en efecto, las
condiciones de  posibilidad
históricas (y políticas, filosófico-culturales, etc.) que dieron lugar a la emergencia de la modernidad constituyeron una
excepcionalidad
europea; algo así –si se nos disculpa la aparente banalidad– como un producto de exportación del “Centro” a la “Periferia”. Y ya la utilización de estos términos debería dar lugar a la sospecha: no se trata, las de “centro y periferia”, de entidades preconstituidas que, por algún azar de la historia, entraron en intersección. La lógica es por supuesto la inversa: son entidades desde el inicio
relacionales
, que implican el ejercicio de un
 poder
por parte de una de ellas –a partir de entonces devenida “centro”– sobre la otra –a partir de entonces devenida “periferia”–. Para nuestro
Grabado que representa una escena de la Revolución Haitiana.
 
La “otra” modernidad 
ESPACIOS
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caso, a partir del “des-cubrimiento” de lo que luego se llamaría Amé-rica (porque al parecer antes de ese acontecimiento América –o
 Abya Yala
, “nuestra tierra”, como se dice en quichua– estaba “cubier-ta”, como si dijéramos tapada por una suerte de frazada histórica) y la consecuente subordinación integral de una región a la otra. Este razonamiento debería ser más que obvio, si no fuera por el funcionamiento eficaz de una
monoglosia
(como probablemente la hubiera llamado Mijail Bakhtin) que ha automatizado el uso de la oposición binaria “centro/periferia” casi como dato de la naturaleza.  Tanto como –para retomar el hilo– el uso del vocablo
moder-nidad 
, asociado a ciertos acon-tecimientos o procesos, otra vez, “emblemáticos”: el Renacimiento, la Reforma Protestante, las “revoluciones burguesas” (y, par-ticularmente, por sus supuestos efectos sobre las independencias americanas, la Revolución llamada “francesa”), la Revolución Industrial, el surgimiento y consolidación de los grandes Estados nacionales, el constante progreso científico-técnico, el individualismo, la “desacralización” y “laicización” de la vida social, la progresiva “de-mocratización” de la esfera de lo público (y la propia
división
de las esferas de lo público y lo privado), etc. Todo ello –y un sinnúmero de estructuras semejantes vinculadas a todo ello– constituye, como es sabido, la
totalidad 
 compleja que se denomina “modernidad”.Ahora bien, pensemos de nuevo: ¿qué puede significar
cada una
 de esas cosas –no digamos ya todas ellas juntas– para, por ejemplo, un
bantú
 del África sub-sahariana, un
chipaya
del altiplano andino, un
dogon
del Senegal, un
nahuatl
del Yucatán, un
tuareg
del Rif magrebí? Evidentemente, nada. O, en todo caso, si
ahora
significan algo, es solo porque esas culturas fueron “incorporadas” –por no decir
tragadas
– por la cul-tura occidental moderna. Por una cultura que logró, en los últimos 500 años, un grado de hegemonía cultural tal que puede “verosímil-mente” aparecer como
la
cultura, sobre cuyo paradigma se miden –normalmente en menos– los logros y carencias de todas las demás. “Normalmente en menos”: hace ya unas tres décadas que
Alexander Petion.
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