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El nuevo urbanismo está en la cresta de la ola.

Todo el mundo es su
entusiasta defensor. Porque, al fin y al cabo, ¿a quién le gustaría que le
llamasen "viejo urbanista"? Podría decirse -discurre el razonamiento- que
la vida urbana es susceptible de ser mejorada en su raíz, que puede
transformarse en una vida más "auténtica" y menos desangelada, y
también más eficiente, por el procedimiento del regreso a conceptos tales
como vecindario y comunidad, que antiguamente proporcionaron tanto
temple y tanta coherencia, continuidad y estabilidad a la vida urbana. La
memoria colectiva de un pasado más cívico puede recuperarse de nuevo
si se recurre a los símbolos tradicionales. Las instituciones de la sociedad
civil, si reciben el estímulo que pueden aportar la arquitectura ciudadana
y la adecuada planificación urbana, pueden perfectamente verse
consolidadas como los fundamentos de un tipo de urbanización mucho
más civilizado.

Existen distintas variantes de tal razonamiento.

La versión Costa Este americana propone un crecimiento urbano de alta


densidad y de uso residencial mixto, en su mayor parte dirigido a las
áreas residenciales y de esparcimiento. Si bien las infraestructuras
públicas y los niveles medioambientales son indudables, los proyectos se
conciben principalmente para aquellos clientes pudientes cuyo estilo de
vida, sin embargo, permanece inalterado (siguen recorriendo largas
distancias para ir al trabajo). Lo que se vende es un concepto de
comunidad y un entorno de vida más seguro. Insertos en un modelo de
expansión urbana acelerada, tales edificaciones constituyen oasis
aislados de vida privilegiada para las élites.

La versión británica subraya el ideal de un "pueblo urbano". Combina la


nostalgia por un pasado perdido (que apela a los estilos arquitectónicos
autóctonos de la Vieja Inglaterra) con una pizca de conciencia social
(mediante la incorporación de la vivienda social a la mezcla), e intenta,
además, aportar elementos laborales y comerciales a una fisonomía
urbana caracterizada por un fácil acceso en la propia localidad. La idea
de un "pueblo urbano" goza de un extendido atractivo que abarca todo el
espectro social. Grupos étnicos, comunidades obreras tradicionales y
grupos privilegiados han adoptado esta idea con entusiasmo.

La versión Costa Oeste americana sitúa los núcleos de barrio


"tradicionales" en el seno de un plan regional más integrado de
infraestructuras de transporte para enlazar los puestos de trabajo
espacialmente dispersos, las zonas comerciales y las instalaciones de
ocio. Transige, por una parte, con la dispersión de tales factores, pero
trata de recuperar los ideales de una convivencia vecinal más íntima y
entrañable y de una vida de comunidad. Si tal política reúne unos
métodos democráticos de adopción de decisiones y una consulta al
público generalizada, sus resultados pueden ser realmente provechosos.
Una versión ligeramente mitigada de lo que se expone apela al ideal del
"crecimiento inteligente". Una densidad más alta de crecimiento
(justificada quizá por una referencia a los conceptos de comunidad y de
barrio) en torno a núcleos o centros ya existentes (en oposición a la
urbanización caótica), se considera más bien como una respuesta a la
presión excesiva sobre los fondos públicos, las infraestructuras
(escuelas, agua potable, tratamiento de aguas residuales, carreteras) y el
medio ambiente (por ejemplo, la pérdida de suelo agrícola o de hábitats
de alto valor). El concepto de "crecimiento inteligente" ha cobrado un
atractivo nacional en Estados Unidos, como el único camino para
reorientar la urbanización sin límites y caótica hacia una vía más eficiente
y respetuosa con el medio ambiente.

Caben muchos elogios en este movimiento que acabamos de describir,


más allá de la descarga de adrenalina inherente a la batalla con los
saberes convencionales de un extenso abanico de instituciones
(constructores, banqueros, gobiernos, intereses de transportistas,
etcétera). Responde a los deseos y a la voluntad de pensar sobre el lugar
de los polos urbanos especiales dentro de las áreas regionales en su
conjunto, y de aspirar a un ideal mucho más orgánico y global de aquello
en lo que las ciudades y las regiones podrían consistir. El intenso interés
observado acerca de las formas de desarrollo urbano más cercano
humanamente e integrado que evite la monotonía agobiante de la ciudad
planificada horizontalmente es digno de alabanza, ya que libera un
interes en la calle y en la arquitectura ciudadana consideradas como
escenarios de sociabilidad.

En el mejor de los casos, el nuevo urbanismo promueve nuevas vías


para pensar la relación entre el trabajo y la vida, y hace factible una
dimensión ecológica del diseño urbano que, en cierto modo, va más allá
de la búsqueda de una calidad medioambiental superior, propia del
consumidor de bienes tales como árboles hermosos y estanques.
Plantea, incluso, abiertamente el espinoso problema de lo que hay que
hacer con las despilfarradoras exigencias energéticas de la forma de
urbanización basada en el automóvil, que ha predominado mucho tiempo
en Estados Unidos y que de modo creciente amenaza con tragarse las
ciudades en Europa y en otros lugares.

Sin embargo, hay mucho margen aún para el escepticismo. Para


empezar, no es que haya muchas novedades en todo esto. El nuevo
urbanismo rebosa de nostalgia por una idealizada vida de pequeña
población y estilo de vida rural que nunca existió. Las realidades de tales
lugares estuvieron con frecuencia caracterizadas por un ambiente
represivo y limitador, más que por ser realidades seguras y satisfactorias
(al fin y al cabo, ésta fue la clase de mundo del cual las generaciones de
emigrantes ansiaban huir, y precisamente no acudían a él en tropel). Y
además, el nuevo urbanismo, en la manera en que es descrito, muestra
señales abundantes de represiones y exclusiones en nombre de algo
llamado "comunidad" y "barrio" o "vecindario".

El nuevo urbanismo puede caer fácilmente en lo que denomino la


"trampa comunitaria". Desde las primeras fases de la urbanización
masiva a la industrialización, el "espíritu de comunidad" se ha enarbolado
como antídoto frente a cualquier amenaza de desorden social o
descontento. La comunidad ha sido incluso una de las claves del control
social y de la vigilancia, al borde de la abierta represión social.
Comunidades bien arraigadas a menudo excluyen y se autodefinen
contra otras, erigen todo tipo de señales de "prohibida la entrada"
(cuando no tangibles muros y puertas). El chovinismo étnico, el racismo,
la discriminación clasista avanzan reptando hacia el interior del paisaje
urbano. El nuevo urbanismo puede, por esa razón, convertirse en una
barrera, más que promover el cambio social progresivo.

La mayoría de los proyectos que se han materializado en Estados Unidos


(guiados por el afán de lucro del promotor) se refieren a la mejora de la
calidad de la vida urbana para los ricos. Ideales de comunidad, tradición
y nostalgia por un mundo perdido son puntos de venta más que
realidades sociales y políticas. Aquí se hacen pocos intentos para estar a
la altura de la esencia del descontento urbano, y no hablemos ya del
empobrecimiento y el deterioro de las ciudades. Las invocaciones a la
comunidad y al barrio como ideología son irrelevantes ante el destino de
las ciudades que hoy día se fragua. A falta de empleo y de generosidad
gubernamental, las declaraciones y pretensiones "cívicas" del nuevo
urbanismo suenan a huecas, sino a hipócritas.

¡Europeos, tened cuidado! A no ser que el nuevo urbanismo forme parte


de un ataque frontal contra las rampantes desigualdades sociales y el
malestar urbano, fracasará rotundamente en la tarea de cambio de
cualquier factor realmente sustantivo y esencial. En realidad -como
sucede en Estados Unidos- puede constituir sólo una parte del problema
de la creciente segregación racial, en lugar de ser una solución para los
dilemas de la vida urbana.

Este movimiento repite asimismo -a un nivel básico- la misma falacia de


los estilos arquitectónicos y de planificación que critica. Para decirlo en
pocas palabras, perpetúa la idea de que la planificación urbana puede
ser la base de un nuevo orden moral, estético y social. El diseño correcto
y la calidad arquitectónica serán la gracia salvadora de la civilización.
Pocos partidarios del nuevo urbanismo suscribirían una tesis tan brutal.
El nuevo urbanismo cambia el marco espacial, pero no la presunción de
que el orden espacial puede ser el vehículo para controlar la historia y el
proceso social.

Se advierten signos de que el nuevo urbanismo se consolida en el favor


del público. Promotores y financieros están interesados. Parece que se
vende bien entre quienes pueden permitírselo. Crea un paisaje urbano
estéticamente más agradable -aunque nostálgico- que las tenues y
uniformes áreas residenciales que viene a sustituir. Puede incluso
contribuir a una mayor eficiencia de los usos del suelo urbano. Sin
embargo no ofrece en sí mismo -como con frecuencia pretende- una
panacea ante el descontento social y la degradación medioambiental. No
es la base privilegiada de una experiencia urbana fundamentalmente
nueva. Por sí mismo, no hará más que envolver otra vez viejos
problemas bajo una nueva apariencia.