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DE LA ILUSTRACIÓN A LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

En el s. XVIII, la Ilustración dio nueva vida a Alemania e inspiró a multitud de príncipes autócratas la construcción de magníficos
palacios y jardines por todo el territorio alemán. El Schloss Charlottenburg de Berlín, el Sanssouci Park de Potsdam y el Zwinger
de Dresde son buenos ejemplos del espíritu de aquella nueva era. Entretanto, se dieron a conocer Johann Sebastian Bach y
Georg Friedrich Händel, y una ola de Hochkultur (hipercultura) se apoderó de la minoritaria clase alta, mientras el pueblo llano
seguía siendo analfabeto.
Como consecuencia de la adquisición de los territorios de los antiguos caballeros teutones y el apoyo de los monarcas
Hohenzollern, Federico Guillermo I, apodado El rey soldado, y su hijo, Federico II [1740-1786], Brandeburgo-Prusia se convirtió en
una entidad de peso que, tras la Guerra de los Siete Años (1756-1763) contra Austria, se anexionó Silesia y la fragmentada
Polonia.
Entre 1801 y 1803, durante las guerras napoleónicas, una delegación imperial secularizó y reconstituyó el territorio alemán por
orden del emperador francés Napoleón Bonaparte. En 1806, la Confederación del Rin erradicó un centenar de principados. El
emperador Francisco II [1792-1806], que se olía el fin de Sacro Imperio Romano Germánico, se trasladó a Austria, donde se
autoproclamó Francisco I de Austria y abdicó del trono. Ese mismo año Brandeburgo-Prusia cayó en manos de los franceses, si
bien la humillante derrota propició reformas que la aproximaron a la categoría de estado, como la concesión del estatus de
igualdad a los judíos o la abolición de la mano de obra esclava.
En 1813, el avance de las tropas rusas sobre las francesas en Leipzig provocó la mayor de las derrotas de Napoleón. En el
Congreso de Viena, Alemania fue reconocida como confederación de 35 estados, tras lo cual se estableció en Frankfurt una
ineficaz asamblea legislativa (Reichstag), solución insatisfactoria poco mejor que el Sacro Imperio Romano Germánico. La
asamblea, que apenas representaba a los estados más populosos, no logró refrenar la rivalidad austro-prusiana.
Hacia mediados del s. XIX, los motores de la moderna era industrial ronroneaban ya por todo el país y un nuevo movimiento
proletario urbano reclamaba la centralización del gobierno al tiempo que los escritores de la llamada Joven Alemania publicaban
pasquines en los que censuraban a los poderosos de la época y exigían la creación de un estado central.
En 1848, Berlín, como casi todo el suroeste, se convirtió en un nido de revueltas que incitaron a los líderes alemanes a reunir en la
iglesia de San Pablo (Paulskirche) de Frankfurt a la primera delegación parlamentaria elegida libremente. Entretanto, Austria se
escindió de Alemania y elaboró su propia constitución, aunque no tardó en volver al monarquismo. En plena efervescencia
revolucionaria, en 1850 el rey prusiano Federico Guillermo IV redactó una constitución que permanecería en vigor hasta 1918.

EL OBJETIVO DE BISMARCK
La creación de una Alemania unificada con Prusia al mando era la gloriosa ambición de Otto von Bismarck (1815-1898), ex
miembro de la asamblea legislativa (Reichstag) y primer ministro prusiano. Bismark, militar de la vieja guardia, se sirvió de
complejas artimañas diplomáticas y de una serie de guerras con las vecinas Dinamarca y Francia para lograr sus objetivos. En
1871 se unificó Alemania (más tarde que la mayoría de los países europeos) y Berlín se convirtió en la orgullosa capital del mayor
estado de Europa occidental. Por aquel entonces, Alemania se extendía desde Memel (Klaipėda en la actual Lituania) hasta la
frontera holandesa, e incluía Alsacia-Lorena (al suroeste) y Silesia (al sureste) en las actuales Francia y Polonia, respectivamente.
El 18 de enero de 1871, en Versalles, el rey prusiano fue coronado emperador de un estado bicameral con una monarquía
constitucional, y Bismarck se convirtió en su Canciller de Hierro. En el nuevo estado, solo podían votar los hombres, y el negro, el
blanco y el rojo pasaron a ser los colores nacionales.
El poder de Bismarck se basaba en el apoyo de los comerciantes y de los junker,clase aristocrática prusiana formada por
terratenientes sin título nobiliario. Otto, habilidoso diplomático y mediador político, alcanzó muchos de sus objetivos con el falso
rostro de Honrado Otto, que le permitió amañar tratos entre potencias europeas y fomentar la vanidad colonial para distraer al
resto de sus propias acciones. Después de 1880, obsequió tardíamente al imperio de Guillermo I con la adquisición de valiosas
colonias en África central, suroccidental y oriental, además de numerosos paraísos en el Pacífico, como las islas Tonga, donde el
príncipe prusiano podría un día, ya fatigado, quitarse el casco de acero y tumbarse al sol.
Bajo presión y en contra de su verdadera naturaleza, Bismarck hizo algunas concesiones al creciente y cada vez más antagónico
movimiento socialista, y puso en marcha las primeras reformas sociales modernas de Alemania.
Hacia 1888, la nación se vio de pronto gobernada por un nuevo emperador, Guillermo II, dispuesto a ampliar la reforma social, y
un Canciller de Hierro empeñado en promulgar leyes anti-socialistas más estrictas. Dos años después, la poderosa mano imperial
se deshizo de Bismarck y, tras desenmarañar la brillante diplomacia heredada de este, Alemania, rica, unificada e industrialmente
poderosa, se adentró en el nuevo siglo liderada por incompetentes.

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL
Los avances tecnológicos y el fortalecimiento de Europa por medio de sus imperios coloniales hicieron del primer enfrentamiento
mundial cualquier cosa menos una “gran guerra”. El conflicto se inició con el asesinato del heredero al trono austro-húngaro, el
archiduque Franz-Ferdinand, en Sarajevo en 1914, pero pronto se amplió a Europa y Oriente Medio: Alemania, Austria-Hungría y
Turquía contra Gran Bretaña, Francia, Italia y Rusia. En 1915, el ataque de un submarino alemán a un buque de pasajeros
británico causó la muerte de 120 ciudadanos estadounidenses; dos años después, EE UU había entrado también en la guerra.
Las semillas de acritud y humillación que más tarde darían lugar a la Segunda Guerra Mundial se sembraron en las condiciones de
paz de la Primera Guerra Mundial. Rusia, paralizada por la revolución, aceptó de Alemania unos términos de paz ignominiosos, y
esta, destruido su ejército, al borde de la revolución y atrapada entre la monarquía y la democracia moderna, firmó el Tratado de
Versalles (1919), que la hacía responsable de las pérdidas sufridas por sus enemigos. Se retrajeron sus fronteras y se vio obligada
a afrontar elevadas compensaciones económicas. Para facilitar las negociaciones, se nombró un canciller que por primera vez
debía responder ante el parlamento. En 1919, un motín de marineros en el bullicioso puerto de Kiel desencadenó una revuelta
obrera y una revolución en Berlín, amargo fin del emperador alemán, que abdicó del trono y huyó a los Países Bajos.

WEIMAR Y EL ASCENSO DE HITLER
El fin de la guerra no supuso estabilidad (ni paz) para Alemania. Los partidos socialista y socialdemócrata luchaban
encarnizadamente mientras la radical Liga Espartaco (de la que surgió el partido comunista alemán, KPD, con la incorporación de
otros grupos políticos en 1919) se proponía crear una república basada en las teorías marxistas de la revolución proletaria. Tras la
sangrienta neutralización de una revuelta en Berlín, se arrestó a los fundadores de la Liga, Rosa Luxemburg (1871-1919) y Karl
Liebknecht (1871-1919), nativo de Leipzig. Los Freikorps (voluntarios de guerra derechistas) los asesinaron camino de la prisión y
arrojaron sus cuerpos al canal berlinés de Landwehr. Meses después se recuperaron los cuerpos y se les dio sepultura en Berlín.
Entretanto, en julio de 1919, se adoptó en Weimar (ciudad del estado de Turingia donde buscó refugio la asamblea constituyente
durante el caos de Berlín) la constitución federal de una nueva república democrática.
El gobierno de la llamada República de Weimar (1919-1933) estaba formado por una coalición de partidos de izquierdas y de
centro presidida por Friedrich Ebert delSozialdemokratische Partei Deutschlands (SPD; Partido Socialdemócrata Alemán) hasta
1925 y después por el mariscal de campo Paul von Hindenburg, valeroso monárquico de 78 años. Sin embargo, la república no
complacía ni a los comunistas ni a los partidarios de la monarquía.
El nuevo gobierno sufrió su primer golpe en 1920, cuando los militantes de derechas ocuparon por la fuerza el barrio
gubernamental de Berlín durante el fallido “Kapp Putsch”. En 1923, la hiperinflación sacudió a la república. Ese mismo año, Adolf
Hitler (1889-1945), voluntario austriaco del Ejército alemán en la Primera Guerra Mundial, preparó el “golpe de Munich” con ayuda
de los miembros de su Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP). Hitler terminó en prisión, donde cumplió
una condena de dos años, que dedicó a escribir su obra nacionalista y antisemita: Mein Kampf. Al salir, empezó a reconstruir el
partido.
El NSDAP de Hitler obtuvo un 18% de los votos en las elecciones de 1930, lo que lo impulsó a competir contra Hindenburg por l a
presidencia en los comicios de 1932, con un resultado final del 37%. Un año después, Hindenburg nombró canciller a Hitler y lo
puso a la cabeza de un gabinete de coalición formado por nacionalistas (conservadores, antiguos aristócratas e industriales
poderosos) y nacionalsocialistas (nazis). Cuando la asamblea legislativa de Berlín se incendió misteriosamente en marzo de 1933,
Hitler encontró la excusa para solicitar poderes de emergencia que le permitieran arrestar a todos los oponentes comunistas y
liberales y forzar la aprobación de su Ley de Capacitación por la que podía promulgar sus propios decretos y cambiar la
Constitución sin consultar al Parlamento. La dictadura nazi había empezado. A la muerte de Hindenburg un año más tarde, Hitler
fusionó los cargos de presidente y canciller para convertirse en Führer del Tercer Reich.
El imperio alemán
En 1861, Guillermo I de Prusia asumió el trono y nombró Otto von Bismarck canciller. Bajo Bismarck, el ejército prusiano fue
modernizado e incrementado, ya que planeaba unificar Alemania bajo el dominio prusiano. La primera prueba para este nuevo
ejército llegó en 1864 con la guerra de Schleswig y Holstein, dos ducados que habían estado bajo el poder de Dinamarca durante
cientos de años. Prusia y Austria se apoderaron de los ducados en una empresa conjunta, pero en 1866 Bismarck provocó la
Guerra de las Siete Semanas con Austria y, finalmente, anexó ambos ducados a Prusia. En 1867, formó la Confederación
Alemana del Norte excluyendo a Austria
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La victoria en la guerra franco-prusiana (1870-1871) ayudó a unificar Alemania. El orgullo nacional aumentó, y se formó el Imperio
alemán, que consistía en Prusia y los estados alemanes del Sur y del Norte. Guillermo I fue coronado como el primer Kaiser
(emperador) del nuevo Imperio alemán y Otto von Bismarck fue nombrado canciller de toda Alemania. Como nuevo canciller,
Bismarck condujo el imperio alemán hacia una Triple Alianza con Austria, Hungría e Italia en 1882. Alemania comenzó a colonizar
territorios en África, y en su propio territorio la industrialización estaba en pleno auge
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.

Tras la muerte en 1888 de Guillermo I, su hijo Federico III le sucedió al trono, pero este murió tres meses más tarde. El hij o de
Federico, Guillermo II, ascendió al trono, quien mantuvo continuos conflictos con Bismarck lo que condujo a la renuncia del
canciller. No obstante, Alemania continuó con sus esfuerzos coloniales en África y el Pacífico Sur. Para 1900, la producción
industrial del Imperio alemán rivalizaba con Gran Bretaña y los Estados Unidos. Kaiser William desplegó una marina fuerte en
Alemania. Debido a esto, Gran Bretaña se unió a Francia y Rusia en 1907 para formar la Triple Entente, una medida destinada a
contrarrestar la creciente fuerza de la Triple Alianza
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.

Alemania y la Primera Guerra Mundial
Cuando la Primera Guerra Mundial estalló en 1914, Italia se retiró de la Triple Alianza. Turquía y Bulgaria se unieron a Alemania y
Austria-Hungría para formar la Fuerza Central, una fuera en oposición a los 24 Poderes Aliados. Los aliados ganaron guerra y en
1918, con el Tratado de Versalles, Alemania fue despojada de sus colonias, su fuerza militar y una buena parte de su poder
industrial. El país también se vio obligado a pagar indemnizaciones de guerra a los países de la Alianza
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La derrota en la Primera Guerra Mundial significó el colapso de la monarquía Alemania, y una nueva República alemana se formó
en su lugar. En agosto de 1919, una nueva Constitución, elaborada en Weimar, entró en vigor, y Friedrich Ebert fue elegido el
nuevo presidente de Alemania.

Durante la República de Weimar, nombre por el que se conoce este período de la historia alemana, el pueblo alemán se sintió
cada vez mas afrentado por las condiciones de paz del Tratado de Versalles. Habían considerado que la victoria estaba todavía a
su alcance durante la Primera Guerra Mundial, y que Alemania había cedido demasiado en su derrota. Algunos oficiales militares
habían apoyado una facción creciente liderada por Adolf Hitler en su fracasada rebelión de Munich, que siguió a la ocupación
francesa del Ruhr
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La Segunda Guerra Mundial y el Partido Nazi
Como líder del partido del Nacional Socialista Obrero Alemán (Nazi), Adolf Hitler formó un grupo de seguidores al prometer a los
alemanes el retorno a la gloria pasada y culpó a los judíos y otros grupos no arios de problemas de Alemania. El partido nazi
alcanzó mayoría en el Parlamento alemán con rapidez y en 1933, el presidente von Hindenburg nombró a Adolf Hitler canciller de
Alemania. Un año más tarde, tras la muerte de Hindenburg, Hitler se proclamó a si mismo Führer (líder) de Alemania.

Adolf Hitler creía que el partido nazi era el sucesor natural tanto del Sacro Imperio Romano como del Imperio Alemán. Por esta
razón, él llamó a su imperio el "Tercer Reich", o Tercer Imperio. Hitler construyó un Estado de partido único, una dictadura en la
que los opositores de su régimen fueron encarcelados en campos de concentración y en la que se aprobaron leyes que limitan los
derechos de los judíos y otras minorías. Él condenó el Tratado de Versalles y ordenó el servicio militar obligatorio y la formación
para todos los hombres capaces. En 1936, formó una alianza con Italia conocido como el Eje Roma-Berlín, una alianza a la que
posteriormente se sumaría Japón. A medida que su poder crecía, millones de judíos, gitanos y testigos de Jehová fueron enviados
a campos de concentración a trabajar hasta su muerte o ser gaseados
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.

En 1938, Hitler unificó Alemania y Austria. Más tarde ese mismo año, los líderes británicos y franceses trataron de "apaciguar a
Hitler al permitir que Alemania anexara parte de Checoslovaquia
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." Sin embargo, cuando Alemania invadió Polonia en 1939,
estalló la Segunda Guerra Mundial.
La fundación del Imperio Alemán
Empero, en los años sesenta del siglo XIX la decisión en favor de la primacía de la unidad sobre la libertad también caería en
Alemania. Ello fue resultado de aquella “revolución desde arriba” con la cual el jefe del gobierno prusiano, Otto von Bismarck
(1815–1898), zanjó a su manera la cuestión alemana. La cuestión del poder político interno la resolvió a través del conflicto
constitucional prusiano de los años 1862 a 1866 en favor del ejecutivo y contra el Parlamento; la cuestión del poder político
externo se resolvió por la guerra de 1866 en el sentido de la “pequeña Alemania”, es decir, con exclusión de Austria, y en la guerra
franco-alemana de 1870/1871 contra la potencia que hasta entonces había interpuesto su veto a la fundación de un Estado
nacional alemán, a saber, la Francia de Napoleón III.
Fue así como se alcanzó uno de los objetivos de la Revolución de Marzo de 1848: la unidad. Sin embargo, la demanda de
libertad, entendiendo por tal sobre todo un gobierno responsable ante el Parlamento, no se vio cumplida. Bismarck no hubiera
podido solucionar la cuestión de la libertad conforme a las pretensiones liberales ni siquiera en el supuesto de que esa hubiera
sido su intención: una parlamentarización no solo contradecía los intereses de los estratos sustentadores de la vieja Prusia – su
dinastía, su ejército, sus latifundistas, su alto funcionariado –, sino también los intereses de los demás Estados alemanes. A ellos
correspondía, a través del Consejo Federal (Bundesrat), una participación esencial en el poder ejecutivo del Imperio Alemán, y no
querían renunciar a ese poder en favor del Reichstag.
El Reichstag (Dieta Imperial) era elegido por sufragio universal e igual, en el que participaban todos los varones mayores de 25
años. Ello respondía a las disposiciones de la Constitución Imperial de 1849, que nunca llegó a entrar en vigor, y confería a los
alemanes más derechos democráticos de los que disfrutaban en aquella época los ciudadanos de monarquías liberales
ejemplares como Gran Bretaña o Bélgica. Por consiguiente, puede hablarse de una democratización parcial de Alemania en el
siglo XIX o de una democratización asincrónica: El derecho de sufragio se democratizó relativamente pronto, en tanto que el
sistema de gobierno en sentido estricto tardó lo suyo en democratizarse.
La Primera Guerra Mundial
Solo en octubre de 1918, cuando la derrota militar de Alemania en la Primera Guerra Mundial era ya inapelable, se procedió a
introducir en la Constitución una modificación esencial, que sometía al Canciller del Reich a la confianza del Reichstag. La
parlamentarización tenía por objeto inclinar a las democracias victoriosas hacia una paz benigna y prevenir una revolución desde
abajo. No se alcanzó ninguno de los dos objetivos, pero a los adversarios de la democracia a partir de entonces les resultó fácil
tachar el sistema parlamentario de “occidental” y “antialemán”.
La revolución desde abajo estalló en noviembre de 1918, porque la reforma de octubre se quedó en papel mojado: la mayor parte
del ejército no estaba dispuesta a someterse al poder político de un gobierno imperial responsable ante el Parlamento. La
Revolución Alemana de 1918/19 no puede inscribirse entre las grandes o clásicas revoluciones de la historia universal: en torno a
1918 Alemania ya era demasiado “moderna” para una transformación política y social radical al modo de la Revolución Francesa
de 1789 o la Revolución Rusa de octubre de 1917. En un país que desde hacía alrededor de diez lustros conocía el sufragio
universal e igual de los varones la meta no podía ser el establecimiento de una dictadura “pedagógica” revolucionaria sino
únicamente una consolidación democrática, lo cual concretamente significaba la implantación del sufragio femenino, la
democratización del régimen electoral en los distintos Estados, distritos y municipios y la vigencia plena del principio del control
parlamentario del gobierno.
La República de Weimar
La continuidad entre el Imperio Alemán y la República de Weimar, tal como resultó de la caída de la monarquía en noviembre de
1918 y las elecciones a la Asamblea Nacional constituyente de enero de 1919, efectivamente fue considerable. En cierto modo l a
institución del monarca incluso perduró adoptando una nueva fisonomía: El cargo de Presidente del Reich (Imperio) estaba dotado
de facultades y prerrogativas tan amplias que ya por entonces los contemporáneos hablaban de un “cuasi emperador”.
Tampoco desde el punto de vista moral se produjo una ruptura con el Imperio. No se debatió seriamente la cuestión de la
culpabilidad bélica, aunque (o porque) las actas y documentos alemanes hablaban por sí mismos: tras el asesinato del heredero
del trono austro-húngaro en Sarajevo el 28 de junio de 1914, la cúpula del Reich provocó una escalada de la crisis internacional y
fue la principal responsable del estallido de laPrimera Guerra Mundial. La consecuencia de la ausencia de un debate sobre la
culpabilidad de la guerra fue el nacimiento de una leyenda sobre la inocencia alemana respecto a las causas de la guerra. Junto
con la leyenda de la “puñalada por la espalda” (según la cual la derrota de Alemania se debió a la traición interna), ello contribuyó
a socavar la legitimidad de la primera democracia alemana.
La época del nacionalsocialismo
Hitler no accedió al poder gracias a una gran victoria electoral, pero no habría llegado a ser Canciller del Reich si en enero de
1933 no hubiera estado al frente del partido más fuerte. En las últimas elecciones al Reichstag de la República de Weimar,
celebradas el 6 de noviembre de 1932, los nacionalsocialistas habían perdido dos millones de votos con respecto a los comicios
del 31 de julio del mismo año, en tanto que los comunistas sumaron 600.000 votos más, alcanzando la cifra mágica de los cien
mandatos en el Reichstag. El éxito de los comunistas (KPD) atizó el miedo a una guerra civil, y ese miedo pasó a ser el aliado más
poderoso de Hitler, sobre todo entre las élites del poder conservadoras. A su intercesión ante Hindenburg debió Hitler que el
Presidente del Reich le designara, el 30 de enero de 1933, Canciller del Reich al frente de un gabinete mayoritariamente
conservador.
Para afianzarse en el poder durante los doce años del Tercer Reich no le bastó con dirigir el terror contra cuantos defendían
otras ideas. Hitler se ganó el apoyo de gran parte de los trabajadores porque, gracias fundamentalmente a la coyuntura
armamentista, logró reducir el desempleo masivo en tan solo unos años. E incluso logró mantener ese apoyo también durante
la Segunda Guerra Mundial, porque, debido a la explotación despiadada de la mano de obra y de los recursos de los territorios
ocupados, consiguió que las masas alemanas no sufrieran carencias como las soportadas en la Primera Guerra Mundial. Los
grandes éxitos de la política exterior durante los años previos a la guerra, empezando por la ocupación de la Renania
desmilitarizada en marzo de 1936 y la “Anschluss” (anexión) de Austria en marzo de 1938, aumentaron la popularidad de Hitler en
todos los estratos de la población hasta límites insospechados. El mito del Reich y su misión histórica, de lo cual Hitler supo
servirse magistralmente, surtió efecto sobre todo entre las capas cultivadas. El “Führer” (caudillo) carismático necesitaba su
colaboración para lograr su objetivo de que Alemania llegara a ser definitivamente una potencia ordenadora europea.
Hitler no había ocultado su antisemitismo en las campañas electorales de principios de la década de los treinta, pero tampoco lo
había colocado en primer término. Entre los trabajadores, cuyo apoyo estaba muy disputado, tampoco se habrían obtenido
muchos votos con semejantes consignas. Los prejuicios antijudíos estaban muy difundidos en las capas ilustradas y pudientes, así
como entre los pequeños industriales y los campesinos, pero se repudiaba el “antisemitismo vocinglero”. La privación de derechos
que sufrieron los judíos alemanes en virtud de las leyes racistas de Núremberg, de 1935, no suscitó oposición porque se respetó
la legalidad. Los violentos disturbios de la llamada “Noche de los cristales rotos”, el 9 de noviembre de 1938, fueron impopulares;
en cambio no lo fue en modo alguno la “arización” de propiedades judías, una enorme “redistribución” patrimonial. Sobre
elHolocausto, el exterminio sistemático de los judíos europeos en la Segunda Guerra Mundial, trascendió más de lo que hubiera
querido el régimen, pero el saber conlleva también el querer saber, y en la Alemania del Tercer Reich, por lo que se refiere a la
suerte corrida por los judíos, faltó esa voluntad de quitarse la venda de los ojos.
El desmoronamiento del imperio pangermánico de Hitler en mayo de 1945 significa en la historia alemana una ruptura mucho más
profunda que la caída del Imperio en noviembre de 1918. El Reich (Imperio) como tal siguió existiendo tras la Primera Guerra
Mundial. Después de la capitulación incondicional al final de la Segunda Guerra Mundial la potestad de gobierno y con ella la
facultad de decisión sobre el futuro de Alemania pasó a las cuatro potencias de ocupación, a saber, los Estados Unidos de
América, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia. A diferencia de lo ocurrido en 1918, en el año 1945 la cúpula política y militar
fue derrocada y, en la medida en que permanecieron con vida, sus integrantes acabaron en el banquillo; los juicios se celebraron
ante el Tribunal Militar Internacional de Núremberg (procesos de Núremberg). Los terratenientes de los territorios al Este del Elba,
la élite del poder que más contribuyó a la destrucción de la República de Weimar y al advenimiento al poder de Hitler, perdieron
sus propiedades por la cesión de los territorios orientales más allá del Odra y el Nisa, que quedaron bajo administración pol aca o
respectivamente, en el caso del Norte de Prusia Oriental, bajo administración soviética, y por la “reforma agraria” en la zona de
ocupación soviética.
Después de 1945 las leyendas de la inocencia de Alemania y la puñalada por la espalda apenas tuvieron eco. Demasiado
evidente resultaba que la Alemania nacionalsocialista había desatado la Segunda Guerra Mundial y solo pudo ser vencida desde
fuera. Tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial la propaganda alemana había presentado a las potencias
democráticas occidentales como plutocracias imperialistas y el orden propio, por el contrario, como máxima expresión de la justicia
social. Después de 1945 hubiera resultado totalmente absurdo reanudar los ataques contra la democracia occidental: el precio que
se había pagado por despreciar las ideas políticas de Occidente era demasiado elevado como para que una vuelta a las
consignas del pasado tuviera visos de éxito.
En la Europa central del siglo XVIII, la cultura fue una vía de escape para las energías intelectuales que no podían volcarse en la
política, dominada por la autocracia de los príncipes. Éste es el marco del idealismo y el espiritualismo que caracterizaron el arte y
la literatura alemanas, expresado porfilósofos como Kant y Herder, y los escritores Goethe y Schiller.
A la caída de Napoleón, en 1815, los príncipes alemanes crearon una confederación de 39 estados independientes, salvo en el
campo de la política exterior. La oposición de las monarquías de Austria y Prusia a formas más amplias de representación
contribuyó a aumentar el malestar popular, que se tradujo en las rebeliones de 1830. La respuesta generalizada fue la represión.
En 1834 Prusia plasmó su creciente peso económico en el ámbito político, al instaurar la Unión Aduanera Alemana de la cual
Austria quedó excluida. Tuvo como efecto la duplicación del comercio entre sus socios en un plazo de diez años, y la formación de
algunos centros de industrialización, donde emergió una clase obrera. Debido al rápido crecimiento de la población urbana,
la oferta de mano de obra superó ampliamente la demanda. El resultante empobrecimiento de trabajadores manufactureros y de
artesanos sirvió de caldo de cultivo para las rebeliones de los años posteriores, cuya culminación fue la ola revolucionaria de
1848/1849.
Por primera vez se logró la elección de una Asamblea Nacional, con sede en Francfort, cuyos representantes pertenecieron
mayoritariamente al campo liberal y demócrata. Exigieron la unidad alemana y paralelamente, la garantía de libertades políticas.
Sin embargo, su división interna facilitó la recomposición de fuerzas del antiguo régimen, que culminó con la disolución del
parlamento en junio de 1849 y la represión de las organizaciones de oposición.
Aplastadas las tendencias revolucionarias, la disputa de Austria y Prusia por la hegemonía de la unificación alemana se resolvió
en 1866, con la victoria de la segunda en la Guerra de las Siete Semanas. La unión se dio en torno de la Confederación Alemana
del Norte, ideada por el canciller prusiano, Otto von Bismarck, también como forma de contener el liberalismo. El Parlamento
(Reichstag) fue inaugurado en febrero de 1867.
Tres años más tarde estalló la guerra con Francia. La victoria de Prusia en 1871 fue el paso final en el proyecto de Bismarck, de
unificar Alemania sobre una base monárquica y bajo dominio de Prusia. El imperio enfrentó dos fuerzas internas contrapuestas, la
Iglesia Católica y la socialdemocracia. Bismarck dictó las Leyes de Mayo, por las que se secularizaban la educación y otras
actividades civiles, pero retrocedió después, para contar a la Iglesia como aliado en contra del socialismo. Alarmado por el
crecimiento de la socialdemocracia, el régimen aplicó una combinación de represión y reformas sociales, con el fin de neutralizar
su potencial.
El gobierno de Bismarck utilizó el proteccionismo comercial para aumentar el ingreso interno y fomentar la industria nacional.
La economía alemana dio un nuevo salto, sobre todo en la industria pesada, la química, la electrotécnica y la
de medios de producción. La formación de la Triple Alianza, con Austria e Italia, así como el establecimiento de colonias
en África y Asia a partir de 1884, evidenciaron la aspiración de convertir al Imperio Alemán en una potencia mundial.
La rivalidad de Alemania con Francia e Inglaterra, por un lado, y con Rusia y Serbia, por otro, desencadenó la guerra en 1914. La
capitulación de sus aliados (el Imperio Austro-Húngaro y Turquía), en noviembre de 1918, hizo inevitable la derrota de Alemania.
La crisis fue acelerada por la revolucióninterna, que hizo abdicar al emperador. El gobierno fue entregado al socialista Friedrich
Ebert, para convocar a una asamblea constituyente. La socialdemocracia alemana se había dividido entre una corriente
moderada, partidaria de una evolución gradual hacia el socialismo, y la que propugnaba el cambio revolucionario.
El grupo Espartaco, encabezado por Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo, se identificaba con la Revolución Rusa de octubre de
1917 y quería instaurar un régimen similar al soviético. Los líderes de Espartaco fracasaron al promover un golpe de Estado en
enero 1919, y fueron ejecutados sumariamente. Pocos días después, en las elecciones de la Constituyente, los electores dieron
una amplia mayoría a los socialistas moderados.
Formalmente promulgada en agosto de ese año, la Constitución de Weimar fue saludada como la más democrática de su época.
El presidente electo tenía poder para nombrar al canciller, cuyo gobierno requería la confianza de la cámara baja del parlamento, o
Reichstag. También proveía la constitución de una cámara alta o Länder, formada por delegados designados por los gobiernos de
los estados liberales.

La llamada República de Weimar tendría una vida breve y azarosa. No obstante las virtudes atribuidas a la constitución, diversos
factores se conjugaron para que sucumbiera. Uno de los principales elementos que desestabilizaron a la república fueron las
condiciones impuestas al país en Versailles por las potencias vencedoras. Las mismas afectaron no sólo la economía sino
también la moral de la población, que no admitía que Alemania fuera considerada "culpable" de provocar la guerra del 1914 y que
no lograba aceptar que las estipulaciones del tratado permitieran juzgar a cualquier alemán, comenzando por el rey, como criminal
de guerra.
Si bien el gobierno republicano logró superar serias crisis económicas, como la de 1920-23 y la que sucedió a la caída de la bolsa
de Wall Street en 1929, la acción desestabilizadora de los comunistas y del Partido Nacional Socialista, liderado por Adolf
Hitler habrían de precipitar su derrumbe. El Partido Nacional Socialista (nazi) había promovido un fallido golpe de Estado en 1923,
pero, no obstante esta derrota, tuvo a lo largo de la década un crecimiento sostenido de votos como de membresía, que luego de
la crisis de 1929 aumentó dramáticamente. Si en 1929 sus miembros sumaban apenas 170.000, para 1932 ya casi habían
decuplicado su número, llevándolo a 1.378.000.
El mariscal Paul von Hindemburg, quien fuera electo presidente en 1925, disolvió el parlamento en 1930 y, en las elecciones de
ese año, comunistas y nacional-socialistas obtuvieron un gran incremento de votos, convirtiéndose estos últimos en la
segunda fuerza política después de la socialdemocracia. Los réditos de la promesa del nazismo de reconstruir la Gran Alemania,
humillada por los tratados de posguerra, y la campaña en la que se responsabilizaba a judíos y comunistas por la crisis económica
se ratificaron cuando, en las elecciones de 1932, el Partido Nazi duplicó su votación, llegando a 37% del total.
El ascenso de Hitler y el Nacionalsocialismo se verificó irrefrenable. A pesar de que en principio no se había aceptado la exigencia
de Hitler de ocupar la jefatura de gobierno, en enero de 1933, fecha en que Alemania había seis millones de desocupados,
Hindemburg terminó entregándole el poder. Hitler disolvió el Parlamento y llamó a elecciónes donde resultó vencedor su Partido
Nacional Socialista. En Postdam, en marzo de 1933, el nuevo Parlamento cedió a Hitler, por un período de cuatro años, las
facultades para implantar leyes al margen de la Constitución y sin la aprobación del Legislativo o del presidente. Podía fijar
el presupuesto anual, hacer empréstitos y establecer acuerdos con otros países, reorganizar el gabinete y el mando supremo de
las fuerzas armadas y proclamar la ley marcial. En julio, Hitler abolió el sistema federal de Alemania e instauró un poder central
absoluto, disolvió todos los partidos excepto el suyo, ilegalizó los sindicatos y las huelgas. En el exterior, Alemania se retiró de
la Conferencia del Desarme y de la Sociedad de Naciones. Los nazis designaron a su gobierno, que habría de durar hasta 1945,
con el nombre de Tercer Reich (tercer imperio).
Desde la muerte de Hindemburg, en agosto de 1934, el gabinete fue obligado a prestar juramento de lealtad personal al canciller.
En 1935, Hitler inició el rearme alemán, en abierta violación del Tratado de Versalles. Las potencias europeas protestaron, pero no
pusieron mayores obstáculos. Con las "leyes de Nuremberg" de 1935 el régimen formalizó jurídicamente su ideología racista,
creando la base para su posterior política de exterminio de minorías étnicas y religiosas.
En octubre de 1936, Alemania e Italia firmaron un acuerdo de cooperación, que incluyó la intervención en la Guerra Civil Española
en apoyo al general Franco. En noviembre, Alemania y Japón formalizaron un acuerdo de intercambio militar. Un año después,
Alemania, Italia y Japón (las tres potencias del Eje) firmaron, en Roma, el Pacto Anticomunista.
En marzo de 1938, tropas alemanas invadieron Austria y Hitler proclamó su anexión. Ese mismo año, por presiones de Hitler y de
nacionalistas alemanes, en el Acuerdo de Munich las potencias europeas cedieron los Sudetes checoeslovacos a Alemania. En la
llamada "noche de cristales" del 9 al 10 de noviembre de 1938, el gobierno instrumentó la destrucción sistemática de comercios
e instituciones religiosas y culturales judíos.
En 1939, aprovechando las contradicciones entre checos y eslovacos, las tropas alemanas avanzaron sobre Praga. Bohemia,
Moravia y Eslovaquia fueron convertidas en protectorados.
Inglaterra dio garantías a Polonia, Rumania, Grecia y Turquía de preservar su independencia. A la vez, junto con Francia, intentó
una alianza con la URSS. En agosto de 1939, Alemania y la URSS firmaron un pacto de no agresión, y el 1º de setiembre,
Alemania invadió Polonia. En respuesta, Inglaterra y Francia dieron un ultimátum a Hitler. Había comenzado la Segunda Guerra
Mundial.
En 1940, Alemania había sometido a Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Francia. En junio de 1941, Hitler
decidió el ataque contra la URSS, pero las tropas fueron detenidas a pocos kilómetros de Moscú y derrotadas en el sitio de
Stalingrado (Volgogrado), en 1943.