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Andrés Barreda Marín

l Colapso ambiental de México


En México, una severa crisis socioambiental está en curso de colapsar las
condiciones generales de nuestra vida. No obedece a causas simples, sino a
la convergencia de complejos y numerosos factores, los cuales se
entrecruzan y actúan en todas las escalas, mientras unos ocultan a los otros
y generan confusión. No obstante, mirados en conjunto podemos reconocer
en ellos, como causa general, a la manera salvaje en que el capitalismo
mexicano ha sido construido durante las últimas décadas, muy
especialmente durante el periodo en que Bush ha gobernado Estados Unidos
y el PAN ha gobernado en México.
Aunque esta devastación era preocupante en algunas regiones del país
durante los años setenta y ochenta del siglo pasado, en los últimos cinco
sexenios de política económica neoliberal y estricta subordinación de México
a Estados Unidos, esta crisis se ha extendido y profundizado en todo el
territorio nacional. Después de la firma del Tratado de Libre Comercio de
América del Norte (TLCAN) se generalizó una visión mercantilista,
empresarial y entreguista (un “santa-annismo”), así como una serie de
políticas públicas irresponsables que progresivamente han deteriorado de
forma irreversible la mayor parte de las regiones y ecosistemas del país. En
este proceso, la peor parte corresponde al periodo en que Bush desgobierna
al mundo y el PAN (siempre sostenido por el PRI y una parte de los demás
partidos políticos) empuja hacia la corrupción institucional generalizada y la
descomposición de las prácticas políticas en los tres niveles de gobierno.
La irrupción del capital y el Estado estadounidense en México, que
impuso a nuestro país las necesidades industriales del capital
norteamericano por medio de una devastación financiera y política nacional,
no sólo ha desmantelado la industria, el comercio, el sistema financiero, el
agro, la política y la vida cultural de México, sino también ha destruido
nuestra soberanía industrial, alimentaria, comercial, financiera, demográfica
y política. El piso más básico, oculto y desatendido de este saqueo de
nuestras redes de infraestructuras y nuestros recursos naturales
estratégicos ha sido la destrucción de nuestro medio ambiente nacional,
como la parte más primordial de nuestras condiciones generales de vida.
Por este camino, los nuevos procesos metabólicos neoliberales de la
reproducción de la vida en el campo, la ciudad y de la relación entre ambos
metabolismo del cual depende la conservación de nuestros recursos
vitales, no sólo se han precarizado y erosionado agudamente sino que se
han vuelto cada vez más tóxicos, mermando degenerativamente la salud de
cada vez más mexicanos, mientras nuestros espacios geopolíticos
importantes y nuestras principales reservas naturales estratégicas y
servicios urbanos se privatizan y desnacionalizan exhaustivamente. De
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manera que también se podría decir que los gobiernos neoliberales de


México han entregado al capital trasnacional nuestra soberanía ambiental.

I. PERFIL DEL COLAPSO


La principal responsabilidad de este proceso de devastación ambiental de
México recae sobre el desarrollo de un capitalismo voraz que, aunque
primero avanzó a la manera de una relativa prosperidad agropecuaria e
industrial pero enfermizamente dependiente e injusta (la era de la llamada
sustitución de importaciones), hoy ha trasmutado en un capitalismo abierto
al libre comercio que ha destruido una buena parte del esfuerzo industrial y
rural previo, ha exacerbado el consumismo urbano y rural de insumos
productivos y reproductivos trasnacionales y retornado a la lesiva
exportación de materias primas estratégicas (petróleo, electricidad,
manganeso, etc.), así como de bienes y servicios maquilados, pero sobre
todo de mano de obra, pues México hace muchos años es el principal
exportador de personas en el mundo. Nuestros peculiares modos de
industrialización, urbanización, desarrollo agropecuario, crecimiento
demográfico y participación dentro de la economía mundial nos han
empujado, desde múltiples frentes, hacia un saqueo nacional de todas
nuestras condiciones naturales de vida, convirtiéndonos hoy en día en una
de las naciones con mayor tasa de devastación ambiental en el mundo.
Hace mucho tiempo que diferentes voces de la comunidad científica y la
sociedad civil denuncian inútilmente que en México se ha perdido más de 37
por ciento –en promedio- de nuestros bosques y selvas1, mientras la tasa de
deforestación avanza a más de 600 mil hectáreas por año, lo que nos ha
convertido en el segundo lugar mundial de deforestación del mundo y ha
impactado lamentablemente en la pérdida acelerada de la megadiversidad
de México.
1
Según estadísticas ofrecidas en el año de 1991 por la Cámara Nacional de la Industria
Forestal, en su Memoria Económica, la superficie forestal de México era de 143.6 millones
de hectáreas que equivalían al 73.3 por ciento del territorio nacional. Esta cantidad estaba
conformada por 63.5 millones de ha. de superficie arbolada, que comprende tanto bosques
(que cubren una superficie de 32.8 millones de ha.) como selvas (las cuales ocupan 30.7
millones de ha.). De los bosques el 37.2 por ciento de ellos ya presentan vegetación
secundaria; de las selvas, el 42.4 por ciento de ellas ya no presenta vegetación primaria
sino secundaria arbustiva o herbácea. Las 74.1 millones de hectáreas restantes de la
superficie forestal se deben a otras áreas forestales. Sin embargo para el año 2002 se
calculó la perdida de 23.6 millones de la superficie forestal del país, pues ésta ascendía a
tan solo 120 millones de hectáreas. Esto se debe a que México cuenta con uno de los niveles
más altos de deforestación a nivel mundial. A fines de la década de los años ochenta del
siglo pasado se calculaba que la cantidad oscilaba entre las 700 y 800 mil hectáreas al año
(Masera Omar, Dirzo R. 1992, tomado de Chapela Gonzalo, La Organización campesina
forestal en el cambio liberal mexicano: 1980-1992, Tesis de Doctorado en Antropología,
FFyL-UNAM, 1998, p. 31); aunque otros estudios dan cifras menores, entre 350 mil y 600 mil
ha. (Semarnat). Estas cifras pudieran ser más altas, tal y como sugiere la comparación de
los datos para 1991 y 2002. El crecimiento de la deforestación se debe en mayor medida a
la pérdida de selvas tropicales que a los bosques. Se estima que la deforestación de las
selvas es tres veces mayor que la de los bosques. Tan solo entre el año 2000 y 2005 se
perdió 15 por ciento de las selvas del país.
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Ello ha ocasionado un debilitamiento estructural de la política de la


conservación. Lo que amenaza de manera creciente a todas las Áreas
Naturales Protegidas (ANP) del país. Sea por el desarrollo de megaproyectos
carreteros, minas, explotación petrolera, proyectos de desarrollo urbano e
incluso por proyectos de comercialización de la misma biodiversidad.
También las afectan mortalmente los actuales procesos de cambio en el uso
de suelo. De hecho, hoy en día, 60% de las ANP no cumplen sus propósitos
básicos, mientras que las que sí los cumplen lo hacen porque se trata de
tierras marginales en las que no interesa todavía el emplazamiento de algún
proceso de desarrollo altamente lucrativo.
Nuestras seis principales cuencas (Grijalva-Usumacinta, Coatzacoalcos,
Papaloapan, Pánuco, Balsas y Lerma-Chapala-Santiago) se encuentran entre
las más contaminadas del mundo, mientras la sobreexplotación de nuestros
acuíferos ya obliga a extraer aguas con arsénico en cada vez más regiones
del centro y norte del país. El nivel de evapotranspiración asciende en los
campos mientras el nivel de los ríos desciende; algunos que eran perennes
se han vuelto intermitentes y otros simplemente han desaparecido para
siempre.
A la escasez creciente del agua se suma la contaminación de las tierras,
alimentos, animales, campesinos y consumidores finales ocasionada por un
uso completamente desregulado en el agro de sustancias agroquímicas y
veterinarias para la producción de alimentos. A ello debe sumarse la
contaminación del maíz mexicano con todas las variedades híbridas y
transgénicas estadounidenses. Mientras la empresa Monsanto se dedica a
transformar las leyes mexicanas para mejor controlar el mercado y el uso de
las nuevas semillas, el maíz mexicano contaminado está presente en
variados puntos del norte, centro y sur del territorio nacional. Todo lo cual
palidece frente a la nueva posibilidad técnica de comenzar a propagar por
los campos variedades de maíz no alimentarias diseñadas en Estados Unidos
como materias primas para la producción de plásticos, biocombustibles,
espermicidas, anticoagulantes y otros usos militares secretos.
Las planicies costeras, esteros y manglares ceden cada vez más
kilómetros de playas y selvas vírgenes a megaproyectos camaronícolas,
plantaciones forestales y frutales, o bien, a proyectos hoteleros
transnacionales que destruyen todo tipo de ecosistemas, privatizan playas y
bahías completas que terminan al servicio de las llamadas escaleras
náuticas, los grandes corredores turísticos o los nuevos megapuertos
estratégicos intermodales.
La megalópolis de la Ciudad de México, desde hace décadas la segunda
más grande del mundo, hoy expande sus dinámicas metabólicas que
degradan el aire, las aguas y las tierras, alientan un crecimiento
completamente desregulado de la mancha urbana ya no sólo en el
conocido corazón metropolitano que forman el Distrito Federal y sus 55
municipios conurbados del Estado de México, sino sobre todo, en la gran
corona de municipios y grandes ciudades que le rodean en el Estado de
México, Querétaro, Hidalgo, Tlaxcala, Puebla y Morelos.
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Apenas hace unos meses se reconoció públicamente que los sucios aires
de la ciudad de México propician desde hace mucho tiempo la muerte de
numerosas personas [La Jornada Fernando]. Las decenas de basureros de
este sistema de ciudades son enormes (algunos de los cuales son de los más
grandes del mundo) y generan espantosas enfermedades entre miles de
vecinos. Las aguas que roba este sistema de ciudades son trasvasadas,
dislocando ecosistemas completos para retornar al mundo rural en
condiciones deplorables.
Esta crisis hídrica, de forma más o menos parecida, se replica en cada
vez más centros urbanos del país que crecen aceleradamente en el norte,
centro y el sur del territorio, gracias a una política oficial que ha favorecido
especialmente en los últimos dos sexenios el desmedido crecimiento
urbano. Bajo esta lógica crecen, por decenas de miles, los centros
comerciales (malls), las tiendas de conveniencia y las estaciones de
gasolina, que no han hecho sino escalar, de forma nunca antes vista, la
generación de basuras no biodegradables, altamente tóxicas y otras
perniciosas externalidades.
Aunque el sistema de mega presas hidroeléctricas del país envejece y se
vuelve igual de obsoleto que el sistema estadounidense, nuestras
autoridades, en vez de tomar en consideración el hecho de que en Estados
Unidos se procede a su progresivo desmantelamiento y sustitución por otras
formas más amables de generar energía eléctrica que no impliquen
desplazamiento de decenas miles de personas, la pérdida de tierras fértiles,
la elevación de las emisiones de CO2 y la severa destrucción de la
biodiversidad, han emprendido el desarrollo de una nueva generación de
presas, emplazadas principalmente en la Sierra Madre Occidental,
encaminadas a producir una sobreoferta de energía eléctrica
particularmente codiciada en el estado de Texas.
La poderosa industria petrolera nacional, deteriorada dolosamente por la
política energética en vistas a su progresiva privatización ha convertido a
Pemex, sin duda alguna, en una de las empresas petroleras que más
accidentes ambientales provoca en todo el mundo. El obsoleto sistema
industrial petroquímico y de refinación, así como la negligencia de las
autoridades ambientales del país han permitido también que en el sureste
de México se haya contaminado el entorno rural y urbano con niveles
verdaderamente alarmantes de dioxinas, furanos y otros compuestos
orgánicos persistentes.
De igual forma, la minería metálica, que ha crecido vigorosamente en
México durante la última década, deforesta montañas y contamina aguas,
maltrata y enferma a los trabajadores mineros y a los pueblos que viven
aguas abajo, sin que ninguna autoridad ambiental intente impedir la
actuación rapaz de las empresas transnacionales que se han apoderado de
los principales yacimientos del país. La eufórica industria de la construcción
demanda, por su parte, la apertura indiscriminada de un cada vez mayor
número de minas y concesiones de extracción de minerales no metálicos,
como cemento, cal, arena, grava, arcillas, granitos, etc., materias primas
5

indispensables para la expansión de las manchas urbanas que crecen fuera


de todo control, lo mismo que para la construcción de cada vez más vías
rápidas interurbanas que avasallan bosques, selvas, barrancas, ecosistemas
variados y tierras comunitarias.

II. LAS CAUSAS DEL COLAPSO


La responsabilidad histórica que en este proceso de devastación tienen las
principales empresas industriales nacionales y transnacionales de las ramas
de energía (petrolera y eléctrica), agricultura, química, agroquímica,
construcción, minería y alimentación es central y extraordinariamente alta.
Dichas empresas han dispuesto, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX,
de la libertad para hacer uso ilimitado de los recursos y principales servicios
públicos del país. Pero también, estos capitales han dispuesto de una
libertad total para modificar y manipular no sólo las leyes sino el contenido
material de los objetos de consumo y el gusto de los consumidores, para
denegar información clave sobre lo que se consume, así como para ocultar
los saldos negativos en la salud que han impuesto, tanto la destrucción del
medio como las nuevas formas del consumo.
Así, estos grupos de poder económico han emprendido procesos de
crecimiento de capital que no se observan en otras partes del mundo y
facilitado el proceso por el cual, importantes pero pocas empresas
mexicanas (publicas y privadas) se hayan convertido en nuestros días en
agresivas empresas transnacionales de primera importancia mundial, y que
muchas de las empresas estadounidenses que comenzaron por exportar su
capital hacia México ya se hayan ubicado exitosamente en el resto de
América Latina y el mundo.
Sin embargo, estas empresas no aparecen como responsables de nada
ante los medios de comunicación, la investigación científica ni la opinión
publica nacional. De esta forma se las ha ocultado sistemáticamente como
las principales beneficiarias de los recursos, servicios, reglas del juego y
“ventajas económicas” del país. Son empresas que ganan y ganan, pero que,
“curiosamente”, carecen por completo de una deuda social y ambiental.
México es tal vez uno de los países en el mundo donde mejor se oculta la
responsabilidad histórica de estas empresas en los procesos de saqueo y
destrucción que hoy colapsan nuestro medio ambiente.
Ello se debe, en parte, al extraordinario peso que siempre ha tenido el
Estado mexicano en la organización histórica del proceso de acumulación, no
sólo mediante la creación de grandes consorcios de energía (petróleo, gas y
electricidad), parte de las comunicaciones y transportes (ferrocarriles,
teléfonos, correos y televisión) y otras ramas clave (petroquímica, siderurgia,
etc.). Sino también, por la manera en que otra parte importante de las
actuales empresas privadas nacieron y crecieron como fruto de la corrupción
política que permitió incubar, desde la gestión publica, a privilegiadas
empresas de servicios (construcción, vivienda, alimentación, finanzas,
manejo de residuos sólidos y agua, etc.), a lo que le siguieron los procesos
neoliberales de cambios legislativos y de subasta privatizadora y
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desnacionalizadora de la mayor parte de los activos nacionales (siderurgia,


teléfonos, satélites, carreteras, ferrocarriles, puertos marinos y aéreos,
electricidad, minería, petróleo y gas, agua, salud, educación, etcétera).
Por razones histórico materiales (que incluyen razones geográficas y
geopolíticas), el Estado mexicano, incluso en plena era del dogma neoliberal,
ha desempeñado, por medio de la corrupción y la fuerza violenta de la
policía y el ejército, un papel central y autoritario en el diseño, la creación, el
acompañamiento, la gestión cotidiana, el encubrimiento y la protección
jurídica de todos los procesos de acumulación salvaje de capital en México,
aún cuando se trata de la actuación de las más poderosas empresas
transnacionales estadounidenses. Cómo olvidar la manera en que, desde los
años cincuenta, el Estado mexicano se dedicó sistemáticamente a
administrar y maquillar, con prestanombres salidos de sus propias filas o del
débil empresariado mexicano, el asalto que las empresas norteamericanas
hacían del mercado interno.2 Es esta una razón de fondo que explica por qué
predomina en la opinión pública y la conciencia nacional ordinaria la falsa
sensación de que el único actor responsable de las crisis, los saqueos, los
fracasos y las desgracias nacionales es el Estado mexicano, mientras que la
opinión pública internacional tiene también la ilusoria percepción de que
México, mal que bien, avanza sostenidamente bajo el manto protector de un
extraño “ogro filantrópico”.
Esta es la razón por la cual, en el México de hoy, la actuación de las
empresas transnacionales dispone institucionalmente de amplios márgenes
de cabildeo en el Congreso, márgenes de corrupción al interior de los tres
poderes de unión y los partidos políticos, márgenes de presencia autoritaria
en los medios de comunicación y márgenes de impunidad general ante las
instancias de procuración e impartición de justicia que resultan muy difíciles
de encontrar reunidos en cualquier otro lugar del mundo.
Gracias a ello, y a diferencia de lo que ocurre con la opinión publica y la
conciencia general de otros lugares del mundo (sean metropolitanos o del
hemisferio sur), la mistificación estatista del proceso de acumulación del
capital en México ayuda al encubrimiento sistemático de la responsabilidad
básica que tienen todas las empresas publicas y privadas, nacionales y
extranjeras en la devastación ambiental del país.
A diferencia de la fase nacionalista de construcción del capitalismo
mexicano, el actual desarrollo del capitalismo neoliberal se ha basado en un
proceso de destrucción sistemática de todos los tejidos comunitarios
(indígenas y mestizos, rurales y urbanos) que existen hace siglos o décadas
en nuestro país. Aunque estos tejidos se han mantenido en un proceso de
intenso cambio o incluso de franco deterioro, es a ellos a los que
principalmente se debe la creación, la sustentación, el desarrollo y/o la
conservación de las muy variadas formas del medio ambiente nacional.

2
Recuérdense al menos dos de las obras del economista mexicano José Luis Ceceña, en las
que denunció abiertamente estas acciones: El capital monopolista y la economía mexicana y
México en la órbita imperial.
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Para el neoliberalismo, la destrucción de estos tejidos colectivos se ha


vuelto el objetivo explícito y abierto de la política económica y la política
social nacionales. Razón por la cual, éstas han avanzado mediante la
destrucción de asambleas comunitarias, relaciones de solidaridad dentro y
entre los pueblos, costumbres solidarias en los barrios, etc., en los más
variados ámbitos de la vida cotidiana, en los usos y costumbres de las
comunidades indígenas, en las instituciones políticas, económicas y
culturales e incluso en nuestras leyes, que se mutilan y reforman con tal
propósito.
Esta destrucción se hizo evidente cuando, en 1992, se impuso la
contrarreforma del artículo 27 de la Constitución y su Ley Agraria, pero
también ha estado presente como proceso de avasallamiento de la
fragmentada explosión urbana, como desempleo, migración a Estados
Unidos, consumismo, penetración de los medios de comunicación,
compenetración del Estado y el empresariado con la economía criminal, así
como mediante la aplicación de numerosas políticas y programas públicos,
expresamente destinados a pulverizar los modos de vida comunitarios
(Solidaridad, Procede, Progresa, Oportunidades, Vivir Mejor, etcétera).
La avasalladora devastación de nuestros tejidos sociales conforma hoy la
segunda base general sobre la que se levanta la presente destrucción de
todo el medio ambiente nacional.

El rasgo fundamental del Estado neoliberal se ubica en su renuncia a las


funciones de gestión política y planificación económica de la reproducción de
las naciones. Como es sabido, el Estado neoliberal renuncia a planificar la
economía de cada país para apuntalar el crecimiento de las principales
empresas del mercado mundial en su construcción de una industria global,
que se coordina desde la hegemonía estadounidense y muy especialmente
desde su rama industrial productora de maquinaria y tecnologías de punta.
Azuzados por las crisis económicas mundiales crecientes, los centros del
poder económico mundial echan mano, adicionalmente, del capital
financiero como herramienta para el sometimiento de los capitales
industriales de las naciones más débiles, mientras aplican una política
mundial de estricto castigo a los salarios de todos los trabajadores del
mundo, así como otra política de despojo rapaz de las soberanías nacionales
y de los campesinos de todo el mundo que aún detentan riquezas naturales
estratégicas y producen alimentos de manera más o menos autónoma.
Como las crecientes pérdidas económicas de las empresas globales
ocasionadas por las crisis económicas recurrentes y cada vez más
agudas, coinciden con el agotamiento histórico del patrón industrial
petrolero, ocurre además que las contradicciones de la difícil renovación
técnica de la acumulación mundial neoliberal son subvencionadas mediante
una política global de depredación general del medio ambiente mundial, lo
que ha ocasionado, por primera vez en la historia, el deterioro casi
irreversible de las condiciones naturales de la reproducción de la vida en
todo el mundo. Esta endeble forma de controlar la acumulación mundial se
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expresa en el sometimiento de la política social y ambiental de cada nación


a los estrictos lineamientos de una sola política económica mundial, lo cual
implica una política económica rapaz que reduce a su mínima expresión la
atención a las necesidades de la población y del medio ambiente.
Por ello, la política económica del Estado mexicano, durante el
neoliberalismo, se ha convertido en el núcleo duro que expresa dichos
intereses geoeconómicos estratégicos. Política económica que, a su vez, se
desagrega en toda una serie de políticas agropecuarias, industriales,
comerciales, financieras, urbano-regionales y de construcción de obra
pública, todas ellas matemáticamente sujetas a los intereses
estadounidenses desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América
del Norte. Pero estas políticas han adquirido, durante la gestión de George
W. Bush, un sesgo adicional que ha llevado a que nuestras riquezas rurales,
industriales y urbanas caigan bajo las garras de decadentes capitales
estadounidenses petroleros, mineros, automotrices, etc., que sólo miran a
México como espacio compensatorio de las pérdidas que la extrema
competencia con China y la India les ocasiona, así como las crisis cíclicas, el
calentamiento global, etcétera.
La tercera base general sobre la que descansan la erosión, la destrucción
y el colapso del medio ambiente nacional se ubica entonces en el diseño y
aplicación de numerosas políticas públicas neoliberales del Estado
mexicano, nacidas bajo la presión de los organismos financieros
internacionales y, sobre todo, bajo el actual proceso de subordinación de
México a Estados Unidos, conocido como TLCAN.
Sin embargo, es necesario subrayar que, durante los últimos años de la
gestión imperial de Bush, la destrucción ambiental de México avanzó de
forma alarmantemente sostenida gracias al adicional surgimiento de una
profunda crisis en las prácticas de las instituciones políticas. Más allá de
cualquier doctrina económica y política neoliberal, en todos los niveles de
gobierno se ha impuesto, con cada vez mayor frecuencia, la deformación de
la actuación de las instituciones del Estado mexicano como el “modo
normal” de operar. De este modo, con el paso de los años, las políticas
públicas y las prácticas institucionales se han convertido ya en poderosas
fuerzas destructivas de las riquezas nacionales.

Las políticas económicas en la era del TLCAN


Durante el periodo neoliberal, la política rural de México ha sido
reorganizada para desmantelar la soberanía alimentaria, mediante la
apertura de nuestro mercado a la importación de granos estadounidenses
subsidiados y paquetes tecnológicos vendidos por las más poderosas
empresas agricultoras transnacionales también estadounidenses que,
adicionalmente, son ya las principales monopolizadoras mundiales de la
producción de agroquímicos, fármacos veterinarios, maquinaria y alimentos
transgénicos. Apertura comercial hacia la protegida agricultura yanqui que
se suma al desmantelamiento de los principales programas de apoyo que
anteriormente el Estado mexicano brindaba a los agricultores nacionales.
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Como resultado de esta política de importación de alimentos


artificialmente baratos, ha ocurrido no sólo la destrucción de nuestra
soberanía alimentaria y laboral, sino también el fomento de la
descampesinización por el progresivo despojo de tierras, bosques, acuíferos
y ríos que se aplica en contra de las comunidades más débiles, así como un
proceso de intensa sobreexplotación de la tierra fértil, el agua y la
biodiversidad en las regiones donde operan los sectores rurales más ricos
dedicados a la exportación agrícola, ganadera, pesquera o forestal.
No obstante, el principal núcleo de la fuerza que destruye a la nación
está en la política industrial neoliberal, por la manera en que ha sido dirigida
hacia el desmantelamiento de la soberanía industrial previa. Su intención
entreguista se puso de manifiesto en el momento en que, poco después de
haber privatizado los principales activos industriales del Estado, lanzó sin
más a las debilitadas industrias nacionales a competir con las poderosas
industrias estadounidenses, lo cual implicó la desaparición de una parte
sustantiva de la industria mexicana. Bajo estas condiciones de retroceso, los
principales grupos del poder económico apostaron, durante los años
noventa, en la conversión de México en uno de los principales países
maquiladores del mundo, así como en un país receptor de parte de la
industria automotriz y minera de Estados Unidos y Canadá. De esta manera,
no sólo ocurrió una reducción absoluta del sector industrial, sino que éste se
convirtió, cualitativamente, en apéndice secundario de una industria
estadounidense, ambientalmente destructiva.
No es casual, por lo mismo, que la otra pauta industrial de estos mismos
años haya sido una política de entrega de nuestros principales recursos
naturales estratégicos (energía y minerales), así como de privatización,
principalmente mediante venta o concesión a los estadounidenses, de
nuestras principales infraestructuras estratégicas: ferrocarriles, líneas de
navegación de cabotaje, puertos marinos, puertos aéreos, carreteras,
espacio geoestacionario, teléfonos, televisión y espectro radioeléctrico, a lo
que se suman la progresiva privatización de la biodiversidad y el agua.
Bajo estas circunstancias, el apoyo al desarrollo de la investigación
científica y la innovación técnica soberana fue casi completamente
destruido, mientras la nueva política industrial ya sólo atinó a vender, como
ventajas comparativas del país, a su joven mano de obra masiva y
deliberadamente abaratada, así como una política ambiental completamente
permisiva y desfasada de las tendencias que exigían una mayor protección
del medio ambiente en el mundo. Por ello, aunque la elevación de la tasa de
explotación, el charrismo y el gangsterismo sindicales siguen siendo
elementos distintivos del control represivo de los trabajadores mexicanos, el
rasgo más distintivo de esta nueva estrategia fue la superexplotación de las
trabajadoras y los niños (base de la devaluación general y la violencia en
contra de las mujeres mexicanas), que complementa la devaluación
sistémica de la naturaleza en el territorio nacional.
No es una casualidad que en los mismos lugares donde hoy se asientan
los grandes centros industriales de las maquiladoras (como Ciudad Juárez,
10

Chihuahua, Tehuacan, Puebla, Tlaxcala, la Península de Yucatán, etc.), hoy


impere la contratación de mano de obra femenina e infantil inusitadamente
barata, lo mismo que los asesinatos seriales de mujeres, su inexplicable
desaparición forzada, la prostitución y el tráfico de blancas, la pederastia de
curas y empresarios, las maquiladoras con cárceles para el castigo de
trabajadoras indisciplinadas, las cárceles con instalaciones industriales de
maquila, cárceles con prostitutas para regulación del tráfico de personas, o
bien para someter a periodistas como Lydia Cacho.
Curiosamente, es en estas mismas regiones de tortura de la condición
femenina, donde prospera también un abanico de industrias químicas y
basureros desregulados que, después de mezclar todo tipo de desechos,
lixivian sustancias tóxicas hacia los ríos. Pero también ahí prosperan el
silencioso saqueo industrial de los acuíferos, la invaluable e infaltable
connivencia de las autoridades de la Comisión Nacional del Agua (CNA) y la
Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa), los cementerios
industriales clandestinos de askareles y otros desechos perligrosos, las
mutaciones genéticas, la leucemia, la anencefalia, etcétera.
En la misma medida en que desde el Estado se impone a la sociedad la
mochería y la moralina sexual de la secta de El Yunque contra de la libertad
sexual de las personas, las esquizofrénicas administraciones panistas
(aunque en realidad también aquí participan alegremente muchos priístas y
perredistas) no sólo instalan y regentean antros y burdeles desde los que se
promueve, por debajo de la mesa, la pederastia como ventaja comparativa
en el mercado global del turismo, sino que también alientan la desaparición
de las últimas playas, ríos, aires y biodiversidad de la nación.
De la misma manera, la política comercial del neoliberalismo se ha
enfocado a entregar sistemáticamente el grande, mediano, pequeño y
minúsculo comercio para el control de unas cuantas empresas, sobre todo
las transnacionales más poderosas del mundo, como Wal-Mart, Costco,
Sam’s, Carrefour o Telmex. Mediante el alevoso control de los precios (en
sus abastos y ventas), que deriva de su enorme concentración de capital,
estas corporaciones arrebatan palmo a palmo todos los espacios
previamente ocupados por los mercados públicos y callejeros, los cines, el
comercio mediano especializado, las papelerías, ferreterías, misceláneas,
jugueterías, paleterías, cafeterías, etc. El asalto es tan exhaustivo que hoy
unas cuantas empresas transnacionales controlan ya buena parte del
comercio ambulante de las grandes ciudades, cerrando con ello uno de los
últimos resquicios de supervivencia económica popular no criminal de la que
disponían millones de mexicanos.
Gracias a las facilidades otorgadas por el Estado, los malls y las tiendas
de conveniencia se multiplican por decenas de miles, asaltan los espacios
estratégicos de los barios, alientan el proceso general de urbanización
salvaje, regulan una parte importante el uso del suelo, los bandos
municipales, el espectro electroinformativo y los espacios rurales de la
mercadotecnia. A tal punto llega este despojo, que estas empresas también
colaboran activamente en financiar propaganda en los mass media para la
11

consumación de las campañas de guerra sucia que acompañan a los fraudes


electorales locales, estatales y federales.
El peor saldo de la nueva política comercial es, sin embargo, la
promoción sin límite de un mundo de “innovadores” valores de uso
aparentemente más confortables (y promotores del “resurgimiento” de una
nueva clase media mexicana) que, en realidad (y en todos los niveles
sociales), ocupan nuestras vidas desplazando innecesariamente a
importantes objetos previos que no eran nocivos, tóxicos, ni insustentables
como las bolsas de papel, las canastas de yute y mimbre, las botellas de
vidrio, los teléfonos públicos, los jabones, los alimentos y bebidas sin
agroquímicos, la ropa de fibras naturales, los juguetes, muebles y
electrodomésticos de madera y/o muy duraderos, entre otros.
A cambio de estas lamentables pérdidas, el Estado mexicano permite
irresponsablemente que los nuevos “bienes” (en no pocas ocasiones
ciertamente más eficientes) sólo puedan satisfacer necesidades al tiempo
que envenenan cada vez más a los consumidores, como los alimentos
saturados de tóxicas sustancias químicas, los peligrosos teléfonos celulares,
los medicamentos iatrogénicos y generadores de fármacodependencia, etc.
Entretanto, también se estimula la venta de objetos como televisores, radios,
computadoras, focos, lavadoras o juguetes que promueven un consumo de
energía ilimitada que termina ocasionando una demanda eléctrica urbana
absolutamente insustentable.
Pero estos nuevos valores de uso también intoxican el ambiente con
millones de toneladas de plásticos que terminan como basura por el
consumo de bolsas, empaques, botellas, ropas, muebles, etc., que implican,
o por el cada vez más efímero e interminable uso de electrodomésticos de
obsolescencia programada, baterías eléctricas, llantas, fármacos, cosméticos
o sustancias químicas nocivas para la “limpieza” doméstica, la prevención de
incendios, etc. Estos y otros objetos son, al mismo tiempo, promovidos como
“emblema de libertad”, a la par que la venta de miles de millones de
toneladas de objetos francamente innecesarios, como los falsos alimentos
tipo McDonald’s, falsas casas tipo Geo, dulces, juguetes, fármacos,
cosméticos, de efecto adictivo, miríadas de accesorios suntuarios y adornos
domésticos, literatura y video del engaño, banales y efímeros, emblemas
filoestadounidenses y otras entrañables vulgaridades propias del libre
comercio.
Para la mejor articulación espacial de las políticas mencionadas, el
Estado mexicano también se ha encargado de impulsar una política regional
y urbana de corte neoliberal. Lo cual implica la desatención sistemática de lo
que previamente se conocía como políticas públicas de planificación regional
y nacional y, en su lugar, la promocion del desarrollo de nuevos métodos de
uso del espacio nacional en función de las necesidades espaciales de la
industria, las ciudades y las infraestructuras estratégicas estadounidenses.
Como parte de esta nueva política, se impone una redefinición de las viejas y
nuevas regiones con recursos naturales estratégicos (petróleo, gas,
electricidad, minería, biodiversidad y agua), así como del desarrollo de
12

determinados centros urbanos, corredores urbano-industriales, corredores


biológicos, redes de infraestructuras de transportes, comunicaciones,
energía y agua para el mejor control del espacio territorial mexicano por el
capital estadounidense, así como del aprovechamiento integral de los
espacios estratégicos (por su posición, silueta, morfología, etc.), a favor de
las necesidades geoeconómicas y geopolíticas que la globalización le
imprime al espacio estadounidense.
Como el saqueo indiscriminado de energía, minerales y agua responde a
las actuales necesidades del monstruo urbano-industrial yanqui, la nueva
política urbana neoliberal impone externalidades ambientales en todo el
territorio nacional nunca antes vistas. Como la burguesía y los políticos
mexicanos neutralizan el descontento ocasionado por la descampesinización,
el desempleo, la baja salarial, la migración y la entrega de la soberanía
nacional, con la venta de la imagen de un “México Ganador” y entrepreneur
que, supuestamente, ya es potencia económica mundial; y como el principal
set cinematográfico de esta manipulación son las ciudades que simulan
paraísos donde la clase media realiza su consumo y disfrute del american
way of life y donde, en virtud de ello, se simulan elecciones y se perpetran
fraudes, las vida consumista de las ciudades se ha ido convirtiendo en la
herramienta estratégica de la sujeción de México a Estados Unidos. De ahí
que la ciudad propicie que esta simulación de desarrollo y “democracia”
tenga no sólo saldos ideales sino ambientales, que no son otros que los que
derivan del crecimiento salvaje de nuestras ciudades.
La política urbana está dirigida, no a resolver los crecientes problemas
que ocasiona agigantar el desequilibrado metabolismo ocasionado por la
concentración de millones de seres humanos, sino a neutralizar y ocultar los
costos implícitos en el desplazamiento de millones de campesinos mexicanos
y mesoamericanos a las ciudades de Estados Unidos y México, en la
polarización en la prestación de servicios, en la denegación del derecho de
las mayorías a ocupar y gestionar el lugar donde viven, en el desempleo y la
estrepitosa caída salarial desde hace tres décadas, en los espectáculos
televisados de mega limosnas para prestigio de empresas transnacionales
saqueadoras (como el Teletón o el Juguetón), en la manipulación de la
indigencia urbana mediante la entrega de uniformes transnacionales a
vendedores callejeros, en la guerra de baja intensidad contra los grupos en
resistencia rural pero, sobre todo, en el reclutamiento masivo y creciente de
los desocupados del campo y la ciudad dentro de la economía criminal.
Pero aunque las ciudades en crecimiento salvaje introducen estas
contradicciones en la licuadora sensorial ocasionada por la manipulación
informativa de la televisión, la radio y la prensa, el tráfico vehicular, el
desempleo, la indigencia, la economía informal y el narcotráfico, las
ciudades, en realidad, todavía pueden simular prosperidad, estabilidad y
democracia, porque atomizan con fuerza lo comunitario, azuzan el consumo
y la competencia extrema de los átomos y euforizan y deprimen a sus
solitarios pobladores.
13

La dislocación urbana requiere de una inmensa infraestructura material y


gastos reales dedicados al espectáculo de la fragmentación y banalización
de la vida cotidiana. Por ello, aunque los urbanistas, sociólogos y geógrafos
hablan mucho de la desmaterialización de la vida y de las relaciones de las
ciudades con su Hinterland, ocasionada por la globalización informatizada de
la City, en realidad crece en nuestras ciudades un agotamiento irreversible
de los recursos naturales que avanza por los crecientes círculos concéntricos
de su infernal metabolismo. Y es así como hoy se expande y potencia
monstruosamente el viejo dominio de la ciudad sobre el campo.
La actual política urbana alienta entonces la especulación incontrolada y
creciente de la tierra, un auge irresponsable y alevoso de la industria de la
construcción, la entrega del uso de suelo urbano y el manejo de las cuencas
a la mafia inmobiliaria, industrial y comercial, la construcción de millones de
“casitas Auschwitz”, la exacerbación de la privatización y desnacionalización
de los servicios públicos urbanos para convertirlos en dominio absoluto del
parque vehicular privado de las ciudades (verdadero regalo envenenado de
la industria automotriz transnacional), la entrega del agua, la basura, los
falsos servicios de remediación ambiental, la seguridad, la educación o la
salud municipales a grandes cadenas transnacionales especializadas.
Todo lo anterior se representa en el imaginario de la actual burguesía
mexicana como el florecimiento de una pujante y emprendedora clase
media, que los partidos políticos de ultra derecha o de “izquierda moderna”
(por supuestamente moderada) buscan cortejar y regentear. Pero, más allá
de esta teatralidad política, la vida económica de las ciudades toma de los
campos sus aires y aguas limpias, los alimentos, la energía, los minerales, la
base biológica y gnoseológica de los medicamentos, los servicios
ambientales, los saberes ancestrales, la cultura e incluso la población, con el
robo integral de todas las fuerzas productoras de población que ello implica.
A cambio de ello, sin embargo, las ciudades regresan a los campos la
sobreexplotación de sus acuíferos, los trasvases de sus ríos, aguas
contaminadas con excrementos y tóxicos químicos inmetabolizables de las
industrias, los lixiviados de los basureros, las gasolinas, grasas y el smog.
Las ciudades también implican la pérdida en la capacidad de recarga de los
acuíferos, el calentamiento global, los agroquímicos y organismos
transgénicos, las minas en las montañas, las presas hidroeléctricas en las
cañadas y valles de tierras fértiles, así como los pozos de petróleo, los
derrames y explosiones en otrora fértiles planicies costeras, los esteros y en
las aguas marinas someras, anteriormente ricas en recursos pesqueros.
Y, naturalmente, las ciudades mexicanas también regalan a los campos
el desprecio por la vida campesina comunitaria y el racismo contra los
indios, la presencia de técnicos, agrónomos, médicos, científicos,
comerciantes, maestros, políticos o excampesinos que llegan hasta ahí para
promover los modos de producir y consumir de las ciudades, la cultura
“democrática” de sus solitarios individuos privatizados, la comida chatarra,
los programas de salud y educación que, sin resolver la desnutrición y las
14

enfermedades, sí estimulan la sobrepoblación, la migración


descampesinizante y demás perlas del libre comercio.

Las políticas sociales en la era del TLCAN


En el neoliberalismo, la política destinada a atender la reproducción social
(nutrición, salud, reproducción, vivienda, educación, descanso, recreación,
etc.), se ha reducido hasta su mínima expresión, en virtud a la política
económica mercantilizada y su elevada explotación de los trabajadores,
como parte del sacrificio de población que exige este periodo de
fortalecimiento salvaje del capital mundial.
El núcleo de la política social neoliberal es, por tanto, el sacrificio de la
producción y reproducción demográfica. Como parte de ello, a la política
demográfica nunca se la formula de forma completamente explícita y
coherente. De manera que, aunque no se pueden encontrar documentos
oficiales que hablen redondamente de algo así, sí se puede observar
claramente que, en su lugar, existe una forma de actuación sistemática
aunque esquizofrénica por cuenta del Estado neoliberal, pues existen
políticas que, por un lado, fomentan y aprovechan abiertamente el boom
demográfico con políticas de salud, alimentación e higiene que se aplican
rigurosamente en todo el país, fomentando la producción de sobrepoblación;
pero, por otro lado, también se promueve abierta o clandestinamente, la
regulación selectiva de este crecimiento.
En acuerdo con el crecimiento demográfico, existen políticas dedicadas a
vender la sobrepoblación dentro del mercado mundial como el “bono
demográfico” que nos otorga una ventaja comparativa en el mercado
mundial o como la base de esa exitosa exportación de migrantes que
redunda en la estratégica importación de remesas, o los negocios telefónicos
de un tal Slim; ventajas de la sobrepoblación que combinan bien con las
políticas panistas, de la Iglesia mexicana y de Pro Vida, destinadas a prohibir
cualquier modo de planificación familiar de la natalidad.
En sentido opuesto, pero en acuerdo con las otras políticas dedicadas a
la regulación y reducción de la población, tenemos frente a nosotros los
programas oficiales de regulación de la natalidad, la esterilización secreta de
sectores marginados e indígenas, el exterminio de sobrepoblación que
alienta la permisividad del consumo de drogas letales entre los más pobres,
la desatención extrema de la indigencia y el trabajo infantil, la pederastia o
la violencia sistemática contra las mujeres.
El mejor espejo general de esta velada política demográfica es la política
indígena gubernamental que los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial
manifestaron en 2001 y 2002, al denegar sus derechos a los pueblos indios.
Mediante un sorprendente acuerdo político unitario, el PAN, el PRI y el PRD
recortaron incluso las leyes entonces vigentes para mejor controlar a este
grupo de población que, después del levantamiento zapatista de 1994, como
todos sabemos se compone de 10 a 12 millones de personas que padecen
una marginación indescriptible y que, sin embargo, empeora día con día. Así,
15

se conforma una política demográfica de exterminio económico de un grupo


social que es, para el Estado neoliberal mexicano y para el capital que lo
domina, racial y geopolíticamente incómodo.
En el fondo, esta voluntad de exterminio indígena apenas se maquilla
como desatención o carencia presupuestal para garantizarles servicios de
salud, educación, transportes o comunicaciones. Si el Estado keynesiano
brindaba incipientemente estos servicios en vistas a una posible integración
cultural, política y, posiblemente económica, de los pueblos indios, el
neoliberalismo cancela tales aspiraciones y desnuda sin más su visión racista
contra estos pueblos, al no aceptarlos como sujetos de derechos
económicos, políticos ni culturales, sino sólo como objetos económicos, en
tanto materia prima de la genómica, de la bioprospección antropológica y
lingüística de la farmacéutica, o del folklore turístico internacional, o bien,
como objetos de una manipulación política que resulta necesaria al momento
de preparar conflictos interétnicos que conduzcan al despojo de los recursos
naturales estratégicos, el saqueo de los saberes locales o la venta de sus
servicios ambientales para beneficio de la conservación transnacional.
La política social neoliberal ha sido concebida como un mecanismo de
destrucción rápida y directa de los tejidos comunitarios de los pueblos indios
y demás grupos de marginados. Para ello, el Banco Mundial y los tecnócratas
diseñan sus programas de “atención” a la pobreza como programas de
manipulación de la alimentación, la salud y la educación de estos grupos. En
ello, desempeña un papel central el desmantelamiento y la sustitución del
milenario sistema alimentario del maíz, frijol, chile, calabaza, jitomate,
yerbas y frutas locales y la promoción, en los pueblos, de la comida chatarra,
la sopas Maruchan, galletas de harinas y azúcar refinadas, Coca Cola, etc., la
aplicación de programas de salud reproductiva, control de la natalidad o
incluso esterilización encubierta que reducen drásticamente la fertilidad de
estos grupos, la impartición de modelos de educación juvenil que estimulan
la vergüenza por la identidad indígena y el deseo de emigrar hacia las
ciudades y, finalmente, la distribución de magros apoyos financieros
individualizados y a mujeres que se disciplinan dentro de estas prácticas,
lo cual dolosamente pasa por encima de las instituciones comunitarias
dedicadas a la toma de decisiones. Con todos estos mecanismos, el Estado
mexicano aplica cuidadosamente una ingeniería del conflicto que alienta las
envidias y destruye los vínculos de confianza que sobreviven entre las
mujeres, último reducto de cualquier organización comunitaria.
La política de salud es también una pieza clave de la política
demográfica. No casualmente, el gobierno mexicano entrega directamente el
control del Instituto Nacional de Nutrición a las empresas transnacionales
dedicadas a la producción de comida, refrescos y aguas embotelladas, e
incluso, de comida chatarra.
Como complemento, se estrangula estructuralmente el presupuesto de
los servicios médicos y hospitalarios del Estado; se castiga el salario regular,
las prestaciones, los fondos de pensión y las jubilaciones de los trabajadores
de la salud; se propicia la obsolescencia dolosa del equipo y las
16

infraestructuras; se castiga la investigación médica que más requiere el país,


o se promueve la importación de biotools y medicamentos de patente a
precios monopólicos impuestos por las transnacionales farmacéuticas. En los
pocos centros de investigación que todavía reciben apoyo, se adoptan sin
discusión ni moderación todos los lineamientos que marcan las nuevas
medicinas basadas en la información genética, mientras quedan bajo el
control de las empresas médicas y farmacéuticas transnacionales, que
establecen patentes exclusivas en torno de las que se identifican como
principales enfermedades genéticas de los mexicanos.
En paralelo, sobre la base de la precarización de los servicios médicos
públicos, se desata la negligencia médica sin control alguno, un creciente
sistema de encubrimiento e impunidad de estas irresponsabilidades, un
manejo irresponsable de los desechos hospitalarios que son arrojados sin
más al medio ambiente, una privatización creciente de los servicios, el
control transnacional de los medicamentos, la prohibición absurda del uso de
las plantas medicinales y las técnicas curativas tradicionales de México, el
escalamiento en el precio de los medicamentos, así como la progresiva
corrupción de algunas instituciones y personal médico que se abocan al libre
mercado de órganos.
En concordancia, crece de manera cada vez más abierta y cínica, una
epidemiología mercenaria que se dedica a encubrir la responsabilidad y las
deudas social y ambiental que las empresas neoliberales y el Estado
mexicano han adquirido en la progresiva degeneración y destrucción del
medio ambiente y la salud de los mexicanos. Ello ocurre, lo mismo con el
estallido de las epidemias de obesidad y diabetes, ocasionadas por la
adulteración hecha por el TLCAN de la dieta nacional, que con el boom de
enfermedades como el cáncer y las mutaciones genéticas, disparadas por el
incremento en la carga de dioxinas, furanos, metales pesados,
organoclorados y otras sustancias tóxicas que reciben las tierras y aguas del
país, como resultado del incontrolado consumo de pesticidas, quema de
basuras municipales infinitas o la emisión de residuos industriales.
Otro complemento de esta catástrofe ambiental esta en la política
informativa que sobrevuela en trono de nuestras desgracias ambientales y
de salud. Gracias a la privatización y concentración de la propiedad extrema
de los medios masivos de comunicación, existe en México una política de
control riguroso de la libertad de información que le impide a la sociedad
civil la divulgación masiva de información crítica en radio y televisión. Como
consecuencia, estos medios nunca ventilan democráticamente nuestros
principales problemas de salud y ni los asociados con el deterioro del medio
ambiente y la calidad de la vida, dejando la opinión sobre cualquiera de
estos problemas en manos de “científicos especializados”, pero también
expertos en obedecer la línea de las empresas transnacionales.
Por lo mismo, no se habla del deterioro estructural de las condiciones de
vida que padece la gente, ni de la verdadera y catastrófica destrucción que
sufre la naturaleza de México. Menos aún se razonan críticamente las causas
de estos problemas y, en todo caso, sólo se banalizan los efectos y las
17

protestas ciudadanas, cuando éstas traspasan la barrera de la censura


informativa que el libre mercado nos impone “democráticamente”.

Como resultado general de las políticas económicas y sociales que el


neoliberalismo impone en México, se decanta nuestra política ambiental
neoliberal. No es por ello casual que ésta se fundamente en la aplicación de
las políticas de la llamada “sustentabilidad”, según la cual, el mercado
soluciona todo vendiendo y comprando. Ni es tampoco fortuito que,
aplicando esta regla de libre mercado del TLCAN, se haya depredado el
medio ambiente, pues la sustentabilidad de los nuevos “mercados verdes”
de todo tipo de servicios ambientales (que incluye la privatización de plantas
de tratamiento de agua y los basureros, la biorremediación, la construcción
de “carreteras verdes”, unidades habitacionales “ecológicas”, etc.) cae sobre
ese terreno cuidadosamente predefinido por el torcimiento de nuestras leyes
o la nula aplicación de aquellas que sí impiden negocios a las fuerzas más
poderosas del mercado, por la ausencia de vigilancia, la anuencia de las
autoridades al uso indiscriminado de sustancias agrotóxicas por cuenta de la
industria química, o el saqueo industrial del agua, así como por la exclusión
de la vigilancia y participación ciudadana en la gestión de los problemas
ambientales cruciales y la usurpación de la ciudadanía en los cuerpos
consultivos y de vigilancia por cuenta de las mismas empresas que aparecen
en ellos como personas (morales) interesadas.

La dislocación de las prácticas institucionales en la era de Bush


En la medida en que las políticas económica y social de la nación no han
estado enfocadas a un verdadero desarrollo de las fuerzas productivas
nacionales, el saldo de las últimas cinco décadas de neoliberalismo no se
expresa únicamente en el fracaso reiterado de los programas de crecimiento
económico. Estos fracasos han definido, adicionalmente, un modo de
intentar neutralizarlos y esconderlos (no de resolverlos realmente), mediante
la reiterada adopción de medidas deslumbrantes pero inmediatistas o de
emergencia, con cada vez más ingredientes de insustentabilidad económica,
política, social y ambiental. Si miramos con detenimiento el camino recorrido
por estas propuestas, encontraremos una larga estela de huidas hacia
adelante.
Nos referimos a las sucesivas apuestas por la importación indiscriminada
de inversión extranjera especulativa pero, sobre todo, por la privatización y
desnacionalización acumulativa de los principales activos industriales y
servicios financieros del Estado. También esta ahí la apuesta por la Inversión
Extranjera Directa en la rama automotriz y por la industria maquiladora de
exportación (que supuestamente echaría mano del bono demográfico); la
apuesta por el uso del territorio como istmo de paso estratégico entre el este
de Estados Unidos y la Cuenca del Pacífico (con la carretera inteligente de
Salinas, los corredores de integración urbano industrial de Zedillo, el Plan
Puebla-Panamá de Fox, y el Plan Mesoamérica de Calderón); o también la
apuesta por sacar raja de los flujos de emigración más grandes del mundo
18

(mediante cargos bancarios a las remesas, onerosas llamadas telefónicas,


venta de tortillas y telenovelas en las metrópolis yanquis, etc.); así como la
actual obsesión por salir avante de la estanflación mundial mediante la
aplicación de programas descomunales de urbanización salvaje en todo el
territorio nacional.
Como resultado de esta forma crónica de fracasar en la que se ha
especializado nuestra emprendedora burguesía nacional, en México ocurre
un incontrolado desbordamiento de la corrupción empresarial, de los
partidos políticos, de los funcionarios públicos (en las instituciones
administrativas, policiales, legislativas y judiciales), así como de los
científicos, intelectuales, curas, periodistas y un largo etcétera.
Interminable sistema de fraudes que garantiza la reproducción de las
mafias del poder político y económico y que complementa el monopolio de la
violencia que sólo favorece a quienes detentan el monopolio de la riqueza.
Este desbordamiento de la corrupción ha conducido hacia la inevitable
estructuración y crecimiento de la economía criminal como un elemento
indispensable dentro de la economía convencional y el funcionamiento
“normal” del Estado mexicano.
La pieza clave del actual sistema de corrupción política y empresarial que
destruye al país está en el control del sistema judicial, pues sin éste,
resultaría inimaginable la impunidad creciente de la que goza el nuevo
ejército de poderosos funcionarios en curso de asociación con todo tipo de
criminales industriales, comerciales, financieros, políticos, ambientales, de la
salud, etc., ya sea que se trate de criminales nacionales (que operan como
caciques municipales, estatales o federales, mandos policíacos y del ejército,
periodistas, líderes de opinión o jerarcas eclesiásticos), o bien, de criminales
estadounidenses, chinos, españoles, gallegos, etcétera.
Como la masa de crímenes crece mucho mas rápidamente que el actual
proceso de torcimiento de las leyes, se requiere de una prolífica inventiva
que ha dado nacimiento a una ingeniería política en el diseño de todo tipo de
fraudes, así como de otra ingeniería en el manejo de los medios de
comunicación por parte de los tecnócratas encargados de la imagen de los
poderosos, conforme estallan sucesivos escándalos de corrupción.
Finalmente, también se desarrolla otra ingeniería de cinismo extremo en
materia de interpretación constitucional, conforme las demandas ciudadanas
ascienden por el kafkiano castillo de las instancias judiciales, hasta llegar al
supremo círculo infernal de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La
corrupción del poder judicial ha sido puesta al servicio puntual de las nuevas
políticas públicas neoliberales, conformando así una gruesa capa de actos
corruptos, negligentes, dolosos, autoritarios, de desgobierno, saqueo,
sadismo jurídico y escalamiento de todo tipo de conflictos.
Gracias a lo anterior, priva entre la nueva generación de empresarios y
políticos nacionales y extranjeros, el espíritu del usufructo y el lucro
privado, del inmediatismo, de la ganancia fácil en ausencia de previsión y
cualquier principio precautorio, así como del saqueo indiscriminado de todas
nuestras riquezas nacionales. Tomar lo que se pueda cuanto antes, porque
19

eso es lo mejor. Por ello, priva la burla hacia quien se alarme por las
consecuencias futuras, las cuales, en realidad, mañana ya se verán y serán
atendidas por el libre mercado de lo sustentable, que es un “mecanismo
inteligente e infalible”.
Como resultado general, cada aspecto de la vida económica nacional es
visto como un paraíso de ganancias fáciles y acaparamiento extremo de
recursos. No en balde, se incuban en México algunos de los empresarios (y
prestanombres) más poderosos del mundo, al tiempo que acuden
alegremente al país todas las empresas transnacionales que buscan
ganancias fáciles sin tener que enfrentar mayor restricción ambiental.
Como ello ocurre en un contexto de desmantelamiento sistemático de
nuestra soberanía, todo este proceso de asalto y destrucción goza de la
simpatía de los principales poderes económicos y políticos internacionales,
que miran a México como un espacio en el cual también ellos pueden
obtener ganancias extraordinarias fáciles, sin las engorrosas restricciones
ambientales que cada vez se complican más en el resto del mundo.
Ganancias extraordinarias que resultan particularmente útiles en momentos
de crisis y desesperación empresarial como el actual.
Caminando la senda anterior, el Estado mexicano ha llegado hasta la
crisis general de sus funciones básicas de gestión. Pues las nuevas “reglas”
del juego político que imperan son completamente salvajes (la guerra de
todos contra todos). Dentro del Estado neoliberal mexicano ha estallado una
fragmentación extrema de todos los grupos políticos y una guerra franca
entre los variados grupos de interés que hoy disputan el control de los tres
poderes de la unión, de cada uno de los partidos políticos (grandes y
pequeños), de las instituciones religiosas, educativas, delincuenciales, y de
cada una de las sectas menores que intentan intervenir en la vida política
nacional. Guerra que naturalmente ocurre adentro y entre cada uno de los
tres niveles de gobierno, así como en todas las escalas de la vida política de
la sociedad civil.
La virulenta disputa por el control de las instancias que permiten el poder
y el control de los recursos materiales y los otros impide, de forma
estructural, que cualquiera de los grupos y sectas políticos y las instituciones
de gobierno cumplan su función elemental de gobernar y resolver los
servicios de gestión que requiere la población. Por ello, ocurre actualmente
que cada vez más instituciones del Estado y sus funcionarios pierden la
capacidad, las maneras y los conductos que tradicionalmente existían para
establecer contacto con la sociedad civil, así como para realizar las
negociaciones que conlleva la función pública.

III. LAS CONSECUENCIAS DE LA CRISIS


Se dice fácil, pera la descripción de la manera en que a México se le ha
convertido en uno de los países más destruidos social y ambientalmente del
mundo resulta muy dolorosa, sin embargo debe de ser detallada.
20

1. Comencemos de nuevo por el campo. La presión que la política


neoliberal le ha impuesto al campesinado mexicano le ha obligado a
competir con el agro y la ganadería subsidiada de Estados Unidos. Esta
guerra abierta contra la agricultura de mediana y pequeña escala esta
debilitando severamente a estos agricultores que hoy representan el
principal dique que todavía convive y protege la mayor parte del medio
ambiente rural.
Si atendemos a las perdidas que ya se pueden medir como destrucción
irreversible de los recursos naturales del campo mexicano (ríos, lagos, suelo
arable, bosques, biodiversidad) y los flujos migratorios que progresivamente
tienden a vaciar regiones de hombres y de población adulta en edad laboral,
se puede afirmar que se trata de una guerra que hasta ahora los campesinos
van perdiendo, a pesar de la enorme e indudable resistencia que ofrecen.
Otra severa destrucción del ambiente rural se observa entre los
grandes propietarios de tierra y agua, o bien entre los campesinos
tecnificados que pueden participar dentro de la agroexportación. Pues los
paquetes de la revolución verde imponen el uso ilimitado de sustancias
agroquímicas y de aguas de riego. Particularmente acentuada en los
invernaderos para cultivo de hortalizas, flores, etc. A lo que se suma el
emplazamiento de plantaciones forestales (desiertos verdes) y megagranjas
de pollos, credos, peces, camarones, etc. Todos estos “progresos”
agropecuarios se los ha logrado convertir en la emisión masiva de sustancias
perniciosas hacia ríos, acuíferos, presas y tierras. Agrotóxicos que terminan
depositándose en el cuerpo de los agricultores y los consumidores,
propiciando que aumenten os grupos de la población cada vez más
enfermedades degenerativas y mutagénicas.
Otro factor catastrófico que alientan los agricultores que hoy triunfan
en la exportación de hortalizas, flores, frutas, etc. hacia el mercado
estadounidense es la sobreexplotación de las aguas del subsuelo. Tal como
se observa en el Bajío o La Laguna y en los estados de México, Hidalgo o
Chihuahua, donde el bombeo de aguas cada vez más profundas propicia un
consumo creciente de arsénico entre la población, lo que alienta el desarrollo
de más enfermedades degenerativas entre los campesinos.
Aunque la sequía de los ríos y lagos, el descenso de los espejos de
agua y el derretimiento de nuestros glaciares es atroz y nos acerca hacia
inminentes hambrunas, no obstante el principal colapso ambiental del
campo mexicano encarna en la actual guerra que las principales empresas
trasnacionales de la agrofarmacéutica (Monsanto, Pioneer, Dow Chemical,
DuPont, Archer Danelds Midland, Cargill y Maseca) le han declarado al maíz
mexicano. Guerra que ya no sólo consiste en la contaminación incontrolada
del maíz BT estadounidense que se exporta hacia México, de la
transformación de nuestras leyes de bioseguridad al gusto y medida de
estas empresas, y de la creación de ominosas nuevas leyes que prohibirán el
intercambio de semillas nativas y obligaran a la compara de semillas
patentadas. La peor parte de esta guerra comenzará pronto cuando
comiencen a ingresar dentro del país la nueva ola letal de la segunda
21

generación de maíz transgénico ya no alimentario, enfocado exclusivamente


a la producción de plásticos, espermicidas, anticoagulantes, energéticos y
usos militares secretos.
La aplicación de estos negocios destructivos que benefician a las
necrófilas empresas agrofarmacéuticas se apuntala con la falta de
orientación informativa de los campesinos y la población en general en trono
de estos peligros, así como en la ausencia de regulación epidemiológica y
ambiental, y en la nula o escasa investigación de los procesos de
devastación que hoy ya se padecen en el campo pero que les tienen sin
cuidados a las instituciones de salud o los centros de enseñanza e
investigación superior.
Por diversas causas el panorama es de destrucción general de aguas,
tierras, aires, bosques, biodiversidad, ecosistemas, condiciones de vida y
soberanía alimentaria,. A lo que se suma el progresivo despojo de los
campesinos sean con los pocos recursos rurales de buena calidad que
todavía les sobran, recursos que en virtud a su carácter escaso creciente se
han vuelto cada vez más estratégicos.
2. La política industrial neoliberal propicia por un lado la adopción de
un patrón industrial basado en el crecimiento de la industria del ensamble
maquilador (textil, de arneses, electroinformático, químico), que conforme
sube la presión competitiva de la extraordinariamente barata mano de obra
asiática sólo acierta a ofrecer como su principal ventaja comparativa para los
capitales externos la oportunidad de poder producir depredando y
contaminado sin límite alguno las aguas, suelos, aires y cuerpos de las
obreras mexicanos. Pero esta misma política industrial y por su posición
geográfica México también ha sido elegido para el emplazamiento de la
producción globalizada de vehículos automotores. Con la consiguiente
sinergia que ello ha propiciado en el desarrollo de parques industriales
complementarios y en la elevación descomunal de las tasas de consumo de
energía y agua.
Tanto en la fase de la sustitución de importaciones como en la era
neoliberal la industria energética nacional no ha perdido su función básica de
subvencionar a la industria. La única diferencia entre ambos periodos es que
en la actualidad se subvenciona con tarifas bajas al capital trasnacional
maquilador, electroinformático o automotriz. Si bien, además de las bajas
tarifas existe esa otra subvención ambiental que las futuras generaciones
deberán pagar por la alta tasa de accidentes ambientales que hoy produce
nuestra industria energética por explosiones en ductos y almacenes,
derrames de aceite en mares y ríos, campos pardos en Terminales de
Almacenamiento y Distribución de Pemex, gasolineras, etc. Externalidades
artificialmente fomentadas por el deterioro planeado de Pemex, así como
todos los desechos nocivos que le ha dejado al país la CFE: emisiones de CO2
por quema de coque, depósitos clandestinos de askareles en diversas
regiones del país, y por los residuos radioactivos de Laguna Verde.
A la inicial y parcial destrucción ambiental que originalmente impuso la
era de la sustitución de importaciones le sucede no sólo una progresiva
22

destrucción del mercado interno y sus cadenas industriales, sino


paradójicamente un sesgado crecimiento de unos cuantos sectores
altamente globalizados (automotriz, cemento, vidrio, química, agua
embotellada, alimentos) que en función de la enorme demanda que atienden
y los nuevos procesos técnicos escalan como nunca antes su potencia
depredatoria de recursos naturales y su capacidad de envenenar
irreversiblemente el medio ambiente.
Ello propicia una política de concesiones y saqueo de los recursos, o
bien de contaminación del agua dulce de los ríos y el subsuelo en todas las
regiones en las que prosperan los dinámicos nuevos clusters industriales. Lo
que a su vez promueve la exacerbación del agigantado consumismo
automotriz, electroinformático, eléctrico, así como la plastificación
desregulada de la vida cotidiana, y sobre todo la generación y acumulación
de nuevos tipos de basura irreciclable.
Como la privatización de los recursos estratégicos y de los servicios
urbano industriales también estratégicos es el sello general que marca el
nuevo desarrollo industrial conformado por la subordinación de México a
Estados Unidos, estamos frente a un proceso de crecimiento industrial
basado en la lógica del saqueo, el despojo, la corrupción de las autoridades
ambientales, el deterioro de la calidad del consumo y la contaminación
ambiental.
3. La especialización del país como un centro productor estratégico de
sobrepoblación regional destinada a los grandes centros urbanos del NAFTA,
tiene como costo ambiental en el campo el hecho de que nuestra
sobrepoblación rural se ha convertido en una causa real propiciatoria de
parte del avance de la frontera agropecuaria sobre selvas y bosques, y por
ende de la aguda deforestación nacional, así como de la creciente escasez
cualitativa y cuantitativa del agua, de la disputa violenta por la
sobreexplotación de este y otros recursos (madera, biodiversidad, etc.).
Mientras la emigración o la pérdida de fuerza de trabajo se expresa también
en el abandono de prácticas y recursos de inversión en la conservación.
4. La apertura del libre comercio también convierte al moderno
consumismo de bienes, imágenes y símbolos en una forma de simulación del
bienestar que resulta clave para el control político “democrático” de la
ciudadanía. De ahí la confusión dolosa que los medios de comunicación y los
peores estudios económicos y sociológicos hacen de este consumismo con
un supuesto desarrollo de los índices de bienestar. Como el consumismo del
libre comercio esta asociado a las industrias comerciales este proceso
empata con la explotación ilimitada de recursos, pues las empresas
comerciales globales como el Wallmart, Costco, Sams y Carrefour, basan su
actuación en la promoción de un consumo ilimitado entre sus clientes.
No casualmente el emplazamiento de los grandes centros comerciales
(malls), de las cadenas de tiendas de conveniencia y de todo tipo de
papelerías, restaurantes, etc. convierte a todos los centros urbanos de
consumo (grandes, medianos y pequeños) en generadores ilimitados de
desechos tóxicos e irreciclables que van a parar en las aguas, los aires y los
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basureros de desechos sólidos. De ahí la crisis y el actual colapso de la


basura nacional, estatal, municipal y barrial, así como la saturación de
basura en las barrancas, las orillas de las carreteras, las calles de las
ciudades, los ríos, las playas e incluso el océano mundial y la estratósfera.
5. El crecimiento indiscriminado y desregulado de las ciudades grandes
e intermedias del país, muy especialmente la megalopolis de la Ciudad de
México y su corona de ciudades propicia la ampliación continua de radio
metabólico de acción: tomando aguas de lugares cada vez más lejanos y
profundos, imponiendo trasvases, obligando a la sobreexplotación del agro
mediante el uso irracional de agroquímicos y transgénicos, construyendo
cada vez más hidroeléctricas insustentables, abriendo cada vez más minas
metálicas y no metálicas al servicio de la gran industria y de la construcción,
promoviendo cada vez mayores deforestaciones, ganaderización y
ampliación de la frontera agrícola (para caña de azúcar, plantaciones
forestales y de biocombustibles y agroexportación). Con la consiguiente
contaminación de los ríos, el retorno al campo de todos los materiales
robados pero a la manera de basuras tóxicas y descomunales basureros de
todo tipo, plenos en sustancias inmetabolizables: lixibiados, metales
pesados, medicamentos, plósticos y otras formas de órganoclorados,
organohalogenados, nanopartículas, transgénicos, etc. Todo ello mientras la
mancha urbana (asfáltica y de cemento) se expande imparable, impidiendo
cada vez más la recarga de los acuíferos y propiciando que el agua dulce de
la lluvia se mezcle con las aguas negras y se escurra cada vez rápidamente
hacia la aguas saladas del mar.
Esta destrucción real y perversa del valor de uso del campo la
complementa el neoliberalismo con la destrucción perversa de los valores de
uso (alimentos, medicamentos, habitaciones, vestidos, etc.) que componen
la reproducción de la vida rural, para así mejor promover entre las nuevas
generaciones una ilusión de bienestar que vende a las ciudades (muy
especialmente a las estadounidenses) como lugares de trabajo, salarios,
ciencia, técnica y confort que disponen de recursos, servicios y bienestar
ilimitados que durarán para siempre.
De manera que la regulación neoliberal de la emigración del campo a
la ciudad no sólo descansa en un engaño ambiental, pues la concentración
de servicios y bienes de consumo altamente tecnificados que provienen del
país y el mundo entero son completamente reales. Bienes y servicios que
adicionalmente han sido sometidos a manipulaciones industriales, químicas,
energéticas, etc., que no sólo sirven para satisfacer necesidades reales, pues
a la manera ejemplar de las drogas, la televisión y las bebidas de cola,
también se los convierte en objetos adictivos y esclavizantes de los
consumidores. Manipulaciones y consumismo que están directamente
asociadas al carácter ambientalmente destructivo de los actuales valores de
uso urbanos.
Ocultando con ello que la implacable destrucción del campo mexicano
proviene de la acción y el metabolismo inmediato y mediato de las grandes
ciudades de América del Norte. Y que la situación de bienestar, empleo y
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salarios termina no sólo ocasionalmente durante los cíclicos periodos de


crisis, cuando cíclicamente llega el momento de la expulsión y retorno de los
migrantes mexicanos hacia el sur o también cuando llegan el tiempo de las
hambrunas. Pues lo que no se ve es que el gran “bienestar” de la parte de la
población triunfadora del NAFTA también se colapsará definitivamente en el
momento en que los campos del mundo ya no logren brindar los recursos
ilimitados que demandan las industrias y los consumismos urbanos.
6. Las advertencias ambientales en torno a la profunda
insustentabilidad de la actual vida urbana y de la devastación rural no sólo la
brindan las grandes crisis mundiales del clima, el agua y la biodiversidad.
También las pronuncian las consecuencias epidemiológicas críticas que ya
padecen innumeras personas que reciben en sus cuerpos enfermos o
deformes las consecuencias de los agrotóxicos, de las basuras hospitalarias,
radioactivas y municipales, de las sustancias fecales y químicas que saturan
las aguas de los ríos y acuíferos, de los aires de las grandes ciudades y del
desbordamiento de las faunas nocivas urbanas.
El ocultamiento inmoral y sistemático de la información sobre la actual
crisis de la salud de los mexicanos ocasionada por la destrucción de las
condiciones ambientales de los campos y ciudades, en realidad sólo
contribuye a que este desastre no sólo se mantenga intacto, sino sobre todo
a que crezca sin control alguno. Hasta el momento en que la actual
desgracia colectiva adquiera una dimensión irreversible.
8. Por desgracia, actualmente no existe una verdadera conciencia ni
una preocupación ética por investigar el alcance real que ya tiene la crisis
socioambiental y de salud, ni tampoco existe la voluntad política entre los
principales medios de comunicación de hablar verazmente sobre los
problemas reales, las devastaciones, agravios, despojos de recursos y
enfermedades que asolan la vida de la naturaleza y de los mexicanos. Ni
sobre la enorme acumulación de factores imprevisibles que acumula la
introducción de nuevas tecnologías de punta que cada vez son colocadas en
los mercados sin mediar seriamente verdaderos principios de precaución.
De manera que no disponemos actualmente de una información veraz
que nos ayude a enfrentar y a resolver los graves problemas ambientales
que padece el país. Por el contrario, la información verdadera sobre el
colapso ambiental, de la salud, la economía, la política, etc., apenas si se
vuelve información clasificada para uso confidencial y exclusivo de algunos
políticos, empresarios, poderosos delincuentes del más alto nivel, o bien de
alguno de los zares de la investigación científica nacional. No es de extrañar
que por ello que exista una política de información ambiental al público
completamente parcial, fragmentada, banalizada, sesgada, manipulada e
incluso perversa.
8. Gracias a ello la actual política ambiental nacional de
“sustentabilidad” puede ser torcida hacia prioridades mercantiles,
permitiendo la manipulación de los estándares de vigilancia y alta tolerancia
estatal frente a cualquier interés económico poderoso, alentando la nula
aplicación de importantes leyes ambientales, la sistemática ausencia de
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vigilancia ciudadana por la sistemática exclusión de las comunidades de


todos los problemas cruciales. A lo cual se suma la criminalización y
persecución de la protesta y resistencia ambiental, o bien la represión
directa de las movilizaciones colectivas e incluso el asesinato selectivo de
activistas ambientales.
La disyuntiva es atroz. Pues cada vez más comunidades son colocadas
contra la pared al obligarlas a elegir por un lado entre mantenerse callados
ante la muerte de sus hábitats, la destrucción de sus condiciones de vida y la
salud de sus comunidades (con poblaciones que ya están comenzando a
morir y enfermar irreversiblemente como consecuencia de la degeneración
de las condiciones ambientales y de consumo) o bien por el otro a
arriesgarse a estigmatizados como atávicos enemigos del progreso o incluso
a ser criminalizados y reprimidos al momento en que las comunidades o sus
activistas deciden defender con valentía la condiciones ambientales y la vida
misma de sus pueblos, campos y ciudades.
De ahí la manera en que las instituciones del Estado mexicano
supuestamente dedicadas a velar por el cuidado del medio ambiente y la
vida, la SEMARNAT, la CNA, la PROFEPA, etc., se están convirtiendo en
responsables directas de la muerte que experimenta cada vez mas población
por la perdida irreparable de nuestros ecosistemas, recursos y condiciones
de vida.
9. Gracias a la disociación estructural que el Estado neoliberal realiza
entre su política económica y su política social, desde hace mucho el cuidado
integral de la totalidad del medio ambiente y de la salud colectiva de la
población no pintan como un buen negocio, ni como un verdadero objetivo
político deseable. Estas prioridades se sacrifican a las especulaciones
históricas encarnadas por los grandes planes de desarrollo de una ambiciosa
pero torpe burguesía, así como al pragmatismo de una clase política cada
vez más homogénea y miope.
De esta manera la conducción del país se sujeta a un sistema de
fantasías que una y otra vez promueven un futuro imposible: el ingreso al
primer mundo, maquilatitlán, los jaguares americanos del Plan Puebla
Panamá. Falacias que tan sólo sirven para mal maquillar el verdadero
despojo a las comunidades y el saqueo nacional de las riquezas, que si
avanza y sólo termina en las manos de los poderosos, sobre todo de las
empresas estadounidenses. Fracaso en los planes de desarrollo y avance
real en las dinámicas de saqueo y destrucción de la soberanía nacional que
en realidad es la causa profunda por la cual ocurre puntualmente el aborto
estructural de una pretendida reforma democrática, así como el progresivo
aborto de la pretendida política de conservación ambiental del país.
10. Una acelerada descomposición de la economía, las instituciones
públicas y el mismo quehacer político en México se ha impuesto
progresivamente durante los últimos cuatro sexenios, y se ha atravesado en
el camino que originalmente seguía la regulación ambiental, propiciado la
trasmutación de las preocupaciones originales en una frivola doctrina
económica de sustentabilidad, según la cual el mercado tiene la capacidad
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de resolver los problemas ambientales transformándolos en mercancías, con


la supuesta capacidad de propiciar negocios y procesos exitosos de
acumulación verde de capital.
La distorsión económica estructural que el Imperio del norte le impone
al Estado mexicano le empuja hacia la corrupción crónica de sus empresas
convencionales y los tres poderes de la Unión, muy especialmente hacia la
corrupción de su aparto judicial. El control de este poder a su vez requiere de
la manipulación de las leyes ambientales relativamente nuevas en nuestro
país. Leyes que originalmente se redactaron con la participación de
numerosos científicos, técnicos y juristas honestos preocupados
sinceramente por el vertiginoso deterioro ambiental que ya se observaba en
México desde los años ochenta. De esta manera se ha impuesto el recorte
segado pero estratégico de las principales leyes ambientales, así como el
riguroso control antidemocrático de todas las instancias de vigilancia y
participación ciudadana.
Todo lo cual tiende a hacer de nuestra legislación ambiental ya no sólo
letra muerta, sino letra envenenada que mata como en el caso de la ley de
bioseguridad.
11. La convergencia entre los numerosos grupos fraudulentos del
Estado mexicano, la nueva economía criminal y el creciente deterioro del
medio ambiente, es puntual y compleja. Dicha convergencia implica, por
ejemplo, no sólo el tráfico de influencias que permite a los políticos y
empresarios allegados al Estado sacar raja de todos los programas de
desarrollo, de los emplazamientos industriales sobre acuíferos estratégicos,
de la construcción de todo tipo de infraestructuras públicas, del usufructo de
la información privilegiada sobre los planes de desarrollo urbano, de los
programas de compras gubernamentales, de los programas de rescate
ambiental, de los programas de privatización de los servicios urbanos
estratégicos etc. Los políticos, los empresarios y una nueva generación de
criminales también están hallando la manera de asociarse en innovadoras
empresas dedicadas al tráfico e importación de sustancias, basuras
altamente tóxicas, información genética y órganos humanos, o bien en la
quema de las basuras del diablo mediante cada vez más poderosos
incineradores, como los tan promovidos incineradores de arcos de plasma.
12. El espíritu de ganancias fáciles y acumulación por despojo que se
ha terminado por imponer en México expande agresivamente en el territorio
nacional el desmantelamiento del derecho de cualquier tipo de ciudadano y
pueblos al lugar rural o urbano en donde viven, sin importar cuantos años,
décadas o siglos lleve ocupando esa sede.
Este espíritu corsario curiosamente no choca en la actualidad con otro
grupo creciente de nuevos empresarios hoy dedicados a invertir en los
nuevos negocios de la remediación ambiental. Nuevos empresarios
dedicados a aprovechar puntualmente los programas de privatización del
agua, la basura, etc., para hacer negocios con las nuevas plantas de
tratamiento de aguas, los rellenos sanitarios, las plantas de generación de
combustibles, las carreteras o las unidades habitacionales verdes. Pues se
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trata de empresas que nunca invierten un peso en la restitución de los


bienes y las condiciones de vida real de los ciudadanos que han sido
despojados.
Los nuevos capitales verdes, sin cargar con el estigma de la
destrucción del ambiente, gozan de los beneficios que les otorga encontrar
en los mercados los despojos previos de aguas, tierras, saberes locales,
servicios ambientales, etc. A lo cual se añade el prestigio que les da la venta
de supuestas soluciones al colapso ambiental actual. Pero también a
impedir, gracias al control absoluto que el empresariado tiene de las
instituciones estatales y de las cabezas de los funcionarios públicos, la
participación ciudadana en la construcción de alternativas menos costosas y
más eficaces en el rescate ambiental del país.
La crisis, o mejor dicho, el colapso es tan extendido y grave que las
instituciones públicas estatales y municipales cada vez aciertan menos a
poder resolver la gestión de los servicios públicos elementales y los
problemas ambientales como son los servicios públicos de agua, basura,
vivienda, transportes, etc. La solución de cada uno de estos servicios se
complica por efecto de la contaminación creciente, la masificación del
consumo, el crecimiento urbano salvaje o los diversos efectos catastróficos
del calentamiento global.
Pero el caos se consuma cuando cada uno de los grupos en disputa por
el poder ve en la posible solución de cada necesidad y servicio la
oportunidad para estrangular el poder de las sectas y los políticos rivales,
sea en disputas geopolíticas territoriales, en los procesos electorales o en la
guerra por las imágenes dentro los medios. Todo lo cual ya propició el
agotamiento del aparato político del Estado mexicano en cada uno de sus
niveles de gobierno.

13. Una parte del corazón de esta destrucción ambiental del país esta,
por lo mismo, en la destrucción de todas las formas sociales comunitarias
que tradicionalmente se han ocupado de gestionar y autogestionar las
condiciones ambientales como un bien común que es propiedad de los
pueblos, las etnias, los municipios, las regiones, las ciudades o el país
entero. La perdida de este corazón comunitario nacional esta redundando en
la perdida irreversible de los bosques, los manglares, los suelos fértiles, las
aguas dulces, la biodiversidad silvestre y doméstica, los saberes locales, el
uso milenario de la riqueza biológica, la variedad y el uso colectivo de las
semillas, las yerbas medicinales, los paisajes, la producción de aire limpio, la
limpieza de las barrancas, los ríos, los acuíferos, los lagos, los esteros, las
costas y las calles de nuestras ciudades. Perdida de recursos, saberes y
servicios ambientales que no podrá recuperarse con la mercantilización de
los mismos sino sólo mediante la verdadera restitución de nuestros lazos
colectivos.
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Por todas estas vías se expande y generaliza la imposibilidad de


organizar nuevas prácticas económicas y políticas que permitan la verdadera
sustentabilidad comunitaria del medio ambiente. Todo lo cual redunda en la
creación de procesos productivos y reproductivos que generan una alta tasa
de sufrimiento, así como en la perdida irreversible de la soberanía ambiental.
Lo que redunda en una crisis de la salud de la población de alcances ya
insospechados que resulta inefable para el Estado mexicano. Razón por la
cual avanza cada vez más el desasosiego, el desconcierto y la desesperación
entre la sociedad. Con el consiguiente estallido de un descontento que crece
velozmente entre los pueblos y los campos más castigados, pero también
entre los barrios y ciudades enteras.