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BrianjCade

William Hudson O'Hanlon

Guía breve de terapia breve

PA IIII DOS

Mteteti

Título original: A brief guide to brief therapy Publicado en inglés por W. W. Norton and Co., Nueva York

Traducción de Jorge Piatígorsky

Cubierta de Mario Eskenazi

Quella» ligi irosamente pmhibklas, sin ia a uso riccioli esenta de los ttiukrcs del «copyright». bajo las aiinciones t.siablecidas «n !:is leyes, la reproducción total o paretai ile cita obra por cuakjuier metodo o p illaidirmeli io, comprai didos la i<;pn)i;rafi'a y ci (l'itiinucmo int'oiiiijirko. y la distriUitióii de tjt-niplares Jc ella mcdiiintc <ikjuik'r o piisramo piiblicos.

© 1993 by Brian Cade y William Hudson O'Hanlon © 1995 de todas las ediciones en castellano, Ediciones Paidós Ibérica, S.A., Mariano Cubí, 92 - 08021 Barcelona y Editorial Paídós, SAICF, Defensa, 599 - Buenos Aires . http://www. paid os. com

ISBN: 84-493-0172-6 Depósito legal: B-36.998/2001

Impreso en Novagrafik, S. L. Vivaldi, 5 - 08110 Monteada i Reixac (Barcelona)

Impreso en España - Printed in Spain

A los dos nos gustaría dedicar este libro a nuestras respectivas familias. Ninguno de nosotros comprende por qué demonios nos aguantan.

SUMARIO

Agradecimientos

11

Prefacio

 

13

Introducción

15

1.

Enfoques breves/estratégicos de la terapia: una visión ge-

neral

19

Historia de los primeros tiempos: algunos hitos

19

Definiciones

22

Los dos enfoques principales

23

Intervención terapéutica

27

Entrenamiento

33

Conclusión

34

2.

¿Qué es lo que sucede entre oreja y oreja?

37

La operación básica

38

Los constructos personales

40

Figura/fondo: los efectos de la tendencia del observador

45

3.

La realidad de la «realidad» (o la «realidad» de la realidad): «¿qué es

 

lo que está ocurriendo realmente?»

49

4.

¿Cómo comprendemos las emociones?

61

5.

Negociando el problema

69

6.

Neutralidad y poder, sugerencias, tareas y

83

Influencia y pericia

83

La neutralidad

85

Sugerencias, tareas y persuasiones

87

7.

Menos de lo mismo

97

Libertad, ¿para quién?

104

8.

Excepciones, soluciones y enfoques al futuro

111

Excepciones

114

La pregunta del milagro

118

Ubicación en una escala

122

Enfocando al futuro

125

9. Intervenciones de enmarcado: modificando la visión del pro- blema

127

10. Intervención en la pauta: modificando la acción del proble- ma

139

Intervención en la pauta

142

11. El uso de la analogía

»

149

Sobre la analogía

150

Anécdotas, parábolas y relatos

152

Utilizando las aptitudes naturales del cuerpo

154

La metáfora mediante la acción

156

Tareas metafóricas

157

«He conocido una familia que

157

12. Las intervenciones paradójicas

159

La paradoja reconsiderada: empatia, no trampa

168

13. Exceso y defecto de responsabilidad: las dos caras de la mo- neda

171

Tres niveles de responsabilidad

173

Experiencias formativas

174

El continuum responsabilidad-irresponsabilidad

176

Sistemas de constructos personales

183

«El que compra un perro no sigue ladrando»

184

Conclusión

189

Una historia final

190

Epílogo

192

Bibliografía

195

índice de nombres

204

índice analítico

206

AGRADECIMIENTOS

Nos gustaría reconocer la ayuda de nuestro amigo y colega Michael Durrant, por sus valiosos consejos, su apoyo, su constante exhortación a que no abandonáramos, sus frecuentes y gratas invitaciones a tomar un vaso de vino (ofrecido a Brian, no a Bill, que vivía demasiado lejos) y, finalmente, por su pericia con los ordenadores. También deseamos expresar nuestro agradecimiento a los directores de los periódicos que nos autorizaron a reproducir o adaptar la totalidad o partes de los siguientes artículos:

Cade, B. (1982), «Some uses of metaphor», The Australian Journal of Family Therapy, 3: 135-140. Cade, B. (1984), «Paradoxal techniques in therapy», Journal of Child Psychology and Psychiatry, 25: 509-516. Cade, B. (1986), «The reality of "reality" (or the "reality" of reality)», The American Journal of Family Therapy, 14: 49-56. Cade, B. (1987), «Brief/strategic approaches to therapy: A commentary», The Australian and New Zealand Journal of Family Therapy, 8: 37-44. Cade, B. (1988), «The art of neglecting children: Passing the respon- sability back», Family Therapy Case Studies, 3: 27-34. Cade, B. (1989), «Over-responsability and under-responsability: Opposite sides of the coin», A celebration of family therapy-Wth anniversary issue of The Journal of Family Therapy, Primavera, 103-121. Cade, B. (1992), «A response by any other.,.», Journal of Family Therapy, 14: 163-169. Cade, B. (1992), «I am an unashamed expert», Context: A News Magazine of Family Therapy, Verano, 30-31. Cade, B. y Seligman, P. (1981), «Nothing is good or bad but thinking makes it so», The Association for Child Psychology and Psychiatry:

Finalmente, queremos agradecerle su infinita paciencia y comprensión, y su buen humor, que seguramente algunas veces se vio afectado, a Susan Barrows Munro, de la editorial Norton. Y a su nueva ayudante, Margaret Farley, deseamos expresarle nuestra admiración por el rápido desarrollo de sus habilidades para la «compaginación breve».

PREFACIO

Los autores se conocieron en Cardiff, Gales, a principios de la década de 1980. Bill dirigía unas sesiones de trabajo auspiciadas por The Family Institute, en el que estaba empleado Brian. Descubrimos considerables afinidades. Los dos tocábamos la guitarra y habíamos escrito canciones. Otrora ambos habíamos llevado el pelo largo (aunque, en el caso de Brian, ya andaba algo escaso de ese bien), además de camisas floreadas y abalorios. Encontramos que nuestras ideas sobre la terapia breve y el modo en que la practicábamos tenían mucho en común, aunque con algunas diferencias de énfasis. Coincidíamos en que la influencia de Milton Erickson había sido de suma importancia en el desarrollo de nuestra práctica y de nuestras ideas acerca de la terapia, aunque sólo Bill le había conocido personalmente. Muy pronto decidimos colaborar en un libro que resumiría los prin- cipales elementos, las ideas, los principios, las actitudes y las técnicas asociadas con la terapia breve. Cada uno de nosotros había practicado y enseñado este enfoque desde mediados de la década de 1970, y nos parecía que teníamos algo significativo que decir. El libro iba a reflejar tanto las semejanzas como las diferencias de nuestro trabajo. , Sin embargo, escribirlo nos llevó más tiempo del que habíamos pen- sado. Esto se debió, en parte, a que no podíamos seguirle el paso a los desarrollos que se producían en nuestro campo (y en nosotros); en buena medida, la causa fue que los dos somos personas ocupadas; también a que estábamos escribiendo demasiadas otras cosas; de pronto, Brian emigró a Australia, y etcétera, etcétera. El proyecto finalmente levantó el vuelo cuando, por casualidad, descubrimos que los dos habíamos comprado ordenadores compatibles y programas también compatibles para el procesamiento de textos, y que, además, ambos teníamos fax. Entonces surgió un problema que no habíamos previsto. ¿Qué está- bamos haciendo en terapia, y qué pensábamos acerca de ello? En los días impetuosos de finales de la década del 70 y principios de la del 80,

nosotros, junto con la mayoría de nuestros colegas breves/estratégicos, trabajábamos con relativa certidumbre. Éramos buenos tácticos, nos basábamos en concepciones claras, centradas en los procesos, acerca del modo en que se mantenían y evolucionaban los problemas; además, disponíamos de energía y entusiasmo ilimitados, y de una verdadera cornucopia de ideas perspicaces para las intervenciones. Ahora somos tácticos con menos certidumbres, menos audaces, menos abrazados a modelos simplistas, y mucho menos impresionados por nuestra sagacidad. Nos interesan mucho más los recursos de nuestros clientes y procuramos evitar enfoques que, abierta o encubiertamente, los debiliten. Nos interesa más el desarrollo de un enfoque cooperativo. No obstante, seguimos siendo un tanto escépticos con respecto ai modo santurrón con que algunos colegas niegan la validez de la pericia profesional y afirman que es posible y deseable no ejercer ninguna forma de influencia. Nosotros pensamos que es imposible no influir, pero « hay un modo de estar abiertos para que los clientes influyan en nosotros como terapeutas. Podemos escucharlos a ellos en lugar de escuchar a nuestras teorías. Podemos validar su experiencia y permitirles que nos enseñen lo que da y lo que no da resultado para ellos» (O'Hanlon, 1991, pág. 109). Sin duda, nos habría resultado mucho más fácil escribir este libro cuando se nos ocurrió la idea y mientras aún disfrutábamos de un grado considerable de certidumbre acerca de lo que pensábamos y de lo que poníamos en práctica. Pero, con suerte, lo que finalmente hicimos quizá sea más útil.

INTRODUCCIÓN

En las últimas tres décadas, considerablemente influido por la publi- cación en 1963 de Strategies of Psychotherapy, de Jay Haley, y el trabajo ulterior del Centro de Terapia Breve de Palo Alto (Watzlawick y otros, 1974; Weakland y otros, 1974), se produjo un rápido crecimiento del interés en el desarrollo de enfoques terapéuticos breves/estratégicos. En contraste con la mayoría de los modelos que entonces prevalecían, evolucionó un enfoque más activo,jiifficírisijpara el cual la terapia consistía primordialmente enfprofóover el cambio, y ya no el crecimiento, la comprensión o el imight^WrÁpe&cá^ volvía mucho más útil como agente generador del cambio. Gran parte del primer ímpetu del desarrollo de este enfoque reflejaba el interés por la innovación y el descubrimiento de mejores técnicas para producir cambios. En los años siguientes, resultó cada vez más claro que la terapia exitosa podía ser mucho más corta que lo que suponían los profesionales que operaban en el marco de principios más tradicionales. Esta perspectiva fascinó a cantidades crecientes de profesionales y equipos en todo el mundo, que empezaron a experimentarla. Les atraía el optimismo y el enfoque pragmático, tanto la creatividad como la aportación a una terapia eficaz. Siguió una oleada exponencial de artículos, capítulos y libros; cada vez era mayor la riqueza de ideas y técnicas. Más recientemente, la posibilidad de realizar intervenciones breves pero eficaces se ha popularizado entre diversas fuentes de recursos económicos, compañías de seguros, y los muchos organismos de ayuda que no pueden proporcionar servicios a cantidades crecientes de clientes, dado que sus presupuestos se reducen rápidamente. Pero en los últimos años se está empezando a dirigir una mirada más sobria y más crítica al enfoque, a las consecuencias de muchas de las técnicas desarrolladas, y a algunos de los supuestos subyacentes que orientaron la práctica de la terapia breve que ésta, alternativamente, ha sido acusada de ignorar o pasar por alto. Siempre hubo críticos externos,

pero ahora el campo en sí está considerando con mayor detención la dirección de su marcha anterior y el punto al que ahora se encamina. Entre los principales ámbitos de preocupación parecen estar:

• el empleo de técnicas encubiertas y manipulativas (por ejemplo, las intervenciones paradójicas), en particular cuando éstas suponen proyectos encubiertos del terapeuta o del equipo y, a veces, diversos grados de engaño deliberado; * el abuso implícito o explícito de la posición de poder y control del terapeuta para definir la dirección y el resultado, en particular cuando éstos quedan fuera de la conciencia del cliente;

• el enfoque conductual estrecho y, en gran medida, pragmático asumido por esta aproximación, y su aparente desinterés por las variables intrapsíquicas o emocionales de la vida del cliente; * la perspectiva un tanto frivola que parece haberse adoptado en cuanto a la importancia o existencia de una realidad o verdad identificable en los asuntos humanos;

« el hecho de que no se encararan con seriedad las variables socio- políticas que afectan la vida de los clientes, en particular las rela- cionadas con el género.

A lo largo de este libro tocaremos muchos de estos temas, aunque no

prometemos resolver todos los dilemas suscitados. No pretendemos negar que, a veces, los terapeutas breves han aparecido como profesionales de enfoque estrecho, antagónicos y falaces en su trabajo, en algunos casos impúdicamente. Pero creemos que los buenos terapeutas breves siempre han prestado mucha atención a las preocupaciones de los clientes (lo cual también supone respetar sus sentimientos), han considerado las restricciones contextúales más amplias, y han valorado y respetado los propios recursos del cliente. También creemos que el campo ha evolucionado significativamente desde aquellos días impetuosos y ofuscados de principios de la década de 1970, cuando los escritos omitían mencionar estos factores. Estamos de acuerdo con Steve de Shazer, quien, al ser interrogado acerca de la reputación manipulativa/no ética que los terapeutas breves se habían ganado, respondió:

Hemos descubierto que no hay ninguna necesidad de inventar esas trampas, esos recursos engañosos que algunos de nosotros solíamos utilizar en el pasado. Nuestras técnicas preferidas son

ahora francas y correctas, y estamos utilizando el material que nos proporciona la familia. De hecho, retrospectivamente, supongo que todas aquellas técnicas provenían de las familias con las que trabajábamos. Pienso que las preocupaciones que tienen algunas personas surgen del modo en que nosotros, los autores, escribimos sobre lo que estábamos haciendo, y quizá escribíamos de un modo que no lo reivindicaba. Si lo hubiéramos escrito de otra manera, podríamos haber dicho: «¡Dios mío, vaya si son astutos estos clientes!» (Cade, 1985b, pág. 97).

Nosotros ya no utilizamos el paradigma sistémico como nuestro modelo principal. El único que puede actuar y reaccionar ante las circunstancias es el individuo. Preferimos el términointeracciónala la palabra sistémico, en cuanto el primero lleva á considerar procesos , repetitivos y potencialmente observables, en los cuales las personas reaccionan sécuencid y recíprocamente. La palabra «sistémico» puede ser demasiado estática y carente de especificidad, además de prestarse a la Por razones tanto pragmáticas como estéticas, también nos hemos guiado por el principio de economía de Occam. El hermano Guillermo de Occam, un filósofo inglés del siglo XTV, sostenía que para explicar cualquier fenómeno había que partir de la menor cantidad posible de supuestos. Basándose en la idea de que «es vano hacer con más lo que puede lograrse con menos», diseccionó como con una navaja todos los

marcos de referencia. Como dijo más tarde Bertrand Russell, «

ciencia todo puede interpretarse sin suponer ésta o aquella entidad hipotética, no hay ninguna base para suponerla» (Russell, 1979, pág. 462). Tras una visión histórica general, nuestro plan es llevar al lector a un recorrido razonablemente amplio por los diversos aspectos de este campo tal como lo vemos en la actualidad. (Al principio, Bill quería que el libro se titulara «Una guía de la terapia breve para turistas que hacen autoestop», pero finalmente prevaleció la reserva británica de Brian.) Por cierto, no será un recorrido exhaustivo ni, esperamos, agotador. Evitamos plantear las cosas como si fueran recetas de cocina, aunque algunas secciones tengan ese aspecto. Tratamos de no escribir un manual totalmente teórico, aunque intercalamos alguna teoría. Esperamos que este libro refleje la tendencia actual a un enfoque que, de manera marcada y transparente, sea más cooperativo y respetuoso. También esperamos haber logrado comunicar nuestro entusiasmo continuo y nuestro compromiso con el potencial de los enfoques breves, aunque reduciendo al mínimo o evitando por completo el celo

si en una

fundamentalista que quizá se habría deslizado si hubiéramos escrito el libro cuando lo planeamos inicialmente. Deseamos dejar en claro desde el principio que ía «terapia breve» de la que hablamos deriva de la tradición de la.terapia familiar y de la obra de Milton Erickson. Hay otra rama de la «terapia breve», procedente de Freud y de la tradición psicodinámica, que es, por lo general, considerablemente más prolongada que la que describimos aquí. Lo advertimos para que el lector tenga la seguridad de haber dado con el libro correcto, a la manera de las azafatas, que anuncian el destino del vuelo antes de cerrar las puertas del avión. Si no es éste el tipo de terapia breve al que el lector quiere llegar, ahora tiene la oportunidad de bajarse rápidamente del avión.

1. ENFOQUES BREVES/ESTRATÉGICOS DE LA TERAPIA: UNA VISIÓN GENERAL

Si se me pidiera que explicara brevemente la psicoterapia

respondería: «Los pacientes intentan dominar sus

problemas con una estrategia que el terapeuta cambia, porque no es eficaz. Todo lo demás es comentario». RABKIN (1977, pág. 5)

estratégica

MiltojftH. Erickson, doctor en medicina, fue el primer terapeuta estratégico. Se le podría incluso considerar el primer terapeuta, puesto que fue el primer clínico importante que se concentró en la manera de cambiar a las personas. HALEY (1985, pág. vii)

HISTORIA DE LOS PRIMEROS TIEMPOS: ALGUNOS HITOS IMPORTANTES

La influencia de Milton Erickson sobre el desarrollo de los enfo- ques breves/estratégicos ha sido enorme. Sus actitudes y su genio inven- tivo ejercieron una influencia considerable durante el desarrollo tem- prano de los enfoques de la comunicación, centrados inicialmente en el proyecto de investigación de Gregory Bateson. Éste empezó en 1952 con un estudio de las paradojasdejaj^ comunica- ción, para lo cual utilizó la teoría de los tipos lógicos (Whitehead y Russell, 1910-1913). Bateson colaboró en éste proyecto junto con John Weakland, Jay Haley y William Fry, Jr. Otras importantes influencias tempranas fueron las de la obra de Norbert Weiner sobre cibernética (la ciencia de la comunicación, aún en desarrollo, y el control de los sistemas) (Weiner, 1948), y el trabajo de Shannon y Weaver, que desarrollaba una matemática del intercambio y el flujo de la información (1949). Al mismo tiempo, Don Jackson, un psiquiatra, estaba elaborando sus ideas acerca de la homeostasis familiar (1975). Empezó a trabajar en estrecha colaboración con el grupo de investigación de Bateson y más tarde

se incorporó a él. «En la investigación se utilizaron diversos tipos de datos:

hipnosis, ventriloquia, entrenamiento animal, películas populares, la naturaleza del fuego, el humor,'la esquizofrenia, la comunicación neurótica, la psicoterapia, los sistemas familiares y la terapia familiar» (Haley, 1963, pág. ix). A lo largo de los diez años que duró este proyecto, sus miembros consultaron a menudo a Milton Erickson para examinar aspectos de la hipnosis y la terapia, y también en busca de supervisión en sus propios casos. Recientemente se han publicado las transcripciones de muchas de esas consultas en tres volúmenes compilados por Jay Haley (1985). En 1956 apareció el trabajo clásico y seminal titulado Toward a Theory of Schizophrenia, en el que se elaboraba la etiología de la esquizofrenia sobre la base de la teoría del doble vínculo (Bateson y otros, 1956). Don Jackson fundó en 1958 el Mental Research Institute (MRI) en Palo Alto, California, y se le unieron John Weakland, Jay Haley, Jules Riskin, Virginia Satir y Paul Watzlawick. George Greenberg ha escrito un excelente homenaje a la influencia y las ideas de Don Jackson (Greenberg,

1977).

En 1963, Haley publicó su brillante obra Strategies ofPsychoterapy, que destacaba la naturaleza paradójica de toda terapia y también demostraba la influencia de Milton Erickson en su pensamiento. En 1966, Richard Fisch iniciaba en el MRI el proyecto de terapia breve que iba a tener un profundo efecto sobre el desarrollo de los enfoques breves/estratégicos. Dos obras importantes vieron la luz en 1967: el trabajo de Haley titulado Toward a Theory of Pathological Systems, que trataba sobre la influencia de las coaliciones transgeneracionales (el triángulo perverso) en el desarrollo de la patología (Haley, 1967a), y el libro Pragmatics of Human Communication: A Study of ínteractional Patterns, Pathoíogies, and Paradoxes (Watzlawick, Beavin y Jackson, 1967). En 1967, Haley pasó a la Philadelphia Child Guidance Clinic, donde se unió a Salvador Minuchin y Braulio Montalvo, interesándose cada vez más por la estructura y la jerarquía. En 1973 se publicó Uncommon Therapy:

The Psychiatric Techniques of Milton H. Erickson; allí Haley introdujo la expresión «terapia estratégica» y elaboró sus ideas sobre el enfoque ericksoniano de los problemas que aparecían en las diversas etapas del ciclo vital de la familia. Como observa Lynn Hoffrnan, este libro representa la culminación de la preocupación inicial de Haley por el proceso. Dice esta autora: «Al escribir sobre la terapia estratégica, Haley

se atiene principalmente al lenguaje de los procesos. Tras su decisión de

comenzó a restar importancia al empleo

de las técnicas hipnóticas y las directivas paradójicas (aunque sin dejar de atribuirles importancia), para concentrarse en un modelo más organizacional de la terapia» (Hoffrnan, 1981, pág. 280). Él paso de Haley del interés en los procesos al interés en la forma resulta muy claro en sus obras ulteriores, Problem Solving Therapy (1976) y Leaving Home: The Therapy of Disturbed Young People (1980b). En 1971, Mará Selvini Palazzoli, Luigi Boscolo, Gianfranco Cecchin y Giuliana Prata empezaron a trabajar juntos en Milán y en 1974 publi- caron un artículo, The Treatment of Children Through the Brief Therapy ofTheirParents. Aunque algunos autores presentaban su enfoque como breve/estratégico (Stanton, 1981), Hoffrnan ha observado que «los aso- ciados de Milán, aunque influidos por el grupo de Palo Alto, evolucionaron en una dirección totalmente diferente, creando una forma singular y lo bastante distinta como para que se la pueda considerar una escuela por derecho propio» (Hoffrnan, 1981, pág. 285). Estamos de acuerdo con la observación de esta obra, y no incluimos a los asociados de Milán en el campo de los enfoques «breves/estratégicos», si bien reconocemos la brillantez táctica de su trabajo y la influencia que su modo de pensar, su preocupación por el contexto, el estilo de sus intervenciones y su empleo de las intervenciones «paradójicas» sisté-micas han ejercido sobre muchos terapeutas breves/estratégicos. En 1974, miembros del proyecto de terapia breve del MRI publi- caron dos obras importantes: el libro Change: Principies of Problem Formation and Problem Resolution (Watzlawick y otros, 1974) y el ar- tículo «Brief Therapy: Focused Problem Resolution» (Weakland y otros, 1974). Estos trabajos tuvieron un impacto inmediato y espectacular en el campo de la terapia familiar, y contribuyeron de modo profundo a la ulterior difusión rápida del interés por los enfoques breves/estraté- gicos. Este grupo ha continuado perfilando sus ideas sobre la terapia en trabajos posteriores, que se concentraron mucho menos en elabo- rar la teoría y más en la práctica de la terapia breve centrada en pro-

unirse a Minuchin en Filadelfia

- --------- Otra figura temprana importante es Richard Rabkin,;quien demostró su estilo singular en Strategic PsychóJherdpyrBnéfdhd Symptomatic

blemas (Fisch y otros, 1982).

Treatment (1977); allí utiliza como analogía el ajedrez, y divide las etapas del tratamiento en apertura, medio juego y final.

DEFINICIONES

Haley definió la terapia estratégica como sigue:

La terapia puede denominarse estratégica si el clínico inicia lo que sucede durante ella y diseña un enfoque particular para cada

[El terapeuta] debe identificar los problemas resolubles,

establecer metas, diseñar intervenciones para alcanzar esas metas, examinar las respuestas que recibe para corregir su enfoque y, en última instancia, examinar el resultado de su terapia, a fin de ver si ha sido eficaz. El terapeuta debe ser agudamente sensible y receptivo al paciente y a su campo social, pero éí mismo tiene que determinar su modo de proceder (Haley, 1973, pág. 17).

problema

Richard Rabkin diferencia los enfoques estratégicos respecto de las terapias que «buscan sabiduría e iluminación», definiéndolos como «usualmente breves» e interesados en «cambiar la perspectiva que tienen los pacientes de sus problemas y síntomas» (1977, págs. 6-7). Para describir su enfoque, Weakland y otros prefieren la expresión «terapia breve» a «terapia estratégica» (Weakland y otros, 1974); lo mismo que Peggy Papp (1983), pero Rabkin considera que esa denominación «no es lo bastante específica» (1977, pág. 7). Típica del terapeuta breve/estratégico es la evitación de una teoría elaborada de la personalidad o la disfunción, sea en el nivel individual, familiar, o del sistema global. Las formulaciones diagnósticas tienden a representar, en cada caso, la visión más simplificada de la evolución y el mantenimiento de los problemas, a fin de permitir el desarrollo de una intervención eficaz. A los terapeutas breves/estratégicos les interesa intervenir del modo más rápido y económico posible; realizan una exploración y una elaboración sostenidas de sus propias conductas o actitudes que tienden a facilitar al máximo la resolución rápida de los problemas. En los escritos más recientes de Jay Haley y Cloé Madanes, la expre- sión «terapia estratégica» ha pasado a vincularse mucho más a las preo- cupaciones estructurales/jerárquicas/centradas-en-el-poder que aparecen en el trabajo de estos autores. En consecuencia, en los capítulos siguientes emplearemos el término «breve», y no «estratégico», para referirnos a los enfoques, primordialmente centrados en los procesos, que constituyen el interés de la mayor parte de este libro.

La terapia breve se atiene esencialmente a fenómenos observables, es pragmática y se relaciona con la creencia de que los problemas son producidos y mantenidos:

1. por los constructos a través de los cuales se ven las dificultades (Kelly, 1955), y

2. por las secuencias conductuales repetitivas (personales e inter- personales) que rodean a tales constructos; estas secuencias, desde luego, pueden incluir los constructos y los aportes de los terapeutas.

LOS DOS ENFOQUES PRINCIPALES

Aunque en todos los casos hay acuerdo acerca de la importancia de identificar las secuencias conductuales repetitivas, los enfoques bre- ves/estratégicos pueden dividirse en dos grupos principales, según el modo en que tiende a utilizarse la información:

A. Los enfoques (que defiriiremos como terapias estratégicas) inte- resados en el modo en que las secuencias repetitivas revelan y reflejan la forma. Por lo general, se considera que lo^síntornas cumplen una función en la farn^ayjmqrja^ meta- fórica sobre la disfuncióñ jerárquica (Haley, 1976; Madanes, l"981a, 1984; Papp, 1983). Se observan las secuencias para tra- zar el mapa de la organización familiar.

B. Los enfoques (que definiremos como terapias breves) para los cuales el análisis de las ideas y de las secuencias repetitivas que rodean a los síntomas constituye un nivel de explicación sufi- ciente; se consideran innecesarias las inferencias sobre su pro- pósito, su función, o la estructura familiar (Cade, 1985; de Shazer, 1982; 1985,1988; Fisch y otros, 3982; O'Hanlon, 1982; O'Hanlon y Weiner-Davis, 1989; Weakland y otros, 1974). Las secuencias se observan para identificar pautas de pensamiento y conduc- tas que se autorrefuerzan.

Los enfoques interesados en la forma y la función

El enfoque de Haley, tal como aparece apuntado en Problem Solving Therapy (1976), se basa en la creencia de que los síntomas son signos de un sistema en el cual el ordenamiento jerárquico es constantemente ambiguo o

bien involucra coaliciones reiteradas que cruzan los límites generacionales u organizacionales. Esa ambigüedad o confusión se cartografía observando los modos repetitivos en que los miembros del sistema se tratan entre sí, particularmente con respecto a la conducta-problema. Por ejemplo, un progenitor podría sentirse exasperado por un hijo, expresar cólera o desesperación y pedir ayuda, pero proteger continuamente al jovencito de los intentos del cónyuge tendentes a imponer disciplina. En otro caso posible, un abuelo actúa constantemente en connivencia con un nieto contra sus padres, o lo protege de ellos, y de tal modo socava los esfuerzos de estos progenitores por alentar o dar vigencia a lo que consideran conductas apropiadas. Al mismo tiempo, ese abuelo o abuela quizá culpe de las conductas perturbadoras del niño a la incompetencia o indiferencia de los padres. Los problemas tienden a ser más graves cuando la confusión jerárquica es encubierta y/o desmedida. Desde esta perspectiva, la terapia supone cambiar esas secuencias, de modo tal que se corrija la jerarquía y se reduzca la ambigüedad o confusión. Madanes comenta:

Se espera que los progenitores estén a cargo de sus hijos, y las coaliciones transgresionaíes, como la de un progenitor que toma

partido por un niño contra el otro progenitor, estén bloqueadas. Hay

, modo que él o ella no forme coaliciones inadvertidas con los miembros que ocupan posiciones inferiores en la jerarquía, contra los que están en niveles más altos (Madanes, 1981b, pág. 22).

también una preocupación cautelosa por el lugar del terapeuta

de

Los síntomas se consideran una comunicación metafórica sobre un problema más importante, y también una solución disfuncional de ese problema. Se los analiza como contratos entre personas o como tácticas en las luchas de poder. Dice Madanes:

En el caso de un hombre deprimido que no hace su trabajo, se supondría que éste es el modo en que ese hombre y su esposa (y/o su madre, su padre, sus hijos y otras personas) se comunican acerca de ciertas cuestiones específicas, como la de si la esposa aprecia a su marido y el trabajo que éste desempeña, o si el esposo tiene que hacer lo que quieren la mujer o la madre, etcétera. Es posible que la pareja se vuelva inestable en torno al problema presentado, y que entonces un hijo tenga que desarrollar un síntoma que obligue al padre a participar activamente en su cuidado, en lugar de mantenerse deprimido o incompetente (Madanes, 1981b, pág. 21).

De modo que, para este enfoque, los síntomas tienen funciones de grqtecciórt*© estabilización. Papp habla de tener presentes interrogantes como ^Qu^ foricíón cumple este síntoma en la estabilización de la familia?», y'«¿Cuál es el tema central en torno al que está centrado el problema? «V-Esta autora habla de cambios en el ciclo vital de la familia que activan «conflictos domüdos.^_ej5QjSLjcorj^c1as, en lugar de resolverse, se expresan a través de un síntoma» (Papp, 1983, págs. 18-19). Se considera que el propósito del síntoma es defender a la familia de los cambios o, alternativamente, ayudar a negociarlos, forzando a la familia a reorganizarse.

Los enfoques que se centran en el proceso y los circuitos de feedback

El modelo de terapia breve del MRI se basa en la creencia de que los problemas se originan y son mantenidos por el modo en que un cliente o las otras personas involucradas perciben y abordan las dificultades normales de la vida. Las soluciones intentadas, que derivan de un cierto marco de creencias aplicado a la dificultad, quizá no generen ningún cambio o incluso exacerben el problema. Dicho problema se agrava mientras se

aplican de modo repetido y creciente soluciones, o aparentes soluciones, del tipo «más de lo mismo», que llevan a «más del mismo» problema, lo cual, a su vez, genera «más de las mismas» soluciones intentadas, y así

(Watzlawicky otros, 1974). Se entiende que lo que

mantiene los problemas es la aplicación continuada de esos intentos de solución, «erróneos» o frustrados, que entoiv ees se convierten en el problema en sí. Desde luego, el mismo fenómeno puede producirse en la terapia, cuando «más del mismo» enfoque terapéutico o «más de las

mismas» técnicas derivadas de un cierto marco o modelo generan «más del

mismo» problema, etcétera, etcétera

dificultad, o su negación, pueden tambien constituir «soluciones intentadas» capaces de perpetuar esa dificultad y convertirla en un problema. La aplicación repetida de soluciones «erróneas» o desafortunadas conlleva así la dificultad en una pauta de autorrefuerzo que mantiene el statu quo. Por ejemplo, los miembros de The Brief Therapy Center describen como sigue la pauta común que se desarrolla entre una persona deprimida y sus íntimos:

Una reacción insuficiente a una

sucesivamente

Cuanto más intentan animarlo y hacerle ver los aspectos positivos de la vida, probablemente más se deprimirá el paciente:

«Ellos ni siquiera me comprenden». La acción destinada a aliviar la conducta del otro, en parte la agrava; la «cura» es peor que ía «enfermedad» original. Lamentablemente, los involucrados, por lo general, no advierten este hecho, e incluso se niegan a creerlo si cualquier otro intenta señalárselo (Weakland y otros, 1974, pág. 149).

Un progenitor que trata de controlar a un adolescente lo impulsa a realizar más actos de rebeldía, que provocarán más intentos de control, y así sucesivamente. Un insomne se esfuerza cada vez con más empeño en dormir, fenómeno éste que sólo puede producirse de modo espontáneo; ese esfuerzo frenético por dorirtir se convierte en la razón misma de que el sueño le resulte tan elusivo. En este enfoque, la cronicidad es vista como persistencia de una dificultad repetidamente mal manejada. No se extraen inferencias sobre disfunciones individuales o familiares subyacentes. Al síntoma no se le atribuye ningún propósito o función. No se considera que sean necesarios o útiles conceptos tales como los de homeostasis, enfermedad mental o ventaja interpersonal de los síntomas. Fisch y otros comentan:

Las personas suelen persistir en acciones que inadvertidamente mantienen los problemas, y a menudo lo hacen con la mejor de las

Se atienen con mucho cuidado a mapas mal trazados, lo

cual es de esperar en personas comprensiblemente angustiadas en

medio de dificultades. La creencia en tales mapas también hace

difícil que se vea que no sirven como guías eficaces

(1982, págs. 16-

intenciones

18).

En este enfoque, la terapia se centra en las «soluciones intentadas», en detener e incluso invertir el tratamiento usual que ha servido para exacerbar la situación, por más lógico que ese tratamiento parezca. El supuesto de base es que, una vez bloqueado el circuito de realimentación que mantiene el problema, se tiene acceso a una mayor gama de conductas. En contraste con la sabiduría convencional, según la cual «si no tienes éxito la primera vez, sigue intentándolo», Fisch y otros recomiendan que, «si no tienes éxito la primera vez, puedes intentarlo una segunda, pero si vuelves a fracasar, intenta algo diferente» (pág. 18). Ellos resumen su enfoque como sigue:

Si la formación y el mantenimiento del problema se ven como partes de un círculo vicioso, en el cual la bienintencionada conducta- solución mantiene el problema, entonces alterar esa conducta debe interrumpir el ciclo e iniciar la resolución, es decir, la cesación de la conducta-problema, puesto que ya no es provocada por otras conductas del sistema de interacción (1982, pág. 18).

Entonces «menos de lo mismo» puede llevar a «menos de lo mismo», y así sucesivamente.

INTERVENCIÓN TERAPÉUTICA

Aunque los distintos enfoques breves/estratégicos se basan en algunos supuestos diferentes, hay muchos modos de intervención comunes a todos los terapeutas breves. Está implícito en lo que ya hemos dicho que los terapeutas breves se identifican más por el modo en que actúan que por sus formulaciones teóricas. Milton Erickson parecía trabajar más a partir de una teoría implícita de la intervención que basándose en una teoría de la personalidad o de la disfunción claramente articulada. Lankton y Lankton han confeccionado una lista de los principios que sustentan el enfoque idiosincrásico de Erickson. Éstos pueden verse como implícitos en el trabajo de la mayoría de los terapeutas breves.

1. Las personas actúan sobre la base de sus mapas internos, y no de su experiencia sensorial.

2. Las personas realizan la mejor elección para ellas en cualquier momento dado.

3. La explicación, la teoría o la metáfora utilizadas para relacionar hechos concernientes a una persona no son la persona.

47766

4. Respeta todos los mensajes del cliente.

5. Enseña a elegir; nunca excluyas la elección.

6. Los recursos que eí cliente necesita están en su propia historia

personal.

7. Encuéntrate con el cliente en su propio modelo del mundo.

8. La persona con la mayor flexibilidad o posibilidad de elección será el elemento que controle el sistema.

10. Si es trabajo duro, divídelo en partes. 11. Los resultados se determinan en el nivel psicológico (Lankton y Lankton, 1983, pág. 12).

El genio de Erickson para construir intervenciones singulares y a menudo brillantes se ha hecho legendario. En nuestra opinión, no menos importante era el profundo respeto que tenía por sus pacientes, por sus creencias, por su capacidad para cambiar a pesar de sus problemas agudos o crónicos, y la preocupación por proteger su integridad. La terapia apunta hacia todos o algunos de los objetivos siguientes:

A. Modificar los marcos de creencias o constructos del cliente (indi- viduo o familia) que se pueden considerar relacionados con el modo en que se perciben, encaran y mantienen las dificultades.

B. Modificar las sentencias repetitivas que rodean el problema, derivadas de aquellos marcos.

C. Modificar las posiciones y enfoques del terapeuta que se vuelvan partes de un patrón que se autorrefuerza entre el terapeuta y el cliente.

D. Modificar la relación del cliente (y quizá del terapeuta) con los sistemas globales de la familia, el vecindario o la profesión.

Las pautas como hábitos

El enfoque breve asume el supuesto de que las personas hacen lo mejor que está a su alcance en vista de las situaciones y las restricciones de los constructos (Kelly, 1955) a través de los cuales han llegado a ver sus dificultades (véase el capítulo 2). No se supone que los síntomas reflejen hipotéticos problemas subyacentes irresueltos. El enfoque no se basa en un modelo de déficit. La opinión de los autores es que la mayoría de los problemas están insertados en hábitos de reacción y respuesta, no necesariamente más complejos que, por ejempío, el, hábito de fumar o de comerse las uñas, aunque sus ramificaciones pueden tener consecuencias de mucho mayor alcance. Y así como una persona puede empezar a fumar mucho como respuesta a un período particularmente tenso de su vida, y después le resulte difícil romper el hábito aunque ese período de tensión haya concluido mucho tiempo antes, del mismo modo, decimos, las reacciones y respuestas emocionales y conductuales habituales que se

convierten en partes de los contextos-problema pueden verse como hábitos que sobreviven mucho tiempo a los estímulos originales que los han

desencadenado. Igual que muchos hábitos, éstos suelen ser difíciles de romper, debido a los ciclos de autorrefuerzo en los que quedan atrapados.

A nuestro juicio, no es necesario inferir un sustrato más fundamental y

profundo de cuestiones irresueltas, motivaciones inconscientes, resis- tencias, etcétera.

Etapas de la vida

Los terapeutas a los que les interesa la forma consideran los síntomas como indicación de que una familia no está pasando de una etapa a la siguiente del ciclo vital familiar con éxito. Se supone que la terapia ayuda a las familias a negociar esa transición y a reorganizarse adecuadamente para la etapa siguiente. Pueden ser especialmente difíciles las etapas en las que alguien se suma al sistema o desaparece de él —por ejemplo por nacimiento, divorcio, muerte, y cuando los hijos crecen y empiezan a irse del hogar (Haley, 1973, 1980b). Para los terapeutas a los que les interesa el proceso, esos puntos de transición también son importantes. Fisch y otros comentan:

Los problemas comienzan en alguna dificultad ordinaria de la vida, de las que nunca faltan. Esa dificultad puede provenir de un acontecimiento inusual o fortuito. Pero, las más de las veces, es probable que el origen sea una dificultad común asociada con una de las transiciones que se experimentan regularmente en el curso de la vida (1982, pág. 13).

El proceso que lleva a ver la situación de determinada manera, y a manejaría mal inadvertidamente, por medio de la aplicación reiterada de soluciones desafortunadas, puede convertir muy pronto una dificultad en un problema «cuya dimensión y naturaleza finales quizá tengan poca relación aparente con el obstáculo original» (pág. 14). Cambio, ¿en qué?

Ya hemos indicado que todos los enfoques breves/estratégicos, sea que

se

interesen en el proceso o en la forma, consideran que el cambio surge de

la

ruptura de las pautas de pensamiento y acción, de la interrupción de las

secuencias que se repiten.

También interesa directamente el problema presentado, aunque las distintas opiniones sobre lo que ese problema refleja o representa pueden diferir mucho. Como observa Haley,

concentrarse en los síntomas, el terapeuta obtiene el mayor

poder y la mejor oportunidad para generar cambios. Lo que más le interesa al cliente es eí problema presentado: cuando el terapeuta

trabaja con esto, puede obtener una gran cooperación

es proporcionarle a la familia conocimientos sobre su sistema, que funciona mal, sino cambiar las secuencias familiares para que se

resuelvan los problemas presentados (1976, pág. 129).

La meta no

al

Los terapeutas interesados en el proceso centran su atención en las soluciones intentadas, tratando de bloquearlas o mvertirlas. Por ejemplo:

Un hombre pidió ayuda porque cada vez era más incapaz de mantener la erección. Esto le provocaba un considerable malestar y generaba alguna tensión en sus relaciones con su novia. Hubo una entrevista conjunta y el hombre dijo que necesitaba aprender a controlar mejor la conducta de su pene. Como primer paso hacia el aprendizaje de este control, se le pidió a la joven que esa nocheintentara todo lo que pudiera para excitar al novio. A él se le indicó que tratara de impedir que su pene entrara en erección o permaneciera erecto. Fracasó (Cade, 1979, pág. 92).

Weakland y otros observan:

En general sostenemos que el cambio se puede lograr con más facilidad si su meta es razonablemente pequeña y está claramente enunciada. En cuanto el paciente ha experimentado un cambio pequeño pero definido en la naturaleza aparentemente monolítica del problema que es más real para él, esa experiencia conduce a más cambios autoindu-cidos en ese ámbito de su vida, y a menudo también en otros. Es decir, se inician círculos benéficos (1974, pág.

150).

Los terapeutas interesados en la forma tienden a planificar su terapia en etapas y a concentrarse directamente en la organización disfuncional de la familia. A menudo, como primer paso en el camino a una organización disfuncional, conducen a la familia a una organización disfuncional diferente. Por ejemplo, una pauta que incluye a un progenitor que

participa en exceso podría llevar a un patrón en el cual el otro progenitor, más periférico, deba tomar todas las decisiones importantes sobre los hijos. Ése sería el paso inicial, antes de que ambos padres pasen a actuar juntos con mayor eficacia. Los encargos asignados a las familias con respecto a este tipo de metas tienden a controlarse con algún vigor en las sesiones ulteriores. Los terapeutas interesados en el proceso, aunque piensan mucho la planificación de las intervenciones, no operan desde una posición normativa que fije de antemano una organización obligada y, por lo tanto, tienden a tomar cada sesión tal como viene. Si la familia no cumple con un encargo, el terapeuta tiende a considerar que se trata de un error de cálculo suyo, más bien que de resistencia del cliente (individuo o familia).

Directivas

Los enfoques breves/estratégicos son a menudo directivos, en cuanto al cliente o a la familia se le dan ideas o incluso instrucciones sobre cómo

comportarse en determinadas situaciones. A veces, las directivas requieren cambios específicos en las conductas, y otras, que los cambios sean evitados

o pospuestos. Los terapeutas interesados en el proceso tienden a

concentrarse en directivas que se deben llevar a cabo entre sesiones; utilizan la entrevista para reunir información y desarrollar el tipo de rapport necesario para una relación respetuosa y cooperativa. Los terapeutas interesados en la forma también dan directivas para el tiempo entre sesiones, pero también en las entrevistas se le suele indicar a la familia que haga algo diferente de lo habitual. Por ejemplo, a un progenitor se le pide que controle en ese mismo momento a un niño destructivo, mientras el terapeuta bloquea cualquier intento de intromisión

del abuelo o la abuela, o de otro de los hijos. La sesión sirve para ensayar

los cambios que la familia tendrá que realizar en el hogar. Estas sesiones a

veces se vuelven muy dramáticas. Madanes observa:

El enfoque supone que toda terapia es directiva y que el terapeuta no puede evitar serlo, puesto que incluso son directivos los temas que escoge comentar y su tono de voz (1981b, pág. 23).

Por lo tanto, el terapeuta debe adquirir la habilidad de influir sobre las personas y llevar al máximo la probabilidad de que las directivas sean aceptadas o realizadas. Cade ha observado:

Lo típico es que el terapeuta no considere la motivación simplemente como algo que existe en los miembros de la familia [sino como] una función del intercambio entre la familia y el terapeuta. Lo más útil es ver la falta de motivación como una respuesta a la respuesta del terapeuta a la familia (1980b, pág. 95).

También es importante considerar cómo hay que responder al modo en que las personas abordan las directivas. ¿Las han seguido, modificado, ignorado u olvidado? ¿Se han opuesto a ellas? Para determinar el próximo paso, el terapeuta debe guiarse por ese feedback. Por ejemplo, si las directivas se siguieron tal como se pidió, lo indicado podría ser dar más directivas del mismo tipo; si hubo oposición, lo indicado serían directivas «paradójicas». Si las directivas son olvidadas o ignoradas, el terapeuta debe considerar cuidadosamente su propia posición. A menudo estará más motivado para el cambio que el cliente o la familia, y debe prepararse para adoptar una posición subordinada más cauta y respetuosa. También típica de la mayoría de los terapeutas breves/estratégicos es la creencia de que, en cuanto a los significados que es posible atribuir a los hechos, no existe ninguna realidad absoluta, sino sólo cons-tructos (Kelly, 1955) o «mapas mentales» por medio de los cuales las personas dan sentido

a su experiencia, y que gobiernan sus reacciones, sus respuestas y lo que

piensan sobre tales experiencias. Estos terapeutas parten del supuesto de que si se puede cuestionar y modificar una manera de ver el mundo, también es posible cambiar el significado y sus consecuencias experienciales y conductuales. Esta creencia ha llevado a atribuir importancia al empleo del reenmarcado y el re-etiquetado. Los terapeutas breves/estratégicos también hacen un uso considerable del arte de comunicarse por medio de analogías. Para facilitar la terapia se utilizan anécdotas, parábolas, relatos y cuentos huraorísticos. En capítulos ulteriores consideraremos más detalladamente estos aspectos, así como el

desarrollo reciente de los enfoques centrados en el futuro o la solución, que se basan en lo que los individuos ya están haciendo y les da resultado (Berg

y Miller, 1992; de Shazer, 1985,1988; de Shazer y otros, 1986; Dolan, 1991; Furman y Ahola, 1992; Ofianlon y Martin, 1992; CHanlon y Weiner- Davis, 1989; Waltery Peller, 1992; White y Epston, 1990).

ENTRENAMIENTO

Los puntales teóricos básicos de las terapias breves/estratégicas son relativamente fáciles de aprender, lo mismo que muchas de las habilidades básicas para la intervención. No obstante, el empleo respetuoso, creativo y

eficaz del enfoque resulta extremadamente difícil de adquirir e integra una parte muy importante del resto de la vida del terapeuta. Haley apunta varios criterios para la selección y el entrenamiento. Son los siguientes:

1. Sugiere que, como el enfoque «subraya los problemas del mundo real, lo mejor es escoger estudiantes con experiencia de ese mundo». Él prefiere estudiantes maduros con hijos, y no personas jóvenes.

2. El estudiante debe tener tanto inteligencia como una gama amplia de conductas: capacidad para ser «autoritario, a veces juguetón, a veces presumido, a veces severo y serio, a veces desamparado, y así sucesivamente».

3. Se debe evitar el aprendizaje de varios enfoques a la vez.

4. Idealmente, el estudiante debe aprender haciendo terapia y guiado desde el principio por un supervisor con experiencia que emplee técnicas de supervisión en vivo. La representación de roles con ensayo de técnicas específicas puede ser útil antes de ponerlas a prueba con un cliente (individuo o familia).

5. El aprendizaje en grupo optimiza las oportunidades de apren- dizaje, por el mayor número de casos que se ven, la gama de ideas a las que se tiene acceso y el apoyo de los pares.

6. Debe acentuarse más la práctica que la teoría; más que discutir la terapia, hay que observar y presentar sesiones de terapia.

7. El entrenamiento debe concentrarse en lo que hay que hacer con

las cuestiones que surgen en el trabajo presente del estudiante. De

esta manera, él se sentirá motivado para aprender.

8. El supervisor debe enseñar al estudiante a ser directivo y motivar. (A nuestro juicio, paradójicamente, también es importante aprender a ser directivo para poder optar por ser no directivo.)

brindar oportunidades de aprendizaje sobre los temas específicos en que los estudiantes individuales están encontrando dificultades.

10. Se le debe requerir al estudiante que controle el resultado de su trabajo y aprenda a realizar seguimientos.

11. El contexto del entrenamiento debe respaldar el enfoque y el estilo de la formación, además de contar con el equipamiento técnico apropiado —por ejemplo, espejos falsos, videograbación y/o facilidades para realizarla (Haley, 1976, págs. 179-194).

CONCLUSIÓN

El campo de la terapia breve/estratégica se ha estado expandiendo rápidamente, y las técnicas han proliferado de tal modo que es casi imposible hacer justicia a su riqueza y diversidad. Esta visión general ha procurado identificar los principales temas y desarrollos. Los enfoques breves/estratégicos parecen tener una aplicabilidad muy amplia. Madanes observa que, «puesto que en la terapia estratégica se diseña un plan terapéutico específico para cada problema, no hay ninguna contraindicación en cuanto a la selección de los pacientes y la adecuabilidad» (Madanes, 1981b, pág. 27). Stanton enumera una vasta gama de desórdenes que han sido eficazmente tratados con estos enfoques, desde dificultades conductuales directas, delincuencia, problemas matrimoniales, hasta trastornos más serios, neuróticos y psicóticos (1981, págs. 368-369). Este autor dice que «no es tan probable que los terapeutas estratégicos rechacen tipos particulares de familias-problema, como que eludan situaciones en las que el contexto no permite ejercer más que poca o ninguna influencia» (pág. 369). Stanton sostiene que «los investigadores de la terapia estratégica han sido más activos que los de otros enfoques de la terapia familiar en lo que concierne al estudio controlado o comparativo de los resultados» (pág. 369). Ha llamado, sobre todo, la atención acerca del trabajo de Parsons y Alexander, al confrontar un enfoque estratégico con otros tres enfoques del tratamiento de la delincuencia, demostrando que el primero es notoriamente más eficaz (Parsons y Alexander, 1973). Para poner fin a este capítulo con una nota más cauta, diremos que muchos terapeutas jóvenes, recién formados, se sienten atraídos por la excitación y la promesa de los enfoques breves/estratégicos y por la «brujería» demostrada en talleres o en la literatura. Asimismo, como

señala Greenberg, «se supone que, como la terapia es breve, es sencilla de realizar». Greenberg añade:

Terapeutas recién llegados a la perspectiva se suelen ferniliarizar

con la literatura e intentan precipitadamente aplicar los principios y técnicas breves, sin la particular información necesaria para la evaluación y el tratamiento. El equipo de novicios también tiende a intentar «intervenciones de libro de cocina», basadas, sobre todo, en

las descripciones de la literatura

(Greenberg, 1980, pág. 320).

A menudo los principiantes se concentran excesivamente en la técnica, en idear intervenciones «astutas», prestando una atención insuficiente al respeto, la comprensión y la validación. En cierta medida, éste podría ser también el defecto de quienes escriben sobre los enfoques breves/estratégicos (entre ellos nosotros mismos), que a veces han prestado una atención excesiva a las técnicas de intervención, subestimando la importancia de las actitudes y valores básicos, de la prudencia, la integridad y la contención, áando por sentado que el lector ya valoraba de por sí estas cualidades. Los terapeutas breves/estratégicos tampoco han sabido describir el trabajo básico, paciente, penoso y a menudo agotador, que suele preceder a las intervenciones «brillantes», ni los muchos casos en los que los cambios significativos son generados por una labor constante y competente, y no por «fuegos de artificio». La sabiduría no se desarrolla de la noche a la mañana ni puede aprenderse en un taller, por mejor conducido que esté. Se desarrolla a lo largo de años rigurosos de ensayo y error.

2. ¿QUÉ ES LO QUE SUCEDE ENTRE OREJA Y OREJA?

Un universo adquiere ser cuando se divide o fragmenta un . espacio. La piel de un organismo vivo separa un exterior de un interior. Lo mismo hace el perímetro de un círculo en un plano.

Rastreando el modo en que representamos esa separación, podemos comenzar a reconstruir, con una precisión y un alcance que parecen casi sobrenaturales, las formas básicas que subyacen en nuestra ciencia lingüística, matemática, física y biológica, y también empezar a ver de qué modo las leyes familiares de nuestra propia experiencia se desprenden inexorablemente del acto inicial de separación. SPENCER-BROWN (1979, pág.

ninguna

xxix)

de nuestras explicaciones puede ser verdadera

en cierto sentido no hay ninguna verdad final accesible a nosotros, por la sencilla razón de que hemos realizado un corte

en el Universo, a fin de realizar el experimento. Tenemos que decidir qué es lo pertinente y qué es lo no pertinente. BJROHOWSKI(1978, pág.

69)

sus invenciones, tanto teóricas como instrumentales, el

hombre estaría al mismo tiempo desorientado y ciego. No sabría qué mirar o cómo ver. KELLY (1969, pág. 94)

sin

El más profundo de los sentimientos es que tiene que haber algo más.

HARRISON (1986, pág. 2)

En los últimos años se ha expresado una preocupación creciente porque los terapeutas breves habitualmente demuestran estar poco interesados en lo que sucede entre oreja y oreja. La analogía de la «caja negra» ha sido criticada porque ignora las experiencias vividas por el cliente, que constituyen un factor motivante significativo del modo en que responde a su mundo, y una componente crucial de su sentido continuo del sí mismo (Duncan, 1992). Es cierto que los terapeutas breves están, por lo general, más interesados en los fenómenos observables. En lo esencial, comcidimos en cuanto a la importancia de concentrarse en lo observable y de reducir al mínimo las inferencias y los supuestos cuando se trata de comprender la conducta humana. No obstante, tenemos cerebro, y no cabe duda de que en él sucede algo. Con un mínimo de supuestos, queremos presentar brevemente algunos marcos relacionados (por lo menos, relacionados en nuestras mentes). Los hemos encontrado útiles al considerar el modo en que las personas dan sentido a su mundo y discriminan para sí mismas las

«realidades» únicas con las que cada uno vive y responde, tanto conductuál como afectivamente.

LA OPERACIÓN BÁSICA

El bloque constructivo de toda vida que no se encuentre en el nivel más primitivo (las amebas, ciertos políticos, etc.), es la célula nerviosa, que opera siguiendo estrictamente un principio de «todo o nada»: emite una descarga o no lo hace. Una distinción más básica: está ENCENDIDA o APAGADA. La decisión de cada célula de transmitir o no se basa en su particular y constante umbral de excitabilidad; no puede comunicar información de ninguna otra manera que no sea con la frecuencia con que se descarga (por ejemplo, no puede recurrir a variar la intensidad de sus respuestas). El proceso de la evolución hacia formas superiores de funcionamiento se basa primordialmente en «tender» conexiones sinápticas cada vez más ricas y variadas entre un creciente número de células nerviosas básicas, cada una de las cuales sólo sigue siendo capaz de indicar dos estados posibles. Spencer-Brown dice que la operación básica es trazar una distinción que, una vez establecida, crea dos espacios o estados, separados por un límite y susceptibles de marcarse (nombrarse) (Spencer-Brown, 1979, pág. 1). El hecho de que esta operación se realice implica que existió primero una distinción entre el observador y el campo de observación. Sea cual fuere el impulso a trazar una distinción, ésta determinará qué lado del límite será el más significativo, de modo que el otro se convierte en lo que no es el primero. Está claro que, cuanto más primitiva es una forma de vida, menos distinciones necesitará para funcionar dentro de los parámetros definidos por su forma: distinciones, por ejemplo, entre lo caliente y lo no caliente, lo frío y lo no frío, lo oscuro y lo no oscuro, la luz y la no luz, lo húmedo y lo nó húmedo, lo seco y lo no seco, lo comestible y lo no comestible, lo seguro y lo no seguro, lo peligroso y lo no peligroso, etcétera. Cuanto más compleja sea la forma de vida, mayor será la cantidad y variedad de las distinciones que podrá trazar. Cuanto más complejos sean el aparato sensorial y el sistema nervioso, más sutiles y variadas serán las distinciones que esa forma de vida sabrá establecer. Sin duda, es posible trazar distinciones dentro de las distinciones. Por ejemplo, la respuesta de un organismo que traza la distinción entre lo

comestible y lo no comestible se verá afectada por la distinción que ese mismo organismo establece entre lo cercano y lo no cercano, entre estar cansado y no cansado, o tener hambre y no tener hambre. Las distinciones que definen el grado de urgencia e intensidad con que se ven otras distinciones pueden llevar a organizarías en una variedad de ordenamientos jerárquicos. Por ejemplo, un hambre intensa podría

impulsar a un animal cansado a perseguir algo no cercano pero comestible.

A la inversa, un cansancio intenso puede determinar que un animal

hambriento pase por alto algo comestible pero no cercano. Algo cercano y comestible podría no suscitar ninguna respuesta en un animal que no está cansado pero tampoco tiene hambre. Aunque éstos son ejemplos un tanto simplificados, a través de ellos puede verse que, incluso cuando la gama de distinciones es mínima, se vuelve posible un grado considerable de complejidad en la experiencia del organismo y en sus respuestas al medio.

El tamaño y la capacidad del cerebro humano, la complejidad de nuestro aparato sensorial y nuestro sistema nervioso, y nuestra aptitud para el pensamiento abstracto, determinan que la gama y complejidad jerárquica de las distinciones que podemos trazar resulte prácticamente infinita. A pesar de los intentos de los sociobiólogos de explicar en todo lo

posible nuestra conducta como determinada genéticamente, se diría que se

la puede considerar basada en la «conexión» de relativamente sólo unos

pocos rasgos básicos. Nuestra dotación genética parece impulsarnos a comer, a defendernos, a huir cuando es necesario, a reunir-nos en agrupamientos sociales, a reproducirnos y a cuidar a nuestra prole.

También parecemos dispuestos a reír, a menudo en relación con el ejercicio

de nuestra curiosidad casi insaciable por la naturaleza de lo que nos rodea,

con su interminable provisión de enigmas. En este sentido no somos muy diferentes de los chimpancés, que pueden describirse de un modo muy parecido. Lo distinto es que, con nuestros cerebros más grandes, según Chomsky, tenemos también una red de conexiones para el desarrollo del lenguaje simbólico, y a través del lenguaje hemos podido comprender y articular una multitud de mundos, que van desde el básico y más práctico hasta el más abstracto y meta-físico (Chomsky, 1972, 1975). Las distinciones que trazamos y los significados que atribuimos se articulan, interpretan y reinterpretan a través de la riqueza del lenguaje simbólico en el proceso evolutivo continuado de construcción de nuestras «realidades». Lo hacemos por medio de diálogos internos e interpersonales. Como observan Goolishian y Anderson,

el sentido hermenéutico, los seres humanos construyen mun-

dos porque participan en el lenguaje, en las prácticas sociales, en las

instituciones, y en otras formas de acción simbólica. Estas acciones sociales presuponen, exijen y recompensan las mismas construcciones del mundo y el sí mismo corrientes en esa participación (1992, pág.

11).

en

LOS CONSTRUCTOS PERSONALES

El psicólogo George Kelly propuso un marco para la comprensión de la

conducta humana, basado principalmente en el establecimiento de distinciones (Kelly, 1955). A nuestro juicio, este marco parece postular un proceso básico semejante a la «operación básica» de Spencer-Brown, y también sigue el principio de economía de Guillermo de Occam en cuanto a

la formulación de hipótesis. Describiendo la aportación de Kelly a las

diversas teorías de la personalidad, Schultz comenta:

Es poco lo que la teoría de Kelly comparte con los otros enfoques. Él mismo nos advierte que no encontraremos muchos de los términos y conceptos familiares de las otras teorías de la personalidad en su sistema. Después de esto, procede a sacudirnos, señalando cuántos de tales términos faltan en su enfoque: inconsciente, necesidad, impulso, estímulo, respuesta, refuerzo y (esto es lo más sorprendente) motivación y emoción (1990, pág. 380).

El postulado esencial de la teoría de Kelly es que a las situaciones se les da sentido por medio de la aplicación de una variedad de «cons-tructos» que constituyen el modo singular en que cada uno de nosotros traza distinciones y categoriza sus experiencias, lo cual incide en la manera en que prevemos los hechos futuros. Con el paso del tiempo, todos desarrollamos una variedad de dimensiones, o conjuntos de categorías, que nos resultan de particular importancia para analizar el mundo y responder

a él. Esas categorías reflejan nuestras variadas experiencias hasta el

momento (según las recordamos e interpretamos en el presente), nuestras preocupaciones actuales por los principios. No sólo afectan nuestra percepción de las situaciones presentes y las respuestas que les damos, sino también nuestra previsión del futuro probable y nuestra preparación para él. Los constructos existen primordialmente en el ojo del observador; por lo tanto, no deben considerarse entidades como un ser real. Son

interpretaciones de la realidad objetiva, y no reflejos de ella. Continuamente se los somete a revisión. En el capítulo 3 consideraremos

algunos de los problemas que surgen cuando se tratan las abstracciones como si fueran entidades concretas. Toda percepción personal es altamente selectiva e individual (aunque las personas de la misma familia, con iguales antecedentes étnicos, fe religiosa, convicción política, género, etcétera, pue- den, desde luego, compartir muchos constructos, que confirman por medio de los rituales y el diálogo sostenido). Los constructos pueden sacarse a luz, por ejemplo, pidiéndole al sujeto que confeccione una lista de diez a quince personas con las que tiene distintos tipos de relación significativa (padre, madre, hermano, maestro, sacerdote, amigo, amante, extraño, etcétera); alternativamente, esa lista puede proporcionarla el experimentador. A continuación, tomando tres ítem de la lista por vez, se le pregunta al sujeto qué dos de los tres seleccionados son más semejantes entre sí, y en qué difiere de ellos el tercero. Examinando las diferentes combinaciones, es posible identificar las características preferidas, y representar en un gráfico las dimensiones a lo largo de las cuales el sujeto tiende a establecer distinciones cuando evalúa a las personas. Argyle señala que «las diferentes personas utilizan diferentes

rasgos

Se vuelven más precisas al evaluar las cualidades que más les

importan

»

(Argyle, 1983, pág. 107).

Para Fransella y Bannister, el constructo es una discriminación, no un rótulo verbal:

Kelly ofrece varias definiciones del constructo. Por ejemplo, dice que es «un modo en que se asemejan dos o más cosas y por lo tanto

difieren de una tercera cosa, o de otras»

Kelly conserva la noción especial de que los constructos son bipolares. Su argumento es que nunca afirmamos nada sin negar simultáneamente algo-No siempre, ni siquiera a menudo, especificamos el polo contrastante, pero Kelly dice que extraemos

En todas estas definiciones,

sentido de nuestro mundo observando simultáneamente las semejanzas y las diferencias. La utilidad del constructo reposa en el contraste» (1977, pág. 5).

Aunque los científicos no están aún seguros de cómo se almacenan los recuerdos, parece claro que el proceso supone la acumulación de pautas asociativas entre los impulsos sensoriales. Este almacenamiento de pautas —y no el almacenamiento secuencial de cada acontecimiento sensorial aislado— es lo que nos permite operar con cantidades limitadas de

información. El acceso a una parte de una pauta nos hace posible una apreciación casi instantánea del modo de completar dicha pauta sobre la base de asociaciones aprendidas previamente, del agrupa-miento cartográfico de los datos que ingresan en pautas almacenadas en la memoria. (Es fácil advertir las ventajas evolutivas que representa la capacidad para responder de este modo.) Peter Russell dice que «la información se registra en vastas redes interconectadas. Cada idea o imagen tiene centenares, quizá miles de asociaciones, y está conectada con muchos otros puntos de la red mental» (1979, pág. 105). Las vías asociativas recorridas con más frecuencia tienden a reforzarse. Las utilizadas con menos frecuencia, aunque no desaparezcan, probablemente tienden a perder importancia y «olvidarse», del mismo modo que las sendas que atraviesan una selva son cubiertas de nuevo por la vegetación, a menos que el tránsito reiterado por ellas las mantenga abiertas. A medida que quedan establecidas pautas de asociaciones, éstas tienden

a influir en la selección y flujo de la información subsiguiente. Como ha

señalado de Bono, «las pautas se extraen del ambiente sólo sobre la base de

la familiaridad, y a través de tal selección se vuelven cada vez más

familiares» (1971, pág. 124). De este modo desarrollamos jerarquías de pautas de distinciones dentro de las distinciones, que tienden a gobernar el modo en que nos vemos a nosotros mismos, a nuestro mundo y a cómo le atribuimos significado a nuestras experiencias.

A las estructuras que creamos a partir de esas abstracciones las defi-

niremos como «realidad». Sin duda, las distinciones necesarias para preservar la vida y la seguridad tienen una importancia primordial. Las distinciones pueden basarse en constructos articulados con relativa

facilidad y ser accesibles a la introspección en los recuerdos de experiencias

y condicionamientos más profundamente enterrados, o incluso en nuestros

instintos más básicos y menos articulables. También en este caso, la organización jerárquica depende del contexto instantáneo. Si un adulto ve a un niño en peligro, sin pensar en absoluto (o con independencia de lo que piense), es capaz de enfrentarse a algo que, en un contexto diferente, le provocaría una fobia irracional o un terror razonable. Otras dimensiones importantes en el establecimiento de distinciones son las que nos permiten definir diversas categorías de «ellos» y «nosotros»:

por ejemplo, familia, tribu, raza, género, color, creencia religiosa, clase

social y la multitud de otros agrupamientos que pueden adquirir una importancia profunda y duradera, o bien transitoria, en nuestra vida.

de que los hechos han sido asignados a una categoría

global, las observaciones ulteriores sobre ellos tienden a ser

tienden a ser asignados a conductas incluso sobre la

Después de haber aplicado rótulos

globales, puede resultar difícil refutarlos y descartarlos. Además, si una cultura comparte ampliamente y utiliza de modo habitual vastas categorías de rasgos, puede llegar a verlos como descripciones intuitivamente adecuadas de conductas a las que en realidad no se adecúan bien.

base de poca información

tendenciosas

después

A menudo se ha encontrado que, después de que ün individuo cate-goriza o agrupa los estímulos, tiende a retener esa categoría incluso frente a pruebas en sentido contrario, prestando menos atención a la nueva información y concentrándose, en cambio, en la información que confirma su categoría (Mischel, 1968, pág. 58).

A veces, sólo predominan unas pocas dimensiones primarias. Entonces muchas otras dimensiones potenciales son absorbidas por las pocas que se consideran más inclusivas, y puede desarrollarse una rigidez de actitudes y respuestas durante un período breve o más prolongado. Por ejemplo, dimensiones tales como la bondad o la maldad, el estatus, la inteligencia, el atractivo, pueden ser notablemente afectadas cuando se las construye viéndolas a través del cristal de dimensiones jerárquicamente superiores (para nosotros) tales como la familia, la tribu, el color, la religión, «parecerse al tío Jack», etcétera. En un nivel mucho más trivial, las distinciones que se trazan comúnmente entre los pelirrojos y el resto de nosotros pueden afectar nuestra actitud y nuestra tolerancia respecto de los estallidos de ira. Bajo presión (y lo que se experimenta como presión, en medida considerable, está en el ojo del observador), es probable que cualquiera de nosotros reduzca su enfoque a esas dimensiones, que parecen las más importantes para la supervivencia inmediata. Ciertas posiciones fundamentalistas políticas y religiosas pueden actuar como «agujeros negros» en los que permanentemente desaparecen verdaderos universos de dimensiones, bajo el imperativo de unos pocos temas dominantes. Como observa de Bono,

la tendencia a tratar las cosas en términos de polos opuestos

surge el peculiar peligro de que estos polos se alejen tanto como sea

posible

Entonces cualquier distinción se magnifica hasta convertirse

de

en una distinción absoluta. Exactamente el mismo efecto explica el proceso en el cual una descripción parcial reemplaza a la descripción total. Es fácil tildar a un político de corrupto, o a una mujer de ramera, aunque sólo una pequeña parte de su conducta justifique tal descripción. Pero si esta pequeña parte es la única distintiva, se la toma como representativa del todo» (1971, págs. 201-202).

Schultz señala que los constructos van desde los que son permeables y

«suceptibles de revisarse y ampliarse a la luz de nuevas experiencias», hasta los que parecen impermeables y «no susceptibles de revisión o reemplazo,

sean cuales fueren las nuevas experiencias accesibles

tolerar algunas incongruencias subordinadas sin descartar o modificar el constructo general» (Schultz, 1990, págs. 390-391). De modo que la complejidad cognitiva (que puede definirse en función del mayor número de dimensiones independientes accesibles para su uso en el trazado de cÜstmciones en cualquier momento) es defendiblemente equiparable a la flexibilidad, la responsabilidad, la tolerancia, la comprensión, la creatividad, etcétera. Presumiblemente, habrá todo un complejo de factores personales, interpersonales, de pertenencia grupal (incluso la raza y el

género), históricos y sociopolíticos que afectarán, en cada uno de nosotros,

Una persona puede

a la constancia o inconstancia relativas de cualquier grupo particular de constructos relacionados.

FIGURA/FONDO: LOS EFECTOS DE LA TENDENCIA DEL OBSERVADOR

Así pues, en cualquier campo que atraiga la atención, ciertos aspectos de la situación se destacarán en una relación de figura/fondo sobre los otros aspectos. Hace muchos años, un amigo de uno de nosotros compró un dibujo Victoriano que era más bien una imagen, ejecutada con habilidad, de figura

y fondo reversibles, del tipo que ilustra con frecuencia las obras sobre

psicología de la percepción. El dibujo podía verse como una joven desnuda

o

como un conjunto de cráneos humanos. Este amigo solamente había visto

la

primera figura, y no pudo ver la otra hasta un tiempo después de que le

fuera señalada. Varios días más tarde estaba mirando distraídamente la imagen, cuando de pronto vio por primera vez las calaveras. Está claro que en los dibujos de este tipo la emergencia de uno u otro tema depende de dos interpretaciones totalmente diferentes acerca de qué líneas y qué zonas sombreadas constituyen la figura en torno a la cual el resto se convierte en

el fondo. Los dos temas no pueden ser simultáneos para ningún observador (aunque, cuando uno ha aprendido a verlos, se pueden alternar rápida- mente). Examinando el fenómeno de la figura/fondo en un capítulo sobre la percepción, Adcock comenta que «en la porción considerada como figura son observables los detalles, mientras que el fondo tiende a ser más bien homogéneo» (1964, pág. 142). Como han demostrado los estudios de Rosenthal y sus colaboradores sobre los efectos de las tendencias del experimentador, el sentido que le damos a las cosas, lo que escogemos como figura y como fondo, y nuestras predicciones acerca del futuro, no sólo inciden sobre nuestras propias conductas, sino que pueden también afectar profundamente las conductas de los otros (Rosenthal, 1966; Rosenthal y Jacobson, 1968). En uno de sus experimentos, a un grupo de maestros se les informó que los niños de sus clases habían pasado un test de inteligencia para prever cuáles de ellos era probable que destacasen. Además se les dieron los nombres de quienes supuestamente habían obtenido puntuaciones altas. En realidad, los «niños especiales» habían sido elegidos al azar. De modo que la diferencia entre esos «niños especiales» y el resto sólo existía en la mente de los maestros. Al cabo de un año,

una significativa ventaja de expectativa, especialmente

grande entre los niños del primer y el segundo grado. La ventaja de los que se esperaba que descollaran fue evidente con estos niños más pequeños en el CI total, el CI verbal y el CI de razonamiento. Los niños del grupo control progresaron bastante en su coefiente intelectual: el 19 por ciento ganó 20 o más puntos de CI total. Pero, entre los niños «especiales», realizó ese mismo progreso el 47 por ciento» (Rosenfhal y Jacobson, 1968, pág. 175).

apareció

Otros investigadores han subrayado los efectos de nuestras expec- tativas, no sólo sobre el modo en que se ven las cosas, sino también sobre las acciones, como consecuencia de las distinciones establecidas. Rosenhan ha informado sobre la investigación que demostró convincentemente la imposibilidad de distinguir, de modo fiable, a cuerdos de enfermos en los hospitales psiquiátricos, en los que se construye una realidad tal que cualquier conducta, por más normal que sea, puede llegar a verse como un signo evidente de enfermedad. En la historia clínica de uno de los investigadores/seudopacientes, que había estado escribiendo extensa y abiertamente sobre su experiencia, apareció el comentario siguiente: «El

paciente presenta conducta escritural». Aparentemente, ningún miembro del personal le preguntó qué era lo que escribía (Rosenhan, 1973). Como uno de nosotros ha dicho en otro lugar,

nuestras pautas de asociación quedan establecidas de un

modo particular, tienden a influir en el procesamiento de las

De este modo, desarrollamos marcos de

creencias o «tendencias» mentales que determinan el modo en que nos vemos a nosotros mismos y vemos nuestro mundo, atribuimos significado y respondemos a esas experiencias. En nuestras relaciones con los otros, tendemos a desarrollar pautas de conductas conjuntas que reflejan nuestras tendencias mentales y las de las personas con las que interactuamos; esas tendencias van confirmándose por la repetición, aunque pocas veces estas pautas se desarrollan conscientemente (Cade, 1991, pág. 35).

experiencias subsiguientes

cuando

Este proceso ha sido descrito sucintamente por Zukav:

La realidad es lo que tomamos como cierto. Lo que tomamos como cierto es lo que creemos. Lo que creemos se basa en nuestras

percepciones. Lo que percibimos depende de lo que buscamos. Lo que

busca-

mos depende de lo que pensamos. Lo que pensamos depende de lo que percibimos. Lo que percibimos determina lo que creemos. Lo que creemos determina lo que tomamos por cierto. Lo que tomamos por cierto es nuestra realidad (1979, pág. 328).

No pretendemos que todo esto represente la verdad sobre lo que sucede entre oreja y oreja. Se trata de los marcos más austeros para comprender los procesos mentales basados en la operación básica de nuestros bloques constructivos básicos, con el menor número posible de supuestos.

3. LA REALIDAD DE LA «REALIDAD» (O LA «REALIDAD» DE LA REALIDAD): «¿QUÉ ES LO QUE ESTÁ OCURRIENDO REALMENTE?»

el

razonamiento sobre las causas y efectos es muy difícil

Ya nos ha costado mucho establecer una relación entre un efecto tan obvio como un árbol carbonizado y el rayo que le prendió fuego, de modo que rastrear cadenas de causas y efectos a veces interminables me parece tan necio como tratar de erigir una torre que toque el cielo.

El nombre de la rosa, Eco (1983)

Algunos trabajos recientes han iniciado en nuestro campo un debate sobre la naturaleza de la realidad. Watzlawick (1984) compiló un libro titulado The Invented Reality, en el que los colaboradores sostienen de diversa manera que la realidad no es más que una construcción, una invención, que surge del modo en que cada observador ve el mundo. Speed, por otra parte, ha defendido lo que ella llama una posición constructivista:

la realidad existe; nuestras construcciones la reflejan de un modo más o menos adecuado, y están en una relación de interpretación con ella (1984a, 1984b, 1991). Aquí trataremos de subrayar algunos problemas que, a nuestro juicio, pueden surgir en este debate, como consecuencia de que no se diferencie con claridad entre dos niveles: 1) el nivel de las cosas y los hechos, y 2) los significados que se les atribuyen. También propugnaremos una posición anarquista, en el sentido de que, por un lado, aunque hubiera una realidad absoluta, es mejor no creer en ella, y, por otra parte, cualquier visión de la realidad, por absurda que parezca, puede merecer que se crea en ella en uno u otro momento. En otras palabras, no debemos creer en nada y creer en todo, al mismo tiempo. Hacer menos puede llevarnos a las múltiples posiciones absurdas que vemos en torno a nosotros, en nuestro mundo aparentemente loco y suicida.

Las COSAS y los HECHOS se limitan a observaciones y descripciones de base sensorial de lo que percibimos, o recordamos haber percibido, a través de nuestros sentidos; son lo que está sucediendo o lo que ha sucedido. Los SIGNIFICADOS son interpretaciones, conclusiones, creencias y atribuciones derivadas de, impuestas a, o relacionadas con, esas cosas y hechos percibidos.

Comencemos con el nivel de la realidad que involucra a las cosas y los hechos. Para la mayoría de nuestros fines, parece sensato que aceptemos ese nivel de realidad. Aunque esto podría no ser así con otras formas de vida aún no descubiertas, en general todos estamos de acuerdo acerca de la existencia y las dimensiones de las cosas particulares, y en cuanto a que, dentro y entre las cosas, a lo largo de ciertas escalas temporales, se producen cambios que nosotros podemos observar y medir. Las diferencias, a veces espectaculares y de gran alcance, aparecen en la interpretación y en la atribución de significados a aquellas cosas. Esto ha sido muy bien subrayado en un artículo de Scheflen, «Susan Smiled: On Explanation in Family Therapy» (1978). Sin duda todos los observadores del hecho mencionado en el título de ese artículo (la sonrisa de Susan) estarán de acuerdo, si se les da tiempo para el análisis, en que los labios de Susan se movieron de cierto modo en un cierto momento y en una relación cronológica con las conductas de las otras personas que estaban en la habitación. Pero esos mismos observadores pueden diferir en la selección de las cosas y hechos significativos, y en la atribución de significados. En el grupo de discusión descrito en el artículo, tales diferencias de interpretación parecieron llevar a poco más que un examen interesante y prolongado de los significados posibles de la sonrisa de Susan. En otros contextos, este mismo fenómeno (el fenómeno de que las cosas y los hechos pueden verse de muchos modos, a veces conflictivos) puede conducir al desarrollo de toda una gama de problemas humanos, que van desde tendencias relativamente menores hasta la persecución religiosa, las grandes guerras y, quién sabe, quizá incluso la aniquilación planetaria total. En este punto hay que admitir que, al descender en la escala hasta los niveles subatómicos, tropezamos inmediatamente con.problemas relacionados con la definición de la realidad. Por sólido que parezca un trozo de roca cuando se tiene la experiencia de él a través de los sentidos humanos desnudos, si se lo sondea en el nivel subatómico se vuelve más bien insustancial y elusivo. Parece estar formado por relaciones entre

partículas minúsculas que existen brevemente en un mundo de probabilidades (y que quizá sólo adquieren existencia en virtud del proceso mismo de la observación). Como dice Capra, «el concepto de materia en la

es totalmente distinto de la idea tradicional de

sustancia material de la física clásica. Lo mismo vale respecto de conceptos tales como espacio, tiempo, o causa y efecto» (1976, pág. 15). El físico Henry Pierce Stapp, en un artículo inédito citado en la fascinante obra de Zukav, titulada The Dancing Wu-Li Masters, señala que:

física subatómica

Si la actitud de la mecánica cuántica es correcta, en el sentido fuerte de que no es posible una descripción más completa que la que esta mecánica proporciona de la subestructura que subyace en la experiencia, entonces no hay ningún mundo físico sustantivo, en el sentido habitual de la palabra. Ésta no es la conclusión débil de que podría no haber un mundo físico sustantivo, sino de que definitivamente no hay un mundo físico sustantivo» (1979, pág. 105).

No obstante, a nuestros fines, permaneceremos un tanto por encima del nivel subatómico; nuestro plano es el de las cosas y acontecimientos que experimentamos en el ambiente, y que pueden considerarse razonablemente «allí afuera». A veces, Watzlawick parece asumir una posición un tanto extrema, sosteniendo que no existe ninguna realidad «allí afuera», sino sólo la que en «el sentido más inmediato y concreto» (1984, pág. 10) es construida por el observador. Al no diferenciar claramente entre los niveles, entre las cosas y los hechos y los significados que se les pueden atribuir, este autor parece adoptar una posición tan solipsista, que sería interesante invitarlo a elaborarla en profundidad frente a un oso polar enfurecido. ¿Está «realmente» allí la criatura? Sin embargo, la discusión entre un peletero, un esquimal, un aficionado a la caza mayor en busca de trofeos y un ambientalista, bien podría demostrar que, aunque ninguna de esas personas cuestione la realidad de tales animales, quizá difieran radicalmente en su modo de verlos y tratarlos. Desde luego, como ha demostrado Rosenthal, las creencias y expec- tativas de un observador pueden ejercer una influencia directa y de automcumplimiento sobre la conducta de las personas o criaturas obser- vadas (que es lo que también parece ocurrir con las partículas subató- micas) (Rosenthal, 1966). La selección tendenciosa de las percepciones conduce a respuestas peculiares del observador, que transmiten información capaz de promover y reforzar ciertas conductas en los

observados, alineadas con las expectativas del observador y, por lo general, en gran medida fuera de la percatación consciente de las partes. Por lo tanto, la actitud del observador respecto de los osos polares puede incidir en el modo en que el oso se comporte con él, y en consecuencia «construir» un aspecto de la realidad. Pero el oso polar físico existe con independencia del proceso de la observación (y, de todos modos, si no en un sentido absoluto, en el nivel de la realidad física que nosotros habitamos es prudente creer en su existencia). Speed, por otro lado, cae en el error opuesto. Tampoco ella diferencia con claridad los diferentes niveles, y parece equiparar, por ejemplo, la estructura física perfectamente definible de una montaña, con una presunta «realidad» o «verdad» igualmente absoluta y definible de lo que sucede en una familia, realidad a la cual, refmando progresivamente sus modelos, el observador podría acercarse cada vez más. Esta autora dice que las hipótesis sobre las familias son útiles porque son «verdaderas» (o más bien, según se rectifica a continuación, porque «son reflejos o modelos relativamente más adecuados de la realidad»). La «realidad» de la familia es algo un tanto complejo. En un nivel, la mayoría de los observadores se pondrían de acuerdo en cuanto a la cantidad de participantes, su sexo, su altura, y otras facetas del aspecto físico, y sobre los hechos que se produjeron entre los diversos miembros (por ejemplo, la madre giró 180 grados y levantó la voz en varios decibelios; pronunció un cierto número de palabras; el padre, a la cuarta palabra, giró rápidamente 170 grados y salió de la habitación; cuando él estaba a dos metros de la puerta, aparecieron lágrimas en los ojos de la hija; la madre se acercó a ella y le pasó el brazo sobre los hombros, etcétera; estos análisis pueden realizarse en un nivel microscópico, instante por instante, o en un nivel menos detallado, durante lapsos más largos). No obstante, cuando se trata de aplicar significados a los hechos, todo se vuelve mucho más complejo:

En cualquier situación dada, hay facetas potencialmente ilimitadas de la gestalt total de experiencias de origen externo e

interno utilizables para recrear las condiciones originales capaces de llevar a la «recuperación» de toda una gama de recuerdos y asociaciones. Que sean unas u otras de estas facetas de la experiencia las realidades en un momento dado, contra el enorme trasfondo de las asociaciones potenciales, depende de las peculiares preocupaciones, conscientes o menos conscientes, que tenemos en ese

En otras palabras, nuestras preocupaciones peculiares,

momento

los peculiares enfoques derivados de nuestros marcos para la aplicación de significados, separarán, por medio de la intensificación, ciertos rasgos o aspectos de la experiencia, respecto de la riqueza implícita o potencial de las asociaciones posibles. Cuando las pautas de asociación queden establecidas de determinada manera, tenderán a influir, en consecuencia, en el procesamiento de las experiencias subsiguientes (Cade, 1991, pág. 35).

En todo hecho o serie de hechos que involucran a varias personas, la situación es infinitamente más compleja; se constituye una complicada red de distinciones trazadas, recuerdos, asociaciones y relaciones entre los procesos de selección y agrupamiento pautado de cada participante, todo ello influido por los mitos individuales, familiares, culturales, religiosos y raciales sobre lo que es y lo que ha sido, por qué debió o pudo haber sido, y lo que debe ser; esa trama, a su vez, sólo es observable mediante un proceso análogo del observador. Veamos un ejemplo simplificado. Un hombre, en virtud de todo un complejo de condicionamientos, experiencias, prejuicios, mitos, etcétera, puede haber desarrollado la idea de que no se puede confiar en ciertas mujeres (o en ninguna mujer), y de que ellas tratan siempre de controlar a los hombres por medio de ardides femeninos e intrigas. Tenderá a percibir las acciones de toda mujer con la que tiene alguna relación a través de este conjunto de constructos (y a reaccionar en consecuencia). Supongamos que, en una relación anterior, este hombre llegó a ver a la mujer como «perseguidora» y «tramposa», en virtud de constructos probablemente derivados de un complejo de «condicionamientos» tanto personales como sociales. Nuestro sujeto habría reaccionado finalmente en consecuencia (desde su perspectiva). Una mujer que, por su parte, ha desarrollado la idea de que algunos hombres (o todos los hombres) son incapaces de comprometerse emocionalmente e intentan dominar y controlar como si tuvieran derecho a hacerlo, tenderá a percibir bajo esta luz las acciones de cualquier varón con el que se relacione (y a reaccionar en consecuencia). Entre estos dos individuos la pauta de la interacción se desarrollaría a partir de tales reacciones y contrarreacciones (originadas en parte o en gran medida en los «constructos» de las generaciones precedentes, así como en los de las normas sociales prevalecientes). Decidimos nuestro modo de actuar en concordancia con los constructos (o diálogos internos) a través de los cuales cada uno de nosotros ve y «da sentido» a lo que sucede en cualquier

relación o conjunto de relaciones (con independencia de que estemos en lo cierto o no, y suponiendo que esto pueda llegar a determinarse). Durante algún tiempo, el hombre puede experimentar a esta mujer como distinta de la mujer de su relación anterior y, por lo tanto, actuar también él de distinto modo. Pero es posible que, si la relación entre ellos se prolonga, los constructos generales de él acerca del modo en que se comportan las mujeres en las relaciones largas, comiencen a incidir en la interpretación que les da a algunas de las conductas de ella, viéndolas como «persecución» y «trampa». Entonces iniciaría un repliegue, dando precisamente paso a la gama de conductas más temibles desde la perspectiva de la mujer. Consideremos ahora las cosas desde el lado de ella. Aunque inicialmente experimentara al hombre de modo diferente, su constructo general según el cual «la mayoría de los hombres se distancian emocionalmente» podría llevarla a esperar y, por lo tanto, interpretar aspectos de las conductas subsiguientes del compañero como los primeros signos de una retracción que la asusta y la lleva a «perseguir», con lo cual suscita precisamente la gama de conductas de él que ella más teme. Actuamos en concordancia con los motivos y proyectos que atribuimos a las acciones de los otros y que usamos para explicarlas (correcta o erróneamente), y también en concordancia con nuestros propios proyectos (de los que en cada momento somos más o menos conscientes). Sin darse cuenta, las personas se atrapan recíprocamente en «juegos» (a veces de consecuencias trágicas) mientras tratan de promover y proteger sus intereses (y quizá también los de los otros, aunque erróneamente percibidos o representados). Desde luego, esto también es válido con respecto al modo en que experimentamos las acciones de nuestras parejas (y sus parientes y los nuestros) en sus relaciones con nuestros hijos, y también las acciones de nuestros hijos en su relación con nosotros y nuestros cónyuges (y con todos los otros parientes). Una multitud de factores gravitan en el modo en que interpretamos esas acciones. Entre ellos se cuentan aspectos del desarrollo de nuestras relaciones familiares y matrimoniales (a nuestro juicio), los con- dicionamientos y mandatos (recibidos en nuestra propia experiencia familiar) sobre la naturaleza del matrimonio y lo que se puede esperar de él, y sobre el lugar de los hijos, de cada uno de los sexos, en la relación matrimonial, así como los imperativos y estereotipos sociales al respecto. Tratamos de reaccionar en concordancia con los motivos y proyectos que atribuimos a esas acciones; por ejemplo, quizá atribuyamos móviles

«sucios» a nuestro cónyuge, a nuestro hijo, o a ambos, y a otras personas (Palazzoli y otros, 1989), además de tener nuestros propios motivos y proyectos. Entra en juego el poder del efecto «Pigmalión», la profecía de autocumplimiento, que genera su propia realización. A su vez, los niños recogen constructos sobre ellos mismos (también tomados de la familia y de los valores y actitudes sociales), que incluyen, en las familias con problemas crónicos, la posibilidad de muchas ideas autodenigratorias. Entre esos constructos (que vemos como «existentes» en una jerarquía compleja de temas entrelazados) habrá ideas sobre los roles que deben adoptar en relación con padres y hermanos, con la familia global y la sociedad: «salvador», «ángel», «aliado», «favorito», «villano», «perseguidor», «víctima», «éxito», «fracaso», etcétera. Cuanto más nos comportamos respecto de alguien como si él fuera algo, más probable es que él se convierta en eso. Cuanto más nos comportamos como si nosotros mismos fuéramos algo, más probable es que nos convirtamos en eso. Basta con añadir a la mezcla más de la misma pauta repetidamente actuada e identificada, continuamente influida por la aplicación de más de los mismos modos de construir lo que sucede, lo que conduce a más de las mismas atribuciones relacionadas con las acciones de los otros participantes en el juego, y así sucesivamente. En la posición de Speed parece estar implícita la creencia en pautas o estructuras concretas que existirían en la familia y en sus relaciones internas y externas; Speed también parece creer en una estructura oculta pero explícita para el individuo, y en procesos inconscientes compartidos, que escogen y agrupan en pautas las experiencias a partir de las cuales los participantes responden y reaccionan entre sí. Welwood dice:

Según el modelo tradicional del inconsciente en la psicología pro- funda, parecería que tiene una estructura explícita, que los impulsos, deseos, represiones o arquetipos existen en forma explícita; que el

inconsciente es una especie de alter ego autónomo

Lo inconsciente

son los pautamientos holísticos, que se pueden explicar de muchos modos diferentes y en muchos niveles diferentes de la interrelación organismo/ ambiente (1982, pág. 133).

En el reino de la atribución de significados, el hecho de que un mapa, modelo o marco de creencias sea adecuado, no significa en ningún sentido absoluto que sea de algún modo verdadero o esté más cerca de una

«verdad» absoluta que otro modelo adecuado. Todo lo que puede decirse es que las pautas de asociaciones seleccionadas, las conexiones realizadas y los significados atribuidos (tal vez sería más exacto decir «impuestos») por medio de esos marcos, son más o menos útiles o funcionales para ciertos propósitos (por ejemplo, son útiles para la explicación y predicción). Speed habla de «la realidad de las pautas de la familia»; en este caso, comete un error fundamental al confundir niveles de realidad. Las pautas son conexiones entre elementos, entre cosas y hechos, establecidas por un observador. Desde luego, para la mayor parte de los fines, se puede considerar que las cosas y los hechos existen «allí afuera», pero las pautas pertenecen a un nivel diferente, y son impuestas por el observador a partir de marcos peculiares para trazar distinciones y desarrollar comprensión, en relación con ciertos propósitos de ese observador. En la figura 1 se ve claramente lo que decimos. Arriba hay 24 puntos, que, dado el propósito de este capítulo, el lector puede aceptar como existentes realmente «allí afuera». En el resto de la página vemos algunas de las pautas más directas que pueden «imponerse» para establecer y destacar las relaciones entre esos puntos, empezando por verlos como 4 filas horizontales de 6 puntos, después como 6 columnas verticales de 4 puntos, y así sucesivamente. La perspectiva de Speed da por sentado que todas estas pautas, pre- sumiblemente junto con las otras posibles, que son innumerables (y no hemos hablado de utilizar líneas curvas), están realmente en los puntos, con independencia del acto de observar. Esa autora cae víctima de lo que A. N. Whitehead denomina «la falacia de la concreción mal ubicada». Como explica Waddington:

reconoce ciertas nociones

derivadas y esencialmente abstractas, que han sido inventadas por el hombre para tratar de dar sentido a las situaciones con las que tropieza. Son ejemplos los átomos físicos, o sentimientos tales como la cólera, o nociones sociales tales como la de justicia. El hombre tiende a aceptar estas ideas como sí fueran cosas concretas que, por así decirlo, pudieran recogerse y ubicarse en algún otro lugar. Whitehead dice que, en realidad, ellas derivan siempre de casos reales de experiencia humana. Las experiencias son lo real; las nociones son secundarias y derivadas. Es peligroso olvidarlo, y tomar esas cosas secundarias como más concretas y reales que lo que son en realidad (1977, pág. 24).

El pensamiento más convencional

Obviamente, en cualquier marco explicativo debe haber un grado significativo de «adecuación» entre los dos niveles (y es «significativo» el nivel «adecuación» necesario para que el observador pueda explicarse y predecir suficientemente en relación con sus fines). Así como las pautas del diagrama deben adecuarse a la cantidad y a la distribución espacial de los puntos, del mismo modo, en una familia, las ideas del terapeuta sobre lo que está sucediendo deben adecuarse, en un nivel, a las personas involucradas y a un numero suficiente de hechos «significativos» (y también a las ideas que los participantes tienen sobre estas cuestiones). Incluso con tal restricción existe, lo mismo que en el caso de los puntos, una variedad inmensa de pautas y explicaciones que el observador puede «imponer» (probablemente tantas pautas como observadores) aunque, desde luego, las influencias familiares, de género, culturales, educacionales, profesionales, teóricas y de muchos otros tipos, que los observadores tienen en común, determinarán que haya considerable coincidencia con respecto a numerosas facetas. Nosotros diríamos que las realidades que construimos nos ayudan a idear interacciones o intervenciones útiles gracias a una adecuación suficiente con facetas significativas (para ellos) de las realidades construidas de los miembros de la familia, con sus modos de pensar acerca de sí mismos. La «realidad» de una familia no será más que uno de los modos (entre los muchos posibles) de dar sentido a las cosas y hechos que los miembros de esa familia experimentan (reales para ellos), y de responder conductual y afectivamente. La habilidad del terapeuta consiste en encontrar una manera de ver la realidad familiar lo bastante próxima a las ideas de los miembros de esa familia como para poder comprometerlos, así sea brevemente, en una «realidad compartida», pero con una perspectiva lo bastante distinta como para ayudar a generar cambios en los significados y, por lo tanto, también en la experiencia y la respuesta. Acercarse a la «realidad» de una familia no significa que el terapeuta encuentre la realidad, del mismo modo que conjeturar qué pauta emplea la familia para organizar los 24 puntos

de nuestro diagrama no significa que esa pauta sea la real. Cualquiera de las otras pautas se adecuaría igualmente bien. Buda dijo a los buscadores de la verdad que considerar el mundo de los objetos materiales, las emociones, las relaciones, etcétera, como «realidad», es vivir en el error, y que considerarlos meras ilusiones es también vivir en un error, igual de grande.

Mi punto de vista es que todos los problemas humanos, en todos los niveles de funcionamiento, desde el individual hasta el internacional, surgen de la reificación de los marcos de creencias, de los modos de ver la realidad, y de las pautas reiteradas de respuesta que se originan en esos marcos. (Desde luego, lo que digo se aplica a este mismo enunciado, que no debe ser tratado con demasiado respeto.) Por ende, a mi juicio, es importante que, para ser terapéuticos, nos volvamos anarquistas en nuestros enfoques, que no creamos en nada y lo creamos todo al unísono. Siempre que nuestra terapia recibe su forma de la ortodoxia diagnóstica y terapéutica, de creencias personales fuertes, imponemos y delimitamos, alentamos y en algunas circunstancias tratamos de poner en vigor la ortodoxia en el pensamiento y la acción (a veces en nombre de su opuesto) (Cade, 1985a, pág. 10).

Pero a fin de considerarlo todo debemos contar con un marco para pensarlo. El error no consiste en que tengamos marcos, sino en que olvidamos que son sólo marcos, y los confundimos con la realidad. Después de haber asumido una posición con respecto a algo, empezamos a cerrar nuestra mente a otras posibilidades, y a continuación tendemos a seleccionar e interpretar datos que confirmen esa posición y no vean, pasen por alto o rechacen lo que la contradice. Éste es un proceso que uno de nosotros ha denominado «endurecimiento de las categorías» (O'Hanlon, 1990). Desde luego, éste no es un problema cuando no es un problema, pero cuando aparecen problemas, puede volverse muy importante. Entonces el fenómeno subrayado por Rosenthal (Rosenthal, 1966; Rosenthal y Jacobson, 1968), y las profecías de autocumplimiento que Watzlawick ha descrito con tanta elocuencia en su libro (Watzlawick, 1984, págs. 95-116), perpetúan y exacerban lo que está sucediendo. A modo de resumen, nos parece importante que, en cualquier discusión de la realidad, tengamos el cuidado de diferenciar con claridad dos niveles:

el de las cosas y los hechos que se pueden considerar razonablemente como existentes «allí afuera», y el de los diversos marcos a través de los cuales

los percibimos e interpretamos. También nos parece vital que nunca creamos lo que creemos; eso le quita sustento a la persecución de los disidentes. Como dice Feyerabend,

cualquier regla, aunque sea «fundamental» o «necesaria»

para la ciencia, siempre hay circunstancias en las que es aconsejable

no sólo ignorarla, sino incluso adoptar su opuesto

anarquismo ayuda a lograr progreso en cualesquiera de los sentidos que uno se tome el trabajo de escoger. Incluso una ciencia de «ley y orden» sólo logrará éxito si en ocasiones permite que se produzcan movimientos anarquistas (1978, págs. 23-27).

mi tesis es que el

dada

4. ¿CÓMO COMPRENDEMOS LAS EMOCIONES?

En la medida en que los factores Cognitivos son potentes determinantes de los estados emocionales, es posible inferir que exactamente un mismo estado de excitación psicológica puede etiquetarse como «alegría», «furia» o «celos», o recibir cualquier otra de entre una gran variedad de etiquetas emocionales, sobre la base de los aspectos cognitivos de la situación.

SCHACHTER Y SINGER (1962, pág. 381)

Una emoción es aproximadamente el significado que le damos a nuestros estados sentidos de excitación. HARRÉ Y SECORD (1972, pág. 272)

Una de las cosas que define los sentimientos es que nacen en nosotros sin nuestra voluntad, y a menudo contra nuestra

voluntad. En cuanto queremos sentir

un sentimiento, sino una imitación, una teatralización del

el sentimiento ya no es

sentimiento.

KÜNDERA(1990, pág. 195)

«Pienso, luego existo», es el enunciado de un intelectual que subestima el dolor de muelas. «Siento, luego existo», es una verdad de validez mucho más universal, y se aplica a todo lo que vive.

200)

KUNDERA (1990, pág.

Otro ámbito de la experiencia humana, que a menudo se considera que los terapeutas breves pasan por alto, es el de las emociones. Estamos de acuerdo con Kleckner y sus colaboradores en cuanto a que «el terapeuta estratégico que no siente» es en gran medida un mito. También

coincidimos con ellos en que han sido los propios terapeutas breves/estratégicos los principales responsables de haber mantenido el secreto de que, en realidad, ellos creen que los sentimientos del ciiente son importantes. Como dicen los autores mencionados: «No se trata de que los terapeutas estratégicos no aborden los sentimientos, sino sólo de que no hablan sobre ellos entre sí, no escriben al respecto en la literatura, ni enseñan al respecto a sus discípulos» (Kleckner y otros, 1992, pág. 49). Nosotros, con nuestros alumnos, durante algunos años hemos señalado constantemente la importancia no sólo de escucharlo que el cliente comunica, incluso los sentimientos expresados, sino también de encontrar modos de demostrarle que lo hemos hecho. No basta necesariamente con escuchar. Cuando no hayfeedback, el cliente-no sabe si se le ha escuchado o no.

Una trabajadora de un centro público de salud buscó la ayuda de un terapeuta consultor. Su caso iba a ser observado a través de un espejo falso, y la trabajadora esperaba la experiencia con considerable ansiedad.

Siempre le tengo miedo a este caso. No tengo la menor idea de adonde ir con él.

La trabajadora describió a una mujer que había luchado durante cierto tiempo con dos adolescentes fuera de control y un esposo que le brindaba poco apoyo, trabajaba muchas horas y era proclive a tener estallidos violentos. El problema de la trabajadora era que se consideraba incapaz de contener lo que ella experimentaba como una abrumadora e interminable marea de amargas quejas de la mujer.

No escucha nada de lo que le digo, no acepta consejos. Ya la han echado de varias instituciones. Yo soy la única persona que le queda, que aún está dispuesta a verla. En realidad no llego a nada. Sé que necesita ayuda, pero me siento impotente para hacer algo por ella, y también culpable al descubrir que me está empezando a provocar una aversión activa.

Si bien la trabajadora creía que había escuchado y comprendido el problema de esta mujer, pronto resultó claro que la dienta, sobre la base de sus experiencias anteriores, y en ausencia de un feedback claro en la situación presente, seguía pensando que eso no era así. Entonces se sentía obligada a continuar narrando su historia inútil y desesperadamente, a

quienquiera que la escuchara. Al mismo tiempo, era evidente que no esperaba que nadie oyera lo que ella trataba de expresar.

Durante la sesión siguiente, se aconsejó a la trabajadora que dejara el cuaderno de notas de lado, que mientras estaba sentada se inclinara hacia adelante (según sus colegas, frente a esta mujer ella solía reclinarse en la silla, como luchando contra un viento fuerte), y que en el transcurso de la sesión no brindara ningún consejo, sino que se limitara a repetir frases como:

«¡Pero, esto es terrible!» «¿Cómo demonios ha aguantado todos estos años?» «Seguramente usted siente que nadie sabe lo que ha tenido que pasar. Debe sentirse muy sola con toda esta preocupación.» «¿Cómo es que resiste todo esto?» «Muchas personas habrían renunciado hace mucho tiempo.»

Poco a poco, la mujer empezó a hablar con más lentitud y menos acaloramiento, a parecer más serena, y a escuchar lo que se le decía. Finalmente, cuando se le volvió a preguntar cómo había podido resistirlo, sonrió y dijo: «No lo sé. Quizá soy más fuerte de lo que creo». Al final de la sesión, la dienta estaba más tranquila, con un marco mental más optimista, y dispuesta a escuchar lo que se le dijera. Más tarde, la trabajadora manifestó haber descubierto que en realidad gustaba de esa dienta y la respetaba. Nos damos cuenta de que la sugerencia del consultor podría considerarse sólo como una maniobra táctica destinada a romper un impasse, y no como una prescripción real de que se prestara atención a los sentimientos. Esto es posible porque, al contar el episodio de la consulta, el consultor quizá omitió mencionar su riqueza creciente al escuchar la descripción que la trabajadora realizaba de la historia de la mujer. Nosotros creemos que, por lo general, los clientes sólo escuchan cuando sienten que han sido escuchados, cuando sus experiencias han sido validadas —incluso sus experiencias afectivas—. Entendemos que, para una terapia eficaz, el terapeuta, sea cual fuere su escuela, debe prestar una atención suficiente a este aspecto de las experiencias del cliente. Los diversos enfoques terapéuticos difieren en el modo de hacerlo, y quizá en la definición de la «atención suficiente». La expresión de sentimientos es sin duda una respuesta natural humana, y a menudo importante, sobre todo en momentos cruciales de aflicción, alegría, excitación, miedo, etcétera. Las terapias suelen diferir no sólo en la medida en que consideran

importante reconocer las emociones, sino también por su mayor o menor creencia en que expresarlas es crucial y central en el proceso de la terapia y el cambio. Consideramos que, por útiles y catárticas que sean a veces las exploraciones y expresiones emocionales, el principal mecanismo del cambio es la modificación fundamental de los constructos que permiten realizar las distinciones y destilar la experiencia. Es cierto que los terapeutas de hoy tienden a prestar una considerable atención a lo observable. Pero, como subraya George Greenberg en su artículo sobre las aportaciones de Don Jackson al campo de la terapia familiar.

Si bien Jackson y sus asociados, al crear un enfoque conductual, se apartaron de los constructos mentalistas, no negaron la existencia de mecanismos intrapsíquicos internos que influyen, alteran y/o facilitan el funcionamiento humano. De hecho, desarrollaron técnicas como el «reen-marcamiento», destinadas en parte a incidir sobre la cognición o «percepción». Lo novedoso e importante en ellos fue sostener que uno no puede conocer las percepciones de otros, y que, desde el punto de vista científico, lo mejor era caracterizar la realización, describir la conducta y operar sobre la base de fenómenos observables» (1977, pág. 403).

O, como explica Arthur Bodin,

Si bien los sentimientos y pensamientos se consideran importantes, en la terapia familiar del MRI lo que resume los resultados es la conducta. Sólo a través de la conducta se manifiestan esos hechos y experiencias afectivas y cognitivas (1981, pág. 292).

En mayor o menor medida, en todos los ámbitos de nuestra vida, nuestros sentimientos son un fenómeno omnipresente, y determinantes poderosos del modo en que reaccionamos o no reaccionamos ante una situación. Se ha dicho que los sentimientos son interpretaciones de los estados de excitación fisiológica, de la manera que tiene el cuerpo de prepararse para la acción; que dependen en gran medida de los diversos niveles de constructos generados para dar sentido a la situación presente, y que, basados en el recuerdo de experiencias pasadas, también dependen de lo que esperamos sentir. Los sentimientos son asimismo afectados por las prescripciones y proscripciones del contexto social, y por los imperativos asociados con el género (Crawford y otros, 1992). Sea cual fuere el

sentimiento fundamental que experimentemos, las concomitancias fisiológicas del estado de excitación (irrupción o adrenalina, tensión sanguínea, ritmo cardíaco, tono muscular, etcétera) son, en gran medida, idénticas. El trabajo de Schachter y Singer respalda su proposición de que:

Las cogniciones que surgen de la situación inmediata, interpretada a través de la experiencia pasada, proporcionan el marco con el cual uno comprende y etiqueta sus sentimientos. Es la cognición lo que determina que el estado de excitación fisiológica sea etiquetado como «cólera», «alegría», «miedo», u otra cosa (1962, pág.

380).

Cuando existe más de un marco para interpretar una experiencia, la excitación fisiológica puede verse de distintos modos, a veces con-flictivos. Es decir, podemos sentirla de varias maneras. Por ejemplo, muchos de nosotros, antes de subir a un escenario para pronunciar una conferencia o algún otro tipo de intervención, hemos tenido la experiencia de oscilar rápidamente entre una excitación y anticipación ansiosa, por un lado, y, por el otro, una gran angustia y deseos de que nos trague la tierra. Quizá esperemos tener una actuación brillante, y también temamos fracasar o ponernos en ridículo. Es decir, tal vez ninguno de los dos sentimientos constituya una interpretación apropiada del estado de alta excitación fisiológica que en la mayoría de nosotros precede a tales momentos. Muchas investigaciones ulteriores han puesto a prueba la idea de que la autoatribución de emoción está relacionada con el modo en que damos sentido a lo que observamos en nuestra propia conducta (Bem, 1965,1968; Nisbett y Schachter, 1966; Storms y Nisbett, 1970).

Recuerdo que, al supervisar un caso desde detrás del espejo falso, pude observar a una familia a la que «se ayudaba a tomar contacto con» sus sentimientos de cólera recíproca. No había duda alguna de que lo estaban haciendo con considerable calor, vigor y autenticidad aparente. Pero, ¿eran ésos realmente los sentimientos de los miembros de la familia, o estaban reaccionando a la única explicación verosímil que tenían de los altos niveles de excitación fisiológica que experimentaban, explicación tal vez introducida explícita o implícitamente por un terapeuta que se basaba en la creencia de que, en las familias, estos problemas derivan de una cólera no expresada? Alarmado por la tensión creciente en la habitación, que parecía volverse improductiva y potencialmente peli- grosa, intervine y propuse «la tristeza por lo que podrían haber sido

las cosas» como explicación alternativa de ese alto nivel de excitación fisiológica. Casi instantáneamente, este marco condujo a expresiones de tristeza y a un proceso conmovedor de creciente dulzura y gradual reafirmación entre los miembros de la familia. ¿Cuáles eran los sentimientos reales? Sin duda, cualquiera de los dos marcos bastaba para interpretar la experiencia de excitación fisiológica de los miembros de la familia. Uno de estos marcos parecía más útil que el otro como cristal para interpretar la excitación, por lo menos en lo concerniente a crear una atmósfera aparentemente constructiva, cooperativa y más optimista, durante el resto de la sesión (Cade, 1992a, pág. 167).

Quizá otra explicación (por ejemplo culpa, traición, miedo, desprecio, etcétera) también podría haber «tenido sentido» para los clientes, y conducido a una expresión distinta de sentimientos, pero también defendible como apropiada y auténtica. No se trata de que creamos que los clientes son tan maleables que, de algún modo, se les puede imponer cualquier sentimiento. En toda situación, particularmente en una situación interaccional compleja y muy cargada, los constructos que aplican todos los involucrados para explicarla por lo general constituyen la punta del iceberg de los incalculables recuerdos y asociaciones almacenados que también se podrían aplicar. Como observa Gendlin:

Atravesar un

acto simple supone una inmensa cantidad de conocimientos, aprendizajes, sensaciones de la situación, comprensiones de la vida y

las personas, así como de los múltiples rasgos específicos de la situación dada (1973, pág. 370).

Cualquier momento tiene una riqueza enorme

Nosotros entendemos que, si bien el reconocimiento de la existencia de diversas emociones fuertes puede ser altamente terapéutico, en cuanto ayuda a las personas a sentirse validadas y comprendidas, tal vez no sea ni útil ni terapéutico alentar la expresión sistemática de las emociones, sobre todo de las «etiquetadas» de un modo tal que perpetúa una sensación de desesperanza o desamparo. Por ejemplo, las expresiones de cólera pueden ser potencialmente útiles cuando se refieren a algo sobre lo cual sentimos tener algún control; en caso contrario, quizá conduzcan sencillamente a una mayor sensación de impotencia y desvalimiento. Debemos tener el cuidado de no reificar las emociones y. encerrar a los individuos en pautas

negativas de pensamiento y acción. En el ejemplo anterior, referido a subir al escenario, las interpretaciones de que se trata de miedo o de excitación «satisfacen los requisitos» por igual para dar razón de nuestro estado de elevada excitación fisiológica. El reconocimiento del miedo puede hacer que nos sintamos comprendidos, pero es la otra interpretación la que nos lleva a continuar la tarea. Kleckner y otros llegan a la conclusión de que:

es que los terapeutas estratégicos no

dedican cantidades importantes de tiempo a hablar sobre los sentimientos o a hacer que el cliente los reconozca y asuma; en cambio, se concentran en lograr que el cliente exprese sus sentimientos de un modo que sea más probable que lo lleve a una mayor satisfacción en la vida cotidiana» (1992, pág. 49).

Lo que debe subrayarse

5. NEGOCIANDO EL PROBLEMA

El primer paso era el que contaba. Una vez que iniciado algo, ello ejerce una autoridad terrible sobre ti.

has

JULES ROMAIN (1973)

Todas las cosas tienen pequeños principios.

MARCO Tuno CICERÓN

El proceso de la evaluación es crucial para la dirección que toma cualquier terapia y a menudo, en ultima instancia, párasuj&dto. Richard Rabkiñhá utilizado la analogía del ajedrez para pensar el proceso tera- péutico (1977). Lo mismo que en una partida de ajedrez, el éxito o fracaso de la terapia está a menudo determinado por las «jugadas» de apertura:

las preguntas formuladas, las respuestas extraídas, que reflejan la «estrategia de juego» y los supuestos del terapeuta. Todos los marcos explicativos son metáforas, aunque pueden tener consecuencias muy reales. Creemos que son muchos los diferentes marcos capaces de orientar a los terapeutas en su trabajo. No obstante, a menudo aparecen problemas, como ya hemos dicho antes, cuando esos marcos se confunden con «la realidad» y son reificados. Después de un tiempo, los clientes pueden llegar a considerar sus problemas y pronósticos, y á verse a sí mismos, a la luz de las creencias del terapeuta al respecto, incluso aunque esas creencias no hayan sido explícitas sino implícitamente comunicadas. Una dienta que había sido etiquetada como «personalidad límite» fue transferida a una nueva terapeuta, debido a un cambio de personal en la institución en la que recibía la terapia. Después dijo que, cuando iba a ver a la nueva terapeuta, a menudo salía muy desalentada y deprimida. Se le preguntó cuál era la diferencia de estilo entre las dos terapeutas, y respondió: «Esta otra terapeuta es muy pesimista.

Cuando entro en el consultorio, quizá me sienta muy bien. Pero ella me dice que parezco deprimida. Entonces empiezo a preguntarme si en realidad no lo estoy. Al final de la sesión, estoy decididamente deprimida, aunque no lo estuviera al principio». Tradicionalmente, en el proceso de evaluación o diagnóstico, el pro- blema del cliente o la familia es estudiado, identificado y descrito «obje- tivamente», después de lo cual se lo trata. Puesto que, a nuestro juicio, la realidad está mediada socialmente, no debe sorprendernos que veamos los problemas y sus definiciones (y los efectos pragmáticos de estas definiciones) como mediados en gran medida social e interaccional-mente, en un proceso en el cual el cliente o los clientes y el terapeuta crean juntos una «realidad», sea cual fuere la conciencia que los participantes tengan de este hecho. El grado de influencia que ejercerá el cliente (o lo que el terapeuta le reconozca competencia para ejercer) en la creación de esta «realidad» varía según el enfoque. Los terapeutas conductuales «descubren» problemas de conducta; los analistas «descubren» problemas intrapsíquicos, con frecuencia originados en la niñez; los psiquiatras de orientación biológica «descubren» pruebas de problemas neurológicos y déficits químicos; lostera-peutas estmctuxajgs/estratégiGOS «descubren» ambigüedades jerárqui-cas y coaliciones; los terapeutas contextúales «descubren» los efectos "de la injusticia y la explotación intergeneracional; lo£ter^eutas_bre-ves «descubren» pautas dejgensjumento y acción que se autorrefuer-zan. Todo terapeuta se basa en el supuesto de que él o ella ha descu-~Bierto la causa fundamental del problema (y, lamentablemente, a menudo desatiende e incluso se mofa de otros modelos y explicaciones, tendencia ésta de la cual nuestro propio campo de ningún modo está totalmente libre). Todo lo que pensamos, sentimos y hacemos se puede considerar insertado en, y afectado por, una compleja jerarquía de influencias. Éstas abarcan desde el más amplio nivel sociopolítico hasta el nivel neurosinóptico individual, de origen genético o ambiental; desde nuestros antecedentes históricos, pasando por nuestras diversas experiencias del presente (familia, grupo de pares, comunidad, género, raza, etcétera), hasta nuestro futuro, tal como lo prevemos hoy. Por ejemplo, considerando la complejidad del fenómeno que denominamos esquizofrenia, .Scheflen muestra que hay que considerarlo reflejo de un complejo de influencias de por lo menos ocho niveles diferentes (1981). Esos niveles se asemejan estrechamente a los ocho niveles de explicación propuestos por el biólogo

Steven Rose como los mínimos necesarios para comprender la conducta del cerebro (1976, pág. 30).

Scheflen

La perspectiva social El nivel institucional El nivel familiar La interacción diádica La emocionalidad y los estados corporales Los subsistemas fisiológicos La organización del sistema nervioso La microestructura neural

Rose

Nivel sociológico Nivel psicológico-social Nivel psicológico (mentalista) Nivel fisiológico (sistemas) Nivel fisiológico (unidades)

Nivel anatómico-bioquímico Nivel químico

Nivel físico.

La riqueza y complejidad de este tapiz existencial significa que cual- quier aspecto de nuestro ser, incluso el desarrollo y mantenimiento de los problemas, puede verse como reflejo de fenómenos que existen en cualquiera de estos niveles, o en todos ellos. La riqueza y complejidad de este tapiz existencial significa también que es posible encontrar «pruebas» en apoyo de una amplia gama de preconcepciones diagnósticas. A nuestro juicio, también significa que la causa o causas «reales» de cualquier problema nunca se pueden determinar de modo con-cluyente. Los terapeutas breves se concentran primordialmente en lo obser- vable, en lo que puede describirse de un modo claro y concreto, en tér- minos de cosas y hechos. O'Hanlon y Wilk hablan de «enunciados des- criptivos basados en la observación, que no contienen ni presuponen ninguna información que en principio no pudiera derivarse sin inter- pretación de un vídeo con banda sonora» (1987, pág. 20). No se trata de que neguemos la complejidad de la experiencia humana. Pero creemos que cuanto más se aleja uno de las tuercas y tomillos observables o descriptibles de la interacción, mayores son los riesgos que corre de quedar atrapado en sus propias metáforas, y de imponérselas a los cHentes. Además, a menos que estemos actuando como agentes de control social, lo que nos autoriza a realizar nuestra tarea es resolver el problema específico que la persona nos trae a terapia, y con respecto al cual él o ella es un cliente real o potencial. A veces sucede que el problema inicial se utiliza como «tarjeta de presentación», y que en realidad al cliente le

preocupa más otro problema, que no está preparado para introducir antes de que pase algún tiempo, y confía más en la integridad y la competencia del terapeuta. Creemos que nuestra responsabilidad consiste en proporcionar ese clima, pero quien en última instancia debe definir el

enfoque es el propio cliente.JLos clientes no tra-baian-por cambios de k>s-

beneficigsos-que

esos-cambios les parezcan a las otras personastesus vidas Valnropio terapeuta. ~ "~ ~"" *~~~De^dé"esta perspectiva consideramoslnnecesarias las ideas tradicionales acerca de la resistencia. Aunque al afrontar el enfoque de un cambio significativo todos tendemos a aferramos a «lo malo conocido», a nuestro juicio las personas con problemas quieren cambiar, aunque, por diversas razones individuales o interpersonales, no saben o no pueden iniciar el proceso sin alguna ayuda.

El grupo del Centro de Terapia Breve de Palo Alto (Fisch y otros, 1982; Watzlawick y otros, 1974; Weakland y otros, 1974) ha examinado este tema esencial de la «relación de compra». ¿Quién quiere ayuda, con qué, o de quién? A veces la persona que recurre a la terapia se siente

proclive a adquirir los cambios de otros (un cónyuge, un hijo), sin advertir

o estar preparada para ver que es ella misma quien podría o debería

cambiar su manera de ver a ese otro/A menudo, el cliente que llega al consultorio ha sido derivado por un consejero escolar, un tribunal, un progenitor, un cónyuge, etcétera, y quizá no tenga ninguna motivación para la terapia, e incluso sea hostil a la idea de someterse a ella. Esto no significa necesariamente que no se puede hacer nada, sino que el terapeuta debe partir con cautela de una posición respetuosa y humilde, sin establecer ningún supuesto. Mucho de lo que suele definirse como

«resistencia» puede verse como resultado directo del hecho de que el terapeuta no clarifica si alguien es cuente o no, y trata de «venderle» algo a una persona que no está interesada en adquirir nada. O bien a esa persona

^«e^e-s^.cQnsumidores.

pórmás

nécesa-^os^deseables

o

le

interesa adquirir algo, que no es lo que el terapeuta intenta «venderle»,

y

siente que los otros (incluso el terapeuta) tratan de convencerla o

forzarla a «realizar esa compra» porque tienen sus propias razones.

Un hombre pidió hora por recomendación de su agente de seguros,

quien aparentemente le había dicho que mediante el hipnotismo se

pue-

de dejar de fumar. Se le informó de que no era así; el terapeuta no podía hacer, ni haría, que dejara de fumar. No obstante, estaba en condiciones de ayudarlo a abandonar el hábito, pero primero quería

saber si él mismo lo deseaba. Respondió que no. Se le preguntó si alguna vez había tenido problemas de salud o respiratorios relacionados con el tabaco, y contestó que nunca había padecido efectos desagradables. Al dejar la Marina, cuarenta años antes, los médicos le habían dicho que le quedaban tres años de vida, debido a sus hábitos extremos con la bebida y el tabaco. Estaba jubilado, había renunciado al alcohol y suprimido las grasas de su dieta, por prescripción médica, varios años antes. Fumar era uno de los pocos placeres que le quedaban. Tenía que hacerse un examen médico en el término de unas pocas semanas. El terapeuta le dijo que, sobre la base de lo que él le había comentado, suponía que no le costaría mucho dejar de fumar, ya que antes había dejado de beber, en el caso de que el médico se lo recomendara. Pero si el médico no le hacía esa recomendación, podía seguir disfrutando del tabaco mientras quisiera. El hombre respondió: «Gracias, joven. Supongo que realmente no quiero dejar de fumar, y nuestra conversación me ha ayudado a comprenderlo. Era el agente de seguros quien quería que yo dejara el tabaco». El terapeuta le deseó suerte y agregó que la puerta de su consultorio estaba siempre abierta si él quería volver.

Los párrafos siguientes delinean los aspectos importantes de la «relación de compra», tal como los presentó inicialmente el grupo de Palo Alto, con una adaptación posterior de Steve de Shazer y de sus colegas (de Shazer, 1988):

Un visitante (que Fisch y otros, 1982, llaman window shopper, es decir, alguien que mira escaparates pero no entra a comprar) no se compromete; a menudo llega a la terapia bajo algún tipo de coacción, implícita o explícita, y por lo general debido a las preocupaciones de otros. Por más claro que esté para esos otros y para nosotros mismos que la persona tiene problemas, en los planes de él o ella no está el hablar sobre tales problemas en el contexto presente, ni recibir ayuda. Por lo tanto, es probable que cualquier intento de intervención sea estéril o conduzca a lo que posteriormente podría llamarse «resistencia». En tales situaciones, Steve de Shazer aconseja escuchar con respeto, felicitar cuando sea posible, pero no hacer sugerencias ni encargar tareas. Un quejicoso tiene un problema o una lista de problemas, específicos o vagos, concernientes a él mismo o relacionados con otra u otras personas, acerca de los cuales está por lo general dispuesto a hablar, a veces extensamente. Pero, aunque tal vez se vea a sí mismo

como relativamente impotente, o bien con potencial para influir en el problema o los problemas con sus propias acciones, no está aún claro que invite directamente al terapeuta a ofrecer consejo o ayuda (quizá asuma la posición de que son los otros, y no él, quienes tienen que cambiar, en cuyo caso es probable que convenga tratarlo imcialrnente como a un visitante, con empatia, pero sin sugerencias y tareas). Un comprador tiene una queja, relacionada con él mismo o con otra u otras personas; de esa queja puede obtenerse una descripción relativamente clara, y el individuo desea sin duda alguna hacer algo al respecto, para lo cual busca la ayuda del terapeuta.

Es importante no suponer que estas definiciones describen «carac- terísticas» fijas y reales; son sólo orientaciones para pensar la relación

terapéutica. Se refieren a las posturas adoptadas por los clientes en relación con las posiciones reales o previstas de los terapeutas y los otros miembros de la familia o profesionales involucrados. Esto contrasta con la idea tradicional de la «resistencia», vista como una cualidad que está «dentro» del cliente. Es común que cada miembro de una familia adopte posiciones dis- tintas con cada uno de los otros, y también que las cambie, así como su actitud con el terapeuta, en el transcurso de una misma sesión, o de una sesión a otra. Por ejemplo, una mujer puede llevar a terapia a su esposo renuente. Sin duda es la compradora del cambio de él. El hombre no tiene ningún interés en la terapia, y se ve con claridad que se dejó llevar para conservar la paz, o para poder decir: «Bien, fui pero no dio resultado; que

es

lo que yo había previsto». Es posible que, al encontrarse con que el terapeuta no le señala errores

y

le demuestra comprensión, el esposo, al final de la sesión, se haya

convertido en un comprador de terapia. No obstante, como lo que sucedió no es lo que esperaba la mujer, ella podría desplazarse a la posición de quejicosa o incluso a la de visitante (por lo menos con ese terapeuta y en ese momento). A veces, el cliente sigue siendo visitante hasta que otras personas de su vida, allegados, amigos u otros profesionales dejan de presionarlo para que vaya a terapia. Entonces puede concurrir con sus planteamientos, y al terapeuta le resulta más fácil evitar la difícil posición de aparecer como agente de los otros. Desde luego, es posible tener varios compradores a la vez, cada uno de ellos con diferentes problemas. Esta situación aparece a menudo en la terapia familiar y marital, en las que en la sesión se ve a más de una

persona, y cada una tiene sus problemas y su propio programa, diferentes de los de los otros y, a veces, en conflicto con éstos.

Por ejemplo, una familia llega a terapia por el impulso inicial de los padres, que se quejan de la conducta y actitud de una hija de 15 años. Ella ha violado reiteradamente varias reglas familiares y hogareñas, ha faltado

a clase, ha pasado toda una noche fuera de casa, y suele enzarzarse en

disputas con los padres. Es probable que, al principio, la niña sea renuente

a asistir a la terapia, hasta que el terapeuta le pregunte, con o sin la

presencia de los padres, si le gustaría ayudar a «sacárselos de encima». Es

probable que esto realmente le interese, y entonces resulta posible ensamblar y alinear los dos conjuntos de metas. Los progenitores quieren que la hija obedezca las reglas de la familia, y la hija quiere tener menos conflictos con ellos y menos restricciones. En este caso tenemos dos problemas y dos conjuntos de metas, con dos compradores distintos. Después de asegurarse de que uno tiene comprador, el siguiente paso en la terapia consiste en conocer el problema de ese comprador. Es decir, qué conducta o experiencia que se produce en su vida le gustaría a esa persona reducir o eliminar, o bien, alternativamente, a qué conducta o experiencia que no se produce le gustaría poder recurrir más regularmente. En algunos enfoques, la decisión acerca de cuál es este

problema se basa en una teoría de la patología, más bien que en la petición de ayuda del cliente. A nosotros nos interesa una definición clara del problema en términos de conducta real. En lugar de aceptar enunciados tales como «Él es obediente» o «Estoy deprimida», preguntar, en este caso, «¿Qué es lo que él hace exactamente para que lo considere desobediente?»

o «¿De qué modo la tristeza afecta a su conducta?», alienta el análisis más detallado. A menudo es importante descubrir cuándo comenzó el problema, con qué frecuencia se produce, cuándo y dónde, en relación con quién o qué, etcétera. A continuación hay que extraer con igual claridad las soluciones intentadas. Como en la terapia breve la evaluación se orienta hacia el presente y el

futuro (qué es lo que al cliente/comprador no le gusta en el presente, y qué

es lo que quiere cambiar en el futuro), por lo general no buscamos causas o

antecedentes en el pasado, si bien reconocemos que, en algunas personas, un marco para la comprensión de los efec-tos.de hechos pasados puede ser de ayuda en el proceso de revisar los constructos personales. Al buscar una descripción del problema, preferimos concentrarnos en el presente o en el pasado reciente. Procuramos encontrar las pautas individuales e interaccionales asociadas con la dificultad. También queremos

comprender con exactitud lo que describe el cliente, para no tener que recurrir a conjeturas, que pueden ser inexactas. Los terapeutas breves tienden a interesarse en lo que no le da resul- tado a la persona y a convencerla de que intente algo distinto, o bien tratan de descubrir lo que sí da resultado, y alientan a recurrir más a ello. También se concentran más en el futuro y en las soluciones que en la etiología y el pasado, o incluso, a veces, el presente (de Shazer, 1988, 1991; Furman y Abóla, 1992; O'Hanlon y Weiner-Davis, 1989). La siguiente es una lista de puntos acerca de los cuales tenderíamos a hacer preguntas al buscar una definición clara del problema y de las que aparezcan como secuencias importantes en torno a él. Más adelante nos detendremos en los enfoques centrados en el futuro.

¿Cuándo se produce el problema?

Buscamos regularidades en la reiteración del problema en el tiempo. ¿Hay momentos en los que el problema aparece habitualmente o siempre, o en los que no aparece nunca? ¿Hay algún momento específico del día, la semana, el mes o el año en el que el problema surge con más o menos frecuencia?

¿Dónde aparece el problema?

¿Hay algún lugar donde el problema siempre se produce, o es más probable que se produzca? ¿Hay algún lugar donde el problema no surge nunca? A menudo pedimos localizaciones generales (por ejemplo en el trabajo, en la escuela, en el hogar) y localizaciones específicas (como una cierta habitación en particular de la casa).

¿Cuáles son las acciones delproblema?

Si hubiera una grabación en vídeo del problema en acción, ¿qué es lo que veríamos? ¿Qué posturas y gestos específicos, qué frecuencias de acciones, interacciones, diálogos, etcétera, podríamos ver y oír en esa presentación activa del problema? ¿Con quién se produce?

¿Quién es más probable que esté rondando cuando aparece el pro- blema? ¿Qué hacen y dicen esas otras personas antes, durante y después de que aparezca la conducta-problema? ¿Qué dicen esos otros sobre el individuo que tiene el problema, o sobre el problema en sí?

¿Cuáles son las excepciones a la regla del problema?

Muy pocas veces el problema es continuo, de modo que solemos seguir una línea indagatoria que subraye lo que interfiere en el problema, lo interrumpe o lo reemplaza. De Shazer ha formulado este método en su trabajo centrado en la solución (de Shazer, 1988,1991). Este método invita a la persona a advertir y producir más a partir de las excepciones al problema, de modo que éstas se convierten en la regla que acaba reemplazando a la regularidad indeseada. Análogamente, White busca lo que él denomina en sus trabajos «desenlaces únicos» (1988).

¿Qué es lo que el cliente o los clientes hacen de modo distinto, o qué actividades quedan excluidas a causa del problema?

¿De qué modo el problema obstaculiza lo que las personas harían habitualmente o les gustaría hacer? A veces, para obtener esta infor- mación, le preguntamos al cliente qué haría de una manera distinta si el problema estuviera resuelto. De Shazer ha descrito el empleo de la «pregunta del milagro», no sólo para obtener respuestas a ese inte- rrogante, sino también para procurarle al cliente la experiencia de hablar de la solución como si fuera inevitable o ya se hubiera iniciado (de Shazer,

1988,1991).

¿Qué es lo que él cliente muestra en la sesión que está relacionado con el problema?

A veces los clientes sacan a luz alguna parte del problema en el con- sultorio. Esto ocurre casi siempre en las sesiones con matrimonios o familias; entonces el proceso del problema se despliega ante los ojos y los oídos del terapeuta. Pero también puede suceder en las sesiones individuales. Un cliente se quejaba de que sus colegas no lo aceptaban en

su carrera profesional. Durante la primera sesión, habló en voz tan alta que, más tarde, los terapeutas de los consultorios adyacentes se quejaron de haber tenido que escucharlo todo. Además, el cliente miraba a cualquier lugar de la habitación, pero no al terapeuta, de manera acentuada y notable. Al principio de la sesión siguiente, el terapeuta le comunicó lo que habían dicho los profesionales vecinos, y se preguntó si la voz alta y la evitación del contacto ocular tenían algo que ver con el problema del cliente. Este respondió que su jefe había mencionado alguna vez que hablaba en voz demasiado alta, pero que ninguna otra persona le había hecho ese comentario, de modo que lo descartó, atribuyéndolo a que el jefe era una persona muy crítica. Decidimos que en el curso de la semana siguiente él trataría de hablar con más suavidad y tomaría nota de la reacción de sus colegas. Descubrió que daba resultado. Después hubo otra semana en la que se concentró en el contacto ocular, y que también le dio resultado.

¿Cuáles son las explicaciones y marcos del cliente respecto del problema?

A menudo las personas tienen algunas ideas acerca de lo que causó o causa sus dificultades, o sobre lo que el problema significa en sus vidas. Como ya hemos comentado, esas explicaciones y marcos de referencia pueden ser útiles o formar parte del problema. En ambos casos, conviene evaluar qué son. ¿Qué es lo que el cliente cree que causó o causa el problema? ¿Cuáles son, si existen, las dificultades más profundas a las que el cliente atribuye el problema? ¿Qué indica el problema sobre su identidad o sus previsiones de futuro? ¿Qué metáforas, analogías o imágenes emplea el cliente cuando habla del problema? Además, ¿cuáles son o han sido las explicaciones de los otros significativos (por ejemplo, los miembros de la familia u otros profesionales involucrados), que pueden haber orientado sus actitudes respecto del cliente y el modo de tratarlo, afectando también al modo en que el cliente pensaba el problema? Hoy en día, incluso puede ser importante saber qué libros de autoayuda se han leído.

•Cuáles son las soluciones intentadas por él cliente o los otros, acerca del «problema»?

Ya hemos visto que se puede considerar que los problemas reflejan el modo en que los clientes han persistido en el empleo de soluciones inadecuadas y desafortunadas. ¿Qué han estado haciendo el cliente y los

otros significativos (incluso los terapeutas) para tratar de resolver el

problema?

¿Cómo podremos saber que hemos llegado?

Para el terapeuta breve tiene una importancia crucial que ayude al cliente a clarificar y expresar las metas. Como dice el título de un libro, «si no sabe adonde va, probablemente termine en otra parte». Debemos tratar de conocerlas imágenes e ideas que tiene el cliente acerca de cómo sabrá él que el problema está resuelto. ¿Qué sucederá en los otros ámbitos de su vida cuando el problema ya no los acose? A veces,

el solo hecho de que se le pregunte por el futuro y se le pida que visualice

un porvenir mejor, ayuda al cliente a ver con claridad las soluciones. En otras casos, sólo nos ayuda a nosotros a precisar lo que él quiere. Algunas veces, como dicen de Shazer y sus colaboradores (de Shazer y otros, 1986), la terapia puede concentrarse prímordialmen-te en cómo será la solución,

y trabajar en pos de ella sin llegar siquiera a una descripción clara de lo que es el problema. De un modo u otro, para nosotros esto constituye una parte importante del proceso de evaluación. Puesto que no tenemos ningún

modelo explicativo general ni modelos normativos que nos guíen, las metas

y las visiones del futuro del cliente pasan a ser nuestras brújulas, y nos

ayudan a cartografiar el camino hacia el destino que anhela. Tratamos de concentrarnos en una meta descrita con claridad, en cuanto podamos hacerlo sin ahuyentar al cliente. Si recibimos mensajes verbales o no verbales de que nuestro enfoque en las metas irrita al cliente, podemos explicarle nuestro propósito, o retroceder y concentrarnos en lo que él nos indica que considera más importante examinar.

Ejemplo: «Éste parecería un buen lugar para empezar, pero me gusta saber a dónde voy, de modo que puedo escuchar más, para encontrar lo que le será útil. Si es posible, dígame qué es lo que espera que suceda en su vida cuando hayamos tenido éxito. ¿Qué hará después de la terapia? ¿Cómo se darán cuenta los otros de que ha cambiado? ¿Cómo lo sabrá usted?».

Para que las metas sean alcanzables, es preferible alentar al cliente a formularlas en términos controlables objetivamente. Las metas bien formuladas consisten en acciones del cliente, o en condiciones que esas acciones pueden generar. Suelen incluir elementos temporales: cuan a menudo (frecuencia); cuándo (fecha/hora/plazo); dónde y por cuánto tiempo (duración). Para que sea viable, nosotros pensamos que la meta debe ser com- partida. Cliente y terapeuta tienen que estar de acuerdo en que es impor- tante y susceptible de alcanzarse. Si hay más de un cliente, o el comprador no es el cliente, es preferible que todas las partes estén de acuerdo en que la meta es pertinente y alcanzable. Para asegurar que todas las partes sepan reconocer, cuando ello ocurra, que la meta se ha alcanzado, ayudamos a los clientes a traducir a un lenguaje basado en la acción sus palabras y frases vagas, de contenido no sensorial. Tenemos que imaginar la meta como si pudiera ser vista y oída en una videograbación. Desde luego, al principio los clientes suelen hablar sobre las metas de un modo vago, o refiriéndose más a los sentimientos o estados interiores. Como ya hemos subrayado, consideramos importante prestar atención a las descripciones de sentimientos, estados o cualidades interiores, y demostrar empatia. Sin embargo, seguiremos alentando respetuosamente las descripciones de los correlatos externos (observables) de. tales estados. Si una persona se quejara de ser tímida, le pediríamos que descubriera una interacción (o falta de interacción) típica. ¿Baja los ojos cuando está en compañía de otros? ¿Se sienta solo o sola en una fiesta? ¿Rechaza invitaciones a reuniones? Emplearíamos esas descripciones de acciones, y trataríamos de alentar a esa persona a cambiar las acciones e interacciones que nosotros y ella consideramos más pertinentes y que con más probabilidad generarán un cambio general.

A una joven anoréxica le resultaba difícil definir una meta más específica que «Me sentiré mejor». Finalmente, mediante el empleo

de la «pregunta del milagro», pudo identificar como metas iniciales ser capaz de mirarse al espejo de cuerpo entero camino de la ducha,

y

elegir una prenda para ponerse sobre la base de lo que le gustaba,

y

no porque fuera lo que ocultaba más. Se le aconsejó realizar el

intento sólo cuando estuviera preparada. En la sesión siguiente, se presentó con un vestido sin mangas y dijo sentirse más optimista acerca del futuro.

Á fin de ayudar a conducir a nuestros clientes, a menudo les pre-

sentamos respuestas múltiples para que opten entre ellas cuando vacilan en establecer metas claras o continúan respondiendo a nuestra indagación al respecto con palabras y frases vagas. Por ejemplo:

¿Piensa usted, quizá, que los primeros signos de que las cosas mejoran podrían ser que se mirara realmente al espejo en lugar de

apartar la mirada, o ponerse algo porque le quede bien y no porque

la oculte más? ¿O alguna otra cosa?

A veces resulta importante informar al cliente de que buscamos una

meta alcarizable, y dar una justificación racional a nuestra búsqueda.

Vuelvo a esta cuestión de cómo sabremos que hemos tenido éxito

y podemos dejar de encontrarnos, porque quiero estar seguro de cuál es el destino de nuestro trabajo.

Me preocupa que lo que estamos haciendo aquí pueda convertirse (o se haya convertido) en parte del problema, en lugar de ser parte de la solución. Creo que definir una meta nos ayudará a evitarlo, porque tendremos un punto de destino claramente definido.

Al preguntar por las metas, aprovechamos la oportunidad para crear una expectativa de cambio y resultado. Nuestras palabras la reflejan. Al hablar de las metas del cliente en la terapia (o después de ella), no nos referimos al futuro empleando el modo potencial o subjuntivo; decimos «cuándo» y «todavía».

¿Así que todavía no ha salido nunca con una mujer, y le gustaría iniciar una relación?

Entonces, cuando se sienta mejor, menos deprimido o no deprimido, ¿se levantará más temprano y pasará más tiempo con sus amigos? Construyendo un problema resoluble

Cuando se negocia el problema, una de las metas importantes es definir las dificultades, en el discurso que se despliega entre el terapeuta y el cliente (o los clientes), de un modo que optimice la posibilidad de actuar sobre ellas. Como ya hemos dicho, es más probable que esto suceda

cuando se alude a conductas específicas y no a cualidades personales o entidades hipotéticas. Un niño que se niega a ordenar su habitación es más fácil de tratar que un «niño desobediente»; una persona que toma su primer trago al volver a casa después del trabajo es más fácil de tratar que un «alcohólico»; un matrimonio que no ha encontrado aún el modo de conseguir que un niño asustado vaya a la escuela es más fácil de tratar que «una familia enredada»; la falta de experiencia en la relación con los pares es más fácil de tratar que la «baja autoestima»; una tendencia a evitar el contacto con los otros y a llorar con frecuencia es más fácil de tratar que una «depresión». Para tomar sólo uno de estos ejemplos, el individuo que bebe su primera copa al volver a su casa desde el trabajo, noche tras noche, podría ser persuadido de que, en lugar de ello, sacara a pasear el perro. Invitamos al lector a practicar la reducción de cualquiera de las categorías diagnósticas que se emplean con frecuencia a una pauta de conductas discretas, personales e interpersonales, que se repiten cuando se da cierto conjunto de circunstancias; de ese modo es más fácil actuar sobre los distintos elementos de esa pauta. Pero este proceso presenta mucho más que ventajas pragmáticas. Las consecuencias de aludir a entidades de existencia en última instancia indemostrable (como, por ejemplo, la «codependencia» o la «personalidad adictiva», el «daño psicológico» o un «déficit de la atención», por nombrar sólo cuatro categorías de una muy larga lista posible), pueden ser profundas y, a nuestro juicio, un tanto aterradoras (aunque quizá generen buenas ganancias).

6. NEUTRALIDAD Y PODER, SUGERENCIAS, TAREAS Y PERSUASIONES

Generalmente, las personas se convencen mejor con las razones que han descubierto por sí mismas que con las que les han llegado de las mentes ajenas.

PASCAL

Tenemos la muy ingenua creencia de que si uno no escoge influir, si la palabra estrategia se le queda pegada en la garganta cuando intenta emitirla, o si cree que los seres humanos son capaces de no influirse entre sí (con intención o sin ella), tiene que retirarse de la sociedad humana. BROOKS Y HEATH (1989, pág. 320)

Lo típico es que los terapeutas breves hagan uso frecuente de la sugerencia directa y el encargo de tareas. Por lo tanto, tienen que con- vertirse en expertos en el arte de la persuasión. Puede sostenerse que el arte de la terapia, sea cual fuere el enfoque que se utilice, tiene mucho en común con el arte de la persuasión. Para muchos, éste es un hecho desagradable. Pero, nos guste o no, nuestra profesión tiene que ver pri-mordialmente con alentar a las personas, de modo directo o indirecto, a modificar sus actitudes o sus conductas.

INFLUENCIA Y PERICIA

Son muchos los que, en nuestro campo, creen que es posible no influir y

limitarse a escuchar la historia de un cliente o una familia, alentar un discurso en el que el terapeuta no realice ningún intento de «dirigir, manejar o cambiar el diálogo familiar para llevarlo en una n dirección

(Markowitz, 1992, pág. 12, citando a Harlene ' Anderson). Pensamos que ésta es una ilusión peligrosa. Desde cierto

punto de vista, es imposible no revelar opiniones e influir en la interacción, así sea inconscientemente, a través de toda la gama de los canales verbales y no verbales que llevan y traen la información. Por ejemplo, sea cual fuere nuestro modelo terapéutico, respondemos a un cierto enunciado y no a otro, formulamos una cierta pregunta y no otra, sacudimos la cabeza o decimos «hum» en respuesta a alguna de las cosas que se nos han dicho, y no a otras. En todos estos casos influimos sobre el proceso y la dirección de la interacción. También es mucho lo que comunicamos a través de los niveles sutiles de, la expresión facial, los movimientos oculares, la dilatación de las

particular

»

pupilas, las pautas respiratorias, la postura, etcétera, que no podemos controlar y de lo cual somos totalmente inconscientes. Nos preocupa que esos niveles sutiles de influencia puedan ser sumamente insidiosos, en cuanto actúan al margen de la percatación de todos los interesados. Nosotros esta- mos inequívocamente de acuerdo con todo lo que aumente el sentido de autonomía, de autodeterminación, de la propia capacidad en el cliente. Pero no creemos que el hecho de que el terapeuta haga sugerencias o persuada al cliente para que intente algo distinto represente una manipulación o la imposición y explotación de una malsana diferencia de poder. Al parecer, actualmente existe también una preocupación en nuestro campo (a veces nos atreveríamos a considerarla un tanto mojigata) que tiende a negar por completo la validez del rol de «experto», o incluso de la habilidad en sí. Se suele invocar la afirmación tautológica de.Maturana acerca de la imposibilidad de la interacción instructiva; «ta conversación» ha sido elevada a un nivel sacramental, y se habla de ella en un susurro reverente. La asunción del rol de experto se considera epistemológicamente errónea (sea lo que fuere lo que esto significa), o bien presuntuosa, elitista, alentadora de la dependencia, un aferramiento al poder profesional, controladora del «poder del conocimiento», etcétera, etcétera. Si bien estamos seguros de que esto podría ser así en los casos de algunos terapeutas, diríamos que el rol de «experto» también puede asumirse de un modo tal que no quite poder (de hecho, dar poder no es posible; lo único que puede hacerse es evitar lo que quita poder). No dejamos de advertir que la mayoría de quienes evitan la habilidad y la técnica son terapeutas sumamente experimentados, con mucha habilidad y una técnica muy asentada. Estamos de acuerdo con que se hagan a un lado la actitud de antagonismo, las técnicas encubiertamente manipulativas y la idea de que la terapia es un proceso en el cual nosotros, con la suma del conocimiento, actuamos benévolamente sobre quienes no lo tienen. Pero creemos que carece de sentido fingir una carencia de conocimientos o habilidades, negar que la experiencia y la sabiduría que llevamos a la terapia es el fruto del ejercicio prolongado, y a veces penoso, de ese conocimiento y esas habilidades, y de la evolución de uno y otras. Ofrecer los frutos de muchos años de experiencia de un modo sensible y respetuoso a un cliente o una familia perturbados no significa necesariamente quitarles poder o tratarlos como incompetentes (aunque sin duda ésta es una posibilidad). Para dar un ejemplo, Brian a menudo les explica a los individuos, parejas o familias que, a lo largo de los últimos veinticinco años, él ha

adquirido una habilidad considerable con los enfoques que, por lo común, no dan resultado en las relaciones, sobre todo cuando se han convertido en un rasgo de ellas. Por lo general, a continuación dice que, con respecto a lo que dé resultado, él es mucho menos capaz de hacer una declaración tan definitiva. Sin embargo, admite que a menudo tiene ideas sobre lo que podría funcionar, muchas de ellas tomadas de clientes anteriores, y algunas propias; añade que le gustaría mucho compartirlas con ellos (Cade, 1992b).

LA

NEUTRALIDAD

L A

P

A

S

I

Ó

N

En los últimos años, la cuestión de la neutralidad ha recibido una aten- ción considerable y ha originado algunas controversias. A nuestro juicio, la neutralidad del terapeuta es un requerimiento pragmático para ser tera- péutico cuando se trabaja en el punto de encuentro de las relaciones. La- pérdida de neutralidad, por lo general, empuja al terapeuta a una posición estéril. La posición neutral asumida por razones terapéuticas no expresa

necesariamente la opinión o la actitud personales del terapeuta con respecto

a una persona, una conducta, un conjunto de valores, una disposición o un

hecho. Desarrollamos el empleo de esta posición en virtud del aprendizaje realizado en los casos en que no pudimos ser útiles por haber tomado partido, creyendo a veces que era importante proteger a una de las partes, otras veces inconscientemente, en ocasiones con el autoengaño de que intentábamos una provocación terapéutica para «desequilibrar» el sistema,

y a veces por motivos personales nuestros. Hay en nuestro campo quienes parecen equiparar la neutralidad en la terapia a la adopción de una postura de desapego, no comprometida, no emocional. Hemos visto a algunos terapeutas que entrevistan familias empleando una expresividad emocional del estilo de Buster Keaton. Nos parece posible mantener la posición neutral respecto de las dos partes, adoptando enfoques intermedios en el continuo que va entre la postura remota, no comprometida, en un extremo y, en el otro extremo, una posición cálida, interesada, afirmativa, comprometida, incluso amistosa, con ambas partes. Lo importante es que, a lo largo del tiempo, ninguna de ellas sea tratada de un modo distinto y que, implícita o explícitamente, se constituya una alianza de una contra la otra. La neutralidad terapéutica puede significar no tomar partido por ninguno de los lados, o tomar partido por los dos.

La neutralidad con respecto al resultado es también, a nuestro juicio, una posición pragmática que resulta importante asumir en algunas situaciones,

y no necesariamente una expresión de la falta de interés del terapeuta en la resolución de los problemas, o de su insensibilidad a cuestiones sociopolíticas globales. Cuando un terapeuta se identifica con demasiada claridad con los argumentos en favor de un cambio, sea que comunique su posición explícita o implícitamente, a menudo puede convertirse, por así decirlo, en el principal «comprador» del modo en que debería ser una familia o un miembro de ella. En ese caso, es como si el terapeuta hubiera colonizado esos argumentos, dejando para el miembro o los miembros de la familia sólo los argumentos contrarios, junto con el efecto que producen esos contraargumentos. Las ventajas y desventajas de la idea que tiene el terapeuta acerca de cómo deben ser las cosas carecen de importancia si la persecución de esos fines, por positiva que sea la motivación, les quita poder a las personas, aumenta su «resistencia» o las atrinchera aún más en sus actitudes. Al considerar la terapia de familias en las que hubo abuso, Kearney, Byrne y McCarthy se han referido al «potencial colonizador» de las redes profesionales que tratan a las familias perturbadas o perturba- doras de las comunidades pobres y marginalizadas. Estos autores señalan que «tales familias están singularmente expuestas a cruzadas reiteradas de inversión y retirada, bajo las banderas caritativas del control y el

los colonizados, sostenidos por las sanciones de los

tratamiento

colonizadores, mantienen su asociación ambivalente en oscilaciones entre la rebelión y la obediencia» (Kearney y otros, 1989, pág. 17). En el examen de las técnicas paradójicas, volveremos a considerar este proceso de colonización.

En el examen de estas cuestiones preferimos utilizar el marco del «visitante», el «quejicoso» y el «comprador», al que nos hemos referido en un capítulo anterior, en lugar de la noción más genérica de «neutralidad». En nuestra opinión, teniendo presente la cuestión de «quién es realmente el comprador de qué», por lo general evitamos las alianzas estériles, no nos mostramos demasiado entusiastas o dogmáticos acerca de cómo deberían ser los otros y, lo que quizá es más serio, nos salvamos de nuestros móviles personales. Cuando las personas están claramente motivadas para cambiar ciertos aspectos de su vida, lo que nos produce mayor alegría es actuar como ckeerleaders que animan a sus los equipos deportivos (aunque por lo general no nos prestamos a ponernos faldas cortas y agitar pompones). En la práctica privada, muy pocas veces debemos asumir una postura de control social directo. Pero tenemos claro que, en tal caso, no

(

)

actuaríamos como terapeutas con respecto a la persona o personas de las que se tratara (aunque la acción en sí podría ser terapéutica, e incluso vital

a corto plazo, por ejemplo para un niño o una mujer en riesgo, o para

alguien que sintiera el impulso de no mezclar las cosas). Cuando se adopta una posición de control social, está claro que el comprador de algo que se desea que suceda es el terapeuta o alguna parte o poder que el terapeuta representa. Según nuestra experiencia, lo que cambia no son las personas sino el modo en que éstas quieren comprar. Cuando nos vemos obUgados a asumir el rol de compradores, en particular si podemos imponer sanciones, lo esencial es que estamos buscando obediencia (en ciertas circunstancias, ésta podría ser la opción única y correcta, pero no debemos confundirla con una determinada terapia). Sin embargo, esto no significa que no se pueda tratar de cumplir con la función de control social del modo más «terapéutico» posible (Weakland y Jordán, 1990).

SUGERENCIAS, TAREAS Y PERSUASIONES

En la terapia breve, a menudo pedimos que los clientes experimenten con nuevas conductas o cultiven nuevos modos de cuestionar sus situa- ciones, lo cual a veces representa una desviación radical respecto de su conducta acostumbrada, o de lo que durante mucho tiempo han con- siderado «sentido común» o verdades evidentes de por sí. La fuerza de las

actitudes, creencias y valores de una persona es una variable importante, en cuanto la preparan para intentar algo nuevo. Rokeach ha elaborado una jerarquía de creencias de tres niveles: el más primitivo, profundo y básico (nivel 1), el de las creencias vinculadas con las diversas autoridades que rigen a quienes escuchamos y respetamos (nivel 2), y el de las creencias relativamente periféricas (nivel 3). Cuanto más esté anclada una conducta en creencias del nivel 1, cuanto mayor sea la fuerza e intensidad con que se la sostiene, más difícil será, probablemente, influir sobre ellas (Rokeach, 1968). En el resto de este capítulo vamos a presentar algunas ideas, tomadas de la investigación sobre el arte de la persuasión, que consideramos pertinentes para nuestro trabajo como terapeutas. Sin duda alguna, es más probable que las personas cooperen e intenten algo nuevo cuando son validadas y sienten que sus creencias y sentimientos son comprendidos y respetados. En cambio, quienes se sienten incomprendidos, particularmente si experimentan niveles altos de aflicción

y angustia, tienden a ser mucho menos capaces de concentrarse en los

mensajes persuasivos, por pertinentes que le parezcan al emisor, y con independencia del modo de transmisión (Nunnally y Bobren, 1959). Un grupo de asistentes le aconsejó a una mujer muy acongojada, a la que su esposo acababa de abandonar, que se pusiera en contacto con su abogado y también con el departamento de Seguridad Social. Ella se sentó sollozando en la sala de recepción del organismo, aparentemente incapaz de actuar. Sólo atinó a pedir, casi de inmediato, el número telefónico del departamento de Seguridad Social, y una guía para buscar el teléfono de su abogado, después de que uno de los asistentes reconociera y validara los sentimientos de temor, cólera y desesperación que ella experimentaba, invitándola, a pesar de todo, a hacer lo necesario. De modo que, aun a riesgo de repetirnos, subrayamos que es importante, no sólo escuchar lo que nos dice el cliente, sino también, explícita e implícitamente, indicar que hemos escuchado, y demostrar nuestra comprensión del relato y el reconocimiento de los sentimientos concomitantes. Es más probable que una persona obedezca a los requerimientos o sugerencias más congruentes con sus propios deseos, experiencias y actitudes. «En la persuasión, cuanto mayor sea la congruencia entre la creencia o la acción propugnada y la necesidad sentida del persuadido, más alta es la probabilidad de que la persuasión se produzca» (Brooks y Heath, 1989, pág. 333). Una joven inició la terapia por propia voluntad porque estaba enfermando a causa de su excesiva inquietud y las muchas horas de estudio para sus exámenes finales. Poco tiempo antes había tenido que abandonar un examen, al sufrir un ataque violento de angustia y agotamiento. Ella sabía que tenía una preparación más que suficiente para aprobar con honores, pero no podía relajarse. Se le sugirió que cada día tirara una moneda. Si caía cara, ese día no podría trabajar en absoluto. Por difícil que le resultara, tenía que irse a la playa o a algún lugar análogo, sin llevar consigo ningún libro. Si caía cruz, podía estudiar con todo el empeño que ella considerara apropiado. De este modo pudo frenar su ritmo de trabajo. Sobrevivió a los exá- menes y obtuvo las notas más altas de su curso. Nos parece que esta sugerencia dio resultado porque era totalmente congruente con el propio deseo de la joven de aflojar el paso. Si ella hubiera querido abordar su pánico de un modo tal que le permitiera trabajar aún con más empeño, la sugerencia no habría dado resultado, por más que nosotros creyéramos que era lo mejor para ella.

Un individuo con ideas rígidas, dogmáticas, tiende a rechazar las que no concuerdan con las fuentes de autoridad de sus propias creencias y actitudes. :

hay que

tener presente que el receptor no necesariamente será persuadido por la lógica o las pruebas, ni por ideas nuevas. Más bien, sobre este tipo de personas se puede influir apelando a sus figuras de autoridad y a los valores tradicionales, y teniendo presente que ella o él tiene un

sistema de creencias rígido que no tolera mucha incongruencia (Bettinghaus y Cody, 1987, pág. 48).

Si hay que convencer a una persona muy dogmática

Un ex soldado manifestó que era una persona extremadamente tra- dicional, que ni siquiera creía que las mujeres se hubieran ganado el derecho al voto. A su juicio, la familia debía ser gobernada con disciplina, y las actitudes de su mujer estaban socavando su autoridad, por lo cual los hijos se portaban como salvajes. Era evidente que había aceptado asistir al consultorio para demostrarle a la mujer que los terapeutas son inútiles. Se le preguntó al hombre si él se consideraba un general de la primera guerra mundial o un general de la segunda guerra mundial. Pidió que se le especificara la pregunta. Entonces se le explicó que los primeros habían aprendido muy poco en los primeros cuatro años de lucha, y parecían tener poco interés en la moral de sus tropas o en salvar vidas. Al final de la guerra seguían haciendo las mismas cosas que desde el principio habían demostrado ser totalmente ineficaces. Pero los últimos aprendían de sus experiencias, prestaban una considerable atención a la moral y a la limitación de las víctimas, y sabían adaptarse á las circunstancias cambiantes. Después de considerar la cuestión por unos momentos, el hombre admitió pensativamente: «Supongo que me he vuelto un poco como un general de la primera guerra mundial». Enfrentar a este hombre con el error de su pensamiento difícilmente habría sido útil. Pero una vez trazada la distinción entre los diferentes estilos de generalato, pudieron alentarle a explorar, desde el interior de sus propios constructos, las consecuencias de volverse más parecido a un general de la segunda guerra mundial. Como señala Miller, «desde un punto de vista pragmático, los mensajes que procuran dar forma y condicionar las respuestas tienen una mayor probabilidad de éxito que las comunicaciones que apuntan a convertir las pautas establecidas de conducta» (1980, pág. 19).

Una pareja recurrió al terapeuta para que les ayudara a impedir que su hijo de 26 años se relacionara con una mujer divorciada. El marido tenía fuertes creencias cristianas, y se sentía moralmente ultrajado por la conducta del joven. El terapeuta se manifestó de acuerdo en que Dios les había pedido que llevaran una carga pesada, y discutió con ellos la parábola del hijo pródigo. Señaló cuánta fe había necesitado el padre de la - parábola para permitir que el hijo dilapidara su herencia y aprendiera de sus errores, a pesar de lo cual le perdonó y acogió con calidez en su retorno. No se realizó ningún intento de vincular el significado de la parábola con cualquier sugerencia de que el hombre cambiara de actitud. En la sesión siguiente, el padre demostró que se había sentido profundamente conmovido por el encuentro anterior; había vuelto a leer la parábola, y llevado a la esposa a conocer a la pareja del hijo; los dos encontraron que, básicamente, ella era «una buena mujer» (Cade, 1980b, pág. 97).

En este ejemplo, mediante el empleo de una parábola de la Biblia, ayudaron al hombre a «descubrir» espontáneamente actitudes nuevas y congruentes con sus propias creencias firmes, y además derivadas de ellas. Cualquier intento de persuadirle de que cambiara de actitud, o de indicarle las conclusiones que debía extraer de la parábola, probablemente sólo habría servido para endurecerle. Los argumentos generados por uno mismo son mucho más influyentes que los producidos por otros, y parece que cuanto más numerosos son los propios argumentos en favor de una posición, más probable es que esa posición persista. También parece que, al considerar una serie de mensajes persuasivos, las personas recuerdan sus propios pensamientos y argumentos con una claridad mucho mayor que los mensajes en sí (ya estén esos argumentos a favor o en contra de tales mensajes). Como observan Perloff y Brock,

individuos son participantes activos en el proceso de la per-

suasión e intentan relacionar elementos del mensaje con su repertorio de información existente. Al hacerlo, estos individuos pueden conside-

rar materiales no contenidos realmente en el mensaje persuasivo. Tales cogniciones generadas por el propio sujeto pueden concordar con la posición defendida por la fuente, o divergir de ella. En la medida en que la comunicación suscite respuestas cognitivas favorables, las actitudes deben cambiar en la dirección propugnada por la fuente. Si el mensaje evoca reacciones mentales desfavorables, debe inhibirse el cambio de actitud en la dirección propugnada por la fuente (1980, pág. 69).

los

Como Perloff y Brock dicen a continuación, las consecuencias de esto son que «una vez que los comunicadores han comenzado a cambiar la mente de las personas acerca de una cuestión, pueden estar muy seguros de que ese cambio persistirá si los miembros de la audiencia refieren sus propios pensamientos acerca del mensaje, en lugar de los argumentos del orador» (1980, pág. 85). El mayor efecto de la confrontación consigo mismo se produce en sujetos cuyos valores iniciales son congruentes con los implícitos o explícitos en un mensaje persuasivo, aunque su conducta haya sido incongruente (Grube y otros, 1977), Cuando los valores de un cliente no son congruentes con los que dan forma al mensaje, la confrontación es mucho menos eficaz. De hecho, si el mensaje suscita reacciones desagradables, desfavorables o de desaprobación proporcionales al grado de incongruencia, habrá una tendencia a inhibir el cambio de actitud y conducta en la dirección propugnada, y a generar contraargumentos (que pueden o no expresarse abiertamente). Asimismo, cuando una persona espera o se le advierte que va a recibir un mensaje persuasivo probablemente opuesto a sus valores y actitudes, se producirán y referirán de antemano respuestas contraargu-mentativas, que hacen a ese sujeto mucho menos sensible a la persuasión (Petty y Cacioppo,

1977).

Un marino retirado había sido definido anteriormente por profesionales de diversas especialidades como rígido y Victoriano en sus ideas sobre la disciplina, totalmente reaccionario y sin motivación. Consideraba que su hija de 14 años era desobediente, brusca, y que estaba fuera de control. Según los profesionales mencionados, la niña era perfectamente normal, y se veía impulsada a «actuar» y a rebelarse por las rígidas actitudes y expectativas del padre. Los intentos maternos de mantener la paz y defender a la hija no hacían más que aumentar la tensión. Había alguna preocupación oficial por la posibilidad de que la situación se volviera violenta y que la niña corriera peligro. Se consideraba que el padre era totalmente incapaz de ver el modo en que sus propias actitudes estaban en la raíz del problema. Él había expresado la opinión de que el trabajo social y la psiquiatría eran «peor que inútiles». Derivado a un terapeuta breve, el hombre demostró con su com- portamiento que no estaba preparado para ninguna cooperación que fuera más allá de presentarse en el consultorio. El terapeuta le hizo un comentario sobre lo difícil que resultaba educar hijos en esta época permisiva. Muchos de los valores tradicionales parecían haberse perdido.

Él expuso su creencia de que los padres tienen derecho a definir la conducta apropiada en el hogar, y que los jovencitos necesitaban la mayor experiencia de sus progenitores, por más que los consideraran «anticuados». El terapeuta lamentó la pérdida de muchos de esos antiguos valores y principios, y la falta de autorrespeto y autodisciplina, tan frecuente en la sociedad moderna. «Pero, desde luego», continuó, «los buenos padres se vuelven obviamente más flexibles y negocian más a medida que los hijos crecen.» Ante esa inesperada validación de muchas de sus creencias, el padre comenzó a asentir con la cabeza, incluso al enunciado final sobre la necesidad de volverse más flexible. Quedó pensativo y, al cabo de unos minutos, se inclinó hacia adelante y dijo: «Me pregunto si tal vez no soy demasiado anticuado; quizá sea demasiado duro con ella; quizá éste sea el problema real». El terapeuta comentó con cautela que hoy en día parece haber nume- rosos padres a los que no les importa mucho la manera en que se com- portan sus hijos. Los niños necesitan realmente aprender a distinguir lo correcto de lo incorrecto. El padre volvió a asentir pero, unos minutos más tarde, reiteró con más insistencia su creencia de que quizá él no fuera razonable. «Después de todo, ella tiene ahora 14 años y en realidad no es mala chica. Los tiempos son distintos, y supongo que tengo que aprender a convivir con la época.»

Cuanto más le exhortaba el terapeuta a ser cauto, más insistía el padre en que era¿Z quien necesitaba cambiar. Aceptó otra entrevista y el resultado del caso fue una rápida mejoría de la relación entre el hombre y su hija. Al principio, sin duda el hombre había previsto que el terapeuta vería la conducta de su hija desde una perspectiva «blanda y consentidora», y que una vez más se le señalaría el error que cometía él. Por cierto, tenía contraargumentos de lo más ensayados. Un buen número de profesionales le había estado acosando con sus intentos de persuadirle, a veces con suavidad, a veces más enérgicamente, de que adoptara un enfoque incongruente con sus creencias y actitudes aparentes. Al sentir que sus creencias y preocupaciones eran validadas, y no e^erimentar ninguna necesidad de defender su posición, él sintió inme- diatamente que podía permitirse que esa postura perdiera estrechez, aceptando la idea de que los buenos padres se vuelven más flexibles a medida que los chicos crecen. Las expresiones de cautela del terapeuta y su renuencia a culparlo a él parecieron alentar al hombre a generar cada vez

más argumentos propios a favor de una mayor tolerancia; los mismos argumentos que antes nunca habría aceptado de los otros. Una vez que sus actitudes comenzaron a modificarse, pudo tolerar y sacar partido de los consejos —no sólo de los consejos del terapeuta, sino también de su mujer y su hija—. Para poder sentirse un buen padre, y que los otros lo vieran como tal, tenía una importancia indudable. Como señala Miller, «si se logra dar forma a las respuestas de la persona a persuadir, este éxito incide en la vinculación de tales respuestas con valores firmemente asentados » (Miller, 1980, pág. 18). A corto plazo, la repetición de un mensaje persuasivo puede producir acuerdo y cooperación. No obstante, si la repetición continúa, tenderá a volverse rápidamente contraproducente, y a generar más «resistencia» cuanto más se reitera (Cacioppo y Petty, 1979). Algunas investigaciones sugieren también que un exceso de refuerzo positivo de las actitudes y la conducta de una persona puede, en realidad, provocar un «efecto rebote» e inhibir la influencia de una comunicación persuasiva (McGuire, 1964). Por ejemplo, una maestra de escuela que participaba en un seminario sobre los enfoques conductistas comprendió que había estado reaccionando de modo exagerado ante la desobediencia de un chico, con lo cual quizá reforzaba inconscientemente la conducta-problema y también la sensación que tenía ese niño de ser malo. La maestra decidió comenzar a brindarle más ánimos y a elogiar lo que él hacía que pudiera merecer aprobación; además, en la medida de lo posible, trató de reaccionar poco a las habituales conductas provocadoras del niño. Le sorprendió gratamente percibir una rápida mejoría. No obstante, para su decepción, ese cambio fue breve. Finalmente, la maestra consultó sobre el caso, y se le aconsejó que continuara con su política de reaccionar poco a las conductas provocadoras, pero que fuera mucho menos generosa con el ánimo y el elogio. La conducta del niño mejoró y, esa vez, la mejoría se mantuvo. Si se logra persuadir a una persona de que cumpla con pequeños requerimientos o sugerencias, es más probable que esté de acuerdo con requerimientos mayores. Puede que este fenómeno sea bien conocido. Sin embargo, la investigación también ha demostrado que, en muchos casos, si

a una persona se le pide que ejecute una acción lo suficientemente

importante o incluso absurda como para que con toda seguridad la rechace,

a menudo aceptará de inmediato un requerimiento más pequeño, que

parezca más razonable. De no mediar la primera petición, normalmente la segunda habría sido rechazada. Quizá sea más probable que un individuo realice concesiones a quienes parecen, a su vez, hacerle concesiones a él. Por

ejemplo, una mujer gravemente agorafóbica quedó petrificada cuando el terapeuta le anunció que, en esa sesión, los dos iban a pasear por el interior de unos grandes almacenes. Con alivio considerable, ella aceptó después la sugerencia alternativa de que tomaran juntos un café en un bar cercano. Ésa fue su primera salida de casa en varios meses. Sugerir que no se realice una tarea o no se responda a un requerimiento claramente descrito puede impulsar a algunas personas a intentar lo contrario, es decir, a tratar de cumplir. Por ejemplo:

terapeuta

enuncia con claridad la sugerencia], pero, por el momento, me interesa que usted no tenga una nueva experiencia de fracaso.

Normalmente,

en

esta

etapa,

yo

sugeriría

que

[el

También es posible presentar alternativas.ilusorias; se formulan dos sugerencias que serían rechazadas por igual si se plantearan una a una, pero que aparecen como si el rechazo de una supusiera la aceptación de la otra. Por ejemplo, a la mujer agorafóbica a la que nos hemos referido, se le podría haber hecho la siguiente pregunta:

¿Le gustaría dar una vuelta conmigo por los grandes almacenes y describirme sus sentimientos, o preferiría empezar con una salida más corta, a tomar un café?

Para una mayor elaboración de este método, vale la pena estudiar ejemplos del trabajo de Milton Erickson (Rossi, 1980). También es importante considerar las posibles maneras de abordar las tareas o sugerencias. ¿Los clientes las siguen, las modifican, se oponen a ellas, las ignoran, las olvidan? Para determinar el siguiente paso, el terapeuta debe orientarse con ese feedback. Por ejemplo, si las sugerencias se siguen al pie de la letra, lo indicado son más sugerencias; si son ignoradas, o hay oposición u olvido, el terapeuta debe considerar con cuidado su posición. ¿Ha evaluado mal la medida en que el cliente o la familia son «compradores», o está él mismo (el terapeuta) más motivado que ellos para lograr un determinado cambio? ¿Acaso el cliente o la familia han traído una idea diferente o mejor, más apropiada para ellos? A nuestro juicio, el fracaso aparente en una tarea o sugerencia debe verse, normalmente, como resultado de un error de comprensión o cálculo del terapeuta, más bien que como resistencia o desobediencia del cliente individual o la familia.

7. MENOS DE LO MISMO

el primer

resultado será a menudo una cantidad de otros cambios donde

no los esperábamos

WADDINGTON (1977, pág. 103)

si

cambiamos algún aspecto de un sistema

En la vida real, aunque algunos problemas humanos pueden persistir en un nivel constante de gravedad, muchas dificultades no siguen idénticas durante mucho tiempo, sino que tienden a aumentar en escalada si no se intenta ninguna solución, o si se aplica una solución errónea —y especialmente más de esa solución errónea.

WATZLAWICK Y OTROS (1974, pág. 34)

En primer lugar, hay sólo una solución posible, permitida, razonable, lógica, y si esta solución no ha producido aún el efecto deseado, aplíquela con más energía. En segundo término, en ninguna circunstancia ponga en duda el supuesto de que existe una sola solución; sólo su aplicación puede cuestionarse y «refi-narse». WATZLAWICK (1983, pág. 33)

Una de las ideas que más ha influido en el campo de la terapia breve es la propuesta del Centro de Terapia Breve de Palo Alto en cuanto a que, en ciertas circunstancias, los problemas se desarrollan y mantienen a partir del modo de percibir y, posteriormente, abordar algunas dificultades de la vida, a menudo totalmente normales (Watzlawick y otros, 1974; Weakland y otros, 1974). Con la guía de la razón, la lógica, la tradición o el «sentido común», se aplican diversas soluciones intentadas (entre ellas, a veces, la reacción insuficiente y la negación), cuyo efecto es mínimo o nulo, o que directamente exacerban la dificuitad. Entonces el problema se atrinchera

en más de las mismas soluciones o clases de soluciones, seguidas por más del mismo problema, que atrae más de las mismas soluciones intentadas, y así sucesivamente. Se crea un círculo vicioso; la aplicación continuada de soluciones «erróneas» o inadecuadas, que encierran la dificultad en una pauta que se autorrefuerza y automantiene, puede pasar a ser el problema percibido. La cronicidad es vista como la persistencia de una dificultad rei- teradamente mal manejada. Dicen Weakland y otros:

Suponemos que, desde que la dificultad empieza a verse como el «problema», la continuación, y a menudo la exacerbación de ese pro- blema resulta de la creación de un circuito de feedback positivo, casi siempre centrado en esas mismas conductas de los individuos del sistema que tienen el propósito de resolver la dificultad» (1974, pág.

149).

También en la terapia puede producirse una situación análoga, cuando «más del mismo» enfoque terapéutico conduce a «más del mismo» problema, y así sucesivamente. El terapeuta puede quedar comprometido muy pronto con un diagnóstico y un enfoque, sobre todo cuando ha cargado emocionalmente su idea de lo que la situación es o debe ser. El diagnóstico puede entonces reificarse de un modo tal que, incluso frente a la inexistencia de cambio, se continúan aplicando los mismos enfoques terapéuticos, y «más de lo mismo» tiende a generar «más de lo mismo», etcétera, etcétera. Cuando la terapia queda atascada, la formación de la mayoría de los profesionales los lleva a prestar cada vez más atención al cliente. Lo recomendable es hacer lo contrario, o incluso más. Si está atascado, el terapeuta debe considerar sus marcos exploratorios y los enfoques que utiliza, que quizá sean «correctos», pero no dan resultado, y pueden haber pasado a formar parte del mismo problema. Sin duda, no es siempre fácil persuadir a las personas de que dejen de aplicar, o incluso inviertan, las soluciones intentadas, que hagan la prueba con «menos de lo mismo». Esto no se debe sólo a que esas soluciones tengan el respaldo de la razón, la lógica, la tradición o el «sentido común», sino también a que suelen impulsarlas fuertes emociones despertadas por el problema y/o la persona o las personas involucradas. Son también soluciones que han dado resultado en otros momentos y en otras circunstancias («Así me trataban mis padres cuando yo me descarriaba, y nunca me hizo daño»). Cuanto más se inviste intelectual y emocionalmente una posición particular, más difícil resulta renunciar a ella. No obstante, si

las personas sienten que han sido respetadas, y que sus preocupaciones fueron escuchadas y validadas, nuestra experiencia nos dice que a menudo están dispuestas a intentar (aunque a veces con cautela) no seguir haciendo lo que está claro que no les da resultado: quedan preparadas para hacer «menos de lo mismo». Suelen aceptar que por lo menos ahorrarán mucho tiempo y esfuerzo derrochados, pero también que esa conducta, por sí misma, podría promover algo nuevo (de hecho, ocurre muchas veces, y a menudo es la solución). Después de todo, ¿quién sabe qué llenará la consi- derable brecha que queda? Una mujer recurrió a un terapeuta para poder ayudar al marido a dejar de beber. Él era un abogado cuya práctica empezaba a sufrir las consecuencias de que a menudo estuviera ebrio desde el mediodía. La esposa le llamaba constantemente la atención acerca del alcohol que consumía, de los peligros de volver conduciendo por la noche en estado de embriaguez, de lo que estaba sufriendo su práctica profesional, del hecho de que pocas veces estaba en el hogar cuando los hijos se iban a dormir. Además lo llamaba por teléfono varias veces al día para saber cómo estaba. En las primeras horas de la noche, ella interceptaba las llamadas de él, para ocultar a cuentes y colegas que el hombre había estado bebiendo. El solía llegar tarde a casa, y a menudo estallaba en cólera si se le hacía cualquier mención al tiempo que había pasado bebiendo, o a las copas que había tomado. La mujer evitaba cada vez más las invitaciones, porque la conducta del marido la avergonzaba. Estaba cansada de tener que disculparlo. Se le preguntó a esta mujer si alguno de estos procedimientos había influido en la conducta del esposo. Parecía que, en todo caso, la situación había empeorado. Brian le entregó un ejemplar de la cartilla con la que suele ayudar a la gente a descubrir por sí misma qué es lo que ha vuelto estériles sus acciones, por correctas, lógicas o justificables que parezcan.

Enfoques que por lo general no dan resultado

Los enfoques señalados a continuación, aunque pueden ser eficaces ocasionalmente (lo bastante como para que nos apeguemos a ellos), cuando forman parte de una pauta crónica, regular, no sólo no dan resultado, sino que a menudo intensifican la aparición de la misma conducta o actitud que intentamos cambiar.

Estos enfoques o procedimientos tienden a fracasar, no porque sean aplicados mal o con poca sutileza, ni tampoco porque su motivación sea errónea. Al parecer, no dan resultado debido a que no dan resultado por mejor que uno los defienda, y por lógicos o correctos que sean. Del mismo modo que una pelota lanzada al aire siempre cae hacia abajo, no querer o poder cooperar ante el empleo constante de los procedimientos es una «ley» de la naturaleza humana.

A El sermón no solicitado

Sermones 1 (especialmente cuando son

Consejos J «por tu propio bien»)

Regaños o reproches

Insinuaciones

Aliento: «¿Por qué no tratas de ?»

Rogar/suplicar/tratar de justificar la propia actitud

Apelación a la lógica o al sentido común

Artículos de folletos o periódicos dejados estratégicamente a la vista, o leídos en voz alta

El enfoque silencioso y sufrido de «mira con cuánta paciencia y valentía no digo nada ni tomo nota de nada», o bien una versión iracunda de lo mismo (éstos suelen ser los «sermones» más poderosos del lote)

Tampoco tiende a dar resultado el castigo repetido y/o creciente; a menudo genera «más de las mismas» conductas-problema, o una escalada de ellas

B. Adoptar una postura de superioridad moral

cuando cualquiera de los métodos anteriores se aplica desde una posición de superioridad, de lógica «inexpugnable» (por lo común, la posi- ción masculina), de ultraje moral, de indignación justa. Como, por ejem- plo:

«Si realmente me quisieras

podrías ver que si tú

» «Seguramente

» «¿Por qué no

comprendes que

«Cualquier persona con

sentido común

»

«Después de todo lo que he

hecho » «Mira cuan enfermo/desesperado/deprimido estoy por preocuparme

por ti.»

«Te amaré y dejaré de estar enojado/de irme/de negarme a hablar, si haces exactamente lo que yo quiero.» «Te amo porque te comportas como quiero que lo hagas, y te amaré mientras lo sigas haciendo.»

Se trata de cualquier posición que implique que quien habla tiene la verdad acerca de cómo son o deben ser las cosas, o un conocimiento supe- rior, capacidades, un conjunto de costumbres que al otro, por definición, le faltan o sólo posee a medias.

C. Autosacrificio/autonegación

Actuar constantemente para mantener la paz

Andar constantemente de «puntillas» para no perturbar o enojar a otros

Poner constantemente la felicidad de los demás por encima de la propia

Tratar de justificarse constantemente

Proteger a los otros de las consecuencias de sus acciones « Estar permanentemente pendiente del cambio del otro

Tratar continuamente de agradar a alguien/todos

D.

¡Hazlo espontáneamente!

En este caso, por medio de cualquiera de los modos de actuar enu- merados, trata de que alguien haga algo o adopte una actitud diferente, pero también exige que sea porque quiera hacerlo.

«¡Tienes que querer agradarme!» «Me gustaría que me demuestres más afecto, pero sólo lo aceptaré si lo haces porque quieres.» «No basta con que me ayudes a lavar; preferiría que lo hicieras con gusto/de buen grado.»

Tratar de hacer a alguien más responsable, más expresivo, más razonable, más solícito, más considerado, más erótico, más positivo, etcétera, equivale a invitarlo a que obedezca a nuestras definiciones de cómo debe ser, sean cuales fueren las intenciones reales de él. Esto da resultado muy pocas veces o nunca. A lo sumo se obtiene obediencia; lo más probable, con mucho, es que la respuesta sea una mayor incapacidad para responder, desobediencia, cólera, repliegue sobre sí mismo, fracaso o resentimiento. Parece que a la mayor parte de las personas no les gusta ser obedientes.

Las implicaciones de todas estas ideas fueron examinadas deteni- damente con la mujer. Ella estuvo de acuerdo en que era improbable que hacer «más de lo mismo» diera resultado, y se manifestó dispuesta a intentar algo oUstinto. Decidió dejar de llamar regularmente al marido por teléfono, y también de protegerlo interceptando sus comunicaciones profesionales. Además, no volvería a referirse al hecho de que bebiera, a los riesgos de conducir en estado de embriaguez, o a la hora de su llegada a casa. Decidió ignorar sus frecuentes rabietas, en lugar de tratar de calmarlo. Empezaría a aceptar invitaciones sociales y a permitir que el marido cargara con las consecuencias de su conducta si se emborrachaba o ponía en ridículo. Empezaría a hacer todo esto sin aviso previo. (Según nuestra experiencia, por lo general es preferible no prevenir que va a establecerse un nuevo conjunto de reglas para la relación, sino sencillamente empezar a comportarse como si las reglas nuevas ya estuvieran en vigencia.) Al mismo tiempo, ella comprendió que era importante que hiciera estas cosas no para levantar la presión sobre él, y que no las considerara sólo como un conjunto más de tácticas para persuadirlo a beber menos, sino como un reconocimiento de que ella misma necesitaba empezar a considerarse y de que, en última instancia, su hígado era responsabilidad de él, por más que a ella le preocupara. Esta dienta admitió que no siempre sería fácil quebrar la pauta de responsabilidad excesiva a la que estaba «aferrada» desde hacía tiempo. En la sesión siguiente, dijo, con considerable sorpresa, que el marido, de un modo totalmente espontáneo, había comenzado a volver a casa más temprano. Cuando sabía que iba a llegar tarde, llamaba por teléfono para avisar, y además era mucho más atento. Después de una de sus rabietas, que ella aparentemente había pasado por alto con toda tranquilidad, «como si fuera la rabieta de un crío», por primera vez él se disculpó espontáneamente; su tendencia a dejarse llevar por la cólera había decrecido de modo notable. Varias semanas más tarde, el hombre dijo que temía estar bebiendo demasiado, y que ello estuviera afectando a su trabajo. La mujer logró resistirse a adoptar una postura de superioridad

moral (por ejemplo, «eso es lo que he estado tratando de decirte

y

respondió: «Parece que estás realmente preocupado. Espero que encuentres un modo de superarlo. Si yo puedo ayudarte de alguna manera, dímeio». Esta dienta se dio cuenta de que si ella hubiera reaccionado como lo hacía antes, mostrándose excesivamente útil, alentándolo a que fuese a ver a un terapeuta, concertando una cita, etcétera, él probablemente habría

»)

empezado a luchar contra ella, en lugar de luchar con su~ propio problema. Un par de semanas más tarde, el hombre buscó un terapeuta por sí mismo. Desde luego, las maneras de actuar señaladas en la cartilla que hemos reproducido representan enfoques que todos aplicamos, tanto en la terapia como en nuestras propias vidas personales. Constantemente nos sorprendemos impartiéndole a un cliente o una familia una conferencia que no nos han pedido, desde una posición de lógica «inexpugnable», sobre la inutilidad general de dar conferencias o sermones no solicitados desde una posición de lógica «inexpugnable». Esta manera de comportarse no es fácil de evitar y, en ciertos ámbitos de nuestro trabajo (por ejemplo, cuando tenemos responsabilidades reglamentarias, y en particular cuando encontramos violencia familiar, violación o abuso sexual de niños), resulta casi imposible prescindir de ella. No obstante, según nuestra experiencia, éstos siguen siendo enfoques que por lo general no dan resultado. Cuando se consideran los problemas como soluciones intentadas que se han convertido en parte del problema, es importante tener clara la cuestión de la culpa y la responsabilidad. El terapeuta no consideró de ningún modo, ni le dijo a la mujer, que las soluciones que ella intentaba eran el motivo de que el esposo bebiera. Siempre hay que tener cuidado de no transmitir inadvertidamente, de algún modo, esa inferencia (teniendo presente que la información que tratamos de dar no es siempre la información que se recibe). Se ha aducido, por ejemplo, que las explicaciones interaccionales de los problemas pueden llevar implícitamente a pensar que una mujer está implicada en la violencia que el marido ha ejercido sobre ella, y que, por lo tanto, tiene parte de la culpa. Así, McGregor cuenta que:

Al trabajar con la noción de la complementariedad, y centrarse en la experiencia psicológica del hombre y la mujer, la violencia es

implícitamente conceptuada como una cuestión de la relación. A ambas partes se les pide que describan lo que sucede «entre ellas y en torno de ellas» cuando aparece la violencia; de este modo, se implica a la víctima en la violencia. Al concentrarse en las «regañinas» o

existe el riesgo de que implícitamente se

reduzca la violencia a un nivel de conducta molesta, y puede establecerse un vínculo encubierto entre la provocación femenina (o regañina) y la violencia del varón (1990, pág. 69). A nuestro juicio, el hecho de que, en cierta oportunidad, si una mujer no hubiera regañado no habría sido golpeada, no significa que ella sea

«reproches» de la mujer

responsable de que un hombre aborde determinadas situaciones utilizando la violencia. No obstante, consideramos perfectamente válido ayudar a esa mujer a advertir que «los reproches» se han convertido en un modo de actuar que no da resultado y no la ayudan a lograr lo que quiere (por más razones que ella tenga para estar enojada con el hombre), a fin de persuadirla de que haga «menos de esto» e intente algo distinto.

El hecho de que después sea golpeada con menos frecuencia nos parece

un resultado positivo, aunque de ningún modo supone necesariamente la resolución del problema más amplio de que la mujer esté en una relación con un hombre que se considera con derecho a ser violento. Cuando contamos un chiste que hace reír a otra persona, sin duda hemos estimulado esa risa, pero no somos de ningún modo responsables de que el otro tenga o no tenga un sentido del humor bien desarrollado.

A continuación presentamos un ejemplo más detallado del estímulo a

hacer «menos de lo mismo» para interrumpir una escalada poten- cialmente grave entre una joven adolescente y sus padres. Tampoco en este caso se pretende inculpar implícitamente a los padres por la conducta de la hija.

LIBERTAD, ¿PARA QUIÉN?

Los padres de Melissa la llevaron a terapia por indicación del con- sejero escolar. Pequeña y bonita, de 14 años de edad, ella permaneció hoscamente sentada mientras los progenitores describían el deterió- -ro de su conducta, tanto en casa como en la escuela, en el curso del último año, más o menos. El hecho de que no hubiera vuelto a su casa durante toda una noche había precipitado una crisis reciente. No era la primera vez que lo hacía. A menudo volvía muy tarde, frecuentaba night-clubs, bebía alcohol regularmente, y se sospechaba que había fumado marihuana. En los meses anteriores, su rendimiento escolar había declinado de modo notorio. Mientras la madre, Leanne, describía el resentimiento y el desafío creciente que sentía en Melissa, el padre, Ron, parecía colérico, pero también aturdido y derrotado. De vez en cuando trataba de razonar con la niña, le preguntaba qué era lo que estaba mal, qué quería de ellos. Ella respondía siempre: «Quiero más libertad»; Ron observaba que ya tenía muchísima libertad, pero que la libertad que aparentemente quería era

una licencia para crecer en estado salvaje y hacer su voluntad, con independencia de que afectara o no a otras personas.

Melissa: No, no es así. Ron: Por supuesto que es así. M: No es así. R: ¿Qué me dices de tus «amigos»? Andan por la calle como locos a altas horas de la noche, haciendo lo que quieren. M: No es cierto. R: Es así. Sé que es así. M: No es cierto. R: Por lo que veo, eso es lo que nos pides que te dejemos hacer. M: Yo no pido eso. R: Entonces, ¿qué es lo que quieres? M: Sólo quiero más libertad.

En este punto, Ron, derrotado, pareció renunciar; se volvió hacia el terapeuta y le dijo: «Ya lo ve, de esto se trata. Diría que ella ya no quiere formar parte de la familia». Melissa respondió de inmediato: «Sí que quiero». Leanne dijo que era difícil conseguir que Melissa hiciera los deberes para la escuela, que no ayudaba para nada en la casa, que trataba mal a sus dos hermanas menores y (punto éste de preocupación particular para los padres) que, a la salida de la escuela, no volvía directamente al hogar («No es mucho lo que le pedimos»). La niña vagabundeaba con grupos de amigos, holgazaneaba en la estación de autobuses o en la playa, a menudo durante varias horas. De hecho, la crisis más reciente se había producido cuando Melissa llamó a su casa a las dos de la mañana, sin haber vuelto desde el día anterior. Leanne le dijo enfurecida: «O estás aquí dentro de media hora, o no te preocupes en volver nunca». La niña finalmente llegó a mediodía del día siguiente. Ante escaladas simétricas de este tipo, por lo general es una buena política realizar primero una breve entrevista con todo el grupo, durante la cual uno puede hacerse una idea de cómo actúan los miembros de la familia. Después se dividen las facciones; se conversa a solas con el adolescente, y a continuación con los padres. A todos se les aclara que esas sesiones son totalmente confidenciales y que no se llevará información de una a otra, aunque, desde luego, los propios clientes podrán comunicarse más tarde lo que quieran. Esto le permite al terapeuta entrar éticamente en coalición abierta con todas las partes, para ayudarlas a abordar más productivamente las dificultades que experimentan en sus relaciones. A

partir de entonces, son muy raras las sesiones con la totalidad del grupo. A los hermanos, a menos que estén directamente involucrados en una escalada con los progenitores, por lo general se les agradece la ayuda y no se les pide que vuelvan. Los padres y hermanos no son entrevistados juntos sin la presencia del adolescente-«problema», sobre todo si esos hermanos parecen tomar regularmente partido por los padres. De este modo, es mucho más fácil afrontar con eficacia y respeto las «soluciones intentadas» que cada parte aplica estérilmente a sus problemas percibidos con la otra. Cuanto más intentan los padres controlar, proteger, ayudar o guiar al adolescente, más se ve éste impulsado a replegarse o rebelarse. Cuanto más trata el adolescente de «encontrar espacio» evitando a sus progenitores «entrometidos» (según el jovencito los ve), discutiendo con ellos o desobedeciéndoles, más confirma las dudas y temores que tienen los adultos, y más atrae su atención.

A solas, Melissa se volvió mucho más comunicativa. Se quejó de que

sus padres la trataran como si tuviera 11 años. La madre le decía cuándo tenía que cambiarse de ropa, ducharse, hacerlos deberes; cómo ordenar su habitación; que al salir de la escuela volviera directamente a casa, etcétera, etcétera. El padre la trataba como si fuera incapaz de cuidarse. «Ellos dicen que quieren confiar en mí, pero no me dan libertad para que yo les demuestre que soy digna de confianza.»

El terapeuta le preguntó: «¿Qué querrías que yo les aconseje a tus padres que hagan?». (Según nuestra experiencia, la mayoría de los ado- lescentes suelen encontrar respuestas perfectamente sanas y razonables a esta pregunta.) Melissa dijo que les aconsejaría que dieran marcha atrás, que confiaran más en que ella era capaz de cuidarse y de realizar elecciones sensatas en su vida. Confirmó que, si cesaban en sus intentos casi constantes de manejarle la vida, ella probablemente sería mucho más cooperativa.

El terapeuta le dijo que haría lo que pudiera, pero sin prometer nada.

Además, en vista de la reputación que tenían esos barrios, de frecuente abuso de drogas y prostitución adolescente, quizá sería imposible conseguir que los padres dejaran de preocuparse. La niña estuvo de acuerdo en que tenían derecho a preocuparse cuando volvía muy tarde por la noche, y admitió que ella misma detestaba hacerlo, y que «se moría de miedo» ante la posibilidad de que la violaran o la robaran y agredieran. Sin embargo, la certidumbre de que los padres estarían esperándola furiosos cuando llegara, por lo general pesaba más en esos momentos que las posibilidades más peligrosas.

A los padres se les pidió que describieran detalladamente todo lo que habían intentado para resolver las dificultades que les planteaba Melissa. Habían intentado la mayoría de las cosas que hacen los padres:

reprenderla (a veces delante de sus amigos), retirarle privilegios, impedirle salir, razonar con ella, apelar a ella, amenazarla, etcétera. Poco tiempo antes, Leanne se había sentado dos horas al pie de la cama de la niña, rogándole que le dijera qué era lo que estaba mal, por qué hacía esas cosas. Todo había sido inútil. El terapeuta comentó que esas conductas parecían haberse vuelto totalmente predecibles para Melissa y que tal vez incluso se sabía de memoria todo lo que le decían. Explicó que los adolescentes parecen tener una aptitud especial para cerrar los oídos y mirar a la lejanía siempre que detectan la inminencia de un argumento, un sermón, una apelación predecible. No obstante, reconoció que el hecho de que estuviera hasta tarde fuera de casa era muy preocupante, sobre todo considerando las zonas que la niña frecuentaba, y el hecho de que sin duda tenía que aprender a ser más responsable. Ahora bien, por el momento, los intentos que los padres realizaban no parecían llevarlos a ningún lado. «Sí, lo sabemos», dijo Ron, «pero sencillamente no podemos darle una libertad total para hacer lo que quiera.» El terapeuta se mostró de acuerdo con la dificultad, aunque comen- tando que, a pesar de lo que habían hecho para que la niña cambiara, parecía que en realidad ella ya estaba haciendo más o menos todo lo que quería. ¿Consideraban ellos que, insistiendo con esos procedimientos, finalmente tendrían éxito? Ambos progenitores coincidieron en que era improbable, en vista de la historia pasada.

De modo que, sea lo que fuere lo que intenten, a menos que la encadenen, lo cual, desde luego, no haría más que posponer el problema, ustedes no tienen ninguna garantía de que durante la semana próxima ella no volverá a pasar alguna noche fuera de casa. Los dos estuvieron de acuerdo en que no tenían ninguna garantía. En ese punto de la entrevista, pareció que estos progenitores no sólo se sentían comprendidos y completamente apreciados en sus preocu- paciones, sino que también se habían dado cuenta de que continuar con las conductas intentadas hasta ese momento era probablemente inútil, por más lógicas que esas conductas parecieran. Sólo entonces fue posible pedirles que intentaran un experimento más bien radical. Ambos

coincidieron en estar preparados para poner a prueba cualquier cosa razonable. Se les sugirió que la semana siguiente trataran de invertir por com- pleto su modo de proceder corriente. Parecía que la hija los estaba elu- diendo de modo total, y el terapeuta manifestó que las cosas no debían ser así. A ella no le haría daño ser arrojada a un nivel sano de confusión, para que no pudiera predecir cómo le responderían en todo momento. Así, los padres podrían poner a prueba la reacción de la niña al verse obligada a asumir la responsabilidad de sus propias acciones. No tenían que hablar en absoluto de la hora de regreso de la escuela, de dónde había estado, de cuándo tenía que cambiarse la ropa, ordenar su habitación, ducharse o hacer los deberes, de si debía o no comer con la familia, etcétera. Tenían que pasar por alto por completo todo lo que hasta entonces había sido objeto de su constante preocupación. Se les aconsejó que se desentendieran «en silencio, y no ruidosamente», es decir, que no prestaran atención a las conductas de la niña, pero no que emitieran un mensaje no verbal apenado y tenso («Mira cómo no te prestamos atención»), del que siguiera infiriéndose que estaban preocupados. En la medida de lo posible, debían aceptarla con calidez y ser corteses con ella. Era importante recordar que estaban pasando por alto algunas de sus conductas, pero no desatendiéndola a ella. Si volvía de madrugada, se sugirió que le preguntaran, con la mayor indiferencia posible, si había pasado una noche agradable y si quería tomar una taza de café. Se aclaró que el terapeuta no podía garantizar la respuesta a este cambio de táctica, y que además tenía perfectamente presente que él no sabía dónde estaba escondido el próximo violador. Sin embargo, tenía una seguridad casi total de que la continuidad de lo que había estado sucediendo en la familia no podía sino intensificar el problema. Los dos padres estuvieron de acuerdo, y se manifestaron dispuestos a poner a prueba la sugerencia. Cuando la familia volvió la semana siguiente, el terapeuta empezó por ver a Melissa a solas. La niña dijo que las cosas iban mucho mejor en su casa. Sus padres la trataban con mucho más respeto y realmente habían dejado de «estar encima de ella». Agregó que no había habido «incidentes», y que esto se debía en parte a que sus padres se habían vuelto mucho más flexibles en cuanto a la hora de su regreso al hogar. No se había atrasado más de media hora con respecto a lo acordado («Antes, por diez minutos me reventaban»). Fue interesante que manifestara no haber

realizado ningún intento destinado a cambiar su conducta o actitud; era sólo que las cosas estaban mucho más tranquilas en el hogar. Leanne describió los cambios de Melissa como «espectaculares». Ron la

definió como «notablemente distinta

lengua, sobre todo la primera vez que volvió tarde a casa». El terapeuta los felicitó, pues para que los cambios fueran tan sig- nificativos, los dos debían de haber desempeñado muy bien su parte del experimento. («Siempre supe que les estaba pidiendo mucho.») Ron expresó alguna cautela en cuanto a si esos cambios durarían. Se les había advertido que el adolescente encuentra una multitud de maneras de inducir a los padres a volver a escaladas estériles que los convierten en impotentes, y que hacen que el joven se sienta incom-prendido y victimizado. Se subrayó la importancia de que la pareja trabajara conjuntamente para evitar esa reaparición de la pauta. («Es tiempo de que ustedes mismos busquen un cambio.») Aparentemente, también otras personas habían hecho comentarios sobre el cambio de actitud de Melissa, acerca de cuánto más feliz parecía ella, cuánto menos desafiante se había vuelto. La abuela advirtió que de pronto la niña se había integrado mucho más en la familia. La pareja fue alentada a seguir haciendo «más» de lo que obviamente empezaba a dar resultado. La cita siguiente, fijada para tres semanas más tarde, fue cancelada porque Leanne estaba indispuesta. Como las cosas iban bien, se dejó que la familia tomara contacto en el caso de que resultara necesaria una sesión más. Dos años más tarde, una llamada telefónica de seguimiento confirmó que, aunque habían atravesado toda una gama de lo que Leanne describió como «hipos normales de adolescente», la situación había seguido siendo espectacularmente distinta, sin ninguna reaparición de las dificultades anteriores.

A veces mvimos que mordernos la

Ahora sabemos cuándo mantenernos firmes, y cuándo evitar luchas estériles acerca de cuestiones que básicamente podemos controlar muy

poco, cosas que en realidad Melissa tiene que arreglar por sí sola. Ella es mucho más responsable ahora. Hemos dejado de preocuparnos tanto por ella, y de discutir por ella; a Ron y a mí nos va mucho mejor.

8. EXCEPCIONES, SOLUCIONES Y ENFOQUES AL FUTURO

El sí mismo no está en la memoria, sino sólo en la historia que creemos sobre nosotros mismos. También es posible revisarla. Se la somete constantemente a revisión. Vemos lo que hemos hecho, construimos una historia para explicarlo, creemos en ella, y pensamos que nos comprendemos a nosotros mismos.

ORSON SCOTT CARD (1987, pág. 179)

La nueva apreciación de los actos pasados y la aparición de sorpresas en los actos presentes les procura a los hombres futuros indeterminados. STRAUSS(1977, pág. 33)

En los últimos años, en el campo de la psicoterapia ha surgido una nueva filosofía para encarar los problemas humanos orientada hacia los recursos. Esta filosofía se basa en una apertura y una cooperación que enfocan lo positivo: las fuerzas, el progreso, las soluciones. La aplicación de esta filosofía no se limita a la psicoterapia; parece ser pertinente en todo el espectro de los servicios de ayuda. FURMANYAHOLA (1992, pág. 162)

Los terapeutas breves parten del supuesto de que cada persona tiene muchas zonas de competencia en las que es posible abrevarse para superar las dificultades. Incluso en la zona definida como problema, se supone que en ciertos momentos hay menos presión, y se puede abordar con más eficacia el desorden en sí o alguna de sus diversas manifestaciones. No obstante, estas diferencias en la aptitud para el manejo tienden a olvidarse o descartarse por la sensación que tiene el cliente o la familia de ser incapaz de resolver el problema o, a veces, porque no cree que pueda resolverse, modificarse o, por lo menos, hacerse más llevadera. En este capítulo consideraremos algunos de los enfoques y técnicas que se han

subsumido bajo los encabezamientos generales de «centrados en la solución» (de Shazer, 1985, 1988, 1991; de Shazer y otros, 1986; Furman y Ahola, 1992; Walter y Peller, 1992) u «orientados hacia la solución» (O'Hanlon y Weiner-Davis, 1989), En nuestra opinión, el trabajo de Steve de Shazer y sus colegas en el Centro de Terapia Familiar Breve de Milwaukee representa uno de los desarrollos más interesantes en el campo de la terapia breve producidos en la última década. Mientras que a muchos les ha preocupado construir elaborados castillos teóricos, a menudo basados en las obras de diversos antropólogos, físicos y biólogos, de Shazer y sus colaboradores han seguido trabajando para obtener descripciones y definiciones más claras y precisas de la esencia de la terapia eficaz. En 1984, de Shazer y Molnar describieron cuatro intervenciones específicas que estaban comenzando a emplear regularmente. En par- ticular, introdujeron lo que iba a convertirse en una tarea rutinaria de la primera sesión con clientes individuales, parejas o familias, fuera cual fuere el problema presentado.

Entre esta entrevista y la próxima, quiero (o queremos) que ob- serven y después me (nos) digan lo que sucede en su vida (matrimonio, familia o relación) que ustedes quieren que continúe sucediendo (1984, pág. 298).

Estos autores encontraron que, entre el momento del encargo de la tarea y la sesión siguiente, en muchos casos se produjeron cambios concretos y significativos.

Con una frecuencia sorprendente (cincuenta de cincuenta y seis en una encuesta de seguimiento), la mayoría de los clientes advirtieron cosas que querían que continuaran, y muchos (cuarenta y cinco de los cincuenta) se refirieron a por lo menos una de ellas como «nueva o diferente». Después, las cosas se encaminan a la solución; se han producido cambios concretos, observables (de Shazer y otros, 1986, pág. 217).

La eficacia de esta fórmula de intervención fue comprobada empí- ricamente por Adams y otros, quienes consideraron que la tarea de la primera sesión «era una intervención eficaz en las etapas iniciales del tratamiento, para obtener la aquiescencia de la familia, aumentar la

claridad de las metas del tratamiento, e iniciar la mejoría en el problema presentado (1991, pág. 288). Aunque señalando que la finalidad de su investigación no había sido apreciar la eficacia general del modelo centrado en la solución, estos autores expresaron algunas dudas sobre la eficacia de esa tarea de la primera sesión para acrecentar el optimismo de la familia acerca del resultado del tratamiento. En Keys to Soíution in BriefTherapy (de Shazer, 1985) se presentó la idea de que las soluciones no siempre están tan estrechamente relacionadas como parece con los problemas que abordan. Se habían elaborado algunas «intervenciones de fórmulas», por medio de las cuales, según se decía, era posible iniciar el desarrollo de soluciones, incluso sin conocer a fondo la naturaleza del problema a resolver. De Shazer adujo la analogía de la llave maestra. Con una llave maestra pueden abrirse muchas puertas, sin necesidad de encontrar un instrumento específico que se adecué a la forma exacta de cada cerradura. Weiner-Davis y otros han destacado la medida en que a menudo se producen cambios significativos antes de la primera entrevista. Ellos empezaron a hacer la siguiente pregunta:

Muchas veces las personas advierten que entre el momento en que conciertan la cita para la terapia y la primera sesión, algunas cosas ya parecen diferentes. ¿Qué ha advertido usted en su propia situación? (1987, pág. 306).

Molnar y de Shazer elaboraron una lista de intervenciones de fórmula que estaban comenzando a usarse junto con la «tarea de la primera sesión»:

1. Se le pide al cliente que reitere más de las conductas satisfactorias y diferentes de la conducta-problema.

2. Se le pide al cliente que «preste atención a lo que hace cuando

(caer en el síntoma o algunas

supera la tentación o el impulso a

conductas asociadas con el síntoma)».

3. Se le comunica al cliente una evaluación predictiva, por ejemplo, con respecto a si en el tiempo entre sesiones habrá más casos de conducta que constituyan excepciones a la conducta-problema.

5.

Se le pide al cliente que realice una tarea estructurada (como lie-

var un «cuaderno de bitácora» de ciertos incidentes) relacionada con las veces en que la conducta-problema cesa o no está 6. Se le dice al cliente: «La situación es muy complicada (escurridiza, etcétera). Entre este momento y la próxima vez que nos veamos, trate de identificar las razones por las que la situación no es peor» (Molnar y de Shazer, 1987, pág. 355).

El tema común de todas estas intervenciones es el hecho de que se concentran en cosas que dan resultado o empiezan a darlo, y no en una exploración, clarificación o categorización de la patología. En su siguiente libro, titulado Clues: Investigating Solutions in Brief Theraphy, de Shazer resume adicionalmente los principios básicos que están detrás del enfoque centrado en la solución, destacando la impor- tancia de las excepciones, y presentando además la técnica de la «pregunta del milagro», con la cual se invita al cliente a describir las diferencias específicas que él o los otros advertirían si el problema quedara misteriosamente resuelto de la noche a la mañana (1988).

EXCEPCIONES

Para el enfoque centrado en la solución, es esencial la certidumbre de que, en la vida de una persona, hay siempre excepciones a las conductas, ideas, sentimientos e interacciones que están o pueden estar asociados con el problema. En ciertos momentos, un adolescente difícil no es desafiante, una persona deprimida se siente menos triste, "un tímido puede ser sociable, un obsesivo es capaz de relajarse, una pareja perturbada resuelve un conflicto en lugar de intensificarlo, una bulí-mica resiste el impulso al atracón, un niño no tiene una rabieta cuando se le pide que vaya a acostarse, una persona excesivamente responsable dice no, un bebedor problemático impone un límite razonable a su hábito, etcétera. Estas excepciones aparecen, por lo general, asociadas con otras diferencias en la conducta, las ideas, los sentimientos y las interacciones que las acompañan. Pero, como dice de Shazer:

Se observa que los problemas se mantienen a sí mismos simplemente porque se mantienen a sí mismos y porque los clientes los describen como constantes. Por lo tanto, los momentos en que el

motivo de queja está ausente son descartados como triviales por el cliente, o ni siquiera se perciben; el cliente no los ve. No hay nada realmente oculto, pero aunque estas excepciones están a la vista, el cliente no las ve como diferencias que establezcan una diferencia (1991, pág. 58).

Un hombre que, según él mismo reconocía, era sobreprotector en extremo con su hijo de 21 años, al punto de que le hablaba por teléfono varias veces al día, finalmente decidió tomarse unas vacaciones de dos semanas con su mujer, sin dejar ninguna dirección ni número telefónico para que cualquiera de sus tres hijos mayores pudieran comunicarse con él. El terapeuta lo alentó en su resolución de no llamar por teléfono a su casa durante toda la quincena, aunque reconociendo que podría ser más bien difícil. En la entrevista siguiente, tres semanas más tarde, el hombre anunció de modo abyecto que había fracasado. Cuando se le pidieron detalles, admitió que, al séptimo día, finalmente había cedido al impulso de telefonear «para controlar cómo estaban las cosas». Habló con el hijo «problema», el cual, para su sorpresa, le dio la seguridad de que todo estaba bien (más tarde se vio que era cierto), y de que no había habido ninguna necesidad de que se le controlara. El hombre parecía totalmente deprimido por su «fracaso». El terapeuta le preguntó: «Pero, ¿qué me dice de los trece días durante los cuales no telefoneó? A veces le debe de haber resultado muy difícil resistirse, pero sin embargo parece que pudo». Al considerar ese logro, la conducta del hombre comenzó a cambiar. Finalmente admitió: «¿Sabe usted?, no soy muy bueno para reconocer mis propios logros. Me falta práctica. Pero creo que tiene razón, esas vacaciones fueron realmente un éxito». En este enfoque se invita al cliente a reconocer lo que ya ha estado haciendo y puede definirse como exitoso o, por lo menos, como encaminado en la dirección general a un abordaje más eficaz del problema, para construir sobre ello. Sin duda, a fin de persuadirlo y hacer que considere esos «éxitos», es importante que el cliente o la familia consideren al terapeuta como alguien que escucha, comprende y valida las experiencias sentidas de fracaso, cólera, zozobra, depresión, etcétera, que son sus respuestas habituales al problema. La medida en que el reconocimiento de la existencia de excepciones puede convertirse en trampolín para cambios ulteriores es directamente proporcional al grado en que tales excepciones sean o puedan hacerse significativas para el cliente o la familia.

Por supuesto, es fácil caer en el error de destacar las excepciones de un modo tal que el cliente o la familia se sientan apadrinados, o les parezca que el terapeuta en realidad no comprende la gravedad del problema, de la zozobra, la culpa, la cólera, etcétera, que ese problema les provoca. De modo que es importante cuidar mucho que un cliente o familia reconozcan la existencia de una cierta excepción, y también no entrar en discusiones con ellos acerca de su significado. Como dice John WeaMand (comunicación personal), «nunca discutas con un cliente». A menudo es mucho mejor mantener un escepticismo desconcertado, y no un celo de fanático.

Todavía estoy desconcertado por el modo en que usted ha logrado evitar esta vez caer en su habitual pauta de respuesta colérica. No debe haber sido fácil. La mayoría de las personas habrían perdido la calma en los primeros segundos.

Sí, sé que debe de haber sido algo pequeño, pero en realidad su hija parece comportarse como para hacerle perder la paciencia a un santo. A usted no le veo la aureola, así que, santo seguro que no es. Entonces, ¿cómo demonios se resistió anoche a retorcerle el cuello?

Por

lo

que

usted

me

dijo,

creo

que

yo

mismo

me

habría

deprimido. ¿Cómo consiguió seguir con lo que estaba haciendo?

A menudo resulta útil hacer preguntas del tipo «¿Cómo consiguió hacer eso?». De este modo, no sólo se subraya el éxito, o los grados de éxito, sino que también se contribuye a suscitar contingencias de la vida de las personas que están asociadas con un funcionamiento más exitoso, y se pueden subrayar como tales:

Pude

seguir

porque

respaldándome.

sabía

que

esta

vez

mi

esposo

estaba

Como señalamos en el capítulo 4, a una persona puede resultarle muy afirmativo que se le dé testimonio de la dificultad de su situación con comentarios como «Por lo que usted me ha dicho sobre su situación, realmente me sorprende que las cosas no sean mucho peor. ¿Cómo lo ha soportado?». Miller comenta que «Al preguntar cómo pudo realizar algún progreso, o impedir que sus problemas empeoraran, el terapeuta y el cliente pueden

revisar situaciones que parecían fracasos, y verlas como soluciones que pasaron inadvertidas» (Miller, 1992, pág. 7).

Cuando el cliente habla de la percepción que tiene de sus problemas, el terapeuta puede contribuir del mejor modo al proceso de desconstruir una visión negativa, centrada en el problema, que no se presta a comprender con demasiada rapidez.

Cliente: Sé que tengo algunos problemas. Soy hipersensible. En lo esencial, no soy una persona compasiva. Veo que no hago amigos con facilidad. Terapeuta: ¿De dónde ha sacado esa idea de que no es compasivo ?

Cliente: Bien, supongo que

Terapeuta: ¿Fingía usted cuando me dijo que se preocupaba por su esposa? Eso parece compasión. Estoy un poco confundido. Cliente: Bien ¿Cómo no ser compasivo si soy hipersensible? Terapeuta: Así es.

Usted me está sonsacando un secreto. Yo sé

De Shazer ha comentado:

Quizá lo mejor que el terapeuta pueda aplicar sea una no comprensión creativa de lo que el cliente dice, para que se escojan los significados más útiles y beneficiosos de sus palabras. La no comprensión creativa les permite al terapeuta y al cliente construir juntos una realidad más satisfactoria para este último (1991, pág.

69).

En su libro más reciente, Putüng Difference to Work, de Shazer describe un ejemplo brillante de esta técnica, tomada de la obra de Insoo Kim Berg (de Shazer, 1991, págs. 63-67). Una mujer que se describía como ninfómana, incapaz de dormir a menos que ese día hubiera tenido una relación sexual, acudió a la consulta de Berg. La cuenta no estaba de ningún modo preparada para aceptar como excepciones significativas las noches en que de algún modo había podido contenerse, ni tampoco para ver como solución viable aprender a abstenerse del sexo. Eso significaría que su matrimonio iba mal. En un punto, el esposo, que consideraba que le estaba convirtiendo en un semental, en lugar del amante que prefería ser, comentó:

Esposo: Pero, para mí, éste es más un problema de sueño que tenemos ambos.

Terapeuta: Me pregunto si no es así. Quizá lo hemos estado abordando de un modo erróneo.

Esposa: ¿Tiene usted una cura para el insomnio? Terapeuta: No lo sé. Hemos estado considerando esto como un tras- torno sexual, pero empieza a parecerse más a una perturbación del sue-;ño (de Shazer, 1991, págs. 64-65).

Descrita como un problema de insomnio, la dificultad pareció resol- verse rápidamente. Nunca se volvió a hablar de ninfomanía. La mujer dijo que tanto su patrón de sueño como su libido habían «vuelto a la normalidad». Sin duda, el éxito de esta terapia estuvo directamente relacionado con la medida en que la definición alternativa tenía sentido para la mujer. Según este enfoque, la cuestión de cuál era, en términos objetivos, el problema «real», carece de importancia. En el proceso de negociación de lo que había que abordar en la terapia, la técnica del relativo desconcierto del terapeuta llevó a que el problema potencialmente más intratable de la ninfomanía (la mujer lo consideraba arraigado en su infancia, y requeriría una terapia profunda) fuera desconstruido y reemplazado por el más fácilmente abordable problema del insomnio. Ambos «problemas» se superponían en términos conductuales y emocionales, lo suficiente como para que cualquiera de ellos pudiera escogerse y subrayarse como una legítima zona focal (teniendo presente que esa legitimidad debe estar, en última instancia, en el ojo del contemplador, en este caso la mujer, y no en la mente del terapeuta).

LA PREGUNTA DEL MILAGRO

Una eficaz manera de ayudar a las personas a concentrarse en una solución potencial, y no en los problemas, es la pregunta del milagro.

Supongamos que una noche se produce un milagro, y mientras usted duerme el problema que lo ha traído a terapia queda resuelto. ¿Cómo lo sabría usted? ¿Qué sería distinto? ¿Qué vería usted de diferente a la mañana siguiente, como signo de que se produjo un milagro? ¿Qué notaría su cónyuge? (de Shazer, 1991, pág. 113).

Como de Shazer continuó diciendo, «a menudo los clientes pueden construir respuestas a esta "pregunta del milagro" de una manera muy

concisa y específica» (pág. 113). El proceso real de resolución del pro- blema, y con él de muchas de las dudas concomitantes del cliente, se pueden pasar por alto. De Shazer cuida de atribuir la génesis de esta idea a Milton Erickson y su empleo de la seudoorientación en el tiempo como técnica hipnótica.

Estas ideas se utilizan para crear una situación de terapia en la que el paciente puede responder efectivamente en el nivel psicológico

a las metas terapéuticas como realidades ya logradas. Esto se hacía empleando hipnosis y una técnica de orientación hacia el futuro, inversa a la regresión en la edad. De tal modo, el

paciente podía obtener una visión desinteresada, disociada, objetiva

y sin embargo subjetiva de lo que en ese momento él creía haber

logrado ya, sin percatarse de que esos logros eran la expresión en la

fantasía de sus esperanzas y deseos. (Las cursivas son nuestras.) (Erickson, 1954, pág. 261.)

Se estimula al cliente, la pareja o el miembro de la familia, a imaginar, del modo más concreto posible, cuáles serían las muchas diferencias. A menudo les pedimos que imaginen qué cosas notoriamente distintas se verían u oirían en una grabación de vídeo que los siguiera al día siguiente. Es importante que el terapeuta insista suavemente en obtener una descripción conductual clara y específica. No buscamos un cuadro borroso de algún sueño futuro, una utopía o algo así. Como dicen O'Hanlon y Weiner-Davis, «parece que el simple acto de construir una visión de la solución obra como catalizador para generarla» (1989, pág. 106). El proceso de reunir esta información puede tomar un tiempo considerable, y es preciso no precipitarse. Por lo general, a las personas les resulta mucho más fácil describir en qué serán distintos los otros (sobre todo el cónyuge con el que tienen dificultades, o el hijo-problema). Esto puede tender a perpetuar «más de la misma» actitud de «superioridad moral», «pero, ¿no ves que estás actuando mal?», posición que a menudo no será lo bastante distinta de las interacciones habituales en torno al problema. Es preferible alentarlas a describir las diferencias futuras en sus propias conductas y actitudes, lo que advertirán en sí mismas. En última instancia, uno sólo puede cambiarse a sí mismo. Puede ser particularmente útil que los clientes consideren qué verán de distinto en sus conductas y actitudes las obras personas: el cónyuge, los hijos, los amigos, los compañeros de trabajo o los extraños.

¿Qué es lo distinto que usted hará o dirá, por lo cual los otros podran saber que está menos deprimido?

Si estuvieran en un restaurante y la gente los observara comer juntos, ¿cómo sabría que se están llevando bien?

Como ha expresado elocuentemente el poeta escocés Robert Burns en «A un piojo»,

O wad some Pow'r the giftie gie us To see oursels as others see us! It wad frae mony a blunder free us, And foolish notion.

¡Oh, que algún Poder nos hiciera el don de vernos como nos ven los otros! ¡De cuántos disparates nos liberaría, e ideas necias!

Cuando las personas describen las diferencias en términos de ausencia de una pauta conductual o un estado emocional, es útil preguntarles qué es lo que harán o sentirán en lugar de ello. Comprometerse a una acción alternativa claramente definida es más fácil que resistirse a hacer algo sin ninguna conducta de reemplazo, sobre todo cuando se trata de un hábito con raíces profundas. Lo mejor es traducir la descripción de los cambios emocionales a descripciones de las conductas específicas, que les demostrarán con claridad a los otros la modificación anímica producida. Cliente: No me quedaré sentada lamentándome constantemente. Terapeuta: ¿Qué hará en lugar de ello? Chente: Seré más feliz. Terapeuta: ¿Qué hará que les permita a las otras personas saber que es más feliz? Cliente: Sonreiré con más frecuencia. Terapeuta: ¿Qué más? Cliente: Volveré a tomar contacto con mis amigos. No me veo con casi ninguno de ellos. Terapeuta: ¿Qué verán ellos de diferente en usted? Chente: Bien, en primer lugar, que tomo contacto con ellos. (Ríe.)

Terapeuta: ¿Qué otra cosa?

Cliente: Que de nuevo me interesa salir. Antes acostumbraba a salir mucho a comer. Éramos un grupo. Supongo que ellos lo siguen haciendo. Además, iba mucho a conciertos. Terapeuta: Entonces, ¿volverá a hacerlo? Cliente: Sí. Terapeuta: Esos cambios, ¿qué diferencias deterrninarán para usted? Chente: Volveré a tener la sensación de que mi vida tiene una dirección.

Otro modo de concentrarse en el futuro consiste en hacer un plan- teamiento del tipo de «Cuando vuelva la semana próxima y me diga que ha mejorado significativamente,- de qué me hablará?». O bien, si se trata de una pareja, «¿De qué diferencias en usted me hablará ella (o él)?». Otro enfoque posible es: «Si yo toco una varita mágica para resolver la situación, ¿qué sucederá distinto de antes?» (O'Hanlon y Weiner-Davis, 1989, pág. 106). Al explorar esas diferencias que se producirán es importante que el terapeuta tenga el cuidado de emplear un lenguaje que presuponga la inevitabilidad del cambio. Hay que decir «cuando» en lugar de «si»; «qué

otra cosa será diferente», y no «qué otra cosa sería diferente; «cuando las

cosas empiecen a mejorar

medida que usted se vaya desmhibiendo», y no «si usted se fuera

y no «si usted deja de

oír voces Una vez logrado el cuadro de lo que el cliente piensa que será dife- rente, resulta posible encontrar modos de estimularlo o capacitarlo para experimentar con nuevas conductas. De Shazer describe que les pidió a los miembros de una pareja que cada uno, sin precisárselo al otro, eligiera dos días de la semana siguiente en los que fingirían que el milagro había ocurrido realmente. Cada uno tenía entonces que observar cómo reaccionaba el otro. Además, se le pedía que conjeturara qué par de días había elegido el compañero, pero sin que se comunicaran nada hasta la sesión siguiente (de Shazer, 1991, pág. 144). En ese caso, el terapeuta no especificó las conductas. Cuando está claro que los miembros de una pareja o una familia tienen metas diferentes, o el terapeuta no está seguro de que no es así, conviene que no especifique, y se refiera en términos generales al «problema que los ha traído». Si es obvio que hay acuerdo acerca de las metas, se puede pedir que practiquen conductas específicas en los días del «milagro» elegidos por ellos mismos.

desinhibiendo

«a

»,

y no «si las cosas empiezan a mejorar

»,

»;

»;

«cuando usted deje de oír voces

Una joven había confeccionado una lista muy larga de cosas específicas que empezaría a hacer de nuevo después de ese milagro. Se la invitó a tirar una moneda todos los días.

Cuando salga cara, me gustaría que usted haga por lo menos dos cosas de su lista. Desde luego, puede hacer más, pero yo sólo íe pido que haga dos. Los días que salga cruz, no está obligada a nada. Esos días puede hacer lo que quiera.

Por supuesto, en general las personas sólo seguirán esas sugerencias si las conductas que se les pide que intenten son congruentes con sus propias ideas acerca de cómo quieren ser, y no con lo que quiere el terapeuta o alguna otra persona. Cuando se pone en práctica este método, lo importante es que, como ha mostrado Kiesler, si hay un compromiso con la conducta correspondiente a ciertas creencias o actitudes, o promovida por éstas, ese compromiso sea confirmado o fortalecido con mucha mayor rapidez y profesionalidad que si los clientes se limitan a hablar al respecto (Kiesler, 1971).

UBICACIÓN EN UNA ESCALA

Otro método eficaz para concentrarse en el logro y la solución consiste en el empleo de preguntas sobre la posición en una escala. Esta técnica puede aplicarse de diversos modos.

En una escala que va de cero a diez, y en la que el cero representa lo peor, y el diez corresponde a las cosas tal como serán cuando estos problemas estén resueltos, ¿dónde sismaría usted el día de hoy?

Como señalan Kowalski y Kral,

escala se basa en el supuesto de un cambio en la dirección

deseada. Puesto que una escala es una progresión, el número «7» supone los números «10», «5», «3» o «1». Supone movimiento (cambio) en una dirección u otra, en lugar del estancamiento. Por

esta razón, cuando al cliente se le pide que se ubique en una escala,

queda incorporada una expectativa de cambio al proceso

que el empleo de una escala intensifica la sugerencia del cambio con

puesto

la

la dirección deseada o la dirección temida, también implica algún grado de control por parte del cliente para establecer esa dirección se realiza la tarea de establecer la meta, puesto que los extremos polares y la zona que está entre el problema y la meta se vuelven cuantificables y objetivables (1989, pág. 61).

Estas escalas pueden utilizarse con toda una gama de aspectos de la vida del cliente. De hecho, cualquier experiencia concebible puede verse a través del cristal de la ubicación en una escala.

Las escalas pueden emplearse para evaluar la autoestima, la auto-confianza, el interés en cambiar, la disposición a trabajar con empeño a fin de generar los cambios deseados; sirven para establecer el orden de prioridad de los problemas, percibir la esperanza, evaluar el progreso, y así sucesivamente —cosas consideradas demasiado abstractas para concretarlas (Berg, 1991, pág. 88).

Explorar en profundidad las distintas maneras de emplear esta técnica Eevaría todo un capítulo. Aquí nos limitaremos a dar algunos ejemplos a partir de los cuales el lector podrá inferir o inventar muchos de los otros usos posibles. Nosotros utilizaremos una escala de cero a diez, pero esto no es de ningún modo obligatorio. Por ejemplo, si se estiman necesarias divisiones más pequeñas (cuando se discuten o sugieren cambios graduales, cautelosos, lentos), puede servir una escala de cero a cien. En el trabajo con parejas, en particular cuando hay alguna duda acerca de la motivación de uno o ambos miembros, hemos encontrado que es útil la pregunta siguiente para abrir un debate que a menudo ayuda a los chentes a empezar a ver su relación de un modo más productivo.

Si cero representa «Me importa un comino», y diez «Estoy realmente entusiasmado», ¿dónde se ubicaría cada uno de ustedes, actualmente, en cuanto a trabajar sobre su relación?, o ¿dónde piensa usted que se ubicaría su pareja?

Si los dos miembros de la pareja evalúan su motivación como baja, se les puede preguntar qué sucederá para que en la entrevista siguiente digan que ambos han avanzado un punto o dos. También se les puede hacer una pregunta análoga cuando sólo uno de los dos miembros eligió un número

bajo. Alternativamente, para la exploración de este tipo de temas cabe emplear la pregunta del milagro.

La escala permite, asimismo, explorar la medida en que se cree en la posibilidad del cambio.

Si cero significa que cree que en lo esencial seguirá siendo así durante el resto de su vida, y diez que hay probabilidades de que pueda con este problema en algún momento del futuro, ¿dónde se ubicaría hoy en esta escala? ¿Qué necesitaría para aumentar medio punto o un punto en la escala?

Cuando el terapeuta indaga el progreso en la escala, es importante que lo haga con realismo y se incline más a ser conservador que demasiado optimista. Si el cliente experimenta un alto grado de optimismo, conviene que tenga que convencer al terapeuta de que está en lo cierto. Si el terapeuta acelera el proceso y el cliente se siente presionado, es más probable que adopte una posición de «sí, pero.,.». Como ya se ha señalado, en ciertas situaciones una escala de cero a cien puede resultar menos amenazante, en tanto las graduaciones son más pequeñas. El examen del progreso por medio de una escala a menudo le procura al cliente una perspectiva diferente de la marcha de las cosas. Una joven, en el transcurso de su cuarta sesión de terapia, aún se mostraba escéptica respecto de su propio progreso, a pesar de las diversas «excepciones» que el terapeuta le había subrayado (las cuales, en esa etapa, eran más significativas para él que para ella). Más o menos en la mitad de la sesión, el terapeuta preguntó:

Si cero representa la forma en que usted se sentía cuando vino a verme por primera vez, y diez cómo se sentirá al finalizar la terapia, ¿dónde se ubicaría en este momento?

Después de reflexionar un momento, la joven dijo que estaba entre cuatro y cinco.

Terapeuta: ¿De modo que está acercándose a la mitad del camino? Cliente: Sí.

Durante el resto de la sesión, a medida que se precisaban los hechos y las conductas que representaban esa mejoría (el terapeuta tuvo el cuidado

de seguir el proceso con cautela y-contención, en lugar de presionar con tanto entusiasmo como lo había hecho antes), la joven fue volviéndose más optimista.

Cuando, en la próxima sesión, usted haya llegado a cinco, a la mitad del camino, ¿de qué nuevas cosas va a hablarme?

. Un hombre joven admitía, disculpándose, que, a su juicio, sólo llegaba a tres en la escala; lo sorprendió y estimuló que se le señalara que ya había recorrido «la tercera parte del camino». La ubicación en la escala puede emplearse con niños pequeños tanto como en adultos. Desde luego, las palabras no son el único medio para esta indagación. Podemos trazar gráficos, o pedirle al niño que lo haga. Hay muchos modos creativos de ayudar a los niños a describir dónde les parece que están en cuanto a la dimensión explorada.

Si este ladrillo representa cómo eras cuando hacías mucho ruido en clase y te comportabas como si tuvieras cinco años, y esta pila alta representa cómo serás cuando puedas comportarte como un niño de diez años, ¿qué tamaño debería tener la pila para representar lo crecido que has estado estos últimos días?

Si este pequeño círculo en la pizarra me muestra lo tímido que solías ser, y este círculo grande me muestra lo valiente que serás, dibuja otro círculo que me muestre cuánto más valiente has sido esta semana.

ENFOCANDO AL FUTURO

Puesto que todo el mundo no es más que una historia, sería bueno para ti que compres la historia más duradera, y no la historia que dura menos.

Santa Columbia de Escocia

Todos vivimos en nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Como hemos dicho antes, nuestra percepción de estas cosas es altamente selectiva. El futuro existe en nuestra previsión de cómo será. Tradicionalmente, a las terapias les ha interesado el pasado y el presente; intentan realizar cambios en ellos por medio de un proceso de revisión y

examen. Lo nuevo y excitante en nuestro campo es que parece que también el futuro está abierto a la revisión, aunque aún no haya

sucedido. Furman y Ahola han resumido como sigue este avance hacia enfocar al futuro:

Puesto que el futuro suele estar conectado con el pasado, las personas con un pasado lleno de tensiones son proclives a tener una visión desesperanzada de su futuro. A su vez, una visión negativa del futuro exacerba los problemas presentes, al arrojar una sombra pesimista sobre pasado y presente. Por fortuna, lo inverso también es cierto; una visión positiva del futuro invita a la esperanza; la esperanza a su vez ayuda a superar las penurias presentes, reconocer los signos de la posibilidad del cambio, ver el pasado más bien como una prueba que como una desgracia, e inspira soluciones (1992, pág.

9. INTERVENCIONES DE ENMARCADO:

MODIFICANDO LA VISIÓN DEL PROBLEMA

Nada es bueno o malo; el pensamiento lo hace así.

Hamlet, WILLIAM SHAKESPEARE

Por lo general, se atribuye a Bateson el mérito de recurrir al término «marco» para indicar la organización de la interacción de un modo tal que en cualquier momento es más probable que se produzcan ciertos hechos y se formulen ciertas interpretaciones de lo que está sucediendo. COYNE(1985, pág. 338)

Una cosa aparece tal corno es. El libro tibetano de la gran liberación

Nuestro proceso de pensamiento simbólico nos impone categorías de «o esto o aquello». Nos enfrenta siempre con esto

o aquello, o con una mezcla de esto y aquello

la experiencia, nada es esto o aquello. Siempre hay por lo menos una alternativa más, y a menudo una cantidad ilimitada de alternativas.

ZUKAV (1979, pág. 284)

En el ámbito de

Reencarnar significa, entonces, cambiar el escenario con- ceptual y/o emocional o punto de vista en relación con el cual se experimenta una situación, y ubicarla en otro marco que se adecúa igualmente bien o incluso mejor a los «hechos» de esa misma situación concreta, y de tal modo modificar todo su significado.

En el capítulo 3, al examinar la naturaleza de la realidad, introdujimos

la importante distinción que hay que trazar entre hechos y significados.

Las COSAS o HECHOS son sólo observaciones de base sensorial; lo que está sucediendo o ha sucedido allí, que nuestros sentidos pueden percibir. Los SIGNIFICADOS son interpretaciones, conclusiones y atribuciones derivadas de los hechos en cuestión, o relacionadas con ellos.

Las conductas y las emociones asociadas con ellas (o viceversa) que

llevan a solicitar terapia, no son un reflejo de «las cosas o los hechos», sino de los significados que se les atribuyen. Hemos dicho que las personas están constantemente trazando distinciones mientras tratan de dar sentido

a su mundo, y que desarrollan marcos o jerarquías de constructos que en

gran medida deterrninan de qué modo darán sentido a sus experiencias y responderán a ellas. Estos «marcos» son, a nuestro juicio, el foco principal de la terapia, puesto que los cambios sólo pueden producirse donde hay acceso a significados alternativos, que permiten dar respuestas diferentes a las experiencias posteriores. Como ha dicho de Bono:

Un marco de referencia es un contexto proporcionado por el ordenamiento presente de la información. Es la dirección de desarrollo que ese ordenamiento implica. No se puede romper con ese marco de referencia actuando desde su interior. Quizá sea necesario saltar afuera; si el salto tiene éxito, el marco de referencia en sí se ve alterado (de Bono, 1971, pág. 240).

Para ayudar a las personas a «saltar afuera» de los marcos que se puede considerar que limitan su capacidad para adoptar perspectivas diferentes y empezar con ello a resolver las situaciones-problema, existen dos enfoques básicos. El proceso por el cual el terapeuta proporciona o alienta el desarrollo de un marco o significado nuevo o alternativo para una situación, de modo directo o indirecto, se denomina reenmarcado. Por ejemplo, Lorraine, de 17 años, fue conducida a terapia por su madre. Más bien bonita, con algo de sobrepeso, la jovencita mantuvo la cabeza gacha durante gran parte de la entrevista y miraba a través del flequillo. Al terapeuta se le dijo que, en los últimos meses, ella se había vuelto depresiva e introvertida; se estaba angustiando cada vez más ante el inicio del nuevo ciclo lectivo, que ocurriría a la semana siguiente. La propia Lorraine había pedido ver a alguien que la ayudara con esos

problemas. Cuando se le preguntó, dijo estar de acuerdo con la descripción de su madre.

Terapeuta: ¿Qué es lo que las ha decidido a venir a ver a alguien ahora?

¿Quieres decírselo, Lorraine? Lorraine: No, tú

puedes explicarlo. Madre: Ella dice que se siente distinta de las otras chicas. Encuentra que no puede relacionarse con ellas en absoluto. Ha perdido contacto con todas sus viejas amigas. Terapeuta: Distinta, ¿en qué sentido? Madre: Lorraine, ¿le puedo contar lo que ha sucedido? Lorraine: Sí, está bien. Madre: Bien, Lorraine fue objeto de abuso sexual por parte de su padre algunas veces hasta hace más o menos un año. Entonces vio a algunos consejeros, que la ayudaron un poco, pero creo que la experiencia aún la afecta. Tiene una autoestima muy baja. Lorraine: Cuando veo a las otras chicas de la escuela, sé que no soy como ellas. Soy anormal.

Madre: Bien, ella dice

Después de indagar con más detalles las creencias de Lorraine sobre el modo en que la afectaba la experiencia del abuso, el terapeuta comentó:

«Después de haber hablado contigo, me parece, Lorraine, que eres perfectamente normal. Lo que te ha sucedido es lo anormal, no tú. Tú eres una persona normal que trata de hacer algo con una experiencia anormal». Desde ese momento, el comjwrtarniento de Lorraine cambió de modo espectacular. El feedback que Lorraine y su madre aportaron posterior- mente demostró que el hecho de trazar esa distinción había representado un importante punto de inflexión para la muchacha. Había creado un nuevo marco desde el cual la niña pudo, casi de inmediato, empezar a verse de un modo más positivo. Negoció con éxito la vuelta a la escuela, y no encontró ningún problema en reintegrarse al grupo de amigas. Si el terapeuta desafía (una vez más, directa o indirectamente) los significados que el cliente asocia con la situación sin proporcionar un nuevo marco, esto se llama desenmarcado. Se puede dejar que el propio cliente cree o descubra significados alternativos, o quede sin ningún significado en particular. El siguiente ejemplo está tomado de una sesión de terapia.

Chente: Conozco mis defectos, pero los he tenido durante cuarenta y seis años.

Terapeuta: ¿Le parece que está como «pegado» a ellos? Cliente: Estoy pegado a ellos. No hay modo de que me los saque de encima. Terapeuta: Muchos piensan eso Cliente: Bien, quizá yo pueda.

Reenmarcar y desenmarcar no son dos técnicas discretas. Como lo demuestran los ejemplos anteriores, para reenmarcar es necesario que algo sea desenmarcado, así como desenmarcar significa que algo puede ser reenmarcado. El reenmarcado de la normalidad desenmarcó la idea que tenía la joven de que era anormal; el desenmarcado de la creencia en la imposibilidad de cambiar los hábitos de toda una vida reenmarcó la idea del cliente acerca del potencial de la terapia. La diferencia entre enmarcado y desenmarcado reside esencialmente en el enfoque. Nosotros diríamos que el reenmarcado es la operación más necesaria y básica en el proceso del cambio. Todo lo demás es subordinado, ayuda u obstaculiza ese proceso, o puede verse como accesorios que reflejan creencias y prejuicios del terapeuta acerca de la terapia y la naturaleza del cambio (no necesariamente inútiles en su terapia, pero a veces sin valor para la claridad teórica). Un trabajo reciente ha cuestionado la medida en que, en el empleo de las técnicas de enmarcado, los terapeutas breves han tendido a no tener en cuenta las «verdades subjetivas» de sus clientes (individuos o familias). El autor se pregunta hasta qué punto los enmarcados son objeto de una imposición, en lugar de desarrollarlos en un proceso cooperativo (Flaskas,

1992).

El enfoque aparentemente «alegre», manipulativo, de «todo vale», que se dice que emplean los terapeutas breves al elegir las «verdades» cuando reenmarcan, según nuestra experiencia está en gran medida en la cabeza de ciertos comentadores, lo mismo que la supuesta falta de interacción en el desarrollo de estos marcos. Cualquier terapeuta breve sabe que ningún marco será de ayuda si sólo opera en el nivel intelectual; los marcos no se sacan de la nada (por lo menos, no es esto lo que hacen los buenos terapeutas breves), sino que orienta la información directa que a menudo hay que extraer penosamente del cliente en las entrevistas; por lo tanto, también involucran las «verdades subjetivas» de los miembros de la familia. No es que no se respete la experiencia personal que los individuos tienen de «la verdad». Lejos de ello. Pero creemos que, en las interneciones

humanas, hay muchas «verdades» potenciales; algunas parecen inhibir el cambio, y otras parecen fomentarlo, Coyne se ha referido a las investigaciones recientes sobre

determinantes del nivel en que se enmarca la actividad, y la

manera en que es posible cambiarlo

sugieren que cuando una acción puede enmarcarse al mismo tiempo en un nivel alto («llevo una vida aburrida») y en otro más bajo («veo televisión toda la tarde»), tenderá a prevalecer el enmarcado de nivel más alto, mientras el nivel más bajo queda desatendido (1985, pág.

Los experimentos preliminares

los

339).

No obstante, Coyne cita a continuación el trabajo de Wegner y otros psicólogos sociales, según quienes

una persona piensa en los detalles de su acción, se

vuelve particularmente sensible al significado global de lo que está haciendo. Puede emerger una nueva comprensión de la acción, y esa

nueva comprensión puede llevar al desarrollo de una nueva acción (Wegner y otros, citados en Coyne, 1985, pág. 340; las cursivas son nuestras).

cuando

La fuerza y el potencial curativo del reenmarcado parecen derivar del hecho de que a menudo no «sabemos» con claridad qué subyace en nuestra tendencia a reiterar ciertas acciones, o a desempeñar continuamente un cierto rol en nuestras interacciones. En cuanto a la cuestión de quién produce el marco en la terapia breve (o, diríamos nosotros, en cualquier terapia eficaz), sin duda debe resultar de un proceso interaccional en el que el terapeuta no sólo sea sensible a los fenómenos conductuales (que constituyen un foco principal de indagación), sino también a las explicaciones del problema que dan los miembros de la familia (verdaderas para ellos), y a las experiencias afectivas (también reales para ellos) suscitadas por sus modos de ver la dificultad y por el proceso de la terapia. No obstante, las sugerencias del terapeuta sobre los diferentes modos de enmarcar las situaciones ocupan una posición central, en cuanto derivan de una perspectiva exterior. Por definición, los clientes (lo mismo que todos nosotros) tienden a pensar las situaciones a través de sus marcos habituales, y esos marcos en parte los ciegan a las alternativas. Cuanto más miremos el mundo a través de cristales azules, más azul lo veremos. A veces, sobre todo si olvidamos que llevamos puestas lentes de

color, y, por lo tanto, no cuestionamos la validez de los datos sensoriales, necesitamos que alguien nos preste unas gafas con cristales de un color distinto. Seguramente todos hemos tenido la experiencia de examinar introspectivamente un problema y caer en espiral hasta las conclusiones más pesimistas, enterrándonos más profunda y desesperadamente. El hecho de que la aportación del terapeuta (o la oferta de un par de gafas de diferente color) sugiera otro modo de considerar las cosas, no significa que el cliente individual o la familia se conviertan en destinatarios pasivos y desvalidos de una manipulación. Estamos de acuerdo con Flaskas (1992) en que los clientes (lo mismo que todos nosotros) conservan un cierto compromiso e interés (diríamos que un interés y un compromiso considerables) en torno a su propia evaluación de sus experiencias y comprensiones de la verdad. Nos parece que cualquier tipo de terapia corre el peligro de pasar por alto este hecho, no sólo las terapias breves. Creer que no existe ninguna «verdad» absoluta no significa negarse a conocer o avasallar las «verdades subjetivas» de los otros. La utilidad de las «verdades» utilizadas cuando se le proponen marcos distintos al cliente (individuo o familia), se basa primordialmente en el modo en que se vean esos marcos desde la perspectiva subjetiva de los involucrados (profundamente influidos como estarán por sus propias creencias y sus respuestas afectivas al marco y a la experiencia que tienen del terapeuta). Hacer esto de un modo útil y respetuoso significa inequívocamente que hay que escuchar siempre con profundo interés y atención lo que dicen los miembros de la familia. Una joven madre soltera, abandonada durante el embarazo por el hombre que amaba, llevó a su hijo de ocho años a ver al terapeuta. Dijo que, cada vez que ella recibía en su casa a un amigo, el niño se comportaba atrozmente, decía malas palabras, a veces se ponía agresivo con el hombre y se negaba a dejarlos solos. La joven temía invitar a alguien a su casa. Describieron al niño como apegado a la abuela, que vivía cerca y que, según la joven, seguía mostrándose sobreprotectora con ella y tendía a desaprobar a sus amistades masculinas. Hacia el final de la primera sesión, el terapeuta caracterizó al niño como extremadamente sensible y consciente del miedo subyacente de la madre a volver a comprometerse emocionalmente y sufrir como la había hecho sufrir el padre de él. El pequeño también se daba cuenta de la preocupación de la abuela; quizá en representación de ella, pero sobre todo por su propio amor a la madre, parecía haber decidido protegerla de su vulnerabilidad emocional. De modo que su «mala conducta» era un intento de ser útil: tendía a proteger

a la joven mujer de un compromiso excesivo, y a ofrecer una salida, en el

hecho de que se enfadara con él, para la angustia y tensión que ella experimentaba. Sólo un hombre que verdaderamente la amara estaría dispuesto a tolerar lo que hacía ese niño. El terapeuta lo elogió solemnemente por su preocupación, y le recomendó que continuara cuidando a la madre. En la sesión siguiente, la joven dijo que la conducta de su hijo había mejorado mucho. En un seguimiento realizado varios meses más tarde, ella confirmó que la mejoría había continuado, y que llevar amigos a la casa le resultaba mucho menos incómodo. De hecho, el niño se había vuelto muy cordial con el más reciente. Como hemos comentado, es importante que el nuevo marco sea lo bastante congruente con las experiencias del individuo, la pareja o la familia, aunque introduzca una perspectiva distinta sobre las mismas. Si la congruencia es insuficiente, lo normal es que ese marco sea rechazado o negado. También es importante recordar, como advierte Coyne, que el

nuevo marco «a veces aferra al paciente en las condiciones artificiales de la

y es invalidado en el primer encuentro con el ambiente

sesión de terapia

cotidiano. Conviene suponer que un reen-marcado no ha sido adoptado hasta que el paciente ha actuado basándose en él y lo ha validado fuera de la terapia» (las cursivas son nuestras) (1985, pág. 342).

Un reenmarcado sensible a menudo roza sentimientos y pensamientos hasta entonces ocultos, y pueden ser precisamente éstos los que lo fortalezcan. En el ejemplo anterior, el reconocimiento por el terapeuta de que la madre había quedado herida por el abandono sufrido años antes y temía que la experiencia se repitiera, bien pudo haber sido un elemento crucial. El reenmarcado, casi de modo inevitable, asigna una connotación positiva a conductas normalmente vistas como más negativas en el seno del sistema de creencias del cliente (individuo o familia). En el ejemplo que sigue, aunque se utilizó la connotación positiva, hay también un desafío a los dos miembros de la familia, no planteado por el terapeuta de modo abierto, sino con una actitud de preocupación bondadosa. Una viuda que había criado a dos hijas, ambas ya casadas, tenía problemas con un hijo que se mezclaba con «mala gente» e inhalaba colas. Parecía que la madre estaba preocupada en exceso por el chico

y le daba pocas oportunidades de madurar e independizarse. Al final de la primera sesión, se formuló la opinión siguiente, en presencia de ambos, pero dirigida primordialmente a la madre:

Usted ha sido, obviamente, una buena madre para sus hijas, pero, sin el respaldo de un esposo, le ha resultado difícil comprender plenamente a su hijo. Esto debe de haberla preocupado mucho. James tiene ahora 15 años. Hay un momento de la adolescencia en que, de pronto, todo jovencito abandona muchos de sus rasgos infantiles y empieza a actuar más como un adulto. En algunos, este proceso se produce más tarde que en otros. Pero por lo común ocurre más o menos a esta edad. Estoy seguro de que usted le importa a James, y de que a James le preocupa lo que ocurrirá cuando él finalmente se vaya de la casa, pero no sabe cómo hacer que usted se sienta menos aislada. A él esto le resultará fácil cuando empiece a dejar atrás la infancia y avance hacia la virilidad. Los chicos que inhalan colas suelen estar nerviosos por el paso a la virilidad y temen iniciar actividades más serias y maduras, como estudiar o cortejar chicas. Estoy convencido de que usted no es el tipo de madre que quiere que su hijo siga siendo un bebé prendido a su falda. Usted no tiene idea de cuántas madres sin pareja tratan de convertir a sus hijos en esposos sustitutos. Sugiero que durante las dos semanas que vienen observe atentamente a James para ver cuánto queda aún de su niñez, pero también esté preparada para reconocer los primeros signos, por leves que sean, de la madurez que se avecina. Me parece importante insistir en que James no haga trampa, tratando de actuar como un hombre antes de estar maduro para ello, aunque, como he dicho, con la mayoría de los chicos esto empieza a suceder más o menos a su edad. Cuando se convierta en hombre, es importante que sea un hombre verdadero, y no el tipo de chicos que se hacen los rudos o se vuelven delincuentes para encubrir su miedo.

Mientras el terapeuta hablaba, el niño tenía una expresión de con- centración profunda, en agudo contraste con su anterior tendencia a la mueca burlona y a no prestar atención. En adelante, su conducta comenzó a mejorar. La madre lo veía de otro modo, y se volvió menos exigente y opresiva. Dos sesiones más tarde vino sola, sin dar ninguna explicación. Aprovechó para hablar de sus propios problemas de soledad e inseguridad. Una pareja discutía constantemente por la conducta de sus hijos «descontrolados», y en particular acerca de cuál era el modo adecúado de disciplinarlos. El terapeuta dijo que esas discusiones indicaban la

determinación de remediarla situación, y estaba claro que ninguno de los dos quedaría satisfecho hasta que tuvieran la seguridad de haber encontrado un enfoque correcto, sobre el que pudieran ponerse de acuerdo. Además, sugirió que, por incómodo que les resultara, quizá fuera necesario que siguieran discutiendo, incluso que redoblaran sus esfuerzos, hasta convencerse de haber llegado a una solución satisfactoria. Los padres se miraron entre sí con lo que parecía calidez y mayor respeto, aceptando la sugerencia del terapeuta. En el curso de las semanas siguientes, discutieron mucho menos y pasaron a ser mucho más coherentes en el manejo de los hijos (cuyas conductas mejoraron, como tal vez era previsible). La aparente incapacidad de esta pareja para cooperar podría haberse calificado «correctamente» de muchos modos: como prueba de falta de armonía conyugal o de la existencia de cierta patología, en uno o ambos esposos, en una de las muchas maneras de identificarla (remitimos al lector a cualquiera de las sucesivas ediciones del D S M * donde las encontrará descritas). Se diría que calificar las discusiones como prueba de buena intención condujo a un enmarcado de nivel superior («Compartimos el deseo de ser buenos padres») que permitió cambiar la interpretación de las conductas («Peleamos porque en lo esencial estamos de acuerdo»), y de tal modo las conductas en sí. Una mujer ejecutiva recurrió a la terapia porque perdía la voz (se volvía muy ronca y temblorosa) cuando hablaba en las reuniones. Al principio dijo que ese problema estaba relacionado con su «baja auto- estima». Cuando se le preguntó cómo lo sabía, pareció un tanto sor- prendida y explicó que había ido a ver a un hipnotizador, quien le sugirió que trabajara sobre su autoestima. Después de reunir más información, el terapeuta observó que, por lo que él veía, no existía ninguna relación entre su autoestima y los problemas con la voz. Además, en los datos que la propia cliente aportó, en su aspecto y comportamiento (iba bien vestida y hablaba con claridad y confianza), el terapeuta no encontraba muestras de falta de autoestima. Por el contrario, el nivel de su autoestima parecía bueno. Se le preguntó si se sentía mal consigo misma. Dijo que no, que no era así, pero que había supuesto

* Manual de Diagnóstico y Estadística de los Trastornos Mentales, de la Asociación Psiquiátrica Norteamericana. [N. del T.]

que ése era su problema después de ver al hipnotizador (sin ningún resultado) y de leer muchos libros de autoayuda. Se sugirió que la terapia se concentrara en cuestiones más pertinentes para su preocupación de ese momento, que era hablar mejor en las reuniones. Ella se manifestó en seguida de acuerdo. Éste es un buen ejemplo de desenmarcado. La atribución accidental de las dificultades a una entidad hipotética, la «baja autoestima», fue cuestionada respetuosamente y con éxito. Así la cliente quedó de inmediato aliviada de una presunción de patología, lo cual hacía más probable la resolución rápida de su dificultad. Hemos encontrado que, a veces, el reenmarcado es más poderoso si no proviene del terapeuta, como en el ejemplo siguiente (tomado de un período durante el cual Brian aún experimentaba con reenmarca-dos del estilo de los de Milán). A un terapeuta visitante se le pidió que actuara como consultor de un equipo atascado en el trabajo con una familia. Los padres habían recurrido a la terapia por una niña de 13 años, la mayor de tres hijos del primer matrimonio de la mujer. También participaba en la terapia la abuela materna de la jovencita, en cuya casa vivía la familia. La niña creaba problemas tanto en el hogar como en la escuela; formaba parte de una pandilla de adolescentes que solía meterse en líos, y fue descrita como mentirosa compulsiva. El consultor, observando desde detrás de una pantalla, sintió con fuerza que la madre y la abuela, si bien estaban muy próximas en muchos sentidos, eran al mismo tiempo muy competitivas, sobre todo acerca de quién era la «mejor madre» para la niña. La familia había sido informada sobre la presencia de un terapeuta al otro lado de la pantalla; se les explicó que se recurría a él porque el equipo se sentía atascado e incapaz de ayudar. Al final de la sesión se aclaró que la terapeuta habitual recibiría un informe y tomaría contacto para establecer las citas de una etapa ulterior, más prolongada, del tratamiento. Al cabo de unos días, se le envió una copia del informe del consultor al esposo, y se le pidió que lo leyera a toda la familia lo antes posible. En su carta, la terapeuta decía que, aunque el informe tenía la finalidad de ayudaría a ella, les hacía llegar una copia porque pensaba que ésa era una de las familias que piensan con seriedad en sus problemas. El informe decía lo siguiente:

Me resulta obvio que ésta es una familia unida que quiere seguir siéndolo. Siento con fuerza que Jane es una niña extremadamente sensible y que sin ninguna duda ama mucho a su madre y su abuela (es también obvio que éstas la aman a ella, por más que a veces se exasperan entre sí). Pero, por razones que aún no comprendo plenamente, Jane parece experimentar una sensación de lealtad dividida, a lo cual podría deberse que actúe de un modo tan desdichado. Se diría que ella se preocupa por todos, pero, por alguna razón, particularmente por la madre y la abuela, aunque a éstas les resulte difícil creerlo, pues la conducta «preocupada» de un niño a menudo aparece como conducta «díscola». Podría ser que Jane, en lo profundo de su mente (aunque quizá no se dé cuenta de esto y quizá lo negaría) se toma demasiado a pecho algunas de las diferencias entre la madre y la abuela, y le preocupa que una de ellas se enferme o deprima si la otra «gana» lo que la niña parece ver como una batalla. (Es como si sintiera que hay una competencia en torno a quién de las dos es la mejor madre.) Me parece importante señalarle a la familia que era muy obvio que [la familia de la abuela] es una familia unida, aunque quizá les resulte difícil a los ajenos acercarse a ella, y siento con fuerza que a todos los miembros les preocupa seguir unidos, aunque a veces parezcan comportarse como si fuera al revés. De modo que no siempre le será fácil a la familia reconocer, por debajo de las conductas superficiales, lo afectuosa que es y lo preocupada que está Jane.

En la sesión siguiente, tres semanas más tarde, la familia informó que la conducta de la niña había mejorado mucho. En realidad, no habían vuelto a tener problemas con ella. Esta técnica, lo mismo que cualquier otra, no es una panacea. Hemos dado ejemplos de reenmarcados o desenmarcados particularmente efi- caces, suficientes de por sí para generar cambios significativos. Aunque a posteriori las intervenciones exitosas parecen obvias y relativamente simples, según nuestra experiencia, encontrar el marco «correcto» suele ser una tarea compleja que exige considerable sensibilidad, empatia, creatividad y, a veces, coraje. Tenemos muchos ejemplos de reenmarcados ineficaces de poco o ningún efecto, y acerca de los cuales decidimos no escribir. Pero nuestra experiencia con estos errores es que lo peor que suele suceder es que la familia o el cliente individual rechaza o niega el

marco propuesto, de modo que nosotros tenemos que volver a «la mesa de dibujo».

10. INTERVENCIÓN EN LA PAUTA: MODIFICANDO LA ACCIÓN DEL PROBLEMA

La terapia suele ser cuestión de poner la primera ficha de dominó boca arriba. Milton Eñckson, Rossi (1980, vol. 4, pág. 454)

Cuando tenga un paciente con alguna fobia descabellada, simpatice con ella y, de un modo u otro, consiga que él infrinja esa fobia.

Milton Eñckson, ZEIG (1980, pág. 253)

enfermedades, psicógenas u orgánicas, seguían pautas

definidas de algún tipo, sobre todo en el campo de los trastornos psicógenos; que romper la pauta podía ser una medida sumamente terapéutica, y que a menudo importaba poco que la ruptura de la pauta fuera pequeña, si se la introducía lo bastante pronto

Rossi (1980, vol. 4, pág. 254)

las

Los terapeutas breves a menudo tratan de resolver la queja presentada alterando sus pautas de acción e interacción intrínsecas y las que las rodean. Procuran integrar los enfoques individual e interac-cional en la noción unificadora de «alterar el contexto de la queja presentada». Modificando esas pautas, con sus regularidades y redundancias, sin ninguna referencia a hipótesis explicativas causales, funcionales o de otro tipo, a menudo las quejas presentadas se resuelven con prontitud. Muchas veces se piensa que el enfoque individual se opone al enfoque interpersonal. O se es un terapeuta «sistérnico» o se es un terapeuta

«individual, lineal». Pero nosotros no consideramos que exista conflicto alguno. El concepto unificador de «pauta» sirve para tender un puente por encima de la brecha aparente. Los dos enfoques tienen en común el descubrimiento y la alteración de las pautas de pensamiento y acción que rodean a la queja. Si se evitan las hipótesis explicativas causales, funcionales o de otro tipo, no tiene por qué surgir ningún conflicto. Se considera que especular acerca de por qué aparecieron esas pautas, cuál es su función o significado, y así sucesivamente, no viene al caso y distrae de la tarea principal: discernir las pautas de pensamiento, acción e interacción que rodean a la queja y es verosímil que la mantengan, para ayudar al cliente a modificarlas. En este capítulo examinaremos algunas maneras de intervenir en tales pautas. Las pautas automáticas de acción e interacción son aspectos necesarios

y deseables de la vida. Ayudan a organizar la experiencia, las percepciones

y la conducta, y a aumentar la eficiencia de esta última. En muchos de los aspectos normales de la vida cotidiana, las pautas o modos regulares de

hacer las cosas nos liberan de tener que renegociar las relaciones y significados una y otra vez. De acuerdo con la finalidad de la terapia, sólo

es necesario alterar las respuestas automáticas que contienen o acompañan

a experiencias o conductas indeseadas (síntomas). Intervenir en una pauta

es reemplazar alguno de sus elementos por otro que cae fuera de los límites acostumbrados, o remover o sumar elementos. «Por ejemplo, en cierto punto de una pauta de atracarse de comida, el

sujeto prueba alguna torta, bizcochos, pan, helado o chocolate (pero nunca zanahorias, apio, requesón o huevos duros), y después sigue con un ítem del primer tipo y nunca del segundo (es decir que si toma comidas "prohibidas", de las que engordan, excluidas del régimen, es típico o invariable que caiga en el atracón, pero nunca se atraca con comidas "sanas", "buenas", de las que no engordan). A continuación, ese individuo se provoca el vómito y devuelve en el inodoro, la bañera o la pila del lavadero, pero nunca en el cubo de la basura, en un balde o sobre la alfombra. Y en cuanto a las circunstancias que rodean a esta parte de la secuencia, puede ser que el primer bocado se tome de pie o caminando, pero nunca sentado o acostado; el atracón puede producirse en la cocina o

el comedor, pero nunca en el dormitorio o el patio trasero; a media tarde o

en mitad de la noche, pero nunca es lo primero que se hace por la mañana

o lo último antes de acostarse; el individuo siempre está solo, por lo

general no hace nada en particular, o a veces está viendo la televisión, pero

nunca está hablando por teléfono o dando de comer al gato y al perro. La

pauta puede tener una diferente amplitud —con distintos elementos— en diferentes personas, de modo que no es posible confeccionar un "catálogo" de gamas, elementos o intervenciones. Por ejemplo, muchas de estas per- sonas sólo se atracan estando solas, pero algunas lo hacen en presencia de otras, ocasional o frecuentemente. Hay que encontrar los límites del tipo de cosas que serían igual de útiles para mantener la pauta peculiar de los atracones de esa persona» (O'Hanlon, 1987, págs. 34-35). Quizá algunos eviten salir con amigos los días en que han caído en atracones. Otros ni siquiera se visten. Aunque no forman directamente parte del atracón, la alteración de esas pautas regulares que lo acompañan puede modificar el contexto de la queja presentada, y de tal modo llevar a resolverla. Puede haber una amplia gama de conductas alternativas que mantengan la pauta del atracón. Lo mismo que con la música, son posibles numerosas variaciones sobre un tema, sin que el tema en sí mismo cambie. Hay que recurrir a algunas variaciones que estén al margen de la gama, y sean capaces de introducir un tema nuevo. En una pauta nueva y no familiar, pueden suceder todo tipo de cosas inesperadas. Al preguntar por la pauta que rodea a una queja presentada, no sólo averiguamos cuándo aparece siempre la conducta y cuándo no aparece nunca, o si es siempre X o alguna vez Y. También hacemos preguntas hipotéticas. Por ejemplo, «¿Cuándo se produciría siempre, y cuándo no aparecería nunca?», y «¿Siempre sería X, o alguna vez podría ser Y?». Además, a menudo ayudamos al cliente a «encontrar una salida», sugiriéndole nosotros mismos alternativas posibles. Como el cliente no suele advertir cuál es la pauta, frecuentemente dice «No hay ninguna pauta», o «Puede ser de cualquier modo». Pero un interrogatorio cuidadoso nunca deja de revelar regularidades con límites precisos.

Debe recordarse que las pautas no son «cosas». Pero son lo mejor después de ellas. Son abstracciones descriptivas. De algunas acciones observadas, se pueden extraer pautas. Esto no supone teorizar o explicar la existencia de tales hechos, especulando sobre su función, ni otras maneras de «psicologizar». Se parece más a la clasificación de los organismos en especies, o a la de los objetos en conjuntos (O'Hanlon, 1987, pág. 52).

Si bien la abstracción de las pautas es obra de un observador, sos- tenemos que se basan en hechos observables y, por lo tanto, son «ani- males» distintos de las «invenciones» de la psicología, tales como los «déficits del yo», la «baja autoestima» o una «necesidad de castigarse».

INTERVENCIÓN EN LA PAUTA

Una vez que el terapeuta ha reunido información de base sensorial sobre la pauta y su gama de elementos, inicia, junto con el cliente, la búsqueda de maneras de ayudarlo a modificarla. En su trabajo, Milton Erickson subrayaba la importancia de utilizar aspectos de las propias creencias y conductas del paciente. Por ejemplo,

A. su lenguaje;

B. sus intereses y motivaciones;

C. sus creencias y marcos de referencia;

D. su conducta;

E. su síntoma o síntomas;

F. su resistencia. (O'Hanlon, 1987, pág. 24.)

A menudo, el modo más fácil y directo de intervenir en un contexto que contiene una queja es alentar al cliente o los clientes a modificar las acciones-problema en un grado pequeño o insignificante. En el trabajo de Milton Erickson encontramos muchos ejemplos de este tipo de intervención contextúa! A un cliente que se lavaba compulsivamente las manos, Erickson le prescribió cambiar de jabón. A un fumador podía indicarle que guardara los cigarrillos en el desván y los fósforos en el sótano. En una oportunidad, instruyó a alguien que se chupaba el pulgar que lo hiciera en un lapso preestablecido, una vez por día. Una pareja discutía siempre, después de las fiestas (en las que ambos tomaban unas copas), quién conduciría el coche de regreso al hogar; Erickson les aconsejó que uno de ellos condujera hasta una manzana antes de llegar a casa, y que después pararan el coche, cambiaran de sitio, y el otro completara el viaje. Una alteración de las acciones de la queja modifica las pautas que la rodean, y a menudo la conducta-problema desaparece, de modo gradual o brusco. El terapeuta puede lograr esa modificación con métodos directos o indirectos, sobre la base de su autoridad o en una aventura cooperativa con el cliente. Para los diversos estilos de los terapeutas hay estrategias diferentes. O'Hanlon ha señalado la lista siguiente de los principales modos de intervenir en una pauta:

1. Cambiar la frecuencia/el ritmo del síntoma o la pauta-síntoma (la pauta que lo rodea).

2.

Cambiar la duración del síntoma o la pauta-síntoma.

3. Cambiar el momento (del día/la semana/el mes/el año) del síntoma o la pauta-síntoma.

4. Cambiar la ubicación (en el cuerpo o en el mundo) del síntoma o la pauta-síntoma.

5. Cambiar la intensidad del síntoma o la pauta-síntoma.

6. Cambiar alguna otra característica o circunstancia propias del síntoma.

7. Cambiar la secuencia (el orden) de los acontecimientos que rodean al síntoma.

8. Crear un cortocircuito en la secuencia (es decir, un salto desde el principio al final).

9. Interrumpir la secuencia, o impedirla de otro modo, en todo o en parte (hacer que «descarrile»).

10. Añadirle o sustraerle por lo menos un elemento.

11. Fragmentar algún elemento antes unitario en elementos más pequeños.

12. Hacer que el síntoma se despliegue sin su pauta.

13. Hacer que se despliegue la pauta-síntoma con exclusión del sín- toma.

14. Invertir la pauta.

15. Vincularla aparición de la pauta-síntoma con otra pauta —por lo general, una experiencia indeseada, una actividad evitada, o una meta deseable pero difícil de alcanzar («tarea condicionada por el síntoma») (O'Hanlon, 1987, págs. 36-37).

Ejemplos de intervenciones para interrumpir pautas

Milton Erickson contaba la siguiente historia:

Un policía retirado por razones de salud me dijo: «Tengo un enfisema, tensión alta y, como puede ver, estoy muy gordo. Bebo demasiado. Como demasiado. Querría conseguir un trabajo, pero el enfisema y la presión alta me lo impiden. Me gustaría fumar menos. Querría liberarme de esto. Me gustaría dejar de beber poco menos que un litro de whisky por día, y comer razonablemente». «¿Está usted casado?», le pregunté.

«No. Soy soltero. Por lo general me hago mi propia comida, pero

a la vuelta de la esquina hay un pequeño restaurante que visito a

menudo.» «De modo que a la vuelta de la esquina hay un pequeño restaurante donde puede cenar. ¿Dónde compra los cigarrillos?» Compraba los cartones de dos en dos. «Es decir, que compra cigarrillos, no para el día, sino para el futuro. Y para preparar su comida, ¿dónde hace las compras?» «Por suerte, hay un pequeño colmado en la esquina en el que compro comestibles y cigarrillos.» «¿Dónde compra la bebida?» «Por fortuna, al lado de ese colmado hay una licorería.» «De modo que a la vuelta de la esquina usted tiene un

restaurante, un colmado y una licorería. Usted quiere hacer jogging

y sabe que no puede. Entonces, su problema es muy simple. No

puede correr, pero puede caminar. Muy bien, compre un paquete de cigarrillos cada vez, en el otro extremo del pueblo, y vaya caminando. Esto comenzará a ponerlo en forma. Tampoco compre los comestibles en el colmado de la esquina. Vaya a alguno que esté a un kilómetro o kilómetro y medio de distancia, y compre sólo lo necesario para una comida. Esto supone tres buenas caminatas al día. Por otro lado, puede beber todo lo que quiera. Tome su primera copa en un bar que esté por lo menos a un kilómetro y medio. Si quiere una segunda copa, encuentre otro bar a por lo menos otro kilómetro y medio. Y si quiere una tercera, busque otro bar a otro kilómetro y medio.» Me miró furibundo. Renegó contra mí. Se fue bramando. Al cabo de un mes, vino un nuevo paciente. «Me recomendó que viniera a verlo un policía retirado», comentó. «Dice que usted es el único psiquiatra que sabe lo que hace.» El policía ya no podía comprar todo un cartón de paquetes de cigarrillos. Y sabía que caminar hasta el colmado era un acto consciente. Él lo controlaba. Ahora bien, yo no le había quitado la comida o el tabaco. No le retiré el alcohol. Le había dado la oportunidad de caminar (Rosen, 1982, págs. 149-150).

Los padres de una niña de 13 años la controlaban constantemente. La consideraban poco fiable y cooperativa, agresiva, perezosa e inútil. Aunque la niña no demostraba tener ninguna motivación para la terapia, empezó a interesarse cuando el terapeuta le preguntó si estaba dispuesta a hacerles trampa a sus padres. Con eso estuvo de acuerdo enseguida. Se le pidió que en la quincena siguiente hiciera algunas cosas que ella sabía de

cierto que les agradarían. Pero iba a hacerlas de un modo tal que ellos lo ignoraran todo. No dejaría entrever nada, aunque la interrogaran. Tenía que negar que había hecho algo, aunque ellos lo conjeturaran correctamente.

Mientras tanto, los padres tendrían que empeñarse en descubrir qué había hecho su hija, y llevar una lista escrita. Al respecto, podían conversar entre sí, pero no preguntarle a ella. En la sesión siguiente, la niña fue entrevistada por separado. Admitió que, en realidad, no había intentado hacer nada, pero las cosas habían marchado mucho mejor entre ella y sus padres. Éstos, por su lado, pre- sentaron una larga lista de lo que creían haber detectado en la conducta de su hija, destinado a agradarles. Aparentemente, aunque la jovencita no hizo lo que se le había suge- rido, en sus pautas de conducta normales había suficientes actos no confrontativos, cooperativos, que por lo general pasaban inadvertidos, como para que los padres tuvieran la sensación de que las cosas cam- biaban. Desde el punto de vista de la hija, la vigilancia constante de los progenitores, contra la cual ella por lo común se rebelaba, había adquirido un nuevo significado como intento de descubrir pruebas de buena (y no mala) conducta. Un niño discapacitado de 17 años, al que poco tiempo antes habían matriculado en una escuela alejada de su casa, desarrolló el hábito de levantar su brazo derecho con una frecuencia de 135 veces por minuto. Milton Erickson hizo que aumentara la frecuencia a 145 veces por minuto. Al cabo de algún tiempo, y siempre bajo la supervisión de Erickson, la frecuencia volvió a descender a 135, subió a 145, y siguió aumentando y decreciendo alternativamente, pero con aumentos de 5 veces por minuto y reducciones de 10 veces por minuto, hasta que el movimiento desapareció (Rossi, 1980, vol. 4, págs. 158-160). Una mujer bulímica dijo que nunca había logrado prolongar sus atracones más de una hora. Se le dijo que debía extenderlos a dos horas, antes de vomitar. Podía hacerlo como quisiera. Una mujer que luchaba por beber menos recibió el consejo de que en el futuro bebiera todo lo que quisiera. Se le señaló que aún estaba recobrándose de un momento difícil del año anterior. Pero ella estuvo de acuerdo en que, antes de tomar una copa, se sacaría toda la ropa frente a un espejo de cuerpo entero, para volvérsela a poner al revés, con la parte de atrás adelante, excepción hecha de los zapatos (no podría hacerlo con ellos a menos que se dislocara los pies). Después tenía que volver al espejo,

sacarse la ropa y ponérsela bien, antes de sentarse y disfrutar de su copa. Si quería beber más, tema que repetir el ejercicio antes de cada copa. Aparentemente todo esto la divertía mucho, y en el término de una semana su tendencia a beber quedó bajo control. Dos esposos discutían constantemente, y dijeron que les costaba no hacerlo, aunque tuvieran las mejores intenciones. Un alumno nuestro les prescribió que, en cuanto empezaran a discutir, fueran al baño. Allí el hombre tendría que sacarse la ropa y tenderse en la bañera, mientras la esposa, con la ropa puesta, se sentaría en el inodoro. En esas condiciones podían continuar la pelea. Un niño de seis años que se chupaba el pulgar izquierdo fue atendido por Milton Erickson, quien le dijo que no era justo con los otros dedos, puesto que no les dedicaba el mismo tiempo. Tenía que chuparse también el pulgar derecho, y todos los otros dedos. Erickson observó que en cuanto el niño dividió su atención entre el pulgar izquierdo y el pulgar derecho, el hábito se redujo en un 50 por ciento (Rossi y otros, 1983, pág. 117). Una pareja fue a ver a Erickson por sus dificultades matrimoniales. Atendían juntos un pequeño restaurante, y discutían constantemente sobre el mejor modo de hacerlo. La mujer insistía en que estuviera a cargo el esposo; ella prefería quedarse en su casa. Pero temía que, si no lo supervisaba, el hombre arruinaría el negocio, de modo que continuaba trabajando y peleándose con él. Erickson les encargó que, todas las mañanas, la mujer cuidara que el esposo fuera al restaurante media hora antes que ella. Como sólo tenían un coche, pero vivían a pocas manzanas del negocio, ella iría caminando después. Cuando la mujer llegaba, el esposo ya había realizado con éxito muchas de sus funciones de «insustituible». Ella empezó a aparecer cada vez más tarde y retirarse cada vez más temprano. Al final casi no iba al restaurante, a menos que se la necesitara para sustituir a alguien enfermo. No hubo más altercados (Haley, 1973, págs. 225- 226). Un abogado que quería dejar de fumar estuvo de acuerdo en que, si fumaba un cigarrillo, tendría que pasarse quince minutos realizando las tareas de rutina que antes había pospuesto sistemáticamente, antes de fumar de nuevo. Una pareja buscó terapia matrimonial con la queja principal de que el marido era adicto al trabajo (los dos estuvieron de acuerdo en esto). El hombre rompía constantemente su promesa de volver temprano al hogar, lo que casi todas las noches provocaba amargas disputas. Él se quejó de que la esposa quería que pasara su único día libre visitando a los padres de él o de ella. Se acordó que, en lugar de quejarse, la mujer tomaría nota del

tiempo de atraso del esposo durante la semana, y éste tendría que visitar a los padres de él o de ella durante esa misma cantidad de tiempo en su día libre, sin ninguna protesta. Una mujer que había sido hospitalizada varias veces por depresión describió que aún pasaba gran parte de su tiempo improductiva, preo- cupándose por cualquier cosa y por todo. No hacía casi nada en todo el día. El esposo lo había intentado todo para estimularla a que fuera más activa. Ella estuvo de acuerdo en considerar durante la semana siguiente, antes de la próxima entrevista, si estaba preparada para seguir cualquier instrucción que el terapeuta le diera, sin saber de antemano qué se le iba a

pedir. Se la tranquilizó en el sentido de que no sería nada que no estuviera

a su alcance o que pudiera dañarla. En la entrevista siguiente, con determinación pero también muy turbada, se manifestó dispuesta a aceptar el desafío. Se le dijo entonces que por cada día que ella sintiera que había dilapidado demasiado tiempo en preocupaciones estériles (y sólo ella, y no el esposo, era quien iba a juzgar esto), debería acostarse a la hora normal, pero poniendo el despertador a las dos de la madrugada. A esa hora tendría que levantarse, fregar cuidadosamente el suelo de baldosas de la cocina (vivían en una casita de piedra en Gales), y a continuación escribir a máquina durante media hora (había estado tratando infructuosamente de aprender dactilografía). Luego podía volver a la cama. Los días en que sentía que había sido suficientemente productiva y no había dilapidado demasiado tiempo en preocupaciones estériles, por supuesto no tendría que seguir este procedimiento. Se fijó la entrevista siguiente para dos semanas más adelante. En esa sesión, la mujer anunció que sólo había tenido que fregar el piso una vez (y que lo había hecho de un modo tan escrupuloso que se sintió sorprendentemente orgullosa de su trabajo). El resto de la quincena fue lo mejor que había experimentado en mucho tiempo. Un funcionario de penitenciaría llevó a su familia a la terapia debido a su preocupación por su hija de 15 años, que continuamente peleaba con él

y con la madre. La joven fue descrita como testaruda y mentirosa; los

padres temían que se estuviera «volviendo promiscua». Había otras tres hermanas, una de 14 años, descrita como «un tesoro», y dos gemelas idénticas de 12 años. El padre tenía ideas sumamente estrictas sobre el modo de llevar una familia. Cuando había problemas, convocaban reuniones de familia. Éstas eran extremadamente acaloradas, y consistían en acusaciones y réplicas, y

en la elaboración de listas de «crímenes», con sus respectivas pruebas. La niña de 15 años era invariablemente la «acusada». La hermana de 14 años se cuidaba de no tomar partido. Mientras la familia describía apasionadamente su problema, la terapeuta sintió que se la invitaba a actuar de juez. Sugirió entonces que, en el futuro, las gemelas tuvieran derecho a imponer una pausa cada vez que la batalla entre su hermana y cualquiera de los padres subiera demasiado de tono. Las gemelas tenían que convocar de inmediato a un «juicio oral familiar». La niña de 14 años sería abogado defensor del progenitor agraviado, y el otro progenitor, abogado de la hija- problema. No se permitía que los protagonistas hicieran su propio alegato, aunque, desde luego, les darían instrucciones en privado a sus respectivos abogados; éstos serían los responsables de indagar a los testigos y presentar las pruebas. Las gemelas actuarían como jurado, tomarían notas de las pruebas y prepararían un veredicto, que se mantendría en secreto hasta entregárselo a la terapeuta en la sesión siguiente. La familia pareció muy divertida con esta sugerencia, y trató de seguirla. Dos semanas más tarde describieron cómo, en su único intento de «juicio oral», todo se había disuelto en ataques de risa. Pero, en realidad, no había habido ningún problema importante. Disfrutaron de dos semanas armoniosas. El juicio se llevó a cabo por una cuestión más bien trivial, «sólo para ver cómo era». Sin duda, el éxito de intervenciones de este tipo depende de la buena relación que pueda establecerse entre el terapeuta y el cliente individual o la familia. También es importante la cuestión de la relación de compra. ¿Apunta la intervención a algún aspecto de la vida del cliente o la fairiilia investido emocionaímente, estando también investida la posibilidad de solución? Si éste no es el caso, es improbable que los clientes sigan las sugerencias y, entonces, las pautas no se modificarán.

11. EL USO DE LA ANALOGÍA

M Soñamos en metáforas, en nuestros niveles más profundos dialogamos en metáforas, y a través de metáforas podemos lograr una / comprensión fundamental.

U

WAiXAS(1985,pág.3)

En la terapia, a una joven pareja le resultaba extremadamente difícil la discusión abierta de un problema sexual, y enseguida cambiaban de tema, pasando a otra zona de conflicto: la decoración de su casa. Describiendo el modo en que emprendían la tarea, la mujer explicó, con una ligera expresión de disgusto: «Yo rasco la pintura vieja de las paredes, él sigue con el trabajo, y después tengo que limpiar todo lo que él ensucia». Sería posible definir este cambio de tema como resistencia, y tratar de que la pareja volviera a concentrarse en su vida sexual. También sería posible considerar las palabras de la mujer como un comentario metafórico acerca de que había llegado a ver el acto sexual como una tarea doméstica, y tratar de ayudar a la pareja a percibir esta conexión, con lo cual la terapia volvería a enfocar la vida sexual. Otro enfoque consistiría en aceptar la metáfora y discutir con los jóvenes las soluciones posibles del problema que rodea a la decoración del hogar. De tener éxito, este enfoque podría llevar a la pareja al inicio de una resolución del problema sexual, sin que se vieran obligados a discutirlo (o, quizá con mayores probabilidades, tomarían consciencia de él en algún nivel, pero optando por ayudar a crear el mito de que la discusión se refería a la decoración de casa). Este capítulo trata sobre el último de estos enfoques.

SOBRE LA ANALOGÍA

Ericksoriy Rossi sqs^üenen que «Puedeentenderse que la analogía y_Lajmejtáfora,. asicomalosjchis1^,_ejercen_ sus poderosos efectos a traP

mecanismo de activas pautas asociativas inconscientes y ten-

dencias de respuesta que de pronto se suman para presentar anteTa conciencia un dato o respuesta conductual aparentemente "nuevos"» (Érickson y otros, 1976, pág. 226). Koestler ha sugerido que «la satis^

facción estética derivada de la metáfora, la imaginación y otras técnicas

depende del potencial emotivo de las matrices que entran

en el juego» (1975, pág. 321). En otras palabras, cuan^más evocadoras son las asociaciones producidas por lo denotado o connotado en la analogía, mayor será el potencial creativo. Siempre que una cosa se asemeja a otra, o que se habla de ella como si fuera otra, hay involucrada una analogía. «Parece que hemos llegado a un callejón sin salida en esta discusión.» «Tu sonrisa es como el sol del verano.» Estas frases son de uso común, y de hecho, tan comunes, que a veces no las reconocemos como analogías. Son recursos para arrojar una luz diferente sobre un tema. Sabemos lo que es un callejón sin salida en el tránsito en la ciudad, de modo que entendemos la analogía cuando se utiliza esta expresión para caracterizar una discusión. Hemos experimentado el sol del verano, de modo que podemos imaginar el brillo y la calidez de una sonrisa comparada con él. La analogía nos ayuda a utilizar aptitudes y comprensiones de un ámbito de nuestra experiencia para encarar de otro modo o comprender y dar sentido a otras zonas vivenciales. Por ejemplo, Milton Érickson, en su tratamiento de un niño que mojaba la cama, utilizó analogías para obtener acceso a aptitudes que ese niño había desarrollado en otros contextos, a fin de que las aplicara a resolver ese problema. Descubrió que el niño jugaba al béisbol, y se explayó durante un lapso prolongado sobre el fino control muscular necesario para ser un buen jugador de ese deporte. El lanzador debe abrir y cerrar la mano enguantada en los momentos exactos. Para arrojar la pelota, tiene que soltarla con idéntica precisión; si lo hace demasiado pronto o demasiado tarde, el tiro irá donde él no quiere que vaya. Después, Érickson le habló al niño sobre su tracto digestivo y el modo en que la comida entra en una cámara donde los músculos de ambos extremos se cierran durante el tiempo adecuado, y se relajan y permiten que la comida

relacionadas

vés del

pase a otra cámara cuando corresponde. Le habló también del tiro con arco, describiendo la compleja coordinación de los muchos músculos del ojo necesaria para apuntar la flecha con eficacia. Todas estas analogías tenían un tema común, el del control automático de los músculos, que era precisamente lo que el niño necesitaba utilizar para no seguir mojando la cama. Las analogías más .simples L .y^básicas¡son las que establecen refe- rencias cruzadas entre distintos sentidos, técnica ésta muy utilizada por los poetas. Por ejemplo, «una sonrisa cálida», «mi^lencÍQ_p.esa-do», «una melodía brillante», «unjburnor sombrío». Koestler observa que « los potenciales emotivos de las m^lffiades sensoriales —vista, oído, olfato, tacto— difieren ampliamente en las distintas personas» (1975, pág. 321). Grinder y Bandler (1981) señalan las ventajas terapéuticas de adoptar inicialmente el modo preferido del cliente. La atención cuidadosa al tipo de imágenes utilizadas por las personas revela pronto cuál es su sistema representacional preferido. Por ejemplo, quizá un hombre diga: «He pasado años construyendo mi vida; ahora todo se ha derrumbado, todo está en pedazos, lo único que veo es devastación». Responderle «Usted, se siente vacío, siente que todo le pesa», o «Por lo que oigo, ya nada le suena positivo», implica introducir sistemas representaciona-les diferentes; las imágenes no corresponden al modo que tiene ese individuo de articular su mundo, según surge de las palabras que él recoge. Una respuesta más congruente podría ser: «Usted quiere volver a integrar su vida, ve todos los fragmentos a su alrededor, peroescomo si hubiera perdido el manual de reparaciones, y las piezas ya no parecen encajar entre sí». Grinder y Bandler dicen que las personas que entran en terapia tienden a menudo a quedar fijadas con uno u otro modo representacional. Y agregan que la simple introducción de otros modos, que se vayan superponiendo gradualmente con su modo preferido, puede generar cambios internos. Por ejemplo, en el caso del hombre mencionado, sería posible continuar diciendo: «Es como si usted estuviera sentado en medio de los fragmentos de su vida. Iniciar el trabajo de reconstruirlos debe parecerle una carga muy pesada; demasiado para llevarla solo». El terapeuta ha pasado de lo visual a lo kines-tésícó;"~yi "á continuación, el hombre podría explorar su problema por vías mentales diferentes, lo cual

posiblemente le daría acceso a una gama más amplia de conexiones y asociaciones internas.

ANÉCDOTAS, PARÁBOLAS Y RELATOS

A lo largo de la historia se han utilizado anécdotas, parábolas y relatos para enseñar, embellecer, explicar, enriquecer, alentar el pensamiento creador y, a veces, para desconcertar. En este método, los rasgos significativos del argumento y las facetas de las relaciones entre los participantes o componentes del relato deben obtener una corres- pondencia analógica directa con los hechos y relaciones de importancia para el oyente, y con la situación de él o ella. La analogía puede usarse directamente para amplificar algo que el terapeuta quiere transmitir. Por ejemplo, en una terapia matrimonial la mujer se quejó de que el «malhumor» del esposo hacía la convivencia muy difícil. No tenía la menor esperanza de que el hombre pudiera cambiar de personalidad, y por momentos también desesperaba del matrimonio. En la discusión que siguió, descubrimos que la mujer era entrenadora de caballos, muy renombrada por su habilidad para trabajar con ejemplares difíciles. Se ladesafió a que pensara en el esposo como en un caballo difícil (ella dijo que en realidad era una muía). ¿Cómo abordaría esa situación? Respondió enseguida con una lista de los principios que utilizaba con los caballos: por ejemplo, ser coherente, no enojarse con el animal, basarse en cambios pequeños, etcétera. Con un poco de ayuda, llegó a ver de qué modo podía aplicar esos principios a su marido «difícil». Por otra parte, la analogía puede utilizarse de un modo más indirecto. La ventaja de usar anécdotas y relatos de esta manera consiste en que así se pueden eludir las «tendencias» mentales conscientes. Por ejemplo, una mujer abandonada muchos años antes por el esposo, había luchado para criar a dos hijos con dificultades de aprendizaje, un varón y una niña, que ya eran adolescentes y les faltaba poco para terminar sus estudios. A esta mujer parecía resultarle muy difícil tolerar cualquier signo de independencia en los jovencitos, aunque se había quejado interminablemente a una sucesión de terapeutas de que sus hijos no crecían ni actuaban con responsabilidad. Aparentemente, lo que ella más temía era que, habiendo sacrificado gran parte de su vida a educarlos y criarlos, ellos la abandonaran en cuanto fueran independientes. Como a

los miembros de esta familia les gustaban mucho los animales, hacia el final de una sesión el terapeuta les pidió consejo sobre su gata, que había dado a luz dos gatitos anormalmente débiles. Después los gatitos crecieron, se fortalecieron, y se los llevaron otras familias; la gata estaba inconsolable, y pasaba hora tras hora maullando, buscándolos por la casa. ¿Qué le aconsejaban? La hija contestó enseguida: «No la eche». La madre dijo: «Lo que ella quiere es mucho amor y seguridad». Cuando se sugirió que el problema podría tener algo que ver con el hecho de que la gata debió empeñarse más de lo normal en que sus dos crías eran débiles, la madre comentó: «Algunas de nosotras, las madres, a veces no queremos soltar a nuestros hijos». Al final de la sesión siguiente el terapeuta dijo que, para su sorpresa, no había necesitado hacer nada. Los gatitos, entregados a familias vecinas, habían vuelto en momentos distintos a visitar a la madre. Como si ya tuviera la seguridad de que la seguían amando, la gata se había calmado; de hecho, si se quedaban demasiado tiempo los empujaba a irse a sus propios hogares. El hijo observó: «De modo que ellos encontraron su propia solución». Una fotografía de la gata sirvió para que la familia prestara más atención a la historia que se les contaba. El empleo de ésta y otras metáforas le permitió al terapeuta explorar los temores de esta madre, el miedo a ser abandonada por sus hijos, una cuestión que habría negado y habría rehusado discutir en un sondeo más abierto. La analogía utilizada sugirió rasgos más optimistas, que no hubiera sido fácil introducir abiertamente. En este caso, el terapeuta nunca estableció explícitamente una conexión entre la anécdota y las cir- cunstancias de la propia mujer. Una joven sola de 25 años, con tres hijos de tres padres distintos, ^ llamó por teléfono considerablemente angustiada, pidiendo una cita urgente. Pero en la terapia, aunque aludió brevemente a haber pasado ; una infancia muy difícil y traumática, no presentó signos de malestar f ' ni indicación alguna de la razón por la que había solicitado una entre- | vista urgente. Cuanta más clarificación buscaba el terapeuta, más tran- \ quila y sosegada parecía ella. Los tres niños jugaban juntos en el sue- j lo, con toda tranquilidad.

/

De pronto, el terapeuta les preguntó si conocían el cuento de la patita fea. Lo habían oído en la escuela. El terapeuta se extendió en expli- i

caciones sobre el modo en que la patita fea había rodado de un lugar a otro, pensando que no existía ningún lugar para ella, y finalmente ; había deseado morir. A medida que el terapeuta hablaba, la mujer j comenzó a demostrar una zozobra creciente, y terminó gritando entre j lágrimas:

me esforcé tanto para que esta última relación no fra- / casara!». La

¡y «

sesión continuó como si, en lugar de haberse hablado á&S la patita fea, se hubieran estado examinando las experiencias de inseguridad y rechazo de la propia mujer. El cuento era lo bastante similar a sus propios traumas como para desencadenar una clara respuesta afectiva.

UTILIZANDO LAS APTITUDES NATURALES DEL CUERPO

Una mujer recurrió a la terapia porque padecía verrugas persistentes, localizadas sobre todo en las manos. Un dermatólogo la había tratado durante dieciocho meses, o se las extirpó con crioterapia. No obstante, este método tenía efectos secundarios desagradables* y las verrugas seguían reapareciendo. Pidió hipnosis, pues le habían dicho que de ese modo se curan las verrugas. Después de ayudarla a entrar en trance, el terapeuta le habló sobre las acequias utilizadas en Arizona para hacer llegar agua a las plantaciones, con una tubería para cada surco. Cuando se retiraba la tubería del surco, el sol del desierto quemaba las malezas, que eran más vulnerables que los cultivos. Del mismo modo, se le dijo, el cuerpo sabía regular el flujo sanguíneo y retirarles el riego sanguíneo a las verrugas, manteniendo viva la piel. Se le encargó la tarea de sumergir los pies en el agua más caliente que pudiera soportar durante quince minutos, y después reemplazarla por el agua más fría que tolerara, durante otros quince minutos. Con éstas y otras analogías (por ejemplo el proceso automático del rubor, el modo en que la sangre confluye en la zona digestiva después de comer, etcétera) se procuró ayudar a esta mujer a transferir su aptitud para modificar el flujo sanguíneo a la eliminación de las verrugas. Tres sesiones de este tipo de tratamiento bastaron para eliminarlas, y el seguimiento regular durante varios años indicó que no se había producido recu-rrencia.

Un hombre solicitó la ayuda de Milton Erickson por un dolor per- sistente en una pierna que le había sido amputada. La esposa informó que

ella tenía tinnitus (zumbido en los oídos). Erickson empezó la sesión hablándole a la pareja de su época del instituto, en la que había pasado una noche durmiendo en el suelo de una fábrica de calderas sumamente ruidosa. En el transcurso de esa noche, mientras dormía, había aprendido a no percibir el ruido de la fábrica; por la mañana, podía escuchar a los obreros conversando en un tono normal, algo que era totalmente imposible para él la noche anterior. Los trabajadores se sorprendieron, porque a ellos les había llevado mucho tiempo adquirir esa habilidad. Erickson dijo que él sabía que el cuerpo podía aprender con mucha rapidez. Siguió hablando sobre un programa de televisión que había visto la noche anterior, acerca de una tribu de nómadas de Irán que llevaban varias prendas de vestir superpuestas, bajo el caluroso sol del desierto, pero no parecían sentirse incómodos. A medida que la sesión avanzaba, contó diversas historias que ilustraban la capacidad de las personas para habituarse a cualquier estímulo constante de modo que, al cabo de un tiempo, aprendían a dejar de sintonizarlo. «Lo que la gente no sabe es que

puede perder ese dolor y ese zumbido en los oídos

creyendo que cuando uno tiene un dolor, debe prestarle atención. Y también crecemos creyendo que cuando tenemos zumbido en los oídos hay que seguir escuchándolo» (Erickson y Rossi, 1979, pág. 105). Una mujer fue derivada para el tratamiento de una «fobia al emba- razo». Se descubrió que antes había estado embarazada y al borde de la muerte varias veces durante y después del embarazo, debido al asma y la bronquitis. Ese mes se había atrasado su período, por lo cual estaba angustiada, y padecía dificultades concomitantes para respirar. Se le dijo que, a juicio del terapeuta, ella no tenía una fobia, sino un miedo realista, y se le sugirió la hipnosis para ayudarla a «respirar mejor». Después de inducir el trance, el terapeuta le recordó que probablemente tenía experiencia de la relajación muscular automática en un baño caliente. Sugirió una disociación corporal completa, así como levita-ción de la mano (las dos experiencias suponían control muscular automático). Se refirió a un anuncio televisivo de un medicamento para la respiración, muy difundido, que mostraba «tubos bloqueados» abriéndose, y los músculos que los rodeaban relajándose. Le dijo a la mujer que, ya antes, su cuerpo

Todos crecemos

había puesto fin a ataques de bronquitis y asma, de modo que, en razón de ésas y otras experiencias, sabía relajar los músculos bronquiales. La cliente concurrió a varias sesiones, experimentando un alivio significativo. También había descubierto que no estaba embarazada. Después de experimentar esa mejoría, ella y su esposo decidieron tener el otro hijo que deseaban. Visitó regularmente al terapeuta durante el embarazo (en busca de «inyecciones de refuerzo»), y no volvió a padecer ninguna de las anteriores dificultades respiratorias.

LA METÁFORA MEDIANTE LA ACCIÓN

Minuchin y Fishman describen de qué modo, en la terapia de una familia con una niña anoréxica de 14 años, el doctor Minuchin había

llegado a pensar cada vez más que los miembros de la familia utilizaban a

la jovencita para expresar muchas de las cosas que no podían o no estaban

dispuestos a decirse unos a otros. Minuchin le manifestó a la niña:

estás atrapada porque le dices a tu padre el tipo de cosas

que piensas que le quiere decir tu madre, y tú amplificas la voz de ella. Le estás diciendo a tu mamá el tipo de cosas que sabes que le dicen tu abuela y tu padre. De modo que en esta familia eres la voz de todos. No tienes una voz propia. Eres el muñeco del ventrílocuo. ¿Has visto alguna ! vez a un ventrílocuo? Siéntate en la falda de tu madre o de tu abuela. Sólo por un momento, siéntate en su falda. (Gina se sienta en la falda de la abuela.) Ahora dile a tu madre cómo tiene que cambiar, pensando como tu abuela (Minuchin y Fishman, 1981, págs. 132-138).

Gina,

Al pedirle a la niña que se sentara en la falda de la abuela y actuara como un muñeco de ventrílocuo, Minuchin produjo una metáfora brillante

y poderosa. Al elegir la falda de la abuela, formuló también un enunciado

enérgico sobre la estructura de la familia y el papel de esa abuela en su desarrollo. Aunque el libro no dice cuál fue el resultado de la intervención, resulta difícil imaginar que una experiencia tan dramática pudiera no haber tenido efecto en la familia.

Bodin y Ferber han descrito una visita al hogar, en el transcurso de la terapia, de una pareja «singularmente inexpresiva, sexualmente inhibida». Al ver un órgano en un rincón de la habitación, y descubrir que la mujer

estaba interpretando algo, aunque de un modo un tanto solemne y tímido, el terapeuta

manifestó sorprendido de que una mujer tan preocupada

por hacer bien las cosas no explorara sistemáticamente los efectos de

Se le pidió que

continuara introduciendo esos elementos adicionales, por turno, pero, en cada caso, sólo después de haber disfrutado plenamente la experiencia de dejar que sus dedos palparan el órgano mientras

saboreaba su tono

el terapeuta

cada tecla, en sí misma y en diversas combinaciones

se

(1972, págs. 297-298).

«una

Los autores dicen que

débil sonrisa,

mientras

hablaba, sugirió que ellos (la pareja) estaban escuchando entre líneas

».

TAREAS METAFÓRICAS

De Shazer describe una familia en la que madre e hija discutían continuamente, y el padre trataba siempre de ser «justo» con ambas partes. Se encargó a la familia que encontrara un lugar aislado, al que iban a dirigirse en silencio. Madre e hija se enfrentarían después en una lucha con pistolas de agua. El padre acarrearía el agua y tendría que decidir, con la mayor justicia posible, quién era la ganadora de cada asalto. La vuelta a casa también debía realizarse en silencio. A medida que la familia sentía más ganas de reírse ante el encargo, las disputas se fueron reduciendo, hasta que dejaron de constituir un problema (de Shazer,

1980).

De Shazer advierte que

familias pueden aceptar estas tareas aparentemente

absurdas cuando son metáforas de la pauta de la queja real, y están cuidadosamente diseñadas para que se adecúen a la manera de cooperar peculiar de esa familia. Cualquier signo de que la familia rechaza el encargo significa que el terapeuta no ha encontrado el

modo de cooperar de la familia, y que, por lo tanto, debe abordar la

intervención planeada

las

(de Shazer, 1980, pág. 475).

«HE CONOCIDO UNA FAMILIA QUE

»

Referirse a las experiencias de otras faraiilias, en particular aquellas que han logrado progresar con un problema semejante, ayuda a las personas a ver que no son las únicas que tienen dificultades, y también estimula la esperanza cuando ya han fracasado otras formas de aliento y reafirmación. A veces el terapeuta, revelando aspectos de sus propias experiencias o de las experiencias de su familia, puede introducir nuevas conexiones para sus clientes, aunque debe tener cuidado de que éstos no lo experimenten a él como jactándose de un modo que subraya la sensación de fracaso de esas personas con problemas. A veces, un relato sobre la estructura de otra familia o sus experiencias menos exitosas incita a los clientes a demostrar con sus actos que el terapeuta se equivoca si da por sentado que ellos van a ser como los protagonistas del cuento. Finalmente, muchas de las acciones del terapeuta portan también mensajes metafóricos, haya sido la intención deliberada ó inconsciente. Por ejemplo, en un nivel básico, el modo en que él o la terapeuta visten, en que está ordenado y decorado el consultorio, las fotografías, certificados o cuadros colgados de las paredes, la manera en que el profesional se presenta y aborda al cliente individual o la familia, llevan mensajes potenciales que pueden influir en la experiencia que se tiene del contacto con él.

La metáfora permite que los terapeutas aborden dimensiones

úni-

cas del sistema, acrecentando así las probabilidades de conexión con /

aspiraciones y dificultades que están fuera de la percepción consciente /

La metáfora hace más elegante e interesante el proceso de

^ aprendizaje, libera a las personas para que respondan de modos que sien-i ten adecuados para ellas, incluso modificando o rechazando una pauta ! sugerida. Lo mismo que en los otros procedimientos terapéuticos, el uso ¡ de la metáfora en el trabajo con las pautas le permite al terapeuta ade-| cuar la experiencia terapéutica a las necesidades de su cliente (Combs \_y Freedman, 1990, pág. 85).

del cliente

12. LAS INTERVENCIONES PARADÓJICAS

«Creo que iremos a conocerla», dijo Alicia, pues, aunque las flores eran bastante interesantes, le parecía mucho más maravilloso conversar con una verdadera Reina. «Es posible que no puedas hacer eso», dijo la Rosa. «Te aconsejo que vayas en sentido contrario.» Esto le pareció insensato a Alicia, de modo que no dijo nada, pero de inmediato se dirigió hacia la Reina Roja. Para su sorpresa, la perdió de vista en un momento, y se encontró caminando de nuevo junto a la puerta principal. Un poco irritada, retrocedió y, después de buscar por todos lados a la Reina (a la que finalmente descubrió muy lejos), pensó en hacer la prueba de caminar en la dirección opuesta. Tuvo un éxito maravilloso. Aún no había andado ni un minuto cuando se encontró cara a cara con la Reina Roja, y con una visión plena de la colina, a la que durante tanto tiempo había aspirado.

A través del espejo, LEWIS CARROLL

Las intervenciones paradójicas han fascinado a muchos terapeutas, les han planteado dilemas éticos a algunos, y han enfurecido a otros. En este capítulo consideraremos brevemente la historia de su uso, examinaremos algunas de sus conceptualizaciones, y también expondremos lo que pensamos ahora sobre este enigmático modo de intervenir. Son muchos los diversos enfoques terapéuticos (por ejemplo, el existencia!, el conductista, el psicoanalítico, el interaccional y el estra- tégico) que han utilizado las intervenciones definidas como paradójicas y, en general, cada uno de ellos tiene su propia teoría acerca de la justificación y el funcionamiento de estos métodos. Watzlawick y otros han definido la paradoja como "«una contradicción que se sigue de una deducción correcta a partir de premisas coherentes» (1967, pág. 188). No es nuestra intención explorar su naturaleza formal. Sin embargo, en el

nivel pragmático, en lo que concierne a la terapia, la paradoja supone una comunicación explícita o implícita, pero clara, dirigida a un cliente e insertada en otra comunicación enmarcadora que la contradice, de modo que se produce un dilema. Para obedecer a una de las comunicaciones hay que desobedecer a la otra. Por ejemplo, Watzlawick y otros señalan que la paradoja más común de la comunicación humana es el requerimiento de que otra persona (o uno mismo) produzca una cierta respuesta emocional, actitudinal o conductual que, por otro lado, sólo será posible si aparece espontáneamente. Por ejemplo: «Me gustaría que quisieras ser más independiente». La comunicación clara de «ser espontáneo» está insertada en una comunicación enmarcadora igualmente clara que reclama obediencia (pág. 199). Estas dos comunicaciones, juntas, sólo pueden producir confusión o parálisis, a menos que el sujeto del requerimiento pueda señalar la naturaleza irresoluble de la situación (por lo general, cuanto más difícil es la acción de que se trata, más dependiente, insegura o amenazada se siente la persona en la relación), o encuentre algún modo de abandonar el campo (a veces esto es extremadamente difícil, y otras casi imposible). A menudo, las técnicas paradójicas han sido confundidas con (o consideradas sinónimos de) la confrontación o el desafío. Hay una con- frontación o desafío cuando se espera que el cliente responda de modo directo, motivándose para demostrarse a sí mismo, demostrarle al tera- peuta o a alguna persona o personas, que cierta dificultad puede enfren- tarse o vencerse, que el otro está equivocado, o que nadie va a darle órdenes. Todas estas técnicas envuelven una comunicación directa, incluso quizá provocadora, por parte del terapeuta, pero no una comunicación paradójica. ^j. Las técnicas paradójicas en la terapia pueden definirse como las intervenciones en las que el terapeuta, con ánimo de ayudar, parece promover la continuación o infuso el empeoramiento de los problemas) en lugar de su revisión. Se inserta un mandato claro de mantener o empeorar un problema, o de hacer más lenta alguna mejoría, en una igualmente clara comunicación enmarcadora que define el contexto como destinado a ayudar a resolver el problema. Se ha informado que este método tiene éxito con síntomas tales como las fobias y las obsesiones (Frankl, 1970), los tics (Yates, 1958), los celos en las parejas (Teismann, 1979), los dolores de cabeza (Gentry, 1973), las rabietas (Breunlin y otros, 1980), la anorexia y la encopresis (Palazzoli y otros, 1974), y con las familias de los «esquizofrénicos» y las «anoréxicas» (Palazzoli y otros, 1975, 1978).

Se puede considerar que el empleo de técnicas paradójicas data casi de principios de siglo (aunque probablemente es muy anterior). Mozdzierz, Maccitelli y Lisiecki han demostrado que muchas de las técnicas de Alfred Adler tenían una intención paradójica (Mozdzierz y otros, 1976), En la década de 1920, Dunlap desarrolló un enfoque denominado «práctica negativa», que involucraba, precisamente, la práctica activa de síntomas tales como comerse las uñas, el tartamudeo y la enuresis en condiciones prescritas, con la intención de que estos hábitos cesaran (Dunlap, 1928, 1930). En los años 30, Frankl desarrolló la técnica de la «intención paradójica», en la cual se estimulaba a pacientes fóbicos u obsesivos a

tratar de provocar sus síntomas, en lugar de evitarlos (Frankl, 1969,1970).

A principios de la década de 1950, trabajando con psicóticos agudos,

Rosen los incitaba a actuar o a representar sus estados psicóticos más floridos y, posteriormente, despué