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Conferencia presentada en la Cátedra Enrique Strachan, UBL - Lima, Perú, 1997. Publicada en I.Foulkes, Una vida de correspondencias. Lima: Proceso Kairós, 1997.

EL CUERPO Y LA SEXUALIDAD: ¿TEMA TABÚ?

Irene Foulkes

1. La Biblia y el trato pastoral de temas tabú

Entre los miembros de la pequeña comunidad cristiana en Corinto había una variedad de problemas:

algunos eran de índole económica, otros reflejaban rivalidades personales, todavía otros tenían que ver con conflictos teológicos o de estilos litúrgicos. Algunos de estos problemas aparecen varias veces en la carta, con diferentes matices. Hoy vamos a analizar tres problemas que, en el fondo, tienen que ver con un mismo asunto. Se trata de cómo los cristianos deben vivir su corporalidad y su sexualidad. En la Biblia no encontramos una exposición tranquila y desinteresada sobre el tema del cuerpo o la sexualidad. No; la Biblia siempre nos presenta situaciones de la vida real, con gente de carne y hueso, que comete errores y se equivoca aun en cuanto a cómo es este Dios en quien ha creído. En estos tres casos en Corinto vamos a observar cómo fue que algunas personas se equivocaron en su teología acerca del cuerpo, y también cómo se desviaban en su conducta que, efectivamente, reflejaba esa teología errada.

Estos casos nos meten en temas que no se comentan mucho en las iglesias; hasta cierto punto son temas tabú. Pablo, sin embargo, no se resistió a tratarlos. El primer caso, que aparece en el capítulo 5 de 1ª Corintios, tiene que ver con el incesto. Luego, en el capítulo 6, Pablo aborda el problema de la prostitución, pero desde una perspectiva muy particular: se dirige a unos hombres, miembros de la iglesia de Corinto, que frecuentan prostitutas. Por último vamos a considerar un breve párrafo del capítulo 7 que trata de una conducta equivocada en la relación de pareja.

2. El caso de incesto

1 Cor. 5.1-13

Las noticias acerca de cosas escandalosas suelen correr muy rápido, de boca en boca. Así sucedió con un caso de incesto en la iglesia de Corinto. Pablo, desde su residencia temporal en Efeso, escribe a los corintios: "Se oye que hay entre ustedes un caso de inmoralidad tan grave que ni siqueiera se da entre los paganos" (5.1). Probablemente, las personas que pasaban sus noticias directamente al oído de Pablo, eran las de menos rango en la iglesia, como los esclavos – “los de Cloé” (1.10-11) -- que él menciona en relación con la noticia acerca de divisiones en la iglesia. No tenían acceso a la redacción de la carta, de carácter oficial, que otro grupo dentro de la iglesia había enviado a Pablo. Esta noticia que tanto escandalizó a Pablo no figura en la carta que él recibió de la iglesia. Esto nos hace sospechar que, tal vez, el hombre que ha cometido la falta, o las personas que la condonan, son de los pocos miembros de la iglesia que pertenecen al rango social alto. No sería la última vez que tal cosa sucediera.

¿De qué se trata este caso? Dice 1 Cor. 5.1: "uno de ustedes tiene la mujer de su padre". Con el apoyo de muchos investigadores bíblicos, podemos reconstruir el asunto de la siguiente manera. Un hombre cristiano, aparentemente joven, vivía en unión con una mujer que había sido esposa de su padre, es decir, con su madrastra (cp. Dios Habla Hoy, Biblia de Latinoamérica, Nueva Bbiblia Eespañol, Biblia de Jerusalén nota). Al tratar de recuperar las circunstancias del caso, debemos tomar en cuenta la alta mortalidad femenina en la antigüedad: para las mujeres que llegaban a la edad adulta, su expectativa de vida era de escasos 34 años. El hombre que enviudaba se volvía a casar, por lo general, con una mujer

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mucho más joven que él. Si hubiera hijos adolescentes en la casa, éstos podrían tener una edad parecida a la de la nueva esposa de su padre. Ahora, si el padre desapareciera por alguna razón (muerte, abandono del hogar), su hijo podría sentirse atraído a esta mujer joven y cohabitar con ella. Las culturas de la antigüedad, inclusive la judía, prohibían en términos tajantes que padre e hijo tuvieran relaciones sexuales con una misma mujer. Puesto que se consideraba a la mujer como propiedad del marido, la dignidad del padre-patriarca (vivo o difunto) quedaba seriamente lesionada si cualquier hombre de rango inferior en la jerarquía familiar -- como un hijo, por ejemplo -- "tomara posesión" de su mujer por medio del acto sexual. Este acto era visto como una combinación de robo y traición. Deshonraba al padre en forma tan violenta que amenazaba todo el orden social. (Ustedes recordarán, tal vez, una historia del Antiguo Testamento donde esto fue precisamente lo que pasó. Para afirmar un golpe de estado contra el rey David, su hijo Absalón ocupó el palacio y puso una tienda en la azotea para acostarse ahí con las concubinas del rey "a la vista de todos los israelitas" como lo relata 2 Sam. 16.20-22.) Bueno, el caso en Corinto horrorizó a Pablo y en su carta él insiste, vehementemente, en que la iglesia expulse a este hermano.

Se nos presenta aquí un caso ético que, en su contexto social original, se consideraba sumamente serio. Hoy, sin embargo, tenemos otras normas. Por una parte, ya no se considera a la mujer como posesión del marido. Una relación como ésta entre un joven y su madrastra la calificaríamos, tal vez, como irregular o indeseable, pero no necesariamente como incestuosa, puesto que no hay parentezco entre ellos. Ante esta discrepancia entre la sociedad antigua y la nuestra, tenemos que preguntarnos qué sentido tiene el texto bíblico para nuestra situación. Con este caso aprendemos, por lo menos, que no se trata de una transferencia directa de las instrucciones de Pablo al día de hoy. Al mismo tiempo queremos sugerir que esto no significa que el texto queda sin relevancia para nosotros hoy.

Este problema de los corintios señala un camino para la ética cristiana y la acción pastoral hoy. Como comunidad cristiana, tenemos que bregar con el desgarre de las relaciones familiares y el destrozo de las personas causado por una práctica encubierta pero muy difundida: el incesto. El incesto se presenta en las iglesias hoy también, pero por lo general con un carácter mucho más insidioso que en este caso de Corinto. El incesto que se da en tantas familias hoy es sumamente dañino porque se comete en secreto, como abuso sexual de niñas y jovencitas (y de niños varones, en un porcentaje menor) dentro de su propio hogar.

Sentimos gran repugnancia frente al pecado del incesto. Sin embargo, los que lo cometen no son, en apariencia, personas repugnantes. En la población general, o aun dentro de una iglesia, los incestuosos no se distinguen de las demás personas. Un boletín publicado por el Comité Central Menonita en Estados Unidos y Canadá (Women's Concerns, marzo-abril, 1988) cita estudios que revelan un hecho que debe preocuparnos: la incidencia de estupro y violación de menores es más alta en familias religiosas. Los investigadores sugieren que este hecho se debe a que, como la enseñanza religiosa prohíbe la actividad sexual fuera de la familia, algunos hombres vuelven su mirada hacia adentro y cometen abusos contra una hija, hijastra, nieta, sobrina o hermanita.

Los pastores y las pastoras, junto con todas las personas que trabajan en consejería cristiana y se esfuerzan por atender a las personas más vulnerables de su grupo, podrán documentarse sobre el problema del incesto en su ciudad y región. Este tipo de abuso sexual está mucho más difundido en nuestra sociedad de lo que se pensaba hasta muy recientemente, porque antes nadie se atrevía a hablar de esto. Cuando nos mantenemos abiertos al tema y comprensivos ante sus víctimas, descubrimos que son muchas las niñas, jóvenes y adultas traumatizadas por la repetida violación de su integridad y el robo de su niñez. Las víctimas llevan cicatrices psicológicas profundas por largo tiempo, y el lento camino de la recuperación requiere, casi siempre, de ayuda profesional.

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La sanción tan fuerte que se aplicó al culpable en el caso de Corinto debe advertirnos que el problema del incesto amerita hoy también una atención igualmente enérgica, que vaya más allá de amonestaciones o consejos. Este crimen tiene que ver, en gran medida, con el abuso del poder que tiene el hombre sobre su víctima, dentro de una sociedad que todavía fomenta una jerarquía de dominación-sumisión en el seno de la familia. Desgraciadamente, las iglesias, a veces, son cómplices de esta deformación de la familia, que debería ser más bien un lugar donde todos sus miembros se sientan valorados y seguros.

El incesto contituye un asunto urgente para nuestra agenda de reflexión ética y acción pastoral. Plantea el doble problema del poder y del egoísmo en la práctica de la sexualidad. Plantea también la necesidad de velar por el derecho que tienen las personas indefensas a ser respetadas en su integridad física y psicológica. ¿Estamos bregando con estas cuestiones en nuestros cursillos de formación matrimonial? ¿Las tratamos en nuestra tradicional "semana de la familia"? Ante esta problemática tan complicada, la mayoría de nosotros tendremos que documentarnos más y adquirir una formación más profunda en el campo de la psicología pastoral.

3. Los clientes de la prostitución

1 Cor. 6.12-20

Otro de los asuntos en la iglesia de Corinto que Pablo supo de oídas fue el caso de algunos hermanos que frecuentaban prostitutas. Estos hombres se escudaban detrás de un argumento curioso: para el cristiano,

ya liberado por Jesucristo, todas las cosas le son lícitas, legítimas. Para ellos, la salvación tenía que ver exclusivamente con lo espiritual. Todo lo material -- y con ello el cuerpo -- quedaba fuera del ámbito de la acción de Dios. Otros cristianos de Corinto que habían abrazado el pensamiento dualista, que separa radicalmente lo espiritual de lo material, razonaban de manera opuesta: ellos rechazaban todo lo que tiene que ver con el cuerpo. Emitían opiniones como la que Pablo cita cuando menciona la carta que recibió de Corinto. Los corintios le escribieron estas palabras: "bueno sería que el hombre no tocara a la mujer" (7.1). Es decir, querían vivir de manera austera, ascética, rechazando el sexo, el matrimonio y muchas otras cosas que para ellos eran "carnales". Ahora viene la parte más curiosa. Sobre esa misma base -- es decir, que el cuerpo no entra en la salvación -- otras personas llegaban a la conclusión opuesta: si el cuerpo no tiene importancia en el área de lo espiritual, entonces podían darle rienda suelta a todos sus apetitos, tanto en el área del sexo como en la comida y otras áreas. Es a estos últimos que Pablo responde aquí en 1 Cor. 6.12-20. Aunque poca gente razona de esta manera hoy, la conducta sexual que

manifestaron esos libertinos sí se presenta hoy.

frecuenten prostitutas?

para desarrollar una teología del cuerpo y una ética sexual que nos ayude en estas cuestiones hoy.

¿O creen ustedes que hoy día no hay cristianos que

En su trato con el caso de Corinto Pablo nos aportará algunas cosas importantes

En su argumento contra la consigna de los libertinos, "todo es lícito", Pablo encontró que su propio evangelio de la libertad en Cristo no le permitía rechazar de plano esta idea. Así que lo que hizo fue conectarla con el contexto total de fe cristiana. Su primera respuesta fue: "Sí, todas las cosas me son lícitas, pero no todas convienen" (6.12). La libertad del cuerpo es real y es de tanta importancia que el cristiano y la cristiana no deben permitir que se absolutice hasta el punto de que los esclavice de nuevo. Liberado de legalismos y dualismos que desprecian todo lo material, el cristiano debe manejar su vida --

corporal ejerciendo su juicio sobre cuáles cosas le convienen o cuáles no

y esto no sólo en relación

con su propia persona. El principio "no todo conviene" indica que hay otras personas a nuestro alrededor que pueden resultar perjudicadas si practicamos nuestra libertad en forma individualista. Por eso hace falta que la comunidad cristiana sirva como marco para el ejercicio de la libertad.

Con su primera respuesta, Pablo enfoca el contexto social de la vivencia de la libertad. Con la segunda, vuelve la mirada hacia el sujeto mismo: "todas las cosas son lícitas, mas no me dejaré dominar de

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ninguna". La vida en un cuerpo liberado por el Señor y para él (6.13b, 14, 19-20), dignifica al cristiano y a la cristiana y nos capacita para actuar en forma eficaz dentro de este mundo material en que hay tantos procesos esclavizantes que generan pobreza y muerte. Pablo insiste en que la acción transformadora del cristiano en la sociedad no debe verse debilitada por un libertinaje que no hace más que dominar y desmobilizar a las personas. Es decir, una vida de desenfreno sexual no contribuye a que una persona se preocupe por el bien de los demás.

Es más; Pablo afirma ante los hombres de Corinto que los cuerpos de los cristianos forman parte integral del cuerpo de Cristo (6.15). ¿Hemos captado bien lo que dijo? El cuerpo de un cristiano, no meramente su alma, constituye una parte del cuerpo de Cristo. Con esto Pablo denuncia la contradicción que hay entre pertenecer corporalmente a Cristo y al mismo tiempo relacionarse corporalmente con una prostituta. En su manera de vivir en el mundo, el creyente debe llevar la impronta de Jesucristo. El cristiano no puede sostener una relación que no se caracterice por el respeto profundo, el amor y el servicio. El hombre no puede "glorificar a Dios en su cuerpo" (como dice Pablo en 1 Cor. 6.20) y al mismo tiempo aprovecharse de un negocio en el que él paga dinero por utilizar a una mujer, convirtiéndola en un objeto de uso. En otro de sus argumentos (1 Cor. 6.16), Pablo trabaja con el mismo concepto de pertenencia que vimos ahora. La unión sexual representa una pertenencia mutua tan estrecha que Pablo la expresa con el término "un cuerpo", haciendo eco de la conocida expresión del Génesis, "una sola carne". Cuando el profundo compromiso mutuo que la relación sexual debe expresar es sustituido por un encuentro transitorio, impersonal y comercializado, como es en el caso de la prostitución, la unión sexual es totalmente vaciada de significado.

Pablo tenía fe en que estos hermanos de Corinto eran capaces de cambiar, no solo sus ideas, sino también su conducta. Les desafía con estas palabras: "procuren que sus cuerpos sirvan para gloria de Dios" (6.20 BLA). El cuerpo sí puede expresar en todos sus actos y relaciones los propósitos generosos de Dios. Con esto Pablo insta a los cristianos a desarrollar una ética distinta de la que predominaba en su contexto. Tanto en la antigüedad como ahora, los cristianos deben romper con el pensamiento dominante y formar una comunidad distinta.

Es impresionante que un párrafo sobre la inmoralidad sexual termine con una nota tan positiva respecto del cuerpo. Con esta reivindicación de la parte material del ser humano, se asesta un fuerte golpe a las posturas dualistas y libertinas de todas las épocas. Los cristianos de Corinto conocían el juego de los maestros supuestamente "iluminados", que no hacían otra cosa que deshonrar el cuerpo con su falsa proclama de libertad sin límites (1 Cor. 6.12). En el campo de la sexualidad, lo contrario a esa licencia ilimitada no es el puritanismo sino la plena expresión sexual en una relación recíproca de profundo compromiso con otra persona, donde uno y otra desarrolla su propia personalidad porque contribuye a la integración de la otra persona. Cuanto más nos adentramos en la fe cristiana, más crece nuestro respeto por la sexualidad, al mismo tiempo que llegamos a ser cada vez más realistas en cuanto a la posiblidad de que esta se preste para fines que contradicen el plan de Dios (aun cuando se ejerce dentro del matrimonio). Con Pablo afirmamos que nuestro comportamiento sexual puede glorificar a Dios, porque lo que honra a Dios es la plenitud de la vida humana, nuestra realización plena.

La prostitución, ¿es tema tabú para nosotros hoy?

¿Por qué es que una práctica tan difundida en nuestra sociedad como la prostitución, un tema tratado con tanta claridad en la Biblia, casi no aparece en la agenda de enseñanza y acción de las iglesias hoy? Si de alguna manera la prostitución entra en discusión, la atención tiende a concentrarse casi exclusivamente en la prostituta, que la iglesia califica como pecadora necesitada de salvación (lo que no deja de ser cierto en el caso de ella, así como en el de todos los demás seres humanos). Se refleja aquí la costumbre de siglos

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de hacer caso omiso de la complicidad aún más pecaminosa de empresarios que lucran con el cuerpo de la mujer, los proxenetas, y de clientes que se aprovechan de la necesidad económica y la desventaja social en que se encuentra la mayoría de las mujeres de este oficio.

La monetarización del sexo anula la función de la relación sexual de integrar a dos personas. En lugar de esto, impone una relación desigual, en la que el poder lo ejerce el que paga. Con el pago, el cliente se exime de cualquier responsabilidad hacia la mujer como persona. En lo psicológico, hay efectos disgregadores, principalmente en ella, pero también en el hombre que la utiliza. Al servirse de una prostituta, el hombre fracciona su propia personalidad: por un lado se une a su esposa en una relación supuestamente exclusiva, pero al mismo tiempo desgarra esa unión al darse a otras mujeres que lo aceptan simplemente porque les paga. El mismo juicio se aplica cuando, como sucede en muchas ciudades de América Latina, se le ofrece a la mujer de cierta clase socio-económica los servicios de la prostitución masculina.

Enla actualidad, no podemos hablar de prostitución y hacer caso omiso de las mujeres que sirven en ese negocio. Abundan estudios, investigaciones y proyectos acerca de la trágica carrera de las muchachas, mayormente pobres, que terminan en la prostitución. Todo trabajo pastoral dirigido al área de la prostitución tendría que comenzar con el estudio de esta situación particular.

Al considerar todas estas dimensiones de la prostitución, nos damos cuenta de que este cuadro de pecado social exige una respuesta multidimensional. Cabe a cada iglesia y organización cristiana determinar c¢mo participar en esa respuesta. Todos podemos construir sobre los fundamentos teológicos plasmados en este capítulo.

Veamos el tercero de los casos, el más breve.

4. La relación de pareja

1 Cor. 7.1-5

Despúes del capítulo 6 de 1ª Corintios, dirigido a los hombres que frecuentaban prostitutas, Pablo sigue hablando, en el primer párrafo del capítulo 7, sobre las relaciones sexuales, esta vez dentro del matrimonio. El problema nos impresiona; para nuestro mundo "postmoderno", parece extrañísimo que un pastor tuviera que enfrentar un caso como este y, sin embargo, hemos oído que sí se ha dado alguna que otra vez. ¿Cuál fue el problema? Pues que, con base en una teología errónea en cuanto a las cosas materiales (y con ellas el cuerpo), de que lo material no entra en el ámbito de la salvación, algunas parejas cristianas habían sacado la conclusión de que no debían darle gusto a los deseos del cuerpo, y por eso terminaron su vida sexual. Seguían viviendo en la misma casa, pero nada más como hermanos.

Pablo supo de este problema, no por rumores o informes orales, sino por una carta de carácter algo oficial, en que ciertos maestros en la iglesia expusieron su sabiduría espiritual: "bueno sería que el hombre no tocara a la mujer" (7.1).

Pablo sabía que pocas personas tienen la disposición psicológica y fisiológica necesaria (i.e., el don, como él lo llama, en 7.7) para mantener inactiva su capacidad sexual. Además, abundan las oportunidades en la vida diaria para expresarla en forma equivocada, y a esto se refería Pablo al mencionar en seguida las "inmoralidades sexuales" (7.2). Por esa y muchas otras razones vió que convenía que tanto el hombre como la mujer desarrollaran plenamente su vida sexual dentro de una relación de pareja, donde ambos pudieran contar con el compromiso total del otro. Frente a la consigna de los abstemios, Pablo insta a hombres y mujeres casados a mantener su relación sexual, y con buena conciencia. El fundamento de esta conciencia cristiana liberada es la reciprocidad: contrario a la norma más común de la sociedad en todos

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los tiempos, para los cristianos el cuerpo del hombre pertenece a su esposa en la misma medida que el cuerpo de ella le pertenece a él (7.4). Esta ética revolucionaria reconoce como legítimas las necesidades y los deseos sexuales de los dos (7.3); ninguno de los cónyuges debe defraudar al otro en ese sentido (7.5a).

Muy poca de esta mutualidad e igualdad se encontraba en el pensamiento o en la práctica diaria de la sociedad del primer siglo, que se caracterizaba más bien por el patriarcalismo, con sus normas morales distintas para el hombre y para la mujer. En los tratados éticos del mundo antiguo, los guardianes de la estabilidad social reiteraban constantemente la imperiosa necesidad de respetar y apoyar las estructuras jerárquicas en todas las esferas de la sociedad. Dentro de las casas, que reflejaban a su interior la pirámide de toda la sociedad, imperaba una total desigualdad. Así como unos pocos hombres ricos y poderosos gobernaban la ciudad, así éstos dominaban también la estructura patriarcal dentro de las casas, que eran unidades de producción económica compuestas, no solo de la extensa familia del dueño, sino también de esclavos y siervos diversos.

En medio de estas distorsiones, que en cierta medida perduran hasta el presente, irrumpe la propuesta asombrosa de Pablo, que barre con pretensiones y distinciones y desafía a los cristianos a crear un nuevo orden en las relaciones entre los dos sexos. La propuesta antijerárquica del grupo cristiano puso en cuestionamiento toda aquella estructura social. Esto lo captaba bien la sociedad y sus líderes políticos, y pronto comenzaron a acusar a los cristianos de subvertir el orden social. Con un nuevo poder democratizador e inclusivista, el cristianismo sembró una semilla revolucionaria que habría de trastocar todos los valores jerárquicos y las estructuras apoyadas en ellos. La historia subsecuente de la iglesia, sin embargo, demuestra que, aun dentro del breve período del Nuevo Testamento, fue más bien la iglesia la que asumió los valores y las estructuras del Imperio: la iglesia se institucionalizó en forma jerárquica y justificó las desigualdades tanto al interior de sí misma como en la sociedad civil. Por eso se hace necesario acudir constantemente a diversas visiones dentro del mismo canon del Nuevo Testamento, y en particular a la visión de esta carta a los corintios.

El sexo permea nuestra cultura contemporánea y se presenta como el aspecto central de la vida, tanto de jóvenes como de adultos. Difícilmente se encuentra hoy un estímulo al ascetismo como el que ejercía tan fuerte influencia en la iglesia de Corinto. Aunque el consejo de Pablo respondía a ese problema de su propio ambiente, el valor muy positivo que atribuyó a la sexualidad y a su expresión libre y recíproca dentro del matrimonio, viene como brisa refrescante también a la situación nuestra hoy. La iglesia no tiene por qué reaccionar a la explotación o la perversión del sexo con actitudes puritanas y pronunciamientos condenatorios del sexo en forma global. Tampoco tiene que recurrir a falsas justificaciones de las relaciones sexuales, como, por ejemplo, la procreación. No es "la familia" o "los hijos" lo que legitima "la pareja" o "el sexo", sino que la vida de pareja tiene legitimidad propia, y esta incluye su plena expresión sexual. Lo que sí debe ser asunto de atención en el ministerio de la iglesia a las parejas es la explotación sexual que ocurre dentro de muchos de los matrimonios, con la imposición de relaciones sexuales en un momento o de una forma no deseada por uno de los cónyuges, o sin acuerdo mutuo sobre la planificación familiar. Estas prácticas violan la mutualidad que debe caracterizar al matrimonio.

La teología bíblica del cuerpo debe liberarnos de todo atentado contra la integridad de la persona y orientarnos a valorar nuestra sexualidad como algo tan positivo que figura como parte de nuestra pertenencia a Cristo (como vimos en el capítulo 6). En la comercialización actual del sexo, en la que el cine, la televisión, la música instan abierta o subliminalmente, a las personas a meterse en relaciones sexuales de corta duración y poco significado, los cristianos percibimos un gran vacío de sentido humano. Por otro lado, la gran miseria impuesta a la mitad o más de los habitantes de nuestros países tiene su efecto también en el área sexual de su vida: la pobreza los despoja de su dignidad personal y su capacidad

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material para cultivar una relación estable de pareja y para crear condiciones adecuadas para el goce sexual y la vida de pareja.

Como cristianos nos damos cuenta de que el plan de Dios es que vivamos nuestra sexualidad como una oportunidad para dar y recibir amor en una relación de pareja y familia donde el compromiso mutuo hace posible que crezcamos como personas y así estemos más capacitados para apoyar a otros.

5. ¿Cómo es que la Biblia nos guía en cuestiones éticas?

En nuestras iglesias se acostumbra ofrecer orientación pastoral a los cristianos en cuanto a una multitud de problemas personales. Como parte integral del acompañamiento y la consejería, hace falta ubicar los problemas en el horizonte teológico, identificando y examinando las preguntas teológicas que estos problemas suscitan. En el área de la conducta sexual, por ejemplo, nos damos cuenta de que no se trata simplemente de un reglamento que hay que aplica,r sino que aquí está involucrada lo que se conoce como la antropología teológica, es decir, cómo la fe cristiana concibe al ser humano, hombre y mujer. Surgen preguntas de gran envergadura. ¿Qué es la relación entre persona y cuerpo? ¿Cómo deben ser las relaciones entre las personas? ¿Cómo se entiende la sexualidad humana como parte de la vivencia cristiana? ¿Qué factores entran en la toma de decisiones éticas? En relación con todas estas inquietudes interrogamos a la Biblia desde la urgente necesidad de las personas que nos consultan. Las nuevas comprensiones de la fe que resultan de esta investigación bíblica nos ayuda a desarrollar una teología pertinente. Esta teología del cuerpo y del sexo contirubuirá a forjar actitudes y acciones que no necesariamente se conformen a los patrones de pensamiento y conducta de la sociedad en que vivimos.

El Nuevo Testamento no se nos presenta como un reglamento moral o un código de conducta que cubra todos los casos en todas las situaciones. Aun en 1ª Corintios, donde aparecen muchos temas éticos, estos están tan íntimamente conectados con un lugar y una época particulares, muy distantes de nuestro mundo hoy, que tenemos que esforzarnos mucho para lograr una interpretación que sea fiel a aquella situación histórica y que sea también relevante para la nuestra.

Como palabra viva, la Biblia nos invita a este diálogo en que formulamos nuestras preguntas desde la realidad actual, muy distinta a la de Corinto. Esto lo hacemos, por ejemplo, cuando actualizamos la preocupación paulina por un caso de incesto, reconociendo que el detalle específico del caso (la unión de un hombre con su madrastra) no limita el significado del texto para hoy, cuando probablemente nunca tendremos que enfrentar ese mismo problema ni en la iglesia ni en la sociedad. Pero no por eso carece de relevancia esta porción de la palabra de Dios. Vemos más bien que este texto orienta a la iglesia de hoy a preocuparse seriamente por el hecho mismo del incesto, que se comete con tanto perjuicio contra hijas, sobrinas y nietas.

¿Qué podemos hacer con las muchas cuestiones éticas de nuestro tiempo que no se discuten en la Biblia? Las iglesias procuran orientarse frente a temas candentes como la violencia armada, la estrangulación económica, el narcotráfico y la drogadicción o la discriminación racial, para citar apenas algunos ejemplos. Si tratáramos a la Biblia como un código moral, no tendríamos esperanza de encontrar mucha ayuda sobre estos asuntos específicos. Pero los textos de 1ª Corintios presentan una clave que puede guiarnos: el Reino de Dios (4.20; 6.9-10). Como una realidad escatológica, el Reino se proclama y se instala anticipadamente en el mundo presente por la práctica concreta del amor y la justicia. La mención del Reino de Dios nos remite de nuevo a la persona de Jesús y nos llama a determinar cuáles conductas son compatibles con lo que él enseñó con su vida y muerte. Esta tarea de discernimiento exige que maduremos muestra sensibilidad y juicio. Es parte de nuestra tarea pastoral fomentar este proceso de maduración ética.