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n. o 57/2012 6,50 € 10 PSICOBIOLOGÍA DE LA años OBESIDAD MMMMeenntteee cerebro Mente y
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n. o 57/2012 6,50 €

10 PSICOBIOLOGÍA DE LA años OBESIDAD MMMMeenntteee cerebro Mente y yy ccerreebbrroo Los hábitos de
10
PSICOBIOLOGÍA DE LA
años
OBESIDAD
MMMMeenntteee cerebro
Mente
y
yy
ccerreebbrroo
Los hábitos de sueño, los genes
y la personalidad influyen
en el peso humano
SERIE «EL HABLA» (VI)
¿ ROBOTS PARLANTES?
PSICOLOGÍA DEL DESARROLLO
EL SENTIMIENTO
DE POSESIÓN
NEUROCIENCIA
EL CEREBRO
ABDOMINAL
PSIQUIATRÍA
DEPRESIÓN, MÁS ALLÁ
DE LA TRISTEZA
PERSONALIDAD
LA OTRA CARA
DEL MAL HUMOR
NOVIEMBRE / DICIEMBRE 2012
0 0 0 5 7
9 771695 088703
Disponible en su quiosco el número de noviembre
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SUMARIO

SERIE

«EL HABLA» (VI)

¿ROBOTS PARLANTES? 18

SUMARIO SERIE «EL HABLA» (VI) ¿ROBOTS PARLANTES? 1 8 1 0 SENTIMIENTO DE POSESIÓN CEREBRO ABDOMINAL

10 SENTIMIENTO DE POSESIÓN

¿ROBOTS PARLANTES? 1 8 1 0 SENTIMIENTO DE POSESIÓN CEREBRO ABDOMINAL 64 PSICOLOGÍA DEL DESARROLLO 10

CEREBRO ABDOMINAL

64

PSICOLOGÍA DEL DESARROLLO

10 ¡MÍO!

Por Bruce Hood

A los tres años, los niños ya defienden con ímpetu sus juguetes. ¿Es la sensa- ción de posesión un sentimiento innato? ¿Por qué aparece un vínculo emocional hacia ciertos objetos?

NEUROLINGÜÍSTICA

18 ¿DÓNDE ESTÁN LOS ROBOTS PARLANTES?

Por Joshua K. Hartshorne

Durante décadas, los humanos han acariciado el sueño de crear una má- quina capaz de conversar. Pero primero debemos averiguar cómo sabemos lo que sabemos sobre el lenguaje.

DEPRESIÓN 56 70 NEUROIMÁGENES EMOCIONES METABOLISMO
DEPRESIÓN 56
70 NEUROIMÁGENES
EMOCIONES
METABOLISMO

26 LA CARA AMABLE DEL MAL HUMOR

Por Anna Gielas

Los aguafiestas pierden en popularidad frente a los optimistas, quizá porque no se conocen algunas de sus virtudes:

la buena memoria y una mente más despierta.

COMPORTAMIENTO

30 PERSONALIDADES QUE ADELGAZAN

Por Winnie Yu

¿Por qué a unas personas les cuesta más que a otras atenerse a los requisitos que impone una dieta? Los rasgos de perso- nalidad tienen mucho que ver en ello.

34 GENES DE PESO

Por Johannes Hebebrand y Stefanie Reinberger

Las personas con sobrepeso son las principales responsables de su aspecto, reza un prejuicio popular. Sin embargo, el volumen corporal depende en gran medida de la genética.

SUEÑO

40 DORMIR BIEN PARA COMER MEJOR

Por Manfred Hallschmid y Jan Born

La falta de sueño conlleva un dese- quilibrio en el balance energético del organismo, lo cual favorece la aparición de alteraciones metabólicas.

46 «El sueño no puede inducirse de forma intencionada»

Entrevista a Michael Schredl

CLAVES DE LA OBESIDAD

30

PERSONALIDADES QUE ADELGAZAN

34

GENES DE PESO

40

DORMIR BIEN PARA COMER MEJOR

PSIQUIATRÍA

56 MÁS ALLÁ DE LA TRISTEZA

Javier de Diego Adeliño y Víctor Pérez Sola

La depresión es uno de los trastornos psiquiátricos más frecuentes: afecta a unos 340 millones de personas en todo el mundo y se estima que en 2020 supondrá la segunda causa de discapaci- dad. ¿Qué sabemos hoy por hoy de esta enfermedad?

NEUROCIENCIA

64 DESDE EL CENTRO DEL CUERPO

Por Gabriele Moser

El tubo digestivo contribuye al estado de ánimo gracias a la red nerviosa intesti- nal y a sus numerosas comunicaciones con el cerebro. La psicoterapia aprovecha esa vía para combatir las enfermedades digestivas.

NEUROIMAGEN

70 PRIMEROS PLANOS

Por Ann Chin y Sandra Upson

Las técnicas de neuroimagen permiten inspeccionar y rastrear el interior de un cerebro, a la vez que ofrecen atractivas fotografías científicas.

PERCEPCIÓN

76 ¿DIESTRA O SINIESTRA?

Por Michael Springer

La corteza cerebral derecha transmite las sensaciones a la mitad izquierda del cuerpo, y viceversa. No obstante, tal principio omite parte de la realidad:

el cerebro nos «vende» un lado u otro según la situación.

SECCIONES

5

Encefaloscopio

Conducta

Medicina

Neurología

Psicopatología

Sexualidad

Bioquímica

Neurociencia.

48

Mente, cerebro y sociedad

Las raíces de la coerción sexual. Por F. Colmenares y P. Polo Alan Turing y la neurociencia. Por P. Larrañaga, C. Bielza y J. DeFelipe En busca de la felicidad en el trabajo. Por A. Rodríguez Sánchez y E. Cifre Mutaciones responsables del edema cerebral. Por X. Capdevila-Nortes y R. Estévez

82

Syllabus

Insomnio. Por K. Spiegelhalder y D. Riemann

86

Ilusiones

Tornar en invisible lo visible. Por C. Koch

89

Retrospectiva

Tres décadas de neuroteología. Por M. Blume

93

Libros

Subconsciente. Origen del lenguaje. Por Luis Alonso

DIRECTORA GENERAL Pilar Bronchal Garfella Laia Torres Casas EDICIONES Yvonne Buchholz Anna Ferran Cabeza Ernesto

DIRECTORA GENERAL Pilar Bronchal Garfella Laia Torres Casas EDICIONES Yvonne Buchholz Anna Ferran Cabeza Ernesto Lozano Tellechea PRODUCCIÓN M.ª Cruz Iglesias Capón Albert Marín Garau SECRETARÍA Purificación Mayoral Martínez ADMINISTRACIÓN Victoria Andrés Laiglesia SUSCRIPCIONES Concepción Orenes Delgado Olga Blanco Romero

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COLABORADORES DE ESTE NÚMERO

ASESORAMIENTO Y TRADUCCIÓN:

NOELIA DE LA TORRE: ¡Mío!, La cara amable del mal humor, Personalidades que adelgazan, Entrevista; BRUNO MORENO: ¿Dónde están los robots parlantes?; IGNACIO NAVASCUÉS: Genes de peso, Desde el centro del cuerpo; MAR SANZ PREVOSTI: Dormir bien para comer mejor, Syllabus; NÚRIA ESTAPÉ: Primeros planos, Encefaloscopio; M. a LUISA VEA SORIANO: ¿Diestra o siniestra?; LUIS BOU: Ilusiones; F. ASENSI: Retrospectiva

; L UIS B OU : Ilusiones ; F. A SENSI : Retrospectiva Portada: © Fotolia

Portada: © Fotolia / Pavel Losevsky

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Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción en todo o en parte por ningún medio mecánico, fotográfico o electrónico, así como cualquier clase de copia, reproducción, registro o transmisión para uso público o privado, sin la previa autorización escrita del editor de la revista.

ISSN 1695-0887

Dep. legal: B. 39.017 – 2002

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ENCEFALOSCOPIO

CONDUCTA

Licencia para pecar

Numerosas personas se toman el gusto de obrar de manera incorrecta tras acometer una buena acción

C ualquier persona que haya devorado alguna vez un pastelito con tres capas de chocolate después de realizar un ejercicio

físico intenso o una obra bondadosa conoce la sensación de darse

un capricho tras esa buena acción. No obstante, a menudo apli- camos este proceso de pensamiento en situaciones inapropiadas. Investigadores de la Universidad Nacional Sun Yat-Sen quisie- ron ahondar en el tema. Suministraron una pastilla de azúcar a 74 fumadores; a la mitad de ellos les aseguraron que se trataba de un suplemento de vitamina C. Acto seguido, todos los parti- cipantes debían responder una encuesta irrelevante. Si querían, podían fumar mientras contestaban. Aquellos que creían que

habían ingerido una vitamina consumieron el doble de cigarrillos que los que sabían que, en realidad, habían tomado un placebo. Según Wen-Bin Chiou, coautor del estudio, los individuos tuvieron la sensación, de forma consciente o inconsciente, de que el acto saludable de ingerir un suplemento vitamínico les concedía el derecho a tomar partido en el asunto. El mencionado estudio, publicado en la revista Addiction, es

el primero que examina el efecto de la concesión de licencias en

conductas relacionadas con la salud: investigaciones anteriores examinaron dicho efecto en relación al comportamiento moral.

En 2010, un experimento halló que cuando las personas com- praban productos ecológicos era más probable que engañaran

y robaran.

«Algunas veces, después de actuar conforme a nuestros ob- jetivos o estándares, es como si nos hubiéramos ganado algún

crédito moral con nuestra acción», señala Nina Mazar, psicóloga de la Universidad de Toronto y una de las autoras del estudio de los productos ecológicos. «Este crédito puede usarse a posteriori para involucrarse en conductas autoindulgentes o egoístas sin sentirse mal por ello», agrega. Un consejo para evitar la tentación de actuar de forma inade- cuada: recuerde que el sentimiento de «habérselo ganado» lleva al camino de la iniquidad.

Ashley Welch

ganado» lleva al camino de la iniquidad. — Ashley Welch MEDICINA Vencer el dolor sin que
ganado» lleva al camino de la iniquidad. — Ashley Welch MEDICINA Vencer el dolor sin que

MEDICINA

Vencer el dolor sin que pique

Encuentran la explicación a un frustrante efecto secundario de algunos analgésicos: el picor

M illones de personas se benefician de opiáceos (la morfina y codeína)

para aliviar el dolor, pero a menudo ese efecto se acompaña de un intenso picor. En algunos casos, la irritación resulta tan molesta que los pacientes optan por redu- cir el uso de analgésicos. Un estudio publi- cado en octubre de 2011 en la revista Cell ha encontrado una posible explicación. El cerebro dispone de cuatro tipos prin- cipales de receptores que responden a los opiáceos; cada tipo se compone de diversas variantes estructurales, las isoformas. La mayoría de los opiáceos son inespecíficos,

MENTE Y CEREBRO 57 / 2012

los opiáceos son inespecíficos, MENTE Y CEREBRO 57 / 2012 lo que significa que se unen

lo que significa que se unen a todas las isoformas. Eso lleva a un alivio poderoso del dolor, aunque no se sabe exactamente por qué. Un grupo liderado por Zhou-Feng Chen, de la Universidad de Washington en Saint Louis, mostró que solo una isoforma de un receptor opiáceo es responsable del co- mezón y no se halla implicado en el dolor. Según su estudio, ratones de una variedad genética que contiene menos de esos recep- tores concretos no se rascaron cuando se les administró un opiáceo, pero sí exhibieron los típicos signos conductuales de alivio del dolor (se estremecían menos cuando los in- vestigadores les tiraban de la cola). Se trata del primer paso para crear fár- macos que no obliguen a los pacientes a escoger entre escozor o dolor. —Erica Westly

5 5

NEUROLOGÍA

El cerebro balbuceante

El tartamudeo indica modificaciones masivas en el cableado cerebral, las cuales no solo afectan al habla

P óngase unos auriculares y suba el volumen, de modo que usted no pueda oír ni siquiera lo que está diciendo. Aquí es

cuando se produce el milagro en las personas que padecen tar- tamudez: al no poder oír su propia voz dejan de tropezar con sus palabras, como aparece en el filme El discurso del rey. Este sencillo

truco funciona debido a la inusitada organización neuronal del cerebro de estos sujetos, estructura que, según un nuevo estudio, afecta a otras funciones además del habla. La dicción normal exige que el encéfalo controle el movimien- to de la boca y las cuerdas vocales. Para conseguirlo, se sirve del sonido de la propia voz del hablante como guía. Esta integración de movimiento y audición suele tener lugar, normalmente, en el hemisferio izquierdo, en la corteza premotora. En los individuos con tartamudez, sin embargo, tal proceso se realiza en el hemis- ferio derecho, quizás a causa de algún leve defecto en el izquierdo. En el can- to se precisa una integración similar de las señales auditivas y del control

motor, pero el procesamiento de esta información se produce en el hemis- ferio derecho, lo que puede explicar por qué las personas que padecen esta alteración de la comunicación cantan sin tropiezo alguno. Un trabajo publicado en septiem- bre de 2011 en Cortex revela que la

insólita organización neural subyacente al tartamudeo incluye tareas motoras desligadas del habla. Un grupo de 30 adultos, la mitad de los cuales tartamudeaba y la otra mitad no, tenía que marcar el ritmo, dando golpecitos con un dedo, en sincronía con un metrónomo. Cuando los científicos interfirieron el funciona-

miento del hemisferio cerebral izquierdo mediante estimulación magnética transcraneal (técnica no invasiva que amortigua la actividad cerebral de forma temporal) a los probandos de control les resultaba difícil entrar a tiempo; los que presentaban tarta- mudez, sin embargo, no se equivocaban. Cuando se procedió a interferir el hemisferio derecho, los resultados fueron inversos:

los individuos con tartamudez erraban; los otros no. Según el autor principal del estudio, Martin Sommer, de la Universidad de Göttingen, la deficiencia levohemisférica subya- cente al tartamudeo causa problemas en la integración sensorial de modo general, no solo en el habla, como se creía hasta ahora. Parece que el he-

misferio derecho entra en acción para compensar la alteración, igual que en los pacientes de infarto cerebral. Mas esa parte del cerebro no ha evolucio- nado para encargarse de dicha tarea, de ahí que aparezcan trastornos como el tartamudeo.

—Carrie Arnold

Aaaaaaa
Aaaaaaa
trastornos como el tartamudeo. —Carrie Arnold Aaaaaaa PSICOPATOLOGÍA Las raíces cognitivas de la ingesta

PSICOPATOLOGÍA

Las raíces cognitivas de la ingesta compulsiva

Deficiencias en la concentración y la autocomprensión se asocian a los trastornos de la conducta alimentaria

A pesar de que desde hace décadas existe el consenso de que los tras-

tornos de la conducta alimentaria (TCA) no se deben solo a un problema con la co- mida, todavía se trabaja para desentrañar las complejas raíces psicológicas, cultura- les y fisiológicas de psicopatologías como el trastorno alimentario compulsivo, o por atracón, y la bulimia. En la actuali- dad, un número creciente de estudios revela que este tipo de enfermedades se encuentran asociadas a déficits de aten- ción y a una autoconciencia limitada. En la Universidad de Ginebra pusieron a prueba las capacidades cognitivas de tres

grupos de sujetos: personas con obesidad

y trastorno alimentario compulsivo, pro-

bandos con obesidad pero sin trastorno por atracón y un grupo de control integra- do por individuos de peso normal. Según

los resultados, a las personas con obesidad les resultaba más complicado inhibir y centrar la atención, carencias más percep- tibles si, además, padecían un trastorno alimentario compulsivo. Los autores pu- blicaron en la revista Appetite el agosto pasado que existe una correlación entre el aumento de los problemas cognitivos

y de inhibición y el empeoramiento de la conducta alimentaria.

Un estudio publicado por las mismas

fechas en el Western Journal of Nursing Research exponía que las puntuaciones bajas en las funciones ejecutivas (capa- cidad cognitiva de autocomprensión y autorregulación) se correlacionaban tan- to con la obesidad como con los síntomas del trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Concentrarse en la propia comida se relacionaba con comer menos durante el día. Otros trabajos han aso- ciado la distracción con la sobreingesta. Las distintas investigaciones sugie-

ren que el tratamiento del trastorno alimentario compulsivo debería incluir

© FOTOLIA / JAIMIE DUPLASS

10 AÑOS, 1100 ARRTTTTTÍCUUUULLLLOOOOSSSS DE REGALO Mente y ccerebro acaba de cummplplirir ddiez años. Paaraa
10 AÑOS, 1100 ARRTTTTTÍCUUUULLLLOOOOSSSS DE REGALO
Mente y ccerebro acaba de cummplplirir ddiez años. Paaraa ccelelebebrararr este aniversario ,,
obsequiamos a nuestross leectotoreess ccon una selecciói n de diez artíícuculoloss
fundamentales sobre nneurollogíaía, publicados en MyMyC por destacadoss
10
neneurococieientntíficocoss espapañoñoleless a lo llargog
ddee esestete ddecenio:
años
HIHIISTSTSTSTSTSTORORORORORORIAIAIAIA
1. El punto de partida dede llaa oobra neueurorohistológica de Cajal,
J. M. López Piñero, MyMyC 1, 22002.
Mente y cerecerebbrrrroo
MMMMMMeennttttee cerebro
y
ANATOMÍAA
22.2.
Esspinas y filopodiooss en el cerrebro, C. Portera Cailliau y CC. Rafael Yuste,
MyMyCC 9,9, 2004.
3.
Estructura y organanizización de lla corteza visual primaria, F. Valvlvererde, MyC 6,6, 2004.
66 2004
4.
Células madre dee la médula ósea, S. Maartínez,, MyC 12, 2005.
5
Células gliales, BB. Castellano y B. González de Mingo,o MMyCyC 13, 200005.5.
6.6.
Oídos artificialees, E. A. López PPoveda y R. Meddis, MyC 10 2005.
DESAARRRROOLLLLOLLOOO Y FISSIIOLOOOGGGÍA
7.7.
Plasticidadd neural, M. Nieto Sampedro, MyC 4, 2003.
8.
Comuniicacación neuronal, J. Lerma, MyC 12, 2005.
PAPATOTTOTOTOT
LOLOLOLOGÍGÍGGÍGG ASASAASS
9.9 Esclerososis lateral amiotrófica, J. E Esquerda, MyC 17, 2006.
1010. Basesess bioquímicas de la esquizoffrenia, J. L. Moreno, M. Fribibouourrg y J. González Maeso, MyC 44, 20201010.
Hasta fin de añño, desesscargue gratis lol ss PDF en
wwwwwwww.w.inininininvevests iigacacionycienciciiaa.eses

el refuerzo de funciones menta- les, en especial, la atención y la autoconciencia. En este sentido, en septiembre de 2011 el Journal of Black Studies informaba que el análisis de la influencia de la identidad étnica en la autocom- prensión del individuo podría ayudar a prevenir los trastornos alimentarios. Basándose en en- cuestas, Mary Shuttlesworth, de la Universidad de Maryland y autora de la investigación, descubrió que las mujeres afroamericanas con niveles más elevados de identidad étnica presentaban una probabi- lidad menor de desarrollar un cuadro de conducta alimentaria compulsiva y bulimia; en cambio, las mujeres caucasianas con un

alto grado de identificación con su etnia mostraban un mayor riesgo de padecer un TCA. Shuttlesworth explica que los ideales caucasianos tienden a en- fatizar la delgadez y a centrarse en la apariencia física, mientras que la idea de belleza en la cul- tura afroamericana incluye otros aspectos de la persona aparte de la apariencia: «Acepta las distin- tas formas y tamaños del cuerpo y permite que la belleza englobe personalidad, estilo y actitud». La investigadora propone que los programas de prevención de los TCA incluyan los elementos que caracterizan la identidad étnica afroamericana.

—Tori Rodriguez

los elementos que caracterizan la identidad étnica afroamericana. —Tori Rodriguez MENTE Y CEREBRO 57 / 2012
los elementos que caracterizan la identidad étnica afroamericana. —Tori Rodriguez MENTE Y CEREBRO 57 / 2012

SEXUALIDAD

No soy yo, somos nosotros

Los problemas en la relación de pareja son la principal causa de la disfunción sexual femenina

A ntes conocida como frigidez, la dis- función sexual femenina (DSF) ha

supuesto siempre un diagnóstico contro- vertido. Los estudios recientes apuntan

a las relaciones insatisfactorias y al ren-

dimiento masculino como factores de riesgo. ¿De quién es el problema? La DSF consiste en un diagnós- tico general sobre dificultades en una o más de cuatro áreas concre- tas: deseo, dolor, excitación y orgas- mo. Ahora bien, la controversia en torno a la DSF se ha centrado en dos cuestiones clave: si aquellos que se empeñan en considerarlo un tras- torno fisiológico obtienen algún be- neficio al medicalizarlo o si refleja el intento de la sociedad de pato- logizar la sexualidad femenina, la cual es variable por naturaleza. Se- gún la sexóloga Andrea Burri, del Hospital Santo Tomás del Colegio Real de Londres y autora de un es-

tudio publicado en septiembre de 2011 en el Journal of Sexual Medicine, «des- cribir una disfunción sexual como una anomalía de causa fisiológica deja fuera

factores relacionados con la sexualidad de

la pareja de la paciente y factores de socia-

lización. Creo que estamos usando el tér- mino de un modo demasiado arbitrario».

A pesar de que Burri acepta que algunas

mujeres sufren un impedimento fisioló- gico que contribuye al desarrollo de pro- blemas sexuales, piensa que usar criterios

diagnósticos sueltos clasifica sin exactitud

que no funciona en la mujer que «lo sufre», cuando en realidad es la relación el centro del problema. El estudio también halló que la ansiedad, la experiencia de abuso y el trastorno obsesivo compulsivo predecían con frecuencia la DSF crónica.

mas a través de la inclusión de la angustia personal como criterio diagnóstico de la disfunción sexual femenina. Dolor du- rante el acto sexual o ausencia de deseo, excitación u orgasmo no suponen un tras- torno a no ser que causen un trastorno en la mujer. Ello no incluye la angustia

que podría sentir ante la reacción de su pareja en la cama, explica Marita McCabe, de la Universidad de Deakin en Melbourne. Sin embargo, Burri advierte que el criterio de angustia presenta algunos obstáculos: «Una proporción considerable de mujeres que no refieren tener un problema se- xual sí que expresan sentirse angus- tiadas acerca de su nivel de funciona- miento sexual, de modo que surge la cuestión de qué provoca que la mujer sienta ansiedad sexual. ¿Es en verdad un sentimiento intrínseco o lo causan las expectativas sociales?». Sin tener en cuenta sus causas, la angustia en el sexo puede tratarse.

McCabe demostró en octubre de 2011 que la terapia a través de Internet conseguía disminuir la disfunción sexual femenina

si el tratamiento se centraba en tres obje-

tivos principales: ayudar a las usuarias a sentirse más cómodas con su cuerpo, dis-

minuir la ansiedad en situaciones sexuales

y mejorar la comunicación con su pareja. —Tori Rodriguez

© FOTOLIA / PHB.CZ
© FOTOLIA / PHB.CZ

Asimismo, un estudio de junio de 2011 apuntaba las relaciones insatisfactorias como factor de riesgo para la DSF, además de la eyaculación precoz en el hombre. En este último caso, la disfunción del varón se convierte en la de la mujer, oscurecien- do todavía más el diagnóstico. En la actualidad, los investigadores tra- tan de minimizar algunos de esos proble-

a

demasiadas mujeres en la categoría de

la

disfunción.

Burri evaluó para el diagnóstico de DSF a unas 1500 mujeres del Reino Uni- do. El 5,8 por ciento de ellas refirió tener problemas sexuales en fecha reciente, y un 15,5 por ciento indicó que presentaba una disfunción a lo largo de toda su vida. El deseo hiposexual fue el problema más destacado, y el factor que predecía la DSF con más frecuencia fue la insatisfacción en las relaciones. Esos datos apoyaban la crítica de que el concepto de DSF resulta engañoso porque implica que hay «algo»

BIOQUÍMICA

Una hormona de doble filo

Una prometedora diana farmacológica para medicamentos contra alteraciones anímicas alivia la ansiedad, pero también la causa

S i alguna vez ha entrado en un lugar ruidoso y ha sentido un subidón de

adrenalina, ha experimentado los efec- tos de la hormona liberadora de la corti- cotropina (CRH, por sus siglas en inglés). Dicha hormona desencadena la conocida respuesta de enfrentamiento o huida:

palpitaciones, respiración entrecortada, manos sudorosas. Actúa como un men- sajero químico y desempeña una fun- ción en la ansiedad y la depresión. Pero dicha función resulta más compleja de lo que nadie había sospechado. Hace diez años se descubrió en anima-

NEUROCIENCIA

Comida envasada e hiperactividad

Una sustancia química que incluyen numerosos plásticos afecta al desarrollo del cerebro del feto

E n la última década, el bisfenol A (BPA) se ha convertido en un compuesto familiar para las embarazadas. Un estudio

reciente sugiere que la exposición prenatal al BPA, no duran-

te la infancia, puede relacionarse con ansiedad, depresión y dificultades de control del comportamiento, sobre todo en niñas de tres años de edad. Más de un 90 por ciento de ciu- dadanos de EE.UU. presenta niveles detectables de BPA en la orina. Para la mayor parte de estas personas, la fuente de exposición a dicha sustan- cia consiste en la dieta. El BPA es un componente de la resina que cubre las latas de comida y los plásticos de algunos envases de alimentos y recipientes de bebidas, y se disuelve en los contenidos comestibles. Otras fuentes de exposición a BPA son tu- berías de suministro de agua y reci- pientes de papel. El equipo de Joe M. Braun, de la Universidad Harvard, estudió a 240 mujeres y a sus hijos de la zona de Cin- cinnati. Los investigadores recogieron muestras de orina de las madres dos veces durante el embarazo y a las 24 horas del parto; también de sus bebés a las edades de uno, dos y tres años. Se detectó BPA en el 97 por ciento de las muestras. Además preguntaron a los progenitores acerca de la conducta y las funciones ejecutivas (autocontrol y regulación emocional) de

sus hijos. ¿Resultado? Cuanto mayor había sido la exposición de los niños al BPA en el útero, más ansiosos, deprimidos e hiperactivos se mostraban a los tres años y mayor dificultad presentaban para controlar sus emociones e inhibir sus con- ductas. Los efectos se revelaron más graves en las niñas. Tal como publicaba en noviembre de 2011 la revista Pediatrics, no se encontró ninguna correlación entre la conducta de los infantes y la exposición al BPA después de nacer. «Para establecer los mecanismos precisos que subyacen al efecto del BPA en la conducta habrá que trabajar más», observa Braun. El BPA interfiere con el estrógeno (hormona sexual). En el cerebro esa acción podría afectar la migración y supervivencia de las neu- ronas. «Es justo decir que existe una preocupación razonable acerca de la toxicidad del BPA», apunta Braun. Por suerte es posible disminuir la exposi- ción a la susodicha sustancia a través de la dieta. Según informaron los mis- mos investigadores en julio de 2011 en la revista Environmental Health Pers- pectives, veinte de los participantes cambiaron su dieta habitual, que in- cluía comida enlatada y empaquetada, por una a base de alimentos frescos. El cambio en la alimentación redujo los niveles de BPA en un 66 por ciento a los tres días.

—Aimee Cunningham

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les que la CRH contribuye a la ansiedad y a la depresión, hallazgo que se aprovechó para desarrollar fármacos que bloquean las acciones de esta hormona en el cere- bro. No obstante, los ensayos clínicos en pacientes de estos ansiolíticos y antide- presivos han resultado decepcionantes. En septiembre de 2011, Science publicaba el porqué. Jan M. Deussing, del Instituto Max Planck de psiquiatría en Múnich, y su equipo crearon ratones transgénicos en los que algunas de sus células cerebra- les carecían de los receptores necesarios

para detectar la presencia de CRH. Al no poseer este receptor en las neuronas que producen el neurotransmisor glutamato, los roedores manifestaban menos ansie- dad, como era de esperar. Sin embargo, la ausencia de dichos receptores en las neu- ronas dopaminérgicas provocaba que los múridos se volvieran más ansiosos. Cuando esos dos tipos de células ner- viosas interaccionan con la CRH, presen- tan exactamente efectos opuestos en lo que se refiere a la conducta relacionada con la ansiedad, indica Deussing. Debido

a que los fármacos «ineficaces» limitaban

la cantidad de hormona disponible para todos los tipos de neuronas, terminaban

por bloquear sus acciones en aquellas que

a su vez producen y previenen la ansiedad.

Ese hallazgo reafirma la creencia creciente de que los trastornos del ánimo no son el resultado de un simple desequilibrio químico, sino de cambios sutiles en múlti- ples sistemas cerebrales. «La red es mucho más compleja de lo que se había pensado antes», concluye Deussing. —Stephani Sutherland

¡ Mío!

A los tres años, los niños ya defienden con ímpetu sus juguetes. ¿Es la sensación de posesión un sentimiento innato? ¿Por qué aparece un vínculo emocional hacia ciertos objetos?

RESUMEN

Tener y retener

1 El concepto de pose- sión se desarrolla a

temprana edad. Los niños limitan la propiedad a sus propias pertenencias.

2 Las personas valoran más un objeto cuan-

do les pertenece. El efec- to de dotación aparece ya a los seis años.

3 A lo largo de la vida, los objetos sirven

para expresar la propia identidad, sobre todo en las culturas occidentales.

BRUCE HOOD

H anna observa emocionada la mariposa de plastilina que acaba de moldear. «¿De

quién es la plastilina que has usado?», le pre- gunta Patricia. «Tuya», responde Hanna. «¿Y de quién es esa mariposa?». «Mía», contesta esta vez. Hanna es una niña de tres años a la que he- mos invitado a nuestro laboratorio en Bristol. Patricia Kanngiesser, una investigadora del mismo centro; con ella investigamos cómo se forma el sentimiento de propiedad en los ni- ños. Para ello ideamos escenas estructuradas en las que los probandos se prestan, intercam- bian y venden objetos. Se trata de experimen- tos de economía del comportamiento, área de investigación centrada en analizar los procesos cognitivos que impulsan a las personas a tomar decisiones sobre la propiedad y las transaccio- nes. En definitiva, nos interesamos por uno de los más controvertidos temas de la humanidad:

la conducta en torno a la propiedad. El concepto de posesión se desarrolla a tem- prana edad y a lo largo de la vida usamos los objetos para expresar nuestra propia identidad. El simple hecho de que hayamos escogido un elemento le confiere mayor valor en nuestra mente que otro idéntico pero que no hemos se- leccionado. Ese sentimiento parece sustentarse, en parte, en mecanismos cerebrales que evalúan

las potenciales ganancias y pérdidas según el significado emocional que nos representan. En las culturas occidentales, los humanos tratan a los objetos como extensiones de sí mismos, lo cual explica por qué algunas personas reac- cionan de forma exagerada ante la pérdida o el daño a las pertenencias personales.

Propiedad sentimental

Al parecer, somos la única especie animal que fabrica y codicia pertenencias. Otros primates son capaces de elaborar herramientas rudi- mentarias (con el propósito de partir frutos secos o escarbar en las colonias de termitas, por ejemplo), sin embargo suelen deshacerse de esos artilugios tan buen punto han cumpli- do su función. Algunos animales, en especial ciertas aves, recolectan objetos o incluso los «roban» —es un decir, ya que resulta dudoso que comprendan el derecho de propiedad—. Las urracas manifiestan una atracción especial por las cosas brillantes. Por su parte, el ave del pa- raíso macho de Australia almacena todo tipo de elementos con el fin de fabricar artilugios que resulten atractivos a las hembras de su especie; en otras palabras, forma parte de su ritual de cortejo. En estos casos, se trata de patrones de conducta instintivos. En cambio, desde el inicio de la civilización, los humanos recolec-

© DREAMSTIME / KIRILL MEDVEDEV

© DREAMSTIME / KIRILL MEDVEDEV INSEPARABLES En los países occidentales, seis de cada diez niños poseen

INSEPARABLES En los países occidentales, seis de cada diez niños poseen un juguete favorito e intransferible. En Japón, en cambio, el porcentaje no alcanza el cuarenta por ciento.

BLICKWINKEL / G. KOPP

BLICKWINKEL / G. KOPP OBJETOS ATRACTIVOS Diversas especies forjan lazos con los objetos. Las urracas se

OBJETOS ATRACTIVOS Diversas especies forjan lazos con los objetos. Las urracas se ven atraídas por materiales brillantes. No obstante, solo los humanos codician realmente la propiedad.

tan, producen, intercambian y valoran para su propio beneficio. Un bloque de ocre gravado con cruces hallado en la provincia occidental de El Cabo en Sudá- frica es uno de los testimonios más antiguos de tal propensión. Posiblemente se consideraba una obra de arte o un objeto sagrado. Ahora, tal reliquia sugiere que desde hace al menos 70.000 años, los humanos fabrican y atesoran objetos por su valor estético. Incluso los elementos artís- ticos de la etapa tardía del Pleistoceno aparecen más elaborados y laboriosos. Así pues, nuestros ancestros invertían tiempo y esfuerzo conside- rables en crearlos, en lugar de, por ejemplo, bus- car alimentos o cazar. Hoy por hoy, mantenemos la necesidad de pertenencia. También forjamos vínculos emo- cionales con ciertos objetos que superan su uso

funcional y valor mercantil. Ese sentimiento emerge a temprana edad: alrededor del 60 por ciento de los niños occidentales poseen una mantita, un juguete, un muñeco o un peluche del que rechazan separarse. Esos objetos, algu- nos harapientos o desgastados, los consideran únicos e irreemplazables. Los niños se niegan a sustituirlos por copias idénticas o versiones más actuales. Por otro lado, un vínculo con más de un objeto resulta poco común.

El origen de la pronta atadura a un objeto pre- ferido de los niños de países occidentales se deba probablemente a que se les insta a dormir solos

a temprana edad. Los críos encuentran mantas o

animales de peluche en la cuna, los cuales usan para consolarse a sí mismos. En 2003, Mieko Ho- bara, del Instituto Psiquiátrico estatal de Nueva York, señaló que los objetos con los que se crea ese tipo de vínculo resultan menos frecuentes en Japón, donde los niños duermen con su ma- dre hasta mitad de la infancia. (Solo el 38 por ciento de los niños japoneses estudiados dispo- nía de esa clase de artilugio.) El aprecio extremo por un objeto especí- fico aumenta entre el primer y el tercer año de vida, se mantiene entre los tres y cuatro, y disminuye alrededor de los seis años. El trau- ma que se experimenta con la pérdida de tales pertenencias sentimentales presenta una base fisiológica. En un estudio publicado en 2010, pedimos a 31 adultos que rompiesen fotogra- fías de los objetos sentimentales de su infan- cia. Dicha acción provocaba ansiedad en los probandos, fenómeno que pudo comprobarse

a través de los cambios de conductancia eléc-

trica de la piel. Al solicitar a los participantes

que destruyesen las instantáneas de objetos de valor pero por los que no sentían ningún tipo de vínculo emocional (el teléfono móvil, por ejemplo), registramos una respuesta psicofi- siológica mucho menor.

Somos lo que tenemos

No solo los objetos preferidos incitan el senti- miento de propiedad. Los niños pequeños se pe- lean con frecuencia por juguetes y otros chismes con el fin de establecer su identidad y estatus social dentro del grupo. Con frecuencia se oyen el estridente grito de «¡Mío!», acompañado de lloros y pataletas a pesar de los esmerados in- tentos de los padres por persuadir a sus hijos de que: «Compartir es bueno». El psicólogo William James (1842-1910) fue uno de los primeros en percatarse de que las po- sesiones cumplen una función destacada como

© ISTOCKPHOTO / SEGRAY

marcadores de la propia identidad. En 1890, Ja- mes escribió en sus Principios de psicología: «El yo del hombre es la suma total de todo lo que puede decir que es suyo, no solo su cuerpo y sus habilidades psíquicas, también su ropa y su casa, su mujer e hijos, sus antepasados y amigos, su reputación y trabajos, sus tierras, sus caballos, su yate y su cuenta bancaria». Puesto que las personas se definen, en parte, en base a sus pertenencias, perciben a menudo

la pérdida de estas como humillante. En la pri-

sión se despoja a los reclusos de sus posesiones con el propósito de erradicar el sentimiento del yo. Algunas de las imágenes más estreme- cedoras de los campos de concentración nazis muestran las montañas de objetos personales sustraídas a las víctimas con la intención de

desposeerlas de su identidad. En 2005, Michel Levi-Leleu, ingeniero jubilado de 66 años, llevó a su hija a ver una exposición sobre el holocausto en París, muestra prestada por el Museo estatal de Auschwitz-Birkenau. Entre la colección, divi- só la maleta de cartón de su padre deportado, con sus iniciales y dirección postal. Levi-Leleu pidió que se la devolvieran, lo cual le condujo

a una batalla legal con el museo. Cuatro años

después, las partes establecieron un acuerdo por

el que la maleta permanecía en préstamo en la

exposición. Las posesiones también expresan las prefe- rencias personales. Las personas compran los productos que, en su opinión, reflejan las cua- lidades con las que les gustaría verse asociadas.

Los publicistas explotan dicha tendencia desde hace años: cuanto más éxito logra una marca, mayor es el vínculo emocional al producto en cuestión. Relojes Rolex, iPods y zapatillas depor- tivas Nike ofrecen ejemplos de objetos de marca por los que algunos sujetos han llegado a perder

la vida en su intento de defenderlos ante el pro-

pósito de los ladrones. Russell W. Belk, profesor de marketing de la Universidad York en Canadá, denomina esa perspectiva materialista el «yo extendido». So- mos lo que poseemos, por lo que cuando nos roban, dañan o perdemos nuestras posesiones, nos parece una tragedia personal. Unos meses atrás experimenté dicha sensación en mis pro- pias carnes. Sin estar particularmente orgulloso de mi coche, me sentí turbado cuando vi que alguien había rayado la pintura de mi Golf; me pareció como si hubieran perpetrado el crimen de manera intencionada contra mí. En lugar de reconocer que el acto había sido fortuito, me puse furioso. Que alguien dañe tu propiedad

personal puede removerte las emociones más viscerales.

El efecto de dotación

Incluso el vínculo más efímero con un objeto es capaz de influir sobre nuestras decisiones. En un estudio de 1991, ya considerado un clásico de la economía conductual, el premio Nobel Daniel Kahneman y sus colaboradores de la Universidad de Princeton repartieron tazas de café a 6 dólares cada una (algo más de 4 euros actuales) entre estudiantes universitarios de Cornell. Solicitaron a los probandos que ven- dieran los recipientes a sus compañeros. Con ello, los estudiantes alternaban sus papeles de comprador y vendedor a lo largo de diversas transacciones. Los investigadores compararon la oferta y la demanda de la mercancía. Para su sorpresa, hubo poca actividad comercial. ¿Por qué? La discrepancia entre los precios de ofer-

PREFERENCIA POR LAS MARCAS Con frecuencia, los objetos funcionan como extensiones del yo. Los consumidores tienden a elegir marcas que expresan las cualidades de quiénes son o cómo les gustaría ser.

a elegir marcas que expresan las cualidades de quiénes son o cómo les gustaría ser. MENTE

ALAMY

Las posesiones también expresan las preferencias personales

IDENTIDAD ROBADA Al despojar a un preso de sus pertenencias, se le arrebata una parte de su identidad.

ta y demanda parecía la causa: los estudiantes elevaban más el valor de sus propias tazas que el coste de las tazas idénticas de los demás, lo cual incrementaba los precios de venta y dis- minuía los de compra. Este efecto de dotación se ha replicado en numerosas ocasiones y con diversos productos (desde botellas de vino hasta barritas de chocolate). La sola posibilidad de poseer un determinado objeto provoca que se valore más el producto, sobre todo si el interesado ha tenido la oportuni- dad de manipularlo antes de su compra. En 2008, James Wolf, de la Universidad estatal de Illinois, y sus colaboradores de la Universidad estatal de Ohio, simularon una subasta (de nuevo, tazas de café) con 84 estudiantes. La mitad de los par- ticipantes manipularon las vasijas durante diez segundos antes de su puesta a la venta; el resto de los probandos disponía de tres veces más de tiempo para tocarlas. La media de la oferta gana- dora de los participantes que pudieron examinar los recipientes durante 30 segundos fue mayor (5,80 dólares; unos 4,60 euros), en comparación con la media del grupo de diez segundos (3,70 dó- lares; unos 2,90 euros). En breve, el efecto de do- tación aumentaba en los sujetos que estuvieron más en contacto con los objetos a subasta.

Los científicos repitieron el experimento con otros 60 estudiantes, con el propósito de com- probar si el incremento inducido por la competi- ción en directo podía influir en la valoración de los objetos que se habían manipulado durante más tiempo. Para ello utilizaron un procedi- miento de oferta con límite: la oferta máxima se entregaba en un sobre. A pesar de ello, la oferta media continuaba siendo mayor (3,07 dólares; 2,43 euros) entre los que examinaron las tazas durante más tiempo que la de los estudiantes que gozaron de un menor contacto (2,24 dóla- res; poco más de 1,75 euros). De todos modos, el hecho de que el precio ofertado resultase infe- rior a la puja en directo indica que la escena en vivo desempeña algún tipo de efecto. Además, cuanto más tiempo aguantaba un individuo la oferta máxima en una puja en directo, de ma- nera que aumentaba su esperanza de lograr una propiedad futura, más pagaba ese comprador respecto al precio que estaba dispuesto a pagar en un principio, conducta conocida como «fiebre de la puja». Una explicación aceptada acerca del efecto de dotación es que refleja la aversión a la pérdida. Según esta teoría, destacada por Kahneman y sus colaboradores, las personas consideran que la pérdida es menos deseable que una ganancia del mismo valor. Dicho de otro modo, tememos más a las pérdidas de lo que nos alegramos ante las ganancias.

de otro modo, tememos más a las pérdidas de lo que nos alegramos ante las ganancias.

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GETTY IMAGES Brian Knutson, de la Universidad Stanford, y sus colaboradores han descubierto patrones de actividad

Brian Knutson, de la Universidad Stanford, y sus colaboradores han descubierto patrones de actividad neuronal compatibles con la idea de que las reacciones emocionales ante pérdidas y ganancias potenciales alimentan el efecto de dotación. En 2008, con ayuda de imágenes por resonancia magnética funcional, registraron un aumento de la actividad en el núcleo accumbens (región del sistema cerebral del refuerzo) cuando los sujetos observaban productos de su agrado, independientemente de si los compraban o ven- dían. Cuando creemos que podemos comprar un artículo por un precio negociado, también se activa la corteza prefrontal medial (otra de las áreas del sistema de refuerzo). Sin embargo, ello no ocurre si el precio resulta muy elevado. Cuan- do se solicitaba a los probandos que vendieran un objeto deseado por un precio inferior al que se habían propuesto en un inicio, se activaba en su cerebro la ínsula del hemisferio derecho. La activación de dicha región señala la discrepancia entre las metas anticipadas y los resultados, por lo que puede considerarse el correlato neuronal de la decepción. Por otra parte, cuanto mayor era la actividad en la ínsula derecha, más pronun- ciado resultaba el efecto de dotación, es decir, más sobrevaloraba el participante el objeto que debía vender. Tales hallazgos con neuroimagen aportan un sustento biológico a la aversión a la pérdida; la discrepancia entre el valor percibido y el precio de venta que se ofrece produce una respuesta negativa. En definitiva, no se trata simplemente

de sesgos que desarrollamos hacia los objetos que nos pertenecen, también nos sentimos mal por venderlos a un precio inferior del que con- sideramos adecuado.

El tejemaneje de los monos

El efecto de dotación ya se manifiesta en los niños de seis años, fenómeno que sugiere que se trata de un mecanismo básico de la cogni- ción humana. Sin embargo, también otros pri- mates lo manifiestan. En 2007 Sarah Brosnan, por entonces en la Universidad Emory, y sus colaboradores publicaron un estudio en el que chimpancés entrenados previamente intercam- biaban su comida y juguetes (trozos de cuerda anudada, entre ellos) por otros objetos. Obser- varon que los primates se mostraban reacios a

DE: B. KUTSON ET AL. EN NEURON, VOL. 58, PÁGS 814-822, 2008; REIMPRESO CON PERMISO DE ELSEVIER / CCC

PÁGS 814-822, 2008; REIMPRESO CON PERMISO DE ELSEVIER / CCC ATAQUE PERSONAL Cuando dañan nuestras perte-

ATAQUE PERSONAL Cuando dañan nuestras perte- nencias materiales, podemos llegar a percibir el acto como un ataque personal.

LO PROPIO VALE MÁS La actividad en la ínsula derecha (naranja) refleja nuestra tenden- cia a sobrevalorar lo que posee- mos. El área se ilumina cuando vendemos una propiedad por un precio inferior al deseado. La activación de esta región cerebral manifiesta nuestra decepción.

Los monos capuchinos aprendieron rápidamente a negociar con los científicos que les proponían las mejores ofertas

negociar con sus alimentos a cambio de nuevos comestibles, aunque sí lo hacían con sus jugue- tes. Por lo general, los animales no mostraban una preferencia por un alimento en concreto cuando se les ofrecía la oportunidad de elegir entre varios de ellos. Así pues, los chimpancés concedían mayor valor a los comestibles una vez les pertenecían. Venkat Lakshminaryanan, de la Universidad Yale, y sus colaboradores se propusieron exami- nar si otras especies de primates no humanos entrenados para comprar y vender alimentos mostraban un comportamiento similar al de los chimpancés. Para ello enseñaron a monos capuchinos a intercambiar fichas por comida. También proporcionaron a los animales peque- ños monederos donde guardar su «dinero». Los capuchinos aprendieron rápidamente a comer- ciar con los investigadores que les ofrecían un mejor negocio. De esa manera, demostraban que estaban dotados de un buen sentido para el negocio, según reveló el equipo de Laksh- minaryanan en 2008. Por otro lado, al igual que sucede en los humanos, los capuchinos

esperaban obtener por su comida un precio superior al que ellos mismos pagarían por el mismo producto. En 2011, Patricia Kanngiesser, de nuestro equi- po, informó acerca de diversas especies de gran- des simios (gorilas y orangutanes incluidos), que presentaban el efecto de dotación. El trabajo de Kanngiesser confirma que existe una diferen- cia clave entre los humanos y otros primates, la cual ya apuntaba el estudio con chimpancés de Brosnan: monos y simios manifiestan el efecto de dotación solo cuando se trata de comida. No ocurre lo mismo con otros objetos, ni siquiera cuando se trata de herramientas útiles para al- canzar alimentos. En consecuencia, por el mo- mento solo los humanos muestran un efecto de dotación por los objetos en general.

Cultivando la propiedad

Durante treinta años, la investigación sobre el efecto de dotación se ha basado sobre todo en el análisis de estudiantes estadounidenses. Otras culturas, sin embargo, presentan actitudes di- ferentes hacia la propiedad material. En 1988, Melanie Wallendorf y Eric Arnould, ambos de la Universidad de Arizona, compararon el compor- tamiento de ciudadanos del sudoeste de Estados Unidos con habitantes de Nigeria. Descubrieron que estos últimos valoraban más los regalos de otras personas y mostraban un menor efecto

UNA MONADA DE NEGOCIO Los monos capuchinos pueden aprender a comprar y vender alimentos con monedas de cambio. Al igual que los huma- nos, esperan recibir más dinero por los alimentos que poseen de lo que ellos mismos están dispuestos a pagar por el mis- mo producto. En la imagen, un capuchino paga a un científico con su «dinero».

CORTESÍA DE LAURIE SANTOS / UNIVERSIDAD DE YALE
CORTESÍA DE LAURIE SANTOS / UNIVERSIDAD DE YALE

© FOTOLIA / PRESSMASTER

ES MÍO Los niños solo comprenden la propiedad desde su propio punto de vista. El
ES MÍO
Los niños solo comprenden
la propiedad desde su propio
punto de vista. El respeto a las
posesiones ajenas se adquiere
con la edad.
BIBLIOGRAFÍA
COMPLEMENTARIA
POSSESSIONS AND THE EX-
TENDED SELF. R. W. Belk en
Journal of Consumer Re-
search, vol. 15, págs. 139-
168, 1988.
ENDOWMENT EFFECT IN CA-
PUCHIN MONKEYS. Venkat
Lakshminaryanan, M. Keith
Chen y Laurie R. Santos en
Philosophical Transactions
of the Royal Society B,
vol. 363, págs. 3837-3844,
diciembre de 2008.
de dotación por sus posesiones que los proban-
dos estadounidenses. El hallazgo coincide con
la extendida opinión de que los nigerianos se
fijan menos en las pertenencias individuales y
más en objetos con un significado cultural, los
cuales intercambian y a menudo comparten con
debían escribir sobre otros sujetos o acerca de
sus amigos, mostraban un efecto de dotación
menor. La manera en que la sociedad considera
el
yo, tanto si la atención se centra en un indi-
PREDICTABLY IRRATIONAL: THE
HIDDEN FORCES THAT SHAPE
OUR DECISIONS. Dan Ariely.
HarperCollins, 2008.
la
comunidad.
En un estudio publicado en 2010, William W.
Maddux, ahora en la escuela de negocios IN-
SEAD, en París, y sus colaboradores concluyeron
que el efecto de dotación tampoco destaca entre
los estudiantes universitarios del este de Asia
en comparación con estudiantes occidentales.
Según argumentaron, la cultura occidental es
más individualista, por lo que quizá produzca
un mayor vínculo hacia los objetos, a modo de
extensión del yo. El equipo de Maddux pidió
viduo como tal o como miembro de un grupo,
influye sobre la actitud de las personas hacia
sus pertenencias.
Los niños limitan la propiedad a sus perte-
nencias; los adultos respetan la de los demás.
Averiguar en qué etapa ocurre tal transición
puede acercarnos a conocer los orígenes de
nuestras convenciones sobre quién posee qué.
THE EFFECT OF CREATIVE
LABOR ON PROPERTY-OWNER-
SHIP TRANSFER BY PRESCHOOL
CHILDREN AND ADULTS.
P.
Kanngiesser, N. Gjersoe y
B.
M. Hood en Psychological
a
de sus relaciones con otras personas o sobre
sí mismos, tarea que puede reorganizar los
intereses de un individuo. Cuando los volun-
tarios del este asiático se centraban en sí mis-
mos, dotaban de mayor valor a los objetos que
poseían. En cambio, cuando los occidentales
Aunque la cultura influye en el vínculo que sen-
timos hacia lo material, más bien parece que
estos lazos se construyen sobre una necesidad
humana y arraigada de poseer objetos. Tal nece-
sidad, que puede haber surgido de la tendencia
primitiva de recolectar alimentos, representa
un proceso psicológico crucial que modela la
manera en que nos vemos a nosotros mismos
Science, vol. 21, págs. 1236-
1241, septiembre de 2010.
los 116 participantes que escribieran acerca
FOR WHOM IS PARTING WITH
POSSESSIONS MORE PAINFUL?
CULTURAL DIFFERENCES IN
THE ENDOWMENT EFFECT.
y
a los demás.
Bruce Hood es director del Centro de Desarrollo Cogniti-
vo en la Universidad de Bristol.
W. W. Maddux et al. en Psy-
chological Science, vol. 21,
págs. 1910-1917, diciembre
de 2010.

¿Dónde están los robots parlantes?

Durante décadas, los humanos han acariciado el sueño de crear una máquina capaz de conversar.

Pero primero debemos averiguar cómo sabemos lo que sabemos sobre el lenguaje

JOSHUA K. HARTSHORNE

SERIE PSICONEUROLOGÍA DEL HABLA Parte 1: Lengua y pensamiento Enero 2012 Parte 2: Entender la
SERIE
PSICONEUROLOGÍA
DEL HABLA
Parte 1:
Lengua y pensamiento
Enero 2012
Parte 2:
Entender la gramática
Marzo 2012
Parte 3:
El camino de las palabras
Mayo 2012
Parte 4:
Lenguaje figurado e ironía
Julio 2012
Parte 5:
Lenguas extranjeras
Septiembre 2012
Parte 6:
¿Robots parlantes?
Noviembre 2012

S ulla, el primer robot parlante del mundo, dominaba tan bien el arte de la conversación

en cuatro idiomas que un visitante del labora-

torio en el que se creó insistía en que se trataba de un ser humano. Por desgracia, Sulla, por no ser, no es ni real:

surge de la obra de ciencia ficción R.U.R. que

ˇ

el novelista Karel C apek (1890-1938) escribiera en 1921, y gracias a la cual se acuñó la palabra robot en el diccionario. Desde entonces, parece que los robots parlantes siempre han estado a punto de nacer. Tras la invención de los modernos ordena- dores, los investigadores comenzaron a pensar en programarlos para que usasen el lenguaje. En 1950, Alan M. Turing, uno de los fundado- res de la informática, predijo que a finales del siglo pasado los ordenadores hablarían tan bien en inglés que resultaría difícil distinguir a una persona de una máquina, un objetivo que más tarde pasaría a conocerse como prueba de Turing. Cuatro años después, un grupo de científicos de la Universidad de Georgetown y de la empresa IBM presentaron la máquina de traducción 701, que tradujo con éxito 60 frases en ruso al inglés a una velocidad de dos líneas y media por segundo, hazaña que llevó a Leon Dostert, el investigador que creó la técnica uti- lizada por la máquina, a afirmar con confianza que solo faltaban cinco o quizá tres años para

conseguir traductores electrónicos que domi- nasen los idiomas. Todavía seguimos a la espera. Después de una serie de predicciones optimistas seguidas por fracasos desesperanzadores, los robots que realmente puedan hablar no parecen estar más cerca que otras fantasías de mediados del

siglo XX , como las ciudades submarinas o las co- lonias en Marte. Pero el anhelo por conseguir máquinas parlantes parece incluso más intenso

en la actualidad, por el deseo de sustituir el te- clado como interfaz con los servicios digitales

y conseguir dispositivos electrónicos cada vez más pequeños.

Los trabajos recientes en el campo del lengua-

je artificial han obtenido resultados desiguales.

Han aparecido máquinas con una comprensión del lenguaje suficiente como para resultar úti- les (entre ellos, el traductor de Google y la voz automatizada que responde las llamadas a los servicios de atención al cliente), a la vez que han demostrado sus limitaciones y propensión a co- meter fallos catastróficos (de nuevo, el traductor de Google y la voz de los servicios de atención al cliente). Hoy por hoy, existen diversos proyectos en marcha que intentan solucionar esos defec- tos. Con el objetivo de aprender más sobre el modo en que las personas elegimos las palabras, los científicos se valen de la participación de los usuarios de Internet.

TODOS LOS ROBOTS DE ESTE ARTÍCULO: © FOTOLIA / INVENTIMAGES.COM

FUERA DE LÍNEA Los robots parlantes son todavía una ficción. ¿Existirán algún día?

RESUMEN

Datos

no computables

1 Programar un robot con las reglas de una

lengua resulta difícil, pues aún desconocemos todas las normas.

2 Para lograr que los robots solventen las

ambigüedades, se intro- ducen en sus entrañas miles de millones de palabras, con sus corres- pondientes etiquetas semánticas y fragmentos de texto.

3 Los investigadores aprovechan la colabo-

ración de los internautas para conocer el modo en que interpretan y utilizan el lenguaje de los huma- nos y así aplicarlo a las máquinas.

WIKIMEDA COMMONS / AGNOSTICPREACHERSKID / CC BY-SA 3.0

WIKIMEDA COMMONS / NEIL OWEN / CC BY-SA 2.0

ESTÍMULOS PARA COMPRENDER Las investigaciones sugieren que la gente asigna rápidamente el significado correcto a palabras polisémicas como «banco» mediante las pistas que propor- cionan las palabras cercanas:

el verbo nadó sugiere una acu- mulación de arena en el lecho de un río; el sustantivo cheque hace pensar en una entidad bancaria.

el sustantivo cheque hace pensar en una entidad bancaria. Sin embargo, la técnica no representa el

Sin embargo, la técnica no representa el úni- co problema, ni siquiera el mayor. El lenguaje ha demostrado ser más difícil de entender de lo que nadie había imaginado. La capacidad humana de, por ejemplo, elegir el significado correcto de palabras ambiguas es, de hecho, el fruto de millones de años de evolución. Lleva- mos a cabo ese tipo de tareas sin saber cómo lo hacemos, por lo que todavía queda más lejos la posibilidad de enseñar esas habilidades lingüís- ticas a seres artificiales. Conforme los científicos intentan codificar la gramática y determinar las sutiles distinciones entre términos simila- res, aprenden que el significado puede resultar escurridizo y que la estructura del lenguaje es un misterio, incluso para los humanos que lo dominan.

Viejos métodos ya inservibles

El primer intento de crear robots parlantes fue engañosamente simple: se basó en la programa- ción de las reglas de la gramática. IBM usó dicha estrategia en su dispositivo 701. La multinacio- nal optó, para la puesta de largo de su nuevo producto tecnológico ante la sociedad, por do- tarlo de un traductor para textos rusos, acorde con el interés que, en plena guerra fría, suscitaba todo lo relacionado con la Unión Soviética. El comunicado de prensa de 1954 que presentaba el proyecto explicaba cómo la máquina trataba las diferencias entre idiomas, entre ellas, las re- lativas al orden de las palabras. Un ejemplo: la

Nuestra capacidad de acometer tareas que parecen sencillas, como entender el significado de palabras individuales, es el fruto de millones de años de evolución

individuales, es el fruto de millones de años de evolución traducción al inglés de la expresión

traducción al inglés de la expresión rusa gyneral mayor. Cuando la máquina encontraba la pala- bra rusa mayor, su programación comprobaba la palabra anterior. Si era gyneral, el 701 cam- biaba el orden de las dos palabras al traducir la expresión al inglés (major general; en español, «general de división»). El hecho de que un sistema tan sencillo fun- cionase se debía, en parte, a que el 701 solo co- nocía 250 palabras rusas, así que programarlo para que reconociera cada pareja de adjetivos y nombres en su base de datos no representaba un trabajo excesivamente pesado. Sin embargo, muchos idiomas constan de cientos de miles de palabras; el inglés podría tener más de un millón. La suposición razonable de que la mi- tad de las palabras de la lengua inglesa tienen múltiples significados nos lleva a deducir que el programador debe considerar 500.000 millones de pares de vocablos. A una velocidad de un par de palabras por segundo, se tardaría unos 16.000 años en escribir el programa. De hecho, la expresión gyneral mayor resul- ta una aberración, puesto que el orden de las palabras en ruso normalmente es similar al orden en inglés, a diferencia, por ejemplo, de lo que sucede en español, donde los adjetivos suelen ir después del nombre. Aparentemente, una solución para una máquina con un voca- bulario más extenso consistiría en programarla con una regla del estilo de «los adjetivos se colo- can antes del nombre en ruso y en inglés, pero después del nombre en español» y añadir una lista de reglas para las excepciones. Esa estrate- gia no solo reduciría enormemente el número de reglas sino que, además, permitiría que el sistema se adaptase a palabras nuevas. El pro- blema radica en que las reglas que explican las excepciones probablemente también tengan ex-

WIKIMEDA COMMONS / BASIL D SOUFI / CC BY-SA 3.0

cepciones. Aunque a los editores de manuales de gramática no les guste admitirlo, los científicos aún no han encontrado un conjunto de normas abstractas que explique totalmente el inglés, el ruso, ni ningún otro idioma. La fragilidad de estos sistemas no solo reside en la imperfección de las reglas gramaticales, sino también en la complejidad de tareas tan engañosamente sencillas como percibir el sig- nificado de palabras individuales.

Voces con múltiples significados

Uno de los primeros problemas con el que ten- dría que enfrentarse un robot parlante —y el ingeniero que lo diseñe, claro está— consiste en que muchas de las palabras que utilizamos en nuestras conversaciones cotidianas son po- lisémicas: poseen múltiples significados. Banco puede referirse bien a una entidad financiera («Juan cobró un cheque en el banco»), bien a un bajío arenoso en un río («La barca de Juan enca- lló en el banco») o bien a un tipo de asiento («Se sentó en el banco del parque»). Las personas descubren rápidamente cuál es el significado correcto al toparse con este tipo de frases. Cyma van Petten y Marta Kutas, expertas en psicolingüística de la Universidad de Califor- nia en San Diego, demostraron esa capacidad en un conocido estudio de 1987 sobre la esti- mulación para la activación asociativa (priming) entre dos significados; es decir, una palabra nos estimula a procesar otras con significados rela- cionados. Observaron que poco más de medio segundo después de que los probandos atendie- ran a un término polisémico (caso de banco), solo las palabras relacionadas con el significado contextualmente apropiado eran objeto de es- timulación léxica (dinero en el primer ejemplo anterior y río en el segundo). Esa característica del procesamiento normal de las palabras no funciona bien en ciertos tipos de individuos. En 2002, un equipo de neurólogos dirigidos por Tatiana Sitnikova, de la Universi- dad Tufts, se percató de que las personas con esquizofrenia no consiguen suprimir el signifi- cado inapropiado según el contexto de una pa- labra ambigua: más de un segundo después de percibir una palabra (pelota), seguían barajan- do dos posibles respuestas («persona aduladora, chaquetera» y «balón»). Con todo, ese trabajo solo nos señala que la mayoría de los sujetos resuelven con rapidez los vocablos polisémicos gracias al contexto. La dificultad con la que se enfrenta el ingeniero que debe diseñar el robot parlante consiste en

Las personas interpretamos los vocablos polisémicos gracias al contexto

que se desconoce cómo funciona exactamente

el proceso. Una teoría revela que aprovechamos

las palabras que rodean al término polisémico. Las conversaciones sobre entidades financie- ras suelen incluir vocablos como «cheque» o «cobrar», mientras que las que tratan sobre ríos incluyen palabras como «nadó» o «agua». Simplemente, podríamos haber aprendido que ciertos términos predicen un significado con- creto de banco.

Aún más difíciles que las polisemias son las metonimias. Estas consisten en designar algo con

el nombre de otra cosa tomando el efecto por la

causa o viceversa. Comparemos los dos sentidos de «Jane Austen» en la oración «Jane Austen escri- bió muchos libros» y «Me pasé la tarde leyendo

a

Jane Austen». En la primera oración, nombre

y

apellido se refieren a la autora, mientras que

en la segunda denotan su obra. Un fenómeno semejante ocurre con los medios de comuni- cación: «Rupert Murdoch ha comprado el Wall Street Journal» (la empresa); «yo, esta mañana,

también» (un ejemplar del periódico). De nuevo, el contexto resulta harto relevante, aunque las distinciones son sutiles y difíciles de definir. Pese a que es poco frecuente que los dos significados de banco aparezcan en la misma frase, «Jane Austen» aparece a menudo en la misma frase que «Orgullo y prejuicio» al margen de que el nombre se refiera a la persona

o a sus escritos, así que la simple estrategia de recurrir a las palabras circundantes no siempre funciona. Sigue sin esclarecerse del todo cómo

CUERPO DE PALABRAS

Los científicos crean máquinas

y las alimentan de una enor-

me cantidad de texto (corpus)

para que utilicen el lenguaje.

El traductor en línea de Google

creció a base de una dieta con-

sistente en documentos de las Naciones Unidas ya traducidos

a diversos idiomas.

dieta con- sistente en documentos de las Naciones Unidas ya traducidos a diversos idiomas. MENTE Y

Debido a los desconcertantes matices de las palabras, los científicos necesitan encontrar formas de ayudar

a los robots a realizar mejores predicciones. Muchos han acudido a las estadísticas del lenguaje

se las ingenian las personas para dar con el sig- nificado correcto. Palabras como banco y pelota presentan un problema: poseen varios significados. Pero, ay del pobre robot que tenga que entender los pro- nombres, los cuales pueden contener un núme- ro casi ilimitado de significados. En la oración «Yo escribí Orgullo y prejuicio», el pronombre «yo» se refiere a Jane Austen siempre que sea Jane Austen la que está hablando. Si el hablante es un actor que representa a Jane Austen (como Anne Hathaway en La joven Jane Austen), en- tonces «yo» no se refiere al hablante, sino a la persona a la que está interpretando. No existe una regla sencilla. Los pronombres de tercera persona resultan incluso más complicados. En la oración «Ella escribió Orgullo y prejuicio», el pronombre puede referirse a cualquier mujer, sin importar quién esté hablando. El robot no puede limitarse a ignorar tales ambigüedades, porque, si no se sabe a quién se refiere la oración, prácticamente no aporta significado. El modelo más conocido para resolver el pro- blema de los pronombres es, quizá, la teoría del centramiento. Desarrollada durante las décadas de los ochenta y los noventa del pasado siglo por Barbara Grosz, de la Universidad Harvard, y Aravind K. Joshi y Scott Weinstein, ambos de la Universidad de Pensilvania, esta expone de forma general la manera en la que las frases se inser- tan en un discurso más amplio. Predice que la gente utiliza pronombres («ella») para referirse al personaje central o al más significativo de la sentencia anterior, generalmente su sujeto. Tal predicción explica por qué el pronombre «ella» se refiere a Jane Austen en: «Jane Austen era una escritora. Ella escribió Orgullo y prejuicio». Para desgracia de nuestro robot, las cosas no resultan siempre tan sencillas. En su tesis de 1998, la psicolingüista Jennifer Arnold, de la Uni- versidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, estimó que solo el 64 por ciento de los pronom-

El modelo más conocido para resolver

el problema de los pronombres es la teoría

del centramiento

bres se refieren al sujeto anterior. Además, nu- merosos estudios que se derivan de un artículo

seminal de 1974 de la lingüista Catherine Garvey

y del neurólogo Alfonso Caramazza, por enton-

ces ambos en la Universidad Johns Hopkins, han mostrado que las pistas contextuales para la in- terpretación de los pronombres por parte de los humanos pueden ser desconcertantemente su- tiles. En un trabajo de Jesse Snedeker, de la Uni- versidad Harvard, y del autor señalamos que la mayoría de las personas piensan que el pronom- bre de la frase «Sally asustó a Mary porque [ella] es muy rara» se refiera a Sally, mientras que en «Sally tenía miedo de Mary porque [ella] es muy rara» se inclinan por Mary. Se desconoce cómo se llega a esas decisiones, que, por otro lado, se toman con rapidez. En 2007, un equipo de inves-

tigadores de Jos van Berkum, de la Universidad de Ámsterdam, pidió a diversos probandos que

leyesen oraciones que, según los casos, seguían

o no el esquema esperado («Sally asustó a John

porque ella/él es muy rara/o») mientras se mo- nitorizaban las ondas cerebrales de su encéfa- lo. Las neuroimágenes mostraron indicios de procesos adicionales cuando el pronombre no correspondía al sentido general de la oración («él» en lugar de «ella» en la oración anterior).

El corpus de una lengua

Debido a los desconcertantes matices de las pa- labras, los científicos necesitan descubrir formas de ayudar a los robots para que realicen mejores predicciones. Numerosos investigadores opta- ron por las estadísticas del lenguaje, abarrotan- do sus máquinas parlantes con fragmentos de material sin elaborar, para luego aprovechar las estadísticas. Primero introducían en sus máqui- nas una enorme colección de textos (corpus), que a veces sobrepasaba los mil millones de palabras. Después, la máquina dividía el texto en segmentos de n palabras consecutivas (n-gra- mas). Mediante el examen de todos los n-gramas incorporados, la máquina aprendía qué pala- bras tendían a acompañar a otras. Por ejemplo, la expresión «hombre alto» es bastante común (845.000 resultados en Google); «alto hombre» es relativamente poco frecuente (112.000 re- sultados). De forma similar, la máquina podría aprender que, en la mayoría de las frases en las que «banco» está precedido por «nadó», la pa- labra significa «banco de arena». De hecho, el 701 trabajaba con n-gramas (en particular, con bigramas de dos palabras). Los sistemas estadísticos presentan ventajas significativas, puesto que el programador no ne-

WIKIMEDIA COMMONS / CRYTERIA / CC BY 3.0

cesita formular reglas explícitas (alto va después de hombre) o reglas abstractas («los adjetivos suelen ir después del nombre»). Los sistemas estadísticos solo aprenden qué palabras van delante de otras. Implementaciones más com- plejas rastrean fragmentos de texto, de manera que ayudan a las máquinas parlantes a aprender que cheque es un buen indicador de que se está hablando sobre un banco en el sentido de enti- dad financiera, pero no sucede lo mismo con chequear. La investigación sugiere también que el aprendizaje estadístico, la capacidad de reco- nocer patrones en el contexto, puede ayudar a las personas a absorber el idioma, lo cual resul- ta atractivo para los diseñadores de robots. En 1996, Jenny Saffran, Richard Aslin y Elissa New- port, de la Universidad de Rochester, mostraron que incluso los niños de ocho meses aprenden las probabilidades de los trigramas, es decir, la probabilidad de que tríos de palabras o sílabas aparezcan de forma secuencial. Reprodujeron grabaciones de ristras de sílabas sin sentido, como bidakupadotigolabi, a un grupo de ni- ños. Los trigramas bidaku, padoti y golabi se escuchaban con frecuencia; otros, como daku- pa, eran menos usuales. Después de oír estas hiladas sin sentido durante dos minutos, los probandos sabían distinguir los trigramas fre- cuentes de los menos repetidos (según parece, atendían durante más tiempo a los poco fre- cuentes por parecerles novedosos). Los auto- res interpretaron esa capacidad de distinción como prueba de que los niños aprendían los límites de palabra de esa forma. En 2010, un equipo dirigido por Christopher Conway, de la Universidad de San Luis, halló que las perso- nas que manifestaban una mayor capacidad de aprendizaje estadístico también eran más hábiles en la comprensión del lenguaje en en- tornos ruidosos. Pese a que las máquinas de n-gramas no son el único sistema lingüístico que se está ensayan- do, a los ingenieros les gusta emplearlos puesto que facilitan la elaboración de un gran corpus. Quizás uno de los ejemplos más cercanos a todos sea Google. Este servidor ha publicado un corpus en Internet con más de un billón de palabras. Sin embargo, para que ese extenso conjunto de textos permita descifrar las suti- lezas de los significados de las palabras y de las referencias de los pronombres, las frases deben estar etiquetadas (con la definición gramatical de cada una). Pero no suele ser así. El mayor corpus con etiquetas semánticas que existe en

Programas parlanchines

Los robots parlantes, presentes en el mundo de la inteligencia artificial desde finales de la década de los sesenta del siglo pasado, son programas informáticos que simulan conversaciones. El programa original, ELIZA, solo podía hablar de unos pocos temas. Cuando se encontraba con una frase que no entendía, respondía con una pregunta («¿Por qué dice que ?») o ignoraba por completo la cuestión («Me duele la cabeza»). Los robots parlantes modernos son mucho más sofisticados. A continuación, incluimos un extracto de una conversación con Elbot (www.elbot.com), ganador del Premio Loebner 2008, una competición para robots parlantes:

ELBOT: ¡Hola! Soy Elbot. Prometo no contar en mi blog nada de lo que me diga durante esta conversación. HARTSHORNE: Muy bien. De hecho, yo voy a escribir sobre esta conver- sación en Mente y cerebro. ELBOT: El interior de mi cabeza está cubierto de amianto, así que nada puede salir de ella. HARTSHORNE: Conozco esa sensación. ELBOT: Mis estados de ánimo están controlados por un procesador de emociones, que asigna la emoción adecuada para cada situación. HARTSHORNE: ¿Y cómo te sientes ahora? ELBOT: En este momento, me siento desconsiderado.

Por lo que parece, Elbot puede participar en conversaciones con natura- lidad; también demuestra una considerable mejora con respecto al ELIZA original. Sin embargo, la forma de hablar de Elbot está plagada de errores de lógica y, en ocasiones, gramaticales. Veámoslo.

HARTSHORNE: ¿Has visto el partido de los Red Sox de hoy? ELBOT: Creo que no lo he visto nunca. Ni siquiera estoy seguro de que pueda usarse en ese contexto.

En este caso es probable que Elbot interpretase la pre- gunta de forma incorrecta. Su respuesta («Creo que no lo he visto nunca») habría sido correcta si se le hubiera preguntado acerca de una película. Sin embargo, para acertar con la respuesta, El- bot debería saber qué es un partido de béisbol. Manejar un lenguaje con sentido re- quiere algo más que unas simples reglas gramaticales.

re- quiere algo más que unas simples reglas gramaticales. PERSONAJES DE FICCIÓN HAL, de la película

PERSONAJES DE FICCIÓN HAL, de la película 2001: Una odisea del espa- cio, de Stanley Kubrick, era un robot parlante con tendencias homicidas.

© FOTOLIA / FOTOLEDHAR

© FOTOLIA / FOTOLEDHAR UN MAR DE SIGNIFICADOS Pronombres como él o ello pue- den referirse

UN MAR DE SIGNIFICADOS Pronombres como él o ello pue- den referirse a cualquier per- sona del sexo correspondiente. Los pronombres suelen referirse al sujeto de la oración anterior, pero solo en torno a dos tercios de las veces.

la actualidad es SemCor (abreviatura de «corre- lación semántica»). Este conjunto de datos lin- güísticos clasificados y creado en la Universidad de Princeton contiene 360.000 palabras. Se trata de un corpus amplísimo, teniendo en cuenta el esfuerzo que supone etiquetar tal cantidad de vocablos, que, no obstante, resulta escaso para un robot parlante. Podemos hacernos una idea de los puntos fuertes y débiles de las máquinas de n-gramas si analizamos dos de los sistemas desarrollados por el buscador Google. Uno de ellos, el traduc- tor gratuito y en línea de Google, se alimenta de una dieta de documentos ya traducidos a diver- sas lenguas (gran parte de los documentos en los que se basa pertenecen al material traducido de las Naciones Unidas). Ya que una palabra po- lisémica en un idioma suele representarse en otra lengua con dos vocablos («banco» se tra- duce al inglés como bank o sandbank, según su significado), el corpus bilingüe que se emplea para capacitar a los dispositivos estadísticos de traducción automática ejerce las veces de corpus con etiquetas semánticas. De esta manera, el tra- ductor aprende a distinguir frases que contienen «orilla» en español y bank en inglés (con la pa- labra «nadó») de frases que contienen «banco»

Las palabras circundantes no bastan para comprender cómo saben las personas que «bote», en la oración «El hombre estaba en el bote», debe referirse a un pequeño barco y no a una lata

en español y bank en inglés (con los términos «cheque» y «cobró»). El procesador de textos Google Scribe, una

herramienta que Google introdujo en su día en

el ya desaparecido sitio de prueba Google Labs y

que predecía la próxima palabra que una perso- na iba a teclear, era otra variante de la máquina

de n-gramas. El objetivo de su diseño es ayudar

a generar sugerencias o frases. Si un internauta

escribía «principales», el sistema desplegaba las si- guientes sugerencias y combinaciones frecuentes:

«redes sociales», «ciudades de España», «músculos del cuerpo humano», entre otras muchas.

No obstante, tal abundancia de posibilidades reflejaba una de las principales limitaciones de las máquinas de n-gramas actuales. Debido a que solo rastrean el contexto a lo largo de unas pocas palabras, cometen errores si existe demasiada distancia entre las más relevantes. Si se escribe en inglés He swam to the bank, el traductor de Goo- gle traduce el enunciado al español como «Nadó

hasta la orilla», lo cual es correcto. Ahora bien, al traducir a la lengua de Cervantes He swam to the nearest bank, la oración resultante reza: «Nadó hasta el banco más cercano», oración que hace pensar en una carrera de natación hasta la enti- dad financiera de la esquina. Un corpus bilingüe tampoco sirve de gran ayuda para entender las palabras metonímicas y los pronombres. De forma similar, el procesador de textos de Google, así como otras máquinas simples de n-gramas, no puede manejar palabras nuevas ni generar frases útiles. Los niños pequeños pueden usar nuevos vocablos en sus frases, pero Google Scribe no. Si se escribía la abreviatura «TQM» («te quiero mucho», en lenguaje SMS), el susodicho procesador de textos no listaba sugerencias. Solo operaba con estadísticas de frases cortas, por lo que las oraciones que pro- ducía son coherentes palabra a palabra, pero se prolongaban sin sentido. Pongamos un ejemplo. Si se tecleaba «Google» en el Google Scribe y se seleccionaba la primera sugerencia que ofrecía después de cada palabra, se obtenia, en inglés, algo así como «Google erudito buscar resultados en términos que son relevantes para el tema del Gran Colisionador de Hadrones a nivel europeo

y el otro es una descripción más detallada de la invención». Los sistemas de n-gramas de este

tipo son incapaces de relacionar el comienzo de una frase con su final.

Los robots parlantes, un poco más cerca

Una de las formas más sencillas de mejorar las máquinas de n-gramas consistiría en progra-

marlas para que usen secuencias más amplias. Esta tarea resulta más ardua de lo que parece. Supongamos que un idioma posee solo 10.000 palabras. Para incluir todos los trigramas posi- bles, una máquina parlante tendría que apren- der un billón de combinaciones (10.000 elevado a la tercera potencia). Almacenar todas las secuen- cias de seis palabras posibles (longitud que no sería suficiente) requeriría 10 24 combinaciones, unos 10 billones de exabytes de información. En 2009, se estimó que la totalidad de la infor- mación digital en el planeta Tierra equivalía tan solo a 500 exabytes. Incluso si un robot aprendiz de hablante con- tase con el soporte de un gigantesco corpus con etiquetas semánticas, necesitaría absorber una especie de jerga callejera antes de hablar de ma- nera adecuada. En un estudio clásico de 1960, el filósofo Yehoshua Bar-Hillel, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, afirmaba que las palabras circundantes nunca conseguirían explicar de qué manera las personas saben que bote en la frase «El hombre estaba en el bote» se refiere a una pequeña embarcación y no a un recipiente. La deducción no resulta del contexto, sino del conocimiento: ¿quién querría o podría introdu- cirse en una lata? Con el fin de lograr que los robots se bene- ficien de la experiencia del mundo real, a la vez que se reduce la brecha de los datos, va- rios proyectos apuestan por la ayuda de los usuarios de Internet. El equipo de Anthony Tomasic, de la Universidad Carnegie Mellon, trabaja en un juego en línea denominado Jinx. Se presenta una palabra a dos jugadores en el contexto de una frase (por ejemplo, «Juan co- bró un cheque en el BANCO»); a continuación se les pide que tecleen palabras relacionadas con la oración con la mayor rapidez posible. Los sujetos consiguen puntos si ambos escriben la misma palabra. Los investigadores aprovechan los intentos, en particular cuando las respues- tas de los jugadores coinciden, para etiquetar los significados de palabras ambiguas. Ello les permitirá crear un corpus etiquetado mayor que SemCor. En este sentido, la página web Pronoun Sleuth del autor («Detective de Pronombres»: www.ga- meswithwords.org/PronounSleuth) propone a los usuarios que lean frases con pronombres (el ejercicio es en inglés) y decidan a quién se refie- ren los morfemas. (En «Sally fue a la tienda con Mary. Ella compró un helado»; ¿quién compra el helado, Sally o Mary? El internauta decide.) En algunas oraciones, los jugadores muestran

decide.) En algunas oraciones, los jugadores muestran BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA IMPLICIT CAUSALITY IN

BIBLIOGRAFÍA

COMPLEMENTARIA

IMPLICIT CAUSALITY IN VERBS.

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CHILD LANGUAGE ACQUISI- TION: CONTRASTING THEORE- TICAL APPROACHES. Dirigido

por Ben Ambridge y Elena

V. M. Lieven. Cambridge

University Press, 2011.

Pobre del robot que tenga que comprender los pronombres

un amplio acuerdo, en otras no coinciden tan- to. Según hemos comprobado, para distinguir estos tipos de frase necesitamos las respuestas de entre 30 y 40 personas. En uno de los últi- mos recuentos, más de 5000 participantes han examinado varias frases cada uno. Un artículo del autor y de Snedeker recoge datos en rela- ción a 1000 frases, un número relativamente pequeño en comparación con la información que requerirían los robots para distinguir los matices de los pronombres. Con todo, se trata de la mayor base de datos de este tipo de frases disponible en la actualidad. El proyecto Phrase Detectives («Detectives de Frases»; anawiki.essex.ac.uk/phrasedetec- tives), creado en 2008 por informáticos de la Universidad de Essex, utiliza un enfoque más tradicional: presenta a los jugadores un párrafo de un libro o de un artículo. Cuando los parti- cipantes se encuentran con un pronombre, se les pide que identifiquen la palabra a la que se refiere. El juego también pregunta a los ju- gadores sobre otras expresiones referenciales. Los investigadores están interesados en si los participantes reconocen que en las frases «Jane Austen escribió Orgullo y prejuicio. El libro fue muy popular», «el libro» se refiere a Orgullo y prejuicio. Hasta ahora, los jugadores han traba- jado con 317 documentos. El conjunto de los datos de proyectos como los comentados per- mitirán desarrollar y comprobar teorías que, un día, podrían llevarnos a construir robots que sepan utilizar los pronombres. Todavía desconocemos cuándo llegará ese día. Pese a los obstáculos, Franz Joseph Och, jefe del grupo de traducción automática de Google, afir- mó en una entrevista en el periódico Los Angeles Times que una interpretación instantánea simi- lar al traductor universal que aparece en la serie de ficción Star Trek será posible «en un futuro no muy lejano». Sin embargo, construir un robot parlante requiere comprender los secretos del lenguaje en sí mismo, lo cual puede que resulte tan complicado como lograr los demás ingenios que aparecen en la mítica serie de televisión.

Joshua K. Hartshorne realiza el posdoctorado en psi- cología en la Universidad Harvard, donde estudia el lenguaje y su adquisición. Se puede leer su blog en

La cara amable del mal humor

Los aguafiestas pierden en popularidad frente a los optimistas, quizá porque no se conocen algunas de sus virtudes: la buena memoria y una mente más despierta

ANNA GIELAS

GEHIRN UND GEIST / ANKE LINGG Y EMDE-GRAFIK
GEHIRN UND GEIST / ANKE LINGG Y EMDE-GRAFIK

LOS GRUÑONES VENCEN A LOS ALEGRES Los individuos con mal humor obtienen mejores resultados en las pruebas de memoria que los sujetos optimistas.

RESUMEN

El poder del humor

1 En la actualidad, el mal humor goza de

mala fama, lo cual es in- justo. Las personas nega- tivas tienen más memoria

y menos propensión a

dejarse manipular que las positivas.

2 Un estado anímico negativo contribuye

a prestar más atención al

entorno; también facilita

un procesamiento más elaborado de la informa- ción.

3 Los sujetos malhumo- rados son más auto-

críticos y suelen responsa-

bilizarse de sus errores.

¿ S e imagina ver siempre todo de color de rosa, con buen humor y en positivo, nunca en ne-

gativo? La mayoría de las personas consideran que esta actitud ante la vida convierte el viaje vital en más llevadero, ya que permite sentirse bien y ver el vaso del futuro medio lleno. En cambio, un planteamiento pesimista y teñido por el mal humor no suele tener buena prensa, más bien al contrario: a los sujetos que visten este perfil se les considera unos aguafiestas. Sin embargo, levantarse con el pie izquierdo tiene sus ventajas. Joseph Forgas, de la Universidad de Gales del Sur, investiga desde hace más de diez años el efecto que ejerce el mal humor en la memoria. En 2009, se preguntó cómo afecta el ánimo ne- gativo en el día a día de las personas. Como ac- tividad rutinaria escogió las compras. Descubrió que existe un factor que ejerce una fuerza muy poderosa sobre el estado de ánimo: el tiempo atmosférico. El investigador se apostó a la salida de una papelería con el objetivo de preguntar a los clientes que salían del establecimiento cómo se sentían. Encuestó a un total de 73 personas. De promedio, como esperaba Forgas, los sujetos afirmaban sentirse de mejor humor cuando lu- cía el sol que si llovía. Comprobó a continuación la memoria de las personas que se situaban en ambos extremos, es decir, las que se sentían de mejor humor y, al contrario, las más malhumo- radas. Les planteó la siguiente cuestión: «¿Cuáles de los diez pequeños objetos situados junto a la caja registradora puede recordar?». Los produc- tos (entre ellos, coches de juguete y huchas en forma de cerdito) resultaban poco llamativos y se ignoraban con facilidad, lo cual dificultaba su remembranza. El resultado fue revelador a la par que ines-

perado: los consumidores malhumorados re- cordaban un promedio de uno a dos objetos, mientras que los que estaban de buen humor no memorizaron ni uno solo. Ahora bien, po- dría ser que, a causa de la lluvia, los clientes permanecían más rato en la tienda, circuns-

tancia que les permitía prestar más atención a los productos. Con todo, Forgas concluyó que el mal humor estimula la memoria. Hipótesis que ratificó su siguiente hallazgo: los compradores en los días de sol radiante creían recordar más productos de los que realmente había junto a la caja del comercio. Las lagunas de memoria y los falsos recuerdos pueden desencadenar consecuencias nefastas en el ámbito legal. En no pocas ocasiones, los testi- gos de un juicio se muestran convencidísimos

de sus declaraciones, a pesar de que estas sean del todo erróneas. En 2005, Forgas propuso a un grupo de probandos que rememoraran determi- nados acontecimientos sobre su vida con el fin de inducirles un estado de humor alegre o bien triste. Otras veces acompañaba los respectivos ánimos con una película o música apropiada. A continuación, los sujetos debían describir unas imágenes que habían visto días u horas antes en el laboratorio. Entre ellas, fotografías de un accidente de tráfico e instantáneas de una cele- bración de boda. Durante una de las pruebas, los participantes fueron testigo de una discusión fingida.

Inmune a la influencia

Acto seguido, los probandos recibían un cues- tionario salpicado de preguntas trampa («¿Ha movido el conferenciante su micrófono cuando

la mujer con la chaqueta clara se ha acercado a

él?»). Los sujetos a los que se había inducido un estado más alegre incorporaban en su recuer- do los datos erróneos sobre la vestimenta de la señora. Los participantes «tristes» no se dejaban engañar, y los de control (de un humor neutro), aunque tampoco eran inmunes a la manipula- ción de sus recuerdos, mostraban más resisten-

cia al engaño que los contentos. Forgas consideró que el buen humor predispone a las personas a procesar la información de forma menos cons- ciente y global: «Aquellos que se mostraban convencidos de la exactitud y veracidad de sus declaraciones fueron los que más se equivoca- ron». Los probandos apenas fueron conscientes de cómo había influido su ánimo en la fiabilidad de sus respuestas. En resumidas cuentas, un estado anímico positivo propicia sesgos en la incorporación de información, de manera que se almacenan en la memoria datos erróneos como si pertene- ciesen a observaciones propias. El mal humor ataja este fenómeno, independientemente de lo observado, de las eventuales instrucciones

y de los propios sentimientos. Solo aquellos

participantes que se describieron en el cues- tionario como especialmente conscientes de sí mismos o contestaban según lo «más correcto socialmente» se dejaron vacunar a través de indicaciones previas contra las remembranzas erróneas condicionadas por el estado de áni- mo. No obstante, algunos sujetos se esforzaban tanto por corresponder a las indicaciones del investigador, que las advertencias previas hi- cieron aflorar las consecuencias negativas del buen humor.

LA SENDA DEL PENSAMIENTO ABATIDO Rumiar continuamente es característico de las personas depresivas. Ahora bien, desde un punto de vista evolutivo, en algún momento supuso una ventaja biológica para abordar los problemas en profundidad.

Consúltelo con la almohada

El mal humor suele irse con la misma rapidez con la que aparece, a menudo durante la noche. Rosalind Cart- wright, directora del Centro de Investigación del Sueño en el Centro Médico St. Luke en Chicago, comprobó que la mayoría de los individuos que mostraban una actitud negativa a última hora de la tarde no reflejaban indicio alguno de ello a la mañana siguiente. Cartwright cree que los sueños terminan con el mal humor.

(«REM sleep reduction, mood regulation and remission in untreated depression», por Cartwright et al. en Psichiatry Research, vol. 121, n. o 2, págs. 159-167, 2003)

Research , vol. 121, n. o 2, págs. 159-167, 2003) GEHIRN UND GEIST / EMDE-GRAFIK ¿Cómo

GEHIRN UND GEIST / EMDE-GRAFIK

¿Cómo es posible que recordemos mejor cuan- do estamos malhumorados? Herbert Bless, de la Universidad de Mannheim, junto a sus co- laboradores, observó hace alrededor de veinte años que las personas que se encuentran de mal humor se muestran más escépticas y racionales. Al parecer, solo se dejan convencer por argu- mentos sólidos. Bless considera que los diferentes estados aní- micos conducen a distintas maneras de procesar la información. «El mal humor propicia que el individuo permanezca atento a los detalles», explica. Por el contrario, una persona bienhu- morada tiende a formular conjeturas basadas en informaciones preestablecidas; también presta menos atención a los nuevos pormenores. De esa manera, retendría mal en la memoria una pieza de ropa oriental, porque, al recordar un diseño floreado ya conocido, los ornamentos nuevos no se grabarían con detalle. De todos modos, parece que el mal humor actúa de manera disímil según la edad, como de- mostró en 2008 el equipo de Derek Isaacowitz, de la Universidad Brandeis de Waltham. Los científicos fomentaron un ánimo positivo o bien negativo en cerca de 200 sujetos mediante mú- sica alegre o melancólica. A continuación les pe- dían que imaginaran un acontecimiento bonito o triste, respectivamente. Tras ello les mostraron parejas de fotografías que exhibían rostros no humanos con expresiones emocionales, entre otras, miedo, tristeza, enfado o alegría. Los in- vestigadores llevaron a cabo un seguimiento de los movimientos de los voluntarios. El resultado fue sorprendente: la edad de los participantes

determinaba el efecto del estado de ánimo en su conducta visual. Los adultos jóvenes dirigían la mirada con más frecuencia a las caras cuya expresión coincidía con su propio humor; por el contrario, los mayores fijaban más su mirada en los rostros que reflejaban alegría, cuando ellos mismos se encontraban de peor humor. Tales observaciones ponen de relieve que el foco de atención de los adultos mayores no refle- ja tanto su estado de ánimo, sino más bien sirve para regular su propio humor. En otras palabras, un veinteañero malhumorado prefiere observar rostros enfadados o miedosos, mientras que los mayores tienden a buscar miradas positivas. Al parecer, se esfuerzan más por controlar su esta- do de ánimo, quizá para evitar comportarse de forma inmadura o caprichosa.

Centrarse en los propios defectos

«Parece que estar de mal humor resulta más beneficioso que huir», afirma Forgas. Los cas- carrabias juzgan de forma más crítica e inde- pendiente y no declinan la culpa en los demás. Las personas de ánimo alegre, en cambio, sue- len atribuir la responsabilidad de los errores a sus compañeros de equipo. En 2005, Forgas y Judith Locke, de la misma universidad que el primero, manipularon el estado de ánimo de un total de 100 docentes en Sidney. Para ello dividieron a los probandos en dos grupos y les propusieron que les relataran vivencias perso- nales, positivas en un caso, negativas en el otro. Tras ello, los participantes debían posicionarse acerca de cuatro situaciones cotidianas relacio- nadas con la enseñanza. Se les preguntaba por

El desánimo provoca valentía Las personas con mal humor parecen más dispuestas a correr riesgos.

El desánimo provoca valentía

Las personas con mal humor parecen más dispuestas a correr riesgos. En 2007, Chieh Chuang y Chwen-Li Chang, de la Universidad Nacional de Chang Cheng, en Minsyong, solicitaron a un grupo de voluntarios que leyesen una dramática historia sobre una estudiante enferma de leucemia; otros debían leer una narración con final feliz. Tras la lectura, todos los participantes respondieron un cuestionario sobre estrategias arriesgadas. Los sujetos a los que se había inducido un estado anímico negativo elegían correr más riesgos que los bien- humorados. En opinión de los investigadores, las personas con un estado de ánimo positivo carecen de motivos para arriesgarse, puesto que les va bien y no quieren cambiar de situación. En cambio, aquellos que se sienten de mal humor quieren transformar su circunstancia, por lo que están dispuestos a asumir riesgos mayores.

(«The effects of mood and openness-to-feeling trait on choice», por S.-C. Chuang y C.-L. Chang en Social Behavior and Personality: an International Journal, vol. 35, n. o 3, págs. 351-358, 2007.)

temas como la vigilancia durante la hora del recreo o cómo procederían ante un alumno enfurecido. Los docentes malhumorados des-

cribían más sus propios errores y se mostraban menos laxos; asimismo se manifestaban menos dispuestos a aceptar elogios y reconocimiento por sus logros. Con todo, y como es natural, el mal humor no es un camino de rosas: también posee su cara oscura. En dos experimentos, Forgas contagiaba

abordar la distimia como una enfermedad, la valoraron como un mecanismo evolutivo para afrontar asuntos complejos y profundos. Según ese enfoque, hallar una solución a los problemas

BIBLIOGRAFÍA

COMPLEMENTARIA

MOOD AND PERSUASION.

precisa tiempo y atención. Tales condiciones es- tarían disponibles en el transcurso de una fase depresiva, apuntan Andrews y Thomson. Por lo general, la depresión conlleva que los afectados se mantengan alejados de obligaciones sociales

H.

Bless et al. en Personality

and Social Psychology Bulle- tin, vol. 16, n. o 2,

págs. 331-345, 1990.

y

privadas durante un tiempo, de esa manera

MOOD EFFECTS ON EYEWIT-

el

buen o mal humor a los sujetos —estudiantes,

se vuelcan mentalmente en un tema concreto. Es decir, pueden enfocar toda su atención en un problema determinado. Está claro que la depresión y el mal humor transitorio no son las dos caras de una misma moneda. El trastorno depresivo consiste en una enfermedad psicológica y física que puede ser una amenaza para la vida. El segundo es un estado cotidiano, sano y normal; además, pa- rece que cumple un objetivo beneficioso, ya que el desánimo puede ser de utilidad. Hace cientos de años propiciaba formas de actuar

NESS MEMORY. EFFECTIVE

en este caso— a través de retroalimentación po- sitiva o negativa. Previamente, los voluntarios habían realizado un test de idioma por ordena- dor. A continuación les dejaban debatir sobre los planes de estudio con sus compañeros de

clase o profesores. Los alumnos malhumorados intentaban imponer su opinión a toda costa; los alegres se mostraban más colaboradores. «Nuestros estados de ánimo tejen el contexto para nuestro razonamiento y comportamiento», explica Forgas. El humor ejerce poder no solo sobre la memoria, también la manera en que pensamos sobre nosotros mismos y los demás depende de esas fluctuaciones. Tener una visión crítica sobre uno mismo puede resultar muy productivo cuando estamos enfadados o tristes permanentemente, debido a que nos permite abordar los problemas de manera analítica y atenta. Esta fue la conclusión de Paul Andrews

INFLUENCES ON SUSCEPTIBI-

LITY TO MISINFORMATION.

Forgas et al. en Journal of Experimental Social Psycho- logy, vol. 41, n. o 6, págs. 574-588, 2005.

J.

LOOKING WHILE UNHAPPY.

MOOD-CONGRUENT GAZE

IN YOUNG ADULTS, POSITIVE

GAZE IN OLDER ADULTS.

y

pensar que facilitaron la supervivencia de

D.

Isaacowitz et al. en Psy-

nuestros ancestros. El mal humor dirigía los recursos atencionales de los antepasados hacia posibles dificultades, de manera que lograba que se ocupasen de modo exhaustivo de sus problemas. En definitiva, el mal humor no siempre es negativo, también posee una cara amable. De hecho, constituye una parte natural del equi- librio emocional.

chological Science, vol. 19,

n.

o 9, págs. 848-853, 2008.

CAN BAD WEATHER IMPROVE

YOUR MEMORY? AN UNOBTRU-

SIVE FIELD STUDY OF NATURAL

MOOD EFFECTS ON REAL-LIFE

y

Anderson Thomson Jr., ambos de la Universi-

MEMORY. J. Forgas et al.

dad de Virginia en Charlottesville, a raíz de una

investigación en 2009. A raíz del estudio desmontaron las extendi- das creencias sobre la depresión. En lugar de

en Journal of Experimental Social Psychology, vol. 45,

Anna Gielas investiga en la Universidad Harvard sobre psicología política.

n.

o 1, págs. 254-257, 2009.

Personalidades que adelgazan

¿Por qué a unas personas les cuesta más que a otras atenerse a los requisitos que impone una dieta? Los rasgos de personalidad tienen mucho que ver en ello

WINNIE YU

RESUMEN

El carácter importa

1 La psicología ha empezado a fijarse

en los rasgos de perso- nalidad como variables críticas en la ecuación de la dieta.

2 Algunos rasgos de personalidad consi-

derados negativos favo- recen el adelgazamiento; en cambio, ciertas carac- terísticas positivas pue- den convertir la dieta en una ardua batalla.

3 Ser más consciente de uno mismo en el día

a día contribuye a frenar la impulsividad. Meditar, escribir un diario o re- flexionar sobre lo que se considera más importan- te ayudan a ello.

P erder peso nunca es tarea fácil. Entre los retos destaca el cambio de hábitos alimen-

tarios arraigados por otros más saludables. Y hacer ejercicio. Pero ¿por qué unas personas lo- gran consumar esta sencilla fórmula mientras que otras fracasan en el intento? Según un estu- dio publicado en el American Journal of Clinical Nutrition en 2005, solo una quinta parte de los sujetos que pierden al menos un diez por ciento de su peso consiguen mantenerse en ese estado durante como mínimo un año. Por supuesto, existen numerosos factores bio- lógicos que influyen en la pérdida de los kilos de más, entre los cuales se encuentran el tamaño corporal (constitución muscular y grasa) y la tasa metabólica. Con todo, los psicólogos han comenzado a fijarse en los rasgos de personali- dad como variables críticas en la ecuación para la dieta. La personalidad modela nuestro comporta- miento. De ahí su importancia en el asunto. Según señala Claude Robert Cloninger, de la facul- tad de medicina de la Universidad de Washing- ton en San Luis, incluso puede convertirse en el mejor predictor para conocer la tendencia de una persona en el objetivo de perder peso. Los rasgos de personalidad repercuten en la moti- vación que lleva a reducir las raciones, a evitar las comidas grasas, a hacer ejercicio, etcétera. De este modo, la propensión al optimismo, al neuroticismo o a la búsqueda de novedad ejer- cen una gran influencia sobre la habilidad para adelgazar. «La personalidad no actúa sola; se

trata de un modulador de la motivación y de la actitud de las personas hacia qué y cuánto comen, así como de cuánto ejercicio practican», afirma Cloninger. A pesar de que no puede al- terarse por completo el propio carácter, sí es posible moderar ciertos aspectos del mismo de manera que se eviten rasgos que obstaculizan la pérdida de peso.

Más neurótico, menos peso

La investigación en torno a la relación entre la personalidad y la pérdida de peso es relativa- mente nueva. En 1995, Cloninger se convirtió en uno de los primeros científicos que estudiaba el efecto de la personalidad sobre el estilo de vida del individuo. A pesar de que algunos trabajos no han revelado una conexión sólida entre rasgos de personalidad concretos y adelgazamiento (aun- que sí han apuntado la relación entre la deter- minación de una persona para perder peso y sus expectativas de éxito), los estudios más recientes sugieren que algunas cualidades personales de- sempeñan una función clave. Los rasgos de carácter con reputación de ser perjudiciales para el bienestar mental pueden incrementar las posibilidades de perder peso; en cambio, ciertas características personales que se tienen por positivas pueden transformar la dieta en una ardua batalla. En un trabajo pu- blicado en 2007, Hitomi Saito, de la Universidad Doshisha, y sus colaboradores determinaron la personalidad de los participantes de un progra- ma de adelgazamiento que se llevaba a cabo en

PÉRDIDA DE PESO Los probandos que adelgaza- ron más kilos presentaron una puntuación más alta
PÉRDIDA DE PESO
Los probandos que adelgaza-
ron más kilos presentaron una
puntuación más alta en relación
al ego y al autocontrol.
@ ISTOCKPHOTO / VICTOR_69

@ ISTOCKPHOTO / EMRE OGAN

QUEDAR BIEN Una personalidad con el rasgo de amabilidad elevado aumenta

la tendencia a ceder ante las

presiones sociales para comer. Una persona así aceptará un

trozo de chocolate que le ofrez- ca un amigo, a pesar de estar

a dieta.

la universidad. Se pesó a los probandos antes de que iniciaran la dieta, también seis meses después. Según se comprobó, dos rasgos de per- sonalidad sobresalían en la pérdida de peso, si bien de manera opuesta: el neuroticismo y la amabilidad. Los participantes más neuróticos y menos amables perdieron más peso que aque- llos que puntuaron más bajo en neuroticismo pero alto en amabilidad. Los científicos argu- mentaron que cuanto más neurótica es una per- sona, más se preocupa por su salud y mayor es su fuerza de voluntad para acometer sacrificios en pos de un objetivo. Asimismo, cuanta menos amabilidad se muestra, menor es la probabili- dad de ceder a las presiones sociales para comer, incluso si ello implica herir los sentimientos de, por ejemplo, la madre al negarse a probar su tarta de manzana.

En 2009, Saito y sus colaboradores revelaron otro rasgo positivo de personalidad que influye de forma negativa en los esfuerzos para adelga- zar: el optimismo. Con el fin de identificar los rasgos que motivaban a las personas a adoptar

hábitos de alimentación más sanos y a practicar

a adoptar hábitos de alimentación más sanos y a practicar ejercicio, el equipo examinó las características

ejercicio, el equipo examinó las características psicológicas de 101 pacientes con obesidad, quie- nes participaban en un programa para perder peso durante seis meses. Además, querían ob- servar cómo influía el asesoramiento psicoló- gico, incluido como parte del programa, sobre esas características. Los resultados reflejaron que los individuos que puntuaban alto en optimismo presentaban menos probabilidades de adelgazar. En otras pa- labras, una persona optimista infravalora el pro-

pio riesgo de desarrollar una enfermedad, como podría ser la diabetes, y cree que va a encontrar- se bien pese a sus acciones. «Ser demasiado opti- mista puede dificultar la pérdida de peso, puesto que los pacientes se vuelven menos conscientes de su enfermedad», señala Saito. Dicha actitud puede obstaculizar el control que se tiene sobre

el propio comportamiento. Un individuo dema-

siado optimista tenderá a tomar otra rosquilla o

a saltarse el paseo matutino, ya que piensa que,

de todas formas, todo saldrá bien. Los sujetos que adelgazaron más kilos obtu- vieron una puntuación alta en el estado psicoló- gico del ego, que se caracteriza por la habilidad de autocontrol. Las personas que saben autocon- trolarse recopilan los datos, consideran las al- ternativas y son objetivas. Reúnen información sobre las raciones y calorías, la cual utilizan para seleccionar comidas sanas. Además, suelen ser más hábiles a la hora de planificarse un horario de ejercicios realista y de cumplirlo. El hecho de llevar a cabo las actividades que se programan, así como de observar la pérdida progresiva de gramos, motiva a estos sujetos para alcanzar un modo de vida sano.

Soluciones novedosas

De igual modo que el optimismo, la búsqueda de novedades y aventuras supone un obstáculo para lograr embutirse en esos pantalones va- queros apretados que están de moda. En 2006, Cloninger y sus colaboradores publicaron un estudio para el que habían contado con las respuestas a un cuestionario estandarizado de personalidad por parte de 264 individuos delgados, 56 sujetos con obesidad y 183 pa- cientes del programa de adelgazamiento de la universidad. (Este tratamiento incluía una terapia conductual grupal a la semana, además de unas sesiones sobre dietética.) El cuestio- nario midió siete rasgos básicos de persona- lidad: búsqueda de novedad, evitación del daño, dependencia a la recompensa (sesgo y sensibilidad hacia la recompensa social por la

© FOTOLIA / VETAL1983

conducta), persistencia, autodirección, coope- ración y autotrascendencia (habilidad para ir más allá de uno mismo y hallar el significado de las experiencias vitales). Los probandos con obesidad puntuaban más en la búsqueda de novedades (rasgo que se aso- cia con un carácter fuerte e impulsivo) que los participantes delgados, resultado que sugiere que las personas ávidas de nuevas experiencias tienden al sobrepeso. Cloninger confirma que, de hecho, la búsqueda de nuevas vivencias se correlaciona con el Índice de Masa Corporal (IMC) en la población general: cuanto mayor es el IMC de una persona, más alto tiende a pun- tuar en dicho rasgo. No obstante, el equipo de Cloninger también relacionó la búsqueda de novedad y aventura con la pérdida de peso. Los pacientes del progra- ma para adelgazar que perdieron más del 10 por ciento de su peso en 22 semanas presentaban menos probabilidades de puntuar alto en ese rasgo que aquellos participantes cuyo peso se redujo menos de un 5 por ciento. Parece que los aventureros valoran la exploración más que la comodidad de los hábitos familiares y que el cumplimiento de las normas dietéticas. Por lo general, explorar requiere deshacerse de las in- hibiciones y de los miedos, es decir, el tipo de temperamento que puede entorpecer a quienes están a dieta. «La búsqueda de novedades im- plica, además, la búsqueda de gratificaciones sensoriales —explica Cloninger—. Las personas con niveles altos en la búsqueda de novedades ceden a sus deseos y apetitos, de forma que ese rasgo de personalidad abunda entre las perso- nas impulsivas, las que abusan de drogas, las descomedidas y las obesas.» ¿Significa ello que las personas que se carac- terizan por una elevada búsqueda de novedad, optimistas y alegres se hallan condenadas al sobrepeso? En absoluto, apunta Saito: un poco de optimismo puede resultar útil si se compensa con los rasgos adecuados. Una persona que tien- de a ver el lado positivo de las cosas y a su vez se muestra realista y consciente de sí mismo será capaz de efectuar cambios conductuales que le permitan adelgazar. Sin embargo, un optimismo excesivo puede llevar a ignorar la realidad y, con ello, influir de forma negativa en la adopción de los hábitos necesarios para desprenderse de los kilos de más. A pesar de que en un principio alterar la pro- pia personalidad puede suponer una estrategia compleja, es posible confeccionarse una dieta a medida a partir de la personalidad. ¿Cómo?

una dieta a medida a partir de la personalidad. ¿Cómo? AVENTURAS Y KILOS Para contrarrestar la

AVENTURAS Y KILOS Para contrarrestar la propensión a los kilos de más, los indivi- duos con un nivel alto en la búsqueda de novedad y aventu- ra pueden practicar deportes de riesgo, entre ellos, la escalada.

Minimizando el efecto de los rasgos negati- vos. Si a una persona le atraen las novedades, debe buscarse diferentes maneras para practi- car ejercicio. «A las personas con una elevada búsqueda de novedad les gusta mantenerse activas, de manera que el ejercicio puede ser una buena forma de aumentar la conciencia sobre el propio cuerpo, a la vez que se queman calorías», aconseja Cloninger. Los buscadores de novedades deberían, además, habituarse a comer de forma lenta. Saborear, disfrutar de la textura y el aroma de la comida suele recom- pensar a las personas que gozan de la gratifi- cación sensorial. En algunos casos, empero, merece la pena rea- lizar ciertos cambios en la personalidad. Para las personas impulsivas, un método útil para controlar la impulsividad estriba en hacerse más conscientes de sí mismas en su día a día. Medi- tar, escribir un diario o simplemente reflexionar sobre lo que resulta importante y satisfactorio para uno mismo son algunas pautas. También adoptar una postura calmada y pensativa per- mite tomar decisiones más consideradas y pro- tegerse de las tentaciones externas (entre ellas, la publicidad de comida rápida). De hecho, este tipo de cambio psicológico constituye una de las estrategias de mayor éxito, no solo para lograr metas de adelgazamiento en poco tiempo, sino también para mantenerse esbelto y en forma a largo plazo.

 

BIBLIOGRAFÍA

COMPLEMENTARIA

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Winnie Yu

© FOTOLIA / PAVEL LOSEVSKY

Genes de peso

Las personas con sobrepeso son las principales responsables de su aspecto, reza un prejuicio popular. Sin embargo, el volumen corporal depende en gran medida de la genética

JOHANNES HEBEBRAND Y STEFANIE REINBERGER

corporal depende en gran medida de la genética JOHANNES HEBEBRAND Y STEFANIE REINBERGER 34 MENTE Y

MENSAJE DE ALIVIO La constitución corporal, el ambiente y el comportamiento influyen en el peso. Por ello, los individuos con obesidad no son necesariamente los responsables directos de su aspecto.

son necesariamente los responsables directos de su aspecto. L as personas gruesas no saben controlarse ni

L as personas gruesas no saben controlarse ni disciplinarse; además, les puede la vagan-

cia. Prejuicios como estos circulan hoy en día en nuestra sociedad en referencia a los sujetos con obesidad o sobrepeso. De hecho, los kilos de más representan en multitud de ocasiones un obstáculo para la búsqueda de trabajo o las re- laciones de pareja; incluso en la etapa escolar el exceso de peso puede convertirse en motivo de discriminación [véase «La obesidad: una cues- tión médica y psicosocial», por A. Magallares, M. Á. Rubio y J. F. Morales; MENTE Y CEREBRO n. o 51, 2011]. En general, se atribuye al propio afectado la responsabilidad de su voluminoso aspecto corporal. Pero la realidad no resulta tan simple. Aun- que los hábitos alimentarios y la actividad física influyen en el peso, intervienen más factores. La gordura o la delgadez vienen determinadas, hasta cierto punto, desde el nacimiento. La do- tación genética interviene, además de en otras muchas funciones, en la capacidad del intesti- no para absorber un determinado nutriente y metabolizarlo. Albert Stunkard, de la Universidad de Pensil- vania, apuntó los primeros datos científicos al respecto en el año 1986. El psiquiatra examinó las historias clínicas de hijos adoptivos dane- ses, quienes contaban con unos 20 años en el momento del estudio. La recopilación de datos médicos resultó amplia, ya que contenía infor- mación exacta sobre el peso y la altura de los niños adoptados, de sus progenitores biológicos, así como de las parejas que los habían criado. Una de las conclusiones que se extrajo indicaba que los padres naturales de jóvenes delgados presentaban una constitución mucho más del-

gada que los progenitores de hijos de corpulen- cia normal o con sobrepeso. Tal relación no se daba con los padres adoptivos. Cuatro años más tarde, Stunkard observó el mismo resultado en gemelos univitelinos. Estos hermanos monocigotos tenían un peso pareci- do aunque se les hubiera separado al poco de nacer. En consecuencia, la herencia influía en

el volumen corporal más que el entorno. En la

actualidad, los científicos consideran que los genes determinan del 50 al 70 por ciento de la variación en el peso corporal. Al parecer, los genes disponen incluso el reparto de la grasa corporal, si esta se acumulará en la barriga, en las caderas, en las nalgas o en los muslos. ¿Dónde esconde el ADN la tendencia genética

a la obesidad? ¿Existe acaso un único gen cul-

pable? En 1994 se descubrió uno de los factores hereditarios relacionados con el exceso de peso en roedores extraordinariamente gruesos. A co- mienzos de los años cincuenta del siglo XX, se descubrió un ratón de laboratorio que parecía una auténtica «máquina glotona» y que, lógica- mente, se volvía muy obeso. Los múridos trans- génicos desarrollados a partir de ese ejemplar presentaban unas concentraciones más altas de grasa en la sangre y propendían a sufrir una dia- betes prematura, de forma similar a las personas con sobrepeso. Jeffrey Friedman y su grupo de la Universi- dad de Rockefeller descubrieron una alteración génica en esos ratones. Tal mutación codificaba un cambio en la estructura de una hormona que bautizaron como leptina (del griego leptos, «del- gado»). Según averiguaron, dicha hormona era responsable de la sensación de saciedad, forma con la que regulaba la absorción de nutrientes.

RESUMEN

Desde la cuna

1 Aparte de las costum- bres alimentarias y

de la actividad física, los genes tienen mucho que ver con el sobrepeso y la obesidad.

2 Se han descubierto 32 genes involucrados

en la regulación del peso corporal.

3 En un futuro se prevé aplicar terapias per-

sonalizadas para tratar los kilos de más.

Quien sigue una dieta rápida no alcanza un estado de equilibrio

Si faltaba la leptina, los animales devoraban ali- mentos sin parar.

El freno del hambre

El equipo de Friedman halló leptina también en el organismo humano. Al igual que en los roedores, el déficit de dicha sustancia se asoció en las personas a una masa corporal excesiva. La notable función que desempeñaba en la conducta alimentaria se demostró en dos ni- ños pakistaníes con sobrepeso y cuya sangre carecía de leptina a consecuencia de una muta- ción genética. Al poco tiempo de administrar- les dicha hormona fabricada mediante técnicas genéticas, ambos sujetos se conformaban con cantidades mucho menores de alimento, de modo que adelgazaron sin pasar hambre. Los ratones rechonchos perdieron asimismo peso tras recibir leptina. A la gran euforia inicial por el supuesto mila- gro dietético siguió, sin embargo, el desencanto. La administración de leptina con fines terapéu- ticos apenas resulta eficaz para la mayoría de las personas con obesidad. De hecho, solo alivia a aquellas cuyo organismo es incapaz de producir esa hormona. Con todo, las mutaciones del gen de la leptina resultan extraordinariamente ra- ras. Hasta la fecha, solo se ha detectado en todo el mundo un par de docenas de personas con dicha alteración genética. Pero ahí no termina el asunto, pues existen otros genes relacionados con la obesidad. En- cabeza la lista el gen del receptor 4 de la mela- nocortina (MC4R). Esta proteína se encuentra, entre otros lugares, en el hipotálamo, donde contribuye a transmitir una señal de saciedad

y a impedir con ello que devoremos sin control.

Las personas que carecen de dicho centro regu- lador manifiestan mayor apetito y propenden al sobrepeso. Cabe destacar que las mutaciones del gen MC4R resultan más frecuentes que las del gen de la leptina. Uno de los autores (Hebebrand) investigó, con su equipo de las universidades de Marburg y Essen, el ADN de niños y adolescen- tes obesos en busca de modificaciones del gen MC 4 R. El 2 por ciento de los sujetos examinados presentaba mutaciones; ese porcentaje se ele- vaba incluso hasta el 6 por ciento en muestras aleatorias de otros países. No obstante, no todas las mutaciones de gen MC4R llevan al sobrepeso. Algunas varian- tes comportan un aumento corporal de tan solo uno a dos kilos. También la variación en la secuencia del gen fuera de la región de co- dificación que porta la estructura del receptor únicamente ocasiona un incremento de unos centenares de gramos. Se trata de un polimor-

fismo de un nucleótido o SNP (por sus siglas en inglés; se pronuncia «snip»). En este caso solo se intercambia una pareja de bases de la cadena del ADN, fenómeno no tan extraño. Esos SNP son variantes del genoma que repercuten de forma aislada en el portador (sobre su peso corporal, por ejemplo). Nuestro grupo de trabajo (Hebe- brand) descubrió en 2004 una variante de MC 4 R que contribuye a que sus portadores (cerca del 4 por ciento de la población) pesen casi un kilo

y medio menos que otras personas. Las variacio-

nes de dicho gen determinan, en consecuencia, un incremento o una disminución exagerada del apetito, según empeoren o mejoren la fun-

ción del receptor.

Cómo interactúan los genes con el ambiente

Los genes no son los únicos responsables del peso corporal. Los kilos que pesamos dependen, en última instancia, de la interacción entre la dotación genética y las condiciones ambientales. Los habitantes del atolón de Nauru, en el mar del Sur, ofrecen un buen ejemplo de ello. Su organismo posee genes que procuran un almacenamiento eficaz de la grasa corporal. Hace tiempo, tal característica suponía una ventaja para los isleños, ya que en sus largas travesías en canoa debían luchar siempre contra el hambre. Así, los naurúes de entonces, pese a la disposición genética, estaban muy delgados. Hoy, en cambio, disponen de alimentos en abun- dancia, en especial de productos industriales, y se mueven menos. En consecuencia, muchos de ellos padecen obesidad. Algo parecido, aunque no tan extremo, sucede a algunos ciudadanos europeos: sus células corporales portan la herencia de los ancestros, quienes de forma periódica debían afrontar el hambre. Pero desde entonces, las condiciones de vida han cambiado de forma espectacular, de manera que las despensas del organismo se convierten a menudo en un exceso de grasa abdominal.

El gen engordante no existe

Queda claro: la búsqueda de un único gen engordante, responsable de los kilos de más, resulta ociosa. La clave del peso corporal, en la inmensa mayoría de los casos, no reside en la mutación de un gen específico, sino más bien en multitud de alteraciones individuales del genoma. Los especialistas hablan de efecto poligénico. Espoleados por estos conocimientos, nuestro grupo y otros investigadores iniciamos estudios en todo el mundo en torno a los SNP pertinen- tes. Hasta la fecha hemos localizado 32 regiones del genoma cuyas variantes modifican el peso corporal. En el año 2010 se descubrieron 18 de esas regiones. En un proyecto de investigación internacional se examinó el genoma de cerca de 125.000 personas para verificar de nuevo los hallazgos en otros tantos sujetos. Los expertos estiman que existen al menos 100 genes que, de una u otra manera, esculpen las curvas corpora- les. Para identificarlos se necesita, sin embargo, un número mayor de casos. Entre ese tipo de genes destaca el FTO (del inglés fat mass and obesity associated), el cual se descubrió en 2007 por casualidad. El equipo de Timothy Frayling, de la Escuela de Medicina Península de Exeter, buscaba variantes géni- cas que explicaran el riesgo de la diabetes en adultos. El cromosoma 16, en el que reside el gen que después se denominó FTO, mostraba numerosas variantes cuya frecuencia resulta- ba muy superior en las personas diabéticas en comparación con los sujetos sanos. Se comprobó que esas variantes genéticas intervenían solo de forma indirecta en la diabetes en la adultez; en cambio, aumentaban el riesgo de obesidad —es sabido que los individuos con sobrepeso tienden a padecer diabetes. Una variación de FTO eleva el peso corporal hasta 1,4 kilos; si se porta la misma versión en ambos genes, se suma el efecto, por lo que el aumento alcanza casi los tres kilos. Además, las variantes genéticas que engordan se encuentran muy extendidas: uno de cada seis europeos la hereda de sus progenitores, con lo que el riesgo de obesidad se eleva en un 70 por ciento. Incluso uno de cada dos ciudadanos de Europa posee una variante génica que incrementa el riesgo de obesidad en un 30 por ciento. El efecto de la variante de FTO relacionada con el peso corporal se manifiesta ya en los niños de siete años. Aun así, tener tres kilos extra no convierte a nadie en una persona gruesa; todo lo más hur- ta la posibilidad de llevar vaqueros para tallas

delgadas. Entonces ¿qué repercusiones drásticas pueden tener unas versiones génicas que res-

ponden a un pequeño aumento de un par de kilos o unos centenares de gramos? En ningún caso debe subestimarse la adición de los efectos individuales. Nuestro cuerpo suma, cual con- table meticuloso, todas las acciones positivas

y negativas de la dotación hereditaria; de ese modo llega al peso teórico individual.

En 2007 se comprobó la exactitud con la que

el organismo se ajusta a ese «valor teórico». Fre-

derik Nyström y su equipo de la Universidad de Linköping propusieron a 18 voluntarios (seis mujeres y 12 varones) que devorasen cada día alimentos; además, debían evitar cualquier tipo de ejercicio. En concreto, los sujetos debían inge- rir a diario cerca de 6000 kilocalorías, la mitad en forma de comida basura, y moverse lo me- nos posible. La diversidad en la respuesta de los probandos a la dieta rica en grasas sorprendió a los científicos. Un varón engordó a tal velocidad que tuvo que interrumpir el ensayo a las dos semanas de iniciarlo: en 14 días había ganado 15 kilos, el límite máximo permitido para el experimento por razones éticas. En cambio, la mayoría de los probandos, en especial los delga- dos o de peso normal, no engordaron a la misma velocidad. Incluso al terminar la investigación volvieron a adelgazar sin esfuerzo. Al parecer, su metabolismo operaba a altas revoluciones durante los períodos de engorde; en otras pala- bras, manifestaban una sudoración mayor y su cuerpo producía más calor. Los aficionados a las dietas conocen el efecto yoyó. Quien adelgaza mucho en poco tiempo suele recuperar el peso perdido enseguida. Un posible motivo reside en que quien hace dieta no alcanza, desde el punto de vista fisiológico, el cuerpo de un sujeto con peso normal. Paradóji- camente, tras un importante adelgazamiento, el metabolismo se asimila al de una persona delga- da hambrienta: el organismo ansía las calorías, por lo que vuelve a engordar con rapidez.

Reserva desconocida de genes

Índice de masa corporal (IMC)

Se calcula de la siguiente manera:

Peso corporal en kg

(talla en m) 2

Según la Organización Mun- dial de la Salud, las personas con un IMC superior a 25 sufren sobrepeso; aquellas con un IMC mayor de 30, obesidad.

MITOS Y REALIDAD

¿Viven más las personas con un peso normal?

A partir de la adultez media, las

personas con un sobrepeso lige-

ro (de acuerdo con la definición

vigente) tienen una esperanza de vida superior a aquellas que presentan un peso normal.

Es probable que se desconozcan a fecha de hoy muchas de las variantes génicas que influyen

El precio

en el peso corporal. A pesar del amplio estudio

por adelgazar

llevado a cabo con cerca de 250.000 volunta- rios, solo se explica del 1 al 2 por ciento de la variación en el índice de masa corporal. Si el peso se halla determinado en un 50 por ciento por la genética, restan por descubrir numero- sos factores hereditarios. Empero, como ya se sabe de la investigación de otras enfermedades

Inmediatamente después de una dieta radical, el cuerpo quema una cuarta parte menos de calorías en comparación con las personas que siempre han sido delgadas. Es una posible causa del efecto yoyó.

La leptina no solo regula la sensación de apetito; también adapta el cuerpo a estados de hambre

BIBLIOGRAFÍA

COMPLEMENTARIA

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CHIPPING AWAY THE «MISSING HERITABILITY»: GIANT STEPS FORWARD IN THE MOLECULAR ELUCIDATION OF OBESITY — BUT STILL LOTS TO GO.

J. Hebebrand et al. en Obe- sity Facts, vol. 3, págs. 294- 303, 2010.

complejas (entre ellas, el cáncer), el rastreo se antoja difícil. Posiblemente exista una serie de versiones génicas que solo se expresan si se presenta una determinada variante en el segundo gen. Se ha- bla entonces de efecto no aditivo. Hasta el mo- mento no se han detectado esas interacciones en relación a la obesidad. Los mecanismos que se ocultan tras las va- riantes recién descubiertas también permane- cen a oscuras. Cuantos más genes intervienen en un acontecimiento global, más difícil resul- ta averiguar el concurso de los mismos dentro de una red compleja. La complejidad se refle- ja en el ejemplo mencionado de la leptina. Al parecer, dicha hormona frena el apetito, pero no necesariamente la absorción de nutrientes, pues la sangre de las personas obesas contie- ne a menudo cantidades elevadas de leptina. De modo general puede afirmarse que cuanto más alto es el valor de la leptina, mayor es la masa adiposa. Puede que el nivel elevado de la susodicha sustancia en los individuos con obesidad cons- tituya un intento de su organismo para reducir la absorción de energía. De este modo se expli- caría que la administración continuada de la hormona no conlleve la disminución deseada en la absorción de nutrientes. Los ensayos de las compañías farmacéuticas para tratar la obesidad con leptina han resultado baldíos. Seguramente, los sistemas celulares, que reciben las seña- les de los receptores de leptina, no responden de forma adecuada. Es como si estas personas mostraran resistencia a la leptina.

Cuando el metabolismo se apaga

También podría operar un tercer mecanismo. En la actualidad, los científicos consideran que la leptina no solo regula la sensación de hambre. Su principal misión radica en adaptar el cuerpo a los estados de hambre. Un descenso en el valor de esta hormona, como sucede con una dieta adelgazante adecuada, apaga el metabolismo si se le brindan al cuerpo menos alimentos. Ese dato se corresponde con los niveles bajos de leptina que presentan las personas con ano- rexia, quienes apenas disponen de masa adipo- sa y cuyo organismo se encuentra adaptado al hambre. De hecho, la práctica ausencia de lep- tina suprime la menstruación de las mujeres con delgadez extrema. Hay que partir de que los bajos niveles de la hormona del hambre estre- chan el estómago de las afectadas. No obstante, otras funciones superiores del sistema nervioso

central se ocupan, en principio, de que dicha señal no alcance su objetivo. Muchas enfermas de anorexia muestran, además, un impulso a menudo irresistible al

movimiento. Es probable que se trate de una hi- peractividad inducida por el hambre, parecida a

la

de prisioneros de guerra a quienes el hambre les provocaba una enorme actividad inicial, posible- mente como reacción del organismo para buscar alimentos y asegurarse la supervivencia. ¿La hiperactividad se desencadena también

cuando los niveles de leptina son bajos? Con el fin de comprobarlo, nuestro grupo (Hebebrand)

redujo las calorías del pienso de ratas jóvenes en un 60 por ciento con respecto a las necesarias conforme a su edad. Con ayuda de una mini- bomba implantada bajo la piel de los roedores suministramos durante una semana leptina o suero fisiológico a las ratas hambrientas. Mien- tras los animales que habían recibido leptina se comportaban con normalidad, los del grupo del suero salino se ejercitaban mucho más tiempo en las ruedas de lo que suelen hacerlo múridos bien alimentados. Su actividad se incrementó casi en un 350 por ciento. La agitación motora también aumenta en las mujeres con anorexia nerviosa cuanto más bajos son los niveles de leptina, según han re- velado otras investigaciones. Por consiguiente, podría concluirse que la actividad intensa de muchas afectadas se debe, al menos en parte,

a las reducidas concentraciones de la hormona

en cuestión. Aun así, todavía falta una demos-

tración definitiva de tal hipótesis.

A la vista de los múltiples y aún desconoci-

dos factores que modelan nuestra figura, las perspectivas de una terapia contra la obesidad resultan por ahora algo sombrías. Sin embargo,

la hipótesis del peso corporal teórico explica por

de situaciones de catástrofe: se conocen casos

qué las dietas originales no suelen resultar, al menos a largo plazo. Muy pocas personas logran cambiar de forma radical sus hábitos alimenta- rios y obtener resultados duraderos. También queda muy lejano el tratamiento farmacológico eficaz contra la obesidad. Ante este panorama, por ahora se antoja más importante luchar contra la estigmatización de las personas con obesidad. Si la sociedad no las considerase necesariamente las responsables de su exceso de peso, su vida resultaría más ligera.

Johannes Hebebrand es médico y profesor de la Clínica de psiquiatría y psicoterapia infanto-juvenil de la Universidad de Duisburgo-Essen. Stefanie Reinberger es bióloga y periodista.

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© FOTOLIA / NADEZHDA BELOGORSKAYA (manzana); GEHIRN & GEIST / EMDE-GRAFIK (cara); GEHIRN & GEIST / MANFRED ZENTSCH (almohada y fotomontaje)

Dormir bien para comer mejor

En los países desarrollados, el descanso nocturno se reduce mientras aumenta la obesidad.

Tal correlación no es casual: la falta de sueño conlleva un desequilibrio en el balance energético

del organismo, lo cual favorece la aparición de alteraciones metabólicas

de los participantes, cuando una declaración objetiva y fiable sobre la calidad del sueño se
de los participantes, cuando una declaración
objetiva y fiable sobre la calidad del sueño se
obtiene solo mediante mediciones en el labo-
ratorio. Con el fin de evitar posibles inexactitu-
des, cada vez se utilizan, a nivel internacional,
experimentos más controlados para comprobar
la supuesta relación entre la calidad del sueño
y la alimentación.
En 2004, Eve van Cauter, de la Universidad de
Chicago, y su equipo analizaron la sangre de dos
grupos de varones jóvenes que habían dormido
cuatro y nueve horas, respectivamente, durante
dos noches. En los probandos que habían dor-
mido menos, la concentración de la hormona
grelina se elevó en un 30 por ciento. Dicha hor-
mona, sintetizada sobre todo por el estómago,
provoca sensación de hambre. ¿Es posible que
las noches cortas aviven el apetito?
Hambrientos y perezosos
Con el fin de descubrir si se come más cuando se
ha dormido poco, Peter Jones, de la Universidad
de Manitoba en Winnipeg, y su equipo compara-
ron en 2011 la conducta alimentaria de sujetos a
quienes despertaban tras cuatro horas de sueño
con el mismo comportamiento en participantes
a los que dejaban dormir un total de nueve

horas. Resultó que los probandos con menos ho- ras de sueño comían durante el desayuno una media de 300 kilocalorías más (cantidad que equivale a media tableta de chocolate) que los que habían descansado; también ingirieron un 30 por ciento más de grasas saturadas, es decir, «insanas».

MANFRED HALLSCHMID Y JAN BORN

«M añana a las diez de la mañana paso por tu casa. ¿Te va bien a esa hora o todavía

estarás durmiendo?» Ingo (nombre ficticio), muy a su pesar, está acostumbrado a ese tipo de comentarios. Es consciente de que lo consi- deran un dormilón a causa de sus kilos de más. Nada menos él, que se pasa las noches en vela, revolviéndose en la cama, con un ojo cada dos por tres enganchado al despertador; así toda la noche hasta que los primeros rayos de sol se cuelan por la persiana de su habitación y le dan un motivo de alegría. Poco sospecha Ingo que su sobrepeso se debe precisamente a los problemas que tiene para conciliar el sueño. Algunas personas no consiguen «desconec- tar» por las noches; otras, sencillamente, no tie- nen tiempo para disfrutar de una noche repara- dora. En los últimos sesenta años, la media de sueño nocturno ha disminuido una o dos horas en los países industrializados, hasta situarse en unas siete horas; al mismo tiempo ha aumen- tado el número de individuos con sobrepeso y obesidad mórbida. Algunos expertos hablan in- cluso de epidemia de adiposidad. Alrededor de sesenta estudios epidemiológicos transversales afirman que existe una relación estadística en- tre ambos fenómenos. Ingo podría ser uno de los casos. Numerosos estudios longitudinales revelan que cuanto menos duerme una persona más fácil resulta que acumule kilos de más. ¿Qué mecanismos biológicos originan dicha relación? Los detractores de tal hipótesis criti- can, no sin razón, que la mayoría de las inves- tigaciones se basan en valoraciones subjetivas

RESUMEN

Engordador

nocturno

1 Las personas que duermen poco duran-

te un período prolonga- do muestran tendencia a engordar.

2 Tras una mala no- che, comemos más

y nos movemos menos. Además, sube el nivel de glucosa en sangre, lo que aumenta la probabilidad de contraer diabetes.

3 El balance energético resulta en especial

sensible a las alteraciones

del sueño profundo.

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contraer diabetes. 3 El balance energético resulta en especial sensible a las alteraciones del sueño profundo.
MENTEMENTE YY CEREBROCEREBRO 5757 // 20122012 CABEZADA SALUDABLE Una siesta reparadora beneficia a la psique.
MENTEMENTE YY CEREBROCEREBRO 5757 // 20122012 CABEZADA SALUDABLE Una siesta reparadora beneficia a la psique.
MENTEMENTE YY CEREBROCEREBRO 5757 // 20122012 CABEZADA SALUDABLE Una siesta reparadora beneficia a la psique.
MENTEMENTE YY CEREBROCEREBRO 5757 // 20122012
MENTEMENTE YY CEREBROCEREBRO 5757 // 20122012
MENTEMENTE YY CEREBROCEREBRO 5757 // 20122012 CABEZADA SALUDABLE Una siesta reparadora beneficia a la psique. También
MENTEMENTE YY CEREBROCEREBRO 5757 // 20122012 CABEZADA SALUDABLE Una siesta reparadora beneficia a la psique. También

CABEZADA SALUDABLE Una siesta reparadora beneficia a la psique. También favorece los buenos hábitos alimentarios.

4141411

AL RALENTÍ

Para descubrir cómo reacciona

el cuerpo ante una concentra-

ción alta de azúcar en sangre,

los médicos inyectaron una so-

lución de glucosa a los pacien-

tes. Midieron luego la rapidez

con la que desaparece el azúcar

de la sangre. Si los afectados

hacía tres noches que no con-

ciliaban el sueño profundo, el

proceso resultaba más lento.

PRUEBA DE MENEO

Para medir la rapidez y cantidad

de movimientos de los proban-

dos se utilizan acelerómetros.

Estos aparatos contienen un

sensor que registra la acelera-

ción del brazo.

2 1 0 Tras 3 noches con sueño profundo Tras 3 noches sin sueño profundo
2
1
0
Tras 3 noches
con sueño
profundo
Tras 3 noches
sin sueño
profundo
Disminución de la concentración
de azúcar por
en sangre
(porcentaje
minuto)

GEHIRN & GEIST, SEGÚN E. TASALI ET AL., PNAS, N. o 105, PÁGS. 1044-1049, 2008.

Puesto que la actividad física influye, junto a los hábitos alimentarios, sobre el peso, en 2009 nuestro equipo registró en la Universidad de Lübeck el dinamismo que presentaban, por un lado, sujetos tras una noche de poco descanso y, por otro, voluntarios que habían disfrutado de largas horas de sueño. Colocamos en la mu- ñeca de todos ellos una pulsera con aceleróme- tro, que debían llevar puesta en su rutina diaria. Apreciamos que los participantes que habían descansado poco se movían menos y con ma- yor lentitud que los que habían gozado de una noche reparadora. En otras palabras, la falta de sueño nos hace perezosos. Un efecto más: según observamos en expe- rimentos posteriores, los probandos que pasa- ban la noche en vela desprendían menos calor corporal durante el día, fenómeno que indicaba que su cuerpo tendía a convertir las reservas sobrantes en michelines, en vez de quemarlas. Al gastar energía, una parte de ella se convierte en calor, mas si ello no ocurre, la grasa se acu- mula en el tejido adiposo. En nuestro estudio determinamos la termogénesis (producción de

MANFRED HALLSCHMID, UNIVERSIDAD DE LÜBECK
MANFRED HALLSCHMID, UNIVERSIDAD DE LÜBECK

calor del cuerpo) de los sujetos mediante calo-

rimetría indirecta: los probandos respiraron en un aparato que registraba la cantidad de oxíge- no del aire de respiración que se convertía en dióxido de carbono. A partir de este dato puede

calcularse el gasto energético total. Aunque todavía no está claro si ese efecto aparece por la falta de sueño durante un largo periodo de tiempo, numerosos trabajos confir- man que los pacientes con trastornos crónicos del sueño consumen más reservas durante la noche. Por ello resulta probable que el cuerpo equilibre al día siguiente dicho aumento redu- ciendo la marcha. Aparte de avivarnos el hambre y volvernos

más perezosos, dormir poco afecta al nivel de azúcar en sangre (glucemia). En 1999, Van Cauter

y su equipo dejaron dormir solo cuatro horas

durante seis noches seguidas a hombres jóvenes

sanos; en las seis noches posteriores les permi- tieron descansar durante 12 horas. En ambas situaciones experimentales inyectaron al quinto día a los probandos una solución de azúcar. ¿El objetivo? Comprobar la tolerancia de su cuerpo

a la glucosa.

Metabolismo de la glucosa alterado

Después de un fuerte aumento de la concen- tración de azúcar en sangre causada por la in- yección, la glucosa volvió a disminuir de forma gradual en todos los casos. Sin embargo, en los participantes que no habían dormido se reducía de forma más lenta que en los que habían des- cansado bien. El motivo consistía en lo siguiente:

por un lado, el cuerpo de los primeros segrega- ba menos insulina (hormona que estimula el transporte de glucosa de la sangre al hígado, los músculos y el tejido graso); por otro, sus células ya no reaccionaban con la misma sensibilidad ante los transmisores químicos, entre ellos, la insulina, por lo que la sensibilidad insulínica decreció de forma drástica. De hecho, los valores se encontraban a un nivel semejante a los que presentan los pacientes con alteraciones en el metabolismo de la glucosa. Otra prueba de la importancia que ejerce el sueño reparador en el correcto mantenimien- to de los niveles de glucosa se basa en el Estu- dio de salud de las enfermeras (Nurses’ Health Study) de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, en el que se llevaron a cabo durante 30 años encuestas periódicas a 70.000 enfermeras. Cuanto menos y peor dormían las encuestadas, antes padecían diabetes. El riesgo de contraer la enfermedad alcanzaba más de

GEHIRN & GEIST / MEGANIM

un 50 por ciento en las participantes con cin- co horas de sueño en comparación con las que dormían ocho horas diarias. Sin embargo, en el mantenimiento energé- tico del cuerpo no solo importa la cantidad, sino también la calidad del descanso. En espe- cial durante la fase de sueño profundo, la cual acontece sobre todo durante la primera mitad de la noche. En ese periodo circulan por el or- ganismo numerosas hormonas que afectan al metabolismo de la glucosa. La expresión de di- cha fase se distingue en un electroencefalogra- ma a través de las frecuencias lentas: las ondas delta. El equipo de Van Cauter determinó en 2008 que un sueño delta alterado trastornaba la regulación del azúcar en sangre. Mientras los probandos dormían en el laboratorio, los investigadores hacían sonar tonos con una fre- cuencia y un volumen que no desvelaba a los sujetos pero que tampoco les permitía caer en un sueño delta. Esa situación conllevaba conse- cuencias graves: la tolerancia a la glucosa y la

sensibilidad insulínica descendieron alrededor de un 25 por ciento.

Modo en ahorro de energía

¿Qué sucede en el cerebro mientras llega al descanso nocturno? Nuestro órgano central de control cubre su demanda energética casi exclusivamente a base de azúcar. Pese a repre- sentar solo el 2 por ciento de la masa corporal, el consumo de glucosa y de oxígeno del encéfalo supone el 20 por ciento del total. No obstante, la demanda de azúcar por parte del cerebro es menor durante el sueño delta que en estado de vigilia. Pierre Maquet, de la Universidad de Lieja, su- ministró a una serie de probandos una solución con glucosa radiactiva. Mediante tomografía por emisión de positrones (TEP) determinó la can- tidad de azúcar que consumía el cerebro de los sujetos, así como en qué fases del sueño sucedía. Resultado: durante el sueño profundo, el consu- mo era menor.

EN BREVE

La tolerancia a la glucosa

es una medida para determi-

nar la rapidez con la que una

concentración alta de azúcar en

sangre vuelve a normalizarse.

Los pacientes en los que este

proceso resulta especialmente

lento corren el riesgo de con-

traer diabetes.

La sensibilidad insulínica

define la sensibilidad con la que

reaccionan las células humanas

ante la insulina. Cuanto más

baja es, más cantidad de hor-

mona se necesita para reducir

la concentración de azúcar en

sangre.

Electroencefalograma típico

Durante la noche pasamos por distin-

tas fases de sueño, las cuales se distin-

guen fácilmente en un electroencefa-

lograma (EEG). El estado de vigilia se

representa por ondas alfa y beta (hasta

un máximo de 50 hercios). Al dormir-

nos, la frecuencia se torna cada vez

más lenta. Los somnólogos describen

EEG
EEG

junto al sueño REM (del inglés rapid

eye movement, «movimientos ocula-

res rápidos») cuatro fases del sueño

no REM.

El sueño profundo (nivel 4 en el gráfi-

co) es muy rico en ondas delta y más in-

frecuente a medida que se va acercando

la mañana; los ciclos del sueño también