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ESTE LIBRO TRATA DE CIENCIA, una de las habilidades más maravillosas -si no la que

más- que hemos inventado y desarrollado los humanos. No hay más que echar un
vistazo a la historia de la humanidad, y enseguida se comprueba la fuerza
transformadora que posee la ciencia. Sin el conocimiento que ésta nos ha
suministrado aún seguiríamos viviendo, más o menos, como hace milenios,
diferenciándonos acaso no demasiado de los primeros miembros de nuestra especie,
los Homo sapiens, cuando éstos comenzaron su camino hace aproximadamente 200.000
años. Lo que significa, por supuesto, que viviríamos menos y sufriríamos más,
mucho más. La ciencia y la tecnología pueden ser -y sin duda son- partícipes
destacados en algunos de los males que desde hace algún tiempo afligen o amenazan
a la humanidad (los casos de la polución medioambiental y el cambio climático) al
haber dado lugar a que se creasen los medios para que semejantes situaciones hayan
sido posibles, pero no debemos olvidar otras cosas. La primera, eso que acabamos
de señalar: que el conocimiento científico es el principal responsable de que
vivamos más y suframos menos. Pensemos, por ejemplo, en lo que significó la
introducción a lo largo del siglo XIX de la teoría microbiana de la enfermedad, y
de técnicas médicas como las de anestesia y asepsia. (...)

¿Y qué decir de la capacidad de comunicarse con otros? Sumergidos como estamos en


el mundo de la información y las telecomunicaciones, nos parece que siempre fue
así. En absoluto. Hasta medidos del siglo XIX no comenzó a alumbrarse el mundo de
las comunicaciones utilizando señales electromagnéticas. Nos estamos refiriendo a
la telegrafía, primero terrestre y luego submarina. Pensemos lo que significó en
la historia de la humanidad el establecimiento, en 1866, del primer cable
submarino que unió Europa con Norteamérica. (...)

No hay que desdeñar, ¡en absoluto!, lo que han significado algunas novedades
sociopolíticas, incluyendo los derechos civiles o la racionalización en la
planificación de las ciudades, por poner dos ejemplos diferentes. Pero si
comparamos, por citar un caso, cómo era la vida en el siglo XVII, cuando Newton
compuso su maravilloso y seminal libro, Philosophiae Naturalis Principia
Mathematica (1687), y cómo en el siglo XX inmediatamente surgen las preguntas:
¿Por qué en el siglo XX -en el que, por supuesto, no había desaparecido (al igual
que hoy) la pobreza, la incultura y el desamparo- se vivía más y mejor, se podía
viajar a (y comunicarse con) otros lugares, antes accesibles únicamente (para
aquellos, no muchos, que sabían leery podían comprarlos) a través de libros de
viajes? (...) ¿Por la extensión de la democracia y de los derechos civiles?
¿Porque hubiese menos analfabetos? No, por supuesto que no. La razón de las
diferencias se encuentra únicamente en lo que cambió la ciencia, en lo que ésta
permitió hacer.

Pero no se trata solo de utilidad, de avances que nos facilitan la existencia.


Vivimos en un medio, rodeados de una serie de fenómenos naturales, que, si lo
pensamos bien, no podemos sino calificar de enigmáticos, y desde luego de
maravillosos. El Universo, el conjunto de todo, el hogar de innumerables galaxias,
formadas a su vez por millones y millones de estrellas, planetas, así como otros
objetos (meteoritos, asteroides, polvo interestelar...), sobresale por encima de
cualquier objeto en lo que a capacidad de maravillarnos y sorprendernos se
refiere. ¡Son tantas las preguntas que suscita! La primera, evidentemente, la de
cómo surgió (...) Pero luego, muchas otras. (...)

Y dejando de lado el Universo, nuestro planeta, la Tierra, y el sistema solar nos


plantean también todo tipo de preguntas ¿De qué está formada la Tierra y cuál es
su estructura? (...) ¿Qué es la vida y cómo surgió?. Y también, ¿cómo es que hay
tantas formas distintas de vida?, ¿de qué manera se transmiten los rasgos
característicos de una especie y de un individuo de padres a hijos, de generación
en generación? (...)
A lo largo de los siglos, los humanos han ido dando respuestas a bastantes de
estas cuestiones. Claro que según lo hemos hecho, nos han surgido otras; muchas
más, de hecho, de las que nos habíamos planteado inicialmente. Solo hasta la
invención, en el siglo XVII, del telescopio, comenzó el Universo a mostrar su
variedad y complejidad. Hasta comienzos del siglo XX, las fuerzas que se suponía
existían en la naturaleza eran únicamente dos: la gravitacional y la
electromagnética, frente a las cuatro actuales (...)

Como ves querido lector, la ciencia constituye un mundo maravilloso, absolutamente


fascinante. Y sin embargo, ¡se la conoce tan poco! Es una de las grandes
desconocidas sociales, no importa que crezca la conciencia de su importancia.

Se dirá -dirás acaso tú mismo, amigo lector- que se trata de unos saberes muy
difíciles, imposibles de dominar por todos aquellos que no han recibido la
formación necesaria, una formación, además, que requiere de muchos años de
estudios. Esto es cierto, por supuesto, pero no estamos hablando de esto, de que
todo el mundo -ni siquiera una parte significativa de la sociedad- posea tales
conocimientos y educación. De lo que estamos hablando es de que el conjunto de la
sociedad tenga una cierta cultura científica. Que una persona que se considere
educada no ignore de qué tratan, por ejemplo, la mecánica newtoniana, teorías como
la de la evolución de las especies, la del campo electromagnético, la relatividad
especial y la relatividad general, o la mecánica cuántica; que tenga algunas
nociones de cómo se forman al menos algunos compuestos químicos(enlace químico),
de como es posible que vuelen los aviones, sepa qué es el ADN y qué papel
desempeñan los procesos hereditarios (...) ¿Y qué decir de los grandes
científicos? No se es culto sólo sabiendo quiénes fueron (y algo de lo que
hicieron) Homero, Platón, Cervantes, Shakespeare, Miguel Ángel, Velázquez,
Beethoven, Mozart, Goethe o Van Gogh, sino no ignorando quiénes fueron Euclides,
Arquímedes, Copérnico, Galileo, Descartes, Newton, Darwin, Pasteur, Einstein,
Watson o Crick (...).

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