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Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Escuela de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales.

El Significado de la

DEMOCRACIA.

Nombre: Omar Sagredo Mazuela.


Profesor: Luis Pacheco Pastene.
Cátedra: Fundamentos y perspectivas de la teoría democrática.
Fecha: 29/09/2006.
Introducción.

Democracia es un concepto que posee un amplio abanico de definiciones.


Entre las más básicas encontramos algunas como: “la doctrina política favorable
a la intervención del pueblo en el gobierno”, o también como “el predominio del
pueblo en el gobierno político de un Estado”. Sin embrago, estas significaciones
pasan por alto que la democracia es la respuesta a la pregunta: ¿cómo debemos
organizarnos?, es decir, la democracia es una forma de relación de las personas,
casi natural, que posee dimensiones éticas, y no tan sólo políticas, por lo tanto
se trata de un sistema derechos al mismo tiempo que un sistema político.

En este sentido, para que se construya un verdadero sistema político (que se


destaque por la protección de los derechos) deben existir mecanismos que lo
permitan, los cuales, deberán apuntar, como pilar fundamental a la igualdad
política de todos los miembros. Desde una perspectiva jurídica, no existen
diferencias ante la ley, mas, esta situación se logra, desde el punto de vista
teórico de la democracia, otorgando igual número de oportunidades a todos y
cada uno de los integrantes de la comunidad, para que sus puntos de vista, al
menos, sean conocidos y compartidos por toda el resto de la sociedad. Por otra
parte, una de las formas, sino es que la única, de solucionar el problema de la
igualdad básica al interior del espacio político es la igualdad del voto, es decir,
todos los miembros deben tener, primero, igual oportunidad de votar, y
segundo, todos los votos deben ser contados como iguales (la igualdad del voto
supone la existencia de mecanismos que permitan, mediante el voto universal,
la pronunciación sobre materias fundamentales que competen a todos). En
consecuencia, cada sistema político que busca legitimar su poder, debe dar
cabida a la participación, pues a menor participación menor legitimidad.

Por otra parte, no existe uniformidad con respecto al significado de la


democracia, aunque podamos encontrar nociones más o menos comunes, como
las antes expuestas. Frente a esta controversia, el debate es bastante nutrido. El
primero de ellos tiene que ver con la discusión en torno a los valores y su
pretensión de universalidad. El segundo debate guarda relación con el concepto
de solidaridad, el cual aparece como el eje de comprensión, y de
transformación, del desarrollo de la democracia hoy por hoy. Es la solidaridad,
entonces, la base del Estado que tiene como fin el bien común. Además, es el
fundamento para que exista responsabilidad moral en términos de poder
1
decidir libre de coacción. Un tercer punto de debate, es la coordinación de
intereses tanto individuales como sociales. La democracia, bajo este enfoque,
no sólo debe funcionar como un sistema político, sino que como un sistema de
derechos capaz de conjugar dos nociones contrapuestas: libre mercado y bien
común. Un cuarto, y último punto de discusión, es la noción de persona. La
democracia en el debate contemporáneo, al ser asumida su perspectiva de
sistema de derechos, implica una dimensión ética, en cuanto que al regular,
como sistema político, la convivencia, implica acrecentar el concepto de persona
que supuestamente sólo puede desarrollarse en una sociedad civil organizada y
solidaria. Se pone en cuestión, por tanto, una visión individualista de la
democracia, a través de lo que se entiende como los fundamentos de la
perspectiva individual.

Como se ve, el debate en torno de la democracia es amplio y está lejos de


terminar. Mientras algunos perciben a la democracia como un instrumento para
el funcionamiento de las sociedades y en relación concreta con determinados
derechos, otros creen que la idea democrática es una especie de necesidad
histórica, o sea, sería el único sistema que desde una dimensión ética pudiera
articular, como sistema político-social, las relaciones que se generan en torno
al tema de los derechos, en donde aparece el eje de la solidaridad.

Ahora, para profundizar el desglose de la noción de democracia, a continuación


se expondrá la visión que poseen tres autores con respecto a esta idea. La
intención es mostrar tres visiones de democracia con enfoques distintos, para
finalmente observar que siempre si existen ideas que son transversales, pero
también conoceremos otras que responden al contexto, a la ideología o
simplemente a la orientación de la sociedad.

2
La Regla de la Mayoría.
La noción de democracia para Norberto Bobbio.

Desde una perspectiva general, la democracia, para Norberto Bobbio,


debe entenderse como una forma de gobierno regida, estructurada y orientada
por un conjunto de normas que son política y socialmente vinculantes. Estas
reglas “establecen quién está autorizado para tomar las decisiones colectivas y
bajo qué procedimientos” 1.
Las decisiones al interior de cualquier sociedad son ineludibles, por lo que
designar la manera en la cual se realizarán es de vital importancia. Para que una
determinación sea valida, o sea reconocida y aceptada por el colectivo, ésta
debe haber sido construida en base a normas. Bobbio reconoce que las reglas
mediante las cuales se designa quienes serán los llamados a tomar las
decisiones y con qué procedimientos, es lo que en definitiva distingue un
régimen democrático entre el resto. Comenzando con la clasificación
aristotélica, podemos identificar el gobierno de uno, monarquía, el de pocos,
aristocracia, o el de muchos, democracia, aunque se reconoce que el número de
participantes no es el principio imperante para determinar un tipo de régimen
democrático. No obstante, en democracia es fácil observar que un número no
menor de miembros participa en la toma de decisiones.

Por otro lado, entre este conjunto de normas, a las que se refiere Bobbio,
destaca una que es fundamental: la regla de la mayoría, es decir, “la regla con
base en la cual se consideran decisiones colectivas y por tanto obligatorias para
todo el grupo las decisiones aprobadas al menos por la mayoría de quienes
deben de tomar la decisión”2. A este principio subyace aquel que hace posible
que la democracia exista: la igualdad de condiciones. Si no existe una verdadera
capacidad de elegir en función de alternativas concretas todo el procedimiento
en torno a la democracia está obstruido. En este sentido, los derechos son la
base para la formación de la estructura democrática, ya que hacen parte del
desarrollo del proceso en términos constitucionales, resguardando tanto la
libertad como la igualdad al interior de la sociedad en democracia. Por último, la
libertad de asociación y libertad de opinión deben ser considerarse como
condiciones fundamentales del buen funcionamiento del sistema democrático,
porque “ponen a los actores (…) que deben decidir, en posibilidad de expresar

1
Bobbio, N.: “El futuro de la democracia”. Editorial Fondo de Cultura Económica, Colombia, 2000, p.24.
2
Ibídem, p.25.
3
las propias demandas y de tomar decisiones con conocimiento de causa,
después de la libre discusión”3.
A lo largo de la historia, la idea de democracia ha sido visualizada de maneras
distintas, aunque sus patrones, al menos en teoría, no se han modificado
completamente, sólo fueron interpretados desde perspectivas diferentes. Según
Bobbio, “la democracia nació de una concepción individualista de la sociedad, es
decir, de una concepción por la cual, contrariamente a la concepción orgánica
dominante en la Antigüedad y en la Edad Media, según la cual toda forma de
sociedad, especialmente la sociedad política, es un producto artificial de la
voluntad de los individuos”4. Luego, con la emergencia del Estado Democrático,
la principal característica de la sociedad ha sido la preponderancia indiscutida
de los grupos por sobre los individuos, siendo estos los principales actores de
la vida política. La lucha por el poder entre los diversos grupos que compiten en
una sociedad democrática es, por tanto, la tónica de este periodo.
La distribución del poder político entre los actores de la sociedad democrática
es una transformación en términos cualitativos y cuantitativos en la historia del
hombre. Sin embargo, existe un fenómeno de mayor amplitud: la
representación política. La democracia representativa, el modelo que prima en
el desarrollo de la idea de democracia, plantea un tipo de representación en
función de proteger los intereses de la sociedad en general, negando la
participación de intereses particulares.

Bobbio reconoce que la democracia es la mejor forma de gobierno, porque


existen ideales que sólo ésta puede formar o ayudar a su fomento. El primero es
el de la tolerancia. El segundo es el del respeto a las leyes, mediante el cual se
rehúsa la violencia para solucionar conflictos. En tercer lugar, encontramos la
idea de renovación gradual de la sociedad, gracias a la cual el debate libre ha
logrado introducir nuevos conceptos de forma pacifica, sin recurrir a la
imposición forzosa de valores. Por último, está la noción de fraternidad, en
términos de convivencia entre actores contrapuestos ideológicamente.
No obstante, Bobbio aclara que la democracia posee una serie de falencias que
si bien no hacen de ésta un fracaso como modelo político, no deben pasarse
por alto. La primera de estas “falsas promesas”, como las denomina Bobbio, es
la persistencia de las oligarquías en situaciones de democracia representativas.
Este hecho trastoca la libertad en términos de autonomía, o sea, como “la

3
Ibídem, p.82.
4
Ibídem, p.28.
4
capacidad de legislar para sí mismo”. En segundo lugar, encontramos la
limitación del espacio en el que el grupo social puede debatir y tomar
decisiones políticamente vinculantes. En este punto Bobbio indica que cuando
se desea conocer el desarrollo de la democracia en un país determinado, se
debe investigar no si aumentó o no el número de quienes tiene derecho a
participar en la toma de decisiones, sino los espacios en los que pueden ejercer
ese derecho. La tercera “falsa promesa” es la eliminación del “poder invisible”,
entendido éste no sólo como una especie de “mafia”, sino que como una
situación en la cual las decisiones políticas son tomadas en forma oculta, es
decir, lejos de la mirada de los gobernados. Liberar el poder de estas
“mascaras” es una de las principales tareas de la democracia, ya que si el
ciudadano conoce las acciones de los gobernantes pueden ejercer una fuerte
cuota de control, distinguiendo entre lo lícito y lo que es ilícito. En sexto lugar,
hallamos la educación de la ciudadanía, la cual no ha logrado frenar el aumento
de la apatía política. La cultura política, que se supone es producto de la
educación cívica, se orienta cada vez más a la protección y el fomento de la vida
privada.
En este sentido, Bobbio distingue entre estas “falsas promesas” de la
democracia, tres obstáculos, los cuales se superponen a las falencias porque
son producto de la transformación que ha sufrido la sociedad civil. La primera
de estas dificultades es la tecnocracia, comprendida como el auge de los
expertos en desmedro del ciudadano. La tecnocracia, a diferencia de la
democracia, pretende que las decisiones sean tomadas por un reducido grupo
que entiende de la disciplina. El segundo obstáculo, es el crecimiento del
aparato burocrático, entendiendo que éste se compone de un rígido orden
jerarquizado que lleva el poder del vértice a la base (imaginando el sistema
político como una pirámide). La democracia, por su lado, transporta el poder
desde la base al vértice, sin sobrepasar los distintos grados de poder.
Finalmente, la lentitud en lo que ha soluciones se refiere, es el último gran
obstáculo del sistema democrático. Como la sociedad se ha complejizado
enormemente, las demandas que ésta dirige hacia el sistema político se han
hecho bastante heterogéneas. En este sentido, el método para verificar la
eficacia de un sistema es precisar cuán rápido se satisfacen esas demandas, lo
cual conlleva un arduo trabajo en lo que a toma de decisión respecta Al ser la
democracia un sistema que avala y protege la sociedad pluralista, se ve
imposibilitada de emitir decisiones (y soluciones) de forma sencilla debido a que
las demandas entran rápida y masivamente.
5
Desde una perspectiva más central, Bobbio hace la distinción entre democracia
representativa y directa. En la primera de ellas, las deliberaciones colectivas, o
sea, las deliberaciones que involucran a toda la sociedad, no son tomadas
directamente por quienes forman parte de ella, sino por personas elegidas para
ese trabajo. “Las democracias representativas que nosotros conocemos son
democracias en las que por representante se entiende una persona que tiene las
siguientes características: a)en cuanto goza de la confianza del cuerpo electoral,
una vez elegido ya no es responsable frente a sus electores y en consecuencia
no es revocable; b)no es responsable directamente frente a sus electores,
precisamente porque él ésta llamado a tutelar los intereses generales de la
sociedad civil y no los interese particulares de esta o aquella profesión”5. Por
otro lado, la democracia directa existe sólo cuando las decisiones política y
socialmente vinculantes, son tomadas por el individuo, en primera persona y en
total ausencia de intermediarios. En esta visión de la democracia, sobresale el
mandato imperativo, es decir, el delegado (que por ningún motivo es un
representante como en el caso anterior) ésta limitado estrictamente a la
confianza que se le ha entregado, poseyendo un mandato restringido y
revocable.
Como fácilmente se puede apreciar, la diferencia radical entre democracia
representativa y directa es el tipo de mandato. En esta última el delegado tiene
obligación de mandato, mientras que en la primera esta noción es mínima o
simplemente no existe.

Plausiblemente, Bobbio no enfrenta ambas visiones de la democracia, sino que


intenta construir un complemente entre ellas, destacando cada una de las
características que las unen. En primer lugar, establece que la democracia
directa y representativa, que son la visiones más destacadas de democracia,
pueden unificarse en una sola noción de democracia integral. Para Bobbio es
precisamente la mayor diferencia entre ambas lo que ayuda en definitiva, a su
fusión. La representación por mandato, que es propia de la democracia directa,
puede ser llevada a los representante de la democracia representativa. “Un
sistema democrático caracterizado por representantes revocables es –en cuanto
presupone representantes- una forma de democracia representativa, pero por
cuanto estos representantes son revocables, se acerca a la democracia directa
(…) Precisamente debido a que entre la forma extrema de democracia
representativa y la forma extrema de democracia directa hay un continuum de
5
Ibídem, p.55-56.
6
formas intermedias, un sistema de democracia integral puede abarcar a las dos,
a cada una de acuerdo con las diversas situaciones y las diferentes necesidades,
porque son, en cuanto adaptables a diversas situaciones y a diferentes
necesidades, perfectamente compatibles entre ellas”6. De esta manera, queda
claro que democracia representativa y directa no son conceptos mutuamente
excluyentes, sino que, por el contrario, pueden acoplarse de excelente forma.
No obstante lo anterior, Bobbio recalca que la democracia representativa corre
con cierta ventaja sobre su par directa. Esto se debe a que es prácticamente
imposible que todos los individuos de una sociedad compleja puedan
efectivamente participar en un proceso de determinación. Además, existe un
sector no menor de la sociedad que presenta lo que se conoce como apatía
política, lo cual indica que se está fomentando la vida privada en desmedro de
la pública. Sin embargo, la democracia representativa genera pequeñas
oligarquías, lo que supondría que en realidad no es el mejor tipo de régimen,
pero este problema se soluciona a través del pluralismo (más adelante se
explica este transcurso).

En definitiva, la democratización, que es el proceso más apto para cualquier


sociedad, no implica, según Bobbio, el paso de la democracia representativa a la
directa, como fácilmente se puede creer. Este desarrollo consiste en robustecer
la democracia social, teniendo como base la democracia política, es decir, se
debe pasar de un tipo de democracia formal e institucional a una más cercana a
la base electoral. “La afirmación de un nuevo tipo de democracia (…) debe ser
entendido como la ocupación por parte de formas, incluso tradicionales, de
democracia, como es la democracia representativa, de nuevos espacios, es
decir, de espacios dominados hasta ahora por organizaciones de tipo jerárquico
o burocrático”7.
Este proceso debe abogar, por tanto, por la democratización de la sociedad,
teniendo presente que la democracia política se expresa primero en la sociedad,
ya que ésta encierra todo el ámbito de las determinaciones vinculantes. Pero,
una vez que se ha consolidado la democracia política, no es difícil reconocer
que el interés va mucho más allá de la esfera política, y abarca, en buenas
cuentas, a toda la sociedad civil. Así el progreso de la democracia, en términos
sociales, se mide por el grado de espacio que ésta ocupa ahora, pero que antes
fueron parte de los centros de poder no democráticos.

6
Ibídem, p.60-61.
7
Ibídem, p.63.
7
Así como la democratización supone la extensión de la democracia no sólo a
toda la sociedad civil, sino que también a todo el Estado, presume también que
existen otros centros de poder al margen del aparato estatal. La sociedad, por
tanto, no es homogénea, además, el proceso político democrático implica
siempre la presencia de una mayoría y una minoría, por lo que la noción de
pluralismo es central para el correcto desarrollo de la democracia, luchando
contra el abuso de poder. En este sentido, la democracia se encarga del poder
autocrático, aumentando el poder desde abajo; mientras que el pluralismo hace
lo propio con el poder monocrático, distribuyendo equitativamente el poder.
En una situación de democracia representativa, en la cual ya se ha generado una
pequeña oligarquía, el pluralismo permite la existencia de una multiplicidad de
oligarquías en mutua competencia por el, o los, centros de poder. Además, la
democratización hace posible que, paulatinamente, los individuos, mediante la
conquista de los centros de poder, se conviertan en participantes de este
proceso, eliminado así la oligarquización del sistema político.

Para finalizar, la democracia posee un último gran atributo, que si bien ya fue
mencionado, merece ser explicado profundamente. Se trata del poder visible, es
decir, “el gobierno del poder público en público”.
En un régimen democrático las decisiones y el actuar, en general, de los
gobernantes deben ser expuestos, y considerados, por el pueblo en su calidad
de soberano. Por otra parte, Bobbio es enfático al decir que la democracia no
sólo libera al poder de cualquier tipo de “mascara”, sino que además lo acerca a
los gobernados. Si este principio no se cumple, se está frente a la antitesis de la
democracia, es decir, un gobierno autocrático, en el cual las determinaciones
social y políticamente vinculantes son tomadas en el más absoluto silencio. “Lo
que distingue el poder democrático del autoritario es que sólo el primero puede
desarrollar en su seno anticuerpos y permitir formas de desocultamiento por
medio de la crítica libre y el derecho de expresión de los diversos puntos de
vistas”8.

8
Ibídem, p.114.
8
La Democracia de Liberación.
La noción de democracia para Alain Touraine.

Desde un enfoque histórico, la idea de democracia para Alain Touraine, es


un concepto nuevo. La democracia poseería una nueva orientación porque,
luego de la caída de los socialismo reales a comienzos de la década de los
noventa, ahora se enfrenta a problemas y desafíos desconocidos.

En términos teóricos, y basándose en los postulados de Bobbio, Touraine


asevera que, en primera instancia (y sólo en primera instancia), la democracia es
“un conjunto de reglas (primarias y fundamentales) que establecen quién está
autorizado a tomar decisiones y mediante qué procedimientos”. Bajo esta
lógica, un régimen es más democrático siempre que tienda a acrecentar la
participación en la toma de decisiones. Así, “la democracia reposa sobre el
reconocimiento de la libertad individual y colectiva por las instituciones
sociales, y la libertad individual y colectiva no puede existir sin la libre elección
de los gobernantes por los gobernados y sin la capacidad de la mayor cantidad
de participar en la creación y la transformación de las instituciones sociales” 9.

Además, por otra parte, Touraine comparte con Bobbio la idea de que ante la
supuesta condición de soberano del pueblo se presentan una serie de hechos
que van en contra de este raciocinio. Destacan, de esta forma, la escasa
penetración de la democracia en algunos espacios sociales, la persistencia de
las oligarquías y de los intereses privados, y la importancia que aun poseen los
poderes invisibles.

Ante esta situación, Touraine se pregunta: si la democracia no es más que un


conjunto de reglas y procedimientos, ¿por qué los ciudadanos habrían de
defenderla activamente?
Para articular la repuesta es necesario saber que en esta época los conflictos y
los enemigos, tanto como las alternativas, de la democracia son relativamente
nuevos. Sobre esa base, podemos decir que la democracia, según Touraine, se
opone a todo aquello que, en nombre de las luchas democráticas antiguas, se
constituyeron, y se constituirán, en los servidores del absolutismo y la
intolerancia. “Ya no queremos una democracia de participación; no podemos

9
Touraine, A.: “Qué es la democracia”. Fondo de Cultura Económica, Uruguay 1995, p.33-34.
9
contentarnos con una democracia de deliberación; necesitamos una democracia
de liberación”10.
Desde esta perspectiva, la acción democrática tiene como fin primordial la
libertad de los individuos y los grupos, venciendo a toda coacción que pese
sobre ellos. Así, la igualdad es también parte de esta lógica, en el sentido de
que significa el derecho de cada uno a escoger y gobernar su propia vida en
relación con el resto.

La democracia, entonces, es la respuesta tanto como para el exceso del poder,


como para las demandas de la mayoría.
Por lo tanto, la democracia (y es aquí donde Touraine comienza a distanciarse
de Bobbio), “no es sólo un conjunto de garantías institucionales o el reino de la
mayoría sino, ante todo, el respeto a los proyectos individuales y colectivos, que
combinan la afirmación de una libertad personal con el derecho a identificarse
con una colectividad social, nacional o religiosa particular. La democracia no se
basa únicamente en las leyes sino sobre todo en una cultura política”11.
El mayor vigor de la democracia se alcanza, bajo este punto de vista, cuando
ésta está contenida en una ambición de liberación. Deseo que se vuelca contra
cualquier forma de represión y autoridad, y que es conocido como “espíritu
democrático”.

Las leyes de las se compondría la democracia, especialmente la regla de la


mayoría, pueden, lisa y llanamente, aplastar tanto a las minorías como a las
mayorías. Esto sucedería en caso que, en nombre del respeto a las diferencias,
se construyeran poderes comunitarios que, a fin de cuentan, impongan
soluciones antidemocráticas. Ante este problema, la única defensa es la acción
racional, o sea, el llamado al juicio crítico, y la aceptación de normas
universalistas.
Así, la democracia, en esta línea, combina el pensamiento racional y la
identidad cultural. En este sentido, como ya se dijo, la democracia no se ampara
sólo en un conjunto de leyes, sino que también en una cultura política, la cual
toma el adjetivo de democrática cuando la sociedad política es visualizada como
una construcción institucional cuyo fin imperativo es relacionar la libertad de
los individuos y los grupos con la unidad de la actividad económica y los
cánones jurídicos. De esta forma, la democracia no contrasta los derechos de la

10
Ibídem, p.20.
11
Ibídem, p.24-25.
10
mayoría con los de la minoría, sino que los máxima. Además, no olvida el
contexto, por lo que reconoce al ser humano no sólo en su condición de
ciudadano, sino que también como un ser libre perteneciente al conjunto social.

El centro de la noción de libertad que presenta Touraine, es el sujeto. Cuando el


individuo, o el grupo, se transforma en un actor, en base a su experiencia y a su
afirmada libertad, emerge el sujeto. Tan importante es el sujeto para la
democracia, que Touraine lo ubica en una relación reciproca con ésta. Su
existencia no está segura en ningún tipo de sociedad; en una sociedad
dependiente, en términos económicos, el sujeto puede ser abatido por la
tradición, mientras que en una sociedad de tipo moderna, corre el peligro de
diluirse en una libertad reducida a la del consumidor del mercado.
Así pues, la democracia es el reconocimiento del derecho del individuo y el
grupo a ser los protagonistas de su historia y no solamente a ser liberados del,
o los poderes, que los oprimen.
En definitiva, “la democracia no está al servicio de la sociedad ni los individuos,
sino de los seres humanos como Sujetos, es decir creadores de sí mismos, de
su vida individual y de su vida colectiva. La teoría de la democracia no es más
que la teoría de las condiciones políticas de existencia de un sujeto que nunca
puede ser definidos por una relación directa de sí mismo consigo mismo que es
ilusoria”12.

Ahora, en lo que respecta al vinculo entre Estado de derecho y democracia,


Touraine indica que esta última no nace del primero, sino del llamado a unos
principios éticos (como la libertad y la justicia), en nombre de la mayoría
carente de poder y contra los intereses dominantes. Es más, la democracia se
esfuerza en transformar el Estado de derecho, orientándolo hacia los intereses
de los gobernados. Si ésta sólo se visualiza como una serie de procedimientos,
como lo hace Bobbio, puede no enfocarse en la lógica antes expuesta, y
terminar siendo una barrera a las demandas sociales que, a fin de cuentas,
ponen en riesgo el poder de los grupos dirigentes. De esta forma, el Estado de
derecho, bajo este enfoque, limita su propio poder en respuesta a la
compensación de las desigualdades sociales.

Por otra parte, el Estado democrático y el Estado liberal, según Bobbio, son
interdependientes de dos formas: “en la dirección que va desde el liberalismo
12
Ibídem, p.33.
11
hasta la democracia, en el sentido que se necesitan ciertas libertades para el
correcto ejercicio del poder democrático y, en la dirección opuesta, que va
desde la democracia hasta el liberalismo, en el sentido de que se necesita el
poder democrático para garantizar la existencia y persistencia de las libertades
fundamentales”13. Sin embargo, desde una perspectiva totalmente inversa,
Touraine asevera que liberalismo y democracia no son sinónimos
necesariamente. Pueden existir, continua, democracias que no sean liberales y
regímenes liberales que no sean democráticos. Esto es así porque el liberalismo
centra toda su atención en una sola dimensión de la democracia: la limitación
del poder; amenazando la democracia en la misma proporción que la resguarda.

Hilando fino, podemos decir que la democracia existe cuando se crea un


espacio político que resguarda los derechos de los ciudadanos de la
omnipotencia del aparato estatal. Esta perspectiva se contrapone a la idea de
una correspondencia directa entre el pueblo y el poder, ya que el primero no
gobierna sino que sólo lo hacen quienes lo representan. Al mismo tiempo, el
Estado no puede ser únicamente la expresión de los dominados, porque debe
garantizar la unidad de un conjunto político, hablando por ellos y
defendiéndolos del mundo exterior. Por tanto, la democracia se hace presente
cuando se asegura, mediante la ley y las instituciones políticas, la separación
del Estado y la vida privada.
Es menester, entonces, que estos dos sectores, Estado y sociedad civil, se
encuentre apartados, pero deben relacionarse en función de la
representatividad de los dirigentes políticos.

La relación considerada optima para la democracia es en la cual la influencia se


ejerce de abajo hacia arriba, es decir, cuando los actores sociales, mediante sus
representantes, controlan el Estado. Por tanto, la separación de poderes en
democracia se refiere a los nexos entre sociedad civil, sociedad política y
Estado. “En la asociación cada vez más estrecha de esta democracia negativa,
que protege a la población de la arbitrariedad ruinosa del poder, y de una
democracia positiva, es decir del aumento del control del mayor número de
personas sobre su propia existencia, donde descansa hoy en día la acción
democrática”14.

13
Bobbio, N.: “El futuro de la democracia”. Editorial Fondo de Cultura Económica, Colombia, 2000
14
Touraine, A.: “Qué es la democracia”. Fondo de Cultura Económica, Uruguay 1995, p.51-52.
12
En este sentido, la democracia sostiene que el sistema político debe ser
autónomo, para que de esta manera pueda establecer relaciones que permitan
en definitiva que logre, en última instancia, legitimar al Estado. Esto se consigue
sólo si se reconoce la independencia de la sociedad civil y el Estado, además de
su separación. Si se cumple esta lógica, la democracia permite que el flujo de
poder se mueva desde abajo hacia arriba, es decir, desde la sociedad civil al
sistema político y de allí al Estado.

De este modo, “la separación de la sociedad civil, la sociedad política y el Estado


es una condición central para la formación de la democracia. Ésta sólo existe si
se reconoce las lógicas propias de la sociedad civil y el Estado, lógicas distintas
y a menudo hasta opuestas, y si existe, para manejar sus dificultosas relaciones,
un sistema político autónomo tanto frente a una como al otro. Lo que recuerda
que la democracia no es un modo de existencia de la sociedad en su totalidad,
sino verdaderamente de la sociedad política y, al mismo tiempo, que el carácter
democrático de la sociedad política depende de las relaciones de ésta con la
sociedad civil y el Estado”15.

De acuerdo a lo anterior, el sistema político tiene como tarea principal hacer


funcionar la sociedad en su totalidad, coordinando la multiplicidad de intereses
con la unidad de la ley y constituyendo vínculos entre la sociedad civil y el
Estado. La democracia, al interior de este esquema, se sitúa, por tanto, en el
sistema político, ya que ni el Estado ni la sociedad civil son actúan
democráticamente de manera natural. El Estado, por su lado, no es
intrínsicamente democrático porque su trabajo es defender la unidad de la
sociedad nacional, tanto de ataques internos como externos. Mientras que la
sociedad civil sólo se expresará de forma democrática si se representan los
intereses de los actores que la componen.
De esta manera, el sistema político es un puente que enlaza la sociedad civil y
el Estado; si se inclina hacia este último es autoritario, y si lo hace la sociedad
civil es democrático, corriendo, en ciertas ocasiones, el riesgo de perder su
capacidad de unión con el aparato estatal, provocando una reacción
antidemocrática de éste.

15
Ibídem, p.68-69.
13
La democracia se constituye, según Touraine, por tres dimensiones que se
complementan: respeto a los derechos fundamentales, ciudadanía y
representatividad de los dirigentes.
En primer lugar, la representatividad supone la existencia de ciertos actores que
sirven como “instrumento” de los gobernados. Esta noción se entronca
inevitablemente con el pluralismo, el cual es, a su vez, inseparable de la
autonomía y del rol decisivo de las relaciones sociales. Por lo tanto, si no existe
este pluralismo en las relaciones entre los actores sociales no es posible hablar
de democracia, aunque el gobierno haya sido electo por la mayoría.
La segunda dimensión tiene que ver con la condición de ciudadano de los
electores, o sea, cuando el individuo se siente parte del proceso político.
Finalmente, el poder de los gobernantes debe estar, de una u otra forma,
limitado, si no fuera así todo lo anterior, el proceso eleccionario y la condición
de ciudadano, estaría viciado. Tanto es así, que la democracia no seria posible
si este principio no está definido.

De acuerdo a lo anterior, y en parte contrario al pensamiento de Bobbio acerca


de la mayoría, “el rechazo de toda esencialidad del poder es indispensable para
la democracia, lo que expresa concretamente la ley de la mayoría. Ésta no es el
instrumento de la democracia más que si se admite que la mayoría no
representa ninguna otra cosa que la mitad más uno de los electores, que, por lo
tanto, se modifica constantemente, que incluso pueden existir mayorías de
ideas, cambiantes según los problemas a resolver” 16.

En esta misma línea, existen, para Touraine, tres tipos de democracia en


función al grado de importancia que le otorgan a alguna de las tres dimensiones
de ésta. El primero de ellos es el que centra su atención en la limitación del
poder del Estado a través de la ley y el reconocimiento de los derechos
fundamentales. El segundo tipo entrega la mayor relevancia a la ciudadanía, y a
todo aquello que fundamente las leyes. En este sentido, lo que prima es la
voluntad de igualdad sobre el deseo de libertad. Por último, el tercer tipo opone
la democracia a la oligarquía, acercándose a la representatividad social de los
gobernantes.

Con respecto a la representatividad, Touraine aclara que para que ésta exista,
en términos democráticos, es necesario que se logre una correspondencia
16
Ibídem, p.45.
14
extrema entre demandas sociales y ofertas políticas, o sea, entre categorías
sociales y partidos políticos. En segundo lugar, es preciso que estas categorías
sociales sean capaces de crear, o fomentar, la organización autónoma de la vida
social en su propio espacio, es decir, independiente de la vida política. Si los
actores sociales no son capaces, por ellos mismos, de dar sentido a su accionar,
y deben depender de otros, como los partidos políticos, para lograrlo, la
democracia representativa no existe, o por lo menos no funciona.
En este sentido, cuando existe desequilibrio, es decir, cuando los actores
políticos no están subordinados a las demandas de los actores sociales, se
pierde la representatividad. Esta perdida del balance puede expresarse en una
inclinación hacia el lado del Estado, destruyendo la limitación del poder de éste,
o, en ausencia de este primer fenómeno, puede que la sociedad civil se desligue
tanto de la sociedad civil como del Estado, orientándose sólo a acrecentar su
propio poder.
En síntesis, podemos decir que “es en el momento en que actores sociales y
actores políticos están vinculados unos a otros y por lo tanto en que la
representatividad social de los gobernantes está asegurada, cuando la
democracia puede desarrollarse plenamente, siempre y cuando, de todas
maneras, que esta representatividad esté asociada a la limitación de los poderes
y a la conciencia de la ciudadanía”17.

Para finalizar, y sobre la premisa de que la democracia se basa en la


responsabilidad de los ciudadanos de una país, este último espacio será
dedicado al tema de la ciudadanía.
Para Touraine, la ciudadanía no tiene que ver necesariamente con la
nacionalidad, ya que esta última postula la pertenencia a un Estado-Nación,
mientras que la ciudadanía implica el derecho a participar, directa o
indirectamente, en la gestión del país. Por lo tanto, nacionalidad se relaciona
con una solidaridad de derechos, y ciudadanía con la entrega de derechos. Así,
la ciudadanía involucra responsabilidad política para cada uno de los miembros
de la sociedad, en términos de defender la organización que voluntariamente
han construido.

En un sentido practico, la ciudadanía construye marcos normativos, los cuales


establecen la conformación de las mayorías y las minorías. La democracia, bajo
este enfoque, no es compatible con el rechazo de las minorías, pero tampoco
17
Ibídem, p.97.
15
con el de la mayoría por parte de las minorías. Se excluyen, también, las
contraculturas y sociedades alternativas que se definen por su rechazo tajante
de la sociedad en la cual están inmersas, apelando al discurso de dominación.
Como aclara Touraine con respecto a la democracia y la ciudadanía, “la
democracia descansa sobre la creación libre de un orden político, sobre la
soberanía popular, por ende sobre una libertad de elección fundamental en
referencia a toda herencia cultural. La democratización transforma a una
comunidad en sociedad regulada por leyes y al Estado en representante de la
sociedad al mismo tiempo que en poder limitado por derechos
fundamentales”18.

De esta forma, la ciudadanía hace parte de la constitución misma de la


democracia, ocupando un lugar entre la limitación del poder del Estado y la
representatividad de los dirigentes políticos. Cada una de estas dimensiones,
como ya se dijo, cumplen funciones distintas; mientras la ciudadanía se resiste
a la obsesión de la identidad comunitaria, la restricción al poder estatal se
opone al autoritarismo y totalitarismo, y la representación política se
contrapone a la reducción de la sociedad a un conjunto de mercados.

18
Ibídem, p.102.
16
La democracia se debe al consenso.
La noción de democracia para Giovanni Sartori.

Desde un punto de vista teórico, la democracia, para Giovanni Sartori, es


una término vinculado al “debiera ser”, y que existe sólo mientras sus valores e
ideales sean capaces de crearla. Aunque, en la práctica, la democracia es
producto de la serie de interacciones que vinculan los ideales con la realidad,
representando el conflicto entre el “deber” y el “es” de la sociedad.

Para comenzar a definir democracia, Sartori va desde lo más simple a lo más


complejo. En primer lugar, el significado etimológico de democracia es
“gobierno del pueblo”. En términos aristotélicos, la democracia es una forma
impura de gobierno, ya que es la desviación de la politeia.
La noción de pueblo se relaciona con los ciudadanos, haciendo la clara
distinción entre estos y el resto que no posee esta condición. El “pueblo”, por
tanto, no es “todo el mundo” (como fácilmente se podría creer), tanto es así,
que la democracia no sería viable si se incluyera a todos. Esta exclusión, si se
pretende enfocar como democrática, debe estar específicamente justificada.
Ahora, si el “pueblo” se presenta como una idea de mayoría absoluta, sólo
considera a la mayoría. La mayor parte de la población representa, en este caso,
a todos, por tanto sus derechos son ilimitados (absolutos). En sentido contrario,
si hablamos de mayoría limitada se refiere a la restricción de las atribuciones de
la mayoría, en especial se hace alusión al respeto de los derechos de la minoría.

En relación con lo anterior, la elección es un componente en la creación de un


representante. El vinculo que se genera entre éste y el electorado se establece
mediante una expectativa normativa, la cual tiene que ver con la
responsabilidad y rendición de cuentas ante el pueblo soberano. La elección,
como condición sine qua non de la democracia, debe ser una elección libre.
En otras palabras, “las democracias modernas giran en torno a: a)el principio de
la mayoría relativa; b)los procedimientos electorales; y c)la transmisión del
poder que supone la representación. Esto implica que dentro del pueblo como
un todo, parte de él cuenta más y parte, menos; que incluso aquellos que
constituyen una mayoría victoriosa votada no detentan realmente el poder; y
que buena parte de lo que se denomina la voluntad popular parece más el
consenso del pueblo”19.
19
Sartori, G.: “Teoría de la democracia”. Editorial Alianza, España, Madrid 1988, p.54.
17
Así, el papel del poder, al interior de la idea de democracia anterior, es el de
controlar a los que no son parte del gobierno. Esta capacidad debiera ser
utilizada con baja frecuencia en una democracia, más menos, funcional.

Avanzando en la definición de democracia, Sartori precisa que ésta no se reduce


solamente al poder popular, o sea, no es simplemente el gobierno de la
mayoría. La noción completa nos dice que se trata, en definitiva, del “gobierno
de la mayoría limitada”, que respeta los derechos de la minoría.
De esta forma, esta noción de límite, es la pieza fundamental de la democracia,
lo cual no merma los principios de la libertad individual.
Además, si la democracia se expresa como “limitada” por los derechos de la
minoría, se estaría correspondiendo con todo el pueblo, es decir, integrando a
todos, sin importar su condición en términos cuantitativos. “Debido
precisamente a que el gobierno de la mayoría está limitado, todo el pueblo
(todos lo que tienen derecho al voto) está siempre incluido en el demos”20. Así,
se presupone que la lógica de la mayoría pretende mayorías cambiantes, en
donde las diversas partes del cuerpo político puedan ser alternativas de poder.
En este contexto, la idea de libertad, de la mano de la democracia, es individual
al mismo tiempo que social, en el sentido que se permite una amplitud del
marco restrictivo en el cual se mueven las decisiones.

Entonces, Sartori, en forma similar a Bobbio, asevera que los derechos de la


minoría son la condición necesaria del proceso democrático mismo. Si estamos
comprometidos, continua, con tal proceso, también debemos estarlo con un
gobierno mayoritario refrenado y limitado por los derechos de la minoría. Lo
que Sartori considera como algo “fundamental” para cualquier democracia, es lo
que Bobbio denomina pluralidad, en términos de una multiplicidad de actores
sociales, tales como partidos políticos, minorías étnicas, etc.

Por un lado, la democracia efectivamente concede el derecho a todos y cada uno


de los ciudadanos a decidir su destino, como un “pueblo”. Por lo tanto, las
opciones que indican un consenso colectivo, o en caso contrario un disenso
general, respecto al gobierno, son expresadas por los gobernados en las
elecciones, que son, en buenas cuentas, el único mecanismo institucionalmente
capacitado para validar una opción política.
20
Ibídem, p.57.
18
La “aceptación” de estas decisiones colectivas se basa en una idea de compartir,
que de una u otra forma vincula u obliga. Bajo este enfoque, se comparten,
según Sartori, los valores fundamentales (libertad e igualdad), las reglas del
juego o procedimientos, y el gobierno y las políticas públicas.

En lo que respecta al consenso, que, como ya se dijo, es una especie de


equilibrio en lo que a decisión se refiere, es el pilar sustancial del proceso
democrático. Se distinguen, en este sentido, tres tipos de consenso: un
consenso a nivel de comunidad, o consenso básico; un consenso a nivel de
régimen, o consenso procedimental; y un consenso a nivel de régimen o
consenso político.
Sartori habla de consenso como un facilitador de la democracia en términos de
condicionante para ésta. Construye tipos de importancia para la democracia de
los tres tipos de consenso. En primer lugar, “el consenso básico, o acuerdo
sobre lo fundamental (las creencias valorativas y la estructura de nuestro
sistema de creencias), es una condición que facilita, aunque no sea una
condición necesaria para, la democracia. Es un consenso que la democracia
puede conquistar como producto final. En cambio, el consenso procedimental, y
sobre todo el consensus sobre la norma de solución de los conflictos, y las
normas complementarias, son una condición necesaria, verdaderamente el
prerrequisito de la democracia. Este consenso es el comienzo de la
democracia”21.

Ahora que ya sabemos cuál es la base de la democracia, podemos situarnos en


los aspectos prácticos de ésta.
Retomando el tema de las elecciones, se determina que éstas no fijan la política,
sólo deciden quién habrá de resolver los problemas. Sartori establece, en
respuesta a lo volátil del comportamiento electoral, dos modelos que
proporcionan una imagen global. El primero es el denominado voto en función
del problema, el cual presenta la siguiente secuencia: consideración prioritaria
de un problema; percepción del problema; voto al candidato o partido que
aparece más próximo a las posiciones frente al problema. El segundo modelo,
llamado identificación de un partido, se expresa así: autoposicionamiento en un
espectro de izquierda-derecha o progresista-reaccionario; imágenes de los
partidos, correspondiente a las posiciones en el espectro; acto de votar al

21
Ibídem, p.124.
19
partido con el que uno se identifica, es decir, al más próximo en el espectro
pertinente.
Así, como las elecciones estipulan finalmente que quién deberá decidir no es el
electorado sino los representantes, se traslada la carga de racionalidad hacia
estos últimos. Por lo que, se hace menester poseer una opinión pública
autónoma, que apoye, mediante las elecciones, gobiernos que cuenten con el
consenso del pueblo, los cuales, a su vez, sean sensibles ante las opiniones del
público.

Dejando un poco de lado el aspecto netamente electoral, podemos mencionar


otras características de la democracia. Ya se mencionó la democracia electoral,
ahora nos centraremos en la denominada representativa, directa y de
referéndum.
Sartori define estos tres tipos de democracia en función del tipo de relación que
existe entre el “pueblo” y la autoridad. La democracia representativa, en primer
lugar, es un tipo de democracia indirecta, en la cual el pueblo no gobierna, pero
elige representantes para esa tarea. En lo que respecta a la relación entre
democracia representativa y electoral, esta última es una condición necesaria,
aunque no suficiente, para la primera. Por otro lado, la democracia directa se
define, como aquella que carece de representantes y de correas de transmisión
representativas. Esta forma de democracia, en cualquiera de sus enfoques, es
una democracia autogobernante, aunque su existencia se limite sólo a
sociedades muy pequeñas (tal como lo pensaba Bobbio), del tamaño de una
asamblea. Por último, la democracia de referéndum es aquella en la que el
demos decide directamente los problemas sin reunirse, sino caso por caso, a
través del instrumento del referéndum.

Bobbio proponía un tipo de “democracia integral”, la cual conjugaba la


democracia representativa y la directa, mientras que Sartori estipula que la
democracia de referéndum otorga las soluciones que presenta la directa. Se
superan, en base a la tecnología, las limitaciones derivadas del tamaño y del
espacio de la democracia directa, de la cual se conservaría la naturaleza directa
de las interacciones.
Este salto se realiza en respuesta a la idea de que “la participación no es un
mero ser parte de (el mero hecho de estar envuelto en algún acontecimiento), y
aún menos un ser hecho parte de involuntario. La participación es

20
automovimiento y, por tanto, lo contrario del heteromovimiento (por otra
voluntad), es decir, lo opuesto a movilización”22.

De esta forma, la democracia de referéndum se relaciona con una especie de


macrodemocracia que reemplaza a la democracia representativa, alcanzando la
condición de, lo que Sartori llama, democracia gobernante. En este caso, y como
cada miembro de la sociedad debe tomar parte en la toma decisiones, la carga
de responsabilidad de la opinión pública es mayor, lo cual supone que, a
diferencia de la democracia electoral, la racionalidad recae en el público y no en
los representantes que están ausentes. Así, la información pasa a ser la
componente trascendental en el proceso, ya que el conocimiento será lo único
que permita opinar adecuadamente sobre las problemáticas que afecten a la
sociedad en general.
En este sentido, Touraine, reforzando las ideas de Sartori en lo que a formación
cultural de la ciudadanía se refiere, plantea que son los ciudadanos los llamados
a jugar el rol fundamental en una situación de democracia, ya que tienen una
carga normativa central en todo el ámbito de regulación de derechos y deberes
en una relación reciproca entre sociedad civil y Estado.

Paulatinamente, la democracia de referéndum permite que, por un lado, se


construya un poder altamente visible, al mismo tiempo que desplaza de la
esfera política los ajustes automáticos (o predeterminados). Así, tal como lo
planteaba Bobbio, cuando se eliminan las acciones de ante mano aseguradas, se
construye mayor visibilidad de las decisiones políticas, pues todo el electorado
es parte del proceso, ya sea ejerciendo control sobre el mismo o simplemente
conociendo el tema a tratar.

Para finalizar, tanto para Bobbio como para Touraine la democracia


representativa, aunque con conclusiones distintas, genera oligarquías
gobernantes. Sin embargo, Sartori recalca que la democracia no es culpable de
este fenómeno, sino que la política seria la responsable, ya que sus principios
necesariamente implican dominación, supraordinación, y, en definitiva,
jerarquía de las sociedades. Esto es lo que Sartori llama dimensión vertical de la
política.
La democracia, bajo este enfoque, es la única noción capaz de superar la
verticalidad de la política, haciéndola horizontal. Aunque Sartori reconoce que la
22
Ibídem, p.153.
21
democracia representativa torna vertical a la política, asevera que el resultado
es el mismo si se entrega todo el poder a “los muchos” o a “los pocos”. La
solución radica en distribuir los recursos de poder sucesivamente entre las
mayorías y las minorías. En síntesis, “la opinión pública, la democracia electoral,
la democracia participativa, la democracia de referéndum, todas representan
una ejecución y difusión horizontales de la democracia. Este en un comienzo
correcto, pues el carácter único de la democracia reside precisamente en
establecer o restablecer la dimensión horizontal de la política”23.

23
Ibídem, p.168.
22
Bibliografía.

· Bobbio, Norberto: “El futuro de la democracia”. Editorial Fondo de


Cultura Económica, Colombia, 2000.

· Sartori, Giovanni: “Teoría de la democracia”. Editorial Alianza,


España, Madrid 1988.

· Touraine, Alain: “Qué es la democracia”. Fondo de Cultura


Económica, Uruguay 1995.

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