La palabra, Señora Juez.

En la noche del 31 de agosto de 1999, a menos de una hora del 1 de
septiembre, una niña descubre a otra niña, muerta y desnuda, en el
depósito de la escuela, cuando quiere sacar un colchón para ir a
dormir. De inmediato se llama a la policía y la División Homicidios
empieza con su investigación.
Se dan cuenta que la pequeña víctima es Patricia Flores,
desaparecida desde hace 5 días y que su madre había visto por última
vez cuando la había dejado detrás de la reja de entrada a la
escuela, el viernes 27 de agosto en la mañana.
La noticia se expande rápidamente y la población paceña, incrédula,
horrorizada y enojada, exige un esclarecimiento rápido del crimen –
las marchas ponen en alerta al gobierno de turno y este le da un
plazo de 24 horas a la policía para encontrar el culpable.
Puesto que la niña fue encontrada dentro de su escuela, la
investigación se concentra en su turno, el de la mañana, donde sólo
3 hombre trabajan – 2 profesores y mi persona, el regente Odón
Mendoza. El 1 de septiembre, la escuela está cerrada y todo el
plantel interrogado por la policía. A las 5 de la tarde, dos médicos
forenses proceden a la autopsia legal, en presencia de
representantes de la familia de la menor y se llega a la conclusión
que la niña había fallecida por estrangulamiento y que tenía
evidencias de politraumatismo y violencia sexual. La data de la
muerte fue establecida para el domingo 29, aproximadamente 72 horas
antes de la autopsia. Estas 72 horas son un escalón importante ya
que después de esto, los así llamados fenómenos cadavéricos empiezan
que ser visibles. Llega la fauna cadavérica y el cuerpo empieza que
hincharse – nada de esto fue constatado en la víctima. Estos
fenómenos llegan con una predecible frecuencia, así que la data de
la muerte es cierta y la policía empezó que tener un problema con la
línea del tiempo.
Además, la División Homicidios recibió información de sus colegas de
la División Menores y Familia, que había empezado con investigar la
denuncia por rapto de menores que la familia Flores Velásquez había
presentada el lunes 30 de agosto y donde se destaca el relato del
propio padre de la víctima, declarando que su hija había sido vista
caminando por las calles en búsqueda de un chicle Basuka cuando las
clases ya habían empezado y la puerta de entrada estuvo cerrada.
Con la presión popular y gubernamental, la policía no podía admitir
que el caso no era tan fácil de resolver así que se concentraron en
mi persona, el único hombre que no daba clases. Que en aquella
mañana, sí había estado en un aula, reemplazando a la profesora de
manualidades que se había tomado el día libre por ser cumpleañera,
ni siquiera trataron de comprobar – si los niños hubieran confirmado
lo que dije, esto hubiera hecho caer todo el caso que estaban
armando.
Se me detiene en un tiempo record – unas 36 horas después de
encontrar a la niña asesinada y se me pone durante 8 días en
detención policial – solo frente a todos los abusos que se suceden
día tras día para lograr que yo confesara algo que no cometí. Pero
ante todo, los policías y el fiscal a cargo, se dan a la tarea de
cambiar las fechas de sus informes, para que la determinación de la
autopsia sobre el día en que murió la niña no pueda interferir en el
caso y que lo puedan concluir. Fíjese por ejemplo en el informe
policial, donde se afirma, a fs. 676, que la autopsia se hubiera
llevado a cabo el 31 de agosto cuando el protocolo de autopsia,
cursando a fs. 9 – 11, indica claramente que esto pasó el “01-09-99
/ Hora; 17.00”.
Se llama a un catedrático de la ANAPOL, Emilio Viscarra Pinto, que
dice ser criminólogo. Ahora, esta “profesión” no tiene nada que ver
con la labor de un verdadero sicólogo, pero él determina, en dos
páginas y media, plagadas de errores sobre los test que hubiera
utilizado, que yo sería un psicópata y pedófilo.
Las investigaciones sobre casi todas mis pertenencias tampoco dan
pruebas para poder acusarme. En uno de mis cinturones,
supuestamente, se hallaron fibras de color rojo y azul – el
laboratorio criminológico de la policía determina que el color azul
NO es idéntico al color de la chompa que llevó la víctima y nadie
explica de donde vienen las fibras rojas ya que la niña no tenía
ninguna prenda de este color. Además, en ninguno de mis cinturones
se descubrió restos de tejido humano, lo que prueba que ninguno es
el arma del crimen ya que el arma que sirvió para ahorcar a la niña
dejó huellas en su cuello y que, de esta forma, restos de su piel
deben encontrarse en el arma del crimen. El IDIF, en 2012,
determina fehacientemente que en ninguno de mis cinturones se
encuentran manchas de interés forense – lo que significa que ninguno
estuvo en contacto con la piel humano en algún momento por lo que es
totalmente excluido que uno de estos pueda ser el arma del crimen.
La policía, sin autorización judicial, va varias veces al lugar
donde yo vivo y trae todo lo que puede hasta que, al final, casi
todas mis pertenencias están en el laboratorio criminológico, donde
se procede a su registro y catálogo. En uno de mis fólderes hay
manchas de color rojizo y, cuestionado al respecto, yo explico que
tuve un sangrado de la nariz unas semanas atrás y que esto ha debido
salpicar dicho folder. Por supuesto que no se me cree, pero pocas
semanas después, el FBI lo corrobora, determinando que el único ADN
que se encuentra en este folder es de mi persona.
Ante estos problemas de investigación, se impone la necesidad de
proceder a un análisis de ADN y, sin entrar en mayores detalles,
pero afirmando que el procedimiento cumplió con todas las normas
legales y de cadena de custodia, voy a ir directo a los resultados
que dio el test de ADN. El FBI, en una tarea de colaboración entre
policías, excluye fehacientemente la presencia de ADN de mi persona
en todo lo había analizado y, después de una investigación propia
descubre que el presunto autor del crimen es José Luis Flores puesto
que su ADN se encontró, junto al ADN de la niña, en su falda y en un
vello púbico que la policía había encontrado en el guardapolvo de la
víctima.
Entre enero y septiembre de 2000, el FBI manda a su par boliviana
más de 50 páginas sobre la investigación, seguramente con la idea de
que la policía boliviana haga su propia investigación para poder
cumplir con las exigencias legales para presentar el resultado de
su investigación. Ante la inacción de dicha institución, y
seguramente para facilitar los trámites procesales, el resumen de la
investigación consistiendo en 3 páginas escritas por el agregado
legal de la embajada de Estados Unidos y representante del FBI en
Bolivia, el cónsul de aquel país certifica la autenticidad de este
documento que se encuentra, legalizada por la Cancillería, entre fs.
2712 y 2716 inclusive. Con esto, los resultados de la investigación
del FBI gozan de plena legalidad en nuestro país.
Esto llevó a la entonces Corte Suprema a anular las condenas
sucesivas que se me dio entre 2003 y 2007 porque todos los jueces
excluyeron los resultados de la prueba de ADN de su razonamiento
para dictar sentencia, cometiendo así, como lo llama la Corte
Suprema una “valoración inadecuada de las pruebas de cargo y
descargo”. Sólo para dar un ejemplo de la manera viciada con la cual
se me había condenado, decir que siempre se utilizó la sangre
encontrada en mi folder para determinar mi supuesta culpabilidad a
pesar de que es probado que no puede provenir de la niña puesto que
es MI SANGRE.
El año pasado, el IDIF presentó los resultados del estudio de ADN
que había hecho a todo lo que se encuentra en la caja de evidencias
– 29 evidencias del depósito donde la niña fue encontrada y 35 cosas
de mi persona. En ninguna de ellas, el IDIF halló algún indicio de
una posible conexión mía con el crimen. Todo lo que había encontrado
son los ADN de la víctima, de José Luis Flores y de un hombre
desconocido. Y ni un solo ADN femenino había detectado en todas mis
cosas. La prueba de ADN respecto a mi persona es incuestionable, ya
que todos los análisis efectuados a lo largo de más de 12 años daban
dos resultados seguros – primero que las evidencias del depósito son
de la víctima ya que está su ADN de ella y segundo que yo no tengo
nada que ver con el crimen puesto que en ninguna se encuentra algo
de mí.
En el caso de que una evidencia es manejada de forma descuidada, el
problema que se genera es que se puede incorporar el ADN de una
persona ajena al crimen pero de ninguna forma se puede quitar algún
ADN. Si esta prueba determina exclusión de un sospechoso, esto
significa que esta persona nada, absolutamente nada tiene que ver
con un crimen y no hay que seguir debatiendo sobre este punto.
Las pruebas de ADN que son suficientes en sí mismas, son además
corroborados por la data de la muerte que concluye que la niña
falleció el domingo 29 de agosto, día en que me quedé en el hogar
donde estaba viviendo, como confirma el certificado del responsable
que cursa a fs. 159 y que había ofrecido como prueba documental. El
responsable explica que hay que pedir permiso para cada salida fuera
del permiso que tenía para mi actividad cotidiana, de lunes a
viernes en la mañana, y que no tiene constancia de un requerimiento
para salir en otro momento. Y que “durante su permanencia con
nosotros almorzó cotidianamente” (fs. 160).
Queda entonces demostrado que este tejido de invenciones que la
Fiscalía preparó, con mentiras del presunto autor en mi contra y
utilizando una supuesta confesión de una interna del penal de
Obrajes que ni tiene firma de esta supuesta testigo, no tiene
sustento alguno – son gravísimas estas falencias del órgano que
debería defender la legalidad.
Las mentiras constantes de la parte civil – ni voy a comentar sobre
esto. Sólo citar lo que dice la Corte Suprema en su Auto Supremo 453
del 16 de noviembre de 2009: José Luis Flores López, pariente del
padre de la víctima. No tengo que dar mayores explicaciones sobre
esto – el proceso ilegal que se lleva a cabo nunca era destinado a
hacer justicia para Patricia Flores, sino para condenar a un
inocente para que la familia de la víctima se quede, por fin,
tranquila.
Gracias, Señora Juez.

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