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La vivencia corporal como elemento de masculinidad cinegética: una reflexión etnográfica sobre la caza a través del cuerpo del cazador.

Roberto Sánchez Garrido Profesor-Tutor Antropología Social y Cultural UNED-Centro Asociado de Elche rsanchez@elx.uned.es

1.

Introducción

La vivencia del cuerpo como elemento definitorio de acciones y experiencias aparece dentro del discurso con el que una parte significativa del colectivo cinegético justifica el hecho de la predominante composición masculina dentro de la caza. El discurso que prima la exigencia física como condicionante a la presencia o no de mujeres en las distintas modalidades de caza está extendido y aceptado. La dureza de andar por el monte, levantarse cuando todavía no ha salido el sol, cargar con el arma y el morral, etc. se presuponen acciones de fuerza destinadas únicamente a hombres. A las mujeres se les entiende dentro de otras modalidades menos “exigentes” físicamente, y de más reputación social, como los ojeos de perdiz o las monterías. Detrás de estas opiniones se encuentra toda una compleja trama de construcciones de género y el esencialismo del origen mismo de la humanidad: la caza 1 . Detrás de muchos discursos cinegéticos aparece la justificación atávica: se es cazador porque se activa una especie de resorte albergado en algún reducto del cerebro y originario de los primeros tiempos de la humanidad en la que el ser humano necesitaba de la caza para su subsistencia. Y ese cazador era hombre, no mujer, era el que aportaba proteínas animales al grupo, el que arriesgaba su vida en expediciones de caza, el que acechaba a los animales y el que inventaba técnicas sofisticadas para atraparlos. El hombre desarrollaría por tanto ese instinto, que permanece y se hace presente a lo largo de los siglos, independientemente del momento o clase social, y que depende de una especie de activación cerebral del depredador, de la “fiebre” de la caza, como señala Bertrand Hell, y que en el caso de los hombres no-cazadores no se activa, por distintas circunstancias, y en el caso de las mujeres, está ausente. Pero, no es menos cierto que existen mujeres cazadores, y que son integradas dentro del grupo, pero también no es menos cierto que lo hacen bajo las normas y el ambiente masculino. En estos discursos al hombre se le atribuyen una serie de cualidades, físicas y mentales, que para la actividad cinegética le facultan frente a la mujer. A ella se le atribuyen estereotipos como la delicadeza, sensibilidad, menor fuerza física, carácter maternal, dulzura, erotismo, etc. Al contrario, el hombre se define por oposición, marcando las diferencias y por tanto definiendo su identidad. Ante esta serie de atributos es complicado que la mujer acceda a una actividad donde domina la fuerza y resistencia física, la violencia, el peligro y la muerte, entre otras cuestiones. La caza se constituye, por tanto, como una actividad fundamentalmente masculina. A ello se puede unir el discurso atávico de considerar un instinto indomable que provoca la salida al monte, transmitido genéticamente por vía masculina y que se remonta a los primeros cazadores paleolíticos.

1 El trabajo de campo se desarrolló durante cuatro años entre varios grupos de cazadores, en distintas modalidades de caza y en distintos lugares del país. El resultado final de la investigación dio como fruto la tesis doctoral del autor defendida en la Universidad de Murcia en el año 2008.

Junto a estas consideraciones, el cuerpo en la caza, el cuerpo masculino cinegético, se manifiesta en la sociabilidad del grupo, en el valor, en la mención a los atributos sexuales masculinos, y en la relación establecida con el animal, tanto como herramienta (en el caso de los perros o de los reclamos de caza) o como pieza de caza (perdiz, jabalí, becada, etc.). Cazador y animal, cazador y presa, se funden en el momento del lance y en el cobro, en un momento donde más allá de las interpretaciones sociologizantes, aparece la condensación existencial, emotiva, que, no hay que olvidar, rodea la experiencia individual de la caza. Simbólicamente, el cazador y la pieza se unen en las caricias postmortuorias a la perdiz, en la castración del jabalí, y también en el recuerdo y relato del lance, en la visibilización de la tan ansiada imagen o en la caricia al perro becadero. La experiencia corporal, o al menos esa es la hipótesis sobre la que va a trabajar el texto, está presente, siendo importante la imagen que del cuerpo y sus acciones tiene el cazador, como eje interpretativo del contenido de su actividad, aunque también hay que señalar que éste es sólo una parte más de una variabilidad a tener presente a la hora de una interpretación global.

2. Apuntes teóricos

Los estudios sobre cuerpo y cultura se han desarrollado de forma significativa en las últimas décadas, en muchas ocasiones asociados a los estudios sobre género y sexo, y al influjo del pensamiento de Foucault. La entrada del cuerpo en las ciencias sociales, como señala Velasco (2007) siguiendo a Blacking, ha permitido establecer unas premisas básicas sobre su importancia, considerándolo como una “fundamental categoría unificadora de la existencia humana en todos los sentidos y niveles: cultural, social, psicológico y biológico” (Velasco, 2007: 52). El cuerpo, en su importancia analítica, pasa de tener una condición individual y biológica para entenderlo en su dimensión social y cultural. Este es el gran avance que convierte al cuerpo en variable y en objeto de estudio para las ciencias sociales, el paso de la objetivización a la subjetivización cultural, abriendo el campo interpretativo a los datos etnográficos recogidos hasta el momento y a los trabajos de campo posteriores 2 . El interés por el cuerpo desde la antropología, hasta los años setenta, vino dado por las etnografías realizadas entre comunidades no occidentales, donde se encontraron vivencias corporales que sobrepasaban lo conocido en sus culturas de origen, o más bien, lo analizado en ellas, con una fuerte carga simbólica que fue centro de atención de estos estudios 3 . A partir del nacimiento de la antropología feminista, al abrigo del movimiento feminista y, como se ha dicho, de la obra de Foucault, el cuerpo es tomado como un

2 “El punto básico de esta concepción es el inextricable carácter social del cuerpo humano enlazado con todas las dimensiones material, fenoménica, biológica, psicológica y cultural” (Velasco, 2007: 53) 3 “Finalmente, la antropología, más que la sociología, desarrolló una teoría del cuerpo (o, al menos bastante interés en la investigación del cuerpo), ya que en las sociedades premodernas el cuerpo es una superficie importante en la que las marcas de condición social, posición familiar, afiliación tribal, edad, sexo y condición religiosa pueden exponerse fácil y públicamente. Mientas que la exhibición corporal es el caso claro de las sociedades modernas (vestido, posturas, maquillaje), crucial para mostrar bienestar y estilo de vida, en las sociedades premodernas el cuerpo era un objetivo más importante y ubicuo para el simbolismo público, a menudo por medio de la decoración o tatuaje (Brain, 1979; Polhemus, 1978). El uso del simbolismo del cuerpo puede asociarse también al hecho de que en las sociedades premodernas las diferencias de condición, de naturaleza atribuida (entre cohortes de edad y sexos), eran más rígidas y obvias. El rito del tránsito entre los diferentes rasgos sociales iba indicado, a menudo, por la transformación ritual del cuerpo, relacionado con alguna mutilación. Mientras las sociedades contemporáneas cuanto con rituales que emplean claramente el cuerpo como mecanismo para mostar algún cambio de status, por ejemplo en ceremonias de degradación (Garfinkel, 1956), dicho ritual generalmente no prevalece tanto o es menos importante en las sociedades urbanas industriales contemporáneas” (Turner, 1994: 15)

elemento fundamental para la investigación sociocultural, no sólo en las comunidades no- occidentales sino también en los propios lugares de origen de los investigadores 4 . Como señala Velasco (2007), Mary Douglas aportó desde la antropología simbólica una reflexión imaginativa en relación al cuerpo, y a la diferencia y relación entre el cuerpo social y cuerpo físico. Douglas planteó que “el cuerpo social condiciona el modo en que percibimos el cuerpo físico. La experiencia física del cuerpo, modificada siempre por las categorías sociales a través de las cuales lo conocemos, mantiene a su vez una determinada visión de la sociedad” (Douglas, 1978: 89). Más que dos cuerpos, como defiende Velasco, Douglas habla del cuerpo físico y de su metáfora social, iniciando la idea de pluralidad de los cuerpos, que será desarrollada por Scheper-Hugues y Lock. Los tres cuerpos propuestos, el cuerpo individual, social y político, han abierto interesantes caminos. El cuerpo individual se comprende “en el sentido fenomenológico de experiencia vivida del cuerpo-uno mismo”. El cuerpo social “se refiere a los usos representacionales del cuerpo como símbolo natural con el que pensar sobre la naturaleza, la sociedad y la cultura”. Finalmente, el cuerpo político “se refiere a la regulación, vigilancia y control de los cuerpos (individual y colectivo) en cuanto a la reproducción y la sexualidad, en cuanto al trabajo y al ocio, en cuanto a la enfermedad y las otras formas de desviación y de diferencias humanas”. Foucault le otorgó a la reflexión sobre el cuerpo una importancia fundamental dentro de los estudios sociales. Una de sus aportaciones sobre el espacio del cuerpo defiende que es en ese espacio donde se ejercen las fuerzas de represión, socialización, disciplina y castigo. Partiendo de aquí, se puede considerar que el cuerpo del cazador se construye dentro de unos códigos compartidos culturalmente, con unas actitudes pautadas que establecen una comunicación entre sus miembros, y que son fundamentales en los procesos de creación y socialización del cazador, vinculado a ello se puede atender al marcaje realizado al cuerpo sexuado, con la repetición de estereotipos donde se ubican y asignan las competencias formales de género. El cuerpo en la caza resume su vivencia personal, la representación social del mismo en lo que se podría denominar masculinidad tradicional, y asociado a sendas concepciones el cuerpo político, sirviendo de alguna forma de vigilancia y control de una actividad que en su base conceptual viene acotado por una fuerte carga de representatividad social, poder y masculinidad, que ha seguido reproduciéndose, con mayor fuerza, en el momento en el que la caza se convierte en una actividad “recreativa”. No sería justo quedarnos sólo en esta impresión, que redundaría en trillados estereotipos sobre la caza, sino que es una interpretación más que se une a un complejo marco donde el componente “existencial”, “creativo”, se imbrica en el aspecto “recreativo” mencionado.

4 “Con el crecimiento de la popularidad de Foucault, el renacimiento del interés en Nietzsche y la continua importancia de Heidegger, en recientes años ha habido un torrente de libros sobre el cuerpo. No podemos entender este desarrollo en la teoría social sin algún análisis de los amplios cambios sociales que han situado al cuerpo en un lugar prominente. En esta discusión introductoria consideramos un elevado número de cambios sociales que nos ayudan a entender, o al menos a situar, los avances actuales en la teoría social. Estos cambios incluyen el crecimiento de la cultura de consumo en el período de postguerra, el avance del postmodernismo en las artes, el movimiento feminista y, finalmente, lo que Foucault (1981) ha llamado “biopolítica” (en la que incluiremos los cambios demográficos en la estructura de las poblaciones con el envejecimiento de las sociedades industriales, la crisis del SIDA y la corrupción política).” (Turner, 1994:

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3.

Lo masculino y femenino cinegético

La hipótesis que trabaja la comunicación se basa en que la percepción corporal determina los discursos construidos alrededor de la justificación del predominio masculino de la caza. Para llegar hasta aquí, o tal vez, para empezar desde aquí, hay que desarrollar previamente algunos elementos que caracterizan la complejidad que tiene el estudio etnográfico de la caza. Por distintas razones, la caza actual es una actividad sujeta a polémica fuera de ella, lo que implica una justificación de sus practicantes hacia el exterior, y de alguna forma una justificación interna, que da sentido a una práctica que hoy en día parece no tenerla. Detrás del término “caza” y “cazador” se esconde una complejidad de conceptos e identificaciones. No existe una respuesta única a la pregunta ¿qué es la caza? dentro del mismo colectivo de cazadores, aunque sí que aparecen una serie de nexos comunes. Junto a la consideración de afición, diversión, gestión natural, deporte, etc. la caza representa en su concepto algo más. Nos enfrentamos a una polisemia que va más allá de la definición del diccionario de la RAE: “buscar o seguir a las aves, fieras y otras muchas clases de animales para cobrarlos o matarlos”. Esta definición se basa en el acto de la caza, pero obvia la globalidad del tema, en el que hay que incluir elementos de socialización, categorización y simbolización reproducidos entre los cazadores. Siguiendo las oportunas anotaciones del profesor Enrique Couceiro sobre la profundidad conceptual de su definición, hay que tener en cuenta la polisemia de los términos “caza” y “cazador”, que actúan como una proyección simbólica, dependiendo de los contextos discursivos y de acción donde son sacados a colación. ¿A qué se debe que existan pocas mujeres cazadores? ¿Qué importancia tiene la vivencia del cuerpo en justificar internamente la poca presencia de la mujer? David Le Breton defiende que "el cuerpo es una construcción simbólica, no una realidad en sí mismo. No es un dato indiscutible, sino el efecto de una construcción social y cultural". En esta construcción destaca como el cuerpo tiene un componente fundamental asociado a la identidad personal y también colectiva. Sobrepasando la mera individualidad, el cuerpo refleja aquello que representa a un grupo o que determina de alguna forma las cualidades propias para pertenecer a ese grupo. El cuerpo tiene ese alto componente simbólico y también de mutabilidad, porque va a variar su significado en la medida del contexto en el que se desarrolle, contexto social, geográfico y también significativo, adaptándose al momento y mutando, o al menos, adecuando la identidad personal y colectiva en cada caso. El cuerpo, por tanto, deja de ser algo natural, algo dado, algo biológico, para convertirse en un elemento cultural y fenomenológico. A través de la experiencia corporal, de la toma de conciencia del cuerpo, se construyen discursos, justificaciones e imágenes que sirven como ruta de actuación y justificación vital. El proceso de aceptación total o de crítica y revalorización de la endoculturación es el movimiento vital necesario del individuo y la sociedad, que no obstante tiene fuertes mecanismos sutiles y coercitivos para mantener la disciplina, represión y lugar estereotipado de los cuerpos y por tanto del orden social. En el ambiente cinegético, la casi total presencia masculina, el porcentaje de mujeres cazadores es mínimo, plantea una pregunta de origen. Hay que partir de la expresión repetida por varios informantes: “las chicas no cazan”. En primer lugar hay que detenerse en el proceso de la socialización del cazador, en la transmisión del conocimiento y en por qué a alguien, normalmente desde niño, se le involucra en el ambiente cinegético. El conocimiento y la acción cinegética presentan una transmisión donde es fundamental la socialización familiar. En la mayoría de ocasiones es este referente el que introduce y forma en sus comienzos al futuro cazador. El varón, generalizando a partir de

los datos obtenidos y de las evidencias del trabajo de campo, es en la mayoría de ocasiones el receptor del conocimiento cinegético. La mujer queda al margen y son pocos los casos en los que aparece en el contexto de la cacería como un cazador más, siendo más habitual, como por ejemplo en las monterías, su papel de acompañante. La caza se convierte en una actividad masculina, más que por el hecho en sí por la transmisión que de ella se hace. Los hombres son los encargados de realizar los actos “breves, peligrosos y espectaculares” (Bourdieu 2000: 55), mientras que a la mujer se la considera menos capacitada para la realización de los mismos. La masculinidad, no obstante, como demuestran numerosos estudios etnográficos, no puede considerarse como una definición cerrada y universal, sino que aparece una variabilidad conceptual tanto intracultural como intercultural. ¿Cuál es el modelo de masculinidad que por lo general aparece en el colectivo cinegético? Desde la década de los ochenta, con precedentes anteriores, se han desarrollado dentro de la antropología y de las ciencias sociales en general, un interés cada vez mayor sobre el estudio de las masculinidades. Para el caso que nos ocupa, encontramos momentos de exacerbación de un determinado tipo de masculinidad y una construcción de la misma a partir de un modelo hegemónico, heterosexual y reproductor. El hombre como actor del espacio público, y la mujer en la esfera de lo doméstico, podría considerarse como un punto de partida de análisis. La caza no es únicamente una necesidad atávica, instintiva, sino que tiene un componente de sociabilidad desarrollado fuera del espacio privado, también fuera de la cotidianeidad laboral y familiar, que viene marcado por la propia división sexual del trabajo, que marcaría un tiempo de ocio cargado de significaciones donde el hombre establecería sus relaciones. Este hecho, evidentemente, ha ido modificándose con el paso del tiempo, pero puede tenerse como una de las razones, entre otras, para que el componente masculino domine en la caza. En ese espacio público se desarrollan relaciones donde se reproducen construcciones alrededor de aspectos sociales, económicos y de prestigio del hombre frente a sus iguales, y que determinan en parte la situación y la valoración que sobre ellas se van a hacer. El ambiente de la caza reproduce la complejidad sociocultural de su contexto, siendo una actividad plurisignificativa en el sentido que en ella se pueden documentar desde aspectos intelectuales sobre la condición de cazador, intereses económicos, intereses políticos, demostraciones de clase, prestigio, etc. hasta mera tradición y ocio. En ese dominio del espacio público por el hombre, y con un carácter tan masculino, la mujer encuentra una barrera que es difícil de superar, no tanto por la oposición que puede encontrar explícitamente por los cazadores, sino por el ambiente mismo, que hace difícil su integración. La masculinidad hegemónica tradicional ha creado su identidad a partir de su oposición a lo que se considera ser mujer. Las crisis de la masculinidad que destacan distintos autores se atenúa de alguna forma en el ambiente cinegético, donde si bien se vive de acuerdo con la realidad del momento, y no se obvia la no consideración como cierta del “hombre macho”, se mantiene tanto en ambiente como en las palabras y conversaciones esa idea tradicional de hombre. El hombre tiene toda una serie de cualidades, físicas y mentales, que para el caso cinegético le facultan frente a la mujer. A ella se le atribuyen estereotipos como la delicadeza, sensibilidad, menor fuerza física con relación al hombre, carácter maternal, dulzura, erotismo, etc. al contrario, el hombre se define por oposición, marcando las diferencias y por tanto definiendo su identidad. Ante esta serie de atributos relacionados con la mujer, es complicado que acceda a una actividad donde domina la fuerza y resistencia física, la violencia, no hay que olvidar el juego vida-muerte que conlleva la caza, el peligro y la muerte, entre otras cuestiones. La caza se constituye por tanto en una actividad fundamentalmente masculina. A ello se puede unir el discurso atávico de considerar un instinto indomable el que provoca la

salida al monte, transmitido por vía masculina y que se remonta a los primeros cazadores paleolíticos. Dentro del grupo de cazadores, a partir de los elementos socializadores y sociabilizadores, se construye un determinado tipo de identidad masculina que es aceptado, al menos, en el contexto de la cacería, lo que no implica que varíen o puedan variar fuera de ella.

Hay características que se repiten en los distintos grupos de cazadores estudiados durante el trabajo de campo en relación a la presencia de la mujer en la actividad cinegética:

- Escasa presencia femenina. Cuando aparece lo hace normalmente asociada a la caza mayor, principalmente en monterías. En caza menor es muy poco su número, salvo en ojeos, y prácticamente nula en caza al salto o en mano.

- En la transmisión familiar las niñas no entran dentro del proceso cinegético. Es algo obvio entre los cazadores, se socializa al niño pero en general no ocurre lo mismo con las niñas. Se recogen opiniones del estilo que a las niñas no les gusta el campo, madrugar, andar, pasar frío, es demasiado duro para ellas, sin embargo cambia la percepción cuando es niño, al ser algo propio de su condición.

- Las jornadas de caza suponen un espacio y tiempo de separación, con una convivencia entre iguales, donde la imagen de la mujer, como compañera y/o compromiso, se diluye, retomando una identidad compartida, con unos códigos determinados y con un período liminal en el que se separan de la cotidianeidad 5 .

- Se habla de conflictos debido a la caza. El tiempo de descanso de parte del año se dedica a la caza, lo que supone para algunos un problema constante en el seno de su pareja.

- A pesar de que la mujer como tal no está presente en la mayoría de ocasiones, el lenguaje femenino es característico en muchas expresiones y conceptos cinegéticos. Desde el perro a la perdiz, el cazador utiliza lo femenino para referirse a aquello que asimila con el estereotipo: belleza, dulzura, sensibilidad… al contrario, lo masculino tiene también su correlato en expresiones cercanas al valor, la fuerza o la nobleza.

La fuerza física, la violencia, la muerte violenta, la sangre, son construcciones culturales asimiladas al varón, desde un prisma contextual. La mujer también participa, y ha participado, de estos elementos; cabe el ejemplo de los animales de corral, a los que la mujer ha alimentado, ha matado, usando para ello la fuerza física, la violencia o la utilización de elementos que podrían ser considerados como armas. La sangre está presente en estos actos, incluso, en muchos casos, son las mujeres de los cazadores las que avían las piezas de caza. Por lo tanto, no es el acto en sí, es la construcción que de él se realiza la que lleva a apartar a la mujer de los aspectos socializadores de la caza. Hay que tener presente, por otra parte, el prestigio asociado a las prácticas cinegéticas, dependiendo de su ubicación cultural. Los grandes guerreros y grandes cazadores han tenido en muchas culturas un status social destacado, por encima no ya de las mujeres sino también de los propios hombres. En el caso occidental, y en la práctica actual, puede quedar un lejano eco

5 La pareja de uno de los cazadores con los que se ha compartido jornadas de caza definía la percepción que tiene sobre la caza y el hecho de que la mujer no se integre en ella:

“Yo pienso, por ejemplo, que es un deporte un poco machista, pero también así se separan un poco de la mujer, son hombres solos, con las groserías que dicen los hombres, hablan de lo que les gusta a los hombres, de las mujeres y todas esas cosas, yo creo que por eso es más machista, por eso, es su mundo, es el mundo de ellos y por eso están un rato, están hasta el mediodía o están hasta la noche, y se olvidan, se olvidan de las mujeres y se olvidan de todo”. (No cazadora, 1 de mayo de 2005)

de esto; es decir, la caza como actividad de prestigio social destinada al hombre. En determinadas modalidades de caza, y en determinados contextos, la caza no es más que un vehículo de comunicación de relaciones de poder, social, político y económico, donde participan tanto varones como mujeres, comprendiendo la predominancia de los primeros en relación con todo lo dicho anteriormente y por la estratificación sexual del trabajo y del poder en las sociedades occidentales. Partiendo de todas estas consideraciones se puede vislumbrar, de forma provisional, alguna de las razones por las que la mujer no se socializa desde niña en la actividad cinegética. Al igual que los varones acompañan a sus padres o familiares desde temprana edad, a las niñas no se les presenta esa idea. El niño, como varón, está preparado para la rudeza, mientras que la niña, toda sensibilidad y dulzura, debe dedicarse a otros menesteres. Este discurso, que podría considerarse como superado, sigue presente dentro de nuestra sociedad, envuelto de una u otra forma, y no sólo en actividades consideradas como “machistas”, sino en muchos otros aspectos de la cotidianeidad. Por parte del grupo no hay un rechazo a la presencia femenina, pero no se considera que ésta pueda integrarse completamente dentro de la caza, y los casos que se dan son considerados más como una excepción que como una norma. La división sexual del trabajo se convierte en una división sexual del “ocio”, si se entiende la caza de esta forma. Se reproduce un “orden de las cosas”, que ha marcado y marca la estructuración social de los sexos. Hay una categorización de lo “natural”, de lo “normal”, con unos roles asignados a cada sexo. El sexo biológico sirve de base para la adscripción de un sexo social, que influirá en la asociación a un género determinado: masculino o femenino. La socialización se realizará a partir de este hecho, la educación, el aprendizaje, comenzará a partir de aquí.

4.

Conclusión

La percepción y vivencia del cuerpo aparece en su aspecto físico como un elemento justificativo fundamental explicativo por parte del cazador. Al hombre se le atribuyen unas cualidades físicas, que parten de la biología, que lo hacen más apto para la caza. En los discursos de los informantes aparecen palabras como resistencia, fuerza, dureza, peligro, etc. que se asocian al hombre. La mujer no tendría estos atributos tan desarrollados para la caza. La vivencia del cuerpo, su conceptualización, está determinando de alguna forma qué actores pueden asumir el rol cinegético, condicionado no por su modelado físico sino por su biología sexual, e incluso, por su condición sexual. El cuerpo se convierte en disciplina, la impuesta por la propia actividad, y de socialización, así como de identidad para el colectivo. La masculinidad cinegética está relacionada con el cuerpo y con su vivencia, en oposición, en actitud y lugar, a la construcción de la feminidad, a la que se otorgan características que la alejan de la caza, y que remiten a un origen atávico, y de ahí a una división sexual del trabajo, que se reproduce en este caso en un ámbito “recreativo”. Esta división implica asimismo el espacio, las relaciones y la representatividad social. No obstante, aparecen mujeres dentro de la venatoria, incluso en sus estratos políticos, como la presidenta de la Oficina Nacional de la Caza. También es significativo que en las modalidades más “populares”, la caza menor a mano o a salto, o en las batidas de jabalíes, esperas o recechos, tienen una presencia escasa, aumentando en ojeos y monterías. Estas dos últimas modalidades son las más “prestigiosas”, a nivel representativo y económico, dando a sus participantes un cierto status. También son tal vez las menos exigentes físicamente, por lo que nuevamente aparece el esfuerzo físico como nota común. Otra presencia femenina es la de acompañante, principalmente en monterías, casi más numerosa que como cazador. A lo largo del trabajo de campo no ha habido reticencias a la presencia

femenina, tal vez por su poco número o por la inmutabilidad de la premisa “las chicas no cazan” o “la caza es cosa de hombres”. La fuerza física, el peligro, la audacia y la cooperación entre individuos, no hay que olvidar el trabajo colectivo que significa la caza, se asimilan al varón, creando un discurso cerrado y redondo, que sirve para justificar la escasez de mujeres. El cuerpo, su percepción social, es uno de los elementos justificativos, el hecho físico, formando parte de una construcción cultural interiorizada dentro del colectivo.

5.

Bibliografía

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