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Insumisión, objeción y fuero

XI CONGRESO CATOLICOS Y VIDA PUBLICA. LA POLITICA, AL SERVICIO


DEL BIEN COMUN
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MESA REDONDA: LEY INJUSTA Y OBJECION DE CONCIENCIA

COMUNICACION: INSUMISION, OBJECION Y FUERO

F. Javier Garisoain Otero


Licenciado en Historia
Secretario general de la Comunión Tradicionalista Carlista

INSUMISION, OBJECION Y FUERO


PRESENTACION

Desde que recibí la noticia de que este undécimo congreso de Católicos y Vida Pública iba
a tener el título general de “La política, al servicio del bien común” me he sentido
particularmente llamado a participar de nuevo en el mismo por varias razones. El ser
actualmente secretario general de un grupo político de amplia historia -aunque por
desgracia de no tan amplia representación pública- no ha sido la menor de ellas. Para el
tradicionalismo político español, para el carlismo, el concepto de bien común ha estado
siempre asociado al ideal del patriotismo cristiano, que por un lado nos enseña a equilibrar
los principios de solidaridad y subsidiariedad y que por otro culmina con la búsqueda y la
defensa de una Autoridad estable y no partidista: la monarquía tradicional.
Pero no solo es cuestión de doctrina o de historias pasadas. El concepto de bien común lleva
ya un tiempo en el candelero desde que el Papa Benedicto XVI decidiera incluirlo en la
enumeración de los que él ha denominado “valores no negociables”. Como es bien sabido
estos cuatro principios son el derecho a la vida, la familia “como Dios manda”, la libertad
(particularmente la de educación de los padres) y el bien común. Desde mi propia y humilde
experiencia política puedo aportar a este Congreso el testimonio directo de alguien que ha
visto en esta enumeración de los valores no negociables un ámbito para el diálogo y la
colaboración entre los políticos y grupos que los compartimos. Y si bien es cierto que el
trazado de este límite político de “lo no negociable” no ha dado hasta el momento los frutos
deseados creo que es sólo cuestión de tiempo que llegue a concretarse de forma que, por
ejemplo, llegado el momento electoral, los votantes sepan qué candidaturas los defienden y
cuáles no.

Por mi parte presento en esta breve comunicación algunas ideas acerca de los conceptos de
insumisión, objeción y fuero como tres situaciones -imperfectas todas ellas como la vida
misma- mediante las cuales podemos acercarnos más o menos al ideal evangélico de la
unidad en la caridad.

Finalmente quisiera expresar mi agradecimiento a esta Universidad y a la Asociación


Católica de Propagandistas por ofrecer una vez más este gran Congreso como punto de
encuentro para el llamado “ecumenismo intraeclesial” y especialmente por haber puesto
sobre la mesa el concepto de bien común. Espero que entre unos y otros seamos capaces los
católicos españoles de ponernos de acuerdo en una definición teórica y práctica que nos sea
verdaderamente útil en la tarea política y social a la que estamos llamados.
INSUMISION, OBJECION Y FUERO

INTRODUCCION: LA OBJECION “PROVISIONAL”


En este mundo no hay nada perfecto. Y no digamos en el submundo de las cosas políticas.
Pero dentro del conjunto de circunstancias provisionales que convierten la res publica en
una plataforma inestable hay grados. La objeción de conciencia es siempre cosa buena y
merecedora de aplauso por muchas razones, tanto en su versión más ligera, cuando
encuentra un fácil acomodo en el sistema, como cuando, de forma heroica, roza las
actitudes de insumisión a la injusticia. Sin embargo no podemos dejar de señalar que
políticamente, la objeción es el colmo de la provisionalidad y la excepcionalidad, el último
recurso ante la tiranía de una ley injusta. La objeción de conciencia es el argumento final
que le queda al que ha renunciado a conseguir un cambio de la legislación y pide, al menos,
que no se le obligue a actuar contra su conciencia en algún asunto que considera grave.

HACIA LA OBJECION PERMANENTE: UNA SOLUCION “FORAL” PARA UNA


SOCIEDAD PLURAL
¿Cuánto tiempo puede durar una situación de objeción de conciencia? En teoría podría ser
de una duración indefinida, pero desde el punto de vista del gobernante un objetor es como
un quiste en el organismo político, un elemento extraño al que como mucho sería aceptable
tolerar durante algún tiempo limitado mientras se piensa en él como en una pieza sobrante o
molesta. Cuando un grupo de personas se plantea la objeción de conciencia es que existe
una batalla todavía no resuelta en la que los objetores carecen de otro recurso de presión
que no sea su propia conciencia. No es pues una posición de fuerza. Tiene la energía del que
ya no puede retroceder más porque está resistiendo en la última muralla, que no es otra cosa
sino la conciencia inviolable de cada cual. Pero realmente la objeción es una forma de
derrota.

Pensemos en el factor tiempo: ¿cuántos años puede tolerar un sistema político cualquiera
que un grupo más o menos minoritario de ciudadanos se oponga de forma constante al
cumplimiento de alguna norma común? Desde mi punto de vista solo existen tres soluciones
al dilema. O gana el poder legislativo, cuando consigue imponer su ley con todas las
consecuencias... o ganan los objetores, si consiguen dar la vuelta a los papeles a base de
hacerse con los resortes del poder. Una tercera posibilidad, muy complicada siquiera de
plantear hoy en día, consistiría en llegar a una solución de compromiso en la que los
objetores dejarían de serlo para pasar a ser “aforados” o privilegiados por alguna asimetría
legal.

Esta vieja idea de una ley hecha a medida, realista, prudente y justa se basa en la clásica
definición de justicia: "dar a cada uno lo suyo" y respalda el argumento tomista que niega
incluso la categoría de ley a cualquier norma que sea injusta, irracional, abusiva... . Según
este esquema, -que podríamos identificar fácilmente con la mentalidad del fuero y lo foral-
se podría permitir a diversos grupos humanos vivir unidos bajo un mismo marco legal y de
autoridad común pero diferenciados en ciertos asuntos clave por algunas leyes particulares
o fueros privativos para cada uno de ellos. La aplicación de este principio general, de
respeto máximo hacia una conciencia que no es solo individual sino que también es
colectiva podría ser aplicable en el caso del médico que se toma en serio el juramento
hipocrático, en el de la familia que prefiere educar a los hijos en casa, y hasta en la situación
de grandes comunidades políticas, regiones o países enteros, que encuentren motivos
suficientes para plantear cualquier objeción. ¿No sería este, por ejemplo, el caso tan reciente
y envidiable de los políticos irlandeses y polacos que han decidido luchar dentro de la
Unión Europea por un “blindaje” de sus respectivas legislaciones nacionales en materia de
vida y familia?

LOS PREJUICIOS HACIA LO FORAL


Con estas pinceladas tocantes a lo foral no pretendo dibujar ningún sistema jurídico-político
nuevo ni extraer de la nada una teoría inédita. Se trata simplemente de poner sobre la mesa
algunas ideas sobre una solución típicamente medieval -y cristiana- a esos conflictos que
siempre han generado las legislaciones unitarias, generales y amplias. Dicho esto me
encuentro con una ciertad dificultad a la hora de desarrollar este punto de vista porque da la
sensación de que pronunciar el término “fuero” en el mundo del orden jurídico-político
liberal triunfante es como si hubiera mencionado la sombra del padre muerto. Vivimos en
el occidente postmoderno, cuyo entramado ideológico considera el verdadero año cero de la
nueva cronología no el del nacimiento de Cristo sino el de los estallidos revolucionarios de
Francia e Inglaterra. Está tan extendido desde entonces el criterio uniformista y totalizador
de la ley general, universal, puramente racional, que nos da mucho reparo mirar siquiera de
reojo a los modelos del sistema anterior. Los ideólogos del nuevo régimen no admiten ni
aún la mera especulación sobre los conceptos antiguos. Hablar de fueros es para ellos algo
tan anacrónico como hacer funcionar con un tiro de caballos el último modelo de
volkswagen. No se dan cuenta, sin embargo, de que igual de anacrónico e injusto resulta
obligar a todos los vehículos, incluidos los viejos carros o hasta a los peatones, a circular a
120 Km por hora.

Si nos liberásemos de los prejuicios mencionados que despierta lo foral podríamos entender
que el bien común y la misma idea de organización social no son en absoluto incompatibles
con la existencia de sociedades plurales, diversas, policulturales. Para entender esto, sin
embargo, es preciso contemplar al conjunto social -cualquier conjunto, desde el municipal
hasta el europeo o el mundial- como un cuerpo, no como una masa. Como una estructura,
no como un conglomerado. Como un mosaico, no como un puré.

Desde mi punto de vista el temblor de tierra político que actualmente se produce cuando los
políticos legisladores se enfrentan a alguna clase de contestación social es porque no han
asumido un orden clásico -y netamente cristiano- de las leyes justas que podría servir para
apaciguar gran parte de los conflictos. Intentaré resumir la tesis en pocas palabras: la ley
justa es aquella que ordena el máximo responsable de cuidar el bien común, es decir, la
autoridad, sin propasar el límite de la conciencia de cada persona o grupo social. ¿Por qué
no se acepta en el moderno esquema político esta tesis? En primer lugar porque no se
comprende la existencia de una autoridad que sea por definición más responsable del bien
común que los demás; en segundo lugar porque hay una hipertrofia legal y positivista que
no se sabe cómo frenar; y finalmente y no menos importante porque no se cree en la
existencia de un alma inmortal que justifique el respeto verdadero a la conciencia
individual.

EL BIEN COMUN, LA LEY Y LA AUTORIDAD


El bien común, cuya definición indiscutida es de todo menos común, debe entenderse como
un bien supremo que afecta al conjunto de la comunidad y que no necesariamente tiene que
responder al bien inmediato de cada una de las partes. Esto se entiende perfectamente en el
ejemplo clásico de la amputación del miembro corrupto. Pero por otra parte el bien común
no puede ser alcanzado si se niega la personalidad de las partes. Es el eterno debate entre la
unidad y la diversidad, el centro y la periferia, lo centrípeto y lo centrífugo, lo general y lo
particular. Debate cuya única solución -siempre imperfecta- ha de plasmarse en la ley como
expresión de la justicia que da a cada uno lo suyo.
Volviendo al asunto de la objeción diré que, desde mi punto de vista, lo único que puede
garantizar no ya la objeción sino lo que podríamos llamar “objeción institucionalizada” o
“ley hecha a medida” es la existencia de una autoridad que permanezca centrada en la
búsqueda del bien común -a salvo de vaivenes partidistas- y que respete con convicción
trascendente el alma de cada ciudadano o grupo de ciudadanos.
UNA VUELTA DE TUERCA: DE LA OBJECION A LA INSUMISION
¿Y qué pasaría si no fuera posible llegar a la aplicación de esta teoría neofuerista sobre la
que estoy pensando en voz alta? Mucho me temo que cualquier movimiento objetor que no
haga sino retroceder en su influencia no tendrá mas que un único final: la insumisión. El
estado, el gobierno, y más si se trata de poderes que confían en las teorías revolucionarias
de la voluntad general no se va a permitir el lujo de admitir en su seno un disenso
permanente en asuntos graves. Lo lógico será que se esfuerce por apaciguar, asfixiar,
reprimir hasta el final cualquier insurgencia hasta conseguir que lo que empezó como una
objeción “desde dentro” se convierta en una insumisión marginal que será así mucho más
fácilmente expulsada fuera del sistema y presentada como radical y poco razonable. La
insumisión colocará fuera de la convivencia general a los antiguos objetores y les obligará a
rendirse o a prolongar una resistencia agotadora y martirial no apta para grupos numerosos.

CONCLUSIONES
Una de las pocas ideas nítidas que tengo en política es la de que no es posible el vacío
ideológico, ni para la persona, ni para cualquier clase de sociedad. La tesis que planteo pues
en esta comunicación es un intento de aportar alguna solución al conflicto que se produce
cuando varias cosmovisiones contradictorias se confrontan en un mismo tiempo y espacio
político. No creo que sea posible la pura tolerancia a base de dejar el poder al más vacío de
todos los ciudadanos. Este sistema, que es el que propugna el nihilismo contemporáneo
entrega siempre el poder al más relativista mientras que condena al ostracismo a los
políticos con convicciones. Por el contrario, al plantear una reflexión sobre la vieja solución
tradicional que daba la Cristiandad al problema del multiculturalismo únicamente he
pretendido abrir una ventana a la reflexión. Seguramente para los cristianos más
providencialistas parecerá esta propuesta demasiado pobre o conservadora. Porque la fe
cristiana, expansiva y misionera como ninguna otra, ha procurado siempre la creación de
mundos -y no reductos- cristianos. Creo que conviene sin embargo, desde el punto de vista
de la prudencia política, explorar otras soluciones intermedias, no para conformarse con
ellas, sino para fijar y detener el retroceso de las estructuras auténticamente cristianas que
aún perviven entre nosotros y para hacer posible las misiones del futuro. Las cuales serán
muy probablemente, por encima de todas nuestras brillantes estrategias, las que Dios quiera.

F. Javier Garisoain Otero


Licenciado en Historia
Secretario general de la Comunión Tradicionalista Carlista

2 de octubre de 2009