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26-10-2006

Las niñas, los niños

Arnoldo Kraus

La Jornada

Qué es lo que sucede con todos los niñas y niñas que tuvieron la suerte de comer tres veces al día, de cobijarse, de estudiar, de tener padres y de contar con una casa y que fueron dulces, simpáticos, amigables, risueños y que llegada la adultez se transforman en seres humanos similares a la mayoría de los mayores donde las ilusiones, la fe y la confianza suelen ser sustituidas por las cicatrices del mundo y por las actitudes desagradables de buena parte de la sociedad adulta? ¿Dónde queda el alma de esos niños y niñas?, ¿dónde se sepultan la certidumbre y la fe de la infancia? ¿Y qué es lo que sucede con los niños y niñas cuya infancia nunca gozó de la bonhomía de los adultos y que siempre fueron maltratados y vilipendiados?

En la película Los niños del fin del mundo del director Marzieh Meshkini los niños afganos son una muestra adelantada del fin de un mundo que parece lejano, pero que no lo es. Pocos países escapan a las terribles desventuras y a la crudeza que tienen que enfrentar los hermanos de la película, donde la tónica es la ruptura con el ser humano, la desventura de vivir y la desgracia de habitar este mundo. Pocas sociedades no albergan en su seno, en mayor o menor grado, tragedias como las que muestra Los niños del fin del mundo, donde esperanza e ilusión son letra muerta y el fin de la niñez es sinónimo del fin del mundo. Eso se ve en el cine, eso es la realidad del mundo moderno, eso se lee en los periódicos.

"Más de 80 por ciento de los 2 mil millones de niños del mundo sufre castigos físicos. 53 mil menores mueren asesinados cada año y 225 millones padecen abusos sexuales, según la ONU", reza el encabezado de una noticia publicada en El País (13 de octubre de 2006). ¿Qué diagnóstico es el que debe hacerse cuando son niños y niñas los que protagonizan en el cine y en carne propia la llegada del fin del mundo? Interrogante, aclaro, vecina de la realidad y distante de todo amarillismo.

El artículo en cuestión señala, entre otras fracturas, que 150 millones de chicas y 73 millones de menores de 18 años sufren relaciones sexuales forzadas, que 218 millones de niños trabajan, 126 millones lo hacen en labores peligrosas y 2 millones en la pornografía o la prostitución. Agrega que al menos en 106 países no se prohíbe el castigo corporal en la escuela y que sólo 16 naciones han legislado contra el uso de la violencia en el hogar. A esos datos se suman otras infamias: en India, aunque la esclavitud está abolida en el papel, la realidad demuestra lo contrario: millones de niños trabajan en condiciones de esclavitud.

El informe, proveniente de las agencias de la ONU, explica que "las casas y los centros educativos son dos de los lugares donde el maltrato físico está más extendido"; paradójicamente, estas

conductas también se repiten en los centros de acogida, cuya finalidad debería ser, por supuesto,

conductas también se repiten en los centros de acogida, cuya finalidad debería ser, por supuesto, proteger a los menores abandonados por sus progenitores. Más que un acercamiento cioranesco al problema, los datos anteriores, aunados a que es en la casa y en las escuelas donde se veja a los menores, son, sin duda, uno de los retratos más dantescos de la realidad contemporánea.

Habitamos un mundo donde reflexión y moral saben más a historia que a presente, y donde el poder indiscriminado de pocos, y las costumbres añejas de muchas sociedades pesan más que la voluntad y la razón de unos cuantos. ¿Cuál es el futuro de los menores que crecen sometidos al maltrato y a todo tipo de vejaciones? Si sobreviven, ¿se convierten en Putin, en Hussein, en Milosevic, en Pinochet, en Ceausescu, en Ríos Mont o en todos? Es probable que su conducta sea la suma de todos ellos, aunque es factible también que sean un poco de cada uno de ellos. Lo que es seguro, en cambio, es que el dolor que forma parte de sus vidas desde edades muy tempranas sea una constante imperecedera que les impida incorporarse al tren de la vida.

Hace apenas unos días se conmemoró el centenario del natalicio de Hannah Arendt, inmensa agorera de la condición humana. "El mal puede destruir el mundo, pero profundo y radical sólo puede ser el bien." Arendt, por supuesto tiene razón. El problema es que el mal se disemina sin fronteras y el bien, como saben los 53 mil menores que mueren anualmente víctimas de agresiones, apenas se asoma, o siempre, siempre llega tarde.