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Un relato jamás contado

Dedicado a Red y a Natalia: un dulce relato del florecer de un amor nuevo.

¡Una cita… con Elena Gilbert!

Matt volvió a abrir nerviosamente el billetero y contó el dinero que tenía. Un billete de diez dóla-

res y seis centavos que quedaban de lo que los seis vecinos de la calle sin salida le habían dado

por rastrillar todas las hojas otoñales de cada patio y amontonarlas en una hoguera gigantesca. El

resto había ido a parar a la compra de aquel nuevo e impoluto par de informales pantalones de ves-

tir. Siete dólares y veinte centavos que quedaban de lo obtenido limpiando desvanes y segando

céspedes —el resto de aquel dinero se había invertido cuidadosamente en la chaqueta que llevaba

en aquel momento— una cazadora de tela con el emblema del instituto no resultaría apropiada en

esta ocasión, y había oído que a Elena no le gustaban. Un billete de diez dólares por ayudar al se-

ñor Muldoon a cambiar con sumo cuidado todas las bombillas de la casa que el anciano caballero

ya no podía alcanzar.

Veintisiete dólares y veintiséis centavos… más…

Dio la vuelta al billetero y lo sacó de su lugar especial de honor: un compartimento oculto en el

lateral de la cartera. Y allí estaba, doblado por la mitad, tan tieso y con aspecto de nuevo como

cuando se lo había dado tío Joe.

Un billete de cien dólares.

Recordaba a tío Joe… tío abuelo, en realidad, pero llamado siempre tío, introduciéndole el bi-

llete en la mano mientras las enfermeras estaban fuera de la habitación.

—No lo malgastes en cualquier cosa —había musitado tío Joe con su voz chirriante—. Guárda-

lo hasta que aparezca una ocasión especial. Sabrás cuando es el momento adecuado. Y por el

amor de Dios… —una pausa, mientras tío Joe padecía un prolongado y violento ataque de tos y

Matt le mantenía incorporado—, no te atrevas a gastarlo en cigarrillos, ¿de acuerdo? No caigas en

ese vicio, porque no hará más que acarrearte problemas.

Entonces Matt había bajado con suavidad a tío Joe hasta el lecho. Se iniciaba un ataque de tos

demoledora y Matt quería que una enfermera comprobara el nivel de saturación de oxígeno de su
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tío. Era 85 cuando debería haber sido 100; a lo mejor tío Joe necesitaba más oxígeno.

Aquello había sucedido hacía exactamente dos años y dos días. Exactamente hoy hacía dos

años que tío Joe había muerto.

Matt se encontró apretando dolorosamente un puño contra el muslo. Era duro, duro recordar

como se había ido tío Joe.

Pero en aquel momento, contemplando el billete de cien dólares, en todo en lo que Matt era

capaz de pensar era en la sonrisa pícara del hombre y sus palabras roncas. «Sabrás cuando es el

momento adecuado.» Sí, tío Joe lo había sabido, ¿verdad? Matt habría reído hasta explotar si tío

Joe le hubiese dicho en qué se gastaría realmente el precioso dinero. Con apenas catorce años, en

la mente del joven Matt las chicas no eran muy distintas a molestos piojos. De acuerdo, ya sabía

que se había despertado un poco tarde, le había costado un poco. Pero ahora ya se había puesto al

corriente. E iba a llevar sus pantalones nuevos y una camisa planchada, una auténtica corbata que

su madre le había regalado la Navidad anterior, y su chaqueta sport totalmente nueva al aconteci-

miento más maravilloso que podía concebir.

Gastarse cien dólares en una noche con Elena Gilbert.

Elena… simplemente pensar su nombre le hacía sentir como si estuviera bañado en luz solar.

Ella era un auténtico rayo de sol. Con aquella maravillosa melena doraba que le flotaba hasta la mi-

tad de la espalda, con una tez, del color de las flores del manzano, incluso después de la estación

de los bronceados, con ojos que eran como luminosos estanques azules con motas doradas, y la-

bios…

Aquellos labios. Junto con los ojos, podían poner a un chico bocabajo y del revés en un instan-

te. En la escuela aquellos labios mostraban siempre un leve mohín de modelo, como si dijeran:

«¡Vaya, pues! ¡Esperaba más que esto!»

Pero Elena no exhibiría ningún mohín esa noche. Matt no sabía de donde había sacado el valor

—antes le habría volcado un cubo de hielo en la cabeza al entrenador de rugby Simpson después

de que hubieran perdido un partido—, pero se las había apañado para armarse de valor e invitarla a

salir. Y ahora, con el billete de cien dólares de tío Joe, iba a llevar a cenar a Elena como Dios man-

da, a un auténtico restaurante francés: sería una cita que ella jamás olvidaría.

Dirigió una repentina mirada al reloj. ¡Era hora de marchar! Desde luego no podía llegar tarde.

—¡Eh, mamá! ¡Son las siete menos cuarto! ¡Me voy!


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—¡Espera, espera, Matt! —La señora Honeycutt, menuda y regordeta y oliendo a galletitas,

apareció casi a la carrera por el pasillo—. ¿Irte sin dejar que te vea al menos? —le regañó con ojos

radiantes—. ¿Quién te planchó la camisa, si se puede saber? ¿Quién se enteró de lo de la liquida-

ción de americanas para empezar?

Matt emitió un fingido gruñido y se quedó quieto, genuinamente ruborizado, mientras ella le mi-

raba de cabo a rabo.

Por fin, la señora Honeycutt suspiró:

—Tengo un hijo muy guapo. Te pareces a tu padre.

Matt se sintió enrojecer más violentamente aún.

—Bien, vas a llevar puesto tu abrigo…

—Sí, por supuesto, mamá.

—¿Estás seguro de que llevas suficiente dinero?

—¡Sí! —respondió Matt.

«¡Sí!» pensó, jubiloso.

—Quiero decir, que esta chica Gilbert, una oye toda clase de cosas sobre ella. Sale con chicos

del instituto. Ella espera la luna cuando tiene una cita. No tiene padres que velen por ella. Es…

—Mamá, no me importa con quien ha estado saliendo; tengo dinero en abundancia; y ella vive

con su tía… ¡cómo si fuese culpa suya que sus padres murieran en un accidente! ¡Y si yo me quedo

aquí parado otro minuto, acabaré con una multa por exceso de velocidad!

—Bueno, si me dejas que vaya en busca de mi monedero, te daré diez dólares, para que estés

cubierto, por si acaso…

—¡No hay tiempo, mamá! ¡Buenas noches!

Y en un instante estaba ya en el garaje, oliendo los familiares aromas a grasa y aceite y óxido y

moho.

Su coche…, bueno, tenía en cierto modo la esperanza de que Elena no mirase el coche. La in-

troduciría y sacaría de él a toda prisa. El vehículo era simplemente una colección de diversas pie-

zas sacadas del depósito de chatarra que, de algún modo, Matt había conseguido incorporar al ar-

mazón del cacharro de su padre y usar como medio de transporte. Mentalmente, se refería a él co-

mo «El Montón de Basura». Pero no había nada que pudiera hacer al respecto, así que simplemen-

te esperaba que Elena no viera gran cosa de él en la oscuridad. Había memorizado el camino hasta
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Chez Amaury, de modo que no tuviera que encender la luz para mirar el mapa.

¡Vaya, Cielos!

Era la calle de Elena. ¡Ya había llegado! Tragando saliva con una especie de jadeo sin poderlo

evitar, Matt se aflojó un poco el cuello de la camisa mientras hacía girar el coche. Se sentía como si

se estuviese ahogando.

«Bien.» Tragó saliva. «Estoy frente a su casa. Apago el motor. Saco las llaves del contacto.»

«Bien.» Tragó saliva. Las llaves estaban ya en su bolsillo. «Estoy frente a la puerta.»

«Bien —le costaba respirar—, pulsemos el timbre.» Matt pasó casi un minuto armándose de

valor y luego se obligó a presionar el pequeño botón redondo.

Sonó un distante campanilleo…

Y a continuación se encontró contemplando a una mujer delgada, más bien poco agraciada,

que le dedicó una sonrisa radiante y dijo:

—Tú debes de ser la nueva cita de Elena. Entra, entra. Ella está todavía arriba, ya sabes estas

jovencitas…

La mujer parecía tan hospitalaria y amable como su propia madre, e hacía todo lo que podía

por hacerle sentir a gusto. Pero finalmente se produjo una pausa en la conversación que no podía

pasarse por alto.

—Us…usted es la tía de Elena, ¿verdad? —consiguió preguntar Matt.

—¡Sí! ¡Vaya, no me digas que olvidé presentarme otra vez! Sí, y tú puedes llamarme sencilla-

mente tía Judith como hace todo el mundo. Bien, te traeré unas patatas fritas o algo mientras espe-

ras. Estas jovencitas, ya sabes. ¡E-LE-NAAA!

Marchó a toda prisa mientras Matt se encogía y se abstenía con firmeza de taparse los oídos.

—Aquí tienes; unas patatas.

Tía Judith entraba presurosa con un bol. Pero los ojos de Matt no estaban puestos en ella. Es-

taban fijos en la visión de azul que descendía la escalera.

Matt había oído hablar de cosas tan deslumbrantes que te cegaban, pero jamás había imagi-

nado que llegaría a ver realmente algo que respondiera a aquella metáfora en carne y hueso. Y sin

embargo allí estaba, delante de él, descendiendo por la escalera.

Elena era un ángel.

Eso era lo que el vestido de algún modo insinuaba. Era… bueno, Matt no sabía los nombres
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correctos para tales cosas, pero no tenía tirantes y digamos que reseguía sus curvas en la parte

superior. El color era un pálido azul plateado que le hizo pensar en luz de luna o en nieve. La parte

superior llevaba un bordado hecho con una especie de abalorios transparentes, y había una flor pla-

teada a la altura de un hombro. La falda del vestido eran capas y capas de un material transparente

—¿chifón?— y las capas se esponjaban y desbordaban hasta alcanzar las rodillas de Elena. Las

largas y espléndidas piernas parecían aún más largas y espléndidas de lo acostumbrado, y calzaba

unos preciosos zapatos plateados de tacón alto adornados con flores que hacían juego con el ves-

tido.

Elena le sonrió mientras bajaba por la escalera y justo por un instante Matt pensó en todos los

otros chicos a quienes ella había sonreído de aquel modo. Descender por aquellos peldaños vesti-

da de punta en blanco era un acontecimiento habitual para ella, sonreír a un chico algo cotidiano.

Pero entonces Matt eliminó tal pensamiento de su mente. Elena y él iban a pasar una velada mag-

nífica juntos. Esa noche aquella sonrisa era sólo para él.

—Oye, quiero asegurarme de que no cojas frío…

Empezó a decir tía Judith, cuando Elena, sin apartar los ojos de él, dijo:

—Hola, Matt.

La voz era dulce, con apenas un vestigio de un acento sureño que persistía en el oído y hacía

que todo lo que decía sonara como un secreto que te contaba únicamente a ti.

Matt sintió que se le hacía un nudo en la garganta. No conseguía pronunciar ni una palabra, no

mientras estaba tan cerca de ella, tan cerca que podía oler su perfume. Olía a rosas en verano, y a

espliego procedente de un viejo arcón para guardar el ajuar. Y también a… otro aroma que debía

de ser su fragancia natural, eau de Elena. Matt se alegró de haberse raspado la mugre y la grasa

de las uñas con un cepillo de dientes y haberse restregado el resto del cuerpo hasta enrojecer co-

mo una langosta en un esfuerzo por desprenderse del olor a coche viejo y a desván mohoso.

Pero todavía no había hablado. Y entonces, de algún modo, tío Joe, que parecía vivir en el bol-

sillo posterior de Matt, le dio un golpetazo y las palabras, «Estás muy guapa, Elena», salieron en

tropel.

Sí que estaba muy guapa. Su tez era como pétalos de magnolia, pero siempre con aquel leve

tono rosáceo en los pómulos. No llevaba ningún maquillaje que Matt pudiera apreciar… pero ¿cómo

podía estar seguro uno hoy en día en lo referente a chicas? Las pestañas eran largas, espesas y
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oscuras y parecían casi demasiado pesadas para sus párpados… como si, admitió Matt interior-

mente, se sintiera levemente aburrida con lo que veía. Pero los ojos que enmarcaban brillaban con

una ansiosa llama llena de vida y eran realmente azules con pequeñas pinceladas de oro puro aquí

y allí en ellos. Los labios, no obstante… sí, llevaba lápiz de labios. No sabía que nombre tenía aquel

color pero debería de haberse llamado Invitación a Delinquir.

De improviso, Matt se quedó paralizado. Se escucharon risitas no muy lejos —múltiples risi-

tas— y no procedían de Elena. Volvió ligeramente la cabeza y vio, sí, a las “Cuatro Magníficas”, las

chicas más deseadas del instituto Robert E. Lee. Las mejores amigas de Elena. Parecían un arco

iris.

La morena Meredith Sulez, vestida con algo de aspecto cómodo en color lavanda, le echó un

vistazo y sonrió. Caroline Forbes, vestida de un modo más formal en color turquesa —¿quizás tam-

bién iba a salir con alguien?—, le sonrió afectadamente y agitó los cabellos color castaño rojizo. Y

la delicada y menuda Bonnie McCullough, la atractiva pelirroja vestida en verde pálido, se cubrió la

boca con los dedos, sin dejar de reír tontamente.

Evidentemente, estaban allí para pasarle revista.

—Oíd, chicas —esa fue Caroline—, a mí me parece uno de ésos a los que se les van las ma-

nos.

—Entonces no puede salir con ella. Nadie se propasa con Elena… —dijo Meredith.

—De todos modos no puede salir con ella —indicó Bonnie—. ¡No nos ha pedido permiso!

—Creo que saldré yo con él en su lugar —dijo Caroline—. ¡Él y yo nos conocemos desde hace

mucho y es mono!

—¿Mono? —terció Meredith—. ¡Es divino! Y un quarterback, además. Aunque todavía no está

totalmente formado.

—Debería comer más carne —comentó Caroline.

—Tiene el cabello rubio y los ojos azules —dijo Bonnie—. Igual que en un cuento de hadas.

—Yo digo que lo secuestremos y nos lo quedemos para nosotras —propuso Caroline.

—Todo depende de lo bien que nos lo suplique —terció Meredith.

«¿Suplique? —pensó Matt—. ¿Qué van a obligarme a hacer, ponerme de rodillas?»

Elena, que se había estado poniendo con calma una torera azul plateado y comprobando su

rostro en el espejo de una pequeña polvera, cerró entonces el espejito con un chasquido.
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—Son una lata —dijo a Matt, indicando con la cabeza a las tres muchachas—. Pero es más fá-

cil si simplemente les pides permiso para salir conmigo. Eso es lo que quieren, pero si no nos da-

mos prisa se nos hará tarde. Intenta que resulte florido, también; les gusta eso.

¿Florido? ¿Pronunciar un discurso florido frente a tres de las censoras más severas en lo to-

cante a chicos que la humanidad había producido jamás? ¿Mientras Elena escuchaba?

Matt carraspeó, se atragantó y sintió un fuerte manotazo en el trasero. Tío Joe volvía a ayudar-

le. Abrió la boca sin la menor idea de qué iba a decir. Lo que surgió fue:

«¡Oh, hermosísimas flores de la noche… en este trance ayudadme!

Por favor permitidme robar esta flor excepcional; para velar por ella

con devota atención,

debo suplicar vuestra amable aprobación

antes de arriesgarme a su veloz extracción.»

Se produjo un profundo silencio. Por fin, Caroline sacudió la melena color bronce y dijo:

—Supongo que lo tenías preparado con antelación. Ese medio zaguero de Terry Watson te lo

contó. O aquel otro chico del equipo de rugby… cómo se llame…

—No, no lo hicieron —dijo Matt, obteniendo el valor de dos lugares: el bolsillo trasero y su larga

relación con Caroline Forbes—. Nadie me lo contó y no planeo contárselo a nadie más. Pero si no

salimos de aquí, ahora mismo, vamos a llegar tarde. ¿Puedo llevármela o no?

Ante su sorpresa todas las chicas empezaron a reír y aplaudir.

—¡Nosotras decimos: sí! —gritó Meredith, y entonces todas se pusieron a decirlo a gritos, y

Bonnie le lanzó un beso.

—Sólo una cosa —intervino tía Judith—. Por favor decidme a donde vais esta noche, por sí…

bueno, ya sabéis.

—Desde luego —respondió Matt, sin una mirada a lo alto a las chicas—. Es Chez Amaury.

Se escucharon unos susurros por encima de su cabeza, murmullos en toda una serie de ca-

dencias distintas, que en esencia venían a decir: «¡Vaya!»

—Es uno de mis favoritos —indicó Elena con suavidad.

Uno de sus favoritos. Matt se sintió encoger; luego, tras recibir una patada en el trasero proce-
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dente de tío Joe, se irguió muy tieso y se sintió mejor. Al menos había elegido un buen restaurante.

Entonces, antes de que supiera qué sucedía, Matt se vio empujado al exterior y se encontró só-

lo en el porche… con Elena.

—Lamento ese numerito —dijo ella con aquella voz suya serena y dulce, alzando los ojos hacia

él como una niña pequeña—. Pero insisten en hacérselo a todos los chicos nuevos. Es realmente

infantil, pero empezamos a hacerlo en tercer año. El tuyo fue el mejor poema que he oído nunca.

¿Quién podía enfurecerse con ella? Matt la escoltó hasta el coche y le abrió la portezuela del

pasajero tan deprisa como pudo y la instaló dentro. Luego dio la vuelta corriendo hasta su lado de

El Montón de Basura y entró en el vehículo.

—Y bien —dijo Elena después de que él hubiera girado alejándose de la ciudad—, ¿vamos a

alguna parte antes del restaurante? —Habló sin siquiera parecer ver —ni oler— nada inusual en el

vehículo.

—Sí, nuestra primera parada; es un secreto. Creo que conseguiremos llegar a las siete treinta.

Espero que te guste.

Por primera vez, Elena lanzó una sonora carcajada, mirándole de soslayo. Y la risa fue cálida y

genuina y actuó como un bálsamo para todos los sentidos de Matt. La mirada fue veloz, inteligente

y divertida.

—Estás lleno de sorpresas —dijo Elena, y ante la sorpresa del muchacho, deslizó una mano

fresca y delgada en la suya.

Matt no pudo explicar la sensación en aquel momento. Fue sencillamente como un rayo fluyen-

do desde los dedos fríos de la muchacha a la palma de su mano y brazo arriba para luego seguir

ascendiendo hasta electrocutarle el cerebro con un millón de voltios.

Era lo mejor que le había sucedido nunca.

También fue una suerte que el coche supiera llegar a la floristería por su cuenta, porque desde

luego el cerebro de Matt no estaba allí para dirigirlo. Elena charló sin parlotear tontamente, y sin de-

jar pausas incómodas cuando él tenía que tragar aire. La joven habló sobre las decoraciones para

el “Baile de Otoño”, contó una divertida historia sobre cómo, mientras intentaba desenredar los fo-

cos de colores para el Baile, había acabado atrapada en las vigas del techo, y finalizó con un chiste

genuinamente divertido que no era ni obsceno ni desairaba ninguna cultura, raza o sexo.

Matt Honeycutt se enamoró.


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No había reparado en que no había estado enamorado antes: sólo encaprichado. Desde luego

cualquiera podía encapricharse de Elena, del modo en que las abejas se ven atraídas hacia las flo-

res. La joven emitía feromonas; se ajustaba a la imagen perfecta de la muchacha perfecta que es-

taba de algún modo entretejida en los genes de todo muchacho caucásico, o si no se les había im-

buido en ellos ya a los tres años. La belleza de Elena era perfecta, carente por completo del menor

defecto. Pero si uno se quedaba sólo en eso, uno no estaba hablando de amor realmente.

Amor era cuando uno llegaba a conocer a la chica que había tras la máscara… como él estaba

seguro que estaba haciendo en aquellos momentos. Amor era cuando uno veía el mundo a través

de los ojos de una muchacha inocente, alegre y graciosa, lo cual él no podía evitar hacer cuando

ella hablaba. Desde luego, estaba un poco pagada de sí misma, pero ¿cómo no podía estarlo, tal y

como la trataba todo el mundo? No le pareció que fuera algo tan malo. Él mismo deseaba mimarla.

—De acuerdo —dijo—. Estamos llegando a la primera parada. Cierra los ojos.

Elena rió. El sonido mismo de su voz era como el canto de un pájaro. Matt bajó del coche.

Y entonces el corazón empezó a latirle con violencia… y no de un modo positivo. La puerta de

Las Flores estaba cerrada y los escaparates sin luz. Lo había planeado todo con antelación, incluso

había pagado por adelantado una rosa blanca. Iba a dársela a Elena, con una única rama de hele-

cho plumoso detrás y un ramillete de velo de novia delante… ¡e incluso había pedido que todo es-

tuviese sujeto con un lazo azul!

Y ahora… la puerta no se abría bajo su mano forcejeante. Había perdido demasiado tiempo. Lo

había estropeado. Los floristas se habían ido, y ni siquiera habían dejado su rosa en una caja junto

a la puerta.

Matt no sabía cómo reunió el valor para volver a entrar en el coche.

Pero Elena le sonreía, con los ojos bien abiertos.

—Elena, lo siento… yo… sencillamente…

—No es culpa tuya…, es mi culpa por retrasarte. ¡Matt, lo lamento tanto! Pero esto no es un

baile. No tenías que comprarme flores.

Matt abrió la boca para contarle la historia de la rosa blanca, luego volvió a cerrarla. Deseaba

con toda su alma contársela, pero ¿no le haría eso parecer aún más patético? Finalmente, apretó

los dientes y dijo en una voz que intentó que sonara desenfadada.

—Bueno, era sólo algo que quería comprarte. No importa. A lo mejor tendré otra oportunidad
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esta noche.

—¿Vamos bien de tiempo ahora al menos?

Matt miró el reloj.

—Sí, por los pelos. Asegúrate de llevar atado el cinturón.

Y entonces Matt tuvo una experiencia única en la vida: ver a Elena llevar a cabo su número pa-

ra reconfortar a alguien. Al principio no dijo nada, no hizo nada, se limitó a sentarse un poco inclina-

da al frente, sonriendo para demostrar que le gustaba la canción que sonaba. Y luego, cuando él se

las arregló para engullir el nudo de desilusión que sentía en la garganta y tragárselo, reparó en que

ella le miraba y le sonreía. Y no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—Sí, vamos a llegar a tiempo —dijo, y advirtió que lo decía con alegría.

La noche acababa de empezar. A lo mejor habría vendedores ambulantes de flores en Chez

Amaury. Le conseguiría todo un ramo de rosas. ¿Cómo podía sentirse desdichado estando en

compañía de la incomparable Elena?

Entraron en el aparcamiento a las 19.59 hrs., con los cinturones de seguridad desabrochados

ya mientras iban a detenerse ante el mostrador del aparcacoches. Matt le entregó a toda prisa la

llave a un encargado, e intentó darse la vuelta antes de poder ver la reacción del hombre a su co-

che.

No giró con suficiente rapidez. Pero no vio repugnancia, ninguna mueca de asco en el rostro

del hombre. En su lugar vio fascinación. Siguiendo la dirección de la mirada del aparcacoches, vio

una figura delgada y oscilante, vestida de azul, que le aguardaba.

Fue entonces cuando Matt supo que su suerte había cambiado. Elena había elegido llevar

puesta únicamente la torera que hacía juego con el deslumbrante vestido. Debía de estar helada

pero estaba bellísima. Se deslizó junto a ella y le sostuvo la puerta abierta y ambos entraron en el

interior tenuemente iluminado y lujoso de Chez Amaury.

El empleado que les condujo a su reservado era un tipo estirado. Sonrió con gentileza y un tan-

to sorprendido a Elena, pero cuando su mirada giró hacia Matt se limitó a mostrarse desdeñoso y

adoptar una expresión sarcástica.

No importaba. Ellos se encontraban en el interior de una burbuja que era su propio pequeño

mundo, el de Matt y Elena, y todo estaba bien. Matt nunca había sido muy bueno conversando con

chicas, pero salía adelante siendo un oyente de primera. Con todo, de algún modo, Elena le sacaba
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palabras sin que pareciera intentar hacerlo. A él le gustó charlar con ella. Era divertida. Sus pala-

bras… eran chispeantes.

Y había una voluntad de hierro tras aquellos ojos color lapislázuli y aquella tez del color de la

magnolia. Cuando el camarero les entregó con toda parsimonia las cartas, murmurando algo sobre

alcohol y documentos de identidad, Elena soltó una andanada de frases en francés que tuvieron el

efecto de conseguir que el hombre —casi con el rabo entre las piernas— se esfumara sigilosamen-

te.

—Estoy estudiando francés para el próximo verano —le explicó ella, observando alegremente

cómo marchaba el camarero—. Ya puedo insultar a la gente en ese idioma bastante bien. Le pre-

gunté por qué lo habían echado de Francia donde todo el mundo de nuestra edad bebe vino.

—¿Qué va a suceder este verano? —preguntó Matt.

—Voy a ir a Francia. No es un intercambio; es simplemente algo que quiero hacer. Para paliar

el aburrimiento, supongo —Le dedicó una sonrisa que pareció convertir el mundo entero en algo

resplandeciente—. Odio aburrirme.

«No seas aburrido. No seas aburrido.» La orden golpeó pesadamente el cerebro de Matt cuan-

do Elena empezó a relatar una historia, mientras los principales procesos mentales del muchacho

estaban inmersos en un confuso torbellino.

«Es tan hermosa… delicada, igual que porcelana… los cabellos como oro viejo en la tenue ilu-

minación del restaurante… y a la luz de las velas los ojos son casi violeta, salpicados de oro. Cie-

los, incluso puedo oler su perfume en este reservado diminuto; imagino que nos dieron el peor que

tenían… pero me sigue resultando de lo más impresionante.

Elena finalizó la historia y empezó a reír. Rió con ella, incapaz de evitarlo. La risa de la mucha-

cha no era estridente; no era aguda; era tan melodiosa como un arroyo deslizándose sinuoso por

un claro del bosque. «Vaya, fíjate, eso fue casi poesía», pensó Matt. ¿Debería contarle que había

escrito un auténtico poema sobre ella en casa? Ni hablar, seguro que docenas de otros chicos le

habían dicho eso.

—Pero yo soy la que habla todo el rato —dijo Elena, con una leve mirada de soslayo como pa-

ra indicar: «Y tú el que se limita a mirar como un bobo»—. Háblame de ti.

—¿De… de mí? Bueno… soy simplemente un chico corriente.

—¡Un chico corriente! Quarterback y el jugador más valioso para el equipo de rugby. Dime qué
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se siente cuando ganas un partido ahí fuera, con todo el mundo chillando y dando vítores.

—Esto… —En todos los años que llevaba jugando a rugby, nadie le había preguntado nunca

aquello—. Bueno… —Algo le pasaba; iba a ser honrado—. Uh, bueno… ¡Lo cierto es que realmen-

te se parece mucho a esto!

—¿A comer pan francés en un restaurante?

—Ah…

Matt ni siquiera se había dado cuenta de que hubiese pan. Se le había pasado totalmente por

alto que lo habían traído. Rompió entonces un pedazo y lo untó generosamente con mantequilla,

recordando de improviso que no había almorzado.

Elena le contempló divertida por encima de un vaso de agua mineral con gas.

—Yo habría pensado que a vosotros los jugadores de rugby no os dejaban comer mantequilla

—dijo, mirándole con un pestañeo.

Vaya. ¡Podía hacerlos pestañear cuando quería! ¡Qué habilidad!

—Es uno de los cuatro grupos de alimentos —le informó él con seriedad, esperando que ella

no pensaría que estaba loco—. Azúcar, sal, grasas y chocolate.

—… ¡y chocolate! —tintineó la voz de Elena junto a la suya cuando él finalizó.

Ambos volvieron a reír juntos.

Resultaba tan fácil. Era como estar con tu pariente favorito, sólo que mejor. Podías decir cual-

quier cosa, sin importar lo tonto que fuera, y no importaría. Ella lo convertiría en algo ocurrente. Ja-

más se había sentido así con ninguna chica.

El camarero regresó, pero Elena le despidió con un lánguido ademán. No se sentía en absoluto

intimidada por el hombre. Matt añadió «valentía» a la lista de sus virtudes.

Súbitamente, se le puso la carne de gallina. Aquel año había tenido que apuntarse a una clase

de arte dramático para llenar el horario de clases, y representaban Los dos caballeros de Verona.

Matt no conseguía meterse en la obra. Tal vez se debiera a que la actriz que representaba a Silvia

era Caroline Forbes, quien en cuarto había hecho cosas como hacerse pellizcos de monja y luego

correr a decirle al profesor que Matt lo había hecho. Pero justo en aquellos momentos, mirando a

Elena, frases de la obra —recordadas al dedillo— acudieron a su mente.

¿Quién es Silvia? ¿Qué posee


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que los zagales la elogian?

Es pura, bella y discreta.

Del cielo emana su gracia…

«¿Quién es Elena? —pensó—. ¿Qué posee? ¿Qué todos los chicos la elogian? Pura, bella y

discreta, de los cielos emana su gracia…»

«Vaya, mierda, ahora me estoy poniendo realmente sentimental», se dijo Matt. Aquello era

horrible. Y por lo que había oído, Elena no era demasiado pura, tampoco, pero desde luego parecía

un ángel.

—Matt, ¿puedes decirme algo? —preguntó Elena, repasando con el dedo un diminuto defecto

del mantel.

A Matt el corazón le dio un vuelco. Se había perdido los últimos minutos de conversación.

—Claro, ¿qué? —respondió.

—¿Qué pasa con los chicos y los coches? ¿Por qué les interesan tanto?

Por un momento, Matt se ruborizó. Sólo pensar en el viejo y abollado armazón que tenía por

coche le hizo preguntarse si ella no se estaría burlando de él.

Pero no era así. El rostro estaba totalmente serio. Parecía haber olvidado la clase de coche te-

nía él y hacía una pregunta general sobre todos los chicos.

—Bueno… -sintió el impulso de frotarse el cogote pero no lo hizo—. Los coches son… el coche

ideal… esto…

—Me preguntaba si podría de algún modo remontarse a la época de los caballos —dijo Elena,

ladeando la cabeza.

Una serie de neuronas se encendieron de improviso en el cerebro de Matt.

—Eh… eso es… bueno, eso podría ser… para mí al menos. Pasé un par de años en una gran-

ja cuando era un crío; ya sabes, simplemente una pequeña granja cutre, pero tenía caballos. Y de-

trás del establo donde se alojaban los caballos de la granja, había un establo de caballos de pura

sangre, caballos de carreras, ¿sabes?

Ella asintió y él suspiró.

—Me encantaba contemplar como se movían aquellos pura sangres. Eran las cosas más bellas

que puedas imaginar… para ser animales —añadió apresuradamente.


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—¿En qué modo eran hermosos?

—Bueno… simplemente… no lo sé. Eran sencillamente increíbles. Tenían estas patas largas y

delicadas, y estas cabezas que estaban siempre alzadas al aire, con las crines siempre agitándose

y oscilando. Se movían de un modo que no puedo describir… una especie de eterna languidez, pe-

ro uno se daba cuenta de que también tenían una barbaridad de energía contenida en su interior.

Como si quisieran correr tan rápido como pudieran, eternamente —Alargó la mano hacia su bebida

de cola, advirtiendo de improviso que había estado hablando durante un largo rato—. Lo siento, me

dejé llevar un poco por el tema. Lo que quería decir es que los caballos son velocidad, y también lo

son los coches. E imagino que es un motivo de que me guste pensar en ellos.

—No te disculpes. Me pareció que era realmente fascinante —respondió Elena, y él se dio

cuenta de que decía la verdad, que sí estaba interesada, pues la muchacha había estado soste-

niendo un pedazo de pan en la mano, sin prestarle atención.

—Gracias por escuchar —dijo él—. Eran… realmente bonitos.

La voz se le atoró en algún punto de la garganta mientras contemplaba con arrobo a la hermo-

sa muchacha que tenía justo delante.

—Así que la velocidad es parte de ello —repuso Elena, sonriéndole, con las mejillas refulgien-

do rosadas a la luz de las velas.

—Velocidad, sí. Como cuando consigo conducir un coche mejor que El Montón de Basura de

ahí fuera; como un descapotable, y le bajo la capota, y conduzco realmente deprisa en una recta o

tomando pequeñas curvas cerradas de una colina. A veces, de algún modo, uno siente como si

fuese realmente parte del coche y él parte de uno. Es como volar.

Matt se detuvo, bruscamente, dominado por la confusión. De algún modo, llevado por la emo-

ción, había tomado la mano de Elena y la oprimía, pan incluido. Se sintió enrojecer y estaba a punto

de volver a ponerla donde la había cogido, cuando Elena le apretó los dedos con calidez y luego la

retiró ella misma. Gracias a Dios que el pan no estaba untado de mantequilla.

—Así pues ¿alguna cosa más sobre «coches realmente buenos»? —preguntó ella, casi burlo-

na pero sin romper en ningún momento el contacto visual con él.

—Bueno, hay… hay algo —tuvo que romper el contacto visual con ella para decirlo—, hay algo

digamos que físico en la conducción de un coche que te deja sentir cada bache de la carretera.

Cuando eres parte de él… y estás tú solo allí fuera sintiendo el aire y el suelo… es como… físico,
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¿sabes? Como… sexy.

Casi temió mirarla, entonces. Pero una cascada de risas le hizo ruborizar y a continuación dos

manos cálidas tomaron las suyas.

—¡Vaya, Matthew Honeycutt, te estás ruborizando! Pero… —en una voz repentinamente se-

ria—, creo que sé lo que quieres decir. Te refieres a algo que he sentido con coches… pero que

nunca he sido capaz de describir.

Siguió hablando, pero Matt ya ni siquiera estaba en la habitación. Estaba describiendo círculos

alrededor del sistema solar más o menos en la zona del planeta Neptuno y cometas y asteroides

navegaban por allí con él, golpeándole en la cabeza de vez en cuando.

Cuando regresó ella reía y le contaba algo sobre una experiencia haciendo parasailing que

había tenido en una ocasión cuando los navegantes accidentalmente la habían desembarcado en la

arena y no en el agua.

—Pero antes de eso —dijo—, era perfecto. Simplemente el viento que soplaba a toda veloci-

dad, con la ensenada grande y azul bajo mis pies, y la sensación de viajar, a toda velocidad, por el

aire. Casi como si fuera un pájaro. Ojalá tuviera alas.

—¡A mí también me gustaría! —farfulló Matt.

Si su corazón hubiese podido latir con más fuerza, lo habría empezado a hacer. Pero latía ya al

máximo.

—Me encantaría hacer parasailing. Eso debió de ser increíble —Contempló su plato—. Para

ser sincero, creo que lo más increíble que me ha sucedido a mí es… esta noche.

Inmediatamente, pensó que la risa burlona de Elena le bajaría los humos; pero eso no sucedió.

Elena no reía. Tenía la vista fija en su redondo plato blanco y se ruborizaba. Entonces alzó la cabe-

za y Matt habría jurado que había un brillo de lágrimas no derramadas en sus ojos.

Pero ella meneó un dedo ante él como si fuese una maestra reprendiéndole.

—No seas tonto, Matt. ¿Qué hay de aquel partido contra los Bullfinches, cuando lanzaste un

pase de ensayo de cincuenta yardas? ¿Fue o no fue increíble eso?

Matt la miró con ojos desorbitados.

—¿Te gusta el rugby?

—Bueno, ahí me has cogido. No me gustan todas las lesiones, y no me gustan la mayoría de

deportistas. Pero mi padre… era un ala cerrado con los Clemenson, y les ayudó a ganar el Orange
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Bowl. Así que simplemente tenía que aprender cosas sobre ello. Papá tiene una barbaridad de ré-

cords, ya sabes, el mayor número de pases atrapados en un partido, el mayor número de pases

atrapados en una temporada, el mayor número de ensayos atrapados en una temporada, el mayor

número de ensayos atrapados en la vida deportiva de un…

Matt se encontró mirándola boquiabierto.

—¿Por qué no se hizo profesional? ¿O sí lo hizo?

—No, inició un negocio en su lugar. Pero me dejó sus instintos para el rugby.

Matt se obligó a reír. No sabía cómo se sentía. Su corazón planeaba en doce direcciones dis-

tintas a la vez. Pero de algún modo se obligó a adoptar una expresión de falsa severidad y agitó un

dedo ante ella.

—Bien, apuesto a que no sabes nada sobre mi auténtico momento de gloria —dijo—. Jugába-

mos contra los Ridgemont Cougers y el resultado era de empate y yo estaba desesperado. El reloj

corría y de improviso tuve esta idea alocada y grandiosa, y…

—Corriste a la derecha para fingir que entregabas el balón a Greg Fleisch, el medio zaguero —

interrumpió con soltura Elena—. Pero conservaste la pelota y corriste… y corriste… y corriste para

llevar a cabo un sorprendente ensayo justo antes de que cuatro Cougers te placaran a la vez.

—Sí; me rompieron la clavícula, también —dijo Matt, sonriendo de oreja a oreja—. Pero yo ni

siquiera lo sentí. Estaba flotando en las nubes.

—La gente chillaba y se besaba y arrojaba cosas —siguió Elena—. Incluso los seguidores de

los Cougers se volvieron locos. Uno de ellos me agarró e intentó besarme en la boca.

«Y apuesto a que su mente no estaba puesta en el partido», pensó Matt, y se sorprendió a sí

mismo diciendo:

—Dime su nombre y le partiré la mandíbula.

—Bueno, yo ya le di una patada en la espinilla —respondió ella con tranquilidad—. Hacia atrás,

de modo que pudiera rascar toda la longitud de la tibia con el tacón.

Aquello último lo añadió con una dulce sonrisita que un inquisidor español —el mismo Torque-

mada, tal vez— habría envidiado.

—Bien, me doy cuenta de que será mejor que evite que te enfurezcas conmigo —dijo Matt, y

Elena volvió a reír, mostrando las uniformes perlas blancas que tenía por dientes.

—No creo —replicó ella— que nadie pudiera estar furioso contigo mucho tiempo.
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Matt no supo qué decir. «Todos esos idiotas —pensaba—. Todos esos perdedores que sólo

quieren salir con ella debido a su belleza, sencillamente se están perdiendo todo el maldito partido.

Por supuesto, es una preciosidad, pero más importante aún, es como… la persona más perfecta del

mundo: lista, ingeniosa y divertida, y… bueno, simplemente perfecta. El modo en que hace que todo

sea fácil, y como hace que uno se sienta tan bien consigo mismo, y…»

Matt sintió un loco impulso de hincar una rodilla en tierra y pedirle que se casara con él allí

mismo.

Luego prorrumpió en carcajadas ante lo absurdo de todo ello. Iba a decir algo cuando alguien

detrás de él tosió con premeditación.

—¿Pensaban monsieur et mademoiselle pedir ya? —chirrió el camarero, evidentemente irrita-

do.

—Imagino que es hora de mirar nuestras cartas —dijo Elena, colocándose una mano sobre la

boca para ocultar a medias una risita.

—Estaremos listos en unos minutos —indicó Matt, en su tono de voz más principescamente

displicente.

El camarero marchó casi echando pestes.

Matt miró a Elena. Ella le miró por encima de la mano curvada sobre la boca y a continuación

ambos se pusieron a reír histéricamente, luchando por respirar.

—Pobre tipo —dijo Matt.

—Ah, bueno —Elena enarcó las cejas con indiferencia—. Es tan sólo un camarero, después de

todo. Se le paga para atender a la gente.

Era la primera vez que Matt había visto el lado «princesa de hielo» de Elena Gilbert, y no supo

qué pensar de ello. Pero, se dijo, si Elena fuese realmente perfecta, no sería humana. Y si alguien

en el Robert E. Lee tenía derecho a mostrar una actitud como aquella, Elena Gilbert era esa perso-

na.

—¿Te parece? —dijo él y le entregó una carta.

—Por supuesto —respondió Elena en una imitación de los modales refinados del siglo XIX, y

abrieron las cartas.

A pesar de todos sus preparativos, los precios todavía dejaron a Matt sin aliento. Un bistec

Nueva York eran 39 dólares. Pero si Elena pedía un bistec, él podía pedir el pollo, que costaba sólo
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23 dólares. Eso serían 62 dólares. Los platos principales llevaban una guarnición de verduras, pero

también había que tener en cuenta el entrante. Podía sugerir que compartieran una ensalada de

espinacas, que costaba sólo 10 dólares. Eso hacía un total de 72 dólares. Luego incluso si ella que-

ría un postre, él tendría más que suficiente para darle ese gusto… pero, un momento, estaban las

bebidas. Él había tomado dos, ella una. Aquella agua mineral con gas costaba 7 dólares la botella…

cada cola eran 2 dólares. Y los impuestos. Y la propina. Y la propina del aparcacoches.

Bueno, tendría que limitarse a beber agua normal a partir de aquel momento, y esperar que tal

vez Elena no quisiera tomar tanto un entrante como un postre.

—¿Con qué quieres empezar? —musitó Elena—. Yo por lo general pido media ensalada Cé-

sar. Te la preparan en la mesa aquí. Es realmente buena.

Matt asintió vigorosamente para no tener que mirarla a los ojos. Al menos era únicamente una

César, de quince dólares. ¡Espera! Ya lo tenía. Había un algo de salmón ahumado en la lista de en-

trantes. Podía tomar aquello como plato principal —Matt sabía que se podía hacer— y serían sólo

seis dólares. Ya se prepararía un bocadillo cuando llegara a casa. Todo iba a salir bien.

El camarero había regresado, pareciendo más estirado que nunca.

Matt tomó la palabra.

—Yo… quiero decir nosotros… nosotros… tomaremos cada uno media…

—Nos gustaría compartir una César —indicó Elena con calma, sin apenas dedicar una mirada

al camarero, y miró a Matt a los ojos, sonriente—. ¿Sí?

—Eso es —respondió él con entusiasmo.

Cuando el camarero hubo marchado con paso majestuoso, la sonrisa de Elena cambió y se

convirtió en una mueca pícara.

—No nos olvidará fácilmente —dijo.

La luz de un candelabro brillaba sobre su hombro izquierdo, enmarcándola en luz multicolor.

Matt deseó tener algún modo de capturar la imagen para siempre. Había algo en Elena —como

si centelleara en los bordes— que no había visto nunca antes en una chica. Era como si la luz dan-

zara constantemente a su alrededor, como si en algún momento ella pudiera simplemente desapa-

recer en la luz. «Diablos —pensó—, puedo limitarme a «tener dolor de estómago» y no poder pedir

ningún primer plato. Luego me recuperaría a tiempo para tomar el postre o algo. ¡Por lo que a mí

respecta ella puede pedir langosta si quiere!


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Empezó a sentirse violento, no obstante. Nadie decía nada.

—¿Tienes alguna mascota? —preguntó Elena de improviso.

—Esto…

El primer impulso de Matt fue comprobar si había pelos de perro en la chaqueta o algo así.

Luego alzó los ojos y vio que ella le sonreía a los ojos otra vez.

—Bueno, tenía una vieja labrador retriever —contestó lentamente—, pero contrajo cáncer y…

bueno eso fue hará unos seis meses.

—¡Matt! ¿Cómo se llamaba?

—Calzones —admitió él, sintiéndose enrojecer—. Le puse el nombre cuando tenía cuatro años.

No tengo ni la menor idea de por qué se me ocurrió llamarla así.

—Creo que Calzones es un nombre perfectamente respetable —respondió Elena.

La muchacha le tocó la mano levemente, con un dedo. Una sensación como a lenta melaza

dulce se escurrió de su tacto y penetró en las venas del joven, sustentándole. Matt deseó que no re-

tirara aquel dedo.

No lo hizo. Elena siguió diciendo:

—Nosotras no dejamos de perder gatos. Margaret los trae a casa medio muertos de hambre,

tía Judith se mata cuidándolos y luego ellos se dedican a correr por el vecindario… —Efectuó un le-

ve y significativo gesto.

Matt se estremeció. No soportaba demasiado bien la idea de animales peludos acabando

hechos papilla, pero tenía que actuar de un modo viril al respecto.

—¿Gato au vin? —sugiriendo, imitando el gesto de servir una copa de vino.

Los ojos de Elena lloraban pero la boca gorjeó.

—Como en… un gato que ha sido atropellado por un… sí, tú lo has dicho.

Matt no pudo evitar una carcajada, y luego le contó la historia de cómo un año antes Calzones

había puesto las patas sobre la encimera y cogido los restos de un pavo de acción de gracias y pe-

netrado en la sala de estar sosteniéndolo como un trofeo. Elena rió con ganas. Rió mientras el ca-

marero preparaba una ensalada César junto a la mesa también, y contó una historia sobre cómo

Bola de Nieve, qué adoraba dormir en cajas o en cajones abiertos, se había quedado encerrada

dentro de uno cuando era pequeña.

—¡No sabes el escándalo que armó! —exclamó Elena.


21

Matt rió con ella. Había creído que uno tenía que permanecer sentado muy atento y observar

cómo se mezclaba la ensalada, pero no; era evidente que Elena había visto más que suficientes de

tales atracciones secundarias. Aceptó su plato con un alegre «¡Esto tiene un aspecto fabuloso!» y

un ademán indicando que no quería el pimentero con pimienta recién molida, como si lo hubiese

hecho toda la vida.

Quizá lo había hecho. Quizás, al haber salido con tantos otros chicos… pero ¿qué importaba

eso? Esta noche estaba con él.

Una muchacha paseaba por la sala vendiendo ramilletes de rosas y rosas sueltas. Elena con-

versaba con Matt sin dedicar ni una mirada a la joven. No había ningún motivo para hacerlo —fue

un impulso idiota— pero algo dentro de Matt estalló cuando vio que la muchacha, que iba vestida

como una gitana, se alejaba.

—Espera —dijo—. Me gustaría comprar ésa.

Tocó con delicadeza una rosa que estaba casi totalmente abierta. Era blanca en su mayor par-

te pero los pétalos interiores tenían un leve tono rosáceo y los exteriores un color casi dorado. Le

recordó a Elena: su tez, sus mejillas, su cabello.

—Es muy bonita, una elección perfecta —respondió la joven gitana—. Una genuina rosa floren-

tina como las que pintaba Botticelli. Y sólo son catorce dólares.

Debió de ver la expresión de sorpresa de Matt —la rosa que había comprado en la floristería

había costado únicamente cinco dólares—, de modo que añadió rápidamente:

—Y por supuesto va acompañada de una predicción de la fortuna en el amor… para cada uno

de vosotros.

Elena abría ya la boca, y Matt se dio cuenta de que iba a decir a la vendedora que se fuera, así

que se apresuró a responder: «¡Fantástico!», y ella cerró la boca, y pareció un tanto solemne por un

momento antes de sonreír.

—Muchas gracias —dijo tomando la rosa, mientras Matt se preguntaba de improviso si debería

haberle comprado todo un ramo —podía ver el letrero del cesto ahora, y sólo costaban un dólar

más porque las rosas que llevaban eran miniaturas— o tal vez una rosa totalmente blanca para que

hiciera juego con el vestido.

Cielo santo, era un estúpido. ¿Por qué no comprarle sencillamente una rosa roja y hacer que

los colores desentonaran completamente?


22

—Un rosa florentina fresca de tallo largo —dijo la gitana— y una doble predicción amorosa.

Mostradme las palmas, los dos.

Sonrojándose, Matt hizo lo que pedía, y justo entonces le acometió un ataque de risa. Sabía

que no podía reír, ni a carcajadas ni por lo bajo; pero apenas podía contenerse. «Señor —pensó—,

¡no permitas que estalle!» No en aquel momento, mientras la gitana estudiaba minuciosamente sus

extendidas palmas, farfullando: «¡Um!» y «Ya veo», y «Puez cí, clago», en un falso acento francés.

Finalmente, Matt echó un vistazo disimuladamente a Elena y por la mano que ésta tenía sobre

la boca y sus ojos arrugados vio que tenía el mismo problema, y eso lo empeoró inmediatamente.

Por fin, la gitana dejó de farfullar y habló a Elena:

—Tendrás casi un año de luz y alegría. Luego veo que las cosas se ensombrecen… habrá pe-

ligro. Y al final, prevalecerás sobre la oscuridad y brillarás otra vez. Ten cuidado con los jóvenes

morenos y los viejos puentes.

Elena inclinó la cabeza muy seria en su asiento.

—Gracias.

—Y tú —dijo la mujer a Matt, mirándole todavía la palma—, tú has encontrado a tu amor, medio

niña y medio mujer. Ahora que has caído bajo su hechizo, nada conseguirá arrancarte de su lado.

Pero veo una época de oscuridad en el corazón para ti, también, antes de que sigas adelante.

Siempre estarás dispuesto a colocar los intereses de tu amor por delante de los tuyos.

—Esto, gracias —repuso Matt, preguntándose si ella esperaría que le diera propina, pero la

mujer dijo:

—Para pociones, de amor o de maleficio, visitadme en Heron, en mi tienda «Amor y Rosas».

Entregó una tarjeta a Matt y se alejó tan tranquila con sus ramos.

Y entonces Elena y Matt pudieron echarse a reír tan histéricamente como quisieron, que era

bastante. Matt sólo se calmó cuando recordó que probablemente debería de haber comprado la ro-

sa blanca, para que hiciera juego con el conjunto de Elena. Se sintió como un estúpido. Pero Elena

seguía riendo.

—Meredith se lo habría refutado todo —jadeó ella por fin—. «Una época de oscuridad antes de

que sigas adelante…» Pero la rosa… es la más bonita que he visto nunca.

—¿De veras? —Matt sintió una oleada de apasionado alivio que surgió en forma de una carca-

jada más bien tonta—. ¿Esto, mejor que una blanca?


23

—Desde luego —Elena se acarició la mejilla con la flor—. Jamás he visto una como ella.

—Me alegro tanto. Ella, bueno, me recuerda a ti.

—¡Vaya, Matt Honeycutt! ¿Tú un adulador? —Elena le golpeó suavemente con la rosa, y luego

empezó a acariciarse los labios con ella.

Matt podía sentir el inicio de otro sonrojo, pero éste era por dos motivos. Normalmente, habría

existido un tercero, un azoramiento sobre cómo expresar lo que tenía que decir, pero su necesidad

de averiguar cómo estaba la situación monetaria era tan apremiante que simplemente dijo:

—¿Me disculpas un minuto, por favor?

Y sin apenas esperar su cortés asentimiento de cabeza, salió a toda prisa en dirección al bar

para localizar un baño.

El servicio de caballeros estaba justo al final de un pequeño pasillo. Matt entró y se introdujo en

un compartimento, luego sacó el billetero y empezó a calcular frenéticamente.

«Anda, relájate —se dijo antes de empezar—. Tienes mucho dinero. Simplemente no hagas

más cosas impulsivas como la rosa, y no cuentes con dar grandes propinas.»

Ahora, si ella pedía, digamos el pollo con piccatta de setas silvestres —sentía que tenía memo-

rizada la carta a aquellas alturas— eso serían 25 dólares. Y entonces él podría pedir el entrante de

pastelillos de salmón, que sólo costaba 12 dólares. Y entonces podían incluso tomar postre y café,

también, si recortaba las propinas estrictamente al mínimo.

«Regresa ahí fuera a ocuparte de tu chica», habría jurado que oyó decir a tío Joe, mientras al

mismo tiempo sentía una patada en el trasero que pareció surgir del bolsillo posterior. Y era un

buen consejo. El único problema era que le hizo necesitar echar un vistazo al billete de cien dóla-

res, tocarlo para que le diera buena suerte, y contemplarlo para sentirse reconfortado.

Meneando la cabeza para sí, giró el billetero lateralmente para dejar al descubierto el compar-

timento secreto y palpó en su interior.

Y palpó en su interior.

Y palpó frenéticamente en él y alrededor de él, consiguiendo casi volver del revés la cartera.

Al fin tuvo que permitir que las palabras afloraran a su mente.

El billete de cien dólares no estaba allí.

Había desaparecido.

Realmente había desaparecido.


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¿Dónde? ¿Cuándo? Lo había visto por última vez cuando jugueteaba con el billetero en casa,

soñando despierto con la cita. Sabía que lo había visto entonces. ¿Qué podía haberle sucedido?

Desesperadamente, rebuscó en el resto del billetero. Nada. Su otro dinero estaba allí; no le

habían robado, pero… no había billete de cien dólares.

Matt pasó los siguientes diez minutos ocupado en el registro a fondo más frenético e íntimo de

su vida… de todo su cuerpo. Miró en todas partes. ¿Podría haber ido a parar al interior de un calce-

tín? ¿Podría haber acabado metido entre su ropa sucia? No. ¿Había otros compartimentos en algu-

na parte? No.

Finalmente tuvo que admitir que nada excepto aquel hecho concreto importaba. Los cien dóla-

res habían desaparecido.

Y lo terrible era que no habría tenido que suceder de aquel modo. Existía el rumor de que Ele-

na Gilbert jamás salía si no pagaba la mitad. Lo cierto era que ella incluso se lo había confirmado

cuando él había reunido el valor de tartamudear las palabras: «¿Quieres salir conmigo el próximo

sábado?» Recordaba exactamente el modo en que sus ojos azules se habían iluminado y como

había dicho:

—Sí, pero siempre pago a escote.

Y él, el más idiota entre los idiotas, había hinchado el pecho y respondido:

—No esta vez, no lo harás.

Le había salido el tiro por la culata. Lo que fuera que eso significara.

Y ahora, ¿qué hacer al respecto? Cielos, ¿qué podía hacer él? La mayoría de sus camaradas

estaban prácticamente sin blanca en otoño; además estaba a media hora en coche de ellos. Su

madre… echó una ojeada al reloj y se estremeció. Eran más de las nueve de la noche —no era ex-

traño que el camarero estuviera tan furioso— y su madre ya estaría dormida. Su turno en la pana-

dería empezaba temprano.

¡Maldita sea! Casi podría llorar. Aquello era… ¿cómo iba a acercarse a Elena y decirle que no

tenía el dinero para pagarle la cena cuando ya estaban allí comiéndola? Dios mío, ella no volvería a

hablarle durante el resto de su vida. Y a él lo arrestarían, lo encerrarían como a un estafador… o

como fuera que llamaran a aquello…

No podía hacerlo.

Pero tenía que hacerlo.


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Sencillamente tenía que hacerse.

Y diciéndose eso, del modo en que lo haría un soldado la noche de su primer combate, se obli-

gó a regresar a la mesa. Allí se obligó a sentarse de cara a Elena.

Ésta rebosaba animación.

—Monsieur Garçon pasó por aquí pero le dije que se fuera. Regresará en… —Se interrumpió

bruscamente, cambiando toda su actitud-. ¿Matt, qué sucede?

Matt abrió la boca pero no salió nada, ni siquiera la seca polilla marrón que imaginaba que

había en su interior. ¿Qué podía hacer? ¿Te dejaban al menos fregar los platos para compensarlo

si no podías pagar la cena? ¿O era eso una leyenda urbana? No podía imaginar a Elena, con su

centelleante vestido azul luz de luna, fregando platos.

¿Y si sencillamente dejaba que la cena prosiguiera hasta su conclusión, y luego intentaba

hablar con el encargado en privado? La situación económica era difícil en casa de los Honeycutt

justo en aquellos momentos, pero ¿cuándo no lo era? Sin duda su madre le prestaría el dinero por

la mañana. Pero pensar en la expresión del rostro del camarero hizo que aquel plan se fuera a pi-

que. Además, Elena se sentiría humillada. ¡Elena! Su precioso y perfecto ángel se sentiría…

—Matt, estás enfermo. Estás totalmente helado. Hemos de llamar a un médico.

Matt parpadeó y empezó a ver con claridad poco a poco. Podía imaginar qué aspecto debía de

tener: el rostro de un blanco azulado, con las manos heladas y un temblor constante recorriéndole.

Demonios, a lo mejor eso funcionaría. Quizá si actuaba como si estuviese realmente enfermo…

—Perdí el dinero —se oyó contarle a Elena.

—Matt, estás delirando.

—No, es la verdad.

Y se encontró revelándole la historia de su tío Joe, el modo en que se había esforzado para

hacer que la cita fuese perfecta, y el horror en que se había convertido. Observó mientras el rostro

de Elena adoptaba una expresión distinta; no podía decir si era una expresión buena o mala. Era

una expresión de sereno y solitario sufrimiento.

Finalmente, acabó su relato.

Clavó la mirada en el inmaculado mantel blanco.

Y entonces oyó el más increíble de los sonidos. Tuvo que girar la cabeza para asegurarse de

que lo había oído realmente.


26

Elena reía.

¿Se reía de él? No, reía con él, la cabeza inclinada a un lado y con lágrimas de conmiseración

en los ojos.

—Matt, por lo que has pasado. ¡Lo que has hecho simplemente para conseguir que todo esto

sucediera! Pero puedes dejar de preocuparte ahora. Yo debería tener suficiente para que salgamos

del apuro —Hizo un veloz movimiento y cogió un bolsito que hacía juego con el conjunto azul—.

Aquí está, deja que mire… ¡ah! —De improviso se mordió el labio disgustada—. Lo olvidé; me lo

gasté todo en este bolso y maquillaje nuevo. Vaya, sí que lo siento.

Aquel «sí que lo siento» fue suficiente para abrir un agujero en el costado de Matt y hundirle.

Pero de nuevo entonces, oyó una risa melodiosa y pícara. Alzó la mirada sin ánimo, sin importarle

realmente ya qué fuera a sucederle.

—Matt, no pasa nada —Por debajo de la mesa una mano cálida halló una de las suyas y le dio

un rápido apretón—. Todo irá perfectamente. Ahora escúchame, porque tengo un plan…

Años más tarde aprendió a desconfiar de aquella frase: «Tengo un plan». Pero ésta era la pri-

mera vez que la oía. Así que escuchó. Y se quedó boquiabierto. Y luego la boca no hizo más que

abrirse y cerrarse, como si fuera un pececito de colores.

—¿Realmente crees que podemos hacer eso?

—Sé que podemos, debido a este espacio en blanco aquí —Señaló la carta y él se la quedó

mirando fijamente.

Luego, poco a poco, alzó la mirada hacia ella y sonrió.

—Bueno, ahora límpiate la cara porque parece como si acabaras de correr una maratón. ¿Has

perdido tu servilleta? Toma, coge la mía.

Tenía que ser su imaginación, pero lo cierto era que a Matt le pareció que podía oler el perfume

de Elena en la servilleta. Se limpió justo antes de que regresara el camarero. Elena entrelazó al ins-

tante los dedos con los de Matt sobre el mantel.

—¿Han decidido monsieur y mademoiselle finalmente que comer aquí esta noche? –preguntó

el camarero, en tono lúgubre, mirando a Elena, que asintió—. ¿Mademoiselle?

—«Madame», si’l vous plait –dijo Elena con dulzura—. Y me gustaría un suflé de chocolate,

con dos cucharas, merci.

—Mademoiselle… —El camarero parecía a punto de estallar.


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—«Madame» —le recordó ella.

—Madame, no puede… no puede… —El rostro del camarero era rojo teja.

—Pero sí que podemos —le respondió Elena en su voz más dulce, y señaló la carta—. No hay

nada aquí que diga que exista una consumición mínima por cliente.

—Eso —dijo el camarero como si intentara mantener su actitud altiva, pero estaba a punto de

estallar como un globo— se debe… se debe… ¡a que la clientela a la que servimos lo sabe perfec-

tamente sin necesidad de que se le diga!

Elena se llevó tres dedos a los labios.

—Monsieur, la gente empieza a mirar.

El camarero se controló, evidentemente haciendo acopio de toda la dignidad a su disposición.

—¿Y monsieur? —inquirió en voz glacial, girando hacia Matt.

—¿Ah, esto, yo? Me gustarían, esto, dos bolas de helado de vainilla. Y dos cucharas —Se en-

contró diciendo Matt, a la vez que dominaba idénticos impulsos de salir corriendo y de prorrumpir en

risotadas histéricas—. Ah… y dos cafés.

—Desea…

—Dos bolas de helado de vainilla —Matt temía que el camarero fuera a explotar.

—C’est impossible… —murmuró el camarero, pero anotó algo en su bloc.

La crisis parecía haber finalizado ya. El hombre había pasado del color rojo al blanco, y se las

arregló para darles la espalda sin estallar.

—El suflé tardará media hora en estar listo —dijo, dándole la espalda a Matt—. Entretanto…

¡Bon appétit!

Una vez que hubo marchado, Matt y Elena se desternillaron de risa.

—Dios mío, ¿viste su cara? —jadeó Elena—. Pobre hombre… tendremos que darle todo lo que

nos quede como propina…

—Propina, ni hablar. Fue grosero contigo. Por lo que a mí respecta no tendrá propina, y le pedi-

ré que «salga a la calle» si vuelve a suceder.

—Matt. Realmente eres un caballero de brillante armadura. Pero ¿puedo decirte algo? Mi res-

taurante favorito es Hot Doggles…, sí, ese lugar donde hacen perritos calientes allá en Fell's

Church. Y lo que más me gusta hacer cuando salgo con alguien… y, no quiero parecer un bicho ra-

ro…, pero me gusta pasear por el cementerio o el Bosque Viejo a la luz de la luna. En… en realidad
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no me importan las cosas lujosas. Si me gusta un chico… —y en este punto sus ojos parecían estar

diciendo algo que Matt apenas podía permitirse creer— prefiero ir a su casa y escuchar música, o

llevarlo a casa a cenar con mi familia. El resto es simplemente… —Realizó un ademán displicente

con la mano—. Simplemente para los idiotas que tengo que aguantar algunas veces. Los deportis-

tas que necesitan suspensorios para sus cerebros —Sacudió la cabeza, de modo que la hermosa y

ondulante cabellera dorada se balanceó de un lado a otro.

Matt abrió la boca y de nuevo nada salió de ella. No había ningún tío Joe para darle una patada

en el trasero.

Pero de algún modo lo había. No obstante el billete desaparecido, sintió una patadita, y las pa-

labras simplemente brotaron de la boca.

—De haber sabido que eras esa clase de chica, te habría pedido que salieras conmigo hace

mucho tiempo —soltó—. Pensaba que eras… una especie de princesa mimada.

No bien lo hubo dicho, sintió ganas de arrancarse la lengua de un mordisco. Pero Elena no es-

taba furiosa. En su lugar decía entristecida:

—Muchos chicos piensan eso. Supongo que lo soy, en realidad. Sé lo que me gusta cuando lo

veo. Y quiero lo que quiero cuando lo quiero.

Y de nuevo los ojos de la joven le dijeron algo. Y en esta ocasión no pudo hacer otra cosa que

creerlo. Y supo que sus ojos también le respondían algo a los de ella.

—Así que es por eso que nunca me pediste para salir. Imagino que es cosa mía poner las co-

sas en su lugar —Se sentó muy tiesa y volvió a sonreír, en esta ocasión de un modo radiante—. Y

cuando te saque a cenar en nuestras siguientes tres citas…

—¡Tres citas!

Ella asintió solemnemente.

—Serán citas para cenar en sitios como Hot Doggles o algo parecido… ¿has probado alguna

vez Midge’s, justo en Main Street con Hodge? Es fabuloso; y charlaremos y sencillamente nos di-

vertiremos. Cuando llegue la primavera iremos de picnic. ¿Has hecho volar una cometa alguna

vez? Sé que es cosa de críos, pero es realmente emocionante correr y correr y de improviso sentir

el tirón del viento. Entonces la dejas ir —Su expresión se tornó soñadora—. A veces no quiero de-

jarla ir. Quiero ascender con la cometa.

—Como hacer paracaidismo—dijo Matt, observando su rostro con avidez.


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Le encantaba mirarla cuando tenía las mejillas enrojecidas y los ojos azules llameaban.

—Ah, sí, me gusta el paracaidismo. ¿No sería divertido hacerlo juntos? O dar un paseo en glo-

bo… He oído que tienen de esos en Heron. Tendremos que ahorrar, no obstante; ¡en invierno po-

demos hacer gente de nieve!

—¿«Gente de nieve»?

—Eso es cosa de Meredith. Dice que siempre decimos «hombres» cuando queremos decir

«hombres y mujeres» así que todas estamos acostumbradas a decir «gente» para todo a estas altu-

ras. Quiero que las conozcas a todas: Meredith, Bonnie y Caroline —Alzó un dedo con gesto seve-

ro—. Pero nada de salir con ellas. Bonnie está chiflada por ti. Pero yo te vi primero.

Matt no sabía qué estaba pasando. Tampoco le importaba, porque parecía como si se dirigiera

directamente al Cielo.

—He conocido a Caroline durante años y años —se oyó decir—. Pensaba que eras como ella,

únicamente, digamos que, multiplicada por diez.

Entonces vio la mirada que ella le dirigía y quiso taparse la boca.

—Bueno, en ocasiones lo soy —replicó Elena—. Sencillamente tendrás que descubrir en qué

modos, ¿no crees?

Justo entonces llegó el postre. Matt contempló cómo el camarero depositaba solemnemente un

lo que fuera de chocolate frente a Elena —y dos cucharas— y dos bolas de helado de vainilla don-

de estaba él… y dos cucharas. Luego les sirvió café, dejó sobre la mesa una carpetita con la cuenta

en su interior y giró sobre los talones como si no quisiera volver a verles jamás. Ni siquiera dijo

«¡Bon appétit!»

—¿Lo conseguimos? —musitó Elena mientras Matt calculaba frenéticamente las propinas para

el camarero y el aparcacoches.

—¡Y nos queda un dólar! —le musitó él en respuesta, y de nuevo prorrumpieron en carcajadas.

Cada uno quería que el otro tomara el primer bocado de suflé de chocolate. Finalmente, para

salvar el helado que empezaba a derretirse, Matt tomó una cuchara colmada del postre, la pasó con

suavidad por una de las bolas de helado medio derretidas y sonrió a Elena. Entonces, mientras Ele-

na abría la boca para preguntar si estaba bueno él rápidamente llevó la cargada cuchara a la boca

de la muchacha y la introdujo en ella. Elena sólo dispuso de una fracción de segundo para decidir.

O bien se comía el postre o se encontraba con suflé derramado por todo el vestido color luz de lu-
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na. Tomó la decisión correcta, casi demasiado tarde, y para cuando grandes gotas de un blanco

amarronado empezaron a caer de la cuchara, lo hicieron sin peligro sobre una servilleta que Matt

sostenía en la otra mano.

—También puedo ser tozudo —dijo Matt, y a continuación, deseando que no se hubiese enfa-

dado—. ¿Está bueno?

—Delisioso —respondió ella con cierta falta de nitidez, terminando con un sorbo de agua y un

último toquecito con la servilleta en los labios.

A continuación, antes de que Matt supiera qué sucedía un objeto se alzó de la nada ante él y

frío metal tocó sus dientes.

—Abre bien —sonó melodiosa una voz dulce en sus oídos y él abrió rápidamente la boca tanto

como pudo para engullir un enorme y pegajoso bocado de delicioso chocolate caliente mezclado

con dulce y frío helado de vainilla.

Estaba seguro de que parecía un idiota allí sentado masticando el inmenso bocado, pero sabía

tan bien, y Elena parecía tan complacida consigo misma, inclinándose al frente como lo hacía para

recoger goterones de postre de su barbilla tan cuidadosamente como un barbero.

—Es fabuloso —consiguió decir él, limpiándose la cara con la única servilleta a la vista.

—Lo es, ¿verdad? —respondió Elena con un guiño, y luego su rostro se tornó serio—. No, no

lo es.

—¿No lo es? —A Matt casi se le paró el corazón.

—Es… ¡perfecto!

Y la joven se echó a reír, mostrando unos dientes blancos y relucientes a pesar del chocolate.

Matt sólo pudo esperar que su propia sonrisa de alivio estuviera tan libre de pringue como la de ella.

—¿Sabes qué? —dijo ella, mirándole profundamente a los ojos.

—¿Qué? —musitó apenas él.

—Será mejor que nos comamos todo esto rápidamente antes de que se derrita.

Y eso hicieron, riendo y dándose de comer el uno al otro algún que otro bocado. El postre era

fabuloso, pero más fabulosa era la expresión en los ojos de Elena cada vez que Matt alzaba la mi-

rada. Desde luego, le costó mucho creerse aquella expresión, así que tuvo que alzar la mirada fre-

cuentemente. Todo ello tuvo como resultado pequeñas salpicaduras de chocolate, aunque por for-

tuna ninguna cayó sobre el vestido color azul luz de luna.


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Se estaban acabando el café cuando una sombra se alzó por encima del hombro izquierdo de

Matt. «¿Qué quiere ahora? He pagado la cuenta», pensó Matt, pero no era el camarero.

Se trataba de una pareja algo mayor, tal vez de más de sesenta años. «¡Ah, no, cielos!», pensó

Matt. Iban a estropearlo todo quejándose del ruido, quejándose del largo rato que Matt y Elena

habían estado allí, o quejándose de… alguna cosa.

—Os hemos estado observando a los dos, jóvenes tortolitos —dijo el hombre en una voz lige-

ramente temblorosa que hizo que Matt reajustara su edad en unos diez años más—. Y tengo que

decir…

—… que nos llevó de vuelta justo a nuestra primera cita otra vez —indicó la mujer en una voz

aflautada que obligó a Matt a volver a reajustar la edad a tal vez setenta años largos o incluso a

ochenta y pico.

Por lo general le gustaba la gente mayor, le encantaba escuchar sus historias, le encantaba ver

sus viejos desvanes llenos de recuerdos. Pero en aquel momento su instinto le decía que aquella

pareja diría algo que le arrebataría todo el brillo a la cita, igual que frotar las alas de una mariposa

con dedos sucios.

—Vosotros dos evidentemente tenéis algo muy especial —dijo la mujer en tono aflautado, son-

riendo a Elena—. Tú eres una jovencita preciosa.

Elena se ruborizó de un modo encantador y no dijo nada.

—Y a ti, joven —dijo el caballero—, es evidente que te sobra el dinero.

Matt se sintió enrojecer. Había sabido que lo estropearían. Se estaban burlando de él.

—Como para permitirte pisarlo, al menos —El anciano indicó con la cabeza el zapato de Matt—

. ¿Te has dado cuenta de que tienes un billete pegado ahí?

Todo se volvió muy lento y nebuloso. Poco a poco, con una neblina oscura enturbiando la ma-

yor parte de su visión, Matt alzó un pie y luego el otro, mirando las suelas.

Y allí, debajo del pie derecho, estaba el billete de cien dólares.

Fue casi como un mensaje —una broma— del viejo tío Joe. «¿Realmente creías que te dejaría

en la estacada, chico? No. Pero al corazón de esta chica no se llega colmándola de fruslerías»… sí,

tío Joe realmente dijo eso: “colmándola de fruslerías”. «Se llega mostrándole tu propio corazón.

¿Qué, ahora vas a hacer un puchero? ¡Haz el favor de mirarla!»

Matt miró a través de la penumbra el rostro radiante de Elena.


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—Lo… lo siento tanto —consiguió decir—. Seguramente se cayó cuando abrí el billetero la

primera vez y luego lo pisé y entonces no podía verlo… pero… por todo por lo que te he hecho pa-

sar…

—Matt, ¿no es maravilloso? —decía Elena, y tenía lágrimas en los ojos—. Y gracias, señor, por

reparar en ello antes de que saliésemos fuera y se llenara de barro.

—Si he de ser sincero, lo habría mencionado antes —murmuró el anciano caballero—. Pero os

las estabais apañando tan bien… nosotros estábamos en el reservado de justo ahí… —indicó un

reservado situado detrás de él—, que no pude estropearos el sueño.

«Estropearos el sueño.»

Y aquello era lo que esto había sido en realidad: una cita de ensueño.

Matt miró a Elena y Elena le devolvió la mirada y luego rió y abrazó al anciano.

—Gracias —dijo—. Gracias por no estropearlo. He estado aquí en este restaurante… —Elena

se encogió de hombros— como veinte veces, pero esta noche fue la mejor.

—Y yo digo que cualquier chico capaz de cautivar a una chica mientras le da de comer sólo

pan, lechuga y chocolate debe de tener algo especial —El anciano rió por lo bajo, mirando a Elena

con admiración—. No le dejes escapar, querida.

—Gracias —volvió a decir Elena, y luego añadió—. Creo que no lo haré.

Y tomó la mano de Matt y no la soltó en todo el tiempo que tuvieron que esperar mientras el

aparcacoches conseguía cambio de cien dólares.

Continuará…

© L. J. Smith
® L. J. Smith
Versión original gratuita en www.ljanesmith.net
Traducción: Gemma Gallart

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