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CONFEDERA(:IÓ^' ARGENTINi

ROZAS Y SU ÉPOCA

Kst. tipogi-iíljro lü. Ci-,xs()F;, Coi'rifiiti's SáW

HISTORIA

CONFEDERACIÓN ARGENTINA

ROZAS Y SU ÉPOCA

ADOLFO SALDIAS

SEGT'NDA EDICIÓN CORREGIDA, CONSIIiK.U MÜ-EMENTE AUMENTADA E ILUSTRADA CON LOS RETRATOS DE LOS ruiNíip AI.l-.s PERSONAJES DE ESE TIEMPO

TOMO IV

HI'l-.NOS AIIÍKS

FÉLIX LAJOUANE, EDITOR

1

-S '.) -i

l-

V. 4-

CAPÍTULO XLV

ASELiR) DE MONTEVIDEO

Sr.MAUío:

( lSl-2 1813 I

I. Mi'iüilits ilosesperailas ile Rivi'ra sul)s¡guieutes á su derrota del Arroyo

(iranile. II. Los iiiiiiistrüs mediadores le exigen á Rozas que retire el

ejército argentino del territorio oriental. III. Los influyentes represen-

tan la necesidad de defender la plaza de Montevideo. IV. Poi-qué acepta Vax el encargo de defender Montevideo. V. Disposiciones que toma y

dificultades que vence Paz. VI. Irritación de Rivera al saber el noiu-

bramiento recaído en Paz : resolución ([ue forma de destituirlo. VII.

Renuncia obligada de Paz : consternación en la plaza.

VIII. Rivera al

frente de su ejército exige la sejjaración «le Paz. IX. Reproduce su exi-

jícncia en la reunión de notables. X. Éstos declaran que emigrarán si

Paz no defiende la plaza: Rivera consiente en que Paz permanezca conio

jefe de las armas. XI. Kl ministro Vidal informa en la reunión de nota- bles sobre las relaciones del gobierno de Montevideo con los mediadores. XII. Sus declaraciones resjiecto de la ayuda de éstos en la ncgoc'iaeión

con el ministro Sinimbii para la posible erección de nn Estado inde|ii-iidieiiti>

sobre la base de

idea : ¡irotesta del coronel Chilavi'rt. XIV. Antecedentes (¡ue relaciona C'liilavert y res[>onsabilídadi's qui> fija ]iara clasificar duramente á los ar-

Kntre Ríos v Corrientes. XIII. t-1 panegírico de

la

gentinos que en tal idea colaboran.

XV. Rivera cambia su ministerio

y sale á campaña : Orilte

lo estreclia á la altura del Canelón Cliico.

XVI. Aquél maniobra de flanco y se interna: Oribe sigue basta el Cerrito

y pone sitio á Montevideo. XVII. Estado de la defensa de Montevideo

cuando Oribe llejíó al Cerrito : enérgicas providencias del gobierim de la plaza. XVIll. (¿uienes eran los defensores de Montevideo. XIX. Prue- bas «jue aduce un artillero de Rivera de que eran extranjeros en su casi totalidad los defensores de Montevideo. XX. El gobierno argentino de-

clara bloqueado el i>nerto de Montevideo : el cuerpo dii)lomático, inclusive

i'l ministro de S. M. 1?., reconoce el blo([ueo. XXI. Principios desatina-

dos que establece el comodoro Purvis para oponerse al bloqueo. XXII.

Motivos á que obedecía la intromisión del comodoro Purvis: cómo los esti-

mulaban el gobierno de Montevideo y la Comisión .Vrgentina. XXIH. Hostilidades del comodoro Purvis contra la Confederación .Vrjíentina y i'u fav(jr del gobierno de Montevideo: apresa la escuadra argentina y ayuda

las (qpcracioncs de los sitiados. XXIV. Pretexto que invoca: la circuí. i,r

de Oribe sobre los extranjeros en armas. XXV. La circular del 1".

de-

abril ante el dereclio de gentes y la práctica no interrumpida de las na-

.\nterior declaración

ciones.

XXVI.

.Vlcanee de la circular.

XXVII.

del gobierno de Montevideo sobre los extranjeros en ¡irmas : declaración (jue produjo la (irán Rretaña en 1882, idéntica á la de Oribe. XXVIII. Propaganda de la prensa y medidas del gobierno de Montevideo para ([Ue

se armen los extranjeros. ~ XXI.\. El gobierno de Rozas reclama de los

atropellos del comodoro Purvis. XXX. Declaraciones terminanti>s (jui' jiroduee al exigir expliíaciones y satisfacción al ministro de S. M. B.

XXXI. 1^1 ministro Mandeville ante; la ]protección (jue el comodoro Purvis

(drei'e á los siibditos britiinieos ; miunorial rpie los comerciantes británi-

cos jiresentan al ministro .\rana. XXXII. Respuesta categórica de la

cancilleria de Rozas : Mr. Mandevilb' conliesa imiilicitamente los atro-

indlos del <'onioiloro l^urvis. .XXXIII. Dilema en ([ue Rozas coloca á Mr.

MaiiileviUe. XXXIV. El ministro de

S.

.M. 15. constata ofieiali ito la

intromisión del comodoro Purvis, y le da cuenta il Rozas ile instrucciones de lord Aberdeen (|ue asi la conürnian. XXXV. Coutni c|nic-n se dirigiiin principalmente las instrucciones de lord .\berdeen.

Ilivcr.M si>4ui(') Imyciulo del caiupo de liatalla dd .Vrroyo

Grande, jiast'» el rrii<íuay y eiiti'('> en el ]>iiel)l(» del Salto

o

Con lili luiñado de hombres (|iie se au mentí) á poco con algnnos jefes y oliciales. Al día siguiente destacó á los coroneles Baez. Luna, Blanco y otros para que reunie-

sen hombres y caballos y

se dirigiesen al río Negro;

y él mismo precipitó su marcha, pues vii) que nada po-

día hacer en medio de poblaciones que le eran desafec-

tas y que estaban envalentonadas con la victoria de

Oribe. T>espechado de esto, aunque á pretexto de qui-

las más severas

tarle recursos á su rival, ordenó bajo

penas que todas las familias que jioblaban el territorio

emigrasen inmediatamente hacia la capital, llevándose

consigo las haciendas que pudiesen mover. ( ' ) De cómo

Piivera haría cumplir esta orden, da cuenta él mismo

situase en la

barra de Santa Lucía chico para reparar los restos de

cuando, al ordenarle á Chilavert que

se

su artillería, le escribe: «He puestcr un desierto desde

el Uruguay al río Negro : yo voy á situarme

en (v)uin-

teros

si

algunas de las familias que han pasado del

norte del río Negro se encontrasen por esos destinos,

ya sabe usted que deben marchar al punto que indico. ( -

De su parte el gobierno de Montevideo se había limi- tado entretanto á evolucionar con los ministros mediado-

las fuerzas navales

res, á íin de que interviniesen

con

británicas y francesas. Cuando tuvo noticia del desastre

del Arroyo Grande, se asió con más fuerza á ^Ir. }.ían- deville y al conde de Lurde, y les encareció que pusiesen

en práctica inmediatamente las medidas que el primero había prometido tomar, y que el segundo aceptaba

de buen grado. (^) Comprometidos éstos por declara-

( í ) Véase Memorias del general César Diaz, pág. 78.

(-) Manuscrito original en mi archivo {Papeles ele Chilavert)

ya cit.

(^) Véase Memorias del general César Diaz,

pág.

.55.

ciones imprudentes y ;i todas luces parciales en la lucha

que Rivera había provocado, convinieron dirigirle al go-

bierno argentino una nota en la que manifestaban que

era la intención de sus gobiernos adoptar las medidas

necesarias para que cesasen las hostilidades entre Bue-

nos Aires y Montevideo; y que en interés de los sub-

ditos británicos, franceses y demás extranjeros resi-

dentes en ^íontevideo, reclamaban del gobierno argentino

que retirase su ejército del Pastado Oriental, entendiéndose

que el ejército oriental observaría igual conducta. (')

Empero, los influyentes y la Comisión Argentina re-

presentaron enérgicamente al gobierno acerca de la nece-

sidad de i»oner á la ciudad en estado de defensa, que

era lo que urgía por el momento. Haciéndose cargo de

las circunstancias el gobierno expidió una proclama en

la que manifestaba su resolución de defender el terri-

torio; declar('> el país en asamblea, haciendo cesar los

trabajos públicos y llamando al servicio militar á todos

los ciudadanos; proyectó é hizo sancionar una ley por

la cual se abolía la esclavatura, destinándose al servicio

de las armas á 1<js que hasta ese día habían sido escla- vos; y orden»'» la creaciíhi de un ejército de reserva po-

niéndolo

á

las (')rdenes

del general José

María Paz.

Sobreponiéndose á la ingrata impresión de la per-

ndia con que Rivera

1<j había alejado de Corrientes y

( * j Kl scñnr .Müiidevillc lüisosu iioin del 10 (U'difií'iiihre intiiiiaii-

d(» (íl cessc de iii guerra, iliee Rivera Indarie en su Rozas y sus opo-

sitores, remitió copia á nuestro j¡ol)ierno y le anunció (|ue esperalia

una escuadra jKjderosa aujilolrancesa, (¡ue debía llejiar ])or momentos,

y (|Ue con ([ue resistiese la República qidnce días más estaría sul-

vada. Pasaron días y el nünisiro Vidal ur<xia al señor Mandeville y

eslp contestal)a: «Me tiene sorprendido la demora de la esciuidra y

aun más que el comodoro (l'urvis) no haya venido ya de Rio Janeiro,

como se lo tendrá indicado. » (Véasí! Los cinco errores capitales de

la intervención ana 'ofrancesa en el Plata, jior .losé Luis Husta-

4

dü Entre Ríos. Pa/ acept(') ese cargo quizá porque tuvo para sí que él era el úuico capaz de poner en estado de defensa una ciudad como Montevideo, en la cual militaban iníluencias absorbentes que sólo se acomoda-

ban en el momento del supremo peligro; pero que mira- ban con recelo la elevada posici(jn de ese militar extran-

jero, á quien tomaban como mero instrumento de fuerza

que alejarían cuando el peligro hubiese pasado, como lo

habían alejado durante todo el curso de la revolución

que ellas dirigían por sí solas.

Así lo deja ver Paz en

sus Memnríaa. Paz se consagró desde luego á su ardua

labor, desplegando esa actividad y esa prudencia para

abarcar los medios y las cosas que formaban su empe-

ño; esa ilustrada conciencia y esa honorabilidad inta-

chable que han caracterizado su tipo en el ejército argentino. Tan difícil era esta empresa, que uno de los

jefes orientales más conspicuos de la defensa de Mon-

te vido se expresa así: «Paz debía organizar su ejército con todos sus accesorios, destinado á combatir dentro de muy breves días, sin tener cuadros para los batallo-

nes,

inteligentes para su instrucción, sin parque, sin fusiles,

sin vestuarios y sobre

todo, sin el numerario que da

impulso á todas las cosas.» (')

Con los escasos medios que i)udo reunir, y aplicando

á su objeto todas las cosas y útiles que otros reputaban

inservibles, desde los trozos de maderas y metales hasta los cañones enclavados en las bocacalles en tiempo de

los españoles, Paz empezó á organizar una maestranza

sin tener más

que un

corto

número de oficiales

y á plantear un parque y talleres

para la fabricación

de armas, bagajes y confecciones del soldado. Destinó

á la infantería 800 libertos que

se pudo reunir, pues

que la mayor

parte de los que habían sido esclavos

estaban en manos de partidarios de Oribe, los cuales

los ocultaron haciéndolos pasar después al campo del

Cerrito. Con ellos formó los batallones 3". 4- y 5"^ de caza-

dores, que pasaron á instruirse en un campo contiguo

al Saladero de Bcltrand. Al mismo tiempo empezó á dis-

ciplinar y organizar las tuerzas disponibles de la capi- tal, que eran la milicia de infantería, los batallones

Unión, ^latrícula y Extramuros y la Legión argentina

compuesta de emigrados unitarios. Y sobre esta base empezó á trazar la línea de fortificaciones y de defensa

de la ciudad, artillando los })untos comprometidos y

estratégicos en la medida de sus recursos.

La noticia de estos preparativos aicanz(') á Rivera en

marcha para el río Negro; y ni la

inminencia del

peligro, ni la suprema necesidad que liabía inducido al

gobierno, lo defendieron del despecho que lo dominó al

Considerar que recobraba posiciiui y fama, el patriota argentino á (juien éí lialiía alejado (b' Entre Ríos y

Corrientes, porque rehus() adlierir á sn plan de se-

de

gregar dos provincias de la Confederaci(ui Argentina

para labrar su prei)onderancia en el litoral. Su irritación (•undi(V al momento entre los jefes qae lo acomi)ariaban,

á quienes decían')

que lo primero ([iie iiaría

al llegar á

Montevideo era destituir al general Paz. indebidamente

níunbrado por el gobierno. «El gobierno, le escribía á

Chilavert desde Las Averías, ha hecho algunas cosas

iiicom|)atibles á su actnal })osición ; las lie dcsaproliado

\ iiit'iito (|ne convencido volverá sobre sus pasos y vol-

veremos á marcbar como estábamos. Si así no fuese, no

tendré' yo la culpa de los inconvenientes (pie Imu de to-

carse para marchar acordes: el enemigo nos da tiempo

para organizamos: si el gobierno hace lo (pie le he dicho

liada nos ha de iMiiltara/ar.» ( ' ) Con estas ideas se movió

lentamente del río Xe<^ro; síl;uí<') al Durazno, de aquí á

Santa Lucía, y á liues de enero de 1843 fué con 4.()()() hom-

bres de caballería y ló.OUÜ caliallos de reserva á establecer

su cuartel general en

f^uas de Montevideo.

el pastoreo de Pereyra, á tres le-

Esas ideas mezquinas trascendieron al momento en

Montevideo. Todo lo que Paz había creado, organizado,

y convertido en elemento

de defensa, en cincuenta

días, sin recursos, sin caja militar, sin la cooperación

eficaz del gobierno y hostilizado i)or un enjambre de

á

habituados á medrar con

quienes

las penurias

obra como

del erario,

para

él alejó; toda esa

sentar la

reputación de un general científico, experimentado y vir-

tuoso, se conmovió en sus cimientos cuando para evi-

tarse la vergüenza de una destitución, Paz renunció su

se sucedió el des-

cargo el día V'. de

aliento y la consternación; que

febrero.

Á esto

hasta los íntimos de

en la

entraría

Rivera tuvieron por seguro que Oribe

plaza á banderas desplegadas. En la mañana siguiente

pasaban de sesenta las solicitudes de baja que elevaron

á su vez los principales jefes y oficiales comprometi-

dos en la defensa. Nadie quería servir, y

los

que

no

eran militares resolvieron ponerse en seguridad, ausen-

tándose de la plaza. (-)

De

su

i)arte Pavera

recibi()

á

los

hombres

del

gobierno y á los notables que fueron á saludarlo á su cuartel general, diciéndoles delante de sus bandas de

( ^ ) Manuscrito original en mi arcliivo, ya cit.

<-) Véase lo que dice al

respecto el general César Díaz (Me-

morias, pág. 82.)—Tanta era la afluencia de personas que querían

embarcarse, que los capitanes de l)U(|ues se pusiei-on de acuerdo

para ofrecer pasajes por precios moderados; como se ve por los avisos que liici(!roii publicar en los diarios do .Montevideo corres-

pondientes á ese mes de lebrero.

caballería desplegadas: «señores, 4.000 lioinbres piden

que se quite á ese general extranjero, el general Paz.»

El 2 de febrero, mientras éste

preparaba á partir para Santa Catalina, aquél se

Al pasar por el

cantón situado en el Arroyo Seco donde, como dicbo, se instruían los batallones recientemente forma-

dirigía con uiui escolta á Montevideo.

íletaba un buque

y

se

se

lia

dos,

les dijo

que les daría otros

jefes; y como liubie-

y saliese

á batirlo desde

se encallado en el cerro un liergantín federal

un oficial con dos piezas de artillería

y escuadrón de caballería! (') Con tales garbos volvía de

su derrota el caudillo que en su petulancia quería se-

gregar tres provincias argentinas para erigir bajo su

imperio una república limitada por los ríos de la Plata,

del Paraná y del Paraguay.

Lo primero que hizo Rivera al entrar en ^Montevideo

y reasumir el poder

que don Joaquín Suárez ejercía

nominalmente, fué ordenar -que se atuviesen exclusiva-

la costa, mandó regresar

al oficial

({ue fuese

un

mente

á lo que él dispusiese en lo tocante á la defensa

de la plaza. Esto respondía únicamente

<'i una

vana

ostentacii'm de su autoridad ilimitada; i)ues los altos

funcionarios y m indios inlluyentes que eran los

(pie

hubieran podido disponer algo en ese sentido, se habían

retirado á sus casas. Montevideo antes tenía el aspecto de

una ciudad (•<)ii(jiiistada. (pie no el de una plaza resucita

á defenderse, como rezaba el decreto gubernativo de l"-2

de diciemlu-e. Esta circunstancia lo })Uso en

caso

el

de convocar una reunión de notables, con el objeto de

uniformar o])in iones resi)ecto de las medidas urgentes

de

febrero se reunieron, entre otros personajes, los señores

(jue

reclamaba la

sitiiaciíúi.

En

la inudie

did

.">

(')

I'az.

Vi'itsc lu

(|iii' dice

un

tcstifTf)

oculai' on

hts

Memorias de

IDMID IV.

|);ii;-.

\-¿\. Véase Memorias de C'i'sai' I)iaz. jiiiií. SO.

8

Joaquín Siiárez. Francisco A. Vidal. Santiago Vásíinez.

Francisco Muñoz. Julián Álvarez. generales Enrique Martínez, Aguiar y Bauza; los coroneles Chilavert y Pacheco y Obes. Pavera les manifestó que él debía

Oribe se

necesario ponerse de

acuerdo respecto del jefe que se encargaría de la defensa

de

peñar este cargo, y (|ue él se (q)ondría siempre

salir á campaña, y

dirigía

ésta:

sobre

que como el ejército

era

Paz

era

de

la capital,

que el general

incapaz de

desem-

á

(|ue

se le

diese mando alguno

en la República.

Vásquez. Muñoz y Álvarez manifestaron, á su vez, que

no conocían en el ejército un oíicial tan competente como

el general Paz para tal encargo: ({ue sus ideas eran

la

expresión de la opinión sensiblemente manifestada; y

que si el general Paz quedaba separado del mando con

una gran parte de la pobla-

ción emigraría, haciendo ellos otro tanto. Vencido por

que se le había investido,

la evidencia, retado á muerte

por

las circunstancias

({ue podía crearse, Rivera se encerrí'». sin

embargo, en

una de esas resistencias negativas

pobre -^a de ideas y de la estrechez

que emanan de la

de sentimientos, y

(]ue constituyen el rasgo distintivo de ciertas indivi-

dualidades tan abstrusas como i)ara atribuirse por ello

mismo un carácter que nunca presidió sus resoluciones

instintivas, ni atemperó sus tendencias, ni pudo siquiera imprimir l(')gica á sus juicios. Fué necesario que sus

amigos insistiesen acerca de la situación violenta que crearía su negativa, para que consintiese en que Paz

jiermaneciese, no como general en jefe del ejército de

reserva, sino como comandante general de armas en

la capital.

(

'

(')El general César Díaz relata fielmente esta conferencia

{Memorias, pág. 84) y está acorde con apuntes que acerca de la

misma hizo el coronel Cliilavert. (Manuscrito en mi poder.)

í)

En seguida se plantecj la cuestión de

la mediación

de la Gran Bretaña y de la Francia: y

(|ue compren-

día propiamente el estado

meíliadores y el gobierno de Montevideo: las causas

que obraban para que a([uéllos apoyasen eficazmente

con la Con-

de

relaciones entre los

la política de este gobierno en

la guerra

federación Argentina, y los medios (|ue podían ponerse

en práctica para robustecer y hacer triunfar esta polí-

tica. P]l ministro Vidal manifestó francamente (|ue el

gobierno no se había hecho ilusiones

eficacia de la mediaciíhi:

respecto de la

estimado y

([ue

si

la había

aceptado era

en vista

de

la

casi

seguridad

de nua

subsiguiente intervenci(')n de parte de las dos })otencias

mediadoras, á la

(juc

daría lugar no

sijlo

el

rechazo

(|ue de la misuia hiciese

el gobierno argentino, sino

también la cantidad de extranjeros residentes en Mon-

tevideo,

cuyas

expuestas á

las

persoinis y

emergeucias

propiedades

de

la guerra.

quedarían

(,)ue

los

hechos abonaban,

y abonarían

en

lo

sucesivo, los

cálculos del gobierno; puesto que

niaciíMi sobre el cese de la guerra, hicieron al ^^obierno argentiiu) en

despUí'S

de la

inti-

(jue los mediadores

10

de

diciembre,

('stos se encontraban en la imprescindible m-cesidad

de

cumplir las

instrucciones de sus soberanos: (¡ue

tal era el ju-o])(')sito

le había declarado de la fuerza naval

lirnie del ministro francés, ([uien

al .gobierno qu(: al efecto

haría uso

de

que

dis[)onía. sin [)erjuicio de

solicitar los refuerzos necesarios,

haría (d ministro de S. M. B. tan

'•1 : (|ue. en consecuencia de todo esto,

acordado (|ne los buques

estaciíhi

tanto

y conipr(Uuetido como

ipie otro

había i|ueilado

franceses de

bril.inicos

y

en

«d Janeiro bajarían

á Montevideo, con

se impar-

arreglo ;i las (U'denes (|ue inniediatament

tieron.

.

10

Dijo además el iiiiiiistro Vinal, (jue cundiiridas (jiie

raerán las rosas con cierta prudencia, la situaciini se

afianzaría con ventajas

sensibles

en

breve; pnes

no

eran únicamente los representantes de esas dos nacio-

nes poderosas los que con su actitud actual y la que les marcase los sucesos quebrarían la iníluencia del

gobierno argentino: que el Brasil concurriría

á

ello

también: que el gobierno tenía algo adelantado con el

ministro Siniuibi'i sobre la base de la ])Osible erección

de un Estado entre los ríos Paraná

y Uruguay; jjues

y con algunos argentinos notables se había pensado en

redactar una memoria que englobase las convenien-

cias de esta medida llanuida á asegurar las fronteras de los dos países limítrofes interesados . , Á nadie sorprendií) la primera parte de esta relación,

ó menos conocidos en

pues se trataba de hechos más

las esferas gubernativas. Lo que sorprendió de veras á

algunos fué lo de la negociación para erigir en Estado

independiente á Entre Ríos, Corrientes y quizá á Río

Grande del sur. Rivera quedó completamente satis-

en

las conferencias que había

celebrado con éste

dorada esperanza.

Don Santiago Vásquez hizo un panegírico de la idea,

entreviendo el porvenir grandioso que ella cimentarí;:;

y el asentimiento habría sido unánime en aquel cená-

fecho, pues veía lucir de

nuevo su

culo

mente cuando solicitaba hi protección del extranjero

para proseguir una guerra fratricida, en cambio de las concesiones que aquél le exigiese, si el coronel Marti-

niano Chilavert no se hubiese levantado á protestar

que soñaba con la grandeza de la i)atria precisa-

en nombre de su ])atriotismo herido. Se

sabe ya que

y que en el consejo de sus

amigos su palabra elocuente claramente reflejaba la

Chilavert era un carácter;

enérgica independencia de su alma, y sus bríos geniales

11

contenían ;í los más osados.

En esta ocasi(')ii sus })ala-

bras fueron como un estallido de indignación. Su ruda

franqueza para apuntar y deslindar las responsaliilitla-

des y sus atrevidas conclusiones dominaron por completo

notables, en la cual quiz;i no ba-

bía otro carácter (|ue el que se oponía sólo ella.

Chilavert se encaró con Rivera y dijo que bacía tiempo

que veía que la guerra que su partido y el Estado Orien-

tal decían bacerle á Ro/as.

aquella asamblea de

no

era en realidad á éste,

sino á la República Argentina, por cuanto esa luclia era

más bien una cadena de coaliciones con los extranjeros.

Que el resultado de esto liabía sido no sólo el que la República fuese agredida y ultrajada en su soberanía, sino

también el afianzar el poder de Rozas sobre la base de

una opinión pública (pie veía la patria amenazada. Que así

lo mostraba evidentemente el estado actual de las cosas,

después de ocbo años consecutivos de revolución y de

guerra, bajo la dirección de los mismos notables á (juie-

nes se refería el ministro Vidal y el doctor Vásquez. (,)ue

él era un soldado de la revolución contra Rozas, pero

que en presencia de lo (jue acababa de oir, se preguntaba .si no era una vergüenza i)ara él el formar en las lilas de

los que liacían

la guerra á la integridad de su patria.

(,)ue si era cierto ([ue algunos argentinos notables^ traba-

jaban el proyecto de segregar dos provincias argentinas

])ara debilitar el |)o(b'r ib' fíozas.

() })ara lo

(|ue

fuese, la

b'u,L;iia biiiiiaiiM. el seiiliiiiiento y la })Osterida(l. los llama-

ba,

patria.

y

cien

veces los

llamaría, notables traidores á la

Que en cuanto á

él, protestaba

desde el fondo

de su alma contra semejante proyecto, viniese de donde

viniese; y (pie las armas

que

la jiatri^í

le

di(')

en los

al-

bores de la Independencia no se em])añarían al lado de

tan notables traiciones, porque él iría á (d'recerlas á Ro-

zas ('» á cuabpiiera (pie representase en la República Ai-

V2

geiitiiia la cansa de la integridad iiacioiiciL

Chilavert

dijo todo esto en menos tiempo del que necesitaron los

presentes para salir de su estupefacción, y poder concebir,

sobre todo, algo para responderle.

El

silencio y una

sonrisa ir(')nica se sucedi(') ;i las palabras de Cbilavert.

Rivera fué el único que acertó á decirle que todo aquello

no era más que diplomacia y que se liabía dejado arre-

batar sin motivo, i)nes los argentinos que estal)an de por medio garantizaban con sus antecedentes que no se rea-

lizaría lo que él