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Efraín Huerta

Aurora roja

Crónicas juveniles

(1936-1939)

Edición de Guillermo Sheridan

Proyecto para la documentación de la historia de la literatura mexicana

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Efraín Huerta

Aurora roja

Crónicas juveniles

(1936-1939)

Edición de Guillermo Sheridan

Recopilación y apoyo de investigación de Maribel de la Fuente, Maribel Torre y Gustavo Jiménez Aguirre. Ayudante de investigación: Eliff Lara.

Instituto de Investigaciones Filológicas Universidad Nacional Autónoma de México

2006

investigación: Eliff Lara. Instituto de Investigaciones Filológicas Universidad Nacional Autónoma de México 2006 • 3

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aurora roja

El Proyecto para la documentación de la literatura mexicana, con sede en el Centro de

Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, se inició en 1990 con objeto de recuperar, en archivos, bibliotecas

y hemerotecas, material pertinente para el estudio de la historia de la literatura mexicana

moderna. El equipo que lo forma, dirigido por Guillermo Sheridan, ha realizado ediciones críti- cas del Diario de José Juan Tablada (unam, 1993), la Correspondencia con Eduardo J. Correa y otros escritos juveniles de Ramón López Velarde (fce, 1991), la Correspondencia (1918-1928) entre José Gorostiza y Carlos Pellicer (Ediciones del Equilibrista, 1993), la Correspondencia (1918-1940) de José Gorostiza (conaculta, 1995), El México que yo viví, memorias de Julio Jiménez Rueda (conaculta, 2001), y la edición crítica México en 1932:

la polémica nacionalista (fce, 1999).

esta es una edición no venal de la que se imprimen cincuenta ejemplares fuera de comercio, destinados exclusivamente a bibliotecas públicas

© del prólogo, Guillermo Sheridan.

© de las notas, Maribel Torre, Maribel de la Fuente, Gustavo Jiménez y Guillermo Sheridan.

© de la portada y el diseño, Lorena Howard-Neale.

ISBN 970-32-3985-4

Impreso y hecho en México

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Índice

EFRAíN HUERTA EN TIEMPOS DE CáRDENAS por Guillermo Sheridan Boceto de vida Otro San Ildefonso Primeras letras El amigo Octavio Periodismo juvenil: las pasiones La república española Visión o rebelión Otros temas Notas

 

11

13

16

18

21

28

32

35

40

45

NOTA SOBRE LA EDICIóN

47

AgRADECIMIENTOS

49

1936

51

 

1.

Sobre el xiii Congreso Nacional de Estudiantes.

51

Resoluciones fundamentales

2. Esquema del fascismo

53

3. Si garcilaso volviera

55

4. Crónica cinematográfica

56

5. Divagación forzosamente sentimental

59

6. Los días y las noches de Yucatán

61

7. La fe social de los artistas y escritores

64

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8.

El mar y la muerte de garcía Lorca

66

9.

Cartas de los intelectuales

67

10.

Reseña metropolitana

69

11.

Cuando los viejos ídolos se rompen

70

12.

Primera conferencia nacional de los estudiantes

72

comunistas

13. Diálogo oído en un café

74

14. Carta de Adolfo Hitler al general Franco

75

15. Perspectivas de un gran congreso

77

Notas

81

 

1937

89

 

16. Este caos que vivimos

89

17. Stendhaliana

90

18. El problema de la poesía

92

19. El problema de la lear

95

20. Lady Jane y la poesía

98

21. El poeta asesinado

100

22. Mentalidad poética fachista

102

23. Por una poesía de la juventud

105

24. La paz rebelde de los campos

107

25. La rosa blindada (un gran poeta argentino)

108

26. Teoría del cavernícola

111

27. Carta lírica a Paz, Cortés y Novaro

113

28. Releyendo a Stendhal

114

29. Las cosas turbias

116

30. La hora más hermosa

118

31. Tipos de mujeres

120

32. Años de aprendizaje y alegría

121

33. Crónica metropolitana

123

34. Poesía y pobrediablismo

125

35. Discurso en un jardín

127

36. El niño furioso

129

37. Atorrantes y cavernícolas

131

38. Ciudades en el aire

133

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39. Discurso de un joven frente al cielo

134

40. Elogio de la tarde

136

41. Muerte a la postcard

137

42. Fábrica de sueños

139

43. Sombra y palabras de El sonámbulo

141

44. Llanto en la sangre

142

45. Los enemigos de la ciudad

144

46. Plástica de la alegría

145

47. El oso blanco del invierno

147

48. Laudanza de Michoacán

148

Notas

151

1938

161

 

49. El año poético

161

50. La lectura del poema

163

51. Elegía a ciertos poetas vivos

165

52. La realidad y el deseo

168

53. El mundo del quebranto

170

54. Fiesta del surrealismo

171

55. Recuerdos a la bien plantada

173

56. La revolución agredida

176

57. Arturo Serrano Plaja (1)

177

58. Arturo Serrano Plaja (2)

179

59. Rehabilitación de las palomas

180

60. Henri Kloz en el valle de México

182

61. Desventuras y suicidio de Henri Kloz

184

62. Voto por Carlos Pellicer

186

63. El fantasma del nerudismo

188

64. “Voy raramente al cine”

190

65. Coetáneos de la alquimia

191

Notas

195

1939

201

 

66. Panorama de México. Toluca la guapa (1)

201

67. Panorama de México. Toluca la guapa (2)

202

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68. Fauna contemporánea. El aprendiz de nazi

204

69. Fauna contemporánea. Las mujeres asnas

205

70. Fauna contemporánea. El orientador

207

71. Itinerarios. Tampico: ida y vuelta (1)

209

72. Itinerarios. Tampico: ida y vuelta (2)

211

73. Close-ups de la ciudad. Sainete al aire libre

213

74. De entrega inmediata. Postal neoyorquina

214

75. Pláticas de arte y otras cosas. En torno a Walt Disney

216

76. Los grandes poemas: “Caballero solo”

218

77. Los grandes poemas: “Oda a Walt Whitman”

220

78. Los mejores poemas: “Yo era un tonto y lo que he visto

222

me ha hecho dos tontos”

79. Los grandes poemas: “Esquemas para una oda tropical”

224

80. Españoles en México. José Bergamín

226

81. Panorama de la ciudad. Invitación a Chapultepec

228

82. Los héroes mandan. La ciudad enlutada

230

83. El cazador de nubes: Emilio Prados, poeta

233

84. Los mejores poemas. La balada de las hojas más altas

235

85. Poemas españoles. Los de Miguel Hernández

237

86. Españoles en México. Antonio Sánchez Barbudo

239

87. Españoles en México. Juan gil-Albert

241

88. Trifulca en la poesía. Hablemos de los antipoéticos

244

89. Pequeño guiñol. Introducción al estudio de Blasfemo y

246

Masiosare

90. Pregunta sin respuesta: ¿el drama del siglo?

248

91. Pequeño guiñol. El chuan y el petimetre

251

92. Pequeño guiñol. Masiosare se exalta

253

93. Estampa semifrívola. “Mujeres que pasáis

255

94. Pequeño guiñol. Murmuraciones de Blasfemo

257

95. Pequeño guiñol. “¡Qué grande es el infinito!”

259

96. Revista poética. Poesía de Taller.

262

97. Impresiones de un real de minas. La ciudad pródiga

266

98. Revista poética (1)

269

99. Revista poética (2)

273

100. Revista poética (3)

278

101. Las rabias irritantes de Enrique Heine

282

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Oh dios, ay dios de heridas y puñales, dios de piedra punzante, hubo una hora en que todo pareció como el estallido del alba y las sonrisas esplendieron como pétalos y el amor era magnífico hasta la belleza total.

Efraín Huerta. “Agua del dios”

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Efraín Huerta en tiempos de Cárdenas

Guillermo Sheridan

¡Oh juventud, espada de dos filos! ¡Juventud medianoche, juventud mediodía, ardida juventud de especie diamantina!

Efraín Huerta, “Borrador para un testamento” (1965)

La década de los años treinta concentra las pasiones del siglo veinte. En asunto de poe- sía, sus contradicciones, sus formas de fe y sus mitologías se expresaron en disputas e himnos legendarios. Apretó el ímpetu de las vanguardias previas, y procedió a replant- earlas en un escenario de profundas tensiones sociales y políticas. Un frenesí creativo y libertario acorde a tiempos en que se replanteaba la naturaleza misma de la sociedad, y cuyas discusiones sobre el sentido de la literatura afectarían al resto del siglo. Esa tirantez se halla determinada por el apogeo de las ideologías políticas (todas en crisis) y de sus diversas, rijosas traducciones: la aparición de las “masas” como actor histórico, la crisis del capitalismo, el protagonismo del intelectual como conciencia moral y del poeta como su traductor, la mitificación y vulgarización de la ciencia, la

crisis final de los viejos imperios nobiliarios y el surgimiento de los imperios militares,

Un adecuado caldo de cultivo para incubar

el colapso de las convicciones religiosas

la atracción de los totalitarismos y su traducción en las guerras externas e internas del “valle oscuro” que fue esa década, para usar la frase de Piers Brandon. 1 El reflejo de esos conflictos en el terreno de las ideas provocó un hervor crítico de magnitud tal que el resto del siglo palidece ante ese periodo. Aunque su reverberación

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sacude al mundo entero, sucede esencialmente en Europa y en los Estados Unidos del new deal. Nacida con la gran depresión de 1929, parida por una guerra mundial y ya preñada de la siguiente, la década roja contiene todas las discusiones que definieron la modernidad, sus modelos sociales en pugna, los arquetipos más representativos de sus extremos ideológicos, las catástrofes y heroísmos definitorios, los horizontes insu- perables del horror. ¿Cómo enumerarlos siquiera? Stalin, Hitler y la lógica concentra- cionaria; Musolinni en Abisinia y Franco en España; el imperialismo japonés, la abulia francesa, el heroísmo inglés y, al final, la sórdida coronación de Hiroshima y Nagasaki. Pero los treintas son años cenitales en producción de artes y letras igual de fervo- rosos y críticos. Contienen el grand finale de las vanguardias; las luchas y deificaciones del propagandismo; el escritor comprometido lleno de laureles en el Kremlin o en la Mutualité y el escritor disidente de escupitajos en el gulag, en Auschwitz o en Saint Cyprien; el apogeo de la propaganda y la publicidad; las querellas sobre la función de las ideas y el papel de los escritores; las corporaciones de intelectuales y la seducción de los “tontos útiles” (como les llamaba Stalin); los encontronazos definitorios entre la conciencia creativa individual y las corporaciones políticas: Gide y D’Annunzio, Serge y Drieu La Rochelle, Breton y Louis Aragon El ámbito mexicano, en su escala, refleja esa intensidad y la traduce a sus propias circunstancias y necesidades. Lo hace con un empeño que desata a la vez comedias ver- gonzosas y prácticas de innegable nobleza. En una atmósfera en la que prevalece cierta teatralidad (de la que hablaré más adelante), hay sin embargo ingredientes nuevos y en- comiables. La principal: que México y su cultura artística y literaria vivan como propias, por primera vez, querellas que escapaban los límites de su nacionalismo, y que vivan una fraternidad intelectual inédita con el mundo, dada la naturaleza internacional de los conflictos. Pero también el hecho de que el apogeo de los nuevos medios de comuni- cación e información, al divulgar esa experiencia, atiza las correspondientes responsabi- lidades. Durante la década de los treintas, la cultura mexicana se asume como parte del mundo, no como su excepción, y vive intensamente la expansión de los imperialismos, el drama civil de la democracia española y la segunda guerra mundial. Una ebullición ejemplar en la que se viven y discuten ideas económicas, políticas, sociales y morales de toda índole y coloratura: la vulgarización de las ideas de Freud o Einstein alteran los paisajes mentales, el apogeo del cinematógrafo y la radio socializan la experiencia del mundo exterior, el atractivo de la ciencia, la cultura del turismo, la instauración definitiva del reino de la publicidad, modifican todos los esquemas en la asombrada conciencia de ser parte de la modernidad. Pródiga y prodigiosa, la versión mexicana de la década de los treintas no ha sido sufi- cientemente estudiada desde el punto de vista de la historia de las ideas literarias, y com- prendida menos aún. Ocupa en la imaginación apenas una capilla dudosa de la iglesia contestataria, poblada de santitos apresuradamente canonizados que escuchan oraciones

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generalmente vacías. Pero en no pocos aspectos, esa década es la matriz de conflictos, posi- ciones y sentimientos que aún pesan sobre la cultura mexicana actual y la modifican. Este libro, que se propone colaborar a apreciar esa década desde una perspectiva sin- gular: la de un muchacho poeta y revolucionario que vive y encarna intensamente esas contradicciones, quiere colaborar a ese conocimiento.

Boceto de vida

Efrén Huerta Romo nació en 1914, quinto hijo de Sara Romo y de José Mercedes Huerta, político y abogado de un pueblo llamado Silao de la Victoria en el rijoso bajío guanajuatense. Fue demasiado pequeño para enterarse de las batallas entre las facciones que aso- laron esos años la región natal. La familia se mudó por 1917 a la ciudad de Irapuato y se instaló en el comercial barrio de las Cuatro Esquinas, no lejos de la escuela donde el poeta estudiaría “parvulitos, primero y segundo de primaria”. 2 El matrimonio padecía una crisis terminal. En la misma evocación de su escuela, Huerta se refiere a esas de- savenencias en términos curiosos: al principio “mi infancia son panes, melones, fresas”; más tarde, hubo que vivir “de atole, piloncillo, frijoles”. Este descenso en el insumo de calorías se debe, según José Emilio Pacheco, a que el abogado Huerta “abdicó de su sta- tus de clase media por seguir a la causa perdedora del villismo”. 3 Huerta aporta testimo- nios que propician otra versión: los tiempos de panes y frutas corresponderían a la etapa en que la familia descansa en el padre, “cumplido juez municipal”, “gran lector” que es dueño de una “inmensa biblioteca” y que ejerce cierto poder en los asuntos políticos regionales: “Los políticos lo buscaban porque su opinión era decisiva en la elección de

presidentes municipales y los políticos del centro lo apreciaban mucho. Irapuato fue su centro de operaciones”. Los tiempos de atole y piloncillo fueron consecuencia de que “la familia comenzó a dividirse” por 1924: el padre se quedó en Irapuato y la madre y los niños se mudan a León, “donde la pobreza casi se acercó a la miseria”. El padre, mientras tanto, conserva una medianía de burócrata que, al parecer, no deseó compartir con su ex esposa. Luego de la separación, para sostener a sus hijos, la señora hace proezas para sostener a su prole vendiendo mercancía de puerta en puerta o viajando al montepío. El pequeño Efrén se

puso a la altura de las nuevas circunstancias y aprendió “

vender periódicos, a repicar

las campanas en una iglesia cercana y a poner en su sitio los puentes de madera cuando llovía y las calles se inundaban”. Tenía no obstante tiempo para afirmar su educación elemental en la vecina escuela modelo. Por las noches, mientras su madre cose y teje, Efrén lee para ella novelas y ver- sos o le canta canciones. Al llegar las vacaciones, viaja a Irapuato con el padre que, para

a

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hacerlas provechosas y educar al muchacho en las dificultades de la vida, le consigue trabajo como aprendiz en una imprenta donde aprende tipografía. Así, el chamaco se forja una agenda breve: “Por las mañanas, de seis a ocho, entrenamiento de futbol; de ocho a tres, trabajo en la imprenta. Tarde y noche, lecturas”. Las necesidades escolares de sus hermanos mayores obligan a la señora Romo a buscar una nueva alternativa, por 1927 o 1928, esta vez en Guadalajara. Una revuelta postrera, sin embargo, vuela las vías del tren en vísperas del viaje y obliga a la familia a permanecer en Querétaro. Huerta ingresa ahí al Colegio Civil mientras, secretamente, sigue empeñado en profesionalizarse como futbolista, deporte en el que hizo méritos de gambetero. Se vanagloria de ser “un idolillo” de la cancha, y de que las muchachas le confeccionasen porras especiales. Lleva dinero a su casa ejerciendo cualquier cantidad de oficios, e ingresa en la Academia de Bellas Artes local. Una de esas chambas circunstanciales lo obliga a redactar en verso. En tiempos en que la publicidad sólo requería un producto, un medio impreso, un dibujante y un redactor, Huerta confecciona una cuarteta para la honrada cantina La Victoria que despacha “de día y de noche” vinos, licores “y cerveza refrigerada” en el centro de la ciudad:

14 •

Qué sería de este Querétaro, bella ciudad colonial, si no pudiera beberse de “La Victoria” el mezcal

4

Entre prensas y rotativas elementales, quizás bajo el magisterio de algún par de vie- jos lectores de Saint-Simon, y en la cofradía de otros muchachos lectores de literatura socialista, Huerta abraza desde ese momento las posiciones de “la mejor izquierda, la primitiva” 5 y debuta en una fe revolucionaria que conservará para siempre. A sus quince años, en 1929, entre otros “muchachos pobres como yo”, 6 ingresa en una agrupación orondamente llamada el Gran Partido Socialista del Centro de Querétaro cuya exis- tencia (seguramente precaria) habrá provocado relativo susto en esa sociedad recoleta. El deleite de erizar buenas conciencias bien pudo ser otro ingrediente de una rebeldía gremial atizada por las dificultades familiares. Cuando viaja en las siguientes vacaciones a Irapuato, ya en edad de antagonizar con su padre, se lleva su nueva fe en la maleta y se reencuentra con algunos viejos amigos “con los que hicimos el semanario La Lucha, donde ataqué al ladronzuelo presidente municipal en varias columnas satíricas. Mi pa- dre me pidió que regresara a Querétaro”. Huerta tenía una nueva familia, la de clase, y un nuevo fervor, el del combate social. Además, junto a las majaderías utilitarias de la publicidad, Huerta comienza a redac- tar versos juveniles y engalana las páginas de La Lucha con un primer poema titulado

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“El Bajío”. Simpático exabrupto chauvinista con retintín escolar, su primera estrofa se colapsa espectacularmente en un verso cojuelo y tan arbitrario, en el fondo, como cual- quier sentencia de su paisano José Alfredo Jiménez:

Llanura sonora morena de cantos, llanura con horas que le marca el sol, un sol sólo tuyo, un sol muy distinto que no es de los mares ni las cordilleras; un sol más perfecto que el tuyo, Bajío, no tiene el cielo de ninguna parte.

Cumplidos los modales corteses de cualquier enamorado de su patria íntima, el bi- soño poeta conscientizado celebraba luego el pundonor subversivo de sus lares:

y tus campesinos no tienen fusiles

para la insurgencia de Pedro Moreno; hoy son agraristas y usan recio máuser

No es difícil verlo en el aprieto de buscar un varonil calificativo en dos sílabas. Llega al rescate la fatídica Musa Inepta: ¡un recio máuser! Ya arrebatado por el entusiasmo, deriva hacia el imperativo complemento erótico: las colinas tienen “senos dorados” y se besan con las auroras mientras pasan por las calles “los cuerpos duros de tu mujerío”. Los tonos de lecturas más actuales comienzan, al final del poema, a rebasar los estragos

del principio. Resulta curioso, porque “El Bajío” parecería contener, en el solo desarro- llo de sus cincuenta y cinco versos, la progresión relativa del gusto poético de principios de siglo que la mente voraz del joven poeta acelera, a pesar de su desaseo, hacia una tenacidad modernizante. De ese modo, se puede saltar de un verso a la manera de José Santos Chocano (“tierra baja y noble de sangre que brilla”), a una sinestesia contagiada

de Herrera y Reissig (“Campanadas de aire encienden el verde

y a otro casi clonado de

Leopoldo Lugones (“la luna siguió rodando su madurez aérea”). El final del poema es interesante. Conjeturo que lo pudo redactar cuando, ya en 1931, o bien es uno más de los muchachos que llevan clase de literatura hispanoamericana con Carlos Pellicer, o es uno más de los que juran por su estilo, presente en la estrofa final:

”)

La luna sembrará para la emoción nuestra muchas noches hermosas; y la voz campesina sonará a flor de llano

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guillermo sheridan

mientras beben los surcos la semilla en su mano.

Muchos años más tarde, en “Amor, patria mía” (pceh, 463), Huerta evocaría ese poema muchacho:

Escribió su Poema del Bajío (ah, su primer poema)

y

en él estaba la tierra negra

y

relampaguearon los ojos de Hidalgo.

16 •

Otro San Ildefonso

Porque desde 1930 Huerta y su familia ya viven en el capitalino, abundante barrio de Tepito. Desde su llegada, Efrén procura ingresar en la Academia de San Carlos y continuar sus estudios de arte. Como su relación de materias provincianas es confusa,

se le condiciona el ingreso a que actualice algunos créditos en la llamada “Perrera”, la escuela que pone al día a los emigrantes del interior. Aún así, la Academia lo rechaza, y Huerta no tiene más alternativa que buscar sitio en la Preparatoria Nacional de San Ildefonso. Lo logra en 1931 y se le envía al grupo A-1 donde conoce a Rafael Solana, su primer compañero interesado en las letras. (Hay otro compañero de relieve, boletero de un teatro frívolo, que les permite a sus camaradas asomarse gratuitamente a ver “a Lulú Labastida y demás formidables genios del desnudismo”.) Ignoro si estuvo en el grupo de Pellicer, pero sí llevó clases con Julio Torri, que enseña literatura española, y con Agustín Loera y Chávez, que enseña historia del arte. Para cumplir con las tareas de esa materia, Huerta y Solana realizan expediciones por las zonas históricas de la capital, o enfilan rumbo a Cuernavaca y a Taxco a describir y dibujar iglesias barrocas o rastros mudéjares. Es conjeturable también que haya llevado cursos con Alejandro Gómez Arias, Antonio Díaz Soto y Gama, Samuel Ramos y José Gorostiza —entre los maestros jóvenes del claustro— y con don Pedro Argüelles o Pedro

No temo equivocarme si propongo que no se inscribió en los

de Alba entre los decanos

cursos de los profesores “reaccionarios” como Antonio Caso y Roberto Chico Goerne. Cuando Huerta llega a San Ildefonso, Octavio Paz y otros muchachos que, a pesar de tener la misma edad, se encuentran en un grado superior, están a punto de sacar el primer número de la revista Barandal; 7 el año que Huerta perdió regularizando su trayectoria escolar le impide conocerlos y colaborar con ellos en ese momento. La amis-

tad de Solana basta por lo pronto, complementada con la de algunas compañeras inteli- gentes, como Carmen Toscano. Naturalmente, Huerta se inscribe en la zona izquierda

efran huerta en tiempos de cárdenas

de San Ildefonso en ese momento en que lo que más tarde llamaría “el chulismo na- cional” se ha apoderado de la escuela. Cumplía con las exigencias académicas y llevaba —en unos cuadernillos de su propia factura— aliñadas notas sobre Karl Marx y Max Weber, o copias de poemas de Alfonso Reyes y Torres Bodet. Generación incómoda, e incomodada, la de Huerta vive un México profundamente agraviado por la desigualdad, y una creciente decepción ante la forma en que la revolu- ción se empeña en quedarse a medio camino, expropiada por el “Jefe Máximo” Plutarco Elías Calles y sus orondos generales. Huerta y sus camaradas abrazan temprano la idea de que la revolución mexicana es apenas el necesario preámbulo a la Revolución con mayúsculas. Pero si el mundo de las ideas se le impone académicamente, Huerta pre- siente desde temprano que su vida está más del lado de la acción, esa diosa desenfrenada que tanto engordará durante la década. Fuera de San Ildefonso, en ese momento álgido entre la revolución de los generales y la que promueve el Partido Comunista Mexicano (pcm), la acción callejera lo seduce y enciende con mayor entusiasmo que el salón de clases. Si ya se había instalado en México para el 20 de marzo, Huerta habrá atestiguado la campaña que el gobierno desata contra los comunistas luego del atentado contra Pascual Ortiz Rubio; habrá discutido con Pepe Alvarado y su futuro compadre Ricardo Cortés Tamayo una rudimentaria bibliografía comunista; habrá vibrado en el clandes- tinaje juvenil del pcm, habrá estado entre quienes dan la bienvenida en Buenavista a Rosa Luxemburgo, y escuchado hablar a Tina Modotti, Valentín Campa y Juan de la Cabada; habrá marchado en las calles junto a Hernán Laborde y a David Alfaro Siqueiros. ¿Y habrá estado entre quienes —antes de la obligada corretiza— ovacionaron a los camaradas de la Confederación General de Trabajadores (cgt) que lograron colgar de una torre de la catedral la bandera soviética? La adrenalina del combate, el fervor de la célula, la convicción de poseer la razón histórica y el arrastre de la lucha imperativa, lo han reclutado ya en 1935 para la Federación de Estudiantes Revolucionarios (fer) y la Federación Juvenil Comunista (fjc), 8 preámbulo de los colectivos de frente popular que aparecerán poco después con Cárdenas, como las Juventudes Socialistas Unificadas de México (jsum). Con San Ildefonso como sede, rodeado de una brillante generación de sensibilidades variopintas y posiciones ideológicas contrastantes, Huerta se bebe intensamente el exal- tado despertar del protagonismo juvenil posterior a la revolución. Primogénitos de la reyerta civil, eran los primeros muchachos libres del México moderno:

Era entonces la etapa de la soberbia, de la estudiada pedantería, de las fáciles entregas senti- mentales, de las pequeñas ambiciones, del despilfarro mental, del ensueño organizado. Era la

dichosa y brillante época de los impulsos irrefrenables, del ansia, de la lujuria estallante, de

guillermo sheridan

Delfines rojos, a estos muchachos la ciudad se les revela como un escenario impar

para un protagonismo hasta entonces inédito. Auroleados por el fuero juvenil, estudian

y trabajan, pero además recorren burdeles, fuman mariguana, improvisan mítines caóti-

cos en las madrugadas del Zócalo, aterran hosteleros chinos, revientan los teatros de revista, flanean por la plaza Garibaldi, compran revistas europeas en Porrúa, toman cer- veza en la cantina El Paraíso, van al Venecia a ver cine ruso, acuden al Salón México Son los primeros que asumen las exigencias y protocolos de la primera generación de jóvenes criados por la revolución (para oponerse a ella): un laborioso catálogo de poses, hablas y modas calculadas para hacerse ferozmente de un papel en el reparto social y político de la tragicomedia mexicana: “Éramos muchachos pedantes que siempre anda- ban con el libro bajo el brazo. No sé si sólo nos sentíamos o en realidad la gente nos miraba como ‘poetas malditos’, pero nosotros asumimos ese papel”. 10 Eran los hijos descarriados de Madero, pero también de Zapata y Flores Magón; la primera generación para la que el activismo estudiantil es una forma de vivir emociones que la cronología les ha regateado; la primera que se siente obligada a vivir roles paradig- máticos que lo mismo incluyen al ardiente jardinero Mellors de D.H. Lawrence que al melancólico Hans Castorp de Mann, a los héroes nihilistas rusos como Sashka Yegulev de Andreyev, o al intenso Malte Laurids Brigge de Rilke.

18 •

Primeras letras

Desde temprano, Huerta convirtió en un modo de vida su militancia en la fe liber- taria; también en un estilo y quizás hasta en un personaje. En una fotografía de 1934 se le mira vestido de “obrero intelectual”, combinando su yompa ferrocarrilera de dril con una corbata sombría que cumple con la etiqueta estudiantil, y se deja una melena postrera como la de su amigo José Revueltas (“mi hermano, / mi tibieza, mi tiempo juvenil y / mi amor a la vida” 11 ). Durante la década, la imaginación libertaria y el fervor ideológico se han aliado para diseñar el paradigma del poeta comprometido, y el joven Huerta está decidido a encarnarlo en todos sus detalles. Es un fervor de sentimiento social que riñe con el impulso poético de explorar el alma íntimamente, el culto de la recámara secreta y los laberintos de la conciencia que redacta, en esos mismos años, lo mejor de la generación de los Contemporáneos. Más

o menos a regañadientes, Huerta asume las condiciones de su legado como poeta at-

areado en y con el amor, y practica un estilo enjundioso y álgido cuya temperatura no

es difícil emparentar con algunos ramales obvios —sobre todo Neruda— que derivaban

del troncal romántico. Pero a la vez se vuelca estrepitosamente en la plaza pública para, sólo ahí, encontrar el sentido de su vocación literario-libertaria. Subvertir la sociedad

y acompañarla hacia la revolución es tarea que acarrea como valor agregado la apro-

efran huerta en tiempos de cárdenas

piación de un ejercicio vital, una manera de militar en sus convicciones ideológicas

y encontrar en ellas una superior alternativa a la salvación personal —o a su pérdida. Escribe Huerta:

Nosotros no tenemos derecho al egoísmo. Nos está prohibido como la compasión, la lástima. No podemos permitir que alguien repita por muy joven y tarambana que sea, aquello de “¡Primero yo, después yo, y siempre yo, en el desierto de egoísmo que llamamos vida!” porque lo condenaríamos a muerte moral, sin apelación. 12

Efrén Huerta Romo, El Flaco Neuras —como lo apodan sus compañeros de la facultad de Leyes— 13 , vive intensamente esa renuncia al egoísmo que inflama sus poe- mas. Cuando comienza a asumir vocación de poeta, su amigo Rafael (Lape) Solana le aconseja cambiar el Efrén por un apelativo más eufónico y le propone un arcangélico Ephraím. Huerta acata sólo en parte el consejo, por fortuna. Ya rebautizado, conocerá con Solana a Octavio Paz y a Alberto Quintero Álvarez, que ya han publicado sus pri- meras plaquettes, respectivamente Luna silvestre (1933) y Saludo del alba (1934).

La lectura de poesía no es una actividad más del nuevo Efraín, sino el común denominador de la militancia y el activismo, un fervor sacralizante que reúne su fe política con la íntima edificación de sí mismo. Este fervor se vuelca en los versos que recluta para su primer libro, Absoluto amor, del que Miguel N. Lira publica trescientos ejemplares en 1935. Es un primer libro decoroso, pero nada más. Carece de timbre propio, hay descuidos notables y su mérito quizás sea la tenacidad con que persigue

la forma para un estilo que, por lo pronto, titubea entre los modales decimonónicos y

una poética de riesgo. Al principio se percibe un aliento casi escolar, castigado por la inercia de los tiempos y la retórica modosa de González Martínez, si bien levemente erotizada:

En medio de mis años intimar tus corolas, y en el claro de tu alma deslizar mis delirios.

Ese aliento se rasga de pronto en violencias ruidosas y turbulentos arrebatos que de- latan su empeñosa resistencia a la imaginación “bien hecha” y al gusto sereno en boga. Prefiere resolverse en asociaciones osadas y metáforas voluntariamente decepcionantes. El libro anuncia ya, desde luego, al poeta de voz propia que espera su turno para entrar en escena. Por lo pronto, hay un aliento que desearía ser visionario y arriesga elementos vagamente surrealistas que aprende de lecturas como la de Vicente Aleixandre, quizás la más notoria en ese periodo:

• 19

guillermo sheridan

Labios como el sabor del viento en el invierno, dientes jóvenes de luna consentida en la llama del abrazo. Se endurecía la noche en tu garganta. Espacio duro de tus senos. Amarilla y quemada, la inesperada sombra de tus piernas en las alas de los pájaros cuando tus dedos en un juego de látigos hendían prisas de frío. 14

O de García Lorca (pero no del gitanillo, como el que tanto —y tan mal— era imi-

tado en México, sino el más inasible):

Mi palabra y mi sombra en el vacío

de muerte; mis pasos rompen lisas figuras de recuerdos. Una desnuda roca frente al cielo se muere de no ser automóvil. La sangre de los pájaros decapitados ayer mismo rueda y llora extrañando las rodillas lunares

y mi voz sin objeto bajo los senos oscuros de las nubes. 15

O

de Villaurrutia, entre los mexicanos:

Pulsando el ruido de tu cuerpo en mis brazos la luz de tus senos y tus hombros

como si la perfección se encontrase en la palma de mis manos

y

los ojos no fuesen sino bocas llenas de sed

O

de Pellicer:

20 •

He de buscar un día nuestra esperanza

unificada, ausente de tu boca,

inmóvil en los dedos del tiempo,

ansiosa de mi pecho [

]

Sus amigos (y seguramente sus maestros) tienen reservas ante el debut. Huerta mis- mo las tiene y, años más tarde, reconocerá que era una poesía “desordenada, irregular, brusca, desagradable. Una de las peores que se haya escrito en México”. 16 Por su parte Solana, dedicatario de alguno de los poemas, reconoce que en el volumen “brilla su ta- lento, pero como brillan las arenas debajo del agua, sin fijeza ni solidez”. 17 Ambos tenían razón. La tenacidad comenzará, poco a poco, a rendir mejores resultados. En mayo de

efran huerta en tiempos de cárdenas

1936, publica en Taller poético un poema titulado “Recuerdos del amor” —dedicado a José Revueltas— en el que los ímpetus se hallan notablemente más gobernados:

Primero fue la Muerte. Era en el mes de junio y nuestras vidas parecían inquietos ríos con fiebre, soledades nacidas al calor de un helecho. Sobre la Tierra tibia crecían hombres y árboles, negras nubes, y rosas, y canciones. Clarísima ternura como día amanecido. 18

No es gran poesía tampoco, pero ya posee voz propia y anuncia el mejor estilo. La comparación de “nuestras vidas” con “inquietos ríos con fiebre” es arisca (que tengan fiebre deja sobrante el calificativo “inquietos”, por ejemplo). La comparación encabal- gada de inmediato (“soledades nacidas al calor de un helecho”) es no sólo un desastre, sino un desastre innecesario, en el que el juego entre “helecho” y “lecho” resulta in- genuo. Y para terminar, esa mezcla del aumentativo en esdrújulo (“clarísima”) con la inevitable “ternura” (blasón del diccionario poético generacional) que cae finalmente en esa comparación con participio, tan nerudiana Unos meses más tarde ofrecía un nuevo libro, Línea del alba (1936). Es una exi- gente selección de poemas sobre un solo tema, y la mejoría es perceptible: una voz más personal y atildada a la hora de precisar las emociones. Su amigo Solana, llevado por el entusiasmo, sentencia que no falta ya música a su libertad de metro y de acentuación, y la elaborada factura de sus imágenes le otorgan valor de novedoso. Termina por de- claralo “un poeta muy sincero y muy alto”, al grado de asegurar “que Línea del alba es el mejor libro de poesía publicado en México en 1936”. La Línea del alba no era, quizás, tan derecha. Los ocho poemas aún se deslavan, a veces, en supermetáforas inacabables, abstracciones inhóspitas, una violencia más gestual que moral, abundancia de estatuas, surrealismo balbuciente y, cada vez más notable, la sazón inconfundible del especiero de Neruda.

El amigo Octavio

Gracias a Solana y a Carmen Toscano, Huerta había conocido a los muchachos que editaban la revista Barandal, y sobre todo a su director. Paz, ya el joven poeta reconocido como el paladín de la generación, se interesa desde el principio en la poesía de su amigo. Años más tarde, dirá:

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guillermo sheridan

Muy joven aún, Huerta publicó una serie de poemas en los que, cegados por la literatura, sus amigos no vimos sino unas imágenes sorprendentes mezcladas a otras que prolongaban el surrealismo hispanoamericano y español. Ciegos y también sordos, pues no oímos la voz que hablaba por boca de Huerta —la otra voz, blasfema, anónima, la voz maravillosa de la transeúnte desconocida, la voz de la calle. 19

22 •

Paz era también un militante y hacía méritos políticos, aunque lejos de la ortodoxa Federación de Estudiantes Revolucionarios (fer). Juntos, se suman a los intentos por rescatar a José Revueltas, remitido por el gobierno de Cárdenas a las Islas Marías acusado de practicar “actividades antisociales” en mayo de 1934, y juntos corretean por las calles con la policía en los talones. Quizás Paz estuvo junto a Huerta el 20 de noviembre de 1935 entre la “minoría ruidosa, la vanguardia gritona, inerme pero sin miedo” de la fer —escribe Huerta— y de las Juventudes Comunistas, “cuando hostigamos por todo Insurgentes, Juárez, Madero y el Zócalo a los camisas doradas, infantería y caballería fascistas financiada por los ricos regiomontanos”. 20 Los dos muchachos inauguran una amistad perdurable. “Más tarde —escribirá Paz— las pasiones políticas nos separaron y nos opusieron pero no lograron enemistarnos”. 21 Es comprensible: habían pactado amistad en un momento en que ésta se asumía como una religión que no toleraba desviaciones. (Se impone recordar esa emotiva tarde del 9

de octubre de 1977 en el Palacio de Minería en que leerían poesía en público Paz, Efraín

y Eduardo Lizalde. Los dos poetas mayores se saludaron con fuerte abrazo. Un actor

leyó los versos de Huerta, ya silenciado por la enfermedad. Cuando llegó el turno de Paz,

el infaltable simplón lanzó un decidido abucheo. Efraín, poniéndose de pie, lo aplacó

de inmediato con una mirada fulminante que provocó una ovación y permitió seguir la

En la memoria de su amigo Octavio, Efraín es siempre el “Efraín de

nuestra adolescencia”, y siempre evoca “al poeta apasionado e irónico, al amigo un poco silencioso y afable. En su trato, Efraín era cortés y discreto, como buen mexicano. La violencia de algunos de sus poemas y epigramas contrastaba con su figura personal”. 22 La práctica de la que Huerta llama “la apasionada dulzura de mis amigos” 23 se había estrechado en la poesía y en la militancia cuando viven el paso de Rafael Alberti por México en 1934, con su esposa María Teresa León, en campaña de propaganda en favor del Socorro Rojo Internacional. Huerta y sus amigos sabían de memoria su declaración final en Poesía 1924-1930 (1934): “A partir de 1931, mi obra y mi vida están al servicio de la revolución española y del proletariado internacional”, y lo convierten en penate central de su altar poético-político. Juntos, visitan al andaluz en el edificio Ermita en Tacubaya y lo acompañan, exaltados, en su gira de lecturas y conferencias. Recuerda Huerta que Alberti solía incluir en las lecturas su traducción de “La toma del poder”, el poema de Louis Aragon lleno de ira contra Francia y las democracias burguesas que le daban la espalda a España:

lectura en paz

)

efran huerta en tiempos de cárdenas

Lo decía en Bellas Artes, en los mítines, en las sobremesas. Crispaban los versos de Aragon contra su Francia y su bandera:

¡Salta, volcán colonial! ¡Cruje, imperio francés, rásgate, harapo tricolor, rásgate!

24

De regreso de los mítines, aún encendidos, hablan de poesía y Alberti lee la de sus

jóvenes seguidores. Se entusiasma especialmente con la poesía amorosa de Paz y lo de- clara “el autor de la poesía más revolucionaria” que se escribe en México. 25 Huerta era de la misma opinión, orgulloso de ese amigo que “era fervor puro, inquietud pura; era un alucinado, un impetuoso, un hombre ardiendo, un poeta en llamas”. 26 La amistad entre los muchachos los llevará poco después a corresponsabilizarse de la revista Taller (1938-1941). A fines de 1937, Solana invita a comer a Paz, a Huerta

y a Quintero Álvarez y les cuenta que ha decidido convertir Taller poético, recordará Paz, en

una revista literaria más amplia y en la que se publicasen también cuentos, ensayos, notas críticas y traducciones. Para esta idea, deseaba contar con nuestra ayuda. Aceptamos inmedia- tamente y así se formó el pequeño grupo de responsables, como se decía en esos años, de la primera época de Taller. 27

Muchos años más tarde, Paz publicará algunos poemas que evocaban esos días ver- tiginosos con su amigo. En “El mismo tiempo”, por ejemplo, alude también a esa flama que los quema, un estar en llamas que parece, más que una metáfora de intensidad encendida, una alegoría pentecostal. La vida —dice Paz— vibraba

nuestras cabezas en llamas

mientras hablábamos a gritos en los tranvías rezagados atravesando los suburbios con un fragor de torres desgajadas

sobre

Huerta replicará esas evocaciones en 1964, en su cumpleaños cincuenta, con un po- ema que dedica a Paz. Debe citarse completo, encendido por golpes de poesía luminosa.

Cuadro de intensa pasión, se cimbra y exalta en el fermento de la amistad y el deseo,

el exceso y la soledad, la exaltación y el agobio, la pobreza amarga y la ira que buscaba

frenéticamente un derrotero útil. Es un testamento, pero también, aunque amarga, una celebración:

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BORRADOR PARA UN TESTAMENTO 28 A Octavio Paz

1

Así pues, tengo la piel dolorosamente ardida de medio siglo, el pelo negro y la tristeza más amarga que nunca. No soy una lágrima viva y no descanso y bebo lo mismo que durante el imperio de la Plaza Garibaldi

y el rigor en los tatuajes y la tuberculosis de la muchacha ebria. 29 Había un mundo para caerse muerto y sin tener con qué, había una soledad en cada esquina, en cada beso; teníamos un secreto y la juventud nos parecía algo dulcemente ruin; callábamos o cantábamos himnos de miseria. Teníamos pues la negra plata de los veinte años. Nos dividíamos en ebrios y sobrios, inteligentes e idiotas, ebrios e inteligentes, sobrios e idiotas. Nos juntaba una luz, algo semejante a la comunión, y una pobreza que nuestros padres no inventaron nos crecía tan alta como una torre de blasfemias.

Las piedras nos calaban. No nos calentaba el sol. Una espiga nos parecía un templo

y en un poema cabía el universo del amor.

Dije “el amor” como quien nada dice o nada oye.

Dije amor a la alondra y a la gacela,

a

la estatua o camelia que abría las alas

y

llenaba la noche de dulce espuma.

He dicho siempre amor como quien todo lo ha dicho y escuchado. Amor como azucena. Todo brillaba entonces como el alma del alba.

¡Oh juventud, espada de dos filos! ¡Juventud medianoche, juventud mediodía, ardida juventud de especie diamantina!

24 •

2

Teníamos más de veinte años y menos de cien

y nos dividíamos en vivos y suicidas.

efran huerta en tiempos de cárdenas

Nos desangraba el cuchillo-cristal de los vinos baratos. Así pues, flameaban las banderas como ruinas. Las estrellas tenían el espesor de la muerte. Bebíamos el amor en negras tazas de ceniza. ¡Ay ese amor, ese olor, ese dolor! Esa dolencia en pleno rostro, aquella fatiga de todos los días, todas las noches.

Éramos como estrellas iracundas:

llenos de libros, manifiestos, amores desolados, desoladamente tristes a la orilla del mundo, 30 víctimas victoriosas de un severo y dulce látigo de aura crepuscular. Descubríamos pedernales-palabras, dolientes, adormecidos ojos de jade

y llorábamos con alaridos de miedo

por lo que vendría después cuando nuestra piel no fuera nuestra sino del poema hecho y maltrecho, del papel arrugado y su llama de intensas livideces.

3

Después,

dimos venas y arterias, lo que se dice anhelos,

a redimir el mundo cada tibia mañana;

vivimos

una lluvia helada de bondad. Todo alado, musical, todo guitarras

y declaraciones, murmullos del alba,

vahos y estatuas, trajes raídos, desventuras. Estaban todos —y todos construían su poesía.

Diría sus nombres si algunos de ellos no hubiesen vuelto ya a la dorada tierra, adorados, añorados cada minuto —el minutero es de piedra, sol y soledad—;

entonces, no es a los vivos sino a mis muertos

guillermo sheridan

A ellos y por ellos

y por la piedad que profeso

por el amor que me mata por la poesía como arena

y los versos, los malditos versos que nunca pude terminar, dejo tranquilamente

de escribir

de maldecir

de orar

llorar

amar.

1962 - 3 de octubre de 1965

El poema traza de manera formidable por qué en la década de los treintas un joven

o era de izquierdas o no era joven. Contiene también el diccionario íntimo de Huerta

(alba, ardor, dulzura, comunión, redención, maldición

los demás son nuestro espejo y sus carencias las propias; la naturaleza colectiva de los apetitos, la militancia febril, el decálogo de la fe rebelde, los principios de una moral contestataria que prevalecerán para siempre en su obra. Los obreros de Taller juraban por los tres lados de esa moneda imposible: el amor, la revolución y la poesía. Extraña la elección de la palabra borrador para nombrar esta poderosa, lúcida des- carga. No me parece circunstancial. Creo que bautiza no sólo al poema en cuestión, sino a una actitud más honda y que, desde luego, es la de una poesía que explora con honestidad no sólo los estragos del tiempo, sino todo intento de hacer de ella un ins- trumento lírico verdaderamente personal. Luego de “Borrador para un testamento”, en 1971 otro poema titulado “Perra nostalgia” se habrá de referir nuevamente a esa liturgia generacional. El tono también abreva en la tristeza, pero con ribetes de una violen- cia interior propia de las decepciones profundas: la memoria se ha convertido en una perra danzarina; el quemante erotismo juvenil en una vergüenza avara; la fraternidad instantánea del alcohol en una práctica de “asnos en celo”; estudiar en una “mentada”

dibuja un paisaje en el que

);

y la pobre poesía en “una santa laica liberalmente emputecida hasta el cansancio”. Una

estrofa que revive San Ildefonso, al levantar la nómina de sus amigos, parece salvarse de esta contabilidad en números rojos:

26 •

Estaba el primer libro de Rafael Solana el primero de Octavio

efran huerta en tiempos de cárdenas

Se conspiraba se era pobre se empurpuraba la poesía porque queríamos ser recelar masturbar el viento aromar la algarabía al pie de los murales de Siqueiros y Orozco Vagar estudiar criminalmente. 31

Dirá Huerta años más tarde que esa forma de vivir, sentir y pensar resultó a la larga insostenible. Y agrega que “la decepción es demasiado objetiva, demasiado visual para encontrar ya en aquel muchacho atolondrado un ejemplo a seguir”. 32 ¿Por qué esta posterior amargura? La lectura de las crónicas que recoge este libro puede aportar una respuesta, no sólo para Huerta sino para muchos actores de esa puesta en escena del entusiasmo que fue el sexenio de Cárdenas. Lo que años después serán las reconvenciones de ira y melancolía ante las expectati- vas truncadas o los amores derrotados eran, en el periodo que cubren estas crónicas, su decidido contrario: la convicción de que se vivía en la alborada de la verdadera historia, que la “liberación” era inminente, que la lucha contra el fascismo y la democracia bur- guesa era el último obstáculo hacia el mundo perfecto de la dictadura del proletariado, que los amores —por lo mismo— no sólo serían más amorosos que antes, sino un éxta- sis perpetuo. Huerta se ha convertido, tenazmente, en un poeta comprometido. Se levantaba cada mañana, igual que sus camaradas poetas o militantes, en una exal- tación sincera que las crónicas reunidas en este volumen reflejan: cada beso fundaba repúblicas liberadas, cada viaje hacia el interior del país conducía hacia las verdad pro- funda de México, cada película vista, cada poema escrito o leído era un paso más en la marcha hacia una urgente libertad social, política y sexual (algo en lo que el joven Huerta suele poner énfasis, actor al fin de la idea de que una sexualidad sana era revolu- cionaria y colaboraría a refundar al país). Tendría que llegar el verano de 1968 para que en México se volviese a soñar y a combatir con el ímpetu que propició la década roja, y para que esos sueños se convirtiesen de nuevo en fe colectiva. Huerta y Paz vivirían por eso el 1968 como la reedición de un entusiasmo rebelde similar al de su juventud. En el caso de Huerta, esa celebración habrá de activarse de nuevo, ritual y febril, en su vida y su poesía, cada vez que una nueva causa (la revolución cubana, la nicaragüense, el triunfo de Salvador Allende) lo justificase, o una nueva atrocidad la urgiese. Es un hecho que su fe en la luz del Soviet aparta a Huerta de una conducta intelec- tual responsable y que opta por esa fe sobre cualquier duda, como se advertirá en estas

• 27

guillermo sheridan

crónicas. El entusiasmo de Huerta tiene desde temprano tintes religiosos: el amor incondi- cional a Stalin será una fe y un catecismo perdurables. Desde joven, se deja llevar ya por la línea del partido, ya por el fulgor cegador de una pasión lírico-justiciera que se proyecta sobre todos los temas que despiertan sus intereses de poeta o de cronista. Esta fe lo lleva a fortalecer emocionalmente sus convicciones frente a la responsabilidad, definitoria de la década de los treintas, de dudar con inteligencia. Pero Huerta no fue nunca un intelectual, ni quiso serlo. La única resistencia a su fe será el paso del tiempo, que termina por insti- tucionalizar esa liturgia a contrapelo y por conducirla a la amargura del “Borrador para un testamento”. Bastaba con el culto de la acción, como tantos poetas admirados del periodo, que se le convierte en una liturgia escritural resistente al reparo crítico: la de suponer que el poeta es una voz colectiva que convive con la personal, mucho menos urgente. Le bastaba la fuerza de su doble fe en la revolución y en el amor, expresión íntima de su advenimiento inminente, como sostiene en un autoretrato disfrazado de relato en 1938:

Esto de la duda, en sí, jamás me ha inquietado. Ya se sabe que dudar, con todas las simplezas

que trae consigo, es apenas un pequeño, inofensivo fervor, digno solamente de espíritus, a más

La filosofía nunca ha sido mi fuerte. En general, me considero un un Fausto maravillado. Asistiendo a la sorpresa diaria del planeta:

crímenes bestiales, traiciones inenarrables, lealtad, nobleza. De pronto algunos países caen asesinados por el hacha de los bufones; repentinamente un amigo muere; al mismo tiempo cruza por la calle una mujer como un compendio de armonía

de tímidos, hipócritas [ simple aprendiz de todo [

]

]

33

Curiosa elección la de Fausto como paradigma del fervor. Un Fausto maravillado por el espectáculo de la indignación, seducido por la acción que, después, se disolvía en su intensa amargura de buen poeta en “borrador”, cuyas crisis íntimas, verdaderas y verosímiles, tendrán siempre una realidad que su poesía “militante” postergaba. Huerta era, en este sentido, la versión local de esa doble poética que sus maestros practicaron con solvencia (Neruda y Aragon, digamos). Si estos sentimientos y simpatías de “Fausto maravillado” se harán extensivos a su vida y serán útiles a su personaje de poeta justi- ciero, la poesía en “borrador”, como él lo sabía, será una verdad más perdurable, pero menos leída. No se puede dudar de sus buenas intenciones, pero sí sospechar que se aco- modaban fácilmente a la excesiva gratificación de un medio urgido de liderazgos mo- rales, propenso a la sentimentalización de las ideas y, fatalmente, a su manipulación.

28 •

Periodismo juvenil: las pasiones

Los artículos que recoge este libro son las ilustraciones periodísticas de la materia prima de ese fervor juvenil y, por lo mismo, la de esos poemas posteriores, cargados de amarga

efran huerta en tiempos de cárdenas

reconvención. Son los ecos en prosa del entusiasmo colectivo del cardenato, el desglose trabado de un “redimir al mundo cada mañana” que se convertía en tarea periodística semanal. Desde el principio, como periodista —y en no pocas ocasiones también como poe- ta—, las suyas eran simpatías que surgían de un yo colectivizado y hacia él se dirigían convertidas en el fervor acicateado por la urgencia histórica; las simpatías que fijan los estrictos cotos de una fe militante y tumultuaria cuyo uso compulsivo de la primera del plural es una fe y una mística, un “reino de pronombres enlazados”, como decía Paz. Este nosotros de “estrellas iracundas” era estandarte, promesa y proclama de una nueva aurora y su correlato de convicciones y proyectos, gesticulaciones y doxias; un nosotros que celebrará imaginariamente el triunfo inevitable del comunismo, durante su juven- tud, y la nostalgia de su promesa, durante su madurez. Es comprensible: vivir ese momento desde la ardiente Weltanschauung juvenil le agre- gaba pasión a una tarea que inflamaba corazones justos. Los jóvenes de la edad de

Huerta se habían graduado muy de pronto, y muy de prisa, de jugar el papel de reservas del orden patriarcal a ser los protagonistas privilegiados, maestros de desinterés, activo de las esperanzas revolucionarias, promesa del futuro socialista, depositarios de la alegría y pureza cívica ambulatoria. El gobierno de Cárdenas, sin dejar de atizar esa fe, aprovechaba en su favor la capacidad de movilización juvenil, su energía militante, su libertad de des- plazamiento y la energía de su activismo, y utilizaba a la “clase estudiantil” lo mismo para señalar derroteros colectivos, perfilar a sus adversarios, lanzar proclamas o inquietar a la opinión pública, que para apoyar con su presencia avasalladora proyectos gloriosos (como

la política de privatización de la tierra) o, de ser necesario, hostigar a la reacción. Los jó-

venes organizados como “clase estudiantil” se habían convertido en nuevos actores de los programas del gobierno y, de pasada, en nuevos clientes de su bolchevismo sui generis. 34 Esta voluntad de incendiarse en la fe revolucionaria y colaborar así al objetivo final

subordinaban la zona militante del periodismo juvenil de Huerta al servicio del pcm. Como miembro primero de la Federación de Estudiantes Revolucionarios, luego de la Juventud Comunista, de las Juventudes Socialistas Unificadas de México, y finalmente como miembro del pcm y de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (lear 35 ), subordinó su voz a los imperativos del momento y metió su pluma al carril de un solo sentido. En el ámbito íntimo de su creación poética juvenil, si bien tales imperativos partidistas e ideológicos se sienten presentes, no apabullaron su aspiración de alzarse con una expresión poética personal, y Huerta se mantuvo al margen de la poesía ser- vicial y pedagógica (sólo el problema español, como en el caso de Octavio Paz, podía suscitar versos abiertamente combativos), algo que en ese momento acusa una encomia- ble autonomía creativa. En cambio el periodismo político juvenil, como habrá de verse, siguió la ruta inversa

guillermo sheridan

30 •

hacia la difusión de las líneas del partido, traducía esas ideas al código de sentimientos populares sancionados: la indeclinable fe en el comunismo guiado por la urss, la rei- vindicación de los valores populares, los cánones de la idiosincrasia nacional (salvo la religión); el desprecio a la burguesía, el encomio de la acción, un esencial ejercicio de pedagogía accesible con su correspondiente antiintelectualismo; la celebración de la ju- ventud como zona privilegiada de la alegría, la sinceridad y el desprendimiento; el amor que es al mismo tiempo pasión y praxis, y el odio a los diversos fascismos, foráneos y nacionales. Desde sus pininos y durante los años siguientes, sus crónicas documentarán además otras emociones poéticas y escriturales y, a la par, las contradictorias atmósferas socia- les e ideológicas en que se desenvuelve un joven comunista en el México de entonces. Huerta debuta como periodista en 1936, pero no en un activismo que lleva por lo me- nos tres años practicando en las organizaciones juveniles junto a sus camaradas Enrique Ramírez y Ramírez, Ricardo Cortés Tamayo y José Revueltas. Había dado muestras de disciplina y enjundia, practicaba una correcta conciencia de clase, estaba sincera- mente arrebatado de entusiasmo revolucionario, acababa de adquirir su carnet del pc (apadrinado por Juan de la Cabada, en Mérida) y redactaba con solvencia. Todo esto tuvo que pesar en el momento en que Clemente López Trujillo, director del Diario del Sureste (franquicia en Mérida del oficialista El Nacional ), lo invita a colaborar como editorialista. La práctica del periodismo de combate es algo para lo que Huerta está predestinado. El gobierno del joven presidente Cárdenas sostiene una enconada lucha de propaganda contra la “reacción” y sus poderosos medios (periódicos y estaciones del naciente radio). El reclutamiento de “combatientes de la pluma” para los propios medios gubernamen- tales, en la capital y las provincias, es una de las tareas primordiales del poderoso dapp, el Departamento Autónomo de Prensa y Propaganda (fundado por Calles y fortalecido por Cárdenas), que en ese México confuso se parece, más que al agitprop soviético, al Ministero della cultura populare, el Minculpop de Mussolini. Esa agencia ve con buenos ojos la incorporación a sus tareas de un joven con buenas credenciales. Su labor, como será evidente, consiste en aportar a la página editorial el punto de vista de un muchacho comprometido que escribe para otros jóvenes comprometidos o para convertir indecisos. Huerta cumple con los requisitos básicos de un periodista batallador en un momento en que el pcm se suma al Nacional Revolucionario bajo la consigna “Todos contra el fascismo”, que había recetado el Partido Comunista de la Unión Soviética (pcus). Que el periodismo político juvenil de Huerta se redacta desde las “líneas” del pcm se advierte desde la crónica con que debutó: un editorial titulado “El xiii Congreso Nacional de Estudiantes: Resoluciones fundamentales” que publicó a los veintidós años de edad en el Diario del Sureste en septiembre de 1936. Explicar el debut de Huerta como periodista en ese momento y lugar, bajo esos patrocinios y con ese tema exacto, es pertinente para

efran huerta en tiempos de cárdenas

ingresar a esta recopilación de sus editoriales toda vez que ilustra la combinación ade- cuada entre esos factores y las tensiones a que se hallaba sujeta su militancia. La organización y los costos de ese congreso corrían a cuenta del gobierno. Huerta había llegado al puerto de Progreso con otros trescientos estudiantes provenientes de todo el país a bordo del Querétaro, cañonero de la armada nacional. De pronto estos muchachos, que tres años antes eran reprimidos sistemáticamente por la policía, eran activistas patrocinados por el gobierno. En el mismo lugar y durante las mismas fechas se llevaba a cabo la primera Conferencia Nacional de Jóvenes Comunistas, ante la que Huerta también figura como delegado. Durante el congreso se establece la premisa —de origen moscovita— que suele resucitar ritualmente desde entonces en los movimientos estudiantiles: la de que hay una “clase estudiantil” inscrita en el estamento proletario, cuyo “credo de la lucha dialéctica” 36 comparten y apoyan. Cárdenas aprovechaba la energía juvenil desde antes. En 1933, aún en calidad de candidato, había propiciado la Magna Convención Estudiantil Pro-Cárdenas en More- lia. Huerta, cardenista prematuro en un momento en el que la izquierda aún no decide qué actitud tomar ante el michoacano, asiste a la convención y firma la proclama que aspira a “sustituir la enseñanza laica por la socialista en todos los niveles, socializar las profesiones, suprimir las escuelas particulares, implantar la educación sexual y lograr otra distribución de la riqueza”. 37 Cárdenas había visto también con buenos ojos las manifestaciones que en 1934 organiza la Federación de Estudiantes Revolucionarios que marcha por las calles con la consigna “Abajo la libertad de cátedra de burgueses y clericales”. 38 El candidato oficial aprovechaba la consigna que, desde 1920, el pcus había lanzado en el sentido de que la fuerza revolucionaria estudiantil debía aprovecharse contra los Estados burgueses, y que, por lo que respecta a América, había estado en el origen de los primeros, míticos congresos estudiantiles del Uruguay y Argentina a principios de la década. En México, debidamente supervisados por el gobierno, estos congresos se llevarán a cabo, año con año, hasta 1939. La intervención del gobierno en esos asuntos no desdora la militancia del joven Huerta: antes bien, por tratarse de un “gobierno popular”, la atiza y le otorga una significación que el lector atento a la historia del lazarato sabrá entender. Si bien el de Cárdenas no era, en la forma, un gobierno de “frente popular” (pues el con- cepto no se había acuñado aún durante su campaña y no había figurado en su plataforma ideológica), asumía en los hechos sus métodos y su ideología. El concepto “juventud pro- gresista” es acuñado entonces y se aplica a la “clase estudiantil” que el pcm desea contro- lar por medio de una organización de frente popular (socialista, no comunista) llamada Juventudes Socialistas Unificadas de México (jsum). No es azaroso, pues, que el primer tema elegido por el joven periodista —el activismo juvenil/estudiantil— coincidiese con un aspecto tópico de los años treinta mexicanos y del sexenio presidencial: una suerte de bolchevismo bisoño que sistematiza la rebeldía en abundantes corporaciones y sindicatos.

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En Yucatán —escenario ostentoso de las nuevas políticas gubernamentales—, los estudiantes hacen las veces de la vanguardia social y, a la vez, caracterizan la nueva enjundia populista del régimen. Si bien el congreso se hallaba sujeto a un guión previa- mente autorizado por el gobierno, y obedecía al ritual de llegar sin trabas a las conclu- siones que la convocatoria enunciaba como temas a discutir, Huerta y sus camaradas replantean la autonomía de las universidades “como posición revolucionaria”; se soli- darizan con obreros, campesinos y soldados; insisten en la calidad “internacional” de la “clase estudiantil”; exigen la participación de los obreros en las utilidades de las empre- sas; apoyan los movimientos de huelga, la reforma agraria y se atarean en sostener, “ahí donde el régimen capitalista dé lugar, por todos los medios posibles, la colectivización de la tierra”. Al mismo tiempo, se trataba de perfilar, a fuerza de tajos enérgicos, el perfil del enemigo, la juventud burguesa que aprovecha a la Universidad para graduarse de explotador pequeño-burgués. Escribe Huerta:

Cerca de trescientos [estudiantes] que abordaban con inteligencia y cariño temas actuales, temas que vivimos y no asuntos de alta metafísica, inútil y cansada, en los que sí pueden entretenerse, ¡todavía!, en el otro extremo del país, unos cuantos jóvenes aristócratas, no diga- mos que desviados, sino simplemente estancados. Que ellos se engañen a sí mismos todo el tiempo que quieran; a la larga reconocerán que la razón estaba de parte de la juventud progresista.

El fervor —como casi siempre en Huerta— no decora estas posiciones: las define. Se entregaba a sus labores periodísticas con un denuedo proporcional a ese momento glo- rioso: está en Mérida, ha abandonado —como Paz— la escuela de derecho, los mítines son formidables, las mestizas son hermosas, los camaradas son leales, está enamorado, llora cada vez que piensa en el reciente asesinato de García Lorca, las reuniones alrede- dor de las fogatas cantando “La joven guardia” son fervientes, está decidido a ser un verdadero revolucionario, y además comienza a ganarse el pan escribiendo. No podía pedir más.

32 •

La guerra civil española

Cuando dos meses más tarde Huerta regresa a México, se entiende que Solana lo des- criba “con los ojos incendiados todavía por la luz yucateca”. 39 Se trataba de la misma tri- ple moneda (revolución, amor, poesía) que pagará el peaje hacia un mundo a tal grado perfecto que —como había profetizado Engels— haría innecesarios el arte y la poesía. En ese marco, su ingreso al periodismo es, además, una alternativa laboral suficien- temente atractiva como para permitirle abandonar la carrera de leyes y, con ella, el

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ingreso a la burguesía. Los organismos corporativos —como la lear— ya incluyen en su negociación con el gobierno reivindicaciones adecuadas para el gremio en materia

de salarios y beneficios sociales. Es también la oportunidad de cumplir con un deber de propaganda que le brinda su partido y la decisión de trasladar sus convicciones a la pa- lestra pública en un momento en el que a la aurora roja la opaca la niebla del fascismo. El rechazo contra el alzamiento de Franco —que moviliza a la mayor parte de los escritores e intelectuales de valía en el mundo con una determinación no vista desde el affaire Dreyfus—, se convierte naturalmente en causa esencial para la pasión de los muchachos mexicanos. Les aporta la necesidad de ejercer una misión inmediata de acción política contra un enemigo real, de contornos netos y notorios; provee héroes

y villanos; aporta de forma contundente los contornos de una “ideología” cargada de

signos morales de signo infausto a la cual se opone la alternativa “humanista” del co- munismo. Por otro lado, por coincidir con la postura oficial del gobierno mexicano, el antifascismo juvenil le permite al gobierno tener a sus mesnadas juveniles atareadas dentro de márgenes controlables. En ese sentido, la defensa de la república española es una constante que aparece compulsivamente en el discurso de los muchachos y, si es el caso, en su poesía y su periodismo. Es curioso, por ejemplo, que los amigos de Huerta que se van a Mérida (Paz, Ricardo Cortés Tamayo y Octavio Novaro) limiten su activis- mo político en la península a la causa de la república española, mientras se abstienen

rigurosamente de escribir o hablar de política o problemas locales. Si el combate al fascismo local y el apoyo a la república española funcionan, la construcción del socialis- mo mexicano es una categoría menos aconsejable a las plumas juveniles; menos aún lo serían los comentarios sobre la política interna en Yucatán o en el país. Huerta acata esa encomienda, como lo hicieron sus camaradas en Yucatán, y convierte la lucha en defensa de la república —tanto en su crítica moral como en la literaria— en uno de los tópicos constantes de su periodismo. La oposición al fascismo en la década roja es la segunda piel de (casi) todo poeta de renombre. Esta lucha lleva a Huerta a abrir otro frente editorial en el que su frenesí habrá de conducirlo a ciertas posturas que rayan en una intolerancia propia de las situa- ciones de emergencia. El “joven guardia” encomia el servicio a la causa de los camaradas

o “compañeros de ruta”, pero no tarda en convertirse en fiscal de quienes, a juicio

suyo o de su célula, la traicionan. Tal actitud no deja de estar propiciada también por la confusión que los precipitados cambios ideológicos provocan en el periodo presidencial de Cárdenas. Si en el terreno político el presidente, un general del ejército mexicano,

parecía querer llevar al país del nacionalismo revolucionario al socialismo internaciona- lista, sin dejar nunca de ser lo que Luis González y González llamó “el Señor del Gran Poder”, en las letras el entrevero no es menor. Las querellas entre antiguos y modernos no se han acabado de resolver y aún se discute la naturaleza de la cultura mexicana luego de la revolución (nacionalismo versus cosmopolitismo; populismo versus esteticismo,

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etcétera), cuando la década roja ingresa al debate el tema de la literatura “comprometi- da” y el “realismo-socialismo” casi como una teoría oficial que, desde luego, abomina de las posturas “esteticistas” e “indiferentes a la realidad”. Estos conflictos generan en la prensa una pertinente internacionalización, digamos, de los debates sobre la naturaleza del hecho literario pero, al mismo tiempo, suponen la entronización en las izquierdas de posiciones dogmáticas, intolerantes, e invariable- mente sujetas a una ortodoxia que emana de los grandes congresos dedicados a la litera- tura en Moscú o en la Europa solidaria. En la prensa mexicana del periodo se traducen abundantemente los dogmas teóricos, pero también sus escándalos derivados, como la transición de Vladimir Mayakovsky de poeta-héroe comunista a egoísta pequeño burgués que se suicida —en la versión oficial— por no entender las exigencias del com- promiso popular; o la renuncia de André Gide al pc francés luego de su retorno de la URSS en 1937; las intensas discusiones en París entre surrealistas y comunistas sobre la libertad creativa. Todo esto suscita discusiones interesantes en México —gracias a la seriedad con que se involucran Jorge Cuesta o Luis Cardoza y Aragón— ante las que, lamentablemente, la izquierda prefiere las purgas, juicios sumarios y etiquetas simplo- nas, propias del frenesí “socialista” del sexenio. En el ámbito de las letras, tan propenso históricamente a articularse alrededor de proyectos colectivos expresados en revistas y grupos, estas pasiones se extreman. El apo- geo del radicalismo obedecía a razones que iban desde su carácter corporativo (por medio de la omnipotente lear) a la cínica promesa de “terrenitos” con que compromete al gobierno a cambio de su solidaridad, hasta el hecho de que no había guías evidentes ni un movimiento literario de perfiles netos. Como evocará Huerta años más tarde, “en aquellos momentos no había propiamente un maestro de ceremonias o un animador con la fuerza de convencimiento necesaria para conducir el programa poético con un orden”. 40 Ese liderazgo sería hallado por Huerta en Federico García Lorca, cuyo Roman- cero gitano es visto por él como “un animador” que, en lo poético, complementa a otros “animadores” de peso ideológico, como Alberti, Louis Aragon o Neruda. Huerta y sus camaradas echan de menos un liderazgo moral en las generaciones anteriores, en las que no encuentran un guía a la altura de la emergencia en que sienten estar viviendo. Entre la disolución de las vanguardias y las imprecisas transiciones gene- racionales, aceleradas por la muerte temprana de López Velarde y los ajustes, exilios y deméritos que produjo la revolución, el escenario nacional carece de personalidades sólidas y confiables que abren el camino a ideólogos como José Mancisidor. ¿Y en poe- sía? El viejo Enrique González Martínez sigue siendo el decano, pero su estilo intros- pectivo y pudoroso lo paraliza en un carácter de prematuro monumento patrio. José Juan Tablada está en desgracia ideológica en Nueva York y Alfonso Reyes en Brasil, funcionario del régimen, jamás contagia su pensamiento literario con el virus de la política.

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En cambio, desde la perspectiva de la izquierda, los adversarios abundan. Las polémi- cas anteriores (la de 1925 sobre el “afeminamiento” de la literatura mexicana o la po- lémica sobre nacionalismo de 1932) renuevan, ahora con la hoz y el martillo, lo peor del antiintelectualismo posterior a la revolución en sus facetas nacionalistas o derechis- tas. La lear, convertida en agencia distribuidora de certificados de solvencia política, se entregará con denuedo a su administración. Vicente Lombardo Toledano, David

Alfaro Siqueiros y José Mancisidor, intermediarios semioficiales entre las corporaciones de “intelectuales” y la agencia de propaganda del gobierno, no tardan en instaurar una atmósfera inquisitorial. En el discurso inaugural del Congreso de Intelectuales y Artistas que organiza la lear en enero de 1937, Mancisidor aportaría los principios esenciales de la nueva alianza con el gobierno al proponer que los intelectuales y artistas debían

“buscar sus motivos creadores en la lucha de clases

que entiende que el presente es sólo un enlace del pasado al por-

venir”. 41 Acto seguido advierte que los oponentes a esa tarea, quienes no quieran unirse “contra las manifestaciones regresivas y contra las concepciones que quieren mantener al hombre en sus actuales limitaciones… habrán definido su postura reaccionaria y su inclinación fachistizante”. 42 La manera de lidiar con los fachistizantes, agregará Mancisidor sin mayor empacho, será la de Robespierre, quien supo en su momento “señalar la ruta a los escritores de su tiempo, aconsejándoles sumergirse en el alma del pueblo francés”. 43 Este inesperado directoire se instalará entonces en México. No sólo procuró guillotinar a cualquier canti- dad de “reaccionarios” (prensa de derechas, liberales, católicos), sino también a cualquier escritor o artista que no se inscribiera en las filas learistas. Urgidos de un adversario contra el cual recortar el perfil de sus propias aspiraciones, a la lear le vino al dedillo lo mismo el tambaleo ideológico de Diego Rivera con su Frida, que (como siempre) el grupo de los Contemporáneos, esa cabeza de turco.

que a través de Carlos Marx ha en-

contrado su camino

Visión o rebelión

Huerta no sólo apoyó esta nueva violencia contra los Contemporáneos, sino que —hay que reconocerlo— la practicó con un entusiasmo sólo equivalente al de su posterior arrepentimiento. 44 Su desprecio a los poetas no comprometidos podía representar, en la forma, una postura en el diálogo crítico de la hora (que además garantizaba un éxito fácil, pues desde 1932 los Contemporáneos han optado por no responder a los ataques), pero el grado de ensañamiento que aparece en algunos textos aquí recogidos incluía ele-

mentos abiertamente intimidatorios. Huerta denunciaba en esos poetas, en efecto, los mismos “errores” que vio unos años antes en los católicos: “Se ocultan con artificio de en-

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por la inacción”; 45 su preferencia sexual (“homosexuales convertidos —invertidos— en dictadorzuelos de la literatura”) 46 o su estética “elegante”. Llegó al grado de acusarlos incluso de “toxicomanía”, algo que tenía un relente ya no inquisitorial, sino hasta poli- ciaco. Los ataques de los nacionalistas a los Contemporáneos en 1932 se quedaban cortos ante los de Huerta:

…poetas a quienes podrían secárseles los sesos, como a los pajaritos, de tanto dedicarse al canto nocturno. Luego andarían volando, en círculo, sobre la ciudad, o adentro de su casa dorada o marfilina, atenaceados por la melancolía y cercados por un invisible hálito de im- potencia. Pobrecillos poetas, pedazos de brisa, flores crepusculares, campanitas desafinadas, zenzontles palúdicos, peces tristes y lánguidos. 47

…entenados de Apolo, dignos de mejor suerte, poetas, escultores del sollozo y de la melan- colía, pintores de la desesperación y del tedio, odiados como entes de otros planetas, desaten- didos y despreciados como si fueran alimañas vulgares. 48

…los antipoéticos —nutrida fauna, vergüenza de todos los rumbos— jamás comprenderán

que [la poesía] es necia, obtusa; está dentro de lo bestial, que no de lo primitivo

sólo tiene existencia su propio medio tono de mediocridad. Son hermanos siameses de los malos poetas —recordad, nos ha dicho Eduardo de Ontañón, que fueron los malos poetas quienes asesinaron a Federico García Lorca—, de los rimadores de picardías, de los soneteros sin fortuna y de los plagiarios inveterados… 49

Para ellos

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Cancelados los Contemporáneos, los únicos poetas no propagandistas que tienen para Huerta, además de prestigio, un currículum ideológico más o menos respetable son Carlos Pellicer y Luis Cardoza y Aragón. En el caso del primero, su militancia vascon- celista y el amago de fusilamiento que padeció por ella, su latinoamericanismo solidario contra los dictadores sureños y su abierto antifascismo, le perdonan la veleidad de su ho- mosexualidad discreta y su catolicismo (que, por otro lado, nunca expresó simpatía por el movimiento cristero, ni indignación contra el gobierno que lo aplastaba). Cardoza, por su parte, tiene hasta 1936 una trayectoria adecuada de poeta izquierdista que los jóvenes celebran y respetan hasta su caída en desgracia ideológica como “desviacionista de izquierda” ese mismo año. Para los jóvenes, como escribe Paz, en Cardoza “se reunían al fin las dos mitades que a Efraín Huerta y a mí nos parecían fatalmente irreconciliables y, al mismo tiempo, inseparables: la visión y la subversión, la rebelión y la revelación”. 50 Pero Huerta, demasiado atareado con la “rebelión”, no tarda en resistirse a ingresar por la puerta de la “visión”. La simpatía de su amigo Cardoza por el surrealismo visio- nario, que Huerta comparte hasta cierto punto, y sólo en lo poético, habrá de entrar en conflicto con su culto a la subversión. Cuando Breton cae en desgracia ideológica en

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1935 durante el Congrès pour la Défense de la Culture (o “de la Mutualité”, por su sede parisina), Huerta vivirá aún más profundamente el conflicto. El “affaire Breton” fue uno de los episodios cenitales del conflicto sobre la concien- cia del escritor en la década, junto al ya mencionado “affaire Gide”. Breton se había incomodado desde 1932 por el hecho de que ingresar a la Association des Écrivains et Artistes Révolutionnaires (aear) supusiese una correlativa subordinación a las líneas del pc francés (lo que no sucede en México, o al menos no tan obviamente, con la lear —más de “frente popular”— en su relación con el pcm). Durante el Congrès, Breton, que se empeña en discutir el encarcelamiento en la urss de Victor Serge y de sostener que la libertad de expresión es obligación inalienable de los escritores —sobre todo entre soviets—, había desatado serios conflictos. Ilya Ehrenburg había movilizado a los radi- cales franceses, sobre todo a Aragon y a Henri Barbusse, en contra del surrealista. Breton denuncia a Stalin como un “dictador”. René Crevel se suicida, al inicio de las sesiones, horrorizado por el conflicto. Gide y Malraux defienden el derecho de Breton a pronun- ciarse ante el pleno y los soviéticos y el pcf se ven obligados a aceptar siempre y cuando no sea él quien lea la ponencia. Paul Éluard hace la lectura: Breton denuncia la prisión de Serge, ataca el pacto de ayuda mutua firmado entre la urss y Francia y rechaza que el estado de emergencia exija de toda literatura asumir funciones de propaganda. Sólo la total libertad de expresión es revolucionaria y, por lo mismo, de oposición. Breton ter- minaba, por boca de Éluard, con su célebre síntesis: “Transformar el mundo, dijo Marx; cambiar la vida, dijo Rimbaud: estas dos exhortaciones, para nosotros, son una sola”. 51 Al día siguiente, un furioso Aragon contesta que la única ruta es el “realismo-socialista” y sostiene la curiosa tesis de que la libertad de expresión conduce inexorablemente al fascismo. Poco más tarde, Breton rompería definitivamente con el pcf. La consigna “defender la cultura” le pareció atentatoria contra una libertad de expresión que los surrealistas seguirán usando, entre otras cosas, para

condenar al actual régimen que domina la Rusia soviética, y a su todopoderoso jefe, bajo cuya tutela ese régimen se convierte en la negación misma de lo que debería ser y de lo que ha sido. A ese régimen, a ese jefe, no podemos sino expresarles formalmente nuestra descon- fianza. 52

Comento en detalle esta historia para entender su traslado a la posición del pcm y de la lear (y por tanto, de Huerta) ante algunos temas que aparecerán en las crónicas: el súbito desprecio al surrealismo, sus problemas con Cardoza —que de hecho jugaba en México en ese momento, guardando las proporciones, un papel similar al de Breton en Francia—, el combate contra Gide y sus “seguidores” y, de manera más amplia, sus posturas sobre la responsabilidad del escritor “comprometido” en México. Las dificul- tades con Cardoza actualizaban el debate, y el conflicto entre visión y subversión sacudía

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la deseada unidad de los poetas jóvenes frente a la situación de emergencia. Paz y Cardoza

buscaban llegar a la subversión por medio de la visión; Huerta invertía el orden de los factores. Se reproducían así las diferencias entre Breton y Gide ante la línea dura de Ara- gon y Barbusse. Huerta, claro, se alinea en la falange mexicana que se identifica con los últimos, descartando cualquier duda sobre la infalibilidad del partido. Huerta no tarda en cambiar a su amigo el visionario Luis Cardoza y Aragón por su casi homónimo, el rebelde Louis Aragon. A pesar de su amistad, cuando Cardoza comenzó a enfrentarse, valientemente, con la lear, y a publicar sus ensayos sobre el muralismo o el surrealismo, se convirtió ve- lozmente en su adversario. Creo que Huerta no dejó de lamentarlo, aunque comulgaba con la opinión de los komisars de la lear en el sentido de que el guatemalteco se había desviado y merecía la acusación de “poeta exquisito” que le lanzó Juan de la Cabada en público, para regocijo de los congresistas, cuyo subsecuente abucheo le impidió al poeta dar lectura a su ponencia. 53 En sus memorias, Cardoza recuerda cómo Paz, Huerta y José Revueltas “observaban tensos” el juicio sumario al que se le sometía y, después, el que sufrió también Jorge Cuesta, quien se atrevió a pedir al pleno un mensaje de soli- daridad para Gide, cuya libertad de expresión se veía amenazada por los ataques a su Rétour de l’ urss. La provocación funcionó, Cuesta también fue abucheado y su propia libertad de expresión le fue sumariamente retirada por Mancisidor y sus huestes. No dudo que Huerta haya estado “tenso”. Cardoza era su amigo, un poeta admirado

y hasta compañero de labores en El Nacional. Pero nada de eso exculpaba su simpatía por los surrealistas ni lo libraba del marchamo de “trostkismo” que ya le asestaban en los mentideros. En su crónica del congreso, Huerta se abstuvo de comentar el maltrato a Cardoza y prefirió apuntar sus baterías hacia Cuesta, a quien despachó con una senten- cia lapidaria de Waldo Frank: “A los fascistas y a los amigos y apologistas del fascismo sólo se les puede dar un nombre, que es el de degenerados”. 54 Para 1937, en la termi- nología de la lear, los “degenerados” son los surrealistas y los “neo-gide-trotskianos”. Urgido por la coyuntura del momento, Huerta había subordinado su libertad a las consignas del partido y a las posturas de la lear. El periodista subversivo postergaba al poeta visionario. La querella entre visión y rebelión que aflora entre las posición de Huerta y la de Paz

y Cardoza, el deseo de hacer una poesía que conciliase erotismo y revolución, incluye

también la veta obligada —tan discutida en Francia y en España— sobre cómo el es- tado de emergencia obligaba a la poesía a la acción. La preeminencia que Paz otorga a la visión no tarda en crear también problemas con su compañero. Su resistencia y la de otros poetas de Taller a acatar la ortodoxia que derivaba de un “compromiso” tal como lo exigía la lear, y su decisión de rechazar el lastre “realista socialista”, así como su nega-

tiva a ingresar como militantes a los colectivos, habrá de culminar con un episodio que ejemplifica estas discordias.

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Sucede poco antes del ya mencionado Congreso de Intelectuales y Artistas que or-

ganiza la lear en enero de 1937 (que imitaba los congresos de intelectuales antifascistas de Francia y Estados Unidos). 56 El gobierno presta el palacio de Bellas Artes para llevar

a cabo las reuniones y conferencias que presiden Mancisidor, Martín Luis Guzmán, Ge-

naro Estrada y Jesús Silva Herzog; se nombra “un presidium de honor” en el que figuran

desde Albert Einstein hasta Thomas Mann y Rómulo Gallegos; 57 se invita a escritores importantes de España (Antonio Machado, Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez

y Menéndez Pidal que nunca llegan, a diferencia de José Moreno Villa, que sí lo hace y

para quedarse) y de todas las Américas (el imprescindible Waldo Frank o los cubanos Juan Marinello y Nicolás Guillén). Sus jefes en el pc, Julio de la Fuente —secretario general— y Mancisidor, encargan a Huerta divulgar los objetivos del congreso en la prensa, cosa que cumple:

Tiene grandes propósitos dignos de la atención de toda la juventud intelectual honrada de México. Porque no queremos que ningún hombre o mujer con preocupaciones artísticas científicas o espirituales se desatienda del momento grave y trágico porque atraviesan las na- ciones del mundo, principalmente aquellas en las cuales el régimen fachista aplasta toda clase de libertades. 58

Pero Huerta ha recibido, además, otra misión: convencer a Paz y a los demás poetas jóvenes de que participen con una “ponencia colectiva”, procedimiento habitual para incorporar muchachos a los congresos. Los términos de la convocatoria señalaban una radicalización de las posturas que no atrae a los poetas jóvenes mexicanos (como la línea de “combatir todas las manifestaciones artísticas y literarias que impliquen una regresión en el pensamiento y en la concepción social de las masas y los individuos”)

y se resisten a aceptar lo que de ahí se infería: que la única ruta no regresiva era la del

“realismo-socialismo”. Pero Huerta confía en que habrá de lograr la participación del gru- po de poetas jóvenes y llega a darlo como un hecho:

Se han comprometido a colaborar en el Congreso preparando una ponencia especial sobre poesía. Así lo han prometido y lo cumplirán. El problema de la poesía en general, la situación de los poetas jóvenes, las perspectivas maravillosas que se vislumbran, el gallardo ejemplo de los poetas españoles en la lucha contra el militarismo sangriento, etcétera, serán puntos a tocar en la ponencia que promete ser brillante, pues para elaborarla se han unido Octavio Paz, Oc- tavio Novaro, Rafael Solana, Alberto Quintero Álvarez, Vicente Magdaleno y otros, llenos del entusiasmo juvenil y poético animador de toda inquietud auténtica. 59

Paz y sus amigos perseveraron en su negativa y Huerta así tuvo que reconocerlo poco después: “causa pena confesarlo, pero no hubo forma de convencer al mejor grupo de

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poetas jóvenes”, pide perdón a Mancisidor y a De la Fuente y echa la culpa de su fracaso a los Contemporáneos que se atarean por llevarse a Paz a su bando (“ya sabemos cómo

se

las gastan aquellos que durante largo periodo fungieron a la manera dictatorial sobre

el

campo literario de México”). 60 Se adivina que Paz —que insiste en que es poeta, no

político— se molestó con su amigo por su supuesto reclutamiento y aceptación a par-

ticipar, ya que Huerta se disculpa subrepticiamente un poco después:

Los comunistas no nos hemos aprovechado maliciosamente para decir que Paz es de nuestro Partido. Nosotros no intentamos que sea político. Es —¿qué más podríamos exigir?— un gran poeta que ha aceptado desde hace mucho tiempo los puntos más importantes, los fun- damentales de nuestra lucha. Está contra el movimiento fascista y contra su consecuencia: la guerra. No es un simpatizante común y corriente, puesto que ha dejado de pertenecer a las élites del fastidio y la pedantería. 61

Mancisidor, operario visible del gobierno durante el congreso, habrá de reiterar en su discurso de clausura que el único motivo legítimo de creación artística y literaria es “la lucha de clases que a través de Carlos Marx ha encontrado su camino, uno que entiende que el presente sólo es un enlace del pasado al porvenir”. 62 Huerta acató la consigna; Paz acabaría de distanciarse de ella a su regreso de la España en guerra civil.

40 •

Otros temas

A pesar de redactarse en una época profunda y esencialmente señalada por la pasión

política, el periodismo juvenil de Huerta no se limitó a esas cuestiones. Parejos a esa pasión, adecuados a la curiosidad de un joven poeta que vive una época ardua con laudable intensidad, abundan muchos otros temas en su agitado periodismo: el cine, el amor laborioso, los viajes, las atmósferas de las calles de la ciudad amada y aborrecida.

Y, de manera esencial, la poesía. Pues es pertinente no olvidar que estas crónicas fueron

escritas por un joven poeta y que, por tanto, todo lo escrito incide en su poesía, o la

refleja. No es infrecuente que algunas de las crónicas registren temas, y hasta versos o imágenes que aparecen también en poemas que, quizás, redactaba al mismo tiempo,

o bien comenzaban a vibrar en su imaginación en espera del momento de ser re-

dactados. Muchas veces, también, son versiones en prosa de sus afanes por inventariar sus gustos y explorar su naturaleza, por esbozar los movimientos interiores de su alma. Se trata de sabrosos paseos por el deleite y la dicha de vivir y leer. En este sentido, el material aquí recopilado no es sólo una reflexión relevante sobre la vida en México en tiempos de Cárdenas, sino también una guía activa para ingresar al espíritu del poeta y hasta al taller de su profundo oficio.

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El estilo de Huerta posee además, en las crónicas alejadas del hervor político, una voluntad de escritura que ansía en no pocas ocasiones alzarse en vuelo poético. Es un

tono que contiene elementos tradicionales de la crónica literaria del México reciente, a su vez aprendida de Baudelaire y trasladada al país por la Revista Moderna, influencia que llega a su apogeo en las crónicas periodísticas de López Velarde, maestro de Huerta

a la hora de narrar la experiencia de la ciudad en prosa:

El invierno es la estación del siglo, del siglo huesoso, heridor, áspero. Es la estación en que las cactáceas deben sentirse halagadas. Es la estación creadora de cierta constancia espinosa, redonda, erizada, aguda, casi brutal. Los días del invierno son desolados, con una desolación que parece estar patrocinada por las toses de los transeúntes y los zapatos abandonados a la orilla de las banquetas; son días con hipócrita bandera blanca, apenas flameante, altiva e in- solente como el gesto que ponen los empleados de farmacia cuando les interrogamos sobre el precio de las inyecciones preventivas del fastidio. 63

Ávido de su país, Huerta levanta también crónicas de sus viajes al interior del país (Yucatán, Michoacán, Tamaulipas, Guanajuato), seguramente redactadas durante el cumplimiento de tareas políticas. La convicción de que no hay actividad que desmerez-

ca parece regir sus propósitos; de este modo puede atarearse narrando una tarde dedi- cada a los deportes, o aportando la historia de sus amigos de la generación de Taller, o narrando la intimidad de su vida amorosa, o haciendo público una suerte de diario de lecturas, sobre todo de poesía: Pellicer, Raúl González Tuñón —otro de sus modelos—,

o una serie dedicada a los poetas exiliados españoles, tan importante como otra en la

que cuajó su buena idea de comentar sus poemas preferidos. Su violencia deja aflorar otras virtudes, en especial su filosa ironía, como en la serie que protagonizan dos personajes emblemáticos, Blasfemo y Masiosare —versión del cura y el boticario de López Velarde—, cuyas charlas y rencillas ilustran y caricaturizan las posturas ideológicas de la hora; o bien los chistes privados, caricaturas de persona-

jes estereotípicos del medio intelectual o político, o sus ejercicios de misoginia (entre

En ocasiones, más el reportero que el cronista, escribe sobre hechos

de actualidad, como la muerte en el Potomac del legendario aviador Pancho Sarabia. Y su pasión por el cine, que lo lleva a discursear sobre la frivolidad de Greta Garbo o la ideología oculta en las caricaturas de Walt Disney, y a venerar con puntual ortodoxia al cine soviético (“en la urss se hace el mejor cine del mundo”). Esta ladera de su periodismo se incrementa en la medida en que las ilusiones políti- cas de 1937 se atenúan a partir de 1939, cuando el entusiasmo socialista se desbarata en las confusas postrimerías del régimen de Cárdenas. La república española ha sido

broma y broma

).

derrotada, las democracias europeas tiemblan rumbo al matadero, Cárdenas ha elegido como su sucesor a un general inclinado a la derecha. Las crónicas de Huerta acusan

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este desconcierto, gemelo al de su partido, que no tardará en desbaratarse durante el gobierno de Ávila Camacho. Huerta será expulsado del pcm en un momento asombroso del deterioro cuando —algo inusitado hasta en la urss— ¡hasta los encargados de las purgas se autopurgan! La única ilusión restante es que la urss gane la guerra y reinicie el proyecto revolucionario al que, en teoría, deberá sumarse el proletariado de la Europa liberada. Las ilusiones que incubó Cárdenas, más que perdidas, eran arrasadas por el pragma- tismo que impone la economía de guerra, el petróleo y la vecindad con los Estados Uni- dos, pero también por la aparatosa frivolidad y la inaudita corrupción que en México desatan la mentira y la gesticulación institucionalizadas. La revolución, detenida a me- dio camino desde 1917, se acababa en un esperpéntico “sálvese quien pueda” luego del quimérico interludio cardenista. ¿En qué medida esa institucionalización de la mentira como método arraigó en esa otra mentira —de signo contrario, pero igualmente deli- rante—, en esa otra gesticulación que durante el sexenio de Cárdenas (y no sólo en los ámbitos artísticos y literarios) elaboró un socialismo de mampostería? Había perdido el proyecto socialista, pero no poco de su retórica, de su existencia meramente virtual, abonaba el suelo de la esquizofrenia que México viviría a fuerza de institucionalizar la revolución. El giro hacia la derecha aprovechó en su favor la maquinaria corporativa, los liderazgos sindicales a perpetuidad, la retórica, los discursos sociales imaginarios, la perpetua inminencia del futuro promisorio, para entregarlos a los nuevos depredadores, los generales corruptos, los maximinos, la casta de robber barons nacionales y extranjeros cuyas soirées contaba Salvador Novo. En la retórica oficial, internacional vuelve a ser sus- tituido por nacional; lucha de clases por unidad social, proletario por clase en ascenso y, en suma, socialismo por ideología exótica. En un registro más subterráneo, mientras el pri se pare a sí mismo y la izquierda se colapsa en su propia mentira oportunista, se preserva la fantasía de que el cuerpo de Lázaro habrá de resucitar un día y de que, mientras tanto, se sufrirá la nostalgia de un paraíso que no ocurrió. Mientras llega el final de la guerra, Huerta parece inevitablemente condenado a re- gresar a una intimidad de poeta que, meses atrás, denunciaba como elitismo y pedantería. Terminado el sexenio rojo, Huerta carece de otra alternativa que una introspección que se percibe en las últimas crónicas de este volumen. Había ingresado a la verdadera ma- yoría de edad y sus ilusiones se tambaleaban. El juvenil “imperio de la Plaza Garibaldi” se deshacía en los periódicos serviles y en agrupaciones ceremoniales como la Liga Anti- imperialista o la Sociedad de Amigos de la urss. En sus crónicas, Huerta se abstiene de analizar su desamparo ideológico. Su fe ciega en la aurora roja se fortalece en la medida del colapso de su alternativa mexicana y vive los años de la guerra escribiendo para El Popular, en la militancia en el pcm hasta su expulsión en 1943, o redactando poemas en favor del ejército rojo. Cuando termina la pesadilla nazi, su fervor resucita en su “Canto a la paz soviética” (1947):

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Ciudades luminosas donde Lenin alienta. ¡País de la victoria, de la paz victoriosa!

¡Luz del Estadio Dínamo y de la Plaza Roja! ¡Joven país antiguo, virtuoso y venerado! Construir, reconstruir la vida a fuerza de vivirla. Ésta es la consigna. La más bella consigna. En el país soviético se marcha paso a paso:

Mil Novecientos Cinco

Mil Novecientos Diecisiete

Y

treinta años más tarde, un eléctrico canto

se

extiende por el mundo.

Ese “eléctrico canto” reviviría ya sólo circunstancialmente, en años subsecuentes, ante el nuevo adversario del imperialismo yankee (que inspira a Huerta su poema “¡Perros, mil veces perros!”), o bien en favor de la causa latinoamericanista o de los movimientos sociales y sindicales que en México luchaban por sacudirse el yugo de la manipulación gubernamental. Abrazó definitivamente el periodismo como profesión y se convirtió en colabora-

dor de cualquier cantidad de periódicos y revistas, ejerciendo todos los géneros po- sibles. Continuó trabajando en favor de la causa soviética durante la guerra fría y realizó después algunos viajes al Bloque del Este, al que nunca dejó de considerar anticipo del paraíso en la Tierra, a pesar de las crecientes evidencias en contrario. Un paraíso que re- vivía vicariamente en su versión privada, a veces, cuando la potencia de esos sueños ilu- mina algunos majestuosos poemas de amor (como “Apólogo y meridiano del amante”),

o

aquellos de profunda reflexión moral (como “El Tajín”), los ingeniosos “Poemínimos”

y

los amargos destilados postreros que, con una sonrisilla amarga, trazaban el mapa de

ese perdurable amor civil, como en las primeras estrofas de “Amor, patria mía” o el fasci-

nante, estremecedor epitafio que se dedica:

Los ciclos finales de su larga vida se los pasó causando lástimas

en las antesalas de los cardiólogos y otorrinos. Olía a hospital de mala muerte

y a veces a persona mal educada

a poeta despaciosamente exterminado.

Su mujer y sus hijos lo cobijaron como a una gallina mojada

o al último cisne con el cuello torcido.

guillermo sheridan

44 •

efran huerta en tiempos de cárdenas

Notas

    1 The Dark Valley, Londres, Pimlico, 2001.

    2“Primeros años (memorias)”, La brújula en el bolsillo, 6, febrero de 1983, pp. 25-28.

    3 “Inventario: Efraín Huerta en la línea del alma”, Proceso, 275, 8 de febrero de 1982, p. 49.

    4 Mónica Mansour, Efraín Huerta: Absoluto amor, México, Gobierno de Guanajuato, 1984, p. 4 (en adelante, ehaa).

“Efraín Huerta: 63 años de vivir con furia”, entrevista de Elvira García, Proceso, 26, 30 de abril de 1977, p. 73.

    6 “Elusiones y asperezas”, entrevista anónima, en 28 pceh, p. 267.

, recordará que, durante el movimiento estudian- til francés de 1968, que Aragon condenaba, los estudiantes hicieron reimpresiones de La toma del poder “y se lo restregaron en la cara” (Ídem, p. 15).

24 Aquellas pp. 37-38. Años más tarde, Huerta

25 “La juventud de la poesía mexicana”, El Nacio- nal, 4 de febrero de 1937, p. 3.

, 27“Antevíspera, Taller”, Obras completas, vol. 4, Generaciones y semblanzas, p. 96.

26 “La hora de Octavio Paz”, en Aquellas

p. 30.

5

Su otro yo, 2, febrero de 1982, p. 5.

    7 He trazado ya el perfil de esa generación en el capítulo “Los guerrilleros de la poesía” de mi li- bro Poeta con paisaje (México, era, 2004) sobre la juventud de Octavio Paz.

    8 “Efraín Huerta, poeta, militante”. Entrevista de Beatriz Reyes Nevares, Siempre!, 1300, 24 de mayo de 1978.

    9 Aquellas conferencias, aquellas charlas, prólogo de Mónica Mansour, Textos de Humanidades 35, unam, México, 1983, p. 28.

10 ehaa, p. 27.

11 Dice en “Revueltas: sus mitologías” (1976) en Poe- sía completa, compilación de Martí Soler, prólogo de David Huerta, Colección Letras mexicanas, México, fce, 1988, p. 389 (en adelante pceh).

29 Huerta dedica un poema a “La muchacha ebria” en Los hombres del alba ( pceh, p. 111). Conmovedor, intenso retrato de una muchacha que sobrevive entre las cantinas nocturnas, que una noche

me entregara su corazón derretido,

[ ] sus torpes arrebatos de ternura, su boca que sabía a taza mordida por diente de borrachos,] su pecho suave como una mejilla con fiebre,

y

sus brazos y piernas con tatuajes,

y

su naciente tuberculosis,

y

su dormido sexo de orquídea martirizada.

30 Paz había publicado un libro con este título en

Aquellas

12

,

p. 28.

1942.

Elvira García, p. 73.

13

31 pceh, p. 362.

14 “La estrella”, pceh, p. 17.

“La invitada”, pceh, p. 21.

16 Reyes Nevares.

17 “El año poético”, Diario del Sureste, 1 de enero 34 de 1936, p. 3.

18 pceh, p. 95.

19 “Seis vistas de la poesía mexicana”, Obras com- pletas de Octavio Paz, vol. 4, Generaciones y semblanzas, México, fce, 1994, p. 125.

20Reyes Nevares.

21 En “Efraín Huerta”, Generaciones y semblanzas, p. 287.

22Ídem

23 “Precursora del alba”, pceh, p. 93.

32

33 “Tramontar”, fechado en 1938, aparecido en Taller, 4, julio de 1939. Utilizo el término bolchevismo en su sentido original de “mayoría” (bolchinstvo): la forma- ción de organizaciones (partidos, sindicatos, ligas) que representan a “las masas” y, a la vez,

las dirigen hacia la consecución de sus objetivos políticos y sociales en el marco de una relación

clientelar con el Estado (cfr. “Retórica, ficción

y espejismo: tres imágenes de un México bol-

chevique” de Beatriz Urías Horcaditas, Estudios de historia y sociedad, 101, Zamora, El Colegio de Michoacán, primavera del 2005).

Aquellas

,

p. 28.

15

• 45

guillermo sheridan

35 La lear era versión mexicana desde 1933 de la

Association des Écrivains et Artistes Révolution- naires (aear) —frente popular, no comunis- ta— fundada por André Gide, Henri Barbusse y André Malraux.

36 Rodolfo Jiménez Barrios, “El Congreso de la Confederación Nacional de Estudiantes”, Dia- rio del Sureste, Mérida, 19 de septiembre de

1936.

37 Victoria Lerner, La educación socialista 1934- 1940, tomo xvii de la Historia de la Revolu- ción mexicana. México: El Colegio de México, 1979, p. 24.

38 Revista Todo, agosto de 1934.

39“Descubrimiento de Yucatán”, Diario del Sures- te, 19 de septiembre de 1936, p. 3.

40Aquellas…, pp. 38-39

41“El escritor frente a la vida” de José Manci- sidor, El Nacional, 3 de febrero de 1937, p. 3. Se trata del discurso de clausura del mismo congreso.

42“Lo que debe ser el Congreso de Escritores y Artistas de México”, Frente a Frente (órgano de la lear), 7, enero de 1937, p. 2.

43Mancisidor, ídem.

44 En entrevista con Luis Terán (El Gallo Ilustra- do, 350, 9 de marzo de 1969, pp. 2-3) lamenta “mis juveniles y despiadados ataques contra ellos”. Dice ahí que su posterior amistad con Villaurrutia duró siempre, y que cada 25 de diciembre, aniversario de su muerte, le llevaba flores a su tumba.

45“Este caos que vivimos”, Diario del Sureste, 2 de enero de 1937, 2 a sección, p. 3.

46 “La fe social de los artistas y escritores”, en Dia- rio del Sureste, 31 de octubre de 1936, 2 a sec- ción, p. 3.

47“Elegía a ciertos poetas vivos”, El Nacional, 15 de marzo de 1938, 2 a sección, pp. 1 y 4.

46 •

48 “Los grandes poemas: ‘Caballero solo’ ”, El Na- cional, 19 de mayo de 1939, 1 a sección, pp. 4 y 8.

49 “Españoles en México: Juan Gil-Albert”, El Na- cional, 14 de julio de 1939, 1 a sección, p. 4.

50“Seis vistas de la poesía mexicana: Contem- poráneos”, en Obras completas vol. 4, Genera- ciones y semblanzas, p. 82.

51 “Discours au Congrès des écrivains”, Manifestes du Surréalisme. Paris: Jean-Jacques Pauvert, edi- tor, 1962, p. 285.

52 “Du temps que les surréalistes avaient raison”, íbid, p. 301.

53Cardoza narra su “auto da fe” en sus memorias, El río, novelas de caballería, México, fce, 1986, p. 582 y ss.

54 Crónica número 19 de esta edición.

55 Frente a Frente, 8 de marzo de 1937, p. 26. 56El congreso mexicano copiaba la retórica y las premisas del Congrès pour la Défense de la Cul- ture que preside Malraux en 1935 en París y los dos congresos norteamericanos de 1936, el de “American Writers” y el de “American Artists” (al que acude una delegación mexicana con Tamayo, Siqueiros y Orozco). He narrado la historia del congreso mexicano en el capítulo “El camarada Paz endereza el mundo” en mi ya citado libro Poeta con paisaje.

57 Los nombres y firmas eran administrados por organizaciones manipuladas por la agitprop so- viética, por medio de organizaciones antifascis- tas europeas controladas y financiadas por el famoso operador Willi Munsenberg. 58 Crónica número 15 en este volumen.

59 Ídem 60 Crónica número 20 en este volumen.

61 Ídem

62Discurso de clausura, “El escritor frente a la vida”, El Nacional, 3 de febrero de 1937.

63Crónica número 47 en este volumen.

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Nota sobre la edición

Este libro no recoge, desde luego, todo el periodismo de Huerta en el periodo. Nos limi- tamos a realizar una selección de cien editoriales/crónicas que nos parecieron las más pertinentes para nuestros objetivos: colaborar a una mejor comprensión del trato entre las letras y la política durante esos años aún nebulosos; aportar nuevas coordenadas para el estudio de Efraín Huerta; calcular con mayor precisión la forma en que, durante un periodo crucial del país, se ensayaron hablas, tópicos, estilos, pasiones. Una tarea complementaria consistiría en recoger las colaboraciones de Huerta en el periódico El Popular durante la guerra, de 1940 a 1942, así como editar crítica- mente material periodístico que firmaba con seudónimo o con sus iniciales. Quizá lo más interesante sería una selección de las “Columnas del Periquillo”, que redactaba al alimón con Antonio Magaña Esquivel y otros para las páginas culturales del diario El Nacional: una suerte de crónica semanal, ácida y chismosa, de la vida culta de México durante la segunda guerra. (Aunque Huerta es el principal redactor, a lo largo de los años alimentaron al Periquillo Antonio Acebedo Escobedo, Raúl Ortiz Ávila, Juan Re- jano, Héctor Pérez Martínez, Cardoza y Aragón y Cortés Tamayo. 1 Habían llegado los exiliados de España; muchos poetas y escritores latinoamericanos o se refugiaban en el país o lo encontraban más habitable que los propios, lo mismo que algunos europeos; la ciudad es un escenario a pequeña escala de las pugnas internacionales y está llena de espías, apátridas y agentes de todas las persuasiones ideológicas. La vasta población de escritores y artistas que viven, complotan, urden y traman libros o cuadros, complots políticos o proyectos culturales, individualmente o en grupo, durante ese periodo, ofrecía material abundante de burla y trifulca que el “Periquillo” glosaba con pluma cínica y divertida. Por lo pronto, hemos procurado enriquecer el panorama de un momento apasio- nante de la historia de México que, a nuestro entender, requiere de más y variadas ópti- cas. Las notas al final de cada apartado, con las que deseamos contextualizar las opiniones

guillermo sheridan

de Huerta, remitir a otros asuntos públicos o a su obra poética, quieren acompañar al lector en una apreciación cabal tanto del poeta como del momento histórico. Deseamos que lo hagan de manera discreta y eficiente.

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Agradecimientos

Agradezco la ayuda y la amistad de mis queridas amigas y colaboradoras Maribel Torre de Suárez y Maribel de la Fuente, y de mi amigo y colaborador Gustavo Jiménez Aguirre, pacientes investigadores en la hemeroteca y en la búsqueda de información para la anotación del material. Agradezco también a Eliff Lara, joven candidato a inves- tigador de la unam, su lectura del material, sus observaciones y la búsqueda de infor- mación para redactar algunas notas. Lamento que este libro, por decisión de David Huerta, hijo del poeta, limite su destino a las bibliotecas. No me parece mal: en nuestro país, hoy, las bibliotecas son uno de los escasos sitios respetables que restan. Quizás yo hubiera preferido que el libro saliera a la calle en pos de los lectores que merece, de los lectores que, quizás, merezcan decidir por sí mismos si tiene valor, si estas crónicas juveniles ayudan a leer mejor al Efraín Huerta poeta, si iluminan modos de ser, pensar y sentir una época determinante de la historia de México, la que ese muchacho vivió como se debía vivir: con una apa- sionada, auténtica, innegociable libertad.

Guillermo Sheridan

Centro de Estudios Literarios Instituto de Investigaciones Filológicas unam

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50 •

1936

1 9 3 6

1. Sobre el xiii Congreso Nacional de Estudiantes

Resoluciones fundamentales 1

Que se conozca por qué y para qué se hizo el XIII Congreso Nacional de Estudiantes, que se sepa cómo se llevaron a efecto los trabajos definitivos: las discusiones y debates sobre las cinco ponencias; y, al fin, que sean sabidas por el pueblo yucateco las resolu- ciones a que se llegaron, es lo que ahora nos mueve a presentar en forma concreta —a reserva de una edición definitiva de los acuerdos— los principales puntos que se apro- baron en los plenos del Congreso. 2 De hecho, la organización estudiantil en la república estaba acéfala por el descono- cimiento, por parte de varias federaciones, de los dirigentes clericales; la anarquía era una cosa palpable; la desbandada era inminente. Entonces, unificando su descontento y su futura línea de conducta, las diferentes federaciones ya independientes planearon la celebración de un congreso extraordinario en la ciudad de Mérida. El Congreso acaba de terminar. Se ha organizado la Confederación Nacional de Estudiantes por medio de un Congreso que primordialmente tuvo un aspecto inevitable de constituyente. Lo repe- timos no por sistema, sino para que acaben de enterarse los que viven como sordos y ciegos a los problemas estudiantiles: la Confederación Nacional de Estudiantes acaba de organizarse en forma potente y vigorosa; acaba de iniciar una etapa. Y estamos seguros que ya en estos momentos las tareas han comenzado a cumplirse: aniquilar los últimos fragmentos de grupos católicos extremistas, terminar con la debilidad de los rezagados que siempre han adoptado una posición liberal, arrastrar a los gruesos núcleos de in- diferentes, de emboscados, al verdadero movimiento de lucha por sus derechos como estudiantes, por sus derechos juveniles. Persuadirlos de la necesidad vital de unificarse. Cumpliendo tales tareas inmediatas podrá la Confederación Nacional de Estudiantes, poco más tarde, marchar como sobre ruedas haciendo efectivas las resoluciones que tomó en esta ciudad.

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52 •

La composición, la estructura, el funcionamiento, serán esencialmente iguales a los de la antigua Confederación Nacional de Estudiantes, bien que con un sentido pro- gresista desconocido hasta ahora, en cuanto a efectividad, por el estudiantado de la república. Cuando se trató de la unificación estudiantil nacional fue aprobado el proyecto de integrar un frente único estudiantil mexicano antiimperialista y antifachista, como otro paso más para lograr la unidad del país. En cuanto al acercamiento estudiantil en América, la Confederación Nacional de Estudiantes luchará por que se realice po- niendo en práctica todos los medios adecuados para que se efectúe un congreso de estudiantes centroamericanos, cuyas organizaciones serán adheridas a la Confederación Americana de Estudiantes Antiimperialistas que hace poco tiempo nació en la ciudad de Guadalajara. 3 Ésta y otras interesantes mociones fueron elaboradas por los estudiantes centroameri- canos, que conocen de las arbitrariedades de los tiranuelos como Ubico, Maximiliano Martínez, 4 etcétera. Ya sabemos que en alguno de esos países existe un “delito social”, vago, indefinible, que permite al cacique que sea provocar las más feroces persecuciones contra aquellos —y son miles— que no tienen esclavizado el cerebro ni limitado el sentimiento de hombres. En el xiii Congreso se habló de humanismo. Fueron puestos en ridículo los que abogan aún por un humanismo tipo siglo xix, cristiano, conmiserativo, y se declaró la lucha por un humanismo moderno, teniendo presente, sobre todo, esa maravillosa frase que asienta que todo movimiento proletario es un movimiento humanista. La encíclica Rerum Novarum ha pasado definitivamente al terreno de la anécdota. 5 La educación no será confesional en nuestro país: la cne reconoce que lo estipulado en el artículo 3 o constitucional es tan sólo un paso adelante de la enseñanza laica. A este respecto, como en lo general puede verse, la Confederación Nacional de Estudiantes mantiene su carácter de organización independiente. Una de las ponencias que más interés despertó entre los delegados fue la que trató sobre la Universidad. Realmente fue una exposición de gran contenido y valor, en la cual venía el siempre interesante tema que trata de la autonomía universitaria. La cne pugnará por la conservación de la autonomía universitaria, estableciendo que la au- tonomía sólo se justifica como posición revolucionaria, como garantía que preserve a las universidades del despotismo y represalias de los regímenes imperantes en algunos países; como posición de avanzada. Llegado el momento de tratar de la Revolución mexicana desde el punto de vista estudiantil, el pleno del Congreso aprobó por unanimidad sostener y apoyar, en los as- pectos obrero y campesino principalmente, lo siguiente: participación de los obreros en las utilidades de las empresas, apoyar los movimientos de huelga y, en general, preservar a los trabajadores contra todas las ofensivas de los patrones. Apoyar la reforma agraria

1936

y, ahí donde el régimen capitalista dé lugar, sostener por todos los medios posibles la colectivización de la tierra. La quinta ponencia fue presentada brillantemente por los compañeros de países her- manos. Un trabajo sobre el imperialismo: seco, áspero, estadístico, aplaudido y am- pliamente comentado por todos los congresistas y el pueblo que escuchaba —campe- sinos, obreros, soldados—, y que siguió el curso de los debates con gran interés y curiosidad. Se trataba nada menos que de un grupo de estudiantes, cerca de trescientos, que abordaban con inteligencia y cariño temas actuales, temas que vivimos y no asuntos de alta metafísica, inútil y cansada, en los que sí pueden entretenerse, ¡to- davía!, en el otro extremo del país, unos cuantos jóvenes aristócratas, no digamos que desviados, sino simplemente estancados. Que ellos se engañen a sí mismos todo el tiempo que quieran; a la larga reconocerán que la razón estaba de parte de la juventud progresista. Ahora bien, el xiii Congreso Nacional de Estudiantes ha tenido esta virtud indis- cutible: ha logrado acercar a la masa estudiantil y juvenil de la península de Yucatán con la del centro y norte de la república. Acercamiento efectivo —y afectivo— que ya no podrá romperse. Y es que los problemas de la juventud no son sólo nacionales, sino internacionales. Ante engaños tan serios y tan hábiles como los del fascismo, la juventud reacciona en forma tremenda y decidida. En Francia, el eje principal del Frente Popular es la juventud; en la España de estos instantes, es la juventud como una rueda esencial en la lucha contra los pistoleros vendidos a Italia y Alemania. Y será la juventud la que contribuya, a la cabeza siempre, a liquidar el cuartelazo de los generalotes que, como Mola y Queipo de Llano, 6 ansían volver a los tiempos viejos del oropel guerrero y a los latifundios intocables. Larga vida y lucha incansable es lo que deseamos primero que otras cosas a la Con- federación Nacional de Estudiantes.

2. Esquema del fascismo 7

Mérida, Yucatán, septiembre de 1936.

Ahora, sólo un esquema del fascismo. Un esquema, digo, porque su perfil y entraña han sido cuidadosamente desmenuzados por quienes se han echado a la tarea de desen- mascarar a los grandes asesinos y demagogos internacionales. Y no los hay peores que los voceros del nacionalsocialismo y el Estado fascista de Italia. Junto a los dictadores —más criminales que Napoleón o Clemenceau—, siempre encontramos a los ministros y jefes de propaganda, tipos con recursos inagotables dispuestos en cualquier momento

• 53

aurora roja

a sostener las teorías más absurdas: que si la sangre aria, que si los judíos, que si la

esclavitud en Abisinia, que si el Reichstag lo incendió Ernest

etcétera. Cosas así por el estilo, que invitan a la risa o la cólera, según. La sangre aria,

lo vimos hace poco, quedó regada por los suelos, amarillenta y humillada, cuando el maravilloso negro Jesse Owens triunfó rotundamente en la olimpiada de Berlín. Enton- ces es cuando no podemos hacer otra cosa que reírnos de los teorizantes del nazismo, de esos bien llamados “ninfas egerias” del Estado fascista. Pero cuando ese gran luchador

inquebrantable que se llama Thaelmann permanece aún en la prisión, acusado de haber hecho lo que ningún revolucionario haría, nos encolerizamos y gritamos al mundo la verdad: ¡ahí dominan las botas y los fuetes de los guardias de asalto, los demagogos bien cebados y los intelectuales mejor domesticados! ¡Dominan los mismos grandes capitalis- tas que ayudaron al partido nazi a escalar el poder! La teoría del Estado fascista es la siguiente: en primer lugar, el Estado estima que

el interés de la nación es superior a los intereses de los ciudadanos. Por tanto, cuando

haya oposición a los grandes intereses de la nación, el Estado interviene sin limitacio-

nes con el propósito de regular. Pero veamos: ¿qué es el interés de la nación? ¿Quién califica, quién juzga? Estas tareas son mías y me las apropio, dice el Estado. A nadie escapa, a nadie que no sea un cretino, que en tal caso el Estado no es más que la fuerza organizada de la clase dominante. Que el interés nacional es idéntico al interés de los grandes señores de la banca. Y es claro que el Estado tiene que ser forzosamente parcial. Sigamos: la teoría fascista afirma que desconoce la existencia de una oposición en- tre patrones y trabajadores. (Muy alertas, pequeños fascistas criollos.) Pero el Estado fascista se cuida bien de llevar esa negación a su límite extremo. Ya hemos visto su habilidad demagógica. Porque, en todo caso, si existiese accidentalmente —¡accidental- mente!— una oposición, se buscará primero que todo una conciliación espontánea; si no, el Estado se verá en la “imperiosa” necesidad de intervenir para que no haya lucha.

Situación criticable desde todos los puntos de vista. El Estado impide la lucha. Prohíbe

la huelga. Desarma y aplasta a la clase trabajadora. (En otros tiempos existía el trabajo

individual que daba por resultado una apropiación individual y un patrimonio en la medida de su trabajo; hoy existe el trabajo social, que produce una apropiación indi-

Thaelmann 8 etcétera,

54 •

vidual y un patrimonio desproporcionado a su esfuerzo.) Creemos que el anterior paréntesis simplifica la cuestión. En realidad, el Estado fascista tiene por objeto principal sostener una situación insostenible e inaguantable por más tiempo. Mussolini —de quien se está construyendo en Padua una estatua de ochenta y dos metros de altura— reconoce que la contradicción del régimen capitalista es “dramática”. Y habiéndose puesto a meditar un remedio, encontró el estado corpo- rativo. Nada menos que el “destino nacional” por encima de los intereses de los indi-

Sin duda, el gran hallazgo, el gran recurso para prolongar por algún

viduos y las clases

1936

tiempo más un sistema que es ya indeseable. Último recurso de los que se ahogan en el mar de fango provocado por ellos mismos.

3. Si Garcilaso volviera

9

Mérida, Yucatán, octubre de 1936.

Garcilaso de la Vega cumple hoy cuatrocientos años de vida poética. Años de vida heroica y hermosa. Cumple cuatro siglos su poesía. Cuatro largas centurias preñadas de brillantes acontecimientos y amargos sucesos; esplendor y decadencia de estados europeos, revoluciones, guerras constantes, audaces conquistas, descubrimientos cientí- ficos, avances y variaciones en la literatura, modalidades y alternativas en el estilo de

hacer versos. Siglos oscuros por voluntad de sus representativos; sangrientas décadas por obra de los que hoy son inmortales en las rotondas, los arcos de triunfo y las estatuas; años de empuje libertario debidos a recios paladines. Siglos de lirismo y realidades de sol y de penumbra, de vergüenza y gloria de los hombres. Se cumple hoy el cuarto centenario de la muerte del poeta Garcilaso de la Vega.

Y seguros somos que los escritores del mundo limpian sus máquinas para decir lo que

deben decir, o menos o más. O nada. Todo depende de lo que nos rodea. Nuestra con- ciencia vive sujeta a un medio social del que no somos culpables, pero que debemos modificar en la medida de nuestras energías. Y si nosotros nos alistamos ahora, no es

para competir ni quedarnos atrás, sino sólo para apuntar un recuerdo. Un recuerdo que debe ser magnífico. Pensamos que no debe pasar inadvertido el aniversario de la ausencia definitiva —en hablando poéticamente— de un artista como el toledano Garcilaso, flor de rimadores

y signo de guerreros de España. De la España hoy más que siempre fecunda. Sabemos

que en El Salvador y en Costa Rica, y en Chile y Argentina, y en México y más regio- nes de limpio castellano, los sinceros amadores de la poesía memorizan hoy algún sone- to de Garcilaso, o la Flor del Guido, o cierta epístola a Boscán. Y hacen bien. Hacen lo

indicado.

Lo hacemos nosotros en igual forma: con el mismo cariño tierno y delicado, con

la misma idea forzosamente retrospectiva y honradamente hecha a nuestro tiempo. Al

tiempo que nos pertenece porque lo vivimos. Hacemos tal cosa sin dudas, sin vacilacio-

nes y falsos temores. Lo hacemos pensando en la castiza Toledo de hace cuatro siglos y en la de estos momentos, arrasada e incendiada. Mutilada por los que claman a todos los rumbos por la conservación de una cultura que ellos mismos destruyen favorecidos por todos los medios.

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56 •

Releemos a Garcilaso. Al sugestivo y atractivo poeta de las églogas y las canciones. Al hombre que tuvo todas las prendas posibles: las de caballero, poeta y cortesano. Recor-

damos al hombre que amó el agua, los árboles y las flores. Que los amó sencilla e infan- tilmente, con el entusiasmo de un niño principiando a querer, con el purísimo amor de quien presiente la muerte. Porque Garcilaso murió a los treinta y tres años, a la edad en que murieron Espronceda y nuestro Ramón López Velarde. Murió juvenilmente como correspondía a un hombre de su categoría.

estamos seguros. Sería de las iz-

quierdas en que militamos. Garcilaso estaría a estas horas con nosotros también. Sería nuestro. Nuestro como Rafael Alberti 10 y Langston Hughes. Tan nuestro como Luis

Aragón y Nicolás Guillén. 11 Si Garcilaso volviera

Si Garcilaso volviera tornaría pedazos de inmerecido cielo a

los todavía cobardes; desmenuzaría a los enemigos de la cultura y el arte —a los bárbaros del siglo xx—; haría trizas a los que nos acusan de trascendentalistas y teorizantes; daría al traste con tanto y tanto desesperante poeta sensiblero; acabaría con los D’Annunzio y Marinetti, 12 con los viles farsantes de la verdadera poesía; si volviera Si Garcilaso volviera terminaría de una vez por todas con esas torpes lágrimas de los que a diario lloriquean y chillan unos labios perdidos; y sabrían lo que es hombría los de esa en cierto modo pintoresca fauna de homosexuales; lindarían en la locura y la historia los señoritos asnos, reyes con corona de la cursilería. 13 1936. Ah, si Garcilaso volviera. Si dolorosamente asombrado viese lo que han hecho de su España esas bestias amamantadas en la selva negra del fascismo; si viese, al volver los delicados ojos al cielo andaluz, una sangre hecha finísimo polvo de lirios y mari- posas: la morena sangre de Federico García Lorca, 14 aceptaría sin rodeos la sugerencia bélica de Alberti: lucharía cuerpo, voz y nervios de cuatro siglos sudados de experiencia al lado de los que tienen la razón y la justicia.

López Velarde estaría a estas horas con nosotros

Mérida, 10 de octubre de 1936.

4. Crónica cinematográfica 15

Motivos. Vértigo y tristeza causa a nuestro cuerpo el reposar violentamente una vida tomada así, con indiferencia; pero verdadera desolación nos motiva si esa vida nos perteneció; y un impulso al suicidio cuando la mentada vida nos sigue perteneciendo. Es desesperante, pero así es. Nunca hicimos lo indicado o, al menos, lo que ahora pensamos hubiera sido mejor hacer. Y es cuando vienen las tristes e inútiles lamentacio- nes: ah, si aquella vez yo, en caso de, si en vez de, en lugar de, etcétera. Y nada, que no

1936

hay más que resignarse y cargar con un pasado más o menos indecoroso o solamente incoloro. Somos jóvenes y a darle. Con la condición de no estar comenzando todos los días.

Jamás como hoy hemos estado tan en contra de Jarnés cuando a propósito de disculpar

a los poetas decía: “Seamos, pues, un poco

talento, es la postura más cómoda que pueda tomarse. Más alta y noble que la tomada

por los simplemente neutrales o “situados al margen”. Como si en estos momentos de

tremendos conflictos morales hubiese tiempo de adoptar posturas de estilista. 17 Pero los

Los hemos visto por ahí, aburriéndose en los jardines o tomando aparato-

sas “grecas” todo el santo —para ellos— día. Bueno, estamos llegando de un cine. Un cine que ha tenido la virtud —rara virtud en tratándose de cine americano— de pinchar la piel de nuestro recuerdo y hacer correr sangre repleta de remembranzas de niñez y adolescencia. Un pequeño filme con Charles Chase a la cabeza del “elenco”. Una cinta en la que se hace uso y abuso del ralentí. Chase sufre alucinaciones curiosísimas que le inducen a cometer las más tontas acciones en torno al idilio indispensable. Sufre ataques sencillamente. Una enfermedad con la que negras se las vería el mismísimo Freud, si el caso le fuese conocido. Pues bien, esa serie de imágenes —de placas vivientes, vale decir— sirvieron para remover en el fondo de nuestra conciencia algo que ahí estaba a punto de fosili-

zarse: cosillas como recuerdos y no; asuntos varios de infancia sencilla y mediocre; temas determinados: cinematográficos de una vez. Y Francesca Bertini, Pina Menichelli, Eddie Polo, el conde Federico William Duncan —La moneda rota, Las calaveras del terror, etcétera—, los buenos tiempos de Menjou y Lilian Gish, y Leatrice Joy —adorable por siempre Leatrice Joy—, y Ben Hur, con los albores de la Garbo, pasaron también en forma de inquietante ralentí por los canalillos de la memoria nuestra, despertando dormidos deseos pero impulsando al mismo tiempo

a eso que tenemos todos los hombres de “profesores de energía”, 18 a darnos y a dar, de

paso, una buena lección de gusto cinematográfico. Suma. Eisenstein es ya un clásico de la cinematografía. Él y sus creaciones. Vive trabajando, es cierto, pero consideramos difícil que supere a lo ya hecho y consagrado. Actualmente, en la urss y en América, ha hecho cintas maravillosas. Chaplin las hizo también con un profundo sentido social. Las sigue haciendo. Tiempos modernos es todo un documento humano. (Y en realidad no es tan falso que Chaplin sea el mayor filósofo del mundo.) Los franceses trabajan. Ya nos dieron Remolino y La cabeza de un hom- bre. Los ingleses trabajan activamente. Nos han mostrado excelentes películas históricas como La vida privada de Enrique viii; obras maduras como Treinta y nueve escalones; o finísimas como El fantasma se embarca. España nos ha enviado lo peor que ha producido —Sor Angélica y La hermana san “Suplicio”, entre otras— y por desgracia desconocemos las grandes cosas de Luis Buñuel. 19

farsantes 16 Y la farsa, bien que merece

hay, los hay

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58 •

Desde Suiza nos llegó Maternidad. Del centro de Europa, el checo Gustavo Machaty, admirable renovador de la técnica cinematográfica, nos mandó Éxtasis, una estupenda cinta, comparable sólo a Las bodas del oso y con un argumento semejante al de Remo- lino y la novela de D. H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley, pero resuelto en tal manera que nos convencemos de la categoría verdadera que el cine debe tener como arte que es. Alemania nos ha dado algo que al mundo ha convencido del poco mérito del arte alemán —arte nazi, precisamente— en la triste hora de Goebbels como jefe de propaganda: nos ha dado muestras de impotencia y sucio afán de prestigiar un régimen desprestigiado por sí solo, podrido y nauseabundo desde su nacimiento. Italia, bueno, Italia nada. Basta imaginarnos a Benito Mussolini como argumentista de cine para pasar a otra cosa, precipitadamente. La Unión Soviética, donde se hace el mejor cine del mundo, ha logrado presentar a los públicos de los países capitalistas películas de la cate- goría de Camino a la vida y, en tiempos recientes, Chapayev. En la ciudad de México, la Universidad Obrera 20 está presentando La juventud de Máximo, última que de la urss ha llegado. Con ansia esperamos ver lo más representativo del cine actual en aquel país. Ya José Revueltas 21 nos ha conversado de Tres canciones sobre Lenin, pero queremos verla y oírla aquí mismo. En Estados Unidos se sigue fabricando la mayor cantidad de películas. Por demás está comentar la “paja” sofocante que nos obligan a no gustar: desde las trivialidades de Bing Crosby hasta las vaciladas de la ilustre matrona Mae West, pasando por todos las dráculas y fu-manchúes imaginables. Pero sí logra darnos bastantes cosas dignas de su tenacidad. Recordemos El delator, entre las menos antiguas y, sobre todo, los números cortos salvadores de cualquier programa y en los cuales el Ratón Miguelito, héroe mun- dial, destaca como el primero. Y México. Ah, nuestro México cinematográfico. Pocos intentos serios se han hecho para dignificar una industria naciente y, antes que nada, un arte en vías de serlo. Nuestros productores son minúsculos hombres de presa; nuestros directores, con honrosas excepciones, son improvisados; nuestros artistas, hay que reco- nocerlo, son abnegados y empeñosos; todos hacen lo posible Chano Urueta 22 lucha contra vientos y mareas para hacer algo de valor positivo; algo que no sea los dramones macabros o las cintillas de pistoleros que insisten en meternos hasta por las narices algunos necios productores; Gabriel Soria, 23 nos consta, está lleno de mejores intenciones, pero los que sueltan la plata no están en su caso. Es bochornoso pero así es. En Celos valió la escenografía. Pero sólo La Opinión, diario de Los Ángeles especialista en crítica de cine, se percató de ese raro suceso. Pero confiamos. Ya vimos Janitzio y Redes, 24 y ya vendrán otras muchísimo mejores. Total: que nos agobia la película mala. Que protestamos como Voltaire “en nom- bre de la razón humana” contra esas películas que limitan el gusto de los públicos del mundo; contra esa cinematografía que en definitiva ha venido a sustituir a la Iglesia como adormecedora de las masas 25 que buscan elevación cultural y no falsas comedias

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por donde desfilan tipos insultantes por su lujo y pedantería; contra esas insustanciales cintas producidas al por mayor y sin asomos de auténtica visión estética.

Y que se dé entrada a las películas soviéticas, modelo de lo que debería hacerse en

arte cinematográfico; y que se haga una buena labor de censura con todo lo que se haga en México o llegue de fuera.

Mérida, Yucatán, octubre de 1936.

5. Divagación forzosamente sentimental 26

Nombres de mujeres. Es asombroso, pero en un inmenso tanto por ciento, los nombres de las mujeres se encuentran en armonía con ellas, con su presencia física, con su sabor de hembras, con su aspecto de pequeñas e imprescindibles diosas. Y no lo decimos por pura imaginación, sino por una especie de convicción que puede bien ser intrascendente o inútil, pero que sí es sugestiva y sobre todo inagotable. Inagotable hasta la voluptuosi- dad, como la convicción de sentirnos hombres jóvenes y demostrarlo en estilo juvenil —con juvenilidad, según dijo uno de los jóvenes más inteligentes de México y, más que nada, menos ostentoso, un joven líder revolucionario. Hablar de las mujeres y sus nombres es como hacer política. Hablando de las mu- jeres y cómo se llaman, descansamos. Descansamos con la satisfacción de hacer una obra de provecho citando a determinada dama, a cierta mujer que se ha apoderado de nuestra atención por los métodos que todos pretendemos conocer de sobra pero no

combatir. Nomás eso faltaba. No estamos de acuerdo con la frase napoleónica que sus- tenta la teoría de que en amor la mayor victoria es la retirada, ni con esa otra que asienta rotundamente, cruelmente: las mujeres asnas son la perdición de los grandes hombres, y que según nuestra memoria es del finísimo Julio Torri. 27 Continuando: la política descansa ampliamente. Ofrece más certidumbres que, por ejemplo, en arte. Así lo sostuvo hace bastante tiempo Jules Renard, agregando, opo- niendo, los casos aislados de una caja de retiro obrero y el último paisaje del menos afortunado de los impresionistas. Descansamos, pues, hablando de las Cármenes y Lu- cilas; hablando limpiamente, sanamente, a la manera de la política que resultaría si los poetas la hicieran.

Y ya sobre el tema, nos inclinamos ante el nombre de Carmen. 28 Nombre árabe

que indica lo florido, aquello que es florecido, lleno de jazmines, nardos, rosaledas —o

rosedales—, y naranjales: Cármenes de Andalucía, vergeles, jardines, espejos tranquilos, nubes

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el mar sonríe a lo lejos dientes de espuma

Ante el nombre de Andrea. 29 Este nombre tiene una historia curiosa que, conocida, le

quitaría ese tono a lo Petra, o Tacha, o Ignacia. Viene desde el renacimiento. La escuela florentina de pintura tuvo entre sus artistas más notables a varios Andreas —en aquel tiempo los hombres podían también llamarse así; 30 hoy nos molestaría que alguno de nuestros amigos se llamase Andrea González, por ejemplo—, al del Sarto, al Castagno y

a otros. Después, Andrea se llamó la esposa de La Rochefoucauld. Y desde ella, sólo las

mujeres pueden llamarse de esa manera. Por lo menos, no hemos encontrado posterior- mente en ninguna parte algún tipo con ese nombre y, en cambio, si conocemos a varias hermosas mujeres que lo llevan dignamente, con soltura y hasta con orgullo. Cobra con ellas la palabra Andrea calidad de fluidez y elegancia: raro matiz de suavidad y gracia que nos encanta y “enfebriliza”. Ante María y Mireya 31 y Milena. Tres nombres perfectos y seguramente tres suntuosas mujeres. Mireya quiere decir María y es la heroína de la epopeya que con ese nombre escribiera Federico Mistral. Originalmente es Miréio o Mireilla, en un provenzal que distamos mucho de dominar. Y bueno, en último caso, también es lindo alterarles sus nombres a las mujeres: 32 es acaso el placer menos comprometedor y más tierno que se dan los enamorados. Alterándose los nombres por capricho o eufonía o exceso de cariño —¿exceso de cariño?— los enamorados pasan desde ese momento a la categoría

de palomitos —de tórtolos. Para ellos las noches de luna y los parques meridanos, tibios

y alegres como en ninguna parte de la república; para ellos, los enamorados de siempre, el mundo maravilloso a cuya construcción dio los postreros toques Gustavo Adolfo Bécquer; para ellos la ternura absoluta que la poesía y la música derraman a chorros; para ellos las melodías de los romances y los sonetos escritos y por escribir. Ramón López Velarde, salvación de la poesía mexicana moderna, comienza su poe- ma “A las provincianas mártires” así:

Me enluto por ti, Mireya, y te canto esta epopeya.

Alfonso Reyes, clarísimo guía de la literatura, en uno de sus poemas primeros ex- clama jubilosamente:

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Mireya, ¡oh, mis amores!

Y la Mireya mistraliana cayó quemada por los rayos del sol y por el amor despeda- zado en su alma de zagala maravillosa.

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Nos inclinamos ante las Aídas —o Aidas—, cantarinas y finas siempre. En México conocimos de vista a una Aída bellísima; seguramente era yucateca. Y las Olgas, acaso

perezosas y lánguidas, con nombre de aves taciturnas en reposo. (“Lo natural sería que los pájaros dormidos se cayesen de los árboles”, insinúa Ramón Gómez de la Serna, maliciosamente.) Y las Nidias y Gildas e Hildas, tan sutiles como un trazo arábigo. Y las Celias, que devienen Chelas o Chulas merecidamente. Y las Darielas venenosillas y certeras como una flecha lanzada por Robin Hood. Especialmente hacemos la caravana ante una Elda María, posiblemente rubia y si- rena; ante una Susila, azul y cálida como una paloma aprendiendo a zurear; ante una Eneida María, misteriosa, virgiliana; ante una María Augusta, a quien llamaríamos reina,

o emperatriz, o ave cesarina —cesárea—; ante una Linda. Miguel N. Lira escribió no

hace mucho el “Corrido de Linda”. El autor se había rascado el apellido debidamente, 33 haciendo volar por los aires modulados acordes. ¿Y Teresa? Gracias a Eugenio D’Ors el nombre Teresa es sinónimo de Bien Plan- tada. 34 ¿Y las maravillosas Lolas, Pilares, etcétera, que en España combaten fieramente? Y, por fin, otra Aída. Aída Lafuente, 35 heroína de la epopeya asturiana de octubre de

1934, inmortalizada por los mejores poetas de la España revolucionaria —entre los cuales, claro, no se encuentra don José María Pemán y San Martín, 36 artífice de lo que de cursi tiene Sevilla: El barrio de Santa Cruz es la muestra y que hace poco habló a los obreros españoles patética y estúpidamente invitándolos a la sumisión y la esclavitud, condenando de paso, como quien no quiere la cosa, el “odioso marxismo” sostenido por

el fantasmal “oro ruso”—, sino los poetas auténticos como Rafael Alberti, que la llama

“Libertaria”, o como Arturo Serrano Plaja que pregunta al universo por ella. 37 Salud, pues, lindísimas mujeres de Yucatán. Y un recuerdo a las españolas viriles que escriben la historia con su sangre de positivas diosas de la revolución mundial.

6. Los días y las noches de Yucatán 38

Mérida, Yucatán, octubre de 1936.

Así era: niños, mujeres y hombres pidiendo misericordia a un cielo que nunca oye ni tendría por qué enterarse —si existiera— de los rezos y lágrimas que corren y vuelan

por la tierra y el viento; tristes ojos de limpios indígenas inundados de ágiles hormigas

y espinas envenenadas —púas de las pencas duras—; uñas desprendidas de los dedos,

largas y morenas manos sangrando; miseria día a día más ofensiva; vida que no es vida:

muerte lenta y bien estudiada por quienes la distribuyen desde sus palacetes de vibo-

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rillas perspicaces; rencor floreciendo en el corazón de los hombres de los plantíos de henequén; ansia poco a poco puesta a la luz del sol de los obreros, ansia de los obreros poco a poco puesta a la luz del sol, así: Opichén. 39 Manifestaciones de campesinos exigiendo un derecho que sabemos les corresponde; ellos se rompen el cuerpo bajo el sol terrible que cae sobre la península, y los hacendados en tanto despilfarran miles en la capital de la república y en las grandes ciudades del extranjero, cuando no pasean ostentosamente en finas máquinas aerodinámicas por esas avenidas amplias y tibias de la cálida y amorosa Mérida. Una noche estuve en Uxmal. Hacía un extraño frío otoñal y puntiagudo. La noche, abrumada de estrellas, tenía la solemnidad de un misterio por aclarar; era una noche como nunca los poetas la han descrito. Lamía la luna lentamente las piedras dolorosas

por la edad y la contemplación. Millones de grillos daban música al enorme y conmo- vedor paisaje nocturno. Ahí supe de la soledad y el sacrificio de estos mayas a quienes he oído hablar cantando cantos de rebeldía y protesta en los locales sindicales y en las albas calles meridanas/meridianas. Uxmal fue para mí el primer encuentro con la noche, en el centro de una naturaleza devoradora. Porque en esa región los árboles caminan, con dientes y garras, despedazando y enterrando cuanto encuentran a su paso. Y tenía yo las manos húmedas de terror y de alegría. Una mañana estuve en Chichén. Una mañana de piedras amarillas y juegos de eco en el juego de pelota; mañana ardiente y desesperada por el deseo de no regresar jamás

a las ciudades; mañana de cansancio admirativo y amor recién nacido a una tierra que me habían contado que era seca y estéril como un desierto o un acantilado. Mentira

imbécil la de esos que dijeron tal cosa de una región que nada le pide de trasparencia

y dulzura y vegetación uniforme, y cortesía a la región del altiplano que se me diga.

No; porque yo creo haber conocido de Yucatán lo esencial y característico y puedo hablar con la sinceridad que aquí mismo adquirí. Carlos Pellicer, primerísimo poeta mexicano, acaso con sangre yucateca, en sus “Esquemas para una oda tropical” habla de Chichén en la forma más sonora y expresiva que he oído. Pero él estuvo una tarde. Yo, la mañana más impresionable que he tenido. Una mañana hermana de la primera que viví en Taxco. Pero también estuve en una finca henequenera. 40 Una mañana recia de septiembre. Con los campesinos ejidatarios y con los que no lo eran. Ellos pudieron ver en mí sólo a un joven de la ciudad que, comiendo “chinas”, está a curiosear, de paso y nada más. Por fortuna a mí y a mis camaradas nos identificaron como camaradas también. Se traba- jaba en el plantel número 23. Lo vimos todo. Supimos lo que comen y hacen para sos- tenerse en su calidad de miembros de una cooperativa. Cómo usan las máquinas de la hacienda para ellos mismos y en qué forma laboran para mantenerse en su puesto pro- gresista a pesar de las constantes trabas que se les ponen, oponiéndolos a los acasillados y, éstos, oponiéndose a ellos por las malas artes que no sólo allí se conocen sino que en

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toda la zona henequenera acostumbran los administradores enseñarles criminalmente. Los mismos dueños de fincas personalmente echan a un grupo contra otro o se rompen

la cabeza pensando qué hacer para conseguir desplazar a los sindicalizados. Son hábiles

sin duda. Destrozan maquinarias o dejan de plantar para más tarde provocar serios con- flictos. No es realmente muestra de habilidad eso de destrozar maquinaria —calderas, por ejemplo— sino prueba de gangsterismo muy criollo y muy burgués. Son como los algodoneros de La Laguna, pero más refinados y atrevidos. Con la audacia más cínica que se conoce. Es que patean como cualquier ahogado. Ven ya muy cerca no sólo la total organización obrera y campesina en forma revolucionaria, sino la completa unifi- cación. No duermen pensando en la Federación de Trabajadores de Yucatán, fantasma real y positivo en cuya construcción trabajan los grupos más orientados de trabajadores de la península. Y la ciudad. Amanece en Mérida como si un chorro de cuchillos cayese de las al- turas; como si nevara dulcemente; como si la ciudad se llenara minuto a minuto de una

música blanca y suavemente azul. Después la mañana se precipita inundando jardines y avenidas; dorando esos bien cuidados templos que permanecen aislados y mustios como preparándose a su futuro papel de amplias bibliotecas o museos de las religiones. 41 Los hombres hablan, no por hablar. Conversan de política y de la situación de España. Por cierto, hay cada fascista de paja que tiemblan mares y continentes. Dos yucatecos siem- pre tienen algo que contarse. Jamás permanecen callados un minuto. Nunca se aburren. Acostumbran en la conversación sabrosos giros de una plasticidad que se agradece. No hablan con vaguedades ni medias palabras. Saben que están viviendo una mañana más de su estupenda tierra. Mediodía. Atardecer. Los cines se llenan de gente ávida e inteligente y comprensiva, menos la que aplaude un noticiario donde aparece Hitler —títere de los capitalistas alemanes— revistando a miles de soldados con botas y cascos. Y en el cinematógrafo se vive ampliamente. En estos locales por donde ha sido imposible que “pase” Chapayev,

se respira un principio de noche perfecta y muy meridana. El crepúsculo en la ciudad es cruel de tan claro. Su luz entra a través de todas las

cosas. Sabe acariciar a las mujeres como los hombres no lo sabemos hacer. Penetra por los poros de la ciudad, dándole, inyectándola de perfume de mariposas y gardenias.

Y la noche, especial —¡espacial!— y blanda, acogedora, como para los jardines y sus

palmeras. Y sus muchachas. Mucho, mucho de Yucatán se va conmigo a México. Lo guardaré en mi corazón como si éste se hubiera convertido, gracias al contenido que disfrutará, en un arca de oro. Me llevo la experiencia corta y honradamente poco vivida de sus luchas sociales, luchas que ya no son extrañas a nosotros, que estamos a mil kilómetros de distancia, lu- chas que algún día culminarán definitivamente en un triunfo para la clase que tiene la razón y la justicia. La clase con la que yo, de extracción pequeño-burguesa y actualmente

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miembro de la juventud comunista de México, pretendo identificarme para siempre. 42 En el proletariado está la razón, y estoy con él. Como están con él los jóvenes más des- piertos de Yucatán.

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Mérida, Yucatán, 25 de octubre de 1936.

7. La fe social de los artistas y escritores 43

Confesaba Henri Bergson, en uno de esos ratos poco frecuentes de los filósofos y que se traducen en una especie de sinceridad aérea, celestial, lo siguiente, que es de sí lo bastante significativo para comentarse: “La vida intelectual que me impongo me prohí- be, frecuentemente con arrepentimientos —pues la neutralidad es algunas veces cobar- día—, salir de una reserva que por mi parte es, generalmente, ignorancia. Apenas sé lo que es un sindicato”. Conciso y significativo ese bergsoniano arranque de desespera- ción e incomodidad. Es claro; no sólo en los filósofos como Bergson y otros se manifiesta esa actitud in- quieta en determinados momentos de su desarrollo vital e intelectual; no es solamente en los que especulan con el conocimiento humano donde el desasosiego hace mella, caos y acción definida, no, sino también en los sectores correspondientes al arte, la lite- ratura y la ciencia, frutos, obvio es decirlo, de aquel conocimiento, pero demostraciones más cercanas de él. Pruebas más accesibles, más nuestras: la pintura, la pedagogía, la música, la danza, el cine, el teatro, el periodismo, etcétera. Que son labores en las que estamos o nos rodean insistentemente, visualmente, plásticamente. Tomemos posiciones. Situémonos de tal manera que esa efervescencia, ese caos hirviente nos hiera, nos lastime, a condición de hacer brotar después —la convalecen- cia es un estado especial de fecunda claridad mental—, a su tiempo, un fruto maduro, sudado y, aquí su mayor mérito, ejemplar. No es posible eludir la lucha. Eludirla sería continuar más descastados que siempre. Evitarla sería caer en algunos de los bien fichados grupitos de indiferentes, encabezados por uno que es típico desde hace ya demasiado tiempo: el de los homosexuales conver- tidos —invertidos— en dictadorzuelos de la pintura y la literatura, principalmente. 44 Odiosa dictadura, como todas las dictaduras. Pero esos señores —llamémosles así por decencia— están sintiendo ya los dolores de una decadencia merecida. Están siendo castigados por las nuevas generaciones de escritores y artistas que en ningún momento tuvieron ese afán de pose europeizante, podrida y decididamente estéril. Las nuevas generaciones caminan afirmando su calidad de habitantes de este mundo. No son, como

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nuestros faeries, 45 entes perrunos de inteligencia —no está por demás decirlo— de inteligencia suciamente domesticada por una burguesía ligera de gustos y hueca de

aquello que es necesario para dignificar, por ejemplo, un poema sobre el valle de México

o sobre los maizales del Bajío, o los henequenales de Yucatán, o los quemantes campos

del algodón norteño; una novela acerca de un mero enfermo, o un simple relato de un desfile de obreros y campesinos. Aquellos literatos y pintores nunca hicieron ni harán lo debido. Se divirtieron plagiando a Jean Cocteau, Jean Giraudoux, André Gide y otros; des- valijando descaradamente distintas épocas picassianas o de Chirico y, que es ya el colmo, de Cézanne; asaltando a los artistas norteamericanos alevosamente y sorprendiéndonos con una clase de literatura ajena por completo a ellos, a nosotros y al mundo entero. Literatura de “espectadores”, trucos de farsantes, malabarismos de cirqueros opacados para lo que se refiere a la entraña social en que nos agitamos combatiendo, despeda- zando, avanzando.

Y en México los escritores han tomado sus posiciones al lado de los artistas. Se han colocado a la vanguardia del movimiento artístico y literario, desplazando a los por siempre indeseables y fatuos lidercillos de un ciclo de tibieza y cobardía. Han integrado, fortalecido la lear, Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, 46 que con justicia y derecho guía certeramente a las nuevas generaciones de obreros de la pintura y la litera- tura. Silvestre Revueltas, 47 Sandi, Mancisidor, 48 Leopoldo Méndez, Juan de la Cabada, Pisarro Suárez —éstos dos últimos actualmente en Yucatán—, son apenas algunos de los muchos miembros de la lear recordados al vuelo, que hacen una labor de orien- tación de verdadero valor, encaminando el arte y la literatura por el rumbo deseado. Filial a la lear, funciona en Yucatán el grupo ear —Escritores y Artistas Revolucio- narios—, 49 con un programa amplio y bien definido de acción. El grupo ear hará en Yucatán lo que en escala nacional viene haciendo la lear. Estamos seguros. Porque sus componentes poseen la necesaria cantidad de fe social y porque trabajarán de la mano con los hombres de los talleres y el campo, hermanos nuestros, camaradas que por años

y años desconocieron un fruto literario o artístico. Camaradas tanto tiempo envileci-

dos por la habilidad de la burguesía dominante; hombres enviciados por los métodos burgueses ya clásicos, hoy más difíciles de usar contra los trabajadores por el mismo despertar consciente de éstos. Constante y fructífera labor esperamos de los Escritores

y Artistas Revolucionarios. El escritor argentino Eduardo Mallea lo dijo en un ensayo publicado en Sur: “sin duda es esta la etapa en que el hombre reclama salidas, demanda una existencia en que las conclusas islas vivas dejen de ser tales para fundirse en una fluidez universal que ase- gure a cada humana célula su fertilidad total, su fertilidad trascendente”. 50

Mérida, Yucatán, octubre de 1936.

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8. El mar y la muerte de García Lorca 51

Fue una casualidad —maldita casualidad entonces— el enterarme de la muerte de Fe- derico García Lorca. Navegando rumbo al puerto de Progreso, 52 cayó en mis manos un periódico de los primeros días de septiembre. Ahí, con sequedad cablegráfica, se daba la noticia desquiciante. En Granada, los fascistas habían fusilado al primer poeta espa- ñol, por considerarlo enemigo de la “sagrada causa civilizadora” defendida por ellos en la forma en que lo estamos viendo desde hace más de tres meses. Se cubrían de gloria asesinando —asesinando— a uno de los hombres más inteligentes del mundo, a uno de los mejores dramaturgos del mundo, a uno de los más grandes líricos de los últimos tiempos: al granadino autor de Canciones, Poema del cante jondo, Romancero gitano —que había alcanzado ya cerca de diez ediciones—, y del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías; al autor de Yerma, Bodas de sangre, Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, La zapatera prodigiosa, y otras obras teatrales que le estaban dando categoría de dramaturgo de primerísima línea; habían asesinado, como de costumbre y por sistema lo hacen, al creador de la “Oda a Walt Whitman”, 53 la “Oda al rey de Harlem” y la “Gacela de la terrible presencia”; habían sacrificado en aras de la barbarie del siglo xx al más significa- tivo de los artistas de habla española; habían, por último, despedazado el cuerpo de un poeta que no se escondió jamás y que tiempo tuvo para hablar a los trabajadores del arte en un lugar que geográficamente es el centro de España. Y les habló como artista que no eludía la responsabilidad caída sobre él, como recio varón revolucionario y comprensivo del momento vivido. En tanto, el mar continuaba lleno de inquietantes espumas, dando a mi sufrido cere- bro un intento de consuelo pasajero y vano. No era posible; los pájaros caían muertos sobre cubierta, avisando de una tierra próxima, tierra ansiada y deseada, pero inexis- tente en tales momentos; la alegría de los camaradas seguía, reñida con el mal tiempo, con los mareados, con la corta comida y el ningún beber; seguía y seguía el mar, am- plio, amoroso, como siempre debe ser, “viejecito” y lento, o furioso y rebelde, pero mi corazón daba vueltas; recordando lo que de Federico nos había contado Alberti; lo que de Federico nos había descrito Salvador Novo; 54 lo que de Federico sabíamos reciente- mente por los diarios de Sudamérica y las revistas españolas como Caballo Verde para la Poesía, que dirigía el chileno Neruda; 55 recordando con lágrimas casi las cancioncillas lindas que de memoria nos sabemos los interesados de verdad. Y el mar continuaba exhibiendo sus espumas plateadas. Yo estaba positivamente desesperado; Héctor Montiel Sánchez Cárdenas y otros camaradas apenas lograron adi- vinar mi sentimiento. Me podía como joven la muerte de un poeta maestro, de un revolucionario de sangre y vísceras. Me dolía la muerte de García Lorca. Pero los colmillos fascistas estaban listos para devorar más hombres. Persistían en su voracidad de hienas. Ese día, llegando a Progreso, sentí la presencia de Federico García

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Lorca sobre la península de Yucatán. Ahora doy lo que en ese momento sentí. Lo doy, también, como revolucionario y artista. 56

Mérida, Yucatán, octubre de 1936.

9. Cartas de los intelectuales 57

Waldo Frank 58 escribe a M. León Blum una carta definitiva, contundente; Iliá Ehren- burg escupe merecidamente al “oso místico” Unamuno; 59 y aquí, en México, Héctor Pérez Martínez 60 conmina al escritor Ermilo Abreu Gómez a trabajar literariamente en el campo de la dignidad haciéndole la invitación de abandonar la arqueología sorjuanística. Waldo Frank, “norteamericano de claro mirar”, militante comunista, autor de América hispana y Redescubrimiento de América, invita noblemente a León Blum a que reconozca lo que pasa en España y comprenda que no hay neutralidad posible. 61 Pérez Martínez azota amistosamente a Ermilo Abreu Gómez. Su carta es razonable, pero un tanto extemporánea. Abreu está en su sitio de escritor honrado desde hace ya bastante tiempo. Es un intelectual de izquierda por convicción, por progreso vital. Acaso Pérez Martínez lo ignorara. Pero la carta es razonable. La epístola de Waldo Frank quedará en la historia como un gran documento. No

la opacarán siquiera las excusas de Blum ante el último Consejo Nacional del Partido Socialista. Más todavía: José Mancisidor, nuestro gran escritor revolucionario, escribió

hace pocos días sobre “la traición de León Blum

El amor de Juana Ney, etcétera, se encarga de Unamuno. Le grita cáusticamente que los escritores de España no van por su “camino de perdición”, citándole los honestos y viriles casos de los poetas Antonio Machado y Rafael Alberti, del maestro Ramón Gó- mez de la Serna, del filósofo José Ortega y Gasset. Esta carta de Ehrenburg repercutió grandemente en México. Todos reconocimos desde luego la ironía de acero del escritor soviético apuntada precisamente, no digamos ya que contra Unamuno, quien en último caso es simplemente un pretexto, sino contra todos los intelectuales de las derechas. Iliá Ehrenburg siempre ha escrito con brío y honradez. Pero, oh sorpresa de sorpresas, he aquí que el infatigable “destructor” del materia- lismo filosófico, esa entidad infrahumana —bacteria nacionalista— que ha sido, es y será Rubén Salazar Mallén, 62 se revuelve y contorsiona, digno —a su manera—, y ai- rado —dadas sus posibilidades de clown—, contra una “insinuación” de Ehrenburg. Éste dice en su carta a Unamuno que Ortega y Gasset, “habiendo vacilado mucho, ha vuelto la espalda a los bandidos en esta hora decisiva”. Nada más. Salazar Mallén —ex-

El autor de La callejuela de Moscú,

”.

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comunista resentido y estupendamente amargado— asegura que Ehrenburg “insinúa” que Ortega es comunista o está con el comunismo. Nada sorprendente. Salazar Mallén, intelectual bien fichado y catalogado entre las filas de los de pensamiento prostituido, hace siempre lo mismo, gracias a sutilezas y razonamientos de víbora todavía no lo su- ficientemente pisoteada. 63 Sabe mucho marxismo. Es ya “maestro” de una generación. ¡Pobre generación! Y semana a semana pretende abatir el comunismo desde una trin- chera periodística cuyas cualidades conocemos de sobra para saber a qué atenernos. Veamos cómo está la cosa. La revista Nueva Cultura de Valencia, 64 revista de nítido carácter izquierdista, en una de sus páginas sobre los testigos negros de nuestros tiem- pos, y al pie de un fotomontaje cuya figura central es Ortega, dice textualmente: “el ilus- tre vidente don José Ortega y Gasset —de horizontes más amplios que los puramente egoístas e individualistas— garantizará su confianza en el futuro, profetizándole el fra- caso de las masas en su intento de regir los destinos del mundo”. Al pie de otro grabado pone una frase del mismo Ortega: “Nada de masas. ¡Aristocracia, aristocracia!”. En otro número de la misma revista hay dos páginas dedicadas a “Fray Cangrejo”, o sea Mara- ñón. 65 Y frecuentemente se ataca a José Bergamín, llamándole jesuita o poco menos. Ahora bien, Ortega y Gasset, Marañón y Pepe Bergamín han vuelto la espalda a los bandidos en esta hora decisiva. ¿Qué ha pasado? 66 Ha pasado que los intelectuales de España se niegan a estar del lado de las hordas fascistas. Pasa que el autor de La rebelión de las masas es un hombre decente, que Gre- gorio Marañón es un hombre decente, que el católico José Bergamín es un hombre de- cente. Sucede el caso de un presbítero madrileño hablando por radio contra los bárbaros y terminando su discurso con un viva a la democracia. Sucede que la cuestión se reduce tan sólo a la decencia y a la dignidad. De nada le sirve a Salazar Mallén transcribir párrafos y párrafos de las obras de Ortega para demostrar que éste toda su vida ha sido anticomunista. Es inútil. Así es como se consigue lo que él quiere evitar con su artículo: el confusionismo. Pero por fortuna nadie hace caso de él, aun cuando hay momentos en que realmente se hacen necesarias las aclaraciones por el estilo de la que estamos haciendo. Porque no es hon- rado que un apologista del fascismo de Hitler y Mussolini se ponga porque sí a difamar a Iliá Ehrenburg, que es un verdadero intelectual y un verdadero hombre. Que es, en suma, un hombre de la urss. Salazar Mallén continuará en su labor. Pero para acallarlo, para silenciar a todos los de su especie, se hicieron las voces heroicas. Y voces heroicas son las de todos los intelec- tuales que se han opuesto a la invasión de España por moros, italianos y alemanes. La voz de José Ortega y Gasset es de aquellas que se oyen atentamente, porque cabe en los oídos de la humanidad.

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México, D.F., noviembre de 1936.

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10. Reseña metropolitana 67

Bien me decía el amigo de Mérida: “que triste será la tarde, cuando a México regreses sin ver a López Velarde”, parafraseando la parte final del “Retablo” que en memoria del

poeta zacatecano escribiera el viejo y querido creador del haikai, José Juan Tablada. 68

Y sí: algo triste la tarde moribunda, fría, cortante como una espada furiosa, de esta

metrópoli cruel e imprescindible. Y, ya comenzando a reorganizar mi vida, apenas, flo- recen día a día mis sorpresas. Flores alegres, de esa alegría que pinta William Blake en las “Visiones de las hijas de Albión”. 69 ¿Quién puede decirnos dónde, en el dorso de cuáles

ríos interminables nacen las alegrías? Y si respuesta hubiera, ¿cuál es el cementerio de las alegrías? Silencio. Pero claro, un silencio alegre. Ah, mi diaria sorpresa. Nuestra Señora

la Sorpresa. Porque, así como hay que saber maravillarse —¿Platón?—, también debe-

mos saber sorprendernos maravillosamente. Se vive fácilmente de la sorpresa diaria. Es

el

alimento de las tres vitaminas. El reconstituyente cumbre. Su defecto es cierta tibie-

za

un tanto desalentadora, pero amortiguable. Toda sorpresa tiene mucho de canción

justamente humana. La tarde no ha sido triste. Simplemente otoñal. Seca, repleta de hojas caídas y poe- mas apenas bosquejados. López Velarde deambula por las calles de México, para la alegría nuestra. Rezando epopeyas, distraído, divino, sepulcral, estoicamente sensitivo, inundado de la gracia poética que ya en vida lucía. Y lo he visto, martirizado por los anuncios luminosos y el saber que la capital es todavía una ciudad en construcción, o en reparación. “Sonámbula y picante, mi voz es la gemela de la canela.” Exacto: sabía a canela la tarde que salió a encontrarme. Canela fría, sensual. Alegre canela del valle de México, con sus cinco lagos muertos, 70 pero con la misma claridad cariñosa y mansa. Y hay, desde luego, un aire de frivolidad ineludible. Un aire sofocante, venenoso,

ideal en el interior de los cafés y en el seno de algunas asambleas juveniles. Pero en éstas,

la frivolidad cobra un aspecto de nobleza admirable y conmovedora. Es la sana alegría

de un grupo de muchachos de veintiún años que se prepara a celebrar un gran acto en el

que dos organizaciones se dan la mano estrechamente, haciendo a un lado posibles dis- crepancias ideológicas. Por ejemplo: cuando la heroica Juventud Comunista se fusiona con las Juventudes Socialistas por medio de una asamblea pública en el teatro Hidalgo. 71 Acto sorprendente, ya que un Comité Pro Unificación existe desde hace varios meses y no ha dado los frutos que todos esperamos, tendientes a hacer de la juventud de izquier- da un solo y poderoso núcleo listo a portarse debidamente cuando las circunstancias lo requieran. Y en ese acto, tomando la palabra dos milicianos catalanes. Pero hay veces en que la frivolidad sorprende positivamente en forma alarmante. Escucho y estoy a punto de aprender una canción de Agustín Lara 72 en la que se dice de

la

Un momento, que no voy por un camino torcido. Se da la casua-

lidad que traigo un libro de Jean Cocteau. 73 Y en el libro, en cualquier página, el escritor

“sangre del alma

”.

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aurora roja

francés asegura que “hay también la sangre del cuerpo del alma”. Entonces la sorpresa momentáneamente deviene en un sentido de peligro. Los cancioneros componen con voracidad de fieras casi literarias. Hay ocasiones en que se siente uno tentado a dejar para siempre a los poetas consagrados y por consagrar por los “cancioneros” de a cinco centavos. Tal vez la gloria literaria del futuro se incubará en estas hojitas, y el premio Nobel ramifique unos cuantos centavos para inmortalizarlas; así lo creen, por lo menos, sus autores; no nos atrevemos a dudarlo. Pero volvamos a López Velarde, cuya sombra deambula por el crepúsculo, alada de las negras alas del sombrero “tímidamente mosquetero”. 74 ¿Qué vería el gran bardo si consumara un nuevo y maléfico retorno? Tal vez encontraría a su suave patria un poco crecidita. Su imagen, el Palacio Nacional, tiene un piso más que entonces; la estatura de niño es hoy de adolescente. Y san Felipe de Jesús se dedica a la pequeña industria de la exportación de sus higos, pasados y prensados, para otra tierra que, bajo el obús, más lo ha menester que la nuestra. Anacrónicamante, absurdamente, hacia el rosal se inclina hoy el nopal. 75 Si Ramón López Velarde volviera, entornando los párpados narcóticos asistiría con una sonrisa depravada a las ineptitudes de la inepta cultura. O bien uniría su garganta a la estentórea rechifla de los demonios sobre las bancarrotas chuscas de quienes, con una íntima tristeza reaccionaria, oyen crujir sus esqueletos en parejas, derribados por la exac- ta puntería de la hora actual, con su vientre de coco. Hace falta en estas calles, en esta ciudad que hoy recorro, de regreso de un viaje lleno de luz y de sonrisas, la silueta burl- esca y angustiada de quien bien hubiera sabido interpretar el momento, y certeramente lo hubiera diagnosticado. Es verdaderamente triste la tarde sin la mano acogedora de aquel maestro, que nos hubiera llevado sobre nuestra Revolución, como Virgilio sobre el Infierno, en esta hora en que ruedan las quejas de la torre acribillada por los vientos de fronda, en este difícil momento, doloroso, pero transido de esperanzas como de puñales luminosos en que escuchamos, suave patria, inevitable, desastroso, definitivo, el sollozar de tus mitologías.

70 •

México, D.F., noviembre de 1936.

11. Cuando los viejos ídolos se rompen 76

No sentimos absolutamente nada, como él tampoco sintió por lo menos un lejano aviso cósmico antes de hacer lo que hizo. Nos referimos a José Vasconcelos y sus artículos aparecidos recientemente 77 y que han motivado justas aclaraciones —no tendencia si- quiera a la polémica— de los intelectuales mexicanos, jóvenes y maduros. Mancisidor

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y Enrique Ramírez y Ramírez hablaron por miles de mexicanos en artículos que tienen

esa forma epistolar tan noble y certera, tan clara y vivaz, acostumbrada siempre que se trata de poner los puntos sobre las íes acerca de una cuestión llevada al confusionismo por hombres que deshonestamente viven de eso, por tipos encargados de alterar la ver- dad, de falsear una palpitación mundial. José Mancisidor, fuerte y positivo valor de las letras mexicanas, toma casi a Vascon- celos como si de un pelele se tratara. Lo sube y baja en medio de una serie de frases sarcásticas, irónicas, muy merecidas, indiscutibles por auténticas, llamándolo “Divino Maestro”, conmiserativamente. Con mucho derecho ha escrito Mancisidor esa carta al ex ministro de educación. Éste, inesperadamente, lanza los ataques más sucios y bajos al gobierno legítimo de España, atacando la política del Frente Popular Español y al sistema de él emanado, diciendo sin asomos de originalidad que en el “gobierno comu-

nista” de España había “agentes rusos”, asegurando los disparates más solemnes sobre “guerra de castas” y “guerras de creencias religiosas”, insultando puerilmente a Marx y a Lenin. Pero Mancisidor le da su merecido en la forma que ya hemos apuntado, es decir, haciéndole los choteos más hábiles y mejor apuntados que hemos visto. Reivindicando

a la intelectualidad mexicana, que algunos en muchos países del mundo creían repre-

sentada por el autor de la Metafísica. Ramírez y Ramírez, militante de la juventud comunista, publica en la revista de la Universidad Obrera de México una larga epístola también dirigida al ex hombre Vas- concelos. Con inteligencia, juvenilmente, invocando los nombres de Romain Rolland y Gide, Ramírez va poco a poco destruyendo uno por uno de los párrafos de los artículos de Vasconcelos. Pulverizando con método de joven intelectual de las izquierdas mexica- nas. Enterrando ordenadamente a quien desde hace tiempo comenzara a cavar su propia fosa; porque Vasconcelos, lo sabemos, lo presentíamos, ya no tenía más salida que hacer lo que desesperadamente está haciendo: desengañar a los jóvenes que en él creyeron, hacer reír a medio México y envalentonar de manera torcida a nuestra odiosa burguesía amamantada en las ubres de una prensa que cada día se pone más grosera e inmunda, abusando de un régimen tolerante y de una libertad de expresión llevada incluso a las bajezas más vergonzosas y a la difamación. Prensa local o internacional, acogedora para los que han llegado a ser nada más que “símbolos”, como Vasconcelos, pero símbolos de lo que ningún escritor debiera pensar siquiera. Un párrafo de la carta de Ramírez y Ramírez es el siguiente:

Sus argumentos sobre el Frente Popular nos son harto conocidos, aunque los hemos visto ex- puestos con más agilidad. Es cierto, y esto se reivindica como un honor, que la Internacional Comunista es la iniciadora del Frente Popular en todo el mundo. Pero es totalmente falso que el Frente Popular sea un simple disfraz o camuflaje de los comunistas. Como dijo Marx, los comunistas no tienen por qué ocultar sus propósitos últimos. 78

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Un ejemplo nomás de lo que este muchacho ha dicho y aclarado, no ya a Vascon- celos, sino a todos los que piensan erróneamente sobre la situación del Frente Popular en el mundo. Al final de la carta, que será difundida ampliamente para que se conozca el pensa- miento verdadero de la juventud mexicana, Ramírez y Ramírez dice honradamente que antes de cumplir 15 años participó en la campaña electoral de 1929, como un apasio- nado vasconcelista:

Lo fui porque mi concepción política de aquella época, demasiado confusa, no alcanzaba para más. 79 Pero lo fui con toda sinceridad. De entonces acá, afortunadamente, ha pasado algún tiempo y me ha sido posible evolucionar con más o menos rapidez, hasta llegar a ser comunis- ta. Esta es la razón que puede dar autoridad a mis palabras.

Así es como deben hablar siempre los jóvenes. Así es como debemos hablar siempre. No importa que caigan y caigan viejos ídolos despedazados por su propia y equivocada labor de mendicantes de la Orden de la Reacción más detestable y necia. A Ramírez y Ramírez damos las gracias y le felicitamos, porque ha dicho la opinión de la juventud de México acerca del “caso” Vasconcelos y derivados.

México, D.F., diciembre de 1936.

12. Primera conferencia nacional de los estudiantes comunistas 80

72 •

En el teatro Orientación de la Secretaría de Educación Pública habíamos estado en dife- rentes ocasiones. Admirando interesantes representaciones de teatro europeo y nortea- mericano 81 y de no menos interesantes obras mexicanas y algunos festivales sencillos. Aquí vimos piezas como Amadeo o los caballeros en fila, Riders to the Sea, Vivamos un sueño, Antes del desayuno, El viajero y el amor, etcétera; escuchamos una desoladora con- ferencia de don Enrique Fernández Ledezma sobre López Velarde; 82 asistimos a diversos mítines de mayor o menor importancia. Pero en estos momentos, noche brillante del 3 de diciembre, hacemos acto de pre- sencia en el citado local asistiendo a la sesión inaugural de la Primera Conferencia Na- cional de los Estudiantes Comunistas. Enorme y significativo acto. Se hallan agrupadas aquí delegaciones de casi toda la república; se encuentran reunidos por primera vez camaradas del norte, centro y sur del país que luchan desde hace tiempo con fe en la doctrina y sin temor alguno a los cacicazgos de provincia que ven el comunismo como un monstruo de cien feroces ca-

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bezas demoledor de todo, absolutamente todo lo existente sobre la piel de la Tierra. Se reconocen camaradas que nunca pensaron hablarse sino por medio de secas circulares y cartas políticas. Los de Matamoros y Monterrey nos preguntan quién de todos es Rafael Carrillo, quién Revueltas, quién Mondragón. 83 Los presentamos alegremente. Reímos y cantamos alborozados, encantados de nuestra filiación de jóvenes comunistas. Tenemos la alegría que desconocen los amargados y los eternamente tristes. Presiden un miliciano catalán, el dirigente chileno Elías Lafferte, Ramírez y Ramírez, Ambrosio González, Enrique Encinas, Rafael Carrillo, junto a varios estudiantes de pro- vincia. El teatro está a reventar. Resuenan nuestras canciones favoritas, La joven guardia, con sus dos tonadas, el Primero de mayo, nuestro ¡Alerta! y los “Triquitritrics” como entusiastas hurras a la juventud comunista, al partido, a los estudiantes campesinos, al Frente Popular Español, a los heroicos estudiantes cubanos y centroamericanos, a los estudiantes egipcios y chinos que han demostrado su abnegación en la lucha contra el

imperialismo y por la libertad de los pueblos oprimidos. 84 Hablan Carlos Sánchez Cárdenas y José Revueltas de la importancia de este primer congreso revolucionario, presidido a distancia por los jefes queridos, Stalin, 85 Dimitrov, Thaelmann. Agitan a la asamblea con sus voces nobles de jóvenes que día a día se agi- gantan destacándose como firmes dirigentes de masas juveniles. Recuerdan la olvidada línea errónea que tuvo la juventud comunista hace poco. “Nuestra antigua posición con respecto a los estudiantes ha cambiado —confiesa Revueltas— porque debemos atraer a otros grupos no proletarios del país desarrollando un trabajo popular de trans- formación, de unidad.” 86 Y pasa como una sombra trágica la verdad dolorosa: somos núcleos raquíticos apenas suficientes para oponernos a la reacción. La clase media organiza ya a la juventud más falsa de México. Organiza al chulismo nacional, a los jovencitos bien, a los niños bor-

bones, para enfrentarlos al “pobre y equivocado marxismo

oponer un indecoroso y estrecho nacionalismo al internacionalismo comunista, que es una consigna que nos enorgullece. El resto de los oradores diserta ágilmente sobre temas de actualidad, enfocando con gran acierto la atención de los asistentes hacia el problema a resolver: el de la unificación total de la juventud de México, fraternizando con la de toda América y el mundo entero. Se tocan las heridas causadas por lamentables desviaciones; se hace una severa au- tocrítica examinando realistamente la situación de las fracciones estudiantiles comu- nistas en el seno de las escuelas y dentro de la Universidad. 87 Se insiste a martillazos verbales sobre la indiscutible importancia de esta primera conferencia. ¡Qué vivos contrastes entre la deslucida actuación de la jovencita Julieta Rubio como único personaje de la obra de O’Neil Antes del desayuno —obra fuerte, magnífica, sin duda, pero empolvada por una mediocre dirección y una labor de actriz incipiente— y esta gran asamblea, rica en proyectos, poderosa por su tradición combativa y su heroicidad!

Pretende esa clase media

”.

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Es la tristeza de una farsa frente la solemnidad de un soberbio acto. No pretende-mos en manera alguna ridiculizar esa obra teatral, no. Simplemente hacemos un difícil pero muy plástico paralelo entre la ficción y la realidad. Asegurando que la iniciación de esta primera conferencia de estudiantes comunistas de todas las regiones del país será otra bofetada más en el rostro de los reaccionarios mexicanos. Afirmando que tendrá resonancia merecida. Otra vez se está viendo que somos los comunistas jóvenes quienes honradamente luchamos siempre y en todo momento por la unidad de todos los ele- mentos estudiantiles de la república. ¡Y que vengan ahora nuestros enemigos gratuitos a clamar que somos devoradores de niños y disgregantes de la sociedad !

74 •

13. Diálogo oído en un café 88

México, D.F., diciembre de 1936.

Un largo silencio inmóvil, pero animador y estimulante. La ciudad colérica comienza a dormir sus horas reglamentarias. Del cielo caen sombras y más y más densas, formando inquietos grupos fantasmales que se aprietan contra los muros, invadiendo ventanas, puertas, rincones, jardines, fuentes, monumentos, vehículos, mercados. Sombras san- grientas sobre esta ciudad o páramo, sobre esta llanura o bosque. O desierto dormido, apenas con bien definidas venas derramando su líquido de alegría falsa y destructora. Ciudad de más de un millón de habitantes. Hombres, mujeres, niños. Fábricas, esta- ciones de ferrocarril, cines y cines, teatros, sindicatos, cafés, parvadas de prostitutas y maricas. Talleres, templos mudos, cervecerías llenas de humo y saliva. El silencio sobre la ciudad. El chispazo de un anuncio con gas. Una puerta estrecha. Olor a pan de chinos. Un interior tibio, monótono. Café y cigarros, por favor. He venido hasta aquí por “inercia”, por vacilación y hasta por cansancio. Sólo un artículo logré terminar ahora. Y mañana hay que ir al cine. Me dicen que Motín a bordo es una excelente película. Y hay que caminar por las mismas calles, oyendo las mismas frases de los amigos de siempre. Y que odiar esta ciudad, tan áspera y sorda. Oigo una voz. Otra. Voces de hombres jóvenes. Conversan lánguidamente. Escucho, más por miedo a mi propio silencio que por interés. —¿Y por qué no? Hay una pausa que me parece grotesca. —No, no es posible. Yo no te obligo, mejor, no te obligamos a romper con tus creencias religiosas. Te dejamos en libertad. Sigue siendo católico, católico ferviente, pero no un tipo obcecado y necio. Te pedimos que comprendas una situación dada y que te definas,

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que te decidas, que intervengas, hermano, en una forma u otra. Tengo seis años de ser tu amigo y tres de ser izquierdista. Nunca lamentaré ninguna de las dos cosas. En serio. ¿Un Alas? —Gracias. Un chasquito seguido de un murmullo y después, creciendo, el silencio. ¡De todos

los poros de la ciudad el silencio! No la angustia; el silencio. Jamás la soledad; el sofo- cante silencio vulgar y manoseado por tantos indecentes cronistas de medianoche o representantes de la nada, es decir, por entes deshabitados. Casi hombres, casi mujeres que viven de su divino cinismo, de sus abnegados e inconfesables placeres.

Y las voces vecinas me contestan.

—El silencio humano es como un justo medio. Es una cobardía.

Pero, compréndeme, por Dios, ¿qué sé yo de

todo eso que hablas? Fachismo, comunismo, los poetas, los maestros, los estudiantes, España, Rusia, etcétera, etcétera. Yo soy un simple empleado, y ya. Me gusta bailar y se

acabó. Me intereso por la Simpson y el rey de Inglaterra, 89 por el partido de futbol del domingo, por —Bueno, ya. Pero un “bueno, ya” tajante, definitivo. Entonces comprendo: dos cuerpos, dos ce- rebros. Uno, ¿comunista, socialista? y otro blando, tibio, sin forma definida. Una voz grave, experimentada, intentando convencer. Convenciendo. Y una de fáciles diversio- nes, voz de dancing, voz esclava.

Y escribo. Escribo furiosamente. Mañana, dos poemas para María Esther; acabar

con la Antología de poetas españoles modernos que me prestó Carrillo; 90