Vous êtes sur la page 1sur 75

TIERRA FIRME

J

A

I

M E

B

R

A V

O

Jaime

Bravo

A

MUJER

M

I

Jaime Bravo A MUJER M I

I

Sonetos a su lejanía

NO SÉ DEL DESTINO

En altos cielos calcinados, y tierras ajenas a la memoria, nada podía conocer, sino de las palabras el callado rumor

de las que hace trece lunas atrás, supe hacerlas parte de mi historia,

y evocarlas a través de versos de un valle sin ningún temor.

Empero, tampoco sabía del tiempo y de sus extrañas combinaciones, de su relación fantástica con los efímeros hombres y mujeres enlazados con el ardor hacia vagos caminos que son solo ilusiones del quien los escribe sin pensar en un futuro de hermosos atardeceres

negado de sensaciones jamás expresados en tiempos antiguos, pues al parecer el poema crecía del aliento de un sueño inconcluso

y de la caricia inadvertida de una dama, que vibró al consumir residuos

de un néctar perdido en la oscuridad del olvidado forastero, quien tras vacilante como un péndulo en movimiento confuso, sintió la misma caricia de la dama del mismo sueño de febrero.

¿QUIÉN SERÁ?

No imaginaba los años quietos como peces muertos sobre aguas lejanas, sino bajo la forma perfecta de una mujer sobresaltada ante el devenir lento, aunque fuera solo de vista, ignorada por completo por los días y semanas, era una excusa más para anhelar que fuera solo una fantasía para estar contento,

sumergido en profanas realidades y pesadillas escondidas en las noches solas, cuyos fragmentos desprendidos de una parte de mí, se destinaban

a la invención de artefactos sonoros, que no fueron más que golpes de olas en casas derruidas, cada vez más fuertes, cada vez más ansiaban

revelar el falso complot que tenía con todos lo trataban de escuchar un sin fin de campanadas desesperadas en la hora del vuelo de aves diurnas; puesto que no esperaba caer suavemente en bellos oídos, sino de hacerlos vibrar,

hasta despertar al ser más escondido en el alma humana: el deseo,

y donde el murmullo solo conservaba su antiguo testimonio, en taciturnas

búsquedas de la rehén que aún no sentía mi sombra en este vil laberinto de Teseo.

ELLA CONOCE LA PROFUNDAD DE LA TIERRA

Desde las esquinas desoladas del mundo, vuela una inefable ave sobre los serranos parajes, en donde el sol yace por las flores devorado, convertido en un ser tímido; escucha una agorera música: clave de la génesis de toda naturaleza que ama el recorrido de un arado,

donde las manos llagadas conforman de la tierra su arquitectura, junto al sudor salino, saliendo de frentes hechas espejos húmedos que reflejan las exequias de un pasado soberano, sin ninguna fractura, pudiendo ser capaz de retorcer a los hombres negados por los credos.

Y no es de alabar, pero ella conoce de los cerros abrazados la esencia, del que está también hecho el fluir místico de los años infecundos, de la necesaria soledad de un mundo fuera de toda lógica o ciencia,

destinada a deambular, sin rumbo alguno, entre atmósferas contaminadas, y lluvias negras, más no en las provocaciones de los vientos iracundos, pues no hay mayor atrocidad que estar hecha para voluntades condenadas.

SE FUE POR EL SENDERO MÁS LEJANO

No has hecho lejana esta tierra de polvo mágico y lluvia sagrada sino ajena al sueño de vivir como los días pasados: extrañando

sin dejar de llorar, cuando el sol se desprendía de una corazonada

al mirarla, embelesada de un solo respiro del aire que aún te está buscando

inútilmente, en donde está varada en nostálgica presión en el pecho la que va consumiéndonos como papeles en chimeneas abrigadas; pero aun así, queda la memoria del cielo que nos cobija cual techo de la súbita caída de tormentas cansinas en tardes extenuadas.

Queda el cofre de los recuerdos encendidos en el alma,

y

sobre todo, queda una parte de ti, sobre todo lo que tocó

e

hizo una manada de pájaros volando hacia un horizonte en calma.

Entonces todo sigue igual, nada ha sido una pasajera ilusión, excepto el que escribe estas líneas borrosas, el mismo que invocó su nombre en el papel y destinó sus versos para sentirla con emoción.

AUNAMUJER LLAMADALIDIA

Región extraña que no conozco, pero que la veo desde muy lejos, ocupando la dimensión de un cuerpo enternecido con el eterno agonizar de vagas estrellas sin muerte prevista; estamos tan perplejos que vociferamos a cualquier sombra que se esconde en el invierno.

Mujer que de mí poco has conocido sino solo el palpitar de un corazón desolado, que camina como un vagabundo detrás de las luces intensas provenientes de remotas zonas, hasta de los reducidos espacios de la sinrazón, y sobre todo, provenientes de ti: aura que no imaginaba en las inmensas

sensaciones al caer cerca a sus fronteras, desprendiéndose el nombre de Lidia; cual signo hallado en un enredado quipu, colación del orden de las cosas; siendo la naturaleza una excusa para desmentir la profana y sana envidia

de las luciérnagas, que ellas adornan los parajes en extinción lenta; y no es que trate de buscar en tu mirar, siempre callado, el goce de las rosas, sino que solo canto a una mujer que cada día mejor, entre las flores, se reinventa.

II

Poemas dogaséricos

AVE SONORA

AVE que estás callada en medio del ciclo vago de la vida breve, no escuchas nada sino tus latidos deformes, que vibran, a la par se remontan hacia una soledad inanimada, esa soledad que se esconde como un animal tímido. Pues todo te enloquece, te espanta:

el

mar dulce de las costas lejanas,

y

dentro de él, los peces silenciosos bebiendo tu sonido interno,

ese sonido disperso en todo tu cuerpo imaginado, con el desbordante éxtasis que trasmites al liberarte de todo lo vano y ajeno.

AVE que no vuelas alto por amor a la tierra

parecida a un cielo negro, cargado de nauseabundas metáforas, de simplezas humanas con sus podridos corazones;

te acercas como un eterno remolino sobre nuestras cabezas rotas,

con el único y ciego deseo de quedarte prendada de la música proveniente del fondo de las lagrimas de vagabundos y miserables; porque en ellos está el hálito que día a día se mezcla con el aire,

ese aire que navega sin brújula ni mapa por toda la extensión del mundo

y se pierden en tus alas armoniosamente.

AVE que no eres realmente ave,

sino aspiración de ella, pues tus precarias alas, mojadas Se confunden tiernamente con las manos abiertas haciendo signos confusos de piedad,

O

acariciando trémulamente a las nubes

Y

hojas flotando en campo traviesa.

Tú no eres es más que una ave de cera, que llora, se retuerce, se volatiliza cuando se topa con la sangre fresca del sol. Tus ojos no son sino escasos cúmulos de escarcha que aún siguen abiertos y siguen derritiéndose.

MI/L SONETO

Tú, mi tímido soneto eres visto desde la pura estancia entregada, sin rencor, al pasional fervor de esta gracia arrojada hacia la locura donde los sueños varados están en el meridional

por ahí vagamente fluye silenciosa la hermosa tragedia de la poesía; cuán inevitable y lenta te vas consumiendo en una tierna y armoniosa llama solar, pues no eres sino ceniza exenta

del viento apagado con la llovizna rara de la estación de primavera; no eres sino una noche para la contemplación, entre otras lujuriosas que no las añoro, ni menos adoro,

pues ahora sólo me ocupo en descifrarte, poesía haragana, no obstante, me reconozco en ti ¿ acaso eres la alegoría malsana en este fallido soneto o el espejo conmovido del que me enamoro?

INMOLACIÓN

qué hacemos nosotros dos , de los dos,

sino desbaratarnos completamente, andando sobre nuestros frescos restos, inmunes a todo suplicio o compasión. pues nos desvestimos ansiosos de encontrar algo nuevo,

y de buscar lo poco que queda después del olvido,

severamente atados en la desesperación misma. pero no encontramos nada más que el lloro y la desolación; el moco pegado en tu pañuelo anticuado la saliva amarga en mi hombro flaco

y la viscosidad de tus lágrimas en el piso.

es que no hay corazón posible detrás de esta carne sin sabor; somos diabéticos, inodoricamente fríos; asquerosamente separados, muy lejos de una paz sin razón; aunque lo ultimo no llegue nunca a rozar nuestras vidas, pues nos acosan los días y las noches en sacrificio continuo, desordenados, magullados; nos persiguen como perros sin poste;

y con esto tratamos…

trato de secuestrarme,

y pedir , a cambio de mi siniestra libertad;

tu vida y tu posible vientre desnudo,

o

al menos un grito tuyo que llegue a remover el infierno,

o

algo que se parezca a eso.

o

sino, trato de callar y callar y callar,

y no decir nada más que palabras repetidas febrilmente, pero inútiles, que conmueva a la rutina y por ende a ti, en mi deseosa costumbre de vivirte ya sin ganas, sin deseos, sin recuerdos…

EXECRACION

Quise mostrarte mis miserias y nauseas, Enredadas en mi vida, pero inexorablemente te fuiste, Fuiste desapareciendo como el aliento de un ebrio, Caduca, espesa y confundida.

Y no dijiste nada.

Quise demorarme en tu vientre abultado, Aplastar tus pechos caídos, enrojecerme Por la flacidez de tu sexo abierto al aire,

Pero huiste cual hiena asustada por la media noche.

Y no dijiste nada.

Quise esconderte a un motel sin nombre y, de ahí,

Al cielo extinto, y componer los colores que hubieras palpado,

desnuda, acompañada. Pero el fragor de la contienda te desarmó

E

hizo que te tornaras en una gracia pálida.

Y

no dijiste nada.

Quise fermentarme a tu lado, como la mierda de una vaca, oler a mujer y a animal, destinándote para ti,

mi habitación y los cerros repletos de silencio,

Pero un agrio escozor en tu corazón te obligó a perderte

Por siempre en el río negro de escorias.

Y no dijiste nada.

Quise arrastrarme contigo sobre los infértiles campos

en invierno soleado, conservándonos como dos malas hierbas:

extensas, impertinentes, horribles.

Pero un caótico ocaso te tentó a enterrarte nuevamente en tu soledad.

Y no dijiste nada.

Por último,

Quise demostrarte que detestaba esta ciudad en el día, Riéndome de todos los ternos y las faldas que pasaban,

Y que amaba las acosadas noches muy junto a tu aburrimiento,

Fumando cerca, muy cerca a lo que ya hace tiempo murió sin mí.

Y sin decir nada. Nada.

III

Mujer interior

La mujer no existe.

Jacques Lacan

I

No es una hoguera lo que de repente se apodera de mí, sino la amenaza del contagio de alguna fiebre que hace que padezca de febriles confusiones,

y que obligue a desviar mi ruta cansada,

pero pactada por dos especies muy nostálgicas, muy distintas a las otras.

Pero es esta misma hoguera, un bosque ardiente propagándose en sus ojos dormidos, como un medio amanecer cobijado en una casa de madera, donde solo hay una llovizna que desata la sed,

y hay fugaces presagios del rubor de la piel, flotando sobre lo mojado del sudor.

Entonces,

en la siempre abierta oscuridad asomada, ¿Qué es lo que sin querer tocan mis manos? ¿Qué es lo que enredo entre mis dedos? ¿Quién impide que me vaya sin antes haberla deseado? ¿Quién me salva del fuego del sol por un instante, con solo caer en su vientre? Después todo esto ¿Será posible inventarse un mundo después de oler el perfume de sus carnes?

II

Yo no advertía del misterio de un rostro, amalgamado por millones de manos luminosas, cargadas como estrellas fragorosas en el cielo abierto, el mismo que pisa la copa de los árboles silenciosos; ese mismo rostro, el que es devorado por el desbordado sol del oriente, el que me descubre como el elegido de un camino serpenteado de ciénagas sensuales, donde me ha arrastrado, sin pensar, dentro de la vorágine de un cuerpo calmo, arrojado a los infinitos ríos como sus angostas venas, las que lavan su cabellera de maleza sagrada, la que me invocó a una vida que no tenía la profundidad del corazón, pero sí la sensación de no estar ajeno a sus exaltaciones, como el ahogarse en unos ojos desnudos, evocado por la noche bendita. Entonces soy niebla que nace al costado del ocaso desfalleciente entre sus pechos de savia escondida, donde quedan atrapadas luciérnagas y mariposas que antes habitaban en su espalda como lunares, siendo acaso un museo lo que en su vientre inaugura después del sueño, donde sigo recorriendo su garganta, ésta me sabe zumo de naranja, quedándome al final de esta larga jornada, el arrebato de su sonrisa, que de su boca sale despedida hacia cualquier zona del alma.

III

Es cierto, las últimas aves de mis sueños

han agrietado los cielos cargados de estrellas rotas,

y han sido cubiertos por una luna

que no es ni la mitad de lo que fue cuando aún sus pasos hacían resonar el fondo de mi pecho como campanadas, llamando sin temor a un extraño amanecer.

Nada ya combina con el color de la ausencia reflejado en mi frente humedecida, tan solo hay olores que componían el cuerpo de mi otrora alma desvanecida, huyendo hacía los brazos del río, para perderse entre peces y piedras, acostumbrado a nadar a contra la corriente.

No ha quedado nada de mí en sus ojos, sino un adiós ahogado en mi garganta,

y una lluvia que cae sin peso fragmentariamente,

desde que fugó sin alas por donde el sol se esconde, desde que formó parte de mis objetos perdidos, desde que dejó una huella en mí, que cada día se va borrando, desde que el sueño es un pretexto para seguir viviendo.

IV

Tu silencio elegido es mi silencio pronunciado; no otorga tregua alguna, tampoco finales de batallas reales en los ocasos; porque tu silencio destruye inevitablemente todo contacto con las manos; las agrieta, crea todo un mundo aislado en los parajes internos de un ser solitario;

es una habitación sin ventana ni zaguán, donde nadie la habita sino tan solo

la

atmósfera de tus años pasajeros;

y

es que tu silencio desprecia

el

instrumento afinado del río,

el

movimiento estridente

de las innumerables piedras

converger en un llanto arrebatado,

y la conversación de los peces

en las orillas quebradas. Porque hay algo que se diferencia

entre tu silencio y mi silencio, como se diferencia también entre estar dentro de la tierra o fuera de ella, como dentro del sueño o fuera de él;

y es que al fin y al cabo

es tu silencio una larga trocha

donde habían pasos que ahora son polvo que se levantan cuando el viento

tira de tus cabellos y los hace parte del olvido.

Y mientras tanto, tu silencio sigue cerca de mí,

clavada como una estaca en el fondo de una oscuridad intolerable, sin materia ni alma que la sostenga,

pero aun más presente que las pálidas lechuzas

y las eléctricas anguilas.

Yo, mientras tanto, aún no te escucho, pero sí escucho la terrible cadencia

de un silencio proveniente de ti, que se va derramando

como la miel sobre un físico amueblado,

y me va inundando hasta desaparecer

tras un segundo como el último murmullo de este ambiguo día al morir en las fauces de la noche.

V

Hay dos bocas que no se obstruyen cuando chocan de repente;

un marasmo se improvisa en la abertura

del firmamento agitando, a tientas, la luna;

en

los mares corales se insertan crueldad

de

especies que priman en la mente;

dos pares de manos comprimen el mundo crecido en el vientre;

y algunas lágrimas imitan el fluir constante

del caer vertical del río hacia guijarros estrujados.

Así es como vamos siendo fundidos,

mi mujer otorgada hacia los leños de mi carne,

amparado en la propia armonía suprema, donde todo lo vivo amenaza con seguir existiendo junto a nosotros, para conservar siempre los primeros ecos

que de nuestras bocas afloraban siempre que nos separábamos de la tierra,

y no conseguíamos rozarnos sino en sueños cálidos.

Porque sobre la hierba rociada entre rumores, yaces reinventada, y es en ti el tacto liviano lo que te siente en mis soplos entre mármoles, esculpidos del tamaño y la forma de una coraza, donde a cada instante nacemos para nosotros, ambos, amados hasta la confusión de los cuerpos, asomados al calmo despertar de los días sin quejas, pues el único goce, cuando los ojos se abren y no tienen respiro, es reconocernos como mundos paralelos que consiguen ser uno con tan solamente abrazarse.

VI

Cuando, aún oscuro, no siento caer tus manos sobre mis hombros como aguaceros, tienden los ojos a desbordar su atención hacia una mínima proporcionalidad de paisajes, permaneciendo quieto como una libre asustada, entre serenos aleteos del viento; como una piedra en su misma soledad, ignoro los pasos que a cada minuto vas cruzando entre oquedades, hacia no sé dónde, pero dudo hacia donde se acumulan orquídeas olidas y tierras molidas.

Cuando, aún blando en la espina, no contemplo la enorme claridad de los bosques que en neblinas yacen oreadas, sin esperanza de alguna iluminación asemejado al efecto que produce una sonrisa tuya, me atengo a los serios temblores que de mis pies aún brotan sin censura, congelados en turbios rocíos, vivo, convivo en atardeceres aparentes, no padezco de los apasionamientos de milenios pasados, porque simplemente no tengo con quién observarme, tocarme, olvidarme del pasar brusco de los ciclos, quebrantando la amenaza de dilatar cualquier intento de separación.

Cuando no estás, enlutada con mi propia oscuridad de olvidado, clareada bajo la monotonía de un sol que no es de aquí, cuando todo lo familiarizado contigo ya no se siente venir de manera frontal, con los pies descalzos manchados con el polvo, desesperado voy conservando el único y azorado rostro, el mismo que las falsas caricias lo han exiliado, incesante de insoportables borrascas que sobre ellas me despedaza agitado.

VII

Entre las puertas abiertas de par en par como alas en apogeo,

y el pasadizo oscuro como el interior de una garganta vacía,

busco, en el caos de los escenarios precarios, tus palabras

como el simple respiro que aún no olvida que en el ayer

ha sido más que un fragor extraño, sobreviviente

del obsesivo dominio del viento.

Busco también concretar el homenaje perfecto para los ecos extraños que se han ido componiendo

en los ocasos, al pronunciar contundentemente una frase… una palabra… una letra…;

fuera de los labios, ese golpe frío que sobrevive atorado en los odios,

al que llegó a palpar lo que en la fundición de la carne y el hueso se extinguía.

Por eso busco tus palabras, donde no te ves reflejada en tinieblas, acaso como el eterno secreto de un pasado invalorable; pues aquellas aún no se hallan asentadas en las márgenes de gemidos perdidos, fuera del calentamiento de los cielos y las tierras consumadas por confusión, donde la vida es el objeto menos apreciado, porque todo muere al fin.

Pese al incierto deseo de edificar caídas de aguas violentas que emulen la variedad de voces que nacen la tonalidad de tu garganta, cuando ellas golpean advirtiendo de repente el contoneo

del

acabose de este final recién inventado,

sin

gramáticas heridas, ni murmuraciones altisonantes.

Es

que ante la evidencia de la ausencia perpetua de tan siquiera

un

soliloquio, no siento mejor escape de los llamados en sueños caóticos,

mi

cráneo desvanecerse como frutos maduros precipitándose

hacia una mano, la cual antes había trastocado el cuerpo mudo de las sabanas,

y dentro de ellas, el expirar de una voz parecida a la tuya extirpando mi boca.

VIII

Sé que el objeto directo de estas largas interrogaciones, acabadas las horas que difícilmente cesarán, fue con el único propósito de saber hasta cuándo continuarán siendo ciertamente incontestadas,

y que acaso nunca me serán respondidas;

o es sin embargo, una vaga excusa para seguir gesticulando inútilmente

e perennemente la lengua,

con el fin de intuir obsesivamente el porqué de las distancias

o de los infinitos meandro

que se tienen que recorrer para llegar a arribar superficialmente

tras tus zonas despiertas, tibias, algo saladas, hasta que así, en desvelos mayores, pueda ser casi real tus pies en esta tierra quebrantar de golpe,

y permanecer como en territorios

rodeados, ahora enajenados, por la modestia de países irreconocibles,

a

los que solo los hallo en añejas cartografías

o

en algún viaje que me imagino feliz

y propenso a quedarme por el gusto de saber que no soy yo el que te espera en un árbol, dormido; sino tú la que vuelve a observar, de reojo, la ventana.

IX

Quién aquí, de espaldas, te ha visto desnuda como una nívea especie alada recién caída de los techos de viejas criptas enlutadas; quién sino solamente los astros llamados a partir después de los espectáculos que las noches ofrecen,

y no de las huellas dejadas en tu espalda crecer en soledades.

Quién aquí, ha arrojado una piedra bajo tus pies, para que la recojas como se recoge y abraza

a una criatura recién abandonada en una caja de cerezas; quién sino, el resto de la humanidad que cree que hay un ser en la tierra que recicla pañales, masas frías, sin vida y con la forma de un rostro.

Quién aquí, te lleva sobre sus hombros frágiles, hacia donde un río inmaculado cambia de curso,

y seduce tu destino sin remordimiento entre bestias de campo,

para besarte entre retamas y orquídeas, como un ingenuo que se niega a ver que nada en ti ha sido purificado para él,

solo tus ojos y una parte de tus órganos que por vanidad se hace llamar corazón.

Quién sino yo, el último ataviado de palabras cercenadas de algún discurso demagógico, el que ni tu familia nombra, para amontonarse en calles empedradas bajo su sombra descrita como hiel enterrada en cada alumbrado público, al que nada debe, ni enzarza, solo comete las fechorías que de día son infantiladas, y de tarde tienen la impresión de ser las últimas cosas hechas por un hombre que siempre se despide, aunque nadie le diga adiós.

X

No pienso vivir más de lo que siento morir; imaginar que siempre olvido tu cuello, y debajo tu ombligo experimentar la conmoción por surcar la muchedumbre, violentándola, de ahí que encontrar mi miedo, mi desolación, en ti, que me sostienes la cara, arrimas los fríos hacia el cogote, se me hace más complicado transitar por las aceras espontáneamente, porque trato de equilibrar todo menos aquella mentada sinrazón,

pero, por amor de dios, se me va cayendo de las manos, inevitablemente; aún así, aun con los ojos cerrados, hay una mujer que me socorre, recorre el círculo de la habitación exhausta, me explica que de esa forma es posible captarme, limpio de desesperanzas, límpido de tabúes, puro de mí mismo; porque me ensucia el suelo que besa a cada rato; ambigüedad de amada es porque no me odia, aquella que, cerradas las puertas, clavadas las ventanas, evapora mis salivas en sus pechos que me opacan ante su inmensidad; me entretiene para no pensar en desfallecer más en la cotidianidad, nos vetamos los sexos de madrugada para no engañarnos más,

y nos amamos a tres cuadras de una Catedral, donde la gente nos mira, mas no el cielo gris recogido de soslayo en cada centímetro que rescatan las miradas ansiosas, de proveer a nuestras manos de armamentos primitivos para descomponer a aquellos viles, que nos vulneran y nos exasperan, porque tan solo así, de algún modo tuvo que ser así, nos andamos a babor, desconociendo a dónde llegaremos cuando te parezcas

a mi madre, y arribando entre sueños cuando sea igual a tu padre;

mientras tanto todos desaparecerán, comerán de su propia carne, nada importará a nuestros cuerpos, sino las húmedas prendas por la lluvia que tan poco importó cuando caída sin deseos de mojar a quienes solo cruzaban sus vidas cada vez que lloraba un niño.

IV

Eros/siones

SANTA INTENSIDAD DEL PLACER

Santa intensidad del placer; Cuando se evoca abiertamente El inicio de toda travesía, De toda la tanta dicha plegada a la piel, Al cual su sentencia es destruirse con otra piel; Ambos motivados y reverenciados En un caos intimo; Con ausencia completa del bullicio verbal; Adivinando Si es el sudor o una lágrima que fluye, Si es el gemido o el llanto Lo que se escucha.

CORPUS

Dulce es un cuerpo expuesto y arrojado hacia el sol; una pálida carroña, una materia corrompida con las fuerzas del instinto, descompuesta en la inercia de una atmósfera violenta. Lo devoran sin observar, solamente engullendo; al momento en que los grillos entonan el canto del arrollo, al momento de sentir la soledad en los huesos. Agrio es un cuerpo furtivo, amenazante para los labios, sin caer al centro profundo del ombligo; pero sí, asomándose hacia otros labios, adornados con cerezas; encarnados, casi fusionados. Entonces existe un……vacío Proclamándose en la amplitud de la penumbra, a la plenitud de un rezo sacrificado.

TABÚ

Ante toda insinuación de lo obscuro y perverso, la piel reclama lo puritano… la soledad; retiene las caricias implícitas en la voz, se abstiene a consumirse como un papel quemado. Se suma a la armonía corta de los besos, así es feliz: aniquilando los azotes sangrientos del averdugo, a cambio de inmolarse por una pasión quimera, y reflejándose con el toque sutil del alma encarcelada. Agitándose en la fructuosa noche, Después del vano día, En un recorrido lento y vago, En un vacío de espesas tentaciones; Pero amando lo límpido en lo abyecto, Lo ilusorio en lo real.

TAN SÓLO BASTA

Tan sólo basta la inmensidad de la oscuridad Para reiniciar la creación, La bendita consagración de la cópula; Con la aproximación del vuelo de luciérnagas Hallándose sin problemas, Con el inútil intento de borrar Toda suciedad de la carne. Sólo la noche abre puertas ardientes Para el ingreso fatal de los cuerpos En vías de extinción; Pues se llegó al fin saber Que no hubo mayor sacrificio Que el haberse consumido a sí mismos, Que fueron iguales en virtud. Todo esto basta… Por último, sólo basta Suicidarse contemplando ciegos la luna nueva.

DESEO UN CUERPO

deseo un cuerpo, uno luminoso, de entre estos cuerpos sombríos y amorfos; uno que sobrepase y penetre las fibras ficticias del alma; uno que desprenda del ojo, lágrimas caídas bruscamente en el vacío.

un cuerpo revelado hacia el sol, contra el sol, pues está hirviendo en las entrañas, quema las aguas gélidas, volatiliza a cualquier ser que llegue a husmearlo de frente; lo ve solo e indefenso, vulnerable a visiones fallidas

y mal concebidas.

solo un cuerpo entregado, al persistente maremoto del deseo.

deseo un cuerpo, uno solo, para cambiar los jugos de la fruta abierta, para hacer de éste un sendero hacia el hedonismo

y la aprehensión anatómica.

un cuerpo, una vastedad de poros y vellos dormidos bajo la prenda amarilla, sobre aquella dilatada excitación del cual acaba y muere y para y revive y resucita

e inicia nuevamente

la suprema enfermedad del cerebro, aturdido de húmedas imágenes

y flores clavadas en la piel.

Su cuerpo, tu cuerpo, nuestro cuerpo; uno sólo,

que llegue a perderse en la naturaleza muerta, en cualquier mísera ciudad, en la más remota lejanía de un planeta apenas visible en el universo deseo

un cuerpo

V

Réquiem del olvido

EXORDIO

Incesantemente el soplo húmedo del viento transitaba a pie con los circulares parásitos en la plenitud de su éxodo y junto a las inertes hojas levitando; levitando todo ello directamente al lugar sano, que se estaba convirtiendo en una tierra de la nada; es cuando mi hedor animal hacia lo mismo:

Arrastrarse de rodillas, genuflexo, al mal omnipotente, que a la par me sostenía en su bondad corporal.

Pues bien, al peregrinar como una larva,

dejaba untada la tierra de antiguas exaltaciones, al haber tenido el primer sueño de llegar

a ser y veces no llegar a serlo,

puesto que esta dimensión humana tan pequeña fue para esta gran pueril opción:

conservar tan siquiera algo de mí.

Las tinieblas conjuran un fútil hechizo para matar

a las demacradas luces, atolladas en mi fortaleza;

se hacen débiles las iluminaciones, se bifurcan, se multiplican, se

¡Hombre!, eres tremolación cuando se acerca más cerca de tu reducido espacio sideral, poniéndote en movimiento, pero yo soy el que se mueve, el que huye creando una luz moderna e inefable.

I

Fue un derecho elogiable el pegarme a ella,

y no salir más de ese bien, sin haber evitado husmear la miel meliflua que resbalaba

y resecaba sus delgados labios.

¿Cómo es esto? Entonces, tanta dicha para nada, tantas horas quietas que estuvieron pariendo, para agrandar el sentido de sólo “es un decir” cuando aún no había fallecido por ella, sólo daba señales de haber agonizado por un pesado segundo en el reloj.

Al pensar si podría mover tan siquiera un mísero dedo para esculpir un laberinto plano que me dirigiera hacia ella, un laberinto de polvo fusionado con sangre, con esos hoyos donde pueda filtrarse la melancolía con todo y zapato.

Sí puedo hacerlo. Otorgadme tiempo para borrar con mi pie cansado, los senderos que he formado solo y desganado, que allá será un campo de hierbas soleadas, para buscar mi luz y mi obscuridad.

II

No me explico qué me pasa cuando pasa, enteramente, in fraganti, merodeando al perro desvanecido, como si éste ya estuviese ladrando para el divino, como si este lobo no aullara más junto a Ginsberg

y a los malditos poetas con su enigma simbólico en la testa.

Ella mira al lado mío, y se da cuenta que el sol ha mojado mis versos con su anémico fulgor.

Se somete al aparente sosiego del cielo,

a dispocisión entera de un ciego frenesí,

al intentar transformar palabra y sentido.

Ante la lánguida calidez de la penumbra violada:

tiemblo con una luz en la mano por desaparecer.

Desnudo y sin inspiración, aspiro a ser un ser vegetal, un árbol torcido en su razón, una planta que necesita parte de su cuerpo como abono y la irradiación calida de su alma y, claro, ese liquido que nace de sus labios.

III

En fin, al menos la supe contener por unos cuantos besos; Le rezaba infinitamente como la arena del mar, Con una postura angelical, para algún día anunciado no pudiera faltarme y no faltarle yo también, hasta que el pan estuviese listo,

y nos guardemos las manos en los cabellos, los pies al lado de las entrañas, con el único fin de tenerlos mejor en la oscuridad de la cama; horror de la mosca desnuda que se paró en nuestro quimérico goce, después lloró.

Tantos fueron las risas que ensombrecieron la pena furtiva del tiempo que yació arrojado, sin poder seguir por nuestra frente plana, pues ayer resbalóse como un río convergiendo en un mar de aguas agrias.

En la inocencia de nuestras miradas físicas, te exponía mis ahogadas esperanzas de intentar llagar a la orilla y poseer el sí cual respuesta congelada en las bocas de las nínfulas * de hoy.

(*) Entiéndase Nínfula a la manera de Vladimir Nabokov

IV

Sabemos tanto del cielo, que reconocerlo otra vez, nos aburríamos en contar cuántos ángeles dementes existen o habitan en aquel metro cuadrado, o cómo copulan en los crepúsculos de verano saturado.

Sabemos tanto de la tierra, que reconocer que vivimos ahí, nos acordaríamos que somos unos animales de caza,

y

nos encontraríamos huyendo de la guerra santa,

o

deshidratándonos en su piel estéril.

Sabemos tanto del averno, que el aceptar Que existe, estaríamos diciendo que habitamos en él, junto a los hombres infectándose en el cuerpo, para que nuestras almas más tarde hagan lo mismo: de afuera para adentro.

Sabemos tanto de nosotros dos, que explorándolos Nuevamente, nos apenaríamos en saber que nuestros defectos están enterrados en la profundidad de nuestro rostro,

y veríamos cómo reluce nuestra dicha de poseer hasta virtud que nos recompensarían con el cielo fariseo.

V

Esta inhumana tentación me arrebata hacia la excitada noche, noche; me traslada hacia la herida madrugada, para volar, pasando por su cuerpo casi muerto, tratando de revivirla de esta agonía incolora, falaz.

Aburrido esperé tantos segundos como fueran posibles, para verla despertar como un gatito ronroneándole el corazón, o para verla morir de una buena vez, como un frágil buitre engullendo su propio corazón.

Ay mujer, nuevamente eres mediocre, porque no piensas fusionar el cielo y la tierra juntos, los dejas que se fermenten, pudriéndose placenteramente, secándose por entero, por rutinas que ni el hombre se da cuenta de ello:

de que tú no intentas flexionar nada… ¿Por qué?

VI

Aún no te atreves a arrojarme rocíos escarchados, témpanos enteros de un hielo rencoroso, importándote más rezar a otros santos que a tu azotado hombre de las cavernas.

Aún no te atreves a condecorarme con tu saliva dulce, con sabor a manantial serrano; pura agua deseable para bañarse como las estrellas acuáticas y como un caballo de fuego en las olas.

Tu atrevimiento; tú, atrevimiento solitario, renueva la penumbra, dilata la noche, extiende mi cabeza dislocada, remendada, puesta en otras cosas y no en sutilezas nauseásticas, románticas…

Tú, tus afanes de no tirar la última piedra, sólo hacerla flotar en el vacío, otorgándole una suerte de punto ocupando un punto más grande; la revelas con el espacio cimentado con tu otra carne.

Tú y tus ansias de seguir esperando sentada, como una beata en el reloj de arena, antes recogida, ora perdida, ora gastada; para quién más, para el menor murmullo de pájaros en plena migración.

Esperar, esperar, esperar: himno sacro de los dioses ausentes ¡hasta cuándo! ¿Hasta cuándo el bosque deje de quemarse con su propio aliento, y deje de pegarse con su misma soledad, y deje de mojarse con su lluvia subterránea?

VII

¿Para qué elevarte hacia el cielo plomo? ¿Acaso para reconocerte junto con las estrellas y galaxias, depuradas, lejanamente indiferentes, obsesivas de permanecer ahí, por un pequeño tiempo de eternidad, de quedarse en su forma innata, inmutable?

¿Sin querer, puede estar uno queriendo? Entonces que tu sombra blanca sea densa, con peso, con una dimensión conocida, con esas voluptuosas imágenes, ataviadas a tu irónica sonrisa, incrustándose levemente en mi humor desasido.

Que se vuelvan ciertos estos nocturnos paseos, cerca de la laguna acostumbrada a que las huellas forjen desastres fáciles de integrarse al yugo de dos almas someras.

No te precipites a tocar el suelo:

sigue, sigue levitando sobre mis llantos y exultaciones, aunque ya parezca esta una falaz realidad, dura para los débiles, débil para los duros.

Quédate encerrada en tu aura, en la esfera que pasado medio día destruí, y que por fuerzas leales, inconscientemente, la estoy reconstruyendo con los elementos del mal, de mi creación, con pedazos de la fantasía.

¡Quédate y fallece ahí!

VIII

¿Por qué he de extrañar tu alma enceguecedora y tu carne natural? ¿Es que acaso la rutina te ha puesto nombre? Te ha puesto como un vil objeto que está completando aquel paisaje de cosas henchidas de mi atención, queriéndola prolongar hasta que no exista más, hasta que me haga la idea de que dejé de vivir, hasta que termine de fluir la corriente reduciéndose a minúsculos indicios de haber estado ahí.

Fuerte fue, casi invencible; la conjugación de la oración con su nombre hecho verbo:

“voy a rosarear” o sea, voy a amar; Absurdo neologismo, nacimiento superfluo, palabra creada en la y con la desesperación.

Estuve acostumbrado a verte arribar en el alba, y a cambiar de forma instantánea, para sentirte mejor, más santa, más tu otra yo, mas no tu misma:

reflejo fiel de un ocaso decadente.

IX

Sutilmente me espanto de la sin par figura que en mis ojos fulminando está lo decente, se torna más abierta al contacto de las flores trastornadas.

Se turba la creación de mi inocencia poética;

y en vez de encontrarse atea la razón,

se hace más y más idólatra, al soplo decidido del Olimpo que me obliga a rozar mi unidad con la otra unidad del orbe.

No está fría, ni adusta, sino embriagada con irrisorios semblantes, con memorables faenas pegadas a mis alas

y una laguna de tristeza clavada en mi visión altanera; de tocarla como se toca una guitarra por ultima vez, cuando está a punto y a parte de volver a lo que fue:

réplica imperfecta del ser.

Sin ser lo que fuiste y lo que eres hoy misma, te hallaba caminando hacia un hado ¿acaso incierto? pero puro como el humo de los puros bohemios,

por un deber que cumplir al ser las doce

¡no te vayas!

Que las enfermas estrellas agonizan, maldicen harto, sobre una cansada noche, porque no estás presente de alma en tu partida al más allá de lo vulgar, mas no de lo efímero.

Hasta pronto, yegua pensante, minúsculo continente de ciegos, Caja de Pandora platónica, animal hermoso. Enigma por poco descifrado por mis versos lacerados; sangre fresca para el murciélago nocturno, Criatura mojada sobre un lecho de virgen.

X

Temprano para mi mal, se ha ennegrecido el frío, constante en mis recuerdos, confundidos entre lo que pasará y lo que pudo pasar; ausentes de febriles deseos estarán, de servirse de mi sosiego; por último, soñar en mi caos.

Es que en mis recuerdos se coronan las invenciones De los prados, de los molinos, de los ríos andinos; de la causa extrema de un demiurgo; de la palabra BELLA, de los senderos mórbidos; desapareciendo en su lujuria, e intentamos Avanzar de espaldas al sol para no avistarlo nunca más.

Sólo hoy conservo congelada su boca ¡su boca! que se desmitifica al momento de descender de los elogios propios de una falsa razón.

Presiento que sucedió todo lo que iba a suceder, o sea, absolutamente nada, un vacío que permanece igual, sin contaminarse con la sencillez de una rosa, que fue copia de una naturaleza exquisita, pero que pudo ser aun la aurora del gran Ornamento de una vida sin par.

De pie, allá, se van conformando figuras inteligibles, sensuales, en el nubarrón a punto de exprimirse, después de orillar los vientos, luego dejando de pronunciar aquel nombre de útil sacramento.

Y ahora, se abre el sol, se cierra la luna, que la inspiración ha sido robado por el último hombre, quien olvidó de apagar la luz.

VI

Cotidianas

F

Siente cómo el sol descubre escabrosamente las líneas curvas de tu cuerpo mudo,

haciéndolas puentes colgantes hacia la lujuria, ridículos en la sobriedad del tedioso día;

y la noche que se empapa de un silencio antiguo,

a la vez que se prepara para asaltar tus aceras,

aquellas de las cuales mis manos en desproporción

con tus muslos descubiertos, se estrechan para abrazarse,

y abrazar a cualquier cosa perfecta que llega a nosotros como arañas celosas o como niños con hambre.

Mira cómo comulgo sacrílegamente con lo vulgar del diario vivir, exasperado, entre moscas y gentes confundidas; ellas danzan en el pavimento, se impregnan agriamente con el jolgorio acostumbrado del medio día, mientras nos reencontramos con nuestros orígenes puestos en el trágico andar hacia atrás, donde todo se ha olvidado, menos el olvido envuelto como un perro callejero del cual nadie quiere ver. entonces yo me olvido de que fuiste mujer de todos, compartiste caritativamente el pan y el vino fermentado, dando las manos, abiertas a cualquier milagro

o fenómeno

de una altar de una catedral abandonada.

que se desataran las veces que hacías de virgen

Así, yo te siento, te miro y te olvido como se siente, se mira y se olvida uno de sí mismo, cuando ya no hay razón para hacerlo, al menos en los tiempos en que hay solo mentes varadas en la locura, deformándose paulatinamente, y sin restricciones, ahí, solo ahí es donde soy libre, para desgraciarte la vida despareciendo tu ausencia de mi vista.

A LA QUE SE DESVANECE

Ya has llegado a la última penumbra, a la quizás última puerta, Al aburrimiento que se desprende de este silencio vivo, Que en ti poco a poco se va haciendo más evidente, Va siendo la causa para este inevitable abandono de las ganas. Porque nada de mí queda en tus ojos, sino esta figura manipulada en tu cabeza, Encarcelada en las constantes sensaciones de las noches solas, Alrededor de recuerdos burdos, al lado de mujeres sin sabor, Quedan los pocos deseos que en mí sobrevivieron para verte más desvanecida, menos evidente, cansada de tanto ser otra,

Y no la que en realidad esculpió el tiempo, la rutina, el miedo, la vergüenza;

Porque entonces no sabrías cómo amar a lo que no se puede amar Bajo métodos que cualquiera pueda concebir como fáciles. ¿Qué sed no experimentamos para que existan estas aguas contaminadas? ¿Qué camino lodoso se nos presentó bajo la forma de falsos horizontes? ¿Hay acaso un cielo mejor del que me cobija a duras penas en el día? ¿Son agradables los días fuera de la presencia explicita de mi aliento?

No hay de mí ahora algo con qué podamos sostenernos sin caer de bruces;

lo sé, son conocidas las palabras creadas en la oscuridad ajena,

las caricias resbaladas, los besos resecos, las ebrias entregas de la piel,

la desesperación de la carne salada y las promesas de un mundo menos hostil;

mientras tanto, serán como antes fueron las miradas miopes, volverán a mostrarse los mismos rostros de ayer, deplorados por confusos hechos que nos explicarán que lo pasado fue el producto final del deseo que no retornará más hacia la que se desvanece.

YO TE DEFINIRÍA

Si volvieras a ser indefinida por la vida

Yo te definiría con gestos que no reconocen lenguaje humano alguno. Sí, yo te definiría con la sola pronunciación de cualquier palabra Incompatible a todas estas maniatadas, manipuladas, usadas para provecho propio. Sí, así yo te definiría, sin esperar a que alguien me obligue,

la convergencia de frases o de la manía de buscar símiles

o lo que es peor aún, metáforas o lo más terrible que le pueda pasar a uno para regodearse, decir simplemente tu nombre, Como si fuera el único inexistente e indescriptible en todo el mundo, no. Pero yo te definiría, estoy seguro, en cuanto sepa morder una manzana que cayera suavemente de tu corazón, hacia mi regazo, yo te definiría.

Ahí yo te definiría, mientras observara la sensual forma que tiene la manzana,

Y cuando la tomase sintiese como si fueses tu misma.

Al final, yo te definiría, lentamente construyendo lo que nunca se acabaría, Un qué sé yo, en no sé dónde, a las no sé qué horas comenzaría a perfeccionar

Lo imposible de la definición posible de ti.

Y, sí, yo te definiría si volvieras a ser indefinida por la vida.

TE ROBARÉ LA CARNE

I

Te robaré la carne, y nadie que esté vivo, impedirá que me moje con el charco de agua creada por tus ojos pequeños, en el lecho, justo cuando me aproxime, sin ningún rasgo ridículo de piedad atrapada en tu gesto, por exiguas avenidas, evitando hacer brotar de mi boca un murmullo que me delate como el forastero de este destartalado pueblo, que viene y se regocija con los llantos de hermosas mujerzuelas, pero que luego se mortifica al ver, solitaria, la gran prenda que llevas puesta encima, como nubes retorcidas cubriendo la anatomía del sol, mostrando parte de su luminosidad etérea sobre la atmósfera cansina.

II

No me cansaré, eso lo sabes bien, de arrojarte tantas veces sea posible hacia la misma hierba desecha, que no da juego con tu cuerpo violen- tado, pero que sin embargo juntas son parte del sueño de un ebrio, eter- namente dormido en una banca de madera apolillada, la misma banca en que el sol te castigaba con su luz quemante, casi te mataba como una lagartija recién nacida, mientras yo tan sólo atinaba a mirarte en mis vagos días, pasaba desnudo de palabras, bostezando por no hallar el enigma que encerraban tus débiles murmuraciones hacia los hombres con la cabeza derribada.

III

Pese a toda esta ficción, me harás caso, siempre me harás un espacio a tu lado en aquella pista de baile, pues no habrá más insoportable can- ción que la persistente extensión de los sonidos y cantos confusos, en un frenético recorrido de serpientes sobre nuestros cuerpos exhaustos; tan igual como las luchas eternas del hombre con la naturaleza, le seguire- mos la corriente a estos roces de cabellos y prendas malheridas, porque no hay otra cosa más qué hacer, que sulfurar los odios alrededor de una ingente cantidad de gente exaltada, como quien está viendo la LUZ antes de la inundación de la idealidad de lo oscuro que es el lugar en el que intentaremos más tarde de descubrir la contraseña de estas dos vidas invadidas de causalidad.

A LA QUE TOQUÉ

Eras de agua para mi sedienta boca, olías al aliento que de los bosques escapaban como nativos en éxodos furtivos;

y si te vi, entera, fue porque mi intención era eso:

ingresar a zonas donde la razón me proponía ser feliz con solo descubrir las líneas doradas

que el sol se desdibujaba en un cuerpo regalado a ti;

y sin esperar a que algo nos separe,

me vi ahogado en tus brazos que no rodeaban mi cuello pero sí se disponían a tomarlo cuando era necesario. Sé que la fotografía aquella, nos enquistó en un vago e irrepetible instante, de los “nuncas jamases” nos veremos; pero si al menos me propinaras seguridad

en medio del peligro de no añorarte como siempre lo hago, cada vez que me viene a la nuca un susurro calido,

o en la memoria un rostro que desea ser besado,

aunque sea a la distancia,

o este sueño que se refugia en las tétricas madrugadas

y donde siento que aún estoy flotando en El Oconal, varado como una garza cerca de la terrible flor,

y en cuyo bote navegas hacia donde el sol se pierde,

entonces también nos perdemos y nos evaporamos como el humo de los bungaloes que cobija a dos seres tomándose

e intercambiándose el alma.

Por pronto, yo te miro, fotográficamente hablando,

y aún estoy sediento, lejos de El Oconal y padeciendo sin ti…

Villa Rica, 27 de julio 2008

ANTES DE QUE TE VAYAS…

Antes de que te vayas quiero proponerte un antes y un después de una sonrisa enloquecida, quiero interpretarte en los constantes suspiros que propinas en medio del abrasador del frío, que no pasa de ser un viejo respiro que se va confundiendo con el perfume con en el que marcas tu territorio,

y donde mi condición de fronterizo hace

que destine para ti una traición a tu patria,

para ser un fugitivo que nunca hallará tu ombligo desnudo,

y porque todo será imposible cuando ya me haya ido hacia cordilleras ajenas a mi hábitat,

y seré un animal que no prosperará,

callado, tímido, sombrío, con mis tercas formas que no reconocerás sino hasta que la tarde me dibuje

y te ensombrezca la piel, como un tambor de sacrificio,

para así hallarme en ti, fuera de todo paraíso terrenal,

y volveré nuevamente a ser un hombre que te persigue sin desperdiciar una sola lágrima.

MIRAR-LA

Una escena privada son mil ojos cerrados.

Como también un vaso roto,

es la única condición

para el fracaso del cielo. Además que una boca a medio abrir, con los labios aglutinados, Es una tentadora forma de con-partir La única vida que tenemos.

A

cuestas, aún de espaldas,

tu

espalda lejos del mío,

Sola, sin ruidos contagiantes,

es mejor que estés sola,

que mal acompañada por el propio universo,

que no dice nada y se limita a devorarte, él, un simple vagabundo,

y tú, una devota enternecida por las cantos atrevidos de la media noche.

Sigo perdido, pero de nuevo veo la estela bajo tu mano alzada, también la huella de un hombre, tal vez, sería la mía,

como cualquier cosa desvaneciéndose,

o el que fingía,

cuantas veces sea posible, olvidar que te vio sin sentido alguno,

y recordar que alguna vez te besó

con apoyar una boca en la otra boca, con la excusa del eterno descanso de los hombre de caminos extensos sin paradero y con destino desconocido.

LEVEDAD

Tomé tus manos y las sentí tan frías como peces congelados Resbalándose, sin soltar ningún sonido acuático ahogado en mis oídos; pero fueron gratas, tan gratas las repetitivas caídas de tus manos sobre un aire condenado a desaparecer conforme la lluvia mantenía su misma velocidad aplastando la sombra forjada entre ambos, abrazados el uno al otro, cual árboles torcidos sobre el desierto,

y por la pura necesidad de sobrevivir en este mundo.

Rocé tus pies con desesperación y no hacía más que emprender un viaje absurdo hacia mis fetichismos anhelados, participando de un ritual secreto sin sacerdotes ni paganos, donde solo el hombre más estúpido entendía las evocaciones del azar y el simple enamoramiento de tu levedad transitando entre la carne y el hueso, imaginados en las pesadas amanecidas, que al fin y al cabo era la única locura que entendía mi lógica.

Acaricié tus dedos, frágiles serpientes ingenuas, mordiendo mis cicatrices sobre las cuales se acumulaban hormigas edificando cavernas en el sol; luego cruzaban a tientas sobre las líneas de tus huellas, tropezaban con tus ojos, exploraban tus pestañas, tus parpados;

y no era ya una imagen construida en las pesadillas,

sino el antiguo ser que sostenía un corazón con una mano temblorosa; el mismo vulgar amante de tus callados espasmos y tus sutiles lejanías.

POEMA

Sin vida, cubres, el cielo sediento, de neblinas espantosas. Con vida, saqueas libremente las estrellas contadas del firmamento,

y es una honda aspiración su deambular con un corazón alejado de la extraña amenaza que la acerca más

a una simple habitación

donde habitan seres que no desconoce,

y donde las siente menos hechas

de flores de papel esparcidas enteramente por caminos retorcidos,

y de espinas de caucho aletargadas,

incrustadas sobre la oquedad de los ríos.

Pero ahora ella estás con vida, con la más sonora luz palpitante, entre las sienes; siembra voces ahogadas; se interna, sin el menor pudor, por las costas añoradas de la soledad indefinida por el tiempo, entre laberintos de llantos, tambores como pulmones gritan el nombre de cualquiera, fabrican un nudo en su boca,

y no hacen más que reverdecer

esa nueva marea de ritmos amaneciendo al lado de sus oídos.

SÉ MI MUJER…

En mí, tan solamente en mí nada más bastas; en mí renace aquel nuevo ser, aquella escondida especie que busca tu cara. Ciertamente estuviste fuera del útero por tantos años tantas fueron las palabras que te amoldaron a la vida,

pero mis brazos siguen siendo como tú los prefieres, siguen acercándose más a tu piel en actitud defensiva, porque en mí vives más para comprender la eternidad escondida en las cosas más efímeras como en la sonrisa de un anciano,

o el beso de una madre en vísperas de una agonía.

Por eso, deja que tu vida se agote entre mis manos, que en el mundo hay un patio para saltar abrazados bajo la lluvia; intenta huir hacia lo desconocido, junto a mí, demórate en recordar mi nombre, y sé olvido antes que odio;

y sigue adivinando el futuro en las figuras del firmamento aquel;

piérdete en los laberintos de mi casa, pero déjame el hilo de la madeja para poder hallarte sin desesperación, como quien encuentra su más preciado tesoro

dentro de las profundidades de un oscuro océano

o entre los juegos de la infancia perdida. Y no te engañes más, que yo ya lo hice con mostrarte una tarde sin gritos,

una avenida abierta para los caballos alados de tu sueño en verano, Entonces, para qué regalarte una amarga verdad,

si puedo ser parte de tus grandes mentiras,

una ficción aún no impresa en la línea de tu existencia o en algún rutinario diario que nadie se atreve a leer sino tan solo para llorar tras la puerta cerrada.

Entonces, para qué mostrarte el cardiograma de mi corazón,

si lo que tocas está fuera de todo diagnóstico penoso,

de cualquier examen toxicológico que prevé sacarme de las alucinaciones que suelo padecer cuando te veo en un pasado decorado de mariposas en parques, provenientes de los cuatro vientos, y donde los cabellos se demoran en descubrir los rostros de las mujeres, cuando el tuyo ya está expuesto y que jamás será comprendido,

Sino por vías alternas como por el frenesí o el delirio; por eso quiero que seas mi mujer, porque es justo y necesario inventarnos a cada momento, desconocernos, y volvernos presentar, hasta que nos llegue la tarde

o el bus que te alejará de mi lado, hasta la próxima vida.

TE MIRO, TE VEO…

Son tus ojos una vía abierta para la exploración de tu universo,

unos agujeros negros que todo lo devoran

en cuestión de minutos.

Nos reconocemos como seres débiles cuando nos sentimos atemorizados por tus ojos, porque somos hielo que se derrite cada vez que intentamos acercarnos a ellos.

Pero, ya vi tus ojos, o lo que resplandece

en tu rostro como dos luciérnagas felices,

como dos velas sagradas en una catedral, alumbrando a esta rara belleza que en ti reposa.

Vi a través de tus ojos pardos,

estrellas que competían con tus manos, planetas enteros ahogados en tu boca,

un cielo infinito atado a tu ombligo.

Entonces, después de la revelación, ¿Qué es lo queda? ¿Nada? ¿O los tiernos ocasos del final de nuestros días? ¿O los restos de un paraíso varado en tu rostro? Dime… ¿Qué?

VII

Los días y los años

AUSENCIA

I

Es posible darle a la mar lo que necesita para no verla morir entre sequías,

y evitar que los astros penetren

en su hondo amanecer; como también es muy posible resistir al incorruptible sondeo de los goces pasados, sumidos en plenos saludos propalados, cuyos besos

anidaron algo parecido a la ilusión

o espejismos desnudos

de una antigüedad evidente.

Mas si lo que queremos

se va por el sendero de lo más oscuro, nos vemos oscuros también, confundidos todos, quienes respiramos, entre lo más lejano,

y lo más cercano

de un desvanecido rumor que persiste cada vez que arribamos hasta sus orillas; donde queda siempre la tibia mirada que nos interrumpe la paz que tanto habíamos acariciado.

II

Mar o agua, Tierra o yerba,

o lo que al final,

en clave de enigma, serás entre estos días remotos, al lado de vidas en términos felices, vuélveme a escuchar

con la misma soledad de los ayeres,

lo que me queda de este canto trillado,

o el resto de los ecos que estamparon lo que alguna vez fui,

a veces corporizado en voces ajenas,

sobre mi condición de hombre que solo huye de sus lágrimas para extraviarse en lo gris de la ciudad.

Acompáñame en el breve trajín de recomponerme luego de huir

de los desvaríos de las pálidas noches ,

y no tengas temor en callar

nuevamente, porque es la única salida lógica que de tus impulsos furtivos nacen,

cuando sientes que todo te amenaza:

la repentina luz de mis manos, lo laberíntico de mi cuerpo fuera de orbita, la reencarnación de mis brazos en serpientes monocromáticas; todo, hasta los mismos ojos de agua que siempre se extinguen entre la sed de las llamas.

VIOLETA

Violeta, qué ha sido de ti, cuando aún te otorgaban voz,

los mares y los peces condenados

a estar varados en las costas de mi país; cuando aún no tenías

el

cuerpo regalado por las hetairas imaginadas,

y

solo eras una manifestación del cielo,

pero aun así transitabas entre los vivos,

como viento que se llevaba hasta las lágrimas,

y no sabías porqué cada vez que pasabas,

los ojos te miraban extasiados, pero resignados que no pudieran tomarte de la mano sin que reclamaras. Nadie comprendía que en ti nacían las especies que deambulaban sobre un mundo que vive y reza para que todo siga en su cause,

y las especies más débiles sean dueños

de sus propios paraísos ajenos al tuyo.

Y es que nadie te ha visto

sino después de los malos tiempos, donde una sonrisa tuya

era una condición necesaria para que todo quedase liberado,

y exista una mañana agradable para el alma. Por eso ¿dónde te hallarán?

si ya casi no queda ninguna tierra virgen

que desdeñe lo terrible y lo falso. ¿Dónde te tomarán?

si tu corazón se ha cerrado

cuando todos le arrojaban lanzas. ¿Cuándo te verán?

Si estás dormida en una fortaleza indestructible.

Violeta, tus carnes se han hecho para desvanecerse con la sola contemplación de un mundo posible entre las manos, que es construido con arcilla y agua, como si se inventara al hombre que espera detrás de la puerta,

que nada sabe de ti, pero que aún te presiente como un suspiro que le golpea la nuca

y así es muy feliz.

MÁS ALLÁ DEL AMOR Y EL MAL

Porque no existe cuerpo ni alma entregados a la cordura, Ni mucho menos un canto que avale las confusiones en la oscuridad, Solo existe en ella; abrazos con el propio universo desolado, Que calla también, y que sede el paso a los roses cautelosos En tugurios donde se esconden los cabellos antes Expuestos a la intemperie; dedos, manos y brazos, reunidos; Componen los sonidos más raros e íntimos Que de un rincón brotan como mariposas negras. Instrumentos musicales del ser; mitades que comparten Dolor y placer, pero que no se sabe cuál es cuál, Cuál es su cuerpo envuelto, cuál es el suyo descubierto; Cuál duele más y cuál goza menos, con puras fragancias Enaltecidas cada vez que va a terminar de improviso, En una sociedad que sabe de sus leyes de memoria, Pero que olvida que padece de amnesia. Malditos seres que aún se miran las manchas de los ojos, Por no mirar nada de los otros… Malditos, Adán y Eva, que nada se prohíben Excepto hablar de cosas que van más allá De sus encuentros divinos, y sus posibilidades de recrearse como poemas Épicos que ya nadie quiere recitar en público, Porque saben en qué va acabar todo esto En deseo y más alejamientos.

EL COLOR DE LA VIDA

Conozco los horrores de la media noche entumecida en parques derruidos, de las incomodidades que de allá retornan como gatos agoreros

a posarse en paisajes monocromáticos dentro de fotografías en sepia, mas no de los colores que refl ejan

los cielos y que descansan en sus ojos; ellos, son los culpables de que lo que uno mira entre escombros vuelvan a estar perfumados,

y otra vez ser consolados con en frágil abrazo de una luz descompuesta en un arcoíris,

o en las pupilas dilatadas,

prestos para derramar una gota de lágrima en una hoja de eucalipto,

o una gota de rocío abandonada

en la mejilla rosada de una hermosa mujer.

MADAME

Madame, qué pesadas se han hechos las tardes para tu cuerpo, qué tarde se ha hecho para jugar entre luces multicolores,

y con máscaras de carne, para saber que aún podemos

mentir a los años y no ser sino seres que se buscan entre bromas y súplicas, entre saludos y despedidas. Madame, es poco para mí el volver nuevamente

a nombrarla entre santas y vírgenes que desean

ser adoradas por herejes y corruptores de almas,

cuando verdaderamente se han inmolado por los suyos quedando solo las prendas con un olor antiguo. Madame, por qué me acostumbro a quien busca desterrar sus malas costumbres

y darle cabida al olvido como forma de vida,

además de arrancarse los ojos si es posible para no mirar nada y no sentirse un objeto más de la casa.

ELLA

Ella, desconoce los colores que de sus manos crecen,

e ignora de qué sueño pasado ha salido entre las piedras, para solo arribar entre espejos que la multiplican en islas que la comparan como aquel ser que llegó para dejar la sed entre los sedientos,

y la tierra entre los exiliados.

Ella, que conoce la combinación de los otoños, de las lluvias y los soles en tierras estériles, ha marchitado algún corazón trasnochado, porque ha vivido entre los panales, porque dulce es; una miel que afl oraba en sus labios, cada vez más tentadoras, cada vez más lejanas, huía de un sol que apretaba su cintura,

conforme los años iban esculpiendo la figura que todos añoraban

y que se mecían ante los vagos movimientos que inventaba

cada vez que todo lo tocaba con los dedos de los pies. Qué fi gura esperaba ser pintada, si lo que imaginaba se moría entre las paredes rajadas y las llagadas manos eran por ensayar la creación, ajena a divinidades y mortales.

SI YO FUERA TU ESPOSO

Qué nombre viene escrito en esa hoja, un nombre que es el tuyo y es el mío… Pablo Neruda Si yo fuera tu esposo, te enamoraría cada minuto que pase junto a ti, me robaría una rosa del jardín de a lado

y

te la pondría cerca a tus pies,

y

te daría un beso como si fuera el primero

que se la doy a una mujer en vida. No me cansaría de verte como me veo a mí mismo en el espejo cuando me afeito todos los días, siendo éstos como tú los añoras,

entre caricias desde la distancia y promesas al oído; donde ya dejarías de esperar a alguien en tus sueños parisinos,

y moriría con un solo suspiro al verte sonreír de reojo. Me ocuparía en escribirte una intensa carta juvenil,

como si fuéramos los eternos enamorados del pasado, que pierden la razón tan solo al mirarse bajo la luna. Si yo fuera tu esposo, me reprocharía cuando si por obligación me alejaría sin decirte un adiós, hacia lugares donde me acuerde a ti,

y tan solo soñaría que me esperas con una retama bajo el brazo para saber que estoy en mi tierra y no sentirme cansado

y obligado nuevamente a irme de tu lado.

Si yo fuera tu esposo, te tomaría de la mano para recorrer todo el mundo en un barco de papel; sería tan delicado como un ángel, y la seguridad que te propinara

sería como de un ser que vive solo para protegerte de este mundo que a veces nos daña con sus ocasos. Si yo fuera tu esposo, celebraría todos los días tu despertar,

al estar acostado contigo sobre la hierba primaveral cada mañana, esperando contigo el impredecible otoño para bañarnos con las hojas que caen como el suave rocío en nuestros rostros. Si yo fuera tu esposo, sembraría un árbol en tu vientre

y haría saltar de felicidad al hijo hermoso que llevas,

con la sola pronunciación de la palabra amor. Esposa mía, si yo fuera nuevamente tu esposo, me iría contigo hacia el único paraíso que nos queda donde los hijos son libres como los delfines

y nosotros, los únicos seres que mueren para vivir: nuestra casa.

DESOLACIÓN

No se sabe cuándo los pómulos se le agrietaron, cuándo formó un lago con cisnes enlutados en su seno, cuándo el sol dejó de brillar por un siglo como un minuto; es acaso el cambio de estación que la volvió a cubrirse con rosas que no transmitían sino la propia decadencia,

y que jamás será la misma boca

que besaba por amor al viento

y a sus criaturas que prometían

la vida misma, cuando ni siquiera habían nacido, pero tampoco muerto; ella los sentía como si las horas retornaban siempre con una caricia. Qué sabía de la tierra si nunca escarbó para enterrar un corazón destrozado; qué sabía del cielo si nunca

la había tocado con las manos llagadas, qué sabía del futuro si nunca había soñado con tardes que nunca fueron incoloras,

y es que su estancia pasajera, ha devorado sus ganas de buscar lo extraño,

y clavar con una estaca

a los propios recuerdos

que aún siguen deambulando.

MUJER

Mujer, qué poco estoy aprendiendo de tu aterradora ausencia,

y es apenas una gloria mía, tus débiles llamados entre mis sueños,

en donde que soy caballo, que muere porque tiene desaparecer en la neblina, porque ha recorrido galopando noches enteras sin tu olor desmedido, quedándose quieto cuando va comprendiéndo que estás unida a todo y a nada, que te han vuelto piedra caliza y te ha crecido musgo cada vez que llorabas,

fragmentándote en cuatro, y amando lo que tenías por naturaleza;

porque tu naturaleza ha creado imágenes pasadas con espinas entre los ojos, cuando aún nada tenía sentido, así como las madrugadas donde salía como un conejo de tu madriguera esperando a que el sol me azote, me destine una tarde seca junto a ti, entre las colinas, donde teníamos la ciudad entera a nuestros pies,

y

con un dedo señalábamos, con desdén, nuestro recinto,

e

intentábamos ser felices, cada uno por su lado,

cuando todo el mundo ya lo había logrado por hipocresía. Entonces de qué pena del alma te estoy hablando, cuando en realidad seguimos estando en un trance completo, que nos pide más tiempo, el que sea necesario, para reconstruirnos

y acercarnos más a las cosas que no dañen nuestras zonas más sensibles,

callándonos por impotencia, en donde seguimos persiguiendo lo que alguna vez soñamos ser: aves sin destino pero libres, al fin y al cabo.

BENDITA

Bendita eres porque no has muerto aún, sino al contrario, das vida más de lo que tienes. Bendita eres, porque los lagartos muerden tus pies de cera pero no caes.

Bendita eres, porque no haces caso a lo que te dicen las piedras

o a todo ser pasajero que te besa en el prado.

Bendita eres, porque amas, cuando deberías de matar, para seguir viviendo entre las tinieblas.

Bendita eres, porque no te conformas con lo poco que te dan,

y tampoco te conformas con lo que tienes.

Bendita eres, porque aún crees en un ser cruel que sigue destruyéndote, cuando tienes la posibilidad de reconstruirte entre los tuyos. Bendita eres, porque todos estamos salvados cuando hemos logrado besarte por un poco de calor. Bendita eres, porque nada tiene sentido, sino con la emulación voz que todos lo escuchan entre sueños o entre sus días de angustias. Bendita eres, porque te bebes las lágrimas de los demás, mientras que los tuyos los dejas que se reposen en tus pómulos como palomas en la cúpula de una catedral; Bendita eres, porque entre tus entrañas has hecho un palacio entero para los que lo necesitan. Bendita eres, porque tu regazo es la casa donde quiere estar uno para olvidar sus odios. Bendita eres, porque el que antes no creía en nada, ahora cree en ti. Bendita eres, porque haces más hermosos los adioses que los encuentros con la carne. Bendita eres, mujer, porque vives y eso es todo lo que pido para mí…

EN TU REGAZO

Y de pronto, en tu regazo yo estaba,

como arrojado al musgo de los inviernos, pero impregnado de toda la sal que de tus pechos hacías brotar, por eso, sobrio y estúpido, santo y pulcro me sentía,

al permanecer quieto

como una liebre muerta en su habitad natural; pero yo estaba más allá,

además de estar consolado con tu abrigo;

y

era el éxtasis que emanabas peligrosamente

al

estar en contacto de mi cuerpo sombrío,

pero convulso, también con el calor desbordante que tu cuerpo expulsaba,

al ritmo de sinfonías otoñales,

que se iban desvaneciendo entre mis manos tomando tu cintura; entonces éramos peces que a cada rato nos rozábamos por casualidad, nadando a contracorriente,

esperando a que la muerte huya,

y nosotros huíamos hacia paraísos extraños para saltar y volar y tocar este cielo que nos cobija y a la vez nos detesta, porque hacíamos de él lo que queríamos; tú, con el color luminoso que extraías de tus sueños y pintabas el fi rmamento;

yo, con el verso que le arrancaba a la rosa

y nombraba nuevamente las cosas, cuando yo estaba en tu regazo.

(RE)SIGNACIÓN

No volveré a pronunciarle a destiempo esto que se parece a las palabras, que de mí han nacido, tropezándose entre frases que la nombraban fugazmente, y que fueron tan solo las únicas

que allanaban los recintos tibios de los oídos, cuando tenía los ojos enterrados en las tinieblas de humo o cuando el sol nos cegaba en la cima de una colina marchitada; es cierto que a estas palabras no las veía huir de mi boca hacía travesías por un rio de algas marinas,

o hacia senderos de tierra húmeda

que jamás pude transitar acompañado, porque había caído en puros espejismos que me dibujaban como el único. Por eso es que me entregaré al contagio perpetuo del olvido, sumido entre plagas que diseminen lo ocurrido en largos tiempos

en donde la confusión será el mejor pretexto para tratar de morder

la

memoria, acosándola cada vez que deseaba sentir cómo la vida

se

me iba desgastando en viajes de absurda llegada,

y cómo cargaba los males que en mí se hicieron realidades

en forma de bocas prohibidas, ombligos que cerraban su ciclo de padecer por última vez la propia venida del ser,

en noches negras como el vino derramándose en el borde del vientre.

Y sin embargo, había una luz que nada tenía que ver con su delirio,

y sus mil maneras de nombrar mi condición, y arrojarse a lo mismo,

pero que provenían de zonas inexploradas por el rose de la lengua, tejiendo algo que luego sería desangrado por la brusca caída de los girasoles en sus azares, y que jamás serán contemplados en las medias noches;

que jamás estas horas peligrosas serán las propicias para quemar papeles y lienzos; anillos y collares; cabellos y bellos; lápices y pinceles, porque las caras de las noches, ayer fueron confundidas por grises amaneceres; los ombligos de las mañanas por nítidos ocasos, porque en ellas

la conocí, con los refl ejos de las siemprevivas estrellas. Fui obsoleto ante ellas.

Por eso, también, no volveré a tocar sin permiso las cosas que aún dañadas están, y que duelen;

ni mucho menos me atreveré a acariciar el lomo de la sorda yegua dormida.

Entonces: cómo ser la misma especie alada, si nunca he volado sobre las nubes de los cielos, pero que sin embargo el sol ha quemado

mis alas de cera, cayendo sin peso, sobre el paso de las locomotoras

que me han arrastrado sin destino conocido, sobre valles ajenos al mío, Cómo entonces, pedir que el mar siga como antes,

si ya ha sido contaminado sin compasión alguna.

El árbol siempre estuvo derruido, porque le han devorado los pies,

y ha caído bruscamente; por eso no volveré a tocarlo más,

porque yo también he caído con el mismo peso de los años.

COMO SI FUERA UN SUEÑO

Es mentira que no pude abrazarte en la brevedad de las calles reales, es mentira; lo que pasa es que aún no puedo hallarte sola entre los vivos, y mantenerte fija, cerca a mí pues siempre te acompañan estas ráfagas que te llevan a navegar sobre aguas lacrimógenas, con ojos que no son los tuyos, ni los míos, que miran algún pasado desecho entre temblores,

pero hay siempre vidas que reaparecen en tu celular,

y hacen más fácil tu andar hacia tu ruta;

eso no me irrita, ni me desarma como la escarcha que deseo en las madrugadas tocar, al contrario, me siento parte de lo que quise ser:

un simple polvo levantado por el viento que se pierde en la niebla después de que un automóvil pasa por tu casa; la carta que no abriste solo

por conservar su olor y las mil palabras mal escritas. Quién sabe si esto es la entrada hacia un sueño,

o si es la salida de los tiernos letargos;

quién sabe si tal vez aún soñamos que no nos conocemos,

pero que actuamos detrás de un telón raído,

y cuando termina la escena improvisada,

terminamos de comprender que jamás nos veremos como yo quisiera, porque día a día te irás moviendo hacia la dirección de mi espalda

como un reloj en antihorario,

y ya no alcanzarás a sonreírme

por las cosas que haces a escondidas, como amar, y acaso ser amado, aunque fuera por todo el tiempo que dure un parpadeo. Me pides que no sueñe, quizá no eres un sueño, sino un espejismo que recorre sus cabellos con melancolía; quizá hace siglos salí de este supuesto sueño,

y no soy tan real como tú lo piensas,

sino el puro arrebato que culminará cuando al fin despiertes.

Centres d'intérêt liés