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El mago de Siberia

Colin Wilson
Título original:
<The magician from Siberia>

Traducción de Cristina Pagés

Primera edición febrero 1990

Colección:

Memoria de la Historia - Personajes


Nº 37
Dirección: Rafael Borrás Betriu

Editorial Planeta, S.A.


Córcega, 273-277
08008 Barcelona (España)

Impreso en España por:


Talleres Gráficos "Duplex, S.A."
Ciudad de Asunción, 26-D
08030 Barcelona

I.S.B.N.: 84-320-4526-8
Depósito Legal: B. 687-1990
¤ EL MAGO DE SIBERIA

A Grígori Rasputín lo han descrito como el "monje loco", el "Mesías


Malvado" y el hombre sobre quien recae la mayor responsabilidad por la
revolución rusa. Según sus enemigos, y tuvo muchos, era un maníaco sexual
y un estafador. Pero la verdad acerca de Rasputín es más extraña y
complicada.
En la presente novela biográfica, Colin Wilson, autor del best-seller de
los cincuenta, <The Outsider>, utiliza documentos de la época para
presentar la imagen más fiel y realista de Rasputín que se haya publicado
hasta la fecha; el retrato de un hombre que fue un santo con una vena de
sátiro, un místico con un toque de granujería campesina.
La hija de Rasputín, María, describió una anterior biografía de su
padre, escrita por Colin Wilson, como el relato más verídico que se haya
publicado acerca de él.
Colin Wilson es uno de los escritores más prolíficos, versátiles y
populares en la actualidad. Nació en Leicester en 1931 y dejó la escuela a
los dieciséis años. Después de trabajar en un almacén de lana, en un
laboratorio, en una fábrica de plástico y en un café, publicó su primer
libro, <The Outsider>, en 1956. La obra fue aclamada por la crítica y se
convirtió inmediatamente en un best-seller. Desde entonces ha escrito
muchos libros sobre filosofía, ocultismo, crímenes y desviaciones
sexuales, así como novelas de mucho éxito que le han convertido en un
autor de fama internacional. Entre sus obras cabe destacar: <The Geller
Phenomenon> (1976), <Mysteries> (1978), <Starseekers> (1980),
<Poltergeist> (1981), <Encyclopaedia of Murder> (con D. Seaman, 1983),
<Access to Inner Worlds> (1983), <A criminal History of Mankind> (1984),
etc. <Jack el Destripador: recapitulación y veredicto> (en colaboración
con Robin Odell) y <Los inadaptados> (1988) han sido publicados
anteriormente por Editorial Planeta.

<Memoria de la Historia> pretende ofrecer a los lectores la Historia


contada por quienes la hicieron, por los mismos <personajes> que en vez de
figurar en las páginas de los libros como objeto pasivo, adquieren voz y
nos cuentan su vida y su peripecia en primera persona. La Historia como
una novela personal, autobiográfica, en la que todo lo que aparece en
estas páginas es verdad, con hechos ciertos y comprobados, pero que se
presentan con la inmediatez y el dramatismo que da al relato la voz del
protagonista, supuesto historiador de sí mismo gracias a la pluma de unos
escritores que consiguen el difícil y apasionante equilibrio entre los
materiales de la crónica, tratados con el máximo respeto, y el enfoque que
corresponde a la más amena de las narraciones novelescas. Otra vertiente
de estas semblanzas es la evocación de <episodios> del pasado en tercera
persona con todo el rigor que exige el trabajo del historiador y la
ameneidad de la novela.
Éste es el objetivo de una colección que aspira a fundir lo más
atractivo que pueden ofrecer la historia y la literatura.
¤ PRÓLOGO

El primero de enero de 1917, la temperatura de Petrogrado estaba por


debajo de cero y nevaba ligeramente. En el puente Petrovski, sobre el río
Neva, unos cuantos espectadores observaban a unos policías que rodeaban un
hoyo en el hielo. La cabeza de un buzo rompió la negra superficie y dos
policías lo agarraron de los brazos y lo sacaron. Era un hombre
corpulento, de pecho amplio, cuyo cuerpo estaba untado de una capa de
grasa blanca para protegerlo del frío; la capa resaltaba en su velludo
pecho, formando pequeñas púas, cual azúcar en una tarta. Los policías
empezaron a tirar lentamente de una cuerda en el agua. Los espectadores
del puente soltaron gritos sofocados cuando un cadáver salió a la
superficie. Lo colocaron sobre el hielo y el agua chorreó del abrigo de
piel de castor negro dentro del cual iba atado con cuerdas.
El inspector de policía se agachó y miró asqueado la hinchada cara. El
cuerpo era el de un hombre barbudo de casi cincuenta años, y sus facciones
se hallaban extrañamente distorsionadas por el hielo que las cubría. Los
brazos y las piernas del hombre estaban atados, pero era evidente que
había logrado librar una mano, que tenía alzada sobre el pecho, con el
puño cerrado. Diríase que se estuviera persignando.
El inspector se volvió hacia el sargento.
--Es Rasputín, no cabe duda. Más vale que llame al despacho del
ministro.
Vio la expresión satisfecha del sargento.
--Deje de sonreír, imbécil, que un asesinato no es una broma.
--No, jefe.
Pero el sargento no intentó ocultar su sonrisa al volverse.
Cuando, media hora más tarde, llegó Protopopov, el ministro del
Interior, ya habían llevado el cuerpo a la choza de madera de un
trabajador, a orillas del río. La noticia se había extendido; carros y
carruajes bordeaban en el muelle, y el puente se hallaba atestado. La
policía prohibió a los espectadores caminar sobre el hielo, por si éste se
rompía.
En la choza, el médico dictaba su informe a su ayudante. El inspector se
encontraba de pie, en un rincón, calentándose las manos encima de un
brasero de carbón. El cuerpo, tumbado sobre un banco de madera, estaba ya
desnudo; el hielo se había derretido y encharcado el suelo. El médico echó
un vistazo a Protopopov y siguió dictando.
--Herida de bala en la espalda, apuntada probablemente al corazón. Una
segunda herida de bala en el cuello. Cualquiera de las dos hubiera podido
causarle la muerte. La mejilla izquierda está magullada y tiene
magulladuras y varias heridas, debidas probablemente a un puntapié. Faltan
puñados de cabello en la cabeza...
Protopopov, un hombrecillo atildado con bigote cuidadosamente acicalado,
miró el cuerpo, palideció y se volvió rápidamente. Se aclaró la garganta.
--Si le dispararon al corazón, ¿cómo logró librar las manos?
--Fue sólo una mano.
El médico era un hombre fornido, canoso, de modales bruscos.
--El disparo no dio en el corazón.
--¿Cómo lo sabe?
Protopopov estaba de espaldas al cuerpo, a fin de no verlo.
--Porque murió ahogado. Mire.
El médico colocó las manos en el pecho desnudo y presionó con toda su
fuerza; de la boca ladeada salió agua a borbotones.
--Los pulmones están llenos de agua, lo que prueba que estaba vivo
cuando lo arrojaron al río.
Protopopov hizo una mueca, con lo que se asemejó a un niño a punto de llorar.
Con tono asombrado, exclamó:
--¡Qué bestias! ¡Qué inmundas bestias! -vaciló, como si no estuviese
seguro de lo que debía hacerse a continuación-. Los atraparemos y los
castigaremos. Informaré de ello a Su Majestad, la zarina.
El inspector preguntó:
--Disculpe, señor ministro. ¿Puede usted identificar el cuerpo con toda
seguridad como el de Grígori Rasputín?
--Sí, sí. Es él. No cabe duda.
Salió apresuradamente, sin mirar atrás. El médico gruñó:
--No se ha quedado mucho tiempo.
El inspector miró hacia afuera, para asegurarse de que el ministro se
había ido.
--Debía su nombramiento a Rasputín. Me atrevería a decir que está
preocupado por si lo pierde.
El doctor se estaba poniendo la levita.
--¿Tiene usted idea de quién pudo hacerlo?
--Por supuesto. Todo el mundo lo sabe. Fue ese joven idiota, Yussupov.
Con la ayuda de Purishkevich. Uno de ellos salió corriendo y se acercó a
dos soldados. "Acabamos de matar a Rasputín, enemigo de Rusia y del zar."
Entonces los obligaron a ayudarlos a mover el cuerpo.
El médico silbó.
--Por lo que dice, parecería que el zar está detrás de todo esto.
--Lo dudo. ¿Por qué habría de estarlo?
El médico bajó la voz, señalando el cuerpo con una inclinación de
cabeza.
--Dicen que era el amante de la zarina.
El inspector puso expresión de indignación.
--¿Dónde oyó decir eso?
--En mi club.
--No, no, querido amigo. Un asqueroso mujik como ése, no. -Miró
enfurecido el cuerpo-. Podría creer que fuera un espía alemán. Pero no que
fuera amante de la zarina.
El sargento metió la cabeza por la puerta entreabierta.
--El ataúd ya ha llegado. Y la ambulancia trata de abrirse paso. La
calle está atiborrada de coches.
--¡Entonces, hágalos circular! Para eso le pagan, -exclamó el inspector.
Cuando el sargento se hubo ido, preguntó al médico:
--¿Adónde lo llevan?
--Al hospital de Chesma. Allí practicaremos la autopsia.
Resultó que el ataúd no tenía tapa; tuvieron que cubrir el cuerpo con
una vieja manta. Debido a la multitud, la ambulancia tuvo que esperar en
el extremo del muelle; cuando la ambulancia pasó con el ataúd, la gente
hizo esfuerzos por ver lo que había dentro. El médico subió a la parte
trasera de la ambulancia y se sentó en el estrecho asiento de madera, con
las rodillas apretadas contra el ataúd. Los dos hombres de la ambulancia,
ambos campesinos de mediana edad (la mayoría de los jóvenes se encontraban
en el frente) lo miraron con respeto, pero sin decir nada. Mientras la
ambulancia traqueteaba y se bamboleaba sobre los adoquines, el médico miró
por las ventanillas. En la avenida Nevsky parecía haber un número inusual
de grupitos. Cuando pasó por allí dos horas antes, estaba casi desierta.
Ahora, la gente hablaba entusiasmada, sonreía, gesticulaba; el ambiente
era casi carnavalesco. La noticia se estaba extendiendo con evidente
rapidez.
La manta se había deslizado de la cara del muerto, descubriendo la
mejilla cortada y la herida de bala en el cuello. Cuando el médico volvió
a colocar la manta en su lugar, uno de los hombres de la ambulancia dijo:
--Debieron odiarlo mucho para tratarlo así.
Al médico le asombró el tono pensativo del hombre.
--Usted, ¿no lo odiaba?
El campesino negó con un pesado gesto de su redonda cabeza; sus cándidos
ojos castaños hicieron pensar al médico en un gran perro.
--No teníamos por qué odiarlo, <batushka>. Era un campesino, como
nosotros.
El otro añadió:
--Lo mataron los ricos porque trataba de ayudar a los pobres. El médico los
miró fijamente, sorprendido; le extrañaba oír una opinión
tan distinta a la de sus conocidos. Los campesinos bajaron la mirada, como
si se sintieran avergonzados de hablar tan francamente con uno de sus
"amos"; en Rusia, en esos tiempos, uno era o amo o sirviente. El momento
embarazoso pasó y el carruaje se balanceó violentamente, obligándolos a
aferrarse a los bordes del ataúd; el carruaje había doblado en la
carretera, camino de Zarskoé Selo, y el conductor había azuzado los
caballos. Bajo la manta, la mano alzada daba la impresión de que el
difunto estaba a punto de destaparse la cara e incorporarse.
¤I

Siberia es una tierra de extensas y vacías estepas, de ríos tan


anchos que en la mitad de su cauce no se pueden ver las orillas. Sus
bosques son tan inmensos que, cuando, en junio de 1908, un gigantesco
meteoro estalló por encima de ellos, aplastando más de dos mil kilómetros
cuadrados de árboles, la noticia tardó varias semanas en llegar a la
civilización.
Un gran meteoro cruzó también el cielo de Siberia occidental la noche
del 23 de enero de 1871, cuando nació Grígori Efimovich Rasputín; al dar a
luz, su madre lo vio por la ventana de la habitación y observó que
estallaba, produciendo una lluvia de algo parecido a brasas ardientes,
para luego desaparecer. En medio de los dolores del parto se preguntó si
era un presagio bueno o malo.
Ana Egorovna era la mujer de Efim Akovlevich Rasputín, un campesino
acomodado. Tras diez años de matrimonio, su vida era agradable y su
propiedad prosperaba. No siempre fue así. Cuando se casaron, Efim Rasputín
era cochero del Correo Imperial; un hombre cuya apostura y vitalidad
natural atraían a muchas mujeres. Se casó con Ana debido a una especie de
bravata, pues su modesta gentileza parecía contener un ruego de que le
hiciera perder la cabeza un hombre que sabía lo que quería. Tuvieron
primero una niña, que era epiléptica, y el gallardo cochero, para quien la
vida de casado se había convertido en una especie de anticlímax, se dio a
la bebida. Una noche, mientras dormía la borrachera en la paja de un
establo, un ladrón le robó uno de los caballos.
Sus superiores ya le habían advertido que no debía beber, y el rumor de
que había perdido el caballo en un juego de naipes los llevó a acusarlo de
grave negligencia, bajo los reglamentos imperiales. En el reinado de
Alejandro II, dichas transgresiones recibían un duro castigo; hubieran
podido matarlo a latigazos. Pero la suerte no lo abandonó; su castigo
consistió en seis meses de encarcelamiento y la pérdida de su empleo. Su
mujer y su hija se fueron a vivir con los padres de ella.
El desastre hizo que Efim Rasputín valorara a su mujer; hizo también que
deseara un hogar estable. Siguiendo el consejo de su suegro, decidió
emigrar a Siberia occidental. El gobierno deseaba alentar la colonización
de esa inmensa y desierta tierra; a Efim le asignaron cincuenta verstas
cuadradas de tierra y diez más de bosque. La tierra era buena y Efim se
deleitaba con la sensación de ser propietario. Con trabajo duro, buena
administración y un préstamo de su suegro, se convirtió rápidamente en uno
de los hombres más prósperos de la aldea de Pokrovskoé. En 1869, nació un
niño, Mijaíl, o Misha, fuerte e inteligente, que pronunció sus primeras
palabras antes de cumplir un año. En la semana en que nació Grígori, su
segundo hijo, Efim Rasputín acababa de comprar al gobierno una franja de
terreno en la pradera (a dos rublos por versta cuadrada) y fue nombrado
jefe de la aldea. Era un hombre satisfecho y nunca añoró la vida en la
carretera, ni las tabernas donde jugaba a los naipes con otros cocheros.
Grisha, -diminutivo de Grígori-, era tan fuerte como su hermano, pero
menos plácido. Misha aceptaba lo que la vida le deparaba; Grisha pedía
siempre más. A Misha le gustaba que su madre lo acariciara; Grisha se
debatía violentamente si alguien trataba de besarlo. De niño, tan pronto
como se despertaba se quitaba la ropa de cama, por lo que durante los dos
primeros inviernos de su vida, su madre durmió a su lado, en la cocina,
donde el fogón permanecía encendido toda la noche.
Si bien ya caminaba a los ocho meses, a los dos años aún no había
pronunciado una palabra. Evidentemente, esto no se debía a falta de
inteligencia, pues ésta chispeaba
en sus vivaces ojos. Sencillamente, carecía del deseo de comunicarse a
través del lenguaje. Un día, su madre tuvo un indicio del porqué de ello,
al observar cómo la mirada del niño pasaba de un rostro a otro durante una
conversación; diríase que entendía lo que se decía, gracias a una especie
de telepatía.
Una tarde, justo después de haber cumplido un año, Grisha desapareció.
Su madre lo buscó con creciente alarma, hasta que vio que la puerta del
establo se hallaba abierta. Había sólo un animal adentro: un caballo que
se había herido una pata al caer. El animal yacía tranquilo en la paja y
Grisha dormía plácidamente a su lado. Ana levantó a su hijo y lo llevó a
la cocina. Al atardecer, su esposo regresó del campo y se sentó a tomar un
té, fuerte y dulce. El mozo de cuadra, Ignati, entró a fumarse una pipa.
Efim Rasputín le preguntó:
--¿Cómo está <Kulat>?
Ignati sacudió su calva cabeza.
--No lo entiendo. Parece estar bien.
--¿Bien?
Efim salió apresuradamente hacia el establo. Regresó sacudiendo la
cabeza, pero encantado.
--Es asombroso. La hinchazón ha desaparecido totalmente.
Ana miró a Grisha, que jugaba con una herradura. No dijo nada. La idea
que le pasó por la mente era absurda.
A partir de entonces, el niño pasó mucho tiempo en el establo y el
cobertizo donde se ordeñaba a las vacas. Entre animales experimentaba una
honda sensación de paz y satisfacción; además, podía transmitir esta
sensación a los animales cuando éstos se mostraban inquietos. Una vaca
sufrió una herida interna al parir y de allí en adelante fue difícil
ordeñarla. A menos que el mozo de labranza mantuviera firmemente entre las
rodillas su pata trasera, lo pateaba a él y al cubo. Pero si Grisha se
ponía a su lado, apoyando ligeramente una mano en su flanco, se relajaba y
se volvía dócil. Cuando el potro se dañó el tendón de una corva, Grisha,
que tenía cuatro años, se puso a su lado, con los ojos cerrados y la mano
apoyada ligeramente en la pata trasera. Entonces sonrió y dijo:
--Ya estás bien ahora, -y salió.
Ignati, que lo había observado silenciosamente desde un rincón, salió
guiando al animal al patio; el potro caminó sin cojear.
Fue poco después del incidente con el poney que Grisha empezó a
sospechar que era distinto a los demás. Una clara y soleada mañana, él y
su hermano se habían tumbado boca abajo en la pradera de su padre, mirando
fijamente el agua cristalina del río Tura. Tenían el sol a la espalda, por
lo que el agua se hallaba en la sombra. Grisha clavó la mirada en la
oscuridad del agua y dijo:
--Hay un pez grande.
--¿Dónde?
Misha alargó el cuello cuidadosamente, acercando la nariz a la
superficie; pero no vio nada. finalmente, manifestó:
--No hay nada ahí.
--Sí que lo hay.
--¿Lo puedes ver?
Grisha miró las profundidades con atención; ciertamente, el agua estaba
oscura y las algas formaban una especie de cortina en la orilla. No sólo
veía el pez, sino que percibía también su alarma ante los rostros de los
chicos.
--No hay ningún pez, -profirió Misha, disgustado.
Metió la mano en el agua. Gritó cuando una gran tenca saltó debajo de la
orilla y se deslizó hacia la mitad del río. Grisha se echó a reír, pero no
por malicia, sino simplemente porque se había dado cuenta de que podía
percibir la presencia del pez sin haberlo visto, y que su hermano no
compartía su habilidad.
Más tarde, esa misma mañana, se agachó para oler una flor amarilla medio
oculta entre la hierba. Sabía que su aroma sería agradable, porque la
rodeaba una plateada neblina, cual diminutas chispas. Misha alargó la mano
para cogerla y Grisha empujó su mano.
--No hagas eso. Impedirás que tintinee.
Misha lo miró ligeramente asombrado.
--¿Que tintinee? No es una campana.
Pero eso era precisamente lo que Grisha quería decir; la neblina que
rodeaba la flor le producía una sensación
parecida al sonido de las campanillas de un trineo, o de las diminutas
campanas atadas a la cuna en que dormía cuando era bebé.
Misha le preguntó, burlón:
--¿Tintinea ésa?
Señaló una flor púrpura en forma de campana, con hojas oscuras. Grisha
sintió rabia y frustración. Era perfectamente obvio que la flor púrpura no
tintineaba; su aura era más suave, más modesta. Pero no sabía cómo
expresarlo. Un momento después, una abeja pasó zumbando junto a la flor
amarilla y desapareció en la púrpura. Al observarla, fascinado, Grisha
percibió el placer de la abeja ante la suavidad complaciente de la flor,
así como el placer de la flor al entregarle su polen. Cuando miró a su
hermano, volvió a darse cuenta de que Misha era incapaz de percibir
estas cosas. Pero esta vez no se sintió superior; experimentó sólo una
punzante tristeza. Era como si hubiese descubierto de pronto que su
hermano era ciego.
Un día de Septiembre, su padre regresó temprano del bosque. Un árbol
había herido a Ignati al caer. La comadrona local (en Pokrovskoé no tenían
médico) había dicho que tardaría meses en sanar. Al escucharla, Grisha
tuvo un repentino presagio, la seguridad de que Ignati no regresaría nunca
al trabajo.
En Siberia, el otoño es corto. El verano caliente se convierte
rápidamente en invierno helado. Durante esta breve estación, el aire es
suave, pesado con el recuerdo de los días veraniegos y la sensación del
paso del tiempo. Dos semanas después del accidente de Ignati, Ana Egorovna
se encontraba sentada en el porche trasero, rodeada por los sonidos de la
naturaleza y por indefinidas nostalgias. Grisha estaba sentado a sus pies,
hojeando un libro con imágenes de santos rusos. De pronto, preguntó:
--¿Está muerto Ignati?
Su madre lo miró sorprendida.
--¿Por qué habría de estarlo?
Grisha explicó:
--Lo vi entrar al establo esta tarde, cuando daba de comer a <Karat>.
--¿Cojeaba?
--No.
Ana no dijo más. Pero diez minutos más tarde, se dirigió calle abajo
para preguntar. Ignati había muerto a las cuatro de la tarde, la herida de
la pierna se había gangrenado.
Ana Egorovna estaba inquieta y un tanto atemorizada. En las zonas
rurales de Rusia, la clarividencia se toma a menudo por descontado. Pero
Ana se había criado en una ciudad. Su tía Dunya, que estaba postrada en
cama, poseía también el don de <ver cosas> y sabía cuándo habría una
muerte en la familia. Ana relacionaba la clarividencia con la enfermedad y
temía por la salud de Grisha. Esta preocupación duró exactamente media
hora, hasta que Grisha tiró la jarra de la leche mientras perseguía a su
hermano por la cocina. Con un niño tan travieso y ocasionalmente tan
destructivo como lo era Grisha, no parecía haber razón de preocuparse por
su vitalidad.
Pues, pese a sus accesos de ensoñación, Grisha era un chico totalmente
normal, o sea, lo que el cura de la aldea, el padre Pavel, llamaba alguien
que "hace novillos en la santidad". Podía ser irritable, brusco,
susceptible y egocéntrico. Era también cariñoso, generoso y totalmente
sincero. Los siberianos son conocidos por su franqueza; pero Grisha decía
la verdad por razones propias. Estaba tan acostumbrado a saber cuándo los
demás mentían, que presumía que ellos también podían leer la mente. La
costumbre de ser sincero perduró en él aun después de que se diera cuenta
de que los demás carecían de su perspicacia. Estaba presente en el corral
cuando un chalán de Tiumen convenció a su padre de que le comprara una
yegua pía. Según el chalán, un hombre alto de orejas grandes y acento
"señorial", la yegua era de buen talante, trabajadora y de excelente
pedigrí. Grisha veía que el animal era díscolo y temperamental, y que el
chalán lo había alimentado bien media hora antes para que permaneciera
quieto. Cuando acordaron el precio y su padre entró a buscar el vodka,
Grisha lo siguió y le dijo:
--No te está diciendo la verdad.
--¿No? ¿Por qué?
Su padre estaba de buen humor, pues pensaba haber sacado el mejor
partido del trato.
--Algo le ocurre al animal.
--No seas tonto, niño. Sé mucho más de caballos que tú.
A Grisha lo llamaba "niño" cuando se sentía irritado.
Pero después de trabajar con la yegua durante dos días, Efim Rasputín se
dio cuenta de que le habían tomado el pelo. Era un animal perezoso,
malhumorado y corto de resuello, y el chalán se habría sentido
evidentemente encantado con la mitad del precio que le pagó.
Grisha experimentó una iracunda satisfacción cuando oyó a su padre
quejarse del caballo; se lo merecía por ser tan testarudo. Este tipo de
cosas fueron las que profundizaron el abismo entre padre e hijo.
En los años setenta del siglo XIX no había escuela en Pokrovskoé, por lo
que los niños crecieron en total libertad. Su padre les enseñó a leer y
escribir y, al poco tiempo, Misha pedía libros prestados por doquier.
Grisha prefería pasearse por el <urman>, el inmenso bosque de abetos y
pinos, recogiendo frambuesas y grosellas silvestres, o simplemente
permanecía acostado boca abajo y observaba cómo el viento hacía ondear la
hierba de la estepa. Su padre lo llamaba perezoso, pero no se daba cuenta
de que los paseos de su hijo no se debían al aburrimiento ni al deseo de
no trabajar. Lo que empujaba a Grisha a salir en los amaneceres de verano
era una oscura hambre de la imaginación. Tumbado en la hierba, antes de
que el sol evaporara el rocío, sentía una honda paz, al fondo de la cual
yacía una extraña excitación. Cuando escuchó al chalán de Tiumen, trató de
entender lo que intentaba ocultar; pero diríase que su oído interno no era
lo bastante sensible. Al pasear por el bosque, experimentaba la misma
sensación, como si los árboles y la hierba trataran de decirle algo, pero
su susurro estuviese justo fuera del alcance de su oído. Mas, había días
en que la propia tierra parecía viva, y la paz en su interior crecía hasta
que oía todo lo que decía. Si cerraba los ojos, la tierra parecía moverse
a sus pies, como un mar suavemente palpitante. La sensación nunca duraba
mucho tiempo, pues él se excitaba
en exceso y era demasiado consciente de sí mismo. Pero, al regresar a
casa, se sentía exaltado. En la habitación de su madre había una caja de
hojalata cuya tapa contenía una foto de la boda del zar Alexis con Natalia
Naryshkin en la catedral de la Asunción, rodeados éstos de centenares de
boyardos. Algo en su interior le decía que su vida sería asombrosa,
extraordinaria. En su imaginación, sentía la corona en su cabeza y la
túnica forrada de pieles arrastrándose por detrás.
Los dos hermanos se fueron distanciando emocionalmente. Al llegar a la
adolescencia, Mijaíl se convirtió en un chico alto, torpe y lleno de
granos; Grisha se dio cuenta de que deseaba estar solo, para adaptarse a
los cambios que observaba en su cuerpo. Una soleada mañana de 1883, antes
de que la corta primavera siberiana diera paso al bochornoso y sofocante
verano, Mijaíl sugirió que se fueran de día de campo. Llevaron consigo
trozos de pan negro, cebolla y botellas de <kvass> elaborado en casa y
se dirigieron hacia una pradera poco más arriba y no lejos de la cascada
donde el río Tura se une al Tobol. Era domingo y, al parecer, todo el
mundo había tenido la misma idea; la zona para bañarse se encontraba
atestada. Caminaron un kilómetro, río arriba, hacia la pradera de su
padre. Allí el agua no era tranquila ni clara, sino fangosa y henchida de
hielo en vías de derretirse. Ambos sabían que había una ancha plataforma
debajo de la orilla donde podían permanecer de pie con el agua helada
llegándoles hasta la cintura. Grisha apenas se estaba quitando la ropa
cuando oyó un grito de Misha. Corrió hacia la orilla y vio a Misha
luchando en el agua, varios metros río abajo, tratando de agarrarse a un
arbusto de la orilla. Grisha saltó al agua, afianzándose en un arbusto, y
alargó la mano para coger a su hermano. El agua helada le entumeció las
piernas. Misha asió su mano y se aferró frenáticamente a ella, tratando de
darse la vuelta en la rápida corriente par sostener a su hermano con ambas
manos. El tirón fue demasiado fuerte y Grisha soltó el arbusto; sintió
terror cuando la boca y la nariz se le llenaron de agua fangosa. Misha
seguía aferrado a su mano y ambos fueron arrastrados río abajo.
Doscientos metros más abajo, Arkhip Kaledin, su vecino
el herrero, vio lo que ocurría. Sin vacilar, saltó al agua, agarrándose a
la hierba de la orilla con una mano; cuando Grisha pasó por su lado, lo
sujetó del antebrazo. Kaledin era un hombre fuerte, pero necesitó toda su
fuerza para arrastrar a ambos niños hacia la orilla. La lucha no había
acabado aún. Con Grisha entre las rodillas, empujó a Misha hacia la orilla
y luego a Grisha. Entonces, Kaledin perdió el equilibrio y el río lo
arrastró cincuenta metros abajo antes de que pudiera afianzarse a una roca
saliente y auparse hacia la orilla.
Los dos chicos jadeaban, castañeteaban los dientes, y estaban demasiado
abatidos para sentir agradecimiento. Temblando de frío y conmocionados,
dejaron que Kaledin los obligara a regresar andando a casa. Efim Rasputín
les hizo tomar mucho vodka, lo que mareó a Mijaíl. Mandaron llamar a la
partera local, pero ella no tenía medicina para eso.
Hacia la noche, ambos chicos se hallaban enfermos y deliraban. Misha
murió dos días más tarde, pues su débil constitución no pudo resistir la
pulmonía. Cuando eso ocurrió, Grisha dormía enfebrecido, con el cabello
empapado en sudor. Sus padres decidieron ocultárselo, pero eso era
imposible. Tan pronto como despertó, preguntó:
--¿Dónde está Misha? -y, mirando la cara de su madre, añadió-: Está
muerto ¿verdad? -tras lo cual hundió el rostro en las mantas.
Durante unos días, Ana Egorovna pensó que perdería también a Grisha.
Pero era más fuerte que su hermano. Fue la tristeza, más que la
enfermedad, lo que retrasó su recuperación. Tres meses más tarde, en pleno
verano, se hallaba aún pálido y débil. Por la noche, pasaba horas
despierto, pensando en Misha.
Su recuperación se logró con un acontecimiento que asombró a la aldea
entera. Una tarde de junio, una docena de campesinos y sus mujeres se
habían reunido en le patio trasero del jefe de la aldea, bajo un tilo,
para disfrutar de la frescura del atardecer y cotillear sobre sus vecinos;
un humeante samovar se hallaba sobre el banco en el que se colocaban
normalmente las lecheras. Grisha se encontraba sentado, apoyado contra la
pared de la casa y las rodillas dobladas bajo la barbilla. Desde
la muerte de Mijaíl se sentía entumecido y evitaba estas reuniones en el
patio trasero de su casa. Esa tarde, por primera vez, experimentó un
despertar de la vida, y los olores del patio le calmaron los sentidos.
Los vecinos hablaban de la pérdida de un caballo que pertenecía a un
campesino de la localidad, muy trabajador, llamado Matvei Zhigoulev. La
noche anterior, dos caballos habían desaparecido de su cercado y a uno de
ellos lo encontraron errando junto al río. El otro no dejó rastro en la
dura tierra. Algunos del grupo tendían a creer que Zhigoulev, que bebía
demasiado, había olvidado asegurar la puerta del corral y que los caballos
se habían escapado. Cuando alguien sugirió que habían robado el caballo
desaparecido, un campesino llamado Vasili Gvosdev lo contradijo:
--En ese caso, ¿por qué no se llevaron los dos caballos?
Mientras Vasili hablaba, Grisha supo repentinamente la respuesta.
--Yo puedo decírselo, -anunció.
Todos lo miraron. Su padre, que creía que el niño no tenía derecho a
interrumpir, pero que no deseaba mostrarse descortés frente a sus
invitados, preguntó irritado:
--¿Y bien?
El corazón de Grisha latía apresuradamente de miedo por la temeridad de
lo que estaba apunto de decir; sin embargo, habló:
--Porque el ladrón no quería que la gente pensara que lo había robado.
El herrero inquirió:
--¿Quién es el ladrón?
Grisha miró directamente a Vasili Gvosdev y lo vio hacer una mueca; eso
confirmaba lo que ya sabía. Lo señaló.
--Él cogió el caballo.
Gvosdev se levantó iracundo.
--¿De qué habla?
Los demás guardaron un asombrado silencio. Efim Rasputín exclamó:
--No puedes decir cosas así... -pero se hallaba demasiado sorprendido
para enfadarse.
Gvosdev siguió gritando.
--¿Me está acusando...?
Y Ana Egorovna interrumpió apresuradamente.
--No le haga caso. El niño ha estado enfermo.
Se acercó a Grisha, le rodeó los hombros con un brazo y lo conminó:
--Ven, es hora de que te acuestes...
Efim Rasputín pidió disculpas a Gvosdev, que las aceptó de mala gana, y
se marchó diez minutos más tarde. Con tacto, los demás evitaron mencionar
lo ocurrido. Sin embargo, todos pensaban en lo que Grisha había dicho.
Al llegar la mañana siguiente, Efim Rasputín había tenido tiempo de
darle vueltas al asunto. Despertó a Grisha a las cinco y le dijo que
limpiara el establo. Pero mientras ambos atravesaban el patio (Grisha se
encontraba aún demasiado soñoliento para explicarse o disculparse), vieron
que trasponían la puerta del corral tres de los vecinos que se habían
reunido allí la noche anterior. Tenían aspecto cansado pero alegre y
llevaban consigo un caballo. Era el de Matvei Zhigoulev.
--¿Dónde lo encontrasteis?
El herrero le dio una palmada en la espalda a Grisha y le preguntó:
--¿Dónde crees? En casa de Gvosdev.
Interrumpiéndose constantemente los unos a los otros, contaron cómo, al
salir de casa de Rasputín la noche anterior, empezaron a hablar de lo que
había dicho Grisha y acordaron que valía la pena investigarlo. Gvosdev
llevaba apenas dos años en esa zona y ya le habían acusado de estafar a
una viuda en un trato por un terreno. La principal objeción a la idea del
robo era que no tenía sentido robar un caballo de la misma aldea. Alguien
lo reconocería. Entonces, Kaledin recordó que, al cabo de unos días,
habría una feria de caballos en Tiumen, y que los gitanos de allí no
tenían escrúpulos a la hora de comprar propiedad robada. Se dirigieron a
la pequeña finca de Gvosdev, a seis kilómetros de la aldea, y esperaron.
Justo antes del amanecer, le vieron salir de su casa y encaminarse a un
cobertizo en un campo un tanto alejado. Cuando salió llevando consigo el
caballo robado, los tres hombres se abalanzaron
sobre él. En las zonas remotas de Siberia, el robo de caballos es
considerado como algo más despreciable que el asesinato. Dejaron a Gvosdev
inconsciente en el suelo, con las orejas y la nariz sangrando. Ahora,
llevaban el caballo de vuelta a Matvei.
Cuando los tres hombres se hubieron marchado, Efim Rasputín se volvió
hacia su hijo. Tenía una expresión amable y pensativa.
--Regresa a la cama, -le dijo.
Pero Grisha no tenía ganas de volver a la cama. Se metió pan y cebollas
en el bolsillo y salió de la aldea, caminando a lo largo de la orilla del
río. Por primera vez, se sentía reconciliado con la idea de la muerte de
Misha. Tenía la sensación de haber cambiado extrañamente, como si fuese
una persona distinta. El silencio en su interior era más profundo que
nunca. En una confluencia entre la corriente principal y un afluente, se
sentó a observar la luz del sol caer sobre el agua, hasta hipnotizarse.
Diríase que en su interior se abrían espacios. La impresión no era muy
distinta a la de los senos al aclararse tras un fuerte resfriado,
liberando así las vías nasales. De un modo indefinible, su corazón parecía
abrirse, expandirse y entraba en él una corriente, como de aire fresco. Su
cuerpo ya no parecía limitar sus sentidos. Al mirar el agua, percibió los
peces nadando en las profundidades. Entonces, a medida que el silencio
aumentaba, advirtió el movimiento de los gusanos y los insectos en la
tierra. Hasta podía percibir la vida de los árboles, con sus hojas
bebiendo la luz del sol y chupando agua de la tierra. Grisha no sabía nada
de botánica. Sin embargo, en ese momento supo, con toda certeza, que las
hojas mismas eran las que chupaban el agua de la tierra.
Tras media hora, esta sensación de parentesco con la tierra lo dejó tan
cansado que se tumbó en la húmeda hierba y se quedó dormido. Soñó con
Misha pero ya no sintió pesar, pues le parecía obvio que no había muerto.
Cuando despertó, la percepción seguía presente. Era evidente que la muerte
era una especie de ilusión, una combinación distinta de ciertos elementos
básicos.
Cuando estas experiencias dieron lugar a unos sentimientos
más normales, pensó en su predicción sobre el caballo robado y rebosó
satisfacción. Pensó orgulloso en las palabras de Arkhip Kaledin: "Es un
chico maravilloso el que tienes... se dará a conocer". Era cierto. Lo supo
entonces con tal seguridad que por poco se le corta la respiración. No era
egoísmo, sino una humilde seguridad de que había sido elegido para hacer
algo importante. Aún no tenía idea de lo que sería. El futuro era como una
neblina plateada que atravesaban destellos azules. De pronto, para su
propio asombro, se sintió impulsado a caer de rodillas y juntar las manos.
La emoción le hizo un nudo a la garganta y las lágrimas le corrieron a los
lados de la nariz. Simultáneamente, recordó algo que había olvidado por
completo. A los cinco años había padecido una fiebre. En pleno delirio
reparó en una mujer sentada al lado de su cama. Era hermosa, tenía el
cabello rubio y vestía de azul. Cuando colocó su mano en la frente de
Grisha, la fiebre cedió y el niño cayó en un sueño pacífico. Tuvo una
sensación de seguridad total, de que no había nada que temer. Y ahora
volvía a experimentarla: la sensación de contar con un aliado inmenso y
poderoso.
Camino de casa, ya entrada la tarde, creyó haber tenido una revelación.
En cierto sentido, era un "elegido". Parecía increíble, él, Grisha
Efimovich Rasputín, hijo de un campesino, se enfrentaba a un destino
importante. Pero, ¿cuál podría ser? ¿Se convertiría en santo? Era una idea
atrayente. Podía imaginarse viviendo en una choza aislada en el bosque,
así como a los peregrinos de todas partes de Rusia que le irían a visitar.
Podía verse yaciendo en un ataúd, tal vez en la catedral de la Asunción,
rodeado de cirios encendidos y de una multitud de adoradores con el
corazón destrozado, rezándole para que hiciera desaparecer sus pecados...
Todo eso era muy satisfactorio. Sin embargo, estas ilusiones no se debían
enteramente al egoísmo infantil. Tenía un auténtico anhelo por
proporcionar ayuda y paz a los que sufrían, por curar a los enfermos, e
incluso por resucitar a los muertos.
Antes de llegar a casa el carácter de sus pensamientos había cambiado.
¿Y si estaba destinado a convertirse
en un gran dirigente, como Alejandro Nevski? (1) ¿O en un gran estadista
como Pobiedonostsev? (2) (No estaba muy seguro de quién era
Pobiedonostsev, pero le había gustado siempre el nombre.) ¿O incluso, tal
vez, en un zar todopoderoso como Pedro el Grande? Su imaginación estaba
enardecida y ningún sueño le parecía demasiado absurdo. Cuando llegó a la
aldea, la gente lo saludó con la mano o de palabra, pues la historia del
caballo ya la habían repetido cien veces, y él respondió solemne, digno,
como correspondía a un hombre que acaba de enfrentarse a un futuro
deslumbrante.
A media tarde, su madre subió a su habitación para llevarle un tentempié de
pescado salado y pepinillos en vinagre, una costumbre que estableció cuando
estuvo enfermo. Se sorprendió al encontrarlo leyendo. Grisha había cogido
todos los libros del lado que Misha ocupara en el cuarto y los había colocado en
la mesa junto a su cama. Era una colección bastante variada: <La vida del
arcipreste Avvakum escrita por el propio arcipreste>; dos volúmenes
descabalados de la <Historia de Rusia> de Karamzin; una traducción de una
novela de Sir Walter Scott; un ejemplar llamado <Miscelánea familiar>; y un
<Nuevo Testamento> que el padre Pavel había regalado a Misha por haber
aprendido de memoria dos salmos. Su hijo había decidido que un futuro
estadista o general debía saber leer y escribir al menos tan bien como un
párroco de aldea.

(1) Alejandro Nevski (1220- 1263). Hijo segundo del gran duque
Jaroslav II, que, en 1239, recibió el principado de Novgorod. Al irrumpir
los tártaros en el sur de Rusia, los suecos, daneses y livonios invadieron
el norte, pero Alejandro los derrotó cerca del Neva. Sucedió a su padre en
1247 y se opuso al intento de Inocencio IVde unir las Iglesias oriental y
occidental. Reverenciado en vida, fue canonizado después de su muerte.
Pedro el Grande fundó un monasterio y una orden con su nombre. (N. de la
t.)
(2) Konstantin Petrovich Pobiedonostsev. Político y jurisconsulto
ruso (1827-1907). Fue preceptor de los hijos del zar Alejandro III,
senador, consejero de estado y, por último, procurador general del Santo
Sínodo. Fue el hombre más influyente de los reinados de Alejandro III y
Nicolás II. Profundamente conservador y ortodoxo, combatió enérgicamente
las ideas liberales de su tiempo. Dejó notables obras jurídicas. (N. de la
t.)
Cuando Ana Egorovna le explicó a su esposo que Grisha estaba leyendo <La
vida del arcipreste Avvakum>, Efim se sintió complacido. Se consideraba un
hombre religioso y a menudo leía pasajes de la Biblia a su familia en las
noches de invierno. De haber conocido las ideas que surgían en la mente de
su hijo al descubrir la vida del arcipreste, habría estado menos
encantado. En la segunda página, Grisha había encontrado un pasaje que
leyó y volvió a leer, fascinado:
"Cuando yo era párroco, una joven vino a confesarse conmigo, agobiada
por sus muchos pecados, pues había fornicado y cometido todo tipo de
pecados contra la pureza y empezó a contármelos en gran detalle,
sollozando en la iglesia ante los Sagrados Evangelios. Pero yo, tres veces
maldito médico, enfermé también y ardía en un fuego lascivo; fue una hora
amarga para mí. Encendí tres cirios, los fijé sobre el atril y puse mi
mano derecha sobre la llama y la mantuve allí hasta que la lujuria se
extinguió."

Grisha se impresionó ante la capacidad del párroco para aguantar el


dolor; pero le pareció absurdo que se sintiera tan decaído por arder en un
fuego lascivo. ¿Sería algo tan importante? De haber pecado, seguramente
Dios lo perdonaría, ¿no?
Este episodio no fue lo único de <La vida del arcipreste Avvakum> que
excitó la imaginación de Grisha. El libro es también una historia de
aventuras. Avvakum viajó mucho y corrió graves peligros: en el río
Tunguska, en Siberia, su barcaza casi se hundió y su mujer tuvo que sacar
a sus niños del agua. Y, tras muchas tribulaciones, Avvakum fue a Moscú "y
el zar me recibió con alegría, como si yo fuese un ángel de Dios". Sin
embargo, por negarse a abjurar su fe, en la antigua forma de culto, lo
arrojaron en una prisión y finalmente lo quemaron en la hoguera. Grisha se
conmovió profundamente. Anhelaba visitar esos distantes sitios, ver las
iglesias de Moscú, las montañas Altai y la vasta extensión del lago
Baikal.
Cuando sus ojos se cansaron de leer, los cerró y pensó nuevamente en la
joven <agobiada por sus muchos pecados>. En el centro de Pokrovskoé, cerca
de la iglesia, vivía una atractiva viuda llamada Daria Petrovna
Grishkin, que Grisha admiraba por sus magníficos ojos y su blanca piel.
Ahora la imaginó arrodillada frente a él, la cabeza gacha y confesando sus
pecados, mientras él permanecía sentado, con una mano descansando
ligeramente sobre el hombro de la mujer. Como todos los niños criados en
una granja, Grisha sabía todo lo que había que saber sobre el acto de la
reproducción, por lo que no tuvo ninguna dificultad en imaginar los
detalles más sensacionalistas de su confesión. Pero, a diferencia del
piadoso Avvakum, el arcipreste Rasputín no se avergonzaba de su excitación
al oírla hablar de sus pecados contra la pureza. Y, cuando ella acabó, él
se puso de pie, la levantó con gentileza y llevó la arrepentida cabeza de
la viuda a su pecho mientras la absolvía de sus pecados. La fantasía
terminaba ahí. Pero le pareció tan dulce, que volvió a empezar desde el
principio, añadiéndole más detalles. Cuando su padre entró a la
habitación, la vela casi se había apagado; Grisha dormía, con una
expresión tan serena como la de un bebé y <La vida del arcipreste Avvakum>
abierta todavía sobre el pecho.
Las ambiciones de la vida se forman a menudo con una única impresión
fuerte de la niñez. La búsqueda de santidad y romance de Grígori Rasputín
empezó ese atardecer de junio 1883.
Cuando despertó a la mañana siguiente, Grisha experimentó una sensación
que tendría a intervalos durante el resto de la vida. Los acontecimientos
del día anterior le habían llenado de una honda gratitud y una sensación
de pureza e inocencia. Su alma rebosaba amabilidad e incluso se compadeció
de Gvosdev, de cuya ruina había sido un instrumento. (Cuando a un hombre
lo atrapaban robando caballos, se convertía en paria.) Al mismo tiempo,
una basta y burbujeante vitalidad hacía que la idea de la santidad
pareciera un tanto cómica. El pensar en la viuda Grishkin arrodillada
frente a él le daba todavía una alegría erótica. Las dos sensaciones no
eran realmente contrapuestas. Existían una junto a la otra. Por alguna
razón, a Grisha le costaba creer que Dios desaprobara la belleza de las
mujeres y el efecto que ésta causaba en los hombres.
¤ II

Ahora que Mijaíl había muerto, Efim Rasputín esperaba que Grisha se
encargara un día de la granja. Éste estaba secretamente resuelto a no
hacerlo, al menos no en muchísimo tiempo. Al leer y releer la vida de
Avvakum y luego <El Talismán> de sir Walter Scott, se le llenó la cabeza
de visiones de horizontes lejanos y gente extraña. Un día, su madre lo
envió a casa del padre Pavel con una cesta de fruta. Grisha la subió al
estudio, donde el padre se encontraba escribiendo el sermón. En la pared
se hallaba un enorme mapa de Rusia, con el escudo de los Romanov arriba.
El padre Pavel lo hizo esperar mientras iba a buscar una botella de licor
de frambuesas, y Grisha estudió el mapa con intensa fascinación. Ahí
estaban Tobolsk, donde Avvakum fue párroco, y el gran río Tunguska, donde
casi se ahogó; ahí estaban los Urales, y más allá, pero al parecer
bastante cerca, la ciudad de Moscú. Cuando el párroco regresó, Grisha se
apartó renuente del mapa y camino de casa soñó con sitios lejanos.
Las relaciones entre padre e hijo se deterioraron. Cuando Grisha se
convirtió en un fuerte adolescente, se esperaba de él que trabajara en la
granja, que recogiera patatas, ordeñara las vacas, limpiara los establos y
segara el trigo. Si tenía ganas de hacerlo, podía trabajar muy bien; pero
le aburría desherbar y reparar cercas y dejaba generalmente la tarea a
medias. Cada vez que se le presentaba la oportunidad de hacerlo,
desaparecía en el bosque o en la estepa y se tumbaba boca arriba mirando
fijamente el cielo, tratando de inducir nuevamente
un estado de profunda serenidad. Le llegaba en destellos y luego sus
pensamientos se volvían de nuevo corrientes. Su padre estaba disgustado
con él; él también estaba disgustado consigo mismo. Sin embargo, no
parecía que pudiese hacer nada al respecto.
Un domingo, aburrido y con ganas de rebelarse, acompañó a sus padres a
la iglesia. El templo, con su cúpula en forma de cebolla, se encontraba
sobre una loma en el centro de la aldea. Durante las cálidas tardes de
verano, como ésta, las puertas quedaban abiertas de par en par. Grisha se
sentó en un lugar desde el cual veía la distante <urman> por encima de los
tejados de la aldea. El padre Pavel no era un buen predicador y su sermón
aquella tarde resultaba inusualmente aburrido. Pero algo que leyó en voz
alta capturó la atención de Grisha: "Tampoco dirán ¡he aquí! o ¡he allí!,
pues mirad, el reino de Dios está en vuestro interior".
Había oído la frase muchas veces, pero nunca significó nada. Ahora, al
recordar su experiencia a orillas del río, la comprendió de pronto. <Eso>
era lo que percibió en su interior, el reino de Dios. La idea lo asombró.
Cuando terminó el oficio sintió la necesidad de estar a solas. Mientras
sus padres regresaban a casa para la cena dominical, él caminó por la
orilla del río hasta llegar al lugar donde había experimentado su primera
revelación. Nuevamente trató de apaciguarse y lograr un estado de paz y
tranquilidad. Lo que le excitaba era la posibilidad de que el reino de
Dios estuviese más cerca de lo que había pensado. Su respiración se
suavizó; le pareció que de pronto controlaba sus pensamientos; éstos ya no
le arrastraban hacia el mundo exterior. En su interior se expandieron la
alegría y el bienestar. Nuevamente experimentó la sensación de poder ver
la naturaleza desde dentro, de sentir la tierra viva bajo su cuerpo.
Pero esto no era todavía el reino de Dios. Se esforzó aún más, y sus
sentidos le obedecieron, permitiéndole hundirse más y más profundamente en
su interior. En ese momento, experimentó una sensación extrañamente
agradable en la base de su espina dorsal. Empezó a extenderse hacia
arriba, hasta penetrar en su cabeza, convirtiéndose en un punto de luz
dorada. Tan absorto que casi dejó de respirar, la observó expandirse, llenándole
de una indescriptible dulzura. Resplandeció aún más y de pronto se encontró
pensando en cuán extraño era que se hallara ahí, sentado, a punto de
entrar en el reino de Dios. La idea bastó para destruir su concentración.
La luz dorada se desvaneció y se encontró sentado bajo un alerce, a la luz
del atardecer y a orillas del Tura. Se sintió inmensamente desolado. Se
arrodilló y rezó, tratando de inducir otra vez la visión. Pero ésta ya
había desaparecido. Regresó a casa, lenta y tristemente.
Su madre fue la única persona a quien trató de describir la experiencia.
Su reacción fue de indignación:
--Sólo los grandes santos ven a Dios. Serás castigado por pecar de
orgullo.
Y le ordenó que no hablara de ello con nadie más.
La acusación de orgullo era injusta. La experiencia lo llenó de ira y de
humillación. Tenía la impresión de que, al permitir que sus pensamientos
se dispersaran, había insultado intencionadamente a la fuerza que había
entrado en él. Sin embargo, a la mañana siguiente, al despertar, la
aflicción había desaparecido. Ahora sentía sólo una alegría llena de
seguridad al saber que el reino de Dios se hallaba tan cerca.
De hecho, esta concentración en sus ideas religiosas tuvo como resultado
hacerlo más trabajador; trabajaba automáticamente, absorto en sus
pensamientos. Se llevaba mejor con su padre. Se dio cuenta también de que
las chicas de la aldea sentían curiosidad por él. A los dieciséis años era
alto y una sombra de bigote empezaba a aparecer en su labio superior. Mas,
pese a que sonreía amablemente a los que le hablaban, parecía dueño de sí
mismo, absorto en sus pensamientos.
Una cálida tarde de julio, fue con su padre al prado junto al río donde
se bañaba la gente. La mitad de los habitantes de la aldea se encontraban
ya allí, tumbados alrededor de una poza. Los que habían estado en el agua
se hallaban desnudos, secándose al sol. Las gentes de Pokrovskoé eran
pudibundas; sin embargo, generaciones de aldeanos se habían bañado
desnudos y secado al aire, así como en pleno invierno compartían el baño
de vapor del pueblo y salían desnudos a revolcarse en la nieve. En el
agua, dos chicas empezaron a salpicarlo y él las
hizo gritar al zambullirse y tratar de asirlas por los tobillos. Más
tarde, cuando salió, las dos chicas se acostaron a poca distancia de él,
con la cabeza bastante cerca a la suya. Las conocía bien. Eran hermanas,
Aksinia y Katia Gomozov, hijas de un campesino que tenía cierta habilidad
en cirugía veterinaria. Durante el invierno, Grisha les había ayudado en
el parto de una vaca. Katia, la más joven, lo interrogó acerca de su
reputada <clarividencia>. La conversación era seria y correcta, sin
coqueteo disimulado. Se miraban cuidadosamente a la cara, sin dejar vagar
la mirada. El mirarse fijamente sería considerado como una violación
abierta de la decencia. Grisha les explicó que tenía a veces destellos de
intuición sobre acontecimientos futuros, pero que no los tenía a voluntad.
Puesto que estaban uno frente a las otras, con los cuerpos estirándose en
dirección opuesta, le fue difícil evitar darse cuenta de que ambas
hermanas poseían buena figura y un atractivo trasero. Katia se puso boca
arriba y siguió hablando; había hierbas pegadas a sus húmedos pechos.
Ahora que ella no podía verle la cara, nada impedía que la contemplara a
gusto. Inevitablemente, empezó a sentirse físicamente excitado.
Dos chicos se encontraban sentados al borde de la poza, observándolas
conversar. Seriozha Glatkin era un muchacho de buena figura, de nariz
chata y respingona, hijo único y mimado por sus padres. Se levantó, caminó
y, al pasar junto a Grisha, le dio un golpecito con su toalla, diciéndole:
--Levántate ya, bizco, -un juego de palabras con el nombre de Rasputín
que significa cruce de caminos-, y ven a mojarte.
La toalla escoció como un látigo, pero la presencia de su padre, tumbado
a unos metros de ahí, obligó a Grisha a controlarse. Contestó con una
evasiva y Seriozha se alejó con una sonrisa maliciosa.
Cuando regresaba a casa, aproximadamente una hora más tarde, Grisha tomó
un atajo por un pastizal que se utilizaba como campo de juego. Un grupo de
chicos jugaba con canicas de arcilla. Seriozha se puso de pie y le gritó
burlón:
--¿Todavía tienes ganas de jugar?
Avergonzado, pero con deseos de ser conciliador, Grisha respondió:
--Si quieres.
Ahora que Efim Rasputín no se encontraba cerca, Glatkin podía demostrar
abiertamente su hostilidad.
--¿Realmente crees que alguien querrá jugar contigo, niñito de mamá?
Le dio la espalda y con un puntapié le llenó de polvo el pantalón.
Grisha se indignó.
--Eso fue estúpido.
Esto era lo que Seriozha esperaba.
--¿Ah, sí? ¿Es estúpido?
Se adelantó amenazador e hizo repentinamente ademán de golpear a Grisha
en el rostro. Los reflejos de éste eran excelentes; alzó el brazo y desvió
el golpe. Seriozha se abalanzó, repartiendo golpes a diestro y siniestro.
Grisha dio un paso hacia un lado y le golpeó con la fuerza que le
proporcionaba la ira. El golpe agarró a Seriozha en un lado del mentón, y
se cayó con estrépito. Alzó la mirada, con aire atontado. Otros tres
chicos, que habían abrigado cierta antipatía por Rasputín, se abalanzaron
también sobre él. La delgadez de Grisha no daba ninguna indicación del
poder de sus músculos, herencia de su padre. Una extraña calma interior le
permitió igualmente golpear con más decisión y precisión que las de sus
oponentes. Cuando hubo derribado a otro y hecho sangrar la nariz de un
tercero, los chicos huyeron. Seriozha se incorporó sin dar muestras de
querer seguir con la pelea. Nadie trató de detener a Grisha cuando éste
prosiguió su camino a casa.
Tres días después de la batalla, Grisha regresaba del campo de nabos,
con una azadón al hombro, cuando se encontró con Katia Gomozov, que
llevaba un potro. El animal cojeaba. Ella le explicó que había estado
cabalgando y que el caballo tropezó con algo. Grisha colocó suavemente la
mano en el cuello del animal y le levantó la pata trasera; mientras
tranquilizaba al inquieto potro, le sacó un fragmento de piedra de la
pezuña.
--Ya está. Ahora podrás montarlo.
Grisha estaba a punto de proseguir su camino cuando Katia le preguntó:
--Quiero preguntarte algo... Tuviste una pelea con Sergei Glatkin. ¿Fue
por mí?
Grisha se sorprendió.
--¿Y por qué habría de serlo?
--Porque está siempre coqueteando conmigo. Le molestó que te hablara.
Esto trajo a Grisha el recuerdo de la poza y del cuerpo desnudo de la
chica. Puesto que ambos estaban ahora completamente vestidos y ella no
podía leerle la mente, nada le impedía pensar en ello. El resultado fue
una oleada de deseo que lo sorprendió. Pero lo que más le sorprendió fue
el cambio de expresión de Katia. Al mirarla a los ojos, con cierta
agresión masculina, los de ella se suavizaron y mostraron cierto temor. Él
siguió mirándola fijamente, saboreando esta nueva sensación, intoxicado
por la rendición que vio en sus ojos. Se sintió poderoso, peligroso, y
ella le pareció desamparada. Sin poder resistirse, se inclinó hasta que su
rostro se encontró a dos centímetros del de ella; luego, cuando ella no
intentó desviar la cabeza, la besó. La rodeó con los brazos, una mano en
su cintura y la otra presionándole las nalgas a través de la delgada falda
veraniega. Tras un momento, ella se separó; por lo visto, necesitaba
resistirse aunque sólo fuera simbólicamente, pero no trató de zafarse del
abrazo. De pronto, avergonzado, Grisha se dio cuenta de que no sabía qué
hacer a continuación. Podía besarla con habilidad, pero la mecánica misma
de las relaciones sexuales era todavía un misterio para él. Su instinto le
falló. La soltó y dijo:
--Lo siento.
No era cierto, pero le hizo sentirse menos torpe.
--No me molesta.
Pero Grisha resistió firmemente la tentación de volver a besarla.
Regresaron caminando a casa juntos, tratando de conversar
despreocupadamente acerca de caballos.
Una vez a solas en su habitación, Grisha volvió a pensar en ello y
sintió un deseo abrumador al recordar la expresión de los ojos de Katia.
Para entonces, ya se había dado cuenta de que ella se lo contaría a su
hermana, que, a su vez, se lo contaría a otras chicas. Y Katia esperaría
que él la sacara a pasear. Pero no tenía
ganas de renunciar a su soledad y pasar las veladas con la chica. Le
asombró que su cuerpo pudiese experimentar tan profunda necesidad cuando
su mente no deseaba en absoluto conocerla mejor. Como resultado, la evitó
cuidadosamente el resto del verano.

Los campesinos de Pokrovskoé vendían su trigo al molino local,


administrado por el padre de Seriozha Glatkin, que, a su vez, se lo volvía
a vender ya convertido en harina. En agosto de 1877, la cosecha de Efim
Rasputín fue tan buena que tuvo un excedente de trigo y cebada. Tendría
que llevarlo al molino o a la feria de ganado de Tiumen, a ciento veinte
verstas de distancia. Efim Rasputín tenía que supervisar la granja y
decidió enviar a Grisha al mercado.
Grisha se puso en camino antes del amanecer de una mañana de principios
de Septiembre, llevándose a <Iván>, el semental gris, su caballo preferido.
Los muelles del carro eran buenos y Grisha había acolchado el asiento con
pieles. A lo largo de las primeras quince verstas del camino, la tierra a
ambos lados se hallaba cultivada, si bien las pocas granjas que pasó se
encontraban en mal estado, y las cercas, a menudo rotas. El ruso no es, o
al menos no lo era en el decenio de 1880, granjero particularmente apto,
por ser naturalmente perezoso y más cazador que labrador. El hecho de que
tantos campesinos viviesen en la aldea y no en sus campos determinaba que
la mayoría de los rendimientos fuesen bajos.
Era una mañana tranquila y soleada, húmeda y silenciosa, salvo por el
canto de los pájaros. El cielo, azul y claro, prometía un hermoso día. La
hierba y los rastrojos de trigo estaban empapados de un pesado rocío. En
el puente de madera sobre el río, Grisha detuvo el carro y contempló las
pacíficas aguas, bajas tras el cálido verano, y las sombras de los peces.
Lo embargó una profunda satisfacción. Cuando <Iván> resopló, impaciente,
le permitió proseguir amblando. El camino era malo, lleno de baches, por
lo que era necesario ir con lentitud.
Tras unos cuantos kilómetros más, Grisha llegó a una parte del camino
que nunca antes había visto; en
todos los años que llevaba viviendo en Pokrovskoé, nunca había salido
más allá de unos kilómetros de la aldea. Ahora, repentinamente, la Siberia
occidental se extendía a su alrededor, sus amplias llanuras, sus bajas
colinas onduladas, sus inmensos bosques. La experiencia lo deslumbró. No
esperaba que el mundo más allá de Pokrovskoé fuese tan imponente, tan
hermoso. Para los viajeros más experimentados, el paisaje de Siberia es
monótono. Para Rasputín era algo tan fértil y asombroso que se le llenaron
los ojos de lágrimas. Deseaba rezar, pero no sabía realmente por qué,
salvo para agradecer a Dios por crear un mundo tan enorme y variado.
Durante horas, condujo en una especie de trance, demasiado hechizado para
tener hambre. El aire parecía acariciarlo amorosamente y su cuerpo
hormigueaba con una especie de corriente eléctrica. Ocasionalmente, se
cruzaba con otros campesinos, la mayoría con harapos en los pies en vez de
botas; en esos tiempos, esto era común en Rusia y no indicaba
necesariamente una pobreza extrema.
Pese al paso lento, hizo buen tiempo, debido a la firmeza del carro y a
sus excelentes muelles. A media tarde había llegado a Borki, una aldea a
medio camino entre Pokrovskoé y Tiumen, y se detuvo allí para comer. En un
cuidado edificio pintado de blanco a las afueras de la aldea, se sentó a
una gran mesa, tan larga que podía acomodar a veinte comensales, y comió
una típica comida rusa de sardinas con cebollas y tomates, picadillo de
cordero caliente con bolitas de masa picante, pan negro rancio, té de
limón y una enorme rebanada de melón. En otra mesa, adornada con plantas
en macetones, había diversas botellas de vino, cuyas etiquetas llevaban
marcado el precio. En casa de los Rasputín casi nunca se bebía vino. Su
padre prefería acompañar al queso y el pescado salado con vodka. Ahora se
extrañó al ver que el vino era tan barato, que no pasaba de diez copecs la
botella. Vacilante, casi contando que se lo negara, preguntó a la
propietaria si podía comprar una botella. Sin titubear, ella colocó una
frente a él, junto con un vaso mojado. Grisha lo probó y le pareció
dulce; olía a una fruta que no pudo reconocer. Tras dos vasos, se apoderó
de él una inmensa alegría. Se recostó
en la silla como un señor tártaro, examinó la taberna como si le
perteneciese y golpeó la mesa, exigiendo una última ración de crema agria
y pepino.
La chica que le sirvió era joven y rolliza. Grisha, ya perdida toda
timidez, le preguntó dónde había estado hasta entonces. Ella respondió que
en el patio trasero dando de comer a las aves. Cuando él continuó
haciéndole preguntas, la camarera se sentó sin que él se lo pidiera y
siguió conversando. No era bonita, pero poseía unos lindos ojos castaños
de expresión suave y sus dientes sobresalían, lo que proporcionaba un
enorme encanto a su sonrisa. Grisha le explicó que su padre era el jefe de
Pokrovskoé y logró dar la impresión de que su existencia era casi la de un
caballero. La joven rechazó el ofrecimiento de un vaso de vino, pero tomó
té.
Finalmente, mirando el sol de afuera, Grisha se dio cuenta de que era
hora de partir. Preguntó si podía pagar y ella fue a pedirle la cuenta a
su madre. Eran ochenta y cinco copecs. Grisha le dio un rublo y le dijo
que guardara el cambio; la joven se sonrojó, pero sus ojos destellaron.
Grisha tapó la botella de vino, todavía medio llena, y se la metió en el
bolsillo. Arrugando la nariz, como solía hacer su padre cuando estaba de
humor jocoso, inquirió:
--¿Qué te parece si me das un beso?
La camarera miró por encima del hombro hacia una cortina de cuentas que
tapaba la entrada a la cocina; el ruido de una cacerola le hizo decidir
que estaba a salvo, y le dio un beso en la comisura de los labios. Grisha
la cogió por la cintura. Ella negó resueltamente con la cabeza.
--¡No!
Grisha contempló los labios rojos y deseó urgentemente besarlos. Clavó
la mirada en sus ojos, agarrándole firmemente las manos en una de las
suyas. La expresión de la camarera se suavizó; era la misma expresión
extrañamente desamparada que había visto en los ojos de Katia Gomozov. La
chica no intentó mover la cabeza cuando él apretó, hambriento, los labios
contra los de ella. Cerró los ojos y Grisha sintió su pecho redondo contra
el propio y el fuerte latido de su corazón. El deseo lo recorrió, pero era
evidentemente imposible
hacer algo en ese momento. El ruido producido por una cacerola al caer los
obligó a separarse. El rostro de la chica se hallaba sonrojado; un mechón
se le había soltado del lazo y pegado a la mejilla.
--Hasta la próxima, -le dijo Grisha.
La joven corrió detrás de él hasta llegar a la puerta.
--¿Regresarás?
Él asintió con la cabeza.
--Regresaré.
Al azuzar a <Iván> y conducir por la calle principal de Borki, menos
próspera, por cierto, que la de Pokrovskoé, se sintió muy satisfecho y
presa de una inmensa exaltación. Besar a la chica se le había dado
naturalmente. Sin embargo, era sólo la segunda chica que besaba en la
vida, aparte de sus jóvenes primas. Coquetear le venía tan naturalmente
como el nadar a un pez.
Esa noche durmió bajo las estrellas, envuelto en una manta y una piel de
oso, mientras <Iván> pastaba en un campo cercano. Mirando el arco
aterciopelado con sus estrellas azules y amarillas, se dijo firmemente que
no se quedaría a vivir en Pokrovskoé. Viajaría por el mundo hasta haber
visto cada distante rincón. Su idea de la geografía era casi inexistente.
Sólo sabía que una infinita variedad de hombres y lugares se extendía a su
alrededor, y quería ver todos y cada uno de ellos.
El día siguiente fue una especie de anticlímax; tras la exaltación del
día anterior, su ánimo había decaído. El cielo se hallaba cubierto de
nubes. Llegó a Tiumen poco después del mediodía y le pareció grande y un
tanto intimidante, con sus calles atestadas, sus aceras de madera
(Pokrovskoé no tenía nada por el estilo), sus numerosas iglesias y
tabernas. Preguntó por la feria y le dijeron que había tenido lugar el día
anterior. Bastante deprimido, preguntó por el molino de harina y le
indicaron un lugar que se encontraba entre campos grises y polvorientos,
en el extremo de la ciudad. Había otro campesino delante de él, que
llevaba una carga de cebada; Grisha le preguntó cuál era el precio del
trigo y le sorprendió que fuese mucho mayor que en Pokrovskoé (donde el
molinero tenía el monopolio). Vendió su carga sin dificultad y, con el
bolsillo lleno de rublos, se fue a buscar una posada para pasar la noche.
Después
de asegurarse de que hubiesen instalado a <Iván> en el establo, paseó por
la ciudad, maravillado por las tiendas que veía, las iglesias, y, sobre
todo, las mujeres vestidas con elegancia. Nunca antes había visto tantas
mujeres atractivas.
Delante de una tienda cuyo letrero rezaba "Modistka", se detuvo para
oler el delicioso aroma que salía flotando por la puerta. Mientras se
encontraba ahí, salió una mujer, una chica de mejillas sonrosadas, de poco
más de veinte años. Llevaba un vestido de seda morada y una toca le
apretaba los rizos contra las mejillas. Grisha se enamoró
instantáneamente, en unos cuantos segundos. La mujer subió a un <droshky>
tirado por un elegante caballo castaño, un pura sangre, comparado con el
cual <Iván> parecía un campesino. Ordenó a su doncella, sentada a su lado,
que prosiguiera su camino.
Grisha permaneció inmóvil, mirando fijamente, hasta que desaparecieron
al doblar la esquina. Entonces, con el corazón oprimido, siguió caminando.
Llevaba toda la mañana pensando en la chica de la taberna de Borki, pero
ahora ya no despertaba su interés. Lo que lo entristecía era pensar que
nunca podría esperar poseer una chica como la que acababa de ver. Hubiese
dado un año de su vida por poder besarla como había besado a la camarera
de la taberna. La vida era injusta. ¿Por qué estaba él, Grisha Rasputín,
condenado a una existencia de mujik? Observó a los jóvenes oficiales que
caminaban con elegancia por la acera y los envidió.
Su melancolía no duró mucho. Encontró una iglesia dedicada a San Cirilo
y entró. El interior iluminado con cirios llevó una paz inmediata a su
inquieto espíritu. Sintió nuevamente la presencia de un aliado secreto, un
ángel guardián que tenía buenas intenciones para con él. Rezó con devoción
durante media hora y entonces, radiante e inspirado, salió nuevamente a la
polvorienta calle. El cielo estaba claro y el sol brillaba; parecía ser
una señal, como el arco iris que Dios envió a Noé.
Esa noche, tumbado en un duro camastro de madera, en una habitación que
compartía con tres hombres y un perro ovejero, se sintió de nuevo inundado
de felicidad, pero esta vez era de naturaleza puramente física. Con la
nariz bajo las mantas olía su propio sudor, el
olor personal de su cuerpo, y le pareció tan hermoso como un perfume
excepcional. Lleno de contento debido a su vigorosa salud, se durmió
profundamente y sin soñar.
Cuando, a la mañana siguiente, pagó la cuenta, se fijó en que los
precios en Tiumen eran mucho más elevados que los de Pokrovskoé.
Caminando
por las calles, llevando a <Iván> por la brida, observó los precios de los
varios artículos expuestos afuera de las tiendas y tomó cuidadosa nota
mental para su madre. (Su memoria había sido siempre excelente). Durante
el viaje de regreso, le deprimió la idea de que pasaría otro año antes de
que tuviese oportunidad de recorrer el mismo camino. Entonces, tuvo una
idea. Muchos de los campesinos de Pokrovskoé producían en exceso, no sólo
cereales, sino también verduras, plantas medicinales y finas hierbas,
jamón ahumado, carne de res seca, pescado salado. ¿Por qué no hacer viajes
regulares a Tiumen con el fin de aprovechar los precios más altos?
Llegó a Pokrovskoé antes de atardecer, pues el viaje de regreso fue más
rápido con el carro vacío, y lo recibieron como a un general después de
una campaña de éxito. Su padre estaba obviamente encantado con el precio
que obtuvo por el trigo, aunque gruñó un poco cuando Grisha reconoció que
no había intentado regatear. Su madre le hizo su budín preferido, relleno
de finas hierbas, y Grisha dio cuenta de una enorme cena. Conocía bien a
su padre, porque no mencionó su idea de hacer viajes regulares a Tiumen;
pero durante la comida habló de los precios elevados y mencionó que debía
haber otros aldeanos con artículos por vender. Su padre se mostró
pensativo y salió. Una hora más tarde, regresó y le preguntó a Grisha si
le gustaría ir nuevamente a Tiumen al cabo de un mes. Grisha fingió pensar
en ello y entonces dijo que no le molestaría, pues era un trayecto
agradable. Una vez en la cama, permaneció despierto, casi sin poder creer
que la vida se hubiese vuelto tan repentinamente interesante.
Para el segundo viaje, a principios de octubre, llevó el carromato más
grande y necesitó una yunta de dos caballos. Ya hacía más frío; en pocas
semanas llegaría el invierno. Necesitó todo el primer día para llegar a
Borki y se hospedó esa noche en la taberna de las afueras. El nombre de la
chica, según se enteró, era Olga. Su madre, madame Semenova, era viuda. Lo
trataron bien y le permitieron pasar la velada con ellas en la cocina.
Pero el primo de Olga se encontraba también presente; era un joven
campesino de mirada franca, cabello como cerdas de cepillo y tartamudo, y
era evidente que consideraba a Olga como su futura esposa. La rivalidad
despertó nuevamente el interés de Grisha. Sin embargo, no hubo oportunidad
de hablar a solas con Olga. Durmió en el pajar del establo, arrullado por
la respiración de las vacas y el olor a paja. Pero al día siguiente, justo
antes del amanecer, cuando estaba atando a <Iván> y a <Marfa> al
carromato, la joven entró con el cubo para la ordeña y no objetó cuando él
la besó. Cuando Grisha se iba, ella le gritó:
--Regresa pronto.
El viaje tuvo tanto éxito como el anterior. Se obligó a regatear, vendió
los bienes a un precio superior al mínimo establecido por su padre y
regresó con una ganancia satisfactoria. Efim Rasputín no era negociante
por naturaleza, pero le parecía evidente que estos viajes podrían
incrementar sustanciosamente sus ingresos. La gente de Pokrovskoé estaba
poco dispuesta a aventurarse más allá de la aldea, y no existía ningún
carretero. Lo único que Efim Rasputín tenía que hacer era comprarles sus
productos al precio fijado por él, -en verano, cereales y verduras y en
invierno, pieles, ropas tejidas por las mujeres y cosas similares-, y
venderlos en Tiumen, obteniendo así una ganancia del cincuenta por ciento.
La segunda vez que Grisha se quedó en Borki, el primo estaba en cama con
una pierna rota. Nuevamente, pasaron una agradable velada junto a la
cocina, durante la cual convenció a madre e hija de que bebieran un poco
del vino dulce que había comprado.
Antes de irse a la cama, pudo susurrarle a Olga:
--Ven al establo cuando tu madre se haya dormido.
La joven pareció indignarse.
--¿Por quién me tomas?
Grisha probó a ver si tenía efecto una profunda mirada a los ojos, pero
ella se limitó a decirle:
--No te servirá de nada mirarme así -y le dio la espalda.
Sin embargo, el rechinar de la puerta lo despertó antes del amanecer.
Olga entró con una linterna y el cubo para la ordeña. Él se puso el
pantalón, bajó apresuradamente y la cogió por la cintura. Ella le permitió
besarla, suspirando y relajándose en sus brazos. Grisha oía el fuerte
latir del corazón de Olga contra su pecho. Cuando él le pidió que subiera
con él al pajar, ella se negó, aduciendo que su madre podría entrar.
Grisha tuvo que besarla de pie, lo que lo frustró y, al cabo de un
momento, lo avergonzó por la evidencia física de su deseo. Cuando la
puerta trasera se cerró de golpe, se separaron con aire culpable, y él
enganchó los caballos al carro. Se marchó de mal humor.
Era un día de lluvia helada y llegó empapado hasta los huesos;
afortunadamente, su madre había puesto una muda en su equipaje. La feria
se hallaba medio vacía y tuvo que regatear durante horas para poder vender
sus productos. De regreso a la taberna donde solía hospedarse, se cambió
de ropa y fue a sentarse en la sala. Un hombre extraño, de tez
amarillenta, con un hueco en los dientes y una barba desordenada, le
convidó a una copa de vodka. El hombre parecía ser bastante agradable y
amistoso, pero había algo en él que despertaba la antipatía instintiva de
Grisha. Sin embargo, puesto que eran los únicos huéspedes, no había razón
alguna para no mostrarse amable. Jan Illacowicz, que así se llamaba el
hombre, hablaba de sus viajes y sonreía ocasionalmente con ferocidad,
sonrisa que el hueco en los dientes hacía aún más desagradable. Después de
cenar, Grisha pidió permiso para retirarse y se acostó temprano.
En medio de la noche despertó sobresaltado y se dio cuenta de que no se
encontraba solo en la cama. Había estado soñando con Olga y al principio
se preguntó si estaba alucinando. El cuerpo a su lado parecía estar
desnudo, y debía llevar algún tiempo allí, pues estaba bastante caliente.
Entonces, asombrado, oyó el susurro del polaco mellado.
--Espero que no le moleste, pero mis mantas están húmedas...
--¿Qué quiere?
--Sólo un poco de calor, eso es todo.
Con la mano, el polaco acarició el muslo de Grisha. Conmocionado, éste
entendió lo que el otro deseaba. Saltó fuera de la cama gritando y asió a
Illacowicz por el cabello. El dolor hizo jadear al polaco.
--¡Chitón! Por favor, no grite... ¡Ay!
Soltó alaridos de dolor mientras Grisha lo sacaba de su cama por el
cabello. Cayó de golpe al suelo y permaneció tumbado, gimiendo, con las
manos alrededor de las espinillas de Grisha.
--Me hace daño...
Grisha, con el corazón latiéndole a toda velocidad, vociferó:
--Salga de aquí, o lo mataré.
--De acuerdo. No tiene por qué ser tan brusco.
El polaco salió corriendo de la habitación.
Grisha volvió a meterse en la cama y permaneció inmóvil, estremeciéndose
por el asco y mirando fijamente el techo. Nunca se había sentido tan
vulnerable ni tan desconcertado. Acostado, clavó la mirada en la puerta,
imaginando que la veía abrirse lentamente. Finalmente, cuando la luz del
amanecer entró por la ventana, bajó. Aliviado, vio que no había señales
del polaco. Enganchó a <Iván> al carromato y se marchó.
Era un día helado. Después de una hora de camino, recordó que había
dejado sus otras botas en la taberna, junto a la estufa. Entonces, a media
mañana, empezó a nevar. Sólo le faltaba eso para que su desgracia fuese
total. El día se oscureció tanto, que parecía de noche y la nieve era tan
espesa que a duras penas veía. Se le pegaba a los hombros y sin guantes
tenía las manos tan heladas que ya no sentía las riendas. <Iván> trotaba,
evidentemente tan preocupado como su conductor. De pronto, el carromato
dio un bandazo y Grisha salió disparado. El vehículo se había volcado.
Grisha se encontró de rodillas. Durante un momento de terror, pensó que
<Iván> se había roto una pata. Pero el caballo luchó por levantarse. Casi
llorando de frustración, Grisha logró empujar el carromato y enderezarlo.
El agua le entraba por las botas. Se dio cuenta de que ya no podía ver el
borde del camino. Nunca se había sentido tan atemorizado y
solo. Su muda se hallaba en el suelo, en la bolsa de piel de oveja. Se la
puso por encima de la que llevaba y prosiguió su camino, llevando a <Iván>
por la rienda.
Una hora más tarde, dejó de nevar. Grisha se encontró en un mundo blanco
y monótono; el paisaje llano se asemejaba a un mar sin fin.
Afortunadamente, podía vislumbrar el camino. No había ni casas ni ningún
tipo de edificio a la vista. Volvió a subir al carromato y se arriesgó a
azuzar a <Iván> para que trotara nuevamente. El vehículo se bamboleaba y
se mecía al pasar sobre los baches, pero Grisha estaba tan inquieto
que esto no le imortaba. Gradualmente, su temor se apaciguó, adormecido
por la monotonía del trayecto. Los saltos del carromato le llevaron
incluso un poco de vida a las heladas extremidades, si bien hacía tiempo
que no sentía los pies. Se puso a rezar en voz alta, y eso lo tranquilizó.
Una hora más tarde, comenzó de nuevo a nevar, y el día se iba
oscureciendo. Entonces, a cierta distancia, reconoció un grupo de árboles
familiar, por lo que supo que se encontraba a pocas verstas de Borki. Casi
lloró de alivio.
Olga y su madre se mostraron encantadas de verlo. Le hicieron quitarse
la ropa mojada, -las rodilleras del pantalón se habían helado-; se envolvió
en una manta y se sentó frente a la estufa caliente, bebiendo un caldo
humeante y contándoles sus aventuras. Pero no mencionó al polaco mellado;
por alguna razón, la experiencia lo avergonzaba demasiado como para hablar
de ella.
Con el calor no tardó en recuperarse del miedo y unas cuantas copas de
su vino dulce preferido le devolvieron el valor. Ahora se daba cuenta de
que probablemente había exagerado el peligro; Borki se encontraba apenas a
cuatro horas en carro de Tiumen y el camino era bueno, aunque lleno de
baches. Ya no nevaba y vio que había sólo unos centímetros de nieve. Mas
no podía llegar a Pokrovskoé ese día.
Olga lo ayudó a hacer su cama en el pajar y le dijo, con una risita:
--Tal vez tengas que quedarte aquí todo el invierno.
--No me molestaría, -contestó Grisha y vio cómo la chica se
sonrojaba, complacida.
Tiró de ella y la besó. Pero Olga se hallaba evidentemente
nerviosa, preocupada por si su madre se preguntaba lo que hacían. Después
de unos minutos, regresaron a la taberna.
Esa noche, se quedó dormido frente a la estufa, mucho antes de la hora
en que normalmente se acostaba. El primo de Olga, el campesino tartamudo,
sentado al lado de la chica, la cogía de la mano. Grisha estaba demasiado
cansado para sentir celos. Los dejó solos y fue al establo.
A la mañana siguiente oyó el rechinar de la puerta al abrirse y el ruido
metálico del cubo para la ordeña. Aún estaba oscuro. En el inmóvil aire
siberiano, oyó cada uno de los movimientos de Olga. La escalera crujió. Un
momento más tarde, ella se encontraba a su lado.
--Grisha, quiero hablar contigo.
--Métete bajo las mantas.
--No, me sentaré aquí.
Grisha la tomó de la mano, que estaba fría.
--Vasily quiere casarse conmigo, -dijo Olga.
--Y, tú, ¿quieres casarte con él?
--Yo... no lo sé.
--Métete bajo la manta.
Esta vez ella hizo lo que él le pedía y permanecieron acostados, uno al
lado del otro, cogidos de la mano.
--¿Lo amas?
--No.
--Entonces, no te cases con él, -susurró Grisha.
Con esto, Olga pareció feliz.
--Si tú lo dices.
Le permitió besarla. De pronto, Grisha se dio cuenta de que la noche
anterior, a esas horas, se había despertado y había encontrado al polaco
mellado en la cama con él. Ahora, esta cálida chica, que respiraba
suavemente, se hallaba a su lado. Entre ambos acontecimientos hubo un día
temible en el que temió morir. La vida parecía inexplicablemente extraña,
e impredecible. Una inmensa ola de felicidad lo inundó, así como la
percepción de la fascinante complejidad de la existencia humana. En ese
momento, supo que quería vivir eternamente.
Besó el rostro de Olga y luego su cuello. La joven parecía estar en
trance; respiraba rápida pero regularmente.
Poco a poco, fuertemente abrazados, Grisha se percató de que ella
compartía su deseo. Compartía también sus sentimientos. Ambos sentían que
habían entrado en un rincón de la eternidad. La vida parecía haberse
detenido. Podía leerle la mente. Sabía que pensaba en su primo, y que se
alegraba de que fuera Grisha el que yaciera a su lado. Era Grisha con
quien quería casarse, Grisha la persona en quien podía confiar a tal punto
que no sentía vergüenza cuando sus manos le recorrían el cuerpo.
No obstante, mientras compartía con ella el encanto, desplazándose en un
cálido mar de instintos, una parte de él observaba la situación con
objetividad. ¿Se preocuparía Olga por el paso del tiempo y decidiría que
debía ordeñar las vacas? ¿Los interrumpiría su madre? Sería cruel que los
interrumpieran ahora, cuando todo su cuerpo se sentía más vivo que nunca
antes. Entonces, de pronto, supo la respuesta a las preguntas, tan
claramente como si ella las hubiese contestado en voz alta. Ella pensaba
que no lo vería hasta la primavera siguiente y que, por tanto, era
necesario atarlo a ella de algún modo. Su única preocupación consistía en
asegurarse de que Grisha regresara. Además, quería algo que pudiera
recordar durante los largos meses de invierno, Grisha la empujó suavemente
por el hombro, apretándola contra el duro colchón, y la besó en los
labios. Ella permaneció quieta, como si estuviese en trance, y sólo empezó
a respirar más rápidamente cuando sintió el peso del joven sobre su
cuerpo.
Una hora más tarde, el carromato trituraba la nieve, ahora helada y
crujiente, rompiéndola como si fuese hielo en una charca. La temperatura
apenas sobrepasaba los veinte grados bajo cero, pero debido a su
inmovilidad, el aire parecía menos frío. Sentía el cuerpo maravillosamente
ligero, como si pudiese flotar por encima del suelo y acercarse a las
nubes. Pensó enternecido en Olga y sacó del bolsillo una peineta
ornamental que ella le había dado como recuerdo. Al mismo tiempo, se daba
cuenta de la ironía de la situación. Ella le había liberado, le había
quitado el miedo a las grises distancias; había estimulado su anhelo por
ver Kazán, Orienburg, Taskent, el mar de Aral y los minaretes de Bagdad.

Pero ella no formaba parte de esa visión de libertad futura.


Cuatro horas más tarde, cuando <Iván> entró con paso pesado en
Pokrovskoé, los grandes copos empezaban a caer suavemente del cielo
gris. Para cuando llegó a casa, nevaba tanto que Grisha no podía ni ver la
cabeza de <Iván>. Sería un largo invierno.
¤ III

Y así fue. Estuvo atrapado en Pokrovskoé y hasta el bosque era


inaccesible, debido a la gran cantidad de nieve. Al principio, soñó con
lugares distantes y luego estuvo demasiado aburrido y deprimido para
soñar. En los inviernos anteriores se había sentido extrañamente
satisfecho, como un niño que escucha la lluvia golpear la ventana. Ahora,
se sentía asfixiado. Su luz interior se atenuó y acabó por apagarse. No
sentía nada cuando rezaba. No tenía deseos de leer; las palabras le
parecían irreales. Un día de enero montó a <Iván> y trató de llegar a
Borki. Pero antes de llegar a medio camino, éste desapareció, oculto por
la acumulación de nieve y el ventisquero, por lo que regresó a casa.
Una tarde fría y aburrida, entregó una carga de troncos cortados a la
<kabachock> (taberna) local y aceptó el ofrecimiento de una copa de
<slivovitz> que le hizo el tabernero. La música del acordeón le
proporcionó una repentina felicidad y, cuando alguien inició un baile
cosaco, primero de cuclillas y luego lanzando cada pierna alternativamente
a poca altura del suelo, Grisha se unió al baile y lo hizo con tanto vigor
que todos aplaudieron. Esa noche, al regresar a casa para la cena, se
hallaba ligeramente borracho, pero se sentía de nuevo totalmente vivo.
Al cabo de una semana, la taberna se había convertido en costumbre, y el
asiento junto a la estufa era considerado como suyo. Por ser hijo del jefe
de la aldea, la gente lo respetaba. Pero diríase que también simpatizaba
con él por sí mismo. Cuando jugaba a las damas o
bailaba con las chicas, sus sueños de grandeza y fama le parecían un tanto
absurdos, como cuando, de pequeño, creía en el Baba Yaga. La vida entre la
gente común y corriente era dulce. Una tarde, tras beber una botella
entera de vino georgiano, se armó de valor y relató lo ocurrido con el
polaco mellado. Todos rieron a mandíbula batiente y Grisha sintió que su
vergüenza desaparecía. Al observar estos rostros felices, barbudos (en
esos días sólo los oficiales militares y los convictos se afeitaban),
experimentó un inmenso amor por la gente de su propia aldea.
Durante la segunda semana de marzo, comenzó el deshielo. La nieve se
derritió y se convirtió en fango. El hielo del Turo empezó a romperse. Las
cunetas se encontraban llenas de torrentes rugientes de nieve derretida, y
había fango por todas partes, por doquier que la vista se fijara.
Los campos se convirtieron en viscosos pantanos que chupaban las botas y
los caminos eran casi tan intransitables como cuando caía la nieve con
ventisqueras. Pero a principios de abril, la monotonía de los tonos pardos
había dado lugar al verde. La tierra olía a calor y fertilidad y los
pájaros regresaron. La alegría afectó a todos. Más que cualquier otra
nación, la rusa recibe el regreso de la primavera como los salvajes la
luna al final de un eclipse, con alivio de que Dios haya decidido, después
de todo, no destruir el mundo.
Efim Rasputín ya estaba calculando el dinero que ingresaría durante el
año siguiente con las visitas regulares de su hijo a Tiumen. Quería
ampliar su establo y tener una nueva pocilga. Ana Egorovna quería un nuevo
porche trasero y un banco que rodeara el tilo. Pero cuando, en la última
semana de abril, el gran carromato estuvo cargado y listo para partir, la
lluvia de primavera cayó torrencialmente y volvió a convertir el camino en
una brillante extensión de agua y fango. Luego, una tribu de gitanos llegó
y anunció que el camino a Tobolsk era nuevamente transitable. Grisha
acarició la idea de ir a Tobolsk en vez de Tiumen. Pero esperaba con ansia
volver a ver a Olga y Tobolsk se encontraba en dirección opuesta. Además,
los gitanos le fascinaban. Traían consigo el aroma de la carretera y de
lugares lejanos,
y quería conocerlos mejor. Hasta su padre estuvo de acuerdo en que unos
días de retraso no significarían una gran diferencia.
Pero esos primeros días incluían el primero de mayo y ese día Subdina,
la diosa del destino, tenía planes especiales para Grígori Rasputín.
En Pokrovskoé la mañana del primero de mayo se dedicaba al oficio en la
iglesia, seguido de una procesión por la aldea con iconos y crucifijos. En
la calle se colocaban mesas con comida y bebidas y todas las puertas en la
ruta de la procesión permanecían abiertas. Existen pocos sitios donde las
celebraciones del primero de mayo sean tan alegres como en Siberia, pues
diríase que los campesions de allí conservan un recuerdo racial de los
festivales paganos que celebraban la fertilidad renovada de la diosa
tierra. Ya a mediodía, las calles de Pokrovskoé se hallaban atestadas de
bailarines, y los <kabachoks>, de bebedores.
Para Grisha, ése era de doble celebración. Por primera vez sentía que
formaba parte de la vida que fluía a su alrededor, y no algo aislado y
separado. Esa mañana había regresado a casa en la madrugada, tras pasar la
noche bebiendo en el campamento de los gitanos. Ahora, después de dormir
unas cuantas horas, estaba totalmente despierto, y ansiando beber y bailar
más. Sus sentidos absorbían la luz del sol, los vistosos colores de los
vestidos de las mujeres, la música de los violines gitanos.
En la plaza, bailó con Aksinia, la hija del herrero, y luego con Daria
Petrovna Grishkin, la viuda que tanto había admirado antaño (y cuya figura
se había deteriorado por excesos de comida), más tarde aún, con Aksinia
Gomozov, la hija del veterinario. Después, ya sin aliento, se sentó
delante de la taberna a tomar un vaso de cerveza. Cuando se lo llevaba a
los labios, una chica alta y rubia dobló la esquina, con una mujer mayor,
y se quedó inmóvil, taconeando y observando a los que bailaban. En Rusia,
las rubias son excepcionales. Esta chica lo era también por ser alta y
delgada. Grisha estaba a punto de levantarse y pedirle que bailara con él,
cuando un joven se acercó y se la llevó, uniéndose a la multitud. Grisha
se puso de pie para verla mejor. La
joven bailaba bien, con gracia y vigor, y, con sus mejillas encendidas, le
recordó la rubia del vestido de seda morada que había visto en Tiumen. Con
el recuerdo, se le cayó el alma a los pies. Cuando Aksinia Gomozov llegó y
se puso a su lado, le preguntó:
--¿Quién es la chica nueva?
--Se llama Prascovia. Me he olvidado de su apellido. Se mudaron aquí el
invierno pasado.
Cuando el baile acabó, Grisha la encontró a unos metros de distancia. Se
apresuró a pedirle que bailara con él.
--De acuerdo, tan pronto como recupere el aliento...
Lo deslumbraron sus dientes blancos y mejillas sonrosadas. Otra chica se
acercó a hablar con ella. Grisha permaneció donde estaba, contemplando su
rostro. De cerca, carecía de la belleza de muñeca que distinguía a la
chica de Tiumen, pero poseía un aspecto sano que era aún más cautivador.
Al escucharla hablar, era imposible pasar por alto el hecho de que poseía
una mejor educación que la mayoría de las chicas de la aldea, y su voz era
bien modulada y agradable. Desesperado en cierto modo, Grisha se dio
cuenta de que estaba experimentando lo mismo que sintió afuera de la
<modistka> de Tiumen, y que estaba a punto de enamorarse. El recuerdo de
la chica del vestido morado lo hizo sentirse derrotado e impotente de
antemano.
Los violines empezaron a tocar. La joven se volvió hacia él, con las
manos extendidas. De pronto, Grisha sintió un rayo de esperanza.
Bailaban bien juntos. Grígori Rasputín había sido siempre un buen
bailarín, pues el baile expresaba su vitalidad. Ella poseía más gracia y
con sus movimientos el vestido a cuadros de colores alegres daba vueltas
de tal modo que lo tenía encantado. El cabello rubio y los dientes blancos
lo fascinaban. Pensó en Katia Gomozov y en Olga Semenova, y su confianza
aumentó. Diríase que le gustaba a la chica. Cuando el baile acabó, no puso
objeción a que la llevara a un puesto para ofrecerle un vaso de <kvass>.
--Me llamo Grígori Efimovich Rasputín.
--Y yo, Prascovia Fedorovna Dubrovina.
--¿De dónde viene tu familia?
--De Ekaterinburgo.
Nuevamente, se le fue el alma al suelo. Poseía suficientes conocimientos
para saber que Ekaterinburgo era una gran ciudad, y que eso explicaba
probablemente su refinamiento. Pero volvió a rechazar la impresión de
impotencia. Evocando a Olga, la miró fijamente a los ojos.
--Eres muy hermosa.
Prascovia se sonrojó.
--No seas absurdo.
Pero Grisha estaba encantado al ver que podía obligarla a sostenerle la
mirada, como había ocurrido con Katia Gomozov. Gracias a esa extraña
certeza interior, supo que podía poseer a aquella deslumbrante chica. Y
esta vez no se sintió dividido. Deseaba tenerla, así como había deseado a
la chica del vestido morado. Pero Prascovia Fedorovna estaba a su alcance.
Esa noche la acompañó a casa, en el otro extremo de la aldea. Su
vivienda era una de las más grandes, más que la granja de los Rasputín.
Pero se sentía ya demasiado confiado para que esto le intimidara.
Firmemente, como si con ello quisiera pasar por alto cualquier objeción,
la llevó a la oscura sombra del patio. Ella trató de volver la cara hasta
que él la cogió por la cabeza con la mano izquierda y la inmovilizó.
Entonces le permitió besarla, apretarle la delgada cintura con una mano,
mientras la otra se deslizaba de la coronilla a la nuca, agarrándola con
suavidad, cual si fuese un conejo. Sentía la calidez de sus muslos a
través del ligero vestido veraniego; su deseo aumentó y la apretó con más
fuerza, a la vez que se sorprendía por estar tratando a esta hermosa chica
con tan poca ceremonia. Cuando ella intentó apartarse, la apretó con mayor
fuerza y experimentó una oleada de orgullo cuando ella se rindió. Al
soltarla, ella no intentó alejarse, como si esperase su permiso para
hacerlo. Le susurró al oído:
--Mañana tengo que ir a Tobolsk. Pero regresaré dentro de tres días.
Guarda la noche del jueves para mí.
Camino de casa no podía creer en su suerte. Repasó mentalmente todo lo
ocurrido ese día, desde el momento en que la conoció, reviviendo su
progreso hasta ese beso final. Entonces, por primera vez, se dio cuenta de
que tenía intención de casarse con ella.
Grígori Rasputín se casó con Prascovia Dubrovina poco después de cumplir
los diecinueve años. Su novia contaba veintitrés. Pero la diferencia de
edad no significaba nada para él, pues desde un principio fue el amo.
Prascovia Fedorovna se fue a vivir a casa de los Rasputín. A Ana
Egorovna le gustaba, pues era una excelente ama de casa. Era sensata,
capaz y sabía lo que quería; sin embargo, era también amable y dócil. Efim
Rasputín se sentía orgulloso de ella, porque era evidentemente una "dama".
Al observar la cabeza rubia inclinada cuando ella cosía o cardaba lana,
sentía a menudo envidia de la suerte de su hijo. Efim Rasputín se estaba
percatando finalmente de que su hijo era "distinto". Cuando trataba de
decidir cómo, lo único que podía decir era que, de haber contado con una
mejor educación, Grisha podría haber sido maestro o párroco. Pero,
obviamente, ya era demasiado tarde para ello.
A la joven pareja, la vida con los padres de Grisha le parecía amenudo
frustrante. Estaban violentamente enamorados. Cuando él la miraba con sus
extraños y oscuros ojos, ella sentía que algo en su interior se derretía,
haciéndola anhelar ofrecérsele; y cada vez que él la tocaba casualmente,
el deseo lo atravesaba como una corriente eléctrica. Pero el hábito de la
reticencia los obligaba a ocultar estos sentimientos, a evitar incluso
mirarse mutuamente, si eso significaba manifestarlos.
Compensaban esta limitación en la noche. El cuerpo de Prascovia le
proporcionaba una clase de placer que nunca hubiese imaginado poder
experimentar. Era como chupar un panal de abejas, extrayéndole la dulzura
en un sorbo, y pasar a otra parte llena aún de miel. Cuando ella sentía el
cuerpo musculoso de él aplastándola, se hundía en una especie de
oscuridad. En esos momentos, habría estado de acuerdo, sin vacilación, si
él le hubiese dicho que quería matarla. Ninguno podía creer enteramente
que Dios los había elegido para tan extática satisfacción.
Una noche, después de hacer el amor, Grisha yacía al lado de su esposa,
con un sentimiento de paz profunda. Algo que crujía en la casa lo volvió a
la realidad,
y permaneció así, en estado de honda satisfacción. Entonces, por primera
vez en años, lo recordó: <El reino de Dios está dentro de mí>. Esta vez no
hizo ningún esfuerzo, el solo hecho de saberlo le bastaba. Sin embargo, le
pareció extraño e interesante. El reino de Dios estaba aquí, en su
interior, por lo que su mundo interior era <más importante> que el mundo
exterior. Y en el momento en que lo pensó, se percató de que era verdad.
Existía en su interior un mundo, una especie de mundo subterráneo, cual un
enorme sistema de cuevas. Se asombró al comprender esto. Se sintió como
Aladino alzando una losa de piedra y ver una escalera que descendía al
reino de un mago. Mas, en otro sentido, lo sabía desde su niñez. Cada vez
que había experimentado esta quietud interior, cuando el corazón latía con
tanta suavidad que apenas podía sentirlo, se había alejado del mundo
físico habitado por los adultos, para adentrarse en este inmenso sistema
subterráneo. Era una idea que lo dejaba perplejo. Significaba que los
seres humanos están muy equivocados en su percepción del mundo que creen
habitar. Ven la verdad a medias. Y hasta que no se dan cuenta del reino
interior, permanecen medio ciegos y medio sordos...
Ya totalmente despierto, permaneció tumbado, con la mirada fija en la
oscuridad y el corazón latiéndole con fuerza. Si sólo pudiese lograr que
la gente entendiera esta idea, el mundo se transformaría. Su madre, por
ejemplo, uno de los feligreses más fieles del padre Pavel, una buena mujer
que nunca había hecho mal a nadie... ¿podría darse cuenta de que su bondad
era bastante fútil? A Dios no le interesaba la bondad por sí misma. Lo que
quería era que los seres humanos <fuesen como Él...> "Sed perfectos como
vuestro Padre en el cielo es perfecto..." Era una idea inquietante, pero
se enfrentó valerosamente a ella. Seguramente significaba que a su madre
le habría ido mejor de haber sido una María Magdalena arrepentida, ¿o no?
¿Cómo podía salvarla su bondad diaria, moderada?
Prascovia despertó y se dio cuenta del fuerte latido del corazón de
Grisha.
--¿Te encuentras bien? ¿Tienes calor?
Su preocupación emocionó a Grisha. Era maravilloso
que otro ser humano lo amara. El amor hacía también que los seres humanos
fuesen como dioses. Le acarició la frente, y luego pasó los dedos por sus
labios. Una corriente eléctrica lo atravesó y le hizo contener el aliento.
Dos seres humanos entraban en el elemento del amor, como si entraran en un
baño por extremos opuestos. Pero esta vez tanto su mente como su cuerpo se
estremecieron excitados.

En octubre del año siguiente. Prascovia tuvo su primer hijo. Lo llamaron


Mijaíl, en honor al hermano muerto de Grisha. La primera vez que lo tuvo
en sus brazos, Grisha advirtió la vida en el diminuto cuerpo, así como, de
niño, había percibido la vida de peces y pájaros. Le gustaba abrazarlo
cuando Prascovia acababa de bañarlo, sentado con la camisa abierta hasta
la cintura y sintiendo el suave y cálido cuerpo contra el pecho desnudo.
Solía acariciar la cabecita calva, apretando la suave mejilla contra la
propia, y riéndose si el bebé babeaba y le mojaba la cara. Su amor
consistía en una extraña mezcla de dolor y de placer.
Una noche, un ruido lo despertó. Abrió los ojos, y de pronto estuvo
totalmente despierto. Lo que lo había despertado eran los sollozos de
Prascovia. Se incorporó, con el corazón latiéndole violentamente.
--¿Qué ocurre?
Buscó los fósforos en la oscuridad.
--¡Por Dios! ¿Qué ocurre?
El temor en su corazón le dio la respuesta.
Cuando el fósforo iluminó la habitación, vio a su mujer, sentada en el
suelo junto a la cuna, acunando al bebé en sus brazos, meciéndose hacia
atrás y hacia adelante, acongojada, desolada.
--Está muerto.
Presuroso, Grisha atravesó la habitación y le quitó el bebé. Pero ella
tenía razón. El cuerpo ya estaba frío.
La levantó con gentileza.
--Regresa a la cama.
La convenció de que lo hiciera y ella permaneció sentada en el lecho,
aferrada al niño, acunándolo contra el pecho.
--No lo entiendo. No era más que un resfriado, un ligero resfriado
-decía Prascovia.
Pero Grisha no tenía fuerza para contestarle.
"No debí llamarlo Mijaíl", pensó.
Era tan grande su dolor que quería hacer algo, llorar o correr por las
calles de Pokrovskoé. En vez de ello, permaneció inmóvil, petrificado por
el sufrimiento, reviviendo la impotente angustia que experimentó tras la
muerte de Mijaíl.
El día siguiente fue frío y gris. Grisha fue a la iglesia a fin de hacer
arreglos para el entierro; la sola idea de enterrar a su hijo le retorcía
las entrañas y quería gemir. Cuando regresó, fue a la habitación que
compartía con su mujer, encendió la lámpara de aceite frente al icono de
la Virgen, se arrodilló y rezó. Lentamente, el dolor se fue atenuando.
Dios no lo había abandonado. Sin embargo, tenía la impresión de que la
muerte de su hijo era una especie de castigo. Se levantó pesadamente a fin
de bajar a consolar a su mujer. Grisha tenía apenas veinte años pero,
al mirarse en el espejo, vio a un anciano.
Llegó el verano. Prascovia estaba nuevamente embarazada. Grisha se había
recuperado de la conmoción, pero la sensación de haber pecado seguía
atenazándole el corazón. Pasaba horas arrodillado frente al icono de la
Virgen de Kazán y las oraciones lo reconfortaban, si bien no le
proporcionaban mayor inspiración. Seguía yendo una vez al mes a los
pueblos vecinos en el carromato, tanto a Tobolsk como a Tiumen, a veces
incluso río abajo, por barcaza, a Kurgan. Su negocio prosperaba. Con la
ayuda de su padre y del carpintero de la aldea, Grisha empezó a construir
una casa en el terreno de la granja. El largo y duro trabajo mitigó
gradualmente el dolor; también lo hizo el nacimiento de otro hijo, a quien
llamaron Dmitri. El niño era muy plácido y nunca lloraba. Debido a su
carácter tranquilo tardaron mucho en darse cuenta de que el destino los
había visitado con una segunda tragedia, pues Dmitri era retrasado mental.
¤ IV

Un día, al pasar por el pueblo de Yarkovo, de regreso a Tobolsk,


un rico campesino se acercó a Rasputín, preguntándole si le
molestaría llegar hasta el lejano monasterio de Verkhoture. Rasputín
le contestó que iría hasta San Petersburgo, a condición de que le
pagaran. El campesino, que se llamaba Arcadi Saborevski, explicó que
su hijo había decidido convertirse en novicio del monasterio. A los
veintiún años, Mileti Saborevski ya había estudiado en un seminario
teológico y se había convencido de que su destino se encontraba en
vivir como monje. Rasputín fue a casa de Saborevski para conocer al
joven. Mileti era alto, de tez cetrina y astuto. Había también en él
un toque de niño mimado. Tras comer un tentempié de pescado salado y
pepino y tomar un vaso de vodka, Rasputín y Saborevski acordaron el
precio del viaje. Grisha regresaría la semana siguiente para llevarse
al novicio.
Debido al largo trayecto, pasaría más tiempo fuera de casa del
acostumbrado; no estaba seguro de la distancia a Verkhoture, pero
creía que serían unas cuatrocientas verstas. Eso significaría al
menos cuatro días de ida y cuatro de vuelta. Hasta entonces no había
viajado tan lejos y esperaba con ansias los días de sol y viento. Lo
único que le molestaba era que alguien iría con él y esperaba que
Mileti Saborevski permaneciera tan taciturno como cuando tomaron el
tentempié en Yarkovo.
El primer día de viaje, ninguno de ellos habló mucho. Rasputín
estaba relajado y feliz; pensaba en su hogar y en su familia y
contemplaba el extenso y vacío paisaje,
sintiendo que fluía tranquilamente por su corazón, como un riachuelo.
Pernoctaron en una taberna, -todos los gastos corrían a cargo del
padre de Saborevski-, y Rasputín preguntó de pronto a su pasajero por
qué deseaba convertirse en monje. Saborevski contestó sencillamente:
--Porque quiero vivir para Dios, no para mí.
Grisha sonrió.
--Pero Dios está en ti. Lo único que necesitas es escuchar su voz.
¿Para qué ir a un monasterio?
Saborevski lo miró sorprendido.
--¿En mí? ¿Qué diablos quieres decir con eso?
--El reino de Dios está dentro de ti.
Saborevski negó con la cabeza y respondió, condescendiente:
--No, no. La cita de san Lucas significa <el reino de Dios está
entre vosotros>. La palabra griega es <entos>, lo que quiere decir
entre o dentro de. Jesús quería decir que <él> era el reino de Dios.
Rasputín manifestó firmemente:
--No me importa si significa entre o dentro. Lo que yo te digo es
que Dios está en ti.
Lo dijo tan tranquilamente convencido que Saborevski lo miró
sorprendido.
--¿Y cómo crees saberlo? -inquirió.
Rasputín sonrió ante el tono escéptico.
--Lo <sé> -y añadió, lamentándose-, casi lo vi una vez.
--¿Casi? -Saborevski se dio cuenta de que Rasputín no bromeaba-.
¿Por qué "casi"?
En un tono muy natural y realista, Rasputín le relató su
experiencia a orillas del Tura. Cuando habló de la sensación que
subía por su espina dorsal, Saborevski lo contempló con mayor
interés. Tenía conocimientos de la religión oriental.
Rasputín terminó:
--Y justo cuando estaba pensando, qué maravilla... voy a ver a
Dios... la luz desapareció. Fue mi propia culpa. Era como si
estuviese hablando en la iglesia.
Saborevski le observó con una extraña expresión. Era una mezcla de
respeto y de envidia. En Rusia, como en la India, existe la tradición
de los hombres santos que
van por los caminos, mendigando su pan y rezando en santuarios al
borde de los caminos. Saborevski había hablado con muchos de ellos;
pocos le habían impresionado tanto como este alto mujik despeinado.
Le preguntó con curiosidad:
--Y ahora, ¿no quieres ver a Dios?
--Por supuesto que sí. Daría cualquier cosa para que sucediera.
--Entonces, tal vez deberías ser monje.
--No. Tengo esposa e hija.
--¿Cómo sabes que Dios no te tiene deparada una misión importante?
Rasputín se echó a reír.
--Si la tiene, no me ha dicho todavía de qué se trata.
Al día siguiente, tan pronto como el carromato empezó a rodar por
el amplio y vacío paisaje, con el bosque en la lejanía, comenzaron a
hablar nuevamente de religión. A Rasputín le pareció que al menos en
un aspecto Saborevski se asemejaba a su propia madre: pensaba que lo
único que necesitaba para ir al cielo era ser bueno. Durante cierto
tiempo, guardó esa idea para sí. Pero, puesto que Saborevski le hacía
preguntas cada vez más penetrantes, la manifestó.
--¿Por qué hablas siempre de santidad? La santidad significa que
uno está cerca de Dios. Y no puedes acercarte a él sin intentarlo
realmente. Tienes que abrir tu alma al arrepentimiento.
Saborevski frunció el ceño y su rostro pálido y juvenil se asemejó
al de un niño desdichado.
--Pero yo me he arrepentido de mis pecados.
Rasputín no pudo evitar la risa.
--Entonces, tal vez no hayas pecado de verdad.
Saborevski daba la impresión de que un buen pecado le daría un
infarto. Sonrió pesaroso.
--Suenas como uno de los khlistis.
--¿Los qué?
--Son un montón de asquerosos herejes. Creen que hace falta pecar
para arrepentirse.
--Eso tiene sentido.
Saborevski gruñó.
--Eso no es más que la satisfacción inmoderada de sus deseos.
Rasputín se rascó la barbilla con el meñique y decidió no decir lo
que pensaba.
Llegaron a Verkhoture a media tarde del tercer día. A Rasputín lo
llevaron a la casa de los huéspedes y le dieron comida y una jofaina
de agua para lavarse los pies. Cuando acabó el pan y la sopa, salió
al patio y se relajó en un banco, deleitándose con el sol,
contemplando perezosamente las agujas y las cúpulas del monasterio.
Del otro lado del portal veía a los monjes trabajando en los campos.
Les envidió su existencia serena y espiritual.
Saborevski salió del edificio principal.
--El padre Ignati quisiera conocerte.
--¿Para qué?
--No lo sé.
El padre Ignati se encontraba en su celda, en el último piso del
monasterio, una habitación cómoda, con muchos libros. El abad era un
hombre enorme y canoso que parecía tener suficiente fuerza como para
levantar un buey. Tenía unos ojos asombrosamente azules. Rasputín se
sintió intimidado y torpe, y no estaba seguro de cómo dirigirse al
abad. Pero la afabilidad del padre Ignati no tardó en tranquilizarlo.
El abad le ofreció té con limón que había en un samovar, y le
preguntó por la salud del padre Pavel, el cura de la aldea de
Pokrovskoé, a quien había conocido en el seminario. A Grisha le
pareció fácil hablar con el corpulento y amistoso hombre. Era,
además, lo bastante perceptivo para percatarse de que el padre Ignati
lo estaba evaluando.
El abad preguntó de pronto:
--¿Por qué no te quedas aquí un día o dos?
Rasputín lo miró expectante.
--¿Podría hacerlo?
--Por supuesto. Nos encantaría un poco de ayuda, pues estamos
recogiendo los nabos.
--Me gustaría.
--Bien. Quédate cuanto desees.
Una hora más tarde, Rasputín acompañó a Saborevski a vísperas, y
luego se unió a los monjes en el refectorio para la cena. Después de
las oraciones y la lectura de un pasaje de la Biblia, el ambiente era
tan relajado como el de una fiesta, quizá porque era sábado y al día
siguiente no se trabajaba. La comida era buena y Grisha se sorprendió
agradablemente al ver que bebían sidra y un vino blanco agrio. Tras
tres días de viaje, comió vorazmente.
Vio que en el otro extremo de la habitación se encontraban unos
cuantos hombres que, evidentemente, no eran monjes; casi todos
llevaban barba y la bata típica de los campesinos. Rasputín preguntó
al monje a su izquierda:
--¿Quiénes son esos hombres?
--¡Ah! Son miembros de una secta llamada Khlisti.
--¿Khlisti? Yo creía... creía que... -no estaba seguro de cómo
decirlo sin ofender.
El monje sonrió.
--Lo son. Son herejes. Los han desterrado aquí. Supongo que se
podría decir que son prisioneros.
Rasputín se volvió hacia Saborevski, a su derecha, e inquirió en
voz baja:
--¿Sabías que esas gentes de allí son khlistis?
--¡Santo cielo!
Saborevski miró nerviosamente a los hombres barbudos con batas
azules; un momento más tarde, Rasputín lo vio persignarse
subrepticiamente. Seguramente, creía que la herejía podría ser tan
infecciosa como una enfermedad.
Se levantaron al amanecer para maitines, luego desayunaron gachas
de avena frías, manzanas y té. Un novicio llamado Pyotre tenía la
misión de enseñar el monasterio y la aldea cercana a Saborevski y
Rasputín los acompañó. Era otro día soleado, con un toque otoñal en
el aire. La aldea era algo más grande que Pokrovskoé, pero menos
cuidada; Rasputín ya se había dado cuenta de que las aldeas rusas
consistían, en general, en una lamentable colección de casas
desvencijadas con cercas rotas. Sin embargo, para Rasputín todo
poseía un encanto indefinible, un aura de paz y santidad. Entonces,
cuando pasaron frente a la iglesia, vieron que salían los fieles,
entre ellos varias chicas atractivas con himnarios en la mano.
Llevaba cinco días de celibato y su cuerpo anhelaba el contacto de un
cálido cuerpo femenino. Suspiró al pensar en el problema de alcanzar
la santidad.
En ese momento, oyó que el novicio Pyotre decía:
--Mucha gente de por aquí lo considera un santo.
--¿De quién habla?
Saborevski contestó:
--Del padre Macario. Es un ermitaño que vive en el bosque. Dicen
que era un hombre instruido y que, antes de la llamada de Dios, vivía
en San Petersburgo.
--¿Podríamos visitarlo?
Pyotre comentó:
--Sí, ¿por qué no?
El bosque al otro extremo del monasterio se encontraba a media hora
de marcha. Mientras se dirigían hacia allí, Pyotre relató las
historias que había oído acerca de la juventud del ermitaño Macario;
que nació en una familia rica, fue oficial del ejército y se hizo
notorio por apostar, batirse en duelo y seducir a las esposas de los
tenderos. Un día, como resultado de una apuesta, se fue a vivir en
una choza medio derrumbada en un bosque. Después de un mes de estar
allí, ganó la apuesta, pero decidió también que había encontrado su
vocación. Ahora, tras andar por toda Rusia, se había asentado cerca
del monasterio, donde pocos monjes simpatizaban con él.
Resultó que Pyotre nunca había ido a la choza y les fue un tanto
difícil encontrarla. Finalmente, dos campesinas les dijeron cómo
llegar. La choza se hallaba en un claro, cerca de un gran estanque
límpido. A Rasputín le pareció que nunca había visto un lugar tan
encantador. La construcción en sí era una sencilla estructura de
troncos burdamente cortados, con postigos de madera. Pyotre llamó a la
puerta e inquirió:
--¿Podríamos entrar, santo padre?
--Sí, adelante.
Su voz era profunda y poseía una resonancia gutural. Rasputín
experimentó una repentina sensación de frío en el estómago.
Una cortina dividía la choza en dos secciones. En un rincón, debajo
de la ventana abierta, se encontraba sentado, en una silla baja, el
ermitaño Macario, un hombre impresionante, calvo y de rasgos delgados
y marcados por la enfermedad. Unos cuantos campesinos, tanto hombres
como mujeres, se hallaban sentados frente a él, en el suelo.
--¡Ah! Visitas del monasterio, -exclamó Macario.
Pyotre se arrodilló y besó la mano del ermitaño, presentándose a sí
mismo y a sus dos compañeros. Saborevski besó también la mano de
Macario, si bien era evidente que lo hacía con renuencia. Rasputín
cayó de rodillas y besó la mano con profunda humildad. Los relatos de
Pyotre le habían convencido de que se encontraba frente a un santo.
Macario miró fijamente y con interés al apuesto campesino de
cabello despeinado y ojos hundidos. Cogió la mano derecha de Rasputín
en las dos suyas.
--¿De dónde eres? -le preguntó.
--De Pokrovskoé, padre.
La cara del anciano era tan pálida y estirada que semejaba un
cráneo cubierto por una máscara de goma. Pero los oscuros ojos
estaban llenos de vida. Y ahora se clavaban en los de Rasputín, como
retándole a desviar los suyos. Rasputín le devolvió la mirada,
fascinado, dándose cuenta de que el poder hipnótico de este hombre
era superior al suyo. Empezó a sentirse incómodo, pero no pudo
desviar la vista. Los demás, al percatarse de que algo sucedía,
mantuvieron silencio. Entonces, el ermitaño soltó la mano de Rasputín
y dijo tranquilamente:
--Ven aquí, hijo mío.
Con un gesto, ordenó a Rasputín que se acercara. Grisha lo hizo.
Macario le habló en voz baja, casi ahogada por el ruido producido por
el riachuelo y que se oía a través de la ventana abierta.
Queda y seriamente le dijo:
--Te espera un extraño destino. Serás un hombre famoso.
Hizo una pausa, y Rasputín preguntó, con los labios resecos:
--¿Un hombre santo, padre?
--Sí, un hombre santo. Pero serás más que eso.
Hizo otra pausa. Diríase que tenía la vista clavada en una gran
profundidad. Luego, alzó los ojos y continuó, en tono fuerte y
normal:
--Pero, si no vas con cuidado, serás un mártir.
Rasputín le hizo la pregunta que deseaba hacer desde que entró en
la choza.
--¿Encontraré a Dios?
Macario respondió:
--Sólo Dios podría responder a eso. Pero si rezas, pidiéndole que
te guíe, te ayudará. -Señaló hacia un rincón-. Rézale a la Virgen.
Una lámpara estaba encendida frente a un icono. Rasputín vio que se
trataba de la Virgen de Kazán, y le pareció que era un buen augurio.
Besó nuevamente la mano de Macario y fue al rincón, dejándose caer de
rodillas. Ahora, de pronto, supo sin lugar a dudas que el propósito
de su vida consistía en encontrar a Dios. Nada más tenía importancia.
El saber esto le proporcionó una paz tan profunda que sintió que las
lágrimas se le escurrían por las mejillas. Algo ocurría en su
interior, algo que dolía; sin embargo, el dolor era también un
alivio. La voz de Dios hablaba nuevamente en su interior y esta vez
sólo quería decir:
"Sí, Dios, dime lo que quieras, Señor. Lo único que deseo es
cumplir tu voluntad."
Camino de regreso al monasterio, sus compañeros hablaron como si
nada hubiese ocurrido; pero Grisha percibió ciertas miradas de
soslayo que delataban su intensa curiosidad. Finalmente, Saborevski
le preguntó:
--¿Qué quiso decir con eso de que serías un mártir?
Rasputín, avergonzado por la profundidad de su experiencia, trató
de restarle importancia.
--Dijo que si no andaba con cuidado. Pero pretendo ser prudente.
Esa noche, durante la cena, Rasputín decidió no beber cidra; le
parecía que sería como profanar la luz que sentía en su interior.
Estaba sentado entre dos monjes que no conocía aún, el padre José y
el hermano Sergio. Diríase que habían oído hablar de él, y lo
acosaron con preguntas acerca de sus antecedentes. Esta atención lo
hubiese halagado en circunstancias normales. Pero ahora sólo veía en
ellos algo mundano, de satisfacción de sí mismos y el olor de sus
egos lo ofendía. Tan pronto como le fue posible hacerlo con cortesía,
se disculpó y salió afuera. El patio estaba fresco, el cielo, azul y
claro. Se sentó en el banco afuera de la habitación de los huéspedes
y se hundió en la paz, como si fuese un baño caliente. Alguien llegó
y se sentó al otro lado del
banco. Rasputín miró de reojo, esperando que no fuese el padre José,
y vio a un hombre de barba gris que vestía la bata azul de los
khlistis. Ahora que se le presentaba la oportunidad, decidió
aprovecharla.
--¿Les gusta vivir aquí?
El anciano lo miró con sus bondadosos ojos azules.
--Aceptamos cualquier cosa que el Señor nos envíe.
--¿Podrían irse, si lo quisieran?
--Sólo si renunciamos a nuestra fe.
--Y, ¿cuál es su fe?
El anciano le dirigió una mirada penetrante, decidió que la
pregunta no era ni impertinente ni trivial y respondió:
--Creemos que el espíritu es bueno y que la materia es mala. Y
creemos que Cristo ha regresado muchas veces a la tierra en forma de
hombre. Eso es lo que significó su promesa de la resurrección. La
última vez que regresó fue en 1645, con el nombre de Daniel Filipov.
Ése fue el Segundo Advenimiento predicho en el Nuevo Testamento.
--Y, ¿qué enseñaba Daniel Filipov?
--Dijo que los hombres no tenían que casarse, que no debían beber
ni maldecir, que debían buscar el martirio.
Rasputín frunció el ceño.
--Pero, si no hubiera matrimonios, la raza humana se acabaría.
--Cierto. Pero si todos los hombres siguieran sus enseñanzas,
llegaría el Día del Juicio Final y ya no habría necesidad de
procrear.
Esta proposición le pareció algo dudosa a Rasputín. Después de una
pausa, preguntó:
--¿Dónde buscan el reino de Dios?
--Se encuentra dentro de nosotros mismos, -respondió prestamente el
anciano.
Rasputín dijo con convicción:
--Lo que dice usted es la verdad.
--Cristo no puede mentir, -repuso solemnemente el anciano.
El abad cruzó el patio, hablando con un monje. Cuando vio a
Rasputín sentado en el banco junto al anciano, una sombra cruzó su
expresión. El anciano la vio.
--Ya no podemos hablar. No les gusta.
Al decir "les", parecía referirse a un conquistador extranjero.
--Pero, ¿dónde puedo saber más sobre sus enseñanzas? -inquirió
Rasputín.
El anciano volvió a sopesarlo con su penetrante mirada.
--¿Conoces Neyvo Shaylanski?
El día anterior, Rasputín había visto el nombre en una señal en el
camino. Asintió con la cabeza.
--Pregunta por Nikon Kostrovski. Dile que Yemeljan te envía, -le
dijo el anciano.
Se levantó y se alejó. Rasputín vio que el padre José se encontraba
de pie a sus espaldas, contemplando aparentemente el horizonte pero
evidentemente escuchando. Antes de levantarse, se aprendió los
nombres de memoria.
Esa noche, cuando apenas se acababa de dormir, la puerta de su
habitación se abrió con un chirrido. Al despertar, alzó la mirada y
vio dos figuras tenuemente iluminadas por la luz de la luna.
--¿Qué quieren?
--Queremos hablar contigo, -contestó la voz del padre José.
Rasputín encontró los fósforos y encendió la vela.
--¿Acerca de qué?
El padre José se sentó en el borde de la cama. El hermano Sergio
permaneció de pie, a su lado.
--Le vi hablar con ese khlisti, -manifestó el padre José.
--¿Y bien? -preguntó Rasputín, irritado. Nunca había reaccionado
bien a la autoridad.
--No quisiéramos verle en problemas. ¿Sabe usted que esas gentes
son herejes?
--Sólo estábamos matando el tiempo.
El padre José sonrió amablemente.
--Bien. Me alegra oírle decir eso. Nos gusta tenerlo aquí con
nosotros.
Para asombro de Rasputín, el padre se inclinó y posó las manos en
sus hombros, mirándolo fijamente a los ojos.
--¿Le gustaría quedarse aquí? -preguntó el padre.
--¿Aquí? ¿En el monasterio? No podría. Estoy casado.
De repente, Rasputín recordó al polaco mellado. La imagen le vino
por la forma en que el padre José se humedecía los labios con la
lengua.
--Podríamos arreglar eso... -dijo en voz baja el padre.
Se inclinó y apretó el rugoso, mal afeitado mentón contra la
mejilla de Rasputín. En el mismo instante, Rasputín sintió la mano
del hermano Sergio meterse bajo la ropa de cama y deslizarse por sus
muslos. Soltó un violento puntapié y el padre José, cogido por
sorpresa, cayó de lado mientras que el hermano Sergio se tambaleaba
hacia atrás. El padre José se recuperó rápidamente y se abalanzó
sobre Rasputín, sujetándole los brazos contra la cama.
--Somos más fuertes que tú -le dijo salpicándole de saliva.
El hermano Sergio se arrojó sobre las piernas de Rasputín, que se
sintió ultrajado. Durante un momento, los tres lucharon con
ferocidad, los monjes intentando sujetarlo. Rasputín libró un brazo y
logró dar un puñetazo en el ojo al padre José. Éste rodó fuera de la
cama. Rasputín se puso de pie de un salto, agarró al hermano Sergio
por la sotana y lo golpeó en un lado de la cabeza. Entonces, se
volvió hacia el padre José, que estaba recuperando el equilibrio, y
le dio un puntapié en el pecho.
--¡Afuera! -gritó.
Atemorizados por su violencia, los monjes se dirigieron a la
puerta, encogidos. El rostro del padre José estaba verde y contenía
una expresión venenosa.
--No te saldrás con la tuya, -gritó histéricamente-. Somos muchos
más que tú. -Casi se ahogó y entonces, espetó-: ¡Te haremos sufrir,
sucio campesino!
Rasputín había cogido el candelero como arma, los amenazó con él y
los monjes chocaron uno contra el otro al tratar de trasponer la
puerta.
Pasó unos minutos demasiado furioso para pensar con claridad.
Atrancó la puerta con la silla y volvió a encender la vela. Entonces,
abrió la puerta y escuchó. Le pareció oír voces provenientes de
abajo. Se puso el
pantalón, metió el resto de la ropa en la bolsa y salió de puntillas
de la habitación.
No se topó con nadie. El patio se encontraba vacío y su aspecto,
bajo la luz de la luna, era de total quietud. Convencido de que se
hallaba a salvo, pero dispuesto a matar a los monjes si lo atacaban
nuevamente, entró al establo, despertó a <Iván>, lo enganchó al
carromato y traspuso con él el gran portón del monasterio. Una vez
que estuvo en la carretera, azuzó a <Iván>, que empezó a trotar.
Dando gracias a Dios por la luz de la luna, que le mostraba el camino
que se extendía en la distancia, se echó a reír estrepitosamente.
Comparado con su experiencia con el eremita Macario, este episodio
era simplemente grotesco.
Viajó hasta el amanecer y durmió una hora bajo el carromato,
mientras <Iván> pastaba. Entonces se lavó en un arroyo, comió carne
seca salada acompañada de agua y siguió su camino. Era presa de la
excitación, de una expectativa de aventura.
En el crepúsculo del día siguiente, ya cansado y polvoriento,
encontró la aldea de Neyvo Shaylanski. Era una pequeña comunidad
agrícola, situada en un valle junto a un riachuelo. Vio a una mujer
que cargaba agua y le preguntó dónde podría encontrar a Nikon
Kostrovski. Ella le clavó una mirada penetrante y señaló un sendero
de tierra que llevaba al molino de agua.
Un campesino de mediana edad con una desaliñada barba contestó a su
llamada.
--¿Es usted Nikon Kostrovski?
--¿Quién es usted? -preguntó cautelosamente el hombre.
--Vengo de parte de Yemeljan.
En el rostro del hombre apareció una sonrisa de bienvenida. Abrazó
a Rasputín.
--Entra, hermano.
Atravesaron la habitación donde se encontraba la rechinante
transmisión de la rueda hidráulica y entraron en la parte habitada.
El lugar olía a polvo y a harina de maíz.
--Los demás me conocen como Dmitri Kuzmich. Sólo los puros me
conocen como Nikon, -explicó el hombre.
Era evidente que <los puros> significaba los khlistis.
Invitó a Rasputín a cenar con ellos. La familia constaba de un
joven de dieciocho años, una chica bizca, de unos veinticinco, y un
niño, de unos nueve. Krostrovski explicó que su mujer había muerto.
Rasputín estaba a punto de preguntar cómo era que estuviese casado un
miembro de los khlistis, pero decidió esperar a que él y Kostrovski
se hallaran a solas.
Les informó de su estancia en el monasterio, pero omitió la razón
que lo impulsó a marcharse, por si los escandalizaba. Dieron cuenta
de una sencilla comida de sopa, pan negro y verduras, acompañada de
leche de cabra. Cuando les preguntó acerca de sus creencias, la
chica, llamada Daria, desapareció y regresó con algo envuelto en un
costal. Era un libro de hojas amarillentas, encuadernado en madera y
atado con tiras de cuero. Kostrovski lo colocó frente a Rasputín. El
título era <El libro de la paloma>, de Daniel Filipov. Rasputín lo
abrió y leyó media página.
--Pero, si la carne es mala, ¿por qué está usted casado?
--No todos nosotros somos elegidos como Ostiets Yemeljan.
Después de cenar y cuando Rasputín hubo acomodado a <Iván>, le
enseñaron su habitación. Entonces, se sentaron y hablaron de
religión. Era obvio que esta gente sentía placer al hablar de sus
creencias, de sus profetas o avatares. La esencia de su fe consistía
en que Dios se manifestaba en la tierra en avatares como Averzhan,
que fue crucificado en el campo de batalla de Kullicovo, y Yemeljan,
que fue torturado hasta morir bajo las órdenes de Iván el Terrible.
Por lo visto, al actual Yemeljan, el anciano de Verkhoture, lo
consideraban como otro "elegido" y era uno de los miembros más
respetados del movimiento en Rusia. Rasputín no podría haber
encontrado mejor padrino. Eso le confirmó en su idea de que Dios
quería que aprendiera todo lo que había que aprender sobre los
khlistis.
En un momento dado, en respuesta a una pregunta, Rasputín volvió a
describir su experiencia a orillas del Tura. La familia Kostrovski
escuchó atentamente. Entonces, para su sorpresa, Daria se arrodilló
junto a su silla y le besó la mano.
Hacia la medianoche, cuando se preguntaba qué hacer para irse a la
cama sin ofender, alguien llamó a la puerta. Nadie hizo nada por
abrirla. Entonces entraron dos campesinos. Se sentaron sin invitación
e inclinaron la cabeza, como si estuviesen rezando. Unos minutos más
tarde, llegaron más; esta vez era una familia de seis. Se sentaron
también e inclinaron la cabeza. A medida que iban llegando más, se
iban sentando.
Al ver la perplejidad de Rasputín, Kostrovski lo llevó a la
habitación adjunta.
--Si deseas unirte a nosotros en el culto, eres bien venido. Si
estás demasiado cansado, lo comprenderemos.
A Rasputín se le hacía difícil luchar contra el cansancio, pero le
pareció que sería una muestra de mala educación disculparse en ese
momento.
--Me gustaría quedarme, -dijo.
Kostrovski lo cogió de los hombros y lo besó en la frente.
Regresaron con los demás.
La pequeña habitación se encontraba ya atestada. Rasputín contó
veinticinco personas. Kostrovski cogió el libro de la mesa. Los
demás, tomando el gesto como señal, se pusieron de pie y salieron con
él de la estancia. todos bajaron la escalera detrás del molino,
atravesaron un estrecho puente; Daria la Bizca guió a Rasputín,
llevándole de la mano, y entraron en un establo que olía a vacas.
Habían colocado varios cojines de cuero, de tal modo que formaban
un círculo alrededor de un barreño de madera, un barril partido por
la mitad. La mayor parte de la congregación se arrodilló sobre los
cojines, de cara al barreño. Un joven y una joven tomaron sendas
cubetas para la ordeña y salieron. Al poco tiempo regresaron con las
cubetas llenas de agua, que echaron en el barreño antes de volver a
salir. Los otros rezaban silenciosamente. Les tomó aproximadamente
media hora para el barreño. Mientras tanto, Rasputín hacía enormes
esfuerzos por mantenerse despierto. Cuando la tina estuvo llena de
agua, casi hasta rebosar, el joven y la joven se arrodillaron también
y las oraciones siguieron unos diez minutos más. Entonces, Kostrovski
se levantó, con <El libro de la paloma> en la mano, y leyó en voz
alta. Leyó
varias páginas y la congregación murmuraba periódicamente "Amén", a
la vez que se persignaba.
De pronto, se oyó un chillido. Rasputín, que empezaba a dormitar,
despertó sobresaltado y con los pelos de punta. La bizca se
encontraba de pie, meciéndose, con lágrimas en las mejillas y
repitiendo un cántico en un curioso tono agudo. Las palabras parecían
ser de un idioma extranjero y eran extrañamente reiterativas. La
chica se dejó caer al suelo; seguía gimiendo y se golpeaba la frente
contra el suelo de tierra. Se oyó otro grito. La joven que había
llevado cubetas de agua se hallaba de pie, vociferando en un tono
extraño y gutural. Miraba hacia arriba, de modo que sólo se le veía
el blanco de los ojos. Los demás se unieron a ella en un cántico
rítmico, golpeándose la cabeza y batiendo palmas al ritmo del
cántico. La chica empezó a bailar con movimientos sinuosos alrededor
del barreño, como si tratara de bailar con lentitud. Otros se
pusieron a bailar, algunos casi doblados, con las manos tocando el
suelo, arrastrando los pies en un movimiento semejante al de los
simios. Kostrovski batía palmas y cantaba algo a un ritmo regular. El
canto salvaje y el primitivo ritmo hicieron que le cosquilleara la
espina dorsal a Rasputín. Sus pies querían saltar, como si tuviesen
vida propia. Una fuerza eléctrica recorrió su cuerpo, convulsionando
sus músculos. Obedeció el impulso y se unió al baile.
Kostrovski repetía una y otra vez algo que sonaba a "Desciende
Espíritu Santo", pero daba a las palabras una extraña entonación. El
cuerpo de Rasputín siguió convulsionándose y sacudiéndose con un
impulso aparentemente independiente de su voluntad. Bailaron y
bailaron, y los minutos parecieron convertirse en horas. Rasputín,
cuanto más deliberadamente soltaba el control, tanto más permitía que
su mente se hipnotizara por los cantos, que el espíritu salvaje se
adueñara de ella. Era algo tan increíblemente raro, feroz y brutal y,
a la vez, tan dulce, que lo llenaba de una estremecedora energía, un
deleite tan poderoso como la excitación sexual. Una parte objetiva
de la mente se asombraba al ver que todos parecían ser presa de la
misma fuerza, y que ésta llenaba el establo cual un invisible
vendaval.
Uno de los hombres se había separado del grupo y
giraba sobre un pie, como lo hacía un derviche que Rasputín había
visto en una feria. Otros empezaron a hacer lo mismo, girando más y
más rápidamente. Un momento después, el propio Rasputín se sintió
presa de la misma fuerza, como si, invisible ésta, pasara
sistemáticamente de una persona a otra. Había gente gritando y
chillando. Algunas mujeres se contorsionaban en el suelo, con el pelo
suelto ondeando y el cuerpo arqueado hacia arriba en una especie de
convulsión epiléptica. Rasputín daba vueltas a tal velocidad que ya
no veía bien lo que ocurría. El espíritu lo azotaba, lo empujaba a
girar más y más de prisa, como si fuese un niño con una peonza. Algo
se agitó en su interior, y de su boca surgieron palabras, palabras
que no entendía, un idioma raro y gutural, palabras como <viron isro
larag gohulim dodpal ezarsi>; soltaba cada una cual si fuese un grito
triunfal. Alguien lo agarró y tropezó; una mujer le agarró la camisa
y se la arrancó. Ahora veía que muchos de ellos se hallaban desnudos
y que sus cuerpos brillaban de sudor a la luz de la lámpara. Al mismo
tiempo, se dio cuenta de que el agua del barreño borboteaba, como si
hirviera, y que soltaba un vapor dorado. Sin embargo, cuando unas
gotas lo salpicaron, estaba fría. La fuerza que sacudía su cuerpo con
violentos latidos fluía también a través del agua, que actuaba como
una especie de conductor.
Entonces, la luz bajó y se apagó casi inmediatamente. Rasputín se
encontraba contorsionándose en el suelo entre la maraña de cuerpos,
lleno aún de la exaltación que hacía hormiguear su piel, cual si se
convirtiera en luz y calor. Unos brazos lo abrazaron, sintió una piel
desnuda contra la suya. Su exaltación se convirtió en un inmenso y
diabólico deseo que hizo que el cuerpo de la mujer pareciese su
víctima predestinada. No tenía idea de quién era ni de su edad; sólo
que la fuerza en su interior quería poseerla y que la fuerza en ella
la urgía a entregarse sin temer las consecuencias. Rasputín gruñó
como un animal hambriento al penetrarla; sus pies se clavaban en el
suelo como empujándolo y sus manos tiraban de la mujer, acercándola.
Ella ya no se retorcía, si bien su espalda seguía arqueada; diríase
que estaba suspendida en un éxtasis inmóvil. Rasputín se percató
de que a su alrededor otros se apareaban con la misma violencia
ávida. Sólo el agua borboteante parecía soltar una tenue luz que
iluminaba el vapor ascendente.
Despertó en la oscuridad y, durante un momento, se preguntó dónde
estaba. Todo era silencio. Se encontraba desnudo y tenía frío. Se
incorporó y vio que la puerta se hallaba abierta; la luz de la luna
formaba una mancha blanca en la oscuridad. Se acercó a la puerta y la
abrió totalmente, para que entrara más luz. Entonces vio que el
establo estaba vacío. El barreño de agua había desaparecido. Su
camisa y su pantalón se encontraban en el suelo. Una manga de la
camisa había desaparecido. Temblando, se vistió y salió. Le pareció
oír voces distantes, pero el ruido producido por el arroyo le impedía
estar seguro de ello. Se sentó en la orilla, cerca del puente, y miró
la corriente de agua. Afuera, el aire nocturno era más cálido. En el
cielo, había luna llena, un inmenso círculo plateado rodeado de
estrellas. Su cuerpo hormigueaba aún, lleno de vida, de un resplandor
de salud que parecía tener su origen en el plexo solar. El olor del
aire nocturno, de la hierba, de las vacas y del polvo de trigo, todo
ello parecía ser inmensamente significativo, cual si tratara de
hablarle. Esta sensación de que había una presencia viva a su lado lo
llenó de tranquilidad. Como sonámbulo, se levantó y atravesó el
puente, dirigiéndose hacia el molino.
Al día siguiente, durante el desayuno, Kostrovski le dijo:
--Ahora eres uno de los nuestros. ¿Deseas irte o quedarte?
--Debo irme.
--Es tu elección. Pero al menos ahora sabes la verdad sobre los
elegidos.
Al hablar, Rasputín sintió que el fuego se removía nuevamente en su
interior y le obligaba a decir:
--Ya no os pertenecéis a vosotros mismos.
--No. Le pertenecemos a Él.
Rasputín miró a la chica, que bebía de un cuenco. La fuerza lo hizo
levantarse y ponerse a espaldas de la joven. Kostrovski, percatándose
de que algo ocurría, se puso serio y alerta. Rasputín tocó el hombro
de la chica y tiró de ella, de tal modo que sus hombros descansaban
en el vientre de él. Entonces colocó ambas manos en los ojos de la
chica, presionando suavemente los párpados cerrados. La fuerza fluyó
a través de las puntas de sus dedos. Era algo bastante sencillo.
Sabía exactamente lo que tenía que hacer. Lo había hecho, de niño, al
curar a los animales. Permitió simplemente que la fuerza fluyera
desde su interior, cambiando las energías de la joven, enderezando lo
torcido, corrigiendo lo malo. Permaneció así durante unos cinco
minutos, mientras Kostrovski rezaba con la cabeza inclinada y el niño
de nueve años observaba todo con los ojos bien abiertos. Rasputín oía
al hijo mayor que daba de comer a las aves, abajo, en el patio.
Cuando sintió que ya lo había logrado, alejó las manos, la besó en lo
alto de la cabeza en muestra de amor, y volvió a sentarse. La joven
permaneció sentada, los ojos arrasados en lágrimas. Entonces se
levantó de un salto, salió corriendo de la habitación y subió por la
escalera. Pero Rasputín tuvo tiempo de ver que sus ojos lo miraban
directamente, ya sin bizquear.
Más tarde, ese mismo día, cuando la galera iba traqueteando hacia
Artemovski y Tiumen, Rasputín meditó sobre lo que había ocurrido,
tratando de entenderlo. Esta extraña fuerza que aún sentía dentro de
sí, ¿era parte de él mismo o provenía de fuera? En cierto sentido,
era ambas cosas a la vez.
Y Kostrovski tenía razón. Ahora entendía a los khlistis. Ya no le
extrañaba que <El libro de la paloma> enseñara que los hombres no
debían casarse y que, sin embargo, su ceremonia acabara en
apareamientos promiscuos. Desde un punto de vista ideal, el
matrimonio era prohibido, pues constituía una elección personal. Todo
hombre debería ser poseído por el espíritu, a fin de no tener ya
ninguna opción personal. Ahí estaba la respuesta a la paradoja.
Pero lo que lo excitaba y lo llenaba de alegría era que la fuerza
le hubiese escogido a él como morada. Se había encontrado siempre
ahí, pero él la había confundido con una parte de sí mismo. Ahora
sabía que no era él. Al menos, no era Grígori Efimovich Rasputín. En
eso consistía lo extraño y lo excitante. De ser una paradoja, lo era
únicamente porque los hombres no comprendían la naturaleza del alma y
del ser.
Ahora que lo comprendía tenía la impresión de hallarse sobre una
roca. La seguridad del espíritu lo hacía inquebrantable.
Como para subrayar el hecho de que en la vida había aún
inseguridades, la rueda de la galera pasó sobre una roca y el pasador
de la chaveta se rompió. Rasputín necesitó dos horas y considerable
ingenio para volver a poner el carromato en marcha.
¤V

Tanto su madre como su mujer se dieron cuenta de que Grisha


había cambiado. Estuvo fuera exactamente una semana y, sin embargo,
parecía mayor, más seguro de sí mismo. Cierto elemento infantil había
desaparecido y nunca reaparecería. Su madre lo contemplaba orgullosa.
Pero su mujer no estaba tan contenta con el cambio. En cierto modo,
era más duro. Era obvio que seguía amándola, pero de modo más
controlado, sin el anterior abandono.
Ese año, la cosecha fue la mejor de todas. Tras recogerla, Rasputín
viajó nuevamente a Tiumen; esta vez con tres caballos enganchados a
la galera pesadamente cargada. Al acercarse a la taberna de madame
Semenova, se preguntó si tendría el valor de deternerse y enfrentarse
a Olga. Se sintió tentado de seguir de largo. Pero le pareció que
salirse tan fácilmente del problema constituiría una falta de
integridad, por lo que entró. Se sorprendió agradablemente cuando
madame Semenova lo saludó con solicitud maternal e insistió en
prepararle su budín preferido. Olga, al parecer, se había casado con
su primo Vasily, y tenían una granja avícola. Ella estaba embarazada.
Era evidente que madame Semenova no tenía idea de lo que había
ocurrido la última vez que Grisha pasó allí la noche. Grisha
prosiguió su camino más tranquilo.
Cuando regresó a Pokrovskoé, Prascovia le dijo que estaba
embarazada de nuevo. La niña, que nació la primavera siguiente, fue
bautizada con el nombre de Matriona, María para abreviar.
A lo largo de ese invierno, Grisha pasó varias horas diarias
rezando. El propósito de las oraciones no era pedir favores a Dios,
sino tratar de hundirse en el reino de Dios, que sabía se ocultaba
dentro de él. En dos ocasiones, vivió un estado de paz tan profunda
que sentía que la revelación estaba por llegar, pero algo en él
parecía resistirse. Entonces, poco después de la Navidad, tuvo una
experiencia que volvió a llenarlo de dudas y de emociones
conflictivas. Su vecino el herrero, Arkhip Kaledin, el que le había
salvado la vida a Grisha, era dueño, desde el verano anterior, de
un pequeño taller y almacén y había llegado de Yarkovo para ayudarlo
su sobrina, una joven viuda llamada Katerina, que tenía un niño
pequeño. Era una chica excepcionalmente bonita y, puesto que los
patios traseros de las dos casas colindaban, ella y Grisha se veían a
menudo a través de la verja. Pero, por alguna extraña razón, ella se
mostraba fría y distante. Entonces, una noche helada de fines de
diciembre, Kaledin llamó a la puerta de Rasputín. El niño se
encontraba enfermo, la partera no estaba en casa y la madre se
hallaba desesperada. Kaledin recordó que Grisha poseía la reputación
de curandero, y pensó que su presencia al menos tranquilizaría a la
madre. Rasputín se vistió rápidamente y fue a la casa vecina.
El niño, de unos siete años, respiraba con dificultad y su cara
estaba roja. A Rasputín le pareció que era una pulmonía. Pidió a
todos que salieran de la habitación y se arrodilló al pie de la cama
a rezar. Se llenó de paz y, luego, de una sensación de poder. Colocó
una mano en el pecho del niño y la otra en su frente. Percibía las
emanaciones negativas que fluían alrededor del cuerpo, a unos cinco
centímetros de distancia. Consiguió que su propia fuerza fluyera por
las puntas de sus dedos. Después de un rato, la respiración del niño
se tranquilizó y el tono rojizo de la piel desapareció. Rasputín fue
a la puerta y encontró a la madre sentada en el suelo.
--Ya puede entrar, -le dijo-. Parece encontrarse mejor.
La madre se echó a llorar al ver la respiración ligera y regular
del niño. Se dejó caer de rodillas y besó la mano de Grisha. Turbado,
éste la levantó y le pidió que
le preparara un té. En la cocina, habló para distraela y casi la
convenció de que el niño en realidad no había estado enfermo. Con el
alivio, la joven se mostró alegre, casi delirante. Grisha se dio
cuenta de que ya estaba a punto de amanecer y se puso de pie,
pensando en marcharse. Ella volvió a besarle la mano y él la volvió a
levantar, mirándola fijamente a los ojos, a fin de hacerla pensar en
otra cosa. Tuvo demasiado éxito. Vio la expresión familiar de
rendición impotente y tuvo que colocarle la mano en la cintura para
evitar que se tambaleara hacia atrás. Cuando el cuerpo de la joven se
arqueó contra el suyo y sintió su pelvis presionarle los muslos,
surgió en él el deseo. Detrás de ella, se hallaba un banco de madera
cubierto de cojines. A Grisha le pareció inútil rechazar lo que ella
le ofrecía por gratitud. La estaba llevando hacia el banco cuando
oyeron que el niño gritaba.
--Mamá.
La joven corrió hacia la puerta.
--Mamá, tengo sed...
Rasputín tuvo la sensación de despertar de un sueño. Se despidió y
regresó apresuradamente a su casa.
Una vez acostado, al lado de su mujer dormida, se dio cuenta de
cuán cerca estuvo de cometer adulterio común y hundió la cara en la
almohada para ahogar un gemido. Recordó que el arcipreste Avvakum
había puesto su mano sobre una vela encendida, para castigarse.
Grisha se mordió el antebrazo hasta hacerlo sangrar.
Al día siguiente, María, su hija, tuvo fiebre. Duró sólo
veinticutro horas, pero reforzó su sentimiento de culpabilidad.
Prascovia observaba su tormento y se puso pálida y deprimida. Grisha
se sentía impotente. La amaba, amaba a sus hijos, pero el conflicto
que había en su ser le había amargado la vida. A veces, todo le
parecía irreal. Sentía un fuerte impulso de hacer algo, pero no sabía
qué era lo que quería hacer.
El deshielo empezó a principios de abril. El sol salió y secó las
tierras inundadas. Los pájaros cantaban y diríase que el cielo estaba
recién limpiado. Sin embargo, nada en su ser respondía a la llegada
de la primavera. Ya no era culpabilidad por lo de Katerina, pues la
trataba amistosamente y había dejado bien claro que se
consideraba un hombre casado. Ella sólo le había hecho darse cuenta
de lo profundo de su propia insatisfacción.
Un día decidió arar la pradera junto al río. Era una amplia pradera
y trabajó desde el amanecer hasta bien entrada la tarde. Su cuerpo
estaba agotado, pero su mente permanecía inquieta. Los caballos
estaban también cansados, pero era tal la infelicidad de Grisha, que
los obligó a seguir. De pronto, <Iván> tropezó con la raíz de un
árbol y casi cayó. Rasputín fue a acariciarlo y vio que sudaba y
temblaba. La angustia del caballo le hizo darse repentinamente cuenta
de la suya propia.
--¿Qué me está pasando? -se preguntó en voz alta, y se arrodilló
junto al río.
Se encontraba cerca del lugar donde, trece años antes, casi se
había ahogado. Pero este recuerdo sólo le hizo preguntarse si tal vez
no hubiese estado mejor muerto. La idea de la muerte le parecía
tentadora. Si Dios tenía un propósito para él, ¿por qué lo dejaba en
este estado de confusión y desconcierto? Su mente se oscureció con la
desesperación.
Entonces, en su fuero interno, supo la respuesta. Se trataba de lo
que supo la mañana después del ritual de los khlistis. Se trataba
de que <él no era Grígori Rasputín>. Él era la fuerza que surgía en
él cuando curaba. Las aflicciones de Rasputín no tenían ninguna
importancia, pues no eran <suyas>. La alegría le llenó el alma y
llevó lágrimas a sus ojos. A través de las lágrimas, la luz del sol
parecía resplandecer como un coro celestial. Su corazón se ensanchó
hasta que temió que dejara de latir. Los velos que había entre él y
el mundo de la realidad se volvieron transparentes. Percibió una
presencia encima de él y se enjugó las lágrimas con las manos
manchadas de fango. Diríase que la luz se retorcía, como si estuviese
a punto de parir. Luego se solidificó en forma de mujer. Se
encontraba suspendida en el aire, a unos seis metros por encima de la
cabeza de Rasputín, mirándolo con una serena sonrisa. Asombrado,
Grisha se dio cuenta de que ya la había visto, sentada al lado de su
cama cuando, de niño, estuvo enfermo. Recordaría la sonrisa el resto
de su vida. No contenía compasión, pues estaba más allá de la
compasión. Eso lo elevó por encima de la compasión y le dio una nueva
comprensión.
En su mente había imaginado a la Santa Virgen de Kazán como una madre
sollozante. El hecho de que no llorara, de que pareciera estar más
allá de toda aflicción, fue lo que le convenció de que la visión era
verdadera.
Entrecerró los ojos y permitió que la gratitud brotara mientras
miraba la figura vestida de morado y blanco. Entonces, y ya sabía que
así ocurriría, empezó a desvanecerse. Se quedó con la mirada fija en
el límpido cielo azul.
Se puso lentamente de pie y se percató de que una rodillera del
pantalón estaba empapda en sangre. Se había arrodillado sobre una
piedra cortante sin darse cuenta de ello. Desenganchó los caballos
del arado y regresó lentamente, cojeando, a la granja. Una salvaje
exaltación se mezclaba con la ira y el desprecio de sí mismo. Ahora
que la Virgen había aparecido ante sus ojos, se habían desvanecido
sus dudas. Lo que le exasperaba era que necesitara esta revelación
para disipar sus dudas. Tras lo ocurrido en la ermita de Macario en
Verkhoture, debió serle evidente. Tenía ganas de darse de puntapiés
por su estupidez. Pero al menos ahora sabía lo que debía hacer.
Prascovia recibió con sorprendente calma su decisión de marcharse
de casa. Siempre supo que su esposo era distinto a los demás hombres,
que tenía que seguir su propio destino. Sentía tristeza al pensar que
lo perdía, se preocupaba ante la perspectiva de encargarse de la
granja y criar dos niños a solas, mas también sentía una extraña
serenidad al saber que era algo inevitable. Si Grisha hubiese
permanecido en casa, contentándose con una vida de granjero, se
habría sentido decepcionada.
Durante la hora oscura antes del amanecer hicieron el amor. Luego,
Grisha se calzó las botas más fuertes, llenó de comida una mochila de
cuero y salió de la casa antes de que apuntara el sol. En casa de sus
padres había una luz encendida, pues su padre se estaba preparando
para ordeñar las vacas. Pero Grisha pasó de largo. Sabía lo que le
dirían y que no cambiaría nada. Lo que buscaba se encontraba en algún
sitio fuera de allí.
Caminó todo el día por la estepa. Al atardecer, se hallaba cansado,
añoraba su hogar y se sentía extrañamente
perdido. El mundo era un lugar más grande de lo que creía, y sus
viajes a Tobolsk y Tiumen no lo habían preparado para tal inmensidad
y apartamiento. Al día siguiente, se sintió peor. Llovió todo el día,
y anhelaba regresar a casa, con su mujer y sus hijos. Esa noche
durmió en un establo destartalado, no muy lejos de Celiabinsk. Al
amanecer, se sintió tentado de regresar a casa. Se arrodilló junto al
camino y rezó. Mientras lo hacía, algo en él despertó. Se dio
perfecta cuenta de que era sólo su corazón el que anhelaba el hogar.
La mente le decía que tenía que seguir su camino. Experimentó un
extraño placer al ahogar sus emociones, al volverse nuevamente hacia
el sur. Tenía la rara sensación de estarse mirando a sí mismo desde
arriba, como lo había hecho la Virgen en la pradera junto al río.
Había recuperado su fuerza.

En un tiempo sorprendetemente corto, Grígori Rasputín se acostumbró


a la vida en campo abierto. En Europa, lo habrían considerado como un
vagabundo o un mendigo. En Rusia, era un <stranic>, un peregrino. Los
rusos no son particularmente religiosos; sin embargo, comprenden el
impulso que lleva a un hombre a dejar su casa y buscar la salvación.
Por tanto, existen pocas casas campesinas que nieguen descanso y
comida al peregrino. Además, éste trae consigo una imagen de la vida
más allá de la aldea, y alivio del aburrimiento. Aun cuando sólo se
siente junto al fuego y no diga nada, su presencia subraya la
hermandad de los hombres.
Rasputín dormía ocasionalmente en una cama; pero la mayor parte de
las veces, lo hacía en un pajar, en un patio o en un establo con los
animales. Por la noche, se alegraba siempre de entrar en la comodidad
de un hogar y por la mañana se alegraba siempre de dejarlo, para ir
por los caminos. Su mayor placer consistía en encontrarse a solas en
los paisajes solitarios, con las ondulantes colinas y los bosques que
se extendían hacia el horizonte. Le encantaba seguir, durante
kilómetros, el curso de los ríos, observar cómo se estrechaban para
convertirse en arroyos de montaña o se ensanchaban para formar lagos
o marismas. Aprendió a atrapar peces
como todo un experto y asarlos en fuegos de leña. De otros <straniki>
aprendió cuáles eran las raíces y las bayas comestibles. Cuando se le
desgastaron y rompieron las fuertes botas de cuero, se hizo unas
sandalias con corteza de árbol, aunque a veces iba descalzo. Cuando
llegó el tiempo frío caminó con los pies envueltos en trapos.
Se había sentido siempre unido a la tierra; sin embargo, se
asombraba ahora al ver los cambios de las estaciones. Día a día,
florecían distintos árboles y distintas flores; el olor del aire
cambiaba de primavera a verano. Las puestas de sol variaban de un
tono pastel de salmón y verde manzana al de ríos de llamas que
corrían en el cielo como torrentes. La noche podía ser ya tierna y
llena de estrellas, ya oscura, quieta e inmensa, ya lluviosa y
hostil. En ciertas noches veraniegas se desviaba a propósito de las
aldeas y de las granjas para dormir en el bosque o a orillas de un
río, pues no soportaban entonces la compañía de los humanos. Su
corazón necesitaba ensancharse, abrirse a los árboles y las
estrellas.
En una noche de ésas descubrió algo interesante. Aquel día de
Septiembre había sido cálido, pero la noche era inesperadamente
fresca. En su fardo llevaba únicamente un pedazo de pan gris, ni
siquiera una cebolla o un pepinillo. Sentado con la espalda apoyada a
un árbol caído, pensó en su hogar y en sus hijos, y anheló
repentinamente encontrarse de nuevo en Pokrovskoé. La emoción
descendió sobre él como una tormenta veraniega, con inesperada
violencia. Mas una parte de él permanecía separada, esperando a que
el deseo desapareciera por sí solo. A sus espaldas, sobre el tronco,
oyó un crujido. Al volverse, vio un enorme escarabajo negro con
grandes pinzas en la cabeza. A pocos centímetros, unos gusanos
cavaban bajo la corteza podrida. Cuando el escarabajo avanzó, los
gusanos desaparecieron. Interesado, Rasputín observó cómo el
escarabajo se movía con sorprendente rapidez hacia el borde del
pedazo de corteza, metía su voluminosa armadura por debajo y la
levantaba lentamente a viva fuerza. Desde donde se hallaba sentado,
Rasputín veía los gusanos blancos retroceder más bajo la corteza. El
escarabajo se echó de pronto hacia atrás; la corteza cayó, atrapando
a varios gusanos,
que se retorcían y contorsionaban. El escarabajo esperó un momento,
se adelantó y volvió a empujar la corteza. Antes de que los gusanos
puediesen escapar, había agarrado uno con sus enormes pinzas y se lo
llevó a su guarida.
Rasputín contempló absorto este pequeño drama. Y, cuando el
escarabajo desapareció en su hoyo, se dio cuenta de que su añoranza
se había desvanecido. Se controlaba nuevamente a sí mismo. Fue tan
enorme el alivio que se echó a reír a carcajadas. Mientras masticaba
su pedazo de pan duro reflexionó sobre ello. ¿Por qué se sentía
fuerte de nuevo? Pensó en <Alexei> el gato de su madre, en cómo
permanecía inmóvil durante horas, con la mirada fija en la entrada de
una madriguera de ratones, tan absorto que no se movía, ni siquiera
cuando alguien agitaba comida en su plato. Ahí, se percató, se
encontraba la respuesta, en el gato que contemplaba el ratón. Sintió
añoranza porque su alma no se encontraba en el lugar adecuado, en su
pecho. En el momento en que se concentró en algo, el alma regresó a
su lugar en su interior. Y, de pronto, se sintió tranquilo y fuerte.
Fue un descubrimiento que quedaría impreso en su mente el resto de
su vida. Somos fuertes sólo cuando nos concentramos en algo, cuando,
en nosotros, el principio controlador regresa a su castillo interior.
Grisha Rasputín lo expresó de modo más sencillo. Cuando se sentía
inquieto o perplejo, pensaba en <Alexei> contemplando la entrada de
una madriguera de ratones. Daba rienda suelta a la tormenta emocional
que bramaba en su interior mientras se concentraba en el ratón
imaginario. Entonces, el alma regresaba a su pecho y, de pronto, se
sentía en paz. Lo llamaba el <juego del ratón>.
El principal problema de ser un peregrino consistía en la
frustración sexual. Se había acostumbrado a hacerle el amor cada día
a Prascovia, y la privación le preocupaba a menudo más que el hambre.
Si se sentía atraído hacia una mujer, luchaba contra el deseo hasta
que éste desaparecía. Pero estas luchas lo dejaban deprimido y
agotado. El <juego del ratón> lo ayudaba a controlar el problema;
pero no parecía poder evitar que surgiera nuevamente cuando veía a
una mujer atractiva.
Empezó a experimentar una profunda simpatía por los santos
atormentados por demonios femeninos.
Una noche caminó al lado de un campesino que regresaba de los
campos de labranza, un hombre alto, fornido y sencillo que casi le
rogó que aceptara su hospitalidad. Tan pronto como Rasputín vio a la
esposa, sintió el hormigueo del deseo. Ciertas mujeres parecían
rezumar una sexualidad oculta pero poderosa. Esta fornida mujer de
rostro ordinario y grandes pechos era una de ellas. Durante la
velada, la mujer evitó su mirada y habló poco. Después de la cena, el
campesino bostezó y fue a acostarse. La cama conyugal se encontraba
en la única habitación, del otro lado de una cortina. A Rasputín le
dieron un colchón en el suelo, cerca de la estufa. Permaneció
acostado, completamente despierto y escuchando el sonido producido
por la mujer al desvestirse. Entonces, la mujer abrió ligeramente la
cortina y miró, como si se estuviese asegurando de que Rasputín se
hallaba dormido, salió desnuda y se acercó a la pila. Con el cuerpo
rebosando de deseo, él observó cómo ella se lavaba los pechos y la
entrepierna con un paño. La luz rojiza de la estufa daba a su piel el
aspecto del bronce. La mujer se volvió, fingió darse cuenta de que
Rasputín estaba despierto y se sobresaltó sorprenida. Entonces, con
las manos cubriéndole modestamente el sexo, atravesó la habitación y
se dirigió hacia el colchón de Rasputín. Éste se incorporó. Al
hacerlo, vio el icono de la Virgen en un rincón de la habitación.
Experimentó una oleada de asco y desesperación. Con un movimiento
violento, volvió la cara hacia la pared, cubriéndose hasta el hombro
con la manta. Oyó un siseo desdeñoso, bastante parecido al de un gato
enfurecido. La oyó cruzar la habitación hacia la cama conyugal.
Incapaz de enfrentarse a ella, salió de la casa antes del amanecer.
Mientras caminaba, rezaba: "¡Ay, Dios! ¿Por qué me atormentas con
esta lujuria? ¿Por qué no puedo librarme de ella? Enséñame el
camino..." Anduvo hasta que el sol se hallaba en el cenit y ya no se
sintió helado hasta los huesos. En un bosque, no lejos de una aldea,
encontró un arroyo en el que apagó la sed. Entonces, cerró los ojos y
se durmió entre la alta hierba.
Lo despertaron unas voces. Se incorporó cautelosamente. A cincuenta
metros, al pie de la colina, tres chicas se estaban desvistiendo,
riendo y charlando. Una de ellas se volvió y lo vio. Gritó
sorprendida y las demás volvieron también la mirada hacia él. Para
enorme alivio de Rasputín, las tres se echaron a reír. Eran
campesinas sanas y la idea de haberse desvestido frente a un extraño
les pareció divertida. Las jóvenes corrieron hacia los árboles y él
oyó cómo se zambullían ruidosamente en el estanque. Puesto que los
baños comunales eran aceptados como algo normal en todas las comarcas
del país, Rasputín se quitó la ropa y se unió a ellas. Se encontraban
evidentemente encantadas de que el extraño fuese joven y atractivo y
las tres compitieron para conseguir su atención. Mientras luchaba con
ellas, tratando de evitar que lo hundieran, su deseo masculino fluyó
poderosamente. Pero esta vez le pareció algo natural y aceptable.
Debido a que él era un extraño, ellas también se sintieron libres de
actuar con naturalidad. En tanto yacían entre la alta hierba de la
pradera, secándose al sol, hizo el amor a la más rolliza y
desinhibida. Cuando terminó, estaba claro que las otras dos, si bien
se hallaban a cierta distancia y aparentaban no darse cuenta de lo
que ocurría, anhelaban compartir la experiencia. Tras casi un año de
celibato, Rasputín cumplió como un Hércules. Luego se tumbó
nuevamente en la hierba y observó cómo se vestían y regresaban a la
aldea. Su cuerpo brillaba bajo el sol, como el de un animal bien
alimentado.
Entonces, se dio cuenta de repente de que Dios había dado respuesta
a sus oraciones. Le había preguntado: "¿Por qué me atormentas con
esta lujuria?" Ahora Dios le había contestado y tuvo la impresión de
que su cabeza se llenaba de luz. Dios le había dicho con toda
claridad: "¿Por qué me echas la culpa a Mí? Tú mismo te atormentas.
¿Cuándo dije que el sexo estuviera prohibido?"
Pensó en el arcipreste Avvakum que se había quemado la mano en la
llama de una vela, y se rió a carcajadas. Pero la risa provenía de
una sensación de alivio más que de diversión. Habría hecho mal la
noche anterior en acostarse con la campesina porque era huésped
de su esposo. Pero estaba bien hacerlo con las muchachas porque él
quería hacerlo y ellas no se oponían a ello. Y, ahora se daba cuenta,
Dios tampoco se oponía. Durante el resto de su vida, Rasputín ya no
experimentó conflicto alguno con respecto al sexo.
Esta nueva sensación de libertad pareció incrementar la fuerza que
sentía en su interior. La mayoría de la gente le daba la impresión de
estar completamente confundida, atrapada en la maraña de sus propias
emociones. En el caso de Rasputín, su seguridad interior le daba
acceso a una fuerza interior.
Al cabo de unos días tuvo ocasión de utilizarla. En una casita
donde pidió albergue, la hija se encontraba enferma; unos días antes,
se había caído en el río y desde entonces tenía fiebre y deliraba.
Rasputín recordó a su hermano y su corazón se contrajo, lleno de
compasión. Pidió ver a la niña, que apenas respiraba, e indicó a los
padres que salieran de la habitación.
Tan pronto como le tocó la frente supo que podía curarla. La fuerza
brotó de lo más hondo de su ser, más poderosa que nunca. Se arrodilló
junto a la cama, jugó al "juego del ratón" para tranquilizar su mente
y permitió que la fuerza fluyera de su pecho y de su plexo solar.
Casi de inmediato, la niña suspiró hondamente, aliviada, y se estiró.
Sin trabas, suavemente, la energía fluyó de Rasputín y, cada vez que
se concentraba, una nueva oleada de fuerza pasaba de sus manos a la
niña. Cuando, diez minutos más tarde, salió, ella respiraba profunda
y regularmente.
A los padres les dijo:
--Dios la ha curado. Cuando despierte, estará bien del todo.
El padre lo abrazó, apretándolo tanto que casi le hizo perder el
aliento. La madre le besó las manos. Rasputín se alegró de que le
creyeran y no trataran de ir a ver a la niña. Al día siguiente, por
la mañana, ésta se encontraba lo bastante bien para desayunar con
ellos a la mesa.
Al otro día, mientras reemprendía su camino, con la bolsa llena
nuevamente de comida, Rasputín experimentó una extraña y embriagadora
excitación, que no parecía tener una causa concreta. Cuando se
concentraba y
aspiraba hondamente, la fuerza surgía en su interior. Cuando se
relajaba y se limitaba a contemplar el paisaje, tenía la impresión de
entrar dentro de éste, de verlo con una especie de apremio, como si
le hablara. Estaba cambiando, se estaba convirtiendo en algo
distinto. Se sentía como una crisálida a punto de convertirse en
mariposa.
De pronto, sintió nuevamente la necesidad de estar en su hogar.
Esta vez, el deseo no se debía a la tristeza y al anhelo, sino a su
fuerza.
¤ VI

Cuando llamó a la puerta, fue Dmitri, de cinco años, quien le


abrió; Prascovia lo seguía de cerca.
--¡Papá! -exclamó Dmitri y Prascovia lo hizo callar y se dispuso a
pedir disculpas.
Entonces, miró más cuidadosamente y gritó:
--¡Grígori!
No se la podía culpar por no reconocerlo en un primer momento.
Rasputín estaba muy delgado, su piel asemejaba el cuero viejo,
llevaba barba y el cabello le llegaba hasta los hombros.
--¡Oh! ¡Has cambiado muchísimo! Necesitas engordar.
Desde que Rasputín se había marchado, dos años antes, Prascovia
había contratado dos sirvientas, Dunia e Irena. La granja había
prosperado y poseían ya el doble número de vacas.
Al cabo de una hora, la casa se encontraba llena de gente. Rasputín
ya se había cambiado, quitándose el largo hábito marrón, y Prascovia
le había recortado la barba con unas tijeras. Los niños reían y
correteaban por todos lados, encantados de ver a su padre. El
ambiente era como el de Navidad. Cuando el padre de Prascovia sacó
una balalaica, Rasputín cantó y bailó. Parecía rebosar vitalidad.
Prascovia se dio cuenta también de que las chicas que entraban lo
encontraban atractivo. La viuda Katerina, la vecina de al lado, se
hallaba evidentemente alelada; se sonrojaba y tartamudeaba cada vez
que Rasputín le hablaba. Dunia Bekye-, shova, la sirvienta, estaba
también encantada, pero lo ocultaba mucho mejor a los ojos de todos,
menos de Rasputín. Antes de que terminara la velada, Prascovia se
había enamorado nuevamente de su esposo. Según María y su hermano
Mitya, era el hombre más maravilloso del mundo. En conjunto, esa
primera noche en Pokrovskoé llenó a Grisha de una satisfacción
personal que nunca antes había sentido. Cuando, después de hacer el
amor, permaneció despierto, supo que había hecho bien al marcharse de
casa. Se había encontrado a sí mismo; más importante aún, había
encontrado su hogar.
El día siguiente era domingo. Rasputín fue a la iglesia con su
esposa y sus padres. Supo que el padre Pavel había muerto. El nuevo
pope se llamaba padre Pyotre, y no gozaba de mucha simpatía. En la
iglesia, Rasputín se dio pronto cuenta de por qué. El hombre carecía
de encanto y de modestia; su modo de hablar era duro y rotundo y casi
rayaba en la intimidación. Rasputín se percató de que era un hombre
de ego susceptible. Cuando se presentó después de la misa, el cura le
preguntó:
--Y bien, ¿encontró a Dios?
--No, pero oí su voz en la distancia, -contestó Rasputín.
Ante la respuesta, la expresión del padre Pyotre fue de perplejidad
y de irritación. En su opinión, olía a misticismo, lo cual, para él,
equivalía a tonterías pretenciosas.
Esa noche, una madre con sus hijas, que habían estado ahí la noche
anterior, llegaron a la casa de los Rasputín y le pidieron que les
hablara de sus experiencias. La madre, que era la esposa del
zapatero, inquirió:
--¿Qué quiso decir cuando dijo que oyó a Dios en la distancia?
Rasputín le explicó:
--El alma es como un pozo profundo y Dios se encuentra en alguna
parte, en su profundidad. Ése es el sentido de las palabras de san
Lucas cuando dice que "el reino de Dios está en ti". Al rezar, uno
trata de adentrarse en ese pozo.
Prascovia se asombró de que su esposo pudiese hablar así, casi sin
darle gran importancia y, sin embargo, con tal autoridad, acerca de
la religión. Comprendió
que se refería a experiencias directas. Las otras personas presentes
también lo comprendieron. Al cabo de unos días, Rasputín se había
convertido en el director espiritual oficioso de la mitad de las
mujeres de la aldea.
El domingo siguiente, fue a misa de nuevo, pero el padre Pyotre le
pareció insoportable, estúpido, palurdo, sin una pizca de verdadera
devoción. Fue entonces cuando decidió construir su propia capilla,
cavarla en el suelo, debajo del granero. Entretanto, construyó un
pequeño oratorio en un establo de vacas, con un altar y un icono de
la Virgen de Kazán. El domingo siguiente, fue a rezar allí. Entonces
llegaron la mujer del zapatero con sus hijas, y le pidieron que
dijera una sencilla misa. Rasputín les leyó pasajes de la Biblia,
habló durante un rato del poder del Espíritu Santo, luego se
arrodilló y oró en voz alta. Al irse, la madre le besó la mano y las
hijas la imitaron. Dos años antes, Rasputín se habría avergonzado.
Ahora le parecía algo natural. Esa tarde, el esposo de la mujer llegó
con sus dos hermanos, y se ofreció a ayudarle a cavar la capilla
subterránea. Antes de la noche, habían cavado un hoyo lo bastante
grande para un caballo con carromato. Al cabo de unas semanas, la
capilla subterránea era ya lo suficientemente grande para acomodar a
una docena de feligreses y en los nichos y en las paredes brillaban
los cirios. Sin embargo, a medida que más personas asistían a su misa
dominical, fue necesario ampliarla.
De hecho, Rasputín se beneficiaba de la intensa antipatía que la
mayoría sentía por el padre Pyotre. Después del afable y modesto padre
Pavel, este hombre parecía burdo, carente de tacto y avaricioso. Al
mudarse a la residencia del cura, había traído consigo su propia ama
de llaves y había echado prontamente a Elena Ismailova, la anciana
que dedicó su vida al padre Pavel. Todas las mujeres de la aldea
estaban en contra de él e influían sobre sus maridos. Por lo tanto,
la llegada del <stranic> vagabundo fue un acontecimiento más político
que religioso. Aunque Rasputín hubiese sido un charlatán egoísta, los
hombres se habrían ofrecido a ayudarle a construir su capilla. Pero
era evidente que buscaba a Dios y se mostraba sincero, devoto y
compasivo. Su poder para curar era también admirable. Ahora, cuando
alguien caía enfermo, mandaban buscar a Rasputín antes que a la
comadrona local. Rasputín pronto se dio cuenta de que rara vez
necesitaba hacer uso de su poder de curación. Su sola presencia en la
habitación bastaba para que se iniciara el alivio.
Como cualquier hombre que se encuentra de pronto en una posición de
importancia y autoridad, Rasputín era objeto de admiración y
rivalidad entre sus discípulas. Afortunadamente, la importancia
conlleva su propio antídoto contra la lujuria; es fácil rechazar a
una mujer que se ha rendido de antemano. Sin embargo, un reflejo
puramente físico podía aún hacerlo caer en el deseo. Una noche,
cuando entró a rezar a la capilla, encontró a Elizaveta, la hija
mayor del zapatero, que rezaba con devoción. Cuando ella acabó,
Rasputín le habló amablemente y se asombró cuando ella rompió a
llorar. Le acarició el cabello y le dio unas palmaditas
tranquilizadoras, hasta que dejó de llorar. Se dio cuenta de que ella
no llevaba casi nada debajo del delgado vestido; sus reflejos
masculinos se excitaron. Entonces, con la cara casi oculta, Elizaveta
le dijo que rezaba por sus pecados, particularmente el del deseo. De
haberse encontrado tan sólo a unos centímetros de distancia, Rasputín
la habría consolado solemnemente y la habría conminado a irse a casa.
Pero en la situación actual, le pareció natural acariciarle las
nalgas mientras escuchaba, y asegurarse con las manos de que estaba
efectivamente desnuda debajo del vestido. Cuando empezó a desabrochar
los botones, la curiosidad lo movía más que el deseo; le parecía
correcto que la discípula se encontrara desnuda frente al maestro.
Luego, al encontrarse frente a la joven, cuya mirada se había
apartado, que temblaba, la compasión le incitó a tomarla en brazos y
colocarla suavemente sobre el vestido que se hallaba ahora en el
suelo de tierra apisonada. Al hacerle el amor, seguía sintiendo que
hacía un acto de caridad, puesto que daba en vez de tomar. Ella
pareció entenderlo así también, pues luego le dijo:
--Gracias, padre.
Rasputín regresó andando a su casa, meditando sobre las palabras de
<El libro de la paloma>.
Una noche permaneció despierto hasta tarde, hablando
con el padre de Mileti Saborevski, que se había enterado del regreso
del <stranic>. Cuando el mercader se hubo marchado al hostal,
Rasputín fue a la cocina y encontró a Dunia, la sirvienta, desnuda
junto a la pila. La visión excitó su curiosidad y su interés, pues la
joven poseía un cuerpo excelente, pero ningún deseo, ya que tenía la
mente llena todavía de cuestiones religiosas. Pero tentó a la
providencia cuando se acercó a la pila para llenar una taza de agua;
Dunia se volvió y se apretó descaradamente contra él. Hacía ya unas
semanas que Rasputín se había percatado de que estaba enamorada de él
y ahora se sentía culpable por alentarla. Casi como por penitencia,
la tomó en sus brazos, la besó, la llevó a la cama que se encontraba
en el rincón y cumplió con los deberes de un esposo. Más tarde,
mientras yacía junto a su esposa dormida, no sintió ninguna culpa por
el episodio con Dunia, pues sabía que dormía con la serenidad de la
satisfacción. Estas mujeres eran como sus hijas; tenía que hacer lo
posible por repartir equitativamente su amor.
Si los esposos de sus admiradoras sospechaban lo que ocurría, no
dieron muestras de resentirlo. Rasputín era considerado ya como un
hombre santo. Que le pusiera a uno los cuernos era casi un honor,
como si fuese el señor del feudo. Además, los hombres lo respetaban
tanto como lo hacían sus esposas e hijas.
El único que alimentaba un creciente enojo era el padre Pyotre. A
medida que sus feligreses disminuían, su resentimiento aumentaba,
hasta convertirse en un cáncer que le minaba el juicio. Un hombre
menos estúpido se habría dado cuenta de que la presencia de Rasputín
en la aldea le beneficiaba. Con sólo tratarlo de igual a igual, o
incluso con leve condescendencia, su propia autoridad y dignidad se
realzarían. Pero el padre Pyotre era el tipo de hombre que experimenta
una especie de placer masoquista al sentirse humillado; tales hombres
parecen ser cómplices de su propia caída. Después de una misa
dominical a la que asistieron un total de nueve ancianos y ancianas,
el cura ensilló su caballo y se dirigió hacia Tobolsk, para quejarse
ante el obispo. En el camino, se regodeó en planes de venganza y
preparó mentalmente su denuncia. Según los rumores, Rasputín
se aprovechaba de sus penitentes, por tanto, era un lobo disfrazado
de cordero. Al cura también le habían dicho que Rasputín hablaba de
los khlistis con tolerancia y simpatía. Era evidente que ambos hechos
se relacionaban.
El obispo, un anciano afable, ex misionero en el Japón, más que
indignarse, se preocupó por el relato de una congregación secreta de
khlistis en Pokrovskoé. Pidió más detalles al padre Pyotre, pero sólo
pudo sacarle generalidades. El pope le pareció superficial, nada
perspicaz y dado a mostrarse demasiado digno, cosa totalmente
inadecuada. Sin embargo, el asunto requería claramente una
investigación. Mandó llamar a dos monjes del seminario local y les
ordenó que fueran a Pokrovskoé, anunciaran que eran peregrinos camino
del Monte Atos, y averiguaran lo que pudieran sobre Rasputín. Luego
decidió también enviar a dos policías, disfrazados de monjes.
Puesto que la ausencia del cura se había notado, la llegada del
contingente de inquisidores no engañó a nadie. Los dos monjes
verdaderos encontraron rápidamente la casa de Rasputín y se
enfrascaron con él en una discusión teológica. Como lego, Rasputín
poseía un respeto natural y sincero por los monjes y consideraba que
habían sido ungidos por Dios; cuando el respeto fallaba, su buena
educación natural ocultaba la carencia. Los monjes estuvieron
encantados con su hospitalidad e impresionados por su ardiente
sinceridad. El más joven, un hermano llamado Bernabé, se convirtió
casi en su discípulo. Les pareció que sus doctrinas eran ortodoxas y
que su conocimiento de las Escrituras era notable. Cuando basó su
sermón en Lucas, XVII, 21, era evidente que hablaba de su experiencia
personal. Mientras tanto, los dos policías disfrazados interrogaron a
las "penitentes" de Rasputín y a sus esposos, y se enteraron de curas
milagrosas. Como eran policías, se mostraban escépticos. Sin embargo,
era claro que no había ninguna prueba de herejía y de libertinaje en
masa. Oyeron también muchas quejas contra el pope, su tosquedad,
venalidad y el descuido de sus deberes.
Al cabo de seis días, los inquisidores se fueron de Pokrovskoé por
el camino del sur, para dar verosimilitud
a su cuento de un peregrinaje a Atos. Unos días más tarde, el padre
Pyotre fue llamado a Tobolsk. Nadie se enteró nunca de la naturaleza
exacta de lo que ocurrió allí; pero regresó a su parroquia deprimido
y con aspecto de haber sido castigado. Las autoridades no se
preocuparon más por las actividades religiosas de Rasputín.
Dos años después de su regreso a Pokrovskoé, la posición de
Rasputín era envidiable. Aunque fuese virtualmente el cura de la
aldea, no reconocía ninguna autoridad eclesiástica. La actitud de su
"familia" de devotos rayaba en la adoración. Sin embargo, Rasputín
insistía en que debían considerarlo como un hermano y no como un
padre. Las mujeres no mostraban celos entre sí, y eran tan discretas
que ninguna estaba segura de quién había recibido sus favores. Todas
envidiaban a Prascovia y ésta, cuya naturaleza bondadosa y generosa
la mantenía por encima de la malicia, aceptaba su envidia como una
especie de homenaje, y amaba a su esposo por ser la causa de ello.
Rasputín trabajaba poco en la granja; no era necesario, puesto que
ella la administraba con tanta eficacia. Pasaba los días como
sacerdote, visitando a sus "feligreses", consolándolos y ayudándolos,
curando a los enfermos, enseñando a los niños a rezar. Muchos jóvenes
lo consideraban su mentor espiritual. Uno de ellos, un gigante torpe
de ojos castaños, llamado Pedro Scherbatov, conocido como Peterkin,
se desvivía casi constantemente por la familia; ayudar a Prascovia
con las labores del hogar era para él un privilegio. Cuando, en 1900,
nació una segunda hija, Varvara, Peterkin se convirtió virtualmente
en su niñera.
El único miembro de la "familia" que no se sentía precisamente
feliz era el propio Rasputín. Estaba constantemente insatisfecho
consigo mismo. Sólo los perezosos se contentan con la armonía, y esta
pacífica existencia no era la que había predicho Macario. Algo en su
interior anhelaba el conflicto, los logros. El "éxito" empezaba a
hartarlo.
Prascovia reconoció los síntomas; los había visto anteriormente:
las horas a solas, rezando, los accesos de abstracción, los
ocasionales ataques de mal humor. Un día, cuando Rasputín se
encontraba sentado a la mesa,
después de que los niños se fueran, le preguntó suavemente:
--¿Cuándo será?
--¿Qué?
Rasputín alzó la mirada, irritado.
--¿Cuándo te vas a marchar?
Él la miró fijamente y entonces esbozó una sonrisa de alivio.
--Pronto. Tal vez mañana. -La levantó y la abrazó-. Gracias a Dios
que me casé contigo.
Esa noche, Peterkin lo encontró rezando en la capilla, con su
hábito marrón de <stranic> puesto y su bastón de peregrino a su lado.
Abrió los ojos, consternado.
--¿Adónde va, padre?
Rasputín no se enfadó al ser interrumpido en sus oraciones. Colocó
una mano en el hombro de Peterkin.
--Al monte Atos.
--Así, yo también iré.
--No, no, hijo mío. Será un viaje muy largo.
Entonces, al contemplar el rostro de mirada franca y bondadosa de
Peterkin, se dio cuenta de que tal vez no fuera tan mala idea,
después de todo. Peterkin poseía una gran virtud: sabía cuándo
guardar silencio.
--Está bien. Pero no se lo digas a nadie. Nos iremos antes del
amanecer, mañana, -le dijo, en tono decidido.
Viajaron por etapas tranquilas; primero a Ekaterimburgo, luego a
Kazán. Peterkin, que nunca había ido más allá de Pokrovskoé, resultó
ser un viajero nato. Se hizo con una olla y, si la noche los
alcanzaba lejos de lugares habitados, encendía un fuego y preparaba
la cena. Rasputín abandonó sus hábitos de vegetariano y hasta aceptó
comer estofado de conejo. En las ciudades y las aldeas, Peterkin, con
su hábito de monje, encontraba siempre donde pasar la noche y era tan
útil y agradable con el ama de la casa que les pedían a menudo que
permanecieran más tiempo. En la ciudad de Kazán, la antigua capital
de los tártaros, fue Peterkin quien se puso a hablar con un tendero
llamado Katkoff, después de mendigarle el precio de una hogaza de
pan, y le mencionó los poderes curativos de su amo, que estaba
rezando en ese momento a la Santa Virgen de Kazán en
la catedral. La esposa de Katkoff padecía artritis; Katkoff rogó a
Peterkin que, como favor, convenciera al <staretz> (un hombre santo)
de pasar la noche bajo su techo. Rasputín estuvo de acuerdo. Ni él ni
Peterkin habían visto nunca un lugar como ése, una amplia casa
cuadrada, de cuatro pisos y columnas acanaladas frente a la puerta.
La esposa de Katkoff, una mujer bonita, marchita, llamada Elena, cayó
inmediatamente bajo el hechizo de Rasputín. En el salón, la sentó en
una silla de respaldo recto y, de pie detrás de ella, posó ambas
manos en su frente. Elena entró instantáneamente en un trance
hipnótico. Rasputín apoyó las manos en sus articulaciones y le dijo
que todo dolor desaparecería. Cuando Elena salió del trance, apretó y
aflojó los dedos, flexionó los brazos y balanceó las piernas,
repitiendo sin cesar:
--Ya se fue el dolor. Estoy curada.
Rasputín gozó de la generosa hospitalidad de Katkoff y se dejó
convencer, sin oponer gran resistencia, de quedarse unos días,
particularmente cuando Katkoff dijo que iría en coche a Odessa la
semana siguiente y que podría llevar a Rasputín. Éste nunca había
viajado en automóvil; pero en Kazán se acostumbró a ello. Elena
Katkoff invitó a mucha gente a conocer al <stranic>. A todos ellos
les impresionó su mirada hipnótica y su poder curativo. Cuando se
extendió por Kazán la noticia de la presencia de Rasputín, toda clase
de personas llamó a la puerta de los Katkoff, mujeres ricas y
mendigos, mercaderes y políticos, incluso el ayudante del comisario
de policía, cuya hija se había dislocado la espalda. Una vez que
Rasputín la hubo tratado, la joven no pudo moverse; aparentemente,
sus músculos se habían paralizado; mas, al día siguiente por la
mañana, estaba completamente curada.
Al cabo de unos días, Katkoff decidió poner un alto al desfile
continuo de gente que pasaba por su casa. A todos los extraños se les
dijo que Rasputín se encontraría al día siguiente en el patio de la
posada del Gallo Dorado, entre las diez de la mañana y el mediodía,
quien quisiera verlo habría de esperarlo allí. Cuando Rasputín llegó,
el patio se hallaba atestado; la noticia se había difundido. Algunos
estaban realmente enfermos y muchos
eran simplemente curiosos. Estos buscadores de sensaciones no
tuvieron de qué quejarse. Rasputín entró a grandes pasos en el patio,
alejó con un gesto de la mano a varias personas que trataban de
acercársele y miró a su alrededor. Su mirada se detuvo en un hombre
pequeño y rechoncho sentado en un banco.
--Usted, levántese y venga aquí -le ordenó.
El hombrecillo, de ojos castaños y muy cerca el uno del otro,
empezó a tartamudear.
--No puedo caminar, <staretz>. Mis piernas están paralizadas...
--Levántese y venga aquí.
Se produjo un repentino y total silencio. El ruido del mercado
penetraba en el patio.
--Levántese, -dijo Rasputín lentamente, clavando la mirada en los
ojos del hombre rechoncho.
El hombrecillo trató de levantarse. Su cara se cubrió de sudor.
Rasputín le sostuvo la mirada. Entonces, muy lentamente, se levantó,
rechazando con un gesto la ayuda de las dos mujeres que se
encontraban a su lado. Paso a paso, caminó hacia Rasputín, con una
expresión de incredulidad en el rostro. Se detuvo y permaneció
inmóvil frente al <stranic>. Rasputín sonrió y le puso una mano sobre
el hombro.
--Regrese a casa ahora. Si sigue molestándole, vuelva aquí. Pero
creo que desaparecerá por sí mismo.
El hombrecillo, con lágrimas corriéndole por las mejillas, gritó a
su mujer:
--Puedo caminar, puedo caminar...
Rasputín se dirigió a la puerta de la taberna, haciéndole una seña
a una mujer vestida con elegancia, sentada en un rincón, para que se
acercara.
--Venga conmigo, -le dijo. Y a Peterkin-: Déjalos entrar uno por
uno.
Dos horas más tarde, Rasputín había visto a toda la concurrencia.
No había un solo paciente que no estuviese convencido de que lo había
ayudado. Muchos le ofrecieron dinero. Rasputín señalaba un cuenco
sobre la mesa.
--Póngalo ahí -indicaba.
Cuando una anciana campesina o un mendigo escrofuloso llegó para
recibir tratamiento, señaló el cuenco, diciéndole:
--Coja lo que quiera.
Al fin del día, el cuenco se hallaba vacío.
Al cabo de una semana de estas "operaciones quirúrgicas", Rasputín
manifestó cansadamente a Katkoff:
--Ahora entiendo por qué el Señor instituyó la Eucaristía. A esta
gente le gustaría comerme y beberme.
Sin embargo, una semana más tarde, cuando Rasputín y Peterkin se
marchaban de Kazán en el asiento trasero del enorme coche
descapotable de Katkoff, Rasputín comunicó:
--Tendré que regresar a Kazán. La Virgen me ha reservado cosas por
hacer.
Y siete meses más tarde, en un día de aguanieve y vientos helados,
los dos viajeros volvieron a Kazán. Peterkin había adelgazado.
Rasputín, cuya barba le llegaba a medio pecho, hacía pensar en un
profeta del Antiguo Testamento. En casa de los Katkoff, les dieron
una bienvenida digna de la realeza y les adjudicaron las mejores
habitaciones para invitados. La mujer de Katkoff se había librado
completamente de la artritis y había hablado de Rasputín en San
Petersburgo. Cuando declaraba, con los ojos rebosantes de lágrimas,
que era un santo, la gente sonreía, pero de todos modos estaba
impresionada. Ahora, parecía que la mitad de la aristocracia local
esperaba ser presentada a Rasputín.
Ese día, a la hora de la cena, diríase que Rasputín estaba
preocupado. Fue Peterkin el que describió su viaje de Odessa al Monte
Atos en Grecia, y el periplo por Turquía y la Tierra Santa. Insinuó
que Rasputín había vivido una profunda experiencia espiritual en
Jerusalén. Cuando Elena Katkoff le rogó que hablara de ello, Rasputín
pareció despertar de una ensoñación e informó a su anfitrión:
--He oído decir que cosas extrañas están ocurriendo en el mundo.
--¿Qué cosas, maestro?
--Me han dicho que el mundo está lleno de asesinos que desean
destruir al zar y derrocar la iglesia.
Katkoff se encogió de hombros.
--Eso no es nada nuevo. Estuve en San Petersburgo en marzo de 1881,
cuando una bomba mató al zar Alejandro.
Oí la explosión y vi el arroyo lleno de sangre de los soldados
heridos.
Para asombro de Katkoff, era evidente que Rasputín no sabía nada
del asesinato de Alejandro II por el terrorista Zhelyabov, cuyas
piernas quedaron destrozadas por una bomba compuesta de
nitroglicerina en un frasco de cristral grueso. Rasputín le rogó que
le narrara la historia con todo detalle. Katkoff explicó cómo la
primera bomba sólo dañó el carruaje del zar e hirió a un cosaco y a
un niño. El bondadoso zar cometió el error de salir del carruaje para
consolar al hombre herido y Zhelyabov arrojó la segunda bomba,
volando él mismo en pedazos y matando a veinte espectadores. Katkoff,
que iba caminando dos calles más abajo, corrió hacia la escena y
descubrió que las ventanas a centenares de metros a la redonda se
habían hecho añicos. La mitad del cuerpo de una mujer, cuya cabeza y
un brazo habían volado, estaba empalada en un barrote de una reja; de
los postes del alumbrado y de los árboles colgaban fragmentos de
carne humana y de ropa. Llevaron al zar al palacio, donde murió unas
horas más tarde, rodeado de su sollozante familia. Había sido
Alejandro quien firmara el decreto que liberaba a los siervos.
Rasputín palideció. Diríase que no entendía.
--Pero, ¿por qué quisieron matarlo?
--Se hacen llamar revolucionarios. Creen que cualquier autoridad es
mala.
Rasputín inclinó la cabeza, como si fuese a rezar, y dijo con voz
entrecortada:
--El mundo se está convirtiendo en un manicomio.
Al día siguiente, antes del amanecer, Rasputín salió de la casa y
fue a la catedral, a orar. Elena Katkoff, que iba a su habitación a
llevarle té, lo encontró en el pasillo. Se fijó en que tenía un
aspecto distinto. Todo el cansancio había desaparecido. Sus ojos
resplandecían de alegría y la abrazó espontáneamente y le acarició la
cabeza apretada contra su pecho.
--Debo irme de Kazán hoy mismo, -le comunicó.
--¿Hoy? Pero, maestro, lo necesitamos aquí.
Rasputín la alejó, manteniéndola a cierta distancia, los ojos
brillando de excitación.
--No le diga a nadie lo que estoy a punto de decirle. La Virgen me
ha hablado.
--¡Santa Madre de Dios!
Elena cayó de rodillas. Rasputín se arrodilló frente a ella.
--Ésta es la segunda vez. La primera fue hace muchos años en mi
propia aldea. Y ahora, cuando rezaba frente a su imagen, volvió otra
vez. Miré hacia el cielo y ella me contemplaba desde el centro de una
gran luz.
El rostro de Rasputín se había transfigurado, le costaba evitar el
temblor de su voz.
Elena le preguntó en un susurro.
--¿Le habló?
--No con palabras, no con una voz. Aquí -se presionó el corazón con
el puño-, habló y me dijo que tenía trabajo por hacer.
--¿Aquí, en Kazán?
--No lo sé aún. Cuando llegue el momento, lo sabré.
De pronto, Elena lo agarró de las manos.
--Yo <sí> lo sé.
Él la miró sorprendido.
--¿Dónde?
--En San Petersburgo. Donde vive el zar. La gran duquesa Militsa
quiere conocerle. Le hablé de usted.
Un hombre más de mundo habría querido saber cómo era posible que la
esposa de un mercader conociera a la prima del zar. La respuesta era
que tanto Elena Katkoff como la gran duquesa, hija del rey de
Montenegro, eran espiritistas y se habían conocido en una sesión de
espiritismo. Elena Katkoff no le había hablado todavía a Rasputín de
su espiritismo, temiendo su probable desaprobación. Y tenía razón en
eso. Habría considerado la comunicación con los espíritus y los
golpecitos en las mesas como una forma de magia negra.
Rasputín sacudió la cabeza.
--Tal vez tenga usted razón. Pero debo esperar una señal de la
Virgen.
Elena Katkoff, convencida de que lo que ella decía era inspiración
divina, contestó:
--Quizá se lo está diciendo a través mío.
Rasputín la miró fijamente durante largo rato. Los ojos de Elena
tenían una expresión de adoración y de sinceridad. Entonces se
levantó y entró a su habitación. Cuando ella había mencionado San
Petersburgo, una sombra negra pasó por su corazón, como el ala de un
ave de presa.
¤ VII

El día de noviembre en que Rasputín llegó a San Petersburgo nevaba, y


la nieve en las calles era tan espesa que, como un enorme edredón blanco,
ahogaba el ruido del tráfico. El aire era cristalino y el más frío que
hubiese experimentado anteriormente Rasputín. En Siberia hacía frío, pero
el aire era seco. San Petersburgo, ciudad construida por Pedro el Grande a
orillas del neva, con el fin de disponer de un puerto marítimo, era
caliente y bochornosa en verano y fría y húmeda en invierno.
Rasputín había viajado ocho días en tren desde Omsk, apretujado en un
incómodo vagón de tercera clase. Fue su primer viaje por tren y le pareció
una experiencia aburrida y deprimente, comparada con la vida al aire
libre. El expreso siberiano contaba con luces eléctricas, un restaurante,
una biblioteca y un vagón con grandes ventanas para observar el paisaje.
Pero existía en Rasputín un elemento ascético que le hacía preferir los
carros, con sus campesinos que olían todavía a excremento y sudor, al
"salón" del tren, con su piano y sus elegantes camareros.
En la estación preguntó por una pensión barata y le indicaron una cerca
del canal Fontanca, a poco más de medio kilómetro de allí. Mientras andaba
pesadamente por las calles, donde la nieve le llegaba a veces hasta las
rodillas, se sorprendió al ver tantos borrachos. Las largas y rectas
avenidas se extendían frente a él; las casas, a cada lado, altas y grises,
con sus anchos tubos de desagüe vaciándose directamente en el pavimento,
parecían
acantilados. Nada de lo que había visto en Kazán e incluso en Odessa le
había preparado para esta inmensa, desolada e impersonal ciudad. Se detuvo
en un puesto en una esquina para comprar un vaso de kvass caliente; había
hombres y mujeres de aspecto sombrío sentados bajo el toldo de lona,
tratando evidentemente de hacer durar lo más posible la bebida antes de
desafiar nuevamente el viento helado.
La pensión daba a un puente del canal y se encontraba al lado de un
hospital. La habitación, que era cara, se hallaba en el piso superior y
olía a pescado frito y a naftalina. Rasputín se sintió tan solo que se
sentó a escribir a su mujer con su letra trabajosa e infantil: "Esta
ciudad es una pesadilla de miseria y suciedad; en cada calle hay más
tabernas que en todo Tobolsk..." Lo interrumpió el casero, un hombre con
el rostro distorsionado por un enorme lobanillo en la mejilla izqierda.
Quería saber si Rasputín deseaba una mujer; había chicas asiáticas
disponibles por apenas un rublo la noche. Por primera vez en años,
Rasputín se escandalizó. Lo rechazó bruscamente y cerró la puerta con
llave, tras lo cual se dejó caer de rodillas y rezó. Era inhabitual en él
sentirse tan perdido. Esa noche se durmió al son de los ruidosos gritos de
los borrachos en la calle.
Madame Katkoff le había dado a Rasputín media docena de direcciones de
mujeres ricas que estarían encantadas de proporcionarle hospitalidad; él
las había olvidado adrede. Ahora se daba cuenta de que no tenía ni idea de
qué hacer o adónde ir.
Al despertar al día siguiente por la mañana, las campanas de las
iglesias le dijeron que era domingo, cosa que había olvidado. Se vistió
apresuradamente, comió lo que le quedaba de unas tortas de harina de avena
que había traído de Pokrovskoé y salió a la calle vacía. Cuando preguntó a
una mendiga dónde se encontraba la catedral, ésta le preguntó:
--¿La de Kazán o la de San Isaac?
La de Kazán constituía la elección evidente y ella le indicó cómo llegar
a la avenida Nevski. Sin embargo, tras andar pesadamente por una avenida
interminable y tratar de tomar un atajo, se perdió. Se encontró de pronto
en los muelles, mirando hacia la enorme expansión
del golfo de Finlandia. En un muelle frente a la isla Vasili, un vapor
hizo sonar su ruidosa sirena, al prepararse para zarpar. En un letrero se
podía leer: "Vapores a la isla Cronstadt, de 9 de la mañana a dos de la
tarde." El nombre le era familiar. Había oído hablar del padre Juan de
Cronstadt, un hombre reputado por sus dones de curación y de profecía. El
anciano emperador, junto a cuyo lecho de muerte había orado, lo llamó "el
hombre más santo de Rusia". Actuando por impulso, Rasputín corrió pasarela
arriba, justo cuando los marineros iban a levantarla.
La misa había empezado cuando Rasputín llegó. Se deslizó silenciosamente
hacia la parte de atrás y se arrodilló para orar. Los fieles terminaron de
cantar un himno y se sentaron. Entonces una voz suave y sonora llenó la
basílica. El predicador había elegido un texto de san Mateo:
"Una malvada generación sin fe pide una señal, pero no obtendrá ninguna,
excepto la señal de Jonás el profeta."
El predicador habló de la falta de fe en los tiempos actuales, de nuevas
doctrinas llegadas de Europa occidental: la creencia en los espíritus y la
comunicación con los muertos, en los maestros hindúes y tibetanos, en las
formas decadentes del misticismo en las que el sexo se mezclaba con
conversaciones sobre el espíritu sagrado de la humanidad... Si bien la voz
era suave, como la personalidad del anciano en el púlpito, no cabía duda
de su fervorosa sinceridad. Esto era lo que Rasputín había venido a oír en
San Petersburgo. Esto era lo que pasaba por su mente desde esa noche, dos
meses antes, cuando Katkoff le había hablado del asesinato del zar. Cuando
el predicador habló del poder del espíritu ruso, de su capacidad para
deshacerse de estas enfermedades de los europeos decadentes, el alma de
Rasputín tembló con la fuerza de sus propias convicciones recién
despertadas.
La siguiente parte de la misa lo sorprendió. Ante una señal del pope,
unos miembros de la congregación se levantaron de golpe y empezaron a
gritar "Perdónanos nuestros pecados" y a nombrar explícitamente dichos
pecados. Se daban la vuelta, dirigiéndose a los fieles que
rezaban, hablando de la lujuria, la envidia y la venalidad. Había una cola
en el pasillo central, esperando comulgar, contándose mutuamente y sin
inhibiciones sus maldades. A Rasputín le pareció extrañamente conmovedor.
Al menos esta gente estaba decidida a vivir según las Escrituras y la
palabra de Dios.
Cuando se arrodilló para rezar, el espíritu del Señor descendió sobre
él. Supo, repentinamente, que su destino se encontraba en San Petersburgo.
Se sintió invadido por grandes oleadas de paz y agradecimiento. Puesto que
había sentido tantas dudas e inquietudes durante la semana anterior, esta
nueva convicción equivalía a restablecerse de una enfermedad. Las lágrimas
corrían por sus mejillas; se sintió inmerso en un mar de dicha y perdón.
Más que verlo, se percató de que alguien se encontraba de pie a su lado.
Alzó la cabeza y se dio cuenta de que la iglesia se hallaba ya casi vacía.
El hombre que lo miraba era el predicador. Poseía unos ojos azules,
sinceros y llenos de dulzura; su cabello estaba peinado con una raya en
medio y una barba cuadrada le cubría el pecho. Sin preliminares, le
preguntó:
--¿Quién es usted?
--Grígori Rasputín.
--¡Ah! -Era obvio que el predicador había reconocido el nombre-. Así que
usted es Rasputín... -Contempló intensa pero bondadosamente la cara de
Rasputín-. Yo soy Juan de Cronstadt.
Rasputín se levantó precipitadamente.
--Le pido su bendición, padre.
--De todo corazón.
Claramente, el pope lo decía con sinceridad. De pie, le dio la comunión
a Rasputín. Luego inquirió:
--¿Ha comido?
--Aún no.
--Venga a comer conmigo.
Al caminar de regreso al monasterio, Juan de Cronstadt le dijo.
--Ya hablan de usted en San Petersburgo.
--¿Cómo puede ser, padre? No conozco a nadie allí.
--Muchos parecen conocerlo a usted.
Era evidentemente cierto. Durante la comida, Rasputín
se sentó al lado del padre Juan, junto a una docena de curas y monjes.
Todos lo miraron con curiosidad cuando el padre Juan lo presentó. Rasputín
habló poco mientras comían. La conversación giraba sobre todo alrededor de
la familia real y miembros de la aristocracia. Los presentes parecían ser
íntimos de la aristocracia de San Petersburgo. Rasputín, que esperaba con
ansias una discusión sobre temas religiosos, se aburrió; esta conversación
tan mundana lo desilusionó.
Hacia el fin de la comida, un pope gordo sentado frente a Rasputín
preguntó:
--Tengo entendido que conoce usted a Elena Katkoff, ¿es cierto?
Rasputín reconoció que así era. Sonriendo amablemente, el pope dijo:
--Según ella, usted no reza por la vida del zar, ¿es verdad?
En Rusia, era costumbre empezar o terminar las oraciones con una oración
por la vida del zar.
Rasputín, sin levantar la vista de su plato, contestó:
--Es cierto.
--¿Podríamos preguntarle por qué? -Con el uso de la primera persona
plural implicaba que todos deseaban saberlo.
--Son los pobres y los que sufren los que necesitan nuestras oraciones.
Todo el mundo reza por el zar.
--¿No cree usted que el zar merezca nuestras oraciones?
Rasputín contempló al pope, como si estuviera preguntándose si debía
tomarlo en serio y, cual si estuviese instruyendo a un niño, replicó:
--Las oraciones han de venir del corazón. ¿Por qué debería Dios escuchar
las oraciones que son sólo de labios para afuera?
El pope se sonrojó y perdió visiblemente los estribos.
--¿Cree usted que rezo sólo de labios para afuera?
Rasputín explicó solemne y tranquilamente:
--Tal vez usted conozca al emperador. Yo, no.
Volvió a dedicarse a la comida. El pope se controló e inició una
conversación con el que se hallaba a su lado. Pero era obvio que estaba
enfadado y trastornado.
Al cabo de unos minutos, Juan de Cronstadt tocó el brazo de Rasputín.
--Venga a mi habitación a tomar el té.
Se hizo un silencio cuando se levantaron y se marcharon. Entonces, antes
de que se cerrara la puerta, todos empezaron a hablar.
Mientras caminaba por el largo pasillo, el padre Juan comentó:
--Me parece usted un hombre sincero.
--Espero que sí.
--¿Es cierto que antaño era usted un gran pecador?
Rasputín se echó a reír sonoramente; el pope lo observó con una mirada
maliciosamente divertida.
--Me temo que ninguno de mis pecados podría considerarse como grande.
¿Quién le contó eso? -respondió finalmente Rasputín.
Entraron en una pequeña y austera habitación. El padre Juan precisó:
--Bueno, madame Katkoff lo dio a entender...
--¡No me diga!
Rasputín estaba asombrado. El pope se echó a reír.
--Estas mujeres... les gusta causar impresión, -se rió ante la expresión
perpleja de Rasputín-. Bueno, ella es la que le ha dado su reputación.
--¿Diciéndole a todo el mundo que soy un gran pecador?
--No, no, no. No fue sólo eso. Dice que usted es un hombre de Dios, pero
deja caer unas fascinantes indirectas acerca de una vida de pecados
seguida de penitencia.
--¿Por eso fue que se acercó usted a mí en la iglesia?
--No. No tenía idea de quién era usted. Me acerqué porque era obvio que
estaba usted rezando de corazón.
Durante la hora siguiente, Juan de Cronstadt interrogó a su invitado
sobre su vida, sus viajes y sus creencias. Durante esa hora, su actitud
hacia Rasputín sufrió varios cambios. Al principio, le divirtió su
sinceridad campesina, su franco reconocimiento de que consideraba a la
mayoría de los popes como parásitos (reconocimiento suavizado por la obvia
creencia de Rasputín de que su anfitrión era un auténtico hombre de Dios).
Luego, le impresionaron los considerables conocimientos
de Rasputín y su capacidad para expresarse. Rasputín no sabía nada de
literatura y se mostró perplejo cuando su anfitrión se refirió a <Las
almas muertas> de Gógol. Sin embargo, era claramente un hombre que había
pasado la vida aprendiendo y que no olvidaba nunca lo que había aprendido.
Más tarde, cuando Rasputín mencionó sus dos visiones de la Virgen de
Kazán, el padre Juan tuvo la repentina intuición de que este hombre le
había sido enviado por Dios. Todo lo que decía era evidentemente cierto.
Ambos hombres tenían mucho en común. El padre Juan Sergieff era hijo de
un diácono pobre de una aldea de la región de Arjanguelsk, y no era ni
místico ni intelectual. Su inmenso poder e influencia surgían del hecho de
que era un hombre bueno, un hombre que amaba a los pobres y a los
necesitados, y de su genio en las oraciones. Y ahora, cuando Rasputín
empezó, a su vez, a hacerle preguntas, contestó con un corazón que no
sabía nada de encubrimientos ni de orgullo. Cuando Rasputín le interrogó
sobre las escenas en la iglesia, de los pecadores sollozantes que se
golpeaban el pecho, el padre Juan explicó sencillamente que, cuando
celebraba la misa, se daba a menudo cuenta de que comunicaba directamente
con Dios. Describió cómo, la primera vez que esto ocurrió, tuvo de pronto
una visión de Jesús en la cruz, no un crucifijo de madera con una estatua,
sino con un hombre vivo cuya sangre manaba de sus heridas, los brazos casi
arrancados del hombro por el peso de su cuerpo. Desde entonces, tenía
visiones durante la misa. Eran estas visiones las que le hacían llorar
mientras rezaba, y a los miembros de la congregación gritar sus pecados.
Por primera vez en su vida, Rasputín supo que hablaba con un hombre como
él, uno cuya hambre de Dios hacía que todo lo demás pareciera irreal. Por
primera vez en su vida, conocía a alguien que era realmente su hermano.
Ya era avanzada la tarde cuando se separaron. Rasputín rehusó quedarse
para la cena, pues no tenía ningún deseo de sentarse a la mesa con el pope
rechoncho. Cuando trató de besarle la mano al padre Juan, éste le dijo:
--No, hijo mío, -y lo abrazó con lágrimas rodándole por las mejillas-.
Vuelve pronto a mí... vuelve mañana.
--No quisiera molestarle, padre, -respondió Rasputín.
El padre Juan manifestó con firmeza:
--Fuiste enviado a San Petersburgo con un propósito. Tal vez pueda
ayudarte a cumplirlo.
Rasputín no aceptó el uso de un carruaje para llevarlo de vuelta a su
pensión. Sentía el corazón tan lleno que quería caminar. El aire helado
entraba en sus pulmones como fuego y, sin embargo, parecía incrementar su
sensación de estar realmente vivo. No tenía idea de adónde iba, pero su
alma estaba llena de infinita gratitud. Además, diríase que sus pies
conocían el camino; cuando se detuvo a fin de ver dónde estaba, se
encontró en el puente sobre el canal de Fontanca, a pocos metros de la
pensión donde se alojaba.
La emoción lo mantuvo despierto gran parte de la noche. De pronto, San
Petersburgo no constituía ya una pesadilla, sino una ciudad dispuesta a
darle la bienvenida. El futuro era una niebla dorada, llena de excitación
y oportunidades infinitas. Nuevamente se sentía como un niño, de regreso
de los campos helados, convencido de que Dios le tenía reservado un gran
destino.
Despertó sobresaltado cuando alguien abrió la puerta de su habitación,
que se encontraba llena de una luz fría y blanca; había nieve acumulada en
el cristal de la ventana de la pared abuhardillada, encima de su cabeza.
En el umbral, se hallaban el casero y, al lado de éste, una figura que, a
primera vista, Rasputín tomó por un general. Mientras se incorporaba y se
frotaba los ojos, la figura vestida con magnificencia habló, y entonces,
Rasputín se percató de que se trataba de un sirviente en librea adornada
de trenzas doradas.
--¿Es usted el padre Rasputín?
(Pronunció el nombre a la francesa).
--Sí.
--Le traigo una carta de la gran duquesa Militsa.
Rasputín rasgó el sobre con gofrado dorado. Necesitó varios minutos para
descifrar la escritura: "Estamos muy emocionados al saber que ha llegado
por fin. Le
ruego que considere mi casa como su hogar. Venga a tomar el té esta
tarde." La firma era un garabato ilegible.
--¿Desea enviar una respuesta? -El aire del lacayo era condescendiente.
--No, no. Dígale que iré.
Cuando el lacayo se hubo marchado, el casero, que había permanecido
revoloteando en el umbral, comentó.
--Supongo que nos dejará pronto.
--No necesariamente, amigo. Por cierto, ¿a qué hora se toma el té en San
Petersburgo?
--Alrededor de las tres... cuando han acabado de comer.
Durante el resto de la mañana, Rasputín anduvo por las calles de San
Petersburgo. La magnitud misma de las cosas lo asombraba: las gigantescas
plazas, que uno no podía atravesar en menos de diez minutos; los
bulevares, parecidos a grandes y anchos ríos; el propio Neva, azul e
inmenso, con la fortaleza de Pedro y Pablo dominándolo en la orilla más
alejada. Ahora que ya no se sentía como un extraño, se deleitaba con todo
ello.
Hacia las tres de la tarde, Rasputín subió los escalones de mármol de la
casa del gran duque Pedro Nicolaievich, primo del zar. Al llamar al timbre
de la enorme puerta, se preguntó si los sirvientes le pedirían que usara
la puerta de servicio. Su angustia resultó innecesaria. El lacayo en
librea verde, cuyo aspecto era el de alguien salido de una corte alemana
del siglo XVIII, cogió su abrigo de piel de oveja, tratándolo como si
fuese una capa de armiño, y lo guió hacia la puerta de color crema con
relieves dorados del salón.
--¿Su nombre, señor?
--Rasputín.
El lacayo abrió la puerta y anunció:
--El padre Rasputín.
Fue una suposición acertada, pues Rasputín no llevaba su hábito negro de
monje, sino una bata campesina azul y una camisa de tela burda y de cuello
abierto.
Había sólo dos personas en la habitación, un hombre y una mujer. La
mujer llevaba un vestido suelto y de mucho vuelo, cual una túnica de la
Grecia antigua,
y una guirnalda de flores en el cabello. Se apresuró a atravesar la
estancia con las manos tendidas.
--Padre Rasputín, es un gran honor para mí conocerlo.
Rasputín clavó la mirada en los grandes ojos y supo instantáneamente que
él había nacido para dominar a personas como ella. Pasó por alto las manos
tendidas, la agarró por los hombros desnudos y la abrazó con fuerza,
besándola en la mejilla.
--¡Uf! -exclamó la mujer, sonrojándose. Mas sus ojos brillaban.
El hombre se había levantado también. Rasputín vio que vestía un hábito
marrón de monje. Era alto y delgado, con una cara estrecha y alargada y
unos ojos de mirada intensa. La gran duquesa los presentó:
--El padre Ilionor Trufanov... El padre Rasputín.
Iliodor pertenecía al tipo de hombre que le era instintivamente
antipático a Rasputín. El rostro pálido, los labios apretados, la mirada
intensa, revelaban un ego susceptible. Diez años antes, Rasputín habría
dejado ver su desconfianza. Pero las horas que había pasado meditando y
rezando le habían proporcionado la fuerza suficiente para controlar sus
reacciones. Le dedicó su sonrisa más abierta y bondadosa y tendió la mano.
Tras un momento de duda, el monje le ofreció la suya. Como dos perros
olisqueándose, habían establecido un terreno común de tolerancia.
Rasputín se sentó en un sillón tapizado de seda tornasolada y habló con
Iliodor, que se encontraba sentado en un diván, al lado de la gran duquesa
Militsa. Iliodor era más joven que Rasputín, -contaba poco más de veinte
años-, y aparentemente acababa de ordenarse. La gran duquesa lo describió
como "el hombre más brillante de Rusia"; era una exageración pero, de
hecho, Iliodor se había dado a conocer como uno de los mejores estudiantes
de teología de su generación y como un predicador de notable fuerza. Los
dos hombres tenían mucho en común: ambos eran hijos de campesino, ambos
eran ambiciosos; mas la ambición de Iliodor era neurótica, intensa y
totalmente personal.
Iliodor hablaba de su sueño de construir un monasterio dedicado a los
más elevados ideales de la espiritualidad,
un equivalente ruso del monte Atos. Rasputín escuchaba y observaba la
habitación. El salón de Elena Katkoff era elegante, pero éste resultaba
suntuoso. Los muebles estaban tapizados en tonos pálidos; las paredes,
cubiertas de brocado de seda de tono verde oliva. Era la habitación de una
mujer que se consideraba a sí misma árbitro de la moda. El tenue perfume
que flotaba en el aire era claramente oriental.
Militsa lo sorprendió al preguntarle repentinamente:
--¿Qué piensa, padre Grígori, cree que será posible espiritualizar a
Rusia?
Ésa era la clase de preguntas que lo irritaban. Con un toque de
severidad, respondió:
--Rusia <está> espiritualizada. Son los popes y la aristocracia los que
necesitan regresar a Dios.
La mujer aceptó la reprimenda como si la mereciera, con los ojos bajos.
Iliodor, la cara iluminda por el entusiasmo, exclamó:
--¡Es cierto! El campesino ruso ya conoce a Dios. Los verdaderos
traidores son los rusos que tratan de convertirnos en europeos. -Se volvió
hacia Rasputín, los ojos destellando como los de un ratón atrapado bajo la
luz de una lámpara-. Pero ésos ya no consiguen todo lo que quieren. La
gente como usted y yo cambiaremos las cosas.
De pronto, con esa extraña alquimia que ocurre en momentos de
entusiasmo, los dos hombres empezaron a simpatizar.
--El señor Alejandro Scriabin.
El lacayo había abierto la puerta para dar paso a un hombrecillo pálido,
cuidadosamente peinado y con bigote adiestrado para rizarse en las puntas.
La gran duquesa presentó orgullosa a su nuevo invitado y a Rasputín.
Scriabin era, por lo visto, un compositor. Miró a Rasputín con una
expresión penetrante y burlona y, con una voz sorprendentemente dulce,
exclamó:
--¡Ah, el gran pecador!
Empezaron a llegar más invitados. Había dos escritores, un político
llamado Sasanov, una cantante de ópera con enormes pechos, un hombre que
se dedicaba a viajar y que acababa de regresar de África, un director de
orquesta y un hombre que trataba de crear una
compañía de películas. Rasputín no tardó en darse cuenta de que todos lo
conocían de oídas. Pero ya había adivinado que Militsa, como Elena
Katkoff, era una promotora incansable, cuyo mayor placer consistía en
introducir nuevas "celebridades" en la sociedad de San Petersburgo. Y que,
le gustara o no, el papel de Rasputín era el de un pecador que había
tenido una especie de revelación y se había convertido en hacedor de
milagros. Diríase que Scriabin, que venía de Moscú, sentía tanta
curiosidad como los demás por Rasputín. Le hizo preguntas personales con
un entusiasmo que, de no haber sido tan sincero, habría resultado
ofensivo. Rasputín sintió alivio cuando la gran duquesa convenció al
compositor que se pusiera al piano. Scriabin tocó sus propias obras
con un aire embelesado y afectado que contrastaba extrañamente con su
curiosidad infantil de hacía unos minutos. Rasputín pensó: "Estas gentes
de San Petersburgo no parecen saber quiénes son..."
Volvió su atención a Iliodor, que escuchaba con expresión intensa,
apoyado sobre la cubierta del piano de cola. Ahora que el rostro del
hombre descansaba, Rasputín se percató claramente de que en su
personalidad había un elemento de odio a sí mismo, una insatisfacción
profunda y persistente, cual una herida expuesta. ¿Ambición, tal vez? En
ese momento, Iliodor frunció la nariz, ante una disonancia repentina, y,
en un segundo de perspicacia, Rasputín supo la respuesta. Como el polaco
mellado y el padre José de Verkhoture, este hombre amaba a su propio sexo
y la idea lo atormentaba. Rasputín pensó: "Si supiera que lo sé, me
odiaría lo suficiente para matarme..." De pronto, experimentó el silencio
interno que llegaba con ciertos momentos de perspicacia; era como si
dejara caer una piedra en un pozo y escuchara atentamente hasta oírla
penetrar en el agua. Con una triste convicción, supo que este hombre sería
algún día un enemigo implacable. Para distraerse de este pensamiento
inquietante, se preguntó: "¿Cómo es que yo sé cosas sobre él, mientras que
él no sabe cosas sobre mí? ¿Cómo es que mi intuición me revela el futuro,
mientras que la suya no funciona?" Y supo inmediatamente la respuesta.
Iliodor <sí> conocía el futuro. Mas no estaba preparado para escuchar esa
voz interior que se lo podía
revelar. Lo mismo ocurría con todos ellos: Militsa y el político Sasanov,
así como este egocéntrico compositorzuelo. La mayoría ni siquiera sabía
que poseía una voz interior. Le embargó una inmensa tristeza.
La música terminó. Los invitados aplaudieron ruidosamente. Scriabin miró
a Rasputín, buscando su aprobación. Rasputín se obligó a sonreír,
fingiendo entusiasmo. Sin embargo, incapaz de soportar la idea de tener
que decirle al músico cuánto le gustaba su música, salió de la estancia a
la primera oportunidad que se le presentó.
Preguntó al lacayo cómo llegar al lavabo. Éste se encontraba dos pisos
más arriba. Asombrado y admirado, Rasputín examinó el váter, con flores
rosadas en porcelana de la taza y una cadena que daba paso a una cascada
de agua; la jofaina de color lila con grifos de plata de los que brotaban
agua fría y caliente; la pastilla de jabón, ovalada y con aroma de limón.
Ni siquiera los Katkoff poseían algo así. Rasputín anhelaba que su familia
estuviese presente, para compartir con ella la experiencia. Soñando
despierto aún, salió al pasillo y bajó por lo que supuso era la escalera
correcta. Se encontró en otra parte de la casa. Las alfombras en el suelo
eran tan mullidas como la hierba en primavera. La puerta abierta de un
dormitorio reveló una amplia habitación con una cama de cuatro columnas
doradas y un tocador con enormes espejos. Hasta en el pasillo había
pinturas en la pared y hermosas mesitas rinconeras sobre las cuales había
unos <objets d'art>. La idea de instalarse en esa casa lo preocupó, pues
podría tropezar y romper algo.
Se detuvo ante otra puerta abierta para examinar otro dormitorio y fue
entonces cuando vio al perro. Estaba tumbado en una canasta, en un rincón,
y lo miraba con ojos cansados e indiferentes. Rasputín murmuró
amistosamente. El perro movió melancólicamente la cola. Era un perro de
caza, enorme, blanco y negro, casi tan grande como un cordero.
--¿Qué te pasa? -le preguntó Rasputín y atravesó la habitación.
El perro puso la nariz entre las patas y lo miró con cansada curiosidad.
Rasputín se arrodilló y le tocó la nariz, que ardía. El animal se
encontraba enfermo.
--Pobrecillo, -dijo Rasputín y lo acarició suavemente a lo largo del
cuerpo.
Sintió la fuerza fluir de su brazo hacia el perro y el animal se estiró
y se estremeció ligeramente. Rasputín murmuró palabras tranquilizadoras y
colocó ambas manos sobre el perro, una en el hombro y la otra en la grupa.
Sus sentidos se tranquilizaron, hasta llegar a una profunda calma, a
medida que la fuerza respondía a la necesidad del animal. El perro,
agradecido por la corriente que manaba como agua de un manantial, le lamió
la muñeca.
Una sombra cayó entre ellos. Rasputín alzó la mirada hacia el hombre
uniformado que se hallaba en el umbral de la puerta y volvió su atención
al perro. El proceso ya casi había terminado. Había simplemente recargado
las fuerzas vitales del perro. En un momento dado, la vitalidad del propio
perro se apoderó del proceso. Los animales, como los niños, poseen una
extraordinaria capacidad para recuperarse. Al mismo tiempo, Rasputín
sintió la gratitud y el alivio del perro y eso le llenó el corazón de una
agradable tristeza.
--Bueno, ya estás bien, ¿verdad? -dijo, y se levantó.
El perro saltó inmediatamente de la canasta y le lamió la mano, moviendo
con tanta fuerza la cola que su cuerpo entero vibró.
--¡No lo puedo creer!
Fue el hombre uniformado el que habló. A su lado se hallaba un
hombrecillo en traje a rayas, que llevaba un maletín negro. El hombre
uniformado preguntó:
--¿<Quién> es usted?
--Grígori Efimovich Rasputín, para servirle.
El hombre tenía cabello canoso, cortado casi al cero, y un bigote gris.
De haber sabido algo sobre la jerarquía militar, Rasputín habría sabido
que el uniforme era el de un general de división. El hombre se inclinó
sobre el perro, que se volvió y le lamió la mano para luego saltar y casi
derrumbarlo al tratar de ponerle las patas sobre el pecho. El hombre del
traje a rayas colocó la mano en la nariz del perro.
--Me parece que se encuentra perfectamente bien, alteza.
--No lo estaba cuando lo dejé hace unos diez minutos
-respondió el hombre. Miró a Rasputín-. Usted es el curandero, ¿verdad?
Gruñó y apartó la cara cuando el perro le lamió la nariz y la mejilla.
--Abajo, <Marco>.
El perro, excitado ante tanta atención, saltó sobre la cama y bajó por
el otro lado. El militar le dio una palmada en ambos hombros a Rasputín,
tan fuerte que provocó una mueca de este último. Entonces, lo agarró en
sus brazos y los estrechó contra su pecho. Su rostro rechoncho le rozó la
mejilla.
--Tómese una copa.
En ese momento, cuando estaba lleno de té de limón, no había nada que
Rasputín deseara menos, pero apreció el espíritu en que se le ofrecía.
--Bueno, tal vez si tiene usted vino tinto dulce...
El hombre se echó a reír estruendosamente.
--¡Vino dulce! ¡De acuerdo! -Alargó la mano para tocar una campana junto
a la cama pero cambió de opinión-. Venga a mi guarida. -Se volvió hacia el
hombre del maletín negro-. Bien, Naumov, parece que no te necesitaré
después de todo.
El hombrecillo gruñó:
--Tanto mejor.
--De todos modos, antes de irte, ven a tomar una copa con nosotros.
En el pasillo se encontraron con la gran duquesa Militsa, que los miró
asombrada.
--¡Así que <tú> lo tienes!
--Así es, querida. Es más, tu increíble amigo ha curado a <Marco>. -El
perro, que salió corriendo para saludar a Militsa, confirmó lo que decía-.
Por lo que le estoy ofreciendo una copa... Abajo, <Marco>, abajo, chico.
El perro trató de derrumbar a Militsa.
--¡Nada de eso! Es mi invitado. ¡Si quieres hablar con él, tendrás que
bajar a mi salón!
--¿Qué? ¿Con todos esos tipos literarios? ¡Ni lo sueñes! -Volviéndose
hacia Rasputín, agregó-: Tendrá que ser después. Venga a cenar.
-Volviéndose ahora hacia el médico, continuó-: Vamos, Naumov, puedes
tomarte una copa de todos modos.
Cuando iban bajando por la escalera, Militsa le dijo:
--Como se habrá dado cuenta, ése es mi esposo, el gran duque Pedro
Nicolaievich. Es evidente que le simpatiza usted.
Su voz tenía cierto tono ácido.
De nuevo en el salón, Militsa no perdió tiempo en relatar la historia.
Para vergüenza suya, Rasputín se encontró rodeado de una multitud que
quería oírselo contar con sus propias palabras. Se encogió de hombros.
--No hice nada. Dios curó al perro, -explicó.
--Pero a través de usted, -indicó Scriabin.
--Dios hace la mayoría de las cosas a través de seres humanos. Rara vez
interfiere en el curso de la naturaleza. Para eso estamos aquí nosotros,
para que Dios nos utilice, como un ama de casa utiliza una escoba o un
granjero, su arado.
Puesto que nadie parecía deseoso de interrumpirlo, Rasputín se dejó
llevar por sus temas favoritos. Habló con sencillez, con metáforas
familiares; le proporcionaba placer intentar que esta gente de la ciudad,
sofisticada pero confusa, entendiera las verdades sobre la vida interior.
Las mujeres lo comprendieron inmediatamente. De hecho, los hombres,
también lo hicieron. Mas, como muchos de ellos se irritaron ante la rápida
rendición de las mujeres, sentían que su dignidad masculina requería
resistencia. Aun así, la transparente sinceridad de Rasputín acabó por
conquistarlos e impresionar a los que no se dejaron atraer. Él se figuraba
que estas personas creían lo que decía porque Dios hablaba a través de él.
Se equivocaba. Lo que les fascinaba era que Rasputín parecía traer al
salón de Militsa el aire de la tierra, del establo para vacas, de la
inmensa estepa. Esa helada tarde de diciembre, les recordó la primavera y
el verano.
A las seis, los invitados empezaron a marcharse. Cuando Rasputín se
preparaba para irse también, Militsa le susurró al oído:
--Quédese. Tengo una sorpresa para usted.
Rasputín e Illiodor se quedaron solos en la estancia mientras Militsa
despedía a sus invitados.
--Me pregunto cuál será la sorpresa, -manifestó Rasputín.
--Creo que puedo adivinarlo. Los sumos sacerdotes lo interrogarán.
--¿Sumos sacerdotes?
Iliodor, que oteaba el pasillo, dijo:
--¡Ah, sí! Tenía yo razón.
Rasputín miró más allá del monje y vio a los dos hombres que acababan de
entrar. Uno vestía los hábitos morados de un obispo y el otro, los negros
de un sencillo pope.
--El que viste de morado es Hermógenes, obispo de Saratov.
--Y, ¿el otro?
--El obispo Teófano, inspector de la Academia teológica.
--¿Por qué no se viste de obispo?
--No lo necesita. Es el confesor de la familia real.
Existen momentos en la vida de un hombre cuando se encuentra en la
situación para la cual el destino o su ángel guardián parecen haberle
preparado. Cuando esto ocurre, experimenta la sensación de que las cosas
marchan bien, de que la rueda de la fortuna le favorece. Desde que conoció
a Juan de Cronstadt, Rasputín tenía esa sensación. Mas ahora, por primera
vez, dudaba; sonaba una alarma interior.
No hubo tiempo para recelos. Unos minutos más tarde lo estaban
presentando a los dos príncipes de la Iglesia. Ninguno de los dos tenía un
aspecto particularmente formidable. Hermógenes era un hombre corpulento de
cara astuta y modales bruscos. Teófano era sencillo, directo y bastante
tímido. En algunas cosas le hizo pensar en Juan de Cronstadt. Al poco
rato, se unió a ellos el gran duque Pedro, que parecía tener muy buenas
relaciones con ambos archimandritas, y que enseñó a todos a preparar
cócteles al estilo americano, arte que había aprendido de un camarero
húngaro en la avenida Nevski. Mientras bebían, volvió a contarles cómo
Rasputín había curado a su perro. Ambos obispos hicieron preguntas a
Rasputín sobre sus viajes, sus impresiones acerca del monte Atos y la
Tierra Santa, tras lo cual la conversación se generalizó. Cuando, media
hora más tarde, le invitaron a cenar, Rasputín tuvo la impresión de que se
había convertido en miembro de un pequeño
club compuesto por los hombres más influyentes de la Iglesia en Rusia.
Durante la cena, Teófano bebió sólo agua; Hermógenes bebió vino blanco
con agua de seltz. El gran duque insistió en que Rasputín bebiera vino
dulce de Georgia. Ambos obispos miraban con interés furtivo cómo Rasputín
y el gran duque consumían tres botellas en tanto hablaban de caballos y
perros. Iliodor, que había bebido dos cócteles, ya pronunciaba torpemente
las palabras. Incluso el gran duque se volvió más bullicioso tras la
segunda botella. Rasputín seguía hablando con la misma coherencia de
siempre y, cuando dejaron la mesa, parecía controlar perfectamente sus
piernas. Los sacerdotes estaban impresionados. Si el vino revela la
<veritas> de un hombre, Rasputín había pasado el examen. Tenía el mismo
aspecto modesto, controlado y firmemente sensato de siempre.
De vuelta al salón, bebieron café. Pedro preguntó por la zarina,
Alejandra Fedorovna, con quien Teófano había estado esa tarde. Teófano
habló sencilla y abiertamente de sus problemas. El zar y la zarina
llevaban nueve años casados y hasta 1901 la zarina había dado a luz a
cuatro hijas. Tras el nacimiento de la cuarta, Alejandra Fedorovna empezó
a experimentar una depresión nerviosa. Su incapacidad para tener un
heredero le parecía un desastre. Fue entonces cuando Militsa le presentó a
un "hacedor de milagros" llamado Philippe Nizier-Vachot, o "doctor
Philippe", a quien había conocido en Francia. Philippe creía que su
incapacidad para concebir se debía a la tensión nerviosa y empezó un
tratamiento por medio de la hipnosis. Éste pareció funcionar; el abdomen
de la zarina empezó a hincharse. Pero cuando el médico de la corte la
examinó, no encontró ninguna señal de embarazo. Los síntomas eran una
forma de histeria. La historia se extendió rápidamente e incrementó la
impopularidad de la emperatriz. (Era nieta de la reina Victoria y la
conocían popularmente como "la extranjera".) El doctor Philippe
consideró que era el momento oportuno para regresar a Lyon.
Después, al parecer, Militsa había descubierto a un "profeta" llamado
Mitia Koliabin, un lisiado, con muñones en lugar de brazos, y lo que decía
era incomprensible,
pues su paladar estaba deformado. En sus ataques epilépticos pronunciaba
profecías, que debía interpretar Egorov, un sacristán del monasterio de
Optima Pustyn. Koliabin sufría convulsiones y emitía sonidos extraños como
los de un animal, que, según Egorov aseguraba a la emperatriz,
significaban que concebiría sin duda un heredero. Esto la tranquilizó;
pero, hasta el momento, no había señales de un heredero. Después de
Koliabin, hubo una idiota llamada Daria Osipova, que murmuraba palabras
extrañas, un místico francés llamado Papus, y un herbolario llamado Pedro
Badmaev, que conocía el chino y el mongol y que aludía a unos maestros
secretos en las remotas montañas del Tibet. Todos ellos habían
reconfortado mucho a la emperatriz. Pero esa misma tarde, se echó a
llorar, pidiéndole a Teófano que rezara por Rusia, con lo que él entendió
que se refería a que rezara por que hubiera un heredero al trono.
Rasputín sentía la mirada de la gran duquesa fija en él y la evitó a
propósito. Supo repentinamente lo que quería proponerle. Cierto instinto
le dijo que era demasiado pronto. Se sintió aliviado cuando el gran duque
cambió de tema y empezó a hablar de la Unión de Rusos Auténticos. Rasputín
fingió interesarse y preguntó quiénes eran. Al parecer, se trataba de una
sociedad de patriotas, de la cual tanto Hermógenes como Teófano eran
miembros. Su objetivo consistía en evitar que Rusia fuese invadida por el
ateísmo francés y el socialismo alemán.
--Debería usted hacerse miembro, -le dijo de pronto Hermógenes.
--Me encantaría. Pero, ¿qué podría hacer para ayudar? -preguntó
Rasputín.
--Tal vez más de lo que piensa. Venga a verme mañana. ¿Dónde se hospeda?
-Cuando Rasputín se lo dijo, continuó-: Eso no está bien. Venga al
monasterio. Me aseguraré de que le den una habitación cómoda.
--Es usted muy amable, -contestó Rasputín.
En su fuero interno, se preguntó cómo podía evitar la invitación. Su
instinto lo llevaba hacia la independencia.
A las diez y media, Hermógenes bostezó.
--Debo regresar. Ha sido una velada muy interesante.
-Se volvió hacia Rasputín-. Puedo llevarlo de camino.
Mientras se acercaban a la puerta, Militsa agarró a Rasputín por la
manga de la camisa.
--Debo enseñarle mi propio icono especial. No tardaremos mucho.
Lo llevó al pasillo y a una pequeña y atractiva estancia, amueblada en
rosa.
--Éste es mi <boudoir>. Aquí guardo mis santos.
Cerró firmemente la puerta y le cogió ambas manos. Lo miró intensamente
a los ojos.
--Dígame lo que quiero saber.
--¿Qué?
--Que posee poderes mágicos...
--No poseo ningún poder, -negó Rasputín con la cabeza.
--Pero, puede ayudar, ¿no? ¿Podría ayudarla?
Rasputín liberó sus manos. Tenía sueño y estaba un poco borracho. Quería
que lo dejaran regresar a la pensión y a su cama. Sin embargo, bajo el
cansancio, se hallaba una profunda calma interior. Hoy, sus poderes
funcionaban. Parecía absurdo no intentarlo otra vez. Le dio la espalda a
Militsa, se sentó en la <chaise-longue> tapizada de rosa y se apretó los
ojos con las manos. Entonces, mientras vaciaba su mente, le llegó la
respuesta. Miró a Militsa, que esperaba con paciencia.
--No necesita mi ayuda.
--¿Por qué?
--Porque ya está embarazada.
--¿Está usted... seguro?
Rasputín se oyó a sí mismo pronunciar las palabras, mas no tenía idea de
si eran ciertas. Le llegaron sencillamente a la parte consciente de la
mente, como si provinieran de otra fuente. Su voz dijo, tranquila y
firmemente:
--Ya ha concebido.
--¡No!
Militsa se emocionó y empezó a abrir la puerta. Él la agarró de la mano.
--No. No se lo diga a nadie.
--Pero debo decírselo a <ella>.
--Aún no. Habrá tiempo suficiente para decírselo.
--¿Cuándo podré decírselo?
Rasputín calculó rápidamente.
--Estamos a catorce de noviembre. En agosto del año próximo habrá dado a
luz a un heredero al trono.
Militsa gritó emocionada e iba a abrazarlo, pero se contuvo, se dejó
caer de rodillas y le besó las manos. Rasputín oyó un ruido afuera de la
habitación.
--Levántese, ¡por Dios! ¿Qué diría su esposo?
Militsa lo miró, apretando todavía la mano de Rasputín contra su
mejilla.
--Estaría tan encantado como yo.
Rasputín se echó a reír.
--No, no lo estaría. Me daría un puntapié tan fuerte que acabaría en el
arroyo.
--¡Ni lo sueñe! Usted salvó a <Marco> y sus perros y sus caballos le
importan más que yo.
Alguien llamó ligeramente a la puerta. Se oyó la voz discreta del
lacayo:
--El carruaje del obispo está aquí, madame.
Rasputín le repitió:
--No lo olvide. No se lo diga a nadie.
Pero sabía que era pedirle demasiado a una mujer.
¤ VIII

En esos primeros días en San Petersburgo, Rasputín se interesó más


por los extraños procesos que tenían lugar en su interior que por las
personas que iba conociendo. El día pasado en casa de Militsa había
causado un cambio interior decisivo. Su vitalidad aumentó y podía
controlar mejor sus estados de ánimo. Esta sensación de salud y de poder
era a veces tan fuerte que la ocultaba a propósito, como lo haría un rico
con su reloj de oro al hablar con un mendigo. Podía inducir esta sensación
de vitalidad y pura alegría al jugar el "juego del ratón", tomando adrede
conciencia del momento actual, y centrando toda su atención, como un gato
que observa una ratonera.
Puesto que Hermógenes lo invitó repetidamente, se mudó por fin al
monasterio de Cronstadt. Resultó ser más agradable de lo que esperaba. Su
reputación lo precedía y todos lo trataban con respetuosa curiosidad.
Incluso el pope gordo hacía todo lo posible por mostrarse cortés durante
las comidas.
Se encontraba más a menudo con Teófano e Iliodor que con Hermógenes. El
día después de que se mudara al monasterio, Teófano lo llevó a una reunión
de la Unión de Rusos Auténticos, en casa de la hermana de Militsa,
Anastasia, casada con otro gran duque, Nicolás Nicolaievich. Anastasia era
tan atractiva como su hermana, pero menos llamativa. Ambas eran princesas,
hijas del rey del pequeño estado de Montenegro, sobre el Adriático. La
vida en San Petersburgo les parecía un tanto aburrida y trataban de
alegrarla investigando la
magia, la teosofía, el espiritismo y la filosofía de Rodolfo Steiner.
Durante dos horas, Rasputín escuchó a varios militares, sacerdotes y
políticos, incluyendo dos ex ministros, expresar puntos de vista en
extremo reaccionarios acerca de Rusia y de su futuro. Rasputín no dudaba
de que tuviesen razón cuando decían que el zar debía gobernar a su pueblo
con mano de hierro y que las ideas occidentales sobre democracia y
socialismo habían de aplastarse como si fuesen hierbas venenosas. Pero le
era imposible no darse cuenta de que la mayoría de estos hombres eran
viejos, quejumbrosos y llenos de su propia importancia y que sus ideas
resultaban totalmente negativas. Él e Iliodor intercambiaron varias
miradas irónicas.
Después, lo invitaron al salón de Anastasia, donde conoció a más
miembros de la intelectualidad: el escritor Merejkovski y su esposa
Zinaida Hipius, el filósofo Rozanov, el poeta simbolista Bieli y,
nuevamente, el compositor Scriabin. Al principio lo impresionaron más que
la Unión de Rusos Auténticos; pero después del té la conversación se
centró en fantasmas, espíritus malignos, quiromancia, telepatía,
transmigración de almas y brujería, y todos los presentes parecían tener
una anécdota que contar. Rasputín no tardó en percatarse de que estas
gentes no distinguían entre las fuerzas espirituales desconocidas y la
superstición más burda. Él e Iliodor compartieron un <droshki> para
regresar al monasterio y estuvieron de acuerdo en que San Petersburgo
parecía hallarse lleno de tontos despistados. A diferencia de Iliodor,
Rasputín se mostró tolerante con ellos; el odio enfebrecido de Iliodor con
respecto a todo lo europeo le pareció neurótico.
A medida que se iban acercando las Navidades, se encontró pensando cada
vez más en su familia en Pokrovskoé. Durante su ausencia, Prascovia había
dado a luz a otra hija, llamada Daria, y Rasputín anhelaba sentarse con el
bebé en brazos. La abstinencia sexual era también una tensión para él.
Desde su "revelación" con las doncellas de la aldea, la actividad sexual
era para él una actividad inocente y sana del cuerpo, que podía
ocasionalmente transmutarse en intensidad espiritual. Durante sus viajes,
había aprovechado todas las oportunidades
que se le ofrecían. Ahora, ya llevaba un mes de celibato y se sentía arder
de deseo cada vez que veía una sirvienta atractiva.
Una semana antes de Navidad, el novicio que atendía a los huéspedes le
dijo que una dama quería verlo. No le había dicho su nombre, pero le
aseguró que era una "vieja amiga" de Rasputín. Éste se hospedaba en el ala
de los invitados, donde se permitía la entrada a las mujeres. Pidió al
joven que la hiciera subir. Se trataba de Elena Katkoff, que había llegado
a San Petersburgo esa mañana con su esposo y que había oído
inmediatamente relatos sobre los "milagros" del <stranic> siberiano. Elena
tenía las mejillas sonrosadas debido al frío y llevaba un elegante abrigo
gris con piel azulada en el cuello. Le daba el aspecto de una chiquilla
bonita. Tan pronto vio a Rasputín, exclamó:
--<Staretz!> -y le rodeó el cuello con los brazos.
Rasputín estaba encantado de verla y dio vueltas con ella en volandas.
Este contacto con un cuerpo femenino excitó su carne hambrienta. La ayudó
a quitarse el abrigo; debajo llevaba un vestido de seda gris y despedía
calidez y un aroma agradable. Ella lo miraba con adoración y no había
entre ellos la sensación de ser extraños; ella era como una esposa. La
tomó en sus brazos y, puesto que le parecía una pérdida de tiempo, la
depositó con suavidad sobre su cama. Cuando él le levantó el vestido, ella
lo miró con los ojos muy abiertos y asombrados y suspiró cuando la abrazó.
Entonces, cerró los ojos y se entregó al placer de satisfacer su voraz
apetito.
Después de hacer el amor, se sentaron uno frente al otro, como una
pareja de casados, y él le contó todo lo que había ocurrido desde su
llegada a San Petersburgo. A ella le impresionó mucho enterarse de que
había estado en casa de ambas montenegrinas y se sintió algo celosa; pero,
con el recuerdo de lo que acababa de ocurrir, el sentimiento se disolvió,
convirtiéndose en satisfacción. El sirviente les trajo el té. Se hizo de
noche. Antes de que ella se fuera, Rasputín la llevó nuevamente a la cama,
ahora deshecha. Era agradable sentir que su cuerpo se le hacía familiar y
que el propio se saciaba, como un caballo bien alimentado. Ninguno de
ellos
mencionó al marido de Elena. Pero él no se sentía culpable. Tras la
experiencia con los khlistis, había llegado a pensar que todos los hombres
y mujeres son esposos y esposas y que el accidente de una elección
concreta era sencillamente el modo con que Dios aseguraba el cuidado de
los descendientes.
La vida de Rasputín se convirtió pronto en una rutina, cuya regla
general era la falta de rutina. Cuando llegó por vez primera al
monasterio, esperaba con ansia pasar horas en oración, meditación y largas
conversaciones con Juan de Cronstadt. Al cabo de diez días, su mayor
problema consistía en encontrar suficiente tiempo para dormir por la
noche. Para empezar, las montenegrinas lo esperaban en sus veladas al
menos una vez por semana, y lo exhibían como su último descubrimiento.
Allí conoció al conde Alejandro Pavlovich Ignatiev, otro místico "buscador
de la verdad" cuyas reuniones eran conocidas como "las veladas de Ignatiev
el negro". Hizo grandes esfuerzos para asegurarse de que Rasputín
asistiera a sus reuniones, enviando su carruaje a buscarlo al monasterio.
Comprensiblemente, Elena Katkoff sentía que tenía cierto derecho sobre
su maestro, y consolidó su influencia al visitarlo en su habitación al
menos una vez por semana. Su mejor amiga, Sofía Dobrovolski, esposa de un
oficial del ejército que había sido trasladado de Kazán a San Petersburgo,
se sintió instantáneamente cautivada por Rasputín y estaba claramente
dispuesta a ofrecerle la misma adoración sin límites que le ofrecía Elena.
Se esperaba que Rasputín cenara con los Katkoff y los Dobrovolski,
generalmente en casa de los Katkoff, al menos una vez por semana, y que
asistiera a las reuniones vespertinas de Elena los miércoles. Le llovieron
tan rápidamente otras invitaciones que acabó por aceptar la oferta del
conde Ignatiev de hacer uso de su carruaje adicional.
Inevitablemente, la mayoría de la gente que conocía tenía parientes que
necesitaban curas. Adoptó el mismo sistema que en Kazán y durante dos
horas, cada mañana, llevaba a cabo su "cirugía" en el patio del
monasterio. Debido al tiempo helado, sólo los que realmente lo necesitaban
hacían el viaje a la isla de Cronstadt. Pero
era fácil preveer que un día su número se multiplicaría.
A finales de enero de 1904, Katkoff tuvo que regresar a Kazán e insistió
en llevarse a Elena; al parecer, sospechaba de sobras de la relación entre
ella y Rasputín, pero no parecía sentir rencor; al contrario, trataba a
Rasputín tanto con afecto como con respeto. (Es posible que considerase
que era un honor que Rasputín hubiese elegido a su mujer entre todas las
que sucumbían a su fascinación.) El día después de que se marcharan era
viernes, el día en que Elena lo visitaba normalmente en su habitación y se
lo llevaba a su velada. A las dos de la tarde, Sofía Dobrovolski llegó,
explicándole que había decidido ocupar el lugar de Elena. No era claro lo
que quería decir con ello, pero cuando Rasputín puso a prueba el alcance
de su buena voluntad al desabrocharle juguetonamente el primer botón, su
actitud de expectativa pasiva demostró que podía tomarlo al pie de la
letra. Cuando, una hora más tarde, salieron del monasterio, en el carruaje
de Ignatiev, los ojos de Sofía tenían esa expresión soñadora y satisfecha
de alguien que ha logrado su objetivo.
Había, sin embargo, una diferencia importante entre Elena Katkoff y
Sofía Dobrovolski. Elena era naturalmente más pudorosa y discreta. La
alegre y excitable Sofía era espontáneamente indiscreta. Era una suerte
que su esposo fuese tan complaciente como Katkoff, quizá porque él tenía
también una amante. Si bien Sofía no le dijo a nadie hasta qué punto había
ocupado el lugar de Elena, su exuberancia natural le hacía imposible
disfrazar su relación con Rasputín. Como resultado, otras admiradoras
dejaron de verlo simplemente como asesor espiritual y trataron de
mostrarle, con su sumisión, que estaban disponibles para satisfacer sus
apetitos naturales. Al poco tiempo, Rasputín tuvo que reconocer que su
teoría de que todos los hombres y mujeres son esposos y esposas era cierta
hasta sólo cierto punto. Nuestro legado del pecado original incluye la
posesión y ésta da lugar a los celos y los resentimientos, que, a su vez,
pueden inducir el sentimiento de culpa. Esto lo colocó pronto en la
absurda posición de sentirse inocente y virtuoso si la única mujer que
había abrazado en un mismo día era Sofía Dobrovolski.
A principio de marzo, un acontecimiento misterioso llevó su
insatisfacción a su punto culminante. Teófano le entregó un mensaje de la
abadesa del convento de la Trinidad, pidiéndole que exorcizara a una monja
poseída. La chica, llamada Elizaveta, afirmaba que, desde hacía cierto
tiempo, un demonio en forma de pope la visitaba por la noche y la obligaba
a tener contactos sexuales con él. Ahora, tenía frecuentes convulsiones,
durante las cuales maldecía y blasfemaba. Rasputín sentía curiosidad.
Nunca había visto un caso similar. Elizaveta contaba diecinueve años y
llevaba tres en el convento. Su devoción por santa Isabel de Hungría había
sido siempre notable.
Resultó ser una chica delgada y neurótica, de ojos grandes y cabello
negro. Cuando la abadesa llevó a Rasputín a la habitación de la chica,
ésta se encontraba calmada y respondió con sensatez a sus preguntas. Pero,
al cabo de media hora, se puso nerviosa e inquieta. De pronto, tuvo un
acceso de convulsiones, cayendo al suelo, arqueando su cuerpo hacia atrás
y gritando con una voz extraña. Cuando Rasputín se arrodilló a su lado y
le puso las manos encima, se calmó. La convenció de que se acostara en la
cama y él se arrodilló al pie de la misma y rezó. Como era su costumbre,
pidió que lo dejaran solo con la paciente. Al poco tiempo, la abadesa se
marchó y la joven volvió a trastornarse, si bien con menos violencia que
antes; murmuró entre dientes y se retorció tumbada boca arriba. Cuando
Rasputín alzó la mirada, en medio de sus oraciones, el vestido de la joven
se hallaba enrollado hasta la cintura y el movimiento de sus caderas era
inequívocamente sugestivo.
Le pareció imposible tomar en serio a su "demonio"; le parecía más bien
una forma de histeria. Rasputín nunca había oído hablar de Freud, pero su
instinto campesino era sólido. Se colocó de pie a su lado y trató de
calmarla poniéndole la mano encima. Ella la tomó y la atrapó entre sus
muslos. Las convulsiones se hicieron más violentas. Rasputín no tenía duda
sobre su naturaleza. Entonces, la joven suspiró y se relajó. Él la dejó
aparentemente dormida y fue a buscar a la abadesa. Le dieron de comer y
después la abadesa le dijo que Elizaveta parecía estar más tranquila de lo
que había estado en muchos meses.
En medio de la noche, los gritos de la joven lo despertaron. Se vistió y
encontró su habitación. Cuatro monjas y un pope trataban de mantenerla
quieta, mientras ella se retorcía y blasfemaba. Tan pronto como Rasputín
la tocó, las convulsiones se detuvieron. La metieron bajo las sábanas y
dejaron a Rasputín rezando a su lado. Diez minutos más tarde, tuvo nuevas
convulsiones y arrojó al suelo la ropa de cama. A veces, su cuerpo se
elevaba hacia atrás como un arco y el camisón suelto, que ya se encontraba
alrededor de su cuello, amenazaba con sofocarla. Rasputín se levantó y la
tocó con las manos. Se calmó inmediatamente, a excepción del suave
movimiento de sus caderas. Cuando él intentaba quitarle las manos de
encima, ella se retorcía violentamente. Era evidente que estaba presa de
una fantasía erótica. Parecía creer que él era alguien llamado padre
Vladimir y le besó las manos. Puesto que ya se había calmado, Rasputín
decidió seguirle la fantasía y dejó que lo arrastrara a su lado en la
cama. Que el padre Vladimir hubiese sido su amante o no, resultaba
evidente que sus fantasías eran extremadamente precisas. Rasputín
permaneció pasivamente tumbado, mientras la chica le daba una exhibición
las artes de hacer el amor que hacía de Sofía una aficionada. Cuando la
dejó finalmente a las cuatro de la mañana, la joven dormía pacíficamente y
él estaba exhausto.
Rasputín salió del convento al amanecer y durmió en el tren de vuelta a
San Petersburgo. Durante los dos días siguientes se preguntó ociosamente
sobre Elizaveta pero decidió que si la abadesa le mandaba llamar
nuevamente, encontraría alguna excusa para no ir. Mas, en casa de la gran
duquesa Militsa, vio al archimandrita Teófano, que le dijo que había
recibido un mensaje de la abadesa. Al parecer, Rasputín había curado a la
joven, que se había librado de sus alucinaciones sobre una persecución
demoníaca. Pero había decidido también que no tenía vocación de monja. Su
familia fue a buscarla, para traérsela de nuevo a San Petersburgo, donde
ella esperaba que Rasputín consintiera en convertirse en su asesor
espiritual.
Esa noche, Rasputín se marchó a Moscú y a la mañana siguiente, abordó el
expreso transiberiano que le
llevaría a Omsk y Tobolsk, y así, de vuelta a Pokrovskoé.
Cuando llegó a casa, Rasputín encontró un telegrama esperándole: "Su
profecía ha sido confirmada. Alicia desea conocerle", firmado por Militsa.
Alicia era el nombre con que ella se refería a veces a la emperatriz, cuyo
nombre de soltera era princesa Alixe de Hesse.
El 12 de agosto de ese año, la emperatriz dio a luz a un hijo, que
llamaron Alexei. Habían pasado exactamente nueve meses desde que Rasputín
predijera el suceso.

Una vez en Pokrovskoé, Rasputín se sorprendió al descubrir que se había


convertido en más que una celebridad local. La mayoría de la "mejor gente"
de Tobolsk y Tiumen pasaban al menos unas semanas cada invierno en San
Petersburgo o Moscú, y era imposible estar algún tiempo en cualquiera de
las dos capitales sin oír hablar del nuevo hacedor de milagros. Puesto que
la mayor parte de la "mejor gente" pertenecían, como los Katkoff, a la
clase comerciante más que a la aristocracia, oían indirectamente los
relatos sobre los triunfos de Rasputín y los exageraban inevitablemente.
Una historia insistía en que Rasputín era ya íntimo de la familia real.
Apenas llevaba una semana en casa cuando el monje Bernabé, su antiguo
amigo, llegó a verlo, evidentemente instigado por el obispo de Tobolsk.
Rasputín pasó una semana en el monasterio de Tobolsk, cenando cada noche
con el obispo e impresionando al inteligente y bondadoso clérigo con su
devoción, así como con sus ocasionales referencias a Hermógenes, Teófano y
Juan de Cronstadt.
Sintió alivio al regresar a casa; estaba contento de poder pasar horas
rezando frente a la Virgen de Kazán. Sin embargo, se dio cuenta de que le
costaba mayor esfuerzo hundirse en las profundidades en las que la oración
era naturalmente sincera; su mente se desviaba a menudo hacia San
Petersburgo y el embarazo de la zarina. Una parte de él no dudaba de que
daría a luz a un heredero, pero otra parte meditaba en la pérdida de
prestigio si resultaba ser una niña.
Volvieron a tener lugar las misas en su capilla subterránea y muchas
gentes de las aldeas aledañas llegaban a rogarle que las ayudara. Su poder
de curación era mayor que nunca. Su más notable éxito ocurrió en Yarkovo,
cuando visitaba la casa del mercader Saboretski. Éste era uno de los pocos
hombres de la provincia de Tobolsk que poseía un teléfono. Justo después
de la llegada de Rasputín, una mujer llamó de Cheliabinsk. Había oído
decir que Rasputín tenía intención de ir a Yarkovo, y le rogaba que fuera
a Cheliabinsk a ver a su hija, que había enfermado gravemente tras un
aborto. Los médicos temían por su vida; estaba dispuesta a enviar un coche
a buscarlo a quinientas verstas de distancia. Rasputín cogió el teléfono,
hizo unas cuantas preguntas sobre la situación de la hija y dijo:
--No hace falta que yo vaya. Mañana la fiebre habrá cedido. Entonces, se
recuperará.
La mujer llamó al día siguiente por la mañana para decirle que tenía
razón; la joven estaba ya en vías de recuperación. Envió a Rasputín una
hermosa estatua de la Virgen de Kazán, para la que Rasputín mandó hacer un
nicho especial en su capilla.
A medida que se extendían por todas partes las historias sobre el poder
curativo de Rasputín, la vida de éste era cada vez más atareada. Había
regresado a Pokrovskoé esperando encontrar paz; de hecho, estaba más
ocupado que nunca. Durante el verano, pasó todo el tiempo que pudo
trabajando en el campo o caminando en la <urman>; pero había siempre
suplicantes que andaban kilómetros y kilómetros para encontrarlo, o que lo
esperaban, fuera cual fuese la hora en que llegaba a casa. Prascovia se
convirtió pronto en experta en reconocer a las mujeres que estaban
dispuestas a recompensar a su esposo por sus servicios con sus cuerpos,
así como en asegurarse de que no tuviesen oportunidad de ofrecerse. En
casi todas las ocasiones (menos cuando la mujer era excepcionalmente
atractiva), Rasputín agradecía su vigilancia.
El 15 de agosto por la mañana, llegó un telegrama de Militsa: "Heredero
nació ayer. Carta sigue." En la carta, describía cómo, poco después de la
una de la tarde de un cálido día de agosto, el cañón de Peterhof
tronó para anunciar el nacimiento del niño; el cañón de Cronstadt repitió
la señal y los de la fortaleza de Pedro y Pablo informaron a los
ciudadanos de San Petersburgo de la llegada del heredero. Militsa llamó
por teléfono al palacio y habló con Mosolov, el canciller de la corte, que
confirmó que se trataba de un hermoso niño de ojos azules que pesaba 3,6
kilos. La carta de Militsa contenía cierto tono de amargura. La familia
real tendía a dar crédito por el éxito a san Serafín de Saratov, que había
sido canonizado (por orden del zar) el año anterior y a la "santa imbécil"
Daria Osipova, que había garantizado el nacimiento de un heredero. Al
parecer, Militsa creía que se debía dar crédito a Rasputín (que, de hecho,
se había limitado a anunciar el embarazo) y, de rebote, a ella misma.
Durante el invierno, la vida en Pokrovskoé se calmó un poco; la gran
cantidad de nieve hacía que los caminos fuesen intransitables, y Rasputín
pudo volver a dedicarse a la oración y a su propia pequeña congregación.
Irónicamente, ésta incluía ahora a la viuda Daria Petrovna Grishkin, que
veinte años antes había formado parte de los ensueños de Rasputín. Él
contaba ya treinta y tres años, y ella unos cuarenta y cinco y estaba
claramente pasada de peso. Por tanto, la escena imaginaria en la que él
recibía su confesión y la absolvía, o la consolaba, nunca tuvo lugar. Pero
otro miembro era Katerina, la joven viuda de al lado, casada ahora con el
hijo mayor del herrero y con dos hijos más. Al recordar la agonía que le
había dado su conciencia tras su primer encuentro, Rasputín creía que era
su deber poner las cosas en claro, tanto para beneficio propio como para
el de ella. Lo hizo una tarde, cuando la encontró a solas en la capilla
antes de la llegada de los demás, y el resultado de este encuentro fue, en
todos los sentidos, más satisfactorio. En la primavera de 1905, Katerina
parió un niño saludable cuyo fino cabello rojizo difería marcadamente del
cabello lacio de sus dos hermanos.
Estaban plantando patatas cuando Rasputín recibió una carta de Militsa
con la última noticia de Zarskoé Selo. La zarina le había confiado su
preocupante secreto: el heredero al trono, de ocho meses, padecía de
hemofilia hereditaria. Debido a que su sangre carecía de
un elemento esencial necesario para que pudiese coagularse, cualquier
magulladura podía acarrearle horribles hinchazones azules y fiebre, puesto
que el menor vaso sanguíneo roto goteaba durante horas. Las pequeñas
heridas o las raspaduras se curaban con un fuerte vendaje hasta que la
piel se cicatrizara, pero las heridas mayores podrían acarrearle la
muerte. La zarina dependía ahora más que nunca de varios hacedores de
milagros y asesores espirituales. Militsa alentaba a Rasputín a regresar a
San Petersburgo inmediatamente. Sin embargo, éste seguía inmensamente
renuente a conocer a la familia real. Nunca pensaba en ello, pero cierto
instinto le decía que tal cosa podría cambiar el resto de su vida. Tal vez
sea por ello por lo que, pese a las cartas que recibió tanto de las
hermanas montenegrinas como de su amigo el conde Ignatiev, Rasputín
permanecía en Pokrovskoé. La granja prosperaba; él gozaba de sus horas a
solas, rezando o andando por la estepa. Cuando llegaron los gitanos para
las celebraciones del primero de mayo, estuvo toda la noche bailando en su
campamento, y pasó un día en cama con una de sus raras resacas, debida
probablemente a la gran cantidad de vino de fabricación casera rociado de
aguardiente. Nunca se había sentido tan sereno y relajado como se sintió
durante el verano y el otoño de 1905.
Sus amigos de la Unión de Rusos Auténticos le enviaban periódicos con
las noticias políticas. Dos años antes, todo esto le parecía irreal y
lejano; ahora, de pronto, era algo palpable y amenazador. En las reuniones
de la Unión, había oído a menudo que mencionaban con aprobación el nombre
de Plehve, el ministro del Interior. Plehve, como jefe de la policía, fue
el que acorraló a los asesinos de Alejandro II. Pocos meses después de la
llegada de Rasputín a Pokrovskoé, en 1904, alguien arrojó una bomba bajo
el carruaje de Plehve delante de la estación de trenes de Varsovia, y lo
"atomizó" literalmente. La Unión imprimió circulares en las que denunciaba
esta oleada creciente de violencia revolucionaria y exigía al zar una
acción firme. En enero de 1905, parecía que el zar había seguido su
consejo. Un pope llamado Gapón tomó la cabeza de una delegación de
trabajadores que se dirigían al palacio de Invierno, con el fin
de presentar al zar una petición en la que se exigía la jornada laboral de
ocho horas y un salario mínimo de un rublo por día. A medida que la
delegación avanzaba por las calles de San Petersburgo, se le iban uniendo
multitudes de simpatizantes. Pero el zar no se molestó en esperar en San
Petersburgo y, cuando el gentío llegó frente al palacio de Invierno, los
soldados se pusieron nerviosos y abrieron fuego a una distancia de pocos
metros. La muchedumbre fue presa de pánico y cientos de mujeres y niños
murieron pisoteados. Durante días, colas de campesinos y obreros
anduvieron por los improvisados depósitos de cadáveres tratando de
encontrar a parientes o hijos desaparecidos.
Pero, al parecer, los obreros no aprendieron la lección. Hubo huelgas,
manifestaciones y más matanzas. Frente al Kremlin asesinaron al gobernador
de Moscú. Fue uno de los mil quinientos funcionarios del gobierno
asesinados ese año. La guerra contra el Japón iba de mal en peor, y, a
finales de mayo, la derrota total de la marina rusa en Tsushima dio a los
revolucionarios la impresión de que llegaba el fin. Los marineros del
buque de guerra <Potemkin> se amotinaron y se convirtieron en piratas.
Hasta el cuerpo de ballet de San Petersburgo hizo huelga. Los liberales
rusos insistían en que la mejor manera de evitar una revolución violenta
consistía en que el zar diera al país un gobierno parlamentario semejante
al británico. El zar odiaba la idea; pero, a medida que la situación
empeoraba, se vio obligado a hacer concesiones. En octubre, autorizó la
creación de un parlamento, llamado Duma, pero reafirmó que él seguía
siendo el gobernante supremo.
Al menos, apagó la mecha de la revolución. Trotski en San Petersburgo y
Lenin en Moscú trataron de provocar una revuelta; pero los obreros ya se
habían vuelto apáticos y Trotski y Lenin tuvieron que exiliarse
nuevamente. 1905 fue la revolución que casi ocurrió.
En octubre de 1905 Rasputín recibió un telegrama de Militsa: "Por favor
venga en seguida. Muy importante." Le envió incluso el dinero del precio
del billete de tren por giro telegráfico. Rasputín estaba preparado para
la invitación. Entre sus fieles, las mujeres se habían dado por fin cuenta
de que el mejor lugar para encontrarlo
a solas era en la capilla. Como resultado, lo interrumpían en sus
oraciones casi cada hora. Peor aún, la que lo interrumpía podía ser
interrumpida mientras él le administraba consuelo personal. La llamada de
Militsa le ofrecía un escape de aquel ambiente cada vez más tenso.
Una noche de viento y mucha nieve, Rasputín tomó un taxi desde la
estación de San Petersburgo hasta la casa de Militsa y llegó después de la
cena. Militsa y el gran duque estaban cenando a solas. Lo trataron como a
un viejo amigo e insistieron en que permaneciera unos días en su casa.
Mientras Rasputín daba cuenta de una tardía cena, Pedro Nicolaievich lo
puso al día en cuanto a la situación política. Lo que le dijo asombró a
Rasputín. No se había dado cuenta de que el problema se hubiese extendido
tanto. A lo largo y ancho de Rusia, los campesinos asesinaban a los
terratenientes y a sus familias, y los soldados acudían y tomaban
violentas represalias. Hubo motines en Sebastopol, Vladivostok, Kíev,
Vornezh y Chita, incluso en Cronstadt. El zar había ganado un poco de
tiempo al aceptar la creación de un parlamento, pero, ¿sería suficiente?
Un parlamento sólo llevaría a cabo el trabajo de los revolucionarios. El
gran duque había aconsejado al zar que tomara la sartén por el mango y
aplastara toda rebelión, como lo había hecho su padre, Alejandro III. Pero
el zar cambiaba de opinión de día en día...
Al oír todo eso, Rasputín se sintió un poco atontado. Había escuchado
interminables discusiones en la Unión de Rusos Auténticos; pero ahora
estaba allí, recibiendo las confidencias de un hombre que daba consejos al
propio zar. Lo peor era que no se sentía capaz de formular sugerencias
prácticas. Por supuesto, el zar no debía entregar el poder a un puñado de
liberales de ideas confusas. Por otro lado, Rasputín simpatizaba con los
campesinos y los obreros. Y los campesinos y los obreros seguían fieles al
zar. ¿Por qué no hablaba el zar directamente con los obreros y los
campesinos, pasando por alto a estos traicioneros intelectuales? Si sólo
se hubiese quedado en el palacio de Invierno en enero, para hablar con la
multitud, en vez de dejar que sus soldados hicieran una matanza... El gran
duque estuvo de
acuerdo; pero todo eso era ya agua pasada. Ya era demasiado tarde. El zar
había aceptado un parlamento...
En ese momento los interrumpió el mayordomo. El gran duque Nicolás
llamaba por teléfono. Pedro pidió disculpas y salió. Militsa invitó
inmediatamente a Rasputín a su <boudoir>. Había escuchado con paciencia
todo ese parloteo político y ahora quería contarle las noticias
importantes.
Las noticias eran que el doctor Philippe había muerto. Murió en Lyon,
poco después de que le llegara un mensaje de parte de la zarina,
rogándole que regresara a Rusia. Pero, desde su lecho de muerte, le había
enviado una respuesta a la zarina: "Dígale que no estará sola mucho
tiempo. Contará pronto con un amigo, que es más importante que yo." Ese
mensaje había llegado diez días antes. Militsa lo oyó de labios de la
propia zarina. Al cabo de una hora, había enviado el telegrama a
Pokrovskoé...
Antes de que Militsa terminara de hablar, Rasputín supo que había
llegado el momento. Ya no podía retrasarlo.
--¿Le has hablado a la emperatriz de mí?
--Muchas veces. Pero sólo de manera casual. Quería esperar a que pidiera
conocerte.
--¿Lo ha hecho?
--El otro día. Cuando me habló de la muerte del doctor Philippe, me
preguntó: "¿Cómo se llama ese hombre santo de Siberia?" Y cuando se lo
dije, contestó: "Tráemelo."
Rasputín se sentía extrañamente tranquilo. Sabía que éste era un momento
que esperaba desde la infancia. Pero ahora que había llegado, le parecía
que carecía de importancia. Tal vez no le simpatizara a la zarina. ¡Bah!,
¿qué importancia tenía eso? Él tenía su propia vida.
--¿Cuándo me llevarás a verla?
--No te llevaré.
Durante un momento, Rasputín creyó que Militsa bromeaba.
--Vendrá aquí por la mañana. Por eso quiero que te quedes.
¤ IX

Esa noche, Rasputín durmió mal, debido en parte al agotamiento


producido por el viaje, -se despertó varias veces, pensando que se
encontraba aún en el tren-, y en parte al nerviosismo que le causaba la
próxima reunión con la emperatriz. A las nueve de la mañana, cuando la
doncella le llevó el desayuno en una bandeja, despertó de un profundo
sueño. Se incorporó en la cama de cuatro postes, con la bandeja sobre las
rodillas, y observó el empapelado de brocado azul. Antes de comer, cerró
los ojos y rezó. Se sintió inmediatamente fuerte y confiado. Cuando estaba
medio dormido, era víctima de su naturaleza más débil; ahora, algo más
fuerte lo dominaba. Meditó nuevamente en la extraña reserva de fuerza que
poseía cada ser humano.
Después de desayunar, se bañó en el cuarto de baño adjunto. En vez de la
pastilla de jabón con aroma a violetas, prefirió utilizar el pedazo
cuadrado de jabón corriente que una sirvienta dejó en el alféizar de la
ventana. El jabón perfumado ofendía su olfato.
Estaba tratando de secarse la barba cuando el mayordomo tocó
discretamente a la puerta.
--La gran duquesa dice que su invitada ha llegado y le gustaría que
usted bajara.
Había llegado antes de lo que él esperaba. Se peinó el cabello húmedo,
se puso el hábito negro de monje sobre el pantalón de tela burda y se
colgó en el cuello la cruz que le había dado Juan de Cronstadt. Al bajar,
experimentó un extraño regocijo, parecido al que se siente al empezar un
viaje.
Entró al salón sin llamar a la puerta. Militsa y su invitada se
encontraban sentadas en el sofá junto al fuego que ardía en la chimenea.
--¡Ah, padre Grígori! -exclamó Militsa y se levantó de un salto.
La otra dama se puso también de pie. Hasta ese momento, Rasputín nunca
se había preguntado cómo debía actuar frente a la zarina, si debía
arrodillarse o besarle la mano. Ahora se dio cuenta, asombrado, de que
ella tampoco estaba muy segura de lo que debía hacer. Su mirada era tímida
e insegura. Rasputín se acercó a ella, caminando firmemente, la abrazó
fuertemente y le dio un beso en la mejilla.
Lo que Rasputín vio fue una mujer alta y hermosa, de poco más de treinta
años, que aparentaba unos veinticinco. Lo más obvio de su belleza era
cierto aire de desolación; las comisuras de su boca se inclinaban hacia
abajo, sus ojos eran bondadosos y expresaban una tristeza latente.
Extrañamente, la primera reacción de Rasputín fue que ya la conocía. Había
visto fotografías de ella, por supuesto, pero no captaban su personalidad,
y era su personalidad lo que le parecía familiar. Más tarde, al pensar en
ello, se dio cuenta de que en la zarina había algo de Olga, su primer
amor, así como algo de su esposa. Sin embargo, no era esto lo que le hacía
pensar que ya la conocía.
Se sentaron. El lacayo sirvió té. Rasputín se hallaba totalmente a
gusto. De haber sentido ganas de hacerlo, se habría quitado las botas y
puesto los pies sobre el escabel. Con esta mujer, la intimidad era
inmediata y tan inevitable como una reacción química. Según Rasputín, era
la clase de mujer hecha para él, que respondía con toda su femineidad.
Estaba acostumbrado a que las mujeres se enamoraran de él, incluso Militsa
lo miraba con cierto interés sexual oculto (y experimentaba en ese momento
unas punzadas de celos al percibir la instantánea armonía entre su
invitada y su asesor espiritual). Pero esta mujer era más deseable,
gracias a una calidad superior, que cualquier mujer que hubiese conocido.
Hasta su ligero acento inglés la hacía más encantadora.
Rasputín habló de la oración. Pero no importaba de
qué hablara. Lo que ella escuchaba era su voz y no lo que decía. Estaba
absorviendo su personalidad, su fuerza, su ser. Todo lo que decía caía
sobre su alma como la lluvia en el desierto, dándole consuelo y paz.
Escuchar su voz le produjo una especie de vértigo al experimentar una
sensación de rendición. Se habría sentido feliz de arrodillarse a sus pies
y besarle las manos.
Cuando Militsa le tocó el brazo y señaló el reloj, pareció salir de un
trance. Eran las doce y media y tenía que estar en el palacio a la una
para la comida. Se puso de pie de un salto, sonriendo tímidamente y como
pidiendo disculpas. Rasputín se levantó más lentamente y la acompañó a la
puerta. Militsa observó, con un destello de celos, cómo la zarina
permanecía en el umbral, esperando evidentemente que Rasputín la abrazara
de nuevo y, cómo, cuando lo hizo, ella hundió momentáneamente la cara en
su hombro. Militsa la acompañó a su carruaje y, cuando se abrazaron, la
zarina le dijo:
--No sé cómo darte las gracias, querida.
Alejandra, que era tímida por naturaleza, no acostumbraba a llamar a la
gente "querida". Al entrar en la <troika>, añadió:
--Llévalo a Zarskoé Selo mañana... no, pasado mañana...
Militsa regresó al salón y encontró a Rasputín en el sillón frente al
fuego, con las piernas estiradas y separadas.
--¿Y bien? ¿Qué piensas de ella? -preguntó.
--Es hermosa, -y añadió pensativo-: Necesita mi ayuda.
El pueblo de Zarskoé Selo, que significa "la aldea del zar", se
encuentra a unas veinte verstas al sur de San Petersburgo, en los cerros
de Duderhof. Los zares habían utilizado sus dos palacios como residencia
de verano desde mediados del siglo XVIII. El miércoles, primero de
noviembre de 1905, Rasputín fue allí por primera vez, en el carruaje de la
gran duquesa Militsa.
La emperatriz los recibió en la sala de recepciones del palacio de
Alejandro, repleto de fotografías, ornamentos, antimacasares y otras
curiosidades. Aquí, en su propio territorio, se sentía evidentemente más
relajada, más a gusto que en casa de Militsa. Indicó a Militsa que se
sentara en un sillón y se sentó firmemente en el sofá, al lado de
Rasputín; Militsa no se perdió el simbolismo. Mientras las dos mujeres
hablaban de ropas y de peluqueros franceses, Rasputín se reclinó en el
rincón del sofá, desde donde podía observar mejor a la zarina. Su tez era
extraordinariamente fresca y limpia. Rasputín no se ofendió porque ella no
le hiciera caso; al contrario, reconoció que era su modo de mostrarle que
le simpatizaba y que confiaba en él.
Una niña bonita de unos ocho años se unió a ellos, preguntándole a su
madre algo sobre un potro. Se trataba de Tatiana, la segunda hija de la
zarina, una niña tranquila muy parecida a su madre. Cuando le presentaron
a Rasputín llamándole "padre Grígori", la pequeña le estrechó la mano
solemnemente e hizo una reverencia. Cuando él le sonrió con picardía y le
revolvió el pelo, ella se asombró, pero luego le sonrió abierta y
encantadoramente. Se quedó de pie junto a su madre, que la rodeó con un
brazo.
En situaciones extrañas, algo en el interior de Rasputín parecía
despertar. En tanto las observaba, se ensimismó deliberadamente y jugó el
"juego del ratón". Experimentó instantáneamente una punzante tristeza.
Antes de que pudiera explorar la sensación, la zarina se puso de pie.
--Es casi la hora del té. ¿Le gustaría ver la habitación de los niños?
Los llevó al primer piso. La nana estaba dando la merienda a los tres
menores; María, de seis años, Anastasia, de cuatro, y Alexis, de uno. La
mayor, Olga, que contaba diez años, se hallaba sentada junto a la ventana,
leyendo un libro.
Las cuatro niñas eran bonitas. Anastasia era deslumbrante, si bien se
adivinaba que la rechoncha María sería también una belleza. El niño estaba
sentado en una silla para bebé, y la nana le daba pan mojado en un huevo
pasado por agua; él expresó su disgusto ante la lentitud del procedimiento
al agarrar la cuchara y tratar de destruir el huevo con violentos golpes.
También era asombrosamente atractivo, con sus ojos azules, cabello dorado
y la tez transparente de su madre. Rasputín observó que el borde de la
mesa estaba almohadillado,
a fin de que el niño no se magullara. Las tres hermanas chillaron y rieron
ruidosamente al contemplarlo. Era obvio que lo adoraban.
Exactamente a las cuatro menos cinco, la emperatriz dijo:
--Es la hora del té. Vamos, Olga, Tatiana.
Los precedió escalera abajo, hasta llegar a una hermosa habitación que
daba a la terraza. Había varias mesitas cubiertas con manteles blancos,
vasos para el té y platos de plata para pasteles que contenían pan
caliente y bizcochos ingleses. Se sentaron y casi inmediatamente se abrió
la puerta y el zar entró. El reloj dio las cuatro. Rasputín y Militsa se
levantaron; Militsa hizo una reverencia. El zar les dedicó una gran
sonrisa.
--Sentaos.
--Nicky, éste es Grígori Efimovich, el hombre del que te hablé -le
dijo su esposa.
Rasputín no estaba seguro de lo que debía hacer. El zar le evitó el
bochorno al estirar la mano, que Rasputín estrechó al estilo europeo. La
mano del zar era pequeña y delicada.
Militsa le había explicado ya a Rasputín que era un gran honor ser
invitado al té. Nicolás era un hombre de familia y el té constituía una
ceremonia familiar. Tatiana se sentó en el suelo y jugó con sus muñecas;
Olga se dedicó a bordar. A Rasputín la escena le pareció encantadora. El
zar era un hombre pequeño, barbudo, de modales campechanos, y empezó
inmediatamente a hacer preguntas a Rasputín sobre los poblados campesinos
de Siberia. Rasputín sabía mucho al respecto y contestó detalladamente;
tenía que recordarse constantemente que este hombre sencillo y bondadoso
era el zar de todas las Rusias.
Sin embargo, un rato más tarde, mientras la zarina hablaba, Rasputín
miró de soslayo al zar y vio que éste lo contemplaba pensativamente. Supo
intuitiva e instantáneamente que los modales amistosos y democráticos no
eran más que una fachada. El zar sabía lo que quería y era voluntarioso;
sus muestras de amistad no eran más que otro modo de salirse con la suya.
En los años siguientes, Rasputín vería cuán certera era esta apreciación.
La propia zarina casi no miró a Rasputín durante la hora que pasó con
ellos; al parecer, se cuidaba de mostrar a su esposo cuán completamente
confiaba en este campesino. Mas, mientras Rasputín describía su visión de
la Virgen de Kazán, el zar miró de reojo a su esposa, vio su concentración
y frunció el ceño, meditabundo.
Exactamente a las cinco menos cinco, el zar se levantó.
--Debo regresar a mi trabajo. Tengo que ver a dos docenas de personas
antes de la cena.
En vez de estrechar la mano de Rasputín, le dio una amistosa palmada en
el brazo.
--Me han dicho que usted predice el futuro, -declaró.
--Todos podemos hacerlo, señor, -contestó Rasputín con una sonrisa.
El zar pensó en ello un momento y manifestó:
--Usted es un hombre del pueblo. ¿Quiere realmente deshacerse de
nosotros el pueblo?
Rasputín lo miró directamente a los ojos y respondió con sinceridad:
--La gente del pueblo llano lo ama. Además, desconfían de los cambios.
-El zar sonrió involuntariamente-. Son los intelectuales los que quieren
destruir a Rusia.
El zar dijo sombríamente:
--Eso ya lo sé. -Contempló la alfombra y las pesadas botas de Rasputín-.
¿Qué cree usted que ocurrirá con todo esto de la revolución?
Rasputín manifestó firmemente:
--A finales de año, todo habrá acabado.
--Entonces, ¿habrá todavía más antes?
--Sí, habrá más.
El zar se encogió de hombros; con eso delataba su nerviosismo.
--Ya veremos si tiene usted razón.
Salió sin mirar atrás.
En el carruaje, camino de regreso a San Petersburgo, Militsa señaló:
--Usted le simpatizó, me di cuenta de ello.
--Pero sospechaba.
--¿Por qué habría de hacerlo?
--Porque cree que su esposa es demasiado crédula.
Lo que el zar escribió esa noche en su diario era un tanto neutro.
"Conocí a un hombre de Dios, Grígori, de la provincia de Tobolsk."

La gran duquesa Anastasia visitaba a menudo los barrios más pobres de la


ciudad y organizaba la distribución de ropa de invierno. El día siguiente,
por la tarde, Rasputín la acompañó y terminó la velada en la sala comunal
de una pensión barata, escuchando la conversación de los pobres y de los
obreros sin trabajo. Como ellos no sabían que él tenía relaciones con sus
"superiores", exponían francamente sus opiniones políticas. Rasputín se
enteró por primera vez de que el "domingo sangriento" había hecho que los
obreros de San Petersburgo desconfiaran profundamente del zar. Antes de la
masacre frente al palacio de Invierno, deseaban creer que él se preocupaba
por ellos y sus intereses; ahora, lo veían como un enemigo, o, cuando
menos, como un débil manipulado por ministros corruptos. Se mostraban
escépticos ante el nuevo parlamento y el primer ministro Witte, que había
persuadido al zar de que permitiera la creación de la Duma.
A Rasputín le pareció que la política rusa entrañaba un malentendido
trágico. Si el zar pudiese venir aquí y escuchar silenciosamente,
entendería cuán fácil sería evitar una revolución. Y, si estos obreros
estuviesen mejor informados, sabrían que su mayor esperanza se encontraba
en Witte. En ese momento decidió que le diría todo eso al zar la próxima
vez que lo viera.
Sin embargo, durante los meses siguientes no lo volvieron a invitar a
palacio. Estaba demasiado ocupado para preguntarse por qué. Su
desaparición de San Petersburgo en 1904 había acarreado curiosidad y
especulación; ahora que había regresado, todos querían verlo. Durante su
ausencia, Militsa se había peleado con Iliodor, que, abiertamente, se
mostraba demasiado grosero con sus invitados, por lo que ahora Rasputín
era su principal protegido. No tardó en convertirse en el centro de sus
veladas, que estaban siempre atestadas de gente que quería conocerlo.
Su poder de curación parecía aumentar con la práctica. Uno de sus éxitos
más notables tuvo lugar con la princesa Irina Tatischclev, pariente de
Militsa, que asistía a menudo a las veladas de ésta. La princesa era una
mujer dulce y agradable de poco más de cuarenta años, pero un enorme bocio
la desfiguraba, dándole el aspecto de una rana torcida. Como resultado,
sólo los invitados más amables o más insignificantes le prestaban
atención. A menos de una semana del regreso de Rasputín, la princesa tragó
una gamba al tratar de seguir una conversación y casi se ahoga. La
llevaron a una habitación. Cuando le contaron esto a Rasputín, fue a
verla. La habían dejado a solas, con sólo un viejo sirviente haciendo
guardia. Era evidente que sufría y le lloraban tanto los ojos que apenas
veía quién estaba al lado de su cama. Rasputín le habló con tono
tranquilizador y colocó ambas manos suavemente a ambos lados de su
garganta. La princesa continuó ahogándose un rato más y, de pronto,
suspiró largamente y cerró los ojos. Unos minutos más tarde, dormía.
Rasputín regresó a la fiesta, donde conversó con una francesa que estaba
convencida de haber sido amante de Napoleón en una vida anterior.
En el curso de las siguientes semanas, el bocio disminuyó día a día.
Cada vez que Rasputín veía a la princesa, lo tocaba suavemente con la
punta de los dedos. En la segunda semana de febrero, se había desvanecido
por completo. El cambio fue asombroso. Esta mujer, antes desfigurada y
repulsiva, aparecía ahora hermosa. La natural bondad de sus ojos y la
dulzura de su sonrisa eran evidentes, ahora que el gran saco de carne se
había desvanecido. Al cabo de seis meses, se casó con un brillante
abogado, unos cuantos años menor que ella, llamado Vladimir Kolchac, y el
matrimonio era obviamente feliz. Rasputín se sentía profundamente
satisfecho al darse cuenta de que él había sido la causa de la dicha de
esta encantadora y afable mujer y estuvo encantado cuando le pidieron que
fuese padrino de su primer hijo.
En el monasterio, Rasputín conoció al doctor Mijaíl Lebikov, que había
sido el médico del zar Alejandro III, un hombre bondadoso e inmensamente
popular. En
enero de 1906, un grupo de revolucionarios disparó contra unas tiendas de
campaña plantadas en el hielo del Neva, creyendo que el zar se encontraba
dentro. Nadie murió, y la policía acorraló posteriormente a la mayoría de
los revolucionarios. El doctor Lebikov, que se encontraba en una de esas
tiendas, recibió una bala en una pierna y la herida supuró. Rasputín fue a
verlo al hospital y colocó las manos sobre las vendas ensangrentadas. Al
día siguiente, la herida ya comenzaba a cicatrizar.
El agradecido doctor Lebikov trató de darle a Rasputín una fuerte suma
de dinero. Rasputín le dijo que no necesitaba dinero y que daba siempre
los regalos a los pobres. Pero un día, cuando mencionó que nunca había ido
a Saratov, Lebikov sugirió que fueran juntos, a costa del propio médico.
Un pope llamado padre Ionn los acompañaría. Rasputín aceptó inmediatamente
y decidieron que irían tan pronto empezara el deshielo de los caminos, a
principios de marzo.
Ése era también el momento en que el zar y la zarina se preparaban para
marcharse de Zarskoé Selo, iniciando así su "migración" anual que los
llevaría a Livadia, en Crimea, de allí a una villa en el Báltico y
finalmente al yate real en los fiordos fineses. Normalmente permanecían
fuera todo el verano, regresaban a Crimea en otoño y a Zarskoé Selo, en
noviembre.
La tarde del martes, 27 de febrero, fue inesperadamente soleada; provocó
la salida de alegres multitudes a las calles de San Petersburgo. En
Zarskoé Selo hacía tanto calor a principios de la tarde que los niños
salieron a jugar con su perrito. Sólo Alexei no tenía permiso de unirse al
juego; debía quedarse en un asiento, bajo la mirada de la nana, una
inglesa llamada miss Eager. Las niñas correteaban por el húmedo césped,
gritando y riendo, mientras el perrito trataba de eludirlas. Pierre
Gilliard, el tutor, salió por la puerta-ventana y se sentó al lado de miss
Eager; llevaba un periódico francés que había llegado esa mañana de París.
El titular declaraba que el caso Dreyfus había pasado al Tribunal Supremo
de Apelaciones. Miss Eager opinaba que Dreyfus era inocente, y así lo
expresó. Gilliard replicó que tal vez lo fuese, pero que, de serlo, él
mismo había provocado
parte del malentendido... En tanto los dos discutían, el perro corrió por
el césped cuesta arriba. El niño, de diecinueve meses, que había mirado
todo esto excitado, se libró de la nana y trató de agarrar al perro. Éste
era casi tan grande como él y lo atropelló. El niño gritó alarmado y la
nana y el tutor se apresuraron a levantarlo. La zarina, que se encontraba
en una habitación de la planta baja, salió corriendo. Alexei llevaba
pantaloncillos cortos y tenía grandes arañazos en una rodilla. Se había
hecho daño también en la muñeca. Llevaron al niño a su dormitorio y
mandaron llamar al médico de la corte, el doctor Botkin. Entretanto, la
propia zarina hizo lo que Botkin le había dicho que hiciera; vendó la
rodilla del pequeño con una venda elástica, tan apretada que con eso
detuvo la sangre. Botkin, un hombre alto y corpulento, llegó media hora
más tarde y puso expresión seria al ver el alcance del daño. Llamó
inmediatamente a San Petersburgo y mandó llamar al especialista de los
niños, el doctor Ostrogorsky. El servicio de trenes era excelente y
Ostrogorsky llegó en menos de una hora. A finales de la tarde, el pequeño
lloraba de dolor y su temperatura se había elevado a 42 grados. Unas horas
más tarde, deliraba y tanto la rodilla como la muñeca se habían inflamado,
alcanzando el doble de su tamaño normal.
Esa noche, nadie durmió; la zarina permaneció sentada junto a la cama de
Alexei; ambos médicos se quedaron en la habitación adjunta. A la hora del
desayuno, el niño estaba bañado en sudor y se retorcía y gemía.
Fue el zar quien recordó que Lebikov había curado a María de las anginas
y el que sugirió que lo mandaran llamar. Botkin pensaba que sería
probablemente inútil, pero estuvo de acuerdo. Enviaron el automóvil del
propio zar. Desde San Petersburgo, el chófer llamó para informar que no
encontraba a Lebikov en su casa, pero que creía que tal vez estuviese en
el monasterio de Cronstadt; le ordenaron que siguiera buscándolo.
La zarina se encontraba en un estado lastimoso; por la tarde parecía un
manojo de nervios. Pero se negó firmemente a tomar los sedantes que le
había recetado Botkin, declarando que necesitaba estar totalmente
despierta en caso de que su hijo la necesitara.
A las cinco de la tarde, ya había oscurecido; el automóvil aparcó
afuera. El propio zar, que había cancelado todas sus citas, salió
apresuradamente a recibir a Lebikov. Para su sorpresa, Rasputín acompañaba
al médico. Mientras éste explicaba por qué había tardado tanto, Rasputín
preguntó quedamente:
--¿Dónde está el niño?
El zar frunció el ceño. No le gustaba que estuviera presente un intruso;
seguía creyendo que sólo la familia y su círculo íntimo conocían el
secreto de la enfermedad del niño. Pero recordó que su esposa tenía gran
fe en Rasputín.
--¿Cree usted poder ayudar? -inquirió.
--Yo no puedo ayudar. Pero tal vez Dios pueda hacerlo.
--Tenga confianza en él, majestad. Curó mis heridas, -le explicó Lebikov.
Únicamente la zarina se encontraba sentada al lado de la cama con
armazón de latón, en el pequeño y sencillo dormitorio del niño. El zar
entró en la habitación, seguido de Lebikov y de Rasputín. La mirada de la
zarina se animó cuando vio a este último, que atravesó apresuradamente la
estancia y se paró junto al lecho. Alexei respiraba penosamente con
pequeños gemidos. Rasputín colocó el dorso de los dedos en su mejilla,
roja y sudorosa. Entonces, sin hacer caso de los presentes, se dirigió al
icono que se hallaba en un rincón de la habitación y se arrodilló. Lebikov
se acercó a la cama, tocó la frente del pequeño e hizo preguntas en voz
baja. Luego, salió a consultar con Botkin. Rasputín acabó de orar y
regresó junto a la cama. Colocó una mano en la frente del niño y apartó la
ropa de cama para colocar la otra en su hombro. El niño, que había estado
casi doblándose del dolor, suspiró y estiró las piernas. Rasputín
permaneció allí alrededor de un minuto más, mientras el zar y la zarina lo
observaban sin decir una palabra.
Entonces, con gran sorpresa de todos, el niño abrió los ojos, miró a
Rasputín y sonrió. Rasputín le dijo amablemente:
--Vamos, pronto te encontrarás bien, ¿verdad?
El niño asintió con la cabeza. En ese momento, Lebikov
y Botkin aparecieron en el umbral de la puerta. El zar les hizo una señal
para que no hablaran. Rasputín cogió una silla, se sentó junto a la cama y
empezó a hablar con el niño casi en un susurro. Tomó la mano de Alexei y
la acarició suavemente con la otra. El zar se acercó, inclinándose, para
oírlo; Rasputín le preguntaba al pequeño si le gustaban los caballos y
Alexei asentía entusiasmado.
La zarina lloraba, sin intentar detener las lágrimas que le bajaban por
las mejillas. Rasputín se volvió hacia ella y le dijo alegremente:
--No hace falta llorar, <matushka>. Se pondrá bien.
Intentaba evidentemente que ella dejase de llorar, por si esto
trastornaba al niño.
El zar agarró la mano de Rasputín con las dos suyas y le miró
directamente a los ojos. Parecía estar a punto de hablar, pero no dijo
nada. Para romper el silencio, Rasputín manifestó:
--Me dicen que se irán mañana a Crimea, <batiushka>... -El zar asintió
con la cabeza, obviamente incapaz de confiar en su voz-. Bueno, pues
dentro de un par de días él podrá viajar.
Botkin, que había puesto la mano en la frente del niño, exclamó:
--No lo entiendo. Su temperatura parece ser normal.
--Sí, ya estoy bien. ¿Puedo comer un poco de mermelada, mamá? -preguntó
el niño.
La zarina se echó a reír, se deshizo nuevamente en lágrimas y salió
corriendo del dormitorio. El zar se arrodilló junto a la cama y abrazó
tiernamente al pequeño.
Rasputín tocó a Lebikov en el hombro.
--Vamos, prometimos llegar a casa de Militsa a las cuatro.
El zar se encontraba tan absorto con el niño que no se dio cuenta de que
se marchaban.
En el coche, camino de regreso a San Petersburgo, Rasputín señaló a
Lebikov:
--Están en graves apuros.
--Sólo tienen que cuidar especialmente del zarevich. Tal vez mejore a
medida que crezca.
--Eso es sólo parte del problema. Sus emociones no
son las correctas, sus... -luchó por encontrar la palabra justa-, sus
actitudes.
Lebikov lo miró con curiosidad.
--Hay mucha gente que dice que el zar necesita mucho más la protección
de Dios que cualquiera de sus predecesores.
--Viven ahí como si estuviesen en la luna. Pero un emperador no puede
permitirse separarse de su pueblo. Debería dejarse ver. Si no, pierde su
confianza.
Lebikov estaba a punto de decir algo, pero cambió de opinión. Se daba
cuenta de que el chófer escuchaba.
Cuando Rasputín dijo que el niño podría viajar al cabo de un par de
días, el zar supuso que lo hizo en un intento por animarlo. Pero a la
mañana siguiente y para sorpresa de Botkin, la inflamación había
desaparecido y la rodilla ya no sangraba. Durante el desayuno, el
chiquillo preguntó qué había ocurrido con "ese hombre raro".
--¿Quieres verlo?
El niño asintió con la cabeza, entusiasmado.
Por lo tanto, el conde Fredericks, el ministro principal de la corte
imperial, recibió instrucciones de ponerse en contacto con Rasputín y
pedirle que fuera a Zarskoé Selo.
Más tarde, esa misma mañana, Fredericks fue al despacho del zar.
--Dicen que le darán el mensaje. Se encontraba con una dama.
Por su tono, el zar lo miró con curiosidad.
--¿Qué tiene eso de malo?
Fredericks, que estaba al tanto de los chismes de San Petersburgo,
contestó:
--Estaba encerrado.
--Estoy seguro que todo eso es inofensivo, -respondió a toda prisa el
zar.
Su mirada severa parecía prohibir cualquier comentario adicional.
Mas Fredericks, que conocía al zar desde su infancia y que, en privado,
seguía llamándolo <mon enfant>, exclamó:
--¡Ja! -y se encogió de hombros, en señal de incredulidad.
Tratando de contener su irritación, el zar indicó:
--Si tienes algo que decirme en su contra, hazlo.
--No, no, -contestó Fredericks, pero de tal manera que implicaba que
sabía cuándo mantenerse callado.
--Escucha, reconozco que creí que este hombre era un charlatán, un
embaucador como Philippe y ese otro francés. Ahora, veo que me equivoqué.
Es un hombre bueno y decente... me di cuenta de ello cuando estuvo
hablando con Alexei. No me interesa lo que haga en privado. Pero es
honrado y confío en él.
Fredericks se inclinó con expresión solemne para indicar que comprendía
y salió.
Cuando Rasputín llegó, dos horas más tarde, encontró a Alexei sentado en
el suelo de su dormitorio, rodeado de juguetes blandos, mientras Anastasia
le enseñaba un libro con dibujos. El zar entró poco después y vio a ambos
niños sentados con la cabeza apoyada en las rodillas de Rasputín, mientras
éste les contaba una historia sobre un caballito jorobado. El zar salió
silenciosamente.
El 3 de marzo, cuatro días después de la caída de Alexei, la familia
real pudo salir hacia Crimea. Al día siguiente, Rasputín, el doctor
Lebikov y el padre Ionn se dirigieron a Saratov, en un viaje que se
convirtió en una excursión sin prisas por la Rusia europea.
¤X

Desde el punto de vista del zar, haber conocido a Rasputín era una
verdadera bendición. Los cuatro primeros embarazos de la zarina habían
sido difíciles y la hemofilia del pequeño significaba un inmenso desgaste
de su energía emocional. Por naturaleza, era tímida y una enfermedad
infantil había incrementado su tendencia hacia la introversión. Desde el
momento en que llegó a San Petersburgo, se sintió indeseada. No le gustaba
a su suegra, que, prácticamente, estableció una corte rival. Su aversión a
las reuniones sociales la hacía impopular en San Petersburgo, donde se la
consideraba como una esnob. El pueblo llano de Rusia hablaba de ella como
de "la extranjera". Sólo se sentía a salvo y confiada cuando se encontraba
con su familia; ella y su esposo se adoraban mutuamente. Todas estas
circunstancias se unieron para convertirla en una mujer insegura y
neurótica. Antes de que Rasputín entrara en escena, Botkin le había dicho
confidencialmente al conde Fredericks que creía que la zarina iba hacia
una depresión nerviosa grave.
La presencia de Rasputín la transformó. En la noche de su regreso de
Crimea, invitó a Rasputín al palacio de Alejandro. El zar lo trató como a
un amigo y se dirigió a él llamándole Grígori. Ese día, en su diario,
anotó: "Grígori llegó a las 6.45. Vio a los niños y habló con nosotros
hasta las 7.45."
Cuando salían del dormitorio del niño, la zarina reconoció ante
Rasputín:
--Me preocupo muchísimo por él.
Rasputín le cogió una mano y contestó:
--Mientras yo esté vivo, no necesita usted temer por su vida.
Más tarde, la zarina confió a su esposo:
--Creo que Dios nos lo ha enviado.
Él se sentía reconfortado también por sus largas conversaciones con
Rasputín. En el año 1906, el zar, que contaba treinta y ocho años, era un
hombre muy perturbado. Siete años antes del nacimiento de Nicolás, unos
revolucionarios habían atentado por primera vez contra su abuelo, el zar
Alejandro II. A partir de ese momento, la familia real rusa vivió
virtualmente en estado de sitio. En 1879, unos anarquistas hicieron
estallar el tren real; pero no era más que el tren del equipaje; en el
último minuto, el zar había decidido viajar en un tren que salía más
temprano. Dos meses después, una tremenda explosión destruyó el comedor
del palacio de Invierno; pero la cena se había retrasado debido a la
tardía llegada de uno de los convidados y el zar escapó nuevamente. Mas la
suerte tenía que acabar y una bomba lo mató finalmente, al año siguiente.
Ésta era la explosión que Katkoff el mercader había presenciado. Su
sucesor, el padre de Nicolás, reaccionó con una guerra acérrima contra los
revolucionarios. Como resultado, se convirtió en prisionero en su propio
palacio, rodeado permanentemente de policías, temeroso de comer un solo
pedazo de comida que no hubiesen preparado sus cocineros franceses. Murió
a los cuarenta y nueve años, destrozado por su intento por mantener a raya
la historia.
El zar actual, Nicolás II, habría sido un monarca constitucional ideal.
Hombre inteligente, encantador y amable, simpatizaba a todos los que
tenían contacto con él. De habérsele permitido mostrarse libremente ante
su pueblo, se habría convertido rápidamente en el hombre más popular de
Rusia. El temor a los asesinos lo hacía imposible y el matrimonio con la
introvertida Alejandra empeoraba las cosas.
El zar poseía un fallo peligroso: no comprendía lo que estaba
ocurriendo. De hecho, habría sido más feliz de haber sido un caballero
ruso residente en su propiedad en medio de Siberia. Nunca se le ocurrió
preguntarse
por qué estos anarquistas le hacían la guerra a la autoridad. De haberlo
hecho, se habría percatado de que la solución se encontraba en quitarle
filo a la situación por medio de la relajación de la autoridad. Estando
las cosas como estaban, pensaba en los revolucionarios como en niños
malvados, a los que había que atrapar y castigar o bien no hacerles caso
hasta que decidieran comportarse como era debido.
Cuando el zar hablaba con Rasputín, todos sus prejuicios se confirmaban.
Los hombres religiosos tendían, por naturaleza, a ser conservadores;
deseaban un mundo estable en el que todos pudieran concentrarse en la
salvación de su alma. Y puesto que creían que la mayoría de la gente se
encuentra esclavizada por su propio materialismo, no simpatizaban con los
revolucionarios cuyo objetivo consistía en una redistribución de la
riqueza material. Por tanto, Rasputín y el zar estaban completamente de
acuerdo en que el comunismo era una forma particularmente repugnante de
estupidez, una incapacidad de reconocer que "no sólo de pan vive el
hombre". Cuando esa tarde de junio Nicolás le pidió a Rasputín su opinión
acerca de la Duma, Rasputín contestó sin vacilar que, ante todo, el error
del zar había consistido en dejar que se estableciera. Ya que ésta era la
conclusión a la que el propio Nicolás había llegado, le impresionó
profundamente la perspicacia política de Rasputín.
--Cada vez que hablo con él, después me siento profundamente en paz
-confió al jefe de su cuerpo de oficiales.
Al menos, Rasputín tenía sus ideas religiosas para rechazar a los
revolucionarios. Las actitudes del zar se fundamentaban en la pereza
mental. Esto no habría tenido importancia si hubiese estado dispuesto a
dejar el gobierno en manos de hombres más competentes, hombres como su
primer ministro Witte. Pero desconfiaba de cualquiera que pareciese
dispuesto a llegar a un compromiso con los revolucionarios. Por ende, en
mayo de 1906 despidió a Witte y lo sustituyó con un don nadie conservador
llamado Goremykin, que aseguraba al zar que seguía siendo el soberano
absoluto. En menos de un mes, fue evidente que Goremykin era un total
desastre.
Dimitió y recomendó que lo sustituyera el ex gobernador de Saratov, Pedro
Stolypin.
Stolypin era uno de los hombres más valerosos y competentes de Rusia.
Durante la revolución de 1905 viajó por el país, restableciendo el orden,
ganándose el respeto de la gente por doquier, gracias a su valentía. Como
era un hombre sensato, llegó a la misma conclusión que Witte: Rusia tenía
que ser más democrática. Inevitablemente, el zar lo veía con profunda
desconfianza. Los revolucionarios, también.
Apenas tres semanas después de ser nombrado primer ministro, un sábado
por la tarde, Stolypin se hallaba sentado en su despacho cuando una
tremenda explosión lo tiró de su silla. Oyó gritos y gemidos. Al salir
corriendo, descubrió que un muro de la casa se había derrumbado. Las
paredes expuestas de las habitaciones estaban cubiertas de sangre y de
pedazos de carne humana; parecía haber gente mutilada y moribunda por
todas partes. Treinta y dos personas murieron. El hijo menor de Stolypin,
que había estado jugando en el balcón, tenía heridas, pero no eran graves;
su hija quedó gravemente lesionada. Con increíble temple, Stolypin no
se dejó desanimar, y el lunes, regresó a su oficina a trabajar.
Rasputín se encontraba en Zarskoé Selo cuando llegó la noticia de la
explosión. Cuando el secretario del zar les dijo que la casa de Stolypin
había estallado, a Rasputín le pareció detectar una pequeña señal de
placer en el rostro del zar. Duró sólo un minuto; cuando el hombre añadió
que Stolypin estaba ileso, pero que sus hijos tenían heridas, el zar dio
muestras de preocupación; como padre que adoraba a sus hijos, se sentía
identificado con Stolypin.
--¿Puedo ayudar en algo? -preguntó Rasputín.
--¡Sí, por supuesto! -El zar se volvió hacia su secretario-. Llama a
Stolypin. Dile que nuestro buen amigo Grígori le ofrece sus servicios.
Dile que Grígori posee un notable don de curación.
--Desgraciadamente, señor, la bomba destruyó la línea telefónica. Podría
enviarle el mensaje por medio de la policía local.
--No, déjalo, no importa. -Se volvió hacia Rasputín-.
Tal vez sería mejor que fueras personalmente. Pero hoy, no, -y preguntó al
secretario-: Dices que no hay peligro inmediato en el caso de los niños,
¿verdad?
--Creo que no.
--Entonces, ve a verlo el lunes, en su oficina.
El zar dio por sentado que Stolypin se encontraría en su oficina el
lunes. Los hechos demostraron que tenía razón.
Rasputín llegó al edificio del gobierno central a las diez de la mañana
del lunes. Un secretario le dijo que Stolypin no podía recibir a nadie.
Cuando Rasputín mencionó que el zar lo enviaba, el secretario lo llevó a
la oficina del primer ministro.
El hombre frente a Rasputín, del otro lado del escritorio, era alto,
calvo, con barba negra y cuadrada y bigote rizado. Tenía las mejillas
rasguñadas por la explosión. Miró fijamente a Rasputín con sus ojos fríos
y penetrantes.
--Y bien, ¿qué puedo hacer por usted? -inquirió.
Rasputín había llegado preparado para acompañarlo en su dolor y
ayudarlo. Esta actitud hostil lo desconcertó. Hizo un gran esfuerzo por
reprimir su irritación, recordando que el hombre estaba bajo una fuerte
tensión.
--Su majestad me pidió que le hiciera llegar sus condolencias. Quisiera
también transmitirle las mías.
--Gracias.
El tono de Stolypin implicaba: "Y ahora, lárguese."
De hecho, Stolypin había oído hablar de Rasputín, como todos en San
Petersburgo. Desaprobaba la debilidad de la zarina por los charlatanes y
los farsantes. Ahora, lo primero que pensó fue que Rasputín quería
"tomarlo por tonto" y estaba resuelto a no caer.
Mientras la mirada hostil lo penetraba, Rasputín sintió que hervía de
rabia. Se negó a bajar la suya; en vez de eso, concentró su propia fuerza
de voluntad. Después de un momento, tuvo la satisfacción de ver que
Stolypin desviaba la mirada. Con gran esfuerzo, Rasputín controló la
voz.
--Quisiera tratar de ayudar a su familia. Dios me ha dado ciertos
poderes...
Eso fue lo peor que pudo haber dicho. Stolypin lo interrumpió iracundo.
--No hay absolutamente nada que pueda usted hacer, -y, con un esfuerzo
evidente por ser cortés, añadió-: Gracias.
Sin una palabra, Rasputín se puso de pie. Odiaba a estos fanfarrones
autoritarios, embriagados con su propio poder. Al salir de la oficina, le
costó no pensar que cualquier cosa que le pasase a Stolypin, se la tendría
bien merecida.
Esa noche, en su casa de San Petersburgo, Stolypin cenó con su amigo
Mijaíl Rodzianko, miembro de la Duma. Describió la visita de Rasputín.
--Cuando lo tenía sentado frente a mí, mirándome con esos ojos pálidos,
sentía un extraño odio, como si fuera una especie de sabandija. Entonces,
me clavó la mirada de una manera muy rara; estoy seguro de que estaba
intentando hipnotizarme.
De hecho, Stolypin se sentía un tanto avergonzado; quería justificar su
brusquedad para con un hombre que se había limitado a ofrecerle su ayuda.
La conmiseración de Rodzianko le hizo sentirse mejor.
--Su secretario debe ser un idiota, por haberlo dejado entrar.
--Sí, es un tonto redomado.
Stolypin prefirió olvidar que él había dado la orden de que dejaran
entrar a Rasputín.
Al día siguiente, Rodzianko repitió la historia a varios conocidos. Por
la noche, todo San Petersburgo se había enterado. Fue el principio de la
leyenda sobre los poderes "hipnóticos" de Rasputín.
El propio Rasputín se sentía profundamente molesto por el episodio. En
años recientes se había acostumbrado a agradar a la gente y ser respetado.
Era un hombre bondadoso y compasivo; pero no era un santo. Sólo un santo
no habría dejado que se le subieran a la cabeza sus éxitos continuos en
San Petersburgo.
Pero no era simplemente el orgullo herido el que le hizo dar vueltas a
su entrevista con Stolypin. Algo más trastornaba su intuición. El zar le
había pedido que hiciera un gesto de amistad hacia Stolypin. Y por alguna
extraña razón, las mejores intenciones del zar parecían fallar siempre. Al
día siguiente, Rasputín oyó el chisme
de que había tratado de hipnotizar a Stolypin y volvió a sentir la misma
aprensión. Diríase que el propio destino estaba contra el zar; había algo
en él que parecía invitar los malentendidos y la desgracia. Peor aún,
diríase que el destino estaba contra cualquiera que intentara ayudar al
zar. Era sencillamente un hombre de mala suerte. Todos los instintos de
Rasputín le decían que debía alejarse, antes de que esa mala suerte se le
pegara.
Por otro lado, había ciertas compensaciones. La intimidad con la familia
real lo había convertido en el hombre más solicitado de San Petersburgo.
Cada mañana, recibía un montón de cartas e invitaciones. Sus admiradoras
descubrieron que el dinero no le interesaba, por lo que le traían regalos
y ropa cara, camisas de seda bordadas, pantalones de terciopelo negro,
botas de cabritilla. Rasputín estaba resuelto a no dejarse corromper por
la riqueza, pero era difícil no gozar de las atenciones y de la
admiración; es natural en los seres humanos creer que se las merecen.
Como era un hombre que había pasado largas épocas vagando por los
caminos, gozaba también de la hospitalidad. Ahora, le proporcionaba mucho
placer creer que hacía un favor a alguien al aceptar su hospitalidad.
Cuando el político Grígori Sasanov lo presionó para que dejara el
monasterio de Cronstadt, que se hallaba inconvenientemente lejos de San
Petersburgo, y se fuera a vivir a su apartamento, Rasputín aceptó gustoso
porque Sasanov estaba obviamente ansioso por tenerlo como huésped. Cuando
un pequeño judío llamado Aaron Simano-, vich, un orfebre que Rasputín
conoció en Kíev, le ofreció convertirse en su secretario oficioso y
encargarse de su correspondencia, Rasputín aceptó gustoso nuevamente,
porque Simanovich se hallaba tan evidentemente encantado de ser la mano
derecha de un hombre "famoso".
Las mujeres seguían siendo un problema. Ocasionalmente, se ganaban su
gratitud al comportarse con discreción y sensatez. Esto fue lo que ocurrió
con Elena Katkoff y Sofía Dobrovolski. Cuando, en noviembre de 1905,
Rasputín regresó al monasterio, Sofía y Elena llegaron a su habitación,
una pocos minutos después de
la otra. Se sentaron y se miraron airadamente, tratando de quedarse más
tiempo la una que la otra, y se marcharon finalmente juntas. A la mañana
siguiente, Elena llegó temprano y dejó en claro que seguía considerándose
su "esposa de la ciudad". Una hora más tarde, mientras se abrochaba el
corsé, explicó:
--Sofía y yo hemos tenido una larga conversación. Acordamos que es una
tontería sentir celos, por lo que nos aseguraremos de no venir nunca al
mismo tiempo.
Esa tarde, Sofía llegó. Las dos mujeres siguieron siendo muy buenas
amigas. Sólo a Rasputín le cansaba un poco el arreglo.
Otras mujeres eran menos complacientes y Rasputín hacía todo por
evitarlas. Se vengaban al difundir historias sobre él, describiéndolo como
un campesino, un patán, un seductor sin corazón e incluso un violador.
Estos cuentos, aunados a los rumores acerca de sus poderes como
hipnotizador, no tardaron en acarrearle una reputación que no tenía por
qué esperar. Las mujeres deseaban conocerlo al enterarse de que era
peligroso. Inevitablemente, le encontraban irresistible y atribuían la
atracción a sus poderes hipnóticos, incapaces de darse cuenta de que se
habían hipnotizado ellas mismas por adelantado.
El propio Rasputín empezó a sospechar que ése era el caso tras el
episodio con la hija del general Izvolski. Lo habían invitado a casa de
madame Zenaida Izvolski, con el fin de hablar de un proyecto de caridad.
Durante el té, una joven bonita, de cabello oscuro, entró en la estancia y
fue presentada a Rasputín como Polina, la hija del general. Se sonrojó y
evitó su mirada, rechazó una taza de té y se marchó, evidentemente
confusa. Media hora más tarde, Rasputín, al salir del retrete, la encontró
mirándolo fijamente desde el umbral de la puerta del dormitorio que había
enfrente. Le sonrió y, cuando ella empezó a cerrar la puerta, le dijo:
--Ven aquí, pequeña.
La joven se sonrojó y permaneció inmóvil, mirándolo. Rasputín se acercó
y ella apartó la mirada. Paternalmente, él colocó una mano en su cabello y
le alzó la barbilla, preguntándole:
--¿Por qué tanta timidez? No tienes nada que temer.
Cuando la chica lo miró, lo hizo con ojos atemorizados y empañados; sus
labios se abrieron; diríase que ya se estaba rindiendo. Con un reflejo
casi mecánico, Rasputín la besó. Ella no se resistió; de hecho pareció
gustarle. Tras unos momentos, su cuerpo pesó en brazos de Rasputín.
Temiendo que se hubiese desmayado, la guió a la cama, que se encontraba a
pocos metros de allí. La chica tropezó con la alfombra, se cayó y
permaneció pasivamente en el suelo, esperando obviamente que la violara.
Mas, aunque Rasputín estaba excitado, se dio cuenta de que la puerta se
hallaba abierta y de que su anfitriona lo esperaba abajo. Se inclinó sobre
la joven, la besó en la frente y salió del dormitorio, cerrando la puerta
a sus espaldas.
Esa noche, Polina escribió una carta a su mejor amiga en Suiza.
"Cuando me miró mis piernas parecieron convertirse en agua. Percibí una
extraña fuerza emanando de sus ojos. Me pareció que era el diablo. Sin
embargo, no era capaz de negarle nada..."
Así fue cómo se añadió otro hilo a la leyenda de Rasputín.
La verdad era sencillamente que a Rasputín le encantaban las mujeres.
Una vez, escandalizó a Elena Katkoff, que seguía siendo muy religiosa, al
decir que la creación de los dos sexos fue la idea más brillante de Dios.
Desde que era un chiquillo, veía a las mujeres como objetos misteriosos y
deleitables. Más de veinte años más tarde, seguía bajo el hechizo de la
bonita rubia que vio a las puertas de la <modistka> en Tiumen. Todo en
ellas le excitaba, su olor, su cabello, los secretos que ocultaba su ropa.
Todavía ahora, le parecía asombroso que las mujeres fuesen tan distintas
de los hombres, que tuviesen brazos blancos, caderas curvilíneas y una
anatomía diferente.
En cuanto a dinero, alimentos y posesiones, Rasputín no era avaricioso.
Regalaba todas sus posesiones y podía pasar días sin comer. Pero toda
mujer le parecía un milagro y despertaba en él una instantánea curiosidad.
En las fiestas, buscaba a menudo a las ancianas que los demás pasaban por
alto, pues quería conocer los secretos de su vida, su alma oculta. Le
encantaba
que las mujeres fuesen tan bondadosas; hasta las peores parecían capaces
de un real desinterés y sacrificio que tendría que avergonzar a la mayoría
de los hombres. De haber sido un estudioso, habría gozado escribiendo un
enorme tratado acerca de las mujeres, parecido a las obras clásicas sobre
pájaros o mariposas.
Como la mayoría de los hombres, había pasado la vida estudiando desde
lejos estos objetos de su devoción, a los que le era permitido contemplar,
pero no explorar. Y aquí, de pronto, en San Petersburgo, podía elegir
entre las mujeres más hermosas de Europa. Sus instintos masculinos no
estaban preparados para resistir la abundancia. De hecho, no parecía
existir razón alguna para que lo hiciera.
Por tanto, al poco tiempo, el más reciente "amigo y consejero" del zar
comenzó a adquirir una reputación de charlatán, intrigante y libertino.
Como consecuencia de ello, la familia real, se aisló aún más y perdió
todavía más popularidad. Pero estando, como estaba, envuelta en su seguro
mundo de ensueño de Zarskoé Selo, nadie de la familia se percató de ello.

En julio de 1906, el zar disolvió el primer parlamento; la Duma lo había


trastornado al pedir tierra para los campesinos y al criticar la
corrupción de sus ministros.
La mitad del partido obrero cruzó precipitadamente la frontera hacia
Finlandia y apeló a sus conciudadanos para que se rebelaran. Hasta los
conservadores más estúpidos estuvieron de acuerdo en que hacía falta otro
parlamento; su zar no era lo bastante fuerte como para convertirse en otro
Iván el Terrible. Pero sugerían que este parlamenteo debería componerse
únicamente de campesinos, escogidos por sorteo, y que se excluyera
automáticamente a cualquiera con inteligencia o educación.
El segundo parlamento se formó en marzo de 1907; esta vez contenía
muchos más revolucionarios. La policía secreta, la Ocrana, hizo todo lo
posible por destruirlo, inventando complots terroristas. Tuvo tanto éxito
que la segunda Duma duró sólo hasta junio. Se enviaron rápidamente tropas
a San Petersburgo, para aplastar toda
protesta. Entretanto, el zar dio nuevas leyes electorales, de acuerdo con
las cuales los ciudadanos de a pie no podían votar; ese derecho se
reservaba únicamente a la nobleza y la alta burguesía.
Como consecuencia, la tercera Duma consistió mayormente en
conservadores. Pero éstos no se salieron completamente con la suya.
Stolypin persistió tenazmente con sus planes de devolver la tierra a los
campesinos, -ésta pertenecía en su mayoría a comunidades rurales-, y tuvo
tanto éxito en ello que, en 1910, había logrado mellar el filo de la
situación revolucionaria.
A finales de 1907, ocurrió algo a lo que nadie prestó mucha atención: se
firmó un pacto de defensa mutua entre Gran Bretaña y Rusia. Europa seguía
preocupada por el aumento del militarismo alemán. Mas parecía muy poco
probable que Gran Bretaña y Rusia llegaran a necesitar nunca unirse contra
el káiser.
En abril de 1907, Rasputín hizo otra conquista; pero esta vez era en un
plano puramente espiritual. Ella se llamaba Ana Taneyev, una joven sin
atractivos y de cara redonda que resultó ser la mejor amiga de la zarina.
No era ni ingeniosa, ni aristocrática, ni inteligente; pero era sincera y
desinteresada y la zarina confiaba totalmente en ella. Durante mucho
tiempo Alejandra sintió tristeza al ver que a su mejor amiga le faltaba un
hombre con quien compartir su cama. Le encontró un apuesto oficial de
marina cuyos nervios quedaron destrozados en la batalla de Tsushima; se
llamaba Vyrubov.
A Ana le parecía atractivo, pero la idea del matrimonio la atemorizaba.
Confió en la gran duquesa Militsa y le dijo que desearía contar con una
bola de cristal para conocer el futuro.
--Eso no es necesario, querida. Conozco a alguien que podrá hacerlo por
ti. Se llama padre Grígori.
La primera reunión no fue precisamente un éxito. Ana se escandalizó al
ver que Rasputín daba tres sonoros besos en la mejilla a la gran duquesa
al entrar en la estancia. Pero cuando él volvió su extraña y penetrante
mirada hacia Ana, ella enmudeció; se marchó sin preguntarle acerca de su
matrimonio. Pero llamó a Militsa por teléfono y le pidió que pidiera
consejo a Rasputín. Al día siguiente, Militsa le transmitió el mensaje
de Rasputín. El matrimonio, decía, se llevaría a cabo; pero no sería un
éxito. Sus personalidades eran totalmente incompatibles.
Cuando Ana explicó a la zarina que había cambiado de opinión, la zarina
se sintió herida y molesta. Todo se había arreglado ya. De todos modos,
Rasputín no conocía al teniente Vyrubov, por lo que, ¿qué sabía él del
asunto? Ana permitió que descartaran sus recelos y se casó con Vyrubov.
Fue, como predijo Rasputín, un desastre. Las únicas experiencias
sexuales que había tenido Vyrubov eran con marineros. En la noche de la
boda, se emborrachó y sus torpes intentos de desflorar a la novia
provocaron el nerviosismo y la falta de cooperación de ésta. Vyrubov acabó
por golpearla e insultarla. A la mañana siguiente, Ana fue corriendo a ver
a la zarina y le hizo prometer que no tendría que volver a ver nunca más a
Vyrubov. Se divorciaron un año más tarde. Para disculparse, la zarina
regaló a Ana una pequeña casa al lado del palacio y, ese año, la invitó a
acompañarlos en su viaje en yate.
Puesto que Ana adoraba a la emperatriz y que ésta adoraba a Rasputín,
Ana llegó a adorarlo también. Cuando los chismes sobre su libertinaje
llegaban a palacio, ella era la primera en defenderlo. Como su principal
discípula, estaba en perfecta situación para negar los rumores. Según el
chismorreo de San Petersburgo, Rasputín se sentaba en medio de un círculo
adorador de aristocráticas admiradoras, algunas de ellas a sus pies.
Cuando estaba de humor, colocaba a una jovencita sobre sus rodillas y la
llevaba después al dormitorio, el "sanctasanctórum", con el fin de
purificarse de sus deseos sexuales, mientras sus discípulas seguían
hablando en voz baja... Ana se había sentado a menudo a los pies de
Rasputín y nunca lo había visto poner una mano sobre ninguna mujer. De
haber necesitado más pruebas, las tuvo el día en que se enteró de que se
suponía que ella misma era su amante. La mojigata de Ana era virgen y
estaba resuelta a seguir siéndolo durante toda la vida.
Rasputín no necesitaba seducir en público. Desde el momento en que se
levantaba por la mañana, había una cola de solicitantes que llegaba hasta
el pie de la escalera;
algunos querían dinero, otros un nombramiento político, otros su ayuda
para sacar un hijo de la cárcel, donde lo habían metido por actividades
revolucionarias. Si una mujer atractiva deseaba ofrecerse como pago,
Rasputín sólo tenía que llevarla al sofá y asegurarse de que la puerta
estuviese cerrada con llave; los Sasanov ponían todo el apartamento a su
disposición por las mañanas. Abajo, en la calle, dos policías secretos
tomaban nota de todos los que entraban y salían. Su informe podría decir:
"A mediodía, todos los solicitantes se habían marchado. A las 12.21, la
actriz Polina M... llegó en un carruaje cerrado y se quedó una hora. A la
1.25, Ana Vyrubov llegó; mientras ella entraba, la actriz salía por la
puerta de atrás..."
En el verano de 1908, mientras la familia real se encontraba en Crimea,
Rasputín regresó a Pokrovskoé; era su primera visita en dos años. Su
esposa había sufrido una hemorragia y tuvieron que llevarla al hospital.
Una noche, Rasputín permitió que su hija María se quedara en casa de una
amiga de la escuela, cuyo padrastro era labriego. Éste llegó a casa
borracho, se insinuó a María y violó a su esposa ante las dos niñas. Al
día siguiente, Rasputín fue a amonestarlo. Pero, antes de que hubiese
terminado la primera frase, el labriego sacó un hacha que tenía oculta en
la espalda y golpeó a Rasputín, derribándolo. Entonces, huyó de
Pokrovskoé y su hijastra no volvió a verlo nunca más. A Rasputín le
quedó una cicatriz hasta el final de la vida. Cuando, en Septiembre,
regresó a San Petersburgo, llevó consigo a María.
El apartamento de los Sasanov era obviamente demasiado pequeño para dos
huéspedes. Ana Vyrubov se encargó de buscarle un sitio donde vivir y
encontró un amplio apartamento en el tercer piso del 64 de la calle
Gorokhovaya. Desde el punto de vista de Rasputín, uno de los rasgos más
útiles del piso era una escalera que daba a una salida trasera, por la que
podía huir cuando la cola de solicitantes se alargara demasiado.
Para María, que contaba diez años, la vida en la capital resultaba
desconcertante. Y aún más la constante actividad que rodeaba a su padre:
la gente que llegaba a todas horas del día pidiendo ayuda o consejo; la
policía secreta que observaba la casa (por orden de Stolypin);
las damas elegantemente vestidas que permanecían sentadas durante horas,
escuchando a su padre hablar de religión; el carruaje real que llegó
varios días después, por la tarde, para llevar a su padre a palacio. La
propia María fue recibida por la familia real y se convirtió en visitante
asidua. Como su padre, se asombró ante la sencillez de esa familia. Se
esperaba de las cuatro princesas que estudiaran de la mañana a la noche, y
dormían en sencillos catres. Comparada con ellas, María había sido mimada.
Ana Vyrubov era la suma sacerdotisa del culto a Rasputín, pero su
principal acólito era una hermosa joven llamada Munia Golovina. Munia
sufría una desilusión amorosa cuando conoció a Rasputín. Había estado
comprometida con el príncipe Yusupov, uno de los hombres más ricos de
Rusia. Yusupov tuvo una aventura con una mujer casada y el marido de ésta
lo mató en un duelo. Munia se sentía tanto traicionada como despojada y
encontró consuelo en la religión. En su opinión, Rasputín parecía un
mensajero de Dios; ella creía que era un santo y no pedía nada más que
sentarse a sus pies y escuchar su voz. Rasputín, que sentía realmente pena
por ella, la trataba como a una hija.
Fue Munia quien habló de Rasputín al hermano menor de su difunto
prometido. Con la muerte de su hermano, el príncipe Félix Yusupov se había
convertido en el heredero de una de las mayores fortunas de Europa. Pero
este apuesto joven estaba aburrido y era desdichado. Tenía también un
problema secreto que no podía confiar a nadie: era homosexual. En la Rusia
del primer decenio de este siglo esto era algo todavía completamente
inaceptable, apenas había pasado una década desde que el compositor
Chaikovski se había virtualmente suicidado por la misma razón.
Yusupov experimentó con el espiritualismo, el misticismo y el yoga; todo
ello lo dejó insatisfecho. Entonces, Munia empezó a hablarle de Rasputín.
No fue difícil convencer a Yusupov de que conociera al "santo". La reunión
tuvo lugar en el salón de los Golovin. Presentaron a Yusupov y al
<staretz>, que lo abrazó amablemente, lo hizo sentar y comenzó a hacerle
preguntas. Rasputín estaba dispuesto a simpatizar con cualquiera
que le recomendara Munia. Además, se sentía protector ante este pálido y
apuesto joven de rasgos delicados y modales nerviosos. Se percató de que
Yusupov era desgraciado y sufría de un conflicto interno. No tenía modo de
adivinar que la raíz del problema era sexual. Al saber que Yusupov tocaba
la guitarra, lo invitó a visitarlo a su apartamento y a llevar consigo la
guitarra. De hecho, para Yusupov, Rasputín era intimidante. Transcurrirían
cuatro años antes de que volvieran a verse.
En 1909, aumentaban los conflictos interiores del propio Rasputín. Había
vagado por toda Rusia; se había acostrumbrado a los espacios abiertos de
la estepa. El ambiente de San Petersburgo lo asfixiaba. La mitad de sus
discípulos lo admiraban por razones equivocadas, por creerlo un santo. La
mayoría de sus enemigos lo odiaban por razones equivocadas, por creerlo un
libertino. No era ninguna de las dos cosas. Era sencillamente un místico
nato, un hombre que se siente extrañamente dichoso al caminar por un
bosque o al subir una colina. A diferencia de los grandes santos, no tenía
capacidad para atormentarse o autoanalizarse. La intriga lo aburría y las
gentes de mayor éxito de San Petersburgo eran maestras en el juego de la
intriga. Rasputín se sentía desconcertado y fuera de lugar.
Su "secretario", el pequeño judío Simanovich, hacía todo lo posible por
educarlo. En esta empresa pidió ayuda a uno de los intrigantes más hábiles
de la capital, un espía de la policía llamado Maniulov. Maniulov amaba el
dinero y el poder; era, además, enormemente simpático. Había trabajado
como agente doble en París y en Roma y, al regresar a San Petersburgo,
reveló secretos de la policía a los revolucionarios y secretos de los
revolucionarios a la policía.
Cuando Simanovich presentó Maniu-, lov a Rasputín, el espía apenas podía
creer que tuviese tanta suerte. En Rusia, como en otras partes, la
información valía dinero. Y Rasputín se encontraba en una posición ideal
para reunir información secreta. Puesto que el zar no se iba de la boca,
poca gente sabía lo que pensaba o lo que ocurría entre él y sus ministros.
Pero en el círculo familiar, o con Rasputín y Ana Vyrubov, el zar hablaba
con toda franqueza. Rasputín llevaba tres años oyendo secretos
de Estado que, de haber sido espía, le habrían proporcionado una fortuna.
Ahora, en su inocencia, sintió una inmensa simpatía por Maniulov; tenía
afecto por un tipo turbio y que reconocía serlo. Decía a Maniulov todo lo
que éste quería saber y utilizó su influencia con el zar para hacerle
favores. Rasputín era como un niño jugando a las intrigas; nunca pudo
convencerse de que eso tuviese una importancia real. Maniulov vendía la
información que le daba Rasputín y ganaba mucho dinero. Rasputín, sin
darse cuenta de ello, se convirtió en uno de los hombres más influyentes
y, por tanto, más peligrosos de San Petersburgo.
El hombre que deseaba más que nadie la caída de Rasputín era el primer
ministro, Pedro Stolypin. Sus razones no eran enteramente injustificadas.
Llevaba cuatro años luchando por reconciliar a los revolucionarios y los
conservadores y por hacer que Rusia entrara, a la fuerza, en el siglo XX.
El zar había llegado a confiar en su opinión. Pero el zar era como una
veleta: un día estaba de acuerdo con una medida controvertida y cambiaba
de opinión durante la noche. Con o sin razón, Stolypin creía que
Rasputín era el responsable de la mayoría de estas vacilaciones.
Stolypin persuadía al zar de que Rusia necesitaba más democracia
parlamentaria; entonces, Rasputín le decía que era el autócrata de todas
las Rusias y que debía pasar la Duma por alto. Y el zar revocaba su
decisión.
Stolypin bufaba de cólera y juraba que se desharía de este siniestro
intrigante. Por eso hizo que la policía secreta vigilara a Rasputín. Los
informes de ésta no tardaron en convencerlo de que tenía el medio para
destruirlo. La zarina creía que era un santo; los informes demostraban que
tenía varias amantes, incluyendo Elena Katkoff, Sofía Dobrovolski y una
actriz muy conocida. El zar creía que era un campesino sencillo y sincero;
pero un espía de la policía sentado en un famoso restaurante, el Villa
Rohde, a una mesa junto a la de Rasputín, oyó a éste alardear de que el
zar era como arcilla en sus manos y que él, Rasputín, podía persuadirlo de
hacer cualquier cosa.
A principios de 1911, Stolypin llevó estos informes
al zar. Éste escuchó atentamente y se sintió obviamente trastornado. Hacía
tiempo ya que albergaba sus propias sospechas acerca de su "santo
Grígori". Hubo, por ejemplo, el asunto inquietante con mademoiselle
Tyucheva, la institutriz de los niños, que había protestado ante la zarina
porque Rasputín pasaba demasiado tiempo en el dormitorio de las princesas,
dos de las cuales eran ya bonitas adolescentes. Parecía disfrutar haciendo
payasadas con las niñas y les hacía a menudo cosquillas, particularmente
cuando llevaban camisón. La zarina preguntó, incrédula, si la institutriz
creía que Rasputín albergaba pensamientos lujuriosos sobre estas jóvenes,
y la mandó salir de la habitación. El zar añadió leña al fuego al llevar a
Rasputín aparte y pedirle que se mantuviera fuera del dormitorio de las
niñas cuando anduviera cerca mademoiselle Tyucheva. Poco tiempo después,
la zarina encontró un pretexto para despedir a la Tyucheva. La institutriz
regresó a casa de su familia, en Moscú, y contó historias espeluznantes
acerca de los excesos sexuales de Rasputín...
Después de eso, el zar escuchó los informes de la policía, con expresión
perpleja. ¿Estaría Stolypin tratando de decirle que Rasputín no era más
que un hipócrita ordinario, un Tartufo? No, contestó triunfante
Stolypin, no era un hipócrita. Era un miembro secreto de los khlistis y
éstos creían en la libertad sexual total.
Cuando, esa tarde, Stolypin dejó al zar, estaba convencido de que la
carrera de Rasputín había llegado a su fin. No contaba con la conocida
tendencia del zar a cambiar de opinión. Cuando, durante su siguiente
reunión con el zar, Stolypin mencionó el tema, el zar comentó de paso que
lo único que se lograría al impedir la entrada de Rasputín a palacio sería
que la zarina se trastornara; por tanto, tal vez sería más fácil dejar que
las cosas siguieran como estaban.
Stolypin salió enfurecido de palacio. Puesto que no podía mostrar al zar
su irritación, toda su rabia se dirigió a Rasputín.
Al día siguiente, por la mañana, Rasputín recibió una llamada telefónica
en la que se le decía que fuese al despacho de Stolypin. Por el tono del
secretario, era obvio que no se trataba de una invitación amistosa.
Rasputín
fue al edificio de gobierno. El mismo secretario que conoció cinco años
antes le hizo entrar en el despacho del primer ministro. Stolypin alzó la
mirada de su trabajo, encontró los extraños ojos de Rasputín fijos en él y
se sintió de repente menos confiado. Con un tono oficial y cortante, dijo:
--No le pediré que se siente. No tardaré ni un minuto. Tengo aquí...
-dio un golpecito a un papel que se encontraba sobre su escritorio-, un
informe de Lukianov, procurador del Santo Sínodo, que prueba, más allá de
cualquier duda, que es usted miembro de los khlistis.
--Eso no es cierto, -contestó quedamente Rasputín.
--¿Niega usted, pues, haber tenido contacto con los khlistis?
--Claro que no. Durante mis viajes, he tenido contacto con la mayoría de
las sectas rusas. Pero no soy miembro de ellas.
A Stolypin, los ojos de Rasputín lo desconcertaban. Recordó los relatos
que había oído sobre el poder hipnótico de Rasputín, olvidando que él
mismo los había iniciado, y decidió poner fin a la entrevista.
--Las pruebas que tengo aquí me permitirían procesarlo por pertenecer a
una secta prohibida. Pero prefiero evitar el escándalo. Espero que se haya
usted marchado de San Petersburgo mañana y que se mantenga alejado al
menos seis meses. Si regresa antes, lo haré arrestar, -dijo con voz fría,
jugueteando con un sello de goma para evitar la mirada de Rasputín-.
Ahora, lárguese. Y no se moleste en ir a lloriquearle al emperador. Ya
tiene conocimiento de esto.
Rasputín se encontraba más trastornado de lo que quería reconocer. Su
esposa le había escrito desde Pokrovskoé, hablándole de unos
misteriosos inquisidores que habían preguntado sobre las creencias
religiosas de su esposo. También se lo había mencionado su antiguo
discípulo, el monje Bernabé que, gracias a la influencia de Rasputín, era
el nuevo obispo de Tobolsk. Y su padre, que había venido a verle en San
Petersburgo, le habló de unos comentarios hostiles que hizo su antiguo
enemigo, el padre Piotr, en el curso de un sermón, en el que mencionó los
falsos profetas cuya caída sería tan espectacular como su ascenso.
Si el zar se había vuelto contra él, no tenía a quién apelar. Pero este
aspecto del asunto casi no preocupaba a Rasputín. Con el paso de los años,
su respeto por el monarca había ido disminuyendo constantemente y, una
vez, le dijo a Simanovich que el zar era "un hombre vacío". Además,
Rasputín estaba harto de San Petersburgo. Hacía tiempo ya que anhelaba la
vida al aire libre, en los caminos, las veladas tranquilas en las
habitaciones de invitados en monasterios o en las cocinas de los
campesinos.
Así pues, ahora que había llegado el golpe, Rasputín se sentía
extrañamente alegre y aliviado. Escribió una carta a la zarina,
explicándole lo ocurrido. Hizo arreglos para que María se quedara en Kíev,
en casa de los Katkoff. Luego, con unas pocas pertenencias guardadas en un
costal, emprendió un peregrinaje a Tierra Santa.
La zarina estaba deshecha. Nunca se había tambaleado su confianza en
Rasputín. Vio en este destierro un ataque a su persona, un intento por
minar su seguridad. ¿Qué ocurriría si el zarevich se caía y se hería
mientras Rasputín se hallaba fuera? Escribió a Rasputín una larga y
desolada carta, que éste recibió al llegar a Kíev. Contestó
inmediatamente, diciéndole que no se preocupara, que estaba seguro de que
el chico seguiría sano. Prometió también escribirle desde todos los
monasterios que encontrara en el camino. Mantuvo su promesa.
Unas semanas más tarde, la zarina recibió una carta de Estambul: "¿Cómo
narrarle la gran calma? Tan pronto como salí de Odessa en el mar Negro,
hubo calma en el mar y mi alma se fundió con el mar y durmió tranquila.
Como el mar apacible, así el poder ilimitado del alma..." Rasputín había
recuperado su paz interior y sus palabras, garabateadas en pedazos de
papel con su letra de analfabeto, dieron a la zarina una confianza serena
y total.
Cuatro meses más tarde, cuando Rasputín regresó de Tierra Santa a
Pokrovskoé, la propia zarina reconoció que tal vez no fuese acertado que
regresara a San Petersburgo. Pero le escribía casi a diario, cartas largas
e íntimas que contenían frases como: "Beso sus benditas manos" y "Le amaré
para siempre". Un policía que
logró leer una de las cartas informó que todo parecía indicar que Rasputín
era el amante de la zarina. Eso revelaba falta de perspicacia. La
influencia de Rasputín sobre la zarina era mucho más fuerte que la de un
amante; el sexo no habría hecho más que debilitarla.
En la imposibilidad de ir a ver ella misma a Rasputín, la zarina pidió a
Ana Vyrubov que fuera en su lugar. En agosto de 1911, Ana emprendió el
viaje con una amiga, madame Orlov. Fue en el expreso siberiano hasta
Tiumen, donde la recibió Rasputín. Para su consternación, éste conducía
una gran galera, la misma que utilizó, tantos años antes, en su primer
viaje a Tiumen. Para las mujeres, el recorrido hasta Pokrovskoé estuvo
lleno de baches e incómodamente caliente.
La casa de Rasputín encantó a Ana; escribió a la zarina que era "casi
bíblica en su sencillez". De hecho, era ya una de las casas más grandes y
cómodas de la aldea, pues Rasputín había enviado a su esposa parte del
dinero que le daban sus admiradoras y ella había comprado esta
impresionante casa de dos pisos. Ana describió las sencillas cenas, a una
mesa de madera sin mantel, las sirvientas que eran tratadas como parte de
la familia (no sospechaba que una de ellas era amante de Rasputín), y los
cuatro viejos amigos que llegaron después de cenar y pasaron el resto de
la velada leyendo pasajes de la Biblia y cantando salmos. Pescaron y se
bañaron en el Tura, dieron largos paseos en el bosque y dormitaron en los
prados. El mes en Pokrovskoé no hizo sino confirmar la opinión de Ana de
que Rasputín era un hombre sencillo cuyo único interés estaba en la
religión.
Llegó Septiembre. Ana debía reunirse con los miembros de la familia
imperial en Kíev, donde tenían intención de hacer una visita de gala,
junto con Stolypin y Kokovtsev, el ministro de finanzas. Rasputín
decidió que, por mera cortesía, debía acompañar a sus huéspedes; además,
esperaba ver nuevamente a los Katkoff.
Su tren llegó a las once de la mañana. El chófer de los Katkoff los
esperaba en el andén, con el fin de ayudarlos con el equipaje.
--No hay prisa. No podemos irnos antes de que se disperse la multitud
-dijo.
--¿Qué multitud?
--Se espera que el zar y el primer ministro pasen por aquí en cualquier
momento, camino del ayuntamiento...
--Qué coincidencia tan asombrosa, -exclamó Ana.
Rasputín no contestó. Según su experiencia, las coincidencias tenían
generalmente un significado más profundo.
Permanecieron en el extremo del patio de la estación. Calle abajo, el
gentío empezó a vitorear. El carruaje imperial se acercó, llevado por
cuatro magníficos alazanes. Pero la zarina miró directamente a Rasputín y
su rostro se iluminó, cual si el sol hubiese salido de entre las nubes.
Diez metros después del carruaje del zar llegó otro, en el que iban
Stolypin y Kokovtsev. Stolypin miraba sombríamente hacia el frente, con
las manos en el pomo de su bastón; la mayor parte de la gente no tenía
idea de quién era. A Rasputín le pareció que su rostro estaba pálido y
casi cadavérico. Cuando el carruaje llegó justo frente a ellos, el extraño
presentimiento que tuvo desde su llegada pareció estallar y convertirse en
una certidumbre. El rostro de Stolypin se convirtió en el de un
cadáver, con los ojos completamente abiertos y mirando fijamente.
Ana se dio cuenta de que Rasputín había palidecido; le tomó de la mano y
preguntó:
--¿Qué ocurre?
Rasputín oyó su propia voz decir:
--La muerte lo persigue.
En ese momento, Stolypin miró hacia él. Rasputín señaló el carruaje y
gritó:
--¡La muerte lo persigue!
De hecho, Stolypin estaba cansado y desalentado. Delante del
ayuntamiento, la policía rodeó al zar y a la zarina cuando se apearon del
carruaje. Stolypin y Kokovtsev se quedaron solos. Stolypin declaró,
irritado:
--¿Lo ve?, somos superfluos.
Esa noche, el séquito real asistió a una representación en la Ópera de
Kíev. Los zares se encontraban en un palco; a Stolypin y a Kokovtsev los
habían colocado en la segunda fila de las butacas. Durante el segundo
entreacto de la ópera, <El zar Saltan> de Rimski-Korsakov, Stolypin se
levantó, bostezando, para estirar las piernas. Un joven fue a su
encuentro, con la aparente intención de hacerle una pregunta. Al llegar a
pocos metros de distancia, metió la mano en el bolsillo, sacó un revólver
y disparó dos veces. Ambas balas dieron en el pecho de Stolypin.
El hombre que lo mató, Mordka Bogrov, era un agente doble, que trabajaba
tanto para la policía como para los revolucionarios. Entró al teatro
diciendo a la policía que había un complot para asesinar a Stolypin y
ofreciendo señalar al asesino. Bogrov fue ahorcado posteriormente.
¤ XI

Una vez muerto Stolypin, no había nada que retuviera a Rasputín


alejado de San Petersburgo. Regresó, pues, a su apartamento de la calle
Gorokhovaya. Simanovich y Maniulov estaban encantados de verlo
nuevamente;
también lo estaban los fieles discípulos, que se reunieron para darle la
bienvenida. Cuando la familia real regresó de Crimea, el zar fue un
dechado de amabilidad y la zarina le aseguró que el destierro se había
ordenado sin que el zar lo supiese. Todo parecía conspirar para asegurarle
que nada había cambiado, que todo seguía igual que antes. Sin embargo, su
intuición resonó como una alarma y le advirtió que nada sería igual que
antes.
A principios de diciembre, cuando la luz era fría y gris y la nieve caía
del cielo cual un edredón, alguien tocó el timbre de la puerta. María
abrió y anunció que había un hombre llamado Iliodor. Rasputín estaba
tomando el té con media docena de sus discípulas. Salió apresuradamente de
la habitación y abrazó a Iliodor, que llevaba un gorro de piel y tenía los
hombros cubiertos de nieve.
--¿Qué estás haciendo en San Pe-, tersburgo?
--He venido a tratar de obtener dinero para terminar el monasterio.
¿Puedo poner mi abrigo frente al fuego?
Entró en la sala y se detuvo cuando vio a las mujeres. Munia Golovina se
acercó con cortesía y Rasputín la presentó. Iliodor la saludó con una fría
y distante inclinación de la cabeza; de pronto, palideció, murmuró algo en
voz baja y salió de la estancia. Rasputín lo siguió
apresuradamente y lo encontró abriendo la puerta de la calle.
Lo agarró de los hombros y le dijo riendo:
--¡Oye, no te puedes ir todavía! Ven a tomar un poco de té.
--Lo lamento. Tengo que irme.
Al ver la expresión sombría y resuelta de Iliodor, Rasputín comprendió
que de nada valdría discutir. Iliodor se separó violentamente y salió.
Rasputín miró fijamente la puerta cerrada y se encogió de hombros.
En la puerta de la sala encontró a una mujer llamada Olga Lotkin que
había entrado a formar parte del círculo el año anterior; estaba pálida y
parecía muy turbada. Se estaba abrochando el abrigo. Rasputín,
sorprendido, preguntó:
--¡Qué! ¿Usted se marcha también? -Olga se deshizo en lágrimas.
Impotente, Rasputín inquirió-: Pero, ¿por qué?
Ella respondió algo incomprensible y salió a toda prisa.
Los demás se hallaban tan sorprendidos por su ida como Rasputín. Pero,
al día siguiente, Munia le contó todo. Dos años antes, Olga Lotkin, esposa
de un oficial del ejército, había sido una de las admiradoras más devotas
de Iliodor. Un día, después de confesarse ante él, estaba tan trastornada
que lo abrazó por las rodillas y trató de besarle la mano. Iliodor
reaccionó con increíble violencia, la agarró por el cabello y la abofeteó
repetidamente. Cuando unos seguidores suyos entraron apresuradamente en la
habitación, Iliodor les ordenó que la alejaran de su vista. Ellos la
arrastraron al patio, la desvistieron y la golpearon. Entonces, la ataron
a la parte posterior de una carreta y azuzaron a los caballos, que
galoparon por Zaritsyn. Como resultado, Olga Lotkin sufrió una depresión
nerviosa. Su esposo fue transferido a San Petersburgo; ella oyó hablar de
Rasputín y se convirtió en una de sus admiradoras más devotas. Pero sentía
demasiada vergüenza para hablarle de su humillación.
Rasputín se mostró comprensivo y no se sorprendió en absoluto. Desde que
lo habían nombrado pope en Zaritsyn, Iliodor se mostraba más fanático que
nunca. Era
un predicador muy potente y no tardó en adquirir numerosos seguidores. Su
sueño consistía en construir una fortaleza espiritual llamada Monte Tabor,
cuyo rasgo principal sería una torre desde la cual él predicaría. Hordas
de seguidores devotos lo ayudaban en la construcción.
Dos años antes, Rasputín visitó a Iliodor en Zaritsyn y sus logros lo
impresionaron. Pero, en su opinión, el cristianismo de Iliodor era algo
excesivo en intensidad y demasiado neurótico, y se burló amablemente de su
obsesivo puritanismo. A Rasputín no le importaba que Iliodor fuese
homosexual o heterosexual; lo que le parecía enfermizo era que Iliodor
pareciera odiar el sexo. Cuando aceptó una invitación para visitar a
Rasputín en Pokrovskoé, Rasputín se divirtió escandalizándolo al beber
grandes cantidades de su vino dulce preferido y abrazando y besando a los
miembros de su congregación. Sin embargo, no había una disputa abierta
entre ellos. Rasputín decidió, pues, que cuando viera nuevamente a
Iliodor, no mencionaría a Olga Lotkin. No tenía sentido ensanchar la
brecha.
En diciembre, Maniulov le dijo que Iliodor estaba contando cosas acerca
de él. Rasputín se encogió de hombros.
--Si lo hace, es que es un tonto.
¿Por qué pelearse? El asunto de Olga Lotkin no tenía realmente ninguna
importancia; de hecho, a Rasputín le parecía que era una mujer pesada y
neurótica.
Luego, un día, Rasputín recibió la visita del secretario del obispo
Hermógenes, un hombre melancólico y entrometido llamado padre Sergio.
--El obispo Hermógenes desea verlo inmediatamente.
Su tono pomposo irritó a Rasputín.
--¿Qué quiere decir con eso de inmediatamente?
--Hoy; esta mañana, de ser posible.
--Bueno, pues no lo es. Tengo demasiadas citas. Dígale a su eminencia
que estaré allí esta tarde.
El padre Sergio salió dando grandes zancadas, estirado y ofendido.
Hermógenes se hospedaba en el monasterio de Cronstadt. Cuando Rasputín
llegó, le hicieron esperar media
hora. Entonces, el padre Sergio anunció con aire de importancia:
--Su eminencia lo recibirá.
En el momento en que entró en la estancia, Rasputín se dio cuenta de que
lo iban a juzgar. Hermógenes se hallaba sentado detrás de una gran mesa de
caoba. Iliodor, cerca de la ventana. Estaban también presentes Mitia
Koliabin, el "profeta idiota" que fuera una vez el asesor preferido de la
zarina, y dos fornidos cosacos. El obispo, un hombre corpulento cuyo peso
había aumentado considerablemente desde que Rasputín lo vio por primera
vez, se levantó y miró a Rasputín de frente.
--Grígori Efimovich, te he pedido que vinieras aquí para responder a
unas graves acusaciones.
Leyó entonces un documento muy similar al que Lukianov había entregado a
Stolypin. En él se acusaba a Rasputín de ser miembro de los khlistis, de
"contaminar" a varias mujeres, incluyendo a Elena Katkoff, Sofía
Dobrovolski... y Olga Lotkin. Rasputín escuchó silenciosamente. La cosa le
parecía absurda. Al terminar, Hermógenes le preguntó:
--¿Es cierto todo esto?
Rasputín contestó firme pero respetuosamente.
--Algo de ello, sí... tal vez una cuarta parte. La mayoría consiste en
exageraciones y mentiras.
Hermógenes se sonrojó y tuvo dificultad en hablar.
--Aunque sólo una cuarta parte sea cierta... es usted una deshonra.
-Luchó por recuperar el aliento y continuó-: Y una desilusión.
Rasputín se enfadó.
--Discúlpeme, eminencia, pero podría ser un error escuchar las mentiras
de gente que es demasiado cobarde para enfrentarse directamente conmigo.
Iliodor espetó, furioso:
--Me <estoy> enfrentando a ti.
--En ese caso, tal vez podrías decirme por qué te has molestado en
inventar todas estas tonterías.
--¡Acabas de reconocer que no son tonterías!
Rasputín no había sido nunca un pico de oro. Hasta entonces, se había
defendido con competencia. Ahora, deseaba decirle a Hermógenes que Iliodor
era un mojigato
y un fanático, y que sus acusaciones se basaban en la envidia; pero le
faltaba habilidad para ponerlo en palabras. La entrevista se convirtió en
una competición de gritos. Hermógenes vociferó:
--¡Callaos!
Rasputín le gritó a su vez:
--Merezco que se me escuche.
Al oír eso, Mitia Koliabin se abalanzó sobre él y lo golpeó con los
muñones de sus brazos. Los dos cosacos se lo quitaron de encima.
Hermógenes dejó su lugar detrás de la mesa y rugió:
--¡Por el poder que me ha conferido la Santa Iglesia, te declaro
excomulgado!
Rasputín le contestó a voz en cuello:
--¡Cállate, viejo imbécil! Guarda tus estúpidas maldiciones para ti.
Mitia Koliabin se liberó y atacó a Rasputín a puntapiés, gorjeando
incomprensiblemente. Rugiendo iracundo, Rasputín le golpeó con ambas
manos. Koliabin cayó de espaldas, sobre el obispo que, a su vez, cayó
sobre la mesa. Iliodor, al sospechar que sería el siguiente, se escondió
detrás de las cortinas. Los dos cosacos trataron de agarrar a Rasputín
que, creyendo que todos en la estancia estaban a punto de atacarlo, cogió
un pesado crucifijo en un rincón y lo blandió por encima de la cabeza.
Todos respiraban pesadamente. Entonces, al ver que nadie intentaba
atacarlo, Rasputín gritó:
--Si me amenazáis, yo os amenazaré.
No era una despedida muy impresionante, pero funcionó. Abrió la puerta
de golpe y sintió un sombrío regocijo cuando el padre Sergio cayó dentro
de la habitación.
A la hora del té, esa tarde, Rasputín llegó al palacio de Invierno.
--¡Dios mío, Grígori! ¿Has estado en una pelea?
Un ojo de Rasputín se estaba hinchando y había desaparecido un mechón de
su barba.
La zarina se levantó de un salto y gritó:
--¿Qué ha ocurrido?
Tranquila y sosegadamente, pues había tenido tiempo de pensar, Rasputín
les contó lo sucedido. El asunto de Olga Lotkin era un punto de partida
ideal y, al relatarlo,
vio que ellos lo malinterpretaban, que creían que Iliodor había atacado
sexualmente a Olga Lotkin. Rasputín trató de corregir la impresión, pero
la zarina no dejaba de interrumpirle y luego se deshizo en lágrimas.
Cuando hubo terminado, el zar señaló:
--Mmmm. Bueno, hasta donde puedo ver, este Iliodor parece ser la causa
del problema...
La zarina lo interrumpió.
--¡Trató de atacar a esta mujer y luego de culpar a Grígori!
El zar colocó una mano en el hombro de Rasputín.
--Botkin se encuentra arriba. Ve a verlo y dile que te ponga algo en el
ojo. Mientras tanto, deja esto en mis manos...
Al día siguiente, por la mañana, el secretario privado del zar fue al
monasterio de Cronstadt y pidió ver al obispo Hermógenes. Le dijeron que
el obispo se hallaba en cama, enfermo, pero él insistió en verlo. En la
habitación de Hermógenes, que había padecido un ligero ataque cardíaco,
leyó en voz alta la orden imperial de destierro. Hermógenes debía ir al
monasterio de Zhirovestki e Iliodor a uno en Siberia.
Hermógenes, que había palidecido, indicó:
--Tengo derecho a que me juzgue un tribunal de obispos.
--El emperador ha anulado ese derecho.
Hermógenes agachó la cabeza.
A Iliodor no lo encontraron en ningún sitio. Estaba ya camino de regreso
a Zaritsyn. Al llegar allí, le comunicaron la orden de su destierro. Su
reacción fue histérica. Escribió una larga y violenta carta al Santo
Sínodo, denunciando a Rasputín como un hombre libertino y malévolo y
acusándolo de ser el amante de la zarina. Era un documento tan excesivo
que el Sínodo ordenó que lo arrestaran. Lo condujeron a un monasterio
cerca de San Petersburgo, en espera de un juicio. Allí, la rabia y la
desilusión parecían haberlo llevado al borde de la locura. Reveló que
había hecho copias de varias cartas de la zarina a Rasputín, cartas con
frases como "Le amaré siempre", y las envió al Sínodo y a varios
periódicos. El Sínodo decidió evitar el escándalo de un juicio y lo obligó
a colgar los hábitos. Lo dejaron marcharse
del monasterio. Iliodor huyó a Noruega, empezó a escribir un libro
denunciando a Rasputín y tramó una revolución para derrocar al zar. El
triunfo de Rasputín no podía ser más completo.
Sin embargo, en la primavera siguiente se dio cuenta de que sus
presentimientos habían sido correctos. El destino le daba la espalda. Al
principio era meramente una cuestión de rumores. Se decía que cierto
profesor de Moscú había escrito un folleto en el que denunciaba a Rasputín
como miembro de los khlistis y alegaba que debería ser juzgado. Rasputín
nunca vio este folleto. Mas vio un artículo del mismo profesor, Novoselov,
en el que decía casi lo mismo y que apareció en un periódico que
pertenecía al presidente de la Duma, el liberal Guchkov. Al poco tiempo,
la prensa de San Petersburgo publicaba insinuaciones diarias acerca de
Rasputín y sus fechorías. Rodzianko, un amigo de Stolypin, un hombre
corpulento y formidable que resultó ser tan implacable como Stolypin,
sustituyó a Guchkov en la presidencia de la Duma. En marzo, la zarina
informó a Rasputín que Rodzianko había pedido audiencia al zar, sin duda
para acusar a Rasputín. Tenía razón. Rodzianko presentó al zar el antiguo
informe de Stolypin y pidió permiso para investigar la vida de Rasputín.
El zar, al que parecía agradarle caer bien a la gente, dio su permiso.
Pero cuando, unos meses más tarde, Rodzianko solicitó otra entrevista, el
secretario del zar le pidió que entregara su informe por escrito. Sabía lo
que esto significaba. Rasputín y la zarina habían triunfado nuevamente.
Rodzianko no se dio por derrotado y pidió al primer ministro Kokovtsev
que hablara con el zar, que difícilmente podía negarle una audiencia. De
nuevo, el zar se mostró afable y cortés. Insinuó que sabía todo sobre el
libertinaje de Rasputín pero que éste no hacía ningún daño. Acabó por
sugerir que Kokovtsev hablara directamente con Rasputín.
Rasputín se asombró al recibir una orden de presentarse en casa de
Kokovtsev y más aún cuando lo escoltaron a su estudio privado. Kokovtsev
era un hombrecillo pulcro, de modales secos y un tanto estirados. Rasputín
se divirtió al ver que el primer ministro evitaba deliberadamente su
mirada; era evidente que lo habían
advertido sobre el poder hipnótico de Rasputín. Cual un maestro
abochornado, Kokovtsev explicó que la presencia de Rasputín en San
Petersburgo causaba problemas para todos. La prensa liberal lo utilizaba
como excusa para atacar la política del zar y las historias de su
libertinaje eran embarazosas para la Iglesia.
Rasputín escuchó y experimentó una irónica simpatía hacia este torpe
hombrecillo; cuando uno apelaba a su amabilidad, normalmente tenía éxito.
Lo interrumpió finalmente.
--Por favor, no diga más. Me marcharé de San Petersburgo.
Kokovtsev lo miró fijamente, sin poder creer lo que estaba oyendo.
--¿Lo hará?
--Se lo prometo... deme dos semanas... Pero, antes de irme, hay algo que
quisiera decirle.
--¿Qué?
Kokovtsev lo miró a los ojos y apartó rápidamente la mirada. Rasputín
tuvo que reprimir una sonrisa.
--Usted dice que el país peligra. Creo que no se da cuenta de cuán mala
es la situación. Soy un campesino y entiendo el ánimo de la gente. ¿Se ha
detenido a pensar que las revoluciones no se hacen realmente por ideas
políticas? Se hacen generalmente por comida. Debe haberse percatado de que
la mayor parte de la inquietud política de los últimos cincuenta años se
ha dado cuando Rusia estaba en guerra. Eso es porque la gente está
hambrienta y, cuando está hambrienta, se enfurece. Le diré otra cosa que
va mal en el país... los ferrocarriles. ¿Se da usted cuenta de que, si
Rusia entra en una guerra, nuestra principal debilidad se encuentra en el
sistema ferroviario? ¿Cómo transportar alimentos y tropas con un sistema
ferroviario ineficaz?
Kokovtsev manifestó:
--Esperamos que no haya guerra.
--Yo también. Le diré algo en confianza. Hace dos años, cuando la Duma
hablaba de hacerle la guerra a Austria, el zar me pidió consejo. Le dije
que una guerra significaría el fin de Rusia. Tal vez me equivoco, pero
creo que mis palabras le hicieron pensar. No sé mucho de política pero sé
lo suficiente para saber que los alemanes
y los austríacos creen que no nos atreveríamos nunca a luchar. Entonces,
¿qué cree usted que ocurrirá la próxima vez que la Duma sufra un acceso de
patriotismo y el káiser crea que los diputados no se atreverán a oponerse
a él?
--Sí, sí, tiene razón. Me... bueno, me temo que espero la llegada de
otra persona ahora.
Cuando Rasputín se hubo ido, Kokovtsev escribió en su diario "Rasputín
es uno de los hombres más repulsivos que he conocido. Estuvo todo el
tiempo con sus repugnantes ojillos pegados en mi persona, tratando de
hipnotizarme. Dijo también muchas tonterías acerca de la guerra."

Cuando Rasputín llegó a casa, encontró a Ana Vyrubov y a Munia Golovina.


Cuando les dijo:
--Acabo de salir de casa de Kokovtsev, -ellas se rieron, creyendo que
bromeaba-. Lo digo de veras.
--¿Lo desterró? -preguntó Munia, riéndose.
--No. Pero acordé desterrarme a mí mismo.
--¿Lo dice en serio? -inquirió Ana Vyrubov.
--Me iré a Siberia en dos semanas, cuando el emperador vaya a Crimea.
--¿Por qué no viene a Crimea? -el rostro de Ana se iluminó.
--Porque no me han invitado.
--No quiero decir que vaya con la familia real. Pero conozco una casita
muy agradable en Livadia; la alquilaré para usted. Y estará cerca, en caso
de que queramos verle...
Rasputín se dejó convencer; la idea de pasar un verano tranquilo en
Crimea le atraía poderosamente. Unos días más tarde, Ana le llamó por
teléfono.
--Ya alquilé la casa. Así que más vale que vaya a Crimea con nosotros.
No tiene sentido que viaje en otro tren.
--¿Lo sabe el emperador?
--No, pero no le importará.
Ana Vyrubov se equivocaba. El día en que salieron rumbo a Crimea,
Nicolás se encontraba de muy mal humor y la perspectiva de un viaje largo
y caluroso en
el tren lo irritaba aún más. Detuvo a un camarero que pasaba frente a la
puerta y le dijo:
--Tráeme una caja de fósforos. -Entonces notó la botella de vino dulce
georgiano en la bandeja-. ¿Dónde llevas eso?
--Se lo llevo al <staretz>...
Ana palideció y estaba tratando de hacer señas al camarero, que parecía
perplejo.
--¿El <staretz>? ¿Cuál <staretz>? -Se volvió hacia la emperatriz-.
¿Sabes algo de esto?
La zarina se sonrojó.
--No.
--Le sugerí que viajara con nosotros... alquiló una casa en Livadia...
-explicó Ana.
El zar se volvió hacia el camarero.
--Pídele, por favor, al <staretz>, que me haga el favor de bajar en la
próxima estación. -Cuando el hombre se hubo ido, se volvió hacia Ana-. Y
tú, ¿podrías hacerme el favor de no invitar a nadie al tren sin mi
permiso?
Volvió su atención al periódico inglés que estaba leyendo. Ana y la
zarina se miraron de soslayo. Ambas se habían puesto coloradas.
En Crimea, el mal humor del zar se evaporó gradualmente, pero, cuando
vio que la zarina escribía una carta a Rasputín, le dijo con frialdad:
--Me gustaría que la hicieras corta. Mi ministro del Interior sigue
tratando de recuperar las cartas robadas por ese Iliodor. Cosas como ésta
causan muchísimo embarazo...
Ni él ni la zarina sabían que ya se habían recuperado y que se hallaban
en posesión de la madre de Nicolás, la emperatriz viuda.
Ese año, el clima era muy bueno y, en Septiembre, la familia real fue a
Belovetchkaya, en la frontera con Polonia. Alexei, que había celebrado
recientemente su octavo cumpleaños, crecía y se fortalecía. En los últimos
años, su salud había mejorado constantemente y la zarina estaba convencida
de que esto se debía a los poderes de curación de Rasputín. Al niño no se
le permitía todavía participar en ningún deporte y dos corpulentos
marineros de la marina imperial estaban siempre a su
lado, para sostenerlo cuando subía a un barco o bajaba apresuradamente las
escaleras. Mas su salud era ya tan buena que se habían acostumbrado
gradualmente a mantenerse atrás y tratar de pasar inadvertidos tanto como
lo permitía su inmensa estatura.
Un día, mientras el zar y sus hijas se hallaban montando en el bosque,
los marineros se prepararon para llevar a Alexei a remar en el lago.
Cuando el niño subía al bote, dio un traspié y el pie se le dobló. Cayó
contra un escálamo y gritó por el dolor que sentía. Los marineros,
alarmados, lo hicieron sentar y le subieron la pernera de su pantalón
corto. Había una pequeña magulladura en el muslo, justo debajo de la
ingle. Pero pudo caminar de regreso al pabellón de caza. El doctor Botkin,
que lo examinó más tarde ese día, encontró una pequeña hinchazón y le
ordenó que permaneciera acostado. El niño lloraba y tenía fiebre, pero la
hinchazón no crecía. Al cabo de una semana, desapareció y le permitieron
levantarse. El zar decidió que se encontraba lo bastante bien para que se
fueran todos a su pabellón de caza favorito en Spala. Pero, cuando
llegaron, Alexei estaba pálido; algo iba mal. El tutor, Gilliard, trató de
darle clases de francés, pero vio que no prestaba atención.
Una mañana, cuando parecía que Alexei se encontraba mejor, la zarina
decidió sacarlo a tomar el aire; se alejó en el carruaje, sentado entre su
madre y Ana Vyrubov. El camino era accidentado y el carruaje daba bandazos
y saltaba. De pronto, Alexei gritó de dolor; palideció tanto que parecía
estar a punto de desmayarse. La zarina ordenó al cochero que parara y
luego que regresara a la casa. Cada bache en el camino de regreso
provocaba gritos de dolor en el niño.
Durante cuatro días y cada cuarto de hora, sufrió espasmos de dolor. Los
médicos llegaron de San Petersburgo, pero eran inútiles. Diríase que nada
aminoraba el dolor ni suprimía la enorme hinchazón. La zarina se mudó al
dormitorio del niño. El zar continuó con su rutina doméstica. Pero a
medida que pasaban las semanas, palidecía y perdía peso.
A mediados de octubre, más de un mes después de la caída, el zar se
hallaba comiendo con la familia, cuando
un sirviente le entregó una nota. Palideció y salió apresuradamente. Era
la zarina y decía: "Creo que se está muriendo." Agotado por tantas semanas
de dolor, el niño apenas respiraba. La zarina, demasiado exhausta para
llorar, con el rostro ceniciento, lo miró y alargó silenciosamente la mano
para que la cogiera su esposo. Toda esa tarde, vigilaron junto a la cama,
temiendo que la respiración se detuviera. Hacia el anochecer, la zarina
salió de puntillas del dormitorio. Cuando regresó, anunció quedamente:
--Le he pedido a Ana que enviara un telegrama a Grígori.
El zar asintió con la cabeza.
--Pero tardará días en llegar.
--Nadie más nos puede ayudar.
Antes de la medianoche, un sirviente tocó suavemente a la puerta; tenía
un telegrama. El zar lo abrió violentamente, lo leyó y se lo entregó a su
mujer. Decía: "Dios ha visto sus lágrimas y escuchado sus oraciones. No se
aflijan. El pequeño no morirá. No dejen que los médicos lo molesten" y lo
firmaba "Grígori". La zarina escondió el rostro en las manos y respiró
profundamente. Entonces, miró a su esposo y dijo calladamente:
--Podemos acostarnos ahora.
A la mañana siguiente, Alexei seguía vivo, pero los médicos declararon
que la hemorragia continuaba. Mas, hacia el mediodía, empezó a respirar
más profunda y tranquilamente. Botkin apartó cautelosamente la delgada
sábana que lo cubría. Miró a la zarina.
--<Creo>, no estoy seguro, pero creo que la hemorragia se ha parado.
--Lo sé -contestó la zarina.
Por primera vez en varias semanas, se deshizo en lágrimas.
A la mañana siguiente, la hinchazón había disminuido. Alexei estaba
delgado y parecía agotado. Pero el color regresaba a sus mejillas. El zar
llevó aparte a Ana.
--Envía un telegrama a Grígori. Dile que se lo agradecemos desde lo más
hondo del corazón.
¤ XII

1913 marcaba el tercer centenario de la dinastía de los Romanov,


fundada en 1613 por el zar Miguel. Nicolás ordenó que se celebrara en
toda Rusia, esperando que una ola de patriotismo terminara con la
agitación revolucionaria. Se decepcionó. Huelgas extensas y disturbios
civiles alteraron las celebraciones. Y la sombra de la guerra incrementaba
la sensación de inestabilidad. En 1911, Italia había declarado la guerra a
Turquía; en 1912, Bulgaria, Serbia, Montenegro y Grecia decidieron unirse
al ataque. Las dos princesas montenegrinas, Militsa y Anastasia, trataron
de convencer al zar de que declarara la guerra a Turquía.
Rasputín había regresado a San Petersburgo y estaba en términos aún más
íntimos con la familia real. El zar sabía que su presencia despertaba
hostilidad y que el nuevo presidente de la Duma, Rodzianko, estaba
tramando destruir a Rasputín. Pero, tras la conmoción causada por la
enfermedad de su hijo, ya no se habló de desterrar a Rasputín a
Pokrovskoé. Cuando la familia real viajó a Kostroma, a orillas del
Volga, donde Miguel, el primer zar de los Romanov, se enteró de su
elección al trono, Rasputín fue con la comitiva. Las multitudes que los
vitoreaban por todas partes convencieron al zar y a la zarina de que la
mayor parte del pueblo ruso era todavía leal al trono. Nicolás pensó que
no estaría mal una guerra contra los turcos; no había nada como una guerra
para estimular el patriotismo. Pero cuando habló de ello con Rasputín, el
<staretz> se mostró terminante y enfático.
--Ninguna guerra se puede justificar. Pero, en este momento, una guerra
destruiría a Rusia.
Cuando el zar discutió, Rasputín se enfadó y golpeó la mesa para dar
énfasis a lo que decía. El zar acabó por convenir que lo pensaría muy a
fondo. Cuando Militsa se enteró de que Rasputín se había opuesto a una
guerra contra Turquía, ordenó a sus sirvientes que no lo dejaran entrar
nunca más en su casa.
Ese invierno fue uno de los más alegres que se hubiesen visto en San
Petersburgo. Allí, al menos, las celebraciones habían creado un ambiente
de excitación y festividad. La avenida Nevski destellaba con luces y
decoraciones. El principal tema de conversación consistía en el escándalo
del bailarín Nijinski, a quien habían expulsado del Ballet Imperial por
aparecer en público con un traje particularmente revelador; todo el mundo
sabía que había provocado su expulsión para poder unirse a la compañía de
su amante, Diaghilev, en París. Con escándalos como ése, a nadie le
interesaba la política. La revolución nunca había parecido menos probable.
Al regresar de Pokrovskoé, Rasputín había traído consigo a sus dos
hijas, así como la sirvienta Dunia. Ella le proporcionaba una útil salida
sexual y le evitaba el problema de citarse con la costurera que vivía dos
pisos más arriba o la masajista que vivía en el piso de abajo. No se
arrepentía de esta rutina doméstica; los acontecimientos de los dos
últimos años le habían hecho darse cuenta de que estaba rodeado de
enemigos. A los cuarenta y dos años, empezaba a pensar en el futuro.
En cuanto a sus hijas, Rasputín era un tanto mojigato. Si salían, debían
ir con una dueña. Tenían que regresar a casa a las diez de la noche a más
tardar. Las chicas se divertían con el teléfono; marcaban números al azar
y tenían largas y temerarias conversaciones con hombres desconocidos.
Un día de mayo, María recibió una llamada telefónica de un hombre que le
dijo que estaba enamorado de ella. Explicó que la había visto en la calle
y que llevaba días siguiéndola. Describió los paseos que ella daba y la
gente con quien había hablado. Le hizo ardientemente el amor por teléfono,
pero se negó a darle su nombre.
El admirador desconocido llamaba cada dos o tres días. María no era
bonita, se parecía demasiado a su padre, pero tenía labios generosos, ojos
vivaces y buen tipo. La idea de que alguien la considerara hermosa bastaba
para predisponerla a corresponder el sentimiento.
En la tercera semana de junio, Rasputín anunció repentinamente que ese
verano regresarían a Pokrovskoé. La familia real había ido nuevamente a
Crimea; pero la salud de Alexei había mejorado tanto que parecía
improbable que necesitaran a Rasputín. Además, ya había mostrado su
capacidad para curar desde lejos. El 20 de junio de 1914, los Rasputín
emprendieron el viaje de siete días de regreso a Pokrovskoé, cinco días
por tren y dos por barco. En Tobolsk, abordaron un vapor fluvial la última
etapa del viaje.
Cuando se encontraba en cubierta, gozando de la brisa de la estepa, un
joven de cabello oscuro, obviamente judío, se acercó a María y le dijo que
era un reportero. Algo en su voz la intrigó. De pronto, cayó en la cuenta;
era el admirador desconocido. El joven, que dijo llamarse David-, sohn,
parecía abochornado pero reconoció que era cierto. Incapaz de pasar el
verano sin verla, decidió seguirla a Pokrovskoé. María se sintió halagada.
Davidsohn no era particularmente atractivo, pequeño y con gafas; mas la
idea de que podía inspirar tal sentimiento le resultaba agradable a María.
Cuando se separaron en el muelle de Pokrovskoé, ya sentía ternura por él.
Pero se cuidó de que su padre los viera cuando le permitió robarle un
beso.
El domingo, 28 de junio, era un día claro y tranquilo. Rasputín se
encontraba de muy buen humor, encantado de estar en casa. Fueron a misa y
Rasputín no mostró su impaciencia con el aburrido sermón del padre Piotr.
Durante la comida, divirtió a todos con relatos sobre San Petersburgo y
cómo había logrado despistar a la policía secreta que lo seguía siempre.
A las dos y cuarto, mientras estaban aún sentados a la mesa, alguien
llamó a la puerta. Era el cartero, con un telegrama. Rasputín lo abrió.
Era de Maniulov, que solicitaba la ayuda de Rasputín para conseguir un
nombramiento político para alguien. Rasputín se encaminó al correo para
enviar una respuesta.
La mayoría de los aldeanos habían salido a disfrutar del sol; Rasputín
anduvo por las calles atestadas, saludando a sus amigos. Cuando trataban
de detenerlo para hablar, explicaba que tenía que apresurarse para enviar
un telegrama.
Cerca del correo, se paró cuando una mujer coja se arrastró hacia él,
con la mano izquierda estirada. Rasputín buscó una moneda en el bolsillo.
En ese momento, la mujer sacó la otra mano de debajo del chal y se
abalanzó contra él. Le hundió el cuchillo en el abdomen y luego lo empujó
hacia arriba. La sangre salía a borbotones, manchando la ropa de Rasputín,
que se volvió para correr. La mujer se abalanzó nuevamente sobre él,
tratando de clavarle el cuchillo en la espalda. Rasputín cogió un pedazo
de madera que había en el arroyo y la golpeó en la cabeza. La mujer se
cayó en el camino y trató de alejarse, gateando. Para entonces, las
personas que pasaban por allí se habían dado cuenta de lo que ocurría;
varios la agarraron y la arrastraron a la comisaría. Rasputín regresó
tambaleándose a su casa, con la sangre escurriéndole entre los dedos.
Lo tumbaron en la mesa de la cocina y le quitaron el pantalón. A través
de la larga herida, sus intestinos salían, cual globos.
Mientras Prascovia y Dunia, la sirvienta, le limpiaban la herida,
alguien llamó a la puerta. Era el reportero, Davidsohn, quien explicó que
había oído hablar del ataque y quería informar de ello en su periódico.
Cuando trató de mirar por encima del hombro de María, ésta se sobrecogió
al adivinar algo horrible. Este hombre estaba detrás del atentado contra
la vida de su padre. Iracunda, lo empujó y le cerró la puerta en las
narices.
Más tarde ese mismo día, llegó la policía. La mujer arrestada se llamaba
Chionya Guseva y llevaba varios días hospedada en la aldea. Unas cartas
que encontraron en su posesión revelaron que era una discípula de Iliodor;
el cuchillo que usó pertenecía al pope que había tenido que colgar sus
hábitos.
Una investigación posterior demostró que la sospecha de María era
correcta; al llegar a Pokrovskoé, Davidsohn fue directamente al
alojamiento de Guseva. Ahora, había desaparecido.
El 28 de junio de 1914 es notable por otro acontecimiento, aparte del
atentado contra Rasputín. A cinco mil seiscientos kilómetros de
Pokrovskoé, en la ciudad de Sarajevo, en Bosnia, un joven patriota
llamado Gavrilo Princep seguía los movimientos de su proyectada
víctima, el archiduque Ferdinand, heredero del trono de Austria, que había
escogido un mal día para una visita de Estado a Sarajevo, puesto que era
Vinovdan, el aniversario de una derrota serbia. Ese domingo, poco después
de las diez de la mañana, una bomba casera estalló e hirió a varios
espectadores, pero el archiduque y su esposa salieron ilesos. Siguieron su
camino, para asistir a la ceremonia en el ayuntamiento. Al salir, media
hora más tarde, el archiduque manifestó a su esposa:
--Tengo la sensación de que puede haber aún más bombas.
El coche se alejó.
Pocos minutos antes de las once, Gavrilo Princep observaba su llegada y
empuñó el revólver Browning que llevaba en el bolsillo. Entonces,
inesperadamente, el coche dobló por otra calle. Un oficial gritó,
señalando al chófer que se había equivocado de camino. El coche dio marcha
atrás. Cuando pasó frente a Princep, éste saltó hacia adelante, con el
revólver alzado, y disparó dos veces. Tuvo buena puntería; Ferdinand y su
duquesa murieron casi simultáneamente.
El archiduque Ferdinand fue asesinado a las once de la mañana; a
Rasputín lo acuchillaron a las dos y cuarto de la tarde. Pero Sarajevo y
Pokrovskoé están separados por cincuenta grados de longitud, una
diferencia horaria de tres horas y cuarto. Guseva acuchilló a Rasputín
precisamente en el mismo momento en que Princep disparó contra Ferdinand y
su mujer.
Mientras Rasputín yacía en el hospital, entre la vida y la muerte, las
consecuencias se siguieron inevitablemente la una a la otra. Indignado por
el asesinato del heredero del trono, Franz Ferdinand de Austria exigió
reparaciones a Serbia, así como que se diera permiso a oficiales
austríacos para interrogar a los oficiales serbios, con el fin de
descubrir el complot. El zar tenía un pacto de defensa mutua con Serbia;
en medio de esta crisis, se esperaba claramente que declarara la guerra a
Austria, que, a su vez, tenía un pacto de defensa mutua con Alemania. El
honor de Serbia, ¿era lo bastante importante como para que Rusia se
lanzara a la guerra? En dos ocasiones, Rasputín había aconsejado
enfáticamente al zar contra la guerra por los Balcanes. De haber podido
regresar a San Petersburgo a finales de 1914, habría repetido
indudablemente el consejo. Pero se encontraba en el hospital y le estaban
operando para evitar una peritonitis.
El zar vaciló y ordenó finalmente una movilización parcial. Esperaba
todavía encontrar un pretexto para evitar la guerra. El káiser le envió un
mensaje insultante, ordenándole que cesara inmediatamente la movilización
o que se atuviera a las consecuencias. Los austríacos bombardearon
Belgrado, la capital de Serbia. Cuando el zar se enteró de los rumores de
que los austríacos habían ordenado una movilización completa, dio órdenes
finalmente para la movilización de Rusia.
Pasó un mes antes de que Rasputín se recuperara lo suficiente para
prestar atención a las noticias de la capital; escribió inmediatamente una
carta al zar, carta que empezaba: "Amigo mío, lo repito nuevamente, una
terrible tormenta amenaza Rusia; infortunio, sufrimientos sin fin..." Pero
era demasiado tarde. Rusia ya estaba en guerra.
Francia y Bélgica tenían pactos de defensa mutua con el zar. Las tropas
alemanas marcharon sobre Bélgica y Gran Bretaña entró en la guerra en
defensa de Bélgica. El Japón declaró la guerra a Alemania; Italia se la
declaró a Austria. A principios de agosto, la mitad del mundo estaba en
guerra.
Cuando, ese mismo año, Rasputín regresó a San Petersburgo, el nombre de
la ciudad había cambiado a Petrogrado; los rusos consideraban que era
antipatriótico llamar a su capital con el nombre alemán elegido por Pedro
el Grande. Rasputín se apresuró a ver al zar, llevando consigo a María.
Estaba pálido y parecía mucho más viejo; tanto su cabello como su barba
aparecían veteados de canas.
El zar y la zarina lo recibieron amablemente y María se sentó a los pies
de la zarina, apoyando la cabeza sobre sus rodillas. Pero cuando Rasputín
empezó a hablar de la guerra, el zar le dijo, con frialdad:
--Amigo, es demasiado tarde. No podemos dar marcha atrás.
--Nunca es demasiado tarde para negociar la paz.
El zar contestó irritado:
--Tú eres un hombre de Dios. No entiendes estas cosas. Además, es un mal
momento para renunciar, ahora que estamos ganando.
Esto no era enteramente cierto. Los austríacos habían logrado una
importante victoria en agosto en Zamoc-Komrov y los alemanes, en
Tanenburgo; pero los rusos habían ganado la batalla de Lemberg, en su
territorio. El país estaba electrizado con patriotismo y victoria;
vitoreaban al zar cada vez que aparecía en público. Ya no se hablaba de
revolución. Rasputín le pareció un pesimista pesado que temía los riesgos.
Tras explicar su punto de vista, el zar salió de la estancia. La zarina
trató de consolar a Rasputín, explicándole que ella también estaba en
contra de la guerra, -su propio hermano se hallaba en el ejército
alemán-, pero que Rusia tenía derecho a defenderse. Acabó diciendo:
--No se desespere. Queda todavía mucho trabajo para usted. Lo
necesitamos como siempre.
Cuando salió del palacio, Rasputín parecía enfermo y agotado. La guerra
había logrado lo que no habían logrado sus enemigos: había destruido su
influencia sobre el zar.

Los siguientes cuatro meses fueron los peores que hubiese vivido
Rasputín. Si bien la herida de la puñalada había cicratizado, su salud
declinaba; se sentía siempre cansado, abandonado, no sólo por el zar, sino
también por Dios. Las horas que pasaba rezando no lo consolaban. Empezó a
beber mucho alcohol para paliar la desesperación; cada noche, Dunia lo
observaba beber hasta quedarse dormido en la silla, y entonces lo ayudaba
a acostarse.
Le parecía una absurda ironía que sus enemigos estuviesen más activos
que nunca. Ese invierno, en San Petersburgo existía la manía de los espías
y Rasputín pronto descubrió que alguien había divulgado el rumor
de que él era un espía alemán. Para colmo, el rumor insistía también en
que la zarina era su amante y que ella era asimismo una espía alemana.
Según una broma de esos tiempos, el zarevich decía: "No sé de qué lado
estoy. Cuando los rusos pierden, papi parece melancólico, y cuando pierden
los alemanes, mami llora."
Después de Septiembre, la guerra empezó a ir mal para Rusia. Los
generales eran incompetentes y los ministros, corruptos. Se hablaba
abiertamente de las ganancias escandalosas de algunos e incluso de
malversación a gran escala de los fondos asignados a la compra de armas;
pero nadie hacía nada al respecto. Siglos de ineficacia y de corrupción
habían acostumbrado a los rusos a creer que era algo inevitable. Los
soldados luchaban bien, pero carecían de armas y morían por millares. Es
más, como había señalado Rasputín a Kokovtsev, el sistema ferroviario era
tan malo que las municiones y los alimentos se amontonaban en las vías
muertas. Aun si Kokovtsev hubiese hecho caso del consejo, no habría
tenido tiempo de hacer nada; el zar lo despidió poco después y nombró al
anciano y despistado Goremykin en su lugar. El zar aprovechó la guerra
para convertirse en el autócrata absoluto que siempre había creído que
debía ser. No permitió que la Duma se reuniera y los seis diputados
bolcheviques fueron arrestados. Se prohibió la venta de vodka, para evitar
que las tropas se emborracharan; pero esto era innecesario. La excitación
patriótica había causado una dramática disminución del nivel de
embriaguez. En esos primeros meses, se creía generalmente que la guerra
terminaría antes de la primavera.
Cuando el zar salió de San Petersburgo para ir al cuartel general de
Polonia, Rasputín tenía la esperanza de que lo mandaran llamar nuevamente
a palacio. Pero no llegó ningún mensaje. En noviembre de 1914, Dunia tuvo
que regresar a Pokrovskoé para cuidar a su madre moribunda; Rasputín
comenzó a pasar las veladas en el Villa Rode, su restaurante preferido,
donde podía escuchar música gitana. El gerente aprendió rápidamente a
mandar por un carruaje para llevarlo a casa cuando empezaba a roncar.
A medida que su salud se deterioraba, sentía que
su poder lo abandonaba también. Una anciana que padecía artritis fue a
verlo justo antes de Navidad. Tenía las manos y los brazos tan retorcidos
que semejaban madera quemada. Rasputín tomó sus manos en las suyas y rezó;
pero no ocurrió nada. Cuanto más trataba de llegar a la fuerza oculta en
su interior, menos parecía ser capaz de concentrarse. Finalmente, envió a
la mujer con una nota a la consulta de su amigo el doctor Badmaev. Después
bebió hasta perder el conocimiento.
Cuando, días más tarde, Dunia regresó de Siberia, se conmocionó ante el
cambio que se había operado en Rasputín. Diríase que era un moribundo. Su
tez parecía masilla gris; sus manos temblaban cuando intentaba servirse
una copa. Pese a sus protestas, Dunia lo acostó y lo alimentó con una
espesa sopa de verduras.
La tarde del 15 de enero de 1915 nevaba fuertemente. Simanovich fue a
ver a Rasputín y le habló del sufrimiento de los judíos. La guerra había
obligado a muchos de ellos a dejar sus casas y llegaban a raudales a las
ciudades rusas. Allí, se convertían en víctimas de la espionitis; había
habido varios pogroms. Rasputín escuchó melancólicamente, consciente de
que no era capaz de ayudar. Tras media hora, Dunia entró a decir a
Simanovich que era hora de que se fuera. Cuando Simanovich iba a salir, la
puerta se abrió de golpe y María entró corriendo. Estaba pálida.
--Papi. Ana ha muerto en un accidente de tren.
--¿Estás segura? ¿Dónde te enteraste de eso?
--En casa de los Sasanov. Alguien llamó al señor Sasanov.
Rasputín gimió y se pasó una mano por la cara. Entonces, dijo a
Simanovich:
--Ponte al teléfono. Entérate de si es verdad.
Diez minutos más tarde, Simanovich regresó.
--No es cierto. Está herida de gravedad, pero no muerta.
Rasputín bajó con dificultad de la cama y se vistió. Dunia no intentó
detenerlo; sabía que de nada serviría hacerlo.
--Consígueme un coche de punto. Voy a verla, -indicó a Simanovich.
Había tanta nieve que el coche tardó dos horas en
llegar a Zarskoé Selo. Rasputín subió directamente por la escalera
principal de palacio, seguido de María.
--¿Dónde se encuentra Ana? -preguntó al mayordomo que abrió la puerta.
Éste lo guió a la enfermería.
El zar y la zarina se hallaban junto a la cama. Rasputín no les hizo
caso. Permaneció de pie, al lado de la cama, y tomó las manos de la mujer
inconsciente que yacía sobre el edredón. Se dio cuenta inmediatamente de
que casi no le quedaba vida. Ana respiraba trabajosamente y estaba
mortalmente pálida.
--Aniushka. Aniushka. Despierta, -le dijo en voz alta y fuerte. No hubo
respuesta. Se inclinó, acercándose más y repitió- Aniushka, abre los ojos.
Sintió que recuperaba el conocimiento.
Agitó los párpados y miró hacia arriba. Tardó un momento en enfocar los
ojos; entonces, lo reconoció.
--Grígori. ¡Gracias a Dios! -exclamó.
Rasputín no dijo más; se limitó a cogerla de las manos. Ahora, con los
ojos cerrados, entró en la conciencia de Ana y se percató del dolor que
sufría en las piernas y las caderas. Profundizó su concentración y sintió
la fuerza aumentar en su corazón y fluir nuevamente a través de sus manos.
Había perdido su propio conocimiento y se había convertido en la debilidad
de Ana y en su propia necesidad de llenarla de fuerza. Percibió el alivio
de Ana mientras la vida volvía a fluir en su cuerpo. Tras unos cinco
minutos, colocó las manos de la mujer sobre el edredón. El color había
regresado a sus mejillas. Miró al zar y a la zarina, que se encontraban
del otro lado de la cama.
--Vivirá. Pero quedará inválida.
Puso las manos en los hombros de María.
--Vamos.
Salieron de la habitación. Tan pronto como la puerta se cerró a sus
espaldas, Rasputín sintió que sus sentidos lo abandonaban; se desplomó,
cayendo en el suelo. A través de la oscuridad, oyó que María pedía:
--Consigan un médico.
Logró enderezarse lo suficiente para decir:
--No, llevadme a casa.
Más tarde, ese día, mientras Rasputín dormía, alguien
tocó al timbre de la casa. Era un mensajero con un enorme ramo de flores y
una cesta de frutas tan grande que el policía que se encontraba afuera
tuvo que ayudarlo a subirlo. La tarjeta decía sencillamente: "Cariños de
mamá."
Al cabo de dos días, Rasputín se había recuperado completamente. El
tercer día, volvió a visitar a Ana y habló con ella durante media hora,
cogiéndola de las manos. Después de eso, tomó el té con la zarina y el zar
entró a hablar con él. No se habló de la guerra. El frente del Este estaba
en un punto muerto, pero el zar seguía esperando que todo acabaría antes
de la primavera.
Al día siguiente, Rasputín caminaba sobre la dura nieve de la avenida
Kammeno-Ostroski cuando oyó las pisadas de un caballo que se acercaba; la
cautela lo obligó a volverse y saltó alocadamente. El trineo lo golpeó y
lo derribó. Los policías que lo seguían siempre corrieron y uno de ellos
logró agarrar la brida del caballo. Rasputín estaba atontado y una herida
en la cabeza le sangraba; se sentó, aturdido, y observó cómo los policías
detenían a los tres hombres del trineo. Más tarde, ese día, el policía
apostado fuera de su casa le explicó que los hombres reconocieron haber
llegado de Zaritsyn, el antiguo "baluarte" de Iliodor. Pero la acusación
de intento de asesinato contra Rasputín se abandonó silenciosamente;
Dzhunkovski, el jefe de la policía, odiaba a Rasputín y había jurado
conseguir su caída.
Tan pronto como el zar regresó al cuartel general, la zarina mandó un
carruaje para llevar a Rasputín a palacio. Quería pedirle consejo. Había
oído que los rumores se referían al comandante en jefe del ejército, el
gran duque Nicolás, como "el zar Nicolás III" y como el hombre más popular
de Rusia. ¿No sería mejor que el propio zar tomara en sus manos el mando
supremo? ¿Debería ceder ante la presión para que permitiera que la Duma
volviera a reunirse? ¿Cuáles eran los ministros de los que se podía fiar?
Rasputín le aconsejó que no despidieran al comandante en jefe, pero
sugirió que el zar no mencionara su nombre en las proclamas públicas.
Camino de regreso a Petrogrado, a Rasputín le pareció
que la zarina necesitaba algo con que ocupar su mente mientras el zar se
encontraba en el cuartel general. En la avenida Nevski, pasó frente a un
convoy que llevaba al hospital a los heridos del frente y en él encontró
la respuesta: debería convertirse en enfermera. Le daría la sensación de
que ayudaba en el esfuerzo de la guerra y mantendría su mente alejada de
la política. Cuando, el día siguiente, le sugirió la idea, la zarina se
entusiasmó; no sólo se convertiría en enfermera, sino que sus dos hijas
mayores harían lo mismo. Empezó a adiestrarse inmediatamente y, durante
unos meses, Rasputín no volvió a oírle hablar de política ni de la idea de
que el zar debía sustituir al gran duque como comandante en jefe. Cuando
le habló de ello a María, se rió entre dientes y se frotó las manos como
un villano de pantomima.
--Tu padre se está volviendo astuto en su vejez.
Pero, con el zar en el cuartel general, ni siquiera la enfermería
evitaba que la zarina se preocupara por la situación política. Bombardeaba
a su esposo con cartas (escritas en inglés) llenas de consejos políticos:
"Querido, me enteré de que ese horrible Rodzianko y otros fueron a ver a
Goremykin rogándole que se volviera a reunir inmediatamente la Duma. ¡Ay,
por favor, no lo hagas! No es asunto suyo, quieren hablar de cosas que no
les conciernen y provocar más descontento..." Más abajo, en la misma
carta: "Recuerda que nuestro amigo (Rasputín) te rogó que no te quedaras
demasiado tiempo; él ve y conoce a Nicolás (el gran duque Nicolás) como la
palma de la mano así como tu corazón demasiado blando y bondadoso...
Nicolás conoce mi voluntad y teme mi influencia (guiada por Grígori) sobre
ti..." Era cierto; Rasputín había rogado al zar que no pasara mucho tiempo
en el frente; sabía que, mientras él estuviese fuera, la zarina estaría
obsesionada con la política. Y la política de la zarina consistía
mayormente en una serie de antipatías violentas. Sus comentarios acerca
del gran duque y el corazón bondadoso de su esposo implicaban que el zar
sólo dejaba por consideración al gran duque al mando del ejército.
La zarina logró por fin su propósito; el 5 de Septiembre de 1915, el gran
duque Nicolás fue relevado de su
cargo como comandante en jefe y el propio zar se encargó del mando
supremo. De pronto, Rasputín encontró que se le requería en la corte cada
día de la semana y que las cartas de la zarina al frente contenían un
número creciente de frases como "Nuestro amigo cree que la gracia de Dios
se halla en Hvostov y que él sería un excelente ministro del Interior."
Hvostov era un hombre mediocre con un don para la intriga y la adulación;
pero la zarina explicó que "apoya a nuestro amigo y se dejaría cortar en
pedazos por ti".
Así pues, Hvostov fue nombrado ministro del Interior. El zar siguió el
consejo de su esposa en cuanto a la Duma y, a mediados de Septiembre,
declaró cerradas las sesiones, una medida que carecía de tacto y llevó a
una huelga de protesta entre los trabajadores de Petrogrado que duró dos
días. De haber estado en casa, el zar habría escuchado tal vez a
consejeros como Rodzianko, y se habría abstenido de añadir leña al fuego
de la revolución. Pero mientras se encontraba en el cuartel general, la
zarina se hacía cargo de todo. Y puesto que Rasputín era su principal
consejero, él era virtualmente el zar.
Desgraciadamente, ni él ni la zarina tenían el don de la política.
Rasputín seguía siendo manipulado por intrigantes como Simanovich,
Maniulov y el patrocinador de este último, el siniestro príncipe
Andronikov. A Hvostov, Andronikov le era antipático y nombró como
guardaespaldas y "niñera" a un policía corrupto llamado coronel Komisarov,
cuyo trabajo consistía en minar la influencia de Andronikov. Hacía todo lo
que podía para mantener sobrio a Rasputín, puesto que podían mandarlo
llamar a palacio en cualquier momento, para evitar que se liara
sexualmente con demasiadas mujeres de las que llegaban con solicitudes,
pues los periódicos estaban llenos de historias sobre las violaciones y
las seducciones de Rasputín, y para asegurarse de que no utilizara su
influencia a favor de la gente que le resultaba antipática a Hvostov.
Rasputín era lo bastante astuto para saber que era poco más que un
instrumento en manos de esta gente y lo bastante realista para saber que
no podía hacer gran cosa al respecto.
Un día, cuando estaba a punto de sustentarse con
su piscolabis consistente en arenque y vino georgiano, Simanovich le dijo
que tenía una solicitante más, una que había reservado hasta lo último.
Resultó ser una hermosa mujer de poco más de treinta años, ataviada a la
moda con un vestido azul que resaltaba su bien proporcionado cuerpo y que
se dejó caer inmediatamente a los pies de Rasputín, aduciendo que sólo él
podía salvar a su esposo. Rasputín pidió el nombre del marido y se
sorprendió al enterarse de que se trataba del general Sukhomlinov, el
ministro de la Guerra, un hombrecillo rechoncho de setenta años, de quien
se sabía que disfrutaba de la buena comida y la bebida. Su incompetencia
era parcialmente responsable de las derrotas del ejército ruso; hubo
incluso un momento en que rechazó la oferta que hicieron los franceses de
proporcionarles municiones, alegando que el ejército ruso poseía
suficientes. La Duma había hablado de la posibilidad de acusarlo de
desfalco, pero el hecho de que el zar disolviera la Duma terminó con esa
amenaza.
Rasputín le preguntó por qué estaba tan angustiada. Ella le explicó que
los enemigos de su esposo seguían tratando de acusarlo de estafar dinero
que debió gastarse en armas.
--¿Lo hizo? -inquirió Rasputín mirándola fijamente a los ojos.
La mujer se sonrojó y bajó la mirada.
--Sólo un poco... como todos los oficiales rusos.
Rasputín la agarró de la mano y la levantó bruscamente.
--Entonces, pudo ser el responsable de miles de muertes. ¿Por qué habría
de ayudarlo? -inquirió con severidad.
Madame Sukhomlinov se deshizo en lágrimas.
--Porque lo amo. Y es realmente un hombre bueno y decente...
Rasputín nunca pudo soportar las lágrimas. Rodeó sus hombros con un
brazo.
--De acuerdo. Por favor, no llore.
La mujer se sorbió las lágrimas sobre el hombro de Rasputín.
--Me lo promete, ¿verdad?
Se estiró y desabrochó un botón de atrás de su vestido.
Rasputín observó, irónico pero preocupado, en tanto ella dejaba caer el
vestido al suelo y se desataba el corpiño, revelando unos pechos blancos y
redondos.
Se estaba quitando las enaguas cuando le dijo:
--¡Basta ya!
La visión de las piernas bien torneadas, enfundadas en medias de seda
gris, había despertado el deseo en su cuerpo; mas la derrota total que vio
en el rostro de la mujer, la súplica e infelicidad, hicieron que se diese
cuenta de que no podía aceptar lo que le ofrecía.
--Vístase, -las lágrimas rodaban silenciosamente por las mejillas de la
mujer-. Haré lo que pueda por su esposo, se lo prometo, -indicó
bruscamente.
La mujer le rodeó el cuello y lo besó. La suavidad de sus labios hizo
peligrar su resolución, pero sabía que no podría respetarse a sí mismo si
la utilizaba así para satisfacer una lujuria pasajera. Le dio la espalda
mientras se vestía; ella se arrodilló, le besó la mano y salió.
Simanovich entró, poniendo los ojos en blanco.
--¿Te deshiciste de ella?
--Prometí ayudarle.
--¿No te gustó?
Era evidente que Simanovich deseaba que fuera él quien tuviese
influencia sobre la zarina.
--Estoy envejeciendo, -contestó Rasputín.
De pronto, se sintió cansado y asqueado.
Cuando, esa tarde, durante el té, Munia Golovina le comunicó que Félix
había regresado a San Petersburgo (poca gente se había acostumbrado a
llamarlo Petrogrado), Rasputín se mostró perplejo.
--¿Quién es?
--El príncipe Félix Yusupov. Lo conoció usted hace unos años. Desea
verlo de nuevo.
Rasputín recordó al joven tímido de mirada preocupada.
--Sí, me acuerdo de él. Me dijo que tocaba la guitarra.
El recuerdo produjo en Rasputín una especie de afecto sentimental por
Yusupov, que parecía necesitar ayuda y consejos.
--Me gustaría verlo de nuevo.
--Vendrá a mi casa mañana por la tarde. ¿Podría usted venir a tomar el
té?
--Bien. Me encantará. Dígale que lleve su guitarra.
Por primera vez desde la entrevista con madame Sukhomlinov, su depresión
amainaba.
Más tarde ese mismo día, habló a la zarina del general Sukhomlinov y
ella le escuchó comprensivamente. El proceso contra el general se abandonó
discretamente.
¤ XIII

A principios de diciembre, Rasputín anhelaba regresar a Pokrovskoé


para las Navidades. Estaba harto de Petrogrado y de las interminables
intrigas. La política le aburría y, sin embargo, se veía obligado a pensar
en la política y a hablar de ella desde el momento en que despertaba por
la mañana. Hasta el tiempo que pasaba en Zarskoé Selo se estaba
convirtiendo en una carga. Era lo bastante perspicaz para darse cuenta de
que la zarina carecía de inteligencia para juzgar la situación política,
que se dejaba llevar una y otra vez por sus emociones. Mas él se
encontraba dándole los consejos que ella deseaba oír, sencillamente porque
no había modo de inducirle a ver la verdad sin hacerla desdichada. No
cabía duda de que Goremykin, el primer ministro, era un desastre y debía
despedírsele a la mayor brevedad posible, pero la zarina le tenía simpatía
y confiaba en él por ser tan reaccionario. Era obvio que el mejor hombre
para sustituirlo sería Rodzianko, o incluso Guchkov; pero la zarina odiaba
a ambos porque querían una constitución democrática. Al propio Rasputín no
le gustaba Rodzianko, que lo había perjudicado varias veces; pero se
percataba de que con él de primer ministro el país se uniría detrás del
zar. Como mínimo, el zar debía volver a reunir la Duma.
A principios de diciembre, Rasputín pasó una tarde entera discutiendo
con Goremykin, tratando de convencerlo de que volviera a reunir la Duma e
hiciera varias pequeñas concesiones a los liberales; el anciano era terco
como una mula. Rasputín regresó a casa exhausto y deprimido.
Para calmarse, se paseó por los muelles del Neva, hasta hallarse frente
a la bahía de Finlandia. La gran extensión de agua le tranquilizó
gradualmente el ánimo. Recordó su primer día en San Petersburgo, cuando se
encontró en ese mismo sitio, mirando hacia la isla de Cronstadt. Diríase
que había pasado un siglo desde entonces. De pronto, cayó en la cuenta de
que había logrado por fin todo lo que había soñado de pequeño: una
posición de poder y una intimidad con el zar más estrecha aún que la del
arcipreste Avvakum. La ironía de la situación le hizo sonreír. Se hallaba
atrapado en una ciudad que había llegado a odiar y en un estilo de vida
mortal para el alma.
Cuando regresó al apartamento en la calle Gorokhovaya, le dijo a María:
--Mañana tomaremos el tren de regreso a Tobolsk.
Sus dos hijas se pusieron a bailar a su alrededor, emocionadas. Esa
noche llamó a Prascovia por teléfono, informándole que podía esperarlo al
cabo de unos ocho días, según las condiciones del camino de Tobolsk a
Pokrovskoé.
A las ocho de la mañana del día siguiente, Dunia lo despertó.
--La zarina está al teléfono.
Rasputín agarró el auricular y contestó irritado:
--Hola, Mama, ¿qué ocurre?
--Es Alexei, -explicó ella con voz entrecortada.
--Creí que se encontraba con su padre.
--Sí, está con él. Acabo de recibir un telegrama. Tiene una hemorragia
nasal y regresan hoy mismo.
--Que le sangre la nariz no tiene importancia.
--No regresarían si no la tuviese. ¿No puede hacer nada?
--Iré a verlo tan pronto como llegue. ¿Cuándo será?
--Mañana, no sé a qué hora.
Rasputín colgó y comunicó, cansadamente, a Dunia:
--Nos quedamos.
Vio a la zarina esa tarde. Tenía la cara hinchada, se había dado un
golpe en la mandíbula, tenía los ojos rojos y parecía cansada. Al parecer,
el niño sufrió un fuerte resfriado la semana anterior y el sonarse
constantemente le había producido una hemorragia nasal que
no se detenía con nada. El niño, de once años, volvía a tener fiebre.
Al día siguiente hubo más telegramas. Alexei sufría tanto ya que tenían
que parar frecuentemente el tren. Tardarían al menos veinticuatro horas
más en llegar a casa. Rasputín pasó una hora tranquilizando a la zarina y
la dejó finalmente sonriente y animada. Él estaba agotado.
Cuando llegó a casa, Félix Yusupov lo esperaba. Los dos se habían visto
la semana anterior en casa de Munia Golovina; pero Yusupov parecía
extrañamente reticente. Ahora, el príncipe se levantó de un salto y, para
asombro de Rasputín, se deshizo en lágrimas. Rasputín le rodeó el hombro
con un brazo.
--Vamos, vamos, amigo, siéntese y cuénteme sus problemas.
Mientras Yusupov sollozaba en su hombro, Rasputín tuvo una ráfaga de
perspicacia. Lo empujó suavemente hacia un sillón. Yusupov se sonó
violentamente la nariz.
--He pasado toda la semana tratando de verle, pero usted estaba siempre
en palacio.
--Bueno, pues hablemos ahora. Se trata de su matrimonio, ¿verdad?
Yusupov lo miró sorprendido.
--Sé cuál es el problema.
--¿Ah, sí?
Yusupov se preguntaba evidentemente si hablaban de lo mismo.
--¿Cuánto tiempo hace que sabe que... prefiere a los hombres?
Yusupov suspiró aliviado. Volvió a sonarse la nariz para evitar las
lágrimas.
--Creo que desde pequeño. Pero luché contra ello. Ahora... ya no quiero
luchar.
Hablaron durante más de una hora. Rasputín no sabía nada de la
homosexualidad, pero su comprensión y su calidez dieron a Yusupov la
impresión de que lo comprendía. Cuando las dos hijas de Rasputín llegaron,
Yusupov se fue. María comentó:
--Es muy apuesto. Pero hay algo extraño en él.
--Tiene hielo en los ojos, -señaló Daria.
--Tiene problemas. Al menos, eso piensa él... -explicó Rasputín.
Esa noche, fue al Villa Rode y bailó al son de la música gitana. A la
tercera botella de vino, se quedó dormido. Al despertar, se encontraba en
un coche que lo llevaba a su apartamento. Tenía una sensación de pesadez
en el estómago. Cuando, media hora más tarde, se acostó, la pesadez se
había convertido en quemazón. Permaneció acostado media hora, sintiéndose
peor por momentos y preguntándose si debía llamar a un médico. Se tambaleó
hacia el lavabo y vomitó violentamente. Tuvo náuseas durante otro cuarto
de hora. Finalmente, se tumbó boca abajo sobre la alfombra, tratando de
hacer desaparecer las náuseas. El teléfono sonó en la habitación vecina.
No hizo caso. Cuando se encendió la luz de su habitación, se había quedado
dormido. María entró en camisón. Se arrodilló al lado de su padre y lo
sacudió.
--Mama está en el teléfono. Quiere que vayas inmediatamente a palacio.
Dice que Alexei se está muriendo.
María no se preocupó demasiado al ver a su padre tumbado en la alfombra.
Lo había visto borracho antes. Pero, cuando él se incorporó, ella se
alarmó.
--Pareces enfermo.
Rasputín tenía la tez cenicienta y los ojos rojos. Se levantó con
dificultad.
--No te preocupes. Ayúdame a vestirme.
Empezaba a amanecer cuando el coche llegó a Zarskoé Selo. De camino,
Rasputín había dormitado. Dunia, que se encontraba con él, lo mantuvo
cubierto con mantas de viaje y le friccionó las frías manos.
La zarina bajó corriendo al vestíbulo en el momento en que Rasputín
llegó; era obvio que había estado mirando por la ventana del dormitorio.
--Grígori, gracias a Dios que ha llegado. -Se hallaba tan angustiada que
no se percató de cuán enfermo parecía-. Venga rápido.
Casi lo arrastró escalera arriba.
El zar se hallaba arrodillado junto a la cama, rezando. El niño,
despierto, parecía tener fiebre y estaba sonrojado. La almohada se
encontraba cubierta de manchas de sangre. Botkin se hallaba de pie, junto
a la ventana, contemplando la nieve.
Cuando Rasputín vio el estado del niño, su propia sensación de
enfermedad desapareció; la fuerza en su interior se enfocó y se concentró
repentinamente. Se acercó a la cama y sonrió. El niño trató de sonreírle
también. Rasputín alargó la mano y le tocó la frente, que estaba caliente.
--Vaya, me das muchos problemas, ¿verdad? -le dijo.
Puso la mano en la mejilla de Alexei. Miró al zar y le preguntó con
burlona aspereza:
--¿Para qué me hicieron venir hasta aquí? No le pasa nada.
--Ha estado sangrando, -alegó el zar.
--Pero ya no sangra. Ya está bien. -Agitó el cabello del niño-. ¿Verdad
que sí?
Alexei asintió con la cabeza, demasiado exhausto para sonreír.
Rasputín se volvió hacia la zarina.
--Regreso a casa, estoy cansado.
Ella lo acompañó a la puerta. Rasputín le dio un beso y susurró:
--Estará bien, ahora.
La zarina le rodeó el cuello con los brazos y lo abrazó tan
violentamente que él casi se ahogó.
--Cuidado, Mama, -le dijo.
Por primera vez, Alejandra vio su rostro,
--¿Está <usted> bien?
--Sí, creo que sí.
Se contuvo justo antes de decir "Creo que alguien trató de envenenarme",
pues sólo la preocuparía. En vez de ello, indicó:
--Necesito unas vacaciones en mi pueblo.
--Sí, por supuesto. Pero aún no, por favor. No, hasta que Alexei se
encuentre realmente mejor.
Rasputín durmió durante todo el trayecto de regreso a Petrogrado.
A la mañana siguiente, María llamó a palacio. Alexei había dormido
apaciblemente toda la noche. Tras la visita de Rasputín, ya no hubo
hemorragia.

En la noche del 11 de enero de 1916, Rasputín despertó de una pesadilla


inquietante. Soñó que era un oso,
perseguido por cazadores en uniforme rojo. Todos ellos llevaban sombrero
de copa. Lo habían arrinconado en una cueva, desde donde escuchaba los
gritos que se iban acercando. Entonces, una multitud surgió de los árboles
y se dio cuenta de que eran campesinos, vestidos de harapos y pieles de
animal. Se levantó sobre las patas traseras y los campesinos cayeron al
suelo, adorándolo. De pronto, se oyó el estallido de unos disparos; se
volvió y vio que los cazadores vestidos de rojo se encontraban detrás de
él, dentro de la cueva, y que le apuntaban con sus armas. Despertó
sudando.
Encendió la luz, luchando contra el pánico. Entonces se dirigió a la
mesa y cogió una pluma. En una hoja de papel puso, como encabezamiento;
"El espíritu de Grígori Efimovich Rasputín-Vovhyk de la aldea de
Pokrovskoé." Sus dedos siguieron escribiendo, como por voluntad propia.
Cuando, media hora más tarde, hubo terminado, releyó las primeras frases:
"Escribo y dejo esta carta en San Petersburgo. Tengo la sensación de que
dejaré esta vida antes del próximo primero de enero." Estaba demasiado
cansado para seguir leyendo. Volvió a acostarse y cayó en un sueño
profundo.
A la mañana siguiente, dobló la carta sin leerla y la metió en un sobre,
en el cual escribió: "Para ser entregada a la zarina en caso de mi
muerte". La guardó en un cajón, ocultándola debajo de un papel secante. Ya
no recordaba lo que había escrito. Pero estaba seguro de que era algo que
preferiría no saber.

En febrero de 1916, el zar despidió finalmente a Goremykin y nombró en


su lugar a Boris Stürmer, otro candidato de Rasputín. Fue una decisión que
no gozó de mucha popularidad. El pueblo creía que Stürmer era alemán; el
gabinete sabía que era un hombre mediocre cuyos únicos talentos consistían
en la adulación y la intriga. La Duma sospechaba, con razón, que debía su
nombramiento a Rasputín. En marzo, le tocó a Polivanov, el ministro de la
Guerra, que había sustituido a Sukhomlinov, el desfalcador. Polivanov era
implacable y eficiente. Había mejorado el adiestramiento y el equipo del
ejército y se preparó para contraatacar masivamente
a los alemanes. Antes de que tuviera tiempo de llevar a cabo el ataque,
fue despedido y sustituido por el general Shuvaiev. El General no era ni
implacable ni eficiente; pero era totalmente leal al zar y a la zarina. En
julio, le tocó a Sazonov, ministro de Asuntos Exteriores, otro ministro
que pensaba por sí mismo y a quien Rasputín le era antipático. Stürmer lo
sustituyó en el cargo que ocupó él mismo, además del de primer ministro.
La zarina, cuyos consejos llevaron a estos cambios, volvió entonces su
atención al ministerio del Interior, para el cual recomendó otro candidato
de Rasputín, Alejandro Protopopov.
En junio se lanzó la gran ofensiva preparada por el destituido Polivanov
en un frente de unos cuatrocientos ochenta kilómetros. Los austríacos
fueron cogidos por sorpresa y se batieron en retirada. El zar ordenó que
sus tropas mantuvieran la ofensiva, costara lo que costase. Le
obedecieron, pero el precio fue enorme: más de un millón de hombres en un
mes.
Las cartas del zar a la zarina detallaban los planes militares; le
enviaba también mapas. Cada carta contenía la orden de no revelar estos
planes a nadie; pero ella daba por sentado que él se refería a nadie
excepto Rasputín. De haber sido Rasputín un espía alemán, cosa que muchos
en Petrogrado creían ya, el ejército ruso habría sido derrotado
contundentemente en el verano de 1916. De hecho, siguió avanzando, con
enormes pérdidas. Rasputín se escandalizó al ver la cifra de las bajas y
aconsejó repetidamente al zar que detuviera el avance y dejara de
desperdiciar la vida de los hombres. El zar no le hizo caso, pues creía
que la victoria valía este precio. Esta impresión no era compartida por
sus soldados; en invierno se había extendido ya el descontento en el
ejército.
En Petrogrado, Rasputín se divertía enormemente, ayudando a planificar
su propio asesinato. Beletski, el corrupto policía, fue quien le habló
primero de los planes, cuyo autor era la persona que el propio Rasputín
había nombrado, Alexis Hvostov, ministro del Interior. Desde el principio,
había buscado una oportunidad para deshacerse de Rasputín, a quien
consideraba como un vulgar ignorante y un peligro potencial para sus
propias ambiciones.
Había hablado del asunto con Beletski, que sugirió que el método más
sencillo consistiría en atraer a Rasputín a un coche o un carruaje,
asesinarlo en una callejuela y arrojar su cuerpo al neva. Beletski, que
también creía que Rasputín era un vulgar ignorante, le tenía, sin embargo,
cierta simpatía, por lo que le advirtió que no subiera a ningún vehículo
desconocido. Esa misma noche, un coche se detuvo junto a Rasputín, que iba
caminando por el muelle Inglés y un policía que él reconoció sacó la
cabeza.
--El ministro le ruega que vaya a verlo. Es un asunto urgente.
--En ese caso, dígale que venga a verme, -contestó Rasputín, volviéndose
y alejándose, y dejando al policía con la mano en la pesada cachiporra que
llevaba en el bolsillo.
Hvostov se enfureció. Mandó llamar al coronel Komisarov, el guardia
especial de Rasputín, para pedirle consejo. Komisarov le dijo que el
método más seguro era el veneno y que sabía dónde conseguirlo. Pero
Komisarov, como Beletski, había llegado a odiar a Hvostov y sentía cierto
afecto por Rasputín. Tras un mes de retrasos, llevó a Hvostov un gran baúl
con docenas de cajones, en cada uno de los cuales había una etiqueta con
una calavera. Pasó dos horas explicando los efectos del veneno a Hvostov,
que le prometió mucho dinero una vez que Rasputín hubiese muerto. De
hecho, los "venenos" eran todos remedios caseros, y Komisarov sacó sus
aparentemente exhaustivos conocimientos de un viejo libro que Rasputín le
prestó.
Este tiro le salió por la culata a Rasputín. Esa noche de diciembre,
cuando fue a la Villa Rode, uno de los agentes de Hvostov se encontraba
sentado a la mesa de al lado; y, cuando Rasputín dormitó un momento, el
hombre echó una cucharilla de polvos blancos en su bebida. Era un antiguo
remedio letón para los dolores de espalda que contenía ácido tártaro; fue
éste el que enfermó tanto a Rasputín la noche que lo mandaron llamar a la
cama del zarevich.
Hvostov empezaba a sospechar de sus dos compañeros en la conspiración.
Decidió que Iliodor sería probablemente un mejor asesino e inició una
correspondencia
secreta con el ex pope, que vivía entonces en Finlandia. Hvostov ofreció a
Iliodor fondos ilimitados para organizar el asesinato y le envió a un
antiguo ladrón llamado Rezhetski con el primer pago. En la frontera con
Finlandia, los oficiales inspeccionaron el equipaje de Rezhetski y se
sorprendieron al encontrar tanto dinero. Enviaron un telegrama a la
policía de Petrogrado y se enteraron por el historial de Rezhetski de
que era un ex convicto. La policía de Petrogrado llamó a Beletski, que
adivinó adónde iba Rezhetski y por qué llevaba tanto dinero. Ordenó que
lo arrestaran y lo devolvieran a Petrogrado. Entonces fue a ver a Hvostov
y le dijo, con expresión inocente, que acababa de atrapar a Rezhetski, que
trataba de huir con la caja para gastos menores. Hvostov rechinó de
dientes pero no pudo hacer nada. Beletski y Rasputín pasaron la velada
riendo y bebiendo.
Fue en ese momento que Beletski provocó su propia caída por un descuido.
Estaba harto del departamento de policía y de trabajar bajo las órdenes de
Hvostov; Rasputín susurró unas palabras en el oído del zar y Beletski fue
nombrado gobernador de Siberia. Antes de marcharse para tomar el cargo,
otorgó una entrevista a un periódico de Petrogrado, en la que habló
abiertamente del complot contra la vida de Rasputín. Lo que había olvidado
era que el zar había dado órdenes de que ya no se publicaran noticias
sobre Rasputín en los periódicos de Petrogrado. El director del rotativo
supuso que una entrevista con el comisario adjunto de la policía estaría
oficialmente acreditada. Ambos descubrieron su error; el periódico fue
clausurado y Beletski perdió su nombramiento como gobernador de Siberia.
Para colmo, el zar despidió también a Hvostov y nombró provisionalmente al
primer ministro Stürmer como sustituto. Rasputín hizo todo lo posible
porque el zar revocara su decisión; agradecía a Beletski el haberle
proporcionado tanta diversión inofensiva. Pero el zar se mostró inflexible
y Beletski siguió en desgracia.
Stürmer entregó el ministerio del Interior al tío de Hvostov, un hombre
honrado que se horrorizó al enterarse de cuánto dinero del gobierno
desaparecía en los bolsillos de los funcionarios corruptos. Al saber que
Maniulov,
el amigo de Rasputín, era uno de los peores infractores, Hvostov le puso
una trampa, ofreciéndole un soborno con billetes marcados. Maniulov aceptó
el soborno y lo arrestaron. No parecían preocuparle sus apuros; cuando lo
interrogaron, se limitó a dar a entender que, si comparecía en juicio,
haría interesantes revelaciones acerca de Rasputín. A la zarina le
hablaron de ello y envió un telegrama al zar. El tío de Hvostov se
encontró de súbito sin trabajo. Protopopov, el amigo de Rasputín, tomó su
lugar.
Pese a sus intrigas, Rasputín hacía todo lo posible por evitar el
deslizamiento hacia los desastres. En Petrogrado, el precio de los
alimentos se había multiplicado; hasta la sal costaba seis veces más que
antes de la guerra. Mucha gente moría de frío debido a la escasez de
combustible; el transporte era insuficiente para traer carbón de la región
del Donetz en el sur. Mientras la gente moría de inanición, se
transportaban las carcasas de carne podrida, rumbo a las fábricas de
jabón; habían llegado demasiado tarde a las estaciones. En el frente, los
soldados morían innecesariamente debido a la falta de armas y de
municiones. El problema, como había dicho siempre Rasputín, se encontraba
en el sistema ferroviario. Rogó al zar que hiciera algo al respecto y el
zar detuvo todo transporte de civiles durante tres días y utilizó los
trenes para transportar alimentos y combustible. Pero tres días no
bastaban y la escasez de alimentos aumentó.
Cuando empezó el invierno, Stürmer fue objeto de más críticas. Se echaba
de ver ya que era tan ineficaz como Goremykin y que carecía de su honradez
y valor. El problema consistía en encontrar a alguien que lo sustituyera;
la zarina odiaba a los pocos hombres competentes de Rusia.
A medida que la situación empeoraba, incluso esa objeción perdió fuerza.
A sugerencia de Rasputín, Protopopov tanteó a Rodzianko, para ver si
aceptaría ser primer ministro. Rodzianko sonrió extrañamente a Protopopov
(a quien consideraba como un retrasado mental) y le contestó que le
encantaría, con una condición: que la zarina permaneciera en el palacio de
Livadia durante el resto de la guerra y que no se le permitiera intervenir
en la política. Protopopov se tapó las orejas con las manos y salió
corriendo de la habitación.
En noviembre, Stürmer fue finalmente despedido. Al decidir deshacerse de
él, el zar pasó por alto los ruegos de su esposa. En su lugar, nombró a
Alejandro Trepov, un conservador leal. Desde el punto de vista de la
zarina, Trepov tenía una desventaja, odiaba a "nuestro amigo". Además,
consideraba que el nombramiento de Protopopov como ministro del Interior
era un desastre e hizo prometer al zar que se desharía de él. La zarina
estaba frenética. Hizo lo que pudo por disuadirlo. "Corazón, puedes
confiar en mí. Tal vez no sea muy inteligente, pero poseo fuertes
emociones y eso ayuda a menudo más que un buen cerebro..." Cuando el zar
regresó del cuartel general, hablaron largamente de Protopopov y se
acercaron más que nunca a una amarga pelea. Pero el zar cedió finalmente y
permitió que Protopopov siguiera en su cargo.
¤ XIV

Un día, a principios de diciembre, Munia Golovina fue a ver a


Rasputín. Encontró la puerta abierta. Rasputín se hallaba sentado en una
silla junto a la ventana.
--Grígori, no debería dejar abierta la puerta. Cualquier persona podría
entrar.
--¿Quién?
--Alguien que deseara perjudicarlo. ¿Dónde están todos?
--Las niñas salieron de compras con Dunia.
Al verlo de cerca, se dio cuenta de que parecía enfermo y cansado.
Acercó una silla y le cogió las manos.
--He estado hablando por teléfono con Ana. Ha recibido una carta de
Prascovia.
Rasputín la miró sorprendido.
--¿Sobre qué?
--Su esposa dice que usted ha predicho que morirá pronto.
--Tal vez muramos todos pronto.
--Pero, ¿por qué decirlo ahora?
Rasputín la miró fijamente y ella vio que tenía profundas ojeras.
--Si de veras quiere saberlo... puedo oler la muerte. Puedo oler el
desastre. ¿Oyó lo que Purishkevich dijo de mí en la Duma?
--Por supuesto. Pero sus amigos no lo creen.
Purishkevich, uno de los diputados más brillantes, había pronunciado un
violento discurso en contra de Rasputín y su maléfica influencia. Era la
acusación más
detallada y perjudicial que se le hubiese hecho hasta entonces.
--Dice que odio la democracia. Pero, ¿se da cuenta de que la Duma está
ahora en sesión sólo porque <yo> rogué al zar que permitiera que se
reuniera nuevamente? Y este mismo Purishkevich que me llama una "herida
ulcerada" trató de convencerme, hace seis meses, de que le consiguiera el
cargo de ministro del Interior.
Munia sintió alivio al ver que Rasputín se enfurecía; sus depresiones la
atemorizaban.
--Lo han atacado antes y ha sobrevivido.
Rasputín la miró con una extraña expresión.
--Y, ¿cree usted lo que Purishkevich dice de mí?
--No sea tonto. Sabe que no lo creo, -contestó con firmeza. Se levantó y
colocó una mano en la cabeza de Rasputín-. Ana y yo lo conocemos mejor.
--¿Seguro?
Rasputín le rodeó la cintura y la atrajo hacia sí, le desabrochó el
abrigo para poder apretar la mejilla contra su vestido. Ella permaneció
quieta, con una leve sonrisa.
--¿Está segura de que es así?
--Por supuesto.
El tono de Munia era alegre y confiado. Rasputín bajó la mano
deliberadamente hasta los tobillos y la deslizó hacia arriba, sobre la
media de seda. Ella no se movió cuando la mano se movió sobre la desnudez
encima de la media y descansó en el delgado algodón de sus bragas.
Rasputín la apretó contra sí y le acarició las nalgas.
--¿Está absolutamente segura? -preguntó.
Ella permaneció inmóvil con la mano descansando aún en el cabello
enmarañado de Rasputín. Tenía las mejillas sonrojadas, pero su voz era
firme.
--No podrá quebrantar mi fe en usted, Grígori Efimovich. Sé que me está
poniendo a prueba.
Rasputín dejó caer la mano y se apoyó en la silla, cerrando los ojos.
Entonces, le agarró la mano y se la besó.
--No debería estar besando <mi> mano.
Se había arrodillado frente a él y se llevó su mano a los labios. Él la
miró con irónico afecto.
--Ahora, dígame la verdad, por favor, ¿qué le hizo decirle a su esposa
que creía que no la volvería a ver?
--Sucede todo el tiempo. Tengo una sensación. Ya sabe usted que cuando
estoy cansado me gusta pasearme junto al río. Ayer el agua se convirtió
repentinamente en sangre.
--¿A la caída del sol?
--No estaba cayendo el sol. Era sangre de verdad... la sangre de los
grandes duques.
Oyeron las voces de las chicas en el vestíbulo. Munia se levantó
apresuradamente. Cuando María y Daria entraron corriendo en la estancia,
se encontraba sentada junto a la ventana.

Desde su primera visita, seis meses antes, Félix Yusupov era un


visitante asiduo del apartamento de Rasputín. Su devoción parecía profunda
y auténtica, si bien evitaba deliberadamente la compañía de las
discípulas. En una ocasión, María lo vio coger el vaso de vino del que
había bebido su padre y llevárselo a los labios, como besándolo. Unos días
más tarde, cuando Yusupov llegó con un fuerte dolor de cabeza, Rasputín lo
hizo sentarse en una silla, y, de pie a sus espaldas, le apretó las manos
sobre la frente. El dolor de cabeza desapareció y Yusupov agarró la mano
de Rasputín y la mantuvo sobre sus labios durante largo rato. Finalmente,
Rasputín dijo:
--Basta, -y apartó la mano.
Una mañana, cuando Rasputín despertó, Dunia le informó:
--El príncipe Yusupov se encuentra en el estudio. Insistió en esperar.
Rasputín se levantó a duras penas y refunfuñó; le dolía la cabeza.
--Primero tráeme té.
Diez minutos más tarde, cuando entró en el estudio, encontró a Yusupov
tumbado sobre el sofá, desnudo.
--¿Qué cree usted que está haciendo? -preguntó Rasputín.
Sin mirarlo, Yusupov explicó:
--Grígori, necesito su ayuda. Necesito que me cure.
Las lágrimas le corrían por las mejillas. Rasputín acercó una silla al
sofá y se sentó; una mojigatería natural le hizo evitar mirar el cuerpo
desnudo de Yusupov.
Éste comentó:
--Anoche volví a caer. Parece que no puedo evitarlo. -Agarró las manos
de Rasputín-. Ayúdeme, por favor. Ponga sus manos sobre mí -y las presionó
contra su pecho y su abdomen.
Rasputín las apartó violentamente y se levantó.
--¡Por Dios, vístase!
Yusupov lo miró con expresión dolorida y Rasputín se sintió culpable.
--Lo siento. Me duele la cabeza y estoy cansado.
Yusupov trató de cogerle nuevamente la mano y Rasputín retrocedió,
irritado.
--Deje de portarse como un niño mimado.
Yusupov lo miró estupefacto, como si Rasputín lo hubiese abofeteado.
--Vístase. Regresaré en un momento, -ordenó Rasputín.
Fue a la cocina, se sirvió una gran copa de vino y se lo tomó de un
trago; Dunia lo observó con aprensión, pues Rasputín nunca bebía por la
mañana. Éste oyó cómo se cerraba una puerta y miró fuera de la cocina.
--Se ha marchado, -dijo Daria.
--¿Qué ha ocurrido? -preguntó Dunia.
--Nada. Ese chico necesita una buena tunda.
Dunia, que había oído algunas de las confesiones que le había hecho
Yusupov a Rasputín, comentó:
--Eso probablemente le encantaría.
Pasaron diez días, durante los cuales Rasputín no supo nada más de
Yusupov. Pensaba en él con una punzada de arrepentimiento. Yusupov le
parecía susceptible y egocéntrico; pero creía que había algo bueno en él.
Mas estaba demasiado ocupado para pensar mucho en ello.
El 14 de diciembre, por la tarde, María le informó:
--Félix llamó por teléfono. Dijo que llamaría más tarde.
--Bien. Ya se le acabó el mal humor, -respondió Rasputín.
Cuando estaba a punto de salir del apartamento para ir a Zarskoé Selo,
Yusupov volvió a llamar.
--Grígori, quisiera disculparme.
--¿De qué?
--¿No está enfadado conmigo?
Yusupov estaba utilizando su tono de "niñito" y esto irritó a Rasputín,
que se controló y contestó:
--Claro que no.
--¡Ah! Me alegro tanto. ¿Quiere conocer a Irina?
--Sí.
Rasputín no conocía a la esposa de Yusupov.
--Regresa mañana de Crimea. ¿Podría venir a cenar con nosotros? Sería
una cena tardía.
--¿Como a qué hora?
--¿A media noche?
--Supongo que sí. Si viene a buscarme usted.
--Por supuesto.
--Entre por la escalera trasera. Diré al guardián que le abra la puerta.

El zar había llegado ese día del cuartel general. Se encontraba de buen
humor. Ya había visto al primer ministro Trepov, que le habló de sus
planes para mantener a raya a la Duma; las sesiones terminarían durante la
Navidad y se iniciarían nuevamente en enero. Si los izquierdistas "creaban
problemas", Trepov los intimidaría y cerraría la sesión. La perspectiva de
hacer eso tan pronto encantó tanto al zar como a la zarina. El zar habló
con optimismo sobre la posibilidad de deshacerse pronto de Trepov. Al ver
el ceño fruncido de Rasputín, le dio una palmada en la espalda.
--¿Por qué tan melancólico, padrecito?
--¿Será sensato deshacerse tan pronto de Trepov?
El zar respondió firmemente:
--Mire, ni me gusta ni confío en él. En cuanto haya encontrado un
sustituto, lo voy a despachar. Pero no antes de que haga el trabajo sucio
-rió entre dientes.
--Al menos, Trepov comprende la importancia del sistema ferroviario.
--Todos lo entendemos, Grígori, todos lo entendemos. Venga, vamos a
tomar el té.
Lo tomaron en el <boudoir> color malva de la zarina y el zar habló de la
guerra. La campaña en el Somme estaba causando enormes pérdidas humanas a
Alemania. Los rumanos habían declarado la guerra a Austria, señal de que
creían que Austria sería derrotada. En Macedonia, los aliados habían
iniciado una gran ofensiva. Ahora, el gobierno alemán pedía al presidente
Wilson que negociara la paz. Todo ello significaba que el fin estaba
cerca.
Rasputín cambió de tema y habló de Yusupov, cuyo padre había sido
relevado recientemente como gobernador de Moscú.
--Ah, sí. He oído rumores extraños acerca de él, -observó el zar.
--¿Qué rumores? -inquirió la zarina.
--No importa, amor. No lo entenderías.
Después de leer un cuento al zare-, vich, Rasputín se despidió.
--¿Cuándo regresará al cuartel general? -preguntó al zar.
--Pasado mañana.
--En ese caso, no vendré mañana.
--Entonces, dame tu bendición.
Rasputín le miró directamente a los ojos; los suyos estaban tristes.
--No. Esta vez, yo soy el que necesita su bendición.
Se arrodilló a los pies del zar. Ligeramente azorado, el zar hizo la
señal de la cruz sobre su cabeza. Cuando se levantó, Rasputín abrazó
fuertemente al zar y besó a la zarina. Salió apresuradamente.
--¿No te parece que Grígori está un tanto extraño últimamente? -preguntó
el zar.
Rasputín despertó al día siguiente sintiéndose pesado y embotado. Trató
de rezar, pero diríase que tenía la mente envuelta en una nube de
oscuridad. Los solicitantes empezaron a llegar poco después de las diez;
afortunadamente, hacía tanto frío que había menos que de costumbre. Una
mujer, que quería que Rasputín sacara a su hijo del ejército, dejó una
buena suma de dinero en billetes. Cuando se hubo marchado, Dunia entró y
cogió algunos; sabía que Rasputín los regalaría probablemente
antes de que terminara la mañana. Lo encontró escribiendo una carta.
--¿Qué está haciendo?
--Estoy escribiéndole al zar, pidiéndole que saque a alguien del
ejército.
--¿No lo verá hoy?
--No.
Estaba hablando con el último solicitante, un banquero que quería que lo
conectara con el ministerio de la Guerra, cuando entró Dunia.
--Madame Vyrubov quiere verle. Dice que es urgente.
Rasputín se deshizo del banquero, prometiéndole que haría todo lo
posible. Ana entró presurosa en la estancia; llevaba la capa y las botas
de piel cubiertas de nieve. Cojeaba mucho como resultado del accidente.
--Grígori, ¿qué es todo esto de que va a ir a casa de Yusupov esta
noche?
--Me ha invitado para que conociera a su esposa.
--Mama ha investigado. Su esposa se encuentra en Crimea.
--Lo sé. Regresa hoy.
Ana cogió ambas manos de Rasputín.
--Prométame que no irá.
--¿Lo pide Mama?
--No, lo pido yo. Pero a Mama le parece que es muy raro. Y yo hablé con
Protopopov esta mañana. Dice que se ha extendido un rumor de que algo le
va a ocurrir a usted. Purishkevich ha hecho insinuaciones.
--No creo que Félix conozca a Purishkevich.
--No importa. Es peligroso salir a medianoche.
Rasputín se llevó una mano de Ana a la mejilla.
--Aniushka, no puedo decepcionarlo. Se lo prometí.
Ana suspiró y bajó la mirada. Estaba tan acostumbrada a aceptar todo lo
que él decía que le era difícil oponerse.
--Pero, ¿por qué tan tarde?
--Para que sus parientes no se enteren de la visita. Su padre me odia.
--Está bien. Usted sabe lo que hace, -Ana se puso de pie y le cogió una
mano, mirándolo directamente a los ojos-. ¿O no?
Rasputín le sonrió; tenía expresión de cansancio.
--¿Qué más quiere? Ya lo ha recibido todo.
Una hora más tarde, Protopopov le llamó por teléfono. Era evidente que
había hablado con Ana. Le repitió lo que ella ya le había dicho; que había
rumores de que algo le ocurriría y que Purishkevich parecía estar detrás
de ello.
--Pero Félix no conoce a Purishkevich.
--Sí que lo conoce. Mis agentes los vieron juntos por la mañana después
del discurso de Purishkevich en la Duma. Estuvieron casi una hora en su
oficina.
--Está bien. Le preguntaré al respecto cuando lo vea. Pero Félix es
demasiado cobarde para matar a nadie.
Simanovich llegó esa tarde para encargarse de las cartas que Rasputín no
había abierto. Él también había oído los rumores. Después de tomar el té
en la cocina con Dunia, preguntó:
--¿Qué es todo esto de que va a salir a medianoche?
--Únicamente para ir a casa de Yusupov. Vendrá a buscarme.
--No vaya.
--Es usted la tercera persona que me dice eso hoy. Tengo que ir. Lo
prometí.
Cuando Yusupov llegó, poco después de la medianoche, Dunia dormía en su
sillón y las chicas estaban acostadas. Rasputín salió silenciosamente.
Yusupov parecía abatido y estaba pálido. Llevaba un enorme abrigo de piel
y una gorra de piel con orejeras.
--¿Por qué está tan tapado? -inquirió Rasputín.
--¿No estuvimos de acuerdo en que sería un secreto?
--No es precisamente un secreto. Protopopov me llamó y me dijo que
pensaba usted matarme.
--¿Qué?
Yusupov parecía un conejo espantado y Rasputín se rió a carcajadas.
Entraron en el coche. Yusupov miró por la ventana trasera antes de
emprender el trayecto. Rasputín, que se había sentido extrañamente
intranquilo, se relajó repentinamente.
--¿Por qué no vamos mejor a la Villa Rode a escuchar música gitana?
--Si gusta. Pero mi mujer lo espera.
--¡Oh! Está bien. -Miró por la ventana-. ¿Por qué vamos por aquí?
--Por si nos siguen.
--Mandé a los policías secretos a su casa. Les dije que no saldría esta
noche.
Diez minutos más tarde, se detuvieron frente a la casa de Yusupov. Hacía
poco que se había mudado y había todavía postes del andamiaje en la calle.
La música de una banda de jazz norteamericana flotaba en el tranquilo y
frío aire.
--¿Qué pasa? ¿Dais una fiesta?
--No. Mi mujer invitó a unos amigos. Iremos al comedor y tomaremos el
té.
La casa olía a pintura fresca. Yusupov le precedió, bajando por las
escaleras recién alfombradas hasta el sótano. Rasputín miró a su alrededor
con curiosidad. Esta habitación había sido también pintada y amueblada
recientemente.
--¿Té? ¿O prefiere vino?
--Ninguno de los dos. Esperaré hasta que baje su esposa.
--Entonces, ¿qué desea?
--Que toque algo en la guitarra.
Mientras Yusupov tocaba una melodía húngara, Rasputín se paseó por la
estancia. Examinó atentamente una enorme vitrina antigua, abrió la puerta
y miró sus múltiples compartimentos y estantes. La música de arriba había
cesado. Yusupov dejó de pronto de tocar.
--Iré a ver si Irina está lista. ¿Por qué no come un poco de pastel?
--No, gracias. No me gusta el pastel.
--¿Vino dulce?
--Cuando llegue su esposa. Brindaré por ella.
Yusupov salió de la habitación. Rasputín se acercó a un gran crucifijo
de cristal que se encontraba en el rincón. Al examinar el cuerpo de
Cristo, detenido por clavos de plata, lo inundó una extraña tristeza. Se
arrodilló frente al crucifijo, agachó la cabeza y rezó.
Detrás de él, Yusupov abrió la puerta. Permaneció inmóvil cuando vio que
Rasputín rezaba. Entonces, de dos grandes zancadas, atravesó la
habitación. Rasputín
siguió rezando silenciosamente, si bien debió de oír que la puerta se
abría. Yusupov sacó un revólver del bolsillo. Estaba muy pálido y le
temblaban los labios. Alargó el brazo, con el revólver en la mano, cerró
los ojos y apretó el gatillo. El estallido fue ensordecedor en la pequeña
habitación. Rasputín lanzó un grito ahogado y cayó de bruces. Se oyeron
pisadas en las escaleras y cuatro hombres entraron atropelladamente. El
primero era Vladimir Purishkevich, un hombrecillo calvo de barba
cuadrada. Miró a Rasputín que yacía boca a bajo y gritó:
--¡Bravo, chico! ¡Lo has hecho!
Le dio una palmada en la espalda a Yusupov.
En ese momento, la luz se apagó. Yusupov gritó, aterrorizado. La luz
volvió a encenderse y un joven en uniforme de oficial dijo:
--Lo siento, toqué accidentalmente el interruptor.
Yusupov se volvió hacia él.
--¡Por Dios! ¡Idiota! ¿Quiere que me dé un ataque cardíaco?
Un hombre barbudo en levita se arrodilló junto a Rasputín. Puso el
cuerpo boca arriba y buscó el pulso.
--Está muerto, no cabe duda.
Yusupov y Purishkevich se abrazaron mutuamente. Los otros tres hombres
dieron palmadas en la espalda a Yusupov.
--Esta noche, ha salvado a Rusia, -le dijo Purishkevich.
Yusupov se sentía generoso.
--<Nosotros> salvamos a Rusia.
El joven en uniforme de oficial, el gran duque Dmitri Pavlovich, el
mejor amigo de Yusupov, informó:
--Necesito un trago fuerte.
Los cinco hombres subieron.
En el pasillo, uno de los conspiradores, un hombre llamado Sukhotin, se
puso el pesado abrigo de piel y la gorra de Rasputín y subió al coche. Su
cometido consistía en regresar a casa de Rasputín y entrar por la puerta
trasera, dando la impresión a la policía secreta de que Rasputín había
regresado a casa.
En la habitación encima del sótano, Yusupov sirvió grandes cantidades de
vodka. Todos bebieron solemnemente.
--Por Rusia.
La mano de Yusupov seguía temblando.
El hombre de levita, un tal doctor Lazovert, preguntó:
--¿Cuándo lo sacamos?
--Más vale esperar a que Sukhotin regrese con el coche.
Yusupov dio cuerda al gramófono y puso un disco. Entonces, mientras los
demás hablaban emocionados, salió de la estancia.
En el sótano, Rasputín seguía tumbado boca arriba, tal como lo había
dejado Lazovert. Yusupov atravesó cautelosamente la habitación y lo miró
fijamente. Se arrodilló junto al cuerpo, miró por encima del hombro y
desabrochó el pantalón de Rasputín. Empezó a tirar de él para bajárselo.
En ese momento, el cuerpo se crispó. Yusupov miró la cara y gritó. Los
ojos de Rasputín estaban abiertos y miraban enfurecidos a Yusupov. De una
sacudida, se incorporó y se arrodilló. Cuando Yusupov trató de alejarse
rodando, Rasputín lo agarró por el cuello. Yusupov soltó un aullido y
peleó como un gato. De pronto, se encontró libre nuevamente. Rasputín
había vuelto a rodar y estaba boca arriba nuevamente, con los brazos en
cruz y los ojos cerrados. Yusupov subió a toda velocidad y encontró a
Purishkevich en el pasillo.
--¡Está vivo! ¡Todavía está vivo!
Cuando Lazovert salió para ver lo que ocurría, Yusupov gritó:
--¡Idiota! ¡Dijiste que estaba muerto!
--¡Dios mío! -exclamó Purishke-, vich.
Yusupov se volvió y vio a Rasputín subiendo las escaleras a gatas. Al
divisar a los hombres arriba, empezó a gritar y rugir; no eran palabras,
sino más bien los sonidos que habría emitido un toro herido.
--¿Dónde está el revólver? -preguntó Purishkevich y entró corriendo en
la habitación.
Rasputín llegó al último peldaño de la escalera, se puso de pie
tambaleante y corrió hacia una puerta lateral. Ésta se abrió y entró un
hálito de aire nocturno. Purishkevich regresó, blandiendo el revólver.
--¿Dónde está?
--Afuera, en el patio.
Purishkevich salió, seguido de los demás. Rasputín gateaba hacia el
portón. Purishkevich se le acercó, sereno, apuntó y disparó. Rasputín cayó
boca abajo.
Un momento más tarde, un policía apareció en la entrada.
--¿Qué ocurre?
Yusupov se acercó apresuradamente al policía, que lo reconoció.
--¡Ah, es usted, alteza! Oí un disparo.
Yusupov lo agarró del brazo.
--Sí, no fue nada. Sólo un convidado tonto que está tratando de
enseñarnos cómo mató a un oso de cerca.
Se echó a reír, pero sentía que se entrecortaba su voz. Agarró al
policía del brazo y lo llevó a la calle.
--Realmente, no hay de qué preocuparse. No queremos un escándalo...
El policía saludó rápidamente.
Para entonces, había varias personas más en el patio. Eran los
sirvientes de Yusupov. Purishkevich se encontraba de pie junto al cuerpo
tumbado.
--Creo que sigue vivo. Acaba de moverse, -dijo.
Dio un puntapié a la cabeza con el zapato de punta; se oyó un ruido
apagado.
--Metámoslo en la casa, -sugirió Yusupov.
Llevaron el cuerpo al comedor y extendieron periódicos en la alfombra
con el fin de evitar las manchas de sangre. Mientras lo hacían, alguien
tocó el timbre de la puerta. El sirviente entró y susurró a Yusupov:
--Hay un policía en la puerta... quiere verlo.
Era el mismo que vieron en el patio.
--Mire, señor, lo lamento, pero creo que debo pedirle más detalles. No
puedo regresar y...
Se interrumpió, sobresaltado, cuando Purishkevich salió corriendo de la
sala y lo agarró del brazo.
Los ojos del hombrecillo centelleaban.
--Hombre, ¿ha oído hablar de Rasputín? -preguntó con voz tensa y aguda.
El policía asintió con la cabeza.
--¿El hombre que ha estado traicionando nuestro país con los alemanes,
el amante de la emperatriz?
Yusupov intentó interrumpir, pero Purishkevich alzó la voz.
--Bueno, pues está muerto. Lo hemos matado. Yo soy Vladimir
Mitrafanovich Purishkevich, miembro de la Duma. Lo matamos para salvar a
Rusia. Y si usted es un patriota, no dirá una palabra de esto. ¿Entiende?
El policía volvió a asentir con la cabeza, demasiado asombrado para
hablar. El comportamiento de Purishkevich hacía pensar que estaba
borracho.
--¡Ahora, déjenos hacer nuestro trabajo!
El policía permitió que lo sacaran por la puerta principal.
--¡Ahora sí que la has liado! -exclamó Yusupov-. Más vale que lo
arrojemos al río en seguida. Tendremos la mitad de la policía aquí en un
minuto.
La obvia histeria de Purishkevich lo hacía sentir calmado y superior.
Entró en el estudio y sacó una porra del escritorio.
--¡Esto es por si acaso vuelve a despertar!
Mientras hablaba, Dmitri Pavlovich gritó:
--¡Félix! ¡Rápido! ¡Está vivo!
Rasputín luchaba por sentarse y con las manos arañaba el periódico que
tenía debajo. Tenía la cara cubierta de sangre y una mejilla sangraba
donde Purishkevich le había dado el puntapié. Con un grito de rabia,
Yusupov se abalanzó sobre él; le golpeó violentamente con la porra,
gritando:
--¡Hale! ¡Toma esto! ¡Esto hará que te acuestes!
Rasputín se derrumbó sin emitir sonido. Yusupov permaneció inmóvil
encima de él, atacándolo con la porra.
Finalmente, Dmitri Pavlovich lo agarró del brazo.
--Basta. Está muerto. ¿Quieres llenarte de sangre?
Yusupov soltó la porra, se volvió y empezó de pronto a llorar
histéricamente. Entonces se volvió otra vez y miró el rostro apaleado, que
ya parecía totalmente inhumano, y se desmayó.
Purishkevich se dirigió a los sirvientes, que se encontraban en el
umbral de la puerta.
--Consigan una manta y envuélvanlo. ¡Apresúrense! La policía podría
llegar en cualquier momento.
Lo arrastraron por los pies, con la cabeza golpeando los escalones,
dirigiéndose hacia el coche.
¤ EPÍLOGO

El 17 de diciembre de 1916, la zarina escribió al zar en el cuartel


general: "Esta noche, gran escándalo en casa de Yusupov... gran reunión,
Dmitri, Purishkevich, etc., todos borrachos, la policía oyó tiros,
Purishkevich salió corriendo y gritó a la policía que nuestro amigo
había sido asesinado... Félix dice que nunca fue a su casa. Sigo confiando
en la merced de Dios que sólo lo hayan hecho huir a algún sitio..."
Ésta fue la última carta que la zarina escribió a su marido. El primero
de enero, cuando sacaron el cuerpo de Rasputín del hielo, Nicolás regresó
inmediatamente a Petrogrado para consolar a su mujer. Dos días más tarde,
Rasputín fue enterrado en el parque imperial de Zarskoé Selo. Para
entonces, María había encontrado la carta de su padre, en la cual predecía
su propia muerte, y se la entregó a la zarina:
La carta decía:

<El espíritu de Grígori Efimovich Novhyk de la aldea de Pokrovskoé.


Escribo y dejo la presente carta en San Petersburgo. Tengo la impresión
de que dejaré esta vida antes del primero de enero. Deseo hacer saber al
pueblo ruso, a Papa, a la Madre rusa y a los niños, a la tierra de Rusia,
lo que deben comprender. Si me matan unos asesinos comunes y
particularmente mis compañeros campesinos, vos, zar de Rusia, no tenéis
nada que temer, permaneced en el trono y gobernad, y vos, zar de Rusia, no
tendréis por qué temer por vuestros hijos, pues reinarán
durante cientos de años en Rusia. Pero si me asesinan unos boyardos, unos
nobles y si derraman mi sangre, sus manos permanecerán manchadas con mi
sangre, no podrán lavarse mi sangre de las manos en veinticinco años. Se
irán de Rusia. Hermanos matarán a hermanos y se matarán mutuamente y se
odiarán y, durante veinticinco años, no habrá nobles en el país. Vos, zar
de la tierra de Rusia, si oís el repicar de una campana que os diga que
Rasputín ha sido asesinado, debéis saber esto: si fueron vuestros
parientes los que causaron mi muerte, entonces nadie de vuestra familia,
es decir, ninguno de vuestros hijos o parientes vivirá más de dos años. El
pueblo ruso los matará. Me voy y percibo la orden divina de decir al zar
del pueblo ruso cómo ha de vivir si he desaparecido. Debéis reflexionar y
actuar con prudencia. Pensad en vuestra seguridad y decid a vuestros
familiares que he pagado por ellos con mi sangre. Me matarán, ya no formo
parte de los vivos. Rezad, rezad, sed fuerte, pensad en vuestra bendita
familia>.

GRíGORI.

Dmitri Pavlovich y Yusupov eran ambos miembros de la familia real,


Dmitri por lazos de sangre y Yusupov por lazos matrimoniales.
El zar no regresó al frente. Diríase que una extraña apatía lo había
invadido.
En 1917, empezó la Revolución. En enero hubo huelgas y manifestaciones
de protesta. El 8 de marzo hubo motines por la escasez de pan. Dos días
más tarde, la policía disparó contra la multitud, que repetía, como un
cántico: "Muerte a la alemana." El regimiento de Volinski se rebeló y
otros le siguieron; aparecieron barricadas en las calles. La Duma sancionó
la formación de un gobierno provisional.
Cuando el zar trató de salir del palacio, los soldados se lo impidieron
con sus rifles, diciéndole: "No puede irse, señor coronel." Había esperado
demasiado tiempo antes de seguir el consejo de Rasputín de que fuese
prudente y pensara en su seguridad.
El 16 de abril, Lenin llegó por tren a Petrogrado. Durante cierto tiempo
no fue más que un agitador; Kerenski
estaba al frente del gobierno provisional. Pero, en octubre, los
bolcheviques se apoderaron de los principales edificios de Petrogrado. Con
el tiempo, esa ciudad pasó a llamarse Leningrado, así como la Zaritsyn de
Iliodor se llamó Stalingrado.
En agosto de 1917, Kerenski había llevado a la familia real a Tobolsk;
en el trayecto, en barco fluvial, pasaron por Pokrovskoé, donde vieron la
casa de Rasputín, más alta que las demás, frente al río.
María Rasputín se había casado y su esposo, un joven místico llamado
Boris Soloviev, pensaba rescatar a la familia real. El obispo Hermógenes,
que, irónicamente, se había convertido en obispo de Tobolsk, ofreció su
ayuda. Pero el zar se negó a cooperar a menos que recibiera la promesa de
que no tendría que salir de Rusia.
En abril de 1918, la familia real fue transferida a Ekaterinburgo. El 16
de julio, cuando hubo rumores de que el ejército de rusos blancos
avanzaba, los llevaron a todos al sótano de la casa y los asesinaron.
Dispararon primero contra Nicolás; la zarina y los niños cayeron de
rodillas y les dispararon en esa posición. Cuando la princesa Anastasia se
movió, la golpearon con la culata de un rifle. Una mujer que obtuvo
posteriormente fama al asegurar que era Anastasia, insistió en que sólo
estuvo inconsciente por los golpes y que era la única superviviente.
Los asesinos de Rasputín nunca fueron castigados. Purishkevich murió del
tifus en el sur de Rusia, tras luchar contra los blancos; había escrito un
libro titulado <Cómo maté a Rasputín>. Yusupov se fue a París, donde
escribió también un libro titulado <Rasputín: su influencia maléfica y su
asesinato>. Su relato del asesinato contiene discrepancias obvias. Por
ejemplo, insiste en que primero dio a Rasputín pasteles envenenados con
cianuro, sin saber, por lo visto, que el cianuro necesita pocos segundos
para matar. Asegura que Rasputín le daba la cara cuando le disparó, pero
no explica por qué la entrada de la herida causada por la bala se
encontraba en la espalda. Mas, hasta la muerte de Yusupov, era peligroso
mencionar las sospechas o poner en duda su propio relato de los motivos
patrióticos que le hicieron
asesinar a Rasputín; en 1934 demandó a la Metro Goldwyn Meyer por hacer
una película titulada <Rasputín, el monje loco>, en la que se sugería que
el motivo del asesinato de Rasputín era la venganza, pues Rasputín había
violado a su esposa; ganó 375.000 dólares. En 1965 demandó a la Columbia
Broadcasting System por invasión de la intimidad cuando presentaron una
obra de teatro acerca de Rasputín; en esta ocasión, perdió.
Cuando, en 1961, conocí a María Rasputín en Los Ángeles, después de
haber escrito un libro sobre su padre, me contó algunos de los hechos
reales de la vida de este personaje. Éstos son los que he intentado
mostrar en la presente historia.
¤¤ÍNDICE ONOMÁSTICO

Alejandra Fiodorovna, zarina de Rusia: 9, 119, 120, 130-142, 145-150,


151-153, 155, 161, 162, 166, 167, 169, 170, 171, 173, 176, 177, 178, 179,
182, 183, 184, 185, 190, 191, 192, 194, 195, 196, 197, 199, 200, 201, 202,
203, 204, 205, 206, 207, 210, 211, 216, 217, 218, 223, 225, 227.
Alejandro II de Rusia: 14, 98, 99, 133, 152.
Alejandro III de Rusia: 26, 135, 144, 152.
Alexei, zarevich: 130, 131, 132, 140, 145, 146, 147, 148, 150, 151, 169,
182, 183, 184, 185, 187, 192, 202, 203, 204, 205, 208, 217, 227.
Alexis de Rusia: 20.
Alixe de Hesse: <véase> Alejandra Fiodorovna de Rusia.
Anastasia de Rusia: 140, 145, 150, 151, 182, 227.
Andronikov, príncipe: 197.
Averzhan: 69.
Avvakum, arcipreste: 26, 27, 28, 29, 78, 85, 202.
Badmaev, Pedro: 120, 193.
Bekyeshova, Dunia: 88, 92, 186, 188, 191, 192, 193, 202, 204, 212, 214,
215, 217, 218, 219.
Beletski (policía): 207, 208, 209.
Bernabé, monje: 130, 168.
Bernabé (hermano lego): 93.
Bieli: 124.
Bogrov, Mordka: 172.
Botkin, doctor: 146, 147, 148, 149, 151, 178, 183, 184, 204.

Cronstadt, Juan de: <véase> Sergieff, Juan.


Chaikovski, Piotr Ilich: 164.

Daria (<la Bizca>): 69, 70, 71, 73.


Davidsohn: 187, 188.
Diaghilev, Serge de: 186.
Dobrovolski, Sofía: 126, 127, 129, 157, 158, 166, 176.
Dreyfus, Alfred: 145.
Dubrovina (padre de Prascovia): 88.
Dubrovina, Prascovia Fedorovna: 51, 52, 53, 54, 55, 56, 59, 76, 78, 80,
81, 83, 88, 89, 92, 94, 95, 103, 124, 131, 138, 163, 168, 170, 188, 202,
212, 214.
Dunya (tía de Ana Egorovna): 18.
Dzhunkovski (jefe de la policía): 195.

Eager, miss: 145.


Egorov (sacristán del monasterio de Optima Pustyn): 120.
Egorovna, Ana: 13, 15, 17, 18, 21, 23, 26, 27, 30, 31, 40, 42, 49, 53, 54,
59, 76, 80.
Elizaveta: 91.
Elizaveta (novicia): 128, 129.

Filipov, Daniel: 65, 69.


Francisco Fernando de Habsburgo, archiduque de Austria: 189.
Fredericks, conde: 149, 150, 151.
Freud, Sigmund: 128.
Gapón, pope: 133.
Gilliard, Pierre: 145, 183.
Glatkin, Seriozha: 32, 33, 34, 35.
Gógol, Nikolai Vasilievic: 108.
Golovina, Munia: 164, 165, 173, 174, 181, 199, 203, 212, 213, 214.
Gomozov, Aksinia: 32, 34, 50, 51.
Gomozov, Katia: 32, 33, 34, 35, 37, 51, 52.
Goremykin (primer ministro): 153, 192, 196, 201, 206, 210.
Grishkin, Daria Petrovna: 27, 28, 50, 132.
Guchkov (presidente de la Duma): 179, 201.
Guillermo II de Prusia, emperador de Alemania: 161, 181, 190.
Guseva, Chionya: 188, 189.
Gvosdev, Vasili: 22, 23, 24, 28.

Hermógenes, obispo de Saratov: 118, 119, 120, 123, 130, 175, 176, 177,
178, 227.
Hipius, Zinaida: 124.
Hvostov (ministro del Interior): 197, 207, 208, 209, 210.

Ignati, abad: 60, 65.


Ignati (mozo de cuadra): 15, 16, 17, 18.
Ignatiev, Alejandro Pavlovich: 126, 127, 133.
Illacowicz, Jan: 42, 43.
Inocencio IV: 26.
Ionn, pope: 145, 150.
Irena (sirvienta): 88.
Isabel de Hungría, santa: 128.
Ismailova, Elena: 90.
Ivan IV>el Terrible> de Rusia: 69, 160.
Izvolski, general: 158.
Izvolski, Polina: 158, 159.
Izvolski, Zenaida: 158.

Jaroslav II: 26.


Jesús de Nazaret: 58, 65, 108, 220.
Jonás (personaje bíblico): 104.
José, pope: 64, 65, 66, 67, 113.
Kaledin, Aksinia: 50.
Kaledin, Arkhip: 20, 21, 25, 50, 77.
Karamzin: 26.
Katerina: 77, 78, 79, 88, 132.
Katkoff (tendero): 95, 96, 98, 99, 104, 114, 125, 126, 127, 130, 152,
169, 170.
Katkoff, Elena: 96, 98, 99, 100, 101, 103, 106, 107, 112, 113, 114, 125,
126, 127, 130, 157, 158, 159, 166, 169, 170, 176.
Kerenski, Aleksandr Fiodorovich: 226, 227.
Kokovtsev (ministro de finanzas): 170, 171, 179, 180, 181, 192.
Kolchac, Vladimir: 144.
Koliabin, Mitia: 119, 120, 176, 177.
Komisarov, coronel: 197, 208.
Kostrovski, Nikon: 66, 68, 69, 70, 71, 73, 74.
Kuzmich, Dmitri: <véase> Kostrovski, Nikon.

Lazovert, doctor: 222.


Lebikov, Mijaíl: 144, 145, 146, 147, 149, 150.
Lenin, Vladímir Ilich, Uliánov, <llamado>: 134, 226.
Lotkin, Olga: 174, 175, 176, 177, 178.
Lucas, evangelista: 58, 89, 93.
Lukianov (procurador del Santo Sínodo): 168, 176.

Macario, pope: 62, 63, 64, 68, 80, 94.


Maniulov (espía de la policía): 165, 166, 173, 175, 187, 197, 209, 210.
María de Rusia: 140, 145, 146, 151, 183, 227.
María Magdalena (personaje bíblico): 54.
Mateo, evangelista: 104.
Merejkovski: 124.
Miguel Feodorovich, zar de Rusia: 185.
Militsa, duquesa: 100, 110, 111, 112, 113, 114, 116, 117, 119, 121, 122,
123, 129, 130, 131, 132, 133, 134, 135, 136, 137, 138, 139, 140, 141, 142,
143, 144, 148, 161, 185, 186.
Mosolov: (canciller de la corte) 132.
Napoleón I Bonaparte: 144.
Natalia Naryshkin, zarina de Rusia: 20.
Naumov: 116.
Nevski, Alejandro: 26.
Nicolaievich, Anastasia: 123, 124, 143, 185, 227.
Nicolaievich, Nicolás: 123.
Nicolaievich, Pedro: 110, 115, 116, 117, 118, 119, 120, 122, 135, 136.
Nicolás II, zar de Rusia: 9, 26, 98, 100, 106, 110, 119, 124, 130-143,
145-150, 151-157, 160-161, 165, 166, 167, 168, 169, 171, 173, 177, 178,
179, 180, 181, 182, 183,

184, 185, 186, 189, 190, 191, 192, 194, 195, 196, 197, 201, 202, 204,
205, 206, 207, 209, 210, 211, 213, 216, 217, 218, 225, 226, 227.
Nicolás Nikoláievich Románov, gran duque: 136, 195, 196.
Nijinski, Vaslav: 186.
Nizier-Vachot, Philippe: 119.
Noé (personaje bíblico): 39.
Novoselov (profesor): 179.

Olga de Rusia: 140, 141, 145, 151, 183, 227.


Orlov, madame: 170.
Osipova, Daria: 120, 132.
Ostrogorsky (médico): 146.

Papus (místico francés): 120.


Pavel, pope: 18, 26, 29, 30, 54, 60, 89, 90.
Pavlovich, Dmitri: 221, 224, 225, 226.
Pedro I <el Grande> de Rusia: 26, 102, 190.
Peterkin, Pedro Scherbatov, <llamado>: 94, 95, 96, 97, 98.
Philippe, doctor: 136, 150.
Plehve (ministro del Interior): 133.
Pobiedonostsev, Konstantin Petro-, vich: 26.
Polina M. (actriz): 163, 166.
Polivanov (ministro de la Guerra): 206, 207.
Princep, Gavrilo: 189.
Protopopov, Alejandro: 8, 207, 210, 211, 219.
Purishkevich, Vladimir Mitrafano-, vich: 9, 212, 213, 218, 219, 221, 222,
223, 224, 225, 227.
Pyotre, pope: 89, 90, 92, 93, 94, 168, 187.
Pyotre (novicio): 61, 62, 63.

Rasputín, Efim Akovlevich: 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23,
24, 25, 27, 29, 30, 31, 32, 33, 35, 36, 37, 40, 41, 49, 50, 53, 56, 80,
168.
Rasputín, Mijaíl (o Misha): 14, 16, 17, 19, 20, 21, 22, 24, 26, 29.
Rasputín Dubrovina, Daria: 124, 186, 202, 212, 214, 215, 219.
Rasputín Dubrovina, Dmitri: 56, 81, 88, 89.
Rasputín Dubrovina, Matriona (María): 76, 78, 81, 88, 89, 163, 164, 169,
173, 186, 187, 188, 190, 193, 194, 196, 202, 204, 205, 212, 214, 215, 219,
225, 227, 228.
Rasputín Dubrovina, Mijaíl: 55, 56.
Rasputín Dubrovina, Varvara: 94, 186.
Rimski-Kórsakov, Nikolai Andréievich: 172.
Rodzianko, Mijaíl: 156, 179, 185, 196, 197, 201, 210.
Romanov, los: 29, 185.
Rozanov: 124.
Rezhetski: 209.

Saborevski (mercader): 92, 131.


Saborevski, Arcadi: 57, 58.
Saborevski, Mileti: 57, 58, 59, 60, 61, 62, 63, 64, 92.
Sasanov, Grígori: 112, 114, 157, 163, 193.
Sazonov (ministro de Asuntos Exteriores): 207.
Scott, Walter: 26, 29.
Scriabin, Alejandro: 112, 113, 114, 117, 124.
Semenova, madame: 41, 42, 44, 45, 46, 76.
Semenova, Olga: 41, 42, 44, 45, 46, 47, 49, 51, 52, 76, 138.
Serafín de Saratov, san: 132.
Sergieff, Juan: 104, 105, 106, 107, 108, 109, 118, 126, 130, 137.
Sergio (hermano lego): 64, 66, 67.
Sergio, pope: 175, 176, 177.
Shuvaiev, general: 207.
Simanovich, Aaron: 157, 165, 169, 173, 193, 197, 198, 199, 219.
Soloviev, Boris: 227.
Steiner, Rodolfo: 124.
Stolypin, Pedro: 154, 155, 156, 157, 161, 163, 164, 166, 167, 168, 170,
171, 172, 173, 176, 179.
Stürmer, Boris: 206, 207, 209, 210, 211.
Sukhomlinov, general: 198, 200, 206.
Sukhomlinov, madame: 198, 200.
Sukhotin: 221, 222.

Taneyev, Ana: 161, 162, 163, 164, 165, 170, 171, 181, 182, 183, 184, 193,
194, 195, 212, 213, 218, 219.
Tatiana de Rusia: 140, 141, 145, 151, 183.
Tatischclev, Irina: 144.
Teófano, obispo: 118, 119, 120, 123, 128, 129, 130.
Trepov, Alejandro: 211, 216.
ã(232)
Trotski, Liev Davídovich Bronstein, <llamado>: 134.
Trufanov, Iliodor: 111, 112, 113, 117, 118, 119, 123, 124, 143, 173, 174,
175, 176, 177, 178, 179, 182, 188, 195, 208, 209, 227.
Tyucheva, mademoiselle: 167.

Vasily: 45, 46, 76.


Victoria I de Inglaterra: 119.
Vyrubov, teniente: 161, 162.

Wilson, Thomas Woodrow: 217.


Witle (primer ministro): 143, 153, 154.

Yemeljan, Ostiets: 66, 68, 69.


Yusupov, príncipe: 9, 164.
Yusupov, Félix: 164, 165, 199, 203, 214, 215, 216, 218, 219, 220, 221,
222, 223, 224, 225, 226, 227, 228.
Yusupov, Irina: 216, 218, 220, 228.

Zhelyabov: 99.
Zhigoulev, Matvei: 22, 23, 24.

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