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Negocios Internacionales Curso de Comercio Internacional 2008 A

La economía internacional en la era de la globalización.

¿Es necesario, a principios del siglo XXI, tratar de justificar la relevancia o la utilidad de entender, interpretar o analizar la economía internacional? En la actualidad, no sólo los especialistas sino el conjunto de la ciudadanía y de la opinión pública son perfectamente conscientes de la importancia de la dimensión internacional de la actividad económica. No sólo de las vertientes comerciales o financieras más tradicionales, sino también de las implicaciones sociales y políticas, que frecuentemente plantean aspectos conflictivos, desde los temas de deslocalización de empresas y empleos o la sostenibilidad del estado del bienestar en los países industrializados hasta la explotación de recursos y el impacto

sobre las posibilidades de desarrollo de los países

emergentes
emergentes

o en desarrollo. Los debates

acerca de las causas y consecuencias de esta creciente internacionalización de la actividad

económica han alcanzado con la problemática de la denominada globalización -aunque

seguramente «mundialización» sería un término más adecuado en nuestro ámbito lingüístico- un grado de controversia que desborda los libros de economía para convertirse en uno de los temas de referencia ineludibles -desde muchos puntos de vista «el» tema de referencia-

para analizar y valorar la época histórica en que vivimos. Ciertamente,

la globalización

supone un grado de internacionalización de la actividad económica

 

-

en el comercio

internacional, en las finanzas internacionales, en la movilidad de inversiones, en las

posibilidade

s de difusión tecnológica, etc.-

que realmente supera cualquier precedente histórico.

Pero también los debates sobre globalización se refieren a las amplias

consecuencias que

esta internacionalización económica tiene sobre todos los ámbitos de la vida colectiva de la

humanidad -

 

las personas y las naciones

-

cuyas «reglas del juego» sociales y políticas se

ven alteradas con profundidad.

 
 

La globalización incluye la constelación de que

en nuestra vida cotidiana los artículos de

fabricación extranjera están mucho más presentes que nunca en la historia.

Sí repasamos

nuestras compras cotidianas nos sorprenderá solo relativamente constatar el elevado por- centaje que llega a nuestra vida a través del comercio internacional. Buena parte de los elec- trodomésticos que tenemos en casa, muchas de las prendas de vestir, de los artículos de ocio como música o bebidas, de las cuentas de correo electrónico, etc., llegan a nuestro uso a través de transacciones internacionales, en todo caso en un volumen mucho mayor que hace una generación y no digamos que hace dos. Un sencillo experimento doméstico se lo con- firmará: piense en los diversos artículos que tiene usted en su hogar (electrodomésticos, ropa, muebles, etc.) y trate de calcular qué porcentaje representan los artículos fabricados en el extranjero —es decir, los que han llegado a su domicilio a través del comercio interna- cional. ¿Qué cifra obtiene? ¿El 40% o el 50%? ¿Incluso más?

Le sorprenderá este indicador «personal» de apertura, especialmente si lo compara con el que se habría obtenido en promedio en un hogar de su país hace apenas treinta o cincuenta años.

También los flujos de inversión hacen que un paseo por cualquier

zona industrial

o también

de forma cada vez más importante de servicios, incluidos los financieros y de seguros de

cualquier país del mundo revele una creciente

presencia de inversiones extranjeras

. Por oirá

parte, cualquier persona o familia con una hipoteca a tipo de interés variable sabe ya que el

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coste de esta importante partida del gasto familiar se ve afectado por decisiones sobre tipos

de interés que se adoptan a menudo fuera de las fronteras nacionales. No se traía sólo de los

tipos de interés en la Unión Europea, dependientes de una

sino de las interdependencias entre las decisiones del

 

política monetaria supranacional,

Banco Central Europeo y la reserva

federal de Estados Unidos,

así como del impacto de estas decisiones sobre los tipos de

interés en los mercados financieros nacionales de prácticamente lodos los países del mundo. Nuestra generación viaja al extranjero más que nunca, ya sea por turismo de placer, ya sea por negocios. Vemos noticias en directo, desde acontecimientos políticos a retransmisiones deportivas, que nos suministran operadores internacionales. Y accedemos a Internet con creciente fluidez para estar conectados on Line con informaciones, datos y opiniones procedentes de todo el mundo.

Estas realidades se pueden traducir a indicadores más o menos objetivos, como la

evolución del «

grado de apertura

» de diversas economías, que consolidan esta creciente

internacionalización y ratifican las intuiciones de las líneas anteriores. Los datos de los Cuadros I. I y 1.2 son elocuentes al respecto. Como muestra el Cuadro 1.1 entre 1950 y

2003, mientras el PIB mundial se habría multiplicado por 7, el volumen de comercio

internacional (medido por las exportaciones) lo habría hecho por 25,

de modo que el ritmo

de crecimiento del comercio viene triplicando, desde mediados del pasado siglo XX

, al de

la producción mundial.

Cuadro 1.1.

El comento internacional crece más rápidamente que la producción mundial

Evolución del comercio y del PIB mundial 1950-2003

(Índice 100 para los dalos de 1995)

  • 1950 2003

Volumen de exportaciones mundiales PIB mundial

6

17

150

123

Cuadro 1.2.

Indicadores

de inserción
de inserción

en la economía global: evolución entre 1990 y 2002

Porcentaje sobre el PIB que suponen:

Exportaciones más importaciones

 

de bienes (a) — Media mundial

 

— España — Zona euro

— América Latina y Caribe

— Asia Oriental-Pacífico

Flujos brutos (suma de entradas y salidas) de capital privado

— Media mundial

— España

— Zona euro

 

— América Latina y Caribe — Asia Oriental -Pacífico

Inversión extranjera directa (suma

de entradas y salidas) — Media mundial

 

— España — Zona euro

— América Latina y Caribe — Asia Oriental- Pacífico

'

1990

2002

32.5

40,3

28.1

41.9

44,9

56,3

23.3

41.2

47,0

63,4

10.1

20.8

11.4

26.9

14.1

49,3

7,9

13.7

5.0

10,2

2.7

6,0

3,4

6.2

2.9

14.8

0,9

4.0

1.7

4.1

2

1990

3

Porcentaje sobre d PIB-bienes de exportaciones

más importaciones de bienes (b) — Media mundial

80.2

116.0

España

70.6

117,3

Zona euro

112.6

141.9

— América Latina y Caribe

66,2

132,0

— Asia Oriental -Pacifico

78.5

104.6

(a) Las exportaciones c importadores son solo de bienes sin incluir servidos. (b) Dado que los servicios están menos presentes que los bienes en el comercio internacional, pese a su reciente incremento, este indicador muestra el peso de las exportaciones más importaciones de bienes sobre la parle del Producto Interior Bruto (PIB-bienes) que representan sólo los bienes, excluyéndose así los servicios tanto del numerador como del denominador de la ratio.

Fuenle: Banco Mundial. World Data Indicators, Global Links. Tabla 6.1: «Integration within the global economy», en www.worldbank.org

Y en los años recientes, como muestra el Cuadro 1.2, el grado de

financiera,
financiera,

inserción, comercial y

del conjunto de la economía mundial habría aumentado, así como la de sub-

conjuntos relevantes de países, entre ellos España, la zona euro, los países de América Latina y el Caribe y el área Asia Oriental-Pacífico. En una perspectiva histórica más amplia, la globalización tiene su punto de partida más conocido en la consecución de un grado de internacionalización de la actividad económica

notable en términos históricos. La figura 1.1 presenta un resumen estilizado —explicitado por Obstfeld y Taylor— de lo que sería un «indicador medio» del grado de internacionalización de la actividad económica en el último siglo y medio.

3 Porcentaje sobre d PIB-bienes de exportaciones más importaciones de bienes (b) — Media mundial 80.2www.worldbank.org Y en los años recientes, como muestra el Cuadro 1.2, el grado de financiera, inserción, comercial y del conjunto de la economía mundial habría aumentado, así como la de sub- conjuntos relevantes de países, entre ellos España, la zona euro, los países de América Latina y el Caribe y el área Asia Oriental-Pacífico. En una perspectiva histórica más amplia, la globalización tiene su punto de partida más conocido en la consecución de un grado de internacionalización de la actividad económica notable en términos históricos. La figura 1.1 presenta un resumen estilizado —explicitado por Obstfeld y Taylor— de lo que sería un «indicador medio» del grado de internacionalización de la actividad económica en el último siglo y medio. Fuente: Obstfeld-Taylor (2004), pág. 28. Figura 1.1. capitales). Evolución histórica de la internacionalización (medida a través del grado de movilidad de También en el ámbito financiero la internacionalización ha sido notable. La globalización e integración de los mercados financieros internacionales y la liberalización de los movimientos internacionales de capital ha adquirido niveles espectaculares. Los acontecimientos de los últimos años en los mercados financieros internacionales han incorporado estos datos definitivamente a lo que se denomina «opinión pública»: las vicisitudes de los mercados de divisas , las decisiones del Banco Central Europeo, la evo- lución del euro —o la moneda nacional— frente al dólar USA forman ya parte integrante de la «cultura (o al menos la información) económica general» con amplia difusión en la opinión pública. Incluso algunos consideran que las facilidades para esta movilidad internacional de flujos financieros han ido demasiado lejos, y se discute la eventual res- ponsabilidad de los operadores en los mercados financieros en los episodios de inestabilidad 3 " id="pdf-obj-2-73" src="pdf-obj-2-73.jpg">

Fuente: Obstfeld-Taylor (2004), pág. 28.

Figura 1.1.

capitales).

Evolución histórica de la internacionalización (medida a través del grado de movilidad de

También en el ámbito financiero la internacionalización ha sido notable. La globalización e integración de los mercados financieros internacionales y la liberalización de los movimientos internacionales de capital ha adquirido niveles espectaculares. Los acontecimientos de los últimos años en los mercados financieros internacionales han incorporado estos datos definitivamente a lo que se denomina «opinión pública»: las

vicisitudes de los mercados de divisas

, las decisiones del Banco Central Europeo, la evo-

lución del euro —o la moneda nacional— frente al dólar USA forman ya parte integrante de la «cultura (o al menos la información) económica general» con amplia difusión en la opinión pública. Incluso algunos consideran que las facilidades para esta movilidad internacional de flujos financieros han ido demasiado lejos, y se discute la eventual res- ponsabilidad de los operadores en los mercados financieros en los episodios de inestabilidad

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y crisis. Cuando se constata, por ejemplo, que un día considerado «normal»

los mercados

financieros internacionales giran un volumen de recursos equivalente a tres veces el PIB anual de España, se vislumbra el peso de estos operadores en la evolución económica

internacional.

 

Además se ha avanzado en la globalización de la producción mundial, no sólo por la

consideración supranacional de los mercados,

sino también por el flujo de inversiones

extranjeras y las estrategias de las empresas multinacionales. De hecho, las innovaciones en

materia de transportes, comunicaciones y telecomunicaciones, junto con una creciente

difusión tecnológica, están conduciendo a una segmentación de los procesos de producción

—la denominada «

partición de la cadena de valor

»— que posibilita localizar las distintas

partes del proceso de producción en distintos países, en función de los requerimientos de

cada una de las etapas del proceso. Con ello, se ve impulsada aún más la

«

transnacionalización»

de la actividad económica, o por decirlo en una (afortunada)

expresión

de Robert Feenstra (1998),

la integración del comercio interactúa con la

-desintegración

de la producción.

El mismo autor menciona visibles ejemplos: así, las

muñecas «Barbie», que se venden al público en cualquier lugar del mundo por 10 dólares,

incorporan mano de obra china por valor

de 35 centavos, plástico y pelo de Japón y Taiwán,

tejido de lana asimismo de China (en total, materiales por valor de 65 centavos); se montan

en Filipinas, Indonesia, Malasia o China.

 

Se envían desde Hong-Kong hacia Estados

Unidos, donde se queda el grueso del valor añadido en términos de marketing, distribución,

diseño y beneficios de la empresa.

 

Si repasáramos la «geografía» de la producción

de

muchos automóviles o de material deportivo obtendríamos descripciones similares.

En este escenario de crecientes

interdependencias

, que configuran la globalización o

mundialización,

se

están

produciendo

cambios rápidos

y profundos

en

la división

internacional del trabajo, en la distribución territorial de la actividad económica

, alterando

pautas a veces establecidas desde hace bastante tiempo, y que provocan cierta alarma o incertidumbre. La aparición en la economía mundial de nuevos agentes (millones de personas, centenares de multinacionales, decenas países y varios bloques regionales) que emergen con fuerza —desde posiciones en ocasiones relativamente «marginales» buscando un lugar significativo en la nueva división internacional del trabajo, en un marco de transnacionalización de la actividad económica (financiera, productiva, comercial, etc.),

todo ello afecta a las pautas de especializaciónà, al lugar que cada país o territorio puede obtener en la redefinición de la división del trabajo. Y del lugar que se alcance va a depender en buena medida el nivel de renta y bienestar, la calidad de vida, de cada territorio o país en un horizonte en los próximos años o décadas. Es, por tanto, comprensible que la incertidumbre o la falta de precisión en la evolución de este proceso origine preocupaciones y reticencias sociales y políticas. Son especialmente relevantes los casos de

«

relocalización» de empresas, que cambian las pautas de ubicación o localización de partes

de sus procesos productivos, a menudo reorientando hacia países de bajos salarios actividades que venían desarrollando en países industrializados —que por ello perciben

estos episodios como casos preocupantes de «deslocalización».

 

Y es que además estos cambios están teniendo lugar en un entorno en el que «1as reglas del

juego» también están cambiando.

Las empresas pueden «multinacionalizar» su actividad

con más facilidad que nunca en la historia, por las crecientes posibilidades tecnológicas y políticas de inversión en países que a menudo pugnan por atraer la localización de actividades o procesos productivos, de modo que las tradicionales barreras proteccionistas o restrictivas de inversiones exteriores están dando ahora paso a un marco de competencia

mucho más activa

. Por otra parte, los estados, los gobiernos nacionales constatan que la

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internacionalización de la actividad económica a menudo desborda su capacidad de articular con efectividad unas políticas que siguen siendo esencialmente nacionales. Así, por ejemplo, tratar de reducir los tipos de interés puede en algunas circunstancias deteriorar tan seriamente la financiación exterior que un país se encuentre con las manos atadas; o pretender gravar con impuestos los rendimientos del capital puede conducir a una salida de capitales hacia lugares con tratamiento más favorable. En este nuevos escenarios de movilidad empresarial y (des)localización también parecen más fáciles de evadir rigurosas normativas nacionales de índole fiscal, sociolaboral y medioambiental.

Pero, por otro lado, la internacionalización de la economía no se ha visto acompañada en general la emergencia de nuevas instituciones supranacionales de la efectividad suficiente para corregir desequilibrios o inestabilidades. De esta forma se configura una situación

híbrida aparentemente sin precedentes en la que la

internacionalización de la actividad

económica parece carecer de las «estructuras de gobierno» o de regulación al nivel

adecuado.

Este desequilibrio entre lo económico y lo político también está en la base de

algunas de las reticencias o los recelos que genera la actual configuración de la economía

internacional.

Por un lado, las economías nacionales se ven desprovistas de herramientas

tradicionales de «protección», desde las políticas comerciales restrictivas a los márgenes de autonomía en política monetaria y la utilización de los tipos de cambio como forma de

ganar o recuperar competitividad

. La efectividad de estos instrumentos parece estar

obligando a los agentes económicos y sociales a asumir unas reglas del juego más complejas y estrictas, sin posibilidades de «mecanismos de recuperación» como los aranceles o las devaluaciones efectivas. Se ha utilizado la comparación de que la globalización obliga a «jugar en la liga de profesionales» a empresas o sistemas productivos más acostumbrados a «jugar en la liga de aficionados» donde la magnitud de las apuestas y la trascendencia de los errores es más baja. Y ello con unos estados que pierden margen de maniobra cuando tal vez les lleguen más demandas de protección ante los eventuales impactos de estas nuevas reglas del juego.

Con una perspectiva a medio y largo plazo, debemos asimismo plantearnos en esta especial situación de la economía internacional una de las cuestiones más tradicionales en economía:

¿hasta que punto la estrategia de inserción en la economía internacional es recomendable

como forma de conseguir los ritmos deseables de crecimiento y desarrollo? Ya Adam Smith

 

en 1776 se refería —en contraposición al

mercantilismo de la época— al libre comercio

(interno e internacional) como vía de conseguir la «riqueza de las naciones».

 

Alfred

Marshall decía que «las causas del progreso de las naciones pertenecen al ámbito del

comercio internacional», al que se calificaba de «motor del crecimiento».

Pero también

existe en economía internacional una larga tradición de recelos y opiniones contrapuestas:

desde los enfoques del imperialismo, de la dependencia, de centro-periferia, de sustitución de importaciones, hasta quienes preconizan «desconexiones» del sistema económico internacional.

En la actualidad las dificultades que experimentan países que han asumido opciones más abiertas (desde los del sudeste asiático a «conversos» más recientes, como Brasil, México, Rusia y Argentina) matizan el debate. En todo caso, se estudian las razones de las diferencias en los niveles y ritmos de crecimiento de las rentas per cápita y bienestar, se examinan los mecanismos de convergencia o divergencia entre países y regiones, se aprende de la experiencia para conocer las medidas necesarias para sacar partido de las oportunidades que ofrece una inserción en los mecanismos de esta compleja economía internacional.

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Además, en el ámbito de «

lo internacional» aparecen preocupaciones

no parecían tener un papel central. Por un lado, el tema de las

que hasta hace poco

migraciones
migraciones

, de los

desplazamientos de personas, vuelve a estar en primer plano. Cuando se han alcanzado niveles muy importantes en la movilidad internacional de mercancías, de capitales, incluso de conocimientos tecnológicos, parece que las principales reticencias se aplican a la movilidad de las personas o del factor trabajo, es decir, de las personas, con políticas res-

trictivas sobre todo en Estados Unidos y la Unión Europea. Naturalmente, las cuestiones políticas, sociales y éticas que acompañan a las meramente económicas son especialmente relevantes para este problema. Por otro lado, también aparece como objeto de preocupación

las

dimensiones internacionales del medio ambiente, dadas las grandes interdependencias

en el ecosistema mundial, que no reconocen fronteras

(como pusieron radicalmente de

relieve los problemas de la capa de ozono, de la lluvia acida, o las externalidades asociadas a la deforestación amazónica), así como una creciente sensibilidad por el lastre inmenso que enfermedades como la malaria o el VIH pueden estar suponiendo para áreas enteras del planeta. Volveremos enseguida a los problemas más generales de la configuración actual de la economía internacional, pero antes centrémonos un momento en algunos aspectos básicos de la caracterización de las actividades internacionales.

1.2. LAS TRANSACCIONES INTERNACIONALES Una pregunta básica para entender la problemática de la economía internacional es pre- cisamente qué tienen de especial las transacciones internacionales ¿Por qué existen dife- rentes cuestiones e implicaciones, por ejemplo, si un barcelonés adquiere un coche fabri- cado en Cataluña o Navarra, o si lo compra a una empresa que lo haya fabricado en Francia o Japón? ¿Qué diferencia la adquisición por parte de un ciudadano de México D.F. de un automóvil fabricado en Puebla (México) o de uno producido en Río Grande do Sul (Brasil)? ¿Qué caracteriza a una transacción como internacional o no, y por qué es relevante esa distinción? En última instancia, como ya señalaba hace mucho tiempo Graham, el comercio tiene lugar habitualmente entre agentes económicos (consumidores, empresas) y no entre países en sí por lo que la «nacionalidad» podría parecer a priorí que no es un rasgo esencial para caracterizar una determinada transacción. Pero como veremos, además de unas diferencias «técnicas» importantes, existen unas diferencias políticas que no pueden ignorarse para un cabal entendimiento de los problemas esenciales de la economía internacional. Técnicamente, a lo largo de la historia una transacción internacional se diferencia de la que no lo es en principio por dos causas:

1.

Una transacción internacional implica que la mercancía atraviese una «frontera», no

(solo) en sentido político, sino en sentido económico

, a lo que históricamente han estado

vinculadas algunas trabas o dificultades, que originaban una asimetría entre productos según su origen nacional, que tendía siempre a discriminar en contra de los productos de fabricación extranjera (y correlativamente a favor de los de producción nacional): esta dificultad podía ir desde la más radical prohibición a la más frecuente vía de los aranceles, pasando por limitaciones cuantitativas (cuotas o contingentes), barreras sanitarias, técnicas y un arsenal de otras «barreras no-arancelarias».

2.

Una

transacción internacional implica generalmente una pluralidad de monedas,

lo que

requiere algún mecanismo o mercado en que se establezca una relación de intercambio entre monedas, denominada tipo de cambio. En una transacción en que una empresa española adquiere un producto fabricado en Estados Unidos por una empresa de esa

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nacionalidad, el comprador está habituado a operar en euros, mientras que el vendedor en

dólares USA: de hecho, es lo que necesitará para pagar sus nóminas, sus impuestos, buena parte de sus proveedores, etc. Por eso, o el vendedor acepta el pago en euros y luego las convierte en dólares, o el comprador ha de transformar sus euros en dólares para poder efec-

tuar el pago a satisfacción del vendedor. En ambos casos es necesario

algún sistema que

permita «transformar» una moneda en otra, generalmente a través de los mercados de

divisas,

unos mercados específicos en los que a menudo los poderes públicos han

intervenido o interferido de múltiples formas —por ejemplo, mediante mecanismos de

«

fijación de paridades»

(tratando de controlar o mantener un determinado tipo de cambio o

paridad de la moneda nacional frente a alguna extranjera) o a través de limitaciones o

«controles de cambios» a las operaciones en monedas extranjeras.

Pero además de estas especificidades, las transacciones internacionales tienen unas lecturas políticas a menudo diferentes de las transacciones similares domésticas o nacionales.

Charles Kindleberger apuntó a esta dimensión al recordar la aparentemente inusual —pero

intuitivamente certera— respuesta que obtuvo al preguntar una vez;

¿De qué trata

la

economía internacional?

Además de las respuestas típicas relativas

a

las

barreras al

comercio y pluralidad de monedas, aranceles y tipos de cambio,

etc., se encontró con la

caracterización de la economía internacional como la que se refería a las relaciones entre

«los nuestros y los otros». Aparece aquí una interpretación antropológica, casi «tribal», de

la economía internacional como la que trata de

«los nuestros y los otros».

las relaciones marcadas por la divisoria entre

Por ejemplo, a tas mercancías de «los otros» se les podrían imponer restricciones y discriminaciones, que redunden en un trato preferencial para las mercancías de «los nuestros». En la siguiente unidad, la denominada «parábola de Ingram» describe cómo una ganancia de eficiencia que permite a los consumidores de un país acceder a un mayor dis- frute de bienes es percibida como positiva si se percibe como originada por una innovación tecnológica doméstica —aunque ello perjudique a otros fabricantes nacionales se trata de un progreso debido a «los nuestros»—, pero puede pasar a ser percibida como negativa o incluso agresiva si se detecta que su origen es una colaboración comercial con «los otros». No debe ignorarse este sentido «tribal», que se pone de manifiesto especialmente en épocas de dificultades, cuando los competidores se convierten en «enemigos», y a nuestro estado se le solicitan las medidas de protección frente a «los otros». Efectivamente, las recesiones y crisis económicas, con las urgencias de industrias y sectores en dificultades, son terreno abonado para presiones o prácticas proteccionistas, que creen encontrar en «los otros» —ya sean las (des)localizaciones hacia el «extranjero» o la competencia percibida como inadecuada de «los productos de importación»— los culpables a quienes exorcizar.

Entre los efectos más nocivos de esta interpretación se encuentra la consideración de

las

relaciones económicas internacionales como un «juego de suma cero» en que solo se pueden obtener ganancias a expensas de alguien que salga perdiendo, por lo que estaría justificado tratar de desplazar las pérdidas hacia «los otros» para obtener beneficios «los nuestros», en vez de la más constructiva —y como trataremos de mostrar en los capítulos siguientes, más adecuada— conceptualización de las relaciones económicas internacionales como un «juego de suma positiva» en que la cooperación y el mutuo beneficio debería ser

la regla.

 

En todo caso, no puede ignorarse esta dimensión política con que son percibidas las relaciones económicas internacionales si se quiere entender cómo funciona la Economía

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Internacional. Por eso, uno de los rasgos que resaltaremos en este curso es precisamente la interacción entre los aspectos de racionalidad económica y las percepciones políticas, que abundan en mecanismos psicológicos y «tribales» casi siempre en beneficio de intereses domésticos específicos o particulares que no dudan en azuzar tales mecanismos.

A partir de las dos características señaladas se ha generado la tradicional

división de la

economía internacional en una parte de «comercio internacional» y otra de «finanzas

internacionales»

—o economía monetaria y financiera internacional. No deja de ser un

artificio pedagógico útil, aunque nunca hay que perder de vista sus íntimas conexiones, y no sólo en algunos momentos en que éstas pasan a primer plano. Por ejemplo, entre los argumentos básicos a favor de la moneda única en la Unión Europea se ha señalado el riesgo de que una pluralidad de monedas pudiera «interferir» en el principio de libre comercio que es la columna vertebral de la Unión Europea desde su puesta en marcha como Comunidad Económica Europea en 1957. O son bien visibles los efectos sobre la competitividad (y en su caso, falta de competitividad) de las crisis monetarias que han sacudido en los últimos años a bastantes países.

Pese a la característica «trabas asociadas a las fronteras en sentido económico», la tendencia hacia la liberalización del comercio internacional ha sido uno de los logros más significados de las últimas décadas. Esta tendencia no ha sido uniforme ni fácil. Responde básicamente a la idea de que la especialización y el intercambio internacionales, al igual que entre personas o empresas, aumenta la eficiencia y permite obtener ganancias que aumentan el bienestar. Pero a nivel de países, estas ganancias no se distribuyen de manera uniforme: no quiere decir que todos ganen y es una larga evidencia que las presiones de quienes tienen que perder pesan más que las de quienes pueden salir ganando, sobre todo si éstos están divididos (y cada uno gana poco en comparación con lo que pierden los pocos que pierden):

las limitaciones o restricciones al comercio tienen una tradición ancestral.

Pero también han sido obvios los peligros de colapsar el comercio: los años treinta fueron una experiencia muy ilustrativa, en que las cifras de comercio cayeron entre 1931 y 1938 a menos de la tercera parte. La relación que ello pudo tener con la Segunda Guerra Mundial puede no ser nimia. En general, cuando el comercio ha sido fluido las relaciones económicas han evitado que se tratasen de conseguir mercancías o recursos por «otras vías» como las guerras. Si a veces se ha dicho que el comercio es la continuación de la guerra por otras vías, también sería cierto que la guerra es la sustitución del comercio por otras vías.

Muchos de los países en desarrollo han optado por liberalizar de forma importante su comercio internacional. Es cierto que pueden haber estado más o menos influidos por las «recomendaciones» de organismos internacionales, pero tampoco puede ignorarse el valor de «ejemplo» de algunos casos de éxito de las últimas décadas, como los de Japón, Corea del Sur y otros países del Sudeste asiático. Por su parte, los países del Este de Europa han accedido ampliamente al comercio internacional desde 1990 —accediendo algunos de ellos ya como miembros de pleno derecho de la UE en 2004—, mientras que desde 1978 China había iniciado un camino de reformas con unos grados crecientes de inserción internacional y con resultados espectaculares. Ha empezado a considerarse como una experiencia histórica en que los ajustes económicos a nivel internacional van a jugar un papel mucho más importante que en cualquier proceso similar anterior.

9

En el ámbito financiero, la internacionalización es evidente. En la actualidad los mercados financieros mueven al día varios billones (en el sentido europeo de millones de millones) de dólares (cifra bastante superior al producto interior bruto anual de la mayoría de los países del mundo). La internacionalización financiera ha seguido pautas en parte paralelas a las comerciales, pero en parte diferenciadas (¿se han separado la economía real y la financiera más incluso que a nivel interno?). Desde el desarrollo de los mercados de eurodólares en los años cincuenta y sesenta hasta los actuales mercados financieros en que se puede operar prácticamente las 24 horas del día enlazando Tokio, Hong-Kong, Singapur. Bahrein, Londres, Nueva York, etc., las transacciones electrónicas y la tecnología de comunicaciones han sido el complemento para la internacionalización y globalización. Y a la vista de las periódicas crisis financieras internacionales, ¿ha llegado el momento de establecer limitaciones, supervisiones, controles a la movilidad internacional de capitales, como propugnan algunos premios Nobel como James Tobin y Maurice Allais, o puede ser inefectivo o incluso contraproducente?

Aunque a efectos pedagógicos suela distinguirse, como ya se ha dicho, entre

la economía

del

comercio

internacional

y

la

economía

financiera

internacional,

ambos

aspectos

presentan estrechas e importantes interdependencias.

Por ejemplo, cuando se discute acerca

de la «competitividad» de los productos de un país respecto a los del resto del mundo hay que comparar tanto los costes de producción como considerar la evolución de los tipos de cambio. Y los tipos de cambio afectan no sólo a los precios relativos de los bienes de un país en relación a los extranjeros, sino a los de los activos y pasivos (acciones u obligaciones de empresas, títulos de deuda pública, etc.) denominados en distintas monedas.

La influencia de los sistemas cambiarios sobre el comercio internacional es también objeto de preocupación. ¿Pueden unas excesivas fluctuaciones de las monedas hacer más incierto el comercio internacional? ¿Eran justificados los temores que asociaron a principios de los setenta el abandono de tipos de cambio fijos con una mayor volatilidad cambiaría que podría propiciar nuevas fórmulas proteccionistas? ¿Qué efectos tienen, sobre los flujos de inversiones? ¿Obligan esas fluctuaciones a crear sofisticados instrumentos financieros para eludir sus efectos? ¿Hasta qué punto la sobrevaloración del dólar en la primera mitad de la década de los ochenta contribuyó al rebrote de las tensiones proteccionistas en Estados Unidos y a la difusión del «neoproteccionismo»? ¿Hacia qué punió la negativa a devaluar la peseta entre 1989 y septiembre de 1992 —o a devaluar el peso mexicano entre 1991 y 1994 — fue nociva para la industria del país implicado? ¿Fue sensato mantener diez años la «Convertibilidad» en Argentina? ¿Es sostenible el déficit comercial de Estados Unidos y qué impacto puede tener sobre el dólar y el sistema comercial y financiero mundial? ¿Son efectivas las devaluaciones para ganar o recuperar competitividad? ¿Qué «coste» estamos pagando cada uno de los países de la zona euro por no disponer ya de nuestra propia moneda para recuperar competitividad?

Y no menos problemático es el impacto del comercio sobre los aspectos monetarios y financieros: ¿Requería un Mercado Único una moneda única? ¿Era algo imprescindible,

sólo conveniente o algo poco relevante? Si parece esencial en La Unión Europea, ¿por qué

no en América del Norte o en Mercosur? ¿

Cómo afectan a la efectividad de

las políticas

fiscales, monetarias y de tipo de cambio

los hechos de que en el comercio internacional

tengan gran peso las empresas multinacionales

, o las industrias de competencia imperfecta,

o que en las decisiones de producción, localización y comercialización los aspectos

estratégicos sean predominantes? Los flujos comerciales y financieros internacionales de un

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país se registran sistemáticamente en su balanza de pagos.

Una cautela. Pese a los avances en la internacionalización de la economía, si nos pre- guntáramos si podemos tratar a la economía mundial como un todo integrado en que las fronteras nacionales han perdido su relevancia, claramente la respuesta sería negativa. En 1981 McKinnon acuñó la expresión de «insularidad» para referirse a la situación de los años 1950 en que las economías nacionales eran como «islas» en la economía mundial con escasas o marginales relaciones económicas internacionales. Ciertamente, con el transcurso de las décadas la inserción internacional en materia comercial, financiera, productiva, tecnológica, ha aumentado de forma espectacular, pero la «insularidad» no ha sido reemplazada por una perfecta eliminación de las fronteras. Periódicamente estudios sobre el papel de la distancia y de los costes de transporte y otros costes asociados a la comercialización (dentro y fuera de las fronteras) nos recuerdan esta dimensión espacial de la economía internacional. Subsisten sesgos importantes que hacen que el porcentaje de consumo que recae en artículos nacionales sea muy superior al que derivaría de una proporcionalidad que hiciera abstracción del origen nacional de los productos; la inversión nacional sigue condicionada por el ahorro doméstico, sin que el sistema financiero inter nacional relaje por completo esta dependencia, al tiempo que en la composición de las carteras de los inversores subsiste el sesgo a favor de acciones y otros activos nacionales. Y aunque la competencia en muchos artículos se ha incrementado mucho a nivel mundial, se siguen detectando diferencias en los precios internacionales de muchos productos según el país en que se vendan. Y los estudios acerca de las diferencias sistemáticas entre los flujos comerciales internacionales o intranacionales muestran que —a igualdad de capacidad de producción y consumo, y descontado el efecto de las distancias— las fronteras siguen teniendo importantes efectos económicos. Como resumen Anderson y Van Wincorp (2004), los costes de comerciar (transporte, fronteras, distribución, etc.) incluso en este mundo globalizado podrían, parafraseando a Mark Twain, afirmar que «las noticias de mi muerte se han exagerado mucho».