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Cuando los países deciden cambiar (extracto)

Joaquín González Ibáñez, publicado en la Revista Saberes, UAX, oct. 2007

La diatriba o división del mundo entre países ricos y pobres, primer o tercer mundo o países desarrollados o en vías de desarrollo que, como señalaba Milton Friedman son frecuentemente esos Estados que no realizan tal acción, refleja sin duda una de la más trascendentes cuestiones de las relaciones internacionales desde la posguerra de la II Guerra Mundial, y en particular con el movimiento de descolonización y la Resolución 1514 de la Asamblea General de Naciones Unidas en 1960.

La cooperación internacional y las políticas de desarrollo representan el esfuerzo de la comunidad internacional para tratar de limitar las diferencias e inequidad entre los países ricos y pobres, así como la voluntad de generar políticas y formatos de cooperación que permitan la evolución y transición de los países en vías de desarrollo hacía las estructuras de seguridad de bienestar y menor vulnerabilidad que representan las sociedades desarrolladas. Es un debate perenne en las relaciones internacionales sobre la dignidad y las condiciones del hombre y que en pleno siglo XXI ya hemos advertido un exceso de desarrollo con una óptica antropocéntrica, y ahora, finalmente, el medio ambiente nuestro hogar el planeta Tierra- aparece asociado a esta labor como así lo refleja el Tratado de Kioto de 1992. No en vano, ya Ghandi en la década de 1930 advirtió este problema después de viajar por la India y aprehender el sistema productivo británico cuando señaló “Los británicos han consumido la mitad de los recursos naturales de los países que administran en el planeta; ¿cuántos planetas deberá consumir la India para salir del subdesarrollo en que se encuentra?”

Como es bien conocido las propuestas de desarrollo han experimentando una constante evolución liderada por organismos multilaterales y las políticas conjuntas de los países de la comunidad internacional; en el último cuarto del siglo XX estas políticas estuvieron marcadas por los hitos del “Consenso de Washington” (liberalización, estabilización y privatizaciones), y a partir de los 90 sufre un punto de inflexión con dos novedosas formulaciones basadas en los conceptos de “desarrollo sostenible” –acuñado por vez primera en el Informe Brundtland de 1987 y “desarrollo humano” basado en el desarrollo de las capacidades que recoge la impronta de Amartya Sen, Premio Nobel de Economía en 1998. Asimismo, de modo paralelo el Derecho Internacional ha reconocido la existencia de un “derecho al desarrollo” tal y como recoge la Declaración sobre el derecho al desarrollo de 1986 de la Asamblea General de Naciones Unidas y en el año 2000 aprobado también por la Asamblea General los objetivos del desarrollo mundial han quedado cifrados en la “Declaración del Milenio”, es decir reducción a la mitad la pobreza extrema y el hambre, lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad entre los sexos, reducir la mortalidad de los menores y maternal, detener la propagación del VIH/SIDA, el paludismo y la tuberculosis, la sostenibilidad del medio ambiente y fomentar una asociación mundial para el desarrollo, con metas para la asistencia, el comercio, y el alivio de la carga de la deuda

Pero la cuestión clave, volviendo a los Estados subdesarrollados y pobres, es el planteamiento que presentaba Paul Bairoch en su clásico trabajo El tercer mundo en la encrucijada, qué es lo determinante que permite a un Estado en desarrollo culminar esta acción, y qué insta a los países a decidir la opción del cambio sostenible, de políticas hacia el desarrollo.

Podemos cifrar en tres etapas claramente definidas este proceso de desarrollo y que requieren el agotamiento de cada uno de estos estadios o etapas. La primera etapa es aquella que define a un país como subdesarrollado al atender a determinados factores económicos, educativos, sanitarios, culturales, estructurales y otros factores normalmente endémicos. Estos indicadores definen una realidad de relevantes porcentajes de pobreza, analfabetismo, carencias de protección social, sanitaria, infraestructuras, dependencia productiva, y en la inmensa mayoría falta de democracia y debilidad de las instituciones y un irregular

funcionamiento del Estado de Derecho, minado por factores como la corrupción y fragilidad de las instituciones públicas y del mercado. La segunda etapa representa un agravamiento y deterioro humano y social de las circunstancias de un país que constituyen un “punto de no retorno”, un umbral que reclama un nuevo rumbo a esa sociedad afectada. La expresión “entrar en crisis” es reflejo de esa situación, y la propia

etimología griega de la palabra crisis ―κρσις ― expresa “cambio, mutación”. Por ello se genera una

opción de cambio y destino en las circunstancias que puede desembocar en la siguiente fase. La

tercera y última fase de decisión consiste en la decisión histórica de una nación por optar por una política de Estado que oriente el país hacia nuevos escenarios sociales, económicos y sociológicos que se identifiquen con progreso y bienestar para la población. Estas decisiones históricas y políticas de Estado reclaman el refrendo de la población, de sus instituciones y de todos los sectores civiles de la sociedad con el respaldo de una política a medio-largo plazo para la consecución de objetivos de mejora en las condiciones e incardinación en realidades históricas y políticas que sirvan al progreso de su ciudadanía. El desarrollo, por tanto, podemos considerarlo como una decisión orientada hacia el cambio sostenible o como un proceso de aumento de las capacidades de las personas y, por consiguiente, reducción de su vulnerabilidad y aumento y garantía de la “seguridad humana”. Colombia podemos considerarla hoy enmarcada en la segunda etapa y en transición, y respecto de la tercera etapa son ejemplo de ella España y los “Pactos de la Moncloa de 1977”, la Corea del Sur de la década de 1980, y el Chile de finales del siglo XX y principios del Siglo XXI

En todo este proceso el elemento clave es el individuo y la participación de todos los actores cívicos y sociales y su empoderamiento permítaseme el calco idiomático del “poderoso” término en lengua inglesa empowerment que adolece de una palabra análoga precisa en lengua española. Las capacidades como han señalado Anderson y Woodrow son las fortalezas o recursos de los que dispone una comunidad y que les permite sentar las bases para su desarrollo; es el nudo gordiano del desarrollo y de cualquier proceso participativo en programas de cooperación. (…)

La sofisticación de la cooperación al desarrollo y los proyectos de incremento de la competitividad representan un nuevo formato de cooperación que pone en valor a los actores sociales públicos, privados y académicospromocionando la regeneración de los tejidos productivos y con ellos su competitividad e inmediatamente su aumento de bienestar y desarrollo económico. Como ha expresado el responsable de la Secretaria General para Iberoamericana (SEGIB), Enrique Iglesias, la democracia y el respeto de los derechos humanos son una condición esencial para impulsar el desarrollo y combatir con ello la pobreza y la desigualdad. Además sólo una efectiva política democrática incentiva la competencia y la productividad y permite el funcionamiento eficiente de los mercados. Cuanto más activa es la democracia, más protagonistas son los actores de su destino y mayor posibilidad que las políticas públicas respondan a intereses sociales más amplios.

(…) Este formato de cooperación fomenta la riqueza local, la competitividad y permite la consolidación de las democracias que son las únicas que a la postre ofrecen verdaderas posibilidades de lograr un desarrollo económico más justo y equitativo. Todo ello es una gran apuesta para América Latina que representa la región del planeta con mayor desigualdad, en donde en torno al 40% de la población vive bajo los umbrales de la pobreza. La decisión del cambio de los países se orienta a un rumbo cuyo destino está representado por el desarrollo económico, la justicia social, el Estado de Derecho y la democracia, y por tanto, son todos objetivos complementarios y necesariamente compatibles.

John Locke a principios del siglo XVII cifraba en la imaginación el instrumento más importante para el desarrollo y riqueza de los pueblos: “la imaginación es la nación más poderosa sobre la tierra” (Imagination is the strongest nation on Earth). Estas ideas e imaginación para hacer frente a los desafíos del desarrollo en el hemisferio americano pasan por una revitalización de sus tejidos socio-económicos y de sólidas alianzas público-privadas y académicas, actores quienes tienen por sí

mismo la oportunidad y responsabilidad de concertar sus intereses en torno a las prioridades que demanda su comunidad.

No les des pescado, dales caña por XAVIER RUBERT DE VENTÓS

Desde que las leyes y normas que rigen la sociedad no son ya trascendentes ni reveladas, su legitimidad exige que sean, cuanto menos, viables. Pueden ser intrascendentes, pero no inconsistentes; pueden no ser universales, pero su aplicación general ha de ser posible y deseable. Pues bien, esto es lo que no son ni han sido muchas propuestas que se suponía debían transformar a los países pobres en países ricos, y que se formulaban bajo la manida enseña del "no les des pescado, enséñales a pescar". Es decir, no les ayudes, dales caña y dales cancha, modernízales, estimula su productividad y controla su natalidad de modo que lleguen a ser un día países desarrollados como los nuestros.

El hecho es, sin embargo, que el día en que todos los países se comportaran como países desarrollados es poco probable que pudiese seguir siéndolo ninguno: la cantidad de recursos explotados y de residuos generadohs transformaría el mundo en un desierto y el agotamiento de la biomasa sería una cuestión de meses. Parece así necesario que muchos jóvenes mueran de hambre en el mundo para que algunos puedan morir, ya viejos, de gota o de colesterol; es decir, de excesivo consumo de grasas o de proteínas. Como parece necesaria la "protección" frente a los tomates del Magreb o los tejidos de Taiwan para mantener los "precios de garantía" europeos y defender las conquistas sociales del Estado de bienestar.

Quizá ningún espectáculo político me ha chocado tanto como la sesión del Parlamento Europeo donde se adoptó una resolución que invertía literalmente la parábola del pescador y el pescado antes citada. Se trataba de no permitir la importación de plátanos centroamericanos a Europa y de compensar a estos países con fondos de ayuda al Tercer Mundo por la exacta cantidad que perdían al no poder vendemos sus productos.

El mecanismo de esta y otras resoluciones parecidas no puede estar más claro. Se trata de darles pescado para pedirles que no pesquen; de comprar su silencio para no tener que comprarles sus frutos; de mantenerlos en

la

dependencia para evitar su competencia. En resumen: algo así como cortarles las piernas para ofrecerles en

su

lugar, y como compensación, un magnífico aparato ortopédíco.

A

menudo se busca incluso una legitimación "moral" para tales procedimientos. Se trata, nos dicen, de evitar

el

"dumping social" basado en la explotación inhumana de mujeres y niños. O sea, que de repente Europa

comienza a preocuparse seriamente por la salud y el bienestar de la fuerza de trabajo en, digamos, las Filipinas, e incluso les regala programas de planificación familiar para que no se reproduzcan tanto. ¡Como si

la natalidad de los 1.000 millones que consumen el 13% de los recursos mundiales fuera más peligrosa que la

dieta hipercalórica y la comodidad del 20% que consume el 80% de tales recursos! ¡Como si la planificación demográfica fuera la buena nueva que viene a tornar el relevo de la planificación económica, hoy en vías de desregulación!

Vemos así a los ricos, para quienes los hijos entran en el capítulo de "costes", enseñando cómo deben

reproducirse a los pobres, para quienes la prole es a menudo su único recurso e inversión (de ahí precisamente venía el nombre de prole-tario). Pues resulta que la reproducción prolífica y acelerada (lo que los etólogos llaman la estrategia r, frente a la estrategia K de los predadores) es el comportamiento más "racional" y que mejor asegura la sobrevivencia tanto entre las presas del mundo animal como entre los pobres del mundo humano. Esto es algo perfectamente conocido, y sólo se permiten olvidarlo quienes, como

el capital occidental o el Estado chino, están por encima del concreto problema de sobrevivir en condiciones

límite.

Cierto que la sobrepoblación y la sobreexplotación de los recursos en los países pobres es también un peligro para la estabilidad global y su desarrollo sostenible. La extrema pobreza conduce a la desertificación

"haitiana", sin duda. Pero resulta que la extrema riqueza conduce igualmente, aunque por otros caminos, a la deforestación "canadiense". La primera no puede permitirse esperar la reposición de la madera: la necesita para cocinar en una economía paupérrima que acaba sacrificando su propio hábitat y paisaje. A la segunda, la canadiense, no le concierne propiamente este paisaje: sus operadores son multinacionales que no viven ni han de quedarse en el entorno de desolación que dejan tras de sí, y donde sólo seguirán viviendo, mientras resistan, los indígenas de islas como la Vancouver originaria.

Es decir, unos no pueden respetar su entorno para comer hoy; los otros no les importa respetarlo para mantener su tasa de beneficio hasta pasado mañana. Y lo que ambas situaciones vienen a enseñamos es que tamañas desigualdades -el 20% más rico de la Tierra controlando el 80% de la renta disponible, una diferencia de ingresos que casi se ha triplicado desde 1960- están dejando de ser sólo un escándalo moral para convertirse en un peligro ecológico y en una hipócrita teoría con la que pretendemos que la solución para el Tercer Mundo consistiría en que éste adoptara un modelo cuya propia generalización no haría sino provocar el colapso de todos. Esta es, por otra parte, la definición misma que daba Kant de una mala norma: aquella que no puede hacerse universal sin generar mayores males de los que nos viene a proteger.

Pero si este modelo económico no es generalizable, tampoco lo era el modelo político que se impuso en su día a muchos países colonizados, y que no ha hecho sino atizar los fundamentalismos y luchas tribales que tanto nos escandalizan. Este modelo político era el de un Estado, primero, mimético respecto de la ex metrópolis; luego, instrumental (es conocido el estilo de las instrucciones diplomáticas de Le Foch-Pringent:

"Mantener el equilibrio Savimbi-Dos Santos en Angola para que no gane ni uno ni otro, forzar la elección del 'amigo' Pascal Lissouba en Congo, favorecer el régimen 'francófilo' en Siria", etcétera), y, por fin, títere de los intereses de uno u otro lado en la guerra fría. Todo ello condujo, por un lado, a segmentar el territorio con criterios geométricos o geoestratégicos que venían a romper las tradiciones políticas y legales de aquellos países: las asambleas de ancianos, las reglas de la hospitalidad, el sistema de intercambio entre estirpes o clanes, las luchas de prestigio, las reglas de espaciamiento, etcétera. Esto por un lado. Por otro, se optó por decretar Estados sobre territorios sin sociedad civil donde sólo podían mantenerse sobre dos pilares: el militarismo para vertebrar una artificiosa unidad y el caciquismo para sostener una corrupta cohesión. De ahí, claro está, la transformación de los jefes de clan en "señores de la guerra" y de los conflictos tribales más o menos homeostáticos en guerras étnicas y genocidios sistemáticos.

No se trata, en fin, de cantar las virtudes del relativismo político-cultural que considera la infibulación o la lapidación como un patrimonio cultural irrenunciable. Ni de dudar tampoco de que la democracia formal es buena para todo el mundo -y cuanto más formal, mejor-. Pero sí de denunciar el absolutismo colonial que impuso al Tercer Mundo los más barrocos modelos del Estado metropolitano y que pretende aún seguir exportando hoy las prácticas de un Estado de bienestar, cuya generalización provocaría su propio colapso. ¡Ay de nosotros el día que tuviéramos que comernos los peces que ellos aprendieran a pescar o los residuos que empezaran a generar!

Xavier Rubert de Ventós es filósofo publicado en El País 1997

Entrevista a JOEL MOKYR Historiador económico "La corrupción es el peor enemigo del desarrollo"

FERNANDO GUALDONI - Madrid - 16/10/2010

fuente: www.elpais.com

Joel Mokyr (Leyden, Holanda 1946) no es solo un historiador económico, es un estudioso del impacto de los avances tecnológicos en el desarrollo. Y en el mundo de hoy, donde la conciencia sobre la importancia de la innovación en el progreso está tan extendida, sus investigaciones cobran especial relevancia. De su extensa bibliografía son imprescindibles La palanca de la riqueza (Alianza, 1993) y su último libro, no editado aún en español, The Enlightened Economy (La Economía Ilustrada). El académico estuvo en Madrid para dar la X Conferencia Figuerola en la Fundación Ramón Areces.

En sus trabajos, Mokyr cuestiona la importancia de las ventajas comerciales, los bajos costes laborales o la abundancia de los recursos naturales como motores económicos. Por el contrario, eleva a los cielos la importancia de la educación y la innovación tecnológica y la eficiencia gubernamental como determinantes para el desarrollo sostenido. En su discurso, el académico de la Universidad de Northwestern, en el Estado de Illinois (EE UU), enfatiza que el éxito de Occidente no se funda solo en las leyes del mercado, sino en el pensamiento y la cultura. Y para él, esta es una gran ventaja frente a las ponderadas economías emergentes de China, Rusia o India.

"El milagro chino está sobrevalorado. Es un país pobre y con unos estándares de vida muy por debajo de los

occidentales

de Estados Unidos

sobre la base de bajos salarios y una moneda devaluada y, por encima de esto, es muy corrupto. Las empresas pagan a una lista cada vez más amplia de funcionarios y altos cargos del Partido Comunista. Ni el país más corrupto de Europa es comparable a China o a Rusia, una nación cuya podredumbre es más visible que la

china y que lo está desangrando. (

Pekín y Shanghái no reflejan la realidad de China, así como Nueva York no representa al resto

Yo no viviría allí, al menos no como un trabajador chino. Es un modelo que funciona

)

Y la corrupción es el peor enemigo del desarrollo".

Para Mokyr, un "Gobierno ineficiente paraliza la innovación tecnológica y acaba por naufragar en la

corrupción". Hay una broma muy extendida en el mundo de los economistas: "Estados Unidos es un país de ricos en manos de un Gobierno pobre y China es un país de pobres en manos de un Gobierno rico". El profesor asiente: "En una economía sana, el Estado trabaja para crear un mayor bienestar, pero en China

trabaja para llenar los bolsillos de sus funcionarios

creada por el Partido Comunista, empieza a mediados del siglo XVII con la dinastía Qing. La historia del país desde hace siglos no es muy alentadora, no han forjado la tradición de servicio público que existe en

Alemania, Holanda o Europa en general".

La corrupción en el gigante asiático no es nueva ni fue

"Una de las grandes aportaciones de la Ilustración, si no la mayor de ellas, es establecer que el principal propósito del rey es el de enriquecer a otros y no a sí mismo. Esta es la tendencia que impera en la Europa del siglo XIX y hoy es el principal capital de Occidente frente al desafío de China o India", enfatiza Mokyr. El profesor es muy consecuente con su tesis de que la Revolución Industrial no hubiese sido posible sin la innovación de las ideas y las instituciones, además de la tecnológica. Y que fue el legado intelectual de la Ilustración el que impulsa el cambio que transforma primero Reino Unido y luego el mundo. "Mire México

pocos países ejemplifican mejor el daño que causa la debilidad institucional en el desarrollo

empresas están abandonando Monterrey, el corazón industrial y tecnológico del país", se lamenta.

La gente, las

Mokyr pone la educación al mismo nivel que la eficacia de la Administración pública para lograr el progreso. "Una nación sin educación jamás será próspera", dice tajante. "Estados Unidos tiene muchas de las mejores universidades del mundo y la relación entre el Gobierno, el mundo académico y la empresa es uno de los pilares del crecimiento del país. Pero por debajo del nivel de Harvard, el MIT, Yale, Princeton o Stanford, el sistema está en franca decadencia por la falta de financiación. La Universidad de California, en otros tiempos un referente académico, se derrumba. Esta dejadez es un grave error y una estupidez en nombre de la austeridad fiscal. Es mejor legar a nuestros hijos y nietos un Estado educado que un Estado sin deudas", explica. Y añade: "La filantropía de gente muy rica como Warren Buffet o Bill Gates está supliendo la falta de inversión del Estado en educación. Pero esto pasa casi exclusivamente en Estados Unidos y no hay tantos

casos como sería deseable

candidata republicana a la gobernación de California] utilizan su dinero para intentar ganar elecciones".

Otras personas muy ricas como Meg Whitman[ex presidenta de E-bay y

Poverty is a constant threat

Extremism and terror are borne of glaring disparity Meraj Abedin, April 11, 2002

"Poverty is the worst form of violence."Mahatma Gandhi

No, he wasn't talking about terrorism. He was talking about poverty. Such are the clear words of one the greatest men of our times. As the G-8 summit in Kananaskis steadily approaches, we need to step back from

the vagaries and incoherent details of the globalization debate and take a look at what it's all about.

A recent study by the World Bank (http://econ.worldbank.org/files/978_wps2244.pdf) revealed how hard

the spread of global capitalism, or globalization, has been on the world's poor. The results show that the world's richest one per cent, whose average income of $240,000, is far more than the world's poorest 60 per cent, nearly 2.7 billion people. The study found the gap between the rich in poor is more like a canyon. About 84 per cent of the world population receives only 16 per cent of the world's income. I'm no economist but the study is essentially stating the obvious: the few rich got richer and poverty-stricken masses got poorer.

If you want a truly complete picture of the world we live in, the level of economic injustice must be

understood. While we sit here leading our comfy first world existence, everything else slowly disintegrates. Knowledge of how rancid and vicious poverty is in the third world is essential to making sense of what we see on the news. News like the thousands of Chinese immigrants risking their lives travelling in hellish

conditions just to reach Canada's shores. Perhaps the latest is hundreds of Iraqi and Afghan refugees willing

to commit suicide at sea rather than turn their ships back and return home. Maybe the masses of Mexican

immigrants trekking through deserts, over barbed wire fences, risking being fired on by border patrols just to make it to America is the latest example. Does any of it make sense? We live in a world where millions are so desperate they sacrifice their honour, dignity and lives just to get a job at McDonald's or Holiday Inn. And what about terrorism and violence? Why are so many young people so willing to devote themselves to terrorism or become militants? Why does so much violence plague Africa, South America, the Middle East and Asia? Gandhi was right in calling poverty the worst form of violence.

Imagine you had no future. Imagine possible death at every corner, from AIDS, bullets or starvation. Imagine you were oppressed and humiliated every single day. Imagine getting a loaf of bread was an epic struggle. Imagine the prospects of an education or life beyond 40 as nothing but a fantasy. Under such conditions, think of what your life goals would be, even what your plans for the day would be. Personally, I'd gladly pick up an AK-47 and join a local militant group. If my life was that meaningless, I might as well go out with a bang. It might sound sick when looking at it from our cushioned lives but not from that of a desperate young third world. Poverty threatens us all. We must acknowledge that peace can never be achieved in this world without some redistribution of wealth. Poverty threatens world stability and the very fabric of global society. Instead of waging a fantasy-driven war on terror we need an international war on poverty. Let us take the words of Michael Moore, head of the World Bank seriously: "Poverty is a time bomb lodged against the heart of liberty."

Pobreza en la comunidad internacional por Alfonso Dubois

Fuente:

http://www.dicc.hegoa.ehu.es/authors/entradas_by_author/2

Situación de una persona cuyo grado de privación se halla por debajo del nivel que una determinada sociedad considera mínimo para mantener la dignidad.

La categoría de pobreza no es una creación moderna, aunque sí lo sean algunos de sus contenidos; por el contrario, tiene una larga tradición en la mayoría de las culturas, en cada una de las cuales se manifiesta diversamente y su significado ha ido evolucionando con el tiempo. De esta continua y variada presencia, no resulta fácil deducir un concepto único de pobreza que tenga validez universal. El concepto de pobreza se ha definido y se define de acuerdo a las convenciones de cada sociedad. La percepción que se tiene de qué es la pobreza depende del contexto social y económico y de las

características y objetivos en torno a los que se organiza la sociedad. Pero, dentro de esa variedad de contenidos, cabe extraer un núcleo común a todos ellos: la pobreza siempre hace referencia a determinadas privaciones o carencias que se considera que, cuando las padecen las personas, ponen en peligro la dignidad de éstas. En este sentido, una manera de definir la pobreza es decir que marca los límites que cada sociedad o colectivo humano considera inadmisibles o insoportables para una persona.

1) Evolución histórica del concepto

Las distintas formulaciones de la pobreza y los términos con que se la ha designado reflejan, simultáneamente, la complejidad del concepto y la carga histórica que contiene. La comprensión de esta relación entre el concepto de pobreza y los valores dominantes en cada momento en la sociedad es fundamental para su análisis. Este aspecto ha sido puesto de relieve por muchos sociólogos y economistas, como Titmuss, Townsend, Abel-Smith, Atkinson y otros (Woolf, 1989).

Hasta muy recientemente la humanidad consideraba la pobreza como un fenómeno que no tenía solución porque se carecía de los conocimientos y la tecnología necesarios para superarla. La pobreza era una condición impuesta a las personas, y el hecho de que las personas cayeran en esa condición o se libraran de ella venía determinado en la mayoría de los casos por el azar. A mediados del siglo XVIII comienza a formarse la percepción de que la pobreza puede vencerse. Los avances técnicos hicieron vislumbrar el progreso económico, es decir, la posibilidad de incrementar la cantidad de bienes y servicios a disposición de los seres humanos para satisfacer sus necesidades. Los economistas clásicos entienden la pobreza como una categoría central del análisis económico, y Adam Smith afirma que ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables.

Pero hasta finales del siglo XIX, con los estudios de Booth y Rowntree en el Reino Unido, no se aborda la pobreza como objeto de estudio científico. Su definición de un umbral de pobreza en base a establecer la renta mínima necesaria para la supervivencia de las personas ha marcado el posterior desarrollo de los estudios de pobreza.

El estudio de la pobreza se ha impulsado en las últimas décadas del siglo XX ante el “redescubrimiento” de los fenómenos de pobreza. La percepción de la pobreza ha tenido una evolución diferenciada cuando se ha tratado de analizarla para los países desarrollados que cuando se ha planteado la cuestión de cara a los países en desarrollo. Aunque en ambos casos puede hablarse de una característica común, que es el resurgimiento, o el “redescubrimiento”, de los fenómenos de pobreza en los años 70 como el factor que ha impulsado su estudio en las últimas décadas. Este carácter reactivo ha sido una constante en el desarrollo de la investigación sobre la pobreza, que durante largos períodos permanecía prácticamente inactiva volviendo con fuerza cuando la realidad sorprendía con una dimensión del problema de la que no se era consciente.

Después de la II Guerra Mundial, la pobreza se llegó a considerar como una cuestión, si no resuelta, al menos no problemática. En los países desarrollados, la extensión y profundización del Estado del Bienestar hizo pensar en la práctica desaparición de la pobreza como fenómeno social de magnitud relevante, o, por lo menos, como una cuestión superada y cuya resolución final vendría con el transcurso del tiempo. Entre las décadas de los 50 y los 70, el fenómeno de la pobreza casi desapareció de la agenda de los científicos sociales, salvo algunas excepciones, entre las que destacan Townsend y Sen. Durante este período, la pobreza se convirtió en un objeto de técnicas de gestión social, hasta que con la aparición del paro masivo y de larga duración y de los fenómenos de exclusión social empieza a ser percibida como un proceso preocupante para el buen funcionamiento económico y social.

La realidad de los países en desarrollo presentaba un panorama distinto. No se desconocía la existencia de graves carencias, pero la explicación que se daba variaba entre consideraciones de orden histórico, por un lado, y climático-naturales, étnicas y culturales, por el otro. El enfoque con que se intentó afrontar la pobreza fue a través de la promoción del desarrollo. La ideología dominante confiaba en las posibilidades que ofrecía la economía capitalista para seguir creciendo y en las interrelaciones positivas entre el crecimiento de las economías de los países industrializados y el desarrollo de los países menos favorecidos. La pobreza era una realidad, pero no merecía una atención específica: el desarrollo estaba por llegar.

Sin embargo, la pobreza sorprendió en todos los sentidos. Primeramente, en los propios países desarrollados. En 1962, la obra de M. Harrington, The Other America, mostró el panorama de un país con unos 40 ó 50 millones de personas inmersas en nuevas y viejas formas de pobreza. En 1964, el presidente Johnson anunciaba la guerra contra la pobreza. En el Reino Unido, Brian Abel-Smith y

Peter Townsend publican en 1965 su libro

manifiesto, analizando los datos oficiales, que en 1960 el 14% de la población vivía en situación de

donde ponían de

The Poor and the Poorest,

pobreza. Los datos hacían ver que no era cierto que se diera una relación automática entre crecimiento y eliminación de la pobreza.

Si esto ocurría en las economías avanzadas, no es de extrañar que las estrategias de desarrollo impulsadas a lo largo de las décadas de los 60 y 70 tuvieran como resultado el agravamiento de las desigualdades y mostraran su incapacidad para mejorar el nivel de vida de las mayorías. El objetivo de conseguir el crecimiento ocultó la pobreza que se iba generando. A partir de los 70, en gran parte debido al enfoque de las necesidades básicas, impulsado por la oit, la consideración de la pobreza en los países en desarrollo comenzó a ser objeto de numerosos trabajos. Más adelante, las consecuencias sociales de los programas de ajuste estructural implantados de forma generalizada en los países en desarrollo, sobre todo de América Latina, a partir de la mitad de los 80, planteó de nuevo la necesidad de impulsar los estudios sobre la pobreza (Wilson, 1996:21).

En la década de los 90, las expectativas optimistas anunciadas por los organismos internacionales sobre la progresiva superación de la pobreza a escala internacional no se han cumplido. A pesar de que el objetivo de la erradicación de la pobreza ha estado presente en los foros internacionales y se ha establecido como la prioridad en la estrategia de cooperación al desarrollo, los resultados no ofrecen un escenario favorable para que los mismos mejoren si se siguen los actuales enfoques.

2) Las connotaciones políticas de la pobreza

El debate sobre la naturaleza de los procesos de pobreza es especialmente pertinente hoy en día, ya que la percepción más extendida que se tiene del fenómeno es que no responde a circunstancias de índole coyuntural. Por el contrario, la evidencia es que, a pesar del buen comportamiento de los indicadores económicos y del progreso tecnológico, los procesos de pobreza muestran una fuerte resistencia a contraerse, o lo hacen con una lentitud imperceptible o exagerada para pensar en una desaparición real a largo plazo, cuando no muestran una renovada vitalidad y surgen con nuevas manifestaciones.

El que haya una opinión compartida sobre la actualidad del fenómeno de la pobreza y su carácter no coyuntural no quiere decir que se traduzca en un diagnóstico igualmente compartido sobre sus causas. En pocos temas como en el de la pobreza la reflexión científica ha venido marcada por connotaciones políticas. La pobreza en sí misma es un problema con una importante dimensión política, ya que los intereses de los diferentes grupos tienen una fuerte influencia en los modelos de distribución y en la existencia de la pobreza (Wilson, 1996:24). Ahondar en las raíces de la pobreza supone plantear cuestiones difíciles y conflictivas, lo que explica las reticencias y los rechazos que acompañan el proceso del conocimiento de la pobreza.

Por eso no es de extrañar que en el análisis de las causas de la pobreza las posiciones de partida hayan marcado decisivamente el concepto y el diagnóstico. En un extremo se encuentran aquellas conceptualizaciones que parten de considerar a la pobreza como un fenómeno profundamente enraizado en la propia condición humana y en el funcionamiento de las sociedades. Desde esta perspectiva, la pobreza se percibe como una situación natural o, en una comprensión menos fatalista, como una enfermedad heredada a la que todavía no se ha encontrado el remedio adecuado.

A pesar del cambio experimentado en la percepción de la perdurabilidad de la pobreza desde

mediados del siglo XVIII y del espectacular desarrollo económico de la segunda mitad de nuestro siglo, la visión de una cierta inevitabilidad del fenómeno no ha desaparecido totalmente hoy, o por lo menos se considera que las dificultades siguen siendo insuperables a medio plazo (Roll, 1992:8).

En el otro extremo se halla la posición de que la pobreza no deja de ser un fenómeno marcado por

las circunstancias propias de nuestro tiempo, no tanto por entender que sea una novedad que antes

no existiera, sino porque su actual extensión y persistencia, dadas las posibilidades que ofrece hoy nuestro planeta, sólo encuentran explicación en las reglas de funcionamiento del modelo económico que no se plantean la erradicación como objetivo o, lo que es igual, permiten y consienten su existencia.

Por debajo de ambos planteamientos lo que realmente subyace es la cuestión central de cuál es la naturaleza de la pobreza, del papel que desempeña en la reproducción de las sociedades. La pobreza no es sin más una característica de la condición humana, ni su resurgir puede analizarse como un accidente histórico que se repite periódicamente.

3) Las diferentes comprensiones de la pobreza: los paradigmas

Toda propuesta que se haga sobre la pobreza debe contener tres elementos si pretende erigirse en una referencia de acción política: a) un concepto de pobreza a partir del cual se pueda proceder a conocer su magnitud e investigar sus procesos de generación, expansión, reducción o enquistamiento; b) una metodología de medición que permita delimitar y contabilizar la extensión de la realidad de la pobreza, la evolución a lo largo del tiempo y la comparabilidad entre los países; c) los elementos clave para el diseño de estrategias políticas que tengan como finalidad la eliminación

de la pobreza.

No cabe pensar en una política social que no tenga una mínima definición de quiénes son pobres o que no especifique en qué realidad social va a intervenir; ni puede plantearse una medición sin establecer con claridad qué se quiere medir; como tampoco tiene sentido proceder a la conceptualización de un fenómeno social si no hay ningún interés en conocer su dimensión y actuar sobre él. Una forma de caracterizar los diferentes enfoques de acercamiento al concepto de pobreza es, precisamente, según el énfasis que ponen en los anteriores elementos: conceptualización, medición o políticas.

La tensión entre concepto y medición se ha resuelto, históricamente, en el caso del análisis de la pobreza enfatizando la precisión y exactitud de la medición por encima de encontrar conceptos más afinados que recojan la realidad social que se encuentra tras ella. En otras palabras, la preocupación por la medición ha condicionado los esfuerzos por conceptualizar la pobreza, hasta el punto que se ha considerado que se profundizaba más y mejor en el conocimiento de la misma cuanto más precisamente se la pudiera cuantificar. En consecuencia, la preocupación por la metodología y las técnicas de medición ha marcado la mayoría de los trabajos.

Esta hegemonía de la medición no es casual, sino que encuentra su raíz en el escaso debate que ha suscitado el concepto de pobreza hasta muy recientemente. El predominio del enfoque utilitarista en

la concepción del bienestar redujo los elementos definitorios de la pobreza fundamentalmente a la

renta o al ingreso, estableciendo, al mismo tiempo, niveles muy nítidos y poco exigentes éticamente en la determinación de sus límites. Dado que el interés prioritario era la medición, esta forma de entender la pobreza aseguraba su cuantificación sin mayores problemas. A pesar de la gran cantidad de trabajos de medición realizados en los últimos 50 años, no se planteaba la reconsideración de los presupuestos conceptuales que conformaban la definición de pobreza.

La concepción dominante en el siglo XX se ha basado en un concepto absoluto de pobreza, definido a partir de lo que se denomina el umbral de pobreza. Ese umbral se determina en función del ingreso o renta necesario para poder sobrevivir una persona, y una vez fijado se convierte en la referencia para determinar quiénes son pobres. Realizada la identificación de los pobres, se procede a su medición. Las dos grandes preguntas que resumen el planteamiento de este enfoque se pueden formular así: la primera, quiénes son pobres (es decir, la definición del umbral); la segunda, cuántos pobres hay (o sea, la metodología de la medición).

Pero, aun cuando ése haya sido el enfoque dominante, no ha sido el único. Las distintas concepciones de pobreza pueden agruparse en dos grandes enfoques. Uno, que analiza la pobreza desde sus síntomas; otro, que se preocupa de conocer las causas de esas manifestaciones. A partir de este arranque, ambos enfoques presentan otras diferencias en la forma de abordar la pobreza, ofreciendo dos propuestas metodológicas. Si se parte de los síntomas, la medición y las políticas sociales focalizadas hacia los pobres serán sus preocupaciones. Si se parte de las causas, el análisis se centrará en conocer los procesos donde se originan esas situaciones de carencia.

La hegemonía de la primera concepción de pobreza ha sido evidente en las últimas décadas y se corresponde con la seguida por los organismos internacionales. Curiosamente, la preocupación por el debate sobre su concepto sólo se ha producido cuando se refería a las sociedades desarrolladas. La pobreza de los países en desarrollo no fue objeto de un debate paralelo, como si las grandes miserias fueran evidentes en sí mismas y no necesitaran de mayores refinamientos. El estudio de la pobreza en los países en desarrollo se ha producido desde la distancia y desde la preocupación por determinar su extensión.

Esta visión estrecha de la pobreza se resume en las siguientes características. Primera, la pervivencia de un concepto de pobreza que entiende ésta desde un referente absoluto: la mera supervivencia biológica. A pesar de los profundos cambios experimentados desde principios de siglo, la referencia de los mínimos de supervivencia apenas se ha modificado. Los mínimos que fijaron Rowntree y Booth a fines del siglo XIX no presentan diferencias sustanciales del umbral de pobreza todavía vigente del banco mundial, que establece el ingreso de un dólar-día por persona como referente de la pobreza. Segunda, no es una casualidad esa continuidad, si se tiene en cuenta que la gran preocupación del tratamiento de la pobreza fue su medición. Medir es distanciarse y requiere una referencia clara y precisa: las condiciones básicas para sobrevivir. Esto pone de manifiesto la falta de una preocupación normativa que plantee mayores exigencias a la hora de definir cuáles son las situaciones de pobreza que pueden y deben ser superadas. Tercera, la determinación de cuáles son los requisitos para la supervivencia no requiere ninguna definición previa de bienestar. Al contrario, su referencia es meramente negativa y responde a la pregunta: ¿cuáles son las condiciones imprescindibles para que las personas no mueran? Así, la responsabilidad del modelo la exigencia normativano va más allá de garantizar la supervivencia de las personas. Los aspectos positivos del desarrollo, es decir, del bienestar, no se tienen en cuenta.

4) El Banco Mundial y la pobreza

Desde hace algunos años, se aprecia una progresiva asunción por parte del Banco Mundial (BM) del objetivo de la lucha contra la pobreza como seña de identidad de su actividad. Como consecuencia de las críticas recibidas por los fuertes impactos sociales producidos por los programas de ajuste,

sobre todo tras la aparición del Informe de la unicef

del tema de la pobreza dentro de sus actividades. Al final de la década de los 80, esa preocupación se concretó en lo que se llamó la “dimensión social del ajuste”, que tenía como objetivo una serie de políticas sociales para paliar los efectos negativos del ajuste. No constituía propiamente una iniciativa coherente, con objetivos bien definidos y con una estrategia coherente de políticas, sino un mero listado de proyectos de contenido social.

en 1987, el Banco inició un proceso de integración

sobre el desarrollo mundial 1990, dedicado a la pobreza en el mundo, el BM

propuso su estrategia de lucha contra la pobreza basada en tres puntos: aumentar las oportunidades de los activos de los pobres, especialmente el empleo; aumentar el acceso a los servicios sociales, y crear redes de seguridad social focalizadas en los sectores más vulnerables. La preocupación del BM por la pobreza se ha caracterizado por abordarla desde las medidas políticas, eludiendo revisar el concepto.

Más adelante, en su

Informe

El enfoque pragmático de la pobreza adoptado por el BM, con su evolución en las propuestas de políticas, ha sido seguido por las demás organizaciones internacionales, y lo que hoy puede considerarse el “nuevo consenso de la pobreza”, vigente en los organismos internacionales a fines de los 90, responde a las propuestas del Banco (Lipton, 1997).

El “nuevo consenso” se concreta en seis puntos y no supone ninguna modificación sustancial del enfoque tradicional: a) una definición de pobreza absoluta basada en el consumo privado que se encuentra por debajo de una determinada línea de pobreza y que se concreta en el dólar por día y persona como frontera; b) la medición de la pobreza a través de tres indicadores: incidencia (porcentaje de personas por debajo de la línea de pobreza), intensidad (distancia entre el ingreso de los pobres y la línea de pobreza) y severidad (compuesto por los dos anteriores); c) favorecer las políticas que supongan el crecimiento de procesos de producción que requieran trabajo intensivo; d) que las medidas que se adopten no empeoren la distribución del ingreso; e) la necesidad de la intervención del Estado para garantizar la mejora del capital humano, especialmente en materia de salud y educación; f) la creación de redes de seguridad que mitiguen la situación de las personas más vulnerables.

Hay indicios de que ese consenso está siendo revisado. El Informe sobre el desarrollo mundial,

como tema la pobreza y el desarrollo, siguiendo la línea de dedicar cada diez

años, como lo hiciera en 1980 y 1990, el informe anual a cuestiones relacionadas con la pobreza. En el proyecto del Informe se adivinan algunos cambios en cuanto al concepto y a la medición de la pobreza, al reconocer el carácter multidimensional de la pobreza, superando así su visión tradicional, que la constreñía a meras referencias de consumo e ingreso. Plantea una reconsideración de la pobreza, en la que incluye como elementos constitutivos: la educación, la salud, el riesgo y la vulnerabilidad, y el acceso a la toma de decisiones en el plano local y nacional.

2000-2001

tendrá

5) El enfoque alternativo del bienestar

El punto de inflexión de un enfoque a otro se produce cuando la preocupación del objeto central del conocimiento pasa de la situación de pobreza a explicar sus causas. El nuevo enfoque se produce al plantearse la necesidad de adecuar el concepto de pobreza a las nuevas circunstancias y de buscar una definición que contemple los valores que se reconocen a la persona. Parte de la preocupación por encontrar la norma de pobreza ajustada a nuestro tiempo: las nuevas realidades exigen nuevas conceptualizaciones. En ese contexto, la pobreza se manifiesta a través de procesos en continuo cambio, cuya comprensión y análisis requieren categorías e instrumentos nuevos. Tales elementos son la pluridimensionalidad, el concepto relativo de pobreza, los instrumentos analíticos novedosos, el contenido normativo, la adecuación a la realidad cambiante y el análisis de las causas, que se combinan para conformar el nuevo enfoque que se ha desarrollado especialmente en esta década a partir de la propuesta del desarrollo humano realizada desde el PNUD.

El paso de un concepto de pobreza absoluta a otro de pobreza relativa supone algo más que una simple modificación de los criterios para establecer el umbral de pobreza. Al reconocer que la pobreza no tiene una referencia fija, sino que ésta puede cambiar por eso precisamente se dice que es relativa, se hace imprescindible introducir la consideración normativa. Si ya no se tiene como referencia a los mínimos de supervivencia, que se pretendía podían fijarse de manera objetiva, es necesario establecer nuevos criterios para determinar el umbral de pobreza. Ello lleva a preguntarse por el bienestar; a determinar cuándo las personas no disfrutan de bienestar y, en consecuencia, son pobres.

En la formulación del nuevo concepto de bienestar la aportación de Amartya Sen ha tenido una gran influencia. Su propuesta supone una crítica profunda a la economía del bienestar convencional vigente y pone de relieve las reducidas bases en torno a las que se ha construido la idea de bienestar y de calidad de vida. La apertura del concepto de bienestar hacia nuevas dimensiones más allá de la mera acumulación u opulencia supone una visión alternativa del bienestar que se traduce en conceptos igualmente alternativos de desarrollo y pobreza. En resumen, Sen afirma que el espacio crucial para evaluar la calidad de vida se encuentra en las capacidades de las personas, ya que las capacidades captan el alcance de sus libertades positivas, por lo que el bienestar lo constituye la expansión de las capacidades de las personas para poder optar ante diferentes opciones.

El objetivo prioritario es asegurar que las personas pueden vivir como tales. ¿Hasta dónde se puede llegar en esa pretensión? Ésa es otra cuestión. Determinar cuándo una persona empieza a ser persona no implica vislumbrar el resultado último, ni siquiera la gama de posibles estados deseables que ella puede tener. De hecho habrá muchos posibles grupos o paquetes de objetivos diversos a conseguir. La pobreza se define al precisar cuándo la persona dispone o no de las capacidades que le posibilitan para emprender el camino que le lleve a elegir la combinación deseable y a esforzarse por conseguir los recursos necesarios para que se haga realidad.

Formulado así, definir dónde empieza y dónde acaba la pobreza implica establecer qué capacidades

básicas y qué

son los realmente necesarios y valiosos para que la persona se

realice. La gran cuestión es cómo definir ese nuevo umbral de pobreza. A. D.

funcionamientos

Bibliografía

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