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Teódulo López Meléndez

INCISIONES PARA UNA DEMOCRACIA DEL SIGLO XXI


La democracia del siglo XXI
(30 junio 2006)

No hay combate político sin ideas. El que frunza la nariz porque alguien se dedique a
pensar es un necio. La pelea en el terreno de las ideas es tan importante como el
enfrentamiento de la cotidianeidad oprobiosa que nos atosiga. Ambas batallas hay que
darlas en simultáneo, sin tregua en ninguna de las dos, sin pausa para perder el tiempo.
Nadie puede decir que, en lo personal, no hago ambas tareas.
Tenemos enfrente una oferta de “socialismo del siglo XXI” y hay que producir una
respuesta que he considerado no puede ser otra que “la democracia del siglo XXI”. Al
respecto hemos creado “La sociedad de las ideas”, sin junta directiva, como un
intercambio horizontal de pensamiento político, para analizar las fallas que la
democracia ha presentado y presenta, para incluso modificar conceptos, para tratar de
darle vuelo a un sistema que es el único posible.
Para quienes se burlen del pensamiento recordemos los ejemplos de los “think tanks”
norteamericanos, con numerosas fundaciones y miles de millones de dólares gastados
en la producción de ideas. Ellos son norteamericanos y lo hacen a su manera, pero allí
está en Francia “La república de las ideas”, dirigida por el profesor Rosanvallons, que
dirige este instituto en la universidad de Grenoble y a donde van los intelectuales
franceses a analizar temas como los que hemos propuesto, con influencia y oídos
atentos en las élites dirigentes y en el común de los interesados en los asuntos públicos.
Hemos estado pensando sobre “el socialismo del siglo XXI” y llegado a conclusiones
que van desde el pensamiento político cubano del siglo XIX marcado por el “destino
manifiesto”, desde el pensamiento jacobino pasando por la “filosofía del resentimiento”
del sociólogo francés Pierre Bourdieu con su "teoría de la violencia simbólica" hasta
los viejos moldes vistos en el siglo XX, sumados los elementos populistas y militaristas
propios de América Latina. Si no sabemos lo que enfrentamos no sabremos como
combatir. Por supuesto que nadie ha venido a asistirnos como a las fundaciones
norteamericanas ni nadie nos ha dado cobijo como lo tiene “La república de las ideas”
de Francia. Es así, vivimos en Venezuela, un país donde pensar es una tontería y un acto
banal.
Hemos deliberado, claro está, sobre “la democracia del siglo XXI”, y hemos llegado a
algunas conclusiones. La primera, obviamente, es que no se puede seguir hablando de
democracia pensando que es un sistema donde se vota o donde hay representatividad o
participación. A la democracia tenemos que hincarle los dientes, revisar todo y ahora
mismo estamos sobre el concepto de política. Indispensable entrar en él porque en este
país la gente dice estar “harta de política” cuando en verdad lo que está es harta de falta
de política. Política no es la actividad que realizan los políticos. Política es participar en
la actividad social. Es necesario terminar con la desnaturalización del concepto mismo,
la creencia generalizada de una particularización “profesional”. Ejemplos: La medicina
la ejercen los médicos, la ingeniería los ingenieros, la política los políticos. Toda acción
sobre la vida pública o, dicho de otra manera, sobre los intereses colectivos, es una
acción política. Otra cosa distinta es lo que podríamos denominar “actividad política”
(proselitismo, búsqueda del poder, etc.) que es propia de los políticos.
La sociedad venezolana ha olvidado que es la democracia. Con su rechazo a un
pasado al que no quiere regresar, está incurriendo en un error garrafal de percusión, con
la excepción de valores claves como libertad y limpieza electoral, y es aquí donde se
justifica plenamente el planteamiento de conceptuar la democracia. Lo que no se
renueva perece; lo que ante los ojos de la gente es ya conocido, con sus virtudes y
vicios, carece de la atracción de la novedad. Hay que conceptuar para la demostración
práctica de una democracia sin adjetivos, sólo ubicada en un contexto de tiempo: siglo
XXI, con todo lo que ello implica.
La sociedad venezolana está atomizada por muchas causas: desvío y confusión por la
profusión de “aprendices de brujo” que pululan en los medios radioeléctricos, la
conversión de los encuestadores en analistas con las consecuentes barrabasadas, la
determinación de los medios de “escoger” cuidadosamente quienes asisten a sus
programas de entrevistas, los negociantes que se dirigen a sobrevivir en el actual
régimen. La sociedad venezolana ha perdido la capacidad de reacción, está sentada
frente al televisor esperando que la pantalla le diga como debe comportarse.
Consecuencia: la sociedad venezolana está imposibilitada de generar dirigentes. La
sanación del cuerpo social implica un largo proceso que debe partir de la inserción en la
cotidianeidad.
Sin entrar a discutir si terminó la era de los partidos y su sustitución por cortes
transversales de gente que encuentra elementos de lucha común y objetivos
compartidos), podemos percibir que estamos en un momento que bien puede definirse
como “limbo”: los partidos están minusválidos, pero los grupos emergentes
(denominados tribus urbanas por los sociólogos) no terminan de conformarse. No
obstante, el gobierno prevé la materialización de la nueva forma de organización social
legislando para controlar las ONG. La ausencia de política (la verdadera enfermedad
que nos atosiga) es la causa directa del fatalismo actual de la población venezolana. Se
releva que no hay nadie que encarne los “intereses generales”. La política está ausente,
es necesario bajarla de la ausencia y sembrarla en lo cotidiano, única posibilidad de que
reencontremos lo social.
Manual de uso para venezolanos desarmados
(5 julio 2006)

La sociedad venezolana de hoy está inerme, inerte y opaca. Está representada por esa
muchacha que escuché en Petare gritando alegre: “Me voy `pal bonche’, mientras se
pueda”. Está encarnada vívidamente en esos entrevistados predilectos que repiten y
repiten siempre lo mismo. La denuncia está devaluada porque no hace sino repetir lo
que el gobierno ya ha dicho. Si el Ministro de Educación dice que politizará la
educación, repiten: “Van a politizar la educación”. Si el presidente anuncia fusiles para
15 mil jóvenes aseguran “Eso no está previsto en la Constitución”. No modifican el
discurso ni en una milésima de milímetro. Viven de la denuncia inútil y repetitiva que
no pasa a ser otra cosa que catarsis, que desahogo. Le hacen un gran servicio al
gobierno. Frente a la pantalla la gente se apacigua escuchando la “denuncia”
(entrecomillada de ahora en adelante). Eso no es un ejercicio adecuado de la libertad de
expresión, eso es un maligno juego catártico que prostituye e impide la verdadera
resistencia.
Es asunto de un cambio de “filosofía” en el combate. No se debe desperdiciar nada,
siempre y cuando se sepa claramente hacia donde vamos. Ante el cúmulo de errores
cometidos aquí (vacío de poder o golpe de estado, como se prefiera, huelga general
indefinida y referenda fallidos), son muy pocas las respuestas precisas. Toda la
estrategia debe dirigirse de una buena vez a enfrentar la verdad en las mejores
condiciones posibles.
No se puede hacer de una ilusión, que a la vista del común está secuestrada, el centro
de una acción política. Una población advertida es mejor siempre que una población
sorprendida. Ello implica: abandono del inmediatismo, convicción de una lucha muy
difícil, seguridad de las “consecuencias”, que me abstengo de repetir. Una población
mentalizada e instruida sobre las maneras de ejercer la resistencia. Una población no
abusada en su uso para fuegos artificiales. No hacer de lo tangencial lo principal.
Saltarse las expresiones maniqueas, callar a los abogadillos, ir a la sustancia:
La defensa económica: Para mí fundamental. Nos queda un resto de parque industrial
y una red comercial importante. Al gobierno le será sumamente difícil romper la
estructura de la propiedad privada, aunque para allá vaya. Debemos determinar como
utilizar los restos del parque productivo como mecanismo de defensa. Pero lo que hacen
es desgañitarse porque no fueron consultados para la entrada al MERCOSUR, lo que es
verdad, pero olvidan que siempre fue una aspiración venezolana ingresar a ese bloque
económico (sin salirse de la CAN). Carecen de conducción, como todas las ramas de la
sociedad venezolana. Estudien y procuren la nueva realidad económica integracionista
como una oportunidad de mantener la libertad de empresa que es esencial para estar allí
dentro, en vez de limitarse a asegurar buenos negocios con el gobierno, sin darse cuenta
que estamos frente a uno que los usa para desecharlos.
La defensa cultural: Existen valores propios de esto que llamamos venezolanidad.
Debemos centrarnos en su fortalecimiento. ¿Qué diablos hace el sector educativo, aparte
de reclamar salarios o protestar porque el gobierno limita los aumentos de la matrícula
en los colegios privados? Debemos procurar una integración de los maestros y
profesores a una actividad directa de reforzamiento de los valores que contrastan de
frente las pretensiones del régimen. No se han dado cuenta que existe una política
educativa, la de desmontar las referencias que históricamente han servido de sustento al
comportamiento de los venezolanos y una seriedad absoluta en eso de ideologizar desde
la escuela. Plantéense la forma de utilizar lo que existe para la defensa de una educación
libre en lugar de “llorantinas” que los hacen aparecer como un sector egoísta.
La defensa social: La situación ha llevado a todos a refugiarse en el pequeño círculo
familiar o de amistades, a habilitar el “pequeño refugio”. En este momento no estamos
para una contrarrevolución o contraofensiva sobre la sociología del venezolano, sino
para reforzar ciertos valores básicos. Reúnase con toda la familia, verifique la oscuridad
del momento y la tormenta del futuro inmediato, tome medidas de todo tipo, de
solidaridad alimenticia e intercambio de productos, de comportamiento colectivo frente
a las acechanzas, hasta de defensa mutua contra el hampa; extienda la red hasta los
amigos, creen redes alternas de información, traten de analizar más allá de pendejadas
como “si el CNE cambia las reglas yo voto” o “esto no tiene remedio”. Adopten códigos
de comportamiento colectivo, hablen a los hijos, inculquen valores de libertad,
democracia y respeto. Háganles saber que la fiesta del viernes y el disfrute de la
juventud es una cosa respetable, pero que hay valores superiores a defender.
La defensa política: Afortunadamente los que creyeron que convocando “marchas”,
podían hacerse líderes en sustitución de los anteriores, se han quedado quietos. Este no
es momento de “salgamos a la calle”. Una manifestación sólo se convoca en casos
absolutamente necesarios y sin repeticiones de falta de coraje. Hay que definir una
estrategia frente a la realidad del 3 de diciembre que no será otra que la abstención
masiva. Analicen la forma de usar esa gran victoria para no desperdiciarla como
hicieron con la del pasado 4 de diciembre de 2005. Analicen la entrada al MERCOSUR
como la espada de Damocles que es para el régimen. No crean que desde el exterior nos
van a venir a solucionar el problema, pero mantengan una política coherente de
información y solicitud de respaldo en el exterior, no hacia los gobiernos, sino hacia los
grupos sociales, partidos políticos, intelectuales y organizaciones de todo tipo. Déjense
de ilusorios repartos de cuotas de poder pues el poder no lo tendrán jamás si no
actuamos como debemos. Y, aún así, les será muy difícil, pues estamos hartos de
dirigentillos de pacotilla. Los nuevos líderes, que incipientemente se asoman, deben
aprender que deben embarrialarse los pantalones o las faldas en el contacto directo con
la gente, aprender que este país no es Caracas, saber que el liderazgo no pasa por
mendigar un espacio al dueño del canal de televisión sino que debe brotar desde abajo.
Deben comprender las nuevas formas de organización social y, sobre todo, decir la
verdad, pues en la verdad está la simiente y la savia de un país que debe producir, por
fuerza, nuevos líderes y una coherencia en la lucha, so pena de sentarse a esperar que
llegue el fin del bonche, lo que no está lejos.
Notas sobre integración para empresarios desprevenidos
(11 julio 2006)

La integración no se puede hacer con llanto. La integración hay que afrontarla como
un proceso donde hay sacrificios para obtener ventajas. Europa es el caso más claro,
pero como no pretendo volver a echar el cuento del largo camino desde la Comunidad
del Acero y el Carbón hasta la realidad de hoy de la Unión Europea, me limitaré a dos
relatos personales que me tocó vivir en Italia. El primero con la que entonces era mi
familia política romana: esta familia tenía cinco grandes galpones con miles de buenas
ponedoras de huevos; un día tocó a la puerta la Comunidad Económica Europea para
advertir que no podían seguir en el negocio puesto que había que comer huevos
holandeses cuyo costo de producción era menor; los centenares de metros de
instalaciones metálicas fueron arrancados con dolor y vendidos como chatarra; ante la
pregunta de que hacer la familia no se volteó contra el gobierno italiano ni encabezó una
manifestación contra la CEE: decidió montar una fábrica de salchichas. La otra me tocó
percibirla cuando era Cónsul General de Venezuela en Nápoles y puede visitar la acería
cerrada también por orden europea: no se justificaba aquella siderúrgica de Pozzuoli, los
costos eran insoportables, a pesar de que se iba a dejar en la calle a centenares de
trabajadores en la zona del mezzogiorno, la más deprimida de Italia. A cambio, el
gobierno italiano comenzó a desarrollar planes especiales de empleo.
La integración al MERCOSUR siempre fue una aspiración venezolana con el bloqueo
permanente de Argentina. Ahora se da por razones políticas, pero eso no importa,
bienvenida sea. Venezuela botó una oportunidad única de liderar a la Comunidad
Andina en las negociaciones con MERCOSUR, pero tengo la seguridad de que en un
futuro inmediato retornaremos a la CAN. Los argumentos de las asimetrías entre las
economías no es una justificación para rechazar la integración. Para eso existen las
negociaciones. No olvidemos que el ingreso venezolano realmente va a durar siete años
más, durante los cuales los gobiernos discuten la protección de su propio parque
industrial, agrícola y a sus empresarios. He allí donde he señalado a los dirigentes
empresariales que esta es una oportunidad única de evadir cualquier probable intento del
actual gobierno venezolano por avanzar en su proyecto de reducción de la propiedad
privada. Después de las largas y tediosas negociaciones, donde los gobiernos discuten
ramas industriales y productos agrícolas uno a uno, se establecen algunas restricciones
proteccionistas a ser superadas a plazo fijo. ¿Qué no fueron consultados para el ingreso?
No importa, métanse de alma y corazón en lo que es irreversible y hecho cumplido.
No se puede ser integracionista de la boca para afuera y escurrir el bulto cuando llega
la hora. Los procesos de integración son una realidad mundial. El componente político
del proceso en que estamos no puede ser juzgado porque le compramos bonos de la
deuda pública a Argentina o porque Lula sea el presidente de Brasil. Esa son cosas que,
aparentemente, han ayudado al ingreso venezolano, pero que son superadas
ampliamente por el hecho en sí. Si se produjo la circunstancia favorable, pues adelante,
sin olvidar que en Argentina el actual Jefe del Estado no durará toda la vida y Lula
durará un período más de gobierno, pues es un demócrata que no va a modificar la
constitución de su país para reelegirse más allá de lo permitido. Tampoco hay que
olvidar, a pesar de los pesimistas, que tampoco el actual gobierno venezolano va a durar
indefinidamente a pesar de las bravuconadas que hablan de 2021 o 2031. El proceso de
integración de Sudamérica está por encima de las circunstancias. Tenemos que ponernos
por encima de la inmediatez, sin dejar de usar lo que nos conviene en este momento
político venezolano, esto es, enfrentar a un gobierno totalitario que entre sus objetivos
finales nos quiere imponer una colectivización de la propiedad. Si en la reforma
constitucional que este gobierno intentará en el 2007 se incluyen normas contrarias a los
principios básicos de defensa productiva del MERCOSUR en buen lío se meterá.
Un detalle que no entiendo es el olvido de la interconexión fluvial. El gobierno
venezolano se ha centrado en un proyecto faraónico de gasoducto sobre el cual no
puedo opinar porque no soy conocedor de la materia -al respecto me limito a escuchar a
los expertos- pero no ha hecho mención ni una vez a un proyecto que ya era caro a los
Padres Libertadores: la conversión de nuestros ríos en una gran autopista de agua que
permitiría la circulación de bienes y servicios, amén de personas, a bajo costo. Si no me
equivoco los estudios técnicos de ese proyecto están muy avanzados y muy archivados.
Durante mi breve pasantía por Argentina insistimos en visitar la cancillería de ese país
para pedir, cada vez que había una reunión sudamericana de cualquier tipo, que se
incluyese el tema de la interconexión fluvial. Me parece absolutamente absurdo que no
se mencione más lo que fue un sueño de nuestros fundadores y una extraordinaria forma
de integrarse.
Una nota que me gustaría subrayar es el caso de las cooperativas. Ellas no son
invención de este gobierno. Las cooperativas, de todo tipo, desde consumo hasta
producción, tienen una vieja historia que no es el caso relatar ahora. El cooperativismo
es un movimiento universal que implica organización social y sentido del bien
colectivo. Hay que ayudarlas y fundar más. Sí me permito recordar que la primera
persona que en este país se tomó a pecho, desde el gobierno, al movimiento cooperativo
fue la tristemente fallecida Adelita de Calvani, quien aprovechó que su marido era el
Ministro de Relaciones Exteriores y factotum clave del primer gobierno de Caldera,
Arístides Calvani (nunca bien recordado), quien era también un furibundo partidario de
las cooperativas, amén de furibundo partidario de la justicia social. Que este gobierno
les diga a los cooperativistas que no pueden tener beneficios es propio de su criterio de
aplanamiento social, pero eso es otra cosa.
Televisión versus democracia
(14 julio 2006)

El asunto que comienza a plantearse es el de los efectos dañinos del mundo tecno-
mediático sobre la democracia. Ahora vamos más allá del poder massmediático en sí,
para arribar al planteamiento de una eventual incompatibilidad de los valores
democráticos con las normas de la comunicación. Si el hombre se convierte en un mero
animal simbólico este sistema político habrá perdido toda racionalidad. Giovanni Sartori
lo define como “la primacía de la imagen, es decir, de lo visible sobre lo intelegible”. El
hombre que “mira la pantalla” se está convirtiendo en alguien que no entiende. Los
sistemas de medir la llamada “opinión pública” están trasladándose a un botón del
telecomando y quien aprieta ese botón es alguien sin capacidad de pensamiento
abstracto. Ese viejo carcamal llamado partido político depende ahora de fuerzas que
escapan al trabajo de captación de miembros o a los planteamientos profundos sobre
proyectos de gobierno. Las encuestas se hacen cada vez más sofisticadas y, al mismo
tiempo, más erráticas, pero forman parte del conjunto de destrucción de algo que hoy es
una entelequia y, no obstante, se sigue llamando “opinión pública”.
Los contendores de la democracia, en términos absolutos, han cambiado. Los viejos
enemigos se derruyeron, pero muchos nuevos han surgido, el populismo, las nuevas
autocracias constitucionales que se amparan en un Estado de Derecho falsificado y
construido a la medida.
Si la democracia es un ejercicio de opinión, o “gobierno de opinión” conforme a la
definición de Albert Dicey, la democracia es un cascarón vacío, pues como bien lo
observa Sartori las opiniones son “ideas ligeras” que no deben ser probadas. Hemos
visto como los llamados “programas de gobierno” que antes elaboraban los aspirantes al
poder han caído en total desuso, por la sencilla razón de que no influyen electoralmente.
Basta manejar dos o tres cuestiones machacantes para definir a esa debilidad variable
llamada “opinión pública”. Ahora bien, en esta era tecno-mediática las opiniones no son
independientes, no surgen del conglomerado, al contrario, le vienen impuestas por el
ejercicio massmediático. Numerosos analistas han señalado la desaparición de lo
sensible, puesto que la televisión borra los conceptos y hace del hombre un receptor que
ve sin comprender. Ello explica la creciente e indetenible ignorancia de los políticos.
Hemos llegado a una regla massmediática: quien aparece conceptual no puede ganar las
elecciones.
Cuando hablamos de falta de ideas no nos referimos a los pensadores. Los
intelectuales europeos, fundamentalmente, pues fue en Europa donde la democracia
presentó los primeros síntomas de fallas, se han dedicado al tema desde la década de los
60, en una tradición que creemos comenzaron el filósofo italiano Norberto Bobbio y el
británico Raymond William que se extiende hasta nuestros días con Alain Finkielkraut.
Por supuesto que cuando Bobbio comienza sus análisis lo massmediático no había
adquirido el desarrollo actual, sin embargo el italiano lo olfatea. Ya veía venir el mundo
del instante a que nos ha sometido la pantalla-ojo, una instantaneidad ajena a la
conciencia.
Lo que sí está en entredicho desde lejanas décadas es el concepto de “opinión
pública”, la falacia que la envuelve al no ser otra cosa que una inducción, y la
representatividad misma. Un término se puso de moda para señalar un ideal de avance,
la llamada “democracia participativa”, que parece ser algo así como una búsqueda
aproximativa de democracia directa. A ello se sumaron las crisis obvias del Parlamento,
de las elecciones mismas y, a mi entender la más grave de todas las crisis, el ejercicio de
la política condicionada por el poder tecno-mediático.
No es, pues, falta de pensadores ocupándose del tema. Donde no hay ideas es en los
gobernantes, en los gobernados, en los políticos y en las masas fraccionadas y
anarquizadas por el efecto massmediático. La victoria absoluta de la democracia,
proclamada a la caída del muro de Berlín, ha devenido en una crisis de alto riesgo donde
todos los conceptos están siendo sometidos a revisión y donde las instituciones
tradicionales parecen derrumbarse. En Europa puede sentirse más el efecto de la
globalización, a lo interno, pues la experiencia de la unidad externa continúa adelante a
pesar de los lógicos tropiezos, siendo, precisamente esa integración, el experimento más
exitoso iniciado por el hombre en este campo, un asidero que impide la profundización
de la crisis. En los países latinoamericanos es la política la que desaparece y sin ella no
hay estructura social capaz de generar dirigentes y menos gobierno. La concepción
misma de lo que es, o debería ser, un gobierno democrático está bajo cuestionamiento y,
como nunca, una ola de populismo proclama a las mayorías irredentas con el derecho de
gobernar ejerciendo una especie de nueva autocracia de las mayorías. El problema del
ejercicio de la política es también un problema cultural: los sistemas educativos parecen
haber fracasado estrepitosamente y los pueblos se muestran cada vez más ignorantes. La
pantalla-ojo llena de estereotipos, hace de la decisión, o de la simple participación
política, un acto sin ideas. Los políticos, cada vez más mediocres y más torpes, se
rinden ante el poder massmediático y hacen de la política una banal actuación
bochornosa.
Todo nos lleva a los conceptos de poder y de Estado. Es obvia la crisis del Estado-
nación, como obvia la certeza de que una nueva forma de poder está apareciendo, aún
en las nebulosas de la imprecisión, pero fundamentalmente distinto a lo que hasta ahora
hemos entendido por tal. Debemos decir que la era industrial terminó, a la que se asocia
la idea tradicional de democracia, y que estamos en otra, la massmediática, cuyas
imposiciones, obviamente, están desgarrando a la democracia misma. El insurgir de la
defensa de los derechos humanos ha servido para limitar los brotes totalitarios que se
muestran como un mal síntoma, pero la crisis del Estado social ha puesto en evidencia
una economía injusta que ha pasado a ser una fábrica de pobres en los países
dependientes.
A los pensadores de lo político los leemos unos pocos, unos pocos estamos alertas
sobre los males que se ciernen sobre la democracia, algunos pueden escribir en los
periódicos sobre estos temas, otros no, pero ciertamente el pensamiento de la filosofía
política no ha influido en nada en el comportamiento simiesco de los políticos y de todo
lo que de ellos depende. Podemos reconocer que el pensamiento es lento, pero también
que no tiene el poder de los massmedias que convierte todo en instantáneo, en
intrascendente, en banal, incluyendo lo principal, la forma de gobierno. Sobre todo no
se parecen a las ideologías que equivalían a piedras inmodificables o sistemas cerrados,
más bien se parecen a una creciente incultura que se ha apoderado de las sociedades, en
gran parte por el efecto de la pantalla embrutecedora.
La escasa influencia del pensamiento sobre la democracia en la democracia misma se
debe a la crisis de todo pensamiento trascendente en un mundo de bodrios, de
insubstancialidad y a que diagnostica de modo diferente a como se construyeron las
ideologías derruidas. No se trata de un plano que se proclame poseedor de la verdad ni
pretenda proclamar la solución de los problemas del hombre. Se trata de un conjunto de
diagnósticos y de advertencias. Que los políticos no oyen advertencias está claro en
Venezuela desde cuando aparentemente se entendió que era necesario reformar el
Estado y se creó la COPRE, para luego desoír todas y cada una de las recomendaciones
de allí emanadas. Las clases medias, actores claves en toda acción política, sólo se
movilizan cuando creen amenazados sus derechos, son clases bobaliconas y anárquicas
que convierten una asamblea de vecinos en una especie de reunión de condominio de su
edificio. Son las clases medias el ejemplo de inacción funcional inducida por la
pantalla-ojo o el instrumento manipulable para los intereses particulares disfrazados de
colectivos.
Cuando la política desaparece viene la policía
(16 julio 2006)

En alguna ocasión Lacan implementó la palabra-concepto “yocracia”. Podríamos


decir etimológicamente que es el gobierno de sí mismo. Uno ilusorio, claro está, dado
que el hombre contemporáneo no se gobierna a sí mismo y está perdiendo
aceleradamente la capacidad de gobernarse en sociedad. La “yocracia”, pensamos
nosotros, es el producto de la sociedad del bienestar. El goce es el nuevo alimento
posible y en él el hombre se solaza. El bienestar conduce al rompimiento del lazo social.
Por lo demás, ese goce se homogeneiza, se hacen universales las maneras. La
“yocracia”, paradójicamente, está inserta en una homogénea subjetividad absoluta
prefabricada e impuesta. De manera que podemos traducir “yocracia” como
individualismo autista.
La democracia implica el interés por lo colectivo y es, en el fondo, incompatible con
el egoísmo. Si el interés colectivo, en esta forma de gobierno, está por encima del
interés particular, podemos comenzar a entender porqué la democracia presenta
resquebrajaduras. La “realidad real” de lo social ha sido sustituida por la “realidad
fantasmagórica” de la imagen. El mundo del hombre que se satisface, el “yócrata”, está
representado por la imagen, mientras cada vez más gruesas masas empobrecidas no
tienen expresión política. Para seguir utilizando, seguramente de manera distinta al
original, palabras lacanianas, la gran masa de la población está “forcluida”.
El hombre dominado por el afán de bienestar carece de significado. Ha ido largando el
sentido de lo eterno. Se ha convertido en un “dividuo”. La cultura y el pensamiento son
estorbos que impiden el acceso al bienestar. De esta manera la organización política
sufre las consecuencias. Se hace indispensable la sepultura de la política. Sin política el
cuerpo social no puede funcionar. Queda abierto el camino hacia la aparición de las
nuevas formas de totalitarismo.
Quizás Nelson Mandela haya sido el último de los héroes. Pertenece a un lejano siglo
XX que no reproducirá en el XXI las manifestaciones de heroísmo, sino las
consecuencias totalitarias. El “yócrata” es el antihéroe. El político no tiene ya ninguna
similitud con el héroe, es, más bien, una especie en vías de extinción. Surge, entonces,
la antipolítica a llenar el vacío. El dedo acusador contra la degeneración de los partidos
y de la democracia se alza como el nuevo héroe. Es el hombre fuerte, el aspirante a la
nueva forma dictatorial del siglo XXI que ya no llena estadios con prisioneros sino que
utiliza el arma fundamental del viejo sistema: el poder massmediático. El eros que ha
sido derrotado, abandonado y lanzado a la cesta del olvido por la “yocracia” es
sustituido por el “amor” que el dictador emergente ofrece: “amor al pueblo”, “amor a
las pobres”, “amor a los desposeídos”, “amor a los débiles” y lo que quizás sea peor,
“amor a la patria”, pues ello implica el resurgimiento de una enfermedad del siglo XX:
el nacionalismo.
No hay duda del resquebrajamiento del lazo social impulsado por la “yocracia”, como
no hay duda de la mediocridad de nuestro tiempo. El mundo se ha hecho estéril y con él
la forma ideal de organización política, la democracia, sólo que tal declive parece no
angustiar al común, sólo a una minoría alerta. Es que en este mundo mediatizado sólo se
está disponible para la trama comunicacional y la democracia ha pasado a ser parte de
ella. La cohesión viene ahora desde allí, no de las instituciones políticas que pasaron a
ser enredadoras de la libre velocidad con que el mercado y la comunicación deben
desarrollarse. La política está obligada a desdibujarse, no puede haber instituciones de
ella derivadas que se mantengan pues automáticamente se convertirían en escollos. Esta
es la era de la velocidad impuesta por lo técnico-mediático y las viejas ideas que
inspiraron a la democracia no son compatibles con la velocidad.
Démonos cuenta de que estamos perdiendo la memoria. El totalitarismo de nuevo
cuño lo primero que intenta es desterrarla, signándola como dañina. Sin memoria la
política carece de sentido. Los políticos se han hecho la rutina, los administradores del
aburrimiento, se han hecho innecesarios. Las nuevas formas de organización social no
los necesitan.
Lo que vemos en el mundo actual nos indica la crisis del Estado-nación, pero también
el de nación. La complejidad social (recuérdese el grado extremo de pobreza de
alrededor del 80 por ciento de nuestras poblaciones) ha acabado con el lema de
“identidad nacional” como elemento de cohesión y pertenencia; en este sentido se pone
en duda que tal complejidad pueda reducirse a una sola voluntad colectiva. La segunda
es que el viejo asunto de la mayoría decidiendo en democracia con el acatamiento de la
minoría ha pasado a ser una entelequia y, en consecuencia, la idea misma de
representatividad válida se diluye. En otras palabras, no hay nadie que represente lo que
podríamos denominar “intereses generales”. Eso hace saltar por los aires infinidad de
conceptos sobre los cuales se ha basado la democracia. Más claro aún: se está tornando
imposible definir una “identidad social”. Antes pertenecer a un partido, por ejemplo, nos
dotaba de una identidad. Ahora no, y cada uno construye su propia “yocracia”. Vivimos
en lo que Lipovetsky llamó “la era del vacío”.
Para Gauchet estaríamos entrando en lo colectivo sin colectivo, esto es vamos hacia
una democracia contra sí misma y lo explica arguyendo que antes se conjugaban en la
ciudadanía lo general y lo particular, o lo que es lo mismo, cada uno asumía el punto de
vista del común desde su propio punto de vista. En lo que ahora tenemos prevalece la
disyunción: cada uno hace valer su particularidad. La despolitización se alimenta con la
actitud, por parte de la sociedad, de no querer hablar de política y con lo que él llama
ejercicio profesional de la política basado en la “demagogia de la diversidad”.
Jacques Rancière se centra en la relación entre política y filosofía, una que se torna
vital analizar en esta hora de rebrote totalitario. Rancière nos propone rescatar la política
como “fenómeno pensable”, en su “operatividad como acontecimiento”. Es decir,
liberarla del sentido centrado en una filosofía de la historia y de su carácter
superestructural. Acontecimiento es lo que detiene la mera sucesión de los hechos y
exige una interpretación, es lo que intuye el conflicto y da lugar al desacuerdo
necesario; es evidente que sin desacuerdo no hay política pues integra la racionalidad
misma de la interacción. Estigmatizar al desacuerdo es el acoso que vivimos las
víctimas del nuevo totalitarismo. Rancière no vacila: cuando la política desaparece
viene la policía.
El viejo muerto no puede resucitar
(25 julio 2006)

Frente a la crisis de la democracia han surgido infinidad de movimientos sociales de


base. Se trata, aquí y allá, de un ensayo general de alternativas a la relación jerárquica.
La solución, parecen decir, no dependerá más de la promesa de los políticos, sino que
debe ser aquí y ahora. Sólo que, en la práctica, reaparece, en lugar de desaparecer, el
Estado Providencia, como en el caso venezolano, con numerosas “misiones” que son
reparto de dinero como parche tranquilizador; es decir, el Estado asume la
manifestación “anárquica” de la base financiando un nuevo populismo.
El asunto de fondo es determinar como esta nueva forma de organización podrá servir
a los tejidos democráticos. Debemos constatar que estos movimientos son minoritarios
por esencia y son tan poco atractivos como los partidos tradicionales. Los teóricos
comienzan a llamar “tribus” a estas formas que la muerte de los partidos ha ocasionado.
Así los llaman, porque pareciera que los individuos que se asocian quieren, en el fondo,
redimirse de la individualidad. Se trata de una especie de sociabilidad primaria. Estamos
ante un caso de reingeniería social de alta complejidad que pasaría, necesariamente, por
redefinir lo político de una manera muy distinta de cómo la modernidad la entendió,
esto es, organización jerárquica (partidos, sindicatos, etc).
Por todas partes brotan invectivas contra la jerarquía y un insistente llamado a la
acción de las “bases”, sin que eso implique voluntad alguna de reestructurar lo político.
Esto parece indicar un vuelco hacia sí mismas, por parte de estas organizaciones
sociales que se asoman como los sustitutos de los viejos partidos. Se trata de un
planteamiento radical de sustitución de lo representativo y, en consecuencia, de uno que
rompe las bases de la democracia como la hemos conocido.
El peligro del brote anárquico de organización y destinos propios es el de la aparición
del líder totalitario, mientras sus ventajas están en la pérdida de dependencia de la
“promesa” y, teóricamente, del estado dadivoso, pues hemos visto que insurge una
nueva forma de populismo amoroso que dice comprender la nueva realidad y la usurpa.
Aclaremos que entendemos por anarquía en este texto simplemente la organización que
se produce sin órdenes superiores. Han caído los metarrelatos políticos de legitimación
y los metarrelatos teóricos y el líder providencial se convierte en sustituto.
En la práctica se ven pocos esfuerzos por hacer un replanteo de las condiciones
básicas de la nueva posible convivencia social. Los partidos siguen funcionando, si es
que funcionan, como si aquí no hubiese pasado nada. En el documento final de la
asamblea anual de Fedecámaras se puede encontrar un tibio intento de replantear la
función gremial empresarial. El movimiento sindical carece de cualquier asomo
innovador. Los intelectuales –los pocos que aún mantienen contacto público- se dedican
a una especie de pelea callejera, mientras la mayoría guarda un silencio atronador.
Entretanto algunas de las nuevas formas de organización se desgastan en tareas de
ingeniería política mal concebidas. El régimen –como queda dicho- financia el nuevo
populismo sobre la premisa exclusiva de su propia estabilidad y de combate futuro a
cualquier disidencia peligrosa. Los que podríamos llamar contemporáneos siguen
comportándose como microorganismos a la deriva, encontrando en la pequeña “tribu” la
redención parcial a su individualismo. Es así, pues, como lo que podríamos llamar
“instituciones tradicionales” de la “sociedad civil” quedan en evidencia, ya no son
capaces de cumplir el rol de intermediación que alguna vez ejercieron.
Hay que partir de lo cotidiano para reencontrar lo social. Hay que innovar en las
actitudes y comportamientos y en las bases teóricas que los sustentan. Hay que entender
las posibilidades del nuevo tejido social para fijar objetivos compartidos que puedan
convertirse en propósitos y objetivos de la lucha. He dicho y repetido que la democracia
marchaba junto a la sociedad industrial y que esta terminó. Estamos en un nuevo tiempo
y la democracia debe entenderlo. En cualquier caso toda oposición exitosa hacia este
peligroso fenómeno dictatorial nacido del rompimiento de la jerarquía organizada-
sustituida por la obediencia al líder único- y de la representatividad, vendrá de quienes
lo hagan desde la óptica del cambio, del avance, y nunca de quienes quieran restituir el
viejo orden muerto. O aprendemos las nuevas formas de los pactos sociales o nos
quedaremos en un velorio interminable de un viejo orden que no resucitará.
La democracia, un entierro sin dolientes
(2 agosto 2006)

Las quejas se han hecho, incluso, estadísticas, amén de literatura de ficción. Los
estudios demuestran que los latinoamericanos no confían en la democracia: la
democracia no ha disminuido la pobreza, siguen los problemas básicos de salud,
alimentación y educación, no se ha hecho justicia a fin de cuentas. Si mezclamos lo que
dicen los europeos cultos y los pueblos hambrientos nos topamos de frente con una
crítica que más parece una condena. Ya en alguna otra parte he dicho que la democracia
es un sistema político formal que privilegia la libertad y que, en consecuencia, es apenas
un punto de partida. Uno de los asuntos centrales quizás está en el rol de los políticos,
estos es, los que ejercen la conducción de los asuntos públicos y el manejo de las
finanzas comunes. Podemos encontrar, en cualquier parte, una actitud general de burla y
desprecio hacia ellos. Como nunca la actividad política está desprestigiada: cada vez
menos gente capaz se interesa en la política, aspira a un cargo público o emite
opiniones. Los asuntos públicos huelen mal, la política es una pobretona actividad de
tercera. Hay un deterioro global del interés por lo común. Es también una consecuencia
del éxito descrito como la adquisición de dinero. Al fin y al cabo, lo que importa es ese
éxito tal como nos ha sido impuesto.
La otra conclusión es la de una pobreza intelectual extrema. No hay ideas en el mundo
de la política. Las teorías sociales se desvanecieron, lo que queda es la administración
común y rutinaria. Los soñadores que veían la política como una vocación de servicio
están creando nietos. Se puede preguntar cuántos se interesan realmente por el destino
común. La experiencia venezolana indica que ese desapego es una de las causas por las
cuales vivimos lo que vivimos. Los ciudadanos no son más que individuos exacerbados
que no miden las posibilidades de afectación que tiene sobre su entorno egoísta la apatía
hacia lo colectivo.
Es cierto que vivimos en un economicismo que derrumba cualquier otro parámetro. El
dinero es el nuevo dios y el éxito el nuevo paraíso. La concentración de poder
económico es una realidad hasta el punto de las transnacionales manejar presupuestos
que superan en mucho los correspondientes a varios países tercermundistas sumados. La
plutocracia se concentra en el dominio de las comunicaciones, en la propiedad sobre la
información. Quien domina la información domina al mundo. Ya he nombrado al
régimen italiano de Berlusconi como a una dictadura massmediática, tal como la
describe, por ejemplo, Antonio Tabucchi. Con las realidades reales hay que tratar y no
se puede negar que ese poder económico es poder político. He descrito a los políticos
como intermediarios entre la gente y la mercancía. Aquí y allá se hacen babosas que
mueren por tener delante una cámara de televisión. Y dicen lo que se espera de ellos.
La crisis política es un aspecto o una faceta simple de una crisis más profunda. Lo que
está en crisis es el hombre mismo y, por ende, su forma de organizarse políticamente. La
democracia resiste y lo hace, para paradoja de los manifestantes antiglobalización, en
pasos como los de la unidad europea, aunque en el interior de esos países los
ciudadanos no se distingan en mucho de los demás, en cuanto a aburrimiento, a
cansancio, a automatismo. De resto, el poder de decisión, la real posibilidad de elegir o
de cambiar la dirección de un país, siguen sujetos a la imaginación desarrollada en el
campo de la política. La democracia, como todo, es un labrantío donde la capacidad
inventiva debe estar siempre presente, sobre todo si partimos de la conclusión clara de
que el mundo no puede ser perfecto (la muerte de la utopía) y que el camino está en su
búsqueda permanente.
No obstante, hay y habrá sobresaltos. La crisis va a conducir a brotes totalitarios en
diversas partes. Si no se regenera el tejido político el totalitarismo será de signo
económico, menos en un país como el mío donde la revolución se tiñe de regreso a
procesos genéticos decimonónicos. Esa especie que alguna vez fue llamada
“intelectuales” está en desuso o vía de extinción. No hay tiempo para pensar ni es
productivo hacerlo. O quizás sea más fiera la conclusión: a muy poca gente le interesa
devanarse los sesos en las formas posibles de organización social. Una de las
conclusiones es que necesitamos más que nunca de la democracia, en estos tiempos en
que no se consigue una idea y gobernar se ha convertido en una tarea para mediocres.
De quienes inventaron la democracia y la tragedia
(21 agosto 2006)

La democracia es un invento de Atenas, al igual que la tragedia. Si vemos bien Grecia


era trágica más allá de los hermosos textos literarios que crearon la palabra tragedia.
Aún así, no es por ello que podemos definir a la democracia como trágica. Lo es porque
la hemos defendido por oposición a totalitarismo. Una es la libertad, lo otro su
cercenamiento. Una es el libre albedrío, lo otro la imposición. Así, hemos querido la
democracia porque no queremos la dictadura.
Robert Legros ha formulado una pequeña pero significativa ecuación que parte de un
recordatorio casi perogrullesco pero vital. En la antigüedad no se era necesariamente
ciudadano, la ciudadanía podía ser un premio, una dádiva o una recompensa. Hoy en día
no, hoy se nace ciudadano simplemente por pertenecer al género humano. Ciudadanía y
humanidad van juntas. De allí Alain Finkielkraut ha extraído una clara conclusión: la
soberanía no radica en el pueblo. De esta manera, si se tiene conocimiento de la más
moderna filosofía política, no es propio hablar de “pueblo soberano”. La soberanía
radica en el hombre, es decir, en el ciudadano que tiene esa condición precisamente por
humano. De esta manera, si la mayoría viola los derechos de un ciudadano estaría
cometiendo un crimen y ser mayoría no la dota de impunidad. En otras palabras, ese
concepto viejo de dotar al pueblo de soberanía es lo que ha abierto las puertas de las
dictaduras. Ahora bien, ¿quién ejerce la soberanía? La ejerce el pueblo en nombre de la
humanidad. Es bueno recordar que las tiranías de la mayoría pueden ser más crueles que
las de un tirano en solitario, aunque, en verdad, no existe ninguno que no haya dicho
que ejerce el poder en nombre de una inmensa mayoría que lo respalda, desde Stalin
hasta Milosevic o Fujimori. La democracia trágica lo permite, la democracia es una
constante duda, mientras las tiranías no tienen ninguna. Como lo asegura Finkielkraut
“no se puede conferir al pueblo el poder de hacer cualquier cosa”. Si la mayoría se suma
en una dirección incompatible con la esencia democrática la democracia ha consumado
su tragedia. La “soberanía popular” pasa a ser un slogan ideológico sacrificado y sin
valor. En otras palabras, la voluntad popular bien puede no ser democrática. Eso sucede,
según la filósofa Hannah Arend, porque los pueblos a veces se convierten en chusma y
lo hacen por una simple razón, la muerte de la cultura. Veamos bien que no hay régimen
sospechoso que ame la cultura, aunque se llene la boca con ella.
La democracia es trágica porque tiene elecciones y la verdadera pregunta que se
formula cada vez que se convoca al pueblo a las urnas es si quiere seguir viviendo en
democracia. Los déspotas convocan plebiscitos amañados para preguntar si se quiere
seguir bajo su control. En la democracia, el “pueblo soberano” bien puede decidir que
quiere vivir en dictadura, por diversas y variadas razones, porque en la democracia no
ha encontrado seguridad, ni eficacia ni resolución del conflicto.
Si recordamos un poco las bases de este sistema trágico, podremos ver que
democracia es una administración de los intereses encontrados. La democracia es
mediación y cuando no se media, cuando no se respetan las reglas que permiten la sana
administración de las contradicciones, pues comiéncese a llamar a ese régimen como
sea, pero no democrático. De esta manera, en sentido estricto, no puede haber una
“revolución democrática”, lo que no pasa de ser otra frase populista, puesto que se trata
de una democracia o de una revolución, términos antitéticos. Uno puede leer a todos los
grandes pensadores sobre el tema, desde Tocqueville hasta el contemporáneo
Finkielkraut y no otra conclusión puede sacar de las ciencias políticas.
Mucho se ha escrito sobre la decepción de la democracia que sufren los pueblos por
su supuesta incapacidad por resolver los problemas, en esta parte nuestra del mundo los
eternos, la pobreza, la falta de educación o la inseguridad. Algunos sostienen que es
necesario reinventar la democracia y llenarla de adjetivos, mientras otros piensan que se
le está pidiendo a la democracia lo que no es de su esencia o competencia. En otras
palabras, la democracia es simplemente un sistema político formal, es decir, uno donde
se vive en libertad, donde la soberanía la ejerce el pueblo en nombre de la humanidad,
donde el poder está dividido y existen mecanismos de control para evitar los excesos.
La eficacia o ineficacia no pueden, así, atribuirse a un sistema político específico.
Deben atribuirse a aquellos que el pueblo ha elegido para administrar. Otra cosa es el
perfeccionamiento de la libertad y libre expresión que es núcleo de la democracia.
Puede controlarse el abuso de las partidocracias, establecer reglas claras para el
financiamiento electoral, establecer normas de elección ajenas a las manipulaciones de
todo tipo, en suma, perfeccionar los mecanismos en que la democracia se ejerce. La
democracia sería, desde este punto de vista, ajena a la ineficacia de quienes la encarnan
desde el poder. Quienes la encarnan son elegidos por el pueblo. Al contrario de alguna
expresión infeliz, los pueblos tienen una aguda tendencia a equivocarse y también, por
supuesto, son manipulados, pero las manipulaciones (léase abuso de los medios de
comunicación, populismo, complacencias verbales) también pueden ser controlados. La
esencia de la democracia es la contradicción y su debilidad más peligrosa es la falta de
cultura. Digamos que democracia y dictadura no compiten en términos de eficacia, una
no es más eficaz que la otra. La democracia es libertad y el totalitarismo es opresión. La
democracia se llena de contenido, de respuestas, de logros, dependiendo de quienes la
ejercen. De esta manera, el asunto de la cultura reaparece en toda su magnitud.
Valoremos, es necesario aceptarlo, a la democracia sin el referente alternativo de la
dictadura. La democracia es trágica porque puede ser intentada por pueblos sin cultura.
La tesis de que esos pueblos no deben tenerla nos conduce al “cesarismo democrático” o
a algunos modernos pensadores que sostienen que hay que privar y matar porque lo
fundamental es el crecimiento económico y la eliminación de la pobreza. Es preferible
vivir la tragedia propia de la democracia aún corriendo el riesgo de que la mayoría se
haga antidemocrática. El papel de los intelectuales es fundamental. Deben perseverar en
la defensa del único clima posible a la creación, el de la libertad, señalando
constantemente toda desviación. Siempre habrá algunos que se pasen al bando
contrario. Constantemente traigo a colación como algunas de las más brillantes cabezas
europeas entre el final del siglo XIX y comienzos del XX combatieron las monarquías
corruptas y pedían la república para luego decepcionarse de la república y dirigir todas
sus invectivas contra las mayorías, dando, así, desarrollo al germen fascista. Este último
también se engendra, pues, en la democracia trágica. Retroceder a la aristocracia del
pensamiento no es la salida.
Debemos, a estas alturas, aprender la lección: la democracia es riesgo. En su búsqueda
de las formas de gobierno el hombre sigue razonando. Si bien murieron las ideologías,
no lo ha hecho la ciencia política. La soberanía radica en el hombre y el pueblo la ejerce
en su nombre. La democracia es administración de las contradicciones, otra cosa es
tiranía. Los intelectuales debemos aprender que una cosa es el ejercicio del poder y otra
la reflexión sobre los valores esenciales de la humanidad, la libertad incluida. La
revolución cultural es, pues, obra de quienes pensamos, no de los gobiernos, porque
cuando un gobierno proclama una “revolución cultural” lo que quiere es destruir las
referencias. Cuando las referencias se pierden los “pueblos soberanos” aletargados
aman la paz de sepulcro de las dictaduras.
La estructura y el funcionamiento del poder
(5 agosto 2006)

El desarrollo del concepto de alienación echó en el olvido al de fetichismo. Ambos


han sufrido períodos de esplendor y de olvido, remodelaciones y cambios. Marx está en
el origen de ambos, sólo que la interpretación de “fetichismo de la mercancía” se fue
reduciendo a una falsa valoración de las cosas lo que le daba una implicación
ideológica, cuando hoy en día la sociedad del espectáculo ha convertido a esa mercancía
en la creadora del mundo que habitamos.
Es evidente que ambos conceptos se entrelazan. El objeto es un fetiche (hoy el
símbolo a citar sería el teléfono celular) y estamos alienados en el sentido de que
nuestra creación escapó de nosotros y nos domina. Hoy decimos en relación a ambos
conceptos que se han modificado sustancialmente los medios de dominación. Es
evidente que insistimos en lo tecno-mediático porque vivimos en la civilización de la
imagen, pero ella tiene relación directa con la mercancía “fuera de sí”. Este “rebaño
normalizado” lo es ahora por vías distintas, las cuales han sido afinadas en su
efectividad por la tecnología.
La precisión del cambio la definió Gilles Deleuze como el paso de una sociedad
disciplinal a una sociedad de control. En la primera existen instituciones que funcionan
como la columna vertebral y definen el especio social, esto es, la llamada sociedad civil
(otro concepto en riesgo) define al cuerpo social todo. Si a ver vamos la casi totalidad
de las instituciones que sirven de estructura a esa sociedad civil están derruidas trayendo
como consecuencia lo que este pensador llama “vacío social”. La llamada sociedad
civil, en algunos casos, sigue conservando las instituciones y características que alguna
vez la definieron, pero estas han sido anegadas por las nuevas formas de control hasta
llegar a una de las condiciones esenciales de este, la hipersegmentación de la sociedad.
Aquí, y en todas partes, deberíamos comenzar a hablar más bien de una sociedad
poscivil.
Está claro que para la existencia de una democracia la sociedad civil resulta
indispensable. Es ella el campo donde lógicamente se producen las mediaciones
esenciales al espíritu democrático. Fue Hegel el mayor estudioso de este tema, aunque,
claro está, el concepto nació para oponerlo al de sociedad natural. Lo civil en los
pensadores anteriores implicaba la organización social, con el Derecho incluido como
gran ordenador, mientras Hegel parece referirse más bien a “sociedad burguesa”.
Bien podría argumentarse que la sociedad civil se ha convertido en un simulacro de lo
social. La democracia, por ejemplo, parece alejarse de su marco de drenaje y
composición, para elevarse por encima de las fuerzas conflictivas que se mueven en su
seno. El poder que amenaza con surgir en el siglo XXI trabaja –ya lo hemos dicho hasta
la saciedad- con la velocidad y con la imagen, más con la velocidad de la imagen. Su
alzamiento por encima de una sociedad civil débil le permite recuperar el sueño del
dominio total, de la modelación de los “contemporáneos” (antes ciudadanos) a su leal
saber y entender. Así, el poder de la dominación se hace total. En el campo del sistema
político la democracia comienza a ser mirada como un impedimento, como un estorbo.
Ya no estamos, pues, y a veces mucha gente no se da cuenta, en una sociedad
industrial. En consecuencia las formas de poder son otras. Las que corresponden a una
sociedad panóptica* si aceptamos el término, o, simplemente a una sociedad de control.
En consecuencia, las viejas formas (sindicatos, partidos políticos, asociaciones
empresariales y todas aquellas “instituciones” de la sociedad civil) se derrumban, al
igual que los sistemas de valores tradicionales, la familia, los sistemas de poder (la
democracia en peligro). No se trata, como repite tanta gente en mi país, de que los
partidos se regeneren o se hagan diferentes. Lo que pasa es que la forma de expresión
política de este tiempo ya no pasa por ellos. Hay nuevas formas de poder y también
nuevas formas de política, sólo que la tendencia es a la eliminación de esta última, es
decir, a un neo-totalitarismo. Si vemos, por ejemplo, la inutilidad de los sindicatos y la
impotencia absoluta de los partidos para unir en torno a ideologías, debemos admitir
que la nueva estructura política pasará por un entramado de redes de acción y presión
política. Lo que hay que entender es que la política dejó de ser un espacio de acción
individual o uni-organizativo para convertirse en una gran red de redes de transmisión
de información, creación de coaliciones y alianzas y en articulación de presión política.
En su postdata sobre “Las sociedades de control”, Gilles Deleuze nos recuerda el
proceso, con Foucault, de las sociedades disciplinarias de los siglos XVIII y XIX, en
plenitud en los principios del siglo XX, donde el hombre pasa de espacio cerrado a
espacio cerrado, esto es, la familia, la escuela, el cuartel, la fábrica y, eventualmente, la
prisión, que sería el perfecto modelo analógico. Este modelo sería breve, apenas
sustitutivo de las llamadas sociedades de soberanía, donde más se organiza la muerte
que la vida. Deleuze considera el fin de la II Guerra Mundial como el punto de
precipitación de las nuevas fuerzas y el inicio de la crisis de lo que llamamos sociedad
civil. Entran en crisis la familia, la escuela, el hospital, el ejército, la prisión. En otras
palabras, entran con fuerza las sociedades de control que sustituyen a las sociedades
disciplinarias. Virilio habla así de control al aire libre por oposición a los viejos espacios
cerrados. El gran diagnóstico sobre este proceso lo hace, qué duda cabe, Foucault, pero
es a Deleuze a quien debemos recurrir para entender el cambio de los viejos moldes a lo
que él denomina modulaciones. La modulación cambia constantemente, se adapta, se
hace flexible. La clave está en que en las sociedades disciplinarias siempre se empezaba
algo, mientras que en las de control nunca se termina nada, lo importante no es ni
siquiera la masa, sino la cifra. Es decir, hemos dejado de ser individuos para
convertirnos en “dividuos”. No hay duda de la mutación: estamos en la era de los
servicios, la vieja forma capitalista de producción desapareció. He definido esta era
como la de la velocidad, pues bien, el control es rápido, cambiante, continuo, ilimitado.
Si algunos terroristas colocan collares explosivos a sus víctimas, la sociedad de control
nos coloca un collar electrónico.
Y como siempre que diagnosticamos en este tema debemos regresar a Michael
Foucault (“Microfísica del poder”, “Vigilar y castigar (Nacimiento de la prisión)”, “La
arqueología del saber”, “Los anormales”, “Estrategias de poder”). Siempre ha existido
algún tipo de vigilancia hacia los individuos o grupos sociales, pero una que pueda
llamarse de “rango institucional centralizado” corresponde a este tiempo del nacimiento
y progreso de las nuevas tecnologías. Así, la sociedad de control tiene mayor intensidad
y sistematización en su vigilancia, alzándose esta última como sustituta de la coerción
física. Esta pérdida de libertad es aceptada gustosamente. Foucault distingue así entre
sociedad de espectáculo y sociedad de vigilancia, diferenciación que no encuentro
correcta, pues como he dicho más arriba, el espectáculo es una forma vigilante. En
cualquier caso podemos aceptar el término acuñado, el de sociedad panóptica, que no es
otra que aquélla que reproduce la estructura y funcionamiento del poder. En otras
palabras, se homogeniza el comportamiento. El preso no puede observar a quien lo
observa, mientras que el panóptico no hace otra cosa, está fijo frente al carcelero,
mirándole, aprendiendo de él, haciéndose él. Para decirlo con palabras propias de una
dictadura, el que se sabe vigilado procura “comportarse bien”. La vigilancia se
introyecta, se hace parte integral del “dividuo”. Nos hemos convertido en autómatas
consumidores de imágenes. Y volvemos a lo que he llamado la plaga neo-totalitaria que
puede avizorarse en el horizonte: ya no habrá dictaduras con estadios llenos, no hará
falta, la sumisión estará en el interior del hombre, pues el “dividuo” no verá al poder, ni
hará falta, y al no verlo le parecerá ausente, inaccesible, y eso hará del poder el amoroso
dictador cuya eficacia está garantizada.

*Panóptico: Dicho de un edificio. Construido de modo que toda su parte interior se


pueda ver desde un solo punto. DRAE),
La sombra de la imagen
(15 agosto 2006)

Hasta bien avanzado el siglo XX vivíamos en un mundo objetivo, es decir, se nos


pedían argumentos como referentes de experiencia. Se aceptaba una disyunción entre el
mundo humano y el mundo natural, la ciencia exigía demostración empírica, el mundo
estaba lleno de objetos que corroboraban la objetividad del sujeto. La realidad era
claramente precisable, pues tenía sustancia, lo real era autónomo, estaba allí como
esencia. La diferenciación entre esta sustancia llamada realidad y las apariencias era
clara y precisa. Esa realidad provenía de la historia, es decir, de una existencia. En
pocas palabras, fuera de la historia no había nada a no ser especulación.
Ya he dicho en otra parte (Por El país del hombre-Primera lectura del nuevo
milenio, Editorial Ala de cuervo, Caracas, 2002) que el ansia de saber se fue
trasladando desde lo epistemológico hacia la hermenéutica, esto es, se volcó a la
interpretación de los textos. Para decirlo de otra manera, el objetivismo cientifista fue
echado en el saco del pasado.
Ya Nietzsche había descrito al mundo como apariencia. Desde ese mismo momento se
había insertado la idea de que la realidad no era más que un conjunto de interpretaciones
humanas. En otras palabras, la especulación estética se alza como la única manera de
preservación del hombre, de evitar la muerte que lo acechaba y lo acecha, puesto que lo
humano sólo es sustentable en el arte y el único superviviente posible es el hombre-
cultura.
La “realidad” de lo “real” es hoy cosa muy distinta. Estamos inmersos en el afán de la
desaparición y, por ende, lo que hemos hasta ahora denominado significaciones
retrocede a un segundo plano. Esta situación es perfectamente definida por Baudrillard
como “teoría de la simulación” o “patafísica de la otredad”
Junto a Foucault, a pesar de las diferencias entre ambos, queda claro que entramos en
una situación definible como alteridad radical producto directo de la desaparición. El
otro comienza a convertirse en nada. El mundo que comienza a emerger conlleva a lo
que es hoy patente, tal como también lo he dicho en otra parte (ibid), a un total
desencuentro, donde lo importante es que el otro está lejos, la incomunicabilidad se
torna total y la sola presencia es la de la pantalla. Si la realidad era un conjunto de
interpretaciones humanas ahora se impregna de extrañeza y esas interpretaciones se
ahogan en su propia impotencia. La “realidad” ha girado sobre sí misma, queda
consumado el vértigo, y ha desaparecido.
La desaparición de la realidad tiene que ver con la muerte del hombre, claro está,
forma parte integral del drama, pero no son la misma cosa. La desaparición no tiene que
ver con muerte, ni siquiera con una detención de la vida que, al fin y al cabo, no es más
que repetición. A lo que ahora asistimos es al amoldamiento de lo real a la forma.
Estamos dándole la vuelta a la bolsa, esto es, el mundo se ha desrealizado, la ausencia
es la norma, la única hipótesis del hombre pasa a ser la forma. Ya estamos ausentes. La
comunicación humana se reduce a buscar lo que el otro no es.
La civilización de los massmedia es en sí misma una representación. La noticia murió
para dejar paso al show, a la apariencia. Al ver en directo el suceso todo se convierte en
representación, en una momentánea y efímera, que se marcha apenas mostrada. Un
viejo texto criticado y olvidado, “La sociedad del espectáculo” de Guy Debord, nos dice
que frente a la pantalla contemplamos la vida de las mercancías en lugar de vivir en
primera persona.
Esta ha sido definida como la civilización del espectáculo y, sin lugar a dudas, lo es.
Quizás el inicio de una explicación del porqué esté en la primacía de las mercancías en
una sociedad que las produce pero sobre la cual se devuelven a devorarla. Es obvio que
esta también llamada civilización de la imagen conduzca a la muerte de la realidad. La
imagen se ha aposentado sobre la realidad, la ha asesinado, tal vez porque como decía
Feurbarch “nuestro mundo prefiere la copia al original”.
Ahora bien, es necesario precisar que el espectáculo es una formación histórico-social.
El proceso ha pasado por un alejamiento del espectáculo de la realidad y por la
eliminación de todo espacio de conciencia crítica y de toda posibilidad de
desmitificación. El espectáculo se convirtió en sí mismo y se hizo imagen. Entramos,
así, en la era de lo virtual. El simulacro es la nueva “realidad”, una sin sustancia. La
realidad encontró el método para la evaporación en los medios de comunicación, en la
tecnología, en los microchips. Cuando vemos la transmisión en directo de un suceso
cualquiera a lo que estamos asistiendo es al paso de un meteorito errático en un espacio
vacío. Por supuesto que todo va acompañado de otra desaparición, la del pensamiento.
De allí la crisis de la literatura, para decirlo. Ello porque la civilización de la imagen nos
sobresatura, acumula sobre nosotros tal cantidad que no acumula nada, esto es, la
acumulación se autodevora como un disco duro de computadora infectado por un virus.
La respuesta es el vacío y la desaparición del pensamiento. El resultado: el hombre
mismo se convierte en imagen, por no decir en una sombra.
La búsqueda del modus vivendi global
(27 agosto 2006)

Allí, en la Academia, fuera de los límites de Atenas, comenzó un proceso matemático


llamado globalización. La advertencia sobre la necesaria condición de geómetra para
entrar implicaba una conexión con la ontología que hacía de filósofos y cosmólogos
hacedores de un globo, el del cielo. Cuando los marineros europeos, alrededor de 1500,
abandonaron la tierra para hacer del mar la nueva vía y junto a ellos los geógrafos
comenzaron a trazar los mapas de los descubrimientos se inició la globalización
terrestre. Había un interés económico, se usufructuaban las riquezas del nuevo mundo
en beneficio de los monarcas europeos que habían hecho una inversión en procura de un
retorno a sus inversiones. Desde entonces dinero y globo terráqueo van juntos. Hoy
asistimos a un factum político-económico-cultural iniciado con el fin de la Segunda
Guerra Mundial. Tenemos, así, un tránsito que va desde la mera especulación meditativa
hasta la praxis de registro de un globo. Así, el mundo se des-aleja, se eliminan las
distancias ocultantes, se convierte en una red de circulación y de rutinas
telecomunicativas. La técnica ha implantado en los grandes centros de poder y consumo
la eliminación de la lejanía. Quienes se oponen genéricamente a la “globalización” son
unos extravagantes. Está aquí de hecho, tiene un ritmo indetenible, la preside el dinero
porque este es la nueva barca capaz de girar el planeta y regresar. No es, por supuesto,
un mero proceso económico, pero sí un hecho consumado, uno donde consumación
sustituye a legitimación, uno que se hace insustituible a la hora de analizar la era
presente de la humanidad. Como bien lo dice Peter Sloterdijk “ahora somos una
comunidad de problemas”. Ya hemos apuntado que con el acontecimiento globalizador
se deshacen las concepciones políticas, se afectan las autounidades nacionales, cambian
los actores tradicionales que pierden competencias, el multiculturalismo irrumpe, sobre
Europa se produce el “regreso” por la entrada de grandes masas de población a un
estado de movilidad, lo que a su vez afecta el concepto de sociedad de masas y, claro
está, viene la protesta de los antiglobalizadores que lleva a Roland Robertson
(Globalization. Social Theory and Global Cultura) a definir el acontecimiento de la
globalización como “un proceso acompañado de protesta” (a basically contested
process), lo que hace que Sloterdijk señale que la protesta contra la globalización es
también la globalización misma, pues no es otra cosa que la reacción de los organismos
localizados frente a las infecciones del formato superior del mundo.
Hay que recordar que estamos asistiendo a una interpenetración de civilizaciones, lo
que hace también superfluo otro debate: el supuesto enfrentamiento entre
homogenización y heterogeneización, para entrar a analizar como estas dos tendencias
se implican mutuamente. Robertson recuerda como hay una discusión global sobre lo
local, la comunidad y el hogar lo que le lleva a pensar en la cultura global como una
interconexión de culturas locales. Aún no sabemos con precisión cuales serán las
consecuencias culturales de este acontecimiento llamado globalización, pero podría
asomarse que encontraremos una hibridación. Si lo vemos desde este ángulo, podríamos
decir que estamos ante muy llamativo proceso de mestizaje. Llamémoslo, de una vez
por todas, multiculturalismo, lo que implica respeto hacia una “fertilización cruzada”. Si
se plantea un desarrollo incontaminado de las culturas estaríamos cayendo en formas de
racismo o de nacionalismo excluyente.
Ahora bien, debemos abordar el problema desde un ángulo estrictamente económico
que, repetimos, es apenas uno entre los varios aspectos del acontecimiento
globalización. Aquí entran al juego privatización, anulación de controles, eliminación
del déficit, inflación, etc. Políticas económicas, en suma, marcadas efectivamente por
una concepción neoliberal. Ello, por la presión de las poderosas transnacionales y por la
conformación misma de instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional, pero, también, es necesario decirlo, por la permeabilidad de gobernantes
ahogados incapaces o impotentes para resistir. Identificar este proceso de manera
excluyente con globalización es lo que ha hecho daño a la palabra que describe el
proceso en que estamos inmersos. Se suma el elemento político: la acusación de
ineficacia contra la democracia, lo que conlleva a peligros que ya hemos analizado
prolijamente en otra parte. Para mí el problema es el renacimiento de una vieja
enfermedad llamada economicismo, renacida con tal potencia que ha doblegado la
política a su servicio.
Si uno lee a los pensadores actuales encuentra cada vez más la palabra ecumenismo,
antiguamente usada para indicar la restauración de la unidad entre todas las iglesias
cristianas, pero si vamos a su origen griego podemos detectar que más bien se refiere al
espacio apto para la vida humana. Ecúmeno, con todas las implicaciones de respeto,
amplitud y garantías que implica, debe ser el nuevo espacio humano. Ya no podemos
hablar de culturas como segmentos colocados unos al lado de los otros. Ahora
constituyen un tejido, como una red de Internet. Debemos enfocarnos en el nacimiento
de un nuevo pluralismo: variedad y experimentación cultural, tolerancia y desarrollo, la
consideración de la heterogeneidad cultural como recurso para el futuro social, fomento
del dinamismo transformador de la cultura. El aislamiento en “enclaves del olvido” no
conduce a ninguna parte. Si a ver bien vamos el objetivo del desarrollo es la cultura,
como condición indispensable al desarrollo es la cultura, culebra que se muerde la cola.
Sabemos perfectamente que de la pobreza podemos salir. Por lo demás, veamos esta
aparente paradoja: sin multiplicidad el capitalismo no puede sobrevivir, pues perdería la
capacidad de innovar y, con ella, la de competir.
Algunos recurren a las cifras para demostrar como la globalización es, en grado
menor, y proporcionalmente hablando, no tanto un asunto económico. Se menciona que
lo que ha sucedido es simplemente que las tecnologías de la comunicación han
aumentado la velocidad en la circulación y, consecuentemente, aumentos en las
ganancias debido a la mayor rotación del capital.
Ciertamente ya nos estamos des-cobijando de la vieja “patria”. Es lo que Sloterdjik
(Esferas) llama el tambaleo de “la construcción inmunológica de la identidad político-
étnica” y el juego de las dos posiciones, la de un sí-mismo sin espacio y la de un espacio
sin sí-mismo y la búsqueda de un modus vivendi entre los dos polos que implicará,
seguramente, la creación de “comunidades imaginarias” sin lo nacional y la
participación, también imaginaria, en otras culturas. El hombre puede tornar a
“envolverse” en protección en la era globalizada, lejos del feroz individualismo que en
el tiempo presente parece ser la única caparazón que le resulta reconfortante. Especial
cuidado hay que poner en los efectos políticos, puesto que ya el colectivo no representa
nada para el individualista. Hay que crear nuevas formas de tejido social-político que
impidan a un hombre que ha hecho de su piel el nuevo resguardo un agente potencial
del totalitarismo o un desconcertado.
El reino de la incertidumbre
(30 agosto 2006)

Estamos asistiendo a la miopía de las ideas en este reino de la incertidumbre. El ser


optimista y agitado ha dejado paso a un escéptico sin norma. Ya no se le pregunta a
nadie o, dicho de otra forma, la pregunta es formulada a nadie. El signo del presente y
del porvenir es la indiferencia. Cada quien está encerrado en lo poco que tiene, llámese
afecto familiar o bienes o pequeño mundo donde se solaza con la conversación banal
con otros igualmente indiferentes. Alberto Moravia escribió una primorosa novela con
este título, Los indiferentes, lo que, en alguna ocasión, me hizo llamarlo "el maestro
narrador de la alienación".
Hay indicios del desorden. Los sistemas políticos están cuajados de incertidumbres
con un alejamiento casi asqueado de las grandes masas. No sabemos como vamos a
gobernarnos en el futuro. Todo parece inclinarse hacia una dualidad, desde la economía
hasta la política, en medio de ruptura de viejas creencias. Si muchas de estas
consideraciones podemos pergeñar en el terreno del denominado "interés público", es
en el terreno personal del hombre donde los sin sentido predominan. El día a día parece
ser el esbozo de norma, lo que podría hacer reflexionar a alguien sobre algunas viejas
enseñanzas orientales, pero con la cuales no hay ninguna relación. Lo que resta de los
códigos de las relaciones interpersonales son el desencanto y la fragilidad. Como no se
cree en nada, menos en lo colectivo y en los políticos, sumada la exigencia consumista,
resurge una vieja enfermedad asociada desde siempre a los mecanismos capitalistas: el
individualismo exacerbado. Todo lo que escribieron pensadores del humanismo
cristiano como Chardin o Mounier sobre el concepto de persona ha sido devorado por
una realidad que ha superado con creces aquélla que los inspiró. Hoy, persona es quien
detenta poder. La imposibilidad de la revolución social, sumada a una diferenciación
entre dos estratos poblacionales cada vez más lejanos en cultura y economía, lleva a la
aparición del hampa como la conocemos hoy. El hampa, creo, es la más patética
manifestación de la imposibilidad revolucionaria y una forma sustitutiva de búsqueda de
la igualdad social. El economicismo, la vieja enfermedad de conceder a la economía el
privilegio absoluto sobre nuestras vidas, ha reaparecido como pandemia sepultando las
interrogantes esenciales del hombre sobre el Ser y produciendo la "cultura" uniforme
que se nos lanza sobre el cuello como tenaza asfixiándonos en el rechazo de todo
pensamiento trascendente.
Estamos asistiendo a la segunda gran explosión de individualismo. Algunos pretenden
ver en la multiplicidad de la oferta el reino de la libertad y hasta llegan a pensar que esta
supuesta capacidad de escoger es la mejor muestra de la humanización de los controles.
El acceso posible a todo es una concesión ilusoria, puesto que lo opuesto a ilusorio es lo
concreto, siendo así la libertad el trato concreto con posibilidades concretas. Gabriel
Zaid lo describe con exactitud: “Lo concreto se vuelve mera posibilidad; lo cercano
distante; lo personal, impersonal; los nombres, abstracciones del anonimato o la
celebridad; la convivencia, relaciones públicas. Se trata de transformar la necesidad en
libertad”.
Para proclamar la muerte de la angustia, como lo hace Gilles Lipovetsky, realmente
hay que recurrir a la afirmación de que estamos caracterizando, tomando como guía, un
total abandono del saber. Mientras menos sabemos, menos nos angustiamos, ecuación
simple y patética. Mientras más grande es la indiferencia más fuerte es el rechazo del
conocimiento. La marcación individualista que estamos viviendo, conduce,
paradójicamente, a la muerte del Yo. Ya lo he dicho: no pueden existir revoluciones
cuando la única revolución es la de un individualismo de signo diferente, pero mayor y
más acendrado de aquél que sentimos en pleno apogeo capitalista del siglo XX. Cierto
que no es el viejo concepto marxista de alienación lo que hay que "regresar", pues ahora
se agrega el elemento apatía y la exacerbación de la oferta, pero hay que retomarlo.
"Así es la vida hoy", afirman algunos. Otros insistimos en preguntarnos si se puede
llamar vida. Somos los que aún peligrosamente pensamos. Si vida y felicidad son ahora
no arriesgarse, una nada que va desde la vida sentimental hasta la concepción del
trabajo, debemos precisar que si libertad y felicidad equivalen a vacío, lo que se
asomará en el horizonte será otra época totalitaria. Eso de mirar en la historia para no
repetir los errores siempre me ha parecido un exabrupto. El hombre comete las mismas
barbaridades no por falta de memoria sino por una acumulación de procesos y
circunstancias. Asegurar que debemos tener una perspectiva histórica de nuestro tiempo
me suena a madera podrida.
Ahora mismo algunos autores europeos retoman el tema de la utopía aclarando que lo
hacen desde el aspecto lúdico. Pero, ¿qué fue siempre la utopía sino un sueño? La
precisan divorciada del totalitarismo, pero la experiencia indica que en el siglo XX
siempre desembocó en dictadura pues había que imponerla como panacea a quienes
discrepaban. Como bien asoma Rüdiger Safranski el cuerpo espiritual necesita, al igual
que el cuerpo físico, un sistema inmunológico.
No hay códigos, aunque, admitámoslo, no es la primera vez. En el fondo, como
también lo plantea Safranski, el marxismo, como ideología de gestión se parece, en
mucho al neoliberalismo. La verdad, fue dicho en su momento, es un consenso, un
simple consenso generalmente aceptado o, como la definió Derrida, una "certeza
provisoria".
La organización del desamparo y la preparación de las hallacas
(8 julio 2006)

No recuerdo en que contexto exacto habló Hannah Arend de “desamparo organizado”,


pero si se recuerda su obra en conjunto seguramente lo hizo ante el brote totalitario que
caía sobre Europa y en el marco del desasosiego de su época.
El desamparo se organiza por necesidad ante una persecución, pero se organiza para
minimizar el sufrimiento, para cubrir psicológicamente las penurias, para tener un rostro
que mirar en la tragedia. Desamparo es no tener amparo, el desamparado es el que está
separado o dislocado, desamparar es dejar sin amparo a alguien. Ese dislocado no tiene
fuerza ni estrategia para enfrentar el mal que lo acecha. Se queja en su desamparo de no
haber tomado previsiones, de haber sido descuidado en sus análisis, de haber escondido
el rostro tras las cortinas pensando que el acechante no venía sobre él.
El desamparo en política es producto de la ausencia de cultura y de criterio. Otras
veces de hipnotismo de masas, como en el caso de las grandes dictaduras totalitarias del
siglo XX, pero aún en estas últimas hay razones de otra índole, como vengar afrentas
contra la propia nacionalidad, descubrir un violento contraste entre la grandeza
supuestamente merecida y un estado real de cosas donde prevalecen la humillación y el
desprecio. Siempre hay razones para que los pueblos caigan en el desamparo. Son de
signo negativo o de signo positivo, sólo que lo positivo es generalmente apariencia.
El desamparo produce espejismos, tiene un efecto parecido al del sol del desierto
quemando arena y tostando cerebros. Por doquier se comienzan a ver palmeras y una
fuente de agua cristalina. El desamparado es un zombi que se une a otros para levantar
escapes y refugios, salidas artificiales, repeticiones constantes sobre la proximidad del
oasis hasta que el desamparado se convence que el oasis está efectivamente delante.
Los desamparados se unen para auto complacerse en la visión falsa. Todos repiten el
oasis está delante y así se apaciguan y entran en una especie de euforia que se convierte
en protector y cuyos efectos opioides sedan y las conciencias entran en un mar de
tranquilidad. Si el oasis no está delante, como efectivamente no estaba, se complacerán
los pobres desamparados repitiendo que cumplieron con su deber, que buscaron el oasis,
que agotaron sus energías en el empeño y, en consecuencia, ya no se les pida nada más,
que cumplieron con su deber de buscar el oasis.
Si se les dice que el oasis jamás estuvo delante entrarán en aletargamiento, no
responderán a las señales visibles de una caravana que se dirige por ruta segura hacia un
sitio de aprovisionamiento. Alegarán que no se puede buscar el oasis, sin comprender
que lo buscaron donde sólo había un espejismo.
Los pueblos desamparados se organizan para perder el tiempo, para gastar energías
donde no deben, para ayudarse en su desamparo con mentirijillas. Sólo las direcciones
fuertes los pueden sacar del trauma posparto fallido. A veces duran decenios escarbando
la tierra con el arado de la resignación, sentimiento al que están muy proclives los
pueblos que organizan el desamparo.
Los pueblos desamparados que meten la pata por sus autoengaños se distraen
preparando sopa de coles en las cocinas destartaladas y recordándose de cuando podían
echar un pedazo de carne en el hervido. Entonces deciden que no quieren oír hablar
más de desamparo, como si borrándolo del léxico cotidiano lo conjuraran. Los
verdaderos dirigentes, los que aparecen siempre después de los desastres, se sentirán
impotentes para despertar a aquél pueblo comedor de coles, pero deberán insistir,
aunque el pueblo se dedique a levantar falsos ídolos y a entrar en pecaminosas
actividades. Si la voz es fuerte, decidida, sin titubeos y sin dobleces, los comedores de
coles desamparados terminarán la pequeña juerga de su falta de cultura política y tal vez
sea posible arrancarles un hálito para la marcha hacia el lugar de la seguridad y de la
salvación.
La organización de los pueblos desamparados es efímera como el espejismo. Los
falsos profetas se evaporan, al igual que a sus palabras se las lleva el viento. No duran
nada en el imaginario, son lanzados al olvido y algunos, desesperados en la soledad,
regresan humildes a los predios que supuestamente combatieron. Es muy propio de los
pueblos desamparados por su falta de cultura política, por la manipulación a que han
sido sometidos y son sometidos, este tipo de comportamiento que les parece salvador,
absolvedor de conciencias, limpiador de reclamos, tranquilizante que les permite decir
que arriesgaron todo sin arriesgar nada. Entonces alegarán que no hay espíritu navideño,
que no hay voluntad para hacer las hallacas, pero que de todas maneras harán unas
poquitas para no perder la tradiciones y la costumbres. Por encima del olor a güisqui
que quedará como resaca de “mientras se pueda” tendrá que venir una dirección a
latiguear, a sustituir la organización del pueblo desamparado por una organización de
pueblo combatiente.
La riqueza escondida en los bulbos de tulipán
(6 septiembre 2006)

En el siglo XVII un aventurero aseguró que en los bulbos de los tulipanes se escondía
una gran riqueza, lo que llevó a millones de personas a comprar tulipanes, nos recuerda
Peter Sloderdijk, a propósito de aquella frase suya donde describe el noticiero de la
noche como 50 millones de personas alfabetizadas que se sientan a ver como el mundo
se ha convertido en diversión.
En los bulbos de los tulipanes sigue escondiéndose una gran riqueza. Entre nosotros
no se trata ni siquiera del noticiero de la noche. Entre nosotros los dueños de los bulbos
de tulipán nos gritan lo que los venezolanos tenemos que hacer. Y nos amenazan con
arrepentimientos dolorosos si no hacemos lo que nos dictan. Quien ha pronunciado
frases que algunos columnistas amigos ponen como epígrafes de sus artículos, ahora
sostiene todo lo contrario. Los recuerdos van hasta el 12 de abril y hasta la huelga
general. Y uno tiene derecho a preguntarle a Teodoro Petkoff sobre su frase donde nos
aseguraba que el mayor mérito de la candidatura de Manuel Rosales era que la política
había regresado a manos de los políticos, cuando, en verdad, sigue en manos de los
dueños de los bulbos de tulipán.
Que la política no esté en manos de los políticos es cosa harto conocida y graves
consecuencias nos ha traído. El tema lo he analizado en profusión y la lista de autores
importantes que se han dedicado al tema es larga. Sin embargo, se han limitado a la
manipulación, ninguno ha hablado del ejercicio directo del poder y del liderazgo por
parte de los dueños de los bulbos de tulipán. Acostumbro citar a Paul Virilio: “Lo que se
dilata…es el globo ocular de un ojo que engloba completamente el cuerpo del
hombre…” En otra parte he hablado de un inmenso condón universal.
Esto se está convirtiendo, simplemente, en una medición para saber si los
alfabetizados que en la noche entran en trance saldrán a comprar bulbos de tulipán.
Apuesta riesgosa, me parece. Si no salen, el aliado circunstancial se quedará frente a sí
mismo. Y entonces los gritos acusatorios no se los creerá nadie. Si salen, volveremos a
recordar el mes de abril y la huelga general. Y los alfabetizados que entran en trance
seguirán esperando las próximas órdenes gritadas por los propagandistas de la riqueza
que se esconde en los bulbos de tulipán. Henry Ramos Allup, al parecer, está en la mira
de quienes buscan culpables por la evasión de Carlos Ortega. ¿Qué se hará en el caso de
que el líder nacional de un partido vaya preso? La pregunta excede los límites de esta
“normalidad” que nos hace vivir el régimen, “controlando” las erogaciones
propagandísticas del gobierno, anunciando la apertura de los medios del Estado,
proclamando austeridad en los gastos del candidato-presidente. Es precisamente esa
“normalidad” la que nos están ratificando.
Los incidentes menores se quedan como incidentes menores. Lo importante es la
“normalidad”. Esta “normalidad” parece una de cartones animados. El Fiscal general se
permite hablar de oposición democrática y de oposición radical no democrática. ¿De
dónde se permite el señor Fiscal General entrar en calificaciones no jurídicas y
evidentemente políticas? ¿De dónde se permite violar el libre albedrío de los electores
en un país donde el voto no es obligatorio y calificar de no democráticos a quienes no
van a votar? El señor Fiscal General comparte la “normalidad” en los largos minutos, a
veces horas, en que se entrega a hablar bajo la aquiescencia de los dueños de los bulbos
de tulipán. Es la “normalidad” democrática. Nada que reprochar.
A una cuadra de mi casa una señora tiene un puesto de venta de flores. Allí están
incluidos los tulipanes. Cuando por las tardes la señora recoge su puesto de venta (a lo
mejor es una ingeniero despedida de PDVSA) quedan por el piso de la plaza que se
llamaba “Rómulo Betancourt” (una empleada de cedulación me aclaró una vez que ya
no se llamaba así) las hojas y los pétalos que se han caído de las flores y de los
tulipanes. En la mañana muy temprano los desarrapados de esta tierra que duermen en
la plaza otrora llamada “Rómulo Betancourt”, y de dónde los maleantes se llevaron el
busto de ese conciudadano, perciben un desagradable olor a podrido. Me niego a pensar
que sea el olor propio del otoño que ahora comienza en el norte de este planeta. El
otoño, lo he dicho, me parece una estación ideal para la creación. Caminar sobre las
hojas caídas siempre me recuerda que volverá la vida.
La confusión de los tiempos
(25 septiembre 2006)

Uno no sabe ya en que tiempo vive. Tiene atisbos de siglo XIX, pero, al mismo
tiempo, “sesentosos”. Me parece estar escuchando las consignas electorales de los
tiempos del inicio del período democrático, cuando el asunto era la reforma agraria y se
aclaraba que no se le podía dar sólo tierra a los campesinos, sino también créditos y
asistencia técnica. Pareciera que nunca se hizo la reforma agraria o que sus resultados
no resolvieron nada, pues el planteamiento es de hace 40 años. En cualquier momento
me parece va a sonar en la radio la voz del presidente Kennedy anunciando que se han
descubierto en Cuba misiles capaces de llegar a territorio norteamericano.
Parecemos vivir en un tiempo atemporal, valga la magnífica paradoja, magnífica sólo
como paradoja, puesto que como realidad es muestra de una inconsciencia profunda.
Venezuela parece sumida en una profunda incapacidad para ser de este tiempo. No
hacemos cosa distinta de retroceder. Es siempre hacia atrás que marchamos y todos los
esfuerzos de contemporaneidad parecen caer en un pozo sin fondo donde se deslizan ad
eternum. He repetido, por ejemplo, y hasta el cansancio, que hay que plantearse una
democracia del siglo XXI. Qué alguien lo tome, no cobro royalties, no pretendo la
gloria de haber puesto en el debate esa frase-concepto.
Hay algo que hala a este país hacia el pasado. No pretendo explicaciones de psicología
social, sólo constato. Los letreros que los visitantes que llegan a Maiquetía ven como
primera muestra hablan del “bloqueo” y uno tiene la sensación de que el aeropuerto de
La Habana y el de Caracas se han confundido en uno solo, que aterrizar en Venezuela es
lo mismo que en Cuba. Este es un país “bloqueado” cuando Miami está lleno de turistas
que reproducen aquellos tiempos de “ta barato, dame dos” y que el comercio con
Estados Unidos se multiplica más que los panes bajo el influjo divino. Pero necesitamos
estar “bloqueados”, aún cuando, supuestamente y tras un largo esfuerzo, se entienda que
se trata del apoyo de Estados Unidos a la candidatura de Guatemala al Consejo de
Seguridad.
Lo que vemos es una pasión mimética de Chávez. Él quiere ser como Fidel,
reproducirlo todo, pasar por las mismas circunstancias de Cuba. Quiere que Venezuela
esté “bloqueada”, pues no hay otra manera de imitar al “padre-héroe”. Podría ponerse el
uniforme verde oliva o dejarse la barba, en lugar de pretender acercarnos
peligrosamente a la crisis de los misiles soviéticos. Los informes de inteligencia de los
servicios secretos que publican las páginas web especializadas hablan de contactos en
La Habana para tratar de la oferta iraní de colocar misiles en territorio venezolano.
Chávez sueña con que Washington movilice la flota para detener a los cargueros iraníes
que portarán los famosos artefactos. Así la mimetización habrá tenido éxito:
“bloqueado” y con una crisis misilística. Perfecto, glorioso, igual al “padre-héroe”, la
historia repetida, el heroísmo copiado. Y como Fidel se opondrá al retiro de los misiles
y tendrá serios disgustos con su par iraní, al igual que Fidel con Kruschov por haber
cedido. La megalomanía le dirá que como el “padre-héroe” ha puesto al mundo al borde
del fin, de la guerra nuclear, que su protagonismo es digno de la aprobación del “padre-
héroe”.
Nuestra incapacidad para ser de este tiempo nos lleva hasta Larrazábal y su plan de
emergencia. Nuestra incapacidad para ser de este tiempo se debe a que no tenemos
herramientas para ser de este tiempo. Nos lleva a olvidarnos de lo que conseguimos
como país y así regresar al pasado. Pareciera que nos sentimos cómodos en el pasado.
Nuestros impulsos son hacia atrás, a las viejas consignas, a los viejos procederes, al
mimetismo psicopático, a recomenzar todo imitando lo que sucedió.
Rosanvallon menciona a Marat para ejemplificar una imagen biliosa del mundo. Aún
en las últimas horas hemos escuchado que a Ollanta Humala le robaron las elecciones,
que no reconoceremos al gobierno de México, que el imperio quiere matarlo.
Jacobinismo en este tiempo. Asisto a las masas cautivas que ríen y aplauden cuando
Chávez les dice que ahora sí, que “Mr. Diablo” ha ordenado su asesinato. No puedo
entender como ríen y aplauden cuando su líder y Jefe del Estado les anuncia que un
líder extranjero ha ordenado su muerte. Pero contra el “padre-héroe” fueron cientos los
intentos y hasta ahora ninguno contra él. Eso hay que corregirlo, cómo es posible que
los servicios de seguridad apenas hayan encontrado, hace años, una bazuka con la que
se derribaría el avión presidencial. Algo hay que hacer, montar como se ha develado el
complot asesino, proclamar que el parecido entre ambos es cada día más rotundo.
Esto que nos hala hacia el pasado, esta incapacidad manifiesta de caminar hacia
delante, este gatear hacia atrás como hacen algunos bebés, implica una carencia
intelectual, conceptual, de pensamiento, simplemente abismal. Se nota en el lenguaje, el
primer punto a analizar si se quiere un diagnóstico. Hablamos mal, en todas partes y a
todos los niveles, hablamos con el tono de la ignorancia. El liderazgo que aparece repite
consignas de hace 40 años. El gobierno que tenemos sólo quiere parecerse al pasado.
Veo a Cipriano Castro en el balcón de la Casa Amarilla. Cuando empezó el período
democrático se tocaban los temas oportunos. Rómulo Betancourt soñaba con el Rhin y
ordenaba la construcción del emporio industrial de Ciudad Guayana y del oriente
venezolano y la represa del Guri daría la potencia eléctrica. Ahora hablamos de planes
de emergencia.
Esto no es buscar el futuro, ni siquiera el presente. Esta república desanda, retrocede,
recula, repite. Esta república marcha hacia cuando no era república. Volvemos a ser una
posibilidad de república, una harto teórica, harto eventual, harto soñada por los primeros
intelectuales que decidieron abordar el tema de esta nación y de su camino. Nos están
poniendo en un volver a reconstruir la civilidad y en el camino de retomar el viejo tema
de civilización y barbarie. Por lo que a mí toca tengo una negativa como respuesta. Hay
que plantear una democracia del siglo XXI, hay que dotar a este país de herramientas
que le permitan salir de la inconsciencia de los retrocesos, hay que extinguir la mirada
biliosa. Aquí la única risa que cabe es sobre los esfuerzos miméticos del caudillo, sobre
el viejo lenguaje y los viejos planteamientos regresados como si aquí no hubiese habido
cuatro décadas de gobiernos civiles. Aquí lo que cabe es reconstruir las ideas, darle una
patada en el trasero a la Venezuela decimonónica y a la Venezuela “sesentona” para
hacerle comprender que estamos en el siglo XXI. Este país necesita pensamiento, no
abajo-firmantes; esta nación necesita quien la tiente a la grandeza de espíritu, no
amodorrados en silencio; este país necesita quien proyecte un nuevo sistema político, no
quienes vengan a repetir el viejo lenguaje podrido o a convertirnos en objetos de estudio
psiquiátrico.
Los extravíos nacionales
(30 septiembre 2006)

La sociedad venezolana anda mal, en sus modos de comportarse, en sus modos de


expresión política, en su lenguaje, en sus reacciones.
El incendio en la prensa europea comenzó en Portugal, se extendió a España y ahora
ocupa los rotativos italianos. Desconozco en detalles los tres sucesos que nos ponen allí.
Lo que destaco es nuestra presencia por razones innobles en los rotativos europeos.
Los venezolanos padecemos de una especie de regeneración de genes totalitarios.
Parecemos querer exterminar al diferente. Parecemos expresar nuestro rechazo al
dictador que no es el nuestro, pues el nuestro bienvenido sería aunque sólo se diferencie
del otro en que es el nuestro. El lenguaje político es una competencia de banalidades. En
un artículo de observaciones sobre otro mío, el director cinematográfico Liko Pérez,
residenciado en Suecia donde ha hecho su carrera, observaba con acierto que el afán de
salir del que no es el nuestro ha llevado a un olvido de los planteamientos sustitutivos.
Él, con benevolencia, se lo explica en el afán de salir de lo aparentemente dañino. Es
obvio que estamos compitiendo con aquél de quien queremos salir con sus mismos
instrumentos. Este país ha sido reducido al rasero. Ese igualitarismo venezolano
aparentemente provechoso y dañino en muchos aspectos, como este del que nos
ocupamos, nos ha puesto a todos, o a casi todos porque las excepciones son virtudes, a
hablar el mismo lenguaje de abajo, del sótano de la historia, del pasado. Montarse sobre
aquél de quien queremos salir sólo se puede mediante el uso y la implementación del
lenguaje del futuro, de los planteamientos del por venir, de la oferta creativa lanzada
hacia formas innovadoras de gobierno y al estímulo de formas inventoras de cultura.
Entendemos el afán por salir, pero sólo anotamos que no basta ese afán, si queremos
que no se produzca un retorno y si queremos ir hacia las fuentes reales de este período
de nuestra historia para secarlas y evitar que el interregno sea breve e ilusorio. Y hacia
donde debemos ir es hacia los extravíos de la sociedad venezolana, sobre los mitos,
traumas y resabios aparentemente insertados en su propia cadena de ADN. Esta
sociedad presenta resquebrajaduras serias que el resabio ha aprovechado, ensanchado,
estimulado y llevado a doctrina de estado. Esta sociedad es egoísta, presenta herencias
atávicas, no ha sabido asumir el reto de ciudadanía política que la aparición del brote
decimonónico le ha impuesto. Es por ello que no ha generado los líderes necesarios y es
por ello que se debate de fracaso en fracaso. Sin criterio político reproduce situaciones,
se deja manipular impunemente, vive de la quema de adrenalina en la hoguera de la
inutilidad.
La aberración política que vivimos está sembrada, con profundas raíces, en un
extravío nacional, en una pérdida de brújula, en unas enfermedades sociales profundas.
La inseguridad proviene de un asomo de revolución que ha estimulado al hampa con sus
desplantes, pero el hampa –sintiéndose liberada- actúa para demostrar patéticamente
que actúa porque ese asomo que le permitió salir a flote es imposible, falso y maniqueo.
Mencionado el ejemplo del hampa basta mirar hacia la pequeña turba que ataca las
caminatas del oponente. En una campaña electoral se dice que el hecho de que el
candidato no oficialista camine por una barriada es una provocación. Sólo tal
planteamiento bastaría para indicar la perversión a la que hemos arribado. Podríamos
elencar sin fin, pero el asunto a destacar que es todas las aberraciones son posibles
porque estaban latentes en la sociedad venezolana. Hitler fue posible porque a la
sociedad alemana se la había impuesto una paz humillante; el Japón de hoy es posible
porque los norteamericanos tuvieron la sabiduría –muchas veces la han tenido, a la par
de sus gravísimos errores- de no enjuiciar al emperador por crímenes de guerra sino
mantenerlo como el símbolo que siempre será del espíritu nipón. Hacen falta los
intelectuales venezolanos que vuelvan a diagnosticar los traumas de la sociedad
venezolana, sus carencias y sus defectos, en vez de solazarse con sus virtudes, que
pocas no son.
Nuestro mestizaje, elogiado por Uslar Pietri con muchísima razón, está pereciendo a
punto de colapso. Detesto esa palabra “polarización” que los inteligentes maestros de
evitar guerras civiles y todo tipo de conflictos sociales, usan como latiguillo. Mestizaje
no lo es sólo de razas, sino, fundamentalmente, de culturas, de estilos de vida, de mitos
y leyendas, de comidas, de estructuras mentales. Es ese mestizaje enriquecedor el que se
rompe ante nuestros ojos. Lo que está aquí sembrado es un fundamentalismo, uno donde
las culturas y las estructuras mentales se separan, lo que indica un proceso disolutivo
que hay que detener so penar de pagar con destrucción. No podemos enfrentar esta
profunda crisis con el lenguaje y las ofertas del pasado. No podemos combatir el brote
atávico sacando a relucir los peores elementos que todavía pululan en nuestro ADN
social. Es necesario un esfuerzo de reintegración sobre nuestras virtudes impulsadas con
un proceso regenerativo del lenguaje, de las actitudes, del liderazgo, de los
planteamientos, de ese innumerable concepto que denominamos cultura.
La perplejidad avasallante
(16 octubre 2006)

Frente a la perplejidad del bombardeo avasallante podemos avizorar un estadio


cercano a la estupefacción encarnada en alguien con un micrófono y una masa paralítica
envuelta en un himen.
No podemos escapar aunque apaguemos la pantalla o nos refugiemos en una cueva.
Los desiertos ya no existen como espacio de fuga, entre otras cosas, porque no hay
manera de fugarse. Somos, ahora, perfectos engranajes de la gran máquina avasallante,
o mejor, de lo que en otra parte he citado como gran condón envolvente. Qué los dioses
se callaron es algo que ha sido recordado muchas veces. Ahora hablan las pantallas y el
poder manipulador que se oculta detrás de ellas. Derrida habla de un “fetichismo
toxicómano”.
Los políticos son el ejemplo más patético de una participación degradada en la
construcción del mundo plano. Los políticos, liquidados por la ineficiencia de las
políticas públicas y por la absoluta falta de ideas, han sido absorbidos por los
massmedia. Han pasado a ser antenas reproductoras. Los políticos pasaron a ser
instrumentos que conectan la información con la mercancía.
Paul Virilio ha acuñado un nuevo término, la intraestructura, uno que deja atrás
conceptos como infraestructura o superestructura. El hombre mismo se ha hecho objeto
de intervención, se puede manipular sus componentes íntimos y sustituir los sentidos
amputados con otros. Equivale a un ser preprogramado y permanentemente
sobrexcitado. Los poetas soñaron con el desprendimiento del cuerpo por su condición
de envoltorio limitante, pero lo hacían en la búsqueda de la conciencia poética, una
ruptura de los límites de una racionalidad tiránica que encasillaba y constreñía. Ahora el
hombre de la conciencia amputada es acelerado al igual que un motor, pero al igual que
un motor puede ser “tranquilizado”, o “entonado” conforme a la expresión que se usa en
cualquier taller mecánico donde llevamos nuestro automóvil a reparar.
En alguna parte he asegurado que la noticia ha muerto y es de esta manera porque
dejó de ser los hechos en sí para ser convertida en la forma de un fenómeno donde lo
que prevalece es la simulación. La notificación al hombre sobrexcitado se hará
banalidad por exceso, ya no sentirá. Habrá quedado completada la amputación de los
sentidos. La simulación con que se alimenta a los sentidos conduce a una especie de
industrialización del olvido. Bajo estas condiciones el hombre será uno que no querrá se
le moleste. El paso de la naturaleza a la cultura será ahora un paso de la cultura a la
ausencia.
La política de las ideas y la democracia como estancia
(27 octubre 2006)

La política no puede funcionar sin ideas. En buena parte es una ciencia de las ideas,
como lo asoman Fitoussy y Rosanvallon. Así, la política no puede ser una acción que
busca el poder y no más. Ni una administración desconsiderada de la normalidad. La
política sin ideas es una actividad bastarda. La política, en consecuencia, es invención.
Cuando deja de serlo sobreviene el cansancio y se asoman las espaldas de los elementos
sociales. La organización social del hombre no nació como la vida ni crece como las
plantas. La política que carece de empuje proveedor de consistencia es una futilidad.
Dado que las formas políticas son invención del hombre no puede desgajarse de la
política la capacidad renovadora. Bien se dice que el pueblo no existe, lo crea la
política. De esta manera hay que decir que la principal actividad de lo político es dar
sentido y toda democracia pasa a ser un proceso ininterrumpido de transformación.
De esta manera la política y la democracia, es decir, la acción y sus resultados, no
pueden ser otra cosa que inserción constante de nuevas opciones o, dicho en otras
palabras, ampliación permanente de la libertad. Tenemos, pues, que volver a leer lo
político sacándolo del cansancio, del aburrimiento y, sobre todo, de un conservadurismo
que brota ante las ideas y ante la esencia misma de lo político y de la democracia,
puesto que todo lo establecido siempre resiste las ideas innovadoras.
En La nueva era de las desigualdades, Jean Paul Fitoussi y Pierre Rosanvallon, nos
recuerdan que es a través de la política que se constituye el vínculo social. Si no
enfrentamos este proceso creativo la política pasa a ser inepta para explicar las
desigualdades que crecieron paralelas a la libertad y se convierte en algo deleznable
para el común de la gente que nunca podrá entender lo que es ejercicio de la ciudadanía.
Continuar pensando que la democracia es como es, que la justicia se administra como se
administra, que las instituciones son como son y no pueden ser de otra manera, equivale
a un corsé al pensamiento y a la esencia misma de los conceptos política y democracia.
Otra cosa que debemos aceptar es la política como conflicto y los conflictos expresión
del animus político. Y a la democracia como capaz de administrar los conflictos
mediante una renovación permanente. Una cosa son las instituciones básicas, aptas para
administrar el control de estabilización, y otra la permanente manifestación de ideas que
amplían los espacios hasta una libertad transformadora. Está claro que las llamadas
instituciones y los intermediarios sociales ya no responden a las exigencias de los
tiempos y, por tanto, hay que buscar nuevos mecanismos.
Sin ideas insuflando ciudadanía no puede haber ciudadanos. Esos no ciudadanos
generarán formas perversas de poder. Habría que estar atentos a las formas no
convencionales de organización social que se manifiestan en estos tiempos y verificar el
alimento libre que reciben, así como el abono para que florezcan. Nunca fueron
multitudes las que produjeron las ideas.
De vez en cuando aparece algún dirigente político –y es lo que ha ocasionado esta
reflexión- que toma la idea de un pensador. Ocurrió en el debate de los precandidatos
socialistas a la presidencia de Francia. Segolène Royal, debatiendo con Fabius y
Strauss-Kahn, propuso la instauración en Francia de los llamados jurados de
ciudadanos, idea que está en el libro de Pierre Rosanvallon La contre-démocratie. No
mencionó la fuente, pero los periodistas franceses se lanzaron, al día siguiente, sobre
Rosanvallon. Prensa, radio y televisión querían saber lo que pensaba el profesor y este,
discretamente, dijo que no le importaba que sus ideas fueran asumidas por candidatos
presidenciales, pero que mencionaran la fuente. Dos hechos resaltan: la influencia del
pensamiento sobre la política, la presencia de una figura, Segolène Royal, que plantea
en su país la innovación propia de lo que debe ser una democracia del siglo XXI y la
atención e información de la prensa que ante una idea de un pensador asumida por un
político encuentran la esencia de un debate y destacan a más no poder lo que debe ser la
esencia de un periodismo de estos tiempos.
La señora Royal, madre de cuatro hijos, interrogada machistamente por Fabius sobre
quien cuidaría los niños, se está caracterizando por planteamientos que sacuden a los
socialistas y a Francia toda. Ella ya ha lanzado algunas propuestas que han
conmocionado a la modorra: ha planteado la carta escolar (poder escoger el liceo fuera
de su barrio); ha hablado de los menores delincuentes sugiriendo integrarlos en un
servicio civil (en lugar de la cárcel) como bomberos, labores humanitarias y otras
parecidas. La señora Royal no sólo indica una tendencia creciente hacia el poder
político de la mujer. Es también un político que siembra ideas, y no tiene prurito en
tomarlas de los pensadores, no como entre nosotros, territorio de la mediocridad donde
se evita a los pensadores y al pensamiento, donde nada se dice de la democracia del
siglo XXI donde la política debe ser acción de modelaje y la democracia el campo ideal
de los cambios.
Una obsoleta cultura política
(27 noviembre 2006)

Los “invitados predilectos” repiten ideas del pasado, obsoletas, periclitadas. He


escuchado, a quien pretendía convencer a la gente de votar, el argumento de que la
política se les meterá igual en la casa y que no intenten una escapatoria. La política, así
vista, es algo desagradable de lo cual se huye. El planteamiento es al revés, la política
debe salir de las casas e impregnar el entorno. Cuando esto suceda tendremos una
república de ciudadanos. La insistencia sobre la política como algo desdeñable está
inserta en la psiquis de estos “predilectos” que copan los programas de opinión
televisados. Esto escapa al territorio de la anécdota para pasar a ser una perversión, dado
que implica una población desarticulada y sin capacidad de vigilancia sobre la esfera
pública, aparte de una concepción desdeñosa que ha permitido el desleimiento de la
representación y el crecimiento pasmoso de la indiferencia por la democracia.
Argumentos como este confirman la existencia de una “cultura política” vacua,
absolutamente al margen de estos tiempos, deformada y deformante. Limita la política a
los profesionales de la actividad y reduce toda ingerencia ciudadana al acto de votar.
Esta concepción encarna el pasado, reproduce todos los vicios que debemos eliminar
para avanzar hacia una democracia del siglo XXI. La actividad ciudadana debe estar
centrada en numerosos puntos de alarma que se encienden produciendo una cadena de
reacciones. La vigilancia ciudadana sobre la representación ejercida debe pasar a ser
algo tan natural como lo fue en el pasado –al menos para una parte de la población- el
estar informados. Esta nueva mirada que he denominado “cultura de la comunicación”
no equivale a un estado hipersensible ni de permanente conflicto, sino a uno
introyectado en un cuerpo vivo.
Mientras los políticos tradicionales, y en especial los “invitados predilectos”, sigan
sosteniendo los viejos conceptos mantendrán el control absoluto de la política, una
divorciada de los intereses colectivos, ajena a todo control de vigilancia ciudadana, una
que le permite actuar a sus anchas como dueños y señores de una actividad que les ha
sido conferida por delegación del cuerpo social. Frente a estos repetidores de oficio hay
que plantear, como respuesta contundente, lo que bien podríamos llamar una
reapropiación de la política por parte de los ciudadanos. Ello conduciría, qué duda cabe,
a un elevamiento de la calidad del debate público, al surgimiento de un contrapoder que
oponer a quienes ejercen el control de las instituciones del Estado y han olvidado que
están allí simplemente porque no es posible el ejercicio de una democracia directa. En
otras palabras, lo que decimos es de la necesidad de eliminar los desniveles existentes
entre los detentadores del poder haciendo de los ciudadanos un contrapoder efectivo.
Los “invitados predilectos” dicen y repiten todo lo que hace falta para mantener a la
población en un estado de somnolencia. Hay que cambiar el desprestigiado concepto de
“opinión pública” por el de “atención pública”, pues esta última implica un estado
permanente de vigilancia, lo que no significa, como he dicho antes, un estado de
exaltación generalizada y permanente, sino de tranquila y consuetudinaria acción de la
ciudadanía.
La prensa ha sido siempre un arma contra el poder. En ella se vierten las críticas y las
denuncias. Son famosos los casos de cómo una vigilancia de prensa dio al traste con
grandes desaguisados. La incursión de los medios radioeléctricos ha colaborado a la
inclusión de la manipulación entre sus objetivos y cometidos. En lugar de plantear
concienzudamente la crisis de la representatividad se escudan llevando a sus espacios a
quienes contribuyen con el objetivo previamente trazado por los dueños. En palabras
más claras, los medios radioeléctricos han pretendido, y logrado, ejercer ellos mismos la
representación imponiendo a los ciudadanos modos de conducta y reduciéndolos a
objetos a ser manejados a su antojo. Sólo con una cultura de la comunicación
reemplazando a una cultura de la información será posible meter en cintura a estos
“dirigentes” prevalidos del poder massmediático. Si recordamos el viejo concepto del
permanente esfuerzo ciudadano frente al poder, habrá que decir que los medios son un
poder tremendamente usurpador, tanto como el viejo poder encarnado en el gobierno
que ejerce de ejecutor teórico de los designios del estado y, en consecuencia, hay que
resistirlos.
Hay que crear nuevos “campos de historicidad”, para utilizar palabras de Alain
Touraine. Ello implica abandonar viejos temas que los “invitados predilectos” insisten
en poner sobre el tapete evitando una discusión seria sobre los nuevos modos de ser del
cuerpo social. Ello implica formas innovadoras de movilización de recursos para
afrontar los abusos de poder, sea de los gobernantes formales o de los informales
representados por los medio radioeléctricos alzados por encima de los ciudadanos. Los
medios deben ser instrumentos para expresar con mayor alcance las acciones
contraloras ejercidas por el cuerpo social. Si los medios ejercen una función pública
deben estar bajo la observación de los ciudadanos al igual que los poderes del Estado.
En otras palabras, los medios deben ser órganos de la “atención pública”, es decir,
deben tener sobre sí a ciudadanos vigilantes. Es este el contrapeso requerido, el
equilibrio necesario.
La apuesta fundamental
(30 octubre 2006)

La apuesta fundamental es que hay que innovar o la democracia retrocederá. La


desconfianza en la política hay que vencerla y ello pasa por la formación de ciudadanos
y por darles a esos ciudadanos un poder que exceda la simple participación electoral. De
allí proviene la idea de Pierre Rosanvallon, acogida por Segolène Royal, de crear los
“jurados de ciudadanos”. Varios lectores me han pedido que les informe en que
consisten. En el fondo es sencillo, pero, admitámoslo, un riesgo, como todo lo que
implica la democracia. En un municipio se sortean digamos 50 ciudadanos entre los
residentes (contados los eternos excluidos, estudiantes, inmigrantes, etc.) que se
dedicarán a estudiar la acción de su Alcalde. Revisarán cuentas, proyectos, ofertas,
realizaciones, capacidad administrativa, entre todos los análisis que se pueden hacer, y
evitarán un veredicto, por supuesto no vinculante, pero de un peso moral fuerte. Para
cumplir su trabajo recibirán un salario y podrán tener asesores contables, especialistas
en los diversos ramos, y un tiempo determinado para entregar su informe. Lo mismo es
aplicable a parlamentarios, ministros, funcionarios en general. Y también, para aumentar
el control social, sobre leyes, reformas, políticas, es decir, sobre todos los asuntos de
interés nacional.
La reacción de los políticos tradicionales ha sido tajante: eso es populismo, han dicho.
Se establece una desconfianza, han añadido. Francia se deshará, han profetizado. La
desconfianza en los políticos es clave en la presente crisis, qué duda cabe, mientras esta
medida daría una extensa participación a la gente en el control de la gestión pública. La
señora Royal ha añadido la necesidad de crear un “Estatuto del cargo electo” que
obligaría a la rendición de cuentas y a un control efectivo.
El segundo pilar para los cambios sería el establecimiento de una democracia social
bajo el precepto de un sindicalismo de masas, complementario de las propuestas
anteriores.
Mientras tanto el Ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, fijaba las fechas, unas en las
que es posible que él mismo se enfrente al candidato socialista: 22 de abril de 2007 para
la primera vuelta y el 6 de mayo para la segunda; las legislativas entre el 10 y el 17 de
junio.
El debate francés merece atención más allá de si la señora Royal gana la candidatura
socialista y, luego, la presidencia. Es obvio que lo interesante en grado sumo es que
gane y comience a implementar sus ideas, pero, aún en caso de derrota, Francia ha
debatido sobre aspectos fundamentales de lo que debe ser un empujón hacia una
democracia del siglo XXI y, en consecuencia, la lección quedará allí para quien quiera
aprenderla. Es extremadamente difícil hacerle entender a los políticos tradicionales la
necesidad de dejar volar las ideas. A la señora Royal ya le han endilgado precisamente
eso, que sólo tiene ideas, como si gobernar fuese un acto mecánico desprovisto de
capacidad imaginativa.
Los cambios hacia una democracia del siglo XXI implican, a mi entender, meter el
análisis en todos los conceptos, inclusive el de libertad. Hemos venido entendiéndola
como la posibilidad de hacer todo lo que la ley no prohíba o lo que no dañe los intereses
de los terceros y colectivos o la posibilidad de opinar y de expresarse libremente o de
postular o ser postulado a los cargos de elección. La libertad debe implicar la capacidad
de controlar efectivamente a los elegidos para desterrar los vicios de la democracia
representativa, de organizarse en lo que la señora Royal llama “sindicalismo de masas”
y en otro que no proviene de mi condición de poeta, proviene de mi condición de
político ciudadano, y es el de la capacidad de imaginar, pues esta última nos permite
convertir la democracia en un campo permanente de crecimiento de la libertad misma.
El clima de lo que me propongo denominar la “libertad creativa” impide la conversión
de la democracia en un campo estéril agotable como un recurso natural no renovable
cualquiera, para hacerlo un recurso natural renovable.
El principal partidario de la destrucción es el grupo de políticos tradicionales que se
niegan a regar la planta o a abonarla, pretendiendo que la planta es así y no se le debe
intervenir. Los conceptos de derecha e izquierda han variado. Para mí de derecha es el
que se niega a la renovación de los conceptos democráticos, así se proclame socialista o
radical. De izquierda somos los que tratamos de empujar la democracia hacia las nuevas
formas de un nuevo tiempo, aunque crea en el mercado y en las virtudes del
capitalismo. Establecida esta odiosa dicotomía entre izquierda y derecha, sería bueno,
casi como una anotación al margen, recordarles a algunos que no hay nada que se
parezca más que una centroizquierda buena y una centroderecha buena.
Tenemos, pues, que ensanchar la “libertad creativa”, la intervención directa de los
ciudadanos en el control de la gestión pública y la organización social de masas en
nuevos tejidos, lo que, provisionalmente, llamaremos “sindicalismo de masas”. Todo
como una forma de restablecer las instituciones de intermediación entre el poder y la
sociedad, cuya pérdida es una de las causas fundamentales de la crisis democrática.
Sabemos bien que entraron en crisis todas las instituciones que cumplían ese rol, desde
los partidos hasta los sindicatos, y que los políticos pasaron a ser propiedad de los
arrogantes dueños de los medios radioeléctricos. Los procedimientos que he estado
mencionando restituirían el equilibrio entre un poder desbordado e inepto (que bien
podría dejar de serlo) y una sociedad contralora de lo público. Venezuela no se deshará
si alguien toma este camino. Se deshará si seguimos por el que vamos, uno compartido
por todos, aunque parece que no lo advierten.
La economía bajo la primacía de la democracia
(6 noviembre 2006)

La política perdió, entre tantas cosas, el control de la economía. No me refiero al


Estado o a su intervencionismo a ultranza en los procesos económicos. Me refiero a que
la democracia dejó de ser el gobierno del pueblo para pasar a ser un sistema en el que
los mercados funcionen con libertad. La alteración del orden sí afecta al producto,
puesto que si el mercado se convierte en el mecanismo superior de regulación social
deja de ser la democracia precondición del mercado. Ello afecta la capacidad para la
toma de decisiones, de manera que la democracia se desdibuja y pasa a ser un añadido
del mercado. El traslado de las competencias es obvio. Hayeck ha llegado a los
extremos de autorizar una violación del orden democrático para salvaguardar el orden
del mercado. Para decirlo de otra manera, los precios se sobreponen a los votos. El
individualismo se exacerba puesto que sería posible disfrutar de libertad personal sin
libertad política.

El Estado no renuncia

Es necesario regular el mercado. El Estado no puede renunciar jamás a su poder de


redistribución de la riqueza. El Estado no puede perder la capacidad de proporcionar a
la parte débil de la población los recursos que el mercado le niega. Digamos que la
situación se plantea a la inversa: sin democracia y sin política no puede haber
capitalismo. Es en el campo de la política donde deben definirse las condiciones del
intercambio o, en otras palabras, la política es el espacio donde se perfecciona el orden
económico, pues debe resolver las claves del reparto. El asunto es la satisfacción
material de las necesidades humanas. Podríamos decir que no hay identidad entre
democracia y economía de mercado, lo que hay es un conflicto a resolver, uno más en la
larga lista de la democracia.

La democracia y el mercado: entendimiento conflictivo

El alejamiento entre política y economía cercena la capacidad de iniciativa de la


ciudadanía en un terreno vital, pues toca sus condiciones materiales de existencia. Hay
que incentivar los mecanismos de autogestión y cogestión, la influencia ciudadana en la
determinación del gasto público y en la formulación de las políticas públicas.
Debemos decir que hay que construir una convivencia articulada entre democracia y
economía, creando formas específicas de distribución de la riqueza. Es cierto que
economía y política tienden a desconocerse, por la sencilla razón de que la economía
tiende a la obtención de una ganancia individual mientras la política debe procurar los
intereses colectivos. Hay que lograr una convivencia entre el mercado y la democracia.
He aquí el punto focal. Se han intentado muchas formas de lograr esta convivencia. Las
diferencias son obvias, entre el capitalismo japonés, el francés o el alemán. Cada uno
responde a características de diverso tipo. Hay que tomar en cuenta dos elementos: el
primero, la forma en que los intereses comunes son expresados en las instituciones del
Estado y, segundo, la forma en que las instituciones del Estado –y de la política- se
ocupa de los intereses comunes. Finalmente, cómo pueden comprometerse en un
acuerdo de entendimiento los pobres que nada tienen. De manera que hay tres asuntos
fundamentales: integración social o democracia inclusiva -como la llama Takis
Fotopoulos- la redistribución de la riqueza y la creación de empleo.
De manera que se trata –como ya se han estudiado en seminarios por toda América
Latina- de cómo construir democracia por medio de oportunidades económicas
renovadas, de las relaciones entre democracia y estabilidad macroeconómica. Es
evidente que del estado de la política dependerán elementos como el macroeconómico,
el productivo y el social.

Democracia y ciudadanía marchan juntas

Reaparece el concepto básico: la economía debe estar sujeta a la política. Si bien es


cierto, como lo dijo Joseph Stiglitz- premio Nobel de Economía 2001- que "no existe un
único conjunto de políticas dominantes que dé por resultado un óptimo de Pareto, es
decir, uno que haga que todas las personas estén en mejor situación que si se hubiera
aplicado cualquier otra política" es obvio que el objetivo de una buena política
económica–democrática es mantener un equilibrio entre objetivos encontrados. De allí
la otra conclusión obvia: la ciudadanía debe participar en las decisiones económicas,
como debe participar en las decisiones propiamente políticas.
Debemos acotar, entonces, que democracia es la extensión de igualdad jurídica o, en
otras palabras, implica el ejercicio de la ciudadanía civil, política y social, de la cual la
economía no está excluida. Creo que todo puede enmarcarse en el concepto de
ciudadanía. La visión tiene que ser paralela; democracia y ciudadanía como dos líneas
que marchan juntas. No olvidemos que el concepto de igualdad jurídica está asociado al
surgimiento del capitalismo moderno. La disputa entre igualdad social y derecho de
propiedad se resuelve mediante el uso de principios jurídicos como la expropiación
para fines de utilidad pública y el mantenimiento de medidas sociales redistributivas
que atacan la desigualdad producida por el mercado. De esta manera, en una democracia
del siglo XXI la equidad social debe ser vista como expresión fundamental de los
propósitos colectivos y, por tanto, de la cohesión social. Es obvio que la admisión del
concepto y su declaración a rango constitucional no garantiza su cumplimiento. No
olvidemos la contrapartida que debe el cuerpo social que adquiere responsabilidades y
obligaciones. Sin ello estaríamos ante un caso flagrante de populismo. Y una de esas
contrapartidas, aparte de producir, es la de participar en lo político. Estos elementos
constituyen en sí y per se lo que denominamos desarrollo. Para decirlo más claramente,
el proceso económico debe estar sujeto al logro de los objetivos sociales. Lo que se ha
denominado “Estado de bienestar” tiene infinitas variantes. En este sentido la palabra
endógeno es consecuente con estas ideas. Este desarrollo tiene que tener origen interno.
No podemos seguir viendo “economía de mercado” e intervencionismo estatal como
antagonistas. El establecimiento de reglas macroeconómicas claras no es contrario al
crecimiento democrático. Ni podemos permitir la caída en un populismo económico,
entendiendo este último como la generación de prosperidad transitoria o el uso de
promesas de bienestar social como instrumento de movilización de masas. Hay que
garantizar la propiedad, una distribución equitativa de los ingresos, el proyecto social
gubernamental y el funcionamiento del mercado y, obviamente, el manejo de los
inevitables conflictos. Así como hay que corregir las fallas del mercado hay que corregir
las fallas del gobierno (clientelismo, corrupción, despilfarro) y ello sólo se puede lograr
mediante la creación de una alta densidad institucional democrática diseñada sobre la
bases de la responsabilidad ciudadana. Siempre encontramos lo mismo: la crisis se debe
a la sustracción de contenidos básicos a la política. No puede lograrse el desarrollo
social sin incidir sobre el mercado.
Los procomún: espacios sin fines de lucro

Yochai Benkler (profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale


(EE.UU.) utiliza con acierto la expresión “economía política del procomún”. Para él,
procomún son espacios en que se puede practicar una libertad respecto a las
restricciones que se aceptan normalmente como precondiciones necesarias al
funcionamiento de los mercados, lo que no significa que sean espacios anárquicos.
Significa que se pueden usar recursos gobernados por tipos de restricciones diferentes a
las impuestas por el derecho de propiedad. “El procomún es un tipo particular de
ordenación institucional para gobernar el uso y la disposición de los recursos. Su
característica prominente, que la define en contraposición a la propiedad, es que
ninguna persona individual tiene un control exclusivo sobre el uso y la disposición de
cualquier recurso particular. En cambio, los recursos gobernados por procomún pueden
ser usados por, o estar a disposición de, cualquiera que forme parte de un cierto número
de personas (más o menos bien definido), bajo unas reglas que pueden abarcar desde
`todo vale´ a reglas formales finamente articuladas y cuyo respeto se impone con
efectividad”. Lo que propone es la posibilidad de existencia de propiedad común en un
régimen de sostenibilidad y con mayor eficiencia que los regimenes de propiedad
privada. Para él la web es un caso ejemplar de procomún. Allí podemos encontrar
infinidad de organizaciones sin fines de lucro que utilizan Internet para proporcionar
información e intercambio. “Permite el desarrollo de un papel sustancialmente más
expansivo tanto para la producción no orientada al mercado como para la producción
radicalmente descentralizada”. Benkler cree posible una transición desde una sociedad
de consumidores pasivos que compra lo que vende un pequeño número de productores
comerciales hacia una sociedad en la que todos puedan hablar a todos y convertirse en
participantes activos.

La democracia inclusiva

Esta tesis tiene perfecta concordancia con la que sostiene Takis Fotopoulos analizando
la crisis de la democracia como el efecto de una concentración de poder. Propone como
solución una democracia inclusiva. En mi criterio es precisamente lo que debemos hacer
en los términos de la relación que describo: marchar hacia una economía inclusiva.
Fotopoulos (editor de la revista “Democracy&Nature y profesor de la Universidad de
North London, aunque griego de nacimiento) presenta su proyecto como uno de
modificación de la sociedad a todos los niveles, en el sentido de que la gente pueda
autodeterminarse, lo que implica la existencia de una democracia económica. Si bien no
comparto algunas ideas del profesor Fotopoulos sí me gusta el contexto general
inclusivo, específicamente el tema de la democracia a nivel social o microsocial (lugar
de trabajo, hogar, centro educativo), no como espacio anárquico de falsa igualdad, sino
como la expresión básica del ejercicio democrático pleno. Para Fotopoulos el asunto es
buscar un sistema que garantice las necesidades básicas y, al mismo tiempo, garantice la
libertad de elección propia del mercado. De este planteamiento lo que me interesa es la
idea de la construcción de instituciones alternativas y la expectativa de una transición
que mantenga ambos elementos con vida. A Fotopoulos sus ideas se le van de las manos
–creo- pero es innegable que su aporte –compartido a medias- es interesante en la
búsqueda de posibilidades de construcción de una sociedad más equilibrada.
Se pueden utilizar expresiones diversas -“economía social de mercado” o “economía
con rostro humano”, por ejemplo- pero el punto focal es que una democracia del siglo
XXI no puede estar divorciada de los resultados económicos, en el sentido de la
consecución de una justicia social mediante la redistribución de la riqueza y que la
política contiene en sí a lo económico, no lo económico a lo político, lo que quiere decir
que la democracia asume la búsqueda del nuevo equilibrio y niega la preponderancia del
mercado reasumiendo su función de condición esencial para el desarrollo de una
economía al servicio del hombre.
El desarrollo pleno del Estado Social de Derecho
(10 noviembre 2006)

Si no hay Estado de Derecho no existe democracia, dado que ese Estado de Derecho
excede a un simple conjunto de normas constitucionales y legales, pues involucra a
todos los ciudadanos, no sólo a parlamentarios que legislan o a políticos que gobiernan.
La existencia del Estado de Derecho se mide en el funcionamiento de las instituciones y
en la praxis política cotidiana. El Estado de Derecho suministra la libertad para el libre
juego de pensamiento y acciones y debe permitir las modificaciones y cambio que el
proceso social requiera. El Estado de Derecho excede el campo de lo jurídico para tocar
el terreno de la moral, pues existen derechos naturales inalienables. Así comprendido
podemos hablar de un Estado Social de Derecho, pues comprende los derechos sociales
de los cuales la población ciudadana es titular.

Entre el derecho y la política

Es obvia, entonces, la relación entre derecho y política. El derecho emana de la


voluntad de los ciudadanos y el gobierno, expresión de esa voluntad ciudadana, está
limitado en su acción por los derechos que esa voluntad encarna. El logro del bien
común es el objetivo genérico del derecho. El Estado de Derecho de origen liberal
procuraba sólo la protección de los llamados “derechos negativos” (protección a la
persona y a la propiedad) y negaba los “derechos positivos” (promoción de la persona,
rompimiento de la pobreza, ataque a la desigualdad económica). Si bien la democracia
es una forma jurídica específica no puede limitarse a garantizar la alternabilidad en el
poder de las diversas expresiones políticas, sino que debe avanzar en la
institucionalización de principios y valores de justicia social distributiva. El derecho,
para decirlo claramente, es un fenómeno politizado pues dependerá del consenso
alcanzado en democracia. En otras palabras los derechos sociales deben ser
incorporados a los fundamentos del orden estatal mismo. Es esto lo que se llama Estado
Social de Derecho y es lo que una democracia del siglo XXI debe profundizar
permitiendo que se plasmen en las conductas políticas democráticas de todos los días la
mutabilidad y los desafíos relativos al bien común. Para ello debe crear canales donde
fluyan las voluntades y se encaucen los procesos de desarrollo de las personas que
constituyen todas el entramado democrático. Se requiere, pues, de una cultura política
de la legalidad vista como la convicción de que no basta la existencia de un Estado de
Derecho para que pueda hablarse de una sociedad justa, pero la sociedad justa sólo es
perseguible en un Estado de Derecho. Al igual que debemos admitir que es en
democracia donde se puede proceder a distribuir la riqueza social.

Democracia y derecho: liquidar la iniquidad

La democracia está hecha de los materiales sociales que componen la sociedad dicha
democrática. Las normas jurídicas no son legítimas sólo por su origen,
fundamentalmente lo deben ser por sus efectos. El asunto es, pues, el, papel del derecho
(Rule of law) en la fundación y regulación de la democracia. La Constitución es el
consenso sobre una concepción de la vida colectiva. En muchas partes no existe un
compromiso hacia las reglas del juego democrático encarnado en el derecho, ni por
parte de las poblaciones ni por parte de las autoridades. El Estado de Derecho implica
principios morales, jurídicos y políticos que deben tener eco en las decisiones judiciales
que fomenten el respeto a las reglas fundamentales del juego político. Cuando no se
puede intervenir para modificar los esquemas de iniquidad no estamos ante un real
Estado de Derecho. Lo que hemos tenido no han sido democracias representativas sino
democracias delegativas. Es indispensable entonces cerrar la brecha entre el orden
jurídico formal y las formas y prácticas de la realidad. Hay que revalorizar el papel del
derecho y de la legalidad haciendo reales los derechos fundamentales. Esto que
podríamos llamar reinstalación del Estado de Derecho pasa por la modificación de la
cultura política que necesariamente debe traducirse en mejores leyes e instituciones.
Hemos tenido la mala costumbre de rellenar las constituciones de enunciados
imposibles ampliando así la brecha entre realidad social y texto jurídico sin que
hayamos hecho el esfuerzo de hacer subir desde el cuerpo social las nuevas formas y
permitiendo el alzamiento de un autoritarismo constitucional. No olvidemos que los
jueces deben ser la línea entre gobierno y ciudadanos.

Democracia: permanente autoprofundización

Toda dominación política se ejerce bajo la forma de derecho y ello explica que
hayamos dado como obviamente inseparables a derecho y política, pero como
pertenecientes a diversas disciplinas. Ha sido Jürgen Habermas (La teoría de la acción
comunicativa, Facticidad y validez, Escritos sobre moralidad y eticidad, entre otros) el
que insistido en un nexo interno y conceptual entre Estado de Derecho y democracia.
Hay que plantearse las formas de desarrollo de un discurso práctico en la acción
política que cree condiciones sociales aptas mediante la institucionalización del discurso
ético asumiendo el derecho los desafíos planteados a la política en el ámbito cultural y
socio-político. Este es el nexo estrecho, dado que la complejidad social ha sometido a
presión a los regímenes democráticos. Hay una “pluralización de las formas de vida y
una individualización de las biografías” que imponen una multiplicación de tareas y
roles sociales por lo que hay que liberarse de vinculaciones institucionales demasiado
estrechas. Así surge el planteamiento de una democracia deliberativa. El ciudadano deja
de ser un sujeto que simplemente expresa preferencias (por ejemplo electorales) para
pasar a ser considerado un agente activo en la construcción del proceso político
mediante la modificación del agotado concepto de opinión pública que pasa a ser una
deliberativa. Habermas examina el concepto de “esfera pública” planteando todas las
taras que ya hemos enumerado en otras partes, tales como massmedia definidos por el
marketing, partidos degenerados, etc. para llegar a plantearse una solución que
denomina “la racionalización del ejercicio de la autoridad política y social”, lo que no es
posible en la democracia tal como la hemos conocido. Se plantea entonces una
posibilidad de dominación de tipo racional, la posibilidad de reconstituir un principio
regulativo que restituya a la razón en su dimensión ilustrada, la posibilidad de un
entendimiento que se encuentra en la estructura de la interacción que los seres humanos
poseen para solucionar sus conflictos.
El derecho estuvo sustentado en fundamentaciones religiosas o metafísicas, ya no, por
lo que hay que buscar nuevas formas de legitimación para el derecho positivo, dado que
este no es una mera administración institucionalizada sino un control que busca resolver
los conflictos sociales en procura de un eventual consenso. Habermas comenzó por
plantearse un neocontractualismo, la ética de la compasión y la ética del discurso. Sin
detenernos aquí es obvio que las normas jurídicas son medios para obtener
consecuencias o resultados políticos. La legitimidad de este derecho positivo no se
funda sólo en la moral sino también en la racionalidad de los procedimientos jurídicos,
tanto de fundamentación como de aplicación. Entran en escena así las leyes electorales
y los procedimientos legislativos, pero aún insuficientes pues así está en el juego solo
una pequeña porción de la vida pública. Se dirige Habermas a plantear una racionalidad
procedimental de tipo ético, tema de desarrollo indispensable para la conformación de la
idea de una democracia del siglo XXI. Es evidente que el derecho y la política deben
procurar la reconstitución de una integración social rota por las diferencias mediante un
complejo proceso de mediación social que pasa por las tensiones entre “hechos y
normas” o entre “facticidad y validez”. Partiendo del derecho y de su relación con la
democracia habría que concluir, como ya lo he asomado en trabajos anteriores, que la
democracia es permanente autoprofundización.
Habermas acepta que las condiciones económicas y políticas pueden ser controladas
en la misma medida en que se fortalecen las expresiones de una razón comunicativa, el
espacio público, una política que contempla la deliberación participativa de los
ciudadanos, más allá de la lógica instrumental o estratégica (propia de los subsistemas
dinero y poder); sin embargo, es necesaria una intersubjetividad comunicativa no
mediatizada opuesta a la lógica que prima en los dos subsistemas que amenazan con
colonizarlo: el sistema económico y el político. En Teoría de la acción comunicativa
(1981) asoma que el derecho puede tener el rol de aparecer como la mediación que
cataliza las manifestaciones o reclamaciones ético/morales y políticas. Esto es, el
derecho y la democracia se manejan en un nuevo paradigma de derecho fundado en el
principio de la discusión.

El Estado Social de derecho

Una cosa es el Estado de Bienestar (seguridad social, tributación progresiva, políticas


fiscales y monetarias, etc) y otra cosa el Estado Social de Derecho. El primero implica
conceptos de política económica y social, pero el segundo implica una forma sucesora
del Estado Liberal de Derecho, lo que de ninguna manera implica una contradicción sin
salida. El primero es un conjunto de políticas para imponer correctivos a las injusticias
generadas en el sistema capitalista. El segundo implica la imposición de una dirección al
proceso histórico, esto es, el avance en la búsqueda de la equidad social, la protección
de los débiles económicos y, por supuesto, generar riqueza por medio del desarrollo
integral, pues para que haya que repartir hay que producir.
De esta manera el propósito fundamental del Estado es perfeccionar la democracia,
entendida también en sus aspectos jurídico y económico. Esto implica, a mi entender,
una reformulación general de principios y una nueva concepción de los derechos
fundamentales. Así, he insistido en que la teoría aceptada de que la soberanía radica en
el pueblo debe ser cambiada por otra que implique su residencia en el hombre que la
ejerce a través del pueblo. Esto evitaría la más feroz de las dictaduras, la ejercida por la
mayoría, y colocaría a los derechos humanos en el primer plano de la teoría y de la
acción. El Estado Social de Derecho al incentivar la organización social crea nuevos
intermediarios entre el poder y la sociedad. Esa organización constituye poder político
que se incorpora, de facto, al grupo de división constitucional de poderes.
Ello implica la consagración legal de la descentralización, pues facilita la inclusión y
el control; la sujeción del mercado al bien común y la inclusión de lo privado en el
atributo del Estado sobre lo público de manera que este ámbito se convierta en un
terreno de interacción sobre propuestas y decisiones donde el Estado pierde el
monopolio. Desarrollar en todos los ámbitos y a plenitud el Estado Social de Derecho es
una de las preocupaciones fundamentales que deberá tener una democracia del siglo
XXI.
Una interrogación ilimitada
(13 noviembre 2006)

Debemos marchar hacia la conformación de un clima cultural distinto, de un medio


ambiente externo que permita el acceso de los ciudadanos a la enseñanza y a la práctica
de una cultura de principios. Estamos inmersos en una cultura política inmóvil que nos
ha robado la capacidad de decisión. Debemos desintoxicar a la sociedad venezolana y
liberarla de tabúes y estereotipos y darnos cuenta exacta de cual es nuestro pasado y
cual nuestro presente. Así aprenderemos cabalmente cuales son las causas de la pobreza
y el subdesarrollo en un país de inmensa riqueza petrolera.
Digamos que existe una base psicológica de la democracia. Se ha llegado a definir la
cultura democrática como la orientación psicológica hacia objetivos sociales. Esto es, la
cultura política es la interiorización de la democracia y la orientación hacia el bien
común. Es lo que se ha denominado también la conformación de un carácter nacional
democrático. Aquí la democracia ha sido violentada sin que una opinión mayoritaria
haya reclamado sobre la violación de los límites de legitimidad del gobierno; hemos
visto a la gente, por el contrario, aclamando la verborrea violatoria. La democracia es
una cultura de la responsabilidad colectiva en lo que sucede, con todo lo que implica
como solidaridad y respeto. La democracia debe ser considerada como un sistema
cultural y en ella va incluida la conciencia de que la democracia es una línea de fuga
que usamos para construir la justicia, admitiendo las palabras democracia y dificultad
como sinónimas.
Si vamos a analizar la cultura democrática hay que analizar el contexto en que se
produce esa cultura dejando de lado la idea de limitarse a los laterales pues es a la
sociedad misma donde debe irse. Es decir, a los conceptos de pertenencia y ciudadanía,
con obligaciones y derechos, a la revalorización de la cultura como conciencia crítica.
La democracia reposa sobre la autonomía humana y la cultura es un componente
esencial de la complejidad de lo social-histórico. Lo que tenemos ahora es “un ascenso
de la insignificancia” para decirlo con palabras de Cornelius Castoriadis (La crisis de la
sociedad moderna, Transformación social y creación cultural, etc) encarnada en
despolitización, alienación, vaciamiento de los valores y un rechazo creciente de la
sociedad a la idea de que se puede cambiar a sí misma. En resumen, de lo que somos
testigos es de una desocialización sucedida artificialmente por los massmedias. Una
democracia del siglo XXI tiene que tener necesariamente a una sociedad capaz de
interrogarse sobre su destino en un movimiento sin fin. Esa nueva cultura democrática
presenta una dimensión imperceptible, pero real, de una voluntad social que crea las
instituciones. Hay que romper el encierro del sentido y restaurarle a la sociedad y al
individuo la posibilidad de crearlo, mediante una interrogación ilimitada.
Debemos ver hasta donde los sujetos sociales se dan cuenta de lo que pasa. La cultura
política cambia en la medida en que los ciudadanos descubran nuevas relaciones entre el
entorno inmediato y el devenir social. En otras palabras, en el momento en que
descubran lo social. Algunos han llamado esta mirada de compromiso una percepción
de la “ecología política general” lo que debe generar un movimiento energético
comprensivo. Para que ello suceda el cuerpo social debe estar informado y ello significa
que pueda contextualizar con antecedentes propios y extraños, pasados y presentes. Si
no posee la información no podrá actuar o actuar mal. La democracia del siglo XX se
caracterizó por una información mínima suficiente apenas para actuar en lo individual.
Si volteamos el parapeto y echamos la base para que el cuerpo social busque por sí
mismo la información tendremos sujetos activos. El primer paso es el contacto entre los
diversos actores sociales, lo que va configurando una cultura de la comunicación, una
donde no necesitan de esa información como único alimento, sino que comienzan a
necesitar del otro, lo que los hace mirar al mundo como una interconexión de redes. La
comunicación con el otro reduce la importancia del yo. Si la información proviene
exclusivamente de los entes dirigidos habrá una cultura de la información (necesidad de
estar informado) y no una cultura de la comunicación (la necesidad de obtener del otro
información). La existencia de una cultura de la información, sea en el grado que sea,
siembra el autoritarismo. La existencia de una cultura de la comunicación siembra la
libertad. Si avanzamos hacia lo que podríamos denominar una “sociedad comunicada”
es evidente que esa sociedad se autogobierna aún usando los canales democráticos
rígidos conocidos y puede autotransformarse.
Es evidente que una democracia del siglo XXI requiere de individuos y grupos
sociales distintos de los que actuaron en la democracia del siglo XX. No se trata de una
utopía o de una irracionalidad. Se trata, simplemente, de evitar que las energías se
gasten en el refuerzo a una estructura jerarquizada y autoritaria no-participativa y de
conseguir un salto de una sociedad que sólo busca información a una que busca la
conformación de una voluntad alternativa lograda mediante la consecución de cambios
en la forma social impuestos por un comportamiento colectivo. Se obtendrían así más
libertad y más movimiento.
No se trata de una especie de conversión moral de la población para que se haga
mejor, implementada por el Estado bajo una ética democrática. Se trata de una
generación de convergencias en un tejido social en permanente consolidación. A los
intelectuales nos toca plantear el trasfondo teórico al combatir un individualismo
utilitarista, y por tanto egoísta, para sustituirlo por una sociabilización democrática.
Debemos concluir que la democracia es un proceso sin término. En cada fase del
avance la cultura política juega un papel fundamental que permite autogenerarse y
autoreproducirse. La democracia sólo es posible cuando se tiene la exacta dimensión de
una cultura democrática. Debemos educarnos en una cultura de la comunicación
democrática o volveremos al drama shakesperiano: Bruto grita al pueblo que ya es libre
porque César ha muerto para que el pueblo le responda “Te haremos César”.
Meditaciones ante el rostro apacible de Pierre Rosanvallon
(20 noviembre 2006)

Pierre Rosanvallon estuvo en Caracas unos pocos días. Mientras le veía responder, en
la Alianza Francesa, que no podía emitir aún una opinión sobre lo que sucedía en este
país y agregar que en Francia tenían interés las posturas de política exterior de este
gobierno y no la situación interna, me dejaba llevar por mis propios pensamientos. Otra
cosa no podía decir el profesor del College de France y yo tenía en mis manos La
contre-démocratie, su último libro, de manera que con su rostro tranquilo enfrente y el
libro a medio leer en la mano podía dedicarme a meditar en torno a algunas de sus ideas
y a mis propias conclusiones sobre algunas barbaridades que se dicen en este país.
Pensaba como la población acepta las condiciones de quienes aspiran sus votos sin
someterlas a examen. Es una población falta de cultura política que grita las consignas
pre-elaboradas sin pasarlas por tamiz alguno. Se hacen masa y aceptan que la oferta es
extraordinaria. A medida que la gritan pierden absolutamente la conciencia crítica.
Se nos dice –en una cuña de televisión que es el ejemplo más acabado de la incultura
política- que el que no vote debe callarse. Pensaba como en estos tiempos se han
multiplicado las opciones de participación, incluso por el avance tecnológico, hasta el
punto que el acto de votar, conservando la importancia capital que tiene, es una más
entre el poder de vigilancia del pueblo sobre las acciones de los gobernantes, las formas
de actuar ante las violaciones y la capacidad de juzgar, hasta llegar a emitir opinión por
Internet. La acción política de los ciudadanos tiene, pues, diversas vías y mandar a
callar al que no ejerce alguna es una muestra de limitación de la democracia al acto de
votar, precisamente una de las causas fundamentales de su crisis actual. De manera que
no hemos aprendido de la multiplicidad de canales, que seguimos siendo reduccionistas
y que no tenemos idea del ejercicio democrático.
El profesor francés termina y el acto es cerrado. Me pregunto sobre la real impresión
que tiene en su cabeza, pero llega la hora de tomarse unos vinos. Rosanvallon no tiene
cansancio en el rostro a pesar de haber hablado por horas en diversos sitios, de haber
escuchado algunas peroratas y seguramente algunas cosas interesantes, y de haber
pasado gran parte de su tiempo en largas colas en la autopista del este, tomada por una
multitud víctima de indigestión monetaria por el cobro anticipado de los aguinaldos, de
un nerviosismo electoral que le lleva a adelantar las compras y por un afán de tener
provisiones alimenticias “por si acaso”. Le digo que aquí también se piensa, no sé
porque se lo digo, quizás como un acto reflejo de mi parte. Él, condescendiente, me
anota su correo electrónico y escribe una amable dedicatoria en mi ejemplar de La
contre-démocratie.
Escucho todas las versiones sobre la realidad electoral y me parece que soy un ser
extraño que tiene en la cabeza otro país, uno muy diferente. Quizás se deba a que las
informaciones que recibo son objetivas y pensadas y que provienen de fuentes del
exterior. Muchas de los países donde serví como diplomático y muchas de los tantos
países donde hay intelectuales con los que me escribo. Se habla de las elecciones
francesas. Insisto en que Segolène Royal encarna la puesta sobre la mesa electoral de
cambios profundos y hacia lo que insisto en llamar una democracia del siglo XXI.
Rosanvallon se mantiene prudente, prefiere no opinar sin haber analizado previamente
los detalles.
Su actitud contrasta profundamente con lo que leo en algunos articulistas de prensa y
de Web venezolanos, quienes parecen estar escribiendo sobre este país nuestro el
segundo tomo de El código Da Vinci, mientras el correo electrónico trae amenazas a los
comunicadores, se advierte que un frente armado cuyo nombre no recuerdo dará justas
cuentas de quien se propase llamando a cosas raras el 3 de diciembre. Se lo copio a un
amigo en Europa y me responde sucintamente que eso está hecho “al mejor estilo
bielorruso”.
Esta es la realidad de un país a escasos días de unas elecciones denominadas “la
última oportunidad”, otra aberración, pues la democracia no tiene nunca una última
oportunidad. Basta haberse paseado un poco por los procesos históricos, basta no meter
en una gaveta todos los papeles, basta no fusilar de antemano el juego (utilizada esta
palabra con seriedad) de las posibilidades políticas, para concluir que en este país se
utilizan frases al voleo, se dicen impertinencias a granel, se utiliza muy mal el lenguaje.
La lectura de la prensa confirma que no hay nada. Cero información medianamente
importante a dos semanas de un proceso electoral. Leer o no leer la prensa es
exactamente lo mismo. Me parece que debía haberme encontrado con una arremetida de
propuestas, con un empujón en busca de los votantes indecisos o reacios, pero no hay
nada. Me parece que tal vez no soy un ser tan extraño, sino que esto más que una
campaña electoral es un esfuerzo inconexo sobre una alteración inequívoca de todo
sentido democrático. De manera inexplicable recuerdo a Orhan Pamuk, el premio Nóbel
de este año y compruebo, una vez más, que me simpatiza. Aún estoy golpeado por la
lectura de sus libros, por su amargura, por su ciudad donde no encuentro a la vieja
Constantinopla que tanto he investigado y estudiado. Me vuelve a la mente el rostro
apacible de Pierre Rosanvallon y me pregunto qué conclusiones habrá sacado, cómo
habrá comparado sus tesis con la realidad de este extraño país (es el país el extraño) y
escribo esta especie de “crónica social” de una agradable noche en la Alianza Francesa
escuchando al país y mirando el rostro apacible de un profesor francés.
Del trueque hay que hablar en serio
(1 diciembre 2006)

Lo del trueque planteado por el presidente Chávez no se puede despachar con


acusaciones de regreso al paleolítico. En verdad por doquier se multiplican nuevas
formas que genéricamente han sido llamadas de "economía solidaria". Buscan la
inserción social, la autogestión y la democracia. Se trata de una búsqueda común para
problemas comunes y se le concibe como un paso adelante en el desarrollo del
cooperativismo y como una nueva concepción del trabajo, incluyendo una lógica
empresarial que para nada resulta contradictoria. Su propia dinámica interna ciñe estas
organizaciones a lo local, aunque tienden a expandirse, inclusive a nivel global con una
dinámica altamente interesante. Tienden a dos manifestaciones de independencia: del
gobierno y del capital.

El caso argentino

La crisis monetaria del país sureño llevó a la aparición del trueque como medio de
cubrir las necesidades básicas. Ante la imposibilidad de un consumo tradicional el
trueque permitió, mediante la participación activa, una nueva formación de los precios.
Tomando la palabra de Alvin Toffler en La tercera ola comenzaron a llamarse
prosumidores. Este sistema paralelo de consumo ha sido adoptado en diversas partes.
Las presiones por una remonetización no faltan, pero la experiencia está allí y no puede
despacharse alegremente. La reaparición del truque o asociacionismo ha ingresado pues
en la lista de grandes temas de la economía moderna.
Detrás del exitoso experimento argentino de prosumidores que ellos llamaron de
"prosumidores urbanos" estaba también la inspiración del economista Silvio Gessel
autor de La economía natural, donde plantea el tema de la oxidación de la moneda.
Como lo dicen sus fundadores en el Club del Trueque se consigue de todo: alpargatas,
zapatos, alimentos, ropa, perfumes, lámparas, cuadros, una torta de cumpleaños,
servicios de albañilería o plomería, médicos, psicólogos, odontólogos, controladores de
plagas, toallas femeninas. Estos clubes funcionan por acumulación de créditos, una
cuasi-moneda.
En otras partes este sistema de trueque revaluado funciona mediante los "bancos de
tiempo". La unidad de intercambio es la hora. Se ofrecen los bienes y servicios y se pide
a cambio lo que se necesita y ello incluye desde recoger a unos niños en la escuela o
hasta reparar una instalación eléctrica. Se pagan con un talonario de tiempo. Es obvio
que el sistema repotencia la solidaridad. Estos sistemas funcionan también en Inglaterra
con el llamado Timebanks, en Estados Unidos con el Timedollar, en Japón con el Time
Dollar Network Japan y en Cataluña con Bancdeltemps, sólo para mencionar algunos
ejemplos. Asociaciones de acción comunitaria pululan por todas partes, muchísimas de
ellas en el seno del capitalismo norteamericano. La situación ha escapado de las
acciones de los consumidores y muchas empresas están aplicando el trueque, los
llamados trueques empresariales donde, obviamente, no se intercambia dinero sino
servicios. Según la Internacional Reciprocal Trade Association sólo en 2004 el 15 por
ciento del total del comercio internacional fue hecho vía trueque. Este asociacionismo
resuelve problemas de corto alcance, pero resulta efectivo.

Economía de solidaridad
Queda así entronizado el concepto de "economía de solidaridad", una para
materializarla en sus diversas fases de producción, distribución, consumo y
acumulación. Una que va, por igual, contra el estatismo y contra el capitalismo puro y
simple. Es evidente que predominan el factor trabajo y el factor solidaridad. En el fondo
es el uso del mercado en otros términos, hasta el punto de que quizás deberíamos hablar
de "reformulación del mercado". Está fundada, obviamente, sobre "dimensiones no
monetarias", es decir, sobre el vilipendiado trueque, lo que lleva a lo que se ha dado en
llamar "personalización del intercambio", una fundada sobre la plataforma de la
inserción. No tiene limitaciones en cuanto a arropar bajo sus normas conceptuales desde
el cooperativismo clásico hasta las experiencias comunitarias.
Los conceptos en la ciencia económica, como en todas las demás, no pueden echarse
al desprecio. Los términos abundan, desde "nueva microeconomía" hasta "economía
alternativa". Allí están y son discutidos.

El dinero electrónico

El dinero plástico o electrónico asume cada día más lo que antes representaba el
dinero real. Tarjetas de crédito y de débito, cheques, transacciones vías Internet,
transferencias de todo tipo. La lectura de cualquier texto sobre la historia del dinero nos
demuestra que nunca ha habido maneras excluyentes y que el dinero ha convivido con
diversas formas para el intercambio de bienes y servicios. Es así como el dinero
electrónico nos plantea la existencia de una economía digital en la que sería absurdo
negar la posibilidad de existencia a otras formas de intercambio, tal el trueque
practicado hoy en día a nivel global. El dinero ha evolucionado gracias a Internet que
resolvió la necesidad de velocidad de los intercambios hasta el punto de que podemos
visualizar un mundo donde el dinero será electrónico y no material. Podemos leer esto
como la desaparición de los medios de pago tradicionales. Entonces, ¿qué alarma causa
que el dinero sea sustituido en la escala en que el trueque ha reaparecido como forma de
economía solidaria?

Reinventando el mercado

La expresión viene del libro del mismo título escrito sobre la experiencia argentina
por Carlos De sanzo, Horacio Covas y Heloísa Primavera. El premio Nobel de la Paz de
este año al banquero de los pobres indica, entre otras muchas cosas, la aparición de un
nuevo concepto del crédito, clave en el trueque renacido. Si se entra a la página del
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo puede encontrar referencias
claves sobre el tema. Copio al azar: El Microcrédito en funcionamiento:

• Pequeños préstamos que rinden mucho


• República del Congo: un préstamo reactiva valor de la harina
• Vanuatu: las mujeres son ahora sus propias jefas
• Camboya: una peluquería es un boleto para salir de la pobreza
• Kazajstán: adoquines para la construcción
• Panamá: las mujeres quieren un molino arrocero y los hombres dicen que están locas
• Bosnia: Los refugiados que regresan crean nuevas empresas
• Indonesia: la cocina de una choza en que se elaboran meriendas produce utilidades
• Uzbekistán: un pequeño préstamo conduce a otro mayor
• Pakistán: los conductores de rickshaws duplican sus ingresos al utilizar gas natural
Este sector de economía social que, como hemos dicho incluye todas las formas
posibles, encuentra en el truque un mecanismo de realización, uno más, no el único. Los
teóricos de esta realidad lo llaman mercado sin capitalismo. Si lo vemos bien es un
mercado, sin lugar a dudas, sólo que no es capitalista.
Uno de los argumentos fundamentales que se manejan para su implementación es la
falta de trabajo asalariado disponible permitiendo este tipo de asociaciones la inclusión
social mediante redes de solidaridad, producción y oferta de bienes y servicios dentro
de la misma comunidad de intercambios.
El trueque ha reaparecido en el seno de la economía de hoy. Es objeto de estudio en
buena parte de las facultades de economía del mundo entero. La bibliografía sobre el
tema se multiplica. Sectores de izquierda lo asimilan al "socialismo del siglo XXI" y si
hay sectores que lo consideran troglodita pues los promotores de ese planteamiento se
apropiarán del concepto y de la práctica. Es, en realidad, una expresión social que busca
nuevas formas de economía, de intercambio de bienes y servicios, una forma inclusiva
que debe ser analizada y estudiada por quienes patrocinamos una justicia social bajo la
égida de la democracia en lo que debe ser una economía humana para una democracia
del siglo XXI.
Las instituciones invisibles
(21 diciembre 2006)

La legitimidad surge del acto electoral, la confianza proviene del convencimiento


moral de que un gobierno busca el bien común. Sin confianza no hay estabilidad. Una
mayoría electoral no es equivalente a una mayoría social. El voto es una preferencia, la
confianza una sensación convincente de pertenencia. Frente a las exigencias sociales no
puede producirse una reacción populista reactiva. Hay que partir de una programación
de ejecución gradual, consistente y constante. Quiere decir, una acción incesante sobre
las situaciones. Las mayorías electorales son una suma de votos. Las mayorías sociales
son una suma que se llama pertenencia. La esencia de las democracias del siglo XXI no
es tanto el derecho del voto y a elegir sino la opinión que las sociedades tienen de su
gobierno.
La verdadera revolución es la voz moral. El populismo es una asunción de un modo
radical para lograr la homogeneidad sobre lo imaginario. La posibilidad de un gobierno
omnisciente no cabe en el siglo XXI. Muchos políticos creen que entienden a la gente
cuando ofrecen soluciones concretas a los problemas concretos. El verdadero político es
el que hace el mundo inteligible para el pueblo, esto es, el que le suministra las
herramientas para actuar con eficacia sobre lo ya entendido. El populismo no se
combate con populismo. El populismo debe ser combatido con la siembra de la
comprensión llevada al grado de un estado de alerta.
La legitimidad electoral y la legitimidad social pueden contrastarse o encontrarse. La
manera de encontrar la segunda excede al simple hecho de buscar el voto en una
campaña electoral plena de promesas, generalmente demagógicas. Buscando la segunda
suele encontrarse la primera. El planteamiento inteligible que produce efectos previos
mejora notablemente la capacidad de escogencia. Las campañas electorales son la
culminación de un proceso en donde el individuo manifiesta una preferencia. La
masificada propaganda en nada podría modificar una asunción previa ganada en una
democracia de cercanía generada por los líderes verdaderos que en ese proceso electoral
buscan la voluntad mayoritaria del pueblo.
No se puede combatir demagogia con demagogia. El proceso de crear lucidez y
pertenencia es ajeno a las palabras altisonantes y mentirosas. El proceso de repetición
demagógica por parte de dos o más adversarios en una contienda por el voto conduce a
soliviantar un individualismo feroz que se traduce en apostar a la mayor oferta
engañosa. El vencedor, naturalmente, será el que ejerce el poder –si el caso es de una
reelección- o, si se ha cumplido con la tarea pedagógica, el que ha hecho una obra
previa de configuración de cuerpo sobre el que limita su acción a la campaña electoral
misma.
En la democracia contemporánea se ha perdido el sentido de pertenencia, sustituida
por el fervor de la antipolítica. Frente a un poder sobre el cual no se tiene control social,
en cualquier país, –especialmente de América Latina- uno escucha a la población
desguarnecida repetir “todos son iguales”. Uno de los dramas de nuestro continente es
el abandono de la seriedad pedagógica, de la proximidad a los ciudadanos quienes son,
en primer lugar seres pensantes, para ser, en segundo plano, sólo en segundo plano,
electores. En el fondo, cuando hablo de la necesidad de una democracia del siglo XXI,
estoy pensando en varias democracias que pueden convivir o enfrentarse. Se debe a que
han aparecido las instituciones invisibles, una de las cuales es la confianza y otras que
deben reaparecer, como el concepto de ciudadanía –solo visible a mediano plazo- y de
ejercicio diario de la política, condenada por los manipuladores de todos los bandos sólo
a época electoral. Casi instintivamente se generan los contrapoderes no visibles, pero
que van creciendo imperceptiblemente hasta el momento en que hacen erupción sin
previo aviso. Son, estos últimos, una reacción generada contra el virus de la política
prostituida, de la demagogia y del populismo.
Comencé por decir que mayoría electoral no es mayoría social por acto automático.
Comencé por decir que legitimidad no es confianza. Hay que aprender que la segunda
debe ganarse cada día. Si seguimos con esta plaga de activistas de la política,
mentirosos y demagogos, se mantendrá el punto en que la gente va a preferir a quien
menor desconfianza le produce, pues ninguno le produce confianza. Así la legitimidad
del poder y la legitimidad del ejercicio democrático estarán afincadas sobre un barro
extremadamente frágil y, lo más grave, la democracia se derrumbará por efecto directo
de todos, de los que ejercen el poder y de quienes pretenden sustituirlo, de los
demagogos multiplicados, obligando al poder al ejercicio de la fuerza para atender
compulsivamente las exigencias sociales. Terminará así la era de las elecciones y de la
libertad, terminará así la democracia, matada en una acción conjunta por quienes no
entendieron de la existencia de instituciones invisibles y de la necesidad de hacerle
comprender el mundo al pueblo, de hacérselo inteligible, de hacerlo producir una acción
consecuencial de la posesión de los instrumentos para cambiar el entorno, de los cuales
el principal es la conciencia.
La agenda de las contrariedades
(26 diciembre 2006)

2007 va a ser el escenario de una de las confrontaciones más interesantes y decisorias


de la historia venezolana. Si entramos en este año a gritar “Federación” porque los otros
gritan “Centralismo”, o viceversa, no estaremos en el siglo XXI, habremos regresado
plenamente al escenario del siglo XIX, uno que nos ha estado persiguiendo con saña en
estos últimos ocho años. Es menester hacer retornar la política venezolana a un clima de
ponderación y sensatez. Ello pasa por varias vertientes. En la oposición es necesario
olvidarse de las elecciones del pasado 3 de diciembre. No entiendo como se recurre a
ellas como fuente de pesimismo y de desgarramientos. No entiendo como se sigue
girando sobre acusaciones de trampas y enviando cartas o redactando proclamas. No
entiendo como columnistas de la oposición siguen escribiendo declaraciones de guerra a
muerte. Desde el gobierno, siempre el principal responsable como detentador del poder,
no se asoma una clara visión de Estado. Sobre el tema de los presos políticos el
presidente Chávez emite declaraciones insensibles que nos hacen pensar en que si el
presidente Caldera hubiese manejado los mismos criterios frente a los golpistas del
pasado tanto el presidente Chávez como sus compañeros alzados en armas todavía
estuvieran en la cárcel de Yare pagando sus condenas. Mientras el sector no oficial
recoge firmas para una Ley de Amnistía, la presidenta de la Asamblea Nacional emite
unas declaraciones exigiéndole un supuesto arrepentimiento y una solicitud de perdón
a los presos con lo cual nos hace pensar que ella no es un político y cuando no hay
políticos con quien conversar en términos precisamente políticos la actividad de manejo
de los asuntos públicos se convierte en una charada.
La agenda, como está planteada, debe ser objeto de rápidas intervenciones
quirúrgicas. Si del sector no oficial hay incendiarios que antorcha en mano hacen el
delirio de no se sabe quien, desde el sector oficial la política comunicacional es
absolutamente ininteligible. Los medios de comunicación del Estado se mantienen
como si aquí no hubiese finalizado la campaña electoral; siguen con el tema del golpe
del 11 de abril; continúan ridiculizando a dirigentes no oficialistas; la chabacanería de
algunos programas alcanza cuotas impensables en un país medianamente decente. Con
este tono que ni siquiera ha opacado la época navideña marchamos directamente a gritar
“Federación” si los adversarios gritan “Centralismo” y viceversa.
Es absolutamente indispensable preservar la unidad de la nación. El debate que viene
debe ser asumido con calma y con deseos de entendimiento. Debemos comenzar por
aceptar que vienen cambios, que son absolutamente indetenibles, pero debemos estar
listos para influirlos e, incluso, modificarlos. El debate crucial no puede ser asumido
como si continuáramos en la campaña electoral. O nos enseriamos o nos perdemos. He
advertido – y lo repito, pues me parece el punto esencial - que aquí debemos respetar las
normas constitucionales, no incurrir en situaciones como las de Bolivia que el 15 de
diciembre estuvo al borde del abismo y retrocedió un paso en el último momento. Ello
significa que no se puede someter a votación en referéndum, como parte de una reforma
constitucional, lo que sólo corresponde a un Poder Constituyente. Lo segundo, que la
reforma deberá ser sometida a votación de manera desglosada.
Si el gobierno está dispuesto a caminar sobre estos dos pilares, entremos a discutir el
fondo. En cuanto a la reforma, sería perfectamente admisible que se establezcan nuevas
formas de propiedad al lado de la propiedad privada que viene respetada. Es
conveniente un Poder Ciudadano elevado a rango constitucional. Muchas cosas son
posibles y muchas más pueden y deben ser objeto de discusión seria. Una reforma
constitucional de la magnitud que se avecina puede desgarrar a la nación. De manera
que debe ser asumida con ponderación. Y también con determinación por parte del
gobierno. No le negamos su derecho a hacernos a los venezolanos sus propuestas, pero
los venezolanos deberemos votarlas una a una. Y sobre cada tema se deberán dar, de
lado y lado, explicaciones convincentes de porqué se apoyan o se rechazan. Esta no es
la hora de los gritos ni de los extremismos. Convirtamos al 2007 en un año de
pedagogía política, no en un año de fotocopia de la Guerra Federal.
Si entramos a un debate de ideas arriba y no en el charco, si dejamos los extremismos
de lado y lado, podríamos hacer del nuevo año uno donde la concepción de la
ciudadanía brote aplacando las iras. El primer paso es bajar los decibeles de las injurias
y de las manipulaciones. Hasta que se extingan, hasta que permitan el debate que se
merecen los ciudadanos, uno alejado de una democracia tumultuaria. Desde el gobierno
llaman a sus planteamientos “socialismo del siglo XXI” y yo me centro en lo que llamo
“democracia del siglo XXI”. Ambos planteamientos coinciden en todo lo que se refiere
a un amplio control social sobre el Estado, a la búsqueda de nuevas formas convivientes
de economía, al establecimiento de una normativa jurídica que avance hacia la justicia
social. Las discrepancias provienen del ejercicio excluyente, de los asomos de
totalitarismo, de la vulneración de los derechos ciudadanos y a la preservación plena de
una democracia inclusiva. Hay más coincidencias y más discrepancias, pero este no es
el momento de elencarlas. Lo haré cuando llegue el momento de discutir cada tema. Lo
importante ahora es que existimos quienes estamos abiertos a dar el gran debate, sin
estridencias y con conceptos en la mano, amén de buena voluntad. Una que debe ser
respetada, sin meternos la baza de los aspavientos, la imposición grosera o “el aquí
mando yo y punto”.
2007 tiene, en este momento, una agenda de contrariedades. Propongo convertirla en
una agenda de posibilidades, abierta y de altura. El gobierno es siempre el mayor
responsable. Junto a la Conferencia Episcopal insisto en que el tema de los presos
políticos, o como quiera llamárseles, es asunto prioritario, una manifestación clara de
tolerancia. El segundo ha sido señalado con claridad meridiana: si seguimos el ejemplo
boliviano de violación de las normas llegaremos al borde del abismo sin garantías de
que no caeremos. Demos el gran debate de nuestro tiempo apegándonos al respeto y a
las ideas. Por mi parte no gritaré “Centralismo” ni "Federación". Las guerras civiles del
siglo XIX allí deben quedarse. Lo que haré será escribir con serenidad mis puntos de
vista sobre cada punto en discusión. No soy un guerrerista dispuesto a blandir armas. Lo
único que tengo son ideas por lo que quiero cambiar esta agenda de contrariedades por
una agenda de posibilidades.
Localización de extremistas
(29 diciembre 2006)

Primera localización:

Algunos columnistas de prensa no saben de matices. Para ellos socialismo es aquel


que fracasó en la URSS y en Europa del Este. Según ellos no hay nada más que
economía centralizada, muerte de la iniciativa privada, estatización de los medios de
producción, hambrunas y colectivización forzada. Proclaman, con razón desde este
punto de vista, que el capitalismo es el mejor sistema. Se acabó la historia, Fukuyama
dixit. Lo único admisible es el capitalismo salvaje.
Algunos no creen posible la convivencia entre formas económicas, satanizan cualquier
beneficio, proclaman que ser rico es malo, advierten a las cooperativas que no deben
obtener ganancias, anuncian la muerte del capitalismo, no parecen ver que una
estructura socio-económica como la venezolana es imposible de convertir en el otro
extremo sin producir una hambruna, una desbandada de exilio y desesperación, una
situación de violencia inenarrable.
Existimos los que creemos en formas mixtas de propiedad conviviendo pacíficamente,
los que trabajamos por una economía con rostro humano, los que pensamos en una
economía inclusiva donde son posibles sectores no capitalistas, en el regreso de la
economía al control de la política perdiendo así su primacía sobre la vida social, en la
no renuncia del Estado a la redistribución de la riqueza, en que no existe un solo
conjunto de políticas dominantes que procure el bien colectivo, en la creación de
espacios procomún donde se maneje un nuevo concepto de bienes y servicios.

Segunda localización:

Los que se la pasan gritando “ahí viene el lobo” y proclaman que el Apocalipsis está a
la puerta de nuestras vidas, pero se quedan allí, no se les ocurre una idea a no ser la de
llorar el pasado perdido y de refocilarse con sus miedos. Los que se dedican a repetir las
mismas frases agresivas en una banal denuncia de la cual no entienden que no produce
el más mínimo resultado. Los que se dedican a lamerse sus propias metidas de pata, por
ingenuos y faltos de criterio político, y olvidan el principios fundamental del Derecho
según el cual “nadie puede alegar su propia torpeza” o, lo que es lo mismo, su propia
imbecilidad.
Los que se mantienen en el territorio de la burla del adversario a quien consideran
enemigo. Los que mantienen una política comunicacional absurda, caricaturesca y
destemplada. Los que proclamándose partidarios de la inclusión visten de rojo-rojito y
quienes no se vistan son excluidos oligarcas, escuálidos y seres detestables a los que hay
que pisotear.
Me he permitido llamar la atención sobre el concepto de política, de participación
ciudadana, de discusión abierta, de concepto de partido, de reorganización social, de
horizontalidad en las nuevas formas sociales, de reconocimiento de las nuevas redes de
redes como contraloras del Estado y como fuente de decisiones. Me he permitido llamar
a la implementación de una República de Ciudadanos.

Tercera localización:
Los ingenuos que creen que diciendo yo no participo, yo no soy pendejo, con mi voto
no cuenten para una Constitución comunista (términos de algunos de los mails
recibidos) han conjurado lo que viene indefectiblemente. Los que proclaman que el
único propósito de la reforma constitucional es permitir la reelección indefinida
ignorando ex profeso que vienen cambios profundos y que la posición correcta no es
rechazarlos de plano sino dar sobre las propuestas las contrapropuestas en una discusión
amplia y correcta, inspiradas, eso sí, en una concepción de justicia social, de avance sin
miedo hacia nuevas formas de organización y de vida en común. Los que se olvidan que
una reforma constitucional tiene que ser sometida a referéndum y que hay que apelar al
pueblo –que no es una masa electora bruta que sólo come demagogia y populismo, sino
una no dispuesta a dejarse cercenar lo que estima y considera derechos fundamentales.
Los que creen ser sabios profesores de Derecho Constitucional y se saltan la
talanquera de todos los principios jurídicos pensando que somos una especie de Poder
Constituyente dormido que basta despertar para someterle cualquier cosa. Esos, esos
son partidarios de una democracia tumultuaria y una democracia tumultuaria sólo
conduce a la explosión de la violencia y de la anarquía, a la manera de Marat y
Robespierre. Los que no tienen prudencia y desoyen a los constitucionalistas de su
propio bando que advierten que para refundar el Estado es absolutamente necesaria la
convocatoria de una Asamblea Constituyente. Los que olvidan que aquí no se puede
plantear una refundación del Estado, que no se puede proclamar a este país un Estado
Socialista, sino avanzar hacia formas socialistas, si es que así insisten en llamarlo,
cuando en verdad se trata de avanzar hacia una democracia del siglo XXI, inclusiva en
todos los aspectos de la vida social e individual.
He dicho algunas cosas sobre la superación de la vieja concepción del Estado Liberal
Burgués. He dicho algunas cosas sobre la superación de la vieja concepción liberal del
Estado de Derecho. He planteado, meridianamente, la necesidad de un Estado Social de
Derecho, uno que excede a un simple conjunto de normas constitucionales y legales,
uno que he vinculado a la moral, uno que debe procurar la liquidación de la iniquidad,
uno que mantiene una estrecha relación con la democracia mediante la persecución
inagotable de su perfeccionamiento, uno que abandona la rigidez, uno que busca la
equidad social y la protección de los débiles económicos.

Localización del equilibrio:

La localización de extremistas parece una tarea inagotable. La búsqueda de la justicia


no es propiedad de nadie. Debemos partir de un centro político. Hacia la izquierda los
matices serán muchos. Hacia la derecha los matices serán muchos. Debemos derrotar a
los extremistas que desconocen los matices. Si partimos del centro los extremistas
quedarán aislados, inermes, sin audiencia. Si partimos del centro será posible no
matarnos en otra Guerra Federal. No tenemos necesidad de negociar nada, ni de
sentarnos a ceder aquí para que el otro ceda allá. No estoy planteando una negociación
típica. Lo que estoy planteando es un debate abierto, serio, de propuestas no
reaccionarias, de conceptos claros, de respeto a los electores que, como he repetido
miles de veces, antes que electores son ciudadanos. Y que la gente decida, votando
desglosadamente, porque, a contrario, de algunos columnistas que desprecian al pueblo,
yo lo respeto, aunque se equivoque, y es sobre la base del respeto al pueblo,
pedagógicamente apelado, que podremos avanzar hacia una sociedad equilibrada,
mejorada, justa y solidaria.
Salvamento en el naufragio
(5 febrero 2007)

Hay que iniciar una operación de salvamento de los principios. Hay que rescatarlos
de las fauces voraces que los han prostituido. Los principios correctos deben ser
rápidamente reivindicados. Hay que organizar con toda rapidez la operación de
salvamento antes que la nave se hunda y pretenda llevarse al fondo del océano los
planteamientos correctos, de tanto haberlos degenerado, de tanto haberlos utilizado
incorrectamente, de tanto haberlos extrapolado hacia la locura. Los básicos de la
libertad y de la democracia, entendidos no como parabas hechos de granito, sino como
un proceso permanente de vuelo hacia la justicia y la equidad.
Hay que revalorizar los principios de una economía social inclusiva, con diversas
formas de propiedad conviviendo pacíficamente. Hay que sacar a flote al Derecho,
entendido como una construcción jurídica que procura una conformación social para la
equidad. Hay que poner sobre el salvavidas la concepción de ciudadano que interviene y
participa y recurre a toda forma de organización para hacer sentir su voz.
Tenemos que utilizar agua y jabón para devolver su transparencia prístina a todo lo
verdadero que ha sido enlodado con el menjurje de la equivocación, del pasticcio
ideológico mal asimilado, de la arrogancia unipersonal elevada a calidad de dogma.
Hay que salvar la idea del cooperativismo, principio y norma universal, ahora
señalado como generador de empresas que tienen aspiraciones capitalistas de obtener
ganancias y que, por ende, deben entrar en proceso regresivo. Hay que reivindicar al
cooperativismo, como forma de asociación de ciudadanos en procura de objetivos
comunes de producción y de consumo. Hay que decirles a los cooperativistas que el
propósito de ahogarlos no responde sino a una confusión mental del permanente
confundido mental y que la democracia del siglo XXI los rescatará conforme a las
normas correctas, que los apoyará y los estimulará sin establecerle esos límites odiosos
de cero obtención de ganancias.
Hay que advertirle rápidamente a aquellos a quienes han llamado demagógica y
genéricamente “pueblo” que serán elevados a una mejor condición, a la de poder
ciudadano que vigila, controla y castiga o premia las acciones de sus gobernantes. Hay
que aclararles que podrán participar sin ponerse camisas de algún color determinado,
hay que suministrarles la explicación razonada de que los demagogos que gritan
“pueblo” no saben nada de la creación de una República de Ciudadanos, que ser
ciudadanos implica un cúmulo de responsabilidades y decisiones compartidas.
Es la hora de aclarar meridianamente que aquí no hay vuelta atrás, que aquí se
construirá una televisión pública sobre las bases del respeto, del equilibrio y del sentido
de Estado. Es menester llamar a la república a que infle los salvavidas para que algunas
cosas que se han dicho bajo el manto de la arrogancia y del ataque contra la libertad
vuelvan a ser colocadas en su justa dimensión. Hay que reformular la división político-
territorial sobre la base de una concepción sustentable de desarrollo. Hay que buscar
papel lija para quitarle a los conceptos toda la herrumbre decimonónica. Hay que
devolver el respeto a la majestad presidencial, cambiar los discursos por obra tangible.
Hay que devolver a Bolívar a donde siempre estuvo, en el corazón de los venezolanos,
quitándole la esquizofrenia y la utilización indebida. Hay que aprender a leer la realidad
histórica y darnos cuenta que tuvimos hombres de carne y hueso que al lado de gestas
heroicas cometieron errores, como es el caso de Páez.
Hay que educar para la amplitud, para la comprensión de lo que fuimos, somos y
seremos. Hay que llamar a todos los equipos de rescate. La limpieza general de
mutilaciones, equívocos, extrapolaciones, minestrones ideológicos y corrupción de
ideas apropiadas, deberá ser tarea de todos. Hay que aprestar los útiles de limpieza,
devolver el brillo a las ideas, deslastrarlas de este óxido maligno que levanta estatuas de
cien metros, que compra sistemas de misiles antiaéreos, que se lanza a adquirir la
producción de coca, que sueña con aviones no tripulados.
Galimatías como “la dictadura de la democracia verdadera” deben ser echadas al
barril de los elementos tóxicos para ser sustituidas por pensamiento transparente
conductor hacia una democracia de ciudadanos en pleno ejercicio de sus derechos. Los
anuncios de supuesta oposición hecha por algún trasvertido de carnaval deben ser
olvidados, deben ser recordados como muertos del 3 de diciembre, pues otra cosa nunca
fueron. Ya basta del espectáculo lastimoso que algunos cadáveres dan procurando
sobrevivir más allá de la muerte.
De allí la confusión, de allí el desasosiego, de toda esta amalgama de delirios oficiales
y de opositores disfrazados, de allí sólo puede brotar la desesperanza. Este país parece
un burdel; haría falta un Toulouse-Lautrec para que pinte los rostros pintarrajeados, para
que refleje la decadencia, para que deje testimonio de esta hora menguada. Hay que
comprar toneles de cloro, coletos, esponjas de metal y espátulas, para desinfectar, para
raspar, para desintoxicar el piso de esta república. O se produce una reacción colectiva
frente a los desatinos y frente a las impudicias o nos iremos consumiendo bajo un
alzheimer colectivo. Hay que iniciar una operación de salvamento, urgente, acelerada,
de emergencia, antes que esta mezcla fatídica de locura y bolsería nos convierta en
óxido insalvable en las profundidades de la corrosión y de lo inaccesible.
El desarrollo de una nueva cultura política
(Marzo 2007)

Las inclinaciones totalitarias están creando malestar, especialmente donde más falta
hace. Si uno sigue el debate conceptual sobre socialismo que protagonizan numerosos
intelectuales de izquierda encontrará una inocultable tendencia de rechazo a todo
totalitarismo y a una vigencia plena de la libertad y de la democracia.
Coincido plenamente con todos ellos. Dije en su momento –y repito ahora- que el
límite de Chávez era la raya amarilla de la democracia y de la libertad. La reelección
indefinida está dentro de esa raya y allí podemos encontrar otro punto de confluencia.
Tal reelección implica algo inadmisible para estos dos principios, entre otras cosas,
porque bloquea todo ascenso a cualquier líder distinto, oficialista o no, y porque signa al
gobierno como un régimen unipersonal vitalicio.
Quizás haya que recordar la manida frase de “no hay mal que por bien no venga”.
Creo estar asistiendo al despertar de la plena vigencia de un socialismo democrático que
se reivindica a sí mismo sin abjurar de ninguno de los principios de equidad y justicia
social. Sin abjurar de la exigencia de pluralismo, de diálogo y de tolerancia. Quizás sea
el momento de profundizar en los planteamientos teóricos-doctrinarios de esta tendencia
y llevarlos a la constitución de una innovadora plataforma de acción política, de una que
reclama la independencia de sus propios cuadros y la necesidad de existir más allá de
una simple participación burocrática.
La política es paradójica. En efecto, al producirse el reclamo de libertad y democracia,
de pluralismo y diálogo, en el seno mismo del gobierno, se abre una puerta que hay que
cruzar. Al mismo tiempo perjudica a Chávez en sus propósitos de eternizarse en el
poder. El presidente tiene delante de sí una clara advertencia de que no será
acompañado en propósitos contrarios a los principios claves y, en consecuencia, o
comprende de una vez por todas que su gobierno tiene un límite en el tiempo o se lanza
por el despeñadero de la aventura donde sólo le acompañará un puñado de
incondicionales fanáticos.
Bien podemos aprovechar todos la coyuntura para crear una nueva conciencia política
en Venezuela. Los planteamientos que he hecho sobre la concepción de un Estado
Social de Derecho no tienen color socialista ni ideológico particular ninguno. Son
principios que bien pueden ser asumidos por el cuerpo social todo, incluyendo a los
partidos de diverso signo. Los planteamientos que he hecho sobre una economía
inclusiva están reflejados por todas partes como un anhelo nacional, hasta en el buen
documento de la Conferencia Episcopal Venezolana. Sólo algunos sectores venezolanos
demasiado a la derecha se limitan a atacar a Chávez sin decir una palabra sobre la
necesidad de atender a una sociedad de pobres. Lo que sí hace una centro-derecha que
comprende perfectamente los tiempos presentes. He insistido mucho en las formas
horizontales que deben tener los partidos de este siglo, sobre una nueva concepción de
la política que deje en el pasado la de líderes providenciales y la de “direcciones
nacionales” inmunes a los criterios y al pensamiento de las bases populares. Hay, pues,
en los hechos, una nueva cultura política emergente que todos juntos debemos atribuirle
al país –pedagógica y democráticamente- y abrir así un nuevo juego sobre las bases de
la democracia y de la libertad, y también de la concepción de una nueva organización
social que no dependa de las dádivas sino de una convicción profunda de hacer
ciudadanos y no fanáticos estériles.
Tiendo la mano a todos los que andan por este camino. El juego democrático implica
divergencias, contrastes, lucha por el poder, batallas generales y particulares. Podemos
incurrir en todas ellas, el asunto clave está en que mantengamos la posibilidad de
hacerlo. Y después de garantizarnos la base esencial ir –paralelamente, desde ya- a
implementar esta nueva cultura política. Este es el único y verdadero gran esfuerzo
unitario que vale la pena. Los otros son acuerdos de partidos, de facciones, de grupos y
eso no tiene validez trascendente. Lo importante es comprender la oportunidad que el
momento histórico nos brinda a todos y luchar denodadamente por establecer una
cultura política donde podamos diferir.
Reservistas que gritan socialismo o la lectura de un historiador inglés
(12 febrero 2007)

La celebración de un desfile militar para conmemorar un intento de golpe de Estado es


ya, en sí, una afrenta. Reservistas gritando “Patria, socialismo o muerte” y la colocación
en las puertas de los cuarteles de letreros con esa consigna, tal como lo demuestra la
fotografía publicada por un diario nacional, nos hace ver que la Fuerza Armada
Nacional es tratada no como tal, sino constreñida a ser el ejército de una facción en el
poder, o tal vez deberíamos decir de una “falange” en el poder, o quizás deberíamos
decir de un “fascio” en el poder. La colocación, por vez primera desde Pérez Jiménez,
de la banda tricolor presidencial sobre un uniforme militar elimina toda duda sobre esta
realidad.
Leo Hitler, del historiador inglés Ian Kershaw y veo venir la celebración de la Copa
“América”. El paralelismo de cómo el nacionalsocialismo del siglo XX utilizó las
Olimpíadas de 1936 para mostrar la “frescura” de Alemania, la “felicidad” de Alemania,
la “grandeza” de Alemania y “los deseos de paz de Alemania”, me hace advertir que la
fiesta futbolística que se celebrará en Venezuela será utilizada para mostrar “los avances
del socialismo”, la “felicidad de los venezolanos” y el “amor por el comandante de la
revolución”. Veremos pendones en todos los estadios. Aquí habrá gente de todo el
mundo, tal como en las Olimpíadas del 36, en medio de grandes fastos, de opulentas
celebraciones, de grandiosos agasajos.
¿Desfile militar para celebrar un golpe fallido? Hitler lo hacía cada año para “gloria”
del fracasado de 1923. Leo en el libro de Kershaw como, desesperados, los militares
alemanes se miraban los unos a los otros y argumentaban “el pueblo está con Hitler”,
para volver a la parálisis total y a la resignación, aún a sabiendas de que el camino que
seguían conducía a la destrucción de Alemania. Este libro del historiador inglés es el
mejor ensayo que he leído sobre la locura colectiva, de cómo se dejaron pasar
“pequeñas violaciones” en aras de la reconstrucción de la grandeza alemana, de cómo se
recurrió a la “vista gorda” ante los “éxitos” de Hitler, perdonándole así sus desvaríos.
Leo aquí como la oposición al régimen fue aplastada hasta convertirla en nada, proceso
que comenzó con la Ley Habilitante que Hitler hizo aprobarse en 1933 con el nombre
de “Ley para la protección del Pueblo y el Estado”, bajo el argumento de que era
necesaria la rapidez para avanzar con la revolución nacionalsocialista.
Estas más de 2.500 páginas del Hitler de Ian Kershaw, originalmente publicado en
inglés en el 2000 y en español en el 2002, demuestran como 60 años después de la
tragedia alemana aún faltaba mucho por decir. Especial interés revisten las
contradicciones internas del régimen nazi, las pugnas por la obtención de cuotas de
poder, las oportunidades desperdiciadas por los hitlerianos para desembarazarse de
Hitler. Cuando un régimen acumula tanto poder y se centra en la figura de un caudillo,
toca a las propias fuerzas internas tomar decisiones. Lo que hay que recordar es que esas
fuerzas internas existen.
La declaración abierta la dio el general Müller Rojas: la reserva existe para evitar un
golpe de Estado. A la luz de esta afirmación se concluye que el desfile del 4 de febrero
fue uno de advertencia a la Fuerza Armada Nacional, uno contra la Fuerza Armada
Nacional, uno de temor frente a la Fuerza Armada Nacional, uno de intento de
imposición a la Fuerza Armada Nacional de obediencia ciega bajo la amenaza de un
ejército paralelo.
Con la lectura de Kershaw uno se da cuenta que el poder totalitario no es una roca
indestructible como aparentemente luce. Las conspiraciones estaban al orden del día y,
una de las cosas más interesantes, a pesar de la SS Hitler no se enteró, ni siquiera que el
propio Jefe del Estado Mayor, el fiel seguidor, era el líder de una de ellas. Las
implosiones vienen de la estructura misma del poder totalitario, implosiones siempre
vivas y al borde de encenderse. Los éxitos sin disparar (Austria, los Sudetes)
mantuvieron al Führer en el prestigio. Después los militares alemanes tuvieron que
pelear y las docenas de conspiraciones para derrocar a Hitler se fueron disipando.
Militar en guerra no conspira, a menos que la guerra conduzca al suicidio.
Las contradicciones, los apetitos desatados, los deseos de poner término a la situación
indeseable, no son visibles en el poder totalitario. Este parece, hacia fuera, una roca
inconmovible, pero adentro es una jaula donde las pasiones siempre están al rojo vivo.
Es, al menos, lo que uno concluye leyendo Hitler de Ian Kershaw.
La renovación general del concepto democrático
(23 abril 2007)

No podemos seguir considerando a la democracia como algo establecido sobre la que


ya no hay nada que decir. Elecciones, Estado de Derecho, independencia de los poderes,
respeto y tolerancia, todo eso sí, pero el fardo ya no aguanta más. Hay que renovar
todos los conceptos, desde la economía hasta el derecho mismo, desde la concepción de
la política hasta el criterio sobre los liderazgos, desde lo que se considera un partido y la
determinación de su rol social hasta la organización horizontal de los ciudadanos, desde
la participación permanente hasta una inclusión social progresiva y acelerada. Hay gente
que se empeña en hacer política con los mismos instrumentos y las mismas
declaraciones falsas. Hay gente que funciona con gríngolas, sobre todo en este país
nuestro.
Las elecciones francesas tienen una importancia capital porque se realizan en medio
de una crisis general de la democracia. A pesar de que ha habido elecciones por todas
partes yo no vacilo en calificar a esta francesa como la primera del siglo XXI. La
altísima votación, alrededor del 86 por ciento, es alentadora porque indica que los
candidatos lograron llegar a sus conciudadanos que entendieron perfectamente lo que se
jugaba. Independientemente de lo que suceda en la segunda vuelta (las matemáticas de
Luis De Lión son implacables) no deja de entusiasmar que Francia se haya masivamente
volcado sobre las urnas electorales y que, a pesar de las críticas, el contenido de la
campaña haya develado aristas de lo que debe ser el futuro.
La democracia es invención, construcción permanente, proceso inacabado, desafío a la
imaginación y al talento. Los que juegan y juzgan con sus moldes atávicos sembrados
en el interior de sus cerebros periclitados son los peores enemigos de la democracia. La
falta de empuje hacia delante tiene consecuencias serias, si lo sabremos los venezolanos.
Aquí nos caracterizamos por un lenguaje rancio, podrido y repugnante. No pretendo
hablar mal del gobierno, el gobierno habla mal de sí mismo cada vez que abren la boca
sus ministros. El Jefe del Estado habla pésimo de sí mismo: “Salten, salten” y los
cretinos saltan. Desde el gobierno se nos recuerda que hemos dejado de ser un país. Oír
declarar a Manuel Rosales indica de manera tajante e inapelable que con semejante líder
la oposición no llegará nunca a ninguna parte. Y oír sobre las marchas lo hace sudar a
uno patetismo: se sientan con el gobierno a conversar sobre medidas de seguridad y lo
anuncian impúdicamente: habrá francotiradores y más de mil policías. ¿Contra quien
protege el gobierno a las marchas oposicionistas sino es contra sí mismo? Con estas
medidas de seguridad lo que el gobierno se asegura es el control de la marcha, con la
anuencia de sus promotores estúpidos, se asegura que esta “concesión” no se saldrá del
ritmo que ellos consideran normal en medio de declaraciones altisonantes plena de
advertencias sobre las violentas reacciones que el oficialismo lanzará contra los
“golpistas” y contra los “aventureros”. Esta oposición es patética, desequilibrada,
mediocre e infame. Sobre marchas “protegidas” por las autoridades, nerviosas y
esquizofrénicas, que le vayan a preguntar a Gasparov, el brillante ajedrecista ruso líder
de oposición contra Putin, a quien meten preso cada vez que sale a la calle a denunciar
lo que considera la dictadura rusa.
El planteamiento teórico y conceptual sobre la democracia lo hemos asumido en
Venezuela unos pocos contados con los dedos de una mano y sobran dedos. Ningún
político ha tomado las ideas hacia la práctica, lo que sí sucedió y sucede en Francia. Lo
que Ségolène Royal ha planteado no tiene nada que ver con un socialismo del siglo
XXI. Lo que la señora Royal ha dicho se refiere a una democracia del siglo XXI, para lo
cual se ha nutrido de lo pensadores excepcionales que tiene su país. En Venezuela
asistimos a espectáculos como la incorporación de la tarjeta “Mi negra” al programa de
gobierno de “Un nuevo tiempo”, absoluta estupidez. Es necesario que la nación genere
un nuevo tejido político, nuevos líderes y se de una oposición a tono con los tiempos
presentes. El país que no comparte las andanzas de este gobierno debe tener muy claro
que con este combo oposicionista no se va ni a la esquina, que seguirá en el limbo, que
con estos sujetos que hablan un lenguaje lastimoso y decimonónico jamás habrá un país
diferente.
La democracia pierde, se diluye, tiende a desaparecer entre nosotros, no sólo por las
manifestaciones demenciales del gobierno. Si la democracia se evapora entre nosotros –
y más allá, el país mismo se evapora- es porque los políticos que tenemos dan
vergüenza, son de una mediocridad inestimable, son los restos balbuceantes de alguna
enfermedad tropical peligrosa y destructiva. Aquí tenemos que aprender a construir una
democracia y ese empeño va a ser doloroso y largo. Mientras no aparezca una oposición
que merezca tal nombre, un liderazgo que se pueda llamar tal, un empuje inteligente
hacia la renovación de los planteamientos, un aire fresco que entusiasme y nos lleve a la
lucha democrática con ímpetu y emoción, nos seguirán ordenando “salten, salten” y
saltaremos, como saltaban aquellos payasos escondidos en una cajita de madera, para lo
que bastaba apretar un botón.
Matrimonio a la italiana
(25 abril 2007)

Después de un largo noviazgo de más de 12 años durante los cuales participaron


juntos en las elecciones y de integrar ambos el gobierno de Romano Prodi, la pareja ha
decidido casarse. Los Demócratas de Izquierda (DS) provenientes del antiguo Partido
Comunista Italiano, y la Democracia y Libertad, la antigua ala izquierda de la
Democracia Cristiana, conocida como Margarita por su símbolo electoral, acaban de
contraer matrimonio. Excomunistas y exdemocristianos juntos han formado, y
terminarán de perfeccionar este año, una nueva casa que se llamará Partido
Democrático. Prodi ha ejercido como padrino de boda: “El PD es una visión ética y
política nueva”.
El PD, símbolo viviente de nuevas concepciones de la vida política, se define como
moderado, de izquierda y renovador, uno llamado a superar las incertidumbres. Las
matemáticas y las encuestas no engañan: será el primer partido de Italia, por encima del
movimiento que lidera Silvio Berlusconi. Han proclamado que se acabaron los
protagonismos, que elegirán los directivos en primarias, que se acabaron las dañinas
cuotas y grupos internos, que los asuntos religiosos no intervendrán para nada como
cuña molestosa porque eso se refiere a una escogencia ética y moral, no política.
Rechazan los viejos temas obsoletos y se lanzan por el camino de la lucha por un
acuerdo sobre el clima y contra la pena de muerte, como asuntos prioritarios en la
agenda internacional.
Han hecho referencias interesantes: la formación del PD, piensan, es la aplicación real
del Concilio Vaticano Segundo y sobre la elección francesa han criticado duramente a
los patriarcas socialistas que se oponen al planteamiento de Rocard para un
entendimiento entre Ségolène Royal y Bayrou, pues consideran que los extremos deben
tratarse con cuidado y lo que conviene a Europa es una centroizquierda fuerte.
Hay que admitir que la lucha política por dotar a Italia de un gobierno de
centroizquierda contra el predominio de Berlusconi los llevó a alianzas electorales, pero
también hay que reconocer que la sorpresa de exdemocristianos y excomunistas juntos
en una sola organización es una muestra increíble de los nuevos tiempos. No ha habido
el menor problema ideológico para la unión: los tiempos presentes marchan hacia la
renovación del sistema democrático, de una fuerte preocupación social y en esta
madurez que ahora nos muestra la política italiana no hay considerandos para asuntos
subalternos. Si hay una identidad en torno a las bases para renovar la política, para dotar
a los países de organizaciones partidistas fuertes que superen los viejos males
(partidocracias, sectores internos en pugna, respeto absoluto por la voluntad de los
militantes) ya no hay diferencias insalvables. Una centroizquierda moderada, pero
comprometida a fondo con los cambios sociales, es lo que la política italiana muestra a
un mundo asombrado por la unión de viejos adversarios de más de medio siglo.
Y una constante que me he permitido resaltar en mis más recientes artículos de
opinión: hay que aprender a vivir con la incertidumbre, pero no chocándola sino
reduciendo los viejos términos antagonistas, conforme a la lista que he hecho en otras
oportunidades elencando contrarios que deben dejar de serlo. Si excomunistas y
exdemocristianos logran estar de acuerdo en lo que quieren he allí una reducción cierta
de la incertidumbre. La política italiana, a pesar de su obsecuente inestabilidad, ha dado
una muestra de madurez de siglo XXI. ¿Cuál es la reacción del líder de esta coalición
que hoy gobierna a Italia? El Primer Ministro Romano Prodi ha dicho que toda su
ambición es terminar la presente legislatura y retirarse, que no insistirá en mantenerse
en el cargo, que nuevas generaciones deben copar el protagonismo de la política
italiana.
Lo sucedido en Francia apunta por este mismo camino: los extremos se han reducido,
tanto de derecha como de izquierda, y quien ha planteado la posición de centro, caso
Bayrou, ha cosechado el éxito. No estamos para extremismos ni para posiciones
irreconciliables. Lo que se requiere es una renovación del concepto democrático,
eficiencia y eficacia, eliminación de la marginalidad política y económica, aire nuevo
que deje atrás las estupideces y las contradicciones periclitadas.
La desventura del lenguaje
(30 abril 2007)

A un país se le deben dar respuestas respetuosas. En el lenguaje está la importancia


clave. No se trata de que yo sea un escritor: cualquier psicólogo social podría dar una
extensa explicación sobre la conexión entre pensamiento y lenguaje o entre estructura
mental y expresión lingüística. Cuando el lenguaje se desvirtúa toda la psiquis colectiva
se desmorona. Cuando ya lo que se dice carece absolutamente de importancia se ha
llegado al extremo de la barbarie, al hombre primitivo, al mantenimiento de los lazos
sociales basados exclusivamente en la alimentación, en la satisfacción de las
necesidades primarias y elementales, como los pueblos de la edad de piedra. Cuando se
llega a estos extremos el pensamiento no pasa sino por la sobrevivencia, por los rasgos
elementales, se pierde toda conexión racional, prevalece el instinto, desaparece toda
posibilidad de estructuración de conceptos.
Este es el lenguaje que tenemos: si la Comisión Interamericana de Derechos Humanos
demanda a Venezuela ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, lo hace
porque esos señores han sido tradicionales aliados de la derecha, de los fascistas y
golpistas venezolanos. Si se produce una lamentable muerte a manos del hampa
desatada eso se asocia de inmediato a una conspiración malévola, asesina y conspirativa
de parte de un sector político inadaptado. Si un mango se cae de una mata ante la
proximidad de mayo pues se debe a una conspiración del imperio. Si de una
manifestación de protesta se trata ante el cierre de un canal de televisión el plato fuerte
es un espectáculo humorístico y rochelero.
Ya no cabe, siquiera, la queja ante la falta de imaginación. Pretender imaginación está
resultando absurdo. La capacidad de imaginar está perdida porque el interior lo que
recoge del exterior es basura. No se puede imaginar porque ya no se piensa. Venezuela
sigue siendo un conjunto pero uno que carece de ideas. No me refiero a sesudos trabajos
de pensamiento que conformen un cuerpo. Ya ni siquiera logramos imaginar y pensar la
cotidianeidad. La cotidianeidad se ha tornado abrumadora. El diario trajín es uno de
ofensas contra el raciocinio de la gente venezolana. Llega el momento del bloqueo
psicológico, del encierro en la familia y en los propios intereses. Ya no se quiere oír
más, ya no se quiere pensar.
El irrespeto continuo, la dicotomía absurda, el maniqueísmo llevado al grado de
doctrina de Estado, convierte a un país en un rebaño, pero con una advertencia, una que
pasa por una rebelión subyacente, en estado de letargo momentáneo. La praxis política
no se destaca de esta anonimia.
Pero es que la falta de imaginación, la imposibilidad de romper el enclaustramiento
maniqueo y sesgado, es lo que caracteriza a la política venezolana de hoy. El gobierno
carece de explicaciones y cae en los absurdos y en un estereotipo inadmisible. La
oposición carece de ideas y convierte una lucha por la democracia en un torneo de
banalidades, en una repetición constante del mismo ataque ya inocuo e intrascendente.
En medio, y mirando, está la población venezolana, una perpleja y acogotada, una que
no oye nada, una que piensa que ya no hay destino colectivo, que todo está perdido.
Es un deber inaplazable ir al rescate del lenguaje. No pidamos peras al olmo, no
esperemos que desde la mediocridad gubernamental provenga semejante e impensable
cambio. Debe venir de quienes discrepamos del gobierno y debe venir,
fundamentalmente, de la población misma en un acto de reacción de quien está en
situación de extrema presión. Allí hay una buena manera de iniciar el combate
democrático de otra manera: rechazar las expresiones burdas, reflejar en todas partes y
de todos los modos una condena al estereotipo y al desprecio hacia los venezolanos y su
inteligencia por parte de los repetidores de simplismos y de pequeñeces mentales. Las
grandes batallas comienzan por cosas aparentemente simples y cuando cada ciudadano
se alce desde sus derechos y desde su dignidad a rechazar las repuestas condenables
comenzaremos a crear una sociedad capaz de corregir los entuertos de la historia.
La inmensa campana de aire envenenado
(7 mayo 2007)

Venezuela se ha convertido en una agencia de publicidad. Lo que prevalece es el


decorado, la forma de vender el producto, la repetición de la “cuña” publicitaria. El
producto que se vende es la revolución bolivariana-socialista-endógena-
indoamericanana. Así se ha construido sobre el territorio nacional una inmensa campana
de plástico. Hemos pasado a ser un espacio cerrado, uno donde no hay circulación del
aire, uno donde las exhalaciones van viciando lo que respiramos. Nos hemos convertido
en plástico con un escenario de cartón piedra y anime. Vivimos inmersos en la
repetición constante de esta publicidad por parte de un gobierno que no gobierna sino
que se vende.
Esta campana es impermeable, no permite la circulación del aire, la entrada de aire
renovador; en verdad hemos llegado a un punto donde no tenemos exterior, lo que
tenemos sobre esta campana son ventanas pintadas con escenas de exterior. Los
publicistas dibujan sobre el plástico. Todo lo damos por supuesto, lo que implica una
tarea descomunal que no es otra que la de reinventar lo supuesto. Los venezolanos
miramos los dibujos y no nos hemos dado cuenta que son dibujos, que esto no es más
que una campana. La normalidad no es otra cosa que el envenenamiento progresivo con
el aire contaminado que se presenta como no renovable. Lo supuesto se ha establecido
con todo su peso y los organismos que somos nos movemos en una cámara lenta
impuesta por el estupor del aire contaminado. Carecemos de la capacidad de reinventar
lo supuesto y, en consecuencia, languidecemos en la falta de imaginación, en la ausencia
de pensamiento, en la imposibilidad de un esfuerzo por perforar la burbuja en procura
de aire fresco, en la incapacidad aplastante de negarnos a dar por ciertos los dibujos
simuladores de lo real exterior.
En el país desfalleciente pululan los zamuros, otra cosa no es, por ejemplo, el Centro
Carter, aparecido cuando huele conflicto en el cual medrar, cuando ve venir un conflicto
en el cual intervenir como apaciguador de oficio, como mediador que logra
compromisos que impidan cualquier cambio del aire viciado. Reunirse con el zamuro es
otorgar beligerancia a un depredador carroñero. La reunión que el señor Rosales ha
sostenido con el Centro Carter debe interpretarse como una de su partido “Un nuevo
tiempo” con un zamuro, de manera que nadie venga a decir que un sector discrepante de
la sociedad venezolana se ha reunido con la señora Jennifer McCoy. No, se ha reunido
con el Centro Carter un partido que no tiene la menor idea de lo que hace, un donador
de órganos, un petulante concesionario de papeles protagónicos que se cree, al mismo
tiempo, protagonista cuando repite sus sandeces al zamuro.
En este país lo que se requiere es insuflar aire a la burbuja aprisionante para que los
cerebros se despierten y dejen de creer en escenas publicitarias. Lo que se requiere es
una demostración de que el aire se puede sanear so pena de encerrarnos cada uno en una
campana más pequeña dentro de la campana grande a conservar los últimos restos del
absolutamente necesario oxígeno para sobrevivir. Hay que soplar desde la apatía y el
silencio para hacerle saber a la campana de plástico que su resistencia no es inviolable.
A la campana-campaña publicitaria llamada revolución bolivariana-socialista-endógena-
indoamericana, y todos los adjetivos que esta agencia de publicidad inventa todos los
días, hay que oponerle explicación. La explicación rompe lo implícito, recupera para el
análisis lo que se ha dado por supuesto, bombea aire a la revelación de lo que nos hace
falta para liberarnos es una bocanada de aire fresco y sustitutivo.
Atontados como andamos por la falta de oxígeno, por el envenenamiento del aire de la
campana donde estamos encerrados, caemos en la rutina del horror, de uno permanente,
del cual se nutre esta agencia de publicidad para mantenernos melancólicos a la espera
de la muerte. Explicar significa hacer entender al paciente melancólico la causa de su
melancolía, hacerle entender que se hipnotiza con el aire viciado, que es necesario hacer
brotar la creatividad desde los restos de energía y que es necesario reinventar,
redescubrir, reformular.
Alguien aseguró alguna vez que patria no es otra cosa que el lugar donde estamos
bien. Si estamos mal no tenemos patria. Este aire perverso está diseñado,
publicitariamente, para matar la política, porque la política es un invento de los hombres
para poder vivir en paz. Lo que este aire envenenado ya ha logrado es matarla y sin
política lo que haremos en los estertores será dar cabezazos sobre las paredes de plástico
de esta campana. Hay que reinventar la política, hay que combatir a la agencia
publicitaria que la ha desterrado, a la agencia asesina de política, mientras lo que vemos
es exactamente lo contrario, la práctica conforme al guión de aire envenenado, a los
fanfarrones repetidores de lo supuesto, a la falsificación de palabras de quienes no
tienen capacidad ninguna para soplar aire fresco dentro de esta cámara mortal donde
hay que recrear las condiciones de la vida.
El aprendizaje de deletrear el alfabeto
(14 mayo 2007)

Hay que aprender a deletrear el alfabeto, a conocer cada letra en todas sus
posibilidades, a formar sílabas y de allí pasar a las oraciones. Analfabeta no es sólo
quien no sabe leer y escribir, analfabeta es el incoherente. Hablo de política, claro está.
La forma es tan importante como el contenido. En muchas ocasiones la exploración de
la forma se sobrepone a la realidad aparente. Quien no maneja la forma entierra pilares
en lo inconsistente. Una de las formas sustentables de la política es hacerla capaz de
generar realidad. Hay que notar que la agencia publicitaria que se dedica a asesinar la
política es porque está descontenta con ella y quien está descontento con la política en
verdad está descontento con todo, incluyéndose a sí mismo.
Lo real no puede separarse de la forma. Cuando algo resiste a la mirada de quien
quiere transformar o sustituir hay que aprender a superar la capacidad de resistencia que
opone y ello pasa por sembrar de manera tal que las posibilidades se hagan muchas.
Para ello se requiere creatividad, porque cuando se riegan formas creativas se
multiplican las opciones y las alternativas. La creatividad no puede calificarse como una
excelente forma de defensa, porque la creatividad se convierte en un cuchillo que corta
el analfabetismo, lo paraliza y le quita la iniciativa.
Lo que vivimos en Venezuela se asemeja cada día más a una manifestación de
fidelidad a la miseria. Esta realidad tiene variantes psico-sociales y políticas. Este
régimen se encontró un país naturalmente propenso a ser hipnotizado, es más, se
encontró con un país que quería ser hipnotizado. La protección que sobre él habían
ejercido los gobiernos democráticos se había resquebrajado, diluido y evaporado. El
gran padre es, en la historia universal, el que restituye, el que venga, el que tiende su
manto asistencialista mediante el cambio de nombre de todo y con la cobija verbal
arropa y da calor. Toda la escenografía converge a la creación del ambiente de ilusión,
siendo el teatro “Teresa Carreño” el ejemplo más claro y preciso: ese espacio ha sido
convertido en la gran sala de ópera de la revolución. Lo que quiero decir es que, ante la
incapacidad de construir sus propios escenarios, el proceso-cambia-nombres se apodera
del espacio de lo anterior porque ese espacio ya forma parte de la imago colectiva y con
banderas y el uso monótono de un color transfiere a la masa la sensación episódica de
una aventura revolucionaria de la cual bien vale la pena formar parte. Los códigos son
simples, primitivos diríamos, dado que se recurre más que al uso de las viejas maneras
de los fascismos del siglo XX a un ejercicio propio de lo tribal, en el sentido de hacer
entender a la gente que hay un nuevo manto protector que para ser adquirido sólo
requiere pertenencia, llámese militancia. La mejor prueba de este aserto es la constante
afirmación de que ser rico es malo: con esta afirmación lo que se quiere es retrotraer a la
población venezolana a unos supuestos fundamentos del ser humano, a un supuesto
estado de carencia de las originarias construcciones humanas.
Esto es, estamos ante planteamientos que nos remiten a trasnochos que ya ni siquiera
pertenecen al siglo XIX sino que van más atrás, a los orígenes mismos de la
investigación sociológica cuando comienza a analizar la agrupación de los hombres en
sociedad. Se quiere organizar este país sobre la base de una solidaridad primitiva y para
ello se le advierte a los objetivos del experimento que allí en el horizonte hay una
preñez de peligros que sólo el gran organizador puede conjurar con “camisas rojas”, con
discursos que mantienen a raya a los monstruos que se asoman. Este país se convierte,
entonces, en una tribu apretujada de gente asustada-emocionada-ilusionada que cree
haber encontrado la protección requerida.
Para combatir este brote de sociología primaria se debe aprender a deletrear el
alfabeto. Hay que comenzar por explorar los caminos de la posibilidad frente a los
caminos de la realidad. Si quienes resisten no tienen el planteamiento adecuado es
porque el estado mismo del país genera su discurso. Así, quienes resisten, no pueden
tener la seguridad de convertirse en la nueva opinión dominante sustitutiva de la
protección otorgada por el piache que administra alimentación, seguridad en la
esperanza, (aunque no en la práctica cotidiana), convencimiento de que los monstruos
viejos no volverán ni nuevos monstruos procederán a liquidar la ilusión. Terminamos
conviviendo con el régimen co-hipócritamente y co-histéricamente.
El discurso, la forma, va pues a contracorriente del medio, la realidad. Hemos
regresado tanto que uno nota el brote de los viejos conceptos para oponérselo al rebrote
de lo antiguo disfrazado con adjetivos supuestos de este siglo. Si aquél habla de una
especie de refundación de un ismo, desde el otro lado se recurre a viejos preceptos del
siglo XIX como si la teoría social no hubiese evolucionado, es más, como si no
estuviera en la obligación de evolucionar. Si en este análisis, que no sabe deletrear el
alfabeto, esto es izquierda, pues lo lógico de oponerle es derecha. Si este dice que la
propiedad es mala el discurso de quienes resisten responden reotorgándole valor
absoluto al mercado.
La paradoja de este planteamiento de regreso a lo cuasi-tribal está, en primer lugar, en
que arrastra a su oponente a la misma atmósfera mental y, en segundo lugar, lo que
constituye lo más grande del ángulo paradójico, es que hace imposible el regreso al
pasado que se pregona desde ambas partes. He allí el encierro en un alfabeto con cuyos
elementos no se sabe construir frases y conceptos: no hay códigos sustitutivos, nadie
sabe lo que es el mañana, nadie tiene el manejo de lo que política se llama “los
tiempos”, nadie logra articular frases, la forma, para hacerle entender a un país
cohabitante con un espasmo de retorno temporal y espacial, que la palabra futuro aún se
conserva en el diccionario y en el campo de las posibilidades. Si nadie sabe deletrear
esta palabra, el pueblo está y estará con la nueva ópera que se canta desde el escenario
robado del “Teresa Carreño” y desde el patio de la Academia Militar. Hay que aprender
a deletrear el alfabeto.
No volverán las oscuras golondrinas
(11 junio 2007)

Parafraseo al poeta prerromántico Gustavo Adolfo Bécker: “No volverán las oscuras
golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar”.

Un escritor chileno publica en su país un artículo para lanzar sobre mí una


“gravísima” acusación: “tercerista”, me llama. Según él, quien no esté defendiendo a la
revolución de esta oleada de estudiantes es cómplice antirrevolucionario. Por otra parte,
quién no esté con el gobierno deberá pertenecer a la resistencia oligárquica e
imperialista. No concibe el colega escritor que algunos venezolanos nos propongamos
otra cosa, una democracia del siglo XXI.
Si no recuerdo mal, desde mi condición de abogado en retiro, “tercerismo” es un
término esencialmente jurídico. Se refiere a quien tiene “una pretensión propia e
independiente”. Es, pues, lo acepto, perfectamente trasladable al campo político, uno
eminentemente jurídico y, en efecto, es lo que estamos haciendo cada día más
venezolanos: tener una pretensión independiente, una ajustada a los tiempos, una a la
que no renunciaremos jamás: decir que no aceptamos otra cosa que democracia, que la
democracia no es un cuerpo muerto sobre el cual ya no se puede innovar, que tenemos
ideas y conceptos para nutrir a la democracia de la energía para seguir su camino
deslastrada de los vicios que dieron lugar a su caída en Venezuela.
Un dirigente político amigo que ha ocupado altísimos cargos en la vida nacional un
día me increpó: “Ustedes los intelectuales no sirven para políticos porque no les gusta
repetirse”. En verdad no nos gusta hacerlo en nuestras novelas o en nuestros poemas,
pero sabemos, cuando estamos en la acción cívica, que la labor pedagógica pasa por
repetir. Además, soy un político, por la sencilla razón de interesarme por la vida pública,
de opinar sobre lo que pasa, por ejercer mis derechos ciudadanos, por protestar contra
los abusos del poder y por intentar desarrollar un cuerpo conceptual que he definido
como una democracia del siglo XXI. Todos deberíamos ser políticos, es decir,
ciudadanos.
Es necesario concretar una oferta. He dicho que lo que sucede en el mundo apunta
hacia el centro. Desde el centro se abre el abanico hacia la izquierda y hacia la derecha.
Yo, en lo particular, creo que soy un hombre de centroizquierda, pues en la teoría
política que intento desarrollar, tengo una honda preocupación social. Esto no quiere
decir que entre quienes parten del centro hacia la derecha no la haya, sólo que creo que
se aferran en demasía a conceptos establecidos en lugar de innovar. En cualquier caso,
he dicho que una centroizquierda buena y una centroderecha buena juntas pueden
colaborar activamente a eliminar una serie de contradicciones falsas que es necesario
exceptuar para hacer posible un mundo mejor. Por otra parte he aseverado, y creo que la
realidad lo confirma, que en este mundo de hoy los cuerpos doctrinarios cerrados sobre
sí mismos carecen de validez, de sostén y de futuro. Quizás es lo que se ha dado en
denominar “la muerte de las ideologías”, lo que no excluye para nada que se tenga un
cuerpo de pensamiento sólido y organizado. En este sentido soy un pragmático y un
convencido de que la construcción de una democracia del siglo XXI debe ser lo más
antidogmática posible, pues creo que esa democracia sólo es factible si parte del
principio esencial: la democracia se construye a su propio paso, mediante el ejercicio
continuo de la imaginación y de la inteligencia, de la tormenta de ideas a las cuales no
se puede oponer resistencia indebida.
En estos muchachos que andan por las calles han abundado los elementos que acabo
de enunciar. En consecuencia, este escritor que pretende dar nuevos elementos al
Derecho y que habla de las formas económicas que pueden desarrollarse independientes
dentro del capitalismo abriendo las puertas a la inserción social y a la justicia, tiene que
ver en ellos una manifestación clara y concisa de una democracia del siglo XXI. Es
obvio, claro y rampante, que estos muchachos no se identifican con el pasado
venezolano, a no ser en la idea de democracia y de libertad. En su estupendo mensaje
ante la Asamblea Nacional secuestrada han dejado claro que no son ni socialistas ni
neoliberales. Lo que son, en verdad, es la avanzada de esta democracia de quienes
tenemos una pretensión propia e independiente.
Hay muchas victorias que pueden enumerarse: el despojarse de las camisas rojas ante
los diputados oficialistas es un gesto simbólico de altísima importancia, tan grande
como la del joven chino deteniendo una columna de tanques. Los discursos de la
presidenta de la Asamblea Nacional y del señor Chávez –en cadena nacional de muchas
horas- no indican otra cosa que un pavoroso temor ante una manifestación ya victoriosa:
el país emergente no acepta un pensamiento único, el país emergente no acepta una
dictadura, el país emergente es libre e impedirá que avance este proceso de
conculcación. Pero es mucho más grave el mensaje, ante los discursos estereotipados de
los jerarcas del régimen y de los jóvenes adoctrinados que repiten la cartilla: somos
distintos, tenemos pensamiento propio, somos la encarnación de la posibilidad de
construir de manera diferente, creemos en la democracia y ni siquiera quienes la
enlodaron nos han hecho cambiar de opinión, somos la manifestación tangible de una
democracia aireada, no pueden acusarnos de los vicios en que incurrieron nuestros
antecesores, somos la manifestación clara y contundente de una democracia emergente.
Lo que dice este humilde escritor: estos muchachos son la expresión de la democracia
del siglo XXI.
Es así, como el régimen se ve atolondrado y repetitivo, acorralado y debilitado. Es así,
como quienes no creemos en que las sociedades paran viejos sino niños, le hacemos
saber a la democracia venezolana que “no volverán las oscuras golondrinas”.
Los aliados circunstanciales o la imposibilidad de un paso atrás
(18 junio 2007)

Las batallas son paralelas y con vasos comunicantes, nunca excluyentes. Tenemos un
asunto político coyuntural y un asunto de igual o mayor trascendencia: la lucha contra
un despotismo de cuño maquillado y la necesidad de construir un país. Debemos
entender que construir un país se integra a la batalla coyuntural: mientras formemos más
ciudadanos y establezcamos nuevas pautas de comportamiento social más se debilitará
el régimen al que nos oponemos.
No podemos plantearnos primero salir del régimen y luego comenzar la construcción.
Debemos hacer ambas cosas a la vez. Si miramos a la gesta de 1928 podremos
encontrar una lucha contra la tiranía gomecista y la siembra de una democracia donde
las mujeres votaran, al igual que los analfabetas, una donde los gobernantes fueran
electos por votación popular y no designados a dedo por quienes ejercían el poder. Fue
precisamente los planteamientos de construcción de un país distinto lo que dio solidez a
la lucha contra Gómez. La generación del 28 no se planteó que el asunto era salir del
dictador, sino que el asunto fundamental eran las formas políticas que habrían de
sustituir a lo existente.
Los movimientos de resistencia a un régimen autoritario no pueden sobrevivir sobre la
base de restaurar lo que existía antes del mismo. Después del régimen totalitario,
especialmente si se disfraza de revolución, no se puede volver atrás. De manera que el
planteamiento de restituir la democracia en contraparte de este aborto militarista es uno
absolutamente vacío y carente de fuerza como para dar al traste con la intentona
recurrente de perpetuar una dictadura. La lucha contra la coyuntura implica un paso
adelante, una oferta de establecimiento de una nueva realidad.
No puede existir una democracia sustitutiva del actual engendro si la política no es
rescatada como valor fundamental. No puede existir una democracia sustitutiva del
actual engendro si no recolocamos el valor de las ideas como pináculo y eje de todo un
movimiento giratorio. Debemos admitir que ahora tenemos un país muy diferente al que
teníamos antes de comenzar este período histórico que terminará. La sacudida ha
permitido un despertar generalizado hacia la participación y el interés en los asuntos
públicos. El tercer escenario es, pues, la construcción de organizaciones de participación
política con carácter horizontal, lo que significa una sacudida total sobre las llamadas
instituciones intermedias que sirven de vasos comunicantes entre el poder y la
población. El cuarto escenario no puede limitarse a una reforma del poder judicial que
le devuelva su independencia, sino un proceso de cambio aún mayor, pues implica una
reformulación del concepto jurídico hacia el establecimiento de un Estado Social de
Derecho que excede, con creces, a una mera preocupación asistencialista. El quinto
escenario pasa por una reformulación de la teoría económica limitada a los problemas
tradicionales de esta ciencia (equilibrio macroeconómico, control de inflación, políticas
monetarias, etc.) para ir más allá y llegar hasta una reformulación del mercado, a la
posibilidad de coexistencia de variadas formas de propiedad y al diseño de una
economía inclusiva, de una que me he permitido definir como subordinada a la política
y no a la inversa como hasta ahora, en que la política ha estado subordinada a la
economía.
Es lo que denominado una democracia del siglo XXI, una sustitutiva de aquella que se
agotó en el corazón y en las mentes de los pueblos por su manifiesta incapacidad, por
sus tortuosos vicios, por las corruptelas ahora maximizadas en el régimen que la
reemplazó. Es así como una lucha centrada sobre la restitución de lo extinto se hace
banal ante el poder comunicacional y represivo de lo que debemos sustituir. Si
paralelamente al combate contra el régimen no decimos con que lo sustituiremos esta
pelea se eternizará y nos encontraremos, cuando llegue su final, ante un vacío pavoroso
que arropó a nuestros grandes ensayistas del pasado dejándoles como voces en el
desierto.
Leo expresiones como “ex-país” o “territorio de mineros” para referirse a lo que
tenemos. Una de las razones que las explican es que nos ha faltado el tiempo para
pensar y la mirada lejana y muchas veces despectiva con que hemos castigado a los
constructores de país, siempre ocupados los venezolanos a tiempo completo en salir del
régimen que nos acogota y siempre sin tiempo para reflexionar sobre el porvenir. Si
vamos al análisis histórico nos encontraremos que todo gran movimiento renovador y
trascendente se basó sobre un cúmulo de ideas que inflamaron las banderas de la
libertad e hicieron posible, paralelamente, la caída del régimen y la apertura hacia el
futuro.
En la lucha contra el presente tenemos de aliados a los representantes y herederos del
pasado. En alguno de mis artículos de los meses anteriores definí la unidad “como
nociva para la salud”; lo que quería significar era que en la batalla que libramos
tenemos aliados provisionales y circunstanciales. Debemos, es cierto, hacer posible el
cambio para que se manifiesten, al igual que deberán manifestarse los que saldrán, pero
algo que debemos tener claro es que la democracia debe ser restituida para derrotarlos.
No podemos permitirnos encauzar nuestra lucha hacia el retorno de los yiddies, por lo
que, paralelamente, debemos saber que los aliados circunstanciales no son más que eso,
aliados circunstanciales, y que es fundamental, imperioso, absolutamente
imprescindible dar aquí, en este momento, la batalla de las ideas. Vamos hacia una
democracia del siglo XXI, clara y precisa, transparente y cristalina, una donde a punta
de ideas y acción combinadas derrotaremos las viejas expresiones y las expresiones
enlodadas. Seguramente gritaremos, junto a los aliados circunstanciales, “libertad”, pero
debemos recordar lo que para ellos esa palabra significaba y significa (manipulación,
poder ejercido en la trastienda, arreglos impúdicos, conculcación a quienes no coinciden
con sus intereses económicos, etc.). Para nosotros, los que debemos hacer la oferta
sustitutiva, “libertad” significa fin de privilegios, claridad y participación, justicia social
e inclusión, en suma, una república de ciudadanos ejerciendo una democracia del siglo
XXI.
La hora menguada
(s/f)

La república vive una hora menguada. La sindéresis ha sido enterrada, el poder se


ejerce con brutalidad, los corifeos halagan, los mastines se sueltan a atacar, las
instituciones son remedos, la prepotencia está uniformada, las emociones se colocan por
encima de la claridad mental para enfrentar la tormenta, los principios se queman en
hogueras paranoicas, la población se desbanda en la desesperanza.
Vivimos la hora de las tinieblas. El ejercicio del poder se ha convertido en un pisotón
demoledor, en una blasfemia que desfigura cualquier racionalidad y cualquier respeto.
La república ha perdido todo ropaje y se muestra desnuda a la burla y al escarnio. La
república es zaherida y apedreada, los límites no existen, la república está expuesta
como esclava sobre la cual se lanza a baldazos la abyección.
La sentencia de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia confiscando
los bienes de la planta televisora que se cierra es el tiro de gracia al Estado de Derecho.
Ahora sabemos que cuando los voceros oficiales dicen “tenemos todo a punto” es
porque ya han acordado la sentencia que los salve del ridículo. Esa sentencia muestra la
dependencia total del Poder Judicial del Poder Ejecutivo, esa sentencia es un disparo
artero contra la propiedad privada, esa sentencia es el tiro de gracia al Estado de
Derecho.
Un Estado democrático que no quisiera renovar una concesión radioeléctrica lo
primero que hubiese hecho era garantizar el trabajo a los trabajadores de la empresa que
hasta ahora había usufructuado tal concesión, pero este no es un Estado democrático.
Un Estado decente que quisiera mejorar la oferta puesta en pantalla lo primero que ha
debido hacer es utilizar la experiencia acumulada y el talento que allí funcionaba para
tratar de lograr la mejoría de la programación, pero este no es un Estado decente. Este
es un Estado que provoca desempleo, que echa a la gente a la calle con silbatos y en
cadena nacional, un Estado que usa forzadamente las instalaciones de la empresa que
cierra, un Estado que paladinamente proclama que quiere la supremacía comunicacional
para que a nadie le quepa duda de que el caudillo nos dictará lecciones de marxismo en
las estaciones encadenadas como lo hizo apenas hace unas horas.
La república vive en el desamparo. De entre la multitud a la desbandada sólo se
encuentra originalidad entre los periodistas que enarbolan una gran pancarta, plantean el
sonido de las sirenas y se presentan en el concierto del cantante Luis Miguel a enfrentar
a una multitud en solicitud de comprensión y de respaldo. Entre los periodistas está
brotando un liderazgo como muestra clara de que los grupos sociales pueden generar
líderes, especialmente en la situación de presión y de conflicto. Son las actrices las que
han dado la cara, en medio de una emoción descontrolada y comprensible, pero el
asunto no era sólo de emociones, era un asunto primordial de Estado. Frente a un
problema fundamental de Estado se ha dejado la tribuna, los dirigentes políticos han
brillado por su ausencia en una comprobación fehaciente de que la república no tiene a
quien recurrir en la hora menguada. Sin embargo, mirando a Rafael Fuenmayor, el
periodista que produce ideas para la protesta, y mirando a Gladys Rodríguez leyendo
con cara de decisión y con ojos brillantes ante la multitud que estaba en el concierto,
uno dice y repite que la sociedad en sus diversos grupos es capaz de generar los
liderazgos necesarios. Allí tienen la Copa América para gritar ante miles de visitantes y
centenares de periodistas extranjeros en que clase de república nos hemos convertido.
Primero llegan las hordas, después la policía, después el mensaje acusando de
histerismo y exageración. Primero llega la promesa y después la sentencia que la hace
posible. Primero llega la amenaza reiterada, glotona, babeante de poder absoluto y
después su irremediable cumplimiento. Primero llega el anuncio para que no quede
duda de hacia dónde se marcha y después la lección: ¿Qué la Iglesia quiere saber que es
socialismo? Pues envíenle los libros de Marx y Lenín, para después decirnos que Kart
Marx era una especie de Dios a quien la derecha mundial se dedicó a destruir y darnos
lecciones en la pequeña pantalla con el pequeño manual y el simplismo enarbolado
como nueva estrella a colocar en la bandera nacional.
Hay una lógica perversa que se cumple: se toma un principio en su esencia correcto y
se prostituye. Hay miles de ejemplos, como el de la inclusión social que se envilece
uniformando con camisas rojas, como este de la necesidad de una mejor televisión que
se derruye hacia la hegemonía comunicacional de un régimen totalitario. Y por allá se
responde que para oponerse a la degradación hay que ser de derecha, hay que condenar
a “todas las izquierdas”. He dicho mil veces que la forma de combatir la desnudez de la
república es vistiéndola con nuevos ropajes de democracia del siglo XXI, una plena de
justicia, de inclusión, de respeto y de dignidad.
El pesimismo no tiene cabida en la hora menguada. La reserva está abajo, hundida en
la población que tenemos a pesar de que a simple vista pareciera lo contrario. Hay que
ayudar al parto, a traer a la vida a un bebé, las sociedades no paren ancianos, las
sociedades no se regeneran retrocediendo, las sociedades se liberan adoptando nuevas
formas y nuevas ideas, nuevos planteamientos y nuevos desafíos a la imaginación. Aún
estamos a tiempo, pero para ello la sociedad venezolana debe comprender que debe
romper los esquemas, que debe procurarse formas innovadoras, que debe saberse madre
y en consecuencia parir, con el dolor y las lágrimas de todo parto.
La insoportable contraofensiva ideológica
(13 agosto 2007)

Siempre había pensado que capitalista era una persona acaudalada que coopera con su
capital en uno o más negocios, pero conforme a una contraofensiva ideológica,
palmariamente inepta, capitalista es quien se opone a Chávez. Uno lee al columnista
“A” y se oye recordar que el general Baduel no defendió al capitalismo en su célebre
discurso. Vaya pretensión. Cuando uno va al columnista “B”, pero también al “C”, al
“D”, y seguramente hasta agotar el alfabeto, se encuentra que frente al socialismo del
siglo XXI (endógeno, petrolero, indoamericano, etc.) lo que hay que oponer es una
defensa cerrada del capitalismo.
Más allá, uno escucha al profesor que proclama a los cuatro vientos que uno de sus
propósitos de vida es lograr la eliminación de los estudios de marxismo en todas las
facultades de economía y donde quiera se estudien las ideas de los siglos pasados. Ay,
los conversos. Mientras el único razonamiento “ideológico” que estos Dartagnanes
opongan a los desvaríos del régimen sea capitalismo, la batalla será ganada por el
marketing que nos dice que la palabra ideática que envuelve al régimen es
“solidaridad”, “amor al pueblo”, “pasión por los pobres”.
No soy marxista, no soy socialista, no soy socialcristiano, no soy socialdemócrata, no
soy liberal, no soy comunista. Terminó la era de los cuadros cerrados de pensamiento,
terminó la era de los “libritos” a los cuales ajustarse, se canceló la era de las ideologías,
los manuales se pusieron amarillos e inservibles. Soy un pragmático que cree que en
cada país debe hacerse lo que conviene a los intereses del pueblo que se gobierna. Lo
aprendí hace muchos años en Buenos Aires con John Kenneth Galbraith: “Si conviene
nacionalizar se nacionaliza, si conviene privatizar se privatiza”.
El rechazo a las doctrinas proclamadas o a la ideologías muertas, no excluye para nada
el pensar, el conceptuar, el formarse un propio cuadro de pensamiento que oriente en la
vida pública a la cual se quiere servir. He dicho que uno de los puntos fundamentales
que debe estudiarse es el del sistema político por el agotamiento práctico y teórico que
muestra la democracia. He ido sobre ella y he puesto sobre el tapete ideas para una
“democracia del siglo XXI” (organización social, reformulación de las sociedades
intermedias, renovación total del concepto de política). A mí nadie me venga a decir que
frente al “socialismo” proclamado, y para ser un leal disidente del régimen venezolano
hay que salir en defensa a ultranza del mercado. El mercado debe ser reformulado, he
escrito, y he dicho como. Frente a las pretensiones “socializantes” he manifestado que
no se puede salir a proclamar las virtudes de la propiedad privada y no más, puesto que
es necesario admitir que frente a una propiedad privada que debe ser respetada, debe
admitirse la existencia de otros tipos de propiedad que ayuden con rapidez a la inclusión
y a la justicia social. Frente a las reformas constitucionales y demás hierbas es absurdo
pararse a decir que los viejos principios liberales del capitalismo protestante son la
panacea, puesto que he descrito una capacidad de adaptación del marco jurídico para
conformar un Estado Social de Derecho.
Todo planteamiento –por lo demás- de defensa llana y lisa del capitalismo para
supuestamente confrontar a este enramaje teorizante con que se nos pretende envolver
es una soberana idiotez, porque frente a esta operación de marketing el “socialismo”
siempre será más simpático que el capitalismo. Más aún, frente a la realidad que
transitamos no tendrá ningún chance una postura de derecha para sustituir a la de falsa
izquierda que se nos lanza. Lo repito: sólo una postura pragmática de reconversión
social, de avanzada social, de justicia social, es lo que puede ofrecerse válidamente
como alternativa. ¿Propiedad privada? Sí, pero conviviendo con otros tipos de
propiedad. ¿Mercado? Sí, pero reformulado conforme a exigencias perentorias que he
descrito con claridad cuando he escrito sobre una economía inclusiva donde formas
alternas convivan con las formas capitalistas. ¿Pastiche? No, aprendizaje en las
realidades políticas y sociales de nuestro tiempo. Es posible construir una sociedad
donde las prácticas de la libre empresa convivan pacíficamente con organizaciones
comunitarias que actúen fuera del mercado. Los extremistas no lo entienden ni lo
entenderán nunca. Para ellos hay que gritar “capitalismo” para no estar de acuerdo con
Chávez. Yo estoy en desacuerdo con Chávez sin andar pegando gritos a favor del
sacrosanto “dejar hacer, dejar pasar”.
Cuando era joven, feliz e indocumentado –para usar una expresión del Gabo- y
vagaba por Inglaterra, decidí ir a Westminster a visitar a los poetas y a todos los ilustres
y no tan ilustres que viven allí con sus huesos venerados. Sin embargo, era necesario
subir hasta la tumba de Shakespeare en Stratford-upon-Avon porque allí sus coterráneos
escribieron una maldición a quien se atreviera a tocar esos restos, de manera que nunca
podrán ser trasladados a Westminster. Frente a Shakespeare constaté que estaba vivo,
pero algo me faltaba y era la tumba de Marx en Highgate Cementery in North London.
Hasta allí me dirigí para reflexionar un poco ante los huesos del viejo alemán.
“Karl, eres un clásico -le dije- y tú sabes lo que es un clásico”. No habrá otro Lenin
desde la cresta de la ola bolchevique. El marxismo sigue siendo un universal y atractivo
cuerpo de pensamiento y uno de los más útiles para el conocimiento del conjunto de
relaciones sociales, aunque existan categorías marxistas evidentemente inútiles. “Todos
hemos recibido alguna influencia de ti – le dije- pero ya no lo notamos porque forma
parte de la cotidianeidad”. Eso es un clásico, insisto. Estudiar a Marx es hacerse de
cultura porque su pensamiento es herencia cultural del hombre. Aplicar a Marx sobre las
realidades del siglo XXI es una absoluta extravagancia. Ahora que recuerdo aquel viaje
me provoca decirle al alemán barbudo que “más estúpidos son los que quieren
eliminarlo de los estudios universitarios o que gritan capitalismo para oponérsele,
cuando ya no hay necesidad de oponérsele a no ser en algunos doctores Frankenstein
que andan creando monstruos”. Para infinidad de gente el pensamiento no evoluciona,
no se hace simple y complejo al mismo tiempo, no se renueva, no brilla con nuevas
proyecciones y maravillosos hallazgos. Por eso la democracia languidece y algunos
trasnochados quieren sacar al viejo Marx de su tumba, donde bien muerto está. Y,
además, déjenme decírselos, profundamente feliz de estarlo y de ser un clásico de la
cultura del hombre.
Mensaje a los jóvenes que caminan la historia
(s/f)

Primero los regalos, aumentos de sueldo, becas y halagos y después usurpación de las
funciones del Consejo Nacional de Universidades y de los Consejos Universitarios de
las universidades autónomas. Eso ha sucedido frente a nuestras narices. La zanahoria de
la compra no va a funcionar. Las universidades dirán su palabra. Están obligadas a
decirla.
Los videos nos muestran la verdad de los hechos, sobre todo en materia de represión.
La multitud de estudiantes es la más grande que este columnista ha visto en su vida. Lo
dice quien participó activamente en las luchas estudiantiles de los años calientes de la
década del sesenta. Los “matemáticos” estériles que sacan porcentajes sobre la
población estudiantil y el número de participantes son fofos mentales. Hay una voluntad
que apenas requiere de un grito: ¡Viva la inteligencia!
No pretendo ver a Sartre en una barricada en el barrio de Chacaíto. Aquí no existe un
Sartre. Esto es lo que tenemos, no más. En la Francia del mayo los filósofos y los
intelectuales eran los íconos. Aquí lo son las actrices y los actores. Tenemos lo que los
sesudos sociólogos nos han estado repitiendo, un “imaginario colectivo”. La
oportunidad es buena para proclamar uno nuevo, pero para ello es menester reclamar a
la imaginación su presencia. La imaginación pasa por incluir en el grito una
transformación de las universidades, un mantenimiento de una autonomía renovada, un
grito a la manera de Córdova. Es decir, llenar la palabra libertad.
Allí, en esa multitud de estudiantes, están los líderes. Deben aprender que no necesitan
otros, ni reconocerse en el estereotipo, ni repetir las consignas de otros. Deben abrir la
inteligencia y la imaginación, si es que quieren insurgir como la generación del 28,
aquella histórica donde estaban Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba, entre otros
muchos, y marcar la historia de esta república. Nosotros, los de la generación del 58,
insurgimos a la caída de una dictadura a la que los universitarios de entonces supieron
darle un empuje hacia el final. Nos tocó vivir siempre en democracia, hasta ahora. Estos
muchachos de hoy tienen una vaga idea de la tiranía perezjimenista, son hijos de la
democracia, no sabían, hasta ahora, como es el aire de un régimen de fuerza.
Y los entrevistados siguen echándose paladas de tierra: “esto no es político”, “nosotros
no somos políticos”, “no tenemos nada que hacer con la política”. Cometen el peor
error, el más grave de todos. Un ciudadano es un político, no necesariamente un
activista político o un dirigente de partido o alguien que pretende ejercer un cargo
público. Un ciudadano que reclama un derecho es un político. Los estudiantes que están
en la calle están en una acción política, todo el que pelea o emite un grito de defensa o
de protesta o de reclamo es un político por la muy sencilla razón de ser ciudadano. La
ciudadanía implica el ejercicio diario, cotidiano, constante de la política. El dictador lo
que ha pretendido es acabar con la política, definida por mí como el invento de los
hombres para vivir en paz, para resolver los conflictos, para armonizar los intereses
encontrados con justicia y equidad. Este régimen no quiere política, la quiere extirpar,
desaparecer del mapa. Tiene este régimen una contribución valiosa en toda esta cuerda
de opinadores que repiten “estos no es política, “yo no soy político”. Semejante
declaración permanente convierte a los ojos de la gente a la política en una actividad
malsana, detestable y repudiable, para satisfacción del dictador. Los jóvenes deben
gritar ¡Viva la política!
Los muchachos que están en las calles deben saber que no son protagonistas de
disturbios, que no son siquiera protagonistas de una protesta, que por los azares de la
historia se les ha confiado una misión mucho más trascendente: ser parteros de un
nuevo tiempo. No están allí para otra cosa que para un despertar. Están allí para tomar
un comando donde no hay comandantes. No quiero escribir el día de mañana un artículo
titulado “El mayo perdido”. Allí en esa multitud están los estudiantes que hicieron
posible aquella frase: “Aquí vive el presidente y el que manda vive enfrente”. Fue en la
lucha contra la sucesión de Juan Vicente Gómez y el líder estudiantil que la motivó se
llamaba Jóvito Villalba. No puedo saber si esta generación estará a la altura de tamaña
responsabilidad. Sólo cumplo con decírselos.
Mensaje a los viejos que observan la historia
(s/f)

La abuela me contaba las historias del abuelo, seguramente magnificadas por el amor
y la admiración. Él salió –decía- con el pecho descubierto a enfrentar a los soldados que
rodeaban la casa de la hacienda y los soldados huyeron. Los cuentos de la abuela sobre
el abuelo –coronel de guerrillas en los estertores del siglo XIX- estimularon mi
imaginación de adolescente. Esos cuentos fue lo primero que escribí, textos
costumbristas que en su momento lancé a la papelera. Ante mi inocultable inclinación a
la política el abuelo me llamó un día y me lo dejó claro: “Nieto, en este país para
graduarse de hombre hay que haber estado preso”. No me dijo “desiste”, me dijo lo que
en su criterio me esperaba. Era la expresión de un hombre del siglo XIX, de uno que
había vivido guerras y montoneras, de un hombre de un tiempo donde la incivilidad
prevalecía y cada caudillo se alzaba con el pretexto de una “revolución”.
Cuando leí por vez primera los poemas de mi bisabuelo italiano de apellido Benso y
nombrado Edoardo, entrado por las Antillas y cambiado su apellido a Penso por algún
escribiente de una revolución triunfante, poemas en el más puro estilo del
romanticismo-modernismo, entendí que aquel emigrante europeo me había traído el
valor de la palabra. En las dos ramas, en la del hombre rudo y en la del delicado y frágil
poeta, entendí que sería ambas cosas, político y escritor. Hoy entiendo los compromisos
generacionales y me permito decirles que a los viejos nos toca evitar que esta
generación que está en la calle termine de formarse, de madurar, de hacerse hombres y
mujeres en la cárcel o en el destierro.
Si los jóvenes tienen una responsabilidad inmensa la de nosotros los mayores no es
más pequeña. En mi familia pasaban los sustos en silencio. Nadie me dijo “no vayas”.
Nadie me preguntó si los golpes recibidos me dolían. Simplemente me respetaban,
tragando grueso. Estamos frente a una generación que emerge. Ese apelo a los padres
para que “controlen” a sus hijos es una estupidez. Lo que tienen que hacer los padres es
respetar a sus hijos, porque los mayores tenemos la obligación de impedir que vivan los
avatares del siglo XIX y los avatares del siglo XX, que sean asesinados como lo fue
Leonardo Ruiz Pineda en una emboscada que privó al país de un líder, y con Ruiz
Pineda a tantos otros, de todas las tendencias y en diversos tiempos.
La falta de líderes no es casualidad. La falta de líderes tiene explicación en dos
vectores: la guerra de guerrillas de los años sesenta llevó al exterminio a una pléyade de
brillantes jóvenes de la izquierda y, del otro lado, la implacable acción contra la
generación socialcristiana del 58 disolvió en el olvido a decenas de líderes
excepcionales. Si ambos errores históricos no se hubiesen materializado no tendríamos
en el poder a estos ignorantes de hoy, sino a una generación estupenda, y en la oposición
a excepcionales líderes, no a estos asomados que salen a la palestra a decir “existo y
propongo un referéndum para que el país decida si vuelve la señal del canal de
televisión”.
Los muchachos de hoy que han caído presos han sido víctimas de una antigua
recurrencia histórica. Les ha tocado graduarse de hombres a la vieja manera. El
imaginario que los mayores debemos transmitir a estos muchachos no es de miedo, es
de respeto. Lo que debemos transmitirles es que estamos dispuestos a impedir que
vuelvan a la cárcel, que deban marcharse al exilio a leer los libros que deben leer y a
patear las universidades del mundo por fuerza mayor y no por el ejercicio impecable de
la búsqueda del conocimiento y del saber. Lo que decimos a los jóvenes es una marca,
lo que le contamos e informamos es una herencia invalorable. Ese es el ejercicio de la
pedagogía con todas sus consecuencias. A los mayores nos toca hacer posible que en el
siglo XXI no sigamos viviendo el peligro que vivimos otras generaciones, nos toca
hacer posible que estos muchachos y muchachas se quemen las pestañas para dirigir a
esta nación en paz y en un aire respirable.
Que la experiencia la tenemos cuando ya no es útil, es algo muy repetido y muy falso.
En algún libro mío la he definido como una acumulación progresiva de recuerdos y que
lo que se sabe sirve apenas para el momento. Los mayores debemos utilizar lo que
sabemos y este es el momento.
Torquemada y su derrotado proyecto religioso
(s/f)

La sociedad española del siglo XV era lo que los historiadores acostumbran llamar
una “sociedad endiablada”. Tomás de Torquemada pasó a la historia por haber sido el
primer Inquisidor General del Tribunal del Santo Oficio y el que hizo poner la firma de
los Reyes Católicos al decreto de expulsión de los judíos de España. En la “sociedad
endiablada” que es la Venezuela de hoy la Asamblea Nacional, a la mejor manera de
Torquemada, ataca a los colegios católicos porque supuestamente pusieron como tarea
escolar la discusión del magnífico documento de la Conferencia Episcopal. Lo que hace
este detestable remedo de Parlamento es exactamente lo mismo que hizo el Gran
Inquisidor, esto es, hacer del chavismo un proyecto religioso para la política.
Del otro lado, un orador plantado con la mayor serenidad en el alto podio de la
Academia Nacional de la Historia pronuncia un denso discurso que titula “Sobre la
responsabilidad social del historiador”. El orador se proclama producto de la “libertad
intelectual”. El poderoso contraste, el del llamado de Torquemada por un lado y el del
hombre lúcido por el otro que hace ejercicio definiendo la conciencia nacional
venezolana, es símbolo de una “sociedad endiablada”, pero de una donde la esperanza
pervive y donde la inteligencia vencerá las sombras. Confieso que hace muchísimo
tiempo no me sentía tan bien y tan contento, no porque el orador se llame Germán
Carrera Damas, un querido amigo a quien se hace justicieramente académico, sino
porque su voz fue la de un país enraizado en los valores y un llamado a la
responsabilidad.
Y por si fuera poco, se suceden las elecciones en la UCV. A veces, metidos en el
berenjenal de la cotidianeidad, perdemos de vista lo obvio, lo que representa esa casa
para este país. Carrera Damas, por ejemplo, es producto de la Escuela de Historia
ucevista. La UCV es el corazón de la república, uno de los centros de creación de
líderes, un punto neurálgico de eterna rebelión y de cruce de ideas. Celebramos los
resultados, que este muchacho Sánchez sea el nuevo presidente de la FCU, la paz con
que se celebraron las elecciones. Sí, todo eso, pero miremos que lo sucedido es un
resultado crucial de un mensaje de la juventud venezolana frente a Torquemada. No se
puede imponer un proyecto que tiene el rechazo de la juventud de un país. Si la
juventud de un país se pone de frente contra una oferta, esa oferta está condenada a
perecer. Podrá sobrevivir circunstancialmente, podrá ejercer la violencia para aplacar la
rebelión juvenil, pero está condenada. Lo peor que le puede pasar a un gobernante que
quiere eternizarse es que una generación se le ponga delante.
No hay duda sobre el nacimiento de una generación. Veo a ese muchachito que en las
calles de Barquisimeto declara a los medios desde su rebeldía y me recuerda a mí
mismo en mis tiempos del liceo “Lisandro Alvarado”. Veo a Stalin González no
lanzándose a la reelección y siento un grato sabor. Veo a Ricardo Sánchez
atropellándose en sus expresiones y me digo que cuando controle la emotividad y
aprenda a modular la palabra será un gran líder. Veo a Eduardo Fernández en el acto de
la Academia de la Historia y le digo “¿Sabes qué? Yon Goicoechea bien puede ser el
equivalente tuyo de estos tiempos”. En realidad las similitudes son muchas: Eduardo
irrumpe en la vida pública con la huelga de la UCAB en 1957. Yon irrumpe en la vida
pública con la resistencia estudiantil de 2007. Las diferencias son también muchas, pero
Yon es un típico producto de este tiempo. Todas sus características así lo dicen.
Estos muchachos deberán estudiar, hacer postgrados en universidades del primer
mundo, prepararse para el líderazgo, no solamente en la política, pues de allí saldrán
científicos, académicos, profesores, amén de presidentes de la república. A mi
generación, la del 58, la “generación frustrada”, aún le caben inmensas
responsabilidades. Una de ellas es la de actuar con gran desprendimiento y amplitud
para cuando esta generación esté lista para asumir el comando. Aún nos quedan grandes
obligaciones, especialmente en la política. Tardíamente creo que se nos llama a un
papel protagónico, no encarnado en burocracia, sino en el de una lección histórica, al de
una transición hacia estos muchachos con los que debemos ser rígidos y comprensivos,
exigentes y generosos, estrictos y benevolentes con sus errores. Quizás la generación
del 58 debería reagruparse, en todas sus expresiones y tendencias, para cumplir con un
papel moroso que la historia parece entregarnos.
El proyecto laico es el de reconstruir esta república. Todos los signos son
esperanzadores. El rescate por parte de la juventud de los valores políticos, el de su
insistencia en los principios de la libertad y de la democracia sobre la base de
instituciones ajenas a los vicios del pasado, su deseo ferviente del uso del voto, todos
son altas barreras que el país naciente coloca frente a la pretensión totalitaria. La lenta,
pero firme maduración de los venezolanos que tardía pero indeteniblemente comienzan
a comprender que hay que votar el 2 de diciembre y la palabra del maestro que nos
habla desde la Academia Nacional de la Historia de “un paréntesis en un desarrollo
democrático que no detienen ni decretos, ni exaltación de valores creados ad-hoc…”,
son signos auspiciosos.
Es así. Torquemada y su proyecto religioso insertado para justificar un proyecto
político, están derrotados. El encuestador Oscar Schémel, de Hinterlaces, nos lo ha
dicho con vehemencia y seguramente ante la incredulidad general. “Este país está en
una adolescencia política, en la que comienza a madurar”. Absolutamente cierto. Parece
mentira, pero una de las consecuencias del período democrático fue el adormecimiento
de la población y la pérdida del sentido crítico, la desaparición del ciudadano que
participaba activamente en la vida pública. A ello se debe el largo sueño de la juventud
que nació y creció en un clima de antipolítica. Pero llegó el momento y ahí está
haciendo y construyendo ciudadanía.
Oscar Schémel, sin ocultar su emoción por lo que dice, y seguramente sin ser
escuchado, nos ha repetido, casi con lágrimas en los ojos, que lo que sus encuestas
reflejan hermosamente es el renacer de una conciencia democrática, de una renovada
voluntad democrática, de una disposición democrática que está allí presta a saltar y
tomar las riendas de la república.
La rebelión de la provincia o la revolución de la inteligencia
(6 septiembre 2007)

¿Cómo hacer para subsanar los años de incuria o de lejanía de la política? Este es el
quid de la cuestión que algunos corresponsales del correo electrónico en el interior me
plantean. La respuesta es manifestarse dispuestos, hablar, ir a los estupendos diarios de
la provincia, a los programa de opinión de las radios y televisoras locales, dejar saber su
opinión, participar en los asuntos que se le van a ir atravesando, pues apenas se vea que
profesionales de diversas áreas están disponibles vendrán los consecuentes
planteamientos de incorporación y de liderazgo. Pensar –les he dicho- que los nuestros
no se limitan a los seres queridos, que los nuestros son todos los habitantes del país y, en
consecuencia, estar disponibles para ellos.
La provincia va a despertar. Aún no he escuchado a ningún zuliano decir con su
particular acento “no acepto el desmembramiento del Zulia”. Ni he escuchado a ningún
caroreño recordarse que dos de los siete generales de división del ejército patriota eran
de Carora, a saber, Pedro León Torres y Jacinto Lara y que, en consecuencia no pueden
aceptar que el municipio Torres sea arbitrariamente adscrito a una Comuna o que el
estado Lara sea partido a voluntad del presidente, puesto que se revolverían los huesos
de todos los hermanos de Pedro León, todos muertos en combate; el mismo Torres
murió a consecuencia de las heridas recibidas en batalla, pues en aquellos tiempos los
generales peleaban.
Así a lo ancho y largo del país. Sabemos bien que nuestra división político-territorial
no responde a criterios de desarrollo, pero ya está sembrada una conciencia local. La
democracia trató de subsanar el asunto mediante la creación de las llamadas
Corporaciones Regionales de Desarrollo (Corpozulia, Corpooriente, Corpocentro,
Corpoocidente, etc.), hasta que llegó un presidente y las eliminó, en lugar de subsanar
su capacidad limitada a la planificación y extenderla a la implementación de programas
en plena ejecución.
De la provincia vendrá la ola que impondrá criterios. No de los estudiantes. Con la
autoridad moral que me da haberlos elogiado a más no poder cuando salieron a la calle
despertando al país, ahora les digo que sus planteamientos del presente son absurdos.
Cuando dicen que el dilema está entre Asamblea Constituyente y referéndum están
haciendo como el que está montado en una camionetita para Petare y está decidiendo si
va para Catia o Caricuao. Los estudiantes parecen no entender que estamos ante una
situación de hecho, una que impone referéndum y punto. Con esa posición están
escurriendo el bulto de la verdadera cuestión de fondo. Ya no les luce seguir
aplaudiendo rítmicamente y gritando “estudiantes”. Ya sabemos lo que son. De esta
manera hay que decírselos muy claramente: son el futuro, son respetados, son
bienvenidos, pero no son el presente. Los estudiantes deberán hacer lo que el país
imponga que debe hacerse y no serán los estudiantes los que le impondrán al país lo que
hay que hacer. Peleen y fórmense, pero para dirigir esta batalla contra la reforma
constitucional no basta hacer ruido, como están haciendo, puesto que se requiere mucho
más que eso.
Esa bendita habladora de pendejadas sobre que esto no es una batalla entre Si y No,
que esto no es una batalla sino una amable discusión, ya me tiene harto. Como esos que
van a la Asamblea Nacional, caso del rector electoral que se presentó allí, a proponer
que se quite la palabra “socialismo”, que se modifique lo referente a los ascensos
militares, que se permita la disponibilidad de la propiedad y no sé cuantas cosas más. La
ingenuidad pretende que las van a quitar, eliminando todos los propósitos del presidente
a plantear la reforma; si ese mismo criterio maneja el rector electoral para defender la
inmensa mayoría que votará No es mejor que desaparezca de la escena. O como la brava
AD que culmina toda su furia abstencionista pidiendo un derecho de palabra ante los
honorables diputados. O como la bendita insistencia en votar por separado 33 artículos
para que la votación dure dos semanas. Lo que más rechaza la población es la reelección
indefinida, de manera que lo que conviene es que el voto sea uno, para que lo de la
reelección vaya en el paquete y decida el voto de miles de miles de chavistas.
La provincia va a despertar. Y la inteligencia nacional establecida en la provincia debe
despertar. Deben asumir voz y compromisos, los colegios profesionales deben ser
llamados al combate, las plumas deben desempolvarse y llenar los periódicos de
artículos, las voces de tanto buen orador deben escucharse en los medios radioeléctricos
de la provincia adentro. Hablando claro, fijando posición sobre lo único que existe para
fijar posición, sin andarse por las alcantarillas ni por los bordes ni con evasivas
similares a las contorsiones de las marionetas. De la provincia debe salir un rugido
imponiendo a Caracas, convertida por obra y gracia de un centralismo asfixiante en un
poder decisorio que nadie le ha otorgado, una decisión irrevocable de preservar la
república. Las voces deben ser tan fuertes que el país, por fin, deje de escuchar esas
rocambolescas ruedas de prensa de los partidos los lunes que afectan la decencia y
producen retorcijones de barriga. Son incomparablemente diestros en el uso de la
pequeñez para atacar, son insólitamente hábiles para no decir nada a no ser sandeces. La
ola que la provincia lance debe pasar intacta por encima de la cabeza de estos
dirigentillos partidistas, arropándolos, sometiéndolos a una decisión nacional,
imponiendo un criterio a su irracionalidad perversa y exhibicionista.
Es la hora de la rebelión de la provincia y es la hora de la revolución de la
inteligencia. Qué la provincia grite y sea conducida por los maravillosos hombres y
mujeres que la pueblan hacia la decisión que todos respetaremos. Es la hora de la gente
que habita pueblos y ciudades interioranos. No es la hora de Caracas ni de los
politiqueros ni de los imberbes. Los caraqueños y quienes habitamos aquí habiendo
nacido en el interior, escucharemos y seguiremos la voz de la provincia y la voz de la
inteligencia que la habita.
De las ideas de lento avance
(1 octubre 2007)

Si en algo he sido cuidadoso es en aunar al planteamiento crítico la propuesta


conceptual. He desarrollado un corpus de ideas que he denominado “Democracia del
siglo XXI”, donde he ido desde la organización horizontal de las sociedades intermedias
hasta la concepción misma de la política, desde la consideración del Derecho como
forma celular que encarna los cambios de justicia social hasta los planteamientos de una
economía inclusiva. Tampoco he faltado a lo estratégico y lo táctico sobre la coyuntura
sociopolítica que ahora padecemos. Sobre ambas aristas debo decir que nadie me ha
hecho caso, aunque a veces noto alguna influencia mínima ejercida por mis ideas. A mis
artículos en web he sumado el libro y así buena parte de mis consideraciones sobre la
democracia, el asunto medular a mi modo de ver, está recogido en El último texto
(Segunda lectura del nuevo milenio) (Editorial Ala de cuervo, 2006) y aspiro ver
publicado en 2008 “Una interrogación ilimitada (Tercera lectura del nuevo milenio)”
donde remato la tesis de un sistema político democrático para estos tiempos que corren.
Amén del cuerpo teórico he dejado clara, en cada ocasión, mi postura sobre la
coyuntura específica y a cada error detectado he recordado lo que dije al respecto. Los
lectores deben entender que soy solamente alguien que escribe, no pretendo el ejercicio
de liderazgo alguno, cumplo –apenas- lo que considero un deber ético y una obligación
moral: escribir sobre mi país. Y lo he hecho profusamente, sin ahorrar tiempo. Sobre el
cuerpo conceptual quizás alguien algún día se interese, puesto que sé de la lentitud del
paso de las ideas. Sobre los asuntos estratégicos y tácticos me preocupa algo más que
nadie me haga caso, pues quizás si al menos se hubiesen molestado en darle una mirada
a lo que he planteado es posible que el agregado de esta óptica hubiese contribuido en
algo a enrumbar mejor la lucha.
Comparto plenamente la posición de los lectores que me escriben: estamos hartos de
diagnósticos, pero más de planteamientos descabellados y sin ningún asidero en la
realidad. El país exige un diseño sobre su destino, un corpus conceptual sobre lo que
queremos que sea, un proyecto nacional. He sido yo quien ha repetido un millar de
veces que sin ese mapa conceptual de Venezuela será imposible enfrentar a lo que
tenemos como oferta en estos momentos. Algunos dicen que primero tenemos que salir
de esto, lo que es un craso error. Otros cometen una peor equivocación, el invocar el
capitalismo como contraoferta, cuando está claro que la única posibilidad es avanzar
hacia una sociedad que si bien respete cosas básicas como el derecho a la propiedad
también se abra, progresista y progresivamente, hacia el logro de nuevas formas que
garanticen la justicia y la paz social. Por ello he denominado a mi modesto bloque de
ideas “Democracia del siglo XXI” y he dicho, para que nadie me haga caso, que frente a
“socialismo del siglo XXI” lo único a oponer es “democracia del siglo XXI”.
Me he definido como un pragmático con ideas y conceptos, uno muy distinto a otro
pragmatismo que ronda por allí y que de lo único que quiere ocuparse es como salir del
gobierno. Para salir del gobierno hay que tener una propuesta sustitutiva, en primer
lugar, y una estrategia definida, en segundo lugar. Lo que sucede es que no existe
ninguna de las dos y una buena parte de los venezolanos –a buena hora y por fin-
comienza a molestarse con los habladores de pendejadas. A quienes me dicen que
quieren verme en televisión les respondo que eso no será posible, no soy “entrevistado
predilecto”. Internet resolvió problemas de monopolio informativo y la prueba la
acabamos de ver en Birmania donde cinco blogs han mantenido informado al mundo y
ni siquiera el cierre de esa vía por parte de la dictadura militar ha cortado la
comunicación, puesto que la tecnología ha conseguido la manera de saltar sobre el
bloqueo.
La sociedad venezolana de hoy paga un alto precio en mediocridad y falta de criterio
político. Ya las causas las hemos abordado suficientemente. He, por ello, llamado a la
inteligencia a reaccionar, a esa escondida en provincia y en la vida privada, a una que
instituyó en su mente un desprecio irracional por la política. No culpen, estimados
lectores que me escriben, a la falta de dirigentes buena parte de nuestros males.
Plantéense más bien que clase de sociedad es esta que no es capaz de generarlos y
pregúntense que clase de comportamiento deben adoptar para producir un salto
cualitativo y una reapreciación de la más digna de las actividades: la participación
activa en la conformación del destino colectivo.
La invasión de la teatralidad
(9 octubre 2007)

Paradójicamente la palabra griega Theatrón que ha dado lugar a nuestra palabra teatro
se refiere al lugar donde se da el espectáculo, no al espectáculo mismo. Si
mantuviésemos esa derivación tendríamos que decir que los actores somos quienes
vemos el teatro, no quienes actúan. No obstante, la Venezuela de hoy es un teatro con
unos actores que encajan a la perfección en el sentido actual de la palabra. Teatro es el
espectáculo y teatro el lugar donde se escenifica. Así, tenemos al actor que se presenta
solo a las puertas del palacio a desafiar al príncipe con una carta y tenemos al jurista que
se inventa una interpretación para descubrir lo que nadie -válgame Dios- había sido
capaz de entrever. Cuando alguien se inventa un personaje es un actor. La paranoia hoy
es calificada, creo, simplemente como un trastorno delirante.
Este venezolano es un teatro desordenado, uno donde hay dos espectáculos a la vez,
que se entreveran ciertamente, pero se supone que esto es una república y no un teatro.
Ahora bien, afirmar que esto es una república puede resultar una afirmación sujeta a
duda. Si tengo un hueco fiscal por mi dispendio pues invento un nuevo impuesto, dado
que la distribución del producto debe ir a calmar a algún sector que protesta, más cubrir
lo que he derrochado y lo que me mantiene en el poder: un reparto que desconoce todas
las reglas de la economía moderna. Así no se sostuvo ni el Imperio Romano, a pesar de
sus legiones, y baste para ello mirar alguna hambruna que azotó a Roma. Si nadie ha
dado con el argumento, yo jurista y no precisamente romano, -del lugar donde se
ordenaron los códigos gracias a un emperador sabio- me invento una interpretación
extensiva, como chicle pues, y saco de la manga el aseverar que si para derogar leyes se
requiere una participación ciudadana de mayoría, pues la reforma constitucional se irá al
fondo si simplemente nos abstenemos. Olvida el actor que semejante interpretación,
tratándose de un texto planteado como reforma, necesitaría de un Senado romano
absolutamente dócil y amenazado por los cuchillos largos, para ser admitido, aunque tal
vez cabría observar que tal estiraje es simple argumento retórico que no tiene base ni en
la más audaz de las interpretaciones teatrales.
Este país de espectadores aplaude a rabiar. Panem et circenses, cabría decir, sólo que
el pan está por desaparecer. Un manejo de la economía a voluntad de quien desconoce
los principios básicos de esta ciencia y que mueve los hijos para complacer sus políticas
insanas, lleva a inflación y a parálisis. La falta de pan ha sido causa del trastoque de
mucho gobierno en la historia de la humanidad. Muchos espectadores del teatro se han
lanzado sobre los actores porque los gruñidos de sus estómagos le han impedido seguir
riéndose. En el medioevo y en los inicios del renacimiento lanzaban frutas y verduras
sobre los malos actores que no sabían interpretar sus papeles de juristas y de políticos
con pretensiones de liderazgo. Tal vez por ello los italianos inventaron la Commedia,
para tomarse un poco las cosas a lo bufón y marcharse rápidamente con su música a otra
parte, sólo que la palabra evolucionó hasta llegar al poema y elevarla el Dante a la
sublimidad. No era fácil el público que miraba a Shakespeare.
Hay públicos de públicos. Hoy se habla de comedia ligera para referirse a esos
culebrones semi-humorísticos o de baja ralea a que ha sido reducido el teatro en
Venezuela. Tal vez la expresión sea aplicable a esta degradación monumental que, no se
sabe porqué causa, sigue llamándose política nacional. La palabra política no merecía
esta desagradable suerte. Y el público de este teatro se divide entre quienes deliran con
el bochorno que se ejecuta sobre las tablas, entre quienes bostezan y se aseguran que las
puertas están bien cerradas y quienes se suman a los actores produciendo el efecto de
integrar los espectadores a la actuación, vieja aspiración de algún dramaturgo
innovador. No hay la menor duda: este país es un teatro. Hay actores de todo tipo, como
el que ve “desestabilización” por todas partes y se llena la boca con la palabra Estado –
aún no repuesto de la inmensa sorpresa que le causa estar en el poder-, el que se dedica
horas y horas a inventar el argumento que nadie ha entrevisto (este pretende el
honorable título de “original”), el que cree que basta un discurso emotivo y
grandilocuente para alzarse sobre las masas hambrientas de alguien que le cante la
canción del final anticipado.
Aquí no se puede seguir actuando. Esto no puede seguir siendo un teatro en su sentido
más devaluado. La única manera de que esto comience de nuevo a parecer una república
es que los espectadores dejen de serlo y dejen de gritar sandeces en el circo y se alcen a
construir su propio destino, a procurarse dirigentes con sentido de Estado, a luchar por
instituciones que garanticen el imperio del Derecho y no el imperio de la sorna. La
única manera es que la gente se levante de las butacas y señale al bufón de turno y le
diga que aquí queremos estadistas y no actuación. Aquí lo que se necesita es el
abandono del bochorno y dejar a los bufones desnudos y solos en medio de la calle.
Este país tiene que tomar la decisión de seguir echado en una butaca de espectador
rascándose la barriga o hacerse protagonista de su propio destino. Quizás como en
aquella famosa anécdota de nuestra historia, indebidamente edulcorada y falseada,
donde se gritó a los que huían “Vuelvan carajos”.
De hábitos y comportamientos de una sociedad en crisis
(8 octubre 2007)

Es normal conseguirse una cajera de supermercado que mire a un cliente, modesto


comprador de lo indispensable, con odio. Es posible conseguirse una cajera de
supermercado que le diga a uno que ha tenido un pésimo día pues la han insultado
varias veces. Es un pequeño tipo de nuestra cotidianeidad para ejemplificar una
conducta.
Se ha establecido un patrón de comportamiento, el del odio social, el de la violencia,
el de la mentira, el del desprecio, el de un individualismo patológico que, para poner un
ejemplo aparentemente secundario, no soporta fracciones de segundo para tocar la
corneta del auto sin importarle nada más. El cerebro humano funciona sobre la base de
reconocer patrones y esos que tenemos están siendo copiados hasta un nivel
insoportable. Se está uniformando el comportamiento sobre los patrones deleznables. Y
se hacen hábito. La experiencia cotidiana se estructura y a su vez estructura a la
sociedad, esta que vivimos marcada por los rasgos descritos. Podríamos decir que
tenemos una “cultura del desvarío”. Esta es la verdadera revolución cultural del régimen
que padecemos.
Nuestra manera de vivir en este mundo social es el del mundo social. Reproducimos,
así, el estado de violencia, de desprecio, de mentira y de cerco. Esta es ya la manera de
vivir de los venezolanos. La revolución ha tenido éxito en el cambio tan ansiado del
comportamiento social. Ya somos otros. Ahora somos un capital social disminuido. La
educación se está rediseñando para reforzar estos nuevos contravalores. Por otro lado
tenemos la convicción de la derrota, sobre la base de la abstención en el actuar, porque,
según el módulo implantado, nada podemos hacer sino adaptarnos. Dentro de esta
sociedad reconformada se está haciendo inviable el ejercicio democrático, no se le
considera forma de expresión lógica; como bien lo dice el proyecto de reforma
constitucional no se expresará el poder popular por vía de elecciones. En otras palabras,
estamos dejando de ser votantes –asunto ratificado por la abstención que encuentra así
explicación psicológica (a otra parte no se puede ir a buscar)- y hemos dejado de exigir
formas más abiertas y completas de participación, puesto que el Estado está a punto de
determinar en que consiste, una, obviamente, determinada por el caudillo. El Estado se
yergue, no ya como garante, sino como “padre” que ordena y manda.
No hacer es el nuevo hábito, pero lo compensamos con reflejos amenazando con las
acciones más violentas, mientras acusamos, al que se mueve sobre la lógica, de
colaborar con la nueva estructura de hábitos y comportamientos impuesta por la
revolución de los contravalores. Los principios esenciales han sido trastocados y ya no
funcionamos derivando de ellos, ahora actuamos sobre los parámetros del régimen. De
manera que si trasladamos a términos de política actual la palabra “colaboracionistas”,
lo son –qué duda cabe- los que han adoptado los hábitos y comportamientos de quienes
consideran sus adversarios.
Esto es, en este lamentable país de hoy el cuerpo social copió los signos del invasor
nacido de su propio seno. Es posible cambiar la subjetividad humana, para bien o para
mal, y para cambiarla hacia algunos valores de lo que ha sido la venezolanidad, más la
suma de cese del egoísmo, de la implantación de la solidaridad social y del abandono de
teorías ancianas como de teorías trasnochadas, es necesaria la multiplicación de la voz
de la inteligencia hoy adormecida y echada en una hamaca. Por ejemplo, el hábito del
crecimiento ha sido cambiado por el hábito de la supervivencia. El hábito de la
tolerancia ha sido cambiado por el hábito de la agresión. El hábito de no rendirse ha
sido cambiado por el hábito de perorar palabras insultantes y anunciar violencia.
Es obvio que la conformación de hábitos y comportamientos depende tanto del
exterior como del interior. El exterior lo conocemos en todas sus taras, pero el interior
nos está mostrado una profunda fragilidad psicológica, una falta de densidad, una
vulnerabilidad total, una falta impresionante de consistencia en el prototipo venezolano.
Sin un mundo interior propicio no se internalizaría el mundo exterior despreciable. Ni
se produciría este círculo de personas con los nuevos hábitos y comportamientos
constituyéndose en la sociedad devaluada. En consecuencia, es necesario explicar e
introducir una idea nueva. Si no logramos hacerlo, si nos limitamos a repetir el rechazo
sin proponer alternativa, respetando la raíz en lo viejo reciente que aquí se llama
democracia y libertad, no habrá nunca la posibilidad de una reacción colectiva de
verdadera resistencia, palabra que uso en su justa dimensión, no en el de una acción
política estrafalaria.
Ya lo dije hace tiempo: esto implica un nuevo lenguaje, para empezar. Es obvia la
necesidad de diseñar un futuro. Con estos hábitos y estos comportamientos, si
permitimos que se establezcan endurecidos, esto es, que seamos una sociedad totalitaria
sin capacidad de resistencia, no se podrá luego modificar nada, a no ser desde el final
que siempre llega y el reinicio desde el vacío. Si cada quien no se autoanaliza y mira lo
que hace a diario en la vida cotidiana y se examina en sus reacciones frente a nuestro
actual drama, no tendremos inteligencia produciendo el porvenir ni liderazgos
emergentes que puedan conducirnos hacia la reconstrucción de nuestro interior y de
nuestro exterior.
Esta adaptación a los hábitos de crisis impone este comportamiento que se está
haciendo natural en definición de una normalidad enferma. Así como el cuerpo se
calienta, produce fiebre, como advertencia de que los anticuerpos han comenzado a
funcionar y el organismo se defiende, así sería indispensable que esta sociedad nuestra
en disolución en la disolución sintiera conciencia de que el cuerpo social es la suma de
cada uno de nosotros y si cada uno de nosotros se ha intoxicado uno a uno deberemos
desintoxicarnos. Sucede, a veces, que los pueblos despiertan. El nuestro parece
caracterizado por la autoflagelación y sus respuestas, a lo largo de la historia, se han
tardado tanto que siempre terminamos volviendo a empezar, dejando sobre el piso el
tiempo perdido y generaciones destruidas.
El gobierno que se hace una abstracción
(5 noviembre 2007)

“Lo que todo el mundo conoce no se llama sabiduría”, habría que recordarles con Sun
Tzu a quienes se lanzan a hacer preguntas y especulaciones arriesgadas sobre Raúl
Isaías Baduel. Tal vez habría que adicionar la distinción del estratega chino entre el
hombre prudente y el ignorante.
El gobierno de Venezuela va dejando lentamente de serlo. Ya no transmite siquiera la
imagen de serlo. Lo que –recordemos aquello de que la mujer del César no sólo debe ser
honesta sino parecerlo- indica un desarropaje de las vestimentas de gobierno. Ya no
asemeja a uno, sino a una camarilla usurpadora. Ya parece más bien un pequeño ejército
de ocupación que recurre a cualquier exceso para mantener bajo su control la fortaleza
provisionalmente ocupada. La vestimenta de rojo de sus “soldados” (llámense
escuadrones paramilitares de motorizados o “batazos”) indica –contrariamente a lo que
antes significaba en cuanto a apoyo irrestricto- la transmutación del otrora gobierno en
una facción. El país lentamente deja de tener gobierno. Si un país deja de tener
gobierno, significa que no hay gobierno. Los que mantienen lealtad lo hacen a una
facción, no a un gobierno. Sin embargo, la falta de gobierno (gobierno no es equivalente
al uso brutal de la fuerza) abre las espitas a la anarquía y tienta a los extremistas de
signo contrario.
El tiempo, así a secas, aún no es manipulable por el hombre, pero el tiempo político sí.
Y ese tiempo se acorta o se estira. Los acontecimientos se retardan o se apresuran. Si
bien tienen su propia dinámica podemos intervenirlos. Si los intervenimos es a nuestro
favor, a favor de nuestra causa. Los desesperados y los extremistas son, en el fondo,
enfermos. La decisión no debe confundirse con pérdida de los estribos. El que pierde los
estribos se cae del caballo, a menos que sea un jinete cosaco que se haya pasado toda la
vida cabalgando. No se trata de ser cosaco, se trata de cabalgar en orden.
La impaciencia en política equivale a desorden. Y a error. Los pueblos desesperados
tienden a oír al que más grita, al que pronuncia frases lapidarias, al que propone las
acciones descabelladas. Ese los conduce al no retorno. Las sabias enseñanzas de Sun
Tzu deben ser recordadas, entre las cuales cabe mencionar que al ejército enemigo hay
que dejarle una vía de escape, porque de lo contrario, si no la tiene, luchará hasta la
muerte. Y la otra sobre la escogencia del momento. Y aquélla sobre no atacar
desesperadamente.
Los estudiantes han ido en perfecto orden en lo que se refiere a sus peticiones y
planteamientos. Ahora han agotado el último escalón de esta etapa, el de la solicitud de
aplazamiento. Todo para que los idiotas que no faltan escriban que todo aquel que lo
pide está financiado por el régimen. Dejando a los estúpidos de lado, el mitin del pasado
sábado fue un ejemplo extraordinario de convergencia entre el movimiento estudiantil y
los partidos políticos del bloque del “NO”, reflejado en el acto conjunto donde sólo
hablaron los jóvenes. El dirigente estudiantil de la UCAB Freddy Guevara dio una
lección al llamar a la política y con todo derecho vistió la franela de “Un nuevo
tiempo”. El mensaje está claro, vamos todos a votar, los jóvenes reivindican la política,
hablan de partidos amplios al servicio de la nación, convergen en un gran movimiento
unitario y, sobre todo, aíslan a los extremistas. Fue un “NO” rotundo, en todos los
sentidos.
A este gobierno que se diluye para pasar a ser una facción de ocupación temporal –por
obra y gracia de sus propias torpezas, de las profusas manifestaciones estudiantiles y de
un sector que parece despertar- sólo le queda huir hacia delante, porque no sabe –a pesar
de las continuas marchas atrás del líder máximo- salir de la táctica y refugiarse en la
estrategia. Un buen ejemplo de medición del tiempo lo dio “Podemos”, avanzando paso
a paso. Un buen ejemplo de medición del tiempo la dio Raúl Isaías Baduel; y el general
la sigue dando. El gobierno, en cambio, no se da cuenta –sólo para poner un ejemplo-
que esos desfiles rojos que se hicieron en Valencia y Maracay dan la impresión de un
caudillo típico del siglo XIX que avanza hacia Caracas con su montonera. En otras
palabras, ha perdido la noción de ser gobierno y la ha perdido porque está dejando de
serlo para pasar a ser exactamente eso, una montonera. Y porque no tiene a Caracas; en
consecuencia se plantea reconquistarla, olvidando que la capital ya no marchará a
Valencia a dar la bienvenida al caudillo alzado, por la sencilla razón de que este es el
siglo XXI y la capital toma conciencia de que no tiene gobierno. La facción no escuchó
el mensaje que yo había solicitado y que fue dado.
Las consecuencias son impredecibles, a menos que tengamos el talento de
organizarlas, porque las consecuencias imprevistas, en buena medida, son obra de las
omisiones y errores. Si se mantienen impredecibles estaremos expuestos a los azares del
destino. Aún ante los azares del destino podremos enfrentar la calma fría de quien
reacciona con la inteligencia y habilidad de un buen estratega. La política no es una
actividad para improvisados o gritones, algunos de los cuales sueñan con llegar primero
a Miraflores. Hay que ser tranquilo y sereno, aún en las circunstancias más difíciles; hay
que ser ponderado y cabeza fría hasta cuando se esté ejecutando un acto de suprema
valentía; hay que mantener la calma hasta cuando se esté ejecutando la maniobra más
arriesgada; hay que mantener la serenidad aún cuando el caos nos orbite.
El gobierno, desdibujado, impreciso, borroso, se debate en los saltos del ahogado. Se
manifiesta en la Asamblea Nacional –en qué otro sitio podía ser- con diputados
agrediendo a la universidad y con pretensiones de tomarla por la fuerza y con diputados
que quieren atacar un canal de televisión. O esa sesión para que los hijitos de mami-papi
Chávez explicaran como esos malvados estudiantes los habían atacado. Falta de aire,
desesperación, consternación, desmoralización. El gobierno va siendo cada día más una
abstracción que una existencia. Las mentiras perversas de los voceros oficiales son la
manifestación patética del ahogo. El animal herido es extremadamente peligroso.
Atacará sin importarle apariencias o condenas. Tratará de llevarse por delante a todo el
que se le atraviese. El animal herido sabe que no podrá vivir sin sus querencias, sin los
oropeles del poder de sus cotos de caza y de los territorios de su depredación.
Esta abstracción –que conserva, por ahora, y todavía- la apariencia de facción
ocupante, se quedará en el delirio diurno. La sordera no escuchó el mensaje, escuchará
los pasos pendientes, los que vienen del campo del socialismo democrático.
Torquemada y su derrotado proyecto religioso
(18 oviembre 2007)

La sociedad española del siglo XV era lo que los historiadores acostumbran llamar
una “sociedad endiablada”. Tomás de Torquemada pasó a la historia por haber sido el
primer Inquisidor General del Tribunal del Santo Oficio y el que hizo poner la firma de
los Reyes Católicos al decreto de expulsión de los judíos de España. En la “sociedad
endiablada” que es la Venezuela de hoy la Asamblea Nacional, a la mejor manera de
Torquemada, ataca a los colegios católicos porque supuestamente pusieron como tarea
escolar la discusión del magnífico documento de la Conferencia Episcopal. Lo que hace
este detestable remedo de Parlamento es exactamente lo mismo que hizo el Gran
Inquisidor, esto es, hacer del chavismo un proyecto religioso para la política.
Del otro lado, un orador plantado con la mayor serenidad en el alto podio de la
Academia Nacional de la Historia pronuncia un denso discurso que titula “Sobre la
responsabilidad social del historiador”. El orador se proclama producto de la “libertad
intelectual”. El poderoso contraste, el del llamado de Torquemada por un lado y el del
hombre lúcido por el otro que hace ejercicio definiendo la conciencia nacional
venezolana, es símbolo de una “sociedad endiablada”, pero de una donde la esperanza
pervive y donde la inteligencia vencerá las sombras. Confieso que hace muchísimo
tiempo no me sentía tan bien y tan contento, no porque el orador se llame Germán
Carrera Damas, un querido amigo a quien se hace justicieramente académico, sino
porque su voz fue la de un país enraizado en los valores y un llamado a la
responsabilidad.
Y por si fuera poco, se suceden las elecciones en la UCV, mi Alma Mater. A veces,
metidos en el berenjenal de la cotidianeidad, perdemos de vista lo obvio, lo que
representa esa casa para este país. Carrera Damas, por ejemplo, es producto de la
Escuela de Historia ucevista. La UCV es el corazón de la república, uno de los centros
de creación de líderes, un punto neurálgico de eterna rebelión y de cruce de ideas.
Celebramos los resultados, que este muchacho Sánchez sea el nuevo presidente de la
FCU, la paz con que se celebraron las elecciones. Sí, todo eso, pero miremos que lo
sucedido es un resultado crucial de un mensaje de la juventud venezolana frente a
Torquemada. No se puede imponer un proyecto que tiene el rechazo de la juventud de
un país. Si la juventud de un país se pone de frente contra una oferta, esa oferta está
condenada a perecer. Podrá sobrevivir circunstancialmente, podrá ejercer la violencia
para aplacar la rebelión juvenil, pero está condenada. Lo peor que le puede pasar a un
gobernante que quiere eternizarse es que una generación se le ponga delante.
No hay duda sobre el nacimiento de una generación. Veo a ese muchachito que en las
calles de Barquisimeto declara a los medios desde su rebeldía y me recuerda a mí
mismo en mis tiempos del liceo “Lisandro Alvarado”. Veo a Stalin González no
lanzándose a la reelección y siento un grato sabor. Veo a Ricardo Sánchez
atropellándose en sus expresiones y me digo que cuando controle la emotividad y
aprenda a modular la palabra será un gran líder. Veo a Eduardo Fernández en el acto de
la Academia de la Historia y le digo “¿Sabes qué? Yon Goicoechea bien puede ser el
equivalente tuyo de estos tiempos”. En realidad las similitudes son muchas: Eduardo
irrumpe en la vida pública con la huelga de la UCAB en 1957. Yon irrumpe en la vida
pública con la resistencia estudiantil de 2007. Las diferencias son también muchas, pero
Yon es un típico producto de este tiempo. Todas sus características así lo dicen.
Estos muchachos deberán estudiar, hacer postgrados en universidades del primer
mundo, prepararse para el líderazgo, no solamente en la política, pues de allí saldrán
científicos, académicos, profesores, amén de presidentes de la república. A mi
generación, la del 58, la “generación frustrada”, aún le caben inmensas
responsabilidades. Una de ellas es la de actuar con gran desprendimiento y amplitud
para cuando esta generación esté lista para asumir el comando. Aún nos quedan grandes
obligaciones, especialmente en la política. Tardíamente creo que se nos llama a un papel
protagónico, no encarnado en burocracia, sino en el de una lección histórica, al de una
transición hacia estos muchachos con los que debemos ser rígidos y comprensivos,
exigentes y generosos, estrictos y benevolentes con sus errores. Quizás la generación
del 58 debería reagruparse, en todas sus expresiones y tendencias, para cumplir con un
papel moroso que la historia parece entregarnos.
El proyecto laico es el de reconstruir esta república. Todos los signos son
esperanzadores. El rescate por parte de la juventud de los valores políticos, el de su
insistencia en los principios de la libertad y de la democracia sobre la base de
instituciones ajenas a los vicios del pasado, su deseo ferviente del uso del voto, todos
son altas barreras que el país naciente coloca frente a la pretensión totalitaria. La lenta,
pero firme maduración de los venezolanos que tardía pero indeteniblemente comienzan
a comprender que hay que votar el 2 de diciembre y la palabra del maestro que nos
habla desde la Academia Nacional de la Historia de “un paréntesis en un desarrollo
democrático que no detienen ni decretos, ni exaltación de valores creados ad-hoc…”,
son signos auspiciosos.
Es así. Torquemada y su proyecto religioso insertado para justificar un proyecto
político, están derrotados. El encuestador Oscar Schémel, de Hinterlaces, nos lo ha
dicho con vehemencia y seguramente ante la incredulidad general. “Este país está en
una adolescencia política, en la que comienza a madurar”. Absolutamente cierto. Parece
mentira, pero una de las consecuencias del período democrático fue el adormecimiento
de la población y la pérdida del sentido crítico, la desaparición del ciudadano que
participaba activamente en la vida pública. A ello se debe el largo sueño de la juventud
que nació y creció en un clima de antipolítica. Pero llegó el momento y ahí está
haciendo y construyendo ciudadanía.
Oscar Schémel, sin ocultar su emoción por lo que dice, y seguramente sin ser
escuchado, nos ha repetido, casi con lágrimas en los ojos, que lo que sus encuestas
reflejan hermosamente es el renacer de una conciencia democrática, de una renovada
voluntad democrática, de una disposición democrática que está allí presta a saltar y
tomar las riendas de la república.
“Mi mamá me ama”
(21 enero, 2008)

El gobierno ha decidido inscribirse en la escuela, sólo que no sabe leer y escribir y ha


sido enviado a un preescolar “Simoncito”. Allí se le deberán enseñar las vocales y las
consonantes con toda paciencia: eme con a es ma y así hasta lograr articular las
primeras frases como “Mi mamá me ama”. Aprender a contar será más difícil, pero ya
se le está aplicando la vieja terapia de utilizar los dedos de las manos.
Los venezolanos no tenemos tiempo para tan largo aprendizaje. El nuevo gabinete sólo
muestra una militarización acentuada donde debemos destacar que por vez primera otro
militar es vicepresidente. El nuevo gabinete es otra colección de alumnos de preescolar.
Mientras no hay productos en las estanterías ni de Mercal ni de los supermercados, el
padre del engendro ministerial asegura que Venezuela alimentará al mundo.
La malacrianza será difícil de extirpar. Los traumas de comportamiento no serán
arreglados ni con el viejo método de la palmeta. El país asiste al delicado espectáculo de
un gobierno que no sabe gobernar, que no tiene idea de cómo se maneja una economía,
que carece de los más elementales principios de la diplomacia, que no puede aprender
en un preescolar –ni aprenderá nunca- que cosa significa administrar a un país.
Estamos ante otra década pérdida, una donde desaprovechamos los altos precios del
petróleo, donde llevamos el desarrollo industrial del país a su mínima expresión, una
donde somos el hazmerreír del mundo que no entiende como un país inmerso en una
bonanza petrolera no tiene productos básicos para alimentar a su gente o para que su
gente se limpie, dado que desde 1857 se inventaron las primeras versiones del papel
higiénico hasta que una década después se comprendió que debía comercializarse en
forma de rollos.
El país ha sido destruido con saña. Los alumnos de preescolar salieron del seno de las
fuerzas armadas a desgobernar. La reconstrucción será difícil y los venezolanos
comenzaremos de nuevo, siempre a comenzar de nuevo, como es la triste y patética
historia de este país. Habrá que reconstruir, eso sí, sobre otras bases distintas de las del
pasado. La organización política deberá ser otra, una horizontal, sólo que ahora vemos
un nuevo brote de enfermedad (al lado del dengue, de las paperas y del paludismo), uno
execrable que se llama nepotismo.
Habrá que aprovechar el despertar político de la nación e impulsar la construcción de
una república de ciudadanos, una donde no veamos más una Asamblea Nacional como
la presente (plena de adulantes, de incultos y de desfachatados), sino un foro de primer
orden cuyas decisiones sean miradas con respeto. Para ello se hará necesario un estado
de alerta y vigilancia permanente de la población sobre las organizaciones partidistas y
sobre el sistema electoral, un estado donde se generen formas alternativas de
organización si los partidos tienden de nuevo a la degeneración.
Habrá que reformular el mercado, limpiar de excrecencias los principios que han sido
prostituidos, avanzar hacia nuevas formas de organización económica que convivan con
la propiedad privada en perfecta armonía, impedir el renacer del poderío de los
negociantes que confunden actividad lucrativa con influencia política e impedir el
rebrote de un círculo de todopoderosos que impongan a la nación sus exigencias
ilegítimas.
Habrá que restituir el principio clásico de la separación de poderes envolviendo la
juridicidad en un verdadero Estado Social de Derecho donde la economía funcione para
el hombre y no para las cifras, donde la legalidad no sea estancamiento sino cauce para
un flujo constante de justicia y equidad.
Habrá que hacer muchas cosas hacia delante, nunca hacia atrás, desde ya,
conceptualizando y proponiendo, mientras este inepto régimen que padecemos habla,
amenaza a cada instante (a su entender la única manera de hacer saber que sí existe un
gobierno) y trata de aprender las cosas básicas, como leer y escribir, sumar y
multiplicar. A semejante aprendizaje de la frase básica “Mi mamá me ama” hay que
oponerle la cultura, el conocimiento científico, un pensamiento desarrollado,
concepciones políticas innovadoras. El país tiene como, a pesar de que veamos el
nepotismo de quienes quieren dejar como herederos a sus esposas, hijos y parientes. El
país sabe como, a pesar de que veamos la proliferación de candidatos para unas
elecciones que apenas serán en octubre. El país tiene que practicar como, a pesar de que
ver a algún dirigente en la televisión provoque náuseas.
Para decirlo lo más gráficamente posible, frente a un gobierno que se inscribe en la
escuela para tratar de aprender a pronunciar “Mi mamá me ama” hay que oponerle una
dirigencia que haya descifrado el código genético de la nación y de su futuro. No se
pongan pesimistas con lo que ven, más bien aprendan a mirar mejor. No se lamenten
con lo que oyen, más bien agudicen los oídos y aprendan a escuchar. No se entristezcan
con lo que leen, más bien aprendan a leer. Si el país aprende a ver, a oír y a leer, al fin
llegará el siglo XXI a esta patria de balbuceantes.
El libro del desasosiego
(28 enero 2008)

Cuando el señor Alves –fiel servidor de nuestra embajada en Portugal, ya fallecido-


puso sobre mi escritorio de Ministro Consejero O livro do desassossego escrito por
“Bernardo Soares”, heterónimo de Fernando Pessoa, jamás imaginé que tendría que
parafrasearlo muchos años después para describir la situación venezolana. Tampoco
imaginé que Alves me había puesto delante un libro de la magnitud y de la
trascendencia de aquel. En aquellos años se había abierto el famoso baúl donde el gran
poeta había amontando centenares de originales y yo le había dicho que me comprara
todo lo que fuese apareciendo. Escribía yo a toda velocidad mi libro Pessoa, la respuesta
de la palabra, el que sería publicado muchos años después por la Academia Nacional de
la Historia de mi país (1992).
Hago la referencia porque desde aquel día cada vez que oigo la palabra desasosiego la
asocio a Pessoa. Es más, creo que el poeta se apoderó de ella de tal manera que es
imposible separarla de su nombre. Sin embargo, lo que los venezolanos viven día a día
es una falta absoluta de sosiego que, sólo tal vez por mi compenetración con Pessoa,
asocio en este texto. Lo que percibo es que les parece vivir en una irrealidad, en un
estado alterado, en una incongruencia tal que los hace parecer actores de una
tragicomedia. Los venezolanos flotan sobre esta nube de incontinencia y tratamos de
llegar al día siguiente para encontrarnos con una nube sustituta de la anterior, y así día
tras día.
El desasosiego se ha apoderado de la nación. Los venezolanos han aprendido que los
países no tienen fondo y que pueden seguir cayendo indefinidamente. El día anterior fue
muy malo, pero fue mejor que el hoy. Padecemos una crisis de desabastecimiento como
no recuerdo, una inflación galopante que devora el dinero y los ingresos, una
inseguridad que nos ha restringido en nuestros horarios y en nuestras salidas, una
devaluación de hecho que trata de ocultarse penalizando a quienes hablen del dólar
paralelo, una carestía que nos hace temblar y, lo peor, un empeño en seguir destruyendo.
Se prohíbe la distribución de determinados productos en la frontera, se militariza la
distribución de la gasolina, se trata de enfrentar el problema despreciando a los
productores nacionales y haciendo compras masivas de alimentos en el exterior, muchas
de ellas en el odiado imperio. Venezuela es un imperio, el de la incongruencia, el de la
desfachatez, el de la inopia más pura y perversa y, por supuesto, el de la injerencia en
los asuntos internos de otros países y el de las agresiones económicas a Colombia.
Tenemos nueve años escribiendo el libro del desasosiego, pero el desasosiego está
llegando a límites peligrosos. El país está sembrado en la angustia, cada hora espera una
noticia mala y la noticia mala llega. Cada día se produce un hecho fuera de toda lógica,
pero los venezolanos piensan que ha podido ser peor. Sin embargo, el desasosiego ha
convertido al país venezolano en una bomba de tiempo. Hace unos días asistí a un
centro comercial a hacer diligencias y de golpe me encuentro con las santamarías abajo;
cuando logro salir la policía me advierte que me desvíe pues –según dicen- en la
esquina hay un maletín con explosivos. Comento que allí no hay ninguna oficina
importante. Cada día hay una historia. Cada día un sobresalto. Cada día la imposibilidad
de conseguir algo. Cada día una amenaza: no habrá más pan, deberemos comer yuca,
alega el dedo ex-omnipotente que desgobierna a la república.
Esta es la república del desasosiego. El desasosiego es otro elemento que nunca es
suficiente, puede ir en aumento, como en efecto va. Cada día los venezolanos agregan
una página al libro del desasosiego que, con paciencia inaudita, escriben y se dejan
escribir. Por ello he advertido a los candidatos presurosos que anuncian sus
postulaciones para las elecciones regionales de octubre que el primer deber no es ser
candidatos, sino el de oponerse al régimen –ahora agregaría que poner los ojos sobre el
desasosiego- y mantenerse sobre los problemas de la gente que lo demás vendrá por sí
solo cuando llegue la hora de las encuestas. Por ello miro con aprehensión ese
comunicado de los “intelectuales” donde apenan se limitan a pedir al gobierno
transparencia, claridad y amplitud. Alegan que es en homenaje al 23 de enero de 1958 y
a los intelectuales que se opusieron a la dictadura de entonces, pero no encuentro allí ni
homenaje ni nada que se le parezca, ni un comportamiento como el de aquellos hombres
y mujeres. No quiero ser “abajofirmante” y menos de documentos timoratos. El país
requiere que sus intelectuales hablen claro, no que se refugien en bojote a hacer de
declarantes pávidos.
La población es víctima del desasosiego. Las elecciones regionales están lejos, aunque
celebremos el pronunciamiento de los partidos que proclaman el compromiso de
presentar un solo candidato y la declaración principista de “Podemos”. Las cosas van de
mal en peor. La única verdad es que no podemos tener la certeza de que esto llegue
hasta las elecciones regionales. Algo huele muy mal en Dinamarca. Hay que ocuparse
del desasosiego. Hay que poner sobre la mesa un proyecto de país que entusiasme. Hay
que prever, olfatear los síntomas que asoman por todas partes y que huelen tan fuerte
que logran opacar los fétidos de la basura que está en todas las calles de todas las
ciudades. Del desasosiego a la ira hay un solo paso.
Los estudios de opinión indican que ya la población no separa al dedo ex-omnipotente
de todas las desventuras que vivimos. Las encuestas señalan que el dedo ex-
omnipotente va en barrena. Caminar un poco indica que la población ya no acepta a
estos desarrapados que corren a aprobar apoyos sobre las FARC porque el dedo ex-
omnipotente lo dijo o que se apresuran a llevar testigos de nuevo ante el disfraz de
parlamento para inculpar a Nixon Moreno –el estudiante, ya graduado, refugiado en la
Nunciatura Apostólica por ser culpable del primer planteamiento estudiantil que sacudió
al país- o que se dedican estúpidamente a “diagramar” como es la IV Flota que los
norteamericanos piensan reactivar o que se rasgan las vestiduras porque ven venir un
“noriegazo”. La paranoia los hace ver helicópteros gringos bajando sobre Miraflores a
llevarse al dedo ex-omnipotente por aquello del narcotráfico.
De desasosiego a barril de pólvora hay un paso. Los sectores populares –no ya sólo la
clase media- padecen de falta de leche para los niños, de muerte de conductores, de
asaltos en las busetas, de cobro de peaje en sus barrios, de escasez generalizada, de
imposibilidad de cubrir la cesta básica. De tantas y tantas cosas que están transformando
el desasosiego en profunda rabia.
Pessoa: "Lo que sobre todo hay en mi es cansancio y aquel desasosiego que es gemelo
del cansancio, cuando este no tiene más razón de ser que la de estar siendo”.