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Separata del Bicentenario
Separata del Bicentenario
Separata del Bicentenario Separata especial Distribución gratuita 20 de julio de 2010 Bogotá, Colombia
Separata especial Distribución gratuita 20 de julio de 2010 Bogotá, Colombia
Separata especial
Distribución gratuita
20 de julio de 2010
Bogotá, Colombia
Separata del Bicentenario Separata especial Distribución gratuita 20 de julio de 2010 Bogotá, Colombia
2 Separata especial/ 20 de julio de 2010 bicentenario Presentación P onemos a disposición de los
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2 Separata especial/ 20 de julio de 2010 bicentenario Presentación P onemos a disposición de los

Presentación

P onemos a disposición de los trabajadores, de nuestros sindicatos filiales y de la opinión pública, la compilación de una serie de artículos que sobre el tema del Bicentenario aparecieron publicados durante los últimos veintidós meses en el Informativo CUT Bogotá Cundinamarca, los cuales

son de la autoría del profesor Miguel Urrego, quien juiciosamente, mes tras mes, contribuyó con el propósito que nos hicimos de aportar, desde el movimiento sindical, a que sobre esa etapa de la historia del país se ventilen opiniones diferentes a la historiografía oficial. En la separata, que hoy editamos, aparecen también artículos de José Fernando Ocampo, Sergio de Zubiría, Oscar Murillo, July González quienes igualmente de- sarrollan una posición progresista y avanzada de la historia nacional.

En estos largos años de historia republicana y, particularmente, en el período neoliberal que se inauguró a comienzos de los años noventa del siglo pasado, las fuerzas más avanzadas de la sociedad colombia- na, entre ellas la clase obrera, han tenido que soportar esa especie de conspiración en el conocimiento de la historia, que pretende desterrar el debate o someter a trabajadores y a las nuevas generaciones a no tener referentes históricos o reducir la memoria histórica a la interpre- tación oficial. Por lo que difundir otra visión de la historia sobre los he- chos que ahora se rememoran refuerza la construcción democrática de nuestra nacionalidad.

Los trabajadores colombianos, sus organizaciones y el conocimiento de los episodios que contribuyeron a la forja de la nación, constituyen baluartes de la nacionalidad colombiana, fundamentales en el camino de nuestra construcción autónoma y progresista, por lo que ayudar a que estos participen en esta discusión bicentenaria, constituyó un compromiso de la CUT con el desarrollo de una opinión crítica, la cual debe contribuir a recoger las lecciones que permitan juntar a todos los sectores que hacen parte de la nación y de su historia para culminar la inconclusa tarea de las transformaciones democráticas que requiere el país, particularmente, su desarrollo autónomo y soberano.

Debemos agradecer al profesor Miguel Urrego, Doctor en historia del Colegio de Méjico, profesor del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo quien, de la manera más comprometida, asumió este propósito y posibilitó que desde este medio alternativo, de manera sistemática y ordenada, se ventilaran tempranamente, desde hace veintidós meses, los principales temas de debate sobre el Bicentenario. El profesor Urrego ha publicado nume- rosos artículos y varios libros entre los que destacamos: La crisis del estado nacional en Colombia, una perspectiva histórica. Intelectuales, nación y estado en Colombia. Motines, revueltas y levantamientos po- pulares en la historia de Colombia. Orden político, nación y modernidad en Colombia. La revolución en marcha Colombia 1934-1938.

Para el Comité de Redacción, el Departamento de Comunicaciones y para el Comité Ejecutivo de la CUT Subdirectiva Bogotá Cundinamarca, que inspiraron, apoyaron y construyeron este aporte a la historia de la nación y a nuestra propia historia, para las organizaciones sindicales, que con su colaboración, hicieron posible esta publicación y para to- dos nuestros afiliados, es un orgullo presentar al país este aporte a la celebración del Bicentenario.

Comité Ejecutivo CUT Bogotá-Cundinamarca

Fraydique Alexander Gaitán (Presidente); Maria Doris González (Vi- cepresidenta), Responsable de las actividades de la Niñez, el menor Trabajador y la Juventud; Manuel Téllez González (Secretario General); Miguel Ángel Delgado Rivera (Fiscal); José Meyer Álvarez (Departa- mento Tesorería y Finanzas), Carlos Raúl Moreno (Departamento de Comunicaciones, Relaciones Públicas, Publicidad y Propaganda); Raúl Alfonso Soto Ariza (Departamento Derechos Humanos, Solidaridad y Relaciones Internacionales); Oscar Gustavo Penagos (Departamento De Recursos Naturales y Medio Ambiente); lfonso Ahumada Barbosa (Departamento Salud en el Trabajo y Seguridad Social); July Gonzá- lez Villadiego (Departamento De La Mujer), Nohora Bulla Gutiérrez (Departamento de Educación, Formación, Investigación y Proyectos); Alfredo Manchola Rojas (Departamento de Organización, Planeación y Trabajadores informales); Héctor Bermúdez Rojas (Departamento de Relaciones Laborales, negociación Colectiva y Asuntos Legislativos y Jurídicos; Winston Francisco Petro (Departamento de Asuntos rela- cionados con las Empresas Transnacionales y Responsabilidad Social Empresarial); Carlos Arturo Rico Godoy (Departamento de Relaciones con los Sectores Sociales).

CONSEJO EDITORIAL

Carlos Raúl Moreno (Director del Departamento de Comunicaciones), Fraydique Alexander Gaitán (Presidente) Miguel Ángel Delgado (Fiscal), Óscar Penagos (Dept. Recursos Naturales y Medio Ambiente ), Nohora Bulla (Dep. de Educación), Jorge E . Charry (asesor editorial).

Avenida Caracas Nº 44-54 Of. 402 Teléfonos: 2455966 / Fax: 2 456432 Bogotá D.C. Colombia

Email: elperiodicocut@gmail.com cutsubdirectiva@hotmail.com

ISSN: 1900-0898

Diseño y diagramación:

Éditer estrategias educativas, ctovarleon@gmail.com / 2329558.

Caricaturas: Internet. Fotografías: Jorge Becerra, Manuel A . Mora, Manuel Télles y tomadas de Internet. Asistencia editorial: Yolanda Rodríguez.

Edición: 20.000 ejemplares. Tarifa postal reducida Ministerio de Comunicaciones.

Las opiniones expresadas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores.

Separata especial/ 20 de julio de 2010 3 bicentenario UPECO Subdirectiva Bogotá Cundinamarca Unión Nacional de
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bicentenario
Separata especial/ 20 de julio de 2010 3 bicentenario UPECO Subdirectiva Bogotá Cundinamarca Unión Nacional de
UPECO Subdirectiva Bogotá Cundinamarca Unión Nacional de Pensionados de las Comunicaciones Esta edición contó con el
UPECO
Subdirectiva
Bogotá Cundinamarca
Unión Nacional de Pensionados
de las Comunicaciones
Esta edición contó con el apoyo
de las siguientes organizaciones
de los trabajadores:
L a vocación independiente de His- Cortés se rebelaron contra la Corona, in- tentaron fundar un
L a vocación independiente de His-
Cortés se rebelaron contra la Corona, in-
tentaron fundar un México independiente,
fracasaron y lo pagaron con la cárcel y el
destierro.
El mandato es que la democracia se ex-
tienda al trabajo, la educación y la salud
de los millones que aún carecen de ellos
en la América Latina. MADRID, 2010
dictadura militar con la esperanza de que
la demagogia o la dictadura resuelvan los
problemas. No lo harán: el autoritarismo
crea un progreso ilusorio.
El contagio de Francia y EE. UU.
Mero la mitad de la población sigue vivien-
do en diversos grados de la miseria. La
democracia debe acelerar su ritmo social
a favor de los pobres. De lo contrario, las
mayorías buscarán refugio en la promesa
formación de minirepúblicas en Argentina
y el alto Perú. La unidad nacional fue el
camino para superar estos separatismos
locales, aunque sin dar lugar a una unidad
hispanoamericana. El debate se trasladó
a la forma de gobierno: imperio (Iturbide
en México) o república. Y si república,
federal o unitaria.
A partir de estos conflictos de la inde -
pendencia y sus derivaciones, se forma-
ron las repúblicas hispanoamericanas.
La fachada legal escondía a menudo la
realidad social. Hacer que coincidiesen
sociedad y legalidad fue el propósito de
presidentes como Juárez en México y
Sarmiento en Argentina. La revolución
mexicana introdujo el factor social en la
Constitución. Otros caminos -la demo -
cracia liberal en Colombia, la democracia
popular en Chile, el corporativismo en
Brasil- buscaron comprometer la justicia
con el desarrollo.
Si este ánimo de independencia se ma-
nifestó tan pronto, los 3 siglos siguientes
lo consolidaron mediante el mestizaje de
europeos, indígenas y afroamericanos,
la elaboración de una cultura popular y
otra literaria, la formación de clases so-
ciales y, a la postre, el contagio de las
revoluciones francesa y norteamericana.
Fueron estos factores los que condujeron
al Conde de Aranda, Ministro de Carlos
III, a proponer una comunidad hispana de
naciones, comparable al Commonwealth
británico, con reinos en Lima, México
y Santa Fe, asociados a la monarquía
española.
La expulsión de los jesuitas por Carlos III
en 1767 acentuó la distancia. Los jesuitas,
desde Roma, desde Londres, comenzaron
a hablar de 'naciones' hispanoamericanas.
Sin embargo, la liga con España se man-
tuvo gracias a la formación de 'Cortes' par-
lamentarias en Cádiz, con representación
hispanoamericana, declarando incluso,
una nueva Constitución para España y
las Colonias. La invasión napoleónica a
España en 1808, la imposición del trono
de José Bonaparte ('Pepe Botella') y el
exilio de Carlos IV y su hijo y sucesor,
Fernando VII, condujo a las Colonias,
en 1810, a proclamar la independencia.
La feroz reacción del monarca español
restaurado, Fernando VII, rompió para
siempre el lazo de gobierno entre España
y las Américas.
panoamérica nace muy pronto.
La Guerra Fría interrumpió este proceso.
Gobiernos militares aliados a los EE.UU.
de América reprimieron a la democracia
en nombre del anticomunismo. El fin de la
Guerra Fría reanudó el movimiento de la
democracia, al grado de que, hoy, la mayo-
ría de nuestros gobiernos son producto de
elecciones confiables. Contamos con ejecu-
tivos acotados, congresos independientes,
prensa libre, sindicatos y pluripartidismo.
La independencia, a partir de 1821, reveló
los intereses contradictorios de los acto-
LA CONTINUIDAD DEL IDEAL DE LA INDEPENDENCIA
HISPANOAMERICANA HASTA AHORA.
demagógica y, aun, en el regreso a la
Todos se manifestaron, llegándose a la
de europeos. El campesinado. La clase
obrera. Los reclamos de las provincias.
Los hijos del conquistador Hernán
res sociales. Los criollos o descendientes
TOMADO DE LECTURAS DE EL TIEMPO
Carlos Fuentes
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Las heroínas de la Independencia

July González Villadiego

DPTO. MUJER CUT BOGOTÁ CUNDINAMARCA

E l 20 de julio de 1810 se promulgó el “grito de la Independencia”; en distintos países se celebran estos doscientos

años, que han dado cuenta de la participación de los hombres en su papel determinante en la conquista de la libertad. Sus hazañas, victorias y derrotas, las encontramos en los libros de his- toria que tradicionalmente estudian los futuros ciudadanos y ciudadanas. Pero muy poco o casi nada, encontramos en la historia contada a través de estos libros, sobre las heroínas de la Independencia.

En la celebración del Bicentenario, queremos dar a conocer y resaltar el papel de muchas mujeres que lucharon mano a mano junto a esos hombres, que también dieron su vida por la Independencia y que después de 200 años, el aporte de muchas de ellas, aún sigue en el anonimato. En esta edición, queremos referir- nos a algunas mujeres de las muchas heroínas de la Independencia, que han tenido cierto reconocimiento en la historia, pero también de aquellas que no han tenido, hasta ahora, el reconocimiento que merecen, y ocuparemos otras ediciones sucesivas para dar a conocer el papel de las mujeres en este proceso de lucha libertaria.

Mencionamos a las heroínas de la indepen- dencia Americana de España como testimonio sobre la participación y aporte femenino en este proceso: Juana Azurduy, Manuela Sáenz, Bartolina Sisa, Gertrudis Bocanegra, Luisa Cáceres, Policarpa Salavarrieta, las valientes de la coronilla en Bolivia, Manuela Gandarilla, Manuela Rodríguez, las hermanas Juana y Lucía Ascui, Rosa Soto y las hermanas Parrilla cuyos nombres no han podido ser establecidos. Recordamos también a Mercedes Tapia, María Pascuala Orepeza, Manuela Saavedra de Fe- rrufino, Lucía Alcocer León de Chinchilla, María Isabel Pardo de Vargas, María Teresa Bustos y Salamanca de Lemoire, María del Rosario Saravia y Luisa Saavedra de Claure.

Resaltamos igualmente que las mujeres de clase social alta del siglo XIX no solo eran educadas para realizar las labores domésticas, si no que eran alfabetas, educadas y literatas, lo que las ayudaba para realizar uno de sus principales papeles en la Independencia: Ser espías. Pero además de desempeñar las ac- tividades de espionaje, combatieron también al lado de los varones con ardor y coraje, corriendo con ellos las mismas contingencias de la lucha. Podemos mencionar algunas de esas provincianas valerosas: Agustina Mejía, guerrillera y espía en Guapotá; Juana Ra - mírez, Evangelina Díaz y Fidela Ramos, de Zapatoca; Engracia Salazar, de la guerrilla de La Niebla; Tránsito Vargas, guerrillera de Guadalupe; Manuela Uscátegui, Leonarda Carreño, mujeres valientes sacrificadas todas en el cadalso.

Luisa Cáceres fue la heroína mas conocida en Venezuela (1799-1866), esposa del general Juan Bautista Arismendi; fue hecha prisionera por su actividad estando embarazada y luego sometida al destierro. Resaltamos también el papel de Bartolina Sisa (1753-1782) heroína aymara y esposa de Túpac Katari (Julián Apa- za), quien movilizó a 40 mil indígenas contra

el poder español en el Alto Perú (hoy Bolivia),

comandó batallones y fue una gran estratega al sitiar las ciudades de Sorota y La Paz. Fue cruelmente vejada y torturada, antes de ser ahorcada.

En México hubo importante participación de mujeres entre las tropas, así como en el ejército colombiano; y en la subregión andina fueron incorporadas mujeres de comunidades indíge- nas, al quehacer de la guerra.

Es importante mencionar la participación de Mi- caela Bastidas (1745-1781), esposa de Túpac Amaru II (José Gabriel Cóndor), quien partici- pó en la rebelión que encabezó su esposo en Perú. Ambos fueron ejecutados el mismo día, junto con Tomasa Condemayta, capitana de un batallón de mujeres que ganó batallas a las fuerzas españolas.

Manuela Sáenz, empezó con su rol de mujer independentista en el año 1819, antes de co- nocer a Bolívar y colaboraba con los patriotas en el Perú. Se unió a las huestes que comba- tían a los españoles y fue condecorada por San Martín como la “Caballeresa del Sol”, junto a otras 112 mujeres y ascendida al grado de Coronela. Peleó al lado del Mariscal Sucre en la batalla de Ayacucho. Ascendió montañas y vadeó ríos con el ejército patriota, peleando junto a los suyos en las batallas de Pichincha y Junín.

La historia la ha reconocido como la “amante del Libertador” desconociendo, de esta manera, su verdadero papel en la lucha por la Independen- cia. Manuela es una de las pocas mujeres más recordadas de la historia de América, no por su relación con Bolívar, sino por su temple y calidad de liderazgo, que no solo fue capaz de participar en el proceso libertario, sino también de salvarle la vida al Libertador en dos ocasiones.

Papel de la mujer en la Independencia de Colombia

En esta edición queremos resaltar la participa- ción de mujeres reconocidas en la historia, quie- nes estuvieron acompañadas de otras mujeres que se encuentran en el anonimato. Mujeres como Polonia Salavarrieta y Ríos, conocida como Policarpa, quien actuó como enlace de los revolucionarios en el período de la reconquista española. Era una costurera en Bogotá, oriunda del Valle del Cauca; su actividad fundamental fue la de espionaje y contraespionaje y trasla- daba los mensajes anticoloniales camuflados en naranjas. Por esta razón fue fusilada el 10 de noviembre de 1817.

El historiador Pedro María Ibáñez, reseña el nombre de algunas de esas mujeres de la cual la historia no se ha ocupado, pero que apor - taron en el proceso de la Independencia; son ellas: Eusebia Caicedo, Carmen Rodríguez, Josefa Lizarralde, Andrea Ricaurte, María Acuña, Joaquina Olaya, Melchora Nieto, Jua- na Robledo, Gabriela Barriga, Josefa Baraya, Petronila Lozano, Josefa Ballén y Petronila Nova, quienes fueron las capitanas de la insu- rrección mujeril. Algunas heroínas regionales como María Águeda Gallardo y Concepción Loperena de Fernández de Castro, también tuvieron una importante participación en las Juntas de Pamplona y Valledupar respecti - vamente.

Nos ocuparemos en próximas ediciones de seguir resaltando el papel de las mujeres en la

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Manuelita Sáenz.

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Bartolina Sisa.

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La “Guera” Rodríguez.

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Juana Azurduy.

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Gertrudis Bocanegra.

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Luisa Càceres de Arismendi.

lucha por la Independencia, no como un reco- nocimiento más, sino para llamar la atención también, en la deuda que la historia tiene en el reconocimiento de su liderazgo, aporte y lucha

en las gestas libertarias. Y, por hoy, termino con estos interrogantes: ¿Realmente alcanzamos la Independencia? ¿Nos corresponde seguir luchando por ella?

Separata especial/ 20 de julio de 2010 5 bicentenario Francesa con sus ideólogos y combatientes, y
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Separata especial/ 20 de julio de 2010 5 bicentenario Francesa con sus ideólogos y combatientes, y
Francesa con sus ideólogos y combatientes, y expandirse por las escuelas la teoría de la licitud
Francesa con sus ideólogos y combatientes,
y expandirse por las escuelas la teoría de la
licitud del tiranicidio en la conciencia religiosa
La independencia nacional es soberanía. Y
la soberanía democrática es la libre determi-
nación de una nación para definir el carácter
del Estado en sus constituciones y para esco-
ger su sistema de gobierno sin interferencia
extranjera. El movimiento de 1810 inició una
larga lucha de diez años en Colombia y de
casi quince en el resto de América Latina para
lograrla y consolidarla. Después de dos siglos
ese objetivo de la lucha de 1810 sigue vigente.
En una lucha dos veces centenaria Colombia
ha sufrido dos atentados directos contra su
soberanía, el robo de Panamá de 1903 y la
entrega de la bases militares que acaba de
hacer el gobierno de Uribe a Estados Unidos.
No importa cómo se disfracen. Hoy como hace
dos siglos la lucha por la soberanía es objetivo
prioritario de la defensa de la Nación.
Cartagena en 1809 hasta diciembre de 1810.
En seguida tomó la dirección del movimiento
revolucionario, organizó un ejército, se puso
al frente de la campaña liberadora de 1813
y 1814, fue derrotado y echo prisionero en
Pasto y enviado a España. No regresó sino
hasta 1820, después de seis años de prisión,
para estar presente en el Congreso de Cúcuta
de 1821 y ser nombrado vicepresidente. Mo-
riría un 13 de diciembre, dos años más tarde,
en Villa de Leyva. Nariño nunca cedió sus
principios revolucionarios, nunca se amilanó
antes las adversidades, nunca abandonó su
decisión de liberar a Colombia del yugo co-
lonial. Se constituyó como “precursor” en un
baluarte ideológico de la revolución y como
“actor” del proceso independentista en un
luchador invulnerable.
Cambió la estructura del poder político. Se
derrotó al Rey y a los Virreyes. Dejó de tener
autoridad la monarquía extranjera. El pueblo
se rebeló contra el rey que era el represen-
tante de Dios en la tierra. Su autoridad era
divina. La transformación ideológica que
significó que se derrumbara la concepción
arraigada profundamente en la conciencia
popular sobre el origen divino de la autori-
dad real tomó un siglo. Tuvo que surgir en
el mundo la gigantesca obra iconoclasta de
la Enciclopedia en Francia, y abrirse paso la
revolución protestante en Norteamérica en
la mente de los ideólogos y combatientes de
la independencia de Estados Unidos, y rugir
Quienes dirigieron la revolución fueron cons-
cientes de que se imponía una transformación
radical de la educación. Sin lograrla no podría
reconstituirse un nuevo país. Apenas se inicia-
ba el gobierno independiente, el vicepresidente
Santander, que reemplazaba a Bolívar mientras
se desarrollaba la campaña del sur, introdujo la
enseñanza del filósofo positivista Bentham para
reemplazar la escolástica, entregarle al Estado
el control educativo y formar los nuevos maes-
tros laicos. Era lógico. Se había logrado el poder
político con la derrota de la colonia, pero no se
había consolidado el triunfo sobre las mentes
del pueblo. En eso constituyó la genialidad de
Santander. Y la luchó hasta su muerte.
1810: La Independencia, dos siglos de lucha
profundo de las instituciones, de la política
y de la economía. Fue una auténtica revo-
lución violenta. Fueron ejecutados grandes
dirigentes por el dictador Morillo, murieron
en el campo de batalla jóvenes promesas de
la Nación, cayeron en la lucha miles de cam-
pesinos, indígenas y esclavos incorporados
al ejército libertador. Nueve años de lucha,
de batallas, de cárcel, de sufrimiento y de
gloria. Y lo fue también de confrontación in-
terna. No toda la población estaba a favor de
la independencia. La alta nobleza criolla pro
española, el alto clero, grandes terratenientes
de concesiones realengas, se mantuvieron
con el dominio español hasta el final. Y entre
los grandes dirigentes de la revolución hubo
división ideológica, desacuerdos tácticos,
hasta guerra civil. Pero triunfó la constancia,
el acuerdo, la persistencia y la visión de que
había que liberarse de España. En medio del
enfrentamiento interno predominó la unidad
final que llevó al triunfo de la revolución.
I de la época que se enseñaba en el Colegio
de San Bartolomé, para que los dirigentes di-
rigieran la revolución y el pueblo se atreviera
a rebelarse contra el poder político de la mo-
narquía y la jerarquía eclesiástica.
20 de julio se forjó durante más de treinta años
y, de pronto, desde mucho antes, con numero-
sas rebeliones indígenas contra la dominación
española, la más famosa de las cuales fue la de
Tupac Amaru en Perú, y por movimientos comu-
neros como el de 1781 en Colombia. Nunca fue
fácil rebelarse contra la monarquía. Nunca fue
fácil separarse de las creencias eclesiásticas.
Esa conjunción entre autoridad religiosa y mo-
nárquica derivaba de los Papas y se distribuía
a los soberanos católicos. A la autoridad civil le
correspondía el nombramiento de los obispos
en nombre de Dios y del Pontífice. Por eso le
adjudicaban un origen divino. No es extraño que
los primeros levantamientos de 1810 y 1811 no
apuntaran contra la autoridad real, sino contra la
mala administración de virreyes y funcionarios
de las colonias. El rey todavía era intocable. El
Memorial de agravios de Camilo Torres y demás
rebeldes lo respetaba y lo acataba. En Caracas,
el levantamiento de abril de ese año lo que recla-
maba era la restauración de la monarquía feudal
de Carlos III después de haber sido destronado
por el ejército napoleónico.
No puede dudarse que se operó un cambio
radical de la sociedad neogranadina. Fene-
ció el régimen colonial. Acabó la dominación
política. Se acabó el virreinato. Los virreyes
y los administradores y los funcionarios que
representaban a España tuvieron que salir. Y
los habitantes de cada nueva nación pudie-
ron escoger sus gobernantes y los pudieron
cambiar y los pudieron juzgar. Así mismo tu-
vieron la capacidad de definir su economía, de
organizar su producción, de tomar posesión
de sus recursos naturales y de su riqueza.
Y esto hay que decirlo, cualquiera haya sido
su posterior desarrollo. Si no hubiera sido
así, hubiera sido imposible poner las bases
de un Estado-Nación. Las divisiones de la
colonia no definían nacionalidad. Los límites
no tenían carácter de nación. En el momento
del grito de independencia surgieron distintas
declaraciones y constituciones que denotaban
la ausencia de cohesión nacional. Cartagena,
Santa Marta, Antioquia, Chocó, Socorro, Ca-
sanare, Neiva, Mariquita, Pamplona y Tunja,
se dieron juntas de gobierno independientes
o constituciones propias, todas en lo que en-
tonces se llamaba Nueva Granada. No sería
fácil unirlas, cohesionarlas, integrarlas en una
sola nación, hoy llamada Colombia.
E l grito de independencia de América
constituyó todo un proceso ideológico
y político que no surgió de la nada. Ese
Que Antonio Nariño publicara el texto de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano en julio
de 1795, cinco años después de que fueran
proclamados en la Revolución Francesa y
quince años exactos antes del levantamiento
de 1810, constituyó un hecho subversivo para
los gobernantes coloniales. A Nariño lo some-
tieron a juicio, destruyeron los ejemplares de
la publicación, lo enviaron preso a España y
montaron una muralla ideológica contra el pe-
ligro de todas las revoluciones del momento.
La Real Audiencia que lo juzgó consideró su
defensa más agresiva que la misma declara-
ción sobre los derechos humanos. Fue a dar a
las mazmorras de Cádiz por sus ideas. La his-
toria de Nariño resulta impresionante. Se fugó
de Cádiz, regresó a Santafé en 1797, allí fue
encarcelado en el cuartel de caballería hasta
1803, por precaución las autoridades lo envia-
ron a una de esas mazmorras espantosas de
E l movimiento de independencia de 1810
a 1819 nos liberó de la dominación co-
lonial de España. Significó un cambio
El Juramento de la Bandera de Cundinamarca (detalle), Francisco Antonio Cano,
tríptico al óleo, 254 x 564 cm. 1913. Museo Nacional de Colombia. Bogotá.
A Nariño lo acompañaba una generación que
había recibido la iluminación de la Expedición
Una lucha de liberación
nacional
sobre el mundo las ideas de la Revolución
José Fernando Ocampo T.
HISTORIADOR, ASESOR DE FECODE
II
6 Separata especial/ 20 de julio de 2010 bicentenario No era fácil unir en un solo
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bicentenario
6 Separata especial/ 20 de julio de 2010 bicentenario No era fácil unir en un solo
No era fácil unir en un solo movimiento re- volucionario tendencias tan disímiles, no era fácil
No era fácil unir en un solo movimiento re-
volucionario tendencias tan disímiles, no era
fácil llevarlos a una guerra contra la potencia
todavía la más poderosa del mundo, no era
fácil aglutinar un ejército sin recursos, sin
armamento moderno, sin militares experi-
mentados. Eso fue lo que logró Bolívar. Unió,
aglutinó, suavizó las diferencias, perseveró,
mantuvo el ánimo guerrero, señaló el objeti-
vo fundamental, aprovechó los recursos del
medio, entendió el ánimo del pueblo, dirigió la
revolución. Bolívar es el Libertador.
Botánica del sabio Mutis. También fueron es-
tremecidos por la Revolución Norteamericana
y la Revolución Francesa. El mismo año de
1795 en que Nariño publicaba los Derechos
del Hombre y del Ciudadano, aparecieron
pasquines sediciosos en Santafé de Bogotá
y se formó toda una conspiración criolla ins-
pirada por discípulos de la Expedición, entre
los cuales se encontraban Francisco Antonio
Zea y Sinforoso Mutis que seguirían siendo
fieles a sus ideales de liberación y actuarían
en el levantamiento de 1810. Mutis fue más
que un sabio en botánica ordenador de la flora
de América que ya de por sí lo lanzaba a la his-
toria nacional. Defendió las teorías científicas
de Galileo, Copérnico y Newton –rechazadas
como herejía por la Iglesia– sobre el lugar de
la tierra en el universo, sobre el papel de la
ciencia en la sociedad, sobre el origen del uni-
verso, sobre la relación no contradictoria entre
religión y ciencia. Su rebelión contra la Inquisi-
ción fue quizás el más extraordinario ejemplo
proporcionado a la juventud neogranadina de
que podía levantarse contra la dominación y
la opresión. Con el pensamiento de Mutis se
quebró el dogma, se resquebrajó el silogismo,
se agrietó el dominio religioso, se desmitificó
la monarquía, se abrieron las mentes a las
nuevas ideas. Todo fue posible. Eso fue lo
que lo convirtió con su Expedición Botánica
en precursor de la Independencia.
serie sobre la Independencia. Pero no hacerlo
sería un desconocimiento imperdonable. Bolí-
var dirigió esta revolución. Bolívar la luchó cen-
tímetro a centímetro. Entre 1812 y 1824 recorrió
América de Caracas a La Paz una y otra vez,
no en automóvil, ni en tren, y menos en avión,
sino a caballo, con un contingente de soldados
criollos, mulatos, indios, negros esclavos, mal
equipados, mal trajeados, mal alimentados,
que derrotarían un ejército de Morillo llegado
a Colombia con más de quince mil soldados.
Hoy, siglo veintiuno, no es fácil atravesar la
cordillera oriental de Casanare a Boyacá. Lo
logró con llaneros de tierra ardiente hasta la
batalla del Puente de Boyacá el 7 de agosto
de 1819 y siguió hacia el sur hasta coronar su
misión libertadora en 1824. Biografías, histo-
rias de la lucha de independencia, bibliografía
inmensa, recopilación documental, alusiones
permanentes, artículos, columnas de periódico,
todo un arsenal medio infinito. Visiones contra-
puestas sobre su vida, la de Madariaga o la de
Waldo Frank, o la de Liévano Aguirre, o la de
Arciniegas, o la de Manzini, o la de Masur, o
la de García Márquez, o más recientemente la
de John Lynch o Juvenal Herrera, y un archivo
documental en América y Europa, inagotable.
Fue que Bolívar derrotó en esta tierra la que
todavía se consideraba la primera potencia
colonial de la época, España.
escolástica que había recibido en las aulas de
religiosos y a una tradición monárquica de la
que no se liberó. A Pedro Fermín de Vargas
lo estremeció la liberación mental a que lo
condujo la rebelión filosófica de Mutis. Fue
el más enciclopedista de los precursores en
su ideología y en su posición política. Nariño
no publicó la declaración francesa sobre los
derechos del hombre por una curiosidad in-
telectual, sino por un convencimiento político
que lo llevó a la cárcel y a la lucha militar con-
tra el gobierno colonial. En Santander influyó
como en ningún otro la gesta emancipadora
de Estados Unidos, que perduraría en su
concepción sobre el Estado y la República,
III
de allí. 3) Los liberales monárquicos, radi-
cales en su lucha contra el colonialismo, no
convencidos de la democracia o influidos por
regímenes europeos exitosos por entonces,
con influencias de los revolucionarios fran-
ceses, temerosos de la experiencia gala de
excesos y dubitaciones; allí estaría Miranda y
se encuadraría también Bolívar con su cons-
titución boliviana y su tentación monárquica
con los ingleses. 4) Los escolásticos radicales,
ceñidos a la fe católica, con fidelidad a la mo-
narquía, unas veces con tendencia a unirse
a España como provincia otras empeñados
en la separación definitiva, unas inclinados a
la construcción nacional otras partidarios de
confederación de pueblos y regiones; podrían
señalarse a católicos fervorosos como Torres
y Caldas partidarios de esta alternativa como
resultado de la lucha de 1810.
tas o complementarias. Así sucedió en el
movimiento de 1810. Y sus contradicciones
ideológicas y políticas no solamente condu-
jeron a enfrentamientos en el terreno de las
ideas, sino que produjeron luchas armadas.
No pensaban igual Nariño y Torres, ni Bolívar
y Santander, ni Vargas y Caldas, para men-
cionar los más identificados dirigentes de la
revolución de independencia, a pesar de que
no se manifestaban en forma organizada de
partidos. La guerra de la mal llamada Patria
Boba entre los ejércitos de Nariño y Torres no
planteaba sino una diferencia fundamental en
torno al carácter de nación unitaria o confe-
deración de pueblos. Se trataba de un punto
estratégico para el futuro de lo que sería la
sociedad colombiana.
y abrió las mentes a nuevas concepciones.
Nariño sobre el gobierno, y abrió la aspiración
de independencia. No al control de un pueblo
sobre otro, ni político ni económico. Ni directo
ni indirecto. Ni por protección ni por defensa.
No al control ni al dominio. Ese fue el verda-
dero sentido del movimiento del que Mutis y
Nariño fueron precursores. Una lección. Ni la
globalización ni el intercambio ni las comuni-
caciones pueden desvirtuar la independencia
y la soberanía de las naciones para que la
dominación y la protección disfrazada de unos
países sobre otros mantengan la pobreza y el
hambre sobre el mundo.
La lucha revolucionaria de independencia
aglutinó cuatro tendencias ideológicas: 1) Los
enciclopedistas democráticos, opuestos al
control eclesiástico sobre las mentes como a
la unidad de religión y estado, con una nueva
mentalidad sobre la sociedad y el poder políti-
co; entre ellos sobresaldría Pedro Fermín de
Vargas. 2) Los liberales democráticos influidos
por la Revolución Norteamericana y la Revo-
lución Francesa con su sistema de gobierno
democrático del que los estadounidenses
fueron vanguardia mundial con su liberación
de Inglaterra en 1782 y los franceses contra
la monarquía; Nariño y Santander partieron
a la cual unió el pensamiento revolucionario
de los positivistas ingleses, Locke y, princi-
palmente, Bentham, al que acudiría para la
nueva educación neogranadina. Bolívar fue
más ecléctico. Pasó de la escolástica a los
enciclopedistas de ahí a los filósofos de la
Revolución Francesa hasta los monárquicos
ingleses. Por eso dudó de la democracia y se
inclinó por regímenes dictatoriales o monár-
quicos. No consideraba al pueblo que había
llevado a la independencia, preparado para
un gobierno de elección popular.
La lucha política
No importa mucho para la historia su origen fa-
miliar, su origen racial, su herencia terrateniente.
Bolívar partía de esa realidad colonial. Hasta in-
tentos de biografías psicológicas y psiquiátricas
se han intentado de él. En cambio la educación
de Simón Rodríguez y Andrés Bello lo marcarían
en su primera juventud y en los principios de la
revolución. Pero sus contactos en Europa lo pu-
sieron al tanto de la Ilustración, de la Declaración
de los derechos del hombre y del ciudadano,
de la Carta a los españoles americanos, de las
A Mutis y a Nariño los persiguió el gobierno
virreinal por sus ideas, porque fueron un ba-
luarte de una nueva concepción de la socie-
dad y de la política, cada uno a su manera y
en su momento. Se trató de un impresionante
movimiento ideológico que se expandió con
una rapidez inconcebible para una época sin
medios de comunicación. Defendieron una
nueva concepción del mundo y una nueva
forma de gobierno. Mutis sobre el mundo,
Camilo Torres representó una tendencia
filosófica que no lo desligó de España, a
pesar de haber sido condenado al patíbulo
por Morillo. En el fondo siguió adherido a la
E n las grandes transformaciones polí-
ticas siempre surgen y se desarrollan
tendencias ideológicas contrapues -
S e ha escrito tanto sobre Bolívar que
puede resultar fatuo o presuntuoso
dedicarle dos o tres columnas en esta
IV
El Libertador Simón Bolívar
Rendición de Berreiro, J. N. Cañarete. Óleo sobre tela. Museo Nacional de Colombia.
Separata especial/ 20 de julio de 2010 7 bicentenario Bolívar fue un batallador incansable por un
Separata especial/ 20 de julio de 2010 7 bicentenario
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7
bicentenario
Separata especial/ 20 de julio de 2010 7 bicentenario Bolívar fue un batallador incansable por un
Bolívar fue un batallador incansable por un ideal, el de la independencia. Sufrió crisis, afrontó derrotas,
Bolívar fue un batallador incansable por un
ideal, el de la independencia. Sufrió crisis,
afrontó derrotas, superó traiciones, pero con
su ejército obtuvo triunfos definitivos en las
batallas del Pantano de Vargas, Puente de Bo-
yacá, Carabobo, Maracaibo, Pichincha, Junín,
Ayacucho. De él dice Germán Arciniegas: “Esa
guerra (la de la independencia) consagró a
Bolívar como el guerrero del siglo, más atrevi-
do que Washington, más digno de admiración
Bolívar mantuvo correspondencia con los de-
legados ingleses en estos países, en la que
declaró su admiración por la corona y sus
intenciones monárquicas. Sus declaraciones
a favor de Inglaterra y de la corona son nume-
rosas. Como dice Arciniegas: “Lo de Bolívar
e Inglaterra es una historia melancólica, dra-
mática.” Con la pasión americanista que fue
su enseña, añade: “Puso el Libertador toda su
esperanza en una potencia extraña a Améri-
ca, con mal pasado colonial, y ni ella misma
lo escuchó”. (En Bolívar y la revolución, pág.
75). Bolívar negoció la traída de un príncipe
inglés con los siguientes cónsules enviados
del secretario de relaciones exteriores britá-
nico, Mr. George Canning: capitán Thomas
Maling en Lima; el comisionado británico en
Lima y Bogotá, Patrick Campbell; Alexander
Cockburn, ministro plenipotenciario británico
en Bogotá; William Turner, ministro embajador
en Bogotá. Su correspondencia con Maling y
Campbell no deja dudas sobre su tendencia
monárquica y pro inglesa. Al capitán Maling
le escribe en 1824: “Ningún país es más libre
que Inglaterra, con su bien reglamentada
monarquía; Inglaterra es la envidia de todos
los países del mundo y el modelo que todos
desearían seguir al formar un nuevo gobierno
o dictar una nueva Constitución… Deseo que
usted tenga la plena seguridad de que yo no
soy enemigo ni de los reyes ni de los gobiernos
aristocráticos…”. Y a Campbell le responde
sobre su propuesta de un príncipe inglés en
1825: “Inglaterra es, una vez más, nuestro
V de diversidad de constituciones, unas mo -
nárquicas, otras democráticas, unas a favor
de la metrópoli, contra Napoleón, a favor de
Fernando VII. De todo. Sin nación, no puede
haber soberanía. La defensa de unos límites
definidos ¿acaso no determina la constitución
de nación? ¿y acaso no determina el sentido
de soberanía? Bolívar y la mayoría de los
héroes de la independencia hubieran podido
aceptar la posición de anexión a España con
igualdad de derechos, es decir, anexarse al
imperio español. Prefirieron luchar a muerte
por la separación. Y esta significaba la cons-
titución del Estado-nación, es decir, de la so-
beranía. Sin soberanía no hubiera sido posible
el desarrollo de la Nación colombiana, ni la
venezolana, ni la ecuatoriana, ni la peruana, ni
la boliviana. Fue la decisión de la mayoría de
los dirigentes de la revolución independentista
por la soberanía lo que le dio significado a la
lucha del 20 de julio de 1810 hasta 1826.
colonial. Su revolución victoriosa había sido
hija de la Revolución Norteamericana, de la
Revolución Francesa y de las ideas liberta-
rias de la escolástica radical enseñada en las
aulas de las instituciones educativas de en-
tonces. Pero su íntimo contacto con el pueblo
por años de lucha y de recorrido por el norte
de Suramérica lo habían llenado de dudas
profundas sobre las condiciones concretas
de un gobierno eficaz que reconstruyera estas
naciones. De allí salió un proyecto de consti-
tución para Bolivia, aristocrático y dictatorial;
impuso una dictadura en Perú; entabló un
gobierno autocrático en Bogotá. No era extra-
ño. México había declarado su independencia
como monarquía. Brasil importaría un príncipe
portugués. San Martín se inclinaba también
por la monarquía. Miranda había quedado
embelesado con las cortes europeas que
había recorrido incluyendo el ejército francés
al mando de emperador Bonaparte. Se había
logrado la liberación de España pero no había
acuerdo sobre el sistema de gobierno para los
nuevos países. En realidad, los discursos de
Bolívar y su correspondencia más conocida,
desde la Carta de Jamaica hasta su discurso
en el Congreso de Angostura en 1819, dejan
un marcado acento monárquico y autoritario.
Su admiración por Inglaterra y su sistema de
gobierno superaba todos los límites. Y en sus
últimos cinco años de gobierno y de vida man-
tuvo contactos con los ingleses a favor de una
monarquía para la Gran Colombia.
Española la mayoría de la población estaba
con la corona? ¿Por qué tuvo tanta fuerza la
conversión de América en una provincia de
España con los mismos derechos de los de
la metrópoli? ¿Por qué la monarquía española
se apresuró a darle garantías a sus colonias
en un intento de impedir su separación? ¿No
resultaba mejor para la economía una rees-
tructuración de las relaciones metrópoli colo-
nia que la independencia completa? ¿No era
un riesgo inconmensurable una separación sin
tener ni siquiera una unidad económica ni un
cálculo de las consecuencias que sobreven-
drían para la población dispersa y aislada?
¿Simplemente la corriente independentista
que se fue radicalizando buscaba asegurar
sus intereses de clase afectados por el ré-
gimen colonial? ¿Acaso la separación de la
metrópoli resolvió la esclavitud y la opresión
y la desigualdad y el porvenir de la población
pobre y explotada? En esta meditación sobre
la independencia es necesario responder y
resolver estos interrogantes.
Resulta trascendental entender que Bolívar fue
un unificador. Si no hubiera sido así, la lucha
independentista hubiera fracasado. Unificó las
ideologías. Unificó las creencias. Unificó las
ambiciones. Unificó la lucha. Unificó el ejército.
Unificó los generales. Unificó el pueblo. Hoy
parece fácil. Pero la lucha ideológica y políti-
ca llegó a ser tan aguda que Nariño y Torres
se trenzaron en la guerra de 1812. Y Bolívar
mandó apresar a Miranda y entregarlo a los
españoles. Y Sucre fue asesinado. Y también
Córdova. Las cuatro tendencias ideológicas
que orientaron a los grandes dirigentes de la
revolución independentista no eran superfi-
ciales, tanto que condujeron en el siglo XIX
a cuatro guerras civiles nacionales de gran
envergadura. Por eso el papel unificador de
Bolívar fue estratégico y fundamental. Unir a
monárquicos y a católicos y a enciclopedistas
y a demócratas radicales y a quienes buscaban
convertir estas tierras en parte de la metrópoli,
constituyó una labor titánica e histórica.
y económico. Y, por supuesto, la utilidad de la
separación de la metrópoli, es decir de la inde-
pendencia política. Por supuesto, la soberanía
implicaba que se constituyera el Estado-nación.
Unos límites definidos, un determinado sentido
de unidad política, una constitución, una orga-
nización estatal, una definición de poderes, un
sistema de gobierno. Ahí estaba la soberanía.
A pesar del poder virreinal y de una autoridad
colonial, no existía la conciencia de nación, por-
que no se daban los lazos que la definieran. Ya
se ha hecho alusión a la proliferación de gritos
de independencia, de Juntas de Gobierno y
que Napoleón”. La historia se escribe así, con
dirigentes, con héroes, con visionarios, con
pueblo, con ingentes sacrificios, con entera con-
sagración, con denodada decisión. Ya desde
la fecha de 1810, hace dos siglos, Bolívar se
había comprometido con el movimiento desde
Caracas y comenzaría con el viaje a Londres
de ese año su trabajo por la liberación nacional
de la colonia. Sus viajes, sus contactos políticos
e ideológicos, su lucha en todos los terrenos,
lo llevarían a la dirección de la revolución y al
triunfo definitivo de la independencia.
teorías sobre los derechos naturales y el con-
trato social. En Europa se transformó su mente
con las ideas revolucionarias de la burguesía
que ascendía al poder político y económico. Su
transformación ideológica lo llevó a la decisión
fundamental de su vida, la de dedicarse a la
liberación de la América española. Y tuvo que
sufrir derrotas, destierros, confiscaciones, trai-
ciones, hasta coronar su ideal y su obra. En esas
condiciones, en ese terreno, en ese momento
histórico, su lucha fue una epopeya.
VI
¿Cuál es el sentido del desarrollo económico?
Eliminar la pobreza, garantizar una mínima
igualdad en las condiciones materiales de vida
para toda la población, garantizar la acumu-
lación social en beneficio de la colectividad,
lograr las condiciones del mercado interior
sobre la base de la industria pequeña, me-
diana y pesada, no sin antes satisfacer las
necesidades mínimas de una digna supervi-
vencia. La clave del desarrollo es el mercado
interior. Y está determinado por la producción
de bienes de capital. Hicimos una revolución
política y nos quedamos a medio camino de
la revolución económica.
E l gran dilema de Bolívar fue el sistema
de gobierno que debía adoptar para
las naciones recién liberadas del yugo
¿ Por qué Bolívar, Nariño, Santander, Var-
gas, Torres y tantos otros, se revelaron
contra la colonia? ¿Por qué en América
Aquí está en juego el significado de soberanía.
Y, además, el significado del desarrollo político
Batalla de Tacines. José María Espinosa (1845-60), óleo sobre tela. Museo Nacional de Colombia.
El dilema del Libertador
Simón Bolívar
Qué significa la Independencia
8 Separata especial/ 20 de julio de 2010 bicentenario Colombia un aliado poderoso en el caso
8 Separata especial/ 20 de julio de 2010 bicentenario
8
Separata especial/ 20 de julio de 2010
bicentenario
8 Separata especial/ 20 de julio de 2010 bicentenario Colombia un aliado poderoso en el caso
Colombia un aliado poderoso en el caso de que su independencia y libertad fuesen amenazadas por
Colombia un aliado poderoso en el caso de que
su independencia y libertad fuesen amenazadas
por las potencias aliadas. El Ejecutivo no pudien-
do ser indiferente a la marcha que ha tomado la
política de los Estados Unidos, se ocupa eficaz-
mente en reducir la cuestión a puntos terminantes
y decisivos”. Se había formado en 1815 la Santa
Alianza de dos potencias feudales europeas y
se había recompuesto por la Cuádruple Alianza
de Austria, Prusia, Rusia e Inglaterra, a la que
se uniría pronto España. Surgía en América el
temor y la sospecha de una verdadera alianza
de las potencias europeas por la reconquista de
América. Por eso Sucre le escribe a Bolívar en
medio de la campaña del sur: “En este año vere-
mos el desenlace de Europa, el cual va más que
nada a decidir de la América. Todo colombiano
debe ahora poner un ojo en el Perú, y otro en
la Santa Alianza. Esta maldita coalición de los
Reyes de Europa me hacen temer mucho de la
existencia de nuestras instituciones; no puede
negar usted que más cuidado me da de ellos
que de los godos del Perú… Creo que usted
cuenta más que demasiado con los ingleses;
estos serán como los demás, amigos de tomar
su parte, y lo único que harán por su poder será
tomar la mejor parte…”. (En Arciniegas, Bolívar
y la revolución, pág. 130).
En diciembre de 1823, fecha del discurso del
presidente Monroe al Congreso sobre la defensa
de América, la posibilidad de una reconquista eu-
ropea no estaba descartada. Pero poco a poco,
una tras otra, las potencias europeas fueron re-
conociendo la realidad de la independencia ame-
ricana. Y hacia mediados del siglo la historia de
América tomó otro giro, una vez alejado el peligro
de la reconquista. En América del Norte la recom-
posición de Estados Unidos con la incorporación
de Florida, Louisiana y las provincias de México.
En América Central la división en pequeños paí-
ses después de separarse de México y Colombia.
En América del Sur con guerras y transacciones
que reestructuraron los límites heredados de la
Colonia. Pero al llegar el cruce de los dos siglos,
la guerra hispano-norteamericana y el robo de
Panamá por Estados Unidos determinan su
transformación en una potencia imperialista que
se lanza a la conquista de mercados de capital,
una vez en el mundo se ha agotado la posibilidad
de nuevas anexiones territoriales.
El debate entre los historiadores colombianos ha
sido agudo. Y, en mucho, distingue sus orien-
taciones políticas y su visión sobre la realidad
colombiana contemporánea. Indalecio Liévano
Aguirre inspiró toda una tendencia de la llamada
“nueva historia”, desde la defensa de Bolívar mo-
nárquico hasta la del régimen feudal de Núñez.
Germán Arciniegas se mantuvo en una posición
americanista que no le perdona a Estados Uni-
dos su transformación en potencia imperialista.
Por eso Arciniegas se separa tanto de Liévano
Aguirre sobre el carácter de la Doctrina Mon-
roe. Liévano coincide con los historiadores de
la revolución mexicana como Carlos Pereyra
y José Vasconcelos, para quienes la Doctrina
fue siempre un instrumento del expansionismo
estadounidense, con lo cual tergiversan su sen-
tido histórico de defensa continental por más de
medio siglo, que sí acoge Arciniegas.
contradicciones, posiciones, enfrentamientos,
de una historia de dos siglos. En ella se pue-
de sintetizar la historia moderna de América.
Pero eludir su significado puede implicar que
se ignore el sentido de la independencia de un
pedazo del mundo que pasó por tres siglos de
dominación colonial y arriesgar la comprensión
de su historia contemporánea. Son varias las
dificultades que enfrenta la posibilidad de hacer
un planteamiento histórico acertado. Una, la po-
lítica estadounidense en Colombia desde el robo
de Panamá hasta el presente. Otra, la influencia
de la historiografía mexicana y cubana posterior
ejemplo, cuán infinitamente más respetable
es vuestra nación, gobernada por reyes, lores
y comunes que aquella que cifra su orgullo
en una igualdad que no alcanza a suprimir la
tentación de ejercerla en beneficio del Estado.
… Si hemos de tener un nuevo gobierno, que
tenga por modelo el vuestro, y estoy dispuesto
a dar mi apoyo a cualquier soberano que In-
glaterra quiera darnos”. (En J. Fred Rippy, La
rivalidad entre Estados Unidos y Gran Bretaña
por América Latina (1808-1818).
La Doctrina Monroe, entonces, cambia de ca-
rácter, se incorpora al del Destino Manifiesto, al
de la Enmienda Platt, a la de las invasiones en
América Latina. Así lo declaraba Teodoro Roose-
velt en su mensaje al Congreso un año después
de Panamá: “Un mal crónico, o una impotencia
que resulta en el deterioro general de los lazos
de una sociedad civilizada, y en el hemisferio
occidental, la adhesión de los Estados Unidos a
la Doctrina Monroe, puede forzar a los Estados
Unidos, aun sea renuentemente, al ejercicio del
poder de policía internacional en casos flagran-
tes de tal mal crónico o impotencia”. (Mensaje al
Congreso, diciembre de 1904). De allí resultarían
las intervenciones de Estados Unidos en Cuba,
Puerto Rico, República Dominicana, México,
Guatemala, Panamá, Granada. Y así prepararía
las condiciones de su dominio económico con mi-
siones económicas, tratados de comercio, planes
de defensa continental y protección de su área
de influencia estratégica. Como diría Arciniegas
al concluir su artículo sobre Monroe: “Cerrándole
el paso al imperialismo yanqui, y colocados en
el mismo nivel los Estados Latinoamericanos, se
volvería al pensamiento original que de Angos-
tura pasó a Bogotá y de Bogotá a Washington,
cuando de norte a sur y de sur a norte lo que se
buscaba era una definición continental, hecha
con los ingredientes de la república, del gobierno
representativo, de la libertad. Es decir: la indepen-
dencia continental”. (Op. cit., pág. 136).
Fue Santander, y no Bolívar, en el mensaje
que dirige al Congreso de 1824 en calidad de
vicepresidente, quien comprendió el sentido del
mensaje del presidente Monroe al Congreso de
Estados Unidos: “Semejante política consola-
dora del género humano,” dice, “puede valer a
a sus dos revoluciones, determinada por las
intervenciones de Estados Unidos. Y, además,
el cambio histórico operado por Estados Unidos,
de vanguardia de la revolución democrática
mundial del siglo XIX en una potencia poderosa
y agresiva del siglo XX.
VII cuatro etapas. La del período de la guerra de
independencia de relativa indiferencia hasta el
reconocimiento de la soberanía de Colombia en
1822; la del período republicano de alianza es-
tratégica en el siglo XIX, sin interferencia alguna
significativa; la del robo de Panamá hasta el final
de la Segunda Guerra Mundial con el control del
petróleo, el Tratado de Comercio de 1935 aten-
tatorio contra la soberanía y una modernización
adecuada a sus condiciones de intervención
económica; y desde allí hasta el presente, de do-
minio sobre la economía nacional en especial por
planes de desarrollo de endeudamiento externo,
el dominio del capital financiero y la injerencia
política permanente hasta el tratado reciente de
utilización de las bases militares. Las dos primeras
no tienen carácter colonialista o imperialista. Las
dos últimas definen el proceso y el ejercicio de
dominación indirecta por medios económicos y
hasta de posibilidades de una dominación direc-
A finales de 1829, muy cercana su renuncia y
su muerte, Bolívar continúa con su idea mo-
nárquica, a pesar de la dudas de que su acep-
tación de un príncipe inglés no le fuera a traer
más resistencia en Bogotá y más enemistad de
los estadounidenses. Le dice a Campbell: “Es-
toy muy lejos de oponerme a la reorganización
de Colombia según el modelo de la esclarecida
Europa. Por el contrario, sería muy feliz y pon-
dría todas mis fuerzas al servicio de una obra
que podría llamarse de salvación”. Es en ese
contexto cuando Bolívar escribe esa famosa
frase contra Estados Unidos, enviada al repre-
sentante de la monarquía inglesa, nada menos,
lleno de temores de una oposición democrática
que crecía contra su dictadura, de que fuera
a instaurar la monarquía: “¿Qué oposición no
sería ejercida por todos los nuevos Estados
americanos? ¡Y por los Estados Unidos, que
parece destinado por la Providencia a desatar
sobre América una plaga de sufrimientos en
nombre de la Libertad!”. Se trata, pues, de una
frase monárquica, utilizada por tirios y troyanos
contra Estados Unidos, en ese momento van-
guardia de la democracia y de la revolución
burguesa mundial –todavía a casi un siglo de
convertirse en la potencia imperialista que se
llevaría a Panamá– mientras Europa se llenaba
de monarquías que buscaban la restauración
del régimen feudal. No es extraño, entonces,
que al dejar el gobierno, desilusionado y an-
gustiado, fuera sucedido por Urdaneta y fuera
aprobado por unanimidad en su Consejo de
Ministros, la traída de un príncipe inglés. Eran
los bolivarianos radicales, autoritarios y dicta-
toriales, fundamentalistas, que pondrían las
bases de guerras civiles y enfrentamientos sin
fin hasta la guerra de los Mil Días. Por fortuna
el gobierno inglés nunca estuvo interesado,
al final, en la monarquía colombiana soñada
por Bolívar, muy posiblemente debido a sus
acuerdos estratégicos con los estadouniden-
ses sobre América por la “doctrina Monroe”,
ni en el príncipe que le solicitaba el gobierno
de Urdaneta, porque no les merecía ninguna
atención. Con la caída del gobierno y la muerte
de Bolívar, terminarían en Colombia las ten-
dencias monárquicas.
R eferirse a la llamada Doctrina Monroe
en la historia de América es como levan-
tar una gran polvareda de tendencias,
ta. Distinguir el carácter de esta relación con sus
características profundamente diferentes, permite
comprender el sentido de la Doctrina Monroe.
Se trata de las relaciones de Estados Unidos con
Colombia, sobre las que se pueden distinguir
La llamada Doctrina Monroe
y la independencia de Colombia
Bolívar natural de Carácas. Pedro José Figueroa. 1820. Óleo sobre tela. Museo Nacional de Colombia.
Separata especial/ 20 de julio de 2010 9 bicentenario Bicentenario y segunda independencia Sergio De Zubiría
Separata especial/ 20 de julio de 2010 9 bicentenario
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bicentenario
Separata especial/ 20 de julio de 2010 9 bicentenario Bicentenario y segunda independencia Sergio De Zubiría

Bicentenario y segunda independencia

Sergio De Zubiría Samper

PROFESOR DEPARTAMENTO DE FILOSOFÍA UNIVERSIDAD DE LOS ANDES

E n los movimientos sociales y discusio- nes académicas empieza a debatirse con fuerza el sentido de la conmemora-

ción del Bicentenario. En el último mes se han

llevado a cabo importantes foros universitarios y reuniones de las organizaciones populares, atravesadas por dos interrogantes principales:

¿tiene algún valor y significado conmemorar el proceso de la Independencia de América?, ¿cuál debe ser la actitud de la izquierda lati- noamericana frente a este suceso histórico?

Aunque la polémica apenas se inicia y es complejo sistematizar su riqueza, ya empie- zan a vislumbrarse distintas posiciones en el seno de las organizaciones populares y partidos políticos. Podemos ubicar, por lo me- nos, tres perspectivas diferentes de análisis para abordar las dos inquietantes preguntas anteriores.

La primera postura sostiene que es necesario rechazar cualquier tipo de conmemoración, porque la denominada “independencia”, sig- nificó simplemente el establecimiento de una nueva forma de dominación. La élite criolla pri- vilegiada se estableció como clase dominante. Para esta posición, no puede denominarse independencia a los procesos históricos con- tinentales de 1809 a 1815. Esta perspectiva de análisis enfatiza, que ni todas las clases sociales ni las etnias colombianas, deben celebrar el momento de la independencia. Por tanto, para quienes sostienen esta tesis, no existe nada que conmemorar desde una posición de izquierda.

La segunda perspectiva plantea que la divul- gada noción de “segunda independencia” es una estrategia para la desvalorización del fe- nómeno de la independencia. Un cierto rasgo “nihilista” que ha caracterizado a la izquierda latinoamericana, desde el sesquicentenario, al leer los trascendentales hechos de inicios del siglo XIX. Para esta visión, existe una tenden- cia en el pensamiento crítico latinoamericano a deslegitimar y devaluar las primeras inde- pendencias. A no reconocer ningún aporte

substantivo de la independencia en los órde-

nes de la vida social y cultural.

En el fondo, estas dos posiciones interpre- tativas expresan actitudes polarizantes. La primera, desvaloriza plenamente el fenómeno histórico de la independencia e identifica la noción de conmemoración con festividad o “celebración” acrítica. La segunda, sobredi- mensiona las transformaciones sucedidas en la primera independencia y destaca sólo los elementos positivos de este hecho histórico. Tenemos que encontrar un camino más se- reno y equilibrado para juzgar los sucesos de nuestra historia; que no pacte con una lectura maniquea del proceso independentista.

Un equilibrio reflexivo

En las conclusiones de su obra Los Inconfor- mes, Ignacio Torres Giraldo, formula unas te- sis que pueden orientar ese sendero reflexivo de apropiación de la historia. Con ánimo enu- merativo, la llamaremos la tercera perspectiva o hacia un equilibrio reflexivo con la historia. La primera tesis, del investigador colombiano, es reconocer que “una delgada capa distin- guida, vinculada al señorío feudal, a los altos núcleos mercantiles pro-ingleses, a la vieja cultura teológica y al bizarro militarismo bo- napartista, sea en realidad la que comanda el triunfo de la extraordinaria guerra de liberación nacional”. La segunda, “sin embargo, nadie con razón podría negar la importancia de las mínimas reformas consumadas a raíz de la Independencia, porque el hecho mismo de la emancipación de España es de tal magnitud que imprime sello y grandeza a los actos” 1 .

Por tanto, es innegable el carácter de clase del fenómeno de la independencia, pero al mismo tiempo, “nadie con razón” puede ne- gar la importancia de ciertas reformas reali- zadas en la primera independencia. Son de indudable importancia las transformaciones político-administrativas, la preocupación por la enseñanza pública, la creación de proce- sos intelectuales ilustrados, las disputas por la construcción de la nación, las reformas económicas, la victoria de los ejércitos repu- blicanos, entre muchas otras.

Subrayar el establecimiento de un nuevo bloque de clases en el poder, no conlleva

Separata especial/ 20 de julio de 2010 9 bicentenario Bicentenario y segunda independencia Sergio De Zubiría

Jaspe, Generoso. Fusilamiento de los próceres de Cartagena. Ca. 1886. Litografía en color (Tinta litográfica/papel

Separata especial/ 20 de julio de 2010 9 bicentenario Bicentenario y segunda independencia Sergio De Zubiría

Batalla de los Éjidos de Pasto. José María Espinosa (1845-60), óleo sobre tela. Museo Nacional de Colombia.

desconocer las transformaciones desencade- nadas por esa nueva correlación de fuerzas sociales. Ubicar las relaciones de dominación establecidas, remite a una nueva fase de la lucha de clases.

El sentido profundo de una conmemoración histórica para el pensamiento crítico, no tiene nada que ver con lecturas higiénicas o tran- quilizantes de la historia. El recorrido histórico de occidente está colmado de barbarie, explo- tación, dominación y sufrimiento. Tal vez, por ello, Marx y Engels, preferían hablar de la pre- historia de la humanidad. Para estos pensado- res, aún no hemos ingresado en la verdadera historia. La conmemoración en sentido crítico, remite a nociones como amnamesis y catarsis, que nunca remiten a celebración acrítica. Es- tos términos de raíz griega, se acercan más a memoria colectiva, purificación liberadora, diá- logo con lo suprimido, retorno de lo reprimido, prestar la voz al sufrimiento.

El pensador Walter Benjamin, utilizó la metá- fora de ¨historia a contrapelo”, porque recono- cía que la memoria histórica profunda no es cualquier memoria. La fuerza de la memoria moral, para el filósofo Reyes Mate, heredero de Benjamin, consiste en abrir expedientes que la historia oficial o el derecho daban por definitivamente cerrados. La memoria no se arruga ante términos como prescripción, amnistía o insolvencia, pues tiene la mirada puesta en las víctimas, las injusticias y los oprimidos. Si hubo una injusticia pasada y no ha sido saldada, la memoria profunda procla- ma la vigencia de esa injusticia.

Hacia la segunda independencia

Sostenemos que la categoría de “segunda independencia” contiene tres movimientos necesarios para evaluar adecuadamente nuestra historia social. El primero, logra ante la historia no sobrevalorar ni desvalorizar el movimiento de la Independencia. Es necesa- ria una segunda independencia por los límites, ambigüedades y contradicciones de la desen- cadenada en el siglo XIX. Al mismo tiempo reconoce, que la primera contiene elementos de independencia, al otorgarle el estatuto de “primera”. El segundo movimiento, posibilita

retomar ciertas promesas incumplidas de ese fenómeno. Al no caracterizar el fenómeno de la independencia como algo completo y con- cluido, nos permite rememorar los proyectos aún no realizados. El tercero, nos impele a abrir horizontes de otros sueños y sociedades posibles. La historia no terminó con las luchas independentistas y otras tareas más allá de las consignas del XIX, son necesarias para construir el presente y el futuro.

El bicentenario desde una perspectiva de se- gunda independencia nos interpela con rigor a rememorar sus mayores promesas incumpli- das. Tal vez, cuatro de ellas son devastadoras en nuestra época. La primera, es la imposibili- dad de realizar la integración latinoamericana desde la perspectiva de Martí y Bolívar. La segunda, es la construcción de verdaderas y soberanas repúblicas en toda la región de Nuestra América. La tercera, la consolidación práctica de Estados-nación de naturaleza no excluyente, multiétnicos y multiculturales. La cuarta, la configuración de una democracia efectiva con igualdad material.

El bicentenario, desde una perspectiva crítico-emancipatoria, nos obliga a elevar la profundidad de nuestros sueños y utopías. Tres horizontes de expectativas se ubican en esa agenda crítica de América Latina. El primer horizonte, es la emergencia de una nueva generación de derechos ecológico- políticos. La responsabilidad latinoamericana de amar nuestra biodiversidad y la soberanía sobre esa incomparable riqueza natural. Los pueblos americanos se alzan en la defensa soberana de los derechos de la madre tierra. El segundo, la recreación del proyecto socia- lista latinoamericano para derrumbar el capi- talismo. La posibilidad concreta de reformas no-reformistas que conduzcan a revoluciones anti-capitalistas. El tercer horizonte, la refun- dación de una teoría de la justicia social más allá del liberalismo. Una justicia social que atienda la redistribución de la tierra, el ingreso y la riqueza, pero también que escuche las peticiones del reconocimiento de la diversidad a través del poder político.

1 Torres Giraldo, I. Los Inconformes. Bogotá:

Editorial Latina, 1978. Tomo I. p. 229.

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El General en su laberinto

«

Es otra vez como la noche de San Juan de Payara», dijo. «Sin Reina María Lui- sa, por desgracia».

José Palacios conocía de sobra aquella evo- cación. Se refería a una noche de enero de 1820, en una localidad venezolana perdida en los llanos altos del Apure, adonde había llegado con dos mil hombres de tropa. Había liberado ya del dominio español dieciocho provincias. Con los antiguos territorios del virreinato de la Nueva Granada, la capitanía general de Venezuela y la presidencia de Quito, había creado la república de Colom- bia, y era a la sazón su primer presidente y general en jefe de sus ejércitos. Su ilusión final era extender la guerra hacia el sur, para hacer cierto el sueño fantástico de crear la nación más grande del mundo: un solo país libre y único desde México hasta el Cabo de Hornos.

Sin embargo, su situación militar de aquella noche no era la más propicia para soñar. Una peste súbita que fulminaba a las bestias en plena marcha había dejado en el Llano un reguero pestilente de catorce leguas de caballos muertos. Muchos oficiales desmo- ralizados se consolaban con la rapiña y se complacían en la desobediencia, y algunos se burlaban incluso de la amenaza que él había hecho de fusilar a los culpables. Dos mil soldados harapientos y descalzos, sin armas, sin comida, sin mantas para desafiar los páramos, cansados de guerras y muchos de ellos enfermos, habían empezado a deser- tar en desbandada. A falta de una solución racional, él había dado la orden de premiar con diez pesos a las patrullas que prendieran y entregaran a un compañero desertor, y de fusilar a éste sin averiguar sus razones.

La vida le había dado ya motivos bastantes para saber que ninguna derrota era la última. Apenas dos años antes, perdido con sus tro- pas muy cerca de allí, en las selvas del Orino- co, había tenido que ordenar que se comieran a los caballos, por temor de que los soldados se comieran unos a otros. En esa época, se- gún el testimonio de un oficial de la Legión Británica, tenía la catadura estrafalaria de un guerrillero de la legua. Llevaba un casco de dragón ruso, alpargatas de arriero, una casaca azul con alamares rojos y botones dorados, y una banderola negra de corsario izada en una lanza llanera, con la calavera y las tibias cruzadas sobre una divisa en letras de sangre: "Libertad o muerte".

La noche de San Juan de Payara su atuen- do era menos vagabundo, pero su situación no era mejor. Y no sólo reflejaba entonces el estado momentáneo de sus tropas, sino el drama entero del ejército libertador, que muchas veces resurgía engrandecido de las peores derrotas y, sin embargo, estaba a punto de sucumbir bajo el peso de sus tantas victorias. En cambio, el general español don Pablo Mori-llo, con toda clase de recursos para someter a los patriotas y restaurar el

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Simón Bolívar. Nieves Martínez.1830. Hilo seda sobre papel. Museo Nacional de Colombia.

orden colonial, dominaba todavía amplios sectores del occidente de Venezuela y se había hecho fuerte en las montañas.

Ante ese estado del mundo, el general pas- toreaba el insomnio caminando desnudo por los cuartos desiertos del viejo caserón de hacienda transfigurado por el esplendor lunar. La mayoría de los caballos muertos el día anterior habían sido incinerados lejos de la casa, pero el olor de la podredumbre seguía siendo insoportable. Las tropas no habían vuelto a cantar después de las jor- nadas mortales de la última semana y él mismo no se sentía capaz de impedir que los centinelas se durmieran de hambre. De pronto, al final de una galería abierta a los vastos llanos azules, vio a Reina María Lui- sa sentada en el sardinel. Una bella mulata en la flor de la edad, con un perfil de ídolo, envuelta hasta los pies en un pañolón de flores bordadas y fumando un cigarro de una cuarta. Se asustó al verlo, y extendió hacia él la cruz del índice y el pulgar.

«De parte de Dios o del diablo», dijo, «¡qué quieres!»

«A ti», dijo él.

Sonrió, y ella había de recordar el fulgor de sus dientes a la luz de la luna. La abrazó con toda su fuerza, manteniéndola impedi- da para moverse mientras la picoteaba con besos tiernos en la frente, en los ojos, en las mejillas, en el cuello, hasta que logró amansarla. Entonces le quitó el pañolón y se le cortó el aliento. También ella estaba desnuda, pues la abuela que dormía en el mismo cuarto le quitaba la ropa para que no se levantara a fumar, sin saber que por la madrugada se escapaba envuelta con el pañolón. El general se la llevó en vilo a la hamaca, sin darle tregua con sus besos balsámicos, y ella no se le entregó por deseo ni por amor, sino por miedo. Era virgen. Sólo cuando recobró el dominio del corazón, dijo:

«Soy esclava, señor».

«Ya no», dijo él. «El amor te ha hecho li- bre».

Por la mañana se la compró al dueño de la hacienda con cien pesos de sus arcas em- pobrecidas, y la liberó sin condiciones. Antes de partir no resistió la tentación de plantearle un dilema público. Estaba en el traspatio de la casa, con un grupo de oficiales montados de cualquier modo en bestias de servicio, únicas sobrevivientes de la mortandad. Otro cuerpo de tropa estaba reunido para des- pedirlos, al mando del general de división José Antonio Páez, quien había llegado la noche anterior.

El general se despidió con una arenga bre- ve, en la cual suavizó el dramatismo de la situación, y se disponía a partir cuando vio a Reina María Luisa en su estado reciente de mujer libre y bien servida. Estaba acabada de bañar, bella y radiante bajo el cielo del Llano, toda de blanco almidonado con las enaguas de encajes y la blusa exigua de las esclavas. Él le preguntó de buen talante:

«¿Te quedas o te vas con nosotros?» Ella le contestó con una risa encantadora:

«Me quedo, señor».

La respuesta fue celebrada con una carcaja- da unánime. Entonces el dueño de la casa, que era un español convertido desde la pri- mera hora a la causa de la independencia, y viejo conocido suyo, además, le aventó muerto de risa la bolsita de cuero con los cien pesos. El la atrapó en el aire.

«Guárdelos para la causa, Excelencia», le dijo el dueño. «De todos modos, la moza se queda libre».

El general José Antonio Páez, cuya expre- sión de fauno iba de acuerdo con su camisa de parches de colores, soltó una carcajada expansiva.

«Ya ve, general», dijo. «Eso nos pasa por meternos a libertadores».

El aprobó lo dicho, y se despidió de todos con un amplio círculo de la mano. Por últi- mo le hizo a Reina María Luisa un adiós de buen perdedor, y jamás volvió a saber de ella. Hasta donde José Palacios recordaba, no transcurría un año de lunas llenas antes de que él le dijera que había vuelto a vivir aquella noche, sin la aparición prodigiosa de Reina María Luisa, por desgracia. Y siempre fue una noche de derrota.

A las cinco, cuando José Palacios le llevó la primera tisana, lo encontró reposando con los ojos abiertos. Pero trató de levantarse con tal ímpetu que estuvo a punto de irse de bruces, y sufrió un fuerte acceso de tos. Permane- ció sentado en la hamaca, sosteniéndose la cabeza con las dos manos mientras tosía, hasta que pasó la crisis. Entonces empezó a tomarse la infusión humeante, y el humor se le mejoró desde el primer sorbo.

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Historia y memoria en el Bicentenario de la Independencia

Óscar Murillo Ramírez

HISTORIADOR UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

E l 8 de diciembre de 1824, frente a las tropas americanas en Ayacucho, Anto- nio José de Sucre profirió las palabras

que definían la importancia de aquello que ocurriría: “De vuestros esfuerzos depende el destino de Sudamérica” (Lynch/2009/260). Para entonces, el paso de los Andes, los encuentros y desencuentros entre San Mar- tín y Bolívar, los amores de este último con Manuela Sáenz, las luchas intestinas entre centralistas y federalistas, el creciente peso de los caudillos, eran algunos elementos consu- mados en la epopeya independentista.

El derrumbe colonial en la América hispá- nica fue un largo y continental proceso que marcó sus puntadas iniciales hacia el ocaso del siglo XVIII y los albores del XIX. Lejos de lo que pudiera pensarse, las abdicacio- nes de Carlos IV y Fernando VII en Bayona el 10 de mayo de 1808, que permitieron a Napoleón proclamar a José rey de España y las Indias, no fue lo que permitió la inde- pendencia americana, pero precipitó la crisis gestada y posibilitó una nueva experiencia:

la creación de nuevos cuerpos políticos en las Juntas, la incógnita sobre la aceptación o no del poder colonial en ausencia del rey, el replanteamiento de idearios políticos, la definición sobre la conveniencia o no del centralismo y el federalismo.

Así, estamos frente a un escenario complejo que incluyó la apropiación y reelaboración de las ideas ilustradas, la resistencia criolla al esfuerzo español de reafirmar los lazos colo- niales a través de las reformas borbónicas y la emergencia de una opinión pública que, a tra- vés de los impresos, se convirtió en una de las esferas de producción de lo político. Aspectos estos que han sido minimizados y ocultados en la celebración del Bicentenario de la Inde- pendencia, en gracia con un discurso de la Se- guridad Democrática que acentúa el carácter militar de la conmemoración, por encima de los hechos que definieron el pasado común de América Latina ahora olvidado.

El carácter político de la Memoria

A diferencia de la Historia como orden del conocimiento, la Memoria es clave en la iden- tidad política y social, puesto que los límites de ésta se definen por recuerdos y olvidos que son fundamentales en la elaboración de mitos políticos. La memoria como producto colectivo, sostiene Maurice Halbwachs, es- tablece una relación política entre memoria y conmemoración como un acto representativo de los grupos sociales.

En una mirada sobre la significación de la memoria durante la transición política des- pués del franquismo, Reyes Mate afirmaba que la memoria tiene un potencial subversivo a nivel conceptual y político, pues cuestiona la autoridad de lo factual. Es decir, señala no

sólo lo que fue, sino también lo que pudo ser

y, por tanto, proyecta una utopía.

Mate, retomando las nociones de Walter Benjamin, quien consideraba la experiencia del sufrimiento y al sujeto que sufre como los elementos de la memoria, plantea sintética- mente que “la propuesta política de la me- moria es interrumpir esa lógica de la historia, la lógica del progreso, que si causó victimas en el pasado, hoy exige con toda naturalidad que se acepte el costo del progreso actual”

(Mate/2006/46).

Por lo anterior, el Bicentenario de la Indepen- dencia es un momento histórico importante en donde se observa a través del retrovisor del tiempo la construcción del futuro de nuestras naciones y su inscripción geopolítica en el mundo actual. Así, la Independencia cobra su sentido en la preocupación presente por nuestro pasado como nación y define nuestra identidad como cuerpo sociopolítico.

La violencia como discurso en la memoria oficial

Si concebimos la memoria como un aspecto capital de la definición identitaria de la socie- dad, entonces no es menos importante los discursos que la construyen. Bajo el gobierno de Álvaro Uribe, el discurso oficial sobre la figura de Simón Bolívar y la celebración del Bicentenario, se observa una constante aso- ciación entre los acontecimientos pretéritos

con las necesidades políticas de legitimar un proyecto político. Por ello, la asociación de la figura de Bolívar con el orden y la autoridad, así como una narrativa particular sobre la violencia como frustración histórica, tienen como corolario la invocación de la seguridad como tarea histórica por realizar.

Desde el inicio del gobierno Uribe, en el uso público de la historia y la figura de Bolívar, se encuentra la asociación orden-autoridad/ seguridad-ley. Este discurso esta presentado en función del panorama político creado por la crisis del proceso de paz, y la figura de Bo- lívar es puesta de acuerdo con los avatares de la dinámica política contemporánea: “Para reposo del Libertador recuperemos el orden, que unifique esta Nueva Granada disgregada hoy en repúblicas de facto de organizaciones violentas” (El Tiempo/08/08/2002). Resalta allí la denominación de la nación actual con los caracteres de la época colonial.

Un ejemplo de la lógica militarista impuesta al Bicentenario por la Seguridad Democrática, estuvo en la denominada Ruta Libertadora, que inició en Pore el 20 de julio y culminó el 7 de agosto en el Puente de Boyacá con la pretensión de posesionar allí al nuevo ministro de defensa. El énfasis, tanto en los discursos como en los actos de celebración, ha estado sobre los hechos representativos de la campaña militar antes que en el carácter político que inicialmente tuvo la independencia americana.

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Testamento de Simón Bolívar. 10.12.1830. Manuscrito (tinta/papel).

En la celebración del Bicentenario es necesario restituir aquello que “(…) tenga algo que ver con la nación o con su historia”, tal como señalaba Francisco Mosquera y construir lo que metafó- ricamente denominaba un pastel con nuestra masa. Implica ello que se concreten las tareas históricas de la Independencia, la integración real y en condiciones de igualdad de amplios sectores en una ciudadanía política capaz de pensar un proyecto democrático en Colombia.

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Batalla de Boyacá Ca. Darmet, J. M. 1824. Grabado en cobre (tinta de grabado/papel).

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Seguridad Democrática y nueva historia patria

Óscar Murillo Ramírez

UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

  • L a Seguridad Democrática (SD) surgió a partir de dos acontecimientos a través de los cuales cimentó su legitimidad: el

ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiem-

bre de 2001, evento que significó la asunción del discurso antiterrorista y la doctrina de la Guerra Preventiva como estrategia geopolí- tica mundial; por su parte, en Colombia, se produjo un desgaste en la sociedad producto de la dinámica del conflicto armado y, particu- larmente, de las negociaciones con las Farc en el Caguán.

La SD, como discurso político, ha reconfi- gurado gran parte de los asuntos públicos. Define los amigos y enemigos en la política, es un elemento substancial de las políticas públicas urbanas y rurales, está presente en un amplio margen del discurso ciuda- dano, satura los medios de comunicación noticiosos y de entretenimiento. Pero ello no es todo: en tiempos de la efeméride del Bicentenario de la Independencia, la SD ha ideologizado la historia y establecido, por esa vía, un proyecto hegemónico de la cul- tura nacional.

Nacionalismo autoritario y hegemonía cultural

El 25 de octubre, en El Espectador, tuve la sorpresa de encontrar un editorial bien particular: “Uribe el historiador”. Se refería a la intervención realizada por el primer mandatario en el encuentro internacional de historia realizado en Cartagena: un discurso centrado en la historia política del siglo XIX y XX que resaltaba las benéficas acciones de las diversas administraciones de este país, y las limitaciones que produjo, en todos lo casos, la existencia de la violencia.

En un breve rastreo a los discursos de Ál- varo Uribe, en diversos eventos y contex- tos, encontré referencias similares. He aquí algunos ejemplos. En el Congreso Nacional de Seguridad Privada: “Una Patria que ha tenido buenos gobiernos, pero ha tenido no tan buenos resultados. Y la tragedia ha sido la violencia. Violencia en la conquista, en las guerras de la Independencia, violencia entre los propios” (SP, octubre de 2009).

Refiriéndose al conflicto con Venezuela, se- ñaló: “(…) yo he estado tratando de hacer una pedagogía nacional llamando la atención de los colombianos para ver la parte buena de cada gobierno de la patria, incluso de los gobiernos de la Patria Boba, y llegar a la conclusión que la violencia le afectó mucho la posibilidad de prosperar a un país como el nuestro” (W Radio, noviembre de 2009).

Días antes, en el marco del Consejo Comuni- tario en San Juan de Rioseco, Cundinamar- ca, aparece la misma lógica discursiva: “En

dos siglos, apenas Colombia ha disfrutado

medidamente 47 años de paz: 7 años en el siglo XIX, y 40 años en el siglo XX. Cómo nos ha hecho de daño esa violencia” (SP, octubre de 2009).

Podría afirmarse que, en el marco de la SD, asistimos a una versión de la “Historia Patria”, la cual pasó del clásico modelo nacional- heroico del siglo XIX, basado en las vidas de los principales protagonistas de las gestas independentistas, a una historia cuyo eje na- rrativo es la violencia y sus efectos –más que sus causas–, en donde se articula un escueto nacionalismo apoyado en valores como la “pasión”, el “trabajo”, los utensilios de la vida rural y la iconografía religioso-cristiana, todo ello en función de un proyecto cohesionador de la comunidad política.

¿Qué encarna la afirmación: “el siglo XX no nos trajo más de 40 años de paz, el resto, fueron años de violencia”? Construye una narrativa hegemónica de la historia, cuyo hilo tejedor es la violencia, que se presenta como endémica, constitutiva de la colombianidad, referencial de la identidad nacional, y de la cual se concluye, desde dicha perspectiva, que se requiere la “seguridad” y el “orden” como únicos elementos validos para confi- gurar la sociedad y legitima, desde allí, ésta y muchas reelecciones más.

El “desquite” del siglo XXI:

¿Para quién y en función de qué?

El uso público de la historia obedece a la necesidad política del actor hegemónico de legitimar un proyecto a partir del cual organi- za el conjunto de la sociedad. Por ello, no es gratuito que Uribe concluya de su particular perspectiva histórica: “Este siglo tiene que ser el siglo de la seguridad para que sea el siglo del desquite, apreciados compatriotas” (SP, octubre de 2009).

En otra oportunidad, con mayor contunden- cia, afirmó: “Tenemos, compatriotas, que afianzar la seguridad. Tiene que ser un valor del siglo XXI. Este siglo tiene que ser el siglo del desquite, el siglo de la prosperidad. Por- que en los dos siglos anteriores, Colombia pudo haber ganado más prosperidad, de no haber tenido ese sino de la violencia” (SP, noviembre de 2009).

Sin embargo, esta triada de conceptos:

valores-seguridad-prosperidad, se encuen- tra en función de un proyecto esencial - mente antidemocrático; veamos. La SD se definió como “(…) comprometida con el respeto de los derechos humanos, el plura- lismo político y la participación ciudadana” (Atehortúa/2007/49). Hechos como los “Fal- sos positivos”, interceptaciones a periodistas y políticos de oposición, y la impunidad ins-

titucionalizada en la Ley de Justicia y Paz, evidencian una realidad distinta a la formu- lación del papel.

Por otra parte, los resultados de la política económica demuestran que la presunta “prosperidad”, como resultado de la SD, está lejos de ser igual para todos. Por ejemplo, impacto social, el sector financiero aumentó en un 35% sus ganancias para 2009.

Como corolario, aunque ha existido periodos de violencia en la historia de Colombia, la de finales del siglo XVIII e inicios del XIX, co- rrespondió a la batalla social por fundar un orden anticolonial y democrático a partir del cual se creó una cultura política que permitirá la construcción de las instituciones políticas durante el largo proceso del siglo XX.

Este debate resulta trascendental para comprender la complejidad de la historia de Colombia, su riqueza sociopolítica, para comprender que la violencia no ha sido lo único existente y que, en muchos casos, ésta obedeció a procesos históricos continentales y mundiales; igualmente, permite comprender que, quiérase o no, existe hoy un orden ins- titucional democrático forjado históricamente que se encuentra amenazado. De allí la im- portancia del Estado de derecho, las cortes y organismos de control que representan una molestia para el proyecto de Álvaro Uribe.

12 Separata especial/ 20 de julio de 2010 bicentenario Seguridad Democrática y nueva historia patria Óscar

Anónimo. Antonio Nariño y Francisco Antonio Zea en la imprenta. Ca. 1920. Fotolitografía (Tinta de impresión/Papel fotográfico).

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Opinión pública y prensa durante el período de la Independencia

Óscar Murillo Ramírez

UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

“Muchas veces le vi lleno de ira, o más bien sufriendo indecible tormento, con la lectura de un artículo escrito contra él en algún despreciable papelucho. Puede esto no ser característico de una alma grande, pero sí manifiesta gran respeto a la opinión pública” (Lynch, 2009, p. 391).

E l retrato que recrea el anterior fragmento remite a la imagen de Simón Bolívar, poco antes

del Congreso de Cúcuta en 1821, realizado por Daniel O´leary.

Y la ira de Bolívar tenía sentido, puesto que para aquellos que par- ticiparon del proceso histórico de la Independencia, los impresos eran mucho más que simple informa - ción: eran el mecanismo que per- mitió construir un ideario político en tiempos de transición hacia la Re- pública. En la disputa de ideas que se inauguró con la crisis colonial, las imprentas fueron iguales o más importantes que las armas, de allí la pugna por obtenerlas y defender su libertad (Garrido, 1993, p. 347).

En América, la naciente opinión pú- blica –a través de su base material en los impresos– se convirtió en la fuente de legitimidad, proveía por la voluntad de los sujetos, y, más aun, se transformó en un espacio social que estableció un modo jurídico de verdad y aprobación o rechazo de conductas sociales (Palti, 2007, p. 163).

En la Nueva Granada, los periódicos aparecen a finales del siglo XVIII y se constituyen en medios de producción y movilización de nuevos idearios políticos. La primera publicación in- formativa fue el Aviso del Terremoto de 1785. Posteriormente apareció El Papel Periódico de Santafé de Bogotá (1791-1797), editado por el cubano Manuel del Socorro Rodríguez. A inicios del siglo XIX, hubo una amplia- ción de publicaciones que circularon en Santafé: el Correo Curioso (1801), El Redactor Americano (1806-1809), el Semanario de la Nueva Granada (1808-1810), entre otros. Igualmente se publicaron en otras provincias del reino periódicos como El Argos Ameri- cano de Cartagena en 1810 y 1811; El Argos de la Nueva Granada de Tunja (1813-1815); La Aurora y el Boletín del Ejército del Sur de Popayán (1814), y La Gazeta Ministerial de la República de Antioquia (1814-1815).

En los impresos de la época, se consideraba el público como repre- sentante de un espacio social que, además de su valor, se invoca como

portador de las grandes

virtudes en donde los “hombres de luces” y desinteresados por el bien común intervienen. Al ser la opinión pública un centro de la disputa política, se recurría a la polémica como meca - nismo configurador del naciente cuerpo político y su forma organizativa, tal como se observa en la prensa de tipo centra- lista o federalista.

Durante los años 1811, 1812, la prensa de tipo centralista y federalista, consideraba crítica la situación de las pro - vincias y el reino en general, lo cual hacia necesario movilizar la opinión pública hacia la unidad de todas las provincias, como seña- laba Antonio Nariño, o hacia la creación de una “administración interior” con un “congreso gene- ral de las provincias”, tal como señalaban los federalistas.

En El Argos Americano, de orientación federa - lista, observamos en el prospecto que daba inicio a su publicación, la ne- cesidad de igualar ideas entre la opinión pública a través de la prensa: “Nos hallamos en una crisis peligrosa, en que nada conviene tanto como uni- formar las ideas. No hay conductor mas seguro para comunicarlas, y fijar la opinión pública, que los papeles periódicos” (El Argos Americano. Sept. 10 de 1810, p. 1.).

En La Bagatela, editada por Antonio Nariño entre 1811-1812, encontra- mos el mismo aspecto planteado en la “Carta a un amigo”: “Tu sabes que es imposible propagar la instrucción y fijar la opinión pública sin papeles periódicos, que siendo cortos y co- menzando a rodar sobre las mesas, obligan en cierto modo a que se lean”. (Suplemento a La Bagatela. N 4. 4 de agosto de 1811, p. 1).

Aunque existieran diferencias so- bre el carácter de la época, puesto que para los federalistas el periodo era de “regeneración de la patria“, y para Antonio Nariño era de una “sociedad naciente”, lo cierto es que, para ambas concepciones,

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la opinión pública era la fuente de legitimidad de su propio proyecto político y requerían de la prensa como un medio de circulación de sus idearios políticos. Entre los di - versos idearios que circulaban, po- demos identificar tres: bien común, libertad e igualdad. Veamos.

En El Correo Curioso , editado por Jorge Tadeo Lozano en 1801, el bien común es entendido como aquello que facilita el alcance de la prosperidad material, el orden social y la felicidad moral. El bien común aparece relacionado con atributos que deben poseer todos los ciudadanos: inclinación por las artes y ciencias útiles (agricultura, industria, comercio), buen gusto o ejercer con criterio la sensibilidad, facultad de la buena crítica y una

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Antonio Nariño. José María Espinosa. Ca. 1825. Carboncillo y lápiz sobre papel de carta blanco. Casa Museo del 20 de Julio.

profunda devoción por el territorio neogranadino o patriotismo.

Por su parte, Antonio Nariño, quien había traducido los Derechos del Hombre y el Ciudadano en 1793, contribuyo a través de La Bagatela a forjar una definición de época sobre la libertad. En La Bagatela, se divul- gaba que la libertad es la condición que permite al hombre la dignidad y el desarrollo de sus talentos para alcanzar la felicidad. Esa libertad individual, sin embargo, dependía de libertad colectiva y el fin de la condición colonial.

Por último, hacia 1808, la igualdad es expuesta por Francisco José de Caldas en el Plan de una Escuela Patriótica, en donde se observa que la educación es la base para el nue- vo ciudadano. En la escuela, aduce, todo debe ser “igualdad y fraternidad” y construir unión por lazos de amistad sin importar la condición económica y social. El Plan apareció en El Sema- nario del Nuevo Reino de Granada, periódico que además de difundir el pensamiento científico de los criollos neogranadinos buscaba estimular va- lores y principios para construir una nueva sociedad.

14 Separata especial/ 20 de julio de 2010 bicentenario 14 Independencia, Estado y nación Introducción Por
14
Separata especial/ 20 de julio de 2010
bicentenario
14
Independencia, Estado y nación
Introducción
Por Miguel Ángel Urrego
INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTÓRICAS
UNIVERSIDAD MICHOACANA DE SAN NICOLÁS DE
HIDALGO
litogo99@yahoo.com
E l propósito de esta com-
pilación es proponer una
breve interpretación de lo
contrará que los textos recogen el
debate de los historiadores y que se
exponen unas interpretaciones muy
personales surgidas de un trabajo
en archivos y diversas fuentes que
usualmente los académicos emplea-
mos.
que nuestra nación adoptó
el nombre de República de
Colombia en 1886.
que comúnmente se denomi-
na la Independencia, período
fundamental en la historia del
continente americano y base
sobre la cual se construirán los
Estados nacionales a lo lar -
go del siglo XIX. Los artículos
fueron escritos pensando en
aquellas personas inquietas y
en los jóvenes que requieren
una explicación precisa. Con
ello no pretendimos dirigirnos
a lectores superficiales, por el
contario, quisimos dialogar con
quienes sólo tienen unos breves
momentos para informarse. Sin
embargo, el lector que desee
hacer una lectura crítica en -
Estos 22 artículos fueron escritos entre
el mes de septiembre de 2008 y julio
de 2010 para publicarlos mensual-
mente en el Informativo CUT Bogotá
y Cundinamarca.
La Nueva Granada es el nombre que
recibió el virreinato y cuyo territorio
coincide en gran parte con la actual
Colombia. Empleamos este término
porque es el que aparece no sola-
mente en todos los documentos al
final del período colonial sino por-
que fue el que efectivamente logró
la independencia de España. Sobre
esta experiencia es que se consti-
tuyó, de una manera muy lenta, la
nación. Por lo dicho, no hablamos
de la independencia de Colombia.
Cuando hablamos de República de
Miguel Urrego, autor de los siguientes 22 artículos
sobre el Bicentenario para el
Informativo CUT Bogotá Cundinamarca.
Colombia nos referimos al proyecto
de unidad entre Venezuela, Quito y la
Nueva Granada formulado en 1819 y
realizado en 1821, generalmente de-
nominado Gran Colombia, y que se
extinguió en 1830. Debemos recordar
Agradezco al Comité
Ejecutivo de la Central
Unitaria de Trabajadores
Subdirectiva Bogotá Cun-
dinamarca por la invitación
a escribir estos artículos.
Igualmente, deseo felici -
tarlos por el importante
esfuerzo para superar los
límites del sindicalismo y
tomar la conmemoración
del bicentenario de la In-
dependencia para entablar
un diálogo con la nación.
Agradezco especialmente
a Carlos Raúl Moreno, di-
rector del Informativo y del
Departamento de Comu -
nicaciones, por su dedica-
ción a la publicación de los
artículos, y a Miguel Ángel
Delgado, Fiscal de la CUT
Bogotá Cundinamarca, por
su respaldo.
Pola Salavarrieta en el Cadalzo. Anónimo. Óleo.
Alegoría de Simón Bolívar. P. Tranquille. Grabado. Museo Nacional de Colombia.
Nº 69, junio de 2010 15 15 NÚMERO 1 Combates por la historia. A propósito del
Nº 69, junio de 2010
15
15
NÚMERO 1
Combates por la historia. A propósito
del Bicentenario de la Independencia
E l famoso libro del historiador francés Lucien
Febvre nos permite emplear su título para
introducir un planteamiento fundamental:
la apropiación del pasado siempre ha sido
motivo de pugna entre las diferencias fue-
ras sociales y políticas de la nación. Las mujeres y los
hombres del presente no dejan descansar a los muertos
del pasado con sus preguntas, con sus dudas, con sus
sueños. Este hecho evidencia una de las utilidades del
estudio de la historia: legitima un orden social o justifica
la formulación de uno nuevo. Veamos una serie de ejem-
plos de la forma cómo se ha realizado la apropiación del
pasado en Colombia.
Luego de la ruptura de la Gran Colombia y la formación
de los partidos políticos se desató una disputa entre libe-
rales y conservadores por la interpretación del periodo
colonial. Los partidos necesitaban crear mitos de origen,
de combate y de destino indispensables para justificar su
existencia y, más importante aún, para la construcción
de la nación. Lo más inmediato fue, entonces, elaborar
una historia nacional. Sin embargo, las diferencias fue-
ron notables. Los conservadores percibieron que en el
periodo colonial se encontraban los fundamentos de la
nacionalidad, España había traído el castellano y la re-
ligión católica y había construido un sistema centralista,
que aunque dependiente de la Corona unificaba al país.
En suma, España había incorporado a la civilización –al
destino de Roma– a los pueblos de América.
El liberalismo, por su parte, diseñó una explicación en la
que se acentuó el mito de tres siglos de explotación y de
una madre perversa –España– que no se preocupaba por
sus hijos –América–. La leyenda negra del periodo colonial
se vinculó a una exaltación del pensamiento liberal euro-
peo y estadounidense, de la filosofía de Bentham, de la
separación de la Iglesia y el Estado, de la educación laica
y del federalismo. Por supuesto, los partidos edificaron su
propio héroe: Bolívar para los conservadores y el general
Santander para el liberalismo.
ejemplo, como resultado de la conspiración del comunismo
internacional y tal explicación apareció consignada en el
manual escolar del sacerdote jesuita Rafael María Grana-
dos, de amplio uso en décadas pasadas.
Con el triunfo del movimiento de la Regeneración, el con-
servatismo pudo imponer un modelo de Estado nacional
de carácter excluyente y ultraconservador y un sistema
legal (constitución, códigos, ley de prensa) que le per-
mitieron aplicar la condena que la Iglesia católica había
hecho al liberalismo y al socialismo, a la modernidad en
últimas, con el Syllabus (catálogo de errores del pensa-
miento moderno). A partir del conjunto de leyes y normas
se prohibieron las sociedades secretas, se expulsaron a
los profesores liberales de los colegios, se establecieron
juntas de censura y se legitimo el Índice, listado de libros
considerados malos que la Iglesia prohibía a su feligre-
sía. Quizás el hecho de que el católico que quisiese leer
el liberal Diario de Cundinamarca debía tener dispensa
eclesiástica y de que el liberalismo fuese considerado un
pecado, son buenos ejemplos de los extremos a que se
llegó el conservatismo y la Iglesia.
Un segundo ejemplo es el de la disputa entre de grupos de
izquierda de los años sesenta por encontrar la explicación
más adecuada sobre el pasado colonial. La pregunta por el
carácter de las sociedades latinoamericanas y, en particular,
por el de la sociedad colonial alimentó una larga polémica
entre los científicos sociales de los partidos de izquierda.
En síntesis, el sector trotskista formuló la tesis de que las
sociedades latinoamericanas eran capitalistas por hacer
parte del mercado mundial capitalista. Para otros, el mer-
cado no era la respuesta y por ello, sostuvieron la hipótesis
de que lo fundamental era la forma cómo se producía y ante
la inexistente forma salarial acuñaron el principio de socie-
dades feudales o semifeudales. La importancia del debate
–impulsado, entre otros, por Sergio Bagú, André Gurder
Frank, Luis Vitale y Ernesto Laclau– radicaba en que del ca-
rácter de las sociedades dependía el tipo de revolución que
se debía impulsar: socialista o de Nueva Democracia.
los ejemplos que dimos, se produce una polémica en
torno al sentido que debe adoptar la conmemoración
y quienes aspiramos a una actividad alternativa a la
oficial creemos necesario adelantar una profunda la-
bor por lograr dos cosas fundamentales. La primera, la
generación de un nuevo saber histórico que enfrente
la historiografía oficial que estableció una indepen-
dencia hecha por los criollos –sin indios, sin negros,
sin mujeres–. La segunda, una apropiación de la con-
memoración por parte de los sectores democráticos
del país, pues como en el pasado, la apropiación de
la historia nacional se encuentra estrechamente vin-
culada con la posibilidad de emergencia de nuevos
proyectos políticos.
Anticipando algunos temas de discusión habría que
valorar la experiencia de la Independencia como un
modelo para el accionar político en épocas de crisis
de un régimen en decadencia; determinar cómo se
produce la emergencia de un nuevo orden; efectuar un
balance de la Independencia, de de sus logros y sus
debilidades en la construcción de una república y una
nación; y resaltar la presencia de mujeres, negros e
indígenas como actores fundamentales del proceso.
El conservatismo para cerrar aún más los escasos espacios
de acción del liberalismo creó la Academia de Historia y
definió un texto único para la enseñanza de la historia patria
(Henao y Arrubla). Lo particular de éste y otros manuales
escolares fue que comenzaron a incluir al comunismo,
siempre visto como resultado de una conspiración exter-
na, como ajeno a la nacionalidad y razón de los conflictos
sociales. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán fue visto, por
Un tercer ejemplo, es la relativa reciente polémica alrededor
del V Centenario. La disputa esta vez entre la acartonada
historiografía oficial y sectores académicos que intentaban
elaborar nuevo conceptos, como los de encuentro de cultu-
ras, querían un tipo de celebración diferente. En la polémica
intervino el periódico El Tiempo, personajes como Germán
Arciniegas y autores de manuales escolares.
¿A qué viene este largo recuento de lo que hemos denomina-
do combates por la historia? A que nos aproximamos a una
coyuntura de enorme trascendencia para la vida de la nación
colombiana: el bicentenario de la Independencia. Como en
Por la importancia de la historia para el movimien-
to sindical y para los demócratas colombianos, a
partir de este número el Informativo CUT Bogotá
Cundinamarca da cabida en sus páginas a una
sección dedicada a la conmemoración del bicente-
nario de la independencia. Aspiramos con esto a
fijar nuestras tesis y concepciones sobre el tema y
contribuir así al movimiento nacional por la segunda
independencia.
Antonio Nariño y los Derechos del Hombre. Óleo de Enrique Grau.
16 NÚMERO 2 El mito del control del territorio durante la Colonia y el desarrollo del
16
NÚMERO 2
El mito del control del territorio durante la Colonia
y el desarrollo del poder de las regiones
L a historia del período colonial tiene un mito am-
pliamente difundido: el imperio español controló,
desde el Descubrimiento, el territorio de lo que
hoy constituye Colombia. Un examen más de-
tallado de este planteamiento nos brinda una
imagen distinta, la cual es fundamental para entender la
existencia de diferentes tipos de intereses ante la Corona
en la coyuntura de la Independencia.
El arribo de los españoles al territorio americano los obligó
a enfrentar variadas formas de resistencia de los indíge-
nas y a reconocer el hecho de una amplia diversidad de
comunidades con diferentes estados de consolidación,
sistemas religiosos y actividades económicas. La supe-
rioridad militar y el aprovechamiento de disputas entre
comunidades indígenas (como las que se presentaban
en el centro de México contra los mexicas o aztecas) o al
interior de las mismas (como la que se sucedía entre los
incas) les permitieron a los españoles el sometimiento de
los hombres de guerras y un control relativamente rápido
de las principales ciudades.
En Colombia, los españoles encontraron comunidades
indígenas de relativo tamaño –pequeñas si se compara
con las mexicanas o peruanas– que se concentraron es-
pecialmente en las zonas andinas, los hoy departamentos
de Cauca, Boyacá, Cundinamarca, Tolima, Huila y Nariño.
Por su parte las comunidades de zonas selváticas o los
Llanos, de zonas calientes como comenzó a denominarse,
resultaron muy belicosas y poco atractivas. Los españoles
prefirieron someter aquellas que les podrían garantizar
mano de obra y que contaban con sistemas políticos y
religiosos “desarrollados” y centralizados.
El mito de El Dodorado y el paso por zonas relativamente
despobladas o habitadas por pacíficos indígenas permitie-
ron una serie de tempranas fundaciones (Pasto, Santiago
de Calí (1536) y Popayán (1537) y un fugaz encuentro de
Gonzalo Jiménez de Quesada, Sebastián de Belalcázar y
Nicolás de Federmán en Santa Fe de Bogotá. No obstante,
se estableció una disputa entre los tres hombres por el
reconocimiento de la Corona a su derecho de dominar los
territorios recién descubiertos. Las diferencias terminaron
con el nombramiento de Belalcázar como gobernador de
Popayán, el viaje al Caribe de Federmán y el regreso de
Quesada en 1539, luego de su pleito en Madrid, a Santa
Fe con el título de gobernador de El Dorado.
zonas cálidas, salvo aquellas en las cuales se encontró
oro, había mano de obra indígena o servía de enlace al
centro con la costa atlántica. Por ello se explican las tem-
pranas fundaciones de Santa Cruz de Mompox (1537) y
de Honda (1539), puntos intermedios entre Cartagena y
Santa Fe. En síntesis, el dominio de la Corona sólo exis-
tiría en ciudades como Cartagena, Santa Fe, Popayán y
sería cuestionado por el permanente levantamiento indí-
gena y el establecimiento de palenques.
grandes encomenderos y una gran población
tributaria tendieron a evidenciar una fidelidad a
la Corona, allí se expresarían mayoritariamente
el monarquismo. En ciudades con vida univer-
sitaria, puertos o mayor extensión del mercado
se tendió al republicanismo, a la creciente sepa-
ración de España.
La fundación de ciudades se erigió en la forma básica
de control del territorio, era una avanzada de tipo militar
y el mejor medio para dominar la población indígena. Sin
embargo, la historia del asentamiento español estuvo
plagada de grandes tragedias militares y humanas. De
los ochocientos hombres que salieron de Santa Marta
acompañando a Quesada llegaron sólo 166 a lo que sería
Santa Fe de Bogotá. De la expedición a los Llanos Orien-
tales en abril de 1569, que también emprendió Quesada,
compuesta por 400 españoles, 1.500 indígenas, 1.100
caballos y 8 sacerdotes, solo sobrevivieron 70 españoles,
4 indígenas, 2 sacerdotes y 18 animales.
Las distancias entre ciudad y ciudad, el establecimiento
de la encomienda (la entrega de un territorio e indios a
un español a cambio de instrucción religiosa), la consoli-
dación del poder de encomenderos, la formación de diná-
micas económicas muy particulares (minería, agricultura),
el inexistente mercado interno, la presencia de redes de
familias con la capacidad para vincular diferente tipo de in-
tereses (eclesiásticos, políticos y económicos) generaron
una relativa autonomía de los poderes regionales y de las
regiones mismas. Por ello, tendrán la capacidad de apli-
car de manera restringida la normatividad elaborada por
la Corona. Las Reformas Borbónicas, a finales del siglo
XVIII, fueron el último intento para someter las regiones.
No obstante, radicalizaron a los criollos y alimentaron un
amplio rechazo popular.
En el primer grupo se encontraban ciudades
como Santa Marta, que alentaron y financiaron
el sometimiento de los independentistas de Car-
tagena, que se habían levantado en 1811. En el
segundo, Cartagena y Santa Fe, donde se pudo
establecer una coyuntural alianza de diversos
sectores sociales en torno al proyecto de ruptura
total con la Corona, y donde se elaboró el mito
político de los criollos: España ha explotado a
América durante tres siglos, base sobre la cual
se justificó, por ejemplo, el levantamiento del 20
de Julio, y luego la Independencia.
De manera que la geografía nacional impuso serias limi-
taciones al proceso de control del territorio. Por razones
de orden simbólico, militar y práctico se abandonaron las
Esta configuración de las regiones estimuló la confor-
mación de intereses e identidades muy diferenciadas
con respecto a las autoridades de Santa Fe y España.
Las regiones con concentración de población indígena,
La creación de la República fue posible por la
supremacía del altiplano cundiboyacense, que
impuso una idea de nación que, sin embargo,
no contemplaba a las otras regiones, por ello,
durante el siglo XIX se cedieron a los países
vecinos cerca de un millón de kilómetros cua-
drados y la segregación de Panamá en 1903
no fue consideraba por las élites una pérdida
de territorio.
La rebelión de los comuneros. Óleo de Ignacío Gómez Jaramillo.
Nº 69, junio de 2010 17 17 NÚMERO 3 Las diversas formas de resistencia indígena al
Nº 69, junio de 2010
17
17
NÚMERO 3
Las diversas formas de resistencia
indígena al orden colonial (I)
s frecuente encontrar en los libros de
historia la idea de ocupación pacifica
de Colombia. De igual forma, que la
escasa resistencia indígena al es -
tablecimiento español se extinguió
rápidamente durante la Colonia. Sin
embargo, el rechazo al intruso fue adelantado por la
mayor parte de las comunidades indígenas. En esta
primera parte, mencionaremos brevemente los capí-
tulos más importantes de la guerra entre indígenas y
españoles y en la próxima entrega veremos cómo las
comunidades indígenas emplearon el marco jurídico
de la Colonia, la resistencia pacífica y su cultura para
garantizar su permanencia en el tiempo.
llevaron a crear un mito de indígenas violentos, con lo
que se justificó su sometimiento a través de las armas.
Sin embargo, este método, a pesar de ser empleado
durante varios siglos, no logró su cometido.
La represión contra los “bárbaros”, como denomina-
ban los españoles a los motilones, comprendieron
desplazamientos de militares pagados por la corona,
capitulaciones a través de las cuales se concedieron
“entradas y correrías” contra los indios y las denomi-
nadas “rondas”, hombres armados por hacendados de
la región que se dedicaban a perseguir a los indíge-
nas. Pero, como en otros casos ya reseñados, hasta
el final de la Colonia se conocen planes militares para
“reducirlos”
Los dos últimos zipas bacataes, Tisquesusa y
Sagita, murieron en la lucha contra la Conquista
española. El primero en combate durante el asalto
español a su cercado, y su heredero tras ser captu-
rado luego de una dura resistencia a los hombres
de Quesada. Sagipa fue torturado hasta la muerte
para que revelara el escondite del supuesto tesoro
de los zipas, pues el oro encontrado a los bacataes
fue muy inferior al arrebatado a los muiscas de
Hunza, por lo que los españoles supusieron que
lo habían ocultado.
La derrota militar de los motilones era importante para la
corona, pues los indígenas dominaban una región que
facilitaba la comunicación entre Caracas y Santa Fe de
Bogotá. Los padres capuchinos fueron encargados por
la corona para, como decían los documentos oficiales,
lograr “(
...
)
la reducción de indios infieles al gremios de
la Iglesia y a la obediencia al Gobierno”.
Pedro de Añazco, lugarteniente de Belalcázar y funda-
dor de Timaná, –población del actual departamento del
Huila–, decidió quemar vivo en 1539 a un jefe aborigen
yalcón, pues este se negaba a reconocer el dominio del
español. Este acto de salvajismo generó una subleva-
ción general los yalcones dirigida por la madre del ca-
cique sacrificado quien, con el nombre de “La Gaitana”,
condujo a la victoria a su pueblo y capturó a Añazco,
para vengar de manera ejemplar el cruel asesinato de su
hijo. La retaliación española fue muy cruel. Después de
varios choques los yalcones se hicieron prácticamente
exterminar antes que someterse.
Como en el caso de los motilones, los indígenas que
los españoles denominaban goajiros infringían graves
daños a las comunicaciones y transporte de mercan-
cías debido a que sus acciones se desarrollaban en
una “banda del río Magdalena” y en los caminos que
comunicaban a Santa Marta y Cartagena con Mara-
caibo.
Monumento a La Gaitana. Timaná, Huila.
En 1542 se rebelaron los indígenas quimbayas
contra la violencia del capitán Miguel Muñoz,
quien para castigarlos les cortaba las narices o
los arrojaba a los perros. Fueron tan graves las
acusaciones contra el capitán que el oidor Francis-
co Briceño lo condenó a tres años de servicio en
las galeras, el destierro perpetuo de las Indias, la
prohibición de ejercer oficios públicos y la pérdida
de sus encomiendas.
La guerra del hambre fue la campaña dirigida en 1607 por
Juan de Borja contra los pijaos: incendió sementeras y taló
los bosques buscando eliminar las fuentes de alimenta-
ción de los indios. En ese mismo año, el mohan Calarcá,
el más importante cacique pijao, perdió la vida en un
combate contra los europeos. La campaña de 1608-1618
fue posible por la alianza de los españoles con indígenas
natagaimas y coyaimas y el desarrollo de un verdadero
cerco militar. Fue tan fuerte la resistencia indígena que
la ciudad de Cartago debió trasladarse de lugar en 1691.
Luego de un siglo de enfrentamiento la población pijao
resultó gravemente reducida.
La derrota militar de los guajiros, que comprendían comu-
nidades de la Sierra Nevada de Santa Marta y el actual
departamento de La Guajira, fue, como en otros casos, de
difícil cumplimiento, pues no había “sujeto que se encargase
de ella”. Otra gran dificultad de la empresa militar era el cos-
to. Hacía 1771 se hizo un importante esfuerzo por someter
a los indígenas de Río del Hacha con la conformación de
“un cuerpo de más mil hombres” bajo el mando del coronel
José Benito de Enciso, sin embargo, el militar sostuvo que
necesitaba 2.000 hombres y 100.000 pesos y la ofensiva no
se llevó a cabo como estaba diseñada, “dando lugar a que
se ensoberbeciesen los indios, persuadidos, vanamente a
que les temían los españoles”.
Al igual que los indígenas de La Guajira y la Sierra Nevada, los
chimilas mantuvieron ocupado al gobierno de la Provincia de
Santa Marta, que fue el encargado de combatirlos, especial-
mente porque estos se ubicaban en las orillas del río Magda-
lena. El oidor Eslava constata la beligerancia de los chimilas
cuando afirmó: “que no pasaba año en que no se contasen
diez o doce muertos al aleve golpe de sus flechas”.
En la Relación de Francisco Gil y Lemos de 1789 se
reconoció el poder de los indígenas goajiros y cocinas
“(
)
de que se dice haber diez mil hombres de armas,
y siempre se vive con recelo de sus irrupciones, por su
pasados resentimientos
En 1557 se produjo una nueva rebelión en rechazo
a las crueldades del capitán de Cartago Andrés Gó-
mez, quien en una acción punitiva causó la muerte
de 90 indígenas. En la reacción, los quimbayas
sitiaron la ciudad de Cartago durante cinco días.
La rebelión fue derrotada por las divisiones entre
los caciques.
...
insultarlos ni vengar el robo de vacas con “la sangre de
”,
y por ello se recomendó no
muchos indios”.
La guerra contra los pijaos se desarrolló a lo largo
del siglo XVII. En 1606 Ibagué, que había sido fun-
dada para combatirlos, fue asaltada y tras la batalla
los españoles perdieron en el incendio 70 casas y
tuvieron 60 muertos, la mayor parte indígenas auxi-
liadores de los españoles.
En 1760 se informó que el poblamiento impulsado desde
Santa Marta en las riberas del Magdalena tenía como pro-
pósito contener a los indígenas y realizar “salidas” contra
ellos. Aún en 1789 los funcionarios hacían sugerencia sobre
la manera de contener a los chimilas y guajiros. Entre las
estrategias recomendadas para “civilizarlos” se encontra-
ban regalar animales y promover su “mezcla” con mestizos
o mulatos.
Los motilones fueron una de las comunidades que durante
más tiempo resistió la dominación española. Sus acciones
Es necesario señalar que existieron divisiones entre
los indígenas y que estas fueron aprovechadas por los
españoles y, por ello, durante la Independencia hubo
comunidades que defendieron el orden colonial. Sin
embargo, el hecho que queremos resaltar es que las
autoridades españolas permanentemente se lamenta-
ron que los indígenas atacaban vecinos, dificultaban
el tránsito de mercancías, impedían la labor de los mi-
sioneros, “trataban” con los extranjeros y alentaban el
levantamiento de los esclavos.
18 NÚMERO 4 Las diversas formas de resistencia indígena al orden colonial (II) n el artículo
18
NÚMERO 4
Las diversas formas de resistencia
indígena al orden colonial (II)
n el artículo anterior mencionamos
que algunas comunidades indígenas
no se sometieron a la dominación es-
pañola y que, aún a finales del siglo
XVIII, empleaban la fuerza para re -
sistir las campañas militares. Ahora
queremos resaltar, por una parte, que la lucha por
la tierra no era el único objetivo de la resistencia
contra el orden colonial, pues también la cultura y
la autonomía eran prioritarias. Por otra, que la te-
nacidad de los indígenas no se expresó únicamente
con el empleo de la violencia, veremos, por el con-
trario, variadas prácticas encaminadas a romper las
dinámicas de control, explotación y aniquilación de
las comunidades.
en el actual depar -
tamento de Boyacá,
encontraremos una
larga serie de dis -
putas legales, una
breve lista incluiría:
Los indígenas, según se lo permitieron las con-
diciones, se opusieron a las diferentes formas de
poblamiento –del sometimiento a un espacio de-
terminado– entre ellas las reducciones (unificación
de pueblos en uno solo); la encomienda (usufructo
del trabajo de los nativos y de los recursos que
generaba la tierra y la minería a cambio de que el
español asegurara la instrucción religiosa); y los
resguardos. Para oponer a los mecanismos de con-
trol y explotación de los españoles, los indígenas
con frecuencia huyeron a los montes, recurrieron al
suicidio colectivo y emplearon las normas jurídicas
existentes para entablar juicios y exigir el respeto a
diversos derechos.
en 1752, a Miguel
Gamboa y Antonio
Lerna se les siguió un
juicio por el mal trato
que daban a los in -
dios de Chita, a quie-
nes cargaban como
animales; en 1675,
el protector de indí -
genas abogó por los
desplazados por Pe-
dro Cifuentes; 1682,
Agustín Méndez de
Sotomayor se enfren-
tó a los guaravitebas
por tierras incluidas
en Real Cédula; en 1694 el litigio fue entre el capitán
Juan Moreno e indígenas de El Cocuy por tierras en
Guacamayas; en 1698, pleito entre Agustín Núñez e
indios de El Cocuy por tierras en La Puenterreja; en
1710, Juan Moreno de Padilla y los indios de Chis-
cas por linderos con el resguardo; en 1764, Nicolás
Olivos reclamó tierras en Chita y la expulsión de los
indígenas; en 1774, comunidades de Salinas de
Chita contra Salvador García por robo de ganado; y
en 1797, indígenas denuncian a los españoles por
robo de tierras.
Conquista. Luis Alberto Acuña, óleo sobre tela, 1940.
El oidor Eslava nos presenta un ejemplo de
la permanencia de los rituales indígenas a
pesar de la presión militar y religiosa de los
blancos, comentando la labor contra los in-
dios “pintados” sostuvo que el alcalde:
...
una barbacoa o mesa de cañas, y en su circun -
(
)
halló una cabeza de ciervo puesta sobre
La práctica más común para oponerse a las formas
de control físico y moral fue el escape a los montes.
Los distintos gobernantes de la Nueva Granada in-
formaron, a lo largo del siglo XVIII, de la fuga como
método para rechazar las reducciones y demás for-
mas de poblamiento. Al referirse a las misiones –las
cuales administraban las comunidades religiosas y
tenían la pretensión de evangelizar– Francisco An-
tonio Moreno y Escandón resaltó: “ya de la natural
inconstancia de los indios, que a poco tiempo de
reducidos a pueblo, lo abandonan retirándose a lo
inculto de los montes que los circundan y en que
En muchos de los casos mencionados, los indígenas
perdieron los pleitos, se les expulsó de las tierras en
disputa y, por ejemplo, se les traslado al pueblo de
El Cocuy. A pesar de las derrotas en los tribunales,
lo que nos muestran los casos citados es una so-
ciedad rural atravesada por innumerables conflictos
y una capacidad de los indígenas para emplear los
recursos que estaban a su favor. Esta misma diná-
mica se repitió en todo el país.
ferencia muchas flechas e inmundicias, de que
hizo remisión a S. E., y cuando por encargo
suyo entendió D. Vicente Miguel Camargo hizo
en la traslación de los pueblos de aquella juris -
dicción, encontró por dos veces la casa en que
tenían sus bebezones e idolatrías, y les puso
fuego, como certifica al final de los autos de
Tamalameque ...
Con relación a lo que se denominaba la
vida licenciosa y alejada de la religión se
hicieron diversos informes. En uno que se
elaboró para alertar a las autoridades sobre
han sido criados
...
”.
la manera como vivía la gente libre de la
provincia de Cartagena y Santa Marta se dijo
El conflicto por la tierra involucraba a todos los sec-
tores sociales de la Colonia, por ello encontramos
choques entre blancos, entre el clero y los laicos,
entre las comunidades religiosas y los indígenas y,
evidentemente, entre indígenas y encomenderos.
Las distintas comunidades indígenas intentaron
recuperar sus tierras a través de la ocupación. No
obstante, en muchas ocasiones recurrieron, a pesar
de que no poseían titulo de propiedad, a demandas
para frenar los desmanes de los blancos, curas,
encomenderos y vecinos.
Si tomamos como ejemplo a los indígenas U’was,
que ocupaban las provincias de Norte y Gutiérrez
En su enfrentamiento con los blancos, los indíge-
nas desarrollaron una férrea defensa de su cultura,
especialmente de su cosmovisión y de sus rituales
religiosos. En un informe de 1730 se señaló cómo
en el pueblo de Aguablanca las autoridades colonia-
les encontraron a los indios viviendo en “desorden”,
como no cristianos, olvidados de las doctrinas. Se
constató la existencia de un “atraso en sus costum-
bres en las cuáles se dan blasfemias a la iglesia y a
la ley”. Asimismo, el cura Miguel Bello informó que
los indígenas mantenían las prácticas sagradas de
la medicina y la llamada brujería, por lo cual ordenó
que fuesen destruidos símbolos, rituales y persegui-
dos sus sacerdotes.
...
y de la subordinación al cura y a la justicia,
que: “(
)
carecían de todo pasto espiritual
y así vivían tan licenciosamente que no ha-
bía exceso que no cometieran, sin poderlos
contener
...
”.
En resumen, la resistencia indígena a la
dominación colonial se dirigió contra las for-
mas que intentaban concentrar y someter a
la población y por la defensa de la tierra y
la cultura. Pensar que solamente los criollos
ilustrados podían emplear los códigos o ela-
borar formas ingeniosas para enfrentar a la
corona, es un error.
Nº 69, junio de 2010 19 19 NÚMERO 5 Cimarrones y palenques: dos formas de resistencia
Nº 69, junio de 2010
19
19
NÚMERO 5
Cimarrones y palenques: dos formas de resistencia
de los esclavos a la dominación colonial
imarrones, palenques y levanta -
mientos de esclavos existieron en
las regiones económicamente más
significativas de la Nueva Granada,
aunque con más impacto político
y social en la Costa Atlántica. El
término cimarrón se aplica a los esclavos que se
fugaban a los montes y se convertían en hombres
libres. Los palenques fueron los pueblos que fun-
daron los cimarrones y que se constituyeron en te-
rritorios autónomos dentro de la sociedad colonial.
Muchas veces fueron reconocidos por las propias
autoridades tras el fracaso de innumerables ofen-
sivas militares.
compañía de la reina Wiwa y dos de sus hijos. Se dice
que luego de huir le fueron reconocidos sus títulos.
En la organización político administrativa de los pa-
lenques el cimarrón empleó los títulos, jerarquías y
nombres de los funcionarios del gobierno colonial.
Por ello podían existir alférez real, alcalde provincial,
alguacil mayor, depositario general, registradores, al-
caldes ordinarios, virrey, etc. Un hecho, sobre el cual
los historiadores llaman la atención es que las mis-
mas autoridades españolas se refirieron al palenque
empleando el término república, aunque el concepto
posee un contenido diferente al empleado hoy día, se
destaca el reconocimiento de la autonomía. En efecto,
Gerónimo Suazo en su carta al Rey en 1604 señala:
“(
)
supe de los designios que tenían –se refiere a
La resistencia de los esclavos contra el orden co-
lonial fue tan radical, especialmente entre 1750 y
1790, que algunos antropólogos e historiadores
sostienen que el rechazo a la esclavitud adquirió
las características de una guerra civil. Hipótesis,
que lejos de ser exagerada, evidencia las fisuras
de la sociedad colonial y la existencia de proyectos
de autonomía en sectores subalternos, es decir,
distintos a los criollos.
los cimarrones– y de la rrepublica que yvan formando
con su thesorero contador y theniente de la guerra y
alguazil mayor capitan y otros oficios”.
Los españoles combatieron por casi 14 años a Bioho
y a sus hombres sin lograr dominarlo, por el contrario
La resistencia de los esclavos adoptó las siguientes
características: instalación de cimarrones en zonas
a las cuales el blanco no podía acceder fácilmente;
surgimiento de líderes con capacidad militar y polí-
tica; creación de formas e instancias de poder y de
cargos con funciones específicas; establecimiento
de prácticas y normas de conducta alternas a la
moralidad del blanco; y reconstitución de tradiciones
culturales de origen africano.
debieron aceptar su autonomía en más de una oca-
sión. En 1613 Bioho propuso la paz a las autoridades
españolas a cambio de tierras para sus hombres y la
autorización para entrar a Cartagena sin ser molesta-
dos. Los españoles aceptaron el acuerdo, reconocieron
la autonomía del palenque, sus autoridades y la posi-
bilidad de que los cimarrones transitaran por la ciudad.
El cronista Fray Pedro Simón recuerda este convenio y
la entrada de Bioho al puerto esclavista: “(
...
)
y el Bio-
ho andaba con tanta arrogancia que demás de andar
bienvestido a la española, con espada y daga dorada,
trataba su persona como un gran caballero”.
Monumento a Benkos Biojó en el Palenque de San Basilio.
Departamento de Bolívar.
En el siglo XVI se establecieron los primeros pa-
lenques, ellos se erigieron lejos de la ciudad de
Cartagena, principal puerto esclavista, consolidán-
dose especialmente los de La Ramada (1529) y
Uré (1598). No obstante, los de mayor importancia,
tanto por el tamaño como por las acciones militares
de resistencia a los ejércitos españoles, fueron los
que se crearon a comienzos del siglo XVII, esta vez
relativamente cerca de Cartagena. La historiadora
Borrego Pla señala cuatro zonas de palenques:
Aunque Bioho murió poco después por orden del
gobernador de Cartagena, este hecho no significó
el fin del enfrentamiento entre esclavos y españoles.
Por el contrario, a lo largo de los siglos XVII y XVIII
se produjo la formación de nuevos palenques y se
sucedieron varias confrontaciones armadas. Los pa-
lenques de Sanaguare, Limón y Polini, en la Costa
Atlántica, se levantaron en 1634 con la intención de
declararse independientes. Los españoles, luego de
sangrientos combates, lograron derrotarlos.
norte, Betancurt y Matubere, en Sierra de Luruaco;
centro, Sierra de María, cuatro palenques, de los
cuales se conocen dos: San Miguel y Arenal, cuya
población es calculada entre 200 y 300 personas;
sur, Serranía de San Lucas, especialmente entre
los ríos Magdalena y Nechí, los palenques de Ci-
marrón y Norosi.
El levantamiento más conocido fue el de Domingo
Bioho, cimarrón que escapó a la ciénaga de La Matu-
na (1599), a donde lo siguió un número importante de
esclavos que lo hicieron “rey” y dieron forma al Palen-
que de San Basilio. Según la leyenda, Bioho era un
gobernante africano que había llegado a América en
Otro levantamiento importante lo dirigió el mestizo
Luis García, conocido como “El Libertador del Da-
rién”. García organizó en 1732 una insurrección de
indios y esclavos en contra de las autoridades y de
los dueños de las empresas mineras de la zona. En
1733 el mariscal Martínez de la Vega logró someterlos
gracias a una campaña militar de pacificación en la
cual fue muerto García.
Los choques entre blancos y esclavos deman-
daron, como en el caso indígena, altas inversio-
nes en recursos humanos y capitales. Se lee en
la Real Cédula emitida por Carlos III en mayo
de 1688: “El año pasado de 1685, considerando
que se iban descocando cada vez más, resol-
vió levantar y enviar doscientos hombres, y por
cabo de ellos al sargento don Luis del Castillo.
Y habiendo avistado los palenques, les salieron
a recibir los negros, obligándoles a capitular
y entre tanto mataron otros al dicho sargento
mayor por su mala disposición”.
El último capítulo importante de las alianzas entre escla-
vos y mestizos que queremos recordar fue el movimiento
comunero. En efecto, José Antonio Galán declaró la
libertad de todos los esclavos.
Como en el caso de los indígenas, los negros
esclavos desarrollaron un proceso de elabora-
ción y reconstitución de símbolos para hacer
de su cultura una forma de resistencia al orden
colonial. En particular, los bailes, cantos, y un
lenguaje propio sirvieron para negar el orden
de los blancos. A pesar de esta larga historia
de resistencia, las élites políticas que crearon
la República instituyeron una idea –totalmente
inaceptable– heredada del periodo colonial: el
negro no es necesario para construir la nación.
20 NÚMERO 6 El Movimiento de los Comuneros: seis lecciones para quienes lucharon por la Independencia
20
NÚMERO 6
El Movimiento de los Comuneros: seis lecciones
para quienes lucharon por la Independencia
l creciente mestizaje durante la Co-
lonia chocó con la rígida concepción
española de la pureza de raza y el
sistema de privilegios que de él se
derivaba, ello determinó que un cre-
ciente sector de la población, que no
era ni negro, blanco o indio, fuese marginado de las
redes de poder y de la propiedad.
de Piñérez quien huía hacia Cartagena. Al pasar por
Mariquita (Tolima) en cumplimiento de su misión,
Galán otorgó libertad a los esclavos de la mina de
Malpaso, lo cual fue empleado por las autoridades
coloniales como una de las causales para su condena
a muerte. Galán llegó también a adelantar acciones
para recuperar algunas tierras de los indígenas que
habían sido usurpadas por los terratenientes.
Este hecho alimentó la resistencia de mestizos y
blancos pobres contra medidas fiscales y adminis-
trativas, especialmente en el período de las reformas
borbónicas; y los abusos de los poderes locales,
particularmente de algunas medidas tomadas por
los cabildos.
Las autoridades de Santa Fe accedieron a las pe-
ticiones de los comuneros y en Zipaquirá juraron
sobre los evangelios cumplirlas. Al conocer José
Antonio Galán las capitulaciones de Zipaquirá no
las aceptó y continuó su lucha contra la opresión
colonial.
El Movimiento de los Comuneros estuvo precedido
por esta serie de conflictos entre autoridades locales
y mestizos y criollos pobres. En julio de 1767, por
ejemplo, se amotinó el vecindario de Neiva contra
el gobernador de la provincia, Miguel Gálvez, para
protestar contra los excesos que cometía en el cobro
de los impuestos, los cuales había recargado con uno
nuevo sobre el tabaco. La población asaltó la casa
del gobernador con el propósito de lanzarlo en una
balsa a la corriente del río Magdalena, pero el cura
del pueblo impidió el castigo. Las autoridades reac-
cionaron más tarde castigando con extrema dureza
a los dirigentes del movimiento.
A los pocos meses, las autoridades de Santa Fe
declararon nulo el pacto e iniciaron la persecución
de los dirigentes populares comuneros. El virrey
Flórez ordenó apresar a José Antonio Galán y tras
su captura fue ejecutado junto a varios de sus te-
nientes el 1º de marzo de 1782.
El Movimiento de los Comuneros se inició en el So-
corro (Santander) contra las medidas fiscales del
regente visitador Gutiérrez de Piñérez. En su prime-
ra etapa, 16 de marzo a 16 de abril de 1781, tuvo el
carácter de protesta popular con actos simbólicos
específicos de carácter local, como la ruptura de los
anuncios de nuevos impuestos.
El Movimiento de los Comuneros tiene seis carac-
terísticas que le permiten constituirse en el levan-
tamiento de masas más importante del período
colonial. En primer lugar, hay que señalar que la
movilización no se redujo a la región de Santander
y, por el contrario, esta se extendió a Neiva, An-
tioquia, el altiplano cundiboyacense y los Llanos
Orientales. En cada región los actores varia-
ron, por lo cual el sentido de la protesta tuvo
un carácter particular.
No obstante, estas muestras de rechazo a las medidas
fiscales lograron estimular levantamientos similares en
otras regiones y, lo que es más importante, constituir
una alianza, aunque coyuntural, de diferentes sectores
de la población. A raíz de la “alianza entre patricios y
plebeyos en el Socorro”, como la denomina el histo-
riador John Phelan, se pudo conformar, el 18 de abril
de 1781 en Socorro (Santander), la denominada Junta
Comunera con el propósito de marchar sobre Santa
Fe de Bogotá y obligar a las autoridades españolas a
establecer un diálogo.
En segundo lugar, el Movimiento Comunero
fue el más importante de la época colonial por
cuanto movilizó un amplio número de mujeres
y hombres. Así por ejemplo, en el marco del
movimiento de los comuneros los indígenas
de la sabana de Bogotá, en número cercano
a los 5.000, se levantaron y nombraron a
Ambrosio Pisco como su cacique y luego se
unieron a los comuneros de Santander.
La Junta estuvo conformada por ricos propietarios
de la región, como Juan Francisco Berbeo y Salva-
dor Plata, y personalidades como Mateo Ardila, que
tenían nexos familiares o personales con hombres
de enorme influencia en la región. Esta variedad de
intereses no fue acompañada por el reconocimiento
de los intereses de cada sector, lo cual constituyó
un lastre para el movimiento, pues fue evidente que
algunos miembros de la Junta tenían como único
objetivo protestar por la ausencia de los criollos en
el gobierno del Virreinato e incluso otros, como Plata,
no estuvieron de acuerdo con el Movimiento.
En tercer lugar, el Movimiento fue resultado
de una amplia alianza de sectores sociales.
Participaron mestizos, criollos, indígenas y
negros, cada sector tenía sus propias reivin-
dicaciones y aunque estas no fueron ade-
cuadamente articuladas, lo cual dificultó el logro de los
objetivos propuestos, definió a la alianza de un requisito
para el logro de la independencia.
José Antonio Galán fue enviado por Berbeo con un
destacamento comunero en persecución de Gutiérrez
En cuarto lugar, existió una estrecha relación entre los
sucesos internacionales, los regionales y los locales. Las
noticias del levantamiento de Túpac Amaru II en Perú
(1780), por ejemplo, impactaron algunas regiones. La idea
del ascenso, vía levantamiento, de un rey indio permitió
a diferentes sectores de la población evaluar la relación
existente con la Corona española y considerar la posibilidad
de seguir al nuevo monarca inca. La rápida circulación de
las noticias y la existencia de condiciones para el movi-
miento explican por qué en una apartada región, como El
Cocuy (Boyacá), se hiciese un pronunciamiento a favor
de Túpac Amaru II.
En quinto lugar, la manera como se sometió el le-
vantamiento, especialmente la ejecución de José
Antonio Galán; el destierro de reconocidos dirigen-
tes; y el quebrantamiento del poder local de algunos
criollos fueron factores que abonaron el terreno
para el surgimiento de posturas más radicales, es
decir plenamente independentistas.
Finalmente, el Movimiento de los Comuneros
pudo generar, como nunca antes lo había hecho
un levantamiento de esclavos o de indios, un
héroe popular. José Antonio Galán se convirtió
en uno de los más importantes mitos fundacio -
nales de la nación, aunque posteriormente fue
opacado por las élites que privilegiaron a los
criollos ilustrados.
Nº 69, junio de 2010 21 21 NÚMERO 7 Identidades étnicas, religiosas y locales en la
Nº 69, junio de 2010
21
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NÚMERO 7
Identidades étnicas, religiosas y locales
en la Independencia de Colombia y México
La Independencia en países como
México fue posible por la reivindicación
que hicieron los criollos del pasado
indígena, por la identificación con la
grandeza de la cultura de un “México”
que supuestamente existía antes del
dominio colonial. En segundo lugar, porque la religio-
sidad popular justificó la ruptura de los vínculos con
España y el uso de la violencia –de la guerra– para el
logro de la autonomía.
decir, la Virgen no fue traída por los españoles y, por tan-
to, la colonización, que se justificó en la evangelización,
era ilegítima.
En el caso colombiano no existieron comunidades
indígenas que hubiesen construido monumentos
importantes –pirámides, palacios– que facilitaran a
la población la identificación rápida con un pasado,
real o imaginario. Es cierto que algunas comunidades
desarrollaron elaboradas técnicas para el trabajo del
oro, pero la difícil geografía nacional y las grandes di-
ferencias entre las culturas de la selva y los Andes las
aisló. Por otra parte, al momento de la llegada de los
españoles no había concluido el proceso de centraliza-
ción en torno al poder de una comunidad –los muiscas
por ejemplo– que facilitara la expansión y la unificación
como, guardando las proporciones, lo habían logrado
los incas. Por su parte las élites locales, los criollos,
no inventaron nada con respecto a las comunidades
indígenas prehispánicas, de manera que no emplearon,
como en México, el pasado como argumento para la
lucha por la Independencia.
Si tenemos en cuenta estos dos elementos, la participación
de sacerdotes en la dirección de la guerra y la presencia de la
Virgen de Guadalupe en la justificación de la Independencia,
comprenderemos fácilmente el hecho que en los campos
de batalla las banderas de los insurrectos fuesen blancas y
azules –los colores de la Virgen– y que gritaran consignas
como la siguiente: “Viva la Virgen de Guadalupe, muerte al
mal gobierno, abajo los gachupines (españoles)”.
Por supuesto, los pronunciamientos de cabildos, como
el de Santa Fe de Bogotá durante el 20 de julio de 1810,
tuvieron manifestaciones de fidelidad a la Iglesia católica,
apostólica y romana. Por supuesto, el llamado de los sa-
cerdotes o algunos empleos del culto católico debieron
ser empleados en la movilización de mestizos. Es decir,
debieron haber existido oraciones, rezos, plegarias para
santificar armas, etc. No obstante, lo que nos interesa re-
saltar es, desde la perspectiva comparativa con procesos
de la guerra de la Independencia en otros países del con-
tinente, que lo religioso no fue un factor determinante en la
confrontación de los bandos patriotas o realistas.
El pueblo y las élites que se levantaron en la Nueva
Granada no lo hicieron en nombre de la preservación
de una identidad religiosa o cultural o debido a la
existencia de una identidad incluyente. Aunque los
sacerdotes evidentemente participaron en los bandos
en conflicto y aunque la alta jerarquía eclesiástica ex-
comulgó a disidentes –como Simón Bolívar– o a los
mestizos que se habían levantado con el Movimiento
de los Comuneros, no existió religiosidad popular en
la guerra de Independencia de Colombia.
El tipo de identidad más consolidada al momento de la
independencia de la Nueva Granada fue la que se cons-
truyó en torno a la ciudad, y éstas se diferenciaron debido
a la manera cómo se caracterizó: el poder de sus élites; la
población indígena o esclava; el tipo de producto que se
explotaba; las condiciones geográficas o la forma como se
integraba a Santa Fe de Bogotá y al imperio; la importancia
de sus instituciones educativas; etcétera.
De allí la existencia de diferencias de proyectos durante las
protestas de los cabildos y la consolidación de dos opcio-
nes: independencia o fidelidad a España. La formulación
de tales propósitos se manifestó en fuertes diferencias
entre las ciudades y, por ello, encontramos guerras entre
ciudades: Cartagena versus Santa Marta, una indepen-
dentista y la otra realista.
A diferencia de México, carecimos de un culto religioso
que integrara a los habitantes. Los que reconocemos
o practicamos hoy día fueron tardíos, del siglo XIX,
como la consagración del país al Sagrado Corazón, el
culto a la Virgen o al Divino Niño se hicieron naciona-
les también tardíamente. En México, por el contrario,
fueron los sacerdotes Miguel Hidalgo y José María
Morelos los que dirigieron la guerra; se erigieron en
líderes de las masas campesinas e indígenas; crea-
ron una legitimidad a sus acciones, a pesar de que
significaban el uso de la violencia; y, por éstos hechos,
fueron ejecutados.
En esencia, la guerra de Independencia en Colombia se
hizo sin recurrir a la elaboración de mitos políticos sobre el
pasado indígena y sin el empleo de la religiosidad popular,
en otras palabras fue laica. Los sacerdotes o los indígenas
son casi inexistentes en el panteón de los héroes nacio-
nales o en los textos de historia patria, por el contrario,
pululan los generales.
Pero lo más importante fue que la Virgen de Guadalupe,
y de manera general la religiosidad popular, se consti-
tuyó en actor del conflicto y en fuente de formación del
Estado nacional mexicano. Quienes plantearon por pri-
mera vez la necesidad de la Independencia señalaron
que el culto a la Virgen era anterior a la colonización
española, pues su aparición al indio Juan Diego se
presentó el día 12 de diciembre de 1531. Señalaron,
además, que existían símbolos de la cultura cristiana,
la cruz por ejemplo, en culturas mesoamericanas. Es
Las implicaciones de estos hechos en la conformación
del Estado nacional fueron muchas y muy importantes.
Aunque la guerra se ganó, la independencia no eliminó
las diferencias entre las ciudades y las regiones que se
habían manifestado en la conflagración que estalló entre
las provincias durante la Patria Boba, además, estas revi-
vieron en la larga lucha entre federalistas y centralistas a
lo largo del siglo XIX. Por otra parte, la formación de una
república solo se entendió como el territorio del altiplano, el
mundo andino, por ello se perdió tan fácilmente Panamá,
pues las élites bogotanas no consideraban el Istmo como
un territorio importante.
La religión se hizo un aspecto determinante, especialmente
desde el punto de vista de la institución, en un largo proceso
que fue paralelo a la lucha de los partidos políticos,
a las guerras civiles y a las constituciones del siglo
XIX. Su consolidación se alcanzó con el movimiento
de la Regeneración y, en general con la Hegemonía
Conservadora, toda vez que la constitución de 1886
–que vinculó la ciudadanía con el catolicismo–; el
Concordato firmado en el 1887 –que le otorgó a la
Iglesia el derecho a intervenir en la educación–; y la
política de misiones, la concesión a diversas comu-
nidades religiosas el privilegio de administrar, educar
y evangelizar a los grupos indígenas, evidenciaron
que la jerarquía eclesiástica y el conservatismo ha-
bían impuesto un principio: la Iglesia es el elemento
fundamental de cohesión de las sociedades.
22 NÚMERO 8 La cultura, la ciencia y la masonería: vías para la difusión de la
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NÚMERO 8
La cultura, la ciencia y la masonería: vías para la
difusión de la ideas liberales en la Nueva Granada
a sido frecuente en la modernidad, en la era de
dominio de la burguesía, que la mayor parte de
las transformaciones sociales y políticas han sido
precedidas o acompañadas por fuertes movi-
mientos en el terreno de las ideas y de la cultura.
Generalmente, estos movimientos, en algunos
casos verdaderas revoluciones, tienen la función
anular la legitimidad del orden anterior –valores y fundamentos–
y de crear la necesidad de las transformaciones.
le permitió mantener actividades hasta la reconquista española
(1816); y la formación de una brillante generación de científicos
(35 de ellos directamente vinculados a la Expedición) que pronto
se destacarían en la investigación y en la política al vincularse
muchos de ellos a la lucha por la Independencia, entre los que
se destacaron Francisco Antonio Zea, Juan Bautista Aguilar,
José y Sinforoso Mutis, y José María Carbonel.
La Independencia no fue ajena a esta tendencia mundial y
tanto el levantamiento de los cabildos como la guerra fueron
precedidos por una fuerte movilización de las élites ilustradas en
torno a las ideas de la modernidad, de manera más especifica
a dos fundamentos de la sociedades burguesas: la ciencia y el
liberalismo político.
La ciencia había sido el instrumento para la revisión de todo
tipo de argumentos sobre la explicación del mundo físico, la
filosofía y la religión, no en vano señala Marx que en un princi-
pio las ideas que justificaron las revolucionen burguesas fueron
consideradas herejías. Por ello, en la Nueva Granada hay que
considerar como elementos de la crisis del orden colonial:
la difusión de las ideas científicas y del pensamiento
liberal y la creación de una opinión pública for-
mada en la prensa, las tertulias, los panfletos
y los libros.
La actividad científica tuvo un particular
auge con la constitución de una comu-
nidad formada en las corrientes más
novedosas y que actuaban como grupo
de opinión a favor del pensamiento
liberal. Dos temas hay que considerar
para entender la importancia que tuvo
la comunidad científica en la consoli-
dación de la Independencia: el arribo
a la Nueva Granada de José Celestino
Mutis y la organización de la Expedición
Botánica y la visita de Alexander Von Hum-
boldt, sobre este último hecho únicamente
diremos que llegó a Colombia en compañía
de Aimé Bonplant (naturalista, médico y botánico
francés) y conoció el mundo académico, especialmente
a Francisco José de Caldas, quien estuvo muy cerca de acom-
pañarlo a visitar México.
La difusión de las nuevas ideas fue posible gracias a la conju-
gación de una serie de recursos, entre los que se encontraban
la fundación de periódicos, la organización de tertulias –como
El Arcano de la Filantropía creada por Antonio Nariño para la
discusión del liberalismo– y la circulación de panfletos –como
la celebre traducción que hizo Antonio Nariño de la Declaración
de los Derechos del Hombre y el Ciudadano– y libros. Con
ello fue posible la formación de lo que hoy se denomina una
opinión pública. No fue extraño que una vez se produjeron las
primeras manifestaciones contra la monarquía aparecieran
periódicos, como El Argos fundado el 10 de septiembre de
1810 en Cartagena por José Fernández Madrid y Manuel Ro-
dríguez Torices, dos exalumnos de José Celestino Mutis, que
manifestaran cosas como la siguiente: “Por un efecto necesario
del bárbaro sistema del gobierno antiguo, hemos estado
sumidos en la más ciega ignorancia de nuestros
intereses y derechos; pero felizmente ha llega-
do la época suspirada en que los amantes
verdaderos de este Reyno puedan hablar
con absoluta libertad, desentrañando las
causas que han obstruido los canales de
su prosperidad y engrandecimiento”.
Washington
José Celestino Mutis llegó a Bogotá en 1761 en calidad de
médico del Virrey Pedro Messía de la Cerda. Pronto entró en
contacto con el precario sistema educativo, dominado por los
métodos medievales. En 1762 llamó la atención de la comuni-
dad científica con el celebre discurso inaugural de la cátedra
de matemáticas del Colegio Mayor del Rosario, al presentar los
principios del sistema de Copérnico. Por la defensa de estas
ideas se le siguió un juicio en 1764, y aunque la acusación fue
desestimada tiempo después evidencia la represión contra la
circulación de la ciencia moderna.
El pensamiento liberal también fue
difundido por una vía que es muy
características de la modernidad: las
logias masónicas. La proliferación de
las sociedades masónicas en Europa
fue posible por el empuje de las ideas
liberales. Durante el feudalismo, las for-
mas de sociabilidad estaban ligadas a
las actividades del culto, lo usual era que
la gente se reuniera para compartir prácticas
religiosas. Dada la persecución de la Iglesia a
los disidentes religiosos y políticos, que en muchas
ocasiones se hizo con extrema violencia –como la per-
secución a los cátaros del sur de Francia, a las brujas en toda
Europa y a las ideas científicas que aparentemente negaban
la fe– los hombres de ciencia y los que abogaban por el fin del
feudalismo debieron organizarse en sociedades secretas. Los
masones formaron una organización ampliamente vinculada
a la difusión del pensamiento liberal y a la organización de la
revolución de independencia en América. George Washington,
Benjamín Franklin, Francisco de Miranda, Andrés Bello López,
José de San Martín, Servando Teresa de Mier, Simón Bolívar,
Antonio de Sucre, y muchos más, fueron masones. La primera
logia que integró a latinoamericanos con ideas liberales se creó
en Inglaterra (1798) por iniciativa de Francisco de Miranda y
llevó por nombre La Gran Reunión Americana.
Bolívar
Miranda
No obstante, a Mutis se le exalta por haber elaborado un pro-
yecto educativo para Francisco Antonio Moreno y Escandón y,
especialmente, por ser el artífice de la denominada Real Expe-
dición Botánica (1783). Con esta empresa logró el interés de los
científicos más reconocidos del mundo, como Carlos Linneo y
Carlos Alstroemer; un trabajo de investigación continuo, el cual
En resumen, la idea de la Independencia también fue cons-
truida por los criollos, ello fue posible gracias a la formación
de una comunidad científica y de opinión que puso al servicio
de la idea republicana las ideas científicas más novedosas y
el pensamiento liberal emanado de la Revolución Francesa, el
liberalismo español y la independencia del Estados Unidos.
San Martín
Nº 69, junio de 2010 23 23 NÚMERO 9 La crisis del imperio español, la invasión
Nº 69, junio de 2010
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NÚMERO 9
La crisis del imperio español, la invasión
napoleónica y la Independencia
l capitalismo, desde sus inicios, ha impul-
sado procesos de globalización, arrojando
como resultado un sistema económico
mundial y la unificación del destino de
todas las naciones y pueblos. Lo que
acontece en un lugar repercute en los de-
más. Por ello, toda revolución requiere de
condiciones internacionales favorables. La
revolución de Independencia fue posible en América Latina gra-
cias al apoyo de Inglaterra a quienes luchaban contra España, al
envío de recursos y tropas para combatir a favor de los ejércitos
libertadores y al rápido reconocimiento de la legitimidad de los
nuevos gobiernos y naciones.
La lucha contra Napoleón originó una guerra que
se prolongó por cinco años. Los triunfos contra los
franceses generaron la constitución de nuevas formas
de gobierno: las Juntas Locales y Regionales de De-
fensa. Dichas Juntas se unificaron en la denominada
Junta Central Suprema y el 22 de mayo de 1809
decretaron la realización de Cortes Extraordinarias y
Constituyentes. La asamblea constituyente se realizó
en la ciudad de Cádiz entre 1810 y 1814, por lo que
se conocen como las Cortes de Cádiz.
imperio, de la suerte de las colonias, de las formas
de gobierno, etcétera.
La decadencia del imperio español, al coincidir
con la invasión napoleónica y el auge de ideas
liberales, generó el debilitamiento de los vínculos
entre las colonias y el imperio, y en los criollos la
necesidad de comenzar a definir qué tipo de sis-
tema político debía imperar en América y cómo
debía ser la relación con España.
Por otra parte, a la bancarrota del imperio español, la cual fue
posible debido a su escasa capacidad para aprovechar la enor-
me masa de metales preciosos provenientes de América; a la
pérdida de su poderío militar y naval; a la invasión napoleónica;
y al auge de las ideas liberales en España y América. Veamos
con más detalles este aspecto.
La constitución del imperio español se presentó, paradójica-
mente, junto a una creciente incapacidad para aprovechar la
riqueza proveniente de la explotación de las minas de metales
precisos en América. En efecto, España en los siglos XVI y XVII
no pudo generar un proceso de acumulación que contribuyera
a la consolidación del capitalismo. En primer lugar, fue uno de
los territorios menos poblados de Europa y este hecho también
limitó la acumulación de capital. Se sabe que el desarrollo de
las fuerzas productivas requiere de una densidad de población
adecuada. En otras palabras, requiere de un excedente de mano
de obra que estimule a la economía a producir más, pero este
factor nunca existió.
Los hechos más significativos fueron la presencia
de representantes americanos y la existencia de un
sector liberal en la asamblea que abogó por la apli-
cación de los principios de la Revolución Francesa.
Las Cortes aprobaron en 1812 una Constitución que
sancionó el fin de la sociedad estamental y el estable-
cimiento de un sistema político monárquico, aunque
con división de poderes. No obstante, la expulsión de
los franceses permitió el retorno del rey Fernando VII
y con él vino la anulación, en 1814, de lo aprobado
por las Cortes, incluida la Constitución.
A pesar de la corta vida de las normas aprobada por
las Cortes, especialmente de su Constitución, los
debates de la asamblea impactaron notablemente
a las colonias americanas y permitieron la difusión
del pensamiento liberal. Los criollos ilustrados de-
bieron debatir acerca del futuro de la monarquía, del
A raíz e la invasión de Napoleón, la preocupación
más importante para los súbditos de la corona
española en América fue la suerte de su monarca
Fernando VII. En un comienzo, las primeras manifes-
taciones de los cabildos y diversos sectores sociales
en América Latina, especialmente de los criollos,
fue la de proteger la unidad del imperio español,
manifestar la fidelidad al monarca y pugnar por el
rechazo a quienes identificaban como afrancesados.
Hay que decirlo claramente: en 1810, la mayor parte
de los criollos –con la excepción de los habitantes
de Cartagena– no querían la Independencia, pedían
mayor autonomía de los territorios, facilidades para
el comercio y el reconocimiento de su poder. La
Independencia se hizo idea dominante después de
la Pacificación, que aniquiló a sangre y fuego a un
sector importante de la intelectualidad y radicalizó
los reclamos de autonomía.
En segundo lugar, la reconquista española, la empresa militar y
política que buscaba el sometimiento de la población árabe –que
culminó en 1492 con la conquista del reino musulmán de Granada–
y la pretensión de una pureza religiosa, que llevó no solamente al
establecimiento de la Inquisición, sino a la persecución de musul-
manes y judíos –a estos últimos, por ejemplo, se les amenazó en
1492
con la expulsión sino se convertían al catolicismo– impactó
negativamente, por cuanto lo que hoy llamamos España, que en
la época era básicamente los reinos de Castilla y Aragón, perdió
una extraordinaria riqueza humana, cultural y económica.
Si tenemos en cuenta que sólo un sector de la relativa escasa
población se enriqueció rápidamente, que las pretensiones
de pureza religiosa y étnica empobrecieron a España y que
la nobleza despreció al trabajo y las actividades productivas,
comprenderemos que la clase dominante era parasitaria, con
inclinaciones al consumo suntuario que no podía ser satisfecho
en España y que, por lo tanto, debió comprase en el extranjero.
Tal circunstancia determinó que los dineros provenientes de
América terminasen en manos de ingleses y franceses.
Fransisco de Goya, El tres de mayo de 1808 en Madrid (El Prado).
Por último, habría que señalar que España se mantuvo en
constantes guerras con sus vecinos, particularmente con las
crecientes potencias europeas: Inglaterra y Francia, y general-
mente salió derrotada. En 1713, España debió firmar el Tratado
de Utrecht, que la despojó de sus posesiones en Europa; en
1805
sufrió una de las más importantes derrotas en la batalla de
Trafalgar, que significó la pérdida de la supremacía naval en el
mundo; y, el hecho más importante para nuestra historia de la
Independencia se produjo en 1808, cuando Napoleón invadió
a España e impuso a su hermano José I en el trono.
Fransisco de Goya, El dos de mayo de 1808 en Madrid.
Jacques-Louis David. Napoleón cruzando el San Bernardo.
24 NÚMERO 10 El 20 de julio de 1810 La confluencia de la violencia del pueblo
24
NÚMERO 10
El 20 de julio de 1810
La confluencia de la violencia del pueblo
y las ideas monárquicas de los criollos
a coyuntura política que va de 1809
al inicio de la guerra entre federalis-
tas y centralistas, conocida como la
“Patria Boba”, estuvo caracterizada
por el choque entre proyectos mo-
narquitas e independentistas. El
levantamiento de julio de 1810 en
Santa fe de Bogotá y el de Carta-
gena en 1809 representan estas dos tendencias.
Pensamos que los criollos no consideraron realmente la posibilidad
de una movilización de los santafereños. Si acaso, llegaron a tener
en cuenta al pueblo fue en el caso de legitimar el deseo de coadmi-
nistrar, lo que seguramente consistía en que la Corona les ratificara
los cargos que ya ejercían (municipalidad, procuraduría, alcaldía,
etc.) y en la marginación de aquellos funcionarios que no les daban
todas las garantías.
Llorente y otras con la libertad del magistrado
Rosillo.”
La interpretación tradicional sobre el levantamiento del 20 de
julio de 1810 señala que el levantamiento sucedió de manera
espontánea y que se inició cuando algunos criollos solicitaron
al comerciante español José Llorente un florero para adornar
una mesa que serviría para el recibimiento del comisionado
del Consejo de Regencia de España, Antonio Villavicencio.
Llorente insultó a los criollos y se desató una pelea que generó
un motín que culminó en la creación de una Suprema, presi-
dida por el mismo Virrey. Para los historiadores tradicionales,
el choque con Llorente fue preparado por los criollos, pues
sabían del carácter pendenciero del comerciante y ello les
garantizaba arrastrar al populacho a las acciones violentas y
buscar la independencia.
Por lo dicho, creemos que el 20 de julio, como en muchas otras
coyunturas, hay una doble movilización de diferente sentido, enver-
gadura, radicalidad y posibilidad. Una, la del pueblo, otra, la de los
criollos. Sin embargo, esta dualidad no quiere expresar, bajo ninguna
circunstancia, un enfrentamiento antagónico pueblo-élites y, mucho
menos, la existencia de un proyecto político, de una alternativa de
poder de los de abajo.
El lapso comprendido entre las 12 y las 6 de la tarde del 20 de julio
pertenece exclusivamente al pueblo, posteriormente compartió la
escena con la Junta Suprema. Luego del incidente con Llorente, las
masas santafereñas iniciaron la persecución de los españoles y la
ocupación de las principales calles de la ciudad. Acevedo y Gómez
La violencia del pueblo se dirigió contra los
más notables realistas y su persecución fue
implacable. Al respecto anotó Acevedo: “Se
juntó tanto pueblo que sino se refugia en
casa de Marroquín [se refiere a Llorente] lo
matan. En seguida, como a eso de las dos
de la tarde descubrieron al alcalde toda la
conspiración. El pueblo no le permitió actuar;
descerrajaron la casa de Infiesta, jefe de ella,
y sino le rodean algunos patriotas, brillan
los puñales sobre su pecho, lo mismo sobre
Llorente, a quien también sacó de su casa
con Trillo y Marroquín, que escapó vestido
de mujer”.
comentó sobre el particular: “(
)
no había calle en la ciudad que no
El objetivo de este artículo es analizar los sucesos del 20
de julio de 1810 examinando la participación del pueblo en
este suceso y destacando las contradictorias con los criollos;
finalmente, plantear que ese día ninguno de los sectores
participantes buscaban la independencia de España. Hemos
dividido en dos partes el artículo, y corresponde a la primera
el tema de la participación del pueblo.
estuviese obstruida por el pueblo; todos se presentaban armados y
hasta las mujeres y los niños andaban cargados de piedras pidiendo
a gritos la cabeza de Alba, Frías, Masilla, Infiesta, Trillo, Marroquín,
Los criollos asumieron la defensa de la vida de
los españoles y a muchos de ellos los llevaron
a la cárcel de la corte para salvarlos del pueblo.
Sin embargo, la muchedumbre pidió el traslado
de Frías y Alba a los calabozos y, además, que
se les remachase un par de grillos y fuesen
mostrados desde el balcón de la prisión, actitud
que no agradó a quienes conformarían la Junta
Suprema.
Roberto María Tisnes institucionaliza el argumento de que
los criollos prepararon minuciosamente el levantamiento del
20 de julio al sostener que el día anterior se reunieron en
el Observatorio, entre otros, Camilo Torres, Miguel Pombo,
Joaquín Camacho, José Acevedo y Francisco de Caldas a
preparar el levantamiento y que Francisco Morales propuso la
treta contra José Llorente, conocido por su carácter violento,
pues “encontraría algún medio para provocarle públicamente,
y ésta sería la chispa que prendería fuego a la pólvora. Se
formaría una aglomeración del público, y los patriotas arras-
trarían al pueblo.”
Como si fuera poco la apología a los criollos, Tisnes llevó al
extremo la acción de los conspiradores al decir: “Inesperada-
mente, a esos de las 12 de día, sucede lo imprevisto. Inespe-
radamente y sorpresivamente para la inmensa mayoría de los
ciudadanos, que no para las mayoría de los dirigentes criollos
de la ciudad”. Obviamente el pueblo sólo aparece movilizado
gracias a la luz que emana de las mentes patrióticas, desinte-
resadas y, en un segundo lugar, una vez que ha tenido lugar
la treta contra Llorente.
Pero no sería la única oportunidad en la que los
criollos manifestaron su rechazo a las actitudes
del pueblo y tampoco fue la última en la que in-
tentaron controlar la beligerancia de la multitud.
José Gregorio Gutiérrez, ex sindico procurador,
en su relato de los sucesos del 20 de julio, logra
expresar adecuadamente la impresión de los
criollos ante los “excesos” del pueblo: “Yo creí
que lo volvían pedazos –se refiere a Infiesta–
según la furia con que se le echaban encima,
procurando cada uno, como porfía, afligirlo y
atormentarlo. Te digo con verdad que jamás he
presenciado espectáculo que más me moviera
a compasión, y hubiera deseado en aquel acto,
y también ahora, proporcionarle todos los con-
suelos imaginables”.
No obstante, José Acevedo y Gómez, el llamado Tribuno del
Pueblo, en carta al Comisionado Regio para Quito, Carlos
Montúfar, sostuvo luego de comentar los primeros roces con
Llorente: “Yo observaba estos movimientos desde el balcón
de casa, pues toda la manzana de la de Trujillo esta rodeada
por el Pueblo y de soldados a quienes hicieron fuego los per-
seguidores, pero no hubo desgracia”. Y más adelante dijo el
mismo Montúfar: “Todo era confusión a las cinco y media: los
hombres más ilustres y patriotas asustados por un espectáculo
tan nuevo se habían retirado a los retretes más recónditos
de sus casas”.
La preocupación de los criollos fue cada vez
mayor. El Diario Político, por ejemplo, anotó al
respecto: “Ya muchos ciudadanos ilustrados
preveían las consecuencias a que serían ori-
gen las reuniones frecuentes de un pueblo nu-
meroso y embriagado con la libertad. Se temía
que aquellos esfuerzos que al principio habían
salvado la patria, le fuesen funestos en los días
consecutivos, y deseaban que la suprema auto-
ridad impidiese las reuniones. Otros, opinaban
todo lo contrario”.
Los autores del movimiento de 1810 confiaron a Francisco José de Caldas la tarea
de hacer un periódico para ganar la opinión pública y se encargó de la redacción
del Diario Político de Santafé de Bogotá en colaboración con Joaquín Camacho.
Por ello, el control del pueblo se constituyó en
una necesidad para la Junta Suprema. La elimi-
nación de las movilizaciones y de las propuestas
radicales se pretendió a través de la labor de
persuasión del clero y con la promulgación de
bandos en los que se anunció la prohibición de
reuniones públicas.
Nº 69, junio de 2010 25 25 NÚMERO 11 Los criollos durante el 20 de julio
Nº 69, junio de 2010
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25
NÚMERO 11
Los criollos durante el 20 de julio de 1810: entre
el miedo al pueblo y la fidelidad a la Corona
os criollos manifestaron su
rechazo a las actitudes del
pueblo y, por ello, su prioridad
fue controlar su beligerancia
y administrar la protesta, no
obstante en esta tarea tarda-
ron varias semanas. El Diario
Político, periódico de Francisco
José de Caldas, anotó al respecto: “Ya muchos
ciudadanos ilustrados preveían las consecuencias
a que serían origen las reuniones frecuentes de
un pueblo numeroso y embriagado con la libertad.
Se temía que aquellos esfuerzos que al principio
habían salvado la patria, le fuesen funestos en los
días consecutivos, y deseaban que la suprema
autoridad impidiese las reuniones”.
Los criollos por su parte conformaron una comisión compuesta por
el contador de la Real Casa de la Moneda, Manuel Pombo, y Miguel
de Pombo y Luis Rubio para hablar con el virrey Antonio Amar “( ) ...
pidiéndole para su seguridad y por las ocurrencias del día de hoy
pusiese a disposición de este Cuerpo las armas.” En el bando del 23
de julio se afirmó: “V. Vivirá persuadido el pueblo de que estamos en
seguridad y que no tenemos hostilidad ni interior ni exterior que nos
amenace, entendiendo que las armas de que podían recelarse están
descargadas sin haber en poder de la tropa otras que las necesarias
o indispensables para el servicios diario, y las demás depositadas
en diputados de la Junta, hallándose también confiadas las llaves
de los almacenes de pólvora en los mismos diputados.”
Frutos Joaquín Gutiérrez, las virtudes y nobles
cualidades que adornan a este distinguido y
condecorado militar
...
”.
La eliminación de las movilizaciones y de las pro-
puestas radicales se pretendió, en primer lugar, a
través de la labor de persuasión del clero. En el
bando del 25 de julio, la Junta Suprema notificó
a los santafereños el nombramiento de personas
encargadas de escucharlos en cada barrio:
El criterio de los criollos se reiteró ante las movilizaciones de los
días siguientes al 20 de julio, que en apoyo de los santafereños
organizaron los curas de Bosa, Choachí, Sesquilé Gachetá y Ga-
chancipá, movilizando alrededor de 600 hombres para Santa Fe.
Sin embargo, la Junta los recibió con la orden de retirarse a sus
labores diarias, pues la patria estaba segura y en caso contrario se
les llamaría al menor peligro.
En cuarto lugar, la Junta Suprema intentó re-
gular la oposición del pueblo contra algunos
nombramientos. Acevedo y Gómez, en su carta
a su primo Miguel Tadeo Gómez, nos permite
apreciar la manera como el pueblo consideró al
futuro virrey. En los debates alrededor de la con-
formación de Junta Suprema y de la redacción
del acta constitucional aconteció lo siguiente: “El
Oidor quiso, dar parte al Virrey antes, y el pueblo
gritó que era un traidor, pues sujetaba la sobera-
nía del pueblo a la decisión de un particular. Me
asombré cuando oí esta proposición en boca de
gentes al parecer ignorantes. No hubo arbitrio;
se instaló la Junta unida al Cabildo”.
(…) y para que sus clamores y cualesquiera especie
de solicitudes que quieran hacer, lleguen a oídos de
un modo decoroso y conveniente dándoles el lugar
de preferencia que merezca en medio de las graves
atenciones que hoy llaman su cuidado, se entiende
precisamente en cada barrio, los de su respectivo
distrito con los sujetos que se van a nombrar: en el
de las Nieves con su párroco y con el vecino don
Ignacio Umaña; en el de Santa Bárbara con su pá-
rroco y con el doctor Manuel Ignacio Camacho y
Rojas; en san Victorino con su párroco doctor Pablo
Plata y con el doctor Domingo Camacho ...
Otro suceso que resaltamos es la actitud del
pueblo ante la presencia del coronel Juan Sáma-
no, traído desde la Costa Atlántica por el propio
virrey y quien el 21 de julio presentó juramento
de fidelidad a la Junta Suprema. Nos comenta el
mismo Acevedo y Gómez: “El pueblo no creyó los
juramentos de Sámano. Quito, gritaban, y el So-
corro acusan a estos pérfidos. Sámano consignó
el bastón muy sentido. Yo aplaque al pueblo”.
En conclusión, el levantamiento del 20 de julio
de 1810 fue resultado de la confluencia de la
acción de los criollos y una reacción violenta
del pueblo que tenía una lista de agravios que
estaba dispuesto a cobrar.
...
comienzos de agosto correspondió al clero calmar
y sosegar los populares ánimos y tratar de poner
paz y calma, orden y concierto en las multitudinarias
peticiones, como ocurrió el 7 de agosto”.
El historiador Roberto Tisnes señaló: “(
)
todavía a
En segundo lugar, por medio de un bando del 23
de julio, se estableció un mecanismo para regular
las peticiones del pueblo: “IV. El pueblo pedirá
lo que quiera por medio de si síndico procurador
...
sea justo, desechando con maduro examen lo que
en lugar del beneficio engendre la inquietud de los
ánimos, o traiga alguna consecuencia perjudicial
que suele no ser bien considerada al tiempo que se
hace la solicitud”.
general”, y además la Junta “(
)
aprobará lo que
Pintura tomada de Internet (sin autor).
En una circular del 29 de julio se sostuvo, luego de desestimar las
posibilidades de un ataque armado contra la ciudad: “No es ésta
una revolución premeditada, no es un tumulto popular en que el
desorden precede a los estragos y a la carnicería; es un movimiento
simultáneo pero pacífico de todos los ciudadanos”.
Los criollos venían siendo castigados con la dis-
minución de cargos en la administración local.
Con la visita general al reino que efectuó Juan
Francisco Gutiérrez de Piñeres se comenzó
(enero de 1778) a reducir el poder de algunas
familias, se limitaron algunas actividades eco-
nómicas, se persiguió a sus más destacados
intelectuales, etcétera. Por ello, estaban dis-
puestos a realizar una acción de fuerza contra
las medidas impuestas y contra las autoridades
virreinales. Por supuesto, nunca pensaron en
la independencia y una vez constataron la ra-
dicalidad del pueblo, prefirieron evidenciar su
fidelidad a la Corona. Por ello, cuando entro el
Pacificador Pablo Morillo, el 26 de mayo de 1816,
lo más destacado de la élite santafereña preparó
una recepción al militar español y juraron, nue-
vamente, su lealtad a la monarquía.
En tercer lugar, se trató de evitar que el pueblo tu-
viese acceso a las armas. Para los santafereños,
por el contrario, era vital lograr el control sobre el
armamento existente en la ciudad. En la misma
noche del 20 de julio se iniciaron las primeras
escaramuzas. En su , Francisco José de Caldas
señaló: “A las seis y media de la noche el pueblo
hizo tocar fuego en la Catedral y en todas las igle-
sias para llamar de todos los puntos de la ciudad
Este mismo documento nos sirve además para apreciar el respeto
y el apego de los criollos al virrey, pues no en vano lo nombraron
presidente de la Junta Suprema, a pesar del rechazo popular. En
efecto, en la propia acta de la Junta Suprema se señala que luego del
juramento de varios vocales, Camilo Torres y José Acevedo y Gómez
...
dente de la Junta Suprema del Reino al Excelentísimo señor Teniente
General don Antonio Amar y Borbón; y habiéndose vuelto a discutir el
negocio, se hicieron ver al pueblo con la mayor energía por el doctor
recordaron “(
)
que en su voto habían propuesto se nombrase presi-
...
desconfianza que agitaban al pueblo: el Batallón
de Auxiliar y el parque de artillería”.
el que faltaba
Dos eran los objetivos de temor y
El pueblo tenía gran resentimiento hacia el
gobierno virreinal. Había sido testigo de la des-
piadada represión del movimiento comunero;
despreciaba los monopolios del aguardiente,
el tabaco y los naipes; cada día era más difícil
cumplir con el diezmo y la alcabala; aceptaba
las orientaciones de algunos sacerdotes cons-
piradores; y estaba dispuesto a la violencia para
nivelar las diferencias. No obstante, no tenía
ninguna posibilidad de realizar una transforma-
ción de la sociedad, no la quería. Sólo aspiraba
al retorno de un pasado impreciso de justicia.
26 NÚMERO 12 Republicanismo y alianzas sociales y étnicas, claves de la independencia de Cartagena a
26
NÚMERO 12
Republicanismo y alianzas sociales y étnicas,
claves de la independencia de Cartagena
a Independencia fue el resultado
de una larga disputa, no sólo
entre americanos y españoles
sino también entre monárquicos
e independentistas de la Nueva
Granada. Dos proyectos orien-
taron las fuerzas que luchaban
por una nueva relación con la
corona española. A un lado estaban los monár-
quicos, es decir, los criollos que querían el reco-
nocimiento de su poder sin el cambio del estatus
colonial. Estos fueron los criollos que protestaron el
20 de julio de 1810 en Santa Fe de Bogotá.
la declaración, única para aquel entonces en la Nueva Granada, el
pueblo logró el destierro de algunos declarados realistas y la con-
vocatoria de una asamblea constituyente para 1812.
libe y absolutamente independiente, puede
hacer todo lo que hacen y pueden hacer las
Naciones libres é independientes.”
A los líderes populares, como Pedro Romero y Cecilio Rojas, se
les reconoció el derecho a participar en la Asamblea Constituyente
(conformada por 36 diputados) y, por ello, aparecen firmando la
Constitución de Cartagena. Años más tarde, el artesano Pedro Me-
drano se incorporó al Colegio Electoral que reformó la Constitución
(1814) y, finalmente, los descendientes africanos también estuvieron
presentes como oficiales del ejército libertador, incluso alcanzaron
altos rangos militares.
El realismo y pacificación
contra Cartagena
Al otro lado estaba el sector independentista, tam-
bién denominado republicano, que agrupaba a quie-
nes se identificaron con la independencia absoluta
de España. En un principio era una fuerza muy
pequeña y débil, pero luego se hizo dominante con
el rechazo generalizado a los métodos empleados
por la reconquista española, especialmente por la
cruenta represión, y la conformación de un estado
mayor al mando de Simón Bolívar. La expresión
más temprana y clara del sector republicano se
presentó en Cartagena de Indias.
Hay que señalar que durante la coyuntura de enfrentamiento del
cabildo de Cartagena con Montes se produjeron una serie de
protestas del cabildo de Mompox –que se había adherido al de
Cartagena– las que se agudizaron a partir del 25 de junio de 1810
con la revuelta de negros y mujeres. El 6 de agosto se proclamó
su independencia del Consejo de Regencia y de Cartagena y
respaldó el congreso que se había citado en Bogotá luego de los
sucesos del 20 de julio.
La reacción de los sectores realistas se de-
sató rápidamente contra el republicanismo
de Cartagena. Inicialmente fue a través de
la presión que se ejerció desde Santa Marta
–que desde 1809 había manifestado fide-
lidad y sumisión al monarca Fernando VII,
rechazado el pronunciamiento del 20 de ju-
lio, reconocido la autoridad del Consejo de
Regencia, y comisionado a José María Mar-
tínez para comprar armas en Jamaica– más
adelante se le unieron, entre otras ciudades,
Sincelejo y Tolú.
La declaración de independencia de Cartagena
La declaración de independencia hace un recuento de tratamiento
ignominioso de los españoles:
Cartagena era una de las ciudades americanas más
importantes del imperio español y fundamental en
el comercio de esclavos. En la Nueva Granada era
superada en número de habitantes sólo por Bogotá,
su población era diversa, con una fuerte presencia
de negros y debido a su carácter de puerto existió
una frecuente circulación de noticias sobre las re-
vueltas en Haití y las protestas de los cabildos en
el continente. De la independencia de Cartagena
hay que resaltar tres hechos: la alianza de diversos
sectores sociales, la significativa presencia popular
y la elaboración de una declaración de independen-
cia de España.
“(…) hemos sufrido toda clase de insultos de parte de los agentes del
Gobierno español, que obrarían sin duda de acuerdo con los sentimientos
de éste; se nos hostiliza, se nos desacredita, se corta toda comunicación
con nosotros, y porque reclamamos sumisamente los derechos que
la Naturaleza, antes que la España, nos había concedido, nos llaman
rebeldes, insurgentes y traidores, no dignándose contestar nuestras
solicitudes el Gobierno mismo de la Nación.”
A partir de 1812 estalló el conflicto entre
Santa Marta y las Provincias Unidas y se
organizó una doble campaña para someter
este baluarte realista. Por un lado, Simón
Bolívar remontó el río Magdalena para liberar
pueblos como Tenerife y El Banco, aunque
debió renunciar en 1815 al proyecto por
falta de apoyo de uno de los sectores de la
élite criolla que controlaba Cartagena. Por
el otro, se produjo un ataque directo contra
la ciudad.
Por ello, se justificaba plenamente la independencia:
La alianza del pueblo y las élites en la
independencia de Cartagena
“los Representantes del buen Pueblo de Cartagena de Indias, con su
expreso y público consentimiento, poniendo por testigo al Ser Supremo
de la rectitud de nuestros procederes, y por árbitro al mundo imparcial
de la justicia de nuestra causa, declaramos solemnemente, á la faz de
todo el mundo, que la Provincia de Cartagena de Indias es desde hoy
de hecho y por derecho Estado libre, soberano é independiente; que
se halla absuelta de toda sumisión, vasallaje, obediencia y de todo otro
vínculo de cualquiera clase y naturaleza que fuese, que anteriormente
la ligase con la Corona y Gobierno de España; que como tal Estado
Los primeros encuentros entre las élites y la po-
blación de origen africano o indígena se presen-
taron desde la época de la invasión napoleónica a
España. El arribo del Brigadier General Francisco
Montes, como Gobernador, generó fricciones con
los miembros del cabildo por las atribuciones que
los criollos se habían otorgado. El comisionado es-
pecial Antonio de Villavicencio terció a favor de las
autoridades de Cartagena que exigían que Montes
compartiera el poder con dos de sus delegados.
En junio de 1810 el cabildo se declaró soberano,
desconoció a Montes y nombró a uno de los su-
yos, el coronel Blas de Soria, como Gobernador.
Dichas acciones –comandadas por el pardo Pedro
Romero– fueron respaldadas por la movilización
del 14 de junio de negros y mulatos del barrio de
Getsemaní. Además, contaron con el respaldo del
Batallón Lanceros de Getsemaní.
Sin embargo, la amenaza más importan -
te contra el sector republicano vino de la
denominada Reconquista, empresa militar
española comandada por Pablo Morillo y
organizada con el propósito de retomar el
control de la Nueva Granada. A partir del
20 de agosto de 1815 se inició un bloqueo
y sitio a Cartagena que se prolongo duran-
te tres meses. El hambre, las epidemias y
las muertes masivas golpearon la moral de
los cartageneros. Ante la inminente derrota
algunos prefirieron escapar, aunque fueron
traicionados y apresados. El castigo que
impuso Morillo a la ciudad fue sangriento,
por ejemplo, el 19 de febrero de 1816 varios
dirigentes fueron condenados a la horca y
confiscados sus bienes.
En 1821 fueron los hombres del ejército
independentista los que sitiaron Cartagena.
Desde enero de 1821 el general Prudencio
Padilla eliminó el acceso a la ciudad. El cer-
có sólo se abandonó hasta que los ejércitos
españoles capitularon y entregaron la ciudad
el 10 de octubre de 1821.
Varios aportes a la lucha por la independen-
cia hizo el proceso vivido en Cartagena. En
primer lugar, el haber configurado el cami-
no que debía seguir el sector republicano:
La creación de tan significativa fuerza hizo posible la
presión sobre las autoridades para que declararan
la independencia de España, la cual finalmente se
proclamó el 11 de noviembre de 1811. Además de
Cecilia Porras. Castillo de San Felipe, óleo.
la independencia absoluta de España. En
segundo lugar, el que ésta fue el resultado
de una amplia alianza de diversos sociales
y étnicos.
Nº 69, junio de 2010 27 27 NÚMERO 13 La búsqueda de un nuevo marco jurídico,
Nº 69, junio de 2010
27
27
NÚMERO 13
La búsqueda de un nuevo marco jurídico,
la primera tarea de los republicanos (I)
a primera tarea de quienes
se pronunciaron entre 1810
y 1811 contra la Corona
española fue la redacción
de una constitución que
reflejara las nuevas relacio-
nes de poder. Dicha labor
permitió difundir los princi-
pios de la Revolución Francesa, el liberalismo
español y la independencia estadounidense en
torno a la soberanía, la ciudadanía y el sufragio.
Nos queremos referir rápidamente en el presente
artículo –que estará divido en dos partes– a las
constituciones que se elaboraron durante los
primeros años del proceso de independencia:
en su mayor número, o por medio de sus repre-
sentantes legítimamente constituidos”.
Contrastan las anteriores formulaciones con el
Acta de Independencia de la Provincia de Car-
tagena de Indias, firmada el 11 de noviembre de
1811, denominado en el documento “primero de
nuestra Independencia”. Los representantes del
buen pueblo, como se autodenominan en el Acta,
parten de la afirmación de que el pleno goce de
monarquía española
Y acto seguido se expuso
la de Cundinamarca (1811), la Constitución de
la República de Tunja (1811), la Constitución
del Estado de Antioquia (1812) y la Constitución
del Estado Soberano de Cartagena de Indias
(1812). De igual forma al Acta de Independencia
de la Provincia de Cartagena de Indias (11 de
Noviembre de 1811).
...
una seria de razones que “justifican la resolución
tan necesaria que va á separarnos para siempre
de la Monarquía española”. Republicanismo que
no se encontró tan temprana y claramente expues-
to en la Nueva Granada.
los justos e imprescriptibles derechos han sido
“devuelto por el orden de los sucesos con que la
Divina Providencia quiso marcar la disolución de la
La constitución de Cundinamarca (1811) expresó
plenamente las contradicciones de los criollos
en torno a la independencia. Ésta fue posible
debido a la transformación de la Junta Suprema
de Santa Fé –formada luego del estallido del 20
de julio– en Colegio Constituyente de Cundina-
marca. Al cabo de 20 días de trabajo se aprobó
el texto, el decreto de promulgación decía:
Don Fernando VII, por la gracia de Dios y por la
voluntad y consentimiento del pueblo, legitima
y constitucionalmente representado, Rey de los
cundinamarqueses, etc., y a su Real nombre, don
Jorge Tadeo Lozano, Presidente constitucional del
estado de Cundinamarca, a todos los moradores
estantes y habitantes en él Sabed: que reunido
por medio de representantes libre, pacífica y le-
galmente el pueblo soberano que la habita, en
esta capital de Santa Fé de Bogotá, con el fin de
acordar la forma de gobierno que considerase más
propia para hacer la felicidad pública; usando de la
facultad que concedió Dios al hombre ...
Acta de independencia de Cartagena. Tomada de: http://pr.kalipedia.com/arte/tema/
los que sean padres o cabezas de familia, y de los esclavos, todo
con la mayor claridad y distinción posibles”. El día establecido se
reunían los parroquianos y el cura, el alcalde y el que hubiere sido
juez el año anterior:
(
)
examinarán con la mayor brevedad posible y diligencia los que sean
varones libres, mayores de veinticinco años, padres o cabezas de familia,
que vivan de sus rentas u ocupación sin dependencia de otro, que no
tengan causa criminal pendiente, que no hayan sufrido pena infamatoria,
que no sean sordomudos, locos, dementes o mentecatos, deudores al
Tesoro público, fallidos o alzados con la hacienda ajena; y los que re-
sulten con aquellas calidades y sin estos defectos son los que deberán
sufragar en la elección primaria.
Lo más significativo del Acta es que se insti-
tucionaliza un mito político: los tres siglos de
explotación española, sostuvieron los represen-
tantes del pueblo que: “Apartamos con horror de
nuestra consideración aquellos trescientos años
de vejaciones, de miserias, de sufrimientos de
todo género, que acumuló sobre nuestro país la
ferocidad de sus conquistadores y mandatarios
españoles…” A renglón seguido aparece otro
argumento que justifica la ruptura definitiva con
España: la Corona no atiende las permanen-
tes suplicas de los americanos y ante el mal
gobierno –que se entiende como aquel que no
protege “el bien y la felicidad de los miembros
de la sociedad civil”– el pueblo tiene el dere-
cho de “separarse de un Gobierno que lo hace
desgraciado”. Por supuesto, la suma de los
argumentos de la explotación y el mal gobierno
sólo podría culminar con la determinación de los
“representantes del buen pueblo” de declarar
a Cartagena como un Estado o nación libre,
soberana e independiente.
El deseo de mantener el vínculo con España se
percibe en la forma de gobierno propuesta: la
monarquía constitucional, correspondiendo el
poder ejecutivo al Rey (Título I, artículos 5 y 6 y
Título III, de la Corona). Para moderar el poder
del monarca se creó una representación nacional
permanente, la cual expresaba el interés de los
criollos en su pleno reconocimiento (artículo 4).
Este artículo es de suma importancia pues, por un lado, incluye no-
ciones morales para determinar el derecho al voto, que se repetirán
en otras constituciones, y, por otro, instituirá uno de los elementos
de pugna entre liberales y conservadores a la hora de concebir la
legislación electoral durante el siglo XIX.
Dado que no se dudaba de la pertenencia a
España, sólo se hicieron consideraciones en
materia electoral. El título VIII estableció los
mecanismos para las elecciones primarias, pa-
rroquiales o de apoderados. Lo interesante es
que otorgó a la Iglesia un enorme poder en la
definición de los ciudadanos que poseían plenas
garantías. En efecto, cada de 3 de noviembre,
de acuerdo con el cura, se formaba un padrón
de los parroquianos con “expresión de su sexo,
estado, calidad, género de vida u ocupación; de
Sobre los derechos del hombre y del ciudadano el título XII, artí-
culo 1, estableció: “Los derechos del hombre en sociedad son la
igualdad y libertad legales, la seguridad y la propiedad”. Difieren
de la “declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”
–traducidos y difundidos por Antonio Nariño en 1794– en que no
existen referencias a su carácter de “naturales e imprescriptibles”.
Adicionalmente, la constitución de Cundinamarca determinó que
el uso de la libertad estaba sancionado por la ley y, nuevamente,
la religión. Se definió la ley en los siguientes términos: “La ley es
la voluntad general explicada libremente por los votos del pueblo
Tres constituciones le siguieron a la de Cundina-
marca y al Acta de Independencia de Cartagena,
la Constitución de la República de Tunja (1811),
la Constitución del Estado de Antioquia (1812) y
la Constitución del Estado Soberano de Cartage-
na de Indias (1812). En estas cartas se presentó
un cambio fundamental en la concepción general
sobre la soberanía, el pueblo y la ciudadanía, la
circunstancia que explica tales cambios fue la
guerra entre Cundinamarca (centralista) y las de-
más provincias (federalistas), encabezadas por
Tunja; la debilidad de la monarquía en España;
y posturas más independentistas en sectores
de criollos. Sin embargo, el rasgo característico
de estas cartas es que mantuvieron posiciones
contradictorias con respecto a la monarquía,
utilizaron diversas fuentes teóricas e incluyeron
en el articulado respuestas a los problemas polí-
ticos que planteaban la guerra civil y la situación
en España.
28 NÚMERO 14 La búsqueda de un nuevo marco jurídico, la primera tarea de los republicanos
28
NÚMERO 14
La búsqueda de un nuevo marco jurídico,
la primera tarea de los republicanos (II)
T r es constituciones le siguieron
a la de Cundinamarca y al Acta
de Independencia de Cartagena,
ellas fueron: la Constitución de
la República de Tunja (1811), la
Constitución del Estado de Antioquia (1812) y la
Constitución del Estado Soberano de Cartagena
de Indias (1812). En estas cartas se manifestó
un cambio fundamental en la concepción gene-
ral sobre la soberanía, el pueblo y la ciudadanía,
circunstancia explicada por la guerra entre Cun-
dinamarca (centralista) y las demás provincias
encabezadas por Tunja (federalistas); el auge
de ideas liberales en España; y posturas más
independentistas en sectores de criollos de la
Nueva Granada. Sin embargo, se caracteriza-
ron por mantener posiciones contradictorias
con respecto a la monarquía y utilizar diversas
fuentes teóricas para la formulación de las de-
finiciones.
...
castigaba duramente el intento o la compra del
voto (artículo 8).
de establecerse
En la de Antioquia el articulado correspondiente
a las elecciones no tenía un lugar especial, se
hizo mención a ellas cuando se determinaron
los requisitos de la elección de un senador (Art.
7, sección segunda del título III). Todo elector
podía elegir y ser elegido, los requisitos eran
los establecidos en la Constitución de Cundina-
marca pero se adicionaba una condición: “ser
habitante de la parroquia, teniendo casa poblada,
habiendo vivido en ella el año anterior, y en la
provincia los dos años precedentes con ánimo
Como en la de Cartagena, se
Lo primero que llama la atención es que en
estas constituciones se coincide en señalar
que los nexos con España y el monarca se han
quebrado. Sin embargo, en el preámbulo de la
de Antioquia se habla de españoles como los
ciudadanos de la Nueva Granada, es decir, los
criollos no ocultan su pretensión de ser españo-
les y de ser iguales a los de la península. Por
otra parte, hay una extraña referencia a Jacques
Rousseau cuando se emplea la expresión “con-
trato social”.
concesión de Dios y éstos se reducen a cuatro: la libertad, la igualdad
legal, la seguridad y la propiedad.
La gran novedad de la Constitución fue la delimitación de la soberanía,
artículos 18 a 21. Por ejemplo en el artículo 18 quedó consignado:
Lo más destacado de la Constitución de Tunja
fue la determinación la ciudadanía de dos ma-
neras. La primera, por las virtudes morales. El
artículo 3 del título II estableció: “Ninguno es
buen ciudadano si no es buen padre, buen hijo,
buen hermano, buen amigo y buen esposo.
Tampoco merece tal nombre si franca y gene-
rosamente no observa las leyes”. La segunda,
limitó los derechos al establecer restricciones
para participar en las elecciones. En el capítulo
III, sección primera, artículo 7, se determinó que
para ser representante:
“La soberanía reside originaria y esencialmente en el pueblo; es una,
indivisible, imprescriptible e inajenable”. El articulo siguiente comple-
ta la formulación: “La universalidad de los ciudadanos constituye el
Pueblo Soberano”. Más adelante señala en el artículo 21: “Ningún
individuo, ninguna clase, o reunión parcial de ciudadanos, puede
atribuirse la soberanía
...
por la defensa del principio de soberanía popular, que a criterio de
la Iglesia era impío.
En adelante los liberales se reconocerán
Cartagena elaboró una posición más radical,
con claro acento francés. En el preámbulo de la
Constitución se percibe la presencia del pensa-
miento clásico liberal:
No pueden ser miembro de esta Cámara el me-
nor de veinte años, el mendigo o pordiosero, el
loco, el sordo, el mudo, el demente o fatuo, el
ebrio de costumbre, el deudor declarado moroso
al Tesoro público, el perjuro, el falsario de mone-
das o firmas, declarados judicialmente por tales,
y finalmente aquel a quien se haya cohecho o
intriga en las elecciones de los pueblos, o del
Congreso electoral de la provincia.
En la Constitución de Antioquia también aparecieron los derechos del
El cuerpo político se forma por la voluntaria
asociación de los individuos; es un pacto social
en que la totalidad del pueblo estipula con cada
ciudadano, y cada ciudadano con la totalidad
del pueblo, que todo será gobernado por ciertas
leyes para el bien común.
hombre en un lugar privilegiado, en el título I luego de las considera-
ciones preliminares. El primer artículo es igual al de la Constitución de
Tunja. La diferencia radica en que al explicar la libertad, artículo 3o.,
introdujo la libertad de imprenta: “La libertad de imprenta es el más
firme apoyo de un gobierno sabio y liberal
...
soberanía aparece en los mismos términos, e incluso coincide en el
En cuanto a la noción de
Para el nombramiento de electores podían ha-
cerlo los mayores de quince años, con oficio
honesto y capacidad para mantenerse. Para
ser elector se requería ser mayor de 20 años y,
como en el caso de los votantes, no tener las
limitaciones ya comentadas.
número del articulado.
La noción de un orden mutuamente constituido,
tan fundamental en los argumentos de Thomas
Hobbes y Rousseau, constituye la idea funda-
mental de la noción de orden político en la mo-
dernidad, es decir en el capitalismo. Por eso es
muy importante que aparezca en las primeras
constituciones.
Con la Constitución de Antioquia se produjo un avance en la formula-
ción de los derechos individuales por lo cual pueden considerarse un
antecedente histórico de la Constitución de 1853. En efecto, el artículo
22 estableció:
El título I, de los derechos naturales y sociales del
hombre y sus deberes, en su artículo 1º, reafirma
el empleo del pensamiento liberal:
La libertad del discurso, debate y deliberación en el cuerpo legislativo es
tan esencial a los derechos del pueblo, que en ningún tiempo pueden ser
motivo, fundamento o materia de queja, acción, acusación, ni procedi-
miento alguno en ningún tribunal, ni ante autoridad alguna.
Por su parte el artículo 28: “La libertad de imprenta es esencial a la
seguridad del Estado
...
de tener y llevar armas para la defensa propia y del Estado.
”.
Finalmente, el 29 determinó como derecho el
Los hombres se juntan en sociedad con el fin de
facilitar, asegurar y perfeccionar el goce de sus
derechos y facultades naturales, y de los bienes
de la existencia, y de satisfacer sus deseos y
conatos de felicidad ...
En resumen, las Constituciones que siguieron a
los pronunciamientos de las Juntas fueron expre-
sión de la confrontación entre ideas republicanas
y monárquicas. Por ello, podemos encontrar
algunas contradicciones. No obstante, lo que
hay que resaltar es que a medida que se con-
solida la idea de independencia el pensamiento
moderno tiende a expresarse en el concepto de
que el orden político es mutuamente constituido
–a través de un pacto o contrato entre iguales–;
el ciudadano es el sujeto de este nuevo orden;
y la ciudadanía se define por un amplio número
de libertades.
En cuanto a la vinculación de la ciudadanía con el derecho al voto la
Constitución de Cartagena estableció en su título IX artículo 2 que
eran excluidos:
En cuanto a los derechos del hombre hay va-
rios aspectos novedosos. En primer lugar, la
Constitución de Tunja se inicia formalmente
con la “declaración de los derechos del hombre
en sociedad”, que no es el caso en la de Cun-
dinamarca. En segundo lugar, se establecen
dos hechos: los derechos del hombre son una
(
)
los esclavos, los asalariados, los vagos, los que tengan causa crimi-
nal pendiente, o que hayan incurrido en pena, delito o caso de infamia,
los que en su razón padecen defecto contrario al discernimiento, y final-
mente, aquellos de quienes coste haber vendido o comprado votos en
las elecciones presentes o pasadas.
Una exclusión que se repetirá a lo largo del siglo XIX fue que no podían
ser ciudadanos los que carecían de renta.
Los partidos políticos (Liberal y Conservador), las
guerras civiles del siglo XIX y las Constituciones,
que generalmente le seguían a la confrontación
armada, tuvieron como razón de ser las disputas
en torno a la definición de la soberanía, la ciu-
dadanía y los derechos políticos. Por ello, esta
coyuntura que comentamos brevemente define
las fuerzas que competirán a los largo del siglo.a
guerra civil y la situación en España.
Nº 69, junio de 2010 29 29 NÚMERO 15 Centralistas y federalistas se declaran la guerra
Nº 69, junio de 2010
29
29
NÚMERO 15
Centralistas y federalistas se declaran la guerra
durante la primera etapa de la Independencia
D urante la Colonia los españoles li-
mitaron su control del territorio a las
ciudades, verdaderas avanzadas
militares que, sin embargo, fueron
acosadas por los palenques, que
no obstante, en 1814 debió aceptar en Pasto la
derrota y la condena a la cárcel en Cádiz.
jamás pudieron ser exterminados con el empleo
de ejércitos, y las incursiones de algunos grupos
indígenas. Además, las ciudades estuvieron
separadas por una geografía agreste y difíciles
condiciones para el transporte de mercancías y el
desplazamiento de las personas. De manera que
en cierto sentido los centros urbanos coloniales
vivieron separados.
Durante el inicio de la crisis de la monarquía
–debido a la invasión napoleónica y al auge de
las ideas liberales– las ciudades de la Nueva
Granada, a través del pronunciamiento de sus
Juntas, como la del 20 de julio en Santa Fe,
evidenciaron que no existía unidad entre las
élites criollas, aunque la mayoría manifestó su
fidelidad al monarca y el deseo de permanecer
haciendo parte del imperio español a cambio de
algunos beneficios, otras expresaron posturas
autonomistas y con ello se generaron grandes
diferencias, las que se manifestaron, en algu-
nos casos, en choques armados, como los que
sucedieron durante varios años entre Cartagena
y Santa Marta.
El centralismo, en la coyuntura que comentamos,
representaba la postura más adecuada en la
medida en que permitía la unificación de fuerzas
y recursos, facilitaba una mejor defensa ante
las acciones armadas por parte de España y
unificaba las élites en torno a un solo proyecto
de autonomía, que era fundamental para la
posibilidad de construcción de un Estado na-
cional independiente. No obstante, las élites
regionales dieron al traste con este importante
proyecto al desatar una guerra, la que dio ori-
gen a la expresión “Patria Boba”, de nefastas
repercusiones.
Antonio Nariño.
La derrota del centralismo corrió paralela a la
negativa de Pasto, Popayán y Santa Marta de
abandonar la fidelidad al monarca y al imperio
español y al inicio del proyecto de reconquista
de la Nueva Granada por parte de España. En
efecto, el monarca Fernando VII encargó a Pablo
Morillo – denominado El Pacificador– el someti-
miento de los separatistas, para lo cual le puso a
su disposición un ejército de 15 mil hombres.
la tropa y tomó sin resistencia alguna Tunja. En respuesta, la provincia
del Socorro inició operaciones militares contra Cundinamarca. Era el
comienzo de una larga cadena de enfrentamientos armados.
El distanciamiento se radicalizó cuando la Junta
de Santa Fe se proclamó Suprema del Reino,
pues Cartagena respondió emitiendo un duro
manifiesto (septiembre de 1810) en el que citó a
un congreso general de las provincias y rechazó
los propósitos de Santa Fe. En este contexto
se produjeron las primeras constituciones, que
institucionalizaron las diferencias, y se fueron
perfilando dos bandos.
Las primeras escaramuzas contra Santa Fe se presentaron a fina-
les de 1812, pero cuando los federalistas, comandados por Baraya
y con cerca de 3.000 soldados, iniciaron una ofensiva para la toma
de Santa Fe fueron derrotados en las inmediaciones de San Victo-
rino el 9 de enero de 1813, cayendo prisionero Francisco de Paula
Santander. Ante la derrota, la respuesta de Tunja fue la suspensión
de la guerra y, debido a los choques con el ejército realista, aceptó
el proyecto centralista. Nariño amplió sus objetivos y su ejército e
inició una campaña contra los realistas del sur de la Nueva Granada,
La primera campaña que emprendió Morillo en
la Nueva Granada fue la toma de Cartagena. La
derrota de la ciudad se posibilitó por el sitio a la
que la sometió durante cerca de tres meses, de
agosto a diciembre de 1815. Los estragos por
el hambre y las enfermedades dejaron más de
6.000 muertos, cerca de un tercio de la pobla-
ción de la ciudad. Con la victoria, Morillo tuvo
el camino libre para dirigirse a Santa Fe, donde
ejecutó a gran parte del liderazgo criollo, entre
ellos a Antonio Baraya, Camilo Torres y Fran-
cisco José de Caldas (28 de octubre de 1816).
Posteriormente se encaminó a Venezuela don-
de derrotó a Simón Bolívar.
La Junta Suprema de Santa Fe citó a un Cole-
gio Constituyente el 27 de febrero de 1811. Este
redactó una constitución, creó el Estado de Cun-
dinamarca y determinó que la presidencia fuese
ejercida por Antonio Nariño, quizás el líder más
lúcido en aquel entonces, quien a través de su
periódico La Bagatela (1811) abogó por la unifi-
cación de las distintas provincias en un régimen
centralista.
Luego de estas dolorosas derrotas, los criollos
aprendieron la bondad del centralismo, y tanto
Bolívar como Santander se convirtieron en sus
defensores. Paradójicamente, luego de la Cons-
titución de Cúcuta (1821) Nariño se hizo federa-
lista. Gracias a la adopción del centralismo se
constituyó un mando unificado, un solo ejército
y un proyecto de república.
La unión de Cartagena, Tunja, Pamplona, Antio-
quia, Mariquita y Neiva se realizó en una reunión
de representantes que adoptó el pomposo nom-
bre de Congreso de las Provincias Unidas. El con-
greso se inclinó por el federalismo y en octubre
de 1812 eligió a Camilo Torres y Tenorio como su
presidente y desconoció a Cundinamarca.
Nariño movilizó el ejército y promovió la incorpo-
ración de diversos corregimientos y la provincia
de Socorro a Cundinamarca, incluso intentó, a
través de su comandante Antonio Baraya, el de-
bilitamiento de la federalista Tunja. No obstante,
ante el cambio de bando por parte de Baraya, Na-
riño asumió, el 25 de junio de 1812, el mando de
Camilo Torres.
La polémica entre centralistas y federalistas
no se extinguió con el establecimiento de la
República de Colombia o Gran Colombia, que
se desintegró por efecto de los apetitos de las
regiones y el golpe militar de José Antonio Páez
en Venezuela. Una vez formados los partidos
políticos y en un nuevo contexto, los liberales
se inclinaron por el federalismo mientras los
conservadores lo hicieron por el centralismo,
nuevamente la guerra fue el instrumento para
definir quién dominaba al contrario. En este
aspecto, la pugna sólo se resolvió cuando los
conservadores se hicieron hegemónicos e im-
pusieron la Constitución de 1886.
30 NÚMERO 16 Mujeres y hombres que se destacaron en la independencia de la Nueva Granada
30
NÚMERO 16
Mujeres y hombres que se destacaron
en la independencia de la Nueva Granada
H emos hablado de la participación de
esclavos, indígenas y mestizos en la
independencia de la Nueva Granada,
ahora queremos señalar que tal tarea
fue la obra de mujeres y hombres con
nombre propio, de individuos concretos. Debido a
que la historia fue escrita por hombres, pareciera
que toda la gesta de independencia fue realizada
por hombres y que las mujeres se quedaron en
sus casas. Por el contrario, ellas participaron
activamente en todo el proceso. No solamente
como cocineras o enfermeras sino en la difusión
de ideas y, de manera general, en lo que podría
denominarse el combate político. Ya hemos ha-
blado de las mujeres durante el Movimiento de
los Comuneros y durante las protestas del 20
de Julio de 1810. También es sabido el impor-
tante papel jugado por Manuela Sáenz, quien
fue algo más que la compañera del Libertador,
pues se destacó en las actividades de agitación,
razón por la cual sufrió persecuciones y el exilio.
Queremos, por lo dicho, comentar brevemente la
presencia de Policarpa Salavarrieta y conside-
rarla un caso típico de participación en la política
de las mujeres.
El general Francisco de Paula Santander es
necesario destacarlo por varios hechos. En
primer lugar, defendió el centralismo en el
período de la consolidación de la guerra de
independencia. Fue uno de los más desta-
cados dirigentes de la independencia en la
América andina; en reconocimiento a su labor
fue elegido presidente encargado de la Gran
Colombia. En tercer lugar, fue uno de los más
decididos impulsores del Estado nacional y de
la modernidad. Al promover la materialización
de la Gran Colombia concibió la constitución
de Cúcuta, la separación de poderes, el funcio-
namiento del Congreso, el reconocimiento de
la independencia en Europa y pretendió, como
todo pensador moderno de su época, el imperio
de la ley y una reforma educativa que formara
una nueva generación de ciudadanos.
Policarpa Salavarrieta marcha al suplicio. Anónimo. 1825, Óleo sobre tela.
El liderazgo de Bolívar y Santander,
el fin de la Gran Colombia y la crea-
ción de los partidos políticos.
Policarpa Salavarrieta una mujer
de de ideas y acción.
aplicar en la América española era el de la revolución francesa. La
traducción de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1794) iba
en esa dirección y aunque no llegó a circular la noticia constituyó uno
de los hechos políticos más importantes e influyentes para la inde-
pendencia en América. Debido a la traducción que hizo, Nariño fue
condenado a diez años de cárcel en Cartagena.
Sobre Policarpa Salavarrieta existe discusión
acerca de su verdadero nombre y de su fecha
exacta de nacimiento. Generalmente se acepta
que nación en Guaduas. La mayor parte de sus
contemporáneos se refieren a ella como La Pola.
Aprendió a leer y a escribir, un hecho bastante
extraño para la época, aunque hay que decir
que otras mujeres también sabían leer y que
incluso fueron creadoras de tertulias donde se
discutían las ideas liberales, como fue el caso
de Carmen Rodríguez.
En segundo lugar, Nariño desarrolló una amplia actividad en el cam-
po de la difusión de las ideas al fundar la tertulia literaria El Arcano
de la Filantropía y al crear uno de los periódicos más influyentes de
comienzos del siglo XIX: La Bagatela (1811).
El liderazgo de hombres y mujeres también
fue un factor que determinó el rumbo de los
acontecimientos políticos de la segunda mitad
de la década del vente del siglo XIX. En efecto,
el enfrentamiento en torno a dos concepciones
de la política, una conservadora y otra liberal
y moderna, tomó la forma de choque entre
dos caudillos: Bolívar y Santander. Pero, por
supuesto, no se trataba de una simplemente
confrontación entre dos hombres sino de dos
maneras de pensar el mundo.
Finalmente, porque Nariño defendió, incluso con las armas, el proyec-
to centralista desde las páginas de su periódico y desde la presiden-
cia de Cundinamarca. El centralismo constituía la única posibilidad
de supervivencia del proyecto republicano, la mejor forma de sumir
el inicio de la construcción de la nación y la clave en el éxito militar
contra el ejército español.
La Pola se destacó durante la etapa de Re-
conquista española. Trabajó con el grupo que
había creado guerrillas en los pueblos del norte
del actual departamento de Cundinamarca para
actuar contra el ejército realista. Debido a tales
actividades fue apresada y condenada a muer-
te en un juicio celebrado el 10 de noviembre
de 1817. Fue fusilada el 14 de noviembre en
la Plaza Mayor de Santa Fe de Bogotá junto a
otros siete patriotas.
Con el inicio de la crisis de la Gran Colombia,
debido a los pronunciamientos de José Antonio
Páez y a los apetitos de los poderes regionales,
dos sectores comenzaron a formarse. A un lado
los sectores militaristas que se identificaban
con Simón Bolívar, la constitución boliviana
y la presidencia vitalicia. Al otro, los civilistas,
unidos alrededor del prestigio del general
Santander, que abogaban por las elecciones
y la vigencia de la constitución de Cúcuta. Los
primeros intentaron la dictadura y anularon las
reformas liberales de Santander. Los segun-
dos se propusieron derrotar a los militaristas,
incluso con el empleo del atentado personal
contra Bolívar.
Antonio Nariño y Francisco de Paula
Santander, hombres claves de la
independencia de la Nueva Granada
La importancia de estos dos hombres radica en
que entendieron que el problema fundamental de
la independencia era el de construir una nación
democrática y centralista, dos condiciones sin
las cuales no se podía fundar un Estado nacional
moderno.
Antonio Nariño tuvo tres aciertos políticos. En
primer lugar, definir que el modelo que se debía
Francisco de Paula Santander.
Antonio Nariño.
En conclusión, los individuos también son
determinantes en la historia. Sus forma de
ser, cuando se trata de seres humanos que
se destacan por su claridad política o por sus
capacidades, cumple una función en la deter-
minación de los hechos históricos. Cuando
hablamos de individuos pensamos en mujeres
y hombres y hay que señalar, con toda claridad,
que sin las mujeres no habría sido posible la
independencia. Dos hombres se destacan en
la primera mitad del siglo XIX: Antonio Nariño y
Francisco de Paula Santander, gracias a ellos,
a sus aciertos políticos y militares, fue posible
el inicio de la modernidad en Colombia.
Nº 69, junio de 2010 31 31 NÚMERO 17 Las guerras y la independencia de la
Nº 69, junio de 2010
31
31
NÚMERO 17
Las guerras y la independencia
de la Nueva Granada y el mundo andino
L as guerras aparecen en la historia
patria como los hechos más deter-
minantes y más recordados de la
Independencia y, por ello, el calen-
dario cívico colombiano posee fiestas
que recuerdan estos sucesos. Las guerras
generan los héroes que son venerados en los
manuales escolares, los lugares públicos y los
monumentos. De igual forma, son presentados
como modelos de virtud que deben ser toma-
dos como ejemplos por los niños, pues ense-
ñan una serie de valores como el heroísmo y,
fundamentalmente, el amor a la patria.
Las guerras durante el proceso de la Indepen-
dencia fueron el punto culminante de una serie
circunstancias de orden político, pero no los
sucesos más definitivos. Por el contrario, ha-
bría que señalar como hechos significativos, en
primer lugar, la decisión de los criollos de incli-
narse definitivamente por la independencia.
En segundo lugar, la creación de un ejército,
dotado de un mando centralizado, que incluyó
a militares de diversos virreinatos, con lo cual
la guerra se amplió a un territorio tan extenso
que el ejército realista no estaba en capacidad
de controlar. Por otra parte, los hombres que
integraron la dirección militar no eran simple-
mente estrategas, por el contrario, se trataba de
un conjunto de líderes ilustrados capacitados
para construir naciones.
La Batalla de Las Queseras del Medio fue una importante acción militar llevada a cabo el 2 de abril de 1819, en el actual estado
Apure de Venezuela, en la cual el prócer de la independencia, José Antonio Páez, vence, acompañado de 153 lanceros,
a más de 1.000 jinetes de caballería de las fuerzas españolas, siendo la más famosa batalla comandada por Páez
y en donde se dicta la famosa frase: “¡Vuelvan Caras!” (más probablemente: ¡Vuelvan Carajo!).
En tercer lugar, la decisión de los criollos de
crear un frente con otros sectores sociales y
étnicos fue lo que facilitó la constitución de un
gran ejército. La incorporación de mestizos al
ejército significó la democratización de las insti-
tuciones y la posibilidad de formar ciudadanos.
El llamado de Bolívar a los esclavos para que
se vincularan a su ejército, a cambio de la liber-
tad, facilitó el acceso de negros y mulatos a los
altos cargos militares. El mulato José Prudencio
Padilla, que había nacido en un pequeño pue-
blo de La Guajira, participó desde muy joven
al servicio de la mariana española y cuando se
produjeron las primeas proclamas de indepen-
dencia en Cartagena de Indias, participó acti-
vamente. Luego se destacó en acciones contra
naves españolas, gracias a lo cual pudo crear
una pequeña flota y colocarla al servicio del
ejército de Bolívar. Por sus acciones durante
la guerra de independencia se le reconoce, a
pesar de su origen étnico, como creador de la
Armada y, por la misma razón, primer almirante
de la República de Colombia.
Finalmente, la guerra de independencia se dotó de un amplio con-
junto de símbolos y mitos, y medidas de orden político que hicieron
de la guerra una obra de la sociedad. Es decir, las consignas de
ciudadanía y de independencia lograron, momentáneamente, la
incorporación de negros, indígenas y campesinos. Incluso la Iglesia
se dividió y apareció un sector que se inclinó decididamente por la
causa patriota.
y compuesto por cerca de 6.500 soldados, y los
ejércitos españoles, dirigidos por Miguel de la
Torre, que contaba con 4.279 solados. Luego
del cruento enfrentamiento, el ejército realista
perdió más de la mitad de sus hombres, en total
2.786 soldados. La rendición permitió declarar
la independencia de Venezuela.
Por supuesto, las guerras fueron la forma visible que alcanzó la
supremacía en el terreno militar de la idea de independencia y, por
ello, los ejércitos libertadores se enfrentaron a los realistas produ-
ciéndose grandes batallas.
La Batalla de Boyacá se desarrolló el 7 de agosto de 1819. Ella dio el
triunfo al ejército comandado por Simón Bolívar, Francisco de Paula
Santander y José Antonio Anzoátegui. Tras un rápido movimiento
el ejército realista fue cercado y tanto su vanguardia, que pretendía
llegar a Bogotá, como su retaguardia fueron sometidas; tras un día
de combate, las fuerzas de Barreiro fueron derrotadas. Gracias a
esta victoria se logró el control de Santa Fe de Bogotá, la capital
de la Nueva Granada, aunque no se pudo captura al virrey Juan de
Sámano, pues alcanzo a huir.
La batalla de Pichincha se desarrolló el 24
de mayo de 1822 en las inmediaciones de un
volcán que le dio el nombre a la batalla. El
triunfo militar sobre el ejército realista, confor-
mado por 1.894 soldados, permitió al mariscal
Antonio José de Sucre, con 2.971 soldados,
entrar a Quito, aceptar la rendición del ejér -
cito español e incorporar el recién territorito
liberado como departamento a la República
de Colombia.
En cuarto lugar, la independencia de la Nueva
Granada y la Capitanía General de Venezuela y
la de Quito, fue posible por la estrecha colabo-
ración entre los líderes políticos y militares de
diversos virreinatos. Tal circunstancia explica
el que fuese posible la creación de un ejército
libertador y que el nombre de Bolívar aparez-
ca estrechamente ligado a diversas naciones
suramericanas.
El triunfo en la Batalla de Boyacá permitió la formulación del proyecto
de creación de la República de Colombia –o Gran Colombia, como
también se le conoce– en el Congreso de Angostura de 1819. Sin
embargo, la complejidades de la guerra y el hecho de que el ejército
realista no había sido derrotado totalmente, ni siquiera en la Nueva
Granada, obligó a postergar hasta 1821 la realización del Congreso
de Cúcuta, que formalizó la nueva república, la dotó de un congreso
y eligió como presidente a Bolívar y al general granadino, Francisco
de Paula Santander, como vicepresidente y encargado, por ausencia
de Bolívar, de la presidencia.
La última gran batalla se realizó en la llanura de
Junín, el 6 de agosto de 1824. El ejército liber-
tador fue comando por Simón Bolívar quien, al
frente de 8.000 soldados, infringió una derrota
definitiva a los ejércitos realistas en un breve
combate. Con esta victoria Perú y el Alto Perú
(Bolivia) iniciaron el proceso de constitución de
naciones modernas.
La de Batalla de Carabobo (24 de junio de 1821) fue el choque del
ejército de la República de Colombia, comandado por Simón Bolívar
Una vez culminada la Independencia, las fuerzas
políticas que emergieron de tal proceso institu-
yeron el principio de la legitimidad de la guerra
para solucionar las diferencias políticas. De allí
que, simbólicamente, la guerra sea unos de los
elementos que conforman la nación. Hecho de
nefastas consecuencias para la vida del país.
32 NÚMERO 18 La República de Colombia (Gran Colombia), origen y desaparición de un proyecto de
32
NÚMERO 18
La República de Colombia (Gran Colombia),
origen y desaparición de un proyecto de unidad
L a razón de la unidad de los “patriotas”
del Virreinato de la Nueva Granada, la
Capitanía General de Venezuela y la
Presidencia de Quito en el proyecto de la
República de Colombia, o Gran Colombia
la autorización para conceder tierras a extran-
jeros inmigrantes; y la creación de un museo y
una escuela de matemáticas y minas.
como también se le conoce, no correspondió
solamente a la genialidad de Simón Bolívar sino
a razones de orden militar y político. El hecho
de que el imperio colonial fuese tan extenso lle-
vó a que los criollos de las distintas regiones o
unidades administrativas, capitanía y virreinatos
por ejemplo, se percibieran como parte de un
mismo sector que luchaba contra un enemigo
común: España.
Tal situación facilitó que en las tareas de
conformación de un ejército, formación de un
estado mayor y diseño de las batallas fuese
definitiva la unidad más amplia de los criollos.
Además, la necesidad de derrotar al ejército
español, ubicado en diferentes lugares, y la
toma de sus cuarteles y las ciudades impuso
el hecho de que solamente con la derrota total
de los europeos se podía garantizar la cons-
trucción de las repúblicas, por ello la necesi-
dad de la derrota del ejército realista en todo
el mundo andino.
Mapa de la Gran Colombia.
Sin embargo, construir una república con fuer-
tes apetitos de las oligarquías regionales y ge-
nerales dispuestos a organizar levantamientos
al menor pretexto era imposible. El inicio del
fracaso de la República de Colombia se en-
cuentra en la rebelión del general venezolano
José Antonio Páez. Condenado a quedar sin
funciones por el Senado por imponer reclu-
tamiento forzoso, Páez decidió realizar una
rebelión en la ciudad de Valencia (30 de abril
de 1826) que contó con apoyo de los hombres
de poder de la región. Bolívar debió regresar
a Venezuela y restituir en el poder al general
golpista, quien asumió el mando anunciando
que Venezuela rechazaba la unión con estados
con escasa afinidades y se pronunció a favor
de una monarquía.
La guerra exigió transformaciones políticas,
la más importante fue el inicio del proceso de
construcción de las naciones. Sin embargo,
la victoria contra los españoles se definió tras
una larga cadena de batallas –iniciada en el
Pantano de Vargas en 1819 y culminada en
Junín en 1824– lo cual impuso como principio
la unidad entre la capitanía de Venezuela, la
Presidencia de Quito y el virreinato de la Nueva
Granada. El surgimiento de la República de
Colombia fue el resultado de esta necesidad
política y militar.
Aunque Bolívar se entrevistó con Páez –res-
tituyéndole sus títulos con el argumento de
defender la unidad de Colombia– la república
estaba herida de muerte, pues no solamente
Páez atentaba contra su existencia sino que
el propio Bolívar al regresar a Bogotá con un
proyecto dictatorial acabó con el proyecto del
general Santander que no era otro que el de
creación de una república moderna. El cho-
que entre lo dos generales se formalizó en la
Convención de Ocaña (9 de abril de 1828),
que había sido citada para reformar la Cons-
titución de 1821, cuando los partidarios de
Bolívar abandonaron la reunión y anunciaron
la dictadura del general.
La unidad había sido expuesta desde muy tem-
prano debido a que los hombres y mujeres que
dirigían las batallas y la acción política contra
España habían recorrido las principales ciuda-
des de Venezuela, Quito y la Nueva Granada y
tenía un objetivo común. Una de las ocasiones
en que la unidad fue formulada claramente fue
en el Congreso de Angostura de 1819, allí se
acordó: la creación de la República de Colom-
bia, conformada por Cundinamarca (Nueva
Granada), Venezuela y Quito, con capital en
Bogotá; el que Simón Bolívar fuese presidente
y Francisco de Paula Santander vicepresiden-
te; y citar a un nuevo congreso.
por 5 secretarios (ministros) y un
miembro de la alta corte de justicia;
la libertad de partos; la libertad de
imprenta; y el que Bogotá fuese la
capital de la república.
El Congreso de Cúcuta se instaló el 6 de mayo
de 1821 bajo la presidencia del granadino Félix
Restrepo. Luego de varios meses de trabajo se
firmó la Constitución el 12 de julio; los aspectos
más destacados de la nueva carta fueron: la
creación de un congreso bicameral, compues-
to por senado y cámara; el nombramiento de
Bolívar y Santander como presidente y vicepre-
sidente de la República de Colombia; la forma-
ción de un Consejo de Gobierno conformado
La República de Colombia se for-
taleció a medida que se produjeron
los triunfos del ejército comandado
por Bolívar. Panamá se declaró
independiente y proclamó su in -
corporación a Colombia el 28 de
noviembre de 1821. Luego de la
victoria del ejército patriota en la
batalla de Pichincha (24 de mayo de
1822) Quito se integró a Colombia
(29 de mayo).
En noviembre de 1929 Venezuela descono-
ció la autoridad de Bolívar, decidió retirarse
de Colombia, constituirse en república inde-
pendiente y nombrar como presidente al ge-
neral Páez. Al año siguiente, el 13 de mayo,
el departamento del Sur (Quito) declaró su
independencia y comenzó a denominarse Re-
pública del Ecuador. Ante la desaparición de
la República de Colombia, se adoptó en 1832
el nombre de República de la Nueva Granada
para identificar al antiguo departamento de
Cundinamarca y a Panamá.
El fortalecimiento de Colombia con la integración de Panamá y Quito
y la victorias militares de su ejército generaron las condiciones para
el funcionamiento del congreso establecido en la Constitución de
Cúcuta de 1821. La primera sesión del congreso se realizó el 2 de
enero de 1823 con 15 senadores y 46 representantes a la cámara.
Los principales acuerdos tomados por los congresistas fueron: la
supresión de la contribución directa; la autorización de empréstitos;
apoyar la reforma instruccionista impulsada por el general Santander;
La experiencia de la República de Colombia
fue fundamental para el logro de la indepen-
dencia de Colombia, Venezuela, Ecuador
Perú, Bolivia y Panamá y el general Francisco
de Paula Santander dio los pasos necesarios
para la construcción de un Estado nacional
y fue el encargado de implementar los prin-
cipales proyectos de modernización política,
económica y educativa. No obstante, la dic-
tadura de Simón Bolívar, un regionalismo po-
líticamente miope y los delirios de un militar
enloquecido por el poder, José Antonio Páez,
fueron las causas que explican el fin de la
Republica de Colombia.
Nº 69, junio de 2010 33 33 NÚMERO 19 Las limitaciones del impacto de la independencia
Nº 69, junio de 2010
33
33
NÚMERO 19
Las limitaciones del impacto de la
independencia de la Nueva Granada
L Los últimos artículos de la presente
serie estarán dedicados a la realiza-
ción de un balance sobre la indepen-
dencia de la Nueva Granada y del
recorrido hecho por la República en
y sólo hasta hace muy poco se comenzaran a
trazar carteras y aeropuertos.
La carencia de símbolos
y mitos modernos
las primeras décadas del siglo XIX. Inicialmente
nos detendremos en los aspectos que consi-
deramos incompletos o negativos.
La contraofensiva de las élites
luego de la Independencia
Aunque el ejército republicano había recurrido
a la incorporación de sectores populares –in-
dígenas, campesinos y esclavos– la alianza
no se materializó en avances o un conjunto
de reformas que beneficiaran a los sectores
subalternos. El primer hecho que evidencia
tal circunstancia fue el mantenimiento de la
esclavitud hasta 1851, a pesar de que el pro-
pio Simón Bolívar había prometido la libertad
a cambio de la incorporación de los esclavos
al ejército.
La Independencia, como toda revolución triun-
fante que llevó a la creación de una nación, se
alimentó de una enorme producción de símbolos,
imágenes y mitos con el propósito de dotar a sus
habitantes de una cultura, o como también se
denomina de una cultura nacional. El propósito
de esta elaboración es crear en los habitantes un
sentimiento de pertenencia y el saberse miembro
de un destino común. Tal sentimiento se elabora
a través de la institucionalización de un calendario
cívico, el culto a los héroes patrios, la edificación
de plazas, monumentos y museos y la elaboración
de la historia patria.
En segundo lugar, la ausencia de un proceso
de constitución de ciudadanos. Aunque la rup-
tura con España se había hecho a nombre de
los ideales del liberalismo y el republicanismo,
donde la ciudadanía se constituía en el factor
de cohesión de las sociedades, muy pronto
se eliminaron aquellas libertades y derechos
que estaban vinculados a las nuevas ideas y
al imperio de la ley. Las primeras constitucio-
nes, por ejemplo, tendieron a limitar la ciuda-
danía a aquellos individuos que eran cabeza
de familia, sabían leer y tenían propiedades.
De igual forma dejaron en manos del sacer-
dote del pueblo la confección de la lista de
electores, de aquellas personas que tenía el
derecho a votar.
El general Tomás Cipriano de Mosquera, al frente del Ejército del Norte, ingresa
a Bogotá el 3 de diciembre de 1854, acompañado por el coronel Enrique Weir,
los generales Tomás Herrera y Camilo Mendoza y el coronel Agustín Codazzi.
Litografía de Celestino Martínez sobre un dibujo de Ramón Torres Méndez,
1855. Museo Nacional de Colombia, Bogotá.
El encierro de las élites en sus pueblos
Las élites conservadores y pueblerinas prefrieron encerrase en
sus pueblos y pequeñas ciudades y abandonar el proyecto de mo-
dernización. De allí que únicamente les interesase la suerte que
corría el mundo andino, particularmente el centro de Colombia, y
más adelante, con el desarrollo de la economía cafetera, Antioquia.
Tales regiones gobernaron el país contra los intereses nacionales,
despreciaron las regiones consideradas de tierra caliente y perdie-
ron cerca de un millón de kilómetros cuadrados de territorio, entre
ellos a Panamá, la zona estratégica más importante del mundo en
el siglo XIX.
Sin embargo, en la Colombia del siglo XIX se
constituyó una concepción clerical, conservadora
y pueblerina de la cultura en la que era indispen-
sable ejercer el catolicismo para ser ciudadano
de la nación. Los sectores conservadores logra-
ron elaborar tal idea durante la contraofensiva
contra el general Francisco de Paula Santander
y la hicieron dominante durante la Hegemonía
Conservadora.
La violencia y la derrota
de la República
Finalmente hay que señalar que existió una
contraofensiva de los propietarios agrícolas
para eliminar cualquier posibilidad de que los
campesinos accedieran a la tierra y a la pro-
piedad. Los sectores populares que apoyaron
a las élites criollas pronto se vieron sin acceso
a recursos y fueron condenados a constituir
la fuerza de trabajo.
Los efectos del encierro de las élites fueron la imposibilidad no
solamente de la unidad entre Estado y territorio, que se manifestó
desde entonces en la ausencia de un mercado interno y la articula-
ción de las distintas regiones. No extraña, entonces, que gran parte
del país tuviese un estatuto especial, el de territorios nacionales,
Las élites que emergieron de la Independencia
instituyeron la violencia como un elemento que
definía la política. El establecimiento de la guerra
civil como un recurso legítimo de la acción política
eliminó la necesidad de construir ciudadanos y
de elaborar una producción simbólica en torno
a la nación. En el ejercicio de la guerra las éli-
tes establecieron formas extremas de violencia
que incluía la consideración de los civiles como
blanco de ataques, la transformación de niños en
soldados, las masacres, el desplazamiento de la
población y la resolución temporal del conflicto
a partir de acuerdos entre las élites y sin que el
pueblo tuviese ni representación ni fuese bene-
ficiario de los acuerdos.
La razón de estos retrocesos radica en la vic-
toriosa contraofensiva de los conservadores,
con Simón Bolívar a la cabeza, contra la obra
realizada por Francisco de Paula Santander
para dotar a la República de Colombia de una
estructura jurídica y política que le permitiera
desarrollarse plenamente. Tal victoria supuso
no solamente la dictadura de Bolívar y la ex-
pulsión del país del general Santander sino,
lo que es más importante, la destrucción de
Colombia –o Gran Colombia– y el abandono
de las reformas educativa, política y econó-
mica, garantía del proceso de modernización
del país.
Tal concepción, que inicialmente correspondía a
las élites liberales o conservadoras, logró hacer
parte de la cultura política colombiana y en el siglo
XX se reprodujo con la acción de la insurgencia y
el paramilitarismo, grupos herederos de las con-
cepciones de liberales y conservadoras sobre la
política y la violencia.
Ilustración sobre la expulsión de los monjes franciscanos.
En síntesis, el hecho más negativo de la Inde-
pendencia fue que su impacto se minimizó debido
a la ofensiva de las élites pueblerinas y conser-
vadoras y a que las reformas, que suponían la
realización de una nación desde una concepción
liberal, fueron abandonadas. De allí la fragilidad
del desarrollo del capitalismo y de la nación en
Colombia.
34 NÚMERO 20 Autonomía, democracia y nación: los aspectos determinantes de la Independencia L l propósito
34
NÚMERO 20
Autonomía, democracia y nación: los aspectos
determinantes de la Independencia
L l propósito del presente artículo es
evaluar los aspectos positivos de la
independencia de la Nueva Grana-
da. Este hecho es muy importante
en la medida en que la historiografía
más reciente tiene una mirada muy negativa o
poco equilibrada sobre este proceso histórico.
Lo usual es que se diga que la Independencia
se inició en España en 1808 y no en América;
que la guerra –el enfrentamiento de grandes
ejércitos– es un hecho secundario y que es
más significativo, por ejemplo, el liberalismo
español; que no existe continuidad entre el
Movimiento de los Comuneros y la ruptura
con España, pues se trata de dos procesos
diferentes; que los sectores populares no
participaron en la creación de la nueva Repú-
blica sino que estuvieron encerrados en sus
pueblos o simplemente fueron movilizados
por los criollos, etc. Estos planteamientos
nos parecen incorrectos y pertenecientes a
una concepción conservadora sobre la Inde-
pendencia. Por ello, es necesario resaltar los
logros del proceso y destacar las condiciones
en la que se realizó la ruptura del dominio
español.
zas sociales y políticas a elaborar proyectos de
conducción del Estado, por ello el sector repu-
blicano, por ejemplo, hizo la traducción de los
Derechos del Hombre y difundió el liberalismo
europeo, en particular el mito de la revolución
francesa. La importancia de este debate se
materializó décadas más tarde en la creación
de los partidos políticos y en la elaboración de
una historiografía que fabricó una explicación
sobre el pasado colonial que se diferenciaba
según los partidos políticos.
En quinto lugar, las reformas impulsadas por
el general Santander para dotar a Colombia de
unas leyes, el Congreso, una educación moder-
na e instituciones, constituyeron el hecho más
importante de la Independencia. Dicho de otra
manera, el que el general Santander dotara a
Colombia de un conjunto de leyes, separación
de poderes y ciudadanos era el mecanismo
para crear una República democrática. El futuro
de la Independencia era, ni más ni menos, la
creación de un Estado nacional de acuerdo al
modelo que la burguesía impulsaba, reto que
se le impuso a todos los procesos de indepen-
dencia de América.
A pesar del enorme poderío del imperio espa-
ñol la Independencia fue alcanzada, recorde-
mos que se trataba del imperio más poderoso
del momento con colonias en la mayor parte
de América, el Caribe y Filipinas; la guerra fue
compleja pues el virreinato era pobre y poco
comunicado; la población de la Nueva Gra-
nada era relativamente escasa; y el ejército
fue conformado por soldados sin experiencia
militar, a pesar de lo cual se logró el triunfo,
el cual se extendió a un basto territorio del
que décadas más tarde emergerían cinco
Repúblicas.
Evidentemente este proceso fue truncado por
al dictadura de Bolívar, la expulsión del país
del general Santander bajo la acusación de
haber organizado el atentado contra Bolívar, el
levantamiento de las élites regionales en Vene-
zuela y Ecuador que destruyeron la República
de Colombia, la consolidación de los sectores
conservadores y el clero en la Nueva Granada
y el abandono del proyecto modernizador del
general Santander.
La Independencia trajo consigo autonomía total
en la conducción de los destinos de la nación,
esto significó que las élites dominantes locales
fueron las únicas que determinaron los rumbos
de la nación y no hubo potencia extranjera que
definiera algún aspecto de la vida nacional.
Esta situación cambió a mediados del siglo XX
cuando se cayó en una relación neocolonial
con Estados Unidos y tanto la política exterior
como las orientaciones económicas y políticas
comenzaron a depender de los intereses de la
nueva gran potencia.
Naturalmente existían limitaciones profundas
para la realización del proceso de constitución
del Estado nacional, principalmente la pobre-
za del virreinato, unas élites pequeñas y de
limitado poder, escasa población y la inexis-
tente articulación de las regiones. Todo esto
imposibilitaba la modernización de la Nueva
Granada.
Francisco de Paula Santander de José María Espinosa Prieto.
Óleo/Tela, 1853.
La derrota de España supuso, además, una
reordenación del dominio imperial en el mun-
do, pues España entró en decadencia e Ingla-
terra inició su camino de ascenso como gran
potencia. La Independencia fue un capítulo
de la pugna entre estos dos imperios, por ello
existió un apoyo de los ingleses a las acciones
de Francisco Miranda o Simón Bolívar a través
de sociedades masónicas, recursos, soldados
y armas.
En tercer lugar, se logró la creación de un proyecto de integración,
la República de Colombia o Gran Colombia, único en su momento y
de enorme posibilidades políticas, económicas y culturales. Colom-
bia fue el instrumento que permitió congregar intereses regionales
opuestos; unificar los ejércitos, dotarlos de un mando único y unificar
la estrategia de la guerra; fue la forma en que se reconoció la nece-
sidad de conformación de las naciones en Suramérica; y el proyecto
de integración estuvo vigente por cerca de una década.
A la hora de realizar un balance general sobre
la Independencia deben destacarse el logro
de la autonomía y el que la construcción de la
democracia y la creación del Estado nacional
se constituyeran en los temas centrales de la
vida política nacional. Por ello, la Independen-
cia es fundamental en la historia de la nación
y pesan más los aspectos que hemos definido
como positivos.
En cuarto lugar, la República de Colombia en su conjunto, élites y
pueblo, se vio obligada a discutir sobre el carácter de la democracia
que se debía construir. La Independencia obligó a las distintas fuer-
Para terminar esta serie de artículos sobre
la Independencia analizaremos en la próxi -
ma entrega la forma en que las izquierdas
y las derechas han venido conmemorando
este acontecimiento. En una nueva serie
de artículos estudiaremos el proceso de
formación y crisis del Estado nacional en
Colombia.
Nº 69, junio de 2010 35 35 NÚMERO 21 Problemas de la historiografía reciente sobre la
Nº 69, junio de 2010
35
35
NÚMERO 21
Problemas de la historiografía reciente
sobre la Independencia
L os historiadores, en las últimas dos
décadas, han venido revisando profun-
damente la interpretación acerca de la
respondiendo básicamente a los llamados de los criollos. Algunos his-
toriadores son más radicales y sostienen que los subalternos no veían
más allá de los límites de su pueblo y, por tanto, estaban incapacitados
para pensar los problemas de la construcción de la nación.
independencia de las colonias españo-
las en América. Algunos han formulado
Esta visión sobre los subalternos no permite
superar las valoraciones que la historiografía
tradicional ha consagrado en la que pulula -
ban adjetivos despectivos y consideraciones
clasitas y racistas sobre los sectores subal -
ternos.
una serie de explicaciones, muchas novedosas
e interesantes, pero otras, creemos, consolidan
un punto de vista conservador. Cuatro aspectos
pueden resumir dicha postura: las transformacio-
nes sociales son realizadas por hombres letrados
de las élites; los procesos históricos carecen de
relación con dinámicas mundiales; la política se
caracteriza por la ausencia de contradicciones y
conflictos (que no necesariamente son sinónimo
de violencia), es más, éstos se consideran una
perversión; los sectores sociales actúan motiva-
dos por sus pasiones.
El planteamiento tiene una debilidad y es que supone que la acción
política solo es posible en el mundo de los letrados, en los criollos ilus-
trados, y nunca en los analfabetos. Los estudios sobre movimientos
populares y sociales han demostrado que, por el contrario, los secto-
res populares están en capacidad, en todas las épocas, de elaborar
conceptos, liderazgos y en establecer una dirección a sus acciones. La
imposibilidad de la corona española para someter los esclavos cimarro-
nes –que construían palenques– y comunidades indígenas indómitas y
las permanentes referencias a la iniciativa de los subalternos –negros
esclavos, indios y mestizos– que caracterizan el final del siglo XVIII en
la Nueva Granada muestra su gran capacidad política.
La guerra no fue determinante
Una tercera hipótesis que encontramos en la
historiografía más reciente señala que la guerra
fue un hecho secundario en la independencia de
América. Pretende resaltar los cambios políticos
en España, y el hecho de que el movimiento
juntero fuese un proyecto liberal antimonárquico
que estimuló reclamos de autonomía por parte
de los ayuntamientos, las dinámicas políticas
locales, las relaciones de poder en los cabil-
dos, etcétera.
Sobre el comienzo
de la Independencia
Los historiadores han venido considerando la
invasión napoleónica a España (1808) y el movi-
miento juntero, que llamó a la elección de repre-
sentantes de las colonias americanas, como la
coyuntura en la que se inicio la Independencia.
La razón que se esgrime es que la coincidencia
de estos dos momentos –la invasión y las juntas–
obligó a los criollos a pensar en un nuevo tipo de
relaciones con España.
No obstante, hay que considerar que la exis-
tencia de un ejército de la envergadura del
que conformaron Simón Bolívar y Francisco de
Paula Santander constituyó una de las claves
para el triunfo sobre España; que dicho ejército
facilitó el ascenso social, la circulación de hom-
bres y mujeres y contribuyó a la elaboración de
mitos políticos fundamentales en la construcción
simbólica de la nación.
Creemos, por el contrario, que el inicio de la cri-
sis del orden colonial hay que encontrarla en el
Movimiento Comunero y que el argumento de los
historiadores según el cual la Independencia y
levantamiento serian dos momentos distintos, no
es adecuado. El hecho de que coincida con otra
insurrección, la de Tupac Amaru en Perú, y el re-
chazo a políticas imperiales en la Nueva Granada
evidencian que algo andaba mal en las colonias.
Por otra parte, el Movimiento pudo generar una
alianza entre el pueblo y sectores ilustrados en
aquellos lugares donde existió sublevación; los
campesinos e indígenas consideraron la toma de
Santa Fe de Bogotá y el diálogo con las autorida-
des virreinales como las claves para el logro de
sus objetivos; y el Movimiento dotó de una expe-
riencia en la lucha política a importantes sectores
sociales. De allí que, tras la invasión de Napoleón
a España, estos aspectos se manifestaron nue-
vamente en la lucha que subalternos y criollos
desataron en la Nueva Granada contra la corona
española. Por otra parte, la idea de independencia
fue de lenta construcción y se hizo dominante tras
la reconquista española.
Ausencia de caracterización
de la Independencia
La Pola en capilla. José María Espinosa. Óleo. Concejo de la Villa de Guaduas.
Aunque en las décadas del sesenta y del se-
tenta en América Latina la historiografía se
había caracterizado por un gran esfuerzo con-
ceptual y metodológico, a raíz de la aplicación
del marxismo y el estructuralismo, los estudios
actuales sobre la Independencia carecen de
un vínculo con las tradiciones académicas de
décadas anteriores y obvian la ubicación de la
Independencia en las dinámicas mundiales,
es decir, no hay una caracterización de este
proceso histórico. Por ello, muy pocos señalan
sus nexos con el desarrollo del capitalismo y
el proceso de formación de naciones, y lo que
esto conlleva.
Esta debilidad impide elaborar un balance equi-
librado sobre la Independencia y, por el contra-
rio, lo que se produce es una exaltación de lo
negativo, es decir en resaltar las inconsistencias
de los criollos, las ausencias de reformas so-
ciales, etc.; y ocultando los logros, con lo que
se pierde de vista: lo que este proceso arrojó
como resultado de la derrota del mayor imperio
mundial de ese momento.
Los sectores populares no tuvieron una
participación importante en la lucha
por la Independencia
Se dice que la independencia fue el resultado de
la acción de las élites ilustradas y que los secto-
res populares se caracterizaron por su pasividad,
Mujeres de la Independencia. Eusebia Torres de Arboleda, María Josefa Sanz
de Santamaría de Montoya, Antonia Ricaurte de Osorio, Antonia Santos, María
Josefa Ricaurte de Portocarrero, Susana Sanz de Santamaría de Elbers, María
Josefa Domínguez de Roche, Manuela Sanz de Santamaría.
Con estos comentarios no pretendemos desca-
lificar toda la producción historiográfica sobre la
Independencia, solamente alertar sobre algunas
interpretaciones que consolidan una visión con-
servadora sobre esta etapa histórica.
36 NÚMERO 22 Izquierda y derecha en la conmemoración del bicentenario de la independencia L Las
36
NÚMERO 22
Izquierda y derecha en la conmemoración
del bicentenario de la independencia
L Las interpretaciones sobre el bicente-
nario de la Independencia han venido
evidenciando grandes diferencias no
solo como resultado de la presencia de
diversas corrientes teóricas y metodológicas, un
hecho casi natural a las ciencias sociales y en
particular a la historia, sino porque las distintas
fuerzas políticas han manifestado su particular
punto de vista sobre esta etapa tan significativa.
En el presente artículo analizaremos brevemente
qué plantean y cuáles son las limitaciones de
las interpretaciones de la derecha y la izquierda
sobre el Bicentenario.
sada en términos de la política mundial. Lo más
avanzado, lo más revolucionario si se quiere,
en el mundo a comienzos del siglo XIX era el
proceso que se vivía en Estados Unidos y en
ese momento su fortaleza como nación ayuda-
ba a los procesos de independencia en el resto
del continente. Por otra parte, la consolidación
de su democracia, como Marx lo señaló varias
veces, era digna de ser tomada como ejemplo.
En resumen, había que estar con el proceso
que se vivía en Estados Unidos.
La extrema izquierda
y el Bicentenario
Tres son los argumentos de una lectura que
podemos calificar de extrema izquierda sobre
el Bicentenario. En primer lugar, el acentuar
la lucha de clases. Quiere decir esto que el
énfasis es puesto en aquello que expresa con-
flicto y violencia en un claro afán por mostrar
una continuidad con el presente de las luchas
sociales o para sostener que lo fundamental
de la conmemoración es mostrar el choque
entre sectores sociales. Como recientemente
se utiliza por los historiadores del continente
la expresión revolución de independencia y
se califica a esta etapa como una guerra civil,
pues americanos y peninsulares españoles
eran miembros de una misma “nación”, se
institucionaliza la idea del carácter revolucio-
nario del pueblo colombiano o de una supuesta
herencia revolucionaria.
Una secuela de la defensa del carácter an-
tiimperialista es sostener que Bolívar es el
hombre fundamental de esta etapa histórica.
Obviamente sin demeritar la enorme capacidad
política y militar del Libertador hay que aclarar
que existen dos etapas en la vida de este im-
portante personaje, dividas por su pretensión
de convertirse en dictador, y que la segunda
es francamente reaccionaria. Por el contrario,
el general Francisco de Paula Santander fue
un férreo defensor del imperio de la ley y el
constructor del proyecto de Estado moderno,
a pesar de su fracaso, debido a la ruptura de
la república de Colombia o Gran Colombia, y a
su expulsión del país, acusado de fomentar el
atentado contra la vida de Bolívar, el balance
de su obra debe resaltar su presencia.
La derecha y el Bicentenario
Obviamente la Independencia constituyó una
gran alteración, con uso de la violencia, del
orden político y social, pero lo fundamental
de esta etapa histórica fueron los debates
sobre la construcción de un Estado moderno,
sobre la manera de avanzar en el proceso de
formación de la nación y, por supuesto, el lo-
gro de la autonomía para el país. De manera
que la lucha de clases y la guerra misma son
secundarias.
La interpretación de la derecha sobre el bicen-
tenario de la Independencia ha tenido al menos
tres características. En primer lugar, la reduc-
ción del proceso a un tema de farándula, lo cual
supone que las actividades conmemorativas
tienen el propósito de banalizar la interpretación
del proceso histórico. De lo que se trata es de
limitar las implicaciones que se derivan del aná-
lisis histórico y aprovechar la audiencia.
Jesús María Zamora. Bolívar y Santander en la Campaña de los Llanos
(Detalle), Óleo sobre lienzo. Museo Nacional Bogotá. 1915.
tarea que interesaba, considerando las dinámicas mundiales, a la
naciente burguesía. En otras palabras, la Independencia fue una
realización de las élites ilustradas y, por ello, no deja de ser revo-
lucionario tal acontecimiento. El denominado pueblo tuvo iniciativa
política, cierto, pero no podía tener un papel