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UNIVERSIDAD DE NAVARRA

FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS
DEPARTAMENTO DE HISTORIA, HISTORIA DEL ARTE Y
GEOGRAFÍA
LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA
MODERNA (SIGLOS XVI-XVII)
Tesis doctoral presentada por Mikel Berraondo Piudo para optar
al grado de Doctor y a la mención honorífica de Doctor Europeo
bajo la dirección del
Dr. D. Jesús Mª Usunáriz Garayoa






PAMPLONA, 2012

ÍNDICE GENERAL
Introducción 5
1. Objetivos 6
2. Fuentes 7
3. Metodología 9
4. Estado de la cuestión 12
4.1. Primeros acercamientos 13
4.2. Primeros estudios en torno a la criminalidad 13
4.3. Cuantitativismo 14
4.4. Procesos represivos 16
4.5. La violencia como indicador para estudiar la evolución de
una sociedad 19
4.6. La ‘nueva’ Historia Cultural 22
4.7. Disciplinamiento Social y Confesionalización. 25
4.8. España 28
5. Hipótesis de trabajo 34
Capítulo I. El tiempo y el espacio 39
1. Datos demográficos de la Navarra de los siglos XVI y XVII 41
2. La evolución cuantitativa de los casos de muerte 44
3. La geografía del homicidio 59
4. Pamplona: capital del crimen en la Navarra moderna 72
Capítulo II. Asesinos y víctimas 79
1. Datos particulares de los asesinos 79
2. Las víctimas 88
3. La criminalidad femenina 90
3.1. Inductoras y asesinas 92
3.2. Infanticidio 97
4. Las armas 113
5. Los lugares y el tiempo 142
Capítulo III. Causas y circunstancias 157
1. Agresión al honor 158
1.1. La injuria 162
1.2. El desafío 173
2. Violencia doméstica 176
3. Deudas y juego 187
LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA 3
4. La locura y la epilepsia 196
5. El vino 203
6. Resistencia a la autoridad 204
7. El azar 209
Capítulo IV. La teología moral y la violencia 213
1. V mandamiento: no matarás 215
1.1. San Antonino de Florencia 216
1.2. Martín de Azpilcueta 217
1.3. Fray Juan de Pedraza 219
1.4. Fray Antonio de Córdoba 220
1.5. Fray Manuel Rodríguez Lusitano 225
1.6. Bartolomé de Medina 229
1.7. Martín Carrillo 230
1.8. Benito Remigio de Noydens 231
1.9. Jaime de Corella 232
2. El pecado capital de la ira 232
3. La casuística 234
4.1. La justicia, los reos de muerte y la teología moral 234
4.2. Violencia doméstica 236
4.3. Matar a alguien pudiendo salvarlo 237
4.4. Desear la muerte de alguien 238
4.5. El suicidio 240
4.6. Dar de comer o beber algo perjudicial 242
4.7. Acudir a una guerra justa 243
4.8. Ayudar a un homicida 243
4.9. Obligaciones de los homicidas 243
4.10. El desafío 247
4. Justicia eclesiástica 249
Capítulo V. La actitud de la comunidad. 257
1. El perdón 258
2. Actitud de los testigos durante el proceso 270
Capítulo VI: El proceso judicial: la investigación 275
1. Primera información: Alguaciles 276
2. Escribanos 281
4. Cirujanos, comadronas y boticarios 292
5. Testigos 318
6. El Fiscal 333
7. Abogados 338
8. Inmunidad eclesiástica 344
9. Cárceles 353
10. Tormento 358
Capítulo VII. El proceso judicial: las sentencias 375
1. La legislación 376
2. La pena de muerte 383
4 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

3. Condena a galeras 395
4. Destierros 399
5. Penas relativas a los envenenamientos 404
6. Penas relativas a los infanticidios 405
7. La gracia y el perdón del Virrey 406
CONCLUSIONES 413
CONCLUSIONI 423
Fuentes y bibliografía 433
1. Fuentes 433
Archivo General de Navarra 433
Archivo Diocesano de Pamplona 434
Fuentes impresas 434
2. Bibliografía 436


INTRODUCCIÓN
El año de 1622, el fiscal del Reino de Navarra, don Diego Daza,
decía que «de poco tiempo a esta parte como es público y notorio se
han cometido en esta ciudad y reino muchos homicidios y ansí
conviene se castiguen con más rigor». Al parecer, el día de San
Salvador de aquel año (6 de mayo), entre las 7 y 8 horas de la noche,
Juan Fernández de Mendívil invitó a varios amigos a beber en la
taberna que se encontraba en la plazuela del Palacio de Pamplona. Al
llegar, Martín de Iraizoz y otros mozos los increparon diciendo «si no
tenían vergüenza que un borde hijo de puta los convidase». Mendívil
trató de evitar la provocación, diciendo «¡vaya con Dios, burullero!».
Justo en dicho instante sonaron las campanas de la iglesia de San
Fermín de Aldapa. Todos los presentes se arrodillaron y rezaron, tras
lo cual Mendívil y compañía entraron en la taberna. Rato después, al
salir, fueron seguidos por Iraizoz y sus compañeros y frente a la casa
de don Juan de Ezcurra se produjo un enfrentamiento a espada tras el
que Mendívil resultó muerto por una puñalada asestada por Iraizoz
1
.
Igualmente, ante la misteriosa muerte en Tudela de Beatriz de
Arbeloa en 1683, un testigo decía que «no se podía vivir en aquella
ciudad porque habían sucedido algunas cosas atroces, y en especial la
muerte de la dicha Beatriz». Además, otros testigos decían que «era
cierto no se hacía justicia», pues al parecer nadie quería apresar a don
Joaquín de Magallón y don Francisco Murgutio, personalidades
importantes dentro de aquella villa y sospechosos principales de la
muerte
2
.
¿Estaban en lo cierto estas personas? ¿Era la violencia en la
sociedad navarra moderna tan insoportable como afirmaba el fiscal?
¿Actuaba la justicia con rigor y ajena a posibles intentos de
corrupción? La historiografía más actual ha centrado su objetivo en la

1
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 101570.
2
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 288830.
6 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

historia de la criminalidad, de manera que, con la distancia que nos
dan los varios siglos transcurridos desde entonces, podemos hacer
frente a estas preguntas con rigor.
1. Objetivos
La Europa de la Edad Moderna fue un espacio especialmente
violento, tal y como ha demostrado el profesor Julius R. Ruff
3
.
Debido a este hecho, numerosos investigadores se han centrado en el
estudio de las posibles causas de esta importante violencia
interpersonal que durante los siglos medievales y modernos asoló
Europa. Historiadores interesados tanto en la cultura popular como
en la formación del Estado Moderno han trabajado y han tratado de
descubrir las claves de los cambios en las actitudes y fomas de
entender la criminalidad. Este trabajo se centra en la casuística del
reino de Navarra y, pretende contribuir igualmente al estudio de esa
violencia interpersonal que, más allá de lo puramente anecdótico, nos
proporciona las claves de la evolución cultural de las sociedades
europeas de los siglos modernos. Para ello se han planteado varios
objetivos que pasamos a enumerar.
En primer lugar, trataremos de precisar una imagen de la
violencia interpersonal en la Navarra de la Edad Moderna,
excluyendo aquella derivada de conflictos militares, a partir de los
trabajos de Michel Foucault, Norbert Elias y, sobre todo, a partir de
la tesis del «disciplinamiento social» propuesta por el alemán G.
Oestreich, y la «Confesionalización» de autores como Schilling o
Reinhard
4
.
En segundo lugar, intentaremos realizar un análisis y estudio de
las formas y representación de la violencia. Se examinarán para ello
las formas de expresión de los hechos violentos, estableciendo una
tipología y analizando su evolución a lo largo de los siglos. La
tipología se basa tanto en los testimonios recogidos en procesos
judiciales como en diversos testimonios literarios y en los manuales
de confesores.
Tras ello, pretendemos estudiar las causas de la violencia a partir
del estudio de casos particulares e intentaremos analizar las razones de
la existencia de una violencia casi endémica en los siglos modernos.

3
Ruff, 2001.
4
Foucault, 1975, Elias, 1988, Schilling, 1993, 2002, Reinhard, 1993.
INTRODUCCIÓN 7
Finalmente se hará un examen del proceso de cambio de la
violencia interpersonal a través de los siglos XVI y XVII, fruto del
papel moral ejercido por la Iglesia, así como por el desarrollo y
fortalecimiento del Estado Moderno. Siguiendo esta línea, se prestará
especial atención al estudio de los mecanismos, judiciales o policiales,
que el Estado desarrolló para poder controlar este problema y para
acabar con formas de venganza privada, alzándose por encima de
valores muy arraigados en las comunidades del Antiguo Régimen
como el honor.
De este modo, con el estudio de la violencia interpersonal se
pretende dar un paso más en el conocimiento de la sociedad española
durante la Edad Moderna, tratando de llenar uno de los vacíos más
notorios de su historiografía.
2. Fuentes
Para llevar a cabo el análisis de la violencia interpersonal en la
Navarra de los siglos XVI y XVII, hemos contado con abundante
documentación manuscrita, así como con un amplio número de
fuentes impresas.
En primer lugar debemos hablar de la abundante información que
se ha obtenido de la sección Consejo Real y especialmente la
subsección de Tribunales Reales del Archivo General de Navarra
(AGN). De este modo, se ha trabajado con 602 pleitos sobre
agresión y muerte, con 1.916 pleitos relativos a agresión y heridas,
todos ellos anteriores a 1601.
En cuanto al siglo XVII, en dicha subsección de Tribunales
Reales se ha trabajado con 585 pleitos sobre agresión y muerte,
1.786 sobre agresión y heridas.

Tabla 1. Procesos judiciales recogidos en el Archivo General de Navarra
(AGN)
Tipo Siglo XVI Siglo XVII
Agresión y muerte 602 585
Agresión y heridas 1.916 1.786

8 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Además, ha sido consultado el catálogo del Archivo Diocesano de
Pamplona, publicado por don José Luis Sales Tirapu
5
, donde se
incluyen 103 procesos judiciales, 4 de ellos pertenecientes al siglo
XVI y 99 al siglo XVII.
También han sido revisadas diversas fuentes impresas, tanto
legislativas como teológicas. En primer lugar, han sido consultadas las
Partidas de Alfonso X el Sabio, la Nueva Recopilación de leyes de
tiempos de Felipe II, así como la Novísima Recopilación de Leyes
de España de 1804. Además, también se ha consultado la Política
para corregidores, y señores de vasallos, en tiempos de paz y de
guerra de Castillo de Bovadilla, publicado en 1704, que ofrece
abundante información acerca de la justicia y el pensamiento en
torno a ella de los siglos modernos.
Centrándonos más en Navarra, han sido examinados tanto el
Fuero General como las distintas disposiciones legislativas de las
Cortes de Navarra a lo largo de los siglos del Antiguo Régimen
6
, así
como la Novísima Recopilación de leyes de Joaquín Elizondo, el
Diccionario de Fueros y Leyes de Navarra de Yanguas y Miranda, las
Ordenanzas del Consejo Real de Martín de Eúsa o la Práctica de
pesquisas, sumarias, y otras informaciones, con varias advertencias
útiles para los alcaldes, jueces de comisión, receptores y escribanos de
juzgados de el Reino de Navarra, acomodado a sus fueros y
ordenanzas, y al estilo más conforme a ellas, manuscrito de finales del
siglo XVIII conservado en la sección de Fondo Antiguo de la
Biblioteca de la Universidad de Navarra y que narra el
funcionamiento ordinario de la Corte Mayor y el Consejo Real de
Navarra en procesos criminales.
Finalmente, y con objeto de analizar el papel de la Iglesia ante el
fenómeno cultural de la violencia interpersonal, han sido examinados
los más importantes manuales de confesores de los siglos XVI y
XVII, centrándonos especialmente en los de San Antonino de
Florencia, Martín de Azpilcueta, fray Antonio de Córdoba, fray Juan
de Pedraza, fray Manuel Rodríguez Lusitano, Bartolomé de Medina,
Martín Carrillo, Enrique de Villalobos, Benito Remigio de Noydens
y Jaime de Corella. Completando el punto de las fuentes eclesiásticas,

5
Sales Tirapu, 1988-2006.
6
Vázquez de Prada, Usunáriz Garayoa, 1993.
INTRODUCCIÓN 9
fueron consultadas igualmente las Constituciones sinodales de la
diócesis de Pamplona.
Con todo, nos han sido de gran utilidad también el Tesoro de la
lengua castellana de Sebastián de Covarrubias y Horozco, en la
edición de Ignacio Arellano y Rafael Zafra, así como el Diccionario
de Autoridades de la Real Academia Española de la Lengua.
3. Metodología
La metodología empleada para la elaboración de esta tesis une el
análisis cuantitativo de los procesos judiciales de la Navarra moderna
con un examen cualitativo en profundidad de todos ellos. A esto se
une la consulta bibliográfica, empleando tanto fuentes
contemporáneas como actuales, y una estancia de tres meses en la
Università di Bologna (Bolonia, Italia).
El primer paso para el estudio de la violencia interpersonal en la
Navarra moderna se dio acudiendo al Archivo General de Navarra,
donde se consultó toda la sección de Tribunales Reales en busca de
procesos judiciales relacionados con casos de agresión. De este modo,
fueron recogidos y anotados los ya mencionados 4.889 procesos en
una base de datos. Durante el proceso de recogida de procesos, se
tuvieron en cuenta especialmente datos como el nombre del
demandante (fijándonos sobre todo en la presencia o no del fiscal en
la demanda), el nombre del demandado, la fecha de inicio y de final
de los procesos, el lugar en los que se desarrollaban los actos
violentos (cosa que no resultó fácil, ya que no suele constar en la
base de datos del propio Archivo General de Navarra, teniéndose
que deducir en muchas ocasiones mediante el lugar de procedencia
de los acusados o las víctimas), el resumen del proceso que consta en
las fichas de cada uno, la signatura, el número de folios, y la sección
en la que se encontraba dicho proceso. Posteriormente, se examinó
el ya mencionado catálogo del Archivo Diocesano de Pamplona,
recogiéndose 103 procesos sobre agresiones, y apuntándose los
mismos datos que en los procesos del Archivo General de Navarra.
Después de todo lo mencionado se procedió a un análisis
estadístico de dichos procesos, llegando a las conclusiones que más
adelante analizaremos. De este modo, pudo establecerse una
evolución de los procesos de violencia interpersonal, tanto de heridas
como de muertes, a lo largo de los siglos XVI y XVII. También se
10 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

calculó, población por población, el número de procesos judiciales
por agresión que cada una tuvo en la Edad Moderna, pudiéndose
realizar sendos mapas de la distribución de los casos de violencia en la
Navarra moderna. Además, se establecieron proporciones sobre la
cantidad de procesos en cada una de las merindades, se extrajeron
datos interesantes sobre los oficios de los acusados o demandantes,
armas empleadas, porcentajes de acusaciones en las que el fiscal lleva
la demanda, etc.
Una vez hechos todos los gráficos y tablas, y debido a su
importancia que para el estudio del crimen, se procedió a un análisis
de la población en la Navarra moderna. Para ello fue empleado un
artículo de Alfredo Floristán, del que se pudieron extraer datos
aproximados acerca de la población navarra en 1553. El número de
fuegos de cada población, que aparecía en dicho artículo, fue
multiplicado por 4,5 para obtener así una imagen bastante
aproximada de la población de cada municipio navarro en el Antiguo
Régimen y poder compararlo con los índices de violencia obtenidos
mediante los procesos judiciales. De esta manera fue posible también
realizar un mapa con la distribución poblacional de Navarra en 1553,
cosa que resultó de gran utilidad a la hora de explicar los distintos
hechos que se presentan en el análisis procesal.
Una vez realizados todos los gráficos, porcentajes etc., se procedió
a examinar la legislación sobre violencia emanada por las
administraciones de justicia castellana y navarra. Fueron así
recopiladas todas las leyes que sobre homicidios, heridas, desafíos o
inmunidad eclesiástica fueron emanadas por los reyes medievales y
modernos o las Cortes de Navarra, gracias a lo cual pudimos tener
una visión global de la incidencia de la violencia interpersonal en las
sociedades navarra y castellana de estos siglos.
Tras esta primera fase, la investigación pasó a un estadio
cualitativo, en el que fueron examinados mucho más profundamente
diversos procesos. Debido a la ingente cantidad de litigios con los
que se contaba, así como a la importancia que en los datos
estadísticos había mostrado la capital navarra en cuanto a criminalidad
se refiere, la investigación se centró únicamente, en este primer
momento, en los referentes a homicidios en la Pamplona del siglo
XVI, si bien la inexactitud de algunas fichas dificultó esta tarea e hizo
que fueran consultados también procesos de algunos otros lugares.
De este modo, fueron leídos y transcritos diversos procesos judiciales,
INTRODUCCIÓN 11
obteniendo de ellos riquísima información para la redacción del
trabajo de investigación para la obtención del Diploma de Estudios
Avanzados el año 2008. Más de 30 procesos fueron analizados,
obteniendo así una visión de la violencia en la Edad Moderna ‘desde
abajo’, desde el punto de vista de la propia población. Asimismo,
estos procesos aportaron abundante información sobre el sistema
judicial en la Navarra de la Edad Moderna, documentándonos acerca
de la actitud que estos tribunales tuvieron ante los casos de violencia.
Con todo, fueron leídos los trabajos más importantes realizados
en Europa acerca de la violencia interpersonal, y fueron igualmente
consultados prácticamente todos los trabajos que sobre violencia se
habían publicado en España en los últimos años. De este modo, se
obtuvo una visión global de lo que ocurría en otras partes del viejo
continente, pudiéndolo comparar con el caso de Navarra y poder así
realizar un trabajo de historia comparada que ilustrara las distintas
tendencias que sobre investigación del crimen ha habido y su
aplicación práctica al caso de la Navarra de los siglos XVI y XVII.
Una vez había sido defendido el trabajo de investigación, la
investigación continuó centrándose en el caso de Pamplona, si bien
consultando los procesos del siglo XVII. Con todos los procesos fue
posible la elaboración de un artículo sobre la violencia en la
Pamplona de los siglos XVI y XVII que fue publicado en el número
28 de la revista Manuscrits, Revista d’història moderna de la
Universidad Autónoma de Barcelona.
La investigación tras ello amplió su campo a toda la geografía
navarra. Fueron consultados procesos sobre agresión y muerte en
todas las merindades, recogiendo abundantes casos en cada una de
ellas. Con todo, se decidió analizar específicamente diversas
tipologías de muerte como son el infanticidio y el envenenamiento,
casos escasamente tratados por la historiografía pero que se nos
muestran de extremadamente graves a los ojos de la sociedad
moderna. Gracias a ello, fue posible la elaboración de una ponencia
en torno al infanticidio en el Simposio Internacional sobre violencia
y familia celebrado en la Universidad de Navarra a finales de 2009,
así como una comunicación en torno al envenenamiento en el VII
congreso de historia de Navarra, celebrado en 2010.
Una vez habían sido consultados más de 200 procesos judiciales
en el Archivo General de Navarra, se decidió consultar los procesos
sobre homicidio conservados en el Archivo Diocesano de Pamplona,
12 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

labor que nos permitió tener un conocimiento mayor del sistema
judicial eclesiástico, escasamente estudiado. A su vez, se consultaron
los manuales de confesores más representativos de los siglos XVI y
XVII con objeto de conocer la opinión de la Teología moral en
torno a la violencia y otros temas relacionados con este trabajo.
No podemos olvidar la estancia en la Universidad de Bolonia
(Italia) en el verano de 2010, bajo la dirección del profesor Giancarlo
Angelozzi. Dicha estancia se hizo con objeto de conocer mejor la
abundante bibliografía italiana sobre temas de violencia, criminalidad
y justicia, así como de obtener el doctorado europeo. Se trató de una
estancia muy productiva y que enriqueció enormemente el
conocimiento sobre la justicia y el perdón en la Edad Moderna.
Finalmente se procedió al proceso de redacción de esta tesis, con
toda la información en mano, y permitiéndonos afrontar el estudio
de la violencia interpersonal en la Edad Moderna conociendo los
planteamientos historiográficos más actuales y contando con un
volumen de información privilegiado gracias a los ingentes fondos
con los que contamos en la sección de Tribunales Reales del Archivo
General de Navarra. En total fueron consultados a fondo más de 250
procesos judiciales que nos permitieron obtener datos de primerísima
mano en torno a la violencia, sus causas, sus efectos y evolución a lo
largo de la historia, así como comparar lo obtenido para Navarra con
otros territorios de la Europa Occidental Cristiana, ubicando al viejo
reino dentro del contexto europeo.
4. Estado de la cuestión
Uno de los temas que a lo largo de los últimos años más interés
ha generado entre los historiadores de la sociedad moderna es el del
gran número de procesos judiciales sobre violencia que se conservan
en los distintos archivos de los tribunales modernos. A partir de los
años 70 se ha venido intuyendo la existencia de una auténtica cultura
de la violencia interpersonal que, habiendo comenzado en tiempos
medievales, habría ido apagándose lentamente a lo largo de los siglos
XVI y XVII, para llegar a los mínimos históricos en el siglo XX. A
su vez, el desarrollo de este interés trajo consigo el inicio de estudios
centrados no sólo ya en la evolución de dicha violencia, sino en
todos los aspectos con ella relacionados, como la administración de
justicia o la actitud de la sociedad ante dichos actos. El estudio de las
INTRODUCCIÓN 13
obras claves que estos asuntos han tratado permite hacerse una idea
del interés que estos temas han suscitado en toda Europa y, por el
contrario, la poca atención que desde España se ha prestado a estas
investigaciones hasta hace bien pocos años. Por todo esto, resulta
pertinente la realización de un estado de la cuestión que permita
conocer el avance que estos estudios han tenido, especialmente desde
los ámbitos anglosajón, francés e italiano durante los últimos años.
4.1. Primeros acercamientos
Tal y como aclara el trabajo de José Luis Betrán Moya
7
, tras la II
Guerra Mundial los estudios sobre la violencia en la Historia
recibieron un importante impulso de la mano de lo que se llamó
Historia Social. La obra de L. Chevalier, «Classes laborieuses, clases
dangereuses», aparecida en Francia en el año 1958
8
, alertó a los
historiadores sobre la necesidad de incorporar la temática criminal a
la historia, hasta entonces campo exclusivo de penalistas y psiquiatras.
Con anterioridad había publicado Darvall en 1934 un estudio sobre
disturbios populares en Inglaterra que, sin embargo, no tuvo el eco
de aquél.
El Mayo del 68 generó una corriente historiográfica muy
interesada por el problema de la marginación, en parte en respuesta al
optimismo de otras como «La Sociedad Opulenta», de John K.
Galbraith (1958).
4.2. Primeros estudios en torno a la criminalidad
Los primeros estudios serios fueron realizados en Francia con la
publicación de un artículo de F. Billacois en 1967, en el que ya
hablaba de una investigación que se estaba llevando a cabo en torno a
los archivos judiciales de antiguos tribunales franceses de los siglos
XVII y XVIII en diversas regiones del país
9
, y en la que hacía ya
referencia a la nueva «historia de la criminalidad». En 1971, bajo la
dirección del propio Billacois, los Cahiers des Annales publicaron un
volumen colectivo con el título «Crime et criminalité en France sous

7
Betrán Moya, 2002.
8
Chevalier, L., 1958.
9
Billacois, 1967.
14 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

l’Ancien Régime»
10
, y durante este período proliferaron estudios en
Italia, Alemania y, sobre todo, en Inglaterra, en los que se insistía en
la relación entre marginalidad, criminalidad y desviación en la Edad
Moderna
11
.
A partir de entonces surgieron nuevas investigaciones en Europa,
que llevaron a que, sobre todo en Francia e Inglaterra, se comenzase
a estudiar seriamente la criminalidad en la Edad Moderna. Varias
asociaciones han colaborado en este propósito, como la «Social
Science History» en Gran Bretaña y EE.UU., la «Maison des
Sciences de L’Homme» en Francia o la «International Association for
the History of Crime and Criminal Justice» a nivel internacional. Los
investigadores huyeron del estudio de una criminalidad
‘sensacionalista’ (brujería, bandidos) y pasaron a investigar más en
serio el fenómeno criminal en su conjunto, dando una especial
importancia a las investigaciones en torno a la violencia
12
.
De este modo, en los años setenta y ochenta surgieron varias
tendencias que analizaremos a continuación.
4.3. Cuantitativismo
La primera gran aportación a la historiografía sobre el crimen se la
debemos al cuantitativismo, muy difundido por los historiadores
franceses.
Debe destacarse la labor, dentro de la escuela de los Annales, de
los profesores Chaunu y Godechot, que se centraron en el estudio de
las regiones francesas de Aquitania y París o de ciudades como
Toulouse. El principal objetivo de estos historiadores fue el de
identificar la delincuencia de la Edad Moderna a la vez que se
sucedían diversas transformaciones socioeconómicas.
Se interpretó entonces que la cantidad de delitos de las sociedades
modernas podía estar relacionado con la realidad socioeconómica de

10
Billacois, 1971. Esta publicación fue seguida tres años después por un dossier
publicado por la Revue d’Histoire Moderne et Contemporaine en julio-septiembre
de 1974, pp. 332-514, con artículos de B. Geremek o R. Chartier entre otros.
11
Cabe destacar cómo en el ámbito anglosajón no tardó en difundirse el interés
por esta temática, siendo ejemplo de esto el monográfico que en torno a la historia
de la criminalidad publicó The Journal of Social History, 8, 1975. Poco después,
este interés llegó a Italia y su revista Quaderni Storici, 66, 1987, publicó un número
monográfico a dicho tema.
12
Knafla, 1996.
INTRODUCCIÓN 15
dicha época, pudiéndose de este modo observar el tránsito del
Antiguo Régimen a la sociedad liberal.
Muchos autores siguieron los pasos de Chaunu y Godechot,
publicando muchos artículos en los que aparecían grandes series de
delitos y estadísticas. De entre ellos podemos destacar los trabajos de
Bercé
13
, o Coúbon
14
.
Como resultado de estas investigaciones cuantitativistas surgió una
teoría denominada «De la violence au vol», esto es, de la violencia al
robo. Según estos autores, el declive de los índices de violencia desde
finales de la Edad Media hasta el siglo XVIII se unía a un aumento
en el número de crímenes contra la propiedad, descendía la violencia
en beneficio del robo. Consideraban que el foco de la criminalidad
sufrió un cambio de las personas a las propiedades. El progresivo
despegue económico, la lenta industrialización, y el desarrollo
urbanístico de este siglo serían las causas más importantes de este
cambio
15
, y, en consecuencia, se evolucionó de una criminalidad ‘de
Antiguo Régimen’ a otra contemporánea, tal y como más adelante se
explica.
Este afán por lo cuantitativo fue muy criticado ya en su propia
época, siendo acusados estos historiadores de preocuparse
únicamente del crimen documentado, aquel que había llegado hasta
nosotros, dejando de lado la posibilidad de que gran número de
dichos delitos no hubiesen llegado hasta nuestros tiempos, tanto
porque podían haberse perdido a lo largo de estos siglos o,
sencillamente, porque podían no haber sido denunciados ante las
autoridades. De esta manera, se acusó a todos estos historiadores de
dedicarse a investigar la represión que las autoridades ejercieron sobre
la criminalidad, y no de la propia criminalidad real de la Edad
Moderna.
Por otro lado no está clara, siguiendo a Xavier Rousseaux, que
haya una relación entre el declive de los casos de violencia y el
aumento de los robos. La autora Bárbara Hanawalt ha demostrado
que en la Edad Media la proporción de delitos contra la propiedad
era muy similar a la de los siglos modernos
16
, y esta es una de las

13
Bercé, 1968.
14
Coúbon, 1974.
15
Rousseaux, 1996.
16
Hanawalt, 1976.
16 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

acusaciones que J.A. Sharpe hizo a Lawrence Stone en un debate
mutuo que sobre este tema mantuvieron en 1985
17
. El declive de la
violencia, según investigaciones posteriores, no coincide con un
aumento del robo
18
. Los datos de varios lugares ‘desarrollados’ del
siglo XVIII muestran datos similares según Rousseaux a los de
lugares rurales. La hipótesis «de la violence au vol» ha quedado en
entredicho hoy en día, y se cree que estos primeros investigadores se
basaron en pequeños estudios parciales de áreas muy concretas para
llegar a ella. Tampoco en Navarra, como veremos en el capítulo
dedicado a la estadística, podemos confirmar dicha hipótesis.
Según Juan Miguel Mendoza Garrido, este ‘culto al número’
puede ser un arma de dos filos con evidentes peligros, pues pueden
producirse imágenes de una sociedad histórica tan deformadas como
aquellas basadas en meras especulaciones cualitativas sin apoyos
documentales. El riesgo procedería, según dice, de «la conversión de
lo que bien pudiera ser un fragmento de verdad en una verdad global
e indiscutible»
19
.
4.4. Procesos represivos
La segunda línea investigadora se fijó en los procesos represivos y
en su funcionalidad social, y tuvo gran éxito desde los años 70 entre
la historiografía anglosajona. Se trataba de investigar la represión
pública de los estados en cuanto exponente de los intereses de clases
privilegiadas o como expresión de la paz social procurada por el
gobierno como instrumento neutral de las clases sociales.
En Inglaterra surgió un debate a raíz de este asunto, de manera
que, por un lado, se encontraban los ‘críticos’ (Hart, Mather, Silver)
tendentes a relacionar represión con conflictividad social, viendo en
aquella la defensa de la clase proletaria y capitalista; y, por otro, los
autores del ‘consenso’, (Bailey, Reith, Radzinowick) para los que la
represión –el sistema penal y judicial- pretendía mejorar la
convivencia de la sociedad inglesa.
En Francia, mientras tanto, se siguió estudiando el ejercicio de la
represión desde un planteamiento más local, enfocando su estudio
hacia la represión en las distintas regiones y sus diferentes

17
Sharpe, (1984), (1985, p.212).
18
Rousseaux, 1996.
19
Mendoza Garrido, 1993, p. 244.
INTRODUCCIÓN 17
modalidades, como el estudio de las galeras, las cárceles o las penas de
muerte
20
.
Un libro clásico dentro de esta tendencia fue publicado en 1980 y
dirigido por los profesores V.A.C. Gatrell, Bruce Lenman y Geoffrey
Parker; «Crime and the Law; The Social History of Crime in
Western since 1500»
21
. Según estos autores la justicia «oficial» no
habría sido la única manera de litigar en la Edad Moderna
22
. Antes de
ir a un juzgado, según propusieron estos autores, los habitantes de la
Europa Occidental del Antiguo Régimen recurrían a otro tipo de
arbitrios, conciliaciones o acuerdos para solucionar conflictos. De
esta manera se desterraría la idea de que los archivos judiciales dan
una idea completa de la criminalidad en la Edad Moderna, puesto
que no podemos estar seguros de que todos los delitos hayan llegado
hasta nosotros en forma de proceso judicial. Bien pudieron haber
solucionado gran parte de dichos asuntos entre ellos, o por
mediación de algún intermediario, antes de que llegasen a los
juzgados. Los procesos judiciales nos hablarían así más de la actividad
represora que llevó a cabo el Estado durante la Edad Moderna en el
proceso de su construcción, pero no podríamos asegurar que esa
fuera la criminalidad real. Se hablaba así de la «Dark Figure» u
ocultación del crimen real que nos ha llegado
23
.
Nos encontramos ante una teoría que ha encontrado escasa
resistencia, y podemos hablar de que estudios más modernos han
ampliado esta visión hasta periodos anteriores incluso a la Edad
Moderna, hablando de mecanismos ancestrales, ya presentes en la
Edad Media, que permitían a la sociedad mantener un control sobre
sí misma. Esto es lo que Daniel Sánchez llamaba, a partir de los
trabajos de manuales de confesores y otros, la corrección fraterna, y
más adelante, infrajusticia
24
. De este modo, a través del estudio de los
procesos judiciales, podríamos hablar más de actividad represora que
de índices de criminalidad. Se había comenzado ya a hablar de un
fenómeno que Benoît Garnot llamó «infrajudicialidad»
25
, el modo
privado de resolución de los conflictos interpersonales o las

20
López Morán, 1997, p. 327.
21
Gatrell, Lenman, Parker, 1980.
22
Lenman, Parker, 1980.
23
Sánchez Aguirreolea, Segura Urra, 2000, p.350.
24
Sánchez Aguirreolea, 2004, pp.49-61.
25
Garnot, 1996.
18 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

reticencias de la comunidad en dirimir sus problemas en los
tribunales judiciales
26
.
Poco después de la aparición del libro de Gatrell, Lenman y
Parker, Michael R. Weisser publicó «Crime and Punishment in
Early Modern Europe»
27
, obra con una elevada reflexión teórica
sobre la importancia y problemática del estudio de la delincuencia y
que intenta aunar aspectos sociales, económicos y legales del tema,
para explicar los cambios en la criminalidad y en su persecución
dentro del contexto general de la transición de la Edad Media a la
Moderna. En los trabajos de Michael Weisser se propugna que el
estudio de la criminalidad debería servir no sólo para el propio
estudio de la criminalidad, sino que nos debería permitir ilustrar una
amplia variedad de actividades no delictivas. A partir del mencionado
concepto, quiso analizar varias transformaciones que se dieron a lo
largo de la Edad Moderna desde el punto de vista de la delincuencia
del periodo, observando la incidencia del delito y el comportamiento
de los criminales como muestra del modo en que la sociedad estaba
cambiando. Y esto se podía hacer prestando atención, por un lado, a
las relaciones sociales que se deducen del delito y, por otro, a las
informaciones que podían obtenerse desde la delincuencia sobre el
desarrollo económico y social de una región. En consecuencia, se
planteó preguntas tales como ¿proceden todos los delincuentes de un
submundo marginado? ¿Delinquen contra individuos de un estrato
social superior? O, por el contrario, ¿pertenecen delincuentes y
denunciantes a un mismo grupo social? La respuesta a estos
interrogantes arrojarían luz sobre tensiones sociales latentes,
predominio de un determinado grupo de oligarquías, etc.
28
.
Gracias a estas nuevas visiones sobre la criminalidad, la
historiografía avanzó hacia un análisis más sutil de los procesos y la
información cualitativa que estos proporcionan. De este modo
hemos podido conocer más acerca de acusados, prisioneros, testigos,
condenados, abogados o jueces de dichos procesos. La búsqueda de
los motivos criminales ha cambiado hacia los factores que determinan
el control social. Más que indagar en el subconsciente del criminal

26
Sánchez Aguirreolea, Segura Urra, 2000, p. 350.
27
Weisser, 1982.
28
Mendoza Garrido, 1993, pp.244-245.
INTRODUCCIÓN 19
usando paradigmas biopsicológicos, los investigadores se han
centrado en los componentes de la práctica institucional
29
.
Nuevas investigaciones proponen fijarse en los que ostentaban el
poder político, y contemplar también las actitudes de la población
con respecto a las instituciones judiciales. Se trata de estudiar el
desarrollo del estado y su implantación en la sociedad
30
.
4.5. La violencia como indicador para estudiar la evolución de una sociedad
Muchas reflexiones se han centrado en desvelar si la violencia
puede ser considerada un indicador válido para estudiar la evolución
de una sociedad. Se han propuesto diversas teorías en torno a este
asunto. Hemos hablado ya de aquellos que hablaron del declive de la
violencia como un fenómeno de larga duración, con disfunciones
espaciales y temporales (no en todos los lugares de Europa ocurre al
mismo tiempo). Se ha hablado incluso de la existencia de una
criminalidad ‘de tipo medieval’, un modelo de crimen característico
de la Edad Media y que durante el Antiguo Régimen fue
evolucionando hasta los siglos XVIII y XIX, periodo en los que
aparecería el modelo de criminalidad actual. El primero, que se
establece por la convergencia de los resultados de investigaciones en
diversas partes de Europa, marcaría una criminalidad medieval basada
principalmente en los crímenes contra las personas: homicidios,
asaltos, riñas, injurias, etc., todos ellos relacionados con lo que
podríamos considerar violencia. Frente a estos delitos, aquellos contra
la propiedad como los hurtos resultarían verdaderamente escasos. Los
autores que han defendido este modelo, como Chiffoleau o
Gauvard, hablan de la existencia en la Edad Media de una violencia
cotidiana, presente en las relaciones interpersonales de dicho periodo.
Nadie evitaba recurrir a la violencia para dirimir disputas, entrando
en juego conceptos como el honor, patrimonio personal por el que
cualquier individuo podía llegar a matar. Por otro lado, achacan la
escasa presencia de delitos contra la propiedad a que no existía una
mentalidad economicista ni se valoraba la propiedad tanto como en
la sociedad burguesa posterior
31
.

29
Rousseaux, 1996, p.18.
30
Rousseaux, 1996, pp.19-20.
31
Mendoza Garrido, 1993, pp. 250-252.
20 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Esta idea de la criminalidad ‘de Antiguo Régimen’ ha sido
criticada por dos frentes. Por un lado, se le ha achacado el haberse
basado en fuentes judiciales que pueden no estar completas y, por
otro, se ha olvidado de matizar las diferencias entre mundo urbano y
rural.
Autores como Michael Weisser consideran que desde el siglo XV
la delincuencia europea comenzó a adoptar nuevos rasgos, siendo los
siglos XVI y XVII los que contemplarían la reacción por parte de las
autoridades contra las nuevas formas de delincuencia
32
. Pero otros
autores han considerado formas de violencia más amplias que el
homicidio, abriendo nuevos caminos de reflexión. Muy interesante
resulta, a este respecto, el debate que en 1985 mantuvieron en la
revista «Past and Present» Lawrence Stone, que proponía la existencia
de esa ‘criminalidad medieval’ o ‘de Antiguo Régimen’ siguiendo a
T. Gurr, basada en una violencia que declinó fuertemente entre el
siglo XVI y el XVIII, y J. A. Sharpe, autor mucho más reticente a
aceptar dicho planteamiento debido, como hemos señalado, a la
escasa fiabilidad que le daba el método cuantitativista y más dado a
tratar de indagar en lo que él llamó ‘el significado social de la
violencia’
33
. Susan Dwyer Amussen califica a Stone de historiador
pesimista, al pensar que la sociedad británica medieval era más
violenta que la actual, y a Sharpe y sus seguidores (Cockburn,
MacFarlane...) de optimistas, ya que hablan de una sociedad medieval
no muy distinta de la del presente
34
.
Entre los autores que no comparten que se produjera un cambio
entre el modelo criminal que ha sido denominado «de Antiguo
Régimen» podemos encontrarnos con los ya mencionados J. A.
Sharpe, que considera que las supuestas continuidades entre el
mundo medieval y el moderno deben ser puestas en revisión
35
, y
otros modernistas británicos que han estudiado la evolución de las
comunidades locales inglesas durante los siglos XVI y XVIII, como
MacFarlane
36
, Cockburn
37
o Beattie
38
, y que muestran la semejanza

32
Weisser, 1982.
33
Stone, 1983, 1985,Sharpe, 1985.
34
Amussen, 1995.
35
Sharpe, 1977,1982, 1983, 1984, 1985.
36
MacFarlane, 1981.
37
Cockburn, 1977, 1991.
38
Beattie, 1974.
INTRODUCCIÓN 21
entre los modelos de delincuencia medieval y moderno hasta el siglo
XVIII, que sería cuando en realidad se produciría un cambio.
Pieter Spierenburg es uno de estos autores. Afirma que el declive
de la violencia a lo largo de la Edad Moderna es falso, y ésta sería una
imagen producida por un mayor control desde las esferas judiciales,
esto es, la violencia sería la misma, pero controlada
39
.
Otros autores han concedido una mayor importancia a la
paulatina moralización y civilización de la conducta humana, con las
consiguientes repercusiones en la interpretación de la violencia.
Robert Muchembled ha estudiado la criminalización de ciertas
formas de violencia, en concreto de la violencia popular, que la
autoridad, en un proceso legitimatorio de su poder, reprimió al
considerarla ilegítima
40
. También Tomás Mantecón niega el declive
de la violencia, observando el cambio en la interpretación y en los
efectos sociales de un tipo de violencia como es el insulto
41
. La
violencia interesa para conocer las actitudes sociales que provoca, la
cosmovisión de sus protagonistas, el papel de sus elites, la
importancia de sus lazos... en definitiva, el análisis de cualquier acto
de agresividad en todas sus dimensiones
42
.
También ha sido planteada una crítica de la historia de la
delincuencia como disciplina autónoma dentro de la historia. Pablo
Pérez García, autor muy dado a la historia demográfica, planteó en
1990 una aguda crítica de la historia de la delincuencia entendida
como «disciplina histórica distintiva», manifestando carencias
metodológicas y teóricas en este campo y concluyendo que «una
disciplina autónoma, destinada al estudio de la delincuencia en el
pasado, obliga a enfrentar asuntos tan variados y dispares, en los que
se interfieren, además, teoría y praxis, conocimiento y acción, ciencia
moral, cultura y política, está irremisiblemente abocado al fracaso»
43
.
Dicha opinión ha sido criticada por Juan Miguel Mendoza
Garrido, para quien si bien debe tomarse como bueno el criticismo
mostrado por Pérez García, ello no obsta para que se reconozca que
el estudio de la delincuencia ha aportado interesantes perspectivas a la
historia social. De hecho, cita los ambiciosos proyectos que se han

39
Spierenburg, 1994.
40
Muchembled, 1989.
41
Mantecón, 1999.
42
Sánchez Aguirreolea, D., Segura Urra, F., 2000, p. 352.
43
Pérez García (1990)
22 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

llevado a cabo en este campo en varias universidades europeas,
destacando los grupos de investigación que dirigen en la universidad
sueca de Upsala Eva Österberg y Jan Sundin, que pretenden
establecer las fluctuaciones experimentadas por la delincuencia desde
la Edad Media hasta el siglo XX, e interpretan dichas fluctuaciones
en relación con los cambios culturales –sistemas de normas y de
valores- y a las variables circunstancias económicas y sociales
44
.
4.6. La ‘nueva’ Historia Cultural
La ‘nueva’ Historia Cultural es una tendencia historiográfica que
en los últimos años ha sido muy aceptada por parte de algunos
historiadores que han seguido a filósofos como Michel Foucault,
antropólogos como Cliford Geertz o historiadores de la cultura
popular como Natalie Z. Davis o E. P. Thompson. De este modo el
historiador se ha visto obligado a aproximarse interdisciplinarmente a
los temas de estudio
45
. Los trabajos sobre la delincuencia que se han
realizado a partir de este enfoque han resultado muy positivos y han
diversificado los temas a indagar
46
.
Siguiendo a R. Chartier, los paradigmas estructuralistas, que
trataban de identificar las estructuras y relaciones que, se suponía,
regían los mecanismos económicos, organizaban las relaciones
sociales y engendraban las formas del discurso, y el sometimiento de
la historia a los «procedimientos del número y de la serie», aportaron
una enorme evolución en la forma de hacer historia. Esta disciplina
pudo alejarse del simple inventario de anécdotas y restableció la
ambición científica de sus estudiosos
47
. No podemos dejar de hablar
de la obra, en este punto, de Michel Foucault y de la escuela de
historiadores «foucaultianos» que le siguió y que introdujo nociones
básicas en la comprensión de la sanción penal en el Antiguo
Régimen, tales como las de ‘disciplina’ o ‘normalización’. Según
Foucault
48
, las ‘disciplinas’ en la Edad Moderna fueron, y aún hoy
son ejercidas, por todo un conjunto de instituciones especializadas,
para reducir a la ‘utilidad’ y ‘docilidad’ los cuerpos, tal como ocurría,

44
Mendoza Garrido, 1993, pp.231-232.
45
Caspistegui, Olabarri, 1996, p.9.
46
Mendoza Garrido, 1993, p. 247.
47
Chartier, 1996, p. 20.
48
Foucault, M., 1975.
INTRODUCCIÓN 23
según Foucault, en el Antiguo Régimen. Foucault ha proporcionado
a los historiadores un amplio marco de problemas sobre los que
discutir, desde el análisis de lo que ha significado la ‘desviación social’
hasta la represión de la misma. Sin embargo, se ha acusado a dicho
autor de olvidarse del contexto social, de los agentes sociales que
codificaban las prácticas judiciales y de aquellos que las resistían, de
presentar el ejercicio de poder de una manera fría, impersonal y
mecanicista. Bajo su prisma, el protagonismo de los procesos de
cambio cultural se desplaza desde los individuos hacia entidades poco
definidas que eran las protagonistas y agentes de las acciones
disciplinarias. Siguiendo a Foucault podemos observar de manera
clara el cambio inducido «desde arriba» en la sociedad, desde las
instituciones o la administración, pero deja poco margen para
estudiar la capacidad de los sujetos para eludir esas ‘disciplinas’,
aprovechar oportunidades de vida y, al fin, generar una cultura,
influir sobre los valores e instituciones de una sociedad y, en
consecuencia, propiciar el cambio en esta
49
.
Durante los últimos años los historiadores han querido restaurar el
papel de los individuos en la construcción de los lazos sociales. La
«microhistoria» ha proporcionado la traducción más viva del paso
histórico inspirado por el recurso a modelos interaccionistas o
etnometodológicos. La microhistoria pretende reproducir, a partir de
una situación particular, la manera en la que los individuos
construían su mundo social, a través de las dependencias que los
unían o los conflictos que los separaban
50
. El objeto de la historia
pasó así del análisis de las grandes estructuras o mecanismos que rigen
las relaciones sociales, al estudio de las racionalidades y estrategias que
ponen en práctica las comunidades, las parentelas, las familias, los
individuos. Se afirmó así una historia a la vez social y cultural,
centrada en las desviaciones y discordancias existentes. La historia de

49
Betrán Moya, 2002, Mantecón, 2002a.
50
Podemos citar numerosos trabajos que, con un enfoque microhistórico han
abordado el tratamiento de sociedades pasadas, destacando el libro de C. Ginzburg,
El queso y los gusanos, Barcelona, 1986, en el que analiza la sociedad italiana del
siglo XVI a través del proceso judicial a Menocchio, un simple molinero, o la obra
de Natalie Z. Davis, El regreso de Martin Guerre, Barcelona, 1984, que mediante
otro proceso judicial reconstruye diversos aspectos de la Francia del siglo XVI.
24 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

las sociedades se dio de este modo nuevos objetos que debían ser
estudiados a pequeña escala
51
.
Desde finales de los setenta, los investigadores de la criminalidad
se acercaron al campo de la Antropología renovando las perspectivas
y fuentes documentales empleadas. Los historiadores se sintieron
atraídos por los conceptos de la representación, por las lecturas
culturales de la violencia y los conflictos. Al hacer referencia a
rituales tradicionales se refieren a elementos burlescos que
transgreden las normas comunales cuando todavía parte de la ley está
en mano de estas. Se entiende, por tanto, como forma de
autocontrol colectivo con la que se sancionan faltas antisociales
52
.
Según Chartier
53
, la historia entendida como una ciencia social
recuerda que los individuos están siempre ligados por dependencias
recíprocas, aparentes o invisibles, que estructuran su personalidad y
que, de esta manera, definen, en sus modalidades sucesivas, las formas
de la afectividad y de la racionalidad. Se entiende por ello la
importancia otorgada por muchos investigadores (historiadores de la
criminalidad en particular) a una obra que fue desconocida durante
muchos años, cuyo proyecto fundamental fue articular desde la larga
duración la construcción del Estado Moderno, las modalidades de las
interdependencias sociales y las figuras de la economía psíquica: la de
Norbert Elias
54
. Dicho autor destacó la transformación cultural que
vivió Europa como motor del tránsito de una sociabilidad medieval,
violenta en exceso y de comportamientos rudos, hacia una
sociabilidad caracterizada por comportamientos más refinados y con
un mayor autocontrol individual
55
. El monopolio del estado en la
violencia (noción tomada de Weber) forzó a los hombres a restringir
sus comportamientos más primitivos a través de la prevención o la
reflexión. Esta visión culturalista que ha sido bautizada como el
«proceso de la civilización», al igual que la obra más característica de
Elias, ha contado con numerosos seguidores que, de un modo más o
menos consciente, han visto al hombre como prisionero de un

51
Chartier, 1996, p. 21.
52
Betrán Moya, 2002, p.14.
53
Chartier, 1996, p. 27 y ss.
54
Elias, 1988.
55
Iglesias Estepa, 2008, p.157.
INTRODUCCIÓN 25
molde cultural difuso en el que poco tenían que ver los aspectos
sociales y económicos
56
.
Los investigadores de la criminalidad que han adoptado dicho
punto de vista, dicho enfoque, se han centrado en una tipología de
delitos muy concreta; principalmente aquellos delitos que afectan a
las relaciones personales (violencia física y verbal) y aquellos que
afectan a la moralidad y a las costumbres (prostitución y delitos
sexuales). Los estudios de Elias han ayudado a explicar la evolución
de la violencia y los castigos para la Europa Moderna, colocando al
cambio cultural en primer plano para explicar por medio de la
erosión o fortalecimiento de determinados valores humanos y cívicos
la presencia de formas más intensas o atenuadas de violencia y
represión. Elias ha resultado muy útil para avanzar más allá de una
perspectiva de análisis centrada en el estudio de la represión teniendo
presentes los factores de cambio y el protagonismo de los individuos
en dicho cambio social
57
.
4.7. Disciplinamiento Social y Confesionalización
A partir de los años 60 tomaron fuerza los planteamientos de
Gerhard Oestreich sobre el «disciplinamiento social»
(Sozialdisziplinierung) de la Edad Moderna. A través de ellos
intentaba describir los cambios que se produjeron durante dicho
periodo histórico en la sociedad alemana, mediante el estudio de las
importantes relaciones entre instituciones y sociedad y su objetivo de
modelar comportamientos individuales y colectivos
58
. Mediante el
empleo de la legislación y de todos los poderes jurídicos del Estado,
éste trató de fijar unos modelos de comportamiento que aseguraran
el orden social. El Estado reforzó poco a poco sus lazos con la
sociedad, creó una serie de vínculos que identificaban afectivamente
al súbdito con ese proyecto, gracias a lo cual aseguraban su fidelidad
y adhesión a los valores propuestos por medio de un control cada vez
más cercano al individuo
59
. El control del crimen hace especialmente
patente este intento de dominio sobre la sociedad, de manera que ha

56
Mendoza Garrido, 1993, Österberg, 1996, Johnson, Monkkonen, 1996,
Mantecón, 2002.
57
Mantecón, 2002ª, p.200.
58
Usunáriz Garayoa, 2003, p.298.
59
Sánchez Aguirreolea, 2004, pp.91 y ss.
26 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

sido uno de los aspectos más trabajados por los investigadores. La
necesidad que el Estado moderno tuvo durante su periodo de
afirmación de controlar aquellos comportamientos que resultaran
contrarios a sus intereses justificó la organización de una serie de
mecanismos e instituciones que fueron reforzándolo paulatinamente.
Como señala el profesor Mantecón, en los últimos años la idea de
«Sozialdisziplinierung» se ha presentado como otro prisma por el que
analizar los amplios procesos de control social que se desarrollaron en
la Europa Moderna, integrando una primera fase confesional en que
muchas de las disciplinas y tensiones que se manifestaron en la
sociedad europea lo hicieron bajo una cobertura y justificación ligada
a los grandes debates e intolerancias religiosas
60
.
Tanto el concepto de disciplinamiento social, como el de
Confesionalización (Konfessionalisierung) pertenecen a los grandes
modelos de interpretación y significación que ha desarrollado la
investigación alemana de la Edad Moderna desde que evolucionó a
principio de dichos años 60
61
. Durante los siglos XVI y XVII los
historiadores han detectado un proceso por el que las confesiones
europeas trataron de llegar a todos los rincones de la sociedad,
colaborando con el Estado en el disciplinamiento de la sociedad. Las
Iglesias trataron de expandir su credo por toda la sociedad sirviéndose
del poderío del Estado. De este modo se dio una identificación entre
las nociones de delito y pecado
62
que unieron los intereses del Estado
y de las confesiones, para alcanzar sus intereses. Las Iglesias aportaban
el aparato ideológico desde el púlpito, haciendo que todo
comportamiento ‘desviado’ fuese rechazado tanto por la comunidad
como por los poderes públicos. La sociedad fue, de este modo,
uniendo sus intereses a los del Estado. Éste no tenía los medios
suficientes para implantar un control directo de sus tribunales, y se
valió de los medios que le ofrecía la Iglesia católica, en el caso de la
Monarquía Hispánica, e intentó también readaptar los modos en los
que la sociedad tradicionalmente arreglaba sus conflictos internos.
Dichas líneas historiográficas, según Schilling, tienen ciertos
puntos de contacto entre sí: se trata de comprender y hacer
comprensibles las estructuras especiales y modos de funcionar de las

60
Mantecón, 2002 b.
61
Schilling, 2002. P.18.
62
Tomás y Valiente, 1990, 1992.
INTRODUCCIÓN 27
sociedades de la Europa Antigua (Alteuropa) en la Edad Moderna y
que son diferenciados de los de la actual sociedad contemporánea.
Con ello, sirven también para perfilar las líneas de unión de aquella
época con nuestro mundo actual. Dicho de otro modo, dichas
teorías son útiles para comprender, por medio de perspectivas
macrohistóricas a largo plazo, las raíces de los comportamientos
sociales contemporáneos, y, de este modo poder fijarnos en aquellos
modos de vida que aún hoy son determinados por dichos procesos.
Uno de los objetos de estudio más empleados en la investigación
del disciplinamiento social, como ya se ha dicho, ha sido el paulatino
desarrollo de la administración de justicia. Esta entidad creció a lo
largo de los siglos XVI y XVII y fue reforzando los lazos que la
unían con la sociedad. El proceso de fortalecimiento de la
administración de justicia se realizó a través de la legislación o la
aplicación de castigos para de esta manera reforzar el poder del estado
frente a los súbditos. El Estado se fue convirtiendo en el principal
garante del orden social, castigando a aquellos que cometieran delitos
que alarmaran a la sociedad. El ataque al orden social era considerado
un ataque al propio Estado, y éste no podía consentirlo. Se puede
afirmar que, si bien la criminalidad atacaba al desarrollo del Estado
moderno, éste se valía de ella para afianzarse aún más
63
.
La convergencia de los procesos de confesionalización y
disciplinamiento social permitió que tanto la Iglesia como el Estado
consiguieran sus objetivos en el intento de consecución de una
nueva sociedad confesional, tratando de que los propios hombres y
mujeres de la época se unieran a sus intereses
64
. La sociedad ya no
resolvía los conflictos de manera interpersonal como en la Edad
Media. En la Edad Moderna fue mucho más propio el acudir al
propio Estado que, a partir de sus leyes y sus ministros, se convertía
en el garante del orden social.
La comunidad local fue la auténtica protagonista en el
afianzamiento del Estado Moderno. Mediante la confesionalización
este Estado logró que las comunidades pusieran a disposición sus
mecanismos de control, aunque se siguieron persiguiendo las
modalidades de disciplinamiento social comunitarias que causaban
desorden y que escapaban al control de las autoridades.

63
Sánchez Aguirreolea, 2004, p.92.
64
Ruff, 2001, pp.3 y ss.
28 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

4.8. España
El panorama historiográfico se oscurece bastante en cuanto nos
fijamos en las investigaciones realizadas en la Península Ibérica,
especialmente si tratamos de fijarnos en las investigaciones sobre
criminalidad anteriores al año 2000. La Baja Edad Media ha sido la
época más profusamente tratada, a través de monografías como las de
Fernando Lojo Piñeiro
65
, Rafael Narbona Vizcaíno
66
o los de Juan
Miguel Mendoza Garrido
67
. El autor que más ha trabajado sobre
criminalidad en este periodo es Iñaki Bazán Díaz, gracias a su tesis
doctoral, a otros diversos trabajos en torno a la delincuencia en la
transición de la Baja Edad Media a la Edad Moderna
68
y a la actividad
desarrollada como director del Centro de Estudio del Crimen de
Durango (Vizcaya). Las investigaciones de este autor, desde un punto
de vista de la Historia de las Mentalidades, abarcan desde los estudios
sobre la cárcel de Vitoria hasta temas como el destierro, la violencia
en la época de las luchas de bandos o transgresiones de la moralidad a
finales del siglo XV y comienzos del XVI. Iñaki Bazán junto con
Iñaki Reguera
69
pertenece a los nuevos investigadores vascos que se
han preocupado del tema de la criminalidad desde la Universidad del
País Vasco, y han publicado libros con temas sobre la marginación
social y la exclusión.
Los estudios más centrados en la Edad Moderna han sido muy
escasos hasta tiempos recientes. Conforme nos adentramos en los
años 70, caben destacar los artículos publicados por autores
extranjeros sobre el caso español, que hasta hace bien poco apenas
habían tratado los investigadores oriundos del país. Así, en primer
lugar debemos citar los artículos que publicó Ruth Pike
70
, basándose
en documentación obtenida en el Archivo General de Simancas, la
Chancillería de Granada o la Chancillería de Valladolid, con la que
hizo un estudio eminentemente cuantitativo y donde propuso
diversos temas que debían estudiarse, centrándose especialmente en
el caso de la Sevilla del siglo XVI y en la pena de galeras. También

65
Lojo Piñeiro, 1991.
66
Narbona Vizcaíno, 1987.
67
Mendoza Garrido, 1993, 1999.
68
Bazán Díaz, 1992, 1993ª, 1993b,1995ª, 1995b, 1999.
69
Reguera, 1999.
70
Pike, 1973, 1976. 1983.
INTRODUCCIÓN 29
debe ser citado el importante artículo de Michael R. Weisser
71
en el
ya citado libro de Gatrell, Lenman y Parker, «Crime and the Law:
The Social History of Crime in Western Europe since 1500». En él,
este autor se centra de manera específica en la administración de
justicia de los Austrias, mediante el uso de fuentes como la «Nueva
Recopilación de leyes de España de Felipe II», y trata las distintas
instancias judiciales de la época, desde los Tribunales Reales hasta la
Inquisición. También realiza un estudio del bandidaje, una
aproximación cuantitativa a la criminalidad en la región de los
Montes de Toledo empleando procesos judiciales de la zona, así
como un somero examen tipológico de los criminales. Otro trabajo
muy sugestivo fue el de I. A. A. Thompson
72
, «A Map of Crime in
Sixteenth Century Spain», donde estudió la criminalidad en la
España del siglo XVI a partir de las informaciones que nos han
llegado en las listas de galeotes de dicho siglo. Partiendo pues de
dichos datos, trató de establecer las zonas más conflictivas de la
España del siglo XVI, estudiando las zonas de las que provenían los
galeotes, y el tipo de crimen que habían cometido; pero el propio
autor era consciente de que dichos datos no eran muy fiables, ya que
no todos los delincuentes tenían por qué ser enviados a galeras.
Mientras tanto, los investigadores españoles apenas publicaron nada
en torno a la violencia o a la criminalidad durante los años 70 y 80, si
exceptuamos algún artículo en Cataluña, como los de Jesús Bravo
Lozano
73
, Eladi Romero García
74
o Teresa Ibars Chimeno
75
.
Los investigadores españoles no se acercaron directamente al tema
de la criminalidad desde una perspectiva puramente histórica hasta
prácticamente los años 90, siendo hasta entonces la Historia del
Derecho la única rama de la historiografía que verdaderamente se
ocupó de la criminalidad. Francisco Tomás y Valiente publicó la
primera obra clave en este sentido. Su gran aportación fue el
identificar la relación entre pecado y delito que se daba en el
Antiguo Régimen
76
. Su obra «El derecho penal de la Monarquía
Absoluta» fue la primera que trató en profundidad el sistema penal de

71
Weisser, 1980.
72
Thompson, 1968.
73
Bravo Lozano, 1984.
74
Romero García, 1984.
75
Ibars Chimeno, 1984.
76
Tomás y Valiente, 1990b., Clavero, 1990.
30 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

los Austrias, y fue seguida por la obra de José Luis de las Heras
Santos
77
, «La Justicia penal de los Austrias en la Corona de Castilla»,
obras en las que más que de la criminalidad se habla de la justicia y su
aplicación en los siglos XVI y XVII. En torno también a la
administración de justicia debemos mencionar la obra de Richard
Kagan, «Pleitos y pleiteantes en Castilla»
78
, obra en la que el autor
llega a la conclusión de que la sociedad castellana de los siglos
modernos era extremadamente proclive a acudir a la justicia ante
cualquier acontecimiento diario. Resulta interesante seguir este
aspecto, pues, si se acude a los tribunales, alguna razón habrá por la
que se abandone la infrajusticia. Como más adelante veremos, los
‘corruptos, parciales y arbitrarios’ tribunales de justicia del Antiguo
Régimen, daban una seguridad a la población que no encontraba en
otras instancias.
No podemos pasar por alto los importantes trabajos que en torno
al bandolerismo se han realizado en España, en la región de Cataluña
más concretamente. Autores como Joan Reglá, Jaume Vicens Vives
o Pierre Vilar trataron este fenómeno que durante muchos años fue
la única referencia que sobre la criminalidad se hacía en la
historiografía española
79
.
No será hasta los años 90 cuando aparezcan los primeros estudios
serios acerca de la criminalidad en la España Moderna. Ya hemos
hablado de los trabajos de Iñaki Bazán para el País Vasco en la
transición de la Edad Media a la Moderna. Dentro de la investigación
sobre la Edad Moderna nos encontramos con la figura de Tomás
Antonio Mantecón Movellán y sus estudios sobre la conflictividad en
la Cantabria rural del Antiguo Régimen. Autor de gran cantidad de
artículos en torno a la criminalidad, Tomás Mantecón es la referencia
principal en la historiografía sobre criminalidad en la Edad Moderna.
Su tesis «Conflictividad y Disciplinamiento Social en la Cantabria
Rural del Antiguo Régimen» en la que adopta puntos de vista de la
nueva historia cultural y del disciplinamiento social es, junto con «La
muerte de Antonia Isabel Sánchez: Tiranía y escándalo en una

77
Heras Santos, 1991.
78
Kagan, 1989.
79
Betrán Moya, 2002. P. 14 y ss.
INTRODUCCIÓN 31
sociedad rural del norte español en el Antiguo Régimen»
80
, donde
adopta un punto de vista microhistórico, su obra más significativa.
Otros autores han hecho aportaciones a la historia de la
criminalidad en España, aunque en forma de artículo en su mayoría.
Podemos destacar las aportaciones que mediante los congresos de
«Historia a Debate» hicieron investigadores como Carlos Barros o
Ángel Rodríguez Sánchez
81
. Recientemente ha sido publicado un
libro de Luis María Bernal Serna dirigido por Iñaki Reguera,
previamente mencionado, que analiza de una forma bastante
descriptiva la violencia en el Portugalete del Antiguo Régimen
82
.
Dicho autor ha tratado también otros temas como los espacios de la
violencia o los abusos de poder. Asimismo, otros autores como José
María Sánchez Benito,
83
Esther Cruces Blanco
84
, Ramón Sánchez
González
85
, Alicia Duñaiturria Laguarda,
86
María José de la Pascua
87

o Raquel Iglesias Estepa
88
entre otros han tratado estos temas en
sendos artículos y libros. Podemos afirmar que, poco a poco, vamos
teniendo un mayor conocimiento del fenómeno de la violencia en la
España moderna, si bien aún queda mucho trabajo por hacer.
Si nos centramos en Navarra, debemos hablar de la escasa
atención que la investigación sobre la criminalidad ha recibido hasta
tiempos muy recientes. Autores como Ramón Lapesquera
89
,
Florencio Idoate
90
o Juan José Martinena
91
han trabajado, de manera
más bien anecdótica, distintos aspectos de la violencia en el reino de
Navarra. Con ellos, Fernando Videgáin ha sido uno de los autores
que más ha tratado temas relacionados con la criminalidad,
centrándose especialmente en el bandolerismo del siglo XIX
92
.
Deben también mencionarse las aportaciones en torno al concepto

80
Mantecón, 1997,1998.
81
Rodríguez Sánchez, 1993.
82
Bernal Serna, 2007.
83
Sánchez Benito, 1991.
84
Cruces Blanco, 1995.
85
Sánchez González, 2006.
86
Duñaiturria Laguarda, 2007.
87
Pascua Sánchez, 2002.
88
Iglesias Estepa, 2008.
89
Lapesquera, 1991.
90
Idoate, 1956.
91
Martinena, 2001a.
92
Videgáin Agós, 1984, 1992.
32 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

de delitos y penas en la historia de Navarra que en el transcurso del I
Curso Internacional de Criminología que se llevó a cabo en
Pamplona en 1980 hicieron historiadores como José María
Satrústegui o Francisco Salinas Quijada
93
.
Indirectamente, el tema relacionado con la violencia o
criminalidad que más ha sido estudiado en Navarra ha sido el
Consejo Real, última instancia en la administración de justicia del
Reino en la Edad Moderna. El trabajo más antiguo e influyente fue
el de Joaquín José Salcedo Izu, «El Consejo Real de Navarra en el
siglo XVI»
94
, en el que analiza la evolución de dicho órgano a lo
largo de este siglo. Para el siglo XVII contamos con la obra
recientemente publicada de María Dolores Martínez Arce,
«Aproximación a la justicia en Navarra durante la Edad Moderna,
Jueces del Consejo Real en el siglo XVII»
95
, mientras que para el
siglo XVIII contamos con la obra de José María Sesé Alegre, «El
Consejo Real de Navarra en el siglo XVIII»
96
. Con estos trabajos
debemos incluir también el artículo de Luis Javier Pérez de Ciriza
sobre la evolución del Consejo Real entre finales del siglo XV y
comienzos del XVI
97
. Bien es verdad que estos trabajos se han hecho
desde una perspectiva institucional, y se han centrado en el
funcionamiento interno y composición de la institución del Consejo,
más que en su forma de practicar justicia.
Más recientemente, los estudios sobre la criminalidad en Navarra
han sufrido grandes avances con la publicación de las obras de
diversos autores. Por un lado, Pedro Oliver Olmo ha tratado la
administración de justicia (penas de muerte, tormentos...) desde un
punto de vista más bien foucaultiano, gracias al examen de la
actuación de organismos como la Hermandad de la Vera Cruz, las
cárceles reales, los tormentos o la pena de muerte
98
.
Por otro lado tenemos la tesis de Félix Segura Urra, «Fazer
Justicia. Fueros, poder público y delito en Navarra (siglos XIII-
XIV)»
99
. En ella analiza la criminalidad en la Navarra medieval

93
Satrústegui, 1980, Salinas Quijada, 1980.
94
Salcedo Izu, 1964.
95
Martínez Arce, 2005.
96
Sesé Alegre, 1994.
97
Pérez de Ciriza, 1986.
98
Oliver Olmo, 1994, 1998a, 1998b, 2001, 2003
99
Segura Urra, 2005a.
INTRODUCCIÓN 33
mediante los registros de comptos y cuentas que nos han llegado.
Para ese mismo periodo contamos también con la tesis de Marcelino
Beroiz, «Crimen y castigo en Navarra bajo el reinado de los primeros
Evreux (1328-1349)»
100
, con similar tema.
Finalmente, Daniel Sánchez Aguirreolea ha trabajado, dirigido
por el profesor Jesús María Usunáriz, el fenómeno del bandolerismo
en la Navarra moderna, adoptando el punto de vista de las teorías
sobre disciplinamiento social y confesionalización
101
. Su obra resulta
un referente en el estudio de la criminalidad moderna en Navarra,
más allá de su enfoque sobre el bandolerismo, y este autor ha
trabajado también temas como el derecho de asilo
102
o, junto con
Félix Segura, la historiografía sobre la criminalidad
103
. Además, no
podemos dejar de mencionar las recientes tesis que, bajo la dirección
del profesor Usunáriz han sido defendidas en el Departamento de
Historia, Historia del Arte y Geografía de la Universidad de Navarra.
Las obras de Pablo Orduna
104
, en torno a la nobleza, de Amaia
Nausía
105
sobre la viudedad en los siglos XVI y XVII o Javier Ruiz
Astiz
106
sobre la violencia colectiva en la Navarra de los siglos XVI,
XVII, XVIII y XIX nos proporcionan una visión inaudita no sólo de
la violencia, sino de otros hechos como son la nobleza, la viudedad o
el funcionamiento de los tribunales de justicia modernos. De hecho,
esta tesis pretende culminar estos estudios analizando el caso de la
violencia interpersonal, ya tratado parcialmente en el libro Odiar:
Violencia y justicia (siglos XIII-XVI) escrito recientemente por
Mikel Berraondo y Félix Segura
107
.
En definitiva, podemos afirmar que si bien la criminalidad en la
Edad Moderna ha suscitado gran interés a nivel internacional, a nivel
nacional los estudios resultan hoy por hoy bastante escasos, si bien
cada vez observamos un mayor interés por este tema.

100
Beroiz Lazcano, 2004.
101
Sánchez Aguirreolea, 2004.
102
Sánchez Aguirreolea, 2003.
103
Sánchez Aguirreolea, Segura Urra, 2000.
104
Orduna, 2009.
105
Nausía, 2010.
106
Ruiz Astiz, 2010.
107
Berraondo, Segura, 2012.
34 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

5. Hipótesis de trabajo
Habiendo visto ya todas las tendencias historiográficas en torno al
tema de la violencia interpersonal en la Edad Moderna, nos surgen
diversas cuestiones a las que nos gustaría dar respuesta con esta tesis.
Así, en primer lugar queremos dar respuesta a la problemática del
declive de los casos de violencia a lo largo de estos dos siglos.
¿Existió realmente un declive de los casos de violencia? Y, si esto es
así, ¿cuál fue la causa? Hemos encontrado varias posibles respuestas.
Por un lado, si bien la historiografía lo descarta podría deberse a un
cambio en las formas de la criminalidad, que habría evolucionado
desde una criminalidad propia de sociedades rurales, más centrada en
la agresión interpersonal, hacia otra más inclinada al hurto u otros
delitos de componente más bien económico. Otros autores hablan
más bien del proceso de «civilización» de la sociedad, por el cual la
propia sociedad reprimió poco a poco sus impulsos violentos para ir
reduciendo el índice criminal. La historiografía más reciente sin
embargo parece inclinarse más por los procesos de disciplinamiento
social y confesionalización, el Estado y la Iglesia habrían unido sus
fuerzas para conseguir el interés común de crear una nueva sociedad
pacificada, alejada de la violencia y cristiana.
También nos interesan otros temas relacionados con la violencia,
como ¿dónde se produjo? ¿Quiénes fueron sus actores principales?
¿Y las víctimas? ¿Con qué se practicaba esa violencia? Este apartado
puede estar repleto de mitos que desterrar o confirmar. Es por ello
que la primera parte de la tesis se dedicará exclusivamente al hecho
del asesinato.
La segunda parte sin embargo se centrará en otro de los aspectos
claves de este trabajo; el papel de la justicia. El imaginario popular
nos transmite una idea de justicia moderna ‘corrupta’, una justicia
que no era eficaz, resultaba arbitraria y extremadamente cara de pagar
para las gentes de la edad moderna. Los trabajos de Tomás y Valiente
o José Luis de las Heras han contribuido a expandir esta idea. Por
tanto, la segunda parte de la tesis está dedicada en exclusiva a la
justicia y, más concretamente, a un asunto escasamente conocido
como es el proceso judicial. Conocemos perfectamente cuales eran
las penas, la función de fiscales, abogados y jueces. Pero apenas
conocemos cómo funcionaba la maquinaria judicial, tanto en el
proceso investigador como probatorio. ¿Quién tomaba la iniciativa?
INTRODUCCIÓN 35
¿Cómo recogía las pruebas? ¿Quiénes lo ayudaban? o ¿Cómo
trabajaban fiscales y abogados? El hecho de que Navarra hubiera
mantenido su condición de reino después de la conquista de
Fernando el Católico en 1512 permitió que Corte Mayor y Consejo
se desarrollaran hasta puntos nunca antes conocidos. ¿Era, por tanto,
tan corrupta, ineficaz y arbitraria la justicia en la Navarra moderna?
Finalmente, trataremos de comprender cuál fue la actitud de la
sociedad frente a estos crímenes. El tema del perdón y la infrajusticia
ha sido, como ya hemos visto, uno de los más tratados y trabajados
por la historiografía. En los siglos XVI y XVII existía todavía un
mecanismo ajeno a la justicia «oficial» o «hegemónica», que permitía
resolver conflictos sin la necesidad de acudir a los tribunales. Dichos
conflictos podían llegar a solucionarse a lo largo del propio proceso.
Pero ¿fue tan grande la influencia de estos mecanismos en la
criminalidad? ¿Es cierto que su existencia ha impedido que nos
lleguen la mayor parte de estos casos, provocando que los datos con
los que contamos no sean válidos para la elaboración de estadísticas
fiables? Al parecer todo este trabajo podría estar ensombrecido por la
«dark figure» que ya antes mencionamos. Igualmente interesante es la
opinión de la Iglesia con respecto al asesinato. ¿Cuál fue su actitud?
El proceso de confesionalización nos indica que Iglesia y Estado
estuvieron íntimamente unidos para la erradicación de la violencia,
dentro del proyecto de creación de una nueva sociedad. Por tanto, la
opinión que de este tema pudieran tener los más destacados
estudiosos de la teología moral nos afecta de lleno en esta tesis.
También nos interesa de manera específica cuál fue la actitud de la
justicia, plasmada en su legislación. Sin embargo debemos advertir
que, por razones de coherencia con el texto, todo lo referido a
legislación ha sido incluido en los distintos apartados, relacionándolo
con el tema del que se esté hablando.
En definitiva, mediante este trabajo pretendemos ofrecer respuesta
a los grandes interrogantes de la historiografía en torno a la
criminalidad. Para ello utilizaremos el reino de Navarra como
observatorio desde el cual contemplar toda esta realidad. Navarra,
desde su condición de reino, mantuvo todas sus instituciones
centralizadas en la capital, Pamplona. Por tanto, debido a su pequeño
tamaño nos permite hacernos una idea general (con sus
particularidades) de fenómenos sociales que, a mayor escala,
resultarían prácticamente imposibles de estudiar. Contamos con un
36 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

reino en miniatura que estudiar y cuya documentación se encuentra
perfectamente conservada en el Archivo General de Navarra, base
que ha sido fundamental para la elaboración de esta tesis, como podrá
apreciarse a lo largo del trabajo.

**********
A estas alturas no quisiera olvidarme de recordar a las diversas
personas o instituciones que a lo largo de estos años me han apoyado
y puesto su confianza en mi trabajo. En primer lugar, debo agradecer
al profesor Jesús Mª Usunáriz Garayoa su continua labor de
dirección, así como todos los consejos, puntualizaciones y
correcciones que durante estos años me ha hecho. Sin duda alguna su
enorme erudición, conocimiento y amistad han hecho posible tanto
la realización de este trabajo así como mi propio desarrollo como
investigador y como persona. Muchas gracias por todo.
En segundo lugar, debo agradecer al Departamento de Historia,
Historia del Arte y Geografía de la Universidad de Navarra todas las
facilidades proporcionadas para la realización de la tesis.
Este trabajo no hubiera sido posible sin la beca de Formación de
Profesorado Universitario (FPU) del Ministerio de Educación del
Gobierno de España. Igualmente, agradezco la confianza que
anteriormente depositaron en mí tanto la Asociación de Amigos de la
Universidad de Navarra como el Gobierno de Navarra,
concediéndome sendas becas que me dieron los ánimos necesarios
para empreder esta tarea.
Un lugar preferente en estos agradecimientos merece el
Dipartimento di Discipline Storiche, Antropologiche e Geografiche
de la Università di Bologna (Italia), que me permitió realizar una
estancia en este prestigioso centro universitario y conocer la
historiografía italiana sobre la criminalidad, así como el
funcionamiento de la justicia y otros temas que han aportado un
valor añadido a esta tesis. Querría agradecer especialmente al profesor
Giancarlo Angelozzi su acogida en el centro así como todos sus
consejos y aportaciones sobre la justicia en la Bolonia moderna.
Igualmente, querría agradecer a la profesora Cesarina Casanova, así
como a Marco Cavina sus sugerencias.
No puedo olvidar en este punto agradecer a mi familia todo el
ánimo y facilidades que siempre me han dado, especialmente a mis
padres y hermana, que siempre han entendido y apoyado mi labor.
INTRODUCCIÓN 37
Sin su ayuda y comprensión esta tesis difícilmente hubiera podido ser
terminada. Igualmente debo agradecer a los doctorandos del
Departamento de Historia, Historia del Arte y Geografía todos los
consejos y aportaciones que me han hecho a lo largo de todos estos
años, amén de su amistad. Finalmente, no quiero olvidarme de mis
compañeros del Orfeón Pamplonés ni del Conservatorio Profesional
Pablo Sarasate, que me han permitido tener otras actividades
diferentes y complementarias a la tesis.

CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO
El año de 1622, el fiscal dijo en una de sus acusaciones por
asesinato que «de poco tiempo a esta parte como es público y
notorio se han cometido en esta ciudad y reino muchos homicidios y
ansí conviene se castiguen con más rigor
1
». Años después, en 1683,
un testigo de asesinato en la ciudad de Tudela comentaba que «no se
podía vivir en aquella ciudad porque habían sucedido algunas cosas
atroces»
2
. ¿Se trataba de una visión acertada? ¿Había en la Navarra
moderna una mayor violencia que en otros lugares? Y esta violencia,
¿Era superior en número de casos a la registrada con anterioridad?
En 1512 el reino de Navarra fue conquistado y posteriormente
incorporado a Castilla (1515) por las tropas de Fernando el Católico,
en uno de los episodios clave en el desarrollo histórico de esta tierra.
Es a partir de 1512 cuando la historiografía ha considerado que
Navarra entró en la modernidad, iniciando una nueva época en la
que tuvo la oportunidad de vivir un gran desarrollo de sus
instituciones privativas y, con ellas, actitudes políticas en torno a las
relaciones entre rey y reino, y en torno a la manera de entender el
ejercicio del poder.
Al mismo tiempo, la sociedad navarra, tradicional en su
estructura, se vio inmersa en profundas transformaciones y cambios a
lo largo de los siglos XVI y XVII, del mismo modo que lo que
ocurrió en toda la Europa occidental
3
.
Navarra mantuvo intactas tras la conquista todas las instituciones
precedentes, aunque la gran novedad fue la sustitución del Rey por
un Virrey, institución adquirida de la Corona de Aragón. El Virrey
era elegido por el Rey de la Monarquía Hispánica, y
automáticamente se convertía en el máximo representante del poder

1
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 101570, ff. 15r-v.
2
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 288830, ff. 9r-24r.
3
Usunáriz, 2006, p. 133.
40 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

real en Navarra y, por tanto, el más alto funcionario de la jerarquía
administrativa, con las mismas facultades que poseía el Rey en el
reino: gobierno del territorio, justicia, dirección de la Hacienda real
y vigilancia de la seguridad interior y exterior. Sus poderes sólo
duraban según la voluntad del Rey y desaparecían cuando éste hacía
acto de presencia en el reino
4
.
Una de las instituciones más importantes que permanecieron fue
el Consejo Real, del que más adelante hablaremos. Sus atribuciones
eran judiciales, gubernativas y legislativas. Él era el encargado de
administrar la justicia en el reino, resultando ser el último tribunal de
apelación para los navarros
5
. Políticamente su más importante
función fue la del ejercicio del derecho de sobrecarta, el revisar que
toda provisión real estuviera de acuerdo con los fueros del reino. De
esta manera, aquellas que no cumplían este requisito no eran
cumplidas en Navarra.
Por otro lado, gran importancia tuvo también la institución de las
Cortes Generales. Se trataba de una reunión de los tres estados del
reino (Iglesia, nobleza y universidades). Dicha reunión era convocada
por el Virrey, y su principal misión era legislar en torno a los asuntos
que acuciasen al reino. A partir de 1592, esta institución fue
sustituida, durante los periodos en los que las Cortes no se reunían,
por la Diputación del reino. Hubo gran conflicto entre Consejo,
Cortes y Diputación, ya que sus competencias en ocasiones chocaban
en asuntos administrativos o de gobierno.
Uno de los cambios más importantes que la historiografía ha
señalado en cuanto a la sociedad moderna se refiere, ha sido el
ocurrido en torno a la violencia interpersonal, tanto en cuanto a la
cantidad de casos como en cuanto a las actitudes de la población ante
estos hechos
6
. Navarra no estuvo al margen, como ya se ha dicho, y
a lo largo de las siguientes páginas se analizará la incidencia que esa
violencia tuvo en el recién conquistado Reino a lo largo de los siglos
XVI y XVII. Para ello, han resultado fundamentales los fondos

4
Usunáriz, 2006, p.156.
5
Salcedo Izu, 1964., Sesé Alegre, 1994, Martínez Arce, 2005.
6
Entre los autores más destacados que han afirmado el cambio producido en la
evolución de la violencia interpersonal, podemos citar a Stone, 1983, Sharpe, 1977,
1980, 1982, 1983, 1984, 1985, 1986, 1996, Cockburn, 1977, 1991, MacFarlane,
1981, Beattie, 1974, Ruff, 2001, Lenman-Parker 1980, o Österberg, 1996, entre
otros.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 41
conservados en la sección de Tribunales Reales del Archivo General
de Navarra (AGN). La ya mencionada presencia de todas las
instituciones del reino de Navarra en Pamplona ha permitido la
conservación de los miles de procesos judiciales llevados adelante
tanto por la Corte Mayor como por el Consejo Real a lo largo de los
siglos modernos. Así, la ingente cantidad de fondos conservados y la
catalogación de éstos llevados a cabo por el propio Archivo a lo largo
de los últimos años, nos ha permitido la realización de estadísticas
que permiten aproximarnos mejor al fenómeno de la violencia
interpersonal en aquellos años, a su auge y posterior declive.

1. Datos demográficos de la Navarra de los siglos XVI y XVII
Uno de los temas más recurrentes en la historiografía sobre la
criminalidad ha sido el de la relación entre ésta y la población de
cada lugar estudiado. Diversos historiadores han analizado, de este
modo, la incidencia que la violencia tuvo sobre la población en toda
la Europa moderna
7
. A partir de los datos extraídos de los trabajos de
Alfredo Floristán, en 1553 Navarra sumaba 32.064 fuegos o familias,
que equivaldrían, aproximadamente a unas 144.000 personas, con
una densidad media de 15,4 habitantes por kilómetro cuadrado
8
. La
merindad de Pamplona era la más populosa (9.657 fuegos: 30,2% del
total, unas 43.460 personas), seguida de las de Estella (7.096 f: 22,2%,
unas 31.932 personas), Sangüesa (6.254 f: 19,3%, unas 28.143
personas), Tudela (4.850 f: 15,2%, unas 21.825 personas) y Olite
(4.207 f: 13,1%, unas 18.932 personas). Las de Estella y Pamplona
eran las más densamente pobladas, rondando ambas los 20 habitantes
por kilómetro cuadrado, media similar a la que entonces tendrían,
según Floristán, Castilla la Vieja o el País Vasco. La merindad de
Sangüesa, por el contrario, apenas supera los 10 habitantes por
kilómetro cuadrado, cifra que recuerda las bajas densidades
características de extensas comarcas de Aragón.

7
Autores como Gurr, (1981), Stone, (1983), Spierenburg, (1994).
8
Floristán Imízcoz, 1986, p. 155.
42 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Tabla 2. Datos de población del reino de Navarra (siglos XVI-XVII)
(Floristán, 1986,1993)
Población Población Población Población
Fuegos
1553
Población
1553
Fuegos
1646
Población
1646
Pamplona Pamplona Pamplona Pamplona 9.657 43.456 9.598 43.191
S SS Sangüesa angüesa angüesa angüesa 6.254 28.143 6.167 27.751
Estella Estella Estella Estella 7.096 31.932 6.805 30.622
Olite Olite Olite Olite 4.207 18.931 3.460 15.570
Tudela Tudela Tudela Tudela 4.850 21.825 4.608 20.736
Total Total Total Total 32.064 144.288 30.638 137.871

Se advierte ya, de forma incipiente, la existencia de un eje
latitudinal que divide en dos a Navarra: más pujante y densamente
poblada la occidental y de crecimiento más lento y menos populosa
la mitad oriental. Las mayores densidades se concentraban,
principalmente, en primer lugar en la amplia franja comprendida
entre el camino de Pamplona a Logroño y las sierras de Urbasa-
Andía, y en segundo en las cuencas de los ríos Alhama y Queiles, en
la merindad de Tudela. Sabemos, gracias a un libro de fuegos de las
merindades de Pamplona, Sangüesa y Estella de 1427, que la
población Navarra creció durante el siglo XVI, llegando incluso a
duplicar la población que había tenido durante el siglo XV
9
. Además,
Floristán afirma que la población creció más rápidamente entre 1500
y 1553 que entre 1427 y 1500. Sin embargo, parece ser que, según
este mismo autor, para 1587 se observa ya cierta disminución
poblacional en el reino.
La crisis del siglo XVII fue, por su parte, muy leve en la
población Navarra. Sólo la merindad de Olite perdió más de un 15%
de su población, mientras que las otras cinco no perdieron ni siquiera
un 5%. A mediados del XVII, la merindad de Pamplona seguía
siendo la de mayor población (9.598 familias) y la más densamente
ocupada, seguida de Estella (6.805 fuegos), Sangüesa (6.167 f),
Tudela (4.608 f) y Olite (3.460 f). La desigual distribución que
advertíamos en 1553 se ha acentuado, insinuándose claramente tres
comarcas que concentran las mayores densidades: el valle del Alhama,
la franja Estella-Pamplona y el extremo NO rayando con

9 Floristán Imízcoz, 1986, p. 155.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 43
Guipúzcoa
10
. Por todo lo hasta ahora dicho, hemos considerado
tomar los datos del apeo de 1553 como los más fiables a la hora de
hacer estadísticas.
En cuanto al peso demográfico que la capital Pamplona tenía en
el siglo XVI respecto al resto de Navarra, señalemos que su
población, con unos 8.900 habitantes, representaba en 1553 el 6,40%
de la total del reino y el 20,49% de la de su merindad. Tudela por su
parte, con unos 8.100 habitantes, representaba el mismo año el 5,65
% de los habitantes del reino y el 37,14% de los de su merindad.
Estas dos ciudades podríamos considerarlas, según el esquema de Jan
de Vries, como ciudades de tamaño medio a nivel europeo y que,
por lo tanto, tenían un gran índice de población móvil, desde
soldados que residían temporalmente en la ciudad hasta emigrantes o
hijos de campesinos que iban a trabajar como sirvientes u otros
oficios
11
.
Siguiendo con las demás capitales de merindad, observamos que
Estella, con sus casi 4.000 habitantes, representaba en 1553 el 2,76%
de la población del reino y el 12,41% de su merindad. En cuanto a
Sangüesa, población de unos 2.900 habitantes, contenía el 2,04% de
la población del reino y el 10,39% de la población de su merindad.
Finalmente, Tafalla, ciudad más populosa de la merindad de Olite
con unos 2.100 habitantes, tenía el 1,48% de la población del reino,
y el 11,25% de la población de su merindad.
Durante estos siglos, como puede deducirse de los anteriores
datos, sólo el 18% de la población vivía en localidades de más de 500
familias. Las principales ciudades, muy pocas y de tamaño reducido,
tuvieron un escaso peso demográfico en la Navarra rural. Ejercían
funciones de capitalidad comercial y artesana y, secundariamente,
administrativas y de servicios a la comarca. Sólo Pamplona, capital
del reino, extendía su influencia más allá de los límites de la
merindad: sede episcopal, del virrey y de los tribunales, de la
Diputación, con una importante guarnición en su ciudadela, no
pasaba de ser una ciudad de segundo rango en el conjunto español,
con un carácter acentuadamente rural y artesano
12
.

10 Floristán Imízcoz, 1986, p. 155.
11 Vries, J., 1987, p. 277.
12
Floristán Imízcoz, 1986, p. 158.
44 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

2. La evolución cuantitativa de los casos de muerte
Un estudio detallado de todos los procesos judiciales sobre
agresión y muerte o agresión y heridas existentes en el Archivo
General de Navarra nos permite hacernos una idea de diversos
aspectos en torno a la evolución de la violencia interpersonal a lo
largo de los siglos XVI y XVII. El estudio de su evolución, tomando
como referencia las distintas décadas de dichos siglos, permite
comparar los resultados con otros lugares de Europa en los que este
tema ha sido estudiado. El análisis del gráfico 1 nos ofrece la
posibilidad de analizar con rigor la evolución de los procesos por
homicidio desarrollados por el Consejo Real y la Corte Mayor de
Navarra en los siglos XVI, XVII y XVIII. En él podemos observar
diversos fenómenos. En primer lugar, podemos observar el auge de
los procesos por homicidio durante la segunda mitad del siglo XVI y
primeros años del XVII. Dicho «pico» de casos fue seguido por un
lento declive en el número de éstos que se prolongó a lo largo de
todo el siglo XVII y los dos primeros tercios del siglo XVIII.
Finalmente, destaca el increíble aumento de casos de homicidio a
finales del siglo XVIII y comienzos del XIX.
Gráfico 1. Número de procesos por homicidio (AGN)
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8
3
6

El aumento del número de casos en los primeros años del siglo
XVI consideramos que no correspondería a un verdadero aumento
de los casos de violencia, teniendo en cuenta el contexto histórico.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 45
La invasión castellana de Navarra supuso una paralización de todas las
instituciones que, como explica Usunáriz
13
, no pudieron recuperar
su ritmo habitual hasta la llegada del licenciado Valdés en 1525.
Dicha visita supuso una profunda reorganización de las instituciones
navarras, y tuvo una particular incidencia tanto en el funcionamiento
de la Corte Mayor como del Consejo Real. Por esta razón a partir
de 1525 el número de casos se dispara hasta los niveles en los que,
probablemente, se encontraba el número de homicidios por cada año
en la Navarra moderna. A partir de entonces, y al igual que en el
resto de Europa, asistimos a un paulatino declive del número de
casos de homicidio. Dicho declive, constatado igualmente en otros
lugares de Europa como más adelante explicaremos, consideramos
que se encuentra en estrecha relación con tres procesos que en los
últimos años han venido considerando los historiadores: los procesos
de «disciplinamiento social» y «confesionalización», ambos
estrechamente relacionados, y el proceso de «civilización» que
propuso Norbert Elias. Con el concepto de «disciplinamiento», nos
estamos refiriendo a la importante labor de «aculturación» que
practicó el Estado mediante la labor de los tribunales de justicia. Esta
labor influyó, en colaboración con la labor de la Iglesia y su Teología
moral, en la creación de una nueva sociedad, una sociedad más
moderna y racional no conocida hasta entonces. Este hecho provocó
un control de la violencia, tanto por parte de las autoridades, que no
permitieron las venganzas privadas, habituales en la Edad Media, y
concienciaron paulatinamente a la sociedad, tratando de crear un
hombre nuevo, más reacio al empleo de la violencia
14
. La
convergencia de los procesos de confesionalización y
disciplinamiento social permitió que tanto la Iglesia como el Estado
consiguieran sus objetivos en el intento de consecución de una
nueva sociedad confesional, tratando de que los propios hombres y
mujeres de la época se unieran a sus intereses, controlando su propia
agresividad y desterrando la posibilidad de resolver conflictos de
manera privada
15
. A su vez, esta convergencia originó una

13
Usunáriz, 2001, p. 691.
14
Sobre los procesos de Disciplinamiento Social y Confesionalización pueden
consultarse los trabajos de Österberg, (1996ª, 1996b) Reinhard, (1993), Schilling,
(1992, 1993, 2002), Hsia, (1992, 1998), Lotz-Heumann (2001), Usunáriz (2002), o
Sánchez Aguirreolea (2006, 2008), entre otros.
15
Ruff, 2001, pp.3 y ss.
46 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

autorrepresión de los instintos violentos de la sociedad, causando el
declive de los casos de violencia. Es por todo ello que, como
veremos en el capítulo dedicado a la justicia, la población fue
teniendo una cada vez mayor confianza en la justicia del rey. Dicha
justicia ofrecía unas garantías de compensación a la parte ofendida,
puesto que sabían que muy probablemente el asesino finalmente sería
castigado. Esto provocó una mayor afluencia de gentes a los
tribunales para dirimir sus disputas, tal y como explicó Richard
Kagan para la Castilla moderna
16
, provocando así que nos hayan
llegado cientos de miles de procesos para la Navarra del Antiguo
Régimen. Con esto, otra explicación plausible a este declive y que
consideramos está en estrecha relación con el disciplinamiento social
y la confesionalización sería el proceso de civilización del sociólogo
germano Norbert Elias
17
. Según Elias, la interacción entre la
expansión del monopolio estatal del poder y la interdependencia
económica habría conducido al crecimiento de espacios sociales
pacificados y una represión de la violencia hacia la previsión, la
reflexión y el autocontrol
18
.
El declive, por lo visto en el gráfico, culminó entre finales del
siglo XVIII y comienzos del XIX, época en la que se produjo un
importantísimo incremento de los casos de violencia, muy
probablemente debido a la crisis del Antiguo Régimen, unido a las
distintas guerras que hubieron de afrontarse a partir de dicho
período. Al quedar éste fuera de nuestro campo de investigación,
consideramos que debería ser otro trabajo el que investigara los
porqués de dicho nuevo espectacular incremento, que contribuiría,
sin duda, a conocer otros aspectos menos conocidos que los políticos
y económicos de la crisis del Antiguo Régimen.
Todo lo dicho no hace sino confirmarse a la vista del gráfico 2,
en el que mostramos los casos de agresión con resultado de heridas
obtenidos para los siglos XVI, XVII y XVIII. Dicho gráfico nos
muestra, al igual que en el caso de los homicidios, el auge de las
causas de heridas en el siglo XVI, debido a la reorganización de los
tribunales reales promovida por el licenciado Valdés, así como un
paulatino declive de estos casos a partir del siglo XVII, en relación

16
Kagan, (1989).
17
Elias, 1988.
18
Eisner (2003), p. 87.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 47
con los procesos de disciplinamiento social, confesionalización y
civilización mencionados. Es de destacar igualmente que a finales del
siglo XVIII hubo un estallido de agresiones muy superior a lo
observado para el caso de los homicidios. Este hecho nos lleva a
pensar que, si bien se trató de una época de mayor agresividad que
los siglos XVI y XVII, el número de homicidios no creció
proporcionalmente a las heridas. Este hecho sería debido en gran
medida a la propia sociedad, influenciada por los mencionados
procesos y por tanto más reacia que antes al homicidio, si bien sería
necesario analizarlo con más detenimiento. Los años transcurridos
entre 1801 y 1810 fueron de gran conflictividad, probablemente
debida a la invasión francesa, y si bien el número de homicidios
creció hasta niveles algo superiores a los del siglo XVI, el número de
agresiones creció muy por encima de aquella cifra. Detrás de esta
tendencia podría estar también la mayor propensión de la gente a
dirimir sus conflictos interpersonales en los juzgados, huyendo de la
infrajusticia, más característica en periodos históricos cercanos a la
Edad Media.
Gráfico 2. Número de procesos por heridas (AGN)
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8
3
6

Algunos autores como Peter Spierenburg o Tomás Mantecón
19

han sugerido la idea de que el ya mencionado declive de los casos de
violencia interpersonal pudo estar acompañado de un aumento de los

19
Mantecón, (1999), Spierenburg, (1994, 1996).
48 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

casos de injuria. La gente así, según esta teoría, habría reprimido su
ira canalizándola hacia la injuria en vez de hacia la violencia física. La
injuria provocaba una «muerte social» del individuo, que lo obligaría
incluso a exiliarse de su comunidad al verse ofendido. Por esto, estos
autores sugieren que hubo un cambio en la forma de la violencia,
antes que un verdadero declive de ésta. Los datos obtenidos en el
Archivo General de Navarra no corraboran esta hipótesis.
A la vista del gráfico 3, podemos afirmar que los casos de injurias
también disminuyeron en los tribunales navarros a lo largo de los
siglos XVI, XVII y XVIII. A diferencia de los datos obtenidos por
Mantecón para la Cantabria del Antiguo Régimen, podemos
asegurar que en Navarra no aumentaron los pleitos por injurias, por
tanto no creemos que la idea de un cambio de las formas de
violencia sea correcta aplicada a la Navarra moderna. Tampoco
consideramos correcta la teoría que la historiografía francesa
denominó «De la violence au vol». Según estos autores, como aclara
Rousseaux, el declive de los índices de violencia desde finales de la
Edad Media hasta el siglo XVIII se unía a un aumento de crímenes
contra la propiedad. La violencia dejaría así paso al robo como forma
más habitual de crimen. Consideraban que el foco de la criminalidad
sufrió un cambio, por así decirlo, de las personas a las propiedades. El
progresivo despegue económico, la lenta industrialización, y el
desarrollo urbanístico de este siglo serían las causas más importantes
de dicho cambio y, en consecuencia, se habría abandonado una
criminalidad ‘de Antiguo Régimen’ por otra contemporánea
20
.

20
Rousseaux, 1996.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 49
Gráfico 3. Número de procesos por injurias (AGN)
0
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4
0

Sin embargo, la historiografía se ha preocupado ya en desmentir
dicha teoría. La autora Bárbara Hanawalt ha demostrado en su
trabajo sobre la Inglaterra de los siglos XIV y XV que en la Edad
Media la proporción de delitos contra la propiedad fue muy similar a
la de los siglos modernos
21
, y esta es también una de las acusaciones
que J.A. Sharpe hizo a Lawrence Stone en un debate mutuo que
sobre este tema mantuvieron en 1985
22
. El declive de la violencia,
según investigaciones posteriores como las de Xabier Rousseaux, no
coincidiría con un aumento del robo
23
. Y eso es lo que igualmente
hemos comprobado para la Navarra moderna. No se dio un
significativo cambio entre los índices de criminalidad contra la
propiedad y criminalidad contra las personas. Bien es cierto que a la
vista del gráfico gráfico gráfico gráfico 4 44 4, observamos un gran incremento de los casos de
dicha criminalidad a finales del siglo XVIII. Pero dicho incremento
es proporcional al aumento de casos que ya vimos en cuanto a la
violencia interpersonal. Más llamativo resulta, a nuestro entender, el
declive de casos de hurto que podemos observar entre los siglos
XVII y XVIII. A la vista del gráfico, podemos intuir que el declive
en la criminalidad no sería una cuestión únicamente centrada en los
casos de violencia, sino que se trató de un declive general de todo
tipo de criminalidad. El estudio de este hecho nos llevaría a

21
Hanawalt, 1976.
22
Sharpe, (1984), (1985, p.212).
23
Rousseaux, 1996.
50 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

considerar la necesidad de un estudio más profundo tanto en el
declive de los niveles de hurto en los siglos XVI y XVII, muy
probablemente relacionado con las ideas de disciplinamiento social ya
referidas, como a su aumento, al igual que la violencia, a finales del
siglo XVIII, con la crisis del Antiguo Régimen.
Gráfico 4. Número de procesos por hurto (AGN)
0
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7
6
0
1
7
6
1
-
1
7
7
0
1
7
7
1
-
1
7
8
0
1
7
8
1
-
1
7
9
0
1
7
9
1
-
1
8
0
0
1
8
0
1
-
1
8
1
0
1
8
1
1
-
1
8
2
0
1
8
2
1
-
1
8
3
0
1
8
3
1
-
1
8
3
6

Todos estos datos deberían ser tomados con gran cautela
siguiendo a la historiografía nacional e internacional. Según han
remarcado diversos autores desde Inglaterra a Italia, pasando por
Francia y España, en cuestión de estadística podemos topar con lo
que ha venido a llamarse dark figure o figura oscura de los datos de la
criminalidad. Según autores como el propio Mantecón, Mendoza
Garrido, Lenman, Parker, Benoît Garnot u Ottavia Niccoli
24
,
deberíamos hacer poco caso a los datos obtenidos a partir de las
fuentes judiciales, pues estas nos estarían hablando más del proceso
represor del estado en torno a la violencia que de la incidencia real
que ésta pudo tener. Razón de ello, como explican Félix Segura y
Daniel Sánchez en su magnífico artículo sobre las razones de la
violencia interpersonal
25
, sería la existencia de una «infrajusticia»

24
Mantecón, (1999), p. 122, Mendoza Garrido, (1993), p. 244, Lenman,
Parker, (1980), Garnot, (1996), Niccoli, (2007).
25
Sánchez Aguirreolea, Segura Urra, (2000), p. 350.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 51
proveniente de tiempos medievales. Dicha «infrajusticia», de la cual
hablaremos más adelante, habría ocasionado que las personas de
aquellos siglos no hubieran acudido, como ya hemos dicho, a la
justicia para dirimir sus pleitos, de manera que habrían llegado a
acuerdos entre ellos, amparados por ancestrales leyes consuetudinarias
que les habrían permitido el no tener que acudir a los tribunales
debido a los costes que un proceso de estas características les
originaría. Parece una idea coherente, si tenemos en cuenta el gasto
que suponía tener a un familiar en la cárcel. Había que llevar el
proceso adelante, pagando abogados, la estancia en alguna posada a lo
largo de todo el proceso, y las distintas necesidades que pudiera tener
el preso, causando graves perjuicios económicos. Sin embargo,
consideramos que en el caso de la violencia esto no era así
exactamente. Nos encontramos ante un crimen grave, casos «atroces»
que la justicia, en su empeño disciplinador, no podía dejar sin juzgar.
Al recibir información sobre la aparición de un cadáver o de alguna
pelea, la justicia intervenía directamente, sin intermediarios. Tal y
como veremos en el capítulo dedicado al proceso judicial, los
juzgados contaban con una serie de alguaciles y escribanos dedicados
a este tipo de tareas. A su vez, en las ciudades existían personajes
como los mayorales, encargados de salvaguardar la seguridad de los
barrios, y además el ejército ocupaba todo el territorio, ejerciendo
como coacción a aquellos que osaren desafiar a la justicia. Además,
en las distintas villas y lugares existían los alcaldes, que eran obligados
por ley a denunciar todo crimen que fuera cometido y a iniciar la
investigación, que posteriormente pasaría a la Corte Mayor.
Igualmente, existía en cada merindad la figura del merino, con ciertas
atribuciones en el mantenimiento del orden público. Es por ello que,
ante la dificultad existente en ocultar un cadáver, consideramos que
los datos obtenidos para la Navarra moderna en cuanto a número de
homicidios son muy cercanos a la realidad, y pueden servir
perfectamente para ilustrarnos y comparar la situación de Navarra
con otros territorios de la Europa occidental cristiana. Bien es cierto
que crímenes como el envenenamiento o los infanticidios pueden
quedarnos «ocultos», de forma que ni la propia justicia de la época
fue capaz en ocasiones siquiera de reconocerlos. Se trataba de
crímenes, especialmente el envenenamiento, ocultos, silenciosos y
más fácilmente ocultables que el asesinato de una persona adulta a la
cual, antes o después, alguien echaría en falta. Sin embargo, también
52 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

consideramos que en los casos de agresión con resultado de heridas e
injurias es también muy posible que no conozcamos todos los casos.
Igualmente, nos resulta difícil el comparar entre qué fue homicidio y
qué asesinato, puesto que la catalogación del Archivo General de
Navarra no distingue entre ambos, englobándolos todos en la
categoría «agresión con resultado de muerte». Dentro de ésta
podemos encontrar desde asesinatos hasta agresiones espontáneas que,
en ocasiones por negligencia médica o porque dicha ciencia no
estaba lo suficientemente desarrollada, causaron la muerte del
agredido. En caso de haber existido una fuerte infrajusticia,
estimamos que resulta mucho más probable que se ejerciera en estos
casos antes que en los asesinatos, que pasaban ya a ser crímenes
«atroces». A pesar de ello, también consideramos que los datos en
torno a estos casos obtenidos son también indicadores de cuál era la
tendencia, que coincide con la de los homicidios en el declive a
partir de los primeros años del siglo XVII.
Pero más allá de los datos obtenidos para la Navarra moderna, no
cabe sino preguntarnos ¿Qué lugar ocupa Navarra, comparándola
con otras regiones europeas en cuanto a crimen violento se refiere?
Para ello, la historiografía tradicionalmente ha considerado un
indicador que permita la comparación tanto entre un lugar y otro
como entre una época y otra, como es el del número de homicidios
por cada 100.000 habitantes. En el caso de la Navarra moderna,
como ya dijimos en un reciente artículo, hemos calculado una media
anual de 5,068 homicidios al año por cada 100.000 habitantes
durante los siglos XVI y XVII
26
. Este dato, como veremos, nos sitúa
algo por debajo de la media europea.
La historiografía ha constatado, al igual que hemos visto en el
caso de Navarra, un declive de los casos de violencia interpersonal.
Los trabajos de Gurr, Lawrence Stone o Cockburn para Inglaterra,
Österberg e Ylikangas para Escandinavia y Spierenburg para Holanda
así nos lo indican
27
. Debemos señalar, sin embargo, que existen
diversas dificultades para una comparación de datos. No todos los
trabajos consultados se refieren a los mismos períodos, de tiempo;
además, en ocasiones la periodización que éstos emplean resulta

26
Berraondo, (2010), p. 211.
27
Gurr (1981), Stone (1983, 1985), Cokburn (1991), Ylikangas (1976),
Österberg (1996), Spierenburg (1994, 1996, 2001, 2002).
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 53
también distinta entre ellos, y no todos ofrecen datos de homicidios
ateniéndose a los casos por cada 100.000 habitantes, si bien esta
fórmula está bastante estandarizada. El trabajo de Manuel Eisner, en
el que compiló todos los datos que pudo obtener hasta 2003, resulta
una valiosa aportación para poder comparar nuestros datos con el
resto de Europa
28
.
Gracias a dicha aportación sabemos que el número de asesinatos
en la Europa medieval fue muy similar. Así, En Oxford o Londres
durante el siglo XIV habría habido entre 25 y 110 homicidios por
cada 100.000 habitantes al año, si bien en otras áreas el número
variaría entre 8 y 25
29
. En Italia los datos variarían igualmente entre
los 15 y los 150 homicidios anuales por cada 100.000 habitantes,
según los trabajos realizados para Florencia
30
, Venecia
31
o Bolonia
32
.
Eisner además asegura que tanto en Francia como en Bélgica,
Holanda, Alemania y Suiza los índices se mantuvieron entre 6 y 100
casos por cada 100.000 habitantes
33
. Para el caso de la España
medieval, contamos con los datos que ofrece Pablo Pérez García para
la Valencia de finales del siglo XV y principios del XVI. En dicho
trabajo calcula que por aquellos tiempos el número de homicidios
rondaría los 25 o 28 homicidios por cada 10.000 habitantes
34
. Para el
caso de la Navarra medieval (siglo XIV), gracias a los datos aportados
por Félix Segura en su libro Facer Justicia, se calcula una media de
20 homicidios al año por cada 100.000 habitantes
35
. Se trata de unos
niveles en la media europea, como hemos podido comprobar, si bien
debemos lamentar la no existencia de datos durante la segunda mitad
del siglo XIV y todo el siglo XV que permitan hacer una
comparativa de la evolución de esta violencia desde tiempos
medievales hasta el siglo XVI. Todos estos niveles resultan

28
Eisner, (2003).
29
Hanawalt, 1976, Hammer, 1978
30
Becker, 1976, Cohn, 1980.
31
Ruggiero, 1980.
32
Blanshei, 1982.
33
Eisner, 2003, p. 100.
34
A la vista de los datos obtenidos en otros lugares del mundo y en la misma
Navarra, consideramos que debería tratarse de 25 o 28 casos por cada 100.000
habitantes, dato que lo colocaría más o menos en la media europea. Sin embargo,
nos extraña que todas las cifras que ofrece el libro las compare con 10.000
habitantes. Pérez García, 1990, p. 319.
35
Segura Urra, 2005a, pp. 347-360.
54 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

especialmente altos comparados con los obtenidos a partir del siglo
XVI.
Es a partir del siglo XVI cuando observamos ya un auténtico
descenso del número de homicidios en toda Europa Occidental. El
caso inglés, relatado por Sharpe
36
, resulta característico. Los trabajos
de Beattie, Cockburn o Samaha muestran un clarísimo descenso del
nivel de violencia. Así, J. M. Beattie
37
explica cómo en Surrey los
índices descendieron de un 8,1 a 4,3 en áreas rurales, así como de 2,3
a 0,9 casos por cada 100.000 habitantes en el condado de Sussex
entre finales del siglo XVII y finales del siglo XVIII. El caso de Kent
resulta también revelador. Siguiendo los datos proporcionados por
Cockburn
38
, observamos que al igual que en el caso navarro, la
mayor parte de los homicidios se produjeron entre finales del siglo
XVI e inicios del XVII. Sin embargo, no parece que se adivine
ningún declive claro en el siglo XVII, si bien en el XVIII el descenso
del número de casos con relación a la población es claro. Tratándose
este trabajo sobre los siglos XVI y XVII se han incluido en la tabla
los datos correspondientes al siglo XVIII, aunque ciertamente
Cockburn ofrece datos hasta el siglo XX. Hemos obviado los siglos
XIX y XX, pues consideramos quedan fuera ya de nuestro ámbito
de estudio.
Tabla 3. Datos de número de homicidios en Kent, Surrey y Sussex
(Cockburn, 1991 y Beattie1986)
Kent 1571 Kent 1571 Kent 1571 Kent 1571- -- -1700 1700 1700 1700
Años Media homicidios al
año
Media homicidios por
cada 100.000 habs.
1571-1580 4,6 3,8
1581-1590 4,1 3,3
1591-1600 7,6 6
1601-1610 6,8 5,3
1611-1620 7 5,3
1621-1630 3,3 2,5
1631-1640 4,6 3,4
1641-1650 6 4,3

36
Sharpe, 1996, pp. 22-23.
37
Beattie, pp. 107-113.
38
Cockburn, 1991, p.78.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 55
1651-1660 3,8 2,7
1661-1670 7 4,8
1671-1680 5,3 3,6
1681-1690 7,6 5,1
1691-1700 5,5 3,6
1701-1710 5,6 3,6
1711-1720 4,9 3,1
1721-1730 3,8 2,4
1731-1740 2,7 1,7
1741-1750 2,6 1,6
1751-1760 4,0 2,4
1761-1770 3,2 1,7
1771-1780 3,7 1,8
1781-1790 4,5 2,0
1791-1800 5,3 2,0

Surrey 1690 Surrey 1690 Surrey 1690 Surrey 1690- -- -1800 1800 1800 1800 Sussex 1690 Sussex 1690 Sussex 1690 Sussex 1690- -- -1800 1800 1800 1800
Años Media de
homicidios al año
en Surrey
Media
homicidios por
cada 100.000
habs.
Media de
homicidios al
año en Sussex
Media de
homicidios por
cada 100.000
habs.
1660-1679 7,6 6,2 2,5 2,6

1680-1699 6,1 4,9 1,8 1,9

1700-1719 4,5 3,5 1,2 1,2

1720-1739 2,6 2,0 1 1,1

1740-1759 2,5 1,8 1,8 1,9

1760-1779 2,6 1,4 0,6 0,5

1780-1802 2,1 0,9 0,9 0,6

En cuanto a Essex, los datos de Joel Samaha
39
nos dibujan un
panorama diferente. En ellos vuelve a adivinarse, al igual de lo que

39
Samaha, 1974, p.19.
56 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

ocurre en Navarra y Kent, un pico importante de procesos entre
finales del XVI y comienzos del XVII, para después ir cayendo
durante este último siglo de manera importante
40
.
Tabla 4. Número de homicidios en Essex (Samaha, 1974) y Amsterdam
(Eisner, 2003
Essex 1559 Essex 1559 Essex 1559 Essex 1559- -- -1603 1603 1603 1603 Ámsterdam 1667 Ámsterdam 1667 Ámsterdam 1667 Ámsterdam 1667- -- -1709 1709 1709 1709
Homicidios
totales
Homicidios
según el total
de habitantes
Homicidios
porcada
100.000
habs.
1561-70 19
1571-80 40
1581-90 62
1591-1600 54
1601-1603 33
1667-79 5,5 2,9
1693-1709 18 9
Media 5,95

También en los Países Bajos ha sido estudiado este fenómeno,
habiéndose comprobado que el declive de los casos de violencia
también fue evidente. Boomgaard y Spierenburg han calculado que
los ratios de homicidio descendieron en Ámsterdam a lo largo del
siglo XVI de unos cuarenta hasta veinte casos por cada 100.000
habitantes, cifra que resulta muy alta si se compara con los datos
obtenidos para Inglaterra o Navarra, pero que resulta comprensible
debido al gran tamaño de dicha ciudad, siguiendo parámetros que
más adelante veremos. Igualmente, para el caso de Bruselas, los
pleitos de homicidios habrían declinado, según Vanhemelryck de
unos 20 casos por cada 100.000 habitantes en el siglo XV hasta 10 en
el XVI
41
. Peter Spierenburg ofrece datos más claros para la

40
No contamos con datos poblacionales de Kent y el autor no ofrece ningún
tipo de proporción en sus tablas.
41
No nos ha sido posible accede a los trabajos de Boomgard y Vanhemelryck
debido a que éstos se encuentran en holandés. La referencia a ellos la encontramos
en Eisner, 2003, p. 101.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 57
Ámsterdam de finales del siglo XVII, en los cuales se adivina también
un importante descenso del número de casos entre 1667 y 1709
42
.
En Escandinavia, los datos nos hablan de unos altos niveles hasta
las primeras décadas del siglo XVII. Karonen estima unos índices de
violencia de entre 30 y 60 casos por cada 100.000 habitantes en
Turku, Arboga y Estocolmo en las primeras décadas del siglo XVII,
niveles mucho más altos que los registrados en otras partes de
Europa. Al parecer, estos datos responderían a un recrudecimiento
de la violencia tras un siglo XVI con índices más bajos. Hacia 1620
se registraría nuevamente un claro declive de dichos procesos. La
segunda mitad del siglo XVII el número de casos descendería hasta
los 8, llegando a 1,4 por cada 100.000 habitantes a mediados del siglo
XVIII
43
. Los datos que Eva Österberg nos proporciona para la Suecia
de los siglos XVI y XVII son bastante fragmentarios, pero confirman
esa idea, sin llegar hasta los niveles de Karonen. Si bien faltan algunas
décadas, apreciamos cómo se pasó de una situación de escasísima
criminalidad a otra de mayor número de casos por cada 100.000
habitantes, tal y como podemos observar en la tabla, para
posteriormente ir decayendo nuevamente a finales del siglo XVII.
Tabla 5. Media de homicios en Suecia (1501-1670) (Österberg, 1996a y
1996b)
Años Media homicidios por cada
100.000 habs.
1511-1520 1
1531-1540 1
1541-1550 2
1551-1560 1,4
1581-1590 6
1591-1600 3,6
1601-1610 7,7
1611-1620 3,6
1621-1630 4
1631-1640 2,6
1661-1670 1
Media 3,08

42
Spierenburg, 1994, p.707, 1996, p.83.
43
Datos proporcionados por Eisner, 2003, p. 102.
58 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA


En cuanto a Italia se refiere, la situación varía. Los datos que
tenemos para la Italia moderna contienen grandes lagunas y no se
conservan series continuadas de procesos como en otros lugares.
Blastenbrei ofrece unas cifras que indican una media de entre 25 y 35
registros médicos de homicidio al año, lo cual nos llevaría a una
media de entre 30 y 70 homicidios por cada 100.000 habitantes en la
Roma de finales del siglo XVI
44
. Romani, tratando el caso de
Mantua en el siglo XVII, ofrece unas cifras de entre 40 y 60
homicidios por cada 100.000 habitantes
45
. Se trata, como vemos, de
un número especialmente alto de crímenes violentos, mucho mayor
que en otros países europeos. Zorzi ofrece sin embargo unos
números bastante menores para la Padua del XVIII
46
, al igual que
Sardi para el caso de Siena
47
, hablando ambos de una media de entre
cuatro y diez casos por cada 100.000 habitantes.
Resulta más difícil de ofrecer resultados para Alemania y Suiza,
debido, como resalta Eisner, a la fragmentación de los territorios
como de una falta de interés de los historiadores por el análisis
cuantitativo de este fenómeno. Dicho autor se atreve a estimar,
siguiendo el trabajo de Dülmen, entre 6 y 16 homicidios al año por
cada 100.000 habitantes en las ciudades de Colonia y Frankfurt a
inicios del siglo XVII, y entre 2 y 10 casos en zonas de Suiza y el sur
de Alemania a finales del XVIII. En cualquier caso, según aclara
Eisner, el declive de los casos de violencia sería igualmente claro, a la
vista de los gráficos y tablas que dicho autor presenta
48
.
En conclusión, podemos afirmar que Navarra se encontró en la
media de los homicidios por cada 100.000 habitantes durante los
siglos de la Edad Moderna e, incluso, podemos también afirmar que
los casos de violencia en este reino fueron más menores que en otros
lugares de Europa. Sin embargo, si lo comparamos con los datos
obtenidos por el profesor Mantecón para la Cantabria de los siglos
XVII y XVIII (0,9 casos por cada 100.000 habitantes)
49
, los 5,068
casos de Navarra resultan verdaderamente elevados. El caso de

44
Eisner, 2003, p. 102.
45
Romani, 1980, p. 682.
46
Zorzi, 1989.
47
Sardi, 1991, p. 417.
48
Eisner, 2003, pp. 95-103.
49
Mantecón, 1999, p. 125.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 59
Vizcaya nos resulta también llamativo. Según la tesis de Luis María
Bernal, no se aprecia un claro declive de la violencia en dicho
territorio hasta 1670, volviéndose a intensificar su efecto a comienzos
del siglo XVIII. Sí coincidimos con él en el espectacular repunte que
tuvieron los casos de violencia homicida entre finales del siglo XVIII
e inicios del XIX, muy probablemente debido, como ya el propio
Bernal apunta, a la crisis del Antiguo Régimen
50
.
Navarra se encuentra en la media de homicidios por cada 100.000
habitantes en los siglos XVI y XVII. Podemos confirmar que, al igual
que la tendencia general en Europa, a partir de los primeros años del
siglo XVII los homicidios sufrieron un progresivo declive, al igual
que todo tipo de agresión. Los efectos de la confesionalización, el
disciplinamiento social y, unido a ellos, el proceso de civilización
provocó que la sociedad rehuyera el ejercicio de la violencia como
método para dirimir asuntos privados. Como veremos en los
próximos capítulos, tanto la legislación emanada por las Cortes y el
Consejo Real, la acción de la justicia, como el intento moralizador
de la Iglesia a través de su teología moral consiguieron cambiar la
cultura medieval, que propugnaba la solución de estos conflictos
mediante la infrajusticia o acuerdos puntuales al margen de la
legalidad. Bernal Serna explica acertadamente que la justicia redobló
sus esfuerzos en aras de la consecución de la nueva sociedad que
tanto Estado como Iglesia pretendían, y fue consiguiendo poco a
poco no solo que la población acudiera a los tribunales para dirimir
dichas disputas, sino que reprimiese sus instintos violentos y
rechazase la violencia. Este esfuerzo llegó, como veremos a
continuación, a todos los puntos del reino.
3. La geografía del homicidio
Uno de los temas más interesantes que podemos estudiar a partir
de la serie de procesos por agresión y muerte o agresión y heridas
conservadas en el Archivo de Navarra es el de la geografía o
localización de dichos casos. ¿Fueron las áreas rurales las que más
sufrieron el impacto de la violencia? O por el contrario, ¿fue en las
ciudades donde los malhechores pudieron actuar con una mayor
facilidad? Los datos obtenidos a partir del análisis de más de 5.000
procesos resultan claramente esclarecedores.

50
Bernal Serna, 2010, pp. 36-45,
60 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Si tomamos en consideración los datos obtenidos por el estudio
de los casos de agresión y muerte o agresión y heridas en el siglo
XVI, el primer dato relevante, a la vista de la tabla 2 tabla 2 tabla 2 tabla 2, es el
importante número de casos registrados en la merindad de
Pamplona, en comparación con las demás. Este hecho responde a
una población más numerosa, en dicha merindad, acompañada por la
importancia de la ciudad de Pamplona.
Tabla 6. Distribución geográfica de las causas de muerte y heridas en
Navarra (siglos XVI-XVII) [AGN]
Merindad
Población
(1553)
Casos de
muerte
(s. XVI)
Casos de
muerte
(s. XVII)
Casos de
heridas
(s. XVI)
Casos de
heridas
(s. XVII)
Pamplona 43.456 191 191 760 692
Sangüesa 28.143 117 76 310 254
Estella 31.932 92 62 292 221
Olite 18.931 62 104 292 298
Tudela 21.825 89 119 188 258
Desconocido 51 33 74 63
Total 144.288 602 585 1.916 1.786


CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 61


Mapa 1. Distribución geográfica de las causas por muerte violenta en el siglo
XVI (AGN)


62 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Mapa 2. Distribución geográfica de las causas por heridas en el siglo XVI
(AGN)

Mapa 3. Distribución geográfica de las causas por muerte violenta en el siglo
XVII (AGN)

CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 63
Mapa 4. Distribución geográfica de las causas por heridas en el siglo XVII
(AGN)

Pamplona, tal y como puede apreciarse en todos los mapas y
tablas que aquí presentamos, fue la ciudad con unos mayores índices
de violencia de la Navarra moderna. En total, hemos contabilizado
875 procesos por agresión y muerte o heridas ocurridos en la capital,
un 17,91% del total de casos. Estos datos resultan espectacularmente
abultados, dado que Pamplona, como dijimos, contenía únicamente
el 6,40% de la población del reino. Los datos de Tudela, la otra gran
ciudad de la Navarra moderna, son muy inferiores, si bien el peso
poblacional de ésta era muy poco inferior al de Pamplona. Tudela
contenía el 5,65% de los habitantes del reino, si bien sólo el 3,66%
de los procesos tratados ocurrieron en ella. Tal y como puede
apreciarse en los mapas aquí presentados, estos datos resultan también
muy superiores a los del resto de poblaciones navarras, convirtiendo
a la capital ribera en el segundo mayor foco de violencia
interpersonal.
64 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

A la vista de los resultados obtenidos del análisis de procesos del
Archivo General de Navarra, podemos afirmar que en el caso
navarro la mayor parte de los procesos por agresión y muerte o
heridas se refieren a la merindad de la montaña. La ciudad de
Pamplona ejerce un fuerte influjo, tal y como hemos visto, pero, al
tratarse de la merindad más grande y de la que más valles y pueblos
tiene, resulta lógico que sea en ella donde más casos se dan. Por lo
demás, las demás merindades se reparten los datos sin que haya
ninguna que destaque especialmente.
Tabla 7. Localidades que concentran el mayor número de casos por muerte
en la merindad de Pamplona (siglos XVI-XVII)
Poblaciones Población
1553
Agresión y
muerte en
el siglo XVI
Agresión y
muerte en
el siglo
XVII
Total
Pamplona 8.883 72 73 145
Puente la
Reina
1.860 12 10 22
Baztán (v)
51
3.415 7 7 14
Lesaca 1.188 1 7 8
Olza (v) 1.230 8 2 10
Vera de
Bidasoa
918 2 5 7
Goizueta 495 2 6 8
Burunda (v) 2.055 7 6 13
Araquil (v) 1.355 9 3 12

Siguiendo con la merindad de Pamplona, como podemos
observar tanto en la tabla tabla tabla tabla 7 77 7 como en el mapa nº 1 mapa nº 1 mapa nº 1 mapa nº 1, podemos afirmar
que en los municipios cercanos a la capital hubo una mayor violencia
que en aquellos situados más lejanamente. La Cendea de Olza, Cizur,
Galar o Ezcabarte presentan un elevado número de procesos a lo
largo de estos dos siglos. Igualmente, debemos destacar la
importancia de Puente la Reina, que con una población de unas
1.860 personas, presenta un número de 103 procesos judiciales a lo
largo de estos dos siglos. Los valles de la montaña sin embargo parece

51
(v) = Valle
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 65
que no fueron especialmente litigiosos, en gran medida debido
también a su menor población. El valle del Baztán en su conjunto
resulta tener un gran número de procesos judiciales, pero las
localidades que lo componen, aisladamente, no reúnen gran número
de procesos. En cualquier caso, podemos confirmar que la merindad
de Pamplona resultó una de las más violentas no sólo por el número
de casos de Pamplona, gran centro del crimen navarro, sino por la
gran cantidad de pequeños pueblos que, si bien individualmente no
suponen un gran número, al agruparlos nos ofrecen datos elevados.
La tabla tabla tabla tabla 8 88 8 nos proporciona una idea, por su parte, de la cantidad
de procesos por agresión y heridas conservados para los mismos
lugares. Como podrá apreciarse, la cantidad de casos es mayor. La
capital del reino vuelve a aparecernos como el lugar más violento
con gran diferencia sobre los demás. Igualmente, localidades como
Puente la Reina o Vera de Bidasoa cuentan con gran número de
casos de agresión.
Tabla 8. Localidades que concentran el mayor número de casos por agresión
y heridas en la merindad de Pamplona (siglos XVI-XVII)
Poblaciones Población
1553
Agresión y
heridas en
el siglo XVI
Agresión y
heridas en
el siglo
XVII
Total
Pamplona 8.883 364 366 145
Puente la
Reina
1.860 35 46 22
Baztán (v) 3.415 17 14 14
Lesaca 1.188 1 3 2
Olza (v) 1.230 8 37 15
Vera de
Bidasoa
918 3 16 7
Goizueta 495 1 3 8
Burunda (v) 2.055 18 9 13
Araquil (v) 1.355 16 5 12

En cuanto a la merindad de Estella, que alberga el 13,65% de los
procesos de Navarra, podemos afirmar que siendo también el lugar
más populoso, la ciudad de Estella tiene el mayor número de
procesos judiciales de agresión y muerte o heridas, con un total de
66 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

109, 31 de ellos homicidios, muchos para una ciudad que no llegaba
a 4.000 habitantes en 1553. Destaca el gran número de procesos
judiciales de Yerri o Guesálaz, valles con más de 1.500 habitantes
ambos, y con más de 5 casos de homicidio en ambos siglos, así como
Viana, ciudad de unos 2.200 habitantes y con 6 homicidios en el
siglo XVI y 7 en el XVII.

Tabla 9. Localidades que concentran el mayor número de casos por muerte
en la merindad de Estella (siglos XVI-XVII)
Merindad
de Estella
Población Agresión y
muerte
XVI
Agresión y
muerte
XVII
Total
Estella 3.965 20 11 31
Viana 2.246 6 7 13
Guesálaz (v) 1.620 9 5 14
Yerri (v) 1.564 9 5 14
Lerín 1.170 1 5 6
Goñi (v) 833 3 2 5
Sesma 770 0 2 2
Lodosa 702 0 5 5

En cuanto al número de heridas en la merindad de Estella, puede
hacerse una descripción parecida. Estella seguiría siendo el lugar
donde hubo un mayor número de heridas, dato relacionado
estrechamente con el número de habitantes de la localidad. Sería
seguido por los valles de Guesálaz y Yerri, ambos con una gran
conflictividad, especialmente en el siglo XVI, al igual que el valle de
Goñi. Debe destacarse también el caso de Lodosa, localidad en la que
pasamos de 4 casos a 16.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 67
Tabla 10. Localidades que concentran el mayor número de casos por
agresión y heridas en la merindad de Estella (siglos XVI-XVII)
Merindad
de Estella
Población Agresión y
heridas XVI
Agresión y
heridas
XVII
Total
Estella 3.965 48 30 78
Viana 2.246 12 14 26
Guesálaz (v) 1.620 29 14 43
Yerri (v) 1.564 37 13 50
Lerín 1.170 10 8 18
Goñi (v) 833 12 1 13
Sesma 770 4 16 20
Lodosa 702 4 5 9

La merindad de Sangüesa contiene el 15,49% de los procesos por
agresión y muerte o heridas. La capital, Sangüesa, resulta un lugar
especialmente violento, con casi 3.000 habitantes y unos 29 procesos
por homicidio conservados en total. Igualmente ocurre en el valle de
Egüés, muy cercano a Pamplona, que con sus casi 1.000 habitantes
nos ha legado 11 procesos. Los valles pirenaicos como Salazar,
Roncal o Aézcoa no tienen más de unos pocos pleitos por pueblo, a
excepción de los más poblados como Ochagavía, que con poco más
de 1.000 habitantes conserva 10 procesos. Aoiz, con unos 500
habitantes conserva solamente 5 casos de homicidio, y Lumbier, con
algo más de 1.000 habitantes conserva unos 12 procesos. En general
podemos afirmar que la de Sangüesa fue una de las merindades
menos violentas de la Navarra moderna en cuanto a homicidios se
refiere.
Tabla 11. Localidades que concentran el mayor número de casos por muerte
en la merindad de Sangüesa (siglos XVI-XVII)
Merindad
de Sangüesa
Población
1553
Agresión y
muerte
XVI
Agresión y
muerte
XVII
Total
Sangüesa 2.925 15 14 29
Esteribar
(v)
1.495 7 5 12
Lumbier 1.116 5 7 12
68 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Ochagavía 1.085 3 7 10
Egüés (v) 635 7 4 11
Aoiz 589 4 1 5
Roncal (v) 559 8 8 16

El panorama cambia sin embargo al analizar las agresiones con
resultado de herida. En este caso, podemos apreciar cómo la
merindad de Sangüesa cuenta con abundantes casos de agresión,
destacando igualmente la ciudad de Sangüesa con prácticamente 80
casos en ambos siglos. Aoiz, que prácticamente no nos aportaba
homicidios, nos ha legado 31 procesos, y los valles de Egüés o
Esteríbar nos han legado entre 40 y 50 casos.
Tabla 12. Localidades que concentran el mayor número de casos por
agresión y heridas en la merindad de Sangüesa (siglos XVI-XVII)
Merindad
de Sangüesa
Población
1553
Agresión y
heridas XVI
Agresión y
heridas
XVII
Total
Sangüesa 2.925 42 36 78
Esteribar
(v)
1.495 32 8 40
Lumbier 1.116 14 15 29
Ochagavía 1.085 9 6 15
Egüés (v) 635 37 13 50
Aoiz 589 18 13 31
Roncal (v) 559 12 20 32

El siguiente lugar donde debemos poner nuestra atención es la
merindad de Olite. En dicha merindad nos encontramos con un
fenómeno que hasta ahora no nos había aparecido, el enorme tamaño
de las distintas poblaciones. Sin llegar a ser ciudades, las localidades
de esta merindad son ciertamente mayores que las de otras y, por
tanto, sufrieron una mayor conflictividad. En cuanto a asesinatos se
refiere, Tafalla fue la ciudad donde más casos se registraron, siendo a
su vez la más populosa. Tras ella, localidades como Peralta u Olite
sufrieron también un gran impacto de la violencia homicida. Destaca
el caso de Falces, donde no conservamos ningún caso en el siglo
XVI, pero 11 en el XVII.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 69
Tabla 13. Localidades que concentran el mayor número de casos por muerte
en la merindad de Olite (siglos XVI-XVII)
Merindad
de Olite
Población
1553
Agresión y
muerte
s.XVI
Agresión y
muerte s.
XVII
Total
Tafalla 2.129 10 12 22
Olite 1.836 8 7 15
Peralta 1.733 7 14 21
Falces 1.701 0 11 11
Larraga 1.485 2 2 4
Artajona 788 4 8 12
Caparroso 788 2 5 7
Ujué 581 0 4 4
San Martín
de Unx
378 1 3 4

En cuanto a las heridas, nos encontramos con una situación
similar. Tafalla continuó siendo el foco principal de la violencia en
esta merindad, con un total de 85 casos, seguida de Olite y Peralta
con algo más de la mitad de homicidios cada una. Debemos destacar
el altísimo índice de agresiones de Falces, lugar con más de 400
habitantes menos que Tafalla pero a la que casi iguala en número de
casos. Debemos destacar también el alto número de agresiones
registradas en Artajona o Caparroso.
Tabla 14. Localidades que concentran el mayor número de casos por
agresión y heridas en la merindad de Olite (siglos XVI-XVII)
Merindad de
Olite
Población
1553
Agresión y
heridas
s.XVI
Agresión y
heridas s.
XVII
Total
Tafalla 2.129 49 36 85
Olite 1.836 32 14 46
Peralta 1.733 20 28 48
Falces 1.701 32 41 73
Larraga 1.485 16 10 26
Artajona 788 17 15 32
Caparroso 788 9 12 21
Ujué 581 1 6 7
San Martín
de Unx
378 6 10 16
70 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA


Finalmente, la merindad de Tudela presenta unas características
similares a las de la merindad de Olite. En este caso, al igual que en
el anterior, no nos ha sido necesario agrupar los pueblos de un valle
para obtener altas cifras, puesto que se trataba de lugares de una
mucho mayor población que otros. Debemos señalar, como ya
hemos dicho, la gran importancia que tuvo la ciudad de Tudela en
cuanto a homicidios se refiere. En total, 62 homicidios, si bien
debemos destacar que se trata de un número relativamente bajo si lo
comparamos con Pamplona, ciudad de unos pocos cientos habitantes
más. Es de destacar también la gran cantidad de casos de Corella,
localidad más grande incluso que Tafalla y similar en tamaño a
Sangüesa, donde conservamos un total de 27 casos. Igualmente,
Cascante o Villafranca fueron grandes focos de violencia, si bien no
lo fue así Fitero que, con una población mayor de mil personas no
conserva más que 5 casos, superada por Valtierra, con 12.
Tabla 15. Localidades que concentran el mayor número de casos por muerte
en la merindad de Tudela (siglos XVI-XVII)
Merindad
de Tudela
Población
1553
Agresión y
muerte
XVI
Agresión y
muerte
XVII
Total
Tudela 8.105 24 38 62
Corella 2.858 11 16 27
Cascante 1.754 15 14 29
Villafranca 1.490 9 12 21
Fitero 1.224 1 4 5
Valtierra 833 6 6 12
Ablitas 563 2 3 5
Cortes 414 3 3 6

La situación en cuanto a heridas se refiere nos resulta muy similar.
Tudela fue la ciudad con mayor número de casos, también lejos del
número obtenido para Pamplona. Cascante y Villafranca conservan
en este caso un número de casos igual mayor que el de Corella,
siendo ciudades bastante menores. La villa de Fitero es testigo de
pocos casos, siendo nuevamente superada por Ablitas.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 71
Tabla 16. Localidades que concentran el mayor número de casos por
agresión y heridas en la merindad de Tudela (siglos XVI-XVII)
Merindad
de Tudela
Población
1553
Agresión y
muerte
XVI
Agresión y
muerte
XVII
Total
Tudela 8.105 55 62 117
Corella 2.858 22 29 51
Cascante 1.754 20 30 50
Villafranca 1.490 31 31 62
Fitero 1.224 8 15 23
Valtierra 833 12 21 33
Ablitas 563 4 8 12
Cortes 414 2 7 9

Los mapas que adjuntamos también nos sirven para analizar el
fenómeno de la violencia en la Navarra moderna. En todos los
mapas, podemos observar varias características comunes. En primer
lugar, podemos asegurar que los lugares más cercanos a las capitales
fueron los más violentos. Este hecho puede deberse al hecho de que
las localidades próximas fuesen más populosas que las lejanas.
Algunos autores como Sharpe han tratado de ver una relación entre
esa escasez de procesos en algunos lugares y la existencia de una
fuerte infrajusticia, por la cual preferían llegar antes a un acuerdo
entre las partes que ir a juicio, hecho que significaba un gran
perjuicio para los familiares del detenido al tener que desplazarse
hasta la ciudad, sede de los tribunales, y pagar desde abogados hasta
su alojamiento, pasando por las necesidades que su familiar pudiera
padecer en las cárceles
52
. Esta idea puede ser cierta, dado que
casualmente las zonas periféricas es donde menos casos de violencia
hemos topado. Sin embargo, consideramos que se debe más al hecho
de tratarse de poblaciones también más pequeñas que las ubicadas
junto a las grandes ciudades. Se trata de una población más
desperdigada y, por tanto, menos propicia a los actos violentos.
Sin embargo, como podemos apreciar en los mapas, las ciudades
fueron los puntos de referencia tanto del homicidio como de la
agresión. Fue en las ciudades donde más agresiones hemos topado. El

52
Sharpe, 1980, pp. 110 y ss.
72 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

caso de Pamplona resulta esclarecedor. Es en Pamplona donde
encontramos la gran mayoría de procesos por homicidio.
Prácticamente el 20% de los homicidios fueron cometidos en
Pamplona. Este hecho coincide con lo explicado por Peter
Spierenburg para Holanda
53
. A ciudades más grandes, mayor índice
de criminalidad. La interacción entre toda la variada gente que
transitaba por ellas provocó que la violencia fuese también más
común en estos lugares. Además, como veremos, la presencia de
callejones oscuros, donde no era posible distinguir durante la noche
quién se encontraba, y la abundancia de tabernas o posadas donde se
servía vino contribuyó también a ello. Por otra parte, en el caso de
Pamplona la presencia del ejército si bien contribuyó por un lado a
garantizar la seguridad e impidió muchas veces, por su mera
presencia, la comisión de delitos, también creó un sentimiento de
rechazo hacia los soldados que, como veremos, se introdujeron en la
vida diaria de la ciudad.
Por otro lado, y a la vista también de los mapas realizados, no
podemos obviar una realidad; la formación de una ‘franja’ que iría
desde Pamplona hasta Tudela. Las localidades que se encontraban
entre Pamplona y Tudela eran, como ya hemos visto, especialmente
grandes. Las merindades de Olite y Tudela contaban con varias
poblaciones de más de mil habitantes, la mayoría de ellas ubicadas a
lo largo del camino que iría desde Pamplona a Tudela. Por dichas
ciudades era habitual también la presencia de viajeros y gentes de
paso que se alojaban en ellas, pudiendo causar situaciones propicias
para la violencia, como a lo largo de este trabajo podremos ver.
4. Pamplona: Capital del crimen en la Navarra moderna
Pamplona fue, como hemos dicho ya, el lugar que concentró un
mayor índice de violencia en la Navarra moderna. Es por ello que
consideramos que debemos prestarle una especial atención y analizar
los posibles porqués de esta situación.
Apenas contamos con estudios acerca de la ciudad de Pamplona
en los siglos XVI y XVII. Aún así, gracias a los trabajos locales de
Lasaosa
54
, Jimeno Jurío,
55
Iribarren
56
y Arazuri
57
, entre otros,

53
Spierenburg, 1996, 2002.
54
Lasaosa, 1979.
55
Jimeno Jurío, 1975.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 73
podemos hacernos cierta idea del aspecto de esta ciudad, capital de
reino, en tiempos de Felipe II.
No nos quedan apenas hoy día testimonios directos, a excepción
de algunas iglesias y monumentos, de cómo era Pamplona en
aquellos siglos, pero para hacernos una idea de ello podemos usar una
descripción que hizo Enrique Cock cuando pasó por ella
acompañando a Felipe II en 1592. Según él,

Su asiento es sobre el río Arga, que riega sus campos y viñas...La
ciudad está en su ribera meridional y súbese desde el puente una buena
cuesta hasta la puerta, y por la otra parte que va hacia Castilla está la
ciudad llana. Tiene buenas casas y altas y calles razonable anchas; fuentes
no hay ninguna y sírvense los vezinos de pozos que están en diferentes
partes de las calles para el servicio común de la ciudad. La comarca tiene
abundancia de hermosa fruta en su tiempo por haber mucho regadío;
pan y vino, caza ni pesca faltan
58
.

Según publicó José María Lacarra, en la Bibliotheque National de
París se conserva un manuscrito con la siguiente descripción;

Está la ciudad de Pamplona, cabeza de Navarra, a las vertientes de los
Pirineos, en llanura, coronada de altísimos montes, riberas de Arga, con
5 puentes, buenos muros, 5 puertas, castillo fabricado por el Rey Felipe
II a la traza del de Amberes. Tiene 5.000 vecinos, 3 parroquias, 8
conventos de frailes, 5 monjas, 4 hospitales, Universidad instituida en
1608, y merindad que alcanza once villas y 258 lugares. Su Iglesia
Catedral se compone de 10 dignidades, 24 canónigos, 16 racioneros,
comprendiendo el Obispado 1156 pilas bautismales, que rentan al obispo
28.000 ducados
59
.

La ciudad, que según Gaspar Contarini, embajador de la
República de Venecia en tiempos de Carlos V era «bastante buena»
60

se encontraba unida por el ‘Privilegio de la Unión’ concedido el 8 de
septiembre de 1423 por el rey Carlos III, tras una historia marcada
por las guerras entre barrios. Pamplona era la capital del reino de

56
Iribarren, 1986.
57
Arazuri, 1973.
58
Cock, 1592, en Lasaosa, 1979, p. 52.
59
Lacarra, 1955, p. 385.
60
Iribarren, 1986, p.23.
74 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Navarra que a partir de 1515 pasó a formar parte de la corona de
Castilla. Según sabemos de la visita del poeta Góngora en 1609, en
dicha ciudad sonaban tantas campanas que no le dejaban dormir
61
.
En 1629 el soldado andaluz Don Jacinto Aguilar y Prado escribió
sobre esta ciudad que

Toda está fortificada con fuertes murallas que guarnecen tres
Compañías de Infantería española que asisten siempre de presidio. Tiene
unos buenos castillos que se conocen en España, con muchas piezas de
artillería y cien plazas de soldados bien pagados...Los edificios de ésta
ciudad son de opulenta fábrica; tiene muchos y muy suntuosos templos,
particularmente el de su Iglesia Mayor es de los buenos de España...Hay
seis Iglesias parroquiales, nueve conventos de religiosos, y cuatro de
monjas...La ciudad nombra un Alcalde y diez Regidores añales
62
.

Tras la conquista castellana, Navarra mantuvo el estatus de reino,
aunque dentro de la Corona de Castilla, de manera que pudo
también mantener sus propias instituciones en el propio territorio sin
que fuesen a la Corte.
Pamplona fue, durante los siglos modernos, la sede de las
instituciones más importantes de Navarra, como el Virrey, las Cortes,
la Diputación o el Consejo Real. Se trataba de la ciudad más grande
del reino y era además capital de merindad. Por eso, fue sin duda la
ciudad más importante de la Navarra moderna. Su estratégica
posición, militarmente hablando, hizo que los Austrias prestaran un
especial interés a esta ciudad como bastión defensivo, de manera que
emprendieron la construcción de magnas obras a este efecto, tales
como la Ciudadela.
Pamplona era un hervidero de gente de lo más diversa. En ella
podían encontrarse desde los altos cargos del Consejo Real al Virrey,
o los diputados. En ella se encontraban también las cárceles reales, los
tribunales diocesanos o el seminario, el hospital general o la
imprenta, así como las principales órdenes religiosas. Pero se trataba
de una ciudad fuertemente militarizada, debido a la ya mencionada
importancia estratégica así como a su reciente conquista. La
Pamplona de la Edad Moderna se encontraba repleta de soldados de
todos los lugares de la corona, que venían a vivir y a trabajar en ella.

61
Iribarren, 1986, p.33.
62
Iribarren, 1986, p.38.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 75
La lectura de los procesos nos da una idea del gran número de
soldados que habitaban la ciudad, pues en todos los que se han
tratado se ha visto implicado un soldado de una manera u otra, de tal
forma que si no eran actores principales de los actos de violencia
siempre había algún testigo soldado.
El hecho de que Navarra tuviese en Pamplona centralizadas
instituciones como la Corte Mayor o el Consejo Real la diferencia
mucho de otras provincias de la Monarquía. Ningún navarro debía
salir del reino para ser juzgado, mientras que en Vizcaya o
Guipúzcoa, por ejemplo, debían irse en última instancia hasta
Valladolid, con todo lo que aquello suponía en gastos y tiempo.
Pamplona atraía a gran número de gente, tanto por los tribunales
como por los mercados y ferias que en ella se celebraban. Muchos
jóvenes vinieron a trabajar, los hombres en las obras reales de
fortificación y las mujeres en el servicio doméstico. La capital era
recorrida por procesiones en las que participaban las más altas
dignidades, y los mejores predicadores hablaban en sus templos. Los
castigos de la justicia se administraban en sus calles, acompañándolos
de un ritual que impresionaba a los habitantes del reino. Como
centro administrativo contribuyó a difundir el castellano, pero la
población en gran parte era vascoparlante. En definitiva, Pamplona
fue el referente cultural, político, militar y económico de todo el
reino de Navarra durante la Edad Moderna
63
.
Uno de los factores claves de su alta criminalidad perfectamente
pudo haber sido el asentamiento del ejército de los Austrias en la
ciudad. Pamplona, después de la conquista de Fernando el Católico
en 1512, fue fuertemente amurallada, y se estableció en ella una
guarnición permanente. Dicha guarnición se encargaba de vigilar las
puertas de la ciudad y recorrer las calles para mantener el orden.
Siguiendo a Floristán, había en Navarra 3 compañías de infantería,
que se turnaban en las labores de vigilancia fronteriza, en el castillo
de Pamplona y en la retaguardia. El número de soldados variaba
entre 200 y 600 soldados dependiendo de la disposición o no de
dinero por parte del monarca, sumados a la guarnición de la ciudad y

63
Sánchez Aguirreolea, 2008, pp.72 y ss.
76 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

la del castillo. En la ciudadela habría residido permanentemente una
media de 400 soldados
64
.
Los conflictos con la ciudadanía con los soldados fueron
constantes. En 1677 por ejemplo varios labradores trabaron una pelea
con dos soldados que trataban de introducir ciertas uvas en Pamplona
en tiempos de peste, cosa prohibida. A tal punto llegó la discusión
que uno de los soldados falleció de una pedrada
65
. En 1643, el
teniente de corazas de la compañía de Lucas de Andrada de
Benavides, Diego de Aguiar, y el capitán de corazas de la misma
compañía, don Lucas de Andrada, discutieron con varios jóvenes que
toparon en la plaza de la fruta. Estos llamaron, «bacalao» y «cornudo»
a los soldados que, defendiéndose, los llamaron «trucha», ante lo cual
todos aquellos jóvenes se abalanzaron sobre los soldados, desatándose
una pelea en la que Diego de Aguiar resultó muerto
66
.
Mapa 5. Localización de los asesinatos en Pamplona (siglos XVI-XVII)


64
Floristán, 1994, p. 58. Más información sobre el ejército en la Navarra
moderna en Idoate, 1981.
65
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 204065.
66
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 74972.
CAPÍTULO I. EL TIEMPO Y EL ESPACIO 77
La ciudad de Pamplona ofrecía multitud de oportunidades para
que se desarrollara la violencia. No fue raro el encontrar a grupos
jóvenes que, al armar gran ruido por la noche, se enfrentaban con
otros vecinos, acabando alguien herido. Si a ello añadimos la gran
cantidad de tabernas que la ciudad tenía y el vino que en ellas bebían
los jóvenes, nos resulta más fácil comprender este hecho. Así, en
1644 por ejemplo varios mozos discutieron por ver quién
acompañaba a casa a la joven Marcela de Sola, tabernera de 20 años.
Tras acompañarla entre Miguel de Elizondo y Miguel de Aldaz,
varios jóvenes se juntaron y acuchillaron a ambos, resultando
Elizondo muerto
67
. Una noche de 1592 Juan de Ilarregui volvía
borracho hacia su casa cuando topó con un grupo de jóvenes que
causaban gran escándalo robando jaulas de pájaros. Ilarregui los
desafió, trabando una pendencia en la que resultó muerto
68
.
Pamplona pues fue el lugar donde más incidió la violencia
interpersonal en la Navarra moderna. Su tamaño, superior al de las
demás villas del reino, permitió que gentes de toda clase y condición
se cruzaran en ella, dando pie a la comisión de todo tipo de delitos,
especialmente los de sangre. En el capítulo dedicado a proceso
judicial analizaremos los medios con los que la ciudad contaba para
controlar la delincuencia, desde los alguaciles hasta los mayorales de
barrio, personajes que, si bien no se trató de una policía tal y como la
entenderíamos hoy, consiguieron llevar ante la justicia a aquellos que
interrumpían el orden público.

67
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 3808.
68
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 149664.

CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS
Los procesos judiciales nos ofrecen una inmejorable fuente para la
investigación de la violencia interpersonal en la Navarra moderna. A
raíz de dicha investigación, hemos obtenido unos datos que nos
permiten acercarnos con gran detalle al conocimiento de dicho
fenómeno y llegar a conocer a los asesinos o a sus víctimas de una
manera muy detallada.
1. Datos particulares de los asesinos
Uno de los primeros datos que podemos ofrecer, si bien no en
todos los casos lo hemos obtenido, es el de la edad de los asesinos.
¿Se trataba de hombres jóvenes o mayores? Muy pocos procesos han
prestado atención a este hecho que, en principio, no tenía gran
relevancia para la investigación. Sólo en 45 de los 250 procesos nos
consta la edad exacta del acusado, esto es, en un 18% de los casos. Es
por ello que, si bien consideramos que es un número suficiente
como para poder hacer una estadística que nos aclare la tendencia
general en este aspecto, no podemos obtener de estas cifras datos
absolutos. Bien es cierto que en ocasiones se dan pistas a lo largo del
proceso, diciéndonos que «era de menor edad», «mancebo», «de
mucha edad», «recientemente casado»… pero dichos casos no los
hemos contabilizado.
Tabla 17. Edad de los asesinos
Rango de edad Rango de edad Rango de edad Rango de edad Nº de casos Nº de casos Nº de casos Nº de casos Porcentaje Porcentaje Porcentaje Porcentaje
5-10 0 0%
11-15 3 6,6%
16-20 10 22,2%
21-25 11 24,4%
26-30 4 8,8%
31-35 4 8,8%
36-40 8 17,7%
41… 5 11,1%
80 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

En general, podemos afirmar que los jóvenes entre los 15 y los 25
años fueron los más propensos a cometer asesinatos en la Navarra de
la Edad Moderna. Prácticamente la mitad de los casos de violencia
fueron cometidos por personas en este rango de edad. Llama la
atención, por otro lado, el elevado número de casos que se
conservan también de hombres y mujeres mayores de 35 años que
fueron capaces de cometer asesinatos, si bien siempre en número
menor que los más jóvenes. Nos encontramos así con datos muy
similares a los obtenidos por Palop Ramos para la edad de los
criminales en general como los obtenidos por Bernal Serna para el
caso de la Vizcaya del Antiguo Régimen
1
. Encontramos así multitud
de jóvenes individuos con escaso control sobre su propia agresividad,
en ocasiones muy afectados por el alcohol, que trataban de demostrar
su valía ante los otros jóvenes de la localidad.
El 23 de junio de 1678, la noche de San Juan Bautista, salió Juan
Guillén, mancebo que se encontraba al servicio de Miguel de
Ezpeleta, de la casa de Miguel Périz, su cuñado, en la localidad de
Gallipienzo, en compañía de Juan Martínez. Bajando hacia el
término de Caparreta, donde Guillén acudía para cuidar el ganado de
su amo, toparon con otros dos mancebos que se les unieron. Yendo
así los cuatro en compañía, junto a la casa de Lázaro Mateo toparon
con dos jóvenes a los cuales no pudieron reconocer debido a la
oscuridad de la noche. Les dijeron «ay calle» en repetidas ocasiones, a
lo que éstos desconocidos no respondieron. Guillén les tocó con un
palo que llevaba, ante lo que uno de los jóvenes le propinó una
cuchillada en el tórax, provocándole una herida mortal. Todos los
jóvenes que allí se encontraban iniciaron una pelea, tras la cual los
mancebos Pedro Pascual y Pedro Mateo huyeron del pueblo, siendo
acusados de haber causado la herida por la cual Guillén murió a los
pocos días
2
.
No resultó claro el porqué de la muerte de Martín de Algarra en
Ochagavía el día de la Pascua del Espíritu Santo del año 1672.
Aquella noche, más de diez jóvenes se juntaron y anduvieron
cantando con una bandurria hasta las doce de la noche, cuando
decidieron ir a la taberna del barrio de Iribarren. Al llegar a ella,
toparon con Pedro Lavari, Juan Andrés Lavari y Pedro de Andía, que

1
Palop Ramos, 1996, p. 87, Bernal Serna, 2010, pp. 101-105, 2007, p. 32.
2
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 152718, pp. 1r-2r.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 81
habían bebido varias pintas de vino y se encontraban en la puerta del
local. Ignorándolos, los jóvenes entraron al establecimiento, siendo
Martín de Algarra el último en hacerlo. «Sin causa ni ocasión», uno
de los tres hombres propinó una estocada a Martín en la hijada
3
, al
parecer inducido por un tal Juan Bornás, que ya antes había quitado
la bandurria a los jóvenes, provocándole la muerte
4
.
La profesión de los asesinos es uno de los aspectos que mejor
hemos podido documentar para la realización de este trabajo. Así, de
los 250 procesos consultados, en 135 hemos obtenido el susodicho
dato, habiéndonos permitido esto el comparar lo obtenido en
Navarra con otras regiones de Europa. No podemos hablar de
porcentajes definitivos, puesto que en ocasiones, como explica
Bernal Serna, una persona podía dedicarse a varios trabajos
5
.
Tabla 18. Profesión de los asesinos
Profesión Profesión Profesión Profesión Nº de casos Nº de casos Nº de casos Nº de casos Porcentaje Porcentaje Porcentaje Porcentaje
Artesanos 39 28,67%
Labradores 19 13,97%
Clérigos 14 10,29%
Soldados 13 9,55%
Autoridades 12 8,82%
Criados 12 8,82%
Sanidad 8 5,88%
Seguridad 8 5,88%
Escribanos 5 3,67%
Pastores 2 1,47%
Vagabundos 2 1,47%
Estudiantes 1 0,73%
Mercaderes 1 0,73%
Total 136 100%

3
Hijada: El lado del animal debajo del vientre junto al anca. Muchos escriben
esta voz con aspiración; pero viniendo del latino ilia, ium, se debe escribir sin ella,
como lo hacen Covarrubias y Nebrija. Valverde. Anat. Libr.3 cap.4. A las tripas
delgadas están apegadas las gruesas del lado derecho de abajo del riñón, algo más
hacia la íjada. (Aut.).
Ijada: (Del lat. vulg. iliata, el bajo vientre). Cada una de las dos cavidades
simétricamente colocadas entre las costillas falsas y los huesos de las caderas.
(DRAE).
Hijada. Quijada, mandíbula inferior (San Martín de Unx). Iribarren, vocabulario
navarro.
4
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 90786, ff. 1r-2r.
5
Bernal Serna, 2010, p. 106.
82 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

En primer lugar, debemos analizar al sector del artesanado como
principal foco de violencia a lo largo de los siglos modernos.
Prácticamente un 30% de los casos estudiados fueron protagonizados
por artesanos. Debemos puntualizar sin embargo que éste se trata de
un grupo muy heterogéneo, en el que hemos incluido desde
zapateros, tejeros, sastres, músicos o molineros hasta algún carnicero
o pescador. En cualquier caso, debemos advertir en este punto que la
inmensa mayoría de las agresiones en esta época se produjo «entre
iguales». Con esto nos referimos a que, tal y como exponen Farge,
Almazán o Nausía, las agresiones se produjeron entre miembros de
un mismo nivel social. Rara vez hemos encontrado agresiones entre
miembros de un distinto estatus. Normalmente éstas se produjeron
entre artesanos o entre labradores, a excepción del caso de los criados
y los soldados, que más adelante expondremos
6
. No nos faltan
ejemplos de agresiones cometidas por parte de artesanos. Así, el 20
de febrero de 1585, el zapatero Tristán de San Martín, que llevaba
un proceso por estupro de su prima contra el francés Xabat de
Hualde, agredió a éste con una espada cuando pasaba por delante de
su casa
7
, y el 5 de abril de 1655, estando varios mozos en casa de un
zapatero, Juan de Ardanaz, tundidor, comenzó a hablar mal de los
sastres. Ante esto, Alfonso Jiménez, oficial sastre, le dijo «calla
tundidor de para gaminos», y visto que Ardanaz proseguía, Jiménez
le arrojó un boj que solían usar los zapateros, hiriéndolo de muerte
8
.
En segundo lugar, debemos resaltar la gran cantidad de labradores
violentos que hemos encontrado. No nos extraña dicho dato,
tratándose de una sociedad eminentemente rural. Más nos ha llamado
la atención el hecho de haber encontrado 14 clérigos entre los casos
estudiados, si bien debemos puntualizar que 13 de estos casos se
encuentran en el Archivo Diocesano de Pamplona. Todos estos casos
cuentan con la particularidad de que un clérigo estuvo involucrado,
directa o indirectamente, y tenemos que puntualizar que apenas
hubo muertes, quedándose todo en heridas. El domingo 17 de mayo
de 1620 hubo una discusión en la Iglesia parroquial de San Cernin
de Pamplona que a punto estuvo de ocasionar la muerte de uno de
los contendientes. Al parecer, don Joan de Cemboráin, presbítero de

6
Farge, 1989, Almazán Fernández, 1990, p. 92, Nausia Pimoulier, 2010.
7
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 12399
8
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 16342
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 83
dicha iglesia y cantor, se quejaba de que don Martín de Lazcano,
corista y capellán de la capilla de Santa Catalina, tenía la obligación
de cantar dos misas diarias en verano, a las seis y a las siete.
Cemboráin siempre se encontraba puntualmente para la misa, pero al
parecer Lazcano nunca llegaba puntual y las misas debían celebrarse
en muchas ocasiones sin canto. Aquel domingo 17 de mayo, el
organista de la iglesia, cansado de tener que esperar siempre a
Lazcano, se marchó a casa. Lazcano ofició la misa rezada, una vez
más, y tras ella un platero preguntó a don Joan por qué no había
cantado. A esto, respondió que «mejor que él cumplía con su cargo
aguardándole puntualmente todos los días más dela hora
acostumbrada media hora». Lazcano lo escuchó y respondió que «era
un desvergonzado sucio», a lo que Cemboráin replicó que él era un
«desvergonzado puerco». Ante esto, Lazcano le insultó llamándole
«pobretón desvergonzado puerco», y tomando un atril se dispuso a
golpear a Cemboráin. Iniciaron ambos una pelea dándose de golpes e
incluso llegaron a tirarse al suelo, de manera que Lazcano resultó
herido. Varios feligreses pararon la disputa
9
. El dieciséis de abril de
1607, habiendo llegado una compañía de soldados a la villa de
Lesaca, salió a su encuentro don Joan de Sumbil, sacerdote de 33
años de edad, armado con un arcabuz encendido y un alfanje. En un
principio les prohibió la entrada en la localidad, pero rápidamente los
soldados consiguieron un documento que les avalaba para quedarse y
aposentarse en ella. Estando más tarde todos los soldados ya en la
plaza de la localidad, el dicho Sumbil dijo a un soldado de la villa que
«con sus armas tireles por mi cuenta que yo mejor parezco en estas
armas que en la de la misa». En ese instante un arcabuz se disparó e
hirió mortalmente a Pedro Muñoz de la Portilla, soldado que falleció
y a su caballo, que quedó inservible
10
.
Este último caso nos sirve también para ilustrar la importancia del
siguiente oficio más «violento» y que más problemas de este tipo
causó, el de soldado. La Navarra de la Edad Moderna se encontraba
repleta de soldados de todos los lugares de la corona, que venían a
vivir y a trabajar en ella. La lectura de los procesos, especialmente los
de la ciudad de Pamplona, nos da una idea de la cantidad de soldados
que hubo en ella, puesto que de una manera u otra en gran cantidad

9
ADP, Secr. Mazo, C/491, nº 1, ff. 14r-v.
10
ADP, Secr. Mazo, C/557, nº 7, ff. 1r-v.
84 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

de casos nos ha aparecido alguno, bien como protagonista o bien
como testigo. Pamplona, con su ciudadela construida para la defensa
de la corona de los Austrias ante Francia, como para poder hacer
frente a los propios navarros en una hipotética revuelta tras unos
pocos años de haber sido conquistados
11
, requería una enorme
guarnición que, irremediablemente, convivió con la población, que
originó, en no pocas ocasiones, choques, rencillas y desavenencias
que fueron causa notable de la violencia. Si a esto le sumamos el
derecho de aposentamiento que los militares tenían al llegar a una
villa, con gran perjuicio para sus habitantes, podemos comprender
mejor este hecho.
Siguiendo los trabajos de Daniel Sánchez, podemos afirmar que la
presencia del ejército tuvo un efecto doble y contradictorio en la
criminalidad. Por un lado, los soldados llegaron a protagonizar una
parte importante de los robos y asaltos que se producían en el reino.
El ejército de la época lo formaban mayoritariamente mendigos,
jornaleros sin trabajo y pobres que ingresaban en las filas del ejército
para paliar la difícil situación económica que sufrían. Si a esto unimos
el retraso en las pagas de las soldadas, el poder que conferían las
armas, la costumbre de vivir sobre el terreno y el desarraigo, nos
encontramos con el caldo de cultivo perfecto para que se disparase la
criminalidad. Además, los soldados, como explica Martínez Arce,
contaban con un fuero privilegiado que les permitía no ser juzgados
o prendidos por la justicia civil
12
. Pero, al mismo tiempo, el ejército
como institución desempeñó un importante papel en el
mantenimiento del orden público
13
.
El primero de noviembre de 1583, día en el que había caído una
gran nevada, hacia las doce del mediodía el platero Josephe
Velázquez salió de oír misa en el monasterio de Santo Domingo de
la capital navarra. En su compañía iban el zaragozano Jaime Marto,
Diego de Jarny, el burgalés Lunderas y el soriano Jorge de la
Cambra, sus aprendices. Al subir por la cuesta de Santo Domingo y
llegar al portal de Portalapea, toparon con unos soldados que iban a
beber. Uno de los soldados, Pedro Liñán, que iba vestido de verde,
tiró una bola de nieve, acertando de lleno en la cara a Josephe

11
Cámara, 2005, pp. 244-245.
12
Martínez Arce, 2005, pp. 32-35.
13
Sánchez Aguirreolea, 2008, pp. 106-108, Usunáriz, 2007, pp. 294-302.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 85
Velázquez. Éste gritó « ¡quién fue el necio que me ha quebrado el
ojo!», añadiendo que aquello no era de hombres de bien. Pedro
Liñán y los demás soldados desenvainaron sus espadas y atacaron a los
plateros, uno de los cuales, José de la Cambra, desenvainando su
espada hirió también al propio Liñán. Visto que aquella se trataba de
una herida mortal, Lacambra huyó y se refugió en la vecina iglesia de
San Cernin
14
.
El nueve de septiembre de 1538, Pedro de Vergara se encontraba
jugando a las bolas en la pamplonesa plaza del Castillo junto con
otros amigos. De repente, de una de las puertas de la plaza salió
Alonso de León, soldado de la fortaleza de Pamplona, armado con
una espada y gritando «¡bellaco!, ¡bellaco!». Como se dirigía hacia él,
Vergara tomó su espada y comenzaron a luchar. Unos compañeros
de León agarraron a Vergara, impidiéndole luchar, hasta que éste
cayó al suelo al tropezar con unos maderos. León le asestó diversas
cuchilladas mortales y huyó, refugiándose en la catedral. Al parecer, y
según confesó León, unos días antes, al salir León de casa del maestro
de escuela Benamid, que era su posada, para hacer sus necesidades,
llegaron a él Vergara junto con otro mozo y, burlándose, de una
cuchillada le habían herido en la cabeza, de forma que tuvo gran
efusión de sangre y a duras penas pudo huir
15
.
El mismo día, pero 139 años después, el 9 de septiembre de 1677,
los labradores Pedro de Izcue y Francisco de Zuriáin, acompañados
de otros, estuvieron haciendo guardia frente al portal de Tejería. Al
parecer había alerta de peste en las proximidades de la ciudad y, para
evitar su contagio, se les encargó que vigilasen que nadie entrara con
uvas en la ciudad. Entre las seis y las siete, vieron que dos soldados se
acercaban con uvas. Al querérselas quitar, los soldados se resistieron e
incluso uno de ellos desenvainó su espada. Viéndose amenazados, los
labradores comenzaron a tirar pedradas a los soldados, de manera que
uno de ellos murió y el otro pudo escapar malherido
16
.
Otro tipo de violencia es la que ejercieron los criados contra sus
amos. El ocho de octubre de 1581, por ejemplo, siendo ya de noche,
dormían plácidamente Miguel López y su esposa María de Araiz,
cuando Juana de Narváiz, hermana de María, cogiendo un paño trató

14
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 147827.
15
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 197105.
16
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 204065.
86 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

de ahogar a su amo. Tanto apretó que comenzó a sangrar por la
boca, y hubiera muerto de no ser por los gritos de auxilio que pudo
dar y que hicieron acudir a varios vecinos
17
. Más adelante también
veremos por ejemplo el caso de María de Usechi, criada de Pedro de
Noáin, racionero de la catedral, que habiendo sido forzada en
diversas ocasiones decidió envenenar a su amo
18
.
Todos los datos obtenidos han sido comparados con otros lugares
de la Europa Moderna. Así, para la Haûte Auvergne francesa entre
1587 y 1664, Malcom Greenshields nos ofrece unos datos bastante
diferentes en lo que a agresores se refiere
19
.
Tabla 19. Profesión de los asesino en la Haûte Auvergne (Greenshields,
1994)
Labor (Haute Labor (Haute Labor (Haute Labor (Haute
Auvergne) Auvergne) Auvergne) Auvergne)
Homicidios Homicidios Homicidios Homicidios
1585 1585 1585 1585- -- -1664 1664 1664 1664
Soldados 18 (3,5%)
Clérigos 12 (2,3%)
Nobles 109 (21,2%)
Labradores 6 (1,2%)
Artesanos 9 (1,8%)
Criados 47 (9,1%)
Autoridades 9 (1,7%)
Seguridad 7 (1,4%)
Hombres sin estatus
conocido
258 (50,1%)
Otros 39 (7,7%)


Así, en dicha región destaca el alto porcentaje de agresores con
título nobiliar, más de un 21% hecho quizás relacionado con las
guerras de religión, o con los movimientos levantiscos de la nobleza
a lo largo de todo el siglo XVII hasta la Fronda. Por el contrario,
frente a lo que ocurre en Navarra, los artesanos apenas suponen un
1,8% del total, los soldados un 3,5% y los labradores un 1,2%.
Resultan cifras muy bajas, aunque bien es cierto que en lo que él
denomina «personas sin estatus conocido», más del 50% de los casos,

17
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 147597.
18
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 14205.
19
Greenshields, 1994, p.240.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 87
podrían encontrarse otros oficios que podrían hacer cambiar las
proporciones. No obstante, parece excesivo el número de nobles
homicidas de estos datos.
Tabla 20. Ocupación de los asesinos
Labor/Ocupación Labor/Ocupación Labor/Ocupación Labor/Ocupación Porcentaje Porcentaje Porcentaje Porcentaje
Nobles 27 (1,1%)
Granjeros 254 (10,4%)
Maridos 181 (7,4%)
Artesanos 542 (22,3%)
Tejedores 60 (2,5%)
Trabajador/Obrero 1085 (44,6%)
Mujer (10,1%)
Otros 37 (1,5%)


Los datos que Bárbara Hanawalt nos ofrece para la Inglaterra de
los siglos XIV y XV nos resultan algo más cercanos. En su caso
destaca el grupo de los trabajadores u obreros, personajes que en
nuestro caso hemos preferido incluir entre los artesanos. Además, en
su caso incluye las categorías marido o mujer, que en nuestro caso
hemos dejado para otros capítulos, el de la violencia familiar y el de
las mujeres violentas.
También Warner y Lunny nos ofrecen datos acerca de los
agresores en el Portsmouth moderno
20
, aunque no nos son de mucha
utilidad ya que la mayor parte de dicha población era marinera, a
diferencia de Navarra. Sin embargo, los datos obtenidos para la
Navarra moderna resultan muy cercanos a los obtenidos por Luis
María Bernal para la Vizcaya de los siglos XVI, XVII y XVIII, con
un 30% de obreros o artesanos, un 10% de marineros (caso imposible
en Navarra) y un 6% de criados.
Finalmente, debemos hacer alusión a unos datos que nos han
resultado llamativos. Ocho de los asesinos no fueron navarros, sino
aragoneses (3), franceses (3), turcos (1) o catalanes (1). Además, 58 de
los agresores, un 23% de los homicidios, fueron cometidos por
mujeres. Dentro de dicho dato, que no deja de sorprendernos,
incluimos también los casos de infanticidio. En otro lugar de esta

20
Warner, Lunny, 2003, p.263.
88 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

tesis tratamos más a fondo este hecho, de manera que no
profundizaremos más aquí. Pero, al parecer, no toda la violencia se
conjugaba en masculino, como han afirmado Gauvard y otros
autores
21
.
2. Las víctimas
Las víctimas de la violencia interpersonal nos ofrecen una valiosa
información sobre la cultura de los navarros del Antiguo Régimen
en un aspecto esencial como era el de la muerte. Diariamente la
muerte se presentaba como una realidad física, era un acontecimiento
cotidiano y, por tanto asumido con naturalidad, pero el temor que
irradiaba y se experimentaba ante su llegada obligaba a permanecer
necesaria y continuamente preparados
22
. El temor ser sorprendidos
por una «mala muerte», aquella que se recibía de forma repentina y
sin haber recibido los santos sacramentos estaba ampliamente
generalizado. Siguiendo el trabajo de Juan Madariaga Orbea para
Oñati en los siglos XVIII y XIX, la «mala muerte» era la ‘súbita, sin
los últimos sacramentos, sin consuelo ni ayuda, que sorprendía al
desgraciado que la padecía en pecado mortal y le acarreaba la
perdición eterna’
23
. Se trataba, como vemos, de la peor forma de
morir, una verdadera desgracia. La muerte repentina no solo suponía
un gran dolor y violencia, sino que suponía un grave riesgo para la
salvación del alma al no tener la posibilidad del arrepentimiento o la
penitencia. El abogado de la mala muerte era San Cristóbal, santo
que despertaba gran piedad y al que se le rezaban novenas y se le
ofrecían promesas debido al miedo general que imperaba durante
todo el Antiguo Régimen a perecer fulminantemente fuera de la
propia cama y con todas las disposiciones arregladas
24
.
La «buena muerte», por el contrario, consistía en aquella muerte
ritualizada de la que nos habla Ariès en su clásico trabajo La muerte
en Occidente. El enfermo debía morir en la cama, tomando la parte
protagonista en una ceremonia pública y organizada. Su habitación se

21
Gauvard, 1991, p. 307, Muchembled, 1989, pp. 39 y ss, Bazán, 1995, pp.
228-229.
22
García Fernández, 1996, p. 69.
23
Madariaga Orbea, 1998, p. 151. Similares definiciones en Martínez Gil, 1984,
p. 30, Lorenzo Pinar, 1989, p. 31.
24
Madariaga Orbea, 1998, p. 157, Martínez Gil, 1984, p. 33.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 89
convertía en un lugar público en el que la gente entraba libremente.
El rito se efectuaba de una forma ceremoniosa, pero sin dramatismo.
La muerte era «admitida tranquilamente», se trataba de algo cercano y
atenuado
25
. Existía la creencia de que, en caso de una buena muerte,
Dios no acogería enseguida el alma del difunto, pero tras una espera
más o menos larga en el Purgatorio aquella estaba segura de que al
fin le serían abiertas las puertas de la Gloria. Martínez Gil afirma que
en los testamentos todo iba dirigido a reducir la estancia en el
Purgatorio, mediante sufragios encargados por el propio testador o
por ruegos a los santos para que intercedieran ante Dios
26
. En una
buena muerte la enfermedad actuaba como aviso previo de la llegada
de la hora final, existía la certeza de que ésta iba a alcanzar a todos,
era un acto que todo ser cristiano debía temer y frente al cual debía
estar preparado, habiendo firmado para ello un testamento que
ordenara en cierta medida el futuro de sus familiares
27
.
Las víctimas de los actos violentos pedían ser confesados
inmediatamente, nada más ser heridos. De hecho, en muchas
ocasiones antes que socorro pedían ser confesados por algún
sacerdote que les diera la extremaunción. En el caso de la muerte de
Xabat de Hualde a manos del zapatero Tristán de San Martín en la
calle Navarrería, el año de 1585, Xabat fue rápidamente llevado por
varios vecinos a casa de un cirujano. Mientras era llevado, pidió la
extremaunción y el calcetero Juan de Ezpeleta Bermejo acudió a
llamar a un sacerdote «y traído se le dio la extremaunción que los
demás beneficios y sacramentos no se le pudieron dar porque se iba
muriendo como después murió luego sin poder hablar ni decir
nada»
28
. Igualmente en 1622, cuando el clérigo Juan de Razquin
murió a manos de Pedro y Juan de Cegama, todos los testigos
confirmaban con gran escándalo que Razquin «murió sin confesión
de las dichas cuchilladas estocadas y maltrato que le habían hecho»
29
.
Poco más podemos decir de las víctimas de asesinato en la Edad
Moderna. Consideramos innecesario hacer una estadística en torno a
ellas, puesto que cualquiera podía ser víctima de una agresión. Lo
más habitual era que, como vimos, dichas agresiones se produjeran

25
Ariès, 1982, pp. 21-26.
26
Martínez Gil, 1984, p. 26.
27
Lorenzo Pinar, 1989, p. 31, y 81 y ss., Lara Ródenas, 2004, pp. 21 y 27-46.
28
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 012399, ff. 8v-9v.
29
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 2996, ff. 38r-39v.
90 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

«entre iguales», esto es, entre personas de similar posición o situación
socioeconómica, y nunca entre un labrador y un noble, por ejemplo.
La historiografía además ha tratado mucho más profusamente a los
agresores que a sus víctimas. Cierto es que las mujeres fueron en
general víctimas y no agresoras en estos conflictos. Las mujeres como
veremos apenas cometieron asesinatos, si exceptuamos los casos de
infanticidio, y el tema de la violencia doméstica lo tratamos en otro
apartado de este trabajo, al igual que la violencia contra los
extranjeros o contra los criados.
3. La criminalidad femenina
La violencia fue en la Edad Moderna una cuestión
específicamente masculina. Según C. Gauvard, «la violencia se
conjugaba en masculino», hecho éste que han confirmado R.
Muchembled en Artois, Iñaki Bazán en el País Vasco o Mikel
Berraondo para el caso de Navarra
30
. Es por ello que la historiografía
se ha volcado en el estudio de la criminalidad masculina, olvidando al
género femenino
31
. Los procesos judiciales nos muestran que las
mujeres tuvieron un papel más bien secundario en la comisión de
crímenes. Iñaki Bazán o Félix Segura han considerado que la mujer
cumplía un modelo preestablecido que le impedía cometer crímenes.
La mujer en general se encontraba «enclaustrada» en el ámbito
doméstico y, en consecuencia, las estadísticas que dichos autores han
obtenido indican que el mayor porcentaje de mujeres criminales
correspondía a aquellas que se encontraban más «libres» de la tutela
varonil o aquellas que frecuentaban el ámbito público con mayor
asiduidad
32
. Dichas mujeres no frecuentaban el «encierro doméstico».
Gauvard afirma que las mujeres apenas se desplazaban de su ámbito
doméstico más allá de 5 kilómetros. Por ello, su ámbito criminal se
reduciría a la casa y a sus inmediaciones
33
.
A todo esto debemos añadir la problemática que nos trae la «dark
figure» o cifras negras de la criminalidad, de la que ya hablamos en

30
Gauvard, 1991, p. 307; Muchembled, 1989, pp. 189 y ss.; Bazán, 1995, pp.
228-229; Berraondo, 2008, trabajo de investigación inédito.
31
Morgan y Rushton, 1998, p. 97. No podemos sin embargo olvidar en este
punto el magnífico trabajo de Ulinka Rublack, 1999.
32
Bazán, 2006, p. 45.
33
Gauvard, 1991 – I, p. 312.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 91
un capítulo anterior. Así, según estas teorías, la nobleza y familias con
importantes recursos económicos habrían conseguido ocultarlo, la
jurisprudencia habría atenuado la responsabilidad de mujeres con
hijos a su cargo y se habría recurrido a la infrajusticia
34
. Se trata de un
asunto de difícil interpretación. Es probable que la infrajusticia
hubiera jugado un importante papel en la «ocultación» de una
criminalidad que fue mayor de la que nos ha llegado. El acuerdo
entre las partes habría evitado que la mujer fuese juzgada en los
tribunales y habría evitado el escándalo público que esto hubiese
supuesto, pues como vimos al hablar del honor, la mujer debía
siempre mantener la virtud en casa y ser ejemplo de humildad y
obediencia. Una mujer que transgredía estas normas originaba un
escándalo social superior al de un hombre que cometiera el mismo
delito, y las familias habrían tratado de ocultar estos casos a toda
costa. A todo esto debemos añadir el derecho que existía a la
«corrección moderada», del que ya hablamos al tratar el tema de la
violencia doméstica. Cuando una mujer transgredía dichas reglas
sociales el pater familias estaba autorizado a «corregirla», empleando
incluso la violencia, haciendo que todo lo sucedido quedase dentro
de las paredes de la casa. Por tanto, el ocultamiento de estos crímenes
nos privaría de tener una visión completa de la criminalidad
femenina en los siglos medievales y modernos.
Sin embargo, a la vista del eficaz funcionamiento de los tribunales
navarros en la Edad Moderna, se nos antoja difícil pensar que éstos
hubieran dejado sin juzgar un crimen, fuese cometido por un
hombre o por una mujer. De hecho, conservamos varios ejemplos de
mujeres violentas que participaron en asesinatos y fueron juzgadas
duramente por los tribunales.
Tradicionalmente la mujer fue acusada de tres tipos de crímenes;
la brujería, el envenenamiento y el infanticidio. En este trabajo no
trataremos la brujería
35
al ser un tema apartado de la violencia, y en
cuanto al envenenamiento hablamos en otro apartado de este trabajo.
Sí podemos decir aquí que, a la vista de los datos obtenidos para
dicho crimen, podemos asegurar que no se trató de un crimen

34
Castan, 1992, pp. 499-500.
35
La última aportación va a publicarse próximamente con el título Akelarre, la
historia de la brujería en el Pirineo (siglos XIV-XVIII). Jornadas en homenaje al Dr.
Gustav Henningsem, 2012. [En prensa. Revista Internacional de Estudios Vascos.
Anejos. Ed. J. M. Usunáriz]
92 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

específicamente femenino, sino que fueron los hombres (boticarios
específicamente) los más inclinados a esta forma de criminalidad. Sí
que nos vemos en la obligación de hablar del infanticidio, a
continuación, como crimen específicamente femenino, y añadiremos
un punto de vista más, un fenómeno del que apenas hemos
encontrado referencias en la historiografía, el de la mujer como
inductora de crímenes.
3.1. Inductoras y asesinas
Si bien es cierto que apenas hemos encontrado mujeres que
hubieran cometido ellas mismas un homicidio (infanticidios aparte), a
lo largo de nuestra investigación sí nos hemos encontrado casos en
los que las mujeres no mataron, pero sí indujeron a algún varón a
cometer un asesinato. Estas mujeres, viéndose imposibilitadas por sí
mismas para matar a alguien, se apoyaron en familiares o conocidos
para asesinar. Se trató normalmente de mujeres que se encontraban
amancebadas con un hombre ya casado. Ante la imposibilidad de
deshacerse de la esposa de otra forma, estas mujeres inducían a los
hombres con los que convivían para que cometiesen asesinatos lo
más ocultos posibles en las personas de sus esposas. Si métodos como
el veneno no funcionaban, los maridos recurrían directamente a la
violencia para deshacerse de ellas. Como veremos, no es raro que
dichas mujeres fuesen víctimas de malos tratos por parte de sus
maridos antes de morir.
Un magnífico ejemplo de ello lo encontramos en un proceso
registrado en el lugar de Azanza el año de 1690. Al parecer, un tal
Juan Martín de Arraiza iba a casarse con una tal Josefina de Azcárate,
pero antes de la boda estupró a una tal Catalina de Zariquiegui.
Habiendo cometido tal acto, y ante varios testigos, Arraiza dijo a
Catalina que «tengo obligación de casarme contigo y que
inmediatamente alargó la mano y le tomó la suya a la dicha moza y le
dijo pues si tengo obligación yo me casaré». Este nuevo matrimonio
no gustó nada a María de Leiza, madre de Martín que, disgustada,
decidió llamar a Joseph de Ordériz, un primo suyo que vivía en otro
pueblo. Así, el 5 de mayo de aquel año, al punto de la mañana,
Catalina de Zariquiegui salió sola al monte, cuando topó con el
dicho Joseph, al que no conocía. Según declaró, el dicho Joseph
llevaba «medias negras zapatos de cordobán buenos ropilla negra
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 93
casaca con vueltas de paño negrisco montera de lo mismo y que es
de cara estrecha los ojos heridos muy pequeños». Éste le preguntó
que por qué quería casarse con Martín de Arraiza, a lo que Catalina
le respondió que no sabía qué le decía y que la dejase en paz. Ante
esto, y usando gran violencia, el dicho Joseph agredió violentamente
a Catalina y

la echó en tierra dándole muchos golpes y aprestándole la garganta de
tal forma que diferentes veces estuvo a pique de ahogarse y levantándole
las barquinas y camisa teniendo las carnes al aire y le dijo ‘yo te guardaré
que se ejecute contigo el casamiento con el dicho Juan Martín de
Arraiza’ y que de la misma forma hizo con mucha fuerza y violencia
varias diligencias para gozarla abriéndole las piernas y tratándole muy mal
de golpes y amenazándole que le había de matar y le dejase hacer su
gusto que le había de gozar y que queriendo dar gritos le tapó la boca
con una mano y con la otra apretándole la garganta hasta que le dijo la
declarante si los dos primos querían tener parte con ella y que a esto
después de haberla muy maltratado y cansado le dijo que él le quería
gozar para que por este medio pudiese tener salida de ser libre el dicho
Juan Martín de Arraiza su primo.

Catalina consiguió dar varios gritos, ante los cuales acudió Johanes
de Zariquiegui, su padre, ante lo cual Joseph huyó al lugar de Asiáin.
Catalina debió ser atendida urgentemente, siendo sangrada dos veces
por los cirujanos. Martín de Arraiza acudió a visitar a su joven novia,
afirmando que él quería casarse y que era su madre «quien le
embarazaba». Visto que su hijo había entrado en la casa, la inductora
María de Leiza se acercó y comenzó a gritar « ¡bellaco infame por ser
tú el motivo pasan estas cosas!», « ¡infame! ¡Mira lo que haces si
entras en esa casa!» o « ¡ah mala mujer! ¡Antes de agora lo has
convertido así!», y echó diversas piedras contra la casa. No nos consta
qué ocurrió durante el proceso, pues Martín de Arraiza, esposo de
María de Leiza, solicitó que el caso se juzgase conforme al fuero
militar, cosa que fue aprobada por la Corte Mayor
36
.
Otro caso, sucedido en Olazagutía el 7 de julio de 1598, día de
San Fermín, nos muestra otro tipo de inducción, más espontánea. Al
parecer aquel día al mediodía María Martínez de Urdiáin salió por
alguna razón desconocida al patio de su casa y comenzó a gritar a

36
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 125095.
94 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Johan de Mendiluce mayor que «era un traidor ladrón, hijo de un
ladrón y que a sus hijos della no los llamarían ladrones como el dicho
Joan de Mendiluce lo era». Ante tal escándalo, los hijos de María,
Pedro y Martín Sanz de Recalde, trataron de calmarla, pero se
originó un enfrentamiento verbal entre una familia y otra que fue in
crescendo hasta que en un momento apareció Johan de Mendiluce
menor, hijo del mayor, sin saber qué ocurría. Al parecer, inducido
por los gritos de su madre, Pedro Sanz de Recalde «rancó» su puñal y
se dirigió contra Johan de Mendiluce menor, al que asestó varias
puñaladas mortales. La acusación se dirigió contra la madre, pues

la dicha María Martínez de Urdiáin siempre reiterando las dichas
palabras e incitando a sus hijos para que matasen a mis partes y a su hijo y
si ella y el dicho Pedro de Recalde no le hubieran tanto incitado al dicho
Martín de Recalde pudiera ser no hubiera sucedido la muerte que
sucedió pues el dicho Juan de Mendiluce defunto no tenía su puñal
rancado ni les daba ocasión a que contra él arremetiesen ni lo maltratasen
ni matasen.

La justicia consideró que María había incitado a su hijo, y
condenó a ambos a seis meses de destierro de Pamplona y
Olazagutía
37
.
El año de 1569 ocurrió en Funes un crimen inducido por una
mujer. Juan de Arróniz se encontraba legítimamente casado con
Catalina de Arrizabal, «a la cual por muchas y diversas veces la
maltrató y procuró de matarla con bebidas y golpes y otros malos
tratos». Dicho Juan de Arróniz se encontraba amancebado con
Catalina Catalán. Según la acusación del fiscal, la dicha Catalina había
inducido y aconsejado en diversas ocasiones a Juan que maltratara a
su mujer, dándole para beber «ponzoña» o dándole de palos. De
hecho, tras una paliza ocurrida en mayo, Catalina de Arrizabal quedó
tan malherida que falleció a los pocos días. Juan huyó del pueblo
aconsejado por su amante, y anduvo huido por todo el reino. Desde
allí envió

Ciertas cartas llamándola su mujer y otras palabras por las cuales daba a
entender tenerse afición el uno al otro y estar amancebados y tratado
entre ellos de que la tomara por mujer después de haber muerto a la

37
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 12049.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 95
dicha Catelina de Arrizabal su mujer la cual antes que el dicho Juan de
Arróniz su marido la matase por muchas y diversas veces se solía quejar y
se quejó a sus vecinos de la mala vida que le daba el dicho Arróniz por
causa y respecto dela dicha acusada.

La Corte Mayor detuvo a Catalina, si bien no llegó a entrar en las
cárceles por motivos desconocidos. El alcalde de la villa obligó a Juan
a «que no se juntase debajo un tejado con la dicha acusada y sin
embargo se juntaron y tuvieron el dicho acceso en la casa dela dicha
acusada», tras lo cual y antes de ser detenido Arróniz volvió a huir,
siendo posteriormente detenido y condenado a diez años de
destierro
38
.
Sospecha de inducción hubo también en el caso de la muerte de
Ana María de Aitona en Peralta. Al parecer el día de San Silvestre de
1668 salió de casa en compañía del boyero Pedro de San Martín, su
marido. A los pocos días el cuerpo de Ana María fue encontrado en
un término llamado «Moratiel». Según se dedujo del proceso, Pedro
de San Martín habría sido inducido a cometer este crimen por María
de Zabalza, mujer con la que andaba amancebado y que lo había
empujado anteriormente a cometer malos tratos contra su mujer. El
fiscal consideró «los dichos delitos son dignos de riguroso y ejemplar
castigo por ser atrocísimos y uxoricidio en que merecen las penas de
parricidio». Pedro huyó, pero María fue condenada a vergüenza
pública, azotes y varios años de destierro
39
.
Un caso similar ocurrió en Olite el año de 1675. El veinte de
noviembre de aquel año Cristina de Bearin se encontraba cociendo
pan en el horno de su casa, cuando Juan de Eguilaz, su esposo y
amancebado con la viuda Ana Bravo, le tiró un arcabuzazo del cual
murió prácticamente al instante. Aquella muerte se ejecutó según la
sentencia «de caso acordado y que lo dicho se hizo por el trato y
amistad ilícita que los dichos Juan de Eguilaz y Ana Bravo tenían
entre sí por cuya causa tiene pedido el dicho sustituto fiscal que los
dichos acusados sean condenados en pena de muerte de horca». Juan
Paisano fue condenado a diez años de galeras y destierro perpetuo, y
Ana Bravo a destierro perpetuo del reino de Navarra
40
.

38
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 68168.
39
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 4153.
40
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 17665.
96 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Los casos de amancebamiento con inducción a matar resultan los
más prolíficos, como estamos viendo. También se dio el caso
contrario, en el que la amancebada era la esposa, que ordenaba al
amante matar a su marido. Esto ocurrió en Izal el año de 1544. Al
parecer, Graciana de Cerrenzano estaba casada con un tal Pascual de
Aizcurgui. A su vez, la dicha Graciana mantuvo relaciones con Juan
de Burgui e incluso llegó a huir de casa, volviendo tiempo después.
Sin embargo, su deseo por Juan de Burgui era superior y ambos
concibieron un plan para matar a Pascual en las heras de Izal. Un día
de julio de aquel año Juan de Burgui se acercó al lugar donde
trabajaba Pascual y le propinó tal herida en la cabeza que «le salían los
sesos» y murió por su causa. Tras ello, lo primero que hizo Juan fue
avisar a Graciana, tras lo cual huyó. Graciana avisó a varias personas
de lo sucedido, «sin mostrar ella […] ninguna ni dolor dello ni otro
sentimiento ni diligencia ninguna de lo que en tal caso suelen
mostrar y hacer las buenas mujeres que quieren bien a sus maridos y
los ven estar heridos». Las sospechas cayeron sobre ella, y fue
condenada a azotes y destierro perpetuo del reino, si bien finalmente
el Consejo Real decidió absolverla, pues ni siquiera había confesado
en el tormento que se le aplicó
41
.
Las mujeres también acudieron a sicarios que cometieran los
crímenes planeados. Éste fue el caso de Ángela de Ejea en la Tudela
de 1609. Esta mujer, viuda, se encontraba amancebada con el clérigo
Pedro de Suescun, ante lo cual otro clérigo, Juan de Sarrondo,
amenazaba con hacerlo público y los reprendía constantemente. Un
día del mes de febrero de aquel año Juan de Sarrondo, después de
haber estado pescando en el río Ebro fue a su casa. Al llegar, observó
que había gente hablando en las afueras, pero sin más preocupación y
habiendo cerrado bien las puertas de la casa subió a su aposento con
intención de dormir. Pasada la medianoche, un gran grito despertó a
Pedro de Sarrondo, hermano de Juan. Encendiendo un candil
comprobó cómo su hermano estaba completamente ensangrentado
con una gran herida en su cabeza. Bajó rápidamente y encontró que
alguien había forzado la puerta y había huido. Vio que en el exterior
había gente, pero por temor no quiso salir de la casa. Juan de
Sarrondo falleció aquella misma noche. El escándalo en Tudela fue
notorio. Varios libelos aparecieron, donde se escribían cosas como:

41
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 95445.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 97
«quien quisiere hacer tal cosa acuda a la viuda de Jubera, que por su
honestidad deja de expresar la fealdad de las palabras» o «no se
espante la de Jubera pues clérigos y frailes tratan con ella». Fue
condenada a seis meses de destierro
42
.
3.2. Infanticidio
La historiografía británica ha sido la que más atención ha prestado
al fenómeno del infanticidio durante la Edad Moderna. Los trabajos
de autores como Jackson, Beattie, Cockburn, Gaskill o Sharpe han
aportado importantes avances en su conocimiento, si bien también
ha habido autores que en Francia, Bélgica o Alemania se han
centrado específicamente en él
43
. Sin embargo, apenas contamos con
trabajos en torno al infanticidio en la España moderna, más allá de los
trabajos de Lola Valverde o Luis María Bernal
44
.
El infanticidio fue un crimen cometido por mujeres. Esta era una
percepción que los propios hombres de la Edad Moderna ya tenían,
tal y como relataba en 1610 el procurador Juan Fernández de
Mendívil en la defensa de Pedro de Layta, acusado por el fiscal de
haber embarazado a una criada suya llamada Pascuala de Villanueva y
haber matado posteriormente a la criatura que de sus uniones nació.
Según decía Mendíbil,

Ni tal [el infanticidio] se puede ni debe creer de ningún hombre que
ahogue y eche en el río su creatura propia porque esta flaqueza nunca ha
subcedido ni subcede en hombres sino solamente en mujeres por
encubrir su deshonestidad
45
.

Las agresoras solían ser las propias mujeres que habían parido o,
en todo caso, alguna familiar muy cercana. Normalmente, tanto en
Navarra como en Inglaterra los casos de infanticidio se daban en
mujeres jóvenes y solteras y, en raras ocasiones, en mujeres viudas o
casadas
46
. María de Aldabe, moza de Sumbilla, quedó preñada en

42
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 100653.
43
Jackson, 1996, 2002a y 2002b, Beattie, 1986, Cockburn, 1991, Gaskill, 2000,
Dickinson y Sharpe, 2002, Racaut, 2002, Rublack, 1999., Leboutte, 1991.,
Brissaud, Y.-B., 1974.
44
Valverde Lamsfus, L., 1994, 1996, Bernal Serna, L. Mª. 2007.
45
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 266699, f.35r.
46
Dickinson y Sharpe, 2002, pp. 41-42., Malcolmsom, 1977, p. 192.
98 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

1607 de Joanes de Oteiza, mancebo también de Sumbilla
47
. Juana de
Zoco, vecina de Garde que andaba en «hábito y reputación de moza
virgen, con mucho secreto estuvo amancebada» con García Baleche,
tejedor vecino de Burgui
48
. En no pocas ocasiones estas mozas
jóvenes y solteras eran pobres criadas que quedaban preñadas de sus
propios amos o de otros criados de éste
49
. La tardía edad de acceso al
matrimonio jugó un importante papel en este asunto, dado que se
incrementaban las relaciones estables fuera del matrimonio
50
.
Las criadas, viéndose preñadas, hacían lo imposible por ocultar su
nuevo estado. Frente a los rumores de la comunidad, negaban todo y
ocultaban su tripa con pesados ropajes, tratando que nadie se fijase.
En la ciudad de Pamplona en 1597 por ejemplo varios peones
dijeron a Bautista de Argarai, amo de Joana de Arre, que ésta se
encontraba preñada de un teniente suyo llamado Joanes de Ulzurrun.
Ante estas acusaciones, Bautista preguntó a Joana si aquello era
cierto, a lo que ésta «le respondió que era bellaquería y falsedad lo
que le levantaban y que ella no estaba preñada ni pasaba tal cosa y
que Dios les pediría el falso testimonio que le levantarían»
51
.
También en Pamplona, en 1588, María de San Joan parió
secretamente una criatura, negando durante mucho tiempo que
hubiera estado preñada, aunque su vecina María de Viguria dijo que

Ha sospechado la que depone que estaba preñada y ansí lo ha oído
decir por una mujer del barrio llamada Graciana ques mujer de Miguel
de Arce y después que selo oyó decir tuvo cuenta con ella para
certificarse si estaba preñada o no y le paresció a esta que depone que lo
estaba y que lo quería encubrir con los vestidos
52
.

El quedar preñada suponía una vergüenza tanto para la mujer que
quedaba embarazada como para su familia e, incluso, para la familia
de sus amos. Se ejercía una gran presión sobre esas mujeres para que
ocultasen sus embarazos. Nos encontramos como ya hemos visto
ante una sociedad profundamente influenciada por el concepto de

47
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 100454.
48
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 70414, f. 8r.
49
Cockburn, 1991, pp. 96-97.
50
Bernal Serna, 2007, p. 141.
51
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 99697, f.4r-v.
52
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 295440. Ff. 1v-2v.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 99
honor y honra. Como vimos, el honor era el valor de una persona
ante sus propios ojos, pero también ante los de sus convecinos, y las
ofensas que contra éste se realizaban podían provocar la «muerte
social» del individuo, algo que podía llegar a implicar mayor
gravedad que la muerte física. Por tanto, el dejar embarazada a una
mujer implicaba un problema muy grave que había de corregirse. El
problema se agravaba aún más si una moza soltera quedaba encinta
de un hombre casado o viceversa, dado que si bien las relaciones
sexuales entre solteros estaban bien vistas y podían corregirse
mediante el casamiento, en el caso de los casados no había remedio y
se exponían a una gran humillación ante la sociedad
53
. En
consecuencia, las criadas embarazadas quedaban expuestas a perder su
puesto de trabajo y a verse en una situación límite al encontrarse sin
medio de subsistencia, avergonzadas, sin posibilidades de entrar a
trabajar para otro amo, con muy pocas opciones de encontrar con
quién casarse y teniendo una boca más que alimentar. Dichas
mujeres quedaban así estigmatizadas de por vida
54
. Catalina de
Undiano parió en 1586 una criatura en la casa que su amo tenía en
Paternáin, matándola poco después y declarando «que la mató
porque no fuese descubierta su preñez y parto y que aquella la hubo
de un mozo llamado Remón»
55
. En el caso ya citado del infanticidio
de Pascuala de Villanueva y Pedro de Layta, una vez los amos
conocieron que Pascuala había parido decía un testigo «que ambos
marido y mujer la han despedido de casa por el escándalo y
murmuración de la gente habiéndole pagado su soldada»
56
.
Hemos encontrado también casos en los que las criadas entraban a
trabajar para nuevos amos ocultando su embarazo, y disparaban la
murmuración entre los vecinos, que enseguida sospechaban de su
preñez. Ese fue el caso de María de Larrasoaña, la cual habiendo
quedado encinta de un mozo en Pamplona estando al servicio de un
bastero quedó preñada de un arriero llamado Pedro de Ostoa. Pocos
meses después, entró a trabajar en casa del platero Juan Pérez de
Zabalza, ocultando su embarazo, y aunque en los últimos días del
embarazo los familiares sospecharon de éste, no estuvieron seguros

53
Valverde Lamsfus, 1996, p. 14.
54
Jackson, 2002, p. 8., Malcomson, 1977, pp. 192-193., Rublack, 1999, pp.
185-188.
55
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº ff. 11v-12v.
56
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 266699, f. 9r-v.
100 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

hasta que parió y trató de esconder el niño. Al enterarse, un testigo le
recriminó su actitud, diciéndole « ¿a esta casa ha venido a hacer
esto?»
57
. El miedo a estas situaciones impulsaba a la mujer a matar al
hijo que en secreto había parido, de tal forma que, si conseguía evitar
que su embarazo fuera conocido públicamente y se deshacía del
pequeño sin que nadie se enterase, tenía aún una mínima opción de
salvar su honra.
En alguna ocasión las infanticidas resultaron ser mujeres casadas
que quedaban preñadas fuera del matrimonio y trataban de
ocultárselo a sus maridos. No se trataba de algo habitual, pero hemos
encontrado también procesos de este tipo. Éste fue el caso de
Graciana Ruiz, vecina de Zudaire que estaba casada con Lucas de
Alegría, carbonero que pasaba largas temporadas en Guipúzcoa. Una
vez Graciana parió a la pequeña María en el mes de noviembre,
Lucas sospechó que aquella no era hija suya, puesto que «si del se
hubiera empreñado había de haber parido para los primeros días del
mes de septiembre próximo pasado». Visto que su marido se jactaba
de no ser el padre de la criatura y la actitud que él había tomado,
Graciana, de la cual según varios testigos decían «don Juan Ruiz
clérigo vecino del dicho lugar de Zudaire ha comunicado y suele
comunicar carnalmente con la dicha Graciana Ruiz», dio una gran
paliza a la pequeña María, de la cual murió en breve espacio de
tiempo
58
.
Aquellas mujeres que quedaron embarazadas de clérigos con los
que vivían amancebadas tuvieron una especial inclinación al
infanticidio. De hecho, en 7 de los 30 infanticidios consultados el
padre de la criatura fue un clérigo. Si el hecho de vivir en público
amancebamiento resultaba ya intolerable para la comunidad, que éste
fuera con un clérigo lo era mucho más aún. Ya vimos los casos de
Joaneta de Eugui o Graciana Ruiz. En diciembre de 1569 Graciana
de Oregar parió en Anocíbar una criatura que había concebido con
el clérigo don Domingo de Labayen. En su defensa, la propia
Graciana decía que «el dicho clérigo tenía encerrada a la suplicante
en su casa», a pesar de que el fiscal argumentaba que no estuvo
encerrada por la fuerza, sino que «estuvo amiga de algún clérigo en el
dicho lugar por mucho tiempo en gran deservicio de Dios y mal

57
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 3490, ff. 9v-11r.
58
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 211463, ff. 1v-5r.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 101
ejemplo de la república»
59
. En 1601 en el lugar de Ciordia Catalina
de Alciturri, criada del abad de Iturmendi, fue acusada por el fiscal de

que la dicha acusada con poco temor de Dios y de vuestra real justicia
de muchos años y tiempo a esta parte a la continua ha estado
públicamente amancebada con cierta persona que por ciertos
inconvenientes se deja de nombrar aquí y aunque diversas veces ha sido
amonestada se aparte deste pecado no lo ha querido hacer antes bien ha
perseverado en él con mucho escándalo y ha causado muchos daños e
inconvenientes y ello es notorio
60
.

Más avanzado el proceso, la propia Catalina confesaba a un testigo
que

se hallaba afligida porque la habían publicado en la tierra que estaba
preñada y le respondió este testigo que era verdad que así se decía y le
replicó la dicha acusada diciendo que como a amigo y pariente del dicho
su amo sele descubría a este testigo en que era verdad que ella estaba
preñada del dicho su amo y que este testigo se lo dijese a el dicho su
amo, [para que éste] diese orden de qué se había de hacer della para que
pariese lo más secreto que pudiese y este testigo le replicó diciendo que
lo haría de buena gana y enesto llegó ahí el dicho amo y con esto no
trataron más del caso
61
.

En otras ocasiones, las mozas quedaban preñadas de mozos que
tras prometerles un futuro casamiento accedían carnalmente a ellas,
dejándolas abandonadas y desamparándolas ante la situación que se les
avecinaba con el nacimiento de un hijo. Estando María Baztán en la
venta de Beriáin en 1603,

A vueltas de Navidad último pasado llegó Pedro de Ituren, mulatero,
natural de Ituren, hijo de uno llamado por sobrenombre Harriberri, y le
requebró de amores ofreciéndole que tendría cuenta della de manera que
se remediase a que condecendiese con su voluntad, y se defendió por
aquella vez, y al cabo de tres días que acudió con sus machos que llevaba
persuadiendo la conoció carnalmente en la caballeriza y la privó de su

59
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 97706.
60
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 13122, f. 7r.
61
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 13122, f. 24r-v.
102 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

honor que tenía y del dicho ayuntamiento y otro que tuvo también
después quedó preñada
62
.

También las viudas se vieron en la necesidad de recurrir al
infanticidio en determinadas ocasiones, si bien este caso resulta más
extraño. Los autores que han tratado este tema concuerdan en que
proporcionalmente el caso de las viudas infanticidas fue poco
relevante
63
. En 1606, hacía 7 años que María Miguel, vecina de
Viana quedó viuda, y desde hacía tres años había vivido en compañía
de Gregorio Sáez. Según decía, «puede haber cinco meses poco más
o menos que trataron de se casar entrambos y del dicho tiempo a esta
parte han dormido siempre juntos y se empreñó». Avergonzada, trató
de ocultar el embarazo pero no pudo, siendo público entre todos los
vecinos que estaba embarazada y que el hijo que esperaba había
desaparecido
64
.
Finalmente, hemos encontrado algún caso de mujeres que,
debido a su locura, mataron al hijo que esperaban. Éste fue el caso de
la viuda Bernarda Marco, vecina de Aibar, que en 1677 arrojó un
hijo que tuvo por la ventana. Según ella misma confesó, «cuando
hizo tal desacato no estaba en su sano juicio y que no sabía lo que
había sucedido y que el diablo le había instado para arrojar la criatura
por la ventana». Según decían los testigos,
La susodicha, aunque en algunas ocasiones hablaba con algún género
de juicio, las más de las ocasiones que no puede declarar cuántas sean en
lo que hablaba y acciones que hacía se le conocía que le quebraba el
sentido y la razón, porque muchas veces solía mirarse a las manos con
mirar algo descompuesto y otras solía pasarse aquellas por el pescuezo y
por los cabellos haciendo acciones con que hacía reír a los presentes y
otras se ponía a reir sin cimento ni fundamento. Otras meneaba la cabeza
de un lado a otro, otras andaba [desaviada] en su traer y descubiertos los
pechos y si de eso le reprendían algunas personas solía responder «qué se
me da a mí arre acá» y otras veces hacía con los labios hacía algunos
gestos de persona de poca diserción y casi nada y por todas estas acciones
en la dicha villa se reían muchas personas della y demás desto después de
estar viuda la susodicha ha vendido alajas de casa que su madre le dejó y
ganados mayores sin cuenta ni razón y sin haber lucido con esto cosa

62
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 40578, ff. 9v-10r.
63
Dickinson y Sharpe, 2002, pp. 41-42, Malcolmson, 1977, p. 192, Beattie,
1986, p. 115; Nausia, 2010.
64
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 72372, ff. 2r-3v.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 103
alguna y de noche solía andar por las calles y casas dela dicha villa dela
misma manera que de día y en ellas se reían dela propia manera y como
se acostumbra reír de personas que les falta el discurso y la razón y eso lo
hacían hasta los mismos y demás desto la dicha acusada es muy
ocasionada al vino aunque no sabe que lo hubiese bebido el día litigioso
y algunas veces le solía dar un mal que se echaba al suelo y solía estar dos
o tres horas sin hablar y sin sentido y deciéndole algo no respondía
palabra hasta que volvía en sí y por todo lo referido la dicha Bernarda
Marco en la dicha villa de Aibar ha sido tenida y comúnmente reputada
por mujer falta de juicio
65
.

También en Napal hubo un caso similar. María de Cemboráin,
vecina del lugar que parió una criatura que se le cayó de la cama,
según decía el testigo Juan de Monreal «siempre la ha visto andar
como persona mentecata y sin juicio», y padecía el «mal de la gota
coral»
66
.
¿Cuándo y cómo se produjeron los infanticidios? La muerte de
los infantes se producía a lo sumo unas pocas horas después del
nacimiento; las mujeres parían se deshacían del bebé de inmediato
pues si comenzaba a llorar podía hacer que la mujer fuese
rápidamente descubierta. De hecho, muchos de los procuradores de
estas mujeres basaron su defensa en el hecho de que ninguno de los
vecinos oyó llorar al recién nacido, como más adelante veremos.
Juan de Solórzano, procurador de María Baztán aseguraba que «los
lloros de una creatura de ocho meses se pueden oír en diez y seis
pasos y en nacer luego comienzan a llorar si nacen vivas»
67
.
Normalmente, estas mujeres recurrían al ahogamiento del bebé
como método más efectivo para quitarle la vida, como María de
Lezáun, que lo arrojó a un pozo
68
, si bien en ocasiones recurrieron a
métodos más violentos, como Graciana de Gastiáin, que «la echó de
hecho por la ventana de la casa de Francisca Ros su dueña»
69
.
En ocasiones, estas mujeres alegaban que habían parido una
criatura que «no era de tiempo correcto», esto es, que no habían
pasado nueve meses desde su concepción y que, por lo tanto, ésta no

65
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 105802, ff. 9r-v; 38r-39r.
66
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 268000, ff. 27r-28v.
67
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 40578, f. 35r.
68
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 295440.
69
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 284589, f. 12r.
104 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

podía vivir. El dicho Juan de Solórzano en el mismo proceso
aseguraba que «la creatura que nace de ocho meses no puede vivir y
esta es la más verdadera opinión entre los filósofos»
70
. Estas mujeres
alegaban entonces que habían parido debido a algún exceso que, sin
quererlo, habían cometido. La viuda de Viana María Miguel por
ejemplo dijo que había parido «una niña mal de una caída que dio
viniendo de valles de moros cayó de un ribazo abajo»
71
. Joan Pérez
de Dindart, procurador de Joana Zoco, aseguraba que «cinco días
antes que la dicha mi parte malpariese y echase la dicha creatura
muerta cayó de unas escaleras abajo estando cociendo cierta roscada y
tomó un gran golpe y después dela dicha caída y golpes que dio
quedó muerta la dicha creatura como después se ha visto»
72
. La
corellana Jerónima García, moza de mala vida, confesó en 1626 que
«dos días antes dela víspera del día de todos los Santos último pasado
fue a buscar una gallina a una casa y que andándola buscando cayó de
un tejado y de la caída malparió un niño muerto»
73
.
Los partos de estas mujeres se produjeron en lugares no usuales. Si
para un parto normal se recurría a todo un ritual de preparación por
parte de las comadronas, en este caso las mujeres se veían solas ante el
parto, por miedo a que éste se descubriera. Así, las mujeres llegaron a
parir en lugares inauditos el licenciado Ovando acusó a María de
Uroz, criada del licenciado Larraya, porque

después de parida la dicha criatura tomó aquella la dicha acusada y la
echó en una necesaria
74
muy honda que está en la casa donde mora el
dicho licenciado Larraya y por el rastro que hallaron de la sangre que
estaba en la cámara donde dormía la dicha acusada y pareció la dicha
creatura fueron a la dicha necesaria y mirando dentro hallaron que estaba
ahogada la dicha creatura muerta y las parias que la dicha acusada había
echado cuando parió la dicha creatura los hallaron debajo de la cama en
que dormía la dicha acusada
75
.

70
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 40578, f. 18r-v.
71
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 72372, f. 2r-v.
72
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 70414, f. 15r-v.
73
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 73887, f. 12r-v.
74
Necessaria: Letrina o lugar para las que se llaman necesidades corporales, de
donde tomó el nombre. Lat. Latrina, a . Forica, arum. Quev. Mus. 6 Rom. 61.
“Más necesaria es su agua,/que la del mismo Pisuerga./Pues de puro necessaria/,
públicamente es secreta”. (Aut).
75
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 96094, f. 11r.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 105

Normalmente sin embargo estas mujeres parieron en sus
habitaciones, ocultando al recién nacido y las parias debajo de su
cama o en las caballerizas de la casa. Un recurso muy habitual fue
echar a la criatura al río, con la esperanza de que éste se lo llevara y
nadie supiera nunca de su existencia. En un bando del alcalde de
Sangüesa Pedro de Asiáin en 1634 se decía que había aparecido
«debajo de la puente de la dicha villa y debajo del arco más próximo
a ella una creatura recién nacida muerta que sin duda fue arrojada al
dicho río», y por ser crimen tan atroz se pedía que cualquiera que
supiese de quién era el hijo, diese información
76
.

Las infanticidas actuaron normalmente en solitario, pero en
ocasiones contaron también con la ayuda de algún familiar muy
cercano o de las parteras, que las ayudaron en su propósito
77
. Así, la
peraltesa María de Sancto Fuego, preñada de un hombre rico, recibió
la ayuda de su hermana Ana tanto en el parto como en el momento
de deshacerse del recién nacido, llevándolo a un paraje alejado donde
fue comido por animales salvajes
78
. En un caso registrado en
Larrasoaña, Gracito de Elízaga fue la encargada de librarse de la
criatura que su hija Joaneta había parido
79
. En cualquier caso, las
mujeres que parían en secreto nunca recurrieron a nadie que no
fuera de su absoluta confianza para tal cometido.
Además de las penas ordinarias contra los asesinos (encubamiento,
muerte en la horca…) el Fuero de Navarra disponía penas específicas
contra el infanticidio. Así, se decía que si «la criatura fuere
abandonada por la madre y muriere, será puesta la madre en prisión
como homicida». Si se descubría que una mujer soltera abandonaba a
una criatura en la puerta de una iglesia o en una puerta, aquella sería
azotada, y obligada a criar la criatura. Igualmente, se disponía que si
la madre no podía criar a un recién nacido, ésta debería dejárselo al
padre en presencia de dos testigos, para que fuese criado por él,
sufriendo la pena de homicida en caso de que no quisiese recogerlo.

76
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 122786, f. 8r-v.
77
Dickinson y Sharpe, 2002, pp. 42-44.
78
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 145370.
79
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 209697.
106 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Si el padre negaba ser el verdadero padre del recién nacido, debería
hacerse cargo de él si ya había sido bautizado como hijo suyo
80
.
No contamos con una mayor legislación sobre este asunto para
Navarra, pero sí para Castilla en el siglo XVIII. En dicho reino el
fenómeno del infanticidio alcanzó tal dimensión que se debió legislar
que antes que alguien matara a un recién nacido, fuese puesto en
algún hospital sin que se hiciera ninguna pregunta a quien lo
abandonaba. Así, fue dispuesto que

A fin de evitar los muchos infanticidios que se experimentan por el
temor de ser descubiertas y perseguidas las personas que llevan a exponer
alguna criatura, por cuyo medio las arrojan y matan, sufriendo después el
último suplicio, como se ha verificado; las justicias de los pueblos, en
caso de encontrar de día o de noche en campo o en poblado a cualquiera
persona que llevare alguna criatura, diciendo que va a ponerla en la casa
o caja de expósitos, o ha de entregarla al párroco de algún pueblo
cercano, de ningún modo la detendrán o la examinarán; y si la justicia lo
juzgase necesario a la seguridad del expósito, o la persona conductora lo
pidiere, le acompañará hasta que se verifique la entrega, pero sin
preguntar cosa alguna judicial ni extrajudicialmente al conductor, y
dejándole retirarse libremente.

Sin embargo, todo aquel que dejase a alguna criatura en la puerta
de una iglesia y muriese durante la noche por no haber dado noticia
al párroco, sería duramente castigado
81
.
Siendo como era un crimen gravísimo, y no habiendo
normalmente parte contraria que acusara a la mujer de haber
cometido el delito del infanticidio, el fiscal fue el encargado de llevar
todos los procesos de este tipo. Esto nos muestra la gran implicación
que el estado tuvo con el infanticidio, procurando que ninguno de
estos crímenes quedaran impunes. La violencia interpersonal era un
asunto en el que los tribunales ponían una especial atención, puesto
que perturbaba el orden social de manera alarmante. Y más aún si el
afectado era una criatura recién nacida, reforzando de este modo el
proceso de disciplinamiento de la sociedad
82
.

80
Yanguas y Miranda, 1964.
81
Novísima Recopilación, 1805, L. VI, t. XXXVII, l. 5.
82
Dinges, 2002, Schilling, 2002.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 107
El fiscal acusó a las mujeres infanticidas en todos los casos de
haber cometido un crimen «atrocísimo» y pidió las «mayores y más
graves penas civiles y criminales en que conforme a derecho leyes y
ordenanzas reales deste reino se hallare haber incurrido y merecer
ejecutándolas en su persona y bienes con el rigor y ejemplo que la
gravedad del delito lo merece». Además, trató siempre de que fuesen
puestas a «cuestión de tormento». Este fue el caso de la aibaresa
Bernarda Marco,

cuyo delito es de los más atroces que considera el derecho pues
convirtiendo en crueldad dicha rea la piedad cristiana, faltando a la
obligación de madre y negándose a el amor del instinto natural que
influye en la fieras para la crianza de sus hijos como parte y porción de
sus entrañas, fue cruel homicida de su hija, habiendo deliberado serlo no
solo en la vida temporal que la quitó si no es en la espiritual, para cuya
bienaventuranza la formó su criadora, y mediante que todos los términos
de piedad y misericordia son injustos y exceden de los límites
proporcionados a que se arregla la virtud en quien es delincuente tan
horrendo y transgresor de los preceptos divinos naturales y positivos y
leyes de la sociedad humana
83
.

En otro proceso por infanticidio en Larrasoaña, el fiscal acusó a
tres mujeres de haber sido muy crueles al abandonar el niño, y dijo
que

la cual misericordia no teniéndola la madre y abuela e tía como no la
tuvieron en el caso deste pleito las acusadas ansí habían ellas de pensar y
creer e muy mejor e no había de tener la dicha misericordia de la dicha
criatura otra persona extraña por lo cual y porque no hay diferencia del
que mata al que da causa dela tal muerte y merece la misma pena resulta
de lo susodicho que en haber echado la dicha creatura y expuestola como
está dicho que incurrieron las acusadas en las penas contenidas en mi
acusación, en especial habiéndola expuesto no en iglesia ni a otra puerta
donde pudiera luego ser vista sino enel campo en la dicha huerta la cual
está apartada del dicho lugar donde está claro y evidente que si no fuese a
caso de ventura no había de ser allí vista la dicha noche la dicha criatura
ni sentida y que aunque fuera criatura de edad siendo el tiempo de

83
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 105802, f. 11r.
108 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

invierno que era y estando allí toda aquella noche se muriera cuanto más
siendo creatura nacida de aquel día
84
.

Uno de los asuntos principales en los que los fiscales centraron su
acusación fue el del bautismo de las criaturas. La eterna salvación de
los niños era una cuestión que, en la mentalidad de la sociedad del
Antiguo Régimen, revestía mayor importancia que la conservación
de su vida física o, al menos, hacía que el crimen de infanticidio
resultase más grave, dado que privaba a su alma de la vida eterna al
no haber sido bautizado el recién nacido. De hecho, cuando durante
un parto surgían dificultades, la partera recurría al bautismo «in
utero», bautizando a la criatura en la parte del cuerpo que primero se
presentara
85
. En 1626 el fiscal acusó a Jerónima García, vecina de
Corella, de haber llevado una vida deshonesta y haber parido en dos
ocasiones distintas criaturas que posteriormente habían desaparecido.
Según añadía, «ha parido en las dos veces que ha estado preñada ha
muerto las dichas creaturas y perdido aquellas enterrándolas con
mucho secreto en partes muy ocultas sin bautizarlas que es lo que
más agrava el delito el cual es digno de ejemplar castigo»
86
. En 1629,
acusó a varias mujeres que se encontraron junto a María de
Cemboráin en su parto en el lugar de Napal de que «cometieron así
bien grave delito en no poner toda diligencia y cuidado de darle o
hacerle dar agua de baptismo a la dicha creatura pues lo pudieron
hacer e tuvieron lugar para ello respecto a haberla cogido sin acabarse
de morir y no lo hicieron antes bien la dejaron se muriese sin darle la
dicha agua de baptismo y sin dar cuenta a la justicia la enterraron de
su autoridad fuera de lugar sagrado»
87
. El no bautismo de los niños
llegó a convertirse en una auténtica obsesión para los hombres y
mujeres del Antiguo Régimen.
Por otro lado cabe destacar la labor de los procuradores que
trataron de defender a estas mujeres. Todos ellos aludieron, al igual
que hacían las infanticidas, a que la criatura había nacido ya muerta o
no se habían cumplido los nueve meses de embarazo, y trataron de
demostrar esto con muchos testigos que lo confirmaban. Hablaban
también de posibles caídas que habría sufrido dicha mujer que le

84
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 209697, f. 17r.
85
Valverde Lamsfus, 1994, pp. 37-39.
86
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 73887, f. 13r-v.
87
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 268000, ff. 18r-v.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 109
pudieran haber provocado un parto prematuro, o de que hacía
tiempo que habría venido sufriendo grandes dolores de barriga que
habrían desembocado en dicho nacimiento. Además, aludían a «la
presunción del amor materno, que excluye el delicto
88
». Finalmente,
añadían que si verdaderamente hubiera parido un niño, alguno de los
alrededores lo habría oído llorar. Según decían, no era posible que
una madre matase a su propia criatura, nacida de sus entrañas, dado el
amor hacia sus hijos que Dios infundía en ellas. Pedro de
Larramendi, procurador en 1553 de María de Uroz, criada que en
Pamplona había quedado preñada por el estudiante Joanes de Alsasua
y había parido una criatura que según el fiscal mató y ocultó en una
necesaria, decía que negaba la acusación, porque

no se hallaron haber ella muerto a las dichas creaturas que paren de sus
entrañas no da lugar a que ellas hagan una crueldad semejante como la
que en la dicha acusación se propone e así se ha de creer e presumir que
la dicha acusada parió muerta la dicha creatura o que en naciendo luego
se habría muerto y también se cree ello ser así porque al tiempo del parto
y muchos días y meses antes la dicha acusada estuvo continuamente muy
mala y doliente en su persona y tuvo flujo de sangre por muchos días por
su natura y comúnmente las mujeres que suelen padescer semejante flujo
estando preinadas suelen malparir las creaturas muertas o ya que nazcan
vivas se suelen luego morir como murió la dicha creatura antes que
naciese o luego en continenti porque si nasciera viva hubiera llorado
como lloran las creaturas naturalmente en eso que nacen y los de la casa
del dicho licenciado hubieran sentido el llorar y gemir dela creatura y no
pudiera ser menos segunt la instancia donde la acusada dice que parió
está en lugar donde fácilmente se puede oír y sentir lo que pasa en ella
por los que viven en la dicha casa
89
.

Como veremos en el capítulo dedicado a la justicia, las defensas
de estos procuradores tuvieron escaso eco en la actitud de la justicia
ante el infanticidio. Se trató de un crimen excesivamente grave como
para dejarlo impune, y a causa de ello el número de condenas a
tormento que conservamos es superior a la media de otros asesinatos.
Además, no se tuvo piedad de estas mujeres que, en su mayoría,
serían condenadas a destierro. De las 27 sentencias conservadas en los

88
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 73887, f. 40r.
89
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 96094, ff. 12r-13r.
110 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

30 procesos por infanticidio que conservamos en el Archivo General
de Navarra, en 16 casos se mandó desterrar del reino a la infanticida
por varios años o a perpetuidad, en 7 fue desterrada por unos meses
de su localidad, y en los 4 restantes fueron libradas por ser Navidad o
por la clara locura que padecían. No encontramos, a diferencia de
otros países como Inglaterra o Francia, casos de penas de muerte a
mujeres infanticidas, y tampoco nos aparecen condenas a galeras,
pena más propia de hombres que de mujeres. La mayoría de estas
penas fueron acompañadas, además, por otras penas de 100 o 200
azotes o vergüenza pública, hecho que en el caso masculino apenas
hemos constatado. En algún caso incluso se llegó a «extraditar» a una
infanticida tras ser juzgada en Navarra para que fuese igualmente
juzgada en Castilla de un crimen similar cometido años antes, hecho
que ocurrió con Catalina de Alciturri en 1601
90
. Estas penas, a pesar
de su dureza, quedan lejos de las 27 ahorcadas en Chester entre los
siglos XVII y XVIII
91
, o de la facilidad con que también aplicaban
esta pena en la Alemania Moderna
92
. Por el contrario, no
compartimos la visión de Walker, según la cual la justicia tuvo una
mayor «compasión» con las mujeres infanticidas que con las asesinas o
los hombres debido a las especiales circunstancias en las que eran
cometidos estos crímenes
93
. Según esta autora, si bien la pena normal
por infanticidio en Inglaterra fue la muerte en la horca, muchas de
las mujeres acusadas fueron absueltas En el caso navarro no
conservamos ningún caso de absolución a infanticidas, si bien tres de
los procesos quedaron pendientes sin razón conocida. En todo caso,
podemos afirmar que la justicia actuó en Navarra con gran severidad
frente al asesinato de niños recién nacidos, pero no tanto como en
otras regiones europeas.
El infanticidio no fue tampoco olvidado por los manuales de
confesores. Martín de Azpilcueta condenaba ya a aquellas madres que
«puso a niño tierno en su cama de noche porque no le llorase, o no
se resfriase levantándose de la cama con peligro de que de noche lo
ahogase». Parece ser que el poner a dormir a los niños en la cama de
sus padres fue una costumbre muy común en la Edad Moderna. De

90
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 13122, ff. 36r-v.
91
Dickinson y Sharpe, 2002, pp. 38r-42r.
92
Rublack, 1999, pp. 191-194.
93
Walker, 2003, pp. 135-138.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 111
este modo las madres podían alimentarlos sin levantarse, acallarlos si
lloraban o darles calor si pasaban frío. Era relativamente frecuente
que aquellos niños apareciesen al día siguiente muertos, aplastados o
sofocados por el peso de sus progenitores. La Iglesia sabía que si bien
parte de aquellas muertes eran involuntarias, otras muy
probablemente no lo eran tanto, convirtiéndose en el primer recurso
que los matrimonios tenían para limitar el tamaño de sus familias. Si
el niño moría de este modo la justicia no actuaba
94
, y sin embargo
era un asunto del que entendía el párroco. Los padres así podían así
librarse con una reprimenda pública en la iglesia el domingo y una
penitencia limitada
95
. Las Constituciones Sinodales de Pamplona de
1591 incluyeron así esta forma de infanticidio entre los pecados
reservados al Obispo:

Item el que matare o ahogare alguna criatura por acostarla consigo, o
de otra manera, o por negligencia, o no advirtiéndolo, ni la queriendo
matar
96
.

Otros manuales de confesores también trataron el tema de la
muerte de niños por ahogamiento. Así, fray Juan de Pedraza en su
Summa de casos de conciencia, decía que

Como durmiendo ninguno sea señor de sí, culpa mortal es tener los
hijos consigo en la cama, por ser contra el cuidado que han de tener de
su vida. Pero concurriendo tales circunstancias que no se temiese de
morir la criatura, como si la cama es grande, y le pone lejos de sí, y es tan
sosegado que siempre le haya donde le puso, y por otra parte tan bravo
que si le pone en la cuna grita sin nengún reposo, parece ser sin culpa.

Añadía además que los prelados de la Iglesia debían avisar a los
padres para que no practicaran esta costumbre y decía que en varios
obispados aquello estaba penado con la excomunión
97
. De la misma
opinión era Remigio de Noydens en su Práctica de curas y
confesores. Según decía, «pecan mortalmente las mujeres que a los
niños tiernos tienen consigo en la cama, por ser contra el cuidado

94
No hemos encontrado ningún proceso judicial sobre este hecho.
95
Valverde Lamsfus, 1994, pp. 27-29, Bernal Serna, 2007, p. 143.
96
Citado por Valverde Lamsfus, 1996, p.13.
97
Pedraza, 1578, f. 47v-48r.
112 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

que han de tener de sus vidas, que como durmiendo nadie es señor
de sí, es cotingente ahogarlos». Sin embargo, suavizaba la
prohibición, añadiendo que «concurriendo tales circunstancias, que
no se temiese ningún peligro, como si la cama es grande y le pone
lejos de sí, y es tan sosegado que siempre se halle donde le puso, y
por otra parte tan bravo que si se le pone en la cuna grita sin ningún
reposo, no hay pecado»
98
.
Con esto, los confesores recalcaron la importancia de que el
recién nacido fuera bautizado nada más nacer, especialmente si había
peligro de muerte. Fray Antonio de Florencia decía que «Si la madre
mata a su hijo voluntariamente por encubrir su maldad, es muy grave
pecado y mayor si no era baptizado»
99
. Jaime de Corella alababa un
caso de bautismo como ejemplo de celeridad en su aplicación, «me
consta nació un niño con vida y alcanzó el baptismo estando su
madre con una recia enfermedad, y tan peligrosa, que dentro de
media hora murió»
100
.
El infanticidio, como hemos visto, resultó ser la respuesta de unas
mujeres desesperadas a un hecho puntual pero muy grave, el
nacimiento no deseado. Frente a la percepción contemporánea de la
abundancia de estos crímenes, considero que, tal como afirma Karl
Wegerlt, no se trató de un crimen que tuviera un peso estadístico
especial, pero al ser cometido contra un recién nacido los
contemporáneos le prestaron una mayor atención que a otros
101
. Si
bien podían haber recurrido a entregar los recién nacidos a los
hospitales o dejarlos en las puertas de las iglesias -algo que, como
hemos visto fue impulsado por la propia legislación-, estas mujeres
decidieron acabar con la vida de la criatura que recién nacida antes
que ser descubiertas y perder su honra. Por tanto, volvemos una vez
más al tema de la honra como motor fundamental de la violencia
interpersonal de la Edad Moderna. Su defensa originó la gran
mayoría de los crímenes, y de entre todos ellos el infanticidio fue
percibido como el más cruel, pues se ejecutaba contra niños
indefensos y en situaciones de dudosa honorabilidad. Las mujeres

98
Noydens, 1688.
99
Antonio de Florencia, 1550.
100
Corella, 1690.
101
Wegerlt, 1994, p. 155.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 113
jugaron un papel fundamental en él y, verdaderamente, podemos
afirmar que el infanticidio fue el crimen femenino por excelencia.
4. Las armas
Gracias al análisis de los 250 procesos transcritos, hemos podido
realizar una tabla que nos indica el tipo de armas que los asesinos
emplearon al cometer sus crímenes así como cuáles fueron las más
empleadas. Más que armas, tal vez, podríamos hablar de «modalidades
de asesinato». ¿Cuáles fueron los métodos más empleados? ¿En qué
proporción?, ¿fueron empleadas las armas de fuego, de escasa
trayectoria histórica? Y, finalmente, ¿ccurrió en Navarra igual que en
otros territorios de la Europa occidental?
Tabla 21. Armas utilizadas en los asesinatos
Armas/Tipo de Armas/Tipo de Armas/Tipo de Armas/Tipo de
muerte muerte muerte muerte
Nº de casos Nº de casos Nº de casos Nº de casos Porcentaje sobre el Porcentaje sobre el Porcentaje sobre el Porcentaje sobre el
total total total total
Espada 49 19,60%
Cuchillo 43 17,20%
Veneno 26 10,40%
Arma de fuego 19 7,60%
Pedrada 13 5,20%
Golpes 12 4,80%
Palo 12 4,80%
Ahogamiento 10 4%
Estrangulamiento 10 4%
Objeto contundente 10 4%
Caída 4 1,60%
Dejar morir 2 0,80%
Degollamiento 2 0,80%
Lanzamiento al vacío 2 0,80%
Lanza 2 0,80%
Aborto 1 0,40%
Desconocido 33 13,20%
Total Total Total Total 250 250 250 250 100% 100% 100% 100%

Uno de los mayores problemas a los que tuvieron que hacer
frente los legisladores modernos fue el de las armas prohibidas. En
una sociedad en la que el llevar armas era un complemento de la
114 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

vestimenta, éste costumbre era además un medio para protegerse de
los riesgos sobre la vida, hacienda y familia, de los vecinos,
venganzas, hurtos...y, en definitiva, para garantizarse cierta seguridad
en una sociedad con un alto grado de violencia
102
. Los individuos
debían defenderse a ellos mismos, pero también a sus familias, en una
época marcada por el honor
103
.
En 1565 las Cortes de Navarra legislaron en torno a este
problema que

Ninguna persona de cualquier calidad y condición, pudiese llevar
espadas, verdugos o estoques de más de vara y tercio (medida de
Navarra) de cuchilla en largo; y que esta ley comprenda también a la
gente de guerra; so pena de pérdida del arma, quince días de cárcel si
portaban las armas de día y treinta días si las llevaban por la noche; y que
se ordenase que los espaderos y otros no pudiesen vender espadas más
largas de dicha medida, so la misma pena. Se haga como el reino lo pide,
y que la medida sea cinco cuartas y media ochava de Navarra
104
.

Esta ley nos indica la importancia que había adquirido el que la
gente portara armas, habiéndose convertido en algo normal que
provocaba que las gentes tuvieran cierta facilidad para cometer actos
delictivos. Un año antes, Felipe II había ordenado también en
Madrid que

ninguna persona, de qualquier calidad y condición que sea, no sea
osado de traer ni traya espadas, verdugos ni estoques de más de cinco
cuartas de vara de cuchilla en largo; so pena que, el que la trajere, por la
primera vez incurra en pena de diez ducados y diez días de cárcel, y
pérdida [de] la tal espada, o estoque o verdugo, y por la segunda sea la
pena doblada, y un año de destierro del lugar donde se le tomare, y fuere
vecino; y la dicha pena pecuniaria, y estoque, o verdugo o espada
aplicamos al Juez o Alguacil que la tomare
105
.

Vemos pues que no se trataba de un problema solamente navarro
y que las Cortes habrían tomado su decisión imitando lo que el Rey
había ya promulgado antes. El problema llegó a ser muy grave y

102
Bazán Díaz, 1995b, p.132.
103
Betrán Moya, 2002, p.28.
104
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, 186.
105
Novísima Recopilación, L.XII, T. XIX, l.12.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 115
Felipe IV tuvo también que promulgar una ley en 1654 prohibiendo
«espadas con vainas abiertas con agujas y otras intervenciones para
desenvainar ligeramente, y estoques y verdugos viudos»
106
. Con las
armas de fuego el problema resultó ser similar, ya que eran fabricadas
de tamaño pequeño y consecuentemente podían ser fácilmente
escondidas para cometer un crimen. Felipe II legisló contra esta
práctica en 1558, ordenando que «no se labren en estos nuestros
reinos, ni metan de fuera del reino arcabuces menores de una vara de
medir, o cuatro palmos el cañón, so pena de lo haber perdido, y de
diez mil maravedís para nuestra cámara»
107
. Tan grave llegó a ser este
asunto que Felipe III en 1618 ordenó pena de muerte contra quien
portara tales armas
108
. En Navarra el encargado de legislar contra tales
armas fue el Consejo Real, en cuyas Ordenanzas recopiladas en 1622
por Martín de Eúsa, ordenaba que

Ninguno ande de noche, ni traiga a ninguna hora arcabuz, ni ballesta,
so pena que la primera vez que fuere hallado, le sean dados cien azotes y
perdidas las armas: y por la segunda vez sea llevado a galeras: y por la
tercera, pena de perdimiento de la vida. Y las nuestras justicias, alguaciles
y oficiales reales se las quiten, y sean para ellos las dichas armas, y luego
otro día las manifiesten, y exiban ante la justicia y juez ordinario del
lugar donde se tomaren
109
.

A la vista de los resultados obtenidos, podemos afirmar que en la
Navarra de los siglos XVI y XVII las armas más empleadas para
asesinar fueron las armas blancas, armas ofensivas con hoja de hierro
o acero, como las espadas y los cuchillos
110
. Prácticamente el 40% de
los asesinatos se cometieron con dichas armas. Tanto el cuchillo
como la espada formaban parte de la indumentaria habitual de los
hombres que habitaron aquella época, y no dudaban en recurrir a
ellos para defender su honor. De hecho, visto lo que se dice en los
procesos, prácticamente todos llevaban también una capa que les
permitía portar la espada y a nadie le extrañaba que alguien saliese a
la calle a dar un paseo acompañado de sus armas, o que un

106
Novísima Recopilación, L.XII, T. XIX, l.13.
107
Novísima Recopilación, L.XII, T.XIX, l.2.
108
Novísima Recopilación, L.XII, T.XIX, l.5.
109
Eúsa, 1622, L. I, T. IX, f.37r.
110
RAE.
116 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

campesino fuese a un mercado con un palo, etc. Se trataba de una
cuestión de moda, pero también se esperaba que todo el mundo
pudiera defender el orden público colaborando con las instituciones
del reino, aunque esto dio lugar a que las armas fueran empleadas
demasiado a menudo
111
. La existencia de una violencia interpersonal
como fenómeno cultural además obligaba a las personas a llevar
constantemente instrumentos que les permitieran defenderse
112
.
Podemos citar gran cantidad de ejemplos de la facilidad con que la
gente de aquellos siglos echaba mano de su espada.
En 1694 por ejemplo, apareció en el barrio de «las casitas
extramuros» de Pamplona el cuerpo del pescador Pedro de Berroeta
con

Dos heridas, una en la mejilla drecha junto al ojo, y aquella hecha con
un instrumento cortante que llegaba hasta el hueso, y la otra en la parte
izquierda del pecho entre el sobaco siniestro y la tetilla izquierda, y
aquella hecha con un instrumento en parte punzante y en parte cortante,
y según la prueba que ha hecho y el suceso no eran solamente
penetrante, sino que llegó a uno de los ventrílocuos del corazón cuyas
heridas son de necesidad mortales

Las investigaciones de la justicia aclararon lo ocurrido. Tras haber
estado jugando en la posada de Jus la Rocha, varios mozos
convinieron en no comer de un plato de comida que tenían mientras
algunos bebían, so pena de pagar una pinta de vino a los demás.
Pedro de Berroeta se negó a ello y comió, negándose a pagar la
pinta. Tras discutir con sus compañeros, Berroeta dijo que «con
semejantes merdoladas no se había de juntar» de manera que Simón
de Aquerreta, otro de los jóvenes, lo retó a salir «de dos a dos».
Habiéndolo aceptado, ambos quedaron aquella noche en el campo
de San Roque. Allí, con espadas desnudas ambos se batieron a duelo,
de manera que, a pesar de que varios testigos intentaron impedirlo,
Berroeta resultó herido de muerte
113
.
Igualmente el 9 de noviembre de 1660, entre las ocho y nueve
horas de la tarde, fue Pedro de Tejada, criado de Antonio Pérez a

111
Mantecón Movellán, 1999, p.128, Walker, 2003, p.122, Castaño Blanco,
2001, p.187., Betrán Moya, 2002, p.28., Cockburn, 1991, p.83.
112
Bazán Díaz, 1995b, p.132.
113
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº ff. 11r-13v.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 117
recoger unas cartas en la pamplonesa estafeta de correos. Acudió en
compañía de Juan Pérez de Gonz, oficial del escribano real Martín de
Ulzurrun. Al llegar a la casa de Agustín de Aranguren vieron que
había dos hombres, «uno con espada desnuda y el otro sin ella».
Según declaraba Tejada, «hacía tres noches que le seguían y que no
sabía quienes fueran». Tras pedirles que por favor desenvainaran la
espada, los desconocidos se negaron y agredieron a Tejada.
Peleándose llegaron hasta la plaza de la fruta, actual plaza consistorial,
donde Tejada apareció muerto poco después de una estocada junto a
dos sombreros negros, uno de ellos francés y el otro el de un oficial
del sombrerero Mauricio Lacruz, si bien no pudo demostrarse que él
se hubiese encontrado en la pendencia
114
.
El jueves 7 de mayo de 1655 Diego de Enciso, hijo del librero
pamplonés Juan de Enciso, «mozo espigado y de poca barba y roja»
topó con Juan de Larrasoaña en el lugar de Burlada y bebieron
abundante vino, tras lo cual volvieron a Pamplona. Al pasar por la
calle nueva, hacia las nueve de la noche, toparon con una criada
«pequeña y morena» de don Sebastián de Eslava, alguacil mayor, que
bajaba con nieve hacia la plaza de la fruta, a la que preguntaron si
quería compañía. Ante esto, el curial Juan Sánchez, que se
encontraba también allí les gritó «dejen la moza, ¡qué les importa!». A
lo que respondieron «¡Quién te mete en esto! ¡Nosotros bien
podemos hablar!». A esto respondió el dicho hombre «¡No pueden
que es cosa mía!» a lo que Juan de Enciso replicó «¡Pues si es cosa
suya y quiere reñir conmigo sígame!», a lo que Sánchez respondió
«¡Pues vamos!». Juan de Larrasoaña trató de evitar la pendencia
diciendo «¡Váyase con Dios! ¡Déjenos en paz! ¡No se meta en
pendencias!» y Juan Sánchez le dio un puñetazo derribándolo. Tras
esto, Enciso y Sánchez sacaron sus espadas y se enfrentaron,
resultando Sánchez herido y muerto por una estocada
115
.
El mismo Enciso se encontró presente cinco años antes en la
muerte de don Baltasar de Arce. Dicho don Baltasar vivía
amancebado con María de Urrutia, más conocida como María
Baztán. Una noche varios jóvenes, uno de ellos con capa y sombrero
blancos, y entre los que se encontraban Enciso y Julián de
Gurruchaga, llamaron a la puerta del dicho don Baltasar, diciendo

114
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 123904, ff. 1r-3r.
115
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 151817, ff. 4r-6v.
118 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

que se trataba de la justicia. Éste bajó armado, puesto que no se fiaba
de quienes podían ser aquellos. Hubo un enfrentamiento con
espadas, en el cual, según Enciso, Gurruchaga dio una estocada a don
Baltasar, de la cual resultó muerto
116
.
Estos casos ilustran magníficamente la facilidad con la que,
especialmente los jóvenes de la Edad Moderna recurrían al cuchillo,
al puñal u otros tipos de arma blanca para dirimir sus disputas o
restaurar el honor perdido por una injuria, una ofensa o cualquier
otro motivo. Pero no deja de sorprendernos también, tal y como
puede apreciarse en la tabla, el elevado número de envenenamientos
que hemos registrado para este período. Debemos apuntar, ante este
dato, que han sido transcritos todos los procesos conservados por
envenenamiento en el Archivo General de Navarra: en total 22
causas para los siglos XVI y XVII.
El contar con estos procesos nos ha permitido desmentir alguna
idea muy extendida. Por ejemplo, el empleo del veneno, según los
procesos consultados, no fue mayoritario entre miembros del género
femenino, como afirman Walker, Rublack, Österberg o Iñaki
Bazán
117
. Tal y como asegura Luis Mª Bernal para la Vizcaya de los
siglos XVI al XIX
118
, en Navarra conservamos más procesos de
hombres acusados de envenenamiento que de mujeres. Según estos
planteamientos, la mujer, más débil y sutil que el hombre, habría
recurrido al veneno para acabar con la vida de éstos. Sin embargo de
los 22 casos que conservamos, sólo en 6 de ellos fue una mujer la
envenenadora. Y en algún caso incluso podemos dudar de si
realmente echó veneno. Las acusaciones de brujería tuvieron mucho
que ver en el imaginario colectivo, ya que se asoció el hecho de que
las mujeres realizaran estas prácticas con empleo de veneno
119
.
Así, por ejemplo, en 1534 el fiscal Castillo de Villa Sancte acusaba
a María, mujer de Lope Sagardoy y vecina del valle de Aézcoa,

Por maléfica y homicidiaria y digo que reinando vuestras majestades en
estos sus reinos de España de diez años a esta parte poco más o menos en
diversos días de los meses de los dichos años enel dicho lugar de

116
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 152295, ff. 32r-34r.
117
Walker, 2003, p. 145, Rublack, 1999, pp. 224-229, Bazán, 1995, pp. 193 y
229.
118
Bernal Serna, 2007, p. 138, 2010, p. 172.
119
Roper, 1991, Stearns, 2002, p. 959.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 119
Villanueva y sus términos y en la tierra de Aezcoa la dicha acusada con
poco temor de Dios y de vuestra real justicia con [intención diabólica] y
apensadamente a solas y con otras que tomaba en su compañía por
diversas veces ha compuesto y ordenado veneno y venenos ponzoña
polvos y bebidas todo mortífero y venenoso, y lo componía con
materiales venenosos, conviene a saber con sapos desollados quemados y
con arañas grandes negras y con hígado de creaturas y con otras cosas
mortíferas, y así todo lo molía y hacía dello polvo, ponzoña o bebida o
lo que a ella mejor le parecía, y lo guardaba y conservaba, y con los
dichos maleficios ha hecho crueles daños enel dicho lugar de Villanueva
y en toda la dicha tierra de Aezcoa, conviene a saber ha muerto a
hombres, mujeres, creaturas y ganados y destruido partes linares y
habares, árboles, pastos y otros fructos que la tierra produce para servicio
del hombre, ejercitando el dicho veneno y ponzoña con el cual es peor
matar que con cuchillo contra las personas y cosas susodichas ansí de
noche como de día echando el dicho polvo y veneno en el fructo de la
tierra y matando con él sacando las creaturas de donde dormían con sus
padres en las camas y las ahogaba y mataba y las abría y sacaba el hígado
para la dicha ponzoña, y ansí en los diversos años le han hallado muchas
personas ganados y otras cosas muertas en la manera habares y linares
pastos yerbas y otros frutos de la tierra destruídos sin la gente
aprovecharse dellos
120
.

Según continuaba en su acusación el fiscal, un día, habiéndosele
escapado un cochinillo a María, mujer de Petri Garciarena, vecina de
Villanueva de Aezcoa y habiéndosele metido en casa de María,

Fue por él a traello a la dicha casa, y habiéndolo hallado la dicha
acusada, no le consintió salir dela dicha casa por la una puerta que estaba
más cerca, sino por otra de más lejos, y junto a ella en una piedra grande
por donde había de pasar la dicha María puso el dicho veneno y lo hizo
tocar con los pies el dicho veneno, pasando como dicho es y yendo
descalza sin calzas ni zapatos, y luego llegando a la dicha su casa sentió en
su persona de cómo le había dado el dicho veneno y dende a pocos días
murió naturalmente avenenada
121
.

Más tarde, según se comentaba en el pueblo, Pedro Esteberena de
Aria la había topado buscando sapos para hacer sus ponzoñas y tuvo

120
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 209502, ff. 10r-11r.
121
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 209502, ff. 10r-11r.
120 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

que huir de ella si no quería que lo matase. Según decía en su
defensa la propia María, aquellas acusaciones eran «inciertas y
confusas» y lo que ocurría, según ella, era simplemente que aquellas
personas «le querían o quieren mal».
En 1605, en la ciudad de Pamplona, María Narbaiz, casada con
Francisco Palacios, acusó a María de Urtasun de haber echado
veneno por «la lumbrera del tejado». Según contaba, alguna otra
vecina había tratado a la dicha Urtasun de «puta, bruja alcabueta y
borracha». Según contaban los testigos, María Narbaiz, estando
enferma, contaba que

La dicha quejante le había echado veneno y que esa era la causa que
estaba enferma y que un clérigo le solía leer los evangelios y que había
conjurado toda su casa y más dijo que era una bruja a la dicha quejante y
el quinto testigo dice que toda la gente dela casa dela dicha acusada que
estaban enfermos con modorrilla
122
u otra enfermedad contagiosa
123
.

En 1545, igualmente, el clérigo Miguel de Osinaga, enfrentado
en un pleito con el también clérigo Miguel de Noáin, recurrió a los
servicios de Graciana de Errazquin, mujer de mala fama. Ésta acudió
a María Périz la Tecedera, vecina de Tolosa, en Guipúzcoa, la cual le
proporcionó ciertas hierbas que hizo llegar a Miguel de Osinaga. A
cambio, Osinaga le ofreció que «que él la vestiría a ella y a los de su
casa y les haría mucho bien». Según confesó María, aquellos polvos
no eran para matar a nadie, sino para «sanar unas bubas» que tenía la
sobrina del dicho don Miguel de Osinaga. Según acusaba el fiscal
Ovando, don Miguel echó dichos polvos en el caliz de la iglesia de
Osinaga, donde sabía que don Miguel debía decir misa, con
intención de que tras la consagración éste bebiese y muriese a causa
de su efecto. Sin embargo, al ver que alguien había sacado dicho
cáliz y lo había dejado en un lugar extraño, don Miguel sospechó y
encontró dicho polvos que, habiéndoselos mostrado a un cirujano,

122
Modorro: El que está con esta enfermedad soñolienta; y algunas veces se dice
del hombre muy tardo, callado y cabizbajo. Díjose modorro del nombre latino
morio, onis, de , fatuus, stolidus hianti ore. Amorrido, vocablo antiguo
rústico. Modorrilla, enfermedad de las ovejas. La modorra, entre la gente que hace la
vela, es la segunda vigilia, por ser el tiempo de la noche en que más se carga el sueño
[Cov.].
123
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 284611, ff. 13v-14v.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 121
confirmó que se trataba de «polvos ponzoñosos para matar».
Graciana, perseguida por la justicia, trató de huir del reino, y al ver a
una persona que pensó era un alguacil intentó suicidarse clavándose
un cuchillo en la boca del estómago, si bien no lo consiguió. Entre
otros cargos se le acusaba también de haber matado a don Saturdín,
abad del lugar de Nuin, y de vivir juntamente amancebada con
María de Unanua «como si fueran hombre y mujer». La gravedad de
los delitos hizo que la sentencia fuese de vergüenza pública, azotes y
destierro perpetuo del reino tanto para Noáin como para Graciana
124
.
Como hemos visto especialmente en los dos primeros casos, en
ocasiones da la impresión de que estas acusaciones estaban infundadas
y se realizaban por gentes que «querían mal» a aquellas mujeres. Pero
como ya hemos dicho, el empleo del veneno como método para
asesinar fue mayoritariamente masculino. Normalmente se trató de
hombres que trataron de deshacerse sutilmente y a caso acordado
bien de sus mujeres o bien de algún otro hombre con el cual se
encontraban en conflicto.
Los venenos más empleados para la muerte en estos siglos fueron
ciertos polvos llamados «solimán», «oropimente» o «rejalgar» y
«coloquíntida». Además, hemos encontrado también un caso en el
que se utilizó una hierba llamada «sorbelarra» que no sabemos qué
puede ser exactamente. El solimán, según Covarrubias en su Tesoro
de la lengua Castellana era «el argento vivo, sublimado, de donde
tomó el nombre de Solimán». Solimán se llamaba también a las bayas
de una planta llamada Daphne Laureola, venenosas para los humanos.
También podía llamársele «tósigo», que si bien se trataba del jugo del
tejo, valía para cualquier hierba venenosa. Covarrubias afirmaba que
se trataba de un veneno de mala calidad, pero mortífero efecto. Para
nosotros lo más interesante es que se trataba de unos polvos
cosméticos hechos a base de mercurio
125
, de fácil acceso para los
boticarios de la época. Igualmente, por lo visto a lo largo del análisis
de los procesos, el rejalgar fue otro de los venenos más empleados. Se
trataba de un veneno fácil de detectar por su color amarillento.
Covarrubias lo definía como «cierta piedra o escoria mineral que se
halla en las minas, tercera especie de arménico (...); es venenosísimo».

124
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 64645, ff. 52r-54v.
125
DRAE.
122 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

El diccionario de Autoridades lo denomina directamente «arsénico»,
y explica que se trataba de una

Especie de mineral o veneno que comúnmente se llama rejalgar, de
que hay tres especies, que se diferencian en el color, lo que resulta de
estar más o menos cocido en la mina. La una es blanca y transparente que
absolutamente se llama rejalgar o arsénico: la otra es amarilla, y se llama
oropimente, y la otra es roja y se llama sandácara. (...) Hállanse tres
fuertes de arsénico o rejalgar en las minas que lo producen
126
.

Muy relacionado con él, se encontraba el «Oropimente», que
según Covarrubias era «una suerte de rejalgar que se halla en las
minas, especialmente en sandácara, dicho arsénico, y él se llama
aurigpigmentum por la color que tiene amarilla. Los pintores le
llaman jalde»
127
.
Finalmente, encontramos también la «Coloquíntida» o
«Coloquíntada». Según Covarrubias, se trataba de «una especie de
calabacilla salvaje; su planta produce las hojas hendidas y los
sarmientos derramados por tierra, semejantes a los del cohombro
doméstico. Su fruto es redondo, tamaño como una pelota, mediocre
y amargo en extremo, el cual se quiere coger cuando comienza a
pararse amarillo»
128
.
No nos faltan ejemplos de la utilización de estos venenos en la
Navarra de los siglos XVI y XVII. En 1610, por ejemplo, el
puentesino Juan de Echarri, tutor junto a Miguel Jimeno de su
cuñado Pedro de Jaurrieta, menor de edad, compró una libra de
manzanas camuesas
129
. Habiéndolas subido a su casa, entregó una de
ellas a su criado Martín de Huarte, al cual ordenó fuese a
Mendigorría, donde se la entregaría al dicho Pedro de Jaurrieta que,

126
Aut.
127
Cov.
128
Cov.
129
Camuesa: Es una especie de manzanas, excelentísima, aromática, sabrosa y
suave al gusto, sana y medicinal. Dice el doctor Laguna, sobre Discórides, lib. I, cap.
131, que solamente se halla en España y en algunas partes de Flandes, aunque allá
por nacer en tierra húmeda y fría no son tan buenas. El padre Guadix dice ser
arábigo, y que vale tanto como cosa que tiene semejanza de teta o pecho de mujer.
Otros piensan haberse dicho de Camoes, lugar de Portugal de donde tomó nombre
el famoso poeta Luis de Camoes, que compuso las Lusiadas en lengua portuguesa.
Camuesa, malum beticum aromaticum palmeri. (Cov).
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 123
según sabía, estaba enfermo. Además, pidió a su criado que le dijese
al dicho Jaurrieta que era su tío el de Tafalla quien se lo enviaba. Al
llegar a Mendigorría, Huarte hizo tal cual le habían ordenado.
Jaurrieta estaba ya recuperado de su enfermedad y guardó la manzana
en su faldriquera. Al volver, Huarte encontró a Echarri muy alterado,
y agarrándolo «le dijo que si le preguntase del sobredicho negocio de
Mendigorría se lo negase y no descubriese cosa alguna porque si
descubriese sería perdido y luego empuñó una daga que tenía y sin
rancarla jurando a Dios le dijo que si algo descubriese le había de
sacar la alma». Mientras, Jaurrieta cogió su manzana y vio que
«aquella estaba cortada con alguna punta de cuchillo a manera
catadura». Comenzó a comerla por la otra parte, y «se le cayó el
pedazuelo que estaba cortado hasta las pepitas, y vio que tenía unas
ramillas blancas que parecían sal menuda dentro delas dichas pepitas y
trayéndola en la boca sintió mucha amargura y dentro de la boca y se
le hincharon los labios y estuvo muy desganado». Tras ello, y al ver
que una criatura que por allí andaba lloraba, le dio parte de la
manzana y «luego comenzó a vomitar la dicha creatura y quejarse
que le había hecho mal en la boca y dice el padre dela dicha creatura
estuvo agonizando como dos horas para morirse», si bien consiguió
sobrevivir. Arrojó la manzana a una «endrecera» y llamó a dos
cirujanos. Éstos, al ver dicha manzana, declararon que era aquella
tenía «Solimán, que es un polvo que el que tomare de por la boca
con cualquier cosa es para matarle, por ser veneno caliente enel
cuarto grado, y uno delos dichos cirujanos por asegurarse hizo la
prueba y catadura dela dicha manzana dela parte que más dañada
estaba y tuvo angustias con vómito». La justicia averiguó que, en
caso de muerte de Jaurrieta, Echarri pasaría a heredar todos sus
bienes, razón por la cual trató de envenenarlo. Si bien hubo incluso
presiones al fiscal por parte de amigos de Echarri, el proceso
concluyó con sentencia de destierro tanto para Echarri como para su
criado
130
.
En la Pamplona de 1616, Pedro de Noáin, racionero de la
catedral de Pamplona contaba con una criada llamada María de
Usechi. Según la propia María, Pedro trató de «beneficiarse» de ella
en múltiples ocasiones y le había llegado a dar «muchas coces y
puntapiés tratándola de puta y otras palabras muy injuriosas y así

130
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 2214.
124 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

como tanto le seguía y no le dejaba servir en ninguna parte». Un día
12 de julio, María acudió a casa de Muruzabal el boticario a por
polvos para matar ratones. Al llegar a casa de Pedro, introdujo dicho
veneno en un jarro de estaño que contenía vino. Varios invitados
llegaron aquella mañana a casa de Pedro, y todos ellos bebieron del
jarro, pues aquel vino «era bueno para las cóleras». Al instante, Pedro
comenzó a gritar

¡Ay que me muero! ¡Toda la garganta tengo quemada! y principió a
vomitar de tal manera que por arriba y abajo no se podía tener, estando
con mucha alteración y inquietud y estando en esto Juan de Huarte
rabelero y Pedro de Azpilicueta y una mujer bebieron del dicho vino a
quienes les sobrevinieron muy grandes vómitos y alteraciones diciendo
todos que se morían.

Avisado por los vecinos llegó el boticario Martín de Sorauren, el
cual

Tomó un poco de vino, el cual no lo pasó porque luego sintió que se
le había hinchado la lengua y la boca, y para más enterarse de saber lo
qué era vació el dicho vino a una vacía poco a poco y echó de ver que
había como tres reales de peso de polvos blancos y amarillos, y así tiene
para sí de cierto que eran polvos mezclados de oro pimienta y Solimán y
otras cosas que eran mordaces.

Todos sobrevivieron, si bien María de Usechi fue condenada en
seis años de destierro
131
.
También en la villa de Corella se utilizó uno de estos venenos en
1596. El 15 de marzo de aquel año por la noche, Pedro de Vega dio
ciertas almendras a María de Soria, su esposa. Ésta comenzó a
comerlas, de manera que al introducirlas en su boca

Le pareció que le abrasaban y le dijo qué le había dado que le había
muerto, y el dicho la Vega le dijo que si quería un poco de agua, y
respondiéndole que sí se levantó dela cama y llevó un poco de agua en
una escudilla, y en metiéndola en la boca le abrasaba mucho más que los
confites, y la echó de la boca y un trago pequeño que le entró lo

131
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 14205.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 125
descompuso de tal manera que si no fuera por el mucho cuidado que con
ella tuvo el médico se cree se hobiera muerto.

Pedro de Vega huyó y a los días trató de asesinar a su esposa por
medio de unos sicarios, cosa que tampoco logró. El proceso
demostró que en realidad estaba casado tres veces, había sido
bandolero, había sido condenado por la Inquisición a salir en un auto
de fe y dársele 200 azotes además de ser condenado a ocho años de
galeras
132
.
En 1544, en el lugar de Aria, un tal Joanot Chipi, «inducido por
persuasión diabólica intentó de solicitar y proseguir por vía de
amores a María de Orbara», mujer de Juan López. Éste obligó a un
criado suyo a que echase ciertos polvos que le había conseguido
Catalina Oquerra, vecina de Villava. Varios testigos, al ver al criado
llevando dichos polvos, le obligaron a echarlos al río, porque no
sucediese ninguna tragedia. Tras ello, a los días, Juan López volvió a
encargar lo mismo a su criado. Éste se negó, pues conocía el
propósito de su amo, el cual recurrió a la amenaza con un puñal para
conseguir que el criado echase la hierba de «felguera» en la cazuela de
donde había de comer Joanot. Sin embargo el criado huyó. Según
decían los vecinos, Juanot y María de Orbara solían ser vistos
«bailando, se solían retozar abrazar y besar públicamente en presencia
de otras mozas y de otras personas del lugar». Finalmente López
consiguió su propósito y envenenó el puchero de Joanot. Tanto él
como sus familiares comieron sólo un par de cucharadas, puesto que
«eran tan hediondas y rancias» que no pudieron más. Estuvieron muy
enfermos aquella tarde, pensando que iban a morir, pero pudieron
recurrir a la tríaca, un contraveneno
133
.
Además de venenos, a lo largo de la investigación nos hemos
encontrado con ciertos contravenenos o pócimas que servían para
contrarrestar su efecto. El más común fue la citada «tríaca» o
«atríaca». Covarrubias la definía como «un medicamente eficacísimo
compuesto de muchos simples, y lo que es de admirar los más dellos
venenosos, que remedia a los que están emponzoñados con cualquier
género de veneno»
134
. Se componía básicamente de restos de víbora.

132
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 71417.
133
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 318849
134
Cov. El mismo autor ofrece una definición más extensa en Atriaca: Medicina
que se toma por la boca como letuario, para contraveneno y ponzoña. En latín se
126 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

El diccionario de Autoridades hablaba de ella como una
«composición de varios simples medicamentos calientes, en que
entran por principal los trociscos de la víbora. Su uso es contra las
mordeduras de animales e insectos venenosos, y para restaurar la
debilitación por falta del calor natural», y decía que «ella misma [es]
antídoto contra cualquier veneno»
135
. También la Real Academia nos
habla de él, definiéndolo como una «confección farmacéutica usada
de antiguo y compuesta de muchos ingredientes y principalmente de
opio. Se ha empleado para las mordeduras de animales venenosos».
En 1544, el doctor Durango, alcalde de la Corte Mayor, envió al
alguacil Pero Díez de Temiño fuese a Lecumberri, a la casa del
notario Martín de Aguinaga, donde había muerto el también notario
Martín Damis, para que investigase tanto esta muerte como otras
muertes extrañas acaecidas en el mismo lugar en los últimos años. El
alguacil no encontró al notario en casa, aunque sí estaba su mujer.
Registró la casa y, en un baúl, encontró «unos polvos amarillos
envueltos en un papel y una triaquera de plomo». Preguntándole a la
mujer qué hacía aquello allí, ésta respondió que aquellos polvos se los
había enviado de Pamplona una partera, y que eran para sanar a un
cerdo al que había picado una culebra. Más tarde, afirmó que
aquellos polvos eran para el «mal de madre». Durante la
investigación, el fiscal Ovando acusó a Martín de Aguinaga de haber
matado envenenándolos a don Juan de Muguiro, don Víctor de
Mauleón y don Juan de Villanueva, además de a Martín de Amix. Se
interrogó a María de Guzunariz, viuda de Juan de Guerendiáin,
portera que habitaba en la Torre Redonda de Pamplona y que
supuestamente había vendido dichos polvos, si bien ésta lo negó.
Aguinaga trató de defenderse, diciendo que aquellos muertos no

llama theriace, es, sive teriaca, cae, graece, teriaca, medicamenta venenatorum
animalium maxime visperarum; y así tomó el nombre de 0qiou, therion, venenata
bestia ut vipera. Hácese la atriaca de la carne de la víbora, y por eso le dio el
nombre, o porque es opuesta a su veneno y hace que no tenga efecto. De la
composición de la atriaca yo me remito a los señores médicos, y en esto y en lo
demás tocante a ella, a Galeno, De Theriaca ad Pisonem, cap. 2 et 4. La prueba del
atríaca es dejarse morder de la víbora, el que la ha hecho, y tomarla para remediarse,
y cerca desto dicen hay muchos engaños; vide Lagunam, sobre Discórides, lib. 2,
cap. 16. Si todas las experiencias se pudiesen hacer en cabeza de los que con ellas
ofrecen salud y vida, no se perderían tantas. (Cov.).
135
Aut.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 127
habían comido en su casa o no sabía por qué habían muerto, pero no
por su culpa. En el caso de Víctor de Mauleón afirmó que era
«hidrópico
136
o hético»
137
, y por eso había muerto y no por su
veneno. De Amis dijo que estaba afectado por la gota, y que aquella
noche comió tocino, berzas y mucha carne. Finalmente, decía que

136
Hidropesía: Latine hydrops, enfermedad del humor aguoso, que hincha todo
el cuerpo; Horacio, lib. 2, Carminum: Crescit indulgens sibi dirus hydrops,/ Nec
sitim pellit, nisi causa morbi/ Fugerit venis, et aquosus albo/ Corpore langor. Ponen
los médicos tres especies de hydropresía; vide Celsum, lib. 3, cap. 21. Algunas veces
se toma por la avaricia, porque el hidrópico nunca apaga su sed, ni el avariento por
mucho que adquiera, su codicia.
Hydropesía: Enfermedad causada por un conjunto de aguas que se hace en
alguna parte del cuerpo: la cual suele proceder de beber con exceso, y causa
hinchazón. Los médicos dan nombres diferentes a la Hydropesía, según la parte que
aflige y causa de que procede.Es voz Griega. Lat, Hydropisis, Lag, Diosc, lib. I cap
9. Es el Asaro de caliente natura, provoca la orina, y sirve contra la hydropesía. Frag.
Cirug. Gloss. de los Apostem. Quest 57. Hydropesía es una hinchazón de todo el
cuerpo, hecha de humor o ventosidad. (Aut.).
Hydrópico: Adj. que se aplica al que padece la enfermedad de la hidropesía.
Lat. Hydropicus i, Hydrops. Fr. L. de Gran Symb. Part I cap. 33. §. 2. El ejemplo
desto vemos en un hydrópico: el cual sabiendo cuánto mal le hace el beber, todavía
puede tanto este apetito, que lleva tras sí la voluntad. Gald, Aut. El nuevo hospicio
de pobres. Se convidasen los más/ pobres, míseros, sujetos,/ desde el mendigo al
leproso,/ desde el hydrópico al ciego. (Aut.).
Hidropesía: Derrame o acumulación anormal de líquido seroso. Hidrópico:
Que padece hidropesía, especialmente de vientre. 2. Insaciable. 3. Sediento en
exceso.
137
Hética: Enfermedad que consiste en la intemperie cálida y seca de todo el
cuerpo, con varios síntomas, especialmente de calor externo en las partes extremas,
con acedia de estómago después de la comida, flaqueza de cuerpo, sudor nocturno,
y otros. Proviene de la efervescencia de la sangre más acre y salada, continuada
lentamente. Es voz Griega, y aunque algunos arreglándose al origen escriben y
pronuncian Héctica, en el uso común se le ha quitado la c por suavizar la
pronunciación. Otros la llaman Hetisía. Lat. Hectica. (Aut.).
Hético, ca: El que padece la hética, o lo que pertenece a ella: como calentura
hética, pulso hético, &c. Lat. Hecticus, a, um. Lag. Diosc. Lib. 2. Cap. 43. Los
compañones del gallo nuevo, que aún no ha subido sobre las gallinas, son muy
restaurativos de la virtud, digiérense fácilmente, producen gran cantidad de esperma,
y conviene mucho a los héticos. Hético por semejanza se llama cualquier cosa que
esté muy flaca y desmendrada: y así se dice, Mula hética, talégo hético. Lat. Nimis
marcidus vel linguidus. Quev. Tacañ. Cap. 2. Salí en un caballo hético y mustio, el
cual más de manco que de bien criado, iba haciendo reverencias. (Aut.).
Hético: Tísico. 2. Perteneciente o relativo a esta clase de enfermos. 3 Muy flaco
y casi en los huesos (R.A.E.).
128 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA


Si polvos e atriaca se hallado en casa del acusado aquellos no serían
dañosos ni ponzoñosos ni los tendría por hacer daño ni tal con ellos ha
hecho y en una casa muchas cosas semejantes son menester para muchos
buenos efectos e la atriaca es cosa muy saludable y el rejalgar muy
necesario para muchas cosas y los polvos en cada casa suele haber cosas
desta calidad para muchas propiedad.

Sin embargo, el fiscal Ovando insistía en que había matado a
todos con diversas hierbas, puesto que, en el caso de la muerte de
Amis, al traerlo a Pamplona

Los que lo vieron dijeron que parecía lo habían muerto con hierbas e
ansí estaba muy hinchada la cabeza y la cara e todo el cuerpo que casi no
cabía en el atabut y tenía la color como cárdegna o verde y no de la
manera que suelen tener la color los que mueren de dolencia y a esta
causa sospecharon y dijeron entonces que parecía lo habían muerto con
hierbas las cuales dichas señales son de cuerpo muerto con hierbas e no
de otra dolencia.
Ante la ausencia de pruebas, Martín de Aguinaga fue puesto en
libertad
138
.
En el lugar de Erroz, en 1565, Sancho de Artiga, María de
Ochovi y María de Villanueva trataron de matar a Pedro de Gulina
mediante el empleo de veneno. Guardaron hierba de «sorbelarra»,
que no conocemos cuál puede ser, y polvos para matar piojos en los
bueyes en un cuerezuelo y los echaron a un caldo de berzas. Gulina,
al probar el caldo, «sintió el amargor y mal olor del lo dejó de beber
y comer y la dicha María de Ochobi que presente estaba le dijo que
no era mal caldo y que el hedor que tenía era de las mastacas y
lechecinas que echaron en la olla». Gulina, sospechando qué era lo
que ocurría, corrió a Pamplona donde fue atendido por médicos que
«le hicieron purgas y medecinas y atriaca para gomitar y expelir la
dicha ponzoña dela cual muriera si no fuera por la buena cura delos
dichos médicos». El Consejo real condenó a los acusados en cinco
años de destierro
139
.
Uno de los tratados más consultados durante estos siglos en
relación a los venenos fue el del griego Dioscórides, médico de gran

138
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 143785.
139
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 10573.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 129
fama en el siglo I d.c. Su obra fue traducida al castellano en 1555 por
el doctor Andrés Laguna, extendiéndose rápidamente por la
península. Dioscórides en su libro daba consejos para debilitar el
efecto de los venenos. Según decía, para ello era recomendable
comer, dependiendo del veneno que se hubiera ingerido,

Higos secos comidos con nueces, y también los limones y una dragma
de la simiente de nabos bebida con vino. Resisten asimismo contra el
veneno las hojas de Napeta y la tierra llamada Lemnia, tomándose de la
una o la otra cosa, una dragma con vino. Los que comieren en ayunas las
hojas de la ruda, con el meollo de una nuez, y juntamente dos higos, y
un grano de sal, no serán ofendidos de ningún género de veneno. Las
medicinas llamados antídotos, si se beben con vino, tienen la misma
fuerza, entre las cuales se cuentan las que se hacen del Scinco, y de
sangre, y la que tiene gran Metridato por nombre. Hállanse también
muchas veces ciertas complexiones de cuerpo que resisten naturalmente a
cualquier veneno, y asimismo algunas disposiciones engendradas de
ciertas calidades de aquellas cosas que se comen y beben con gran
cantidad de vino. Las cuales cosas embotan, y resuelven la malignidad del
veneno y le impiden que no pueda distribuirse, o derramarse por todo el
cuerpo, habiendo ellas antes opilado los poros.

Dioscórides era consciente también de que en ocasiones los
envenenados podían no saber qué tipo de veneno habían ingerido, o
podían estar borrachos o en condiciones que no podían explicarse,
ante lo cual recomendaba

Darles de beber aceite caliente, solo por sí o con agua, y constriñirlos a
gomitar. Mas no hallándose a mano el aceite, si acaso las regiones no lo
producen, en su lugar les daremos manteca mezclada con agua caliente, o
con el cocimiento de malvas, o de la simiente del vino, o el trago de las
ortigas o del condro, o finalmente de las alholvas. Porque todas estas
cosas no solamente evacuarán con grande facilidad por vómito, relajando
y revolviendo el estómago, mas también purgarán por abajo el veneno, y
embotando su vigor, y agudeza hará que no exulcere y llague los
miembros do pasare,

Dioscórides finalizaba con los contravenenos advirtiendo de que
se tuviera cuidado en no dejar absolutamente nada dentro del
cuerpo, vaciando el estómago y comiendo simiente de zanahoria y
130 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

otras diversas plantas. Más adelante, sin embargo, hablaba del cuerno
del unicornio como el mejor de los remedios para el veneno
140
.
El veneno pues fue una sutil forma de dar muerte a alguien.
Siempre nos quedará la duda de la gente que pudo haber muerto a
causa de un envenenamiento que nunca fue conocido, así como de
aquella que pareció haber sido envenenada sin realmente serlo, como
nos explica el trabajo de Malcom Gaskill
141
. Existía un temor
generalizado a dicho método de asesinato, tanto que era considerado
un delito especialmente grave. El fiscal Ovando hablaba de ello en
1542, cuando acusó a Hernando de Cosilla, vecino de Viana, de
haber envenenado a su mujer que, milagrosamente y gracias a un
contraveneno que le dio Maestre Pedro Lainez el cirujano. Según
afirmaba el licenciado Ovando

Aunque ella no muriese dela dicha bebida merece el dicho acusado la
misma pena como si muriese ella dela bebida porque de derecho el que
compra veneno o lo prepara para dar a otro con que muera merece la
misma pena como si selo diese y muriese con ella cuanto más dándole el
dicho veneno porque en delicto tan enorme viniendo a acto tan
propincuo como es dar el veneno ni más ni menos tiene de punirse que
si se efectúa la muerte venenosa.

Probar que alguien hubiera envenenado a otro resultaba en
ocasiones extremadamente difícil, y por esta razón, en el mismo
documento, el licenciado Ovando pedía que por lo menos se
condenara al acusado a sufrir un tormento, puesto que en dichos
casos era lo que debía hacerse.

Concurriendo contra él tantas cosas, aunque cada una dellas no fuera
bastante para ponerlo a cuestión de tormento, hay muchos vocablos
como son indicio, argumento, suspición, presumpción, fama, opinión,
credulidad, ciencias e otros delos cuales todas no se puede dar cierta
doctrina en derecho, y por esto se deja en arbitrio del juez silo que
resulta del proceso es bastante o no para mover su ánimo a condenar a
tormento, y como quiera que en los delictos haya probanza comúnmente
suele ser difícil basta la fama para condenar, y raramente se descubren sin
tortura los delictos ocultos como son los venenosos, y el caso dela muerte

140
Dioscórides, 1695, pp. 569 y ss.
141
Gaskill, 1998, p. 21 y ss.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 131
dela mujer del dicho acusado bastan por ello muy más fáciles indicios y
probanza, y el juez ha y debe ser más prompto e fácil atormentar en los
delictos enormes que se cometen clandestinamente
142
.

Lo mismo aseguraba dicho fiscal un par de años después, en 1544,
en el ya mencionado caso del notario Martín de Aguinaga. Ovando
volvía a decir que

y las otras preguntaciones e indicios y fama pública que resultan del
proceso bastan para condenar al dicho acusado alo menos a cuestión de
tormento aunque no hubiese otra probanza mayormente siendo los
dichos delictos como son de muertes ponzoñosas y enormísimos e de
traición y que siempre suele hacerse ocultamente y ser comúnmente
difícil la probanza de tales delictos y en tal caso de derecho basta
probanza de fama cuanto más concurriendo con la fama algún otro
indicio o presunción o sospecha como mucho dello ha concurrido y
concurre en los casos deste pleito contra el dicho acusado. Y también en
tales casos ocultos y enormes el derecho quiere que el juez sea fácil y
seguro en atormentar
143
.

En 1610, en el también mencionado caso de Pedro de Jaurrieta,
otro fiscal pedía que se aplicara la «pena del talión como si la muerte
se hubiera seguido pues no faltó por los acusados en matarlo».
El tema del veneno nos abre también un campo de investigación
en torno a la figura de los boticarios y su papel tanto en la venta o
consecución de los venenos como en la detección de éstos. El
proceso en torno a la bruja Graciana de Errazquin, que consiguió
ciertos polvos para que don Miguel de Osinaga envenenase a don
Miguel de Noáin, del que ya hemos hablado, nos otorga abundante
información sobre el papel de éstos personajes en los
envenenamientos de aquellos siglos. El fiscal Ovando nuevamente
nos legó un documento interesante en el que acusaba a Martín
Ibáñez, boticario, de haber proporcionado los polvos a Graciana de
Errazquin. Al parecer, Graciana los consiguió a través de una tal
Catalina de Torrano, que a su vez se los había comprado al dicho
Ibáñez. Según Ovando,


142
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 552, ff.
143
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 143785, ff. 22r-v.
132 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

El dicho Martín Ibáñez ni había usado bien y debidamente el dicho su
oficio de boticario, por el contrario ni había él de dar los dichos polvos
ponzoñosos a la dicha Catalina de Torrano, sino que llevara ella cédula
receta de médico o cirujano porque de otra manera está prohibido a los
boticarios que no vendan ni den a nadie cosa ponzoñosa sin recepta de
médico, cuanto más a persona tan sospechosa como la dicha Catalina.

Posteriormente, Ovando continuaba afirmando que

No pueden los boticarios distribuir las tales cosas ponzoñosas ni
mezclarlas con compuesto alguno sino con recepta y mandato de médico
y si algún boticario o boticarios de otra manera lo han distribuido e
gastado ha sido a su ventura con su pena y no podría aquello escusar al
dicho acusado.

Ovando consideraba que la simple venta de aquellos polvos
resultaba prácticamente igual que el habérselo dado él mismo a la
persona envenenada. Según decía, «en tales delitos enormísimos y
que se hacen cruentamente páguese el atentado como si tuviese
efecto (…) porque también se delinque dándolo de gracia en justo o
en menosprecio no interviniendo recepta o mandado de médico».
Ovando concluía diciendo que debía ser condenado el dicho Ibáñez,
«siendo él como ha sido y es muchos años boticario y experto enel
oficio dello y que ha tenido y tiene noticia y conoscimiento del
oropimente y de la naturaleza y calidad que tiene»
144
.
Los boticarios tenían acceso a todos los venenos, como nos
muestra el proceso del intento de asesinato de Ana María de Ichaso
por parte de Martín de Hualde, boticario. Según confirmaban los
testigos, aquella pareja tuvo constantes «pesadumbres», a causa de las
hermanas del marido que, según Ana María, interferían
constantemente en su matrimonio y le influían a él. Un día, Ana
María no tenía hambre y no comió del puchero de carne del que en
principio iba a comer. A las tres horas, Joana de Aincioa, su criada, le
dijo que aquel puchero tenía la carne de color amarillento y que
amargaba. Al contemplar la carne más detenidamente, vieron que
ésta tenía ciertas migajas «como de arena amarilla y muy áspera». En
principio pensaron que sería yema de huevo, pero más adelante
enseñaron el puchero a Miguel de Salinas, boticario, y Juan de Leiza,

144
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 64645, ff. 58r-59r.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 133
cirujano, que llevándoselo lo analizaron detenidamente. Ambos
dijeron que era veneno. Salinas, «para asegurarse mejor sacó un poco
y lo desmenuzó y puso en un papel y en otro unos gramos de su
botica, y habiéndolos esmenuzado y mojado quedaron del mismo
color que la solada del dicho puchero, con lo qual se acabó de
afirmar en que era el dicho veneno». Salinas concluyó que aquello
era Oropimente, si bien otro boticario, Miguel de Ripalda, pensaba
que era «arcenique (…) que es veneno que mata con mucho rigor».
Según estos testigos, «el dicho veneno y los demás de otros venenos
acostumbran los apoticarios tenerlos cerrados y debajo de llave
aunque el dicho Martín de Hualde dice en su confesión los tiene a
disposición de sus criados». De hecho, Ana María sospechó tanto de
su marido como de Pedro de Múzquiz, su criado, «por tener a su
mano todos los géneros de venenos que hay como son arcenique,
oropimente y solimán»
145
.
Tal y como nos dice Malcom Gaskill
146
, los animales tenían un
papel fundamental en el descubrir los venenos. Resultaba usual que,
ante la sospecha de que algo estuviera envenenado, se le ofreciera a
algún animal para que lo comiese y comprobar qué sucedía. En el
caso de Ana María de Ichaso que acabamos de narrar, «el caldo del
dicho puchero se lo dio a un perrillo que había en casa y aunque lo
olió y estaba frío no lo quiso comer antes bien se apartó dél»
147
. En el
caso de la bruja Graciana de Errazquin también se dio los polvos a
varios animales. Según declararon, «selos dieron a algún perro o
gallina que habían dañado». En la Tudela de 1623, Catalina Catalán
echó veneno en un plato de alubias que posteriormente comió Juana
de Irigarai, su cuñada. Al comerlas, Irigarai sufrió «grandes ansias y
vascas» y estuvo a punto de fallecer. Según decían los testigos, vieron
que aquellas alubias tenían un color muy negro y Catalina García, la
doncella de la casa,

Cuando gomitó la dicha Juana de Irigaray las alubias que comió, María
de Salaberri, criada […] y compañera desta testigo, las echó en la basura,
así las que vomitó y sacó del cuerpo como las que dejó de comer en el
plato que le hizo comer Catelina Catalán a la dicha Juana, y esta testigo
las recogió todas con la basura y las llevó a la calleja del pasaje y las echó

145
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 16682, ff. 19r-23r.
146
Gaskill, 2000, p. 226.
147
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 16682, ff. 19r-23r.
134 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

en un rincón, y luego en seguiente vio que unas gallinas de Ana María
Ruiz escarbaron la basura y comieron delas dichas alubias, y las vio esta
testigo muy malas al otro día, y se inflaron las dichas gallinas y al tercero
día vio que murieron las gallinas, y acercándose a ellas se vio de ver y
sintió esta que depone que corrompían y olían muy mal
148
.

También los confesores prestaron atención a la estrecha relación
entre boticarios y el uso del veneno, refiriéndose especialmente a su
venta. De todos ellos, Jaime de Corella nos ofrece la mejor idea de
qué suponía el vender veneno. Según explicaba, el boticario estaba
obligado a «saber lo que toca y pertenece a su facultad, entender las
recetas de los médicos, saber sacar a punto las aguas, hacer las
confecciones; ni puede dar bebidas que tienen influjo, para causar
aborto, sino en los casos que al médico sea lícito aplicarlos». Corella
explicaba sobre la venta de veneno que

No es lícito al apotecario vender solimán, ni cosa venenosa, sabiendo,
o presumiendo con fundamento que se lo piden para hacer algún daño al
prójimo; pero si se piden para algún fin bueno, y la persona que los pide
no es sospechosa, ni tal, que de ella pueda, con fundamento, pensarse
alguna cosa siniestra, no será ilícito el dárselo; aunque en todo caso es
menester mucha cautela en tales materias, pues se han experimentado
muchos daños, por ser fáciles los apotecarios en dar Solimán, y otros
polvos, sin reparar a quién los dan
149
.

En definitiva, el veneno fue una de las más sutiles y silenciosas
formas de homicidio en la Navarra Moderna. La ‘invisibilidad’ de
dicho método hizo que fuera especialmente temido y, en
consecuencia, hubiera un especial cuidado a la hora de investigar esta
práctica, como hemos visto. La existencia de contravenenos también
tuvo una capital importancia para que la gente que lo ingería no
falleciese por su causa. Pero hubo más métodos de asesinato durante
el Antiguo Régimen, donde no debemos olvidar, tal y como hemos
visto en la tabla, la importancia que poco a poco fueron tomando las
armas de fuego.
Las armas de fuego fueron proporcionalmente mucho menos
empleadas para cometer homicidios que las armas blancas, en gran

148
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 102051, f. 136r.
149
Corella, 1690, pp. 276v-277r.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 135
medida debido a que resultaban mucho más difíciles de conseguir
150
.
Pero esto no impidió que en la Navarra moderna hubiese muertes
acaecidas por armas de fuego. Debemos resaltar que este fenómeno
se dio preferentemente en la Ribera, sobre todo en manos de
bandidos. Así, podemos citar el caso de los famosos bandidos
tudelanos llamados Antillón en 1530. Se trataba de una familia de
bandidos, acusados de diversos homicidios, asalto de caminos, haber
sido comuneros y robo. Según el testigo Pedro de Blancas, había
visto a Floristán de Antillón

andar por la dicha villa de Cascante con una escopeta de pedreñal
armada a veces tirando a ciertos pájaros y agujeros por pasar tiempo y
otras veces de la misma manera armada paseando y tirando a veces pero
que de noches nunca le vio con escopeta ni le oyó decir cosa ninguna
151
.

Sin embargo la información obtenida por los alguaciles señalaba
que

Anda dentro de la dicha villa en todo tiempo de día y de noche con
una escopeta de fuego de pedernal de dos o tres tiros amenazando y
diciendo que ha de matar a Sancho Alcalde y a sus deudos y parientes
llamándolos traidores
152
.

En 1689, en Caparroso, en el paraje llamado ‘la Rozagora’ de la
Bardena Real, apareció herido de un carabinazo que ‘le había sacado
las tripas’ Miguel Gil, engarzador de rosarios natural de Extremadura.
Según declaró,

cinco hombres pasaban por el camino con seis escopetas y que el uno
de ellos le había tirado que no sabe cual y que no se acuerda qué traza de
hombres ni de qué disposición ni traje llevaban solo que le tiraron del
mismo camino


150
Apenas hemos encontrado bibliografía sobre la utilización de armas de fuego
en la comisión de los crímenes durante el Antiguo Régimen. Sin embargo sí que
existen trabajos específicos sobre dichas armas, más centrados en su evolución o
utilización militar. Resultan aclaratorios los trbajos de Ricketts, 1964, Morin, 1982,
Parker, 1988 o Chase, 2003.
151
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 26910, ff. 5r-6r.
152
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 26910, ff. 1r-3v.
136 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Según declaró el cirujano que lo atendió

Le halló una herida hecha al parecer de arcabuzazo o otra cosa
semejante en la cavidad natural penetrante de una parte a otra desde el
hueso sacro hasta el junto al ombligo y por otra parte le halló todos los
intestinos gruesos fuera estos todos envueltos con hojas de puntas de
rama de sabina y gangrenados como fue forzoso quitarle mucha parte del
redaño por estar descardado y perdido y aunque le hizo diligencia y la de
volverle las barrigas a su lugar declara se moriría presto por tener el daño
ya declarado arriba y haberle sobrevenido accidentes tan perniciosos
como el vomitar sangre y estiércol por la boca y estar los pulsos
escondidos y otros accidentes que a estos acompañan
153
.

En 1558, el organista Mateo Téllez se encontraba enfrentado con
Julián de Gorraiz, de manera que, al parecer, se desafiaron
secretamente entre ellos. Durante varios días Gorraiz quiso matar al
dicho Téllez, para lo cual trajo de Borja ciertos bandoleros a los
cuales tuvo escondidos durante veinte días. Habiendo llegado aquello
a noticias del alcalde, éste procuró poner paz entre ambos, cosa que
en principio consiguió. A los pocos días, llamaron a Téllez desde
Lleida para que afinase un órgano. Durante la caminata, al poco salir
de Tudela,

Salieron a él tres hombres abiertos los rostros e desconocidos con
sendos arcabuces e otras muchas armas y en llegando cerca del sin decir
cosa alguna le tiraron por detrás con el un arcabuz que estaba cargado de
una pelota y muchos perdigones e con ellos le dieron en la cabeza e se la
pasaron e lo derribaron del caballo en tierra muerto e fuyeron ellos y lo
dejaron allí con todo lo que llevaba
154
.

El veinticuatro de marzo de 1592, debido a un problema de
deudas, Juan Jiménez mantuvo una acalorada discusión con Joan
Aznárez. Tras ella, Jiménez subió a uno de sus aposentos, y

Tomando una escopeta que tenía cargado por la ventana se la disparó
al dicho Joan Aznárez y le hirió en una pierna de manera que ha muerto
de la herida el dicho Joan Aznárez dentro de nueve días
155
.

153
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 153138, ff. 1r-4r.
154
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 37006, ff. 3r-v.
155
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 70993, ff. 10r-v.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 137

Igualmente, en 1692, el fiscal acusó a Miguel Millán, vecino de
Ricla (Zaragoza) y habitante en Tudela, de haber sacado a su esposa
un día al campo, donde la «mató de un arcabuzazo sin que para ello
tuviera noticia ni causa alguna que le hubiese dado por ser honrada y
virtuosa». Además, también se le acusó de que «en otra ocasión tiró
un escopetazo a Joseph de Oria vecino dela dicha villa sin causa ni
razón que para ello tuviese». Además, concluía el fiscal que «el
susodicho ha sido y es vecero en cometer robos y salteamientos y ha
usado armas de fuego con que emprendía todo género de delito»
156
.
Siguiendo el orden obtenido en la tabla anterior, el siguiente
método más empleado para cometer homicidios fue la pedrada. La
piedra se trataba de un arma de fácil obtención que al ser arrojada a
otra persona podía provocar lesiones fatales. Esto ocurrió en la
localidad de Berrioplano el año 1611. Martín de Yaben, Pedro de
Sarasti y García de Sarasíbar jugaron a los naipes y bebieron
abundante vino. Tras la partida hubo entre ellos una enorme
discusión sobre el juego, acusándose unos a otros de tramposos.
María de Guenduláin, dueña de la casa donde jugaron, trató de
poner paz entre ellos, pero Martín de Yaben «halló en sus pies una
piedra de peso de siete libras y por darla al dicho García de Sarasibar
le dio en la cabeza a la dicha María de Guenduláin y la echó en tierra
amortecida de la cual herida está en cama muy mala». Dicha María
parió al poco una criatura de seis meses de gestación que no pudo
sobrevivir e, igualmente, a las pocas horas María de Guenduláin
expiró
157
.
Otra forma de matar fueron los golpes. Con esta categoría nos
referimos a golpes ejecutados sin armas, esto es, con las manos. Se
trata de un método común, sobre todo en casos de violencia familiar.
Dentro de esta categoría podríamos encuadrar también los
estrangulamientos.
De los golpes recibidos murió María García de Arazuri, moza de
unos diecisiete años de edad que trabajaba al servicio de Antón de
Huarte y Graciana de Añorbe en la calle Navarrería de Pamplona. El
día de San Juan de 1574, Graciana acusó a sus hijos de haberle
robado un trozo de hilo que tenía. Ante la negativa de éstos,

156
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 78116, ff. 8r-v.
157
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 29821, ff. 8r-v.
138 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Graciana dirigió sus acusaciones contra María, su criada. María lo
negó, y Graciana comenzó a golpear a su criada de manera violenta,
de forma que, ante los gritos que ésta daba, todos los vecinos
acudieron a ver qué ocurría. Al entrar vieron cómo

La dicha criada estaba sudando y le tenía a la dicha su dueña asida de
los velos con las manos, a lo que cree con la una mano para efecto de
desaciarse de la dicha su dueña, y la tenía tan ferozmente asida de los
velos su dueña que con mucho trabajo le hizo deshacer de los velos a la
dicha moza.

Debido a la paliza recibida, María se encontró indispuesta y, si
bien fue a trabajar ese mismo día, por la noche se acostó en su cama,
de la cual no pudo volver a levantarse y donde falleció a los pocos
días
158
.
Como hemos señalado en este grupo se incluiría también el
estrangulamiento. El 8 de octubre de 1581, estando dormidos el
notario Miguel López junto a su esposa María de Araiz, se acercó
sigilosamente Joana de Araiz, criada de éstos y hermana de la esposa,
y
La susodicha con poco temor de Dios y de vuestra Real Justicia ató al
suplicante en su garganta una toca o paño de tocar torcido y hizo en él
un nudo, y con la dicha toca y nudo apretó al suplicante para ahogarle
con ánimo de matarle como de hecho lo hiciera por haberle cogido
durmiendo, sino fuera por las vozes que el suplicante y por la gente que a
ellas llegó.

Joana pudo huir, no sin antes llevarse diez ducados de un cofre
159
.
Sin embargo, el método del estrangulamiento fue especialmente
«querido» por las infanticidas de la Navarra moderna. El método más
rápido para librarse de los hijos no deseados era bien estrangularlo o
bien ahogarlo abandonándolo en un río. En 1597 por ejemplo, en la
calle cuchillerías de Pamplona se encontraba viviendo la moza Juana
de Arre, al servicio de don Bautista de Udabe y su mujer. A su vez,
Juana se encontraba amancebada con Juanes de Ulzurrun, mayoral
del cual tuvo un hijo no deseado. Nada más nacer en secreto, Juana
lo estranguló, y la cubrió de estiércol y una piedra grande para que

158
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 87674, ff. 1r-2r.
159
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 147597, ff. 1r-v.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 139
nadie se diese cuenta de lo sucedido
160
. Igualmente en Peralta, el año
de 1560, María de Sancto Fuego se encontraba preñada de
Bartolomé Sanz, vecino de Soria y hombre de «mucho caudal». Si
bien intentó abortar no lo consiguió, pero en cuanto nació la
criatura, Ana de Sancto Fuego, hermana de María, la tomó y

Le tapó la boca con un puño y la ahogó y mató, y metió después en
un costal y la apretó allí reciamente con las manos, y la llevó fuera de la
villa y la escondió debajo de un semoral, y la descubrieron después unos
perros y le comieron la cabeza
161
.

Otra manera de ahogar a las criaturas fue, como hemos dicho,
arrojarlas o abandonarlas junto a un río. Aquellas que lo hacían
tenían la esperanza de que su criatura sería enviada lejos por la
corriente. En 1634 por ejemplo apareció en Sangüesa «una criatura
varón recién nacida muerta en el río Aragón debajo del arco más
próximo del puente dela dicha villa que está pegante a las murallas
della». La investigación llevó a la justicia a acusar a Leonor Sánchez,
vecina de la ciudad, de haber abandonado ahí a su criatura, con la
complicidad de sus padres
162
.
En 1607 María de Aldabe, residente en Sumbilla y amancebada
con Joanes de Oteiza, quedó preñada y parió

Una criatura viva del tiempo, y la llevó junto al río que pasa junto al
dicho lugar, donde la dejó, y en dejándola viva volvió a casa de su
madre, y luego tornó otra vez adonde la dejó, y como la halló viva la
echó enel dicho río a la orilla, donde murió adonde fue hallada la dicha
creatura que fue muerta
163
.

No solo aprovecharon estas infanticidas los ríos, también
emplearon lugares más cercanos, incluso en la propia casa, para
ahogar a estas criaturas. En 1553 María de Uroz, criada del licenciado
Larraya quedó preñada y, cuando tuvo a su criatura, la arrojó a una

160
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 99697, f. 11r.
161
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 145370, f. 1r.
162
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 122786, ff. 20r-21r.
163
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 100454, f. 2r.
140 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

necesaria
164
. Así, «mirando dentro hallaron que estaba ahogada la
dicha creatura muerta y las parias que la dicha acusada había echado
cuando parió la dicha creatura los hallaron debajo de la cama en que
dormía la dicha acusada»
165
.
También hemos encontrado el caso de adultos ahogados o
estrangulados. El caso de Catalina de Erdozáin bien puede ilustrarnos
sobre este asunto. El 8 de enero de 1645 «se halló un cuerpo de
moza de diez y seis años poco más o menos en una posada difunta en
el pozo de la esquina del barrio de las torredondas frontero de la
iglesia parroquial del señor San Nicolás desta ciudad». Nadie supo
nunca por qué había muerto ahogada, si bien todas las sospechas
cayeron sobre María de Hualde, su ama, y sus hijas, a las cuales en
alguna ocasión Catalina había acusado de haberla maltratado
166
. En
1606 también apareció muerto en un pozo de la calle Mayor de
Pamplona Miguel de Ardanaz, presbítero de la iglesia parroquial de
San Cernin de Pamplona. Al parecer, debido a las acusaciones de
amancebamiento que había hecho a Martín de Monreal, justicia de la
ciudad, éste contrató a unos sicarios que cometieron el crimen.
Según el análisis de los cirujanos

Les parece haber sido ahogado el dicho difunto antes que fuese echado
su cuerpo en el dicho pozo con algún cordel por la garganta como
claramente se echa de ver por una raja que derechamente está por toda la
circunferencia de la garganta por la nuca con el color algo mudado y
relajación y dislocación de las vértebras o huesos de aquella parte, y que
también se comprueba esto por la inflamación o tumor del rostro y
cabeza por ser mayor sin comparación que el de las otras partes y ser en
vida flaco y enjuto de rostro, y también porque si cayera vivo en el pozo
es forzoso tener lastimadas y arañadas las manos de la fuerza que haría en
asirse de algunas piedras del dicho pozo, y últimamente porque si
hubiera caído en el dicho pozo tuviera muy hinchada la barriga por la
cantidad de agua que había de beber antes de ahogarse y no tenerla
hinchada ni demostración de que hubiese entrado ninguna cantidad de
agua sino que la tenía baja como la tenía en vida y en salud y que en

164
Necessaria: Letrina o lugar para las que se llaman necesidades corporales, de
donde tomó el nombre. Lat. Latrina, a . Forica, arum. Quev. Mus. 6 Rom. 61.
“Más necesaria es su agua,/que la del mismo Pisuerga./Pues de puro necessaria/,
públicamente es secreta”. (Aut).
165
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 96094, f. 11r.
166
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 58997, ff. 1r-3r.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 141
todo su cuerpo no hay herida ninguna ni otras señales que digan lo
contrario
167
.

Finalmente, debemos prestar atención a dos casos de muerte por
arrojar a alguien al vacío. Uno de ellos se trata de un caso de
infanticidio, en el cual Bernarda Marco, mujer que no se encontraba
en su sano juicio, «inducida por el diablo» arrojó a su criatura recién
nacida por la ventana
168
. En 1615, Juan de Grez llegó borracho a casa
y tuvo una acalorada discusión con María de Orendia, su esposa,
sobre si la criada era o no una bruja. Tan colérico estaba que la mujer
no vio otra opción que ante sus ataques arrojarse por la ventana,
provocándole la caída una herida tal que murió a los pocos días
169
.
Toda esta información hemos podido compararla con diversas
poblaciones inglesas en las que también han analizado la utilización
de armas. Así, en primer lugar, debemos comentar el trabajo de
Bárbara B. Hanawalt
170
, la cual estudió este asunto para
Northamptonshire, Londres y Oxford a finales de la Edad Media.
Sus datos tienen cierto parecido con los de Navarra, a pesar de que
ella no incluye armas de fuego. El arma blanca resulta lo más
empleado en los tres territorios, seguida a gran distancia por los palos.
Tabla 22. Armas utilizadas por los asesinos en Northamptoshire, Londres y
Oxford (Hanawalt, 1976)
Armas Armas Armas Armas Northamptonshire Northamptonshire Northamptonshire Northamptonshire Londres Londres Londres Londres Oxford Oxford Oxford Oxford
Arma
blanca
68,90% 73% 87,00%
Palos 29,40% 27% 11,40%
Otras 2,70% 0 1,60%


Los resultados sin embargo no son tan parecidos en otras regiones
como Portsmouth o Kent. En la primera, los datos que Warner y
Lunny
171
ofrecen para los siglos XVI y XVII marcan una preferencia
por el uso del palo, dejando el arma blanca en segundo lugar. Esto
podría explicarse debido a que la cronología que ellas emplean

167
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 72437, ff. 7v-8v.
168
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 105802, ff. 9r-v.
169
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 73042, f. 1r.
170
Hanawalt, 1976, p.319.
171
Warner, Lunny, 2003, p.266.
142 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

comienza a mediados del XVII y acaba a finales del XVIII, periodo
que queda fuera de nuestro estudio. El arma de fuego queda en un
lugar marginal en este lugar, con sólo un 2% de los asesinatos
cometidos mediante ella.

Tabla 23. Armas utilizadas por los asesinos en Porsmouth y Kent (Warner-
Lunny, 2003; Cockburn, 1991)
Armamento Portsmouth Armamento Portsmouth Armamento Portsmouth Armamento Portsmouth
1653 1653 1653 1653- -- -1781 1781 1781 1781
Armamento Kent 1560 Armamento Kent 1560 Armamento Kent 1560 Armamento Kent 1560- -- -
1700 1700 1700 1700
Arma
blanca
249
(18,1%)
Arma
blanca
199
(25,21%)
Arma de
fuego
29 (2%) Arma de
fuego
37 (5,5%)
Palo 557
(39,2%)
Palo 213
(27,64%)
Piedras 98 (6,9%) Veneno 19 (3,6%)
Otra 478
(34,1%)
Otras 320
(38,05%)

En cuanto al caso de Kent, J.S. Cockburn
172
nos ofrece un
panorama similar al de Portsmouth. El arma preferida resultó ser el
palo, aunque el arma blanca queda a poca distancia de éste.
En definitiva, también podemos situar a Navarra dentro de las
tendencias europeas en cuanto a las armas empleadas para el crimen.
La mayoría de los autores, por no decir todos, si bien no ofrecen
datos concretos hablan del arma blanca, cuchillos y espadas
preferentemente, como el método más empleado para cometer
homicidios en aquella época. Pero no podemos olvidar que, tan
importante como el «con qué» se cometieron dichos crímenes resulta
el «dónde» de ejecutaron.
5. Los lugares y el tiempo
Uno de los temas que más atención ha suscitado entre los
historiadores ha sido el de los lugares en donde se cometía la
violencia. El estudio de los 250 procesos judiciales sobre violencia en
la Navarra moderna nos ha permitido, tal y como aclara Ángel

172
Cockburn, 1991, p.80.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 143
Rodríguez Sánchez, señalar los espacios concretos en los que se
desarrollaba la violencia interpersonal
173
. Por lo tanto, podemos
asegurar que la calle, las casas, las tabernas, o los caminos o
descampados fueron los lugares más comunes para cometer estos
graves crímenes.
En primer lugar debemos hablar de la importancia de la calle
como lugar preferente para cometer crímenes, especialmente en
entornos urbanos. Se trataba de un lugar abierto e incontrolado
donde se desarrollaba la sociabilidad vecinal y, por tanto, donde se
manifestaba la violencia interpersonal con mayor facilidad
174
. Se
trataba de un lugar transitado por el que todos los días paseaban
personas enfrentadas que ante cualquier motivo podían excederse en
su comportamiento y provocar una situación violenta. Se trataba de
un lugar por el que transitaban también vecinos y parientes que
podían en un momento dado detener al agresor o colaborar con él.
Las heridas que Miguel de Ollo y Juan de Ursúa produjeron a
Pedro de Larralde la noche de San Marcos de 1595 fueron en la calle
de Tras del Castillo, actualmente llamada Estafeta. Al pasar a su lado,
Larralde hizo «gorgorjos» burlándose de Ollo y Ursúa, que sacaron
sus armas e hirieron al cerero
175
. Dicho acto ocurrió frente a la casa
del Licenciado Azcárraga y fue visto por Miguel de Lazcoiti y
Miguel de Huarte, que se encontraban haciendo música por los
alrededores, aunque no pudieron hacer nada por impedirlo.
En noviembre de 1556 Juan Pérez de Lazcano se enfrentó con su
sobrino Fernando de Lazcano en la calle de las Pellejerías, hoy día
conocida con el nombre de Jarauta
176
.
A pesar de que fue a plena luz del día, nadie pudo tampoco parar
el enfrentamiento entre los aprendices de Josephe de Velázquez y los
soldados que acompañaban a Pedro Liñán el 1 de noviembre de
1583. Debido a que los soldados tiraron una bola de nieve a
Velázquez bajo el portal de las Bolserías, enfrente de la iglesia de San
Cernin, se enfrentaron todos ellos quedando Liñán herido de
muerte.

173
Rodríguez Sánchez, 1993 y 1995.
174
Bazán Díaz, 1995a, p.232. Rodríguez Sánchez, 1995, pp.119-120.
175
AGN, Tribunales Reales, 099868.
176
AGN, Tribunales Reales, 145154.
144 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

La calle era el lugar propicio para que los jóvenes dirimiesen
también sus disputas. Cuando éstas no quedaban resueltas en las
tabernas u otros espacios donde se produjese el enfrentamiento, solía
ser habitual que éstos saliesen a la calle, donde se enfrentarían
normalmente empleando la espada. Era habitual, además, que
aquellas disputas se dirimiesen durante la noche, entre el anochecer y
la medianoche. El jueves cinco de julio de 1640, estando Francisco
de Arazuri sentado en el suelo junto al pamplonés portal de San
Lorenzo en compañía de unos amigos, pasaron por su lado Miguel
de Saldueña, que iba «arrebozado mirándoles a medio lado a modo
de quererlos reconocer» y Joséph de Laguerra, también «arrebozado».
Al llegar a ellos, Laguerra se descubrió y tras varias injurias
desenvainó su espada, agrediendo al albañil Francisco de Arazuri
177
.
El 10 de noviembre de 1592, tras haber cenado, volvía el joven Juan
de Ilarregui hacia su casa por el «calliforque» (o «cairefort», plaza o
corredor) junto a San Lorenzo cuando topó con varios jóvenes que
«hacían música y con «palos y asadores en las manos y tenían entre
ellos una jaula de pájaros que habían descolgado según pública voz y
fama andaban cogiendo jaulas de pájaros de las ventanas y haciendo
insultos y alborotos». Al pasar junto a ellos, se enfrentó a estos de
forma que comenzaron a llamarlo borracho y a injuriarlo. Finalmente
hubo un enfrentamiento armado en el que Ilarregui recibió una
mortal puñalada
178
. El 18 de octubre de 1665, yendo por la calle de
Tras del Castillo (actual Estafeta), Juan de Abaurrea topó con Pedro
de Urriza, portero real, y Martín de Iriondo, alguacil de la real
Corte. Según los testigos, Urriza e Iriondo le gritaron «¡téngase al
rey!» a lo que Abaurrea respondió «¡tenido soy! ¡que yo no me he
resistido ni me resisto!» en diversas ocasiones. La lucha a espada entre
aquellos tres hombres prosiguió por la actual calle de Javier hacia San
Agustín, mientras Urriza e Iriondo gritaban «¡qué picardía esta que
hace resistencia a la justicia!» y «¡que sea posible que no haya en esta
calle quien favorezca a la justicia!» y Abaurrea respondía una y otra
vez lo sobredicho. Finalmente, éste fue herido en el pecho tan
gravemente que murió a causa de la dicha herida
179
.

177
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 123051, f. 3r.
178
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 149664, ff. 44r-v.
179
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 152222, ff. 13r-14r.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 145
Otro de los lugares donde más frecuentemente se produjeron los
casos de violencia fue dentro de la propia vivienda del agresor o el
agredido. En general, nos estamos refiriendo a la violencia conyugal,
pero también a otras violencias ejercidas fuera del ámbito del
matrimonio, como aquella ejercida contra los criados, contra los hijos
o contra algún visitante. Debido a que estos casos de violencia
cuentan con una entidad suficiente, los trataremos más adelante, en el
capítulo dedicado a las causas de la violencia.
No debemos olvidar la importancia de la taberna como lugar de
sociabilidad en el Antiguo Régimen y, consecuentemente, como
lugar propicio para la comisión de crímenes en estos siglos. La
mezcla del alcohol, el juego y las discusiones que allí se originaban
resultaron ser claves para que en estos espacios se desarrollase la
violencia. El 13 de octubre de 1635, en la ciudad de Pamplona, en la
taberna de Martín de Lacunza, ubicada entre el portal de Tejería y la
Plaza del Castillo, hubo noticias de que había ocurrido cierta
pendencia. Al parecer, varios molineros, Joanes de Arbizu, Pierres de
Guillén Juan, francés, y un criado llamado Pierres, bajo y lampiño,
habían estado jugándose varias pintas de vino. Al vencer Arbizu y
Guillén, y reclamar a los molineros medio real, éstos desenvainaron
sus espadas y trataron de acuchillar a Arbizu, ante lo cual éste, Pierres
y Guillén desenvainando sus espadas comenzaron a luchar contra
dichos molineros. Finalmente, uno de éstos, llamado Juan de
Goyeneche, fue herido mortalmente por la espada de Pierres de
Guillén, que fue condenado a destierro perpetuo y ocho años de
galeras
180
. En la misma ciudad, el 8 de febrero de 1562, día de San
Marcos, los franceses Domingo de Lastela, Pedro de Tafalla y Lorenz
de Sala acudieron a la taberna de Peyron de Leans, donde se
entretuvieron desde las dos o tres del mediodía hasta que oscureció
jugando al «truque». Domingo de Lastela había tenido mucha suerte
y había ganado cinco pintas de vino, razón por la que se encontraba
algo embriagado. Una vez habían recogido todo, al llegar a la puerta
de la casa de Peyron, Domingo pidió que le fuese alumbrada la
escalera, puesto que no veía nada. Martín de Leans, hijo de Peyron y
que se había encontrado en la partida, se negó a alumbrarle,
diciéndole que había un candil abajo y no era necesario. Domingo
«dijo ¡juro a dios que te has de bajar!», aunque Martín siguió

180
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 3464.
146 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

diciendo que no, respondiendo que «¡Domingo!, ¡vos y vuestros
compañeros habéis venido a mi casa a buscar ruido!». En ese
momento el único candil que tenían cayó al suelo y quedaron todos
a oscuras. Al poco, se escuchó ruido de espadas y Martín de Leans
gritó «¡que me han muerto!». Cuando Peyron de Leans trajo nueva
lumbre, Martín se encontraba tendido en el suelo con profundas
heridas que le sangraban sin cesar, heridas de las que murió al poco
tiempo, y Domingo de Lastela se encontraba junto a él sosteniendo
una espada y una daga con sus manos. Inmediatamente los allí
presentes detuvieron a dicho peinero y esperaron a que llegase la
justicia, que lo detuvo y envió a la cárcel
181
.
En la villa de Leiza, el 18 de octubre de 1582, varios jóvenes del
pueblo se juntaron en la taberna de la casa «Aitagaztearena». Entre
dichos jóvenes se encontraban Joanes de Biurrea y Nicolás de
Elizalde. Habiendo perdido todo el dinero que llevaba, Nicolás de
Elizalde dejó el juego y, enfadado, se apartó de la mesa, acercándose
al «fogar» que se encontraba en un aposento contiguo. Cuando el
ama de la dicha casa quiso echar a los jóvenes, Biurrea le dijo que
esperase un poco a que acabasen aquella partida y él mismo los
echaría a todos. Ante esto, Elizalde dijo que «ruines a una parte nos
ganan nuestros dineros y a otra nos han de dishonrar», ante lo cual
Biurrea le respondió que ellos no eran ruines. Elizalde se acercó
hacia la mesa, Biurrea se levantó, y ambos comenzaron a pelear.
Biurrea tuvo tiempo de sacar un puñal y, si bien nadie confesó haber
visto quién le daba la puñalada a Elizalde, éste resultó herido de
muerte. Uno de los testigos cerró las puertas de la casa y avisó al
alcalde, que tomó preso a Biurrea
182
.
Un viernes de abril de 1529 Johanes de Soravilla topó con
Machín de Mendiola, guipuzcoano que había trabajado tiempo antes
con Lopecho de Illarregui. Fueron juntos a comer y Machín explicó
a Johanes cómo Illarregui le debía dinero por cierto trabajo con unos
machos que le había hecho unos meses antes. Después de haber
degustado una copiosa comida y haber bebido abundante vino,
Machín decidió ir a buscar a Lopecho, y Johanes decidió
acompañarlo. Después de buscar en varias tabernas de Pamplona,
llegaron al barrio de la Torre Redonda, actual calle de San Gregorio,

181
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 037495, ff.3v-4v.
182
AGN, 070040.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 147
en cuya taberna se encontraba de sobremesa el dicho Lopecho,
acompañado de Johan de Lasalde, Miguel de Orrio y Catalina de
Maya, dueños del local. Subieron Machín y Johanes a la sala donde
éstos se encontraban sin hacer ruido, y en esto Machín dijo a
Lopecho que quería hablar unos asuntos con él. Así, comenzaron a
hablar, y Machín pidió a Lopecho que le pagara lo que le debía,
aunque éste le respondió que ya le había pagado todo. La
conversación fue subiendo de tono y Johanes de Soravilla intervino
en ella, diciendo a Lopecho «que si tuviese con él las palabras que
con el dicho Machín tenía que él le cortaría la garganta y le sacaría
las tripas y otras palabras semejantes a las sobredichas». Así las cosas,
Johan de Soravilla sacó un puñal con el que hirió en el pecho
izquierdo a Lopecho de Illarregui, causándole una herida mortal. En
ese momento Machín y Soravilla huyeron de la posada, y aunque
Johan de Lasalde salió tras ellos gritando que los capturasen,
consiguieron llegar a la iglesia de San Nicolás, donde se refugiaron
183
.
Un día del verano de 1635, «que era poco después que levaran el
vando para que los franceses salieran de esta ciudad y reyno»,
entraron Joanes de Recarte, molinero, un primo suyo y otros dos
compañeros a la taberna de don Juan de Ezcurra, donde casualmente
se encontraban Miguel Martínez, «que por mal nombre llamaban el
de la cabeza pelada», un tal Marrangue y otro llamado Paguita. Al
verlos, uno de ellos dijo «otros de mala casta, porque entran aquí que
en verdad los hemos de echar», a lo que Recarte respondió «¡si
nosotros hemos de salir otro mayor que Vuestra Merced lo ha de
mandar!». Recalde y sus compañeros bebieron tranquilamente una
pinta de vino y, cuando salían de la taberna, Martínez, Marrangue y
Paguita volvieron a decir lo mismo. Recarte salió de la taberna y, a
lo que salía, Paguita desenvainó su espada y le dio un golpe con ella,
mientras Martínez y Marrangue hacían lo propio. Recalde trató de
defenderse, pero murió de una estocada en la hijada izquierda
184
.
Finalmente no podemos olvidar que uno de los lugares más
comunes para cometer homicidios fueron los solitarios caminos o
descampados fuera de las murallas de los núcleos poblacionales. Estos
lugares resultaban ideales para el asesinato y el desafío. Normalmente
poca gente pasaba por los alrededores, y el cadáver podía llegar a

183
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 000047.
184
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 74546.
148 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

estar varios días sin ser descubierto. Los bandoleros cometieron
abundantes crímenes en descampado, y allí solían ir también aquellos
que se batían en duelo, huyendo de los ojos de la justicia. El 4 de
febrero de 1689, Miguel Gil, engarzador de rosarios, fue encontrado
aún vivo en el paraje que llamaban “la rozagora”, en la bardena de
Caparroso. Según lo encontraron, tenía las tripas fuera, debido a una
herida producida por disparo de arcabuz. Según dijo, «cinco hombres
pasaban por el camino con seis escopetas y que el uno de ellos le
había tirado que no sabe cual y que no se acuerda qué traza de
hombres ni de qué disposición ni traje llevaban solo que le tiraron
del mismo camino y que iba a la feria de Tafalla ». Lo encontraron
tres testigos que al tiempo pasaban y que escucharon gritos de «¡ay
que me muero! ¡ay que me muero!». Gil no consiguió vivir más que
unas horas
185
.
El 24 de julio de 1658, apareció en el barranco de la Plana,
cercano a Cabanillas, el cuerpo de una mujer

Con señas de haberle dado muchos golpes y heridas delas cuales había
derramado muchísima sangre, y que estaba tan denegrida, gastada,
hedionda y llena de gusanos que no se podía llegar a él ni reconocer de
quién era distintamente.

El justicia de Cabanillas hizo llevar directamente el cuerpo al
cementerio para que fuese enterrado. Rápidamente la investigación
averiguó que se trataba del cuerpo de Ana María García, esposa de
un tal Jusephe Cavero, que había huído del reino. Según se supo,
ambos habían salido de Fustiñana con dirección a Tudela cuatro días
antes por la mañanay nunca más se había sabido de ellos. Según
varios testigos que toparon a Jusephe al día siguiente, éste les había
confesado que

Él había muerto a su mujer y gozadola carnalmente antes de matarla en
el barranco de la Plana, término de Cabanillas, y que lo había hecho
porque no la había hallado con su flor y virginidad cuando se casó con
ella que podía haber dos meses poco más o menos
186
.


185
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 153138.
186
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 123917.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 149
El martes 18 de enero de 1639 llegó Benito Martínez a casa de
Catalina Montán, mujer habitante del lugar de Ulíbarri con la cual
había de casarse poco después. Al poco de llegar, Benito obligó a
Domeca, su futura suegra, y a su mujer a acostarse, puesto que por la
mañana siguiente debían ir él y su mujer a la ciudad de Estella.
Domeca protestó, puesto que su hija debía realizar varios quehaceres
de casa el próximo día, a lo que Benito respondió «ha de ir mañana o
nunca». Según decía, debían ir a comprar zapatos y otras cosas para la
boda. Por alguna razón, Catalina había llegado a decirle a su madre
«yo soy perdida con él». La mañana siguiente, tras haber desayunado
unas lentejas, partieron ambos en sendas cabalgaduras rumbo a
Estella, a pesar de que varios vecinos les advirtieron que no fuesen
porque «estaba cargado el tiempo». Avanzada ya la mañana, cerca del
lugar de Galbarra, un hombre que se dirigía al molino con una carga
de trigo un hombre topó con «una moza que estaba muerta o sin
habla». Rápidamente avisó al abad del lugar y a varios vecinos, que al
llegar encontraron «una moza tendida en el suelo boca abajo, hecho
pedazos la cabeza, toda ensangrentada, y muchas piedras teñidas de
sangre junto a ella, y la cabalgadura allí luego muy bien atada a un
enebro». El dicho Benito Martínez se encontraba solo en el lugar de
Galbarra y también acudió a los gritos, aunque habiendo reconocido
a su futura esposa«el dicho Benito Martínez dicen empezó a hacer
acciones de sentimiento pero no con veras ni menos lágrimas».
Llevaron rápidamente a Catalina a casa de su hermana, donde
Domeca, su madre, le preguntó si había sido Benito quien la había
maltratado. Catalina sólo tuvo fuerzas para responder «¡pues quién!».
La investigación demostró cómo Benito estaba realmente enamorado
de Catalina Andrés, otra moza del pueblo, y cometió tal acto para
poder librarse de Catalina Montán
187
.
El 6 de agosto de 1541, Martín Falcón observó cómo Pedro de
Beriáin llegaba de Mañeru a Puente la Reina. Al llegar a casa no
encontró a su mujer, llamada Catalina de Salinas, y salió muy
alterado. Al encontrarla fuera, le dio un gran bofetón en la cara.
Entraron dentro de casa y Martín Falcón pudo observar, gracias a un
agujero que tenía en la pared de su bodega, cómo Pedro de Beriáin
seguía pegando a su esposa. Una vez calmada la situación, salió de
casa Pedro de Beriáin a tomar el aire, y Martín Falcón salió también

187
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 102526.
150 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

a hablar con él, diciéndole «compadre vamosnos a pasear en tal
portal y por ahí», y de tal manera salieron a un descampado mientras
paseaban. En un momento, Martín Falcón dijo a Beriáin «compadre
ya sabéis cómo hoy habéis andado con vuestra mujer conel puñal
rancado y mal parece que los hombres así se las remeta a sus mujeres
con el puñal rancado mas en Pamplona dáis de vos por vida vuestra
no hagáis así». A esto, Pedro de Beriáin sacó su puñal y gritando
«¡cuerpo de Dios! ¡y vos me habéis de vedar lo que tengo de hacer a
mi mujer!», dio una puñalada a Martín Falcón, hiriéndolo. Se
entabló una pelea en la que Martín dio una puñalada en la cabeza a
Pedro de Beriáin, que gritó «¡ay traidor que me habéis muerto!» y
quedó muerto. Martín Falcón huyó, aunque fue apresado al día
siguiente
188
.
El día de la Santa Cruz de mayo de 1539, Diego Martínez
encontró por fin en Fontellas a María, moza a la que había raptado y
desvirgado y que había huido de su casa, «revolviéndose en amores»
con Gabriel de Borja, espadador. Diego iba en compañía de un
amigo llamado Jaime Valenciano. Al verse Diego y Gabriel, se
desafiaron y fueron a un descampado vecino al lugar de Pedriz,
donde preguntaron a María a quién prefería. Ésta respondió que
prefería a Gabriel, a lo que Diego dijo «vos lo habéis hecho
ruinmente, y como muy ruín hombre, e os habéis de matar
conmigo», todos los presentes sacaron sus espadas y finalmente
resultó muerto Jaime Valenciano
189
.
En definitiva, la calle (especialmente cuando ya había oscurecido),
el domicilio familiar, las tabernas y los descampados fueron los
lugares predilectos para la comisión de crímenes. Sin embargo,
cualquier lugar podía acabar convirtiéndose en el escenario de uno
de estos delitos, desde el atrio de una iglesia hasta la sede misma del
Consejo Real. Más dificultoso nos resulta, por otro lado, el
establecer cuándo eran cometidos esos crímenes. No hemos
encontrado ninguna preferencia temporal en la comisión de estos
delitos, que podían ocurrir tanto en invierno como en verano, tanto
en jornadas festivas como laborables, por la mañana o por la noche.
A pesar de esta imprecisión hemos encontrado no pocos casos de
homicidio en jornadas festivas y, especialmente, y como ya hemos

188
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 64087.
189
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 63929.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 151
explicado en alguna ocasión anterior, a altas horas de la noche,
cuando la población dormía. La tabla tabla tabla tabla 24 24 24 24 nos indica que la primavera
y el verano fueron las épocas del año donde más violencia hubo.
Tabla 24. Distribución mensual de los asesinatos
Mes Mes Mes Mes Número de casos Número de casos Número de casos Número de casos Porcentaje Porcentaje Porcentaje Porcentaje
Enero 14 5,6
Febrero 16 6,4
Marzo 12 4,8
Abril 18 7,2
Mayo 22 8,8
Junio 19 7,6
Julio 26 10,4
Agosto 20 8
Septiembre 11 4,4
Octubre 14 5,6
Noviembre 13 5,2
Diciembre 11 4,4
Desconocido 54 21,8%

A la vista de dicha tabla, debemos destacar que los meses de
primavera y verano fueron los más propicios para la comisión de
crímenes, como nos indican los abultados 22 casos de mayo, 19 de
junio, 26 de julio y 20 del mes de agosto. En general, todos los
meses rondaron entre el 5 y el 10% de los casos. La celebración de
fiestas o el mayor tiempo que pasaba la gente en contacto en dichos
meses puede ser la razón más plausible para explicar el hecho de esa
cierta mayor propensión para la comisión de delitos en verano. Sin
embargo, los asesinatos fueron cometidos a lo largo de todo el año,
sin una mayor preferencia que la ya comentada. El alto índice de
casos de febrero, con 16 asesinatos, nos indica cómo las fiestas
(carnavales en este caso) fueron fechas especialmente proclives a la
comisión de actos de violencia.
El día de la Pascua de Resurrección de 1679, en el lugar de
Alsasua «poco antes de escurecer se hallaba mucho concurso de gente
por estar los mozos y mozas y otros danzando al uso de la tierra con
el juglar y otros mirando». Cuando todos los presentes disfrutaban de
las danzas, entró un mozo desconocido a caballo en la plaza y,
corriendo en ella, desbarató todas las danzas hasta en tres ocasiones.
152 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Enfadado, Joanes de Mazquiarán tomó una lanza e intentó asustar
con ella a aquel mozo. Viendo lo que ocurría, dos clérigos, Don
Diego Zabala y don Joan de Galanza, acudieron al lugar para detener
la pelea. Al parecer ellos, descontentos por alguna razón con los
habitantes de Alsasua, habían ordenado al muchacho el interrumpir
dichas danzas. Estaba ya el día muy oscuro cuando uno de los
clérigos, don Diego Zabala, propinó sendos puñetazos e incluso una
puñalada a Mazquiarán, a causa de la cual murió. Según declaró
Zabala, «con mi cólera le he hecho, el diablo me ha hecho traer este
cuchillo»
190
.
Igualmente, el martes 20 de enero de 1657, entre las once y doce
horas de la noche Bernardo de Larrainzar acudió a galantear a una
mujer cuyo nombre no consta en el proceso, como solía hacer
habitualmente. Para ello, llevaba como compañero a Juan Francisco
de Arguiñano, teniente de justicia y quien habitualmente solía
cumplir con este cometido. Al pasar por dicha calle Matías
Zaritiegui, recibió una puñalada que le causó la muerte. Al parecer,
aquél día el propio alcalde había mandado a Arguiñano que patrullase
la zona, puesto que según el propio alcalde explicó

Se acuerda que en la noche en que sucedió el caso delas heridas se casó
en esta villa Pedro de Arrarás, mesonero enella, y que por ser viudo
hubo cencerrada, y en semejantes noches suelen suceder algunas
pesadumbres, y que al que depone siendo alcalde en semejantes noches le
obligaron acompañado del dicho teniente de justicia a rondar lo más de
la noche por obviar pesadumbres y hacer recoger la gente.

Según pudo averiguar la justicia, la comitiva de la cencerrada pasó
por al lado de donde Larrainzar galanteaba, Arguiñano pidió a los
que se encontraban en dicha cencerrada que le entregasen sus
espadas, para evitar alborotos y porque «en semejantes noches suele
haber algunas inquietudes y burlas». Ante la negativa de los mozos, se
produjo el enfrentamiento armado en el que Zaritiegui perdió la
vida
191
.
El 21 de agosto de 1589, día festivo en la ciudad de Pamplona,
hubo toros en la Plaza del Castillo, por lo que Juan de Arteta, cubero

190
ADP, Secr. Ollo, C/919, nº 5.
191
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 103312.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 153
encargado de montar y desmontar los vallados, se encontró muy
ocupado durante todo el día. Varios ciudadanos vieron a su esposa,
Graciana de Oroz, hablando mucho rato con el dicho Andrés de
Zamora, hasta que a media tarde desaparecieron. Cuando Juan de
Arteta, también conocido como «Sargento» llegó a casa, vio su
esposa y el soldado por el «resquicio dela dicha puerta», y los vio que
«estaban arrimados a la dicha cama el dicho soldado y la dicha su
mujer y haciendo el acto carnal», ante lo cual sacó su espada y
comenzó a acuchillar al soldado, hasta que lo dejó muerto encima de
unos aros de cubas. Trató también de matar a su esposa, que pudo
refugiarse en un cuartillo, y Juan de Arteta huyó, recogiéndose en el
hospital general de Pamplona, aunque fue prendido la siguiente
mañana. Ya antes había tenido sospechas de infidelidades, según dijo,
puesto que «la dicha su mujer solía ir al campo a coger espigas, y un
día vino a casa muy maltratada y le dijo a este declarante que le
habían maltratado unos hombres en el campo», cosa que le hizo
sospechar; y otra vez le dijeron que «estuvo la dicha su mujer en
todo el día en casa bebiendo y comiendo con un hombre aunque no
le dijo con quién»
192
.
También en día festivo ocurrió la muerte de Antonio Erguíbel el
lunes 24 de junio de 1597. Aquel día se celebró en Pamplona una
encamisada
193
debido a la festividad de San Eloy, patrón de los
zapateros. Al parecer, aquel día hubo en Pamplona gran cantidad de
máscaras, carrozas, música y danzantes que, en un momento, pasaron
por delante del palacio real. Había tal cantidad de gente que
«principiaron a dar empetones unos con otros con intención de pasar
adelante a la plaza del dicho palacio, y en particular los que iban
allegados al carro más que los otros, de temor que el carro les hiciese
daño en sus personas». Entre tanto alboroto, Erguíbel pisó en

192
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 70609.
193
Encamisada: Es cierta estratagema de los que de noche han de acometer a sus
enemigos y tomarlos de rebato, que sobre las armas se ponen las camisas, porque con
la escuridad de la noche no se confundan con los contrarios; y de aquí vino a llamar
encamisada la fiesta que se hace de noche con hachas por la ciudad en señal de
regocijo. Vide camisa. (Cov.)
Encamisada: Era también cierta fiesta que se hacía de noche con hachas por la
ciudad, en señal de regocijo, yendo a caballo sin haber hecho prevención de libreas,
ni llevar orden de máscara, por haberse dispuesto repentinamente, para no dilatar la
demostración pública y celebración de la felicidad sucedida. (Aut.).
154 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

repetidas ocasiones los pies de Martín Torres, «hombre bermejo, bajo
de cuerpo, con un vestido pardo que puede ser de edad de veinte y
ocho o treinta años». Al parecer, entablaron una fuerte discusión en
la que Erguíbel le profirió «palabras feas y escandalosas, tratándole de
borracho y desafiándole a que saliesen de la endrecera y puesto sobre
dicho y fuesen a reñir al callizo de junto al portal del abrevador».
Torres, sintiéndose injuriado, sacó un puñal que llevaba y propinó
una mortal herida a Erguíbel, pudiendo huir entre el gentío, si bien
más adelante fue reconocido y detenido
194
.
En cuanto al momento del día más propicio para la comisión de
asesinatos, si bien hemos encontrado todo tipo de horarios, la
oscuridad de la noche fue el momento más propicio para ello, el
momento «después de escurecido». Las sombras de la noche eran sin
duda una magnífica protección para el delicuente. Los vecinos
podían escuchar pendencias, pero en muy raras ocasiones podían
asegurar quién o quienes se habían encontrado en ella. De hecho, en
muchas ocasiones el propio agredido no sabía quién era quien
realmente le había agredido, y fácilmente podía acusar a alguien que
no tuviera culpa.
Esto ocurrió el 25 de abril de 1595 a las 9 de la noche. Miguel de
Lazcoiti y Miguel de Huarte se encontraban apaciblemente tocando
el rabel y cantando debajo de la casa de Miguel de Irigoyen, cuando
vieron a lo lejos, en la misma calle de Tras del Castillo, chispas de
espadas enfrentándose y escucharon el sonido de una pelea «sin ver
las personas que las daban porque hacía la noche muy escura».
Cuando acudieron al lugar, ocho o nueve casas más arriba, frente a la
casa del Licenciado Azcárraga, toparon con Pedro de Larralde herido
en el suelo, sin capa ni sombrero. Ni siquiera conseguían verle, y
sólo lo reconocieron por su voz, cuando al preguntarle respondió
«soy yo». Le preguntaron quién lo había podido herir, a lo que
respondió «¡Ay! Me han herido y no sé quién»
195
.
Algo parecido ocurrió con una pendencia de noviembre de 1597.
Cuando Fernando de Lazcano y su tío discutieron era de noche,
después de oscurecido. Se enfrentaron con las armas en plena calle de
las Pellejerías y, aunque al ruido salió mucha gente, nadie vio quién

194
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 99705.
195
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 099868, ff.5r-8r.
CAPÍTULO II. ASESINOS Y VÍCTIMAS 155
había herido a Fernando, si bien en éste caso finalmente él mismo
pudo aclararlo
196
.
Una grave confusión ocurrió en junio de 1537, hacia las 10 de la
noche. Aquel día, varios soldados se estuvieron lavando los pies en el
río Arga y, al subir a Pamplona, ya oscurecido, se encontraron con el
posadero Domingo de Roncesvalles y unos amigos suyos. Hubo
cierto enfrentamiento entre ellos, no se aclara el por qué, y Lope de
Suescun, que pasaba por allí, les pidió que hubiera paz entre ellos y
se calmasen. Una vez lo logró, se fue hacia su casa. Pero al rato, a eso
de las 12 de la noche, según un vecino que oyó el reloj de San
Cernin, volvieron a encontrarse las dos cuadrillas, muriendo Juan de
Lavega, uno de los soldados, en el enfrentamiento que tuvieron.
Como ninguno de los soldados conocía a los agresores y sí a Lope de
Suescun, lo acusaron de estar presente en este segundo
enfrentamiento y de haber matado a Lavega, cosa que Suescun negó.
Tras varios testigos que confirmaron la versión de Suescun, éste fue
absuelto
197
.
Los hombres que bebían solían hacerlo sobre todo por la noche.
De ahí que, por ejemplo, tanto Domingo de Lastela como Juan de
Biurrea, jugadores que mataron a sus contrincantes arriba
mencionados, cometieron sus actos hacia las 10 de la noche, después
de oscurecido
198
. De hecho, en 1757 se aprobó en las Cortes un
reparo de agravio por el cual se pedía que las tabernas respetasen los
siguientes cuatro capítulos:

1 - Que en adelante no se pudieran abrir por las mañanas antes del
toque de las Ave Marías y por la tarde se cerrasen al mismo toque
2 - Que las tabernas reales de Pamplona tampoco pudieran abrirse
antes de dicho toque y se cerrasen en verano a las nueve y en invierno a
las siete
3 - Que nadie permitiera entrar a beber a esas tabernas fuera de hora
4 - Que los dueños de tabernas que contraviniesen dicha ley
incurriesen en pena de diez libras
199
.


196
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 145154.
197
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 209570.
198
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 070040 y 037495.
199
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, II, p. 436.
156 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Igualmente, las ciudades cerraban las puertas de sus murallas por la
noche. En el caso de Pamplona, la guarnición militar se encargaba de
cerrar las seis puertas de la ciudad, los únicos lugares popr los que
franquear las murallas. El toque de queda se efectuaba a las ocho de la
tarde en invierno y a las nueve en verano, dando paso a la ronda
militar que recorrería las calles
200
. Además, durante la noche cada
uno de los barrios era velado por un prior o mayoral, que vigilaban
que ningún delito fuese cometido. Se trataba de un eficaz medio de
infrajusticia, como dice Daniel Sánchez. Los mayorales se encargaban
de vigilar pequeñas áreas de la ciudad, recogían rumores o quejas,
advertían a los vecinos, imponían pequeños castigos y acudían a los
tribunales cuando nada de esto servía. Se trataba de unos personajes
que se encontraban en una inmejorable posición para vigilar a los
vecinos y, al igual que en Castilla
201
, a partir del siglo XVIII, se les
concedió amplias tareas de orden público, agudizando el proceso de
disciplinamiento social del que venimos hablando a lo largo de esta
investigación
202
.

200
Sánchez Aguirreolea, 2008, p. 74, Garralda Arizcun, 1986, p. 241.
201
Heras Santos, 1996, pp. 135-136.
202
Sánchez Aguirreolea, 2008, pp. 75-76.

CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS
La gran cantidad de casos de violencia que hemos documentado
tuvieron una variada causalidad con estrechas interconexiones. Si
debemos destacar una por encima de las demás, ésta sería la defensa
del honor. El honor implicaba estima o reputación. Como aclara
Powis, «el buen nombre era una propiedad, un activo: un hombre
podía dilapidarlo mediante una mala conducta, y otros podían
«sustraérselo». La comunidad esperaba que un hombre de honor se
condujera honorablemente y, en la medida que así lo hiciera,
consideraría intacto su honor o reputación»
1
. Lo contrario le llevaría
al «deshonor» y, con ello, como veremos a la pérdida de su posición
en la comunidad. La defensa de esos valores provocó que muchos
hombres se vieran prácticamente obligados a defender su honor
mediante la espada. La injuria fue el método más eficaz muchas veces
para deshonrar a una persona, y el duelo o desafío, especialmente si
hablamos de aristocracia, uno de los métodos más «eficaces» para
recuperarlo.
La conducta sexual podía convertirse en otra forma de injuria
contra el honor, especialmente la conducta femenina. Ésta debía
mantenerse virgen antes del matrimonio, y debía conservar su
fidelidad tras éste. De lo contrario la injuria contra el varón era
mayor aún que la de la injuria, humillándolo tan profundamente que,
muchas veces, recurría al empleo de la violencia para salvar su honor.
Otras razones como la locura, tema que pocos autores han tratado, el
juego, las deudas o la resistencia a la autoridad también provocaron
que la violencia fuese algo cuasi habitual en aquella sociedad.
Además, la justicia no contaba con medios suficientes para investigar
los asesinatos y no fue extraño que en ocasiones muertes ocurridas
por el azar o por una enfermedad llegasen a oídos de los alcaldes de la
Corte Mayor, que iniciaban una investigación que, finalmente, debía

1
Powis, 2007, p. 19.
158 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
ser abandonada ante la falta de los medios precisos para su
investigación. A lo largo de las próximas páginas prestaremos
atención a todas estas casuísticas de la violencia interpersonal,
obviando la violencia emanada de conflictos militares o sociales, tales
como las revueltas antiseñoriales, tratadas ya por otros anteriores
trabajos
2
.
1. Agresión al honor
La defensa del honor aparece como la causa principal de los
asesinatos u homicidios en la Navarra de los siglos XVI y XVII. El
honor fue, en gran medida el motor de las relaciones interpersonales
en la Edad Moderna. El conservarlo equivalía a conservar la estima
en la sociedad, el prestigio, mientras que el perderlo provocaba la
deshonra. En palabras de Martín Rodríguez, era ‘el conjunto de
condiciones de las que depende el valor social de una persona’, y se
expresaba en dos planos: uno subjetivo y otro objetivo. El primero,
estaba ‘constituido por la apreciación que el individuo hace de su
propio valor social’, y el segundo era ‘la reputación de que goza en la
comunidad’
3
. Dicho honor podía llegar a perderse por manifestar
comportamientos contrarios a lo socialmente establecido como si
incumplía una palabra, se engañaba, se mentía, se era adúltero,
traidor, etc. Según Tomás Mantecón, el honor ‘formaba parte de un
legado inmaterial intergeneracional y se definía en términos de
estima social, entendiendo ésta como el respeto del vecindario y
participación en los beneficios derivados de la vecindad, entre ellos la
protección y la no agresión’
4
.
Tal y como aclara Iñaki Bazán, el honor en el siglo XVI ya no era
un privilegio exclusivo de la nobleza, sino que se encontraba
extendido por todas las capas de la sociedad, y cualquier atentado
contra él, cualquier injuria que pudiera perturbar las futuras
relaciones sociales del injuriado y del lugar que ocupaba en su
comunidad, era ocasión para que surgiera el discurso de la violencia.

2
Para conocer el impacto del ejército en la sociedad moderna véase Usunáriz,
2007, Idoate, 1981, Anderson, 1990, Hale, 1990, García Hernán, 2006, o Martínez
Ruiz, 2008, en el caso de la violencia emanada por conflictos sociales, contamos con
la reciente tesis de Ruiz Astiz, 2010.
3
Martín Rodríguez, 1973, en Bazán Díaz, 1995, p.238.
4
Mantecón, 1997, p. 70.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 159
Uno mismo debía defender su honor recurriendo, si era necesario, a
atentar contra el causante de la ofensa
5
. Se trataba de un sentimiento
reivindicado por todos los individuos de la sociedad, incluso por las
clases más bajas y sin medios, que consideraban su reputación como
un bien fundamental
6
. El honor era algo más importante que la
propia vida. Una ofensa contra él no solo afectaba al ofendido, sino a
toda su parentela, su familia y antepasados. Podía provocar una
«muerte social», especialmente si la ofensa era realizada en público.
Dejar sin respuesta una ofensa a la honra convertía al ultrajado en
una persona sin prestigio en la comunidad, por lo que el afectado
debía tratar de recuperar su honor a toda costa
7
. Bartolomé Bennassar
aseguraba que ‘se pensará que la honra no es nada si se puede
comprar, pero nada más lejos de la verdad, ya que las cartas de
perdón, preciosos documentos de los que existen pocos equivalentes
en Europa, nos muestran que el precio de la virginidad equivale casi
al de la vida y volvemos a encontrar bajo nuevas formas esta
equivalencia entre honra y vida que Ramón Menéndez Pidal
descubría en la comedia, en el teatro de Lope, Tirso o Calderón”
8
.
Antes de nada, conviene hacernos una idea, a partir de la
magnífica obra de Pablo Orduna, de la diferencia entre honor y
honra. Según dicho autor, el honor era patrimonio de las élites
privilegiadas, mientras que la honra, concepto espiritual al igual que
el honor, consistía en la aprobación de las acciones del caballero por
aquellos que lo rodeaban. Podría decirse que era la estima que
proporcionaba respeto y dignidad. Dicha honra podía acrecentarse,
pero jamás disminuirse. Si esto llegaba a ocurrir, el individuo
quedaba relegado de su grupo primario de permanencia en la
comunidad. La honra por tanto tendría su expresión social en lo que
se ha venido llamando fama, mientras que la deshonra se plasmaba en
la infamia
9
. Por este motivo, resultaría más apropiado en nuestro caso
hablar de ofensas a la honra antes que al honor.
Defenderse de las acusaciones que contra uno se vertían era una
necesidad profundamente sentida, aun a riesgo de ir a la cárcel por
haber cometido alguna acción violenta, puesto que se ponían en

5
Bazán Díaz, 1995a, p.211.
6
Bernal Serna, 2010, p. 380.
7
Bernal Serna, 2007, p.18.
8
Benassar, 1983. p. 493.
9
Orduna, 2009, pp. 37-63.
160 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
riesgo los vínculos que lo unían con el medio social en el que vivía
10
.
Las injurias y maldiciones eran doblemente peligrosas porque la
ofensa, que atacaba a la honorabilidad, exigía una respuesta que
dejase claro ante todos la superioridad del ofendido, una venganza
personal
11
. Incluso en los propios tribunales el buen nombre, la
reputación, concedían al individuo cierta presunción de inocencia en
las causas criminales y le proporcionaba la protección de la
comunidad
12
. Era habitual que en las distintas defensas que
presentaban, los acusados expusieran, antes que nada, su buena fama
y honorabilidad reconocida por toda la comunidad, razón por la
cual, al parecer, no debían ser condenados. Andrés de Aguilar, casado
con María Jiménez, fue acusado de haber propinado una gran paliza a
Lucas de Laguardia, clérigo de Viana. En su defensa, Aguilar decía
que «ha sido y es hombre honrado y principal quieto y pacífico y por
tal tenido y comúnmente reputado». Sin embargo, acusaba a
Laguardia de no haberse comportado como un hombre de su
condición, pues «el dicho don Lucas está notado de que acostumbra
solicitar para que sean deshonestos a muchas mujeres honestas casadas
y solteras echando terceras para ello», hiriendo así el honor de
Aguilar
13
.
Las mujeres eran las más afectadas por las injurias contra el honor,
sobre todo si eran solteras. Si contra ellas era vertida algún tipo de
acusación afectaba mucho más a toda la familia que si ésta era contra
un hombre
14
. El honor debía ser constantemente afirmado y
reivindicado, de manera que todo el grupo o familia quedase limpio
de mancha ante los demás
15
.
Cualquier afrenta podía provocar una situación en la que el honor
pudiera peligrar, de manera que éste requería se tornase a la situación
anterior. Para ello, podían establecerse paces entre las partes (la
infrajusticia de la que venimos hablando todo este trabajo), podía
acudirse a los tribunales o podían ejecutarse actos de violencia como
una pelea en ese mismo instante que demostrase quién era más
‘honrado’ o un desafío a determinada hora en un lugar concreto que

10
Maiza Ozcoidi, 1992, p.685.
11
Betrán Moya, 2002, p.31., Caro Baroja, 1968, p.87
12
Mantecón Movellán, 1999, pp.128-135.
13
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 200105, ff. 12r-v y 67r-v.
14
Mantecón Movellán, 1999, p.138, Castaño Blanco, 2001, p. 230.
15
Peristany, 1968, p.13.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 161
permitiese dirimir sus diferencias a los contrincantes. La justicia trató
de canalizar estas venganzas privadas mediante su maquinaria,
consiguiendo poco a poco erradicar la costumbre del desafío.
Un magnífico ejemplo de la importancia que tuvo la defensa del
honor en las relaciones interpersonales nos la da el próximo proceso.
El día de la Santa Cruz de 1596 el soldado de la compañía del capitán
Pedro de Saravia, Pedro del Barrio, fue acompañado de un grupo de
soldados junto con sus mujeres a dar gracias por el nacimiento de un
hijo a la ermita de la Santísima Trinidad de Villava por una promesa
que habían hecho. Una vez llegaron al lugar, toparon que la misa ya
había tenido lugar y se quedaron a comer por los alrededores,
regresando hacia Pamplona hacia las tres horas después del mediodía.
Yendo por el camino real entre Villava y Burlada, el grupo de
soldados se desperdigó, puesto que unos se quedaron hablando con
Benito el Cocinero, al que habían topado por el camino, y otros
quedaron recogiendo flores. Pedro del Barrio y su esposa, Ana de
Bravante, iban en primer lugar cuando se encontraron con unos
labradores que llevaban un mayo hacia Pamplona. Entablaron
conversación entre ellos, y uno de los labradores les dijo que llevaban
el mayo «para servirles a ellos y a casa del diablo». Ante tal exabrupto
Pedro del Barrio les respondió que «podía mejor responder porque
de bien hablar nada se perdía». Uno de los labradores respondió que
«señor soldado razón tiene que de hablar bien ninguno pierde»; pero
el que había respondido antes dijo que «la boca era suya para decir
con ella lo que quisiese». A esto Pedro del Barrio respondió: «sí,
pero que el que era hombre honrado hablaba como tal y él que no
era honrado». El labrador, encolerizado, respondió: «yo soy más
honrado que no vos», y echó mano a su cuchillo. Los demás
labradores desenvainaron también sus cuchillos y dejando el mayo
comenzaron a tirar piedras al dicho Pedro del Barrio, que comenzó a
gritar para que acudiesen sus compañeros, pero para cuando estos
llegaron Pedro se encontraba en el suelo herido por una piedra y su
esposa gritaba y lloraba, mientras los labradores huían, dejando el
mayo en aquel lugar, aunque más tarde volvieron a por él
16
.

16
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 148840, ff.10r-20v.
162 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
1.1. La injuria
La injuria fue la forma más corriente de deshonor en la Navarra
moderna. La injuria pública, ante testigos, ocasionaba la pérdida de
prestigio del injuriado ante la comunidad. Es por ello que la gravedad
de una injuria dependía en gran medida de si ésta se producía en
público o en privado
17
. La injuria pública afectaba a lo más hondo
del individuo. Siguiendo a Iñaki Bazán, «tres cuestiones contribuían a
que la injuria fuera especialmente dañina para quien la recibía: que se
realizara en público; el enclave físico en que tenía lugar; y que fuera
en voz alta. La existencia de testigos en el momento en que se
producía la injuria era considerada por el ofendido como una
circunstancia agravante. Los atentados contra el honor en público
tenían la “virtud” de extenderse entre todos los miembros de la
comunidad como un reguero de pólvora, causando un grave
perjuicio al injuriado, porque aunque fuera falso lo que de él se dijo,
a fuerza de ser repetido por todos los vecinos y en todos los lugares,
quedaba como verdad»
18
. La comunidad murmuraba, hablaban entre
ellos, extendiendo esa nueva mala fama del injuriado, fuera verídica o
no. Mantecón afirma que «la murmuración era uno de los
procedimientos empleados para reubicar la estima comunitaria al
injuriado, tanto si la finalidad era la corrección moral, como si se
aspiraba a denigrar la posición de ‘grandes propietarios’ locales o
enemigos y, en este último caso, ser fruto de la venganza»
19
.
La injuria atacaba directamente a la honra, pero como dice Pablo
Orduna, «con la afrenta la honra no muere, sino que cambia de
manos, pero en los siglos XVI y XVII esta relación de intercambios
sólo era pensable entre personas o grupos de la misma condición, ya
que de lo contrario la definición de injuria cambiaba y la afrenta se
volvía gravísima»
20
.
Entre todas las injurias que hemos encontrado, podemos decir
que hay varias que se repiten constantemente. Normalmente todas
ellas podían venir juntas y no necesariamente separadas, y por ello
resulta difícil hacer una clasificación de las injurias. De entre ellas,

17
Maiza Ozcoidi, 1992, p. 687.
18
Bazán Díaz, 1995, p. 256.
19
Mantecón, 1997, p. 314.
20
Orduna, 2009, p. 70.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 163
«bellaco» fue una de las más recurrentes. Covarrubias definía al
bellaco como

El malo y de ruines respetos. El italiano le llama villaco, forsan a avilla,
porque los villanos naturalmente tienen viles condiciones y bajos
pensamientos. Pero muchos hombres curiosos tienen esta palabra por
hebrea, de (…), beliiahal, que vale tanto como sine iugo, y es uno de los
nombres que se dan al diablo. También significa el apóstata y todo
hombre indómito, que ni teme a Dios ni a las gentes (…)
21
.

El diccionario de Autoridades definía bellaco como «El hombre
de ruines y malos procederes, y de viles respetos, y condición
perversa y dañada (…) lo propio que malo, perverso, y ajeno de
razón, y así se dice acción bellaca, pensamiento bellaco», si bien
consideraba que su origen era italiano
22
. El 3 de julio de 1611, harta
de los juegos y gritos de la pequeña María Martín, una niña de 3 o 4
años, María de Orrendia, su vecina, le quitó el juguete y la zarandeó
de manera que cayó al suelo y, del golpe recibido murió a los pocos
días. Cuando vio lo ocurrido, Domingo de San Justo, padre de la
menor, llamó en diversas ocasiones «bellaca» y «mala mujer» a su
vecina, hasta que ésta fue detenida
23
. El 9 de marzo de 1618 Sancho
de Alcoz jugó a los naipes contra Martín de Lanz y otros
compañeros. Al perder en el juego, Sancho comenzó a llamarlos
«bellacos» y «ladrones», de forma que tras el juego Lanz y sus
compañeros lo esperaron debajo de su casa para matarlo
24
. El día de
San Bartolomé de 1594 Martín de Irañeta, marido de María de
Istúriz, salió a «tomar la fresca» después de cenar, y aprovechando
esto, Petri de Ustáriz, un mozo que se alojaba en la casa, trató de
forzar a María diciéndole «‘o hic eta nic semeto bat eguingo
baguendea’ deciendo y repitiendo estas palabras diversas veces que en
romance quiere decir ‘oh si tu y yo hiciésemos un hijito’». María se
resistió y gritó en repetidas ocasiones «semejantes palabras en
vascuence ‘ceariais bellaco’ que en romance quiere decir ‘qué haces

21
Cov.
22
Aut.
23
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 100809.
24
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 41727.
164 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
bellaco’». Habiendo escuchado el ruido, Martín de Irañeta subió a la
habitación y mató a Petri propinándole varias puñaladas
25
.
Otra de las injurias más empleadas fue la de «ladrón»,
normalmente refiriéndose a alguien al que se acusaba de haber
cometido un hurto de cualquier tipo. En el lugar de Lesaca el año de
1617, Juan de Endara mató con un palo a Gracián de Velarde por las
repetidas ocasiones en que éste lo había llamado «ladrón», a causa de
unos reales que le debía
26
. Un día de julio de 1598 en Olazagutía,
María Martínez de Urdiáin, viuda, se encontraba recogiendo unas
habas en una propiedad que tenía junto a la de Juan de Mendiluce.
Al verla, éste la acusó de ladrona por hurtarle habas de su propiedad.
La discusión fue en aumento hasta que Mendiluce dijo a María que
«cuando veja a ella en el habar veja al diablo y que aquellas habas que
tenía cogidas las había tomado y hurtado de su pieza del y que era
una ladrona puta bellaca perjura». Después de haberla maltratado
incluso físicamente, ambos fueron a sus respectivas casas, que se
encontraban una junto a la otra, y Mendiluce continuó gritándole a
María «‘¡ladrona! ¡puta! ¡bellaca! ¡mala vieja!’ y con una piedra en la
mano arremetió para matarla». Martín de Recalde, hijo de María, «a
las voces y maltratos de su madre y con el dolor y amor natural»
llegó al lugar y fue igualmente insultado por Mendiluce, que lo llamó
«hijo de un bellaco traidor». Recalde, con gran furia, desenvainó una
daga y mató a Mendiluce de una puñalada
27
. El miércoles 7 de
septiembre de 1695, Juan de Javerri, maestro cuchillero, notó que de
su casa faltaba un leño. Sospechando de su vecina Mariana de Ibero,
pasó a su casa y halló dicho leño. Al topar con Mariana, Juan llamó a
Mariana «pícara, mala mujer, ladrona», ante lo cual mariana, tomando
un hierro candente que tenía a mano, dio un golpe a Javerri, al cual
sacó un ojo y tuvo gran efusión de sangre, si bien no murió
28
.
En ocasiones, el motivo de la injuria resultaba ser la afición de la
víctima al vino. El apelativo «borracho» aparece constantemente,
incluso en contextos en los que el acusado no bebía, como medio de
ultraje y menosprecio. Ya hemos hablado a lo largo de este trabajo
del caso de Juan de Ilarregui. Tras haber cenado y bebido

25
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 39814.
26
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 14357.
27
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 12049.
28
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 125278.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 165
copiosamente, se encontraba tornando hacia su casa cuando topó con
varios jóvenes que se encontraban robando jaulas de pájaros. Al pasar
junto a ellos, «le trataron de borracho y que fuese a cerrar las puertas
de la cárcel y otras palabras descompuestas». Éste les respondió «con
mucha cólera y soberbia» que «¡‘A quién dice! ¡Quién va!’ y juraba a
Dios que si tuviera un compañero no usaran de hablar palabra y él les
echara de la calle, y que eran niños y si alguno había que quisiese
salir con él a reñir saliese que él lo esperaría». La conversación fue
subiendo de tono hasta que varios jóvenes, armados con asadores y
palos, le dieron una paliza que resultó mortal
29
. También vimos el
caso de la muerte de Antonio de Erguíbel, el cual, encontrándose
disfrutando de una encamisada celebrada en Pamplona el año de
1597, fue empujado y golpeado por Martín Torres. Erguíbel, al
parecer «le ultrajó [a torres] de palabras feas y escandalosas tratándole
de borracho y desafiándole a que saliesen de la endrecera y puesto
sobre dicho y fuesen a reñir al callizo de junto al portal del
abrevador». Finalmente, Torres desenvainó su daga, propinando a
Erguíbel una herida mortal
30
. Como ya hemos visto, en ocasiones
estos insultos no reflejaban una realidad concreta (la de bebedor del
insultado, en este caso), o no era a causa de su «afición» al vino, por
lo menos, por lo que se le había agredido. En 1635, Antonia de
Ardanaz pidió a María de Erran y su criada, Catalina de Ciáurriz, que
le pagasen todo lo que le debían por el alquiler de varios aposentos
en los que vivían. Ante las constantes negativas, Antonia amenazó
con avisar a la justicia, ante lo cual ambas insultaron a Antonia
llamándola «borracha y puta y otras palabras injuriosas», tras lo cual le
dieron una paliza utilizando varias ruecas que tenían, dejándola al
borde de la muerte
31
.
Las injurias mencionando el comportamiento o actitud sexual de
los agredidos suponían una grave afrenta contra el honor de los
injuriados, como ya vimos. A los hombres se les acusó habitualmente
de ser unos «cornudos», hecho que lesionaba su honor
profundamente y les obligaba a tratar de restituirlo lo más
rápidamente posible, recurriendo a la violencia si esto era necesario.
Si era cierto, el injuriado podía agredir tanto a quien lo había

29
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 149664.
30
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 99705.
31
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 3432.
166 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
acusado de cornudo como a su esposa, autora material de tal
vejación. Ya vimos en el capítulo dedicado a los asesinos cómo
Miguel López, vecino de Piedramillera, mató a María de Oco, su
esposa, la cual según dijo no sólo se acostaba con clérigos y otras
personas, sino que además le llamaba cornudo en público
32
. Algo
parecido ocurrió en Valtierra el año de 1590. Catalina Cabredo se
encontraba casada con Domingo Alfaro y, al parecer, la dicha
Cabrero era muy «atrevida desvergonzada y desobediente», de
manera que solía gritar públicamente que su marido era «un bellaco
cornudo» y solía salir a la calle gritando que «quien quiera que
quisiese aprovecharse della viniese que quería con todos poner al
dicho su marido los cuernos pues con otros selos había puesto». Al
parecer, Domingo no aguantó más estos ultrajes y acabó matándola
33
.
Pero, al igual que otras injurias, no siempre éstas se pronunciaban
con intención de calificar verdaderamente como cornudo a alguien,
sino que salían de manera espontánea. El viernes 7 de agosto de 1643
después de haber cenado entre las nueve y diez horas de la noche
salieron a pasear don Diego de Aguiar, teniente de corazas de la
compañía de Lucas de Andrada, natural de la villa de Roa y el propio
don Lucas de Andrada y Benavide, capitán de corazas natural de
Toledo. Tras una copiosa cena en la que no faltó el vino, con ánimo
de hacer la digestión se dispusieron a dar una caminata por diversas
calles de la ciudad de Pamplona, hasta que llegaron a la plaza de la
Fruta [actual Plaza Consistorial]. En ella, al pasar hacia la calle
Mercaderes vieron que, en la misma plaza, en el lugar donde se
solían vender huevos había seis personas que creyeron serían
camaradas suyos. Don Diego de Aguiar les gritó «¡ala au!», que según
decía era «señal ordinaria para darse a conocer si son camaradas entre
ellos», a lo que uno de los hombres respondió «¡bacallau!»
34
.
Contrariado, don Diego les replicó «¡no, sino trucha!
35
», a lo que

32
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 8556.
33
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 70721.
34
«¡Ala hau!» … «¡bacallau!» responde a una paronomasia o juego lingüístico
que se construye al poner en relación dos o más palabra fónicamente semejantes que,
en este caso, tiene una intención jocosa. Ver, por ejemplo, García-Page, M. 1992
35
Según el diccionario de germanía de María Inés Chamorro, trucha vendría a
significar «Hombre astuto, pícaro y sagaz: Persona astuta, maula». Por el contrario,
según el diccionario de César Hernández Alonso y Beatriz Sanz Alonso, haría
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 167
otro de dichos hombres gritó «¡no, sino cuerno!
36
». Ante esta
situación, don Juan de Andrada se acercó a los seis hombres y les dijo
que «entre hombres honrados caballeros no se habla desa suerte».
Ambos soldados resultaron heridos en la pelea con espadas que siguió
a esta discusión, y don Diego de Aguiar murió
37
.
Las mujeres por su parte solían ser tratadas normalmente de
«putas», «alcabuetas», «brujas» o «hechiceras». Se trataba de unos
insultos que equiparaban a sus víctimas a personas marginales y que
inspiraban un gran desprecio entre la población. El término «puta»,
de hecho, y siguiendo a Marta Madero, estaba cargado de las
representaciones de la lujuria que se encarnaba sobre lo femenino
38
.
En Viana, el año de 1601, Andrés de Aguilar, muy enojado, trató a
María Jiménez, su mujer, de «puta, bellaca y otras palabras», tras lo
cual salió de su casa con una espada para agredir a Lucas de
Laguardia, clérigo de la villa con el que, al parecer, María había
mantenido relaciones
39
. En la Pamplona de 1666, Juan Francisco
Martínez, alias «Fando», topó con Catalina de Amunárriz en casa de
un notario. Fando trató de acercarse a hablar con Catalina, cosa que
ésta no quiso, pues ella buscaba a «otro hombre más honrado que él».
Tras ello, Catalina acusó a Fando de deberle ciertas curas de las
heridas de una hija suya, a lo cual Fando respondió gritando «que su
hija era una puta y que ella era su alcabueta y que de Estella la habían
sacado desterrada por ladrona». Catalina, por su parte, le respondió
que «a ella no la llevarían a Logroño», y le llamó «¡pícaro
desvergonzado! ¡Hijo de hechicera!». La discusión continuó y
Catalina llegó a acusar a Fando de que

¡Ladronazo! y ya sabemos por qué has venido aquí a esta tierra ya lo
sabemos que es por ser un ladrón asesino que mataste a una persona que
no le sé el nombre pero sé que si te descuidaras te hubieran ahorcado y
no dejaras esas manos ladronas pícaro hijo de una hechicera ladrón que
después que tenemos el pleito tengo muchos pelezcos en un lado ¡hijo de
una bruja! ¡vete aquelar con tu madre!

referencia al cliente de la prostituta. Chamorro, 2002, p.789, Hernández Alonso, y
Sanz Alonso, 2002, p. 479.
36
“cuerno”: cuerno:«Irónicamente. Infidelidad matrimonial» (DRAE).
37
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 74972.
38
Madero, 1992, pp. 65-68.
39
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 200105.
168 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Fando regresó rápidamente a su casa, tomó un cuchillo y apuñaló
por la espalda a Catalina de Amunárriz, provocándole la muerte
40
. En
dicho caso hemos podido ver también otro de los insultos más
comunes de la época, el de «bruja» o «hechicera». Dicha injuria
resultaba enormemente despectiva para las mujeres, hasta el punto de
que podían ser investigadas por la inquisición
41
. No es nuestra labor
el estudio del fenómeno de la brujería en la Edad Moderna, pero sí
que podemos apuntar que el insulto de bruja o hechicera era
considerado realmente denigrante para las mujeres que eran acusadas
de practicar estas «malvadas» artes. En 1622 por ejemplo, varios
testigos acusaron a María de Argonz, vecina de Urzainqui, de ser una
«bruja matadora de creaturas». Al parecer, varias criaturas que ella
había cuidado habían fallecido misteriosamente. Además se dedicaba
a robar en las casas vecinas y su actitud resultaba extraña para los
vecinos del lugar. Un día, María de Asciarich le dijo que era «una
bruja matadora de criaturas y que las creaturas que ha mantenido ella
se los había muerto», ante lo cual María de Argonz tomó una verga
42

y una piedra que tenía en las manos y le dio un fortísimo golpe en la
cabeza, causándole muy graves heridas
43
.
En 1605, la pamplonesa María de Urtasun fue igualmente
injuriada al ser tachada de bruja. Según decían los testigos, María
había entrado por el tejado en la casa de María de Narvaiz, su vecina,
y le había echado veneno, razón por la cual toda la familia había
estado enferma y a punto de morir. María de Narvaiz, llamó en
público «bruja puta y alcabueta» a Urtasun, causando «mucho
escándalo»
44
.
Diversos grupos étnicos fueron objeto también de las injurias en
esta época. Una de las injurias más habituales, tal y como explica el
profesor Usunáriz en un reciente artículo, era la de «judío». Esta
injuria era aplicada normalmente tanto a cristianos nuevos, recién
convertidos al cristianismo tras la expulsión de los judíos, así como a

40
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 76428.
41
En este punto debemos citar nuevamente el libro resultado del reciente
congreso sobre brujería, Akelarre, la historia de la brujería en el Pirineo (siglos XIV-
XVIII). Jornadas en homenaje al Dr. Gustav Henningsem, 2012, aún en presa.
42
Verga: Es lo mesmo que vara; latine virga. (Cov.).
43
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 13869.
44
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 284611.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 169
sus herederos. Pero también se aplicaba, siguiendo a Usunáriz, a
aquellos que se relacionaban con prácticas consideradas judías, como
el cobro de deudas, la recaudación de impuestos o el
enriquecimiento personal
45
. Así, en la villa de Puente la Reina, el
año de 1584, el escribano Sebastián de Riezu fue acusado por otro
escribano, Martín de Ibiricu, de ser judío. Según dijo Riezu, «el
dicho Ibiricu sin causa ni ocasión alguna con ánimo o intención
dañada de quererlos abatir y deshonrar ha dicho a muchas gentes que
son unos judíos perros marranos y otras palabras de grandísima
injuria y afrenta contra el querellante y sus hermanos». Además, un
día en la audiencia le dijo en alta voz que «él imitaba a sus pasados
que vendieron a Cristo entendiéndole y tractándole por ellas de
Cristiano Nuevo Judío y otras palabras injuriosas y ocasionadas». Tras
una sentencia por la que se condenaba a Ibiricu a compensar a
Riezu, el primero metió veneno en unas manzanas que Riezu tenía
en una heredad y, al ir los hijos de éste a por ellas y comerlas, «en el
instante adolecieron y se vieron en grande peligro de morir y
padescieron grandísimo trabajo en mucho tiempo y fueron muy
tormentados por ser el tósigo tan fuerte [y] lo mismo pudiera suceder
enesta ciudad porque la fruta dela dicha heredad se suele traer a ella a
vender»
46
.
Otro grupo afectado por la cantidad de injurias y violencia que
contra ellos se practicó fue el de los franceses. De hecho, en trabajos
de Usunáriz
47
o, más recientemente, Berraondo
48
, se aprecia la
existencia de una cierta xenofobia contra el grupo de los franceses
que venían en busca de trabajo en la Navarra de los siglos XVI y
XVII. Después de la conquista castellana de 1512 Navarra perdió sus
territorios al norte de los Pirineos (la Baja Navarra) y lo que antes
había sido un lugar de constante paso de gentes fue convirtiéndose a
lo largo del siglo XVI en una frontera que diferenciaba a los navarros
de los franceses, a los católicos de los hugonotes. Si bien el hecho de
la conquista no consiguió frenar el ir y venir de personas a uno y
otro lado de la frontera, el estado de guerra casi permanente con
Francia, la extensión del protestantismo en los territorios de la Baja

45
Usunáriz, 2011.
46
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 119623.
47
Usunáriz, 2000.
48
Berraondo, 2010.
170 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
Navarra y del Bearne, en manos de la antigua dinastía de los Albret o
el bajo estrato social de los emigrantes, fomentó la diferencia con el
otro, que acabó evolucionando hacia ciertos comportamientos
xenófobos
49
.
En 1635 Juan de Abaunza, natural de Larresore (Pirineos
Atlánticos), mató en Albiasu a Clemente de Artola con una daga,
debido a ciertas diferencias que hubo entre ambos en el juego de los
bolos. Entre los insultos que profirió Artola a Abaunza se encontraba
el de «gabacho». Dicho insulto el diccionario de autoridades lo
definía como «Soez, asqueroso, sucio, puerco y ruin. Es voz de
desprecio con que se moteja a los naturales de los pueblos que están a
las faldas de los Pireneos entre el río llamado Gaba, porque en ciertos
tiempos del año vienen al reino de Aragón y otras partes, donde se
ocupan y ejercitan en los ministerios más bajos y humildes»
50
. En la
defensa del procurador de Abaunza, don Juan de Huarte y Balanza,
se esgrimía como argumento que

La palabra gavacho es palabra de mucha injuria y la sienten mucho los
naturales de Francia y se irritan mucho con ella y es como si acá llamasen
a un español judío o moro o otra palabra de mucha injuria y afrenta
51
.

En el lugar de Cáseda, en 1651, Juan Blasco Garcés, guarda del
rey, vio que cinco franceses pasaban por un territorio propiedad del
rey por el cual no podían pasar y, al advertirles, éstos se negaron a
abandonar su camino. La discusión concluyó cuando agarrando un
palo, Blasco les gritó diciendo «¡voto a los bellacos gabachos que los
tengo de matar a todos con este palo!». Los franceses huyeron y más
tarde tiraron diversas piedras a los vecinos del lugar, pero no
pudieron evitar que varios vecinos los alcanzaran. Debido a la paliza

49
La Diputación mostró su desazón ante el elevado número de franceses que
vivían en Pamplona «En Pamplona hay tan grande número de (...) franceses (...)
pues ocupan cantidad de casas, viviendo en cada una de ellas muchos en número y
es tanto el exceso que en la calle de las Tejerías ocupan gran parte de ellas de tal
suerte que llaman la calle de los franceses, demás de otras muchas en los residuos de
esta ciudad (...) el introducirse en este reino tantos franceses con tanta cantidad de
mercaderías y otras cosas es para sacar dinero de este Reino, como se experimenta, y
de ello se sigue estar exhaustos los naturales» Rodríguez Garraza, 1992, citado por
Usunáriz, 2000.
50
Aut.
51
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 3460.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 171
que recibió, uno de los franceses, llamado Miguel Bau, falleció a las
pocas horas
52
.
El año de 1635, en Pamplona, «poco antes de que levaran el
bando para que salieran los franceses de esta ciudad y reino» entraron
varios franceses entre los que se encontraba Johanes de Recarte en la
taberna de don Juan de Ezcurra, donde estaban Miguel Martínez,
que «por mal nombre le llamaban el de la cabeza pelada», otro
llamado Marrangue y otro llamado Paguita. Al verlos entrar,
Martínez dijo «a estos gabachos hemos de echar presto de aquí».
Cuando salieron todos de la taberna, Martínez volvió a repetir lo
susodicho, organizándose una pelea en la cual murió Johanes de
Recarte
53
.
La gran mayoría de las injurias respondieron a determinadas
palabras que fueron repetidas a lo largo de estos siglos sin apenas
variación, como ya hemos visto. Pero en ocasiones la injuria no tenía
por qué ser «pronunciada», e imitaciones o diversos gestos que no
conocemos podían resultar igualmente injuriosos. De hecho, ya las
Partidas hablan de esto, diciendo que

Cómo face deshonra a un home á otro remendándolo…que si un
hombre dijiere ó ficiere remedijo o contenente malo ante muchos, con
entención de deshonrar ó de enfamar á otro, que aquel contra quien lo
ficiere, quel puede demandar en juicio quel faga enmienda dello también
como sil hobiese fecho tuerto ó deshonra en otra manera
54
.

Siguiendo el trabajo de Marta Madero, «el control que se ejerce
sobre el propio cuerpo es una metáfora del poder que se ejerce sobre
otros (el rey sería por ello el paradigma de la perfecta gestualidad),
porque el cuerpo es una metáfora de la sociedad (…) Los gestos
burlados pueden ser por lo tanto gestos excesivos (…) La injuria es
siempre una gesticulatio y la imitación, una parodia satírica de estilos
que se juzgan falsos y de errores de estilo, una retórica falsa o mala
retórica»
55
. Dentro de esta categoría podemos insertar dos casos de la
Pamplona moderna. El día de San Marcos de 1595 Pedro de Larralde
salió por la noche a dar un paseo cuando, al pasar por la calle de

52
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 3893.
53
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 74546.
54
Partidas, P. VII, T. IX, L. IV.
55
Madero, 1992, pp. 90-93.
172 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
«detrás del Castillo», actual Estafeta, topó con Miguel de Lazcoiti y
Miguel de Ugarte, aunque debido a la oscuridad no los conoció.
Éstos sin embargo sí lo conocieron a él, y cuando pasó delante de
ellos «prencipiaron a gargagearle haciendo burla dél, y que el dicho
Larralde difuncto hizo lo mesmo contra ellos y que en esto
arremetieron con él dos mozos». Larralde resultó muerto
56
. El
viernes dos de febrero de 1624, hacia las ocho y media de la noche
un hombre comenzó a tocar la guitarra en la ventana de la casa de
Martín de Orzaiz. Tan bien debía tocar que varias personas, entre las
que se encontraba el cirujano Pedro de Echeverría, se pararon en la
calle para escuchar. En un momento, Pedro de Echeverría «se
desarrebozó y quitándose el guante y poniéndose la mano en la boca
echó en silvos», a lo que Pascual de Azpilicueta y Rodrigo de
Villanueva le gritaron «¡chifla bien cornudo!». Ante esto, Echeverría
les dijo «‘miren qué ocasión esta y qué modo de hablar’ y ellos le
respondieron que no hiciese caso dello, que de noche todo se sufría,
y a esto dicen todos tres testigos que el dicho Echeverría hizo dos
ruidos con la boca que sonaban mal». Tan ofendidos se vieron
Azpilicueta y Villanueva que, echando mano a sus espadas,
propinaron una herida mortal a Echeverría
57
.
Si bien hemos encontrado más injurias, como “bobarrón”
58
o
“”potroso”
59
, en general hemos mostrado un panorama con las
injurias más habituales en los casos de violencia de la Edad Moderna
en Navarra.

56
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 99868.
57
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 201579.
58
Bobarrón: s. m. Aument. De Bobo. El que es muy bobo, necio y simple,
demostrándolo en sus dichos y acciones. Es voz jocosa y vulgar. Lat. Valde hebes &
ineptus, stupidus & insulsus. Pic. Justin. fol. 152. A buenas noches pavón, deshace el
rodancho mosquilón, arrímate gigantón, que eres un bobarrón. (Aut.). AGN,
Tribunales Reales. Procesos, nº 151541.
59
Potroso: El enfermo de potra.
Potra: Quasi pútrida, es cierta enfermedad que se cría en los testículos y en la
bolsa dellos. Cerca de los médicos tiene diferentes nombres, por la diversidad de
especies de esta enfermedad, como es hernia y cirro, etc. (Cov.)
Potra: Especie de hernia o rotura interior, que se causa por bajar las tripas a la
bolsa de los testículos. (Aut.).
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 173
1.2. El desafío
Si la injuria fue la manifestación verbal más importante de la
agresión, en ocasiones ésta fue seguida, especialmente en ambientes
nobiliarios, por el desafío
60
. Ya los Reyes Católicos legislaron contra
tal práctica, que se encontraba muy extendida en la población
castellana
61
. También las Cortes navarras debieron legislar en contra
entrado el siglo XVIII. Según dicha ley de las cortes de 1716, se
pretendía eliminar los desafíos por ser «contrarios al derecho natural».
Así, se legisló tenerlo por delito infame con una pérdida de todos los
oficios, rentas y honores que tuviesen todos los que se desafiasen,
que aquellos que acudiesen a un desafío tuvieran una pena de muerte
y confiscación de los usufructos de sus bienes, que los que viesen
uno y no avisasen a la justicia tuviesen seis meses de prisión y que
todas las justicias que debieran juzgar uno lo remitiesen
inmediatamente a la Corte Mayor
62
.
Según Pablo Orduna el desafío fue la forma más rápida y eficaz de
solventar los diferentes desencuentros personales por temas de honor,
frente a la que podían aportar los cauces judiciales, lentos, costosos, y
no siempre satisfactorios. El duelo les proporcionaba un
enfrentamiento ritualizado, heredero directo de las antiguas ordalías
medievales, que les permitía recuperar el honor perdido
63
.
La palabra duelo, según Cavina, era interpretada como sinónimo
de «guerra entre dos», (duorum bellum > du-ellum), y trataba de ser
un intento de demostrar a su propia sociedad que el agredido era
digno aún de formar parte de ella. La injuria, por tanto, se

60
El duelo o desafío es un tema bien tratado por la historiografía. Así, debemos
mencionar en primer lugar el trabajo de Kiernan, 1992, que trata el duelo a lo largo
de la historia europea. Para la Inglaterra moderna contamos, entre otros, con el
trabajo de Markku Peltonen, 2003, el de Jean Nöel Jeanneney, 2004, y el de
Schneider, 1984, para la Francia contemporánea, el de Kevin McAller, 1994, para la
Alemania contemporánea, el de James Kelly, 1995, para la Irlanda moderna, los
magníficos trabajos de Marco Cavina, 2003, 2005, para la Italia moderna. En
relación con la España moderna contamos con los trabajos de Claude Chauchadis,
1997ª y 1997b. Para el caso de la Navarra moderna contamos con el reciente trabajo
de Pablo Orduna, 2009.
61
Novísima Recopilación, L. XII, T.XX, l.1.
62
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, II, 339.
63
Orduna, 2009, pp. 97-99, Cavina, 2003, pp. 5-12, 2005, pp. 27-30, Kiernan,
1992, p. 15.
174 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
encontraba en el corazón del duelo, dado que ella era la que podía
provocar la pérdida del honor u honra que permitían seguir
perteneciendo a ella. Si aquel honor era lesionado, dos personas que
eran consideradas «iguales» dejaban de serlo, quedando en duda su
honor ante los ojos de la comunidad. Por esta razón el deshonrado
tenía la obligación de recuperar su buena fama por vía de su mayor
«virtud», sin acudir a los tribunales
64
. Quien evitaba el
enfrentamiento no era ya digno de su pertenencia al grupo. Las ideas
sobre el honor, siguiendo a Orduna, se filtraron en la Edad Moderna
a toda la sociedad, no sólo a la nobleza, como había ocurrido en
tiempos medievales
65
. Se trata, como dice el mismo autor, de un tipo
de criminalidad muy difícil de rastrear en los archivos, aunque al
parecer se encontraron entre las más frecuentes ocasiones de
violencia y muerte
66
.
En nuestro caso, apenas hemos encontrado casos claros de desafío,
si bien algunas actitudes reflejadas en algunos procesos, como el salir
de la taberna para la lucha a espada, se encuentran estrechamente
relacionadas con los duelos. Sin embargo, no hemos prestado una
especial atención a los procesos clasificados como «desafío»,
particularmente a los desafíos entre nobles, pues consideramos que el
trabajo de Pablo Orduna llena ya dicho vacío.
Siguiendo un caso que ya vimos en otro punto de este trabajo, el
año de 1539, Diego Martínez, vecino de la ciudad de Tudela,
conoció a una criada virgen llamada María, a la cual «la indujo el
dicho acusado e sosacó con palabras vanas e ofrecimientos de darle
casamiento y lo que hobiese menester por que le complaciese e ansí
engañada por el dicho acusado la corrompió y le quitó su virginidad
y la sacó de la casa del dicho su amo y la llevó al lugar de Fontellas».
Mientras ambos vivían en Fontellas, Diego debió ir a Tudela y,
aprovechando que se había ido, María conoció a Gabriel de Borja,
espadador, del cual se enamoró. Ambos huyeron al lugar de Ablitas.
Martínez, enfadado, se dispuso a buscar a María, acompañado de un
tal Jaime Valenciano, y llegó al dicho lugar. Allí, gritando, dijo
«¿dónde está aquel perro de Gabriel moro que tal bellaquería me
había de hacer de traerme mi amiga? ¡Pues voto a Dios que me lo ha

64
Cavina, 2005, pp. 70-72.
65
Orduna, 2009, p. 102.
66
Orduna, 2009, p. 135.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 175
de pagar muy bien en el campo!». Habiendo topado al dicho Gabriel,
Martínez lo «invitó» a ir al campo, adonde acudieron acompañados
de María y un tal Francisco de Murcia. Allí, preguntaron a María a
cuál de los dos prefería, y ésta eligió a Gabriel, por lo que desafió a
Gabriel diciendo « ¡vos lo habéis hecho ruinmente, y como muy
ruin hombre, os habéis de matar conmigo!». Martínez causó una gran
herida a Gabriel, y los cuatro sacaron sus espadas, iniciando una lucha
en la que finalmente Jaime Valenciano fue el peor parado, recibiendo
una herida mortal en el costado derecho
67
.
El 6 de abril de 1655 varios mozos, entre los que estaba Diego de
Enciso, molestaban a una criada cuando ésta volvía a su casa.
Viéndolo, Juan Sánchez les obligó a dejarla en paz. Entablaron entre
ellos una feroz discusión en la cual Enciso dijo «¡pues si quiere reñir
conmigo sígame!». Juan Sánchez respondió «¡pues vamos!», y ambos
se apartaron, sacaron sus espadas y comenzaron a acuchillarse, de
manera que Sánchez resultó herido de muerte
68
.
En 1629, se produjo un desafío en la ciudad de Pamplona. No
conocemos la causa que llevó a Joseph de Leza a desafiar a Bernardo
Baquea, pero lo cierto es que ambos quedaron para acuchillarse bajo
un olmo que se encontraba en la Taconera. Cuando parecía que
Baquea iba a ser herido de muerte, pues se había sido tirado al suelo,
varios testigos que allí se encontraban -don Miguel de Camargo y
don Pedro de Ollacarizqueta- consiguieron separar a los que se
enfrentaban. Unos días después, José de Larroy, amigo de Leza,
encontró a Baquea junto al castillo y de no ser por la intervención de
varios soldados que los separaron hubiera ocurrido una desgracia,
hecho que ocurrió un par de días después. Cuando Baquea se dirigía
a su casa, por la noche, cerca de la fuente de San Antón, Lerroy le
propinó dos estocadas a traición que le provocaron la muerte
69
.
En la ciudad de Estella, el sábado 30 de julio de 1622, en plenas
fiestas, se celebró en la plaza de los llanos una corrida de toros. Juan
Ladrón de Cegama se encontraba viendo la corrida de toros desde el
balcón del licenciado Castillo en compañía de su madre y su esposa,
cuando Juan comenzó a tirar peras y ciruelas por la ventana, dando
en la cabeza a Juan de Errazquin, beneficiado de la iglesia de San

67
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 63929.
68
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 151817.
69
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 102223.
176 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
Juan de dicha ciudad. Varios testigos dijeron a Juan que «no era bien
lo que había hecho y que era gran descortesía». Juan no hizo caso de
lo que le decían y siguió tirando fruta por la ventana, acertando
nuevamente a Errazquin. Éste dijo que Juan era «un puerco» y que
«¡porque tienen cuatro maravedís nos quieren aquí [injuriar]!».
Enfadado, Juan tomó su espada y bajó a la plaza, donde al llegar
donde se encontraba Errazquin comenzaron una fuerte discusión de
la cual tuvieron que ser separados entre todos los presentes. Aquella
misma noche, Juan de Errazquin, arrebozado «con hábito demudado
con una capa de paño frailesco larga» se dirigió a la plaza del
mercado, donde quedó aguardando junto a la casa de los Ladrón de
Cegama. De ella salieron tres hombres, entre los que se encontraba el
dicho Juan, y comenzaron a acuchillarse. Ningún testigo intervino,
pues pensaban que «como era noche de regocijo se debían desolgar
algunos mozos». Juan de Errazquin resultó muerto por herida de
espada aquella noche
70
.
En definitiva, hemos encontrado a lo largo de nuestra
investigación desafíos «encubiertos», pero apenas son una minoría y
nos hacen suponer que su impacto fue escaso en la sociedad navarra.
2. Violencia doméstica
No nos faltan ejemplos de actos de violencia ejercida en el seno
de la familia, especialmente entre el marido y la mujer. Podemos
afirmar que las mujeres y los criados sufrieron mayormente las
consecuencias de la ira de los cabezas de familia o los dueños. Se
trataba de una violencia en ocasiones «oculta», no denunciada por
vergüenza y que nos es muy difícil el rastrear. Esta violencia solía
mantenerse en silencio y quedaba para dentro de la propia familia,
hecho que agravaba aún más la situación de estas personas que vivían
atormentadas por maridos o padres
71
violentos, no teniendo garantías
muchas veces de que el acudir a la justicia significaría el cese de la
violencia
72
. Existe una abundante bibliografía para el tema de la

70
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 2996.
71
Un muy interesante trabajo sobre la Discordia entre padres e hijos lo
encontramos en Usunáriz, 2008b.
72
Mantecón Movellán, 2006a, p. 287, Warner, Lunny, 2003, pp. 261-262.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 177
violencia doméstica en Europa
73
. Para el caso navarro, no podemos
dejar de mencionar el trabajo que sobre violencia doméstica realizó
recientemente el profesor Jesús Mª Usunáriz
74
.
Para el estudio de la violencia doméstica contamos con el
problema del derecho a la «corrección moderada» que los cabezas de
familia tenían tanto sobre sus esposas como sobre otros miembros de
la casa. Muchos actos violentos quedaban ocultos bajo este concepto
que permitía cierto grado de violencia que corrigiese las actitudes
contrarias a su voluntad
75
. Se trataba de una violencia socialmente
consentida, permitida, y aun esperada en algunos casos
76
.Tal y como
afirma Mari Carmen García Herrero para la Baja Edad Media, el
matrimonio en la Edad Moderna era una relación asimétrica. No se
trataba de un contrato suscrito por dos seres humanos en pie de
igualdad, sino de un vínculo establecido entre dos personas de
diferente sexo claramente jerarquizadas. El varón, considerado
superior a la mujer en su calidad, siguiendo a San Pablo, era definido
asiduamente como «caput mulieris» o cabeza de la mujer, y su
palabra, la masculina, podía tener, por tanto, mayor peso y valor
probatorio
77
. La familia, en cierta medida, era un traslado del modelo
de Estado de la época a la sociedad. Si en el Estado se debía
obediencia al Rey, en la familia debía obedecerse al padre. De ahí
que el cabeza de familia tuviera capacidad de corregir actuaciones
contrarias a su poder. El problema estaba en ubicar la frontera entre
una «corrección moderada» y la violencia
78
. Aunque en muchos
casos la comunidad no reaccionaba, cuando el caso era escandaloso sí
que actuaba en defensa del débil. Los maridos que pegaban en exceso

73
Así, el tema ha sido tratado en Italia por Ferraro (1995), en Francia por
Hardwick (2006) y Phillips (1980), en Holanda por van den Heijden (2000), en
Alemania por Tlusty ((2004). Pero ha sido especialmente la historiografía británica la
que ha tratado más en profundidad este tema, con los trabajos de Foyster (2005),
Gowing (1996), Leneman (1997), Hurl-Eamon (2001) o Stone (1993). A nivel
español, los trabajos de Benítez Jiménez (2004), Bernal Serna (2007), Lorenzo
Cadarso (1989), Mantecón (2002, 2006a), Morgado (1995) Mª José de la Pascua
Sánchez (2002) u Ortega López (2006) resultan también una importante aportación.
74
Usunáriz, 2010.
75
Cockburn, 1991, p. 95, Walker, 2003, p .49, Amussen, 1995, pp. 12-13,
Rublack, 1999, pp. 218-224.
76
García Herrero, 2008, p. 48.
77
García Herrero, 2008, p. 43.
78
Amussen, 1995, pp. 12-13.
178 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
a sus esposas eran considerados como gente escandalosa, y la sociedad
activaba ante dichos casos ciertos mecanismos como la murmuración
o el rumor. Además, los párrocos colaboraron con ello desarrollando
un completo grupo de opiniones, sugestiones y presión social para
detener dicha violencia dentro de unos límites prudentes
79
. Un
magnífico ejemplo de ello lo tenemos en un texto publicado por el
padre Andueza, párroco de la iglesia de San Lorenzo de Pamplona en
1618 y citado por el profesor Usunáriz en su trabajo sobre malos
tratos:

¿Qué unión puede haber entre los casados, cuando la mujer tiene
miedo al marido, y tiembla cuando él entra en casa? ¿Y qué contento
puede tener el mismo marido que vive con su mujer, y la trata y tiene
como si fuera una esclava, y no goza de su libertad. ¿Qué gusto puede
tener, si quiere que le tenga miedo como esclava, y no le tenga amor
como mujer libre? Mire el casado, que la mujer que Dios le dio, no se la
dio por esclava el día que se la entregó, si no por compañera de su
vida
80
.

No nos faltan casos de violencia doméstica para la Navarra de los
siglos XVI y XVII, muchos de ellos con un fin trágico. El 10 de
agosto de 1590, en la villa de Valtierra, Catalina Cabredo tomó
«ciertos menudos» a un hijo suyo y no se los quiso devolver. Por esta
razón, el albéitar Domingo Alfaro, su marido, la maltrató duramente.
Visto que quería matarla, Catalina se escondió debajo de la cama.
Domingo cogió una espada y «sin hablar palabra a traición y
alevosamente le dio a la dicha su mujer con la dicha espada enel
costado izquierdo por la parte de tras una estocada que le penetró
hasta el estómago de la cual luego morió y feneció». Según la defensa
de Domingo, «la dicha Catalina de Cabredo también era muy
atrevida, desvergonzada y desobediente al dicho mi parte y delante
de todo el mundo le solía ultrajar y deshonrar y llamarle cornudo
bellaco y otras palabras muy feas». Además, según decía, «tenía de
costumbre la dicha Catalina de Cabredo de ultrajar y menospreciar
de palabras al dicho mi parte siempre que venía de camino y no

79
Mantecón Movellán, 1995, pp.149-156; 1999, pp.135-138., Sánchez
Aguirreolea, Segura Urra, 2000, p.358.
80
Andueza, 1618. Citado por Usunáriz, 2010, p. 389. Contamos con
interesantes testimonios de humanistas en esta misma línea en Vigil, 1994, 101-104.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 179
adrezalle de comer por hacerle algún mal recado en venganza dela
mala voluntad que le tenían y se jactó muchas veces que ella propia
se había de matar por hacerle mal al dicho su marido». Finalmente,
concluía diciendo que Catalina «era mujer liviana y de ruines
condiciones y muy ocasionada, y ella mesma se habría dado la herida
de que dicen murió». Domingo fue finalmente condenado a muerte
por el Consejo Real el doce de diciembre de aquel mismo año
81
.
En noviembre de 1530, en el lugar de Piedramillera, Miguel
López de Piedramillera mató a María de Oco, su mujer, habiéndole
dado con un leño en la cabeza. Siendo preso, Miguel dijo que

Traté muy bien continuamente a la dicha María de Oco mi mujer
como marido debe tratar a mujer sin hacerle mal ni desaguisado alguno,
e por tal he sido e soy habido e tenido y reputado por los que de mí han
tenido y tienen noticia, e digo que la dicha María de Oco mi mujer era
mujer recia de su lengua, que me deshonraba e difamaba en público y en
secreto llamándome cornudo y otras palabras muy feas e poniendo manos
en mi persona, y era mujer mala de su persona que se echaba con clérigo
e otras personas cometiendo adulterio e no guardando la lealtad que
mujer a marido debe guardar.

Según su versión, el día de los hechos, ambos estaban ante el
fuego y comenzaron una discusión que se convirtió en algo más:

Con mucha desvergüenza y desacato comenzó de maltratarme de
lengua y puso las manos en mi persona y me asió muy reciamente con la
una mano de mis miembros genitales y con la otra de la garganta y me
apretó reciamente por me ahoga y matar y teniéndome asido para ahogar
y maltratar no pudiéndome descabullir della le di con un tizón en la
cabeza un golpe porque me soltase y dejase y en mi defensa necesaria que
no me matase y así la maté en muy necesaria defensión.

Miguel fue finalmente condenado a galeras
82
. En el lugar de
Arano, el lunes 18 de agosto del año de 1687, Fermín de Minondo
regresó de un destierro al saber que María Francisca de Larralde, su
mujer, mantenía relaciones ilícitas con otro hombre. Al llegar a la
casa, María Francisca lo vio y echó a correr, siendo perseguida por

81
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 70721.
82
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 8556.
180 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
Minondo, que llevaba un puñal. Alcanzó a su mujer, la derribó y le
dio hasta 22 puñaladas mientras ella gritaba «¡Fermín mío y de mi
corazón!, ¡déjame! ¡que bastante tengo!». Si bien en principio
consiguió huir, Minondo acabó siendo preso en Guipúzcoa y
condenado a muerte por la Corte Mayor, si bien el Consejo le rebajó
la condena a presidio en África por ser hidalgo
83
.
Igualmente, el día de San Bernabé de 1556, en Miranda de Arga,
Aníbal de Mauleón entró en su casa armado con una espada, cerró
todas las puertas y ventanas y comenzó a golpear a María de Vergara,
su esposa, a la cual dio hasta nueve puñaladas, de las cuales murió.
Los vecinos trataron de socorrerla al escuchar sus voces, pero no
pudieron entrar en la casa. Según el fiscal, poco tiempo antes el
mismo Aníbal había tratado de envenenarla echándole veneno en un
vaso de vino, si bien María pudo beber aceite y no murió. El propio
Aníbal acusó a su mujer de adulterio con un tal Joan Ibáñez. Trató
de excusarse con el ya mencionado derecho de «corrección»,
explicando lo siguiente:

Acaeciendo caso que los derechos permiten a los maridos que pueden
poner manos en sus mujeres en especial de adulterio hallándose fuera dela
iglesia en tal tiempo muy bien podía el dicho Aníbal poner manos enella
y aun matarla sin incurrir por eso en pena criminal alguna pues le hacía
permitiéndolo la ley, cuanto más que no se averiguará que el acusado lo
hubiese muerto y tampoco quita el privilegio dela inmunidad eclesiástica
ni el del clericato decir que fue aleve a matar a la dicha María de
Vergara, porque aunque se supiese sin perjuicio que el dicho Aníbal le
hubiese muerto es cierto que la mujer que hace adulterio se hace
enemiga de su marido, y no sabiendo que comete aleve el marido que
mata a la mujer hallándola en adulterio ni aunque la mate de intervalo
porque por matarla en intervalo no se le quita la enemistad y el justo
dolor que tiene el marido del adulterio y mal vivir de su mujer escusa a
cualquier marido de aleve como escusa también de aleve la enemistad
precedente por enemistad aunque sea ex intervalo mata a otro dado que
le mata por detrás y haciendo enel enemigo muerte segura.


83
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 106873.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 181
El veintisiete de noviembre de ese mismo año la Corte
condenaba a Mauleón a pena de muerte, condena que el Consejo
Real ratificaría el sábado seis de febrero del año siguiente
84
.
La noche de Navidad de 1574, después de cenar Miguel de
Irigoyen, vecino de Garayoa hizo que todos los invitados que tenía
cenando en su casa fuesen a dormir y quedó a solas con su mujer. Sin
causa ni ocasión, según decía el fiscal, sacó un puñal y apuñaló a su
mujer en el pecho, causándole una herida mortal. Miguel huyó
armado con una escopeta al monte. A pesar de que obtuvo una carta
de perdón de la familia de su mujer, el Consejo lo condenó a seis
años de galeras
85
.
Como hemos podido comprobar, la violencia contra las esposas
fue relativamente común durante el Antiguo Régimen. Se trató de
una violencia en muchas ocasiones oculta, no revelada por la familia
por la vergüenza y deshonra que causaba. Pero cuando el cabeza de
familia sobrepasaba el límite de la «corrección moderada» a la que
tenía derecho, tanto la comunidad como los tribunales no dudaban
en actuar, los unos denunciando los hechos y los otros aplicando
penas especialmente severas. La gran mayoría de las penas de muerte
que hemos encontrado, de hecho, se dictaron contra personajes que
habían matado a su esposa, tal y como veremos en el apartado
dedicado a las sentencias.
En ocasiones, la violencia era ejercida contra la mujer,
acompañada de su «amante», al cual el marido encontraba en pleno
acto sexual con su esposa. En caso de que hubiera habido un
adulterio por parte de la mujer, era comprensible que el marido
hiciese lo que quisiese con el amante de la esposa, debiendo hacer lo
mismo con ella
86
. El honor de la mujer soltera residía sobre todo en
mantener la virginidad, mientras que el de la mujer casada en el
mantenimiento de la fidelidad y bienestar del marido, de manera que
si rompían alguna de estas atribuciones de las mujeres se veían
deshonradas tanto ellas como sus maridos, que recurrían a la
violencia para limpiar su honor. El honor de una familia, de un padre
o un marido dependía de la pureza en la conducta sexual de su
esposa o hija. La mujer se convertía así en receptáculo y vehículo de

84
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 97817.
85
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 11096.
86
Tomás y Valiente, 1997, pp.236-237., Castaño Blanco, 2001, pp.241-242.
182 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
transmisión de la honra familiar, mientras que el hombre en cierta
manera se convertía en guardián de esta pureza, encargándose de
defenderla y recurriendo a la violencia en momentos comprometidos
como el adulterio, que rompía el honor del marido y truncaba la
buena marcha de la familia. A los ojos de la sociedad, el adulterio
acarreaba connotaciones vergonzosas e infames, debido a que se
buscaban los motivos de la infidelidad en impotencias sexuales o falta
de carácter, en definitiva, poniendo en duda la virilidad del marido
87
.
En 1589 por ejemplo, Juan de Arteta, después de haber retirado
el vallado de los toros en la plaza del Castillo, llegó a su casa donde,
al entrar, escuchó cómo Graciana de Oronoz, su esposa, practicaba el
acto carnal con un desconocido soldado. Según los testigos, la dicha
Graciana había estado toda la tarde hablando con dicho soldado en la
plaza de toros y, antes de que acabara la corrida, los dos habían
desaparecido del lugar. Lleno de furia al contemplar la escena, Juan
de Arteta desenvainó su espada y, entrando en la habitación, propinó
sendas estocadas a dicho soldado, llamado Juan de Zamora,
causándole una muerte instantánea. Si bien trató igualmente de
agredir a su esposa, ésta pudo esconderse en otra habitación. Arteta
huyó del reino
88
.
El 16 de junio de 1562 después de la misa de las 11, Catalina de
Errazu subió a su casa de la calle de las Pellejerías y en ella se
encontraba su marido, Miguel de Anocíbar, con un palo en la mano.
Sin mediar palabra, el dicho Anocíbar comenzó a pegar a Catalina
con el palo, y además le dio unas severas patadas, de manera que
Catalina quedó tan mal herida que a los pocos días murió. Hacía
unos pocos meses que aquellas dos personas se habían casado por
conveniencia. El padre de Catalina, el pelaire Íñigo de Errazu, había
casado a Catalina con Miguel de Arrayoz contra su voluntad, porque
también él era pelaire. Sin embargo Catalina prefería la compañía de
Miguel de Anocíbar, un joven mancebo con el que «se veía de día y
de noche». Miguel de Arrayoz se sintió traicionado y, durante los
pocos meses que estuvieron casados, pegó a Catalina de Errazu en
diversas ocasiones, «sin saber por qué», según declaró la propia
Catalina. Los vecinos en múltiples ocasiones le preguntaron que por
qué pegaba a su esposa, instándole a que dejara de hacerlo, pero él les

87
Sánchez Aguirreolea, Segura Urra, 2000, p.356-357.
88
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 70609.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 183
decía «que se las había de pagar». La llegó a pegar incluso con
tenazas ardiendo, y dormía con un puñal al lado de su cama, que
Catalina le quitaba cuando él ya se había dormido, temiendo por su
vida. Al parecer, según descubrió en la investigación una gitana que
pasaba por la calle de las Carnicerías viejas había informado
anteriormente a Arrayoz de los amores que Catalina tenía con
Anocíbar, y éste no pudo contener su ira al ver ultrajado su honor
89
.
La noche del veinte al veintiuno de junio de 1640, Pedro de
Arrieta regresó a la ciudad de Pamplona tras haber atendido ciertos
negocios en otras ciudades del reino. Al llegar a casa, por la noche,
subió al aposento donde se encontraba su prometida, Luisa Balanza,
hija de Juan de Huarte y Balanza, procurador de las Audiencias
Reales. Al acercarse, notó cómo en dicha habitación había ruido y,
escuchando atentamente, comprobó cómo Luisa se encontraba con
alguien en la habitación. Al igual que lo visto en el caso de Arteta,
Pedro de Arrieta, enfurecido, entró en la habitación y propinó sendas
estocadas a Luisa, causándole la muerte. Con ella se encontraba un
joven estudiante guipuzcoano que pudo escapar a tiempo. Pedro de
Arrieta se vio igualmente obligado a huir
90
.
No nos extraña que estos hombres que asesinaron a su esposa
tuvieran que huir del reino. Como veremos en el capítulo dedicado
a la pena de muerte, ésta era aplicada especialmente a aquellos que
cometían parricidio. Se trataba pues ésta de una buena razón para la
huída.
En ocasiones los vecinos, alerta siempre ante lo que sucedía en las
casas de su alrededor, trataron de inmiscuirse en las relaciones ajenas,
intentando de que el marido no golpease a su esposa, aunque no
siempre hubo suerte. Podemos afirmar que los vecinos en general no
intervenían en estas disputas, a menos que el cabeza de familia
excediera los límites de la «corrección moderada» de la que
hablábamos anteriormente. El 6 de agosto de 1541, Martín Falcón
observó cómo Pedro de Beriáin llegaba de Mañeru a Puente la
Reina. Al llegar a casa no encontró a su mujer, llamada Catalina de
Salinas, y salió muy alterado. Al encontrarla fuera, le dio un gran
bofetón en la cara. Entraron dentro de casa y Martín Falcón pudo
observar, gracias a un agujero que tenía en la pared de su bodega,

89
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 1345.
90
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 202598.
184 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
cómo Pedro de Beriáin seguía pegando a su esposa. Una vónez
calmada la situación, salió Pedro de Beriáin a tomar el aire, y Martín
Falcón también salió con intención de hablar con él, diciéndole
«compadre vamosnos a pasear en tal portal y por ahí», y de tal
manera salieron a un descampado mientras paseaban. Al poco de
llegar a dicho descampado, Martín Falcón dijo a Beriáin «compadre
ya sabéis cómo hoy habéis andado con vuestra mujer conel puñal
rancado y mal parece que los hombres así se las remeta a sus mujeres
con el puñal rancado, mas en Pamplona dais de vos por vida vuestra
no hagáis así». A esto, Pedro de Beriáin sacó su puñal y gritando
«¡cuerpo de Dios y vos me habéis de vedar lo que tengo de hacer a
mi mujer!», dio una puñalada a Martín Falcón, hiriéndolo. Se
entabló una pelea en la que Martín dio una puñalada en la cabeza a
Pedro de Beriáin, que gritó «¡ay traidor que me habéis muerto!» y
quedó muerto. Martín Falcón huyó, siendo apresado al día
siguiente
91
.
Los vecinos también intervinieron en otras ocasiones en las que el
maltrato por parte del cabeza de familia hacia otros parientes era muy
grave, como en el caso de Graciana de Roncesvalles. La víspera del
día de Reyes de 1566 por la noche, hacia las 12 horas, Miguel de
Huici entró, lanza en mano, en la habitación de su Graciana de
Roncesvalles, su suegra, que se encontraba en cama sin poder
moverse debido a su avanzada edad. Hacía ocho años que la esposa
de Huici había muerto, y él había tenido que hacerse cargo de la
manutención de su suegra. Miguel le gritó, diciéndole «qué hacéis
puta bellaca borracha y que se levantase y que le trajese a su hija», a
lo que Graciana respondió que ella no podía hacer nada, pues no se
podía mover de la cama. Así las cosas, «estando (Graciana) desnuda
en carnes como estaba le asió del brazo y de la cabeza el dicho
acusado y le sacó de la cama y la echó en tierra y le dio muchas coces
y varapalos con la dicha lanza», aunque la mujer pudo escapar a gatas,
huyendo del aposento. En esto, «llegando así a la escalera de dicha
casa el dicho Huici le dio tres o quatro empujones y la derribó y
echó por la escalera abaxo desnuda y en carnes como estaba y de la
caída se descalabró en la cabeza y se hirió y delos dichos palos y coces
quedó magullada su persona y muy mala». Los vecinos escucharon
todo el ruido que se produjo en esta paliza y salieron a socorrer a

91
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 64087
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 185
Graciana. La echaron en una cama y pidieron a Huici que abriese la
puerta y le dejase entrar, para que se recuperara en la cama, pues
estaba muy mala y sin poderse mover. Huici se negó rotundamente,
hasta que los vecinos llamaron al ujier, que imponiendo su autoridad
consiguió que Huici abriese la puerta, cogiéndolo preso en ese
mismo instante y llevándolo a las Cárceles Reales de Pamplona.
Graciana quedó malherida y murió a los pocos días
92
.
Pero no sólo fueron las esposas las víctimas de esta violencia.
También los criados sufrieron las agresiones de amos especialmente
violentos, tal y como hemos dicho anteriormente. Éstos entraban a
trabajar con su amo, pasando de residir con sus familias a vivir desde
entonces en casa de alguien desconocido con el que durante un largo
tiempo compartiría mesa y vivienda. En ocasiones los amos abusaban
de aquellos que tenían a su servicio, bien usándolos como mera
mano de obra barata, sin enseñarles el oficio, o incluso
maltratándolos físicamente
93
.
Un día de agosto de 1605, María de Jarauta, esposa de Juan
Gómez, vecina de Ablitas y ama de María Martínez,

Sin causa ni ocasión ninguna cerrada la puerta dela casa principal trató
muy mal a la dicha Isabel Martínez dándole como le dio muchos golpes
y palos en su persona, y particularmente le dio un grande golpe en la
cabeza, y de otros golpes y maltrato la dejó medio muerta, y las voces
que daba la dicha Isabel Martínez cuando la maltrataba se oían en todo el
barrio.

Los días siguientes, María Martínez «anduvo de mala color» hasta
que, finalmente, falleció. María de Jarauta y Juan Gómez se
excusaron en que, según decían, «la dicha Isabel Martínez era moza
que tenía enfermedad de caer y con tener mal de gotacoral
94
y solía
caer muy a menudo y también era algo aficionada al vino y fue vista
estar fuera de sentido». A causa de esto, según dijeron, «no fue vista
con herida ni ella tal dijo al tiempo que le visitaron y fue hallada
junto a unas cubetas que había vino algo puntado en tierra y aunque
el médico la mandó sangrar no llegó viva a la hora que habían de
sangrarla y se le dio la unción y se le hicieron los beneficios

92
AGN, Tribunales Reales, 97478, f.5r-v.
93
Gracia Cárcamo, 1991 y 1995., Enríquez Fernández, 2004.
94
Más adelante analizaremos este mal.
186 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
necesarios». Si bien el Consejo Real en principio castigó a María de
Jarauta con tres años de destierro y el pago de doscientos ducados,
tras una carta de perdón presentada por la familia de la víctima la
pena se redujo únicamente al pago de treinta ducados
95
.
El domingo 23 de junio de 1564, víspera de San Juan Bautista, en
la calle de la Navarrería, entre las doce y la una del medio día ocurrió
un grave incidente entre un ama y su criada. Aquel día Graciana de
Añorbe, mujer de Antón de Huarte, buscaba en su casa un hilo que
le había desaparecido. Preguntó a sus hijos, que le respondieron que
ellos no lo habían cogido, y los azotó por mentirosos. En esto,
apareció María García de Arazuri, mujer joven de unos 17 años de
edad que se encontraba desde hacia 6 meses al servicio de Antón de
Huarte y Graciana de Añorbe. Ésta sospechó que si sus hijos no le
habían robado, habría sido la criada, y le preguntó si ella era quien
había cogido el hilo. La criada negó haber cogido dicho hilo, y
Graciana de Añorbe, enfurecida, comenzó a golpear a su criada. Una
vez fueron apartadas la una de la otra, María García siguió con sus
quehaceres, pero sintiéndose mala se acostó en la cama esa misma
tarde, permaneciendo en ella varios días, hasta que murió. Los
testigos achacaron la muerte a la paliza que su ama le había
propinado, aunque varios de ellos afirman que ya de antes tosía
mucho y no contaba con una buena salud
96
.
El 31 de julio de 1699, don Miguel de Eslava y Berrio, señor del
palacio y pechas del lugar de Berrio, se encontraba plácidamente
dormido en su casa de la calle de San Antón en Pamplona cuando
escuchó un extraño ruido procedente de la planta baja. Según dijo,
«poniendo todo cuidado oyó andaban muy a paso lento por la casa y
asegurándose más segunda vez y que no era antojo se levantó dela
cama y oyó ruido de haber salido de un aposento o dispensa en
donde tiene la plata cerca de su dormitorio». Se acercó al aposento,
donde vio que había luz, y «cogió una escopeta que tenía cargada de
perdigones desde la tarde antecedente que anduvo a caza, y vio que
andaba uno por la cocina con una montera calada y un candil en la
mano». Don Miguel gritó a aquel hombre por dos veces que se
detuviera, y aquel hombre apagó el candil que portaba en la mano y
gritó «¡aquí! ¡aquí! ¡aquí!». Temeroso por si alguien más se

95
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 100551.
96
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 87674, ff.1r-5r.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 187
encontraba cerca, don Miguel, «para su defensa natural» disparó su
escopeta, sin saber que aquel misterioso hombre era Juan, su criado
francés. Al parecer, el criado había intentado robar varias piezas de
plata que su dueño tenía en casa. Al ver lo que había hecho, el
propio don Miguel acudió a la justicia. Fue condenado a un año de
presidio en la ciudadela, siendo finalmente perdonado por el virrey
97
.
También se dio el caso contrario, en el que una criada trató de
matar a su amo. Ya vimos en el capítulo dedicado a los asesinos
cómo el sábado 8 de octubre de 1581 Joana de Araiz, criada de
Miguel López y María de Araiz, su hermana, trató, sin que queden
claras las razones, de matar a su amo durante la noche mientras
dormía. No lo consiguió, aunque cerca estuvo, y trató de robarle un
baúl, aunque finalmente los vecinos acudieron al escuchar gran ruido
y fue detenida
98
.
En definitiva, los problemas de la convivencia doméstica, fueron
uno de las cuasas de violencia. La convivencia entre personas generó
rencillas que, en muchos casos, excedieron el aguante de aquellos
que vivían bajo un mismo techo. Siempre nos quedará la duda de si
todos estos casos fueron denunciados ante la justicia. La impresión
que recibimos tras la lectura de los procesos es que únicamente se
acudía a ella en casos extremos, como una muerte o una paliza
importante. En ocasiones fueron los propios vecinos los que
acudieron a la justicia denunciando los hechos o, más
frecuentemente, animaron a la víctima a acudir a ella, si bien hemos
comprobado que habitualmente la justicia actuó de oficio.
3. Deudas y juego
Una de las razones principales para la comisión de crímenes
fueron las deudas. En numerosos procesos la razón principal de la
agresión y muerte de uno de los contendientes fueron las deudas,
especialmente aquellas que se originaban a partir de un juego como
podían ser los naipes o los bolos. La práctica de estos juegos solía ir
acompañada en numerosas ocasiones por la ingesta de alcohol y, por
lo tanto, podemos decir que resultaba habitual que se produjeran
enfrentamientos entre los que jugaban entre sí.

97
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 107726.
98
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 147597, f.1r-v.
188 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
Francisco de Alcocer lamentaba en su tratado sobre el juego
profundamente este hecho. Según decía,

Grande lástima es, y con lágrimas no cualesquiera sino de sangre, se
había de llorar, que una cosa que se inventó para la recreación y alivio de
los trabajos corporales y espirituales desta vida, y que tomada
templadamente es lícita y buena y se puede hacer con merecimiento,
usen los hombres tan mal della, que muchas veces se haga con ofensa de
nuestro Señor, y que los que mucho la acostumbran, caen y traspasan no
uno, ni dos ni tres mandamientos divinos, sino todos ellos. O
desdichados de nosotros de lo que Dios nuestro Señor nos dio y
concedió para llevar con menos carga esta vida, lo tomemos para le
ofender y muy ordinariamente traspasar todos sus mandamientos como lo
hacen los tahúres y jugadores que días y noches ocupan en juegos
99
.

Así, Alcocer consideraba que, en relación con el primer
mandamiento, pecaban todos aquellos jugadores que eran
supersticiosos, los que acudían a astrólogos para pronosticar una
partida «porque estas no son cosas que se pueden saber por las
astrología pues que son fortuitas, dependen de las cartas, naipes y
dados salir de una u otra manera», los que usaban anillos u otro tipo
de imágenes hechas «por nigromancia» para que les proporcionasen
suerte o los tahúres que hacían pactos con el demonio para que les
proporcionase determinadas ventajas. Siguiendo con el segundo
mandamiento, Alcocer consideraba que igualmente pecaban los que
blasfemaban «a Dios y su preciosa madre y los santos gloriosos», pues
según decía «en ningún trato ni conversación humana es tan
ordinariamente blasfemado el nombre admirable de Dios y de sus
santos como en los juegos». Si el dado no salía tal y como los tahúres
querían, continuaba, «luego se vuelven contra Dios, unos diciendo
que descreen del, otros que no creen en él, otros que no ha poder en
él, otros dicen pese a Dios, otros malgrado haya Dios, otros juran por
vida de Dios, otros juran por el ojo de Dios». Cosas similares se
decían según Alcocer tanto de la Virgen María como de los santos, y
tan grave resultaba dicho pecado que mucha gente había sido juzgada
en vida, sin esperar al juicio final, y así «a unos se les han torcido las
bocas, y a otros se les han saltado los ojos por haber jurado por el ojo

99
Alcocer, 1558, pp. 45-46.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 189
de Dios, y caído encima de la mesa en que jugaban»
100
. Además,
Alcocer consideraba que «uno de los mayores vicios» era el jurar,
pues los jugadores juraban mucho y no siempre lo cumplían,
refiriéndose a promesas por las cuales se comprometían a ir descalzo
hasta Roma o similares.
Contra el tercer mandamiento, los jugadores pecaban en no
acudir a misa los domingos, por estar jugando o por haberlo estado
durante toda la noche. Contra el cuarto, Alcocer criticaba las
rencillas que producía el juego entre padres e hijos, que en ocasiones
desperdiciaban su hacienda en el juego. Además, los tahúres, decía,
no tenían paz con sus mujeres, pues se acostaban a la hora de
levantarse, jugaban los dineros que había en la casa e incluso las
propiedades de sus mujeres. Según decía, «si sus maridos siempre
ganasen alguna cosa, disimularían, porque son las mujeres muy
codiciosas. Pero es imposible moralmente que el jugador siempre
gane, y cuando pierde ha lo de pagar la pobre mujer y los criados».
Finalmente, pecaban también los jugadores en no dar limosna, pues
se guardaban todo para ellos
101
.
Gran interés tiene para nosotros la opinión que sobre la relación
entre el quinto mandamiento y el juego establecía el franciscano frai
Francisco de Alcocer en su tratado del juego. Según decía, a dicho
mandamiento se reducían «las maldiciones, las injurias corporales, los
odios y rencores, y estar muchos días que no se traten ni hablen
algunas personas». Alcocer explicaba que

Ofenden a Dios los tahúres y jugadores, levantándose sobre el juego y
aún no sobre mucha cuantía, ruidos, enojos y porfías de que suceden
muertes, cuchilladas, palos y espaldarazos, palabras muy feas y injuriosas,
odios, mal querencias, y estar mucho tiempo sin se ver ni hablar. Las
maldiciones que los jugadores echan sobre sí cuando pierden, y las que
las mujeres echan sobre sus maridos, viendo perdidas sus haciendas y
joyas, y que no pueden gozar de sus maridos, son tantas, que si les
comprehendiesen, los demonios los llevarían en cuerpo y en ánima como
de sus ánimas andan apoderados por los muchos y graves pecados que en
el juego hacen
102
.


100
Alcocer, 1558, pp. 46-48.
101
Alcocer, 1558, pp. 48-51.
102
Alcocer, 1558, p. 51.
190 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
Unido a esto, Alcocer consideraba avanzado el tratado que los
hombres que jugasen no debían acudir con armas. Según decía,

La ley que prohíbe traer armas desde cierta hora por los ruidos y
escándalos que se suelen seguir, liga y obliga al que las trae después de la
hora señalada aunque sea muy pacífico y de quien ningún ruido ni
alboroto se seguirá, porque aunque cese la razón de la ley
particularmente en él, no cesa en común y generalmente
103
.

Finalmente, Alcocer consideraba que también rompían el sexto
mandamiento los jugadores, acudiendo a casas de mujeres
deshonestas, el séptimo, jugando contra menores de edad, mujeres
casadas y otras personas «que no pueden enagenar lo que juegan», el
octavo, levantando falsos testimonios sobre otra gente mientras
juegan, y el noveno, acudiendo a lugares con hermosas mujeres que
les provocaban torpes y feos pensamientos. Además los jugadores
eran propensos a caer en pecados como la envidia, «porque Fulano
siempre gana en el juego», la gula, porque «sacrifican todo al dios
Baco y la diosa Ceres», y la pereza, «porque andando ocupados días y
noches en los juegos, y en los vicios ya puestos que en ellos se
mezclan, ¿qué tiempo les ha de quedar para rezar ni para hacer
alguna buena obra así de las voluntarias como de las forzosas?
104
.
No le faltaba razón a Francisco de Alcocer al asegurar que los
juegos podían llegar a causar graves riñas que acabaran mal. El jueves
15 de noviembre de 1575, varias personas se encontraron jugando a
la pelota, «en el juego de pelota» que se encontraba junto al palacio
del virrey. Entre ellos se encontraron Martín de San Pedro y Pedro
de Planta. En un momento, surgió una discusión sobre si una pelota
había sido falta o no, ante lo cual ambos «echaron mano a sus espadas
y se tiraron el uno al otro muchas cuchilladas». Tal era el alboroto
que se provocó que el virrey, asomándose a su ventana, vio lo que
ocurría y ordenó que ambos fueran detenidos, pues «se hubieran
herido o muerto si no fuera porque a la presente se hallaron que se lo
estorvaron». La riña no fue a más y ambos fueron liberados al día
siguiente
105
.

103
Alcocer, 1558, p. 100.
104
Alcocer, 1558, pp. 52-54.
105
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 198938, f. 7r.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 191
Algo similar ocurrió en la ciudad de Tafalla el año de 1601. El 15
de agosto de aquel año, en los corredores del palacio real de la
localidad, se juntaron para jugar a la «pelota de viento» Martín Nabar
y Pedro de Ezpeleta contra Juan de Tafalla y Martín de Oloriz.
Durante el partido, llegó a donde ellos estaban un tal Juan Gasco
acompañado de otros amigos, que se quedaron a ver el partido. En
un momento, les entró la duda de si una pelota había salido fuera de
la raya «donde se ganaba quince» o no. Según juan Gasco, aquella
pelota había sido «chanza», cosa con la que Juan de Tafalla no estaba
conforme. Entre ambos se inició una discusión que concluyó cuando
Gasco le dijo que «¡váyase a la dula en hora mala!». Enojado, Juan de
Tafalla propinó un gran golpe a Gasco con su pala y éste, sacó su
daga con intención de herirle. De no haber sido por la actuación de
Juan de Azpilicueta, que los separó, alguien podía haber resultado
muerto
106
.
La justicia no veía con buenos ojos la práctica del juego y, debido
a esto, prohibió que se jugara en Pamplona a los naipes el año de
1533. Un día del mes de abril, Pedro de Elorz, ministro de justicia
de la ciudad de Pamplona, halló en la puerta de Sebastián el
mesonero a Joan de Armendáriz y Martín de Beorburu, alias
«Martingorri», jugando «ciertos dineros y una sortija» a los naipes.
Elorz confiscó todo aquello y se dispuso a llevar a ambos a las
cárceles reales, ante lo cual Armendáriz «se levantó con mucha
soberbia» y comenzó a decirle «palabras feas, injuriosas y de enojo».
Tras ello, Armendáriz dio una puñalada en el pecho izquierdo a
Elorz, de la que hubo «mucha efusión de sangre». Con Elorz se
encontraba también Juan Pérez Cía, ministro de justicia igualmente,
que tuvo grandes apuros al intentar prender a Armendáriz, que le
propinó grandes arañazos en la cara, si bien finalmente pudo ser
detenido
107
.
Las disputas por el juego llevaron a la muerte también a distintas
personas que, afortunadas o no en él, no se libraron de un trágico
final. El 22 de julio del año 1635, en el lugar de Albiasu, en el valle
de Larráun, se encontraban jugando a los bolos Clemente de Artola,
oficial barbero natural del lugar de Baraibar, y Joanes de Abaunza,
tejero que trabajaba en una tejería del dicho lugar de Albiasu «que es

106
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 284179, f. 3r-v.
107
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 8638, f. 4r-v.
192 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
natural francés de tierra de Labort del lugar de Larrasoro». Al parecer,
Abaunza llevaba unos tres meses viviendo en dicho lugar, y según los
testigos «siempre les solía desafiar diciendo los había de matar y que
muertos dos o tres había de ir de este lugar». Al parecer, durante la
partida de bolos con Clemente, Abaunza se quejó de alguna jugada,
diciendo «¡es posible que ha de valer más vuestra mentira que nuestra
verdad!» a lo que Artola respondió gritando «¡este gavacho que no
sabemos de dónde es nos ha de menospreciar de esta manera!». Ante
tal ofensa, Abaunza sacó su daga e hirió mortalmente a Artola.
Abaunza confesó en el tormento que se le aplicó haber matado a
Artola, y fue condenado a muerte por el Consejo Real
108
.
El 31 de enero de 1611 varios jóvenes llegaron a la posada de
Berrioplano, donde se dispusieron a jugarse unas pintas de vino a los
naipes. Varias personas pasaron por la posada a lo largo de aquella
noche y jugaron con ellos. Entre ellos se encontraban Martín de
Yaben y García de Sarasibar. Una vez hubieron acabado de jugar,
ambos comenzaron a discutir «sobre la diferencia del juego sobre cual
había jugado mejor». Martín de Yaben sostenía que Sarasibar «le
había engañado en los tantos a que jugaban», a lo que éste le
respondió que «si hubiérais jugado el vino como hombre vos lo
habíais de pagar». Varios testigos que se encontraban allí consiguieron
calmarlos de momento, pero cuando parecía que ambos se iban cada
uno hacia su casa, «en saliendo en la puerta de la dicha casa junto a
un fajo de leña le dio una puñada el dicho Martín de Yaben al dicho
Sarasíbar que lo asentó sobre la dicha leña». María de Guenduláin,
presente en aquel momento, gritó a los que se encontraban dentro
de la casa para que salieran a separarlos. Consiguieron hacerlo, si bien
Martín de Yaben, enfurecido, golpeaba a los que intentaban
apartarlo. Finalmente, topó con una piedra «de peso de siete libras» y
se la arrojó a Sarasíbar, si bien tuvo la mala suerte de dar en la cabeza
a María de Guenduláin, provocándole la muerte además del aborto
de una criatura de 6 meses de gestación
109
.
El domingo 31 de marzo de 1648 se encontraba en el barrio de
Jus la Rocha de Pamplona, «donde suelen tenderse las lanas», el
mozo Juan de Berrio jugando a los naipes junto con otros tres
amigos. Cuando acabaron, Berrio comenzó a jugar al «quince

108
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 3460.
109
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 29821.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 193
envidado» con Francisco Ilarregui, un joven pelaire al que según
declaró no conocía. Estando ambos jugando, «tuvieron una
diferencia sobre que dijo el dicho pelaire que tenía el dicho Berrio
cinco naipes, y que aunque tenía catorce que no le habían de valer, y
el dicho Berrio dijo que no tenía más dentro». Alterado, Ilarregui se
levantó de su asiento, desenvainó su daga y propinó una puñalada a
Berrio que le causó la muerte a los dos meses. Ilarregui huyó y se
refugió en el cercano convento de Santa Engracia
110
.
El 9 de marzo de 1618, Martín de Lanz, Pedro de Goñi, Lope de
Salinas y miguel Aiz se dispusieron a jugar a los naipes después de
haber comido. Durante el juego, llegó a donde ellos se encontraban
Sancho de Alcoz, que rápidamente comenzó a perder. Ante esto,
Sancho comenzó «a ultraxarlos de palabra deciendo eran unos
bellacos, ladrones, infames y sucios, y que estas palabras las refirió a
voces con juramentos a Dios y deciendo que estaba para matarlos, y
los desafió para que saliesen afuera porque alguno dellos lo había de
pagar». Tan graves injurias les propinó que, por la noche, cuando
Sancho de Alcoz acudía a su casa de la calle de las Carnicerías viejas,
tres hombres le salieron a su encuentro (al parecer se trataba de los
mismos que le habían ganado) y comenzaron a apedrearse y darse
cuchilladas, de manera que si bien no hubo muertos, poco faltó
111
.
El 7 de octubre de 1582 quedó marcado por otro de estos actos
violentos. Aquel día, en la taberna de María de Berástegui, en la villa
de Leiza, se juntaron para jugar a los naipes diversos hombres entre
los que se encontraban Nicolás de Elizalde, Juan de Biurrea, Martín
de Mauleón y otros. Nicolás de Elizalde perdió aquella noche todo
lo que había jugado y, enfadado, se levantó de la mesa antes que los
demás y se fue al «fogar» de la casa. Hacia las 10 de la noche, ya
oscuro, la dueña del lugar pidió a los jugadores que acabasen, pues
era ya muy tarde, y todos se pusieron a recoger la mesa, mientras
María les daba lumbre con el candil. En un momento salió ésta de la
habitación, y le pidieron los que allí estaban que por favor les diese
lumbre, a lo que Nicolás de Elizalde dijo «a vosotros os ha de dar
lumbre, no sois más honrados que otros», y les acusó de haber hecho
trampas en el juego. Juan de Biurrea no se quedó callado y le
respondió que «si, tan honrados como vos». Elizalde se enfureció y

110
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 202761.
111
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 41727.
194 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
gritó «¡mentís don ruín sucio!» Se levantó Elizalde de donde estaba
sentado, y se dirigió hacia la mesa. En esto, el candil que María de
Berástegui llevaba se apagó, y se escucharon gritos de Elizalde, que
decía «¡ay que soy muerto! y ¡me ha muerto!». Una vez encendido
otro candil, los testigos comprobaron cómo Elizalde se encontraba
tirado en el suelo y sangrando mucho, muriendo al poco rato,
mientras que Juan de Biurrea era el único que tenía un puñal en la
mano. La dueña de la casa cerró a todos en aquel aposento y llamó a
la justicia, que detuvo a Juan de Biurrea y lo llevó a las cárceles
reales
112
.
No sólo las deudas del juego provocaron la aparición de los actos
violentos. Otro tipo de deudas también generaron el malestar
suficiente como para provocar desgracias. Esto ocurrió en la Valtierra
de 1638. Al parecer, por el mes de enero, Diego de Arcaya propinó
una estocada en el brazo izquierdo a Joséph Monje, vecino de la
localidad. Habiendo comenzado un proceso judicial entre ambos,
llegaron al acuerdo, impulsados por la intervención de don Juan de
Beaumont y Peralta, de que sería Bautista de Lacarra, cuñado de
Arcaya, quien financiaría las costas de su cura y, de paso, en un típico
acto de lo que a lo largo de esta tesis hemos llamado «infrajusticia»,
decidieron detener el susodicho proceso. Por tanto, Bautista de
Lacarra, segundo teniente de Alcalde, debía pagar 50 reales a la
familia Monje. Dicho pago no se produjo y, en junio del mismo
año, Pedro Monje, el hijo menor de Joseph Monje, fue llamado a
servir en el ejército. Joseph Monje menor, hijo del anterior y
hermano de Pedro, acudió a Lacarra para que le pagase, pues debía
costear los gastos de su hijo en el ejército, pero éste le respondió que
no le debía dinero. Ante la insistencia de Monje, «Lacarra le
respondió que no pensaba pagarle ni aun veinte reales, y que el dicho
don Juan de Beamonte había tasado los dichos cincuenta reales los
pagase de su casa y que de cuarenta ducados arriba se le debían de
pedir por escrito y no verbalmente». La discusión fue muy agria, si
bien varios vecinos los separaron. Pero al ver Pedro monje pasar a
Bautista de Lacarra por la calle ese mismo día, tomó dos piedras y se
las arrojó, sin darle. Bautista desenvainó su espada para defenderse y,
en ese mismo instante, Andres Martínez de Morentin, regidor de
Valtierra y cuñado de Lacarra, «con una ancaleta de palo grande de

112
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 070040.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 195
mayor peso le dio un golpe en las espaldas al dicho Pedro Monje
menor con que le hizo caer en tierra». Joseph Monje desenvainó sus
espada para defender a su hermano, matando a Arcaya, y al apellidar
Lacarra el nombre del Rey, varios tenientes de justicia lo detuvieron,
mientras que Pedro monje huyó y se refugió en sagrado
113
.
Un viernes de abril de 1529 Johanes de Soravilla topó con
Machín de Mendiola, guipuzcoano que había trabajado tiempo antes
con Lopecho de Illarregui. Fueron juntos a comer y Machín explicó
a Johanes cómo Illarregui le debía dinero por cierto trabajo con unos
machos que le había hecho unos meses antes. Después de haber
degustado una copiosa comida y haber bebido abundante vino,
Machín decidió ir a buscar a Lopecho, y Johanes decidió
acompañarlo. Después de buscar en varias tabernas de Pamplona,
llegaron al barrio de la Torre Redonda, actual calle de San Gregorio,
en cuya taberna se encontraba de sobremesa el dicho Lopecho,
acompañado de Johan de Lasalde, Miguel de Orrio y Catalina de
Maya, dueños del local. Subieron Machín y Johanes a la sala donde
éstos se encontraban sin hacer ruido, y en esto Machín dijo a
Lopecho que quería hablar unos asuntos con él. Así, comenzaron a
hablar, y Machín pidió a Lopecho que le pagara lo que le debía, si
bien éste le respondió que ya le había pagado todo. La conversación
fue subiendo de tono y Johanes de Soravilla intervino en ella,
diciendo a Lopecho «que si tuviese con él las palabras que con el
dicho Machín tenía que él le cortaría la garganta y le sacaría las tripas
y otras palabras semejantes a las sobredichas». Así las cosas, Johanes
de Soravilla desenvainó un puñal con el que hirió en el pecho
izquierdo a Lopecho de Illarregui, causándole una herida mortal.
Nada más se produjo este hecho, Machín y Soravilla huyeron de la
posada, y aunque Johan de Lasalde salió tras ellos gritando que los
capturasen, consiguieron llegar a la iglesia de San Nicolás, donde se
refugiaron
114
.
En definitiva, hemos podido comprobar cómo tanto el juego
como las deudas en general fueron una de las causas más importantes
de la violencia a lo largo de los siglos XVI y XVII.

113
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 58818.
114
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 000047.
196 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
4. La locura y la Epilepsia
Una de las razones que hemos encontrado como causantes de
actos de violencia han sido los actos de locura. Se trataba de gentes
que, en ocasiones eran ya reconocidas como locas anteriormente por
la comunidad, si bien es cierto que también hemos encontrado casos
de personas que sufrieron un ataque momentáneo de locura y, ante
el desconcierto de aquellos que los rodeaban, cometieron un crimen.
No podemos dejar de citar aquí el clásico trabajo de Michel
Foucault, historia de la locura en la época clásica
115
. Dicho trabajo se
centra sobre todo en la ‘represión’ de manicomios y otros centros
sobre las personas con enfermedad mental. Más recientemente,
contamos con el trabajo de Midelfort
116
sobre la locura en la
Alemania del siglo XVI, que cuenta con un magnífico capítulo sobre
la realidad social de la locura en la Alemania de aquella época,
tratando también la íntima relación que se estableció en la época
entre brujería y locura. Sin embargo, carecemos en España de
estudios sobre este fenómeno.
No nos faltan ejemplos de locura en la comisión de crímenes en
la Navarra moderna. De todos los casos, el más impactante fue el de
un cantero guipuzcoano que andaba por el reino. Un lluvioso día de
1540, entre ocho y quince días antes de Carnestolendas, pasó por el
camino junto al lugar de Lizarraga un hombre que cayó en un
charco, «metiéndose por el lodo desde que caído estaba arrimado al
dicho medio lanzón puestas las dos manos en el suelo». Cuando dos
paseantes llamados Miguel de Zabala y «Peruzqui» lo vieron, trataron
de ayudarlo, pero él no se dejó ayudar y siguió su camino. Según
estos testigos dicho hombre parecía estar turbado, de manera «que
iba de mala manera meneándose a una parte y a otra los lados como
hombre que estaba con alguna dolencia». Trataron de convencerle
para que volviese al lugar de Lizarraga, para poder así protegerse de la
lluvia, pero les respondió que «queréis me matar después de llevado
al lugar», abándonándolos y siguiendo su camino. Al llegar a una
posada, «enlodados la cara, manos y vestidos, y traía medio lanzón en
la mano y sus machetes en la cinta», le fue preguntado por el notario
Pedro de Huarte si quería lavarse, ante lo cual no respondió y se
sentó a comer. Estando ya comiendo, la mujer de Huarte le dijo «por

115
Foucault, 1985, I y II.
116
Midelfort, 1999.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 197
cierto, hombre de bien, ¿a vos os ha acaescido alguna cosa o no estáis
en vos?» ante lo cual «el dicho acusado se levantó con mucha
ferocidad y dio dos o tres vueltas en el suelo donde comía, y alzando
la mano y haciendo fieros dijo a la dicha mujer que ‘el diablo nos ha
traído aquí, yo bien habré posada, contemos, pagar os quiero’». Al
rato recuperó la cordura, le dijo a la mujer «mujer de bien, vos me
habéis hablado muy bien, que yo no estaba en mí», se disculpó,
durmió, y por la mañana temprano salió hacia Salinas de Oro tras
haber pagado lo que debía. Al llegar allá, ejerció su oficio de cantero
arreglando la casa de Miguel de Goñi, clérigo de Salinas, con el que
estuvo trabajando varios días. Varios testigos relataron episodios de su
conducta que les resultaron extraños. Así, según Martín de Vernete,
que solía trabajar con él habitualmente, un día lo saludó y Lazcano
no reconoció quién era

Mostrando en su manera de hablar que estaba tonto y turbado, y como
les habló así y los desconoció, le respondieron ‘no nos conocéis, que
somos fulano y fulano, vuestros amigos’ el qual les respondió como
hombre que entonces se acordaba ‘ya, ya os conozco y no estaba en mí,
perdonadme’, y luego después de esto otra vez el dicho acusado les tornó
a decir ‘¡quién sois vosotros!, ¡en qué andáis! ¡qué buscáis!’ y éste y su
compañero le respondieron ‘ya os hemos dicho’.

Un día temprano, por la mañana, después de haber dormido
«muy reposado» según los testigos, sin mediar palabra Pedro de
Lazcano cogió un machete y mató a Miguel de Goñi e hirió a
Martín de Goñi, sobrino del párroco, al cual incluso trató de cortarle
los dedos uno a uno, consiguiendo cortarle varios. A los gritos que se
produjeron acudieron los vecinos del pueblo, que se encontraron a
Pedro de Lazcano que «estaba en pie junto al dicho mochacho
puestas las manos delante en cruz como atónito y mirando al dicho
mochacho que estaba en el suelo sin que dijese cosa nenguna». Al ser
detenido le fue preguntado que por qué había hecho aquello, dijo
que le habían servido mal vino el día anterior, y que por causa de
ello el demonio lo tentó a hacerlo. Según confesó,

El diablo se lo había hecho hacer, y había estado en la cama pensando
cómo lo había de hacer, y a medianoche que le habían venido los diablos
deciendo que lo hiciese, y que lo tomaron de los cabellos y que lo
echaron en tierra, y que oía muchos órganos, campanas y juglares cabo la
198 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
iglesia, y que no le dieron más tiempo para hacer el dicho caso sino hasta
el otro día, y que el día antes tenía propósito de confesarse y que se le
olvidó.

A pesar de todos los interrogatorios que le hicieron, una y otra
vez les respondió que «el diablo se lo había hecho hacer y que Dios
no tenía parte en él, y que no podía remediarlo». Al examinarle la
bolsa que llevaba, le encontraron «ochenta y un reales castellanos y
altinos reales ingleses y tarjas, y el dicho acusado a la sazón dijo que
no habían bien contado, que aún había un doblón en la dicha bolsa,
y así lo hallaron en ella, y este testigo le dijo al acusado ‘pues que
habéis hecho este mal recaudo, para qué habéis tantos dineros’ y el
acusado respondió que los tenía para el diablo». Debido a la dureza
del crimen, Pedro de Lazcano fue condenado a una de las penas más
duras que hemos encontrado:

Sea arrastrado por las calles usadas e acostumbradas de la nuestra ciudad
de Pamplona, y en seguiente le condenamos a que sea ahogado, y
después le sea cortada la cabeza y sea hecho cuartos, la cuoal cabeza y
coartos mandamos sean puestos fuera de la nuestra ciudad de Pamplona
en los términos della en los lugares acostumbrados en sendos palos, y en
seguiente le condenamos en los daños e intereses de las partes
117
.

Una explicación similar ofreció Bernarda Marco acerca del
infanticidio que cometió el 19 de junio de 1677 en la villa de Aibar.
Aquel día, varios vecinos vieron a Bernarda bajar las escaleras
completamente ensangrentada y, suponiendo que había parido,
subieron rápidamente a su habitación, donde comprobaron cómo
Bernarda había arrojado por la ventana a una criatura que ese mismo
día había parido. Al preguntarle que por qué lo hizo, «les respondió
la acusada que que cuando hizo tal desacato no estaba en su sano
juicio y que no sabía lo que había sucedido y que el diablo le había
instado para arrojar la criatura por la ventana». La defensa del
procurador se basó en la locura de Bernarda. Según dijo, era tenida
por loca en toda la villa, por

No tener cabal el juicio ni el entendimiento, padecía algunos raptos a
la cabeza entonces y muchos años antes, y era tenida en común opinión

117
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 000483.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 199
de fatua
118
y dementada, y habiéndole venido otro rapto a la cabeza se
levantó dela cama en camisa en presencia de cuatro testigos, y subió a la
solana y parió y arrojó la criatura a una huertecilla que estaba debajo de
su casa.

La Corte Mayor ordenó que fuese investigado «con asistencia del
médico qué enfermedad padecía, y si esta era de calidad que pudiera
turbarle la cabeza y privarla de juicio, y qué género de accidentes
tuvo al tiempo de la dicha enfermedad». La investigación comenzó
preguntando a diversos testigos. Una de ellos, dijo que

La susodicha, aunque en algunas ocasiones hablaba con algún género
de juicio, las más de las ocasiones, que no puede declarar cuántas sean en
lo que hablaba y acciones que hacía se le conocía que le quebraba el
sentido y la razón, porque muchas veces solía mirarse a las manos con
mirar algo descompuesto, y otras solía pasarse aquellas por el pescuezo y
por los cabellos haciendo acciones con que hacía reír a los presentes, y
otras se ponía a reir sin cimento ni fundamento. Otras meneaba la cabeza
de un lado a otro, otras andaba desalviada en su en su traer y descubiertos
los pechos, y si de eso le reprendían algunas personas solía responder
«¡qué se me da a mí! ¡arre acá!» y otras veces hacía con los labios algunos
gestos de persona de poca diserción y casi nada y por todas estas acciones
en la dicha villa se reían muchas personas della, y demás desto después de
estar viuda la susodicha ha vendido alhajas de casa que su madre le dejó,
y ganados mayores sin cuenta ni razón y sin haber lucido con esto cosa
alguna, y de noche solía andar por las calles y casas dela dicha villa dela
misma manera que de día, y en ellas se reían dela propia manera, y como
se acostumbra reír de personas que les falta el discurso y la razón, y eso lo
hacían hasta los mismos y demás desto la dicha acusada es muy
ocasionada al vino, aunque no sabe que lo hubiese bebido el día litigioso
y algunas veces le solía dar un mal que se echaba al suelo y solía estar dos
o tres horas sin hablar y sin sentido, y deciéndole algo no respondía
palabra hasta que volvía en sí y por todo lo referido la dicha Bernarda
Marco en la dicha villa de Aibar ha sido tenida y comúnmente reputada
por mujer falta de juicio.

En dicho testimonio vemos una acusación común que solía
hacerse a estos afectados, la de su «afición» al vino. Al parecer y
según dicho testimonio, solía darle un mal por el cual se echaba al

118
Fatuidad: Falta de razón o entendimiento. (R.A.E.).
200 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
suelo y «solía estar dos o tres horas sin hablar y sin sentido».
Probablemente Bernarda Marco estaría afectada por la gotacoral
119
,
nombre que se le daba a la epilepsia. Otra testigo decía que Bernarda

Decía ordinariamente como por estribillo ‘arreaca, arreaca, a mí qué se
me da’ de todo lo cual solía causar risa y entretenimiento. Otras veces
solía cantar “zurruque zurruque
120
que estaba nublado y quiere llover” y
de estos cantos le solían remedar los mozos y muchachas de esta villa y se
reían della.

Otro caso de infanticidio también dio ocasión a que en 1629 la
joven María de Cemboráin, vecina de Napal, fuera acusada de
locura. Al parecer, parió una criatura en secreto, «se le cayó de la
cama» y murió, tras lo cual la enterró detrás de la iglesia. José de
Monreal declaraba que

Siempre la ha visto andar como persona mentecata y sin juicio, porque
como tal ha hecho diferentes acciones, y en particular saliéndose de
noche de casa y estar de noche y de día en los montes a dos y tres días

119
Gotacoral: Es una enfermedad, que por ser como gota que cae sobre el
corazón le dieron este nombre. En latín se llama morbus comitialis, porque en
Roma, si acaso estando en aquellas juntas que llamaban comicios, le daba alguno
este mal, se disolvían luego y se dejaban para otro día las elecciones, teniéndole por
mal agüero, atento que aflige y atormenta al corazón y el celebro, los dos principales
asientos del alma y donde reside y hace sus operaciones. Y porque el cuerpo de una
república tiene por corazón y celebro los cónsules y los demás magistrados agoraban
que los elegidos en tal ruín sazón debían gobernar mal. Llamóse también enfermedad
hercúlea, porque Hércules fue apasionado deste mal. […] Y porque a quien primero
acomete es al corazón, le llamamos gotacoral y mal de corazón y mal caduco, porque
derrueca al punto de su estado al hombre a quien da. Algunos animales y aves
padecen este mal. Verás a Plinio y a los demás autores que lo tratan. (Cov.).
Gota coral: Enfermedad que consiste en una convulsión de todo el cuerpo, y un
recogimiento o atracción de los nervios, con lesión del entendimiento y de los
sentidos, que hace que el doliente caiga de repente. Procede de abundancia de los
humores flemáticos corruptos, que hinchendo súbitamente los ventrículos anteriores
del celebro, y recogiéndose éste para expelerlos, atrae hacia sí los nervios y
músculos, quedando el doliente sin movimiento y como muerto. Llámase también
Epilepsia.Lat. Epilepsia. Morbus comitialis. Frag. Cirug. Gloss. de herid. Quest. 99.
Galeno enseña que la gota coral es pasmo de todo el cuerpo, no perpetuo como
otros, sino interpolado, que toma a tiempos. (Aut.).
120
Zurruscarse: Ensuciarse o soltar el vientre, especialmente con ruido, o en la
ropa. Lat. Cacaturire. Excremento expurcare. vel. Inquinare. (Aut.)
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 201
echándose enel suelo, y a más dello tiene mal de gota coral, porque
estando en medio dela calle le ha cogido aquel con grandes estremos, y
así visto esto ninguno del lugar ha podido sospechar que hubiese estado
preñada porque siendo tan faltosa de juicio y andar desnuda con algunos
andrajos con que se cubría nadie podía imaginar que pudiera subceder
enella cosa semejante.

Nuevamente vemos cómo María fue acusada de tener el mal de la
gota coral. Otro testigo, Bernart de Peroch, afirmaba también
conocer su locura desde hacía tiempo, y declaró que

En todo el dicho tiempo le ha visto faltosa de juicio y como loca hacer
muchos extremos, en particular atándose a la cintura una docena de
bolsas, y colgadas aquellas ir a la iglesia causando risa enel lugar, y como
una mentecata ir a los montes y estarse metida en unos abujeros, y una
noche en particular fue este testigo con un tío suyo y con el abad del
dicho lugar alo que sería cerca dela medianoche en su busca della, y la
hallaron en un abujero pegante al río, y al tiempo que la hallaron estaba
haciendo juguetes y invenciones con las manos, y así entonces antes y
después fue tenida y comúnmente reputada por loca y frenética en todo
el lugar, en cuya opinión ha estado y está públicamente aun fuera del
dicho lugar
121
.

La «gota coral» fue una enfermedad relativamente común durante
los siglos XVI y XVII. Ésta hacía perder el juicio a aquellos que la
padecían y suponía una ventaja en la defensa de su causa. Muchas
veces ocasionaba que fuera difícil de distinguir si una persona padecía
dicha enfermedad o simplemente era una borracha. En 1605, en
Ablitas, María de Jarauta mató a palos a su criada, Isabel Martínez.
Tras darle una paliza quedó en cama durante muchos días, hasta que
finalmente murió. Según dijo en su defensa, «la dicha Isabel Martínez
era moza que tenía enfermedad de caer y con tener mal de gotacoral
y solía caer muy a menudo y también era algo aficionada al vino y
fue vista estar fuera de sentido». Según decía una testigo, ya antes de
que María de Jarauta la maltratara,

La moza estaba mala y con unas rabias y congojas muy grandes, de
manera que esta que depone lo hizo así y halló que estaba la dicha Isabela

121
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 268000.
202 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
echada en tierra y desgreñada toda y patrándose con demostraciones de
que tenía congojas y rabias de tripas o estómago, y luego esta que depone
y la dicha María de Jarauta la echaron en la cama de donde salió, y enella
tampoco podía reposar ni sosegar y hacía muy grandes extremos, y de ahí
a poco subió otra gente y echaba espuma por la boca y habiendo ido
adonde estaba un fraile le dijo ‘esta moza muere de mal de gota coral
porque los que mueren deste mal echan espumajo’
122
.

El año de 1584, cerca de Arguedas, viajaban Ana de Uscarrés y su
marido Pedro García en dirección hacia dicha villa, cuando Ana
observó que su marido hacía cosas extrañas. Según le decía, «se le
ponía delante una visión que no le dejaba andar» e iba de adelante
hacia atrás corriendo y hablando con todo el que topaba. Aquel día
llovía de manera torrencial, y Ana de Uscarrés

Como le veía de aquella suerte y hacer semejantes extremos lo
encomendaba a Dios y le decía que no los hiciese que se esforzase, y no
sabe que tuviese nenguna enfermedad mas de solo que algunas veces solía
embeodarse por el demasiado vino que bebía, como lo hizo en la dicha
villa de Carcastillo en los días que en esta estuvieron que se bebió en la
taberna pinta y media de vino sin comer bocado de pan ni otra cos,a y
ansí sospecha que con esta enfermedad se desapareció della en la dicha
Bardena y caería en alguna parte y las fieras y animales le habrían muerto
y comido porque jamás ha entendido que tuviese enemigos ni personas
contrarias
123
.

Al parecer hubo grandes dudas sobre el testimonio de Ana de
Uscarrés, y se la investigó como posible perpetradora de la muerte de
su marido, si bien finalmente la dejaron en libertad.
En 1613 Adrián Lecoc, natural francés, fue acusado por la justicia
navarra de haber muerto a Felipe Huet, mercader también natural de
Francia. El 9 de abril de aquel año ambos salieron en compañía de
otros franceses a cazar pájaros camino de Berriozar. Cuando
finalmente toparon unos y se disponían a disparar con sus arcabuces,
Felipe Huet


122
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 100551.
123
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 28758.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 203
Dijo que en la lengua tenía mucho mal, y se moría y que le trajesen un
poco de vino, y por verse que estaba sudando dela frente pareciéndoles
que le habría dado alguna flaqueza fueron al lugar de Berriozar y trajeron
vino, y le dieron dos veces de beber y le untaron los pulsos, y el abad del
dicho lugar de Berriozar que también vino con otro estudiante y otros
vecinos, y habiéndole dicho que no sería nada, que algún mal de corazón
le habría dado y que lo trajesen a esta ciudad lo trajeron en unas andas, y
alo que llegaron a Santa Engracia perdió el sentido del todo y después
que lo trajeron a esta ciudad a la venida en el portal habiéndose visto con
el dicho alguacil Ezquerro le dieron parte delo que había pasado, y él los
trajo presos así a este testigo como a los demás compañeros donde están
después acá y enel camino al tiempo que lo traían vio este testigo que el
dicho Phelippe venía sangrando por las narices y boca y echando
espumas.

Al parecer, durante todo el día en su posada Huet

Se quejaba mucho deciendo que tenía dolor de cabeza y mal de
corazón, pidiéndole ala dicha dueña si había vino en casa había de beber
aunque fuese en ayunas, porque se sentía mal, y aunque no sabe si bebió
agua o vino pero estando en ayunas sabe que bebió uno delos dos, y
todo el dicho día anduvo siempre con algunas quejas dela poca salud que
sentía
124
.

En definitiva, tanto en los casos de locura como de otras
enfermedades nos traen a colación las dificultades con las que topó la
justicia en la Edad Moderna para investigar los diversos crímenes
violentos. No fueron pocos los que alegaron padecer locura para
evitar una condena mayor, y en ocasiones resultaba difícil diferenciar
entre un asesinato premeditado y un momento puntual de
enagenación mental. No fue hasta siglos más tarde cuando el
desarrollo de la ciencia permitió arrojar nueva luz sobre este tipo de
casos.
5. El vino
La ingesta de alcohol fue una de las principales razones para que la
violencia surgiera en la Edad Moderna. Ya hemos visto a lo largo de
este trabajo la estrecha relación que el vino tuvo con las demás causas

124
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 200831.
204 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
de violencia. El vino provocaba injurias y todo tipo de
enfrentamientos. Su presencia se nos hace normal en muchos de los
procesos. Resultan habituales los comentarios de los testigos que nos
hablan de la «afición al vino» de los agresores, o explicando cómo
casualmente aquella tarde éste había tomado ciertas «pintas» de vino
en alguna taberna cercana.
La acusación de borracho era habitual en las acusaciones o en las
defensas de los agredidos y agresores. En el caso de la infanticida
Gracia Ruiz por ejemplo varios testigos presentados por el marido,
tratando de desprestigiarla la acusaban de estar «reputada por borracha
y por mujer floja y perdida»
125
. En el caso del intento de violación de
María de Amunarriz por parte de Joanes de Ciriza sin embargo era la
defensa quien esgrimía esta «afición», como manera de mitigar la
posible condena, diciendo que

Mi parte es labrador que siempre trabaja en labranza y acostumbra el
beber con demasía y tomarse del vino, y al tiempo que sucedió el caso
contencioso andaba mi parte a matar lechones por muchas casas dela villa
de la Puente de la Reina, y en cada una de ellas se usa por costumbre el
darles de beber y con esta ocasión suelen muchos de los que tienen este
oficio tomarse del vino
126
.

En cualquier caso, y debido a la asiduidad con la que a lo largo de
este trabajo hemos comentado la presencia de vino en muchos de los
casos tratados, no consideramos necesario el prodigarnos más allá en
este capítulo.
6. Resistencia a la autoridad
En alguna ocasión los hombres de la Edad Moderna trataron de
no respetar a la autoridad, y se enfrentaron a ella con consecuencias
trágicas
127
. Nos encontramos ante casos en su mayoría en los que
diversos personajes que iban a ser encarcelados por una u otra razón
reaccionaban violentamente contra los ministros de justicia que,
cumpliendo con su trabajo, trataban de encarcelarlos. Se trató,
generalmente, de agresiones contra hombres (alguaciles y otros

125
AGN, 211463, ff. 6v-8r.
126
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 14823, f. 32r.
127
Bernal Serna, 2005.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 205
ministros de justicia) que no conocían a los arrestados o, en todo
caso, los conocían escasamente, y que además de agredidos resultaban
insultados.
En 1576 el teniente de justicia Juan de Eztala recibió una orden
de apresar a Miguel de Arteiz, un carnicero, puesto que debía ciertos
maravedís a la Corte Mayor por otro proceso anterior. Para ello,
Juan de Eztala contó con la ayuda de Juan de Campoalbo, Lope de
Latasa, nuncio de justicia, y Hernando de Sos, soldado de la
compañía de Campuzano. La casa de dicho carnicero tenía dos
puertas, por lo que mientras que Eztala entró por la principal, Juan
de Campoalbo fue a cubrir la trasera, que daba a la muralla. Miguel
de Arteiz, sospechando que le querían prender, trató de escapar por
la trasera, donde se encontró con Juan de Campoalbo. Tras una riña
con espadas, Juan de Campoalbo hirió de muerte a Miguel de Arteiz
antes de que los demás acompañantes llegaran en su ayuda
128
.
El 20 de julio de 1581 Antón de Garrués y Martín de Olagüe
salieron de Pamplona hacia Ayanz con ciertos perros para cazar. Al
llegar al lugar, se tumbaron en la sombra de un árbol para descansar,
y una de las perras que llevaban cazó una codorniz. Aquel lugar
estaba dentro de los términos del palacio de Ayanz, y Don Diego y
Carlos de Donamaría, hermanos e hijos de la señora de Ayanz,
salieron a decirles que la caza ahí estaba vedada. Visto esto, los dos
hombres decidieron irse, pero debido a la lentitud con que lo hacían,
salió a su encuentro Miguel de Ayanz, acompañado de sus sobrinos,
los ya mencionados Diego y Carlos de Donamaría. Pidió a Antón de
Garrués y Martín de Olagüe la licencia que tenían para cazar en
aquellos términos, a lo que respondieron que «ellos no tenían que
enseñar la licencia porque eran tan buenos y mejor que él». En esto,
comenzaron a pelear entre todos ellos, con tan mala suerte que a
Martín de Olagüe se le disparó el arcabuz, hiriendo mortalmente a
Miguel de Ayanz. En dicha disputa también fue herido don Diego
de Donamaría, puesto que Antón de Garrués le dio sendos golpes en
la cabeza con el cañón de la escopeta, saliéndole mucha efusión de
sangre. Antón y Martín no tuvieron más remedio que huir, aunque
al poco tiempo fueron capturados en el pueblo de Murillo
129
.

128
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 69318.
129
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 147978, ff.2r-v.
206 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
En 1530 una familia de bandidos atemorizaba a Cascante. Se
trataba de los «Antillón», una familia a la que se acusaba de haber
cometido más de siete muertes y de atemorizar a las poblaciones de
los alrededores. Dichos Antillón se encontraban además acompañados
de Alonso de Cervantes, que según decían era

Grandísimo des-servidor de vuestra magestad y perpetrador de
crímenes de lesa magestad y comunero, y al tiempo de la dicha
comunidad en Toledo fue alguacil mayor por García de Padilla y por
doña María de Pacheco su mujer, y llevando la dicha bara saqueó la
madre iglesia de Toledo y tomó hasta cuatrocientos o quinientos marcos
de plata de la dicha madre iglesia, y es uno de los exceptuados en los
perdones que vuestra majestad ha concedido.

El dicho Cervantes ayudó también a que los Antillones no fuesen
presos, y según decían «el dicho Alonso de Cervantes se halló en
defender y resistir al alcalde de Cascante en su casa que no fuese
preso y lo defendió [a Carlos de Antillón] en su casa no lo debió
recoger». Uno de los Antillones, llamado Floristán, también resistió a
su captura acompañado por Cervantes. Según lo acusaba el fiscal, «al
alcalde y a los jurados de la villa de Cascante han hecho muchas
ofensas y resistencias y haciendo desacatos y maltratándolos de
palabra han hecho y cometido otros muchos delictos por los quales
deben ser castigados». El proceso siguió adelante, si bien al parecer
no llegaron a ser capturados
130
.
Cuando María de Jarauta iba a ser detenida al ser acusada de la
muerte de Isabel Martínez, su criada, los familiares protagonizaron
una fuerte resistencia frente a Juan de Viana, el justicia que fue a
llevarla a las cárceles de Ablitas. Armado con una espada, y
acompañado de varios familiares, Juan Gómez, marido de María, se
negó a que el justicia llevara a su esposa. Según decía, por cuatro o
cinco veces repitió que «no quería consentir en que llevase presa a la
dicha su mujer y a esto empuñaba dela mano a su espada por detrás
de otros que allí se hallaban presentes». El justicia tomó a María del
brazo y, sintiéndose amenazado, gritó

«Ayuda al Rey» asiéndole del brazo a la dicha María de Jarauta, y luego
el dicho Gómez su marido y Miguel de Jarauta menor le hicieron

130
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 26910.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 207
resistencia, y por fuera quisieron quitarle a la dicha su mujer con poco
respecto dela justicia, y después que el dicho justicia la sacó de casa para
llevarla a la cárcel le trataron en el camino de villano y otras palabras al
dicho dando muy grande ocasión a muestras de enojo y perdiendo el
respeto a la justicia.

Uno de las injurias más graves que se dijeron a Viana fue el
tratarle de «vos». Mientras el justicia llevaba a la mujer hacia las
cárceles, uno de sus hijos tomó varias piedras y se las lanzó,
gritándole «¡muera el bellaco villano! Y otras palabras muy
injuriosas». Ante la gravedad de lo ocurrido, el fiscal pidió que
«semejantes delitos sino se castigan con grandísimo ejemplo se
perderá el respeto a la justicia suplica a vuestra majestad mande
recibir información y prender los culpados y mandarlos llevar presos
a las cárceles reales dela ciudad de Pamplona». Juan Gómez y Miguel
de Jarauta, el hijo, fueron condenados a diez meses de destierro del
reino y al pago de doscientos ducados
131
.
El martes veinte de enero de 1654 Matías de Zariquiegui volvía a
casa por la noche después de haber asistido a la boda de Pedro
Arrarás cuando topó con Joan Francisco de Arguiñano, teniente de
justicia, que estaba arrimado a una pared. A poca distancia se
encontraba Bernardo de Larrainzar, al cual Arguiñano protegía
mientras mantenía ciertos amores con una dama cuyo nombre no
nos consta. Al no saber quiénes eran los que estaban junto a la pared,
Zariquiegui quiso pasar, cosa que Arguiñano le prohibió.

El dicho teniente de justicia le dijo se detuviese y dejase la espada y no
lo quiso dejar por lo cualo lo quiso llevar a la cárcel y no lo quiso
obedecer deciendo que del dicho puesto a su casa que se iba a recoger y
que no había seis pasos, y a esto el dicho teniente de justicia sacó la
espada diciendo que se detuviese a la justicia, y el que declara metió
mano a su espada y se le resistió hasta que se sintió herido de una
estocada que le dio cerca del ombligo y lo derribó en tierra y le quitó la
espada.

Al comprobar lo sucedido, tanto Larrainzar como Arguiñano
huyeron de Puente la Reina. Larrainzar volvió a presentarse ante la
justicia, convencido de no haber tenido culpa en aquella pelea. Fue

131
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 100551.
208 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
puesto en libertad. Más tarde Arguiñano hizo lo propio, si bien se
decretó un destierro de seis años para él
132
.
El 14 de octubre de 1601 Antón de Herrera, «vagamundo» y
persona «en opinión de ladrón, hombre ocioso que no quiere
trabajar con ser muy recio», se encontraba pidiendo limosna junto a
la cruz de la Navarrería, en Pamplona. El padre de huérfanos le pidió
varias veces que «se salga de la ciudad y no vuelva a ella ni ande a
pedir limosna», cosa que no hizo. Dicho día el nuncio García de
Caspe, acompañado por otros nuncios apresaron al dicho Herrera.
Durante el trayecto que lo llevaba hacia las cárceles reales, en par de
la casa de Antón Rojo el zapatero, en la actual calle nueva, Herrera
gritó «¡voto a Dios que tengo de matar alguno!», y sacó una «hoz de
podar que no sabe si la llevaba en la faldriquera o en la cinta» con la
cual hirió gravemente en la cabeza al nuncio García de Caspe,
provocándole una herida que le causó la muerte. Entre varios criados
que ahí se encontraban y varios nuncios consiguieron detener al
dicho Herrera y llevarlo a prisión. Al parecer el dicho Herrera debía
sufrir algún tipo de locura, pues cuando lo detuvieron por
vagabundo gritó «¡qué me han de hacer a mí! ¡déjenme ir con mi
padre pues soy pariente del Rey!». Un testigo lo consideraba

Falto de entendimiento y simple y que el tiempo que con él estaba era
de balde y mal gastado por el dicho defecto de entendimiento y esto en
tanto grado que ni sabía hablar responder ni hacer un recado y por ser
finalmente tan simple los oficiales de la casa se reían y jugaban de manera
que era muy grande estorbo y nengún servicio.

La justicia no creyó esta versión, y Herrera fue condenado a ocho
años de galeras al remo
133
.
En definitiva, la resistencia a la autoridad fue otra de las causas de
aparición de la violencia en la Navarra moderna. No nos extraña esta
resistencia que ejercían los futuros presos, pues bien sabían que lo
que les esperaba en las cárceles reales, como veremos en el capítulo
dedicado al proceso judicial en la Navarra de los siglos XVI y XVII,
eran varios meses, si no años, de penurias en las cárceles reales, donde
pasarían frío y hambre. Además, podían ser objeto de un tormento o,

132
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 103312.
133
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 13231.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 209
en casos extremos, de la pena de muerte. Es por ello que Juan de
Errazquin, acusado de envenenamiento en 1540, decía que «él quería
por ser tan viejo y fatigado primero perder cuanto tenía que no
meterse en la cárcel»
134
.
7. El azar
Las dificultades que encontraba la justicia a la hora de investigar
un crimen se ponen de manifiesto en diversos casos en los que, por
azar o casualidad, alguien resultó muerto en extrañas circunstancias.
La justicia no permitía que ninguna muerte sospechosa quedase
impune, y en ocasiones topaba con casos en los que o bien no era
posible condenar a nadie por falta de pruebas que lo señalasen
directamente, o bien el hecho de la muerte fue absolutamente
fortuito, de manera que a pesar de las investigaciones realizadas, el
proceso debió ser concluido antes de llegar a una sentencia final.
Un buen ejemplo lo tenemos en la muerte de Juan de Odériz el
día de San Jorge de 1595. Aquel día, como siempre, el joven Juan de
Odériz pasó por la pamplonesa calle de las Carnicerías viejas para
buscar a su amigo Marco Antonio de Arbizu. Mientras esperaba a
que bajase, comentó con Teresa de Irurre, madre de Marco Antonio,
que había ido ya a la procesión del santo. Cuando Marco Antonio
bajó, los dos amigos se saludaron e hicieron un juego de manos que
siempre hacían al saludarse, medio peleándose, aunque en esta
ocasión la mala suerte hizo que el palo que Marco Antonio de
Arbizu llevaba penetrase en el ojo de Juan de Odériz, sacándoselo. La
herida fue muy grave, llegándole según Sancho Barrena el cirujano
hasta los sesos, y a los pocos días y tras pasar una lenta agonía Juan de
Odériz murió en su cama. La madre de Juan, María de Ochovi,
presentó una demanda contra Marco Antonio de Arbizu y trató de
que fuese condenado a darle una indemnización, acusándole de que
se burlaba de ella por la calle; pero no tuvo éxito y la Corte Mayor
no condenó al joven más que a una pena pecuniaria
135
.
También la muerte del soldado Cristóbal Martínez se debió más a
la casualidad que a otra razón, aunque el vino influyó en cierta
medida también en ella. Un domingo de 1593 Domingo de Aguirre
invitó a Cristóbal Martínez a que cenara en su posada, aunque éste

134
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 64029.
135
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 071692.
210 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
no quiso cenar porque ya lo había hecho. Sin embargo, decidió
acompañarlo. Había bebido un poco, y en la posada de Domingo
siguió bebiendo. Tras una agradable velada, se marchó de allá en
compañía del propio Domingo. Cuando salían de la casa Cristóbal se
equivocó de camino, y Domingo le guió por la escalera correcta.
Cuando bajaban las escaleras, Domingo por delante, sintió que
Cristóbal le empujaba fuertemente. Domingo tuvo suerte y chocó
contra la pared, pero cuando tras escuchar el ruido los vecinos
encendieron un candil para ver lo sucedido, se encontraron a
Cristóbal en el suelo sangrando por las orejas. Según parece, el vino
le había hecho pisar mal las escaleras, que además se encontraban en
mal estado, tropezando y golpeándose fuertemente en la cabeza.
Aunque los alcaldes de la Corte trataron de buscar alguna causa más
allá de la casualidad, no encontraron ninguna, y Domingo de Aguirre
se vio libre de acusación
136
.
En muchas ocasiones la casualidad no resulta tan azarosa, como en
el caso de la muerte del niño Francisco de Rueda, el miércoles 20 de
julio de 1558. Aquel día hizo gran calor en Pamplona, y como era
costumbre los niños de la ciudad bajaron al río Arga a bañarse, junto
a Santa Engracia. Entre los que ahí jugaban se encontraban Francisco
de Rueda, de 13 años, y Joanes de Sanduru, de unos 18. Varios
‘mayores’ fueron a coger avellanas a «la huerta de Maricha», que se
encontraba junto al río. Francisco de Rueda quiso coger unas
avellanas, pero Sanduru no se lo permitió. Visto esto, Francisco se
volvió a meter en el río y comenzó a vociferar diciendo que estaban
hurtando en la huerta. Sanduru empezó a tirarle piedras, para que
callase, con tan mala suerte que una de ellas dio de lleno en la cabeza
de Francisco de Rueda, que salió llorando del río. A los pocos días
Francisco murió y debido a la demanda que contra él impusieron sus
padres, Sanduru debió ausentarse de la ciudad de Pamplona
137
.
El año de 1549, en el lugar de Echarri Aranaz se encontraban
trabajando en el campo Miguel de Echarri y Juan de Iriarte. En un
descuido

Trabajando sin hacer ni decir mal a nadie ni al dicho Joanes de Iriart y
descuidado con ánimo e intención de querer herir y maltratar al dicho

136
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 148587.
137
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 96954, ff.16r-19v.
CAPÍTULO III. CAUSAS Y CIRCUNSTANCIAS 211
Miguel de Echarri el dicho Joanes le dio con unas layas de hierro que
tenía en las manos y le incó las puntas de ellas en la pierna donde le herió
muy mal y le salió mucha sangre.

Dicha herida ocasionó grandes gastos en su cura a Miguel de
Echarri, gastos que Iriarte se negaba a pagar, razón por la cual
demandó al dicho Iriarte
138
.
El 14 de febrero de 1671, Agustín Carrascón acompañaba a su
amo Diego de Gayangoz camino de Pamplona tras haber vendido
tabaco en Sangüesa. Durante el camino, Gayangoz desmontó de su
cabalgadura para orinar, teniendo la mala fortuna de que el arcabuz
que llevaba se disparó y le hirió en las costillas. Si bien Carrascón
llevó rápidamente a su amo a una posada donde trataron de sanarlo,
falleció al poco tiempo. La justicia no creyó la versión de Carrascón,
al cual el fiscal acusó de bandidaje y fue condenado a prisión
139
.
Una vez más nos salen a la luz casos que la justicia no pudo
resolver o, por lo menos, no con todas las garantías de acertar en su
sentencia. Muchos casos que en realidad habían sido causa del azar
fueron juzgados por los tribunales y, como ya vimos al hablar del
envenenamiento, muchos otros probablemente pasaron como
muertes naturales, o fortuitas, sin que nadie los investigase. No sería
hasta siglos después cuando el desarrollo de la ciencia forense
permitió discernir unos casos de otros.

138
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 2120279.
139
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 16931.

CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA
A partir del siglo XVI asistimos a una revolución religiosa que
hizo que la Iglesia reformada por el concilio de Trento inundara de
una manera nunca antes vista todos los ámbitos de la sociedad. La
Edad Media había sido una época dominada por el cristianismo, pero
éste no había llegado a aclarar una serie de dogmas y preceptos,
existía una falta de definición dogmática, una relajación de las
costumbres, falta de formación religiosa e intelectual del clero y una
falta de respeto a lo que la propia Iglesia consideraba sagrado.
Diferentes reformas sacudieron la Europa del siglo XVI, tratando de
construir una nueva sociedad confesional, «una unidad corporativa y
gregaria de fieles, que asumen una doctrina dogmática común, un
código de normas estandarizadas y una función pública del hecho
religioso»
1
.
El modelo de religiosidad que fructificó a partir de la Reforma
Católica, en palabras de Virgilio pinto Crespo, fue el de la
religiosidad de la presencia social. La legitimidad de dicho modelo se
fraguó en la lucha contra la herejía desde la Baja Edad Media hasta el
siglo XVIII. En los lugares menos «controlados» por la Iglesia se
favorecía el surgimiento de la herejía, que una vez surgía se
desarrollaba fácilmente en los lugares menos controlados por el poder
religioso. El objetivo final era pues aumentar la presencia de la Iglesia
en todos aquellos espacios de la vida social donde no se hallaba
presente.
No cabe duda de que dicha necesidad de presencia social hacía
coincidir al poder eclesial con el poder civil, ambos inmersos en un
proceso de fortalecimiento y centralización de sus respectivas esferas
de poder. Ambos trataban de establecer, siguiendo al mismo autor,
fuertes vínculos jurídicos con sus súbditos consiguiendo así que éstos

1
García Cárcel, 1998, p. 52.
214 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
sintiesen cercana y efectiva la presencia de los respectivos poderes
2
.
El objetivo último era transformar las conciencias de los fieles para
adecuarlas así a un nuevo modelo de hombre cristiano.
En palabras de Daniel Sánchez, ‘los poderes eclesiástico y civil
coincidían en sus objetivos. Ambos pretendían el fortalecimiento y la
centralización en las respectivas esferas de poder, y se aliaron
utilizándose mutuamente. Crearon sutiles lazos espirituales, afectivos
y judiciales con sus súbditos y fieles, haciendo sentir su presencia
como algo omnipresente y efectivo. El poder civil encontró en la
nueva doctrina reformadora unas bases teóricas que dotaban de un
contenido al Estado nación que nacía a la modernidad, sosteniendo y
justificando la nueva monarquía absoluta y toda su estructura
jurisdiccional, apoyada en parte en los poderosos recursos materiales,
humanos y espirituales con que contaba la Iglesia. Así mismo, la
Iglesia también encontró en el poder político la fuerza necesaria para
extender y hacer cumplir sus renovadas doctrinas, sus normas y su
modelo de sociedad’
3
.
Todo lo dicho es lo que la historiografía alemana denominó a
partir de los años 60 el proceso de «confesionalización», un proceso
estrechamente ligado a otro proceso paralelo, el proceso de
«disciplinamiento social»
4
. A través de ellos intentaba describir los
cambios que se produjeron durante dicho periodo histórico en la
sociedad alemana, mediante el estudio de las importantes relaciones
entre instituciones y sociedad y su objetivo de modelar
comportamientos individuales y colectivos
5
.
Una fuente fundamental en nuestra investigación la constituyen
los manuales de confesores
6
. Éstos, según Morgado García, reflejan la
viveza de los debates que se produjeron en el seno de la teología
moral
7
. El sacramento de la penitencia fue, debido a su cercanía a los

2
Pinto Crespo, 1988, p. 186.
3
Sánchez Aguirreolea, 2006, p. 42.
4
Sobre los procesos de Disciplinamiento Social y Confesionalización pueden
consultarse los trabajos de Österberg, (1996a, 1996b) Reinhard, (1993), Schilling,
(1992, 1993, 2002), Hsia, (1992, 1998), Lotz-Heumann (2001), Usunáriz (2002), o
Sánchez Aguirreolea (2006, 2008), entre otros.
5
Usunáriz, 2003, p.298.
6
Debemos citar aquí el clásico trabajo que Jean Delumeau dedicó a la
confesión. Delumeau, 1992.
7
Morgado García, 1996-1997.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 215
problemas cotidianos, el que más directamente se vio implicado en
los casos de asesinato.
El concilio de Trento reafirmó la obligación a la confesión anual
impuesta en el concilio Lateranense IV, recordando que la confesión
oral de los pecados para obtener la absolución se había practicado
desde el principio en la Iglesia, porque pertenece al sacramento tal y
como había sido instituido por Cristo
8
. Según Trento, no quedaba
de ningún modo a la discreción del penitente el confesar o no las
culpas graves, el recurrir al sacramento o tranquilizar su conciencia
por otros procedimientos. Además, exigía que la confesión fuese
concreta, no bastaba declararse pecador genéricamente, había que
recitar de manera extremadamente precisa las transgresiones
cometidas
9
. Siguiendo a Kamen, hacia comienzos del siglo XVI la
práctica de la confesión había perdido su rigor: muchos clérigos no
sabían cómo administrar el sacramento adecuadamente, y la tarea
solía dejarse al clero itinerante, que por lo general estaba compuesto
por frailes, aunque a veces también por clérigos que se ganaban la
vida exclusivamente gracias a que iban de ciudad en ciudad y
utilizaban sus propios métodos de confesión
10
.
Por todo lo dicho, la Iglesia debía contar con confesores bien
preparados, y en este contexto surgieron los manuales de confesores,
extensas obras que trataban pecado por pecado todas las posibles
situaciones ante las que podía encontrarse un confesor y el tipo de
penas que éste debía aplicar a los pecadores. De todos los manuales
publicados, el de Martín de Azpilcueta, el Doctor Navarro fue el más
importante, tanto a nivel de ediciones como por su influencia en
otros tratados posteriores, pero no debemos olvidar otros como los
de Pedraza, Medina o Noydens, que en conjunto supusieron un
importante avance de la Teología Moral de la Iglesia y tuvieron un
gran impacto, consecuentemente, en las conciencias de las gentes de
la Edad Moderna.
1. V mandamiento: no matarás
El quinto mandamiento ordena que no se mate a nadie. Sin
embargo, como veremos, los manuales de confesores llegaron a

8
Blanco, 2000, p. 84.
9
Blanco, 2000, p. 91.
10
Kamen, 1998, p. 114.
216 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
justificar el matar a una persona, siempre que se dieran algunos casos,
como podían ser la autoridad de Dios (los mártires que mueren por
defender la fe), la autoridad de un juez legítimo, la guerra justa y la
defensa de la propia vida
11
. Ninguno de ellos permitía el matar a
nadie a causa del odio o de la venganza. Sin embargo, la defensa de la
propia vida fue un tema que causó gran discusión en estos tratados y
que provocó infinidad de matices. Los confesores trataron un amplio
abanico de temas relacionados con la muerte. ¿Qué ocurría cuando,
pudiendo salvar a alguien, no se hacía? ¿Era pecado matar a alguien
condenado a muerte por la justicia? O ¿Qué ocurría con el suicidio?
Los confesores dieron respuestas similares a todas estas preguntas.
Centrándose en lo dicho por autores anteriores, fueron justificando
poco a poco todas estas cuestiones. Sin embargo, esto no evitó que
tuvieran visiones distintas en torno a un mismo tema, y que lo que
para uno podía ser un pecado mortal, para otro no pasase de ser un
pecado venial. A continuación ofreceremos un breve resumen de lo
escrito por cada uno de estos autores. En cada uno de ellos
destacaremos lo novedoso de sus escritos, si bien determinados temas
tratados por varios o todos ellos los hemos incluido en epígrafes
diferenciados.
1.1. San Antonino de Florencia
El primero de los manuales consultados es el de San Antonino de
Florencia, de la orden de Santo Domingo, obispo de dicha ciudad
entre 1446 y 1459. Según San Antonino, no era lícito matar a nadie
«voluntariamente fuera de orden de derecho, o fuera de la intención
o propósito suyo, ejerciendo alguna cosa ilícita». Tampoco permitía
que un juez ordenase matar a nadie si «no tiene señorío o poder
legítimo en lo hace por justicia, mas por venganza o por avaricia o
por crudeza». El caso del aborto consideraba que ya sólo el intentarlo
era pecado, pero no debía recurrirse al obispo si «era ya formado en
el vientre», hecho más grave aún y ante el cual sí debía acudirse a la
máxima autoridad. Según sus propias palabras, «Si la mujer preñada
fuera de su propósito y sin intención alguna y deliberación abortase:
si cometió negligencia manifiesta y culpa como sería que bailó
mucho, trabajó, o por desordenadas lujurias no sería sin pecado

11
Sánchez Aguirreolea, 2006, p. 46.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 217
mortal, y ello mismo sería en el hombre o otros que la hiriese de lo
cual sigue esto, empero al contrario sería si no fuese causa dello». En
relación al infanticidio, San Antonino consideraba que era pecado
mortal el cometerlo, y mayor pecado aún si «no era baptizado».
Según explicaba, «si la madre o la ama ahoga al niño que tiene cabe
si poniéndole descuidadamente el brazo encima es pecado mortal, y
es caso de obispo». Igualmente, el matar a alguien de la familia era
considerado algo extremadamente grave y reservado en exclusiva al
obispo.
Para San Antonino resultaba gravísimo pecado el matar a alguien
o el cortarle un miembro en el intento. Pero mayor era el pecado
aún si el perjudicado era un clérigo, pues no sólo pecaba
mortalmente, sino que además el agresor era descomulgado, de
forma que sólo podía ser absuelto por el Papa o «el sumo
penitenciario». Igualmente, aquel que incitase a matar a alguien era
igual de pecador que el ejecutor de la muerte, y pecado gravísimo
era también que alguien matase por dinero. Más aún, San Antonino
consideraba que el desear la muerte a alguien era ya un pecado
gravísimo, fuera cual fuera la causa de dicho odio. Igualmente, el
matar a alguien a causa del juego o de un torneo era pecado
gravísimo. Pero el matar a alguna persona en lugar sagrado, era
considerado sacrilegio y consideraba que la Iglesia había quedado
violada e injuriada.
1.2. Martín de Azpilcueta
El más importante de los manuales de confesores fue, como ya
hemos dicho, el de Martín de Azpilcueta. Dicha obra alcanzó las 92
publicaciones a lo largo del siglo XVI
12
. Su primera edición fue en
1549, en portugués, y la segunda en 1556, ya en castellano. Dicho
manual se dirigía específicamente «tanto a los penitentes cultos como
a cualquier confesor». Según Azpilcueta, todo hombre debía
confesarse «cuando hay peligro probable de muerte», esto es, en caso
de tormenta con peligro probable de perder el navío, batalla campal,
fiebre grande y aguda, momento del parto «alo menos que la que
tiene experiencia de parto difícil» y cuando uno cree que

12
Martínez Ferrer, 1996, p. 79.
218 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
probablemente no podrá confesar en todo el año
13
. El libro del
Doctor Navarro marcó, en palabras de Daniel Sánchez, «un auténtico
hito en la historia de la teología moral por su claridad, su bagaje
cultural, su método equilibrado y su preocupación pastoral. Marcó
un rumbo no sólo en el método, sino también en la teoría: la
importancia de un arrepentimiento verdadero y, sobre todo, la
adaptación a las circunstancias, circunstancias a la hora de valorar la
gravedad de un pecado, circunstancias para la imposición de una
penitencia adaptada a las capacidades del penitente y, finalmente,
también circunstancias en la práctica de la confesión, pues en algunas
de peligro real cualquier confesor era bueno»
14
.
Martín de Azpilcueta escribió, en relación al quinto
mandamiento, toda una casuística, una serie de situaciones de lo más
diversas en las cuales era o no pecado mortal el matar a alguien.
Como veremos, el hecho de matar a alguien ya era, en su opinión,
motivo de pecado mortal. Pero existían también diversos atenuantes
que podían convertir aquel hecho en pecado venial, e incluso librar
de toda culpa al homicida.
La primera idea que nos daba Azpilcueta es que por este quinto
mandamiento «no solamente se veda el matar o herir, pero aun el
quererlo hacer», porque siguiendo a Santo Tomás, «los pecados del
corazón, boca y obra, de una misma especie son». Según el autor,
«los que quebrantan por deseo de venganza, o algún otro público o
particular, injusto, quieren, procuran o obran la muerte o cualquier
otro daño personal y corporal notable del prójimo» incurrían en este
pecado. Sin embargo sí era permitido matar «por justicia o por
guerra justa, (…) para medio de paz y sosiego de la república, pero el
que en otros casos mata, no puede justamente querer matar ni tomar
la muerte para medio de se defender, sino de defenderse a sí o al
prójimo, o a lo suyo, aunque de eso se siga la muerte del invasor».
Siguiendo a Martín de Azpilcueta en relación al quinto
mandamiento, trataba de aclarar que no era pecado el matar, si dicha
muerte se hacía de manera lícita. En ningún caso permitía matar a
causa de odio o venganza, aunque sí era lícito el matar por defender
la hacienda propia, puesto que ésta era necesaria para poder vivir.
Según sus propias palabras

13
Martínez Ferrer, 1998, pp. 67-69.
14
Sánchez Aguirreolea, 2006, p. 44.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 219

por defender la hacienda, puede matar: y la honra vale más que la
hacienda (...)si el acometido no puede huir sin deshonra, no es obligado
a huir: y si no se puede defender de una bofetada, o de otra herida, sin
que lo mate, lo puede matar: y al revés, quien ya está herido
mortalmente, o ya el acometedor lo ha dejado, y se va huyendo, no
puede sin pecado matarlo, porque ya aquello es venganza, y pasa los
límites de la defensión
15
.

Eso sí, Azpilcueta aclaraba que no era lícito el matar, aun
defendiendo la hacienda, si hubiera habido otros medios por los que
defenderse sin recurrir a la violencia. Por otro lado, Azpilcueta habla
de las obligaciones que tenían los homicidas y, entre ellas, la
restitución que los agresores debían hacer a los herederos, «lo que
por su arte o trabajo pudiera ganar el muerto», aunque también aclara
cómo

A mayor restitución es obligado el que mata a un zapatero, o a otro
oficial mecánico, que el que mata a un noble: aunque más peque quien
mata a éste, que a aquél
16
.
1.3. Fray Juan de Pedraza
En tercer lugar, debemos citar la Summa de casos de consciencia
(…) muy necessaria a eclesiásticos y confesores publicada también en
1578 por el padre Fray Juan de Pedraza. Este autor consideraba que
sólo en cuatro casos era lícito el matar. El primero de ellos era ‘por
autoridad de Dios’, «como Sansón, que se mató a sí mesmo». En
segundo lugar, era lícito matar en caso de ‘guerra justa’. El tercer
caso en el que era lícito matar era ‘por auctoridad pública, que toda
la comunidad esenta, o el príncipe, «que de justo título puede
castigar a los malhechores, que de otra manera no sería república
perfecta, ni habría concierto enella, y aun condenar a muerte por
algunos delitos cualificados». El último caso comprendía defender la
propia vida, la de aquel que, sin querer violencia, se veía agredido, o
defender la castidad o la hacienda. «Pero si andando en esta pelea se
escudó mal en contrario, y fue muerto, o herido, suya fue la culpa, y

15
Azpilcueta, 1556, ff.148v-149r.
16
Azpilcueta, 1556, ff.152r-v.
220 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
el otro es sin ella. Y si vienes tras él, y no puede huir por ser cojo, o
flaco, o por otro impedimento, y tiene una sola ballesta armada,
podrala soltar diciendo paz al contrario». Pedraza finalizaba este
capítulo diciendo que un clérigo, si por defender su vida mataba, no
quedaba irregular, «Pero si defendiendo su hacienda por no ser
robado, o su libertad por no ser captivo matase algún moro cosario
no pecaría, más sería irregular, y no podría celebrar porque el moro
no le quiere matar sino captivar, y el derecho solamente le da, que
matando por defender su vida no sea irregular»
17
.
Una de sus aportaciones más importantes consistió en el deseo de
vivir eternamente, cosa que él consideraba era grande pecado. Según
escribió «Si [el confesado] deseó vivir para siempre en esta vida fue
culpa mortal, porque habiéndole Dios criado para gozar de su vista
en aquella región bien aventurada, es grande ingratitud no hacer caso
della, contentándose con esta miseria»
18
. Además, Pedraza también
trató el tema de la injuria. Según escribió las injurias debían ser
perdonadas, «porque amar a los enemigos es mandamiento».

Y además desto no puede el que fue injuriado de otro ejecutar por su
propia autoridad contra él la pena que merece, ni procurar que sea
castigado por justicia por hacerle mal y vengarse del que ya sería odio. Y
si todavía determina de poner la causa en juicio, ha de ser por
conservación de la justicia, o porque el daño le sea satisfecho, que no
quiere perder su provecho, o por honra de Dios y bien de la república,
porque el castigo de uno sea escarmiento de muchos, o porque no se
atreva adelante a cosas semejantes
19
.

1.4. Fray Antonio de Córdoba
Otro de los clérigos que trataron específicamente el tema del
quinto mandamiento fue el franciscano Fray Antonio de Córdoba.
Este autor estructuró su manual de confesores en distintas
«cuestiones» que podría hacerse el confesor, dando respuesta a todas
ellas. Una de las cuestiones que se planteaba dicho autor fue en qué
situación quedaba quien, habiendo herido a una persona, ésta moría

17
Pedraza, 1578, ff. 45r-47r.
18
Pedraza, 1578, f. 49v.
19
Pedraza, 1578, f. 51r.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 221
por la mala praxis de algún médico o cirujano
20
. Consideraba que,
ante esta duda, el agresor quedaba irregular, pues a fin de cuentas se
trataba de un homicidio en el que dos personas habían estado
riñendo entre sí, aunque no tuvo intención de matarle. Según Fray
Antonio

Y siendo esto así, es regla general de derechos y juristas que incurre en
irregularidad el que haciendo alguna cosa ilícita como es estando riñendo
con otro le hiere, no grave ni de herida mortal, ni con ánimo de matarle
ni herirle mortalmente sino ligeramente, si el tal herido por no guardarse
ni curarse, o por mala cura del médico, o por su culpa por haberse
puesto en trabajos o sudores o otras obras finalmente vino a morir de la
herida. Porque entonces se tiene consideración a la causa remota
culpable, que es a la herida que se hizo riñendo, para decir que fue causa
culpable de la tal muerte, y que por ella se incurre irregularidad
21
.

La mayor aportación de Fray Antonio de Córdoba sin embargo se
refiere al hecho de si el criminal está obligado o no a reconocer su
autoría, especialmente si algún inocente estaba acusado de ello. Se
trata éste de un tema de gran relevancia en nuestra investigación,
pues como veremos está en estrecha relación con el proceso de
confesionalización al que hemos aludido a lo largo de todo este
trabajo.
Córdoba alude en primer lugar al papel que debían jugar los
jueces, los cuales no podían acusar a alguien

Preguntando si fulano hizo tal mal, sino cuando la tal persona está
especialmente infamada dello: ca entonces se puede mandar que quién
sabe quién ha hecho tal cosa, o si fulano hizo tal cosa, lo venga
declarando o diciendo como testigo. Empero si para hacer la tal pesquisa
o inquisición especial contra la tal persona particular bastan solos indicios
manifiestos (…) no bastan indicios para hacer la tal pesquisa particular
contra fulano: y que estos indicios solamente valen por semiplena
probación, para que por vía de acusación el juez pueda forzar al reo que
está especialmente acusado dello, y a los testigos, para que confiese, y
ellos digan la verdad que saben en el tal caso.

20
Este tema está relacionado con la teología moral en torno a médicos y
cirujanos, su práctica y formación, de la que hablamos en el capítulo dedicado al
proceso judicial.
21
Córdoba, 1578, Q. 34, ff. 86v-88r.
222 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Córdoba añadía además que si el criminal era visto por la justicia
cometiendo su acto delictivo, ésta podía arrestarlo y su simple
testimonio valía como prueba condenatoria. En cuanto a si el autor
del delito estaba obligado o no a declararlo, Córdoba opinaba que sí,
debía declarar, excepto en siete casos.
El primero de estos casos era cuando el juez, especialmente el
eclesiástico, lo mandaba «por sus cartas de descomunión, solo o
principalmente para enmienda, y para evitar el pecado mortal del
delincuente, o para satisfacer o remediar el daño del próximo o de la
república, hecho o por hacer, que se teme». En dicho caso, el
delincuente no debía decir nada, «sino callar, o decir que no sabe
nada si le toman juramento».
El segundo caso era «cuando general o especialmente manda el
superior que declaren la verdad, a fin que el tal delincuente sea
castigado, para escarmiento de otros, o para cumplimiento de justicia
al que la pide, como ordinariamente lo hacen los jueces». En dicho
caso no debía declarar, «sino cuando le constase que está ya infamado
de aquel delicto, o que está denunciado o acusado dello, y que hay
otro testigo digno de fee, o indicios bastantemente probados, y el
juez general o especialmente manda, para cumplimiento de
probanza, que cualquiera que lo sabe lo venga diciendo como testigo
o declarando».
El tercer caso era conocer el delito «sub sigillo secreti», esto es, en
confesión secreta, «para aconsejar o ayudar a remediar el alma, o
cuerpo, honra, o hacienda, sobre el tal delicto o negocio: como son
los médicos, parteras, letrados, abogados, consejeros, o ayudadores
para ello, a quien se ha descubierto el negocio para el remedio o
ayuda». Según Córdoba, si bien se pedía descomunión contra todos
aquellos que no declarasen lo que sabían, por el contrario pecaban
mortalmente si revelaban un secreto de tal importancia y, por tanto,
no debían revelarlo. «Y solamente pueden y deben decir lo que
saben por otra vía fuera del dicho secreto, como del sacerdote lo que
sabe por confesión dicen los doctores que lo ha de hacer así». La
única excepción sería en caso de que tal secreto afectase a la
república, «entonces todo secreto, fuera del de la confesión
sacramental, se ha de revelar, no más de cuanto basta para remediar el
tal mal o daño: revelándolo a quien con menos detrimento del
delincuente se cree que lo remediara todo».
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 223
El cuarto caso es que la justicia hubiera ya ordenado alguna pena
y, por deuda con ella, se cometiera un delito. Según sus propias
palabras, «cuando consta que se tomó tal cosa por vía de recompensa
de alguna deuda liquida que se debía de justicia, y no por razón de
prometimiento o agradecimiento».
El quinto caso en el que Fray Antonio de Córdoba permitía
revelar la autoría de un delito era «cuando le forzasen a denunciar de
manera que probase lo que dice, no pudiéndolo probar, o cuando no
lo pudiese revelar ni ser testigo sin gran detrimento de su persona,
fama o hacienda (…) solamente es obligado como buenamente sin
notable detrimento suyo pudiera obedecer secretamente revelando lo
que sabe: y no de otra manera: ni de otra manera obligan los tales
preceptos y juramentos y descomuniones de los superiores».
El sexto caso ocurría cuando alguien seguía información que
había obtenido de personas no fidedignas. Entonces debía abstenerse
de declarar, pues podía inducir al juez a agravar la pena contra el
delincuente sin razón, y prefería que fuesen los mismos testigos
presenciales quienes declarasen los hechos.
Finalmente, tampoco estaba obligado alguien a declarar un delito
«si es persona privilegiada por derecho o por privilegio, para que en
tal negocio no sea obligado a ser testigo». En dicho caso, según
Córdoba podía acudir como «denunciador secreto», pero nunca
como testigo
22
.
Todo lo dicho incluía en el texto de Córdoba todo tipo de
delitos, incluidos los de fuerza o violencia. Pero además, quiso
especificar en su cuestión número 65 qué ocurría con aquel que
mataba a un hombre que era hallado en la calle, más específicamente
si debía o no auto inculparse siendo obligado a ello por la justicia. Su
respuesta a esta pregunta fue un rotundo sí, siguiendo la opinión «de
todos los doctores». Sin embargo advertía al juez que sólo podía
forzarlos a ello si había «indicios bastantes y bien probados» contra
ellos. En caso de que un juez lo forzase por medio de juramento o
amenazas de descomunión, según decían los doctores citados por este
autor, el acusado podría negar su participación. Sin embargo, otros
«tienen lo contrario, porque no les parece que se puede escusar de
mentira y de perjurio tales palabras: el cual perjurio o mentira no se
ha de cometer aunque peligre la vida de cualquiera. Y así según esta

22
Córdoba, 1578, Q. 64, ff. 174r-181r.
224 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
opinión será obligado a callar, o declarar la verdad, aunque los otros
peligren por ello». Córdoba coincidía con esta opinión, «salvo
cuando peligrase alguna persona muy útil a la república, o la tuviese
grande obligación, como si fuese padre o pariente muy cercano, o
señor, o maestro, &c. Ca entonces por evitar tan gran daño yo
formaría buena consciencia que la primera opinión como probable se
puede seguir: y que el tal juez tirano con razón puede ser así
engañado, sin mentir». En caso de que peligrase su propia vida,
Córdoba tampoco obligaba al acusado a declarar la verdad, «porque
ninguno es obligado regularmente, ni se ha de entender quererse
obligar por algún contrato o concierto, o por razón de algún secreto,
a salvar su próximo, en su persona, o en sus cosas, con peligro o
detrimento igual de la suya, o de sus cosas»
23
.
Fray Antonio de Córdoba trató este mismo tema en otra de sus
cuestiones, la 174. En ella, daba respuesta a qué ocurría con el que
mató a otro secretamente y castigaron a otro por ello, y a qué estaba
obligado. A esto respondía que «Pedro [el agresor verdadero]
restituirá a Martín [el injustamente acusado] todo el daño que por
ello le ha venido: que es todo lo que justamente pagó por la cura, y
por la injuria del herido: y por los días que perdió de su trabajo y
ganancia: y también las costas y dinero y destierro en que le
condenaron: pues fue causa eficaz y culpable de todo aquel daño de
Martín». Pero en caso de que aquel otro hubiera participado también
y hubiese sido condenado, el agresor estaba obligado a pagarle sólo
las curas y el tiempo en el que no pudo trabajar, pues también se
tendrían indicios de culpabilidad contra el acusado. En caso de que
‘Martín’ fuese acusado a muerte, tampoco ‘Pedro’ debía entregarse, a
menos que hubiese declarado en falso a la justicia
24
.
Córdoba también trató el tema de los homicidios ‘eclesiásticos’,
esto es, la situación en que quedaba una persona que, teniendo un
beneficio, mataba a alguien, o aquel que mataba a un clérigo. Según
Córdoba,

Se contrae no solamente irregularidad mas también descomunión
mayor (…) manifiesto es el tal estar inhabilitado para ministrar en las
órdenes que tiene, y para ser promovido ad ulteriores, y para dar y

23
Córdoba, 1578, Q. 65, ff. 181r-185r.
24
Córdoba, 1578, Q. 174, ff. 477v-479r.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 225
recibir sacramentos, y que es una paz para recibir beneficio eclesiástico y
impotente para darlo; y en esto no hay dubda, por razón de la tal
descomunión. . Mas si el homicidio voluntario no fuera tal que por él se
incurriese en descomunión, como es matar un seglar, y es público,
contráese solamente irregularidad, y por ella no puede administrar in
ordibus susceptis, nec ad vuteriores promoveri, mas no queda ipso facto
privado del beneficio que tiene, aunque sea curado, ante sentenntiam
iudicis. Aunque queda incapaz y inhábil para recebir beneficio
eclesiástico de nuevo, hasta que con él se dispense en esto
25
.

Córdoba daba además algunos otros ejemplos de casos en los que
el homicidio podía conllevar no tan graves penas para quien tuviera
un beneficio, tratándose de estados de pérdida del beneficio sin
descomunión, pero la opinión principal era la ya referida.
1.5. Fray Manuel Rodríguez Lusitano
Del mismo año es la imponente Summa de casos de consciencia
con advertencias muy provechosas para confesores de Fray Manuel
Rodríguez Lusitano. En ella, dicho autor dio una serie de
circunstancias, algunas inverosímiles, en las que a una persona le era
lícito matar a otra persona, así como diversas situaciones en las que
podía verse envuelto tanto el agresor como el agredido. El resultado
fue uno de los manuales que más extensamente trataron el tema de la
violencia. El autor consideraba que el homicidio voluntario era un
pecado gravísimo, reservado a los obispos, y que por ello los
confesores podían incluso ‘absolverse’ de confesarlo, dejándoselo al
obispo. Además, en caso de herir o matar a un clérigo, este caso
conllevaba descomunión. Si el crimen era cometido en una iglesia,
pasaba a ser ya algo más; sacrilegio. Además, los confesores debían
estar muy atentos ante los homicidas, pues normalmente estos casos
solían llevar aparejados otros pecados como la envidia, la ira o el odio
que, igualmente, debían ser confesados y perdonados para liberar la
carga que el homicida llevaba en su alma
26
.
La primera idea que en torno al homicidio comentó este autor
nos resulta muy novedosa y de indudable interés. Rodríguez
Lusitano planteó el tema del asesinato preventivo. Según sus palabras,

25
Córdoba, 1578, Q.41, ff. 97r-99r.
26
Rodríguez Lusitano, 1597, ff. 337-338.
226 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
era que lícito era matar al «acometedor antes que reciba la injuria del
acometido». Por tanto, si alguien sospechaba que su vida corría
peligro de algún modo, podía recurrir al asesinato para salvarla. Así,
según sus propios ejemplos, lícito era para una mujer que hallaba
bajo la almohada un puñal matar a su marido, si con ello conseguía
salvar su vida. Igualmente, un hombre podía matar con veneno o de
otra manera a alguien que lo estuviera envenenando. Este autor
exigía además que dicha muerte se debía cometer en caso de riesgo
de muerte inminente, «porque si no lo es no se puede decir que
defiende su vida».
Unido a lo dicho, Rodríguez Lusitano consideraba, en
consonancia con los demás confesores, que cuando alguien acometía
contra otro, bien podía este utilizar la violencia e incluso matar para
librarse de él. Dicha muerte no debería ser un fin principal del
agredido, sino más bien un medio para librarse de su agresor. Si
dicha defensa era además de derecho natural’, era lícito tanto al
clérigo defenderse del secular como al secular del clérigo, y por ello
no se incurría en descomunión.
Rodríguez Lusitano consideraba igualmente pecaminoso el matar
a alguien mientras se huía de otro alguien. Según su ejemplo, si
alguien perseguía a caballo a otro alguien, y este último en su huída
atropellaba a un tercero, pecaba mortalmente, aunque de otra manera
no pudiese defenderse de su perseguidor. SI el hombre atropellado
estaba dormido en medio del camino real, o bloqueando el paso,
aquel que huía sí podía pisarlo, aún a riesgo de matarlo, pues
estorbaba el camino de todos aquellos que quisiesen pasar por ahí.
Así como este hombre tenía derecho a usar el camino, también el
que huye tiene dicho derecho y, por tanto, al estorbarlo no se
consideraba que el que huye hubiera cometido un homicidio.
Este autor continúa con sus curiosos ejemplos, rizando el rizo de
las situaciones más inverosímiles en las que un homicida pudiera
encontrarse. Así, consideraba que, si alguien era atacado, podía
defenderse, y si el atacante se escudaba detrás de un niño para no ser
herido, el agredido podía matar al niño, siempre que éste también
estuviese luchando, y siempre también con motivo de librarse de una
muerte inminente. Esto podía hacerse aunque el muchacho estuviese
loco o borracho.
Rodríguez Lusitano permitía matar también al Rey, si este
atacaba a alguien y, además, era un tirano o poseía o administraba el
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 227
reino tiránicamente. Pero si era buen príncipe y arremetía con
ímpetu, no era lícito matarle para defender la hacienda, «la cual se ha
de perder por ganar un buen príncipe a la república». Sin embargo, sí
era lícito matarlo en caso de defender la vida, «puesto que aunque los
vasallos deben anteponer la vida del príncipe a la suya propia, esto se
ha de entender cuando está el príncipe puesto en extrema necesidad,
no pudiendo huir del peligro en que está».
Lusitano trató también el tema de qué ocurría en caso de que
alguien tratando de separar a dos en una pelea acabase favoreciendo a
uno de ellos. Según decía, «el tercero sólo puede pelear en defensión
del acometido viéndolo muy acosado del acometedor. De aquí se
colige que el hermano viendo a su hermano acuchillarse con otro
solamente puede trabajar de poner paz, mas no puede ayudar a su
hermano contra el adversario, si no es en caso que se aparte de la
riña, y con todo eso le siga su contrario».
¿Era lícito herir a quien había herido por defender su honra?
Rodríguez Lusitano consideraba que sí. Sin embargo, si el agresor
huía, el agredido no podía perseguirlo, pues esto era ya «acometer, y
no defender la honra perdida, sino querer recuperarla y rehacer el
daño que con ella se causó». Además, si estuviera permitido «se
abriría un portillo a los vengativos, por el cual entrarían de rondón
en la ciudad de Babilonia, porque dirían los heridos que podrían
acometer a los que les habrían injuriado pasada una hora, y aún un
día después de hecha la injuria».
¿Qué hacer en caso de amenaza? Rodríguez Lusitano consideraba
que era lícito defenderse mediante un palo o un bofetón, si de otra
manera el injuriado no podía defender su honra. Incluso permitía el
quitar la vida del contrario,

pues quitándole la honra pone el contrario su vida al tablero, y en
alguna manera de gana hace señor della al que recibe la injuria. Y aunque
pueda el amenazado huir, si por huir pierde la honra, lícito le es hacer
rostro y matar al que le amenazó, salvo si le dio ocasión suficiente para le
amenazar, porque en este caso no se le puede matar, antes ha de huir,
aunque sea con deshonra suya. Porque cuando uno provoca a otro, ya le
injuria, y le da licencia para volver por su honra, y volviendo por ella no
es acometedor sino defensor»
27
.

27
Este asunto se encuentra muy en relación con el tema del honor, ya tratado
en este trabajo. Léase Orduna, 2009.
228 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA

Rodríguez Lusitano afirmaba además que tampoco les estaba
permitido a los clérigos herir o matar a nadie, aunque éste lo hubiera
deshonrado.
¿Qué ocurría con un tema tan grave como una violación?
Siguiendo a Rodríguez Lusitano, por defender la castidad era lícito el
utilizar la violencia, incluso el matar al agresor.

Verdad es que la mujer acometida está obligada a resistir por otra vía,
porque no resistiendo sino con mucha tibieza y flojedad ilícito le es
matar al acometedor, porque aunque peque no peca contra justicia pues
ella consiente no resistiendo como debe. (…) Y si esta mujer calla y no
resiste porque teme que resistiendo lo que es secreto se hará público
aborreciendo con todo esto la carnalidad le será lícito matar al
acometedor. Lo cual tengo por muy probable, porque aunque por
conservar su fama consienta en lo exterior en el acto, empero en lo
interior le hace gran violencia, por ella lo aborrecer, y por causa desta
violencia se puede defender. De aquí se infiere que puede un hombre
matar a otro aunque sea clérigo, o fraile, acometiéndole con el pecado
nefando, no se pudiendo defender del de otra manera.

Todo esto sería lícito en palabras de Rodríguez Lusitano si el
agresor no estaba dentro de una casa. En cuanto al robo, el autor
consideraba que en caso de que un ladrón estuviese robando bienes
temporales, el agredido no podía matarle, pues podía defenderse
vociferando. En cambio, si el robo ocurría en un lugar aislado y
nadie podía socorrer al agredido, éste bien podía matar al ladrón.
También los clérigos podían matar al ladrón en dichos casos.
¿Era pecado el dejarse matar? Rodríguez Lusitano opinaba que
no, porque «en este caso no se entrega a la muerte por la vida
corporal del agresor, mas por la espiritual, pues consta estar en
pecado mortal». Según fray Manuel, Cristo predicó este con palabras
y hechos, pues «por nuestra salud espiritual y por la de aquellos que
le salieron al encuentro para le matar, se dejó poner en una cruz»
28
.
Otro de los temas aportados por este autor fue el de dejarse morir
para salvar la vida del prójimo. Se trataba de un tema muy delicado,
puesto que si bien era grave pecado el dejarse morir o suicidarse,
igualmente lo era no ayudar a alguien en peligro de muerte, hecho

28
Rodríguez Lusitano, 1597, ff. 325-331.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 229
que se complicaba si para salvar la vida del segundo el primero debía
arriesgarse a perder la suya. El primer ejemplo que nos da Rodríguez
Lusitano resulta muy esclarecedor. ¿Debía, en caso de naufragio,
ceder su tabla una persona a otra, si de este modo podía acabar
muriendo? «Si alguno está puesto en una tabla en mitad de la mar no
es lícito salirse della para que otro se ponga enella, sino que la tiene
para aquella necesidad puédela dejar a otro, aunque sepa que de allí
ciertamente le ha de suceder la muerte». Siguiendo a Soto,
Rodríguez explicaba que no era lícito salirse de la tabla, pero sí no
tomarla si con ello se salvaba otra persona. Tampoco consideraba
Lusitano obligatorio defender la vida de uno, si a cambio el primero
perdía los bienes necesarios para sustentar su estado. Así, y siguiendo
con sus razonamientos, ¿era lícito separar a dos contendientes a
riesgo de perder la vida? Rodríguez Lusitano consideraba que sí, y de
hecho, era algo obligado para los prelados, puesto que los
contendientes estaban «pecando mortalmente, y por evitar un pecado
mortal y componer a los enemistados no solamente es lícito ponerse
en algún peligro, más aún ofrecerse a la muerte»
29
.
1.6. Bartolomé de Medina
Otro de los grandes autores de manual de confesores del siglo
XVI fue Bartolomé de Medina, que escribió la Breve instrucción de
cómo se ha de administrar el sacramento de la penitencia.
Se trató de un libro breve que apenas incidía, como otros
confesores, en detalles o casos particulares, y trató el tema del
homicidio en forma general. Para este autor no era ilícito el matar a
quien no se comportaba debidamente, y el que mata «hace muy bien
en matar a los hombres malos, y perniciosos: sólo se prohíbe en este
mandamiento el matar hombres indebida e injustamente, la cual obra
se llama en latín homicidio»
30
. Distinguía en dos tipos de muertes, la
espiritual y la corporal. Si bien consideraba que la primera era mucho
más grave, la segunda era irreparable, y según decía

El que mata corporalmente hace un daño irreparable de tal suerte que
no hay más poder para volverle a la vida, pero la vida espiritual que se
quita por el pecado mortal es recuperable volviéndose a Dios, como lo

29
Rodríguez Lusitano, 1597, ff. 332-334.
30
Medina, 1580, f.51r.
230 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
hace el que hace penitencia, y verdaderamente si la muerte corporal se
pudiese restaurar por nuestra voluntad, no sería tan grande mal
31
.

Al igual que Azpilcueta y otros confesores, este autor consideraba
que aquel que mataba defendiéndose no incurría en pecado, pero
que si tuvo alguna posibilidad de evitar la violencia, el pecado se
agravaba
32
.
1.7. Martín Carrillo
Martín Carrillo fue otro de los sacerdotes que escribió un Manual
de Confesores, publicado en 1622. Con respecto al quinto
mandamiento, pues Dios prometía eterna felicidad y no era posible
«mover e incitar los ánimos rebeldes no solamente a no matar, pero
ni a procurar rencillas ni enemistades; antes bien se había de desear y
procurar que todos tengamos un querer y unidad en Cristo, porque
todo lo que es odio, ira y rencor contra nuestro prójimo se prohíbe
en este precepto». Carrillo consideraba que matar a alguien era «la
mayor ofensa que al prójimo se le puede hacer», y por ello había que
conservar «la vida y el cuerpo del prójimo, y todo lo demás que a su
honra y provecho temporal y fama se requiere». Carrillo consideraba
que había que estar en paz con todo el mundo, «sufriendo y
tomando en paciencia las injurias y agravios que se nos hacen».
El no matar, consideraba Carrillo, era una ley tan antigua como la
existencia de criaturas racionales, «y es tan repugnante a la naturaleza
humana que no ha habido nación por bárbara que fuese que con el
apetito natural de conservar su naturaleza no hubiese condenado
matar con autoridad propia». Carrillo consideraba que el que mata a
otro cometía un agravio contra Dios, pues destruía una criatura
hecha a su imagen y semejanza, contra el ángel de la guardia y contra
la naturaleza humana, «quitándole quien la hermosea y adorna; y a
los amigos y parientes del ofendido». Carrillo continuaba acusando al
homicidio de ser algo contra toda razón y dictamen natural, pues
«todo animal ama y quiere a los de su especie». «Lo que yo no quiero
que contra mí se ejecute y haga, no debo quererlo para otro»
33
.

31
Medina, 1580, f.51r.
32
Medina, 1580, ff.52r-53v.
33
Carrillo, 1622, pp. 54-63.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 231
1.8. Benito Remigio de Noydens
Otro de los manuales fundamentales para la elaboración de
nuestro trabajo fue el de Benito Remigio de Noydens (1630-1685).
Apenas conocemos nada de su vida más allá de que nació en
Amberes. Es especialmente recordado por haber publicado en 1674
el Tesoro de la Lengua Castellana o Española. Sin embargo, a
nosotros nos interesa su aportación como confesor con su Práctica
del oficio de curas y confesores, y doctrina para penitentes, del año
de 1650.
Noydens comenzaba su capítulo dedicado al «no matarás»
recordando que no cometían este pecado aquellos que pensasen que
habían matado a su propia alma cayendo en otros vicios y pecados.
Dichos pecados debían ser confesados siguiendo el mandamiento
bajo el cual se encontraban, y nunca en este quinto mandamiento.
Siguiendo su ejemplo, el no haber ido a misa sería confesado
siguiendo lo relatado en el segundo mandamiento, y no en el quinto.
Noydens decidió antes que nada definir qué se entendía por un
homicidio. Según sus propias palabras, el homicidio

Es una acción injusta, conviene a saber, contra razón, caridad y justicia,
con odio, envidia o pasión, de donde se colige que es lícito matar a los
condenados a muerte por sus delitos, y a quienes permite la justicia que
cualquiera les pueda matar, como no se haga con ánimo de venganza o
odio, y es lícito matarlos con engaños o asechanzas, como a enemigos de
la república.

Matar o herir a alguien dentro de una iglesia era sacrilegio según
Noydens, ante lo cual recomendaba leer el capítulo dedicado al
primer mandamiento.
También habló Noydens del odio y el grave pecado que este
sentimiento suponía. Según decía, pecaba mortalmente quien
aborrecía al prójimo o aquel que le deseaba un daño notable por el
odio que le tenía. Debíamos amar hasta al mayor enemigo,
deseándole la salvación cuando lo pudiéramos hacer «sin notable
daño nuestro», e igualmente se le debían hacer «todos los bienes» que
se hacen a los no enemigos. De hecho, comentaba que las injurias
debían serle perdonadas, y no se debía acudir nunca a la justicia con
odio ni rencor, sino con celo de justicia. Un herido de muerte podía
no perdonar a su agresor, pero si abandonaba el odio y deseo de
232 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
venganza que contra él tenía sus pecados podrían ser perdonados. En
consecuencia, pecaba gravemente quien acudía a la justicia por
venganza o el que «sigue pleito por rencor». Noydens finalizaba su
capítulo en torno al quinto mandamiento declarando que no
importaba cuántas personas hubiera matado el confesante, pues
«satisface la confesión con acusarse de no más de un homicidio, (…)
porque en semejante acto no se halla más que una en número de
malicia»
34
.
1.9. Jaime de Corella
El último de los grandes manuales de confesores de los siglos XVI
y XVII fue la Práctica de el confesionario y explicación de las setenta
y cinco proposiciones condenadas por la santidad de n.s.p. Inocencio
XI, escrito hacia 1690 por fray Jaime de Corella, fraile capuchino
que había sido lector de Teología y era «misionario apostólico,
predicador de su Majestad y provincial de la provincia de la Purísima
Concepción del Reino de Navarra y Guipúzcoa». Formalmente, nos
encontramos ante una obra distinta, estructurada en forma de diálogo
entre un pecador que confiesa sus pecados y un confesor, que le
pregunta todas las eventualidades en las que pudo haber caído. En
general, Corella trató los temas más habituales entre los confesores,
sin innovaciones, y por ello incluimos sus escritos dentro de otros
epígrafes de este capítulo, relacionados con temas como la restitución
a la que los asesinos se veían obligados con respecto a los herederos
del difunto, el suicidio o el deseo de muerte a otras personas.
2. El pecado capital de la ira
El pecado capital de la ira afectaba de lleno al tema del homicidio,
y es por ello que autores como Medina, Carrillo o Pedraza le
prestaron una especial atención. La ira era definida por Medina como
«apetito desordenado de venganza» y era el origen de «rencillas,
contumelias, clamores, indignaciones y blasfemias», era «enemiga del
consejo, compañera de necedad y turbación, madre de las discordias,
enemistades y de otros muchos desastres»
35
. Para hacer frente a este
pecado, no había nada mejor que «la oración y el ejemplo de Cristo

34
Noydens, 1650, ff. 54-63.
35
Medina, 1580, p. 14.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 233
y su paciencia, porque injurias mayores recibió Cristo nuestro
Redentor, que sus enemigos no sólo le afrentaron sino que también
le quitaron la honra»
36
. Martín Carrillo en su Manual de Confesores
criticaba duramente este pecado, afirmando que

Los hombres vengativos viven poco, que unas veces la cólera, otras los
enemigos, otras la justicia les priva la vida, y así queda su alma condenada
a los infiernos y es tenido en la república por cruel, obteniendo
rigurosísimas penas en esta vida y en la otra. Porque es desatino grande
que quiera el vengativo perder, condenar y matar su propia alma por
perder y castigar el cuerpo de su enemigo
37
.

Carrillo también decía que «algunas veces tener ira con
moderación es justo (…) pero ha de ser con moderación y en
ocasiones, como vimos con Cristo nuestro Redemptor lo hizo con
quienes profanaban su templo (…) pero si la ira llega a descomponer
el verdadero uso de la razón, entonces es vicio»
38
.
Fray Juan de Pedraza trató también el tema de la ira en su Summa
de casos de conciencia. Según este autor, la ira no siempre era
pecado, pues San Gregorio decía que la ira es un instrumento de
‘virtus’ y Aristóteles que «enojarse como conviene es virtud».
Además, el propio Cristo miró a los fariseos con ira, «doliéndose de
verlos ciegos». Así, «cuando el prelado castiga con alguna alteración
al súbdito, el padre al hijo, el señor al criado, o el caballero pelea en
guerra justa, lo que mal se puede hacer sin alguna cólera, no hay
culpa». Sin embargo, en opinión de Fray Juan de Pedraza fuera de
estos casos la ira, «tamada de apetito de injusta venganza» era uno de
los siete pecados capitales, «y de su linaje, mortal salvo si fuese en
poca cosa, que entonces sería venial». Por tanto, si una persona
estando enojada con otra se autocontrolaba, no injuriaba ni agredía al
otro, seguía siendo pecado, pero no mortal. Seis casos podían llevar a
pecar mortalmente en el caso de la ira:

La primera es indignación, que es tener a otro por indigno de enojarle,
siendo él quien es. La segunda es clamor, dando curiosas voces confusas y
sin concierto. La tercera es hinchazón de corazón, que anda lleno de

36
Medina, 1580, p. 214.
37
Carrillo, 1622, p. 162.
38
Carrillo, 1622, p. 163.
234 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
pensamientos buscando cómo se vengará. La cuarta es contumelis, que
propiamente es injuriar a otro de alguna culpa, pero aquí se toma por
cualquier injuria de palabra. La quinta es rija, que es poner las manos en
otro. La sexta es blasphemis, como se vee en los jugadores ayrados
39
.
3. La casuística
4.1. La justicia, los reos de muerte y la teología moral
¿Cuál fue la actitud de los confesores en torno a la muerte de un
reo dictada por la justicia? Y ¿qué beneficios podían aplicar los jueces
a aquellos que habían cometido un asesinato? Los confesores no
olvidaron en sus manuales este tema, muy controvertido, puesto que
si matar a alguien era pecado mortal, como todos ellos decían, ¿era
lícito que la justicia aplicase penas de muerte? Martín de Azpilcueta
en su Manual aclaraba cómo no era partidario de la pena de muerte,
«aunque mucho convenía esto para su ánima»
40
. Sin embargo
Azpilcueta consideraba que «si siendo condenado a muerte por
justicia mató o hirió al ministro della, para se escapar» era igualmente
pecado, pues «cuando la fuerza es justa, la resistencia es injusta».
Unido a esto, Azpilcueta consideraba que el encarcelar a una persona
injustamente, fuese juez o no, era también pecado mortal. Más aún,
el condenar o querer condenar a alguien a muerte injustamente era
pecado mortal, al igual que si pudiendo liberar a un condenado a
muerte injustamente no lo hizo. Esto implicaba a todos los testigos
de un juicio. Don Martín consideraba que si alguien podía liberar a
alguna persona injustamente encarcelada en un juicio, pero no lo
hacía o no lo intentaba, estaba pecando mortalmente, a menos que
supiera de su inocencia en confesión sacramental, pues entonces
«debe callar y no entretenerse en lo librar, aunque lo tuviesen ya para
lo ahorcar, como si ninguna cosa enella oyera, porque no sabe si
adrede enella el paciente calló la verdad del delito porque es punido».
Nadie estaba obligado a ofrecer su testimonio para que alguien fuese
condenado a muerte, a menos que fuese constreñido por el juez.
Azpilcueta daba instrucciones precisas al confesor para que actuase
correctamente. Según le aconsejaba, debía preguntar a aquel que

39
Pedraza, 1578, ff. 51r-v.
40
Azpilicueta, 1556, ff.150r-v.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 235
hubiera cometido un homicidio «Si injustamente mató, cortó
miembro, hirió o apaleó a otro, o procuró algo de esto, o se holgó
de haberlo hecho», inquiriendo al homicida «qué le movió a matar, y
cuánto tiempo perseveró en aquel propósito, y cuántas veces trató en
su pensamiento delo hacer, y después de hecho, cuántas veces se
acordó dello». Según este autor, tan grave pecado era el cometer el
homicidio como el haberlo pensado, y se incurría en pecado mortal
por cada una de las veces en que se había pensado.
Fray Manuel Rodríguez Lusitano consideraba que para poder
condenar a alguien, un juez debía saber «acusación, instrumentos
públicos y escripturas, y término para responder, y otras
solemnidades que son de derecho natural, conviene a saber dar lugar
a la parte para que se defienda citándola, y oyéndola, y comprobar
con testigos la causa». Sólo podía dispensar, según este autor, el juez
supremo, y nunca uno inferior, y acusaba a «los jueces inferiores que
ocultamente hacen información, tomando testigos contra alguno, y
no le oyendo le condenan a muerte, matando ellos su alma sin
ningún género de duda». Sabiendo esto, Lusitano ofrecía siete
conclusiones. La primera era que si el crimen era del todo
improbable, no podía el supremo juez condenar a muerte al
delincuente «no se defendiendo». En segundo lugar, si el crimen era
«público, sin citación y testigos, puede ser el reo condenado y
castigado, porque de esto no se puede librar justamente negando el
hecho o por otra vía lícita». La tercera conclusión era que si el reo
era «tan poderoso que no hay poderle coger, puede ser condenado a
muerte aunque no le llamen ni se defienda». La cuarta, por su parte,
era que si el crimen había sido tan secreto que sólo el juez lo
conocía, y el reo no era poderoso ni rebelde, «mas si fuere llamado
aparecerá», si se teme daño en lo por venir, puede ser condenado a
muerte sin ser oído, y sin haberle defendido, siendo su crimen
grave». La quinta conclusión explicaba cómo el juez que había
querido condenar a muerte a un reo, a pesar de que con testigos no
había podido probar que fuera culpable, no solamente estaba
condenado a pecado de muerte, estaba además condenado a
restitución, pues esta pena no podía ser ejecutada «si no es probado
primero el crimen». La sexta conclusión narraba cómo el juez no
estaba obligado a liberar de la pena de muerte a un reo que quisiera
confesarse ni comulgar, «aunque sepa cierto que ha de morir en
pecado mortal». Sin embargo, sólo si el reo era un hombre
236 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
«facineroso y nocivo notablemente en la república» podía el juez
negarle la confesión y comunión a dicho reo. La última conclusión
de Rodríguez Lusitano en torno a la justicia era, unido con la
anterior, que si no existía posibilidad de que el reo escapase de la
cárcel, el juez debía permitirle tomar la comunión
41
.
Lusitano no sólo se centró en la labor del juez. Siguiendo su
manual, más adelante consideraba que tampoco una persona podía
hacer fuerza contra la justicia por defender su vida, «pues es cosa
cierta que la justicia le acomete justísimamente en este caso». Ni
siquiera el inocente podía «hacer violencia», aunque de ella no se
siguieran heridas. Según relataba, «yo en este caso, viniendo algún
particular a confesarse conmigo, no le condemnaría a pecado mortal
alegándome ser inocente y que tiene por cosa cierta que su delicto
no puede estar probado de manera que el juez con justicia lo pueda
prender»
42
.
4.2. Violencia doméstica
Azpilcueta también reparó brevemente en la violencia que los
maridos cometían contra sus mujeres, condenándola gravemente. Se
trató éste de uno de los temas más comentados por los confesores.
¿Era lícito que un marido que encontraba a su mujer yaciendo con
otro hombre matase a éste, como permitían los fueros? Según
explicaba Azpilcueta, «Si excesiva o atrozmente hirió o castigó a su
mujer (…) no puede hacer esto aun a su propio esclavo». Según
decía más adelante, «quien fue a tener parte con mujer casada, y
mató al marido por se defender de él, que hallándolo con ella lo
quería matar, es homicida». Fray Antonio de Córdoba también trató
este tema. Así, consideraba que el marido que encontrase a la mujer
cometiendo adulterio con otro hombre, era lícito que aceptase
dinero de este por salvarle la vida, pues el fuero permitía que en estos
casos el marido matase a ambos
43
. Fray Juan de Pedraza tampoco
permitía estos asesinatos, pues «ninguno puede matar a otro aunque
sea digno de muerte, salvo el que tiene autoridad pública, y siendo
vencido por bastante prueba, lo cual todo falta aquí». Según este
autor «las leyes compadecen de tan justo dolor, no por eso lo dan por

41
Rodríguez Lusitano, 1597, ff. 323-325.
42
Rodríguez Lusitano, 1597, f. 329.
43
Córdoba, 1578, Q. 77, ff. 223v-224v.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 237
bien hecho que una cosa es permitir, o dejar pasar la cosa sin castigo,
y otra probarla, así como la iglesia permite las mujeres públicas, no
castigándolas, ni yéndolas a la mano, por escusar otros mayores
inconvenientes, mas no aprueba su trato dándole por bueno»
44
.
Por el contrario, siguiendo a Azpilcueta la mujer debía seguir en
todo a su marido, a menos que ambos hiciesen un pacto o éste se
dedicara a actividades como la de «vagamundo».
4.3. Matar a alguien pudiendo salvarlo
Matar a alguien injustamente pudiendo salvar su vida, pero no la
del prójimo ni su honra, era motivo de irregularidad, si bien no
pecado mortal. Pero sí era pecado el matar a un ladrón que se
encontraba dentro de la casa, tanto si era un ladrón nocturno como
diurno, si bien el fuero diferenciaba ambos tipos. También era
pecado el matar a alguien por algún descuido, como echar tejas de
un tejado sin avisar o no apartar el cuchillo del cinto al castigar a un
menor golpeándolo. Resultaba pecado mortal el «no poner la
diligencia debida» en estos casos. Según sus propias palabras, «quien
se mete ilícitamente en algo que fue causa que matase a otro, para su
necesaria defensión, no solamente peca en se meter en ello, pero aun
es homicida, se ha de entender, cuando aquello ilícito era camino
para el homicidio, como si solamente quiso herir y mató». Si alguien
por su propia voluntad y sin el debido temor que debe tenerse a
situaciones peligrosas (como volteo sobre cuerdas en lugares muy
altos) se exponía a estas y moría o perdía algún miembro, pecaba
igualmente. Esto incluía el participar o inducir a hacerlo en torneo,
justas o juegos de cañas, porque «por la mayor parte hay muertes o
grandes heridas». Pero si estos se hacían «con la debida moderación»
eran permitidos. Azpilcueta es además partidario del «desafío justo»,
«cual es el que vee que por sentencia injusta le quitará la vida, o
algún miembro, si no entra en desafío con el acusador. Cual también
es de aquel rey o capitán que vee que tiene razón, y justicia, y por
tener su contrario muy mayor poder, cree que será vencido en la
batalla general, y por eso escoge la particular del desafío». El observar
o permitir los torneos o desafíos injustos era pecado venial, en
opinión de Azpilcueta, a menos que se tratase de clérigos o frailes,

44
Pedraza, 1578, ff. 47r-v.
238 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
cuya condición originaba que estos pecados pasasen a ser mortales. El
tema de la inducción a cometer asesinato también fue tratado por
Pedraza, autor que consideraba que «Si dañó a otro en el alma,
induciéndole a pecado mortal, débele amonestar que se vuelva a Dios
por penitencia y esto por consejo, mas no por mandamiento». Sin
embargo, todo dependía del ánimo con el que el inducido actuara.
Según sus propias palabras, «si este que fue convidado a pecar
consintió en la culpa conocida, ya el otro no le debe nada, y dado
que le debiera en consentir, se lo perdona»
45
.
Siguiendo a prácticamente todos los autores mencionados, Benito
Remigio de Noydens consideraba lícito matar a otra persona en
defensa de la propia vida o la de un amigo cuando no hubiera más
remedio. Ésta era la última opción a la que debía acudirse. Si hubiera
habido otras formas de detener la agresión, dejaría esto de ser defensa
para pasar a ser ofensa. Si existía la posibilidad de huir, el agredido
debía hacerlo, a menos que de ello resultara una grave lesión de la
honra. En cualquier caso, un sacerdote debía huir, pues con ello no
perdía nada y seguiría los consejos del Evangelio. Todo esto que se
aplicaba para los homicidas, Benito Remigio de Noydens permitía
que se aplicase también a los ladrones o a aquellos que amenazasen la
castidad propia
46
.
Jaime de Corella también trató este tema. Para ello, puso como
ejemplo a un ladrón que durante la noche entraba en casa y el dueño
lo mataba de un arcabuzazo. Según decía «cuando un ladrón entra en
casa de noche, ordinariamente no es culpa matarle, pues tales
personas van resueltas a matar a los dueños de las casas, y si haciendo
ruido no huyen, es señal de que llevan esa determinación». Sin
embargo, si era posible espantarle sin matarlo, debía hacerse, «porque
si no, se faltará a la moderación de la inculpada tutela»
47
.
4.4. Desear la muerte de alguien
El desear la muerte de alguno deliberadamente, por querer
hacerse con su honra u oficio, o porque no lo reprendiese o castigase
más, era pecado mortal para Martín de Azpilcueta. Incluso el no
desearlo, pero permitir que esto ocurriera sin evitarlo era gravísimo

45
Pedraza, 1578, ff. 48v-49v.
46
Noydens, 1650, p. 55.
47
Corella, 1690, pp. 43-44.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 239
pecado. Pero por otro lado, el «deleitarse con el bien o provecho que
le siguiera a aquella muerte, y no de la misma muerte, no sería
pecado». Tampoco lo era el desear la muerte o enfermedad a alguien,
«par que se convierta a Dios». También Pedraza condenaba el desear
la muerte de otro. «Desear que otro la pierda por enojo o envidia,
por heredarle, o sucederle en la prelacía, o por ahorrar cuidado de
sustentarle, o por ser más libre, o casar con otra es culpa mortal. Pero
deseando lo porque no ofenda a Dios, o no sea peor de lo que es:
porque no estrague los buenos, o persiga la iglesia, no es culpa»
48
.
Más adelante matizaba sus palabras, añadiendo que «Si quiso mal a
alguno deseándole mal notable: como muerte, pérdida de hacienda,
o deshonra es mortal. Pero siendo el daño pequeño, como si uno se
riese de otro, porque se le cayó de las manos en la procesión la
candela, desear con enojo que también sele caya la suya sería venial
(…) podemos rogar a Dios que de algunos males temporales a los
pecadores porque se vuelvan a él, que si yo veo que por ser uno
próspero trae vendida el alma, podré desear que le vengan algunas
refriegas, que le visite con una dolencia, porque con esta sofrenada
despierte y entienda enella»
49
. También Rodríguez Lusitano
condenaba el desear la muerte a alguien, a menos que «Dios se la
quisiere dar». En cambio, sí era lícito desear la muerte de un
gobernante tirano
50
.
Jaime de Corella compartió la condena del deseo de muerte ajena.
Según decía, «el desear mal al prójimo no es circunstancia, que hace
el pecado diverso, por ser los males diferentes. Pero cuando él mismo
tiene deseo de ejecutarlo, es caso cierto que es pecado distinto en
especie, cuando se desea matar al prójimo que cuando se desea
infamarle o quitarle los bienes temporales, y que es necesario en la
confesión decir la especie del mal que se deseó hacer al prójimo».
Además, Corella argumentaba que si aun habiendo confesado el odio
que se tenía contra una persona, el acusado volvía a odiarla, volvía a
pecar aún más gravemente. Sin embargo, también consideraba que
«nadie está obligado a saludar a su enemigo, menos que haya
escándalo por dejarlo de hacer (…) pero el no corresponder con
resalutación al enemigo que saludó primero, regularmente es pecado

48
Pedraza, 1578, f. 48r.
49
Pedraza, 1578, ff. 49v-50v.
50
Rodríguez Lusitano, 1597, f. 332.
240 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
mortal» puesto que «no solo está obligado el hombre a no tener odio,
sino también a no dar señal de que lo tiene». Corella finalizaba su
disertación sobre el odio al prójimo asegurando que «el tener
actualmente deseo o complacencia del mal del prójimo es pecado
grave o leve según sea más o menos grave el mal que al prójimo se
desea»
51
.
4.5. El suicidio
Azpilcueta puso su atención también en el suicidio, hecho que
considera gravísimo pecado mortal. Según escribió, «si
deliberadamente se deseó a sí mismo la muerte, o pérdida de algún
miembro por ira, impaciencia, deshonra, pobreza o por cualquier
otro infortunio» era pecado mortal, «porque nadie es señor de su
vida, ni de sus miembros». Más aún, si el que trató de suicidarse era
clérigo o monje, debía ser descomulgado, a menos que lo hiciera
«por celo de devoción, hiriendo los pechos con el puño o la cara con
la palma, o el cuerpo, para lo refrenar con disciplinas». Tampoco
podía tirarse o mesarse las barbas causándose dolor, ni siquiera
porque hubieran fallecido sus padres. También Pedraza lo
consideraba grave pecado, «porque es grande desagradecimiento no
querer aprovecharse de tan gran tesoro para alcanzar con él el
cielo»
52
. Unido a esto, Azpilcueta consideraba igualmente pecado
mortal «ofrecerse a martirio, más principalmente por el
aborrecimiento de su vida que por amor de la Sancta fe Católica». El
querer acortar la vida también era pecado, aunque fuera por
«abstinencias indiscretas», aunque no era pecado si no advertía que
estaba acortando su vida. El desear no haber nacido era pecado
mortal igualmente.
Martín Carrillo decía que «entre los pecados del homicidio el
mayor y más abominable es el de aquellos que, desconfiando de la
misericordia divina, ingratos a Dios de la vida que poseen, ellos
propios se matan; merecedores por cierto sean sepultados en el
profundo del infierno, compañeros del miserable Judas al que
imitaron». Según Carrillo, «la vida que tenemos es un don de Dios,
sujeto a su divina voluntad, y así la vida y la muerte están en su

51
Corella, 1690, pp. 41-42.
52
Pedraza, 1578, f. 48r.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 241
mano, él la da y quita cuando le parece. Y así el que mata, o se mata,
peca contra Dios, quitándole su jurisdicción»
53
.
También fray Manuel Rodríguez Lusitano compartía esta idea. El
suicidarse o cortarse algún miembro era grave pecado. Un juez no
podía condenarse a sí mismo a muerte, y cualquiera que se cortara un
miembro pecaba gravemente. Sin embargo, «por la sanidad del
cuerpo» no era pecado el permitir alguna amputación. También era
lícito que, en casos extremos como era el incendio de una casa,
alguien tratara de salvarse tirándose por una ventana, aún sabiendo
que perdería un miembro o moriría. Igualmente era lícito el matarse
por defender la república. Para Rodríguez Lusitano era un gravísimo
pecado el probar el veneno con objetivo de experimentar el efecto
de la tríaca
54
.
Benito Remigio de Noydens era de similar opinión con respecto
al veneno. Según decía, «es pecado gravísimo matarse o cortarse
algún miembro, contra caridad que debe tenerse cada uno a sí
mismo, y contra justicia, pues no es el hombre dueño de su vida,
sino Dios, y por tanto debe cada uno mirar por su vida y salud, y así
el enfermo está obligado a aceptar las medicinas estando de peligro,
que a juicio de los médicos son buenas». Esto último era de especial
relevancia para aquellos hombres que fuesen de especial importancia
para el funcionamiento de la república y no tuviesen un buen
reemplazo. Se trataba de una obligación de estado para ellos. En caso
de que fuese un religioso, debía aceptar lo que dijese su superior, por
obediencia
55
.
Fray Juan de Corella no obvió tampoco la problemática del
suicidio y de aquellos que se odiaban a sí mismo. Su primera
aseveración decía literalmente que

El desearse una persona la muerte con impaciencia y despecho, como
daño propio, es pecado mortal, pero cuando por salir de trabajos se desea
la muerte, conformándose con la voluntad de Dios, no es pecado. Pero si
tal deseo de muerte no es de todo corazón ni voluntad totalmente
deliberada, sino por algún leve movimiento de impaciencia, solo es

53
Carrillo, 1622, p. 64.
54
Rodríguez Lusitano, 1597, f. 332. Como bien vimos en el apartado dedicado
al envenenamiento, la tríaca era un contraveneno compuesto a base de vísceras de
víbora.
55
Noydens, 1650, ff. 56-57.
242 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
pecado venial. Y esto suele ser lo más ordinario en las personas que se
acusan de haberse deseado la muerte; porque son pocos los que están tan
desasidos del amor de la vida, que deliberadamente se deseen la muerte,
pues aun cuando Dios la envía, no suele recibirse con mucho gusto.

Corella unía al deseo de muerte el «no ser templado y cometer
excesos», ya en actos o en comidas, que podían conducir a la muerte.
Si alguien cometía un exceso que, aunque sin saberlo, podía haberlo
matado, cometía un pecado venial por haber excedido las reglas de la
templanza. Además, todo pecado había de ser voluntario, «y para
serlo es preciso se conozca y prevenga antes». De hecho, consideraba
que el embriagarse voluntariamente era un pecado mortal, «no tanto
contra la virtud de la templanza, sino por privarse voluntariamente
del entendimiento y reducirse al estado de un bruto». Además,
aconsejaba a los confesores que se negasen a absolver a aquellos que
bebían habitualmente, «pues esta pasión es difícil de remediar (…)
Los demás vicios, si la razón no los vence, los remedia la edad, que o
se cansa de ellos o le faltan fuerzas para conservarlos; pero el de la
embriaguez cuando la edad está más decaída suele estar más vivo y
con más fuerza en el sujeto»
56
.
4.6. Dar de comer o beber algo perjudicial
El estar sano o enfermo y comer o dar de comer o beber algo que
sabía que causaría un daño notable era pecado mortal según
Azpilcueta, sobre todo si el médico lo había vedado. También era
pecado de muerte que una madre acostase a su hijo en su cama,
aunque éste estuviese llorando o porque no se resfriase. De este
modo ocurrían normalmente gran cantidad de muertes, pues los
niños aparecían ahogados a la mañana siguiente. También Pedraza
trató este asunto. Según este autor, «culpa mortal es tener los hijos
consigo en la cama, por ser contra el cuidado que han de tener de su
vida. Pero concurriendo tales circunstancias que no se temiese de
morir la criatura, como si la cama es grande, y le pone lejos de sí, y
es tan sosegado que siempre le halla donde le puso, y por otra parte
tan bravo que si le pone en la cuna grita sin nengún reposo, parece
ser sin culpa». Según decía, en algunos obispados se excomulgaba a
aquellas mujeres que durmiesen con sus hijos en la cama. Sin

56
Corella, 1690, pp. 42-43.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 243
embargo, Noydens permitía que cualquier persona hiciera una
acción de la que podía seguirse una muerte segura si se trataba de una
causa justa, como cuando el soldado abandonaba su puesto para
incendiar un navío que, de otro modo, caería en manos del
enemigo
57
.
4.7. Acudir a una guerra justa
Acudir a una guerra justa era pecado mortal según Azpilcueta.
Incluso lo era el acudir sin saber si era o no justa, el hacerlo sólo por
ganar un sueldo o simplemente por el placer de matar enemigos o
destruirles sus haciendas. Si la guerra era injusta, pero el súbdito
acudía mandado por su señor, no era pecado.
4.8. Ayudar a un homicida
Azpilcueta finalizaba su relación de pecados mortales relacionados
con el quinto mandamiento advirtiendo de que todo aquel que
ayudase a un homicida, que lo acogiese, aconsejase, diese
consentimiento, indujese o no impidiese que cometiese el
homicidio, pecaba también mortalmente. De la misma opinión era
Benito Remigio de Noydens. Este autor consideraba que

Quedan también descomulgados y reprehendidos los que ordenaron
semejante acción, con tal que se haya seguido el efecto. También los que
dieron consejo, ayudaron, favor, y el que tiene por bien que se haya
hecho en su nombre; porque queda por los Derechos y Cánones así
declarado
58
.
4.9. Obligaciones de los homicidas
Además de esta relación, Azpilcueta aconsejaba a los homicidas
qué debían hacer o, mejor dicho, a qué estaban obligados tras
cometer su acto violento. Según decía, si aquel que mata a un buey
está obligado a restituírselo a su dueño, también el homicida estaba
obligado a restituir su daño. Aquel que echase algo a la calle, por
ejemplo, e hiriese a alguien debía pagar sus curas y los jornales que el
herido dejase de ganar durante su convalecencia, pero no la fealdad

57
Pedraza, 1578, ff. 47v-48v.
58
Noydens, 1650, p. 58.
244 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
que le quedase por la herida. Además, en caso de que muriese, debía
pagar a sus herederos por el daño que recibieron, que debía ser igual
que el acostumbrado a hacerse a los hombres de su calidad. Pedraza
era de similar opinión, «Si dañó a otro en el cuerpo, cuando no
puede satisfacerle por entero por el mal que le hizo, como si le mató,
o cortó miembro, o a cuchillo, basta que se recompense lo que es
posible, como en moneda, o en alguna honra a juicio de buen varón,
atentas las cualidades del uno y del otro»
59
. Azpilcueta sin embargo
no cree que el homicida deba «ofrecerse a la prisión ni a la muerte
que le dieren, aunque mucho convenía esto para su ánima». Menos
pecaba quien mataba involuntariamente que el que lo hacía con odio
y rencor, pero ambos se encontraban obligados a una misma
restitución
60
.
Fray Manuel Rodríguez Lusitano consideraba una obligación la
restitución por parte del agresor hacia el agredido o su familia en caso
de fallecimiento. El homicida estaba obligado a restituir todo lo que
la justicia ordenase, «aunque sea con grave detrimento de sus bienes».
Este pago incluía, al igual que lo señalado por Azpilcueta, los gastos
que se hicieron en la cura del herido, y el daño temporal que de
dicha muerte o herida se siguió. Esta restitución variaría en función
de la riqueza del homicida, pues «cuando el homicida es un hombre
rico mayor restitución se le ha de mandar hacer que si fuese pobre»,
e igualmente «si el muerto era inútil para los suyos, menor
satisfacción se debe hacer, que si fuera un hombre muy provechoso a
ellos». Los pagos incluirían todo lo que el herido o fallecido podría
ganar con su trabajo. De estos pagos quedarían libres los días de fiesta
así como el trabajo que su mujer o hijos hicieran. Si el homicida era
ahorcado, sin embargo, consideraba este confesor que los herederos
no estaban obligados a restituir todo dicho dinero. Si la muerte había
sido casual, como por ejemplo si yendo de cacería lo habían
confundido con un animal, tampoco era obligación la restitución a la
familia, pues dicha muerte ocurrió «de una ignorancia invencible».
Caso diferente era el del borracho que, sabiendo que al beber perdía
el juicio, lo hacía y además mataba a una persona. Si al beber no solía
perder el juicio, sin embargo, no estaba obligado a restitución, pues
había sido un acto casual, y «aunque pecó bebiendo demasiado, no

59
Pedraza, 1578, ff. 48r-v.
60
Azpilcueta, 1556, ff. 102-111.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 245
pecó matando, pues no previó ni debió preveer el dicho homicidio
ya que nunca otro tanto le había acontecido».
Rodríguez Lusitano, fiel a su estilo, trataba todas las posibilidades
que podrían darse. Así, ¿Qué ocurría si una persona mataba a otra,
pero era acusada una tercera? ¿Qué tipo de restitución debía hacer la
primera a la tercera? Rodríguez Lusitano consideraba que en dicho
caso el agresor ‘real’ debía restituir al acusado todo el dinero que
habría gastado en curas, y todo lo que no ganó estando preso o
desocupado. Si además dicho acusado era condenado, el agresor
debía pagarle por todos los daños que pudieran sobrevenirle por ello,
tales como el pasar varios años en el destierro. Básicamente, este
confesor venía a decir que debía restituirle todo lo que por ley estaba
mandado que el acusado restituyera, sumándole las ganancias que él
mismo no habría podido ganar.
Rodríguez Lusitano incluía en estos pagos varias misas que se
celebrarían por el alma del fallecido, «porque aunque hace injuria a
su cuerpo, mas principalmente le hace al alma, y así a esta debe ser la
principal satisfacción». Sin embargo, no estaba de acuerdo con
Azpilcueta cuando señalaba que debía costear el entierro, porque el
difunto «tarde o temprano debía de morir»
¿Qué ocurría en caso de la muerte de un esclavo? Rodríguez
Lusitano consideraba que el autor de dicha muerte debía restituir al
amo todo lo que costaba aquel esclavo, así como lo gastado en sus
curas y todo lo que el amo había dejado de ganar por su ausencia.
Igualmente, un agresor estaba condenado a pagar todo el daño de la
‘fealdad’ que le sobrevenía a una mujer que era herida en la cara.
Dicho autor finalizaba analizando qué debía hacer quien, mientras
trataba ilícitamente con mujeres, dejaba a un mozo en la puerta de la
casa. En estos casos al parecer era habitual que estos mozos riñesen
con otros hombres que querían entrar y resultasen muertos. En
dicho caso, el amo debía satisfacer económicamente a los padres o
hermanos del mozo si éste con su trabajo los alimentaba.
Benito Remigio de Noydens también consideraba que debía
devolverse al muerto todo aquello que había dejado de ganar por su
convalecencia o muerte. No sólo debía resarcirlo el autor material de
la muerte, sino todos aquellos que habían participado en ella,
aconsejando o permitiendo dicha muerte. En un homicidio se
producían tres daños que debían ser reparados; el daño de los gastos
de botica y cirujanos, el daño del lucro cesante y el propio daño de la
246 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
pérdida de la vida. Así, el homicida debía pagar los gastos de la
botica, debía resarcir del lucro cesante a los herederos, y tenía
obligación de sustentarlos con justicia. Sin embargo, no se debía
restituir nada a los «herederos abintestato (…) ni a los extraños
instituidos por testamento, ni tampoco a los acreedores, si no es que
el homicida hubiese tenido ánimo de frustrarles sus haciendas».
Continuando con su reflexión, Noydens decía que tampoco era
obligatorio restituir todo por completo, pues de ella había que
eliminar los «gastos forzosos que con su persona había de hacer el
muerto, así en comer como en vestir». Por tanto, si un hombre
ganaba antes de morir doce reales, no se le devolvería el total a la
familia, sino que habría que considerar que cinco o seis los gastaría
en su propia persona, un gasto que ya no existía. Además, habría que
tener en cuenta que quizás el difunto no hubiera vivido mucho más,
y se debía ser muy prudente con estas penas. Si el homicida moría
antes de terminar la restitución, los herederos serían los encargados
de continuar con ella. De esta obligación Noydens eximía al padre,
porque «comúnmente no tiene el hijo bienes propios que pueda el
padre heredar, sino que solamente recupera y vuelve a cobrar los
bienes que eran propios suyos, y los que había dado al hijo con
condición tácita de cobrarlos después de muerto». En caso de que el
homicida matase a un marido, «si la mujer no recibió daño con su
muerte o puede casarse cómodamente», ninguna restitución debía
hacerla el homicida. Si una persona desafiaba a otra, y moría, el
desafiado que continuaba vivo tampoco tenía obligación de
restitución, pues se había visto en el aprieto de defender su vida
frente a la amenaza de un contrario. En el supuesto de que el muerto
antes de morir eximiera al agresor de la restitución, también quedaría
libre de ésta. Finalmente, tampoco consideraba Noydens que
existiera la obligación de la restitución en caso de que la muerte
hubiera sido casual
61
.
Fray Jaime de Corella también consideraba que los homicidas
debían restituir lo posible a la familia de los asesinados, si bien al igual
que los anteriores matizaba su decisión. Si el muerto no murió en el
acto, Corella obligaba a que el homicida pagase todo el dinero
empleado en sus curas. «Si fuera persona sin oficio ni beneficio ni
ganaba interés alguno, como un caballero, no había obligación de

61
Noydens, 1650, ff. 59-61.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 247
restituirle cosa alguna. Si empero, siendo labrador o otra persona que
con su industria y trabajo podía adquirir algunos intereses». Con
todo, Corella comentaba que para saber mejor cuánto debía pagarse,
en función de cuánto podía haber vivido la persona muerta,

Se ha de atender a la robustez que tenía y al oficio en que se empleaba,
si era pesado y que gastaba mucho las fuerzas (…) comúnmente se ha de
hacer juicio que el muerto podría vivir hasta sesenta años (…) y esto
parece muy razonable, lo uno porque hoy está ya tan gastada la
naturaleza que en llegando a los sesenta años las fuerzas se quebrantan de
manera que se puede trabajar muy poco; lo otro porque aunque algún
sujeto particular, por su mucha robustez, pueda llegar a los sesenta años o
más con disposición de poder trabajar; pero otros muchos a los cincuenta
años o mueren o se imposibilitan para el trabajo; con que en el caso de
duda de si se llegaría a los sesenta años con esa buena disposición o le
faltaría a los cincuenta, parece razonable tomar un medio y dar por
arbitrio, que viviría con fuerzas para trabajar hasta los sesenta años, que es
lo que sucede comúnmente.

Por tanto, si el sujeto moría con treinta años, Corella consideraba
que el homicida debía restituir a la familia todo lo que hubiera
ganado en treinta años más de vida. Sin embargo, de todo el dinero
que ganaría, debía descontarse aquello que le hubiera servido al
muerto para vivir, tales como la comida o la ropa. También debían
descontarse los cincuenta y dos domingos del año, así como todas las
fiestas en las que el muerto no hubiera trabajado. También se
descontarían los días de lluvia en que tampoco iría a trabajar,
contándose unos cien por año.
Corella consideraba que sólo había obligación de restitución hacia
los hijos, los padres o la mujer del muerto, y nunca a los hermanos.
Sin embargo no debían satisfacerse las deudas que el difunto pudiera
tener. En caso de fallecimiento del homicida, serían sus herederos los
encargados de satisfacer a la familia del asesinado
62
.
4.10. El desafío
Benito Remigio de Noydens fue uno de los pocos autores que
trató en profundidad la casuística del desafío. Noydens consideraba

62
Corella, 1690, pp. 43-45.
248 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
que el desafío era grave pecado y estaba prohibido, «ora sea público,
hecho con padrinos, y con sus depravadas solemnidades, ora sea de
secreto, y particular, como cuando dos o tres por reñir a su salvo se
citan para algún lugar o tiempo señalado para reñir, sin que nadie los
estorbe y los ponga en paz». Definió el desafío como «Duellum et
pugna duorum, vel plurium ex condicto seu conventione spontanea
suscepta, de suerte que para que sea una pelea desafío, es menester
que haya sido espontánea, y advertidamente concertada, y citadas las
partes para determinado lugar y tiempo. Segundo, que se hagan con
instrumentos proporcionados y capaces para matar». No consideraba
que fuera desafío «cuando se reúnen los muchachos para darse de
cachetes». Para el desafío era necesaria una deliberación, y por tanto
tampoco consideraba Noydens un desafío el hecho de que varias
personas que anduvieren jugando a algún juego se enfrentasen y
saliesen a la calle a dirimir su disputa. Esto último sería más una riña
que un verdadero desafío, para el cual era requerida una «perfecta
deliberación» y no tanto la acción de los ímpetus o la cólera, que
llevaban a la riña y pelea en el caso del juego. Si en algún caso uno
de los contendientes pedía retrasar algo la riña para ir a su casa y
coger un arma, pues se encontraba desarmado, tampoco se
consideraría según Noydens un desafío, pues a pesar de que una bula
de Clemente Octavo sí lo consideraba como tal, se trataba de la
continuación de una riña, «cuyos ímpetus aún perseveran».
Benito Remigio de Noydens consideraba que pecaban
mortalmente, quedando descomulgados, tanto aquellos que
participaban en un desafío como los demás que concurrieren a éste,
incluyendo a los padrinos o a todos aquellos que no impidieran su
realización. Pecaban igualmente los príncipes que permitiesen la
realización de desafíos en sus territorios, a menos que lo hicieran
«movidos por causas razonables». Además de la descomunión,
Noydens condenaba a los participantes en los desafíos a quedar
privados de la «eclesiástica sepultura». Si no constaba públicamente
que alguien había muerto en desafío, no debía negársele sin embargo
el derecho a esta sepultura. Tampoco se le negaría a aquellos que
resultasen heridos y a causa de dichas heridas «con señales de
contrición» muriesen más adelante. Finalizaba Noydens su relato en
torno al desafío advirtiendo de que no era pecado el participar en un
desafío cuando no quedase otro remedio para salvar la vida, o cuando
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 249
para evitar el enfrentamiento entre dos ejércitos dos personas
luchaban entre sí.
También fray Jaime de Corella trató el desafío. A diferencia de
Noydens, Corella consideraba que cuando no había otro remedio,
una persona podía desafiar a otra sin pecar mortalmente. Según
Corella, «cuando el que desafía es tal, que se presume prudentemente
que si no se admite el desafío ha de matar al desafiado, y no hay otro
medio para librarse, puede este admitirlo; y si de otra suerte no
puede defenderse, matarle. Porque este homicidio se comete en
defensa de la propia vida, y por redimir la vejación». Sin embargo
Corella iba más allá, y consideraba que desafiar a alguien a sabiendas
de que el desafío no se produciría era pecado mortal. Esta
advertencia iba específicamente destinada hacia los soldados, pues al
parecer constantemente andaban desafiándose unos a otros, con la
seguridad de que el alférez mayor los detendría.
Un desafío constituía dos pecados mortales según este autor. Uno
de ellos era poner en riesgo la propia vida, y el otro arriesgarse a
matar a una persona. El que provocaba el desafío, si mataba, estaría
obligado a pagar «todos los daños seguidos de la muerte, porque él
fue causa total». Pero si ocurría al revés, el desafiado no estaba
obligado a restituir cosa alguna, pues no había sido él quien buscó
aquella muerte. Según decía, «el que provoca el desafío, sabe que va
a riesgo de perder la vida, y no obstante se expone a él, lo busca, lo
solicita y quiere, luego [el desafiado] no le hace agravio en matarle,
cuando él le desafió». Tal y como afirmaba Noydens, Corella
consideró que aquellos que cedían sus tierras para la realización de un
desafío, aquellos que pudiéndolo hacer no lo evitaban o aquellos que
daban algún tipo de publicidad o cooperación pecaban gravemente.
También aquel que acudía como testigo pecaba, pues obligación
moral era el detener acto tan grave.
4. Justicia eclesiástica
Llegados a este punto, no podemos dejar de mencionar la
existencia de una justicia eclesiástica en la Navarra moderna. En
cualquier caso, debemos advertir que estos tribunales, reorganizados a
partir del concilio de Trento y, más específicamente, de las
Constituciones Sinodales de Pamplona del año 1591 «compiladas,
hechas y ordenadas» por el obispo don Bernardo de Rojas y
250 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
Sandoval. Sólo contamos con un trabajo en torno al funcionamiento
de estos tribunales, escrito por el profesor Usunáriz
63
, y centrado en
las causas matrimoniales que estos trataron. Conocemos también,
gracias a una guía publicada en 2001, la existencia de documentación
procesal catalogada en Calahorra, Sevilla, Granada, Jaén, Toledo,
Osma, Sigüenza, Cuenca, Coria, Valencia, Mallorca, Zaragoza,
Huesca y Tarazona, Santiago de Compostela, Ávila y Plasencia
64
. De
otros lugares o no tenemos constancia de su existencia, bien por su
destrucción en distintos avatares históricos como la invasión francesa
del XIX, o bien por la ausencia de publicaciones al respecto.
Además, la historiografía española ha dedicado sus esfuerzos a
estudios de carácter demográfico, utilizando los libros sacramentales
de bautismo, matrimonio y defunción para extraer datos sobre
fecundidad o nupcialidad
65
.
La existencia de unos tribunales eclesiásticos era un hecho familiar
para la población. No sólo la Inquisición se ocupaba de juzgar actos
que, desde el punto de vista eclesiástico, eran delictivos. Siguiendo a
Houlbrooke, varios de los aspectos más íntimos de la vida diaria
estaban sujetos a su escrutinio
66
. Los jueces eclesiásticos trataban
problemas matrimoniales o de moral sexual, pero también se
ocuparon de la violencia ejercida por sacerdotes que recurrían a su
fuero especial para evitar ser juzgados por la justicia civil. Su
jurisdicción se extendió prácticamente a todos los comportamientos
que transgredían los preceptos doctrinales y morales de la religión.
Siguiendo a Isabel Pérez Muñoz, la potestad judicial era ejercida
en los tribunales eclesiásticos por el Obispo, quien a su vez podía
designar un Provisor o Vicario General con poder para juzgar los
casos no reservados estrictamente a la autoridad episcopal. La
instrucción posterior de la causa era llevada a cabo por un importante
número de funcionarios y profesionales como notarios, escribanos,
fiscales o procuradores, que eran quienes a fin de cuentas soportaban
el peso de las tareas burocráticas y del desarrollo del proceso. La
acción de esta justicia, siguiendo a la misma autora, era fundamental
dentro de la institución eclesiástica, pues constituía la base desde la

63
Usunáriz, 2008a.
64
Martí Bonet, 2001.
65
Usunáriz, 2008a, p. 349.
66
Houlbrooke, 1979, p. 7.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 251
cual la Iglesia controlaba de forma efectiva el estado moral de un
amplio conjunto de la sociedad, regulando las desviaciones surgidas a
través de su poder punitivo
67
.
En el caso navarro, los tribunales fueron organizados con las
constituciones sinodales de Pamplona de 1591, y por ello no
tenemos documentación procesal abundante con anterioridad a esa
fecha. El completísimo catálogo que de este archivo ha realizado a lo
largo de más de veinte años don José Luis Sales nos ha sido de gran
utilidad para su consulta, si bien el primer dato que debemos
comentar es la práctica ausencia de casos de clérigos homicidas. La
inmensa mayoría de los procesos consultados se refieren a sacerdotes
que se excedieron en sus comportamientos y recurrieron a la
violencia, si bien ésta en pocas ocasiones fue mortal. Sí es común la
acusación de mala vida hacia estos clérigos que eran acusados de
pendencieros, haber bailado en la plaza con mujeres o ser jugadores
habituales, actitudes muy lejanas de las que se les deberían suponer a
estos clérigos ya reformados por el concilio de Trento. De hecho,
nos encontramos en pleno proceso de reforma de la Iglesia moderna,
que incidió profundamente en las actitudes que los sacerdotes debían
mantener.
Uno de estos escasos casos de muerte fue el del clérigo de órdenes
menores Juan de Ubiría. El año de 1610, en el lugar de Lesaca, dicho
clérigo se halló presente una noche de septiembre en la muerte por
estocada de Joan Pérez de Elordi, y posteriormente huyó del lugar.
Además, el fiscal eclesiástico lo acusaba de ser «ocasionado a
discordias disensiones y en la villa hizo pendencias y homicidios y a
caso acordado y vías de hecho y por serlo por su respuesta han
sucedido herió con un cuchillo a León Endara vecino de la dicha
villa de que estuvo muy mal herido». La defensa sin embargo acusó
de la muerte a Sebastián de Indurra, asegurando que cuando sucedió
aquella muerte Ubiría se encontraba «en su casa acostado en cama».
Además, aseguraba que la huída fue por motivos de estudios a
Zaragoza, donde estudió cinco años, y que la herida a Endara se la
había hecho él mismo sin que el acusado hubiese sido responsable.
Finalmente fue absuelto de toda pena
68
.

67
Pérez Muñoz, 1992, p. 17.
68
ADP, Secr. Mazo, C/552 nº 5.
252 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
En el año de 1653, en la villa de San Martín de Unx, el clérigo
Don Clemente de Esparza era tenido en mala fama por la población.
Según decía el fiscal, «ha vivido enel estado clerical muy derramado
sin atender a que su profesión y estado era y es vivir con toda
decencia y recogimiento apartándose de las ocasiones de juegos y
otras decenciones y no atendiendo a ello ha continuado andar con
armas de fuego y otras ofensivas de noche y de día causando
alborotos ruidos y ocasiones e vías de hecho». Tan notoria era su
mala vida que el 19 de enero de aquel año Antonio Pérez, su
cuñado, se acercó a él con intención de cambiar esta actitud y que
«se reformase enel modo de su parte y vivir». Enojado, el dicho don
Clemente agarró un arma de fuego que tenía cerca y disparó a
Antonio Pérez, causándole la muerte inmediata
69
.
El día de San Andrés de 1643 varios sacerdotes se encontraban
jugando a los naipes cuando don Martín de Ciáurriz, abad del lugar
de Aristray, tiró un candelero a don Juan de Gorri, vicario de
Marqueláin, dándole en la cabeza. Don Juan sufrió unas heridas tan
graves que murió al poco tiempo, y don Martín huyó, siendo
juzgado en rebeldía. Los tribunales enviaron hasta tres cartas en las
que se exigía a don Martín que volviese, sin éxito. Finalmente, el
tribunal no tuvo más remedio que maldecirlo de esta manera

Y atento, que por no haber cumplido con hacer la dicha manifestación
y restitución, fuisteis declarados por públicos excomulgados, y agravadas
las dichas censuras, y excluidos de la participación y comunicación de los
fieles cristianos, y todavía con ánimo endurecido y obstinado perseveráis
en este estado de condenación, y imitando la dureza de Faraón os hacéis
sordos a las voces y clamores de la Iglesia, y es justo que donde crece la
malicia, crezca también la pena, y por tanto reagravando las dichas
censuras, pronunciamos y promulgamos contra vosotros anatema y
maldición.
Maldito sea el manjar que comiéredes, la bebida que bebiéredes, y el
aire que respiratedes: maldita sea la tierra que pisáredes, y la cama en que
dormiéredes, no llueva el cielo sobre cosa vuestra, sino fuego y piedras:
no gocéis frutos de vuestros trabajos, ni halléis quien os socorra en
vuestras necesidades, siempre que fuéredeis a juicio salgáis condenados, la
maldición de Dios os alcance, y los santos ángeles os desamparen: los
demonios os acompañen de día y de noche: y la tierra os trague vivos,

69
ADP, Secr. Mazo, C/595 nº 30.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 253
para que en cuerpo y alma descendáis a los infiernos: y no quede entre
los hombres memoria vuestra. En cuya significación mandamos matar
candelas en agua, y que arrojadas después por el suelo, sean holladas con
los pies, y nadie se sirva dellas, como de cosa maldita que representa
vuestra condenación, y se hagan otras ceremonias de la Iglesia, y a vos el
rector cura vicario clérigo escribano a quien se entregaren, cometemos la
publicación y ejecución de las dichas censuras, habiendo recibido antes
juramento del impetrante, de que es cierta y verdadera relación en ella
hecha, y que no lo puede averiguar, si no es por este medio, y que no se
valdrá de las manifestaciones que en virtud destas censuras se hicieren, sin
que primero se presenten ante nos, y le demos licencia para ello: el cual
juramento asentaréis al pie dellas. Y os mandamos hagáis la dicha
publicación de seis en seis días, y recibáis las manifestaciones, o
restituciones que os fueren hechas, escribiéndolo fielmente, y lo que así
escribiéredes, nos lo remitiréis cerrado y sellado; para que nos visto
proveamos lo que enel caso fuere de justicia
70
.

A pesar de estas maldiciones don Martín no regresó y fue juzgado
en rebeldía. El año de 1638 en el lugar de Irache ocurrió también
una acción de extremada violencia contra un clérigo. El día 17 de
enero, al pasar un rebaño de ovejas y lechones por un prado del lugar
de Olejua, fray Pedro de Uguerrule hizo un carneramiento matando
a una de las ovejas. Al enterarse don Martín Sanz, beneficiado del
lugar de Olejua, don Miguel Sanz, su hermano, y otros, salieron de
la iglesia del monasterio de Irache donde se encontraban y acudieron
a dicho lugar, donde arrebataron la oveja a Uguerrule y le dieron
una gran paliza de la que a punto estuvo de morir. De hecho, tras
haberle golpeado con palos, espadas y cuchillos, lo montaron en un
caballo, de donde lo tiraron al suelo y lo arrastraron a lo largo del
camino, destrozándole las vestimentas. Lo trataron de «borracho,
ladrón, loco y bandolero». También lo detuvieron en el municipio y
le pusieron guardias, dejándolo encerrado más de dos horas. Además,
agravando el caso, don Martín Sanz siguió celebrando misas, cosa
prohibida para todo aquel clérigo que recurriera a la violencia
71
.
Las sentencias de estos procesos eran muy diferentes a las de la
justicia civil ordinaria. De hecho, el fuero eclesiástico prohibía la
aplicación de penas violentas y, por tanto, destaca la ausencia de éstas

70
ADP, Secr. Mazo, C/571 nº 7.
71
ADP, Secr. Mazo, C/555 nº 45.
254 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
en los procesos de este tribunal. Por el contrario, encontramos otras
como la reclusión en monasterios o la obligación de llevar una vida
alejada de pendencias o la mala vida.
En 1625 por ejemplo don Miguel de Sola, clérigo que sin motivo
alguno había insultado y golpeado con un palo a Joanes de Ijurra fue
condenado de la siguiente manera

Fallamos que debemos de amonestar al dicho acusado de que en
adelante sea quieto y pacífico apartado de ruidos y cuestiones y no se
meta en pendencias con nadie que por ser tan adentro como es acusado
no obstante que se le dé ocasión pues un sacerdote como el acusado debe
tener más prudencia y sufrimiento y si se le ofende con nota su persona
no tome venganza con sus propias manos sino que acuda a la justicia
mediante la cual se le administrará y dará toda satisfacción con
apercibimiento que si lo contrario hiciere será castigado con todo rigor y
por la culpa que contra él resulta dándole por pena la prisión que ha
tenido y atendiendo a otras circunstancias se condena en su parte de
costas y así lo pronunciamos y declaramos
72
.

En el caso de don Clemente de Esparza, que ya hemos visto, la
sentencia para este homicida fue de reclusión en un convento:

Fallamos atentos los autos y méritos del proceso y lo que del resulta
que debemos de declarar y declaramos el dicho fiscal haber probado bien
y debidamente su acusación en cuanto a que el dicho don Clemente de
Esparza de la herida que dio al dicho Antonio Pérez vino a morir y que
el agresor de la muerte fue el susodicho por lo cual declaramos así bien
haber incurrido por ello en irregularidad y no poder ni deber tener el
beneficio que al presente tiene de que le privamos ni otras rentas algunas
eclesiásticas ejercer sus [olderas] Hasta que por su santidad obtenga
dispensación de la dicha irregularidad y por el delicto que en esta parte
ha cometido le condenamos a que por tiempo de dos años esté recluso
en un monasterio de religiosos a elección de su ilustrísima o nuestra en su
nombre sin salir del de día ni de noche durante el dicho tiempo
haciendo caución juratoria y obligándose a su cumplimiento ocupándose
siempre en ejercicios espirituales y arrepintiéndose de la ofensa cometida
y acabados los dichos dos años de la reclusión de cuyo principio y su
cumplimiento presentará testimonio en su debida forma del perlado o
superior en cuyo monasterio ha de estar recluso lo condenamos también

72
ADP, Secr. Ollo, C/683 nº 15, ff. 59r-v.
CAPÍTULO IV. LA TEOLOGÍA MORAL Y LA VIOLENCIA 255
a que salga desterrado deste obispado por diez años o menos lo que fuere
la voluntad de su ilustrísima o de sus sucesores pena de que haciendo lo
contrario se le darán otras mayores que en parte satisfagan la pena
merecida por semejante delicto y juzgando definitivamente así lo
pronunciamos y declaramos con costas el licenciado don Francisco
Rodríguez Corredera
73
.

Como vemos en este caso también se aplicó la pena de destierro,
que no conllevaba ningún género de agresión violenta contra el
condenado.
En definitiva, la Iglesia trató de inculcar su reforma «desde
dentro», corrigiendo todos los comportamientos desviados que en su
seno se produjesen. Si para el mundo seglar la colaboración con la
justicia llegaba a ser muy estrecha, como venimos advirtiendo a lo
largo de este trabajo con los procesos de disciplinamiento social y
confesionalización, la Iglesia tuvo una justicia propia que también
castigó a aquellos clérigos que, debiendo ser un ejemplo para la
sociedad, transgredían las normas que ellos mismos se habían dado en
el Concilio de Trento o los manuales de confesores y cometían actos
violentos o llevaban una vida desordenada y nada acorde con sus
postulados. El resultado fue una importante reforma interna de la
Iglesia
74
a lo largo de los siglos XVII y XVIII, que en el futuro
deberían dar lugar a nuevas investigaciones y tesis doctorales.
A modo de conclusión de este capítulo, debemos referirnos a la
influencia que sobre todo lo relacionado con la violencia tuvieron las
opiniones de la Iglesia. Tal y como hemos visto en capítulos
anteriores y, especialmente, seguiremos viendo en los posteriores,
estas ideas influyeron tanto en la actitud de los agresores, que se
vieron en la necesidad de acudir a una iglesia en busca de alivio
espiritual o inmunidad, como en la de los jueces, que evitaron la
aplicación de penas tales como la muerte. De hecho, en algunos
temas como son los abogados o los escribanos citamos la opinión que
sobre ellos tenían estos confesores, que como hemos visto relataron
pormenorizadamente todos los pecados que cualquier miembro de la
sociedad podía cometer. Así, criticaron como veremos a aquellos
profesionales (escribanos, abogados, jueces, boticarios…) que no
cumplieran bien con su obligación y ejercieron una importante

73
ADP, Secr. Mazo, C/595 nº 30, f. 59r.
74
Un ejemplo de esta reforma aplicada a México en Traslosheros, 2004.
256 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
influencia en sus conciencias. De hecho, la amplitud de temas que
trataron nos ha obligado a dedicarles un capítulo entero, pues las
distintas posibilidades que imaginaron para la comisión de pecados
llegaron a ser tan abundantes que de otra forma hubiera quedado
demasiado deslavazado. Apenas nos han quedado testimonios directos
de esta influencia, pero algunos casos nos hacen sospechar que así
fue. El año de 1640, tras haber colaborado con Martín de Larraingoa
en el ocultamiento del cadáver de Hernando Sorondo, el soldado
Martín de Azpeitia huyó de la ciudad de Pamplona por miedo de la
justicia. Tras varios días de camino llegó a Zaragoza, donde no pudo
reprimir su conciencia y comunicó lo ocurrido a un fraile trinitario.
Éste «les aconsejó que estaban sin culpa y que volviesen y se
presentasen ante los señores jueces y si no que se metiesen en una
iglesia»
75
. Los clérigos de la Edad Moderna colaboraron en gran
medida al desarrollo de los procesos de Confesionalización y
disciplinamiento social a los que hemos aludido a lo largo de esta
tesis.

75
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 102534, ff. 149r-154r.

CAPÍTULO V. LA ACTITUD DE LA COMUNIDAD
Uno de los aspectos más controvertidos en el estudio de la
criminalidad en la era preindustrial ha sido el del papel que jugó la
comunidad vecinal en torno a los actos violentos. ¿Se trató de una
sociedad permisiva con los asesinos o acudió a los tribunales en
defensa del orden y la paz social? A lo largo de este capítulo
trataremos de analizar el papel que jugó esta comunidad vecinal en el
desarrollo tanto del acto delictivo como del proceso judicial. Las
fuentes que para ello contamos son, como veremos, parcas y escasas.
Contamos con muy pocos testimonios acerca de qué pensaban los
vecinos sobre los asesinatos, pero conocemos algo más el fenómeno
de la «infrajusticia», un mecanismo que permitió a estas comunidades
llegar a paces pactadas entre las partes contendientes, basadas en
ancestrales tradiciones, cuyo objetivo principal era suspender el
proceso judicial, muy costoso para ambas partes. Para ello, como
veremos, contamos con abundantes «cartas de perdón», unos
documentos notariales por los que se hacía constar que una de las
partes «perdonaba» a la contraria, muchas veces movida por intereses
económicos, si bien alegaban arrepentimiento y misericordia. Dichas
cartas constituyen una valiosa fuente para el estudio de las actitudes
hacia la criminalidad y, si bien no conservamos tantas como en otros
lugares de Europa como el tribunal del Torrone de Bolonia, nos
ayudan a comprender un poco mejor la sociedad moderna. En
cualquier caso, como advertiremos, dichas cartas en ningún caso
ejercieron una influencia sobre el normal funcionamiento de los
tribunales, que en la mayoría de los casos prosiguieron con sus
indagaciones hasta llegar a una sentencia final. Este hecho nos
ayudará a comprender las «debilidades» del estado moderno, aún en
formación, que no permitirá que una paz privada mine su poder
punitivo, e irá aumentando su fuerza frente a la justicia «tradicional»
que, poco a poco, irá perdiendo fuerza.
258 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
1. El perdón
Uno de los temas que más controversia historiográfica ha
generado desde el inicio de las investigaciones sobre la criminalidad
ha sido aquel del perdón o lo que autores como Benoît Garnot,
Mario Sbriccoli o Daniel Sánchez han definido como la
«infrajusticia»
1
. Con esto, nos referimos a acuerdos, amparados por las
tradiciones y costumbres y apoyados por la Iglesia, por los cuales se
compensaba a la parte agredida sin necesidad de pasar por los
tribunales o, si éstos habían tenido noticia ya del hecho delictivo,
trataban de arreglarse entre ellos en un intento de que los tribunales
no juzgaran el caso. Siguiendo a Daniel Sánchez Aguirreolea, el
desarrollo del Estado Moderno no supuso un fin inmediato de estas
prácticas tradicionales de disciplinamiento. La comunidad local actuó
como la auténtica protagonista en la conformación del Estado
Moderno
2
. De hecho, era en el municipio donde los hombres del
Antiguo Régimen encontraban lo que Alfredo Floristán y José María
Imízcoz definieron como su «ciudadanía primera
3
» y donde podían
participar de manera más activa.
¿Cuántos casos fueron resueltos fuera de los tribunales? ¿Y en
cuántos intervino la justicia oficial sólo parcialmente? Esta pregunta
ha fascinado a la historiografía reciente, sobre la posibilidad de
diseñar un cuadro de la criminalidad y analizarla cuantitativamente, si
bien el concepto de «Dark Figure» ha encontrado una escasa
resistencia entre los historiadores. Diversos investigadores, partiendo
del clásico trabajo de Lenman y Parker
4
, han señalado que la cantidad
de procesos conservados sería sólo una mínima parte de aquellos
casos que verdaderamente ocurrieron, puesto que la mayoría habría
sido arreglado entre las partes antes incluso de que la justicia tomase
parte en el asunto. Ir a los tribunales supondría comenzar un camino
largo, incierto y costoso. La mayor parte de las querellas, por lo
tanto, se solucionarían con una solución entre las partes
5
. Por esto los

1
Garnot, 1996, 2000, Sbriccoli, 2001, Sánchez Aguirreolea, 2006. No podemos
dejar de citar otros trabajos clásicos como los de Roberts, 1983, Niccoli, 1999,
2003, 2007, o Bellabarba 2001b, 2008.
2
Sánchez Aguirreolea, 2006, pp. 93-112.
3
Floristán Imízcoz e Imízcoz Beúnza, 1993, p. 31.
4
Lenman, Parker, 1980.
5
Fosi, 2007, pp. 32-38.
CAPÍTULO V. LA ACTITUD DE LA COMUNIDAD 259
procesos judiciales nos hablarían más de la actividad represora que
llevó a cabo el Estado durante la Edad Moderna en el proceso de su
construcción, pero no podríamos asegurar que esa fuera la
criminalidad real. Por tanto surgió el concepto de la «Dark Figure».
Dicha «Dark Figure» sería la cantidad de casos que no nos ha llegado
por vía judicial y que muy probablemente escaparían a nuestro
conocimiento, hecho por el cual no sería posible la realización de
estadísticas que nos permitieran estudiar el fenómeno de la violencia
en los siglos modernos
6
.
Tal y como se explica en el reciente libro sobre la justicia en la
Italia moderna del historiador italiano Marco Bellabarba
7
, los ya
mencionados historiadores británicos Lenmann y Parker legaron el
desorden de las prácticas judiciarias en Europa al enfrentamiento
entre la «traditions of law», una ley de la comunidad,
consuetudinaria, transmitida oralmente y que viene de fórmulas del
derecho germánico, inclinándose a resolver los conflictos por vía no
judicial, y por otro lado una «ley de estado», que éste trataba de
aplicar, usando el derecho romano. Más recientemente, el también
italiano Mario Sbriccoli, uno de los investigadores que más en
profundidad trabajó este tema
8
ha recogido esta dicotomía en el
estudio de los periodos medieval y moderno. Habla así, primero, de
una «justicia negociada», marcada de un destacado carácter
comunitario fundado sobre la pertenencia, dirigida principalmente a
la reparación de la ofensa, regulada de normas y prácticas condivisas,
todo esto en un ámbito en el que dominaba la oralidad. Por tanto,
una justicia doméstica, aparte de las formalidades y las leyes escritas,
que tenía como fin sanar las laceraciones producidas por un acto
criminal. Se llegaba a un acuerdo entre las partes, intentando siempre
no llevar la causa a las manos del juez. Tras esta «justicia negociada»,
siempre según Sbriccoli, había una «justicia hegemónica», que desde
el tardo Medioevo comenzó a quitarle espacios de maniobra. Tenía
un fuerte carácter de aparato, dirigida a castigar al acusado, regulada
por normas de tipo legislativo y siempre muy formalizada, en un
ámbito en el que dominaba la escritura. En este género la libertad de

6
Sánchez Aguirreolea, Segura Urra, 2000, p. 350. Niccoli, 2007, p. 27.
7
Bellabarba, 2008, pp. 88-92.
8
Sbriccoli, , 1986, 1988, 1991a, 1991b, 2001, 2003, 2004.
260 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
los actores se limitaba a poca cosa
9
. Sin embargo, todo esto no
significa que no pudiesen ambas justicias trabajar juntas.
Composiciones, paces privadas, acuerdos y penitencias servían para
ello. Sobre todo en las zonas rurales, la tesitura de las paces era un
campo en el que los religiosos tenían mucho que ver. Sin embargo,
en las ciudades los religiosos debían competir con un régimen
mucho más aguerrido para esto. La paz, como de continuo se predica
en los textos devocionales y se escucha en las homilías, ayuda a
escapar a la comunidad de los peligros del pecado. Una de las
primeras misiones confiadas al párroco es siempre la de componer
conflictos: podía hacerlo mediante la conversación con ellos o
enviando a los litigantes al foro episcopal más cercano. Ahora, haría
la paz, pero la iglesia no repondría el daño a la víctima, no la
satisfaría
10
.
La legislación emanada de las Cortes Generales trató el tema del
perdón entre las partes. Las Cortes Generales de 1569, permitieron
que «en pleitos criminales en que el fiscal no fuese parte, las partes se
pudiesen concertar por medio de buenas gentes, sin necesidad de
pedir licencia al Consejo Real ni a la Corte, como se hacía hasta
ahora»
11
. Las Cortes de 1572 y 1604 pidieron que se recordara dicha
ley, pues «en algunas ocasiones el Consejo y Corte habían dado
provisiones que impedían su aplicación»
12
. El hecho a destacar en
dichas leyes fue que siempre se tratase de casos en los que el fiscal no
tomase parte. Además, apreciamos también cómo Corte Mayor y
Consejo Real no eran partidarios de los perdones entre partes, pues
su intención era fortalecer el poder del estado en todo el territorio y
bajo cualquier situación, y dicha ley mermaba en cierta medida la
capacidad que estas instituciones tenían de juzgar algunos casos.
También los confesores pusieron una especial atención en el tema
del perdón, centrándose en lo que Martín de Azpilcueta denominó
en su Manual de Confesores como la «corrección fraterna». Según el
doctor Navarro,

Presuponemos que la corrección fraternal, es amonestación caritativa
del prójimo secreta, o delante testigos, para que se enmiende de pecado.

9
Sbriccoli, 2001, p. 356 y ss. Esto mismo en Birocchi, 2007, y Alesi, 2007.
10
Bossy, 1998, pp.70-71.
11
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p. 235.
12
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p. 247 y p. 454.
CAPÍTULO V. LA ACTITUD DE LA COMUNIDAD 261
Y que todos somos obligados de precepto a nos corregir los unos a los
otros fraternalmente, fieles, & infieles perlados, y suditos, justos y
pecadores: aunque algo más los perlados y de mayor autoridad que los
otros
13
.

Según Azpilcueta existían cuatro casos en los cuales se debía
proceder a dicha corrección; que el pecado fuera mortal o venial
peligroso, que hubiera esperanza de enmienda, que la persona fuese
obligada, y la cuarta que pudiera ser hecho sin daño notable de salud,
honra, fama y hacienda del que corrige, aunque si el pecador estaba
en gran necesidad de ser corregido todo debía hacerse por corregirlo,
aun con daño de la vida corporal.
Azpilcueta afirmaba que no era pecado aguardar a corregir a
alguna persona hasta que ésta cometiera un pecado mayor. Pero
cuando el pecado era dañoso para la república, Azpilcueta afirmaba
que se debía acudir al juez. Sin embargo, el corrector nunca debía
revelar el secreto del pecado, y tampoco debía corregir con una mala
intención.
También Juan de Pedraza trató la corrección fraterna. Según su
Suma de casos de conciencia,

Si pecare contra ti tu hermano, ve y amonéstale entre tú y él solo, si te
oyere, ganaste un hermano. Y si no te oyere, toma contigo uno o dos
testigos. Y si no lo oyere, dilo a la Iglesia. Y si a la Iglesia no oyere, tenlo
por éthnico y publicano
14
.

Pedraza entendía por «hermano» solamente al cristiano, y los
infieles por tanto no eran obligados a la corrección fraterna.
Tampoco entraban en ello los hijos contra los padres, pues según
decía, «si tu padre está en pecado, podrásle rogar y amonestar, pero
no lo demás del proceso evangélico». Continuaba afirmando que «El
que peca delante de otro ya le hace injuria, porque cuanto es en sí,
ya le hace mal ejemplo y le escandaliza, y así pecar delante de ti es
pecar contra ti». Pedraza coincidía con Azpilcueta en que si el pecado
era conocido por más gente, se debía amonestar primero al pecador
individualmente, luego con dos testigos y finalmente ante la Iglesia.
En caso de que solamente uno conociera el pecado que el pecador

13
Azpilcueta, 1556, p. 515.
14
Pedraza, 1578, p. 217v.
262 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
había cometido, había que tomarlo aparte, convidarle y rogarle con
palabras amorosas y devotas
15
.
Bartolomé de Medina trató también ampliamente el tema de la
corrección fraterna. Consideraba que era pecado mortal el no
corregir a quien se hallaba en grave pecado. Según se quejaba, el
precepto de la corrección fraterna estaba muy olvidado entre
cristianos y religiosos, «que estando el mundo tan lleno de pecados,
no hay quien tenga ánimo para corregirlos claramente», y por esta
razón Dios enviaba castigos a quienes no habían amonestado a un
pecador. Coincidía con Azpilcueta y Pedraza en que en el caso de
que el pecador no hiciera caso a quien lo amonestaba, éste debía
acudir con otros dos hombres y, en última instancia, acudir a la
Iglesia. A ésta acudiría «no como a juez, sino a padre», y éste
«medicinará como más viera que conviene». Coincidía también con
Azpilcueta en los cuatro casos en que debía procederse a la
corrección, añadiendo que era necesario que hubiera esperanza de
corrección, puesto que en caso contrario «no estoy obligado, porque
Dios no me obliga a cosa inútil y de ningún efecto, y si yo sé que se
ha de empeorar, y tampoco me obliga Dios a cosa dañosa y
perniciosa para mi hermano». Consideraba que si el pecado era
público no existía necesidad de corrección fraterna, «porque el fin de
la corrección fraterna es enmendar a mi hermano con el menor
detrimento que se pudiere, y sin infamia suya». En caso de daño de la
república, Medina consideraba que debía acudirse directamente a la
justicia, para que ésta pusiera remedio en beneficio de toda la
comunidad
16
.
En definitiva, y siguiendo el trabajo de Daniel Sánchez
Aguirreolea, a través de la introducción efectiva de la corrección
fraterna (precepto que ya el Evangelio contemplaba), la Iglesia trató
de reglar y controlar los mecanismos infrajudiciales con que ya
contaban las comunidades locales. Para lograr dicho objetivo, se le
dio un contenido y justificación religiosa que, en última instancia,
obligaba a acudir a las autoridades
17
.
Numerosos casos navarros nos han proporcionado una gran
cantidad de perdones, cartas de perdón o escrituras de perdón.

15
Pedraza, 1578, pp. 38v-40r.
16
Medina, 1597, pp. 222-234
17
Sánchez Aguirreolea, 2006, pp. 46-50.
CAPÍTULO V. LA ACTITUD DE LA COMUNIDAD 263
Podemos afirmar que el hecho de que la parte «agredida» perdonase
al agresor fue corriente en los procesos por homicidio navarros de los
siglos XVI y XVII. Normalmente dichos perdones se produjeron en
pequeños municipios y rara vez en grandes ciudades. Dichos
pequeños municipios favorecían el que todos los vecinos se
conociesen entre sí y tratasen de arreglar, mediante «personas
principales» (el párroco, el alcalde, el cirujano…) aquellos casos que
suponían un gran esfuerzo económico en muchas ocasiones para la
familia del agresor.
En agosto de 1605, en la villa de Ablitas, Joan Gómez y su esposa
María de Jarauta maltrataron hasta la muerte a su criada, Isabel
Martínez. Tras un largo proceso judicial, año y medio después, en
enero de 1607, los padres de Isabel presentaron una escritura por la
cual perdonaban a la otra parte. Según decían,

Y porque han sido informados y enterados dela poca culpa que los
dichos Juan Gómez y María de Jarauta su mujer consorte tuvieron en los
malos tratamientos y muerte dela dicha Isabel Martínez, dijeron que se
apartaban y apartaron dela querella y acusación que contra los susodichos
y cualquiera dellos tienen dada por la dicha razón ante los dichos señores
alcaldes y deste pleito y causa que ante nos pende y se sigue en grado de
revista ante los dichos señores oidores del dicho real y supremo Consejo
del reino de Navarra, y les piden y suplican los hayan e tengan por
apartados y de su pedimento no se proceda ni siga la dicha causa contra
los dichos Joan Gómez e María de Jarauta su mujer y consortes, y en
razón dela dicha querella y juraron a Dios en forma y a una cruz dicen
de este apartamiento no han sido (…)ados ni apremiados ni lo hacen por
entender que (…) faltar justicia sino que lo hacen de su propia voluntad
y por servicio de Dios nuestro señor y ruego de algunas personas
principales que se lo han pedido y demandado, y para que esto tenga
efecto y a mayor aviundamiento revocan el poder que tienen dado a
Miguel Jimeno procurador delas audiencias reales del dicho reino para
seguir el dicho pleito, y quieren que en su bien no le sigan ni hagan más
autos en él dejando como lo dejan en su buena fama y opinión y
poder
18
.

En el caso de la muerte de Pedro de Sorondo, francés que fue
asesinado por Martín de Larraingoa por el pago de ciertos bueyes en

18
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 100551, ff. 289r-291r.
264 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
1640, los familiares tuvieron noticia de que el dicho Larraingoa había
quedado manco de ambos brazos debido al rigor con el que se le
aplicó el tormento. Debido a esto, perdonaron al dicho Larraingoa
de su condena a galeras. Según decían,

Ha sido condenado el dicho Martín de Larraingoa a destierro perpetuo
deste reino y cinco años de galeras, y porque después ha constado y
consta a los dichos Pedro de Sorondo y sus dichos hermanos que el
dicho Larraingoa con los rigurosos tormentos que sele dieron ha quedado
baldado delos brazos, imposibilitado para valerse dellos, y por este
defecto no está bien para servir a su majestad, tanto por lo dicho como
por intención de personas y otros justos motivos que a ello han movido y
mueven a los dichos don Pedro de Sorondo y sus hermanos, el dicho
don Pedro de Sorondo en su nombre, usando el poder arriba
mencionado de sus hermanos dijo que perdonaba y perdonó en su
nombre y de sus principales al dicho Larraingoa las galeras en que está
condenado, y que daba y dio su consentimiento tan amplio como en tal
caso de derecho se requiere, y lo que puede dar el otorgante para que
(...) encargos de (birien) al presente y los demás virreyes sus sucesores
deban dar libertad y liberen de las dichas galeras al dicho Martín de
Larraingoa, sin embargo de que a instancia deste otorgante y sus
hermanos está condenado a ellas, y en caso necesario suplica al dicho
Virrey y a sus sucesores y al que quiera de sus excusas se sirvan de dar
por libre de las dichas galeras, y que vaya a cumplir su destierro perpetuo
deste reino el dicho Martín de Larraingoa que en virtud deste auto como
dicho es en su nombre y sus hermanos así lo consiente y suplica al dicho
regente encargos de Virrey y sus sucesores sin que por esto sea visto
ceder del derecho que tiene el dicho otorgante y sus hermanos contra la
hacienda y bienes que se hallasen del dicho Larraingoa para cobrar las
costas de la dicha causa y proseguir el dicho pleito que pende en estos
tribunales sobre recuperar unos bueyes que vendió el dicho Larraingoa
que están embargados por la Corte Mayor deste reino
19
.

En alguna ocasión fueron los miembros de una misma familia los
que debieron perdonarse. En 1596 el corellano Pedro de Vega,
después de varios maltratos, trató de asesinar a su esposa con unos
confites envenenados con rejalgar. No lo consiguió y tras haber
huido y haber intentado volver a asesinar a su esposa contratando a
varios sicarios, cosa que tampoco logró, el fiscal nos informa de que

19
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 102534, ff. 306r-308r.
CAPÍTULO V. LA ACTITUD DE LA COMUNIDAD 265
mujer y marido «se ha compuesto y convenido con ella confesando
haber cometido este delicto». Para ello envió una carta que se
conserva en el proceso y que añadimos en su integridad.

Señora
No me maravillo que tan […] y prontamente, habiendo sido
informada vuestra merced y el señor Miguel Virto hayan hecho lo que
han hecho, sino como no han hecho mas no me espanto, pero pues tan
buenos entendimientos tienen vuestras mercedes, considerando que la
molestia que yo reciba y trabajo no han de sacar nenguna cosa de
provecho, que al fin ha de ser mi mujer y yo su marido aunque sea de
aquí a veinte años, y a pesar de quien mal nos quiere, que si me fui al
hospital de nuestra señora de Gracia de Zaragoza fue considerando que
hasta que viniese la cogida no me podrían dainada cuando para aquellos
reales […] tanto y porque si les daba parte dello no me dejarían hacer lo
que quería, por eso me fui que no por nengún mal que yo hubiese
hecho, que si yo vine en compañía de aquellos hombres fue porque me
dijeron que mis cuñados habían ido tras de mí con espadas
desenvainadas, y para que me defendiesen y hiciesen […] en su
compañía, y así les dí veinte reales pretendiéndoles dar toda la pascua que
los dineros que me dieron no me los había comido, que aunque no
estaba enel hospital destada y comía a mi costa, no me faltaba don de
ganas para comer por la ciudad, y si dicen que tanto tiempo he estado
fuera bien saben que lo he habido menester todo, y que hasta aquí no se
me ha pasado el tiempo que aunque vayan de aquí a todas las
Inquisiciones quel Rey tiene y reinos posee, con verdad no parecerá no
parecerá ninguna cosa delo que ardiabo ya de ser todo mentira, y si
gustaren que se concluya y nos casemos aquí en la cárcel o donde
quisieran, y que yo que me de aquí ha de examinarme yo lo hacía con
juramento a Dios de no salir delo que vuestras mercedes quisieren, y que
si no quisieren dármelo que me mando que me de lo que quisiere, que si
yo tengo y vuestra merced no tiene antes le he de dar yo, que o tu si
vuestra merced quiere que estemos en servicio de Dios ya que hasta aquí
no hemos estado, yo lo deseo que el señor Miguel Virto lo evita y le
aconseja no lo ha de dar toda la vida lo que haya menester, ya que agora
lo de secan gaza que lo ha menester para el ya se es y gos que le daba de
bofetones [anazta] si me habla o me inviaba a decir nada yo selo
agradezco con Dios está de por medio que al fin ha de parecer la verdad,
y si vuestra merced gustare desto si no haga vuestra merced lo que fuere
servida del señor salud a vuestra merced de Pamplona a 18 días del mes
266 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
de junio de saludamos a mis cuñados y al señor Miguel Virto beso las
manos besando las de vuestra merced juntamente. Pedro de la Vega
20
.

El perdón era también un requisito para que el agredido tuviera
un buen morir. El perdonar al agresor le ponía en paz con Dios y le
preparaba para la muerte, que en ocasiones venía rápidamente. En la
villa de Cintruénigo el 24 de marzo de 1592, debido a unas deudas,
Juan Jiménez mató de un arcabuzazo a Juan Aznárez. Éste tuvo
tiempo de redactar su testamento el 1 de abril, antes de morir. En él,
perdonó a Jiménez. Según dejó escrito

Ítem digo que por cuanto yo estoy enfermo y herido en una pierna de
una herida y arcabuzazo que me tiró en la villa de Cintruénigo Juan
Jiménez de Dios, vecino de la dicha villa, y de la dicha herida estoy con
temor de que della he de morir, y atento que fue desgracia que sucedió
entre el dicho Juan Jiménez y mi, desde agora por la presente y por la vía
y forma que mejor haya lugar de derecho le perdono por esta vida y para
delante la presencia divina, y relajo y me aparto de la querella que contra
él di por ante la justicia dela dicha villa de Cintruénigo y alas demás
justicias que del caso puedan conocer que me hayan por apartado de la
dicha querella, y que ansí como yo perdono al dicho Juan Jiménez le
perdonen, y esto es mi última y postrimera voluntad con que el dicho
Juan Jiménez haya de pagar todas las costas que sean recrecido y se
recrecieren razón dela dicha herida, en testimonio delo cual otorgué este
mi testamento dela manera que dicho es, y con él revoco y anulo y doy
por ninguno y de ningún valor y efecto otro cualquier testamento o
testamentos
21
.

Más adelante, su viuda también envió una carta de perdón a la
Corte Mayor. Según dijo, tanto ella como sus hijos perdonaban al
agresor, puesto que así se lo habían pedido tanto el propio Aznarez
antes de morir como «otras personas honradas que se lo han rogado».
Según decían, «este perdón lo hacen por las causas y razones
sobredichas y no por temor que no les será hecha justicia»
22
.

20
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 71417, f. 18r.
21
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 70993, ff. 20r-22r.
22
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 70993, ff. 23r-24r.
CAPÍTULO V. LA ACTITUD DE LA COMUNIDAD 267
Algo parecido ocurrió en la Pamplona de 1597. El 25 de junio de
aquel año se realizó una encamisada
23
y hubo una gran fiesta por toda
la ciudad, con música y bailes, celebrando San Eloy, festividad de los
zapateros. Por motivos no del todo claros dos jóvenes se enzarzaron
en una pelea en la calle Navarrería, cerca del palacio real, de manera
que Antonio de Erguíbel quedó gravemente herido por Martín
Torres. Tras varios días de agonía, Antonio escribió una carta
perdonando a su agresor. En ella decía que

En la ciudad de Pamplona a diecisiete días del mes de julio del año mil
y quinientos noventa y seis años ante mí el escribano público y testigos
abajo nombrados, Antonio Erguíbel, mozo natural del valle de Salazar,
estante al presente en la dicha ciudad en servicio del señor Ojer de Inza,
dijo que puede haber veinte y tres días poco más o menos tiempo sobre
ciertas palabras Martín de Torres preso en las cárceles reales con un puñal
por la parte izquierda al lado del pecho le dio una herida que está muy al
cabo para morirse, y porque nuestro señor Jesucristo le perdone sus
culpas y pecados por amor de su santísima pasión por el paso en que está,
le perdona y remite de su parte toda y cualquier acción de injuria que el
susodicho cometió en darle la dicha herida, y es su voluntad que a su
prendimiento del dicho Antonio de Erguíbel no se proceda contra el
dicho delincuente por ante ninguna justicia agora ni en tiempo alguno, y
me requirió asentase auto dello
24
.

No faltaron ocasiones en las que el acusado compró el perdón de
la familia de la víctima. En el lugar de Zudaire, en 1554, Miguel
Ruiz de Galarreta mató a Lope de Elizalde estando ambos a oscuras
en una sala, tras lo cual huyó. Según decía el fiscal,


23
Encamisada: Es cierta estratagema de los que de noche han de acometer a sus
enemigos y tomarlos de rebato, que sobre las armas se ponen las camisas, porque con
la escuridad de la noche no se confundan con los contrarios; y de aquí vino a llamar
encamisada la fiesta que se hace de noche con hachas por la ciudad en señal de
regocijo. Vide camisa. (Cov.)
Encamisada: Era también cierta fiesta que se hacía de noche con hachas por la
ciudad, en señal de regocijo, yendo a caballo sin haber hecho prevención de libreas,
ni llevar orden de máscara, por haberse dispuesto repentinamente, para no dilatar la
demostración pública y celebración de la felicidad sucedida. (Aut.)
24
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 99705, f. 53r.
268 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
Andando el ausente deste dicho reino tractó él como culpado y
delincuente en la dicha muerte de hacerse amigo con los parientes del
defunto, y cobró el perdón dellos, y les dio cierta cantidad de dineros
por ello y después conforme al concierto que con los dichos parientes del
defunto el dicho acusado hizo, pidió el perdón en penitencia dela dicha
muerte a un hermano del defunto en la iglesia parroquial del lugar de
Zudaire estando él descalzo con un hacha encendida en las manos
25
.

En alguna ocasión el perdón pudo venir también condicionado
por la juventud del agresor. En 1596, en el lugar de Múzquiz, la
jovenzuela de doce años de edad María Pérez García ahogó en un
regacho tras una pelea por un robo de trigo a su amiga, la joven
María Martín de Iruñela. Avanzado el proceso, los padres de Iruñela
presentaron una carta de perdón. Según decía María de Urdiáin,
madre de María Martín,

Esta que depone y su marido han hecho desistimiento dela dicha causa
y perdonado a la dicha presa sin embargo delo contra ella resultare
considerando la poca edad dela dicha acusada y que no pudo perpetrar
dicha muerte sino como mochacha de poca edad y discreción y esto es lo
que sabe refiriéndose ala dicha escritura de desistimiento
26
.

En definitiva, podemos afirmar que la práctica del perdón en los
casos por homicidio en la Navarra de los siglos XVI y XVII estuvo
realmente extendida. Estas prácticas ancestrales trataron de mitigar el
peso que un proceso judicial podía suponer para ambos
contendientes, pero no significó que las instituciones judiciales
cejasen en su empeño por castigar a los agresores. Ninguno de los
perdones aquí relatados produjo que el fiscal abandonase el caso. En
todos ellos, el fiscal protestó contra la práctica de llegar a un acuerdo
entre las partes y prosiguió con su demanda. El Estado no estaba
interesado en que esas formas de infrajusticia suplieran su función en
el proceso de disciplinamiento social y continuó adelante con los
procesos.
Magnífico ejemplo de esto es la queja presentada por el licenciado
Ovando, fiscal, contra Martín de Asura cuando éste se apartó de la

25
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 9836, f. 1r-v.
26
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 12643, ff. 20v-21v.
CAPÍTULO V. LA ACTITUD DE LA COMUNIDAD 269
demanda. Sintiéndose engañado, Ovando escribió la siguiente queja
al Consejo.

El licenciado Ovando, vuestro fiscal, respondiendo a la petición de
Martín de Asura en que en efecto dice que en el pleito criminal que él
juntamente conmigo lleva contra Martín de Vicuña se quiere concertar y
suplica a vuestra majestad le de licencia por ello, digo que no ha lugar ni
se debe mandar dar la dicha licencia, antes debe ser punido el dicho
Martín de Asura porque habiendo él juntamente conmigo puesto la
acusación criminal deste pleito contra el dicho Martín de Vicuña se ha el
concertado con él sin licencia delos alcaldes de vuestra Corte Mayor sin
decirme a mí cosa alguna, y ha dejado pasar casi todos los términos
probatorios con colusión sin hacer probanza, engañándome a mí
deciendo él que andaba entendiendo en hacerla y creyendo yo que era
ansí confiando del he dejado dela hacer, y estando ya el pleito en tal
estado y contestado el pleito por el dicho acusado no puede apartarse
dela dicha acusación el dicho Martín de Asura sin mi consentimiento, e
ha de ser punido por haberse concertado sin licencia, y por la colusión
que enello ha tenido para que el término probatorio se pasase y no
hiciese yo mi probanza y no se le debe dar la dicha licencia, sino seguirse
a su costa el pleito e ansí lo pido y según de suso tengo dicho y serme
hecho sobre todo lo susodicho e cada una cosa e parte dello entero
cumplimiento de justicia por el remedio de derecho que mejor me
convenga, y las costas para lo cual y en lo necesario el Real Oficio de
vuestra majestad imploro.
El licenciado Ovando
27
.

Tampoco creemos que las cartas de perdón surtieran un efecto en
las sentencias emanadas por la Corte Mayor o el Consejo Real. Es
cierto que en general el Consejo, última instancia, se mostró más
benévolo con los agresores que la Corte Mayor. Pero este hecho lo
hemos encontrado generalizado en todos los procesos judiciales,
contengan o no carta de perdón. Es por ello que no sabemos hasta
qué punto resultaron efectivas, y sospechamos que en la mayor parte
de los casos resultaron absolutamente inútiles. También es cierto que
de los 1.287 procesos documentados en el Archivo General de
Navarra, 590 (45,84% del total) están pendientes de sentencia. Este
hecho podría confirmar que en muchas ocasiones los miembros del
Consejo podían haber dejado pendiente el caso debido a que se

27
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 64029, f. 57r.
270 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
habría llegado a una paz entre las partes. Así está ampliamente
documentado en el tribunal del Torrone de Bolonia, en Italia, donde
la ausencia de la figura del fiscal permitió que se conservaran miles de
cartas de perdón que llevaron como consecuencia la paralización de
muchos procesos
28
. Sin embargo ya hemos visto la importancia que
tuvo el fiscal en el seguimiento de los procesos en la Navarra de los
siglos XVI y XVII y, a la vista de los procesos no sentenciados que
hemos consultado, podemos afirmar que este hecho se debió en
muchos casos a una ausencia de pruebas (con lo que ello conllevaba
en el sistema judicial del Antiguo Régimen, como ya hemos visto) y
no tanto a que el perdón entre ambas partes provocase la detención
del proceso. En algunas ocasiones la detención del proceso judicial se
pudo deber también, como vimos, a la muerte o fuga de los
acusados.
2. Actitud de los testigos durante el proceso
Resulta muy difícil rastrear en los procesos judiciales cuál fue la
actitud que los testigos tuvieron en el mismo momento del asesinato.
En general, los testigos se limitaban a explicar qué sabían del
asesinato, pero en muy pocas ocasiones narraban su reacción primera
ante ellos. Podemos suponer que, en primer lugar, los testigos
sintieron horror ante un asesinato, pero ¿acudieron a la justicia?
Los testigos trataron de evitar todo tipo de asesinato. En 1544 por
ejemplo vimos al hablar del envenenamiento cómo Joanot Chipi,
«inducido por persuasión diabólica» intentó matar a Juan López,
marido de María de Orbara, con la cual mantenía relaciones
esporádicas. Al ver a Martín, criado de Joanot, con unos polvos que
no sabía para qué eran, varios testigos «le dijeron que los dichos
polvos eran ponzoñosos y que los echase en un regacho y así se los
hicieron echar»
29
.
En el mes de abril de 1584 extrañó en Tudela la desaparición del
ganadero Juan de Suescun, el cual, cuando venía de Carcastillo en
compañía de su mujer. Al parecer la relación entre ambos era
conflictiva, habiendo sido el marido objeto de malos tratos e injurias.
Días después el cuerpo del marido apareció en la Bardena

28
Angelozzi y Casanova, 2008, Niccoli, 2007, Fosi, 2007, Angelozzi y
Casanova, 2003, Casanova, 2004
29
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 318849, ff. 7r-8r.
CAPÍTULO V. LA ACTITUD DE LA COMUNIDAD 271
desfigurado y comido por los lobos. Los vecinos de la pareja «cuando
se pregonó por las calles que lo habían hallado muerto los vecinos y
esta testigo la trataron de mala hembra deciendo que ella se había
hallado en su muerte»
30
.
En 1620 Juan de Montori, criado de Pedro de Ezcurra, fue al
molino de Zurzabete donde Agustín de Garínoain era molinero.
Montori echó su carga de grano en medio de un camino y se negó a
meterla al molino, originando una gran discusión con Garínoain.
Montori echó mano a su puñal e hirió mortalmente a Garínoain, que
gritó «‘ay que me han muerto’ y como dijo esto arremetieron los
dichos testigos y le asieron y metieron dentro del molino y le
cerraron enel y uno delos dichos testigos fue en compañía del dicho
herido y le llevó a su casa y dio noticia dello a la justicia y vinieron
con Antonio de Santander regidor y otros ministros de justicia y le
llevaron a la cárcel»
31
.
Los testigos mostraron una actitud de especial incredulidad en
torno al infanticidio. No podían creer que alguien a quien conocían
tan bien y desde hacía tanto tiempo hubiera podido cometer un acto
semejante. María Ruiz decía que Gracia Ruiz, la mujer del
carbonero Lucas de Alegría «no cre la hubiese matado para ello la
dicha su madre considerando que la madre no podía usar de tanta
crueldad contra su propia creatura»
32
. Igualmente, María López, en el
mismo caso, «no acaba de crer paresciéndole que la madre no usaría
de tanta crueldad en su propia creatura»
33
. En Lesaca, en 1584,
debido al notorio embarazo de Catalina de Amigo, algunas vecinas
habían «recogido queso y güevos y otras cosas para dar de colación
alos que la visitasen después del parto», quedando muy espantadas y
horrorizadas ante la muerte que ésta cometió tras su parto junto a
una ermita
34
. Considero que nos encontramos con una sociedad
absolutamente horrorizada ante los crímenes cometidos contra los
niños, seres indefensos que no podían defenderse y que, más grave
aún, no eran bautizados antes de morir. Cuando en 1539 Gracito de
Elízaga llevó a Larrasoaña al bebé que su hija Joaneta de Eugui había
tenido, Joana de Imbuluzqueta, vecina que sospechaba lo que había

30
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 28758, ff. 12r-14r.
31
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 150305, ff. 1r-v.
32
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 211463, ff. 10r-11r.
33
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 211463, ff. 11v-12v.
34
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 282491, ff. 6v-17v.
272 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
sucedido les dijo «que mirasen lo que habían hecho que alguno les
demandaría muy estrecha cuenta dela dicha creatura»
35
. Los vecinos
trataron de descubrir todo lo posible sobre el recién nacido,
especialmente cuando éste desaparecía. En el ya mencionado caso de
Lesaca, «Juanes de Amigo y Pedro de Borda le dijeron [a la acusada]
que les dijiese el lugar donde se había enterrado la creatura muerta y
que irían con un hazadón y descubrirían si ello era verdad»
36
.
Cuando los vecinos de Viana sospecharon que María Miguel había
parido, fueron a la puerta de su casa, donde entablaron una
conversación con ella, que a su llamada respondió «váyanse con Dios
que en mi casa no estoy» a lo que una testigo le dijo «señora perdone
que una vecina a otra bien puede venir a ver qué tiene y si quiere
algo». La dicha María Miguel dijo «váyanse con Dios y él se lo
pague» y la testigo le tornó a decir que «no era por bien estar en
casa» a lo que María Miguel le respondió «que no tenía garra de
zapato». La testigo le dijo «perdone que a vos y por sorpresa se dijo
que estáis parida o malparida» y la dicha María Miguel finalizó la
conversación diciendo «Dios le dé qué decir y no qué comer y eso
más callando se podía decir» a lo que la testigo le respondió que «no
quería que la tuviese por lisonjera sino quería decir claro»
37
. Vemos
pues que los vecinos jugaron un importante papel en el
descubrimiento de estos infanticidios, entrometiéndose en la vida
privada de estas mujeres que, según rumores y por el tamaño de sus
barrigas, estaban próximas a parir, avisando ellos mismos a la justicia
para que iniciase el proceso que aclararía todo lo que pasó y culparía
o no a la acusada de cometer un delito «atroz». Todos ellos dirían
cómo la embarazada había tratado de ocultar su embarazo, llevando
ropajes más amplios, o yendo a trabajar nada más parir, para que no
se notase su ausencia, a pesar del estado físico en el que se
encontraban.
En definitiva, podemos confirmar que los testigos se sintieron
horrorizados ante cualquier crimen, y su primera reacción fue la de
separar a los dos contendientes e incluso detener al agresor. Sin
embargo, la mayor parte de las denuncias no fueron puestas por

35
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 209697, ff. 1v-2v.
36
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 282491, ff. 6v-8r.
37
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 72372, f. 3r-v.
CAPÍTULO V. LA ACTITUD DE LA COMUNIDAD 273
testigos, sino por los propios afectados o el fiscal, el cual no consentía
que ningún crimen quedase sin juzgar.
De hecho, llegados a este punto, no nos queda más que poner en
cuestión nuevamente la ya citada teoría de la Dark Figure en la
Navarra del Antiguo Régimen. Como hemos visto, los fiscales no
permitieron que ningún acto criminal quedase sin castigo. Para ello
colaboraron estrechamente con los alguaciles y los alcaldes ordinarios
de las distintas villas y lugares del reino, sin jurisdicción en principio
en estos asuntos, para que todos los asesinatos, homicidios, o simples
agresiones llegasen a ser juzgados. De hecho la no realización de las
diligencias pertinentes ante la aparición de un cadáver les acarreaba
fuertes penas. La gran cantidad de procesos en torno a injurias nos
indica que la sociedad no dudaba en acudir a los tribunales, y mucho
menos si alguien sobrepasaba los límites de la violencia agrediendo o
matando. El fiscal se erigió por tanto en el gran protagonista de la
lucha contra la criminalidad, podemos decir que personajes como los
fiscales Ovando, padre e hijo, se erigieron en las figuras principales
del Disciplinamiento Social del cual hemos hablado a lo largo de esta
tesis. Esta idea surgida en la historiografía alemana no fue sólo teoría,
funcionó verdaderamente, provocando un claro descenso de los
niveles de violencia hasta cotas realmente bajas en el siglo XVIII.

CAPÍTULO VI: EL PROCESO JUDICIAL: LA
INVESTIGACIÓN
El tres de febrero de 1606 un grave suceso alteró la tranquilidad
de los pamploneses. Al parecer, don Miguel de Ardanaz, presbítero
de la iglesia parroquial de San Cernin había salido de casa, ataviado
con su sotana, y no había regresado, causando gran preocupación a
Juana de Egózcue, su viuda madre. Dicha desaparición dio inicio a
un proceso judicial, en el cual, bajo la supervisión del Licenciado
Suescun, alcalde de la Corte Mayor, fueron interrogados varios
testigos, desde la madre hasta el capellán de la iglesia, pasando por
otros sospechosos. Finalmente, a los pocos días apareció el cuerpo sin
vida de don Miguel. Este se encontraba hundido en un pozo de la
Calle Mayor, curiosamente junto a la casa de don Cebrián del Bayo
y Daoiz, alcalde de la Corte Mayor. El alguacil Mayor dio orden de
sacar el cadáver de dicho pozo, y fue llevado a casa del mercader
Antón de Arteta, donde fue reconocido por el doctor Azcona,
médico, y Pedro de Saragüeta y Lope de Elso, cirujanos. El escribano
tomó nota de todo lo que estos dijeron, detallando minuciosamente
las causas de la muerte de don Miguel. Inmediatamente, el fiscal
tomó parte en el asunto, llevando adelante junto con Juana de
Egózcue toda una investigación que incluyó la presencia de cartas
amenazantes y aclaradoras declaraciones de varios testigos que
apuntaron a Martín de Monreal y Raja, justicia de Pamplona, como
responsable principal de la muerte. A lo largo de dicho proceso, y a
pesar de la defensa que de él hizo el procurador Pedro Ferrer, se le
aplicó un duro tormento, tras el cual Martín quedó manco de por
vida, y fue finalmente condenado a un destierro de seis años en el
presidio de Perpiñán.
El voluminoso proceso judicial que hemos relatado nos sirve de
ejemplo para conocer el funcionamiento de la justicia en la Navarra
moderna. En principio, y siguiendo tópicos comúnmente
276 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
extendidos, podría parecernos una justicia arbitraria y cruel, que
empleando métodos violentos buscaba la condena final del acusado.
Pero un análisis más profundo de su funcionamiento nos llevará a
descubrir una justicia diferente. A lo largo de esta investigación
hemos encontrado una justicia muy bien organizada y garantista.
Como veremos a continuación, teniendo en cuenta los medios con
los que contaban las investigaciones de homicidios fueron
especialmente minuciosas, llegando a detalles que podríamos pensar
más propios de nuestros tiempos. Además, la justicia ofrecía al
acusado la posibilidad de defenderse de las acusaciones mediante
abogados, y en casos de extrema pobreza existían abogados ‘de
pobres’, a sueldo del Real Consejo, que garantizaban su protección.
El recurso a métodos violentos fue muy escaso y el llegar a ellos
requería una serie de procedimientos reglamentados que nadie podía
obviar.
1. Primera información: Alguaciles
Uno de los mayores problemas con los que se encontraron los
juzgados de la Edad Moderna a la hora de prender a un agresor, fue
la falta de una fuerza policial especialmente preparada para detener a
aquellos que cometían algún tipo de crimen
1
. No fue hasta época de
los Borbones cuando se gestaron las primeras ‘policías’ propiamente
dichas, cuerpos de seguridad encargados del mantenimiento del
orden público. Luis XIV creó la primera en París, en 1667, y en
tiempos de Felipe V de España surgió otra fuerza de este estilo en
México. No fue hasta 1792 cuando Inglaterra tuvo una fuerza
policial estable y desarrollada
2
. Tampoco en aquel tiempo hubo
necesidad de un mayor cuerpo que se encargase del orden y el
mantenimiento de la ley. Según Castillo de Bovadilla en su Política
para corregidores y señores de vassallos,

No hay señal más cierta, según Platón ni más verdadera, de haberse
estragado y corrumpido una república, que hallar en ella muchos
médicos, y muchos ministros de justicia, por ser evidente indicio de
malas y depravadas costumbres la multiplicidad de jueces y oficiales de

1
Sharpe, 1984, p.6, Lenman, Parker, 1980, p.19, Baker, 1977, pp.15-17,
Trinidad Fernández, 1989, p.11.
2
Lenman, Parker, 1980, pp.39-40.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 277
justicia; y también el haber muchos médicos, es señal de la gran
destemplanza y disolución de la vida. Y es cosa cierta, que así como las
leyes y oficios de justicia causan y acarrean muchos bienes a las ciudades,
reinos y repúblicas así cuando son demasiados, aunque adornan y causan
majestad a los tribunales y magistrados, , son causa de más mal que de
bien. (…) El buen corregidor acertaría más, y sería más preciado, si
redujese a menos número los oficiales de justicia, y refrenase la
muchedumbre que contra provisiones reales y costumbre de los pueblos
eligen y crían cada día, cumpliendo con daño de los súbditos y de los
otros alguaciles, y de su conciencia, los ruegos de quien se los
encaminan, o los contratos de quien les compran los oficios. (…) Esto de
nombrar más alguaciles de los ordinarios, no se entiende cuando se
ofrecen grandes ocasiones, como son venidas o pasajes de príncipes, para
dar recado a muchas cosas que son menester, o cuando se hacen fiestas, o
hay algún concurso de gente, en que conviene poner ministros en
diversas partes para proveer y obviar lo que podrá suceder, o para que
prendan en alguna riña, o pendencia, que entonces aún a la persona
privada se puede dar comisión, con que acabadas las tales ocasiones se
acabe su ejercicio
3
.

Al igual que en la Corona de Castilla
4
, en la Navarra moderna la
figura encargada de detener y apresar a los delincuentes fue el alguacil
mayor, figura clave en la detención de criminales
5
. Si bien las
Ordenanza primera del título 9, recogidas por Martín de Eúsa dicen
que debían ser cuatro, a partir de 1561 hubo ya 6 alguaciles, a los
que en 1587 se unieron «dos hombres» que les ayudaban, sin poseer
la categoría de alguaciles
6
. Desde 1682 el cargo perteneció en
propiedad al marqués de San Miguel de Aguayo, que tenía la facultad
no sólo de nombrar al alguacil mayor, sino también a los tenientes de
éste y al alcaide de las cárceles reales
7
. Dicho alguacil debía ser un
hombre navarro «suficiente, abonado y de buenas costumbres»
8
, y
contaba, como hemos dicho, con cuatro lugartenientes, dos navarros

3
Castillo de Bovadilla, 1704, I, p. 148.
4
Heras Santos, 1991, p. 151, y 160.
5
Según Castillo de Bovadilla, Este nombre alguacil, según las leyes destos
reinos, es arábigo, y quiere decir hombre que ha de prender y llevar presos a la
cárcel, y justiciar por mandado del rey, o de sus jueces, a los que hubieren cometido
algún yerro. Castillo de Bovadilla, I, 1704, p. 149.
6
Sesé Alegre, 1994, pp. 79-80.
7
Sesé Alegre, 1994, p.79.
8
Eúsa, 1622, Libro I, Título IX, f.28v.
278 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
y otros tantos castellanos, y 2 hombres que iban con él, elegidos
todos ellos por el mismo alguacil. Todos ellos estaban encargados de
guardar «todas las honras, gracias, mercedes, franquezas, libertades,
exempciones, preeminencias, prerrogativas e inmunidades que por
razón del dicho oficio debéis haber y guardar»
9
. El alguacil podía
estar con vara en las visitas de las cárceles, y protocolariamente se
sentaba el siguiente del fiscal. No estaba obligado a acudir a las
ejecuciones corporales, a menos que se le hiciesen a un caballero
(caso en el que sí que estaba obligado a estar presente), pero sí a
enviar por lo menos a un lugarteniente. En caso de que ningún
lugarteniente pudiera acudir, podía nombrar a dos nuevos
lugartenientes sin sueldo que irían a la ejecución corporal, de manera
que siempre tenía que haber dos varas presentes
10
. Los alguaciles
estaban obligados a acudir igualmente al palacio los días que en éste
hubiera consulta, y a la Iglesia los días de grandes solemnidades.
Entre sus principales misiones se encontraba la de mantener el orden
en la ciudad durante la noche. Para ello se establecía un toque de
queda, que duraba de ocho de la tarde a seis de la mañana en
invierno y de nueve a cuatro en verano. Durante ese tiempo, la labor
del alguacil era controlar que nadie portase armas prohibidas, ni
hiciese música o fuese disfrazado
11
. Fray Juan de Vitoria describió
magníficamente cuál era la labor de los alguaciles:

El oficio de Alguacil o merino mayor es acompañar al Alcalde y hacer
ejecutar lo que él manda, andar delante de él. Y es como centinela y
atalaya común suya y de la república que anda mirando todos los puestos
de la república, procurando que nadie haga cosa no debida, prender a los
que hacen mal, a los que ve que quiebran las ordenanzas y pragmáticas
reales, ordenanzas y buenas costumbres de la ciudad, a cuyo efecto, como
alférez del rey y de la república, trae su vara y poder y para esto ronda de
noche y de día y vela y anda acompañado de porquerones y de gente de
guardia. Apellida al rey cuando conviene. Hace que el pueblo esté
recogido de noche y se maten las luces y que, dada la campana de queda,
haya quietud. Y no se traigan armas, quitarlas al que las trajere, y son
suyas por ley. Visitar los tableros de juegos y coger para sí la moneda que
contra ley y pragmáticas se juegan, y lo mismo las ropas y trajes y cosas

9
Eúsa, 1622, Libro I, Título IX, f.28v.
10
Eúsa, 1622, Libro I, Título IX, f.30r.
11
Eúsa, 1622, Libro I, Título IX, f.37r.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 279
vedadas. Y así se puede llamar censor menor del pueblo. Él ejecuta las
sentencias civiles y criminales, asiste a los tormentos, hace que los
verdugos ni excedan ni falten de lo sentenciado y van con ellos hasta que
la justicia está acabada, ejecutándola hasta el fin. Hace castigar a los
verdugos si exceden o no quieren ejecutar las sentencias. Ejecuta también
las ejecuciones cualesquiera que sean, de que tienen buenos derechos, y
su salario y provechos son mayores que los de los regidores
12
.

Según el licenciado Castillo de Bovadilla, el oficio de alguacil
debía cumplir cuatro reglas cuidadosamente.

La primera es, que prenda los que se le mandaren con toda diligencia,
y no lo disimule, ni dé aviso a los delincuentes, ni lo recele, ni lo tema,
ni lo contradiga, so pena de suspensión de oficio, salvo en caso
notoriamente injusto, como adelante diremos.
La segunda regla es, que ejecute los mandamientos de ejecuciones y
prendas sin pereza y limpiamente, y de manera que los acreedores sean
pagados sin dilación, y haga ejecuciones conforme al tenor de los
mandamientos: y cuando para hacerlas, o para prender, o secretar bienes,
hubiere de abrir o descerrajar puertas, sea por la forma que da la ley, con
asistencia de algún alcalde, o regidor, o jurado, siendo en aldea, o con
testigos: y en lo que toca a muchos artículos y dudas de la materia de
ejecuciones y derechos dellas tocantes al alguacil, no trato aquí, por no
hacer tan larga digresión, y así lo remito a lo escrito por los doctores. Y
acerca de los derechos de los caminos, y de las ejecuciones pedidas por
una obligación contra muchos, dijímoslo en otro capítulo
13
.

El alguacil no podía actuar motu proprio, a menos que el caso
fuera flagrante. Siguiendo otra vez a Castillo de Bovadilla, el alguacil
no debía actuar sin órdenes, «porque su hecho en tal caso es como de
persona particular, y no como ministro de justicia, según la
distinción más segura de los doctores»
14
. Además, los alguaciles
debían mantener el orden y la moralidad de la ciudad. No podían
acompañarse de delincuentes o desterrados, ni debían consentir
«motes, ni matracas, ni todos los delitos que vinieren a su noticia».
Además, debían «usar de comedimiento y buen término, en especial
con mujeres, y en las causas civiles, y tener cordura, templanza y

12
Bazán Díaz, 1995, pp.122-123.
13
Castillo de Bovadilla, 1704, I, p. 150.
14
Castillo de Bovadilla, 1704, I, p. 151.
280 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
paciencia», de manera que pudieran «saber ejecutar lo que hicieron
con la menos carga, ofensa y pesadumbre de los ejecutados». Debían
ser «discretos y recatados cuando entendieren que hay riesgo en
prender alguna persona valiente, o arriscado, o principal, en que por
buen término, o con otro color le traigan ante el corregidor»
15
.
Otro de los cometidos de los alguaciles era el de requisar las armas
de aquellos que cometiesen un delito, portasen armas prohibidas o
anduviesen de noche por las calles. Para ello, hacían sonar una
campana que indicaba el toque de queda, como vemos en el capítulo
sobre la legislación en torno a las armas. Para ello, Castillo de
Bovadilla les exhortaba a que fuesen «bien mirados» y tuviesen
«consideración a las personas con quien se encuentran: y entiendan
que el quitar las armas desaforadamente hace mal estómago, porque
como son de hierro nunca se digieren, y guárdase mucho el tal
sentimiento, de mas que tomando las armas indebidamente, serán
condenados a que las restituyan a sus dueños, (…) y no den ocasión a
que nadie se les desacate, ni hagan ni causan alborotos, ni escándalos,
pues por experiencia se ha visto que basta un mal comedimiento de
un alguacil, para poner al corregidor y al teniente y aún a toda una
ciudad en desasosiego»
16
.
En nuestro caso, el interés se centra en la función de los alguaciles
ante los casos criminales. Cuando un asesinato cometido en cualquier
término del reino llegaba a oídos de los alcaldes de la Corte Mayor o
los oidores del Consejo, inmediatamente enviaban al lugar a uno de
los alguaciles acompañado por algún escribano para que tomasen las
primeras informaciones, reconociesen el cadáver, interrogasen a los
testigos presenciales y tomasen las primeras medidas
17
. En ocasiones
incluso los miembros de la Corte o el Consejo acompañaban a estos
alguaciles, para tener una información de primera mano. Otra labor
de estos alguaciles era el llevar a los presos allá donde la Corte o el
Consejo lo ordenasen, acompañándolos al destierro o a las galeras
reales.


15
Castillo de Bovadilla, 1704, I, p. 152.
16
Castillo de Bovadilla, 1704, I, p. 175.
17
Eúsa, 1622, Libro I, Título IX, f.37v.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 281
2. Escribanos
Junto con los alguaciles, la labor de los escribanos tuvo una capital
importancia en la resolución de los crímenes durante la Edad
Moderna. Los escribanos eran los encargados de anotar todo lo que
acontecía desde el momento en que llegaban al lugar del acto
violento. Él se encargaba, siguiendo las órdenes del alguacil, de
anotar la situación en que se encontró el cadáver, en caso de que lo
hubiera, o los distintos contendientes. Su más importante labor era la
de tomar la declaración de los testigos que hubiesen asistido a dicho
acto o, en su defecto, supieran algo acerca de lo que había ocurrido.
Existe gran confusión entre la multiplicidad de tipos de escribano
que nos aparecen en la documentación. Jaime de Corella en su
Práctica de el confesionario explicaba que

Aunque los escribanos muchas veces son secretarios; pero distínguese
en algún modo de ellos, y de los notarios, porque los secretarios son y se
llaman escribanos de cámara, y están diputados para los consejos,
chancillerías y repúblicas. Los notarios regularmente son los que están
diputados para negocios eclesiásticos, y no pueden introducirse en los
profanos, y seculares. Los escribanos sirven para hacer escrituras, actos
judiciales, y extrajudiciales, a que se da entera fe, y unos hay que se
llaman escribanos públicos, o del número, y otros escribanos reales
18
.

La figura del escribano fue muy importante en la Navarra
moderna, hecho que comprobamos en la abundante legislación que
sobre ellos emanaron las distintas cortes. En 1536 se estableció que a
partir de aquella fecha nunca más se crearían escribanos no navarros.
En 1561 hubo una petición de reparo de agravio porque en algunos
pueblos del reino había escribanos y notarios que no eran naturales
de éste, y otros que siendo naturales no tenían el título que concedía
un examen ante el Consejo. En 1565 hubo otra petición de agravio,
por la cual se pedía que se reconociese como natural navarro tan
solamente a aquel que «había sido procreado de padre o madre
natural habitante del reino», y no a los casados con una navarra. En
las Cortes de 1567, por su parte, encontramos otra petición de
reparo de agravio porque, en contra de lo dispuesto por las leyes del
reino, el Consjeo había nombrado como escribanos a Juan Redondo

18
Corella, 1690, p. 336.
282 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
en la villa de Espronceda, a Martín de Nieva en Zúñiga, y a otros,
no siendo estos naturales del reino. Esta petición volvió a repetirse
en 1580, cuando habían sido nombrados escribanos Pedro Gómez,
natural de Galicia, y miguel Sarralde, natural de Vitoria. Lo mismo
encontramos en 1583, cuando un tal Baquedano, natural de Aragón
y residente en Cascante y otros como él ejercían dicho oficio siendo
extranjeros
19
. Esta exigencia llegó al punto de que en las cortes de
1695 se legisló que los escribanos del reino que se domiciliasen fuera
de él no pudieran ejercer en Navarra
20
.
Además del requisito de la naturaleza navarra, los escribanos
debían ser, tal y como se estableció en las cortes de 1552-1553,
personas mayores de 25 años, con patrimonio conveniente y que
hubiesen cursado al menos tres años con algún secretario, curial u
otro notario del reino. Las cortes pidieron que además fuesen
hijosdalgo, hecho que se denegó porque «hay muchos de esa calidad
hábiles y de buenas costumbres y no sería justos privarles de ello»
21
.
Para poder ejercer la escribanía era exigido, como apuntábamos
antes, un título que era expedido por el Consejo tras realizar un
examen, «pues muchas personas resultaban inhábiles para ello, de lo
que resultaban grandes inconvenientes»
22
. Al igual que los demás
oficios de justicia, el de escribano no podía ser vendido
23
, y desde
1589 se exigió que tuvieran un patrimonio de por lo menos 200
ducados y que se hiciera información sobre la limpieza de sangre de
aquellos que quisieran serlo, de manera que no fuesen admitidos
como tales los descendientes de cristianos nuevos
24
. Más adelante, en
1596, hubo una petición de ley para que no se creasen nuevos
escribanos en los próximos 6 años, debido al exceso que había, y que
tuvieran al menos 30 años cumplidos y 500 ducados de patrimonio,
que fueran personas de buena vida y costumbre, limpios de linaje, y
que se hiciera un riguroso examen de su habilidad y suficiencia,
siendo finalmente legislado que tuviesen un patrimonio de hasta 300
ducados y que el Virrey y los del Consejo tuviesen cuidado de que se
creasen pocos por el exceso de escribanos que había, hecho que

19
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, pp. 55, 163, 176, 221, 289, 317.
20
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, II, p.266.
21
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p. 82.
22
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p.350.
23
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p.336.
24
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p.372.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 283
también fue legislado en 1621, 1642 y 1691-92
25
. En 1624 las Cortes
legislaron que no se nombrasen escribanos que no hubiesen «cursado
papeles» durante seis años en los estudios de los abogados de las
audiencias reales, en los escritorios de los secretarios del Consejo, de
escribanos de Corte, de procuradores de las audiencias reales o de
escribanos de juzgados, y que además fuesen cristianos viejos,
probando su limpieza con una información de oficio del alcalde de
su lugar de origen
26
. En 1646 se admitieron también como
escribanos aquellos que cursasen con los procuradores de los
tribunales reales, porque aprendían lo suficiente
27
. Los escribanos
debían anotar todo lo que los testigos dijeran, hecho controvertido
que se trató en las Cortes de 1589-90, ya que según decían «muchas
personas se quejaban de que tales escribanos sólo asentaban lo que los
testigos decían a favor de la parte por cuyo encargo se hacía el
examen»
28
. Si algún escribano era enviado a hacer algunas diligencias
y no las hacía, las cortes de 1604 establecieron una pena de 6
ducados, además del pago de los daños que hubiese recibido la parte
interesada
29
.
Si bien toda esta legislación hacía referencia a los escribanos en
general, los comisarios, aquellos que trabajaban directamente para los
tribunales reales, tenían otras obligaciones específicas. Los comisarios
realizaban las investigaciones e interrogaban a testigos en los diversos
pueblos de Navarra. Como no era posible que se desplazaran los
secretarios y relatores, dado su escaso número, ni tampoco los
mismos consejeros a no ser que fuesen asuntos de extremada
gravedad, se enviaba a estos comisarios cuya labor era de especial
relevancia
30
. Así, las Cortes de 1565 legislaron que los comisarios
residiesen en Pamplona, por el mucho coste que suponía el ir a
buscarlos a sus pueblos de origen, y que los secretarios, escribanos de
corte y comisarios recibiesen las pruebas y tomasen testimonio a los
testigos por sí mismos y no sus criados u oficiales, so grandes penas.
Se exigía igualmente que hubiese un cierto número estable de
comisarios dentro de la ciudad de Pamplona para poder examinar a

25
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, pp. 404, 451, II, pp. 83, 258.
26
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p.7.
27
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p.117.
28
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p.374.
29
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p.462.
30
Sesé Alegre, 1994, p. 95.
284 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
los testigos, que las causas de cuarenta ducados o menos se
encomendasen a los alcaldes o escribanos de los pueblos, y no se
enviasen comisarios cuando el número de testigos a examinar fuese
menor de cuatro, a no ser que fuesen negocios de mucha
importancia, pues entonces deberían encomendarse a escribanos de
fuera, hábiles y de experiencia para así evitar costos a las partes, y que
los escribanos estuviesen obligados a examinar testigos seis horas en
invierno y siete en verano
31
. En 1568 y 1569 se legisló que los
secretarios y escribanos cosiesen los procesos a manera de libros y
numerasen cada hoja, de manera que no cobrarían derechos mientras
dicho trabajo no estuviese concluido
32
. Los escribanos de Corte no
podían cobrar los derechos pasados tres años de la sentencia, por el
grave perjuicio que provocaban a las partes, y no podían ejercer en
las causas en las que el hijo o el yerno actuase como abogado, para
evitar los inconvenientes y daños que podían causar a las partes
33
. En
1610 por ejemplo, el fiscal pidió que el escribano Miguel de Oteiza
fuese apartado del caso de la muerte de unos moriscos en los montes
cercanos a Echarri Aranaz, dado que

El dicho Luis de Arbizu es casero y allegado de Miguel de Oteiza
escribano desta causa y aunque el susodicho es fiel y legal y de confianza
no conviene que escriba en ella y pide y suplica a vuestra majestad se le
quite el proceso y se de a otro escribano dándole recompensa y pide
justicia
34
.

La labor de los escribanos era de suma importancia para el
correcto desarrollo de la administración de justicia, en una época en
la que los medios con los que se contaban no eran adecuados para el
esclarecimiento de los crímenes. Las ordenanzas del Consejo de
Martín de Eúsa muestran también diversas normas de
funcionamiento interno de los escribanos. Su principal misión era la
de anotar todo tal cual había sido declarado, tanto por parte de
testigos como por parte de otros actores del proceso. Así, una de las
ordenanzas decía que


31
Vázquez de Prada, Usunáriz, I, p.188.
32
Vázquez de Prada, Usunáriz, I, pp.208, 238.
33
Vázquez de Prada, Usunáriz, I, pp. 394, 399.
34
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 41264, f. 53r.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 285
Y que los dichos escribanos sean avisados de no dar escritura alguna
signada con su signo, sin que primeramente al tiempo del otorgar de la
nota, hayan sido presentes las dichas partes, y testigos, y firmada como
dicho es. Y que las escrituras que así dieren signadas, ni quiten ni añadan
palabra alguna de lo que estuviere en el registro, y aunque tomen las tales
escrituras por registro, o memorial, o en otra manera, que no las den
signadas, sin que primeramente se asienten en el dicho libro, y tengan
todo lo susodicho. Et así mesmo signe cumplidamente en el registro, y
protocolo, la tal escritura, que de otra manera se diere signada, y el
escribano que la hiciere pierda el oficio y dende en adelante sea
inhabilitado para haber otro oficio, y sea obligado a pagar la parte e
intereses, y si los que otorgaren la tal escritura no fueren conocidos, tome
dos testigos de información que los conozcan, y de ello haga mención al
fin de la escritura, nombrando los testigos, y de dónde son vecinos
35
.

Los testigos y otorgantes de escrituras, como vemos, necesitaban
la certeza de que todo lo declarado quedaría tal cual y no sufriría
ningún cambio. La mayor garantía con la que contaban era la firma
del escribano, que si era descubierto manipulando algún documento
podía sufrir muy graves penas, perdiendo el oficio y siendo
inhabilitado para ejercer cualquier otro. Solamente hemos
encontrado un testimonio que nos haga dudar de la veracidad de
todo lo registrado por los escribanos en la Edad Moderna. Ante un
grave caso de infanticidio en Zudaire en el año de 1565, la joven
María López, esposa del tabernero Juan Ruiz, afirmaba en su segunda
declaración que

Dijo alos dichos teniente de merino y escribano asentasen en su dicha
deposición y desta manera aquella y no como está asentado lo demás delo
que de suso ha declarado dijo que revocaba por ser todo lo demás
contenido enella lo que esta deposante no dijo ni sabe ni ha oído decir
sino que asentaron lo que les pareció sino que en presencia della no le
escribieron cosa alguna sino preguntar lo que sabía y deciéndole que
fuese a su casa que ellos asentarían lo que ella les había dicho
36
.

El hecho de que ninguno de los demás testigos reclamase nos
hace sospechar que se trató más bien de un cambio en la declaración

35
Eúsa, 1622, ff.67v y ss.
36
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 211463, ff. 26r-27v.
286 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
de la testigo, dado que no nos consta que la justicia hubiese tomado
ninguna medida al respecto.
Los escribanos también se encargaban de describir la vestimenta
de los agresores, agredidos y testigos, de manera que fuese más
sencilla su correcta identificación. Una ordenanza de octubre de
1590 ordenaba que

Cuando se trajesen algunos presos con dineros, armas, vestidos,
jumentos, y otras cosas, los secretarios del dicho Consejo o escribanos de
la Corte Mayor deste reino que escribieren en los tales negocios o en
cuyo poder pervivieren las informaciones asienten las cosas que así se
trajeren en los libros de condenaciones, dentro de segundo día, haciendo
cargo dellos al receptor de penas de cámara. Y así bien tengan sendos
libros, donde asienten los nombres de los presos en cuyos negocios
escribieren, y la condenación que dellos se hiciere, y de qué fueron
acusados, y de qué edad, gesto y disposición son, con las demás señales
que pudieren asentar, de manera que si otras veces fueren presos, aunque
se muden los nombres, como muchas veces lo han hecho, puedan ser
conocidos
37
.

Contamos así con abundantes descripciones de la en ocasiones
pintoresca vestimenta de los protagonistas de nuestros procesos.
Sabemos por ejemplo que en el Olite de 1670

Bernabé Romco es es un hombre alto, recio de cuerpo pelo
entrenegro y castaño bigote soro biroloso de edad al parecer de veinte y
siete años moreno descolorido y el dicho Gregorio Solares es también de
buena disposición recio de cuerpo mal barbado ojos azules de edad de
veinte y nueve años pelo castaño y el dicho Phelipe Duarte es un mozo
alto delgado pelo soro que le apunta el boro
38
.

En la villa de Peralta, el pastor Martín de Buzunáriz era «de 30
años, moreno, brioso y mal barbado»
39
, uno de los guardas del puerto
de Burguete en 1566 «era tuerto de un ojo barbirrojo y una cruz en
la frente», y su compañero «era tuerto seco mal barbado y de mal
gesto»
40
.

37
Eúsa, 1622, f. 73v.
38
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 76640.
39
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 123885.
40
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 211449.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 287
Ningún detalle podía escapar a los escribanos, cuya labor
descriptiva era fundamental en los procesos, y es por ello que
también los manuales de confesores prestaron una especial atención a
este oficio. Martín de Azpilcueta, en su Manual de confessores
aclaraba los juramentos que debían hacer los escribanos (también los
llama tabelones) al tomar el cargo

Primero hacer instrumento de lo que vieren o oyeren y fueren
requeridos, sin callar la verdad ni mezclar falsedad que importe. Lo
segundo de no descubrir lo que les fuere encomendado en secreto, con
justa causa que haya para ello (…) Lo tercero que no hagan sabiendo
instrumento sobre algún contrato usurario ni lo ha de hacer sobre otro
contrato alguno ilícito. Lo cuarto que de todos los instrumentos que
diere tenga protocolo, o registro. Lo quinto que sea fiel a aquel por
quien fue hecho, y si supiere cosa que redunde en daño suyo lo avise. Lo
sexto, que por codicia, odio o temor dejara de hacer fielmente lo que
conviene a su oficio
41
.

Entre las preguntas que el confesor debía hacer al escribano,
destaca la de «si hizo escritura falsa, o escondió o rompió la
verdadera, útil y necesaria a la parte: o si por malicia o ignorancia
notable notó mal algún testamento o instrumento, poniendo algunas
cláusulas obscuras o dejando de poner algunas necesarias». La
exigencia sobre la veracidad de todo lo que los escribanos escribían
era muy demandada en aquella época, al igual que el poner «las
solemnidades necesarias adrede o por lata culpa: como su nombre, o
señal, o testigos, o día, o mes o año». Todo debía quedar registrado,
como vimos más arriba. Junto a todo esto, Azpilcueta pone gran
énfasis en que los escribanos no sean usureros o tomen declaración
que den por válida a enfermos mentales
42
.
También Fray Juan de Pedraza se centró en la labor que los
confesores debían llevar a cabo con los escribanos. Pedraza se centró
en los mismos temas que Azpilcueta. Según su Summa de confesión,
las preguntas que debían hacérsele a un escribano eran, entre otras,

Si no hizo fielmente su oficio, si no tiene registro de todos los
instrumentos que hizo, si siendo requerido no quiso hacer instrumento

41
Azpilcueta, 1556, p. 380.
42
Azpilcueta, 1556, p. 381.
288 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
de todo lo que vió y oyó (…), si descubrió lo que le fue dado en secreto,
si no fue fiel al que le hizo escribano, avisándole de lo que era en su
perjuicio, (…) si no quiso dar el traslado siéndole pedido por no
descontentar a otro, si no quiso asentar lo que pidió el pobre, o darle
traslado por no tener con qué pagarlo o si hizo testamento al que sabía
que no tenía uso de razón o que no estaba en su seso
43
.

El teólogo dominico Bartolomé de Medina fue otro de los
confesores que atendieron a la confesión que se debía realizar a un
escribano. Según decía, los pecados de los escribanos eran estos:

El primero es perjuro, si no cumple el escribano el juramento que hizo
cuando le dieron el oficio, de guardar verdad y sinceridad en las
escripturas y instrumentos. El segundo, si hizo escripturas falsas, o si
rompió o escondió las verdaderas en perjuicio de parte. El tercero, si
hizo escripturas o contratos ilícitos, o usurarios o de cualquier manera
reprobados. El cuarto, si no tuvo en su protocolo o registro los
instrumentos o escripturas que otorga, o si las rompió o escondió. Lo
quinto, si recibió más salario de lo que se le debía según los aranceles y
ordenanzas reales, y aunque se le dé voluntariamente, tiene obligación de
restituir lo que llevó de más, porque es incapaz de ello. Lo sexto, si por
ignorancia o descuido, o por no saber, dejó de poner las cláusulas y
solemnidades necesarias para el valor de la escriptura. Lo séptimo, si
rogado por los pobres que no tenían con qué pagar, y no hay quien les
ayude, y por eso pierden su hacienda, no les hizo sus instrumentos y
escripturas
44
.

El capuchino fray Jaime de Corella también puso especial
atención en el papel de los escribanos, tal y como vimos al inicio de
este capítulo. Siguiendo a Azpilcueta, Corella afirmaba que los
escribanos

Están obligados así unos como otros a la verdad, ciencia, fidelidad,
obligación, y justicia, como los notarios y secretarios, y pecan
gravemente los escribanos que no saben las cláusulas generales de las
escrituras, no han de poner cosa falsa, so pena de ser obligados a restituir
los daños que se siguieren, ni hacer escrituras usurarias, ni testamento de
los que están fuera de juicio, han de manifestar los legados, que el

43
Pedraza, 1578, ff. 119r-v.
44
Medina, 1597, p. 454.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 289
restador deja: no tener en solo membrete las escrituras: dar copias de los
instrumentos que hay en su escribanía, y quedar con el original, y tener
con registro los instrumentos
45
.

Vemos pues cómo la labor de los escribanos fue de suma
importancia. Fueron muy numerosas las críticas recibidas por los
escribanos, quizá, como afirma Miguel A. Extremera,
proporcionalmente desmedidas frente a los argumentos que
defendían al colectivo. Durante el Siglo de Oro los escribanos
tuvieron una mala fama, no debida tanto al hecho de que
delinquieran, sino a que lo hacían teniendo una autoridad que les
había sido otorgada por el poder público
46
. Tanto las autoridades
civiles mediante la legislación como las eclesiásticas con los manuales
de confesores incidieron en la importancia de que los escribanos,
sobre todo, «no pusieran cosa falsa» y no aprovechasen el
desconocimiento general de la población para favorecer a unos u
otros. Se trataba de una sociedad en la que la lectura y la escritura no
eran accesibles a todos los estamentos, tal y como nos muestran las
frecuentes «no sabía firmar» que constan en las declaraciones de los
testigos, y en la que los escribanos jugaban un papel clave en la
anotación de todo lo que acontecía y que, gracias a ellos, ha llegado
hasta nosotros.
3. Primeras investigaciones
Alguaciles y escribanos acudían juntos al lugar de los hechos, y
procedían a realizar una primera investigación sobre lo ocurrido,
redactando una primera información o cabeza de proceso donde el
escribano anotaba el año, día, hora y lugar en que junto con el
alguacil había llegado al lugar de los hechos, apuntando cómo se
había encontrado el cadáver, con qué heridas, y pidiendo a la Corte
Mayor permiso para iniciar una información de lo sucedido
47
. Tras
ello, se interrogaba a los presentes por si alguno conocía a la víctima,
y se procedía a verificar si llevaba algún papel, dinero u otros efectos
personales que permitieran su mejor identificación o la deducción de
las causas de la agresión. El escribano debía anotar, siguiendo el

45
Corella, 1690, p. 336.
46
Extremera, 2005, pp. 467-469.
47
Práctica de pesquisas, S. XVIII, f. 54v.
290 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
anónimo documento del siglo XVIII «Práctica de pesquisas, sumarias,
y otras informaciones, con varias advertencias útiles para los alcaldes,
jueces de comisión, receptores y escribanos de juzgados de el Reino
de Navarra, acomodado a sus fueros y ordenanzas, y al estilo más
conforme a ellas», todo lo que se hallase tanto en el cadáver como en
sus inmediaciones, quedándose en su poder todos aquellos efectos de
interés para la investigación, desde los mencionados efectos
personales y papeles hasta cualquier tipo de arma, si la hubiera. Tras
ello, se ordenaba el levantamiento del cadáver, el cual era llevado a
su casa, o al hospital general, llamándose a algún cirujano, que
procedía a su reconocimiento. El mencionado documento considera
de especial interés que el escribano anotase todo lo posible, desde la
vestimenta hasta algún lunar u otro rasgo característico, para que en
caso de que nadie supiera a ciencia cierta quién era la persona que
había aparecido muerta, a lo largo del proceso la identificación
resultara más fácil. Según señala dicho documento, era conveniente
sacarlo durante tres días a la plaza del pueblo, para que alguien
pudiera identificarlo.Tras ello, el cadáver era enterrado, y el
escribano debía dar testimonio del lugar, hora y día en que se
celebraba el entierro, para que en caso de necesidad pudiera ser
desenterrado. En caso de que en el cadáver hubiese alguna carta u
otra pista que indicara su procedencia, el escribano redactaba una
carta al alcalde del dicho lugar para que éste enviase a alguien que
pudiera reconocerlo y si el difunto resultaba ser extranjero también
se enviaba una requisitoria con el mismo efecto
48
.
En alguna ocasión fue necesaria incluso la realización de mapas
que aclararan la situación en la que se halló un cadáver. El mapa de la
ubicación del cadáver de Beatriz de Arbeloa en la Tudela de 1683 es
un excelente ejemplo de la exhaustividad con la que llegaban a
trabajar los escribanos, siempre a las órdenes de los alguaciles. En
dicho mapa podemos apreciar tanto la ubicación del cadáver en una
isla del río Ebro como la situación de algunos elementos que
resultaron claves en la investigación de los hechos, como una barca
que permitía pasar a dicha isla
49
.

48
Práctica de pesquisas, S. XVIII, ff. 55r-v.
49
AGN, TR; 288830, ff. 7r-8v.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 291
Un magnífico ejemplo de primera información tenemos en un
caso acaecido en la Pamplona de 1594. En ella, el escribano anotaba
cómo

En la ciudad de Pamplona miércoles a la noche entre doce y una horas
de la noche a veinte y cuatro de agosto de mil quinientos noventa y
cuatro por mandado del muy ilustre licenciado Ozcáriz del Consejo de
su majestad y alcalde de su Corte Mayor yo el escribano infrascripto
tomando en mi compañía al alguacil Vallejo y a Pedro de Soni ujier del
Consejo Real hice llamar a Mase Bernart de Oçarain cirujano y
juntamente con ellos fui en persona a la posada donde vive Martín de
Irañeta pelayre y enella habiendo subido al primer suelo hallé a un
hombre difunto junto a una cama de paja boca abajo tendido herido con
dos heridas que al parecer se las dieron en la propia cama por haber
como hay rastro enella de sangre y parece que rodó della y estaba vestido
con su sayo camisa y somprero puestos y unos zaragüelles
50
desataçados y
caídos hasta media piernay quitados sin agujeta delante y con todos los
arriba nombrados di vuelta por toda la dicha casa y enel propio suelo
entré a otro aposento que está más atrás y enel hallé un candil en mitad
del aposento muerto y abierta una media puerta que caía a una benela
que parece había salido alguno y hecha esta diligencia volví luego adonde
estaba el dicho difunto
51
.

En ocasiones, sin embargo, los procesos comenzaban
directamente con la acusación del fiscal o la declaración de un
ciudadano que acudía a denunciar algún hecho. En cualquier caso,
alguacil y escribano acudían al lugar de los hechos y comenzaban a
recibir una información de todos los testigos tras la cual el escribano
solía realizar un resumen de lo dicho por cada uno de ellos.

50
Zaragüelles: Especie de calzones que se usaban antiguamente, anchos y
follados en pliegues, por lo que parece natural la etimología que le dan algunos, que
cita Covarr. y dicen ser voz compuesta de la voz hebrea zara, que vale esparcir, y de
la voz Fuelle, como quien dice Zarafuelles, y otros dicen que viene del vascuence
Zaragollac. Recusó el otro traje soberbio de los atavíos de los bárbaros, como era la
tyara, mitra y muslos, o zaragüelles. (…) Zaragüelles llaman ahora a los calzones muy
anchos, largos y mal hechos. (Aut.).
51
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 39814, f. 1r.
292 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
4. Cirujanos, comadronas y boticarios
Uno de los más importantes testimonios era el del cirujano que
examinaba el cuerpo difunto. El barbero o cirujano era uno de los
primeros en acudir en socorro de la víctima, y trataba de sanarla por
todos los medios a su alcance. En los casos de muertes, el cuerpo del
delito lo constituía el propio cadáver, y por ello los informes
periciales siempre se basaban en reconocer el dicho cadáver, la
gravedad de la herida y la posible arma con la que el daño fue
cometido, lo que a la postre servía para calificar el delito
52
. La
historiografía ha considerado que los cirujanos fueron muy
importantes incluso en el hecho de que hubiese habido tanto muerto
por heridas. Según Monkkonen, muchas de las víctimas murieron en
un periodo de tiempo posterior a la herida, una herida que hoy en
día podría ser perfectamente curable y que en aquella época no lo
fue, infectándose y causando la muerte de muchas personas. Así,
Monkkonen
53
opina que las heridas que hubiesen causado la muerte
del agredido en dos horas o menor espacio de tiempo, hoy en día
serían también incurables, pero no aquellas que hubiesen causado
dicho efecto en más tiempo. Según explica, en la Nueva York de
mediados del siglo XIX una cuarta parte de los heridos murió antes
de dichas dos horas, y otra cuarta parte lo hizo después. En la Castilla
del siglo XVII, según Chaulet
54
, un tercio murió inmediatamente y
otro tercio durante las primeras 24 horas, y en la Amsterdam del
siglo XVII según Spierenburg la mitad de las víctimas murieron
inmediatamente
55
. Sin embargo, como apunta Eisner, la mayoría de
los autores no cree que el escaso desarrollo de la medicina haya
tenido tan grande impacto en el número de homicidios
56
.
Existieron dos grupos de cirujanos en la España Moderna. Por un
lado estaban los cirujanos latinistas, aquellos que habían cursado
estudios en latín en las universidades de Valladolid, Salamanca o
Alcalá de Henares. Por otro, los cirujanos romancistas, cuyo saber no
emanaba de la universidad sino de la práctica diaria y contínua de la

52
Duñaiturria Laguarda, 2007, pp. 289-290.
53
Monkkonen, 2001.
54
Chaulet, 1997, p. 22.
55
Spierenburg, 1996.
56
Eisner, 2003, p. 95.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 293
cirujía. Dentro de este grupo debemos ubicar a los barberos-
cirujanos que trataremos a continuación
57
.
No era fácil acceder al oficio de barbero o cirujano, y al igual que
en Castilla
58
su entrada no quedó regulada hasta bien entrada la
segunda mitad del siglo XVI. Las cortes de 1589 establecieron que
los cirujanos tenían la obligación de estudiar tres años de cirugía con
un médico o cirujano graduado y cinco de prácticas con un cirujano
aprobado, y además tenían que aportar testimonios de dicho estudio.
Había que tener una edad de al menos 25 años para poder ejercer, y
se debía pasar un examen ante un tribunal presidido por el
protomédico, que sólo daría el título a «los muy hábiles»
59
. Una vez
eran considerados aptos, se expedía un permiso que les permitía
ejercer la profesión de manera legal y poner su propia tienda de
barbería y cirugía, o concentrarse en el hospital, villa o casa de algún
hacendado
60
. Los cirujanos no podían ejercer «oficios de república»,
tales como la alcaldía
61
, y desde 1617 eran nombrados por los alcales
y jurados de los pueblos, tras pasar un examen donde debían mostrar
que sabían leer, escribir y contar, sin necesidad de que su elección se
votara en concejo abierto
62
. Desde las cortes de 1688 cualquier
médico, cirujano y apotecario pudo ejercer su oficio en las ciudades
de Pamplona y Tudela con sólo la aprobación del protomédico, sin
necesidad de que fueran examinados por la cofradía de San Cosme y
San Damián, ya que «muchos se quedaban sin ejercer por las
informaciones y exámenes de dicha cofradía, aunque eran muy
capaces para su ministerio»
63
.
Según el cirujano burgalés Francisco Díaz en su Compendio de
cirugía de 1575, un cirujano debía ser

Siervo y temeroso de Dios, y encomendar los negocios que en las
manos tomare a nuestro señor, ha de ser mancebo, por lo cual entiendo
no viejo, polido, limpio, de clara vista, de buenas costumbres, prudente,
experimentado, diestro de entreambas manos, así de la derecha como de

57
Martín Santos, 2000, p. 11.
58
Granjel, 1968, pp. 13-19.
59
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p.375.
60
Martín Santos, 2000, p.35.
61
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p. 375.
62
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p. 517.
63
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, II, p.243.
294 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
la izquierda, apacible, sin misericordia, no dejarse vencer de las voces del
enfermo, no interesable, de buenas letras, estudioso, tener buenos
principios de filosofía y medicina, no ha de ser confiado ni porfiado,
porque nadie piense que no se puede engañar. Ha de ser anatómico,
porque pues su ofico es cortar, concertar, soldar, es menester conozca y
sepa la composición del cuerpo humano
64
.

Cuando el cadáver o el herido llegaban a su casa, el cirujano
comenzaba una labor de reconocimiento. El alguacil le hacía
«registrando las partes heridas de el referido cadáver, declaren bajo
juramento las heridas, y daño que tenga, su esencia y calidad, y el
instrumento o instrumentos con que han sido ejecutadas»
65
. El
objetivo principal de este análisis era examinar si las heridas eran o no
de mucho peligro o «de esencia mortales».
Desde el visto de vista de la investigación del crimen, convenía
que más de un cirujano examinara las heridas de la víctima. Según la
Práctica de pesquisas, ya citada,

Estos reconocimientos y declaraciones deben hacerse por dos cirujanos
peritos, y no por uno solo, como muchos lo acostumbran, porque siendo
el delito grave, no habiendo prueba de los dichos peritos contestes
quedaría sólo en presumpción y no podría darse el castigo
correspondiente. En el caso de no haber segundo cirujano en mucha
distancia, y hubiere proporción de médico, puede concurrir éste, porque
si los dos se conforman en la opinión y declaran conformes, ya es prueba,
pues en tales casos aunque sea mere de cirugía, se une la opinión del
físico con la del perito, por ser la ciencia que él profesa comprensible de
la parte que este ejerce, y cuando no conforman los peritos se nombra
tercero por cuanto en forma que ad presencia de aquellos haga su
declaración y en lo que dos se conformaren, en lo que se tiene por
cierto, desestimándose lo que dice el que queda solo, lo cual debe
ejecutarse, porque faltando esta conformidad de dos peritos en los casos
que la herida ocasionó la muerte, puede defenderse el reo, de que no hay
prueba del delito, y que pudo ser otra la causa de la muerte,
advirtiéndose que en este género de declaraciones, al más de la edad de
los peritos, debe expresarse el tiempo que ha ejercen la profesión, para
que conste de su pericia
66
.

64
Citado por Granjel, 1968, p. 31.
65
Práctica de pesquisas, S. XVIII, f. 56r.
66
Práctica de pesquisas, S. XVIII, ff.57r-v.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 295

Dicha obra también recomendaba que los cirujanos reconociesen
todo el cadáver y no únicamente el punto en el que parecía había
una herida, dado que

hay cirujanos tan olvidados de su obligación, que suelen atender poco
al reconocer todas las partes del cuerpo, con la especialidad que requiere
la diligencia, y más cuando se hace sin asistencia de ministro, el cual debe
entrar a la parte del cuidado que de esto debe haber, pues ha sucedido
caso de declarar un cirujano de unas heridas leves, omitiendo el
reconocer otra que le causó la muerte, y otras veces declaran por natural
una muerte por no vérsele exteriormente daño alguno, y manifestarse
después haber sido violenta, sin embargo que los cirujanos no deben
ignorar que especialmente en cuanto al cadáver tienen obligación de
reconocerlos con tanto cuidado que no han de omitir partes públicas, ni
ocultas, por donde con disimulo se puede ejecutar daño, teniendo
presente la delicadeza y sutileza de los instrumentos de que se valen los
delincuentes, y hay contracturas que donde se recibe el golpe no hay
daño sino en la parte opuesta, y cuando el ministro advierte alguna
omisión en este particular, las debe prevenir a los tales peritos para que
cumplan con su obligación, como se dice en otro lugar
67
.

En esta obra también se aconseja que los cirujanos anoten todo lo
que puedan deducir en las heridas sobre el arma utilizada en cada una
de las heridas. Según se explica,

Deben los cirujanos hacer distinción en las declaraciones del género de
arma con que cada herida ha sido ejecutada, y lo grande o pequeño de
los orificios, su figura y calidad, pues estos lo suelen demostrar sin que
baste la generalidad con que a veces suelen declarar, diciendo
tansolamente que las heridas se ejecutaron con instrumentos cortantes,
punzantes o contundentes, porque en los más casos suele ser precisa esta
distinción, pues siendo las heridas ejecutadas con varios instrumentos, y
solo la una mortal, puede justificarse el sujeto que ocasionó la muerte, al
paso que no contando la variedad de instrumentos que intervinieron,
sucedería que prendiéndose a algún sujeto de los agresores (siendo varios)
con instrumento cortante o punzante, podría decirse por ello haber
ejecutado la muerte, siendo así que pudo ser ésta ocasionada con otra
distinta arma, y pudiera acreditarse también quien perpetró cada una de

67
Práctica de pesquisas, S. XVIII, f. 57v.
296 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
las heridas del cadáver, y por consiguiente el autor de la mortal. Por esta
misma razón deben declarar los cirujanos con la particularidad y
distinción (…) especificando cuál de las heridas ocasionó la muerte, y la
más o menos gravedad de las demás, su extensión, figura e instrumento
que en cada una de ellas obvió y el modo que demuestran haberse
ejecutado, porque como esta parte de declaraciones de peritos ei
deposición fundada en ciencia y se adquiere por presumpción y
conjeturas, si bien se aplique en ellas las más fundamentales razones en
que según ciencia se fundan para persuadirse y cuanto más refieren harán
más fuerza, así gravando como disculpando, cuyas calidades parece
preciso contenga la declaración para no resultar de ellas la indiferencia
gravosa que queda advertida, y otros, no buenos efectos que suelen
producir las declaraciones hechas en esta forma
68
.

El testimonio del cirujano resultó de gran importancia en 1596
para establecer la culpabilidad de la adolescente María Pérez García
en la muerte de la niña María Martín de Iruñela, a la cual ahogó en
un pequeño pozo de Múzquiz para robarle el trigo que llevaba a
moler. Los miembros del Consejo trataban de dilucidar si la muerte
se produjo por un acto violento o fue más bien una gamberrada de
consecuencias fatales. El cirujano Juan López de Gabiria declaró que

Le llamaron después de comer y fue a la iglesia de Múzquiz, donde
halló a la difunta, que tenía en la parte de las espaldas en la endrecera
delas nalgas muslos y jarretes la sangre extravenada, y alo que a este
testigo le pareció y parece fue y era señal de haberla ahogado alguna
persona con particular violencia que le hizo en su persona, y
particularmente dice que este testigo colige haber sido y ser ello así por la
razón que el propio día viernes primero del dicho día jueves fue este
testigo a solas a reconocer el dicho pozanco donde hallaron ahogada a la
dicha mochacha y vio que en él no había andrera de agoa para poderse
ahogar a solas sino con particular violencia, y las señales desto según otros
le habían informado vecinos de Múzquiz dijo que los vio y se hallaban
señales de pisadas de personas de poca edad descalzas a la orilla del
mesmo pozanco, y cerca del halló movidas dos piedras grandes no sabe
con qué fin ni quién las movió, y esto es verdad y dijo más que el propio
día viernes a las nueve y diez horas de mañanapor orden deste testigo se
llevó a la dicha iglesia de Múzquiz a la dicha presa y acusada para ver y
reconocer si la dicha difunta diera alguna señal y muestras para la

68
Práctica de pesquisas. S. XVIII, f. 58r-v.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 297
verdadera prueba y verificación del dicho caso con algunas señales en su
persona y dijo que en presentando a la dicha acusada delante la dicha
difunta, vio este testigo que la dicha difunta echó y derramó sangre al
instante por la boca y según dijo que este testigo había visto en un dolor
llamado fraguoso fue aquella señal claro indicio de ser la dicha acusada
homicida dela dicha defunta y quien perpetró su muerte
69
.

También resultó importante la declaración del cirujano en la
muerte casual de Miguel de Balda en 1691, al que se le disparó al
parecer fortuitamente una pistola de Joanes de Basterrica en Araquil.
El cirujano declaró

Que el dicho día martes fue llamado ala dicha venta a efecto de curarle
y habiéndole reconocido en todo el ámbito del cuerpo dela parte
exterior le halló con una herida ambusta al parecer hecha con
instrumento contundente y más constante como bala de escopeta, pistola
u otra cosa semejante, que la dicha herida tenía en la parte anterior y
siniestra de la cavidad natural y atravesaba hasta la parte posterior
ocupando la región del riñón, y que la dicha herida según Hipócrates y
Galeno era peligrosa, y que aunque para mayor declaración después de
haber muerto quiso hacer anatomía y descubrir qué parte ocupaba la
dicha herida, no lo pudo hacer porque no convenía que se hiciese dicha
manifestación en dicho cadáver70.

En algún caso la deposición del cirujano mostró la extremada
violencia con la que se había actuado en un asesinato, como en el de
Miguel de Ardanaz, presbítero de la iglesia parroquial de San Cernin
de Pamplona, que en 1610 y tras haber acusado al justicia mayor
Martín de Monreal de encontrarse amancebado con Bárbara de
Orella en vez de vivir con su mujer, apareció muerto en un pozo de
la calle Mayor de Pamplona con claros signos de violencia. La
declaración del médico Lope de Azcona y los cirujanos Pedro de
Saragüeta y Lope de Elso decían

que ellos han reconocido el dicho cuerpo habiéndole quitado la
sotanilla de cilla y un jubón negro y los griguescos con que fue sacado el
cuerpo del dicho pozo, que en realidad de verdad les parece haber sido
ahogado el dicho difunto antes que fuese echado su cuerpo en el dicho

69
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 12643, ff. 17r-19r.
70
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 77933, ff. 9r-10r.
298 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
pozo con algún cordel por la garganta, como claramente se echa de ver
por una raja que derechamente está por toda la circunferencia de la
garganta por la nuca con el color algo mudado y relaxación y dislocación
de las vértebras o huesos de aquella parte, y que también se comprueba
esto por la inflamación o tumor del rostro y cabeza, por ser mayor sin
comparación que el de las otras partes y ser en vida flaco y enjuto de
rostro, y también porque si cayera vivo en el pozo es forzoso tener
lastimadas y arañadas las manos de la fuerza que haría en asirse de algunas
piedras del dicho pozo, y últimamente porque si hubiera caído en el
dicho pozo tuviera muy hinchada la barriga por la cantidad de agua que
había de beber antes de ahogarse, y no tenerla hinchada ni demostración
de que hubiese entrado ninguna cantidad de agua sino que la tenía baxa
como la tenía en vida y en salud, y que en todo su cuerpo no hay herida
ninguna ni otras señales que digan lo contrario, y que por lo dicho se
aseguran en lo que tienen declarado que fue ahogado a manos por la
garganta antes de echarlo al pozo y doy fe yo el dicho escribano que el
dicho cuerpo estaba con la dicha sotanilla y jubón y griguescos atacado
con todas sus agujetas y con unos borceguís y unos zapatos viejos, y
también los dichos doctor Azcona y cirujanos habiendo tornado a
reconocer el dicho cuerpo difunto dixeron vieron tenía muy oscurecida
de color de plomo la lengua, y haberle salido también alguna sangre por
las narices por causa dela grande compresión y apretamiento que
debieron hacerle por la garganta al tiempo que le ahogaron, y que esta es
la verdad para el juramento que han hecho
71
.

El día de San Marcos de 1595, estando el cirujano Hernando de
Mendívil en su casa pamplonesa, apareció en ella a las once de la
noche Pedro de Larralde, «el cual le dijo que estaba herido y que le
curase».
Así, el cirujano

Reconociéndolo con una vela encendida, vio que tenía una cuchillada
en la cabeza en la parte drecha y en la delantera, con cortamiento del
cuero y carne y parte del hueso hasta la segunda tabla, y en el carrillo
drecho otra herida pequeña solamente cortado el cuero, y en la mano
ezquierda sobre el dedo de quinto al pulgar más arriba dela juntura dela
mano otra herida con cortamiento del cuero y carne y de un tendón que
levantaba el dicho dedo.


71
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 72437, ff. 7v-8v.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 299
En esto, le curó «aplicándole los beneficios necesarios a la sazón»
y lo llevó a su casa. Al día siguiente, Hernando fue a casa de Larralde,
donde informó a sus padres de lo sucedido, si bien dijo que Larralde
no le había contado por qué había reñido. Advirtió a los padres de
que «trajesen un médico y otro cirujano porque la herida dela cabeza
era peligrosa» y decidió sangrar en ese momento a Pedro de Larralde,
recomendando a sus padres que para comer le diesen «ciertas viandas
beneficiosas». Al rato llegaron el Licenciado Villava, médico, y
Martín de Ozaráin, cirujano, y quedaron para curarlo entre los tres al
día siguiente. Eso hicieron durante siete días, pero cada día que
pasaba el paciente tenía una «mayor calentura» y decidieron llamar a
otro médico. Sin embargo,

la calentura demostraba ser la causa suya de mucha ebullición de
humores con mucha corrutión y grandísimo encendimiento de orina, y
ser muy gruesa donde semejantes, con daño grandísimo en los humores y
ser causa de tales calenturas sin que se echase de ver de acideces
particulares que traen las heridas de la cabeza, hasta que después viniese
una perlesía
72
enel lado contrario adonde entonces se significó que
también no solamente en los umores estaban tan corrompidos mas
también denostaba aver alguna materia debaxo el hueso.

Así las cosas, acordaron

Que se acabase de abrir todo el casco donde estaba la herida como lo
hicieron, y así hallaron que había un poco de materia en poquísima
quantidad muy blanca.

Finalmente, Pedro de Larralde murió al día siguiente con una
gran fiebre, y no supieron los médicos y cirujanos determinar si la
muerte se había producido por la herida o la «gran calentura», que
según decían también podía haberle provocado la muerte, diciendo
que «el dicho herido ha tenido dos enfermedades distintas, la dicha
calentura y la herida de la cabeza que qualquiera dellas le pudo causar
la muerte que le ha sobrevenido»
73
.

72
Perlesía: 1. Privación o disminución del movimiento de partes del cuerpo. 2.
Debilidad muscular producida por la mucha edad o por otras causas, y acompañada
de temblor.
73
AGN, Tribunales Reales, 99868, ff.10r-12r.
300 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
La noche del domingo de Carnestolendas de 1562, el cirujano
Maese Hernando de Lasarte se encontraba en su casa cuando fue
llamado a causa de unas heridas que se habían producido en casa de
Peyron de Leans, en la calle Mañueta. Al acudir allí, vio que

El dicho defunto tenía una puñalada en el pecho en la parte ezquierda,
encima de la tetilla, en la región del corazón y pulmón o livinanos
74
hasta
lo hueco del pecho, herida mortal en que le salía mucha cantidad de
sangre quajada y le provocaba también para fuera viento en gran cantidad
hasta que en poniéndole una candela podía matar el dicho viento que le
salía dela dicha herida.

Según dijo, esa herida era «de cosa pungiente como de puñal o de
cuchillo», y llamó a varios cirujanos para que le ayudasen en la cura
del paciente, acudiendo el Licenciado Bayona, médico, y maese
Domingo de Oregar, cirujano. Pusieron «toda la curiosidad y
diligencia conforme a su arte de cirujía y medicina en hacer todas las
cosas necesarias para su cura de las dichas heridas», pero no
consiguieron curar del todo a Martín de Leans, a pesar de que éste
«estuvo siempre obediente a la dicha medezina y bien reglado», y a
los diez días murió
75
.
El día de San jorge de 1595, después de comer fue a casa de
Maese Sancho Barrena el barbero un hombre al que él no conocía,
pidiéndole que por favor curase a Juan de Odériz, que había sido
golpeado con un palo en el ojo en el barrio de las Carnicerías viejas.
El cirujano acudió y lo halló en cama. En esto,

Le miró y reconoció el ojo y halló que aquel lo tenía reventado y
andaba muy desasosegado de ello, y así este testigo lo curó conforme lo
manda el arte de cirujía

Durante la cura, el cirujano le preguntó «si había tenido algún
gómito o gana de prebocar de lo que había comido porque había
muy poco según dixo había comido», a lo que respondió que no.
Dicha pregunta vino a causa de que

74
Livianos: Aquella parte interna del asadura, que sirve de fuelles al animal para
atraer el aire para refrigerar el corazón; por otro nombre pulmón y bofes. Latine
pulmo, is. Dijéronse livianos porque estando llenos de viento pesan poco. (Cov.).
75
AGN, Tribunales Reales, 037495, ff.19v-20v.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 301

En semejantes heridas luego suelen acudir los dichos gómitos lo uno
por causa de la herida del ojo porque hay nervios y venas y arterias que
suelen corresponder de semejantes heridas al estómago, que suelen causar
los dichos gómitos, y quanto más si tenía tocado el celebro con el dicho
palillo, como se vio de ahí a dos horas después de la dicha herida que se
le sobrevino el gómito

Sancho Barrena decidió sangrar al herido por el brazo izquierdo,
puesto que en el derecho tenía la herida, y le curó y refrescó la
herida con «medecinas y apósitos». Al día siguiente lo visitó también,
junto a Barrena, el Licenciado Bayona, médico, que le recomendó al
cirujano que «si le sobreviniese calentura le sangrase otra vez de la
mano izquierda de la vena de la cabeza porque era cosa que la
convenía». Eso hicieron, y al mirarle el ojo lo encontraron muy
hinchado. Al día siguiente, encontraron al herido «muy desasosegado
y con grandes dolores en el dicho ojo». Finalmente, el día de San
Marcos hallaron que el paciente «tenía el dicho ojo muy inflamado y
casi fuera de su casco, y ansí le ordenó unos fomentos
76
el dicho
Licenciado para el dicho ojo porque lo hallaron que andaba ya
desvariando del golpe del dicho ojo», y a pesar de que trataron de
curarlo, murió ese mismo día
77
.
El 20 de julio de 1581, Maese Juan Burjes, barbero de la villa de
Aoiz, fue llamado al lugar de Ayanz, donde acudió junto al
Licenciado Sanz, médico de la misma villa, donde Miguel de Ayanz
y don Diego de Donamaría se encontraban heridos, el primero por
el disparo de un arcabuz y el segundo por un golpe. Al llegar,
encontraron a Miguel de Ayanz.

Que estaba herido en el muslo de la pierna ezquierda, y al dicho don
Diego de Donamaría en la cabeza en dos partes, y por entonces este que
depone los curó y después de todo lo susodicho este día jueves a los
veinte del presente mes de julio, este que depone llegó juntamente con el
licenciado Sanz médico vecino de la villa precedente donde por su
presencia curó al dicho Miguel de Ayanz en la dicha herida del muslo
ezquierdo, la qual es grande y echa della mucha efusión de sangre, y el

76
Fomentar: (…) Los médicos usan deste término en algunas medicinas que
aplican, a las cuales llaman fomentaciones. (Cov.).
77
AGN, Tribunales Reales, 071692, ff.3r-5r.
302 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
dicho Miguel de Ayanz está muy debilitado y con mucho dolor, y todas
las señales tiene de peligro de morir al estar sin casi pulso nenguno, y la
dicha herida es de arcabuz y los perdigones tiene hasta agora dentro en el
dicho muslo y por estar el dicho Miguel de Ayanz tan debilitado no le
han osado abrir de hacer cura grande.

Ese mismo día Miguel de Ayanz murió, pero don Diego de
Donamaría sanó al poco tiempo
78
.
No podemos dejar de citar el testimonio de Juan Fernández
cirujano de Fitero. La mañana del 21 de enero de 1629 apareció
muerto «tendido en el suelo, boca abajo, con su capa arrebozada y su
espada entre los brazos, con su vaina, aunque sin contera, y toda la
cara y cabeza ensangrentada y con cantidad en el suelo y con unos
zuecos puestos en los pies, sobre el calzado» en las afueras de la villa
el cadáver del aladrero Antonio Martínez. El alcalde llamó
rápidamente al dicho Juan Fernández, que «habiéndolo tocado estaba
muerto y muy frío y helado todo el cuerpo, sin podérsele extender
los brazos, que al parecer había rato que estaba muerto». Ordenó
entonces el dicho Juan que colocasen al difunto en una escalera, y
comenzó a reconocerlo. La declaración no tiene desperdicio,
contabilizándose hasta 39 heridas en distintos lugares.

En los laterales del lado izquierdo de la cabeza una herida de cuchillada
que rompía cuero y carne y pericranio y no era penetrante, que era de
larga como cuatro dedos. Otra debajo del ojo, del mismo lado, sobre la
mandíbula, el cual era golpe contuso que llegaba a la mandíbula. Otras
tres en el pescuezo, al mismo lado, debajo de la mandíbula baja, sobre las
venas julales, que las don entran como tres dedos travesados y la otra dos
y estas son de herramienta o arma muy estrecha. Otras dos en el mismo
lado, sobre el hombro entre la clavícula y costilla de atrás, que bajaban
apra bajo drechas, que la una entra como cinco dedos travesados y la otra
como un dedo travesado y estas de espada más ancha. Otras dos en la
espalda izquierda, como vislailadas hacia el esquinazo y la una entra
como cuatro dedos travesados y la otra como dos dedos que estas eran
también despada u otra arma ancha. Otra sobre el hombro drecho, a la
parte de atrás que no hizo más que romper el cuero verdadero y encarnar
un poquito. Otra sobre el esquinazo que entró como un dedo travesado.
Otras dos debajo la espalda del mismo lado sobre las costillas que no
hicieron más de encarnar. Otra en las mismas costillas al lado izquierdo

78
AGN, Tribunales Reales, 147978, f.7r.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 303
entró como un dedo travesado. Otra al mismo lado hacia el lado
izquierdo que encarnó. Otra debajo el mismo lado izquierdo que entró
como tres dedos travesados y otra debajo la teta izquierza, la cual penetra
y cae a la cavidad natural sobre el estómago y es penetrante. Otras dos en
mitad del pecho, que tocaron las costillas. Otras tres un poquito más bajo
que no hicieron sino romper cuero y carne. Otra en el lado drecho, a la
parte delantera, junto al hombro, la cual era penetrante en la cavidad
vital que pudo tocar corazón o livianos o alguno de los demás miembros
de la dicha parte. Otras seis sobre la teta drecha que la una es penetrante
a la cavidad vital y las otras cinco no más de cuarto rompen cuero y
carne, otras cinco debajo el brazo en el mismo sobaco que no entran más
de cuarto, rompen cuero y carne. Otras dos en el lado drecho, más abajo
del brazo, que la una penetra a la cavidad vital hacia el corazón y la otra
cuanto rompe cuero carne. Otras tres juntas en el brazo drecho, junto al
codo, que la una va desde el mismo coado a la muñeca y la otra [ceba]
en el gueso de la canilla y la otra con rompimiento de cuero y carne.
Otra en la parte de atrás, a cuatro dedos del esquinaco que entra en la
cavidad natural ques al aldo izquierdo que le pasa por el riñón y entra
mucho en la dicha cavidad. Y todas estas heridas son unas diferentes de
otras en las armas y en lo ancho y angosto, por ser todas fungentes,
excepto la de la cabeza que fue cortante y la de la cara [contendierte]. Y
en la ropilla y jubón señales de todas las dichas heridas por los mismo
puestos y en la capa hay también muchos agujeros de puntas
79
.

En ocasiones los cirujanos nos dan detalles incluso de cuáles
fueron las curas que aplicaron a las víctimas. Sabemos que en la Edad
Moderna, siguiendo el trabajo de Martín Santos, estos barberos
disponían de distintas herramientas como cuchillos, navajas de
barbero, tijeras de distintos tipos (hueca, lenticular, de Francisco
Díaz, de Avicena, de Tagancio...), agujas de suturar y de punzar,
lancetas de sangrado, trépanos, badáis, sondas, embudos, etc. De
entre los medicamentos, contaban con ungüentos, corrosivos y
anestésicos. De entre los ungüentos, los más empleados fueron el de
rubio, el blanco, de minio, de plomo, aureo, apostolorum, de Tucia,
el de Gumielemi, el iris y el de media confección. Como corrosivos
usaban el auri pigmenti, chalcitidos, aluminis roche, acérrimo acetato
y polvo litargirio. Finalmente, en cuanto a los anestésicos, emplearon
el zumo de beleño, el zumo de cicuta y el de mandrágora, además de
las cocciones de adormidera. Para contrarrestar los efectos de estos

79
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 268357, ff. 1r-58r.
304 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
«anestésicos» se empleaban la ruda y el hinojo. Además, usaban otros
medicamentos tópicos, como el aceite rosado, el violado y el de
canela, los defensivos de Juan Vigo y el de vinagre, el bol arménico y
el aceite de Aparicio
80
.
En alguno de los procesos nos indican cual fue la cura exacta para
una herida. En 1596, cuando el soldado Pedro del Barrio resultó
herido, sus compañeros rápidamente llamaron a Maese Lope de
Azcona, pero al no encontrarse en casa fue un aprendiz suyo,
llamado Juan de Urroz, quien acudió a la cura. Según declaró,
encontró al soldado con un paño en la cabeza que le cubría una gran
herida. Le curaron «con claras de huevos y sus lechinos que le
pusieron como se requería en semejantes heridas en la primera cura
dellas». A partir de entonces fue Maese Bernart de Orcani quien le
curó, pero no pudo hacer nada por salvarlo
81
.
En otro orden de cosas, los conocimientos quirúrgicos de los
cirujanos de la época no estaban muy avanzados y en muchas
ocasiones algunas heridas que hoy en día serían fáciles de curar y no
tendrían una mayor complicación, eran tratadas de manera
«tradicional» y podían provocar la muerte del paciente
82
. En Kent
por ejemplo a partir de 1564 se comenzó a proceder legalmente
contra los cirujanos que no aplicasen las medidas oportunas para
tratar a sus pacientes
83
, y resultaba normal que en las defensas de los
acusados tratasen de achacar al cirujano la muerte de la víctima.
Esto ocurrió en el caso de la muerte de Fernando de Lazcano en
1557. Tras un enfrentamiento con su tío en el que resultó herido en
la cabeza, decidió trasladarse a casa de Maese Juan Pérez de Ygurz,
alias ‘el Indiano’, barbero de la dicha villa. El dicho cirujano «vio que
tenía dos heridas, la una en la cabeça que solamente cortaba cuero y
carne sin güeso, sin que hubiese cortado más ni otra con cuero en el
casco, y la otra en la pierna, no se acuerda en qual dellas, dela qual así
bien tenía cortado cuero y carne y algunos nervios sin que hubiese
cisión en el güeso». Sin embargo, dichas heridas no le parecieron
necesariamente mortales, aunque permaneció curándose en Villava
diez o doce días. Al cabo de dichos días, «estuvo ya tan bueno y

80
Martín Santos, 2000, pp.13-14.
81
AGN, Tribunales Reales, 148840, ff.4r-5r.
82
Bazán Díaz, 1995, p.235.
83
Cockburn, 1991, p.90
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 305
curado de las dichas heridas que ya la herida de la cabeza estaba sana
y buena y por lo mesmo la herida dela pierna estaba casi curada y
muy buena, y jugaba muy bien dela pierna estendiendo y
encogiéndola de manera que claramente se veía estar curada y bien y
decía él mesmo que ya no sentía dolor ni mal ninguno». Así las cosas,
‘el Indiano’ decidió darle licencia a su paciente para volver a casa,
aunque advirtiéndole «que guardase dieta y sobre todo se guardase de
conversación con mujeres».
Al día siguiente, sin embargo, Fernando volvió a aparecer en casa
del Indiano, ya que su herida, que «antes la había dexado tan buena y
dada por curada estaba muy enconada y alterada», y le acusó de que
«el dicho Fernando había hecho algún grande exceso». A esto, él les
respondió que la noche anterior «era verdad que habiéndole visitado
una moza se había calentado con ella y que la noche seguiente había
hecho polución». Enfadado porque no le había hecho caso, el
Indiano le dijo que «se pusiese bien con Dios y que buscase otro
remedio y no le curó más de ahí adelante porque ese día avisaron a
su madre de lo que pasaba y hizieron que le llevaran a Pamplona
como cosa incurable»
84
. En la ciudad, el doctor Zalduondo y el
cirujano Maese Domingo de Oregar trataron de curarle las heridas,
pero ellos bien sabían «que segunt regla de medicina la polución en
quoalquier herido por pequeña que sea la herida es causa de muerte
y muy peligrosa por evitar lo quoal se manda dar dieta a quoalquier
herido muy estrecha», y afirmaron que Fernando de Lazcano había
muerto por mal curarse
85
.
Inmediatamente, la defensa del procurador de Juan Pérez de
Lazcano, tío del fallecido, presentó entre su articulado el hecho de
que

el dicho Fernando andando como andamos levantado dela cama en la
posada donde estamos hizo muchos excesos en comer mucha carne asada
cada día y beber el vino puro o con poco agua y comiendo viandas
prohibidas y vedadas por los dichos cirujanos y contrarias para el dicho
Fernando, andando como anduvo con mujeres en trato y conversaciones
deshonestas abrazándose con ellas y andando a bulcos con ellas y
haciendo otros excesos de los cuales aunque no tuviera las dichas

84
AGN, Tribunales Reales, 145154, ff.26v-28r.
85
AGN, Tribunales Reales, 145154, ff.32v-33r.
306 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
pretensas heridas le pudieran suceder dolencias grandes al dicho
Hernando.

Además, añadió que

las dichas pretensas heridas que dicen tenía el dicho Hernando de
Lazcano no fueran ni eran mortales antes curables y fáciles de curar y por
tales ansí los médicos como los cirujanos que habían visto aquellas las
tuvieron y reputaron por no mortales, y que eran fáciles de curar como
se curaron y por aquellas el dicho Hernando en caso que fuese muerto
no habría fenescido sus días sino por los dichos excesos que hizo así en
mujeres como en comer y beber y en no haber goardado la dieta y
regimiento que los dichos cirujanos le mandaron que goardase, y los
dichos excesos eran bastantes para que el dicho Hernando peligrase
86
.

Todos los testigos que presentaron confirmaron estas afirmaciones
de Pedro de Arrarás, procurador de Juan Pérez, pero no sabemos
cuál habría sido la actitud de la justicia, puesto que llegaron a un
acuerdo entre familiares, perdonando al agresor
87
.
Algo parecido ocurrió en Cintruénigo el 24 de marzo 1592.
Aquel día, tras una pelea relativa a una discusión sobre si un
subalterno del tesorero de Cintruénigo se había quedado con parte
del dinero de varios peones, Juan Jiménez tomó un arcabuz y desde
la ventana de su casa disparó a Juan Aznárez. Según la defensa de
Jiménez, el alcalde de Cintruénigo mandó que Aznárez no saliese de
la villa, y que «si fuese menester trajese cirujano de fuera para curarse
pues había de ser todo a su costa». Sin embargo, Aznárez salió del
pueblo aquel mismo día hacia la villa de Alfaro sin querer ser curado.
Según Juan Pérez de Dindart, procurador de Jiménez,

en la dicha villa hay un médico y cirujano muy buenos y aprobados y
nunca quiso el dicho Juan de Aznárez curarse con ellos ni con otra
persona entendida antes se fue como está dicho ala dicha villa de Alfaro,
y aunque también sele dijo que allí había un muy buen cirujano tampoco
quiso curarse con él, antes se puso en manos de un santiguador sin arte ni
habilidad alguna y que por no ser de habilidad ni suficiencia y por malas
curas que por otras veces le había hecho estaba retraído en una iglesia, y

86
AGN, Tribunales Reales, 145154, ff.13r-15v.
87
AGN, Tribunales Reales, 145154, f.56r.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 307
que porquel dicho santiguador no lo sabía ni podía curar murió al cabo
de algunos días
88
.

Según afirmaba el abogado, «la dicha herida no era mortal ni della
pudiera haber muerto si se curaba con cirujano entendido y si murió
fue por falta y culpa suya». Pese a que en este caso las familias
llegaron nuevamente a un acuerdo, la Corte Mayor condenó a
Jiménez en diez años de galeras, sentencia rebajada a seis años por el
Consejo Real, si bien el virrey, en vista de lo «pobre y baldado» que
quedó tras la larga prisión, le perdonó y condenó a dos años de
destierro
89
.
En el lugar de Zubiri, tras una pelea por la ubicación de varios
mojones en la que resultó herido por una hazada Juan de Ostériz, la
familia del acusado Sancho Olóndriz acusó al cirujano de «que la
herida que se trataba nunca estuvo por mortal antes que el cirujano
decía que era curable y si después no tuvo bien su cuerpo sería
porque habrían descuidado en la curación o en darle de comer y
beber lecesibamente y sin orden»
90
.
Debemos mencionar también que los cirujanos debido a su
importancia en la resolución de los crímenes tenían la obligación de
avisar a la justicia en cuanto tuviera noticia de alguna agresión, cosa
que no siempre era cumplida. Cuando Juan de Urroz curó a Pedro
del Barrio de unas heridas causadas por una pedrada que había
recibido en la cabeza, no informó a la justicia. En su declaración, se
le preguntó «cómo no dio della noticia a la dicha Corte como a ello
están obligados y advertidos los cirujanos de la dicha ciudad pues la
herida era y es peligrosa», a lo que respondió que

Al tiempo que este testigo le curó no se echaba de ver que la dicha
herida fuese peligrosa ni tal se podía descubrir hasta la segunda cura, y
como este testigo no le curó más no cayó en ello para dar el dicho aviso
por parescerle por entonces que no había cosa de peligro y hoy eneste
día le han dicho que el dicho Mase Bernart le ha abierto y le ha hallado
muy dañosa y peligrosa la dicha herida
91
.


88
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 70993, ff. 25r-26r.
89
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 70993,, ff. 73r, 92r y 93r.
90
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 13950, f. 28r.
91
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 148840, ff.4r-5r.
308 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
Igualmente, maese Hernando de Mendiri fue preguntado en su
interrogatorio «declare si a sido avisado por mandado de la corte que
quando suceden semejantes casos y heridas dé luego noticia él y los
demás cirujanos a la dicha corte y a los señores alcaldes dellas y si a
dado la dicha noticia a quién y cuándo». A esto, respondió que

es verdad que abia algunos meses que en la calle junto a Sant Cernin
un alguacil dela dicha corte le dijo de palabra que la corte mandaba que
quando se oferiesen heridas que ellos curasen que diesen parte dello ala
dicha corte, y que acordándose desto al otro día delas dichas heridas que
curó al dicho Larralde, aunque no estaba certificado que obiese tal
mandato por no haverlo visto ni advertido que lo obiese por escrito dela
dicha corte sino por sólo lo que el dicho alguacil cuyo nombre ignora le
advertió, le dijo al dicho Juan de Larralde, padre del dicho herido, que
había de dar parte a los señores alcaldes de corte de las heridas que tenía
el dicho su hijo, y el dicho Juan de Larralde le respondió deciéndoselo
con mucho ahínco que no lo hiciese, que él diría delo que se debía hacer
y dar aviso a la corte, y aunque por dos o tres veces le afirmó que se los
había de decir, le rogó con mucha instancia que no lo hiciese, que él
haría la deligencia, y con esto no ha curado de las presentes dello a los
dichos señores alcaldes como lo hiciera si el dicho Juan de Larralde no le
importunara que no lo dijiese
92
.

Junto a los cirujanos, no podemos dejar de lado el importante
papel que, en los casos de infanticidio, jugaron las comadronas en la
resolución de los crímenes. Las comadronas eran las personas que
mejor conocían el parto y los signos que éste dejaba en el cuerpo de
la mujer, así como el estado de salud en el que un niño nacía
93
. El
parto fue hasta el siglo XVIII una cuestión puramente femenina,
razón por la cual los médicos y cirujanos estaban excluidos de su
tratamiento y cuidado, siendo dejado éste en exclusividad a las
parteras
94
.
Ante la noticia de que la viuda María Miguel y Gregorio Sanz,
amancebados en Viana, habían tenido un hijo, Martín de Dicastillo
alcalde de la villa


92
AGN, Tribunales Reales, 099868, ff.10r-12r.
93
Dickinson y Sharpe, 2002, pp. 46-48, Jackson, 1996 pp. 84-104.
94
Crawford, 1990, p. 21., García Herrero, 1989, pp. 283-284. Una magnífica
síntesis de la historiografía sobre el parto en Usunáriz, 1999.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 309
Mandó a mí el escribano fuese a buscar a María Alegría ama y comadre
para que juntamente con el dicho señor alcalde y con mí el dicho
escribano fuese a visitar la dicha María Miguel a ver si había parido y el
dicho señor alcalde fue juntamente con ella y llegó ala casa dela dicha
María Miguel y la halló enella que vivía en el arrabal de San Felice dela
dicha villa y la hizo parecer ante su merced y parecida le mandó se
metiesen juntas la dicha María Miguel y la dicha comadre y la visitase y
entraron y la visitó y salió la dicha María de Alegría y le preguntó si la
dicha María Miguel había parido y de qué tanto tiempo a esta parte, la
cual dijo sin premia ni juramento que la dicha María Miguel le había
confesado había parido una niña
95
.

Las comadronas realizaban exámenes minuciosos de las
parturientas. Un magnífico ejemplo de ello es el posible embarazo
fingido de Catalina de Amigó en la villa de Lesaca el año de 1584.
Ante las dudas de que Catalina, como ella decía, hubiera parido y
hubiese fingido su embarazo de un clérigo, el alcalde mandó llamar a
la partera Margarita de Iturria para que reconociese a la susodicha.
Según dijo tras examinarla secretamente en una habitación, vio a
Catalina

«echada en una cama en toda su persona en carnes y en su natura y ha
hecho experiencia enella con sus propias manos y metídole el dedo más
largo y no ha visto enella señal ninguna de mujer recién parida porque
en sacándole el dedo lo vio tan limpio como lo había metido sin señal de
sangre ni otra evidencia alguna y luego le mostró al señor alcalde para
que lo viese y tiene las carnes blancas y duras y en los pechos no tiene
señal ninguna de leche ni los durijones que a las recién paridas se les
suelen poner y aunque en presencia desta le ha mamado una moza
llamada Johana de Gardel a quien suelen llamar las recién paridas cuando
se les suele cargar la leche en los pechos no le pudo quitar ninguna leche
y estas señales y otras muchas que ha visto en su persona tiene esta por
muy evidentes y ciertas que su parto es fingido y no verdadero y lo tiene
por cierto esta que la preñez y demostraciones que ha hecho dello y del
parto han sido fingidos y su natura della está tan cerrada como de mujer
que en muchos años no ha parido
96
».


95
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 72372, fº 1r.
96
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 282491, fº 10r-11r.
310 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
En el año de 1601, en Ciordia, varias parteras examinaron a
Catalina de Alciturri, la cual estaba acusada de haber vivido
amancebada con el abad de Iturmendi. Según dijeron

Según su arte después que reconoció y visitó le parecía podía a que
había parido un mes a esta parte, porque teniéndole con las manos en los
pechos por los pezones dellos le salía en alguna manera leche como a
mujeres que obiesen parido un mes antes, como a María de Galbert,
mujer de Martín López de Goicoechea, vecina de Ciordia, vio le corría
en mucha más abundancia leche de diferente color que a la dicha presa,
que decía había malparido hacía cinco semanas, e iba para seis de siete
meses, y por la declaración de otra comadre que es el tercer testigo,
consta que la dicha presa según las señales del pecho y leche que en
alguna manera le salía dellos apretándole con las manos según que a
mujeres que había un mes que habían parido de dos meses a esta parte
poco más o menos, porque según aquello y pechos que tiene, tiene
señales de mujer que ha parido, según María de Galbet mujer de Martín
López de Goicoechea le había visto los pechos que a que había
malparido seis semanas e iba para siete, a quien le ayudó el mal parto
según ella decía de una criatura de siete meses, que le corría por los
pezones delos pechos tocándole con las manos en mucha más abundancia
leche y de diferente color que a la dicha presa
97
.

Las parteras también examinaban a los niños muertos, tratando de
deducir si el nacimiento se había debido a un parto prematuro o no.
En 1607, ante la aparición de un bebé ahogado junto al río Bidasoa
en Sumbilla, el alcalde mandó llamar a algunas parteras para que
examinasen a la niña. Así,

el dicho señor alcalde mandó alas dichas mujeres sacasen la dicha
creatura y la reconosciesen todos si le podían conocer, y aunque era
noche ya idas las hachas, dijeron todos los que se hallaron que la dicha
creatura no le conocían ni se podía conocer mas de que era recién
nascida y era niña, según el aspecto y miembros que parescían cumplida
en nueve meses, y con esto mandó el dicho señor alcalde que se levantase
la creatura y que si alguno sabía que era bautizada lo dijese que si no que
se enterrase fuera de lugar sagrado
98
.


97
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 13122, ff. 4r-v.
98
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 100454, ff. 9r-v.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 311
En el caso de los envenenamientos, lo usual fue recurrir a la
opinión de los boticarios, para que éstos dieran su opinión en torno a
la comida o bebida que la víctima había ingerido. En el intento de
envenenamiento de Juana María de ichaso por parte de su marido,
uno de los testigos declaró que

Fue el dicho testigo a casa de Hernando de Ichaso y llevó el dicho
puchero y se lo mostró a la madre de la dicha Juana María a quien ha
oído decir que se había mostrado el dicho puchero y caldo a Miguel de
Salinas apoticario y a Juan de Leiza cirujano y que ambos habían dicho
que lo que había en el dicho puchero y caldo era veneno y el 2º testigo
contesta con el 1º de oídas suyas y añade que fue él mismo a casa de
Miguel de Salinas y le mostró el dicho puchero y lo que luego que vio
en la solada del ondon había dijo que era un género de veneno que el
testigo no se acuerda qual fue y para asegurarse mejor sacó un poco y lo
desmenuzó y puso en un papel y en otro unos gramos de su botica y
habiéndolos exmenuzado y mojado quedaron del mismo color que la
solada del dicho puchero con lo qual se acabó de afirmar en que era el
dicho veneno
99
.

También los confesores prestaron una especial atención a la
responsabilidad del personal sanitario de la época. Martín de
Azpilcueta en su Manual de confessores y penitentes afirmaba que «si
usó de la arte de la medicina o cirujía sin saberla bastantemente,
aunque sea graduado, o sabiéndola no seguió las reglas della, o fue
notablemente negligente en el estudiar o visitar a los enfermos
cuanto convenía, aunque sane el herido o el enfermo, según San
Antonio, es obligado a restituir todo el daño en la mejor manera que
pudiere
100
». Lo mismo consideraba Enrique de Villalobos en su
Manual de Confessores, afirmando que «los médicos y cirujanos
pueden pecar en si curan temerariamente sin conocer la enfermedad,
o en dar medicinas peligrosas, y si son negligentes en estudiar, visitar,
y curar los enfermos, y si hacen experiencias peligrosas, y si no
amonestan al enfermo que reciba los sacramentos cuando conviene, y
si no curan al pobre que no tiene con qué pagar, y si son fusiles a dar
licencia a los flacos o enfermizos para que no ayunen y coman

99
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 16682, ff. 19r-23r.
100
Azpilcueta, 1556, f. 384.
312 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
carne»
101
. Juan de Pedraza por ejemplo consideraba que pecaba todo
aquel médico o cirujano que «no tiene bastante sciencia para su
oficio»
102
. Jaime de Corella afirmaba que «diversa cosa es el ejercicio
del cirujano que el del barbero, pues el del cirujano es sanar las llagas
y heridas que se hacen cortando, soldando, uniendo y restaurando
(…) y el oficio de barbero es sangrar, dar ventosas y cortar el
cabello». En relación a la formación que debía tener el médico o
cirujano, tema recurrente en todos los confesores, Corella afirmaba
que «el médico que no teniendo la ciencia suficiente ejerce su oficio
peca mortalmente, y está obligado a restituir los daños que al
enfermo se siguieren por su ignorancia». Añadía que

Gravemente peca el médico ignorante, que ejerce su oficio, aunque el
enfermo sane, pues eso es per accidens, y ya se puso a peligro de matarle;
y si le mata está obligado a restituir a los hijos, o padres, o mujer el daño
que de la muerte procedió: menos que se excuse por no tener el enfermo
herederos, o por alguna otra razón (…). Si por su ignorancia el médico
es ocasión para que el enfermo, ya que no muera, gaste hacienda en
medicinas, o haga mucho tiempo en cama, debe restituirle estos gastos, y
lo que dejó de trabajar y ganar con su oficio, por haber estado tanto
tiempo en cama; y no puede ser absuelto el médico ignorante, sino trata
de desistir de su oficio, hasta saber lo necesario para la recta expedición
de su cumplimiento.

Además, Corella opinaba que los médicos y cirujanos debían estar
en constante formación y estudio,

Pues se ofrecen muchas curaciones difíciles y enfermedades
complicadas, para las cuales no siempre es bastante la ciencia adquirida
(…) y no debe encargarse de tantos enfermos que le embaracen el
estudiar, o le sean estorbo para poder visitarlos a sus tiempos; ni tampoco
puede con buena conciencia prolongar las curas, sea por omisión o
porque le paguen más, y en todos estos casos está obligado a restituir los
daños que por su culpa se ocasionaren
103
.

Junto a esto, Corella explicaba de que el médico tiene que curar
también a los pobres, y que tiene que «aplicar el medicamento cierto

101
Villalobos, 1625, f. 57r.
102
Pedraza, 1578, f. 117v.
103
Corella, 1690, ff. 264v-265r.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 313
y no el dudoso para hacer experiencia». Tampoco debía usar
medicamentos dudosos en su eficacia a menos que no hubiera otro
remedio. «No es lícito al médico aplicar medicamentos dudosos para
experimentar el efecto que pueden hacer al enfermo, porque le
expone a peligro manifiesto de acelerarle la muerte»
104
.
Manuel Rodríguez Lusitano trató también el tema de la
formación de médicos y cirujanos, aportando ideas similares a los
anteriores. Según decía, «Los médicos no pueden curar sin ser
graduados en universidades aprobadas, y sin ser examinados y
aprobados, y haber practicado dos años, y los cirujanos cuatro con
médico o cirujano aprobado, como se contiene en una pragmática
destos reinos de Castilla»
105
. Por otro lado, sí consideraba más grave
que el médico no persuadiese la confesión al enfermo antes de
curarle. Según decía,

Cuando la enfermedad es manifiestamente peligrosa, y aunque sea
peligrosa, basta que le avise por su párroco o por otra persona discreta y
prudente que se confiese, como lo hacen los médicos honrados y
prudentes, entendiendo que si ellos avisan a los enfermos, recebirán pena
y aumentará su mal, y si el enfermo no se quisiese confesar, no por ello le
ha de dejar el médico
106
.

Más adelante, centrándose ya en la responsabilidad de los médicos
y cirujanos, Rodríguez Lusitano decía que

Cuando el herido muere por culpa de los médicos, o de su mal
regimiento, se ha de estar al parecer de otros médicos, los cuales han de
juzgar si fue la herida mortal o no. Porque si la herida era mortal, de la
cual comúnmente suelen morir los hombres, no obitase cualquiera
negligencia que haya habido de parte de los médicos, o enfermo, el tal
homicidio se ha de imputar al que le hirió, y contraerá por el la
irregularidad del homicidio voluntario, cuya dispensación es más
dificultosa que la dispensación del homicidio casual, del cual tratamos, y
si la herida de suyo no era mortal, y se siguió la muerte por negligencia
del enfermo o del médico, entonces solamente incurre en la irregularidad
que nasce de homicidio casual.


104
Corella, 1690, ff. 265v-269v.
105
Rodríguez Lusitano, 1597, f. 593.
106
Rodríguez Lusitano, 1597, f. 594.
314 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
Según afirmaba, «el médico que pone toda la diligencia posible en
la aplicación de las medicinas siendo en todo circunspecto aunque de
aquí se siga la muerte del enfermo, no por esto habemos de decir que
queda irregular, mas si tuvo alguna culpa en la dicha cura lo
contrario se ha de decir, como colige el derecho. Y lo mismo se ha
de decir de los cirujanos, atento que estos cuando no se emplean en
cosa ilícita». Rodríguez Lusintano condenaba duramente a aquellos
médicos que «llevando estipendio queda irregular dejando de curar al
enfermo, habiendo necesidad, por lo cual vino a morir o quedar
notablemente deformado»
107
. Otros confesores como Bartolomé de
Medina o Benito Remigio de Noydens también trataron el tema de
la medicina, siendo sus argumentos prácticamente iguales a los ya
mencionados
108
.
En definitiva, la labor de los médicos, boticarios, parteras y, sobre
todo, los cirujanos, resultó clave en la resolución de los crímenes en
la Edad Moderna. La abundante legislación existente en torno a
dicho mundo así como la atención que los confesores ponen en este
oficio nos da muestras de su importancia. A los cirujanos se les exigía
un profundo conocimiento de su oficio. No cualquiera podía
dedicarse a sanar a las personas, y su estudio minucioso debía
colaborar en la resolución de los más difíciles casos. La exigencia de
una profunda preparación viene recogida como hemos visto tanto en
la legislación de las Cortes de Navarra como en los manuales de
confesores, que consideraban un pecado gravísimo que el cirujano
ejerciera sin garantías. De hecho, era conveniente que más de uno
dieran su parecer sobre un caso, si bien en la práctica no fue siempre
posible. Los cirujanos colaboraron fielmente con la justicia
informando de todo lo que podían descubrir en un cuerpo, y la
Iglesia trató de concienciarlos de la importancia de ejercer bien su
labor. Podemos concluir diciendo que ésta es también una prueba
más del garantismo que ofrecían los juzgados Navarros en la época
moderna, dado que ningún detalle quedaba fuera de las
investigaciones.


107
Rodríguez Lusitano, 1597, ff. 426-432.
108
Medina, 1597, Noydens, 1650.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 315
5. Exhumación de cadáveres
Lo escasamente avanzada que se encontraba la ciencia
criminológica podía ocasionar que, en ocasiones, los investigadores
de un crimen se vieran obligados, ante la escasez de pistas o las
sospechas de una mala investigación, a exhumar el cadáver de la
víctima. No era algo frecuente. De hecho, solamente hemos
documentado un caso en los siglos XVI y XVII en el que fuera
necesario recurrir a esta práctica que, sin embargo, requería de un
procedimiento específico señalado en la anónima Práctica de
pesquisas, sumarias y otras informaciones del siglo XVIII.
El desenterrar a una persona suponía una violación de las leyes
sagradas, que no permitían desenterrar a nadie una vez estaba
enterrado. Sin embargo, el autor de Pesquisas lo justificaba, citando a
Bobadilla, arguyendo que «siendo lícito sacar de la iglesia al hombre
vivo delincuente para quitarle la vida en los casos en que no debe
gozar de la inmunidad de ella, también se podrá desenterrar al
muerto para averiguar verdad, y hacer justicia en venganza de su
muerte, e injuria, y de la República»
109
.
Según explicaba, una vez se decidía que era necesario exhumar el
cadáver, esto debía hacerse con mucha presteza. Por un lado, existía
el riesgo de que el autor de la muerte escapase de la villa en que la
cometió y no poder así «averiguar la culpa, prender y dar pena de
muerte al matador». Por otro lado, existía el riesgo de que la
corrupción del cadáver eliminase los posibles vestigios que pudieran
alumbrar el hecho de su muerte. Además, había que cerciorarse de
que una vez se volvía a enterrar el cadáver, éste quedara tal y como
había aparecido anteriormente y no en otra posición.
Se trataba de un tema muy delicado que, según el autor de las
Pesquisas, le había traído problemas con el párroco de Andosilla, el
cual se negó a abrir una tumba hasta que no tuvo orden expresa del
juez eclesiástico.
A la exhumación debían acudir tanto el alguacil encargado de la
información como el párroco de la villa, un escribano que anotase
todo lo que aconteciese, un cerrajero que abriese la tumba, el
enterrador que lo enterró, dos testigos que certificasen que el cadáver
era el de la persona que buscaban y dos cirujanos que examinasen el

109
Práctica de pesquisas, S. XVIII, f. 58v.
316 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
cuerpo. Este acto requería de gran presteza, tanto por la gravedad de
la apertura de una tumba como por la posibilidad de que la
corrupción del cadáver no dejase a los cirujanos analizar el cuerpo
con fundamento. El olor que desprendían los cadáveres era también
un hecho que requería de gran presteza en este acto
110
.
La misteriosa muerte del francés de la Baja Navarra Hernando de
Sorondo en la Pamplona de 1640 dio lugar a que fuera necesario
recurrir a la exhumación del cadáver. El día 14 de julio de aquel año,
Hernando de Sorondo vino a Pamplona, donde pretendía cobrar el
precio de seis bueyes que había vendido al cerero Martín de
Larraingoa. Ambos acudieron aquella mañana a misa mayor y
desayunaron en casa de Juana «la vasca», en la calle del Carmen. Tras
ello, acudieron a casa del escribano real Juan de Ulíbarri, el cual dejó
constancia de la transacción. Sin embargo, nada más se supo de
Sorondo, que desapareció sin dejar rastro. Los familiares,
preocupados, demandaron su desaparición en la Corte Mayor, la cual
inmediatamente centró la investigación en el entorno de Larraingoa.
Encontraron restos de sangre en su casa de la calle del Carmen, y por
la declaración de varios testigos, que afirmaban haber visto a varios
hombres llevar de noche un gran bulto, dedujeron que Hernando
podía estar enterrado en la iglesia de la Merced. Así, el licenciado
Juan don Guillén, miembro del Consejo y alcalde de la Corte
Mayor, acudió con un escribano para

que no se verifique si es vivo o muerto y pasa en descubrimiento deste
caso fue su merced en persona al dicho convento, con Juan de Salanova,
Pedro de Amátriain y García de Anocíbar, cirujanos para que si el dicho
cuerpo fuese hallado lo reconosciesen y viesen de qué heridas ha sido
muerto, y ansí mesmo se llevaron dos personas que conoscían al dicho
Hernando Sorondo para que si parecía le viesen y dijesen si era él, con lo
qual mandó parecer a los enterradores de difuntos de la iglesia catedral y
de la de San Nicolás desta dicha ciudad

Así las cosas, el licenciado don Guillén mandó llamar a un
muchacho de dicho convento, de once o doce años, para que dijese
si sabía algo sobre los hombres que llevaron a enterrar un cadáver, a
lo que respondió que


110
Práctica de pesquisas, S. XVIII, ff. 58v-61r.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 317
Él no sabía ni había visto llevar ni enterrar de noche cuerpo alguno en
el dicho convento pero que había oído decir al otro muchacho que suele
estar en la sacristía del dicho convento, que al presente está en la ciudad
de Estella habiendo ido el encomendador a negocios que allá tenía, que
una de las noches anteriores habían llevado un cuerpo difunto al dicho
convento, y que lo habían enterrado de noche ocultamente en la iglesia
del dicho convento, en la segunda capilla entrando por la puerta
principal, a la mano derecha, que es un altar de un santo Cristo arrimado
a la pared entre el pilar y el altar.

El muchacho condujo al licenciado, que iba acompañado de los
alguaciles Martín Ruiz de Murcillo y Juan Pascual, hasta dicho lugar,
donde mandó a los enterradores que abriesen una sepultura que
parecía había sido abierta recientemente. Así,

A los primeros golpes que se dieron se levantó grande ediondez y mal
olor como de cuerpo o carne corrompida y cuanto más se fue
ahondando la dicha sepultura fue mayor la mala olor y fue de fuerte que
no pudiéndolo sufrir muchos delos que allí se hallaron presentes tomaron
vinagre y (…) y otros se apartaron del puesto en que se abría la dicha
sepultura porque realmente no solo junto a ella pero en lo más apartado
de la iglesia ofendía con extremo el dicho mal olor, y cuando se ahondó
la dicha sepultura en ondura de media bara, se halló que por toda ella en
largura delo que podía ocupar un cuerpo difunto estaba derramada buena
cantidad de cal, la cual en partes estaba mezclada con tierra y en otras la
cal sola, y entre ella se halló una cabeza de difunto que al parecer había
pocos días fue enterrado, porque aunque no tenía carne ni cuero estaba
con todo el cabello pegado con color como de sangre y los sesos tenía sin
consumirse, y aunque como queda dicho no tenía cuero ni carne se dijo
por todos o muchos delos que se hallaban presentes que la cal en que fue
hallado le había comido y consumido la carne y cuero y habiendo
ahondado más la dicha sepultura se halló otra calavera, pero ésta se
conoscía ser de mucho tiempo, porque no tenía pelo ni rastro de pelo ni
sesos, sino que estaba seca y correspondiente a esta segunda calavera se
hallaron la armadura de huesos de un difunto también secos, y al parecer
de mucho tiempo y aunque se ahondó más abajo hasta que se topó con
tierra que nunca había sido movida o por lo menos que lo parecía, no se
hallaron más huesos que de un cuerpo y sin embargo se hallaron las
dichas dos cabezas o calaveras.

318 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
Tras reconocer los cirujanos los restos encontrados, el licenciado
mandó abrir una pared que al lado había, donde no encontraron
nada. Tras ello, mandó cerrar todo de manera que quedase «en la
misma forma que antes estaba»
111
.
5. Testigos
La declaración de los testigos fue la base sobre la que se asentó el
proceso judicial durante la Edad Moderna. Como hemos visto, la
escasez de medios técnicos con los que poder aclarar un delito hizo
que los tribunales tuvieran que basar sus sentencias mayoritariamente
en la declaración que los testigos hacían de los hechos que habían
presenciado o de los que habían oído hablar. Los testigos fueron pues
la clave de todas las decisiones que a favor o en contra del acusado
tomaron los tribunales. Durante el Antiguo Régimen, tal y como
afirman Sharpe o Rousseaux, la sociedad no fue tan reacia como a lo
largo del periodo medieval a perseguir a los malhechores que
cometían un homicidio, y en consecuencia no dudaban en acudir a
la justicia para que ésta aplicase el peso de la ley sobre ellos
112
. De
este modo, contamos con la declaración de miles de testigos que
enriquecen en gran modo la información que sobre cada caso nos ha
llegado. Esto provocaba no pocos problemas que la justicia tuvo que
salvar, desde la falsedad del testimonio de dichos testigos hasta los
arreglos que entre ellos pudieran hacer, a cambio de alguna
compensación. Los testigos permitieron conocer en detalle la
comisión de los crímenes, pero contribuyeron también a que
muchos de éstos no llegasen a ser totalmente esclarecidos. Tal y
como afirma María Paz Alonso en su libro sobre el proceso penal en
Castilla, la prueba plena en lo criminal, al margen de la confesión, era
la testifical. La declaración de dos testigos concordes suponía una
prueba en sí misma, una «plena et legitima probatio». Para que los
dos testigos hicieran prueba plena se requería que fueran coincidentes
sus declaraciones en el acto, tiempo, lugar y persona, habiendo sido
interrogados en secreto y por separado. Sólo era admitida con pleno
valor probatorio la declaración de testigos presenciales, y debían dar
tanto la razón de sus dichos como aclarar la fuente de su

111
AGN, Tribunales Reales. Procesos, nº 102534, ff. 36r-37v.
112
Sharpe, 1984, 1985, Rousseaux, 2002, p. 139.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 319
conocimiento, los mismos requerimientos que se exigía a los
peritos
113
.
El escribano era, como vimos, el encargado de tomar declaración
a los testigos, una vez el alguacil había examinado ya el cadáver. Para
ello, tomaba declaración a todas y cada una de las personas que se
encontraban en el lugar de los hechos, así como a los familiares y
vecinos que pudieran tener algún conocimiento sobre el hecho
delictivo o posibles desavenencias entre la víctima y alguna otra
persona. Tras ello, se encargaban de hacer una «resulta» o resumen de
lo que habían dicho cada uno de los testigos, señalando lo más
importante de sus aportaciones y enviándola a la Corte Mayor,
donde el fiscal y los procuradores podrían leerlo y comenzar de este
modo la fase plenaria del proceso, para la cual los propios fiscal o
procuradores prepararían sus propias preguntas y se interrogaría
nuevamente a los testigos que ellos considerasen más conveniente.
Tan importante era el papel de los testigos que la justicia civil tuvo
que legislar en diversas ocasiones en torno a la manera de proceder
con ellos.
En principio, según legislaron las Cortes de 1558, las probanzas
debían hacerse en menos de veinte días, y no debía haber más de
ocho testigos
114
, si bien si era necesario hemos comprobado que se
interrogaban más. En 1565, las Cortes legislaron que los clérigos
pudiesen ser examinados como testigos, pues hasta el momento
solían excusarse alegando que necesitaban permiso de sus
superiores
115
. En 1567 fue legislado que en las causas de menos de
cuarenta ducados el examen de testigos se encomendase a alcaldes o
escribanos del pueblo, y no se enviasen comisarios cuando el número
de testigos a examinar fuese menor de cuatro, a no ser que fueran
negocios de mucha importancia
116
. Las mismas cortes legislaron
también que en caso de que el alcalde de un pueblo no pudiese
examinar a los testigos por alguna razón, los escribanos del lugar sí
pudiesen hacerlo, a menos que fuese una causa criminal, en la cual
debía ser necesariamente el juez quien los examinase
117
.

113
Alonso, 1982, pp. 230-231, Tomás y Valiente, 1992, p. 311.
114
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p. 127.
115
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p. 193.
116
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p. 208.
117
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p. 216.
320 LA VIOLENCIA INTERPERSONAL EN LA NAVARRA MODERNA
Las cortes de 1569 fueron muy duras con el rigor que había de
aplicarse con los testigos perjuros. Siguiendo lo que decían el Fuero
y el amejoramiento del rey Felipe, se legisló que se les cortase la
lengua en causas civiles y se les ahorcase en causas criminales,
exigiéndose que los comisarios de hacer las probanzas de los pleitos
en las audiencias reales fuesen «personas de ciencia, experiencia y
habilidad, buenos cristianos y desempeñasen sus oficios con cuidado
y diligencia, so pena de ser castigados con el máximo rigor, ya que se
había visto que en muchos pleitos los testigos eran perjuros y no se
les castigaba, en gran ofensa a Dios y gran daño a la justicia de su
majestad, y los comisarios eran mozos de poca experiencia»
118
. En
1583 las cortes legislaron que los alcaldes ordinarios no recibiesen
información sobre casos de injurias, si no era a petición de las partes,
«porque solían hacer información de cosas muy leves y sin haber
queja de parte sólo para cobrar los derechos del examen de los
testigos»
119
. En 1604 las cortes legislaron nuevamente en torno al
tema de los testigos, obligando a que los alcaldes inferiores enviasen
la información de testigos a la Corte antes de liberar a los presos.
Finalmente en 1642 legislaron que los secretarios y escribanos
escribiesen la declaración de los testigos de su propia mano y no se lo
encargasen hacer a algún criado, para que de esta manera no se
difundiese lo declarado
120
. Castillo de Bovadilla afirmaba que «el
testigo que revelare su dicho, debe ser castigado con pena de falsario,
cuando le es encargado el secreto, y lo descubre especialmente a la
parte contraria»
121
. Además, recomendaba que el examen de dichos
testigos los hiciera el propio juez,

Por considerar, como dijo Cicerón, en el rostro si se turba, si se
demuda, si varía, si teme, o si dice con pasión cuanto más importa la
preferencia del reo ante el juez para saber la verdad? Porque como dice
Ovidio, muy dificultoso es no manifestar el delito en el rostro: y el juez
debe escudriñar por todas las vías la verdad, hasta la definitiva, y hacer
experiencias para averiguarla
122
.


118
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p. 233.
119
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, I, p. 332.
120
Vázquez de Prada, Usunáriz, 1993, II, p. 72.
121
Castillo de Bovadilla, 1704, I, p. 270.
122
Castillo de Bovadilla, 1704, I, p. 466.
CAPÍTULO VI. EL PROCESO JUDICIAL: LA INVESTIGACIÓN 321
Según añadía más adelante el mismo Castillo de Bovadilla,

Para tornar a declarar a los testigos, piden y quieren que se les lean sus
deposiciones, por no contradecirse, y ansí con facilidad leyéndoles sus
dichos, sin añadir ni menguar, se ratifican en ellos, y algunas veces acaece
que se quedó en poder del secretario del Consejo la información que
hizo el receptor, o la sumaria que presentó la parte, y no se les pueden
leer sus dichos a los testigos: pero para averiguar el negocio, y
desentrañar más la verdad del, poniendo ante todas las cosas la
potestación, que no sea visto el testigo perjurarse ni contradecirse de lo
que tiene dicho es mucho mejor, que siendo el caso reciente, del cual es
verosímil tendrá el testigo memoria, que le recite, y como dice la ley de
la Partida, le recuente ante el juez cómo pasó y sucedió, y con nuevo
juramento rectifique: porque si dice verdad, no discrepará en lo
sustancial del hecho, y cuando difiera en lo que no lo es, importa poco y
si el testigo es falso, o apasionado, echársele ha de ver por la variación o
afectos con que depone. Y esta práctica usan los inquisidores en las
ratificaciones de los testigos, según el Obispo Simancas. (…) Los testigos
con que se hubiere de hacer la pesquisa no deben ser, como dicen las
leyes de Partida, omes que sean viles, o sospechosos, o enemigos de
aquellos contra quien la facen. Y aunque esto se debe entender en las
pesquisas generales contra personas ciertas, y sobre casos inciertos, como
arriba dijimos, como quiera que en los acaecimientos y delitos que
suceden no se pueden elegir los testigos, sino examinar los que acaso se
hallaron presentes, o saben del negocio, servirá para advertir al juez, que
para las probanzas de los otros casos y artículos que ocurren, en que haya
lugar elección de testigos, eche mano de personas idóneas,
desapasionadas, y de aprobación, porque los hombres viles, enemigos y
criminosos, como dijo Acursio, mienten fácilmente
123
.

También los confesores se ocuparon de los testigos, a los cuales,
siguiendo el octavo mandamiento, acusaban de pecar mortalmente si
no declaraban la verdad de lo que sabían u omitían alguna verdad
que sí conocían. Martín de Azpilcueta decía que

Peca mortalmente quien siendo presentado por testigo en juicio, o
fuera del jurado, o sin jurar dij