OCTAVE M I R B E A U

LÉON BLOY
“Voy al encuentro de mis pensamientos exiliados, en una gran columna de silencio.” Léon Bloy.

Recientemente, en una elegante reunión de literatos, se hablaba de Léon Bloy y de su último libro, La mujer pobre, en torno al cual la cobardía de algunos, el rencor de otros y la incomprensión de la mayoría crean una vasta zona de soledad y de silencio, como en torno a la casa en que agoniza un apestado. En aquella reunión sólo había celebérrimos personajes, feministas reblandecidos y embrollados psicólogos, con el cuello aprisionado en una corbata de tres vueltas, con las flores de todas las legiones de honor en el ojal y que “hacen tiradas de diez mil ejemplares por lo menos” de pequeñas historias tristemente “cochinas” con las que se exalta el alma de las criadas, las únicas que hoy en día se atreven a afrontar el inafrontable y gris aburrimiento de lo moderno. Huelga decir que llovieron los palos sobre Léon Bloy. Le achacaron todas las bajezas, lo cubrieron con todos los oprobios. Alguien que hubiese entrado allí sin estar preparado habría pensado de inmediato que se trataba de un criminal, inventor de una nueva atrocidad. Evidentemente, si, en vez de ser culpable de un libro bello y doloroso, Léon Bloy hubiese dado bastonazos a las mujeres en el Bazar de la Caridad, si hubiese violado tumbas y cortado niñitos en pedazos, se habría hablado de él con más indulgencia y menos indignación. Le reprocharon su ingratitud, su orgullo, su irremisible pobreza. Algunos, abusando de la literatura y la psicología, llegaron a negarle toda clase de talento y toda clase de estilo. El colmo de la comicidad se alcanzó cuando se oyó cómo una especie de peluquero de las letras, que chapotea en sus frases como un abejorro caído en un pote de pomada líquida, lo aplastaba de un solo golpe invocando a Pascal. Finalmente, todos y cada uno se pusieron con gusto a despertar las viejas leyendas con las que antaño se crucificó al autor del Desesperado y que parecían dormir en el polvo de las salas de redacción. No daré los nombres de estas buenas personas puesto que, si bien todas ellas son ilustres, en realidad carecen de nombre o tienen el mismo

nombre monosilábico y falto de gracia que ustedes ya conocen y que equivale a no tener ninguno. Un joven que no vestía de esmoquin, que no llevaba ninguna condecoración, ni siquiera la de la reina de Rumania, y que aún no había abierto la boca, declaró : — Señores, ustedes son muy severos con un hombre al que Barbey d’Aurevilly quiso y estimó. Pero este nombre, d’Aurevilly, sonó en ese ambiente como algo ya lejano. Se vio cómo una sonrisa, un tanto despectiva, pasaba por los labios de aquellos ilustres personajes. Y eso fue todo lo que produjo el recuerdo de aquella gran alma solitaria y regia. Yo también, como aquel joven, tendré presente a d’Aurevilly al hablar de este réprobo, Léon Bloy. * * *

El caso de Léon Bloy es realmente único en lo que se conviene en llamar literatura. Estamos en presencia de un hombre de un raro poder verbal, el escritor más suntuoso de nuestro tiempo, cuyos libros alcanzan, a veces, la belleza de la Biblia. No busquemos ni en Chateaubriand, ni en Barbey d’Aurevilly, ni en Flaubert, ni en Villiers de l’Isle-Adam, una prosa más arquitectónica, de forma más rica, modelada de modo más hábil y elegante. En algunas páginas del Desesperado, más allá de antipáticas violencias y de maldiciones desproporcionadas, Bloy se elevó hasta casi alcanzar las más altas cimas del pensamiento humano. Para pintar seres y cosas a menudo encontró sorprendentes, fulgurantes imágenes que los iluminan profunda y definitivamente. ¡Qué trazos imborrables empleó para dibujar al glorioso X... y “sus despertares de esclavo liberto” ! Hablando de un mal hombre, triste e indigno, cobarde en reposo, escribe: “Sin embargo cuando había bebido unos vasos de ajenjo, sus pómulos llameaban, en lo alto de su cara, como dos acantilados en una noche de mar embravecido...” Le hace decir a una pobre muchacha: “Mi vida es un campo en el que siempre está lloviendo...” La misma, débil y enferma, cuenta cómo golpeó, casi hasta matarlo, a un hombre que la quería violar: “Al golpear al señor Chapuis creí que me crecía un roble en el corazón...” Cito de memoria y al azar de los recuerdos. En los libros de Léon Bloy abundan estas cosas... Algunas de ellas son incomparablemente grandes y nobles. Brotan en cada página, bajo su pluma, de la manera más natural y sin esfuerzo. Bloy vive en

permanente estado de magnificencia. Léase, en La mujer pobre, esta invocación que encuentro, sin buscarla, al abrir el libro :
— Yo soy tu padre Abraham, oh Lázaro, mi querido hijo muerto, hijito mío, al que acuno en mi Seno hasta la Resurrección bienaventurada. Ahí lo tienes, ese gran Caos que hay entre nosotros y el cruel rico. Es el abismo infranqueable de los malentendidos, de las ilusiones, de las ignorancias invencibles. Nadie sabe su propio nombre, nadie conoce su propio rostro. Todos los rostros y todos los corazones están obnubilados, como la frente del parricida, bajo la impenetrable trama de las combinaciones de la Penitencia. Ignoramos por quién sufrimos e ignoramos por qué nos colma la delicia. El despiadado cuyas migajas deseabas y que ahora implora la gota de Agua de la punta de tu dedo sólo podía percibir su indigencia a la luz de las llamas de su tormento; pero hizo falta que yo te tomase de entre las manos de los Ángeles para que tu riqueza te fuese revelada en el espejo eterno de esa faz de fuego. Las delicias permanentes que ese maldito daba por descontadas no cesarán, en efecto, y tu miseria tampoco tendrá fin. Sólo que, una vez restablecido el Orden, habéis cambiado de lugar. ¡Porque había entre vosotros dos una afinidad tan oculta, tan perfectamente desconocida, que sólo el Espíritu Santo, visitante de los huesos de los muertos, tenía el poder de hacerla resplandecer así, en la interminable confrontación !...

Sigue siendo magnífico hasta en el frenesí del insulto; de sí mismo puede decir que es un “joyero de maldiciones”. Engasta oro en los excrementos; monta en metales preciosos, preciosamente labrados, la perla negra de la baba. Cuando alcanza este punto de orfebrería y de cinselado, el excremento mismo se convierte en joya. Nadie tiene ya derecho a sentir su olor original y todos pueden embadurnarse con él la cara sin vergüenza. Sea como sea, si quienes están encargados de educarnos tuviesen conciencia de lo que es la belleza, si comprendiesen la responsibilidad que les exige su misión propagadora, hace mucho tiempo ya que habrían elegido fragmentos de las obras de este admirable escritor para hacer de ellos modelos de elocuencia. En ninguna otra parte los hay que sean más impecables y más soberbios. Tal es el hombre. Pues bien, entre los miles y miles de escribidores cuyas obras atestan los anaqueles de las librerías y los compartimientos — iba a decir los sótanos (4)— de las seseras burguesas, Léon Bloy es acaso el único —el único, oyen bien— a quien le está prohibido vivir de su oficio. No sólo no puede vivir de él sino que el milagro es que éste no lo haya matado. A otros, ay, que estaban junto a él y a quienes él amaba, sí que los mató. Conoció, entre sus brazos, la agonía de un pobre niño al que se le negó que su talentosísimo padre fuese lo bastante rico como para comprar los dos céntimos de leche pura que necesitaba su vida inocente y frágil.

Lean La mujer pobre. Es un libro del que les dirán, quizás, que está mal construido, que carece de unidad, de composición, de psicología humana. Quizás sea cierto, pero, de todas formas, léanlo, porque está lleno de cosas inigualables. Y además, bajo el chaparrón de invectivas y vociferaciones, bajo los grandes estallidos de un orgullo intolerable, convengo en ello, también oirán sangrar un corazón en este libro doloroso en que cada línea es como el bufido, el grito de rebelión, y la aceptación de esa subida al Calvario que fue, hasta ahora, la vida de León Bloy. Ya sé que todo el mundo sostendrá que es él mismo el que se ha construido esta vida. Con sus propias manos forjó su miseria. Con su intransigencia, con su orgullo, con su fiebre de exterminio, abrió entre él y los demás un espacio infranqueable que nadie ha osado atravesar, ya que acaso no exista nadie a quien sus invectivas no hayan alcanzado y marcado en la cara. Tan excesiva ha hecho su situación que aquellos que intentasen defenderlo y reconocer públicamente los dones superiores, los dones únicos que le confieren un tan excepcional temperamento de escritor, quedarían envueltos en el mismo odio que él. Todos callan, unos por rencor, otros por no parecer cómplices de sus desprecios, de sus rechazos, de sus excomuniones. Hay mucho de cobardía en este silencio, de acuerdo; pero hay también otra cosa, que agrava más aún el malentendido, y es que Léon Bloy no es alguien de nuestro tiempo; se encuentra perdido en este siglo que hace oídos sordos a la palabra ardiente de sus viejos profetas, a los anatemas de los viejos monjes, o que se ríe de ellos como si se tratase de una broma, si por casualidad los escucha. A menudo me lo imagino como un Juan Bautista que se va a cruzar los desiertos, con la boca llena de imprecaciones, o como algún monje que, de lo alto del púlpito, en una iglesia de la Edad Media, prodiga anatemas y maldiciones... La gendarmería nacional se opone a los apostolados errantes: llama a eso vagabundeo. Como ya no hay desiertos, León Bloy encontró un pozo. Él mismo cavó la fosa con sus manos; cavó en su cuerpo úlceras litúrgicas, cercó su fosa con culos de botella, con clavos, con excrementos declamatorios para volverla inaccesible, para estar más desnudo, para estar más sólo con su humildad santa y su santo orgullo, más solo con Dios. Desde esa fosa arroja sobre los transeúntes bostas de luz y de eternidad, odios de oro, el verbo más salvaje y más magnífico, pesado y penetrante como la lava y el aerolito. El peor sadismo, para los mártires, es el de tener aspecto de verdugos: Léon Bloy lo ha logrado.

Confesor de la Pobreza, de la Muerte, de la Fe, portero intratable de la Puerta de la Vida, tal es el hombre al que he tratado de admirar esta tarde.

Le Journal, 13 de junio de 1897 Traducción de Carlos Cámara y Miguel Angel Frontán

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful